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La araña negra, t. 5/9

QUINTA PARTE LA SEÑORA DE QUIRÓS (continued 2)

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El era en la Orden el personaje más apreciado por los valiosos trabajos que había llevado a cabo, y recordaba el recibimiento afectuoso con que siempre había sido acogido en sus viajes a Roma, para conferenciar con el general.

¿Por qué, pues, aquella guerra sorda e inexorable que le hacían desde la capital del mundo católico? ¿Conocería acaso el general sus gigantescas ambiciones y sabría ya los trabajos llevados a cabo por él para acelerar su muerte y sucederle en la dirección de la Compañía?

Aquel bandido teocrático, incapaz de conmoverse ante el crimen más horroroso, con tal que le sirviera para la consecución de sus fines, sentía un miedo sin límites al pensar que en Roma podían conocer sus planes y ocultas maquinaciones. El había procedido con gran sigilo, hasta el punto de abandonar procedimientos muy útiles, por temor a que se hicieran públicos; pero esto no le proporcionaba tranquilidad alguna. Había trabajado en el seno de la Compañía, y en ésta el espionaje y la delación constituyen las mayores virtudes. Sabía que la fidelidad y el cariño entre jesuítas eran absurdos mitos, y tenía el convencimiento de que su secretario, el padre Antonio, aquel jesuíta al cual tanto había protegido, le haría traición apenas se le presentara una ocasión favorable.

De aquí su intranquilidad y que se considerase vencido a todas horas, sin otro apoyo que el que él mismo pudiera proporcionarse con su diabólico talento, y a merced de las delaciones de aquellos mismos sacerdotes que comparecían ante él humildes, con la frente inclinada y los ojos bajos.

El día en que Quirós, después de su encuentro con Alvarez, se presentó en el despacho del superior de la Orden en España, éste se encontraba más intranquilo y malhumorado que de costumbre.

Había llegado a Madrid, procedente de Roma, un jesuíta italiano, el padre Tomás Ferrari, varón de aspecto sencillo y cándido, pero en quien el experto ojo del padre Claudio adivinó inmediatamente lo que se llama un pájaro de cuenta.

Había estado ejerciendo sus funciones durante muchos años en la secretaría del generalato, y llegaba a Madrid, según las órdenes del supremo director de la Orden, desterrado por ciertos pecadillos; pero el padre Claudio sabía bien el grado de credulidad con que debía acoger tales manifestaciones.

El jesuíta italiano hablaba el español con bastante corrección, y sin otro defecto que su acento; y Madrid no era el punto más indicado para desterrar a un subordinado infiel. Pensando en esto, adivinaba a lo que aquel hombre venía a Madrid, y aunque lo trataba con paternal benignidad, no le perdía de vista, y en la casa-residencia tenía algunos jesuítas fieles, que lo vigilaban de cerca.

Pensaba el padre Claudio sondear hábilmente su ánimo, con el intento de adivinar sus propósitos; pero, por adelantado, se prometía una derrota, pues comprendía que aquel italiano no era hombre capaz de dejarse sorprender.

El hábil intrigante reconocía a su cofrade, bajo la máscara hipócrita de mansedumbre y humildad con que se ocultaba el taimado italiano.

Preocupado estaba el padre Claudio con las reflexiones que le sugería la inesperada llegada del padre Tomás a Madrid, cuando entró en su despacho su protegido Quirós.

Su aspecto azorado y la palidez de su rostro llamó inmediatamente la atención del jesuíta, quien con una mirada pareció preguntar a su discípulo lo que le ocurría.

—Reverendo padre—dijo el diputado con precipitación—, ya tenemos aquí otra vez a ése.

—¡Ah!—contestó el jesuíta con displicencia—. ¿Y quién es ése?

—¿Quién ha de ser? Esteban Alvarez, ese descamisado, enemigo de Dios y de los reyes, que se encuentra en Madrid, sin temor a la sentencia terrible que pesa sobre él.

Quirós esperaba que aquella noticia produciría honda sensación en el padre Claudio, y por esto su sorpresa fué grande cuando vió que la recibía sin pestañear y con una desesperante frialdad.

—Bueno, pues que esté en Madrid cuanto guste—dijo el jesuíta con acento despreciativo—. Poco me importa su suerte, y, además, bastante le ha castigado Dios convirtiéndolo en fugitivo sentenciado a muerte, para que nosotros volvamos a ocuparnos de él.

La llegada del padre Tomás era lo que preocupaba al jesuíta, y pensando en sus asuntos íntimos, todo lo demás le tenía sin cuidado.

—¡Pero qué tranquilo está usted, reverendo padre! ¡Parece mentira que conserve esa flema! ¿No recuerda usted lo terrible que es el tal personaje, y el interés que usted tenía en otro tiempo en anularlo para siempre?

—Sí, sí; lo recuerdo—contestó el jesuíta bastante distraído—; pero ahora me tiene sin cuidado la tal persona. Vaya, Joaquinito, deje usted en paz a ese infeliz, y pasemos a hablar de otra cosa, si es que usted quiere algo de mí.

—¡Pero, reverendo padre! ¡Dejar en paz a ese demagogo! ¡A ese energúmeno! Yo bien lo dejaría tranquilo, pero sería con tal que él no se acordase de mí. Mas lo terrible es que él, a pesar de estar caído, nos busca camorra, y dice que no ha de descansar hasta que consiga vengarse de los que le han conducido a tan triste situación. ¡Si usted supiera lo que acaba de sucederme! Lo encontré en la misma calle de Atocha, me abordó..., y aquello fué escandaloso.

Y Quirós comenzó a relatar con lenguaje animado a su poderoso protector todo lo ocurrido, cuidando de disimular el miedo que sintió al hablar con Alvarez, y adornando con algunas mentiras su relación, con el objeto de hacer creer al jesuíta en un valor que había estado muy lejos de demostrar.

El padre Claudio, al oír a Quirós, se había interesado algo, desapareciendo en él la anterior distracción.

—En resumen—dijo, cuando el diputado cesó de hablar—, que Alvarez desea vengarse de las perrerías que usted hizo para casarse con Enriqueta, y que le esperará esta noche con la intención de meterle una bala en el cráneo.

—Eso es. ¿Qué le parece a usted que debo hacer?

—Asistir a la cita—contestó el padre Claudio con cierta sorna—. Es lo propio en un caballero.

—Pero, padre Claudio: ¿cree usted que así puedo yo exponer mi vida, ni más ni menos que porque se le ocurra matarme a un demagogo, furioso por ciertos actos que ya no tienen remedio? Cualquiera, al oírle hablar a usted de ese modo, creería que tiene ganas de librarse de mí, y que aprovecha la ocasión.

Quirós había adivinado el pensamiento del padre Claudio, y éste que, preocupado por sus asuntos dentro de la Orden, olvidaba el disimulo, contestó con brutalidad:

—Tal vez acierta usted.

—Sí, ¿eh?—exclamó el diputado, indignado por aquella ruda franqueza—. Pues en justa reciprocidad, también se me puede ocurrir el librarme de un protector tan enojoso como lo es vuestra paternidad en ciertas ocasiones, y, para ello, tal vez no tenga más que decir a ese energúmeno toda la verdad, o sea que, si yo lo delaté al Gobierno, fué por mandato del reverendo padre Claudio, de la Compañía de Jesús.

El jesuíta no se inmutó, limitándose a contestar con desprecio:

—¡Bah! Estoy yo demasiado alto para que llegue hasta mí la mano vengativa de ese sujeto.

—No hay enemigo pequeño. Más altos que vuestra paternidad están los reyes, y, sin embargo, muchas veces ha llegado hasta ellos la bala de una pistola.

El padre Claudio volvió a hacer un gesto de desprecio.

—No sea usted tan altivo y confiado—continuó Quirós—. Yo sé bien lo ocurrido entre usted y Alvarez, y tengo el convencimiento de que el hombre que en medio de la plaza de Oriente estuvo a punto de abofetearle, no vacilará en tratarlo de un modo más terrible así que se convenza de que a usted debe todas sus desgracias y de que yo sólo he sido un ejecutor de todos sus mandatos. Si a usted le parece bien, haremos la prueba, revelando yo al tal Alvarez la participación que usted tuvo en todo cuanto le ocurrió.

El padre Claudio permaneció en apariencia inmutable; pero Quirós comprendió que sus palabras le habían producido alguna mella, cuando, poco después, le oyó expresarse de este modo, con acento fingidamente burlón:

—¡Pero qué farsante es usted! ¡Cómo exagera las cosas cuando se cree en peligro y ve en estado crítico la integridad de su persona! ¡A qué hablar tanto! ¿Tiene usted miedo a Alvarez? ¿Quiere usted no verse frente a él pistola en mano? Conforme; por ahí debía haber empezado. Teme usted a ese enemigo y viene a buscar una ayuda, que yo no le puedo negar.

Quirós, conociendo que el jesuíta, por la solidaridad que entre ambos existía, estaba dispuesto a ayudarle, y seguro ya de su valioso apoyo, intentó echarlas de valiente, protestando contra aquella opinión de cobardía en que le tenía el padre Claudio; pero éste le impidió seguir adelante, diciéndole con la misma brusquedad de antes:

—Tonterías aparte, amigo Quirós: tiene usted miedo, y no es necesario que se extreme en demostrarme lo que no es verdad. Por eso mismo que lo veo tan apocado, me decido a prestarle mi auxilio.

—Es que usted también está interesado en librarse de ese hombre.

El padre Claudio sonrió con expresión tan cínica como feroz.

—¡Bah! Si yo no vistiera esta sotana y fuese lo que usted es, ya sabría librarme por mi propia mano de un hombre que me estorbara, sin necesidad de implorar la ayuda de nadie.

Y al hablar así, había tal expresión en el rostro del jesuíta, que se adivinaba cómo, a pesar de sus años, era capaz aquel perfumado bandido de cometer los más horripilantes actos sin el menor remordimiento.

Quirós, que una vez más comprendía la superioridad de aquel hombre, nacido para el mal, se abstuvo de reclamaciones y fingimientos.

—Tranquilícese usted—continuó el jesuíta—, que yo le libraré esta misma noche de ese enemigo que le ha salido. Además, prestaremos un gran servicio al Gobierno y a la causa del orden. La aparición de ese hombre en Madrid, nada bueno indica.

—Eso mismo he pensado yo. Alvarez debe haber entrado en España para hacer algún trabajo revolucionario.

—El general Prim, después del levantamiento fracasado que le obligó a refugiarse en Portugal, conspira desde París con los militares emigrados, y nos prepara otra insurrección. El Gobierno está sobre la pista, y, prendiendo a un agente revolucionario tan acreditado como Alvarez, tal vez se descubra todo el plan.

—Haga usted, pues, que lo prendan, padre Claudio, y así me evitaré yo otro abordaje como el de hoy.

—Pero, ¿dónde está, criatura? ¿Dónde está ese hombre, para que la Policía pudiera echarle el guante? Usted no sabe dónde se oculta, y hay que aprovechar la cita de esta noche para prenderle. Yo creo conocer su carácter, y tengo la seguridad de que no dejará de acudir al punto citado y a la misma hora fijada por usted.

—¿Qué es, pues, lo que usted me aconseja que haga?

—Usted debe estar esta noche frente a las Caballerizas Reales a la hora indicada, y allí aguardar la llegada de Alvarez. Sin mostrar miedo alguno le recibirá usted, diciendo que está dispuesto a ir junto a las tapias de la Casa de Campo, y, ¡no tema usted!, pues antes de emprender la marcha, ya caerá sobre él la Policía, que estará oculta en las inmediaciones. Yo me encargo de que el gobernador envíe allí esta noche los más listos de sus agentes.

A Quirós no le agradaba la combinación.

—Mire usted, padre. Francamente, no me gusta eso de que tenga yo que desempeñar siempre los más odiosos papeles, y repugnante resulta el que en mis propias barbas prendan a un hombre que acude a un punto citado por mí. Eso es proceder del mismo modo que un traidor de melodrama.

—¡Vaya unos escrúpulos! Está usted hecho un diablo predicador, y, desde que es rico y aspira a convertirse en personaje político, todo le parece denigrante y poco digno.

