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La hermana San Sulpicio

TOMO IV (continued 3)

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Me introdujo en un despachito modesto y aseado, me invitó a sentarme, y antes de hacerme pregunta alguna, me pidió permiso para mudarse los hábitos, pues acababa de llegar del convento. Entrose en la alcoba, y allí se estuvo algunos momentos, mientras yo pasaba fuera las de Caín, inquieto, aterrado, dando vueltas a la imaginación para hallar el mejor medio de salir del apuro en que tan imprudentemente me había metido. Porque ¿qué iba a decir aquel buen señor en cuanto tuviera noticia de la inaudita pretensión que allí me traía? ¿No me tomaría por loco? Un sudor me iba y otro me venía.

Presentose al fin el clérigo con sotana y gorro de terciopelo negro y se plantó delante de mí diciendo:

—Usted me dirá.

Era un hombre corpulento, barrigudo, de ancha nariz arremolachada y ojos pequeños de cerdo, negros y recelosos. No tenía acento andaluz; después supe que era riojano.

—Pues... el objeto que aquí me trae... Ante todo, debo decirle que yo no soy ningún aventurero. En toda la provincia de Orense es bien conocida mi familia... Mi padre es farmacéutico en Bollo y ha hecho una fortunita... vamos, que aunque no sea ninguna cosa del otro jueves, como soy hijo único, me permitirá vivir sin trabajar. Mi madre era de una familia muy antigua y conocida en Galicia, la familia de los Lidones... Acaso usted habrá oído hablar de los Lidones...

—No, señor—respondió secamente, mirándome con sus ojuelos cada vez más torvos y recelosos. Por donde entendí que no le apasionaba mucho el elogio de mi prosapia.

Sobre lo desconcertado que ya estaba, aquella contestación y la actitud inquisitorial con visos de hostil en que se me presentaba acabaron de privarme de las escasas migajas de razón que aún retenía. Comencé a desbarrar de un modo lamentable. No sé lo que dije, ni es fácil saberlo: una serie de frases incongruentes, mutiladas, incomprensibles, en que mezclaba «mis convicciones francamente católicas» con «los arrebatos disculpables de la juventud», «el elevado criterio y la reconocida ilustración de D. Sabino» con «la necesidad que sentía mi alma de amar a una mujer santa y religiosamente educada». Cuando al fin terminé aquel galimatías quedé jadeante, encendido, sudoroso, mirando al cura. La sonrisa que contraía mi rostro desde que me presentara a él era tan extremosa, que ya me dolían las mandíbulas. De buena fe creía que me había explicado perfectamente y que no quedaba nada por decir. Así que me dejó estupefacto la respuesta del cura.

—Pero vamos a ver, ¿qué tengo yo que partir en todo eso?

—Es que... como usted es sacerdote... yo pensaba que podría contarle... Ninguna persona me daría mejor un consejo...

—¡Ah! ¿Quiere usted confesarse? Pues debiera comenzar por ahí. En cuanto tome chocolate, bajaremos a la capilla.

—No, señor... es decir, sí, señor. Es una confesión... pero al mismo tiempo no es una confesión...

Volví a enredarme de un modo tristísimo, hasta que el capellán me llamó de nuevo al orden. Al cabo, aunque desastrosamente, me expliqué y confesé que estaba enamorado de la hermana San Sulpicio, y que venía a suplicarle que me ayudase contra su familia, que la retenía injustamente en el convento, para hacerla mi esposa.

El cura, apenas hube acabado de pronunciar las últimas palabras, me clavó una mirada despreciativa y, extendiendo la mano hacia la puerta, dio con los dedos dos o tres castañetas y produjo con la lengua ese sonido particular con que se arroja a los perros de los sitios donde estorban. Me levanté estupefacto, el rostro encendido de vergüenza y de ira. Me acometió un impulso de arrojarme sobre aquel hombre soez. No dudo que el poeta lo hubiera hecho, por más que llevaba noventa y nueve probabilidades contra una de que el clérigo le aplastase; pero el hombre práctico que en mí reside me hizo ver inmediatamente los gravísimos inconvenientes de aquel acto, que daría muy bien al traste con todos mis planes, y me decidí a tomar el sombrero y salir. El capellán, sin hacer caso de la mirada fulgurante que le arrojé, chasqueó de nuevo la lengua e hizo otras cuantas castañetas con los dedos, sin dejar de apuntar a la puerta y mirarme con soberano desprecio. Al pasar por delante de él llevó su grosería hasta decir:

—¡Largo, largo!

Y cuando ya bajaba por la escalera le oí exclamar desde lo alto de ella:

—¿La hermanita, eh? Ha olido cuartos, ¿verdad? Ya arreglaremos, ya arreglaremos a la hermanita.

Aquella ofensa me llegó al corazón. No pude menos de murmurar: «¡Salvaje!» aunque en un tono delicado que no llegó seguramente a sus oídos. La verdad es que no fui en aquella ocasión modelo de dignidad y energía; pero hay que convenir también en que, de haberlo sido, mis asuntos hubieran empeorado notablemente.

No di cuenta a Matildita de aquella entrevista, y eso que me aguardaba con gran afán para saber su resultado. Le dije que me había sido imposible ver al cura. Sin embargo, la turbación, que no pude arrojar de mí en todo el día, debió de hacerle concebir algunas sospechas. Presumo que las comunicó al comandante Villa, con quien en pocos días había yo intimado mucho. Teníamos costumbre éste y yo de irnos después de almorzar a tomar café a la cervecería Británica y pasarnos allí un par de horas viendo al través de los grandes cristales que nos separaban de la calle de las Sierpes el ir y venir de la gente. Era un gran camarada el comandante, apacible, jovial, recto en el pensar y extremadamente cortés. Yo le había caído en gracia, no sé por qué, tal vez por ser también apacible de carácter y escuchar siempre con deferencia lo que me dicen. Me presentó al mozo que le servía como paisano.

—¡Ah! ¿Es usted asturiano también?—me preguntó éste, muy risueño, limpiando con un paño la mesa.

—No; soy gallego.

—Entonces no somos paisanos—repuso con marcada frialdad, retirándose.

Villa soltó una carcajada.

—El hijo de Pelayo le desprecia a usted, compadre.

Aquella tarde, luego que nos sentamos, entabló conversación diciendo:

—Parece, amigo Sanjurjo, que le veo a usted un poco melancólico. Durante el almuerzo no ha hablado usted nada. ¿Estará usted por ventura enamorado?

En la entonación de la pregunta y en la sonrisa con que la acompañó comprendí que algo sabía, y me puse colorado.

—Vamos, hombre, no se ruborice usted. ¿Le trae a usted dislocado alguna sevillana? Pues adelante... Eso les pasa a todos los que llegan.

Después de negar por fórmula dos o tres veces, le manifesté, primero con frases ambiguas, después, según me iba animando, con toda claridad, el negocio que a Sevilla me traía. Por cierto que lo halló muy gracioso y original. «¡Una monja! ¡Eso es sabrosísimo, compadre! Choque usted esos cinco.» Mas apenas le había dado cuenta sucinta de mis amores, y cuando empezaba, con verdadera sed de confidencias, a narrar los para mí interesantísimos pormenores, observé que se quedaba distraído, con la mirada perdida en el vacío, y que una sonrisa de bienaventurado iba iluminando poco a poco su rostro varonil.

—Hombre... no es usted sólo el chiflado—me atajó de repente, ruborizándose un poco.—Si a usted le ha vuelto el juicio una sevillana, a mi me tiene muerto una sanluqueña.

Me sorprendió la emoción que advertí en él, porque no estaba ya en la edad en que el amor impresiona tan vivamente.

—Una sanluqueña rubia, doradita como una doblilla, con unos ojos negros, grandes, de macarena, que hay que comérselos. ¿He dicho algo, compare?

Y sin más preámbulos, me confió prolijamente sus secretos amorosos con la emoción ansiosa de un adolescente. La hermosa que le tenía sorbido el seso era una dama principal de Andalucía, la condesita del Padul, joven de diez y nueve años, heredera de una inmensa fortuna. La amaba y se creía correspondido; no porque ella hubiera soltado aún el sí apetecido, sino porque había dado de ello tales muestras tácitas que Villa no podía resistirse más tiempo a creerlo. No sólo le distinguía muchísimo en la conversación, y eso que tenía por docenas los adoradores, no sólo se timaba con él en el teatro y el paseo, sino que aceptaba las flores que a menudo le enviaba, y muchas veces se las ponía en el cabello o en el pecho. Un día, en cierta excursión de campo, bebiendo por el mismo vaso que la dama acababa de dejar, le dio la vuelta para poner los labios donde ella los posara. La condesita lo advirtió y le dirigió una sonrisa muy significativa. En otra ocasión, habiéndole ofrecido el brazo varios jóvenes, se había cogido al de él, diciendo: «El brazo de un militar es más seguro». Otra vez, pasando por debajo de sus balcones, le había dejado caer una rosa deshojada sobre su cabeza. Y aunque no le había declarado explícitamente su amor, no obstante, en una ocasión le había dicho que estaba enamorado, y ella, alejándose riendo, exclamó:

—¡No me diga usted de quién, que ya lo sé!

Por más que estas señales y otras más por el estilo que me refirió no me parecieron tan evidentes como a él, no tuve inconveniente en creer en su buena fortuna, y le felicité por ella. No se trataba, después de todo, de un cadete inexperto. Era un comandante que frisaba en los cuarenta, cuando no los hubiera cumplido ya, hombre, al parecer, avezado al trato de mujeres y muy metido en sociedad. La plática le embriagaba. Con los ojos medio cerrados y aspirando voluptuosamente el humo del cigarro, iluminado su rostro siempre por la misma sonrisa beata, iba amontonando noticia sobre noticia, todas ellas de tan poco momento que concluí por distraerme y pensar en mi cara monja. Unas veces fijaba la vista en la fisonomía varonil y correcta del comandante, cuya barba recortada comenzaba a blanquear por algunos sitios; otras la entornaba hacia la calle, por donde cruzaban sin cesar transeúntes que cambiaban con nosotros rápidas miradas. Cerca de nosotros, en la otra vidriera, había unos jóvenes que hacían muecas expresivas a cuantas mujeres bonitas o feas pasaban. Cuando no miraban, atraían su atención dando golpecitos al cristal. Ninguna se creía ofendida. Lo mismo las damas que venían haciendo girar su quitasol de seda sobre el hombro, ostentando los menudos pies ceñidos por zapatos de tafilete, que las menestralas con blanco pañuelo de percal por la espalda y el clavel de rigor en el pelo, al levantar sus ojos negros, expresivos y encontrarse con las sonrisas de nuestros vecinos y los grotescos ademanes de admiración, sonreían también graciosamente. Algunas más atrevidas respondían con otra mueca de burla que alborotaba a los maleantes jóvenes y les hacía prorrumpir en sonoras carcajadas. Pasaban rozando los cristales. El relampagueo de sus miradas, cándidas y maliciosas a la vez, alegraba el corazón e inclinaba la mente a suaves y felices imaginaciones. No es fácil ser pesimista en Sevilla. El pesar que me había producido la vergonzosa escena de la mañana se fue disipando poco a poco, haciendo hueco a una esperanza, tan viva como infundada, de que a la postre todo se arreglaría dichosamente. Las ideas risueñas y triunfadoras de Villa se me pegaron. Para dos enamorados no hay obstáculos invencibles. Los que tropezaba en mi camino hacían la empresa más grata y apetitosa. Al cabo, mi compañero, o porque no tuviese ya qué decir, o porque recordase que no estaba procediendo con sobrada cortesía, comenzó de nuevo a hablar de mis asuntos en tono campechano y ligero, como quien quiere hacerse agradable sin importarle mucho por lo que está diciendo. Era tal, sin embargo, mi deseo de hablar de la hermana, que se lo agradecí. Cuando más enfrascados estábamos en la conversación y el comandante se había brindado a protegerme con todas sus fuerzas, observo que se queda pálido, mirando a la calle con turbado rostro. Volví la cabeza y vi una elegante joven, esbelta y rubia, acompañada de un caballero, la cual, mirando hacia nosotros, saludó doblando la mano repetidas veces con ademán y sonrisa insinuantes. Miro otra vez a Villa y le veo contestando al saludo con profunda reverencia y azucarada expresión, colorado hasta las orejas.

