TOMO IV (continued 5)
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—¿Qué? ¿Un año todavía? ¿Y me lo cuentas con esa tranquilidad?... Ceferino, mira que te lo digo yo, ¡tú no tienes corazón!
—¡Oh Gloria!—respondí, todo sofocado, llevándome la mano al pecho—. No me digas eso. Aquí lo siento latir sólo por ti. Si dejases de amarme algún día, tengo la seguridad...
—Pero, hombre, repara que te estás llevando la mano al lado derecho, y ahí no puede estar el corazón.
Después dijo proféticamente, con una resolución que me inundó de alegría:
—¿A cuántos estamos hoy? A cuatro de agosto, ¿verdad?... Bien; pues el día primero de octubre será nuestra boda.
Sin estorbo alguno, con igual seguridad y placidez que antes, proseguimos nuestros coloquios nocturnos a la reja. Yo estaba algunas veces inquieto, sin embargo, imaginando que la hora menos pensada una delación del malagueño podría concluir con ellos. Su mismo silencio me daba miedo, haciéndome pensar en terribles asechanzas. Pero Gloria no sentía preocupación alguna. Cuando le interrogaba acerca de Suárez, me respondía que frecuentaba, en efecto, la casa, porque traía negocios mercantiles con don Oscar, que le hablaba alguna que otra vez; mas nunca, en su conversación, había hecho alusión a nuestras relaciones, ni tampoco se había propasado a galantearla más que en los términos vagos que en Andalucía carecen por entero de significación. Poco a poco me iba serenando. Allá, en el fondo, estaba quizá contento por haber sacudido de los hombros el tremendo cuadro sinóptico de don Oscar.
Las noches eran calurosas, asfixiantes. Cuando no iba a casa de Anguita, después que dejaba al amigo Villa, me agradaba dar vueltas por la ciudad en espera de las once, a pasos cortos y lentos, arrastrando los pies. Pasear a aquellas horas por las calles de Sevilla era lo mismo que visitar lo interior de las casas. Las familias y los tertulios se hallaban reunidos en los patios, y los patios se veían admirablemente desde la calle, al través de las cancelas. Veía a las jóvenes, con trajes claros, columpiándose en las mecedoras, los negros cabellos en trenza, adornados con alguna flor de vivos colores, mientras sus galanes, montados sin etiqueta en las sillas, departían con ellas en voz baja o les daban aire con el abanico. En algunos patios se tocaba la guitarra y se cantaban alegres malagueñas o peteneras, de notas prolongadas, melancólicas, coreadas por los «¡olés!» y el palmoteo del concurso. En otros, una o dos parejas de niñas bailaban seguidillas. Los palillos sonaban con gozoso chasquido; las siluetas de las bailaoras pasaban y repasaban por delante de la cancela, en actitudes ora arrogantes, ora lánguidas y desmayadas, siempre provocativas, llenas de promesas voluptuosas. Estos eran los patios que podían llamarse tradicionales. Los había también modernos o modernizados, donde sonaban en el piano los valses de moda o los trozos más notables de las zarzuelas estrenadas en Madrid recientemente, cuando no se cantaba el Vorrei morir, o La stella confidente, u otra de las piezas que los italianos componen para recreo de las familias sensibles de la clase media. Habíalos, por último, de carácter misterioso, donde la luz andaba sobradamente regateada, silenciosos, tristes, en la apariencia. Fijándose un poco, solía percibirse, a la media luz que reinaba entre el follaje de las plantas, alguna pareja amartelada. Y si el transeúnte detuviese el paso, quizá llegara a su oído el leve, blando, rumor de un beso, aunque no lo doy por seguro.
De todos modos, aquellos fuertes toques de luz que salían de los patios, aquel soplo rumoroso que pasaba a través de la enrejada puerta, animaban la calle y esparcían por la ciudad ambiente de cordialidad y de alegría. Era la vida meridional, franca, bulliciosa, expansiva, que no teme la mirada curiosa del paseante, antes la solicita y se huelga con ella, donde aún late vivo, después de tantos siglos, el sentimiento de la hospitalidad, la religión de los árabes. Sevilla ofrecía a tal hora un aspecto mágico, un encanto que turbaba el ánimo y convidaba a soñar. Creíase estar dentro de una ciudad calada, transparente, de un inmenso cosmorama de aquellos que, cuando niños, inquietan nuestra fantasía y despiertan en el corazón ansias invencibles de lanzarse a otras regiones misteriosas y poéticas. Aspirábanse aromas embriagadores. Ni un leve soplo de brisa refrescaba la frente. Mis pasos eran cada vez más cortos y más tardos, recorriendo, mareando, el confuso laberinto de las calles, animadas con vivas ráfagas de luz, regaladas de músicas y vibrantes de gritos y carcajadas femeninas.
Llegaban las once, y entonces mis pies se movían presurosos por la revuelta calle de Argote de Molina, hasta alcanzar la casa de Gloria. El misterio daba a nuestras entrevistas un encanto infinito. Con la frente apoyada en las rejas de la ventana, sintiendo el hálito blanco de mi amada y el roce de sus cabellos perfumados, dejaba transcurrir las horas, que tal vez serán las más felices de mi existencia. Gloria hablaba, hablaba sin cesar. Yo, ofuscado por la luz de sus ojos, que, como dos acumuladores eléctricos, iban lenta y suavemente magnetizándome, la escuchaba sin pestañear, acariciado por aquel acento andaluz, dulce y salado a la vez, cuyo recuerdo hace suspirar a más de un inglés en las brumas de la Gran Bretaña. ¿De qué hablaba? Apenas lo sé: de los sucesos insignificantes del día, de las nonadas de la vida; algunas veces, de lo por venir, imaginando mil proyectos contradictorios que me hacían reír; algunas también, de sus recuerdos de convento. Gozaba extremadamente oyéndole contar las travesuras de su época de colegiala, los mil incidentes, tristes o cómicos, que le habían pasado en el colegio.
De niña era un diablejo irresistible, lo reconocía ingenuamente. Apenas se pasaba día sin que dejase de proporcionar algún disgusto a las hermanas. La vida triste y monótona del colegio no era para ella. Se levantaban muy temprano y hacían media hora de oración en la sala de clases. Luego oían misa. A la salida se hablaban, preguntándose por la salud únicamente. A la hora de recreo, o récréation, como allí se decía, también se hablaban. Fuera de estas horas estaba prohibido comunicarse. Pero ella nunca había cumplido esta orden, ni mientras colegiala, ni cuando hermana. «No podía, hijo, no podía. Se me agolpaban las palabras a la lengua, y, o salían, o estallaban.» En cierta ocasión, por haberse burlado de la hermana San Onofre, la habían encerrado en la buhardilla. Desde allí se veía un cuartel, y, oyendo gritar al centinela: «¡Centinela, alerta!», contestó a grito pelado: «¡Alerta está!» Esto produjo un verdadero escándalo en el colegio, y le acarreó un castigo ejemplar. Pero se burlaba de los castigos lo mismo que de las hermanas. Muchas veces le imponían por penitencia entrar en todas las clases, hincarse de rodillas en medio de ellas y hacer algunas cruces en el suelo con la lengua. No le importaba. Al contrario, lo que hacía era excitar la risa de las otras niñas con sus muecas. Quise saber algo de la madre Florentina. Lo que me había dicho la monja francesa había despertado mi curiosidad.
—¡Ah! La madre Florentina era muy buena. Nos llamaba siempre filletas y nos dejaba hacer cuanto queríamos, menos cuando tocaban a trabajar. ¡Oh! Entonces no había más remedio que apretar durito. No consentía en nuestros cuartos ni un tantico así de polvo. Nos tenía barriendo hasta que quedaban como un espejo. ¿No sabes que ella también pagó caro el bailoteo de Marmolejo? Se la depuso y se la obligó a pedir perdón de rodillas a la comunidad. ¡Pobre madre! Por culpa nuestra..., quiero decir, por culpa tuya.
—He sabido que no era ya superiora por la monja que salió a abrirme en el colegio; una monja guapa, por cierto, con ojos muy severos y acento extranjero.
—¡Ah, sí! La hermana Desirée.
—Mal genio debe de tener.
—¡Condenadísimo! No somos amigas. Cuando era educanda no me dejaba vivir. Hasta que un día vino el trueno gordo, ¿sabes?, quiero decir, hasta que le rompí la cabeza. Desde entonces quedó como un guante.
—¡Romperle la cabeza!—exclamé, sorprendido.
Me lo explicó con lujo de pormenores. Un día, a la comida, advirtió que su cuchara tenía cardenillo, y lo dijo en voz alta. La hermana Desirée, que tenía la intención de un veragua, tomó la cuchara, la limpió y se fue a la superiora con el cuento de que no quería comer con ella por capricho. La superiora, entonces, le había mandado lamerla delante de la comunidad y de las otras niñas. Lo hizo por no dar mal ejemplo; pero en seguida se levantó y se fue a encerrar en su celda. La hermana Desirée la siguió y quiso traerla de nuevo a la mesa, a viva fuerza. Comenzó a reprenderla ásperamete, diciéndole mil insultos, y hasta trató de golpearla. Entonces, al sentir la mano de la profesora en la mejilla, había perdido la razón, cogió un taburete y se lo zampó sobre la cabeza. «¡Qué susto, chiquillo, al verla con la cara llena de sangre!» Se precipitó a socorrerla, limpiándola con el pañuelo, lavándole la herida, y, llorando como una Magdalena, se arrojó a sus pies, pidiéndole perdón. Luego, cuando quisieron que hiciese lo mismo delante de la comunidad, se negó a ello. La misma hermana Desirée intervino para que no se la violentase ni castigase. Desde este suceso parece que la miraba con mejores ojos o, al menos, no la reprendía tanto como antes. Gloria había advertido que alguna que otra vez, muy rara, la hermana se enternecía. Cuando pensaba que nadie la miraba, quedábase largo rato con los ojos en el vacío, pasaba por ellos una ráfaga de ternura y concluían por arrasársele. Entonces se ponía guapa de veras. Apetecía ir a besarla. Mas si se advertía que la estaban mirando, volvía a poner aquellos ojazos crueles que a todas nos asustaban. Más tarde se había enterado de que se había hecho monja por unos amores desgraciados.
Además de esta, pintábame con gracia el tipo de otras hermanas que había tenido por profesoras. Había una, francesa también, llamada la hermana Saint-Etienne, a quien remedaba con singular donaire: «Oh, silence, enfant! Oh malheureux enfant, je vous mettrai en cachot!» Era delicioso oírle pronunciar el francés. «Tenía razón la pobrecita—concluía riendo—, porque yo era un bicharraquillo muy malo.»
En aquellas noches me enteró también de los pormenores de su profesión. Estaba tan aburrida en casa, que resolvió volverse al convento. No quería, sin embargo, profesar. Pero su estancia allí, de otra suerte, se haría imposible. Al fin, obligada por la necesidad y bajo la presión continua y persistente de cuantos la rodeaban, se decidió a hacerlo. Era el día 9 de mayo. Su madre y algunas tías y primas que tenía en Sevilla habían ido al convento para asistir a la toma de hábito.
Después que había oído una plática del confesor en la capilla y habían terminado todas las ceremonias, una hermana la llevó a su celda y la dejó sola para que se vistiera el hábito y se pusiera la cofia. El hábito se lo había metido sin vacilar; pero al llegar a la cofia le había entrado una repugnancia tan grande, que por tres veces la arrojó al suelo diciendo: «¡Yo no me pongo este gorro!» Y otras tres la había recogido. Por fin, se la puso. Llegó otra vez la hermana y le pidió un espejo. En el colegio no lo había; pero dijo que iba a llevarla a la sacristía, donde lo encontraría y podría verse bien. No quiso ir. Estaba de un humor de todos los diablos. Al pasar por delante de una puerta vidriera que tenía cortinillas encarnadas había podido ver su imagen reflejada.
—¿Y sabes que no me pareció que estaba feílla con la cofia?
—Al contrario—repuse yo—: te sentaba admirablemente, estabas guapísima.
—¡Chitón! Déjame concluir. Después que me vi en la vidriera me animé un poquirritillo. Fui otra vez a la capilla y allí me abrazaron todas mis amigas. ¡Ay hijo, entonces comencé a soltar lágrimas a chorro! ¡Me dio una perrera, que pensé liquidarme!
