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La gaviota

Fernán Caballero (continued 5)

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En este momento, la condesa, animada y brillante como la luz, entró en la sala acompañada de algunos tertulianos.

—Madre, ¡qué noche hemos tenido!—exclamó—. ¡Qué triunfo!, ¡qué cosa tan bella y tan magnífica!

—¿Me querrás decir, sobrina, la importancia que tiene, ni el efecto que puede causar, el que una gaznápira cualquiera, que tiene buena garganta, cante bien en las tablas, para que pueda inspirarte un entusiasmo y una exaltación, como te la podrían causar un hecho heroico o una acción sublime?

—Considerad, tío—contestó la condesa—, ¡qué triunfo para nosotros, qué gloria para Sevilla, el ser la cuna de una artista que va a llenar el mundo con su fama!

—¿Como el marqués de la Romana?—replicó el general—, como Wellington o como Napoleón? ¿No es verdad, sobrina?

—¡Pues qué, señor!—contestó la condesa—¿No tiene la fama más que una trompeta guerrera? ¡Qué divinamente ha cantado esa mujer sin igual! ¡Con qué desenvoltura de buen gusto se ha presentado en la escena! Es un prodigio. Y luego, ¡cómo se comunican de uno en otro el entusiasmo y la exaltación! Yo, además, estaba muy contenta, viendo al duque tan satisfecho, a Stein tan conmovido...

—El duque—dijo el general—debería satisfacerse con cosas de otro jaez.

—General—dijo el tertuliano, que había hablado antes—, son flaquezas humanas. El duque es joven...

—¡Ah!—exclamó la condesa—. No hay cosa más infame que sospechar o hacer que se sospeche el mal donde no existe. El mundo lo marchita todo con su pestífero aliento. ¿No saben todos que el duque, no satisfecho con practicar las artes, protege a los artistas, a los sabios y todo lo que puede influir en los adelantos de la inteligencia? ¿Además no es ella mujer de un hombre a quien el duque debe tanto?

—Sobrina—repuso el general—, todo eso es muy santo y muy bueno; pero no alcanza a justificar apariencias sospechosas. En este mundo, no basta estar exento de censura; es preciso, además, parecerlo. Por lo mismo que eres joven y bonita, harías bien en no declararte defensora de ciertas causas.

—Yo no tengo la ambición de que se me crea perfecta—dijo la condesa—erigiendo en mi casa un tribunal de justicia; lo que sí quiero es que se me tenga por leal y sólida amiga, cuando hago respetar y defiendo a los que me dan ese título.

Rafael Arias entró en aquel instante.

—Vamos, Rafael—dijo la condesa—, ¿qué dirás ahora?, ¿te burlarás de esa encantadora mujer?

—Prima, para darte gusto, voy a reventar de entusiasmo por imitar al público, como hizo la rana, queriendo alcanzar el tamaño del buey. Acabo de ser testigo de la ovación imperial que se ha hecho a esa octava maravilla.

—Cuéntanos eso—dijo la condesa—. Cuéntanoslo.

—Cuando bajó el telón, hubo un momento en que se me figuró que íbamos a tener una segunda edición de la torre de Babel.

»Diez veces fue llamada a las tablas la Diva Donna, y lo hubiese sido veinte, a no haberse puesto los insolentes reverberos, causados por la prolongación de sus servicios, a echar pestes y suprimir luz.

»Los amigos del duque se empeñaron en que los llevase a dar la enhorabuena a la heroína. Todos nos echamos a sus pies con el rostro en tierra.

—¡Tú también, Rafael!—dijo el general—; yo te creía más sensato bajo esas apariencias de tarambana.

—Si no hubiera ido adonde iban los otros, no tendría ahora la satisfacción de referiros el modo con que nos recibió esta reina de las Molucas, emperatriz del Bemol. En primer lugar, todas sus respuestas se hicieron en una especie de escala cromática, de su uso, que consta de los siguientes semitonos: primeramente la calma, o llámese indiferencia; después, la frescura; en seguida, la frialdad, y por último, el desdén. Yo fui el primero en tributarle homenaje. Le enseñé mis manos, desolladas a fuerza de aplaudir, asegurándole que el sacrificio de mi pellejo era un débil homenaje a su sobrenatural habilidad, comparable tan sólo con la del señor de Madureira. Su respuesta fue una gravedosa inclinación de cabeza, digna de la diosa Juno. El barón le suplicó por todos los santos del cielo que fuese a París, único teatro capaz de aplaudirla dignamente, en vista de que los bravos franceses resuenan en todos los ámbitos del universo, llevados por su bandera tricolor. A esto respondió con la mayor frescura: «Ya veis que no necesito ir a París para que me aplaudan; y aplausos por aplausos, más quiero los de mi tierra que los de los franceses.»

—¿Eso dijo?—preguntó el general—, ¿quién habría pensado que esa mujer dijese una cosa tan racional?

—El mayor moscón—continuó Rafael—, con su indefectible desmaña, le dijo que todas cuantas cantantes había oído, sólo la Grisi lo hacía mejor que ella. A lo cual respondió con frialdad: «pues una vez que la Grisi canta mejor que yo, hacéis mal en oírme a mí en lugar de oírla a ella». En seguida llegó sir John dando la mano y pisando a todo el mundo. Le dijo que su voz era un wonder (una maravilla), y que si se la quería vender, estaba muy pronto a pagarle cincuenta mil libras. Ella respondió con desdén que aquello no se vendía. Pero, a todo esto, prima, ¿qué dices del misterio con que han procedido en este asunto?

—¿De qué misterio se trata?—preguntó el barón, que había llegado durante esta conversación.

—De esa brillante salida a las tablas—respondió Arias—que ha venido a reventar de pronto, como una bomba, cuando menos se pensaba. Ahora, ahora voy cayendo en ciertas cosas...: las entrevistas del duque con el empresario, la constancia con que esa Norma en ciernes asistía a las representaciones..., ya se van despertando mis quién vives.

—¡Despertar los quién vives!—dijo el barón—¡Qué expresión tan singular!

—Es una metáfora muy común—repuso Rafael.

—No lo sabía—continuó el barón—; ni la entiendo. ¿Queréis tener la bondad de explicármela, señor Arias?

Rafael miró al soslayo a su prima, alzó los ojos al cielo, como si fuera a hacer un sacrificio, y dijo:

—Cuando ocurre un accidente sin percibirlo, es porque la atención lo ha dejado pasar sin darle el quién vive, es decir, sin averiguar de dónde viene ni adónde va. Si después otro accidente, que tiene relación con el primero, nos obliga a pensar en el anterior, se dice que despertamos un quién vives; es decir, se despierta la atención que estaba en el primer caso, ociosa o adormecida. De este modo tenemos en español muchas palabras sueltas, que explican tanto como una larga frase. Una palabra basta para encerrar un lato sentido. Es cierto que para ello se necesita tanto de la inventiva como de la comprensión. En las gentes del campo, corre una expresión que demuestra esto: suelen decir de un hombre inteligente y vivo, «ese es de los de ya está acá». Tiene esta expresión su origen en que cuando en el campo, a distancia, tiene el capataz que dar alguna orden, o hacer algún encargo a alguno de los trabajadores, al darles voces contesta el llamado: ya está acá, desde luego que se ha hecho cargo de lo que se le manda. Pero al dicho que ha llamado vuestra atención (en vista de que no todos son de los que designa el pueblo con el epíteto de los de ya está acá) se le da la siguiente etimología. Un español que estaba en San Petersburgo, paseándose una hermosa mañana de primavera con un ruso amigo suyo, quedó atónito, oyendo en el aire un sonido bastante agradable. Este sonido, que se oía unas veces próximo, otras lejano, cuándo a la derecha, cuándo a la izquierda, no era más que una repetición en diversos tonos de la palabra quién vive. El español creía que eran pájaros; pero levantó la cabeza y no vio nada. ¿Era un canto? ¿Era un eco? No, porque no salía de un punto determinado, sino que se oía en todas partes. Entonces creyó que su amigo era ventrílocuo y le miró con atención. El ruso se echó a reír. «Ya veo—le dijo—que no sabéis de dónde provienen estas voces que aquí se dejan oír todos los años por este tiempo. Son los quién vives que dan los soldados de la guarnición, durante el invierno. Con el frío se hielan y con los primeros calores se deshielan y resuenan por el aire de la primavera que nos vivifica.»

—No está mal discurrido—dijo el barón, con distracción.

—Favor que le hacéis—contestó Rafael, haciendo una cortesía irónica.

—¡Ah! Aquí tenemos a la señorita Ritita—dijo el barón, viéndola entrar, después de haberse quitado la mantilla—. Me parece, señorita, que he tenido la honra de veros esta mañana en la calle de Catalanes.

—Yo no os vi—contestó Rita.

—Esa es una desgracia—dijo Rafael a Rita—que no sucederá al mayor moscón, ni a la Giralda, a quien él quiere hacer coronela de su Regimiento de Life Guards (Guardias de la Reina).

—Os vi—continuó el barón—cerca de una cruz grande que está pegada a la pared. Pregunté...

—Me hago cargo—dijo en voz baja Rafael Arias.

—Y me respondieron que se llama la Cruz del Negro. ¿Podéis decirme, señorita, por qué se le ha dado un nombre tan extraño?

—No lo sé—contestó Rita—. Quizá será porque habrán crucificado en ella a algún negro.

—Sin duda así es—dijo el barón—; sería en tiempo de la Inquisición.—Y murmuró en voz baja: «¡Qué país!, ¡qué religión!»—. Pero ¿podréis decirme—añadió con aquella insoportable ironía, con aquella insolencia de que hacen uso los incrédulos, con los que creen y están de buena fe—, podréis decirme por qué está colgado del techo un cocodrilo, en aquel corredor de la catedral, cerca del patio de los Naranjos, entrando por la puerta a la derecha de la Giralda? ¿Sirve también la catedral de museo de historia natural?

—¿Aquel gran lagarto?—dijo Rita—. Está allí porque lo cogieron sobre la bóveda del techo de la iglesia.

—¡Ah!—exclamó el barón, riéndose—. Todo es gigantesco en esta catedral; ¡hasta los lagartos!

—Esa es una vulgaridad propagada en el pueblo—dijo la condesa, mientras que Rita, sin oír las palabras del barón, había ido a ocupar su acostumbrado asiento—. Ese cocodrilo fue presentado al rey don Alfonso el Sabio, por la famosa embajada que le envió el soldán de Egipto. También están colgados de la misma bóveda un colmillo de elefante, un freno y una vara; y estos objetos, juntamente con el lagarto, representan las cuatro virtudes cardinales. El lagarto es símbolo de la prudencia; la vara, de la justicia; el colmillo del elefante, de la fortaleza; y el freno, de la templanza. Así pues, hace seiscientos años que estos símbolos están a la entrada de aquel grande y noble edificio, como una inscripción que el pueblo comprende, sin saber leer.

El barón sentía mucho no poder adoptar la versión de Rita. La cruel condesa le había privado de un precioso artículo satírico, crítico, humorista, burlesco. ¿Quién sabe si el cocodrilo no habría hecho el papel de un Espíritu Santo, de nueva invención, en el chistoso relato de ese francés, que tenía la ventaja nacional de haber nacido malin (satírico)? Entre tanto la marquesa dijo a Rita:

—¿Por qué has ido a decirle esa tontería del negro crucificado? ¿No habría sido mejor contarle la verdad?

—Pero tía—contestó la joven—, yo no sé por qué esa cruz se llama del Negro; además, ya me tenía seca tanta conversación.

—Entonces—prosiguió la tía—deberías haberle dicho que lo ignorabas; y no inducirle en un error tan craso. Estoy segura de que insertará ese disparatón cuando escriba su Viaje a España.

—¿Y qué importa?—dijo Rita.

—Importa, sobrina—repuso la marquesa—; porque no me gusta que hablen mal de mi patria.

—¡Sí—dijo el general con acritud—, anda a atajar el río cuando se sale de madre! Pero ¿qué extraño es que digan mal del país los extranjeros, si nosotros somos los primeros en denigrarnos? Sin tener presente el refrán de que «ruin es, quien por ruin se tiene».

