QUINTA PARTE LA SEÑORA DE QUIRÓS
Reading edition
I
Propaganda jesuítica
En marzo de 1866, una de las notabilidades más de moda en Madrid, era un reverendo padre jesuíta, que en las principales iglesias predicaba sermones conmovedores, tomando por tema la aflictiva situación en que se hallaba el Papa, y fustigando de paso con mano fuerte el espíritu del siglo, que se alejaba rápidamente de la benéfica sombra de la Iglesia, para arrojarse en el torrente de impiedad revolucionaria que inundaba al mundo.
Sus sermones valían tanto como las óperas del teatro Real, y si para la alta sociedad era un sacrilegio no haber oído al tenor Tamberlick, no se creía menos censurable ser mujer a la moda, buena cristiana y amiga de las santas tradiciones, sin haber ido nunca a escuchar la ardiente palabra de aquel buen padre jesuíta, que sabía ensartar los más manoseados lugares comunes, poniendo los ojos en blanco y empleando todas las rebuscadas artes de un actor afeminado y dulzón.
La iglesia donde el jesuíta dejaba oir su voz dos veces por semana, veíase completamente llena desde algunas horas antes de la anunciada para las conferencias, que tal título daba el buen jesuíta a sus sermones.
El elocuente padre Luis vió, desde su primer discurso, acrecentarse rápidamente su fama oratoria, gracias al reclamo hábil que hacía fijarse en su persona la atención pública.
Era la mano del padre Claudio quien movía aquella máquina que hacía caer sobre la persona del orador de la Orden una lluvia de aplausos y gloria. Había que batir a la revolución, que se mostraba ya próxima y amenazante, y para ello convenía excitar el fervor y la devoción en las clases poderosas y conservadoras por medio de tales predicaciones.
El padre Claudio lograba los fines que se había propuesto, pues los sermones de su subordinado alcanzaban un éxito colosal, y aquel público elegante, perfumado y vestido de riguroso luto, para dar más solemnidad al acto, salía del templo más dispuesto que nunca a resistir la impiedad, defendiendo sus santos y tradicionales privilegios, y pidiendo a los Poderes públicos que no perdonaran ocasión alguna de zurrar al populacho, revolucionario e irrespetuoso con los que gozaban de todas las delicias del mundo sin deshonrarse con el trabajo.
La penúltima conferencia del padre Luis vióse aún más concurrida que todas las anteriores, a pesar de que la tarde era muy lluviosa y soplaba, un vientecillo helado que ponía en dispersión a los transeúntes.
A las tres el templo estaba lleno por completo. Desde el altar mayor al centro de la gran nave, estaba ese “todo Madrid” que los revisteros de salones consignan en sus artículos; conjunto de mujeres elegantes, con título nobiliario, o sin él, que antes de ir al templo del Señor pasábanse media hora en su tocador pensando qué traje negro favorecería mejor su hermosura y de qué modo sentaría bien a su rostro la clásica mantilla. El resto de la iglesia ocupábalo la beatería de baja estofa: viejas rezadoras, ancianos con facha de cura, obreros de rostro obtuso, infelices mujeres de aspecto resignado, toda esa demagogia fanática, mil veces más terrible que las turbas revolucionarias, y que vive a la sombra del clero, en la mayor miseria, mirando sin odio el lujo y despilfarro de las clases elevadas, convencida por sus protectores de que hasta en el cielo hay jerarquías, y de que eternamente han de existir en el mundo ahitos y hambrientos, señores y esclavos.
Habían ya comenzado los cánticos que precedían siempre a la conferencia, cuando entró en el templo una joven señora vestida de negro y con mantilla de blonda, llevando en sus manos devocionario y rosario de nácar y oro.
Para que no existiera en el templo una lamentable confusión de clases y evitar que el pueblo, con su rudeza maloliente, incomodara al público privilegiado, los padres de la Compañía, organizadores de aquellas fiestas, habían colocado en la puerta algunos devotos oficiosos, que, con gran medalla sobre el pecho y una pértiga rematada en cruz, iban a guisa de bastoneros de baile, de un extremo a otro de la iglesia, alineando a la gente y procurando embutirla en aquel espacio, que, aunque grande, resultaba mezquino para tal aglomeración.
Uno de estos sacros celadores, vejete sonriente y de cabeza blanca y sonrosada, salió al encuentro de la joven señora, justamente cuando ésta, después de santiguarse junto a la pila del agua bendita, permanecía indecisa ante un grupo de mujeres del pueblo, no sabiendo cómo romper aquella apretada muralla de carne.
—Pase usted, señora—dijo el vejete—. Sígame, que yo la conduciré al lugar de costumbre. Hoy se ha retrasado usted.
—Sí, señor—contestó la joven, con voz queda, no atreviéndose a producirse en el templo con la desenvoltura que al viejo devoto daba la costumbre—. He tardado un poco. Ocupaciones.
—¿Y la señora baronesa? ¿Cómo no ha venido?
—Está algo enferma. Por esto he tardado. Está muy disgustada por no poder oír esta vez al padre Luis.
—Lo comprendo. Es una señora modelo de cristianas. Yo me honro siendo amigo de ella. Hemos trabajado juntos en varios asuntos de cofradía.
Y el devoto, que mientras decía esto iba haciendo sonar su pértiga contra el suelo con aire de autoridad y repartiendo sendos empujones a diestro y siniestro, consiguió abrirse paso y conducir a la joven, a quien trataba con gran consideración, a un pequeño claro que existía entre aquellos grupos de aristocráticas damas esparcidos al pie del púlpito.
La señora, después de arrodillarse y rezar breve rato, sentóse en una silla que le buscó el oficioso viejo, y una vez habituada a la difusa claridad que existía en el interior de la iglesia paseó su mirada por las personas que la rodeaban, y contestó con graciosa inclinación de cabeza al mudo y sonriente saludo de algunas caras conocidas.
Aquella aparición de la recién llegada parecía, entretener e interesar mucho a las aristocráticas damas, que sólo en fiestas como aquella conseguían ver a la joven señora de Quirós. Todas aquellas mujeres que, mientras llegaba el instante de escuchar la palabra de Dios, se entretenían en despellejarse unas a otras interiormente, examinando los trajes de las demás y buscándoles los defectos, tenían idéntico pensamiento contemplando a hurtadillas a la recién llegada.
¡Pobrecilla! ¡Cuán cambiada estaba! Todavía era hermosa; eso sí; pero en ella no quedaba nada de aquella frescura juvenil, de aquella vivacidad graciosa, que tan atractiva la hacían tres años antes.
Desde su casamienito, que tanto ruido produjo en la alta sociedad madrileña, a causa de las circunstancias novelescas de que fué precedido, la vida de la señora de Quirós se había oscurecido, encerrándose en lo más sagrado del hogar. La hija del conde de Baselga procuraba el menor contacto posible con la sociedad, como si se sintiera avergonzada ante aquellas gentes que conocían el secreto de su vida.
Este mismo rubor envalentonaba a todas aquellas damas que tenían en su vida faltas mayores que la cometida por Enriqueta, a pesar de lo cual elogiaban con aire de compasión a aquella infeliz (así la llamaban), que sufría el remordimiento producido por la ruidosa ligereza que la había conducido al matrimonio.
Para nadie era un secreto la existencia que hacía la señora de Quirós. Vivía separada por completo de su marido, que ya no era el alegre y servicial Joaquinito de otros tiempos, pues desde que tenía millones las echaba de personaje grave, había fundado un periódico ultramontano y figuraba en las Cortes entre la minoría reaccionaria, con la que transigían todos los Gobiernos, así los presidiera O’Donnell como Narváez, por saber éstos que el tan grupo político estaba protegido por la gente del Palacio.
Enriqueta pasaba su existencia entregada al cuidado de su hija, la pequeña María, que ella criaba, a pesar de que su naturaleza se mostraba rebelde a cumplir las funciones de la maternidad.
Su cariño a aquella niña prueba palpable del escándalo deshonroso que la había obligado a casarse con Quirós rayaba en los límites de lo absurdo, y hacía creer a muchos que los incidentes novelescos de su vida la habían perturbado la razón. No se separaba un solo instante de su hija sin tomar antes grandes precauciones, v reñía muchas veces con su hermana, la baronesa, cuando ésta mostraba empeño en acariciar a la niña o en conservarla en sus habitaciones.
Tenía Enriqueta, en concepto de aquellas elegantes señoras, la manía de las persecuciones, y por esto, sin duda, se mostraba tan recelosa al tratarse de su hija, y profería ciertas palabras que hacían pensar que la joven madre creía en alguna absurda conspiración fraguada para robarle aquel pedazo de sus entrañas.
La historia de la joven, su novelesco casamiento, la vida retirada y modesta que hacía, a pesar de sus riquezas y sus continuas disensiones con la baronesa, aunque eran cosas que sólo incompletamente y desfiguradas por la murmuración, conocían las gentes elegantes, hacían que Enriqueta fuera mirada con interés, o, más bien, con curiosidad, siempre que se presentaba en público entre las personas de su clase.
Aquella curiosidad resultaba justificada por la conducta que observaba la joven. Si después de su casamiento hubiese vuelto a los dorados salones solicitando con una sonrisa alegre el olvido de todo lo anterior, Enriqueta hubiese sido una de tantas, y el bullicio de la vida elegante, como onda de agua lustral, hubiese pasado sobre su vida, borrándolo todo: pero era altiva obstinábase en no pedir clemencia a aquella sociedad hipócrita, deslumbrante por fuera y corrompida por dentro, que tan mal había hablado de ella, y esta soberbia era la principal causa de la despreciativa y curiosa compasión que la rodeaba, siempre que se confundía entre las gentes de su clase.
Aquellas mujeres, elegantes figuras de baile cuando solteras y ornato de los salones y consuelo de célibes hermosos cuando casadas, no podían comprender los sentimientos de una joven que, por cuidar una niña, fruto de unos amores que tardaron en legalizarse más de lo conveniente, renunciaba a todos los placeres y atractivos de la vida elegante.
La curiosidad de aquellas damas, sus cuchicheos y miradas de inteligencia, no tardaron en extinguirse.
Habían ya terminado los cánticos en el coro, y a los acordes misteriosos de un armonium, que entonaba una dulce melodía, acababa de subir al púlpito el padre Luis, ni más ni menos que en el pasaje culminante de una ópera aparece el tenor acompañado por vigoroso y fantástico trémolo de violines.
¡Qué buena mano tenían los padres de la Compañía para revestir la devoción de un aparato poético y teatral!
Las elegantes damas fijaron enternecidas sus ojos en aquella figura cortesana, de rizado y alto sobrepelliz, que se erguía en el púlpito, mirando como un sublime inspirado el rayo de luz blanquecina y difusa que, filtrándose por un ventanal, venía a caer sobre su cabeza, rodeándola de una aureola brillante.
Guapo mozo era el tal padre Luis, y razón tenían las aristocráticas devotas para dividirse en bandos al tratar de sus prendas físicas, discutiendo en los salones con gran calor qué era en él más notable: si sus ojos grandes y ardientes, como los de un moro; su boca fresca y entreabierta, como una rosa, que, en vez de perfumes, exhalaba torrentes inagotables de mística elocuencia, o aquella postura majestuosa, que le hacía lucir la sotana con la misma majestad que un patricio romano ostentara su toga viril.
El padre Claudio había sabido escoger bien el hombre encargado de conducir al cielo a aquellas buenas y delicadas católicas, que no reconocían a Dios más que sentadas cómodamente en un templo bien iluminado, que permitiera ver los trajes de las compañeras y al arrullo de una música de opereta.
La voz meliflua del padre Luis, que modulaba todos los sonidos de una de aquellas flautas pastorees de los melosos idilios sumió de pronto al ilustrado concurso en un dulce estado de somnolencia, a través del cual llegaban las palabras del orador vagas y halagadoras, como las notas sueltas de una sinfonía fantástica.
¡Qué elocuencia tan dulce! ¡Qué facilidad para convencer los ánimos más obstinados, haciéndoles comprender las ventajas de ser fieles a Dios y lo poco que cuesta estar en gracia! Se necesitaba tener el corazón muy duro y estar poseído del demonio, para no cumplir lo mandado por el Señor y ganarse un puesto en el cielo.
