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La guardia blanca

GUARDIA BLANCA (continued 5)

Juan L. Iribas translation

La atención de nuestros escuderos se fijó particularmente en dos personas que iban delante y en la misma dirección que ellos. Eran un hombre y una mujer, alto, cojo caído de hombros el primero, que llevaba debajo del brazo un objeto grande y plano envuelto en negro lienzo. La mujer era joven y gracioso su andar, pero mal podía vérsele el rostro, cubierto por tupido manto que sólo daba paso á la brillante mirada de unos ojos grandes y pardos y descubría uno ó dos rizos de negrísimo pelo. El hombre se apoyaba pesadamente en el brazo de la joven, y procuraba proteger cuanto podía el envoltorio que llevaba, evitando el encuentro de los transeuntes que con él pudieran tropezar en la obscuridad. La ansiedad evidente de aquel hombre, que parecía llevar oculta preciosa carga y el aspecto de su compañera despertaron el interés de los dos jóvenes ingleses que los seguían á dos pasos de distancia.

—¡Ánimo, hija mía! exclamó el desconocido en lo que parecía ser uno de los dialectos de aquella región. Cien pasos más y lo ponemos en salvo.

—Cuidadlo bien, padre, y no temáis ya, repuso la mujer en la misma extraña habla.

—La verdad es que nos rodea una turba de bárbaros, borrachos muchos de ellos. Cincuenta pasos más, Tita mía, y juro por el bendito San Telmo no poner otra vez los pies fuera de casa hasta que el enjambre éste se halle en Dax ó donde lo lleven los demonios. ¡Cómo empujan y aullan! Procura apartarlos, hija, adelantando un poco el cuerpo. Dale un codazo á ese animal. Ya es imposible andar. ¡Buena la hemos hecho!

La multitud apiñada que los precedía formaba allí una barrera infranqueable y tuvieron que detenerse. Algunos arqueros ingleses repletos de cerveza se fijaron en la extraña pareja y empezaron á examinarla con curiosidad.

—¡Por el rabo de Satanás! exclamó uno, mirad la arrogante muleta que usa este viejo. No te apoyes tanto en la chica y más en tus piernas, abuelo.

—¡Cómo se entiende! dijo otro arquero. Los soldados del rey sin una muchacha que los mire, porque los viejos franceses se las llevan de paseo. ¡Vente conmigo, reina!

—Ó conmigo, paloma. ¡Por San Jorge! la vida es corta y lo mejor es hacerla alegre. ¡No vuelvan á ver mis ojos el puente de Chester si no le digo dos palabritas á esta buena moza!

—¿Qué lleva el lagarto ese bajo el brazo? preguntó un tercero.

—Á ver, manojo de huesos. Venga el envoltorio.

Los arqueros rodeaban á la pareja y el hombre, azorado, sin comprender una palabra de lo que decían, oprimía con una mano el brazo de la mujer y con la otra apoyaba sobre el pecho el precioso paquete, dirigiendo en torno miradas suplicantes.

—¡Ea, muchachos! exclamó Gualtero de Pleyel con imperiosa voz, apartando al arquero que más cerca tenía. Os portáis como villanos. ¡Quedas las manos, ó puede costaros caro!

—¡Tened vos la lengua ó más caro ha de costaros todavía! respondió el soldado más ebrio. ¿Quién sois vos para impedir que los arqueros ingleses se diviertan?

—Un escudero palurdo, acabado de desembarcar, dijo otro. ¡Bonito sería que además de nuestros jefes viniera á darnos órdenes el primer muchachuelo que abandone á su mamá y se aparezca en Aquitania!

—¡Por Dios, mis buenos señores! suplicó la joven en mal francés ¡amparadnos! ¡Impedid que estos hombres nos maltraten!

—Nada temáis, señora, dijo cortésmente Roger. ¡Suelta, rufián! ordenó dirigiéndose á un arquero que había enlazado con su brazo el talle de la joven.

—¡No la sueltes, Bastián! aulló un hombre de armas gigantesco, de luenga barba negra, cuya coraza brillaba á la tenue luz del farol más próximo. Y vosotros, mozalbetes, cuidado con tocar esos espadines que lleváis ú os hago tragar un palmo de hierro en menos que canta un gallo.

—¡Dios sea loado! exclamó en aquel momento Roger, viendo venir hacia ellos un casco enorme sobre roja melena, que descollaba entre la multitud. ¡Á mí, Tristán! Y también Simón. ¡Á mí, compañeros, ayudadme á proteger á una mujer y un anciano!

—¡Hola, mon petit! gritó Simón con voz tonante, abriéndose paso en un santiamén y seguido del sonriente Tristán de Horla. ¿Qué pasa aquí? ¡Por el filo de mi espada! te advierto, Roger, que si vas á proteger á cuantos se hallen en apuro en esta tierra ya tienes tela cortada para rato. Pero descuida, que al cabo de un año de aprendizaje en la Guardia Blanca harás menos caso de lo que digan y emprendan unos cuantos arqueros calamocanos. ¿De qué se trata, repito? Por ahí viene el preboste con sus guardias y es muy probable que si no tomáis soleta tendremos aquí un par de arqueros ahorcados en menos de diez minutos.

—¡Digo, pues si es este el viejo Simón Aluardo, de la Guardia Blanca! exclamó el hombre de armas que tan insolente se había mostrado con los escuderos. ¡Un abrazo, Simón! Por vida mía, tiempo hubo en que desde Limoges hasta Navarra no se conocía arquero más pronto en conquistar á una muchacha ó derrengar á un enemigo.

—No lo dudo, amigo Carlín, repuso Simón, y á fe que no creo haber cambiado mucho desde entonces. Pero también sabes que ni tomo yo un beso á la fuerza, ni ataco al enemigo por la espalda y diez contra uno. Al buen entendedor....

Una mirada al resuelto rostro del sargento y á las manazas de Tristán convenció á los arqueros de que allí nada bueno podrían sacar á la fuerza. La mujer y su padre comenzaron á abrirse paso sin que nadie intentase impedírselo y Gualtero y Roger fueron tras ellos.

—Un momento, camarada, dijo Simón á Roger. Ya sé que esta mañana has hecho proezas en la abadía; pero te recomiendo alguna prudencia en eso de sacar la espada á relucir. Mira que he sido yo quien te ha metido en estos líos y que si te pasa algo lo sentiré de veras, muchacho.

—Descuidad, Simón, seré prudente.

—No busques el peligro, mon petit, y espera á tener la muñeca algo más sólida. Oye; esta noche nos reuniremos algunos amigos en la Rosa de Aquitania, á dos puertas de tu hostería de la Media Luna, y si quieres vaciar un vaso en compañía de simples arqueros ¡bienvenido!

Prometió el doncel reunirse con ellos si se lo permitían sus deberes de escudero y deslizándose entre los grupos llegó á donde estaba Gualtero, en conversación con el viejo y la muchacha, en el portal de su casa.

—¡Gracias, valiente caballero! exclamó el desconocido abrazando á Roger. ¿Cómo manifestaros mi gratitud? Sin vuestro auxilio y el de vuestros amigos habría yo perdido la cabeza y sabe Dios qué suerte hubiera cabido á mi pobre Tita....

—No creo que aquellos energúmenos se hubieran propasado á tal extremo, dijo el joven algo sorprendido.

—¡Ah, diavolo! exclamó el otro soltando la carcajada, no hablo de mi cabeza sino de la que llevo aquí bajo el brazo.

—Quizás estos caballeros deseen entrar y reposar un momento en nuestra casa, padre mío. Si seguimos aquí puede estallar otro tumulto de un momento á otro.

—¡Tienes razón, hija! Entrad, señores. ¡Una luz, Jacobo, pronto! Siete escalones, eso es. Tomad asiento. ¡Corpo di Bacco, qué susto me han dado esos canallas! Pero no es extraño. Tomad un vándalo, un normando y un alano, mezcladlos con el moro más redomado, emborrachad al aborto resultante de esa mezcla y ya tenéis un inglés hecho y derecho.... Me dicen que ahora están invadiendo á Italia, mi patria, como han invadido á Francia. ¡Qué gente, Dios eterno! En todas partes se meten, menos en el cielo.

—Padre mío, dijo la joven mientras ayudaba al anciano á sentarse en cómoda poltrona, olvidáis que estos buenos señores que nos han protegido son también ingleses....

—¡Mil perdones! Pero ¡quién lo dijera! Mirad, señores míos, estas obras de arte que aquí tengo; quizás os interesen, aunque entiendo que allá en vuestra isla no se conoce más arte que el de la guerra.

Cuatro lámparas iluminaban ampliamente la estancia de artesonado techo en que se hallaban. Colgadas de las paredes, sobre los muebles, en los rincones, por todas partes se veían placas de vidrio de diferentes tamaños y formas, pintadas delicadamente. Gualtero y Roger miraron en torno asombrados, porque jamás habían visto juntas tantas y tan magníficas obras de arte.

—Veo que os gustan, dijo el artista al notar la expresión de grata sorpresa reflejada en los semblantes de ambos hidalgos. Lo cual me prueba que no faltan ingleses capaces de apreciar tales fruslerías.

—Nunca lo hubiera creído posible, exclamó Roger. ¡Qué colorido, qué perfilado! Admira, Gualtero, este Martirio de San Esteban; no parece sino que tú ó yo podríamos coger esas piedras ahí pintadas.

—¿Pues y este ciervo, con la cruz que sobre su cabeza destella como una aparición portentosa? Es perfecto; no he visto ciervos más naturales en los bosques de Bere.

—Mira la hierba, de un verde claro, que parece movida por el viento. ¡Por vida de! Cuanto he pintado hasta la fecha ha sido juego de niños. Este hombre debe de ser uno de aquellos grandes artistas de quienes me hablaba el hermano Bartolomé allá en Belmonte.

Una expresión de profundo contento animó el cetrino rostro del artista al oir aquellos espontáneos elogios. Su hija se había quitado el manto que hasta entonces cubriera sus hombros y cabeza y los dos jóvenes admiraron en ella uno de los tipos más acabados de la belleza italiana, que muy pronto atrajo toda la atención y las miradas de Gualtero.

—¿Y qué me decís de esto? preguntó el anciano, desenvolviendo el paquete que tantas zozobras le había proporcionado.

Era una lámina de vidrio en forma de hoja enorme y pintada en ella una cabeza de admirables líneas, rodeada de resplandeciente aureola. Era tan natural el colorido, tanta la verdad y la expresión del rostro, que parecía imagen viva, mirando dulcemente á los ojos de Roger. Este palmoteó, con el entusiasmo que la belleza produce siempre en todo verdadero artista.

—¡Es un portento! exclamó; y me admira que hayáis arriesgado por las calles una maravilla tan frágil como ésta.

—Confieso que fué grave imprudencia. ¡Un frasco de vino, Tita, pero del mejor, del florentino! Sin vuestro auxilio no sé qué hubiera sucedido. Examinad bien la tez; á mí mismo me resulta muchas veces demasiado obscura, enrojecida por haberse caldeado los colores, ó pálida y falta de vida. Pero aquí se ven latir las sienes y se siente correr la sangre bajo esa piel bronceada. La pérdida de este trabajo hubiera sido para mí una calamidad irreparable. Está destinado á la iglesia de San Remo y esta tarde fuí con mi hija para ver si ajustaba bien en el marco de piedra que allí lo espera. Me demoré más de lo que esperaba, cerró la noche y ya sabéis lo que sucedió después. Pero vos también, hidalgo, parecéis tener aficiones artísticas. ¿Sois pintor?

—Apenas me atrevo á responderos afirmativamente después de lo que aquí he visto, contestó Roger. Criado y educado en el claustro, no fué tarea muy difícil la de manejar los pinceles mejor que los otros novicios.

—Ahí tenéis colores, pinceles y cartón, dijo el viejo artista, y no os doy vidrio porque eso requiere conocimientos especiales y bastante tiempo. Os ruego que me déis una muestra de vuestro trabajo. Gracias, hija mía. Llena los vasos hasta el borde.

Gualtero sostenía conversación animada y al parecer muy interesante con la hermosa doncella, expresándose él en una mezcla de francés é inglés y ella en graciosas frases franco-italianas, lo cual no les impedía entenderse perfectamente. El artista examinaba atento su última y maravillosa creación para ver si la pintura había sufrido algún rasguño y en tanto Roger manejaba rápidamente los pinceles, hasta dejar bosquejadas las facciones y el torneado cuello de bellísima mujer.