—Has de saber, Rita—prosiguió la marquesa—, para que de ahora en adelante no des lugar a semejantes errores, que el nombre de esa cruz viene de un negro devoto y piadoso, que en el séptimo siglo, viendo que se atacaba el misterio de la Pura Concepción de la Virgen, se vendió a sí mismo en el sitio en que se hallaba esa cruz, para costear con el dinero de su venta una solemne función de desagravio a la Virgen, por las ofensas que se le hacían. Algo se diferencia este rasgo piadoso y fervoroso de abnegación, de la necedad que has hecho creer al barón.

—Bien puedes también, hermana—dijo el general—, regañar al loco de Rafael, por haber respondido a ese Monsieur le Baron, a una pregunta por el mismo estilo, acerca de la Cruz de los Ladrones, junto a la Cartuja, que se llamaba así porque a ella iban a rezar los ladrones, para que Dios favoreciese sus empresas.

—¿Y el barón se lo ha creído?—preguntó la marquesa.

—Tan de fijo, como yo creo que no es barón—repuso el general.

—Es una picardía—continuó la marquesa, irritada—dar lugar nosotros mismos a que se crean y repitan tales desatinos.

La cruz fue erigida en aquel sitio por un milagro que hizo allí Nuestro Señor; porque en aquellos tiempos, como había fe, había milagros. Unos ladrones habían penetrado en la Cartuja y robado los tesoros de la iglesia. Huyeron espantados, corrieron toda la noche y a la mañana siguiente se encontraron a corta distancia del convento. Entonces viendo claramente el dedo del Señor, se convirtieron; y en memoria de este milagro, erigieron esa cruz, a la que el pueblo ha conservado su nombre. Voy a decirle cuatro palabras bien dichas a ese calavera.—Rafael, Rafael.

Entre tanto su prima Gracia, sentada en el sofá, le decía:

—Estoy en mis glorias. ¡Qué buenos ratos vamos a pasar!

—No durarán mucho, condesa—dijo el coronel—. Corren voces de que el duque quiere llevarse a Madrid a la nueva Malibrán.

—Y a todo esto—dijo la condesa—, ¿qué nombre de guerra ha tomado? Supongo que no será el de Marisalada; que muy bonito, y con algo de cariñoso, no es bastante grave para una artista de primer orden.

—Quizá continuará bajo el apodo de Gaviota—dijo Rafael—. Un criado del duque ha dicho al mio, que así era como la llamaban en su lugar.

—Puede que adopte el nombre de su marido—observó el coronel.

—¡Qué horror!—exclamó la condesa—; necesita un nombre sonoro.

—Pues bien, que tome el de su padre: Santaló.

—No, señor—dijo la condesa—. Es preciso que acabe en i para que le dé prestigio; mientras más íes, mejor.

—En ese caso—dijo Rafael—, que se nombre Misisipí.

—Consultaremos a Polo—dijo la condesa—. Y a propósito, ¿dónde se ha escabullido nuestro poeta?

—Apuesto cualquier cosa—dijo Rafael—a que a la hora esta se ocupa en confiar al papel las inspiraciones armónicas que ha hecho brotar en su alma la divinidad del día. Mañana sin falta leeremos en El Sevillano una de esas composiciones que, según mi tío, si no es fácil que le lleven al Parnaso, le precipitarán indefectiblemente en el Leteo.

En ese instante fue cuando la marquesa llamó a Rafael.

—Seguro estoy—dijo este a su prima—de que mi tía me hace la honra de llamarme para tener la satisfacción de echarme una peluca. Ya veo despuntar un sermón entre sus labios apretados, una filípica en su nebuloso entrecejo y una reprimenda de a folio, a caballo sobre su amenazante nariz. Pero... ¡qué feliz ocurrencia! Voy a armarme de un broquel.

Diciendo estas palabras, Rafael se levantó, se acercó al barón, a quien el oidor ofrecía a la sazón un polvo de rapé, le dio el brazo y en su compañía se acercó a la mesa del juego. La marquesa se guardó la regañadura para mejor ocasión.

Rita se tapaba la cara con el pañuelo para comprimir la risa. El general golpeaba el suelo con el tacón de las botas, que en él era señal indefectible de impaciencia.

—¿Está incomodado el general?—preguntó el barón.

—Padece ese movimiento nervioso—respondió a media voz Rafael.

—¡Qué desgracia!—exclamó el barón—, eso es un tic douloureux.[29] ¿Y de qué le ha provenido? ¿Algún tendón dañado en la guerra quizá?

—No—contestó Rafael. Ha sido efecto de una fuerte impresión moral.

—Debió ser terrible—observó el barón—. ¿Y qué se la causó?

—Una palabra de vuestro rey Luis XIV.

—¿Qué palabra?—insistió el barón espantado.

—El célebre dicho—contestó Rafael—«ya no hay Pirineos».

Con tanto como se hablaba en las tertulias acerca de la nueva cantatriz, se ignoraba un hecho significativo, que había ocurrido aquella misma noche.

Pepe Vera no había cesado de seguir los pasos de María; y como era favorito del público, le había sido fácil penetrar en lo interior del templo de las Musas, no obstante la enemistad que estas han jurado a las corridas de toros.

María salía a la escena, al ruido de los aplausos, cuando se dio de manos a boca en el vestuario con Pepe Vera y algunos otros jóvenes.

—¡Bendita sea!—dijo el célebre torero, tirando al suelo y extendiendo la capa, para que sirviese de alfombra a María—; ¡bendita sea esa garganta de cristal, capaz de hacer morir de envidia a todos los ruiseñores del mes de mayo!

—Y esos ojos—añadió otro—que hieren a más cristianos que todos los puñales de Albacete.

María pasó tan impávida y desdeñosa como siempre.

—¡Ni siquiera nos mira!—dijo Pepe Vera—. Oiga usted, prenda. Un rey es y mira a un gato. Y cuidado, caballeros, que es buena moza; a pesar de que...

—¿A pesar de qué?—dijo uno de sus compañeros.

—A pesar de ser tuerta—dijo Pepe.

Al oír estas palabras, María no pudo contener un movimiento involuntario y fijó en el grupo sus grandes ojos atónitos. Los jóvenes se echaron a reír y Pepe Vera le envió un beso en la punta de los dedos.

María comprendió inmediatamente que aquella expresión no había sido dicha sino para hacerle volver la cara. No pudo menos de sonreírse y se alejó dejando caer el pañuelo. Pepe lo recogió apresuradamente y se acercó a ella, como para devolvérselo.

—Os lo entregaré esta noche en la reja de vuestra ventana—le dijo en voz baja y con precipitación.

Al dar las doce salió María de su cama con pasos cautelosos, después de asegurarse de que su marido yacía en profundo sueño. Stein dormía, en efecto, con la sonrisa en los labios, embriagado con el incienso que había recibido aquella noche María, su esposa, su alumna, la amada de su corazón. Entre tanto un bulto negro se apoyaba en una de las rejas del piso bajo de la casa que habitaba María y que daba a una de las angostas callejuelas tan comunes en aquella ciudad. No era posible distinguir las facciones de aquel individuo, porque una mano oficiosa había apagado de antemano los faroles que alumbraban la calle.

Capítulo XXIII

Era ya Sevilla teatro demasiado estrecho para las miras ambiciosas y para la sed de aplausos que devoraban el corazón de María. El duque, además, obligado a restituirse a la capital, deseaba presentar en ella aquel portento, cuya fama le había precedido. Pepe Vera, por otra parte, ajustado para lidiar en la plaza de Madrid, exigió de María que hiciese el viaje. Así sucedió, en efecto.

El triunfo que obtuvo María al estrenarse en aquella nueva liza, sobrepujó al que había logrado en Sevilla. No parecía sino que se habían renovado los días de Orfeo y de Anfión y las maravillas de la lira de los tiempos mitológicos. Stein estaba confuso. El duque, embriagado. Pepe Vera dijo un día a la cantaora: «¡Caramba, María, te palmotean que ni que hubieses matado un toro de siete años!»

María estaba rodeada de una corte numerosa. Formaban parte de ella todos los extranjeros distinguidos que se hallaban a la sazón en la capital, y entre ellos había algunos notables por su mérito, otros por su categoría. ¿Qué motivos los impulsaba? Unos iban por darse tono, según la locución moderna. ¿Y qué es tono? Es una imitación servil de lo que otros hacen. Otros eran movidos por la misma especie de curiosidad que incita al niño a examinar los secretos resortes del juguete que le divierte.

María no tuvo que hacer el menor esfuerzo para sentirse muy a sus anchas en medio de aquel gran círculo. No había cambiado en lo más pequeño su índole fría y altanera; pero había más elegancia en su talante y mejor gusto en su modo de vestir; adquisiciones maquinales y exteriores, que a los ojos de ciertas gentes, pueden suplir la falta de inteligencia, de tacto y de buenos modales. Por la noche, en las tablas, cuando el reflejo de las luces blanqueaba su palidez y aumentaba el realce de sus ojos grandes y negros, parecía realmente hermosa.

El duque estaba de tal modo fascinado por aquella mujer, en cuyos triunfos le tocaba alguna parte, pues cumplían sus pronósticos, y tal era el entusiasmo que su canto le inspiraba, que no tuvo inconveniente en pedirle que diese lecciones de música a su hija, no obstante que recordaba el pronóstico de su amable amiga de Sevilla y estremecía al reflexionar sobre el aplazamiento que le había dirigido la condesa. Entonces hacía propósito de respetar a la mujer inocente que él mismo había introducido en la escena resbaladiza y brillante que pisaba.

Digamos ahora algunas palabras de la duquesa:

Era esta señora virtuosa y bella. Aunque había entrado en los treinta años, la frescura de su tez y la expresión de candor de su semblante le daban un aspecto más joven. Pertenecía a una familia tan ilustre como la de su marido, con la cual estaba estrechamente emparentada. Leonor y Carlos se habían querido casi desde su infancia, con aquel afecto verdaderamente español, profundo y constante, que ni se cansa ni se enfría. Se habían casado muy jóvenes. A los dieciocho años, Leonor dio una niña a su marido, el cual tenía veintidós a la sazón.

La familia de la duquesa, como algunas de la grandeza, era sumamente devota; y en este espíritu había sido educada Leonor. Su reserva y su austeridad la alejaban de los placeres y ruidos del mundo, a los cuales, por otra parte, no tenía la menor inclinación. Leía poco y jamás tomó en sus manos una novela. Ignoraba enteramente los efectos dramáticos de las grandes pasiones. No había aprendido ni en los libros ni en el teatro, el gran interés que se ha dado al adulterio, que por consiguiente no era a sus ojos sino una abominación, como lo era el asesinato.

Jamás habría llegado a creer, si se lo hubiesen dicho, que estaba levantado en el mundo un estandarte, bajo el cual se proclamaba la emancipación de la mujer. Más es; aun creyéndolo, jamás lo hubiera comprendido; como no lo comprenden muchos, que ni viven tan retiradas, ni son tan estrictas como lo era la duquesa. Si se le hubiera dicho que había apologistas del divorcio, y hasta detractores de la santa institución del matrimonio, habría creído estar soñando, o que se acercaba el fin del mundo. Hija afectuosa y sumisa, amiga generosa y segura, madre tierna y abnegada, esposa exclusivamente consagrada a su marido, la duquesa de Almansa era el tipo de la mujer que Dios ama, que la poesía dibuja en sus cantos, que la sociedad venera y admira, y en cuyo lugar se quieren hoy ensalzar esas amenazas, que han perdido el bello y suave instinto femenino.

El duque pudo entregarse largo tiempo al atractivo que María ejercía en él, sin que la más pequeña nube empañase la paz sosegada, y, como el cielo, pura, del corazón de su mujer. Sin embargo, el duque, hasta entonces tan afectuoso, la descuidaba cada día más. La duquesa lloraba; pero callaba.

Después llegó a sus oídos que aquella cantatriz que alborotaba a todo Madrid, era protegida de su marido; que este pasaba la vida en casa de aquella mujer. La duquesa lloró; pero dudando todavía.

Después el duque llevó a Stein a su casa, para dar lecciones a su hijo, y luego quiso, como hemos dicho, que María las diese a su hija, preciosa criatura de once años de edad.

Leonor se opuso con vigor a esto último, alegando no poder permitir que una mujer de teatro tuviese el menor punto de contacto con aquella inocente. El duque, acostumbrado a las fáciles condescendencias de su mujer, vio en esta oposición un escrúpulo de devota, una falta de mundo y persistió en su idea. La duquesa cedió, siguiendo el dictamen de su confesor; pero lloró amargamente, impulsada por un doble motivo.

