GUARDIA BLANCA (continued 4)
Juan L. Iribas translation
—Pues ya que de escuderos habláis, dijo el barón cuando cesó la risa provocada por los recuerdos de Sir Oliver, debo decir á los míos que hoy mismo tendrán brillante ocasión de acreditar su valor y de imitar el ejemplo que les han dejado nobles antecesores. Id á la cámara, muchachos, y traedme mi arnés; el señor de Butrón y yo nos armaremos aquí, sobre cubierta, con vuestra ayuda. Después aprestaos vosotros, por lo que pueda ocurrir y decid á los oficiales que tengan hombres y armas dispuestos á la primera señal. ¿Quién de nosotros mandará en jefe, Sir Oliver?
—Vos, amigo mío, vos. Yo soy guerrero viejo como vos y conozco mi oficio, pero no puedo compararme con el gran capitán que fué un tiempo escudero de Guillermo de Marny. Lo que hagáis estará bien hecho.
—Corriente y gracias. Vuestro pabellón ondeará en la proa y el mío á popa. Os daré como vanguardia vuestros cuarenta hombres y otros tantos arqueros míos. Cincuenta hombres más con mis escuderos formarán la guardia de popa. Los demás en el centro y á los costados del barco, á excepción de una docena armados de arcos y ballestas, que irán á las cofas. ¿Qué os parece la distribución?
—Inmejorable. Pero aquí me traen mi armadura y el ponérmela es ya para mí tarea larga y difícil.
Entretanto se notaba gran movimiento á bordo, los arqueros y hombres de armas formaban en grupos sobre cubierta, examinando aquéllos sus arcos y atendiendo á los consejos que les daban el sargento Simón y otros veteranos, expertos en el manejo de la temible arma.
—Firmes, muchachos y que no se mueva nadie de donde yo lo ponga, iba diciendo Simón de grupo en grupo. Mientras tengáis un buen arco en la mano no hay pirata que se acerque. Y sobre todo, no olvidéis que en cuanto se suelta una flecha ya debe estar la otra en la mano y en la cuerda. Esta ha sido siempre la regla en la Guardia Blanca.
—Y digo yo, amigo Simón ¿no es también regla el dar á cada soldado medio cuartillo de vino mientras espera á los piratas con el gaznate seco? preguntó Tristán de Horla.
—Eso vendrá después, borrachín, pero ahora hay que ganarlo. Cada uno á su puesto, que ó mucho me engaño ó apuntan por allí dos mástiles, tras las Agujas de Coves.
Arqueros y hombres de armas se tendieron sobre cubierta, en cumplimiento de las órdenes del barón. Cerca de la proa colgaba de una robusta lanza el escudo de armas de Butrón, una cabeza negra de jabalí en campo de oro, y en el centro de la proa Reno el veterano clavaba el estandarte con las cinco rosas de Morel. Cubrían el centro de la nave los atezados marinos de Southampton, gente aguerrida toda, armada con hachas de abordaje, mazas y picas. Su jefe el capitán Golvín hablaba con el barón á popa, escudriñando ambos el horizonte y vigilando el velamen y los dos timoneles.
—Dad orden, dijo el barón, de que ningún soldado ni marino se deje ver hasta que el clarín les mande tender los arcos. Conviene que esos corsarios tomen al Galeón por un barco mercante de Southampton que huye al descubrir sus naves.
—¡Allí están! ¿No lo dije yo? exclamó el capitán volviendo apresurado junto al barón después de transmitir su orden. Ved las dos galeras balanceándose plácidamente en la bahía exterior de Coves, y mirad también en tierra, hacia el este, la humareda que levantan sus últimos incendios. ¡Ah, perros! Ya nos han visto; las lanchas de los incendiarios se apartan de la costa á todo remo, dirigiéndose á sus galeras, que Dios confunda. ¡Y qué multitud á bordo! Parece aquello un hormiguero. Os repito, señor barón, que la empresa pudiera muy bien resultar superior á nuestras fuerzas. Esos buques piratas son de primer orden y sus tripulantes gente desesperada, que lucha hasta morir.
—Pues amigo, os envidio la buena vista que tenéis, contestó el señor de Morel con imperturbable calma, guiñando sus ojillos irritados. Por lo pronto, hacedme la merced de decir á la gente que hoy no se da cuartel á nadie. Tratándose de esas fieras, no quiero prisioneros. ¿Tenéis á bordo un sacerdote ó un religioso?
—No, señor barón.
—No importa. La Guardia Blanca se puede pasar sin ellos, porque los tengo á todos bien confesados desde Salisbury y maldito si han tenido ocasión de cometer fechorías desde que emprendimos la marcha. Pero á la verdad, lo siento por el contingente de Vinchester que manda mi noble amigo de Butrón, pues según noticias y señales, es gente díscola y la han corrido en grande estos días. Á ver, dad orden de que recen todos un padrenuestro y un avemaría mientras esperan la señal de ataque.
No tardó en oirse el prolongado murmullo de todas aquellas preces, dichas con singular recogimiento por arqueros, marinos y hombres de armas tan devotos como valientes. Muchos de ellos sacaron cruces y reliquias que besaron fervientemente, tendidos sobre cubierta y sin mostrarse al enemigo.
El Galeón Amarillo había abandonado las aguas del Solent y se alejaba de la costa á toda vela, cortando pesadamente las espumosas olas. En su seguimiento se habían lanzado las dos naves piratas, pintadas de negro, de corte estrecho y largo, que contrastaba con la mayor altura y rotunda forma del galeón á que daban caza. Parecían dos lobos hambrientos en seguimiento de su presa.
—Pero decidme, señor barón. Esos perros han visto ya el escudo y pendón que llevamos á proa y popa y saben que tenemos dos nobles á bordo, dijo Golvín.
—Ya había pensado yo en ello, pero no es de caballeros ni de jefes de tropas reales el ocultar su presencia. Se dirán que os dirigís á Gascuña y habéis recibido nobles pasajeros con destino al cuartel general de nuestro príncipe. ¡Cómo acortan la distancia! Á juzgar por su aspecto y el nuestro diríase que dos halcones se preparan á caer sobre inocente paloma. Pero no es maravilla que nos alcancen tan pronto, con su triple hilera de remos, al paso que nosotros sólo tenemos las velas. ¿Véis alguna señal ó bandera á bordo de esos barcos?
—En la vela mayor del de la izquierda hay pintada una enorme cabeza negra, respondió el capitán.
—Es la galera del cruel pirata normando y la primera vez que la ví fué en Chelsea. También lo ví á él, Cabeza Negra, en medio del combate. Es un gigante con la fuerza de seis hombres y los crímenes de sesenta sobre la conciencia.
—Sólo á un bárbaro como él se le ocurriría entrar en combate con dos infelices colgados de las vergas de su buque. ¿Los véis?
—Así es en efecto, replicó el barón. La Virgen de Embrún me concederá la merced de ahorcarlo también á él dentro de pocas horas. ¿Qué insignia es aquella en las velas del otro pirata?
—La cruz roja de Génova.
—Lo que prueba que tenemos allí al barbudo Tito Carleti, tan valiente y casi tan malo como su compañero de piraterías. Ese genovés pretende que no hay en el mundo arqueros ni soldados como los suyos y tenemos que probarle lo contrario.
—Se lo probaremos, asintió el animoso capitán. Pero entre tanto, bueno será que los arqueros y ballesteros escogidos de antemano suban á las cofas disimulando su presencia y su número lo más posible. Las tres anclas están ya en el centro del buque, con veinte pies de cable cada una y sólidamente amarradas al palo mayor, con cuatro buenos marineros á cargo de cada ancla. Según vuestras órdenes, diez hombres distribuídos á lo largo de la cubierta, con pellejos llenos de agua, cuidarán de apagar todo fuego que puedan producir las flechas incendiarias si las usan esos bandidos. Las piedras están también en las cofas, y los arqueros se encargarán de aplastar con ellas á cuanto grupo de piratas se les ponga á tiro.
—Enviadles á más de las piedras cualquier otro objeto pesado que tengáis á bordo, dispuso el barón.
—Pues en tal caso lo mejor será izarles á Sir Oliver, apuntó Gualtero.
—¡Brava ocasión para chanzas! dijo el señor de Morel, con mirada tal que hizo temblar al escudero. Además, no se dirá que un servidor mío ha hecho burla de un noble en mi presencia sin el debido correctivo. Después de todo, continuó reprimiendo con trabajo una sonrisa, demasiado sé que ha sido esa una chanza de muchacho, sin intención aviesa. Sin embargo, Gualtero, debo á vuestro padre Carter de Pleyel el ordenaros que procuréis refrenar la lengua.
—Ataque por babor y estribor á la vez, exclamó el capitán Golvín, viendo separarse los dos barcos enemigos. El normando tiene á proa un pedrero y se preparan á disparar.
—Á ver, Simón, tres arqueros, los mejores que tengas, ordenó el barón; que elijan los arcos más poderosos que haya á mano y den una lección á los artilleros apenas crean que no perderán sus flechas.
—¡Arnoldo, Renato y Jaime, á popa! exclamó enseguida el veterano. Una sangría al primer babieca que toque aquel pedrero. Trescientos cincuenta pasos, á lo sumo. Arnoldo, hijo mío, tú el primero y á ver si te luces. ¿Ves el canalla aquel con la gorra roja? Pues á ensartarlo, antes de que disparen.
Los tres arqueros nombrados, fija la mirada en la proa del barco enemigo, tendían lentamente la cuerda de sus enormes arcos, sin cuidarse ya de si los veían ó no los piratas. El numeroso grupo que éstos formaban se había apartado del pedrero, dejando solos junto á él á dos hombres encargados de dispararlo. El de la gorra roja se inclinó para apuntar, abrió los brazos y cayó de bruces con una flecha clavada en el costado. Casi en el mismo instante recibió el otro pirata un dardo en la garganta y otro en una pierna y quedó retorciéndose sobre cubierta.
Al grito de furor de los piratas respondieron las carcajadas de los arqueros.
—¡Bien, muchachos! gritó Simón. Pero ocultaos de nuevo tras la borda, porque veo que han resuelto aprovechar la lección y tienden red de malla para protegerse contra nuestras flechas. Que nadie asome. No tardaremos en oir silbar las piedras de esos jayanes.
CAPÍTULO XVI DEL COMBATE ENTRE EL GALEÓN AMARILLO Y LOS DOS PIRATAS.
EL supuesto barco mercante y sus dos perseguidores se dirigían rápidamente hacia el oeste, dejando al norte la costa de San Albano. No se divisaba otra vela en todo el horizonte. Roger permanecía cerca del timón, mirando las galeras enemigas y recibiendo de lleno en el rostro la fuerte brisa del mar que agitaba su rizado cabello rubio. Digno descendiente de tantos famosos guerreros sajones, su corazón latía con violencia y hubiera deseado llegar á las manos con los piratas sin más tardanza.
De pronto le pareció que una voz ronca le hablaba al oído, y volviéndose prontamente dirigió al timonel una mirada interrogadora. El marino, sonriente, señaló con el pie una gruesa saeta clavada profundamente en un tablón á tres pasos de la cabeza de Roger. Pocos segundos después el timonel cayó de bruces y Roger vió en su espalda el asta ensangrentada de otra flecha. Inclinóse para levantar al infeliz y oyó el ruido de los dardos que caían á bordo, semejante al que produce la lluvia de otoño sobre las hojas secas del bosque.
—¡Redes de malla á popa! ordenó el barón.
—¡Y otro hombre al timón! dijo imperiosamente el capitán.
—Tú con diez arqueros entretén á los normandos, añadió el señor de Morel dirigiéndose á Simón y que otros diez hombres de Sir Oliver hagan lo mismo con los genoveses. No quiero revelarles todavía toda nuestra fuerza.
Diez arqueros escogidos mandados por Simón se apostaron enseguida en el lado de la popa por donde avanzaba el barco normando, y los tres escuderos vieron con admiración la calma de aquellos veteranos en tales momentos y la precisión con que obedecían las voces de mando, moviéndose á la vez como si fueran un solo hombre. Sus compañeros, ocultos tras la borda, no les escaseaban las chanzas y los consejos.
—Más alto, Fernán, más alto, que todavía no suben al abordaje. Pégate al arco, Renato; no parece sino que le tienes miedo ó temes que la cuerda te manche el coleto. Ten en cuenta el viento, y no desperdicies flecha.