—¡Bravo! exclamó el maestro; sois pintor, no hay que dudarlo y podéis llegar á serlo muy bueno. ¡Es la cara de un ángel!

—Decid más bien la cara de mi señora Constanza de Morel, exclamó sorprendido Gualtero.

—Algo se le parece, á fe mía, dijo Roger un tanto confuso.

—¿Con que un retrato? Tanto mejor y más difícil. Joven, soy Agustín Pisano, hijo del maestro Andrés Pisano y os repito que tenéis mano de artista. Diré más; que si os quedáis en mi compañía os enseñaré el secreto de la preparación de esos trabajos sobre vidrio que ahí véis; la composición de los pigmentos y sus mezclas, cómo espesarlos, cuáles penetran el vidrio y cuáles no, el caldeado y glaseado de las placas, en fin, todos los detalles del oficio.

—Mucho me placería practicar y aprender con tan gran maestro, dijo el doncel, pero mi deber me obliga á seguir á mi señor, por lo menos mientras dure la guerra.

—¡Guerra, guerra! ¡Siempre lo mismo! exclamó Pisano. Y por consiguiente llamáis héroes y grandes hombres á los que más destruyen y matan. ¡Per Bacco! para hombres notables, de verdadero mérito, dignos de toda gloria, los artistas que tenemos en Italia, los que edifican en lugar de destruir, los que han creado las bellezas artísticas de mi noble Pisa, los que ennoblecen á toda la nación, los Andrés Orcagna, Tadeo Gaddi, Giottino, Stefano, Simón Memmi, maestros cuyos colores sería yo indigno de mezclar. Y me ha tocado en suerte el contemplar con mis propios ojos sus obras inmortales. He visto al anciano Giotto, discípulo á su vez del gran Cimabue, con anterioridad al cual sostengo que no existía el arte en Italia y hubo que importar artistas griegos para decorar la capilla de los Gondi de Florencia. ¡Ah, señores, esos son los grandes hombres, los bienhechores de la humanidad, cuyos nombres vivirán eternamente! ¡Qué contraste con vuestros soldados, que aspiran á la gloria asolando comarcas enteras, recorriendo la tierra á sangre y fuego!

—Pues tengo para mí que tampoco están de más los soldados, observó Gualtero. De otra suerte ¿cómo podrían esos artistas que nombráis proteger y conservar los productos de su genio?

—De los cuales tenemos no pocos á la vista, agregó Roger. ¿Son todos estos trabajos de vuestra mano?

—Todos. Notaréis que algunos están concluídos en diferentes placas, que unidas forman cuadros de gran tamaño. Aquí en Francia tienen á Clemente de Chartres y algunos otros artífices de mérito, dedicados á esta misma clase de trabajos. Pero ¿oís? Ya suena otra vez el clarín bélico para recordarnos que vivimos bajo la mano férrea del conquistador y no en las regiones donde impera el arte.

—Señal es esa también para nosotros, dijo Gualtero al oir el toque de los clarines. Bien quisiera yo permanecer aquí más largo tiempo, rodeado de tantas cosas bellas—y al decirlo miraba con admiración á la ruborosa Tita—pero fuerza es volver á nuestra posada y eso antes de que á ella regrese el señor de Morel.

Renovaron Pisano y su hija las demostraciones de gratitud, prometieron los escuderos repetir tan grata visita y habiendo cesado la lluvia, se dirigieron éstos de la calle del Rey, donde vivía el artista italiano, á la de los Apóstoles, en cuya esquina ostentaba su muestra la Hostería de la Media Luna.

CAPÍTULO XXII UNA NOCHE DE HOLGORIO EN "LA ROSA DE AQUITANIA"

—¿HAS visto cara más hermosa, Roger? preguntó Gualtero apenas se apartaron de la puerta de Pisano. ¡Qué ojos, qué perfil divino!

—No puedo negar que es bella. ¿Pues y aquel color moreno de las mejillas y los negrísimos rizos que circundan el óvalo perfecto de la cara?

—¿Dónde me dejas los ojos? De mirada tan clara y tan profunda á la vez; tan inocentes al par que tan expresivos....

—Si algún pero se le puede poner está en la barba.

—Pues no lo he notado....

—Graciosamente cortada, eso sí.

—Una barbilla preciosa, Roger.

—Sin embargo ¿no te parece que el conjunto hubiera ganado bastante con medio palmo más de bien poblada barba?

—¡Ave María Purísima! Pero ¿de dónde has sacado tú que Tita tenga barbas?

—¿Tita? ¿Quién habla de ella?

—¿Pues de quién demonios estás hablando?

—De la magnífica figura destinada á la iglesia de San Remo, ¿no recuerdas? Aquella cabeza de santo....

—¡Anda, anda! exclamó Gualtero riéndose. Miren con lo que nos sale ahora. Tú sí que eres un menjurje de vándalo, normando, alano y perro moro, como nos llamaba á los ingleses el buen Pisano. ¿Quién se acuerda de cuadros ni pinturas cuando se tiene delante un ángel del cielo, hechura del mismo Dios, como la incomparable Tita? ¡Quién va!

—Me manda el sargento Simón, dijo un arquero acercándoseles apresuradamente, para deciros que el señor barón ha resuelto pasar la noche en el alojamiento del canciller de Chandos y no necesitará vuestros servicios. Simón está en esa taberna con algunos camaradas y dice que si quisierais trincar con nosotros....

—Á fe mía, dijo riéndose Gualtero, que con sus cantos y gritos hacen bastante algazara para anunciar su presencia sin necesidad de guías ni emisarios. ¡Adelante!

Á dos puertas se oía el estrépito de la francachela. Entraron por un portalón bajo y al final de estrecho corredor se hallaron en una gran sala iluminada por dos antorchas. Junto á las paredes, en casi toda la extensión del local, montones de paja sobre la cual reposaban veinte ó treinta arqueros de la Guardia Blanca, sentados ó reclinados sobre el codo, sin capacetes, coletos ni espadas y con sendos recipientes de cuero y estaño llenos de cerveza ó vino, según el gusto de cada cual. Dos toneles colocados en un extremo de la estancia indicaban que no faltaría con qué llenar de nuevo aquellos enormes cubiletes, cuantas veces lo exigiese la sed de los arqueros. Junto á los toneles y como presidiendo la reunión, hallábanse el portaestandarte Reno, Simón, Tristán y otros tres ó cuatro arqueros veteranos, amén del valiente Golvín, capitán del Galeón Amarillo, que había ido á tomar unos tragos en compañía de sus alegres compañeros de viaje antes de emprender el de regreso á Inglaterra. Gualtero y Roger tomaron asiento entre Reno y Simón, sin que su llegada acallara por un momento el bullicio.

—¡Cerveza ó vino, camaradas! gritó Simón. Que elija cada cual y no me vengáis con arrumacos, porque la mezcla emborracha y ha de ser una cosa ú otra. Aquí está tu cubilete, Rubén, rebosando vino generoso. ¿Sabéis la noticia, barbilindos?

—No. ¿Qué es ello? dijeron ambos escuderos.

—Pues que tendremos torneo.

—¡Bravo!

—Sí. El arrogante Captal de Buch se ha empeñado en demostrarnos que él y otros cuatro caballeros gascones pueden hacer morder el polvo á los cinco mejores paladines ingleses de cuantos hay en Burdeos á la fecha. Chandos aceptó el reto sobre la marcha, encargándose de elegir á nuestros campeones; el príncipe ha prometido una hermosa copa de oro al que más altos honores obtenga y en toda la corte no se habla hoy de otra cosa.

—¿Por qué han de ser los grandes señores los únicos que se diviertan? preguntó Tristán de Horla. Bien pudieran abrirnos el palenque á los arqueros y ¡por la cruz de Gestas! que sería cosa de ver cómo descoyuntábamos á cinco arqueros gascones.

—Ó cómo otros tantos hombres de armas baldábamos á igual número de soldados de esta tierra, dijo Reno.

—¿Quiénes son los mantenedores ingleses? preguntó Golvín.

—Trescientos cuarenta y un caballeros tenemos hoy en Burdeos, y ya se han recibido trescientos cuarenta carteles aceptando el reto. El único que falta es el de Sir Mauricio de Ravens, á quien la gota tiene clavado en el lecho.

—Un arquero de la guardia me ha dicho que el príncipe quería romper una lanza, pero que sus consejeros no se lo han permitido, porque habrá más de combate que de torneo, tal están que arden los señores gascones.

—Por lo pronto tenemos á Chandos.

—Su Alteza le ha prohibido tomar parte en la próxima justa. Chandos será juez del campo, en unión de Sir Guillermo Fenton y el duque de Armagnac. Nuestros campeones serán los señores de Abercombe, Percy, Beauchamp y Leiton, y el invencible barón de Morel.

—¡Viva! ¡San Jorge le proteja! ¡Buena elección! vociferaron los arqueros.

—¡Buena, como hay Dios! exclamó Simón. No hay para un soldado de buena fibra honra mayor que la de tenerle por jefe. Ya veréis á dónde nos lleva, muchachos, y en qué aventuras nos mete. Noto que desde su llegada á Burdeos anda con un parche en un ojo, lo mismo que hizo la víspera de Poitiers. Pues ese parche va á costar mucha sangre, os lo digo yo.

—¿Cómo fué lo de Poitiers, sargento? preguntó un joven arquero.

—¡Cuéntalo, Simón! exclamaron otros.

—¡Á la salud de Simón Aluardo! dijeron muchos empinando el codo.

—Preguntádselo á éste, peneques, contestó modestamente el veterano señalando á Reno. Él vió más que yo, pero ¡por los clavos de Cristo! no dejé de tomar también parte y buena en aquella tremolina.

—Gran día fué aquel, dijo Reno moviendo la cabeza y entornando los ojos; como no espero volver á verlo. Muchos y muy buenos arqueros cayeron también en la jornada.

—¿Buenos? Pues no hay más que nombrar á Gofredo, Calvino, el Payo, Nelson, que antes de caer para no levantarse más se aferró á un gran señor francés y le cortó la cabeza á cercén. Mejores arqueros no los he visto en mi pícara vida.

—¡Pero la batalla, Simón, la batalla! gritaron muchos. ¡Cuenta, cuenta!

—¡Á callar se ha dicho, moscones! berreó el sargento. "¡Cuenta, Simón!" Pues no hay cuento que valga hasta que me haya remojado el gaznate. ¡Buena cerveza! Era en el otoño de 1356; nuestro príncipe Eduardo tomó por Auvernia, el Berry, Anjou y Turena, y de Auvernia os diré que las muchachas son zalameras y el vino agriado. En Berry dadle vuelta y aprended que las mozas son hoscas y el vino una bendición. Pero Anjou es gran tierra para los arqueros decentes, porque allí vino y mujeres son unas mieles. Lo único que saqué de Turena fué una descalabradura, pero en Vierzón, en un monasterio de órdago, me hice con un copón de oro por el cual me dió treinta ducados un judío genovés. De allí, anda que anda hasta llegar á Bourges, donde me tocó en suerte una túnica de seda carmesí labrada de oro y perlas, como vosotros no la veréis jamás, y un par de borceguíes con borlas de seda blanca, lo mismo que los del rey nuestro señor.

—¿Los arrebañaste en alguna tienda, Simón?

—¡Se los quité de los pies á un caballero enemigo, so lagarto! Bien pensado el caso, me dije que él no había de necesitarlos más, visto que le salía por pecho y espalda una flecha mía de las gordas....

—¿Qué más, qué más?

—Nos dimos otra zampada de camino, y éramos lo menos seis mil arqueros cuando llegamos á Isodún, donde también me favoreció la suerte.

—¿Otra batalla? ¿Otro par de botas, Simón? se oyó decir á los arqueros.

—No, algo mejor que eso. En las batallas poco hay que ganar, como no sean testarazos, á menos que se logre rescate por algún pájaro gordo. Lo que hubo fué que en Isodún yo y otros tres muchachos de Gales nos metimos en un caserón muy grande que los otros camaradas pasaron por alto y allí descubrí y me apropié un cobertor de finas plumas como sólo los estilan las duquesas de Francia. Tú lo has visto, Tristán, y sabes si es rico y mullido. Lo acomodé bien envuelto sobre una mula del vivandero y allá lo tengo en una venta cerca de Dunán, para el día en que me case. ¿Te acuerdas de la ventera, mon petit? preguntó á Roger, guiñándole el ojo.

