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Sin embargo, hacía unos días mostraba un carácter demasiado inclinado a la melancolía. Desde el principio de la enfermedad de su padre, se afectaba desmedidamente; en la hora actual aquello pasaba de los límites de la piedad filial. A Huberto no le gustaba mucho ver en su novia esa tendencia a dramatizar los hechos, a transformarse, súbitamente y sin pena, en enfermera. ¡Qué diablos! hay que ser razonable; no sería divertido si, una vez casados, tuvieran que suspender el curso ordinario de su existencia porque había algún enfermo en la familia; no deseaba este exceso de sensibilidad en la futura señora Martholl. Quería una mujer que tomase la vida por el buen lado, feliz en gozar del lujo, satisfecha de ser «del mundo» y contenta de divertirse en su compañía. El encanto que lo había retenido al lado de María Teresa, había volado al soplo de la fortuna adversa, y trataba de sustituir a la dulce fisonomía que lo seducía todavía, la de miss Maud Watkinson, bellísima joven americana a quien acababa de ser presentado en casa de la Condesa Husson.
Esa, sí, se interesaba en cuanto puede inventarse de más excitante, en punto de distracciones de toda especie. Si no fuera prometido de María Teresa, le habría agradado buscar la compañía de aquella joven yanki. Se decía que era muy rica; pero, aparte de esta cualidad esencial para él, era protestante y de familia desconocida y no respondía mucho a la segunda parte del programa trazado por la señora Martholl, que no aceptaría jamás a aquella nuera de ultramar.
El recuerdo de miss Maud Watkinson hizo recordar a Huberto que estaba invitado para la mañana siguiente a una partida de sport en que ella debía encontrarse en casa de los Brimont, en Compiegne.
Hacía algún tiempo que, preocupado de las desgracias por que pasaba María Teresa, y creyendo correcto participar de ellas, había vivido en lo que llamaba el retiro; es decir que se había presentado poco en el gran mundo, salvo en el club y en algunas comidas íntimas. Pero las palabras dichas a María Teresa lo desligaban. Evidentemente si su estado de noviazgo debía prolongarse, no podía continuar aquella vida de anacoreta. Por lo pronto había hecho bastantes sacrificios en obsequio a los lazos superficiales que lo unían a la joven; tenía que serle permitido distraerse, y concluyó diciéndose en su fuero interno:
—Mañana, a más tardar, partiré para Compiegne; me olvidarían si no me viesen más en casa de Brimont ni en las cacerías del Marqués de Gerfant. Además, acabaría por enfermar en esta casa de Chanzelles; son lúgubres a desesperar, desde que la enfermedad ha entrado en la casa y la ruina la amenaza. Cuando he pasado una hora allí siento que me salen canas. Hasta por la misma María Teresa es mejor que durante algún tiempo la vea menos a menudo. Yo no puedo amar en la tristeza, y me causa un fastidio tan grande ver caras de enfermos y ojos con lágrimas, que no tardaría en tomarle horror a la casa misma. Por nada del mundo querría que mi pobre amiga viese un día que me pongo de mal humor a su lado.
No fue, pues, por pura caridad que Huberto resolvió ir con menos frecuencia a casa de los Aubry. Al mismo tiempo juzgó que en su estado de espíritu le convenía divertirse, y como pasaba por delante del Teatro de Variedades, entró a tomar un palco, para pasar aquella noche en alegre compañía.
XVII
Lejos de decrecer, la enfermedad del señor Aubry tendía cada día a agravarse; sentía grandes dolores de cabeza; el menor ruido, repercutiendo en su cerebro adolorido, le causaba vivos sufrimientos, por lo cual se evitaba todo lo que pudiera turbar su descanso. Se hablaba en voz baja; se caminaba ahogando el ruido de los pasos; el palacete, tan alegre antes, parecía habitado ahora por sombras tristes y silenciosas. Desde la misma calle, no subía ningún ruido; una espesa capa de arena había sido extendida delante de la fachada para apagar las pisadas de los caballos y el rodar de los carruajes.
La luz también estaba proscripta del cuarto del enfermo, que era cuidado, en la oscuridad de los postigos cerrados y de las cortinas corridas, al trémulo resplandor de una lámpara. En estas condiciones la permanencia a su lado durante días enteros, constituía una verdadera fatiga, pues el señor Aubry, como nunca había estado enfermo, demostraba muy poca paciencia.
Aparte de Juan, no toleraba en su cuarto más que a su mujer y a su hija, y no quería ser cuidado y servido sino por ellas.
Como enfermero, Jaime no servía; su padre no podía tolerar la torpeza de sus movimientos. El joven era naturalmente brusco, y a pesar de su buen deseo, se adaptaba poco a las circunstancias: los muebles, las porcelanas, los vasos temblaban a su aproximación. Para la noche no se podía contar con él; la atmósfera pesada del cuarto lo adormecía en seguida, y los quejidos de su padre eran impotentes para despertarlo.
Generalmente era Juan quien velaba al señor Aubry. Este, por lo demás, lo llamaba sin cesar, para hablarle de los asuntos de la cristalería. Algunas veces el joven conseguía calmar sus inquietudes, pero otras le daba trabajo, sobre todo cuando se imponía la necesidad de obtener una firma.
Entonces el señor Aubry salía de su sombrío abatimiento para caer en una especie de fiebre exasperada. Tenía a Juan de pie delante de la cama durante horas enteras, lo interrogaba, y frecuentemente toda la noche transcurría en discusiones interminables. La paciencia del joven era inagotable y pasaba, sin lamentarse, de la labor del día a la fatiga de las noches.
María Teresa se habituaba también a confiar en su presencia. Cuando sonaba la hora de la llegada de Juan, acechaba sus pasos en la escalera. Al principio lo hacía maquinalmente, ansiosa de ver calmarse a su padre; pero una noche sorprendiose de esperar a Juan tan febrilmente... ¡Cómo, su camarada de la infancia la preocupaba hacía algún tiempo! ¿Era, pues, un hombre nuevo o lo había desconocido hasta entonces?
Tuvo que reconocer que su interés por él había estado paralizado durante mucho tiempo por consideraciones completamente exteriores, es decir, porque las maneras de Juan no habían tenido siempre esa elegancia convencional que se encuentra en los hombres de mundo.
