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La guardia blanca

GUARDIA BLANCA (continued 2)

Juan L. Iribas translation

Muchas veces recordó después Roger el animado y pintoresco cuadro que presentaba la sala del Pájaro Verde en aquellos momentos. En el centro del corro el mofletudo y enrojecido rostro del juglar, cantando con mucha expresión las populares estrofas; el grupo de oyentes, el arquero Simón llevando el compás con la cabeza y con la mano, y el exnovicio Tristán, que no era de los menos complacidos con el canto de maese Lucas, á juzgar por la sonrisa que animaba su rostro bonachón.

—¡Por el filo de mi espada! exclamó el arquero al terminar la canción. Muchas noches he oído esa misma trova en el campo inglés y cuenta que le hacíamos coro más de doscientos soldados del rey; pero este viejo bebedor deja muy atrás á los que tenemos por oficio manejar el arco, la ballesta y la alabarda.

Entretanto, la ventera y una buena moza que la ayudaba habían colocado sobre la maciza mesa de encina los apetitosos platos que formaban la cena de Simón, acompañados de algunas enormes rebanadas de plan blanco.

—Lo que no entiendo, continuó alegremente el arquero mientras se preparaba á despachar su cena, es que mocetones como vosotros os avengáis á vivir pegados al terruño, doblando el espinazo y sudando el quilo, cuando tan buena vida podríais llevar bajo las banderas del rey. Miradme á mí. ¿Qué tengo que hacer? Lo que dice la canción que acabáis de oir: la mano en la cuerda, la cuerda en la flecha y la flecha en el blanco. Que es precisamente lo que vosotros hacéis como distracción y pasatiempo los domingos, después del rudo trabajo de la semana.

—¿Y la paga? preguntó uno.

—Pues ya lo estáis viendo: como bien, bebo mejor, convido á quien me place, no pido favores á nadie y le traigo á mi novia telas de seda y brocado dignas de una princesa. ¿Qué os parece la paga, mes garçons? ¿Y qué del montón de chucherías y dijes que véis en aquel rincón? Todo ello viene en derechura del sur de Francia, donde hemos hecho la última campaña. ¿Cuándo esperáis ganar vosotros la centésima parte de ese botín?

—Rico es, á fe mía, dijo el sacamuelas.

—Y luego, la posibilidad de embolsarse un buen rescate. ¿No sabéis lo que pasó hace pocos años en las batallas de Crécy y de Poitiers? No hubo hombre de armas ni paje ó escudero inglés que no hiciera prisionero por lo menos á un rico barón, conde ó alto caballero francés. Ahí está mi primo Roberto, un gañán como hay pocos, que al empezar la retirada del enemigo en Poitiers puso sus manazas sobre el paladín francés Amaury de Chateauville, dueño y señor de cien villas y castillos, quien tuvo que aprontar cinco mil libras de oro por su rescate, amén de dos caballos soberbios con riquísimas preseas. Cierto que el zafio de Roberto no tardó en quedarse sin blanca, gracias á una mozuela francesa, linda como una perla y más lista que una ardilla. Pero esas son cuentas suyas, y además ¿no se han hecho las doblas para gastarlas, sobre todo en compañía de un buen palmito? ¿Verdad, ma belle?

—Bien dicen que nuestros valientes arqueros vuelven al país no sólo ricos sino corteses, replicó la Rojana, á quien habían impresionado vivamente la franqueza, el buen humor y la generosidad de su nuevo huésped.

—¡Á vuestra salud, ojos de cielo! fué la réplica del galante soldado, levantando su vaso y sonriendo á la ventera.

—Una cosa no veo yo muy clara, señor arquero, dijo el estudiante de Exeter. Y es que habiendo firmado nuestro buen príncipe el tratado de Bretigny con el soberano francés, después de nuestras recientes y grandes victorias, nos habléis de guerra con Francia y de rescates y botines....

—Lo cual quiere decir que yo miento, barbilindo, interrumpió el soldado, asiendo por las patas el enorme capón asado que delante tenía, como si fuese una maza de combate.

—Líbreme Dios de semejante atrevimiento, exclamó apresuradamente el jovencillo. De allá venís vos, y quizás traigáis nuevas nunca oídas todavía en Inglaterra. La tregua con Francia no ha de ser eterna....

—Ni mucho menos. Pero aun cuando es muy cierto, como decís, que hoy por hoy no estamos á rompernos los huesos con los soldados del rey Carlos, vuestra pregunta prueba que sois novicio en achaques de guerra. Habéis de saber que en tierra de Francia continúan los cintarazos, porque andan como siempre divididos y en armas brabantinos, nanteses, gascones y aventureros de todas clases, sin contar numerosas bandas de rufianes sin bandera, que cercan y saquean ciudades y dan y reciben cuchilladas sin cuento. Y malo sería que cuando cada quisque tiene la mano en la garganta del vecino y cada baroncillo marcha al frente de su mesnada contra el primero que se le ponga en el camino, no tuvieran medios de ganarse la vida en aquel río revuelto los quinientos arqueros ingleses que forman la invencible Guardia Blanca. No son tantos ahora, porque el caballero de Montclus se llevó un centenar de ellos en su expedición á Milán contra el Marqués de Monferrato; pero cuento reclutar yo mismo aquí no pocos muchachos ganosos de honra y provecho, y completar con ellos las filas del cuerpo más lucido que hoy campea bajo la bandera de San Jorge. Lo único que nos falta es que Sir León de Morel se avenga á dejar su castillo una vez más y á empuñar la espada, poniéndose al frente de nuestros arqueros.

—No sería poca fortuna para ellos, observó el físico, porque exceptuando á nuestro príncipe y al noble señor de Chandos, no hay en todo el reino mejor lanza, ni valor más probado que el de Sir León de Morel.

—Habláis como un libro, que yo le he visto batir el cobre y apenas hay quien le iguale. Nadie lo diría, con su cuerpecillo de paje, sus corteses maneras y su suave voz; pero ¡por mi espada! desde que nos embarcamos en Orvel hasta el sitio de París, y de esto hace ya casi veinte años, no hubo caballero inglés que diera mejor ejemplo, ni escaramuza, emboscada, asalto ó salida en que él no figurase en primera línea. En busca suya voy al castillo de Monteagudo, antes de reclutar mi gente, para entregarle una carta de Sir Claudio Latour, rogándole que ocupe el mando vacante por la partida de Montclus. Pero no quisiera presentarme a él solo, sino por lo menos con un buen par de futuros arqueros blancos.... ¿Qué dices tú á eso, ganapán? preguntó Simón dirigiéndose á un atlético leñador.

—Mujer y tres hijos tengo en mi cabaña, replicó éste y no puedo dejarlos por servir al rey.

—¿Y tú, mocito?

—Yo soy hombre de paz, contestó Roger, y además tengo otra misión muy distinta.

—¡No estáis vosotros malas gallinas! ¿Dónde están los hombres de Dunán, de Malvar, de Balsain? ¿No hay ya más que mujeres en Corvalle y Vernel? Pues entonces ¡rayos y truenos! ¿por qué no vestís guardapiés y cofia y os ponéis á manejar la rueca, que no á beber con hombres?

En aquel momento cayó una pesada mano sobre el hombro de Simón, la manaza de Tristán de Horla, á quien se oyó decir con gran calma:

—Sois un embustero de tomo y lomo, señor arquero, como lo prueban las patrañas que nos endilgáis hace media hora; y sois además un deslenguado y os abofetearé lindamente si repetís las palabras que acabáis de decir.

—¡Bravo, mon garçon! gritó el arquero riendo á carcajadas. Ya sabía yo que de haber un hombre en el corro no me costaría trabajo descubrirlo. ¿Conque tú quieres abofetearme, eh? Pues mira, otra cosa te propongo. Una lucha en regla. No á puñadas, porque yo tengo mi plan y no quiero echar á perder esa cara de pascua que Dios te ha dado. Nos plantamos aquí en medio de la sala, nos agarramos cómo y por dónde podamos, y si tú me derribas te regalo aquel soberbio cobertor de pluma, que gané en la toma de Narbona y que no tiene igual ni en la cámara del rey....

—Qué me place, asintió Tristán, quitándose apresuradamente ropilla y jubón y dejando ver los poderosos músculos de su cuello, pecho y brazos. Venid, arquero; ya podéis despediros de vuestro cobertor, y por lo menos de un par de huesos que voy á romperos contra el suelo.

—Eres todo un hombre, cabeza roja, exclamó el arquero con gran risa, poniendo á un lado su jarro y apretando el ancho cinto de cuero.

—Esperad, un momento, dijo un montero. Ya sabemos lo que el soldado apuesta; pero si vos perdéis, amigo Tristán ¿qué ganará con ello el otro?

—Yo nada tengo que apostar, replicó Tristán muy contrariado y mirando á Simón.

—Sí tienes, gigante mío, sí tienes, dijo éste. Si me derribas, te llevas el cobertor de una princesa; pero si te derribo yo, me llevo tu cuerpo, sin ser el diablo, y lo alisto por cuatro años en la Guardia Blanca, con otros mocetones como tú que espero llevarme á Francia y que si escapan con vida me lo han de agradecer.

—¡Eso es! Justa es la propuesta, exclamaron tres ó cuatro voces.

—Aceptado, y basta de charla, dijo Tristán adelantando el pie izquierdo, echando hacia atrás el cuerpo y abriendo y cerrando las enormes manos.

El arquero, aunque de estatura mucho menor, tenía músculos de acero y era luchador experto. Acercóse con cauto paso á su adversario, que le miraba con ceño, erizada la roja cabellera y pronto á asirle entre sus garras. Sonrióse el arquero, y de pronto se lanzó sobre su contrincante con la velocidad del rayo, rodeó con su pierna la de Tristán y enlazándole la cintura con sus nervudos brazos, procuró hacer caer de espaldas al gigante. Pocos hombres hubieran resistido aquel ataque furioso, pero Tristán, sin perder pie, dió al arquero una sacudida terrible y lo arrojó contra la pared como disparado por una catapulta.

—¡Ma foi! En poco ha estado que te ganaras el cobertor y me hicieras abrir con la cabeza una ventana más en esta honrada hostelería, dijo el sorprendido soldado, que á duras penas pudo conservar el equilibrio. Probemos otra vez.

Y volviendo al centro de la estancia fingió repetir su ataque anterior; inclinóse Tristán para echarle mano, tomando así la actitud que deseaba Simón, quien con rapidez increíble lo asió por ambas piernas, ó más bien se lanzó contra ellas, obligando á Tristán á caer hacia adelante y sobre las espaldas del arquero y de ellas de cabeza al suelo. Graves consecuencias hubiera tenido el golpazo para nuestro exnovicio, á no haberlo dado de lleno en la panza del malhadado pintor, que seguía durmiendo la mona en su rincón, ajeno á cuanto en la venta ocurría. Despertóse sobresaltado y dando grandes gritos, hiciéronle coro los espectadores con sus carcajadas y bravos; pero sobre todo aquel estrépito se oyeron las voces estentóreas del vencido atleta, pidiendo que continuase la lucha.

—¡Otra vez, otra vez! ¡Venid, arquero y por San Pacomio que os he de estrujar como un guiñapo!

—No en mis días, replicó Simón abrochando su coleto. Vencido estás en buena lid y no eres tú falderillo con quien se pueda jugar á menudo y sin riesgo.

—¿En buena lid, decís? Ha sido una trampa infame....

—No trampa, sino una jugarreta muy conocida de los luchadores franceses y que añadirá un magnífico recluta á las filas de la Guardia Blanca.

—Cuanto á eso, repuso Tristán, no me pesa haber perdido, pues hace una hora resolví irme con vos, que me placen vuestro talante y la vida de soldado, para la que me creo nacido. Sin embargo, hubiera querido daros una costalada y ganarme el cobertor de pluma.

—No lo dudo, mon ami, pero de tí depende buscarte un par de ellos donde abundan y con tus propios puños. ¡Á tu salud! ¿Pero qué le pasa al menguado ese, que tanto berrea?