Entre tanto los dos pedreros enemigos habían tomado la ofensiva, bien protegidos los servidores de ambas piezas por alta red de malla. La primera piedra del genovés pasó silbando sobre las cabezas de los arqueros y cayó al mar; la del pedrero normando mató un caballo y derribó á varios soldados, otra abrió un boquete enorme en la vela del Galeón y la cuarta dió en el centro de la proa y rebotando, arrojó al agua dos hombres de armas de Butrón. El capitán miró fijamente al barón.
—Se mantienen á distancia, dijo, porque nuestros veinte arqueros les han causado grandes pérdidas. Pero nos van á matar mucha gente con sus pedreros.
—Pues una estratagema para que se acerquen, y el barón dió brevemente sus órdenes.
Trasmitidas que fueron éstas, los arqueros empezaron á caer como si la artillería y las flechas de los piratas causasen en ellos grandes estragos. Muy pronto no quedaron más que tres arqueros por banda y los barcos enemigos se acercaron rápidamente, con las cubiertas llenas de una turba horrible que lanzaba gritos de triunfo y blandía sables, hachas, puñales y picas.
—Acuden como peces al cebo, exclamó el barón. ¡Á ellos, soldados, á ellos! El estandarte aquí, á mi lado, y los escuderos á defenderlo. Tened las anclas listas para lanzarlas á bordo de esos condenados. ¡Suenen los clarines y Dios proteja nuestra causa!
Una aclamación unánime le respondió y las bordas del barco inglés aparecieron repentinamente cubiertas de proa á popa por una doble línea de cascos. La turba enemiga lanzó gritos de rabia, sobre todo al recibir el nublado de flechas que lanzaron los arqueros ingleses en el centro de aquella abigarrada multitud, compuesta de hombres de todas cataduras y colores, normandos, sicilianos, genoveses, levantinos y moros. La confusión á bordo de ambos piratas fué espantosa y grande la matanza, pues los arqueros lanzaban sus flechas y dardos desde lo alto del enorme Galeón, que dominaba las cubiertas enemigas. Además, en aquella masa compacta, pronta al abordaje del que creían ser punto menos que inofensivo buque mercante, no se perdía una sola flecha y los piratas caían á montones, muertos ó heridos. En tanto los hombres de armas destinados al efecto habían lanzado dos anclas á bordo de los buques enemigos, para impedirles la retirada y las tres naves quedaron unidas por doble lazo de hierro, cabeceando pesadamente.
Entonces empezó una de esas luchas frenéticas, sangrientas y heróicas, no referidas por ningún historiador, no cantadas por ningún poeta, de las que no queda otra señal ni monumento que una nación poderosa y feliz y una costa no devastada por las depredaciones que un tiempo la asolaran.
Los arqueros habían limpiado de enemigos la proa y popa de ambas galeras, pero los piratas éstos atacaron en gran número el centro del Galeón, cayendo con furia por ambos costados sobre los marinos y hombres de armas y luchando con ellos cuerpo á cuerpo, en confusión tal que los soldados y marineros situados en las cofas no se atrevían á lanzar dardos ni peñascos, temerosos de herir y aplastar á sus propios compañeros. En aquella masa confusa de hombres sólo se veía el brillo de sables y hachas que caían con ruido estridente sobre cascos y armaduras, derribando ingleses, genoveses y normandos, en medio de una gritería espantosa, de un tumulto indescriptible. El gigante Cabeza Negra, cubierto de hierro y con una tremenda maza, anonadaba á cuantos se ponían á su alcance; cada golpe de su maza derribaba una víctima. Por estribor se había lanzado al abordaje con no menos ímpetu el genovés Carleti, bajo de estatura, pero cuyos anchos hombros, robusto cuerpo y membrudos brazos denotaban su fuerza. Á la cabeza de cincuenta italianos escogidos y bien armados se abrió paso casi hasta el mástil del barco inglés y los marinos se vieron cogidos como entre dos muros de hierro por sus fieros asaltantes, dando y recibiendo la muerte sin pedir cuartel.
Pero en aquel instante supremo les llegó el auxilio que tanto necesitaban. El señor de Butrón con sus hombres de armas y el barón seguido de sus escuderos, de Reno, Simón, Tristán de Horla y otros veinte, se lanzaron como leones contra las turbas que por ambos lados habían invadido la cubierta y abriéndose sangriento paso llegaron á lo más recio de la lucha. Roger no se apartó de su señor un solo momento y aunque mucho había oído de sus proezas, nunca hasta entonces había tenido idea de su valor, de su calma en el combate y de la presteza de sus movimientos. Saltaba de uno á otro pirata, derribándolos de una estocada ó un tajo, parando los golpes que le asestaban con el escudo y la espada y llevando el terror entre sus enemigos. Uno de sus golpes alcanzó á Tito Carleti, hiriéndolo en el cuello y por fin el mismo Cabeza Negra resolvió concluir con aquel temible combatiente y lanzándose á su encuentro alzó sobre él la pesada maza. Inclinóse el barón para protegerse mejor con el escudo, al propio tiempo que paraba los golpes del furioso genovés, pero en aquel instante resbaló en un charco de sangre y cayó sobre cubierta. Roger atacó al gigante normando, pero un golpe de la maza de éste hizo pedazos su espada y lo derribó sobre un grupo de muertos y heridos. Iba Cabeza Negra á repetir el golpe, cuando sintió su muñeca cogida como con unas tenazas de hierro y vió á su lado á Tristán, el hercúleo arquero, que doblando hacia atrás el cuerpo del normando, haciendo gala de su increíble fuerza, acabó por romperle el brazo y tenderlo cuan largo era sobre las tablas del puente. Una vez derribado le puso el puñal al rostro por entre las barras de la visera y el temible pirata permaneció inmóvil, único modo de evitar la muerte que tan de cerca le amenazaba.
Desalentados los normandos con la pérdida de su jefe y acosados de cerca, volvieron la espalda y abandonaron el Galeón, saltando atropelladamente sobre la cubierta de su barco, donde empezaron á diezmarlos las flechas de los arqueros ingleses y los peñascos que desde las cofas les lanzaban los marinos. Además, unido firmemente el barco pirata al Galeón por el ancla de éste, pasaron á bordo del normando el señor de Butrón y cincuenta veteranos, en persecución de los fugitivos.
Á estribor continuaba encarnizada la lucha. El genovés y sus secuaces se defendían con vigor, retrocediendo paso á paso ante los furiosos ataques del barón de Morel, Roger, Reno y sus arqueros. Carleti, ronco de ira y de cansancio y cubierto de heridas de las que manaba la sangre en abundancia, volvió á bordo de su buque con los piratas que le quedaban, sin cesar de defenderse y perseguido por una docena de ingleses que se lanzaron al abordaje de la galera. Entonces Carleti abandonó de un salto á sus compañeros, corrió á lo largo de la cubierta y regresando á bordo del Galeón cortó de un tajo el cable del ancla que retenía á su barco. Hecho esto saltó de nuevo sobre la cubierta de su galera, cuyos remeros empezaron á impelirla y apartarla del Galeón.
—¡San Jorge nos asista! gritó Gualtero de Pleyel. ¡El barón está en la galera, peleando con los genoveses! ¡Se lo llevan!
—¡Está perdido! gritó á su vez Froilán de Roda. ¡Saltemos, Gualtero! Ambos jóvenes, de pie sobre la borda del Galeón, se lanzaron al espacio. El desgraciado Froilán cayó sobre los remos de la galera pirata y desapareció entre las olas; más afortunado Gualtero, alcanzó la cubierta del barco enemigo y se unió á los compañeros del barón. Roger quiso seguir á sus dos amigos en defensa de su señor, pero Tristán de Horla se lo impidió á la fuerza.
—¿Cómo has de dar ese salto de muerte, muchacho, si apenas puedes sostenerte en pie? le dijo. Tienes la cabeza llena de sangre.
—¡Mi puesto está al lado del barón! rugió Roger, forcejeando inútilmente.
—Quédate aquí, te digo, y te quedarás á las buenas ó á las malas. Necesitarías alas para llegar á la galera. Esta se alejaba gradualmente.
—¡Mirad qué valor, cómo se defienden, cómo atacan! continuó Tristán siguiendo los detalles de la lucha á bordo del pirata. Los nuestros han limpiado la popa de enemigos y adelantan, con el barón á la cabeza. ¡Bravo Simón, buen golpe! Reno se bate como un tigre. El genovés, aunque bandido, es un valiente, no hay que dudarlo. Ha conseguido reunir á su gente en la proa.... ¡Por la Cruz de Gestas, ya cayó un arquero, y otro! ¡Maldito Carleti! Pero allá va el barón, á dar cuenta de él. ¡Mira, Roger!
—El barón ha caído....
—No, una de sus tretas. Ahí lo tienes otra vez, más brioso que nunca, ¡Qué espada! El jefe pirata retrocede, cae, atravesado de parte á parte. ¡Viva, viva! Los otros huyen, se rinden. Allá va Simón. ¡Por vida de! Ya arría la bandera de la cruz roja, ya iza la de Morel, las cinco rosas.... ¡Viva!
La muerte de Tito Carleti puso fin á toda resistencia y su galera, cambiando de bordada, se dirigió de nuevo hacia el Galeón, saludada por los gritos de entusiasmo de los soldados. El barón y Sir Oliver no tardaron en reunirse sobre la cubierta del barco inglés, y retirada el ancla que lo aferraba á la galera del normando, se hicieron las tres naves á la vela, á corta distancia una de otra. Roger, más débil á cada momento que pasaba, oyó con admiración la voz tranquila del capitán que seguía mandando la maniobra con tanta calma como lo había hecho durante el combate.
—No deja de tener averías bastante graves nuestro pobre Galeón, dijo Golvín al señor de Morel apenas pudo hablarle. La borda destrozada, la vela mayor hecha trizas. ¿Qué dirán los armadores cuando me presente con su barco en tan triste estado?
—Lo triste sería, dijo el barón, que fueseis vos á sufrir por causa mía, sobre todo después de la faena de hoy y de vuestro brillante comportamiento. Nada, os lleváis esas dos galeras como prueba de la jornada y que las vendan los armadores. Con el importe se reembolsarán de los perjuicios que haya sufrido el Galeón Amarillo y el resto que lo guarden hasta mi regreso, para distribuirlo entre todos. No os quejaréis de vuestra parte. Por la mía, debo á la Virgen del Priorato una imagen de plata de diez libras por haberme otorgado la merced de vencer y matar al pirata genovés, cuyo valor y pericia en el manejo de las armas soy el primero en reconocer. ¿Y tú, Roger? ¿Herido?
—No es nada, dijo el doncel con voz débil, quitándose el casco que conservaba claras señales de la poderosa maza del normando. Pero apenas se hubo descubierto, la sangre inundó su rostro y cayó desvanecido.
—Pronto volverá en sí, dijo el noble después de examinarlo atentamente. He perdido hoy un valiente escudero y mal puedo perder otro. ¿Cuántas bajas hemos tenido, Simón?
—Nueve arqueros, siete marinos, once hombres de armas y vuestro escudero el joven señor de Roda.
—¿Y el enemigo?
—Sólo queda con vida el jefe normando. Ahí está, bien agarrotado. Vos dispondréis de él, señor barón.
—Ahórcalo sin tardanza. Hice el voto y hay que cumplirlo. Pero cuélgalo de una verga de su propio barco, que tal fué mi promesa.
Cabeza Negra, aunque herido y con un brazo roto, se había mantenido de pie junto á la borda, entre dos arqueros. Al oir las palabras del barón se estremeció y su rostro se contrajo violentamente.
—¿Ahorcado, yo? exclamó en francés. ¿Muerte de villano, á mí?
—Pues según noticias, dijo el señor de Morel, vos ahorcabais á cuantos caían vivos en vuestras manos, sin distinción de nobles ó plebeyos. Además he hecho voto de colgaros.
—Soy señor de Andelys y corre por mis venas sangre real....
—Sois un pirata desalmado, replicó el barón volviéndole la espalda, á tiempo que dos marineros asían á Cabeza Negra y le echaban el dogal al cuello.
Al sentir la cuerda hizo el jefe pirata un esfuerzo supremo y rompió las ligaduras que ataban sus manos, derribó á uno de los arqueros que le guardaban y asiendo por la cintura con su único brazo sano al marinero que sujetaba la cuerda, lo levantó y se arrojó con él al mar.
