Fernán Caballero (continued 3)
Reading edition
AL RETIRO
(Traducido del poeta alemán Salis.)
En la suave sombra del retiro hallé la paz, la paz que a un mismo tiempo nos ablanda y fortalece, y que mira tranquila los golpes de la suerte como el santo mira los sepulcros.
¡Dulce olvido de la marcha del tiempo, suave alejamiento de los hombres, que llevas a amarlos más que su trato!, tú sacas blandamente de la herida el dardo que en el alma clavó la injusticia.
Aquel que tolera y aprecia, aquel que exige mucho de sí mismo y poco de los demás, para este brotan las más suaves hojas del olivo, con las que coronará la moderación su frente.
En cuanto a mí, corono a mis Penates con loto,[18] y los cuidados por el porvenir no se acercan a mis umbrales, pues el hombre cuerdo concreta su felicidad a un estrecho círculo.
—María—dijo Stein cuando esta hubo acabado la lectura—, tú, que no conoces al mundo, no puedes graduar cuánta y qué profunda verdad hay en estos versos y cuánta filosofía. ¿Te acuerdas que te expliqué lo que era filosofía?
—Sí, señor—respondió María—, la ciencia de ser feliz. Pero en eso, señor, no hay reglas ni ciencia que valga; cada cual entiende el modo de serlo a su manera. Don Modesto, en que le pongan cañones a su fuerte, tan ruinoso como él. Fray Gabriel, en que le vuelvan su convento, su prior y sus campanas; tía María, en que usted no se vaya; mi padre en coger una corbina, y Momo, en hacer todo el mal que pueda.
Stein se echó a reír, y poniendo cariñosamente su mano sobre el hombro de María:
—¿Y tú—le dijo—en qué la haces consistir?
María vaciló un momento sobre lo que había de contestar, levantó sus grandes ojos, miró a Stein, los volvió a bajar, miró de soslayo a Momo, se sonrió en sus adentros al verle las orejas más coloradas que un tomate y contestó al fin.
—¿Y usted, don Federico, en qué la haría consistir?, ¿en irse a su tierra?
—No—respondió Stein.
—¿Pues en qué?—prosiguió preguntando María.
—Yo te lo diré, ruiseñor mío—respondió Stein—; pero antes dime tú en qué harías consistir la tuya.
—En oír siempre tocar a usted—respondió María con sinceridad.
En este momento, salió la tía María de la cocina con la buena intención de meter el palo en candela; sucediéndole lo que a muchos, que por un exceso de celo entorpecen las mismas cosas que desean.
—¿No ve usted, don Federico—le dijo—, qué guapa moza está Marisalada y qué corpachón ha echado?
Momo, al oír a su abuela, murmuró guillotinando una sardina:
—¡Idéntica a la caña de pescar de su padre!, con unas piernas y brazos que le dan el garbo de un cigarrón, tan alta y tan seca, que haría buena tranca para mi puerta, ¡jui!
—Anda, desaborido, rechoncho, que pareces una col sin troncho—repuso la Gaviota a media voz.
—Sí, sí—respondió Stein a la tía María—; es bella, sus ojos son el tipo de los tan nombrados de los árabes.
—Parecen dos erizos y cada mirada una púa—gruñó Momo.
—¿Y esta boca tan hermosa que canta como un serafín?—prosiguió la tía María, tomando la cara a su protegida.
—¡Vea usted!—dijo Momo—, una boca como una espuerta, que echa fuera sapos y culebras.
—¿Y tu jeta?—dijo María con una rabia, que esta vez no pudo contener—, ¿y tu jeta espantosa, que no ha llegado de oreja a oreja, porque tu cara es tan ancha que se cansó a medio camino?
Momo, en respuesta, cantó en tres tonos diferentes.
—¡Gaviota! ¡Gaviota! ¡Gaviota!
—¡Romo! ¡Romo! ¡Romo!, chato, nariz de rabadilla de pato—cantó María con su magnífica voz.
—¿Es posible, Mariquita—le dijo Stein—, que hagas caso de lo que dice Momo sólo por molerte? Son sus bromas tontas y groseras, pero sin malicia.
—Alguna de la que a él le sobra, le hace falta a usted, don Federico—respondió María—. Y para que usted lo sepa, no me da la gana de aguantar a ese zopenco, más rudo que un canto, más bronco que un escambrón y más áspero que un cuero sin curtir. Así, me voy.
Diciendo esto, se salió la Gaviota y Stein la siguió.
—Eres un desvergonzado—dijo la tía María a su nieto—; tienes más hiel en tu corazón, que buena sangre en tus venas: ¡a las faldas se las respeta, ganso! Pero en todo el lugar hay otro más díscolo ni más desamoretado que tú.
—¡Como está usted hecha a la finura de esa pilla de playa—respondió Momo—, que me ha puesto las orejas como usted las ve, le parecen a usted los demás bastos! El demonio que acierte de qué hechizo se ha valido esa agua-mala[19] para cortarle a usted y a don Federico el ombligo. ¡Mire usted una gaviota leía y escribía!... ¿Quién ha visto eso? Así es que esa gran jaragana, que no se cuida de otra cosa en todo el día, sino de hacer gorgoritos como el agua al fuego, ni le guisa la comida a su padre, que tiene que guisársela él mismo, ni le cuida la ropa; de manera que tiene usted que cuidársela. Pero su padre, don Federico, y usted no saben dónde ponerla, y querían que Su Santidad la santificara. ¡Ella dará el pago!, ¡ella dará el pago!, y si no, ¡al tiempo! Cría cuervos...
Stein había alcanzado a Marisalada y le decía:
—¿De qué sirve, Mariquita, cuanto he procurado ilustrar tu entendimiento, si no has llegado siquiera a adquirir la poca superioridad necesaria para sobreponerte a necedades sin valor ni importancia?
—Oiga usted, don Federico—contestó María—, yo entiendo que la superioridad me ha de valer para que por ella me tengan en más, y no en menos.
—Válgame Dios, María, ¿es posible que así trueques los frenos? La superioridad enseña cabalmente a no engreírse con lauros y a no rebelarse contra injusticias. Pero esas son—añadió riéndose—cosas de tu edad casi infantil y de tu efervescente sangre meridional. Tú habrás aprendido, cuando tengas canas como yo, el poco valor de esas cosas. ¿Has notado que tengo canas, María?
—Sí—respondió esta.
—Pues mira, bien joven soy; pero el sufrir madura pronto la cabeza. Mi corazón ha quedado joven, María; y te ofrecería flores de primavera si no temiese te asustasen las tristes señales de invierno que ciñen mi frente.
—Verdad es—respondió María (que no pudo contener su natural impulso)—que un novio con canas, no pega.
—¡Bien lo pensé así!—dijo Stein con tristeza—; mi corazón es leal y la tía María se engañó cuando al asegurarme posible la felicidad, hizo nacer en él esperanzas, como nace la flor del aire, sin raíces y sólo al soplo de la brisa.
María, que echó de ver que había rechazado con su aspereza a un alma demasiado delicada para insistir y a un hombre bastante modesto para persuadirse de que aquella sola objeción bastaba para anular sus demás ventajas, dijo precipitadamente:
—Si un novio con canas no pega, un marido con canas no asusta.
Stein quedó sumamente sorprendido de esta brusca salida, y aún más, de la decisión e impasibilidad con que se hacía. Luego, se sonrió y la dijo:
—¿Te casarías, pues, conmigo, bella hija de la naturaleza?
—¿Por qué no?—respondió la Gaviota.
—María—dijo conmovido Stein—, la que admite a un hombre para marido y se aviene a unirse a él para toda la vida, o mejor dicho, a hacer de dos vidas una, como en una antorcha dos pábilos forman una misma llama, le favorece más, que la que le acoge por amante.
—¿Y para qué sirven—dijo María con mezcla de inocencia y de indiferencia—los peladeros de pava en la reja?, ¿a qué sirven los guitarreos, si tocan y cantan mal, sino para ahuyentar los gatos?
Habían llegado a la playa y Stein suplicó a María se sentase a su lado, sobre unas rocas. Callaron largo rato: Stein estaba profundamente conmovido; María, aburrida, había tomado una varita y dibujaba con ella figuras en la arena.
—¡Cómo habla la naturaleza al corazón del hombre!—dijo al fin Stein—; ¡qué simpatía une a todo lo que Dios ha creado! Una vida pura es como un día sereno; una vida de pasiones desenfrenadas es como un día de tormenta. Mira esas nubes, que llegan lentas y oscuras, a interponerse entre el sol y la tierra: son como el deber, que se interpone entre el corazón y un amor ilícito, dejando caer sobre el primero sus frías pero claras y puras emanaciones. ¡Dichoso el terreno sobre el que no resbalan! Pero nuestra felicidad será inalterable como el cielo de mayo, porque tú me querrás siempre, ¿no es verdad, María?
María, en cuya alma tosca y áspera no experimentaba la poesía ni hacia los sentimientos ascéticos de Stein, no tenía ganas de responder; pero como tampoco podía dejar de hacerlo, escribió en la arena con la varita, con que distraía su ocio, la palabra «¡Siempre!»
Stein tomó el fastidio por modestia y prosiguió conmovido:
—Mira la mar: ¿oyes cómo murmuran sus olas con una voz tan llena de encanto y de terror? Parecen murmurar graves secretos en una lengua desconocida. Las olas son, María, aquellas sirenas seductoras y terribles, en cuya creación fantástica las personificó la florida imaginación de los griegos: seres bellos y sin corazón, tan seductores como terribles, que atraían al hombre con tan dulces voces para perderle. Pero tú, María, no atraes con tu dulce voz, para pagar con ingratitud; no: tú serás la sirena en la atracción, pero no en la perfidia. ¿No es verdad, María, que nunca serás ingrata?
«¡Nunca!», escribió María en la arena; y las olas se divertían en borrar las palabras que escribía María, como para parodiar el poder de los días, olas del tiempo, que van borrando en el corazón, cual ellas en la arena, lo que se asegura tener grabado en él para siempre.
—¿Por qué no me respondes con tu dulce voz?—dijo Stein a María.
—¿Qué quiere usted, don Federico?—contestó esta—. Se me anuda la garganta para decirle a un hombre que lo quiero. Soy seca y descastada, como dice la tía María, que no por eso deja de quererme; cada uno es como Dios lo ha hecho. Soy como mi padre; palabras, pocas.
—Pues si eres como tu padre, nada más deseo, porque el buen tío Pedro—diré mi padre, María—tiene el corazón más amante que abrigó pecho humano. Corazones como el suyo sólo laten en los diáfanos pechos de los ángeles y en los de los hombres selectos.
«¡Selecto mi padre!—dijo para sí María, pudiendo apenas contener una sonrisa burlona—. ¡Anda con Dios!, más vale que así le parezca.»
—Mira, María—dijo Stein acercándose a ella—; ofrezcamos a Dios nuestro amor puro y santo; prometámosle hacerlo grato con la fidelidad en el cumplimiento de todos los deberes que impone, cuando está consagrado en sus aras; y deja que te abrace como a mi mujer y a mi compañera.
—¡Eso no!—dijo María dando un rápido salto atrás y arrugando el entrecejo—, ¡a mí no me toca nadie!
—Bien está, mi bella esquiva—repuso Stein con dulzura—; respeto todas las delicadezas y me someto a todas tus voluntades. ¿No es acaso, como dice uno de vuestros antiguos y divinos poetas, la mayor de las felicidades la de obedecer amando?
Capítulo XIII
El agradecimiento que sentía el pescador hacia el que había salvado a su hija, se había convertido al verle tan interesado por ella en una amistad exaltada, que sólo podía compararse a la admiración que excitaban en él las grandes prendas que adornaban a Stein. Grande fue igualmente el regocijo que causó la noticia del casamiento de Stein en todas las personas que le conocían y le amaban.
Así fue que cuando se le ofreció por yerno, el buen padre enmudeció, profundamente conmovido por el gozo que sintió en su corazón, y sólo suplicó a Stein cogiéndole la mano, que por Dios se quedasen a vivir en la choza; en lo que consintió Stein de mil amores. Entonces el pescador pareció recobrar las fuerzas y la agilidad de su juventud, para emplearlas en mejorar, asear y primorear su habitación. Despejó el pequeño desván, al que se retiró, dejando los cuartitos del segundo piso para sus hijos. Enlució las paredes, las enjalbegó, aplanó el suelo y le cubrió después con una primorosa estera de palma, que al efecto tejió, encargando a la tía María el sencillo ajuar correspondiente.
