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La gaviota

Fernán Caballero (continued 4)

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El alcalde hizo la seña; sonaron los clarines, que, como harán las trompetas el día del último juicio, produjeron un levantamiento general, y entonces, como por magia, se abrió la ancha puerta del toril, situada enfrente del palco de la autoridad. Un toro colorado se precipitó en la arena y fue saludado por una explosión universal de gritos, de silbidos, de injurios y de elogios. Al oír este tremendo estrépito, el toro se paró, alzó la cabeza y pareció preguntar con sus encendidos ojos si todas aquellas provocaciones se dirigían a él, a él, fuerte atleta que hasta allí había sido generoso y hecho merced al hombre, tan pequeño y débil enemigo; reconoció el terreno y volvió precipitadamente la amenazadora cabeza a uno y otro lado. Todavía vaciló: crecieron los recios y penetrantes silbidos; entonces se precipitó, con una prontitud que parecía incompatible con su peso y su volumen, hacia el picador.

Pero retrocedió al sentir el dolor que le produjo la puya de la garrocha en el morrillo. Era un animal aturdido, de los que se llaman en el lenguaje tauromáquico, boyantes. Así es que no se encarnizó en este primer ataque, sino que embistió al segundo picador.

Este no le aguardaba tan prevenido como su antecesor, y el puyazo no fue tan derecho ni tan firme; así fue que hirió al animal sin detenerlo. Las astas desaparecieron en el cuerpo del caballo, que cayó al suelo. Alzóse un grito de espanto en todo el circo; al punto todos los chulos rodearon aquel grupo horrible; pero el feroz animal se había apoderado de la presa y no se dejaba distraer de su venganza. En este momento, los gritos de la muchedumbre se unieron en un clamor profundo y uniforme, que hubiera llenado de terror a la ciudad entera si no hubiera salido de la plaza de los toros.

El trance iba siendo horrible, porque se prolongaba. El toro se cebaba en el caballo; el caballo abrumaba con su peso y sus movimientos convulsivos al picador, aprensado bajo aquellas dos masas enormes. Entonces se vio llegar, ligero como un pájaro de brillantes plumas, tranquilo como un niño que va a coger flores, sosegado y risueño, a un joven cubierto de plata, que brillaba como una estrella. Se acercó por detrás del toro; y este joven, de delicada estructura y de fino aspecto, cogió de sus manos la cola de la fiera, y la atrajo a sí, como si hubiera sido un perrito faldero. Sorprendido el toro, se revolvió furioso y se precipitó contra su adversario, quien, sin volver la espalda y andando hacia atrás, evitó el primer choque con una media vuelta a la derecha. El toro volvió a embestir y el joven lo esquivó segunda vez, con un recorte a la izquierda, siguiendo del mismo modo hasta llegar cerca de la barrera. Allí desapareció a los ojos atónitos del animal y a las ansiosas miradas del público, el cual, ebrio de entusiasmo, atronó los aires con inmensos aplausos, porque siempre conmueve ver que los hombres jueguen así con la muerte, sin baladronada, sin afectación y con rostro inalterable.

—¡Vean ustedes si ha tomado bien las lecciones de Montes! Vean ustedes si Pepe Vera sabe jugar con el toro—clamó el joven sentado junto a Stein, con voz que a fuerza de gritar se había enronquecido.

El duque fijó entonces su atención en Marisalada. Desde su llegada a la capital de Andalucía, ahora fue la primera vez que notó alguna emoción en aquella fisonomía fría y desdeñosa. Hasta aquel momento nunca la había visto animada. La organización áspera de María, demasiado vulgar para admitir el exquisito sentimiento de la admiración y demasiado indiferente y esquiva para entregarse al de la sorpresa, no se había dignado admirar ni interesarse en nada. Para imprimir algo, para sacar algún partido de aquel duro metal, era preciso hacer uso del fuego y del martillo.

Stein estaba pálido y conmovido.

—Señor duque—le dijo con aire de suave reconvención—. ¿Es posible que esto os divierta?

—No—respondió el duque con bondadosa sonrisa—, no me divierte; me interesa.

Entre tanto habían levantado al caballo. El pobre animal no podía tenerse en pie. De su destrozado vientre colgaban hasta el suelo los intestinos. También estaba en pie el picador, agitándose entre los brazos de los chulos, furioso contra el toro y queriendo evitar a viva fuerza, con ciega temeridad, y a pesar del aturdimiento de la caída, volver a montar y continuar el ataque. Fue imposible disuadirle; y volvió, en efecto, a montar sobre la pobre víctima, hundiéndole las espuelas en sus destrozados ijares.

—Señor duque—dijo Stein—, quizá voy a pareceros ridículo; pero en realidad me es imposible asistir a este espectáculo. ¿María, quieres que nos vayamos?

—No—respondió María, cuya alma parecía concentrarse en los ojos—. ¿Soy yo alguna melindrosa y temes por ventura que me desmaye?

—Pues entonces—dijo Stein—, volveré por ti cuando se acabe la corrida.

Y se alejó.

El toro había despachado ya un número considerable de caballos. El infeliz de que acabamos de hacer mención, se iba dejando arrastrar por la brida, con las entrañas colgando, hasta una puerta, por la que salió. Otros, que no habían podido levantarse, yacían tendidos, con las convulsiones de la agonía; a veces alzaban la cabeza, en que se pintaba la imagen del terror. A estas señales de vida, el toro volvía a la carga, hiriendo de nuevo con sus fieras astas los miembros destrozados, aunque palpitantes todavía, de su víctima. Después, ensangrentadas la frente y las astas, se paseaba alrededor del circo en actitud de provocación y desafío, unas veces alzando soberbio la cabeza a las gradas, donde la gritería no cesaba un momento; otras, hacia los brillantes chulos, que pasaban delante de él, a manera de meteoros, clavándole las banderillas. A veces, una red oculta entre los adornos de la banderilla, salían unos pajarillos y se echaban a volar. ¿Quién sería el primero a quien se le ocurrió la idea de producir este notable contraste? No tendría, por cierto, intención de simbolizar a la inocencia indefensa, alzándose sin esfuerzo sobre los horrores y las feroces pasiones de la tierra. Más bien sería una de esas ideas poéticas, que brotan espontáneas, aun en los corazones más duros y crueles del pueblo español, como una planta de resedá florece espontáneamente en Andalucía entre los cantos y la cal de un balcón.

A una señal del presidente, sonaron otra vez los clarines. Hubo un rato de tregua en aquella lucha encarnizada y todo volvió a quedar en silencio.

Entonces Pepe Vera, con una espada y una capa encarnada en la mano izquierda, se encaminó hacia el palco del Ayuntamiento. Paróse enfrente y saludó, en señal de pedir licencia para matar al toro.

Pepe Vera había echado de ver la presencia del duque, cuya afición a la tauromaquia era conocida. También había percibido a la mujer que estaba a su lado, porque esta mujer a quien hablaba el duque frecuentemente, no quitaba los ojos del matador.

Este se dirigió al duque, y quitándose la montera: «Brindo—dijo—por vuestra excelencia y por la real moza que tiene al lado.» Y al decir esto, arrojó al suelo la montera con inimitable desgaire y partió adonde su obligación le llamaba.

Los chulillos le miraban atentamente, prontos a ejecutar sus órdenes. El matador escogió el lugar que más le convenía; después, indicándolo a su cuadrilla:

—¡Aquí!—les gritó.

Los chulos corrieron hacia el toro para incitarle, y el toro persiguiéndolos vino a encontrarse frente a frente con Pepe Vera, que le aguardaba a pie firme. Aquel era el instante solemne de la corrida. Un silencio profundo sucedió al tumulto estrepitoso y a las excitaciones vehementes que se habían prodigado poco antes al primer espada.

El toro, viendo aquel enemigo pequeño, que se había burlado de su furor, se detuvo como para reflexionar. Temía sin duda que se le escapase otra vez. Cualquiera que hubiera entrado a la sazón en el circo, no habría creído asistir a una diversión pública, sino a una solemnidad religiosa. ¡Tanto era el silencio!

Los dos adversarios se contemplaban recíprocamente.

Pepe Vera agitó la mano izquierda. El toro le embistió: sin hacer más que un ligero movimiento, él le pasó de muleta, y volviendo a quedar en suerte, en cuanto la fiera volvió a acometerle, dirigió la espada por entre las dos espaldillas de modo que el animal, continuando su arranque, ayudó poderosamente a que todo el hierro penetrase en su cuerpo, hasta la empuñadura. Entonces se desplomó sin vida.

Es absolutamente imposible describir la explosión general de gritos y de aplausos que retumbaron en todo el ámbito de la plaza. Sólo pueden comprenderlo los que acostumbraban presenciar semejantes lances. Al mismo tiempo sonó la música militar.

Pepe Vera atravesó tranquilamente el circo en medio de aquellos frenéticos testimonios de admiración apasionada, de aquella unánime ovación, saludando con la espada a derecha e izquierda, en señal de gratitud, sin que excitase en su pecho sorpresa ni orgullo un triunfo, que más de un emperador romano habría envidiado. Fue a saludar al Ayuntamiento y después al duque y a la real moza.

El duque entregó disimuladamente una bolsa de monedas de oro a María, y esta, envolviéndola en su pañuelo, las arrojó a la plaza.

Al hacer Pepe Vera una nueva demostración de agradecimiento, las miradas de sus ojos negros se cruzaron con las de María. Al mentar este encuentro de miradas, un escritor clásico diría que Cupido había herido aquellos dos corazones con tanto tino, como Pepe Vera al toro. Nosotros, que no tenemos la temeridad de afiliarnos en aquella escuela severa e intolerante, diremos buenamente que estas dos naturalezas estaban formadas para entenderse y simpatizar una con otra, y que en efecto se entendieron y simpatizaron.

En verdad, Pepe Vera había estado admirable. Todo lo que había hecho en una situación que le colocaba entre la muerte y la vida, había sido ejecutado con una destreza, una soltura, una calma y una gracia que no se habían desmentido ni un solo instante. Es preciso para esto, que a un temple firme y a un valor temerario, se agregue un grado de exaltación que sólo pueden excitar veinticuatro mil ojos que miran y veinticuatro mil manos que aplauden.

Capítulo XVIII

Durante las escenas que hemos procurado describir en el anterior capítulo, Stein daba la vuelta alrededor de Sevilla, siguiendo la línea de sus antiguas murallas, alzadas por Julio César, como lo testifica esta inscripción colocada sobre la puerta de Jerez:

hércules me edificó; julio césar me cercó de muros y torres altas y el rey santo me ganó con garci-pérez de vargas.

Volviendo hacia la derecha, Stein pasó por delante del convento del Pópulo, transformado hoy en cárcel; allí cerca vio la bella puerta de Triana; más lejos, la puerta Real, por donde hizo su entrada San Fernando, y en siglos posteriores, Felipe II. Delante se encuentra el convento de San Laureano, donde Fernando Colón, hijo del inmortal Cristóbal, fundó una escuela y estableció su observatorio. Pasó después por delante de la puerta de San Juan y la de la Barqueta, a la que se ligan tantos recuerdos. A cierta distancia, y a orillas del río, divisó el suntuoso monasterio de San Gerónimo, cuya estatua, que se considera como una de las más perfectas que han salido jamás de las manos de un artista, adorna hoy el salón principal del museo. Stein hizo entonces esta reflexión: «¿Habrían hecho los antiguos artistas tantas obras maestras, si en lugar de consagrarlas a la veneración de las almas piadosas, a recibir su culto y sus oraciones, hubieran sabido que su paradero había de ser un museo, donde estarían expuestas al frío análisis de los amigos del arte y de los admiradores de la forma?»

Vio después a San Lázaro, hospital de leprosos, y el inmenso y soberbio hospital de las Cinco Llagas del Señor, llamado vulgarmente Hospital de la Sangre, obra magnífica de los Enríquez de Rivera, en que han consumido millones y cuyo patronato ha reservado la caridad y el celo público del fundador, harto más grandes que su grande obra, a aquel que la concluya.