Referíanse estas últimas palabras al dolorido pintor, que seguía sentado en su rincón y poniendo el grito en el cielo. De repente se levantó y mirando al corro con ojos espantados exclamó:

—¡Dios me valga! ¡No bebáis! La cerveza, el vino... ¡envenenados! y llevándose ambas manos al vientre echó á correr, traspuso la puerta y desapareció en la obscuridad, dejando á Simón, Tristán y demás bebedores desternillándose de risa.

Poco después se retiraron á sus casas algunos de éstos y á sus no muy blandos lechos los huéspedes de la tía Rojana. Roger, cansado de cuerpo y espíritu, cayó pronto en profundo mas no sosegado sueño y se imaginó presenciar ruidoso aquelarre en el que figuraban, á vueltas con sendas brujas y trasgos, juglares, pordioseros, monjes, soldados y los muchos y muy curiosos tipos congregados aquella noche en la posada del Pájaro Verde.

CAPÍTULO VII DE CÓMO LOS CAMINANTES ATRAVESARON EL BOSQUE

AL romper el alba estaba ya la buena ventera atizando el fuego en la cocina, malhumorada con la pérdida de los doce sueldos que le debía el estudiante de Exeter, quien aprovechando las últimas sombras de la noche había tomado su hatillo y salido calladamente de la hospitalaria casa. Los lamentos de la tía Rojana y el cacareo de las gallinas que tranquilamente invadieron la sala común apenas abrió aquella la puerta de la venta, no tardaron en despertar á los huéspedes. Terminado el frugal desayuno, púsose en camino el físico, caballero en su pacífica mula y seguido á corta distancia por el sacamuelas y el músico, amodorrado éste todavía á consecuencia de los jarros de cerveza de la víspera. Pero el arquero Simón, que había bebido tanto ó más que los otros, dejó el duro lecho más alegre que unas castañuelas, cantando á voz en cuello Los Amores de Albuino, trova muy popular á la sazón; y después de besar á la patrona y de perseguir á la criada hasta el desván, se fué al arroyo cercano, en cuyas cristalinas aguas sumergió repetidas veces la cabeza, "como en campaña," según decía.

—¿Á dónde os encamináis esta mañana, moro de paz? preguntó á Roger apenas le vió.

—Á Munster, á casa de mi hermano, donde permaneceré probablemente algún tiempo, contestó Roger. Decidme lo que os debo, buena mujer.

—¿Lo que vos me debéis? exclamó la ventera, que contemplaba admirada la muestra pintada por el joven la noche anterior. Decid más bien cuánto os debo yo, señor pintor. ¡Este sí que es un pájaro y no un muñeco; venid aquí, vosotros, y contemplad esta bella enseña!

—¡Calla, y tiene los ojos de color de fuego! exclamó la criada.

—Y unas garras y un pico que dan miedo, dijo Tristán.

—Miren el niño, y qué callado lo tenía, comentó el arquero. Es ese un gran pájaro y una bonita enseña para vos, patrona.

Complacido quedó el modesto artista al oir aquellos espontáneos elogios, y no menos al pensar que en la vida no todo eran rencores, luchas, crímenes y engaño, sino que podía ofrecer también momentos de legítima satisfacción. La ventera se negó redondamente á recibir un solo sueldo de Roger por su hospedaje, y el arquero y Tristán lo sentaron á la mesa entre ambos, invitándole á compartir su abundante almuerzo.

—No me sorprendería saber, dijo Simón, que también sabes leer pergaminos, cuando tan listo eres con pinceles y colores.

—Gran vergüenza sería para mí y para los buenos religiosos de Belmonte, que yo no supiera leer, contestó Roger. Como que he sido amanuense del convento por cinco años, y á los monjes debo todo lo que sé.

—¡Este mozalbete es un prodigio! exclamó el arquero mirándole con admiración. ¡Y sin pelo de barba y con esa cara de niña! Cuidado que yo le pego un flechazo al blanco, por pequeño que sea y á trescientos cincuenta pasos, cosa que no pueden hacer muchos y muy buenos arqueros de ambos reinos; pero que me ahorquen si puedo leer mi nombre trazado con esos garabatos que vosotros usáis. En toda la Guardia Blanca un solo soldado sabía leer y recuerdo que se cayó en una cisterna durante el asalto de Ventadour; lo que prueba que el leer y escribir no es para hombres de guerra, por mucho que le pueda servir á un amanuense.

—También yo entiendo algo de letra, dijo Tristán con la boca llena; por más que no estuve bastante tiempo con los monjes para aprenderlo bien, que ello es cosa de mucho intríngulis.

—¿Sí? Pues aquí tengo yo algo que te permitirá lucirte, repuso el arquero, sacando del pecho un pergamino que entregó á Tristán. Era un delgado rollo, firmemente sujeto con una cinta de seda roja y cerrado por ambos extremos con grandes sellos de igual color. El exnovicio miró y remiró largo tiempo la inscripción exterior, contraídas las cejas y medio cerrados los ojos.

—Como no he leído mucho estos días, acabó por decir, no estoy del todo seguro de lo que aquí reza. Yo puedo creer que dice una cosa y otro puede leer otra muy diferente. Pero á juzgar por lo largo de las líneas, paréceme que se trata de unos versículos de la Biblia.

—No estás tu mal versículo, camarada, dijo Simón moviendo la cabeza negativamente. Lo que es á mí no me haces creer que el señor Claudio Latour, valiente capitán si los hay, me ha hecho cruzar el canal sin más embajada que una salmodia. Pasa el rollo al mocito y apuesto un escudo á que nos lo lee de golpe.

—Pues por lo pronto, esto no es inglés, dijo Roger apenas leyó algunas palabras. Está escrito en francés, con muy primorosa letra por cierto, y traducido dice así: "Al muy alto y muy poderoso Barón León de Morel, de su fiel amigo Claudio Latour, Capitán de la Guardia Blanca, castellano de Biscar, señor de Altamonte y vasallo del invicto Gastón, Conde de Foix, señor de alta y baja justicia."

—¿Qué tal? dijo el arquero recobrando el precioso documento. Vales mucho, chiquillo.

—Ya me figuraba yo que decía algo por el estilo, comentó Tristán, pero me callé porque no entendí eso de alta y baja justicia.

—¡Vive Dios y qué bien lo entenderías si fueras francés! Lo de baja justicia quiere decir que tu señor tiene el derecho de esquilmarte, y la alta justicia lo autoriza para colgarte de una almena, sin más requilorios. Pero aquí está la misiva que debo llevar al barón de Morel, limpios quedan los platos y seco el jarro; hora es ya de ponernos en camino. Tú te vienes conmigo, Tristán, y cuanto al barbilindo ¿á dónde dijiste que ibas?

—Á Munster.

—¡Ah, sí! Conozco bien este condado, aunque nací en el de Austin, en la aldehuela de Cando, y nada tengo que decir contra vosotros los de Hanson, pues no hay en la Guardia Blanca arqueros ni camaradas mejores que los que aprendieron á tirar el arco por estos contornos. Iremos contigo hasta Munster, muchacho, ya que eso poco nos apartará de nuestro camino.

—¡Andando! exclamó alegremente Roger, que se felicitaba de continuar su viaje en tan buena compañía.

—Pero antes importa poner mi botín en seguridad y creo que lo estará por completo en esta venta, de cuya dueña tengo los mejores informes. Oid, bella patrona. ¿Véis esos fardos? Pues quisiera dejarlos aquí, á vuestro cuidado, con todas las buenas cosas que contienen, á excepción de esta cajita de plata labrada, cristal y piedras preciosas, regalo de mi capitán á la baronesa de Morel. ¿Queréis guardarme mi tesoro?

—Descuidad, arquero, que conmigo estará tan seguro como en las arcas del rey. Volved cuando queráis, que aquí habréis de hallarlo todo intacto.

—Sois un ángel, bonne amie. Es lo que yo digo: tierra y mujer inglesas, vino y botín franceses. Volveré, sí, no sólo á buscar mi hacienda sino por veros. Algún día terminarán las guerras, ó me cansaré yo de ellas, y vendré á esta tierra bendita para no dejarla más, buscándome por aquí una mujercita tan retrechera como vos.... ¿Qué os parece mi plan? Pero ya hablaremos de esto. ¡Hola, Tristán! Á paso largo, hijos míos, que ya el sol ha traspuesto la cima de aquellos árboles y es una vergüenza perder estas horas de camino. ¡Adieu, ma vie! No olvidéis al buen Simón, que os quiere de veras. ¡Otro beso! ¿No? Pues adiós, y que San Julián nos depare siempre ventas tan buenas como ésta.

Hermoso y templado día, que convirtió en gratísimo paseo el camino de los tres amigos hasta Dunán, en cuyas calles vieron numerosos hombres de armas, guardias y escuderos de la escolta del rey y de sus nobles, hospedados por entonces en el vecino castillo de Malvar, centro de las reales cacerías. En las ventanas de algunas casas menos humildes y destartaladas que las restantes se veían pequeños escudos de armas que señalaban el alojamiento de un barón ó hidalgo de los muchos que no había sido posible aposentar en el castillo. El veterano arquero, como casi todos los soldados de la época, reconoció fácilmente las armas y divisas de muchos de aquellos caballeros.

—Ahí está la cabeza del Sarraceno, iba diciendo á sus compañeros; lo cual prueba que por aquí anda Sir Bernardo de Brocas, á quien esas armas pertenecen. Yo le ví en Poitiers, en la última acometida que dimos á los elegantes caballeros franceses y os aseguro que peleó como un león. Es montero mayor de Su Alteza y trovador como hay pocos, pero no iguala al señor de Chandos, que canta unas trovas alegres con más gracia que nadie. Tres águilas de oro en campo azul; ese es uno de los Lutreles, dos hermanos á cual más esforzado. Por la media luna que va encima juzgo que debe de ser la divisa de Hugo Lutrel, hijo mayor del viejo condestable, á quien retiramos del campo de batalla de Romorantín con el pie atravesado por un dardo. Allí á la izquierda campea el casco con plumas rizadas de los Debrays. Serví un tiempo á las órdenes del señor Rolando Debray, gran bebedor y buena lanza, hasta que la gordura le impidió montar á caballo.

Así continuó comentando Simón, atentamente escuchado por Roger, mientras su hercúleo compañero contemplaba con interés los grupos de pajes y escuderos, los magníficos lebreles y los mozos que limpiaban armas y monturas ó discutían sobre los méritos de los corceles pertenecientes á sus señores respectivos. Al pasar frente á la iglesia se abrieron las puertas de ésta para dar salida á numeroso grupo de fieles. Roger dobló la rodilla y se descubrió, pero antes de que terminara su corta oración ya habían desaparecido sus dos compañeros en el recodo que más allá de la iglesia formaba la calle del pueblo y Roger tuvo que correr para alcanzarlos.

—¡Cómo! exclamó. ¿Ni siquiera un avemaría ante las abiertas puertas de la casa del Señor? ¿Así esperáis que Él bendiga vuestra jornada?

—Amigo, repuso Tristán, he rezado tanto en los últimos dos meses, no sólo al levantarme y acostarme sino en maitines, laudes y vísperas, que todavía me da sueño al pensar en ello y creo que tengo rezos anticipados para algunas semanas por lo menos.

—Nunca están demás las oraciones, observó Roger con calor. Es lo único que puede valernos. ¿Qué es, sino una bestia, el hombre para quien la vida se reduce á comer, beber y dormir? Sólo cuando se acuerda del inmortal espíritu que lo anima se eleva y se convierte en hombre, en sér racional. ¡Pensad cuán triste sería que el Redentor hubiese derramado en vano su preciosa sangre!