—¡Se ha escapado! gritó Simón, corriendo hacia el punto de la cubierta por donde había desaparecido Cabeza Negra.
—Decid más bien que ha muerto, repuso el capitán. Ambos se han hundido en las aguas como un plomo.
—No me pesa, dijo el barón; que si bien no he podido cumplir mi voto, el tal pirata se ha portado como valiente en la lucha, ha muerto como tal y hubiera sido lástima ahorcarlo cual si se tratara de uno de esos menguados que lo acompañaban.
CAPÍTULO XVII EN LA BARRA DEL GARONA
POR dos días navegó el Galeón Amarillo á velas desplegadas, impelido por vientos favorables del nordeste, dejó atrás á Ouessant, punto más occidental de Francia y al tercer día pasó frente á Bella Isla y avistó algunos transportes que regresaban á Inglaterra. Los dos nobles hicieron colgar sus escudos de armas al costado del barco y observaron con el mayor interés las señales con que respondían los transportes y que les indicaban los nombres de aquellos caballeros á quienes las enfermedades ó las heridas hacían regresar á sus hogares en tan críticos momentos.
Por la tarde se notaron señales de próxima tempestad que alarmaron profundamente al capitán Golvín, pues no sólo había perdido la tercera parte de sus marineros sino que la mitad de los restantes estaban á bordo de las dos galeras apresadas; y unido esto á las averías sufridas por su propio barco, lo ponían en muy malas condiciones para arrostrar las tempestades de aquella peligrosa costa. El viento sopló con violencia toda la noche, imprimiendo al pesado transporte fuertes balances. Roger, aunque debilitado por la pérdida de sangre, subió sobre cubierta al despuntar el día, prefiriendo que lo mojaran las olas á continuar encerrado en los estrechos y obscuros camarotes, nauseabundos y llenos de ratas. Asido á una driza, contempló con emoción el espectáculo del mar alborotado, cubierto de innumerables olas y reflejando el negro color de las nubes. Las dos galeras apresadas seguían al Galeón á corta distancia, luchando también con el viento y las olas. Á la izquierda, entre la bruma, se veía la tierra de Francia, aquella tierra donde sus antepasados habían derramado su sangre y conquistado imperecedera gloria; Francia, patria de tantos famosos caballeros, de tantas beldades, teatro de altos hechos inolvidables y asiento de los grandes monumentos, del arte, el lujo y la riqueza. En presencia de aquella costa francesa besó Roger el preciado velo que le diera la bella Constanza de Morel, y besándolo hizo el juramento de conquistar con su valor fama digna de tan noble dama, ó perecer en la demanda. Sacóle de sus meditaciones la ronca voz del capitán, que dominando el tumulto de los elementos, le gritó:
—Mal gesto tenéis, señor caballero, y no me extraña, que yo mismo con haber navegado desde la infancia, no recuerdo haber visto nunca promesa tan segura de una tempestad deshecha. Mal día y peor noche nos esperan.
—Otros eran mis pensamientos, dijo el escudero, muy ajenos á la tempestad que nos amaga.
—Disponed de mí, si en algo puedo serviros. Pero hablando de pensamientos, no son menos negros los que me asaltan al figurarme las dificultades de mi viaje de vuelta; vientos contrarios, la vela mayor partida en dos, muertos la tercera parte de mis marineros, y el barco con averías y boquetes por todos lados. Creo que antes de llegar de nuevo á Southampton hemos de vernos convertidos en arenques salados, á juzgar por la cantidad de agua que espero embarcar en cuanto ponga la proa á Inglaterra.
—¿Y qué dice á ello mi señor?
—Abajo está, ayudando á su amigo á descifrar blasones. Lo único que me contesta es que no le hable de tales pequeñeces. ¡Pequeñeces! Pues ¿y Sir Oliver? En cuanto le digo que me faltan marineros me contesta que los guise á todos con salsa de Gascuña. Me dirigí á los arqueros. ¡Que si quieres! Allá se están las horas muertas jugando á los dados, presididos por el sargento Simón y Reno, y el gigantón cabeza roja que le rompió el brazo al pirata. "Mirad que el Galeón éste se va á hundir de un momento á otro," les digo. Y maldito lo que se les importa. "Esa es cuenta vuestra, mal capitán," me dice uno. "Seis y blanco," gruñe otro. Y ese Simón que Dios confunda acaba por mandarme al demonio. ¡Desde aquí se les oye, manada de tiburones!
En efecto, á pesar del rumor del viento y de las olas, llegaba hasta ellos el eco de los juramentos y las carcajadas de los jugadores que llenaban la proa.
—Si yo puedo ayudaros... propuso Roger.
—Bastante tenéis que hacer con cuidar vuestra averiada cabeza, ó lo que de ella os queda gracias al capacete que aguantó lo mejor del golpe. Pero cuanto puede hacerse por ahora está hecho; tapada con velas y cables entrelazados la brecha de estribor, sólo falta ver lo que sucederá cuando cambiemos de rumbo para evitar las rocas y bajíos de la costa, á la cual nos vamos acercando demasiado. Aquí viene el barón y á fe mía que llega á tiempo.
—No toméis á desaire mi distracción, maese Golvín, dijo el caballero, andando con dificultad á consecuencia de los balances del barco. Estaba muy preocupado con una difícil cuestión heráldica, sobre la cual quisiera oir vuestra opinión, Roger. Se trata de los cuarteles del escudo perteneciente á la familia de Sosire, cuyo jefe Sir Leiton es mi tío, casado con la viuda de Sir Enrique Oglander, de Nunvel. La delimitación de esos cuarteles ha sido cuestión muy debatida entre cuantos entienden de blasones. ¿Qué tal vamos, capitán?
—Me preocupa el estado de la nave, señor barón. Tendremos que orzar muy pronto y en cuanto lo intente empezará el pobre Galeón á embarcar agua.
—¡Que llamen enseguida á Sir Oliver! gritó el barón.
Poco después llegaba á popa el obeso caballero, resbalando á cada paso, agarrándose á la borda, á las drizas y á cuanto se le ponía á mano, abotargado el rostro y maldiciendo su suerte.
—¿Qué barco es éste, señor capitán, exclamó entre dos balances, en el que un honrado caballero no puede dar un paso sin exponerse á partirse el alma? Si ha de continuar mucho tiempo esta danza, ponedme á bordo de uno de esos piratas, que más saltarines que vuestra nave no pueden ser, á buen seguro. Cuando ya no podía tenerme de debilidad, me senté ante un frasco de malvasía y un jigote de carnero, y al primer bandazo se me vino encima el frasco, poniéndome de perlas ropilla y calzas, y el guiso fué á dar con salsa y todo en el santo suelo. Allá quedan mis pajes corriendo tras él, como lebreles en seguimiento de una cierva. ¡Rayos del cielo, qué galera ni qué tarasca!... Pero ¿me habéis llamado, amigo Morel?
—Para oir vuestra opinión, desgraciado y hambriento caballero. Aquí tenéis á maese Golvín temeroso de que si vira de bordo el Galeón empezará á hacer agua.
—Pues que no vire, la cosa es clara. Y con vuestra venia, barón, me vuelvo á ver qué hacen aquellos tunantes de pajes....
—Pero es que si no viramos iremos á dar en las rocas antes que os sentéis de nuevo á la mesa, dijo el capitán.
—Pues entonces, virad, con mil de á caballo, gruñó el señor de Butrón. ¿Permitís, amigo barón?
En aquel instante se oyó la voz de los vigías: "¡Rocas á proa!" En el centro de una ola enorme, á cien varas de distancia, aparecieron las obscuras piedras de un arrecife, cubiertas de espuma. El capitán se lanzó al timón y comenzó á dar voces de mando, los marineros practicaron las maniobras sin perder momento, giró el botalón con prolongado chirrido y el galeón cambió de rumbo, á cortísima distancia de los amenazadores peñascos.
—No creo poder salvarlos á tiempo, rugió el capitán aferrado al timón. ¡San Cristóbal nos valga!
—Pues en tan gran peligro estamos, quiero que ondee mi pabellón sobre cubierta, dijo el barón tranquilamente. Id á buscarlo, Roger, y clavadlo aquí.
—Y yo, exclamó Sir Oliver, prometo á mi excelso patrón Santiago de Compostela visitar su santuario allá en España, si me saca en bien de este trance, y comerme una carpa más cada día de vigilia, durante un año. ¡Cómo ruge el mar! ¿Qué decís, capitán?
—¡Pasamos, pasamos! gritó Golvín, fija la vista en las rompientes más inmediatas á la proa. ¡Á la buena de Dios!
Siguieron unos momentos de espera y luégo se sintió en todo el barco el roce de la quilla sobre las rocas. Una de éstas, cuya punta proyectaba oblícuamente, raspó con fuerza el costado del casco, arrancándole largas astillas. Un momento después el Galeón Amarillo completaba su evolución, el viento hinchaba las velas y escapaban todos al gravísimo peligro, huyendo de la amenazadora costa, entre las aclamaciones de marineros y soldados.
—¡Dios sea loado! exclamó el capitán enjugando el sudor que le bañaba la frente. No volveré á Southampton sin ofrecer un cirio de cinco libras al buen San Cristóbal en la capilla del convento.
—Vaya, pues me alegro, comentó Sir Oliver, porque á la verdad prefiero morir enjuto, por más que después de haber comido tanto pescado en esta vida, sería muy justo que los peces me comiesen á mí. Y ya que de comer se trata, á mi cámara me vuelvo....
—Esperad algo más, querido compañero, dijo el barón, porque si no he entendido mal, escapamos de un peligro para caer en otro.
—¡Capitán! gritó en aquel momento el contramaestre ¡las olas se han llevado las velas que cerraban el boquete de babor! ¡El barco hace agua!
Tras el contramaestre aparecieron corriendo muchos marineros, anunciando que el agua inundaba el interior del barco y que los caballos estaban en inmediato peligro. Obedeciendo las órdenes enérgicas de Golvín, afianzaron velas sobre el boquete abierto en el costado, operación dificilísima en aquellas circunstancias y que una vez terminada impidió, aunque no totalmente, la entrada del agua. El Galeón se había hundido bastante y las olas barrían la cubierta con frecuencia.
—No creo que resista en la dirección que llevamos, dijo el capitán, pero si viro encallamos en la costa.
—¿Y amainando velas? sugirió el barón. ¿No podríamos esperar la calma del mar y el viento?
—No, una y otro no tardarían en arrojarnos contra las rocas. En treinta años que llevo á bordo no me he visto en lance igual. ¡Los santos del cielo se apiaden de nosotros!
—Y muy particularmente confío yo en la protección del gran Santiago, en cuyo día hago voto de comerme otra carpa, además de la prometida ya para todos los días de vigilia del año....
Golvín miró en dirección de las dos galeras apresadas; veíaselas á gran distancia, ya saltando sobre las olas ya cayendo pesadamente entre ellas.
—Si estuviesen más cerca, dijo el marino, todavía podríamos salvarnos. Por lo pronto, señor barón, convendría que os quitáseis la armadura, porque de un momento á otro podemos vernos en el agua.
—No acepto el consejo, respondió el caballero. No se dirá que un noble se desarma voluntariamente porque le amenazan Eolo y Neptuno. Lo que haré será convocar sobre cubierta á la Guardia Blanca y aguardar con ella la buena ó mala suerte que el cielo nos depare. Pero ¿qué es aquello, maese Golvín? Por escasa que sea mi vista me parece no ser ésta la primera vez que contemplo aquellos dos promontorios, allá á la izquierda.
—¡Por San Cristóbal bendito! exclamó el marino con voz gozosa y mirando ávidamente en la dirección indicada. ¡Es La Tremblade! ¡Y yo que creía no haber pasado de Olorón! Allí, frente á nosotros, está la desembocadura del Garona, y una vez pasada la barra habrá desaparecido el peligro. ¡Orza, muchachos! ¡Timón á babor!
Movióse otra vez el botalón, el viento cogió las velas á estribor é impulsó el asendereado barco en la nueva dirección que le ofrecía tan inesperado refugio. De uno á otro extremo de la anchurosa ría formaban las olas movible barrera coronada de espuma que se extendía, por el norte, hasta un elevado pico y por el sud hasta una punta baja y arenosa. En el centro una pequeña isla contra la cual se estrellaban furiosas las olas.
—Entre la isla y el promontorio hay un canal, dijo el capitán; me lo indicó el piloto del príncipe real en persona. Veremos si el Galeón obedece á mi mano, cargado de agua como vá y sumergido una braza más de lo que debiera.