El autor de todo lo creado, del que era en aquellos momentos fiel representante el padre Luis, no quería el castigo del pecador, sino su arrepentimiento; no era tan inexorable que por un crimen más o menos cerrara para siempre a una criatura la puerta de la misericordia; el Señor era iracundo, inflexible y justiciero algunas veces; pero sus cóleras sólo las guardaba para los impíos que le desconocían, yendo contra la Iglesia v contra sus ministros, que eran sus sacerdotes. Poco importaba ser bueno, si a esta condición no iba unida la de hijo fiel y sumiso de la Iglesia. Se podía ser un honrado padre de familia, un buen ciudadano, un hombre respetuoso con sus semejantes e incapaz de cometer contra éstos el menor atentado, y, sin embargo, caer de cabeza, en el infierno por el horripilante delito de no creer en el dogma que enseña la Santa Madre Iglesia, y mirar con la mayor indiferencia la triste suerte del Papa y denigrar a los sacerdotes representantes del Altísimo; en cambio, se podía arrastrar una vida indigna, de maldición, atentar contra todo lo humano, ser un peligro para la sociedad, y, a pesar de esto, no desconfiar de la eterna salvación. Al más criminal le bastaba para entrar en el cielo un acto de verdadera contrición, un arrepentimiento de última hora, y, sobre todo, no haber atacado nunca la legitimidad de la Iglesia y sus sacrosantos derechos; con esto, la salvación era segura, pues Dios es tan infinitamente misericordioso con el pecador que nunca duda de las buenas ideas que le inculcaron en su niñez, como inexorable con el impío, aunque éste no cometa en su vida ningún acto reprobable. Con el escándalo basta para que arda eternamente en las llamas del infierno.
¡Pero qué bien hablaba, el padre Luis! No había que dudar que en la Compañía de Jesús estaban los sacerdotes de mayor talento, santos varones, que no contentos con salvar las almas, cubrían de blandas alfombras y de olorosas flores el camino del cielo, para que las gentes distinguidas pudieran hacer con más comodidad el viaje.
Una emoción enternecedora se difundía por todos aquellos aristocráticos pechos, cubiertos de raso y terciopelo, y las lágrimas velaban las dulces miradas, que algunos cientos de ojos femeniles lanzaban al elocuente orador.
¡Oh, qué delicia! ¡Si Arturo, Pepito o algún otro pollo de sangre azul, en vez de hablar en el fondo de la alcoba, entre beso y beso, de la yegua recién comprada, o del traje que fulanita iba a estrenar en el próximo baile de la embajada, supiera expresarse con aquella dulce elocuencia, que hacía amar más aún las cosas mundanas y reconciliaba con las divinas!
En cuanto a los hombres, no se enternecían menos. Aquellos condes y marqueses que, confundidos con banqueros y políticos de oficio y formando grupos en torno de las columnas, o en el fondo de las capillas, escuchaban el sermón, mirando a las mujeres, entre las que estaban sus esposas e hijas, sentíanse invadidos por una seráfica tranquilidad oyendo las palabras del padre Luis. ¡Oh, no debían ya tener miedo! Para ellos no estaban cerradas las puertas del cielo. Nunca se les había ocurrido dudar de lo que la Iglesia predica, ni atacar a sus sacerdotes; les bastaba, pues, con arrepentirse a última hora, y entretanto podían, con toda tranquilidad, escarbar por hábiles medios la bolsa del prójimo, jurar en falso, mentir a todas horas y mirar sin cólera su casa convertida en un burdel, mientras ellos iban en busca de la mísera obrera, para seducirla, o robaban el pan a sus hijos para satisfacer los caprichos de una mundana. ¡Oh cuán bueno era aquel Dios, bonachón y sencillo, que cerraba sus ojos a todos los crímenes de sus criaturas, esperando pacientemente la hora de su arrepentimiento! ¡Qué divino consuelo proporcionaba al alma aquella santa doctrina! Que se presentaran allí esos impíos revolucionarios, que en su afán demoledor quieren privar a las almas católicas de los consuelos que proporciona la religión.
Ni con los muchos millones que representaban unidas las fortunas de todos aquellos aristocráticos seres, podía pagarse la dulce emoción, el angélico placer, producido por las palabras del orador de la Compañía.
¡Y qué sencillez la suya al señalar los vicios de la época, los escollos que levantaba el pecado para que naufragase toda virtud, y de los cuales él rogaba a sus oyentes que se alejasen!
Huid, ¡oh, cristianos!, del teatro, de ese centro de perversión y malas costumbres, donde se excitan las pasiones y se tienta de mil modos la carne, siempre flaca; no presenciéis las representaciones de esas operetas francesas, obras inmorales y corruptoras que bailando conducen a un hombre al infierno; no repitáis esas canciones infames, que hacen asomar el rubor a las mejillas: ese “¡ay, mamá, qué noche aquella!...”, y otras que hacen pensar en cosas sucias y pecaminosas.
Y el elocuente jesuíta, deseoso de dar color a su peroración, repetía las mismas canciones que anatematizaba, produciendo gran contento en sus oyentes.
Francia, la impía Francia, la nación que produjo al infernal Voltaire y a la horripilante Revolución del pasado siglo, era culpable de aquella corrupción universal llevada a cabo por medio del “can-can” y de las inmorales canciones, y el predicador se deshacía en denuestos contra el pueblo galo, como si en él hubiese surgido espontáneamente tal podredumbre, guardándose de hacer caer la responsabilidad sobre el segundo Imperio, que era su verdadero autor, y sobre todo, aquel Napoleón III, al que respetaba la Iglesia a pesar de todos sus crímenes, por ser el asesino de la segunda República francesa y el protector interesado de Pío IX.
Pero cuando el padre Luis se remontaba a las alturas de la sabiduría y hacía la crítica histórica de las naciones impías y de todas las religiones falsas, el auditorio sentíase conmovido y apreciaba una vez más la ciencia sublime de los padres de la Compañía.
¡Con qué sencillez y rápidos rasgos sabía retratar el elocuente jesuíta todas las creencias que hacían la guerra al catolicismo! ¡Con qué sátira tan fina las ridiculizaba, desentrañando su verdadero significado! Para el padre Luis no existían problemas históricos, y todas las creencias, a excepción de la suya, eran producto del egoísmo o de las más bajas pasiones.
La revolución religiosa del siglo XVI era para él la obra de un frailecillo ignorante, llamado Lutero, gran aficionado al escándalo que revolvió el mundo porque el Papa le había negado el monopolio de las indulgencias, que producía muy buenos cuartos, y porque estaba harto de ser célibe y buscaba casarse con una monja; el islamismo era una doctrina fantástica inventada por un hombre sensual y lujurioso como un mico, que soñaba en huríes de eterna virginidad, y quiso consagrar su insaciable apetito, dándole un carácter religioso; los adoradores de Brahma eran unos indios imbéciles, que se sentían poseídos de santo respeto en presencia de una vaca; y todos los sectarios, en fin, de todas las religiones conocidas, eran una turba de malvados o estúpidos, a juzgar por las palabras del padre Luis, quien punzaba todos los dogmas con el fin de librarlos de la hinchazón del error y hacer que el catolicismo surgiera victorioso por encima de ellos.
Su crítica de las creencias impías, que germinaban dentro de las naciones cristianas, no era acogida por aquel auditorio con menos entusiasmo y respeto. ¡Qué inspirados acentos de indignación le arrancaba la Revolución francesa, aquel nido de horribles ideas que como voraces serpientes, se enroscaban a las más santas y tradicionales doctrinas, intentando exterminarlas con el veneno de la impiedad! El republicanismo combatíalo con una fiereza sin límites, demostrando hasta la saciedad al honorable concurso que le escuchaba, cómo era imposible que las naciones subsistieran sin reyes que se encargaran de guiarlas como el pastor a sus rebaños.
¡La República! ¡Horror! Había que estremecerse ante tal nombre, pues recordaba el año 93 con todos sus crímenes.
La más cruel inflexibilidad no era aún suficiente para los que defendían tan absurda forma de gobierno; había que sellar para siempre sus bocas; había que exterminar a sus audaces propagandistas, que, no contentos con despreciar a los reyes, atacaban a los sacerdotes de Cristo, o, de lo contrario, se corría el peligro de que, por arte del demonio, triunfase tan horripilante doctrina algún día, viéndose obligadas a emigrar a Marruecos todas las personas decentes.
¿Y dónde estaba la causa infernal de aquella propaganda revolucionaria e impía, que tanto agitaba a España?... ¿Dónde estaba?
Y el padre Luis, después de hacer estas preguntas con voz atronadora a su silencioso auditorio, que le escuchaba cada vez más fervoroso y convencido, miraba a la bóveda del templo, paseaba sus ojos de águila por aquel mar de cabezas, que, a impulsos de la emoción, se agitaba bajo el púlpito, y, por fin, con la misma expresión de Arquímedes al hacer su inmortal descubrimiento, manifestaba que el motivo de todos los males de la Patria residía en la masonería, institución infernal que vivía en la sombra, congregándose en lóbregos subterráneos, y allí, con el mismo aparato que las antiguas brujas en los aquelarres, en torno de una peluda efigie de Satanás, juraban, puñal en mano, todos los iniciados, el exterminio de los buenos, la destrucción de la religión y hacer una guerra a muerte a Dios y a la virtud.
¡Qué imaginación la del padre Luis! ¡Con qué colores tan vivos sabía pintar todos los crímenes y desafueros de los masones! ¡Cuán listamente había procedido para enterarse de todos los misterios de la horrible sociedad secreta!
Lágrimas de triste emoción y suspiros angustiosos escapábanse a todas aquellas señoras oyendo al predicador, y más de una condesa delicada hubiera dado algo por tener al alcance de sus uñas a uno de aquellos masones que se imponían la obligación de cometer un crimen todos los días; que deseaban triunfasen sus ideas para comerse a los curas, y que en sus infernales francachelas aullaban de placer cuando, en vez de vino, bebían la sangre de algún acólito recién degollado o de un niño cristiano inmolado por saber al dedillo el catecismo.
¡Oh! Aquéllo era abominable y producía escalofríos de terror. Bien hacía el padre Luis en dolerse de que la impiedad del siglo hubiese suprimido la Inquisición y en pedir a Dios que iluminase a los monarcas cristianos, impulsándolos a exterminar a tales monstruos.
La muchedumbre que llenaba el templo estaba agitada por la ebullición del entusiasmo. Nunca el sacro orador se había mostrado tan elocuente, y entre él y los oyentes existía esa corriente simpática que hace que con la menor palabra se inflame al auditorio.
Podía ser momentáneo aquel entusiasmo, pero resultaba altamente consolador para todo buen católico. Aquellos ojos brillantes, aquel sordo rugido de indignación que se elevaba sobre la confusa masa y aquella voz meliflua en unos pasajes y en otros tonante, como la trompeta del Juicio, recordaban a Pedro el Ermitaño, predicando la primera Cruzada.
Eran aquel tropel de hombres y mujeres los cruzados de las santas ideas, prontos a caer sobre la impiedad, para exterminarla a la voz de su tribuno; pero..., ¡ay!, había algo en aquella muchedumbre que olía a muerto.
La fe se movía, se agitaba; pero con los inconscientes y rígidos movimientos de un cadáver galvanizado.
Tal vez entre aquella demagogia negra, que estaba en último término, surgieran hombres ignorantes y rudos, capaces de obedecer automáticamente a la Iglesia y de defender su religión con todas las intransigencias del fanatismo; pero bajo aquellas blondas que se movían a impulsos de agitados pechos, no había un solo corazón que pudiera conservar mucho tiempo el entusiasmo que allí sentía.
Cuando aquel público elegante y sensible se viera en la calle, la insustancialidad de su existencia se encargaría de borrar las impresiones recibidas en el templo, y, como único comentario, recordaría a la noche en los aristocráticos salones el sermón del padre Luis junto con el “do de pecho” de Tamberlick o la última estocada del Tato.
Sobre flojos cimientos elevaba la Compañía el edificio de la nueva fe.
En medio de aquel entusiasmo, de aquella santa agitación que predominaba en el templo, sólo una persona permanecía indiferente.
Era la señora de Quirós.
