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José

Front matter (continued 3)

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—No se lo decía por eso, D. Fernando: a mí no me importa nada lo que hay ahí dentro.

—Desátalo.

—De ningún modo, D. Fernando; yo no quiero que V. piense...

—¡Desátalo, te digo!—repitió el señor de Meira, en un tono que no daba lugar a réplica.

Obedeció José y, después de separar la múltiple envoltura de lona que le cubría, descubrió, al cabo, el objeto, el cual no era otra cosa que un trozo de piedra toscamente labrado.

—¿Qué es esto?—preguntó con asombro.

D. Fernando, con palabra arrastrada y cavernosa, contestó:

—El escudo de la casa de Meira.

Hubo después un silencio embarazoso. José no salía de su asombro y miraba de hito en hito[114.1] al caballero, esperando alguna explicación; pero éste no se apresuraba a dársela: con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza doblada hacia adelante, contemplaba sin pestañear la piedra que el marinero acababa de poner al descubierto. Al fin dijo en voz baja y temblorosa:

—He vendido mi casa a D. Anacleto... porque un día u otro yo moriré, y ¿qué importa que pare en manos extrañas antes o después?... Pero se la vendí bajo condición de arrancar de ella el escudo... Hace unos cuantos días que trabajo por las noches en separar la piedra de la pared...: al fin lo he conseguido...

Como D. Fernando se callase[114.2] después de pronunciar estas palabras, José se creyó en el caso de[114.3] preguntarle:

—¿Y por qué lo echa V. al agua?

El anciano caballero le miró con ojos de indignación.

—¡Zambombo! ¿Quieres que el escudo de la gran casa de Meira esté sobre una fábrica de escabeche?

Y aplacándose de pronto, añadió:

—Mira, esas armas... repáralas bien... Desde el siglo XV están colocadas sobre la puerta de la casa de Meira... (no esta misma piedra, porque según se ha ido enlazando con otras casas fue necesario mudarla y poner en el escudo nuevos cuarteles,[115.1] pero otra parecida). En el siglo pasado quedó definitivamente fijada con la alianza de los Meiras y los Mirandas... Son cinco cuarteles; el del centro es el de los Meiras: está colocado en lo que se llama en heráldica punto de honor[115.2]... Sus armas son: azur y banda de plata, con dragantes de oro; bordura de plata y ocho arminios de sable[115.3]... Tú dirás—añadió D. Fernando con sonrisa protectora,—¿dónde están esos colores?... Es muy natural que lo preguntes, no teniendo nociones de heráldica... Los colores en la piedra se representan por medio de signos convencionales: el oro, míralo aquí en este cuartel, se representa por medio de puntitos trazados con buril; la plata, por un fondo liso y unido; el azur, por rayitas horizontales; los gules, por rayas perpendiculares, etc., etc.... es muy largo de explicar... Los Meiras se unieron primeramente a los Viedmas, y aquí está su escudo en este primer cuartel de gules y una puente de plata de tres arcos, por los cuales corre un caudaloso río; y una torre de oro levantada en medio de la puente; bordura de plata y ocho cruces llanas de azur[115.4]... Después se unieron a los Carrascos, y aquí tienes a la izquierda su cuartel, partido en dos partes iguales: la primera de plata y un león rapante de sable; la segunda de oro y un árbol terrazado y copado, con un pájaro puesto encima de la copa y un perro ladrante al pie del tronco[115.5]... Ni el pájaro ni el perro se notan bien, porque los ha destruido la intemperie... pero aquí están... Más tarde se unieron a los Ángulos: su cuartel es de plata y cinco cuervos de sable puestos en sautor[116.1]... Tampoco se notan bien los cuervos... Por último, se unieron a los Mirandas, cuyo cuartel es de oro y un castillo de gules en abismo, sumado de un guerrero armado con alabarda, naciente de las almenas, acompañado de cinco roeles de sinople y plata, puestos dos de cada lado y uno en la punta[116.2]... Todo el escudo, como ves, está coronado por un casco de acero bruñido de cinco rejas.

Nada entendió el marinero del discurso del señor de Meira; mirábale de hito en hito con asombro. El mar balanceaba suavemente la barca.

—De la casa de Meira—siguió D. Fernando con voz enfática—han salido en todas las épocas hijos muy esclarecidos; hombres muy calificados... Demasiado sabrás tú que en el siglo XV D. Pedro de Meira fue comendador de Villaplana, en la orden de Santiago,[116.3] y que D. Francisco fue jurado[116.4] en Sevilla y procurador en las Cortes de Toro.[116.5] También sabrás que otro hijo de la misma familia fue presidente del Consejo de Italia:[116.6] se llamaba D. Rodrigo: otro, llamado D. Diego, fue oidor de la real Audiencia[116.7] de la ciudad de Méjico y después presidente de la de Guadalajara. En el siglo pasado, D. Álvaro de Meira fue regidor[116.8] de Oviedo y fundó en Sarrió una colegiata y un colegio de primeras letras y latinidad; bien lo sabrás.

José no sabía absolutamente nada de todo aquello; pero asentía con la cabeza para complacer al desgraciado caballero, el cual se quedó repentinamente silencioso, y así estuvo buen rato, hasta que comenzó a decir, bajando mucho la voz y con acento triste:

—Mi hermano mayor, Pepe, fue un perdido... bien lo sabrás...

En efecto, era lo único que José sabía de la familia de Meira.

—Le arruinó una bailarina... Los pocos bienes que a mí me habían tocado, me los llevó amenazándome con casarse con ella si no se los cedía... Yo, para salvar el honor de la casa, los cedí... ¿No te parece que hice bien?

José asintió otra vez.

—Desde entonces, José, ¡cuánto he sufrido!... ¡cuánto he sufrido!

El hidalgo se pasó la mano por la frente con abatimiento.

—La gran casa de Meira muere conmigo... pero, no morirá deshonrada, José; ¡te lo juro!

Después de hacer este juramento, quedó de nuevo silencioso en actitud melancólica. El mar seguía meciendo la lancha. La luna rielaba su pálida luz[117.1] en el agua.

Al cabo de un largo espacio, D. Fernando salió de su meditación, y volviendo sus ojos rasados de lágrimas hacia José, que le contemplaba con tristeza, le dijo lanzando un suspiro:

—Vamos allá[117.2]... Suspende por ese lado la piedra: yo tendré por éste...

Entre uno y otro lograron apoyarla sobre el carel. Después, D. Fernando la dio un fuerte empujón: el escudo de la casa de Meira rompió el haz del agua con estrépito, y se hundió en sus senos oscuros. Las gotas amargas que salpicó bañaron el rostro del anciano, confundiéndose con las lágrimas no menos amargas que en aquel instante vertía.

Quedose algunos instantes inmóvil, con el cuerpo doblado sobre el carel mirando al sitio por donde la piedra había desaparecido; levantándose después, dijo sordamente:

—Boga para tierra, José.

Y fue a sentarse de nuevo a la popa.

El marinero comenzó a mover los remos sin decir palabra. Aunque no comprendía el dolor del hidalgo y andaba cerca de pensar, como los demás vecinos, que no estaba sano de la cabeza, al verle llorar sentía profunda lástima y no osaba turbar su triste enajenamiento. Mas el propósito de devolverle el dinero, no se apartaba de su cabeza, porque veía claramente que tal favor en las circunstancias en que se hallaba D. Fernando, era una verdadera locura: le bullía el deseo de acometer el asunto, pero no sabía de qué manera comenzar: tres o cuatro veces tuvo la palabra en la punta de la lengua, y otras tantas la retiró por no parecerle adecuada. Finalmente, viéndose ya cerca de tierra, no halló traza mejor para salir del aprieto que sacar los diez mil reales del bolsillo y presentárselos al caballero diciendo algo avergonzado:

—D. Fernando... V., por lo que veo, no está muy sobrado de dinero... Yo le agradezco mucho lo que quiere hacer por mí, pero no debo tomar esos cuartos haciéndole falta[118.1]...

D. Fernando, con ademán descompuesto[118.2] y soltando chispas de indignación por los ojos, le interrumpió gritando:

—¡Pendejo! ¡Zambombo! ¡Después que te hice el honor de confesarte mi ruina, me insultas! Guarda ese dinero ahora mismo, o lo tiro al agua...

José comprendió que no había más remedio que guardarlo otra vez; y así lo hizo después de pedirle perdón por el supuesto insulto. Formó intención, no obstante, de vigilar para que nada le faltara y devolvérselo en la primera ocasión favorable.

Saltaron en tierra y se separaron como buenos amigos.

XII

Guardó el secreto de todo aquello José: así se lo había pedido con instancia D. Fernando. Volvió éste a prometerle que se casaría con Elisa si ejecutaba punto por punto cuanto le ordenase, y le hizo creer que del sigilo con que se llevase el asunto pendía enteramente el suceso de él.

Mediante la cantidad de seis reales cada día, halló el buen caballero hospedaje, si no adecuado a la antigüedad y nobleza de su estirpe, suficiente para no perder la vida de hambre, como no había estado lejos de acontecer, según sabemos. Y ¡caso raro! desde que se vio con algunos cuartos en el bolsillo, subió todavía algunos palmos[119.1] su orgullo nobiliario: andaba por el pueblo con la cabeza erguida, el paso sosegado y firme, echando a los vecinos miradas muy más propias del Renacimiento[119.2] que de nuestros días, saludando a las jóvenes con una sonrisa galante y protectora, como si aun ejerciese sobre ellas el ominoso derecho de pernada.

Donde quiera que la ocasión se ofrecía, brindaba a sus vasallos con alguna copa de vino, y a las vasallas con golosinas de la confitería. Pero hay que declarar a fuer de verídicos[119.3] que los villanos y las villanas de Rodillero no aceptaban los favores de D. Fernando con aquel respeto y sumisión con que sus mayores en otros tiempos recibían los desperdicios[120.1] feudales de la gran casa de Meira; antes parecía que al beber el vino y al tomar los confites lo hacían por pura condescendencia, por no herir la delicada susceptibilidad del hidalgo: y aun se advertía en todos ellos una cierta sonrisa de compasión, que a poderla ver, hubiera hecho estremecerse en sus tumbas a todos los hijos de aquella ilustre casa, al comendador de Villaplana, al procurador de las Cortes de Toro, al presidente del Consejo de Italia, etc., etc. Y por si[120.2] esta sonrisa de compasión no fuese bastante para ajar el prestigio de su linaje, los comentarios que se hacían a espaldas del caballero eran mucho más humillantes todavía:—«Este pobre Don Fernando se figura que catorce mil reales no se concluyen nunca.—¡Cuánto mejor sería que con ese dinero pusiese una tiendecita y le sacase un rédito![120.3]—Nada;[120.4] se lo va a gastar en cuatro días,[120.5] y luego vamos a tener que mantenerlo de limosna.»

Elisa, una de las feudatarias más hermosas que el señor de Meira tenía en Rodillero, era asimismo una de las más rebeldes. En vano el noble señor se esforzaba en brindarla protección siempre que la hallaba al paso;[120.6] en vano la ofreció repetidas veces un cartuchito[120.7] de almendras traídas exprofeso de Sarrió; en vano desenvolvía con ella todos los recursos de la más refinada galantería que recordaba los buenos tiempos de la casa de Austria.[120.8] La linda zagala acogía aquellos homenajes con sonrisa dulce y benévola, donde no se advertía ni rastro de admiración o temor; y algunas veces, cuando los acatamientos ceremoniosos y las frases melífluas subían de punto,[121.1] hasta se vislumbraba detrás de sus ojos tristes y suaves cierta leve expresión de burla. La verdad es que la naturaleza no había secundado poco ni mucho las disposiciones feudales de D. Fernando; al verle con su cuerpecillo contrahecho delante de la figura elevada y gentil de Elisa, la imaginación más poderosa y amiga de forjarse quimeras no podría seguramente representarse al señor del castillo delante de una tímida villana.

Por dos o tres veces[121.2] la había preguntado, rompiendo súbitamente el hilo de sus discreteos[121.3] clásicos:

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

La última vez le dijo:

—¿Tienes tu fe de bautismo?[121.4]

—Me parece que sí, señor.

—Pues tráemela mañana. ¡Pero cuidado que nadie sepa nada! Yo he resuelto que tú y José os caséis a la mayor brevedad.[121.5]

Al escuchar estas palabras volvió a aparecer en los labios de Elisa aquella sonrisa benévola y compasiva de que hemos hecho mención, y al separarse del caballero, después de un rato de plática, no pudo menos de murmurar:

—¡Pobre D. Fernando; qué rematado está!

Sin embargo, por consejo de José, que algo, aunque no mucho, fiaba en el poder de la casa de Meira, le llevó al día siguiente el documento. Nada se perdía en ello y se complacía al buen señor. La joven, que no tenía motivo alguno para fiar en aquel poder, como su novio, tomó el asunto en chanza.

Lo que tomaba muy en serio era la maldición de la sacristana; cada día más. En su alma candorosa, siempre había echado raíces la superstición: al ver ahora la constancia implacable con que la suerte se empeñaba en estorbar su felicidad, era natural que lo achacase a una potencia oculta y misteriosa, la cual, bien considerada, no podía ser otra que la malquerencia de aquella bruja. Para deshacer o contrarrestar su poder acudía a menudo en oración al camarín[122.1] del Santísimo Cristo de Rodillero, famosa imagen, encontrada en medio de la mar por unos pescadores hace algunos siglos.

Pero en vano fue que en poco tiempo le pusiese[122.2] más de una docena de cirios y le rezase más de un millón de padrenuestros; en vano, también, que se ofreciese a pasar un día entero en el camarín sin probar bocado,[122.3] y lo cumpliese: el Santísimo Cristo, o no la escuchaba o quería experimentar aún más su fortaleza. El negocio de sus amores iba cada día peor: pensando serenamente, podía decirse que estaba perdido: José cada vez más azotado por la desgracia; ella cada vez más sometida al yugo pesado de su madre, sin osar moverse sin su permiso ni replicarle palabra.

