Front matter (continued 2)
Reading edition
Sabíase en el pueblo que Rufo alimentaba en su pecho una pasión viva y ardiente hacia la hija de la maestra; esto servía también de pretexto para embromarlo, si bien eran hombres ya los que se placían en ello.[51.8] Al pasar por delante de un grupo de marineros, le llamaban casi siempre para darle alguna noticia referente a Elisa: una vez le decían que ésta se había casado por la mañana, lo cual dejaba yerto y acongojado al pobre tonto; otro día le aconsejaban que fuese a pedir su mano a la señá Isabel, porque sabían de buena tinta[52.1] que la niña estaba enamorada de él en secreto, o bien que la robase, si la maestra no consentía en hacerlos felices. También mezclaban el nombre de José en estas bromas; decían pestes de él llamándole feo, intrigante y mal pescador, lo cual hacía reír y hasta dar saltos de alegría al idiota, y poniéndole en parangón con él, aseguraban muy serios que Rufo era incomparablemente más gallardo, y que si no pescaba tanto, en cambio tocaba mejor las campanas. De esta suerte, al compás que[52.2] iba creciendo en el pecho del tonto la afición a Elisa, iba aumentando también el odio hacia José, a quien consideraba como su enemigo mortal, hasta el punto de que no tropezaba jamás con él sin que dejase de echarle[52.3] miradas iracundas y murmurase palabras injuriosas, de las cuales, como era natural, se reía el afortunado marinero.
Elisa se reía también de este amor, que lisonjeaba, no obstante, su vanidad de mujer; porque la admiración es bien recibida, aunque venga de los tontos. Cuando encontraba a Rufo por la calle le ponía semblante halagüeño[52.4] y le hablaba en el tono protector y cariñoso que se dispensa a los niños: gozaba con las muecas y carocas de perro fiel en que se deshacía el tonto[52.5] al verla: le prometía formalmente casarse con él siempre que[52.6] obedeciese a su padre y no pegase a los chicos. Rufo preguntaba con expresión de anhelo:—¿Para cuándo?—Amigo, no lo sé—respondía ella,—pregúntaselo al Santo Cristo, a ver[53.1] lo que te dice.—Y el pobre se pasaba horas enteras de rodillas en la iglesia, preguntando al célebre Cristo[53.2] de Rodillero cuándo seria su boda, sin obtener contestación.—Es que todavía no quiere que nos casemos—le decía Elisa,—ten paciencia y sé bueno, que ya se ablandará.
La señá Isabel imaginó utilizar la pasión de este mentecato para romper, o por lo menos aplazar la unión de su hija con José. Un día salió paseando por las orillas de la mar, donde sabía que Rufo se hallaba a caza de cangrejos, y se hizo con él encontradiza.[53.3]
El tonto levantó la cabeza, y al ver a la madre de Elisa, sonrió.
—Vaya, vaya, no son tan pocos—replicó la señá Isabel acercándose más y echando una mirada al cestillo donde tenía la pesca.—Buena fortuna tiene contigo tu padre; todos los días le llevas a casa un cesto de cangrejos.
—Padre no gusta cangrejos[53.8]... tira todos a la calle... y pega a Rufo con un palo...
—¿Te pega porque coges cangrejos?
—Sí, señá Isabel.
—Pues no tiene gusto tu padre; los cangrejos son muy ricos. Mira, cuando tu padre no los quiera, me los llevas a mí; a Elisa le gustan mucho.
El rostro flaco y taciturno del idiota se animó repentinamente al escuchar el nombre de Elisa.
—¿Gusta Elisa cangrejos?
—Mucho.
—Todos, Elisa;[54.1] todos, Elisa—dijo con énfasis, extendiendo las manos y señalando la orilla de la mar.
—Gracias, Rufo, gracias; tú quieres mucho a Elisa, ¿verdad?
—Sí, señá Isabel, yo quiere mucho Elisa.[54.2]
—¿Te casarías con ella de buena gana?
El rostro del tonto se contrajo extremadamente por una sonrisa; quedó confuso y avergonzado mirando a la señá Isabel sin atreverse a contestar.
—Vamos, di, ¿no te casarías?
—Usté[54.3] no quiere—dijo al fin tímidamente.
—¿Yo no quiero? ¿Quién te ha dicho eso?
—Usté quiere José.
—¡Bah! si José fuese pobre no le querría: tú me gustas más; eres más guapo, y no hay en Rodillero quien toque como tú las campanas.
—José no sabe—dijo el idiota con acento triunfal, manifestando una gran alegría.
—¡Qué ha de saber! José no sabe más que pescar bonito y merluza...
—Y besugo—apuntó Rufo, pasando súbito del gozo a la tristeza.
—Bueno; besugo también, ¿y qué? En cambio tú pescas cangrejos y pulpos... y lapas... y bígaros... y erizos... y ostras. Además, tú pescas solo, sin ayuda de nadie, mientras José necesita que le ayuden los amigos: ¿quieres decirme lo que pescaría José si no tuviese una lancha?
—Tiene dos—volvió a apuntar tristemente Rufo.
—Bien, pero la vieja ya vale poco... ¡Si no fuese por la nueva!... Si no fuese por la nueva no le daría yo a Elisa, ¿sabes tú?...
Los ojos zarcos y apagados del idiota brillaron un instante con expresión de ira.
—Yo echo pique[55.1] lancha nueva—exclamó dando[55.2] con las tenazas que tenía en la mano sobre la peña.
—Porque José tiene obligaciones a que atender—siguió la vieja, como si no hubiese oído estas palabras.—Necesita alimentar a su madre, que pronto dejará de trabajar, mientras que tú eres libre: tu padre gana bastante para mantenerse; además, tienes un hermano rico en la Habana...
—Tiene reloj—dijo Rufo interrumpiéndola.
—Sí, ya lo sé.
—Y cadena de oro que cuelga, señá Isabel.
—Ya sé, ya sé; tú también la tendrías si te casases con mi hija. Serías amo de la fábrica, y ganarías mucho dinero... y comprarías un caballo para ir a las romerías con Elisa; ella delante y tú detrás, como va el señor cura de Arnedo, con el ama... y tendrías botas de montar,[55.3] como el hijo de don Casimiro.
La vieja fue desenvolviendo un cuadro de dicha inocente sin olvidar ningún pormenor, por sandio que fuese, que pudiese halagar al tonto. Éste la escuchaba embebecido y suspenso, sonriendo beatíficamente, como si tuviese delante una visión celestial. Cuando terminó la señá Isabel su descripción, hubo un rato de silencio: al fin volvió a decir, sacudiendo la cabeza con pesar:
—¡Si no fuese por José!—Y se quedó mirando reflexivamente al mar.
Rufo se estremeció como si le hubiesen pinchado; puso el semblante hosco, y miró también fijamente al horizonte.
—Vaya, Rufo, me voy hacia casa, que ya me estará esperando Elisa; hasta la vista.[56.1]
—Adiós—dijo el tonto, sin volver siquiera la cabeza.
La señá Isabel se alejó lentamente. Cuando estuvo ya a larga distancia, se volvió para mirarle. Seguía inmóvil, con los ojos clavados en el mar, como le había dejado.
VI
Acaeció, como todos los años, que el número harto considerable de lanchas vizcaínas ocasionó, al fin de la costera del bonito, algún malestar en Rodillero. Eran tantas las embarcaciones que se juntaban por las tardes en la ribera, que los pescadores no podían botarlas todas a tierra; por muy arriba que[56.2] subiesen las primeras que llegaban de la mar, las últimas no tenían ya sitio y se veían precisados sus dueños a dejarlas en los dominios de la marea, amarradas a las otras. Esto causaba algunos disgustos y desazones; se murmuraba bastante, y se dirigían de vez en cuando vivas reclamaciones al cabo de mar;[56.3] pero éste no podía impedir que los vizcaínos continuasen en el puerto, mientras la comandancia[56.4] de Sarrió no ordenase su partida. Las reyertas, sin embargo, no eran tantas ni tan ásperas como pudiera esperarse, debido al temperamento pacífico, lo mismo de los naturales, que de los forasteros.
Mientras el tiempo fue propicio (y lo es casi siempre allí en los meses de Junio, Julio y Agosto), todo marchó bastante bien; mas al llegar Setiembre, creció la discordia y la murmuración, con el peligro de las embarcaciones que quedaban a flote. Aunque el cielo se muestre sereno en este mes y el viento no sople recio, a menudo se levanta marejada, la cual procede de temporales que se forman en otras regiones apartadas. Estas mares gruesas,[57.1] que reinan en aquella costa gran parte del otoño, inquietaban a los armadores, temiendo que la hora menos pensada[57.2] rompiesen las amarras de los barcos, y diesen con ellos al través.[57.3] No había más que bajar por la noche a la ribera para convencerse de que tales temores eran fundados. La mar hacía bailar a las lanchas; embestían unas contra otras duramente, y rechinaban cual si se quejasen de los testerazos, produciendo en el silencio y la oscuridad rumor semejante al de una muchedumbre agitada; parecía en ocasiones plática sabrosa que unas con otras tenían entablada acerca de los varios lances de su vida azarosa; otras veces disputa acalorada, donde todas a la vez querían mezclarse y dar su opinión; otras, grave y encendida pelea, en que algunas iban a perecer deshechas.
Un suceso desdichado vino al fin a dar la razón a los que[57.4] más levantiscos[57.5] andaban y con más afán pedían la salida de los vizcaínos. En cierta noche oscura, aunque serena, del citado mes, la conversación de las lanchas empezó a ser muy animada desde las primeras horas; pronto degeneró en disputa, que por momentos se fue acalorando; a la una de la madrugada estalló una verdadera y descomunal batalla entre ellas, como nunca antes se había visto. Los vizcaínos, que dormían a bordo, se vieron necesitados a ponerse en pie a toda prisa, y a maniobrar oportunamente para no padecer avería; más de una hora trabajaron esforzadamente impidiendo la ruina de muchas lanchas, tanto suyas como de Rodillero, y la deserción de otras, pues las sacudidas eran terribles, y había peligro de que los cabos se quebrasen. Al fin redobló de tal modo la furia de la marejada, que juzgándose impotentes para evitar una catástrofe, corrieron por el pueblo dando la voz de alarma. Acudieron al instante la mayor parte de los hombres y bastantes mujeres; cuando llegaron, algunos barcos se habían abierto ya a poder de[58.1] las repetidas embestidas. Un vizcaíno llamó con violencia a la puerta de José.
—José, levanta en seguida; tienes perdida lancha.[58.2]
El marinero se alzó despavorido de la cama, se metió los pantalones y la chaqueta apresuradamente, y corrió descalzo y sin nada en la cabeza a la ribera. Antes de llegar con mucho, su oído delicado percibió entre el estruendo de las olas un ruido seco de malísimo agüero. El espectáculo que confusamente se ofreció a su vista le dejó suspenso.
La mar estaba picada de veras; el trajín[58.3] de las lanchas que habían quedado a flote era vertiginoso: las embestidas menudeaban; entre el rumor estruendoso de las olas escuchábase más claramente aquel ruido seco semejante al crujido de huesos. Uníase a este formidable rumor las voces de los hombres, cuyas siluetas se agitaban también vivamente entre las sombras, acudiendo a salvar sus barcos: increpábanse mutuamente por no evitar el choque de las lanchas; pedían cabos para sujetarlas; procuraban a toda costa apartarlas y dejarlas aisladas; gritaban las mujeres temiendo más por la vida de los suyos que por la ruina de los barcos; contestaban los hombres a sus llamamientos con terribles interjecciones: todo ello formaba un ruido infernal que infundía tristeza y pavor. La oscuridad no era tanta que no consintiese distinguir los bultos: muchos habían traído farolillos, que cruzaban velozmente de un lado a otro como estrellas filantes.[59.1]
Repuesto José de la sorpresa, corrió al sitio donde había quedado su lancha nueva, que era la que estaba en peligro, pues la vieja se encontraba en seco. Su temor, sin embargo, no era grande, porque había tenido la fortuna de llegar a tiempo para anclarla detrás de una peña que avanzaba por el mar formando un muelle natural. Saltó en la embarcación más próxima a la orilla y de una en otra fue pasando hasta el sitio donde la había dejado; pero al llegar se halló con que[59.2] había desaparecido. En vano la buscó con los ojos por la vecindad; en vano preguntó a sus compañeros; nadie daba cuenta de ella. Por fin uno que llevaba farol le gritó desde tierra:
—José, yo he visto hace rato escapar una lancha; no sé si sería la tuya.