Desde que se conocieron el tosco marinero y el ilustrado estudiante, habían congeniado, porque las personas de buenos y análogos sentimientos sienten tal atracción cuando se ponen en contacto, que venciendo las distancias, desde luego se saludan hermanas.
De puro gozo, la tía María no pudo dormir en tres noches seguidas. Pronosticó, que puesto que don Federico iba a residir en aquel país, ninguno de sus habitantes moriría sino de viejo.
Fray Gabriel se manifestó tan contento de aquella resolución, y sobre todo de ver a la tía María tan alegre, que abundando en los sentimientos de esta, se aventuró a soltar un gracejo, que fue el primero y el último de su vida. En voz baja dijo que el señor cura iba a olvidarse del De profundis.
Tanto agradó este chiste a la tía María, que por espacio de quince días no habló con alma viviente a quien después de los buenos días no se lo refiriese, en honra y gloria de su protegido. Y a él le causó tal embarazo el asombroso éxito de su chiste, que hizo voto de no caer en semejante tentación en todo el resto de su vida.
Don Modesto fue de opinión que la Gaviota había ganado el premio grande de la lotería y la gente del lugar el segundo; porque él no se hallaría manco si se hubiese encontrado en el sitio de Gaeta un cirujano tan hábil como Stein.
La opinión de Dolores fue que si el pescador había dado dos veces la vida a su hija, la voluntad de Dios le había dado dos veces la felicidad, proporcionándole tal padre y tal marido.
Manuel observó que había una torta en el cielo reservada para los maridos que no se arrepintiesen de serlo; y que hasta ahora nadie le había metido el diente. Su mujer le respondió que eso era porque los maridos no entraban allí, habiéndolo prometido así San Pedro a Santa Genoveva.
En cuanto a Momo, sostuvo que una vez que la Gaviota había encontrado marido, bien podía la epidemia no perder las esperanzas.
Rosa Mística lo tomó por otro estilo. María había aumentado el catálogo de sus agravios con uno de fecha reciente. Había llegado el mes de María, y en el culto que se le tributaba, algunas devotas se reunían a cantar coplas en honor de la Virgen, acompañadas por un mal clavicordio que tocaba el viejo y ciego organista. Rosita presidía esta sociedad filarmónica y religiosa. Algunas voces puras y agradables se unían en este concierto a la suya, que no dejaba de ser áspera y chillona. Rosa, que no podía desconocer la admirable aptitud de Marisalada, impuso silencio a sus antiguos resentimientos, en obsequio del mes de María, y pensó en aprovecharse de la mediación de don Modesto, para que la hija del pescador tomase parte en aquel coro virginal.
Don Modesto agarró el bastón y se puso en marcha.
Marisalada, que no la echaba de devota, y que no se cuidaba mucho de ejercer su habilidad bajo aquel maestro al cembalo, respondió al veterano con un no pelado, sin preámbulo y sin epílogo.
Este monosílabo aterró a don Modesto más que una descarga de artillería; y no supo qué hacer.
Era don Modesto uno de aquellos hombres que tienen bastante buen corazón para desear sinceramente el bien de sus amigos, pero no poseen el valor necesario para contribuir a su logro ni imaginación bastante fecunda para hallar los medios de conseguirlo.
—Tío Pedro—dijo al pescador después de aquel perentorio rechazo—: ¿sabe usted que me tiemblan las carnes? ¿Qué dirá Rosita? ¿Qué dirá el padre cura? ¿Qué dirá todo el pueblo? ¿No podría usted hallar medio de convencerla?
—¡Si no quiere!, ¿qué le hago?—respondió el pescador.
De modo que el pobre don Modesto tuvo que resignarse a ser el portador de tan triste embajada, la cual no sólo debía ofender, sino escandalizar a su mística patrona.
—Mil veces más quisiera—decía volviendo a Villamar—presentarme delante de todas las baterías de Gaeta, que delante de Rosita, con este no en la boca. ¡Jesús, cómo se va a poner!
Y tenía razón, porque en vano adornó don Modesto su mensaje con un exordio modificador; en vano lo comentó con notas explicativas; en vano lo exornó con verbosas paráfrasis. No por esto dejó de ofender mucho a Rosita, la cual exclamó en tono sentencioso:
—Quien recibe dones del cielo y no los emplea en su servicio, merece perderlos.
Así fue, que cuando supo el proyectado casamiento, dijo, dando un suspiro y alzando los ojos al cielo:
—¡Pobre don Federico! ¡Tan bueno, tan piadoso, tan bendito! Dios los haga felices, como hacerlo puede, ya que nada es imposible a su omnipotencia.
Momo, con su acostumbrada mala intención, tuvo el gusto de dar la noticia del casamiento a Ramón Pérez.
—Oye, Ratón Pérez—le dijo—, ya puedes comer cebolla hasta hartarte, que a don Federico le ha tentado el diablo y se casa con la Gaviota.
—¿De veras?—exclamó consternado el barbero.
—¿Te asombras? Más me asombré yo; ¡sobre que hay gustos que merecen palos! ¡Mire usted, prendarse de esa descastada, que parece una culebra en pie, echando centellas por los ojos y veneno por la boca! Pero en don Federico se cumplió aquello de que quien tarde casa, mal casa.
—No me asombro—repuso Ramón Pérez—de que don Federico la quiera, sino de que Marisalada quiera a ese desgavilado, que tiene pelo de lino, cara de manzana y ojos de pescado. Que no haya tenido presente esa ingrata de que ¡quien lejos se va a casar, o va engañado, o va a engañar!
—A fe que no será lo primero, porque lo que es él es un hombre de los buenos; no hay que decir. Pero esa mariparda lo ha engatusado con su canto, que dura desde que echa el sol sus luces hasta que las recoge, pues no hace naíta más. Ya se lo dije yo: don Federico, dice el refrán, toma casa con hogar y mujer que sepa hilar; y no ha hecho caso; es un Juan Lanas. En cuanto a ti, Ratón Pérez, te has quedado con más narices que un pez espada.
—Siempre se ha visto—contestó el barbero dando tan brusca vuelta a la clavija de su guitarra que saltó la prima—que de fuera vendrá quien de casa nos echará. Pero has de saber tú, Romo, que a mí se me da tres pitos. Tal día hará un año; a rey muerto, rey puesto.
Y poniéndose a rasguear furiosamente la guitarra, cantó con voz arrogante:
Dicen que tú no me quieres, No me da pena maldita; Que la mancha de la mora Con otra verde se quita. Si no me quieres a mí, Se me da tres caracoles; Con ese mismo dinero Compro yo nuevos amores.
Capítulo XIV
El casamiento de Stein y la Gaviota se celebró en la iglesia de Villamar. El pescador llevaba, en lugar de su camisa de bayeta colorada, una blanca muy almidonada, y una chaqueta nueva de paño azul basto, con cuyas galas estaba tan embarazado que apenas podía moverse.
Don Modesto, que era uno de los testigos, se presentó con toda la pompa de un uniforme viejo y raído a fuerza de cepillazos, el que, habiendo su dueño enflaquecido, le estaba anchísimo. El pantalón de mahón, que Rosa Mística había lavado por milésima vez, pasándolo por agua de paja que, por desgracia, no era el agua de Juvencio, se había encogido de tal modo que apenas le llegaba a media pierna. Las charreteras se habían puesto de color de cobre. El tricornio, cuyo erguido aspecto no habían podido alterar ocho lustros de duración, ocupaba dignamente su elevado puesto. Pero al mismo tiempo brillaba sobre el honrado pecho del pobre inválido la cruz de honor ganada valientemente en el campo de batalla, como un diamante puro en un engaste deteriorado.
Las mujeres, según el uso, asistieron de negro a la ceremonia; pero mudaron de traje para la fiesta. Marisalada iba de blanco. Tía María y Dolores llevaban vestidos que Stein les había regalado para aquella ocasión. Eran de tejido de algodón, traído de Gibraltar, de contrabando; el dibujo, el que entonces estaba de moda, y se llamaba Arco Iris, por ser una reunión de los colores más opuestos y menos capaces de armonizar entre sí. No parecía sino que el fabricante había querido burlarse de sus consumidores andaluces. En fin, todos se compusieron y engalanaron, excepto Momo, que no quiso molestarse en una ocasión como aquella, lo que dio motivo a que la Gaviota le dijese:
—Has hecho bien, gaznápiro; por aquello de que «aunque la mona se vista de seda, mona se queda». La misma falta haces tú en mi boda, que los perros en misa.
—¿Si te habrás figurado tú, que por ser méica dejas de ser Gaviota—repuso Momo—, y que por estar recompuesta estás bonita? Sí, ¡bonita estás con ese vestido blanco! Si te pusieras un gorro colorado, parecerías un fósforo.
Y en seguida se puso a cantar con destemplada voz:
Eres blanca como el cuervo, y bonita como el hambre, coloráa como la cera, y gorda como el alambre.
Marisalada repostó en el acto:
Tienes la boca, que parece un canasto de colar ropa. Con unos dientes, que parecen zarcillos de tres pendientes.
y le volvió la espalda.
Momo, que no era hombre que se quedase atrás, en tratándose de insolencias y denuestos, replicó con coraje:
—Anda, anda, a que te echen la bendición; que será la primera que te hayan echado en tu vida, y que estoy para mí que será la última.
Celebróse la boda en el pueblo, en la casa de la tía María, por ser demasiado pequeña la choza del pescador para contener tanta concurrencia. Stein, que había hecho algunos ahorros en el ejercicio de su profesión (aunque hacía de balde la mayor parte de las curas), quiso celebrar la fiesta en grande, y que hubiese diversión para todo el mundo; por consiguiente, se llegaron a reunir hasta tres guitarras, y hubo abundancia de vino, mistela, bizcochos y tortas. Los concurrentes cantaron, bailaron, bebieron, gritaron; y no faltaron los chistes y agudezas propias del país.
La tía María iba, venía, servía las bebidas, sostenía el papel de madrina de la boda, y no cesaba de repetir:
—Estoy tan contenta, como si fuera yo la novia.
A lo que fray Gabriel añadía indefectiblemente:
—Estoy tan contento, como si fuera yo el novio.
—Madre—le dijo Manuel, viéndola pasar a su lado—, muy alegre es el color de ese vestido para una viuda.
—Cállate, mala lengua—respondió su madre. Todo debe ser alegre en un día como hoy; además, que a caballo regalado no se le mira el diente. Hermano Gabriel, vaya esta copa de mistela, y esta torta. Eche usted un brindis a la salud de los novios, antes de volver al convento.
—Brindo a la salud de los novios antes de volver al convento—dijo fray Gabriel.
Y después de apurada la copa, se escurrió, sin que nadie, excepto la tía María, hubiese echado de ver su presencia ni notado su ausencia.
La reunión se animaba por grados.
—¡Bomba!—gritó el sacristán, que era bajito, encogido y cojo.
Calló todo el mundo al anuncio del brindis de aquel personaje.
—¡Brindo—dijo—a la salud de los recién casados, a la de toda la honrada compañía y por el descanso de las ánimas benditas!
—¡Bravo!, bebamos, y viva la Mancha, que da vino en lugar de agua.
—A ti te toca, Ramón Pérez; echa una copla, y no guardes tu voz para mejor ocasión.
Ramón cantó:
Para bien a la novia le rindo y traigo. Pero al novio no puedo, sino envidiarlo.
—¡Bien, salero!—gritaron todos—. Ahora el fandango, y a bailar.
Al oír el preludio del baile eminentemente nacional, un hombre y una mujer se pusieron simultáneamente en pie, colocándose uno enfrente de otro. Sus graciosos movimientos se ejecutaban casi sin mudar de sitio, con un elegante balanceo de cuerpo, y marcando el compás con el alegre repiqueteo de las castañuelas. Al cabo de un rato, los dos bailarines cedían sus puestos a otros dos, que se les ponían delante, retirándose los dos primeros. Esta operación se repetía muchas veces, según la costumbre del país.
Entre tanto, el guitarrista cantaba:
Por el sí que dio la niña a la entrada de la iglesia, por el sí que dio la niña, entró libre, y salió presa.
