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La arlesiana

CUADRO SEGUNDO

R. A. Silva y Martínez translation

Orillas de la ría de Vacarés, en Camarga.

A la derecha, grandes cañaverales. — A la izquierda, un aprisco. — Inmenso horizonte desierto. — En primer término, cañas cortadas, reunidas en haces, y sobre ellos una gran hoz. — Al levantarse el telón, queda desierta la escena unos instantes.

ESCENA PRIMERA

Rosa, Viveta, el patrón Marcos.

Rosa, Viveta, en el foro. — En primer término, Marcos al acecho en los cañaverales.

VIVETA, mirando a lo lejos, con la mano sobre las cejas.

¡Federico!

MARCOS, sacando el cuerpo por entre los cañaverales, con ademán desesperado.

¡Chist!...

ROSA, llamando.

¡Federico!...

MARCOS

¡Pero cállense ustedes, con mil diablos!...

ROSA

¿Eres tú, Marcos?

MARCOS, en voz baja.

Sí, sí..., yo soy... ¡Chist! No moverse... Ahí está.

ROSA

¿Quién..., Federico?

MARCOS

¡No! Un flamenco enorme..., una pieza magnífica que nos está haciendo correr desde esta mañana alrededor de la ría.

ROSA

¿No está con vosotros Federico?

MARCOS

¡No!

LA TRIPULACIÓN, oculto.

¡Ohé!

MARCOS

¡Ohé!

LA TRIPULACIÓN

¡Voló!

MARCOS

¡Ah, mil millones de diablos!... Estas condenadas mujeres... Es igual, no se me escapará... ¡Avante, marinero! (Se interna en el cañaveral.)

ESCENA II

Rosa, Viveta.

ROSA

Ya ves cómo no estaba con su tío... ¿Quién sabe dónde habrá ido?

VIVETA

Vamos, madrina, no se preocupe usted... No puede estar muy lejos... Ahí tiene usted unas cañas recién cortadas. Habrá oído decir a las mujeres que hacían falta enrejados para los gusanos de seda, y habrá venido muy temprano a cortar las cañas.

ROSA

¿Pero por qué no vino a almorzar?... No se llevó merienda.

VIVETA

Habrá ido hasta la granja de los Girod.

ROSA

¿Te parece?

VIVETA

De seguro. Hace mucho tiempo que le vienen convidando los Girod.

ROSA

Es verdad. No había pensado en ello... Sí, sí, tienes razón. Debe de haber ido a almorzar con los Girod. Me alegro mucho de que se te haya ocurrido... Espera que me siente un poco... No puedo más. (Se sienta sobre las cañas.)

VIVETA, arrodillándose y cogiéndole las manos.

¡Que mala es esta madrina! ¡Cuánto se preocupa!... ¡Tiene usted las manos heladas!

ROSA

¿Qué quieres? Ahora tengo siempre miedo cuando no está junto a mí.

VIVETA

¿Miedo?

ROSA

Si te dijera todo cuanto pienso... No se te ha ocurrido nunca, al verle tan triste...

VIVETA

¿Qué?

ROSA

¡No! ¡No! Vale más que no diga nada... Hay cosas que se piensan; pero parece que hablando de ellas, sucederían. (Con rabia.) ¡Ah! Quisiera que una noche reventasen todos los diques del Ródano, y que el río arrastrase la ciudad de Arlés, con todas las que en ella viven.

VIVETA

¿Piensa todavía en esa mujer?

ROSA

¡Que si piensa!

VIVETA

Sin embargo, no habla nunca de ella.

ROSA

Tiene demasiado orgullo.

VIVETA

Entonces, si es orgulloso, ¿cómo puede amarla todavía, si está seguro de que era de otro?

ROSA

¡Ah, hija mía, si supieras!... No la ama del mismo modo que antes; la ama quizá más.

VIVETA

Pero, vamos a ver, ¿qué haría falta para arrancar a esa mujer de su corazón?

ROSA

Haría falta... una mujer.

VIVETA, muy conmovida.