Sí, lo reconocía; el exterior de «un cualquiera» la había inducido a ignorar el alma de aquel ser superior. ¡Cuánto deploraba en ese momento su snobismo que tantas veces había contribuido a que prestase atención a los jóvenes según el mérito de apariencias superficiales y fútiles! Juan, por lo demás, no chocaba ya las ideas exageradas que tenía respecto a la necesidad de cierto esmero en el vestir; por lo contrario, la simplicidad elegante del joven le gustaba, se armonizaba con su naturaleza de luchador infatigable, que no economizaba ni su tiempo ni sus fuerzas.
Sentada en el gran sillón, cerca de la cama de su padre, y no pudiendo en aquella oscuridad entregarse a ningún trabajo manual, pasaba estos momentos de ocio forzado, analizando los pensamientos nuevos que nacían en su espíritu.
Mecida por el monótono tic-tac del reloj, apoyaba su cabeza contra el alto respaldo del sillón, dejando errar sus miradas de las llamas de la chimenea a las sombras que bailaban sobre las paredes, y pensaba en Huberto y en Juan.
María Teresa poseía ese sentido crítico, ese espíritu de análisis que sabe deducir de un hecho algo más que el incidente trivial. Desde que los días transcurrían para ella en largas meditaciones, la noche en que los dos jóvenes se habían encontrado, le había venido frecuentemente a la memoria, y la escena de la pantalla incendiada, que la había hecho reír primero, le sugería ahora serias reflexiones.
Toda la oposición de carácter que existía entre aquellos dos hombres se revelaba en la acción impulsiva que cada uno de ellos había tenido, obrando bajo la influencia del instinto. Aquella acción la iluminaba sobre la diferencia completa de sus dos individualidades. En la manera que habían conducido Juan y Huberto en esta circunstancia, sin tiempo para reflexionar, obedecían a la esencia misma de sus naturalezas. María Teresa comprendía que la actitud del uno y del otro era la expresión franca de sus respectivas educaciones. De deducción en deducción, un juicio razonado se formulaba en el espíritu de la joven.
Ciertamente, no dudaba del valor de Huberto, y no exageraba tampoco la importancia del acto de Juan. No era por falta de valor que aquél, concurrente asiduo de las salas de armas, recurría a un criado para apagar papeles inflamados; era simplemente por no efectuar una operación que le parecía indigna de él. A este sentimiento se unía una cierta impotencia física: llamaba en su auxilio por ignorancia, sabiendo menos apagar un fuego que encenderlo.
Existe en las regiones subterráneas, en lo más profundo de las entrañas de la tierra, animalículos que viven y se reproducen en aquellas capas oscuras, y no suben jamás hasta la luz del día. Como madre económica, enemiga del despilfarro, la Naturaleza quita a cada una de sus criaturas los órganos que le son inútiles. Estos habitantes de las regiones tenebrosas, no teniendo necesidad del sentido de la vista, han perdido hasta las trazas de los órganos visuales. Lo mismo sucede en el hombre; en él se transforman y atrofian en lo moral como en lo físico todas las facultades no ejercitadas. Huberto representaba de una manera precisa el tipo del hombre tal cual lo hacen sus hábitos, en una vida de lujo, mecánica y fácil.
María Teresa no llegaba hasta lamentar la desaparición del hombre de las cavernas, defensor de su compañera en el fondo de las grutas, con palo y hacha de piedra; pero veía con sentimiento la degeneración de los hijos de la burguesía, alejados por una educación imprevisora de todo espíritu de iniciativa y de todo esfuerzo individual. En general, en ellos, la energía ha desaparecido, y si se busca esta primordial virtud del hombre, no se la encuentra sino en el alma de los seres forzados a luchar para conquistar un sitio al sol.
Se hallaba en este punto de sus reflexiones, cuando la voz débil del señor Aubry llamó:
—¿María Teresa?
La joven se levantó, e inclinándose sobre el lecho, dijo:
—¿Qué desea usted, padre?
—¿Qué hora es?
—Cerca de las siete.
—¿Cómo es que Juan no ha venido?
La impaciencia del señor Aubry empezaba a manifestarse con la fiebre de la noche, y su enervamiento aumentaba hasta la llegada del joven.
Con voz cariñosa, María Teresa trataba de calmarlo:
—No es tarde, usted sabe que no puede venir hasta las ocho.
—Hoy ha debido hacer algunas diligencias cuyo resultado espero con ansiedad; lo sabe y debía apresurarse.
—No se altere, querido papá—dijo María Teresa poniendo su cara sobre el rostro del enfermo,—Juan llegará pronto.
El señor Aubry miró con dulzura a su hija.
—Mi querida hija, ¡qué trabajo te doy! Soy muy exigente, ¿no es verdad?
—No, papá; solamente que temo que se exaspere. El médico le ha recomendado calma, usted lo sabe; hay que portarse con juicio, papá querido.
El señor Aubry calló un instante, luego dijo:
—Dime, ¿por qué no me hablas de Martholl y por qué no sube a verme?
—Creo que teme fatigarlo a usted.
—¡Ah!—exclamó distraídamente el señor Aubry, que parecía seguir una idea.—¿Pide noticias mías a lo menos? Se me figura que no viene tan a menudo; ahora no te llaman todos los días para recibirlo como en los primeros días de mi enfermedad.
—Ha disminuido sus visitas; sin duda se ha dado cuenta de que yo no tenía tiempo disponible para recibirlo, yo no estoy tranquila sino al lado de usted.
—¿Me dices la verdad, hija mía?—interrogó el señor Aubry con aire triste.
—Sí, padre, ¿por qué esa pregunta?
—Porque... tengo ciertas inquietudes.... quiero hablar con Juan...
—Dígame a mí...
—Sería inútil; Juan será claro; quiero hablar con Juan.
—¿Con Juan?—protestó la joven alarmada.—¡No, padre, se lo ruego, no le hable de Huberto a Juan! ¡Para qué!... ¡Qué puede él saber!...