Gustábale a Enriqueta la oratoria del padre Luis; acudía a todas sus conferencias, ansiosa de gozar de cierta emoción artística y de ser acariciada por aquella elocuencia dulzona y pegajosa, que le producía el efecto de una embriaguez de jarabe; pero, en aquella tarde, se sentía tan obsesionada por una idea, que apenas si atendía ni se daba cuenta del lugar donde estaba.
Las palabras del jesuíta se estrellaban en sus oídos, pues el pensamiento se negaba a admitirlas, ocupado, como estaba, en ciertas reflexiones.
Al salir Enriqueta de su casa, y al ir a subir en su elegante berlina, había visto parado en la acera de enfrente un hombre que, inmediatamente, llamó su atención, sin que ella pudiera explicarse la causa.
Nada tenía aquel hombre que excitase la curiosidad. Iba embozado en una capa, con vueltas de grana y llevaba el sombrero hongo tan encasquetado, que apenas si se le veían los ojos.
En una tarde tan fría, no era extraño ver a un hombre cubriéndose el rostro con tanto cuidado; pero, a pesar de esto, Enriqueta le miró varias veces antes de entrar en su carruaje.
Parecíale adivinar en aquella figura que se ocultaba bajo la nube de paño, algo que despertaba en ella antiguos y adormecidos pensamientos. Pero apenas estuvo algunos minutos en el interior abrigado de su berlina, que corría veloz por las calles de Madrid, se fué borrando aquella impresión.
¡Cuán loca estaba! ¡Pensar que aquel hombre pudiera ser...! ¡Bah! Aquello había sido un hermoso sueño de la juventud que se desvaneció para no reproducirse jamás.
¡Qué ideas tan extrañas la acometían en aquella tarde! Ya adivinaba lo que ocurría. Eran los nervios excitados por la temperatura. Aquella lluvia incesante y el cielo oscuro y monótono la excitaban de un modo horrible. Pronto pasaría aquello; necesitaba distraerse, y en la iglesia lograría calmarse.
Cuando ya estaba próxima a la iglesia, pasó rozando su berlina un veloz coche de alquiler, a través de cuyos cristales, empañados por el frío y la lluvia, creyó distinguir la misma capa de embozos grana y algo más, que le produjo un repentino estremecimiento.
¿Todavía aquella absurda ilusión?
Pasó el carruaje como visión fantástica, arrastrando lejos, muy lejos, los retazos de grana y aquellos ojos que ella había visto brillar por un instante, y cuando la joven señora, transcurridos algunos minutos, se apeó a la puerta de la iglesia, vió, próximo a ésta, al mismo hombre de la capa, en igual posición que lo había mirado por primera vez en la calle de Atocha.
Enriqueta tuvo miedo al desconocido, y apresuradamente entró en el templo, temorosa de que aquél fuese tras sus pasos.
Creía ella que la fiesta religiosa y aquella oratoria, que otras veces tanto la deleitaba, borrarían de su ánimo la extraña preocupación causada por tal encuentro; pero no pudo ni por un solo momento despojarse del recuerdo de aquel embozado, que creía conocer.
¡Si fuera el!... Y Enriqueta, al formular tal pensamiento, estremecíase, unas veces de alegría y otras de terror.
Parecíale grato el recordar aquella época pasada, que había sido la mas feliz de su vida; pero, al mismo tiempo, experimentaba un interno terror al imaginarse que se podía encontrar frente al hombre que tanto había amado.
Reconocíase débil para resistir la impresión que el antiguo amante causaría en ella, y su pudor sublevábase anticipadamente ante el peligro que pudiera correr su virtud.
—Por fortuna—decíase Enriqueta, deseosa de aplacar aquella indignación de mujer honrada que se apoderaba de ella al pensar en la posibilidad de ser débil ante el amor—, por fortuna, todas estas ideas no son más que ilusiones absurdas. ¡Cuán loca estoy! ¿Por qué ha de ser él ese embozado desconocido que he visto? Algo hay en ese hombre que interesa a mi corazón y le hace latir como en presencia de un ser conocido. Pero no...; esto son locuras, cosas de mis nervios, que están hoy más excitados que de costumbre. Aquél se halla muy lejos; nunca volverá, y tal vez a estas horas no se acuerde de que yo existo en el mundo...
Y Enriqueta se esforzaba en tranquilizarse, demostrando con valiosas razones a su exaltada imaginación, lo infundadas que eran sus sospechas.
Preocupada con tales pensamientos, transcurrió para Enriqueta más de hora y media, que fué el tiempo que el padre Luis invirtió en su conferencia.
Por fin, el orador lanzó su párrafo final con los brazos extendidos y los ojos fijos en la bóveda, pidiendo a Dios el exterminio de la impiedad y que derramase su santa gracia sobre aquel cristiano auditorio, y sus últimas palabras fueron acogidas con un gigantesco murmullo de satisfacción, que exhaló aquella multitud, libre ya del encanto que obraba sobre ella la elocuencia del jesuíta.
El público comenzó a desfilar, encaminándose a las puertas del templo, en las cuales se estrujaba la muchedumbre, ansiosa de salir. Tras la gente menuda, que ocupaba el fondo de la iglesia, salió el público elegante, no sin antes formar corrillos en la nave central, en los que se cambiaban saludos y se daban citas para las diversiones de la noche.
Enriqueta seguía inmóvil y cabizbaja en su asiento, no habiéndose aún dado cuenta exacta del final del discurso.
El vacío que se fué extendiendo en torno de ella hízole salir de su abstracción, y al ver la iglesia desocupada y casi desierta, levantóse de su asiento, disponiéndose a salir.
Sólo quedaban algunos grupos de beatas, que, arrodilladas cerca del altar mayor, rezaban las oraciones, y el sacristán, que, seguido de sus acólitos, iba de una capilla a otra, apagando las luces de las lámparas de cristal.
Enriqueta se arrodilló, para rezar una corta oración, y un vez terminada ésta, dirigióse a la puerta del templo.
—Es tarde—iba pensando—; Fernanda me esperará, y, además, ¡sabe Dios cómo habrán cuidado a la niña!
El temor que la inspiraba su hermana, la baronesa, y sus alarmas maternales, la hicieron olvidar la impresión producida por la presencia del desconocido.
Avanzó rápidamente, y en la obscuridad proyectada por las dos columnas que orlaban la puerta interior, y al lado de la pila de agua bendita, vió marcarse la silueta confusa de un hombre.
Enriqueta se estremeció, sintiendo que los anteriores terrores volvían a reaparecer; pero siguió adelante, dirigiéndose a la pila bendita y procurando aparentar indiferencia.
Conforme se acercaba iba aumentando su alarma.
No había duda. Era él: el hombre cuya misteriosa presencia tanto la preocupaba aquella tarde, y que, aunque ahora, por hallarse dentro del templo, tenía la cabeza descubierta, ocultaba su rostro inclinado, entre los embozos de su capa, que sostenía con una mano.
La agitación de Enriqueta iba en aumento.
II
A la puerta de la iglesia
Fingiendo la joven señora de Quirós una serenidad que no tenía, y con la vista fija en el suelo, para no ver a aquel hombre, llegó a la pila, y al avanzar su mano para tomar agua, sintió en sus dedos el contacto de una mano ardiente.
Levantó la cabeza, y a pesar de que después de las anteriores reflexiones se encontraba preparada para recibir la más inesperada emoción, no pudo contener un ligero grito de sorpresa, ni evitar el retroceder algunos pasos.
Parecía fascinada por aquel hombre, que había dejado caer el rojo embozo, mostrando su rostro y figura.
Era él; era Esteban Alvarez, que aún conservaba en su rostro aquella belleza varonil, que ahora parecía realzada por las huellas dolorosas que tremendas aventuras y luchas gigantescas habían impreso en su rostro.
Silencioso, inmóvil y erguido, miraba a Enriqueta fijamente, sin que en sus ojos se notara el menor signo de reproche, y la joven, por su parte, no se atrevía a moverse, como si estuviera sugestionada por la inesperada aparición de aquel hombre.
Transcurrieron algunos momentos, que parecieron interminables a Enriqueta, y sólo recobró algo de su serenidad cuando Esteban le dirigió la palabra.
—Soy yo, Enriqueta. Comprendo tu sorpresa; no es fácil encontrar en una iglesia a un revolucionario emigrado, sobre el que pesa una sentencia de muerte. Tranquilízate, Enriqueta. No vengo aquí a dar una escena. Quería verte..., hablarte: nada más. Ahora mismo me iré.
La joven señora, aunque intranquila y temblorosa, había ido acercándose a su antiguo amante, como cediendo a un poder irresistible que la empujaba.
A pesar de esto, permanecía muda.
—Nada temas, Enriqueta, tranquilízate—continuó el conspirador—. ¿Crees acaso que voy ahora a recordarte tiempos pasados, que son ya para nosotros como bellos sueños, que se desvanecieron para no volver? No; demasiado comprendo nuestra respectiva situación. Tú eres la señora de Quirós, de un hombre respetable y digno, y no puedes permitirte volver la vista atrás, para contemplar, aunque sólo sea por una vez, el corazón que pisoteaste, y yo soy un desgraciado, un criminal fugitivo, que se oculta al ir por las calles, con el que no se puede hablar, so pena de comprometerse, y que no puede pedir cuentas a nadie de su conducta, pues se expone a ser conocido y a morir inmediatamente. Hoy ni tú ni yo somos ya lo mismo. Tú eres un sol esplendoroso y yo un astro errante y muerto; nos hemos encontrado en nuestro camino, nos vemos, cruzamos un saludo, y a seguir cada uno su ruta para no volver a tropezamos en toda una eternidad. ¿Qué importa lo que entre nosotros pueda haber existido? ¿Qué importa que nos hayamos amado? Ya te he visto, ya he podido recordarte que existo aún... Era mi único deseo. Ahora... ¡adiós!
Y el desgraciado Alvarez no podía contener en su pecho la amargura que rebosaban sus palabras, y sus ojos comenzaron a empañarse de lágrimas.
Iba ya a alejarse con paso lento, pero la miraba con indecisión, como esperando una palabra, un suspiro, algo que le demostrase que su recuerdo no había muerto en la memoria de Enriqueta.
Esta se sintió más conmovida por el desaliento de su amante que por la alarma que antes había experimentado.
Le pareció que en su interior se rompía algo, inundando su pecho de súbita ternura; el pasado surgió con fuerza en su imaginación, borrando el presente; se olvidó de su esposo y de la familia, pensando únicamente en el desgraciado conspirador, y avanzando más, cogió sus manos, diciendo con acento de ruego:
—No huya usted: antes tenemos que hablar.
Enriqueta notó el gesto de extrañeza que hizo su antiguo amante al oir un tratamiento tan ceremonioso, y como si temiera que se escapara, dijo, instintivamente, y sin comprender a lo mucho que se comprometía con tales palabras:
—¡Esteban!... ¡Esteban mío! Quédate, te lo ruego. No huyas de mí sin oirme antes.
El rostro de Alvarez se iluminó con una sonrisa de alegría.
También para él parecía haberse desvanecido el pasado, y oprimiendo las manos de Enriqueta, se creía aún en aquella feliz época en que ambos se sentían acariciados por las más risueñas ilusiones.
Transcurrieron algunos minutos, sin que los dos se atrevieran a hablar. Después de su separación habían ocurrido sucesos que ambos temían abordar, aunque no por esto estaban menos deseosos de hablar de ellos.
La importuna presencia de dos beatas que, cuchicheando y mirándolos maliciosamente, se dirigían hacia la puerta, los obligó a retirarse al fondo de una capilla lateral, cuya oscuridad apenas si disipaba el rojo chisporroteo de una lámpara de aceite.
Alvarez fué el primero en romper aquel silencio, que se hacía embarazoso.
—Somos unos niños al permanecer de este modo, mudos y temerosos, sin atrevernos a hablar de lo que deseamos. ¡Cuánto tiempo sin vernos! Es posible que tú creyeses que ya jamás volveríamos a encontrarnos en este mundo; pero la vida tiene sorpresas inesperadas, y a lo mejor surge a nuestro paso la persona, a quien creíamos haber perdido para siempre. Hace una semana estaba yo muy lejos de imaginarme que podría volver a verte como ahora te veo. ¡Si supieras cuánto he sufrido desde que nos separamos de un modo tan extraño en aquella aciaga noche!
