← Table of contents
La arlesiana

CUADRO TERCERO

R. A. Silva y Martínez translation

La cocina de Castelet.

A la derecha, en el rincón, alta chimenea de gran campana. — A la izquierda, larga mesa y banco de encina, alacenas, puertas interiores. — Amanece.

ESCENA PRIMERA

El patrón Marcos, la Tripulación.

El patrón Marcos, sobre una silla, suda lo suyo para ponerse sus botas altas. — La Tripulación, cargada con todos los avíos, está apoyada en la mesa y dormita en pie.

MARCOS

Ya ves, marinero, en Camarga solo es buena la espera de la mañana. (Tirando de la bota.) ¡Eh, vamos!... Durante el día hay que andar por el fango y levantar las piernas como un caballo tuerto, y para matar, ¿qué?, ni siquiera una cerceta. ¡Oh, iza! Ya estoy calzado... Al alba, por el contrario, los gansos, los flamencos, las fochas desfilan en batallones sobre la cabeza, y no hay más que tirar al montón. ¡Pum, pum!... Me parece que vale la pena, ¿eh?... ¿Qué dices? ¡Eh! ¡Los de a bordo! ¿Duermes, marinero?

LA TRIPULACIÓN, soñando.

¡Marró!...

MARCOS

¡Como que marró, si no he tirado! (Sacudiéndole.) ¡Despierta, animal!

LA TRIPULACIÓN

Sí, patr...

MARCOS

¿Eh?

LA TRIPULACIÓN, precipitadamente.

Sí, capitán...

MARCOS

¡Así! Vamos, ven. (Abre la puerta del foro.) Mira qué brisa. ¡Cómo te va a refrescar los hocicos!... ¡Oh, oh! Los avetoros aletean en el pantano. ¡Buena señal! (En el momento de salir, óyese abrir una ventana.)

ROSA, fuera, llamando.

Marcos...

MARCOS

¡Ohé!

ROSA

No te vayas... Tengo que hablarte...

MARCOS

Pero es que el puesto...

ROSA

Voy a despertar al abuelo... Vamos a bajar; espéranos... (La ventana se cierra.)

MARCOS, volviendo a entrar furioso.

¡Vaya! Ya no hay cacería... Brrr... ¿Qué tendrá que decirme con tanta urgencia? Estoy seguro de que es para hablarme otra vez de esa arlesiana... (Se pasea a lo largo de la habitación.) A fe mía que, si esto continúa, no se va a poder vivir aquí. El muchacho no desplega los labios, el abuelo tiene los ojos llorosos, y la madre me pone una cara... como si fuese mía la culpa. (Parándose ante la Tripulación.) Vamos a ver, ¿es mía la culpa?...

LA TRIPULACIÓN

Sí, capitán...

MARCOS

¡Cómo que sí!... Fíjate en lo que dices... ¿Acaso podía yo ir a registrar los cascos de ese penco para saber si había perdido un hierro o dos en el camino?... Y al fin y al cabo, ¿qué?... ¡Vaya unos conflictos por un amorío! Si todos los hombres fuesen como yo... ¡Fuego de Dios!... Tendría gana de ver qué hembra me echaba a mi la garra... (Sacudiendo a la Tripulación.) Y tu también, marinero, estoy seguro de que tendrías gana de verla... (Se ríe; la Tripulación se ríe también, y los dos se miran.)

ESCENA II

Los mismos; Viveta con varios paquetes.

VIVETA

¿Ya levantado, capitán?...

MARCOS

¡Ah! Es nuestra amiga Viveta... ¿Dónde vamos tan temprano, mi señora Viveta, con tanta carga?

VIVETA

Voy a llevar mi equipaje al barquero del Ródano... Me marcho en el barco a las seis.

MARCOS

¿Se marcha usted?

VIVETA

Sí, capitán; es preciso.

MARCOS

¡Qué alegremente dice: es preciso! Y los amigos de Castelet, ¿no se le parte a usted el corazón abandonándolos?

VIVETA

¡Ah, ya lo creo! Pero allá en San Luis hay una viejecita que se aburre de estar sola, y este pensamiento me da valor para marchar... ¡Ah, Virgen santa! Se me olvidaba... ¡Y el fuego que no está dispuesto..., y el desayuno de los hombres..., y precisamente se ha puesto enferma la criada esta mañana...! Pronto, pronto.

MARCOS

¿Quiere usted que la ayude?

VIVETA

Con mucho gusto, capitán. Mire: allá, detrás de la puerta, hay dos o tres haces de sarmientos.

MARCOS, cogiendo los haces.

Ya... ya. (A la Tripulación:) ¿Qué haces tú ahí mirándome con esos ojazos?...