—Es hombre de buen consejo y necesito saber cosas que él solo... ¿Son las ocho? Anda, ve si ha llegado. Estoy seguro que tu madre o Jaime lo retienen abajo.
—¿No quiere usted que yo me quede?
—No, no, estoy fuerte, no te inquietes inútilmente. Anda, hija mía, y mándame a Juan.
En el momento en que salía del cuarto, María Teresa inclinándose sobre el pasamano de la escalera vio subir a Juan; entonces, preocupada de lo que su padre podía decirle respecto de su novio, y aunque considerase esta acción poco correcta, en su gran deseo de oír, entró precipitadamente en el cuarto de vestir contiguo al dormitorio, y oculta detrás de una cortina, escuchó.
—¡Al fin llegas!—refunfuñó el señor Aubry con voz débil,—¡qué tarde vienes! Sabías que yo debía estar atormentado hoy, esperando tus noticias. Piensa en lo horrible que es mi situación: ¡verme amenazado, y estar aquí, paralizado, incapaz de moverme, y aún de pensar!—añadió llevando las manos a su cabeza, en un ademán de sufrimiento.
—Créame, señor, si usted tuviese más calma, estaría ya en pie.
—¡Más calma, más calma! es fácil de decir. ¿Cómo quieres que asista impasible a la crisis que nos aplasta?
—Desearía que usted tuviera en mí plena confianza—respondió Juan, que evidentemente quería eludir las preguntas sobre asuntos y números.
—¡Ah, mi pobre Juan! tengo absoluta confianza en ti, puedes estar seguro.
—Pues bien; si es así, ¿por qué se inquieta? Le afirmo que conseguiré restablecer nuestro crédito y reponer nuestra casa al estado en que se hallaba, gracias a la fabricación a bajo precio que hemos iniciado. Le suplico cese de atormentarse; estoy seguro del porvenir. Usted debe creerme puesto que yo se lo afirmo; ¿podría yo engañarlo? Los modelos que he hecho fabricar rápidamente, han gustado. Tenemos ya pedidos muy importantes, lo que me ha permitido tomar compromisos a término fijo, para los pagos que a usted lo preocupan. Nuestra antigua venta marcha siempre, y hasta marcha bien; el presente y el porvenir están asegurados; respondo de ello, mi querido señor.
—Tu iniciativa, tu energía me confunden... ¡Ah, tú me salvas, Juan!
—Pero, no, no, nada está en peligro; yo lo ayudo simplemente.
En tanto que el joven hablaba, María Teresa lo contemplaba: ¡cómo había cambiado su fisonomía bajo la triple influencia de los tormentos de su corazón, de su actividad cerebral y de las veladas multiplicadas! Su cara había palidecido; sus grandes ojos negros, brillantes de fiebre, acompañaban singularmente la sonrisa resignada que se dibujaba en su boca. En fin, el alma se revelaba bajo aquella ruda envoltura y daba cierta belleza a su rostro severo. Su voz vibrante, ardiente, tenía gran encanto cuando, como en aquel momento, tomaba un acento de autoridad mezclada de dulzura.
—Está bien, tengo fe en ti—dijo el señor Aubry que se debilitaba.—Tú respondes del porvenir y del presente de la cristalería; pero hay otro presente que me preocupa: me inquieta la situación de mi hija a causa de la falta de esos bribones... Al celebrar sus esponsales, contraje compromisos, y ésos tú no puedes asegurarme que los cumpliré...
—¿Por qué no?—respondió Juan, con gran calma;—sería necesario saber qué compromisos ha contraído usted...
Pero el señor Aubry se exasperaba:
—¿Entonces no comprendes nada? Puedes imaginarte que al realizar esos esponsales, he prometido una dote... Sí, tres mil pesos de renta y sesenta mil en dinero contante. ¿Podré, estando embrollados mis asuntos, retirar todos los años esa renta de la casa?
Juan, ayudando al señor Aubry a incorporarse sobre las almohadas, dijo:
—Podemos arreglarnos de manera que usted cumpla sus promesas sin tocar los rendimientos de la fábrica, indispensables a nuestra producción y a la reconstitución del capital perdido en el banco Raynaud.
—¿Cómo? ¡di pronto!... ¿Por qué medios? Yo he buscado y no he encontrado nada...
—Es muy sencillo. Mientras la casa no esté completamente a flote, yo renuncio a mis sueldos; con esto, usted asegura dos mil pesos de renta a su hija; la señora Aubry, haciendo economías en la casa, encontrará pronto los mil pesos restantes. Para formar el capital de sesenta mil pesos, yo traspaso al fondo social los sesenta mil pesos que usted me ha hecho ganar. Usted podrá colocarlos en el canastillo de bodas, rogando al señor Martholl, que le conceda un pequeño plazo para la entrega de los otros cuarenta mil pesos. De esta manera los novios tendrán algunos años de absoluta seguridad, aunque la fábrica no marche bien, lo que no tenemos que temer, ciertamente.
Dominado por una gran emoción, el señor Aubry murmuró con voz temblorosa:
—Juan, hijo mío, jamás consentiré en que hagas tales sacrificios, jamás, hijo mío... pero te los agradezco; es bueno, es grande, lo que me propones con tanta sencillez; es la acción de un noble corazón. Tú has ganado ese dinero economizando; yo no puedo aceptarlo, sería expoliarte.
—No diga usted eso, mi querido señor... yo sería muy desgraciado. ¡Cómo! ¿no comprende usted mi satisfacción de retribuir en tan ínfimas proporciones, todo el bien que usted me ha hecho? Si Jaime fuera el autor de la propuesta que yo hago, ¿no la aceptaría usted? Confiese que sí, que la habría aceptado. Entonces no rehuse; si no, establecería una diferencia entre Jaime y yo, y ya no le creería yo cuando me llamase su hijo.
—¡Juan, Juan!—se limitaba a repetir el señor Aubry, dominado por la emoción.—¡Si tú también eres mi hijo!
—Permítame hacer la combinación tal como yo la entiendo. Exijo por el momento que usted no se ocupe de nada. Si su cerebro trabajara menos, estaría ya restablecido; tenga, pues, calma, se lo ruego. En cuanto al casamiento de María Teresa, no debe usted retardarlo por miserables cuestiones de dinero. Es imposible que persista en negarse a asegurar la felicidad de su hija por tan fáciles medios.