—Yo lo que quisiera es no mezclarme en el asunto, tanto más cuanto que mi presencia no es necesaria. ¿No podía estar la Policía oculta, y al ver llegar a Alvarez, buscándome en vano por el lugar indicado, arrojarse sobre él?

—Eso estaría muy bien si la Policía conociera a Alvarez; pero, aunque su nombre sea conocido por todos los agentes del gobernador, como temible revolucionario, no hay uno solo que sepa cómo es él personalmente.

—Podía dar sus señas.

—Eso no basta, y con ellas podría la Policía equivocarse y prender a otro individuo, al primer transeunte que se le ocurriera detenerse en la calle de Bailén, frente a las Caballerizas. Total, que por un necio escrúpulo de usted, daríamos un golpe en vago, del que mañana hablaría la prensa de oposición, y advertiríamos a Alvarez, el cual se pondría en salvo.

Quirós pareció convencido.

—¡Bien! ¡Conforme, reverendo padre! Lo que usted quiera. Vuestra reverencia siempre hace de mí lo que mejor le parece, y me maneja como a un niño. Estaré en la calle de Bailén a la hora indicada. Usted se encargará de enviar la Policía, ¿no es eso?

—Sí, señor. Esté usted tranquilo, que antes de que ustedes se dirijan hacia la Casa de Campo, apenas la Policía vea a usted hablando con Alvarez, se arrojará sobre éste, maniatándole, para que no se escape ni se defienda.

El diputado ultramontano manifestóse muy alegre por aquella solución, que evitaba todo peligro para su vida y le libraba de un temible enemigo; pero, de pronto, sus ojuelos brillaron con cierta malicia, y se rascó su colgante y grasosa sotabarba con expresión de incertidumbre.

Miró fijamente al padre Claudio, y después dijo con lentitud:

—Reverendo padre: hablemos claro. ¿Es seguro que la Policía vendrá esta noche?

El jesuíta extrañó mucho la pregunta.

—¿Y por qué no ha de ir? Yo en persona iré a hablar con el gobernador. Me extrañan sus palabras.

—Tengo bastante memoria y recuerdo la franqueza con que me habló usted hace poco. A vuestra paternidad no le parecería mal el librarse de mí, y sería una jugada bonita el dejarme solo esta noche en poder de ese bruto de Alvarez, para que me espachurrara sin compasión. Sería un golpe que haría honor a la travesura de vuestra reverencia.

—¡Bah! Es usted un malicioso sin objeto. Yo nunca empleo tales procedimientos para librarme de mis enemigos, y si usted me estorbase realmente, crea que no me faltarían medios mejores para anularlo. Vaya usted tranquilo esta noche, que yo no faltaré. Lo que dije antes fué solamente un arranque propio del mal humor que hoy me domina. Aunque usted no quiera creerlo, le aprecio a usted, por lo mismo que lo necesito, y aún podemos hacer muchas cosas juntos.

Poco después, Quirós, ya más tranquilizado, salía de la casa del padre Claudio.

Creía que éste cumpliría su palabra por estar tan interesado como él en librarse de Alvarez.

¿Y si lo engañaba? ¿Y si no acudía la Policía, y él, cumpliendo su palabra, se veía obligado a ir hasta la Casa de Campo para cambiar algunos tiros?

Todo menos eso. Estaba él dispuesto a todo antes que a ponerse en tan apurado trance, y con tal de no verse ante el revólver de Alvarez, se creía capaz de echar a correr así que se convenciera de que su protector no había preparado una Policía providencial que cortase el lance, llevándose preso al temible revolucionario.

VII

La abnegación de Perico

Comenzaba el crepúsculo a dejar flotante su manto de sombras, y todavía don Esteban Alvarez, junto a la abierta ventana, escribía sobre una mesilla cuyo tablero estaba manchado de tinta y de grasa.

La habitación era tan modesta, que le faltaba poco para ser una mísera buhardilla.

No había encontrado el conspirador asilo más seguro que aquella habitación, perteneciente a la vivienda de un pobre obrero, entusiasta por las ideas avanzadas y comprometido en cuantos movimientos revolucionarios se preparaban en Madrid.

Aquel pobre carpintero y su familia afanábanse por servir al fugitivo capitán, y lo ocultaban con tanto cuidado como si se tratase de un tesoro.

Cada una de las salidas que hacía Alvarez, producía hondo disgusto al dueño de la casa, que temía que fuese el militar reconocido por la Policía. El entusiasta obrero hablaba de esto a Perico con la esperanza de que éste obligase a su amo a ser más prudente.

En dicha tarde, por ser día de fiesta, había salido el carpintero con su familia a dar un paseo, como la mayoría de los vecinos que ocupaban aquella calle de la Ronda, y Alvarez se había quedado en la casa acompañado de su fiel asistente.

Hacía ya más de una hora que escribía, teniendo a la vista gran número de papeles, y Perico le contemplaba, observando un respetuoso silencio, pues conocía bien el significado de aquellos trabajos.

El antiguo asistente había cambiado mucho. Ya no era aquel mocetón aragonés, tan rudo en el carácter como en presencia, pues su estancia en París había obrado en él grandes modificaciones.

En la gran metrópoli francesa habíase visto obligado a desempeñar varios oficios, para atender a su subsistencia y muchas veces a la de su amo, y el trato continuo con gentes de esmerada cultura, había ido limando poco a poco las asperezas de su carácter, revestido de virginal rudeza.

Hasta su exterior se había modificado mucho, y en la actualidad era un muchacho de agradable aspecto, que vestía con esa distinción propia de los domésticos extranjeros. Su rostro, antes curtido y de rasgos sobradamente enérgicos, estaba ahora atenuado por las sombras de una barba fina y escrupulosamente cuidada.

Se encontraba, como ya hemos dicho, el fiel criado observando cómo su amo, a pesar de las sombras que invadían la habitación, seguía trabajando en aquellos papeles revolucionarios, y, sentado en una silla desvencijada, seguía atentamente todos los movimientos de su señor, con la misma fruición del que contempla al ser amado.

Al ver que la oscuridad se hacía cada vez más densa, y que Alvarez seguía escribiendo casi a tientas, sin darse cuenta de lo que le rodeaba, salió Perico de la habitación, y, poco después, volvió trayendo una palmatoria con una vela de sebo encendida, la cual colocó sobre la mesa, procurando no distraer a su amo.

El capitán pareció volver en sí al sentir el roce de su asistente y le habló con aquel acento breve e imperioso que le era peculiar, y que al muchacho aragonés le parecía el más cariñoso del mundo:

—Perico, todos estos papeles los guardarás inmediatamente.

El aragonés pareció extrañar aquella orden. Claro era que debían guardarse con cuidado aquellos documentos tan comprometedores. Pero, acostumbrado a obedecer ciegamente a su señor, se abstuvo de hacer la menor objeción.

—Los guardarás, como te digo—continuó Alvarez—; y por toda esta noche permanecerás en casa. Si mañana al amanecer no he vuelto, los llevarás a la redacción de “La Iberia”, para entregarlos al director del periódico, un señor cuyo apellido es Sagasta.

Perico acogía las órdenes de su superior con señales de obediencia; pero aquello de que su amo podía no volver a la mañana siguiente, causábale cierta inquietud.

Deseaba hacer una pregunta para desentrañar aquel misterio; pero únicamente se atrevió a preguntar a su amo si deseaba alguna otra cosa.

—Nada más. Recoge estos papeles inmediatamente, guárdalos en lugar seguro, y ya sabes mis órdenes. Si mañana amanece sin que yo esté aquí, entrégalos al director de “La Iberia”, que es de la confianza del general Prim. Yo voy a marcharme ahora mismo.

El asistente se mostró aún más alarmado e indeciso que antes, y, por fin, haciendo un supremo esfuerzo, como si rompiese una barrera gigantesca que se opusiera a su paso, preguntó a Alvarez con expresión humilde:

—Señor, ¿me permite usted una pregunta?

El capitán miró con sorpresa a su asistente, al ver que, por fin, una vez se atrevía a preguntarle, y con un gesto le indicó que podía hablar.

—Ya sabe usted, mi capitán, que nunca me he tomado la menor libertad, que pudiera interpretarse como falta de respeto, ni me he atrevido a preguntarle jamás lo que pensaba hacer. Me he limitado a obedecerle y a seguirle a todas partes, y así seré en todas cuantas ocasiones se presenten.

—¡Bien! ¡Adelante! Haz la pregunta pronto y déjate de rodeos.

—Pues bien, mi capitán. Quisiera saber adónde va usted esta noche, y porqué cree que es posible que mañana no se halle aquí. Esto no me parece muy tranquilizador, y como usted es la única persona que tengo en el mundo...

Y Perico, profundamente conmovido, terminaba su oración con un gesto de dulce humildad, con el cual parecía pedir perdón por su atrevimiento, y solicitar de su señor la revelación del peligro que, indudablemente, iba a arrostrar en aquella noche.

Alvarez, que al principio había escuchado con expresión ceñuda las palabras de su asistente, se humanizó al ver de un modo tan patente el inmenso cariño que le profesaba.

—No hay motivo para asustarse, muchacho—dijo el conspirador, intentando dar a sus palabras una expresión alegre—. Voy esta noche a cambiar unos cuantos tiros con un canalla, y como uno de los dos ha de quedar allí, y nadie está exento de sufrir una desgracia, de ahí que te haya hecho el anterior encargo.

No era la primera vez que Perico veía partir a su amo para ir a exponer su vida en un duelo; en dos distintas ocasiones había tenido Alvarez iguales lances en París; pero, a pesar de esto, en la presente circunstancia, el fiel aragonés sentía mayor alarma, como si su instinto le anunciase un inmediato peligro.

—Pero, mi capitán—dijo con tono de reconvención respetuosa—: ¿ha pensado usted en la situación en que estamos? Usted no se pertenece y tiene graves compromisos con el general, que está allá, confiando en sus servicios. Un hombre, en la situación que usted se encuentra, no debe mezclarse en esos llamados lances de honor.

—¡Bah! Saldré con fortuna de él, como he salido de otros; tengo la seguridad de ello, y sólo por una prudente medida de precaución te he hecho el encargo antes.

Perico calló, pero aún manifestaba deseos de seguir preguntando, por lo que le habló así su amo, el cual se reía de su confusa actitud:

—¿Qué más quieres saber?

—Lo que quisiera es que usted me permitiese asistir a ese encuentro.

—¡Imposible! El lance ha de ser sin testigos. He sido yo mismo el que he obligado a mi enemigo a aceptar esta condición.

—Pues al menos, dígame usted quién es el hombre con el que va a luchar.

—¿Para qué quieres saberlo? Bástete saber que tú no eres ajeno a la cuestión, y que al meterle a ese hombre una bala en la cabeza, tal vez te vengo a ti.

Perico quedó pensativo al escuchar estas palabras, y, poco después, sonrió con satisfecha expresión.

—Me parece que sé quién es ese hombre.

—¿De veras? Haría honor a tu penetración el haberlo adivinado.

—Indudablemente, ha tenido usted una cuestión con aquel pillete, que es causa de nuestras desgracias y de la muerte de mi pobre tía.

Alvarez no pudo desmentir la apreciación de su asistente, y se limitó a decir:

—¿No te parece que tengo motivos de sobra para matar a ese pillete, como tú dices?

—Sí, mi capitán. Vaya usted a castigar a ese malvado, y crea que siento no encontrarme en situación para poder hacer lo mismo.

Después de una breve pausa, continuó el asistente:

—Tengo la seguridad de que volverá usted mañana antes del amanecer. Indudablemente, debe existir algo tejas arriba, que castigue a los pillos y proteja a los hombres de bien, pues, de lo contrario, sería imposible la vida en este mundo. No me cabe la menor duda: usted matará a ese canalla.

Estas palabras halagaban a Alvarez, quien, entretanto, arreglaba los papeles en un paquete, para que los guardase su asistente, y después examinaba un revólver americano que había sacado del cajón de la mesilla.

—Permítame usted otra pregunta, capitán, ya que tan tolerante es conmigo. ¿Dónde va usted a encontrar a ese hombre?

—Frente a las Caballerizas Reales.

—No se batirán ustedes allí, por supuesto.