—¡Adelante! vocearon tres ó cuatro arqueros.

—Eso es, continuó el veterano. Que otros saquen las castañas del fuego para que vosotros os estéis como unos papanatas oyendo historias con la boca abierta. ¡Buena cerveza! Nuestros seis mil tunantes, el príncipe y sus caballeros, yo y la mula con el cobertor de pluma salimos por fin de Turena, dejando allí sangrienta memoria. En Romorantín topé con una cadena y unos brazaletes de oro, pero topé también con una mozuela como un sol, que me los robó al día siguiente. Porque habéis de saber que hay gentes que no vacilan en apoderarse de lo ajeno....

—¡Al grano, Simón! ¡Esa batalla!

—Todo se andará, cachorros, si me dejáis respirar. Pues sucedió que el rey de Francia, llamado Juan II, se puso al frente de cincuenta mil hombres y nos persiguió furiosamente. Pero lo bueno fué que cuando nos alcanzó, seguro de pasarnos á cuchillo, se halló con que no supo cómo atacarnos ni cómo cogernos, porque lo esperamos esparcidos por los vallados y viñedos de unas alturas, hasta donde sólo podían subir por una ladera y eso al descubierto, ofreciéndonos magnífico blanco. Así ocultos y protegidos, formaban nuestra derecha los arqueros, con los hombres de armas á la izquierda, los caballeros en el centro y detrás de ellos la mula del cobertor. Trescientos caballeros franceses se dirigieron hacia ella en línea recta, para empezar, y muy valientes y apuestos parecían, pero los cogió en el camino tal nublado de flechas que pocos escaparon con vida. Tras ellos subieron al ataque los soldados tudescos al servicio del rey Juan y pelearon muy guapamente, tanto que tres ó cuatro se colaron por entre los arqueros y corrieron hacia la preciosa mula. Pero trabajo inútil, porque ví á nuestro capitán, el sin par barón de Morel, destacarse del grupo de nobles, con su parchecito sobre un ojo como lo lleva estos días y despachar á aquellos perdularios con toda calma. En seguida el barón se lanzó contra el grueso de los asaltantes, seguido de Lord Abercombe con sus cuatro escuderos del Chesire y otros de igual temple, tras ellos Chandos y el príncipe y detrás nosotros con espada y hacha, porque habíamos agotado las flechas. Muy imprudente fué aquella maniobra nuestra, porque no sólo abandonamos la protección del terreno sino que dejamos sin defensa á la mula del vivandero y cualquier taimado francés ó tudesco pudo hacerla prisionera con el tesoro mío que llevaba encima. Pero todo salió bien, cayeron en nuestro poder el rey Juan y su hijo, Nelson y yo descubrimos un carro con doce barriles de vino generoso destinado á la mesa del rey... y no sé cómo fué, muchachos, pero os aseguro que no me acuerdo de lo que sucedió después, ni tampoco pudo recordarlo Nelson.

—¿Y al día siguiente?

—Como podéis figuraros, no perdimos mucho tiempo por aquellos andurriales, sino que tomamos al trote el camino de Burdeos, á donde llegamos sin tropiezo con el rey de Francia y el cobertor de pluma. Vendí el resto de mi botín, mes garçons, por tantas monedas de oro como cupieron en mi bolsón de cuero y por siete días tuve doce velas encendidas en el altar del bendito San Andrés, porque sabido es que si olvidáis á los santos cuando las cosas marchan bien es muy probable que ellos se olviden de vosotros cuando los necesitéis.

—Decidme, sargento, preguntó un mozalbete desde el extremo opuesto del cuarto ¿á qué cuento fué la batalla aquella?

—¿Ahora salimos con esas, rocín? ¿Pues á qué cuento había de ser sino á dejar sentado una vez por todas quién había de llevar la corona de Francia?

—Bueno es saberlo. Creíame yo que era para averiguar quién debía de quedarse con vuestro cobertor de pluma....

—Mira, hijo, que si me llego á tí con este cinto mío y empiezo á darte zurriagazos lo vas á sentir de veras, dijo Simón entre las carcajadas de todo el concurso. Pero se hace tarde, Reno, y cuando los polluelos empiezan á piar contra gallos viejos como yo, es hora de que vuelvan al gallinero.

—¡No, no, venga otra canción! gritaron muchos.

—¡Que cante Sabas! Como él no hay otro en la Guardia Blanca. ¡Que cante, que cante!

—¡Alto ahí! dijo entonces el capitán Golvín. Para entonar unas trovas como Dios manda nadie mejor que el mocetón éste. Y al decirlo puso la mano en el hombro de Tristán.

—Muy cierto es, que á bordo del galeón parecía rugir la tempestad cuando él cantaba "Las campanas de Milton."

—Ó "La Molinera de York." ¡Anda, Tristán!

El exnovicio se pasó el dorso de la mano sobre los labios y mirando á la pared de enfrente entonó la canción pedida con un vozarrón tremendo. Al concluir lo saludaron sus oyentes con una tempestad de aplausos y gritos, y Tristán agarró el vaso de cerveza que halló más cerca y lo vació de un tirón.

—La primera vez que canté "La Molinera," dijo modestamente, fué en la taberna de Horla, cuando ni soñaba ser arquero.

—¡Otro trago, camaradas! gritó Reno sumergiendo su enorme recipiente de cuero en el tonel. ¡Á la salud de la Guardia Blanca y de cuantos siguen el estandarte de las cinco rosas!

—¡Por la guerra próxima y la victoria segura! brindó el capitán Golvín.

—¡Por el montón de oro que aguarda á los buenos arqueros!

—¡Y por las muchachas bonitas! gritó Simón. ¡Y se acabaron los brindis, canastos! añadió pegando tremebundo puntapié al tonel que tenía más cerca.

Con cantos, risas y chanzas fueron desfilando los alegres arqueros, y no tardó en reinar completo silencio en la poco antes bulliciosa sala de La Rosa de Aquitania.

CAPÍTULO XXIII LAS JUSTAS DE BURDEOS

LA fama y brillo de la corte que rodeaba al príncipe Eduardo desde su instalación como Duque de Aquitania, atraían á numerosos caballeros de toda Europa y los torneos y justas eran por entonces espectáculos que con frecuencia presenciaban los vecinos de Burdeos. Con los más afamados paladines ingleses y franceses solían romper lanzas diestros justadores de Alemania, caballeros de Calatrava, nobles portugueses é italianos y aun formidables guerreros de la Escandinavia y otras regiones del norte y del oeste.

Pero en la ciudad y en toda la comarca fué objeto del mayor interés y de incesantes comentarios la noticia de que cinco caballeros ingleses entre los más esforzados habían dirigido un cartel de reto á otros tantos nobles de la cristiandad, quienesquiera que fuesen. Había gran curiosidad por ver quienes lo aceptarían y sabíase además que aquellas justas serían las últimas por entonces, ya que el príncipe se aprestaba á salir con toda su gente para la guerra de España. La víspera del torneo llegaron á Burdeos multitud de gentes de todo el Medoc, que tuvieron que acampar fuera de las murallas, en el llano y á orillas del Garona. Tampoco faltaron oficiales del ejército acuartelado en Dax, ni nobles y burgueses de Blaye, Bourg, Libourne, Cardillac, Ryons y otras muchas villas, que llegaron durante el día y parte de la noche anterior al combate, á pie, á caballo y en vehículos de todas clases.

No fué pequeña empresa la de elegir cinco caballeros por banda, cuando tantos y tan valientes y ganosos de gloria los había congregados allí; y en poco estuvo que la elección ocasionase una serie de duelos preliminares que sólo pudieron evitarse con la intervención del príncipe y de los nobles de más edad y merecimientos. Hasta la víspera del día fijado para el torneo no se fijaron en la liza, pendientes de sendas lanzas, los escudos de los campeones, para que los heraldos y el público supiesen sus nombres y también para que se presentase ante los jueces de campo toda fundada querella ó protesta contra la participación de cualquiera de ellos en el torneo.

Los dos aguerridos capitanes Roberto Nolles y Hugo Calverley no habían regresado de la expedición á Navarra que el príncipe les encomendara, lo cual privó á los justadores ingleses de dos de sus mejores lanzas. Pero eran tantas y tan buenas las que aun quedaban que los señores Chandos y Fenton, á quienes en definitiva se encomendó la elección, tuvieron que discutir y pesar uno por uno los méritos y hazañas de muchos aspirantes; decidiéndose por fin á favor de Morel de Hanson y Abercombe de Chesire, renombradísimo el primero entre los nobles veteranos y héroe de Poitiers el segundo. De los caballeros más jóvenes resultaron agraciados tres brillantes paladines: Tomás Percy, Guillermo Beauchamp y Raniero Leiton. Desde luego aceptaron el reto inglés todos los caballeros gascones y la elección, difícil de suyo, favoreció á Captal de Buch, Oliverio de Clisón, Pedro de Albret, el señor de Mucident y un caballero teutón llamado Segismundo de Bohemia. Al mirar aquellos diez escudos los veteranos ingleses se prometían un torneo brillante cual ninguno, pues eran los mantenedores hombres de gloriosa historia y de valor y esfuerzo probadísimos.

—Á fe mía, Chandos, dijo el príncipe mientras cabalgaba junto al canciller por las estrechas y tortuosas calles de la ciudad, camino del palenque; bien quisiera yo romper una lanza en estas justas, suponiendo que los jueces de campo no me creyesen indigno de alternar con tan famosos campeones.

—No hay en el ejército mejor ni más digno paladín que vos, señor, replicó Chandos, pero dadas las circunstancias de este torneo, creedme, no conviene que participéis en él. No es de vuestro alto cargo el tomar aquí partido á favor de ingleses contra gascones, ni poneros con éstos frente á aquellos, lanza en ristre ó espada en mano. Demasiado sobreexcitados están ya los ánimos.

—Siempre la razón de estado, Chandos, que vos sacáis á relucir no sólo en la sala del consejo sino camino de fiesta tan alegre y lucida como ésta. ¿Y qué piensan de ella mis hermanos de Castilla y Mallorca? preguntó dirigiéndose á los príncipes españoles, que á su derecha cabalgaban.

—Mi opinión es que hoy presenciaremos no pocas proezas, dijo Don Pedro, en vista de la fama y pujanza de los justadores.

—¡Por Santiago! observó Don Jaime, otra cosa va llamando mi atención y es el buen porte y mejores vestidos de esos burgueses de Burdeos que se agolpan á mirarnos. Rica en verdad debe de ser esta gran villa y holgada la condición de sus moradores, á pesar de recientes guerras y trastornos.

—Pues si el aspecto de los buenos burgueses os admira, repuso Don Pedro, ¿qué me decís de esos hombres de armas escogidos y de los bien plantados arqueros? Difícil sería igualar y menos vencer fuerzas tan apuestas y bien disciplinadas.

—Con esos soldados cuento, dijo el príncipe inglés, y con otros muchos como ellos, para hacer entrar en razón á los usurpadores de Castilla y Mallorca.

Sonriéronse ambos pretendientes, revelando en sus semblantes la satisfacción y la confianza con que habían oído aquellas palabras.

—Y una vez hecha justicia, dijo Don Pedro de Castilla, uniremos las fuerzas de Inglaterra, Aquitania y España y mucho sería que de tal unión no resultasen magnas consecuencias.

—Por ejemplo, agregó el príncipe Eduardo con evidente entusiasmo, completar para siempre la expulsión de los infieles del territorio de Europa. No creo que pudiéramos acometer empresa más grata para la Santa Virgen, excelsa patrona de Aquitania.

—Ni más aceptable para todo español. En tal empresa cuente Vuestra Alteza con el apoyo absoluto de nobles y plebeyos, así en León y Castilla como en Asturias, Navarra, Mallorca y Aragón. Y aun para perseguir á los moros allende el mar y combatirlos en sus guaridas del África y de Oriente.