Recibió, pues, a María con excesiva circunspección; con una reserva fría, pero urbana.

Leonor, que vivía según sus propensiones tranquilas, muy retirada, no recibía, sino pocas visitas, la mayor parte de parientes; los demás eran sacerdotes y algunas otras personas de confianza. Así pues, asistía con no desmentida perseverancia a las lecciones de su hija; y tanto empeño puso en no alejarla de sus miradas maternas, que este sistema no pudo menos de ofender a María. Las personas que iban a ver a la duquesa no hacían más que saludar fríamente a la maestra, sin volver a dirigirle la palabra. De este modo, llegaba a ser en extremo humillante la posición que ocupaba en aquella noble y austera residencia la mujer que el público de Madrid adoraba de rodillas. María lo conocía y su orgullo se indignaba, pero como la exquisita cortesía de la duquesa no se desmintió jamás; como en su grave, modesto y hermoso rostro no se había manifestado nunca una sonrisa de desdén ni una mirada de altanería, María no podía quejarse. Por otra parte, el duque, que era tan digno y tan delicado, ¿cómo había de permitir que nadie se le quejase de su mujer? María tenía bastante penetración para conocer que debía callar y no perder la amistad del duque, que la lisonjeaba, su protección que le era necesaria y sus regalos que le eran muy gratos. Tuvo, pues, que tascar el freno, hasta que ocurriese algún suceso que pusiese término a tan tirante situación.

Un día en que, vestida de seda, y deslumbrando a todos con sus joyas, cubierta con una magnífica mantilla de encajes, entraba en casa de la duquesa, se encontró allí con el padre de esta, el marqués de Elda, y con el obispo de...

El marqués era un anciano grave, de los más chapados a la antigua. Era por los cuatro costados español, católico y realista neto. Vivía retirado de la corte desde la muerte del rey, a quien había servido en la guerra de la Independencia.

Había un poco de tibieza entre el marqués y su yerno, a quien el primero acusaba de condescender demasiado con las ideas del siglo. Esta tibieza subió de punto cuando llegaron a oídos del severo y virtuoso anciano los rumores ya públicos de la protección que el duque daba a una cantatriz de teatro.

Cuando María entró en la sala, la duquesa se levantó, con intención de darle gracias y despedirla por aquel día, en vista del respeto debido a las personas presentes. Pero el obispo, que ignoraba todo lo que pasaba, manifestó deseos de oír cantar a la niña, que era su ahijada. La duquesa se volvió a sentar; saludó a María con su urbanidad acostumbrada y mandó llamar a su hija, quien no tardó en presentarse.

Apenas terminaba la niña los últimos compases de la plegaria de Desdémona, cuando se oyeron tres golpes suaves en la puerta.

—Adelante, adelante—dijo la duquesa, dando a entender que conocía a la persona en su modo de llamar, y con una viveza nueva a los ojos de María, se puso en pie y salió obsequiosamente al encuentro de aquella visita.

Pero María se sorprendió todavía más al ver este nuevo personaje. Era una mujer fea, de unos cincuenta años de edad y de aspecto común. Su traje era tan basto como desairado y extraño.

La duquesa la recibió con grandes muestras de consideración y una cordialidad tanto más notable, cuanto más contrastaba con la reserva glacial que con la maestra había usado; la tomó de la mano y la presentó al obispo.

María no sabía qué pensar. Jamás había visto un vestido semejante ni una persona que le pareciese menos en armonía con la posición que parecía ocupaba cerca de gentes tan distinguidas y elevadas.

Después de un cuarto de hora de una conversación animada, aquella mujer se levantó. Estaba lloviendo. El marqués la ofreció su coche, con grandes instancias; pero la duquesa le dijo:

—Padre, ya he mandado que pongan el mío.

Dijo estas palabras acompañando a la recién venida, que ya se retiraba y que se negó tenazmente a hacer uso del carruaje.

—Ven, hija mía—dijo la duquesa a su hija—, ven, con permiso de tu maestra, a saludar a tu buena amiga.

María no sabía qué pensar de lo que estaba viendo y oyendo. La niña abrazó a aquella que la duquesa llamaba su buena amiga.

—¿Quién es esa mujer?—le preguntó María, cuando volvió a su puesto.

—Es una hermana de la caridad—respondió la niña.

María quedó anonadada. Su orgullo, que luchaba con la frente erguida contra toda superioridad; que desafiaba la dignidad de la nobleza, la rivalidad de los artistas, el poder de la autoridad y aun la prerrogativas del genio, se dobló como un junco ante la grandeza y la elevación de la virtud.

Poco después se levantó para irse; seguía lloviendo.

—Tiene usted un coche a su disposición—le dijo la duquesa al despedirla.

Al bajar al patio, María observó que estaban quitando los caballos del de la duquesa. Un lacayo bajó con aire respetuoso el estribo de un coche simón. María entró en él henchido el corazón de impotente rabia.

Al día siguiente declaró resueltamente al duque que no continuaría dando lecciones a su hija. Tuvo buen cuidado de ocultarle el verdadero motivo y la astucia de dar a esta reserva todo el aspecto de un acto de prudencia. El duque, alucinado, tanto por el entusiasmo que María le inspiraba, como por los amaños de que ella supo valerse, supuso que su mujer habría dado motivo para aquella determinación, y se mostró aún más frío con ella.

Capítulo XXIV

La llegada a Madrid del célebre cantor Tenorini puso cima a la gloria de María, por la admiración con que la encomiaba aquel coloso y por el empeño que manifestó en cantar acompañado de una voz digna de unirse a la suya. Tonino Tenorini, alias el Magno, había salido no se sabe de dónde; algunos decían que había venido al mundo, como Castor y Pollux, dentro de un huevo, no de cisne, sino de ruiseñor. Su espléndida y ruidosa carrera empezó en Nápoles, donde había eclipsado enteramente al Vesubio. Después pasó a Milán y de allí sucesivamente a Florencia, San Petersburgo y Constantinopla. A la sazón llegaba de Nueva York pasando por La Habana, con ánimo de dirigirse a París, cuyos habitantes, furiosos por no haber dado todavía su voto decisivo sobre tan gigantesca reputación, habían hecho un motín para desahogar su bilis. De allí Tenorini se dignaría ir a Londres, cuyos filarmónicos tenían un terrible spleen de pura envidia, y de donde la season[30] corría riesgo de suicidarse si la gran notabilidad no se compadecía de los males que su ausencia originaba.

¡Cosa extraña, y que dejó sorprendidos a todos los Polos y a todas las Eloísas! Este sublime artista no llegaba en las alas del genio. Los delfines malcriados del océano no le habían cargado en sus filarmónicas espaldas, como hicieron los del Mediterráneo con Arión en tiempos más felices. Tenorini había llegado en la diligencia... ¡Qué horror!...

¡Y—lo que es más—traía un saco de noche!

Hubo proyectos de celebrar su llegada tocando un repique general de campanas, de iluminar las casas y de erigir un arco de triunfo con todos los instrumentos de la orquesta del Circo. El alcalde no consintió en ello y poco faltó para que este cangrejo reaccionario fuese obsequiado con una cencerrada.

Mientras María participaba con el gran cantante de la desaforada ovación que le ofrecía un público, que de rodillas los veneraba humildemente, se representaba una escena de diferente carácter en la pobre choza de que ella saliera poco más de un año antes.

Pedro Santaló yacía postrado en su lecho. Desde la separación de su hija no había levantado cabeza. Tenía los ojos cerrados y no los abría sino para fijar sus miradas en el cuartito que había ocupado María y que no estaba separado del suyo sino por el estrecho pasadizo que subía al desván. Todo allí permanecía en el mismo estado en que su hija lo había dejado; colgaba de la pared su guitarra, con un lazo de cinta que había sido color de rosa y que ahora pendía sin forma, como una promesa que se olvida, y descolorido como un recuerdo que se disipa. Sobre la cama había un pañuelo de seda de la India, y unos zapatos pequeños se veían aún debajo de una silla. La tía María estaba sentada a la cabecera del enfermo.

—Vamos, vamos, tío Pedro—le decía la buena anciana—, olvídese de que es catalán y no sea tan testarudo; déjese usted gobernar siquiera una vez en su vida y véngase con nosotros al convento, que ya ve usted que allí no falta lugar. Así podré asistirle mejor y no estará aquí aislado y solo en un solo cabo como el espárrago.

El pescador no respondía.

—Tío Pedro—continuó la tía María—, don Modesto ya ha escrito dos cartas, y se han puesto en el correo, que dicen es la manera de que lleguen más presto y con más seguridad.

—¡No vendrá!—murmuró el enfermo.

—Pero vendrá su marido, y por ahora eso es lo que importa—repuso la tía María.

—¡Ella! ¡Ella!—exclamó el pobre padre.

Una hora después de esta conversación, la tía María caminaba de vuelta al convento, sin haber logrado que el huraño y obstinado catalán accediese a trasladarse a él. Cabalgaba la buena anciana en la insigne Golondrina, decana apacible del gremio borrical de la comarca. No hemos averiguado, en vista de lo remoto de la fecha en que fue bautizada, el porqué mereció el nombre de Golondrina, pues nos consta que jamás hizo el menor esfuerzo, no ya para volar, pero ni aun para correr; ni nunca se le notó en otoño la más mínima inclinación a trasladarse a las regiones del África.

Momo, hecho ya un hombrón, sin haber perdido un ápice de su fealdad nativa, iba arreando la burra.

—Oiga usted, madre abuela—dijo—; ¿y van a durar mucho estos paseítos de recreo cotidianos para venir a ver a este lobo marino?

—Por descontado—respondió su abuela—, ya que no se quiere venir al convento. Me temo que se muera si no ve a su hija.

—No me he de morir yo de esa enfermedad—dijo Momo, soltando una carcajada de grueso calibre.

—Mira, hijo—prosiguió la tía María—, yo no me fío mucho del correo, por más que digan que es seguro. Tampoco don Modesto se fía de él; así para que don Federico y Marisalada lleguen a saber lo malo que está el tío Pedro, no queda medio seguro sino el que tú mismo vayas a Madrid a decírselo, porque al fin no podemos estar así, cruzados de brazos, viendo morir a un padre que clama por su hija, sin hacer por traérsela.

—¡Yo!, ¡yo ir a Madrid, y para buscar a la Gaviota!—exclamó Momo horripilado—. ¿Está usted en su juicio, señora?

—Tan en mi juicio y tan en ello, que si tú no quieres ir, iré yo. A Cádiz fui y no me perdí ni me sucedió nada; lo mismo será si voy a Madrid. Parte el corazón oír a ese pobrecito padre clamar por su hija. Pero tú, Momo, tienes malas entrañas; con harta pena lo digo. Yo no sé de dónde las has sacado, pues ni son de la casta de tu padre ni de la de tu madre; pero en cada familia hay un Judas.

«¡Ni al mismísimo demonio que no piensa sino en el modo de condenar a un cristiano—murmuraba Momo—, se le ocurre otra! Y no es eso lo peor, sino que si se le mete a su merced semejante chochera en la cabeza, lo ha de llevar a cabo. ¡Que no me diera un aire, que me dejase baldado de pies y piernas, siquiera por un mes!»

Así pensando, desahogó Momo su coraje, descargando un cruel varazo sobre las ancas de la pobre Golondrina.

—¡Bárbaro!—exclamó la abuela—, ¿a qué la pagas con ese pobre animal?

—¡Toma!—repuso Momo—; para llevar palos ha nacido.

—¿De dónde has sacado semejante herejía?, ¿de dónde, alma de Herodes? Nadie sabe lo que compadezco yo a los pobres animales, que padecen sin quejarse y sin poder valerse; sin consuelo y sin premio.

—La lástima de usted, madre, es como la capa del cielo, que todo lo cobija.

—Sí, hijo, sí; ni permita Dios que vea yo un dolor sin compadecerlo, ni que sea como esos desalmados que oyen un ay como quien oye llover.

—Que diga usted eso, tocante al prójimo, ¡anda con Dios! Pero los animales, ¿qué demonio?...