—¿Su felicidad?... Esto es lo que me preocupa... ¡Si supieras cuánto me hace sufrir la idea de que lo sucedido pudiera perjudicar a mi hija!
—No, no la perjudicará, ni siquiera lo sospechará—dijo Juan con voz enérgica.—Ella no sabrá nada, jamás, de nuestra combinación; las cosas pasarán como si esta catástrofe no nos hubiese afectado... ¡Ah, mi querido señor! ¡todo, con tal que sea dichosa!
—Pero—respondió el señor Aubry, que buscaba un medio de rehusar la oferta generosa de Juan,—tal vez Martholl aceptaría nuevas condiciones... Ama a María Teresa.
—Le ruego no dé ningún paso en ese sentido. No sería proceder con dignidad, créame; eso no serviría sino para arrojar el descrédito en nuestros asuntos. Y además, reflexione, si ese señor desconfiase de las nuevas proposiciones modificadoras de las convenciones, ¿sería bien hecho de nuestra parte llevar la duda al alma de María Teresa? Ella cree en ese hombre, ella lo ama... Querido señor, le suplico que haga sin vacilar lo que le aconsejo.
—Pero, ¿qué será de ti, hijo mío? ¡yo te despojaría! Tú puedes equivocarte. ¿Si a pesar de tus valientes esfuerzos, nuestra casa no se levantase?...
—Piense usted primero en María Teresa, en ella sola; poco importa lo demás. Se trata de ella, no se ocupe usted de mí: yo no necesito de nada. Con tal que yo trabaje hasta mi último día y que usted me guarde un sitio a su lado, viviré resignado, si no feliz...
María Teresa, que no había perdido una palabra de esta entrevista, se sintió incapaz de continuar oyendo; abandonó el gabinete y se refugió en su cuarto para llorar.
Así era lo que Juan quería hacer para que ella pudiera casarse con Huberto. Juan, que si se pareciera a muchos otros hombres, habría empleado su voluntad, en crear obstáculos a su matrimonio. ¡No le bastaba sufrir en silencio! ¡quería además dar cuanto poseía! ¡Qué alma más generosa y noble!
La admiración que sentía la joven por Juan, la hizo notar, sin querer, lo singular que era la conducta poco afectuosa de Huberto. ¿Por qué la rareza de sus visitas coincidía con el mal estado de los asuntos del señor Aubry? ¿Por qué había expresado el deseo de demorar su casamiento? ¿Sería solamente por delicadeza, para dejarla libre de dedicarse al cuidado del enfermo por lo que Huberto había manifestado aquel deseo?
Sí, sí, ahora comprendía; temía que ella no tuviese dote, y tomaba sus precauciones. Había sabido, sin duda alguna, que el desastre del banco Raynaud, perjudicaba a la cristalería. Realmente, su novio hacía triste figura al lado de aquel Juan, a quien en su estrechez de espíritu, había considerado durante años como un hombre de condición inferior a la suya. ¡Cuánta vergüenza experimentaba al comprobar que no había sabido adivinar el valor moral de aquel ser humilde, y que había necesitado de aquellas circunstancias para conocerlo! Entonces se acusó de ingratitud, comprendiendo que ella era el ídolo del amor de Juan.
Llamaron a la puerta; la criada venía a anunciarle que le esperaban para comer. Se levantó y se miró a un espejo; como las huellas de sus lágrimas eran visibles todavía, no quiso bajar, temiendo alarmar a su madre, y sobre todo, porque no tenía valor para ver a Juan. Contestó que, sintiéndose fatigada, iba a meterse en cama. En efecto, una gran pesadez la invadía; habría querido dormir, no pensar más; pero su sobreexcitación demasiado grande ahuyentaba el sueño bienhechor. Sus ojos, al cerrarse en las tinieblas, aprisionaban la imagen de Juan entre sus párpados. Veía aquel varonil semblante, inclinado sobre el señor Aubry, en tanto que le explicaba con voz cariñosa su rudo y múltiple trabajo, y las medidas que debía adoptar, para no aplazar el casamiento anunciado. ¡Qué alma más enérgica y amorosa descubría en él! Por un fenómeno singular, le impresionaba menos su desinterés que su pasión silenciosa semejante a un culto. Todos los flirts le habían preparado poco para apreciar aquel noble y grande amor que se expresaba con tanta abnegación. ¿Qué palabras de amor había pronunciado Juan? Ninguna. La pasión pura que lo devoraba no precisaba de palabras para que la joven estuviese segura de su intensidad, más segura que de la que otro, no hacía mucho tiempo, le afirmaba sentir con declaraciones y juramentos.
—Huberto y yo nos hemos dicho mentiras muy dulces—se decía;—pero, él que no se ha atrevido a hablar ¡cómo ha sabido encontrar el camino de mi corazón!
Luego juzgó que era demasiado severa con Martholl; en suma no podía reprocharle nada decisivo que hubiese contribuido a la modificación de sus sentimientos. Su admiración por la conducta de Juan ¿bastaba, pues, para hacerla injusta? Lanzó un suspiro, viendo que no entendía nada de lo que pasaba en ella. Y, sin embargo, entre aquel caos de impresiones, distinguía claramente la felicidad que sentía por haber inspirado una pasión tan grande. Conmovida más profundamente de lo que hubiera deseado, permaneció largas horas despierta, gozando unas veces en hacer revivir los incidentes que le habían revelado la pasión de Juan, y desolada en seguida y llena de remordimientos ante la idea de lo que creía ser su defección respecto a Huberto.
Muy adelantada estaba la noche, cuando le pareció oír gemidos. Se levantó, se puso apresuradamente un peinador blanco, y abriendo la puerta, escuchó en efecto quejidos que partían del cuarto de su padre.
Corrió hacia él.
Juan estaba inclinado sobre el lecho.
—¿Qué hay?—interrogó ansiosa, en voz baja.
Al oír su voz el joven se estremeció y contestó sin volverse:
—Sufre... no lo encuentro bien... todavía no ha tenido un momento de descanso.
—¿Por qué no ha llamado usted?