Pero, como era una chiquilla, pasó al instante de la tristeza a la alegría. La comunidad celebró su toma de hábito con un refresco espléndido y una comedia en que trabajaron las educandas. Aquel día había estado fuertemente excitada: tan pronto reía como lloraba. Después que se vio monja se había modificado un poco. Hasta hubo temporadas en que se había creído realmente con vocación, en que exageraba como ninguna hermana las penitencias y los escrúpulos. Poco faltó para que la creyeran santa. La más leve falta le producía tal escozor en la conciencia, que no se contentaba con ir a pedir perdón de rodillas a aquella a quien había ofendido, sino que, al reunirse la comunidad a la hora de comer, se arrodillaba delante de todas y decía con lágrimas: «Hermanas mías, me acuso de haber ofendido a Fulana, de este o de otro modo, dando mal ejemplo a la comunidad», y también se acusaba de sus pensamientos malos: «Hermanas mías, me acuso de ser soberbia, de tener mucho amor propio y creer que hago las cosas mejor que ninguna. Hermanas mías, ¿me perdonan vuestras caridades el pecado de haberme distraído durante la misa?»
—En fin, hijo: que las traía fritas a perdones. No sé cómo me aguantaban.
Después pasaba al extremo opuesto. Había temporadas en que le daba por ser mala y mortificar a todo bicho viviente. Las niñas le temblaban. Buscaba pretextos para castigarlas. Armaba riñas entre las hermanas. Era el genio malo del convento. Estas temporadas terminaban, como las otras, por una gran crisis nerviosa, un fuerte ataque, que la dejaba postrada algunos días en cama. También tenía momentos de tristeza tan profunda, que apetecía y aun buscaba la muerte. En cierta ocasión se arrojó al pozo, y de allí la sacaron medio asfixiada; pero nadie supo, mas que el confesor, que había tenido intención de suicidarse. Los únicos días felices fueron algunos que pasó en el convento de Vergara, cuando había estrechado amistad con Maximina. El cariño ciego, mejor dicho, la adoración extática de aquella niña, la había consolado de bastantes pesares. «¡Dios perdone a quien me separó de ella!»
La charla incesante, suave, monótona, de Gloria, donde se percibía el silbido continuo de la ese, me producía un mareo lánguido, cierto retardo voluptuoso, al cual contribuía el ambiente abrasador que se respiraba, el perfume penetrante de las flores y plantas de almoraduj y albahaca, entre las cuales aquella se sentaba.
Durante estas confidencias íntimas, preocupada enteramente por sus recuerdos, me abandonaba la mano. El tibio contacto de su piel delicada, al través de la cual sentía palpitar el calor misterioso de la vida, me llenaba de dicha, una dicha profunda, incomparable, infinita; jugaba suavemente con los dedos torneados y creía sentir en ellos tan pronto febriles estremecimientos como languideces invencibles, ardientes promesas y ahogados anhelos de ternura. De cuando en cuando separaba la cabeza, porque me sentía sofocado, y aspiraba fuerte y prolongadamente el aire con un suspiro extraño que hacía reír a la hermosa. Según avanzaba la noche, iban cerrándose, uno a uno, los agujeros de luz que había en la calle. La atmósfera, quieta y abrasada, nos traía rumores confusos de puertas que se cierran, saludos que se cambian, pasos que se alejan; los ruidos todos que preceden al reposo. Y este llegaba al fin. El aire desierto y melancólico ya no vibraba con ningún sonido. Sólo de tarde en tarde el golpe lento del reloj de la Giralda lo estremecía de improviso con metálico clamor. La sultana de la Andalucía se entregaba al sueño debajo de su espléndido dosel de estrellas. Dentro de su recinto, no obstante, velaba siempre el amor. Hasta el amanecer podían verse en sus estrechas y misteriosas encrucijadas algunos galanes que, como yo, yacían inmóviles, con la frente pegada a alguna reja.
Las horas corrían veloces; pero nosotros no oíamos o no queríamos oír los golpes del reloj sonando lentamente en el silencio y soledad de la noche. Sin embargo, la seca campanada de la una nos estremecía y nos llenaba de inquietud. Aún permanecíamos hablando algún tiempo. Sonaba la una y media...
—Vete, vete.
—Cinco minutos nada más.
Pasaban cinco minutos, y otros cinco después, y yo no me movía. Entonces Gloria, de repente, a la mitad de una frase, se levantaba enojada consigo misma y me decía bruscamente:
—Adiós; hasta mañana.
—Dame la mano siquiera para despedirte.
Me la daba, y yo la retenía a la fuerza algunos minutos más. De pronto alzaba la cabeza en señal de susto, y decía en voz alterada:
—¡Siento ruido!
Yo, estremecido, soltaba la mano, y ella se alejaba riendo del engaño.
De malísima gana también me alejaba yo de aquel rincón oscuro y discreto, donde dejaba mi felicidad. A paso rápido iba salvando las estrechas calles anegadas en sombra, no viendo por encima de mi cabeza más que una banda de azul profundo sembrada de estrellas.
Todos los días me condecoraba, esto es, me ponía en el ojal la flor que llevaba en el pecho. Al día siguiente era menester llevársela marchita; la deshojaba cuidadosamente y me ponía la nueva. La idea de que pudiera regalar aquella flor a otra mujer la estremecía. Empezaba a notar con deleite que sentía celos, celos inconscientes y vagos que ansiaban formularse, sin llegar a conseguirlo. Hacíame mil preguntas acerca de la tertulia de Anguita, me obligaba a describirle minuciosamente todas las jóvenes que allí asistían, y luego, repentinamente, mirándome con fijeza a los ojos, me preguntaba:
—Vamos a ver: ¿y cuál es de todas la que más te gusta?
—Ninguna. Todas me gustan por igual.
—¿Por qué sueltas esas simplezas? ¿Crees que me voy a enojar porque te guste una más que otra? Al contrario, hijo.
—Yo no tengo ojos nada más que para mirarte a ti. Y desde que tú me gustas he perdido el gusto de todas las demás.
Ella, insistía con calor, llamándome embustero, gitano, comediante. Al fin, una noche, más por complacerla que por otra cosa, le dije:
—Pues, si he de serte sincero, la que allí me parece mejor es tu prima Isabel.
¡Dios eterno, qué hice! A pesar de la poca claridad que había, la vi ponerse densamente pálida.
—¡Ya me lo sospechaba!—exclamó con voz ronca y extraña, que me asustó—. ¡No había de gustarte una chica tan hermosa! Tú también le habrás gustado a ella, como si lo viera... ¡Lucido papel me habéis hecho representar! Pero esa es una infamia; sí, una infamia... Desde el momento en que has comenzado en recaditos con ella debí comprender que lo que ella quería era un novio más; mejor dicho, un esclavo más de los que lleva sujetos con un cordelito...
—Pero, Gloria, ¿qué estás diciendo ahí?
—No me trate usted de tú—exclamó, mirándome con ojos chispeantes de furor—. Yo no tengo ya nada que ver con usted... Márchese usted y déjeme el alma quieta...
Asombrado, dolorido, sin saber lo que me pasaba, traté de hacerla entrar en razón. Todo era inútil. No me escuchaba. Excitada por sus mismas palabras, que se atropellaban unas a otras, colérica, descompuesta, me cubría de denuestos, repitiendo a cada instante: «¡Márchese usted! ¡No quiero verle a usted delante!»
No hubo más remedio que aguardar a que se desahogase. Cuando lo hubo hecho, cayó en un singular abatimiento. Tapose la cara con las manos y comenzó a sollozar fuertemente. Aproveché aquellos momentos para decirle lo que creí del caso, demostrándole con razones irrefutables su engaño y el agravio que me hacía. Parece que mis palabras y mi actitud firme y serena hicieron sobre ella impresión, porque no tardó en parlamentar.
Sin embargo, me asaeteó a preguntas, procurando cogerme en contradicciones, observando mi rostro fijamente con ojos inquisitoriales. Después me hizo jurar más de cien veces, por todos los seres queridos que se me habían muerto, por todos los santos del Cielo, que sólo ella me gustaba de veras y sólo a ella quería. Uno de los juramentos, el último y más solemne de todos, me obligó a hacerlo de rodillas sobre las piedras de la calle.
—Si me engaña—concluyó diciendo, con la frente fruncida y mirándome severamente—, cuenta que te clavo un puñal en el corazón.
—Ahí va el puñal—dije, sacando el que me habían regalado en el Fomento de las Artes y que llevaba por precaución en mis excursiones nocturnas—. Te clavarás a ti misma clavando mi corazón—añadí, sonriendo.
—¡Ah gitano, macareno!—exclamó, mirándome al mismo tiempo con sorpresa y cariño—. Venga... Lo guardo... Ten por seguro que no escapas vivo si me haces traición.
—Casi me entran ganas de hacértela por el gusto de morir a tus manos.
Pasó del dolor a la alegría instantáneamente. Las carcajadas se sucedieron a los sollozos. Como si quisiera indemnizarme del susto y de las injurias que me había dicho, ninguna noche estuvo tan cariñosa y zalamera. Tirándome por las manos y sonriendo con sus ojos llorosos aún, exclamaba:
—¿No parece mentira que haya llegado a enamorarme de este modo de un gallego?
No obstante, desde entonces había días en que me hacía padecer mucho con sus celos injustificados. Tenía un miedo tan grande a que se la pegara, como ella decía, que sólo con la idea se estremecía y empezaba a injuriarme. Después me pedía perdón, riendo de sí misma.
Cerca de su casa había un establecimiento de bebidas, que solía estar abierto hasta hora muy avanzada. Una noche, hallándome, como de costumbre, en coloquio amoroso, se me presentó de improviso un chico, trayendo en la mano una batea de cañas de manzanilla. Acercose a mí y me dijo:
—De parte de unos señores que están ahí bebiendo, que haga usted el favor de beber a la salud de la señorita.
Quedeme estupefacto mirándole, y pensando después que era una broma, dije con malos modos:
—Yo no conozco a esos señores ni sé cómo se atreven...
Pero Gloria me tiró de la manga, diciéndome:
—Bebe.
La miré sorprendido.
—¿Hay que beber?
—Sí, hombre, sí; bebe.
Hice como me mandaba, apurando una caña, y luego dije:
—Deles usted las gracias.
Cuando se hubo alejado el chico, me dijo:
—¡Buena la hubieras hecho si no aceptas! ¡Menuda bronca te arman esos gachós!
Luego me explicó que aquello en Andalucía no solo no tenía nada de particular, sino que era un acto de cortesía y franqueza que debía agradecerse. Me recomendó que no dejase de pasar después por la tienda a darles las gracias, pero encareciéndome mucho que no permaneciese allí más tiempo que el indispensable, porque a menudo había reyertas. Algo maravillado de aquellas singulares costumbres, así que me despedí de ella, apresureme a cumplir su encargo. En la taberna hallé hasta media docena de individuos con trazas de personas decentes, que comían alcaparras y langostinos, remojándolos con tragos de manzanilla. Pregunté al chico si eran los que me habían convidado, y habiéndome respondido afirmativamente, le encargué que sacase unas copas de jerez, corriendo de mi cuenta. Fui a darles después las gracias, y me recibieron con una cordialidad tan rara como grata. A los cinco minutos de hallarme entre ellos parecíamos camaradas de toda la vida. Creo que si estoy allí una hora, salimos tratándonos de tú. Me hicieron de Gloria unos elogios que, aunque un poco vivos y si se quiere brutales, tuve que aceptar y aun agradecer, pues se comprendía que eran dichos de buena fe y con ánimo de agradar. Brindamos y bebimos por ella más de una docena de veces, y se invitaron con la mayor alegría para beber unas cañitas a la salud de los novios el día de la boda. Iba ya a despedirme, acordándome de la recomendación de mi novia, cuando creí escuchar ruido de dinero y murmullo de gente arriba.
—¿Qué hay arriba?—pregunté a uno.
—Timbirimba. Si usted quiere echar una miraíta, suba usted esa escalera.