—¿Y acaso no padecen? ¿Y acaso no son criaturas de Dios? Acá, nosotros, estamos cargados con la maldición y el castigo que mereció el pecado del primer hombre; pero ¿qué pecado cometieron el Adán y Eva de los burros, para que estos pobres animales tengan la vida mortificada? ¡Eso me pasma!

—Se comerían la peladura de la manzana—dijo Momo con una carcajada como un redoble de bombo.

Encontraron entonces a Manuel y a José, que iban de vuelta al convento.

—Madre, ¿cómo está el tío Pedro?—preguntó el primero.

—Mal, hijo, mal. Se me parte el corazón de verle tan malo, tan triste y tan solo. Le dije que se viniese al convento; pero ¡qué!, más fácil era traerse al fuerte de San Cristóbal que no a ese cabezudo. Ni un cañón de a veinticuatro lo menea. Preciso es que el hermano Gabriel se mude allá con él, y también que Momo vaya a Madrid a traerse a su hija y a don Federico.

—Que vaya—dijo Manuel—; así verá mundo.

—¡Yo!—exclamó Momo—, ¿cómo he de ir yo, señor?

—Con un pie tras otro—respondió su padre—; ¿tienes miedo de perderte, o de que te coma el cancón?

—Lo que es que no tengo ganas de ir—replicó Momo, exasperado.

—Pues yo te las daré con una vara de acebuche, ¿estás, mal mandado?—dijo su padre.

Momo, renegando del tío Pedro y de su casta emprendió su viaje, y uniéndose a los arrieros de la sierra de Aracena que venían a Villamar por pescado, llegó a Valverde, y de allí pasando por Aracena, la Oliva y Barcarrota, a Badajoz, por el cual pasa la antigua carretera de Madrid a Andalucía. De allí, sin detenerse siguió a Madrid. Don Modesto había copiado con letras tamañas como nueces, las señas de la casa en que vivía Stein y que este había enviado cuando llegaron a Madrid con el duque. Con esta papeleta en la mano, salió Momo para la corte, entonando unas nuevas letanías de imprecaciones contra la Gaviota.

Una tarde salía la tía María más desazonada que nunca, de en casa del pobre pescador.

—Dolores—dijo a su nuera—, el tío Pedro se nos va. Esta mañana enrollaba las sábanas de su cama, y eso es que está liando el hato para el viaje de que no se vuelve. Palomo, que fue conmigo, se puso a aullar. ¡Y esa gente no viene!, estoy que no se me calienta la camisa en el cuerpo. Me parece que Momo debería ya estar de vuelta; diez días lleva de viaje.

—Madre—contestó Dolores—, hay mucha tierra que pisar hasta Madrid. Manuel dice que no puede estar de vuelta sino de aquí a cuatro o cinco días.

Pero ¡cuál no sería el asombro de ambas, cuando de repente vieron ante sí con aire azorado y mal gesto al mismísimo Momo en persona!

—¡Momo!—exclamaron las dos a un tiempo.

—El mismo en cuerpo y alma—contestó este.

—¿Y Marisalada?—preguntó ansiosa la tía María.

—¿Y don Federico?—preguntó Dolores.

—Ya los pueden ustedes aguardar hasta el día del juicio—respondió Momo—, ¡vaya que ha estado bueno mi viaje!, gracias a madre abuela, que me he visto metido en un berenjenal, que ya...

—¿Pero qué es lo que hay?, ¿qué te ha sucedido?—preguntaron su abuela y su madre.

—Lo que van ustedes a oír, para que admiren los juicios de Dios y le bendigan por verme aquí salvo y libre; gracias a que tengo buenas piernas.

La abuela y la madre se quedaron sobresaltadas al oír aquellas palabras que anunciaban graves acontecimientos.

—Cuenta, hombre, di, ¿qué ha sucedido?—volvieron ambas a exclamar—; mira que tenemos el alma en un hilo.

—Cuando llegué a Madrid—dijo Momo—y me vi solo en aquel cotarro, se me abrieron las carnes. Cada calle me parecía un soldado; cada plaza, una patrulla; con la papeleta que me dio el comandante, que era un papel que hablaba, fui a dar en una taberna, donde topé con un achispado, amigo de complacer, que me llevó a la casa que rezaba el papel. Allí me dijeron los criados que sus amos no estaban en casa; y con eso, iban a darme con la puerta en los hocicos; pero no sabían esas almas de cántaro con quién se las tenían que haber. «¡He!—les dije—; miren ustedes con quién hablan, que yo no soy criado de nadie ni nada vengo a pedir; aunque pudiera hacerlo, porque en mi casa fue donde recogimos a don Federico, cuando se estaba muriendo y no tenía ni sobre qué caerse muerto.»

—¿Eso dijiste, Momo?—exclamó su abuela—; ¡quita allá!, ¡esas cosas no se dicen!, ¡qué bochorno!, ¿qué habrán pensado de nosotros?, ¡echar en cara un favor!, ¿quién ha visto eso?

—¿Pues qué; no se lo diría?, ¡vaya! Y dije más; para que ustedes se enteren, dije que mi abuela había sido quien se había traído a su casa a su ama, cuando se puso mala de puro correr y desgañitarse sobre las rocas, como una Gaviota que era. Los mostrencos aquellos se miraban unos a otros riéndose y haciendo burla de mí, y me dijeron que venía equivocado, que era hija de un general de las tropas de don Carlos. ¡Hija de un general, ¿se entera usted? ¡Por vía de los moros! ¿Puede darse más descarada embustera?, ¡decir que el tío Pedro es un general, ¡el tío Pedro, que ni ha servido al rey! Al avío, les dije; que la razón que traigo, urge, y lo que quiero yo es largarme presto y perder a ustedes, a sus amos y a Madrid de vista.

—Nicolás—dijo entonces una moza que tenía trazas de ser tan Farota como su ama—, lleva ese ganso al treato: allí podrá ver a la señora.»

—Noten ustedes que cuando hablaba de mí, decía la muy deslenguada ganso, y cuando hablaba de la tuna de la Gaviota, decía señora; ¿podría eso creerse?, ¡cosas de Madrid!, ¡confundío se vea!

—Pues, señor, el criado se puso el sombrero y me llevó a una casa muy grandísima y muy alta, que era a moo de iglesia, sólo que en el lugar de cirios, tenía unas lámparas que alumbraban como soles. En rededor había como unos asientos, en que estaban sentadas, más tiesas que husos, más de diez mil mujeres, puestas en feria, como redomas en botica. Abajo había tanto hombre que parecía un hormiguero. ¡Cristianos!, ¡yo no sé de dónde salió tanta criatura! Pues no es nada, dije para mi chaleco, ¡las hogazas de pan que se amasarán en la villa de Madrid!... Pero asómbrense ustedes; toda esa gente había ido allí, ¿a qué?... ¡a oír cantar a la Gaviota!

Momo hizo una pausa, teniendo las manos extendidas y abiertas a la altura de su cara.

La tía María bajó y levantó la cabeza en señal de satisfacción.

—En todo esto no veo motivo para que te hayas vuelto tan deprisa y tan azorado—dijo Dolores.

—Ya voy, ya voy, que no soy escopeta—repuso Momo—. Cuento las cosas como pasaron.

»Pues cate usted ahí, que de repente, y sin que nadie se lo mandase, suenan a la par más de mil instrumentos, trompetas, pitos y unos violines tamaños como confesonarios, que se tocaban para abajo. ¡María Santísima, y qué atolondro!, yo di una encogida que fue floja en gracia de Dios.

—Pero ¿de dónde salió tanto músico?—preguntó su madre.

—¿Qué sé yo?, habría leva de ciegos por toda España. Pero no es esto lo mejor, sino que cate usted ahí, que sin saber ni cómo ni por dónde desaparece un a moo de jardín que había al frente. No parecía sino que el demonio había cargado con él.

—¿Qué estás diciendo, Momo?—dijo Dolores.

—Naica más que la purísima verdad. En lugar de la arboleda, había al frente un a moo de estrado con redondeles de trapo[31] que sería de un palacio. Allí se presenta una mujer más ajicarada, con más terciopelos, bordaduras de oro y más dijes que la Virgen del Rosario.

—Esta es la reina doña Isabel II—dije yo para mí—. Pues no, señor, no era la reina. ¿Saben ustedes quién era? ¡Ni más ni menos que la Gaviota, la malvada Gaviota, que andaba aquí descalza de pies y piernas! Lo primero que sucedió con el vergel, había sucedido con ella; la Gaviota descalza de pies y piernas, se había llevado el demonio y en su lugar había puesto una principesa. Yo estaba cuajado. Cuando menos se pensaba, entra un señor mayor muy engalanado. Estaba que echaba bombas, ¡qué enojado!, ponía unos ojos..., ¡caramba!, dije yo para mi chaleco, no quisiera yo estar en el pellejo de esa Gaviota. A todo esto, lo que me tenía parado era que reñían cantando. ¡Vaya!, será la moa por allá, entre la gente de fuste. Pero con eso no me enteraba yo bien de lo que platicaban: lo que vine a sacar en limpio fue que aquél sería el general de don Carlos, porque ella le decía padre, pero él no la quería reconocer por hija, por más que ella se lo pidió de rodillas.

—¡Bien hecho!—le grité—, duro a la embustera descarada.

—¿A qué te metiste en eso?—le dijo su abuela.

—¡Toma! como que yo la conocía y podía atestiguarlo; ¿no sabe usted que quien calla otorga? Pero parece que allá no se puede decir la verdad, porque mi vecino que era un celador de policía me dijo: «¿Quiere usted callar, amigo?»

—No me da la gana—le respondí—; y he de decir en voz y en grito, que ese hombre no es su padre.

—¿Está usted loco o viene de las Batuecas?—me dijo el polizonte.

—Ni uno ni otro, so desvergonzado—le respondí—; estoy más cuerdo que usted y vengo de Villamar, donde está su padre legítimo, tío Pedro Santaló.

—Es usted—me dijo el madrileñito—un pedazo de alcornoque muy basto; vaya usted a que lo descorchen.

Me amostacé y levanté el codo para darle una guantáa, cuando Nicolás me cogió por un brazo y me sacó fuera para ir a echar un trago.

—Ya he caído en la cuenta—le dije—; ese general es el que quiera esa renegada Gaviota que sea su padre. De muchas iniquidades había yo oído hablar; de muertes, robos, hasta de piratas; pero eso de renegar de su padre, en mi vida he oído otra.

Nicolás se desternillaba de risa; por lo visto, esa indiniá no les coge allá de susto.

Cuando volvimos a entrar, es de presumir el que le habría mandado el general a la Gaviota que se quitase los arrumacos, porque salió toda vestida de blanco que parecía amortajada. Se puso a cantar y sacó una guitarra muy grande que puso en el suelo y tocó con las dos manos (¡qué no es capaz de inventar esa Gaviota!), y ahora viene lo gordo, pues de repente sale un moro.

—¿Un moro?

—¡Pero qué moro!, más negro y más feróstico que el mismísimo Mahoma; con un puñal en la mano, tamaño como un machete. Yo me quedé muerto.

—¡Jesús María!—exclamaron su madre y su abuela.

—Pregunté a Nicolás que quién era aquel Fierabrás, y me respondió que se llamaba Telo. Para acabar presto; el moro le dijo a la Gaviota que la venía a matar.

—Virgen del Carmen—exclamó la tía María—, ¿era acaso el verdugo?

—No sé si era el verdugo ni sé si era un matador pagado—respondió Momo—; lo que sí sé es que la agarró por los cabellos y la dio de puñaladas; lo vi con estos ojos que ha de comer la tierra, y puedo dar testimonio.

Momo apoyaba sus dos dedos, debajo de sus ojos, con tal vigor de expresión, que aparecieron como queriendo salirse de sus órbitas.

Las dos buenas mujeres lanzaron un grito. La tía María sollozaba y se retorcía las manos de dolor.

—¿Pero qué hicieron tantos como presentes estaban?—preguntó Dolores llorando—, ¿no hubo nadie que prendiese a ese desalmado?

—Eso es lo que yo no sé—contestó Momo—, pues al ver aquello, cogí dos de luz y cuatro de traspón, no fuese que me llamasen a declarar. Y no paré de correr hasta no poner algunas leguas entre la villa de Madrid y el hijo de mi padre.