—¡Sí, por Dios! exclamó el Príncipe Negro. Ese ha sido uno de mis sueños dorados, ver ondear el estandarte inglés sobre los muros y mezquitas de la ciudad santa.

—La conquista de Jerusalén no puede parecer peligrosa ni ardua á quienes han realizado la conquista de París.

—Ni me había de contentar yo con eso, sino con el sitio y toma de Constantinopla y la guerra á muerte contra el Sultán de Damasco. Y vencido éste, todavía podríamos imponer tributo á las hordas tártaras, otra amenaza de la cristiandad. Decidme, Chandos, ¿no habríamos de poder llegar nosotros hasta donde llegó Ricardo Corazón de León?

—Poder hacerlo es una cosa, replicó el prudente consejero, y otra muy distinta saber si conviene y debe hacerse. Desde luego, cuente Vuestra Alteza con que el rey de Francia vería el cielo abierto el día que los ejércitos ingleses cruzasen el mar, en persecución de los infieles de Oriente.

—Os conozco demasiado, Chandos, para no saber que esas palabras os las dicta vuestra razón, no el temor ni el cansancio de las guerras. ¡Qué enorme multitud! No recuerdo haber visto tantos curiosos desde el día en que recorrí las calles de Londres acompañando á mi prisionero el rey de Francia.

Un mar de cabezas cubría por completo la vasta llanura que se extendía desde la Puerta del Norte hasta los primeros viñedos del este de la ciudad y hasta las orillas del río. Entre los obscuros tonos de aquella multitud se destacaban ya las toquillas de vivos colores de las mujeres, ya el casco de un arquero herido por los rayos del sol. En el centro de la llanura, quedaba el espacio cercado que se destinaba á las justas, con gradas y tribunas engalanadas con multitud de gallardetes y banderas. Trabajo costó abrir estrecho paso á los príncipes y su séquito entre aquella masa compacta, que los saludó con aclamaciones atronadoras. Tras ellos fueron llegando numerosos nobles y damas ricamente ataviadas y pronto quedaron llenas las tribunas, relucientes de oro y pedrería. En el numeroso séquito del príncipe y sus regios huéspedes figuraban capitanes y cortesanos de Gascuña y España, de Inglaterra, el Lemosín y Saintonge. En los asientos y gradas encantaban la mirada las morenas bellezas del Garona y junto á ellas las rubias beldades inglesas, ostentando unas y otras sus mejores galas. De las balaustradas de las tribunas colgaban ricos tapices y anchas franjas de terciopelo en cuyo centro destacábanse, bordados en oro, plata y sedas de vivos colores, los escudos de armas de cien nobles. No tardaron en tomar éstos asiento, la multitud y los soldados se acomodaron como mejor pudieron y los pajes y palafreneros se encargaron de las armas y monturas de sus señores.

Los mantenedores ocupaban la extremidad del campo más cercana á las puertas de la ciudad. Frente á sus respectivos pabellones se veían los escudos de armas de los cinco campeones ingleses, sostenidos por otros tantos escuderos; allí las rosas de Morel, las barras gules de Leiton, el león de Percy, los grifos de Abercombe y las plateadas alas de Beauchamp. Tras los pabellones piafaban impacientes los grandes caballos de batalla lujosamente enjaezados. La gran mayoría de los arqueros y hombres de armas ingleses se agrupaban en aquel extremo de la liza, ganosos de contemplar y vitorear á sus famosos campeones, que sentados á la puerta de sus tiendas, armados completamente y con el yelmo sobre las rodillas, departían tranquilamente sobre el gran suceso del día en que tan importante parte les tocaba desempeñar. Pero el pueblo gascón no ocultaba su preferencia por Captal de Buch y sus compañeros, pues la popularidad de los ingleses había decaído mucho desde las enconadas contiendas originadas por la captura del rey de Francia y el destino que debía de darse al regio prisionero. De aquí que no fueran generales, aunque sí muy nutridos, los aplausos que acogieron la proclamación del rey de armas, anunciando los nombres y títulos de los caballeros ingleses que estaban prontos, "por su Dios, por su patria, por su rey y por su dama," á combatir contra cuantos hidalgos les hiciesen la honra de romper lanzas con ellos. Más que aplausos, en cambio, fueron aclamaciones ensordecedoras las que saludaron al heraldo que en el opuesto extremo de la liza enumeró los nombres popularísimos de los justadores gascones.

—Comienzo á creer que teníais mucha razón, Chandos, al aconsejarme que no tomase hoy partido ni enristrase lanza, dijo el príncipe en voz baja al notar el estado de los ánimos. Paréceme, señor de Armagnac, que nuestros amigos de Aquitania no verían con malos ojos la derrota de los campeones ingleses.

—Bien pudiera ser, príncipe, como no dudo que en iguales circunstancias el pueblo de Londres ó Windsor favorecería ó aclamaría á sus compatriotas.

—Y no está lejos la demostración palpable de lo que decís, exclamó riéndose el príncipe, porque allá diviso unas veintenas de arqueros cuyo vocerío no cede al de la multitud. Mucho me temo que sufran amargo desencanto si la copa de oro que he ofrecido al vencedor se queda en Aquitania en vez de cruzar el mar. ¿Cuáles son las condiciones, Chandos?

—Cada pareja justará no menos de tres veces y la victoria será del partido cuyos campeones hayan triunfado en mayor número de encuentros singulares. El que más se distinga entre ellos recibirá el trofeo ofrecido por Vuestra Alteza, y el más diestro justador de los vencidos un broche de oro y piedras preciosas. ¿Doy la señal?

Contestó el príncipe afirmativamente, sonaron los clarines y los mantenedores fueron entrando en liza uno tras otro y arremetiendo á sus contrarios, con varia fortuna para ambos bandos. Así, Sir Guillermo Beauchamp cayó al poderoso golpe de Captal de Buch, pero Percy desarzonó al de Mucident; Lord Abercombe derribó á su vez al señor de Albret y por fin el hercúleo Oliverio de Clisón igualó la suerte del combate con la victoria que alcanzó sobre Sir Raniero Leiton.

—¡Por Santiago! exclamó Don Pedro, buenas lanzas y grande empuje, tanto los señores gascones como los ingleses.

—¿Quién es el próximo adalid inglés? preguntó el príncipe con voz que denotaba su viva emoción.

—El barón León de Morel, de Hanson, respondió Chandos.

—Campeón esforzado y diestro si los hay.

—Sin duda alguna, señor, pero su vista, como la mía, se halla muy quebrantada tras largas campañas. Con su poderoso brazo ganó en buena lid la diadema de oro ofrecida como trofeo por la reina Felipa, augusta madre de Vuestra Alteza, en las grandes justas con que se celebró en Inglaterra la toma de Calais. En el castillo de Monteagudo, donde reside, tiene un tesoro en premios y trofeos.

—Ojalá vaya á reunirse con ellos la copa de este torneo, dijo el príncipe en voz baja. Aquí tenemos al paladín alemán y por su aspecto parece muy temible enemigo. Advertid al rey de armas que les permita encontrarse por tres veces en la liza, ya que tanto depende ahora del resultado de este combate.

Sonaron de nuevo los clarines, hizo el rey de armas la señal que repitieron los farautes y se adelantó el último campeón de los gascones entre los vítores desaforados de la multitud. Era un guerrero de gran talla y fornido cuerpo, con yelmo y armadura negros y escudo sin divisa, pues prohibían tenerla los estatutos de la orden teutónica á que pertenecía. Flotaba á su espalda amplio manto blanco que tenía bordada en su centro la cruz negra orillada de plata de aquella orden. Manejaba briosamente su soberbio bridón, negro como el azabache y de gran alzada; y después de saludar al príncipe volvió grupas y ocupó su puesto á un extremo de la liza.

Inmediatamente salió el barón de Morel de su tienda y se dirigió al galope hacia el balconcillo regio, ante el cual detuvo súbitamente al fogoso corcel con tal fuerza que lo hizo retroceder y alzarse de manos, á tiempo que el jinete saludaba profundamente. Llevaba el barón brillante armadura blanca, escudo blasonado y yelmo con largo y airoso penacho de plumas también blancas. La gracia y viveza de sus movimientos, el esplendor de su armadura y de los paramentos de su caballo y los corveteos de éste hicieron estallar unánimes aplausos. El barón saludó otra vez con singular donaire y se dirigió al punto del campo frontero al que ocupaba su contrario, haciendo caracolear al noble bruto y más como quien se dirige á una alegre fiesta que á fiero combate.

Tan luego se hallaron frente á frente ambos campeones reinó absoluto silencio en todo el palenque. Del resultado dependía no sólo la gloria que pudiera caber al vencedor sino la victoria ó la derrota del bando que respectivamente representaban. Guerreros ambos de mucha nombradía, sus proezas los habían llevado á muy distintos países y campos de combate, sin darles hasta entonces la oportunidad de medirse cuerpo á cuerpo. Dióse la señal, y puestas las lanzas en los ristres arremetieron uno contra otro ambos combatientes, encontrándose con tremendo choque frente á la regia tribuna. Aunque el teutón se estremeció al golpe furibundo del caballero inglés, su lanza alcanzó á éste en la visera con fuerza tal que rompió las cintas que sujetaban el casco y éste cayó hecho pedazos, pero el barón continuó su carrera, descubierta la calva cabeza que brillaba á los rayos del sol. Millares de pañuelos y gorras agitados en el aire y un vocerío inmenso acogieron aquella ligera ventaja del caballero teutón.

Nada desanimado el de Morel, llegóse á escape á su pabellón y se presentó á los pocos momentos con otro fuerte yelmo, pronto para la segunda justa. El resultado de ésta fué tan igual para ambos que los mejores jueces no hubieran podido adjudicar la victoria á uno ni otro. Así Morel como el de Bohemia resistieron impávidos el bote formidable del contrario, que ambos recibieron de lleno en el pecho y sin perder la silla. Pero en el tercer encuentro la lanza del barón se clavó entre las barras de la celada del contrario, arrancándole de golpe la visera, á tiempo que el de Bohemia, con singular mala suerte, desviaba su lanza y daba con ella fuerte golpe en el muslo de Morel, contra todas las reglas del torneo, que prohibían herir al contrario de la cintura abajo y declaraban vencido al que tal hiciera. También daba á Morel aquel malhadado golpe el derecho de apropiarse las armas y el caballo del enemigo, si hubiera querido ejercerlo. Los aplausos y gritos delirantes de los soldados ingleses y el silencio y los ceñudos rostros del pueblo anunciaron, antes que lo hicieran los farautes, el triunfo de los primeros, que habían obtenido ventaja en tres encuentros, contra dos que ganaran los gascones. Ya se habían congregado los diez combatientes frente á la tribuna del príncipe para recibir dos de ellos el galardón merecido, cuando el agudo toque de un clarín llamó la atención de los presentes hacia un extremo del palenque, ganosos todos de ver al inesperado caballero que así anunciaba su llegada.

CAPÍTULO XXIV DE CÓMO EL ESTE ENVIÓ UN FAMOSO CAMPEÓN

DICHO queda que las grandes justas de Burdeos, para las cuales era estrecha y de todo punto inadecuada la plaza frontera á la abadía de San Andrés, se celebraban extramuros, en la vasta llanura inmediata al río. Al este de aquella se elevaba el terreno, cubierto de verdes viñedos en verano, por entre los cuales serpenteaba el camino que conducía al interior, muy frecuentado de ordinario pero solitario aquel día en que todos, así viajeros como habitantes de la ciudad, formaban parte de la multitud espectadora.

Mirando en la dirección de aquel camino hubiera podido verse, aun mucho antes de terminar el combate, dos puntos brillantes y móviles que fueron acercándose hasta mostrar al observador que procedían del reflejo del sol sobre los cascos de dos jinetes que se adelantaban al galope en dirección á Burdeos. Era el primero de ellos un caballero armado de punta en blanco, que montaba brioso corcel negro con blanca estrella en la frente. Parecía el jinete de corta estatura pero robusto y ancho de hombros, y llevaba calada la visera, sin empresa ni blasón sobre el blanco arnés ni el liso y bruñido escudo. El otro era evidentemente su escudero, sin más armas ofensivas ni defensivas que su yelmo y la poderosa lanza de su señor, que empuñaba con la diestra mano. En la izquierda, además de las riendas de su propia montura, tenía también la brida de un soberbio alazán con lujosos paramentos que le llegaban hasta los corvejones. Llegados ambos jinetes con los tres caballos á la entrada del palenque, dió el escudero aquel vibrante toque que tanto sorprendió á los espectadores.