En tan triste situación, comenzó a acariciar la idea de desagraviar a la sacristana, y vencer de esta suerte el influjo desgraciado que pudiera tener en su vida. Lo primero que se le ocurrió fue que José le pidiese perdón, y repetidas veces se lo aconsejó con instancia; pero viendo que aquél se negaba resueltamente a ello, y conociendo su carácter tenaz y decidido, se determinó ella misma a humillarse.

Una tarde, a la hora de la siesta, dejando la casa sosegada, saliose sin ser vista y enderezó los pasos por el camino escarpado que conducía a la casa del sacristán, la cual estaba vecina de la iglesia y, una y otra, apartadas bastante del pueblo, sobre una meseta que formaba hacia la mitad la montaña. Como iba tan preocupada y confusa, no vio a la madre de José, que estaba cortando tojo para el horno, no muy lejos del camino. Ésta levantó la cabeza y se dijo con sorpresa:—¡Calle![123.1] ¿a dónde irá Elisa a estas horas?—Siguiola con la vista primero y, llena de curiosidad, echó a andar en pos de ella[123.2] para no perderla. Vio que se detenía a la puerta de la casa del sacristán, que llamaba y que entraba.

—¡Ah, grandísima pícara!—dijo con voz irritada.—¡Conque eres uña y carne de[123.3] la sacristana! ¡Ya me parecía a mí que con esa cara de mosquita muerta[123.4] no podías ser cosa buena!... ¡Yo te arreglaré, buena pieza;[123.5] yo te arreglaré!

Sólo porque Elisa entraba en casa de la sacristana, ya era uña y carne de ella. Esta falta de lógica, siempre había sido característica de Teresa: la cólera ofuscaba enteramente el escaso juicio que Dios la había dado. Aparentaba despreciar la maldición de la sacristana, y su orgullo salvaje la impulsaba a desatarse en insultos siempre que de ésta se hablaba; pero en realidad, no había en Rodillero quien creyese más a pie juntillas[123.6] en tales hechicerías.

Salió Eugenia a recibir a la joven, y se quedó grandemente sorprendida de su visita; pero al saber el objeto de ella, mostrose muy satisfecha y triunfante. Elisa se lo explicó ruborizada y balbuciendo. La sacristana, hinchándose hasta un grado indecible, se negó a otorgar su perdón mientras la misma Teresa y José no viniesen a pedírselo. En vano fue que Elisa se lo suplicase con lágrimas en los ojos; en vano que se arrojase a sus pies y con las manos cruzadas le pidiese misericordia; nada pudo conseguir. La sacristana, gozándose en aquella humillación y casi creyendo en el poder sobrenatural que los sencillos pescadores le daban, repetía siempre en actitud soberbia:

—No hay perdón, mientras la misma Teresa no venga a pedírmelo de rodillas... así como tú estás ahora.

Elisa se retiró con el alma acongojada: bien comprendía que era de todo punto imposible decidir a la madre de su novio a dar este paso; y viendo que la sacristana se negaba a levantarla, creyó aún con más firmeza en la virtud de su maldición.

Caminaba con paso vacilante, los ojos en el suelo, meditando en la desgracia que había acompañado siempre a sus amores: sin duda, Dios no los quería, a juzgar por los obstáculos que sobre ellos había amontonado en poco tiempo. El camino por donde bajaba era revuelto y pendiente; de trecho en trecho tenía algunos espacios llanos a manera de descansos.

Al llegar a uno de ellos, saliole inopinadamente al encuentro Teresa. Como a pesar del desabrimiento[124.1] de las dos familias nunca le había demostrado la madre de José antipatía, Elisa sonrió para saludarla: pero Teresa acercándose, contestó al saludo con una terrible bofetada.

Al verse maltratada tan inesperadamente, la pobre Elisa quedó sobrecogida, y en vez de defenderse, se llevó las manos a los ojos y rompió a sollozar con gran sentimiento.

Teresa, después de este acto de barbarie, quedó a su vez suspensa y descontenta de sí misma: la actitud humilde y resignada de Elisa la sorprendió. Y para cohonestar su acción indigna, o por ventura, para aturdirse y escapar al remordimiento, comenzó a vociferar como tenía por costumbre injuriando a su víctima.

—¡Anda, pícara, ves[125.1] a reunirte otra vez con la sacristana! ¿Estás aprendiendo para bruja?[125.2] Yo te regalaré el palo de la escoba. ¡Vaya, vaya, con la mosquita muerta! ¡Y cómo saca los pies de las alforjas![125.3] ¡Yo pensé que no necesitabas salir fuera de casa para aprender brujerías!

Tal efecto hicieron sobre la infeliz muchacha estos insultos injustificados después de los golpes, que no pudiendo resistir a la emoción, se dejó caer desmayada en el suelo. Esto acabó enteramente de desconcertar a la viuda; y por un impulso del corazón, muy natural en su carácter arrebatado, pasó repentinamente de la cólera a la compasión, y corriendo a sostener a Elisa en sus brazos, comenzó a decirla al oído:

—¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla! ¡No hagas caso de mí, pichona![125.4]... ¿Te he hecho daño, verdad?... Soy una loca... ¡Pobrecilla mía! ¡Pegarte, siendo tan buena y tan hermosa!... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!...

Y viendo que Elisa no volvía en sí, comenzó a mesarse el cabello con desesperación.

—¡Bestia, bestia! ¡No hay mujer más bestia que yo! ¡Santo Cristo bendito, ayúdame y socorre a esta niña!... ¡Elisa, Elisina, vuelve en ti, por Dios, mi corazón!

Pero la joven no acababa de salir del síncope. Teresa giraba la vista en torno buscando agua para echarle a la cara. Al fin, no viéndola por ninguna parte y no atreviéndose a dejar sola a Elisa, tomó el partido de levantarla en sus robustos brazos y llevarla a cuestas[126.1] hasta una fuente que había algo más abajo. Cuando la hubo rociado las sienes con agua, recobró el conocimiento; la viuda se apresuró a besarla y pedirla perdón; pero aquellas vivas y extremadas caricias, en vez de tranquilizarla, estuvieron a punto de hacerla perder de nuevo el sentido; tanto la sorprendieron. Por fin, entre sollozos y lágrimas, pudo decir:

—Muchas gracias... Es V. muy buena...

—¡Qué he de ser buena![126.2]—prorrumpió Teresa con gran vehemencia.—Soy una loca rematada... La buena eres tú, mi palomita... ¿Estás bien?... ¿Te he hecho mucho daño?... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!

—Fui a casa de la sacristana a pedirla que le levantase la maldición...

Teresa al oír esto comenzó otra vez a mesarse el cabello.

—¡Si soy una bestia![126.3] ¡Si soy una loca! Razón tienen en decir que debiera estar atada... ¡Pegar a esta criatura por hacerme un beneficio!

Fue necesario que Elisa la consolase, y sólo después de afirmar repetidas veces que no la había hecho daño, que ya le había pasado el susto y que la perdonaba y la quería, logró calmarla.

En esto ya la joven se había levantado del suelo: Teresa le sacudió la ropa cuidadosamente, le enjugó las lágrimas con su delantal, y abrazándola y besándola con efusión gran número de veces, la fue acompañando por la calzada de la iglesia, llevándola abrazada por la cintura, hasta que dieron en el pueblo.[127.1] Por el camino hablaron de José (¿de qué otra cosa podían hablar de más gusto para las dos?); Elisa manifestó a Teresa que o se casaría con su hijo o con ninguno; ésta se mostró altamente satisfecha y lisonjeada de este cariño; se hicieron mutuas confidencias y revelaciones; se prometieron trabajar con alma y vida para que aquella unión se realizase, y, por último, al llegar al pueblo, se despidieron muy cariñosamente. Teresa, todavía avergonzada de lo que había hecho, preguntó a la joven antes de separarse:

—¿No es verdad, Elisina, que me perdonas de corazón?

—¡Bah!—repuso ésta con sonrisa dulce y graciosa.—Si V. me ha pegado, es porque puede hacerlo... ¿No soy ya su hija?

Teresa la abrazó de nuevo, llorando.

XIII

El suceso anterior, que pudo muy bien desbaratar los planes tenebrosos de la casa de Meira respecto a la suerte de Elisa y José, vino por su dichosa resolución a secundarlos. Porque a partir de este día, se entabló una firme amistad entre Elisa y la madre de su novio, la cual procuraron ambas mantener oculta por necesidad: veíanse furtivamente, cambiábanse rápidamente la palabra y se daban recados de José y para José; las entrevistas de éste con la joven continuaban siendo en las horas más silenciosas de la noche. En el pensamiento de los tres estaba el escogitar los medios de realizar el apetecido matrimonio contra la voluntad de la maestra, pues ya estaban bien convencidos de que nada lograrían de ella. Elisa se representaba bien claramente que la causa de aquella ruda oposición no era otra que la avaricia, el disgusto de entregar los bienes que pertenecían a su difunto padre; pero no sólo no lo confesaba a nadie, sino que hacía esfuerzos por no creerlo, y alejar de sí tal pensamiento: y aun se prometía muchas veces despojarse de su hacienda cuando[128.1] llegase el caso, para no causar pesadumbre alguna a su madre.

Mas aunque en ella y en José tal pensamiento estuviese presente, no acertaban a dar un paso para ponerlo en vías de obra;[128.2] la rudeza del pobre marinero, y la supina ignorancia de las mujeres, no les consentía ver en aquel asunto un solo rayo de luz. En esta ocasión, como en tantas otras durante la Edad Media, fue necesario que el castillo viniese en socorro del estado llano.[128.3] La casa de Meira, sin que ellos lo supiesen, ni menos[128.4] persona alguna de Rodillero, trabajaba en favor suyo silenciosamente, con el misterio y sigilo diplomáticos que ha caracterizado siempre a los grandes linajes, a los Atridas, a los Médicis, a los Austrias. Más de media docena de veces había ido D. Fernando a Sarrió y había vuelto sin que nadie se enterase del verdadero negocio que allá le llevaba: unas veces era para comprar aparejos de pesca, otras para encargarse unos zapatos, otras a ver un pariente enfermo, etc., etc.; siempre mintiendo y engañando sútilmente a todo el mundo con un refinamiento verdaderamente florentino. Lo mismo Teresa que Elisa, no dejaban de advertir que la sombra del noble vástago las protegía; había señales ciertas para pensarlo: cuando cruzaba a su lado las dirigía hondas miradas de inteligencia acompañadas a veces de ciertos guiños inexplicables, otras de alguna palabra misteriosa como «esperanza;» «los amigos velan;» «silencio y reserva;» y así por el estilo[129.1] otras varias destinadas a conmoverlas y sobresaltarlas; pero ellas la mayor parte de las veces no se daban por entendidas, o porque no las entendieran realmente, o porque no concediesen a los manejos diplomáticos del caballero toda la importancia que tenían. Sólo José estaba al tanto de ellos en cierta manera, aunque no mucho confiaba en su eficacia.

Un día D. Fernando le llamó a su posada, y presentándole un papel le dijo:

—Es necesario que firme Elisa este documento.

—¿Pero, cómo?...

—Llévalo en el bolsillo; provéete de un tintero de asta y una pluma... y a la primera ocasión... ¿entiendes?

—Sí, señor.

—Quedamos en eso.[129.2]

Devuelto el papel al cabo de algunos días con la firma, el caballero le dijo:

—Es necesario que preguntes a Elisa si está dispuesta a todo; a desobedecer a su madre y a vivir fuera de su casa algunos meses, para casarse contigo.[129.3]

Esta comisión fue de mucho mayor empeño[129.4] y dificultad para el marinero. Elisa no podía decidirse a dar un paso tan atrevido. No el temor de cometer un pecado y faltar a sus deberes filiales la embarazaba, pues por el cura que la confesaba sabía que siendo la oposición de los padres irracional o fundada únicamente sobre motivos de intereses, estaba en su derecho faltando a la obediencia: pero siempre había vivido tan supeditada a su madre, tenía tantísimo miedo a su cólera fría y cruel, que la idea de aparecer en plena rebelión ante ella, la aterraba. Fue necesario que pasasen muchos días, que José la suplicase infinitas veces hasta con lágrimas en los ojos, y que ella se persuadiese a que no había absolutamente otro recurso ni otro medio de salir de aquella angustiosa situación y alcanzar lo que tan ardientemente deseaba, para que al fin viniese a consentir en ello.

Noticioso el Sr. de Meira de esta concesión, dijo a José en el tono imperativo propio de su rango:

—Esta tarde ven a buscarme; tenemos que hacer juntos.

José inclinó la cabeza en testimonio de sumisión.

—¿Te encuentras resuelto a todo?

La misma señal de respeto.

—Perfectamente: no desmereces del alto concepto que de ti había formado. En los asuntos arduos es menester que se aúnen la diplomacia y el valor...; entiéndelo bien. Tal ha sido lo que caracterizó siempre a mi familia: prudencia y decisión. El adelantado D. Alonso de Revollar, un ascendiente mío por la línea femenina, pasó en su época, y durante la guerra de América,[130.1] por un consumado diplomático, y sin embargo, esto no dañaba poco ni mucho a su valor, que en ocasiones rayó en temeridad...

—¿Ya a qué hora quiere que vaya a buscarle?—preguntó José temiendo con razón que el caballero se descarriase,[130.2] como solía acontecer.

—Después de comer... a la una.

—Pues con su permiso, D. Fernando... tengo que componer una red...

—Bien, bien, hasta la vista.