—Adelante, maese, exclamó el señor de Butrón; dos veces nos ha sido favorable la fortuna en los inminentes peligros de este día, y si nos protege ahora, hago voto al bendito Santiago de....
—Tened la lengua, Butrón amigo, que si seguís ofreciéndoos carpas acabaréis por atraernos la indignación del santo....
—Os ruego ordenéis á los soldados que se tiendan sobre cubierta y permanezcan inmóviles, dijo el capitán. Dentro de pocos minutos estaremos salvados ó habrá llegado nuestra última hora.
Arqueros y hombres de armas obedecieron prontamente. Golvín se aferró al timón y miró fijamente á proa, por debajo de la hinchada vela mayor. Los dos jefes, inmóviles á popa, contemplaban también la temida barra. Por fin el Galeón Amarillo llegó á las rompientes, evitó los obstáculos y en cortos momentos, dejando atrás todo peligro, surcó las tranquilas aguas del Garona.
CAPÍTULO XVIII DE CÓMO EL BARÓN HIZO VOTO DE PONERSE UN PARCHE
UN viernes por la mañana, el veintinueve de Diciembre, dos días antes del de San Silvestre, ancló el Galeón Amarillo frente á la noble ciudad de Burdeos. Grandes fueron el interés y la admiración de Roger al contemplar desde á bordo el bosque de mástiles, los numerosos botes que cruzaban en todas direcciones y la hermosa ciudad extendida en forma de media luna á orillas del río, con sus altas torres y la multitud de edificios de arquitectura y colores variadísimos. Nunca en su tranquila vida había visto ciudad de igual importancia, ni contaba Inglaterra, con la sola excepción de Londres, otra que pudiera comparársele en extensión y riqueza. Á Burdeos llegaban por aquella época los productos de todas las fértiles comarcas bañadas por el Dordoña y el Garona; los tejidos del sud, las pieles de Guiena, los vinos del Medoc, para exportarlos después á Hull, Exeter, Dartmouth, Bristol ó Chester, en cambio de las lanas y lanillas inglesas. En Burdeos se hallaban también los famosos hornos de fundición y las forjas que habían dado á sus aceros universal renombre y con los cuales se forjaban las espadas y lanzas mejor templadas. Desde su galeón veía Roger el humo que despedían las altas chimeneas de las fundiciones y la brisa le llevaba de cuando en cuando el toque de los clarines que resonaba en las murallas de la plaza.
—¡Hola, mon petit! dijo Simón acercándosele. Hete ya escudero hecho y derecho y en camino de calzarte muy pronto la espuela de oro, mientras que yo soy y seré sargento instructor de arqueros y nada más. Apenas me atrevo á seguir hablándote con la misma franqueza que cuando trincábamos en los mesones de nuestra tierra. Sin embargo, todavía puedo servirte de guía por estos rumbos, nuevos para tí y sobre todo en Burdeos, cuyas casas conozco una por una, tan bien como conoce el fraile las cuentas de su rosario.
—Demasiado me conocéis también á mí, Simón, para creer que pueda yo menospreciar á un amigo como vos porque la fortuna parece sonreirme, contestó el doncel poniendo una mano sobre el hombro del veterano. Siento que hayáis pensado cosa semejante.
—No, camarada, ni pensarlo siquiera. Fué una prueba para ver si seguías siendo el mismo, aunque no debí dudarlo un momento.
—¿Dónde estaría yo hoy, á no haberos conocido en la venta de Dunán? Desde luego no hubiera ido al castillo de Monteagudo, ni sería escudero de nuestro valiente capitán, y probablemente no hubiera visto nunca á....
Aquí se detuvo ruborizándose, pero Simón no lo notó, absorto como estaba con sus propios recuerdos.
—Buen mesón el del Pájaro Verde ¿eh? ¡Por el filo de mi espada! Peores cosas podría hacer que casarme con aquella ventera tan fresca y rolliza, cuando me llegue el día de trocar este coleto y la cota de malla por la ropilla de paño.
—Pues yo creía que habíais dado palabra de casamiento á una muchacha de Salisbury.
—Á tres, amigo Roger, á tres. Y mucho me temo no volver jamás á aquel pueblo, á fin de evitar un recibimiento más caluroso que el que pudieran hacerme tres escuadrones franceses en Gascuña.... Pero mira aquella gran torre donde flamea el estandarte de los leones de oro; es la bandera real inglesa, con la divisa de nuestro príncipe. El edificio es la abadía de San Andrés, y allí se hospeda con su corte hace más de un año.
—¿Y aquella otra torre gris?
—La iglesia de San Miguel, y á la izquierda la de San Remo. El caserón inmediato es el palacio de Berland. Mira también esas fuertes murallas, con tres poternas hacia el río y diez y seis en todo el circuito de tierra.
—¿Y á qué el continuo sonar de tantos clarines?
—Mal puede ser otra cosa, cuando casi todos los grandes señores de Inglaterra y Gascuña están aposentados detrás de esos muros y el que más y el que menos quiere que el clarín á su servicio se oiga tanto y tan frecuentemente como el de su vecino. Á fe mía que me recuerdan un campamento escocés por la zambra que arman éstos con sus gaitas. Allí avanza un grupo de pajes que van á dar de beber á los caballos. Cada uno de esos corceles indica la presencia de un caballero en Burdeos, porque tengo entendido que los hombres de armas y arqueros han marchado ya con dirección á Dax.
—¡Simón! llamó el señor de Morel. Avisa á la gente que dentro de una hora estarán aquí las lanchas y que lo tengan todo listo para el desembarco.
El arquero saludó y se dirigió apresuradamente á proa. Sir Oliver no tardó en reunirse á su amigo y ambos caballeros empezaron á pasear sobre cubierta, observando y comentando la vista de la ciudad. Vestía el barón un traje de terciopelo negro, con gorra redonda de igual material y color, y sujeto á ésta el guante de la baronesa, cubierto en parte por rizada pluma blanca. Con la modestia aparente del rico pero obscuro traje contrastaban los brillantes arreos de Sir Oliver, vestido á la última moda, con justillo, calzón y capa corta de terciopelo verde, acuchilladas de rojo las mangas y con birrete rojo también y de gran tamaño. Las puntas de su calzado, encorvadas à la poulaine, parecían amenazar las piernas del rechoncho caballero.
—Una vez más nos vemos frente á esta puerta de honor que en tantas ocasiones nos ha franqueado el paso á los campos del combate y de la gloria, dijo el barón contemplando la ciudad con brillante mirada. Allí ondea el pabellón del príncipe y justo es que ante todo le rindamos homenaje. Ya veo dirigirse hacia aquí las lanchas que deben de conducirnos.
—No es maleja la posada inmediata á la puerta del oeste, contestó el glotón, y bien pudiéramos aplacar el hambre antes de ir á saludar al príncipe, porque la mesa de éste, aunque cubierta de brocado y plata, no es gran cosa para gentes de mi apetito, ni Su Alteza tiene la menor simpatía por sus superiores....
—¿Sus superiores?
—En la mesa y con el tenedor en la mano, quiero decir. Dios me libre de faltarle al respeto, pero le he visto sonreirse porque yo miraba por cuarta vez al trinchante un día que nos sirvieron caza soberbia. Y en cambio él me da lástima en la mesa, jugueteando con su cubilete de oro, en el que bebe cuando más un poco de vino aguado. Y os recuerdo lo del mesón, amigo, porque la guerra y la gloria no bastan á un cuerpo como el mío, ni es cosa de estrechar el cinto por la prisa de saludar á Su Alteza.
—Casi todas las naves cercanas á la nuestra ostentan el escudo de algún noble, continuó el señor de Morel. Hé allí el de los Percy, é inmediatos los de Abercombe, Moreland, Bruce y tantos otros. Extraño sería que de tal reunión de bizarros caballeros no resultasen notables hechos de armas. Aquí está nuestra lancha, Butrón, y si es vuestro parecer iremos directamente á la abadía con nuestros escuderos, dejando á maese Golvín al cuidado de armas y bagajes y de su desembarque.
Pronto quedaron instalados caballeros y escuderos en una de las lanchas y sus caballos en una barcaza prevenida al efecto. Apenas llegó el barón á tierra hincó la rodilla y elevó al cielo ferviente súplica. Después sacó de su pecho un pequeño parche negro y poniéndoselo sobre el ojo izquierdo lo ató firmemente, diciendo:
—¡Por San Jorge y por mi dama! Hago voto de no descubrir este ojo hasta haber visto la tierra de España y realizado en ella un hecho de armas que redunde en honra de mi patria y de mi nombre. Así lo juro sobre mi espada y sobre el guante de mi dama.
—Al veros y oiros me siento rejuvenecer veinte años, Morel, le dijo su amigo cuando hubieron montado y puéstose en camino hacia la Puerta del Mar. Pero, por merced, si un caballero cegato como vos se quita voluntariamente la mitad de la poca vista que le queda, no váis á distinguir un arquero inglés de un capitán español. Paréceme que no habéis andado muy cuerdo en la elección de vuestro voto.
—Sabed, señor caballero, repuso el barón con voz imperiosa, que siempre veré lo bastante para distinguir la senda del deber y de la gloria, camino en el cual no necesito guía.
—¡Medrados estamos, y no es mal humorcillo el que mostráis apenas llegado á tierra de Francia! exclamó Sir Oliver. Pero á bien que si me buscáis querella, y con vos no he de tenerla, aprovecharé la ocasión para dejaros solo y visitar una vez más la Cabeza de Oro aquí cercana, cuyos guisos de perdices adobadas han dejado en mí eterna remembranza.
—No, amigo, dijo sonriente el barón. Nos conocemos y estimamos demasiado para reñir por palabra más ó menos, como dos pajecillos. Creedme, venid conmigo á saludar al príncipe y después buscaremos alojamiento y mesa; aunque tengo para mí que verá con pesar á tan buen servidor como vos trocar la mesa del príncipe por la de un figón. Pero ¿quién viene ahí? ¿No es ese caballero que nos saluda el señor Roberto Delvar? ¡Dios sea con vos, buen Roberto! Y aquí está también De Cheney. ¡Qué grato encuentro!
Los cuatro caballeros continuaron juntos su camino, seguidos de Roger, Gualtero y Juan de Norbury, escudero de Sir Oliver. Tras ellos iban Reno y Verney, portaestandartes de Morel y Butrón. Norbury era un joven alto y seco, que cabalgaba erguido y sin mirar á derecha ni izquierda, como muy conocedor de la ciudad, donde ya había estado pocos años antes; pero Gualtero y Roger, llenos de curiosidad, lo escudriñaban todo, paseantes, calles, edificios y blasones, llamándose mutuamente la atención á cada instante hacia cuanto les rodeaba. El joven de Pleyel no se cansaba de oir la nueva lengua en que se expresaban los vendedores de los puestos ambulantes y los grupos de gentes del pueblo.
—¿Pero has oído en tu vida cosa semejante? preguntaba á su compañero. Lo raro es que no se les haya ocurrido aprender el inglés y hablar como Dios manda, ahora que su tierra pertenece á la corona de Inglaterra. Y ¡por vida mía! que estas muchachas francesas valen un imperio. Mira esa moza del zagalejo azul. ¡Vaya un palmito!
No es maravilla que el aspecto de la ciudad produjera profunda impresión en los que la contemplaban por vez primera. Rica, populosa, animadísima, Burdeos se hallaba entonces en su apogeo. Además de sus industrias, armerías y gran comercio, las prolongadas guerras que habían arruinado á tantas otras villas francesas la habían favorecido notablemente. En Burdeos se acaparaba y se vendía inmenso botín, procedente de batallas, saqueos y presas marítimas, cuyo producto en ella se gastaba casi totalmente. Además, la numerosa corte del Príncipe Negro allí instalada definitivamente, había atraído á multitud de nobles ingleses con sus familias y servidores, elemento fastuoso cuyo entretenimiento, fiestas y grandes gastos contribuían no poco á la prosperidad de la noble villa del Garona. Sin embargo, la reciente acumulación de fuerzas numerosas para la próxima expedición á España en auxilio de Don Pedro de Castilla contra su hermano bastardo Don Enrique de Trastamara, había producido gran escasez y carestía de provisiones y el Príncipe Negro acababa de enviar la mayor parte de sus tercios y escuadrones á la comarca de Dax, en Gascuña.