—¿Quién es ese caballero, Chandos, y qué desea? preguntó el príncipe Eduardo.

—Á fe mía, replicó el canciller con no disimulada sorpresa, que ó mucho me engaño ó es un noble francés.

—¡Francés! exclamó Don Pedro de Castilla. ¿Qué os induce á creerlo si no lleva blasón ni divisa que lo acredite?

—Me basta mirar la forma de su armadura, señor, más redondeada en el codo y las hombreras que cuantas proceden de Inglaterra ó de España. También podría ser arnés de fabricación italiana, sin la curva especial del peto; y cuanto más lo miro más seguro estoy de que ese coselete ha sido hecho por artífices de la parte de acá del Rin. Pero aquí viene su escudero y no tardará Vuestra Alteza en saber qué lo trae por estos rumbos.

Llegado el escudero ante el príncipe detuvo su caballo, tocó por segunda vez la bocina que llevaba suspendida del cinto y dijo con sonora voz y marcado acento bretón:

—Vengo como heraldo y escudero de mi señor, noble y esforzado caballero y súbdito fiel del muy poderoso rey Carlos de Francia. Sabedor de que se celebraban estas justas, solicita mi señor la honra de medir sus armas con un caballero inglés que quiera aceptar su reto, ya rompiendo lanzas, ya combatiendo con espada y daga, maza ó hacha de armas. Y me ha ordenado muy expresamente declarar que su cartel va dirigido tan sólo á los nobles caballeros ingleses, no á los que sin serlo, ni ser tampoco buenos franceses, hablan la lengua de éstos y sirven bajo la bandera de aquéllos.

—¡Osado sois, voto á tal! exclamó el de Clisón con voz tonante, á la vez que otros señores gascones llevaban la mano á la espada.

—Mi señor, continuó el enviado sin hacer caso de las palabras de uno ni del ademán amenazador de los otros, está pronto á justar desde luego, á pesar de que su caballo de batalla acaba de recorrer largo trecho sin descanso, pues temíamos llegar tarde al torneo.

—Tarde habéis llegado, en efecto, repuso el príncipe, pues sólo falta adjudicar el premio á los vencedores. Pero no dudo que entre estos caballeros míos los habrá dispuestos á complacer al campeón de Francia.

—Y cuanto al trofeo, dijo el barón de Morel, seguro estoy de interpretar los deseos de estos señores al declarar que le será entregado, á pesar de su tardanza, si logra ganarlo en buena lid.

—Llevad, escudero, ambas respuestas á vuestro amo, dijo el príncipe, y pedidle que nombre á uno de los cinco mantenedores ingleses que han justado hoy para romper lanzas con él. Un momento; ese caballero no lleva blasón ni divisa y necesitamos conocer su nombre.

—Mi señor ha hecho voto de no revelar su nombre ni alzar la celada hasta pisar de nuevo la tierra de Francia.

—Pero entonces ¿qué garantía tenemos de que no es un rústico diestro en el manejo de las armas, ó un palafrenero disfrazado con el arnés de su amo, cuando no un noble deshonrado con quien no se dignaría combatir ninguno de mis caballeros?

—¡No hay tal, señor, lo juro por lo más sagrado! dijo el escudero con vehemencia. Antes bien declaro que no hay en el mundo caballero que no se tenga por muy honrado en cruzar la espada con quien aquí me envía.

—Arrogante es la respuesta del escudero, dijo el príncipe, pero mientras no nos déis mejores pruebas de la noble calidad de vuestro amo, no consiento que con él justen las mejores lanzas de mi corte.

—¿Rehusa Vuestra Alteza?

—Rehuso resueltamente.

—En tal caso, señor, el mío me ha autorizado para revelar secretamente su nombre al muy ilustre señor de Chandos, y sólo á él, para que declare si Vuestra Alteza misma podría ó no romper lanzas con mi señor, sin el menor desdoro.

—Acepto la propuesta, dijo vivamente el príncipe.

Acercóse Chandos al escudero, díjole éste algunas palabras al oído y el anciano canciller hizo un ademán de profunda sorpresa, á la vez que miraba con curiosidad é interés evidentes al inmóvil caballero que á distancia esperaba el resultado de aquellas negociaciones.

—¿Será posible? exclamó.

—Es la pura verdad, señor, dijo el escudero. Lo juro por San Iván de Bretaña.

—Debí sospecharlo, agregó Chandos retorciendo los largos bigotes y mirando fijamente al apartado caballero.

—¿Qué decís, Chandos? preguntó el príncipe.

—Señor, una gracia os pido. Permitid á mi escudero que me traiga arnés para revestirlo y tener la alta honra de cruzar la espada con el campeón francés.

—Poco á poco, mi buen Chandos. Tenéis, y muy bien ganados, cuantos lauros puede conquistar un hombre y hora es ya de que descanséis. Escudero, decid á vuestro amo que es muy bienvenido á mi corte, y que si gusta de tomar algún descanso y refrescar en mi compañía antes de la justa, pronto estoy á obsequiarle.

—Perdonad, señor, no puede beber con Vuestra Alteza.

—Que designe, pues, al caballero de su elección.

—Desea justar con los cinco mantenedores ingleses, y con las armas que cada uno de ellos prefiera y elija.

—Grande es su confianza, á lo que veo. Pero no es bien prolongar su espera ni tenemos ya mucho tiempo disponible, pues el sol se acerca al ocaso. Á vuestros puestos, caballeros, y veamos si este desconocido iguala con la alteza de sus hechos la arrogancia de sus palabras.

Mientras duraron aquellos preliminares permaneció el incógnito campeón inmóvil como una estatua de acero, erguido en la silla de su caballo de batalla y apoyado en la robusta lanza. El ojo experto de nobles y soldados adivinaba un adversario temible en aquel hombre de atléticas formas é imponente aspecto. El arquero Simón, que figuraba en primera línea con Reno, Tristán y otros camaradas, no escaseaba sus comentarios más encomiásticos sobre el talante del desconocido y la maestría con que momentos antes había manejado caballo y lanza. Á fuerza de mirarle pareció despertarse un confuso recuerdo en la memoria del veterano.

—Apuesto los bigotes del gran turco, dijo contrayendo las cejas, á que yo he visto antes al buen mozo ese, aunque no recuerdo dónde. ¿Fué en Nogent, fué en Auray? Lo que os digo, muchachos, es que estáis mirando á una de las primeras lanzas de Francia, y cuenta que mejores no las hay en el mundo y que yo sé lo que me digo.

—Pues yo digo que todos estos torneos y melindres son pura niñería, gruñó Tristán de Horla. ¡Por la cruz de Gestas! No sino dejad que me vinieran á mí con lancitas y puyazos....

—¿Pues cómo combatirías tú, Tristán? preguntaron algunos.

—Varios modos hay de hacerlo, replicó el gigante reflexionando; pero me parece que yo empezaría por romper mi espada.

—Eso es lo que todos procuran hacer.

—¡Ah, no! Pero es que yo no la rompería tontamente sobre el escudo del otro, sino contra mi rodilla. Y así convertiría lo que no es más que un pincho inútil en una buena maza.

—¿Y después?

—Dejaría que el otro me clavase su espadín en una pierna ó en el brazo, ó donde mejor le pareciese y luego y con toda calma le estrellaría los sesos con mi maza.

—¡Bravo, Tristán! Vamos, que daría yo mi cobertor de pluma por verte suelto en la liza. ¡Bonita manera de justar la tuya! exclamó Simón.

—Pues á mí me parece la mejor, dijo muy serio Tristán. Ó si no, agarraría yo al otro por la cintura, lo arrancaría de la silla quieras que no y me lo llevaría á mi tienda para no soltarlo hasta que me pagase un buen rescate.

Grandes carcajadas acogieron aquella salida del valiente arquero y Simón prometió hacer todo lo posible para que nombrasen á Tristán rey de armas y pudiese llevar á la práctica sus peregrinas ideas sobre justas y torneos.

—Allí viene Sir Guillermo Beauchamp, dijo Reno. Valiente caballero, pero temo que no pueda resistir el bote que promete darle la lanza del francés.

Y así fué, porque si bien Beauchamp asestó á su contrario fuerte golpe en el yelmo, recibió en cambio tan furiosa lanzada que lo sacó de la silla y lo hizo rodar por el suelo. No tuvo mejor suerte el de Percy, que sacó roto el escudo y desguarnecido el brazo izquierdo, amén de una ligera herida en el costado. Abercombe dirigió su lanza á la cabeza del desconocido y éste le imitó, manteniéndose firme y erguido en la silla después del choque, al paso que el inglés quedó doblado hacia atrás, medio caído sobre la grupa del caballo, que recorrió la mitad del campo antes de que el jinete recobrase su posición normal. Leiton cayó á los golpes de maza del francés, arma elegida por el primero; sus servidores lo llevaron en brazos á su pabellón. Aquellas rápidas victorias sobre cuatro famosos guerreros llenaron de admiración á los espectadores, y así los soldados como las gentes del pueblo le prodigaron sus aplausos.

—Temible campeón, comentó el príncipe; pero ya se adelanta el bravo de Morel, á pie y espada en mano, arma en que es quizás el más diestro de nuestro reino.

Los combatientes se acercaron llevando al hombro y asidas con ambas manos las enormes espadas de combate. La lucha fué empeñada y brillante; se atacaban con denuedo y se defendían con destreza increíble, menudeando los golpes formidables que resonaban al chocar las espadas entre sí ó sobre los fuertes arneses. Por fin levantó el francés su arma para descargar un tajo decisivo, pero aquel momento bastó para que el barón descubriera un punto vulnerable en la armadura del contrario, y pronta como el rayo se clavó su espada en el brazo del francés, en la unión de aquél con el hombro. Poco profunda fué la herida, pero bastó para hacer brotar la sangre, que trazó roja línea sobre el bruñido peto. Aunque el desconocido parecía dispuesto á continuar la lucha, el rey de armas lanzó su dorado bastón á la liza y los combatientes bajaron las espadas.

El príncipe dispuso inmediatamente que invitasen al campeón francés á permanecer algún tiempo en su corte, y si esto no fuera posible, á sentarse á su mesa aquella noche y descansar algunas horas en Burdeos. Oyó el caballero el cortés mensaje y se dirigió al trote de su corcel hacia la tribuna regia, vendado el hombro con blanco pañuelo de seda.

—Señor, dijo con firme voz, saludando al príncipe; no puedo sentarme á vuestra mesa. Francés soy y por ende enemigo vuestro. El día más feliz de mi vida será aquel en que vea desaparecer en el horizonte la última de las galeras inglesas, llevándose al último de los soldados extranjeros que hoy pisan y dominan parte de esta tierra de Francia. Duras os parecerán mis palabras, pero os lo repito, soy vuestro enemigo.

—Y por las muestras que hoy habéis dado, un enemigo valeroso y temible. El rey de Francia puede enorgullecerse de tener servidores como vos. Pero vuestra herida....

—Es insignificante y mi caballo puede hacer muy bien la jornada de vuelta, que emprenderé ahora mismo. Con Dios quedad; y saludando de nuevo se dirigió al galope á la entrada del palenque y desapareció seguido de su escudero.

—Valiente, patriota y altivo, exclamó el príncipe. Tengo para mí que el justador desconocido de hoy es un gran guerrero francés.

—No lo dudéis, señor, dijo Chandos, y de los más famosos.

CAPÍTULO XXV DE UNA CARTA Y UNAS RELIQUIAS

CUANDO Roger se presentó en la cámara del barón al siguiente día, hallóle muy ocupado en trazar sobre emborronado pergamino unos signos retorcidos y enormes, que según averiguó después eran un conato de carta del barón á su esposa.

—Bien vienes, Roger, dijo alborozado apenas divisó al joven. Confieso que no soy muy fuerte en achaques de escritura, y aquí me tienes sudando para contar á mi señora la baronesa muchas cosas que quiero decirle, con unos garabatos que se empeñan en no salir derechos y que no los entenderá ella, ni tú, ni yo mismo.