—Es ella—me dijo con voz temblorosa.

—Bonita—respondí yo por halagarle y porque así era.

—¡Divina!—replicó poniendo los ojos en blanco.—¡Y si viera usted qué talento! Mire usted, el otro día tuvo una ocurrencia felicísima...

Y volvió a perderse en un mar de pormenores acerca de su novia. Yo los escuché en realidad con poquísimo interés, en apariencia con mucho, porque me lisonjeó la protección con que me había brindado, aunque no sabía a punto fijo en qué pudiera consistir.

—Esta noche probablemente la veré en casa de las de Anguita... Hombre, y a propósito, ¿quiere usted que le presente? No lo pasará usted mal: son unas chicas muy originales. A usted le conviene relacionarse, porque de algo puede servir para sus planes.

Respondí afirmativamente, pero expresé alguna duda de que pudiera hacerse sin previo anuncio.

Villa soltó la carcajada.

—Aquí no se guardan esos tiquis miquis, compadre. Usted irá hoy conmigo y será recibido como si le hubiesen anunciado desde el día de su nacimiento. Mañana, a la hora de tomar el chocolate, puede usted hacerles una visita, que de seguro no se sorprenderán. ¡Buenas son ellas para asustarse!

Después de comer volvimos a tomar café a la Británica. Desde allí, a las nueve poco más o menos, nos trasladamos a casa de las de Anguita. Estaba situada en la plaza del Duque; así que tardamos muy poco en llegar a ella. Por la cancela del portal percibimos ya bastante algazara. Salió a abrirnos una linda criadita de ojos negros y pelo rizoso, mas antes que corriese el cerrojo, una señorita delgada, pálida, de cabellos rubios cenicientos y ojos azules, llegó con presteza y se adelantó a hacerlo.

—Al señor Villa le abro yo, porque es un caballero muy fino que hace cariñitos a las porteras... Vamos, deme usted una palmadita en la cara, como hace usted con Carmen.

La criadita de los ojos negros escapó ruborizada. El comandante se enfadó o aparentó enfadarse.

—Oiga usted, señá Josefa, hable usted bien y no mienta, que yo no doy palmaditas a las criadas. ¿Qué concepto va a formar de mí este señor?

—El que usted merece, mal bicho. Le he guipao una vez dándole palmaditas, otra cogiéndola por la barba, yo no quiero escándalos en mi casa, ¿estamos? Parece que usted no perdona a ninguna, «desde la princesa altiva, a la que pesca en ruin barca». Pero aquí estoy para velar por la moral.

—Ya la moral huyó de Grecia, ya no se baila el rigodón.

—empezó a cantar el comandante, repitiendo un pasaje de cierta zarzuela bufa muy popular. Al mismo tiempo tiraba por las narices a la joven, quien se apartó con furia.

—¡Déjeme usted, chinchoso, feo, patoso! Parece mentira que usted sea de Cádiz. Merecía usted ser gallego... (Yo me puse colorado.) Por supuesto, que tengo la venganza en la mano. En cuantito venga Isabel, se lo planto en el pico.

—No hará usted tal, salerosa, porque yo me encargaré de desmentirla. Vamos a ver, Sanjurjo (dirigiéndose a mí), ¿sabe usted por qué es todo esto?... Pues porque la señorita está enamorada de mí.

—¡Yo de usted, desaborío! ¡Con esas patas tuertas y esos andares de aperador! Que se le quite, grandísimo gallego.

«¡Vuelta con la gallegada», dije para mi, cada vez más inquieto.

—Vamos, Pepita, no se ruborice usted, porque una debilidad la tiene cualquiera. Si usted no está enamorada de mí, ¿por qué espera usted todas las noches a la ventana para verme pasar cuando me retiro a dormir?

—¡Yo! Vaya, hoy se le ha subido San Telmo a la gavia. Este señor ha tomado algunas cañitas, ¿verdad usted? (Dirigiéndose a mí.)

Sonreí haciendo una mueca, por no saber qué responder. Ella, sin aguardar contestación, se alejó diciendo:

—¡Uf! ¡Cómo apesta usted a vino!

—Venga usted acá.

—¿Para que me siga usted dando el rato?—contestó desde lejos.

—No, para presentarle a usted este señor.

Pepita se acercó de nuevo, y el comandante, inclinándose profundamente y afectando una solemnidad cómica, dijo:

—Tengo el honor de presentar a usted a mi amigo D. Ceferino Sanjurjo, joven de relevantes prendas, enamorado, galán y notabilísimo poeta.

Pepita me alargó su mano flaca, diciendo:

—Si se parece usted a su amigo, no cuente usted con mi simpatía... Pero no; tiene usted mejor cara.

—Pues es mucho más gallego que yo—dijo Villa soltando a reír.

—Verdad, señorita—manifesté con resolución.—Soy de la provincia de Orense.

—No importa—replicó ella con amabilidad.—Él merece ser gallego, y usted andaluz.

Pasamos al fin al patio, que aquel día se había transformado por primera vez en sala de recibo. Con esta mutación da comienzo el verano en Sevilla. Se cubre con un toldo de lona, se bajan los muebles y comienza la vida verdaderamente andaluza. No era muy grande ni confortable el de las de Anguita, pero tenía, como todos, el encanto de las plantas y flores. De los arbustos pendían algunas jaulas con pájaros. El suelo, de azulejos rojos y amarillos. El piano estaba colocado debajo de los arcos, igual que la sillería de damasco azul, bastante usada. Fuera, al lado de las macetas, no había más que sillas de rejilla y algunas mecedoras. Acomodadas en ellas estaban unas cuantas damas con trajes claros y ligerísimos, que charlaban y reían de modo atronador. Era una algarabía insufrible, que no se apagó un punto a nuestra entrada. No causamos emoción de ninguna clase. Pepita se acercó a una joven rubia también y parecida a ella, que hablaba animadamente con otras, y la llamó varias veces antes que respondiese:

—Ramoncita... Ramoncita.

Volvió al fin la cabeza y me miró con ojos distraídos.

—Te presento al señor Sanjurjo, un amigo de Villa...

Ramoncita me alargó su mano, flaca y pálida también, y me preguntó rápidamente cómo estaba. Después, sin aguardar siquiera mi contestación, se volvió hacia sus amigas, que me miraban con un poco más de curiosidad, y anudó con interés la conversación interrumpida. Las dos hermanas guardaban bastante semejanza; los mismos ojos de un azul claro, nada bellos, el mismo color de tez y los mismos cabellos rubios cenicientos. Ramoncita, no obstante, estaba muy ajada y representaba bien unos treinta años, mientras Pepita no pasaría de veinte.

—Venga usted acá—me dijo ésta.—Voy a presentarle a mi otra hermana... ¡Joaquinita!... ¡Joaquinita!—comenzó a llamar.

—¿Qué se te ocurre?—respondió otra joven, saliendo de uno de los cuartos del patio.

—El señor Sanjurjo, un amigo de Villa...

—¡Ah! Tengo mucho gusto...

Me pareció más amable y más bonita que las otras dos. Era también rubia y de ojos azules, un poco más rellena de carnes, y de fisonomía dulce y simpática. Entabló conversación conmigo, informándose con interés de cuándo había llegado, si me agradaba Sevilla, etc. Pepita nos dejó, y Joaquinita me invitó a sentarme a su lado en una mecedora, cerca de un naranjo enano que crecía en tiesto de madera pintada de verde.

El patio no estaba bien alumbrado. La luz de dos quinqués que ardían sobre una mesa debajo de los arcos y las bujías del piano no llegaban a esclarecer enteramente el centro, donde las sombras se espesaban, gracias al follaje de los arbustos.

—Siéntese usted bien, Sanjurjo—me dijo, llamándome ya por mi nombre.

Yo, sin comprender por qué estaba mal sentado, hice un movimiento y seguí en la misma posición.

—Conque Sevilla le gusta a usted... ¡Milagro! La gente del Norte suele sufrir un desencanto al llegar aquí... La verdad es que las calles no son bonitas y anchas, como en Madrid y Barcelona, ni están bien cuidadas... Las casas son bajitas y de poca apariencia... Pero, siéntese bien, Sanjurjo.

Hice otro movimiento más pronunciado, y sonriendo afectadamente exclamé:

—¡Oh! Pues así y todo, me gusta, ¡me encanta! ¡Es tan árabe todo esto! Parece que está uno viendo salir por estas cancelas las damas del tiempo de los reyes moros de Sevilla rebujadas en sus alquiceles blancos. Ustedes son las hijas de ellas, y en verdad que no desmerecen.

—Bien se conoce que es usted poeta... Pero siéntese bien, criatura; échese hacia atrás.

¡Acabáramos! pensé, y puse en práctica inmediatamente lo que me ordenaba, columpiándome sin miramiento alguno.

—Pues ya verá usted, Sevilla es muy golosa. En cuantito la tome usted el gusto, no habrá quien le arranque de aquí.

—Ya se lo he tomado. Los hombres son amables y francos; ¡las mujeres tan lindas!... Usted es una mezcla deliciosa del tipo inglés y el sevillano...

Y, lo que pasa cuando uno se ve atendido y festejado por una mujer no desgraciada en casa desconocida, la cubrí de flores, celebrando sus partes en todos los tonos y formas posibles. Ella se mostraba felicísima y me pagaba, en igual o parecida moneda. Dijo que mi presencia era desde luego muy simpática, que bien se echaba de ver mi esmerada educación, y que admiraba en mí un corazón de oro; que mis ojos eran muy dulces, aunque un poco pícaros... en fin, no estampo más porque me ruborizo. Fue la primera y última vez que hablé con una mujer que me requebrase. Ambos, pues, nos hallábamos contentísimos el uno del otro. Por un instante me olvidé de mi inolvidable monja, y estuve a punto de cometer una repugnante infidelidad declarándome a Joaquinita, cuando vino a impedirlo y a sacarnos de nuestro embelesamiento el amigo Villa.

—¡Hola! ¿Ya forman ustedes rancho aparte?—dijo en un tono brutal que no me agradó, plantándose delante de nosotros.

—¿Y a usted qué le importa?—preguntó Joaquinita con acento picado y agresivo, del cual no la creyera capaz.

—Nada, hija, nada, que buen provecho les haga; pero no está bien marearme tan pronto a un muchacho que acaba de llegar... Porque ya le tiene usted flechado... Mire usted cómo está encendido.

—¡Qué guasoncillo! Bien se conoce que no está aquí aún Isabel para ponerle serio.

La saeta debía de ir envenenada, porque observé que Villa se inmutó un poco. Las palabras de Joaquinita fueron pronunciadas en un tonillo sarcástico que ocultaba gran irritación.

—Vaya, ya tenemos a la castañera picada. La dejo, no sea que me muerda.

Después que se alejó, la plática recayó sobre él. Joaquinita, dominándose sincera o disimuladamente, me hizo grandes elogios de su carácter y corazón.

—Siempre estamos riñendo, como usted ha visto, y sin embargo, creo que es el mejor amigo que tenemos. No hay otro más servicial ni más cariñoso si llega el caso. Cuando la enfermedad de mi hermana Ramoncita, que hace seis meses estuvo a la muerte, no salía un momento de esta casa: hablaba con el médico, iba a buscar las medicinas, la velaba... en fin, un hermano no haría más. Si no fuera que se chifla con facilidad...

—Parece que ahora está enamorado—dije yo.

—¡Ahí le duele! ¡Pobre Villa!

—Qué, ¿no le corresponde su novia?

—¡Novia! Que Dios haga. Se ha ido a enamoricar el pobrecillo de una mujer que sólo goza teniendo a los hombres rendidos a sus pies... Además, aquí entre nosotros, y que no sea decir nada contra Villa, que es una excelente persona, ¿cree usted que es partido para la condesa del Padul un comandante de infantería?