—¡Tate, y qué gran cosa es el muchacho éste, que se ruboriza como una doncella y al propio tiempo sermonea como todo el sacro Colegio de Cardenales! exclamó el arquero. Y á propósito, ya que de la muerte de Nuestro Señor nos hablas, juro que no puedo pensar en ello sin desear que aquel bribón de Judas Iscariote, que por la cuenta debió de ser francés, hubiese venido por estas tierras, para tener el gusto de pegarle cien flechazos, desde los pies hasta la coronilla. Y no fueron menos canallas los que crucificaron á Jesús. Por mi parte, la muerte que prefiero es la que se recibe en el campo de batalla, cerca de la gran bandera roja con su león rampante, entre las voces de los combatientes, el chocar de las armas y el silbido de las flechas. Pero eso sí, máteme lanza, espada ó dardo, caiga yo á los golpes del hacha de combate ó atravesado por alabarda ó daga; pero me parecería una vergüenza recibir la muerte de una de esas bombardas que ahora empiezan á usar gentes cobardes, que derrengan á un valiente desde lejos y son más propias para asustar mujercillas y niños con sus fogonazos y estampidos que para habérselas con hombres de pelo en pecho.

—Algo he leído en el claustro sobre esas nuevas máquinas de guerra, dijo Roger. Y á duras penas comprendo cómo una bombarda pueda lanzar pesada esfera de hierro á doble distancia que la alcanzada por la flecha del mejor arquero, y con fuerza suficiente á destrozar armaduras y batir murallas.

—Así es, en efecto. Pero también es cierto que mientras los noveles armeros limpiaban sus bombardas y les hacían tragar un polvo negro que debe de ser obra del diablo y les atacaban una de sus pelotas de hierro, nosotros los arqueros blancos solíamos atizarles hasta diez flechazos cada uno, dejando ensartados y tendidos á buen número de aquellos bellacos, que Dios confunda. Sin embargo, no negaré que en el cerco de una plaza ó una fortaleza, las compañías de pedreros y bombardas prestan magno servicio y abren á los verdaderos soldados la brecha que necesitamos para ir á verle de cerca la cara al enemigo.... Pero ¿qué esto? Alguien gravemente herido ha pasado hace poco por aquí. ¡Mirad!

Al decir esto señalaba y seguía el soldado un rastro de sangre que teñía la hierba y las piedras del camino.

—Un ciervo herido, quizás....

—No lo creo. Soy bastante buen cazador para descubrir su pista, si alguno hubiera pasado por aquí. Quienquiera que sea, no anda lejos. ¿Oís?

Los tres se pusieron á escuchar. De entre los árboles del bosque llegaba hasta ellos el ruido de unos golpes dados á intervalos regulares, el eco de ayes y lamentos dolorosos y una voz que entonaba acompasado canto. Llenos de curiosidad, se adelantaron rápidamente y vieron entre los árboles á un hombre alto, delgado, que vestía largo hábito blanco y andaba lentamente, inclinada la cabeza y cruzadas las manos. Abierto y caído el hábito desde los hombros hasta la cintura, dejaba descubiertas las espaldas, que aparecían cárdenas y ensangrentadas, dejando correr hilos de sangre que manchaban la túnica y goteaban sobre el suelo. Iba tras él otro individuo de menor estatura y más edad, vestido como el primero y con un libro abierto en la mano izquierda, al paso que la derecha empuñaba unas largas disciplinas, con las que azotaba cruelmente á su compañero al terminar la lectura de cada una de las oraciones que en francés salmodiaba.

Asombrados contemplaban nuestros viajeros el inesperado espectáculo, cuando el azotador entregó libro y disciplinas á su compañero y descubrió sus propias espaldas, de las que muy pronto empezó á correr la sangre, á los zurriagazos furibundos que le daba su verdugo. Cosa extraña y nueva aquella para Roger y Tristán, mas no para el arquero.

—Son los Penitentes, dijo; unos frailes que á cada paso encontrábamos en Francia y muy numerosos en Italia y Bohemia, pero apenas conocidos todavía en Inglaterra, donde ciertamente no esperaba yo verlos. Aun los pocos que aquí hay son todos extranjeros, según me han dicho. ¡En avant! Pongámonos al habla con esos reverendos que en tan poco estiman su pellejo.

—Bastante os habéis azotado ya, padres míos, les dijo el arquero en buen francés al llegar junto á los penitentes. Largo es el reguero de vuestra sangre en el camino. ¿Por qué os maltratáis de esa manera?

—¡C'est pour vos péchés, pour vos péchés! murmuraron ambos, fijando en los recienllegados sus tristes miradas. Y volvieron á manejar las disciplinas tan vigorosamente como antes, sin atender á las palabras y súplicas de los desconocidos, quienes renunciaron á seguir contemplando aquel triste cuadro ya que no podían impedirlo, y se pusieron apresuradamente en camino.

—¡Por vida de los babiecas estos! exclamó Simón. Si mis pecados necesitan sangre que los lave, más de dos azumbres de la que corre por mis venas he dejado yo en tierra de Francia; pero perdida en buena lucha y no friamente y gota á gota, como la derraman los penitentes sin más ni más. Pero ¿qué es eso, mocito? Estás más blanco que las famosas plumas del casco de Montclus, que nos servían para reconocerle y seguirle allá en Narbona. ¿Qué te pasa?

—No es nada, dijo Roger. No estoy acostumbrado á ver correr la sangre humana.

—Caso extraño es para mí, dijo el veterano, que quien tan bien piensa y mejor habla tenga el corazón tan débil....

—¡Alto ahí! exclamó Tristán. No es flaqueza de ánimo, que yo conozco bien á este muchacho. Su corazón es tan entero como el tuyo ó el mío; lo que hay es que tiene en su mollera mucho más de lo que tú tendrás nunca debajo de ese puchero de peltre que te cubre el cráneo y por consiguiente ve más allá y siente más hondo que nosotros, y se afecta con lo que no puede afectarnos.

—No hay duda que para mirar con indiferencia correr la sangre se requiere aprendizaje, asintió Simón, después de reirse de la irrespetuosa salida de su recluta.

—Estos religiosos extranjeros me parecen gente muy santa, observó Roger, pues de lo contrario no se impondrían tan cruel martirio en satisfacción de pecados ajenos.

—Pues yo me río de ellos y de sus azotes, salmos y melindres, dijo Tristán. ¿Á quién aprovecha la sangre que derraman? Déjate de simplezas, Roger, que después de todo esos frailes pueden ser muy bien como algunos que tú y yo conocemos, ¿eh? Más les valiera dejar tranquilas sus espaldas y no meterse á redentores sino ser algo más humildes, que á la legua se les trasluce el orgullo.

—¡Por el rabo de Satanás, recluta, jamás creí que con esa cabeza color de zanahoria pudieras tú pensar cosas tan discretas! Diga lo que quiera el sabio Roger, ni este arquero, ni por lo visto este mameluco rojo, creerán jamás que al buen Dios le guste ver á los hombres, frailes ó no frailes, abriéndose las carnes con un rebenque. De seguro que mira con mejores ojos á un soldado franco y alegre como yo, que nunca ofendió al vencido ni volvió la espalda al enemigo.

—Pensáis como podéis, y creéis decir bien, repuso Roger. Pero ¿acaso imagináis que no hay en el mundo otros enemigos que los guerreros franceses, ni más gloria que la que pueda alcanzarse combatiéndolos? Vos tendríais por esforzado campeón al que en un solo día venciese á siete poderosos rivales. Pues ¿qué me decís del justo que ataque, venza y subyugue á esos otros siete y más poderosos enemigos del alma, los pecados capitales, con algunos de los cuales ha de durar su lucha años enteros? Esos campeones que yo admiro son los modestos servidores de Dios que mortifican la carne para dominar el espíritu. Los admiro y los respeto.

—Sea en buen hora, mon petit, y nadie te lo ha de impedir mientras yo ande cerca. Para predicador no tienes precio. Como que me recuerdas al difunto padre Bernardo, que fué un tiempo capellán de la Guardia Blanca y que era un ángel con verrugas y cabellos canos. Por cierto que en la batalla de Brignais lo atravesó con su pica un soldado tudesco al servicio del rey de Francia, sacrilegio por el cual obtuvimos que el Papa de Avignón excomulgara al matador. Pero como nadie le conocía y sólo sabíamos de él que era bajo y rechoncho y manejaba la pica como un ariete, es de temer que la excomunión no le haya alcanzado, ó lo que es peor, que haya recaído sobre algún otro maldito tudesco de los muchos que dejan su tierra para dejar después el pellejo en Francia.

Rióse Roger de los fantásticos conocimientos canónicos del veterano, á quien preguntó si la valiente Guardia Blanca había llegado en efecto hasta Avignón y doblado la rodilla ante el sucesor de San Pedro.

—No lo dudes, chiquillo, contestó Simón. Dos veces he visto yo al Papa Urbano con mis propios ojos. Es, ó era, porque en el campamento se habló hace poco de su muerte, un viejecillo chiquitín, con ojos muy grandes, nariz encorvada y un mechón de pelo blanco en la barba. La primera vez le sacamos diez mil ducados, pero gritó y se enfureció de mala manera. La segunda entrevista fué para pedirle veinte mil ducados más, y te aseguro que armó un cisco feroz. Tres días de reyertas y cabildeos nos costó antes de que nuestro capitán nos llamara para recibir y conducir las talegas que contenían las doblas de oro. Yo he creído siempre que hubiéramos salido mejor librados saqueando el palacio del Papa, pero los jefes ingleses se opusieron á ello. Recuerdo que un cardenal vino á preguntarnos si preferíamos recibir quince mil ducados con una indulgencia plenaria para cada arquero, ó veinte mil ducados con la maldición de Urbano V. En todo el campo no hubo más que una opinión: veinte mil ducados. Sin embargo nuestro capitán acabó por ceder y recibimos la bendición apostólica contra toda nuestra voluntad y un sin fin de indulgencias. Quizás valiera más así, porque bien las necesitábamos los arqueros blancos por aquel entonces.

El piadoso Roger escuchaba horrorizado aquellos detalles. Las creencias de toda su vida, su profundo respeto por la dignidad pontificia, la veneración que profesaba al jefe visible de la Iglesia, todo le impulsaba á protestar contra la escandalosa irreverencia del soldado. Parecíale que con solo escuchar el impío relato había pecado él mismo; que el sol debía ocultar sus brillantes rayos tras negras nubes y trocar el campo sus alegres galas por la desolación y la tristeza del desierto. Sólo recobró un tanto la perdida calma cuando se hubo postrado de hinojos ante una de las toscas cruces inmediatas al camino y orado fervorosamente, pidiendo para el arquero y para sí mismo el perdón del Cielo.

CAPÍTULO VIII LOS TRES AMIGOS

TRISTÁN y Simón siguieron andando. Al terminar Roger sus oraciones recogió bastón y hatillo y corriendo como un gamo no tardó en llegar á una cabaña situada á la izquierda del sendero y rodeada de una cerca, junto á la cual estaban el arquero y su recluta, mirando á dos niños de unos ocho y diez años respectivamente; plantados ambos en medio del jardinillo que cercaba la casa, silenciosos é inmóviles, fija la vista en los árboles del otro lado del camino y teniendo en la mano izquierda, extendido horizontalmente el brazo, unos largos palos á manera de pica ó alabarda, parecían dos soldados en miniatura. Eran ambos de agraciadas facciones, azules ojos y rubio cabello; el bronceado color de su tez era claro indicio de la vida que hacían al aire libre en la soledad del frondoso bosque.

—¡De tal palo tal astilla! gritaba regocijado el buen Simón al llegar Roger. Esta es la manera de criar chiquillos. ¡Por mi espada! yo mismo no hubiera podido adiestrarlos mejor.

—Pero ¿qué es ello? preguntó Roger. Parecen dos estatuas. ¿Les pasa algo?

—No, sino que están acostumbrando y fortaleciendo el brazo izquierdo para sostener debidamente, cuando sean hombres, el pesado arco de combate. Así mismo me enseñó mi padre y seis días de la semana tenía que aguantarme en esa posición lo menos una hora por día, sosteniendo á brazo tendido el pesado bastón herrado de mi padre, hasta que el brazo me parecía de plomo. ¡Hola, bribonzuelos! ¿cuánto os falta todavía?

—Hasta que el sol salga por encima de aquel roble más alto y nos haga cerrar los ojos, contestó el mayor.

—¿Y qué váis á ser vosotros? ¿Pecheros, leñadores?