—¡Bomba!—gritó de pronto uno de los que la echaban de graciosos—. Brindo por ese cúralo-todo que Dios nos ha enviado a esta tierra, para que todos vivamos más años que Matusalén; con condición de que, cuando llegue el caso, no trate de prolongar la vida de mi mujer, y mi purgatorio.
Esta ocurrencia ocasionó una explosión de vivas y palmadas.
—¿Y qué dices tú a todo esto, Manuel?—le gritaron todos.
—Lo que yo digo—repuso Manuel—es que no digo nada.
—Esa no pasa. Si has de estar callado, vete a la iglesia. Echa un brindis y espabílate.
Manuel tomó un vaso de mistela, y dijo:
—Brindo por los novios, por los amigos, por nuestro comandante y por la resurrección de San Cristóbal.
—¡Viva el comandante, viva el comandante!—gritó todo el concurso—; y tú, Manuel, que lo sabes hacer, echa una copla.
Manuel cantó la siguiente:
Mira, hombre, lo que haces casándote con bonita; hasta que llegues a viejo, el susto no te se quita.
Después que se hubieron cantado algunas otras coplas, dijo el que la echaba de gracioso:
—Manuel, cantan esos unos despilfarros que no llevan idea ni consonante; tú, que sabes decir las cosas en buen versaje, y más cuando estás calamocano, echa una décima en regla a los novios, y toma este vaso de vino para que te se ponga la lengua espeíta.
Manuel tomó el vaso de vino, y dijo:
Ven acá, quita—pesares, alivio de mi congoja; criado entre verde hoja, y pisado en los lagares; te pido de que me aclares esta garganta y galillo para brindar a los novios empinando este vasillo.
—Ahora te toca a ti, Ramón del diablo, ¿te ha embotado el licor la garganta?; estás más soso que una ensalada de tomates.
Ramón tomó la guitarra y cantó:
Cuando la novia va a misa y yo la llego a encontrar, toda mi dicha es besar la dura tierra que pisa.
Habiendo sucedido a esta copla otra que verdeaba, la tía María se acercó a Stein y le dijo:
—Don Federico, el vino empieza a explicarse; son las doce de la noche, los chiquillos están solos en casa con Momo y fray Gabriel, y me temo que Manuel empine el codo más de lo regular; el tío Pedro se ha dormido en un rincón, y no creo que sería malo tocar la retirada. Los burros están aparejados. ¿Quiere usted que nos despidamos a la francesa?
Un momento después, las tres mujeres cabalgaban sobre sus burras hacia el convento. Los hombres las acompañaban a pie, entre tanto que Ramón, en un arrebato de celos y despecho, al ver partir a los novios, rasgueando la guitarra con unos bríos insólitos, berreaba más bien que cantaba la siguiente copla:
Tú me diste calabazas, me las comí con tomates; mas bien quiero calabazas que no entrar en tu linaje.
—¡Qué hermosa noche!—decía Stein a su mujer, alzando los ojos al cielo—. ¡Mira ese cielo estrellado, mira esa luna en todo su lleno, como yo estoy en el lleno de mi dicha! ¡Como mi corazón, nada le falta ni nada echa de menos!
—¡Y yo que me estaba divirtiendo tanto!—respondió María impaciente—; no sé por qué dejamos tan temprano la fiesta.
—Tía María—decía Pedro Santaló a la buena anciana—, ahora sí que podemos morir en paz.
—Es cierto—respondió esta—; pero también podemos vivir contentos, y esto es mejor.
—¿Es posible que no sepas contenerte, cuando tomas el vaso en la mano?—decía Dolores a su marido—. Cuando sueltas las velas, no hay cable que te sujete.
—¡Caramba!—replicó Manuel—. Si me he venido, ¿qué más quieres? Si hablas una palabra más, viro de bordo, y me vuelvo a la fiesta.
Distinguíanse aún los cantos de los bebedores.
—¡Viva la Mancha que da vino en lugar de agua!
Dolores calló, temerosa de que Manuel realizase su amenaza.
—José—dijo Manuel a su cuñado, que también era de la comitiva—, ¿está la luna llena?
—Por supuesto que sí—repuso el pastor—. ¿No le ves lo que le está saliendo del ojo?, ¿a que no sabes lo que es?
—Será una lágrima—dijo Manuel riendo.
—No es sino un hombre.
—¡Un hombre!—exclamó Dolores plenamente convencida de lo que decía su hermano—. ¿Y quién es ese hombre?
—No sé—respondió el pastor—; pero sé como se llama.
—¿Y cómo se llama?—preguntó Dolores.
—Se llama Venus—repuso José.
Manuel soltó la carcajada. Había bebido más de lo regular, y tenía el vino alegre, como suele decirse.
—Don Federico—dijo Manuel—, ¿quiere usted que le dé un consejo, como más antiguo en la cofradía?
—Calla, por Dios, Manuel—le dijo Dolores.
—¿Quieres dejarme en paz?, si no, vuelvo la grupa.
Oiga usted, don Federico. En primer lugar, a la mujer y al perro, el pan en una mano y el palo en la otra.
—Manuel—repitió Dolores.
—¿Me dejas en paz, o me vuelvo?—contestó Manuel; Dolores calló.
—Don Federico—prosiguió Manuel—, casamiento y señorío, ni quieren fuerza ni quieren brío.
—Hazme el favor de callar, Manuel—le interrumpió su madre.
—También es fuerte cosa—gruñó Manuel—. No parece sino que estamos asistiendo a un entierro.
—¿No sabes, Manuel—observó el pastor—, que a don Federico no le gustan esas chanzas?
—Don Federico—dijo Manuel, despidiéndose de los novios, que seguían hacia la choza—, cuando usted se arrepienta de lo que acaba de hacer, nos juntaremos y cantaremos a dos voces la misma letra.
Y siguió hacia el convento, oyéndose en el silencio de la noche su clara y buena voz, que cantaba:
Mi mujer y mi caballo, se me murieron a un tiempo. ¡Qué mujer ni qué demonio! Mi caballo es lo que siento.
—Vete a acostar, Manuel, y liberal—le dijo su madre cuando llegaron.
—De eso cuidará mi mujer—respondió este—. ¿No es verdad, morena?
—Lo que yo quisiera es que estuvieses dormido ya—contestó Dolores.
—¡Mentira! ¡Cómo habías tú de querer guardarte en el buche el sermón sin paño, que me tengo que zampar yo, entre duerme y vela, si he de dormir en cama! ¡Fácil era!
—¿Y no sabes tú taparle la boca?—le dijo riendo su cuñado.
—Oye, José—contestó Manuel—, ¿has hallado tú entre las breñas o cuevas del campo lo que a una mujer pueda tapar la boca? Mira que si lo has hallado no faltará quien te lo compre a peso de oro; por esos mundos no lo he encontrado ni conocido en la vida de Dios. Y se puso a cantar:
Más fácil es apagarle sus rayos al sol que abrasa, que atajarle la sin hueso a una mujer enojada. No sirve el halago, ni tampoco el palo, ni sirve ser bueno, ni sirve ser malo.
Capítulo XV
Tres años habían transcurrido. Stein, que era de los pocos hombres que no exigen mucho de la vida, se creía feliz. Amaba a su mujer con ternura; se había apegado cada día más a su suegro, y a la excelente familia que le había acogido moribundo, y cuyo buen afecto no se había desmentido jamás. Su vida uniforme y campestre estaba en armonía con los gustos modestos y el temple suave y pacífico de su alma. Por otra parte, la monotonía no carece de atractivos. Una existencia siempre igual es como el hombre que duerme apaciblemente y sin soñar; como las melodías compuestas de pocas notas, que nos arrullan tan blandamente. Quizá no hay nada que deje tan gratos recuerdos, como lo monótono, ese encadenamiento sucesivo de días, ninguno de los cuales se distingue del que le sigue ni del que le precede.
¡Cuál no sería, pues, la sorpresa de los habitantes de la cabaña, cuando vieron venir una mañana a Momo, corriendo, azorado, y gritando a Stein que fuese, sin perder un instante, al convento!
—¿Ha caído enfermo alguno de la familia?—preguntó Stein asustado.
—No—respondió Momo—; es Usía que le dicen su Esencia, que estaba cazando en el coto jabalíes y venados, con sus amigos, y, al saltar un barranco, resbaló el caballo y los dos cayeron en él. El caballo reventó y la Esencia se ha quebrado cuantos huesos tiene su cuerpo. Le han llevado allá en unas parihuelas, y aquello se ha vuelto una Babilonia. Parece el día del juicio. Todos andan desatentados, como rebaño en que entra el lobo. El único que está cariparejo es el que dio el batacazo. Y un real mozo que es, por más señas. Allí andaban todos aturrullados sin saber qué hacer. Madre abuela les dijo que había aquí un cirujano de los pocos; mas ellos no lo querían creer. Pero como para traer uno de Cádiz, se necesitan dos días, y para traer uno de Sevilla, se necesitan otros tantos, dijo su Esencia que lo que quería era que fuese allá el recomendado de mi abuela; y para eso he tenido que venir yo, pues no me parece sino que ni en el mundo ni en la vida de Dios hay de quién echar mano sino de mí. Ahora le digo a usted mi verdad: si yo fuera que usted, ya que me habían despreciado, no iba ni a dos tirones.
—Aunque yo fuese capaz—respondió Stein—de infringir mi obligación de cristiano, y de profesor, necesitaría tener un corazón de bronce para ver padecer a uno de mis semejantes sin aliviar sus males pudiendo hacerlo. Además, que esos caballeros no pueden tener confianza en mí, sin conocerme; y esto no es ofensa, ni aun lo sería, si no la tuviesen, conociéndome.
Con esto llegaron al convento.
La tía María, que aguardaba a Stein con impaciencia, le llevó a donde estaba el desconocido. Habíanle puesto en la celda prioral, donde apresuradamente, y lo mejor que se pudo, se le había armado una cama. La tía María y Stein atravesaron la turbamulta de criados y cazadores que rodeaban al enfermo. Era este un joven de alta estatura. En torno de su hermoso rostro, pálido pero tranquilo caían los rizos de su negra cabellera. Apenas le hubo mirado Stein, lanzó un grito, y se arrojó hacia él temeroso de tocarle, se detuvo de pronto y, cruzando sus manos trémulas, exclamó:
—¡Dios mío, señor duque!
—¿Me conoce usted?—preguntó el duque; porque en efecto, la persona que Stein había reconocido era el duque de Almansa—. ¿Me conoce usted?—repitió alzando la cabeza, y fijando en Stein sus grandes ojos negros, sin poder caer en quién era el que le dirigía la palabra.
—¡No se acuerda de mí!—murmuró Stein, mientras que dos gruesas lágrimas corrían por sus mejillas—. No es extraño: las almas generosas olvidan el bien que hacen, como las agradecidas conservan eternamente en la memoria el que reciben.
—¡Mal principio!—dijo uno de los concurrentes—. Un cirujano que llora; ¡estamos bien!
—¡Qué desgraciada casualidad!—añadió otro.
—Señor doctor—dijo el duque a Stein—, en vuestras manos me pongo. Confío en Dios, en vos y en mi buena estrella. Manos a la obra, y no perdamos tiempo.
Al oír estas palabras, Stein levantó la cabeza; su rostro quedó perfectamente sereno, y con un ademán modesto, pero imperativo y firme, alejó a los circunstantes. En seguida examinó al paciente con mano hábil y práctica en este género de operaciones; todo con tanta seguridad y destreza, que todos callaron, y sólo se oía en la pieza el ruido de la agitada respiración del paciente.
—El señor duque—dijo el cirujano, después de haber concluido su examen—tiene el tobillo dislocado y la pierna rota, sin duda por haber cargado en ella todo el peso del caballo. Sin embargo, creo que puedo responder de la completa curación.
—¿Quedaré cojo?—preguntó el duque.
—Me parece que puedo asegurar que no.
—Hacedlo así—continuó el duque—, y diré que sois el primer cirujano del mundo.