A la hora indicada fue el marinero a la posada del Sr. de Meira: al poco rato salieron juntos y enderezaron los pasos por la calle abajo en dirección de la ribera. Antes de llegar a ella, D. Fernando se detuvo delante de una casa algo más decente que las contiguas.

—Alto; vamos a entrar aquí.

—¿En casa de D. Cipriano?

—En casa de D. Cipriano.

El Sr. de Meira llamó a la puerta y preguntó si se podía ver al señor juez municipal. La vieja que les salió a abrir, hermana de éste, les dijo que estaba durmiendo la siesta. D. Fernando insistió: era un negocio urgente. La vieja, mal humorada y gruñendo, porque estaba lejos de reconocer en el señor de Meira derechos señoriales, se fue al cabo a despertar a su hermano.

D. Cipriano, a quien ya tenemos el honor de conocer por haberle visto en la tienda de la maestra, los recibió afablemente, aunque mostrando sorpresa.

—¿Qué hay de nuevo, D. Fernando?

Éste sacó del bolsillo de su raidísima levita un papel, lo desdobló con lentitud académica y lo presentó gravemente al juez.

—¿Qué es esto?

—Una solicitud[131.1] de Dª. Elisa Vega pidiendo que se la saque del poder de su madre y se la deposite con arreglo a la ley, para contraer matrimonio.

D. Cipriano dio un salto atrás.

—¿Cómo... Elisita... la hija de la maestra?

D. Fernando inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

El juez municipal se apresuró a coger las gafas de plata que tenía sobre la mesa y a ponérselas, para leer el documento.

La lectura fue larga, porque D. Cipriano, en achaque de letras,[132.1] se había andado toda su vida con pies de plomo. Mientras duró, José tenía los ojos clavados ansiosamente en él. El señor de Meira se acariciaba distraídamente su luenga perilla blanca.

—¡No sospechaba esto!—exclamó el juez levantando al fin la cabeza.—Y a la verdad no puedo menos de[132.2] confesar que lo siento... porque al cabo[132.3] la maestra y su marido son amigos... y van a llevar un disgusto grande... ¿Ha escrito V. esta solicitud, D. Fernando?

—¿Está en regla, señor juez?—respondió éste gravemente.

—Sí, señor.

—Pues basta; no hay necesidad de más.

D. Cipriano se puso pálido; después rojo. No había hombre de más extraña susceptibilidad en todo el mundo: una mirada le hería; una palabra le ponía fuera de sí:[132.4] pensó que D. Fernando había querido darle una lección de delicadeza y se inmutó notablemente.

—Sr. D. Fernando... yo no pretendía... esas palabras... me parece...

—No ha sido mi ánimo ofender a V., señor juez. Quería solamente hacer constar mis derechos a callarme delante del funcionario... Por lo demás, V. es mi amigo hace tiempo y he tenido siempre un gran placer en tenderle mi mano. Basta que V. haya pertenecido a los ejércitos de su majestad, para que sea acreedor a la más alta consideración por parte de todos los hombres bien nacidos.

El tono y la actitud con que D. Fernando pronunció estas palabras debía semejar mucho al que usaban en tiempos remotos los nobles al dirigirse a algún miembro del estado llano, cuando éste entró a deliberar con ellos en los negocios del gobierno. Pero D. Cipriano, que no estaba al tanto de[133.1] estos ademanes puramente históricos, en vez de ofenderse más, se tranquilizó repentinamente.

—Gracias, D. Fernando..., muchas gracias. Como yo aprecio tanto a esa familia...

—Yo la aprecio también. Pero vamos al caso: Elisa se quiere casar con este muchacho; su madre se lo impide sin razón alguna... porque es pobre, tal vez... o tal vez (esto no lo afirmo, lo doy como hipótesis) por no entregar la herencia del difunto Vega, con la cual comercia y se lucra. No hay otro medio que acudir pidiendo protección a la ley; y la muchacha ha acudido.

—Está muy bien. Ahora lo que procede,[133.2] es que yo vaya a preguntar a la chica si se ratifica en[133.3] lo que aquí demanda. En caso afirmativo, procederemos al depósito.

—¿Y cuándo?

—Hoy mismo... Esta misma tarde, si VV. quieren.

—Por la tarde, señor juez—apuntó José,—se va a enterar todo el pueblo y habrá un escándalo... Si V. quisiera dejarlo para después que oscurezca...

—Como quieras; a mí me es igual. Pero te advierto que es necesaria la presencia del secretario, y está hoy en Peñascosa.

—D. Telesforo estará aquí entre luz y luz[134.1]—dijo el señor de Meira.

—Entonces no tengo nada que objetar. Al oscurecer les espero a VV.

—Ahora, D. Cipriano—dijo el señor de Meira, inclinándose gravemente,—yo espero que nada se sabrá de lo que ha pasado aquí...

—¿Qué quiere V. decir con eso, D. Fernando?—preguntó el juez, poniéndose otra vez pálido.

D. Fernando sonrió con benevolencia.

—Nada que pueda ofender a V., señor juez... Usted es un hombre de honor y no necesita que le recomienden el secreto en los negocios que lo exigen. Quería decir únicamente que en este asunto necesitamos el mayor sigilo; que nadie sospeche nuestro propósito, ni se trasluzca absolutamente nada.

—Eso es otra cosa—repuso D. Cipriano sosegándose.

—Quedamos, pues, en que[134.2] después que anochezca nos espera V., ¿no es eso?

—Sí, señor.

—Hasta la vista, entonces.

El prócer alargó su mano al representante del tercer estamento.

—Adiós, D. Fernando: adiós, José.

Así que cerró la noche, una noche de Agosto calurosa y estrellada, D. Fernando, D. Telesforo (que había llegado oportunamente pocos momentos antes) y José, se dirigieron otra vez a casa del juez: subió D. Telesforo únicamente: aguardaron a la puerta el noble y el marinero: al poco rato salió D. Cipriano acompañado de cerca por su notable bastón[135.1] con puño de oro y borlas, y algo más lejos por el secretario del juzgado. Los cuatro, después de cambiar un saludo amical en tono de falsete, enderezaron los pasos silenciosamente por la calle arriba en dirección a la casa del maestro.

Las tabernas estaban, como siempre a tal hora, atestadas de gente: por sus puertas abiertas se escapaba la luz y rumor confuso y desagradable de voces y juramentos: nuestros amigos se alejaban de ellas cuanto podían para no ser notados. El pobre José iba temblando de miedo: él, tan sereno y tan bravo ante los golpes de mar, sentía encogérsele el corazón y doblársele las piernas al imaginar cómo se pondría la maestra viéndose burlada. Más de veinte veces estuvo para huir,[135.2] dejar que aquellos señores desempeñasen su tarea solos; pero siempre le detenía la idea de que Elisa iba a necesitar de su presencia para animarse. ¿Cómo estaría la pobrecilla en aquel momento? Al preguntarse esto José tomaba fuerzas y seguía caminando quedo en pos de los tres ancianos.

Cuando llegaron frente a la casa de la maestra, el juez se detuvo y les dijo bajando cuanto pudo la voz:

—Ahora voy a entrar yo solamente con D. Telesforo. Usted, D. Fernando, puede quedarse con José cerca de la puerta, por si hacen falta para dar valor a la chica.

Asintió el marinero de todo corazón, pues en aquel instante podía ahogársele con un cabello. D. Cipriano y D. Telesforo se apartaron de ellos; la luz de la tienda les iluminó por un momento: entraron. Un estremecimiento de susto y pavor sacudió fuertemente el cuerpo de José.

XIV

En la tienda de la maestra se habían congregado, como todas las noches a primera hora,[136.1] unos cuantos marineros y algunas mujerucas, que rendían parias a la riqueza y a la importancia de la señá Isabel: estaban además el cabo de mar y un maragato que traficaba con el escabeche. La tertulia se mantenía silenciosa y pendiente de los labios del venerable D. Claudio, el cual, sentado detrás del mostrador en un antiguo sillón de baqueta,[136.2] leía en alta voz a la luz del velón por[136.3] un libro manoseado y grasiento.

Era costumbre entre ellos solazarse en las noches de invierno con la lectura de alguna novela: las mujeres, particularmente, gozaban mucho siguiendo sus peripecias dolorosas. Porque era siempre una historia tristísima la que se narraba, y si no los tertulianos se aburrían: una esposa abandonada de su marido, que a fuerza de paciencia y dulzura consigue traerle de nuevo a sus brazos; las aventuras de un niño expósito, que al fin resulta hijo de un duque o cosa que lo valga;[136.4] los trabajos de dos enamorados a quienes la suerte persigue cruelmente muchos años. Había dos o tres docenas de estas novelas en Rodillero, que habían dado ya varias veces la vuelta al pueblo,[136.5] siempre con el mismo éxito lisonjero y con un poquito más de grasa cada día en sus folios: todas «concluían bien:» era requisito indispensable. D. Claudio, que era muy sensible a las desgracias narradas y solía llorar con[137.1] ellas, cuando estaba constipado[137.2] nunca dejaba de proponer que se leyese, con objeto de desahogar un poco la cabeza.

Titulábase la novela que ahora tenía entre las manos, Maclovia y Federico, o las minas del Tirol: era una relación conmovedora de las desdichas de dos amantes que, habiendo nacido en egregia cuna, por el rigor de sus padres se ven precisados a ganarse el sustento con las manos. Federico y Maclovia se casan en secreto: el padre de ésta, que es un príncipe de malísimas pulgas,[137.3] los persigue: huyen ellos, y Federico entra de bracero en una mina; su joven esposa le sigue con admirable valor; tienen un hijo; padecen mil dolores e injusticias: al fin el príncipe se ablanda y los redime de tanta desgracia, llevándolos en triunfo a su palacio. Las mujerucas, y hasta los hombres, estaban sumamente interesados y ansiaban saber en qué paraba.[137.4] De vez en cuando alguna de aquéllas exclamaba en tono lastimero:

—¡Ay, pobrecita mía; cuánto pasó![137.5]

La compasión era siempre para el elemento femenino de la obra.

La señá Isabel cosía como de costumbre detrás del mostrador al lado de su fiel esposo; no parecía muy apenada por las desgracias de los jóvenes amantes. Elisa también estaba sentada cosiendo; pero a menudo se levantaba de la silla con distintos pretextos, descubriendo cierta inquietud que desde luego[137.6] llamó la atención de la sagaz maestra.

—¡Pero muchacha, hoy tienes azogue![137.7]

No azogue, sino miedo y muy grande tenía la pobre. ¡Cuántas veces se arrepintió de haber cedido a los ruegos de José! Pensando en lo que iba a suceder aquella noche, sentía escalofríos; el corazón le bailaba dentro del pecho con tal celeridad, que se extrañaba de que los demás no lo advirtiesen. Había rezado ya a todos los santos del cielo y les había prometido mil sacrificios si la sacaban con bien[138.1] de aquel aprieto.—¡Dios mío—solía decirse,—que no vengan!—Y a cada instante dirigía miradas de terror a la puerta. La señá Isabel observó que unas veces estaba descolorida, y otras roja como una amapola.

—Oyes, Elisa; tú estás enferma...

—Sí, madre; me siento mal—repuso ella vislumbrando con alegría la idea de marcharse.

—Pues anda, vete a la cama... será principio de un constipado.

La joven no lo quiso ver mejor,[138.2] y soltando la obra que tenía en las manos, desapareció rápidamente por la puertecilla de la trastienda. Subió la escalera a saltos como si huyese de un peligro inminente; pero al llegar a la sala quedó petrificada oyendo en la tienda la voz de D. Cipriano.

En efecto, éste y D. Telesforo entraban en aquel instante.

—Buenas noches, señores.

—Buenas noches—contestaron todos.

La maestra quedó muy sorprendida, porque D. Telesforo hacía bastante tiempo que estaba reñido con ella y no frecuentaba la tienda. Después de un momento de silencio algo embarazoso, D. Cipriano preguntó con amabilidad:

—¿Y Elisita?

—Ahora se ha ido a la cama: se siente un poco mal—repuso la señá Isabel.

—Pues necesito hablar con ella dos palabritas—replicó el juez apelando siempre[139.1] a los diminutivos.

La maestra se puso terriblemente pálida, porque adivinó la verdad.

—Bueno, la llamaré—dijo con voz opaca[139.2] levantándose de la silla.

—No es necesario que V. la moleste; yo subiré, si es que no se ha acostado.

—Subiremos cuando V. quiera...

El juez extendió la mano como para detenerla, diciendo:

—Permítame V., señora Isabel... El negocio que vamos a tratar es reservado[139.3]... El único que debe subir conmigo es D. Telesforo.

La maestra le clavó una mirada siniestra: D. Cipriano se puso un poco colorado.

—Yo lo siento mucho, señora, pero es necesario...

Y por no sufrir más tiempo los ojos de la vieja, se apresuró a subir a la casa,[139.4] seguido del secretario.

El venerable D. Claudio, prodigiosamente afectado con aquella escena, dejó caer al suelo a la desdichada Maclovia, y ya no se acordó de recogerla. Abría los ojos de tal modo, mirando a su mujer, que era un milagro del cielo el que no se le escapasen de las órbitas.[139.5] La maestra, inmóvil, clavada al suelo en el mismo sitio en que la había dejado D. Cipriano, no perdía de vista la puerta por donde éste había salido.

—Vamos—dijo al fin con ira concentrada, pasándose la mano por el rostro;—la niña está en el celo;[139.6] hay que casarla a escape.[139.7]

—¿Cómo casarla?—preguntó D. Claudio.

Su mujer le echó una mirada de desprecio, y volviéndose a los circunstantes que estaban pasmados sin saber lo que era aquello, añadió:

—¿Qué; no se han enterado VV. todavía?... Pues está bien claro; que ese perdido de la viuda necesita cuartos, y quiere llevarme a Elisa.