—¡No, arqueros! dijeron ambos á una voz.

—¡Bien contestado, granujas! Ya se echa de ver que vuestro padre es de los míos. Pero ¿qué haréis cuando seáis soldados?

—Matar escoceses, dijo el chiquitín frunciendo el ceño.

—¡Acabáramos! ¿Y qué entuerto os han hecho los pobres súbditos del rey Roberto? Sé que las galeras de España y Francia no han andado muy lejos de Southampton en estos últimos tiempos, pero dudo que los escoceses asomen por aquí ahora ni en muchos años.

—Pues nosotros, insistió el mayor de los niños, aprendemos á manejar el arco para matar escoceses, y no franceses ni españoles, porque aquéllos fueron los que cortaron los dedos á nuestro padre, para que no pudiera volver á manejar su arco.

—Muy cierto es eso, dijo una voz sonora detrás de los caminantes.

Era el que hablaba un rudo campesino de alta estatura, que al acercarse levantó ambas manos, á cada una de las cuales le faltaban el pulgar y los dos primeros dedos.

—¡Por San Jorge! ¿Quién os ha maltratado de esa manera, camarada? preguntó Simón.

—Bien se echa de ver, repuso el otro, que sois nacido lejos de la tierra maldita de Escocia y que aunque soldado, no os han conducido nuestras banderas á las guaridas de aquellos lobos. De lo contrario reconoceríais desde luego en estas mutilaciones la barbarie de Douglas el Diablo, ó el Conde Negro, como también le llaman.

—¿Os hizo prisionero?

—Sí, por mi mal. Nací en el norte, en Beverley, cerca de la frontera escocesa, y bien puedo decir que por muchos años no hubo mejor arquero desde Trent hasta Inverness. Mi fama me perdió, lo mismo que á otros muchos buenos tiradores ingleses, pues cuando nuestras luchas nos hicieron caer en manos de Douglas, aquella hiena, en lugar de matarnos, nos hizo cortar tres dedos de cada mano para que no pudiésemos despacharle más soldados ó atravesarle á él mismo los hígados de un flechazo. ¡Quiera Dios que estos dos hijos míos paguen un día con creces la deuda de su padre! Entre tanto, el rey me ha dado esa casita y algunas tierras acá en el sur, y de su producto vivimos. ¡Á ver, muchachos! ¿Cuál es el precio de los dos pulgares de vuestro padre?

—Veinte vidas escocesas, contestó el mayor.

—¿Y por los otros cuatro dedos que me faltan?

—Diez vidas más, dijo su hermanito.

—Total treinta. Cuando puedan doblar mi gran arco de guerra, los enviaré á la frontera, para que se alisten á las órdenes del invencible Copeland, gobernador de Carlisle. Y os aseguro que como lleguen á verse frente á frente de mi verdugo y á menos de cuatrocientos pasos, no cortará más dedos ingleses el viejo zorro de Douglas.

—Así viváis para verlo, camarada, dijo Simón. Y vosotros, mes enfants, tened presente el consejo de un arquero veterano y que sabe su oficio: al tender el arco, la mano derecha pegada al cuerpo, para tirar de la cuerda no sólo con la fuerza del brazo, sino con ayuda del costado y muslo derechos. Y por vuestra vida, aprended también á disparar formando curva, pues aunque de ordinario la flecha va derecha al blanco, os hallaréis muchas veces atacando á gentes parapetadas tras las almenas ó en lo alto de una torre, ó á enemigos que ocultan pecho y cara con el escudo y á quienes sólo matan las flechas que les caen del cielo. No he tendido un arco hace dos semanas, pero eso no quita que os pueda dar una lección práctica, para que sepáis cómo taladrarle los sesos á un escocés, aunque sólo le veáis las plumas de la gorra.

Diciendo esto, asió Simón el poderoso arco que á la espalda llevaba, tomó tres flechas y señaló á los niños, que ávidamente seguían todos sus movimientos, un altísimo árbol y más allá, en un claro del bosque, un tronco carcomido de un pie de diámetro y no más de dos ó tres de altura. Midió el arquero la distancia con mirada de águila y en seguida lanzó las tres flechas una tras otra, con increíble rapidez y apuntando á lo alto. Las flechas pasaron rozando las ramas más elevadas del árbol y dos de ellas fueron á clavarse en el tronco de que hemos hablado, describiendo una curva enorme y perfecta. La tercera flecha rozó el seco tronco y penetró profundamente en la tierra, á dos pulgadas de aquél.

—¡Soberbio! exclamó el mutilado arquero. ¡Aprended, muchachos, que este es buen maestro!

—Á fe mía que si empezara á hablaros de arcos y ballestas no acabara en todo el día, dijo Simón. En la Guardia Blanca tenemos tiradores capaces de asaetear uno por uno todos los encajes y junturas de la armadura mejor construida. Y ahora, pequeñuelos, id á traerme mis flechas, que algo cuestan y mucho sirven y no es cosa de dejarlas clavadas en los troncos secos del camino. Adiós, camarada; os deseo que adiestréis ese par de halconcillos de manera que un día puedan traeros buena caza y le saquen también los ojos al pajarraco con quien tenéis pendiente tan grave cuenta.

Dejando atrás al mutilado arquero, siguieron la senda que se estrechaba al penetrar en el bosque, cuyo silencio interrumpió de pronto el ruido de una carrera precipitada entre la maleza. Un instante después saltó al camino una hermosa pareja de gamos, y aunque los viajeros se detuvieron, el macho, alarmado, saltó de nuevo y desapareció á la izquierda del camino. La hembra permaneció unos instantes como asombrada, mirando al grupo con sus grandes y dulces ojos. Contemplaba Roger con admiración el soberbio animal, pero Simón no pudo resistir el instinto del cazador y preparó su arco.

—¡Tête Dieu! exclamó en voz baja. No vamos á tener mal asado en la comida.

—¡Teneos, amigo! dijo Tristán posando la mano sobre el arco de Simón, á tiempo que el gamo desaparecía á todo correr. ¿No sabéis que la ley es rigorosísima? En mi mismo pueblo de Horla recuerdo á dos cazadores á quienes sacaron los ojos por matar esos animales. Confieso que no me fuisteis muy simpático la primera vez que os ví y oí, pero desde entonces he aprendido á estimaros y ¡por la cruz de Gestas! no quisiera ver el cuchillo de los guardabosques jugándoos una mala partida.

—Tengo por oficio arriesgar mi pellejo, repuso Simón encogiéndose de hombros.

Sin embargo, volvió á poner la flecha en su aljaba, se echó el arco al hombro y continuó andando entre sus dos amigos. Iban subiendo una cuesta y pronto llegaron á un punto elevado desde el cual pudieron ver á la izquierda y detrás de ellos el espeso bosque y hacia la derecha, aunque á gran distancia, la alta torre blanca de Salisbury, cuyas alegres casitas rodeaban la iglesia y se extendían por la ladera. La vegetación poderosa, el aire puro de la montaña, el canto de multitud de pajarillos y la vista de los ondulantes prados que más allá de Salisbury se divisaban, eran espectáculo tan nuevo como interesante para Roger, que hasta entonces había vivido en la costa. Respiraba con delicia y sentía que la sangre corría con más fuerza por sus venas. El mismo Tristán apreció la belleza del paisaje y el robusto arquero entonó, ó por mejor decir, desentonó algunas picantes canciones francesas, con voz y berridos capaces de no dejar un solo pájaro en media milla á la redonda.

Tendiéronse sobre la hierba y tras breve silencio dijo Simón:

—Me gusta el compañero ese que hemos dejado allá abajo. Se le ve en la cara el odio que guarda á su verdugo, y á la verdad, me placen los hombres que saben preparar una venganza justa y mostrar un poco de hiel cuando llega la ocasión.

—¿No sería más humano y más noble mostrar un poco de amor al prójimo? preguntó Roger.

—Sermoncico tenemos, dijo Simón. Pero á bien que en eso de amor al prójimo estoy contigo, padre predicador; porque supongo que incluirás al bello sexo, que no tiene admirador más ferviente que yo. ¡Ah, les petites, como decíamos en Francia, han nacido para ser adoradas! Me alegro de ver que los frailes de Belmonte te han dado tan buenas lecciones, muchacho.

—No, no hablo del bello sexo ni de amor mundano. Lo que quise decir fué que bien pudo el vengativo campesino tener en su corazón menos odio á sus enemigos.

—Es imposible, contestó Simón moviendo la cabeza negativamente. El hombre ama naturalmente á los suyos, á los de su raza. Pero ¿cómo puede comprenderse que un inglés sienta el menor afecto por escoceses ó franceses? No los has visto tú en una de sus correrías, hendiendo cabezas y sajando cuerpos de hermanos nuestros. ¡Por el filo de mi espada! preferiría darle un abrazo al mismo Belcebú antes que estrechar la mano de uno de esos bergantes, aunque se llame el rey Roberto, ó Douglas el Diablo de Escocia, ó sea el mismísimo condestable Bertrán Duguesclín de Francia. Voy sospechando, mon garçon, que los obispos saben más que los abades, ó por lo menos dejan muy atrás á tu abad de Belmonte, porque yo mismo he visto con estos ojos al obispo de Lincoln agarrar con ambas manos un hacha de dos filos y atizarle á un soldado escocés tamaño hachazo que le partió la cabeza en dos, desde la coronilla hasta la barba. Con que si esa es la manera de mostrar amor fraternal, tú dirás.

Ante argumento tan irresistible como el hachazo del obispo se quedó Roger sin réplica y no poco escandalizado.

—¿Es decir que también habéis hecho armas contra los escoceses? preguntó por fin.

—¡Pues bueno fuera! El primer flechazo que tiré desde las filas, y á matar, fué allá por Milne, un pedregal escocés lleno de cañadas y vericuetos. Nos mandaban Berwick y Copeland, el mismo que después hizo prisionero al rey de aquellos montañeses. Buena escuela, recluta, buena escuela es aquella para gente de guerra, y siento que antes de llevarte á Francia no hayas dado un paseo por aquellos riscos.

—Tengo entendido que son los escoceses buenos guerreros, observó Tristán.

—Fuertes y sufridos; no adelantan durante el combate, pero tampoco huyen, sino que se aguantan á pie firme, dando cada toque que saca chispas de cascos y coseletes. Con el hacha y la espada de combate no tienen igual, pero son muy malos ballesteros, y lo que es con el arco, no se diga. Además, los escoceses son por lo general muy pobres, aun sus jefes, y pocos de ellos pueden comprarse una cota de malla tan modesta como la que yo llevo puesta. De aquí que luchen con gran desventaja contra nuestros caballeros, muchos de los cuales llevan encima yelmos, petos, manoplas y cotas que representan el valor de cuatro ó seis mayorazgos escoceses. Hombre por hombre, con iguales armas, son tan buenos soldados como los mejores de Inglaterra y de toda la cristiandad.

—¿Y qué nos decís de los franceses?

—Son también combatientes de gran pujanza. Nuestras armas han sido muy afortunadas en Francia, mas no por eso hay que tener en menos á sus soldados. Los he visto pelear en campo abierto y encerrados en sus fortalezas, en asaltos, emboscadas, salidas, sorpresas nocturnas, duelos, justas y torneos; y puedo aseguraros, muchachos, que tienen el corazón valiente y el brazo duro. Entre los caballeros que seguían á Duguesclín podría citaros en este momento una veintena capaces de romper lanzas, sin desventaja, con los más brillantes paladines de Inglaterra. En tanto el pueblo, agobiado con tributos y gabelas, sufre, trabaja y calla, y vive como Dios le da á entender.

—¿Habéis visitado otros países? preguntó Roger, á quien aquellos relatos é informes interesaban sobre manera.