Vio la puerta de la Macarena, que toma su nombre, según unos, del de una hija de Hércules, a quien Julio César la consagró; y según otros, del de una princesa mora, que allí tuvo un palacio. Don Pedro el Cruel entró por ella muchas veces vencedor, y también don Fadrique, cuando el mismo don Pedro, su hermano, le sacrificó a su resentimiento. Pasó en seguida por delante de la puerta de Córdoba, sobre la cual todavía se ve, convertido en capilla, el estrecho encierro en que estuvo preso y fue martirizado San Hermenegildo por orden de su padre, Leovigildo, rey de los godos, por los años del 586. Enfrente de la puerta está el convento de los Capuchinos, en el mismo sitio que ocupó, según dicen, la primera iglesia que hubo en España, fundada por el apóstol Santiago, aunque Zaragoza disputa esta gloria a Sevilla. Vio más lejos el convento de la Trinidad, en el mismo terreno que ocuparon las cárceles romanas; y el subterráneo en que tuvieron encerradas a las Santas Vírgenes Justa y Rufina, patronas de la ciudad. En este subterráneo se ha erigido un altar, en cuyo centro se conserva un pilar de mármol, al que estuvieron atadas las santas, y en que grabaron con sus débiles dedos una cruz que se ve todavía.

Después de las puertas del Sol y del Osario, halló la de Carmona, una de las más bellas del recinto, de donde arranca, en línea paralela con el acueducto que provee de agua a Sevilla, el camino real que atraviesa toda la Península en su longitud, brincando como una cabra, por las asperezas de Despeñaperros. Con esta puerta se liga una anécdota, que pinta a lo vivo el carácter de los nobles sevillanos de aquel tiempo. Era en 1540. Por ella salían los sevillanos para ir a socorrer a Gibraltar. Don Rodrigo de Saavedra llevaba el pendón de la ciudad; pero la puerta de entonces era tan baja, que el pendón no podía pasar sin inclinarse. Don Rodrigo pasó por encima de la puerta tirando de él con cuerdas, prefiriendo esta incomodidad a la humillación de su noble depósito.

A la mano izquierda están los grandes y alegres arrabales de San Roque y San Bernardo, con el jardín del rey, llamado así por haber sido de un rey moro llamado Benjoar. Stein llegó a la puerta de la Carne, cerca de la cual está el hermoso cuartel de caballería; dejando a mano derecha la elegante puerta de San Fernando, edificada en el año 1760 al mismo tiempo que la inmediata y magnífica fábrica de tabaco, cuyo costo subió a treinta y siete millones de reales; y dejando a mano izquierda el cementerio, esa sima que la muerte se emplea continuamente en llenar, como las Danaides su tonel, llegó a los hermosos paseos, que son como ramilletes que adornan la ciudad y las orillas floridas del Guadalquivir.

El único ruido que alteraba a la sazón el silencio del hermoso paseo de las Delicias, era el saludo que hacían las aves al sol en su ocaso. La inmovilidad del río era tal, que habría parecido helado si no le hubieran hecho sonreír de cuando en cuando la caricia del ala de un pájaro o el salto de algún pececillo juguetón. En la orilla opuesta se alzaba el convento de los Remedios, con su corona de cipreses, cuyas elevadas copas se erguían soberbias, sin echar de ver que el edificio se estaba abriendo en hondas grietas, como una planta abandonada se marchita cuando no hay una mano que la riegue. Las sombras del crepúsculo empezaban a cubrir la ciudad, mientras que la bella y colosal estatua de bronce dorado, emblema de la fe, que se enseñorea en lo alto de la Giralda, resplandecía a los últimos rayos del sol, radiante y ardiente como la gloria de los grandes hombres que la pusieron allí, coronando la inmensa basílica. Costearon esta de su bolsillo los canónigos en 1401, sujetándose por más de un siglo, ellos y sus sucesores, fuesen quienes fuesen, a vivir en común, para aplicar todas sus rentas a la construcción del templo. Ni uno solo faltó a este compromiso, acaso sin ejemplo en la historia de las artes. ¡Magnífico ejemplo de abnegación, de entusiasmo religioso y de inteligencia artística, que fue digno cumplimiento del memorable acuerdo con que decretaron la erección de aquel templo y que no podemos menos de consignar! FAGAMOS, dijeron, UNA ECLESIA TAL E TAN GRANDE, QUE EN EL MUNDO NO HAYA OTRA SU EGUAL, E QUE LOS DEL PORVENIER NOS TENGAN POR LOCOS.

A la derecha de Stein se elevaba la torre redonda del Oro, cuyo nombre proviene, según algunos, de haber sido en otro tiempo depósito del oro que venía de América. Sin embargo, esta derivación no es probable, puesto que tenía el mismo nombre antes del descubrimiento del Nuevo Mundo. Mas verosímil es que procediese de los azulejos amarillos de que estaba revestida, y algunos de los cuales se conservan aún. Esa antiquísima torre, muy anterior a la era cristiana, enlazada con tantos recuerdos heroicos, colocada allí entre las variadas banderas de los buques, las ráfagas de humo de los vapores, los paseos construidos ayer y las flores nacidas hoy, con sus cimientos, que cuentan los siglos por décadas, es como la clava de Hércules lanzada en medio de los juguetes de los niños.

Entre estos recuerdos hay uno de muy pequeña importancia, aunque histórica, que ha excitado muchas veces nuestra sonrisa (cosa rara cuando se ojean los anales del mundo) y que por otra parte, pinta al natural al hombre de quien vamos a hablar, al rey don Pedro, cuya memoria es allí la más popular, después de la del santo rey Fernando.

Cerca de la torre del Oro hay un muelle que mandaron construir los canónigos, cuando se edificaba la catedral, para el cómodo desembarco de los materiales de la obra, y en él cobraban un muellaje de todos los que allí desembarcaban. Don Pedro, apurado de dinero, hizo uso de estos fondos en calidad de empréstito forzado. Parece que este monarca, muy joven aún, tenía la memoria muy flaca en materia de deudas, puesto que el cabildo pensó acudir a la justicia para reclamar el pago de la contraída. Pero ¿dónde estaba un escribano bastante valiente para presentarse a don Pedro con una notificación en la mano? Era necesario para esto un escribano Cid, o Pelayo, como no suele haberlos en el mundo. La curia tomó sus medidas; y he aquí el arbitrio de que echó mano. Un día en que el rey se paseaba a caballo cerca del susodicho muelle, vio venir un batel, que se detuvo a una respetuosa distancia de su persona. En este batel se hallaba una especie de cuervo o pajarraco negro de mal agüero. El rey quedó atónito al ver en el río esta visión, porque la gente que de negro se viste, suele ser tan poco aficionada a Marte como a Neptuno. Pero ¡cuánto no crecería su asombro cuando oyó una voz agria que le decía: «A vos, don Pedro, intimamos...» No pudo decir más, porque el rey, echando centellas por los ojos, sacó la espada, aguijoneó el caballo y se arrojó al agua sin reflexionar lo que hacía. ¡Cuál no sería el terror del pájaro negro! Dejó caer los papeles, se apoderó del remo y se puso en salvo. Es de presumir que el pueblo, tan admirador del valor temerario, como enemigo de las maniobras judiciales, aplaudiese este hecho con entusiasmo. Nosotros, que gustamos de todo lo que es grande, aunque sea una ira real, hemos referido esta anécdota, porque los pájaros verdaderamente negros, esto es, los que tienen emponzoñada la lengua y la pluma, se han vengado después, valiéndose siempre de sus armas usuales, el ardid y la calumnia; y han calumniado al infortunio.

¡Pobre don Pedro! Acaso fue malo, porque fue desgraciado. Su crueldad fue efecto de la exasperación; pero tuvo tacto mental, carácter enérgico y un corazón que sabía amar.

Stein, con la cabeza apoyada en las manos, recreaba sus miradas en el magnífico espectáculo que ante ellas se desenvolvía y respiraba con deleite aquella pura y balsámica atmósfera. De cuando en cuando un clamor prolongado y vivo le arrancaba a su suave éxtasis y afectaba dolorosamente su corazón. Era la gritería de la plaza de toros.

«¡Dios mío!, ¡es posible!—se decía aludiendo a la guerra—, que a aquello lo llamen gloria y a esto—aludiendo a los toros—lo llamen placer!»

Capítulo XIX

Marisalada pasaba su vida consagrada a perfeccionarse en el arte, que le prometía un porvenir brillante, una carrera de gloria y una situación que lisonjeara su vanidad y satisficiera su afición al lujo. Stein no se cansaba de admirar su constancia en el estudio y sus admirables progresos.

Sin embargo, se había retardado la época de su introducción en la sociedad de las gentes de viso, por una enfermedad del hijo de la condesa.

Desde los primeros síntomas había olvidado esta todo cuanto la rodeaba: su tertulia, sus prendidos, sus diversiones, a Marisalada y sus amigos, y, antes que a todo, al elegante y joven coronel de que hemos hablado.

Nada existía en el mundo para esta madre, sino su hijo, a cuya cabecera había pasado quince días sin comer, sin dormir, llorando y rezando. La dentición del niño no podía avanzar, por no poder romper las encías hinchadas y doloridas. Su vida peligraba. El duque aconsejó a la afligida madre que consultase a Stein; y, verificado así, el hábil alemán salvó al niño con una incisión en las encías. Desde aquel momento, Stein llegó a ser el amigo de la casa. La condesa le estrechó en sus brazos; y el conde le recompensó como podría haberlo hecho un príncipe. La marquesa decía que era un santo; el general confesó que podía haber buenos médicos fuera de España. Rita, con toda su aspereza, se dignó consultarle sobre sus jaquecas, y Rafael declaró que el día menos pensado iba a romperse los cascos, para tener el gusto de que le curase el Gran Federico.

Una mañana, la condesa estaba sentada, pálida y desmejorada a la cabecera de su hijo dormido. Su madre ocupaba una silla muy baja, y, como antídoto contra el calor, tenía el abanico en continuo movimiento. Rita se había establecido delante de un gran bastidor y estaba bordando un magnífico frontal de altar, obra que había emprendido en compañía de la condesa.

Entró Rafael.

—Buenos días, tía: buenos días, primas. ¿Cómo va el heredero de los Algares?

—Tan bien como puede desearse—respondió la marquesa.

—Entonces, mi querida Gracia—continuó su primo—, me parece que ya es tiempo de que salgas de tu encierro. Tu ausencia es un eclipse de sol visible, que trae consternada a la ciudad. Tus tertulianos lanzan unánimes suspiros, que van a dejar sin hojas los árboles de las Delicias. El barón de Maude añade a su colección de preguntas, las que le arranca tu invisibilidad. Ese exceso de amor materno le escandaliza. Dice que en Francia se permite a las señoras hacer muy bonitos versos sobre este asunto; pero no tolerarían que una madre joven expusiese su salud, marchitando la frescura de su tez, privándose de reposo y de alimento, y olvidando su bienestar individual al lado del chiquillo.

—¡Disparate!—exclamó la marquesa—¿Cómo podrá persuadírseme de que hay un país en el mundo en que una madre se aleje ni un solo instante de su hijo cuando está malo?

—Pues el mayor es peor todavía—continuó Rafael—; al saber lo que estás haciendo, logró agrandar sus ojos habitualmente espantados y dice que no creía tan bárbaros a los españoles, que no tuviesen en sus casas una nursery.[22]

—¿Y qué es eso?—preguntó la marquesa.

—Según él se explica—prosiguió Rafael—, es la Siberia de los niños ingleses. Sir John apuesta a que te has puesto tan ligera y delgada, que podrás pasar por hija del Céfiro con más razón que las yeguas andaluzas, que gozan de esa reputación y que en la carrera se quedarían muy atrás de su yegua inglesa Atlante, sin necesidad de derramar una cuartilla de cebada en el camino para distraerla. Prima, el único que se ha consolado de los males de la ausencia ha sido Polo, dando a luz un tomo de poesías, y con este motivo casi nos hemos reñido.

—Cuéntanos eso, Rafael—dijo Rita—. Hubiera querido presenciar vuestra disputa y no me habría divertido poco.

—Ya saben ustedes—dijo Rafael—que todas nuestras modernas ilustraciones aspiran por todos los medios posibles al título de notabilidades.

—Sobrino—exclamó la marquesa—, déjate por Dios de esas palabras extranjeradas, que me degüellan.

—Perdonad, tía—siguió Rafael—; pero son necesarias para mi historia y participan de su esencia. Como estos señores, y, sobre todo, los que han bebido en manantiales franceses, han visto que en Francia la partícula de es signo de nobleza, han querido también adoptarla; y como en España no significa absolutamente nada, pueden lisonjear sus oídos con la sonoridad del monosílabo inocente, así como con una cáfila de apellidos, cada uno hijo de su padre y de su madre. Esto puede deslumbrar a los extranjeros, que ignoran que en España el de, y la muchedumbre de apellidos, son prácticas arbitrarias y pueden usarse ad libitum.