Y el acento con que Alvarez decía estas palabras, era todo un poema de tristeza. ¡Quién sabe las aventuras, las empresas abortadas con riesgo de la vida y las audaces comisiones que habrían constituído la existencia azarosa y novelesca de Esteban Alvarez en aquellos años de ausencia!
—Tú, en cambio—continuó—, no debes haber sufrido. Te casaste y eres feliz, porque de otro modo, no comprendo cómo te decidiste a unirte con un hombre que no amabas. ¡Oh! No te alteres por esto que te digo; no vayas a llorar. Te engañas si crees que abrigo algún resentimiento contra ti. Todo pasó ya, y en las cosas que no tienen remedio, lo mejor es no hablar de ellas.
Enriqueta lloraba al oir expresarse de tal modo a su antiguo amante.
—¡Oh! ¡Si supieras!...—murmuró—. ¡Si supieras todo lo sucedido desde aquella noche en que me abandonaste para ponerte en salvo! ¡Si conocieras todos mis sufrimientos desde entonces!
—Enriqueta, yo lo sé todo.
—¿Tú?—preguntó con extrañeza la joven.
—Sí, yo; allá en la triste emigración procuré enterarme de tu suerte, y supe que ese... señor Quirós había fingido ser tu raptor, logrando casarse mediante tan villana estratagema. Esto me hizo comprender tu conducta, que no quiero calificar. Para que él apareciera como tu raptor en aquella terrible noche, preciso es que tú accedieras a todo; que afirmaras cuanto él dijera, y esto, Enriqueta, me ha producido aún mayor dolor que la consideración de que ahora eres de otro. Esto me ha enseñado, para siempre, la fuerza que el juramento tiene en los labios de mujeres.
La joven, que de vez en cuando se llevaba su pañuelo a los ojos para secar las lágrimas, no protestó al escuchar las últimas palabras, y únicamente dijo con ansiedad:
—¿Y no sabes más?
—Nada más. Sólo de tarde en tarde han llegado hasta mí noticias de tu vida, y éstas siempre confusas. Estando en París, supe tu casamiento; que habías tenido una niña y que tu marido iba en camino de ser un personaje de estos que ahora se usan; pero estas fueron las únicas noticias. Te escribí varias veces, y en vista de tu silencio, decidíme a hacer lo mismo. Aunque entonces todavía eras soltera, comprendía que, o interceptaban las cartas, o tú no querías saber más de mí. Esto último era lo más probable. Es poco grato amar a un hombre perseguido por el Gobierno, sentenciado a muerte y que se halla en extranjero suelo.
Enriqueta lloraba más aún al escuchar estas palabras.
—¡Oh! ¡Si yo hubiese recibido esas cartas! Tal vez hubiese repetido el sobrehumano esfuerzo que me condujo hasta tu casa en aquella noche fatal. Yo no sabía nada de ti, Esteban. Puedes creerme. Ignoraba cuál era tu suerte, y hasta muchas veces llegaba a dudar si existías. Desde el instante en que me abandonaste, he ignorado tu paradero, sin duda porque en torno de mi persona existían seres muy interesados en conservarme en tal ignorancia. ¡Ah! ¡Si conocieses mi historia!... ¡De qué distinto modo me juzgarías!...
Y Enriqueta, deseosa de justificarse ante aquel hombre del que le separaba su presente estado, pero al cual todavía amaba, púsose a relatar su vida desde el instante en que Alvarez la abandonó en la casa de huéspedes.
Ella se había confiado por completo a la caballerosidad de Quirós, había obedecido todas sus órdenes, creyendo que así salvaba a su novio, como su acompañante le aseguraba, y únicamente cuando en la mañana siguiente, en el despacho del gobernador de Madrid, este funcionario la dirigió un largo sermón de moral, reprochando la conducta que había observado huyendo de su casa con Quirós, y explicándola las consecuencias que forzosamente había de tener la fuga, fué cuando comenzó a comprender algo de aquella horrible trama de la que era víctima.
Las emociones sufridas en la noche anterior y el abatimiento moral que la producía el conocer, aunque vagamente, el conflicto en que había puesto a su honra por obedecer fielmente las indicaciones de Quirós, hiciéronla caer enferma en su lecho apenas llegó a su casa.
La fiel Tomasa, que en vano había estado aguardándola toda la noche a la puerta de la aristocrática vivienda, era la única persona que permanecía junto a su lecho, prodigándola los más exquisitos cuidados, y sin separarse de ella un solo instante.
¡Infeliz Enriqueta! Su único consuelo no tardó en serle arrebatado.
—Aquella misma tarde—siguió diciendo la joven señora de Quirós—, unos hombres de aspecto horrible, que, según supe después, eran de la policía, entraron en mi cuarto, para arrebatarme casi a viva fuerza a la desgraciada Tomasa, que gritaba y se defendía como una loca.
—Conozco ese suceso—dijo Alvarez con voz temblorosa por la emoción.
—¡Cómo! ¿Sabes tú lo ocurrido?
—Mi fiel compañero, Perico, averiguó en la emigración todo lo ocurrido a su tía, y, del mismo modo, su triste fin. La pobre Tomasa llevaba mis papeles comprometedores ocultos en el pecho; la Policía los encontró, sentenciándola un Consejo de guerra a reclusión perpetua, como agente de nuestra conspiración, y la infeliz fué conducida a la cárcel-galera de Alcalá, donde murió al poco tiempo. La desgraciada, quebrantada por el dolor, falta ya de su primitiva energía y agobiada por los achaques de la vejez, no pudo resistir tan inmenso infortunio.
El recuerdo de su fiel doméstica, a la que consideraba como una segunda madre, sumió a Enriqueta en un doloroso silencio, del que le sacó la voz de su antiguo amante.
—Fué aquello un crimen, a cuyo autor le ha de pesar algún día, pues hechos como éste no deben quedar sin venganza. Tú conoces al criminal más aún que yo, y, acuérdate bien de lo que te digo: ese miserable será castigado.
—¿A quién te refieres? ¿De quién sospechas?
—De ese hombre que se llama tu esposo, y cuyo repugnante nombre llevas. Quirós era el único que sabía dónde estaban mis papeles y cómo los guardaba Tomasa. El hecho de haber buscado al día siguiente la Policía a la pobre vieja, sabiendo ya que los papeles los ocultaba en el pecho, da a entender que tu marido fué quien hizo la delación.
—Tal vez sea así—dijo Enriqueta pensativa—. En ese hombre todo es creíble, pues está acostumbrado a la delación. Es un monstruo.
Y los dos, impresionados por el recuerdo de la infeliz vieja, quedaron en silencio algunos instantes, hasta que, por fin, Enriqueta reanudó su relación.
Tardó mucho en salir de aquella enfermedad, que, por ser más moral que física, los médicos no sabían cómo combatir.
Cuando entró en una penosa y difícil convalecencia, la baronesa y el padre Claudio fueron las únicas personas con las que pudo tratarse y que intentaban ejercer sobre ella una influencia sin límites.
Al principio hablaron sencillamente de cosas religiosas, olvidando el hacer la menor alusión a su huida, que tantos y tan desfavorables comentarios había producido en el gran mundo; pero cuando ella estuvo ya completamente restablecida, los dos compadres religiosos acometieron francamente la realización de su plan, aconsejándola con acento dulce, pero imperioso, lo que debía hacer. Ella había agraviado mucho a Dios con aquella fuga impúdica, indigna de una joven cristiana y bien educada; por pecados menos importantes iba un alma al infierno por toda una eternidad, y para que ella alcanzase la salvación era preciso que expiase su crimen, cumpliendo, por fin, aquella vocación religiosa que tan general estimación le valía antes de que fuera tentada por el diablo, e ingresando en un convento, como ya se lo había prometido al padre Claudio en el sagrado tribunal de la penitencia.
Enriqueta no opuso ninguna objeción. Estaba demasiado abatida su voluntad por las desgracias para poder presentar una oposición enérgica, y, además, comprendía que estando completamente sola y a merced de la baronesa y su director, sería inútil su resistencia.
Por esto se limitó a responder evasivamente a todas aquellas excitaciones, y con una astucia que sus dos consejeros no podían recelar en ella, dióles a entender que estaba dispuesta a abrazar la vida monástica, pero que deseaba un plazo para dedicarse a preparar su alma y fortificar su débil cuerpo.
Enriqueta hacía una vida casi claustral, pues su hermanastra era una especie de cancerbero que, interponiéndose entre ella y el mundo, impedía a la joven todo contacto con la sociedad.
Quirós no visitaba ya a la baronesa, y Enriqueta sorprendió a ésta hablando un día con su poderoso director y aplicando los más denigrantes calificativos al escritor católico.
Dos meses después de aquella fatal noche, Enriqueta salió por fin a la calle, acompañada de su hermanastra, la cual accedía por fin a los consejos del doctor Peláez, que pedía para la joven muchos paseos y ejercicios corporales, so pena de que volviese a aparecer la enfermedad con más terrible carácter.
Enriqueta, a poco de entrar en el paseo de la Castellana, conoció su situación social. Sus antiguas amigas volvían el rostro por no saludarla; cientos de ojos se fijaban en ella insolentemente, con maliciosa curiosidad, y varias veces sorprendió a muchas personas señalándola con expresivo ademán, que la llenaba de rubor. La presencia de Quirós, que, con aire triunfal, se paseaba a pie, siendo objeto de la curiosidad de la gente que ocupaba los coches, dió a entender a Enriqueta el significado de aquella general murmuración.
La virtuosa sociedad aristocrática, clase digna del mayor respeto, por lo bien que sabe sofocar el escándalo, poniendo a un lado el amante y al otro el confesor, señalaba a Enriqueta con el dedo, como la amante de una noche del simpático Quirós, indignándose santamente al ver que su familia no se apresuraba a remediar por medio del matrimonio aquel suceso, que redundaba en desprestigio de la privilegiada clase.
La joven, irritada por aquel engaño general, hubiese querido protestar; creía preciso decir que Quirós era un falsario, y que el único hombre a quien ella había amado era el revolucionario Esteban Alvarez...; pero, ¿para qué? Nadie la creería; resultaban muy novelescos e inverosímiles los amoríos de una joven aristocrática con un conspirador que estaba sentenciado a muerte, y, además, era ya tarde para hacer tal declaración. Ella, vigilada por su hermana, no podía ir de una en otra persona dando explicaciones que nadie la pedía, y Quirós había sabido manejarse tan hábilmente, que era general y arraigada la opinión que le consideraba como raptor de Enriqueta.
Tan terrible fué la impresión que experimentó la joven, que ya no quiso salir más de paseo, y permaneció encastillada en su cuarto, evitando hasta el entrar en el salón de la baronesa, como si las pocas personas que visitaban a ésta pudieran hacer al verla los mismos comentarios infamantes que la producían un terrible remordimiento.
Pero entonces comenzó a experimentar con mayor fuerza ciertos síntomas que ya se habían marcado antes en su organismo, aunque ella no les daba gran importancia.
Tuvo continuamente náuseas, vomitó con frecuencia, y algunas noches sintió algo extraño y doloroso en sus entrañas.
Enriqueta no era tan inocente que no llegase a comprender lo que aquello significaba, y por eso su terror fué inmenso cuando, a pesar de todas las precauciones martirizantes a que obligaba su cuerpo, para ocultar su estado, doña Fernanda se enteró de lo que ocurría.
La ira de la baronesa no tuvo límites. Dió dos soberbias bofetadas a Enriqueta, y en este mismo tono hubiera seguido, a no ser porque la detuvo alguna oculta consideración. Pero de palabra supo desahogar su rabia.
—¡Ah, grandísima cochina! ¡En buena nos has metido! Ahora te salen a la cara tus porquerías con aquel pillete, que debía estar en España para que le dieran garrote.
Así nombraba doña Fernanda al capitán Alvarez, por primera vez, después de la célebre noche de la fuga.
Desde que la baronesa hizo tan fatal descubrimiento no hubo ya tranquilidad en aquella casa.