—No; iremos a matarnos junto a las tapias de la Casa de Campo. Así lo hemos convenido Quirós y yo.

—¿Y es ese señor quien ha marcado el punto y la hora?

—Sí; he dejado este asunto a su elección. ¡Miserable canalla! ¡Y cuán cobarde es! Apenas si el temblor le dejaba hablar en mi presencia.

Perico quedóse pensativo, y por fin, dijo con convicción:

—Mi capitán, ríñame usted cuanto quiera, dígame bruto e imbécil; pero le aseguro a usted que hará muy mal si acude a esa cita.

—¿Y por qué no he de acudir? ¿Un hombre como yo va a dejar que un Quirós pueda el día de mañana tacharle de cobarde, por no haber acudido a una cita?

—Ese Quirós es un pillo redomado, que no debe tener muchas ganas de verse otra vez frente a usted, y que, además, está acostumbrado a librarse de un enemigo por medio de la delación. ¿Qué cosa más fácil para él que librarse de un hombre que le amenaza de muerte, y que es buscado por la Policía como prófugo y sentenciado a la última pena? Usted es muy cándido, mi capitán, y cree que todos proceden como usted, con idéntica nobleza. No me cabe duda alguna; me lo dicta el corazón. A estas horas ese Quirós le ha delatado a usted a la Policía, que tiene ya armada la trampa para cogerlo entre sus garras.

Estas afirmaciones de Perico produjeron gran confusión en el capitán.

Su carácter, noble y resuelto, incapaz de imaginar la menor traición, no había podido abrigar tales sospechas; pero las palabras de su asistente tenían tal tinte de verosimilitud, que comenzó a recelar algo malo en aquella cita de honor a la que iba a asistir.

Pero no tardó su carácter caballeresco en rebelarse contra lo que le dictaba su instinto de conservación.

—Tal vez sea Quirós tan traidor como tú lo pintas; pero, a pesar de todo, no faltaré a la cita.

—Pero es una locura, mi capitán. No hay hombre en el mundo, por valiente que sea, que se presente solo y confiado en un punto donde sabe le aguarda la traición para hacerlo su víctima. Usted no debe asistir a la cita, y aunque me insulte y me golpee, yo me opondré a ello. ¡Don Esteban! ¡Señorito! ¡Amo mío! Máteme usted, acabe conmigo, y únicamente así podré consentir que vaya adonde le ha citado ese granuja, digno de la horca.

Y el pobre muchacho decía estas palabras casi llorando, y en actitud suplicante, avanzando sus manos como para impedir que se moviera su señor.

Perico agotó todos los argumentos que en poco rato pudo proporcionarle su cerebro, para decidir al capitán a que no acudiese a la cita.

La traición era clara. Aquel hombre infame le tenía miedo, y nada más fácil para uno de su clase que una delación, tanto más cuanto que sabía que Alvarez era muy buscado por la Policía. Y si por un falso sentimiento de honor, y presintiendo lo que iba a ocurrirle, acudía a la cita, y la Policía le apresaba, ¿cuál iba a ser la suerte de los preparativos revolucionarios? ¿No produciría una terrible impresión en los conspiradores ver en poder de la autoridad al poseedor de todos los secretos de la insurrección? Además, el general Prim le había enviado a Madrid como hombre de confianza, para que preparase un movimiento revolucionario y no para comprometerse en asuntos particulares, dejándose arrastrar por una quijotada de su carácter, que podía terminar en desastrosa prisión primeramente y después en el cadalso.

Alvarez mostrábase convencido de la verdad que encerraban las palabras de su asistente; pero, a pesar de esto, seguía obsesionado por aquella idea que Perico calificaba de quijotesca.

—¿Y si no existiera esa traición que tú supones? ¿Y si Quirós asistiera a la cita completamente solo, y con la intención de batirse noblemente conmigo? Comprende en qué situación tan terriblemente desairada quedaría yo en tal caso... No te opongas, Perico. Forzosamente he de asistir a esa cita. Lo exige mi honor, y no faltaré.

El asistente, que conocía perfectamente la tenacidad de su superior, al escuchar estas palabras se convenció de que era inútil insistir en impedirle la salida, y mudó inmediatamente de actitud.

—Puesto que usted se empeña, acuda a la cita, aun sabiendo que va a ser víctima de la traición; pero, al menos, permítame, señor, que yo le acompañe.

—¿Para qué?

—Para evitar en lo posible las malas artes de ese canalla.

—Imposible. Quirós irá solo, y nadie, por tanto, debe acompañarme. El lance es entre los dos; ninguna persona extraña debe mezclarse, y si yo te llevara conmigo, es indudable que si, por desgracia, me tocara caer a mí, ese miserable tendría luego que batirse contigo, y eso no lo juzgo digno.

—Bien pudiera suceder así—dijo el asistente con malicia—; pero yo le prometo a usted no mezclarme para nada en el duelo. Yo solicito acompañarle con distinto objeto.

—¿Qué es lo que deseas?

—Quiero ir con usted, desempeñando el mismo papel que las descubiertas en campaña. Déjeme acompañado hasta el lugar donde le espera ese hombre, y si allí me convenzo de que realmente es él sólo quien aguarda, y de que no existe apostada gente dispuesta a caer sobre usted, entonces le prometo retirarme, esperando con la consiguiente intranquilidad el fin del lance.

Alvarez se mostraba indeciso.

—¿Me negará usted esto que le pido?—se apresuró a decir el fiel muchacho—. ¿No merezco, por el interés y fidelidad con que siempre le he servido, que usted me permita el acompañarle?

Alvarez estaba conmovido por aquellas muestras de cariño que le daba su asistente; pero, a pesar de esto, no pareció dispuesto a concederle el permiso solicitado con tanto ahinco.

—Pero, muchacho—dijo el capitán—: tú estás loco y no piensas que si, efectivamente, ese hombre prepara una traición, el resultado será más desastroso acompañándome tú. Los dos seremos entonces cogidos por la Policía, y a la causa revolucionaria conviene que, por lo menos, quedes tú libre, pues de lo contrario se perderían esos papeles, cuya importancia ya conoces.

El asistente sonrió con expresión de confianza:

—¡Quiá, mi capitán! Yendo yo con usted no hay cuidado de que a ninguno de los dos le agarre la Policía. Déjeme usted que le acompañe y, aunque sólo sea por una vez, permítame que le ordene lo que debe hacerse. Yo salgo garante del éxito.

Transcurrió más de media hora importunando Perico con fervientes súplicas a su amo, y éste sin querer ceder; hasta que por fin, Alvarez, cansado sin duda de la tenacidad de su fiel servidor, o pesaroso de negarle aquel favor que tan cariñosamente le pedía, se decidió a darle el anhelado permiso.

Perico dió muestras de la mayor satisfacción ante la conformidad de su amo.

—Ahora va usted seguro. Usted es demasiado valiente y confiado, y esto es lo que le pierde. Déjese guiar por mí, pues el mundo, con todas sus perrerías, me ha enseñado a ser malicioso, y tenga la seguridad de que si ese hombre le ha preparado alguna encerrona, va a quedar chasqueado. Yo me encargo de ver por mí mismo lo que ese señor Quirós tenga dispuesto, y le avisaré si existe algún peligro.

Alvarez guardó su revólver en el bolsillo del pantalón envolviéndose después en su capa, y Perico se vistió un hermoso paletó azul, prenda que constituía su orgullo, y que era producto de sus ahorros en París.

Poco después salieron amo y criado de la casa, con gran alarma del obrero revolucionario y su familia, que, vueltos ya de su paseo, estaban en el taller, situado en la planta baja.

VIII

El fracaso de Quirós.

Aquella noche había gran función en el teatro Real, y por todas las calles principales afluían a la plaza de Oriente lujosos carruajes, en cuyo interior iban las más encopetadas familias de la aristocracia madrileña.

En las puertas del célebre coliseo agolpábase gran gentío, y los agentes de Policía se afanaban en establecer un turno riguroso en la numerosa fila de carruajes que, lentamente, avanzaba hacia el vestíbulo, para depositar en él sus elegantes cargamentos.

Contrastaba el bullicio, la animación y la luz que existían en los alrededores del aristocrático coliseo, con la soledad, la sombra y la quietud que reinaban en el resto de la plaza.

Alrededor del jardincillo, y en torno del cinturón de estatuas, sólo se destacaba alguna que otra sombra, que marchaba veloz hacia el teatro, o permanecía inmóvil, en actitud sospechosa; y frente al Real Palacio, bajo los grandes faroles, paseaban cadenciosamente, y con el fusil al brazo, los centinelas, y, de vez en cuando, haciendo retemblar el empedrado bajo las resonantes herraduras, transcurrían veloces los jinetes encargados de la ronda por las cercanías del regio Alcázar.

La noche era bastante apacible, para ser de invierno, y únicamente el vientecillo helado que enviaba el Guadarrama hacía incómodo el permanecer al raso paseando sobre aquel empedrado, que parecía sudar frío.

A aquella hora llamaba la atención de los escasos transeúntes que pasaban por la calle de Bailén, un caballero que paseaba con lentitud por la acera existente a lo largo de las reales Caballerizas.

Era el diputado don Joaquín Quirós.

Tan confiado estaba en la promesa del padre Claudio, que, no queriendo perder la función de aquella noche en el Real, se había vestido con traje de etiqueta, que ocultaba su rico gabán de pieles.

El asunto era para él muy sencillo. Dentro de poco rato llegaría el temible Alvarez; le entretendría él diciendo que estaba dispuesto a ir al lugar del combate, aunque retardando en lo posible el momento de la partida; llegaría, mientras tanto, la Policía, se apoderaría por sorpresa del conspirador y él iría tranquilamente a oír la ópera y a visitar en su palco a una duquesa, muy religiosa y todavía apetecible, con la cual estaba próximo a entrar en relaciones.

Era tan cómodo y fácil aquel sistema de librarse de un temible enemigo, que apenas si impresionaba a Quirós, el cual estaba esperando que llegase cuanto antes Alvarez, para terminar el asunto, y entrar en el teatro.

Cuando llegó a la plaza y comenzó a pasearse por el lugar que él mismo había indicado, no pudo evitar una impresión de miedo, al ver lo desierta que estaba la calle de Bailén y el trozo de plaza que desde ella se veía.

Quirós, predispuesto siempre a imaginarse lo más malo, no tardó en pensar que el padre Claudio se había olvidado de avisar a la Policía, o que, intencionadamente, le dejaba desamparado en aquel punto peligroso, para que Alvarez saciase en él su afán de venganza.

Esta última consideración le produjo tal pavor, que estuvo a punto de huir, como si ya viera apuntando a su pecho el revólver de Alvarez; pero, afortunadamente para el prestigio valeroso del reaccionario diputado, pronto vió algo que fué devolviéndole una parte de su perdida tranquilidad.

Varias veces destacáronse en la embocadura de la calle, por la parte de Palacio, algunos hombres, que, por fin, desaparecieron, como si se hubieran emboscado en la sombra que existía en las inmediaciones del regio alcázar.

Aquellos hombres debían ser la Policía, y Quirós, seguro ya del auxilio, continuó su paseo con el aplomo y la confianza de un héroe, seguro de sus fuerzas.

Oyó pisadas tras él y se apartó, apoyándose en la pared de las Caballerizas, para dejar paso franco a un embozado, que llevaba sombrero de copa alta.

—Espere usted tranquilamente, don Joaquín—dijo el embozado, sin detenerse—. Tengo ahí mi gente, y no tardaremos en aparecer, así que el pájaro se presente.

Quirós reconoció en aquel hombre que se alejaba a un comisario de Policía que gozaba de cierta celebridad, por ser el esbirro a quien todos los Gobiernos reaccionarios encargaban la persecución de los delincuentes políticos.

La tranquilidad que desde entonces gozó el diputado fué completa, y, a pesar de aquella soledad que le rodeaba, se sintió seguro y omnipotente, como si en la sombra tuviera ejércitos enteros dispuestos a acudir en su auxilio al menor llamamiento.

Sonaron horas en el reloj de Palacio, y antes que Quirós acabara de contarlas, se detuvo al ver que por el lado de la plaza de San Marcial avanzaba un hombre de buen aspecto, que vestía un largo gabán.