Sonrióse el fiel escudero, ofreció al barón escribirle en un santiamén cuantas cartas quisiese y poco tardó en quedar firmada y sellada la en que el caballero refería ligeramente los principales episodios de su viaje, el encuentro con los piratas, la desgraciada muerte del joven escudero Froilán de Roda, su presentación en la corte y cómo se proponía salir sin tardanza para Montaubán, donde el resto de la famosa Guardia Blanca de su mando entretenía sus ocios quemando y saqueando.

—Algo falta, señor, observó Roger, y si me lo permitís....

—Escribe lo que gustes, Roger, y agrégalo á mi carta, que cuanto digas habrá de ser interesante y agradable para mi señora la baronesa.

Aprovechando el permiso, describió el doncel lo que por modestia callaba el barón, la gloria alcanzada por éste en combates y justas; aseguró á la castellana de Morel que la salud del barón era inmejorable, que todavía quedaban en la escarcela confiada á su guarda muy buenos ducados y durarían hasta llegar él con su señor á Montaubán, y por último rogaba á la baronesa que aceptase sus respetos y se sirviese presentárselos muy rendidos á su hija la sin par Constanza.

—Muy bien expresado está todo eso, dijo el barón, moviendo satisfecho su calva cabeza. Y ahora, Roger, si algo quieres escribir á tus parientes de Inglaterra, lo enviaré con el mismo mensajero que ha de llevar mis cartas.

—No tengo parientes, señor, dijo Roger tristemente. Mi hermano es el único....

—Sí, recuerdo cómo os separasteis y te aseguro que no pierdes mucho. Pero ya que no personas de tu misma sangre ¿no tienes allá alguien que te sea querido?

—Oh, sí, replicó el joven, suspirando.

—Vamos, ya veo. ¿Es hermosa?

—Bellísima.

—¿Buena?

—Como un ángel.

—¿Y no te ama?

—No puedo decir que ame á otro.

—En tal caso, tu deber es hacerte digno de su amor. Sé honrado y valiente; sin humillarte ante el poderoso, muéstrate afable y dulce con el pobre y humilde, y á su tiempo te verás honrado con el amor de una doncella pura y buena, el mayor galardón á que aspirar pueda todo cumplido caballero. ¿Es tu amada de noble alcurnia?

—De nuestra más distinguida nobleza, señor.

—Cuidado, Roger, cuidado. No piques muy alto y recojas desengaños y amarguras.

—Vos conocisteis á mi padre, señor barón, y sabéis también lo que vale el linaje de los Clinton de Hanson....

—Rancia é indiscutible nobleza y gloriosa historia. Mas no lo digo por tus blasones, hijo mío, sino por tu carencia de fortuna. Si fueras tú el señor de Munster, en lugar de tu bullicioso hermano.... Pero, ó mucho me engaño ó los pasos que resuenan son los de Sir Oliver.

No tardó en presentarse el rechoncho caballero, rojo de indignación, con la inaudita noticia de que acababa de enviar un cartel de desafío á los señores de Chandos y Fenton, cancilleres del ducado de Aquitania y á quienes el príncipe encomendara la elección de los caballeros que con tanto lucimiento sostuvieron el honor de las armas inglesas en el torneo de la víspera. Atónito el de Morel ante tamaño desplante, averiguó que el señor de Butrón se sentía ofendido por no haber figurado su nombre entre los cinco elegidos y se proponía pedir cuenta de aquel desacato á Chandos y Fenton. Trabajo le costó al barón apaciguar á su alborotado amigo, quien acabó por confesarle que sólo esperaba saborear un nuevo y gustoso guiso que en aquel momento le preparaban, para enviar también un cartel al mismo príncipe.

—Pero ¿estáis dejado de la mano de Dios? le preguntó el barón. ¿Qué os ha hecho el príncipe?

—Me tiene en poco, lo mismo que Chandos, y empieza á convertirme en blanco de sus pullas y cuchufletas. ¿Sabéis la que me lanzó anoche después del torneo? Alababa uno de mis amigos la fuerza de mi brazo y el príncipe tuvo á bien decir que por fuerte que fuera el brazo nunca lo sería tanto como el espinazo de mi caballo. Gracia ésta que fué recibida con gran risa por todos los presentes.

Rióse también el barón, volvió á calmar á su pletórico amigo lo mejor que supo y pudo, y viéndolo ya más dispuesto á gozar de sus guisos y golosinas que á seguir lanzando retos á troche y moche, se despidió de él hasta verse de nuevo en Dax. Sir Oliver se encargaba de mandar los doscientos hombres de Morel y conducirlos á Dax en unión de sus cincuenta ganapanes, mientras el barón anticipaba su salida de Burdeos para dirigirse á Montaubán, tomar el mando del resto de la Guardia Blanca que por allí merodeaba y reunirse al grueso del ejército en Dax antes de que el príncipe emprendiese la marcha con dirección á España.

—Tú, Gualtero y el sargento Simón me acompañaréis, y también otro arquero que Simón elija para que cuide de mis armas y arnés, dispuso el barón.

Poco después salía éste de Burdeos acompañado de Gualtero de Pleyel y dos horas más tarde se ponían en su seguimiento Roger, Simón y Tristán de Horla, para quienes el primero tuvo que procurarse dos caballejos de las Landas, de tan pobre apariencia como excelentes cualidades. Por el camino iba pensando Roger, mientras sus dos compañeros departían animadamente, en la conversación que poco antes había tenido con el barón y se preguntaba si debió de haber completado su confesión revelándole que no era otra su adorada que la bella heredera de Morel. ¿Cómo hubiera acogido éste semejante declaración? Desde luégo, declarado había que por su nobleza podía aspirar á la mano de la más linajuda dama, sin otro obstáculo en su camino que la falta de bienes de fortuna. Por primera vez en su vida deseó tenerlos, y aunque no dudaba del amor de Constanza, sabía también que la hechicera joven no le daría su mano sin contar antes con la plena aprobación de su padre.

—¿Dónde dijo el capitán que le encontraríamos? preguntó á la sazón el veterano arquero, volviéndose hacia Roger y sacándolo de sus meditaciones.

—En Marmande ó Aiguillón, y añadió que no había extravío posible porque desde Burdeos hasta los dos pueblos nombrados no hay otro camino que éste que seguimos.

—Y que yo conozco como la palma de mi mano, dijo Simón. Quiera mi buena suerte que al regreso lo recorra tan bien provisto de botín como la última vez que por él pasé. ¿Véis á lo lejos aquel pueblecillo con el castillejo feudal? Pues es Cadillac, nombre y lugar que tengo en la memoria gracias á la taberna que estas gentes llaman del Mouton d'Or y que yo llamaría del buen vino, que probaremos muy pronto. Á orillas del Garona veremos después el villorrio de Bazán, donde me detuve tres días á mi regreso de la última campaña; y la culpa fué de las hijas del talabartero del lugar, tres pimpollos á cual más rozagante y á las cuales dí palabra de casamiento.

—¿Á las tres?

—El diablo enredó las cosas de manera que no hubo medio de dejar una ó dos buscando novio. Lo cual hubiera sido de muy mal gusto, á fe mía, y más tratándose de un arquero galante, porque son á cual más bonita y el diablo me lleve si hubiera yo podido preferir y elegir una de las tres.

—Pedigüeño tenemos, dijo en aquel punto Tristán, señalando hacia un árbol cercano á cuya sombra se sentaba un viejo, cubierto desde el cuello hasta los descalzos pies con tosco sayal gris de triple esclavina y llevando un grasiento sombrero de anchas alas con tres conchas cosidas en hilera al frente de la copa.

—Diría que es un religioso ó peregrino, á no ser por las extrañas mercancías que parece tener de venta, dijo Simón.

Acercándose vieron que sobre una tabla que delante tenía se hallaban colocados en línea algunos trozos de madera, varias piedras y un clavo de buen tamaño.

—Socorred, señores, á un pobre peregrino, exclamó el viejo, que perdió la vista de sus ojos después de contemplar con ellos los Santos Lugares y que no prueba bocado desde hace dos días.

—Pues nadie lo diría al ver lo repleto y lucio que estáis, buen hombre, dijo Simón mirándole atentamente.

—Con esas ligeras palabras no hacéis más que aumentar mi pena, dijo el ciego. Me véis repleto y obeso al parecer y por ende me creéis bien comido, cuando lo que en realidad me hincha y me mata es una hidropesía incurable.

—¡Pobre hombre! murmuró Roger.

—¡Mala centella me parta si vuelvo á decir palabra! exclamó el arquero arrepentido.

—No juréis, dijo el peregrino, y por lo que á mí toca os perdono de corazón. Mis desgracias y mi desamparo han llegado á tal extremo que por fin me veo obligado á deshacerme de mis tesoros para procurarme algunos recursos con que terminar mi viaje. Voy al santuario de Nuestra Señora de Rocamador y allí espero acabar mis días.

—¿Y qué tesoros son esos de que habláis?

—Helos aquí, sobre esta tabla. Ante todo este clavo, uno de los que contribuyeron al infame suplicio que tuvo por consecuencia la redención de la humanidad. Obtuve esta reliquia invaluable de los descendientes de José de Arimatea, que viven todavía en Jerusalén.

—¿Y esas piedras y maderas? preguntó Tristán, no menos sorprendido que sus compañeros.

—Una astilla de la verdadera cruz, otra del arca de Noé y la tercera de la puerta del gran templo de Salomón. De los tres cantos que aquí tengo, el menor fué uno de los que le arrojaron á San Esteban sus crueles verdugos, y los otros dos proceden de la torre de Babel. Mucho me ha costado obtener estas preciadas reliquias y por todo el oro del mundo no me hubiera separado de ellas; pero próximo á morir, porque siento que mis días están contados, os ofrezco las que queráis, al precio que vuestros recursos os permitan ofrecerme.

Transportado Roger y sin reflexionar gran cosa, se volvió hacia sus compañeros diciéndoles:

—Ocasión como esta no volverá á presentársenos en toda la vida. Sin el clavo ese no me quedo, y se lo he de llevar y ofrecer á la abadía de Belmonte.

—Como yo le llevaré á mi madre esa piedra que le arrojaron al santo, dijo Tristán.

—Pues á mi vez prefiero la astilla de las puertas del templo, dijo por su parte Simón, y aquí os entrego tres ducados, de cuatro que me quedan.

—Y aquí van dos más, agregó Tristán.

—Y cuatro míos, dijo Roger.

Con lo cual se despidieron del piadoso y cuitado peregrino, llevándose aquellas venerables reliquias tan impensada cuanto fácilmente adquiridas.

Lo malo fué que á poco andar dieron con una herrería, donde se detuvieron para atender al caballo de Simón, que mucho necesitaba los servicios del herrero. En conversación con éste, contóle Simón su reciente encuentro y la gran compra que habían hecho; ver el rústico las reliquias y echarse á reir fué todo uno, y asiendo un cajón lleno de luengos clavos se lo presentó á Roger.

—Mirad, le dijo, si vuestro clavo no es uno de estos y si los cascorros y astillas del santo varón no proceden del montón aquel que está á mi puerta y donde yo mismo se los ví tomar no hace dos horas y meterlos en su zurrón. El clavo me lo pidió él mismo y yo se lo dí. ¡Por vida de! Sobrado crédulos sois para soldados.

Oir aquello y echar á correr en busca del tramoyista viejo fué todo uno. Á poco lo vieron en lo alto de una cuesta que formaba el camino, pero también los divisó él á buena distancia y suponiendo la embajada que llevaban, prescindió de su ceguera y dejando el camino se metió por los jarales y ganó el bosque, dejando más que mohinos á los tres amigos, tan bonitamente burlados.