Stein, sin alterarse, mandó llamar a Manuel, cuya fuerza y docilidad le eran conocidas, y de quien podía disponer con toda seguridad. Con su auxilio, empezó la cura, que fue ciertamente terrible; pero Stein parecía no hacer caso del dolor que padecía el enfermo, y que casi le embargaba el sentido. Al cabo de media hora, reposaba el duque, dolorido, pero sosegado. En lugar de muestras de desconfianza y recelo, Stein recibía de los amigos del personaje enhorabuenas cumplidas y pruebas de aprecio y admiración; y él, volviendo a su natural modesto y tímido, respondía a todos con cortesías. Pero quien se estaba bañando en agua rosada era la tía María.
—¿No lo decía yo?—repetía sin cesar a cada uno de los presentes—, ¿no lo decía yo?
Los amigos del duque, tranquilizados ya, a ruegos de este, se pusieron en camino de vuelta. El paciente había exigido que le dejasen solo, bajo la tutela de su hábil doctor, su antiguo amigo, como le llamaba, y aun despidió a casi todos sus criados.
Así él y su médico pudieron renovar conocimiento a sus anchas. El primero era uno de aquellos hombres elevados y poco materiales, en quienes no hacen mella el hábito ni la afición al bienestar físico; uno de los seres privilegiados, que se levantan sobre el nivel de las circunstancias, no en ímpetus repentinos y eventuales, sino constantemente, por energía característica, y en virtud de la inatacable coraza de hierro, que se simboliza en el ¿qué importa?; uno de aquellos corazones que palpitaban bajo las armaduras del siglo XV, y cuyos restos sólo se encuentran hoy en España.
Stein refirió al duque sus campañas, sus desventuras, su llegada al convento, sus amores y su casamiento. El duque lo oyó con mucho interés, y la narración le inspiró deseo de conocer a Marisalada, al pescador y la cabaña que Stein estimaba en más que un espléndido palacio. Así es que en la primera salida que hizo, en compañía de su médico, se dirigió a la orilla del mar. Empezaba el verano; y la fresca brisa, puro soplo del inmenso elemento, les proporcionó un goce suave en su romería. El fuerte de San Cristóbal parecía recién adornado con su verde corona, en honra del alto personaje, a cuyos ojos se ofrecía por primera vez. Las florecillas que cubrían el techo de la cabaña, en imitación de los jardines de Semíramis, se acercaban unas a otras, mecidas por las auras, a guisa de doncellas tímidas que se confían al oído sus amores. La mar impulsaba blanda y pausadamente sus olas hacia los pies del duque, como para darle la bienvenida. Oíase el canto de la alondra, tan elevada que los ojos no alcanzaban a verla. El duque, algo fatigado, se sentó en una peña. Era poeta, y gozaba en silencio de aquella hermosa escena. De repente sonó una voz que cantaba una melodía sencilla y melancólica. Sorprendido el duque, miró a Stein, y este sonrió. La voz continuaba.
—Stein—dijo el duque—, ¿hay sirenas en estas olas, o ángeles en esta atmósfera?
En lugar de responder a esta pregunta, Stein sacó su flauta y repitió la misma melodía.
Entonces el duque vio que se les acercaba medio corriendo, medio saltando, una joven morena, la cual se detuvo de pronto al verle.
—Esta es mi mujer—dijo Stein—; mi María.
—Que tiene—dijo el duque entusiasmado—la voz más maravillosa del mundo. Señora, yo he asistido a todos los teatros de Europa, pero jamás han llegado a mis oídos acentos que más hayan excitado mi admiración.
Si el cutis moreno, inalterable y terso de María, hubiera podido revestirse de otro colorido, la púrpura del orgullo y de la satisfacción se habría hecho patente en sus mejillas, al escuchar estos exaltados elogios en boca de tan eminente personaje y competente juez. El duque prosiguió:
—Entre los dos poseéis cuanto es necesario para hacerse camino en el mundo. ¿Y queréis permanecer enterrados en la oscuridad y el olvido? No puede ser; el no hacer participar a la sociedad de vuestras ventajas, repito que no puede ser ni será.
—¡Somos aquí tan felices, señor duque!—respondió Stein—, que cualquier mudanza que hiciera en mi situación me parecería una ingratitud a la suerte.
—Stein—exclamó el duque—, ¿dónde está el firme y tranquilo denuedo que admiraba yo en vos, cuando navegábamos juntos a bordo del Royal Sovereign? ¿Qué se ha hecho de aquel amor a la ciencia, de aquel deseo de consagrarse a la humanidad afligida? ¿Os habéis dejado enervar por la felicidad? ¿Será cierto que la felicidad hace a los hombres egoístas?
Stein bajó la cabeza.
—Señora—continuó el duque—, a vuestra edad, y con esas dotes, ¿podéis decidiros a quedaros para siempre apegada a vuestra roca, como esas ruinas?
María, cuyo corazón palpitaba impulsado por intensa alegría y por seductoras esperanzas, respondió, sin embargo, con aparente frialdad:
—¿Qué más da?
—¿Y tu padre?—le preguntó su marido en tono de reconvención.
—Está pescando—respondió ella, fingiendo no entender el verdadero sentido de la pregunta.
El duque entró en seguida en una larga explicación de todas las ventajas a que podría conducir aquella admirable habilidad, que le labraría un trono y un caudal.
María lo escuchaba con avidez, mientras el duque admiraba el juego de aquella fisonomía sucesivamente fría y entusiasmada, helada y enérgica.
Cuando el duque se despidió, María habló al oído a Stein y le dijo con la mayor precipitación:
—Nos iremos; nos iremos. ¡Y qué! ¿La suerte me llama y me brinda coronas, y yo me haría sorda? ¡No, no!
Stein siguió tristemente al duque.
Cuando entraron en el convento, la tía María preguntó a este, que trataba con mucha bondad a su enfermera, ¿qué tal le había parecido su querida María?
—¿No es verdad—preguntó—que Marisalada es una linda criatura?
—Ciertamente—respondió el duque—. Sus ojos son de aquellos que sólo puede mirar frente a frente un águila, según la expresión de un poeta.
—¿Y su gracia?—prosiguió la buena anciana—, ¿y su voz?
—En cuanto a su voz—dijo el duque—, es demasiado buena para perderse en estas soledades. Bastante tenéis vosotros con vuestros ruiseñores y jilgueros. Es preciso que marido y mujer se vengan conmigo.
Un rayo que hubiese caído a los pies de la tía María no la habría aterrado, como lo hicieron aquellas palabras.
—¿Y quieren ellos?—exclamó asustada.
—Es preciso que quieran—respondió el duque, entrando en su departamento.
La tía María quedó consternada y confusa por algunos momentos. En seguida fue a buscar al hermano Gabriel.
—¡Se van!—le dijo bañada en lágrimas.
—¡Gracias a Dios!—repuso el hermano—. Bastante han echado a perder las losas de mármol de la celda prioral. ¿Qué dirá su reverencia cuando vuelva?
—No me ha entendido usted—dijo la tía María, interrumpiéndole—. Quienes se van son don Federico y su mujer.
—¿Que se van?—dijo fray Gabriel—; ¡no puede ser!
—¿Será verdad?—preguntó la tía María a Stein, que venía buscándola.
—¡Ella lo quiere!—respondió él con semblante abatido.
—Eso es lo que dice siempre su padre—continuó la tía María—; y con esa respuesta, la habría dejado morir si no hubiera sido por nosotros. ¡Ah don Federico!, ¡está usted tan bien aquí! ¿Va usted a ser como el español que, estando bueno, quiso estar mejor?
—No espero ni creo hallarme mejor en ninguna parte del mundo, mi buena tía María—dijo Stein.
—Algún día—repuso ella—se ha de arrepentir usted.
¡Y el pobre tío Pedro! ¡Dios mío! ¿Por qué ha llegado acá el barullo del mundo?
Don Modesto entró en aquel instante. Hacía algún tiempo que había escaseado sus visitas, no porque el duque no le hubiese recibido perfectamente, ni porque dejase de ejercer sobre el veterano la misma irresistible atracción que ejercía en todos los que se le acercaban. Pero como era regular, don Modesto se había impuesto la regla de no presentarse ante el duque, general y ex ministro de la Guerra, sino de rigurosa ceremonia. Rosa Mística, empero, le había dicho que su uniforme no se hallaba capaz de un servicio activo, y esta era la causa de escasear sus visitas. Cuando la tía María le notificó que el duque pensaba emprender la marcha dentro de dos días, don Modesto se retiró inmediatamente. Había formado un proyecto, y necesitaba tiempo para realizarlo.
Cuando Marisalada comunicó a su padre la resolución que había tomado de seguir el consejo que le diera el duque, el dolor del pobre anciano habría partido un corazón de piedra. Este dolor era, sin embargo, silencioso. Oyó los magníficos proyectos de su hija, sin censurarlos ni aplaudirlos, y sus promesas de volver a la choza, sin exigirlas ni rechazarlas. Consideraba a su hija como el ave a su polluelo, cuando se esfuerza a salir del nido, al cual no ha de volver jamás. El buen padre lloraba hacia dentro, si es lícito decirlo así.
Al día siguiente, llegaron los caballos, los criados y las acémilas que el duque había mandado venir para su partida. Los gritos, los votos y los preparativos del viaje resonaban en todos los ángulos del convento. El hermano Gabriel tuvo que irse a trabajar en sus espuertas bajo la yedra, a cuya sombra estaban en otro tiempo las norias.
Morrongo se subió al tejado más alto, y se recostó al sol, echando una mirada de desprecio al tumulto que había en el patio; Palomo ladró, gruñó y protestó tan enérgicamente contra la invasión extranjera, que Manuel mandó a Momo que le encerrase.
—No hay duda—decía Momo—que mi abuela, que es la más aferrada curandera que hay debajo de la capa del cielo, tiene imán para atraer enfermos a esta casa. Ya va de tres con este, ¡sobre que en el cielo se ha de poner su mercé a curar a San Lázaro!
Llegó el día de la partida. El duque estaba ya preparado en su aposento. Habían llegado Stein y María, seguidos del pobre pescador, el cual no alzaba los ojos del suelo, doblado el cuerpo con el peso del dolor. Este dolor le había envejecido más que los años y todas las borrascas del mar. Al llegar, se sentó en los escalones de la cruz de mármol.
En cuanto a don Modesto, también había acudido, pero con la consternación pintada en el rostro. Sus cejas formaban dos arcos de una elevación prodigiosa. La diminuta mecha de sus cabellos se inclinaba desfallecida hacia un lado. De su pecho se exhalaban hondos suspiros.
—¿Qué tiene usted, mi comandante?—le preguntó la tía María.
—Tía María—le respondió—, hoy somos 15 de junio, día de mi santo, día tristemente memorable en los fastos de mi vida. ¡Oh San Modesto! ¿Es posible que me trates así el mismo día en que la Iglesia te reza?
—Pero ¿qué novedad hay?—volvió a preguntar la tía María, con inquietud.
—Vea usted—dijo el veterano, levantando el brazo y descubriendo un gran desgarrón en su uniforme, por el cual se divisaba el forro blanco, que parecía la dentadura que se asoma por detrás de una risa burlona. Don Modesto estaba identificado con su uniforme; con él habría perdido el último vestigio de su profesión.
—¡Qué desgracia!—exclamó tristemente la tía María.
—Una jaqueca le cuesta a Rosita—prosiguió don Modesto.
—Su excelencia suplica al señor comandante que se sirva pasar a su habitación—dijo entonces un criado.
Don Modesto se puso muy erguido; tomó en su mano un pliego cuidadosamente doblado y sellado, apretó lo más que pudo al cuerpo el brazo, bajo el cual se hallaba la desventurada rotura, y presentándose ante el magnate, le saludó respetuosamente, colocándose en la estricta posición de ordenanza.
—Deseo a vuestra excelencia—dijo—un felicísimo viaje, y que encuentre a mi señora la duquesa y a toda su familia en la más cumplida salud; y me tomo la libertad de suplicar a vuestra excelencia se sirva poner en manos del señor ministro de Guerra esta representación relativa al fuerte que tengo la honra de mandar. Vuestra excelencia ha podido convencerse por sí mismo de cuán urgentes son los reparos que el castillo de San Cristóbal necesita, especialmente hablándose de guerra con el emperador de Marruecos.
—Mi querido don Modesto—contestó el duque—, no me atrevo a responder del éxito de esa solicitud, más bien le aconsejaría que pusiera una cruz en las almenas del fuerte, como se pone sobre una sepultura. Pero en cambio, prometo a usted conseguir que se le faciliten algunas pagas atrasadas.