—Era inútil; no hay más que darle la poción calmante prescripta por el doctor, pero, esta vez, no lo calma nada; tuvo, hace poco, un síncope corto; creo que ahora está un poco mejor. Por prudencia acabo de telefonear al médico.
Juan pasaba suavemente por la frente del enfermo un pañuelo mojado en éter. María Teresa se inclinó y rodeando con su brazo la cabeza de su padre, lo contempló con inquietud. Aquella fisonomía dolorosa, poblada por una barba gris y mal cortada ¿era el rostro de antes? Tan rápido cambio, en un ser tan querido, la conmovió profundamente.
De improviso, el señor Aubry pareció salir de su sopor, paseó a su alrededor una mirada vaga, y una tenue sonrisa entreabrió sus labios secos. Después, pasando sobre su frente la mano temblorosa como para concentrar sus pensamientos, se puso a hablar ligero con voz entrecortada:
—¿Eres tú, Juan?... ¡ah! sí, yo sabía bien que serías tú quien me sacaría de este agujero... fuera de las tinieblas... tú tienes un brazo robusto... robusto... sí, sí, yo te esperaba... yo sabía que tú vendrías... ¡oh! ¡qué mal estaba, qué mal!... pero ya estás aquí... quita esa piedra... aquí, aquí, sobre mi pecho, sobre mi cabeza.
—¡Ay, Dios mío!—exclamó María Teresa, asustada,—¡está delirando!... ¡Padre!... ¡Papá!... aquí estoy yo, que te adoro... papá ¿me oyes? ¡Oh, padre, padre, no delires más!
El señor Aubry continuaba:
—Sabes, Juan... hijo mío, mi verdadero hijo... sí, tú, Juan... tengo el medio de... te sorprendes... espera... espera... ¡Ah, ah, ah! ¡aquí esta... el medio de!...
Y el señor Aubry atraía hacia sí a Juan, con sus manos temblorosas.
—Escucha, voy a decirte el medio... ¡ah, ah! vas a quedar contento... escúchame... voy a darte el... ¡Ah, Dios mío!... Yo... ¿qué, qué? te daré... daré... mi querida hija... ¡sí, eso es!... ¡María Teresa a ti... a ti! tú trabajarás para ella, tú... para que sea siempre feliz... ¿Juan, Juan? promete... promete...
Juan, pálido hasta en los labios, había tratado de detener al señor Aubry; pero a medida que éste hablaba, se apoderó de él una emoción tan violenta que quedó mudo, escuchando, enloquecido, las palabras febriles del enfermo, y los sollozos ahogados de María Teresa.
De pronto, el señor Aubry pareció percibir a su hija:
—¿Tú estás ahí también, mi querida hija?... soy feliz... tú... él... reunidos... cuídala bien, Juan... ¡cuídala... no la dejes llevar... por... la desgracia! la desgracia... cuida... cuida...
Y haciendo un supremo esfuerzo, tomó entre sus manos las dos cabezas inclinadas hacia él, y los aproximó en un abrazo.
Juan se estremeció al sentir contra su cara la carne perfumada de María Teresa, y las caricias de sus cabellos.
—...¡Así... así... bueno!—proseguía el señor Aubry,—ahora puedo irme... ¡ah! viéndolos a los dos... juntos... sobre mi corazón...
Abrió los brazos y cayó sobre las almohadas.
Una atmósfera densa se cernía sobre ellos y María Teresa, extenuada, continuó sollozando sobre el hombro de Juan.
Debilitado por las fatigas y las veladas, incapaz de dominar ya sus nervios, exasperados más aún por las palabras del señor Aubry, trastornado por el contacto de María Teresa que, desfallecida, se apoyaba sobre él, Juan, no pudo resistir. Rodeando a la joven con sus brazos, la estrechó, y con voz ardiente y apasionada, soltó al fin su secreto:
—¡María Teresa, yo la amo!
Ella balbuceó sin fuerzas:
—¡Dios mío, Dios mío!
La hora que acababa de transcurrir había sido tan angustiosa para sus almas turbadas que, inconscientes, permanecieron así en brazos uno del otro, creyendo vivir en un sueño.
La joven fue la primera en reponerse; se apartó de Juan, y señalando la ventana:
—Es necesario abrir—dijo—no vemos a mi padre.
Juan obedeció.
La pálida claridad del alba naciente entró en la habitación.
Acostado en su lecho, el enfermo dormía; sus rasgos, momentos antes contraídos por el sufrimiento, se dilataban poco a poco; la respiración era menos jadeante, más regular.
María Teresa, aniquilada, se recostó en el gran sillón, en tanto que Juan, yendo hacia ella e inclinándose a su lado, le decía con voz grave:
—María Teresa ¿me perdonará usted algún día de haberme atrevido?... Dígame cuando menos que tengo disculpa; dígamelo, se lo suplico. ¡Hace tanto tiempo que ahogo mi corazón y sello mis labios para ocultar mi locura! Pero las palabras que acababa de oír ¿no eran como para hacerme perder la razón? Yo sé muy bien que no debo tener esperanza; nunca la he tenido, se lo juro; yo sé que ama usted a otro... Esas palabras, las he pronunciado a pesar mío, mi amiga, mi hermana, al oírla llorar sobre mi pecho. ¡Le suplico que me diga que me perdona!... Yo haré lo que usted quiera, no volveré a verla más, renunciaré a mi única alegría: la de contemplarla. Puedo soportar todo excepto su enojo.
Y como la joven permaneciera muda, enloquecida por aquella situación nueva que había creado la confesión de Juan, éste añadió, interpretando mal su silencio:
—¡Pero míreme por favor, vea cuánto sufro! ¿No merezco su piedad? ¡Ah, tenga piedad! ¡Piedad, solamente!
Involuntariamente, ella volvió hacia él su cabeza recostada sobre un almohadón. Al ver las miradas de súplica que ardían en aquella pálida cara, una extraña angustia la sobrecogió, y mientras que Juan decía en tono suplicante:
—Le ruego, María Teresa, que me diga que no está irritada contra mí... ¡perdóneme!