Examinólo atentamente el diputado, y, cuando lo tuvo cerca, convencióse de que no era Alvarez, por lo cual se apartó para dejarle franco el paso; pero, con gran extrañeza, vió que aquel desconocido se dirigía rectamente a él.

Quirós, temiendo que un importuno viniera a estorbar su asunto, intentó evadirse, pasando a la otra acera; pero antes de que pusiera el pie en el arroyo, ya tenía a su lado a aquel hombre.

Tuvo entonces que mirarlo, y vió que era un hombre joven, de rostro enérgico, que acercó su boca para hablarle, lanzándole a las narices su resuello, que olía a vino.

Parecióle a Quirós un extranjero importuno, perturbado por el alcohol madrileño y dispuesto a incomodar con sus palabras al primer transeúnte que encontrase.

—“Cabagerro”...—dijo tartamudeando, y con pronunciación extranjera y dificultosa—. “Decirme osté ou est la Port del Sol.”

Quirós se impacientó al verse detenido por aquel francés borracho, que le cortaba el paso y parecía dispuesto a entretenerle con su charla.

Su primer impulso fué enviar al extranjero enhoramala; pero aquel buen mozo parecía adivinar su pensamiento y se asía familiarmente a sus solapas de piel repitiendo siempre con aquella voz dificultosa, que olía a vino:

—“La Port du Sol, cabagerro... Diga osté ou est la Port du Sol.”

Quirós se sentía cada vez más impaciente por la pesadez de aquel borracho, que no quería soltarle, y que oía sus explicaciones sin comprenderlas, volviendo nuevamente a hacer la misma pregunta.

En vano le marcaba el diputado a aquel ebrio francés la ruta que debía seguir para llegar a aquella “Port du Sol”, que repetía como un pesado estribillo, pues el maldito se empeñaba en no comprender, y, siempre, agarrado a las solapas del rico gabán, se estaba allí plantado, zarandeando a Quirós, que algunos momentos sintióse dominado por la cólera y estuvo próximo a dar una bofetada a aquel importuno.

Pero, no... ¿Qué iba a hacer? Golpear a aquel hombre sería llamar inmediatamente la atención de la Policía y espantar a Alvarez, que iba a llegar de un momento a otro.

Esta consideración aturdía a Quirós más aún que las pegajosas libertades que se tomaba aquel borracho.

¿Y si llegaba Alvarez en aquel momento? ¡Maldito francés! No poder librarse de él dándole dos buenos mojicones que le hiciesen medir el suelo.

Pero, ¿quién era aquél que se acercaba? Indudablemente Alvarez, que llegaba en la peor ocasión... Pero no; le seguían de cerca cuatro hombres, y otros surgían de las sombras de la plaza, apostándose en la desembocadura de la calle.

¡Maldición! Era la Policía, que, al ver a Quirós hablar acaloradamente con un hombre que, cogiéndole de las solapas, lo zarandeaba, había creído que éste era el revolucionario Alvarez.

Condolíase Quirós interiormente de aquella torpeza, que ponía al descubierto su plan, e intentaba alejar con señas a aquellos hombres, que avanzaban cautelosamente a espaldas del extranjero; pero todo fué inútil.

El borracho se sintió de pronto cogido fuertemente por sus dos brazos, y una voz le dijo con acento imperioso:

—Dese usted preso. Si intenta resistirse, es muerto.

Era el inspector quien hablaba así, asomando por bajo de la capa su diestra, armada de un revólver.

Dos agentes tenían fuertemente agarrado al francés, que miraba con estupefacción a Quirós y al comisario de Policía.

El diputado estaba tan colérico, que, a pesar de toda su religiosidad, lanzó una blasfemia.

—¿Qué es eso, don Joaquín?

—Que es usted un torpe, señor inspector. ¿Quién le mandaba a usted venir tan pronto? ¡Buena la hemos hecho!

—¿Pero este señor no es...?—preguntó el policía con asombro.

—Este señor—le interrumpió Quirós—es un borracho impertinente, que ha venido a incomodarme, y del que yo me hubiera librado sin necesidad de que ustedes se movieran.

El borracho afirmó, y soltó otra vez su resuello vinoso, en el que iban envueltas palabras tan pronto españolas como francesas. El pedía perdón una y mil veces al señor policía y a todos los presentes; pero él no era ningún criminal para que le prendiesen: era un súbdito francés, como podia acreditarlo con su pasaporte y el certificado del cónsul, y se había permitido el preguntar a aquel caballero por dónde iría más pronto a la Puerta del Sol.

Tan marcada era la expresión de desaliento en el rostro del inspector, y tan evidente la embriaguez e inocencia de aquel extranjero, que los dos agentes, sin esperar orden alguna, soltaron los brazos del detenido.

El comisario, furioso por la decepción sufrida, que le ponía en ridículo ante un personaje como Quirós, y deseoso de venganza, intentó dar un puntapié al francés; pero éste supo sortearlo hábilmente, y miró a los dos agentes, como para ponerse a cubierto de una lluvia de golpes.

—¡Eh, señor inspector!—dijo Quirós, con acento áspero—. No vayamos a empeorar su desacierto dando un escándalo. Ese hombre aún no ha venido, y aunque esto empieza mal, podemos tener todavía alguna esperanza. Cada uno a su puesto, y aguardemos.

El comisario aceptó sumiso la orden de Quirós, y señalando imperiosamente el extremo de la calle, dijo al extranjero:

—¡Largo de aquí, borrachín, o por Cristo vivo que...!

Y fué nuevamente a golpearle; pero el francés anduvo listo, y salió escapado, marchando con dirección a la plaza de Oriente, con el paso vacilante propio de un hombre que, aunque ebrio, no tiene aún vencida completamente su energía por la fuerza del alcohol.

Los policías, que estaban apostados al extremo de la calle, le dejaron escapar, y vieron cómo aquel hombre pasaba junto a los carruajes que estaban a la puerta del teatro Real, cómo contemplaba un buen rato, con expresión estúpida, la iluminada fachada, y cómo, por fin, después de dudar un buen rato, cual hombre que no sabe el camino y teme preguntar, se entraba en la calle de Felipe V.

Nadie pensó en seguirlo, y cuando el extranjero, guareciéndose tras la esquina del coliseo, se convenció de que no iban tras sus pasos espiándole, dirigióse a la plaza de Isabel II, con paso firme.

Apoyado en la verja del jardinillo, y con el embozo de la capa subido hasta los ojos, estaba un hombre, que, al verle, se acercó a él, poniéndose a su lado y marchando a su mismo paso.

—Perico—preguntó el embozado—, ¿aguardó solo ese hombre?

—¡Solo! Buena soledad nos dé Dios—dijo Perico, con su acento natural—. Ese canalla tiene allí apostada toda la Policía de Madrid. Acabo de verlo.

Y el fiel asistente, sin dejar de andar, y remontando la calle del Arenal, relató en voz baja a su amo, que marchaba a su lado, todo lo que acababa de ocurrirle.

—Pero, ¿cómo te has hecho pasar por extranjero? ¿No te habrán conocido?

—¡Bah! Hablaba aquel francés pésimo que tanto hacía reír a usted cuando estábamos en París, y, además, había tenido la precaución de entrar en cuantas tabernas encontré al paso desde que nos separamos, enjuagándome la boca con un vaso del tinto. Olía a vino y chapurreaba como un diablo; ni más ni menos que uno de esos gabachos que vienen aquí y se entusiasman demasiado con el caldo del país.

—¿Y dices que me esperan aún?

—Sí, allí están aguardando que aparezca usted para echarle la zarpa. Puede creer que de buena se ha salvado siguiendo mi consejo.

—Gracias, Perico. No olvidaré que te debo la vida una vez más.

—¡Bah! Mucho he de hacer todavía para pagarle lo que por mí hizo en Africa.

—Yo buscaré a ese miserable—dijo el conspirador, tras un largo silencio—, y así que lo encuentre, no le valdrán sus malas artes. Lo de esta noche es una traición más que he de añadir, a la cuenta de sus infamias.

—Búsquelo usted, mi capitán; estoy conforme con ello; pero no será por ahora. Con lo de esta noche, la autoridad sabe ya que usted se halla en Madrid, y redoblará las persecuciones. Debe usted reservarse para el asunto que más importa; lo demás, todo se alcanzará. En resumen, amo mío: vámonos a casa, ocultémonos con más cuidado que antes, y pise usted la calle únicamente en caso de necesidad, que el diablo anda suelto para nosotros en forma de policía.

IX

Triste amanecer.

Transcurrieron algunos meses, y llegó el verano.

La vida de Enriqueta, que antes se deslizaba tranquila y monótona, dedicada por completo al cuidado de su hija, estaba ahora turbada por un recuerdo tan continuo, que tomaba el carácter de una obsesión.

Mientras, Esteban Alvarez le salía al encuentro, y conmovido por los recuerdos de la antigua pasión, intentaba, para recobrar la felicidad pasada, audacias que eran siempre mal recibidas, y merecían enfados y reprimendas, Enriqueta sólo había sentido por aquel hombre una tierna simpatía y una imprescindible necesidad de hablar con él, para recordar el período más dichoso de su vida; pero cuando, de repente, dejó de verlo; cuando transcurrieron semanas enteras sin que ella, desde la ventana de su gabinete o tras los vidrios de su berlina, columbrara la airosa capa con embozos de grana, comenzó a sentir un hondo malestar que la mortificaba a todas horas.

Ella era honrada, se había jurado no faltar nunca a sus deberes, accediendo a aquellas súplicas apasionadas que continuamente la dirigía Esteban; no había pasado por su imaginación, ni aun remotamente, la idea del adulterio, comprendiendo que con esto se rebajaría al nivel de Quirós, perdiendo la superioridad moral que sobre éste tenía; pero Alvarez se había hecho necesario para ella; sentía hacia él el mismo atractivo que la beldad hacia el espejo que retrata su hermosura, pues hablando con él veía reflejarse en su imaginación su pasado amoroso, con todas sus dulces impaciencias y sus palabras celestiales.

Era Enriqueta como una niña que estima poco el juguete cuando lo tiene en sus manos y lo trata a golpes, para llorar después con desconsuelo cuando lo ve perdido.

Conforme transcurría el tiempo sin que Esteban apareciera, Enriqueta sentía crecer el afecto hacia aquel hombre, y en sus horas de soledad su imaginación se forjaba las más absurdas suposiciones, para explicarse tan extraña ausencia.

Salía de casa con una frecuencia que alarmaba a la baronesa, y el objeto de sus correrías por Madrid, que, aparentemente, eran con un fin devoto, o para ir de compras, no tenían otro fin que el de encontrar a Alvarez y reanudar las relaciones amistosas, interrumpidas tan extraña e inesperadamente.

Nunca se le ocurría a la joven señora de Quirós dudar de que Esteban se hallaba en Madrid.

Conocía ella, aunque superficialmente, el motivo que había llevado a Esteban a Madrid, haciéndole trocar las seguridades de la emigración por un continuo peligro, y esto mismo aumentaba las inquietudes de Enriqueta, que se figuraba a Alvarez amenazado por los más terribles peligros.

Tales pensamientos sólo servían para aumentar el amor que sentía la joven. La figura del conspirador, oculto y perseguido, agrandábase ante sus ojos, revestida de un ambiente de sublime heroísmo, y Enriqueta se sentía atraída por un sentimiento que no sabía si era amor o admiración.

Obsesionada por aquel afecto, no se daba ya cuenta exacta de sus sentidos, y muchas veces se creía juguete de absurdas ilusiones. Más de una vez, al entrar en una iglesia, o al subir a su coche a la puerta de una tienda, había creído ver entre el gentío aquella capa que se le aparecía en sueños, y los ojos de Alvarez, fijos en ella; pero todo desaparecía inmediatamente, y Enriqueta quedábase indecisa pensando si sería víctima de una ilusión, o realmente Esteban, por el placer de verla, la seguía algunas veces de lejos, recatándose para no llamar la atención de los que, indudablemente, le perseguían.

Así transcurrió para Enriqueta todo el resto del invierno y la primavera entera.