Sus conferencias con el padre Claudio fueron numerosas, y Enriqueta no tardó en notar que algo muy importante inquietaba al director y su penitenta.
Las desgracias, y, más que todo, aquella existencia árida y monótona, habían modificado el carácter de la joven, haciéndola curiosa hasta la imprudencia. Por mil medios procuraba ella escuchar los diálogos entre el jesuíta y la baronesa, y así pudo saber lo que ocurría.
Aquel Quirós o era el mismo diablo, o, por lo menos, tenía hecho pacto con Satanás, pues únicamente de este modo podía comprender doña Fernanda que sin entrar en la casa ni mantener con su persona la menor relación, tuviera conocimiento del estado en que se hallaba Enriqueta.
—Ese canalla—decía el padre Claudio a su penitenta, refiriéndose a Quirós—se da buena maña en deshonrar a Enriqueta para conseguir sus fines. Ahora va proclamando por todas partes el estado en que se halla la niña, y dice a cuantos le quieren oir, que nosotros, por nuestro egoísmo, nos oponemos a que él y Enriqueta se casen, a pesar de lo mucho que se aman.
La baronesa desesperábase al saber las tretas de su antiguo amigo, que demostraba ser un perfecto aventurero.
Lo que más excitaba su rabia era el reconocer que el padre Claudio se declaraba impotente para combatir a aquel travieso enemigo. Recordaba el jesuíta lo mucho que el escritor católico podía decir contra la Orden y sus negocios, y esto hacía que se limitase a lamentarse de su audacia, sin atreverse a poner en juego contra él su poderosa influencia.
La cínica propaganda de Quirós dió pronto sus resultados.
La baronesa apenas si podía salir de su casa sin verse obligada a tratar tan enojoso asunto, emprendiendo agrias discusiones con sus antiguas amigas, que en nombre de la moral, y para evitar un escándalo deshonroso para la clase, la pedían que casase a la niña cuanto antes. En las juntas de cofradía veíase obligada a disputar muchas veces con beatas aristocráticas, a las que consideraba como amigas inseparables, las cuales, llevadas de esa falsa bondad que obliga a mezclarse en todos los negocios que nada importan, tomaban la defensa de Quirós, al cual elogiaban como buen muchacho y de sanos principios, y dando por seguro que Enriqueta y él se amaban desde mucho tiempo antes, pedían a doña Fernanda que remediase el terrible escándalo e hiciese la felicidad de aquellos muchachos, casándolos.
Bien había sabido urdir su plan aquel infame Joaquinito, impidiendo a la baronesa que lo deshiciera relatando la verdad de todo lo ocurrido.
Doña Fernanda, para desenmascarar a aquel farsante, podía decir que el verdadero amante de su hermana, el hombre tras el cual ésta había huído, era un pobre militar, y, por añadidura, revolucionario; pero el orgullo de clase—circunstancia sabiamente prevista por Quirós—se rebelaba, impidiendo a la baronesa hacer tal declaración, que atacaba el prestigio de la familia y su tradición religiosa y monárquica, y una vez que, hablando con la más íntima de sus amigas, se atrevió a iniciar algo de lo ocurrido, revelando el nombre del verdadero seductor, se detuvo, al ver la sonrisa incrédula con que sus palabras eran acogidas.
Era inútil decir la verdad, pues aquel público, preocupado de antemano y hábilmente influído por Quirós, la acogería como una pura novela.
Conforme crecían el escándalo y la murmuración, la rabia del jesuíta y su penitenta iban en aumento. Urgíales tomar una resolución para poner término a aquel estado de cosas, que era el continuo tema de conversación en los salones.
Llevar a Enriqueta a un convento, era imposible. La joven se resistía, y, además, esto hubiera recrudecido la cruzada que Quirós levantaba contra la baronesa y su director, pintándolos como monstruos que, por egoísmo, se oponían a la unión santa de dos jóvenes amantes.
Pero el padre Claudio, conforme aumentaban los obstáculos, se revolvía más furioso contra ellos, y, además, le ponía fuera de sí el aire triunfal y la sonrisita de superioridad que Quirós ostentaba cada vez que lo encontraba a su paso.
No eran ya sus planes sobre el porvenir de Enriqueta lo que le hacía defenderse tercamente de las maniobras de aquel aventurero; era su orgullo herido, pues la consideración de que el maestro pudiera ser vencido por aquel intrigantuelo audaz, le ponía fuera de sí.
Casi al mismo tiempo se le ocurrió a él y a la baronesa idéntica idea. Llamaron al doctor Peláez, y el padre Claudio, con la “superi” confianza que le daba la superioridad sobre el protegido, ordenóle, sin duda el aborto; pero Enriqueta estaba sobre aviso. Palabras sueltas, oídas al descuido, y su instinto de mujer, que parecía haberse aguzado con tan continuas peripecias, le hacían presentir lo que contra ella se tramaba, y por esto se negó rotundamente a tomar cuantas medicinas le ordenaba Peláez, ni cumplir muchos de los mandatos de su hermanastra.
Hubo a diario escandalosos altercados y golpes a granel en la casa de Baselga; la servidumbre, siempre curiosa, se enteró de cuanto ocurría entre las dos hermanas, y aquel endiablado Quirós, que estaba al corriente de todo lo que sucedía (como si algún duende, en forma de doncella o de lacayo, fuera a hablarle al oído a cambio de un billete de cinco duros), extremó más que nunca sus ataques contra la baronesa y su director, diciendo que querían envenenar a la pobre Enriqueta, o, por lo menos, hacerla abortar, para lo cual recibía los más bárbaros tratamientos.
El daba detalles a cuantos se los pedían en los salones, sobre los tormentos sufridos por Enriqueta, y aseguraba que la infeliz cediendo a las amenazas de sus tiranos, tercos en su propósito de impedir el casamiento, aseguraba que no era con él con quien se había fugado, sino con un capitán que ahora estaba emigrado. Y todos los oyentes de Quirós sonreían sarcásticamente al escuchar esto, confesando que la baronesa demostraba poca imaginación al inventar una historia tan ridícula e inverosímil como era la de los amores de su hermana con un revolucionario.
Por aquella afirmación, que la infeliz Enriqueta hacía para contentar a su hermana, de que Quirós no había sido su raptor, permanecía inactivo el escritor católico y no solicitaba el auxilio de los Tribunales; pero ya que le era imposible valerse de su derecho, se defendía con la pluma, su única arma, y ya estaba preparando un folleto, en el que relataría todo lo ocurrido, demostrando quiénes eran la baronesa y su director.
Crecía con esto la importancia de Quirós que considerado por muchos como un segundo Abelardo, separado violentamente de su Eloísa, paseaba por los salones su romántica aureola de amante desgraciado.
El padre Claudio rugía de furor contra aquel farsante, que parecía gozarse en su desesperación.
Intentó poner en juego todos los ocultos resortes de que disponía, para mover y transformar la opinión; pero fué en vano. Sus subordinados, en los confesonarios, en las visitas y hasta en el púlpito, con alusiones bastantes claras, intentaron hacer saber toda la verdad al aristocrático público; pero el trabajo resultó infructuoso. Aquella sociedad elegante respetaba mucho al padre Claudio, pero no tenía en menos aprecio el satisfacer su curiosidad maligna, hambrienta de escándalos, y entre el jesuíta y el placer que la proporcionaban el comentar aquella lucha, despreciaba al primero y se ponía resueltamente al lado de Quirós.
Mientras tanto, adelantaba el embarazo, y aquel escándalo del cual Enriqueta apenas si tenía noticias, se hacía cada vez más intolerable para la baronesa, que casi había roto las relaciones con todas sus amigas y evitaba el presentarse en público como si ella fuese la que se hallaba en un estado deshonroso.
Un día Enriqueta recibió del padre Claudio, y como a quemarropa, la proposición de casarse con Joaquinito Quirós.
Ella jamás supo la causa de aquella rápida transformación, ni la baronesa pudo explicarse claramente el rápido cambio que experimentó su director, antes tan tenaz en combatir a Quirós y “su infame canallada”, como decía en sus momentos de desesperación impotente; pero todo se explicaba sabiéndose que Joaquinito había estado el día anterior en el despacho del padre Claudio.
Audaz era éste, y, sin embargo, quedó pasmado ante la insolencia de aquel mozo, que, sin inmutarse, al ver la acogida casi feroz que le hacía el jesuíta, le dijo así:
—Creo que ya nos hemos hecho bastante la guerra, y que no es necesario pasemos adelante para saber quiénes son el vencedor y el vencido. ¿No es lástima, querido maestro, que dos hombres de nuestro valor se hagan la guerra y se destrocen para servir de diversión a toda esa gente aristocrática, estúpida de nacimiento? Que esto cese y a ver si nos arreglamos. Yo lo necesito a usted para que me proteja y encumbre y a vuestra paternidad le resultan muy buenos mis servicios en ciertas ocasiones. Recuerde usted hace pocos meses lo bien que le serví en el asunto de Tomasa, aquella vieja gruñona, ¡Vaya, querido maestro! Nos acreditamos esta vez de imbéciles si no nos entendemos. Usted le busca a Enriqueta sus millones y yo también; en este punto estamos de perfecto acuerdo; a ver si nos ponemos del mismo modo en los demás. Usted tiene ya seguros los millones de Ricardito Baselga, a quien ya me parece testar viendo embutido en la sotana de la Compañía. Los de Enriqueta serán también de usted con el tiempo; pero cáseme usted con ella: déjeme que goce sus riquezas en usufructo y me proporcione otras con audaces especulaciones, que yo le aseguro ser su más fiel discípulo, y antes que defraudarle, cuidaré de administrar acertadamente los bienes de mi mujer. La fortuna de Enriqueta, será de la Orden: todo consistirá en que ingrese en el tesoro de la Compañía algunos años después de lo que usted había pensado. ¡Qué!... ¿Estamos acordes, querido maestro? ¿Volveremos a ser otra vez buenos amigos?
Y el aventurero tendió su mano al poderoso jesuíta.
Pudo ser convencimiento de la propia impotencia, simpatía por un discípulo tan hábil y aprovechado, o ambas cosas a un mismo tiempo, pero lo cierto es que el padre Claudio, cediendo repentinamente, estrechó la mano de Quirós, y la unión de tambos quedó pactada.
El resultado de esta escena, que quedó en secreto aun para la misma baronesa, fué que el jesuíta se declarara partidario repentinamente de una solución antes tan odiada, como era la de casar a Enriqueta con Quirós.
Doña Fernanda, acostumbrada a obedecer sin réplica a su poderoso director, ayudóle en la tarea de convencer a Enriqueta, y hasta el padre Felipe, el bonachón “caballo padre” de la Compañía, que, como de costumbre, pegado a las faldas de la baronesa era el más sólido lazo que unía a ésta con la Orden, puso de su parte cuanto pudo para convencer a la joven de que debía dar su mano a un muchacho tan honrado y buen católico.
Enriqueta que, aunque no por completo, conocía algo del escándalo que hacía trizas su nombre, y que sabía que el mundo la suponía enamorada de Quirós, odiaba a éste, a pesar de que en aquella noche fatal él había sido el salvador del capitán Alvarez.
La consideración de que aquel hombre aparecía a los ojos del mundo ocupando el lugar que únicamente correspondía a Alvarez, era suficiente para que ella lo mirase con marcada antipatía, y por esto, cuando el jesuíta la propuso el casamiento con Quirós, contestó con una negativa rotunda.
Cuando Enriqueta, en el fondo de la obscura capilla, al relatar a su antiguo amante su vida durante tan larga ausencia, llegó al punto de su matrimonio con Quirós, su voz se hizo aún más débil y temblorosa, y las lágrimas volvieron a correr por su rostro.
Ella sabía bien que no podía justificar la locura y la infidelidad con que había procedido al dar su mano a Quirós; pero quería demostrar que no era por completo culpable de tal veleidad, y que a las circunstancias era a quien debía hacerse responsables antes que a ella.
El padre Claudio la asedió a todas horas con sus consejos, dichos en tono paternal, demostrando, bajo los más diversos aspectos, que su casamiento con Quirós era lo único que podía poner a salvo su honra y la de la familia. Era inútil que ella se extremase en demostrar que el capitán Alvarez era su verdadero seductor, y que en aquella noche infausta Quirós no había desempeñado otro papel que el de amigo oficioso. La sociedad creía tenazmente lo contrario, y consideraba los amores de Enriqueta con un revolucionario como una fábula ridícula inventada por la baronesa y su director. Tomasa, que era el único testigo que podía probar lo contrario, había muerto.