—Preciso es—dijo entre sollozos la tía María—ocultarle esta desdicha al pobre tío Pedro. ¡Ay!, ¡qué dolor!, ¡qué dolor!

—¿Y quién había de tener valor para decírselo!—repuso Dolores—. ¡Pobre María! Hizo lo del español, que estando bien quiso estar mejor; y cate usted ahí las resultas.

—Cada uno lleva su merecido—dijo Momo—; esa embrollona descastada había de parar en mal: no podía eso marrar. Si no estuviese cansado, iba sobre la marcha a contárselo a Ratón Pérez.

Capítulo XXV

No tardó en esparcirse por todo el lugar la voz de que la hija del pescador había sido asesinada.

Así pues, el egoísta, torpe y díscolo Momo, que ayudado de su espíritu hostil e instintos egoístas creyó realidad lo que vio en el teatro, no sólo había hecho un viaje inútil, por no haber cumplido su comisión, sino que indujo en el terror, en que su torpeza indócil le hizo caer, a todas aquellas buenas gentes.

La cara de don Modesto se le alargó dos pulgadas.

El cura dijo una misa por el alma de María.

Ramón Pérez ató un lazo negro a su guitarra.

Rosa Mística dijo a don Modesto:

—¡Dios la haya perdonado! Bien dije yo que acabaría mal. Usted recordará que por más que procuraba yo guiarla a la derecha, ella siempre tiraba a la izquierda.

La tía María, calculando que en vista de la catástrofe no le sería posible a don Federico venir por entonces, se decidió a confiar la cura del tío Pedro a un médico joven que había reemplazado a Stein en Villamar.

—No fío de su ciencia—le decía a don Modesto, que se le recomendaba—; no sabe recetar más que aguas cocidas, y no hay cosa que debilite más el estómago. Por alimento manda caldo de pollo; ahora ¿me querrá usted decir las fuerzas que podrá reponer semejante bebistrajo? Todo está trastornado, mi comandante; pero deje usted que pase un poco de tiempo y, desengañados, se volverán a lo que la experiencia de muchos siglos ha acreditado de bueno; que al cabo de los años mil, vuelven las aguas por donde solían ir. Lo que atrevidas manos echaron abajo, el tiempo lo levantará; pero después de haber echado algunas almas a su perdición y enviado muchos cuerpos al hoyo.

El médico halló al tío Pedro tan grave, que declaró ser necesario el prepararlo.

Prepararse a la muerte es, en el lenguaje católico, ponerse en estado de gracia, esto es, zanjar sus cuentas en la tierra, haciendo el bien y deshaciendo el mal, en cuanto a nuestro alcance esté, tanto en el orden de las cosas eternas, como en el de las temporales, y granjear así, con la oración y el arrepentimiento, la clemencia de Dios en favor de nuestras almas.

Si damos esta definición de una cosa tan sabida y cotidiana, es no sólo porque es factible que caiga esta relación en manos de algunos que no pertenezcan al gremio de nuestra santa religión católica, sino porque hemos visto muchos que no consideran esta santa práctica bajo todas sus grandes y magníficas fases.

La tía María se echó a llorar amargamente al oír aquel fallo; llamó a Manuel y le encargó que fuese a notificárselo al enfermo, con todas las precauciones debidas, pues ella no se sentía con ánimo para hacerlo.

Manuel entró en el cuarto del paciente.

—¡Hola, tío Pedro!—le dijo—, ¿cómo vamos?

—Vamos para abajo, Manuel—contestó el enfermo—; ¿quieres algo para el otro mundo?, dilo pronto, que estoy levando el ancla, hijo.

—¡Qué!, tío Pedro, no está usted en ese caso. Ha de vivir. Usted más que yo. Pero... como dice el refrán que hacienda hecha no estorba..., quiere decir...

—No digas más, Manuel—repuso el tío Pedro sin alterarse. Dile a tu madre que dispuesto estoy. Ya ha tiempo que veo venir este trance y no pienso más que en eso—añadió en voz baja y fatigada—¡y en ella!

Manuel salió conmovido enjugándose los ojos, a pesar de haber visto tanta sangre y tantas agonías en su carrera militar; ¡tan cierto es, que el alma más estoica se ablanda a vista de la muerte, cuando no se fuerza al hombre a considerarla como un átomo lanzado en el insondable abismo, que abren a tantos miles el orgullo y la ambición de los que sin autoridad, sin derecho ni razón, han querido imponer al mundo su personalidad o sus ideas!

Al día siguiente reinaba uno de aquellos violentos, ruidosos y animados temporales que consigo trae el equinoccio. Oíase el viento soplar en diferentes tonos, como una hidra cuyas siete cabezas estuviesen silbando a un tiempo.

Estrellábase contra la cabaña, que crujía siniestramente: oíase este invisible elemento, lúgubre entre las bóvedas sonoras de las altas ruinas del fuerte; violento entre las agitadas ramas de los pinos; plañidero entre las atormentadas cañas del navazo; y se desvanecía gimiendo en la dehesa, como se disipa la sombra gradualmente en un paisaje.

La mar agitaba las olas de su seno, con la ira y violencia con que sacude una furia las sierpes de su cabellera. Las nubes, cual las Danaides, se relevaban sin cesar, vertiendo cada cual su contingente, que caía a raudales sobre las ramas, que se tronchaban, abriendo sus corrientes hondos surcos en la tierra. Todo se estremecía, temblaba o se quejaba. El sol había huido y el triste color del día era uniforme y sombrío como el de una mortaja.

Aunque la cabaña estaba resguardada por la peña, la tempestad había arrebatado parte de su techo durante la noche. Para impedir su total destrucción, Manuel, ayudado por Momo, lo había sujetado con el peso de algunos cantos traídos de las ruinas. «Ya que no quieras albergar más a tu dueño—le decía Manuel—, aguarda al menos a que muera, para hundirte.»

Si alguna otra mirada que la de Dios hubiera podido llegar a aquel desierto, cruzando la tempestad que lo azotaba, habría descubierto una cuadrilla de hombres que caminaba en dirección paralela al mar, arrostrando los furores del temporal, envueltos en sus capas, en actitud recogida y silenciosa, los cuerpos inclinados hacia adelante y las cabezas bajas. Seguíalos grave y mesuradamente un anciano, cruzados los brazos sobre el pecho a la manera de los orientales, precedido por un muchacho que agitaba de cuando en cuando una campanilla. Se oía por intervalos, y a pesar de las ráfagas del huracán, la voz tranquila y sonora del anciano, que decía: Miserere mei Deus, secundum magnam misericordian tuam. El coro de hombres respondía: Et secundum multitudinent miserationum tuarum, de iniquitatem meam.

Penetrábalos la lluvia, azotábalos el viento y ellos seguían impávidos en su marcha grave y uniforme.

Esta comitiva se componía del cura y de algunos católicos piadosos, hermanos de la cofradía del Santísimo Sacramento, que presididos por Manuel, iban a llevar a un cristiano moribundo, con los últimos Sacramentos, los últimos consuelos del cristiano.

Nada podía, como lo que acabamos de describir, dar realce y vida a esta verdad moral: que en medio del tumulto y de las borrascas de las malas pasiones, la voz de la religión se deja oír por intervalos, grave y poderosa, suave y firme, aun a aquellos mismos que la olvidan y la reniegan.

El cura entró en el cuarto del enfermo.

Los niños que habían acudido, recitaban estos versos, que aprendieron al mismo tiempo que aprendieron a hablar.

Jesucristo va a salir, yo por Dios quiero morir, porque Dios murió por mí. Los ángeles cantan, todo el mundo adora al Dios tan piadoso que sale a estas horas. Jesucristo va a salir, etc.

Aquella pobre morada se había aseado y dispuesto con esmero y decencia, gracias a los cuidados de la tía María y del hermano Gabriel. Sobre una mesa se había colocado un crucifijo con luces y flores, porque las luces y los perfumes son los homenajes externos que se tributan a Dios. La cama estaba limpia y primorosa.

Concluida la ceremonia, nadie quedó con el enfermo, sino el cura, la buena tía María y fray Gabriel. Tío Pedro yacía tranquilo. Al cabo de algún tiempo abrió los ojos, y dijo:

—¿No ha venido?

—Tío Pedro—respondió la tía María, mientras corrían por sus arrugadas mejillas dos lágrimas que no alcanzaba a ver el enfermo—, hay mucho trecho de aquí a Madrid. Ha escrito que iba a ponerse en camino y pronto la veremos llegar.

Santaló volvió a caer en su letargo. Una hora después recobró el sentido, y fijando sus miradas en la tía María, le dijo:

—Tía María, he pedido a mi divino Salvador, que se ha dignado venir a mí, que me perdone, que la haga feliz y que le pague a usted cuanto por nosotros ha hecho.

Después se desmayó; volvió en sí, abrió los ojos que ya cristalizaba la muerte y pronunció con acento ininteligible estas palabras:

—¡No ha venido!

En seguida dejó caer la cabeza en la almohada y exclamó en voz alta y firme:

—Misericordia, Señor.

—Rezad el credo—dijo el cura tomando entre sus manos las del moribundo y acercándose a su oído para hacer llegar a su inteligencia algunas palabras de fe, esperanza y caridad, en medio del entorpecimiento creciente de sus sentidos.

La tía María y el hermano Gabriel se postraron.

Los católicos conservan a la muerte todo el respeto solemne que Dios le ha dado, adoptándola él mismo como sacrificio de expiación.

Reinaban un silencio y una calma llena de majestad, en aquel humilde recinto donde acababa de penetrar la muerte.

Fuera, seguía desencadenada y rugiente la tempestad.

Adentro todo era reposo y paz. Porque Dios despoja a la muerte de sus horrores y de sus inquietudes cuando el alma se exhala hacia el cielo al grito de ¡misericordia!, rodeada de corazones fervorosos, que repiten en la tierra: «¡Misericordia, misericordia!»

Capítulo XXVI

El mundo es un compuesto de contrastes. No es muy nueva ni muy original esta observación; pero cada día se nos presentan a la vista la aurora y el ocaso, y cada vez nos sorprenden y admiran, a pesar de su repetición.

Así es que mientras el pobre pescador ofrecía a sus humildes y piadosos amigos el grande y augusto espectáculo de la santa muerte del cristiano, su hija daba al público de Madrid, frenéticamente entusiasmado, el de una prima donna sin una gota de sangre italiana en las venas, y que eclipsaba ya en el ejercicio de su arte al mismo gran Tenorini. Había lo bastante con esto para restablecer el antiguo y noble orgullo de los tiempos de Carlos III, para libertarnos por siempre jamás amén de la rabia y comezón de imitar, recobrando nuestra inmaculada y pura nacionalidad; en fin, había lo bastante para decir al monumento del Dos de Mayo, a la estatua de Felipe IV y a la de Cervantes: «Humillaos, sombras ilustres, que aquí viene quien sobrepuja vuestra grandeza y vuestra gloria.» No faltaron entusiastas que pensasen acudir a la reina, para que se dignase ennoblecer a María, dándole un escudo de armas, cuyo lema, imitando el de los duques de Veragua, en lugar de: «A Castilla y a León, nuevo mundo dio Colón», dijese: «A alta y baja Andalucía, nueva gloria dio María.» En fin, tal era la impresión hecha por la cantatriz en el público de Madrid, que ya no se escribía en las oficinas ni se estudiaba en los colegios: hasta los fumadores se olvidaban de acudir al estanco. La fábrica de tabacos se estremeció con indignación en sus cimientos, a pesar de que, como es público y notorio, son tan profundos que llegan hasta América.

Todo el entusiasmo que hemos procurado bosquejar sin haberlo conseguido, se manifestaba una noche a la puerta del teatro, en un grupo de jóvenes que se esforzaban en comunicárselo a dos extranjeros recién venidos. Aquellos inteligentes no sólo encomiaron, examinaron y analizaron la calidad del órgano, la flexibilidad de garganta y todo lo que hacía tan sobresaliente el canto de María, sino que también pasaron revista de inspección a sus prendas personales. Otro joven, embozado hasta los ojos en su capa, estaba cerca de aquel grupo y se mantenía inmóvil y callado; pero cuando se trató de las dotes físicas, dio colérico con el pie un golpe en el suelo.