Aunque no soy jugador, siempre he tenido alguna inclinación a los naipes. Subí, pues, por donde me señalaban, con cierta curiosidad, y al llegar a la sala de arriba vi, en efecto, hasta veinte o treinta personas reunidas en torno a una mesa de juego. Procuré ver las cartas asomándome por encima de los hombros, y lo primero que observé, ¡caso chistoso!, fue al famoso Llagostera, mi compañero de fonda, aquel catalán eterno detractor de la holgazanería andaluza, con la baraja entre las manos tirando un entrés. Si hubiera visto al arzobispo en persona en aquella forma, no me hubiese sorprendido más. Manejaba los naipes con singular maestría, como jugador de oficio. De cuando en cuando, así que las apuestas estaban hechas, decía en voz alta, con el acento rudo que le caracterizaba: «Juego, caballeros.» Después de la sorpresa acudió a mí cierta irritación, no exenta de risa. ¿Este era el hombre que todos los días nos mareaba con el trabajo de Cataluña y mostraba tal desprecio al resto de los españoles? «Pues no te escapas sin verme», dije para mí, y a fuerza de trabajar con los codos logré ponerme en primera fila. Saqué un duro del bolsillo y, tirándolo sobre la mesa, dije: «Ese duro al cinco, señor Llagostera.» Levantó la cabeza, y al verme se inmutó ligeramente; pero, reponiéndose en seguida, me saludó con la mayor desvergüenza: «Buenas noches, compañero.»
Cuando le conté la aventura a Villa, se tiraba en la cama de risa. Luego, a la hora del almuerzo, comenzó a cantar las excelencias del trabajo, llamando a cada paso en su apoyo al catalán: «¿Verdad, señor Llagostera, que no hay otra fuente de riqueza?—al mismo tiempo hacía con disimulo el ademán de tirar de una carta—. ¿Verdad, señor Llagostera, que el único medio de prosperar las naciones y los individuos es el trabajo honrado? ¿Eh? ¿El trabajo decente?—la misma a mueca—. Yo no conozco más que a los catalanes que sepan tirar..., tirar bien del carro de la riqueza, ¿eh?—tirando de la carta imaginaria—. ¡Oh, si los andaluces tirásemos tan bien!...» Los comensales no podíamos reprimir la risa. Yo estaba temiendo un conflicto. Pero no lo hubo. Aquella misma noche se mudó el catalán de la casa.
Aunque no tan asiduamente como antes, continuaba asistiendo a la tertulia de las de Anguita, cuidando, por supuesto, de salir antes de las once. Joaquinita seguía persiguiéndome con sus cuartos de hora de conversación zalamera, empalagosa. Vagamente, sin embargo, porque lo mismo Villa que Isabel habían guardado reserva absoluta, entró en su mente la idea de que yo estaba enamorado en otra parte, y no me dejaba vivir con su «Uté etá chiflaíto, Sanhurho. Se le conose a uté en los oho. A vese lo pone uté entornaíto, entornaíto, que paese que se quea uté dormío.» Y era verdad. Más de una vez y más de dos me tengo dormido escuchándola. Isabel se había ido aquellos días con su padre a Sanlúcar, a la boda de una prima suya. Pepita proseguía la persecución de Villa, y éste, desembarazado por la ausencia de Isabel, continuaba dando caza a la criadita de la casa en las mismas narices de la señorita. El señor Anguita, que no se calentaba, a pesar de hallarnos en los días más terribles de agosto, había adquirido recientemente un pandero con el retrato de una chula, y se había vuelto loco y casi nos había vuelto locos a todos. Ramoncita, siempre en conversación grave, importantísima, con sus amigas jamonas y solteras. Don Acisclo, esparciendo el humorismo a un lado y a otro, y con él un vivo deseo de venganza en los pechos de los pollastres a quienes maltrataba. Lo único que me interesaba un poco eran los amores del presbítero don Alejandro con su discípula.
A pesar de la vigilancia exquisita de Pepita, se los veía tan pronto en un rincón como en otro, cuchicheando lo mismo que en el confesonario. El presbítero andaba tan revuelto y acongojado, que apenas si había contestado a lo que le preguntaban. Se había puesto pálido, ojeroso, y cuando alguna vez cantaba cosas de ópera, arrastraba de tal modo las notas, que parecía que se las paseaba a uno por las tripas. Observé que Elenita no estaba acongojada ni mucho menos, antes se mostraba alegrísima, acribillándole a sonrisitas y miradas tiernas, lo cual no era óbice para que las prodigase también a todos los jóvenes «en disponibilidad» que asistíamos a la tertulia. Llegué a imaginar que aquella vivaracha joven se gozaba en las angustias y los desvelos de su maestro.
Un suceso inesperado vino a sacudir el letargo y aburrimiento que la tertulia me causaba. Daniel Suárez, el odioso malagueño que me había inspirado tantos recelos y que aún me los inspiraba, fue presentado a las de Anguita por un pollastre en que no me había fijado. Esto no tenía nada de particular. Por aquella tertulia pasaban todos los forasteros, como habían pasado ya todos los naturales. Sin embargo, me produjo cierta emoción y, ¿por qué no decirlo?, bastante malestar. Disimulé cuanto pude, mostrándome afable. Él, por su parte, observó conmigo una conducta irreprochable, hablándome con naturalidad, como a un conocido que se estima y que no llega a amigo, ni buscándome ni huyéndome.
Por supuesto, no dejaba aquel acento displicente y aquellos modales bruscos y frases cínicas que le caracterizaban. En los breves momentos que departía con él no me habló palabra de Gloria, ni de don Oscar, ni mentó para nada aquella casa. Se contentaba con despellejar a los dueños de la en que estábamos o a cualquiera otra persona que tuviéramos delante. De tan antipático, aquel hombre daba frío. Procuré que su presencia no alterase poco ni mucho mis costumbres; esto es, pasaba mis ratos charlando con Joaquinita o con Villa, y al llegar las once menos cuarto me despedía. Su mirada, fija, luciente, me seguía hasta la puerta; pero no me importaba. Al contrario, con cierta complacencia feroz decía entre dientes: «Ya sabes adonde voy. ¡Rabia, antipático; rabia!» Alguna vez, cuando estaba charlando con Joaquinita en un rincón, sentía posarse sobre mí sus ojos pequeñuelos y malignos. Mas al levantar la cabeza hacia él los separaba inmediatamente.
En estos días, la segundogénita de Anguita me dio una noticia que no dejó de causarme pena. Me dijo que estaba concertada la boda de la condesita del Padul con un primo suyo, el duque de Malagón.
—¿Y Villa?—le pregunté, sorprendido.
Joaquinita me dirigió una larga mirada burlona.
—Pero ¿usted se ha imaginado que Isabelita le trae al retortero para casarse con él?
—No lo sé..., pero sí creía que le profesaba algún cariño.
—Atienda usted al cariño...
Y con cierta complacencia, que me molestó, contome algunos pormenores recientes de los amores de Villa. Al parecer, éste había escrito últimamente una carta a la condesita suplicándole le desengañase de una vez. En vez de hacerlo, ella le había respondido de un modo ambiguo y artificioso. Le decía que la había puesto en un compromiso serio, que su corazón le estaba pidiendo una cosa y que le era imposible escucharle; que obstáculos gravísimos le impedían responder como quisiera, etc.; una serie de palabras melosas para disfrazar unas calabazas muy amargas. El pobre Villa, en vez de darse por enterado, había replicado que le dijese cuáles eran esos obstáculos, para salvarlos si era posible, tornando a hacer protestas vivas de su amor y constancia.
—Pero ¿por dónde se supo eso?—pregunté bastante desabrido.
—Pues por la misma Isabel, que se lo ha contado en confianza a Ramoncita.
Me pareció aquello muy mal y formé de Isabel idea distinta de la que tenía. Desde entonces no podía hablar con Villa sin sentirme animado de compasión, que, por supuesto no dejé traslucir.
Por una de esas simplezas que los hombres inexpertos solemos tener, viví aquellos días en un estado de feliz confianza, que aún hoy, al recordarlo, me irrita contra mí mismo. Creía de buena fe que todo marchaba a pedir de boca, que don Oscar y doña Tula no pensaban ya en el engaño que les había hecho, que Gloria inventaría algún medio para casarnos antes que llegase a la mayor edad, y (¡esto es lo más original!) que Daniel Suárez había desistido por completo de sus pretensiones respecto a ella y me dejaba el campo libre. Pronto tuve ocasión de arrepentirme de tal confianza.
El día de Nuestra Señora, 15 de agosto (siempre recordaré la fecha), estuve a primera hora de la noche en la Británica con Villa. A eso de las diez, aunque ya era tarde para mí, se empeñó en dar una vuelta por casa de Anguita, y le acompañé no de buen grado. Estaba allí Daniel, más locuaz y alegre que de costumbre, conversando animadamente en un grupo de niñas. Al entrar, su mirada, casi siempre agresiva, se clavó en mí, con expresión maliciosa de burla y desprecio, que me lastimó como una bofetada. Le pagué con otra fría y desdeñosa, y me dispuse a sentarme al lado de Joaquinita por no unirme a aquel grupo. Pero el malagueño vino a mí muy risueño y se sentó también al lado de la de Anguita, y le dijo con una rudeza que todos se autorizaban con aquellas jóvenes, y él, por su carácter, con más razón:
—¿Para qué me perzigue usted a este gachó, si ya está amartelaíto perdío por otra niña zevillana?
—¿De veras está usted enamorado, Sanjurjo?—me preguntó Joaquinita, visiblemente contrariada.
—Cuando el señor lo dice...—repuse muy fríamente.
—Diga usted que zí... Es una morena hasta allí..., con unos ojos como dos negros bozales..., ¡ham!, dispuestos a comérselo a uno... ¡Y unos andares..., que el suelo cruhe de gusto cuando se siente su taconeo!...¡Luego un arma que ni la de un violín... y más zentío que un miura!...
Aquellos elogios brutales, que más parecían dichos en son de menosprecio, despertaron en mí profunda indignación, y dije, sonriendo rabiosamente:
—Le falta a usted lo mejor.
—¿Qué?
—Que tiene cien mil duros de dote.
El sarcasmo no le hizo efecto alguno.
—¡Ezo e! Y, además, se encuentra uno con el inconveniente de los cien mil duros. ¡Diga usté ahora que este zeñó no es má zabio que Víctor Hugo!
No sé en qué hubiera parado aquella conversación si no llega a levantarse y despedirse. Mi sangre estaba dando más vueltas que un argadillo. Luego que se fue me calmé un poco, aunque todavía tardé algunos minutos en contestar acorde a las preguntas que Joaquinita me dirigía. Disimulando mal su turbación y enojo, me pedía noticias de mi novia con una insistencia y una melosidad tan empachosa que yo no sé si hubiera preferido las insolencias del malagueño.
—Vamos, Sanhurho, no disimule uté má... ¿Es tan guapa como Daniel la ha pintao?
—Señora, ya le digo a usted que no ha sido más que una broma para divertirse un poco a mi costa.
—¡Jesú, qué pesao y apestoso está uté hoy, amigo! ¿Se figura uté que por hablar de ella se va a disipá en el aire como el álcali volátil?
Sufrí aquella mosca el tiempo que pude, que no fue mucho, pues me llegaban las once menos cuarto. No me dejó hasta la puerta y me prometió enterarse de todo, «porque sacar algo de mí estaba visto que era imposible». Tomé, al fin, el camino de la calle de Argote de Molina. Según me acercaba a ella, se iba desvaneciendo la negra bruma de odio y de tedio que la desvergüenza del malagueño y la fatuidad de la de Anguita habían echado en mi espíritu. Cuando entré en ella y alcancé a ver la casa de Gloria, me hallaba en la misma feliz disposición con que acudí siempre a la cita. Pero en el mismo instante, al echar una mirada a la reja, veo arrimado a ella, o próximo a ella al menos, el bulto de un hombre. Me detuve estupefacto. Lo primero que imaginé fue que era el sereno. Después pensé que se trataba de un borracho; luego, que aquel hombre no estaba arrimado a la reja donde Gloria me hablaba, sino a la de otra ventana. Todo esto en menos de un segundo. Anduve tres o cuatro pasos más y me convencí de que, en efecto, era un hombre, que estaba arrimado a la ventana de mi novia, en la misma posición que yo solía estar. Di otros tres o cuatro, y vi que aquel hombre era, sin género de duda, Daniel Suárez.