CAPÍTULO XXVI DONDE SE AVERIGUA QUIÉN ERA EL MISTERIOSO PALADÍN

EN Aiguillón, á donde llegaron aquella noche, los esperaban el barón de Morel y el risueño Gualtero, cómodamente instalados en la hostería del Bâton Rouge. El noble inglés sostenía interesante coloquio con un afamado caballero del Poitou, Gastón de Estela, que acababa de llegar de Lituania, donde había servido con los caballeros teutones á las órdenes del gran maestre de Marienberga. Complacidísimo el señor de Morel con aquel encuentro, se pasó las horas muertas hablando de campañas, asedios, justas y aventuras y amanecía cuando se despidió del de Estela. No le impidió esto ponerse en camino á la temprana hora que había fijado la víspera, y dejando en Aiguillón el curso del Garona, tomó con sus cuatro acompañantes por la orilla del Lot, no ya en dirección de Montaubán sino de Villafranca, por donde, según noticias recogidas en el camino, andaban sueltos unos arqueros ingleses más malos que Caín y que desde luego supuso eran los mismos á quienes buscaba y de quienes era capitán. Numerosos indicios revelaban la agitación y el estado de alarma predominantes en aquella comarca y más de una vez se vió cercada y detenida la pequeña cabalgata por numerosos grupos de vecinos armados, á quienes tuvieron que dar cuenta del objeto de su viaje, so pena de hacerse sospechosos y verse metidos en un mal lance.

—Bien se echa de ver que la paz de Bretigny no ha procurado gran sosiego á esta región, dijo el señor de Morel. En ella parecen haberse congregado cuanto malsín y aventurero quedaron por Francia y Aquitania después de la guerra, gente sin fe ni ley que vive del despojo y la violencia. Aquellas altas torres que allí véis pertenecen á la villa de Cahors, y más allá queda la tierra de Francia.

En Cahors descansaron los caminantes, sin incidente ni aventura que merezcan relato aparte, y al dejar aquella población se apartaron también de las orillas del río, tomando una senda estrecha y tortuosa que atravesaba extensa y desolada llanura. Limitábala por el sur frondoso bosque, al salir del cual anunció el barón á sus escuderos que habían dejado atrás los dominios de Inglaterra y pisaban el territorio francés. Por todas partes se veían montones de ruinas, árboles y campos quemados, viñedos cubiertos de piedras, puentes destrozados y aquí y allá un castillo ó un monasterio convertidos en escombros; señales por doquier del asolamiento y la rapiña. Aquel espectáculo contristó el ánimo de los viajeros y el barón empezó á preguntarse con recelo si en tal yermo hallaría provisiones para su pequeña tropa. Grande fué por lo tanto la satisfacción de hidalgos y arqueros al notar que el sendero desembocaba en ancho camino y que á poca distancia del cruce se veía una casa intacta, grande y cuadrada, una de cuyas ventanas ostentaba la enorme rama seca que anunciaba un mesón ó paradero.

—¡Ya era tiempo, vive Dios! exclamó el barón regocijado. Adelántate, Roger, y dí al dueño de esa hostería ó taberna ó lo que sea que prepare alojamiento para un caballero inglés y sus servidores.

Picó Roger espuelas á su caballo y llegó á la puerta de la casa, dejando á sus compañeros á un tiro de ballesta. No viendo alma viviente, empujó la entornada puerta, entró en el zaguán y llamó á gritos al mesonero. Ni por esas; y como no era cosa de quedarse plantado allí, el joven escudero se coló bonitamente en una gran pieza que á la izquierda quedaba y en cuyo hogar chisporroteaban y ardían con alegre llama unos gruesos troncos. Junto al fuego y sentada en un sillón de baqueta de altísimo respaldo, hallábase una dama cuya edad no pasaría de los treinta y cinco, y cuyos ojos, cejas y cabellos negrísimos contrastaban con la extremada blancura de la tez. Pero más que su hermosura llamaban en ella la atención su aire majestuoso y digno y la expresión grave y pensativa del semblante. Sentado frente á ella en un escabel se hallaba un hidalgo de robusta apariencia, cuyos anchos hombros cubría holgada capa negra y que tenía puesta una gorra de terciopelo negro también, con rizada pluma blanca. Sobre la tosca mesa cercana se veían un jarro de vino y un cubilete de estaño, que el hidalgo llenaba y vaciaba de cuando en cuando; al entrar Roger se ocupaba en partir y comer nueces, de las que había un plato lleno sobre la mesa y cuyas cáscaras arrojaba entre las llamas del hogar. Volvió un tanto el rostro para mirar á Roger y éste contempló con sorpresa unas facciones deformes, cruzadas de cicatrices, unos ojillos verdosos y la nariz abollada y torcida como si hubiera recibido tremendo golpe.

—¿Sois vos el que así vocea? exclamó con voz gutural y desabrido acento. ¿Habráse visto jovenzuelo con más frescura y menos miramientos? Ganas tengo de coger mi látigo y daros una lección que bien necesitáis.

El asombro de Roger creció de punto, sobreponiéndose á su indignación y por algunos instantes permaneció inmóvil, mirando al insolente caballero y sin saber cómo contestarle en presencia de la dama. En aquel momento llegaron á la puerta el barón, Gualtero y los dos soldados y echaron pie á tierra; mas apenas oyó el desconocido sus voces y la lengua en que hablaban, enfureciósele el rostro y arrojando con fuerza al suelo el plato de nueces empezó á dar voces desaforadas llamando al hostalero. Acudió éste pálido y temblando y dirigiéndose á la puerta de la casa dijo en voz baja á los recién llegados:

—No lo encolericéis, mis buenos señores, por el amor de Dios lo pido.

—¿Qué decís? ¿De quién se trata? preguntó el barón.

Antes de que Roger pudiera explicarse resonó de nuevo la voz del irritado huésped:

—¿Pero qué sentina es ésta? gritó. ¿No os pregunté al llegar, posadero de los demonios, si estaba vuestra casa limpia de sabandijas, para que pudiera alojarse en ella mi noble esposa sin asco ni molestias?

—Y os contesté, poderoso señor, que está limpia como una patena, replicó el otro humildemente.

—¿Pues cómo se entiende, bellaco, que apenas llegados á ella oigamos ya la charla de esos condenados ingleses? ¿Qué peores ni más dañinas sabandijas para un buen caballero francés? ¡Que se larguen pronto, maese, y de lo contrario, tanto peor para ellos y para vos!

No se lo hizo repetir el posadero, que salió corriendo de la estancia, á tiempo que la dama protestaba dulcemente contra el violento lenguaje del caballero.

—¡Por amor de Dios! dijo el atribulado posadero á los ingleses, hacedme la merced de seguir vuestro camino. Villafranca no dista más de dos leguas y allí encontraréis cómodo alojamiento en la posada de Anjou.

—No haré yo tal, dijo el barón de Morel, sin ver antes á quien así habla y decirle dos palabras. ¿Cuáles son su nombre y sus títulos?

—Imposible nombrarle, señor, sin su permiso. Pero ved que si entráis montará en ira y entonces.... Creedme, mi buen señor; ¡no sabéis de quién se trata! Discreto sois, avisado estáis; ¡seguid, por merced, vuestro camino!

—¡Calle el ventero! exclamó furioso ya el noble inglés. Ó mejor, id á decir á ese tan formidable caballero que aquí está y aquí se queda el barón León de Morel, porque así le place y sin que él ni nadie sea osado á impedírselo. ¡Id!

Azorado el pobre hombre y sin saber á qué santo encomendarse, dió algunos pasos por el zaguán, cuando se abrió de golpe la puerta interior y apareció el furibundo francés, cerrados los puños y las deformes facciones convulsas por la ira.

—¡Todavía estáis ahí, perros ingleses! gritó. ¡Mi espada, venga mi espada! Pero en aquel instante se fijaron sus ojos en el escudo blasonado del barón, sostenido por Tristán, y después de contemplarlo un instante suavizóse la expresión de su semblante y apareció en sus labios una sonrisa.

—¡Mort Dieu! exclamó, ¡pues si es mi espadachín de Burdeos! Las cinco rosas. Motivos tengo para recordarlas desde que las ví, no hace tres días, en las justas del Garona. ¡Ah, señor León de Morel, tengo contraída con vos una deuda! y al decir esto señaló su hombro derecho, vendado con un pañuelo de seda.

Pero la sorpresa del desconocido al ver al barón no pudo compararse con la de éste. Miró fijamente al herido y por fin exclamó con acento que revelaba su profundo regocijo:

—¡Bertrán Duguesclín!

—El mismo que viste y calza, replicó el otro riéndose. Bien hice, á fe mía, en ocultar el rostro allá en Burdeos, pues quien lo ve una vez jamás lo olvida. Yo soy, señor de Morel, y hé aquí mi mano, que jamás estrechará otras manos inglesas que la vuestra y la de Chandos.

—No soy joven, repuso el barón, y las guerras han añadido algunos años á los que ya tengo, pero hasta ahora no me había otorgado el cielo la merced y la honra de cruzar mi espada con otra de tan limpia y merecida fama como la que me opusisteis vos en la liza de Burdeos. ¡Feliz yo mil veces! Imposible me parece todavía haber tenido tan alta honra.

—¡Voto á! Motivos me habéis dado para no dudarlo, querido barón, dijo el famoso guerrero con gran risa. Pero venid, y entren también vuestros escuderos. No quiero privar á mi amada compañera del placer de ver en vos á un modelo de nobles, aunque inglés, y á un guerrero famoso.

Recibiólos la noble dama con bondadosa sonrisa y á los pocos minutos de conversación se había conquistado ya todo el respeto y toda la admiración de Morel y sus escuderos. Con el aire de una reina y las maneras de la más aristocrática dama, poseía un tacto incomparable, un encanto que á todos seducía. Únase á esto el misterio de que la rodeaba la creencia general de que poseía una facultad sobrenatural, la de adivinar y predecir lo futuro y se comprenderá la impresión vivísima que produjo en los tres hidalgos ingleses.

El mismo Duguesclín observaba con evidente satisfacción el interés que en ellos despertaban la conversación amena de su esposa, sus puras y elevadas ideas y la ilustración nada común de que daba clara muestra sin la menor pesadez ni afectación.

—Perdonad, dijo por fin el guerrero francés. Tan noble y grata compañía merece digno albergue y este ventorrillo no puede ofrecéroslo para pasar la noche. Aprovechemos el poco tiempo que nos queda para montar á caballo y llegar al castillo de Tristán de Rochefort, situado á una legua de Villafranca y al cual nos dirigíamos cuando resolvimos descansar aquí algunas horas. Es el señor de Rochefort antiguo compañero de mis campañas y hoy senescal de Auvernia.

—Y os recibirá en palmas, á no dudarlo, dijo el barón. Mas ¿qué pensará el senescal de nuestra llaneza?

—Pues os bendecirá cuando sepa que venís á limpiar la comarca de esos tunantes uniformados que la devastan. ¡Á caballo, señores! Y vos, maese, aquí tenéis unas monedas de oro; si algo sobra, tenédselo en cuenta al primer caballero necesitado que por aquí aporte.

Momentos después cabalgaban ambos señores y la dama entre ellos, escoltados por el joven Pleyel. Habíase retardado Roger en el mesón llamando á los arqueros, cuando oyó una voz angustiada pidiendo favor á gritos. Acercóse á la puerta de la estancia de donde procedían las voces y se halló de manos á boca con Simón y Tristán, que se reían á carcajadas y se dirigieron apresuradamente á la puerta del caserón, donde los esperaban sus monturas. Entró Roger en la habitación y quedó atónito al ver que de un fuerte garfio de hierro pendiente del techo colgaba un hombrecillo que era quien tan desaforadamente gritaba. El garfio lo tenía sujeto por el cinto y el infeliz manoteaba y perneaba como un poseído.

—¡À moi, mes amis! seguía berreando, cárdeno el rostro. ¡Favor al campeón del Obispo de Montaubán! ¡À moi!

Llegó el ventero en aquel instante, precipitóse con Roger en auxilio del colgado, para lo cual tuvieron que subirse sobre la pesada mesa de encina en la que se veían los restos del refrigerio de ambos arqueros, y no sin trabajo lograron desenganchar al campeón del obispo.

—¿Se ha ido? preguntó apenas puso los pies en el suelo.

—¿Quién?

—El gigante, el monstruo de la cabellera roja.

—¡Ah, vamos! Tristán el arquero. Sí, se ha ido, dijo Roger.

—¿Y no volverá?

—No.

—¡De buena ha escapado! exclamó el hombrecillo dando un suspiro de satisfacción. ¡Cobarde! ¡Atreverse conmigo y huir! ¡Ah, de haberme esperado hubiera hecho con él un escarmiento, como hay Dios, para ejemplo de pícaros!

—Permitidme, señor de Pelisier, dijo el ventero, que ponga á vuestra disposición mi caballejo, con el cual no tardaréis en alcanzar al descortés arquero.