—Por cierto—dijo la marquesa—, es cosa rara que uno ha de ser de sangre noble, sólo por tener dos letras delante del apellido. Las mujeres casadas añaden al suyo el de sus maridos, con su de corriente, y así, tu madre firmaba Rafaela Santa María de Arias. Hay muchos apellidos nobles que no lo tienen. En Sevilla, el marqués de C... es J. P. El conde del A..., F. E. El marqués de M..., A. S. Mi hermano se llama León Santa María, y el duque de Rivas pone en el frontispicio de sus obras Ángel Saavedra. Volviendo a nuestro Polo—prosiguió Rafael—, no satisfecho con tener un nombre tan adaptado al título de una colección de poesías, se le ocurrió la idea de poner también el de su madre, o el de su abuela, según lo más o menos armonioso de las sílabas, y tuvo la satisfacción de estampar con letras góticas en el frontispicio de su obra: Por A. Polo de Mármol; y quedó tan contento al ver en papel vitela su nombre prosaico prolongado, ennoblecido, sonoro, distinguido y soberbio, a manera de un paladín antiguo que sale de la tumba con su armadura mohosa, que se creyó otro hombre distinto del que era antes; se admiró y se respetó, como aquel oficial portugués que viéndose en el espejo, armado de pies a cabeza, se echó a temblar, teniendo miedo de sí mismo. Su entusiasmo subió a tal punto que mandó grabar sus tarjetas con la recién descubierta fórmula, añadiendo un escudo de armas imaginarias, en que se ve un castillo...

—De naipes—dijo la marquesa, impaciente.

—Un león—continuó Rafael—, un águila, un leopardo, un zorro, un oso, un dragón; en fin, el arca de Noé de la Heráldica; y encima, una corona imperial. Por desgracia, el grabador, que no era un Estévez ni un Carmona, no pudo poner cuerdas en una lira, que formaba parte de las armas de Polo; pero es un pequeño contratiempo, de que nadie hace eso. Dábale yo la enhorabuena por su nuevo nombre, asegurándole que el nombre de Mármol venía de perlas después del de A. Polo, porque un APolo de mármol valía más que un APolo de yeso; tomándolo él a sátira, se puso tan furioso que me amenazó con escribir una sátira contra los humos de los nobles. Le pregunté si la sátira a los nobles se extendería a las ídem. Entonces se acordó de ti, mi querida prima; lanzó un suspiro y se le cayó de las manos la formidable pluma; peinó, alisó y cubrió de pomada la cabellera serpentina de su Némesis, y yo me he escapado de una buena, gracias a los hermosos ojos de mi prima. Pero—añadió Rafael viendo entrar a Stein—, aquí viene la más preciada de las piedras preciosas;[23] piedra melodiosa como Memnon. Don Federico, ya que sois observador fisiologista, admirad cómo en todas las situaciones de la vida son inalterables en España la igualdad de humor, la benevolencia y aun la alegría. Aquí no tenemos el schwermuth de los alemanes, el spleen de los ingleses, ni el ennui de nuestros vecinos. ¿Y sabéis por qué? Porque no exigimos demasiado de la vida; porque no suspiramos en pos de una felicidad alambicada.

—Es—opinó la marquesa—porque solemos tener todas las aficiones propias de nuestra edad.

—Es—dijo Rita—porque cada uno hace lo que le da la gana.

—Es—observó la condesa—porque nuestro hermoso cielo derrama el bienestar en nuestro ánimo.

—Yo creo—dijo Stein—que es por todo eso y además por el carácter nacional. El español pobre, que se contenta con un pedazo de pan, una naranja y un rayo de sol, está en armonía con el patricio que se contenta casi siempre con su destino y se convierte en noble Procusto moral de sí mismo, nivelando sus aspiraciones y su bienestar con su situación.

—Decís, don Federico—observó la marquesa—, que en España cada cual está satisfecho con lo que le ha tocado en suerte. ¡Ah doctor! ¡Cuánto siento decir que ya no somos en esa parte lo que éramos! Mi hermano dice que en la jerigonza del día hay una palabra inventada por el genio del mal y del orgullo, especie de palanca a que no resisten los cimientos de la sociedad y que ha ocasionado más desventuras a la especie humana que todo el despotismo del mundo.

—¿Y cuál es esa palabra—preguntó Rafael—, para que yo le corte las orejas?

—Esa palabra—dijo la marquesa suspirando—es la noble ambición.

—Señora—dijo Rafael—, es que a la ambición le ha entrado la manía general de nobleza.

—Tía—exclamó Rita—, si nos metemos en la política, y os ponéis a repetir las sentencias de mi tío, os advierto que don Federico va a caer en esa quisicosa alemana, Rafael en el spleen inglés y Gracia y yo en el ennui francés.

—¡Desvergonzada!—dijo su tía.

—Para evitar tamaña desgracia—dijo Rafael—hago la moción de que compongamos entre todos una novela.

—¡Apoyado, apoyado!—gritó la condesa.

—¡Tal destino!—dijo su madre—. ¿Queréis escribir algún primor, como esos que suele mi hija leerme en los folletines que escriben los franceses?

—¿Y por qué no?—preguntó Rafael.

—Porque nadie la leerá—respondió la marquesa—, a menos de anunciarla como francesa.

—¿Qué nos importa?—continuó Rafael—. Escribiremos como cantan los pájaros, por el gusto de cantar, y no por el gusto de que nos oigan.

—Hacedme el favor, a lo menos—prosiguió la marquesa—, de no sacar a la colada seducciones ni adulterios. Pues ¡es bueno hacer a las mujeres interesantes por sus culpas! Nada es menos interesante a los ojos de las personas sensatas que una muchacha ligera de cascos, que se deja seducir, o una mujer liviana que falta a sus deberes. No vayáis tampoco, según el uso escandaloso de los novelistas de nuevo cuño, a profanar los textos sagrados de la Escritura. ¿Hay cosa más escandalosa que ver en un papelito bruñido y debajo de una estampita deshonesta las palabras mismas de nuestro Señor, tales como: «mucho le será perdonado, porque amó mucho», o aquellas otras: «el que se crea sin culpa, tírele la primera piedra?» ¡Y todo ello para justificar los vicios! ¡Eso es una profanación! ¿No saben esos escritores boquirrubios que aquellas santas palabras de misericordia recaían sobre las ansias del arrepentimiento y los merecimientos de la penitencia?

—¡Cáspita!—dijo Rafael—, ¡qué trozo de elocuencia! Tía está inspirada, iluminada; votaré por su candidatura a diputado a Cortes.

—Tampoco vayáis—continuó la marquesa—a introducir el espantoso suicidio, que no se ha conocido por acá, hasta ahora, que han logrado entibiar, sino desterrar la religión. Nada de esas cosas nos pegan a nosotros.

—Tiene usted razón—dijo la condesa—; no hemos de pintar a los españoles como extranjeros; nos retrataremos como somos.

—Pero con las restricciones que exige mi señora marquesa—dijo Stein—, ¿qué desenlace romancesco puede tener una novela que estribe, como generalmente sucede, en una pasión desgraciada?

—El tiempo—contestó la marquesa—; el tiempo, que da fin de todo, por más que digan los novelistas, que sueñan en lugar de observar.

—Tía—dijo Rafael—, lo que estáis diciendo es tan prosaico como el gazpacho.

—¿Te matarás si me caso con Luis?—le preguntó Rita.

—¡Yo verdugo, y de mi propia, interesante e inocente persona!, ¡yo mi propio Herodes! ¡Dios me libre, bella ingrata!—contestó Rafael—. Viviré para ver y gozar de tu arrepentimiento y para reemplazar a tu Luis Triunfos, si se le antoja ir a jugar al monte con su compadre Lucifer, en su reino.

—No hagáis ostentación en vuestra novela—prosiguió la marquesa—de frases y palabras extranjeras de que no tenemos necesidad. Si no sabéis vuestra lengua, ahí está el diccionario.

—Bien dicho—repitió Rafael—; no daremos cuartel a las esbeltas, a las notabilidades ni a los dandys; perversos intrusos, parásitos venenosos y peligrosos emisarios de la revolución.

—Más verdad dices de la que piensas—repuso la marquesa.

—Pero madre—dijo la condesa—; a fuerza de restricciones, nos pondréis en el caso de hacer una insulsez.

—Me fío de tu buen gusto—respondió la marquesa—, y en lo que es capaz de discurrir e inventar Rafael, para que así no sea. Otra advertencia. Si nombráis a Dios, llamadle por su nombre, y no con los que están hoy de moda, Ser Supremo, Suprema Inteligencia, Moderador del Universo y otros de este jaez.

—¡Cómo, señora tía!—exclamó Rafael—, ¿negáis a Dios sus poderes y sus prerrogativas?

—No por cierto—respondió la marquesa—; pero en el nombre Dios se encierra todo. Buscar otros más altisonantes es lo mismo que platear el oro. Lo mismo me parece eso, que lo que aquí se hace de tejas abajo, quitando al poder el título de rey para llamarlo presidente, primer cónsul o protector. Estoy cierta de que antes de haber consumado del todo su rebeldía, Lucifer nombraba a Dios el Ser Supremo.

—Pero tía, no podréis negar—observó Rafael—que es más respetuoso y aun más sumiso.

—Anda a paseo, Rafael—contestó con impaciencia la marquesa. Siempre me contradices, no por convicción, sino por hacerme rabiar. Dale a Dios el nombre que se dio él mismo; que nadie ha de ponerle otro mejor.

—Tenéis razón, madre—dijo la condesa—. Dejémonos de flaquezas, de lágrimas y de crímenes, y de términos retumbantes. Hagamos algo bueno, elegante y alegre.

—Pero Gracia—dijo Rafael—, es menester confesar que no hay nada tan insípido en una novela como la virtud aislada. Por ejemplo, supongamos que me pongo a escribir la biografía de mi tía. Diré que fue una joven excelente; que se casó a gusto de sus padres, con un hombre que le convenía y que fue modelo de esposas y de madres, sin otra flaqueza que estar un poco templada a la antigua y tener demasiada afición al tresillo. Todo esto es muy bueno para un epitafio; pero es menester convenir que es muy sosito para una novela.

—¿Y de dónde has sacado—preguntó la marquesa—que yo aspiro a ser modelo de heroína de novela? ¡Tal dislate!

—Entonces—dijo Stein—, escribid una novela fantástica.

—De ningún modo—dijo Rafael—; eso es bueno para vosotros, los alemanes; no para nosotros. Una novela fantástica española sería una afectación insoportable.

—Pues bien—continuó Stein—: una novela heroica o lúgubre.

—¡Dios nos libre y nos defienda!—exclamó Rafael—. Eso es bueno para Polo.

—Una novela sentimental.

—Sólo de oírlo—prosiguió Rafael—me horripilo. No hay género que menos convenga a la índole española que el llorón. El sentimentalismo es tan opuesto a nuestro carácter, como la jerga sentimental al habla de Castilla.

—Pues entonces—dijo la condesa—, ¿qué es lo que vamos a hacer?

—Hay dos géneros que, a mi corto entender, nos convienen: la novela histórica, que dejaremos a los escritores sabios, y la novela de costumbres, que es justamente la que nos peta a los medias cucharas como nosotros.

—Sea, pues; una novela de costumbres—repuso la condesa.

—Es la novela por excelencia—continuó Rafael—, útil y agradable. Cada nación debería escribirse las suyas. Escritas con exactitud y con verdadero espíritu de observación, ayudarían mucho para el estudio de la humanidad, de la Historia, de la moral práctica, para el conocimiento de las localidades y de las épocas. Si yo fuera la reina, mandaría escribir una novela de costumbres en cada provincia, sin dejar nada por referir y analizar.

—Sería, por cierto, una nueva especie de geografía—dijo Stein riéndose—. ¿Y los escritores?

—No faltarían si se buscaran—respondió Rafael—, como nunca faltan hombres para toda empresa, cuando hay bastante tacto para escogerlos. La prueba es que aquí estoy yo, y ahora mismo vais a oír una novela compuesta por mí, que participará de ambos géneros.

—Así saldrá ella—dijo la marquesa—. Don Federico, ya veréis algo parecido a Bertoldo.

—Puesto que mi prima quiere algo bueno y sencillo; mi tía algo moral, sin pasiones, flaquezas, crímenes ni textos de la Escritura, y mi prima Rita algo festivo, voy a tomar por asunto la vida honrada y moral de mi tío el general Santa María.