Frente á la abadía de San Andrés se abría una gran plaza que á la llegada de nuestros caballeros estaba ocupada por multitud de gentes del pueblo atraídas por la curiosidad, soldados, religiosos, pajes y vendedores ambulantes. Algunos brillantes caballeros que se dirigían á la morada del príncipe cruzaban la plaza á intervalos, separando con dificultad los grupos de hombres, mujeres y chiquillos que se precipitaban á su paso. Las enormes puertas de roble y hierro estaban abiertas de par en par, indicando que el príncipe daba audiencia en aquel momento; y una veintena de arqueros apostados frente al edificio mantenía las turbas á debida distancia, no sin distribuir de cuando en cuando cintarazos sendos entre los curiosos más osados. En el ancho portal daban guardia dos caballeros armados de punta en blanco, calada la visera y apoyados en sus lanzas; y entre ellos, sentado á una mesa baja y atendido por dos pajes, se hallaba el secretario de Su Alteza, encargado de anotar en el registro que delante tenía el nombre y títulos de los nobles visitantes y en especial los de aquellos recién llegados á la corte. Era aquel personaje hombre de avanzada edad, cuyos largos cabellos y barba blancos le daban venerable aspecto, realzado por el amplio ropaje de color púrpura que lo cubría hasta los pies.
—Ahí tenéis á Roldán de Parington, secretario regio, dijo el señor de Morel. Pobre del que trate de engañarle ó de contradecir sus notas y registros, porque es el hombre más versado que existe en asuntos genealógicos y tiene en la memoria los títulos y blasones de cuantos caballeros hay en Francia é Inglaterra y creo que también la historia completa de sus alianzas y servicios. Dejemos aquí nuestros caballos y entremos con los escuderos.
Llegados al portal y al secretario regio, halláronle en animado coloquio con un joven y elegante caballero, muy deseoso al parecer de conseguir entrada en la abadía.
—¿Os llamáis Marvel? decía Roldán de Parington. Pues me parece que no habéis sido presentado aún.
—Así es, contestó el otro. Aunque sólo llevo veinticuatro horas en Burdeos, no he querido diferir la presentación de mis respetos á Su Alteza.
—Que no deja de tener otros muchos y muy graves asuntos á que atender. Pero siendo Marvel por fuerza pertenecéis á los Marvel de Normanton, y así lo veo en efecto por vuestro blasón: sable y armiño.
—Marvel de Normanton soy, afirmó el joven tras un momento de vacilación.
—En tal caso vuestro nombre es Esteban Marvel, hijo primogénito del barón Guy del mismo apellido, muerto recientemente.
—El barón Esteban es mi hermano mayor, confesó en voz baja el noble y yo soy Arturo, el segundo de mi casa y de mi nombre.
—¡Acabáramos! exclamó el implacable secretario. Y siendo ello así ¿dónde está en vuestro escudo el crestón que lo denote? ¿Para cuándo es la media luna de plata que debería de llevar vuestro blasón para indicar que no es el del jefe de la familia, sino el de un segundón? Retiraos, señor mío y no esperéis ser presentado al príncipe hasta tener vuestro escudo de armas muy en regla.
Retiróse confuso el noble, siguióle con la vista el secretario y notó casi en seguida el estandarte con las cinco rosas encarnadas que tan orgullosamente portaba el veterano Reno.
—¡Por mi nombre! exclamó Parington. Huéspedes tenemos hoy aquí á quienes no hay que preguntar si los abona nobleza de primer orden. ¡Las Rosas de Morel! ¡Y digo, la cabeza de jabalí de los Butrón! ¡Ah! Pendones son esos que podrán estarse aquí en fila, esperando turno, pero que han figurado y figurarán siempre en primera línea en los campos de batalla. ¡Bienvenidos, señores! ¡Qué alegría la del canciller De Chandos cuando vea y abrace á sus predilectos compañeros de armas! Por aquí, caballeros. Vuestros escuderos son sin duda dignos del renombre de sus señores. Á ver las armas. ¡Hola! aquí tenemos á un Clinton, de la antigua familia de Hanson y á uno de los Pleyel, rancia nobleza sajona. ¿Y vos? Norbury. Los hay en Chesire y también en la frontera de Escocia. Corriente, señores míos; vuestra admisión y presentación tendrán efecto al instante.
Los pajes abrieron una puerta inmediata que daba entrada á un amplio salón, en el que nuestros caballeros hallaron congregados á otros muchos nobles que como ellos esperaban audiencia. En el testero fronterizo á la puerta de entrada había otra guardada por dos hombres de armas. Abríase á intervalos para dar paso á un funcionario que nombraba en alta voz al noble designado por el príncipe.
Butrón y Morel tomaron asiento y Roger no tardó en distinguir entre los grupos de apuestos caballeros á uno que hacia él se dirigía y á quienes todos saludaban con respeto y miraban con evidente interés. Muy alto y delgado, blanco el cabello y blancos también los desmesurados bigotes que caían laciamente hacia el cuello, parecía conservar por su mirada de águila, la viveza de sus ademanes y la gracia de su paso todo el vigor de la juventud. Tenía el rostro lleno de cicatrices, señal indeleble, algunas de tremendas heridas, que lo desfiguraban por completo; faltábale además un ojo, y con tantas averías hubiera sido imposible reconocer en él al bizarro doncel que cuarenta años antes había sido el encanto de la corte inglesa por su valor, su fama y su presencia y el caballero predilecto de las damas. Pero entonces como después seguía siendo el canciller De Chandos honra y prez de la nobleza del reino, una de sus mejores lanzas y el más respetado de sus caballeros, el héroe de Crécy, Chelsea, Poitiers, Auray y de tántos otros combates como años contaba su larga y gloriosa vida.
—¡Ah, por fin os encuentro, corazón de oro! exclamó Chandos abrazando estrechamente al barón de Morel. Tenía noticias de vuestra llegada y no he parado hasta dar con vos.
—Grande es el placer que me causa volver á ver al amigo querido y al modelo de caballeros, dijo Morel devolviendo el abrazo.
—Y por lo que veo, añadió riéndose el de Chandos, en esta campaña seremos tal para cual, porque á mí me falta un ojo y vos os habéis tapado uno de los vuestros. ¡Bienvenido, Sir Oliver! No os había visto. Entraremos á saludar al príncipe cuanto antes, pero os prevengo que si hace esperar á tales caballeros es porque está ocupadísimo. Don Pedro de Castilla por una parte, el rey de Aragón por otra, el de Navarra, que cambia de parecer de la noche á la mañana, y luégo el enjambre de señores gascones, añadió bajando la voz, con sus interminables pretensiones, todo contribuye á que el príncipe no tenga una hora suya. ¿Cómo dejasteis á mi señora de Morel?
—Bien de salud, pero entristecido el ánimo. Mucho me encargó que os saludara en su nombre.
—Soy siempre su caballero y su esclavo. ¿Y vuestro viaje?
—No pudiera desearlo mejor, contestó el barón. La mar algo alborotada, pero tuvimos la suerte de avistar unas galeras piratas, á las que dijimos dos palabras.
—¡Siempre afortunado, Morel! Ya nos contaréis la aventura esa. Pero ahora, dejad aquí á vuestros escuderos, seguidme de cerca y creo que el príncipe no vacilará en recibiros fuera de turno, cuando sepa qué par de veteranos ilustres están haciendo antesala.
Los señores de Morel y Butrón siguieron al de Chandos, saludando á su paso entre los grupos de nobles á muchos antiguos compañeros de armas.
CAPÍTULO XIX ANTE EL DUQUE DE AQUITANIA
AUNQUE no de grandes dimensiones, la cámara del príncipe estaba amueblada y decorada con tanto gusto como riqueza. En el testero, sobre un estrado, dos regios sillones con dosel de terciopelo carmesí esmaltado de flores de lis de plata. Sitiales tallados recubiertos de damasco, tapices, alfombras y almohadones ricamente guarnecidos completaban el mueblaje.
Ocupaba uno de los sillones del estrado un personaje de elevada estatura y formas bien proporcionadas, pálido el rostro y cuya mirada algo dura daba al semblante expresión un tanto amenazadora. Era éste Don Pedro de Castilla. En el sillón de la izquierda se sentaba otro príncipe español, Don Jaime, quien lejos de parecer aburrido como su compañero, mostraba gran interés en cuanto le rodeaba y acogía con sonrisas y saludos á los caballeros ingleses y gascones. Cerca de ambos y sobre el mismo estrado ocupaba también un sitial más bajo el famoso Príncipe Negro, Eduardo, hijo del soberano de Inglaterra. Vestido modestamente, nadie que no le conociese hubiera soñado ver en él al vencedor de tantas y tan grandes victorias, cuya fama llenaba el mundo. En su preocupado semblante se reflejaba en aquellos momentos una expresión de enojo. Á uno y otro lado del salón veíase triple fila de prelados y altos dignatarios de Aquitania, barones, caballeros y cortesanos.
—Hé allí al príncipe, dijo Chandos al entrar. Los dos personajes sentados detrás de él son los monarcas españoles para quienes, con la ayuda de Dios y nuestro esfuerzo, vamos á conquistar respectivamente á Castilla y Mallorca. Muy preocupado está Su Alteza, y no me asombra.
Pero el príncipe había notado su entrada y placentera sonrisa animó su rostro.
—Innecesarios son esta vez vuestros buenos oficios, Chandos, dijo levantándose. Estos valientes caballeros me son muy bien conocidos para necesitar introductor. Bienvenidos á mi ducado de Aquitania sean Sir León de Morel y Sir Oliver Butrón. No, amigos; doblad la rodilla ante el rey mi padre en Windsor; á mí dadme vuestras manos. Bien llegáis, pues cuento daros no poco que hacer antes de que volváis á ver vuestra tierra de Hanson. ¿Habéis estado en España, señor de Butrón?
—Sí, Alteza, y lo que más recuerdo es aquella famosa y deliciosísima olla podrida del país....
—¡Siempre el mismo, á lo que veo! exclamó el príncipe riéndose, lo mismo que otros muchos caballeros. Pero descuidad, que una vez allí trataremos de que obtengáis vuestro plato español favorito, preparado con todas las reglas del arte. Ya ve Vuestra Alteza, continuó dirigiéndose al rey Don Pedro, que no faltan entre nuestros caballeros admiradores entusiastas de la cocina española. Pero, dicho sea en honor de Sir Oliver, también sabe pelear con el estómago vacío. Bien lo probó allá en Poitiers, cuando batallamos por dos días sin más alimento que unos mendrugos de pan y unos tragos de agua cenagosa; y todavía recuerdo cómo se lanzó en lo más recio del combate y de un solo tajo hizo rodar por tierra la cabeza de un brillante caballero picardo.
—Porque se le ocurrió impedirme el paso á un carro cargado de víveres que tenían los franceses, observó Sir Oliver, con gran risa de todos los presentes.
—¿Cuántos reclutas me traéis? le preguntó el príncipe.
—Cuarenta hombres de armas, señor, contestó Sir Oliver.
—Y yo cien arqueros y cincuenta lanzas, dijo el señor de Morel; pero cerca de la frontera navarra me esperan otros doscientos hombres.
—¿Qué fuerza es esa, barón?
—Una compañía famosa, llamada la Guardia Blanca.
Con gran sorpresa del barón, sus palabras fueron acogidas con unánime carcajada. El mismo príncipe y los dos reyes extranjeros participaron de la hilaridad general. El barón de Morel miró tranquilamente á uno y otro lado, y fijándose por último en un fornido caballero de poblada barba negra situado cerca de él y que se reía más ruidosamente que los demás, se dirigió á él y tocándole el brazo le dijo:
—Cuando hayáis acabado de reíros no me negaréis la merced de una breve entrevista, en lugar donde podamos entendernos cara á cara y espada en mano....
—¡Calma, barón! exclamó Su Alteza. No busquéis querella al señor Roberto Briquet, que tanta culpa tiene él como todos nosotros. La verdad es que cuando entrasteis acabábamos de oir, y yo con enojo, noticias de las fechorías cometidas por esa misma Guardia Blanca, tales y tántas que juré ahorcar al capitán de esa compañía. Lejos estaba yo de hallarlo entre los más valientes y escogidos de mis jefes. Pero mi juramento es nulo, en vista de que acabáis de llegar de Inglaterra y ni sabéis lo que ha hecho vuestra gente por aquí, ni es posible exigiros por ello asomo de responsabilidad.