Comprendía el jesuíta que la resistencia de la joven descansaba principalmente en el amor que aún sentía por Alvarez, y a combatir esta pasión dirigiéronse todos sus esfuerzos.
Con aquella facilidad de expresión que tan convincentes hacia sus palabras, el padre Claudio turbó la firmeza amorosa de la joven, haciéndola ver que era una locura seguir adorando a un hombre que la abandonó en críticas circunstancias, y que ahora, viviendo en París, halagado por todas las impúdicas seducciones de la gran metrópoli, no se acordaba de ella.
Esto producía mucho daño a Enriqueta, la cual, condoliéndose de que Alvarez no la hubiera escrito desde que huyó, se inclinaba a creer en aquel olvido que, para martirizarla, le recordaba el padre Claudio.
Ignoraba la infeliz que la baronesa llevaba ya quemadas unas cuantas cartas de Alvarez.
Conforme se desvanecía la fe de la joven, el jesuíta redoblaba sus ataques, pintando a Quirós como un dechado de perfecciones y caballerosidad. El padre Claudio se enfadaba al notar la antipatía que la joven profesaba a Joaquinito. ¡Pobre muchacho! ¡Odiarlo, justamente por una de sus nobles acciones! Porque ahora resultaba, según las afirmaciones del jesuíta, que si Quirós había mentido, presentándose en público como el raptor de Enriqueta, era tan sólo por salvar a ésta, a la que amaba en silencio desde mucho tiempo antes, y evitar que fuese complicada en la causa que se había formado a Alvarez como conspirador.
Además, su abnegación era sublime y digna de las mayores consideraciones. Sólo un alma grande, un hombre verdaderamente enamorado, era capaz de ofrecer su mano y su honor a una joven que casi había visto en los brazos de otro.
Todo esto impresionaba poco a Enriqueta; pero últimamente el jesuíta la conmovió profundamente con una proposición que le hizo en nombre de la baronesa.
El honor de una familia tan ilustre no había de quedar por los suelos. O se casaba con Quirós, lo que haría terminar tan vergonzosa situación, cortando de raíz las murmuraciones, o entraba inmediatamente en un convento, para expiar su falta con continuas oraciones.
Enriqueta, al llegar a este punto de su relación, se detuvo, como si la vergüenza le impidiera seguir adelante, y al fin dijo con voz temblorosa:
—Fuí débil y cedí. Los placeres del mundo me atraían y temblaba solamente al pensar que podía verme encerrada en un convento para siempre. Por otra parte, me movía una consideración de fuerza irresistible. Sentía agitarse en mis entrañas un ser al que amaba con delirio antes de haberlo visto, y con el cual conversaba como una loca en la soledad de mi cuarto. ¿Iba a ser, por mi culpa, un desgraciado, sin nombre y sin padres conocidos, al cual mirase la sociedad como un fruto de deshonra? Esto fué lo que me impulsó a ser perjura, a olvidarme de ti por el momento, uniéndome a un hombre a quien aborrezco. Fuí traidora, te ofendí del modo más villano; pero todo lo hice con tal de borrar el deshonor de la frente de mi hija. Sacrifiqué tu amor a cambio de la felicidad de un ser que lleva tu sangre.
Esteban, impresionado por las últimas palabras, pareció olvidarse de todo lo dicho anteriormente por Enriqueta.
Parecía dudar ante una felicidad inesperada.
—¡Pero, esa niña!... ¿Es realmente hija mía?
—Sí, Esteban. Mi María es tan hija tuya como mía. Te lo juro por la memoria de mi madre, cuyo nombre lleva ella.
—¡Ah! ¡Hija mía!—murmuró Alvarez, con acento inexplicable.
Y las lágrimas asomaron a los ojos de aquel hombre enérgico, cuyo férreo carácter no habían logrado nunca enternecer las más supremas emociones.
III
El presente de Enriqueta.
Quedaron silenciosos los dos antiguos amantes durante algunos minutos, como saboreando el placer que les producía pensar en el ser inocente venido al mundo, cual recuerdo de aquella noche de amor, tan trágicamente interrumpida.
Enriqueta fué la primera en romper aquel silencio, pues sentía deseos de hacer olvidar el pasado a Alvarez, hablando únicamente de su hija.
—¡Si vieras cuán hermosa es! Su parecido contigo es tan exacto, que hasta Fernanda, que te ha visto pocas veces, lo notó desde el primer instante. Bastaría que vieses a mi Marujita un solo momento, para que inmediatamente te convencieras de que es tu hija. Hay algo en aquellos ojitos que es una chispa de la misma luz que brilla en los tuyos.
Alvarez seguía pensativo, y de vez en cuando fruncía las cejas, como agobiado por una idea penosa. Por fin habló para preguntar a Enriqueta con cierta rudeza:
—Y tú, ¿amas mucho a tu esposo?
—¡Quién!... ¿Yo? Le aborrezco. Es un infame.
—Entonces serás muy desgraciada.
—Tengo a mi hija, y esto me basta. Nunca he amado a Quirós. En los primeros días de nuestro matrimonio, le miraba con indiferencia benévola. Le consideraba como una persona amable, con la que estaba obligada a vivir, y procuraba tratarle con cierto afecto, aunque evitando siempre la menor intimidad.
—¿Y las costumbres matrimoniales?—preguntó Alvarez con tono de incredulidad.
—No han existido nunca para nosotros. Cuando, preparado ya el asunto por el padre Claudio, vino Quirós a casa a pedir mi mano a Fernanda, yo le hablé con entera claridad, recordándole el amor que a ti te profesaba. Fingió él gran desesperación por mis palabras; pero con todo se conformó, con tal de ser mi esposo, diciendo que el tiempo se encargaría de hacerle justicia y de procurar que yo le amase, aunque sólo fuese un poco. Las condiciones que entonces pactamos se han observado hasta hoy. A la vista de la sociedad somos un matrimonio cual todos, con nuestras alternativas de cariño y enfado; pero, en la intimidad, dentro del hogar, Quirós y yo nos tratamos con toda la ceremoniosa frialdad de los príncipes que, por razón de Estado, se unen para siempre. Mis habitaciones están a un extremo de la casa y las suyas al otro; pasan días sin que crucemos más palabras que las que nos obliga a fingir la presencia de algún extraño. Los dos tenemos muy diversas ocupaciones, que nos obligan a no pensar en nuestra situación. El sólo se ocupa de la política, de su periódico y de todos los medios propios para convertirse en un personaje importante, y yo dedico el día entero al cuidado de mi hija.
—¿Pero ese hombre nunca ha intentado hacer valer sus derechos de marido?
—Sí; hubo una época, a raíz de nuestro casamiento, en que emprendió la conquista de mi afecto en toda regla. Mostrábase amable hasta la impertinencia, y me asediaba de mil modos; pero de entonces data el odio que le profeso y que reemplazó a la antigua indiferencia con que le miraba. Un día, creyendo con ello halagarme y demostrarme la intensidad de su amor, me hizo una confesión monstruosa, horrible. Desde entonces le detesto, considerándolo como un ser abyecto y repugnante.
—¿Qué te dijo?—se apresuró a preguntar Alvarez—¿Dudas decírmelo? ¿No tengo yo derecho para saber todas tus cosas?
Enriqueta no disputaba a su antiguo amante el derecho de saber cuanto le ocurría, aun aquello de carácter más íntimo; pero se resistía a revelarle aquella declaración de Quirós, que ponía al descubierto toda la ruindad de su alma.
Ella no quería crear conflictos ni aumentar la desesperación de su antiguo amante. Aunque odiase a Quirós, al fin era su marido ante el mundo, y no debía concitar contra él las iras de nadie.
Alvarez, como si adivinase lo mucho que le importaba aquella declaración, importunaba a Enriqueta para que hablase.
Rogó, amenazó, manifestóse ofendido en su dignidad, y, al fin, después de muchas vacilaciones y de hacerle prometer que no intentaría nada contra Quirós, se decidió Enriqueta a hablar, vencida por la curiosa tenacidad de su amante.
—Pues bien; ese hombre, que ahora se llama mi esposo, es el autor de tu desgracia, y por tanto, de la mía. El fué quien te delató al Gobierno como conspirador, facilitándote después la huída, para, apoderarse mejor de mí.
Alvarez no esperaba aquella revelación; así es que hizo un marcado ademán de sorpresa. Pero pronto la reflexión le hizo creer que era imposible aquello que Enriqueta le revelaba.
—Eso no puede ser—dijo—. Quirós no me conocía, ni sabía que tú me amabas, y mal pudo averiguar mis compromisos políticos, que yo ocultaba con tanto cuidado.
—Mi marido fué el delator. Es inútil que te empeñes en reflexionar sobre la certeza de lo que te digo. El mismo me confesó su crimen un día que yo resistía, como siempre, a sus halagos amorosos. Me dijo entonces que me amaba desde el primer día que entró en casa, haciéndose amigo de mi padre, y, además, que conociendo mis relaciones contigo, y enloquecido por los celos, te había delatado, con el deseo de que huyeses o perdieras la vida, pudiendo él entonces dedicarse con entera libertad a mi conquista. El me hizo tan horrorosa confesión con el propósito de demostrarme la inmensidad de su amor, que le había conducido hasta el crimen; pero yo, desde entonces, le odio, y siento ante él la misma repugnancia que en presencial de una inmunda alimaña. Debe él haber conocido el horror que me inspira, por cuanto desde entonces ha cesado de importunarme con sus demandas amorosas, y se dedica en absoluto a sus aficiones políticas.
Esteban estaba convencido de la maldad de Quirós. Aunque no podía comprender por qué medios el repugnante aventurero había averiguado sus compromisos revolucionarios, la declaración de Enriqueta borraba todas las dudas que pudieran ocurrírsele.
El, durante la época de su emigración en París, y recordando sus desgracias, había llegado a creer que el delator era el padre Claudio, terriblemente ofendido y ansioso de venganza por la conferencia, algo violenta, que ambos habían tenido en la plaza de Oriente; pero ahora desechaba sus anteriores sospechas, para hacer caer toda la responsabilidad sobre Quirós.
Ignoraba que el jesuíta y su discípulo iban íntimamente unidos en el asunto de la delación.
Enriqueta, después de hacer aquella declaración, mostrábase arrepentida de su femenil ligereza, y procuraba convencerse de que su antiguo amante no intentaría nada contra Quirós.
—No te preocupes tanto en favor de ese canalla—dijo Alvarez con rudeza—. Por más que te empeñes y ruegues en su favor, día ha de llegar en que yo le exija severas cuentas por su infame conducta. Mas por el momento, permanece tranquila. Pesan sobre mí peligros muy terribles y tengo demasiado interés en permanecer oculto, para que vaya yo a comprometerme y a poner en peligro una empresa casi santa presentándome ante ese miserable. Ya vendrá el tiempo en que a la luz del día podré retar a tu marido, concediéndole la honra de morir como un caballero.
El interés que manifestaba Alvarez en permanecer oculto, hizo pensar a Enriqueta en la situación aventurada que atravesaba su amante.
—Haces bien en ocultarte—le dijo—. Según he oído varias veces a mi hermana, una sentencia de muerte pesa sobre ti, y es realmente una imprudencia que te presentes en las calles en pleno día... ¿A qué has venido a Madrid?
Alvarez sonrió con expresión algo feroz.
—No tardarás en saberlo, y contigo todo Madrid. Mi presencia en España nada bueno indica para lo existente. Soy como esas aves funestas que vuelan delante de la tempestad, anunciándola, y pronto estallará el trueno sobre esas santas instituciones de que hablaba hace poco ese jesuíta empalagoso, que no sé cómo escucháis con calma. Ya veremos si todo ese público distinguido, que tanto se entusiasmaba hace poco, sabe salir a la defensa de lo que va a perecer.
Enriqueta, que, a pesar de todo su amor, estaba influída por las preocupaciones de clase, se estremeció al escuchar tales palabras, y miró alarmada a Alvarez.