—He estado en Holanda, en Flandes y el Brabante y creo que de esta hecha Tristán tendrá oportunidad de ver no sólo buena parte de Francia, sino también algo y aun algos de la hermosa tierra de España. Del holandés os diré que es tardo y pesado, y que no desenvaina la espada por los bellos ojos de una doncella ni por un quítame allá esas pajas; pero con justa causa y buenos capitanes, sabe defender su país, más mojado que charca de ranas; y sobre todo, no toquéis sus fardos de lana, sus terciopelos de la antigua Brujas y demás mercaderías, porque entonces se enfurece y hay que matarlo para hacerlo entrar en razón. ¡Sí, reíos! Pues acordaos de lo que les pasó á los franceses en Courtrai, donde los gordinflones holandeses les enseñaron que sabían manejar el acero tan bien como forjarlo.

—¿Qué pensáis de los españoles? preguntó Roger.

—Raza guerrera de veras. Como que á la fecha llevan seis siglos largos de continua lucha con lo más aguerrido de la gente árabe, que se posesionaron de casi todo el país y á lo que creo ocupan todavía la mitad de la Península. Me las hube con los súbditos del rey de Castilla en el mar, cuando su flota vino á retarnos en Chelsea, y allí tuvimos con ellos un zafarrancho de mil demonios, en el que participaron ochenta naves inglesas y españolas. Y ahora que he contestado á tus preguntas, mocito, voy á hacerte una proposición. Veo que te interesan mis relatos, sé que harías carrera en el ejército á pesar de que pareces un alfeñique, pero tienes buen consejo. Pues oye, elige uno cualquiera de los objetos que dejé en la venta, el que te parezca más valioso, y te lo regalo, á condición de que te vengas con este zagalón y conmigo á Francia, en cuanto termine la misión que me lleva al castillo de Monteagudo.

—No puede ser, replicó el joven. De mil amores iría con vos á Francia ó á cualquier otro país, no sólo porque me place escucharos, sino porque fuera de Belmonte sois los únicos amigos que tengo en el mundo. Pero debo acatar la voluntad de mi padre muerto y ver ante todo á mi único hermano. Lo que después suceda está por ver, pero desde luego os digo que haríais conmigo una triste adquisición para vuestra Guardia Blanca, pues ni por temperamento ni por educación sirvo yo para ese continuo batallar en que vos vivís.

—¡Culpa es de mi parlera lengua! gritó el arquero. No le doy suelta sin que se ponga á hablar de flechazos y estocadas, como si nada más hubiera en el mundo. Pero ven acá, doctorcillo mío, y déjame explicarte lo que tengo en mientes. Has de saber que no sólo necesitamos soldados y ballestas. En primer lugar, por cada pergamino que se ve en Inglaterra hay que escribir ó descifrar veinte en Francia. Por cada estatua, por cada piedra preciosa tallada, por cada blasón, escudo ó divisa, moldura y relieve que aquí pueda ocupar y dar de comer á un amanuense hábil y discreto como tú, hay allí ciento. En el saco de Carcasona ví yo habitaciones enteras atestadas de pergaminos, sin que ninguno de nosotros pudiera leer una palabra de tanto fárrago. En Arlés y Nimes hay ruinas de arcos y palacios y santuarios, mosaicos, pinturas é inscripciones, tan antiguos unos y tan primorosos otros, que multitud de gentes van á admirarlos, no sólo de toda Francia sino de otras naciones. En tus ojos veo ya el deseo de contemplar tanta cosa buena. ¡Vente con nosotros y voto á tal que no ha de pesarte!

—Mucho desearía yo ver todas esas riquezas de la antigüedad y esos primores del arte, dijo Roger.

—Otra cosa. Allá he dejado yo más de trescientos arqueros blancos que desde hace dos años no han oído una sola palabra de consejo, ni una plática religiosa y bien sabe Dios que nadie lo necesita tanto como ellos. Si tienes deberes aquí, tampoco es mala misión la que te ofrezco. Hasta ahora tu hermano se ha pasado sin tí muy bonitamente y por Tristán sé que en veinte años no se ha tomado una sola vez el trabajo de ir á Belmonte para mirarte á la cara. ¡Valiente hermanito vas tú á buscar!

—¡No, pues y la fama que tiene en toda la comarca! añadió Tristán. Todo el mundo sabe y de ello hemos hablado tú y yo en el convento, que tu pariente Hugo de Clinton es un bebedor sin tasa, pendenciero y jugador, que ha dado escándalos mayúsculos y que probablemente hará tanto caso de tí como de un perro, si es que no te maltrata.

—No puedo creerlo, repuso Roger. Y si tan malo es, mayor deber tengo yo, su único hermano, de darle algunos buenos consejos. No insistáis, amigos, que yo de buena gana os siguiera, si fuese libre mi elección. Y ahora, separémonos. Hé allí la torre cuadrada de Munster y aquí el sendero que según me explicó el abad lleva directamente al pueblo.

—Dios te guarde, muchacho, exclamó el arquero dándole un estrecho abrazo. Soy pronto en odiar y en querer, y te aseguro que me duele separarme de tí.

—¿No sería bien aguardar aquí hasta ver qué recibimiento le hace su hermano? propuso Tristán.

—No tal, dijo Roger. Bien ó mal recibido, lo probable es que me quede en la granja de Munster y esperarme aquí sería tiempo perdido.

—Sin embargo, observó Simón, por lo que pueda ocurrir bueno será que sepas dónde hallarnos, llegado el caso. Mira; Tristán y yo vamos á seguir ese camino de la izquierda, dejando á la derecha el bosque y el atajo que vas á tomar. Al caer la noche llegaremos al castillo de Monteagudo, residencia antes del conde Guillermo de Salisbury, de quien es condestable el barón de Morel que ahora habita aquel castillo. ¿Te acordarás? Es muy probable que allí permanezcamos alojados cosa de un mes, hasta nuestra salida para Francia.

Gran esfuerzo costó á Roger separarse de aquellos dos buenos amigos, sobre todo inclinado como estaba á la vida de viajes y aventuras que tanto le atraía, no por los alicientes que en ella pudieran hallar hombres como el arquero y su recluta, sino por el vasto campo que ofrecía á su vivo deseo de aprender, de ver el mundo y de aprovechar prácticamente los variados conocimientos, oficios y artes adquiridos en el convento de Belmonte. No se atrevió á mirar atrás por temor de que flaqueara su resolución, y sólo cuando hubo andado buen trecho y ocultádose entre los árboles arriesgó una última mirada. El arquero continuaba inmóvil en el lugar mismo donde se habían despedido, cruzado de brazos y mirando al suelo pensativamente. El sol hacía brillar su almete y las mallas de su cota y sobre el hombro se veía la extremidad del enorme arco de guerra. Junto á él estaba el gigantesco Tristán, llevando todavía la raida vestimenta del batanero de Léminton. Momentos después siguieron ambos su camino y Roger tomó á buen paso el de la granja de su hermano.

CAPÍTULO IX EN LA SELVA DE MUNSTER

PASABA el sendero entre corpulentos y elevados árboles, cuyas ramas formaban en muchos puntos verdes arcos sobre el camino, recubierto de hierba y hojas secas. Pocas personas solían recorrerlo y el silencio era completo; una sola vez oyó Roger á lo lejos el agudo ladrido de los perros de caza.

No sin alguna emoción recordaba el viajero que todo aquel bosque y gran parte de las tierras colindantes habían pertenecido un día á la entonces poderosa familia de Clinton. Conocedor de la historia de su casa, sabía que descendía de aquel Godofredo de Clinton, señor de las villas de Munster y Bisterne cuando los normandos posaron por primera vez la planta en territorio inglés. Pero las vicisitudes de la época privaron á sus descendientes de gran parte de aquellos dominios y por fin les fué confiscado el señorío de Bisterne en provecho del patrimonio real, por complicidad de uno de los Clinton en un alzamiento sajón. Las depredaciones de grandes señores feudales siguieron aminorando la propiedad, y no menos la redujeron algunas donaciones á la iglesia, como la hecha por el padre de Roger, que abrió á éste las puertas de Belmonte. Convertido aquél en arrendatario de Belmonte, ocupó hasta su muerte la antigua casa señorial de Munster, habitada ahora por su hijo mayor, á quien dejó encomendado el cultivo de dos granjas y la propiedad de algún ganado y parte del bosque. No ignoraba Roger que á pesar de la decadencia de la familia, su hermano Hugo ocupaba todavía una posición independiente y de relativa importancia en la comarca, y contemplaba con orgullo aquellos gigantes del bosque perteneciente por tantas generaciones á los Clinton de Munster. Absorto en sus recuerdos, sorprendióle la repentina aparición de un hombre vestido como los campesinos del país, alto y vigoroso, que le interceptó el paso enarbolando largo y nudoso bastón.

—¡Ni un paso más! gritó el desconocido. ¿Quién eres que así te atreves á poner el pie en este bosque? ¿Qué buscas y á dónde vas?

—¿Y quién sois vos para hacerme esas preguntas? dijo á su vez Roger poniéndose en guardia.

—Quien puede abrirte el cráneo de un garrotazo si tienes tarda la lengua, fué la brutal respuesta. Pero ¿dónde he visto yo antes esa cara?

—Anoche, sin ir más lejos, en la posada del Pájaro Verde, dijo Roger, que acababa de reconocer á Rodín, el pechero amenazado por Tristán y que tan violentamente se expresara contra el rey y sus nobles y en particular contra su señor el barón de Ansur.

—¡Calla, pues es verdad! ¿Y qué llevas en ese zurrón?

—Nada de valor, alguna ropa y media docena de libros.

—Eso es lo que tú dices, pero lo que es á mí, ver y creer. Venga el zurrón.

—No lo esperéis.

—¡Por los clavos de Cristo! ¿No sabes, rapaz, que puedo descuartizarte en un santiamén?

—Dado os hubiera las pocas monedas que poseo si me hubiérais pedido en nombre de la caridad. Pero amenazáis como un bandido y sabré defenderme. Sin contar que no escaparéis á la venganza del arrendatario de Munster cuando sepa la villana manera como tratáis á su hermano en sus mismas tierras.

—¡Nuestra Señora de Rocamador me valga! exclamó asustado el malhechor bajando su arma. ¿Vos hermano de Hugo de Clinton? ¡Cómo había de figurármelo! No seré yo quien os robe ni os detenga un momento más.

—Puesto que conocéis á mi hermano, hacedme la merced de indicarme el más corto camino para su casa.

Antes de que pudiera contestar el bandolero se oyeron las sonoras notas de una trompa de caza y vió Roger un hermoso caballo blanco que pasó á la carrera entre los árboles á corta distancia, seguido de la traílla y de numerosos cazadores. Las voces de éstos, el galopar de los caballos y los ladridos de los perros resonaron ruidosamente en todo el bosque. Oíanse todavía los gritos con que animaban á los sabuesos: "¡Sus, Bayardo, Moro, Lebrel! ¡Sus, Sus!" cuando resonó de nuevo el trote de los caballos y apareció un grupo de cazadores á pocos pasos de Roger.

Precedíalos un hombre de cincuenta á sesenta años de edad, de robusto cuerpo y atezado rostro, bajo cuyas pobladísimas cejas brillaban dos ojos de imperiosa y penetrante mirada. Llevaba larga barba entrecana y todo en su aspecto y ademanes revelaba al hombre acostumbrado á mandar y á ser obedecido. Manejaba el hermoso corcel con gracia soberana y vestía rica túnica de seda blanca bordada de pequeñas flores de lis de oro, flotante de sus hombros luengo manto de púrpura. Era imposible no reconocer desde luego á Eduardo III, el invasor de Francia y conquistador de la Normandía, al vencedor de Crécy, uno de los más brillantes guerreros entre los muchos y muy esforzados que habían regido al pueblo anglo-sajón. Roger se quitó la gorra reverentemente, pero el pechero apoyó ambas manos sobre su bastón y miró con expresión nada amistosa al grupo de caballeros que seguían al rey.

—¡Hola! exclamó Eduardo deteniendo su caballo en medio del camino y mirando á Roger y su compañero. ¡Le cerf! ¿Est-il passé? ¿Non? Ici, Brocas, tu parles l'anglais.

—¿Habéis visto el ciervo, bergantes? preguntó imperiosamente un caballero de la escolta. Si lo habéis espantado y hecho desviar os cuesta las orejas.

—Pasó entre aquellos dos árboles, señaló Roger, y los perros le seguían de cerca.