Es horrible decirlo, pero lo diré, porque quiero que este libro sea una confesión. Si me hubiesen dicho en aquel momento: «Se ha muerto tu padre», no hubiera recibido impresión más cruel. Miraba y no quería creer a mis ojos. Estaba a unos veinte pasos de distancia. En la media luz que el farol de la esquina esparcía en aquel rincón se destacaba bien clara la silueta del malagueño recostado sobre la reja, con su americana corta, pantalón claro ceñido y sombrero cordobés de alas rectas. Sin darme cuenta de lo que hacía, avancé con lentitud, el paso vacilante, y me cercioré de que detrás de la reja se hallaba Gloria. Fui tan estúpido o estaba de tal modo aturdido, que, en vez de retroceder y alejarme pronto de aquel sitio, continué avanzando y pasé por delante de ellos con el rostro vuelto hacia la ventana. Daniel se volvió enteramente de espaldas. Luego que pasé oí un animado cuchicheo y risas comprimidas. No acierto a describir lo que pasó por mí entonces.
A pesar de hallarnos en una de las noches más calurosas de agosto, sentí la frente cubierta de un sudor frío y vacilé como un beodo. Necesité apoyarme en la pared un instante. Luego, por un esfuerzo, mejor dicho, un sentimiento de amor propio, seguí resueltamente mi camino. Anduve a paso largo no sé cuánto tiempo por entre calles; no recuerdo cuáles. Sólo tengo una idea de que estuve en el muelle y que me apeteció arrojarme al agua. Entré en un café y me bebí unas cuantas copas de coñac. En lugar de contribuir a turbarme, el licor sirvió para despejarme y aclarar mis ideas. Al menos, esto me pareció entonces. Contemplé con decisión el suceso y reconocí al instante que había tenido la desgracia de caer en manos de una redomadísima coqueta. El lance no era nuevo. Esto mismo había pasado a muchos millares de hombres antes y pasaría después. Confieso que me acometió un vivo sentimiento de venganza, no por el acto en sí, sino por la forma grosera y humillante en que había sido llevado a cabo. De ella no podía tomarla, al menos por entonces. Pero de él, sí. Él era, seguro estaba de ello, quien había imaginado tal escena vergonzosa. A él era a quien debía exigir la responsabilidad.
Luego que me hube aferrado bien a esta idea, bebí otra copa de un trago, me levanté y salí decidido a entendérmelas con aquel guapo. Mientras caminaba a paso largo hacia la calle de Argote de Molina, discurrí que acometerle de improviso a bofetadas era indigno. Además, una cachetina no era lo que yo apetecía. En aquellos momentos me sentía inclinado a lo trágico. Una estocada que le traspasase el corazón, un tiro que le deshiciese la cabeza; esto era lo que mejor representaba mis sencillos deseos, y en ello me detuve con voluptuosa complacencia. Si yo fuera un hombre aturdido, falto de previsión y de cálculo, quizá hubiera hecho aquella noche una barbaridad muy gorda. Mas, por mucho que me halagase la consoladora idea de abrir un boquete en la cabeza o en los intestinos de mi rival, comprendí al instante que los hombres civilizados no pueden proporcionarse estas puras satisfacciones sin tropezar con la Policía, el Juzgado y el presidio. Forzoso era renunciar a ella si no apelaba al desafío. Esto ya no me halagaba tanto. Sin embargo, aunque agucé cuanto pude el entendimiento, no hallé otro procedimiento.
Penetré en la calle por la parte baja, esto es, por la de Mercaderes y Conteros, y fui siguiéndola cautelosamente, ciñéndome bien a las paredes hasta poder avistar la casa de Gloria. Pude notar, sin ser notado, que Suárez continuaba en el mismo puesto. Fuerza de voluntad necesité para no correr allá y patearle. La tuve, no obstante. Esperé con paciencia un rato, asomando de cuando en cuando la cabeza para cerciorarme de que no se había movido. El corazón me latía fuertemente. Difícil me hubiera sido continuar en aquel estado mucho tiempo; pero quiso la suerte que no sucediese. Al dar el reloj las doce se cerró la vidriera de la ventana y Suárez se separó de ella. No debo ocultar que experimenté cierta satisfacción pueril al pensar que conmigo se estaba hasta la una y media y aún más algunos días. Me detuve un instante a ver qué dirección tomaba mi enemigo, y observando que seguía calle abajo, corrí cuanto pude delante, perdiéndome en sus recodos. Cuando di la vuelta a la esquina de la calle de Conteros, me detuve y esperé. No tardó en aparecer.
—Una palabra, amigo—le dije, saliéndole al encuentro y colocándole una mano en el hombro.
Se puso atrozmente pálido, retrocedió dos pasos y llevó rápidamente la mano al bolsillo de la americana, sin duda en busca de un arma. Mas al verme tranquilo y como sorprendido de su movimiento, la dejó caer otra vez y me preguntó:
—¿Qué se ofrece?
—Tengo que hablar con usted dos palabritas.
—Las que usted quiera.
—Aquí en la calle estamos mal. ¿Tiene usted inconveniente en que entremos en cualquier establecimiento? Muy cerca hay uno.
—Vamos allá.
La idea de entrar en un café le había serenado por completo, como es natural. Anduvimos algunos pasos por la calle arriba otra vez y penetramos en la taberna donde me habían convidado no hacía muchos días. Se encontraban en ella los mismos alegres compadres, que me recibieron con igual agasajo y cordialidad. Todos a un tiempo elevaron sus cañas, invitándome a beber. Uno de ellos me dijo:
—¿Qué tal la morenita?
La pregunta me turbó extremadamente en aquel momento.
—¡Pchs!... No anda mal.
Echamos un trago para no desairarlos y nos fuimos a sentar en un rincón.
Suárez y yo nos miramos un instante a los ojos sin disimular el odio. Yo fui quien rompió el silencio, diciendo:
—Ante todo, hablaremos bajito para que no se enteren esos señores... Quiero decirle a usted que, después de lo que ha pasado esta noche, usted comprenderá que necesito matarle.
—Compare, no comprendo esa necesidá; pero si uté lo ziente, no debía darme aviso, porque ahora va a coztarle una mijita más de trabajo.
—No soy un asesino. Aunque lo que usted ha hecho conmigo es una indignidad..., una porquería, voy a hacerle a usted el honor de batirme con usted.
—Eztimando ese honor, amigo. ¿Zabe uté una cosa que estoy pensando?... Que está uté un poquirritiyo...—apoyando el dedo índice en la sien—. No se ofenda uté.
—No me ofendo. Sí; loco debo de estar cuando, en vez de patearle a usted la cara hace poco, he aguardado para decirle muy cortésmente que es usted un canalla.
El malagueño cambió su natural color aceitunado por otro algo más bajo; pero no pareció alterarse. Guardó silencio unos momentos, dio un par de chupetones al cigarro, que eternamente tenía entre los dientes; separolo después de la boca, soltó el consabido chorrito de saliva por el colmillo, quitó la ceniza con el dedo meñique y dijo tranquilamente:
—Vamo; uté quiere, por lo vizto, buya.
—Bulla, no. Quiero matarle a usted. Ya se lo he dicho.
—E igual, porque yo no he de morir zin un poquito de buya. Pero voy a decirle a uté un sentimiento que tengo ayá dentro, y no lo eche uté a mala parte... Creo yo que todo ezo del duelo, y lo padrino, y la espada, y lo zable ez una guaza, ¿zabuté? Cuando un hombre le hace a otro mala zangre, para deshogarze no necesita tanto compá de espera. Pero, ademá, el matarse en este cazo me paece, ¿zabuté?, una gran zimpleza.
—Será lo que usted quiera—repliqué con viveza—, pero estoy dispuesto a que nos matemos.
—¡No ze apure uté, buen hombre! Nos mataremos.
Hablábamos en voz muy baja y procurábamos ambos sonreír diciéndonos estas ferocidades; de suerte que los que allí estaban creían que departíamos amigablemente.
—Nos mataremos, zi uté tiene tanto empeño... Pero conzte que yo cuando le he vizto a uté a la reha con eza niña no he ido a buscarle buya.
—¡Hombre, tiene gracia! ¿Y por qué me la había usted de buscar?
—Puez por la misma razón que uté me la busca a mí... ¿Es uté el marío de eza joven?... ¿Es uté zu padre o zu hermano?... Pue entonce, ¿con qué derecho me quiere uté privá de hablar con eya zi eya tiene guzto en hacerlo?... Uté la ha conocío en lo mizmo día que yo...¿A uté le ha guztao zu palmito y zu aquel? También a mí. ¿A uté le han apetecío lo cien mil duro de la dote?... Lo mizmito me ha sucedío a mí, compare. Uté ha comenzao a hacerle rozca... Yo también ze la he hecho. Por conziguiente, igualito. Llevará el gato al agua el que la niña quiera. Paece que ahora zoy yo. ¿Qué quiere uté hacerle?
—No estoy enteramente de acuerdo con esa opinión; pero no discutamos... Tiene usted un modo de apreciar las cuestiones demasiado..., demasiado prosaico, por no emplear otro calificativo... Se preocupa usted mucho de los duros...
—¿Y uté les ezcupe, compare?
—Voy a suplicarle a usted un favor..., y es que no me llame usted compadre.
—Hombre, uté me dizpensará que pida un vazo de limón para que uté reflezque... Etá uté muy nervioziyo... Cuando le haya a uté pazao eze fogonazo de celo que ahora le ha dao, ze reirá de lo que etá diciendo y haciendo... Que no le haga buena tripa el verme a la reha con la niña que uté creía chalaíta, se comprende bien; pero que uté se dizpare de ese modo, vamo, compare (uté dizpense, amigo), me paece a mí..., digo que no eztá en lo regulá.
—No me disparo porque esa mujer u otra cualquiera deje de quererme o prefiera a otro, entiéndalo usted bien. Es muy libre de hacerlo. Lo que no tolero es lo que usted ha hecho, con bien poca delicadeza por cierto..., preparar una escena tan fea y vergonzosa con el solo propósito de humillarme. Si usted se hubiera dirigido a mí, diciéndome: «Gloria ya no le quiere a usted; me quiere a mí», en cuanto lo comprobase convenientemente le dejaría a usted el campo libre y quedaríamos tan amigos, al menos en la apariencia.
—Alto ahí, amigo. La escena de que uté habla no ha zío preparada por mí, sino por eya. Por empeño zuyo fui a la reha un poco antes de las once. Es maz: quize oponerme a eyo porque zabía que eza era la hora en que uté echaba zu parrafiyo; pero la niña lo tomó por too lo alto, y no hubo má remedio que conformarze.
—Permítame usted que lo dude.
—Uté ez mu dueño. Zi uté quiere convencerze, véngaze mañana de noche conmigo a la reha y ze lo preguntamo. Seguro etoy de que no me dejará por embuztero.
—Yo no tengo para qué presentarme otra vez delante de esa p...—exclamé, poniéndome rojo.
Creí que aquel insulto dirigido a su amada le iba a exasperar. Nada de eso. Siguió tan tranquilo como si nada fuese con él.
Ambos guardamos silencio. Yo quedé profundamente pensativo. Las últimas palabras del malagueño me habían llegado a lo profundo del corazón. Era imposible dudar ya de que la ofensa había venido directamente de ella. A pesar de que tenía la mirada fija en la mesa, sentía sobre mí los ojos de Suárez, observándome, serios y recelosos. Levanté al cabo la cabeza y dije gravemente:
—Está bien. Puesto que es ella sola la que ha querido ofenderme, nada de lo dicho. Quede usted con Dios.
Al mismo tiempo me alcé del asiento y salí de la taberna, un poco sorprendido, en verdad, de que Suárez me dejase ir tan tranquilo, pues en nuestra corta plática le había dirigido algunas injurias que merecían explicación.