Por no murmurar de un amigo ausente, me encogí de hombros. Joaquinita se extendió bastante a relatarme los pormenores de la pasión del comandante. Aunque envuelto en frases muy lisonjeras para éste, pude adivinar cierto rencor en su relato, y alguna fruición al compadecerse de su malandanza.

Nos interrumpió la voz de una señorita pequeña, chatilla, regordeta, que colocada frente al piano cantaba el rondó final de Lucía. No hubo más remedio que escucharla. Lo notable es que la acompañaba un clérigo en traje de seglar y alzacuello, el cual entornaba la cabeza hacia atrás de vez en cuando y le dirigía miradas lánguidas, moribundas, para alentarla a dar sentimiento y expresión a las notas, o por ventura para atestiguar que él, a pesar de su carácter sacerdotal, no era insensible a aquella música tierna y amorosa. Tendría el presbítero unos treinta y cuatro o treinta y seis años de edad, de tez morena acentuada, ojos grandes y negros y manos velludas. Pregunté a Joaquinita quién era, y supe que se llamaba D. Alejandro y que desempeñaba un destino en la catedral. Cuando hubo cesado la señorita y la hubieron colmado de aplausos, del centro del patio salieron algunas voces diciendo:

—Ahora, que cante don Alejandro.

El clérigo se excusó diciendo que no tenía bien la garganta; pero, apremiado por el concurso, entonó al fin con voz engolada de tenor el Spirto gentile, arrastrando las notas y desfigurándolo hasta convertirlo en empalagoso canto de iglesia. Por supuesto que nos rompimos las manos aplaudiendo. A todo esto habían llegado ya varios pollastres, los cuales andaban entreverados con las damas, sentados todos sin ceremonia, volviéndose unos a otros la espalda cuando así les convenía para hablar más a gusto a su pareja. Reinaba la alegría, a juzgar por las sonoras carcajadas que se oían a cada instante y las bromitas que se cambiaban en voz alta. De los más jaraneros y divertidos era mi amigo Villa, que por la confianza que tenía en la casa se autorizaba ciertas libertades, como pellizcar a las muchachas y hacerse abanicar por ellas. Alguna vez salía del patio y se metía por las habitaciones interiores; pero al instante le seguía Pepita y le traía cogido por una oreja.

—Aquí traigo a este hombre, que al menor descuido se me escapa a la cocina.

—No hagan ustedes caso. Esta mujer se empeña en no dejarme satisfacer ciertas funciones apremiantes... No respondo de las consecuencias.

Ramoncita formaba tertulia aparte con otras damas que frisaban como ella en los treinta, y no consentía que ningún pollo viniese a interrumpirlas. Su conversación era siempre animada, y juzgando por la seriedad con que la tomaban, importantísima.

Ni faltaba tampoco el caballero obligado de buena sombra, que dice gracias en voz alta y anda de grupo en grupo «quedándose con todo María Santísima». Era hombre de cincuenta años, poco más o menos, de mediana estatura, color cetrino, ojos saltones y bigote teñido, con las puntas engomadas. Se llamaba D. Acisclo. Un gran humorista. La reputación que gozaba en este punto era tal, que no podía abrir la boca sin que sonrieran los circunstantes y tratasen de dar un giro malintencionado a sus palabras, por claras y sencillas que fuesen. Si decía, verbigracia: «Elenita, ¿por qué no canta usted?» la interpelada le miraba la cara con temor, y en la de los demás empezaba a dibujarse una sonrisa que quería significar: «¿Qué coba se traerá este señor?» Si expresaba su sentimiento por cualquier desgracia de un prójimo, aunque lo hiciese con sinceridad, no faltaba alguno que exclamase riendo y poniéndole una mano sobre el hombro: «¡Don Acisclo, usted no perdona a nadie!» Y D. Acisclo, halagado en su talento humorístico, aunque no hubiese tenido intención de burlarse, comenzaba desde aquel punto a hacerlo. La base de su humorismo era aquella forma del pensamiento que los retóricos llaman ironía, y que consiste en expresar lo contrario de lo que se siente. Al mismo tiempo sabía dar cierta inflexión solemne a sus palabras y mantener su rostro en equilibrio para que la frase obtuviera el éxito apetecido. Gozaba en mofarse de todo el mundo, y principalmente de los pollastres enamorados. Por ello era odiado cordialmente de éstos en el fondo, aunque en la apariencia le bailasen el agua. Tenía, sin embargo, el instinto o buen sentido de no meterse con los que podían devolverle las bromas, y buscaba casi siempre como víctima de ellas a algún pobre muchacho que pacientemente las tolerase.

—Ahora, que nos cante unas granadinas—dijo un pollo.

—Eso es, y después que baile «por panaderos»—añadió D. Acisclo.

—No hay inconveniente—respondió D. Alejandro echándole una mirada ambigua,—con tal que don Acisclo suene los palillos y me jalee.

Se trajo la guitarra, y el clérigo comenzó a cantar hondo y gorgoriteado por lo flamenco una copla, que si mal no recuerdo decía así:

Eres como la avellana, chiquita y llena de carne, chiquita y apañadita como te quiere tu amante.

D. Alejandro era alpujarreño, y a decir verdad, cantó ésta y otras coplas por el estilo infinitamente mejor que el Spirto gentile. Hay que observar que las que siguieron eran cada vez más expresivas, por no decir picantes, y que entre una y otra el beneficiado de la catedral dirigía por debajo de sus negras y largas pestañas miradas provocativas a la joven regordeta que había cantado el rondó de Lucía. Después supe que era su maestro de música.

Aplaudimos esta vez más sinceramente.

—¡Olé el presbítero!—gritó D. Acisclo.

Tres o cuatro curiosos se habían parado a la puerta de la calle, y al través de las rejas de la cancela nos miraban sin curiosidad alguna, atentos sólo a la música. Cuando ésta cesó, siguieron su camino.

—Ea, basta de coloquio—dijo Pepita, acercándose a su hermana y a mí, que aún continuábamos sentados.—Llevan ustedes media hora juntos, y el reglamento de la casa no permite más que quince minutos.

Levanté los ojos hacia ella, sorprendido.

—Sí, señor, quince minutos. Ninguno puede estar junto a una niña más de ese tiempo, y yo soy la encargada de hacer cumplir la orden... ¡Uf! Si alzase la mano, esta casa se convertiría muy pronto en una gorrería. Con ustedes he guardado consideración porque ésta es mi hermana... y porque se lo merece... y porque usted tiene buen aquel... ¡y porque me ha dado la gana, vamos!... ¿Verdá uté que apetece comérsela?—añadió tomando la barba de su hermanita con dos dedos y sacudiéndole la cabeza.—¿No sería una pena que esta naranjita de la China se fuese a sentar en el polletón?

—¡Qué tonta!—exclamó Joaquinita, pareciendo que se ruborizaba.

—Vaya, dígame con franqueza, ¿qué le parece a usted de la soirée de Cachupín?—me preguntó, cambiando con afectada volubilidad de conversación.

—¿Qué soirée?

—Esta en que usted se encuentra. ¿Ha estado usted en su vida en otra más cachupinesca?

—¡Oh!—exclamé apresuradamente.—¡Nada de eso! Es una tertulia muy agradable y distinguida.

—Con poca luz, ¿verdad?—dijo sonriendo maliciosamente.

—Así está mejor. La media luz en un patio de éstos hace muy bien; le da un carácter misterioso y poético.

—Pues mire usted, nosotras no hemos querido hacerlo más poético, sino gastar menos, ¿sabe usted?—repuso con desenfado, mirándome a los ojos con tal expresión burlona que me inquietaba.—Antes teníamos cuatro quinqués encendidos; pero, hijo, se gastaba un Potosí, y nosotras estamos más pobrecitas que las arañas. Nos hicimos partidarias del obscurantismo... Hay que tener mucho ojo, por supuesto, porque ¡viene aquí cada gachó!... No paro de un lado a otro, como usted ve. Parezco una maestra de escuela... ¿No ha pasado usted al buffet?

—No—dije sencillamente.

Soltó una carcajada.

—Pues allí lo tiene usted, en aquel rinconcito.

—¡Qué loca eres, Pepita!—exclamó Joaquinita, riendo también.

En el rincón que señalaba con la mano había una mesilla, y sobre ella una botella de agua con algunos vasos.

—En nuestros buenos tiempos, poníamos azucarillos. Era el siglo de oro de la casa de Anguita. Ahora, hijo mío, estamos en plena decadencia. Ni la casa de Austria ha venido nunca tan a menos. Fuera los azucarillos, que gravan el presupuesto. Luego, no crea usted, había aquí muchos que se los comían secos por golosina. ¡Una ruina, hijo, una ruina! ¿Ve usted aquel pollito que parece un lenguado gaditano en tartera, aquél que se mete el dedo por la nariz en busca de los sesos? Pues ése se ha comido trece una noche, y no le pasó nada. Por supuesto, yo le eché de casa inmediatamente; pero volvió al día siguiente pidiendo perdón y que no lo haría más. Le abrimos otra vez la puerta, y le guardamos los panalitos... En fin, cuando se vuelva a Madrid, ya puede usted decir que ha estado en una reunión cursi, ¡pero cursi de verdad! No le falta a usted más que conocer a Cachupín. En seguidita va a salir... ¡Mire usted qué mono!—añadió dirigiendo los ojos al otro extremo del patio, donde conversaban, al lado del piano, el cura y su discípula.—Allí está don Alejandro hecho un caramelo con Elena. ¡De todos los gorros, los que más me sublevan son éstos de iglesia! Voy allá ahora mismo.

Y partió como una saeta hacia ellos.

—Márchese usted—me dijo Joaquinita, dirigiéndome una mirada impregnada de simpatía.—Márchese usted, para que no digan. En cuanto estemos separados un ratito, ya podemos juntarnos otra vez y disfrutar otro cuarto de hora de seguridad. Hasta luego.

Aparteme de ella y di una vuelta por el patio, observando la algazara que reinaba. Me llamó la atención una joven bastante linda que, mientras hablaba con don Acisclo, dirigía miradas de amor al través del follaje de una hortensia al lenguado gaditano, que le correspondía por el mismo conducto, sin dejar de meterse el dedo en la nariz. Los lienzos de las paredes estaban llenos de cuadros al óleo. Me acerqué a examinarlos y, aunque disto de ser inteligente en pintura, me parecieron horrendos mamarrachos. Por una de las puertas vi salir a Villa, y me acerqué a él.

—¿Al fin pudo usted llegar a la cocina?—le pregunté riendo.

—Al fin. Nada más que un achuchón rápido ahí en el pasillo, ¿sabe usted? Aproveché el momento en que Pepita hablaba con ustedes.

—Estuve largo rato con Joaquinita. Es una chica muy amable.

—¿Cree usted?...—respondió dirigiéndome una mirada risueña y burlona.

—Hombre... así me lo ha parecido—repliqué un poco acortado.

—Bueno, bueno; por mi parte que se le expida el título.