—Que yo sea ahorcado es cuestión de poca monta, señor, contestó al punto el barón, si bien el género de muerte es menos noble de lo que yo esperara. Pero lo esencial es que el príncipe de Inglaterra y modelo de caballeros, no deje sin cumplir su juramento, por ninguna razón ni pretexto....
—No insistáis, barón. Al oir hace poco á un vecino de Montaubán, que nos refería los saqueos y depredaciones de esos foragidos, hice voto de castigar duramente al que en realidad los manda hoy. Vos y el señor de Butrón quedáis invitados á mi mesa y por lo pronto formáis parte de los caballeros de mi séquito.
Inclináronse ambos nobles y siguiendo al señor de Chandos, llegaron al extremo opuesto del salón, fuera de los apretados grupos de guerreros y cortesanos.
—Muchos deseos tenéis de que os ahorquen, mi buen amigo, dijo Chandos, y por vida mía, en tal caso lo mejor hubiera sido dirigiros al rey Don Pedro, que no hubiera tardado en complaceros, atendido á que vuestra Guardia Blanca se ha conducido en la frontera como una manada de lobos.
—No tardaré en meterlos en cintura, con el favor de San Jorge y una buena cuerda para ahorcar á los más díscolos. Y ahora os ruego, noble amigo, que me digáis los nombres de algunos de estos caballeros, pues son muchas las caras desconocidas que me rodean. En cambio otras las conozco desde que ciño espada.
—Mirad ante todo aquellos graves religiosos, inmediatos á los regios asientos. Es uno el arzobispo de Burdeos y el otro el obispo de Agén. Aquel caballero de la barba entrecana, que sin duda ha llamado vuestra atención por su imponente figura y marcial aspecto, es Sir Guillermo Fenton. Tengo la honra de compartir con él las funciones de la Cancillería de Aquitania.
—¿Y los nobles situados á la derecha de Don Pedro?
—Son distinguidos capitanes españoles que han seguido al monarca en su destierro, y entre ellos he de nombraros á Don Fernando de Castro, el primero junto á las gradas, modelo de caballeros y tan hidalgo como valiente. Frente á nosotros están los señores gascones, cuyo serio y enojado aspecto revela el reciente disgusto que han tenido con Su Alteza. El de elevada estatura y hercúleo cuerpo es Captal de Buch, nombre que habréis oído con frecuencia, pues no hay en Gascuña más famosa lanza. Habla con él Oliverio de Clisón, apellidado el Pendenciero, pronto siempre á enconar los ánimos y atizar la discordia. Una cuchillada en la mejilla izquierda os señalará al señor de Pomers, á quien acompañan sus dos hermanos y les siguen en línea los señores de Lesparre, de Rosem, de Albret, de Mucident y de la Trane. Tras ellos veo numerosos caballeros procedentes del Limosín, Saintonges, Quercy, Poitou y Aquitania, con el valiente Guiscardo de Angle en último término, el del jubón púrpura y ferreruelo guarnecido de armiño.
—¿Qué de los caballeros situados á este lado del salón?
—Son todos ingleses, unos del séquito regio y otros, como vos, capitanes de compañías auxiliares ó del ejército. Ahí tenéis á los señores de Neville, Cosinton, Gourney, Huet y Tomás Fenton, hermano del canciller Guillermo. Fijaos bien en aquel caballero de la nariz aguileña y roja barba, que pone la mano sobre el hombro del capitán de moreno rostro, dura mirada y modesto traje.
—Bien los veo, dijo el barón. Y juraría que ambos están más acostumbrados á ceñir la armadura y repartir mandobles que á figurar entre cortesanos en la regia cámara.
—Á otros muchos nos pasa lo mismo, Sir León, repuso Chandos, y bien puedo asegurar que el mismo príncipe respira más á sus anchas en el campo de batalla que en su palacio. Pero oid los nombres de aquellos dos capitanes: Hugo Calverley y Roberto Nolles.
El señor de Morel se inclinó para contemplar á su sabor á tan famosos guerreros; uno capitán de compañías auxiliares y guerrillero incomparable; el otro paladín renombrado, que desde muy modesta posición habíase elevado hasta ocupar el segundo lugar después de Chandos entre las mejores lanzas inglesas, y conquistádose inmensa popularidad entre los soldados de todo el ejército.
—Pesada mano la de Nolles en tiempo de guerra, continuó el señor de Chandos. Á su paso por tierra enemiga deja siempre tras sí rastro sangriento y en el norte de Francia llaman todavía "Ruinas de Nolles" á los castillos desmantelados y pueblos destruídos que Sir Roberto dejó en aquellas asoladas comarcas.
—Conozco su nombre y no me disgustaría romper una lanza con tan principal y temido caballero, dijo el barón. Pero mirad, muy enojado está el príncipe.
Mientras hablaban ambos nobles había recibido Guillermo el homenaje de otros recién llegados y oído con impaciencia las propuestas de algunos, por lo general aventureros, que ofrecían vender su espada y las reclamaciones de no pocos negociantes y armadores de la ciudad, perjudicados, según ellos, por los excesos de la soldadesca. De repente, al oir uno de los nombres anunciados por el funcionario encargado de presentar á los que solicitaban audiencia, levantóse apresuradamente el príncipe y exclamó:
—¡Por fin! Acercaos, Don Martín de la Carra. ¿Qué nuevas y sobre todo qué mensaje me traéis de parte de mi muy amado primo el de Navarra?
Era el recién llegado caballero de arrogante figura y majestuoso porte. Su moreno rostro y negrísimos ojos, cabellos y barba indicaban su origen meridional. Sobre el traje de corte llevaba luenga capa negra, de forma y material muy diferentes de los usados en Francia é Inglaterra. Adelantóse con mesurado paso y saludando profundamente, dijo:
—Mi poderoso é ilustre señor, Carlos, rey de Navarra, conde de Evreux y de Champaña y señor del Bearn, me ordena saludar fraternalmente á su muy amado primo Eduardo, príncipe de Gales, duque de Aquitania, lugarteniente....
—¡Basta ya, Don Martín! interrumpió impacientemente el príncipe. Conozco los títulos de vuestro soberano y ciertamente no ignoro los míos. Decidme sin más preámbulos si se halla libre el paso por los desfiladeros, ó si vuestro señor opta por faltar á la palabra que me dió pocos meses há, en nuestra última entrevista.
—Mal podría el rey de Navarra faltar á su palabra, dijo el enviado español con irritado acento. Lo único que mi ilustre soberano recaba es la prolongación del plazo para el cumplimiento de lo pactado, así como ciertas condiciones....
—¡Condiciones, aplazamientos! ¿Habla vuestro rey con el príncipe real de Inglaterra ó con el preboste de una de sus villas? ¡Condiciones! Yo se las dictaré bien pronto. Pero vamos á lo que importa. ¿Entiendo que hallaremos cerrados los pasos de la cordillera?
—No, Alteza....
—¿Libres, entonces, y expedito el paso?
—No, Alteza, pero yo....
—¡Nada más digáis, Don Martín! Triste espectáculo en verdad el de tan noble y respetable caballero abogando por causa tan mezquina. Sé lo que ha hecho Carlos de Navarra, y cómo mientras con una mano recibía los cincuenta mil soberanos de oro convenidos á cambio de dejarnos libre el paso de la frontera, tendía la otra mano á Don Enrique el de Trastamara ó al rey de Francia, recibiendo en ella rica compensación por disputarnos la entrada. Pero juro por mi santo patrón que tan bien como conozco yo á mi primo de Navarra me conocerá él á mí muy pronto. ¡Falso!...
—¡Señor, permitidme recordaros que si tales palabras fuesen pronunciadas por otros labios que los vuestros, yo exigiría retractación inmediata! dijo el de Carra, trémulo de indignación.
Don Pedro frunció el entrecejo y miró sañudo á su compatriota, pero el príncipe inglés acogió aquellas palabras con aprobadora sonrisa.
—¡Bien, Don Martín! exclamó, ¡digno es de vos ese arranque! Decid á vuestro rey que si cumple lo convenido entre nosotros, no tocaré una piedra de sus castillos ni un cabello de sus súbditos; pero que de lo contrario, os seguiré de cerca, llevando conmigo una llave que abrirá de par en par cuantas puertas él nos cierre. Y ¡ay entonces de Carlos y ay de Navarra!
Inclinóse después Su Alteza hacia los dos caudillos Nolles y Calverley, que cerca tenía, y habló con ellos breves instantes. Ambos nobles salieron inmediatamente de la cámara con altanero paso y gozosa sonrisa.
—Juro por los santos del Paraíso, continuó el príncipe, que así como he sido aliado generoso, sabré ser también enemigo implacable. Vos, Chandos, dad las órdenes oportunas para que el señor de la Carra sea tratado y atendido cual lo merece por su rango y por sus prendas.
—Siempre bondadoso, observó Don Pedro.
—Aun con los que se le muestran tan altivos como acaba de hacerlo ese enviado, añadió Don Jaime.
—Decid más bien que procuro ser siempre justo, repuso el príncipe Eduardo. Pero aquí tengo noticias de interés para Vuestras Altezas; un pliego de mi hermano el duque de Lancaster anunciándome su salida de Windsor para traernos el refuerzo de cuatrocientas lanzas y otros tantos arqueros. Tan luego mi esposa la duquesa recobre la salud, y espero que no tardará mucho, emprenderemos nuestra marcha con la gracia de Dios, para unirnos al grueso del ejército en Dax y poner á Vuestras Altezas en posesión de sus estados.
Un murmullo de aprobación acogió aquellas palabras y el príncipe contempló con satisfacción los rostros de todos aquellos capitanes, ganosos de seguirle y distinguirse bajo sus banderas.
—El titulado rey de Castilla, Enrique de Trastamara, contra cuyas fuerzas vamos á luchar, es un guerrero hábil y animoso y la campaña proporcionará ocasión de conquistar lauros sin cuento. Á sus órdenes tiene cincuenta mil soldados castellanos y leoneses, con más doce mil hombres de armas de las compañías francesas que tiene á sueldo, veteranos cuyo valor reconozco. También es un hecho la misión del sin par Bertrán Duguesclín cerca del Duque de Anjou, para atraerlo á la causa de Enrique y volver á España con tercios numerosos reclutados en Bretaña y Picardía. Y probablemente lo hará como se propone, porque el gran condestable es uno de los hombres de más prestigio y energía de nuestra época. ¿Qué decís á ello, Captal? Duguesclín os venció en Cocherel y esta campaña os ofrece la revancha.
El guerrero gascón acogió aquella alusión del príncipe con avinagrado gesto y no hizo mejor gracia á los caballeros gascones que rodeaban á Captal de Buch, pues les recordaba que la única vez que habían atacado á las tropas francesas sin el auxilio de Inglaterra les había tocado en suerte completa derrota.
—No es menos cierto, Alteza, dijo Clisón, que la revancha la hemos obtenido ya, pues sin el concurso de las espadas gasconas no hubierais hecho prisionero á Duguesclín en Auray, ni quizás roto las huestes del rey Juan en Poitiers....
—Muy alto pretende picar el gallo gascón, y apenas levanta del suelo un palmo, interrumpió un caballero inglés.
—Cuanto más pequeño el gallo mayores suelen ser los espolones, repuso con fuerte voz Captal de Buch.
—Si no se los corta quien puede hacerlo, dijo el señor de Abercombe.
—Á osados y altaneros nos ganáis vosotros los ingleses, contestó el capitán Roberto Briquet. Pero gascón soy, y vos, Abercombe, me daréis cuenta de esas palabras.
—Cuando gustéis, dijo el otro volviéndole la espalda.
—Como vos me la daréis á mí, señor de Clisón, exclamó á su vez Sir Vivián Bruce.
—Ocasión inmejorable, se oyó decir entonces al barón de Morel, para que tan lucida lanza gascona como la del señor de Pomers me haga el honor de cruzarse con la muy humilde mía.
Oyéronse en pocos instantes una docena de retos, que revelaban la mala voluntad y los rencores existentes entre gascones é ingleses. Gesticulaban furiosos los primeros, contestábanles los segundos con impasible desprecio y en tanto el príncipe Eduardo los contemplaba en silencio, secretamente complacido de presenciar aquella escena tan conforme con su espíritu batallador. Sin embargo, la división entre sus propios jefes ningún buen resultado podía darle y se apresuró á calmar los ánimos.