¿De veras? ¿Cree usted que eso sería posible?

ROSA

¡Ah! ¡Cuánto amaría yo a la que me curase a mí hijo!

VIVETA

Si no es más que eso... No faltan quienes no desearían otra cosa... ¡Mire usted! Sin ir más lejos, ahí está la hija de los Girod, de que hablábamos antes. Ahí tiene usted una muchacha bonita, que le ha mirado mucho tiempo con buenos ojos. También tenemos la de los Nugaret; pero quizá no es bastante rica.

ROSA

¡Oh! Eso...

VIVETA

Entonces, madrina, es preciso que se encuentre con una de las dos.

ROSA

Sí, pero, ¿cómo? Ya sabes cómo se ha vuelto. Se esconde, huye, no quiere ver a nadie. ¡No, no! Lo que sería preciso es que el amor llegase a él y le envolviese por completo sin que se diese cuenta de ello. Alguien que viviese junto a él y que le amara bastante para no enojarse por su tristeza. Se necesitaría una criatura buena..., honrada..., valerosa..., como tú, por ejemplo.

VIVETA

¿Yo..., yo?... Si yo no le amo.

ROSA

¡Embustera!

VIVETA

¡Pues, sí! Le amo, le amo bastante para soportar todos sus agravios, todas las desgracias, si supiera que está en mi mano curarle de su pena. Pero, ¿qué quiere usted? ¡La otra era tan bella, según dicen! ¡Y yo soy tan fea!

ROSA

No, hija mía, tú no eres fea, solo eres triste, y a los hombres no les gusta eso. Para agradarles, es preciso reír, mostrar la dentadura. ¡Y la tuya es tan bonita!

VIVETA

Aunque riese, no se fijaría él más que si llorase. ¡Ah!, madrina, usted que es tan bella y que ha sido tan amada, dígame qué debe hacerse para que aquel a quien amamos nos mire y le inspire amor nuestra cara...

ROSA

Ponte ahí. Voy a decírtelo. En primer lugar, debe una figurarse que es bella: esto es más de la mitad de la belleza... Diríase que tú te avergüenzas de ti misma. Escondes todo lo que tienes... Tus cabellos no se ven. Ponte el lazo más atrás. Separa un poco esa cofia, a la arlesiana, así...; que no parezca que te cuelga de la espalda. (La compone, mientras habla.)

VIVETA

Vamos, madrina, pierde usted el tiempo... Estoy segura de que no podrá amarme.

ROSA

¿Qué sabes tú? ¿Le has dicho siquiera que le amabas?... ¿Cómo quieres que lo adivine? Demasiado sé lo que haces: cuando está delante, tiemblas, bajas los ojos. ¡Al contrario! Es preciso levantarlos, fijándolos atrevida y honestamente sobre los suyos. Con los ojos hablan las mujeres a los hombres.

VIVETA, aparte.

No me atreveré nunca.

ROSA

Vamos a ver. Mírame... ¡Pero si es bonita como una flor!... Quisiera que te viese ahora... ¡Mira! ¿Sabes lo que debías hacer? Ir hasta el cortijo de los Girod. Volveréis juntos, solitos, bordeando la ría. Al anochecer, el camino está oscuro. Tiene uno miedo, se extravía, se aprieta el uno contra el otro... ¡Ah, Dios mío! ¿Qué es lo que le estoy diciendo?... Escucha, Viveta, te lo ruega una madre. Mi hijo está en peligro; solo tú puedes salvarle. ¡Le amas, eres bonita, ve!

VIVETA

¡Ah, madrina, madrina!... (Vacila durante un instante; después sale bruscamente por la izquierda.)

ROSA, viéndola marchar.

¡Si fuera yo, qué bien sabría!...

ESCENA III

Rosa, Baltasar, el Inocente.

BALTASAR, va hacia el aprisco con el Inocente.

Ven acá, hijo mío. Vamos a ver si quedan algunas aceitunas en el fondo del saco. (Deteniéndose al ver a Rosa.) ¿Y qué, ama, le ha encontrado usted?