VIVETA, cogiendo los sarmientos.

Gracias... Ahora no hay más que soplar...

MARCOS

Yo me encargo de ello.

VIVETA

¡Eso es! Mientras tanto, me acercaré al barco para que me reserven el asiento...

MARCOS, vivamente.

¿Pero, volverá usted?

VIVETA

¡Claro! Debo despedirme de mi madrina... (Cargando con el paquete.) ¡Aúpa!

MARCOS

Deje, deje. La Tripulación le llevará a usted eso. Pesa demasiado... ¡Eh, marinero!... ¡Vamos!... ¿Qué?... ¿Qué tienes? ¿De qué te asombras? ¿No te digo que cojas esos paquetes?...

VIVETA

Hasta luego, capitán... (Sale.)

ESCENA III

El patrón Marcos, solo.

¡Pues estamos bien si esta se marcha! Era lo único alegre y vivo de la casa... Y además tan simpática, tan cortés con todos, tan acertada para darle a uno sus títulos. «Sí, capitán; no, capitán». Ni una sola vez se equivoca... ¡Hola, hola! En medio de todo no sería desagradable ver saltar por el puente de la Bella Arsenia un perdigoncito como ese... ¡Bueno, bueno! ¿Qué me pasa? ¿Es que yo también?... Decididamente: por aquí corren malos vientos. A fe mía que esta arlesiana nos ha vuelto a todos locos. (Sopla con rabia.)

ESCENA IV

El patrón Marcos, Baltasar.

BALTASAR, apoyado en la mesa, le mira desde hace unos instantes.

Buen tiempo para las gallinetas, marinero...

MARCOS, sorprendido y cortado.

¡Ah! ¿Eres tú? (Tira el fuelle.)

BALTASAR

El cielo está cubierto de caza, allá hacia la granja de los Girod.

MARCOS, levantándose.

No me hables de eso. Estoy furioso. Me han hecho perder la espera...

BALTASAR

¿Y para calmarte los nervios haces...? (Imitando el ademán de soplar.) Para eso no hace falta ponerse las botas... (Se ríe.)

MARCOS

¡Está bien! ¡Está bien, grandísimo bribón! (Aparte.) ¡Que siempre ha de estar encima de uno ese hombre! (Viendo que el pastor se instala en la chimenea y enciende su pipa.) ¡Hola! ¿También tú estás citado?...

BALTASAR, sentado junto a la chimenea.

¿Citado?

MARCOS

Sí, hombre... Parece que esta mañana se celebra un gran consejo de familia. No sé que les habrá pasado... Algún otro chisme... ¡Chist! Helos aquí...

ESCENA V

Los mismos, Rosa, Francisco Samay.

ROSA

Entre usted, abuelo...

MARCOS

¿Qué ocurre?

ROSA

Cierra la puerta.

MARCOS

¡Oh, oh! Parece que es cosa seria.

ROSA

Muy seria... (Viendo a Baltasar.) ¿Estás ahí tú?

BALTASAR

¿Estoy de más, ama?...

ROSA

Bien puedes quedarte. Lo que tengo que decirles, lo sabes tan bien como nosotros... Es una cosa terrible, en la cual pensamos todos, y de la que nadie se atreve a hablar. Pero el tiempo urge, y es necesario que hablemos de una vez.

MARCOS

Apostaría que se trata de tu chico.

ROSA

Sí, Marcos, lo has adivinado... Se trata de mi hijo, que se muere. Vale la pena de hablar de ello.

FRANCISCO SAMAY

¿Qué es lo que dices?

ROSA

Digo que nuestro hijo se muere, abuelo, y vengo a preguntaros si vamos a contemplar tranquilamente cómo se va al otro mundo, sin hacer nada.

MARCOS

Pero, vamos a ver, ¿qué es lo que tiene?

ROSA

Tiene que es algo superior a sus fuerzas renunciar a su arlesiana. Tiene que esta lucha le agota..., que este amor le mata.

MARCOS

Nada de eso nos dice de qué muere. Uno muere de una pleuresía, de un aparejo que le cae encima, o arrastrado por una oleada; pero, ¡qué diablo!... Un muchacho de veinte años, fuertemente amarrado a sus áncoras, no va a dejarse llevar por una contrariedad amorosa...

ROSA

¿Lo crees así, Marcos?

MARCOS, riendo.

¡Ja, ja! Hay que venir a Camarga para encontrarse todavía con esas supersticiones. (Con frivolidad.) Escuche usted esto, hermanita; es la canción de moda este invierno en el Kursaal de Arlés... (Con fatuidad.)

Felizmente no hay quien muera de amor, felizmente (bis) no hay quien muera de amor.

(Silencio de muerte.)