—Pero, ¡Dios mío! ¿Qué vais a hacer?
Esteban no contestó, limitándose a sonreír del mismo modo que antes.
Quedaron silenciosos los dos amantes, y oyeron sonar en el fondo de la iglesia un ruido de hierros que, poco a poco, iba acercándose.
Era el sacristán que, agitando un gran manojo de llaves, iba por las capillas, diciendo en alta voz a las beatas rezagadas:
—¡Se va a cerrar! ¡A la calle, pronto, que voy a cerrar!
—Nos tiran de aquí—dijo Esteban.
—Sí; separémonos antes que nos vean juntos en esta capilla oscura. Adiós, Esteban.
—¡Eh! Aguarda. ¿Crees que podemos separarnos así? ¿No he de volver a verte? ¿O es que quieres que pase espiando unas cuantas tardes la puerta de tu casa, aguardando con ansia una ocasión propicia para hablarte?
—No, Esteban; no conviene que nos veamos. En mi estado no son muy regulares estos encuentros, y aunque yo permanezca fiel a mis deberes, como estoy dispuesta a hacerlo siempre, nuestras entrevistas serán conocidas y darán pábulo a la murmuración. Además, a ti te conviene permanecer oculto.
—¿Y mi hija? ¿Crees tú que podré yo permanecer tranquilo sabiendo que tengo una hija, y sin haberla visto nunca? No, Enriqueta, es preciso que yo la vea, para besarla, para experimentar ese goce paternal que hasta ahora sólo conozco a medias. Enriqueta, ya sabes que yo nunca me detengo cuando me empeño en conseguir lo que deseo. Déjame ver a nuestra hija, o me siento capaz de entrar en tu casa a viva fuerza y hacer una locura, aunque esto me descubra y ponga en peligro mi vida.
Enriqueta sabía que Alvarez era capaz de cumplir su promesa, y como al mismo tiempo viese en su rostro una expresión conmovedora de súplica, se decidió en favor de lo que le pedía.
—Bien: verás a María. No debíamos hablarnos más; pero ya que así te empeñas, volveremos a repetir muestras conferencias, aun cuando tengo la convicción de que esto ha de producirnos alguna desgracia.
—¿Cuándo veré a la niña?
—No puedo decírtelo; pero buscaré ocasión propicia para ello. Por de pronto, quedemos acordes sobre el punto donde volveremos a vernos.
—Aquí mismo: es el lugar más seguro para mí.
—Está bien. Pasado mañana dará el padre Luis su última conferencia. Espérame como hoy, en este mismo sitio, y ya te diré entonces lo que hemos de hacer para que tú veas a nuestra hija.
—¡Señores! ¡Que voy a cerrar! ¡Que se va a cerrar!—gritó el sacristán, próximo a la capilla, agitando sus llaves resonantes.
Los dos antiguos amantes se estrecharon las manos, dándose un mudo adiós.
Alvarez, conmovido sin duda por la dulce tibieza de aquellas finas manos, acercó su rostro al de Enriqueta; pero ésta se desasió, separándose rápidamente, con las mejillas teñidas por el rubor.
—¡Aquí!... ¡Oh, no! ¡Qué horror! Piensa en mi estado actual, y no intentes la menor cosa, si quieres que sigamos viéndonos. Seremos dos buenos amigos, o, de lo contrario, si eres malo, te odiaré. ¡Adiós, Esteban!
Cuando el sacristán agitó sus llaves frente a la capilla, los dos amantes, uno en pos de otro, salían ya de la iglesia.
IV
Renuévanse las relaciones.
Poco a poco fué restableciéndose entre los dos antiguos amantes un afecto que, si no eran igual a la pasada pasión, equivalía a algo más que a una intimidad amistosa.
El adormecido amor volvía a renacer en Enriqueta, y aun cuando ella, en su interior, se dirigía a sí misma sermones morales, recordando sus deberes y el peligro que corría cediendo a la pasión, lo cierto es que muchas veces se olvidaba de que a los ojos de la sociedad pertenecía a otro hombre, y se entregaba sin reserva al trato de Alvarez.
La vigilancia de la baronesa y el género de vida que hasta entonces había hecho, no la permitían salir con frecuencia de su casa completamente sola; pero aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para cambiar unas cuantas palabras con Alvarez, unas veces ante el escaparate de una tienda elegante, otras en las alamedas del Retiro, y las más en alguna iglesia donde no fuera muy grande la concurrencia de fieles.
Tanto atrajo a Enriqueta aquel hombre, cuya presencia y palabra parecían transportarla a la época más feliz de su vida, que comenzaba a vigilar con menos cuidado a su idolatrada niña, y a permitir que la baronesa la tuviera horas enteras en su salón, a pesar de que temía que aquel pequeño ser fuera víctima de alguna asechanza infame.
Enriqueta recordaba aún con horror aquel período de su embarazo, durante el cual su hermana y el doctor habían empleado todos los medios para matar la criatura que llevaba en sus entrañas.
Aquella niña estorbaba a doña Fernanda, y, como Enriqueta, conociendo los sentimientos de su hermana, sabía de lo que era capaz, de ahí que temiera que con su hija se repitieran las mismas criminales tentativas que contra ella.
El vehemente deseo que Alvarez sentía de ver a su hija, cumplióse por fin una tarde, en que Enriqueta, aprovechando una ausencia de su hermana, salió en coche con la pasiega encargada del cuidado de la niña.
En el paseo, Alvarez, fingiendo ser un amigo íntimo de la familia, para no excitar las sospechas de los cocheros y de las domésticas, saludó a Enriqueta, y después de una conversación sin importancia, subió al carruaje, tomando en sus brazos la niña, que contemplaba aquel rostro desconocido con marcada alarma.
¡Cuán dolorosos esfuerzos hubo de hacer aquel padre para ocultar sus impresiones y no derramar lágrimas de alegría al estrechar la niña en sus brazos!
Aunque muy torpemente, fingió esa indiferencia cariñosa propia de las personas que por cortesía acarician niños ajenos; pero cuando, molestada por el roce de sus recios bigotes, la niña rompió a gimotear, agitándose furiosa en sus brazos, el infeliz padre estuvo próximo a llorar de pena.
Parecíale que su hija se negaba a reconocerle, y sintió impulsos de decirle, en acento de dulce reproche:
—¡Cállate, pequeñuela! ¿No sabes que soy tu padre?
Varias veces vió del mismo modo el emigrado a su hija, y en todas ocasiones se separó entristecido, pues notaba en la pequeña María un desvío y una alarma que le causaban daño.
Durante el tiempo que se verificaron aquellas entrevistas, algunas de las cuales resultaban audaces, pues eran en puntos donde Enriqueta podía ser fácilmente conocida, la joven señora notó en su antiguo amante algo que, despertando sus preocupaciones de clase, la llenaba de terror.
Semanas enteras transcurrían a veces sin que Enriqueta, que salía muchas veces con la esperanza de ver a Alvarez, que siempre surgía a su paso como un personaje fantástico, le hallara por parte alguna.
Después, Esteban, durante muchos días, volvía a rondar la calle, recatándose de ser visto, y aprovechaba la menor ocasión para hablar con Enriqueta, y cuando ésta se atrevía a interrogarle sobre aquellas extrañas ausencias, el conspirador sonreía de un modo feroz y hablaba de tempestades que estaban próximas.
Enriqueta, a pesar de su inocencia en asuntos políticos, comprendía que algún suceso grave iba a verificarse, y al pensar en el peligro que iba a correr Alvarez, la figura de éste se agrandaba de un modo heroico en su imaginación.
Ella, que por haber oído muchas veces a la escogida sociedad que reunía su hermana hablar de los furores de la demagogia y del salvajismo de las turbas, odiaba todo lo que significara revolución, no podía menos de alterarse al ver al hombre adorado expresándose de un modo tan terrible; pero la pasión hacía enmudecer todas sus preocupaciones, y Alvarez era siempre para ella aquel ser que la había revelado la existencia del amor.
Podía ella, escudada en su estado, y recordando sus deberes, oponerse con tenacidad indomable a aquellas pretensiones atrevidas que renacían en Alvarez como retoños de la antigua pasión, y que la hacían acoger con expresión ceñuda todos sus osados avances; pero, a pesar de esto, el terrible conspirador era el único hombre que moralmente la poseía, y cuya imagen ocupaba por completo su imaginación.
V
Mal encuentro.
Se hallaba Esteban Alvarez hacía ya dos horas en la calle de Atocha, espiando desde alguna distancia la casa de Enriqueta.
Era domingo, habían ya dado las diez de la mañana, y Alvarez esperaba, confiando en que Enriqueta saldría a misa, sola, como otras veces, y podría cambiar con ella algunas palabras a la puerta de la iglesia.
Paseaba el conspirador embozado en su capa, para no llamar la atención, y en una de sus vueltas, que le alejó bastante de casa de Enriqueta, al desandar lo recorrido y volver hacia su punto de partida, o sea cerca de la casa de Baselga, vió a pocos pasos, en el centro de la acera, a un caballero que envolvía en un rico gabán de pieles una obesidad extraña en un hombre joven.
A aquellas horas en que el Madrid elegante todavía estaba en la cama, descansando de los placeres de la noche anterior, resultaba algo raro ver en la calle un personaje tan elegantemente vestido, y tal vez por esto Alvarez fijó en él su atención.
Parecióle en el primer momento al conspirador encontrar algo en aquel hombre que le era conocido, y le recordaba algún suceso del pasado, que él no podía explicarse tan de repente; pero pasado el efecto que le produjo la primera ojeada, aquella reminiscencia fué desvaneciéndose, y al cruzarse con el bien portado personaje, ya no notaba en él nada conocido.
No ocurría lo mismo a aquel caballero.
Cuando estaba aún separado de Alvarez por algunos pasos de distancia, mirábalo con indiferencia, como a un transeúnte desconocido; pero, al encontrarse junto a él, y fijarse en las facciones de Alvarez, que en aquel instante dejaba al descubierto el embozo, su rostro palideció, y toda su persona agitóse con esa conmoción que produce un encuentro inesperado.
Esta impresión no pasó desapercibida para Alvarez, que volvió a fijarse en el desconocido, haciendo esfuerzos mentales para recordar quién era.
Ya había pasado el caballero de las pieles, y se alejaba, volviendo la espalda, a pesar de lo cual, todavía Alvarez, parado y con la mirada fija, siguió examinándolo.
Volvió la cabeza un poco el desconocido, para ver si le miraba Alvarez, y entonces, al presentar su rostro de perfil, fué reconocido inmediatamente.
Los rasgos típicos de Quirós surgieron a los ojos de Alvarez, destacándose de aquel rostro grasoso y prematuramente marchito.
Aquel descubrimiento conmovió profundamente al conspirador.
Era la primera vez que veía a aquel hombre después de la triste noche en que le conoció, y el recuerdo de su infame traición surgió inmediatamente en su cerebro.
Aquél era el hombre que le había robado la mujer amada; el cínico aventurero que ahora gozaba la opulencia conquistada por medio de sus infamias, y que salía de su casa contento y satisfecho, como un ciudadano que siente tranquila su conciencia.
Esteban experimentó una repentina indignación, que rápidamente se apoderaba de él, hasta embriagarlo de rabia, e instintivamente, sin darse cuenta de lo que hacía, siguió a Quirós, quien había apresurado el paso al notar que acababa de reconocerle aquel hombre a quien tanto temía.
En la plaza de Antón Martín fué alcanzado por Esteban, quien se colocó familiarmente a su lado.
Quirós temblaba al sentir a sus espaldas los pasos de aquel hombre que se acercaba rápidamente; pero al verle a su lado, hizo, como vulgarmente se dice, de tripas corazón, y asomó a sus labios la más amable de las sonrisas.
—¿Me conoce usted?—preguntó Alvarez con voz que enronquecía la ira.
—No tengo el honor...—contestó Quirós, siempre sonriente, y deseoso de prolongar aquella situación difícil con amables palabras.
—Pues soy Esteban Alvarez—le interrumpió el conspirador—. Ya sabe usted que tenemos una antigua cuentecita que saldar y aprovecho la ocasión de encontrarle. A un canalla como usted hay derecho de sobra para aplastarlo aquí mismo; pero soy generoso, y le doy tiempo para morir como un caballero. ¿Cuándo estará dispuesto a romperse el bautismo conmigo?