ROSA

¡No! Creo que habrá ido a comer a casa de los Girod.

BALTASAR

Bien puede ser.

ROSA, cogiendo por la mano al Inocente.

¡Vamos!... Hay que volver.

EL INOCENTE, pegándose a Baltasar.

No..., no..., no quiero.

BALTASAR

Déjemele, mi ama. Aquí estamos a orillas de la ría, con el rebaño. Así que venga la noche, se lo llevará el pastorcico.

EL INOCENTE

Sí..., sí..., Baltasar.

ROSA

Este niño te quiere más que a nosotros.

BALTASAR

¿Quién tiene la culpa, mi ama? Por inocente que sea, comprende bien que todos le habéis olvidado un poco...

ROSA

¡Olvidado! ¿Qué quieres decir? ¿Le falta algo? ¿No se tiene cuidado de él?

BALTASAR

Cariño es lo que le hace falta. Tiene, por lo menos, tanto derecho a él como el otro. Ya se lo he dicho a usted muchas veces, Rosa Samay...

ROSA

Quizá demasiadas, pastor...

BALTASAR

Este niño es la buena estrella de la casa. Debe usted quererle doblemente: primero por él, y luego por todos los de aquí a quienes protege.

ROSA

¡Lástima que no seas cura! ¡Qué bien predicarías!... Adiós. Me vuelvo a casa. (Da algunos pasos para irse; después vuelve hacia el niño, le besa con frenesí y vase.)

EL INOCENTE

¡Cómo ha apretado!

BALTASAR

¡Pobre niño! No te besa por ti.

EL INOCENTE

Tengo gana, pastor.

BALTASAR, pensativo, señalando al aprisco.

Entra y coge el saco.

EL INOCENTE, que ha ido a abrir la puerta del aprisco, da un grito y vuelve espantado.

¡Ay!

BALTASAR

¿Qué pasa?

EL INOCENTE

¡Está ahí!... ¡Federico!...

BALTASAR

¡Federico!

ESCENA IV

Baltasar, el Inocente, Federico.

Aparece Federico a la puerta del aprisco; viene pálido, con el traje desarreglado y el pelo lleno de pajas.

BALTASAR

¿Qué haces ahí?

FEDERICO

Nada.

BALTASAR

¿No has oído que te llamaba tu madre?

FEDERICO

Sí..., pero no me daba la gana de contestar. Esas mujeres me fastidian. ¿Qué tienen, que me están siempre espiando? Quiero que me dejen en paz, quiero estar solo.

BALTASAR

Haces mal. La soledad no es buena para lo que tú tienes.

FEDERICO

¿Lo que yo tengo?... ¡Si yo no tengo nada!

BALTASAR

¿Si no tienes nada, por qué pasas las noches llorando y quejándote?

FEDERICO

¿Quién te lo ha dicho?

BALTASAR

Ya sabes que soy brujo. (Al mismo tiempo que habla, entra en el aprisco y sale luego con un zurrón de tela que entrega al Inocente.) ¡Toma! Busca lo tuyo.

FEDERICO

¡Pues sí! Es cierto. Estoy enfermo; sufro mucho. Cuando estoy solo, lloro, grito... Hace un instante, ahí dentro, metía la cabeza entre la paja para que no se me oyese... Pastor, te lo suplico, puesto que eres brujo: dame una hierba, alguna cosa que me quite lo que tengo aquí, que me hace tanto daño.

BALTASAR

Hay que trabajar, hijo mío.

FEDERICO

¿Trabajar? Desde hace ocho días trabajo como diez jornaleros; me reviento, me agoto, y nada.

BALTASAR

Entonces, cásate pronto... No hay mejor almohada que el corazón de una honrada mujer...

FEDERICO, con rabia.

No hay mujeres honradas... (Calmándose.) ¡No! ¡No! Eso tampoco sirve. Vale más que me vaya. Es lo mejor de todo.

BALTASAR

Sí, viajar... También es bueno eso... Mira... Dentro de unos días marcharé al monte; ven conmigo..., verás que bien se está allá arriba. Aquello está lleno de fuentes que cantan, de flores tan grandes como árboles, y de estrellas, ¡de estrellas!...

FEDERICO

No está bastante lejos el monte.

BALTASAR

Entonces, vete con tu tío..., ve a recorrer mares lejanos...

FEDERICO

No..., no... Tampoco están bastante lejos los mares lejanos.

BALTASAR

¿Dónde quieres ir, pues?

FEDERICO, golpeando la tierra con el pie.

Allá..., a la tierra.

BALTASAR

¡Desdichado!... ¡Y tu madre y el abuelo, a quienes matarías a la vez!... ¡Claro! Todo sería fácil si no tuviésemos que pensar más que en nosotros mismos. Pronto echaríamos abajo la carga; pero están ahí los demás.

FEDERICO

Sufro tanto... Si tú supieras...

BALTASAR

¡Sé lo que es, vaya! Conozco tu mal, lo he tenido.

FEDERICO

¿Tú?

BALTASAR

Yo, sí... He conocido el espantoso tormento de decirse: la que amo, el deber me prohíbe amarla. Tenía yo entonces veinte años. En la casa donde servía (muy cerca de aquí, del otro lado del Ródano), la mujer del amo era hermosa, y me enamoré de ella... Nunca hablábamos de amor. Únicamente, cuando yo estaba solo en los prados, ella venía a sentarse y a reír cerquita de mí. Un día, aquella mujer me dijo: «¡Pastor, vete!... Ahora estoy segura de que te amo...». Entonces me marché, y entré en casa de tu abuelo.

FEDERICO

¿Y no os habéis vuelto a ver más?

BALTASAR

Nunca. Y, sin embargo, no estábamos muy lejos el uno del otro; y yo la amaba tanto, que después de haber llovido años y años sobre ese amor, ¡mira!, cuando hablo de él me asoman las lágrimas... ¡Qué más da! Estoy satisfecho. He cumplido con mi deber. Procura cumplir con el tuyo.

FEDERICO

¿Acaso no lo hago? ¿Soy yo quien habla de esa mujer? ¿Es que he vuelto a verla? Algunas veces... la rabia de amor se apodera de mí. Me digo: «Voy»..., y ando, ando... hasta que veo asomar los campanarios de la ciudad. Nunca he ido más allá.

BALTASAR

Bueno, entonces sé valiente hasta el final. Dame las cartas.

FEDERICO

¿Qué cartas?

BALTASAR

Esas odiosas cartas que lees día y noche, y que te abrasan la sangre en lugar de apartarte de ella, de calmarte, como el abuelo creía.

FEDERICO

Puesto que lo sabes todo, dime cómo se llama ese hombre, y te las devolveré.

BALTASAR

¿De qué te va a servir eso?

FEDERICO

Es uno de la ciudad, ¿no es cierto? ¿Algún rico?... Ella le habla siempre de sus caballos.

BALTASAR

Quizá.

FEDERICO

No quieres decirme nada; entonces, me las guardo. Si el galán quiere recuperarlas, vendrá a pedírmelas. De ese modo le conoceré.

BALTASAR

¡Ah, loco, más que loco!... (Voces lejanas.) ¿Para qué llamarán ahora los pastores? (Mirando al cielo.) Sí que tienen razón. El sol se pone... Hay que entrar el ganado. (Al Inocente:) Espérame, pequeño; en seguida vuelvo. (Sale.)

ESCENA V

Federico, el Inocente.

Federico, sentado sobre las cañas; el Inocente, comiendo, un poco más lejos.

FEDERICO

Todos los enamorados tienen cartas de amor; estas son las mías. (Saca las cartas.) No tengo otras... ¡Ah, pobre de mí!... Aunque me las sé de memoria, he de leerlas y releerlas sin cesar. Esto me desgarra el corazón, me mata; pero, así y todo, me agrada... como si me envenenase con algo delicioso.

EL INOCENTE, levantándose.