XI
ME DEDICO A BUSCAR A PACA
O que no se me ocurrió mientras estuve bajo la impresión del latigazo de la cólera, penselo en cuanto me serené un poco y se me acordaron las ideas. Quiero decir que, apenas hube reposado algún tiempo en el lecho, habiéndome despertado a medianoche, al instante se me ofreció con admirable claridad que Gloria no podía cometer una acción tan ruin por capricho. Podía abandonarme, entrar en amores con otro, coquetear, darme cordelejo y reírse. Todo eso estaba en lo verosímil; mas herirme villana y sañudamente sin más pecado que el de amarla, no era creíble. Debía de haber gato encerrado. El acto de aquella noche parecía inspirado en un deseo de venganza, y para vengarse, menester era una ofensa previa. Esta consideración me dio harto consuelo. Propúseme, pues, tan pronto como llegase el día, poner en práctica los medios para deshacer la intriga que, sin duda, había tramado el malagueño contra mí. Comenzó a pesarme de no haberle dado una buena «pateadura»; pero se la prometí para la primera ocasión que se presentase. Y con este pensamiento confortante, el sueño tranquilo de los justos acudió de nuevo a mis sienes, y no me desperté hasta las nueve de la mañana.

Vestime con premura y salí a la calle sin saber adónde iba, pero con la resolución incontrastable de ir a alguna parte. Por lo pronto, los pies me llevaron a casa del conde del Padul.
—El señor conde y la señorita vienen pasado mañana.
¡Cielos! ¡Dos días aún! ¡Una eternidad para mí! Pensé que en dos días había tiempo suficiente para morirse de pena, y si no es de pena por lo menos de hambre, pues sentía que me faltaba el apetito y no comería a manteles mientras no se resolvieran mis dudas. ¡A quién acudir en aquellas críticas, terribles circunstancias! Si en la mano lo tuviese, hubiera hecho intervenir en el asunto a la autoridad civil. Pero no siéndome posible, me decidí a buscar a Paca. ¿Dónde? Yo, que había estudiado matemáticas, historia de España, patología interna y tantas otras cosas inútiles, ¡no sabía dónde vivía Paca! Renegué cien veces de mi imperdonable abandono, de mi descuido para aprender cosa de tan reconocida necesidad. No había más remedio que aguardar la salida de las cigarreras de la fábrica, y aun así exponerme mucho, como me había sucedido ya, a no verla. Todas las desdichas se cernían de una vez sobre mi cabeza.
Pasando por la calle de Francos en tal estado de abatimiento, vecino al sepulcro, oí que me llamaban desde una tienda de sederías.
Eran las de Anguita.
—Venga uté acá, Sanhurho...—me dijo Ramoncita—. Ayúdenos uté a escoger un traje que sirva para las tres. Estamos mareadas hase más de una hora buscando un color que diga a toa estas fisonomía...
Los dependientes sonrieron de la desfachatez. Yo permanecí grave. Entonces Joaquinita, mirándome atentamente a la cara, me preguntó con sorpresa:
—¿Qué tiene uté, Sanhurho? Etá uté paliito.
—¡Pachs! No me siento hoy muy bien.
—¿Es que le ha dao calabasas la novia?
Aquella pregunta, hecha sin duda alguna al sabor de la boca, me causó una extraña y profunda impresión. Debí de ponerme como una cereza, y sonreí forzadamente. Joaquinita soltó la carcajada.
—Vaya, he dao en el clavo sin saberlo.
Aturdido estúpidamente, dije algunas frases que no recuerdo, y me despedí de aquellas señoritas, a quienes no deseé otra cosa más que Dios confundiera en el mismo momento.
¡Bueno estaba yo para bromitas! Andando entre calles un rato, se me ocurrió la idea, no muy sensata, de ir a la Fábrica de Tabacos y preguntar allí por Paca...¿Para qué? Llegaba mi grosera ignorancia hasta no saber su apellido. Busque usted a una tal Paca entre seis mil mujeres. Lo menos que habría en la fábrica eran doscientas o trescientas Pacas. Sin embargo, insistí en la idea, porque no me venía otra más asequible, y eso que trabajaba mi cabeza como un horno encendido. Poco a poco fui acercándome a la puerta de Jerez, y me encontré, cuando menos lo pensaba, frente al vasto y suntuoso edificio alzado por Felipe III para la confección del rapé.
Di bastantes paseos por delante de él. Al cabo, me resolví a franquear la verja, y me acerqué a una de las puertas.
—¿El señor administrador?—pregunté a un hombre que me pareció portero.
Así que hice esta pregunta, me quedé sorprendido, confuso. ¿Para qué quería yo al administrador?
—Siga usted adelante, suba usted por aquella escalera, tuerza a la izquierda, siga usted el corredor, tuerza a la derecha, suba otra escalerilla, y allí enfrentito tiene usted su despacho.
De todo aquello no me hice cargo sino de que siguiera adelante. Y seguí. Vi una escalera y subí por ella.
—¿El señor administrador?—pregunté a otro hombre.
—Venga usted conmigo; yo le llevaré hasta su despacho.
Mientras me guiaba por los anchurosos y sucios corredores, no pude menos de decirme: «Ceferino, dispensa, chico, pero estás haciendo una melonada.» Tropezábamos aquí y allá con mujeres y hombres que me miraban fijamente, como si adivinasen aquel juicio poco lisonjero que había formado de mi persona y lo corroborasen en todas sus partes. Al fin me hallé frente a frente del administrador, un señor anciano, pálido, bigote y perilla blancos, traza de militar retirado y gorro de terciopelo azul en la cabeza.
—¿Qué se le ofrece a usted?
Esta pregunta me pareció tan inaudita, tan bárbara, que me quedé clavado en el suelo, mirándole con espanto.
—Vamos, caballero, ¿qué se le ofrece a usted?
Tosí, sudé, empalidecí, di algunas vueltas al sombrero, estiré el cuello de la camisa, que no me apretaba, y, por último, le alargué la mano.
—¿Cómo sigue usted?
Tomola, mirándome con desconfianza, y contestó de mal talante al saludo.
—Usted me dispensará... Yo buscaba a una tal Paca..., una operaria de la fábrica, ¿sabe usted?... Necesito con mucha urgencia darle una noticia... Si usted me hiciese el favor..., yo le agradecería en el alma.
—¿Qué favor quiere usted que le haga?
—Hacer que salga para que pueda decirle no más de dos palabras.
—¿Cuál es su apellido y en qué taller trabaja?
Esta terrible pregunta volvió a desconcertarme.
—¿Sabe usted que no puedo decírselo?—respondí, sonriendo hasta con las orejas.
El administrador me miró gravemente de arriba abajo y estuvo un rato indeciso, tal vez dudando entre si era un loco, un guasón, o un tonto. Parece que debió de inclinarse a este último partido, porque alzó los hombros y dijo sonriendo a uno que entraba a la sazón en el despacho:
—Oiga usted, Nieto: este señor desea que le busquen a «una tal Paca».
Y recalcó mucho las últimas palabras, lo cual no me hizo muy buena sangre.
—¿Para qué?—preguntó el empleado que entraba, dirigiéndose a mí.
Yo, acometido súbitamente de una gran dignidad, respondí con gesto desdeñoso:
—No lo sé.
Pero aquel empleado era, por lo visto, hombre amable y de buena pasta, porque insistió, diciendo:
—Si usted supiera el apellido, tal vez, preguntando por los talleres, podríamos dar con ella.
—Es una mujer de treinta años o más, pálida, de ojos negros, que lleva un pañolito blanco al cuello.
El administrador y él se miraron, dirigiéndose una leve sonrisa, no muy halagüeña para mí.
—Bueno, bueno, venga usted conmigo—dijo el complaciente Nieto con resolución entre galante y burlona—.Ya veremos si podemos dar con ella.
Salí, haciendo una fría inclinación de cabeza al administrador, y seguí al empleado, que comenzó a guiarme por los corredores.
—¿Usted no sabe en qué taller trabaja?
—No, señor.
Nieto se dolió de esta ignorancia con suavidad, como si en ello le fuera algo. Era un hombre alto, grueso, de fisonomía abierta y simpática. Sin saber por qué, parecía interesarse en mi negocio y no se cansaba, mientras caminábamos, de hacerme preguntas por donde pudiera ponerse en la pista de la cigarrera. Me dijo que era inspector del taller de pitillos, y que conocía personalmente a muchísimas operarias, sobre todo de vista.
—Cuando veo a una mujer en la calle, es difícil que no sepa decir si trabaja o no en la fábrica.
En su opinión, lo mejor que podíamos hacer era entrar en los talleres, recorrerlos despacio a ver si distinguía entre las mujeres a la que buscaba. Preguntome si quería comenzar por el de pitillos, que era el suyo y el más numeroso. Ningún inconveniente tuve. Al llegar a la puerta diome en el rostro un vaho caliente, y percibí un fuerte olor acre y penetrante, que no era solo de tabaco, pues este se siente apenas se pone el pie en la fábrica, sino de sudores y alientos acumulados, la infección que resulta siempre de un gran número de personas reunidas en el verano.
Eran las once de la mañana, y el calor tocaba a su grado máximo.
—Aguárdese usted un momento, voy a prevenir a la maestra—me dijo Nieto, adelantándose.
Observé que llamó a una mujer, habló con ella unas palabras, y esta se fue y volvió al cabo de unos momentos, diciendo:
—Pueden ustedes pasar.
Por lo que vine a entender, había ido a dar la voz de «visita» para que se tapasen las operarías, que, por razón del calor, habían descubierto alguna parte no visible de su cuerpo. Cuando entramos, aún pude notar que algunas se abotonaban apresuradamente la chambra o ponían un alfiler al pañuelo que llevaban a la garganta.
* * *
El cuadro que se desplegó ante mi vista me impresionó y me produjo temor. Tres mil mujeres se hallaban sentadas en un vasto recinto abovedado; tres mil mujeres que clavaron sus ojos sobre mí. Quedé avergonzado, confuso; pero supe aparentar cierto desembarazo, y me puse a charlar con Nieto, haciéndole preguntas tontas, mientras me guiaba por los pasillos del taller. Apenas se respiraba en aquel lugar. El ambiente podía cortarse con un cuchillo. Filas interminables de mujeres, jóvenes en su mayoría, vestidas ligeramente con trajes de percal de mil colores, todas con flores en el pelo, liaban cigarrillos delante de unas mesas toscas y relucientes por el largo manoseo. Al lado de muchas de ellas había cunas de madera con tiernos infantes durmiendo. Estas cunas, según me advirtió Nieto, las suministraba la misma fábrica. Algunas daban de mamar a sus hijos. El tipo de todas aquellas mujeres variaba poco: cara redonda y morena, nariz remangada, cabellos negros y ojos negros también, muy salados. Cada cierto número había una maestra, que se levantaba a nuestro paso. La principal del taller nos acompañaba. Nieto iba explicándole cómo yo buscaba a una tal Paca, cuyo apellido o mote (porque este es muy frecuente entre las cigarreras) ignoraba.
Desde que comenzamos a caminar por aquel gran salón de paredes desnudas y sucias, observé un chicheo constante. No podía mirar a cualquier parte sin que me llamasen con la mano o los labios, haciéndome alguna vez muecas groseras y obscenas. A duras penas el miedo del inspector y la maestra las retenía. Si me fijaba en alguna más linda que las otras al instante me clavaba sus grandes ojos fieros y burlones, diciendo en voz alta:
—Atención, niñas, que ese señor viene por mí.
O bien:
—¡Una miraíta más, y me pierdo!
A la idea de que averiguasen que era gallego, daba diente con diente. Por eso había enmudecido repentinamente, y dejaba que el inspector me dijese en voz alta:
—Vamos, mire usted bien. ¿Es alguna de éstas?
Yo hacía signos negativos con la cabeza.
Aquel enjambre humano rebullía, zumbaba, produciendo en la atmósfera pesada, asfixiante, cargada de olores nauseabundos, un rumor sordo y molesto. Por encima de este rumor se alzaba el chicheo con que la asamblea me saludaba. Los ágiles dedos se movían, envolviendo el tósigo con que pronto se envenenaría toda España.
—¡Mariita! ¡Mariita!—dijo Nieto, dirigiendo una reprensión cariñosa a cierta joven a quien había sorprendido fumando.
—Don Celipe, es que me duelen las muelas.
—Pues cuidado con ellas, porque pueden salirte caras.
Habíamos recorrido casi todas las naves, y mi Paca no aparecía. Nieto me invitaba ya a que pasáramos al taller de cigarros puros. Mas, al dar la vuelta para dirigirnos a la salida, sentí que me tiraban de la americana. Bajé los ojos, y vi a Paca sentada al borde del mismo pasillo.
—¡Ya apareció!—dije al inspector y a la maestra.