BALTASAR, en la chimenea.

¡No cantan mal las cubas vacías!

MARCOS

¿Eh?

ROSA

Miente tu canción, Marcos. Hay juventudes de veinte años que mueren de amor; y aun las más de las veces, como encuentran esta muerte demasiado lenta, los que se hallan atacados de ese extraño mal se liberan de la existencia para acabar antes...

FRANCISCO SAMAY

¿Es posible, Rosa?... ¿Crees tú que el muchacho?...

ROSA

Les digo a ustedes que tiene la muerte en los ojos. Mírenle bien y lo verán. Yo hace ocho días que le vigilo; he puesto mi cama en su habitación, y por las noches me levanto para escuchar... ¿Les parece a ustedes que esto es vivir, para una madre? Constantemente tiemblo, tengo miedo de todo por él. Las escopetas, el pozo, el granero... ¡Ah! Y les advierto a ustedes que voy a hacer tapiar esa ventana del granero... Desde allá arriba se ven las casas de Arlés, y todas las tardes el muchacho sube a mirarlas... Eso me espanta... ¿Y el Ródano?... ¡Oh! ¡Ese Ródano! Sueño con él, y Federico también sueña. (Bajo.) Ayer permaneció más de una hora delante de la casa del barquero, mirando el agua con ojos de loco... Ya no tiene más que esa idea, estoy segura... Si no lo ha hecho aún, es porque yo estoy allí, siempre allí, detrás de él, guardándole, amparándole; pero ya se me acaban las fuerzas y veo que se me va a escapar.

FRANCISCO SAMAY

¡Rosa! ¡Rosa!...

ROSA

Óigame, Francisco. No haga usted lo que Marcos. No alce usted los hombros a lo que le digo... Le conozco mejor que usted a ese muchacho, y sé de lo que es capaz... Tiene toda la sangre de su madre; y yo..., si no me hubiesen dado al hombre a quien quería, sé muy bien lo que hubiera hecho.

FRANCISCO SAMAY

Pero, vamos a ver... A pesar de todo, no podemos casarle... con esa...

ROSA

¿Por qué no?

FRANCISCO SAMAY

¿Sabe usted lo que se dice, hija mía?...

MARCOS

¡Fuego de Dios!...

FRANCISCO SAMAY

Yo no soy más que un aldeano, Rosa; pero estimo tanto el honor de mi nombre y de mi casa, como si fuese señor de Caderousse y de Barbantana... ¡Esa artesiana en mi casa!... ¡Vamos!...

ROSA

Verdaderamente, les admiro a ustedes dos cuando me hablan de su honor. ¡Bueno! ¿Y yo? ¿Qué tendría que decir entonces? (Adelantándose hacia Francisco.) Veinte años hace que soy su hija de usted, señor Francisco: ¿ha oído usted nunca una mala palabra sobre mi conducta?... ¿Se encontraría en alguna parte una mujer más honrada, más fiel a su deber?... Es preciso que lo diga yo, puesto que ninguno de ustedes piensa en ello... Mi hombre, al morir, ¿no ha dado fe ante todos de mi discreción y de mi lealtad?... Y si yo, yo, consiento en traer esa pícara a mi casa y en darle mi hijo, ese pedazo de mis entrañas, diciéndole: «Hija mía», ¡ah!, ¿creen ustedes acaso que me será menos violento que a los demás?... Y, sin embargo, estoy dispuesta a hacerlo, ya que no hay otro medio de salvarle...

FRANCISCO SAMAY

Ten piedad de mí, hija mía; me matas...

ROSA

¡Oh, padre mío! Se lo ruego a usted: piense en su Federico... Usted ha perdido ya a su hijo... Este otro es su nieto, es dos veces su hijo; ¿querría usted perderlo también?...

FRANCISCO SAMAY

Esa boda me matará...

ROSA

¡Y qué! Moriremos todos... ¿Qué importa? ¡Con tal de que el hijo viva!

FRANCISCO SAMAY

¿Quién me hubiera dicho, Dios mío, que habría de ver semejante cosa?...

BALTASAR, levantándose de repente.

Yo sé de uno que no la verá... ¡Cómo! ¡Aquí, en Castelet, una perdida que ha rodado con todos los chalanes de la Camarga!... ¡Pues estaría bien!... (Arrojando al suelo la capa y el cayado.) Ahí están mi capa y mi cayado, señor Francisco. Deme usted la cuenta para que me vaya...

FRANCISCO SAMAY, suplicándole.

Baltasar, es por el muchacho... ¡Piénsalo! No tengo más que ese.

ROSA

¡Vaya! Déjele que se marche... Se le ha dado demasiada importancia a este criado.