—Apuesto cien guineas, vizconde de Fadièse (fa sostenido)—decía nuestro amigo sir John Burnwood (que no habiendo obtenido licencia para llevarse el Alcázar, pensaba en renovar la misma demanda con respecto a El Escorial)—, apuesto a que esta mujer hará más ruido en Francia que madame Laffarge; en Inglaterra, que Tom Pouce, y en Italia, que Rossini.

—No lo dudo, sir John—respondió el vizconde.

—¡Qué ojos tan árabes!—añadió el joven don Celestino Armonía—. ¡Qué cintura tan esbelta! En cuanto a los pies, no se ven, pero se sospechan; en cuanto al cabello, la Magdalena se lo envidiaría.

—Estoy impaciente por ver y oír ese portento—exclamó con exaltación el vizconde, el cual siempre estaba, como lo indicaba su nombre, montado medio tono más alto que todos los demás vizcondes—. Preparemos los anteojos y entremos.

Entre tanto el joven embozado había desaparecido.

María, en traje de Semíramis, estaba preparada para salir a escena. Rodeábanla algunas personas.

El embozado, que no era otro que Pepe Vera, entró a la sazón, se aproximó a ella y sin que nadie lo oyese, le dijo al oído:

—No quiero que cantes—y siguió adelante con impasible aire de indiferencia.

María se puso pálida de sorpresa y enrojeció de indignación en seguida.

—Vamos—dijo a su doncella—; Marina, ajusta bien los pliegues del vestido. Van a empezar—y añadió en voz alta para que lo oyese Pepe Vera, que se iba alejando—; con el público no se juega.

—Señora—le dijo uno de los empleados—, ¿puedo mandar que alcen el telón?

—Estoy lista—respondió.

Pero no bien hubo pronunciado estas palabras, cuando lanzó un grito agudo.

Pepe Vera había pasado por detrás, y cogiéndole el brazo con fuerza brutal, había repetido:

—No quiero que cantes.

Vencida por el dolor, María se había arrojado en una silla llorando. Pepe Vera había desaparecido.

—¿Qué tiene? ¿Qué ha sucedido?—preguntaban todos los presentes.

—Me ha dado un dolor—respondió María llorando.

—¿Qué tenéis, señora?—preguntó el director, a quien habían dado aviso de lo que pasaba.

—No es nada—contestó María, levantándose y enjugándose las lágrimas—. Ya pasó; estoy pronta. Vamos.

En este momento, Pepe Vera, pálido como un cadáver, y ardiéndole los ojos como dos hornillos, vino a interponerse entre el director y María.

—Es una crueldad—dijo con mucha calma—sacar a las tablas a una criatura que no puede tenerse en pie.

—¡Pero qué!, señora—exclamó el director—, ¿estáis enferma? ¿Desde cuándo? ¡Hace un momento que os he visto tan rozagante, tan alegre, tan animada!

María iba a responder, pero bajó los ojos y no despegó los labios. Las miradas terribles de Pepe Vera la fascinaban, como fascinan al ave las de la serpiente.

—¿Por qué no ha de decirse la verdad?—continuó Pepe Vera sin alterarse—¿Por qué no habéis de confesar que no os halláis en estado de cantar? ¿Es pecado por ventura? ¿Sois esclava, para que os arrastren a hacer lo que no podéis?

Entre tanto, el público se impacientaba. El director no sabía qué hacer. La autoridad envió a saber la causa de aquel retardo; y mientras el director explicaba lo ocurrido, Pepe Vera se llevaba a María, bajo el pretexto de necesitar asistencia, agarrándola por el puño con tanta fuerza que parecía romperle los huesos, y diciéndola con voz ahogada, pero firme:

—¡Caramba! ¿No basta decir que no quiero?

Cuando estuvieron solos en el cuarto que servía de vestuario a María, estalló la cólera de esta.

—Eres un insolente, un infame—exclamó con voz sofocada por la ira—¿Qué derecho tienes para tratarme de esta suerte?

—El quererte—respondió Pepe Vera con flema.

—Maldito sea tu querer—dijo María.

Pepe Vera se echó a reír.

—¡Lo dices eso como si pudieras vivir sin él!—dijo volviendo a reír.

—¡Vete, vete!—exclamó María—, y no vuelvas jamás a ponérteme delante.

—Hasta que me llames.

—¡Yo a ti! Antes llamaría al demonio.

—Eso puedes hacer, que no tendré celos.

—¡Vete, marcha al instante, déjame!

—Concedido—dijo el torero—; de hilo me voy en casa de Lucía del Salto.—María estaba celosísima de aquella mujer, que era una bailarina a quien Pepe Vera cortejaba antes de conocer a María.

—¡Pepe! ¡Pepe!—gritó María—, ¡villano! ¡La perfidia después de la insolencia!

—Aquella—dijo Pepe Vera—no hace más que lo que yo quiero. Tú eres demasiado señorona para mí. Conque... si quieres que hagamos buenas migas, se han de hacer las cosas a mi modo. Para mandar tú y no obedecer, ahí tienes a tus duques, a tus embajadores, a tus desaboridas y achacosas excelencias.

Dijo y echó a andar hacia la puerta.

—¡Pepe! ¡Pepe!—gritó María, desgarrando su pañuelo entre sus dedos agarrotados.

—Llama al demonio—le respondió irónicamente Pepe Vera.

—¡Pepe! ¡Pepe!, ten presente lo que voy a decirte. Si te vas con la Lucía, me dejo enamorar por el duque.

—¿A que no te atreves?—respondió Pepe, dando algunos pasos atrás.

—¡A todo me atrevo yo por vengarme!

Pepe se quedó plantado delante de María, con los brazos cruzados y los ojos fijos en ella.

María sostuvo sin alterarse aquellas miradas penetrantes como dardos.

Aquellos amores parecían más bien de tigres que de seres humanos. ¡Y tales son, sin embargo, los que la literatura moderna suele atribuir a distinguidos caballeros y a damas elegantes!

En aquel corto instante, aquellas dos naturalezas se sondearon recíprocamente y conocieron que eran del mismo temple y fuerza. Era preciso romper o suspender la lucha. Por mutuo consentimiento, cada cual renunció al triunfo.

—Vamos, Maruja—dijo Pepe Vera, que era realmente el culpable—. Seamos amigos y pelillos a la mar. No iré en casa de Lucía; pero en cambio, y para estar seguros uno de otro, me vas a esconder esta noche en tu casa, de modo que pueda ser testigo de la visita del duque y convencerme por mí mismo de que no me engañas.

—No puede ser—respondió altiva María.

—Pues bien—dijo Pepe—, ya sabes dónde voy en saliendo de aquí.

—¡Infame!—contestó María apretando los puños con rabia—, me pones entre la espada y la pared.

Una hora después de esta escena, María estaba medio recostada en un sofá; el duque, sentado cerca de ella; Stein en pie, tenía en sus manos las de su mujer, observando el estado del pulso.

—No es nada, María—dijo Stein—. No es nada, señor duque: un ataque de nervios que ya ha pasado. El pulso está perfectamente tranquilo. Reposo, María, reposo. Te matas a fuerza de trabajo. Hace algún tiempo que tus nervios se irritan de un modo extraordinario. Tu sistema nervioso se resiente del impulso que das a los papeles. No tengo la menor inquietud, y así me voy a velar un enfermo grave. Toma el calmante que voy a recetar; cuando te acuestes, una horchata, y por la mañana, leche de burra—y dirigiéndose al duque—: mi obligación me fuerza, mal que me pese, a ausentarme, señor duque.

Y volviendo a recomendar a su mujer el sosiego y el reposo, Stein se retiró, haciendo al duque un profundo saludo.

El duque, sentado enfrente de María, la miró largo tiempo.

Ella parecía extraordinariamente aburrida.

—¿Estáis cansada, María?—dijo aquel con la suavidad que sólo el amor puede dar a la voz humana.

—Estoy descansando—respondió.

—¿Queréis que me vaya?

—Si os acomoda...

—Al contrario, me disgustaría mucho.

—Pues entonces, quedaos.

—María—dijo el duque después de algunos instantes de silencio y sacando un papel del bolsillo—, cuando no puedo hablaros, canto vuestras alabanzas. He aquí unos versos que he compuesto anoche, porque de noche, María, sueño sin dormir. El sueño ha huido de mis ojos desde que la paz ha huido de mi corazón. Perdón, perdón, María, si estas palabras que rebosan de mi corazón ofenden la inocencia de vuestros sentimientos, tan puros como vuestra voz. También he padecido yo cuando padecíais vos.

—Ya veis—repuso ella bostezando—que no ha sido cosa de cuidado.

—¿Queréis, María—le preguntó el duque—, que os lea los versos?

—Bien—respondió fríamente María.

El duque leyó una linda composición.

—Son muy hermosos—dijo María algo más animada—; ¿van a salir en El Heraldo?

—¿Lo deseáis?—preguntó el duque suspirando.

—Creo que lo merecen—contestó María.

El duque calló, apoyando su cabeza en sus manos.

Cuando la levantó vio en los ojos de María, fijos en la puerta de cristales de su alcoba, un vivo rayo, inmediatamente apagado. Volvió la cara hacia aquel lado, pero no vio nada.

El duque, en su distracción, había hecho un rollo del papel en que estaban escritos sus versos, que María no había reclamado.

—¿Vais a hacer un cigarro con el soneto?—preguntó María.

—Al menos, así serviría para algo—respondió el duque.

—Dádmelos y los guardaré—dijo María.

El duque puso en el papel enrollado una magnífica sortija de brillantes.

—¡Qué!—dijo María—, ¿la sortija también?

Y se la puso en el dedo, dejando caer al suelo el papel. «¡Ah!—pensó entonces el duque—, ¡no tiene corazón para el amor ni alma para la poesía!, ¡ni aun parece que tiene sangre para la vida! Y sin embargo, el cielo está en su sonrisa; el infierno, en sus ojos, y todo lo que el cielo y la tierra contienen, en los acentos de su soberana voz.»

El duque se levantó.

—Descansad, María—le dijo—. Reposad tranquila en la venturosa paz de vuestra alma, sin que la importune la idea de que otros velan y padecen.

Capítulo XXVII

Apenas cerró el duque la puerta, cuando Pepe Vera salió por la de la alcoba, riéndose a carcajadas.

—¿Quieres callar?—le dijo María haciendo reflejar los rayos de la luz en el solitario que el duque acababa de regalarle.

—No—respondió el torero—, porque me ahogaría la risa. Ya no estoy celoso, Mariquita. Tantos celos tengo como el sultán en su serrallo. ¡Pobre mujer! ¿Qué sería de ti, con un marido que te enamora con recetas y un cortejo que te obsequia con coplas, si no tuvieras quien supiera camelarte con zandunga? Ahora que el uno se ha ido a soñar despierto y el otro a velar dormido, vámonos tú y yo a cenar con la gente alegre, que aguardándonos está.

—No, Pepe. No me siento buena. El sofocón que he tomado, el frío que hacía al salir del teatro, me han cortado el cuerpo. Tengo escalofríos.

—Tus dengues de princesa—dijo Pepe Vera—. Vente conmigo. Una buena cena te sentará mejor que no esa zonzona horchata, y un par de vasos de buen vino te harán más provecho que la asquerosa leche de burra; vamos, vamos.

—No voy, que hace un norte de Guadarrama, de esos que no apagan una luz y matan a un cristiano.

—Pues bien—dijo Pepe—, si esa es tu voluntad y quieres curarte en salud, buenas noches.

—¡Cómo!—exclamó María—. ¿Te vas a cenar y me dejas? ¿Me dejas sola y mala como lo estoy, por tu causa?

—¡Pues qué!—replicó el torero—, ¿quieres que yo también me ponga a dieta? Eso no, morena. Me aguardan y me largo. Buen rato te pierdes.

María se levantó con un movimiento de coraje, dejó caer una silla, salió del cuarto cerrando la puerta con estrépito y volvió en breve, vestida de negro, cubierta de una mantilla cuyo velo le ocultaba el rostro y envuelta en un pañolón, y salieron los dos juntos.

Muy entrada la noche, al volver Stein a su casa el criado le entregó una carta. Cuando estuvo en su cuarto, la abrió. Su contenido y su ortografía era como sigue:

«Señor dotor:

»No creha V. que esta es una carta nónima: yo hago las cosas claras; comienzo por decirle mi nombre, que es Lucía del Salto; me parece que es nombre bastante conocido.