José oyó perfectamente estas palabras, y se estremeció como si le hubiesen pinchado. D. Fernando trató de sosegarlo, poniéndole una mano sobre el hombro; pero él mismo estaba muy lejos de hallarse tranquilo; por más que se atusase[140.1] gravemente su luenga perilla blanca hasta arrancársela, la procesión le andaba por dentro.[140.2]

—Yo creía—dijo uno de los tertulios—que eso había concluido hacía ya mucho tiempo.

—En la apariencia sí—contestó la maestra;—pero ya ven VV. cómo se las ha arreglado[140.3] ese borrachín para engatusarla otra vez.

—Pero ese es un acto de rebelión por parte de Elisa, que merece un castigo ejemplar—saltó D. Claudio.—Yo la encerraría en la bodega y la tendría quince días a pan y agua.

—Y yo te encerraría a ti en la cuadra por borrico—dijo la señá Isabel, descargando sobre su consorte el fardo de cólera que la abrumaba.

—¡Mujer!... esa severidad... ¿a qué conduce?... Me parece que te ha cegado la pasión en este momento.

El rostro del maestro, al proferir estas palabras, reflejaba la indignación y el miedo a un mismo tiempo, y guardaba, aunque no esté bien el decirlo, más semejanza que nunca con el de un perro dogo.

Su esposa, sin hacerle caso alguno, siguió hablando con aparente calma.

—¡Vaya, ya se le contentó el antojo a la viuda!... Hay que alegrarse, porque si no, el día menos pensado se queda en un patatús.[141.1]

—¡Pero quién había de decir que una chica tan buena como Elisa!...—exclamó una de las mujerucas.

—A la pobre le han llenado la cabeza de viento—dijo la maestra.—Se figura que hay en casa torres y montones y que todos son de ella... ¡No se van a llevar mal chasco ella y su galán![141.2]

—Señora Isabel—dijo el juez, que bajaba en aquel momento,—Elisa ha solicitado el depósito para casarse y acaba de ratificarse en su petición... No me queda más remedio que decretarlo... Siento en el alma darle este disgusto... pero la ley... yo no puedo menos...

La maestra, después de mirarle fijamente, hizo un gesto despreciativo con los labios.

—No se disguste V., D. Cipriano, que va a enfermar.[141.3]

Una ola formidable de sangre subió al rostro del susceptible funcionario.

—Señora, tenga V. presente[141.4] con quien habla.

—Con el hijo de Pepa la panadera—dijo ella, bajando la voz y volviéndole la espalda.

El capitán D. Cipriano era hijo, en efecto, de una humilde panadera y había ascendido desde soldado:[141.5] no era de los que ocultasen su origen ni se creía deshonrado por esto; mas el tono de desprecio con que la maestra pronunció aquellas palabras, le hirió tan profundamente, que no pudo articular ninguna. Después de mover varias veces los labios sin producir sonido alguno, al fin rompió, diciendo en voz temblorosa:

—Cállese V., mala lengua... o por vida de Dios, que la llevo a V. a la cárcel.

La maestra no contestó, temiendo sin duda que el juez exasperado cumpliese la amenaza: se contentó con reírse frente a sus tertulios.

D. Cipriano, repuesto de su emoción dolorosa, o convaleciente por lo menos, dijo con acento imperativo:

—A ver... designe V. la persona que ha de encargarse de su hija mientras permanezca en depósito.

La maestra volvió la cabeza, le miró otra vez con desdén y se puso a cantar frente a sus amigas:

Tan tarantán, los higos son verdes.

Viendo lo cual D. Cipriano, dijo con más imperio aún:

—Venga V. acá, D. Telesforo... Certifique usted ahora mismo que la señora no ha querido designar persona que se encargue de tener a su hija en casa mientras esté depositada.

Después de dar esta orden, salió de la tienda y se fue al portal: allí estaba Elisa a oscuras y temblando de miedo. Cuando hubo hablado con ella algunas palabras, volvió a entrar.

—En uso de la facultad que la ley me concede, designo a Dª. Rafaela Morán, madrina de la interesada, para que la tenga en su poder hasta que cese el depósito.

Mientras D. Telesforo extendía estas diligencias,[142.1] los marineros y las mujerucas comenzaron a consolar a la señá Isabel y a poner infinitos comentarios y glosas a la escena que se estaba efectuando: repuestos de la sorpresa que les había producido, se les desató la lengua de forma que[143.1] la tienda parecía un gallinero.

—¡Pero cómo se atrevería esa chica a dar un paso semejante!—decía uno.

—Después de todo, ¿qué se va a hacer?... Hay que tomarlo con calma, señá Isabel...—decía una vieja que no le pesaba nada[143.2] del disgusto que la maestra padecía.

—Por mí, si estuviera en su lugar—decía otra a quien le pesaba mucho menos—no me disgustaría poco ni mucho[143.3]... Que la niña se quiere marchar de casa... ¡Vaya bendita de Dios!... Con darle lo que es suyo, estamos en paz.[143.4]

La maestra la echó una rápida mirada de ira. La vieja sonrió con el borde de los labios:[143.5] ya sabía que había herido en lo más vivo.

—Lo peor de todo es el ejemplo, D. Claudio—dijo el maragato.

—Tiene V. razón, ¡el ejemplo! ¡el ejemplo!—exclamó aquél elevando al cielo los ojos y las manos.

—A mí me daba en la nariz[143.6] que Elisa tenía algún secreto—apuntó un marinero anciano.—Por dos veces la vi hablando con D. Fernando de Meira, camino del[143.7] monte de San Esteban, y noté que en cuanto me atisbaron[143.8] echaron a correr, uno para un lado y otro para otro.

—Pues otra cosa me pasó a mí—dijo el cabo de mar.—Iba una tarde hacia Peñascosa, y a poco más de media milla de aquí me encontré a D. Fernando, en gran conversación con Elisa, y noté que acababa de separarse de ellos la viuda de Ramón de la Puente.

—¡Ya me parecía que aquí había de andar la mano del señor de la gran casa de Meira!—exclamó la maestra.

Oyendo aquel insulto, D. Fernando no pudo contenerse y entró como un huracán por la puerta de la tienda, con las mejillas pálidas y los ojos centellantes.

—¡Oiga V., grandísima pendeja; enjuáguese V. la boca antes de hablar de la casa de Meira!

—¡No lo dije yo!—exclamó la maestra soltando al mismo tiempo una carcajada estridente.—¡Ya pareció el marqués de los calzones rotos!—Y encarándose con él, añadió sarcásticamente:—¿Cuántos zoquetes de pan le han dado, señor marqués, por encargarse de este negocio?

Los tertulios rieron. El pobre caballero quedó anonadado; la cólera y la indignación se le subieron a la garganta, y en poco estuvo que no le ahogasen;[144.1] comprendió que era imposible luchar con la desvergüenza y procacidad de aquella mujer, y se salió de la tienda pálido y convulso. Pero la maestra, viendo que se le escapaba la presa, le gritó:

—¡Ande V., pobretón! Le habrán llenado la panza para servir de pantalla, ¿verdad? Ande, váyase y no vuelva, ¡gorrón! ¡pegote! ¡chupón!

El noble señor de Meira, al recibir por la espalda aquella granizada de injurias, se volvió, agitó los puños y tuvo fuerzas para preguntar:

—¿Pero no hay quien clave un hierro candente en la lengua a esa infame mujer?

Al decir esto recordaba, sin duda, los terribles castigos que sus antepasados infligían a los villanos insolentes. Pero en la tienda, estas aterradoras palabras fueron acogidas con una risotada general.

D. Telesforo, en tanto,[145.1] había concluido de escribir. El juez, cada vez más ofendido con la maestra, dijo al secretario:

—Haga V. el favor de notificar a la madre de la joven que debe entregar la cama y la ropa de su uso.

—Yo no entrego nada, porque lo que hay en casa es mío—dijo la vieja poniéndose seria.

—Dígale V. a la señora—continuó el juez, dirigiéndose a D. Telesforo,—que eso ya se verá: por lo pronto,[145.2] que entregue la cama y la ropa que la ley concede a la depositada.

—Pues yo no entrego nada.

—¡Pues se lo tomaremos!—exclamó D. Cipriano exasperado.—A ver: dos de VV. que vengan conmigo a servir de testigos...

Y señalando a un par de marineros, les obligó a subir con él al cuarto de Elisa. Ésta sollozaba en el portal escuchando con terror los atroces insultos que a ella, a su novio y a la familia de éste lanzaba su madre dando vueltas[145.3] por la tienda como una fiera.

Al cabo de un instante bajó D. Cipriano.

—Elisa, sube conmigo a señalar tu ropa.

—¡Por Dios, señor juez! Déjeme V. por Dios! No quiero llevarme nada...

D. Cipriano, respetando el dolor de la joven y su delicadeza, no quiso insistir. Pero se fue a la calle en busca de José, le llevó arriba y le hizo cargar con la ropa y la cama de Elisa. Después sacó a ésta del portal, la colocó entre D. Fernando de Meira y él, y se dirigieron a casa de la madrina escoltados por el secretario y algunas mujeres y marineros que se habían juntado a la puerta de la tienda. José marchaba delante trotando con su grata carga.

XV

Trascurrieron los tres meses que la ley señala para esperar el consejo paterno: no se pasaron tan alegres como podía presumirse. Elisa no estaba contenta en casa de su madrina: era una vieja egoísta e impertinente que no cesaba en todo el día de reñir con las gallinas, con el cerdo y con los gatos. Acostumbrada a este gruñir y rezar constante, pronto consideró a su ahijada como uno de tantos animales domésticos, y le prodigó los mismos discursos: de vez en cuando le echaba en cara directa o indirectamente el favor que la hacía; favor que la joven había prometido pagar cuando estuviese en posesión de sus bienes. Además, la rebelión contra su madre la traía pesarosa;[146.1] sentía remordimientos; lloraba a menudo; más de una vez se sintió tentada a volverse a casa, echarse a los pies de señá Isabel y pedirla perdón. José la sostenía con su pasión enérgica y dulce a la par[146.2] en estos momentos de flaqueza, tan propios en una hija buena y sencilla. No salía apenas a la calle: sólo a la hora del oscurecer, cuando su novio venía de la mar, hablaba algunos cortos instantes con él a la puerta de casa, delante de su madrina, quien no se alejaba un punto de ellos, más por el gusto de estorbarles, que para guardar a su ahijada. Tal vez que otra, muy rara,[146.3] salían de paseo los tres por algún camino extraviado, de suerte que nadie los viese: la inocente muchacha imaginaba que su conducta era juzgada severamente en Rodillero, y que todos la reprobaban. No era verdad: los vecinos del lugar, sin faltar uno, hallaban justificada su resolución, y se habían alegrado no poco de ella: la maestra era generalmente odiada.

Hubo un suceso también que les impresionó dolorosamente, lo mismo a ella que a José, y que hizo bastante ruido en el pueblo. D. Fernando de la casa de Meira había desaparecido de Rodillero pocos días después de haberse depositado a Elisa; de nadie se despidió, y nadie supo a dónde se había dirigido: todas las indagaciones que se hicieron para averiguar su paradero, fueron infructuosas. José experimentó un gran disgusto: precisamente tenía ya ahorrados de la costera del bonito cerca de tres mil reales que pensaba darle en seguida a cuenta de los diez mil que de él había recibido, figurándose, no sin razón, que los dineros con que se había quedado[147.1] de los catorce mil que D. Anacleto le había pagado por la casa, andarían muy cerca de concluirse. Volvíase loco pensando que acaso hostigado por la necesidad, y no queriendo de vergüenza pedirle nada, se habría huido por el mundo[147.2] el buen caballero a quien tantos favores debía. Salió expeditamente él mismo en su busca, abandonando para ello lancha y trabajo; pero después de recorrer durante cuatro días todos los contornos y haber extendido la excursión a varios puntos distantes de la provincia preguntando en todos los parajes, viose necesitado a regresar sin saber nada. Esto le tenía muy apesadumbrado.

La costera del bonito había sido tan buena aquel año como el anterior: la lancha que José había comprado a un armador vizcaíno, trabajó admirablemente todo el verano: la compaña, en la cual figuraban como antes el satírico Bernardo y el tremendo Corsario, estaba contentísima, no sólo por las ganancias que percibía, sino por ver al pobre José, a quien todos apreciaban de veras, al cabo de sus desgracias y en vísperas de ser feliz. Repetíase sin notables variantes lo que pasaba en el comienzo de esta historia: Bernardo embromaba a sus compañeros, y en particular al Corsario, con faramallas divertidas como la de la piedra de marras:[148.1] José no salía tampoco ileso de ellas. A menudo le preguntaba:—¿Pero cuándo vemos esa comedia, muchacho? Mira tú que se van a marchar los cómicos.—Todos estaban al tanto de lo que aquello significaba, y reían, recordando la promesa que José les había hecho el año anterior, de darles dinero el día de su matrimonio para ir a Sarrió a ver una función de teatro. La única diferencia, y de ello no les pesaba nada, era que este año había mucha sardina: los viejos, mientras ellos corrían por la altura aferrando bonitos, se mantenían cerca de la costa, con las barcas chicas, y mañana y tarde solían volver a casa cargados de pescado. En pocos meses había entrado mucho dinero en el pueblo: las fábricas de escabeche funcionaban noche y día; no se veían por la calle sino maragatos y carros atestados de barriles. El cuerno de la abundancia se había vaciado de golpe sobre Rodillero; y, como sucedía siempre en tales casos, en vez de separar una parte de las ganancias para comer en los días de miseria, todas se invertían en las tabernas y en el mercado. Entre los pescadores no se conoce apenas el ahorro; pero hay disculpa para ello: el peligro constante en que viven les arranca la facultad de prever, que tan desarrollada está entre los campesinos; el trabajo rudo y sombrío a que se entregan les hace apetecer con ansia los momentos de expansión y la alegría ruidosa que el vino comunica.