Su marido seguía siendo para ella un ser indiferente en unas ocasiones y antipático en otras, y Quirós podía hacer la vida que mejor le placiere, sin miedo a recriminaciones de su esposa ni a tragedias conyugales.

No procedía de igual manera la baronesa. Entre ésta y Quirós se había efectuado una reconciliación, que borró la malevolencia que a raíz del casamiento mostraba doña Fernanda contra su cuñado.

Cuando la aristocrática señora olvidó un poco la maquiavélica conducta observada por el aventurero para obtener la mano de Enriqueta, y lo vió en camino de convertirse en un personaje importante de “la buena causa”, doña Fernanda sintió renacer la antigua simpatía, y se propuso ser nuevamente su directora, llevada de su ambición devota.

En los salones hablábase alguna vez que otra de las brillantes defensas del catolicismo y las sanas ideas que el diputado Quirós hacía en el Congreso, y esto bastaba para trastornar los sentimientos de la baronesa, que, ganosa siempre de figurar al lado de las personas que eran el núcleo del movimiento religioso en España, sentía una inmensa satisfacción al pensar que tenía en su casa un hombre destinado a ser, según decían las aristocráticas beatas, el sucesor de Donoso Cortés y el rival de Aparisi y Guijarro.

El orgullo, más que el cariño, hizo que la baronesa buscase el reanudar su antigua amistad con Quirós, y en adelante, los dos cuñados tratáronse como buenos camaradas que, de sobremesa, hablaban del medio mejor para salvar al mundo, volviéndolo, como oveja descarriada, al redil del catolicismo.

Doña Fernanda experimentaba una satisfacción sin límites al pensar que algunas de las ideas que ella emitía para hacer la felicidad de España las podía repetir algún día en las Cortes el simpático Joaquinito, y tanto la dominaba la pasión que ahora sentía por él, que hasta trataba con menos cariño al padre Felipe, del que decía que era un santo varón, muy ignorante, y no se afligía por las largas ausencias del padre Claudio.

Tanto era el cariño que sentía por Quirós, que la irritaba la frialdad que Enriqueta mostraba a su marido, no pudiendo comprender cómo no se conmovía ante el saber, la elocuencia y la naciente fama del diputado ultramontano.

La fundación del periódico clerical que dirigía Quirós, idea fué de doña Fernanda, la cual, todas las mañanas, al tomar el chocolate, gozaba lo que no es decible leyendo, mientras se llevaba distraídamente las sopas a la boca, las mismas ideas vertidas por ella el día anterior, encerradas ahora bajo la berroqueña envoltura del estilo amanerado, convencional y soporífero, propio del artículo doctrinal.

Unidos por esta fraternidad políticoliteraria, los dos cuñados tratábanse del modo más cariñoso; en la intimidad de aquella familia, lejos de las miradas de los intrusos, doña Fernanda más parecía la esposa de Quirós que aquella Enriqueta que miraba a su marido y a su hermana, unas veces, con frío desprecio, y otras, con ira, como si con su presencia turbasen su recogimiento interno, cuyo objeto era recordar aquel amor que constituía las páginas más felices de su pasada vida.

Quirós, por su parte, comprendiendo que la superioridad teníala en aquella casa la dominante baronesa, halagábale estar en tan buenas relaciones con ella, pues así tenía la seguridad de no ver turbada la tranquilidad de su vida.

Pero aquel afecto tenía también sus inconvenientes, y de éstos, el más principal era que doña Fernanda, con su genio arrebatado, había venido a convertirse para él en una especie de amante moral, que se mostraba celosa y quería tenerlo a todas horas a su disposición.

La vida agitada que llevaba Quirós, entregado de lleno a la política y al periodismo, irritaba a la baronesa, que no podía acostumbrarse a la idea de que el elocuente diputado volviera a casa todas las madrugadas a las cuatro, por estar hasta tal hora en la Redacción, después de la salida del teatro.

Además, pronto vinieran unas traidoras noticias a exacerbar la bilis de la baronesa. Interesábala tanto su cuñado, cada vez más reacio a conferenciar con ella y a pedirla humildemente consejos, que se dedicó a averiguar la vida que hacía, y pronto supo, por boca de unas amigas de la aristocracia, cosas que, según ella decía, poníanle los pelos de punta.

Quirós hacía el amor, o estaba en relaciones poco santas (existían diversos pareceres en las noticieras), con una duquesa vieja, que gozaba de gran fama por su estrecha amistad con la reina, y su gran prestigio político, y, además, pasaba algunas noches con algunos chicos de las principales familias, haciendo locuras en compañía de algunas coristas y bailarinas del Real.

Doña Fernanda sintió un santo horror al saber tales cosas; mas no por esto el diputado de la buena causa perdió en su concepto; antes bien, pareció que adquiría un nuevo prestigio a los ojos de la baronesa, pues en ésta, a pesar de toda su mojigatería, los calaveras siempre habían producido cierta atracción.

Pero, a pesar de esta complacencia, sentía amargo despecho al ver a Quirós en relaciones con una mujer como la duquesa, dedicada a la política, y considerando que era su protección lo que buscaba en ella el diputado, experimentaba gran indignación al imaginarse que algún día Joaquinito llegaría a ser célebre, no por sus consejos, sino por la ayuda de aquella vieja rival.

Tan furiosa estaba doña Fernanda, y tal deseo sentía de recobrar su superioridad sobre aquel futuro personaje, que, ansiosa por hacerlo volver a la buena senda, llegó a cometer la tontería de revelárselo todo a Enriqueta.

Doña Fernanda, a pesar de su afición a curiosear y de su perspicacia, ignoraba el verdadero estado de los dos esposos.

Creía que éstos constituían uno de los tantos matrimonios aristocráticos, que se tratan con frialdad; pero estaba lejos de imaginarse que entre los dos no había mediado la menor intimidad cariñosa, y que el dormitorio de Enriqueta había sido siempre para Quirós una región desconocida.

En la creencia, pues, de que su hermana, aunque falta de amor hacia su esposo, no dejaría de irritarse por sus infidelidades, y pondría en juego todos sus derechos para separarlo de la duquesa, y volverlo a la vida del hogar, reveló a Enriqueta todo cuanto sabía, aunque dando a sus palabras un carácter desinteresado, propio de quien hace tan penosas declaraciones por el honor de la familia y por restablecer la paz y la moralidad en el seno de un matrimonio.

Fué aquello en la noche del 21 de junio; bien se acordaba la baronesa muchos años después.

Acababan de cenar las dos hermanas y estaban en el salón, donde la baronesa acostumbraba a recibir las visitas.

Había poca luz, y los balcones estaban abiertos, para que el viento de la noche refrescase las caldeadas habitaciones.

Enriqueta había acostado a su hija, dejándola al cuidado de una criada fiel, y, sentada en una mecedora junto al abierto balcón, contemplaba con expresión soñadora el trozo de cielo estrellado y límpido que quedaba visible entre las dos filas de tejados que formaban la calle.

Doña Fernanda abordó inmediatamente la cuestión.

Habló primero de lo agradable que era en verano la vida nocturna, y esto fué como el exordio con que preparó la declaración de que Quirós volvía siempre a casa muy entrada la mañana.

Enriqueta hizo un gesto de desprecio, para indicar lo indiferente que le era la conducta que pudiera seguir su marido; pero la baronesa, para remover el fuego de los celos en aquello que ella creía frialdad aparente, añadió que Quirós, algunos meses antes, volvía de la Redacción a las tres de la madrugada, pero que ahora tocaban muchas veces las siete sin que él hubiese entrado en su cuarto.

Y puesta ya doña Fernanda en camino de hacer revelaciones, desembuchó todo cuanto sabía de las relaciones del periodista con la duquesa, no olvidando las bacanales famosas con las bailarinas del Real.

Enriqueta seguía mostrando la misma frialdad, y únicamente acogía algunas de aquellas revelaciones, demasiado subidas de color, con un gesto de asco.

Su indiferencia exasperaba a la baronesa, que aguardaba una ruidosa explosión de celos.

—Haces mal, hija mía—decía a su hermana—, en tomar las cosas con tanta calma. Yo bien sé que tú y Joaquinito no os queréis gran cosa; pero, al fin, tu marido es, llevas su nombre, y no es muy grato hacer un papel ridículo a los ojos de la sociedad, que conoce las locuras de tu señor marido. Tus amigas manifiestan lástima al hablar de ti; pero ten la seguridad de que en su interior se ríen del desairado papel que haces. Es necesario que evites este escándalo, sobre todo porque, como mil veces te he dicho, en nuestra esfera social es más preferible inspirar envidia que lástima.

Doña Fernanda, sin saberlo, había encontrado el medio de interesar a Enriqueta, cuyo carácter era muy sensible a las heridas del ridículo.

La joven señora de Quirós, a pesar de aquella indiferencia natural que sentía hacia su esposo, y de que por nada del mundo hubiese consentido franquearle la entrada de su dormitorio, sentíase indignada por las revelaciones de su hermana, y estremecíase de rabia al pensar los comentarios que ocasionaría en la alta sociedad aquella infidelidad conyugal.

La causaba repugnancia aquel aventurero, que por medio de una maquiavélica trama había conseguido su mano; le era indiferente que se encenagase con otras mujeres a puerta cerrada, en todas las asquerosidades de una orgía sin término; pero lo que no podía consentir era el escándalo, eran aquellas relaciones con una vieja duquesa, a la vista de todos, para hacerla a ella, objeto de una compasión general, que la irritaba.

Había heredado de su padre aquel carácter susceptible, que se descomponía a la menor suposición de hallarse en ridículo.

Además, la irritaba el libertinaje de aquel hipócrita, que en público tenía siempre en sus labios las palabras religión y moral católica, tildando a todos sus enemigos de monstruos de impudicia y maldad, y sentía una secreta complacencia en poder arrojar al rostro de aquel antipático personaje toda la doblez de su conducta. Causábala náuseas la hipocresía de aquel campeón de la fe.

La baronesa adivinaba el efecto que sus palabras producían en su hermana, y repetía las noticias que había adquirido para convencer plenamente a Enriqueta de lo ciertas que eran las adúlteras relaciones.

Escuchándola, la señora de Quirós forjóse rápidamente, un plan. La halagaba el confundir a aquel miserable, sobre el cual la importaba mucho tener cierta superioridad, y por esto se determinó a esperar hasta la madrugada la vuelta de Quirós, para echarle en cara su conducta.

Adivinaba ella que su esposo podría excusar su libertinaje, fundándose en el desvío y alejamiento que ella mostraba; pero Enriqueta preparó su contestación.

Ella no se oponía a que su esposo fuese un libertino, un hipócrita que en público predicase la moral católica y en la vida privada sirviera de perro de lanas a las bailarinas de la ópera; lo que ella, como esposa, no podía consentir, es que la pusiera en ridículo con unos amores conocidos por todos y que tenían por ideal una duquesa vieja, una cortesana averiada por las lides del amor, y que podía competir en impudicia con las más degradadas mujeres que surgen de las sombras nocturnas para pegarse al primer transeúnte desconocido.

Ese alarde de cinismo que Quirós hacía, sosteniendo tales relaciones, no lo consentiría ella, y así se lo manifestó a doña Fernanda con tono enérgico e imperioso. Aquella misma noche sabría su marido quién era ella.

La baronesa estaba muy satisfecha de la energía de su hermana. Conocía por experiencia los arranques tardíos, pero violentos, de aquella mosquita muerta, como ella llamaba a Enriqueta; estaba segura de que la reyerta conyugal sería tan grande como se la había imaginado, y sentíase halagada por la esperanza de que Quirós abandonaría sus relaciones con la duquesa, volviendo a ponerse bajo su protección y a seguir sus consejos.

Hasta después de media noche acompañó la baronesa a su hermana, y cuando, satisfecha de su triunfo, se retiró a descansar, Enriqueta abandonó el salón, entrando en un lindo gabinete inmediato a la antecámara, y que tenía ventana a la calle.

Estaba decidida a aguardar a su marido, sin reparar en la hora a que volviese, y desde allí, aunque la rindiera el sueño, oiría perfectamente el ruido producido por Quirós al abrir con su llavín la puerta de la escalera.