Esta agradable promesa no fue parte a borrar la triste impresión que había hecho en el comandante la especie de sentencia de muerte pronunciada por el duque sobre su fuerte.
—Entre tanto—continuó el duque—, suplico a usted que acepte como recuerdo de un amigo...
Y diciendo esto, indicó una silla inmediata.
¿Cuál no sería la sorpresa de aquel excelente hombre al ver expuesto sobre una silla un uniforme completo, nuevo, brillante, con unas charreteras dignas de adornar los hombros del primer capitán del siglo? Don Modesto, como era natural, quedó confuso, atónito, deslumbrado al ver tanto esplendor y tanta magnificencia.
—Espero—dijo el duque—, señor comandante, que viva usted bastantes años, para que le dure ese uniforme otro tanto, cuando menos, como su predecesor.
—¡Ah! señor excelentísimo—contestó don Modesto, recobrando poco a poco el uso de la palabra—; ¡esto es demasiado para mí!
—Nada de eso, nada de eso—respondió el duque—. ¡Cuántos hay que usan uniformes más lujosos que ese sin merecerlo tanto! Sé, además—continuó—, que tiene usted una amiga, una excelente patrona, y que no le pesaría llevarle un recuerdo. Hágame el favor de poner en sus manos esta fineza.
Era un rosario de filigrana de oro y coral.
En seguida, sin dar tiempo a don Modesto para volver en sí de su asombro, el duque se dirigió a la familia, a quien había mandado convocar, con el objeto de acreditarle su gratitud, y dejarles una memoria. El duque no hacía el bien con la indiferencia y dadivosidad desdeñosa, y tal vez ofensiva, con que lo hacen generalmente los ricos, sino que lo verificaba como lo practican los que no lo son, es decir, estudiando las necesidades y gustos de cada cual. Así es que todos los habitantes del convento recibieron lo que más falta les hacía o lo que más podía agradarles. Manuel, una capa y un buen reloj; Momo, un vestido completo, una faja de seda amarilla y una escopeta; las mujeres y los niños, telas para trajes y juguetes; Anís, un barrilete, o cometa de tan vastas dimensiones, que cubierto con él desaparecía su diminuta persona, como un ratón detrás del escudo de Aquiles. A la tía María, a la infatigable enfermera del ilustre huésped, a la diestra fabricante de caldos sustanciosos, señaló el duque una pensión vitalicia.
En cuanto al pobre fray Gabriel, se quedó sin nada. Hacía tan poco ruido en el mundo, y se había ocultado tanto a los ojos del duque, que este no le había echado de ver.
La tía María, sin que nadie la observase, cortó algunas varas de una de las piezas de crea, que el duque le había regalado, y dos pañuelos de algodón, y fue a buscar a su protegido.
—Aquí tiene usted, fray Gabriel—le dijo—, un regalito que le hace el señor duque. Yo me encargo de hacerle la camisa.
El pobrecillo se quedó todavía más aturdido que el comandante. Fray Gabriel era más que modesto: ¡era humilde!
Estando todo dispuesto para el viaje, el duque se presentó en el patio.
—Adiós, Romo, honra de Villamar—le dijo Marisalada—; si te vide, no me acuerdo.
—Adiós, Gaviota—respondió este—; si todos sintieran tu ida como el hijo de mi madre, se habían de echar las campanas al vuelo.
El tío Pedro se mantenía sentado en los escalones de mármol. La tía María estaba a su lado, llorando a lágrima viva.
—No parece—dijo Marisalada—sino que me voy a la China, y que ya no nos hemos de ver más en la vida. Cuando les digo a ustedes que he de volver. ¡Vaya, que esto parece un duelo de gitanos! ¡Si se han empeñado ustedes en aguarme el gusto de ir a la ciudad!
—Madre—decía Manuel, conmovido al presenciar el llanto de la buena mujer—, si llora usted ahora a jarrillas, ¿qué haría si me muriera yo?
—No lloraría, hijo de mi corazón—respondió la madre, sonriendo en medio de su llanto—. No tendría tiempo para llorar tu muerte.
Vinieron las caballerías. Stein se arrojó en los brazos de la tía María.
—No nos eche usted en olvido, don Federico—dijo sollozando la buena anciana—. ¡Vuelva usted!
—Si no vuelvo—respondió este—, será porque habré muerto.
El duque había dispuesto que Marisalada montase apresuradamente en la mula que se le había destinado, a fin de sustraerla a tan penosa despedida. El animal rompió al trote; siguiéronla los otros, y toda la comitiva desapareció muy en breve detrás del ángulo del convento.
El pobre padre tenía los brazos extendidos hacia su hija.
—¡No la veré más!—gritó sofocado, dejando caer el rostro en las gradas de la cruz.
Los viajeros proseguían apresurando el trote. Stein, al llegar al Calvario, desahogó la aflicción que le oprimía, dirigiendo una ferviente oración al Señor del Socorro, cuyo benigno influjo se esparcía en toda aquella comarca como la luz en torno del astro que la dispensa.
Rosa Mística estaba en su ventana cuando los viajeros atravesaron la plaza del pueblo.
—¡Dios me perdone!—exclamó al ver a Marisalada cabalgando al lado del duque—; ni siquiera me saluda, ni siquiera me mira. ¡Vaya si ha soplado ya en su corazón el demonio del orgullo! Apuesto—añadió, asomando la cabeza a la reja—que tampoco saluda al señor cura, que está en los porches de la iglesia. Sí, pero es porque ya le da ejemplo el duque. ¡Hola!, y se detiene para hablarle..., y le pone una bolsa en las manos, ¡que será para los pobres!... Es un señor muy bueno y muy dadivoso. Ha hecho mucho bien. ¡Dios se lo remunere!
Rosa Mística no sabía todavía la doble sorpresa que le aguardaba.
Al pasar Stein, la saludó tristemente con la mano.
—¡Vaya usted con Dios!—dijo Rosa, meneando un pañuelo—. ¡Más buen hombre! Ayer al despedirse de mí lloraba como un niño. ¡Qué lástima que no se quede en el lugar! Y se quedaría, si no fuera por esa loca de Gaviota, como le dice muy bien Momo.
La comitiva había llegado a una colina, y empezó a bajarla. Las casas de Villamar desaparecieron muy en breve a los ojos de Stein, quien no podía arrancarse de un sitio en que había vivido tan tranquilo y feliz.
El duque, entre tanto, se tomaba el inútil trabajo de consolar a María, pintándole lisonjeros proyectos para el porvenir. ¡Stein no tenía ojos sino para contemplar las escenas de que se alejaba!
La cruz del Calvario y la capilla del Señor del Socorro desaparecieron a su vez. Después, la gran masa del convento pareció poco a poco hundirse en la tierra. Al fin, de todo aquel tranquilo rincón del mundo, no percibió más que las ruinas del fuerte, dibujando sus masas sombrías en el fondo azul del firmamento, y la torre, que, según la expresión de un poeta, como un dedo, señalaba el cielo con muda elocuencia.
Por último, toda aquella perspectiva se desvaneció. Stein ocultó sus lágrimas, cubriéndose con las manos el rostro.
Capítulo XVI
En España, cuyo carácter nacional es enemigo de la afectación, ni se exige ni se reconoce lo que en otras partes se llama buen tono. El buen tono es aquí la naturalidad, porque todo lo que en España es natural, es por sí mismo elegante.
El Autor.
El mes de julio había sido sumamente caluroso en Sevilla. Las tertulias se reunían en aquellos patios deliciosos, en que las hermosas fuentes de mármol, con sus juguetones saltaderos, desaparecían detrás de una gran masa de tiestos de flores. Pendían del techo de los corredores, que guarnecían el patio, grandes faroles, o bombas de cristal, que esparcían en torno torrentes de luz. Las flores perfumaban el ambiente y contribuían a realzar la gracia y el esplendor de esta escena de ricos muebles que la adornaban, y sobre todo las lindas sevillanas, cuyos animados y alegres diálogos competían con el blando susurro de las fuentes.
En una noche, hacia fines del mes, había gran concurrencia en casa de la joven, linda y elegante condesa de Algar. Teníase a gran dicha ser introducido en aquella casa; y por cierto, no había cosa más fácil, porque la dueña era tan amable y tan accesible que recibía a todo el mundo con la misma sonrisa y la misma cordialidad. La facilidad con que admitía a todos los presentados no era muy del gusto de su tío el general Santa María, militar de la época de Napoleón, belicoso por excelencia y (como solían ser los militares de aquellos tiempos) algo brusco, un poco exclusivo, un tanto cuanto absoluto y desdeñoso; en fin, un hijo clásico de Marte, plenamente convencido de que todas las relaciones entre los hombres consisten en mandar u obedecer y de que el objeto y principal utilidad de la sociedad es clasificar a todos y a cada uno de sus miembros. En lo demás, español como Pelayo y bizarro como el Cid.
El general, su hermana la marquesa de Guadalcanal, madre de la condesa, y otras personas estaban jugando al tresillo. Algunos hablaban de política, paseándose por los corredores; la juventud de ambos sexos, sentada junto a las flores, charlaba y reía, como si la tierra sólo produjese flores, y el aire sólo resonase con alegres risas.
La condesa, medio recostada en un sofá, se quejaba de una fuerte jaqueca, que, sin embargo, no le impedía estar alegre y risueña. Era pequeña, delgada y blanca como el alabastro. Su espesa y rubia cabellera ondeaba en tirabuzones a la inglesa. Sus ojos pardos y grandes, su nariz, sus dientes, su boca, el óvalo de su rostro, eran modelos de perfección; su gracia, incomparable. Querida en extremo por su madre, adorada por su marido, que, no gustando de la sociedad, le daba, sin embargo, una libertad sin límites, porque ella era virtuosa y él confiado, era la condesa en realidad una niña mimada. Pero, gracias a su excelente carácter, no abusaba de los privilegios de tal. Sin grandes facultades intelectuales, tenía el talento del corazón; sentía bien y con delicadeza. Toda su ambición se reducía a divertirse y agradar sin exceso, como el ave que vuela sin saberlo y canta sin esfuerzo. Aquella noche, había vuelto de paseo, cansada y algo indispuesta: se había quitado el vestido y puéstose una sencilla blusa de muselina blanca. Sus brazos blancos y redondos asomaban por los encajes de sus mangas perdidas: se había olvidado de quitarse un brazalete y las sortijas. Cerca de ella estaba sentado un coronel joven, recién venido de Madrid, después de haberse distinguido en la guerra de Navarra. La condesa, que no era hipócrita, tenía fijada en él toda su atención.
El general Santa María los miraba de cuando en cuando, mordiéndose los labios de impaciencia.
—¡Fruta nueva!—decía—; dejaría ella de ser hija de Eva si no le petase la novedad. ¡Un mequetrefe! ¡Veinticuatro años y ya con tres galones! ¿Cuándo se ha visto tal prodigalidad de grados? ¡Hace cinco o seis años que iba a la escuela y ya manda un Regimiento! Sin duda vendrán a decirnos que ganó sus grados con acciones brillantes. Pues yo digo que el valor no da experiencia, y que sin experiencia nadie sabe mandar. ¡Coronel del Ejército con veinticuatro años de edad! Yo lo fui a los cuarenta, después de haber estado en el Rosellón, en América, en Portugal; y no gané la faja de general sino de vuelta del Norte con la Romana y de haber peleado en la guerra de la Independencia. Señores, la verdad es que todos nos hemos vuelto locos en España; los unos por lo que hacen y los otros por lo que dejan de hacer.
En este momento se oyeron algunas exclamaciones ruidosas. La condesa misma salió de su languidez y se levantó de un salto.
—Por fin, ¡ya apareció el perdido!—exclamó—. Mil veces bien venido, desventurado cazador y malparado jinete. ¡Buen susto nos hemos llevado! Pero ¿qué es esto? Estáis como si nada os hubiese acaecido. ¿Es cierto lo que se dice de un maravilloso médico alemán, salido de entre las ruinas de un fuerte y las de un convento, como una de esas creaciones fantásticas? Contadnos, duque, todas esas cosas extraordinarias.