—No faltaba más—dijo la marquesa—sino que fueras a hacer burla de mi hermano. No me parece que da margen a ello. ¡Vaya!

—No por cierto—replicó Rafael—; respeto y aprecio a mi tío más que nadie en este mundo y sé que sus virtudes militares, que a veces pasan de raya, le han merecido el dictado del Don Quijote del Ejército. Pero nada de esto impide que también tenga su historia, porque si madame Staël ha dicho que la vida de una mujer es siempre una novela, creo que con igual derecho puede decirse que la vida de un hombre es siempre una historia. Escuchad, pues, incomparable doctor, la historia de mi tío en compendio. Santiago León Santa María nació predestinado para la noble carrera de las armas, porque vio la luz del día, o por mejor decir, las sombras de la noche, en el momento mismo en que la retreta pasaba por delante de los balcones de la casa, de modo que hizo su entrada en el mundo a son de caja.

—Eso es cierto—dijo la marquesa, sonriéndose.

—Yo no miento jamás... cuando digo la verdad—continuó gravemente Rafael—. Como señal de aquella predestinación, nació con una espada color de sangre en el pecho, dibujada por mano de la naturaleza con la mayor propiedad; de modo que todas las comadres del barrio acudieron a saludar al general in partibus de los ejércitos de S. M. Católica.

—No hay tal cosa—dijo la marquesa—; tiene una señal en el pecho, es verdad; pero es en figura de rábano, un antojo que había tenido nuestra madre.

—Observad, doctor—continuó Rafael—, que mi tía desprestigia y despoetiza la historia de su querido hermano. ¡Un rábano en el pecho de un valiente, en lugar de una orden militar! Vaya, tía, ¿hay cosa más ridícula?

—¿Qué tiene de ridículo—dijo la marquesa—nacer con una señal en el pecho?

—Prosigue, Rafael—dijo Rita—. Yo no sabía ninguna de esas particularidades. Prosigue sin tantos paréntesis.

—Nadie nos corre, querida Rita—dijo Rafael—; ¿qué prisa tenemos? Una de las ventajas que llevamos a otras naciones, es no vivir a galope, como corredores intrusos. Conque apenas León Santa María cumplió los doce años, entró de cadete en un Regimiento y se puso desde entonces derecho como un huso, serio como un sermón y grave como un entierro. Haciendo el ejercicio, y peleando como valiente muchacho en el Rosellón, fue pasando el tiempo y llegó mi tío a la edad en que el corazón canta y suspira.

—Rafael, Rafael—dijo su tía—, cuenta con lo que se habla.

—No tengáis cuidado, tía; no hablaré más que de amores platónicos.

—¿Amores qué?... ¿Hay acaso varias clases de amores?

—El amor platónico—contestó Rafael—es el que se encierra en una mirada, en un suspiro o en una carta.

—Es decir—repuso la marquesa—, la vanguardia; pero ya sabes que el cuerpo del ejército viene detrás; con que doblemos la hoja sobre ese capítulo.

—Señora marquesa—repuso Rafael—, no os apuréis. Mi historia será tal, que después de haberla oído cualquiera podrá retratar a mi tío con la espada en una mano y la palma en la otra.

«Sus primeros amores fueron con una guapa moza de Osuna, donde estaba acuartelado su Regimiento. El día menos pensado llegó la orden de marchar. Mi tío dijo que volvería, y ella se puso a cantar Mambrú se fue a la guerra; y lo estaría todavía cantando si un labrador grueso no la hubiera ofrecido su gruesa mano y su gruesa hacienda. Sin embargo, al principio estuvo inconsolable. Lloraba como las nubes de otoño y no paraba de exclamar día y noche: ¡Santa María, Santa María!, tanto que una criada que dormía cerca, creyendo que su ama estaba rezando las letanías, no dejaba de responder devotamente: Ora pro nobis.

»Mi tío—siguió Rafael—recibió orden de pasar a América; volvió para tomar parte en la guerra de la Independencia, y no tuvo tiempo para pensar en amoríos. De donde resultó que, no tratando con más bellezas que las que podía hacer marchar a tambor batiente, adquirió tal acritud de temple, que se le quedó el nombre del general Agraz.

—¿Cómo te atreves?...—exclamó la tía.

—Tía—contestó Rafael—, yo no me atrevo a nada; lo que hago es repetir lo que otros han dicho. Pian pianino llegaron los sesenta años, trayendo en pos la comitiva ordinaria de reumatismos y catarros, con todas las trazas de convertirse en crónicos. Mi tía y todos los amigos le aconsejaban que se retirase y se casase para vivir tranquilo. Fijad las mientes, doctor, en el remedio: ¡casarse para vivir tranquilo! Ya ve usted que mi tía se siente inclinada a la homeopatía.

—¿Ese sistema nuevo—preguntó la marquesa—que receta estimulantes para refrescar? No lo creáis, doctor, ni vayáis a dar esa clase de remedios al niño.

—Pues como iba diciendo—continuó Rafael—, había aquí una soltera de edad madura, que no había querido casarse a gusto de su padre, ni su padre la había querido dejar casar a su gusto; este tenía muchos humos, en vista de que su hija se llamaba doña Pancracia Cabeza de Vaca. Ahora bien, esta noble parte del animal...

La marquesa le interrumpió:

—Ríete cuanto quieras, como te ríes de todo; este es un privilegio que la naturaleza te ha dado, como al sol el de brillar. Pero sabed, don Federico, que ese nombre, tan ridículo a los ojos de mi sobrino, es uno de los más ilustres y más antiguos de España. Debe su origen a la batalla de las Navas de Tolosa...

—La cual—añadió Rafael—se dio por los años de 1212, y la ganó el rey don Alfonso IX, llamado el Noble, padre de la reina de Francia Blanca, madre de San Luis; y con aquella hazaña libertó a Castilla del yugo de los sarracenos.

—Así es—repuso la marquesa—; todo eso se lo he oído contar a mi cuñada. El Miramamolín, según ella cuenta, se había retirado a una altura donde se atrincheró con sus tesoros en una especie de recinto formado con cadenas de hierro. Un río separaba esta altura del ejército cristiano. El rey, que no podía pasarlo, estaba desesperado. Entonces se le presentó un pastor viejo, con su hopalanda y su capucha, y le descubrió un sitio por donde podría vadear el río sin dificultad: «Seguid la orilla—le dijo—, aguas abajo, y donde veáis la cabeza de una vaca, que han devorado los lobos, allí está el vado.» De resultas de este aviso se ganó aquella memorable batalla. El rey, agradecido, ennobleció al que le había hecho un servicio tan señalado y le dio a él y a sus descendientes el nombre de Cabeza de Vaca. Mi cuñada dice que aún se conservan en la catedral de Toledo la estatua del pastor patriota y las cadenas del campo del Miramamolín.

—Seiscientos años de nobleza—dijo Rafael—son un moco de pavo en comparación de la nuestra, porque ha de saber usted, doctor, que el nombre de Santa María eclipsa a todas las Cabezas de Vaca, aun cuando arranque su árbol genealógico de los cuernos de la que Noé llevó a su arca. Para que usted lo sepa, somos parientes de la Santa Virgen, nada menos; y en prueba de ello, una de mis abuelas, cuando rezaba el rosario con sus criadas, según la buena costumbre española...

—Costumbre que se va perdiendo—interrumpió suspirando la marquesa.

—Decía—prosiguió Rafael—: «Dios te salve María, prima y señora mía», y los criados respondían: «Santa María, prima y señora de usía.»

—No digas esas cosas delante de extranjeros, Rafael—dijo la condesa—, porque o están bastante preocupados contra nosotros para creerlas, o sin creerlas tienen bastante mala fe para repetirlas. Lo que acabas de contar es una cosa que todo el mundo sabe; un chiste inventado para burlarse de las exageradas pretensiones de antigüedad que nuestra familia tiene.

—A propósito de lo que dicen los extranjeros, ¿sabes, prima, que lord Londonderry ha escrito su Viaje a España, en el que dice que no hay más que una mujer bonita en Sevilla, y es la marquesa de A..., desfigurando, por supuesto, su nombre del modo más extraño?

—Tiene razón—dijo la condesa—; Adela es lindísima.

—Es lindísima—prosiguió Rafael—, pero decir que es la única, me parece un disparatón de tomo y lomo. El mayor está furioso, y va a ponerle pleito como calumniador, con plenos poderes de la Giralda, que se tiene y se califica por la mejor moza de toda Sevilla.

—Eso es ser más realista que el rey—dijo Rita, con un gracioso desdén—; y bien puedes asegurar al mayor, en nombre de todas las sevillanas, que tanto nos da que ese lord nos encuentre feas como bonitas. Pero sigue con tu historia, Rafael; te quedaste en los preliminares del casamiento del tío.

—Antes que Rafael tome la ampolleta—interrumpió la marquesa—diré a usted, don Federico, que la nobleza de nuestra familia estaba ya reconocida en el año 737, porque uno de nuestros abuelos fue el que mató al oso que quitó la vida al rey godo don Favila, y por eso tenemos un oso en nuestro escudo de armas.

Rafael se echó a reír con tan estrepitosa carcajada que cortó el hilo a la narración de su tía.

—Vaya—dijo—, aquí tenemos la segunda parte de Prima y Señora mía. La marquesa tiene una colección de datos genealógicos, tan verídicos unos como otros. Sabe de memoria la de los duques de Alba, que vale un Perú.

—Si quisierais tener la bondad, señora marquesa, de referírmela—dijo Stein—, os lo agradecería infinito.

—Con mucho gusto—respondió la marquesa—; y espero que daréis más crédito a mis palabras que ese niño, tan preciado de saber más que los que nacieron antes que él. Sabéis que nada ennoblece tanto al hombre como los rasgos de valor.

—Por esa cuenta—dijo Rita—, José María podía ser noble y algo más, grande de España de primera clase.

—¡Qué amigos de contradecir son mis sobrinos!—exclamó la marquesa con alguna impaciencia. Pues bien: sí, señorita. José María podía ser noble si no fuera ladrón.

—Ya que se trata de José María—dijo Rafael—, voy a contar a don Federico un rasgo de valor de aquel personaje. Lo sé de buena tinta.

—No queremos saber las hazañas de los héroes del trabuco—dijo la marquesa—. Rafael, tú hablas sin punto ni coma...

—Escuchad mi aventura de José María—continuó Rafael—. Un ladrón héroe, caballeroso, elegante, galán y distinguido, es fruta que no nace sino en nuestro suelo. Vosotros los extranjeros podréis tener muchos duques de Alba, pero seguramente no tendréis un José María.

—¿Qué dices tú?—dijo la marquesa—, ¿que los extranjeros podrán tener muchos duques de Alba? ¡Pues ya!, ¡fácil era! Escuchad, don Federico: cuando el santo rey don Fernando estaba delante de los muros de Sevilla, viendo que el sitio se prolongaba, propuso al rey moro...

—Que se llamaba Axataf por más señas—interrumpió Rafael.

—Poco importa el nombre—continuó la marquesa—; propúsole, pues, como iba diciendo, que se decidiese la suerte de la ciudad sitiada en combate singular, cuerpo a cuerpo, entre los dos monarcas. El moro tuvo vergüenza de rehusar el reto. El rey Fernando ocultó a todo el mundo su designio, y cuando llegó la hora convenida, salió solo y de noche de sus reales, encaminándose al puesto señalado. Un soldado de su guardia que le vio salir, tuvo algunas sospechas de su intento y temeroso de que el rey cayese en alguna asechanza, se armó y le siguió de lejos. Llegado que hubo el monarca al sitio que todavía se llama la Fuente del Rey, y que era entonces un lugar muy agreste, se detuvo aguardando a que se presentase el moro.

Pero por más que aguardaba, el otro en lo menos que pensaba era en acudir a la cita. Así pasó la noche, y al clarear el alba, convencido de que su contrario no vendría, iba a retirarse cuando oyó ruido en la enramada y mandó que saliese al frente, quienquiera que fuese.

Era el soldado y obedeció.

«¿Qué haces ahí?», preguntó el rey.

«Señor—respondió el soldado—, he visto a vuestra majestad salir solo del campo, e inferí su intento; he temido algún lazo y he venido a defender a su persona.»

«¿Solo?», preguntó el rey.

«Señor—continuó el soldado—, ¿vuestra majestad y yo, acaso no bastamos para doscientos moros?»