Sucedió lo que era de esperar: en pos de los bienes, los males. Terminada la costera del bonito, y también casi dando las boqueadas[149.1] la de la sardina, quedaron las lanchas paradas algún tiempo esperando la merluza y el congrio. Los marineros, durante este tiempo de holganza, vivían en las tabernas o se paseaban en pandillas, según su costumbre, por las riberas de la mar escrutando y dando su opinión sobre las velas que cruzaban por el horizonte. En estos días se comieron lo que les restaba de los pingües quiñones del verano.

Pero el invierno no se presentó benigno. Cuando empezaron a salir al congrio y la merluza, volvían la mayor parte de los días sin nada o con muy poco pescado. Además, en varias ocasiones sintieron algunos latigazos del Noroeste, que les puso en cuidado. Dejaron entonces de pescar, y aguardaron que llegase la época propicia para el besugo. El mes de Diciembre siguió aún más rudo y tornadizo[149.2] que el de Noviembre; mas como no había otro remedio que ir a la mar, bajo pena de morirse de hambre o salir a pedir limosna por las aldeas, cosa que solamente hacían en el último aprieto, comenzaron a trabajar en la pesca del besugo, aunque recelosos y prevenidos para cualquier evento. El tiempo fue de mal en peor: algunos días serenos llegaban que les hacían concebir esperanzas de mejoría; pero al instante se cambiaba y volvía a mostrarse con cariz feo y huraño.[150.1] Cierta especie propalada por el lugar les infundió aún más recelo: se decía que un muchacho había visto varias noches salir de la ribera tres de las lanchas, tripuladas por hombres vestidos de blanco, y que al cabo de dos o tres horas las veía entrar de nuevo solas. No es fácil representarse el terror que esta noticia produjo en el pueblo, sobre todo entre las mujeres: los hombres también estaban tristes y medrosos, pero lo disimulaban.

A la general tristeza que en el pueblo reinaba, y de la cual participaban, no en pequeña porción, Elisa y José, se añadió para éstos una desgracia que les conmovió hondamente: se supo de modo evidente[150.2] que D. Fernando de Meira había sido encontrado muerto en un camino de sierra, allá hacia la montaña[150.3] de León. Se dio por supuesto[150.4] entre los vecinos que el caballero iría[150.5] a buscar dinero a réditos[150.6] por la noche, según su costumbre, y se habría matado[150.7] de una caída; pero algunos, sin respeto a la memoria del comendador de Villaplana, del procurador de las Cortes de Toro, del presidente del Consejo de Italia y del oidor de la Audiencia de Méjico, aseguraban que D. Fernando iba pidiendo limosna y se había muerto de hambre y de frío. Sea de esto lo que quiera,[150.8] su muerte causó en todo el pueblo triste impresión, porque era universalmente querido. Elisa le lloró como a un padre, y José anduvo muchos días caviloso[150.9] y taciturno. Pero al cabo, los preparativos de boda consiguieron secar las lágrimas de ambos y ocupar exclusivamente su atención. Habían pensado casarse en los primeros días de Diciembre; mas no fue posible por algunas dificultades que el cura puso y necesitaron vencer; y también porque no hallaron casa. José no quería de modo alguno vivir con su madre, pues conociéndole el genio, sabía que Elisa iba a tener disgustos, por más que aquélla ya la amase entrañablemente. Quedó aplazado el matrimonio para año nuevo. Los preliminares, tan sabrosos siempre para los enamorados, no lo fueron tanto en esta ocasión por las particulares circunstancias en que se hallaban y por la atmósfera de tristeza que pesaba sobre el pueblo.

El tiempo vino tan recio[151.1] y la desconfianza de la marinería era tanta, que reunidos los patrones de las lanchas, acordaron velar todas las noches tres de ellos, para reconocer atentamente el estado de la mar y del cielo, y en vista de sus observaciones, decidir si se había de llamar a la gente o no. Además, como generalmente se salía antes de amanecer, se previno que la lancha que saliese primero o fuese delante pusiese una luz en la proa, en caso de que hallase peligroso el continuar, la cual serviría de señal a las otras para volverse al puerto. Dos noches antes del suceso que vamos a narrar le tocó a José hacer la guardia con otros dos; vieron malo el cariz y no quisieron avisar. Pero como hacía ya algunos días que estaba la pesca parada y comenzaba a dejarse sentir el hambre, algunos murmuraron en la taberna de esta determinación; el día había mejorado un poco, aunque no mucho. Por la noche se quedaron de vela otros tres patrones, los cuales vacilaron mucho tiempo antes de dar al muchacho la orden de revolver,[151.2] porque el semblante era feo y sucio como pocas veces; mas al fin la dieron, pensando en la miseria de la gente o temiendo acaso las murmuraciones.

José fue uno de los primeros que llegaron a la ribera.

—¡Ave María, qué barbaridad![152.1]—exclamó, mirando al cielo.—¡Vaya una noche que han escogido para salir a la mar!

Pero era demasiado prudente para alarmar a sus compañeros, y demasiado bravo para negarse a salir. Se calló, y ayudado de sus compañeros botó al agua la lancha: como estaba la más próxima, quedó a flote y aparejada la primera. En cuanto la compaña estuvo a bordo, comenzaron a bogar. Eran más hombres que en el verano, lo cual sucede siempre, tanto porque en el invierno la gente no se reparte en otras faenas, cuanto porque a causa de las frecuentes calmas, es preciso que haya bastantes remos en las lanchas. En la de José iban catorce.

Después que se hubieron apartado del puerto una milla, José dio la orden de izar vela. Las lanchas asturianas llevan siempre cinco, que son por orden de magnitud: la mayor, la cebadera, el trinquete, el borriquete y la unción,[152.2] las cuales se combinan diversamente según la fuerza del viento: la unción, que es la más pequeña, lleva este nombre terrible, porque se iza sola cuando están a punto de perecer.

—¿Qué izamos, José?—preguntó uno.

—Los trinquetes—respondió éste secamente.

Los marineros pusieron la cebadera en el medio y el trinquete en la proa, pues tal era lo que la orden significaba.

La noche estaba oscura, pero no encapotada; el cielo se mostraba despejado a ratos; las nubes negras y redondas corrían con extraña velocidad, lo cual manifestaba claramente que el viento soplaba huracanado arriba, por más que abajo no se hubiese aún dejado sentir con fuerza. Esto tenía sumamente inquieto y preocupado a José, quien no apartaba la vista del cielo. Iban todos silenciosos y tristes; el frío les paralizaba las manos, y el temor, que no podían ocultar, la lengua; echaban también frecuentes miradas al firmamento, por donde corrían cada vez con más furia las nubes; la mar estaba gruesa y sospechosa.

Así caminaron un cuarto de hora, hasta que José rompió de súbito el silencio lanzando una interjección.

—...¡Esto es una porquería! ¡Hoy no salen a la mar ni los perros!

Tres o cuatro marineros se apresuraron a decir:

—Tienes razón.—Es un tiempo cochino.—Está bueno para los cerdos, no para los hombres.

—Por nosotros, José—concluyó diciendo uno,—no sigas adelante... Si te parece, da la vuelta[153.1]...

José no respondió: siguió callado unos minutos hasta que, levantándose de pronto, dice en tono resuelto:

—Muchacho, enciende ese farol... A cambiar.[153.2]

El rapaz encendió el farol, y lo colocó en la proa con visible satisfacción. Los marineros ejecutaron la maniobra, satisfechos también, aunque sin mostrarlo.

La lancha comenzó a navegar orzada hacia Rodillero. Al instante vieron encendidas, allá a lo lejos, unas después de otras, las luces de todas las lanchas. Esto significaba que todas habían visto la señal y se volvían al puerto.

—¡Si no podía menos![153.3]—dijo uno.

—¡Quién va con ganas a la mar hoy!—dijo otro.

—Pero esos borricos de Nicolás y Toribio, ¿por qué mandaron revolver?

Se les había desatado la lengua a todos. Mas después de caminar un rato hablando, observó José por sotavento el bulto de una lancha que pasaba no muy lejos de la suya, sin luz en la proa.

—Alto, muchachos—dijo.—¿Qué diablos es esto? ¿A dónde va esa lancha?

—Pregunta.

El patrón se puso en pie y haciendo con las manos una bocina, gritó:

—¡Ah de la lancha![154.1]

—¿Qué quieres, José?—contestó el de la otra, que le conoció por la voz.

—¿A dónde vas, Hermenegildo?—preguntó José, que también le había conocido.

—A la playa—repuso el otro acercándose cuanto pudo.

—¿Pero no habéis encendido los faroles después que yo lo puse?[154.2]

—Sí, pero conozco muy bien a este pueblo: te habrán enseñado los faroles, sin hacer maldito el caso[154.3]... ¿Cuánto me apuestas a que todos los barcos amanecen hoy[154.4] en la playa?

—¡Malditos envidiosos!—exclamó José por lo bajo, y dirigiéndose a la tripulación:—A cambiar otra vez... El día menos pensado va a haber una desgracia por estas cicaterías...

Los marineros ejecutaron la maniobra de mal humor.

—¿No te dije muchas veces, José—apuntó Bernardo,—que en este pueblo cualquiera se queda tuerto porque el vecino ciegue?[154.5]

El patrón no contestó.

—Lo gracioso[154.6] es—observó otro—que esos babiecas piensan que van a engañarse, cuando aquí al que más y al que menos, le duelen los riñones de saber con qué bueyes ara.[155.1]

—La risa será cuando nos veamos todos, así que amanezca—añadió un tercero.

—Ya veréis si cualquier día sucede algo—dijo otra vez José,—cómo[155.2] no ha de faltar a quien echar la culpa.

—Eso siempre—repuso Bernardo con gravedad cómica.

Después de estas palabras reinó silencio en la lancha. Los marineros contemplaban taciturnos el horizonte: el patrón observaba cuidadosamente el cariz y se mostraba cada vez más inquieto, apesar de que hubo un instante en que el cielo apareció despejado casi por entero. Pero no tardó en cubrirse de nuevo. Sin embargo, el viento no soplaba duro sino arriba: hacia el amanecer también aquí se calmó. La aurora fue triste y sucia como pocas: la luz se filtraba con enorme trabajo por una triple capa de nubes.

Cuando llegaron a la playa, vieron en efecto a casi todas las lanchas de Rodillero que ya habían echado al agua las cuerdas y pescaban no muy lejos unas de otras. Hicieron ellos otro tanto[155.3] después de arriar las velas, y metieron a bordo durante dos horas algunos besugos; no muchos. A eso de las diez se ennegreció más el cielo y cayó un chubasco que arrastró consigo un poco de viento: a la media hora vino otro y el viento sopló más fuerte. Entonces algunas lanchas recogieron los aparejos, e izaron vela poniendo la proa a tierra: las demás, unas primero y otras después, siguieron el ejemplo.

—Para este viaje no necesitábamos alforjas—dijo un compañero de José, amarrando de mal humor el puño del borriquete[156.1] a la proa.

Estaban a unas diez o doce leguas de la costa. Antes de haberse acercado dos millas a ella, vieron que el cielo se ennegrecía fuertemente hacia el Oeste: fue tal la negrura, que los marineros se miraron unos a otros despavoridos.

—¡Madre del alma, lo que allí viene!—exclamó uno.

José había mandado desde el principio, por precaución, izar los borriquetes, esto es, el trinquete en el medio y el borriquete a proa. Miró fijamente al Oeste: la negrura se iba acercando rápidamente. Cuando sintió en el rostro el fresco que precede al chubasco, se puso en pie gritando:

—¡Arriar en banda escotas y drizas![156.2]

Los marineros, sin darse cuenta tan cabal del peligro, se apresuraron, no obstante, a obedecer. Las velas cayeron pesadamente sobre los bancos: y fue bien a punto,[156.3] porque una ráfaga violentísima cruzó silbando por los palos y empujó con fuerza el casco de la embarcación. Los marineros dirigieron una mirada a José, que era un voto de gracias y confianza.

—¡Cómo has olido el trallazo recondenado![156.4]—dijo uno.

Pero al dirigir la vista al mar, observaron que una de las lanchas había zozobrado: otra vez volvieron los rostros a José, pálidos como difuntos.

—¿Has visto, José?—le preguntó uno con voz ronca y temblorosa.

El patrón cerró los ojos en señal de afirmación. Pero el rapaz que estaba a proa, al enterarse de lo que había ocurrido, comenzó a lamentarse a voces.

—¡Ay Virgen Santísima! ¿qué va a ser[157.1] de nosotros? ¡Madre mía! ¿qué va a ser de nosotros?

José, encarándose con él, los ojos centelleantes de cólera, gritó:

—¡Silencio, cochino, o te echo al agua ahora mismo!

El chiquillo, asustado, se calló.

—Traed[157.2] el borriquete al medio y la unción a proa—ordenó después.

Así se hizo rápidamente: José arribó[157.3] cuanto pudo, teniendo cuidado de no perder la línea de Rodillero: la lancha comenzó a navegar con extraordinaria velocidad, porque el viento soplaba impetuoso y cada vez más recio. No se pasaron muchos minutos sin que se levantase una formidable marejada o mar del viento, que les impidió ver el rumbo de las otras lanchas: a intervalos cortos llovía copiosamente. La salsa les incomodaba bastante y fue necesario que varios hombres se empleasen constantemente en achicar el agua; pero José atendía más al viento que a ésta: soplaba tan desigual y traidoramente, que al menor descuido estaba seguro de zozobrar: otras dos veces se vio precisado a arriar de golpe las velas para eludir la catástrofe. Últimamente, viendo la imposibilidad de navegar con dos velas, mandó izar sola la unción. Los marineros le miraban consternados: a varios de ellos les temblaban las manos al ejecutar la maniobra.