El duque, después de haber recibido las enhorabuenas de todos los concurrentes por su regreso y curación, tomó asiento enfrente de la condesa y entró en la narración de todo lo que el lector sabe. En fin, después de hablar mucho de Stein y de María, concluyó diciendo que había conseguido de él que viniese con su mujer a establecerse en Sevilla, para utilizar y dar a conocer, él su ciencia y ella los dotes extraordinarios con que la naturaleza la había favorecido.
—Mal hecho—falló en tono resuelto el general.
La condesa se volvió hacia su tío con prontitud.
—¿Y por qué es mal hecho, señor?—preguntó.
—Porque esas gentes—respondió el general—vivían contentos y sin ambición, y desde ahora en adelante, no podrán decir otro tanto; y según el título de una comedia española, que es una sentencia, Ninguno debe dejar lo cierto por lo dudoso.
—¿Creéis, tío—repuso la condesa—, que esa mujer, con una voz privilegiada, echará de menos la roca a que estaba pegada como una ostra, sin ventajas y sin gloria para ella, para la sociedad ni para las artes?
—Vamos, sobrina, ¿querrás hacernos creer con toda formalidad que la sociedad humana adelantará mucho con que una mujer suba a las tablas y se ponga a cantar di tanti palpiti?
—Vaya—dijo la condesa—; bien se conoce que no sois filarmónico.
—Y doy muchas gracias a Dios de no serlo—contestó el general—. ¿Quieres que pierda el juicio, como tantos lo pierden, con ese furor melomaníaco, con esa inundación de notas que por toda Europa se ha derramado como un alud, o una avalancha, como malamente dicen ahora? ¿Quieres que vaya a engrandecer con mi imbécil entusiasmo el portentoso orgullo de los reyes y reinas del gorgorito? ¿Quieres que vayan mis pesetas a sumirse en sus colosales ingresos, mientras se están muriendo de hambre tantos buenos oficiales cubiertos de cicatrices, mientras que tantas mujeres de sólido mérito y de virtudes cristianas, pasan la vida llorando, sin un pedazo de pan que llevar a la boca? ¡Esto sí que clama al cielo, y es un verdadero sarcasmo, como también dicen ahora, en una época en que no se les cae de la boca a esos hipocritones vocingleros la palabra humanidad! ¡Pues ya iría yo a echar ramos de flores a una prima donna, cuyas recomendables prendas se reducen al do, re, mi, fa, sol!
—Mi tío—dijo la condesa—es la mismísima personificación del statu quo. Todo lo nuevo le disgusta. Voy a envejecer lo más pronto posible, para agradarle.
—No harás tal, sobrina—repuso el general—; y así no exijas tampoco que yo me rejuvenezca para adular a la generación presente.
—¿Sobre qué está disputando mi hermano?—preguntó la marquesa, que, distraída hasta entonces por el juego, no había tomado parte en la conversación.
—Mi tío—dijo un oficial joven que había entrado calmadito y sentándose cerca del duque—, mi tío está predicando una cruzada contra la música. Ha declarado la guerra a los andantes, proscribe los moderatos y no da cuartel ni a los allegros.
—¡Querido Rafael!—exclamó el duque abrazando al oficial, que era pariente suyo, y a quien tenía mucho afecto. Era este pequeño, pero de persona fina, bien formada y airosa; su cara, de las que se dice que son demasiado bonitas para hombres.
—¡Y yo!—respondió el oficial, apretando en sus manos las del duque—; ¡yo que me habría dejado cortar las dos piernas por evitaros los malos ratos que habéis pasado! Pero estamos hablando de la ópera, y no quiero cantar en tono de melodrama.
—Bien pensado—dijo el duque—; y más valdrá que me cuentes lo que ha pasado aquí durante mi ausencia. ¿Qué se dice?
—Que mi prima la condesa de Algar—dijo Rafael—es la perla de las sevillanas.
—Pregunto lo que hay de nuevo—repuso el duque—y no lo sabido.
—Señor duque—continuó Rafael—, Salomón ha dicho, y muchos sabios (y yo entre ellos) han repetido, que nada hay nuevo debajo de la capa azul del cielo.
—¡Ojalá fuera cierto!—dijo el general suspirando—; pero mi sobrino Rafael Arias es una contradicción viva de su axioma. Siempre nos trae caras nuevas a la tertulia, y eso es insoportable.
—Ya está mi tío—dijo Rafael—esgrimiendo la espada contra los extranjeros. El extranjero es el bu del general Santa María. Señor duque, si no me hubierais nombrado ayudante vuestro, cuando erais ministro de Guerra, no habría contraído tantas relaciones con los diplomáticos extranjeros de Madrid y no me estarían quemando la sangre con cartas de recomendación. ¿Creéis, tío, que me divierte mucho el servir de cicerone, como lo estoy haciendo desde que vine a Sevilla, con todo viandante?
—¿Y quién nos obliga—repuso el general—a abrir las puertas de par en par a todo el que llega y a ponernos a sus órdenes? No lo hacen así en París, y mucho menos en Londres.
—Cada nación tiene su carácter—dijo la condesa—y cada sociedad sus usos. Los extranjeros son más reservados que nosotros: lo son igualmente entre sí. Es preciso ser justos.
—¿Han venido algunos recientemente?—preguntó el duque—. Lo digo porque estoy guardando a lord G., que es uno de los hombres más distinguidos que conozco. ¿Si estará ya en Sevilla?
—No ha llegado aún—contestó Rafael—. Por ahora tenemos aquí, en primer lugar, al mayor Fly, a quien llamamos la Mosca, que es lo que su nombre significa. Sirve en los guardias de la reina y es sobrino del duque de W., uno de los más altos personajes de Inglaterra.
—¡Sí! ¡Sobrino del duque de W.—dijo el general como yo lo soy del Gran Turco!
—Es joven—prosiguió Rafael—, elegante y buen mozo, pero un coloso de estatura; de modo que es preciso colocarse a cierta distancia, para poder hacerse cargo del conjunto. De cerca parece tan grande, tan robusto, tan anguloso, tan tosco, que pierde un ciento por ciento. Cuando no está sentado a la mesa, siempre le tengo al lado, dentro o fuera de casa; cuando mi criado le dice que he salido, responde que me aguardará; y al entrar él por la puerta, salgo yo por la ventana. Tiene la costumbre de tirar al florete con su bastón, y aunque sus botonazos sean inocentes y no hiera más que el aire, como tiene el brazo fuerte y tan largo, y mi cuarto es pequeño, me agujerea las paredes y ha roto varios cristales de la ventana. En las sillas se sienta, se mece, se contonea y repanchiga de tal modo, que ya van cuatro rotas. Mi patrona, al verlo, se pone hecha una furia. Algunas veces toma un libro, y es lo mejor que puede hacer, porque entonces se queda dormido. Pero su fuerte son las conquistas; este es su caballo de batalla, su idea fija y toda su esperanza, aunque todavía en verde. Tiene con respecto al bello sexo, la misma ilusión que con respecto a los pesos duros el gallego que fue a México, creyendo que no tendría más que bajarse para recogerlos. He tratado de desengañarle; pero ha sido predicar en desierto. Cuando le hablo en razón, se sonríe con cierto aire de incredulidad, acariciando sus enormes bigotes. Está apalabrado con una heredera millonaria, y lo curioso es que este Ayax de treinta años, que devora cuatro libras de carne en beef-steake y se bebe tres botellas de jerez de una sentada, hace creer a la novia que viaja por necesitarlo su salud. El otro maulo como dice mi tío, es un francés: el barón de Maude.
—¡Barón!—dijo el general con socarronería—. ¡Sí!, ¡barón como yo Gran Turco!
—Pero por Dios, tío—dijo la condesa—, ¿qué razón hay para que no sea barón?
—La razón es, sobrina—dijo el general—, que los verdaderos barones (no los de Napoleón ni los constitucionales, sino los de antaño) no viajaban ni escribían por dinero, ni eran tan mal criados, tan curiosos y tan cansadamente preguntones.
—Pero tío, por Dios; bien se puede ser barón y ser preguntón. Por preguntar no se pierde la nobleza. A su regreso a su país va a casarse con la hija de un par de Francia.
—Así se casará él con ella—replicó el general—, como yo con el Gran Turco.
—Mi tío—dijo Arias—es como Santo Tomás: ver y creer. Pero volviendo a nuestro barón, es preciso confesar que es hombre de muy buena presencia, aunque como yo, acabó de crecer antes de tiempo. Tiene un carácter amable; pero la da de sabio y de literato; y lo mismo habla de política que de artes; lo mismo de Historia que de música, de estadística, de filosofía, de hacienda y de modas. Ahora está escribiendo un libro serio, como él dice, el cual debe servirle de escalón para subir a la Cámara de Diputados. Se intitula: Viaje científico, filosófico, fisiológico, artístico y geológico por España (a) Iberia, con observaciones críticas sobre su gobierno, sus cocineros, su literatura, sus caminos y canales, su agricultura, sus boleros y su sistema tributario. Afectadamente descuidado en su traje, grave, circunspecto, económico en demasía, viene a ser una fruta imperfecta de ese invernáculo de hombres públicos, que cría productos prematuros, sin primavera, sin brisas animadoras y sin aire libre; frutos sin sabor ni perfume. Esos hombres se precipitan en el porvenir, en vapor a toda máquina, a caza de lo que ellos llaman una posición, y a esto sacrifican todo lo demás: ¡tristes existencias atormentadas, para las que el día de la vida no tiene aurora!
—Rafael, eso es filosofar—dijo el duque sonriéndose—. ¿Sabes que si Sócrates hubiera vivido en nuestros tiempos, serías su discípulo más bien que mi ayudante?
—No cambio la ayudantía por el apostolado, mi general—respondió Arias—. Pero la verdad es que si no hubiera tanto discípulo necio, no habría tanto perverso maestro.
—¡Bien dicho, sobrino!—exclamó el anciano general—; ¡tanto nuevo maestro! y cada cual enseña una cosa y predica una doctrina a cual más nueva y más peregrina. ¡El progreso!, ¡el magnífico y nunca bien ponderado progreso!
—General—contestó el duque—, para sostener el equilibrio en este nuestro globo, es preciso que haya gas y haya lastre; ambas fuerzas deberían mirarse recíprocamente como necesarias, en lugar de querer aniquilarse con tanto encarnizamiento.
—Lo que decís—repuso el general—son doctrinas del odioso justo—medio, que es el que más nos ha perdido con sus opiniones vergonzantes y sus terminachos curruscantes, como dice el pueblo, que habla con mejor sentido que los ilustrados secuaces del modernismo; hipocritones con buena corteza y mala pulpa; adoradores del Ser Supremo, que no creen en Jesucristo.
—Mi tío—dijo Rafael—odia tanto a los moderados, que pierde toda moderación para combatirlos.
—Calla, Rafael—respondió la condesa—; tú combates y te burlas de todas las opiniones, y no tienes ninguna, por tal de no tomarte el trabajo de defenderla.
—Prima—exclamó Rafael—, soy liberal; dígalo mi bolsa vacía.
—¡Qué habías tú de ser liberal!—dijo con voz estridente el general.
—¿Y por qué no había de serlo, señor? El duque también lo es.
—¡Qué habías de ser liberal!—tornó a decir el veterano en tono fuerte y recalcado, como un redoble de tambor.
—Vamos—murmuró Rafael—; mi tío, por lo visto, no consiente en que sean liberales sino las artes que llevan esa denominación. Señor—añadió dirigiéndose a su tío, al que hallaba su sobrino un sabroso placer en hacer rabiar—. ¿Por qué no puede ser el duque liberal? ¿Quién se lo puede estorbar si se le antoja ser liberal? ¿Se pondrá más feo por ser liberal? ¿Por qué no podemos ser liberales, señor, por qué?
—Porque el militar—contestó el general—no es ni debe ser otra cosa que el sostén del trono, el mantenedor del orden y el defensor de su Patria. ¿Estás, sobrino?
—Pero tío...
—Rafael—le interrumpió la condesa—, no te metas en honduras y prosigue tu relación.
—Obedezco; ¡ah prima!, en el ejército que estuviese a tus órdenes, no se vería jamás una falta de subordinación. Otro extranjero tenemos en Sevilla, un tal sir John Burnwood. Es un joven de cincuenta años; hermosote, sonrosado, con grandes melenas, como león genuino del Atlas; lente inamovible, sonrisa ídem, apretones de manos a diestro y siniestro; gran parlanchín, bulle—bulle, turbulento para echarla de vivo; como aquel alemán, que con el mismo objeto se tiró por la ventana; gran amigo de apuestas; célebre sportman; poseedor de vastas minas de carbón de piedra, que le producen veinte mil libras de renta.