—Bien está, dijo el monarca, que siguió hablando en francés, pues aunque comprendía la lengua de su pueblo, jamás llegó á poseerla bien, ni quiso hablar lo que él llamaba idioma áspero y bárbaro. Os aseguro, continuó, volviéndose en la silla hacia el grupo de caballeros, que ó mucho me engaño ó es un venado de seis puntas, el más soberbio de cuantos hemos levantado hoy. ¡Adelante!

Tras él desaparecieron á carrera tendida guerreros y cortesanos, excepto uno, el barón de Brocas, que haciendo dar un salto á su caballo, levantó el látigo y cruzó con él la cara del pechero, gritándole:

—¡Descúbrete, perro! ¡Descúbrete siempre que tu rey se digne mirarte! Y dando rienda al caballo se lanzó en seguimiento de los cazadores.

El villano recibió el latigazo sin mover un solo músculo. Después alzó el puño en dirección de su verdugo, y rugió:

—¡Te conozco, maldito cerdo gascón, y algún día la pagarás! ¡Malhaya el en que dejaste tu pocilga de Rochecourt para pisar la tierra inglesa! ¡Así te vea yo descuartizado y muertos de hambre á tu mujer y á tus hijos!

—Tened la lengua, buen hombre, dijo Roger; aunque cobarde fué el golpe y capaz de encender en ira al más humilde. Dejadme buscar en mi zurrón un ungüento que llevo y que os será de mucho alivio.

—No, una sola cosa puede calmar el dolor y lavar la afrenta, y esa el tiempo quizás me la depare. Ahí tenéis vuestro camino, el atajo que pasa entre aquel matorral y el árbol con la rama tronchada. Apresurad el paso, que hoy tiene Hugo de Clinton una reunión alegre con sus compañeros de francachela y no os traería cuenta retrasarle la fiesta ni tampoco presentárosle en medio de ella. Yo tengo que quedarme aquí por ahora.

Aparte del dolor que causaban á Roger aquellas repetidas alusiones de todos á la vida licenciosa de su hermano, sorprendíale y angustiábale también el odio ciego que notaba entre las clases que constituían la sociedad de su tiempo. El trabajador maldiciendo á los poderosos, los nobles tratando á los humildes como bestias de carga. Antes, cuando la nobleza era el más firme baluarte de la nación, la toleraba el pueblo; ahora, sabido ya que las grandes victorias obtenidas en Francia lo habían sido no por la pujanza de tales ó cuales barones, por la lanza de este ó aquel caballero, sino por el valor de los soldados, hijos del pueblo de Inglaterra y Gales, había desaparecido en gran parte el prestigio de la nobleza militante y se protestaba contra sus exacciones y se censuraba su arrogancia. Los hombres cuyos padres y hermanos habían peleado como leones en Crécy y Poitiers y visto estrellarse lo más florido de la caballería europea contra los muros de hierro que formaban los plebeyos disciplinados de Inglaterra, no concebían que un gran señor pudiese infundirles temor y mucho menos respeto. El poder había cambiado de manos. El protector habíase convertido en protegido y todo el vetusto armatoste feudal vacilaba sobre sus carcomidos cimientos. De aquí las continuas quejas y murmuraciones del pueblo anglo-sajón, su descontento perenne, las asonadas locales, todo aquel malestar que culminó algunos años más tarde en el gran alzamiento de Tyler. Aquello que tanto inquietaba á Roger á medida que iba conociendo el estado de los ánimos en la comarca de Hanson, hubiera sorprendido igualmente á cualquier otro viajero en todos los restantes condados del reino, desde el Canal hasta los riscos y las lagunas de Escocia.

Los temores del doncel aumentaban á medida que se acercaba á la morada de Hugo, á la casa paterna. Pronto se hizo menos espesa la arboleda y por fin se presentó ante su vista una gran pradera en la que pastaban hermosas vacas; más allá se divisaban numerosas piaras de cerdos y por el centro del llano corría un ancho arroyo. Rústico puente conducía á un camino que llevaba en derechura hasta la puerta de un vasto edificio de madera que Roger contempló con emoción profunda. Una columna de humo salía por la alta chimenea y á la puerta dormía tranquilamente un mastín encadenado.

Rumor de voces sacó de su contemplación al viajero, que vió salir de entre los árboles y dirigirse hacia el puente á un hombre y una mujer, en animada conversación. Llevaba el primero un traje de elegante corte, aunque de obscuro color y sin los adornos y preseas que distinguían á los señores de la escolta real. Largos y muy rubios el cabello y la barba, contrastaban con la negra cabellera de la hermosísima joven que iba á su lado. Era alta y esbelta, de moreno y agraciado rostro. Llevaba una gorra de terciopelo rojo coquetamente ladeada, rico y bien ceñido traje y en la enguantada diestra un pequeño halcón, cuyas erizadas plumas acariciaba suavemente. Roger notó que la hermosa desconocida tenía todo un lado del vestido manchado de lodo. Oculto á medias en la sombra de un roble enorme, contempló embebecido aquella aparición radiante, aquel rostro puro y bello que le recordaba los de los ángeles pintados y esculpidos en los altares de Belmonte.

Por fin la joven se adelantó algunos pasos á su acompañante y ambos cruzaron rápidamente el prado hasta llegar al puentecillo rústico, donde se detuvieron y reanudaron la interrumpida plática. ¿Dos amantes? Tal creyó desde luego el único testigo de aquella escena, mas pronto notó que el hombre interceptaba el paso del puente á la joven y que ésta se expresaba con gran animación, llegando á tomar su voz algunas veces acentos de amenaza y cólera. De vez en cuando dirigía una mirada hacia el bosque, como en espera de auxilio por aquel lado y por fin tomó su rostro tal expresión de angustia que Roger, incapaz de resistir aquella muda apelación, abandonó su escondite y se dirigió aceleradamente hacia el puente. Llegado había muy cerca de ambos personajes sin que éstos notaran su presencia, cuando el hombre enlazó repentinamente con su brazo el talle de la joven y la estrechó contra su pecho. Soltó ella el asustado halcón y lanzando un agudo grito abofeteó y arañó el rostro del rufián, procurando en vano desasirse.

—No os encolericéis, linda paloma, dijo él con gran risa; sólo conseguiréis lastimaros. Lo dicho, bella Constanza, estáis en mis tierras y no saldréis de ellas sin pagarme el tributo de vuestra hermosura.

—¡Soltad, villano! exclamó ella. ¿Es esta vuestra hospitalidad? ¡Antes la muerte que cederos! ¡Soltadme, ó si no!... ¡Á mí, doncel! gritó desesperadamente al ver á Roger. ¡Amparadme, por Dios!

—Sí haré, exclamó el joven acudiendo en su auxilio. ¡Dejad libre á esa dama, que vergüenza debiera daros vuestra conducta!

El agresor dirigió á Roger una mirada centelleante, que denotaba su furor. Al joven le pareció en aquel momento el hombre más hermoso que había visto en su vida, por más que la ira contraía sus facciones acentuando su expresión algo siniestra.

—¡Miserable loco! exclamó, sin soltar á la doncella, que se debatía inútilmente. ¿Osas darme órdenes? ¡Sigue tu camino, aléjate á toda prisa, si no quieres que te arroje de aquí á puntapiés! ¡Largo, te digo! Esta buena moza ha venido á visitarme y no quiero que me deje tan pronto. ¿No es así? dijo soltando el talle de la joven y asiéndola por una muñeca.

—¡Mentís! gritó ella, é inclinándose rápidamente clavó los dientes en la mano que la apresaba.

Soltóla él, lanzando un rugido de dolor y la doncella corrió á guarecerse detrás de Roger.

—¡Fuera de mis tierras, vagabundo! gritó furioso el otro. Por la pinta y el traje me pareces uno de esos ratones de sacristía que engordan en los conventos y no son ni hombre ni mujer. ¡Largo de aquí, antes que te corte las orejas, belitre!

—¿Decís que son estas vuestras tierras? preguntó vivamente Roger, desoyendo amenazas é improperios.

—¿Pues de quién han de ser, farsante, sino mías? ¿Por ventura no soy yo Hugo de Clinton, descendiente de Godofredo y de todos los señores que ha tenido Munster por más de trescientos años? ¿Pretendes disputármelo, falderillo? Pero no, que tú eres de una raza tan perezosa para trabajar como cobarde para habértelas con un hombre. ¡Huye ó te estrello!

—¡Por piedad, no me abandonéis! exclamó temblando la llorosa doncella.

—No lo temáis, le dijo Roger resueltamente. Y vos, Hugo de Clinton, no debiérais olvidar, pues noble sois, que nobleza obliga. Deponed vuestro furor y dejad partir en paz á esta dama, como os lo pide encarecidamente, no un villano, sino un hombre tan bien nacido como vos.

—¡Mientes! No hay en todo el condado quien pueda pretender nobleza cual la mía.

—Excepto yo, repuso Roger, que soy también descendiente directo de Godofredo de Clinton y de todos los señores que ha tenido Munster en los últimos tres siglos. Aquí está mi mano, continuó sonriendo; no dudo que ahora me daréis la bienvenida. Somos las dos únicas ramas que quedan del noble y antiguo tronco sajón.

Pero Hugo rechazó con una blasfemia la mano que le tendía Roger y en su rostro se dibujó una expresión de odio.

—¿Es decir que eres el lobezno de Belmonte? Debí figurármelo y reconocer en tí al novicio hipócrita que no se atreve á contestar á la injuria con la injuria, sino con melosas palabras. Tu padre, á pesar de sus faltas, tenía corazón de león y pocos hombres le hubieran mirado á la cara en sus momentos de cólera. ¡Pero tú! ¿Sabes lo que le costaste á él y lo que me has arrebatado á mí? Mira aquellos pastos, y las siembras de la colina, y el huerto inmediato á la iglesia. ¿Sabes que todo eso y mucho más se lo arrebataron á tu padre moribundo los insaciables frailes, á cambio de hacer de tí un santurrón inútil en su convento? Por tí me robaron antes y ahora vienes tú en persona, probablemente para pedirme con tus lloriqueos otro pedazo de mi hacienda con que engordar á tus amigotes. Lo que voy á hacer es soltar los perros para que te acuerdes toda la vida de tu primera y última visita á Munster; y entre tanto, ¡abre paso!

Diciendo esto empujó á Roger violentamente y asió otra vez el brazo de su víctima. Pero toda idea de reconciliación había desaparecido de la mente del doncel, que acudió rápido en auxilio de la joven y enarbolando su grueso bastón gritó:

—¡Á mí podréis decirme lo que queráis, pero hermano ó no, juro por la salvación de mi alma que os mato como un perro si no respetáis á esta dama! ¡Soltad, ú os parto el brazo!

El movimiento amenazador del garrote y la mirada y la expresión de Roger indicaban claramente que iba á hacerlo como lo decía. Era en aquel momento el descendiente de los nobles Clinton, convertido en temible paladín del honor de una dama. Su corazón latía con violencia y hubiera combatido hasta la muerte, no con uno sino con diez enemigos. Hugo comprendió inmediatamente con quién tenía que habérselas. Soltó el brazo de la doncella y miró á uno y otro lado buscando un arma cualquiera, un palo ó una piedra; y no hallándolos, se lanzó á la carrera en dirección de la casa, á la vez que aplicaba un silbato á sus labios y lanzaba prolongado y penetrante silbido.

—¡Huid, por Dios! exclamó la joven. ¡Ponéos en salvo antes que vuelva!

—¡No sin vos, por vida mía! dijo resueltamente Roger. Dejad que llame á cuantos perros quiera.

—¡Venid, venid conmigo, pues! ¡Os lo ruego! insistió ella tirándole del brazo. Conozco á ese hombre y sé que os matará sin compasión....

—¡Pues bien, huyamos! y asidos de la mano corrieron en dirección al bosque.

No bien había llegado la nueva pareja á los primeros árboles, vieron que Hugo salía de la casa apresuradamente; llevaba en la mano una espada desnuda que brillaba á los rayos del sol, pero no le seguían sus perros y se detuvo un momento á la puerta para soltar al mastín que allí tenía encadenado.