—Hay que arribar del todo—dijo José, con la voz ronca ya por los gritos que había dado.—No podemos entrar en Rodillero. Entraremos en Sarrió.

—Me parece que ni en Sarrió tampoco—repuso un viejo por lo bajo.

—Nada de amilanarse,[158.1] muchachos: ¡ánimo, que esto no es nada!—replicó el patrón con energía.

Desde el momento en que se resignaron a no entrar en Rodillero y pusieron la popa al viento, éste ya no dio cuidado, máxime llevando tan poquísimo trapo. Pero el mar comenzaba a inspirar mucho miedo: la marejada, ayudada de la mar gruesa de la noche, se había convertido en verdadera mar de fondo, terrible e imponente. Los golpes que recibían por la popa eran tan fuertes y continuados, que al fin hubo necesidad de orzar un poco, presentando el costado a las olas: de otra suerte corrían peligro inminente de que la lancha se anegase: así y todo,[158.2] muchos de ellos no cesaban de achicar agua. El movimiento de ésta seguía aumentando; las olas eran cada vez más altas; la lancha desaparecía debajo de ellas y por milagro volvía a salir. Uno de los golpes les llevó el timón: José tomó apresuradamente el que tenía de reserva; pero al engancharlo, otro golpe se lo arrancó de las manos y metió dos o tres pipas de agua a bordo.

El rapaz volvió a exclamar sollozando:

—¡Ay, madre de mi alma, estamos perdidos!

José le arrojó la caña del timón, que había quedado sobre el banco, a la cabeza.

—¡Cállate, ladrón, o te mato!

Y viendo en los rostros de algunos compañeros señales de terror, les dijo echándoles una mirada feroz:

—¡Al que me dé un grito, le retuerzo el pescuezo!

Aquella ferocidad era necesaria: si el pánico se apoderaba de la compaña y dejaba un instante de achicar, se iban a pique sin remedio.

Para sustituir al timón, puso un remo en la popa. Con las velas izadas, es de todo punto[159.1] imposible gobernar con el remo; pero como no llevaban más que la unción, pudo, a costa de grandes esfuerzos, sujetar la lancha. Cada golpe que recibían, metía una cantidad extraordinaria de agua a bordo; y apesar de que un hombre, trabajando bien, puede achicar con el balde una pipa en ocho o diez minutos, era imposible echarla toda fuera; les llegaba casi siempre cerca de la rodilla. José no cesaba un momento de gritar, con la poca voz que le quedaba:

—¡Achicar, muchachos, achicar! ¡Ánimo, muchachos!... ¡achicar, achicar!

Una oleada llevó la boina a Bernardo.

—¡Anda—dijo éste con rabia,—que pronto irá la cabeza!

La situación era angustiosa: aunque procuraban disimularlo, el terror se había apoderado de todos igualmente: Entonces José, viendo que las fuerzas les iban a faltar muy pronto, les dijo:

—Muchachos, estamos corriendo un temporal deshecho;[159.2] ¿queréis que acudamos al Santo Cristo de Rodillero para que nos saque de él?

—Sí, José—contestaron todos con una precipitación que mostraba la congoja de su espíritu.

—Pues bien; le ofreceremos ir descalzos a oír una misa, si queréis... Pero es menester que esto sirva para darnos valor... Nada de asustarse. ¡Ánimo y achicar, achicar, muchachos!

La oferta les dio confianza y siguieron trabajando con fe; de tal modo que en pocos minutos echaron la mayor parte del agua fuera y la lancha quedó desahogada. José observó que el palo del medio les estorbaba.

—Vamos a desarbolar del medio[160.1]—dijo, y él mismo se abalanzó a poner las manos en el mástil.

Pero en aquel instante vieron con espanto venir hacia ellos una ola inmensa, alta como una montaña y negra como una cueva.

—¡José, ya no hay comedia![160.2]—exclamó Bernardo resignado a morir.

El golpe fue tan rudo, que hizo caer de bruces a José, batiéndolo contra los bancos: la lancha quedó inundada, casi entre aguas. Pero aquél, aunque aturdido, se alzó bravamente gritando:

—¡Achicar, achicar! Esto no es nada.

XVI

¿Qué pasaba en Rodillero?

Las pocas lanchas que habían obedecido a la señal de José, regresaron al puerto antes del amanecer: sus tripulantes quedaron corridos y pesaroso al ver que tan ruinmente se les había engañado; mucho más con la matraca que las mujeres les dieron en casa.

—¡Siempre habías de ser tú el tonto! ¡Cuándo acabarás de saber con quién tratas, hombre de Dios?[160.3] ¡Ya verás qué marea hoy... ya lo verás!

Ellos callaban, según su costumbre, reconociendo la verdad que las asistía,[160.4] y haciendo juramento interior de no caer otra vez en el lazo.

Pero al entrar el día se modificó un poco la opinión: era tan triste el aspecto del mar, y el cariz tan feo, que ya no les pesó mucho de la holganza. Cuando envuelto en un chubasco se sintió en el pueblo el primer ramalazo del Noroeste, algunos se volvieron a sus esposas sonriendo:

—¿Qué te parece? ¿Te gustaría que anduviese por la mar ahora, verdad?

Les tocó entonces callar a ellas. El segundo ramalazo, mucho más fuerte que el primero, puso en conmoción al vecindario. Acudieron hombres y mujeres a la ribera, y desde allí, a despecho del agua que caía a torrentes, subieron a San Esteban. El miedo y la zozobra se pintó tan pronto en todos los semblantes, que advertía bien claramente del desasosiego supersticioso que había reinado en el lugar todo el invierno. Las mujeres miraban con el rabillo del ojo a los marineros viejos: estos torcían el hocico.[161.1] Algunas se arrojaban a preguntar:

—¿Hay cuidado, tío Pepe?

El tío Pepe, sin apartar los ojos del horizonte, contestaba:

—Muy bueno no está... Pero la mar no dijo todavía «aquí estoy.»

Lo dijo, sin embargo, más pronto de lo que se pensaba. La tormenta vino repentina, furiosa; la mar se revolvió en un instante de modo formidable, y comenzó a romper en los Huesos de San Pedro, que era el bajo[161.2] más cercano a la costa: al poco tiempo rompió también en el Cobanín, que era el más próximo por el otro lado de la ensenada. La muchedumbre que coronaba el monte de San Esteban contempló con pavor los progresos de la borrasca: algunas mujeres comenzaron a llorar.

Sin embargo, no había aún motivos para afligirse, al decir de los prácticos; el puerto se hallaba enteramente libre; con tal que no zozobrasen (y esto era cuenta de ellos,[162.1] pues estaba en su mano el evitarlo), podían entrar sin peligro en Rodillero. Alguno apuntó:

—¿Y los golpes de mar? ¿Tendrán tiempo a achicar el agua?

—¡Vaya si hay tiempo![162.2]... Pero no parece más que no hemos visto mares hasta ahora! No hay pueblo como éste para alborotarse por nada—dijo un marinero bilioso.

La energía con que pronunció estas palabras hizo callar a los pesimistas y tranquilizó un poco a las mujeres. Desgraciadamente, duró poco su triunfo: a los pocos minutos la mar rompía en el Torno, otro de los bajos de la barra.

Cerca de la capilla de San Esteban había una casucha que habitaba un labrador encargado por el gremio de mareantes, mediante un cortísimo estipendio anual, de encender las hogueras que servían de señal en los días o noches de peligro. Este labrador, aunque se había embarcado pocas veces, conocía la mar como cualquier práctico. Después de observarla con atención un buen rato y haber vacilado muchas veces, sacó de la corralada[162.3] de su choza una carga de retama seca y tojo, la colocó en lo más alto del monte y la dio fuego. Era el primer aviso para los pescadores.

Elisa, que se hallaba entre la muchedumbre, cerca de su madrina, al ver la hoguera sintió que el corazón se le apretaba; acordose de la terrible maldición de la sacristana, y todos los presentimientos tristes y terrores supersticiosos que dormían en su alma, despertaron de golpe. Procuró, no obstante, reprimirse, por vergüenza, pero comenzó a recorrer los grupos escuchando con mal disimulada ansiedad los pareceres de los marineros: cada frase la dejaba yerta.

Entre las gentes se hablaba poco y se miraba mucho; el viento les azotaba la cara con las últimas gotas del chubasco. La mar crecía rápidamente: después de romper en los Huesos de San Pedro, en el Cobanín y en el Torno, rompió también en otro bajo más separado de la costa.

—¡Rompió en la Furada!... Manuel, puedes encender otra hoguera—exclamó un marinero.

Manuel corrió a casa de nuevo, trajo otra carga de tojo y la encendió cerca de la primera. Esto era señal de peligro inminente: si los que estaban en la mar no se daban prisa a meterse en el puerto, se exponían a que se les cerrase pronto.

—¿Se ve alguna lancha, Rafael?—preguntó una joven, por cuyas mejillas rodaban dos gruesas lágrimas.

—Por ahora no; la salsa nos quita mucho la vista.

Ni una vela parecía en el horizonte: el afán, la angustia embargaban de tal modo a los espectadores, que se pasaban algunos minutos sin que una voz se alzase entre ellos: todos tenían la vista clavada en el Carrero,[163.1] un corto espacio que la barra de Rodillero tenía libre, y por donde las lanchas entraban a seguro cuando la mar estaba picada. Elisa sentía algunas gotas de sudor frío en la frente, y se agarraba fuertemente a su madrina para no caerse.

Así trascurrió un cuarto de hora. De pronto de aquella muchedumbre salió un grito, un lamento más débil pero más triste que los rumores del Océano. Una ola acababa de romper en el Carrero. La barra no era ya más que una franja espumosa: el puerto estaba cerrado.

Manuel, pálido, silencioso, fue a buscar una nueva carga y la encendió al lado de las otras dos. La lluvia había cesado enteramente y las hogueras ardían animadas por el viento.

Elisa, al escuchar aquel grito, se estremeció, y por un movimiento irresistible semejante a inspiración, se alejó corriendo de aquella escena, bajó a saltos el sendero de los pinos, atravesó el pueblo solitario, subió la calzada de la iglesia y llegó desalada y jadeante a sus puertas. Se detuvo un instante a tomar aliento; después hizo la señal de la cruz, dobló las rodillas y sobre ellas entró caminando por la nave del templo hasta el altar mayor; pero en vez de parar allí torció a la derecha y comenzó a subir penosamente la escalera de caracol[164.1] que conducía al camarín del Cristo. Era la escalera de la penitencia y sus peldaños de piedra estaban gastados ya por las rodillas de los devotos; las de Elisa cuando llegó arriba chorreaban sangre.

El camarín era una pieza oscura, tapizada de retratos y ofrendas, con una ventana enrejada, abierta sobre la iglesia, por donde los fieles veían la veneranda imagen los días que se oficiaba en su altar. El Santo Cristo se hallaba, como de ordinario, tapado por una cortina de terciopelo: Elisa corrió con mano trémula esta cortina y se prosternó. Poco rato después, unas tras otras, fueron entrando en la estancia muchas mujeres y prosternándose igualmente en silencio. Algún sollozo, imposible de reprimir, turbaba de vez en cuando el misterio y la majestad del adoratorio.

Por la tarde aplacó un poco la mar, y gracias a esto pudo, aunque con peligro, entrar un grupo numeroso de lanchas en Rodillero: más tarde entraron otras cuantas, pero al cerrar la noche faltaban cinco: una de ellas era la de José. Los marineros, que sabían a qué atenerse acerca de su suerte, porque habían visto perecer alguna, no se atrevían a decir palabra y contestaban con evasivas[165.1] a las infinitas preguntas que les dirigían: ninguno sabía nada; ninguno había visto nada. La ribera siguió llena de gente hasta las altas horas de la noche;[165.2] pero según avanzaba ésta, iba creciendo el desaliento. Poco a poco también la ribera se fue despoblando; sólo quedaron en ella las familias de los que aún estaban en la mar. Al fin éstas, perdida casi enteramente la esperanza, abandonaron la playa y entraron en el pueblo con la muerte en el alma.

¡Horrible noche aquélla! Aún suenan en mis oídos los ayes desgarradores de las esposas infelices, de los niños que llamaban a sus padres. El pueblo ofrecía un aspecto sombrío, espantoso: la gente discurría por la calle en grupos, formaba corros a la puerta de las casas; todos se hablaban a voces. Las tabernas estaban abiertas, y en ellas los hombres disputaban acaloradamente, echándose unos a otros la culpa de la desgracia. De vez en cuando, una mujer desgreñada, convulsa, cruzaba por la calle lanzando gritos horrorosos que erizaban los cabellos. Dentro de las casas también sonaban gemidos y sollozos.

A este primer momento de confusión y estrépito, sucedió otro de calma, más triste aún y más aciago, si posible fuera. La gente se fue encerrando en sus viviendas, y el dolor tomó un aspecto más resignado. ¡Dentro de aquellas pobres chozas, cuántas lagrimas se derramaron! En una de ellas, una pobre vieja, que tenía a sus dos hijos en la mar, lanzaba chillidos tan penetrantes, que las pocas personas que cruzaban por la calle se detenían horrorizadas a la puerta; en otra, una infeliz mujer que había perdido a su marido, sollozaba en un rincón, mientras dos criaturitas de tres o cuatro años jugaban cerca comiendo avellanas.

Cuando Dios amaneció,[166.1] el pueblo parecía un cementerio. El cura hizo sonar las campanas llamando a la iglesia, y concertó, con los fieles que acudieron, celebrar al día siguiente un funeral[166.2] por el reposo de los que habían perecido.