A la velada luz de una elegante lámpara, púsose a leer “Los tres mosqueteros”, de Dumas, padre, única novela con la que transigía su hermana, la devota baronesa, sin duda por su afición a las intrigas, y así permaneció algunas horas procurando aturdirse en el torbellino de aquella acción interesante, y haciendo muchas veces involuntariamente internas comparaciones entre Athos y D’Artagnan y su amante de otros tiempos, Esteban Alvarez. Donde no existían puntos de similitud, ella se encargaba de crearlos con su imaginación.

Cuando llevaba ya leída una tercera parte del volumen, la pesadez que sentía en su cerebro y el cansancio de sus ojos, la obligaron a levantar la cabeza, y entonces notó que la lámpara alumbraba con débil luz.

Una claridad lívida se difundía por la estancia, y los vidrios de la ventana brillaban como láminas de pálido azul, dejando adivinar confusamente los perfiles de las casas fronterizas.

Era la luz del nuevo día.

Enriqueta, fatigada, entumecida y molesta en aquella habitación, caldeada por la luz artificial, abrió la ventana, para respirar la brisa matutina.

El fresco hálito de la mañana la serenó, y sintió la misma impresión de una sonámbula que despierta de improviso y no puede explicarse cómo se halla fuera de su lecho.

¿Por qué estaba allí? Dirigióse esta pregunta, y entonces recordó su conversación con la baronesa en la noche anterior, arrepintiéndose de la resolución que había tomado, ¡Cuán tonta era! ¡Valiente cosa le importaba a ella la conducta de su marido!

Cierto era que la escocía un poco la ridícula situación en que la colocaba Quirós; pero, al mismo tiempo, ruborizábase de vergüenza al pensar que aquel fatuo podía llegar de un momento a otro, y, al ver que le había estado aguardando toda la noche, creyese que se hallaba enamorada de él.

Era ya de día, y Quirós todavía, no había llegado. ¡Bueno estaría que aquel libertino hipócrita la viese a ella asomada a la ventana, lo mismo que una mujer enamorada, que, tras larga noche de llanto e insomnio, aguarda ansiosa al esposo querido!

—Ahora mismo me acuesto—se decía Enriqueta; pero permanecía inmóvil en la ventana, halagada por aquella frescura y el espectáculo del amanecer, completamente desconocido para una joven aristocrática, que jamás se había levantado de la cama a tal hora.

¡Qué bonita estaba la calle completamente desierta, con sus dos filas de grandes casas, con sus puertas cerradas y sus ventanas, de las cuales sólo la suya estaba abierta!

Tenía cierta sublime grandeza aquel silencio que se deslizaba majestuoso por entre las casas, que encerraban un tesoro de vida y animación, muerto ahora, y que, al resucitar pocas horas después, se derramaría por todas partes, como ola de agitación y de estruendo.

La luz perdía poco a poco sus tonos de azulada lividez; el cielo se aclaraba, y unas nubecillas que asomaban poco antes, pardas y feas, sobre los lejanos tejados del extremo de la calle, tomaban ahora cierta transparencia de grana y oro. Era el sol, que comenzaba a salir, embelleciéndolo todo con sus caricias de fuego.

Enriqueta, ante aquel silencio, sentía caprichos de niña, y casi estuvo a punto de gritar; pero otros se encargaron de esto: los gorriones, en alegres bandadas, saltaban sobre los aleros de los tejados, aleteaban en las copas de los árboles y bajaban hasta el desierto pavimento de la calle, acompañando todas sus infantiles travesuras con un incesante piar en infinitos tonos. Eran los violines que preludiaban la gran sinfonía del amanecer.

Despertaba la vida con aquel toque de diana de la Naturaleza, y Enriqueta veía ya por la parte de la plaza de Antón Martín pasar alguna que otra mujer, con la cesta de buñuelos y el aguardiente, en busca de parroquianos.

Una taberna de la calle acababa de abrir sus puertas, pintadas de rojo, y el muchacho, gallego, de gruesos zapatos y puntiagudos pelos, arreglaba en una mesilla las botellas de anisete y bala rasa, para tomar la mañana.

A Enriqueta le encantaba aquel espectáculo.

De pronto avanzó la cabeza con expresión de sorpresa, y como queriendo oír mejor.

Habían sonado a lo lejos sordos estampidos, semejantes a descargas de fusilería. Esperó, para convencerse de la realidad de aquellos ruidos, y éstos no tardaron en repetirse.

Enriqueta no podía explicarse qué era aquello; pero, sin saber por qué, experimentó cierta inquietud, y pensó en Esteban.

¿Qué haría a aquellas horas? ¿Estaría aún amenazado por terribles peligros y empeñado en sus difíciles empresas?

El recuerdo de Alvarez sumió a la joven en honda meditación, del que le sacó el estrépito producido en la desierta calle por varios soldados de caballería que, en desorden y con visible azoramiento, iban a todo galope de sus cabalgaduras.

Eran ordenanzas del Ministerio de la Guerra, y Enriqueta los siguió con la vista, hasta que al extremo de la calle perdiéronse en diversas direcciones.

La joven presentía algo terrible. Nada de extraño tenía ver a tales horas un pelotón de jinetes; pero aquellos soldados llevaban en sus rostros una marcada expresión de intranquilidad y marchaban con demasiada rapidez, como temerosos de llegar tarde a su destino o de que alguien les cortase el paso.

Poco después vió pasar, uno tras otro, varios oficiales, con el mismo aspecto de intranquilidad, llevando en sus rostros un gesto de inquietud, y en sus ojos las señales del sueño recientemente interrumpido.

Marchaban apresuradamente, casi corrían, seguidos de sus asistentes, y algunos de ellos todavía iban abrochándose el uniforme, puesto con precipitación, o ajustándose el cinturón de la espada.

Pronto comprendió Enriqueta lo que aquello significaba.

Por la plaza de Antón Martín entró en la calle un grupo de hombres armados. Eran, en su mayoría, obreros; llevaban al hombro viejos fusiles, escopetas de caza y algunos trabucos; y al frente de ellos, con el revólver en la mano, iba un joven de rostro simpático, adornado por bigote, perilla y melena romántica, y que vestía levita y sombrero de copa. Tenía el tipo de un hombre dedicado a la literatura, y parecía el jefe de aquel pelotón, que marchaba bulliciosamente, mirando a todas partes con expresión de triunfo.

Aquel grupo revolucionario, al entrar en la dormida calle, prorrumpió en gritos:

—¡Viva la libertad!... ¡Viva Prim!... ¡Muera Isabel II!... Y los más humildes del grupo, los que llevaban en su rostro las huellas del sufrimiento, y en sus ropas los desgarrones de la miseria, intercalaban en dichos gritos otro, que producía cierta alarma en aquellos del grupo que tenían cierto aspecto burgués:

—¡Viva la República!

El grupo pasó frente a la ventana que ocupaba Enriqueta, la cual sentía miedo al ver algunos de aquellos rostros, endurecidos por esa expresión feroz que da la miseria.

El jovenzuelo de aspecto romántico, al ver una mujer hermosa contemplando el paso del revolucionario pelotón, estiróse con la petulancia de un mozo guapo, y la saludó con una amable sonrisa, creyéndose un héroe.

Enriqueta pensaba en Alvarez, y cuando el grupo se detuvo a la puerta de la taberna que estaba más abajo de su casa, fué fijándose, uno por uno, en todos los hombres, como si esperase encontrar al ex capitán disfrazado y confundido entre aquellos revolucionarios.

En esto la distrajo la presencia de un hombre que venía, indudablemente, del Prado, y subía la calle apresuradamente. Era un viejo general, conocido de Enriqueta, por haber sido amigo y compañero de armas de su padre, el conde de Baselga.

Acababa de ser despertado, y aún iba por la calle abrochándose la galoneada levita, sin dejar de correr.

Al verle se produjo un terrible movimiento a la puerta de la taberna.

Muchos de aquellos hombres apuntaron con sus fusiles a la acera de enfrente, por donde pasaba el general, y el anciano se detuvo, pálido y altivo, llevando instintivamente la mano a la empuñadura de la espada.

Fué una escena muda y terrible, que angustió a Enriqueta, única espectadora, y que duró solamente algunos segundos.

El jefe del grupo, aquel joven de aspecto interesante, púsose ante los fusiles de los suyos, y gritó con una energía que no hacía esperar su delicadeza física:

—¿Qué vais a hacer? ¿Ahora que empieza la revolución vamos a deshonrarnos, matando a un hombre que va solo? ¿Somos acaso asesinos? ¡Abajo las armas!

Y aquel “dandy” literario hablaba con tan imperiosa energía, que las armas asestadas contra el general se bajaron inmediatamente.

—Pase usted, general, y siga su camino—gritó el jovenzuelo—. De aquí a un rato nos combatiremos; pero ahora le respetamos a usted, porque es un hombre que va a cumplir con su deber, y nosotros no somos asesinos.

El general quedó indeciso y como confuso ante aquella inesperada nobleza, y, por fin, quitándose el galoneado ros, y sonriendo con paternal benevolencia, les saludó, diciendo:

—¡Gracias, señores! Son ustedes unos valientes dignos del nombre de españoles. ¡Que Dios les dé buena suerte!

Y saludando otra vez al grupo popular con visible enternecimiento, siguió su camino apresuradamente, hasta que, al llegar frente al palacio de Baselga, se fijó en Enriqueta, a la que conocía.

—¿Qué hace usted aquí, hija mía?—la gritó—. Adentro en seguida, que va a haber tiros. Los artilleros del cuartel de San Gil se han sublevado contra la reina, y Madrid está que arde. Escóndase, que la sarracina va a ser gorda.

Y el anciano fué a seguir su marcha; pero aún se detuvo, como cediendo a una necesidad interna de desahogar su pensamiento.

—Pero, ¿ha visto usted, Enriqueta, lo que acaba de hacer esa gente? El diablo son esos descamisados y los escritores boquirrubios que les levantan los cascos... ¡Lástima de valientes! Crea usted que me remuerde la conciencia de tener que ametrallar a una gente que así procede.

Sonaron a lo lejos nuevas y más fuertes descargas, y el general siguió su camino apresuradamente, sin despedirse de Enriqueta.

Mientras tanto, el grupo revolucionario continuaba su marcha, y las dormidas gentes despertaban con gritos inesperados.

—¡Abajo los Borbones! ¡Viva la libertad!

X

El 22 de junio.

Comenzaba a clarear el alba, y los centinelas del cuartel de la Montaña paseaban por las terrazas, para librarse del entumecimiento que produce el frío del amanecer.

En el vasto edificio militar reinaba un silencio absoluto, y únicamente las ventanas del cuarto de banderas estaban iluminadas, sin duda porque en tal habitación se hallaban aún despiertos y vigilantes los oficiales de guardia.

Un hombre de rostro enérgico, con gran barba, era el único ser que rondaba por las inmediaciones del cuartel, que a aquella hora estaban completamente desiertas.

Era don José Rivas Chaves, dueño de un acreditado establecimiento de lencería y el principal hombre de acción del partido progresista. Su fortuna y los grandes sacrificios que había prestado en varias ocasiones a la causa revolucionaria, dábanle gran prestigio entre la gente dispuesta a empuñar las armas, y como decidido propagandista en el elemento militar, era el agente encargado de sostener las relaciones de los organismos directores de la conspiración con los sargentos comprometidos.

Chaves, situándose a la espalda del cuartel de San Gil, agitó su pañuelo, y desde una de las ventanas altas del edificio, le contestó un sargento de la artillería acuartelada, haciendo ondear una sábana. Era ésta la señal convenida.

Pasó después al cuartel de la Montaña, y parándose junto a una reja, cambió breves palabras con otro que estaba dentro, y al dirigirse al otro extremo del gran edificio, tropezó con un centinela, con el que entabló conversación, ofreciéndole un cigarro, y mientras el soldado lo encendía, el conspirador sacudió su sombrero con el pañuelo, seña a la que alguien contestó también, agitando un lienzo blanco en las ventanas altas.

El aviso había circulado ya; no había novedad alguna, y el volcán revolucionario iba a estallar, después de una preparación tan larga como lenta.