El pobre José recibió un golpe en el corazón: no podía ser otra, porque las demás estaban allí.
—Si es la tuya, no pudo ir muy lejos—le dijo el marinero que estaba a su lado.—El poco viento que hay es forano;[59.3] la mar la habrá echado en seguida a tierra.
Estas palabras fueron dichas con ánimo de darle algún consuelo y nada más: bien sabía el que las pronunció que con la resaca de aquella noche tanto montaba[59.4] ser arrastrada por la mar, como echada a tierra.
Sin embargo, José concibió esperanzas.
—Gaspar, dame el farol—gritó al de tierra.
—¿Dónde vas?
—Por la orilla adelante[60.1] a ver si la encuentro.
El marinero que le había consolado, movido de lástima, le dijo:
—Yo te acompaño, José.
El del farol dijo lo mismo. Y los tres juntos dejaron apresuradamente la ribera de Rodillero y siguieron el borde de la mar, registrando escrupulosamente todos los parajes donde pensaban que la lancha pudiera quedar barada.[60.2] Después de caminar cerca de una milla entre peñas, salieron a una vasta playa de arena: allí era donde José tenía cifrada[60.3] principalmente su esperanza: si la lancha hubiese barado en ella, estaba salvada. Mas después de recorrerla toda despacio, nada vieron.
—Me parece que es inútil ir más adelante, José—dijo Gaspar;—el camino de las peñas debe de estar ya tomado por la mar; está subiendo todavía...
José insistió en seguir: tenía esperanza de hallar su lancha en la pequeña ensenada de los Ángeles. Pero la ribera estaba, en efecto, invadida por el agua, y por mucho que se arrimaban a la montaña, todavía los golpes de mar les salpicaban. Uno de estos, al fin, bañó completamente a José y le apagó el farol. Entonces los marineros se negaron resueltamente a dar un paso más; nadie traía cerillas para encenderlo de nuevo; caminar sin luz, era expuesto a romperse la cabeza, o por lo menos una pierna, entre las peñas. José los animó a volverse pero negándose a seguirlos.
Quedó solo y a oscuras entre la montaña que se alzaba a pico[60.4] sobre su cabeza, y la mar hirviente y furiosa, cuyas olas, al llegar a tierra, semejaban enormes y oscuras fauces que quisieran tragarlo. Mas a nuestro marinero no le arredraban las olas ni la oscuridad: saltando de peña en peña y aprovechando los instantes de calma para salvar los pasos difíciles, consiguió llegar, ya bastante tarde, a la bahía de los Ángeles. Tampoco allí vio nada, por más que se entretuvo buen espacio a reconocer una por una las peñas todas que la cerraban. Rendido, al fin, y maltrecho, con los pies abiertos,[61.1] empapado y transido, dio la vuelta para casa.
Cuando llegó a la gran playa cercana a Rodillero ya había amanecido. El sol brillaba sobre el horizonte y comenzaba a ascender majestuosamente por un cielo azul y sereno. El mar seguía embravecido. El agua que bañaba la costa estaba turbia, como siempre que la marejada es de fondo, y se revolvía airada contra los peñascos de la orilla y los batía con fragor: unas veces los tapaba enteramente con un blanco manto de espuma; otras veces los escalaba llena de cólera y antes de llegar a la cima caía jadeante; otras, en fin, se contentaba con entrar al arma[61.2] por todos sus huecos y concavidades para enterarse de si había allí algún enemigo escondido y darle muerte; y no hallando a nadie en quien cebar su furor, se retiraba gruñendo y murmurando amenazas para tornar de nuevo y con más bríos a la carga. Sobre la gran playa arenosa, venían las olas en escuadrones cerrados que se renovaban sin cesar; llegaban en línea de batalla altas y formidables sacudiendo su melena de espuma; avanzaban majestuosamente sobre la alfombra dorada, esperando encontrar resistencia; pero al ver libre el campo, se dejaban caer perezosamente, no rendidas a ningún adversario, sino a su misma pesadumbre y fortaleza. Y en pos de estas venían otras, y otras después al instante, y después otras, y así siempre, sin dar punto de tregua; y todavía allá a lo lejos se columbraban infinitas legiones de ellas que acudían iracundas y erizadas de todos los parajes del globo en socorro de sus compañeras.
La agitación inmensa del océano, puesto por arcana razón en movimiento; aquel vaivén confuso que se extendía hasta la línea indecisa del horizonte, formaba contraste singular con la serenidad riente del firmamento. José detuvo un instante el paso delante de las olas y contempló el panorama con la curiosidad del marino, la cual jamás se agota; no había en su mirada rencor ni desesperación. Avezados a tener su vida y su hacienda en poder de la mar y a ser derrotados en las luchas que con ella sostienen, los pescadores sufren sus inclemencias con resignación y respetan su cólera como la de un Dios irritado y omnipotente. En aquel momento le preocupaba más al marinero un barco que veía allá en los confines del horizonte, batiéndose con las olas, que su propia lancha. Después de observar con atención inteligente sus maniobras un buen rato, siguió caminando hacia el pueblo. Al divisar las primeras casas le asaltó una idea muy triste; pensó que la pérdida de la lancha iba a estorbar de nuevo su matrimonio ya próximo; y como si entonces tan sólo[62.1] se diese cuenta[62.2] de que iba medio desnudo y mojado, comenzó a tiritar fuertemente.
VII
El daño causado en Rodillero por aquella gran «vaga de mar» (así llaman los pescadores a la mar alta[63.1]), fue harto considerable: cuatro o cinco lanchas desbaratadas, y mucha parte de las otras con avería. Los vizcaínos, a quienes se suponía causantes de él, y lo eran en realidad, aunque de un modo inocente, andaban confusos y avergonzados; en cuanto la mar se aplacó, a los dos días del suceso,[63.2] izaron vela para su tierra, dejando el puerto más despejado y el lugar tranquilo.
La lancha de José había sido la única arrastrada por el agua, lo cual llamó un poco la atención, porque las amarras de tierra no estaban rotas, sino que habían marchado enteras con el barco; esto no era fácil de explicar, suponiendo, como es lógico, que estuviesen anudadas. Cuando en la baja mar sacó José del agua el ancla de cuatro lengüetas que usan las lanchas, fue grande su sorpresa al ver que el cable no estaba roto por la fuerza de un tirón, sino por medio de cuchillo o navaja. En vano trató de explicarse de un modo natural aquel extraordinario fenómeno; todo el trabajo de su cerebro era inútil ante la realidad que tenía delante. Al fin, y bien a su pesar,[63.3] brotó en su alma la sospecha de que allí había andado una mano alevosa.[63.4] Pero esto le causaba aún mayor sorpresa. ¿De quién podía ser aquella mano? Solamente de un enemigo, y él no tenía ninguno; en el pueblo no había, a su entender,[63.5] persona capaz de tal villanía. Y para no calumniar mentalmente a nadie, obrando con su acostumbrada lealtad, determinó no pensar más en ello, ni dar noticia del terrible descubrimiento. Guardolo, pues, en el fondo de su espíritu, haciendo lo posible[64.1] por olvidarlo enteramente. La pérdida de la lancha no abatió su ánimo, ni mucho menos;[64.2] pero las consecuencias que consigo trajo le llenaron de amargura.
La señá Isabel mostró tomar parte muy principal[64.3] en su pesadumbre; se deshizo en quejas y lamentos; rompió en apóstrofes violentísimos contra los vizcaínos. En todas sus palabras dejaba, sin embargo, traslucir que consideraba muy grave el contratiempo.
—¿No es una vergüenza que esos zánganos forasteros sean los causantes de la ruina de los vecinos de Rodillero?...
Y dirigiéndose a José:
—No te apures, querido, no te apures por quedar arruinado... No te faltará Dios, como no te ha faltado hasta ahora... Trabaja con fe, que mientras uno es joven, siempre hay esperanza de mejorar de fortuna.
Estas palabras de consuelo, dejaban profundamente desconsolado a nuestro marinero, pues le advertían bien claramente de que no había que hablar de matrimonio por entonces. Y, en efecto, dejó correr los días sin soltar[64.4] palabra alguna referente a él, ni delante de la maestra ni a solas con su novia. Pero la tristeza que se reflejaba en el rostro, acusaba perfectamente el pesar que embargaba su alma: hacía esfuerzos por aparecer sereno y risueño en la tienda del maestro, y procuraba intervenir alegremente en la conversación; mas a lo mejor[64.5] quedaba serio sin poderlo remediar, y se pasaba la mano por la frente con abatimiento. Algo semejante le acontecía a Elisa: también comprendía que era inútil hablar de boda a su madre, y trataba de ocultar su desazón sin conseguirlo. En las breves conversaciones que con José tenía, ni uno ni otro osaban decirse nada de aquel asunto; pero en lo inseguro de la voz, en las tristes y largas miradas que se dirigían y en el ligero temblar de sus manos al despedirse, manifestaban sin necesidad de explicarse más claramente que la misma idea los hacía a ambos desgraciados. Lo peor de todo era que no podían calcular ya cuándo se calmarían sus afanes, pues pensar en que José ahorrase de nuevo para comprar otra lancha, valía tanto como[65.1] dilatar su unión algunos años.
Mientras los amantes padecían de esta suerte, comenzó a correr por el pueblo, sin saber quién la soltara, la especie[65.2] de que la pérdida de la lancha no había sido fortuita, sino intencional. La circunstancia de haber marchado enteras las amarras se prestaba mucho a este supuesto; además, se había sabido también que el cable del ancla no estaba roto, sino cortado. Teresa fue una de las primeras en tener noticia de ello; y con la peculiar lucidez de la mujer y de los temperamentos fogosos, puso en seguida el dedo en la llaga:[65.3]
—¡Aquí anduvo la mano de la maestra!
En vano las comadres le insinuaban la idea de que José tenía en el lugar envidiosos de su fortuna: no quiso oírlas.
—A mi hijo nadie le quiere mal; aunque haya alguno que le envidie, no es capaz de hacerle daño.
Y de esto no había quien la moviera. Irritósele la bilis[65.4] pensando en su enemiga, hasta un punto que causaba miedo: aquellos días primeros apenas osaba nadie dirigirla la palabra; se puso flaca y amarilla; pasaba el tiempo gruñendo por casa como una fiera hambrienta.
Por fin una vez se plantó delante de José con los brazos en jarra,[66.1] y le dijo:
—¿Cuánto vamos a apostar a que cojo a la madre de tu novia por el pescuezo y se lo retuerzo?
José quedó aterrado.
—¿Por qué, madre?—preguntó con voz temblorosa.
—Porque sí; porque se me antoja... ¿Qué tienes que decir a esto?—repuso ella clavándole una mirada altiva.
El marinero bajó la cabeza sin contestar; conociendo bien a su madre, esperó a que se desahogara.
Viendo que él no replicaba, Teresa prosiguió, pasando de súbito de su aparente calma a una furiosa exaltación:
—Sí; un día la cojo por los pocos pelos que le quedan y la arrastro hasta la ribera... ¡A esa bribona!... ¡A esa puerca!... ¡A esa sin vergüenza!...
Y siguió recorriendo fogosamente todo el catálogo de los dicterios. José permaneció mudo mientras duró la granizada; cuando se fue calmando, tornó a preguntar:
—¿Por qué, madre?
—¿Por qué? ¿Por qué? Porque ella ha sido, ¡esa infame! quien te hizo perder la lancha...
—¿Y cómo sabe V. eso?—preguntó el pescador con calma.
Teresa no lo sabía, ni mucho menos; pero la ira la hizo mantener en aquel momento que sí, que lo sabía a ciencia cierta, y no teniendo datos ni razones que exponer en apoyo de su afirmación, las suplía con gritos, con insultos y amenazas.
José trató de disuadirla con empeño, representándola el grave pecado que era achacar a cualquiera persona una maldad semejante sin estar bien seguro de ello; pero la viuda no quiso escucharle; siguió cada vez con mayor cólera profiriendo amenazas. Entonces el marinero, atribulado, pensando en que si su madre llegaba a hacer lo que decía sus relaciones con Elisa quedaban rotas[67.1] para siempre, exclamó con angustia:
—¡Madre, por Dios le pido que no me pierda!
