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La araña negra, t. 5/9

CUARTA PARTE EL CAPITAN ALVAREZ (CONTINUACIÓN) (continued 2)

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—El registro que anoche efectuó en aquella casa la autoridad, resultó infructuoso. No se encontró nada comprometedor, y, por tanto, el Gobierno sólo puede agradecer a usted una falsa delación.

—Nada me importa el premio que pudiera darme el Gobierno. ¡Valiente recompensa! ¡Un ascenso en la carrera! Yo pico más alto, reverendo padre. Ahora aspiro a hacerme millonario por medio del matrimonio, y lo lograré, aunque usted crea lo contrario. Además, a la hora que quiera, lograré que el Gobierno agradezca mis servicios. Tengo en mi poder los papeles del capitán Alvarez, y cuando lo juzgue pertinente podré entregarlos al Gobierno, exigiendo la consabida recompensa.

—Cuidado, Quirós. Juega usted con el fuego, y se expone a que el Gobierno, conociendo esa conducta extraña, lo considere a usted como complicado en la conspiración.

—¡Bah! Aunque usted me niegue su protección, no por esto carezco de buenos y poderosos amigos, que sabrán defenderme. Mire usted qué pronto he encontrado esta mañana un duque que saliera fiador por mi persona, pidiendo al gobernador de Madrid que me dejara en libertad. Además, puedo acreditar mi adhesión inquebrantable a las instituciones.

—Todos sus hábiles preparativos no lograrán oscurecer la verdad y que triunfe ese error, tan diabólicamente combinado. Queda aún otra persona, que puede acreditar quién fué el verdadero raptor de Enriqueta, y es esa testaruda aragonesa, antigua ama de llaves de casa de Baselga.

—Esa no hablará, reverendo padre. Si dijera la verdad, sería indirectamente a usted y a la baronesa, y ella, con tal de no dar gusto a ustedes, a quienes odia con toda su alma, es capaz de coserse la boca. Piense usted, reverendo padre, que ella, según yo creo, ha venido a Madrid alarmada por lo ocurrido al conde de Baselga, y como de antiguo le tiene cierta inquina a la Orden, nada tendría de extraño que, después de declarar ante los Tribunales en mi asunto, y puesta ya a hablar, promoviera un escándalo, manifestando la mucha intervención que la Compañía, o más bien dicho, usted, ha tenido en los asuntos de aquella casa.

El padre Claudio perdía terreno ante aquel discípulo rebelado, y veía arrollados todos los obstáculos con que procuraba atemorizarlo. Reconocía en él facultades que hasta entonces no había adivinado, y se lamentaba de no haber sabido emplearlo en asuntos de gran importancia para la Orden. Casi se reconocía vencido, pero su orgullo y la necesidad de sostener sus planes que estaban próximos a zozobrar, por la audacia de aquel aventurero, le obligaban a permanecer altivo, negándose a toda transacción.

No; él no concedería ninguna protección al que tan insolentemente se rebelaba, antes al contrario, le haría una guerra ruda, en la cual no tardaría el desgraciado en pedir clemencia.

—Hace usted mal, reverendo padre—dijo Quirós—en ser tan inexorable conmigo. ¡Qué gran discípulo va usted a perder! Juntos podríamos hacer muy grandes cosas, y combatiéndonos resultará al fin que nos devoraremos recíprocamente, como el gato y el ratón de la fábula. ¡Y a la verdad!, no sé por qué me ha de tratar usted con tanta rudeza. Reconozco que he sido un mal discípulo, un miembro rebelde de la Compañía trabajando por mi propia cuenta y sin la autorización de usted; pero... ¡qué diablo!, algún día había yo de emanciparme de esa tutela en que usted me tenía y que resultaba odiosa. Hombres como yo, que se sienten con fuerzas para llegar sin descanso a la cumbre, no pueden sufrir que un superior les vaya marcando a palmos lo que deben avanzar. He visto una ocasión propicia para coger de los pelos a la fortuna, y la he aprovechado. He aquí mi crimen. Usted, en mi lugar, hubiese hecho lo mismo.

—Quirós, no se esfuerce usted. Es imposible que yo transija con esa superchería inventada por usted.

—No transigirá porque es contra sus negocios.

—Mi conciencia me impide aceptar como buena una falsedad tan censurable.

—No es su conciencia, sino su deseo de coger los millones de Enriqueta, esos millones que yo también busco.

—Joaquinito, es usted un insolente; pero, a pesar de todo su cinismo, no saldrá usted triunfante. Enriqueta se negará siempre a ser su esposa.

—Tal vez me pidan que lo sea la baronesa y usted dentro de poco tiempo; y hasta, si usted mucho me apura, la misma Enriqueta.

—¿Cuenta usted con algún mágico talismán para operar tal prodigio?

—No se burle usted, padre Claudio. Cuento con un suceso que tal vez ocurra dentro de pocos meses, y que hará llegar el escándalo a su período álgido.

El jesuíta calló, y por algunos momentos pareció entregado a la reflexión. Quirós seguía en pie, pues el jesuíta no le había invitado a sentarse, y sonreía, mirando a su superior, como si gozara al verle tan mortificado por sus palabras.

—Joaquinito—dijo el padre, saliendo de su meditación—, usted ha dicho que la antigua ama de llaves está indignada contra la baronesa y contra mí, y que se propone declarar cosas en perjuicio de nuestra Orden.

—Así es, reverendo padre. Ella misma me lo ha dicho.