BALTASAR

¡Ah! Con cuánta razón se dice que mil ovejas sin pastor no son un buen rebaño. Lo que falta hace mucho tiempo en esta casa es un hombre que la dirija. Hay mujeres, jóvenes, viejos; falta el amo.

ROSA

Contéstame con franqueza, pastor... ¿Crees que el muchacho sería capaz de matarse si no le diéramos esa mujer?

BALTASAR, con gravedad.

Lo creo...

ROSA

¿Y preferirías verle morir?...

BALTASAR

¡Cien veces!...

ROSA

Vete, miserable; vete, maldito brujo... (Se lanza sobre él.)

FRANCISCO SAMAY, interponiéndose.

Deja, deja, Rosa... Baltasar es de tiempos más severos que los tuyos, en que se ponía el honor por encima de todo. Yo también pertenezco a aquel tiempo, pero ya no soy digno de él. Voy a darte la cuenta; puedes marcharte, pastor...

BALTASAR

¡No!... Todavía no... Ahí baja el muchacho... Quisiera ver cómo se las van ustedes a arreglar para decirle eso... Federico, Federico, tu abuelo quiere hablarte...

ESCENA VI

Los mismos, Federico.

FEDERICO

¡Calla! ¡Todos aquí!... Pero, ¿qué pasa? ¿Qué les ocurre a ustedes?

ROSA

Y a ti, desdichado, ¿qué te ocurre?... ¿Por qué estás tan pálido, tan febril? Mírele usted, abuelo, ya no es más que la sombra de sí mismo...

FRANCISCO SAMAY

La verdad es que ha cambiado mucho...

FEDERICO, con pálida sonrisa.

¡Bah! Estoy algo enfermo. Pero no es nada, un poco de fiebre; ya pasará. (A Francisco:) ¿Quería usted hablarme, abuelo?...

FRANCISCO SAMAY

Sí, hijo mío, quería decirte... Yo..., tú... (Aparte, a Rosa:) Díselo tú, Rosa; yo no podría nunca.

ROSA

Escucha, hijo mío: todos sabemos que tienes una gran pena, de la cual no quieres hablarnos. Sufres, eres desgraciado... ¿Es por esa mujer, verdad?

FEDERICO

Haga usted el favor, madre... Habíamos quedado en que no se pronunciaría nunca ese nombre aquí.

ROSA, con exaltación.

Es preciso, sin embargo, puesto que mueres por eso..., puesto que quieres morir... ¡Oh! No mientas... Lo sé; solo has encontrado un medio para arrancar ese amor de tu corazón: irte con él de este mundo... Pues, hijo mío, no mueras; como quiera que sea esa maldita arlesiana, tómala... Nosotros te la damos.

FEDERICO

¿Es posible?... Madre... ¡Pero usted no lo ha pensado bien!... Usted sabe lo que es esa mujer...

ROSA

Ya que la amas...

FEDERICO, muy conmovido.

¿De veras, madre, usted consentiría?... Y usted, abuelo, ¿qué dice de esto?... ¿Se sonroja usted, baja la cabeza? ¡Ah! Pobre anciano, cuánto debe costarle... ¡Tanto me han de amar ustedes para hacer por mí un sacrificio semejante!... ¡Pues, no; mil veces no! No aceptaré... Levantad la cabeza, amigos míos, y miradme sin avergonzaros... La mujer a quien yo dé vuestro nombre será digna de él, os lo juro...

ESCENA VII

Los mismos; Viveta, por el foro.

VIVETA, deteniéndose, con timidez.

Perdonen ustedes... ¡Estorbo!...

FEDERICO, deteniéndola.

No..., quédate..., quédate... ¿Qué le parece a usted, abuelo? Creo que a esta no se avergonzaría usted de llamarla hija...

TODOS

¡Viveta!...

VIVETA

¿Yo?...

FEDERICO, a Viveta, sosteniéndola entre sus brazos.

Ya sabes lo que me dijiste: «El mal que una mujer me ha hecho, solo una mujer puede curarlo». ¿Quieres ser tú esa mujer, Viveta? ¿Quieres que te dé mi corazón? ¡Está muy enfermo, muy destrozado por las sacudidas que ha sufrido, pero es igual! Creo que si tú lo intentas, lo conseguirás. ¿Quieres probar, di?... (El abuelo y la madre quedan alelados, con los brazos extendidos hacia Viveta en ademán suplicante.)

VIVETA, inclinando la cabeza sobre el seno de Rosa.

Contéstele usted por mí, madrina.

BALTASAR, sollozando, coge la cabeza de Federico entre sus manos.

¡Ah, hijo mío, Dios te bendiga por el bien que me haces!

Viñeta ornamental
Viñeta ornamental

ACTO TERCERO

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings