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La arlesiana

CUADRO CUARTO

R. A. Silva y Martínez translation

El patio de Castelet.

Lo mismo que en el cuadro primero, pero limpio, reluciente, endomingado. A los dos lados de la puerta del foro, un mayo con guirnaldas de flores. Encima de la puerta, un colosal ramillete de trigo verde, acianos, amapolas, meletas y espuelas de caballero.

Movimiento de mozos y de doncellas en traje de fiesta. Junto al pozo, una criada llenando un cántaro. De vez en cuando llega con la brisa el sonido del pífano, el redoble de los tamboriles.

ESCENA PRIMERA

Baltasar, mozos, criadas.

Baltasar por el foro, sudando y cubierto de polvo.

LOS MOZOS

¡Ah! Aquí está Baltasar.

UNO DE LOS MOZOS

Buenos días, tío Baltasar.

BALTASAR, alegremente.

Salud, salud, jóvenes... (Va a sentarse al borde del pozo.)

LA CRIADA

¡Dios mío! Cuánto calor tiene usted, pobre pastor.

BALTASAR, enjugándose la frente.

Vengo de lejos y el sol quema... Dame el cántaro... (La mujer levanta el cántaro y le da de beber.)

LA CRIADA

¿Pero es razonable que a la edad que usted tiene se ponga en semejante estado?...

BALTASAR

¡Bah! No soy tan viejo como creen... Es ese gran tunante de sol al que no estoy acostumbrado... Calcula, hija mía: hacía más de sesenta años que no pasaba un mes de junio en los llanos. (Los mozos se han acercado y forman corro en torno de él.)

UN MOZO

Es cierto, abuelo. Se retrasa usted mucho este año en llevar el ganado al monte.

BALTASAR

¡Caramba! Sí. Los animales no están contentos; pero, ¿qué quieres?... He casado al padre, he casado al abuelo, y no podía morirme sin casar al chico... Por fortuna, no durará mucho esto: hoy se publican las amonestaciones, primera y última; el jueves los regalos, el sábado la boda. Después, al monte...

LA CRIADA

¿No va usted a descansar nunca, tío Baltasar? ¿Piensa usted guardar el ganado hasta el fin de sus días?...

BALTASAR

¡Que si pienso!... (Quitándose el sombrero.) Al gran Pastor que allá arriba está no le he pedido nunca más que una cosa: que me haga morir en plenos Alpes, en medio de mi rebaño, una de esas noches de julio en que se ven tantas estrellas... Por lo demás, no me apuro. Estoy seguro de irme así. ¡Es mi estrella!... Otro trago, gatita mía. (Bebe; la criada sostiene el cántaro.)

LOS MOZOS, mirándose unos a otros con admiración.

¡Ya sabe que esa es su estrella!...

ESCENA II

Los mismos, el patrón Marcos y la Tripulación.

El patrón Marcos aparece sobre el descansillo de la escalera. Está endomingado, con chaleco de seda, gorra dorada de grandes galones, corbata de seda y camisa bordada.

MARCOS, a Baltasar, que está bebiendo.

¡Eh! Tío Baltasar: reservémonos, que esa bebida se sube a la cabeza...

BALTASAR

Vean ustedes al lindo don Diego, que se da pisto ahí arriba porque tiene una gorra nueva que reluce como la bacía de un barbero... ¿No has ido a misa, mal cristiano, en un día como este?

MARCOS, bajando.

Mil gracias... Hay que ir a buscar la misa demasiado lejos, en este país de salvajes... Y me acuerdo de la tartana... (Mirando a su alrededor.) ¡Oh, oh! ¡Que empavesados estamos!... ¿Qué harán ustedes el día de la boda, si hacen esto el de los dichos?...

UN MOZO

Pero hoy no solamente son los dichos, sino que también es San Eloy, la fiesta de los labradores.

MARCOS

Por eso se oye roncar a los tamboriles.

EL MOZO

Sí; los cofrades de San Eloy van de granja en granja bailando la farandola. Los tendremos en Castelet antes que llegue la noche.

MARCOS

Pero oye: ¿es que el día de San Eloy es más larga la misa que los demás domingos?... Nuestra gente no acaba de llegar...

LA CRIADA

Seguramente habrán dado la vuelta por San Luis para recoger a la abuela Reinalda.

MARCOS

¡Hombre!... ¿Conque vamos a ver a esa buena anciana? A propósito, tío Estrellas: ¿no es esa una de tus antiguas amigas?...

BALTASAR

Cállate, marinero.

MARCOS, riéndose.

¡Hola, hola! Parece que en tiempo del abuelo Reinaldo... (Los mozos se ríen.)

BALTASAR

¡Cállate, marinero!

MARCOS

Habéis, como suele decirse, espigado juntos.

BALTASAR, levantándose, pálido, con voz terrible.

¡Marinero!... (El patrón retrocede, asustado. Los mozos dejan de reír. Baltasar les mira a todos un instante.) Podéis reíros lo que queráis de este viejo loco de Baltasar y de sus estrellas... ¡Pero ese asunto es sagrado!... Prohíbo mentarlo...

MARCOS

Bueno, bueno; nadie ha querido incomodarte. ¡Qué diablo!

LOS MOZOS

De ningún modo, tío Baltasar; ya sabe usted... (Le rodean. Vuélvese a sentar tembloroso.)

MARCOS, aparte, a la Tripulación.

No he visto una casa como esta para tomar en serio historias de mujeres. Es lo mismo que el otro con su arlesiana. Parecía que todo se había acabado, que ya no había esperanza. Y ahora...

LOS MOZOS, corriendo hacia el foro.

¡Ahí están! ¡Ahí están!...

BALTASAR, muy conmovido.

¡Oh, Dios mío! (Se aparta a un rincón.)

ESCENA III

Los mismos, Rosa, Francisco, Federico, Viveta, el Inocente, la abuela Reinalda.

Entran por el foro, todos engalanados, con cofias de encaje y chaquetas rameadas. — La vieja va la primera, apoyándose en Viveta y en Federico.

LA ABUELA REINALDA

Helo aquí todavía, el viejo Castelet... Dejadme, hijos míos, que lo mire un poquito...

MARCOS

Buenos días, abuela Reinalda.

LA ABUELA REINALDA, haciéndole una gran reverencia.

¿Quién es este señor tan elegante?... No le conozco...

ROSA

Es mi hermano, abuela Reinalda...

FRANCISCO SAMAY

Es el patrón Marcos.

MARCOS, apuntándole, y en voz baja.

¡Capitán!...

LA ABUELA REINALDA

Muy señor mío, señor patrón.

MARCOS, furioso, entre dientes.

¡Patrón!... ¡Patrón!... Y no se han fijado en la gorra.

EL INOCENTE, aplaudiendo.

¡Oh! ¡Qué bonitos son este año los árboles de San Eloy!

LA ABUELA REINALDA

Me da gusto volver a ver todas estas cosas. Hace tanto tiempo... Desde tu boda, Francisco...

FEDERICO

¿Recuerda usted estos sitios, abuela?...

LA ABUELA REINALDA

¡Ya lo creo! Aquí, la cámara de los gusanos de seda; allí, el porche. (Avanza y se detiene ante el pozo.) ¡Oh! ¡El pozo!... (Sonriéndose.) Es posible, Dios mío, que la madera y la piedra le conmuevan a una hasta tal punto...

MARCOS, aparte a los mozos.

Esperad; vamos a reírnos. (Se acerca a la vieja, la coge suavemente por el brazo, y le hace dar algunos pasos hacia el rincón en que se ha parapetado Baltasar.) Y a ese, abuela Reinalda, ¿le reconoce usted?... Creo que es de su tiempo...

LA ABUELA REINALDA

¡Bendito sea Dios! Pero es... es Baltasar...

BALTASAR

¡Dios le guarde a usted, Reinalda! (Da un paso hacia ella.)

LA ABUELA REINALDA

¡Oh!... ¡Oh, mi pobre Baltasar!... (Se miran un momento sin decir nada. — Todos se apartan respetuosamente.)

MARCOS, burlonamente.

¡Hola, hola! ¡Los viejos tortolitos!

ROSA, con severidad.

¡Marcos!

BALTASAR, aparte a la anciana.

Tengo la culpa. Sabía que iba usted a venir. No hubiera debido quedarme aquí...

LA ABUELA REINALDA

¿Por qué? ¿Para cumplir nuestro juramento?... ¡Bah! No vale la pena. Dios mismo no ha querido que muriésemos sin habernos vuelto a ver, y por eso ha puesto amor en el corazón de estos dos muchachos. Después de todo, bien nos debía eso para recompensar nuestro valor...

BALTASAR

¡Oh! Sí, nos ha hecho falta el valor; cuántas veces, llevando el ganado, veía el humo de su casa de usted, que parecía hacerme señas, diciéndome: ¡Ven!... ¡Aquí está!...

LA ABUELA REINALDA

Y yo, cuando oía el ladrido de tus perros, y te reconocía a lo lejos con tu gran capa, necesitaba fuerzas para no correr hacia ti. En fin, ahora ha terminado nuestra pena, y podemos mirarnos a la cara sin avergonzarnos... Baltasar...

BALTASAR

¡Reinalda!

LA ABUELA REINALDA

¿No te avergonzarías de darme un beso, aunque esté vieja y arrugada como estoy...?

BALTASAR

¡Oh!

LA ABUELA REINALDA

¡Bueno! Entonces, apriétame bien sobre tu corazón, mi buen amigo. Va para cincuenta años que te debo este beso de amistad. (Se dan un prolongado beso.)

FEDERICO

¡Qué hermoso es el deber! (Apretando el brazo a Viveta.) Viveta, te amo...

VIVETA

¿De veras?

MARCOS, acercándose.

Dígame, abuela Reinalda: ¿no podríamos ahora dar una vuelta por la cocina, para ver si el asador ha cambiado desde entonces?

FRANCISCO SAMAY

Tiene razón... ¡A la mesa! (Coge a la anciana por el brazo.)

TODOS

¡A la mesa, a la mesa!

LA ABUELA REINALDA, volviéndose.

Baltasar...

ROSA

Vamos, pastor...

BALTASAR, muy conmovido.

Voy... (Todos salen por la izquierda. — La escena queda desierta algunos segundos. — Anochece.)

ESCENA IV

Federico, Viveta. Salen los dos de la casa.

FEDERICO, llamando a Viveta cerca del pozo.

Viveta, escucha, mírame... ¿Qué tienes? No estás contenta.

VIVETA

¡Oh! Sí, Federico mío.

FEDERICO

Cállate, no mientas; tú tienes algo que te atormenta y te amarga la alegría de nuestros esponsales. Sé muy bien lo que es: te asusta tu enfermo. Todavía no estás segura de él... Pues, sé feliz; te juro que estoy curado.

VIVETA, meneando la cabeza.

A veces cree uno eso, y después...

FEDERICO

¿Te acuerdas de aquel año en que estuve tan enfermo? De todo el tiempo de mi enfermedad no me ha quedado más que una cosa en la memoria. Era una mañana en que por primera vez habían abierto la ventana. ¡La brisa del Ródano olía tan bien aquella mañana!... Habría podido señalar una por una todas las hierbas sobre las que había pasado. Y, además, no sé por qué, pero el cielo me parecía más transparente que de costumbre, los árboles tenían más hojas, los hortelanos cantaban mejor, y yo me encontraba bien... Entonces entró el médico, y dijo, mirándome: «¡Está curado!...». Pues bien; ahora que te hablo estoy como aquella mañana; es el mismo cielo, la misma paz de todo mi ser, y solo siento un deseo: apoyar la cabeza en tu seno y quedar así siempre... Ya ves que estoy curado.