—Ya aparesió aquello—repitió, en son de burla, una cigarrera, que había oído mi exclamación.
Paca se había levantado. Me apresuré a decirle:
—¿Sabe usted lo que pasa?
Y, con sobrado calor, sacudido nuevamente por la emoción que desde la noche anterior embargaba todas mis facultades, me puse a contarle lo sucedido y la presunción que tenía de que hubiese una intriga infame tramada contra mí. Necesitaba de su auxilio: que fuese a casa de Gloria, la interrogase, le hablase en mi favor o, por lo menos, alcanzase de ella una explicación.
Aunque había comenzado a hablar en tono muy bajo, como me hallaba tan preocupado, descuideme y fui alzando la voz sin notarlo. Algunas palabras sueltas debieron de haber llegado a los oídos de las cigarreras más próximas, porque las oía repetidas en voz alta acompañadas de risas y jarana. No hice caso.
Seguí hablando, cada vez con más empeño y calor, hasta que Paca, a quien advertía inquieta y distraída, me dijo por lo bajo:
—Señorito, váyase uté... Me paese que hay bronca.
Oí, en efecto, gran algazara, y, al tender la vista por el taller, observo que todos los rostros están vueltos hacia mí, sonrientes; que se agitan las manos, imitando mis ademanes, un poco descompasados; que se tose, y se estornuda, y se ríe, y se patea.
—Esta noche pase uté por casa. Vivo en Triana, calle de San Jasinto. Pregunte uté por el corral de la Parra—me dijo Paca cada vez más agitada.
En aquel instante venía el inspector, que se había separado cuando entablé conversación con la cigarrera, y dijo sonriendo:
—Me ha revuelto usted el taller. Concluya usted pronto, porque estas niñas tienen, al parecer, ganas de bronca.
—¡Bronca! ¡Bronca!... ¡Bron...ca! ¡Bron...ca!—empezaron a repetir las cigarreras.
El grito se extendió por todo el taller. Y, acompañado por él, oyéndome llamar cabrón por tres mil voces femeninas, salí del recinto haciéndome que reía, pero abroncado de veras. Di las gracias al amable Nieto y me aparté de la fábrica, satisfecho a medias de la visita.
Fui derecho a casa, pero no intenté siquiera almorzar. La comida me causaba asco. Matildita dio cien vueltas en torno mío, como una gata mimada, intentando averiguar si me sentía enfermo, como decía, o bien me hallaba bajo el peso de uno de esos dolores morales que, por desgracia, ¡ay!, ella tan bien conocía. No le fue posible, y quedó grandemente desabrida. Encerreme en mi cuarto y me puse a escribir una carta a Gloria, que me resultó de nueve pliegos y una cuartilla. Yo no sé cuántas cosas le decía. Sospecho que estaba llena de repeticiones, y doy por seguro que abundaban en ella las metáforas, hipérboles, epifonemas y, en general, toda clase de tropos y figuras de dicción. Había, además, gran copia de signos de admiración y puntos suspensivos. También recuerdo que citaba una octava real de Espronceda y dos versos de Musset. Como formaba demasiado bulto para un sobre común, me vi precisado a fabricar otro, para lo cual pedí las tijeras a Matildita, que no dejó de echar una mirada penetrante a los pliegos escritos que estaban sobre la mesa.
—Don Seferino, uté escribe largo y no come... ¡Malo!
Vi en lontananza una nube de consejos presta a reventar sobre mí. Y no di juego, limitándome a alzar los hombros y a dejar escapar un gruñido galante.
Luego que tuve lacrado y sellado el protocolo, lo metí a duras penas en el bolsillo y salí a refrescar la cabeza, que bien lo necesitaba. ¡Tres horas había pasado escribiendo!
Cerca del oscurecer, pasando por la calle de las Sierpes, vi en la Británica a Villa, y entré a acompañarle. Invitome a beber una copa de cerveza. Acepté, porque sentía en el estómago una pena singular. Después de beberla, en vez de calmarse, creció esta pena, a tal punto, que pensé ponerme malo. Entonces surgió en mi mente la sospecha de que lo que tenía era hambre, y pedí un bistec. ¡Caso pasmoso! Hambre, y de órdago, era lo que yo padecía, pues devoré la carne y las patatas hasta no dejar migaja, y sobre esto pedí queso y otro bollo de pan. Nunca imaginara que un hombre, en el estado de espíritu en que yo me hallaba, pudiera sentir con tal apremio esa necesidad. Pero lo he visto comprobado prácticamente, y contra los hechos no hay argumento.
—¡Compare, qué carpanta se trae usted!
Villa se encontraba en felicísima disposición, alegre y chancero, que hubiera dado gozo a cualquiera y le hubiera despertado el contento. Pero yo, en vez de animarme, me fui poniendo cada vez más sombrío, y con el egoísmo del que padece ansias de amor, a riesgo de cortar aquel torrente de alegría que le inundaba, me puse a contarle con todos los pormenores lo que me estaba sucediendo. Doliose extremadamente del percance, y me aconsejó que, por sí o por no, cascase las liendres al malagueño. Mas, contra lo que esperaba, el relato de mis desgracias no logró mermar aquel tesoro de buen humor que guardaba. Siguió riendo y jaraneando lo mismo que si acabase de notificarle mil felicidades; lo cual no dejó de mortificarme un poco. Creía yo que mi historia era de las que manaban sangre y ablandarían las piedras.
Luego, sin ceremonia alguna, bruscamente, comenzó a hablar de sí mismo.
—Hombre, si viera usted qué aburrido anduve todos estos días, sin tener aquí a Isabel.
Hablaba de ella como si ya fuera suya, lo cual me hizo sonreír interiormente. Al mismo tiempo nació en mi espíritu cierto innoble deseo de vengarme por su falta de atención.
Afortunadamente, la condesita debía de llegar pasado mañana con su padre, y volverían los párrafos en casa de Anguita y las noches de teatro. A la sazón había comenzado a actuar una compañía de ópera en el de San Fernando. El comandante se las prometía muy felices. Hablaba con un entusiasmo, con una unción, de su adorada, que daba pena el considerar lo engañado que aquel hombre vivía; digo, daría pena a cualquiera que no estuviese, como yo, profunda y vivamente llagado por el desprecio de otra pérfida. Ruborizado como un colegial y tembloroso, volvió a hacerme por centésima vez confidente de unas niñerías que nunca me parecieron tan ridículas como entonces. Si se había sonreído cuando besó un guante que le cayera; si se estaba al balcón a la hora que él pasaba; si le echaba miradas largas, intencionadas; si le había concedido dos rigodones y una polca en el último baile del Alcázar.
De confidencia en confidencia, se conoce que se le fue subiendo la sangre a la cabeza, y concluyó por decirme, con el rostro encendido y los ojos brillantes:
—Voy a confiarle a usted un secreto, amigo Sanjurjo. Espero que usted me lo guardará con cuidado... Ya ve usted, hay cosas... Sabrá usted cómo he escrito a Isabel, poco antes de marcharme a Sanlúcar, haciéndole una declaración en regla y pidiéndole que me desengañase de una vez...
—Ya lo sé—repuse brutalmente.
Estupefacción de Villa.
—¿Lo sabe usted?
—Sí, y también sé lo que Isabel le ha contestado... Que su corazón le exigía una respuesta; pero que había gravísimos obstáculos que le impedían seguir los impulsos de su alma... A lo cual replicó usted que le dijese cuáles eran esos obstáculos, para salvarlos, si fuese posible...
El comandante se había quedado como una estatua, mirándome con ojos que, por lo abiertos, parecían querer saltar de las órbitas.
—¿Y cómo sabe usted eso?—preguntó, al fin, con voz áspera, donde se advertían el recelo y la amenaza.
—Lo sabe hoy toda Sevilla—le respondí con mal humor—. Isabel se lo ha contado a las de Anguita, y estas niñas no se muerden la lengua.
Le vi ponerse pálido. Guardó silencio obstinado, mirando fijamente a la copa de cerveza que tenía delante. Al fin, dijo con voz apagada:
—Nunca creyera a Isabel capaz de una acción tan fea.
Entonces yo, entre compadecido y rencoroso, con la complacencia que sienten los desgraciados al encontrar otros como ellos, le dije:
—Amigo Villa, por lo mismo que le estimo a usted de veras, voy a darle un consejo franco y leal. Creo que debe desistir de galantear a Isabel... Me duele ver a un amigo en ridículo, y que una muchacha se burle de un hombre tan formal y discreto como usted... A riesgo de darle un mal rato, le diré que me consta positivamente que Isabel se casa con su primo, el duque de Malagón, y que los padres han aprovechado el viaje a Sanlúcar para arreglar definitivamente el asunto.
No era verdad que me constase positivamente. La noticia me la había dado Joaquinita; pero lo dije así por cierto instinto dramático que todos los hombres tenemos, aun los más líricos.
Villa no respondió palabra ni pareció inmutarse. Siguió inmóvil, con la vista fija en la copa. Sólo observé que se había puesto más pálido. Su fisonomía simpática y varonil iba contrayéndose por momentos con expresión de dolor, que, al fin, logró conmoverme y que me olvidase de mí mismo.
Luego, con voz alterada, me dijo que me agradecía la noticia y que sentía no se la hubiese dado primero, lo cual dudé un poco. Quedaba convencido de que la condesita era una coquetuela que no merecía que ningún hombre se tomase por ella disgusto (¡pero él se lo tomaba, el infeliz!). Pensar en que había de volver a hablarle más que como amigo y con la mayor ceremonia posible, era pensar lo excusado. Estaba resuelto a hacerle comprender que no era ningún chicuelo o mentecato de quien se pudiera burlar impunemente.
Después de todo, salvando su hermosura, que seguía reconociendo, lo que en ella amaba y admiraba más era el espíritu candoroso y sincero que pensaba poseía. Desde el momento en que se demostraba que era una muchacha vulgar, falsa y vanidosa, el ídolo caía de su pedestal y dejaba de inspirarle amor y respeto. Sobre este tema se extendió muchísimo, acentuando cada vez más el tono digno y resuelto con que había comenzado. Yo procuré afirmarle en su determinación, hallando muy cuerdo todo lo que decía.
Salimos juntos de la cervecería, dimos unas cuantas vueltas entre calles. Haciendo oficio de paño de lágrimas, yo, que necesitaba tanto de consuelo, procuré distraerle, hablándole de otros asuntos, aunque inútilmente. Mostrábase silencioso, taciturno, y cuando hablaba, lo hacía de un modo distraído y como a la fuerza. Dejamos pasar la hora de comer. Viendo que la noche era ya cerrada, me despedí al cabo, porque su percance no me había quitado la memoria del mío.
Emprendila a paso largo hacia el barrio de Triana; salvé el hermoso puente que lo separa de la ciudad, y entré en la calle de San Jacinto, que es la primera que se encuentra de frente. En aquella hora reinaba allí mucha animación. La población de Triana se compone, en casi su totalidad, de obreros e industriales. Era el momento en que, llegados de sus faenas, se esparcen por las calles, charlan en grupos, se sientan delante de las casas, cantan y puntean la guitarra. La calle de San Jacinto tiene soportales feos y de sucia apariencia, donde hay tiendas, pobres también, para el gasto de los menestrales del barrio. A un muchacho que vi solo, arrimado al quicio de una puerta, le pregunté por el corral de la Parra.
—Dé usted veinte pasitos más, y aquí, a la izquierda, tiene usted la entrada.
En efecto, la hallé pronto, y di en un patio estrecho y largo, y luego en otro mucho más amplio que era, según vine a entender, el propio corral. Al mismo tiempo comprendí que llevaba la denominación de la Parra por una que tapaba un trecho del pasadizo, enredándose en palitroques viejos. Aquel gran recinto cuadrilongo ofrecía aspecto de pobreza, pero no de suciedad. La luz de la luna no alumbraba de lleno. Hacia el medio estaba el pozo del agua. En varios sitios veíanse tabladitos sostenidos por estacas y, sobre ellos, cantidad regular de macetas. Todas las viviendas tenían sus puertas abiertas, por donde se escapaban toques de luz que rayaban el pavimento empedrado. Constaban de un solo piso bajo. Algunas debían de tener estancias abuhardilladas, a juzgar por las bufardas que se veían en el tejado. Arrimadas a la pared había en casi todas macetas con flores.