«Saliste de mis reales soldado—dijo el rey—y entras en ellos duque de Alba.»

—Ya veis, don Federico—dijo Rafael—, que esa leyenda popular arregla desafíos a medianoche y crea duques a pedir de boca.

—Calla por Dios, Rafael—dijo la condesa—, y déjanos esta creencia, pues me gusta esa etimología.

—Sí—respondió Rafael—; pero el duque de Alba no le agradecerá a tu madre la ilustración que quiere darle. Ahora veréis lo que hay en el asunto.

Diciendo estas palabras y echando a correr Rafael, volvió muy pronto con un libro en folio y en pergamino, que sacó de la librería del conde.

—He aquí—dijo—la creación, privilegios y antigüedad de los títulos de Castilla, por don José Berni y Catalá, abogado de los Reales Consejos. Página 140. «Conde de Alba, hoy día duque. El primer fue don Fernando Álvarez de Toledo, creado conde de Alba por Juan II, 1439. Don Enrique IV lo hizo duque en 1469. Esta ilustre y excelsa familia es de sangre real y ha tenido los primeros empleos de España en guerra y en política. El duque mandó todo el ejército en la conquista de Flandes y en la de Portugal, donde hizo maravillas. Esta ilustrísima familia tiene tanto lustre y tantos méritos, que para enumerarlos sería necesario escribir volúmenes.» Ya veis, tía, que la historia que nos habéis contado, aunque muy propagada, es apócrifa.

—No sé lo que quiere decir—continuó la marquesa—, esa palabra griega o francesa; pero volviendo a los Santas Marías, este nombre les fue dado con motivo de...

—Tía, tía—exclamó Rita—, hacednos el favor de dispensarnos de oír nuestra historia genealógica. ¿No tenemos bastante con la de los Cabezas de Vaca y los Albas? Cuando penséis contraer segundas nupcias, entonces podréis lucir estas galas genealógicas a los ojos del favorecido.

—El apellido de los duques de Alba—dijo Stein—es Álvarez, y así se llama también mi patrón, que es un buen hombre, lleno de honradez y tendero retirado. Me causa mucha extrañeza ver que en este país los nombres más ilustres son comunes a las clases más elevadas y a las más ínfimas. ¿Será cierto lo que se dice en mi país, que todos los españoles se creen de noble sangre?

—Esa es una confusión de ideas—contestó Rafael—, como todas las que generalmente tienen los extranjeros sobre las cosas de España; y así no hay ninguno que no crea a puño cerrado que cada gañán arando, lleva colgada a su lado la espada distintiva de caballero. Hay muchos apellidos generales y como mancomunes en España, no hay duda; pero esto nace en gran parte de que, en tiempos pasados, los señores que tenían esclavos les daban sus apellidos al emanciparlos. Estos nombres, usados por los moros ya libres, debieron multiplicarse, en particular los de los magnates, a medida que más esclavos tenían. Algunas de esas nuevas familias se ilustraron y fueron ennoblecidas, porque muchas descendían de moros nobles. Pero los grandes de España, que tienen aquellos mismos nombres, llevan tan a mal ser confundidos con estas familias, como con las de los artesanos que se hallan en el mismo caso. También hay que observar que muchos han tomado los nombres de las localidades de donde provienen, y así tenemos centenares de Medinas, Castillas, Navarros, Toledos, Burgos, Aragonés, etc. En cuanto a esas aspiraciones a sangre noble que están tan propagadas entre los españoles, es observación que no carece de fundamento, porque es cierto que este pueblo tiene orgullo y propensiones delicadas y distinguidas; pero no deben confundirse estos rasgos de carácter nacional con las ridículas afectaciones nobiliarias que hemos visto en tiempos modernos. El pueblo español no aspira a engalanarse con colgajos ni a salir de la esfera en que le ha colocado la providencia; pero da tanta importancia a la pureza de su sangre, como a su honra; sobre todo en las provincias del Norte, cuyos habitantes se jactan de no tener mezcla de sangre morisca. Esta pureza se pierde por un nacimiento ilegítimo; por la menor y más dudosa alianza con sangre mulata o judía, así como por los oficios de verdugo y pregonero, o por castigos infamantes.

—¡Válgame Dios—dijo Rita—, qué fastidiosos están ustedes con su nobleza! ¿Quieres, Rafael, hacernos el favor de continuar la historia del tío?

—¡Dale!—exclamó la marquesa.

—Tía—respondió Rafael—, no hay cuento desgraciado, como el que lo cuente sea porfiado. Conque, don Federico, Santa María y Cabeza de Vaca se unieron como dos palomos. Muchas veces he oído decir que mi tía, que está aquí presente, lloró de placer y de ternura al ver tan bien concertada unión. Mi tío tranquilizó los recelos que hubiese podido inspirarle el nombre de su cara mitad sólo con verla.

—¡Rafael, Rafael!—exclamó la marquesa.

—Pero quien quedó asombrado—prosiguió Rafael fue todo el mundo, y más que nadie, mi tío, cuando al cabo de nueve meses la Cabeza de Vaca dio a luz un pequeño Santa María, tamaño como un abanico, y que parecía engendrado por una X y una Z, La Cabeza de Vaca se puso más oronda que la de Júpiter cuando produjo a Minerva. Hubo, con este motivo, un gran debate matrimonial. La señora quería que el dulce fruto de su amor se llamase Pancracio, nombre que, desde la batalla de las Navas de Tolosa, había sido el de los primogénitos de la familia. Mi tío se empestilló en que el futuro representante de los venerables Santa María no llevase otro nombre que el de su padre, nombre sonoro y militar. Mi tía los puso de acuerdo, proponiendo que se bautizase la criatura con los nombres de León Pancracio, de lo que ha resultado que su padre lo ha llamado siempre León y su madre siempre Pancracio.

De repente interrumpió esta narración el general, entrando en la sala, pálido como un muerto, con los labios apretados y lanzando rayos por los ojos.

—¡Santo Dios!—dijo Rafael a Rita en voz baja—, quisiera estar ahora siete estados debajo de tierra, con las estatuas romanas que sirvieron a los moros para hacer los cimientos de la Giralda.

—Estoy furioso—dijo el general.

—¿Qué tenéis, tío?—le preguntó la condesa, colorada como un tomate.

Rita bajaba la cabeza sobre su bordado, mordiéndose los labios para sofocar la risa.

La marquesa tenía la cara más larga que la de Don Quijote.

—Esto es peor que burlarse de la gente—continuó el general con voz temblona—: ¡es un insulto!

—Tío—dijo la condesa suavizando la voz lo más posible—, cuando no hay mala intención, cuando no hay más que ligereza, atolondramiento, gana de reír...

—¡Gana de reír!—interrumpió el general—: ¡reírse de mí!, ¡reírse de mi mujer! Por vida mía, que se le ha de pasar la gana. Ahora mismo voy a presentar mi queja a la policía.

—¡A la policía! ¿Estás en tu juicio, hermano?—exclamó la marquesa.

—Si salgo con bien de esta—dijo Rafael a Rita—, hago voto a San Juan el Silenciario de imitarle durante un año y un día.

—Mi querido León—prosiguió la marquesa—, por Dios te ruego que no des tanta importancia a una niñería. Cálmate. Yo sé que te ama y te respeta. ¿Quieres dar un escándalo? Las quejas de familia no deben salir al público. Vamos, León, hermano, quédese eso entre nosotros.

—¿Qué estás hablando de quejas de familia?—replicó el general volviéndose hacia su hermana—. ¿Qué tiene que ver la familia con las insolencias inauditas de ese desaforado inglés, que viene a insultar a la gente del país?

Al oír estas palabras, la hermana y los sobrinos del general respiraron con holgura, como si se les hubiera quitado una piedra de sobre el corazón. Su temor de que nuestro cronista hubiese sido oído por el inflexible veterano, carecía de fundamento, y Rafael preguntó con los tonos más sonoros de su voz:

—¿Pues qué ha hecho ese gran anfibio?

—¿Lo que ha hecho?—contestó el general—. Voy a decírtelo. Sabéis que, por desgracia mía, ese hombre vive enfrente de mi casa. Pues bien: a la una de la noche, cuando todo el mundo está en lo mejor de su sueño, el míster abre la ventana y se pone... ¡a tocar la trompa!

—Ya sé que es furiosamente aficionado a ese instrumento—dijo Rafael.

—Además de eso—continuó el general—, lo hace malísimamente y el soplo de su vasto pecho saca del instrumento sonidos capaces de despertar a los muertos de veinte leguas a la redonda; de modo que se ponen a aullar todos los perros de la vecindad. Con esto tendréis una idea de las noches que nos hace pasar.

Todos los esfuerzos que habían hecho hasta allí los oyentes para contener la risa, fueron infructuosos. La carcajada fue tan simultánea y tan estrepitosa, que el general calló de repente y les echó una mirada indignada.

—¡No faltaba más, sobrinos!, no faltaba más sino que os parezca asunto de risa tan descarada insolencia, tal desprecio de las gentes. ¡Reíos, reíos!, ya veremos si se reirá también tu recomendado.

Dijo, y se salió de la pieza tan denodadamente como en ella había entrado, con dirección a la policía.

Rita se desternillaba de risa.

—¡Válgame Dios, Rita!—dijo la marquesa, que no estaba para fiestas—. Más propio sería que te indignases de tamaña falta de seso, que no reírse de ella.

—Tía—contestó la joven—, bien sé lo que el caso merece; pero aunque estuviese en el ataúd, me había de reír. Os prometo que, para vengar a mi tío, cuando el mayor moscón venga a chapurrearme piropos, no me contentaré con volverle la espalda, sino que he de decirle: guardad vuestro resuello para tocar la trompa.

—Mejor harías—dijo Rafael—en imitar a las señoritas extranjeras, que se ponen coloradas para dar los buenos días y pálidas para dar las buenas noches.

—Eso sería mejor—contestó Rita—; pero yo prefiero hacer lo peor.

—A todo esto—dijo Stein con su perseverancia alemana—, me habíais prometido, señor de Arias, contarme un rasgo de valor de José María.

—Será para otro día—respondió Rafael—. He aquí a mi general en jefe—añadió sacando el reloj—: son las tres menos cuarto y a las tres estoy convidado a comer en casa del capitán general. Doctor, si yo fuera vos, iría a suministrar los socorros del arte a mi tía Cabeza de Vaca en el estado crítico en que la ha puesto la trompa del mayor.

Capítulo XX

Completamente restablecido ya el niño de la condesa, había llegado la noche que esta señora había fijado para recibir a María. Algunos tertulianos estaban ya reunidos, cuando Rafael Arias entró precipitadamente.

—Prima—dijo—, vengo a pedirte un favor: si me lo niegas, voy a derechura a echarme de cabeza... en mi cama, bajo pretexto de una jaqueca monstruo.

—¡Jesús!—replicó la condesa—. ¿De qué modo puedo yo evitar tamaña desgracia?

—Vas a saberlo—continuó Rafael—. Ayer he tenido carta de uno de mis camaradas de embajada: el vizconde de Saint Léger.

—Quítale el Saint y el vizconde, y deja Léger pelado—repuso el general.

—Bien—dijo Rafael—; mi amigo, que según el tío no es ni vizconde ni santo, me recomienda a un príncipe italiano.

—¡Un príncipe!, ¡pues ya!—dijo con sorna el general—. ¿Por qué no han de llamarse las cosas por sus nombres? Lo que será es un carbonario, un propagandista, una verdadera plaga. ¿Y de dónde es ese príncipe?

—No lo sé—repuso Rafael—; lo que sé es que la carta dice lo siguiente: «Os agradeceré que hagáis conocer a mi recomendado las mujeres más bellas y amables, las reuniones más escogidas y las antigüedades más notables de la hermosa Sevilla, ese jardín de las Hespérides.»

—Jardín del Alcázar querrá decir—observó la marquesa.

—Es probable—prosiguió Rafael—. Cuando me vi encargado de esta tarea, sin saber a qué santo encomendarme, se me ocurrió la luminosa idea de acudir a mi prima y pedirle licencia para traer al príncipe a su tertulia, porque de este modo podrá conocer las mujeres más bellas y amables, la sociedad más escogida y—añadió en voz baja y señalando con el dedo la mesa del tresillo—las antigüedades más notables de Sevilla.

—Mira que mi madre está ahí—murmuró la condesa echándose a reír a pesar suyo—; eres un insolente.—Y añadió en voz alta—: Tendré mucho gusto en recibirle.