El joven mentía, pues en la noche anterior sólo había cruzado breves palabras con Tomasa; pero de algunas de éstas había sacado la consecuencia de que la vieja veía en aquella continua serie de desgracias la mano de los jesuítas, y, además, conocía él el odio que profesaba a la baronesa.

—Usted, querido Quirós—continuó el padre Claudio—, aunque en estos momentos se halle frente a mí, no por esto debe mirar con indiferencia la honra y el prestigio de la Orden, que tanto le ha protegido, y de la que es hermano laico hace mucho tiempo.

Quirós hizo una señal de asentimiento. Le agradaba el tono de dulzura que tomaba la voz del padre Claudio, y, más aún, que le llamase “querido”. Aquello hacía ya esperar una reconciliación.

—Celebro mucho—continuó el jesuíta—que usted esté dispuesto, como siempre, a ayudar a la Orden. Esta necesita librarse cautelosamente de esa vieja aragonesa, que puede comprometerla con sus declaraciones. Nada puede probar contra nosotros, pero seguramente hablará de ciertas indiscreciones que el ya difunto padre Renard cometió en cierto negocio con los Avellanedas, o sea con el abuelo y la madre de Enriqueta, y aunque sus palabras no producirían resultado, siempre conviene evitar el escándalo. Esta mañana, Tomasa, que no se separa de la cama de su señorita desde que ésta, enferma y avergonzada, llegó del Gobierno civil, ha tenido una disputa con la baronesa, y a gritos nos ha amenazado a ella y a mí, diciendo que somos los asesinos del conde de Baselga. ¡Vea usted qué lenguas tan pecadoras hay en el mundo! ¡Que Dios perdone a la infeliz tan infernal pensamiento!

—Así sea—contestó Quirós, conteniendo a duras penas una sonrisa sarcástica.

—La pobre Fernanda está indignada contra la insolente vieja, y me ha llamado para rogarme que la libre de tal energúmeno. A mí me sobran medios para alejarla y castigar su procacidad, pero no quiero valerme para ello del poder de la Compañía, y deseo que sea otro, usted, por ejemplo, el que se encargue de tal misión.

—Mándeme usted cuanto guste. Con tal de que vuestra paternidad me devuelva su afecto, soy capaz de todo.

—Ya hablaremos de esto último más adelante. Por ahora, lo que importa es librarse de esa vieja. Hace un rato, ha dicho usted que poseía los papeles de la conspiración perseguida, y esto me ha sugerido una idea. ¿No podríamos hacer que esos documentos los encontrase la Policía en poder de Tomasa? Esto sería suficiente para que nos libráramos de esa importuna, que iría a dar con su cuerpo en la galera de Alcalá.

Quirós quedó sorprendido por esta idea... ¡No habérsele ocurrido a él! Rápidamente la apreció en todo su valor, y la tuvo por la más favorable a sus planes. Librándose de la pobre vieja por tan villano procedimiento, suprimía la única persona que podía acreditar con datos quién era el verdadero amante de Enriqueta, y que era capaz de desbaratar su negocio. Esta consideración, más aún que el deseo de congraciarse con el padre Claudio, fué lo que decidió a Quirós a aceptar la idea.

—Estoy conforme, padre Claudio; prestaré ese servicio, y no es necesario devanarse los sesos buscando el medio de que los papeles de Alvarez aparezcan en poder de la vieja. La verdad es que ella los tiene en su poder y que los oculta en el pecho.

—¡Oh, magnífico!—exclamó el padre Claudio—. Entonces sólo falta que repita usted su delación de ayer, señalando a Tomasa como un agente secundario de la conspiración, que se encargaba de llevar los documentos y avisos de un revolucionario a otro. La Policía irá a prenderla a casa de la baronesa, la registrarán, y después ya me encargaré yo de que la castiguen con mano fuerte. No pierda usted tiempo; haga la delación inmediatamente, y evitemos que esa mujer siga por más tiempo dando escándalo e insultando a nuestra Orden.

—Obedezco inmediatamente a vuestra paternidad—dijo Quirós, disponiéndose a salir—. Pero antes quisiera saber si quedamos amigos o enemigos.

—Vaya usted; cumpla lo que le he dicho, y de su negocio ya hablaremos más adelante.

Quirós adoptó una entonación zalamera:

—Vamos, padrecito; una palabra nada más, y me voy. ¿Puedo contar con su afecto y su protección?

—Veremos; ya se hablará de ello.

—Pero, ¿qué inconveniente tiene usted en transigir? Es verdad que yo puedo hacerme dueño de los millones de Enriqueta, pero siempre me tendrá a sus órdenes; y un agente rico y poderoso vale más que un pelagatos como hoy soy yo. Además—añadió el joven guiñando un ojo—, siempre le quedan a usted los millones de Ricardito, mi futuro cuñado, a quien usted trabaja hábilmente para enfardarlo en la sotana de la Compañía.

El padre Claudio sonrió forzadamente, murmurando:

—¡Pero qué gracioso es este canalla!

—Honro a mi maestro.

Y Quirós, después de decir esto, haciendo una reverencia, salió del despacho.

—¡Anda, pillete insolente!—murmuró el padre Claudio, al quedarse solo—. ¡No tendrás tú mala protección! Bien has urdido la trama, pero yo buscaré el medio de anularte.

Quirós también murmuraba al salir de aquella casa:

—¡Rabia, perro ladrón! ¡Serpiente despellejada! Te sirvo porque me conviene eso mismo que me encargas. Estás fresco si crees que me fío de tus medias palabras... ¡Veremos! ¡Veremos!... Siempre veremos... Lo que tú verás es cómo yo me enriquezco, terminando mi negocio, a pesar de cuanto contra mi hagas.

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