¡Bueno! He acabado; no tengo más gana.

FEDERICO, mirando las cartas.

¡Cuántas caricias hay aquí dentro, cuántas lágrimas, cuántos juramentos de amor! ¡Y decir que todo esto es para otro, que está escrito, que lo sé yo, y que la amo todavía! (Con rabia.) ¡Es raro que el desprecio no pueda matar al amor! (Lee las cartas.)

EL INOCENTE, acercándose y apoyándose en su espalda.

No leas eso; hace llorar.

FEDERICO

¿Cómo sabes tú que hace llorar?

EL INOCENTE, hablando lentamente y con trabajo.

Te veo por las noches, en nuestro cuarto, cuando tapas la lámpara con la mano.

FEDERICO

¡Oh, oh! El pastor tiene razón cuando dice que te despiertas. Hay que tener cuidado con esos ojitos de ahora en adelante.

EL INOCENTE

Deja ya esos cuentos tan feos. Yo sé otros mucho más bonitos. ¿Quieres que te cuente uno?

FEDERICO

¡Vamos a ver!

EL INOCENTE, sentándose a sus pies.

Pues, señor, había una vez..., había una vez... Tiene gracia; nunca me acuerdo del principio de los cuentos. (Se coge la cabecita con las manos.)

FEDERICO, leyendo las cartas.

«Me he entregado a ti por completo». ¡Oh, Dios!

EL INOCENTE

Y entonces... (Con pena.) Me cansa tanto pensar... Y entonces luchó toda la noche, y después, por la mañana, el lobo se la comió... (Deja caer la cabeza sobre las cañas, y se duerme.)

FEDERICO

Bueno, y ese cuento ¿se acabó ya? ¡Pobre pequeño, se durmió contándomelo! (Cubre al niño con su chaqueta.) ¡Es una dicha dormir así! Yo no puedo; pienso demasiado... Y, sin embargo, la culpa no es mía, sino que parece que todo se conjura a mi alrededor para hablarme de ella, para impedirme que la olvide; así, la última vez que la vi era una tarde como esta: el Inocente se había dormido como ahora... y yo le velaba, pensando en ella.

ESCENA VI

Los mismos, Viveta.

VIVETA, viendo a Federico, se detiene; aparte.

¡Ah! ¡Por fin le encuentro!...

FEDERICO

Entonces, vino pasito por detrás de las moreras y me llamó por mi nombre.

VIVETA, tímidamente.

¡Federico!

FEDERICO

¡Oh! Tengo siempre su voz en los oídos.

VIVETA

No me oye. ¡Espera! (Coge algunas flores silvestres.)

FEDERICO

Yo, intencionadamente, no volvía la cabeza. Entonces, para llamarme la atención, se puso a sacudir las moreras, riéndose con toda su alma, y yo allí sin moverme, recibiendo su encantadora risa, que parecía caer sobre mí con las hojas de los árboles.

VIVETA, acercándose por detrás, le arroja un puñado de flores.

¡Ja, ja, ja!

FEDERICO, con extravío.

¿Quién está ahí? (Volviéndose.) ¿Eres tú?... ¡Oh! ¡Qué daño me has hecho!

VIVETA

¿Te he hecho daño?

FEDERICO

¿Pero qué me quieres con tu risa, tu risa insoportable?...

VIVETA, muy conmovida.

Es que... es que te amo, y me habían dicho que para agradar a los hombres era preciso reír. (Silencio.)

FEDERICO, asombrado.

¿Me amas?

VIVETA

¡Vaya, hace mucho tiempo! De pequeñita...

FEDERICO

¡Ah! ¡Pobre criatura, cómo te compadezco!

VIVETA, con los ojos bajos.

¿Te acuerdas de cuando la abuela Reinalda nos llevaba a coger coscojo hacia Montemayor? Entonces ya te amaba; y cuando, al buscar en las encinas, nuestros dedos se juntaban bajo las hojas, no te decía nada, pero me estremecía toda... Hace de esto diez años... Conque ya ves. (Silencio.)