—¡Bien, muy bien!—exclamó el general, barajando violentamente los naipes—¡Mimarlos, abrirles las puertas de par en par, ponerles andadores!; se divertirán a vuestra costa y después se burlarán de vosotros.

—Creed, tío—contestó Rafael—, que tomamos la revancha. Es cierto que se prestan a ello admirablemente. Algunos vienen con el único designio de buscar aventuras, muy persuadidos de que España es la tierra clásica de estos lances. El año pasado tuve uno a cuestas, con esta monomanía. Era un irlandés, pariente de lord W.

—Sí, ¡como yo del Gran Turco!—dijo el general aplicando su muletilla.

—El espíritu del héroe de la Mancha—continuó Rafael—se había apoderado de mi irlandés, a quien llamaré Verde Erín[24] por habérseme olvidado su verdadero nombre. Una tarde nos paseábamos en la plaza del Duque. El cielo se oscureció y estalló de repente una tormenta; yo traté de buscar abrigo, pero él siguió paseando porque tenía gana de experimentar una tormenta española. A las justas observaciones que le hice, de que iba a calarse hasta los huesos, contestó que todo lo que tenía encima era water-proof[25] el sombrero, el gabán, los pantalones, los guantes, las botas, todo. Le abandoné a su suerte.

—¿Es eso creíble, Rafael?—dijo la condesa.

—Es más; es probable—dijo el general—; ningún inglés se va nunca a la cama sin haber hecho una extravagancia.

—Sigue, Rafael, sigue, hijo—suplicó la marquesa—, porque ya preveo que ese temerario va a saber por experiencia propia que no se debe tentar a Dios.

—Pues mi Erín—siguió Rafael—estaba recibiendo el agua como el arca de Noé, cuando cayó un rayo en el árbol bajo el cual se había sentado.

—Vaya, vaya—gritaron todos—, eso es cuento; ¡cosas de Rafael!

—Como soy, que es la verdad—exclamó éste colorado—; informaos, si queréis, de más de cien personas que presenciaron el lance. Aseguro que una acacia entera y verdadera se desplomó sobre mi pobre Erín. Por fortuna estaba colocado de tal manera, que evitó el choque del tronco, pero quedó preso entre las ramas, como un pájaro en la jaula. En vano gritaba, en vano prodigaba el juramento nacional y las ofertas de billetes de banco a los que viniesen a socorrerle. Tuvo que aguantarse en su prisión vegetal casi todo el chubasco. Al fin pasó la tormenta y volvió a salir la gente a la calle. Acudieron en su ayuda; pero la cosa no era tan fácil: hubo que traer sierras y hachas y cortar las ramas más gruesas. A medida que caían las paredes de su calabozo, se iba descubriendo parte por parte la triste figura del hijo de Irlanda. Todos los water-proof habían fato fiasco. Sus brazos y sus cabellos, y las alas del sombrero, pendían tiesos y perpendiculares hacia la tierra. Parecía un navío empavesado en calma chicha. Imaginaos los chistes, las bromas que descargaría sobre el pobre Erín nuestra gente sevillana, tan chusca de suyo y tan burlona. El buen hombre tuvo que pasar no sólo por el susto y el aguacero, sino por una risa homérica, de la que en su tierra no había tenido ni aún idea. Confieso con vergüenza que habiendo vuelto con intención de reunirme a él, no tuve valor y eché a correr.

—¿Y no tuvo más consecuencias ese lance?—preguntó la marquesa—. ¿No le indujo a meditar?

—Ninguna consecuencia tuvo este accidente, ni en el orden físico ni en el moral. Los ingleses tienen siete vidas como los gatos. Lo único que resultó fue destruir su fe en los water-proof. Pero no fue esa la más trágica de las aventuras de mi héroe. Le había traído a España una afición decidida a ladrones: quería verlos a toda costa. El gusto de ser robado era su idea, su capricho, el objeto de su viaje; habría dado diez mil sacos de patatas por ver de cerca a José María en su hermoso traje andaluz y con su botonadura de doblones de a cuatro. Traía ex profeso para él un puñal con mango de oro y un par de pistolas de Mantón.

—¡Armar a nuestros enemigos!—exclamó el general—. Ese es su prurito. ¡Siempre los mismos!

—Queriendo irse a Madrid—continuó Rafael—, y sabiendo que la diligencia tenía el mal gusto de llevar escolta, se decidió a irse en el carro del correo. Todos mis argumentos para disuadirle fueron inútiles. Partió en efecto, y más allá de Córdoba, sus ardientes deseos se realizaron. Encontró ladrones; pero no ladrones de buen tono, no ladrones fashionables como José María, que parecía una ascua de oro, montado en su brioso alazán. Eran ladrones de poco más o menos: pedestres, comunes y vulgares. Ya sabéis lo que es ser vulgar en Inglaterra. No hay apestado, no hay leproso que inspire a un inglés tanto horror como lo que es vulgar. ¡Vulgar! A esta palabra, Albión se cubre de su más espesa neblina; los dandys caen en el spleen más negro; las ladys se llenan de diablos azules[26] las mises sienten bascas, y las modistas se tocan de los nervios. No es extraño, pues, que Erín se creyese degradado, dejándose robar por ladrones vulgares; y así es que se defendió como un león. No defendía, sin embargo, su tesoro, pues me lo había confiado hasta su vuelta, y lo que de él tenía en más estima, consistía en una rama del sauce que cubría el sepulcro de Napoleón, un zapato de raso de una bolera, tamaño como una nuez, y una colección de caricaturas de lord W..., su tío.

—Eso pinta al hombre—dijo el general.

—Pero yo no hago más que charlar—dijo Rafael—. Adiós, prima. Me voy y me quedo.

—¿Y qué? ¿Te vas, dejando al pobre Erín en manos de los ladrones? Es preciso que acabes tu relación—dijo la condesa.

—Pues bien—continuó Rafael—, os diré en dos palabras que los ladrones exasperados le maltrataron y dejaron sin conocimiento, atado a un árbol, donde le halló una pobre vieja, quien hizo le llevasen a su choza y allí le cuidó como una madre durante una enfermedad que le resultó del lance. Yo estuve algún tiempo sin tener noticias suyas; y como se dice vulgarmente que la esperanza era verde y se la comió un borrico, ya iba creyendo que la misma desgracia había acontecido a mi verde Erín, cuando me escribió contándome lo ocurrido. Me encargaba que diese diez mil reales a la mujer que le había salvado y cuidado, sin tener la menor idea de quién podría ser, porque su traje, cuando lo descubrieron, era el mismo con que su madre lo parió. La recompensa era, como veis, decente; porque es menester ser justos; nadie puede negar que los ingleses son generosos. Pero aquí viene Polo con una elegía en los ojos. El príncipe me aguarda. Me voy corriendo, aunque me caiga.

Con esto desapareció.

—¡Jesús!—dijo la marquesa—. Rafael me marea; parece hecho de rabos de lagartijas. Se mueve tanto, gesticula tanto, charla tan sin cesar y tan deprisa, que me quedo en ayunas de la mitad de las cosas que dice.

—Poco pierdes—dijo el general.

—Pues yo—añadió la condesa—querría a Rafael, por lo mucho que me divierte, si no le quisiera ya tanto por lo mucho que vale.

—Aquí tienes, querida Gracia—dijo Eloísa entrando y abrazando a la condesa—, el Viaje de Dumas por el sur de Francia.

La condesa tomó los libros. Polo y Eloísa hicieron una disertación sobre las obras del escritor; disertación de cuya lectura dispensamos al lector, que nos dará gracias por ello.

—¡Pobre Dumas!—dijo la condesa al coronel.

—¡Pobre!—exclamó el coronel—. ¿Pobre llamáis al que es rico y personaje, al que todos festejan, obsequian y aplauden? ¿O será porque algunas veces le critican?

—¿Porque le critican?—respondió la condesa—; no por cierto; yo me tomo algunas veces la libertad de hacerlo. Todo el que se presenta al público, le da ese derecho. No digo pobre al oírle criticar; lo digo al oír algunos elogios que de él hacen.

—¿Y por qué, condesa?, el elogio siempre es lisonjero.

—No podré explicarme bien—dijo la condesa—sino por medio de una comparación, porque no soy elocuente como Eloísa. Hace algún tiempo que vino a vemos una de nuestras parientas de Jerez, mujer muy devota, cuyo marido es muy aficionado a las artes. Lo primero que traté de enseñarles fue, por supuesto, nuestra hermosa catedral. En el camino se nos pegó, sin que pudiésemos deshacernos de él, otro jerezano, hombre muy ordinario, pero riquísimo, y tuvimos que conformarnos con que fuese de nuestra comitiva. Al entrar en aquel sin igual edificio, mi prima alzó la cabeza, cruzó las manos, atravesó con paso acelerado la nave y se arrodilló bañada en lágrimas a los pies del altar mayor. Su marido quedó como arrebatado, sin poder dar un paso adelante. Pero el ricacho exclamó: «¡Buena posesión!, ¡y qué buena bodega haría!» ¿Habéis comprendido mi idea?

—Sin duda—respondió el coronel riéndose—, que un necio elogio es peor que una crítica; ya lo dice la fábula de Iriarte:

Si el sabio no aprueba, ¡malo! Si el necio aplaude, ¡peor!

Pero el cuentecillo tiene su buena dosis de sal y pimienta.—Lo sentiría mucho—dijo la condesa—. Es un recuerdo que he tenido al oír hacer la apología de las obras de Dumas. ¡Tantas exclamaciones vacías y ni siquiera una palabra de elogio para esa historia de la Magdalena y de Lázaro, de la que no puedo leer un renglón sin derramar lágrimas!

—Condesa—dijo el coronel—, si alguna vez viene Dumas a España, me obligo a traerle a vuestros pies para que os dé gracias por el modo que tenéis de juzgar sus obras.

—¿No tendríais gusto en conocerle?

—En general no deja de tener inconvenientes el conocer a escritores de gran mérito.

—¿Y por qué, condesa?

—Porque lo común es que desprestigia al autor. Un amigo mío, persona de mucho talento, decía que los grandes hombres son al revés de las estatuas, porque estas parecen mayores, y aquellos más pequeños, a medida que uno se les acerca.

En cuanto a mí, si alguna vez me meto a autora (lo cual podrá suceder, por aquello de que de poeta y loco todos tenemos un poco), a lo menos tendré la ventaja de que me oirán sin verme, gracias a mi pequeñez, a la escasa brillantez de mi pluma y a la distancia.

—¿Creéis, pues, que el autor ha de ser uno de los héroes de sus ficciones?

—No; pero temería verle desmentir las ideas y los sentimientos que expresa, y entonces se disiparía el encanto, porque al leer lo que me habría arrebatado, no podría apartar de mí la idea de que el hombre lo había escrito con la cabeza y no con el corazón.

—¡Cómo escriben esos franceses!—decía entre tanto Eloísa, resumiendo el mencionado certamen literario.

—¿Qué es lo que no hacen bien esos hijos de la libertad?—repuso Polo.

—Pero señorita—dijo el general—, ¿por qué no leéis libros españoles?

—Porque todo lo español lleva el sello de una estupidez chabacana—respondió Eloísa—. Estamos en todos los ramos y conceptos en un atraso deplorable.

—¿Qué queréis que escriba un escritor culto en este detestable país—añadió Polo algo picado—, si no estamos a la altura de nada y sólo podemos imitar? ¿Cómo hemos de pintar nuestro país y nuestras costumbres, si nada de elegante, de característico ni de bueno hallamos en él?

—A no ser—dijo Eloísa, con remilgada sonrisa—que celebréis con los alemanes el azahar y las naranjas; con los franceses, el bolero, y con los ingleses, el vino de Jerez.

—¡Ah! Eloisita—exclamó entusiasmado Polo—, ese chiste es tan espiritual, que si no es francés, merece serlo.

En lo que decía, plagiaba Polo, según su costumbre, un conocido dicho francés.

Afortunadamente acababan de dar un codillo al general, lo que hizo que no oyese este precioso diálogo.

En este momento entró Rafael con el príncipe: le presentó a la condesa, la cual le recibió con su acostumbrada amabilidad, pero sin levantarse, según el uso español.

El príncipe era alto, delgado; representaba cuarenta y cinco años, y, aunque príncipe, no de muy distinguida persona ni maneras. Con esto se hallaba ya reunida toda la tertulia y todos aguardaban con impaciencia a la cantatriz anunciada, no sin grandes dudas acerca de su mérito.