VIVETA

¿Luego es verdad que me amas?...

FEDERICO, en voz baja.

Sí...

VIVETA

¿Y la otra?... ¿No piensas ya en aquella que tanto daño te hizo?...

FEDERICO

No pienso más que en ti, Viveta...

VIVETA

¡Oh! Sin embargo...

FEDERICO

¿Por qué cosa quieres que te lo jure?... Tú eres la única en mi corazón, yo te lo digo... No hablemos de ese triste pasado. Ya no existe para mí.

VIVETA

Entonces, ¿por qué conservas cosas que te lo recuerdan?

FEDERICO

Pero... si no conservo nada.

VIVETA

¿Y esas cartas que tienes ahí?...

FEDERICO, asombrado

¡Cómo! ¿Tú lo sabías?... Sí, es verdad; las he guardado mucho tiempo. Tenía una maldita curiosidad por conocer a ese hombre; pero ahora, mira. (Se desabrocha la chaqueta.)

VIVETA

¿Ya no están ahí?...

FEDERICO

Baltasar fue a devolverlas esta mañana.

VIVETA

¿Has hecho eso, Federico mío? (Colgándose de su cuello.) ¡Oh! ¡Qué feliz soy!... Si supieras cuánto me han hecho sufrir esas malditas cartas... cuando me apretabas sobre tu pecho y me decías: «¡Te amo!». Siempre las sentía allí, bajo tu ropa, y eso me impedía creerte.

FEDERICO

¿De modo que no me creías, y, sin embargo, querías ser mi mujer?

VIVETA, sonriendo.

Eso me impedía creerte; pero no me impedía amarte...

FEDERICO

Y ahora, si te digo: «¡Te amo!», ¿me creerás?...

VIVETA

¡Dímelo! ¡Vamos a ver!

FEDERICO

¡Oh, amada mía! (La estrecha sobre su pecho, y después, enlazados los dos, marchan despacito y desaparecen unos instantes detrás del porche.)

ESCENA V

Los mismos, el Potrero, Baltasar.

Mitifio entra precipitadamente, da algunos pasos por el patio desierto, y luego, cuando va a llamar a la casa, ábrese la puerta y aparece Baltasar.

BALTASAR, volviéndose.

¡Eres tú!... ¿Qué quieres?

EL POTRERO

¡Mis cartas! (En este momento la pareja de enamorados entra en escena.)

BALTASAR

¡Cómo! ¿Tus cartas?... Pero si se las he llevado a tu padre esta mañana. ¿No vienes de tu casa?

EL POTRERO

Hace dos noches que duermo en Arlés.

BALTASAR

¿De manera que eso continúa?...

EL POTRERO

¡Siempre!...

BALTASAR

Hubiera creído, sin embargo, que después de lo de las cartas...

EL POTRERO

Cuando somos cobardes por ellas, las mujeres nos perdonan todas las cobardías.

BALTASAR

Entonces, buen provecho te haga, muchacho. Aquí, gracias a Dios, hemos acabado con esa locura. El chico se casa dentro de cuatro días, y esta vez ha elegido a una mujer honrada.

EL POTRERO

¡Ah! Sí, él es bien feliz. Debe de ser tan grato amarse con libertad, ante Dios y los hombres; estar orgulloso de aquella a quien se ama; poder decir a todo el que pasa: «¡Miradla; es mi mujer!». Yo voy por la noche, como un ladrón. Durante el día me escondo, ando a su alrededor, y luego, cuando estamos solos, todo se vuelve escándalos y cuestiones. ¿De dónde vienes?... ¿Qué has hecho?... ¿Qué hombre es ese con quien hablabas?... ¡Y cuántas veces, en medio de nuestras caricias, siento unos deseos de ahogarla para que no me engañe más!... (Aquí los novios, enlazados por el talle, aparecen, atravesando la escena por el foro.) ¡Ah! ¡Que horrible vida de desconfianza y de mentiras! Por fortuna, esto va a terminar. Ahora vamos a vivir juntos, y desdichada de ella si...