Como estuviésemos en un rincón y nadie nos observase, quise enterarme mejor de la vida de aquella familia. Villa me puso al corriente de todo. Las de Anguita eran hijas de un médico ya anciano, que había gozado de mucha clientela en Sevilla en otro tiempo. O por su edad avanzada, o porque hubiesen llegado otros médicos jóvenes de valía, o por las irregularidades de las hijas, es lo cierto que poco a poco se le había ido marchando la parroquia, quedándole en la actualidad muy contadas familias. Su mujer había muerto hacía bastantes años. Las niñas, educadas sin la vigilancia materna, habían dado siempre bastante que decir por sus extravagancias. Mientras las ganancias del papá fueron crecidas, en la casa se gastaba por largo, se vivía con desahogo y con lujo; hasta tenían coche. Nadie pensaba en mañana. El señor Anguita, un viejo maníaco, que había gozado fama de excelente médico, aunque en realidad nunca se hubiese cuidado gran cosa de los enfermos, dejaba a sus hijas la dirección económica de la casa, que no podía ser más desastrosa. La pasión del viejo era el arte, y su orgullo ser inteligente en pintura. Que le dijesen que había hecho tal o cual cura maravillosa, le tenía sin cuidado. En cambio, si le venían a consultar sobre el mérito de un cuadro, o le nombraban jurado en los exámenes de la escuela de Bellas Artes, le causaban vivo placer. No le molestaba su decadencia profesional más que por el momentáneo disgusto que sentía cuando sus hijas le pedían dinero y no podía dárselo. Éstas la soportaban también o aparentaban soportarla con filosofía, y en vez de retraerse del trato social, que origina gastos, preferían exhibir y burlarse de su propia pobreza, asistiendo a todos los sitios donde no costase dinero, haciendo diariamente un número incalculable de visitas y dando reuniones del jaez de la presente. Villa suponía que en estas burlas había cierta afectación y que era un procedimiento ingenioso para poder seguir tirando sin desdoro. Por lo demás, no se pasaba mal a su lado. Admitían cualquier broma sin enfadarse, y eran caritativas y serviciales. No ocultaban su afán por tener marido, y aun hacían chistes bastante graciosos sobre esta su manía con el mayor descaro. Antes que el ridículo viniese a ellas, iban a su encuentro. Ramoncita, la primera, se había echado ya en el surco, y sólo vagamente pensaba en la posibilidad de atrapar un esposo. Mantenía amistad íntima, estrechísima, con dos de las damas que allí estaban, de su misma edad, poco más o menos, y entre las tres no solo sabían lo que pasaba en Sevilla, sino en todo el reino de Andalucía. Dedicábase también a leer por los libros de medicina de su papá, y estaba tan enterada del organismo humano como un médico, particularmente de determinadas funciones. Sin embarazo alguno, en términos técnicos, hablaba de las materias más escabrosas de la medicina. Su hermana Joaquina se caracterizaba por un deseo furioso, frenético de casarse. Según ella misma confesaba, le habían entrado las «ganazas». Porque al decir de Ramoncita, el deseo de hallar marido en una mujer podía dividirse en tres etapas. Desde los quince a los veinte debía llamarse el período de las «ganitas», de los veinte a los veinticinco, el de las «ganas», y de los veinticinco a los treinta, el de las «ganazas». Pepita, la última, era una chica sin atadero. Sin embargo, Villa creía que era la mejor de las tres, a pesar de que en su locura entraba un poco de farsa, o lo que es igual, se hacía más loca de lo que era.

—La broma que le he dado no vaya usted a creer que es enteramente infundada. Esa muchacha está empeñada a sangre y fuego en que le haga el amor.

—¿Y es verdad que le espera por la noche para verle pasar cuando usted se retira?

—¡Tan cierto! Y lo gracioso es que vengo de dar algunas vueltas por delante de la casa de Isabel, que esta aquí cerca, en la calle de Trajano.

—¡Pobrecilla! Pues si es así, mucho debe de padecer con sus bromas.

—No lo crea usted. Cuando usted la trate más, ya verá adónde llega su despreocupación.

Justamente en aquel momento se acercó a nosotros Pepita, diciendo:

—¡A que están ustedes hablando de mí!

—¡A que sí!—respondió el comandante riendo.—Estaba enterando a mi amigo de los secretos de la casa y descubriéndole el carácter y las mañas de cada una de ustedes. Se hallaba usted sobre el tapete.

—Le diría usted alguna sandez, como si lo viera.

—Muchas gracias; le estaba diciendo ahora mismo que sentía en el alma no poder corresponder al amor de usted. Si usted hubiera llegado antes...

—Pero ¿ha visto usted en su vida—dirigiéndose a mí—un hombre más simple y más retontísimo? No crea usted que es broma. Todo eso se lo cree. ¡Y mire usted que el bocado es apetitoso! Un señor que ya no puede con la fe del bautismo en papeles. ¡Repare usted qué patas...! ¡Qué pies! Con dos juanetes que parecen dos flanes.

—Bueno; insulte usted cuanto quiera. Cuanto más feo sea yo, peor gusto será el de usted.

La entrada, por una de las puertas que comunicaban con las habitaciones interiores, de un caballero anciano nos interrumpió.

—Aquí tiene usted un Cachupín—me dijo Pepita—. Voy a presentarle a usted. Papá—dirigiéndose al anciano—, te presento un nuevo amigo, el señor Sanjurjo, un joven muy guapo, muy simpático y además un gran poeta. ¿Eh? ¿Qué tal?

—Muy señor mío, muy señor mío—respondió el anciano, inclinándose.

He visto en mi vida pocas cosas tan estrafalarias como el señor de Anguita. Era alto, enjuto, rasurado, dejando solamente unas cortas patillas blancas; los ojos, grandes, apagados, vidriosos; la tez, pálida, y los dientes, largos y amarillos. Traía gorro de terciopelo azul en la cabeza, bordado probablemente por sus hijas; bata de color de canela, y sobre la bata, dejándola al descubierto por debajo, un gabán de verano.

—Conque poeta... poeta—murmuró con voz opaca y acento fatigado.—Yo soy muy aficionado a la poesía. En mis buenos tiempos también escribí versos.

—Muy lindos, por cierto—interrumpió Pepita.—Mi papá, ahí donde usted le ve, ha sido el gallito de Sevilla. Traía dislocadas a las niñas con sus chalecos y sus palabritas.

—¡Picaruela!—murmuró el anciano, tocándole la cara con manifiesta ternura.—La poesía es cosa superior, superior... ¡Pero como la pintura!... A la pintura no llega nada en el mundo.

—Ya sé que es usted aficionado, y muy inteligente—le dije.

—Aficionado solamente—repuso sonriendo con beatitud.—No le diré a usted que a fuerza de ver y observar no sepa distinguir un poco; pero eso no vale nada.

Villa, para darle por el gusto, le invitó a que nos mostrase su galería de cuadros, a lo cual accedió inmediatamente. La mayor parte estaban colgados debajo de los arcos del patio. Pepita encendió una bujía y la fue acercando a cada uno para que le viésemos bien, mientras el señor de Anguita, que traía constantemente las manos atrás, separaba de vez en cuando la derecha para señalarnos los primores de ejecución que abundaban en casi todos. Cuando era una marina, el agua se transparentaba, parecía que «podía meterse la mano en ella»; si se trataba de un paisaje de montaña, «apetecía triscar por las praderas, se sentía casi el olor del heno»; las figuras «estaban todas hablando, no les faltaba más que moverse». En fin, el señor de Anguita creía que su galería podía competir con las mejores de Madrid. Pepita aplaudía también calurosamente, con su habitual exageración, en cada obra que examinábamos. Los apellidos de los artistas eran totalmente desconocidos. La mayor parte jóvenes que, según el dueño de la casa, darían mucho que decir y echarían pronto la pata a Fortuny y a Rosales. Cuando hubimos terminado, Villa y Pepita se unieron a la tertulia, y observé que el comandante estaba jacarero y guasón hasta lo sumo, haciendo reír con sus bromas a todos, menos a D. Acisclo, que no debía de ver con buenos ojos que se riesen otros chistes más que los suyos. El anciano médico me llevó a un rincón, y allí, de pie, con las manos cruzadas siempre sobre los riñones, siguió hablándome de pintura. Confesaba que su galería no era de las más ricas y, sobre todo, carecía de firmas acreditadas; pero estaba seguro, en cambio, de poseer obras notabilísimas, dignas de inmortalizar a sus autores. Por más que éstos no fuesen exagerados en el precio de sus cuadros, una colección como aquélla sólo podía adquirirse a fuerza de tiempo y serios dispendios.

—¿Cuánto calcula usted que llevo gastado en cuadros?—me dijo mirándome a los ojos fijamente.

—Phs... Yo no soy perito en la materia...

—Vamos, una cifra aproximada...

—Nada... no puedo calcular...

—Pues llevo sacados del bolsillo más de cinco mil reales—manifestó solemnemente, separando una mano de la espalda y poniéndomela sobre el hombro.

—Pues son caros... digo, son baratos... Porque los hay magníficos.

—¡Maravillosos!

Poco después, el señor de Anguita me manifestó que sentía frío, lo cual me sorprendió casi tanto como el coste de su galería. No estaba por la vida en los patios. Ni en el mes de Agosto entraba en el suyo sin ponerse gabán. Sus hijas se empeñaban en anticipar la estación porque aún no hacía calor, ¿verdad? Yo, que sudaba por todos los poros, convine con él en que más bien hacía fresco, y con esta respuesta le confirmé, al parecer, en la idea que había concebido de retirarse. Lo cual puso en práctica, no sin ofrecérseme mucho y poner su casa a mi disposición. Pero éste no era un favor muy señalado, porque, según Villa, no había perro ni gato en Sevilla que no entrase allí como Pedro por su casa.

Elena, la discípula del presbítero, se marchaba en aquel momento, aunque no eran más de la diez. Su tío, un señor viejo, bajo y regordete como ella, de labios abultados y fisonomía riente, que andaba por los rincones solitario, no consentía retirarse después de esta hora. La niña, que era vivaracha y traviesa, al despedirse con ruidosos besos de sus amigas, procuraba ponerle en ridículo: «Qué quieres, hija; mi tío se empeña en hacer competencia a las gallinas. Voy a leerle la vida del santo del día. No puede dormirse sin enterarse de los martirios de Santa Irene o San Lorenzo. Adiós, adiós; pedid a la Virgen que sane mi tío de la cabeza». Éste, fuertemente amoscado, habiéndose desvanecido la sonrisa que constantemente brillaba en su rostro, se despedía también sin encontrar palabras con que disculpar su extravagancia. Procuraba poner prisa para librarse de las risas de los tertulios. Al salir al portal, llamaba a la cancela una joven con la cabeza rebujada en toquilla de color rosa, acompañada de un criado con librea. Elena y ella se tropezaron y se saludaron con efusión, besándose repetidas veces. Oí las carcajadas de la recién llegada, sin duda producidas por las bromitas de la amiguita contra su tío. El clérigo de las granadinas no tardó mucho en despedirse también. La joven que entraba era la condesita del Padul, la adorada de mi amigo Villa. Y en verdad que tenía excelente gusto. Por la tarde, al cruzar rápidamente por la calle de las Sierpes, no había podido apreciar bien la belleza singular de su rostro, la gracia y esbeltez de su figura. Era una mujer hermosa de veras. El color de oro de sus cabellos formaba contraste delicioso con el negro de sus ojos. La expresión de su fisonomía suave y atractiva; los ademanes nobles. Toda su gentil persona revelaba bien claro la egregia cuna en que había nacido. Vestía con sencillez y elegancia, denunciando el corte parisién las prendas que llevaba sobre sí. Saludó a todas las damas con efusión cariñosa. Después la vi dirigirse sonriente a Villa y apretarle la mano. Su presencia causó en la tertulia alguna turbación, y eso que ella procuraba con familiar amabilidad que nadie se moviese de su sitio. Me pareció que no estaba orgullosa de su elevada alcurnia, o que, si lo estaba, sabía disimularlo perfectamente. Como me dirigiese algunas miradas de curiosidad, sin duda por no haberme visto nunca en la tertulia, Joaquinita se apresuró a presentarme. Me dio la mano con suma cortesía y me dirigió una sonrisa tan amable que me sentí cautivado. Y como yo, al parecer, todos los demás, porque desde su entrada las miradas de los pollastres se dirigían a ella y las de las muchachas también. Lisonjeada con el afecto que la demostraban, la gallarda condesa se esforzaba en aparecer más llana y más amable aún.

Me sacó de mi contemplación admirativa Joaquinita, que me invitó de nuevo a sentarme a su lado en la mecedora. «Ya tenemos otro cuarto de hora para hablar», me dijo. En esta segunda conferencia me pareció la segundogénita de Anguita un poquito pesada y dulzona. Se enteró de mi patria y familia, y me hizo que le narrase algunos pormenores de mi existencia. Claro que no le dije una palabra del asunto que a Sevilla me trajo. Venía sólo a dar una vuelta por Andalucía y a conocer unos parientes que tenía en Sanlúcar. Semejaba interesarse en todo lo que me atañía, de un modo tan vivo que me causaba sorpresa y alguna inquietud. Entre col y col me dirigía frases lisonjeras, aprovechando cualquier ocasión para enaltecer mi carácter (¿cuándo lo habría conocido?) y el ingenio que se revelaba en mis palabras. En suma, era como el dulce de piña, que al principio gusta mucho, y cansa pronto. Deseaba ya dejarla, pero no era empresa fácil. No consentía que se hiciera pausa en nuestra conversación. Me acordé entonces de la sonrisa de Villa cuando le hablé de ella y empecé a explicármela. Observando mi distracción, me dijo:

—¿Qué es eso? ¿Repara usted en la seriedad de Villa? Siempre le pasa igual. En cuanto llega Isabel, concluyen las guasitas. Se queda con una cara larga, larga, que da pena mirársela... ¡Pobrecillo! Está enamorado hasta las cachas.