Pero hacia el medio día corrió la voz, sin saber quién la trajera, de que algunas lanchas de Rodillero habían arribado[166.3] al puerto de Banzones, distante unas siete leguas. Tal noticia causó una emoción inmensa en el vecindario: la esperanza, muerta ya, renació de pronto en todos los corazones. Tornaron a reinar la confusión y el ruido en la calle; despacháronse propios veloces para que indagasen la verdad; los comentarios, las hipótesis que se hacían en los corrillos eran infinitos. El día y la noche se pasaron en una ansiedad y congoja lastimosas; las pobres mujeres corrían de grupo en grupo, pálidas, llorosas, queriendo sorprender en las conversaciones de los hombres algo que las animase.

Por fin, a las doce llegó la nueva de que eran dos lanchas solamente las que habían arribado a Banzones. ¿Cuáles? Los propios no lo sabían o no querían decirlo. Sin embargo, al poco rato comenzó a cundir secretamente la noticia de que una de ellas era la de José, y otra la de Toribio.

Allá, a la tarde, [167.1] un muchacho llegó desalado, cubierto de sudor y sin gorra.

—¡Ahí están, ahí están!

—¿Quiénes?

—¡Muchos, muchos! ¡Vienen muchos!—acertó a decir con trabajo, pues le faltaba respiración.—Estarán ahora en Antromero.

Entonces se operó una revolución indescriptible en el pueblo: los vecinos todos, sin exceptuar uno, salieron de sus casas, se agitaron en la calle breves instantes con estruendo, y formando una masa compacta, abandonaron presurosos el lugar. Aquella masa siguió el camino de Antromero, orillas de la mar, en un estado de agitación y angustia que es difícil representarse. Los hombres charlaban, haciendo cálculos acerca del modo que habrían tenido sus compañeros de salvarse: las mujeres iban en silencio arrastrando a los niños que se quejaban en vano de cansancio. Después de caminar media legua, en cierto paraje descubierto, alcanzaron a ver a lo lejos un grupo de marineros que hacia ellos venían con los remos al hombro. Un clamor formidable salió de aquella muchedumbre. El grupo de los pescadores respondió ¡hurra! agitando en el aire las boinas. Otro grito de acá; otro en seguida de allá. De esta suerte se fueron acercando a toda prisa y muy pronto llegaron a tocarse.

¡Escena gozosa y terrible a la vez! Al confundirse el grande y el pequeño grupo, estallaron a un tiempo ayes de dolor y gritos de alegría. Las mujeres abrían los ojos desmesuradamente buscando a los suyos, y no hallándolos, rompían en gemidos lastimeros y se dejaban caer al suelo retorciéndose los brazos con desesperación: otras, más afortunadas, al tropezar con el esposo de su alma, con el hijo de sus entrañas, [168.1] se arrojaban a ellos como fieras, y permanecían clavadas a su pecho sin que fuerza en el mundo fuera bastante a despegarlas. Los pobres náufragos, objeto de aquella calurosa acogida, sonreían queriendo ocultar su emoción, pero las lágrimas les resbalaban, a su pesar, por las mejillas.

Elisa, que iba entre la muchedumbre, al ver a José, sintió en la garganta un nudo tan estrecho,[168.2] que pensó ahogarse: llevose las manos al rostro y rompió a sollozar procurando no hacer ruido. El marinero sintiose sujeto, casi asfixiado por los brazos de su madre: mas por encima del hombro de ésta, buscó con afán a su prometida. Elisa levantó el rostro hacia él y sus ojos se encontraron y se besaron.

Pasado el primer momento de expansión, aquella masa de gente tornó a paso lento hacia el pueblo. Cada uno de los náufragos viose rodeado inmediatamente por un grupo de compañeros, los cuales se enteraban por menudo[168.3] y con interés de las peripecias de la jornada:[168.4] sus mujeres iban detrás; algunas veces para cerciorarse de que los tenían vivos les llamaban por su nombre, y al volver ellos el rostro no tenían qué decirles.

Aquella misma tarde se convino dar gracias a Dios al día siguiente con una solemne fiesta. Resultó que casi todos los marineros salvados habían ofrecido lo mismo, oír misa descalzos en el altar del Cristo: era una oferta muy común en Rodillero en los momentos de peligro y que venía de padres a hijos. Y en efecto, a la mañana siguiente se reunieron en la ribera, y desde allí, cada compaña con su patrón a la cabeza, se encaminaron lentamente hacia la iglesia descalzos todos y con la cabeza descubierta. Marchaban graves, callados, pintada en sus ojos serenos la fe sencilla y ardiente a la vez del que no conoce de esta vida más que las amarguras. Detrás marchaban las mujeres, los niños y los pocos señores que había en el pueblo, silenciosos también, embargados por la emoción al ver a aquellos hombres tan fuertes y tan ásperos humillarse como débiles criaturas. Las viudas, los huérfanos de los que habían quedado en la mar iban también allí a rogar por el descanso de los suyos: se habían puesto un pañuelo, un delantal, una boina, cualquier prenda de color negro que les fue posible adquirir en el momento.

Y en la pequeña iglesia de Rodillero el milagroso Cristo les aguardaba pendiente de la cruz, con los brazos abiertos. Él era también un pobre náufrago, libertado de las aguas por la piedad de unos pescadores; había probado como ellos la tristeza y la soledad del océano y el amargor de sus olas. Doblaron la rodilla y hundieron la cabeza en el pecho, mientras la boca murmuraba plegarias aprendidas en la niñez, nunca pronunciadas con más fervor. Los cirios de que estaba rodeada la sacrosanta imagen chisporroteaban tristemente; de la muchedumbre salía un murmullo levísimo. La voz cascada y temblorosa del sacerdote que oficiaba rompía de vez en cuando el silencio majestuoso del templo.

Al concluirse el oficio, Elisa y José se encontraron en el pórtico de la iglesia y se dirigieron una tierna sonrisa; y con ese egoísmo inocente y perdonable que caracteriza al amor, olvidaron en un punto toda la tristeza que en torno suyo reinaba, y en viva y alegre plática bajaron emparejados la calzada del pueblo, dejando señalado,[170.1] antes de llegar a casa, el día de su boda.

NOTES.

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VOCABULARY

In this vocabulary words identical in Spanish and English, articles, auxiliary verbs, pronouns (except pronouns forming idioms), and words occurring but once and explained in notes on such words, have been omitted.

A

a, to, for, of, from; at, in, into, by, up to, on, as, with, toward, until, in order to; —— bordo, on board; —— que, until, that; ——seguro, in safety.

abajo,, down, under, underneath; below; más ——, lower (down); venirse ——, to fall.

abalanzar, to balance; —se (a), to rush or dart forward.

abandonar, to abandon, release.

abatimiento, m., depression, despair; con ——, sorrowfully.

abatir, to beat down, discourage, dismay.

abierto, —a, p.p. abrir; opened; distended, outstretched; open, clear; nariz —a, flat or wide nose.

ablandar, to soften, melt; —se, relent.

abogado, m., lawyer.

aborrecido, —a, hated, abhorred.

abrazar, to embrace, clasp, caress.

abreviar, to shorten, cut short; hasten, hurry.

abrigar, to shelter, protect, cover; —se, to take shelter.

abrigo, m., shelter, cover.

abrir, to open, extend.

abrumar, to consume, overwhelm, oppress.

abrupto, —a, abrupt, rugged, broken, craggy.

absorber, to absorb, engross.

absorto, —a, p.p. absorber; amazed, dumbfounded.

abuelo, m., grandfather, ancestor.

abundancia, f., abundance, plenty.

abundar, to abound, be frequent, be plentiful.

abundoso, —a, abundant, plentiful, luxuriant.

aburrirse, to be bored, grow weary.

acá, here, hither, this way, to this place (implies motion).

acabado, —a, finished, complete, perfect, faultless.

acabar, to finish, complete, end, conclude; —— de + inf., to have just done (action expressed by infinitive); —— de decidirse, to come to a decision; —— de desconcertar, to completely disconcert; —— de saber, to finally learn; no —— de salir de, not to recover at all from.

académico, —a, learned, scholarly.

acaecer, to happen, occur, come to pass; lo acaecido, the occurrence.

acaloradamente, hotly, vehemently, excitedly.

acalorado, —a, heated, excited.

acalorarse, to grow hot or angry; get excited, overheated.

acariciar, to cherish, entertain, harbor; stroke.

acaso, perhaps, perchance.

acatamiento, m., respect, courtesy, reverence.

accidente, m., accident, sudden attack; illness.

acción, f., action, gesture, gesticulation.

aceite, m., (olive) oil.

acento, m., accent, inflection, emphasis.

aceptar, to accept.

acerca (de), about, concerning.

acercar, to bring near; —se (a), to approach.

acero, m., steel.

acertar (a), to succeed; happen.

aciago, —a, sad, ominous.

acobardar, to daunt, dismay.

acoger, to receive, accept.

acogida, f., reception.

acometer, to attack, assail, beset; undertake, begin.

acompañar, to accompany, join, attend.

acompasadamente, rhythmically.

acongojado, —a, oppressed, afflicted, agonized.

aconsejar, to advise, counsel, charge.

acontecer, to happen, come about.

acontecimiento, m., event, occurrence, circumstance.

acordar, to agree; —se (de), to remember, recollect.

acostarse, to go to bed, lie down, retire.

acostumbrado, —a, customary, habitual, usual.

acostumbrar, to accustom; be accustomed, used.

acreedor, -a, deserving, worthy.

acreedor, m., creditor; recipient.

actitud, f., attitude, posture, position.

acto, m., act, action.

acudir (a), to repair to, run to, come forward; apply, appeal.

acuerdo, etc., v. acordar.

acusar, to witness, give evidence of, indicate, acknowledge.

achacar, to attribute, impute, charge, ascribe.

achicar, to bail.

adecuado, —a, adequate, fitting.

adelantado, —a, advanced, bold.

adelante, ahead, forward, onward; hacia ——, forward, in front, before (one).

ademán, m., gesture, manner, attitude; en —— de, in the attitude of; como en —— de, as if.

además, besides, moreover, anyhow, likewise.

adentro, in, inside, within, inner.

aderezar, to prepare, arrange, dress, cook.

adiós, good-bye, farewell.

adivinar, to divine, guess, conjecture.

admiración, f., admiration, wonder.

adolecer, to suffer, be seized (with illness), fall sick; succumb; —— de rabia, to be overcome by rage.

adoptar, to adopt, assume.

adoratorio, m., oratory, chapel.

adornado, —a, adorned, embellished.

adquirir, to acquire, obtain, get.

adulador, —a, flattering, fawning.

adusto, —a, dark, gloomy.

adversario, m., adversary.

advertencia, f., remark, warning.

advertido, —a, warned, on one's guard, made cautious.

advertir (de), to notice, note, apprise, acquaint, give notice or evidence; show, betoken.

advierto, etc., v. advertir.

advirtió, etc., v. advertir.

afablemente, courteously, cordially, pleasantly.

afán, m., eagerness, anxiety, solicitude.

afectar, to influence, impress; affect, pretend, feign.

aferrar, to catch.

afición, f., affection, fondness, attachment.

afilado, —a, sharp.

afirmación, f., statement, assertion.

afirmar, to declare, assert, maintain.

afirmativo, —a, affirmative, consenting.

afligirse, to grieve, worry, repine.

aflojar, to let go, loosen, relax.

afortunadamente, luckily.

afortunado, —a, fortunate, lucky.

afuera, out, outside.

afueras, f. pl. outskirts, environs.

agarrar, to grasp; —se (a), to lay hold of, clutch, seize, hold on to.

agitación, f., agitation, excitement, disturbance, fluctuation.

agitar, to move, shake, wave, sway, flutter; agitate, excite.

agosto, m., August.

agotar, to exhaust, tire.

agradecer, to be grateful for, acknowledge, thank.

agradecido, —a, grateful, thankful.

agradecimiento, m., gratitude.

agrado, m., pleasure, satisfaction, content, liking.

agradezco, etc., v. agradecer.

agregar, to add, join.

agua, f., water, the sea; entre aguas, sunk to the level of the water, swamped.

aguantar, to bear, suffer, endure.

aguardar, to await, expect; —se, to wait.

agudo, —a, sharp, piercing, keen, acute.

agüero, m., sign, omen; de buen ——, lucky.

águila, f., eagle.

aguileño, —a, aquiline.

agujero, m., hole.

aguzar, to sharpen.

aherrojado, —a, in chains, in irons.

ahí, there, yonder; de ——, thence.

ahijada, f., goddaughter.

ahogar, to smother, choke, strangle; drown; —se, to be suffocated, drowned.

ahora, now, at present, just now; —— mismo, this very minute; por ——, for the present.

ahorcar, to hang.

ahorrar, to save, economize.

ahorro, m., frugality, economy; parsimony.

ahuecar, to deepen, to make hollow.

ahuyentar, to banish, dispel.

airado, —a, wrathful, furious, angry.

aire, m., air, atmosphere, wind; al —— libre, outdoors, in the fresh air.

aislado, —a, isolated, separated.

ajar, to spoil, mar.

ajeno, —a, another's, one's neighbor's.

alabado, —a, praised.

alargar, to extend, reach out.

alarma, f., alarm.

alarmar, to alarm, rouse.

albañil, m., mason, bricklayer.

alborotarse, to get excited, become agitated or disturbed; be roused.

alcalde, m., mayor, justice of the peace.

alcanzar (a), to obtain, attain, acquire; reach, overtake, come up to; succeed.

alcoba, f., alcove, bed-room.

aldea, f., village.

aldeana, f., village maid, countrywoman.

alegrar, to comfort, cheer, enliven; —se (de), to be glad, rejoice.

alegre, gay, happy, cheerful.

alegremente, cheerfully, merrily, brightly.

alegría, f., joy, pleasure, mirth, rejoicing, festivity.

alejar, to drive or put away, remove, separate; —se (de), to go off, get away, withdraw.

aletargado, —a, lethargic, inactive, dull.

alfombra, f., carpet.

alforja, f., saddle-bag.

algodón, m., cotton.

alguacil, m., bailiff, constable, sheriff.

alianza, f., alliance.

aliento, m., breath.

alimentar, to feed, nourish, support, cherish.

alimento, m., food, nourishment.

aliño, m., neatness, tidiness; elaborateness.

alma, f., soul, spirit; mind, heart; human being; pl., people, persons; con —— y vida, with heart and soul.

almendra, f., almond.