El mayor Fly se contoneaba en su silla, cerca de las jóvenes, distribuyéndolas miradas tan homicidas como los botonazos de su florete. Sir John tenía fijo su lente en Rita, la cual no lo notaba. El barón, sentado cerca de un oidor viejo, le preguntaba si los moros blanqueaban sus casas con cal.

—Carezco de datos para responderos—contestó el magistrado—. Es punto que no ha merecido llamar la atención de Zúñiga, Ponz, don Antonio Morales ni Rodrigo Caro.

«¡Qué ignorante!», pensaba el barón.

«¡Qué pregunta tan tonta!», pensaba el oidor.

—Tenéis una prima lindísima—dijo el príncipe a Rafael.

—Sí—respondió este—, es una Ondina de agua de rosa, a quien si el amor no dio un alma, en cambio se la dio un ángel.[27]

—¿Y ese general que está jugando y que tiene un aspecto tan distinguido?

—Es el Néstor retirado del Ejército. No tenéis en Pompeya una antigüedad mejor conservada.

—¿Y la señora con quien juega?

—Su hermana, la marquesa de Guadalcanal, una especie de Escorial; es un sólido compuesto de sentimientos monárquicos y monacales, con un corazón, panteón de reyes sin trono.

En esto se oyó un gran ruido. Era el mayor, que al levantarse para ir a reunirse con Rafael, había echado a rodar una maceta.

—El mayor—dijo Rafael—anuncia su llegada. Sin duda viene a suspirar como un órgano, por el poco caso que de él hacen las damas.

—Serán delicadas de gusto—repuso el príncipe—, pues el mayor tiene una hermosa figura.

—No digo que no—dijo Rafael—; es el más bello Sansón del mundo; pero, en primer lugar, tiene una Dalila que va a ser muy en breve legítima (gracias a los millones que ha ganado su padre con el té y con el opio). Ella le aguarda entre las nieblas de su isla, mientras que él se recrea bajo el hermoso cielo andaluz. Además, príncipe, los extranjeros que vienen a España, tienen la preocupación de contar entre los goces que se proponen disfrutar, esto es, el buen clima, los toros, las naranjas y el bolero, las conquistas amorosas; y muchas veces se llevan chasco. ¡Cuántas quejas he oído yo de los que entraron como Césares y salieron como Daríos!

Entre tanto, el barón se había acercado a las mesas y veía jugar.

—La señora—dijo, hablando con la marquesa—es la madre...

—De mi hija, sí, señor—respondió la marquesa.

Rita lanzó una de sus carcajadas repentinas.

—Barón—dijo la condesa, cuyo sofá estaba cerca de la mesa del juego—, ¿sois aficionado a la música?

—Sí, señora—respondió el barón—. La admiro y la venero; es decir, la música profunda, sabia, seria; la música filosófica, como la han entendido Haydn, Mozart y Beethoven.

—¿Qué está diciendo?—preguntó el general a Rafael, que se había acercado para saludar a Rita—¡Música seria y sabia! ¡La filosofía del taralá! ¿Cómo pueden decirse tamaños desatinos delante de gentes sensatas? Yo creía que los franceses no gustaban más que de romances y de contradanzas.

—¿Qué queréis, tío?—respondió Arias—. Los silfos de los jardines de Lutecia se han convertido en gnomos teutónicos de la Selva Negra.

—No por eso son más amables—añadió la marquesa.

Rafael, huyendo del mayor, se intercaló en los grupos que formaban los tertulianos. Llegó al de las jóvenes, algunas de las cuales eran sus parientas. Entre ellas tenía gran partido, pero viendo que no les hacía caso por atender a sus recomendados, se habían conjurado contra él y querían vengarse. Apenas se les acercó, cuando todas quedaron de repente graves y silenciosas.

—¿Si me habré convertido yo, sin saberlo, en cabeza de Medusa?—dijo Arias.

—¡Ah!, ¿eres tú?—dijo una de las conspiradoras.

—Me parece que sí, Clarita—respondió Rafael.

—Es que hace tanto tiempo que no te veo, que ya te desconocía. Me parece que estás avejentado. ¿Cómo has podido separarte de tus extranjeros?

—¡Míos!—repuso Arias—, renuncio la propiedad, Y en cuanto a haber envejecido, cuando yo nací, Clarita, era ya el siglo mayor de edad; por consiguiente, ajusta la cuenta.

—Serán los afanes y fatigas que te dan tus recomendados los que te han puesto viejo.

—Hay quien dice—añadió otra muchacha—que los extranjeros están haciendo una suscripción para levantarte una estatua.

—Y que la reina te va a crear Marqués de Itálica[28]—dijo otra.

—Y que están gastadas las losas del Alcázar con tus botas.

—Y que el San Félix de Murillo te conoce de vista, y te da la bendición cuando te ve llegar con un nuevo admirador.

—Señoritas—exclamó Rafael—, ¿es esta una declaración de guerra, una conspiración? ¿En qué quedamos?

Entonces siguieron todas interpelándole como un fuego graneado.

—¡Jesús, Arias, oléis a carbón de piedra! Rafael, mira que cuando hablas, tienes dejo. Arias, se os ha pegado el desgavilo. Arias, te vas volviendo rubio. Rafael, cántale al barón:

Cuando el rey de Francia toca el violín, dicen los franceses Uí, uí, Uí, Uí, uí.

—Arias—dijo Polo—, parecéis un oso en medio de un enjambre de abejas.

—La comparación—respondió Arias—no es muy poética, para ser de un discípulo de las nueve solteronas. Apolo recusará ser tocayo vuestro. Pero quedaos como la rosa entre estas abejas, prodigándoles los raudales de vuestra miel hiblea, mientras yo voy por un paraguas que me preserve del aguacero.

En este momento, los tertulianos, que estaban reunidos junto a la puerta del patio, hicieron calle para dejar entrar a María, a quien el duque conducía por la mano; Stein los seguía.

Capítulo XXI

María, dirigida en su tocador por los consejos de su patrona, se presentó malísimamente pergeñada. Un vestido de foulard demasiado corto, y matizado de los más extravagantes colores; un peinado sin gracia, adornado con cintas encarnadas muy tiesas; una mantilla de tul blanco y azulado guarnecida de encaje catalán, que la hacía parecer más morena: tal era el adorno de su persona, que necesariamente debía causar, y causó, mal efecto.

La condesa dio algunos pasos para salir a su encuentro. Al pasar junto a Rafael, este le dijo al oído, aplicando las palabras de la fábula del cuervo de De la Fontaine:

—Si el gorjeo es como la pluma, es el fénix de estas selvas.

—¡Cuánto tenemos que agradeceros—dijo la condesa a María—vuestra bondad en venir a satisfacer el deseo que teníamos de oíros! ¡El duque os ha celebrado tanto!

María, sin responder una palabra, se dejó conducir por la condesa a un sillón colocado entre el piano y el sofá.

Rita, para estar más cerca de ella, había dejado su puesto ordinario y colocádose junto a Eloísa.

—¡Jesús!—dijo al ver a María—, si es más negra que una morcilla extremeña.

—No parece—añadió Eloísa—sino que la ha vestido el mismísimo enemigo. Parece un Judas de Sábado Santo. ¿Qué os parece, Rafael?

—Aquella arruga que tiene en el entrecejo—respondió Arias—le da todo el aspecto de un unicornio.

Entre tanto, María no descubrió el menor síntoma de cortedad ni de encogimiento en presencia de una reunión tan numerosa y tan lucida; ni se desmintieron un solo instante su inalterable calma y aplomo. Con la ojeada investigadora y penetrante, con la comprensión viva y con el tino exacto de las españolas, diez minutos le bastaron para observar y juzgarlo todo.

«Ya estoy—decía en sus adentros y dándose cuenta de sus observaciones—. La condesa es buena y desea que me luzca. Las jóvenes elegantes se burlan de mí y de mi compostura, que debe ser espantosa. Para los extranjeros, que me están echando el lente con desdén, soy una Doña Simplicia de aldea; para los viejos, soy cero. Los otros se quedan neutrales, tanto por consideración al duque que es mi patrón, y lo entiende, como para lanzarse después a la alabanza o la censura, según la opinión se pronuncie en pro o en contra.»

Durante todo este tiempo, la buena y amable condesa, hacía cuantos esfuerzos le eran posibles para ligar conversación con María; pero el laconismo de sus respuestas frustraba sus buenas intenciones.

—¿Os gusta mucho Sevilla?—le preguntó la condesa.

—Bastante—respondió María.

—¿Y qué os parece la catedral?

—Demasiado grande.

—¿Y nuestros hermosos paseos?

—Demasiado chicos.

—Entonces, ¿qué es lo que más os ha gustado?

—Los toros.

Aquí se paró la conversación.

Al cabo de diez minutos de silencio, la condesa le dijo:

—¿Me permitís que ruegue a vuestro marido que se ponga al piano?

—Cuando gustéis—respondió María.

Stein se sentó al piano. María se puso en pie a su lado, habiéndola llevado por la mano el duque.

—¿Tiemblas, María?—le preguntó Stein.

—¿Y por qué he de temblar yo?—contestó María.

Todos callaron.

Observábanse diversas impresiones en las fisonomías de los concurrentes. En la mayor parte, la curiosidad y la sorpresa; en la condesa, un interés bondadoso; en las mesas de juego, o, como decía Rafael, en la cámara alta, la más completa indiferencia.

El príncipe se sonreía con desdén.

El mayor abría los ojos, como si pudiera oír por ellos.

El barón cerraba los suyos.

El coronel bostezaba.

Sir John se aprovechó de aquel intervalo para quitarse el lente y frotarlo con el pañuelo.

Rafael se escapó al jardín para echar un cigarro.

Stein tocó sin floreos ni afectación el ritornelo de Casta Diva. Pero apenas se alzó la voz de María, pura, tranquila, suave y poderosa, cuando pareció que la vara de un conjurador había tocado a todos los concurrentes. En todos los rostros se pintó y se fijó una expresión de admiración y de sorpresa.

El príncipe lanzó involuntariamente una exclamación.

Cuando acabó de cantar, una borrasca de aplausos estalló unánimemente en toda la tertulia. La condesa dio el ejemplo, palmoteando con sus delicadas manos.

—¡Válgame Dios!—exclamó el general, tapándose los oídos—. No parece sino que estamos en la plaza de toros.

—Déjalos, León—dijo la marquesa—; déjalos que se diviertan. Peor fuera que estuvieran murmurando del prójimo.

Stein hacía cortesías hacia todos lados. María volvió a su asiento, tan fría, tan impasible como de él se había levantado.

Cantó después unas variaciones verdaderamente diabólicas, en que la melodía quedaba oscurecida en medio de una intrincada y difícil complicación de floreos, trinos y volatas. Las desempeñó con admirable facilidad, sin esfuerzo, sin violencia, y causando cada vez más admiración.

—Condesa—dijo el duque—, el príncipe desea oír algunas canciones españolas, que le han celebrado mucho. María sobresale en este género. ¿Queréis proporcionarle una guitarra?

—Con mucho gusto—respondió la condesa.

Al punto fue satisfecho su deseo.

Rafael se había colocado junto a Rita, habiendo instalado al mayor al lado de Eloísa. Esta procuraba persuadir al inglés de que las españolas se iban poniendo al nivel de las extranjeras, en cuanto a tierna afectación y artificio, porque ya se sabe que los que imitan servilmente, lo que copian siempre mejor son los defectos.

—¡Qué ojos tiene!—decía Rafael a su prima—. ¡Qué bien guarnecidos de grandes y negras pestañas! Tienen el color y el atractivo del imán.

—Tú sí que eres un imán para los extranjeros—respondió Rita—. ¿Por qué has colocado al mayor cerca de Eloísa? Escucha las simplezas que le está diciendo. Te advierto, primo, que vas adquiriendo la facha y el garbo de un Diccionario.

—¡Dale y más dale!—exclamó Rafael, descargando un golpe a puño cerrado en el brazo del sillón—. No se trata de eso, Rita; se trata del amor que te tengo y que durará eternamente. Ningún hombre ama en toda su vida más que a una mujer, en efectivo. Las otras se aman en papel.

—Ya lo sé—dijo Rita—. Bastantes veces me lo ha repetido Luis. Pero ¿sabes lo que digo? Que te vas volviendo un cansadísimo reloj de repetición.

—¿Qué significa esto?—gritó Eloísa, viendo que traían la guitarra.