—¿Supongo—dijo el general—que serán veinte mil libras de carbón de piedra?
—Mi tío—dijo Rafael—es como los bolsistas, que suben y bajan las rentas a su albedrío. Sir John apostó que subiría a la Giralda a caballo, y ese es el gran objeto que le trae a Sevilla. Es verdad que uno de nuestros antiguos reyes lo hizo; pero el pobre caballo en que subió, no pudo bajar y se quedó, como el sepulcro de Mahoma, suspenso entre el cielo y la tierra; fue preciso matarlo en su elevado puesto. Sir John está desesperado porque no le permiten gozar de este monárquico pasatiempo. Ahora quiere, a ejemplo de lord Elguin y del barón Taylor, comprar el Alcázar y llevárselo a su hacienda señorial, piedra por piedra, sin omitir las que, según dicen, están manchadas para siempre con la sangre de don Fadrique, a quien mandó dar muerte su hermano el rey don Pedro, hace quinientos años.
—No hay cosa—dijo el general—de que no sean capaces esos sires, ni idea, por descabellada que sea, que no se les ocurra.
—Hay más—continuó Rafael—. El otro día me preguntó si podría yo obtener del Cabildo de la Catedral que vendiese las llaves doradas que el rey moro presentó en una fuente de plata a San Fernando cuando conquistó a Sevilla, y la copa de ágata en que solía beber el gran rey.
El general dio tal porrazo sobre la mesa, que uno de los candeleros vino al suelo.
—Mi general—dijo el duque—, ¿no echáis de ver que Rafael está recargando los colores de sus cuadros y que son puras extravagancias todo lo que está diciendo?
—No hay extravagancia—repuso el general—que sea improbable en los ingleses.
—Pues aún falta lo mejor—continuó Rafael fijando sus miradas en una linda joven, que estaba al lado de la marquesa, viéndola jugar—. Sir John está enamorado perdido de mi prima Rita y la ha pedido. Rita, que no sabe absolutamente cómo se pronuncia el monosílabo sí, le ha dado un no, pelado y recio como un cañonazo.
—¿Es posible, Ritita—dijo el duque—, que hayáis rehusado veinte mil libras de renta?
—No he rehusado la renta—contestó la joven con soltura, sin dejar de mirar el juego—; lo que he rehusado ha sido al que la posee.
—Ha hecho bien—dijo el general—: cada cual debe casarse en su país. Este es el modo de no exponerse a tomar gato por liebre.
—Bien hecho—añadió la marquesa—. ¡Un protestante! Dios nos libre.
—¿Y qué decís vos, condesa?—preguntó el duque.
—Digo lo que mi madre—respondió esta—. No es cosa de chanza que el jefe de una familia sea de distinta religión que la de esta; creo como mi tío, que cada cual debe casarse en su país; y digo lo que Rita: que no me casaría jamás con un hombre sólo porque tuviese veinte mil libras de renta.
—Además—dijo Rita—, está muy enamorado de la bolera Lucía del Salto; y así, aunque el señor fuera de mi gusto, le habría dado la misma respuesta. No estoy por las competencias; y mucho menos con gente de entre bastidores.
Rita era sobrina de la marquesa y del general. Huérfana desde su niñez, había sido criada por un hermano suyo, que la amaba con ternura, y por su nodriza, que adoraba en ella y la mimaba; sin que por esto dejase de haberse hecho una joven buena y piadosa. El aislamiento y la independencia en que había pasado los primeros años de su vida, habían impreso en su carácter el doble sello de la timidez y de la decisión. Era de esas personas que algunos llaman oscuras, por enemigas del ruido y del brillo; altiva al mismo tiempo que bondadosa; caprichosa y sencilla; burlona y reservada. A este carácter picante se agregaba el exterior más seductor y más lindo. Su estatura era medianamente alta, su talle, que jamás se había sometido a la presión del corsé, poseía toda la soltura, toda la flexibilidad que los novelistas franceses atribuyen falsamente a sus heroínas, embutidas en apretados estuches de ballena. A esa graciosa soltura de cuerpo y de movimientos, unida a la franqueza y naturalidad en el trato, tan encantadora cuando la acompañan la gracia y la benevolencia, deben las españolas su tan celebrado atractivo. Rita tenía el blanco mate limpio y uniforme de las estatuas de mármol; su hermoso cabello era negro; sus ojos, notablemente grandes, de un color pardo oscuro, guarnecidos de grandes pestañas negras y coronados de cejas que parecían trazadas por la mano de Murillo. Su fresca boca, generalmente seria, se entreabría de cuando en cuando para lanzar por entre su blanquísima dentadura una pronta y alegre carcajada, que su encogimiento habitual comprimía inmediatamente; porque nada le era más repugnante que llamar la atención, y cuando esto le sucedía, se ponía de mal humor.
Había hecho voto a la Virgen de los Dolores de llevar hábito; y así vestía siempre de negro, con cinturón de cuero barnizado y un pequeño corazón de oro atravesado por una espada, en la parte superior de la manga.
Rita era la única mujer que su primo Rafael Arias había amado seriamente: no con una pasión lacrimosa y elegiaca, cosa que no estaba en su carácter, el más antisentimental que entre otros muchos resecó el Levante indígena, sino con un afecto vivo, sincero y constante. Rafael, que era un excelente joven, leal, juicioso y noble en su porte y por su cuna, y que gozaba de un buen patrimonio, era el marido que la familia de Rita le deseaba. Pero ella, a pesar de la vigilancia de su hermano, había entregado su corazón sin saberlo aquel. El objeto de su preferencia era un joven de ilustre cuna; arrogante mozo, pero jugador; y esto bastaba para que el hermano de Rita se opusiese de tal modo a sus amores, que le había prohibido rigurosamente verle y hablarle. Rita, con su firmeza de temple y su perseverancia de española (que debiera emplear mejor que lo hacía en esto), aguardaba tranquilamente, sin quejas, suspiros ni lágrimas, que llegase el día de cumplir veintiún años, para casarse sin escándalo, a pesar de la oposición de su hermano. Entre tanto, su amante le paseaba la calle, vestido y montado a lo majo, en soberbios caballos y se carteaban diariamente.
Aquella noche Rita había entrado, como siempre, en la tertulia, sin hacer ruido, y se había sentado en el sitio acostumbrado, cerca de su tía, para verla jugar. Esta no había observado la proximidad de su sobrina, sino cuando preguntada por el duque acerca del enlace que había rehusado, se había visto obligada a responder.
—¡Jesús! Rita—dijo la marquesa—. ¡Qué susto me has dado! ¿Cómo has llegado hasta aquí sin que nadie te haya sentido?
—¿Queríais—respondió—que entrase con tambor y trompeta como un regimiento?
—Pero al menos—repuso la marquesa—, bien hubieras podido saludar a las gentes.
—Se distraen los jugadores—dijo Rita—; y si no, ved vuestros naipes. Oros van jugados y ya ibais a hacer un renuncio por echarme una peluca.
Durante este diálogo, Rafael se había sentado detrás de su prima y le decía al oído:
—Rita, ¿cuándo pido la dispensa?
—Cuando yo te avise—contestó sin volverle la cara.
—¿Y qué he de hacer para merecer que llegue ese venturoso instante?
—Encomendarte a mi santa, que es abogada de imposibles.
—Cruel, algún día te arrepentirás de haber rechazado mi blanca mano. Pierdes el mejor y el más agradecido de los maridos.
—Y tú la peor y la más ingrata de las mujeres.
—Escucha, Rita—continuó Arias—; ¿tiene nuestro tío, que está enfrente de nosotros, alguna custodia en la cabeza, que te impide volver la cara a quien te habla?
—Tengo una torcedura en el pescuezo.
—Esa torcedura se llama Luis de Haro. ¿Todavía estás encaprichada con ese consumidor de barajas?
—Más que nunca.
—¿Y qué dice a eso tu hermano?
—Si te interesa, pregúntaselo.
—¿Y me dejarás morir?
—Sin pestañear.
—Hago voto al diablo que está a los pies del San Miguel de la parroquia, de que le he de dorar los cuernos, si carga de una vez con tu Luis de Haro.
—Deséale mal, que los malos deseos de los envidiosos engordan.
—Paréceme que te fastidio—dijo Rafael, después de algunos minutos de silencio, viendo bostezar a su prima.
—¿Hasta ahora no lo habías echado de ver?—respondió Rita.
—Esto es que deseas que me vaya. Ya se ve, ¡como Luis Barajas es tan celoso!
—¡Celoso de ti!—respondió su prima, lanzando una de sus carcajadas repentinas—: tan celoso está de ti como del inglés gordo.
—Gracias por la comparación, amable primita; y ¡adiós para siempre!
—¡La del humo!—respondió Rita sin volver la cara.
Rafael se levantó furioso.
—¿Qué tenéis, Rafael?—le preguntó en tono lánguido una joven, al pasar delante de ella.
Esta nueva interlocutora acababa de llegar de Madrid, adonde un pleito de consideración había exigido la presencia de su padre. Volvía de esta expedición completamente modernizada; tan rabiosamente inoculada en lo que se ha dado en llamar buen tono extranjero, que se había hecho insoportablemente ridícula. Su ocupación incesante era leer; pero novelas casi todas francesas. Profesaba hacia la moda una especie de culto; adoraba la música y despreciaba todo lo que era español.
Al oír Rafael la pregunta que se le dirigía, procuró serenarse y respondió:
—Eloisita, tengo un día más que ayer y uno menos de vida.
—Ya sé lo que tenéis, Arias; y conozco cuanto sufrís.
—Eloisita, me vais a meter aprensión como a don Basilio—y se puso a cantar—. ¡Qué mala cara!
—En vano disimuláis; hay lágrimas en vuestra risa, Arias.
—Pero decidme por Dios, Eloisita, lo que tengo, pues es una obra de misericordia enseñar al que no sabe.
—Lo que tenéis, Arias, harto lo sabéis.
—¿El qué?
—Una decepción—murmuró Eloísa.
—¿Una qué?—preguntó Rafael, que no la entendió.
—Una decepción—repitió Eloísa.
—¡Ah!, ¡ya!, había entendido deserción, y mi honor militar se había horripilado. En cuanto a decepción, tengo un ciento, como cada hijo de vecino, amiga mía; y no es poca el inspiraros lástima en lugar de agrado, que es lo que más deseo.
—Pero una hay entre todas que descolora vuestra vida y hace que sea para vos la felicidad un sarcasmo que os llevará a mirar la tumba como un descanso y la muerte como una sonriente amiga.
—¡Ah, Eloisita!—contestó Rafael—; un dedo de la mano habría dado por haber tenido en la acción de Mendigorría tales pensamientos; no que cuando me llevaron al hospital con un balazo en el costado, maldito si me sonreían ni la muerte ni la tumba.
—¡Qué prosaico sois!—exclamó indignada Eloísa.
—¿Es esto un anatema, Eloisita?
—No, señor—repuso con ironía la interrogada—; es un magnífico cumplido.
—Lo que es una verdad de a folio—dijo Rafael—es el que estáis lindísima con ese peinado, y que ese vestido es del mejor gusto.
—¿Os agrada?—exclamó la elegante joven, dejando de repente el tono sentimental—. Son estas telas las últimas nouveautés, es gró Ledru-Rollin.
—No es extraño—dijo Rafael—que se muera por España y por las españolas aquel inglés que veis allí enfrente y cuya cabeza descuella sobre todas las plantas del macetero.
—¡Qué mal gusto!—contestó Eloísa con un gesto de desdén.
—Dice—continuó Rafael—que no hay cosa más bonita en el mundo que una española con su mantilla, que es el traje que más favor les hace.
—¡Qué injusticia!—exclamó la joven—. ¿Creen acaso que el sombrero es demasiado elegante para nosotras?
—Dice—prosiguió Rafael—que manejáis el abanico con una gracia incomparable.
—¡Qué calumnia!—dijo Eloísa—. Ya no lo usamos las elegantas.