La emoción de la joven se hizo tan fuerte que su garganta no pudo dar paso a ningún sonido; entonces, sintiéndose incapaz de formular sus pensamientos y de substraerse a las sensaciones que la agitaban, le tendió la mano, cerrando los ojos.
¿Qué podía decir, además, si no se reconocía en el derecho de pronunciar las palabras que a sus labios subían de su corazón?
En aquella hora decisiva había sido conquistada por completo; Juan le había revelado el amor verdadero, el que brota vibrante y natural de la humanidad. ¡Ah! aquel grito que resonaba aún en sus oídos ¡cómo había conmovido todo su ser! Había comprendido aquel clamor lanzado por la sangre y por la carne, por el espíritu y por el alma de un hombre. Magia de la voz humana: las palabras de amor hacían arder su corazón y la saturaban de una dulzura incomparable.
¿Por qué estaba comprometida? ¿Por qué no podía romper aquella fútil promesa, y dar a Juan no sólo el placer del perdón sino también la dicha de aceptar su mano?
Asustada del impulso irresistible que sentía crecer en ella, y queriendo substraerse a la tentación de mostrar a Juan la emoción que la embargaba, se levantó y salió del cuarto sin pronunciar una palabra.
Juan la vio alejarse y creyó haber perdido para siempre todo lo que le quedaba de ella: su confianza y su amistad. Un dolor inmenso lo anonadó; creía haber sufrido hasta entonces; pero esto no era nada en comparación de lo que sentía en aquel momento, torturado por la certidumbre de haberse hecho ridículo u odioso a su adorada María Teresa.
XVIII
Después de esta última crisis, el señor Aubry estuvo varios días en peligro. Durante algún tiempo, los médicos consideraron desesperado su estado. Al fin, los solícitos cuidados y la fuerza de su constitución triunfaron de la enfermedad.
Huberto había ido a enterarse del estado del enfermo, pero cada vez más se sentía helar a la vista de aquella casa triste y de aquella familia desolada. Además, los informes que recibía sobre la cristalería aumentaban su reserva y su circunspección. Su madre y él contemplaban con inquietud los acontecimientos probables: la muerte del señor Aubry y la quiebra de la casa.
La señora Martholl concibió temores muy serios. Preocupada de que su hijo pudiera encontrarse en una situación comprometida, se hizo apremiante y persuasiva. Huberto se mostró dócil a las exhortaciones maternales; no pareció obstinarse en demostrar a María Teresa sentimientos inoportunos; sin embargo, débil y vacilante, no osaba provocar una franca ruptura. Con tenacidad, la señora Martholl se echó en busca de algún motivo «honorable» que los sacase de apuros; pero su imaginación, práctica en habilidades diplomáticas, permanecía infecunda, no sugiriéndole sino medios evasivos y dilatorios. Finalmente, a fuerza de acumular sobre aquella idea que la acosaba, todos los recursos de su espíritu fino y despreocupado, concluyó por encontrar un subterfugio.
Un día que su hijo venía de la calle Vaugirard trayendo muy malas noticias, le dijo:
—Mi querido Huberto, hay que acabar y no eternizarnos en esta situación. Si no te decides a solucionar las cosas, podemos ser sorprendidos por los acontecimientos y vernos en la imposibilidad de esquivarnos. Mientras más esperes, más difícil será eludir las responsabilidades que te amenazan. Y después ¿qué actitud observarás ante la impresión de ciertas emociones? El espectáculo del dolor y de la muerte nos hace sensibles y arriesgas proceder irreflexivamente, influido por la presencia de una novia deshecha en lágrimas.
A Huberto le parecía que la prudencia de su madre tomaba un aspecto algo maquiavélico, pero no lo llevaba a mal; sabía que hay que ser indulgente con las exageraciones del amor materno. Las de la señora Martholl le procuraron el famoso medio «honorable.»
Según sus consejos, Huberto debía decir a su novia que la señora Husson acababa de caer enferma en Valremont, donde había ido a pasar algunos días. Él y su madre se veían en la obligación de ir a prodigar sus afectuosos cuidados a aquella excelente amiga que los llamaba y los esperaba.
Huberto puso en ejecución este proyecto en el momento mismo en que el estado del señor Aubry inspiraba más vivas inquietudes; anunció a María Teresa que se ausentaría por algunas semanas.
Para la joven fue un alivio la noticia de esta partida; las visitas de Huberto le eran penosas desde que estaba segura de la tibieza de su amor, comparado con el de Juan.
Además, sufría, porque en su rectitud se consideraba en falta. Aquella noche de dolor y de delirio en que las palabras de su padre le hicieron conocer el estado de alma de Juan, había interpuesto una sombra entre ella y Huberto. Muchas veces quiso confiarle la afección creciente que sentía hacia Juan, y referirle los sacrificios que éste quería hacer para que su casamiento no fuese demorado. Pero ¿cómo abordar tal asunto sin cometer una indiscreción respecto a Juan y aparecer haciendo presión sobre el mismo Huberto? Temía humillar injustamente a este último declarándole que no sería su esposa si no la tomaba sin dote, pues no consideraba digno de él ni de ella, aceptar el sacrificio de Juan.
Anhelando salir del laberinto en que sus pensamientos se perdían, no encontraba la senda que su conciencia atormentada le sugería tomar para salir al gran camino donde evolucionaría lealmente.
Mil escrúpulos la detenían; si hubiera estado cierta de que su novio deseaba una ruptura, no habría vacilado en retirar su palabra. Pero Huberto nada había dicho que justificase tan repentino cambio de ideas. Que quisiera romper su compromiso después de seis meses de contraído, por una miserable cuestión de dinero, le parecía una suposición grave e infundada. ¿Por qué sospechar que Huberto se hubiese prendado solamente de su dote? Probablemente consideraría muy natural renunciar a las ventajas pecuniarias que ella podía haberle proporcionado. Por otra parte, no había dejado de observar un cierto despego en su novio, pero esta impresión no era una certidumbre.