Fue tan dolorido el acento con que estas palabras se pronunciaron, que tocó el corazón de Teresa, el cual no era perverso sino cuando la ira le cegaba. Quedó un momento suspensa; murmuró aún algunas frases duras; finalmente se dejó ablandar, y prometió estarse quieta. Mas a los tres o cuatro días, en un arranque de mal humor, rompió otra vez en amenazas contra su enemiga. Con esto José andaba triste y sobresaltado, esperando que la hora menos pensada se armase un escándalo que diera al traste con sus vacilantes relaciones.[67.2]
Teresa no sosegaba tampoco, queriendo a toda costa convertir en certidumbre la sospecha que la roía el corazón. Corría por las casas del pueblo interrogando a sus amigas, indagando con más destreza y habilidad que un experimentado agente de policía. Al cabo pudo averiguar que, días antes del suceso, la señá Isabel había tenido larga plática con Rufo el tonto a la orilla del mar. Este dato bañó de luz el tenebroso asunto; ya no había duda: la maestra era la inteligencia y Rufo el brazo que había cometido el delito. Entonces Teresa, para obtener la prueba de ello, se valió de un medio tan apropiado a su genio como oportuno en aquella sazón. Buscó inmediatamente a Rufo; hallolo en la ribera rodeado de unos cuantos marineros que se solazaban zumbándole, y dirigiéndose a él de improviso, lanzando rayos de cólera por los ojos, le dijo:
—¿Conque has sido tú, gran pícaro, el que soltó los cabos de la lancha de mi hijo, para que se perdiese? ¡Ahora mismo vas a morir a mis manos!
El tonto, sorprendido de este modo, cayó en el lazo; dio algunos pasos atrás, empalideció horriblemente, y plegando las manos comenzó a decir lleno de miedo:
—¡Peldóneme,[68.1] señá Telesa!... ¡Peldóneme, señá Telesa!...
Entonces ella se vendió a su vez; en lugar de seguir en aquel tono irritado y amenazador, dejó que apareciese en su rostro una sonrisa de triunfo.
—¡Hola! ¿Conque has sido tú de veras?... Pero de ti no ha salido esa picardía... eres demasiado tonto... Alguien te ha inducido a ello... ¿Te lo ha aconsejado la maestra, verdad?
El tonto, repuesto ya del susto y advertido por aquella sonrisa, tuvo la suficiente malicia[68.2] para no comprometer a la madre de su ídolo.
—No señola; no señola; fui yo sólo...
Teresa trató con empeño de arrancarle el secreto; pero fue en vano. Rufo se mantuvo firme; los marineros, cansados de aquella brega, dijeron a una voz:
—Vamos, déjele ya, señá Teresa; no sacará nada en limpio.[68.3]
La viuda persuadida, hasta la evidencia[68.4] de que la autora de su infortunio era la señá Isabel, y rabiosa y enfurecida por no habérselo podido sacar del cuerpo al idiota,[69.1] corrió derechamente a casa de aquélla.
Estaba a la puerta de la tienda cosiendo. Teresa la vio de lejos y gritó con acento jocoso:
—Hola, señá maestra, ¿está V. cosiendo? Allá voy[69.2] a ayudarla a V. un poquito.
No sabemos lo que la señá Isabel encontraría en aquella voz de extraordinario, ni lo que vería[69.3] en los ojos de la viuda al levantar la cabeza; lo cierto es que se alzó súbitamente de la silla, se retiró con ella y atrancó la puerta, todo con tal presteza, que por mucho que Teresa corrió, ya no pudo alcanzarla. Al verse defraudada, empujó con rabia la puerta gritando:
—¿Te escondes, bribona? ¿te escondes?...
Pero al instante apareció en la ventana la señá Isabel diciendo con afectado sosiego:
—No me escondo, no; aquí me tienes.
—Baje V. un momento, señora—replicó Teresa, disfrazando con una sonrisa el tono amenazador que usaba.
—¿Para qué me quieres abajo? ¿Para verte mejor esa cara de zorra vieja que te ha quedado?[69.4]
Este feroz insulto fue dicho con voz tranquila, casi amistosa. Teresa se irguió bravamente sintiendo el acicate,[69.5] y alzando los puños a la ventana, gritó:
—¡Para arrancarte esa lengua de víbora y echársela a los perros, malvada!
Algunos curiosos rodeaban ya a la viuda; otros se asomaban a las ventanas de las casas vecinas esperando con visible satisfacción el espectáculo traji-cómico que se iniciaba. En Rodillero las pendencias entre mujeres son frecuentísimas: es lógico, dado el genio vivo y exaltado de la mayoría de ellas: la mala educación, la ausencia de urbanidad propias de la plebe, no sólo hace que menudeen, sino que les da siempre un aspecto grosero y repugnante: además, en Rodillero, el asunto de las riñas tiene algo de tradicional y privativo; desde muy antiguo gozan fama en Asturias las disputas de las mujeres de este pueblo, y se sabe que no las hay más desvergonzadas y temibles cuando se desbocan. Así que, acostumbradas desde niñas a presenciarlas y a tomar parte muy a menudo, casi todas conocen bastante bien el arte de reñir y algunas llegan a ser consumadas maestras. Este mérito no queda oculto; se dice, por ejemplo: «Fulana riñe bien; Zutana se acalora demasiado pronto; Mengana da muchos gritos y no dice nada,» lo mismo que en Madrid se comentan y aquilatan las dotes de los oradores importantes. Había no hace mucho tiempo en Rodillero una persona que eclipsaba a todas las reñidoras del lugar y las derrotaba siempre que entraba en liza con ellas: era un hombre, aunque por sus gustos e inclinaciones tenía mucho de mujer; se llamaba, o se llama, Pedro Regalado, pero nadie le conoce allí por otro nombre que por el de el marica de D. Cándido.[70.1] Teresa, aunque había reñido innumerables veces, no había llegado a adquirir, debido a su natural impetuoso, el grado de perfección que la retórica de las comadres exigía; aquel velar las injurias[70.2] para herir al adversario sin descubrirse;[70.3] aquel subir y bajar la voz con oportunidad, aquel manotear persuasivo, aquel sonreír irónico, aquel alejarse con majestad y venir de improviso con un nuevo insulto en la boca. La señá Isabel, por su posición un tanto[71.1] más alta, descendía pocas veces a la palestra de la calle, pero era comúnmente temida a causa de su astucia y malevolencia.
—A los perros hace tiempo que estás echada tú, pobrecilla—dijo contestando sin inmutarse a la terrible amenaza de Teresa.
—¡Eso quisieras tú; echarme a los perros! Para empezar me quieres echar a pedir limosna, quitándome el pan.
—¿Qué te he quitado yo?
—La lancha nueva de mi hijo, ¡infame!
—¿Que me he comido yo la lancha de tu hijo? ¡No creía tener tan buenas tragaderas![71.2]
Los curiosos rieron. Teresa, encendida de furor, gritó:
—Ríete, pícara, ríete, que ya sabe todo el pueblo que has sido tú la que indujo al tonto del sacristán a cortar los cables de la lancha.
La maestra empalideció y quedó un instante suspensa; pero repuesta en seguida, dijo:
—Lo que sabe todo el pueblo es que hace tiempo que debieras estar encerrada, por loca.
—Encerrada, pronto lo serás tú en la cárcel. ¡Te he de llevar a la cárcel, o poco he de poder!
—Calla, tonta, calla—dijo la maestra, dejando aparecer en su boca una sonrisa,—¿no ves que se están riendo de ti?
—¡A la cárcel! ¡a la cárcel!—repitió la viuda con energía, y volviéndose a los circunstantes, preguntó enfáticamente:—¿Habéis visto nunca mujer más perversa?... La madre murió de un golpe que le dio esta bribona con una sartén, bien lo sabéis... Echó de casa a su hermano y le obligó a sentar plaza[72.1]... A su marido, que era un buen hombre, le dejó morir como a un perro, sin médico y sin medicinas, por no gastarse los cuartos... que tampoco eran suyos; y si no mata a éste que ahora tiene, consiste en que es un calzonazos que no la estorba para nada...
En este momento, D. Claudio, que estaba detrás de su mujer sin atreverse a intervenir en la contienda, sacó su faz deprimida y más fea aún por la indignación que reflejaba, diciendo:
—¡Cállese V., deslenguada; váyase V. de aquí o doy parte[72.2] en seguida al señor alcalde!
Pero la maestra, que refrenaba con grandísimo trabajo la ira, halló medio de darla algún respiro sin comprometerse, y extendiendo el brazo, le pegó un soberbio mojicón de mano vuelta[72.3] en el rostro. El pobre pedagogo, al verse maltratado tan inopinadamente, sólo tuvo ánimo para exclamar, llevándose las manos a la parte dolorida:
—¡Mujer! tú, ¿por qué me castigas?
Teresa estaba tan embebida en la enumeración de las maldades de su enemiga, que no advirtió aquel chistoso incidente y siguió diciendo a la muchedumbre que la rodeaba:
—Ahora roba el dinero de su hija, lo que el difunto tenía de sus padres, y no la deja casarse por no soltar la tajada[72.4]... ¡Antes dejará los dientes en ella!...
La señá Isabel lanzó una carcajada estridente.
—¡Vamos, ya pareció aquello![72.5] ¿Estás ofendida porque no quiero que mi hija se case con el tuyo, verdad? ¿Quisieras echar las uñas a[72.6] mi dinero y divertirte con él, verdad? Lámete, pobrecilla, lámete, que tienes el hocico untado.[73.1]
La viuda se puso encarnada como una brasa.
—Ni mi hijo ni yo necesitamos de tu dinero. Lo que queremos es que no nos robes. ¡Ladrona! ¡ladrona!... ¡ladrona!... ¡ladrona!
El furor de que estaba poseída le hizo repetir innumerables veces esta injuria, exponiéndose a ser procesada; en cambio la maestra procuraba insultarla a mansalva.[73.2]
—¿Qué he de robarte yo, pobretona? Lo que tenías, ya no se acuerda nadie de cuándo te lo han robado...
—¡Ladrona! ¡ladrona! ¡ladrona!—gritaba la viuda, a quien ahogaba el coraje.
—Calla, tonta, calla—decía la señá Isabel sin caérsele la sonrisa de los labios.[73.3]—Vamos, por lo visto,[73.4] tú quieres que te llame aquello[73.5]...
—¡Has de parar en la horca, bribona!
—No te empeñes en que te llame aquello, porque no quiero.—Y volviéndose a los circunstantes, exclamaba con zumba:
—¡Será terca esta mujer,[73.6] que se empeña en que le llame aquello!... ¡Y yo, no quiero!... ¡Y yo, no quiero!...
Al decir estas palabras abría los brazos con una resolución tan graciosa, que excitaba la risa de los presentes. El furor de Teresa había llegado al punto máximo; las injurias que salían de su boca eran cada vez más groseras y terribles.
Por grande que sea nuestro amor a la verdad, y vivo el deseo de representar fielmente una escena tan señalada, el respeto que debemos a nuestros lectores nos obliga a hacer alto.[74.1] Su imaginación podrá suplir fácilmente lo que resta. La reyerta prosiguió encendida largo rato y en la misma disposición; esto es, la señá Isabel esgrimiendo[74.2] la burla y el sarcasmo, Teresa arrojándose a todos los denuestos imaginables; la acción acompañaba a la violencia de sus palabras; iba y venía con portentosa celeridad; daba vueltas en redondo como una peonza; sacudía los brazos en todas direcciones; desgarraba el pañuelo de la garganta que le sofocaba; todo su cuerpo se estremecía cual si estuviese sometido a una corriente magnética. Más de cien veces se alejó de aquel sitio, y otras tantas volvió para arrojar con voz enronquecida un nuevo insulto a la faz de su enemiga. Por último, rendida a tanto esfuerzo y casi perdida la voz, se alejó definitivamente. Los curiosos la perdieron de vista entre las revueltas de la calle. La señá Isabel, victoriosa, le gritó aún desde la ventana:
—¡Anda, anda; vete a casa y toma tila y azahar; no sea cosa que te dé la perlesía, y revientes![74.3]
Teresa padecía, en efecto, del corazón, y solía resentirse cuando experimentaba algún disgusto. En cuanto llegó a casa cayó en un accidente tan grave, que fue necesario llamar apresuradamente al cirujano del lugar.