»Señor marío de la Santaló, es menester ser tan bueno o tan bolo como usted lo es, para no caher en la qüenta de que su muger de usted esta mal entretenía por Pepe Vera, que era mi novio, que yo lo puedo decir, por que no soy casada y a nadie engaño. Si usted quiere que se le caigan las cataratas, vaya usted esta noche a la calle de *** número 13, y alli ará usted como santo Tomas.»

—¡Puede darse una infamia semejante!—exclamó Stein, dejando caer la carta al suelo—. Mi pobre María tiene envidiosos, y sin duda son mujeres de teatro. ¡Pobre María!, enferma y quizá durmiendo ahora sosegadamente. Pero veamos si su sueño es tranquilo. Anoche no estaba bien. Tenía el pulso agitado y la voz tomada. ¡Hay tantas pulmonías ahora en Madrid!

Stein tomó una luz, salió de su cuarto, pasó a la sala, por la cual comunicaba con la alcoba de su mujer, entró en ella, pisando con las puntas de los pies, se acercó a la cama, entreabrió las cortinas... ¡No había nadie!

En un ser tan íntegro, tan confiado como Stein, no era fácil que penetrase de pronto y sin combate la convicción de tan infame engaño.

—No—dijo después de algunos instantes de reflexión—. ¡No es posible! Debe haber alguna causa, algún motivo imprevisto. Sin embargo—continuó después de otra pausa—; es preciso que no me quede nada sobre el corazón. Es preciso que yo pueda responder a la calumnia no sólo con el desprecio, sino con un solemne mentís y con pruebas positivas.

Con el auxilio de los serenos, Stein pudo hallar fácilmente el lugar indicado en la carta.

La casa indicada no tenía portero: la puerta de la calle estaba abierta. Stein entró, subió un tramo de la escalera, y al llegar al primer descanso, no supo dónde dirigirse.

Debilitado el primer ímpetu de su resolución, empezó a avergonzarse de lo que hacía. «Espiar—decía—es una bajeza. Si María supiera lo que estoy haciendo, se resentiría amargamente, y tendría razón. ¡Dios mío!, ¿sospechar a la persona que amamos, no es crear la primera nube en el puro cielo del amor?, ¡yo espiar!, ¿a esto me ha rebajado el despreciable escrito de una mujer más despreciable aún?

»Vuélvome. Mañana le preguntaré a María cuanto saber deseo, que este medio es el debido, el natural y el honrado. Alto allá, corazón mío; limpia mi pensamiento de sospechas, como limpia el sol la atmósfera de negras sombras.»

Stein lanzó un profundo suspiro, que parecía estarle ahogando, y pasó su pañuelo por su húmeda frente. «¡Oh!—exclamó—, ¡la sospecha, que crea la idea de la posibilidad del engaño que no existía en nuestra alma!, ¡oh!, la infame sospecha, hija de malos instintos o de peores insinuaciones, por un momento este monstruo ha envilecido mi alma y ya para siempre tendré que sonrojarme ante María!»

En aquel instante se abrió una puerta que daba al descanso en que se había parado Stein y dio salida a un rumor de vasos, de cantos y de risas: una criada que salía de adentro sacando botellas vacías, se hizo atrás, para dejar pasar a Stein, cuyo aspecto y traje le inspiraron respeto.

—Pasad adelante—le dijo—; aunque venís tarde, porque ya han cenado—y siguió su camino.

Stein se hallaba en una pequeña antesala. Estaba abierta una puerta que daba a una sala contigua. Stein se acercó a ella. Apenas habían echado sus ojos una mirada a lo interior de aquella pieza, cuando quedó inmóvil y como petrificado.

Si todos los sentimientos que elevan y ennoblecen el alma cegaban al duque, todos los impulsos buenos y puros del corazón cegaban a Stein con respecto a María. ¡Cuál sería, pues, su asombro al verla sin mantilla, sentada a la mesa en un taburete, teniendo a sus pies una silla baja, en que estaba Pepe Vera, que tenía una guitarra en la mano y cantaba:

Una mujer andaluza tiene en sus ojos el sol; una aurora en su sonrisa, y el paraíso en su amor.

—¡Bien, bien, Pepe!—gritaron los otros comensales—. Ahora le toca cantar a Marisalada. Que cante Marisalada. Nosotros no somos gente de levita ni de paletós; pero tenemos oídos como los tienen ellos; que en punto a orejas, no hay pobres ni ricos. Ande usted, Mariquita, cante usted para sus paisanos que lo entienden; que las gentes de bandas y cruces no saben jalear en francés.

María tomó la guitarra que Pepe Vera le presentó de rodillas, y cantó:

Más quiero un jaleo pobre, y unos pimientos asados, que no tener un usía desaborío a mi lado.

A esta copla respondió un torbellino de aplausos, vivas y requiebros, que hicieron retemblar las vidrieras.

Stein se puso rojo como la grana, menos de indignación que de vergüenza.

—Sobre que ese Pepe Vera nació de pie—dijo uno de sus compañeros.

—¡Tiene más suerte que quiere!

—Como que hoy por hoy, no la cambio por un imperio—repuso el torero.

—¿Pero qué dice a eso el marido?—preguntó un picador, que contaba más años que todos los demás de la cuadrilla.

—¿El marido?—respondió el torero—. No conozco a su mercé sino para servirlo. Pepe Vera no se las aviene sino con toros bravos.

Stein había desaparecido.

Capítulo XXVIII

El día siguiente al de los sucesos referidos en el capítulo que precede, el duque estaba sentado en su librería enfrente de su carpeta. Tenía en la mano la pluma inmóvil y derecha, semejante a un soldado de ordenanza que no aguarda más que una orden para ponerse en movimiento.

Abrióse lentamente la puerta, por la que se vio aparecer la hermosa cabeza de un niño de seis años, casi sumergida en una profusión de rizos negros.

—Papá Carlos—dijo—, ¿estáis solo? ¿Puedo entrar?

—¿Desde cuándo, ángel mío—respondió el padre—, necesitas tú licencia para entrar en mi cuarto?

—Desde que no me queréis tanto como antes—respondió el niño apoyándose en las rodillas de su padre—. Y eso que soy bueno: estudio bien con don Federico, como me lo habéis mandado, y en prueba de ello voy a hablar en alemán.

—¿De veras?—dijo el duque tomando a su hijo en brazos.

—De veras; escucha, Gott segne meinen guten Vater que quiere decir: Dios bendiga a mi buen padre.

El duque estrechó entre sus brazos a la hermosa criatura, la cual poniendo sus manecitas en los hombros de su padre y echándose atrás añadió:

—Und meine liebe mutter, que quiere decir: y a mi querida madre. Ahora, dadme un beso—prosiguió el niño echándose al cuello del duque.

—Pero—dijo de repente—se me olvidaba que traigo un recado de don Federico.

—¿De don Federico?—preguntó el duque con extrañeza.

—Dice que quisiera hablaros.

—Que entre, que entre. Ve a decírselo, hijo mío. Su tiempo es precioso y no debe perderlo.

El duque guardó el papel en que había trazado algunos renglones y Stein entró.

—Señor duque—le dijo—, voy a causaros una gran sorpresa, porque vengo a tomar vuestras órdenes, a daros gracias por tantas bondades y a anunciaros mi inmediata partida.

—¡Partir!—exclamó el duque, con la expresión de la más viva sorpresa.

—Sí, señor, sin demora.

—¿Sin demora? ¿Y María?

—María no viene conmigo.

—Vamos, don Federico, os chanceáis. No puede ser.

—Lo que no puede ser, señor duque, es que yo permanezca aquí.

—¿La razón?

—¡Ah!, no me la preguntéis, porque no puedo decirla.

—No puedo concebir una sola—dijo el duque—que sea bastante a justificar semejante locura.

—Bien imperiosa debe de ser—respondió Stein—la que me pone en el caso de tomar este partido extremo.

—Pero... amigo Stein, ¿qué razón es esa?

—Debo callarla, señor.

—¿Qué debéis callarla?—exclamó el duque, cada vez más atónito.

—Así lo creo—dijo Stein—; y este deber me priva del único consuelo que me quedaba, el de poder desahogar mi corazón en el del noble y generoso mortal que me abrió su manos poderosas y se dignó llamarme su amigo.

—¿Y adónde vais?

—A América.

—Eso es imposible, Stein; lo repito, ¡es imposible!—exclamó el duque, levantándose en un estado de agitación que crecía por momentos—. Nada puede haber en el mundo que os obligue a abandonar vuestra mujer, a separaros de vuestros amigos, a desertar de vuestro empleo y a dejar plantada vuestra clientela, como podría hacerlo un tarambana. ¿Tenéis ambición? ¿Os han prometido mayores ventajas en América?

Stein sonrió amargamente.

—¡Ventajas, señor duque! ¿No ha sobrepujado la fortuna todas las esperanzas que pudo haber soñado vuestro pobre compañero de viaje?

—Me confundís—dijo el duque—. ¿Es capricho? ¿Es un rapto de locura?

Stein callaba.

—De todos modos—añadió el duque—, es una ingratitud.

Al oír esta palabra cruel y tierna al mismo tiempo, Stein se cubrió el rostro con las manos y su dolor largo rato comprimido estalló en hondos sollozos.

El duque se acercó a él, le tomó la mano y le dijo:

—No hay indiscreción en desahogar sus penas en el corazón de un amigo, ni puede existir deber alguno que prohíba a un hombre recibir los consejos de las personas que se interesan en su bienestar, particularmente en las circunstancias graves de la vida. Hablad, Stein. Abridme vuestro corazón. Estáis harto agitado para obrar a sangre fría; vuestra razón está demasiado ofuscada para poder aconsejar cuerdamente. Sentémonos en este diván. Abandonaos a mis consejos en una circunstancia que parece de trascendencia, como yo me abandonaría a los vuestros, si me hallara en el mismo caso.

Stein se dio por vencido; sentóse cerca del duque y los dos quedaron por algún tiempo en silencio. Stein parecía ocupado en buscar el modo de hacer la declaración que exigía la amistad del duque. Por fin, levantando pausadamente la cabeza.

—Señor duque—le dijo—, ¿qué haríais si la señora duquesa os prefiriese a otro hombre?..., ¿si os fuera infiel?

El duque se puso en pie de un salto, erguida la frente y mirando severamente a su interlocutor.

—Señor doctor, esa pregunta...

—Respondedme, respondedme—dijo Stein, cruzando las manos en actitud de un hombre profundamente angustiado.

—¡Por Cristo Santo!—dijo el duque—, ¡ambos morirían a mis manos!

Stein bajó la cabeza.

—Yo no los mataré—dijo—; ¡pero me dejaré morir!

El duque empezó entonces a columbrar la verdad, y un temblor que no pudo contener recorrió sus miembros.

—¡María!...—exclamó al fin.

—María—respondió Stein sin levantar la frente, como si la infamia de su mujer fuese un peso que se la oprimiera.

—¡Y la habéis sorprendido!—dijo el duque, pudiendo apenas pronunciar estas palabras, con una voz que la indignación ahogaba.

—En una verdadera orgía—respondió Stein—, tan licenciosa como grosera, en que el vino y el tabaco servían de perfume y en que el torero Pepe Vera se jactaba de ser su amante. ¡Ah María, María!—prosiguió, cubriéndose el rostro con las manos.

El duque, que como todos los hombres serenos tenía un gran imperio sobre sí mismo, dio algunas vueltas por el aposento. Parándose después delante de su pobre amigo, le dijo:

—Partid, Stein.

Stein se levantó, apretó entre sus manos las del duque; ¡quiso hablar, y no pudo!

El duque le abrió sus brazos.

—Valor, Stein—le dijo—; y hasta la vista.

—¡Adiós, y... para siempre!—murmuró Stein, arrojándose fuera del cuarto.

Cuando el duque estuvo solo, se paseó largo rato. A medida que se calmaba la agitación producida por la terrible sorpresa que se había apoderado de su alma al oír la revelación de Stein, se iba asomando a sus labios la sonrisa del desprecio. El duque no era uno de esos hombres de torpes inclinaciones, estragados y vulgares, para los cuales los desórdenes de la mujer, lejos de ser motivo de desvío y repugnancia, sirven de estimulante a sus toscos apetitos. En su temple elevado, altivo, recto y noble, no podían albergarse juntos el amor y el desprecio; los sentimientos más delicados, al lado de los más abyectos.