Los sargentos de los Cuerpos de Artillería acuartelados en San Gil, iban, por fin, a ver satisfecha aquella impaciencia sediciosa que mostraban en todas las reuniones revolucionarias.

Chaves, satisfecho de la buena marcha que seguía la conspiración, y agitado por esa emoción que siente todo hombre en un momento decisivo, sentóse al borde de un abrevadero que existía en la plaza de San Marcial, frente a la puerta del cuartel, esperando con nerviosa impaciencia los acontecimientos.

El gigantesco edificio permanecía silencioso, y no se notaba en él ningún signo que denunciase interna agitación.

El conspirador miraba con ansiedad las largas filas de ventanas cerradas, de las cuales, las más bajas, estaban casi cubiertas por una hilera de árboles que rodeaba el edificio, y fijaba su vista en la cerrada puerta, a cuyos dos lados alzábanse, solitarias y desiertas, las blancas garitas de madera.

De pronto, en aquellas ventanas, comenzaron a verse soldados a medio vestir, que se asomaban con aire risueño, para volver a ocultarse, y, de vez en cuando, algún sargento, ya uniformado y con armas, lanzaba una mirada de inquietud a la desierta plaza.

Reinaba en ésta la calma y la soledad propias del amanecer, y sólo un grupo de hombres del pueblo interrumpió con sus pasos aquel silencio matinal, bajando por la calle de Bailén.

Iban todos ellos armados, y al frente marchaba un caballero de rudo aspecto, con la capa terciada, quien los guió por la escalerilla de la calle del Río.

—¡Allá va don Manuel Becerra con su gente!—murmuró Chaves, viendo cómo desaparecía el armado grupo.

Transcurrieron algunos minutos, sonó en el interior del cuartel el toque de diana, e inmediatamente se oyeron algunos tiros.

Se había iniciado ya la insurrección de los artilleros del cuartel de San Gil.

El Gobierno, que hacía mucho tiempo sospechaba la conspiración existente en Madrid, había ordenado grandes precauciones militares, y entre éstas, la más importante era que una parte de la oficialidad de los regimientos durmiese en los cuarteles, para evitar una insurrección.

Los oficiales de Artillería habían pasado toda la noche en el cuarto de banderas, jugando al tresillo, sin que les rindiera el sueño. Esperaban los sargentos comprometidos en el movimiento sorprenderlos adormecidos a la madrugada; pero, en vista de que era llegada la hora de iniciar la insurrección y los oficiales seguían entregados al juego, entraron los conspiradores en el cuarto de banderas, apuntándoles con sus carabinas e intimando la rendición.

No querían los sargentos derramar sangre; pero la voz imperiosa del deber inclinó a los oficiales a la resistencia, y sobrevino la catástrofe.

Disparó un oficial su revólver, e inmediatamente sonó una descarga, que mató o hirió a casi todos los jugadores.

Horroroso era el hecho; pero no cabía ya retroceder, y los sargentos, enardecidos por la vista de aquella sangre, se apresuraron a poner en práctica el plan revolucionario.

En pocos minutos cambió el aspecto del cuartel, que, conmovido de arriba abajo, comienzo a vomitar por sus puertas hombres, mulas y cañones.

Iban los sargentos al frente de los pelotones de los artilleros, revueltos por la indisciplina y la estupefacción que les producía ver el cadáver de un oficial tendido en la puerta del cuarto de banderas. El desorden era completo, y el entusiasmo que comenzaba a apoderarse de los soldados, excitados por la proximidad del combate, contribuía a que las órdenes de los sargentos apenas pudiesen ser oídas y que costase mucho verlas ejecutadas.

Por fin, los tiros de mulas fueron enganchados a los cañones, contribuyendo a acelerar la operación, la presencia del general Pierrad, jefe militar de la insurrección, quien arengó a los artilleros, y las órdenes del capitán Hidalgo, único oficial de Artillería comprometido en el alzamiento.

Momentos después, las calles de Madrid conmovíanse con el estruendo producido por los cañones que los artilleros sublevados llevaban de una parte a otra, sin saber qué hacer de ellos, por falta de dirección.

La capital estaba ya en plena insurrección, y grupos de paisanos armados aparecían en todas las calles, saludando con vivas a aquellos soldados, que, rojos por el entusiasmo, inclinados sobre el cuello de sus mulas, y dejando flotar los encarnados cordones de sus roses, galopaban, arrastrando las terribles bocas de hierro, cuyas ruedas botaban sobre el empedrado, produciendo un sordo estremecimiento, semejante a la lejana tempestad.

Surgían de todas partes los hombres armados; el entusiasmo era general; había en la atmósfera esa agitación nerviosa propia de las grandes revoluciones; veíanse esas caras feroces y extrañas cataduras que sólo aparecen en los días de gran tormenta, cuando la espátula revolucionaria revuelve hasta las últimas heces del líquido social; adivinábanse en un rasgo, en una palabra, héroes y mártires, entre aquella entusiasmada muchedumbre, que con una pistola vieja o un trabuco, se sentían capaces de luchar contra toda la guarnición de Madrid; pero se notaba algo, por fortuna todavía oculto, y que, de ser conocido, podía producir inmediatamente el desaliento: la falta de un plan bien ejecutado, la carencia de una dirección rápida y acertada.

Muchos de los regimientos comprometidos, acuartelados en diferentes puntos de la capital, no podían unirse a los insurrectos, por estar ya sus sargentos arrestados y tener al frente a sus jefes, fieles al Gobierno.

Los oficiales designados por el Comité revolucionario para ir a ponerse al frente de dichos Cuerpos, habían esperado en vano la orden, y cuando, por fin, cansados de aguardar, fueron a los cuarteles, los soldados, a la voz de sus jefes, que habian sido más activos, recibieron a tiros a los mismos que hubieran aclamado y seguido a llegar algunos minutos antes.

Fué aquella revolución la más anárquica de cuantas han ocurrido en España. Todos mandaban y ninguno obedecía. Los artilleros emplazaban sus cañones donde mejor les parecía, y el pueblo levantaba barricadas sin aguardar órdenes, con ese instinto estratégico que la masa revolucionaria desarrolla, en los momentos difíciles.

Se sabía, a la media hora de haberse iniciado la revolución, que ésta no podía contar ya con más fuerza que la artillería de San Gil, y se tenía la certeza de que toda la guarnición iba a caer sobre los sublevados; pero esto no lograba amilanar a ninguno de aquellos combatientes por la libertad.

El pueblo no retrocede una vez iniciada una revolución, aun teniendo conciencia de su derrota; y los sublevados del 22 de junio únicamente experimentaban una amarga decepción, al ver aquella artillería, que, como ruidoso meteoro de hierro y fuego, iba de un punto a otro, sin saber qué hacer, ni en qué emplearse, por falta de dirección.

Mientras tanto, el Gobierno organizaba certeramente la resistencia, y tomaba con rapidez la ofensiva.

El aviso de lo ocurrido en el cuartel de San Gil llegó a la Presidencia del Gobierno cuando O’Donnell después de pasar la noche en vela, disponíase a acostarse. El caudillo de Africa montó inmediatamente a caballo, y con un batallón de Ingenieros se dirigió a la Puerta del Sol, de la cual habían intentado apoderarse los revolucionarios sin éxito alguno.

Desde allí dirigióse a Palacio, para poner a la Reina a cubierto de un golpe de mano; pero ya se le había adelantado su eterno rival, el general Narváez, quien llegó al regio alcázar casi a medio vestir, organizando inmediatamente la resistencia, y ametrallando, con dos cañones emplazados en la calle de Bailén, la fachada del cuartel de la Montaña.

El héroe de Arlabán y verdugo de sus compatriotas, excitado por el grandioso espectáculo de aquella revolución, que él mismo calificaba de la más terrible que había conocido, recobró el valor ciego, impetuoso y temerario de su juventud, y fué a colocarse en los puntos de mayor peligro, sin temor al fuego que hacía el paisanaje desde las calles inmediatas.

Una bala perdida derribó a Narváez del caballo, causándole una herida de poca gravedad; pero la débil senectud reapareció en el veterano, al verse bañado en su propia sangre, y el general fué conducido a Palacio, exánime, con la creencia de una próxima muerte.

La reina, consternada y temerona de una insurrección que estallaba casi a las mismas puertas de su alcázar, se encargó del cuidado de aquel antiguo amigo y defensor, que pálido, exánime y cubierto de sangre, aparecía a sus ojos con todo el prestigio de un héroe de la causa monárquica.

Narváez estaba alejado algunos años del Poder, por el triunfo de la Unión Liberal, cada vez más omnipotente; pero, a pesar de esto, las gentes de Palacio no se equivocaron:

—He aquí una bala—dijo un cortesano—que ha dado en el general Narváez y ha matado al general O’Donnell.

La profecía fué exacta. Pocos días después la reina destituía a O’Donnell, y la reacción, simbolizada por Narváez, volvía a ocupar el Poder.

En el primer momento, el Gobierno no supo cómo combatir aquella insurrección, que, a pesar de sus escasas fuerzas militares, se presentaba imponente y magnífica.

El pueblo de Madrid se mostraba tan belicoso y dispuesto al heroísmo, que únicamente podía ser comparada su insurrección con aquella otra que inmortalizó la fecha del 2 de mayo.

El cuartel de San Gil habíase convertido en una fortaleza, para cuya conquista se necesitaba derramar mucha sangre, y en los barrios del norte y sur de la capital, miles de combatientes acosaban por todas partes a las tropas del Gobierno, las cuales, después de sostener terribles combates, donde creían encontrar vencidos, tropezaba con nuevos y tenaces obstáculos.

Nada significaba que el coronel Camino se hubiese apoderado de algunas piezas de artillería de los insurrectos, deshaciendo muchas barricadas; nuevos baluartes amasados con piedras, tierra y muebles, volvían a cortar las calles, y desde balcones y ventanas se hacía sobre los asaltantes un fuego mortífero.

El ejército se revolvía como el león, acosado por infinito enjambre de avispas, que, mientras destruye un venenoso insecto con su robusta zarpa, recibe las picaduras de mil.

Pero, a las pocas horas de lucha, O’Donnell había adivinado ya el punto flaco de aquella imponente insurrección. La falta de relaciones entre unos puntos y otros, la carencia de dirección y la nulidad de los jefes revolucionarios, saltó inmediatamente a su vista, y se propuso ahogar la rebelión por partes, dirigiendo todas las fuerzas sucesivamente sobre las diversas zonas donde se había localizado la resistencia.

El cuartel de San Gil era el más temible núcleo revolucionario, y contra él se dirigió el primer ataque de la mayor parte de las fuerzas. Los artilleros insurrectos habían cometido la torpeza de encastillarse en el cuartel, a excepción de las fuerzas que habían salido en el primer momento a recorrer las calles, y pronto se vieron bloqueados por las fuerzas del Gobierno, y cortadas todas sus comunicaciones con los revolucionarios, que se batían en el resto de Madrid.

El general Serrano había salvado al Gobierno y decidido la victoria con un rasgo de temerario valor. La actitud de la infantería acuartelada en la Montaña, junto al cuartel de San Gil, era enigmática para el Gobierno, y para convencerse de su fidelidad, o, en caso contrario, decidir a los batallones en favor de la reina, Serrano salió de Madrid, dió un rodeo, hasta encontrarse frente al cuartel de la Montaña, y subiendo con gran trabajo por una pendiente casi vertical, se introdujo en el edificio, siendo recibido por los Cuerpos con vivas al Gobierno.

Esta hazaña fué la señal de derrota para los sublevados de San Gil, que se vieron atacados por el frente por las tropas que mandaba Zabala, teniendo a la espalda a Serrano, con toda la infantería del inmediato cuartel.

Aquellos insurrectos, cogidos entre dos fuegos, despreciaron todas las intimaciones que se les hicieron, y supieron resistirse y perecer con esa sublime tenacidad que desarrolla el soldado español cuando se ve frente a frente con la muerte.

Cañones y fusiles cruzaban en el espacio una granizada de plomo; el rugido de las descargas ensordecía a los combatientes, y en las bocacalles inmediatas, así como en las ventanas del cuartel, flotaban jirones de blanco humo, que parecían vellones arrancados a las nubecillas que adornaban un cielo hermoso y esplendente, propio de un día de verano.