Yo, que no había reparado en ello, me convencí, mirando al comandante, de que la observación era tan fina y maliciosa como exacta. Desde la entrada de la condesita no se mostraba como antes alegre y desenfadado. Las frases jocosas que aún soltaba iban claramente impregnadas de la preocupación de su espíritu. Isabel, en cambio, se mostraba cada vez más amable y afectuosa con él y con todo el mundo, particularmente con él. Estaba rodeada de pollos que la incensaban sin descanso. A todos contestaba con la misma sonrisa candorosa, enloquecedora. Si a alguno distinguía, era a Villa, en quien posaba a menudo con amorosa expresión sus grandes ojos inocentes y límpidos. Y yo, desde lejos, notaba el estremecimiento que aquella mirada clara producía en mi amigo, y le envidiaba.

La tertulia se deshizo tarde. Algunos criados entraron a buscar a sus señoras y aguardaron largo rato allá dentro, en la cocina. A las doce y media vino el conde viudo del Padul a recoger a su hija, y ésta fue la señal del desfile. Llegaba del Círculo de Labradores, donde, según me dijo uno, iba dejando ya, sobre el tapete verde de la mesa de juego, una fortuna. Era hombre de media edad aún, vigoroso, en quien los excesos de su vida disipada no se reconocían más que en la mirada vaga y perezosa. Reconocíase en él a un mismo tiempo al caballero y al calavera. Sevilla entera recordaba todavía sus aventuras galantes, sus orgías, sus duelos singulares y temerosos, la barbarie inconcebible de algunos actos ejecutados en el frenesí de la embriaguez. Saludó con amabilidad caballeresca, no exenta de protección, a todo el mundo, y se llevó a su hija. En pos de él nos marchamos todos. Las de Anguita salieron hasta el medio de la calle a despedir a sus amigas. Pepita me preguntó si volvería al día siguiente, y como le respondiese que no sabía si me sería posible, dijo haciendo un mohín de enfado que yo era «tan chinchoso y tan apestoso» como mi amigo Villa. Salimos formando grupos, que se fueron dispersando por las laberínticas encrucijadas de las calles. Villa iba delante dando vaya a unas muchachas, alegre otra vez y despreocupado. Yo le seguía, llevando a mi lado al humorista D. Acisclo. No sabiendo cómo entablar conversación con él, le dije:

—Es muy amena la tertulia de estas señoritas... y muy original... Se pasa bien el rato.

—Usted es forastero, ¿verdad?—me preguntó gravemente.

—Sí, señor; hasta ahora no había estado en Andalucía.

—Pues ha hecho usted bien en venir, porque en Sevilla sólo hay tres cosas dignas de verse: la catedral, el alcázar y el patio de las de Anguita—repuso con graciosa solemnidad.

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VII

Preparativos para el bloqueo.

ATILDITA, como he dicho antes, debía de sospechar el deplorable resultado de mi entrevista con el capellán del colegio del Corazón de María. No hacía más que dar vueltas en torno mío y tirarme cuanto podía de la lengua, a fin de cerciorarse de la verdad del caso, o por ventura para meter su naricita en mis negocios y satisfacer el inmoderado afán de dar consejos que la atormentaba. Como no tenía gran interés en ocultar la derrota, pues ya se había disipado en parte la vergüenza que me produjera, concluí por confesarlo todo. Fuertes aspavientos de la chiquilla. No cabía en sí de indignación. Me hizo repetir varias veces la repugnante grosería usada por el clérigo conmigo, y me dijo que ella no la hubiera sufrido. Esto no me pareció bien. Pero le hice ver en seguida los inconvenientes que habría traído consigo cualquier resolución violenta en tal momento, y concluyó por convenir en que mejor había sido «el despresiarle». Después de quedar unos instantes silenciosa en actitud reflexiva, abrió la llave de los consejos. En su opinión, lo que yo debía hacer ahora era presentarme a la madre de Gloria, pintarle mi pasión por su hija, echarme a sus pies y suplicarle que la sacase del convento y nos permitiese casarnos y ser felices. El consejo era poco práctico, y me convenció de que los amores del aspirante a telégrafos habían dejado en el espíritu de Matildita una huella indeleble de romanticismo.

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Mejor lo tenía yo pensado. En esto de ver las cosas como son y conseguir lo que nos proponemos, me parece que nadie saca ventaja a los que hemos nacido en los valles pintorescos de Galicia. Ya diré más adelante lo que mi mente, apretada por la necesidad, urdió para alcanzar lo que apetecía.

Por aquellos días se había marchado el alcalde Cueto a su pueblo y había llegado un matrimonio de Écija. Sentábase, pues, a la mesa, a las horas de almorzar y comer, una señora, lo cual había hecho variar un poco el tono de la conversación. Esta dama se llamaba Raquel. No pasaría de los treinta años y era mujer hermosa como pocas, de arrogante figura, alta, mórbida, de tez morena, nariz aguileña, labios gruesos y ojos negros y grandes, tal vez demasiado grandes. Sus facciones, pronunciadas en demasía, su figura voluminosa, hacían que pareciese más hermosa de lejos que de cerca. Aquellos ojos cristalinos, abombados, de ternera, aquella nariz enérgica, borbónica, aquellos labios rojos abultados, a cierta distancia formaban un conjunto armónico, maravilloso. No obstante, aun de cerca se la podía diputar por un buen modelo de escultura femenina. Estaba casada con un viejo, D. José Torres, que, a pesar de la peluca y llevar teñido el bigote, nadie le haría bajar de los ochenta. Era un hacendado rico, según supe pronto, porque en las casas de huéspedes no suelen ignorarse mucho tiempo las circunstancias de cada cual. Había tenido el capricho de casarse con aquella joven, a quien había dotado en cuarenta mil duros al tiempo de hacerlo. Para ella, que era una desgraciada sin recurso alguno, fue gran fortuna, sobre todo teniendo en cuenta que el viejo no tardaría en dejarla libre. Tuve ocasión de convencerme muy pronto de que la hermosa no correspondía con agradecimiento a la generosidad y a las atenciones que constantemente guardaba con ella su marido. Tocome sentarme a su lado en la mesa, y no tardamos en trabar conversación y entrar en confianza. Raquel hablaba siempre con énfasis, hablaba mucho, y según avanzaba en el discurso se iba animando, yo no sé si natural o artificialmente, al punto de que siempre concluía en el diapasón más alto y muchas veces con el rostro enrojecido. Si esto era afectación, había concluido, por el hábito, en connaturalizarse con ella. Mostraba poseer gran presunción y un carácter susceptible y despótico. No tenía reparo en dirigir a su marido, delante de todos nosotros, frases irrespetuosas cargadas de desprecio. El señor Torres era un anciano suave, conciliador, discreto, que veía muy bien el ridículo que su esposa hacía caer sobre él a cada instante, y padecía y procuraba evitarlo templándola, cuando se enojaba, con frases cariñosas o con inocentes burlas. Recuerdo que una noche se trataba de sobremesa, entre bromas y veras, el problema del matrimonio, qué circunstancias debía reunir la mujer para ser buena esposa, etc. Todos habíamos emitido nuestra opinión, incluso Eduardito, cuyo parecer, favorable a las mujeres hechas ya y experimentadas, fue acogido con una salva de aplausos y carcajadas. Faltaba únicamente el señor Torres, a quien, según Villa, correspondía hacer el resumen de la discusión. Don José, después de excusarse un poco, manifestó, con los ojos bajos, quizá por no tropezarse con los de su mujer, que se fijaban en él nada halagüeños, que la mejor esposa era la más humilde, la que conocía sus deberes y sabía cumplirlos, haciendo del hogar doméstico un paraíso. Observé cierta contracción nerviosa en el rostro de Raquel, que no anunciaba cosa buena. Y, en efecto, con sonrisa forzada, que dejaba traslucir su irritación, principió a combatir las aserciones de su marido, sosteniendo que la humildad es una cualidad de las esclavas, no de las mujeres; que lo que les hace falta a éstas en la mayor parte de los casos es dignidad, y que si la tuvieran no se verían tantos desastres en los matrimonios. Según su costumbre, a medida que hablaba se iba enardeciendo con sus propias palabras. Esta vez concluyó de un modo tan violento, dirigiendo frases tan agresivas e inconvenientes a su marido, que lo mismo Villa que yo intervinimos para calmarla.

—Me irrito, porque sé bien por dónde viene el agua al molino. A mí me gusta que se hable con franqueza. El herir a una persona solapadamente es una cobardía, ¡sí, señor, una cobardía!

—Pero mujer—decía el pobre anciano con sonrisa tímida,—si nadie ha tratado de herirte aquí. No he hecho más que sentar una apreciación general, que nada tiene que ver contigo.

—Repito que es una cobardía, y permíteme que te diga que hacerlo delante de gente es aún otra cosa peor.

A todos nos causó mal efecto aquella escena, y hubo una pausa. Villa entabló otra conversación para que cesase el embarazo.

Desde que el matrimonio había llegado, Olóriz, el estudiante de Derecho que con nosotros vivía, se acicalaba aún más el pelo y la barba, cosa que parecía ya punto menos que imposible, pues estos dos aditamentos capilares eran objeto de preferente atención y de asiduos cuidados para el jurista. El pelo era rubio, lustroso, ondeado, y lo llevaba esmeradamente partido por el medio, dejando caer dos bucles primorosos sobre la frente. La barba rubia también, rizosa, larga, y la llevaba igualmente partida por la mitad. Felicia, la criada, nos decía que empleaba media hora larga en atusársela, untándola con perfumados aceites; que nunca dejaba, al llegar o salir de casa, de contemplarse al espejo con delectación, alejándose y aproximándose para gozar de su figura a distintos puntos de vista, y que el colocar el sombrero al salir a la calle era negocio largo. Por lo demás, parecía un infeliz, silencioso, sonriendo a todo lo que se decía, dejando escapar de vez en cuando alguna frase insignificante. Pues este mancebo delicado, según mis observaciones, abrigaba proyectos de seducción sobre la bíblica señora de Torres. Sentábase frente a nosotros, y mientras duraba el almuerzo y la comida no dejaba de envolverla en una red espesísima de rayos visuales. Y, confesando la verdad, debo añadir que Raquel no parecía hallarse mal prisionera dentro de ella; antes correspondía con otra, si no tan espesa, lo suficiente pura que el joven pensase con razón que sus notabilísimos cabellos y barba eran apreciados en su justo valor por la hermosa dama. En la mesa apenas cruzaban la palabra; pero les vi en diferentes ocasiones departir amigablemente, apoyados en la barandilla del corredor, mirando con ojos extáticos los azulejos del patio. También observé, una vez que fui a misa de nueve en San Isidoro, que Olóriz, situado en posición estratégica, cambiaba con la dama, arrodillada cerca de una capilla, sonrisas y miradas. No sé si el señor Torres habría hecho las mismas observaciones que yo. Presumo que sí, porque no era tonto, y se necesitaba serlo para no advertir las insistentes miradas del joven.

Fueme simpático el anciano, y le compadecía sinceramente. Entramos pronto en confianza, y en ocasión en que quedamos solos de sobremesa, tuve con él una conversación bastante íntima. Se quejaba del calor que hacía, al cual nunca se había podido acostumbrar a pesar de vivir en Écija, llamada la sartén de Andalucía, y decíame que le molestaba extremadamente la peluca.