VIII
Cuando a la tarde llegó José de la mar y se enteró de lo acaecido, experimentó el más fiero dolor de su vida. No pudo medirlo bien, sin embargo, hasta que su madre salió del accidente; los cuidados que exigía y la zozobra que inspiraba le hacían olvidar en cierto modo su propia desdicha. Mas al ponerse buena a los dos o tres días, sintió tan viva y tan cruel la herida de su alma, que estuvo a punto de adolecer. No salió de sus labios, a pesar de esto, una palabra de recriminación; enterró su dolor en el fondo del pecho y siguió ejecutando la tarea cotidiana con el mismo sosiego aparente. Pero al llegar de la mar por las tardes, en vez de ir a la tienda de la maestra o de pasar un rato en la taberna con sus amigos como antes, se metía en casa, así que despachaba los negocios del pescado, y no volvía a salir hasta el siguiente día a la hora de embarcarse.
Esta resignación mortificaba aún más a Teresa que una reyerta cada hora: andaba inquieta y avergonzada: su corazón de madre padecía al ver el dolor mudo y grave de su hijo: aunque no se hubiese apagado ni mucho menos en su alma la hoguera de la cólera, y desease frenéticamente tomar venganza acabada de la señá Isabel, empezaba a sentir algo parecido al remordimiento. Pero no fue parte esto a impedir que demandase judicialmente[75.1] al sacristán reclamándole los daños causados por su hijo Rufo, el cual por su inocencia no era responsable ante la ley. Y como el hecho estaba bien probado, el juez de Sarrió condenó al cabo al sacristán a encerrar en casa al tonto y a resarcir el valor de la lancha a José. Lo primero fue ejecutado al punto; mas a lo segundo no era fácil darle cumplido efecto, porque el sacristán vivía de los escasos emolumentos que el cura le pagaba, y no se le conocían más bienes de fortuna:[75.2] cuando el escribano fue a embargarle la hacienda viose necesitado a tomar los muebles, los enseres de cocina y las ropas de cama, todo lo cual, viejo y estropeado, produjo poquísimo dinero. Mas la sacristana debía de estimarlo como si fuese de oro y marfil, a juzgar por el llanto y los suspiros que le costó desprenderse de ello. Tenía esta mujer opinión de bruja en el pueblo; las madres la miraban con terror y ponían gran cuidado en que no besara a sus pequeños; los hombres la consultaban algunas veces cuando hacían un viaje largo para saber su resultado. Ella, en vez de trabajar por deshacer esta opinión, la fomentaba con su conducta, a semejanza de lo que en otro tiempo hacían algunas desdichadas que la Inquisición mandaba a la hoguera: la vanidad femenina puede llegar a tales extravíos. Decía la buenaventura por medio de las cartas o las rayas de la mano; sacaba el maleficio al que no podía usar del matrimonio;[76.1] propinaba untos y polvos para ser querido de la persona deseada, y se daba aire de suficiencia y aparato de misterio que excitaba grandemente la fantasía de los pobres pescadores.
Al ver que le arrebataban de casa sus muebles, prorrumpió en maldiciones tan espantosas contra Teresa y su hijo, que consiguió horrorizar a los curiosos, que como sucede siempre en tales casos, habían seguido al escribano y al alguacil.
—¡Permita Dios que esa bribona pida limosna por las calles y la ahorquen después por ladrona! ¡Permita Dios que se le haga veneno lo que coma! ¡Permita Dios que su hijo vaya un día a la mar y no vuelva!
Mientras los ministros de la justicia desempeñaron su tarea, no cesó de invocar al cielo y al infierno contra sus enemigos. Los vecinos que se hallaban presentes marcharon aterrados.
—Por todo lo que tiene D. Anacleto—decía un marinero viejo a los que iban con él—no quisiera estar ahora en el pellejo de José el de la viuda.[77.1] Hay que temer las maldiciones de esa mujer.
—No será tanto[77.2]—repuso otro más joven y más despreocupado.
—Te digo que sí: tú eres mozo y no puedes acordarte, pero aquí están Casimiro y Juan, que bien saben lo que a mí me ha pasado con ella hace ya algunos años... Iba yo una tarde a la ribera para salir a la merluza, cuando me llamó para pedirme que llevase conmigo a su Rufo y le hiciese rapaz de la lancha. Yo me negué a ello, claro está, porque ese bobo nunca ha servido para nada. Se puso entonces como una perra rabiosa contra mí, y me llenó de insultos y maldiciones. Yo sin hacer caso seguí mi camino y entré a bordo: llegamos a la playa de la merluza a eso de las nueve[77.3] y tuvimos los aparejos echados hasta el amanecer. ¿Querrás creer que no aferré más de tres merluzas? Las demás lanchas vinieron con cada ochenta, ciento y hasta la hubo de ciento treinta.[77.4] Al día siguiente me sucedió poco más o menos lo mismo, y al otro igual,[77.5] y al otro igual... En fin, muchacho, que no tuve más remedio que ir a su casa y pedirle por Dios que me levantase la maldición...
Los marineros viejos apoyaron lo que su compañero afirmaba. Cuando los demás vecinos tuvieron noticia de las tremendas maldiciones proferidas por la mujer del sacristán, también compadecieron sinceramente a José. La misma Teresa, al saberlo, se sintió atemorizada, por más que la soberbia le hiciese ocultar el miedo.
A la hora de comer, la señá Isabel, que lo había aprendido en la calle, se lo notició a su hija con extremado deleite.
—¿No sabes una cosa,[78.1] Elisa?
—¿Qué?
—Que hoy fueron a embargar los muebles a Eugenia la sacristana por lo que hizo su hijo Rufo con la lancha de José... ¡Pero anda, que no les arriendo la ganancia[78.2] ni a éste ni a su madre!... Las maldiciones que aquella mujer les echó no son para dichas[78.3]... Creo que daban miedo.[78.4]
Elisa, cuya alma impresionable y supersticiosa conocía bien la maestra, se puso pálida.
—¡Fueron espantosas, según cuentan!—prosiguió la vieja relamiéndose interiormente.[78.5]—Que había de verles pidiendo limosna por las calles... que ojalá José necesitase robar para comer y le viese después colgado de una horca, o que saliese un día a la mar y no volviese...
Las manos de Elisa temblaban al llevar la cuchara a la boca, mientras su madre, con refinada crueldad, repetía una por una las atrocidades que por la mañana había proferido la sacristana. Al fin, algunas lágrimas salieron rodando de sus ojos hermosos. La maestra, al verlas, se indignó terriblemente.
—¿Por qué lloras, mentecata? ¿Habrá en el mundo muchacha más bobalicona?... ¡Aguarda un poco, que yo te daré motivo para llorar!
Y levantándose de la silla, la aplicó un par de soberbias bofetadas, que enrojecieron las mejillas de la cándida doncella.
Mientras tales sucesos acaecían, estaba feneciendo en Rodillero la costera del bonito; por mejor decir, había terminado enteramente. Corrían los postreros días de Octubre; el tiempo estaba sereno; la mar se rizaba levemente en toda su extensión al paso de las brisas frías del otoño; el cielo, a la caída de la tarde, se presentaba diáfano y pálido; algunas nubes de color violeta permanecían suspendidas en el horizonte; los cabos de la costa parecían más cercanos por la pureza del ambiente; cuando las ráfagas de la brisa eran más vivas corrían por la superficie del mar fuertes temblores de frío, cual si al monstruo se le pusiese carne de gallina.[79.1]
Había llegado la época propicia para la pesca de la sardina, más descansada y de menos peligro que la del bonito. Desgraciadamente, aquel año se presentó muy poca en la costa, las lanchas salían por mañana y tarde y regresaban la mayor parte de los días sin traer sobre los paneles el valor de la raba[79.2] que habían echado al agua como cebo. ¡Qué distinto aquel año del anterior, en que se pescaba en una hora lo bastante para tornarse a casa satisfechos; en que las gaviotas se cernían en bandadas sobre las barcas para recoger las migajas del botín; en que los muchachos, encaramados sobre las peñas, veían brillar de lejos la sardina en el fondo de las lanchas como montones enormes de lingotes de plata! Y no habiendo sardina, tampoco tenían cebo para salir al congrio y la merluza, ni pescar cerca de la costa la robaliza, el sollo, el salmonete y otros peces exquisitos. El hambre iba, pues, a presentarse muy pronto en Rodillero, porque los pescadores viven ordinariamente para el día, sin acordarse del siguiente. Algunos de ellos, no obstante, se defendían de la miseria persistiendo en salir al bonito, puesto que[80.1] éste andaba escaso también, y se corría ya, por lo avanzado de la estación, grave riesgo en pescarlo: la mar, en esta época, se alborota presto; el viento, a veces, también cae[80.2] de un modo repentino, y las lanchas necesitan alejarse mucho para hallar aquel pescado. José era uno de estos marineros temerarios; pero vencido al fin de las amonestaciones de los viejos y de su propia experiencia, que también se lo mandaba, determinó de suspender las salidas al bonito y dedicarse a la sardina, aunque con poquísimas esperanzas de obtener buen resultado.
Antes de emprender esta pesca se fue una mañana por tierra a Sarrió con el objeto de comprar raba. Había amanecido un día sereno: el mar presentaba un color lechoso: el sol se mantuvo largo rato envuelto en una leve gasa blanca; los cabos en vapor trasparente y azulado. Sobre la llanura del mar, el cielo aparecía estriado de nubes matizadas de violeta y rosa. A las diez de la mañana el sol rompió su envoltura,[80.3] disipáronse las nubes, y comenzó a ventar fresco del N. E. A la una de la tarde la brisa se fue calmando, y aparecieron por la parte de tierra algunas nubecillas blancas como copos de lana: se indicó el contraste:[80.4] a la media hora ya se había declarado. El viento del Oeste consiguió la victoria sobre su enemigo, y comenzó a soplar reciamente, pero sin inspirar cuidado. Sin embargo, su fuerza fue aumentando poco a poco, de suerte que a las tres soplaba ya huracanado. Los marineros que estaban en el pueblo habían acudido todos a la ribera. A partir de esta hora,[81.1] fue aumentando por momentos la fuerza del vendaval. Comenzó a sentirse en el pueblo la agitación del miedo: un rumor sordo y confuso producido por las idas y venidas de la gente, por las preguntas que los vecinos se dirigían unos a otros. Las mujeres dejaban las ocupaciones de la casa y salían a las puertas y a las ventanas, y se miraban asustadas, y se interrogaban con los ojos y con la lengua.
—¿Han llegado las lanchas?
—¿Están las lanchas fuera?
Y unas después de otras, las que tenían a los suyos en el mar, enderezaron sus pasos hacia la ribera, formando grupos y comunicándose sus temores. Mas antes de que pudiesen llegar allá, el viento se desató violento e iracundo, como pocas veces se había visto: en pocos minutos se convirtió en un terrible y pavoroso huracán: al cruzar por el estrecho barranco de Rodillero, con ruido infernal, batió furiosamente las puertas de las casas, arrebató algunas redes que se hallaban tendidas en las ventanas, y arrojó remolinos de inmundicia a los ojos de los vecinos. Las mujeres, embargadas por el miedo, suspendieron toda conversación y corrieron desaladas[81.2] a la playa: los demás habitantes, hombres, mujeres y niños, que no tenían ningún pariente en la mar, dejaron también sus casas, y las siguieron; por la calle no se oía más que este grito: «¡Las lanchas! ¡las lanchas!»
Al desembocar aquella muchedumbre en la ribera, el mar ofrecía un espectáculo hermoso, más que imponente. Los vientos repentinos no traen consigo gran revolución en las aguas por el momento, sino una marejada viva y superficial. Así que la vasta llanura sólo estaba fuertemente fruncida; brillaban en toda su extensión infinitos puntos blancos, surgiendo y desapareciendo alternativamente a modo de mágico chisporroteo. Pero los centenares de ojos clavados en el horizonte con ansiedad, no vieron señal ninguna de barco. Entonces una voz gritó:—«¡A San Esteban!... ¡a San Esteban!»—Todos dejaron la ribera para subir a aquel monte, que señoreaba una extensión inmensa de agua. La mayoría se fue a buscar corriendo el camino que por detrás del pueblo conducía a él; mas los niños y las pobres mujeres que tenían a sus esposos y hermanos en la mar, se pusieron a escalarlo a pico; la impaciencia, el terror, el ansia, les daba fuerza para trepar por las rocas puntiagudas y la maleza.