—Diga usted, hermosa—pregunté a una joven de rostro correcto, virginal, que se hallaba delante de una puerta—: ¿me podría usted decir si vive en este corral una tal Paca?
—¿Sigarrera?
—Eso es.
—Sí, señó; allí enfrentito, donde está aquel jardinillo, ¿sabuté?
Le di las gracias, no sin dejar de echarle una larga mirada de inteligente satisfecho.
Ella bajó la suya, ruborizándose. Era la primera vez que veía esto en Sevilla. Recordando la escena de por la mañana en la fábrica, le dije:
—Apostaría a que no es usted cigarrera.
—No, señó; soy planchadora.
—¿De Sevilla?
—De Badajoz.
—¡Ah! ¡Es usted extremeña!
Y me puse a hacer el elogio de las extremeñas y a quejarme amargamente de lo desgarradas y burlonas que eran las sevillanas, todo por adularla. En esto de hablar a las mujeres con soltura había adelantado mucho desde que llegara a Sevilla. La verdad es que aquella chica merecía cualquier requiebro hiperbólico. Nunca vi un rostro de facciones más delicadas ni de ojos más claros y suaves. Algo pavita, con todo, como dicen en la tierra.
Mas hete aquí que, cuando me hallaba más enfrascado en la conversación, olvidado casi del asunto que allí me traía, aparece por el lado de la entrada del corral un joven con chaquetilla y pantalón ceñidos, faja encarnada y sombrerillo flexible, a interrumpir nuestros dimes y diretes. Acercose lentamente, con las manos metidas dentro de la faja y silbando por lo bajo una malagueña.
—¡Hola, Juan!—dijo la muchacha, inmutándose y sonriéndole con cariño.
—A la paz de Dios, señores—respondió el Juan gravemente, mirándome con fijeza.
«Éste es el novio», dije para mí. Y empecé a buscar medios de largarme dignamente, porque, cierto, estos novios de Andalucía suelen ser muy celosos, y, además, tienen la fea costumbre de gastar navaja.
—Y esa Paca está casada, ¿verdad?—pregunté.
—Sí, señor. Y tiene un montón de chiquiyo—respondió la joven, agradeciéndome el giro que daba a la conversación.
—Pues si ahora no estuviese muy ocupada..., necesitaba darle un recado.
—Yo no creo... El marido no ha venío, y Dios sabe cuándo vendrá, porque suele ajumarse un poco por ahí, y llega tarde... Etará quisá acostando a los niño...
—Pues, con permiso de usted, voy allá a ver si la veo.
Y traté de separarme, haciendo una inclinación de cabeza. Pero el joven de la faja, que no había dejado de mirarme con extraña atención, sin interrumpir su malagueña silbada, extendió la mano solemnemente, diciendo:
—No, cabayero, no vaya uté... Yo iré a darle el recao... Uté puee quearse con esta chavaliya, sin perjudicá...
«Bronca tenemos», pensé; y, como maldito el deseo que sentía de liarme con un chulo, me hice el tonto.
—Muchas gracias; quede usted con Dios.
Aléjeme a paso largo. Antes de llegar a la puerta de Paca ya oí ruido de bofetadas y lamentos.
Algunas mujeres se mantenían sentadas delante de las viviendas o salas, como allí las llaman, departiendo en voz alta. Dos hombres tocaban la guitarra en puntos opuestos del corral, y un chicuelo de doce a catorce años, con vocecita cascada y antipática, iba entonando unas carboneras con bastante estilo. La puerta de Paca estaba solitaria. Oí adentro su voz y llamé con los nudillos.
—¿Es uté, señorito? No le esperaba tan pronto—dijo la cigarrera, saliendo.
Cinco o seis niños la siguieron y la rodearon, mirándome con ojos de curiosidad.
—Sentiría estorbar.
—No, señor; no. Pase su mersé adelante.
Me condujo a una estancia reducida, pero muy aseada y amueblada con más decencia de lo que podía esperarse. En mi país hay salas de hacendados que no están tan bien puestas. Una consolita, un espejo, algunas sillas forradas, cortinas en la alcoba, y detrás de ellas, una cama bien aderezada, con colcha de punto de estambre y sábanas con encaje ordinario. Todo despedía un olor de limpieza y curiosidad que me fue grato.
—¡Oh, qué lujo!—dije, sonriendo—. Vamos, Paca, que no vive usted tan mal.
—¡Ay señorito!—exclamó ella, siempre rodeada de sus niños y con un quinqué de petróleo en la mano—. El lujo del pobre: mucha escoba y mucho trapo. Si fuera solita, no digo que no compraría algunas cositas que nos hasen farta, y estaría regulá. Pero ¡cómo quiere uté que una porspere con esta gusanera de chico!
El símil no dejaba de ser exacto. Los chicos, morenos, casi negros, delgados y medio desnudos, que se colgaban a sus faldas, parecían, en efecto, lombrices.
—¿Quiere su mersé esperá un momento aquí a que dé de senar a los niños y los deje acostado?
Respondí que prefería quedarme a la puerta de casa si me sacaba una silla, porque la noche estaba asaz calurosa, y así lo hizo.
Senteme, pues, al aire libre mientras terminaba sus quehaceres, y me puse a escuchar con sosiego los acordes suaves de las guitarras y la vocecita destemplada del niño, que parecía un hilo que se retorcía en el aire. Una mujer sacó agua del pozo, y el chirrido de la polea hizo coro a las guitarras y al chico. Pero lo que excitaba la curiosidad era la joven que había padecido persecución de bofetadas por mi causa. Escruté cuanto pude al través de los pies derechos del jardinillo, que tenía delante, y logré verla en compañía de su novio, limpiándose los ojos con el pañuelo, pero hablando ya tranquilamente.
—Oiga usted, Paca—le dije cuando vino a la puerta—. ¿Ve usted aquella joven que está allí enfrente?... Pues ya ha recibido esta noche unas bofetadas por mi causa.
—¿Qué dise usted?
—Lo que oye. Me acerqué a preguntarle dónde vivía usted, y en aquel momento llegaba ese chulapo, que debe ser su novio, y, al parecer, se ha enfadado.
—Sí, por variá... No hay un día en que no la arme ese gachó con too María Santísima.
—¿Quién es él?
—No... ¡Un disinificante!
—Pues ella tiene tipo de niña candorosa muy agradable. No pensé que tuviera novio.
—¡Oh! «No hay sábado sin sol, ni mosita sin su amor», como esimo aquí.
La imagen de Gloria surgió de improviso en mi cerebro al escuchar estas palabras. Sin acordarme ya de la joven ni del novio, ni de otra cosa en el mundo, repetí a la cigarrera, con frase calurosa y más amplificada, lo que me había sucedido con mi novia, y que a toda prisa le había contado por la mañana en la fábrica. Me escuchó con muchísimo interés, reflejándose en su expresiva fisonomía los diversos afectos que iban agitando su espíritu: la indignación, la duda, la tristeza, la esperanza. Cuando cesé de hablar, me dijo con acento de convencimiento que estaba segura de que su señorita no había hecho aquello por maldad o coquetería. Sin remedio allí debía de haber algún embuste del picaronaso del malagueño (ya le llamaba así sin conocerle). Conocía muy bien a su señorita: era bondadosa, campechana, caritativa.
—No es una de esas niña recosía, ¿sabuté?, que se lo guardan toíto pal ombligo. A mí señorita le baila el arma en los oho, ¿sabuté? Más clara que el agua clara y más fina que el oro... Tiene un geniesiyo como un cohete. Le da una gofetá al mezmo arzobispo en presona si se descuida..., pero en pasándole el aquel, es más durse que una corderita de Dios... Consentir ella un embuste, ¡quita ayá! Desirle a un hombre que le quiere y no ser verdá, ¡no lo piense su mersé, señorito!
Gran bien me hicieron aquellas palabras. Yo también pensaba como ella, o quería pensar al menos y cada vez me confirmaba más en mi sospecha. En apoyo de sus afirmaciones, Paca me contó varias anécdotas de la vida de mi novia, que escuché con entusiasmo y recogimiento. Hablamos largo rato de ella. Poco a poco fue serenándose mi espíritu y acudió la alegría a mi corazón. Al cabo de media hora de estar allí, no me cabía duda alguna de que el asunto se arreglaría inmediatamente, en cuanto Gloria leyese la carta suasoria que Paca tenía ya metida en su seno lacio de mujer abrumada de hijos y trabajos.
Entonces, para pagarle el bien que me hacía, mostré interesarme por su vida (mejor hubiera hecho en darle cinco duros, lo comprendo). Comencé a hacerle preguntas acerca de su situación. El patio se había ido despoblando poco a poco. El muchacho se había callado y una guitarra también. Sólo la otra persistía murmurando suavemente una canción melancólica. La cigarrera no tuvo inconveniente en ponerme al tanto de sus intimidades domésticas. Se había casado por amor, contra la voluntad de sus padres. El marido, que se llamaba Joaquín, pero a quien nadie conocía en el barrio sino por el mote de Fierabrás, ya anunciaba de muy joven lo que había de ser: calavera, pendenciero y borracho. Por esto quizá se había chiflado por él. Nunca le habían gustado de mocita los hombres formales y laboriosos. Su madre le daba cada soba que la breaba, a fin de arrancarle aquel maldito amor. ¡Ojalá la hubiera muerto de una! Pero nada: cuantos más palos, más se encendía su pasión por aquel perdío. En una ocasión, su padre, sabiendo que había estado con él en un merendero, la sacó de la cama, donde ya dormía, y la había dado con el tirapié (era zapatero) hasta saltar la sangre por muchas partes de su cuerpo. Su madre, otra vez, la había cogido por los pelos y la había arrastrado por toda la casa. Si no llegan los vecinos, la mata. Habíanla encerrado; tuviéronla a pan y agua una porción de días; quitáronla de trabajar en la fábrica y no la dejaban salir ni a misa. Nada; ella todo lo sufría con gusto por su Joaquín.
—Cuando ya me creían medio muerta de hambre y congoja, me ponía a cantá con la mayor desvergüensa:
Me han quitao de ir a misa, me han quitao el confesá, me han quitao de ir a verte. ¡Qué más me pueen quitá!
¡Uf! ¡Cómo se ponía la venturá de mi maresita cuando me oía esta copla!
Al fin, una tarde se había fugado y se había estado tres días sin volver a casa. De esta salida había resultado compuestita, y no hubo más remedio que ceder a casarlos. El matrimonio no hizo más que acrecer sus desdichas. Fierabrás era albañil; pero en vez de traer el jornal a casa, se gastaba una gran parte en las tabernas. No había aguardado siquiera quince días para comenzar esta vida de perdío borracho, que no se había interrumpido desde entonces. Y no era lo peor que se gastase la mitad del jornal en beber vino, sino que cuando volvía borracho a casa la mataba a golpes. Y todavía no era lo peor que la matase a ella, sino que mataba también a sus hijos. Cuando se quejaba a sus padres, no querían oírla, y con razón. Su madre había muerto hacía siete años. Su padre había vuelto a casarse con una tía pescueza. Estaba, pues, sola en el mundo y abandonada en las manos de aquel maldito. El que maltratase a sus hijos la volvía loca, y era el toque para promover todos los escándalos que, al parecer, eran casi diarios. De una cosa estaba satisfecha únicamente, y es que no le daba por mujeres. Si fuese así, Paca se creía capaz de envenenarle. Todo menos eso.