—Ni pensarlo, exclamó apresuradamente el fanfarrón. Tengo estropeada una pierna desde el día en que maté á tres enemigos, en el combate de Castelnau.

—¡Pues corro á buscarlo yo mismo, para que lo castiguéis cual se merece quien de tal suerte ofende á mi buen parroquiano, el señor Oscar Reginaldo Bombardón de Pelisier!

—¡Pas si vite, mon ami! Yo sabré buscarlo en su día. Imaginaos el destrozo que sufriría vuestra hacienda si ese gigante y yo trabásemos aquí descomunal combate.

En aquel momento se oyó el trote de un caballo que se detuvo á la puerta de la hostería, palideció el prudente Pelisier y se agazapó bajo la mesa, á tiempo que se oía la voz de Gualtero llamando á Roger. Dejó éste la venta con su compañero y pronto alcanzaron á los dos arqueros.

—Bonita manera de tratar al señor Bombardón de Pelisier, dijo Roger á Tristán con fingida severidad.

—No lo hice adrede... comenzó á decir el mocetón, á la vez que Simón prorrumpía en sonoras carcajadas.

—¡Por el filo de mi espada! exclamó. Fanfarrón más insoportable no espero volver á verlo en mi vida. Se negó á comer y beber con nosotros y aun á dirigirnos la palabra. Después empezó á contar sus proezas á las vigas del techo y acabó diciendo que había matado más ingleses que pelos tenía en la cabeza. Iba yo á despanzurrarlo de un puntapie, cuando este mameluco alargó su manaza y agarrando á Bombardón me lo colgó del gancho como un cochinillo ó un trozo de cecina. ¡Por vida de! ¡Ja, ja, ja!

Reíanse todavía de la aventura los cuatro amigos cuando alcanzaron á su capitán y poco después llegaron todos al castillo de Rochefort, cuyas puertas se les abrieron de par en par apenas oyeron los que las guardaban el nombre de Bertrán Duguesclín.

CAPÍTULO XXVII VISIÓN PROFÉTICA

TRISTÁN de Rochefort, senescal de Auvernia y señor de Villafranca, había encanecido peleando contra los invasores ingleses y desde que se firmó la paz no había tenido punto de reposo, persiguiendo á las partidas de aventureros, salteadores y vagos que infestaban la comarca de su mando. De aquellas excursiones regresaba unas veces vencedor, con una docena de prisioneros que no tardaban en aparecer ahorcados sobre los muros de la fortaleza; y otras se le veía volver huyendo y perseguido de cerca por desertores y bandidos de todas razas y cataduras. Odiado por sus enemigos, lo era también por los mismos á quienes gobernaba y defendía, pues aparte de su dureza y despotismo no le perdonaban los azotes y las torturas con que les había obligado á pagar su propio rescate, las dos veces que los ingleses lo habían hecho prisionero.

Su residencia era una sombría fortaleza de sólidas murallas y con alta torre almenada en su centro. Numerosa era la guardia que nuestros viajeros hallaron á la puerta del castillo, pero la doble águila de Duguesclín ofrecía por entonces el mejor salvoconducto para viajar en aquella turbulenta región y era también llave de oro capaz de abrir todas las fortalezas de Francia. El noble veterano acudió presuroso á recibir á su amigo y compañero de armas; y fué grande su júbilo al saber que el acompañante de Duguesclín no tardaría en librar al país de aquellos endemoniados arqueros ingleses que más de una vez habían puesto en fuga á los soldados del senescal enviados contra ellos.

Una hora después tomaban asiento en torno de la bien servida mesa los tres nobles guerreros y las damas de Duguesclín y Rochefort, alegre y amable esta última y mucho más joven que su dueño y señor; otros dos huéspedes del senescal eran Amaury de Monticourt, de la orden de los Hospitalarios y Otón Reiter, caballero bohemio de gran fama, y también tomaron asiento con sus señores cuatro escuderos franceses, los dos de Morel, Roger y Gualtero y el capellán de la fortaleza. Larga y alegre fué la cena, sin que uno siquiera de los comensales se acordase de los rencorosos y hambrientos pecheros que en aquellos mismos instantes, ocultos entre la maleza, contemplaban desde lejos y con ideas de venganza y muerte las ventanas iluminadas del castillo.

Levantados los manteles, tomaron cómodo asiento los huéspedes del senescal en torno de un gran fuego, porque estaba la noche desapacible y fría. El señor de Rochefort manifestó como de costumbre el desprecio que le inspiraban los que él llamaba guardadores de cerdos y soeces villanos; defendió el bondadoso capellán á las pobres gentes del pueblo; comentóse la osadía creciente de los pecheros y su menguante respeto por los privilegios de la nobleza y en amena plática pasaron agradablemente las horas. Rato hacía que Roger contemplaba con interés y no sin alguna alarma el rostro de la noble esposa de Duguesclín, que hundida en su sillón parecía últimamente ajena á cuanto en torno suyo se decía, brillantes los ojos, fija la mirada y empalidecidas las mejillas. Notó Roger que Duguesclín observaba también á su esposa, inquieto y trémulo.

—¿Qué tenéis, esposa mía? le preguntó.

—Nada, Bertrán, dijo ella con voz apagada y sin apartar los ojos del muro opuesto en que fijos los tenía. Pero allí... una visión....

—Me lo temía, dijo el célebre guerrero francés. Os debo una explicación, señores. Mi buena esposa está dotada de una facultad profética que se manifiesta en ella de tarde en tarde y le permite predecir determinados acontecimientos futuros. Misterio es éste incomprensible para mí, pero ese poder extraordinario había hecho ya la admiración de todos allá en Bretaña, mucho antes de que yo viese por primera vez á mi Leonor en Dinán. Lo que puedo aseguraros es que ese dón suyo procede del cielo y no del espíritu del mal, que es lo que constituye la diferencia entre la magia blanca y la magia negra. Y por indicios que me son harto conocidos, comprendo que mi buena compañera se halla al presente en uno de esos momentos lúcidos. La última vez que la ví en el mismo estado, la víspera de la batalla de Auray, me predijo que el siguiente día sería fatal para mí y para Carlos de Blois. Veinte y cuatro horas después había muerto éste y veíame yo prisionero del señor de Chandos....

—¡Bertrán, Bertrán! llamó la vidente con dulce voz.

—Decidme, amada mía, qué me reserva la suerte.

—Un peligro grande te amenaza, Bertrán, en este mismo instante.

—¡Bah! Un soldado está siempre en peligro, dijo el gran campeón francés con tranquila sonrisa.

—Pero tus enemigos se ocultan, se arrastran, te rodean en este momento. ¡Ah, Bertrán! ¡Guárdate!

Tal expresión de terror manifestaban sus facciones descompuestas y los ojos desmesuradamente abiertos, que Duguesclín miró rápidamente en torno de la sala, clavó la vista por breves instantes en los tapices que cubrían las paredes y luégo en los anhelantes rostros de sus amigos.

—Esperaré ese peligro si él no me espera á mí, dijo. Y ahora, Leonor, habla. ¿Cuál será el término de la guerra de España?

—Apenas puedo ver lo que allí sucede. Espera.... Grandes montañas y más allá una extensa y árida llanura, el chocar de las armas, los gritos del combate. El fracaso mismo de tu misión en España te dará el triunfo en definitiva....

—¿Qué decís á eso, barón? Amargo y dulce á la vez, ó como si dijéramos, un favor y un disfavor. ¿No queréis hacer vos mismo alguna pregunta?

—Si me lo permitís. ¿Os place decirme, señora, qué sucede allá en el castillo de Monteagudo?

—Para contestar á esa pregunta necesito posar mi mano sobre una persona cuya memoria y cuya mente estén fijas de continuo en ese castillo de que habláis. ¿Vuestra mano? No, barón; otra persona hay aquí cuyo pensamiento permanece fijo en Monteagudo aun con más insistencia que el vuestro....

—Me asombráis, noble señora, balbuceó Morel.

—Acercáos, joven de los rubios cabellos rizados, dijo doña Leonor extendiendo la diestra en dirección de Roger. Poned vuestra mano sobre mi frente. Así, esperad. Una niebla espesa de la cual se destaca enorme torre cuadrada; la niebla se disipa, ya veo las murallas, la fortaleza toda, en una verde colina, con el río á sus pies, las olas del mar á distancia y una iglesia á tiro de ballesta de las almenas. Junto al río se alzan las tiendas de los sitiadores.

—¡Los sitiadores! exclamaron á la vez el barón, Gualtero y Roger.

—Sí, que asaltan los muros con vigor. Ya plantan las escalas y disparan un nublado de flechas. Allí su jefe, alto y hermoso, con luenga barba rubia, lanza á sus soldados contra la maciza puerta. Pero los del castillo se defienden valerosamente. Una mujer, sí, una heroína los manda. Dos, dos mujeres sobre la muralla animan á las gentes de Morel, que devuelven golpe por golpe y lanzan grandes piedras sobre sus enemigos. Cayó el jefe de éstos y sus soldados retroceden, huyen, todo se obscurece, nada más veo ya....

—¡Por San Jorge! exclamó el barón. Apenas puedo creer que Salisbury y Monteagudo sean teatro de tales escenas; pero habéis hecho tan exacta descripción del terreno y la fortaleza que me llenáis de asombro y de temor.

—Aprovechad los momentos si algo más queréis saber, dijo Duguesclín.

—¿Cuál será el resultado de esta larga serie de luchas entre Francia é Inglaterra? preguntó uno de los escuderos franceses.

—Ambas conservarán lo que es suyo, contestó la dama.

—¿Luego nosotros seguiremos dominando en Gascuña y Aquitania? preguntó el señor de Morel.

—No. Tierra francesa, sangre y lengua francesas. De Francia son y ella las reconquistará y conservará.

—¿Pero no Burdeos?

—Burdeos es también Francia.

—¿Y Calais?

—También Calais.

—¡Negra estrella la nuestra si tal sucede! exclamó el barón. ¿Qué le quedará entonces á Inglaterra?

—Permitid, barón; y vos, señora, decidme antes ¿cuál será el porvenir de nuestra amada patria? preguntó lleno de júbilo Duguesclín.

—Grande, rica y poderosa. Á través de los siglos véola al frente de las otras naciones, pueblo rey entre todos los pueblos, grande en la guerra pero más grande aún en la paz, progresiva y feliz, sin más monarca que la voluntad de sus hijos, una desde Calais hasta los azules mares del sur.

—¿Oíslo, señor de Morel? exclamó triunfante el caudillo francés.

—Pero ¿qué de Inglaterra? preguntó tristemente el barón. La profetisa parecía contemplar con profunda sorpresa un cuadro insólito, un espectáculo para ella inesperado.

—¡Dios mío! exclamó por fin. ¿De dónde proceden esos vastos pueblos, esos estados poderosos que ante mí se levantan? Y más allá otros, y otros, allende los mares. Ocupan continentes enteros en los que resuenan los martillos de sus fábricas y las campanas de sus iglesias. Sus nombres, muchos, son ingleses y también la lengua que hablan. Otras tierras, cercadas por otros mares y bajo diverso cielo, pero son también tierras inglesas. La bandera de San Jorge ondea por todas partes, así bajo el sol de los trópicos como entre las nieves del polo. La sombra de Inglaterra se extiende al otro lado de los mares. ¡Bertrán, Bertrán! ¡Nos vencen, porque el menor de sus capullos es más hermoso que la mejor y más perfumada de nuestras flores!

La profetisa dió una gran voz, alzóse del asiento y cayó desvanecida en brazos de su esposo, que dijo conmovido:

—¡Ha terminado la visión, la hora sagrada y misteriosa que revela el secreto de lo porvenir!

CAPÍTULO XXVIII ATAQUE Y DEFENSA DEL CASTILLO DE VILLAFRANCA

MUY tarde era cuando Roger pudo retirarse á descansar, no sin dejar antes cómodamente instalado al barón en la habitación que le había sido destinada. La suya, situada en el piso segundo de la feudal morada, contenía un pequeño lecho para él y tendidos en el suelo dos colchones en los que al entrar Roger dormían y roncaban Simón y Tristán. Rezaba el joven sus oraciones cuando oyó un discreto golpe dado á la puerta y casi en seguida entró Gualtero con un candil, pálido el rostro y temblorosas las manos.

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