Alonso, m., Alonzo, Alphonso.

alquitrán, m., tar, liquid pitch.

altamente, highly, exceedingly.

altar mayor, m., high altar.

alternativamente, alternately.

altivo, —a, haughty, proud, lofty.

alto, —a, tall, high, elevated; eminent, illustrious.

¡alto! halt! stop!

altura, f., high seas, open sea.

alumbrar, to light.

alzar, to raise, lift up; —se, to rise, get up.

allá, there, thither, to or in that place; más ——, further; (implies motion).

allí, there, yonder, in that place (implies rest).

ama, f., housekeeper.

amabilidad, f., amiability, cordiality, courtesy.

amable, amiable, affable.

Notes in this chapter

Note 1 · miraba de hito en hito, looked fixedly at.Note 2 · Como... se callase. Cf. page 20, note 3.Note 3 · se creyó en el caso de, thought himself in a position to.Note 4 · cuarteles, quarterings.Note 5 · punto de honor, honor point.Note 6 · azur y banda de plata... arminios de sable, azure, a bend argent, with dragons' heads or; a bordure argent, with eight ermines sable.Note 7 · gules y una puente... cruces llanas de azur, gules, a bridge argent with three arches, through which runs a mighty river; and a tower or ascNote 8 · la primera de plata... al pie del tronco, the first argent, a lion rampant sable; the second or, a tree issuant from a mound and in foliage,Note 9 · de plata... en sautor, argent, five ravens sable in saltire.Note 10 · de oro y un castillo... en la punta, or, a castle gules in base, surmounted by a warrior armed with a halberd, naissant from the turret, accNote 11 · la orden de Santiago. One of the three great military orders of Spain: Calatrava, Santiago and Alcántara.Note 12 · jurado, jurat. The jurats were a body who watched, in the interests of the inhabitants, the proceedings of the regidores, raising protests aNote 13 · procurador en las Cortes de Toro, deputy to the parliament of Toro. Two important parliaments sat at this city, summoned by Henry II, of TraNote 14 · Consejo de Italia. An administrative council for the Spanish possessions in Italy, established by Charles V in 1555.Note 15 · oidor de la real Audiencia, judge of the royal court of appeal.Note 16 · regidor, ruler.Note 17 · La luna rielaba su pálida luz, The pale light of the moon gleamed, lit. "The moon made its pale light to sparkle." Rielar is usually intransNote 18 · Vamos allá, Let us to work.Note 19 · haciéndole falta, when you need it, i.e. the money (cuartos).Note 20 · descompuesto, violent.Note 21 · subió todavía algunos palmos, rose several degrees higher, lit. several spans more. Cf. Fr. encore quelques...Note 22 · Renacimiento, Renaissance.Note 23 · a fuer de verídicos, on our word as a truthful author.Note 24 · desperdicios, largess.Note 25 · por si, if, in case.Note 26 · que... sacase un rédito, for him to set up a nice little shop and get an income from it.Note 27 · nada, nothing of the sort.Note 28 · cuatro días, a few, a couple of days. Cuatro is used as an indefinite numeral.Note 29 · al paso, going along, passing by.Note 30 · cartuchito, little paper [roll].Note 31 · los buenos tiempos de la casa de Austria, the 16th and 17th centuries, during which the Spanish branch of the house of Austria occupied the Note 32 · subían de punto, increased.Note 33 · por dos o tres veces, twice or thrice over.Note 34 · discreteos, conceits, clever speeches.Note 35 · fe de bautismo, certificate of baptism.Note 36 · a la mayor brevedad, very shortly.Note 37 · camarín, shrine.Note 38 · pusiese, made offering of.Note 39 · sin probar bocado, without tasting a mouthful.Note 40 · ¡Calle! Strange!Note 41 · echó a andar en pos de ella, began to follow her.Note 42 · uña y carne de, hand and glove with, lit. "nail and flesh."Note 43 · esa cara de mosquita muerta, that innocent-looking face of yours. Mosquita muerta, "demure person," "hypocrite."Note 44 · Yo te arreglaré, buena pieza, I'll settle you, my fine girl.Note 45 · a pie juntillas, firmly, tenaciously, lit. "with feet together." Also a pie juntillo.Note 46 · desabrimiento, estrangement.Note 47 · ves = ve, go. This colloquial form of the imperative is parallel to the French forms in-s of the first conj., found before en and y, e.g. doNote 48 · para bruja, to be a witch, "for a witch," cf. page 78, note 3.Note 49 · ¡cómo saca los pies de las alforjas! how bold she's getting! lit. "getting her feet out of the saddle-bags."Note 50 · pichona, sweetheart, dove.Note 51 · a cuestas, on her shoulders.Note 52 · ¡Qué he de ser buena! Good, am I? lit. "How can I be good?"Note 53 · ¡Si soy una bestia! Oh, but I am a brute! This is the expletive use of si (often rendered "why"), to be explained by an ellipse, perhaps of Note 54 · dieron en el pueblo, reached the town, "struck the town."Note 55 · cuando, if.Note 56 · ponerlo en vías de obra, begin its realization, cf. page 40, note 3.Note 57 · que el castillo viniese en socorro del estado llano, that the nobility should come to the aid of the commons.Note 58 · ni menos, much less.Note 59 · y así por el estilo, and so on, lit. "and thus in the (same) style."Note 60 · Quedamos en eso, Agreed, lit. "We abide by that."Note 61 · a desobedecer... contigo. This right of sequestration of a minor for the purpose of contracting marriage when the parents refuse their conseNote 62 · empeño, trouble, effort.Note 63 · la guerra de América. The reference is to the conquests of Cortés, Pizarro, etc.Note 64 · se descarriase, should lose himself in digressions, lit. "go astray."Note 65 · solicitud, petition.Note 66 · en achaque de letras, in the matter of learning.Note 67 · no puedo menos de, I cannot help, lit. "can (do) no less than."Note 68 · al cabo, after all. Cf. above, where the usual meaning, "at last," fits better.Note 69 · fuera de sí, beside himself.Note 70 · al tanto de, familiar with. Cf. page 8, note 5.Note 71 · lo que procede, the manner of proceeding.Note 72 · se ratifica en, confirms.Note 73 · entre luz y luz, at twilight. Also entre dos luces.Note 74 · Quedamos... en que. Cf. page 129, note 2.Note 75 · bastón, staff.Note 76 · estuvo para huir, was on the point of escaping.Note 77 · a primera hora, early.Note 78 · baqueta, sole-leather. Also vaqueta.Note 79 · por, in, out of.Note 80 · cosa que lo valga, something of the sort, lit. something to equal it.Note 81 · dado... la vuelta al pueblo, gone the round of the town.Note 82 · llorar con, weep over. Cf. page 34, note 2.Note 83 · estaba constipado, had a cold.Note 84 · un príncipe de malísimas pulgas, a most ill-tempered prince. Pulgas, "fleas"; hence de malas pulgas, "easily stung," "roused (to anger)."Note 85 · en qué paraba, how it turned out, lit. "in what it stopped."Note 86 · ¡cuánto pasó! how much she went through!Note 87 · desde luego, forthwith.Note 88 · tienes azogue, you are very restless, lit. "you have quicksilver (in you)."Note 89 · con bien, well, with advantage.Note 90 · no lo quiso ver mejor, desired nothing better.Note 91 · siempre, still.Note 92 · opaca, thick, husky.Note 93 · reservado, one requiring circumspection.Note 94 · casa, dwelling.Note 95 · el que no se le escapasen de las órbitas, their not starting from their sockets. The article el modifies the following noun clause.Note 96 · está en el celo, is impassioned.Note 97 · a escape, post-haste.Note 98 · atusase, stroked.Note 99 · la procesión le andaba por dentro, he was pretty well stirred up [though he did not show it].Note 100 · se las ha arreglado, has arranged matters.Note 101 · porque si no... en un patatús, because otherwise, some fine day she would have had a fit. Here the present tense is substituted for the compNote 102 · ¡No se van a llevar mal chasco ella y su galán! She and her lover are going to have no small disappointment!Note 103 · que va a enfermar, or you'll get sick.Note 104 · tenga V. presente, bear in mind.Note 105 · había ascendido desde soldado, had risen from the ranks.Note 106 · extendía estas diligencias, executed these formalities.Note 107 · de forma que, so that.Note 108 · que no le pesaba nada, who was not at all sorry. Cf. the more usual construction two lines below. The former is however a thoroughly SpanishNote 109 · poco ni mucho, at all, lit. "little or much."Note 110 · estamos en paz, the matter is settled.Note 111 · sonrió con el borde de los labios, smiled a forced smile. Cf. Fr. sourire du bout des lèvres, des dents.Note 112 · A mí me daba en la nariz, I scented it out.Note 113 · camino de, on the road to.Note 114 · atisbaron, espied.Note 115 · en poco estuvo... ahogasen. Cf. page 11, note 4.Note 116 · en tanto, meanwhile.Note 117 · por lo pronto, for the time being.Note 118 · dando vueltas, pacing up and down.Note 119 · la traía pesarosa, kept her sorrowful, troubled.Note 120 · a la par, equally, alike.Note 121 · Tal vez que otra, muy rara, Once in a while, very seldom. Cf. alguno que otro, uno que otro, tarde que temprano. In such expressions que seeNote 122 · con que se había quedado, which he had had left.Note 123 · se habría huido por el mundo, might be wandering about in the world.Note 124 · la de la piedra de marras, the old [trick] with the stone. De marras, adverbial phrase of time = "formerly," "previously."Note 125 · dando las boqueadas, at the last gasp.Note 126 · tornadizo, changeful.Note 127 · huraño, grim.Note 128 · se supo de modo evidente, it was ascertained beyond a doubt.Note 129 · la montaña, the mountains, mountainous country.Note 130 · Se dio por supuesto, It was taken for granted.Note 131 · iría, was probably going.Note 132 · buscar dinero a réditos, get money on interest.Note 133 · se habría matado, must have got killed.Note 134 · Sea de esto lo que quiera, Be this as it may.Note 135 · caviloso, brooding.Note 136 · El tiempo vino tan recio, The weather came on so heavy.Note 137 · revolver, return (to the fishing) = dar la vuelta.Note 138 · qué barbaridad! what frightful weather!Note 139 · la mayor... la unción, the mainsail, spritsail, foresail, foretopsail and storm-trysail.Note 140 · da la vuelta, turn about.Note 141 · A cambiar, About ship.Note 142 · ¡Si no podía menos! Well, it couldn't be otherwise!Note 143 · ¡Ah de la lancha! Ship ahoy!Note 144 · ¿después que yo lo puse? after I showed one?Note 145 · sin hacer maldito el caso, without paying the slightest attention.Note 146 · amanecen hoy, turn up this morning.Note 147 · ¿cualquiera se queda tuerto porque el vecino ciegue? any one will lose an eye (lit. "become one-eyed") that his neighbor may go blind? i.e. Note 148 · Lo gracioso, The funny part of it.Note 149 · esos babiecas... con qué bueyes ara, those dolts think they are going to deceive each other, while here we all, wise or foolish, know only tNote 150 · cómo, how that.Note 151 · otro tanto, the same.Note 152 · amarrando... el puño del borriquete, making fast the foretopsail clew.Note 153 · ¡Arriar en banda escotas y drizas! Let go amain sheets and halliards!Note 154 · bien a punto, in the nick of time.Note 155 · ¡Cómo has olido el trallazo recondenado! How did you feel the confounded squall coming? Trallazo, lit., "crack of the whip-lash" (tralla).Note 156 · ser, become.Note 157 · Traed, Raise.Note 158 · arribó, bore away.Note 159 · Nada de amilanarse, No flinching.Note 160 · así y todo, nevertheless, for all this.Note 161 · de todo punto, quite.Note 162 · temporal deshecho, violent storm.Note 163 · desarbolar del medio, take down the mainmast.Note 164 · ¡ya no hay comedia! the game is up!Note 165 · ¿hombre de Dios? man alive?Note 166 · las asistía, was on their side, lit. "attended them."Note 167 · torcían el hocico, screwed up their faces.Note 168 · bajo, shoal.Note 169 · cuenta de ellos, their affair.Note 170 · ¡Vaya si hay tiempo! Of course there's time!Note 171 · corralada, enclosure. -Ada has a collective force: "the yard and its contents" (of outhouses, etc.).Note 172 · Carrero. Some of the names applied to these bajos have a meaning, others seem to be fanciful. Huesos de San Pedro is evident. Torno means peNote 173 · escalera de caracol, winding stair.Note 174 · evasivas, evasions.Note 175 · las altas horas de la noche, late into the night.Note 176 · Cuando Dios amaneció, When day broke.Note 177 · un funeral, a funeral service.Note 178 · arribado, put in.Note 179 · Allá, a la tarde, on in the afternoon.Note 180 · el esposo de su alma... el hijo de sus entrañas, their beloved husband, their darling child (child of their bosom).Note 181 · sintió en la garganta un nudo tan estrecho, felt so big a lump in her throat.Note 182 · por menudo, minutely.Note 183 · las peripecias de la jornada, the vicissitudes of the trip.Note 184 · dejando señalado, having fixed.
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