Cuando llegaron a la cima y tendieron la vista por la gran planicie del océano, vieron en los confines del horizonte tres o cuatro puntos blancos; eran las lanchas. Después fueron apareciendo sucesivamente otros varios, mostrándose unos y otros cada vez con más precisión.
—Vienen todas en vuelta de[82.1] tierra, con el borriquete de proa[82.2] solamente—dijo uno de los marineros que acababan de llegar.
—En vuelta de tierra, sí; pero a buscar pronto el abrigo de la costa: tienen la proa puesta a Peñascosa—repuso otro.
El grupo de los espectadores colocado en la cima del monte, se fue engrosando rápidamente con los que llegaban a toda prisa. El viento hacía tremolar vivamente los pañuelos de las mujeres, y obligaba a los hombres que gastaban sombrero a tenerlo sujeto con la mano. Reinaba silencio ansioso en aquel puñado de seres humanos: el huracán zumbaba con fuerza en los oídos, hasta aturdirlos y ensordecerlos: todos los ojos estaban clavados en aquellos puntitos blancos que parecían inmóviles allá en el horizonte. De vez en cuando, los marineros se comunicaban rápidamente alguna observación.
—La salsa[83.1] les debe de incomodar.
—Phs...[83.2] eso importa poco: por ahora, la mar no les hace mayor daño. Si consiguen abrigarse, no hay cuidado.
—Necesitan orzar mucho.
—Claro; todo lo que dé el viento...; y aun así, no sé si podrán meterse detrás del cabo.
Las lanchas, al fin, se fueron ocultando una en pos de otra donde el marinero decía.
El grupo respiró. Sin embargo, aquel consuelo se fue trocando poco a poco en angustia a medida que el tiempo avanzaba y los barcos no parecían sobre la punta de tierra más próxima a Rodillero, denominada el Cuerno.
Trascurrió media hora; el grupo de los vecinos tenía los ojos fijos en este cabo con expresión de anhelo: el viento seguía cada vez más soberbio y embravecido.
—Mucho tardan—dijo un marinero al oído de otro.
—Se habrán metido quizá en la concha[83.3] de Peñascosa—contestó éste.
—O vendrán ciñendo la tierra sin soltarla.
Tenía razón el primero. Después de aguardar largo rato, apareció por el Cuerno una lancha con el borriquete solamente y a medio izar. [83.4]
—¡Es la de Nicolás de la Tejera![84.1]—dijeron a un tiempo varias voces.
—¡Alabado sea Dios!—¡Bendita sea la Virgen Santísima!—¡El Santo Cristo hermoso los ha salvado!—dijeron casi a un tiempo las esposas y las madres de los que la tripulaban.
Y bajaron corriendo a la ribera para esperarlos.
Al poco rato, apareció otra.
—¡Es la de Manuel de Dorotea!—exclamaron en seguida en el grupo.
Se escucharon las mismas bendiciones y gritos de alegría, y otro golpe de mujeres y niños se destacó corriendo a la playa.
Luego vino otra, y luego otra, y así sucesivamente fueron apareciendo unas tras otras las lanchas. El grupo del monte de San Esteban iba mermando poco a poco a medida que las barcas entraban en la ensenada de Rodillero. Pronto quedó reducido a un puñado de personas. Faltaba una sola lancha. En la ribera, se sabía ya que aquella lancha no había de llegar, porque había zozobrado; pero nadie osaba subir a San Esteban a noticiarlo. Las pobres mujeres que allí estaban, esperaban con sus pequeñuelos de la mano, silenciosas, inmóviles, presintiendo su desgracia, y haciendo esfuerzos por alejar del pensamiento la terrible idea.
El sol se ocultaba ya entre rojizos resplandores: el viento aún persistía en soplar furiosamente: las aguas del océano dejaban de fruncirse y comenzaban a hincharse con soberbia. Las esposas y madres seguían con los ojos clavados en el mar esperando siempre ver aparecer los suyos: nadie se decía una palabra ni de temor ni de consuelo; mas, sin advertirlo ellas mismas, algunas lágrimas saltaban a los ojos: el viento las secaba prontamente.
Mientras esto acaecía en Rodillero, José caminaba apresuradamente la vuelta de él por la carretera de Sarrió. Como marino experimentado, comprendió a las primeras señales de contraste que iba a caer un viento peligroso. Al observar la violencia inusitada de las ráfagas, se dijo, lleno de tristeza:—«Es imposible que hoy no suceda una desgracia en Rodillero.»—Y apretó cuanto pudo el paso. De vez en cuando se detenía algunos instantes para subir a alguna eminencia del camino y escrutar atentamente los horizontes de la mar en busca de las lanchas. Cuando el huracán llegó a su mayor poder, no le fue dado resistir la impaciencia: dejó el barril de raba, que había comprado, en manos de otro caminante que halló por casualidad, y se dio a correr como un gamo hasta perder el aliento.
Cuando alcanzó las primeras casas del pueblo, era ya muy cerca del oscurecer. Un grupo de chicos estaba jugando a los bolos en las afueras: al pasar por delante, uno de ellos le dijo:
—José; la lancha de Tomás se perdió.
El marinero detuvo el paso, y preguntó visiblemente conmovido:
—¿Dónde iba mi cuñado Nicasio?
El muchacho bajó la cabeza sin contestar, asustado ya y arrepentido de habérselo dicho.
José se puso terriblemente pálido, quitose la boina y comenzó a mesarse los cabellos, dejando escapar palabras de dolor y gemidos. Sigiuó caminando hacia el pueblo, y entró en él escoltado por el grupo de chicos y por otros muchos que se les fueron agregando.—«Ahí va José; ahí va José de la viuda:»—se decían los vecinos acercándose a las puertas y ventanas para verle pasar descolorido y con la boina en la mano. Al cruzar por delante de una taberna, salieron de ella tres o cuatro voces llamándole; y otros tantos marineros acudieron a detenerle, y le hicieron entrar: Bernardo era uno de ellos; otro el Corsario.
—Acaban de decirme que se perdió la lancha de Tomás... ¿No se salvó ninguno?—preguntó temblándole la voz, al poner el pie en la taberna.
Ninguno de los marineros esparcidos por ella, le contestó. Después de algunos instantes de silencio, uno le dijo:
—Vamos, José; toma un vaso de vino, y serénate: todos estamos sujetos a lo mismo.
José se dejó caer sentado sobre el banco próximo al mostrador, y metió la cabeza entre las manos sin hacer caso del vaso que su compañero le puso delante. Al cabo de un rato, sin embargo, alargó la mano para cogerlo y bebió todo el vino con avidez.
—¡Qué se va a hacer! ¡Vaya todo por Dios![86.1]—dijo al colocarlo otra vez sobre el mostrador: y limpiándose con la boina algunas lágrimas que le rodaban por el rostro, preguntó ya con voz entera:
—¿Y cómo fue eso?
—Pues nada, muchacho, se fueron a pique porque quisieron—le contestó uno.—Cuando veníamos todos con el borriquete medio relingado y con muchísimo ojo, [86.2] y que no nos llegaba la camisa al cuerpo, [86.3] vemos que Tomás iza el trinquete en el palo del medio... Me parece que no había acabado de relingar cuando ¡zas! dio vuelta [86.4] la lancha...
—¿No quedó flotando alguno?—preguntó Bernardo.
—Sí; vimos tres o cuatro.
—¿Y por qué no los recogisteis?
—Porque pasábamos muy lejos de ellos... Detrás de nosotros y bien a barlovento venía Joaquín de la Mota... Pensábamos que él los recogería.
—¡Pensabais! ¡pensabais!—exclamó Bernardo indignado.—¡Lo que yo pienso es que debierais ir entre guardias civiles a la cárcel así que saltasteis en la ribera!
—¿Por qué, morral,[87.1] por qué?—preguntó el otro lleno de ira.—¿Qué íbamos a hacer nosotros, pasando más de un tiro de carabina lejos de ellos? ¿Querías que por salvarlos a ellos nos ahogáramos todos?
—¡Ahogaros! ¡ahogaros!... ¡La lástima fue esa![87.2]... ¿Y por qué no arriasteis de plan[87.3] la vela y no os acercasteis bogando?
—¡Cállate, burro, cállate! ¿Crees tú que estaba la mar para que hiciéramos dulces con ella?[87.4]
—La mar estaba bella... un poco de salsa y nada más.
—¿Qué sabes tú lo que pasaba en la mar si estabas en tierra rascándote la barriga?[87.5]
—La mar estaba bella, te digo... Y además, en último resultado, ¿por qué no disteis fondo[87.6] y no aguardasteis a que ellos se fueran acercando a vosotros?
Mientras Bernardo y el otro marinero disputaban, José permanecía silencioso, teniendo la cabeza entre las manos en actitud de profundo abatimiento. Pensaba que su hermana quedaba con seis niños, el mayor de once años, sin más amparo que la capa del cielo: y por más que sus hermanas jamás habían sido buenas para él y le habían ocasionado muchos pesares, todavía les dedicaba en su corazón un cariño inmenso. La tabernera, gorda y linfática, le miraba con lástima y hacía esfuerzos por consolarle, presentándole de vez en cuando el vaso lleno de vino: él alargaba el brazo distraídamente para cogerlo y lo bebía hasta el tope,[88.1] sin darse cuenta cabal de lo que hacía.
Cuando más encendida estaba la disputa entre Bernardo y su compañero, he aquí que se oyen fuertes gritos en la calle, y casi en el mismo instante entra en la taberna con violencia la hermana de nuestro marinero, la que acababa de quedar viuda, suelto el cabello, el rostro demudado y rodeada de sus hijos. Se abalanza a José y se arroja en sus brazos, rompiendo en agudos gemidos, que dejan silenciosos y graves a todos los marineros. Aquél la recibe también llorando. Cuando se separan, la mujer recoge sus niños, y, empujándolos hacia José, les dice, con cierta expresión teatral que repugna a los circunstantes, bien enterados de lo mucho que aquél había sufrido por su causa:
—Hijos míos, ya no tenéis quien os mantenga; pedid de rodillas a vuestro tío que sea vuestro padre; él, que es tan bueno, os amparará.
El noble marinero no advierte, como los demás, la hipocresía de su hermana; abraza a los niños y les besa diciendo:
—No tengáis cuidado, pobrecitos; mientras yo tenga un pedazo de pan, será vuestro y de vuestra madre.
Después se limpia las lágrimas y dice a su hermana:
—Vaya, llévalos a casa, que ya es noche.
Así que la mujer y los chicos salieron de la taberna, se enredó de nuevo la disputa sobre el percance[89.1] de la tarde: poco a poco todos los marineros fueron tomando parte en ella, hasta no entenderse nadie.
José permanecía silencioso al lado del mostrador, apurando de vez en cuando el vaso de vino que la tabernera le presentaba. Al fin, tanto fue lo que bebió, sin advertirlo, que perdió la cabeza y fue preciso trasportarlo a casa, en completo estado de embriaguez.
IX
Recogió, en efecto, a la viuda y sus hijos en casa y los mantuvo todo lo bien que[89.2] le consentían sus escasos recursos. Pero éstos, en vez de aumentar, fueron disminuyendo: la costera de la sardina fue desdichada hasta el fin; no hubo apenas congrio ni merluza: cuando llegó la del besugo, por los meses de Diciembre y Enero, José estaba empeñado en más de mil reales, y aun le faltaba pagar cuatro barriles de raba, que ascendían a una respetable cantidad. Viéndose perseguido por los acreedores, se deshizo de su lancha, la cual por ser vieja y venderse con prisa, le valió poco dinero. Una vez sin lancha, no tuvo más remedio que entrar de simple compañero en otra, ganando como los demás, una soldada, que aquel año era cortísima.