—Parece que vamos a tener canciones españolas—dijo Rita—, y me alegro infinito. Esas sí que animan y divierten.

—¡Canciones españolas!—clamó Eloísa, indignada—. ¡Qué horror! Eso es bueno para el pueblo; no para una sociedad de buen tono. ¿En qué está pensando Gracia? Ved por qué los extranjeros dicen con tanta razón que estamos atrasados: porque no queremos amoldar nuestros modales y nuestras aficiones a las suyas; porque nos hemos empestillado en comer a las tres y no queremos persuadirnos, que todo lo español es ganso a nativitate.

—Pero—dijo el mayor en mal español—, creo que hacen muy bien, indeed, en ser lo que son.

—Si es esto un cumplimiento—respondió enfáticamente Eloísa—, es tan exagerado que más bien parece burla.

—Ese señor italiano—dijo Rita—es el que ha pedido canciones españolas. Es aficionado y lo entiende; conque es prueba de que merecen ser oídas.

—Eloísa—añadió Rafael—, las barcarolas, las tirolesas, el ranz des vaches, son canciones populares de otros países. ¿Por qué no han de tener nuestras boleras y otras tonadas del país el privilegio de entrar en la sociedad de la gente decente?

—Porque son más vulgares—contestó Eloísa.

Rafael se encogió de hombros; Rita soltó una de sus carcajadas; el mayor se quedó en ayunas.

Eloísa se levantó, pretextó una jaqueca y se salió acompañada de su madre, a quien iba diciendo:

—Sépase a lo menos que hay señoritas en España bastante finas y delicadas para huir de semejantes chocarrerías.

—¡Qué desgraciado será el Abelardo de esa Eloísa!—dijo Rafael al verla salir.

María, además de su hermosa voz y de su excelente método, tenía, como hija del pueblo, la ciencia infusa de los cantos andaluces, y aquella gracia que no puede comprender y de que no puede gozar un extranjero, sino después de una larga residencia en España y sólo identificándose, por decirlo así, con la índole nacional. En esta música, así como en los bailes, hay una abundancia de inspiración, un atractivo tan poderoso, tal serie de sorpresas, quejas, estallidos de gozo, desfallecimientos, muestras de despego y atracción; una cierta cosa que se entiende y no se explica; y todo esto tan determinado, tan arreglado al compás, tan arrullado, si es lícito decirlo así, por la voz en el canto y por los movimientos en el baile; la exaltación y la languidez se suceden tan rápidamente, que suspenden, embriagan y cautivan al auditorio.

Así es que, cuando María tomó la guitarra y se puso a cantar:

Si me pierdo, que me busquen al lado del Mediodía, Donde nacen las morenas, y donde la sal se cría,

la admiración se convirtió en entusiasmo. La gente joven llevaba el compás con palmadas, repitiendo bien, bien, como para animar a la cantaora. Los naipes se cayeron de las manos de los formales jugadores; el mayor quiso imitar el ejemplo general, y se puso también a palmotear sin ton ni son. Sir John afirmó que aquello era mejor que el God save the Queen. Pero el gran triunfo de la música nacional fue que el entrecejo del general se desarrugó.

—¿Te acuerdas, hermano—le preguntó la marquesa sonriéndose—, cuando cantábamos el zorongo y el trípoli?

—¿Qué cosas son zorongo y trípoli?—preguntó el barón a Rafael.

—Son—respondió—los progenitores del sereni, de la cachucha, y abuelos de la jaca de terciopelo, del vito y de otras canciones del día.

Esas peculiaridades del canto y del baile nacional de que hemos hablado, podrían parecer de mal gusto y lo serían ciertamente en otros países. Para entregarse sin reserva a las impresiones que llevan consigo nuestras tonadas y nuestros bailes, es preciso un carácter como el nuestro; es preciso que la grosería y la vulgaridad sean, como lo son en este país, dos cosas desconocidas; dos cosas que no existen. Un español puede ser insolente; pero rara vez grosero, porque es contra su natural. Vive siempre a sus anchas, siguiendo su inspiración, que suele ser acertada y fina. He aquí lo que da al español, aunque su educación se haya descuidado, esa naturalidad fina, esa elegante franqueza que hace tan agradable su trato.

María salió de casa de la condesa tan pálida e impasible como en ella había entrado.

Cuando la condesa quedó sola con los suyos, dijo con aire de triunfo a Rafael:

—Y ahora, ¿qué dices, mi querido primo?

—Digo—contestó Rafael—que el gorjeo es mejor que la pluma.

—¡Qué ojos!—exclamó la condesa.

—Parecen—dijo Rafael—dos brillantes negros en un estuche de cuero de Rusia.

—Es grave—dijo la condesa—; pero no engreída.

—Y tímida—siguió Rafael—, como una manola de Lavapies.

—Pero ¡qué voz!—añadió la condesa—. ¡Qué divina voz!

—Será preciso—dijo Rafael—grabar en su tumba el epitafio que los portugueses hicieron para su célebre cantor Madureira.

Aqui yaz ó senhor de Madureira, o melhor cantor do mundo: que morreu porque Deus quiseira, que si non quiseira naon morreira; e por que lo necesitó nasua capella, díjole Deus: canta. ¡Cantou cosa bella! Dijo Deus á os anjos: id vos á pradeira, Que melhor canta ó senhor de Madureira.

—Rafael—dijo la condesa—, mofador eterno, ¿quién se escapa de tus tijeras? Voy a mandar hacer tu retrato en figura de pájaro burlón, como se ha hecho el de Paul de Kock en forma de gallo.

—De esa suerte—repuso Rafael al irse—haré una Arpía masculina, lo cual tendrá la ventaja de que se pueda propagar la casta.

Capítulo XXII

Había pasado el verano y era llegado septiembre; los días conservaban aún el calor del verano, pero las noches eran ya largas y frescas. Serían las nueve y aún no había en la tertulia de la condesa sino las personas más allegadas y de mayor confianza, cuando entró Eloísa.

—Toma asiento en el sofá, a mi lado—le dijo la dueña de la casa.

—Te lo agradezco, Gracia; pero vuestros sofás de aquí, son muebles rellenos de estopas o crin: son de lo más duro e inconfortable que darse puede.

—Así son más frescos, hija mía—dijo Rita, a cuyo lado se había sentado Eloísa en una estudiada postura.

—¿Sabéis lo que se dice?—dijo a esta última el poeta Polo, jugando con su guante amarillo y extendiendo la pierna para lucir un lindo calzado de charol—. Se dice que nombran a Arias mayor de la plaza; pero lo creo un solemne puff.

—Cosas de lugarón, de poblachón, de villorro como es este—repuso remilgadamente Eloísa—. Rafael merece mejor. Es un hombre muy espiritual, un joven muy Fashionable y un bravo militar.

—¿Qué estáis diciendo, señorita?—preguntó el general, que absorto escuchaba la conversación de los dos jóvenes de buen tono.

—Digo, señor, que vuestro sobrino es un bravo oficial.

—¿Y qué queréis decir con eso?

—Señor, lo que dice su hoja de servicio y repiten todos los que lo conocen; que se ha distinguido en la guerra como un hombre de honor.

—Pues... si lo habéis querido decir, ¿por qué no lo habéis dicho?, según la célebre expresión de don Juan Nicasio Gallego, el cual, así como el duque de Rivas, Quintana, Bretón, Martínez de la Rosa, Hartzenbusch y otros muchos, han cometido la pifia de ser hombres eminentes y poetas de primer rango sin dejar de ser españoles en la forma ni en la esencia. ¿Habéis por ventura querido decir valiente?

—Pues es claro, general, ¿acaso no lo he dicho?

—No, señorita—dijo impaciente el general—, lo que habéis dicho es bravo, epíteto que sólo he oído aplicar a los toros montaraces y a los indios salvajes para ponderar su brutal fiereza. No usáis a fe mía, tal palabra, por falta de voces adecuadas al caso, pues además de valiente, tenéis puestas en uso otras muchas, como son: bizarro, valeroso, denodado.

—Jesús, señor, esas son voces anticuadas, muy vulgares y muy gansas; es preciso admitir las que introduce la elegancia y el buen tono, pésele al Diccionario y a sus ramplones compiladores y secuaces.

—¡Hay paciencia para esto!—exclamó el general tirando los naipes.

—¿Qué es lo que exalta de esta suerte la bilis de nuestro tío?—preguntó Rafael, que había entrado, a su prima Rita.

—La noticia que corre.

—¿Qué noticia?

—Que te nombran mayor de plaza y lo ha tomado por una ironía.

—Tiene razón; yo no puedo aspirar a más dictado que al más chico de la plaza. Pero traigo una noticia que puede aspirar con razón a la primera categoría.

—¿Una noticia? Una noticia es un patrimonio de todos. Así, suéltala pronto.

—Pues han de saber ustedes—dijo Rafael levantando la voz—que la Grisi de Villamar está ajustada para salir a las tablas a lucir su voz.

—¡Oh!, ¡qué felicidad!—exclamó Eloísa—, el que algún evento notable saque a esta monótona Sevilla del carril rutinario en que vegeta desde que San Fernando la fundó.

—La conquistó—le dijo por lo bajo su simpático amigo Polo.

Pero Eloísa, sin atenderle, prosiguió:

—¿En qué ópera hará su debut?

—¿Pues qué, se ha ajustado para salir a las tablas de Bu?—preguntó la marquesa.

—Sí, tía—respondió Rafael—, y Stein de cancón es una pieza compuesta expresamente para ambos.

—¡Tales cosas!—exclamó la buena señora.

—Madre, ¿no echáis de ver que Rafael se está chanceando, según su loable e inveterada costumbre?—dijo la condesa.

—Desde que se ha dado La pata de cabra, ningún título de piezas teatrales me sorprende—repuso la marquesa; y desde que se han representado la Lucrecia, Ángela, Antony y Carlos el Hechizado, no hay argumento que se me haga increíble.

—Como el teatro es la escuela de las costumbres—dijo con ironía el general—, lo ponen al nivel de las que quieren introducir.

—¡Qué bien opinan los franceses, cuando dicen que pasados los Pirineos empieza el África!—decía entre tanto a media voz Eloísa a Polo.

—Desde que ellos ocupan parte del litoral—repuso este—ya no lo dicen; sería hacernos demasiado favor.

Eloísa sofocó una carcajada en su diminuto pañuelo guarnecido de encaje.

—Aquellos están conspirando—dijo Rita a Rafael—. Polo tiene una máquina infernal entre sus gafas y sus ojos, y Eloísa esconde en el pañuelo que lleva a la boca, una asonada en escabeche de almizcle contra la pícara estacionaria España.

—¡Ca!, no son conspiradores—repuso Rafael.

—¿Pues qué son, máquina infernal de contradicción?

—Son...; yo te lo diré para que los juzgues en toda su altura.

—Acaba, pesado.

—Son—dijo solemnemente Rafael—regeneradores incomprendidos.

Algunas noches después de esta escena, las vastas galerías de la casa de la condesa estaban desiertas. No se veían allí más figuras que las del antiguo testamento, como Arias llamaba a los jugadores de tresillo.

—¡Cómo tardan!—dijo la marquesa—. Las once y media y todavía no parecen.

—El tiempo—dijo su hermano—no parece largo a los filarmónicos, cuando están en la ópera pasmándose de gusto como unos panarras.

—¿Quién había de pensar—continuó la marquesa que esa mujer tendría los estudios y el valor necesarios para salir tan pronto a las tablas?

—En cuanto a los estudios—dijo el general—, una vez que se sabe cantar no se necesita tantos como tú crees.

En cuanto al valor, no quisiera más que un regimiento de granaderos por ese estilo, para asaltar a Numancia o Zaragoza.

—Contaré a ustedes lo que ha pasado—dijo entonces uno de los concurrentes—. Cuando llegó, hace tres meses, esta compañía italiana, nuestra prima donna futura tomó por temporada uno de los palcos más próximos al tablado. No faltó a una sola representación y aun logró asistir a los ensayos. El duque consiguió de la primera cantatriz que la diese algunas lecciones, y después, del empresario, que la ajustase en su compañía. Pero el ajuste a que se prestó el empresario, fue en calidad de segunda; propuesta que fue arrogantemente desechada por ella. Por una de aquellas casualidades que favorecen siempre a los osados, la prima donna cayó peligrosamente enferma y la protegida del duque se ofreció a reemplazarla. Veremos qué tal sale de este empeño.

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