El desprecio iba, pues, sofocando en su corazón todo afecto, como la nieve apaga la llama del holocausto en el altar en que arde. Ya no existía para él la mujer a quien había cantado en sus versos y que en sus sueños le había seducido.

«¡Y yo—decía—, yo que la adoraba como se adora a un ser ideal; que la honraba como se honra a la virtud; que la respetaba como debe respetarse a la mujer de un amigo!... ¡Y yo, que enteramente absorto en ella, me alejaba de la noble mujer, que fue mi primero, mi único amor!... ¡La casta, la pura madre de mis hijos! ¡Mi Leonor, que todo lo ha sobrellevado en silencio y sin quejarse!»

Por un movimiento repentino, y cediendo al influjo poderoso de sus últimas reflexiones, el duque salió de su gabinete y se encaminó a las habitaciones de su mujer. Entró en ellas por una puerta secreta. Al aproximarse a la pieza en que la duquesa solía a pasar el día, oyó hablar y pronunciar su nombre. Entonces se detuvo.

—¿Conque se ha hecho invisible el duque?—decía una voz agridulce—. Hace quince días que he llegado a Madrid y no sólo no se ha dignado venir a verme mi querido sobrino, sino que no le he visto en ninguna parte.

—Tía—respondió la duquesa—, puede ser que no sepa vuestra llegada.

—¡No saber que la marquesa de Gutibamba ha llegado a Madrid! No es posible, sobrina. Sería la única persona de la corte que lo ignorase. Además, me parece que has tenido sobrado tiempo para decírselo.

—Es verdad, tía; soy culpable de ese olvido.

—Pero no hay que extrañarlo—continuó la voz agridulce—. ¿Cómo ha de gustar de mi sociedad, ni de las personas de su clase, cuando todo el mundo dice que no trata más que con cómicas?

—Es falso—respondió con sequedad la duquesa.

—O eres ciega—dijo la marquesa exasperada—o eres consentidora.

—Lo que no consentiré jamás—dijo la duquesa—, es que la calumnia venga a hostilizar a mi marido aquí, en su misma casa y a los oídos de su mujer.

—Mejor harías—continuó la voz—perdiendo mucho en lo dulce y ganando mucho en lo agrio, en impedir que tu marido diese lugar a lo mucho que se habla en Madrid sobre su conducta, que en defenderlo, alejando de aquí a todos tus amigos, con esas asperezas y repulsivas sentencias que sin duda tienes prevenidas por orden de tu confesor.

—Tía—respondió la duquesa—, mejor haríais en consultar al vuestro, sobre el lenguaje que ha de usarse con una mujer casada, sobrina vuestra.

—Bien está—dijo la Gutibamba—; tu carácter austero, reservado y metido en ti, te priva ya del corazón de tu marido y acabará por alejar de ti a todos tus amigos.

Y la marquesa salió muy satisfecha de su peroración.

Leonor se quedó sentada en su sofá, inclinada la cabeza y humedecido su hermoso y pálido rostro con las lágrimas que por largo tiempo había logrado contener.

De repente se volvió dando un grito. Estaba en los brazos de su marido. Entonces estallaron sus sollozos; pero sus lágrimas eran dulces. Leonor conocía que aquel hombre, siempre franco y leal, al volver a ella le restituía un corazón y un amor sincero que ya nadie le disputaba.

—¡Leonor mía! ¿Querrás y podrás perdonarme?—dijo, dejándose caer de rodillas ante su mujer.

Esta selló con sus lindas manos los labios de su marido.

—¿Vas a echar a perder lo presente con el recuerdo de lo pasado?—le dijo.

—Quiero—dijo el duque—que sepas mis faltas, juzgadas por el mundo con demasiada severidad, mi justificación y mi arrepentimiento.

—Hagamos un pacto—dijo la duquesa interrumpiéndole—. No me hables nunca de tus faltas y yo no te hablaré nunca de mis penas.

En este momento entró Ángel corriendo. El duque y la duquesa se separaron por un movimiento pronto y simultáneo, porque en España, en donde el lenguaje es libre por demás, delante de los niños y los jóvenes hay una extremada reserva en las acciones.

—¿Llora mamá?, ¿llora mamá?—gritó el niño, poniéndose colorado y llenándosele los ojos de lágrimas—. ¿La habéis reñido, papá Carlos?

—No, hijo mío—respondió la duquesa—. Lloro de alegría.

—¿Y por qué?—preguntó el niño, en cuyo rostro la sonrisa había sucedido inmediatamente a las lágrimas.

—Porque mañana sin falta—respondió el duque, tomándole en brazos y acercándose a su mujer—salimos todos para nuestras posesiones de Andalucía, que tu madre desea ver, y allí seremos felices como los ángeles en el cielo.

El niño lanzó un grito de alegría, enlazó con un abrazo el cuello de su padre y con el otro el de su madre, acercando sus cabezas y cubriéndolas sucesivamente de besos.

En aquel instante se abrió la puerta y dio entrada al marqués de Elda.

—Papá marqués—gritó su nieto—, mañana nos vamos todos.

—¿De veras?—preguntó el marqués a su hija.

—Sí, padre—respondió la duquesa—; y una sola cosa falta a mi contento, y es que queráis acompañarnos.

—Padre—dijo el duque—, ¿podéis negar algo a vuestra hija, que sería una santa si no fuera un ángel?

El marqués miró a su hija, en cuyo rostro brillaba un gozo intenso; después al duque, que ostentaba la más pura satisfacción. Entonces una tierna sonrisa suavizó la austeridad natural de su semblante, y acercándose a su yerno:

—¡Venga acá esa mano—le dijo—; y cuenta conmigo!

Capítulo XXIX

María, indispuesta desde antes de ir a la cena, había empeorado y tenía calentura a la mañana siguiente.

—Marina—dijo a su criada, después de un inquieto y breve sueño—, llama a mi marido, que me siento mala.

—El amo no ha vuelto—respondió Marina.

—Habrá estado velando algún enfermo—dijo María ¡Tanto mejor! Me recetaría una cáfila de cosas y de remedios y yo los aborrezco.

—Estáis muy ronca—dijo Marina.

—Mucho—respondió María—, y es preciso cuidarme. Me quedaré hoy en cama y tomaré un sudorífico. Si viene el duque, le dirás que estoy dormida. No quiero ver a nadie. Tengo la cabeza loca.

—¿Y si viene alguien por la puerta falsa?

—Si es Pepe Vera, déjale entrar, que tengo que decirle. Echa las persianas y vete.

Salió la criada y a los pocos pasos volvió atrás, dándose un golpe en la frente.

—Aquí—dijo—hay una carta que el amo ha dejado a Nicolás para entregárosla.

—Vete a paseo con tu carta—dijo María—; aquí no se ve y además quiero dormir. ¿Qué me dirá? Me indicará el sitio donde le llama el deber. ¿Qué se me da a mí de eso? Deja la carta sobre la cómoda y vete de una vez.

Algunos minutos después volvió a entrar Marina.

—¡Otra te pego!—gritó su ama.

—Es que el señor Pepe Vera quiere veros.

—Que entre—dijo María, volviéndose con prontitud.

Entró Pepe Vera, abrió las persianas para que entrase la luz, se echó sobre una silla sin dejar de fumar, y mirando a María, cuyas mejillas encendidas y cuyos ojos hinchados indicaban una seria indisposición.

—¡Buena estás!—le dijo—. ¿Qué dirá Poncio Pilatos?

—No está en casa—respondió María cada vez más ronca.

—Tanto mejor; y quiera Dios que siga andando, como el judío errante, hasta el día del juicio. Ahora vengo de ver los toros de la corrida de esta tarde. ¡Ya nos darán que hacer los tales bichos! Hay uno negro que se llama Medianoche, que ya ha matado un hombre en el encierro.

—¿Quieres asustarme y ponerme peor de lo que estoy?—dijo María—. Cierra las persianas, que no puedo aguantar el resplandor.

—¡Tonterías!—replicó Pepe Vera—. ¡Puros remilgos! No está aquí el duque para temer que te ofenda la luz, ni el matasanos de tu marido, para temer que entre un soplo de aire y te mate. Aquí huele a pachulí, a algalia, a almizcle, a cuantos potingues hay en la botica. Esas porquerías son las que te hacen daño. Deja que entre el aire y que se oree el cuarto, que esto te hará provecho. Dime, prenda, ¿irás esta tarde a la corrida?

—¿Acaso estoy capaz de ir?—respondió María—. Cierra esa ventana, Pepe. No puedo soportar esa luz tan viva ni ese aire tan frío.

Al decir estas palabras, se levantó él, y abrió de par en par la ventana.

—Y yo—dijo Pepe—no puedo soportar tus dengues.

Lo que tienes es poco mal y bien quejado. ¡Adiós, no parece sino que vas a echar el alma! Pues señá de la media almendra, voy a mandar hacer el ataúd y después a matar a Medianoche, brindándoselo a Lucía del Salto, que se pondrá poco hueca en gracia de Dios.

—¡Dale con esa mujer!—exclamó María, incorporándose con un gesto de rabia—. ¿No dicen que se iba con un inglés?

—¿Qué se había de ir a aquellas tierras, donde no se ve el sol sino por entre cortinas y donde se duerme la gente en pie?—dijo el torero.

—Pepe, no eres capaz de hacer lo que dices. ¡Sería una infamia!

—La infamia sería—dijo Pepe Vera, plantándose delante de María con los brazos cruzados—que cuando yo voy a exponer mi vida, en lugar de estar tú allí para animarme con tu presencia, te quedases en tu casa, para recibir al duque con toda libertad, bajo el pretexto de estar resfriada.

—¡Siempre el mismo tema!—dijo María—. ¿Note basta haber estado espiando oculto en mi cuarto, para convencerte por tus mismos ojos de que entre el duque y yo no hay nada? Sabes que lo que le gusta en mí es la voz, no mi persona. En cuanto a mí, bien sabes...

—¡Lo que yo sé—dijo Pepe Vera—es que me tienes miedo!, ¡y haces bien, por vida mía! Pero Dios sabe lo que puede suceder, quedándote sola y segura de que no puedo sorprenderte. No me fío de ninguna mujer; ni de mi madre.

—¡Miedo yo!—replicó María—¡Yo!

Pero sin dejarla hablar, Pepe Vera continuó:

—¿Me crees tan ciego que no vea lo que pasa? ¿No sé yo que le estás haciendo buena cara, porque se te ha puesto en el testuz que ese desaborido de tu marido tenga los honores de cirujano de la reina, como acabo de saberlo de buena tinta?

—¡Mentira!—gritó María con toda su ronquera.

—¡María! ¡María! No es Pepe Vera hombre a quien se da gato por liebre. Sábete que yo conozco las mañas de los toros bravos como las de los toros marrajos.

María se echó a llorar.

—Sí—dijo Pepe—, suelta el trapo, que ese es el Refugium peccatorum de las mujeres. Tú te fías del refrán «mujer, llora y vencerás». No, morena; hay otro que dice «en cojera de perro y lágrimas de mujer, no hay que creer». Guarda tus lágrimas para el teatro, que aquí no estamos representando comedias. Mira lo que haces: si juegas falso, peligra la vida de un hombre. Conque, cuenta con lo que haces. Mi amor no es cosa de recetas ni de décimas. Yo no me pago de hipíos, sino de hechos. En una palabra, si no vas esta tarde a los toros, te ha de pesar.

Diciendo esto, Pepe Vera se salió de la habitación.

Estaba a la sazón combatido por dos sentimientos de una naturaleza tan poderosa, que se necesitaba un temple de hierro para ocultarlos, como él lo estaba haciendo, bajo la exterioridad más tranquila, el rostro más sereno y la más natural indiferencia. Había examinado los toros que debían correrse aquella tarde; jamás había visto animales más feroces. Había concebido preocupación extraordinaria hacia uno de ellos, achaque que suele ser común entre los de su profesión, que se creen salvos y seguros si de aquel libran bien, sin cuidarse de los demás de la corrida.

Además, estaba celoso; ¡celoso él, que no sabía más que vencer y recibir aplausos! Le habían dicho que le estaban burlando, y dentro de pocas horas iba a verse entre la vida y la muerte, entre el amor y la traición. Así lo creía al menos.

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