Agregábase a estas calamidades la de no tener sosiego en casa. Su madre no sufría con paciencia los reveses de la fortuna y se rebelaba contra ella, armando por el más liviano motivo una batahola, que se oía de todos los rincones del pueblo. Dentro de casa, su hija, sus nietos y el mismo José, cuando llegaba de la mar, eran víctimas de aquella cólera que se le había derramado por el cuerpo y que la ahogaba. Por otra parte, la hermana casada no veía con buenos ojos que la viuda y sus hijos se estuviesen comiendo todo lo que había en casa de su madre y la dejasen arruinada, cuando ella no había sacado ni un mal jergón[90.1] (eran sus palabras); y no dejaba de echárselo en cara siempre que podía, y de ahí se originaban pendencias repugnantes que convertían la vivienda en un verdadero infierno.
Para salir de él temporalmente, y no morirse de tristeza, nuestro desgraciado marinero asistía de vez en cuando a la taberna y se pasaba allí algunas horas charlando y bebiendo con sus compañeros. Poco a poco el vicio de la bebida, que tanto había aborrecido, se fue apoderando de él, y si no le dominó por entero como a otros, haciéndole olvidar sus obligaciones, todavía fue lo bastante para que en el pueblo se dijese que «estaba convertido en un borracho.» La señá Isabel se daba prisa a propalar esta especie entre las comadres.
La miseria, el trabajo, la discordia doméstica, no serían poderosos a abatir el ánimo del pescador si a ellas no se añadiese la soledad del corazón, que es el desengaño. Educado en la desgracia, padeciendo desde que nació todos los rigores de la suerte, luchando con la ferocidad de la mar y con los caracteres no menos feroces de su madre y hermanas, poco le importaría[90.2] un latigazo más de la fortuna si su vida no hubiera sido iluminada un instante por el sol de la dicha. Pero había tropezado con el amor en su monótona existencia, y había tropezado al tiempo mismo en que alcanzaba también el bienestar material. De pronto, bienestar y amor se habían huido: apagose el rayo de luz: quedó sumido en las tinieblas de la miseria y la soledad. Y si es cierto, como afirma el poeta, que no existe mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la desgracia,[91.1] no es maravilla que el pobre José buscase un lenitivo al suyo y el olvido momentáneo de sus penas en la ficticia alegría que el vino comunica.
Desde la reyerta de su madre con la señá Isabel no había vuelto a hablar con Elisa, ni la había visto sino de lejos; en cuanto divisaba su figura (y era pocas veces porque se pasaba el día entero en la mar), se alejaba corriendo o se mezclaba en un grupo para no tropezar con ella, o buscaba asilo en la taberna inmediata. Al principio esto fue por vergüenza y miedo: temía que Elisa estuviese ofendida y no le quisiera saludar. Más adelante[91.2] la maledicencia, que en tales casos nunca deja de andar suelta,[91.3] trajo a sus oídos la noticia de que la joven estaba ya inclinada a despreciarle, que su madre había logrado persuadirla a ello, y que pronto se casaría con un piloto de Sarrió. Entonces por dignidad evitó cuidadosamente su encuentro. Los contratiempos que después padeció ayudaron también mucho a alejarle de ella: pensaba, y no le faltaba razón, que un hombre arruinado y con tantas obligaciones como él tenía, no era partido para ninguna muchacha, y menos para una tan codiciada como la hija de la maestra.
Así estaban las cosas cuando un día en que por falta de viento no salieron a la mar, le propuso su madre ir a Peñascosa, distante de Rodillero poco más de media legua: tenía allí Teresa una hermana que le había ofrecido patatas de su huerta y algunas otras legumbres, que en el estado de pobreza en que se hallaban, eran un socorro muy aceptable. Decidieron ir por la tarde y tornar al oscurecer, para que José no pasase en medio del día, cargado, por el pueblo. Aunque había camino real para ir a Peñascosa, la gente de este pueblo y la de Rodillero acostumbraba servirse, cuando no llevaban carro o caballería, de una trocha abierta a orillas de la mar; ésta fue la que siguieron madre e hijo cuando ya el sol declinaba.
Era un día trasparente y frío del mes de Febrero; el mar ofrecía un color azul oscuro. Como la vereda no consentía que fuesen pareados,[92.1] la madre caminaba delante y el hijo la seguía: marchaban silenciosos y tristes: hacía tiempo que la alegría había huido de sus corazones. Cuando se hallaban a medio camino próximamente, en un paraje en que la trocha dejaba las peñas de la costa y entraba por un vasto y alegre campo, vieron a lo lejos otras dos personas que hacia ellos venían. Teresa no fijó la atención en ellas; pero José, por su costumbre de explorar largas distancias, no tardó en descubrir que aquellas dos personas eran la señá Isabel y su hija: diole un salto el corazón, pensando en que era forzoso tropezarse. ¡Qué iba a pasar allí! No se atrevió a decir nada a su madre y la dejó caminar distraída, con los ojos bajos; mas al fin ésta levantó la cabeza, y fijándose en las dos figuras lejanas, se volvió hacia él preguntando:
—Oyes, José, ¿aquellas dos mujeres no te parece que son la señá Isabel y Elisa?
—Creo que sí—respondió el marinero sordamente.
—¡Ah!—exclamó Teresa con feroz regocijo, y apretó un poco el paso sin pronunciar palabra, temiendo, sin duda, que el hijo tratase de estorbar el proyecto que había nacido súbitamente en su imaginación.
José la siguió con el corazón angustiado, sin osar decirle nada. No obstante, después que hubieron caminado algunos pasos, pudo más el temor de una escena violenta y escandalosa que el respeto filial, y se aventuró a decir severamente:
—Madre, haga el favor, por Dios, de no comprometerse ni comprometerme.
Pero Teresa siguió caminando sin contestarle, como si quisiera evitar razonamientos.
Un poco más allá, tornó a decirle aún con más severidad:
—¡Mire bien lo que va a hacer, madre!
El mismo silencio por parte de Teresa. En esto[93.1] se habían acercado ya bastante los que iban y los que venían de Peñascosa. Cuando estuvieron a un tiro de piedra, próximamente, la señá Isabel detuvo el paso y vaciló un instante entre seguir o retroceder, porque había advertido la resolución nada pacífica con que Teresa caminaba hacia ella. Por fin, adoptó el término medio de estarse quieta. Teresa avanzó rápidamente hacia ella; pero al hallarse a una distancia de veinte o treinta pasos, se detuvo también, y poniendo los brazos en jarras, comenzó a preguntar a su enemiga en el tono sarcástico que la ira le hacía siempre adoptar:
—¡Hola, señora!... ¿Cómo está V., señora?... ¿Está V. buena?... ¿El esposo bueno también?... Hacía tiempo que no tenía el gusto de verla...
—¡José, ten cuidado con tu madre, que está loca!—gritó la señá Isabel con el semblante demudado.
—¡Ah, señora! ¿Conque después de haberle echado a pedir limosna y haberse reído de él, le pide V. todavía que la socorra?—Y cambiando repentinamente la expresión irónica de su rostro por otra iracunda y feroz, salvó como un tigre la distancia que la separaba de su enemiga, y se arrojó sobre ella gritando:—¡Tú me has vuelto loca, bribona!... ¡Pero ahora me las vas a pagar todas![94.1]
La lucha fue tan rabiosa como repugnante. La viuda, más fuerte y más nerviosa, consiguió en seguida arrojar al suelo a la señá Isabel; pero ésta, apelando a todos los medios de defensa, arrancó los pendientes a su enemiga, rajándole las orejas y haciéndole sangrar por ellas copiosamente.
José de un lado y Elisa del otro, se habían precipitado a separar a sus madres, y se esforzaban inútilmente por conseguirlo. Elisa tenía el rostro bañado de lágrimas; José estaba pálido y conmovido. Sus manos en uno de los lances de la faena,[94.2] se encontraron casualmente; y por un movimiento simultáneo, alzaron ambos la cabeza; se miraron con amor, y se las estrecharon tiernamente.
Al fin José, cogiendo a su madre por medio del cuerpo, la levantó en el aire y fue a depositarla algunos pasos lejos: Elisa ayudó a levantarse a la suya. Unos y otros se apartaron siguiendo su camino. Las madres iban delante murmurando sin cesar injurias: los hijos volvían a menudo la cabeza para mirarse, hasta que se perdieron enteramente de vista.
X
Don Fernando, de la gran casa de Meira, se paseaba una noche, dos meses después del suceso que acabamos de referir, por el vasto salón feudal de su casa solariega. Alguien hubiera echado menos en aquel instante la artística lámpara de bronce, en consonancia con la majestuosa amplitud de la cuadra, o los primorosos candelabros de plata de un período más reciente; porque el pavimento no estaba llano, liso y extendido como en los siglos anteriores; ofrecía aquí y allá algunos agujeros, que aunque labrados por la planta nobilísima de los señores de Meira, y en este supuesto muy dignos de veneración, no dejaban de ser enemigos declarados de la integridad y salud de todas las piernas, lo mismo hidalgas que plebeyas. Pero D. Fernando los conocía muy bien, y los evitaba sin verlos, caminando con paso rápido de un cabo a otro de la estancia, en medio de las tinieblas.
Sus pasos retumbaban huecos y profundos en el vetusto caserón; mas los ratones, habituados desde muy antiguo[95.1] a escucharlos, no mostraban temor alguno y persistían tranquilamente en su obra devastadora, rompiendo el silencio de la noche con un leve y continuado crugido; los murciélagos, con menos temor aún, volaban en danza fantástica sobre la cabeza del anciano con sordo y medroso zumbido.
En aquel momento, D. Fernando se hubiera metamorfoseado de buena gana en ratón, y acaso acaso,[95.2] en murciélago. Por muy triste que fuese roer en la madera sepultado en un tétrico agujero, o yacer aletargado durante el día sobre la cornisa de una puerta, para volar únicamente en las lúgubres horas de la noche, ¿lo era menos, por ventura, verse privado de salir a la luz del sol y caminar al aire libre después de conocer las dulzuras de uno y otro? Pues esto, ni más ni menos, era lo que le acaecía al noble vástago de la casa de Meira, hacía ya cerca de un mes. ¿Y todo por qué? Por una cosa tan sencilla y corriente, como no tener camisa.
Hacía ya bastante tiempo que D. Fernando sólo tenía una; pero con ella se daba traza para ir tirando;[96.1] cuando estaba sucia la lavaba con sus propias manos, y la tendía en un patinejo[96.2] que había detrás de la casa, y después que se secaba, bien aplanchada con las manos, se la ponía. Mas sucedió que una mañana, estando la camisa tendida al sol, y el señor de Meira esperando en su mansión que se secase, acertó a entrar en el patio, por una de sus múltiples brechas, el asno de un vecino; el señor de Meira le vio acercarse a la camisa, sin sospechar nada malo; le vio llegar el hocico a ella, y todavía no comprendió sus planes; sólo al contemplarla entre los dientes del pollino se hizo cargo de su imprevisión, y sintió el corazón desgarrado; y la camisa también. Desde entonces D. Fernando no puso más los pies en la calle a las horas del día; repugnaba mucho, y no sin razón, a sus altos sentimientos feudales, presentarse sin una prenda[96.3] tan indispensable ante los hijos de aquellos antiguos villanos, sobre quienes sus antepasados ejercían el derecho de pernada[96.4] y otros privilegios tan despóticos, aunque menos ominosos.
Entre los hijos de aquellos villanos corría como muy cierta la voz de que D. Fernando estaba pasando «las de Caín.»[97.1] Y aunque el hambre se cernía como águila rapaz sobre la cabeza de casi todos los vecinos de Rodillero, no faltaban corazones compasivos que procuraban socorrer al noble caballero sin ofender su extraordinaria y delicadísima susceptibilidad. El que más se distinguía en esta generosa tarea era nuestro José, el cual apelaba a mil ardides y embustes para obligar al señor de Meira a que aceptase sus auxilios: unas veces le venía hablando de una deuda antigua que su madre tenía con la casa de Meira; otras muchas le mandaba pescado de regalo; otras, llevando las viandas en un cesto, se iba a cenar con él en grata compañía. D. Fernando, que conocía la precaria situación del marinero, rechazaba con heroísmo aquellos tan apetecidos socorros, y sólo después de largo pugilato,[97.2] lograba José que los aceptase, volviendo la cabeza para no ver las lágrimas de agradecimiento que el anciano caballero no era poderoso a contener. Pero estos y otros socorros no bastaban algunas veces: había días en que nadie parecía por el lóbrego caserón, y entonces era cuando D. Fernando pasaba «aquellas de Caín» a que la voz pública se refería.