—Nunca la he gastado hasta hace poco, y eso que he quedado sin pelo hace más de cuarenta años...¡Phs! Ha sido un capricho de Raquel—añadió sonriendo dulcemente.—Dice que sin ella y con la barba blanca que antes traía aparento tantos años que le da vergüenza ir conmigo por la calle...¡Como si a pesar de estos adimentos ridículos no se conociese que paso de los ochenta!... Yo bien comprendo que a ella le avergüenza estar casada con un ochentón, y usted mismo se habrá dicho al vernos: «¡Vaya un matrimonio estrafalario!... ¿Cómo se le habrá ocurrido a este viejo decrépito casarse con una joven tan linda?...» Nada; no me diga usted nada; quien dice usted, dice todos los demás que nos conocen. Ha sido una falta, lo reconozco; pero crea usted que hay algunas cosas que la atenúan un poco. En primer lugar, Raquel es hija de un antiguo amigo mío. Hace cuatro años se quedó huérfana y sin recurso alguno. Necesitó irse a vivir en compañía de una hermana que tiene casada. Yo, que frecuentaba la casa, me convencí pronto de que allí no la trataban como debían, y ella misma se me quejó con lágrimas muchas veces de que en casa de su hermana no era más que una criada sin sueldo. Entre vestir y lavar a los niños, hacer las camas, asear la casa, aplanchar la ropa, etc., no tenía un momento libre. Mientras tanto la hermana, como princesa, pasaba el tiempo columpiándose en una mecedora, reprendiéndole cualquier falta severamente... En fin, ya puede usted suponer lo que pasaría allí. Compadecía mucho su situación, y pensando en los medios de aliviarla, se me ocurrió traerla a casa. Mas esto ofrecía dificultades. ¿En qué concepto iba a venir a mi casa? Por muchas vueltas que le diese, sólo podía venir de dos maneras: o como esposa, o como criada. Proporcionarle dinero para que viviese aparte, era factible; pero ¿no sería herir su susceptibilidad que, como usted ha visto, es grande? Entonces se me ocurrió casarme con ella. Le hablé con toda franqueza. «Hija mía, soy un trasto viejo, tendrás que aguantarme un poco de tiempo. En cambio, a mi muerte quedarás libre y con una fortuna considerable. Por mucho que viva, tiene que ser muy poco. Mira si la perspectiva de una posición independiente y desahogada compensa para ti las molestias que yo te pueda ocasionar.» Ella aceptó dando muestras de agradecimiento, y desde entonces, que fue hace tres años, he procurado serle lo menos incómodo posible y que viva no sólo con desahogo, sino con lujo, para que su situación sea más llevadera. Así y todo, parece que algunas veces se impacienta... Es natural. La pobre se ve joven, hermosa y adulada por los hombres. El pensar que se encuentra amarrada a un tronco tan viejo y carcomido le hace padecer.

La sencillez y franqueza del anciano me conmovieron. Desde entonces le tributé aún más respeto y consideración, y fuimos amigos. Por eso me atreví a decirle a Raquel un día en que ponderaba el sacrificio que había hecho casándose con él, y la tristeza de consagrar su juventud a cuidar a un anciano achacoso:

—Vamos, tenga usted paciencia, que eso no durará mucho. Al fin se encontrará usted joven y con una buena fortuna.

—Sí, sí, eso me decían mis amigas al casarme; pero va durando demasiado.

Aquella cínica respuesta nos dejó fríos a todos. Desde entonces me fue profundamente repulsiva a pesar de su belleza.

Pues volviendo a mis asuntos, digo que comenzó a germinar en mi mente una idea, y fue la de acometer de nuevo la vía del capellán del colegio para llegar hasta mi adorada Gloria. El genio astuto de la raza galaica, que late en el fondo de mi ser lírico, me suministró una traza apropiada al caso. Yo tengo en Madrid un tío carnal, hermano de mi madre, que es alto empleado en el Ministerio de Gracia y Justicia desde hace años. Goza allí de gran consideración, y ha repartido en su vida no pocas canonjías y hasta ha influido poderosamente en la elección de algún obispo. A este le escribí rogándole me enviase una tarjeta de recomendación para algún dignatario de la catedral. Mientras llegaba la respuesta, seguí asistiendo a la tertulia de las de Anguita. Y, cierto, no lo pasaba mal. A los tres o cuatro días, según me había anunciado Villa, era íntimo de la casa. Pepita me llamaba chinchoso y mal gallego a cada instante; Ramoncita me trataba con la misma gravedad campechana que a los amigos antiguos, y Joaquinita celebraba conmigo numerosas conferencias de quince minutos cada una. Éste era el punto negro de la tertulia. La asiduidad de aquella señorita me iba siendo cada vez más empalagosa.

A pesar de que le tenía muy recomendado a Villa el secreto de mis amores, imagino que le molestaba dentro del cuerpo, o que no pudo resistir a la tentación de informar a su adorada condesa de todo, porque observé que una noche ésta, mientras hablaba con él, fijaba sus hermosos ojos en mi con curiosidad y benevolencia. Poco después se acercó el comandante y me dijo risueño:

—Vaya usted con Isabel, que desea hablarle.

Me apresuré a cumplimentar la orden de la dama, quien me acogió con extremada amabilidad.

—Siéntese aquí, que tengo mucho que hablar con usted... Ya sé que está usted enamorado...

—¡Ese Villa!—exclamé con enojo.

—No se enfade con él, porque su indiscreción quizá redunde en beneficio de usted. Ha de saber usted que la monjita por quien pena es prima mía.

—¿De veras?—pregunté estupefacto y con poca galantería.

—No muy próxima, pero sí lo bastante para que pueda llamarla así. Su madre es prima segunda de papá.

Si algo pudiera faltar para que aquella hermosa y amable joven me fuera del todo simpática, fue este descubrimiento. La contemplé con embelesamiento, con un éxtasis religioso que no pasó inadvertido para ella.

—Así me gusta—dijo sonriendo.—Cuando se quiere a una mujer, ha de ser de veras.

Yo me reí también, ruborizado.

—Nunca hemos tenido un trato muy íntimo—siguió,—porque yo me he criado en Sanlúcar, y ella entró de interna en el colegio muy temprano. Sin embargo, recuerdo que cuando venía a pasar alguna temporada a Sevilla, he jugado con ella en su casa y hemos paseado juntas con frecuencia. Después que entró en el colegio no la he vuelto a ver más de tres o cuatro veces, que fui exprofeso a visitarla con una tía mía y de ella también... Tiene usted buen gusto. Gloria es muy graciosa y simpática. ¡Si viera qué bien bailaba de niña las seguidillas!

—Y ahora también.

—¿Cómo ahora?—preguntó con asombro.

Entonces le expliqué de qué manera la había visto bailar en Marmolejo, lo cual celebró vivamente.

—Siempre ha sido muy resuelta y un poco aturdida... Si no fuera por ese carácter alegre que Dios le ha dado, ya estaría muerta hace tiempo...

Quise saber pormenores de su vida. Los datos vagos que me había suministrado la madre Florentina habían excitado fuertemente mi curiosidad, y las reticencias de ahora no eran a propósito para calmarla. Isabel sabía poco, o no quiso decirlo. La tía Tula (madre de Gloria) era una señora bastante rara, con un genio diametralmente opuesto al de su hija. Parece que Gloria fue metida en el colegio contra su voluntad y que luego se hizo monja por no avenirse con su madre. De aquella insinuación que me había hecho Suárez en Marmolejo, referente a un señor que dirigía los asuntos de D.ª Tula y vivía con ella maritalmente, no me dijo nada, ni yo me atreví a preguntarle. Después me dijo mirándome a los ojos sonriente:

—Además, le prevengo a usted que mi prima es rica. Su padre pasaba por tener una buena fortuna.

Yo (¡oh gran hipócrita!) hice un gesto de indiferencia.

—No quiero decir que eso aumente poco ni mucho su interés por ella—se apresuró a decir.—Pero... vamos, el dinero nunca daña...

Se informó también del estado de mis amores, y con ella fui más franco que con Matildita. No le dije más de lo que había pasado. Tuve la satisfacción de escuchar que, en su concepto, era lo bastante para que pudiese imaginar, sin pecar de presumido, que no le era indiferente a su prima. De la entrevista con el clérigo no le hablé palabra, porque la verdad del caso la hubiera hecho reír a mi costa, y una mentira ninguna utilidad me traía. Por supuesto, por hacer como todos los demás, también me brindó protección.

—Estoy sumamente interesada en que logre usted lo que desea, tanto por mi prima, que es una lástima que consuma entre cuatro paredes su juventud, no teniendo vocación para ello, como por usted. Creo que de algo podré servirle en su campaña... Discurra usted, y vea si puede utilizarme, que tendré mucho gusto en ello.

Le di un millón de gracias, rebosando de gratitud, y le prometí que cuando llegase el caso la molestaría sin vacilar, pues me inspiraba una confianza absoluta. Desde la primera noche que la viera me había sido extremadamente simpática. Sus ojos dulces y benévolos revelaban un buen corazón, el timbre de su voz inspiraba desde luego cariño y confianza, etc., etc.

Manejé el incensario de lo lindo, aunque loando sus prendas morales con preferencia a las físicas, por parecerme de mejor gusto y no inspirar recelos.

Cuando pasaban estas razones entre nosotros, apareció Joaquinita, diciéndonos con sonrisita forzada:

—Isabel, hija mía, tú nos acaparas todos los pollos. Déjanos siquiera alguno, por compasión.

—El señor me estaba informando de unas parientes que tengo en Galicia—respondió la condesita rápidamente.

Le agradecí el disimulo, en el cual me pareció más maestra de lo que yo había imaginado, y me levanté para sufrir un rato el chorro de la de Anguita, que seguía cada vez con más ahínco interesándose por todo lo que me atañía. Si no fuese porque es un poco ridículo, diría que seguía requebrándome. Declaro que me iba aburriendo y que me distraía de un modo lamentable. Muchas veces mis respuestas eran incongruentes. Bostezaba escandalosamente, y llegué en ocasiones a dar cabezadas de sueño. Pero Joaquinita ni se enojaba ni cedía. Dirigiendo la mirada hacia un grupo donde estaba D. Acisclo, observé que nos miraban sonrientes. Después supe que éste les había dicho:

—Miren ustedes a Joaquinita con la caña.

Por fin llegó la carta de mi tío, y dentro de ella otra muy expresiva para un prebendado de la catedral llamado D. Cosme de la Puente, recomendándome. Recibí un alegrón y casi no almorcé, con el afán de ir a visitarle y poner en ejecución mi proyecto. Tan luego como engullí el último bocado y pasé por el cuarto para recoger el bastón y los guantes, abrí la cancela y me dispuse a salir a la calle. Mas al trasponer la puerta exterior, una mujer del pueblo, que sin duda me aguardaba, vino a mi encuentro, diciéndome con el acento exagerado de la plebe andaluza:

—Señorito, perdone su mersé. ¿No e su grasia don Seferino?

—Ceferino me llamo—respondí mirándola con sorpresa.

Era una mujer ajada, de buenos ojos, flaca, pálida y pobremente vestida, con un pañolito de seda blanco al cuello y la cabeza descubierta. Aparentaba bien cuarenta años; pero quedaba la duda de si sería más joven. Su rostro ofrecía más claramente las huellas del trabajo y la miseria que las del tiempo.

—¿Sanhurho?

—Sanjurjo.

—Pue tengo que darle a su mersé un recaíto...¿Quiere que entremo en el portal?

—Como usted guste—repuse, fuertemente excitada mi curiosidad.

Nos apartamos, en efecto, de la estrechísima acera, y ya dentro del portal, la mujer sacó del pecho una carta doblada y me la entregó. Rompí el sobre apresuradamente y fui derecho con los ojos a ver la firma. No la tenía.

—¿De quién es la carta?

—De mi señorita.

—¿Y quién es su señorita?

—¡Toma! La señorita Gloria.