—Por aquí, dijo la joven, que al parecer conocía perfectamente el bosque. Por la maleza, hasta aquel fresno cuyas ramas se inclinan sobre el agua. No os ocupéis de mí, que sé correr tan ligeramente como vos. Y ahora, por el arroyo. Nos mojaremos los pies, pero hay que hacer perder la pista al perro, que probablemente es de tan mala ralea como su amo.

Diciendo esto, corría la hermosa doncella por el centro del arroyo, llevando posado en el hombro su asustado halcón, apartando rápidamente con las manos las ramas que le impedían el paso, saltando á veces de piedra en piedra y ganando terreno con ligereza tanta que á Roger le costaba trabajo seguirla. Admirábale aquella joven tan animosa, tan bella, á quien había salvado y que á su vez procuraba salvarle á él. Larga fué su carrera por el lecho del tortuoso arroyo, y cuando á Roger empezaba á faltarle el aliento, su hermosa guía se arrojó palpitante sobre la hierba, oprimiendo con ambas manos el agitado pecho. Roger se detuvo. Á los pocos momentos recobró la fugitiva su buen humor habitual, y sentándose, casi olvidada del peligro reciente, exclamó:

—¡La Santa Virgen me proteja! Ved cómo me he puesto de agua y lodo. De esta hecha me encierra mi madre por una semana en mi cámara, haciéndome bordar mañana y tarde la famosa tapicería de los Siete Pares de Francia. Ya me amenazó con ello el otro día, cuando me caí en el estanque del parque. Y eso porque sabe que no puedo sufrir la tapicería y que mi gusto es correr por los campos y el bosque á pie ó á caballo.

Roger la contemplaba embelesado, admirando sus negros cabellos, el perfecto óvalo de su rostro, los alegres y hermosos ojos y la franca sonrisa que le dirigía y que demostraba su confianza en él. Por ella recordó Roger el peligro que los amenazaba.

—Haced un esfuerzo, dijo, y continuemos alejándonos. Todavía puede alcanzarnos y tiemblo, no por mí, sino por vos.

—Ha pasado el peligro, contestó ella. No sólo estamos fuera de sus tierras, sino que habiéndolo despistado tomando el arroyo, le es casi imposible hallarnos en este inmenso bosque. Pero decidme; habiéndole tenido á vuestra merced ¿por qué no lo matasteis?

—¿Matar á mi hermano?

—¿Y por qué no? dijo la resuelta doncella con expresión de cólera que dió nuevo encanto á su lindo rostro. Él os hubiera dado muerte sin vacilar. ¡Qué infame! De haber yo tenido en la mano el garrote ése, el vil Hugo de Clinton se hubiera acordado de mí.

—Demasiado siento lo que he hecho, dijo Roger sentándose junto á ella y ocultando el rostro entre las manos. ¡Dios me asista! En aquel momento perdí la serenidad, me olvidé de todo, y si tarda un momento más en soltaros... ¡Á mi único hermano, al hombre en cuya casa pensaba vivir y cuyo cariño ansiaba conquistarme! ¡Cuán débil he sido!

—¿Débil? repuso ella. No creo que mi mismo padre os creyese tal, y eso que es severo cual ninguno en juzgar el valor y la entereza de los hombres. Pero ¿sabéis que no es nada lisonjero para mí el oiros lamentar lo que habéis hecho? Pensándolo bien, reconozco que una mujer, una extraña para vos, no debe separar á dos hermanos; y si queréis, volvamos pie atrás y haced las paces con Hugo entregándole á vuestra prisionera. Yo sabré deshacerme de él.

—Muy miserable y cobarde sería el hombre que tal hiciese. Lamento, sí, que vuestro agresor haya sido mi propio hermano, ¿pero entregaros? ¡Eso nunca!

—Bien está, dijo la doncella sonriéndose, y comprendo lo que os pasa. La verdad es que os presentasteis tan repentinamente como lo hacen los juglares en sus comedias; fuisteis el valiente campeón que salva á la afligida dama en los momentos en que va á devorarla el horrible dragón. Pero venid, dijo incorporándose, llamando al halcón y arreglando como pudo sus mojadas ropas. Salgamos al claro y es muy probable que encontremos á mi paje Rubín con Trovador, mi palafrén, á cuya caída debo yo todos mis percances de este día y el haberme visto en manos del ogro de Munster. Pero hacedme la merced de darme el brazo; estoy más cansada de lo que creía y casi tan asustada como mi pobre halconcillo. Mirad cómo tiembla. Él también está indignado de ver á su ama tan maltratada.

Roger oía con delicia la charla de la joven y la sostenía con su brazo todo lo posible, apartando las ramas y buscando en vano un sendero practicable.

—Callado estáis, señor campeón, le dijo al fin su alegre compañera. ¿No queréis saber quién soy ni oir mi historia?

—Si á vos os place contármela....

—Oh, si tan poco os interesa, lo mejor será guardármela....

—No, por favor, dijo él vivamente. Contad, que me desvivo por saber algo de vos.

—Pues bien, sabréis la historia, pero no el nombre. Algo he de otorgar al hombre que ha hecho de su hermano un enemigo, por culpa mía. Después de todo, Hugo dijo que venís derechamente del convento, de suerte que será esto á manera de confesión, como si fuerais un reverendo de barba blanca ¿eh? Sabed, pues, que vuestro pariente ha pretendido mi mano, no tanto, á lo que imagino, por prendas que no tengo, sino por los caudales que le aportaría su matrimonio con la hija única de... mi padre, porque ya os he dicho que no sabréis quién soy. No es mi padre excesivamente rico, pero sí hombre de alta alcurnia, valiente caballero, en verdad, guerrero famoso, á quien las pretensiones de ese hombre grosero y bellaco.... ¡Perdonad! Olvidé que lleváis el mismo nombre.

—No importa; continuad, os lo suplico.

—De un mismo manantial suelen proceder arroyos muy distintos; turbio uno, claro y cristalino el otro, dijo ella prontamente. Abreviando, os diré que ni mi padre ni yo podíamos tolerar tales pretensiones, y que ese hombre violento y vengativo ha sido desde entonces nuestro enemigo. Temeroso mi padre del daño que pudiera causarme, me tiene prohibido cazar en toda la parte del bosque situada al norte del camino de Munster; pero esta mañana mi valiente halcón dió caza á una garza enorme y mi paje Rubín y yo olvidamos por completo el camino que seguíamos y la distancia recorrida, sin pensar más que en las peripecias de la caza. Trovador tropezó, por desgracia, lanzándome con violencia al suelo, y echando á perder mi falda, la segunda que llevo desgarrada y manchada esta semana, para mayor indignación de mi madre y dolor de Águeda, mi buena aya....

—¿Y después? preguntó ansiosamente Roger.

—Entre el tropezón, mi caída, el grito que dí y las voces de Rubín, se asustó el caballo de tal manera que salió á escape, perseguido por el paje. Antes de que pudiera levantarme ví á mi lado al desairado pretendiente, quien me anunció que estaba en sus tierras y me ofreció cortésmente acompañarme hasta su casa, donde podría esperar con comodidad el regreso del paje. No me atreví á rehusar, pero muy pronto conocí por sus miradas y palabras que había hecho mal; quise tomar por el puente, me lo impidió descaradamente y después ¡Jesús me valga! no puedo pensar en sus soeces insultos sin estremecerme. ¡Cuánto os debo! Y cuando recuerdo que yo.... ¡Qué asco!

—¿Qué es ello? preguntó Roger admirado.

—Cuando recuerdo que mordí su mano, que posé mis labios sobre la carne del malvado, me parece haber sufrido el contacto asqueroso de una serpiente. Pero vos ¡cuán animoso y enérgico ante tan temible enemigo! Si yo fuera hombre me enorgullecería de actos como ese.

—Poca cosa cuando tan grande es el placer de serviros, contestó Roger, vivamente complacido al oir aquel elogio de tales labios. ¿Y vos? ¿Qué pensáis hacer ahora?

—¿Véis á lo lejos, allá abajo, aquel enorme tronco, junto al rosal silvestre? Pues ó mucho me engaño ó no tardará en llegar á él Rubín con los caballos, por ser ese el lugar donde me detengo á descansar en casi todas mis excursiones por estos rumbos. Después, á casa sin tardanza. Un galope de dos leguas secará completamente pies y ropas.

—Pero ¿qué hará vuestro padre?

—No le diré una palabra de lo ocurrido. Si le conocierais sabríais que no es posible desobedecerle sin atenerse á terribles consecuencias, y yo le he desobedecido. Él me vengaría, es cierto, pero no es en él en quien buscaré vengador. Día llegará, en justa ó torneo, en que un hidalgo quiera llevar mis colores al palenque y yo le diré que hay una afrenta pendiente, que su competidor está elegido y que es Hugo de Clinton. Ofensa lavada y un corazón villano de menos en el mundo.... ¿Qué os parece mi plan?

—Indigno de vos. ¿Cómo podéis hablar de venganza y muerte, vos, tan joven y cándida, en cuyos labios sólo deberían oirse palabras de bondad y perdón? ¡Mundo cruel, que á cada paso me hace recordar el retiro y la paz de mi celda! Cuando así habláis me parecéis un ángel del Señor aconsejando seguir al espíritu del mal.

—Gracias mil por el favor, señor hidalgo, repuso ella soltando su brazo y mirándole severamente. ¿Es decir que no solo sentís haberme encontrado en vuestro camino sino que me llamáis en suma diablo predicador? Cuidado que mi padre es violento cuando se irrita, pero ni aun él me ha dicho jamás cosa semejante. Tomad ese camino de la izquierda, señor de Clinton, que yo no soy buena compañía para vos. Y haciéndole una seca cortesía se alejó rápidamente.

Sorprendido quedó el doncel y lamentando su inexperiencia que por dos veces le había hecho decir á la bella cosa muy distinta de lo que ansiaba expresar. Miróla tristemente, esperando en vano que se detuviera ó que con una mirada le anunciase su perdón; pero ella siguió bajando á buen paso el pendiente sendero, hasta que sólo se divisó á trechos entre las ramas su roja toquilla. Lanzando un profundo suspiro, tomó Roger la senda que ella le indicara y anduvo buen espacio con el corazón oprimido, repasando en la memoria todos los incidentes de aquel inolvidable encuentro. De pronto oyó á su espalda ligero paso y volviéndose vivamente se halló cara á cara con la hermosa, inclinada la frente, fijos en el suelo los ojos y convertida en imagen del más humilde arrepentimiento.

—No volveré á ofenderos, ni siquiera á hablar, dijo la joven, pero quisiera continuar en vuestra compañía hasta salir del bosque.

—¡Vos no podéis ofenderme! exclamó Roger alborozado al verla. Lejos de eso, yo soy quien debí refrenar la lengua. Pero tened en cuenta, para perdonarme, que he pasado mi vida entre hombres y mal puedo saber cómo hablar á una mujer de suerte que ni aun ligeramente lleguen á disgustarla mis palabras.

—Así me gusta. Y ahora, completad vuestra retractación; decid que tenía yo razón al querer vengarme de mi ofensor.

—¡Ah, eso no! contestó él gravemente.

—¿Lo véis? exclamó triunfante y sonriendo la joven. ¿Quién es aquí el corazón duro é inflexible, el predicador severo, el que se empeña en que continuemos reñidos? Pues bien, cederé yo, porque lo que es vos habéis de seguir haciendo méritos hasta obtener, como os lo deseo, la mitra de obispo ó el capelo cardenalicio. Oidme; por vos perdono á vuestro hermano y tomo sobre mí toda la culpa de lo ocurrido, ya que yo misma fuí en busca del peligro. ¿Estáis contento?

—¡Cuán dignas de vos son esas palabras! En ellas hallaréis sin duda más placer que en vuestras primeras ideas de venganza.

Movió ella la cabeza en señal de duda y al mirar á lo lejos lanzó una ligera exclamación que revelaba más sorpresa que placer.

—¡Ah! dijo. Allí está Rubín con los caballos.