—Pero, ¡por Dios!, señor Alvarez. ¿Por qué hemos de reñir dos buenos amigos, como nosotros lo somos? Usted está en un error; no conoce mis actos, y me toma por algo que yo no soy. Comprendo que usted esté enfadado conmigo, pero esto es porque no conoce mi verdadera conducta. En el momento que usted sepa la verdad de cuanto yo hice, me lo agradecerá, y hasta es posible que se convierta en mi mayor amigo.
Alvarez quedó pasmado ante el cinismo de aquel hombre.
—¡Cómo, miserable!—dijo indignado—. ¿Qué es lo que yo te he de agradecer? Me pasma tu sangre fría, ¡gran canalla! Basta de palabras. O te bates conmigo hoy mismo, o te estrangulo inmediatamente.
—Pero, señor Alvarez, ¡por la sangre de Cristo! No se sulfure usted ni me trate de un modo que no merezco. Es cierto que yo soy hoy el esposo de la mujer que usted amaba; pero esto ha sido contra mi voluntad; a las circunstancias hay que culpar más que a mi persona. Por evitar compromisos a Enriqueta, y buscando que no apareciera complicada en la causa que a usted le formaron, creí útil el fingir que era yo su raptor; esto, sin ninguna intención malvada; después, el mundo, con sus murmuraciones, agravó lo que yo había hecho, sin proponerme ningún fin determinado, y merced a las gestiones de respetables personas que querían evitar el escándalo, me vi en la precisión de optar entre la deshonra de Enriqueta o el darla mi mano. ¿Qué hubiera usted hecho en mi caso? Lo mismo que yo, indudablemente. Había que salvar el honor de una mujer, a quien usted no podía devolvérselo, y usted mismo debía agradecerme este noble sacrificio que hice.
—¡Mientes, miserable falsario!—rugió Alvarez, cada vez más indignado por el cinismo de aquel hombre—. ¡Con qué facilidad sabes disimular tus repugnantes traiciones! ¡Cómo intentas justificar tus actos, que excitan la cólera de toda persona honrada! Tú eras un aventurero hambriento de poder y de riqueza; pusiste tus ojos en Enriqueta, y aprovechaste una ocasión suprema para perderme a mí y apoderarte de una pobre joven, para ser dueño de su fortuna. Te has valido de todo cuanto de malo existe en el mundo para realizar tus ambiciones. Has sido delator, cobarde, hipócrita y, sobre todo, embustero; pero te ha llegado ya tu hora, como les llega a todos los canallas, y te vas a ver conmigo, que he sido la víctima de tus infamias. Admite este reto con que te honro, o te aplasto aquí mismo.
—Repórtese usted, señor Alvarez; serénese usted y piense que estamos en la calle, llamando la atención, y que yo no tengo por qué ocultarme ni estoy interesado en que nadie me conozca.
—¡Aún me insultas!—dijo Alvarez acercando su rostro, congestionado por la ira, al de Quirós, que estaba cada vez más pálido—. ¡Aún te atreves a hablar de mi desgraciada situación, que me obliga a vivir oculto cuando tú eres el autor de mi infortunio!
—¡Yo, señor Alvarez!—exclamó Quirós abriendo sus ojos cuanto pudo, para demostrar su extrañeza e inocencia—. ¡Yo el culpable de que usted, por revolucionario, se halle fugitivo y sentenciado a muerte!
—Sí, tú—afirmó Alvarez con energía—. Tú, que fuiste quien me denunció; tú, que entregaste a la infeliz Tomasa a la Policía, causando su muerte; que hiciste llegar a manos del Gobierno mis papeles políticos, por los cuales muchas familias lloran hoy a sus padres, que viven en presidio, y que has hecho caer sobre mí una sentencia de muerte.
Y Alvarez, al recordar el cúmulo de desgracias que había producido la traición de aquel hombre, y al verlo ante él, con la expresión de un hombre feliz y la prosopopeya de un personaje, sintió que su indignación llegaba al paroxismo, y, sin darse cuenta de lo que hacía, avanzó sus manos, intentando estrujar aquel cuello grasoso y blanducho, que se hundía en la solapa de ricas pieles.
Quirós se libró, retrocediendo algunos pasos, y en sus mejillas pálidas notóse un temblor nervioso.
—Repórtese usted, señor Alvarez. Por interés a usted se lo advierto: estamos llamando la atención de la gente, y a usted no le conviene un escándalo en medio de la calle.
El conspirador recobró un poco la calma con esta observación, y mirando a su alrededor vió parados a pocos pasos de distancia algunos chicuelos y criadas de servicio, que esperaban con plácida curiosidad que aquellos dos señoritos se dieran de mojicones.
Esta expectación le hacía correr el peligro de ser detenido por los agentes de la autoridad, y tal pensamiento bastó para que inmediatamente fingiera una fría calma, que estaba muy lejos de sentir.
—Es verdad—dijo el ex capitán—; estamos llamando la atención, y esto no es conveniente. Acabemos pronto.
—Acabemos—dijo Quirós, que estaba más deseoso que nunca de terminar aquella situación, saliendo escapado inmediatamente.
—¿Dónde ventilamos nuestro asunto?
—Ahora no puedo. Me esperan para una cuestión política de gran importancia.
—Siento que retardemos el placer que indudablemente ha de producirnos vernos los dos frente a frente. Sin embargo, me hallo dispuesto a complacerle, retardando el encuentro. Nos veremos esta noche. Señale usted punto y hora.
—Pero, señor Alvarez, esto es usurpar la misión de nuestros respectivos padrinos. Ellos se encargarán de arreglar todos estos detalles.
—¿Qué está usted diciendo? ¿Cree usted acaso que vamos a perder un tiempo precioso incomodando a cuatro amigos con el asunto de nuestras enemistades, que a ellos nada les importan? Quédense los padrinos y las negociaciones de honor para aquellos lances que son susceptibles de arreglo; aquí no son necesarios tales preparativos. Uno de nosotros sobra en el mundo. El asunto no puede ser más sencillo; se trata de ver si un hombre honrado puede matar noblemente a un pillo a quien podía en este mismo momento estrangular. Tome usted un revólver esta noche y acuda al sitio que tenga a bien señalar.
—Pero... ¡don Esteban! ¡Eso es brutal! ¡Eso es salvaje! Los caballeros como nosotros deben arreglar sus cuestiones de un modo más distinguido. Dígame usted dónde vive, y yo le enviaré mis padrinos.
—¡Ea, basta de farsas! ¿Cree usted que un hombre fugitivo, como yo, y sentenciado a muerte, está en circunstancias para perder el tiempo y exhibirse en negociaciones que, por más que ocultáramos, no tardarían en ser públicas? Yo, fugitivo, oculto y comprometido en importantes empresas, no dispongo de amigos para mezclarlos en estos asuntos; ni puedo dar mis señas a un hombre acostumbrado a las delaciones policíacas. ¡Acabemos ya! O viene usted esta noche a matarse, o le abofeteo y le doy de puntapiés aquí mismo.
Y Alvarez se adelantaba hacia su enemigo, dispuesto a unir la acción a la palabra.
Quirós, a pesar del miedo que experimentaba, sintió sublevarse su dignidad ante aquella agresión, y cobrando valor contestó con cierta firmeza.
—Está bien. ¡Basta ya de insultos! Nos batiremos como a usted le parezca mejor. Estoy a sus órdenes esta noche.
—¿Punto y hora?
—Si le parece a usted, podríamos reunimos a las nueve de esta noche, frente a las Caballerizas reales. De allí podemos dirigirnos a la Casa de Campo, y junto a sus tapias podremos cambiar algunos tiros, sin temor a que nadie nos estorbe.
—Conforme. Ahora sólo falta que usted me prometa no olvidar ese compromiso que ahora contrae.
—¡Caballero! ¿Cree usted que yo falto en asuntos de honor?
—Yo tengo derecho a esperarlo todo del hombre que me delató, ¡Júreme usted no faltar esta noche a la cita!
—Lo juro—dijo Quirós, que deseaba cuanto antes terminar aquella conversación, aunque para ello tuviera que aceptar las mayores humillaciones.
—Está bien. Por su interés le advierto que si usted falta a su juramento, no será ésta la última vez que nos veremos, y entonces seré más exigente. Buenos días.
Apenas Alvarez volvió la espalda, Quirós se apresuró a alejarse.
El diputado ultramontano estaba aún agitado por aquella débil indignación que le habían producido los insultos de Esteban Alvarez; pero, conforme se iba alejando, se desvanecía la animación que le había sostenido momentos antes, y al llegar a la calle de Carretas. Quirós ya comenzaba a estremecerse, pensando en lo prometido.
El esposo de Enriqueta aterrábase al imaginarse la posibilidad de que aquella misma noche, en la obscuridad, y junto a una tapia solitaria, se viera, revólver en mano, frente a Alvarez, que tenía para él la supremacía del hombre honrado sobre el canalla.
El miedo le aturdía de tal modo, que le hacía discurrir torpemente.
El no se batiría de aquel modo tan brutal y desprovisto de probabilidades de arreglo, aunque una legión de hombres como Alvarez le pateasen las costillas en medio de la calle.
Ante el mundo tenía él, para poner a salvo su honor, el pretexto de que un personaje de su importancia no podía batirse con un revoltoso, sentenciado a muerte. Esto encubría perfectamente su cobardía, y aun añadiría a su persona una gran dosis de dignidad.
Pero apenas aceptaba la consoladora solución de no acudir a la terrible cita, conmovíase pensando que al día siguiente, al salir de su casa, volvería a encontrar a aquel enemigo, más amenazante e inflexible que nunca.
¡Dios santo! ¿Qué iba a hacer? ¿Qué resolución sería la más acertada?
¡Ah!... Ya lo tenía pensado. Iría inmediatamente a consultar con el padre Claudio, que estaba tan interesado como él en librarse de Alvarez, y entre los dos encontrarían el medio más adecuado de suprimir a tan tenaz e iracundo enemigo.
VI
En demanda de auxilio
El padre Claudio estaba aquel día dado a todos los diablos, según se decía Quirós al salir de su despacho.
Apenas el diputado cambió con él las primeras palabras, conoció que algún asunto de gran importancia, y no muy grato, preocupaba al poderoso jesuíta, hasta el punto de hacerle olvidar aquel disimulo sonriente, que era en él característico.
El padre Claudio, contra su costumbre, se mostraba brusco y malhumorado, y tal era su distracción, que se le habían de repetir muchas veces las mismas palabras para que llegase a fijarse en ellas.
Nunca había visto Quirós en tal estado al reverendo padre, y no podía comprender que existiesen en el mundo asuntos suficientemente graves para turbar de tal modo a aquel genio de la intriga, carácter férreo, creado para salir invencible de las más difíciles luchas.
Sin embargo, aquel disgusto que experimentaba el poderoso jesuíta, no podía ser más justificado.
Seguía dirigiendo los asuntos de la Orden en España; era poderoso en el real Palacio, y ninguno de sus subordinados oponía la menor resistencia a su despótica autoridad; pero, a pesar de esto, el padre Claudio mostraba cierto azoramiento, y miraba a todas partes con aire de alarma, presintiendo que en aquella atmósfera de tranquilidad y sumisión que le rodeaba, existía algo hostil y amenazante, que no tardaría en condensarse sobre su cabeza, como una nube tempestuosa.
Su fino oído creía percibir los sordos golpes de ocultos zapadores, que lentamente iban minando su poder, para, en un momento dado, hacer que le faltase tierra bajo los pies, y hábil para adivinar de dónde procedía el peligro, así como enterado perfectamente de los procedimientos y costumbres de la Orden, miraba a Roma, cerebro y centro directivo del jesuitismo universal.
Allí estaba el peligro, al lado del general de la Compañía, y apenas se convencía una vez más de que en Roma dirigía aquellos subterráneos trabajos contra su autoridad, estremecíase de miedo, con la certeza de que su ruina era segura, teniendo enfrente tan poderosos enemigos.
El padre Claudio repasaba toda su vida, deseoso de encontrar el motivo que concitaba contra él las superiores iras.