—Mire uté, señorito: es un perdío sin vergüensa, un lechonaso que se cae por las caye... ¡Esto es lo que no pueo aguantar! Que me atrape una jumera cada día, pase...; ¡pero que venga por su pie con mil pares de cuerno!, y no me lo encuentren tirao como un perro. Y cuidao que él es pa too lo que le manden... Por el aire se entera de las cosas... No hay en Seviya quien le eche el arto en su ofisio, y trabaja como un buey cuando le sopla el viento por ahí... Aluego dimpués le da a uté la sangre del braso. La peseta que tiene en el borsiyo le dura el tiempo que tardan en pedírsela... Bruto y cafre, ¡eso sí!... Por un tantico así es capaz de dejar seco a un hombre. ¡Pero en tocante a corasón, no le digo a uté na..., es el hombre más cariñoso y más lila que habrá uté vito en su vía... Holgasanaso, no hay otro en el barrio, ni má susio tampoco... Le dará a uté náusea verlo, como me la da a mí... Dondequiera que él va hay juerga y jarana. ¡Madre mía del Rosío, la vese que le habré tenío que llevá comida a la carse! Es un tunante, un fasineroso de cuerpo entero... Si le viera uté trabajá, ¡una gloria de Dios! Tiene unas manos de plata y unos hígado que antes de consentir en que nadie le ponga el pie delante se está sobre la escalera tres días con tres noche... Pero es muy encogío él de su natural, y cuando ha hecho una cosita bien, ¿sabuté?, no la cacarea, como otros... ¡Si no fuese lo arrastrao que es y la mala entraña que tiene, habría que meterle en un fanal!... ¡Hemos pasao cada crujía, señorito! ¡Qué crujía! Y él como si tal, ¡el grandísimo perro!... Más de una vez y más de dos he tenío que consolarle yo a él, porque se me echaba a llorar como un chiquiyo a lo mejó... Y lo que yo le desía: «Ven acá, grandísimo roío, ¿a ti qué te dan por llorá y suspirá so lechonaso?»
No era empresa fácil averiguar el verdadero carácter o tipo moral del señor Fierabrás por los datos que me suministraba su digna esposa. Mas como yo no sentía necesidad apremiante de conocerlo, dejábala explayarse a su gusto y asentía silenciosamente con la cabeza.
El gran patio cuadrilongo estaba ya casi desierto. La única guitarra se había callado también. Las tertulias de comadres se habían deshecho. Eran sonadas ya las once, y toda aquella gente necesitaba madrugar. La luna seguía iluminando, al través de la atmósfera serena y abrasada, la mayor parte del recinto. Su luz, deshecha en jirones, formando figuras geométricas, dormía tranquila sobre las piedras lustrosas del suelo.
Los palitroques de los jardinillos trazaban delgadas y negras rayas en él, semejando la proyección de grandes ventanas enrejadas. Allá lejos, enfrente, seguía percibiendo la figura del celoso enamorado, inmóvil, plantado sobre sus piernas abiertas, con las manos en los bolsillos. La de la sufrida doncella no se veía, pero se adivinaba. Un asno, que arrimaba su hocico a una puertecita vieja, que debía de ser la de la cuadra, rebuznó, y su grito antipático y discordante estremeció el aire dormido y turbó con furia la paz y el silencio del corral.
Pedile a Paca algunos informes acerca de éste, y me dijo que había en él más de cuarenta salas, y que en algunas de ellas vivían dos o tres familias. Todas habían de entenderse con la casera, o sea, la mujer que el dueño de la finca tenía para el cobro del alquiler, que se hacía por semanas, y para el cuidado y vigilancia. Los que allí habitaban eran braceros. De las mujeres, solo algunas como ella salían a ganar un jornal, dejando a sus hijos confiados a la miga, que así se llamaba a la maestra de niños de corta edad. Las vivencias en los corrales salen más baratas; pero hay todos los días reyertas sobre si el pozo, sobre si la alberca, sobre si la ropa, etc., que hacen la vida más fastidiosa. Luego la casera ejerce sobre ellas un mando despótico y abusa de su posición.
Pues así como se hallaba Paca comunicándome estos pormenores, oímos hacia el pasadizo de entrada unos formidables maullidos, que a mí me parecieron al principio de un gato monstruoso. Después empecé a dudar que fueran producidos por ningún individuo de la raza felina.
—Ahí está mi marío—dijo la cigarrera, levantándose agitada.
—¿Su marido?—pregunté con sorpresa.
—Sí, señor; es el que maya... Hágame su mersé el favor de esconderse ahí, detrás de ese montón de leña. Después que él entre se puee usté ir.
Hice como me mandaba, y asomando con precaución la cabeza pude ver en medio ya del patio, iluminado de lleno por la luz de la luna, a un hombre con blusa blanca que venía caminando lentamente a cuatro patas. De cuando en cuando gritaba: «¡Miau! ¡Miau!», procurando imitar el maullido de los gatos y consiguiéndolo a medias. Acercose al fin a la puerta, y una vez allí repitió con más fuerza y más a menudo sus formidables maullidos.
Hasta que salió Paca, y poniéndose en jarras comenzó a increparle.
—¿Eres tú, so arrastrao, porconaso, escandaloso?
—¡Miau! ¡Miau!—respondió Fierabrás, sin abandonar la posición cuadrúpeda, comenzando a dar vueltas en torno a su esposa y a frotarse contra ella, como un gato que quiere ser acariciado.
—¿No te dará vergüensa argún día de ser el hasmerreí der barrio? ¿No tendrás argún día compasión de tus pobresitos hijos?
—¡Miau! ¡Miau!
—¡Quita ayá, bandolero! ¡Vamos a ver cómo entras ahora mismito!
—¡Miau! ¡Miau!
—¡Entra Joaquín!
—¡Miau!
—¡Entra, canalla!
—¡Miau!
Vi a Paca llevarse las manos a la cabeza y tirarse con rabia de los cabellos.
—¡Mardita sea mi suerte! ¡Y que Dios tenga en er mundo a este roío dao pol tal y me haya llevado aquel corasón de hijo!
Hubo un momento de silencio, un compás de espera, durante el cual Fierabrás siguió imperturbable dando vueltas en torno de su esposa, lanzando ahora maullidos dulces y apagados, roncando y levantando el espinazo con voluptuosidad.
Al fin advertí que Paca hacía con la cabeza un gesto de resignación forzada, y principió a pasarle la mano por la espalda, diciendo al propio tiempo:
—Vamos, menino, entra..., bis..., bis... ¡Pobresito!... ¡Pobresito!
Exactamente como si su marido fuese un gato, Fierabrás se frotó todavía varias veces contra las sayas de su esposa, dio unas cuantas vueltas roncando, y al fin entró en la casa en la misma posición. Una vez allí, quiso, al parecer, levantarse, pero no pudo. Mareado por el alcohol, por las vueltas que había dado en cuatro pies y por la viva luz de la lámpara de petróleo, dio consigo en tierra.
Me acerqué a la puerta y advertí que intentaba en vano levantarse, arrastrándose por el pavimento de ladrillos.
—¿Conque no te puedes levantar, ladrón?—oí exclamar a Paca, con feroz placer—. ¡Pues ahora e la mía!
Y descalzándose apresuradamente un zapato y cogiéndolo por la punta comenzó a zurrarle la badana de lo lindo. Era increíble la prisa y la destreza con que la cigarrera le azotaba por todo el cuerpo, principalmente por la cara y las manos, que era donde más había de doler. Y al compás de la azotaina exclamaba con acento rabioso:
—¡Esta por la gofetá que me diste el sábado! ¡Esta otra también!...¡Esta por el candelero que me tiraste a la cabesa el lune!... ¡Esta por la palisa que me has dao el día de Nuestra Señora! ¡Esta también!... ¡Y esta!... ¡Y esta!... ¡Esta por lechonaso!... ¡Esta por sinvergüensa!
Fierabrás se revolcaba en el suelo, lanzando rugidos, pataleando con furor. Hacía esfuerzos por levantarse. Pero cuando ya iba a conseguirlo, un acertado zapatazo en la cara lo volcaba de nuevo. Intentaba agarrar a su mujer por los pies, mas esta brincaba con ligereza increíble y le atacaba por otro sitio con mayor brío, de suerte que el infeliz se vio necesitado a rendirse, dejando, sin resistencia, que su consorte le vapulease a su buen talante.
—Vamos, Paca, déjele usted ya—le dije, interviniendo por humanidad.
—Aguárdese usted un poquirritiyo... Todavía no me las ha pagao todas—respondió sin abandonar su cruel tarea.
Al fin, cansada, jadeante, los brazos quebrantados, el rostro cubierto de sudor, se alzó y me miró con ojos donde todavía llameaba la ira.
—¿Sabuté?—me dijo—.En estos días que viene desjarretao como un toro, me aprovecho.

XII
PASEO POR EL GUADALQUIVIR
EMASIADAMENTE confiado dormí yo aquella noche y dejé transcurrir el día siguiente. Por la tarde, poco antes de oscurecer, me fui a situar al puente de Triana, donde Paca me había dicho que la esperase para darme cuenta del resultado de la carta y de sus gestiones. Era la hora de más animación en aquel paraje. Los obreros y obreras de Triana que trabajaban en Sevilla tornan a sus casas. Los de Sevilla que trabajan en Triana y en la Cartuja hacen lo mismo. Unos y otros se encuentran en el puente, que hierve de transeúntes.

Arrimeme perezosamente al petril, de espaldas al río, y contemplé con ojos distraídos aquel ir y venir mareante. El atractivo de mi contemplación eran las caras saladísimas de las cigarreras y trabajadoras de la Cartuja que allí suelen verse. Unas en grupos resonantes de gritos y risas, otras solitarias preocupadas, caminando a paso largo, todas con vistosos trajes de percal y flores en el cabello, pasaron por delante de mí, dirigiéndome alguna vez breves miradas de curiosidad y sorpresa, como si pensasen:
«¿Qué hará aquí este desaborío, que ni siquiera nos dise: ¡Olé las mujeres castisas! ¡Viva tu madre, mi niña!?»
¡Para olés estaba yo! A medida que se acercaba el momento de la conferencia con Paca parecíame más grave y decisivo. Un germen de duda había entrado en mi espíritu después de almorzar, y en pocas horas se había desarrollado, crecido, se hallaba en completo florecimiento. ¿Por qué me parecía tan natural antes que Gloria me hubiese desairado en virtud de una intriga de Suárez, y no por libre y espontáneo movimiento de su voluntad? No acertaba a explicármelo. Por más esfuerzos que hacía para volver otra vez a aquella mi anterior convicción, no lo lograba. Oscuro y temeroso se me ofrecía lo que poco antes veía claro y risueño. Pues, a pesar de eso, no observaba en mi alma aquel sentimiento de furor y rabia que me había acometido al saber mi derrota. Una extraña laxitud la invadía, un desfallecimiento que me inclinaba a la tristeza, no a la cólera. La memoria de la ofensa se deshacía, se disipaba entre las brumas del cerebro. Solo quedaba el tierno recuerdo de un amor feliz y el vivo pesar de no haber podido preservarlo de desgracia. Testimonio irrecusable era éste, si lo supiera entender, de que continuaba enamorado y más que nunca. Llegó a parecerme que lo que me habían concedido había sido por pura merced y bondad, y que era natural privarme ahora de lo que no merecía. Hacia Gloria, dando por supuesto que me había engañado, no sentía rencor alguno. El malagueño seguía inspirándome aversión y repugnancia, pero no deseaba vengarme de él.
Cuando, al impulso de mis imaginaciones melancólicas, se huyó el deseo de recrear la mirada en los rostros peregrinos de las cigarreras, volvime para derramarla por el río y sus pintorescas márgenes. El sol acababa de ponerse. Un resplandor rojizo, que se extendía desde el horizonte por el firmamento, esfumándose en lo alto y transformándose en el rosicler de tintas puras y nacaradas, indicaba el paraje por donde el astro del día se había ocultado. A mi izquierda, no muy lejos, alzábase la Torre del Oro, que, bañada por los reflejos del horizonte rojizo, parecía fabricada, en efecto, con el metal que le da su nombre. Más a la izquierda, asomando solo la cabeza sobre las azoteas del caserío de la ciudad, veíase también la Torre de Plata, con su blanca corona de almenas. Más allá, el palacio de San Telmo, envuelto en la masa verde de sus naranjos, asomando las agujas de sus torrecillas de pizarra. El Guadalquivir corría bajo mis pies. Sus aguas, revueltas, amarillentas, gracias a los reflejos del crepúsculo, semejaban un espejo tembloroso donde brillaban mil tintas de ópalo y plata carmín. A lo largo de él, acostados al muelle, había gran número de buques, cuyos mástiles y enredada jarcia parecían surgir del gran bosque de naranjos que se extiende por la margen izquierda. A la derecha, las casas del barrio de Triana tocan en la orilla del río, el cual seguía su curso majestuoso hasta unos dos kilómetros del puente, donde, al hacer un recodo, parecía detenido por la muralla de verdura que los jardines de las Delicias le oponían.