BALTASAR

¿Os casáis?

EL POTRERO

No, la robo... Si esta noche estás allá en el aprisco, oirás un fuerte galopar en la llanura. Llevaré a la dama en mis brazos, sobre la silla, y respondo de que la sujetaré bien.

BALTASAR

¿Conque te ama mucho esa maldita arlesiana?...

FEDERICO, deteniéndose en el foro.

¡Oh!

EL POTRERO

Sí... Es un capricho del momento. Y, además, un robo no le sentará mal. Correr a la ventura por las carreteras, rodar de posada en posada, el cambio, el miedo, la persecución: he ahí lo que a ella le gusta sobre todo. Es como esas aves marinas que no cantan sino en medio de la tempestad...

FEDERICO, aparte, con rabia.

¡Es él! ¡Por fin!...

VIVETA

Ven, Federico... ¡No te quedes ahí!

FEDERICO, rechazándola.

¡Déjame!

VIVETA, desolada.

¡Ah! Aún la quiere... Federico...

FEDERICO

Vete... ¡Te digo que te vayas! (La empuja hacia el interior de la casa y luego vuelve a escuchar.)

EL POTRERO

A mí me da miedo este viaje. Pienso en el viejo que va a quedarse solo, en mis caballos, en la cabaña, en la grata vida de hombre honrado que hubiese llevado allá, si no hubiera tropezado con ella.

BALTASAR

¿Por qué marchar, entonces? Haz lo que ha hecho el nuestro. Renuncia a esa mujer y cásate.

EL POTRERO, bajo.

No puedo... ¡Es tan hermosa!...

FEDERICO, abalanzándose.

¡Demasiado sé que es hermosa, miserable!... Pero, ¿qué necesidad tenías de venir a recordármelo? (Con risa de rabia.) ¡Un aldeano!... ¡Era un aldeano como yo!... (Adelantándose a él.) ¡Ah! Mi dicha te causa envidia y vienes a contármelo al salir de sus brazos, cuando todavía tienes en los labios sus besos de la última noche. Pero es que no sabes que, por uno de esos momentos de pasión de que me hablas, por un minuto de tu vida, daría yo toda la mía; todo mi paraíso por una hora de tu purgatorio... ¡Maldito seas por haber venido, chalán del infierno!... Todavía es peor que haberla visto a ella... Tú me traes con su aliento el horrible amor de que estuve a punto de morir. Ahora todo se acabó, estoy perdido. Y mientras recorras los caminos con ella, habrá aquí mujeres que lloren... ¡Pero no! Eso no es posible, eso no ha de ser. (De un salto se apodera de uno de los grandes martillos que han servido para plantar los mayos.) Vamos, defiéndete, bandido, defiéndete, que te voy a matar; no quiero morir solo. (El Potrero retrocede. Durante toda esta escena se oye el ruido de los tamboriles que llegan.)

BALTASAR, arrojándose sobre Federico.

Desgraciado, ¿qué vas a hacer?

FEDERICO, procurando desasirse.

No, déjame... Él, primero; después, su arlesiana. (En el momento en que se arroja sobre el Potrero, Rosa se lanza entre ellos. Federico se detiene, titubea; el martillo se le cae de las manos. En el mismo instante aparece gente sacudiendo antorchas ante la granja, y los farandoleros invaden el patio gritando: «¡San Eloy!... ¡San Eloy!».)

LOS FARANDOLEROS

¡San Eloy! ¡San Eloy! ¡A la farandola!

LA GENTE DE LA GRANJA, saliendo al balcón.

¡San Eloy!... ¡San Eloy!... (Cantos y danzas.)

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