Ahora las está pasando más terribles y crueles que nunca. Hace veinticuatro horas que no ha entrado alimento alguno en el estómago del noble caballero; y según se puede colegir, no es fácil que entre todavía en algunas más, pues son las doce de la noche y se encuentran todos los vecinos reposando. A medida que el tiempo pasa crece su congoja: los paseos no son tan vivos; de vez en cuando se pasa la mano por la frente, donde corren ya algunas gotas de sudor frío, y deja escapar algunos suspiros que mueren tristemente sin llegar a todos los ámbitos del tenebroso salón. El último vástago de la alta y poderosa casa de Meira está a punto de desfallecer. De pronto, sin darse él mismo cuenta cabal de lo que hace, movido sin duda del puro instinto de conservación, abandona rápidamente la estancia, baja las ruinosas escaleras en pocos saltos y se lanza a la calle. Una vez en ella, se queda inmóvil sin saber a dónde dirigirse.
Era una noche templada y oscura de primavera: espesos nubarrones velaban por completo el fulgor de las estrellas. D. Fernando gira la vista en torno con dolorosa expresión de angustia, y después de vacilar unos instantes, empieza a caminar lentamente a lo largo de la calle en dirección de la salida del pueblo. Al pasar por delante de las casas vacila, medita si llamará en demanda de socorro; pero un vivo sentimiento de vergüenza se apodera de él en el momento de acercarse a las puertas y sigue su camino; sigue siempre, bien convencido, sin embargo, de que pronto caerá rendido a la miseria. Empieza a sentir vértigos y nota que la vista se le turba. Al llegar delante de la casa de la señá Isabel, que es una de las últimas del lugar, se detiene... ¿A dónde va? ¿A morir quizá como un perro en la carretera solitaria? Entonces vuelve a mirar en torno suyo[98.1] y ve a su izquierda blanquear la tapia de la huerta del maestro: es una huerta amplia y feraz, llena de frutas y legumbres; la mejor que hay en el pueblo, o por mejor decir, la única buena. El pensamiento criminal de entrar en aquella huerta y apoderarse de algunas legumbres asalta al buen hidalgo; lo rechaza al instante; le acomete otra vez; torna a rechazarlo. Finalmente, después de una lucha tenaz, pero desigual, vence el pecado. D. Fernando se dijo para cohonestar el proyecto de robo:—«¿Pues qué, voy a dejarme morir de hambre? Unas cuantas patatas más o menos no suponen nada[99.1] a la maestra; bastante tiene... mal adquirido a costa de los pobres pescadores.»
Y he aquí cómo el hambre hizo socialista en un instante al último vástago de la gran casa de Meira.
Siguió la tapia a lo largo, torció a la izquierda y buscó por detrás de la casa el sitio más accesible para entrar. La pared por aquel sitio no era tan alta y estaba descascada y ruinosa en algunos trozos.[99.2] Don Fernando apoyando los pies en los agujeros logró colocarse encima; una vez allí se agarró a las ramas de un pomar y descendió por ellas lentamente y con mucha cautela hasta el suelo. Después de permanecer algunos momentos inmóvil para cerciorarse de que nadie le había sentido, se introdujo muy despacito en la huerta. Lo primero que hizo en cuanto se halló entre los cuadros de las legumbres, fue arrancar una cebolla y echarle los dientes. En cuanto la engulló, arrancó otras tres o cuatro y se las metió en los bolsillos; después se volvió otra vez a paso de lobo[99.3] hacia la tapia. Mas antes de llegar a ella percibió con terror que se movían las ramas del pomar por donde había saltado, y a la escasísima claridad de la noche observó que el bulto de un hombre se agitaba entre ellas y se dejaba caer al suelo, como él había hecho. D. Fernando quedó petrificado; y mucho más creció su miedo y su vergüenza cuando el hombre dio unos cuantos pasos por la huerta y se vino hacia él: lo primero que se le ocu rrió fue echarse al suelo: el hombre pasó rozando con él: era José.
¿Vendrá también a robar?—pensó D. Fernando; pero José dejó salir de su boca un silbido prolongado, y el señor de Meira vino a entender que se trataba de una cita amorosa, cosa que le sorprendió bastante, pues creía, como todo el pueblo, que las relaciones de Elisa y el marinero estaban rotas hacía ya largo tiempo. No tardó en aparecer otro bulto por el lado de la casa, y ambos amantes se aproximaron y comenzaron a hablar en voz tan baja que D. Fernando no oyó más que un levísimo cuchicheo. La situación del caballero era un poco falsa; si a los jóvenes les diese por[100.1] recorrer la huerta o estuviesen en ella hasta que el día apuntase y le viesen, ¡qué vergüenza! Para evitar este peligro se arrastró lenta y suavemente hasta el pomar y se ocultó entre unas malezas que cerca de él había, esperando que José se marchase para escalar de nuevo el árbol y retirarse a su casa. Mas al poco rato de estar allí[100.2] comenzaron a caer algunos goterones de lluvia, y los amantes vinieron también a refugiarse debajo del pomar, que era uno de los pocos árboles copudos[100.3] y frondosos de la huerta, y el más lejano de la casa. Don Fernando se creyó perdido y comenzó a sudar de miedo; ni un dedo se atrevió a mover. Elisa y José se sentaron en el suelo uno al lado de otro dando la espalda[100.4] al caballero, sin sospechar su presencia.
—¿Y por qué crees que tu madre presume algo?—dijo José en voz baja.
—No sé decirte; pero de algunos días a esta parte[100.5] me mira mucho y no me deja un instante sola. El otro día, mientras estaba barriendo la sala, me puse a cantar; al instante subió ella y me dijo: «¡Parece que estás contenta, Elisa! Hacía ya mucho tiempo que no te salía la voz del cuerpo.»[101.1] Me lo dijo de un modo y con una sonrisa tan falsa, que me puse colorada y me callé.
—¡Bah, son cavilaciones tuyas!—replicó el marinero.
Guardó silencio, sin embargo, después de esta exclamación y al cabo de un rato lo rompió, diciendo:
—Bueno es vivir prevenidos. Ten cuidado, no te sorprenda.
—¡Desgraciada de mí entonces! Más me valiera no haber nacido—repuso la joven con acento de terror.
Ambos volvieron a quedar silenciosos. Elisa, cabizbaja y distraída, jugaba con las hierbas del suelo. José alargó la mano tímidamente, y, simulando también jugar con el césped, consiguió rozar suavemente los dedos de su novia. La lluvia, que comenzaba a arreciar, batía las hojas del pomar con redoble[101.2] triste y monótono; la huerta exhalaba ya un olor penetrante de tierra mojada.
—¿Pensáis salir mañana a la mar?—preguntó Elisa al cabo de un rato, levantando sus hermosos ojos rasgados hacia el marinero.
—Me parece que no—repuso éste.—¿Para qué?—añadió con amargura.—Hace ocho días que no traemos valor de cinco duros.
—Ya lo sé, ya lo sé; este año no hay merluza en la mar.
—¡Este año no ha habido nada!—exclamó José con rabia.
Otra vez quedaron silenciosos. Elisa seguía jugando con las hierbecitas del suelo. El marinero le había aprisionado un dedo entre los suyos y lo estrechaba suavemente, sin osar apoderarse de la mano. Al cabo de un rato, Elisa, sin levantar la cabeza, comenzó a decir, en voz baja y temblorosa:
—Yo creo, José, que la causa de todo lo que nos está pasando, es la maldición que te ha echado la sacristana. ¿Por qué no vas a pedirla que te la levante?... Desde que esa mujer te maldijo no te ha salido nada bien.
—Y antes tampoco[102.1]—apuntó José con sonrisa melancólica.
—Otros muchos lo han hecho antes que tú—siguió diciendo la joven, sin hacer caso de la observación de su amante.—Mira, Pedro el de la Matiella, ya sabes cómo estaba, flaco y amarillo que daba lástima verlo[102.2]... todo el mundo pensaba que se moría. En cuanto pidió perdón a la sacristana, empezó a ponerse bueno y ya ves hoy cómo está.
—No creas esas brujerías, Elisa—dijo el marinero, con una inflexión de voz en que se adivinaba que él andaba muy cerca de creerlas también.
Elisa, sin contestar, se agarró fuertemente a su brazo con un movimiento de terror.
—¿No has oído?
—¿Qué?
—¿Ahí entre las zarzas?
—No he oído nada.
—Se me figuró escuchar la respiración de una persona.
Ambos quedaron un momento inmóviles con el oído atento.
—¡Qué miedosa eres, Elisa!—dijo riendo el marinero.—Es el ruido de la lluvia al pasar entre las hojas hasta el suelo.
—¡Me parecía!...—repuso la joven sin quitar los ojos de la maleza donde estaba oculto el Sr. de Meira, y aflojando poco a poco el brazo de su novio.
Mientras tanto, aquél sudaba copiosamente temiendo que José viniese a explorar las zarzas. Afortunadamente, no fue así: Elisa se tranquilizó pronto, y viendo a su amante triste y cabizbajo, cambió de conversación con ánimo de alegrarle.
—¿Cuándo comenzaréis a salir al bonito?... Tengo ya deseos de que empiece la costera... Me da el corazón[103.1] que va a ser muy buena...
—Allá veremos—repuso José moviendo la cabeza en señal de duda.—Creo que saldremos dentro de quince o veinte días... ¿Qué vamos a hacer si no?...
—Comienza el buen tiempo... y vendrán en seguida las romerías... ¡Qué gusto!... La de la Luz[103.2] es ya de mañana en un mes—dijo Elisa esforzándose por aparecer alegre.
—¡Qué importa que comiencen las romerías si yo no puedo acompañarte en ellas!—exclamó el marinero con acento dolorido.
—No te dejes acobardar, José, que todo se arreglará... Hay que tener confianza en Dios... Yo todos los días le pido al Santo Cristo que te dé buena suerte, y que le toque en el corazón a mi madre.
—Es difícil, Elisa... es muy difícil... Si no me ha querido cuando tenía algunos cuartos, ¿cómo me ha de querer hoy que soy un pobrete, y tengo sobre los hombros tanta familia?
Elisa comprendió la justicia de esta observación; pero repuso con la tenacidad sublime que el amor comunica a las mujeres:
—No importa... yo creo que se ablandará. Tengamos confianza en el Santo Cristo de Rodillero, que otros milagros mayores ha sabido obrar...
La lluvia arreciaba con ímpetu; de tal suerte, que ya el árbol no bastaba a proteger a los amantes: las hojas se doblaban al peso del agua, y la dejaban caer en abundancia sobre sus cabezas. Pero ellos ni lo advertían siquiera, embargados enteramente por el deleite de hallarse juntos; las manos enlazadas, los ojos en extática contemplación.
Elisa logró al cabo ahuyentar la melancolía de su novio; su plática tomó un sesgo[104.1] risueño; hablaron de los incidentes ocurridos en pasadas romerías, y rieron de buena gana recordándolos.
—¿Te acuerdas cuando Nicolás nos convidó en la romería de San Pedro?... Tú me dijiste por lo bajo:[104.2]—«Hay que beberle todo el vino que saque...»
—Porque en seguida vi que el gran tacaño[104.3] lo que quería era echársela de rumboso[104.4] a poca costa.
—¡Qué trabajo me costó echar todo el vaso al cuerpo![104.5] Tú te lo bebiste en un decir Jesús[104.6]... y anda que Ramona tampoco se portó mal del todo.[104.7]
—Pero, cuando vio que Bernardo se lo iba a tragar entero también, ¿qué de prisa le echó mano,[104.8] verdad?
—¡Como que ya no podía resistir más el pobre!—dijo Elisa rompiendo a reír.—Lo mejor de todo fue lo que decía para disculpar la porquería... «¡Ésa es una broma!... ¡yo no quiero bromas!...» Cuando se me representa la cara que ponía el infeliz al vernos apurar el vaso, me río como una loca, aunque esté sola...
Ambos reían en efecto, procurando no hacer ruido.
—Por cierto—siguió Elisa, fingiendo seriedad,—que tú más tarde te pusiste un poco alegre, y le diste un beso a mi prima Ramona.
—No me acuerdo.
—Sí; no te acuerdas de lo que no quieres.
—De todos modos, estando borracho, no sabe uno lo que hace.