Los días de dolor que sobrevinieron, en los que hubo que disputar a su padre a la muerte, la alejaron por algún tiempo de todo lo que no fuera aquella única y piadosa ocupación. Solamente cuando la mejoría esperada permitió, al fin, a toda la familia vivir en una atmósfera de libertad, fue cuando María Teresa volvió a ser presa de las mismas irresoluciones, tanto más cuanto que durante aquellas horas crueles Juan había continuado demostrando una consagración admirable, luchando a la vez contra la ruina y contra la muerte. El pobre Juan al lado de ella se mostraba como avergonzado. Huía de su presencia, no atreviéndose a mirarla. Si sus manos se rozaban, al levantar juntos las almohadas del señor Aubry, él palidecía de angustia, y, en el silencio de la alcoba, María Teresa sentía los latidos precipitados de aquel corazón sobre el cual, una noche, se había apoyado cariñosamente.
—¿Hasta cuándo conseguiría ocultar al joven el lugar, cada día más grande, que ocupaba en su pensamiento?
En cuanto a Huberto, su ausencia se prolongaba. Habiendo sabido la mejoría sobrevenida en el estado del señor Aubry, «la aprovechaba,» había escrito, «para quedarse en Valremont al lado de la señora Husson que quería retener a sus amigos.»
María Teresa no acertaba a juzgar la conducta de su novio, y no se resolvía por lo tanto a romper con él, cuando una conversación la iluminó y le suministró la solución que buscaba.
Desde que su querido enfermo estaba fuera de peligro, ella y su madre recibían a las personas que iban a informarse de la salud del convaleciente. Entre las más asiduas se contaban a la señora Gardanne y su hija. La solicitud de esta última no se refería exclusivamente a la salud del señor Aubry; existía otro asunto que picaba su curiosidad.
Un día, no pudiendo contenerse más, Diana preguntó:
—¿Qué se hace tu Huberto? No se le ve ya por aquí.
María Teresa, confusa, se limitó a responder evasivamente:
—Probablemente viene a otras horas que tú, lo cual explica que no lo encuentres.
Pero Diana escuchaba distraídamente la respuesta a su pregunta; en el mismo orden de ideas, acababa de hacer otro descubrimiento importante.
—¡Hola!—exclamó, señalando el dedo de su prima,—¿ya no llevas tu anillo?
—¿Mi anillo?—dijo María Teresa ruborizándose,—lo habré olvidado en mi tocador.
En realidad, hacía algún tiempo descuidaba intencionalmente ponerse su anillo de novia; había observado que los ojos de Juan eran invenciblemente atraídos por el fulgor del rubí tornasolado, sobre el cual parecían caer todas las caricias de la luz. De manera que por una delicadeza instintiva, no queriendo colocar diariamente ante sus ojos un símbolo que debía afligirlo, no se ponía el anillo. Muchos eran los días que esta joya descansaba en su estuche.
—No se debe quitar el anillo de novios—declaró sentenciosamente Diana.
—¿Qué quieres? He estado tan atormentada, he pasado por tales angustias, que no es extraño que se me haya olvidado de ponerme hoy esa alhaja.
—Eso no es una alhaja, es tu anillo—insistió Diana.
Luego, decidida a ir hasta el fin, en la seguridad de que su perspicacia natural la había conducido sobre la buena pista, continuó:
—¿Entonces Huberto no ha sabido que mi tío ha estado muy mal?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Pues, por una razón muy sencilla; porque no ha estado a tu lado en los días de peligro.
—En efecto—respondió María Teresa, que por un exceso de delicadeza no quería acusar a Huberto,—tuvo que ausentarse algunos días antes de la última crisis que sufrió papá.
—¿Y tú no lo llamaste? Supongo que habría venido, en vez de ir a las carreras de Ascot; Bertrán lo encontró allí... Huberto manejaba un mail lleno de señoras muy chic, y en el que todo el mundo, incluso él, parecía divertirse extraordinariamente; Bertrán pudo reconocer a miss Maud Watkinson, ¿sabes? esa americana tan rica de quien se ha hablado tanto este invierno y que anda por todas partes con la Condesa de Husson.
—No conozco a miss Maud Watkinson—dijo María Teresa, tratando de encubrir bajo un aire de gran indiferencia la sorpresa que le causaban las palabras de Diana.—Hace cuatro meses que vivo reclusa... Pero dime, a propósito de esto, ¿la Condesa de Husson no acaba de estar muy enferma en Valremont adonde había ido a pasar unos días?
—¡Tú sueñas, mi pobre María Teresa! ¿Enferma en Valremont la Condesa de Husson? Es imposible; no ha cesado de mostrarse en todos lados: en el Bosque, en la Opera los viernes, en las quincenas de la Marquesa de Beaufort, en el garden-party de la Embajada de Inglaterra, en la fiesta de los Drags en Auteuil... y ¡qué sé yo!
María Teresa sintió que la inundaba una alegría indefinible; ¡por fin adquiría la prueba manifiesta de la defección de Huberto! Diana quedó confundida al ver el aire de alegría con que su prima recibía aquellas revelaciones. No se animó a servirle las frases de consuelo que traía preparadas, como buena persona que trata de curar las heridas que ha hecho.
—¡Esto no es posible, me hace una comedia!—se decía ante los ojos risueños que la miraban;—no se recibe de esa manera la noticia de la mala conducta de un novio.
En otro rincón del salón, la señora Gardanne, de muy buena fe, ponía un celo no menos caritativo en instruir a su cuñada del encuentro que había hecho Bertrán en las carreras de Ascot.
La pobre señora Aubry, que no tenía las mismas razones que María Teresa para recibir alegremente estas confidencias, quedó desolada. Cuando la señora Gardanne y Diana hubieron partido, llamó a su hija, y su aire afligido probó a María Teresa que su tía y su prima se habían complacido en hacer el mismo relato.
La joven tomó el brazo de su madre, apoyó su linda cabeza sobre el hombro materno, y dijo cariñosamente:
—Querida mamá, puedes estar tranquila, no estoy afligida.
—¿Tú sabes, entonces?
María Teresa se sonrió.
—Que Huberto ha ido a las carreras de Ascot, que ha mentido, y que se divertía mientras nosotros sufríamos. No solamente esto no me desagrada, sino que me llena de felicidad...
La señora Aubry no comprendía. Azorada de oír una confidencia tan inesperada, balbuceó:
—¿Tú eres feliz?