FEDERICO

Este amor es para ti una gran desgracia, Viveta... Yo no te amo.

VIVETA

¡Oh! Demasiado lo sé. No es de hoy. Ya en la época de que te hablo empezabas tú a no amarme. Cuando te daba alguna cosa, siempre se la dabas a los demás.

FEDERICO

Pues entonces, ¿qué es lo que quieres de mí, si sabes que no te amo, que no te amaré nunca?

VIVETA

No me amarás nunca, ¿verdad? Es lo que yo decía... Pero escucha: no tengo yo la culpa; tu madre es quien lo ha querido.

FEDERICO

¿Conque era eso lo que tramabais las dos hace un rato?

VIVETA

¡Te quiere tanto tu madre!... ¡Sufre tanto con tu dolor! Se figuraba que te aliviaría tener amistad con alguien, y por eso me envió a ti... Sin ella no hubiera yo venido. Yo no soy pedigüeña, no; me habría bastado lo que poseía. Venir aquí dos o tres veces al año; pensar en ello mucho tiempo antes y mucho más después...; oírte, estar a tu lado; no hubiera deseado más... No sabes tú, cuando llegaba a vuestra casa, cómo me latía el corazón solo con ver la puerta. (Movimiento de Federico.) ¡Y mira cuán desgraciada soy! Esa felicidad que cualquier cosa me producía, pero que llenaba mi vida, hace que la pierda ahora. Porque, como tú comprendes, todo se acabó... Después de lo que te he dicho, ya no me atreveré a encontrarme frente a ti. Es preciso que me vaya para no volver más.

FEDERICO

Tienes razón, vete; más vale.

VIVETA

Pero antes de que me vaya, déjame pedirte una cosa, la última. El mal que una mujer te ha causado, otra puede curarlo. Busca otra novia, y no te desesperes pensando siempre en aquella. Ya ves qué doble dolor sería para mí estar lejos y decirme: «No es feliz». ¡Oh, Federico mío! Te lo pido de rodillas; no te dejes morir por esa mujer. Hay otras. No todas son feas como Viveta. Yo misma conozco algunas que son bien hermosas, y, si quieres, te las indicaré.

FEDERICO

No me faltaba más que esta persecución... No quiero ni a ti, ni a las demás, ni a las hermosas, ni a las feas. Puedes decírselo a mi madre, y que no me mande ninguna más. Todas me dan asco. ¡Siempre la misma mueca! Mentira, mentira, y mentira. Tú misma, que te arrastras sobre las rodillas y me pides amor, ¿quién me dice que no tienes en alguna parte un amante que me vendrá también con cartas?

VIVETA, tendiendo los brazos hacia él.

¡Federico!

FEDERICO, sollozando.

¡Ah! Ya ves que estoy loco y que hay que dejarme tranquilo. (Sale corriendo.)

ESCENA VII

Viveta, el Inocente; después Rosa.

Anochece.

VIVETA, de rodillas, sollozando.

¡Dios mío! ¡Dios mío!

EL INOCENTE, asustado.

¡Viveta!

ROSA

¿Qué pasa? ¿Quién llora?

VIVETA

¡Ah, madrina!

ROSA

¿Eres tú?... ¿Y Federico?

VIVETA

¡Ah! Bien le había dicho a usted que no me amaría nunca... ¡Si usted supiera lo que me ha dicho, cómo me ha hablado!

ROSA

Pero, ¿dónde está?

VIVETA

Acaba de marchar por ahí, corriendo como un loco. (Un fogonazo ilumina el cañaveral por el lado que indica Viveta.)

ROSA

¡Ah! (Quedan petrificadas, pálidas.)

MARCOS, en el cañaveral.

¡Ohé!

LA TRIPULACIÓN

¡Marró!

VIVETA

¡Ah! ¡Qué susto me ha dado!...

ROSA

Has tenido miedo, ¿eh?... Ya ves que piensas en ello como yo... ¡No, no! No es posible; es preciso tomar una resolución; yo no puedo vivir así. Ven...

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