—No se te ocurriría, sin embargo, echarte al agua.
—¡Claro!
—Pero se te ocurre besar a las muchachas.
—No estando borracho, jamás—afirmó resueltamente José.
—¡Madre mía, si en la hora de la muerte me pusieran a la cabecera tantos angelitos como besos habrás dado!
—Te irías sola para el cielo—repuso el marinero riendo.
La plática se trocaba en alegre disputa: los amantes se embriagaban con aquella charla sencilla hallando tan chistoso lo que mutuamente se decían, que no cesaban de soltar carcajadas, cuyo ruido apagaban llevando la mano a la boca. La noche, oscura y lluviosa, era para ellos plácida y grata como pocas.
Pero Elisa creyó percibir otra vez la respiración que antes la asustara.[105.1] Se quedó algunos instantes distraída; y no queriendo decir nada a José porque no la llamase otra vez medrosa, optó por separarse.
—Ya debe de ser muy tarde, José—dijo levantándose.—Mañana tengo que madrugar... además, nos estamos poniendo como una sopa.[106.1]
El marinero se levantó también, aunque no de buen grado.
—¡Qué bien se pasa el tiempo a tu lado, Elisa!—dijo tímidamente.
La joven sonrió con dulzura oyendo aquella declaración que el marinero no había osado pronunciar hasta entonces, y un poco ruborizada le tendió la mano.
—Hasta mañana, José.
José tomó aquella mano, la estrechó tierna y largamente, y contestó con melancolía:
—Hasta mañana.
Pero no acababa de soltarla: fue necesario que Elisa dijese otra vez:
—Hasta mañana, José.
Tiró de ella con fuerza, y se alejó rápidamente en dirección a la casa. El marinero no se movió, hasta que calculó que estaba ya dentro: luego escaló cautelosamente la cerca, montó sobre ella, y desapareció por el otro lado.
Algunos instantes después, salía de su escondite el Sr. de Meira mojado hasta los huesos.
—¡Pobres muchachos!—exclamó sin acordarse de su propia miseria y trepando con trabajo por el pomar. Y una vez en la calle, enderezó los pasos hacia su mansión feudal acariciando en la mente un noble, cuanto singular proyecto. [106.2]
XI
Pocos días después, D. Fernando de Meira se personó en casa de José, muy temprano, cuando éste aun no había salido a la mar.
—José, necesito hablar contigo a solas; ven a dar una vuelta[107.1] conmigo.
El marinero pensó que llegaba en demanda de socorro, aunque hasta entonces jamás se lo había pedido directamente: cuando el hambre más le apuraba, solía llegarse a él, diciéndole:
—José, a Sinforosa se le ha concluido el pan, y no quisiera tomárselo a la otra panadera... Si me hicieses el favor de prestarme una hogaza...
Mas para que a esto llegase, era necesario que el caballero estuviese muy apurado; de otra suerte, ni directa ni indirectamente se humillaba a pedir nada. No obstante, José lo pensó así, porque no era fácil pensar otra cosa, y tomando el puñado de cuartos que tenía y metiéndolos en el bolsillo, se echó a la calle[107.2] en compañía del anciano.
Guiole D. Fernando fuera del pueblo, y cuando estuvieron a alguna distancia, cerca ya de la gran playa de arena, rompió el silencio diciendo:
—Vamos a ver, José, tú debes de andar algo apuradico de dinero, ¿verdad?[107.3]
José pensó que se confirmaba lo que había imaginado; pero le sorprendió un poco el tono de protección con que el hidalgo le hacía aquella pregunta.
—Phs... así así,[108.1] D. Fernando. No estoy muy sobrado... pero en fin, mientras uno es joven y puede trabajar, no suele faltar un pedazo de pan.
—Un pedazo de pan es poco... No sólo de pan vive el hombre[108.2]—manifestó el señor de Meira sentenciosamente; y después de caminar algunos instantes en silencio, se detuvo repentinamente, y encarándose con el marinero le preguntó:
—¿Tú te casarías de buena gana con Elisa, verdad? José quedó sorprendido y confuso.
—¿Yo?... Con Elisa no tengo nada ya[108.3]... Todo el mundo lo sabe...
—Pues sabe una gran mentira, porque estás en amores con Elisa;[108.4] me consta—afirmó el caballero resueltamente.
José le miró asustado, y empezaba a balbucir ya otra negación cuando D. Fernando le atajó diciendo:
—No te molestes en negarlo, y dime con franqueza si te casarías gustoso.
—¡Ya lo creo!—murmuró entonces el marinero bajando la cabeza.
—Pues te casarás—dijo el Sr. de Meira ahuecando la voz todo lo posible y extendiendo las dos manos hacia adelante.
José levantó la cabeza vivamente y le miró, pensando que se había vuelto loco; después, bajándola de nuevo, dijo:
—Eso es imposible, D. Fernando... No pensemos en ello.
—Para la casa de Meira no hay nada imposible—respondió el caballero con mucha mayor solemnidad. [108.5]
José sacudió la cabeza, atreviéndose a dudar del poderío de aquella ilustre casa.
—Nada hay imposible—volvió a decir D. Fernando lanzándole una mirada altiva, propia de un guerrero de la reconquista.[109.1]
José sonrió con disimulo.
—Atiende un poco—siguió el caballero:—en el siglo pasado, un abuelo mío, don Álvaro de Meira, era corregidor[109.2] de Oviedo. Había allí una casa perteneciente al clero que estorbaba mucho en la vía pública, y el corregidor se propuso echarla abajo. Tropezó en seguida con la oposición del Obispo y cabildo catedral, los cuales le manifestaron que de ningún modo lo intentase, so pena de excomunión; pero el corregidor, sin hacer caso de amenazas, cierto día manda a ella una cuadrilla de albañiles y comienzan a derribarla. Dan parte del hecho al Obispo, alborótase su ilustrísima,[109.3] convoca al cabildo y deciden ir revestidos a excomulgar a todo el que se atreva a tocar en ella; pero mi bisabuelo lo supo, ¿y qué hace entonces? Va y manda a allá[109.4] al verdugo a leer un pregón en que se impone la pena de cien azotes a todo albañil que se baje del tejado... ¡Ni uno solo se bajó, muchacho!... Y la casa vino al suelo.
D. Fernando, con un movimiento enérgico de la mano, derribó de golpe el edificio clerical; mas José pareció enteramente insensible a esta proeza de los Meiras: seguía cabizbajo y triste, considerando tal vez que era lástima que tal poder de infligir azotes no quedase anejo a todos los señores de Meira, en cuyo caso no sería imposible que pidiese unos cuantos para la señá Isabel.
—Cuando a un Meira se le mete algo entre ceja y ceja[110.1]—siguió el hidalgo,—¡hay que temblar!... Toma—añadió sacando del bolsillo un paquetito y ofreciéndoselo:—Ahí tienes diez mil reales: cómprate una lancha, y deja lo demás de mi cuenta.[110.2]
El marinero quedó pasmado, y no se atrevió a alargar la mano pensando que aquello era una locura del Sr. de Meira, a quien ya muchos no suponían en su cabal juicio.
—Toma, te digo; cómprate una lancha, y a trabajar.
José tomó el paquete, lo desenvolvió y quedó aún más absorto al ver que eran monedas de oro. D. Fernando, sonriendo orgullosamente continuó:
—Vamos a otra cosa ahora. Dime: ¿cuántos años tiene Elisa?
—Veinte.
—¿Los ha cumplido ya?
—No señor; me parece que los cumple el mes que viene.[110.3]
—Perfectamente: el mes que viene te diré lo que has de hacer. Mientras tanto, procura que nadie se entere de tus amores... mucho sigilo y mucha prudencia.
D. Fernando hablaba con tal autoridad, y arqueaba las cejas tan extremadamente, que a pesar de su figurilla menuda y torcida, consiguió infundir respeto al marinero; casi llegó a creer en el misterioso e invencible poder de la casa de Meira.
—A otra cosa... ¿Tú puedes disponer de la lancha esta noche?
—¿Qué lancha? ¿la de mi patrón?
—Sí.
—¿Para ir a dónde?
—Para dar un saleo.[111.1]
—Si no es más que para eso...
—Pues a las doce de la noche, pásate por mi casa[111.2] dispuesto a salir a la mar: necesito de tu ayuda para una cosa que ya sabrás... Ahora vuélvete a casa y comienza a gestionar[111.3] la compra de la lancha; ve a Sarrió por ella, o constrúyela aquí; como mejor te parezca.
Confuso y en grado sumo perplejo se apartó nuestro pescador del señor de Meira; todo se volvía cavilar mientras caminaba la vuelta de su casa[111.4] de qué modo habría llegado aquel dinero a manos del arruinado hidalgo, y se propuso no hacer uso de él en tanto que no[111.5] lo averiguase. Pero como los enigmas, particularmente los enigmas de dinero, duran en las aldeas cortísimo tiempo, no se pasaron dos horas sin que supiese que D. Fernando había vendido su casa el día anterior a D. Anacleto, el cual la quería para hacer de ella una fábrica de escabeche, no para otra cosa, pues en realidad estaba inhabitable. El señor de Meira la tenía empeñada ya hacía algún tiempo a un comerciante de Peñascosa en nueve mil reales. D. Anacleto pagó esta cantidad y le dio además otros catorce mil. En vista de esto, José se determinó a devolver los cuartos al generoso caballero tan pronto como le viese, porque le pareció indecoroso aceptar, aunque fuese en calidad de préstamo, un dinero de que tan necesitado estaba su dueño.
Todavía le seguía preocupando, no obstante, aquella misteriosa cita de la noche, y aguardaba con impaciencia la hora, para ver lo que era. Un poco antes de dar las doce por el reloj de las Consistoriales[112.1] enderezó los pasos hacia el palacio de Meira; llamó con un golpe a la carcomida puerta y no tardó mucho el propio D. Fernando en abrirle.
—Puntual eres, José. ¿Tienes la lancha a flote?
—Debe de estar, sí señor.
—Pues bien; ven aquí y ayúdame a llevar a ella esto.
D. Fernando le señaló a la luz de un candil un bulto que descansaba en el zaguán de la casa, envuelto en un pedazo de lona y amarrado con cordeles.
—Es muy pesado, te lo advierto.
Efectivamente, al tratar de moverlo se vio que era casi imposible llevarlo al hombro. José pensó que era una caja de hierro.
—En hombros no podemos llevarlo, D. Fernando. ¿No será mejor que lo arrastremos poco a poco hasta la ribera?
—Como a ti te parezca.
Arrastráronlo, en efecto, fuera de la casa; apagó D. Fernando el candil, cerró la puerta y, dándole vueltas, no con poco trabajo, lo llevaron lentamente hasta colocarlo cerca de la lancha. El señor de Meira iba taciturno y melancólico, sin despegar los labios: José le seguía el humor, pero sentía al propio tiempo bastante curiosidad por averiguar lo que aquella pesadísima caja contenía.
Fue necesario colocar dos mástiles desde el suelo a la lancha y, gracias a ellos, hicieron rodar la caja hasta meterla a bordo. Entraron después, y con el mayor silencio posible se fueron apartando de las otras embarcaciones.
La noche era de luna, clara y hermosa; el mar tranquilo y dormido como un lago; el ambiente, tibio como en estío. José empuñó dos remos, contra la voluntad del hidalgo, que pretendía tomar uno, y apoyándolos suavemente en el agua se alejó de la tierra.
El señor de Meira iba sentado a popa, tan silencioso y taciturno como había salido de casa. José, tirando acompasadamente de los remos, le observaba con interés. Cuando estuvieron a unas dos millas de Rodillero, después de doblar la punta del Cuerno, don Fernando se puso en pie.
—Basta, José.
El marinero soltó los remos.
—Ayúdame a echar este bulto al agua.
José acudió a ayudarle; pero deseoso, cada vez más, de descubrir aquel extraño misterio, se atrevió a preguntar sonriendo:
—¿Supongo que no será dinero lo que V. eche al agua, D. Fernando?
Éste, que se hallaba en cuclillas preparándose a levantar el bulto, suspendió de pronto la operación, se puso en pie y dijo:
—No; no es dinero... es algo que vale más que el dinero... Me olvidaba de que tú tienes derecho a saber lo que es, puesto que me has hecho el favor de acompañarme.