—Haya paz, señores, ordenó extendiendo el brazo. Quienquiera de vosotros que continúe tan tonta querella fuera de aquí, tendrá que darme cuenta de ello. Necesito el concurso de todas vuestras espadas y no permitiré que las volváis unos contra otros. Abercombe, Morel, Bruce ¿dudáis acaso del valor de los caballeros gascones?
—Eso no haré yo, contestó Bruce, pues demasiadas veces los he visto pelear como buenos.
—Valientes son, sin duda, pero no hay temor de que nadie lo olvide mientras tengan lengua para proclamarlo á todas horas, sin ton ni son, dijo á su vez Abercombe.
—No os demandéis de nuevo, se apresuró á decir el príncipe. Si es de gente gascona el decir en alta voz lo que piensan, tampoco falta quien tache á los ingleses de fríos y taciturnos. Pero ya lo habéis oído, señores de Gascuña; los mismos que acaban de tener con vosotros una querella pueril os reconocen el valor y las dotes de todo honrado caballero. Captal, Clisón, Pomers, Briquet, cuento con vuestra palabra.
—La tiene Vuestra Alteza, respondieron los gascones, aunque sin ocultar que lo hacían de pésima gana.
—¡Y ahora, á la sala del banquete! prosiguió Eduardo. Ahoguemos hasta el último recuerdo de esta contienda en unos cuantos frascos de buena malvasía.
Volviéndose entonces hacia sus regios huéspedes, los condujo con toda cortesía á los puestos de honor que les estaban reservados en la mesa servida en la vecina estancia. Tras ellos siguieron los brillantes caballeros de antemano invitados á la mesa del príncipe.
CAPÍTULO XX DE CÓMO ROGER DESHIZO UN ENTUERTO Y TOMÓ UN BAÑO
RECORDARÁ el lector que Gualtero y Roger se habían quedado en la antecámara, donde no tardó en rodearlos animado grupo de jóvenes caballeros ingleses, deseosos de obtener noticias recientes de su país. Las preguntas menudearon:
—¿Sigue nuestro amado soberano en Windsor?
—¿Qué nos decís de la buena reina Felipa?
—¿Y qué de la bella Alicia Perla, la otra reina?
—El diablo te lleve, Haroldo, dijo un alto y fornido escudero, asiendo por el cuello y sacudiendo al que acababa de hablar. ¿Sabes que si el príncipe hubiera oído la preguntilla esa te podría costar la cabeza?
—Y como está vacía poco perdería con ella el buen Haroldo.
—No tan vacía como tu escarcela, Rodolfo. Pero ¿qué demonios piensa el mayordomo? Todavía no han empezado á poner la mesa.
—¡Pardiez! En todo Burdeos no hay doncel más hambriento. Si las espuelas de caballero y los ricos cargos se ganasen con el estómago, serías ya lo menos condestable.
—Pues digo, que si se ganasen empinando el codo, Rodolfito mío, te tendríamos de canciller hace años.
—Basta de charla, exclamó otro, y que hablen los escuderos de Morel. ¿Qué se dice por Inglaterra, mocitos?
—Probablemente lo mismo que al salir de ella vosotros, contestó picado Gualtero. Sin embargo, tengo para mí que no se hablaba ya tanto como cuando andaban por allí muchos parlanchines....
—¡Hola! ¿Qué quiere decir eso, moderno Salomón?
—Averiguadlo si podéis.
—Medrados estamos con el paladín éste, que todavía no se ha quitado de los zapatos el barro amarillo de los breñales de Hanson y ya viene tratándonos de parlanchines.
—¡Qué gente tan lista la de esta tierra, Roger! dijo Gualtero con sorna, guiñando el ojo á su amigo.
—¿Cómo debemos tomar vuestras palabras, señor mío?
—Tomadlas por donde podáis sin quemaros, respondió Gualtero.
—¡Otra agudeza!
—Gracias por el cumplido.
—Mira, Germán, lo mejor será que lo dejes, porque el escudero de Morel es más despierto y más listo de lengua que tú.
—De lengua, lo concedo. ¿Y de espada? preguntó Germán.
—Punto es ese, observó Rodolfo, que podrá esclarecerse dentro de dos días, la víspera del gran torneo.
—Poco á poco, Germán, exclamó entonces un escudero de rudas facciones, cuyo robusto cuello y anchos hombros revelaban su fuerza. Tomáis los insultos de esta gente con asombrosa calma, y yo no estoy dispuesto á que me llamen parlanchín sin más ni más. El barón de Morel ha dado pruebas repetidas de lo que puede y vale, pero ¿quién conoce á estos caballeritos? Este otro ni siquiera chista. ¿Qué decís vos á ello?
Al pronunciar estas palabras posó su pesada mano sobre el hombro de Roger.
—Á vos nada tengo que deciros, respondió el doncel procurando contenerse.
—Vamos, este no es escudero, sino tierno pajecillo. Pero descuidad, que vuestras mejillas tendrán menos colorete y más bríos vuestra mano antes de que volváis á guareceros tras el guardapié de vuestra nodriza.
—De mi mano puedo deciros que está siempre pronta....
—¿Pronta á qué?
—Á castigar una insolencia, señor mío, replicó Roger, airado el rostro y centelleante la mirada.
—¡Pero qué interesante se va poniendo el querubín éste! continuó el rudo escudero. Vamos á ver si lo describo: ojos de gacela, piel finísima, como la de mi prima Berta, y unos buclecillos tan luengos y tan rubios... Al decir esto, su mano tocó el rizado cabello de Roger.
—Buscáis pendencia....
—¿Y aunque así fuera?
—Yo os diría que lo hacéis como un patán, y no como hombre bien nacido. Os diría también que en la escuela de mi señor no se aprende á buscar un lance por medio de tan groseros modos....
—¿Y cómo habéis aprendido á hacerlo vos, modelo de escuderos?
—No siendo brutal ni insolente, sino dirigiéndome á vos, por ejemplo, para deciros cortésmente: "He resuelto mataros y espero que me hagáis la merced de designar hora y lugar donde podamos vernos cara á cara y espada en mano." Y tratándose de un escudero comedido y digno de ese nombre, me quitaría el guante, como lo hago ahora y lo dejaría caer á sus pies; pero teniendo que habérmelas con un destripaterrones como vos, se lo lanzaría á la cara!
Y con toda su fuerza arrojó el guante al rostro burlón del escudero.
—¡Lo pagaréis con vuestra vida! rugió éste, blanco de ira.
—Si podéis quitármela, repuso Roger con entereza.
—¡Bravo, muchacho! exclamó Gualtero. Tente firme.
—Se ha portado como debía y puede contar conmigo, agregó Norbury, escudero de Sir Oliver.
—Tú tienes la culpa de todo esto, Tránter, dijo Germán. ¿No andas siempre buscando pendencia á los recien llegados? Pues ahí la tienes. Pero sería una vergüenza que el asunto pasase á mayores. El mozo no ha hecho más que contestar á una provocación con otra.
—¡Imposible! exclamaron algunos. ¡Tránter ha recibido un golpe! Tanto valdría quedarse con una bofetada.
—¿Pues y los insultos de Tránter? ¿No empezó él por poner su mano en los cabellos del otro? dijo Haroldo.
—Habla tú, Tránter. Ha habido ofensa por ambas partes y bien podrían quedar las cosas como están.
—Todos vosotros me conocéis, dijo Tránter, y no podéis dudar de mi valor. Que recoja su guante y reconozca que ha hecho mal, y no volveré á hablar del asunto.
—Mala centella lo parta si tal hace, murmuró Gualtero.
—¿Lo oís, joven? preguntó Germán. El escudero ofendido olvidará el golpe si le decís que habéis obrado precipitadamente.
—No puedo decir tal cosa, declaró Roger.
—Tened en cuenta que solemos poner á prueba el valor de los escuderos recien llegados, para saber si debemos de tratarlos como amigos. Vos habéis tomado esa prueba como ofensa mortal y contestado con un golpe. Decid que lo sentís, y basta.
—No llevéis las cosas á punta de lanza, dijo entonces Norbury al oído de Roger. Conozco al tal Tránter, que no sólo es superior á vos en fuerza física sino muy hábil en el manejo de la espada.
Pero Roger de Clinton tenía en las venas noble sangre sajona, y una vez irritado era muy difícil aplacarlo. Las palabras de Norbury que le indicaban un peligro acabaron de afirmarlo en su resolución.
—He venido aquí acompañando á mi señor, dijo, y en la inteligencia de que me rodeaban ingleses y amigos. Pero ese escudero me ha hecho un recibimiento brutal y lo ocurrido es culpa suya. Pronto estoy á recoger mi guante, mas ¡por Dios vivo! no sin que antes me pida él perdón por sus palabras y ademanes.
—¡Basta ya! exclamó Tránter encogiéndose de hombros. Tú, Germán, has hecho todo lo posible para sustraerlo á mi venganza. Lo que procede es solventar la cuestión en seguida.
—Lo mismo digo, asintió Roger.
—Después del banquete hay consejo de jefes y tenemos lo menos dos horas disponibles, dijo un escudero de cabellos grises.
—¿Y el lugar del combate?
—Desierto está el campo del torneo, y en él podemos....
—Nada de eso; ha de ser dentro de los límites de este edificio donde reside la corte. De lo contrario, recaería sobre todos nosotros la indignación del príncipe.
—¡Bah! Conozco yo un lugar inmejorable para tales lances, á la orilla misma del río. Salimos de los terrenos de la abadía y tomamos por la calle de los Apóstoles. En tres minutos estamos allí.
—Pues entonces ¡en avant!, dijo Tránter, echando á andar con gran prisa, seguido de numerosos escuderos.
Á orillas del Garona había una pequeña pradera limitada en dos de sus extremos por altos paredones. El terreno formaba rápido declive al acercarse al río, muy profundo en aquel punto, y los únicos dos ó tres botes visibles estaban amarrados á gran distancia. En el centro del río anclaban algunos barcos. Ambos combatientes se despojaron prontamente de sus ropillas y birretes y empuñaron las espadas. En aquella época no se conocía la etiqueta del duelo, pero eran muy frecuentes los encuentros singulares como el que describimos, y en ellos, así como en las justas, habíase conquistado el escudero Tránter una reputación que justificaba sobradamente la amistosa advertencia de Norbury. Roger no había descuidado por su parte el diario ejercicio de las armas y podía considerársele como tirador no despreciable, ya que no de los primeros. Grande era el contraste que ambos combatientes presentaban: moreno y robusto Tránter, mostraba el velludo pecho y la recia musculatura de hombros y brazos, en tanto que Roger, rubio y sonrosado, personificaba la gracia juvenil. La mayor parte de los espectadores preveían una lucha desigual, mas no faltaban dos ó tres lidiadores expertos que notaban con aprobación la firme mirada y los ágiles movimientos del doncel.
—¡Alto, señores! exclamó Norbury apenas se cruzaron las espadas. El arma de Tránter es casi un palmo más larga que la de su adversario.
—Toma la mía, Roger, dijo Gualtero de Pleyel.
—Dejad, amigos, respondió el servidor de Morel. Conozco bien el peso y alcance de mi espada y estoy acostumbrado á ella. Nada importa la desigualdad. ¡Adelante, señor mío, que pueden necesitarnos en la abadía!
La desmesurada tizona de Tránter dábale, en efecto, marcada ventaja. Bien separados los pies y algo dobladas ambas rodillas, parecía pronto á precipitarse de un salto sobre su enemigo, al cual presentaba la punta de su larga espada á la altura de los ojos. La empuñadura tenía una guarda de gran tamaño que protegía bien mano y muñeca, y al comienzo de la cruz, junto á la hoja, una profunda muesca destinada á recibir y retener la espada del adversario y á romperla ó desarmarlo por medio de un vigoroso movimiento de la muñeca. En cambio Roger tenía que confiar por completo en su propia destreza; el arma que empuñaba, aunque del mejor temple, era delgada y de sencilla empuñadura; una espada de corte más que de combate.
Conocedor Tránter de las ventajas que le favorecían no tardó en aprovecharlas y adelantándose de un salto dirigió á Roger una estocada vigorosa, seguida de tremendo tajo capaz de cortarlo en dos; pero con no menos rapidez acudió Roger al doble quite, aunque la violencia del ataque le hizo retroceder un paso y aun así, la punta de la hoja enemiga le desgarró el justillo sobre el pecho. Pronto como el rayo atacó á su vez, mas la espada de Tránter apartó violentamente la suya y continuando su giro descargó otro tajo terrible, que si bien fué parado á tiempo, sobrecogió á los espectadores amigos de Roger. Pero el peligro parecía atraer á éste, que contestó con dos estocadas á fondo, rapidísimas, la segunda de las cuales apenas pudo parar Tránter, y al trazar el quite su espada rozó la frente de Roger, tanto se había aproximado éste. La sangre brotó abundante y cubrió su rostro, obligándole á retroceder para ponerse fuera del alcance de su enemigo, quien se detuvo por un momento respirando agitadamente, mientras los testigos de aquella lucha rompían el silencio que hasta entonces guardaran.