No pude reprimir un movimiento de susto, y me puse, no a leer, sino a devorar la carta, apretada la garganta y las manos trémulas. La buena mujer debió de observar mi turbación, porque al levantar los ojos vi una sonrisa en sus labios. La carta decía lo siguiente, en una magnífica letra inglesa de colegio: «Muy señor mío: Habiendo sido severamente castigada por la superiora, hasta privarme por cinco días de toda comunicación con mis hermanas y con las educandas, después de rogarlo con muchas lágrimas, me han dicho que la razón del castigo era que un joven cuyas señas coinciden con las de usted se había presentado al P. Sabino diciendo que era mi novio y que venía a sacarme del convento. Si fuera usted, como presumo, el autor de la gracia, merecía le tuviesen toda la vida encerrado en un calabozo como me han tenido a mí cinco días. Le ruego que no vuelva a ocuparse de una pobre mujer a quien ha ocasionado y puede aún ocasionar serios disgustos».

Entre confuso y dolorido, pregunté a la mensajera:

—Pero ¿es verdaderamente de la hermana San Sulpicio?

—Así creo que se yama en el convento. Para mí e y será la señorita Gloria.

—¿Se la puede contestar?

—¿Por qué no?

—Pero ¿quién es usted, y cómo puede llevar cartas a una monja?

Me lo explicó con la brevedad y el lenguaje espontáneo y pintoresco que caracteriza a las menestralas sevillanas. Se llamaba Paca y «había sido siempre mucho» de la casa de la señorita Gloria. Su madre había sido nodriza de ésta, y ella niñera, por más que no llevaba a la señorita más de doce años. Doña Tula la protegía y la llamaba para recados cuando hacía falta. Tenía una prima, criada de unas niñas que asistían al colegio del Corazón de María, y por su mediación se comunicaba con la señorita Gloria, a la cual también iba a ver de vez en cuando. Esta prima fue la que le diera la carta que ahora me entregaba.

—Pero ¿cómo sabía usted que era yo y dónde vivía?

—Verá uté, señorito. Su mersé da casi toíto lo día tre o cuatro paseíto por la caye de San José y mira mu encandilao hasia la parte del convento, ¿verdá uté? Fue mi prima lo ha arreparao y se diho contra sí: «Ete e er señorito de la señorita», y le ha seguío lo paso hata da con la posá. Aluego me lo diho a mí... y aquí etamo.

—¿Y ha preguntado usted a alguien más?

—Uté e er primé señorito que sale de eta casa dende que aguardo.

—¿Y es usted criada ahora de la madre de la señorita?

—No señó; yo estoy casá y trabaho en la frábica.

—¿En qué fábrica?

—¡Toma! ¿En cuál ha de sé? En la de sigarro. ¿Quiere uté que vuerva por la repueta?

—Sí, venga usted al oscurecer.

Después que se despidió, yo, en vez de seguir hacia casa del canónigo, retireme a la mía poseído de fuerte turbación. La cosa no era para menos. Aquella carta daba al traste con todos mis proyectos amorosos. Comencé a pasear agitadamente en sentido oblicuo por la estancia. La tristeza, la cólera y el despecho armaban un verdadero motín en mi cabeza. Por encima de todo, como sentimiento más vivo, asomaba el odio profundo contra el miserable capellán y un deseo irresistible de vengarme de él a toda costa. ¡Quién sabe los proyectos asesinos que en un instante cruzaron por mi imaginación! Ahora iba derecho a su casa y le metía una bala en los sesos; ahora le aguardaba traidoramente por la noche y le daba con un palo de hierro en la cabeza, o bien le asestaba una puñalada con un puñalito cincelado que me regalaron la noche en que leí varias poesías en El Fomento de las Artes. De todos modos, aunque la forma variase, el fondo era siempre idéntico, ¡zas! y al cementerio. Por fortuna, después que murmuré ¡zas! ¡zas! algunas docenas de veces de un modo fatídico, quedé más tranquilo y pude reflexionar. Al cabo de media hora de paseos, se me ocurrió una idea que, a no estar perturbado, debió ocurrírseme en cuanto leí la carta, a saber: que si bien en ésta se me trataba duramente y con cierto desprecio, el hecho positivo, tangible, era que la hermana me enviaba una carta y que para hacerlo necesitó exponerse mucho y buscar medios clandestinos. Si yo le fuese enteramente indiferente, no correría semejante riesgo. Con manifestar francamente a la superiora y al capellán que ella no era responsable de que a un loco se le ocurriera lo de la visita a aquél, ambos se darían por convencidos seguramente, y no tendría más que temer. Este pensamiento halagüeño fue creciendo en mi espíritu hasta llenarlo todo. Cuanto más meditaba sobre él, más verosímil me parecía. Entonces, bailándome el corazón de gozo, me senté a la mesa, saqué papel y me puse a escribir. No me salían más que protestas exageradas, ternezas empalagosas que al leerlas después me disgustaron. Tanto que, rasgados tres o cuatro pliegos, me decidí a esperar que las ideas se me compusieran un poco en la cabeza. Lo mejor me pareció salir a la calle y hacer la visita al canónigo. Según iba caminando hacia su casa, situada en la calle de la Mar, cerca de la catedral, me confirmaba más en la intriga proyectada, una vez adquirido el convencimiento de que la hermana no me rechazaría.

El prebendado D. Cosme, leída la carta de mi tío, me recibió cordialísimamente, manifestándome que tendría gran placer en servirme en todo cuanto pudiese. Era un señor ya anciano, con los cabellos enteramente blancos y rosetas encarnadas en los pómulos, ojos vivos y francos y boca grande, sonriente. Habitaba una gran casa, y observé en las habitaciones excesivo lujo, sobre todo para lo que estaba acostumbrado a ver en mi tierra en casa de los clérigos. Me declaró con franqueza que la prebenda se la debía a mi tío. Aunque sus ejercicios habían sido los mejores, sin la recomendación poderosa de aquél, un opositor de Teruel se la hubiese birlado. «¡Figúrese si yo tendré gusto en servirle de cabeza!» Animado por esta acogida, estuve por soltarle todo mi cuento y pedirle protección. Tuve, no obstante, prudencia para contenerme y limitarme por entonces a demandarle una tarjeta expresiva para el capellán del colegio del Corazón de María.

—¿Don Sabino Guerra?... Hombre, sí, le conozco. Fue sacristán algunos años en el Sagrario.

Sacó de un escritorio de roble tallado una tarjeta y se puso a escribir sobre ella. Aunque no me lo preguntase, por discreción, creí del caso decirle que necesitaba de los servicios de D. Sabino para ciertas particularidades referentes a una parienta que tenía profesa en la orden del Corazón de María.

—No dude usted que le atenderá—dijo entregándome la tarjeta.—Le prevengo a usted que no le tocó nada de lo de Salomón. Si le sacuden, suelta bellotas. Pero conoce bien la gramática parda. Le digo, por lo que pueda tronar, que es usted sobrino del señor Gemerediz, jefe de sección en el Ministerio de Gracia y Justicia.

Le di gracias repetidas, y le prometí, a su instancia, que volvería por allí a comer con él. No me invitaba a almorzar, porque las horas de coro le desarreglaban todos sus planes. Me convencí de que no tenía cariño al coro.

Cuando llegué a casa, después de dar algunas vueltas entre calles, me encontraba en buena disposición de espíritu para escribir la carta a Gloria. Me puse a ello y concluí de una vez sin vacilaciones ni tachaduras.

«Hermosa y amabilísima amiga: En efecto, yo he sido el desdichado que ha tenido la ocurrencia de visitar al P. Sabino y proporcionarle a usted un disgusto. Tiene usted razón. Merecía por ello gemir toda la vida en oscuro calabozo. Pero es más terrible aún el castigo que usted me ha impuesto con su enojo. Me he atrevido a tanto porque mi pobre imaginación no halló otro medio de acercarme a usted. Además, como usted me había asegurado que estaba resuelta a dejar el convento, no me pareció un acto punible tratar de saber si, una vez libre, rechazaría mis instancias. Que estoy enamorado profundamente de usted, no necesito repetírselo, porque bien lo he demostrado. Por eso su carta me ha sumido en la desesperación; porque me persuade de que mis esperanzas han salido fallidas, y nuestras conversaciones de Marmolejo no han sido más que un sueño feliz, del cual conservaré grato recuerdo toda mi vida.

Suyo hasta la muerte,

S.

Postdata. He conocido en cierta tertulia a una prima de usted, la condesita del Padul, que, siendo de la familia, había de ser, claro está, hermosa y amable.

¿Contestará usted a esta carta?

Si así no fuera, esperaré pacientemente su salida del convento, para verla siquiera una vez más y marcharme.

S.

La carta, después de leída, me satisfizo, porque, sin las redundancias de las que antes había ensayado, tocaba los puntos necesarios. Era humilde y expresiva, y la inclinaba suavemente a contestarme, que era lo que yo con ansia apetecía.

Paca no fue todo lo puntual que hubiera deseado. Haría ya una hora que la noche había cerrado, y más de dos que yo espiaba su llegada a la ventana de mi cuarto, cuando al fin apareció. Salí precipitadamente al portal y le entregué el billete, y con él, haciendo un esfuerzo sobre mí mismo, un duro. Hubo lucha para que lo aceptase, y en ella tuve momentos de desfallecimiento. Al fin quedaron las cinco pesetas en su poder.

¡Qué de fatigas comenzaron para mí! La contestación, si la había, me la traería Paca a la misma hora del oscurecer. Al día siguiente no salí en toda la tarde de casa. Ni a la cervecería quise ir con Villa después de almorzar. Cuando el sol comenzó a declinar, no contento con espiar por las rejas de mi ventana, salime al portal, y desde allí, enfilando la calle, me sacaba los ojos por si atisbaba a la cigarrera. Nada. Aquella tarde hube de retirarme triste y cabizbajo. Al otro día lo mismo; al otro igual. Ya iba perdiendo la esperanza. Villa, observando mi tristeza, me preguntó el motivo, pero no quise manifestárselo, porque lo hizo sonriendo. A mí me parecía aquello el negocio más serio de la tierra.

Al fin, a los cuatro días mortales apareció Paca.

—¿Trae usted carta?—le pregunté temblando de anhelo.

—¿Qué me da su mersé por eya?—respondió la pícara mirándome con semblante risueño.

—¡Venga, venga!—exclamé con ansiedad, temeroso al mismo tiempo de que en efecto quisiera hacérmela pagar cara.

No contenía más que dos renglones. Decía así:

«Sigue usted tan gitanillo como antes. Después que salga del convento hablaremos.»

El efecto que me causó fue delicioso. Corrió por todo mi cuerpo un estremecimiento de placer, y en los primeros momentos no supe mas que ponerme rojo de alegría y sonreír estúpidamente frente a Paca, quien a su vez soltó la carcajada.

—¡Madre mía del Rosío, y cuánto me alegraría que su mersé y mi señorita... ¡Vamo!—exclamó juntando con un gesto expresivo los dos índices.

—Allá veremos, allá veremos—respondí con petulancia, afectando aire reservado.—Venga usted mañana, que tengo que darle otra carta.

Con la alegría acudió a mi la actividad. Casi me hallaba seguro de ser correspondido. Villa, a quien tuve la flaqueza de comunicar mi dicha, entre sorbo y sorbo de café, me confirmó en ella, diciéndome después de leer la carta:

—¡Olé por la monjita barbiana! Está usted de enhorabuena, compadre. ¿Ve usted el tiempo que Isabel y yo nos queremos? Pues todavía no he recibido carta suya.

El genio de la intriga volvió a arder en mí espíritu. Me propuse proseguir al día siguiente la que tenía comenzada. Provisto de la tarjeta del prebendado, como de un salvoconducto para atravesar una región peligrosa, me arriesgué a ir de nuevo a visitar al salvaje de D. Sabino. Esta vez no tomé la vía del convento, sino que fui a llamar por la puerta que daba a la calle. Saliome a abrir la criada sorda, que al verme puso muy mala cara. Sin duda su amo se había desahogado contra mí después de la primera visita; y desde luego me dijo, cuando yo le hube preguntado por el capellán a grandes gritos, que no se le podía ver, por hallarse rezando. Repliqué que de todos modos le avisase para después que concluyese. Vino diciendo que ni ahora ni después podía recibirme. Sospecho que el clérigo, al oír llamar, había mirado por la celosía de madera que cubría las ventanas de la casa y me había visto. Entonces le entregué la tarjeta y dije que aguardaba contestación. No se hizo esperar mucho. La sorda acudió a decirme que «tuviese la bondad de subir».