Hacía abominar de la humanidad ver cómo ante la divina sonrisa de la naturaleza en todo su esplendor, se exterminaban centenares de hombres, por los intereses de una familia de tiranos, degradada y repugnante.

Un batallón de Zapadores, desafiando la fusilería y la metralla, echó abajo la puerta del cuartel, y por aquella brecha arrojóse la infantería, con bayoneta calada, a apoderarse del edificio.

La lucha tomó entonces un carácter horrible. Callaron los cañones, cediendo el puesto al fusil y al machete, a la bayoneta y al sable.

Combatíase cuerpo a cuerpo, hacíase fuego a quemarropa, y el instinto de conservación, unido a la rabiosa sed de venganza, utilizaba como baluarte y fortaleza el quicio de una puerta, el saliente de una columna, la revuelta de un corredor, localizando el combate en estos detalles arquitectónicos.

Cada habitación del piso bajo costaba ríos de sangre, y los asaltantes atravesaban un umbral, esperando la descarga a quemarropa, que aclaraba las filas, o el salvaje machetazo, que hendía el cráneo.

Las oficinas, los armeros, los almacenes, eran teatro de las más horrorosas escenas, y en las desiertas cuadras, chocando contra los vacíos pesebres y tropezando con los montones de paja, se buscaban los hombres con ciego furor, se herían con bárbara complacencia, y muchas veces, rotas las armas o perdidas, caían fuertemente abrazados, y mordiéndose en el rostro, se revolcaban a los pies de alguna mula vieja o caballo abandonado, pobres bestias que, amedrentadas por la tempestad que rugía fuera, miraban con ojos melancólicos aquellas escenas de horror, no pudiendo comprender, sin duda, las locuras de una raza superior, que del asesinato en masa hace un título de gloria.

Los asaltantes se hicieron, por fin, dueños del piso bajo; pero la resistencia continuó arriba, en los pisos superiores, en aquellos vastos dormitorios, cuyas paredes estaban acribilladas por los metrallazos que enviaban las baterías sitiadoras, y de cuyas ventanas no quedaban más vestigios que los rotos goznes y algunos jirones de madera, que se bamboleaban al estrépito de cada descarga.

Las escaleras fueron cráteres de volcanes invertidos, que despedían fuego hacia abajo, y los peldaños desaparecieron bajo los cadáveres. El humo cegaba a los asaltantes; las paredes trepidaban con el ruido de las descargas; las voces de mando apenas si se oían en aquella confusión, y los asaltantes, cegados por el picante hálito de la pólvora, rabiosos por aquella resistencia y enloquecidos por el peligro a que les empujaban sus jefes, subían como una marea de agudas bayonetas, sin fijarse en lo que ocurría a su lado, destrozando al muerto con sus pies y desoyendo al compañero herido, que exhalaba alaridos de dolor...

Ya estaban las tropas del Gobierno en el primer piso; ya cargaban a la bayoneta por los dormitorios, y los horribles detalles de una lucha parcial volvían a reproducirse.

Las bayonetas hurgaban furiosas bajo las camas, de donde salían tiros de revólver; el soldado recibía moribundo sobre su pecho al compañero que le precedía al atravesar una puerta, y sobre las revueltas sábanas y los rotos jergones, caía fusilado el mocetón que, machete en mano, se defendía como una fiera acorralada.

Costó mucho a las tropas del Gobierno apoderarse del cuartel de San Gil.

En cada piso fué necesario, primero, un asalto para llegar a él, y después, una batalla para apoderarse de sus acribilladas habitaciones.

En el segundo piso, defendiéronse los artilleros con igual fiereza que en el primero, y cuando se vieron desalojados de él, aún quedaron trescientos desesperados que se fortificaron en las buhardillas, causando gran daño a los sitiadores.

Por fin, las tropas del Gobierno se hicieron dueñas del edificio, y los insurrectos que sobrevivieron a la lucha, quedaron desarmados y prisioneros.

O’Donnell respiró al ver vencida la insurrección militar, y antes de dirigirse contra los elementos civiles que sostenían la bandera revolucionaria, encaminóse a Palacio, para tranquilizar a Isabel II y a su pusilánime y afeminado esposo, Don Francisco de Asís, que temblaba como una damisela, a pesar de su categoría de capitán general del Ejército.

La reina dió las gracias a O’Donnell por el servicio que acababa de prestarle, y le excitó a que, cuanto antes, exterminase al paisanaje, que, en los barrios populares, defendía su terrible red de barricadas. Hablando así, aquella mujer pensaba ya en destituir a O’Donnell, que por ella exponía la vida, sustituyéndolo por Narváez. Tan perfectamente sabía mentir Isabel II, que nadie podía dudar que era legítima hija de Fernando VII.

El duque de Tetuán dirigió el grueso de sus tropas contra los barrios del norte de Madrid, y tras un combate de muchas horas consiguió vencer las fuerzas populares, que mandaba Contreras.

En el sur de la capital, la lucha se desarrolló en las últimas horas de la tarde, y al anochecer, era tomada por las tropas la barricada de la plaza de Antón Martín, último baluarte de los revolucionarios.

Así terminó la insurrección popular más heroica y entusiasta y peor dirigida que ha existido en España.

Las tropas, enfurecidas por aquel combate tenaz que diezmaba sus filas, fusilaron, al pie de las destruídas barricadas, a todos aquellos prisioneros cuyo aspecto denunciaba el carácter de jefes revolucionarios, y O’Donnell aún permaneció algunos días en el Poder, para encargarse de la deshonrosa misión de “escarmentar” a los revolucionarios, ejecutando sesenta y seis sargentos y cabos.

Después de esta hecatombe, la Monarquía, como el bandido que luego de cometido el crimen arroja lejos de sí el puñal ensangrentado, derribó a O’Donnell del Poder, lanzándolo al olvido, y acelerando con sus desdenes el fin de su existencia.

XI

La barricada de la plaza de Antón Martín

Era el más terrible de todos aquellos confusos amontonamientos de adoquines, tierra, carruajes y muebles que la revolución había hecho surgir, soplando sobre las calles de Madrid.

Sus diferentes baluartes, que por lo irregularmente construídos parecían montones de basura, hacinados por colosal escobazo, cerrando las diferentes entradas a la plaza, convertían a ésta en una ciudadela, en cuyo interior estaba todo lo más granado de Madrid en punto a guapeza revolucionaria y entusiasmo político a prueba de decepciones.

Allí estaba la representación genuina de aquella edad heroica de la democracia en sus diversas y conmovedoras manifestaciones.

El viejo menestral, que aún guardaba en su casa el morrión de miliciano, de tiempos de la regencia de Espartero, y que hablaba, como si fuesen sucesos del día anterior, de las tres jornadas del 54 y de la protesta armada del 56; el agitador, de levita raída, que se había tuteado con Sixto Cámara; el tendero, fervoroso progresista, que ponía a todos sus hijos el nombre de Baldomero, y en la anaquelería de su tienda, tras las piezas de tela o las cajas de azúcar, ocultaba las armas pertenecientes al club del barrio; el obrero, que pasaba las veladas con su familia haciendo cartuchos, y al acostarse ocultaba los paquetes de pólvora entre los colchones, para igualarse con esto al Gobierno, que a todas horas dormía sobre un volcán; el escritor bohemio, de mísero pelaje, que no sabía ya qué decir a la libertad, cuya figura había ensalzado en cien odas, y que estaba ansioso de que los suyos “fuesen pronto Poder”, para mudar de vida; el aprendiz entusiasta, gran aficionado al barbero de su barrio, a quien oía leer los periódicos de oposición, y le preguntaba cuándo llegaba “la gorda”; todos, en fin, los entusiastas y los ilusos, los héroes y los desesperados, representando la parte del pueblo español a la que aún le quedaban fuerzas y energía para atacar a una familia que llevaba uncida a la nación al carro de sus vicios y sus crímenes, hallábanse allí en aquella barricada, sin saber qué hacer, ni cuál era la suerte de sus compañeros en los restantes distritos de Madrid, pero dispuestos a resistir mientras les quedase un cartucho.

Los barrios populares, de los que era puerta la célebre plaza, habían arrojado en tal punto su gente de más valía, que acudía al olor de la pólvora, los más de ellos instintivamente y sin aviso alguno.

Predominaba en aquella barricada el elemento avanzado. Eran pocos los progresistas y muchos los demócratas; y allí con el fusil en la mano, figuraban todos los entusiastas que más gritaban y aplaudían en las reuniones públicas del partido, cuando Orense, a quien llamaban por antonomasia “el marqués”, soltaba alguna de sus agudas chuscadas, o Pi y Margall y Castelar pronunciaban sus magníficos discursos.

El triunfo no era seguro; mas no por esto decrecía el entusiasmo; además, aquellos revolucionarios confiaban en una providencia extraña, y tenían la convicción de que, permaneciendo ellos a pie firme, resistiendo los ataques de la tropa, no faltaría alguien que a sus espaldas decidiera la victoria.

Desde las primeras horas de la mañana estaba levantada aquella barricada, y, sin embargo, hasta muy entrada la tarde no recibió ninguna embestida formal.

No por esto los que la defendían permanecían en la inacción.

Algunos pelotones de la Guardia Civil la tiroteaban desde puntos lejanos, y los insurrectos apenas si contestaban con alguno que otro disparo, comprendiendo, sin duda, que necesitaban las municiones para más adelante.

Durante horas enteras cesaban estas débiles agresiones; pero, en cambio, los insurrectos estuvieron oyendo durante toda la mañana un continuo y apagado estruendo, semejante al de una lejana tempestad.

—Se baten en la Montaña—decían los defensores de la barricada en las primeras horas de la insurrección.

Después, el estruendo cesaba de sonar en el mismo punto, trasladándose a otro lugar.

Esto hacía torcer el gesto a muchos, pues indicaba que un foco de la revolución había sido extinguido y comenzaba a combatirse a otro.

—Ahora deben estar batiéndose por la parte de Fuencarral.

Y así era, pues el Gobierno se hallaba dedicado a atacar la revolución en el norte de Madrid.

Aquella lucha lejana, excitaba a muchos de los defensores de la barricada, que, irritados de permanecer inactivos, mientras allá abajo mataban a sus hermanos, saltaban aquellos hacinamientos confusos, que constituían los baluartes, y con el fusil al hombro perdíanse en las vecinas calles, siempre con dirección al punto donde sonaban las descargas.

Era expuesto y difícil querer pasar de un extremo a otro de Madrid, y, además, la plaza de Antón Martín era el punto avanzado de la insurrección en el sur, y más allá de sus barricadas, resultaba lo más probable recibir un traidor balazo o encontrarse con una patrulla de Guardia Civil, que prendía a los transeúntes sospechosos, conduciéndolos a los sótanos del Ministerio de la Gobernación.

Estos avances, hijos de la impaciencia y el entusiasmo, disminuían el número de defensores; pero la calma que, a pesar de los preparativos insurreccionales reinaba en la calle de Atocha, difundía cierta confianza en el vecindario de los pisos bajos, y algunos establecimientos de comidas y bebidas decidíanse a abrir sus puertas a los revolucionarios.

Reinaba tal calma en aquella parte de Madrid, y con tanta tranquilidad se paseaban los insurrectos por la plaza, que, a no ser por el silbido de alguna bala que, de vez en cuando, enviaban los guardias posicionados por la parte de la plaza de Santa Cruz, se hubiera creído que la revolución había terminado y que el pueblo era el vencedor.

En las primeras horas de la tarde cambió por completo la situación.

Viéronse llegar a todo correr algunos de los hombres que antes habían abandonado la barricada, los cuales mostraban una expresión de alarma, a la que se unía cierta alegría feroz.

—¡Ya están ahí!—gritaban—.¡Ya tenemos encima a la tropa!

Y a estas palabras, aquel hacinamiento confuso, levantado por el huracán revolucionario, conmovíase y parecía adquirir vida.

Los revolucionarios preparaban sus armas y escogían a su gusto el lugar de la barricada desde donde habían de hacer fuego a los asaltantes, y había quien buscaba estar lo más cómodamente posible, tomando asiento en un montón de piedras y apoyando la carabina en algún saliente de la dentada barricada.

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