—Dice que esos piececitos tan monos, tan breves, tan lindos, están pidiendo a gritos medias y zapatos de seda, en lugar de esas horrendas botas, borceguíes, brodequines o llámense comoquiera.
—Eso es insultamos—exclamó Eloísa—; es querer que retrogrademos medio siglo, como dice muy bien la ilustrada prensa madrileña.
—Que los ojos negros de las españolas son los más hermosos del mundo.
—¡Qué vulgaridad! Esos son ojos de las gentes del pueblo, de cocineras y cigarreras.
—Que el modo de andar de las españolas tan ligero, tan gracioso, tan sandunguero, es lo más encantador que pueda imaginarse.
—Pero ¿no conoce ese señor que nos mira como parias—dijo Eloísa—, y que estamos haciendo todo lo posible para enmendarnos y andar como se debe?
—Lo mejor será que le convirtáis—dijo Rafael.—Voy a presentárosle.
Arias echó a correr pensando: «Eloísa tiene blando el corazón y la echa de romántica: es pintiparada para el mayor, que anda a caza de estos avechuchos.»
Entre tanto, la condesa preguntaba al duque si era bonita la Filomena de Villamar.
—No es ni bonita ni fea—respondió—. Es morena, y sus facciones no pasan de correctas. Tiene buenos ojos; es en fin, uno de esos conjuntos que se ven por dondequiera en nuestro país.
—Una vez que su voz es tan extraordinaria—dijo la condesa, por honor de Sevilla—, es preciso que hagamos de ella una eminente prima donna. ¿No podremos oírla?
—Cuando queráis—respondió el duque—. La traeré aquí una noche de estas, con su marido, que es un excelente músico y ha sido su maestro.
En esto llegó la hora de retirarse.
Cuando el duque se acercó a la condesa para despedirse, esta levantó el dedo con aire de amenaza.
—¿Qué significa eso?—preguntó el duque.
—Nada, nada—contestó ella—; esto significa ¡cuidado!
—¿Cuidado? ¿De qué?
—¿Fingís que no me entendéis? No hay peor sordo que el que no quiere oír.
—Me ponéis en ascuas, condesa.
—Tanto mejor.
—¿Queréis, por Dios, explicaros?
—Lo haré, ya que me obligáis. Cuando he dicho cuidado, he querido decir ¡cuidado con echarse una cadena encima!
—¡Ah!, condesa—repuso el duque con calor—, por Dios, que no venga una injusta y falsa sospecha a oscurecer la fama de esa mujer, aun antes de que nadie la conozca. Esa mujer, condesa, es un ángel.
—Eso por supuesto—dijo la condesa—. Nadie se enamora de diablos.
—Y sin embargo, tenéis mil adoradores—repuso sonriendo el duque.
—Pues no soy diablo—dijo la condesa—; pero soy zahorí.
—El tirador no acierta cuando el tiro salva el blanco.
—Os aplazo para dentro de aquí a seis meses, invulnerable Aquiles—repuso la condesa.
—Callad por Dios, condesa—exclamó el duque—; lo que en vuestra bella boca es una chanza ligera, en las bocas de víboras que pululan en la sociedad, sería una mortal ponzoña.
—No tengáis cuidado: no seré yo quien tire la primera piedra. Soy indulgente como una santa, o como una gran pecadora; sin ser ni lo uno ni lo otro.
Nada satisfecho salía el duque de esta conversación, cuando a la puerta le detuvo el general Santa María.
—Duque—le dijo—, ¿habéis visto cosa semejante?
—¿Qué cosa?—preguntó escamado el duque.
—¡Qué cosa, preguntáis!
—Sí, lo pregunto y deseo respuesta.
—¡Un coronel de veintitrés años!
—En efecto, es algo prematuro—contestó el duque sonriéndose.
—Es un bofetón al Ejército.
—No hay duda.
—Es dar un solemne mentís al sentido común.
—¡Por supuesto!
—¡Pobre España!—exclamó el general, dando la mano al duque y levantando los ojos al cielo.
Capítulo XVII
El duque había proporcionado a Stein y a su mujer una casa de pupilos, a cargo de una familia pobre, pero honrada y decente. Stein había encontrado en una cómoda, cuya llave le entregaron al tomar posesión de su aposento, una suma de dinero, bastante a sobrepujar las más exageradas pretensiones. Adjunto se hallaba un billete, que contenía las siguientes líneas: «He aquí un justo tributo a la ciencia del cirujano. Los esmeros y las vigilias del amigo no pueden ser recompensadas sino con una gratitud y una amistad sincera.»
Stein quedó confundido.
—¡Ah, María!—exclamó, enseñando el papel a su mujer—. Este hombre es grande en todo: lo es por su clase, lo es por su corazón y por sus virtudes. Imita a Dios, levantando a su altura a los pequeños y los humildes. ¡Me llama amigo, a mí, que soy un pobre cirujano; y habla de gratitud, cuando me colma de beneficios!
—¿Y qué es para él todo ese oro?—respondió María—; un hombre que tiene millones, según me ha dicho la patrona, y cuyas haciendas son tamañas como provincias. Además, que si no hubiera sido por ti, se habría quedado cojo para toda la vida.
En este momento entró el duque y, cortando el hilo a los desahogos de agradecimiento en que Stein se deshacía, le dijo a su mujer:
—Vengo a pediros un favor: ¿me lo negaréis, María?
—¿Qué es lo que podremos negaros?—se apresuró a contestar Stein.
—Pues bien, María—continuó el duque—, he prometido a una íntima amiga mía que iríais a cantar a su casa.
María no respondió.
—Sin duda que irá—dijo Stein. María no ha recibido del cielo un don tan precioso como su voz, sin contraer la obligación de hacer participar a otros de esa gracia.
—Estamos, pues, convenidos—prosiguió el duque. Y ya que Stein es tan diestro en el piano como en la flauta, tendréis uno a vuestra disposición esta tarde, así como una colección de las mejores piezas de ópera modernas. Así podréis escoger las que más os agraden y repasarlas; porque es preciso que María triunfe y se cubra de gloria. De eso depende su fama de cantatriz.
Al oír estas últimas palabras, los ojos de María se animaron.
—¿Cantaréis, María?—le preguntó el duque.
—¿Y por qué no?—respondió esta.
—Ya sé—dijo el duque—que habéis visto muchas de las buenas cosas que encierra Sevilla. Stein vive de entusiasmo y ya sabe de memoria a Ceán, Ponz y Zúñiga. Pero lo que no habéis visto es una corrida de toros. Aquí quedan billetes para la de esta tarde. Estaréis cerca de mí, porque quiero ver la impresión que os causa este espectáculo.
Poco después el duque se retiró.
Cuando por la tarde Stein y María llegaron a la plaza, ya estaba llena de gente. Un ruido sostenido y animado servía de preludio a la función, como las olas del mar se agitan y mugen antes de la tempestad. Aquella reunión inmensa, a la que acude toda la población de la ciudad y la de sus cercanías; aquella agitación, semejante a la de la sangre cuando se agolpa al corazón en los parasismos de una pasión violenta; aquella atmósfera ardiente, embriagadora, como la que circunda a una bacante; aquella reunión de innumerables simpatías en una sola; aquella expectación calenturienta; aquella exaltación frenética, reprimida, sin embargo, en los límites del orden; aquellas vociferaciones estrepitosas, pero sin grosería; aquella impaciencia, a que sirve de tónico la inquietud; aquella ansiedad, que comunica estremecimientos al placer, forman una especie de galvanismo moral, al cual es preciso ceder o huir.
Stein, aturdido y con el corazón apretado, habría de buena gana preferido la fuga. Su timidez le detuvo. Veía que todos cuantos le rodeaban estaban contentos, alegres y animados, y no se atrevió a singularizarse.
La plaza estaba llena; doce mil personas formaban vastos círculos concéntricos en su circuito. La gente rica estaba a la sombra; el pueblo lucía a los rayos del sol el variado colorido del traje andaluz.
En los grandes teatros donde brillan la Grisi, Lablache, la Rachel y Macready, la sala no se llena sino cuando le toca salir al artista favorito; pero la función bárbara que se ejecuta en este inmenso circo, no ha pasado jamás por semejante humillación.
Salió el despejo, y la plaza quedó limpia. Entonces se presentaron los picadores montados en sus infelices caballos, que con sus cabezas bajas y sus ojos tristes parecían (y eran en realidad) víctimas que se encaminaban al sacrificio.[20]
Sólo con ver a estos pobres animales, cuya suerte preveía, la especie de desazón que ya sentía Stein se convirtió en compasión penosa. En las provincias de la Península que había recorrido hasta entonces, desoladas por la guerra civil, no había tenido ocasión de asistir a estas grandiosas fiestas nacionales y populares, en que se combinan los restos de la brillante y ligera estrategia morisca con la feroz intrepidez de la raza goda. Pero había oído hablar de ellos y sabía que el mérito de una corrida se calcula generalmente por el número de caballos que en ella mueren. Su compasión, pues, se fijaba principalmente en aquellos infelices animales, que, después de haber hecho grandes servicios a sus amos, contribuido a su lucimiento y quizá salvándoles la vida, hallaban por toda recompensa, cuando la mucha edad y el exceso del trabajo habían agotado sus fuerzas, una muerte atroz, que por un refinamiento de crueldad les obligan a ir a buscar por sí mismo: muerte que su instinto les anuncia, y a la cual resisten algunos, mientras otros, más resignados, o más abatidos, van a su encuentro dócilmente, para abreviar su agonía. Los tormentos de estos seres desventurados destrozarían el corazón más empedernido; pero los aficionados no tienen ojos, ni atención, ni sentimientos, sino para el toro. Están sometidos a una verdadera fascinación; y esta se comunica a muchos de los extranjeros más preocupados contra España y en particular contra esta feroz diversión. Además, es preciso confesarlo y lo confesaremos con dolor. En España, la compasión en favor de los animales es, particularmente en los hombres, por punto general, un sentimiento más bien teórico que práctico. En las clases ínfimas no existe. ¡Ah, míster Martín! ¡Cuánto más acreedor sois al reconocimiento de la humanidad, que muchos filántropos de nuestra época, que hacen tanto daño a los hombres, sin aumentar ni en un ápice su bienestar![21]
Los toros deleitan a los extranjeros de gusto estragado o que se han empalagado de todos los goces de la vida, y que ansían por una emoción, como el agua que se hiela, por un sacudimiento que la avive; o a la generalidad de los españoles, hombres enérgicos y poco sentimentales, y que además se han acostumbrado desde la niñez a esta clase de espectáculos. Muchos, por otra parte, concurren por hábito; otros, sobre todo las mujeres, para ver y ser vistas; otros que van a los toros, no se divierten, padecen, pero que quedan, merced a la parte carneril, de que fue liberalmente dotada nuestra humana naturaleza.
Los tres picadores saludaron al presidente de la plaza, precedidos de los banderilleros y chulos espléndidamente vestidos y con capas de vivos y brillantes colores. Capitaneaban a todos los primeros espadas y sus sobresalientes, cuyos trajes eran todavía más lujosos que los de aquellos.
—¡Pepe Vera! ¡Ahí está Pepe Vera!—gritó el concurso—. ¡El discípulo de Montes! ¡Guapo mozo! ¡Qué gallardo! ¡Qué bien plantado! ¡Qué garbo en toda su persona! ¡Qué mirada tan firme y tan serena!
—¿Saben ustedes—decía un joven que estaba sentado junto a Stein—cuál es la gran lección que da Montes a sus discípulos? Los empuja cruzado de brazos hacia el toro y les dice: no temas al toro.
Pepe Vera se acercó a la valla. Su vestido era de raso color de cereza, con hombreras y profusas guarniciones de plata. De las pequeñas faltriqueras de la chupa salían las puntas de dos pañuelos de holán. El chaleco de rico tisú de plata y la graciosa y breve montera de terciopelo, completaban su elegante, rico y airoso vestido de majo.
Después de haber saludado con mucha soltura y gracia a las autoridades, fue a colocarse, como los demás lidiadores, en el sitio que le correspondía.
Los tres picadores ocuparon los suyos, a igual distancia unos de otros, cerca de la barrera. Los matadores y chulos estaban esparcidos por el redondel. Entonces todo quedó en silencio profundo, como si aquella masa de gente, tan ruidosa poco antes, hubiese perdido de pronto la facultad de respirar.