También los había visto el pajecillo, cuyos rubios y largos cabellos rizados rodeaban el gracioso rostro. Cabalgaba alegremente, llevando de la brida el blanco palafrén causa involuntaria de las aventuras de su dueña.

—¡Os he buscado en vano por todas partes, mi señora Doña Constanza! gritó agitando en el aire la emplumada gorra. Trovador no se detuvo hasta El Castañar, añadió echando pie á tierra y teniendo el estribo á su ama; y aun así, trabajo me costó cogerlo. ¿Os ha sucedido algo desagradable? Estaréis cansada ¿verdad?

—Nada me ha sucedido, Rubín, gracias á la cortesía de este doncel, dijo, mientras el paje miraba atentamente á Roger. Y ahora, señor de Clinton, continuó, tomando la rienda y montando ligeramente, no quiero separarme de vos sin deciros que os habéis conducido hoy como honrado caballero y sin daros las gracias. Sois joven y no os creo rico; quizás mi padre pueda serviros en vuestra carrera futura, cualquiera que sea. Es respetado de todos y tiene amigos poderosos. ¿No me diréis cuáles son vuestros proyectos, ahora que no podéis contar con vuestro hermano?

—¿Proyectos? Ninguno; no puedo tenerlos. Sólo dos amigos cuento fuera de la abadía de Belmonte y de ellos me separé esta mañana. Quizás pueda reunirme con ellos en Salisbury.

—¿Y qué han ido á hacer allí?

—Uno de ellos, bravo soldado, lleva importante mensaje al castillo de Monteagudo para el barón León de Morel....

Una alegre carcajada de la hermosa hizo enmudecer al sorprendido joven, que momentos después se vió solo en medio del camino, contemplando la nube de polvo que levantaban los caballos. Llegados á una pequeña eminencia, detuvo la dama su corcel y le envió amistosa señal de despedida. Allí permaneció Roger inmóvil hasta que perdió de vista á su linda compañera. Después tomó lentamente el camino del pueblo, con ideas y sentimientos muy distintos de los del inexperto mancebo, casi un niño, que pocas horas antes había dejado aquel mismo camino por el atajo del bosque.

CAPÍTULO X UN CAPITÁN COMO HAY POCOS

PENSANDO iba Roger que ni podía regresar á Belmonte en el término de un año, ni asomar por las inmediaciones de la casa paterna sin que su atrabiliario hermano le echase los perros encima; y que por consiguiente se hallaba en el mundo á la ventura, sin saber qué hacer y harto escaso de recursos para continuar viajando y gastando, sin oficio ni beneficio. Con los diez ducados de plata que el buen abad había depositado en su escarcela podría vivir escasamente un mes, pero no doce. Su única esperanza era reunirse cuanto antes á los dos camaradas por quienes sentía el afecto que ellos también le habían mostrado. Apretó pues el paso, y corrió á trechos, comiendo el pan que llevaba en el zurrón y apagando la sed en los cristalinos arroyos que halló á su paso.

Al cabo de una hora tuvo la fortuna de alcanzar á un leñador que con su hacha al hombro llevaba la misma dirección que él, lo que le evitó perder más tiempo y aun extraviarse en los numerosos senderos que cruzaban el bosque. No fué muy animada la conversación entre ambos, pues el leñador sólo platicaba sobre asuntos de su oficio, la calidad de tales ó cuales maderas y las reyertas entre trabajadores de éste ó aquel villorrio, al paso que Roger no podía apartar de su imaginación el recuerdo de la encantadora desconocida. Tan distraído y preocupado iba que su compañero acabó por callarse, hasta que torció á la izquierda por el sendero de El Castañar, dejando á Roger en el ancho camino de Salisbury.

Algunos pordioseros, un correo del rey, varios leñadores y otras personas que encontró en su camino le indicaron la proximidad del poblado. También vió pasar á un jinete corpulento, de luenga y negra barba, que llevaba un rosario de gruesas cuentas en la mano y enorme espadón pendiente del cinto. Por la forma y color del hábito y la estrella de ocho puntas bordada en la manga reconoció en él á uno de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén, cuyo maestre residía en Bristol. El joven viajero recibió descubierto y reverente la bendición del hospitalario, lleno de admiración por aquella famosa orden, sin saber que á la sazón había adquirido ya gran parte de las cuantiosas riquezas de los templarios y que los un tiempo humildes y desinteresados caballeros de San Juan preferían ya las comodidades de sus palacios á las aventuras y peligros de la campaña contra los infieles del Oriente.

El sol se había ocultado tras negras nubes y á poco empezó á llover. Un frondoso árbol cercano ofrecía el mejor refugio y bajo sus ramas se cobijó Roger, aun antes de oir la cordial invitación de dos viajeros que le habían precedido y que sentados al pie del árbol tenían delante media docena de arenques salados, un pan moreno y una bota que después resultó estar llena de leche fresca y no de vino. Eran dos jóvenes estudiantes de los muchos que por aquella época se veían no sólo en las grandes ciudades sino en los caminos y ventorrillos de casi toda Inglaterra. Disputaban más que comían y saludaron alegremente al recienllegado.

—¡Venid aquí, camarada! dijo uno de ellos, bajo y rechoncho. Vultus ingenui puer. No os asuste la cara de mi compañero, que como dijo Horacio, fœnum habet in cornu; pero es más inofensivo de lo que parece.

—No rebuznes tan fuerte, Colás, repuso el otro, que era enteco y alto. Si á citar vamos á Horacio, recuerda aquello de loquaces si sapiat... ó como diríamos en buen inglés, huye de los charlatanes como de la peste. Y á fe mía, que de seguir todos el consejo habías de verte tú solo en el mundo.

—¡Buena lógica, buena! Como de costumbre, te enredas en tus propios argumentos y te caes de bruces, dijo Colás con gran risa. Primera premisa: los hombres deben huir de mi locuacidad. Segunda: tú estás aquí comiendo arenques mano á mano conmigo. Ergo, tú no eres hombre. Que es lo que se quería demostrar, Florián amigo, y lo que yo me tenía muy sabido; que eres un monigote y no un nombre.

Roger y Florián se rieron de buena gana y el primero se sentó junto á los polemistas.

—Ahí va un arenque, compañero, dijo Florián; pero antes de participar de nuestra espléndida hospitalidad, tenemos que imponeros ciertas condiciones.

—La que á mí más me interesa, repuso Roger jovialmente, es que con el arenque venga también una rebanada de pan.

—¿Lo ves, gandul? preguntó Colás al otro estudiante. ¿No te he dicho cien veces que el ingenio y la gracia en el decir me rodean como un aura sutil y que nadie se me acerca sin dar á poco muestras evidentes de la agudeza que en mí rebosa? Tú mismo eras el mostrenco más zafio que he conocido en toda mi vida, pero en la semana que llevas conmigo has hecho ya dos ó tres juegos de palabras muy pasables y esta mañana un comentario asaz agudo, que yo no tendría inconveniente en aceptar por mío.

—Como lo harás á la primera oportunidad, socarrón, para pavonearte con plumas ajenas. Pero decidme, amigo, ¿sois estudiante? Y siéndolo ¿venís de las aulas de Oxford ó de las de París?

—Algo he estudiado, contestó Roger, pero no en esas grandes universidades, sino con los monjes del Císter, en su convento de Belmonte.

—¡Bah! poco y malo probablemente. ¿Qué diablos de enseñanza pueden dar allí?

—Non cui vis contingit adire Corinthum, observó Roger.

—¡Toma y vuelve por otra, hermano Florián! Pero dejémonos de discusiones y á comer se ha dicho, que se enfrían los arenques y el pan amenaza convertirse en guijarro y la leche en requesón.

Lo cual no impidió que mientras Roger comía renovasen los otros sus argucias y que á poco menudeasen argumentos y sofismas y lloviesen las citas latinas y griegas, escolásticas y evangélicas, silogismos, premisas, inferencias y deducciones. Sucedíanse las preguntas y respuestas como los golpes de incansables espadas sobre fuertes escudos. Por fin, aplacóse un tanto Colás, mientras su compañero siguió perorando, triunfante y engreído.

—¡Ah, ladrón! gritó de pronto. ¡Te has comido mis arenques!

—Y muy ricos que estaban, contestó Colás con sorna. Pero eso es parte de mi argumentación, el esfuerzo final, la peroratio, que dicen los oradores. Porque amigo Florián, siendo cosas las ideas, como lo acabas de dejar muy bien sentado y probado, no tienes más que pensar ó idearte un par de arenques rollizos y conjurar un frasco de leche de dos azumbres, con lo cual quedará tu estómago tan satisfecho y tan campante.

—¿Con que esas tenemos, eh? Buen argumento, bueno, pero hay que contestarlo; y haciendo y diciendo atizó al rubicundo Colás una bofetada que lo hizo caer de espaldas. Y ahora, continuó, levantándose, imagínate que no te has llevado ese revés y verás cómo ni te duele, ni vuelves á robar arenques.

El estudiante santiguado agarró el garrote de Roger y en poco estuvo que le rompiese un hueso á su compañero. Por fin consiguió Roger ponerlos en paz, y habiendo cesado la lluvia se despidió de aquellos divertidos polemistas. No tardó en divisar grupos de cabañas, campos cultivados y una que otra granja; pero el sol se acercaba á su ocaso cuando el viajero vió á distancia la elevada torre del priorato de Salisbury. Alegróse de llegar al término de su viaje por aquel día, y mucho más cuando al rodear las tapias de un huerto descubrió á Simón y Tristán, sentados muy sosegadamente sobre un árbol caído.

Ninguno de ellos notó su presencia porque dedicaban toda su atención á la partida de dados que tenían empeñada. Acercóse Roger muy quedamente y observó con sorpresa que Tristán tenía cruzado á la espalda el arco de Simón y ceñida la espada de éste y que entre los dos, como si fuese la puesta de la próxima jugada, se hallaba el casco del arquero.

—¡Maldición! exclamó éste al mirar los dados. ¡Uno y tres! No he tenido suerte peor desde que salí de Rennes, donde perdí hasta los borceguíes. À toi, camarade.

—Cuatro y tres, dijo Tristán con voz de bajo profundo. Venga el capacete. Y ahora te lo apuesto contra tu coleto, arquero.

—¡Apostado! Pero como siga la mala racha voy á llegar al castillo en camisa. ¡Voto á sanes! Bonita facha para un embajador. ¡Hola! gritó levantándose apresuradamente al ver á Roger y echándole los brazos al cuello; mira quién nos ha caído de las nubes, recluta.

No menos complacido que el arquero quedó Tristán, pero se limitó á abrir la bocaza y entornar los ojos, que era su manera de sonreirse, procurando con ambas manos ponerse el casco de Simón sobre la enorme melena roja.

—¿Vienes á quedarte con nosotros, petit? preguntó el veterano, dando golpecitos en la espalda de Roger.

—Por lo menos así lo deseo, respondió éste, conmovido ante la cariñosa acogida de sus amigos.

—¡Bravo, muchacho! Juntos iremos los tres á la guerra, y que el diablo se lleve la veleta del convento de Belmonte. Pero ¿dónde te has metido, que vienes de barro hasta las rodillas?

—En un arroyo, dijo Roger; y tomando la palabra les refirió los incidentes de su jornada, el ataque del bandolero, su encuentro con el rey, la recepción que le hizo su hermano y el rescate de la hermosa cazadora. Escuchábanle los otros atentamente, pero no había acabado su relato, que hacía andando entre los dos amigos, cuando Simón volvió pie atrás y se alejó dando resoplidos.

—¿Qué os pasa, arquero? gritó Roger corriendo tras él y echándole mano al coleto. ¿Á dónde váis?

—Á Munster. ¡Suelta, muñeco!

—Pero ¿qué váis á hacer allí?

—Meterle seis pulgadas de hierro á tu hermanito en la barriga. ¡Cómo! ¡Insultar á una doncella inglesa y azuzar los perros contra su hermano! Pues ¿para qué tengo yo esta espada? Digo, no, que la tiene el gandul ese de Tristán y se la voy á quitar ahora mismo.

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