D. Sabino salió a recibirme fuera de la sala con sotana y gorro. Había cambiado la decoración. Aquellos ojos de cerdo, recelosos y malignos, que me habían perseguido pocos días antes bajando por la misma escalera, brillaban ahora con expresión de humildad y temor.

—Pase usted, señor Sanjurjo, pase usted—me dijo, quitándose el gorro y haciendo reverencias.

—Bueno va—dije para mí.

Y pasé con aire triunfal, mostrándome serio y un tantico desdeñoso, lo cual surtió admirable efecto. La expresión de temor se fue acentuando en el semblante del clérigo, contraído por una sonrisa forzada.

—Señor Sanjurjo, usted me perdonará si la vez pasada no le he recibido como correspondía. Si hubiese tenido el honor de saber que estaba delante de una persona tan respetable y decente, nunca me hubiera atrevido...

Hice un ademán para que no siguiese adelante, levantando los hombros y alargando la mano hacia él.

—Usted no me conocía—dije gravemente.

—Eso es, no le conocía a usted. Yo quisiera enmendar mi falta. Basta que me lo recomiende mi amigo don Cosme para que yo le sirva en cuanto pueda.

No se me ocultó que la recomendación de D. Cosme no era la que le obligaba a estar tan deferente, sino el ser yo sobrino de mi tío. Así que dije con tono protector:

—Don Cosme es una persona muy amable y simpática. Mi tío Anselmo le quiere mucho.

—Sí, ya sé... Creo que a su señor tío debe la posición en que se encuentra...

—¡Tanto como eso!... Pero, en fin, bueno es tener aldabas donde agarrarse.

El clérigo, al verme sonreír, se apresuró a hacer lo mismo, mostrando unos dientes podridos que causaban náuseas.

Comprendí que había tropezado con un hombre vulgar y servil, y que podía sacar de él buen partido. Por lo pronto, antes de llegar al punto concreto que allí me llevaba, dejé que la conversación siguiese por donde había empezado, hablando de D. Cosme y de mi tío. Con maña y disimulo supe introducir bien en su mente la idea del poderío de éste. Recordé al obispo Tal, al prebendado Cual, al ministro de la Rota D. N., amigos antiguos suyos. Sin decírselo, logré convencerle de que todos ellos le debían el cargo que ocupaban. De este modo desperté su ambición, y para inflamarla más empecé a hacerle preguntas referentes a su persona y posición. ¿Hacía muchos años que era capellán del colegio? ¿Cuándo había venido a Sevilla? ¿En qué se empleaba antes? ¿Estaba contento con su cargo? En seguida descubrió la oreja. D. Sabino era un hombre despechado, lleno de hiel contra la sociedad, y sobre todo contra el régimen actual de cosas, con el cual no medraban más que los intrigantes, mientras los hombres de carácter independiente quedaban postergados. Después de ser muchos años sacristán del Sagrario, había solicitado un beneficio en la catedral con empeño, y por dos veces se lo habían birlado otros. Algunos personajes de Sevilla, el marqués de Tal, el banquero Fulano, se habían interesado en su favor; pero nada habían conseguido.

—Eso—dije yo gravemente—consiste en que no tenía usted en el ministerio una persona que tomase con calor el asunto.

—Sí, señor. Eso es lo cierto.

Hubo una pausa, que prolongué adrede, para que el capellán reflexionase sobre lo que yo deseaba. Al fin, sacando la petaca y ofreciéndole un magnífico cigarro habano, abordé el asunto.

—Pues mi objeto al venir a verle—dije, como si no hubiera pasado nada antes—era que usted me enterase de ciertas particularidades referentes a una de las profesoras del colegio, la hermana San Sulpicio.

—Con mucho gusto—repuso algo avergonzado.

Afecté no advertirlo y, envolviéndome en una nube de humo, comencé a hacerle preguntas con fingida indiferencia. D. Sabino estaba con tantas ganas de servirme, que se pasó de amable. También daba feroces chupetones al cigarro para disimular su turbación, que no tardó en desaparecer. Me enteró de todo lo que quise y no quise saber. Me contó cómo había entrado la hermana en el colegio cuando niña y cómo su madre había recomendado a la superiora que la inclinasen suavemente a la vida religiosa. Esto era difícil. La chica era muy traviesa. Mientras niña, no se hizo gran reparo en ello; pero cuando se hizo mujer trataron en vano de corregirla. En esta época fue cuando él había entrado de capellán al servicio del colegio. La madre habló con él, manifestándole que se sentía enferma y deploraba en el alma dejar a su hija expuesta a los peligros del mundo; que en ninguna parte sería tan feliz, como en el convento; que la felicidad de su vida consistía en ver a la hija de su alma tan cerca de Dios, y otras muchas cosas que le habían decidido a influir sobre el ánimo de la joven. Esta no se mostraba muy inclinada a consentir en lo que de ella se exigía. Se la llevó entonces a casa. Pero a los tres meses, con gran sorpresa suya, se presentó de nuevo en el convento, solicitando entrar de novicia. Don Sabino creía que la habían impulsado a ello desavenencias con su madre. Pasado el año de noviciado, se la envió a Guipúzcoa, y allí estuvo ejerciendo su ministerio dos años. Luego la trajeron a Sevilla, y desde entonces no había ocultado su resolución de abandonar el convento tan pronto como transcurriesen los cuatro años del primer voto. Indicome también que su madre, una persona muy piadosa y respetable, la excitaba a renovar los votos, y que el superior la había llamado varias veces a su celda para hacerle la misma recomendación.

—Pero, ¿el superior del convento no es usted?

—¡Ca! No, señor. Yo no soy más que el capellán. Hay un superior general de todos los colegios del Corazón de María, lo mismo de los que existen en España que en los de Francia, donde se establecieron primero. Es francés, y constantemente está viajando, pasando temporadas en cada uno para inspeccionarlos y dirigirlos. A sus manos va a parar todo el dinero que se recauda...

—¡Ah!—exclamé.

—Sí, señor; todo el dinero va a Francia.

Advertí que pronunció estas palabras con un poco de despecho, por donde pude entender que estaba herido por el alejamiento de los asuntos económicos.

—Vamos, es una empresa donde el personal no cuesta nada—dije sonriendo.

El clérigo no contestó; pero en sus ojos brilló una chispa de malicia, que me indicó que sólo callaba por prudencia.

—Bien—dije después de chupar tres o cuatro veces el cigarro en silencio.—Pues lo único que le ruego, por ahora, es que no se moleste a la hermana. Yo estoy seguro, no sólo por lo que usted me ha indicado, sino por saberlo de sus mismas labios, que está enteramente resuelta a salir del convento, quiera o no su madre. Para cuando llegue el caso, que será pronto, espero que usted no pondrá obstáculos...

—Yo, señor Sanjurjo, he hecho hasta ahora lo que creía de mi deber, aconsejándola, guiándola por el camino de la piedad y de la devoción... Pero desde el momento en que ella no quiere renovar los votos, yo creo que mancharía mi conciencia si contribuyese a que se la molestase poco ni mucho... Ya ve usted, sería responsable ante Dios de formar una mala religiosa.

—Justo, justo—dije, bajando la cabeza con aprobación, y pensando mientras tanto:—«¡Ah, gran tuno, qué poco te acordarías de esos tiquis miquis si no fuera por el olor del beneficio!»

Despedime de él, no sin prometerle alguna otra visita para convenir lo que habíamos de hacer en aquel asunto. Al tiempo de salir, le dije:

—Muchas gracias, don Sabino, y cuente usted conmigo, que tendré gusto en demostrarle mi gratitud.

Escribí otra carta a la hermana y le conté lo que había pasado con el capellán, y volví a protestar de mi inquebrantable adhesión. Me contestó por el mismo conducto, diciéndome que me propasaba a hacer cosas que no me correspondían, que no tenía derecho alguno a mezclarme en sus asuntos, y que me dejaba toda la responsabilidad de lo que pudiera suceder. «Con esto, y con que yo le dé calabazas cuando salga del convento, está usted aviado», terminaba diciendo. No me desanimé por ello. Al contrario, detrás de esta salida humorística, vi claramente que aceptaba mis galanteos.

«Está bien—le repliqué;—vengan esas calabazas cuando usted salga del convento, pero déjeme usted antes contribuir a que salga.» En suma, casi diariamente nos escribíamos. Comprendía el trabajo que a Gloria le costaba esto, porque todos los días venía el billete en papel distinto, en lo blanco de otra carta, en los temas de francés de las niñas; hasta en el dorso de un figurín me tiene escrito.

Lo que a mí no, se le ocurrió a ella: buscar la intervención del conde del Padul. En una de las cartas me dijo que, si bien el conde no visitaba casi nunca la casa de su madre, ésta le guardaba estimación y cariño, y le mentaba a menudo en la conversación. «Mamá está orgullosa de su sangre, y aunque es un calavera deshecho, creo que atendería mucho a lo que le dijese mi tío Jenaro. Hable usted con Isabel primero, pero no le diga que ha salido de mí la idea.»

Así lo hice a la noche siguiente en casa de las de Anguita. Isabel se mostró muy propicia a ayudarme, y agradecida por la confianza que le hacía. Ella se encargaba de decírselo todo a su padre y rogarle que pusiese su influencia a mi servicio. Estaba segura de obtener buen éxito. El conde tenía un gran corazón, no había en el mundo un hombre más propenso a sacrificarse por los demás.

—Ya verá usted qué simpático es mi papá. Quedará usted encantado de él. En Sevilla no hay quien no le conozca y le quiera.

Me conmovió la ternura y el entusiasmo con que la condesita hablaba de su padre, que, según la voz pública, la estaba arruinando. Quedamos convenidos en que aquella noche, al retirarse a casa, le enteraría del caso, y en que al día siguiente, antes de almorzar, fuese yo a visitarle y proponerle lo que se podía hacer. Y en efecto, al día siguiente, correctamente vestido de levita negra abrochada, guantes, botas de charol y sombrero de copa alta (casi del todo inusitado en Sevilla), me personé en la mansión de los condes del Padul, situada en la calle de Trajano. La fachada no era suntuosa; un caserón de sillería deteriorada y ennegrecida, con algunas molduras toscas; los balcones de hierro toscamente labrados también; las armas de Padul en el medio, cerca del techo. Por dentro era muy distinta. El patio magnífico, con arquería de mármol primorosamente labrada: en el centro había un jardincito y por entre el follaje veíase blanquear una fuente monumental de mármol y se escuchaba el rumor del agua. Por una puerta de cristales columbrábase, tras larga y oscura galería, otro patio y jardín. Subí por una escalera de mármol igualmente, acompañado del criado que salió a abrirme. En lo alto de ella estaba Isabel, sonriente y hermosa, que parecía un sueño. Vestía una bata blanca con adornos azules, y sus dorados cabellos caían en gruesa trenza sobre la espalda, con un lacito azul también en la punta. Comprendí mejor que nunca el loco amor de mi amigo Villa. Mis ojos debieron expresar tan sincera admiración que se ruborizó levemente.

—Papá duerme todavía—me dijo.

—Entonces, me retiro; ya volveré.

—Nada de eso; pase usted, que no tardará en levantarse.

Me obligó a pasar a un salón lujosamente decorado con tapices y objetos antiguos de gran valor. Lo que le hacía deslucir un tanto eran ciertos muebles de moderna factura, que contrastaban ingratamente con aquéllos. Sentose en un diván y yo traté de acomodarme en una butaca; pero la condesa me señaló en el mismo diván asiento, y me coloqué a su lado.

Me dio cuenta de que aún no había hablado con su padre, porque éste se había retirado tarde. «No importa; en cuanto se despierte voy allá y en cuatro palabras le pongo al corriente de todo. Pierda usted cuidado, que ha de hacer en su obsequio lo que pueda. Pidiéndoselo yo...»

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