—¡Bien por ambos! exclamó Germán. Sois tan valientes como diestros y aquí debe terminar esta contienda.
—Con lo hecho basta, Roger, dijo Norbury.
—¡Sí, sí! exclamaron otros; se ha portado como bueno.
—Por mi parte, no tengo el menor deseo de matar á este doncel, si se confiesa vencido, dijo Tránter enjugando el sudor que bañaba su frente.
—¿Me pedís perdón por haberme insultado? le preguntó Roger súbitamente.
—¿Yo? No en mis días, contestó Tránter.
—¡En guardia, pues!
Los relucientes aceros chocaron con furia. Roger cuidó de adelantar continuamente, impidiendo al enemigo el libre manejo de su larga tizona; alcanzóle ésta levemente en un hombro y casi al mismo tiempo hirió él también á Tránter en un muslo, pero al elevar su espada para dirigirle otro golpe al pecho, la sintió firmemente trabada en el corte hecho con ese objeto en la hoja del contrario. Un instante después se oyó el ruido seco que hacía la espada de Roger al romperse, quedándole tan sólo en la mano un pedazo de hoja de no más de tres palmos de largo.
—Vuestra vida está en mis manos, exclamó Tránter con triunfante sonrisa.
—¡Teneos! ¡se rinde! exclamaron á una varios escuderos.
—¡Otra espada! gritó Gualtero.
—Imposible, dijo Rodolfo; sería contra todas las reglas del duelo.
—Pues entonces, Roger, tirad al suelo ese trozo de espada, aconsejó Norbury.
—¿Me pedís perdón? repitió Roger dirigiéndose á Tránter.
—¿Estáis loco? contestó éste.
—¡Pues en guardia otra vez! gritó Roger, renovando el ataque con vigor tal que compensó la pequeñez de su arma.
Había notado que la respiración de Tránter era fatigosa y se propuso hostigarle y cansarle, haciendo valer la propia agilidad. Su adversario paraba como podía aquel diluvio de golpes, atisbando la oportunidad de acabar el combate con uno de sus mortales tajos; mas ni la corta distancia á que de propósito se mantenía Roger, ni la prontitud de los movimientos de éste le permitían usar su larga espada con ventaja. Pero Tránter, duelista experto, sabía que era imposible sostener dos minutos más aquel ataque violentísimo y fatigoso cual ninguno y que muy pronto cedería el nublado de golpes que caían sobre su espada con rapidez vertiginosa. Así sucedió, en efecto; el cansancio paralizaba ya el brazo de Roger, su adversario comprendió que había llegado el momento de dar un golpe decisivo y oprimiendo con fuerza el puño de su acero, saltó hacia atrás para ganar el espacio que necesitaba.... Aquel movimiento salvó á Roger; su adversario había retrocedido sin cesar desde la renovación del combate y llegado sin saberlo á la misma orilla. Al retroceder una vez más le faltó pie y se hundió en las aguas del Garona.
Con una exclamación general de sorpresa precipitáronse todos en auxilio de Tránter, que había desaparecido por completo en las profundas y heladas aguas del río. Dos veces apareció sobre ellas su angustiado rostro y en vano procuró asir los cintos, espadas y ramas que sus compañeros le tendían. Roger había lanzado al suelo su rota espada y contemplaba aquella dolorosa agonía con profunda lástima. Todo su furor habíase disipado como por encanto. En aquel momento apareció por tercera vez sobre las aguas el rostro contraído del escudero; su mirada se cruzó con la de Roger y éste, incapaz de resistir aquella muda apelación, apartó violentamente á un escudero que delante tenía y se lanzó al Garona.
Nadador experto, pocas brazadas bastaron para llevarle junto á su adversario, á quien asió por los cabellos. Pero la corriente era poderosa y muy pronto comprendió el animoso doncel la dificultad de sostener á flote el cuerpo de Tránter y nadar al propio tiempo hacia la orilla. Á pesar de los más vigorosos esfuerzos no parecía ganar una línea. Dió con desesperación algunas brazadas más y un grito de júbilo de cuantos estaban en tierra le anunció que había salido de la peligrosa corriente y llegado á un tranquilo remanso allí formado por una proyección del terreno. Momentos después caía en su diestra mano la extremidad del cinto de Gualtero, al que había anudado éste los de algunos otros escuderos. Asiólo con fuerza, incapaz de seguir nadando un momento más, pero sin soltar á Tránter. Los escuderos los sacaron del agua en un tris, depositándolos casi exánimes sobre la hierba.
Tránter, que no había luchado como su adversario contra la impetuosa corriente, fué el primero en salir de aquel letargo. Incorporóse lentamente y contempló á Roger, que no tardó en abrir los ojos y en sonreirse complacido al escuchar los elogios que todos á porfía le prodigaban.
—Os estoy muy reconocido, señor mío, díjole Tránter, con no muy amistoso acento. Sin vos hubiera perecido en el río, porque soy natural de las montañas de Varén, donde se cuentan muy pocos que sepan nadar.
—No pido ni espero gracias, repuso Roger. Ayúdame á levantarme, Gualtero.
—El río ha sido hoy mi enemigo, continuó Tránter, pero se ha portado como bueno con vos, pues á él le debéis la vida que yo iba á arrancaros....
—Eso estaba por ver, repuso Roger.
—¡Todo ha concluído! exclamó Germán, y más felizmente de lo que yo creía. Lo que no ofrece duda es que este joven, cuyo nombre me dicen es Roger de Clinton, ha ganado brillantemente el derecho de pertenecer al muy honrado gremio de los escuderos de Burdeos. Aquí está vuestra ropilla, Tránter.
—Y vos, Clinton, echaos esta capa sobre los hombros y venid cuanto antes.
—Lo que más deploro es la pérdida de mi buena espada, que yace en el fondo del río, suspiró Tránter.
—¡Á la abadía! exclamaron varios escuderos.
—¡Un momento, señores! dijo entonces Roger, que había recogido del suelo su rota espada y se apoyaba en el hombro de Gualtero. No he oído á este hidalgo retractar las palabras que me dirigió y....
—¡Cómo! ¿Todavía insistís? preguntó Tránter sorprendido.
—¿Y por qué no? Soy tardo en recoger las provocaciones, pero una vez resuelto á obtener reparación la exijo mientras me quedan fuerzas y alientos.
—Ma foi, pues bien pocos os quedan ya, exclamó Germán bruscamente. Estáis blanco como la cera. Seguid mi consejo y dad por terminada la cuestión, que no os podéis quejar del resultado.
—No, insistió Roger. Yo no provoqué esta querella, pero ya comenzada, juro no partir hasta haber obtenido lo que vine á buscar ó perecer en la demanda. No hay más que hablar; dadme vuestras excusas ó procuraos otra espada y reanudemos el combate.
El joven escudero, pálido como un muerto, extenuado con el tremendo esfuerzo que acababa de hacer para salvar á su enemigo y con la pérdida de sangre que manchaba su hombro y su frente, probaba sin embargo con su actitud, sus palabras y su acento que lo animaba una resolución inquebrantable. El mismo Tránter admiró aquella energía invencible y cedió ante la gran fuerza de carácter que acababa de demostrar el joven hidalgo.
—Puesto que á tal punto lleváis lo que debisteis de considerar como inocente broma, me avengo á declarar que siento haberos dicho lo que tanto os ofende, dijo Tránter en voz baja.
—Y yo deploro también la respuesta que á ello dí, repuso prontamente Roger. Hé aquí mi mano.
—Y con esta van tres veces que suena la campana llamándonos á comer, exclamó Germán mientras todos se dirigían en grupos hacia la abadía, comentando las peripecias del combate. ¡Por Dios vivo! señor de Pleyel, dad una copa de buen vino á vuestro amigo en cuanto lleguéis, porque está transido, sin contar que ha tragado dos azumbres de agua. Confieso que á juzgar por su aspecto no hubiera esperado de él tanta entereza.
—Pues yo declaro que el aire de Burdeos ha trocado á mi compañero en gallo de pelea, porque jamás había salido del condado de Hanson joven más apacible y modesto que él.
—¿Sí, eh? Pues también tiene fama de modesto y apacible como una dama su señor el de Morel; y la verdad es que ni uno ni otro aguantan moscas. ¡Cáspita con el mozo!
CAPÍTULO XXI DONDE AGUSTÍN PISANO ARRIESGA SU CABEZA
ABUNDANTE y bien servida era la mesa de los escuderos en la abadía de San Andrés desde que el príncipe Eduardo estableció su corte en aquel histórico edificio. Allí aprendió Roger lo que el lujo y el buen gusto significaban, sobre todo al comparar aquellos festines con las frugales comidas del convento y la parsimonia de la mesa de Morel. Cabezas de jabalí deliciosamente adobadas, faisanes asados, dulces y cremas nunca gustados antes, prodigios de repostería, uno de los cuales representaba en todos sus detalles el exterior del regio palacio de Windsor, tales fueron algunas de las maravillas culinarias que saboreó Roger en la antigua abadía francesa. Un arquero se apresuró á llevarle ropas y traje de los que á bordo del galeón dejara, y después de mudarse y lavar sus heridas no tardó en recobrar fuerzas y buen humor, olvidado por completo de la fatiga de aquella mañana. Un paje le anunció que su señor se proponía visitar aquella noche al canciller de Chandos y deseaba que sus dos escuderos se alojasen en el hostal de la Media Luna, al fin de la calle de los Apóstoles. Al cual mesón se dirigieron Roger y Gualtero al anochecer, después de su larga comida y de oir los brindis y canciones con que pasaron rápidas las horas en compañía de los otros alegres escuderos.
Caía menuda lluvia cuando los dos camaradas empezaron á recorrer las calles de Burdeos, después de dejar bien cuidados sus corceles y el del barón en las caballerizas del príncipe. No hallaban á su paso más alumbrado que el muy escaso de tal cual farol de aceite colgado en una esquina ó á la entrada de las casas principales de la ciudad; pero ni la semiobscuridad ni la lluvia impedían que las calles siguiesen casi tan concurridas como en pleno día. Los transeuntes pertenecían á todas las clases de aquella rica y por entonces bélica ciudad. Allí el obeso comerciante, cuyo rostro complacido y sonriente, traje obscuro de fino paño y repleta escarcela pregonaban su riqueza y bienestar. Tras él modesta sirviente, llevando la encendida linterna que indicaba á su amo donde poner los pies sin grave tropiezo. En dirección contraria veíase un grupo de mocetones ingleses, arqueros del condado de Estápleton á juzgar por el pelícano azul cosido sobre el coleto; gente alegre de cascos y dura de puños, que bebían á más y mejor y cantaban á voz en cuello y cuya presencia obligaba al mercader á apresurar el paso, mientras su fámula ocultaba el rostro con el manto al oir los piropos nada delicados de aquella turba. No escaseaban los soldados de la guardia real, los pajes ingleses elegantemente ataviados, las mujeres del pueblo cuyas agudas voces se oían á gran distancia, parejas de frailes, filas de ballesteros y hombres de armas, marineros, soldados de los cuerpos de guardia, caballeros gascones que vociferaban y gesticulaban según costumbre invariable, campesinos del Medoc, escuderos ingleses y gascones y tantas otras gentes, que cruzaban en todas direcciones ó hablaban en grupos, empleando ya las lenguas inglesa, francesa y del país de Gales, ya el vascuence ó los dialectos de Gascuña y Guiena. Á veces se abrían los grupos para dar paso á la litera de una noble dama, ó á los arqueros que con antorchas encendidas precedían á un caballero de alto rango camino de su alojamiento y procedente de los festines de la corte. Las pisadas y el relinchar de los caballos, los gritos de los vendedores ambulantes, el choque de las armas, las voces de borrachos pendencieros, las carcajadas de hombres y mujeres, todo aquel clamor se elevaba y se cernía, como la neblina en el pantano, sobre las calles obscuras y atestadas de la gran ciudad.