—Mamá, yo no quiero casarme con Huberto Martholl. Desde hace algún tiempo buscaba un motivo para romper nuestro compromiso; no tenía más que el pretexto de mi desafección y me parecía cruel invocarlo; no me atrevía por delicadeza. Pero ahora soy libre. La rara conducta del señor Martholl me deja libre, libre, libre. ¡Qué dicha!
—¿Pero qué ha pasado entonces? ¿Por qué no me has enterado de la transformación de tus sentimientos?
—Acabo de hacerte la mitad de mi confesión, querida madre—y súbitamente la joven se ruborizó,—aquí está la otra: amo a Juan.
La señora Aubry levantó suavemente la cara de su hija, apoyada siempre en su pecho, y mirándola, con tono grave le dijo:
—¿Amas a Juan? ¿Estás bien segura? No vayas a equivocarte esta vez. ¡Sufriría tanto ése!...
—¡Ah, madre! ¡cómo no lo he de amar, después de todo lo que ha hecho por nosotros!
—Es precisamente porque se ha conducido como un hijo admirable, que te pongo en guardia contra una inclinación que no es tal vez amor, sino un gran, un vivo reconocimiento; porque, desgraciadamente, no es cumpliendo su deber, como un hombre consigue atraerse el amor de una joven.
—Madre, eso es una crítica merecida por la ligereza de mi primera elección; ahora veo más claramente lo que pasa en mí. Juan ha hecho algo más que cumplir su deber hacia mí; ¿no lo sabías?
Y como la señora Aubry la mirase interrogativamente, María Teresa contó la conversación que había sorprendido, el sacrificio de Juan poniendo sus haberes en el fondo social de la cristalería, para asegurarle a ella el casamiento con otro, aunque la amaba en silencio desde hacía mucho tiempo.
Cuando la joven concluía de referir cómo después del regreso de Juan había sentido el amor verdadero, el amor grande, penetrar lentamente en su alma, Jaime entró.
Enterado de los sentimientos que María Teresa acababa de expresar, abrazó contentísimo a su hermana.
—Te felicito, mi querida Teresa; esta vez tu elección es realmente buena. Ahora me veo libre de una gran responsabilidad; la conducta de Martholl me inquietaba; se le veía por donde quiera que había diversiones, despreocupado de nuestras desgracias. Comprendo su táctica. Me habían prevenido de que no cesaba de recoger informes en todas partes sobre nuestra situación financiera. Como no la encontraba muy de su gusto, quería desligarse de su compromiso, y para no hacer un papel odioso, se ha arreglado de manera que la ruptura la iniciásemos nosotros. No está mal imaginado. ¿No piensas lo mismo, María Teresa?
Gravemente, la joven dijo:
—Yo pienso que de todos los servicios que Juan nos ha hecho, el más meritorio es el de haberme hecho comprender lo que constituye la grandeza del alma. ¡Cuánto habría sufrido yo, siendo la mujer de Martholl, al descubrir poco a poco la naturaleza ligera de ese ser exclusivamente egoísta!
—Querida hermana, Juan nos ha librado de peores desastres: la quiebra y la muerte de nuestro padre, porque papá habría muerto. Gracias a una nueva invención, Juan levanta nuestra casa, restablece nuestro crédito y nos salva de terribles desgracias.
—La Providencia, hijos míos, nos devuelve centuplicado lo que hemos hecho por ese huérfano—dijo la señora Aubry, con voz conmovida.—¡Que sea bendito!
Un enternecimiento súbito o intenso de gratitud y cariño hacia Juan los invadía.
—¡Qué dicha, poder hacerlo feliz a mi vez! La idea de mi propia felicidad se aumenta al pensar en el amor que me tiene. Madre, ¡si supieras cuánto me quiere!
—Pero ¿qué vamos a hacer ahora? Tú, parece olvidas que eres la novia de Huberto Martholl, hija mía...
—¿Quieres dejarme escribirle? Tomaré sencillamente, la iniciativa de la ruptura; no podrá menos de quedar agradecido.
—Haz como quieras, querida mía, tengo confianza en la bondad de tu corazón y en la rectitud de tu espíritu.
—Ahora, tengo que pedirles algo, a ti, madre, y a ti, Jaime; prométanme guardar secretas para mi padre, para todo el mundo, para Juan, principalmente, las resoluciones que he tomado. Quiero que la calma vuelva a nuestros espíritus antes de comenzar una vida nueva.
Después de haber obtenido la promesa que exigía, la joven subió alegremente a su cuarto, y escribió en seguida a Martholl.
XIX
De regreso de Londres, la víspera, Martholl se despertó de muy mal humor. Lo primero que se presentó a su espíritu fue el pesar de haber perdido una fuerte suma de dinero en las carreras de Ascot, donde había visto desaparecer sus esperanzas con el caballo que las llevaba.
Huberto no era jugador liberal; hombre de orden, adorador del dinero, detestaba el perder. Había jugado en Ascot por espíritu de imitación, para no ser menos que los amigos que lo rodeaban; pero como la pérdida que había sufrido iba a desequilibrar su presupuesto durante algún tiempo, su disgusto era profundo. La escasez de dinero que lo amenazaba, lo hizo pensar en la desagradable vida que pasaría si, en el curso de su existencia, se viese obligado a imaginar sin cesar combinaciones financieras, a fin de vivir decentemente. ¡Gran Dios! qué dificultades tendría, si no se casaba con una mujer rica.
—María Teresa es encantadora—se decía,—pero cuanto más reflexiono, más me convenzo de que sería una locura casarme con ella en las circunstancias actuales.
Somnoliento todavía, abrió los ojos, miró a su alrededor, y experimentó una sensación de vivo placer al contemplar las cosas confortables y elegantes que lo rodeaban.
—¿No soy feliz así?—pensaba.—¡Casarme, para llevar una existencia agradable, exenta de preocupaciones pecuniarias, pase! Pero ir a encerrarme en un pequeño departamento, ser mal servido por un personal reducido ¿cómo resignarme, a menos de estar loco?
Y, como Huberto era razonable, se absorbió en meditaciones para encontrar el medio de esquivarse.
En aquel piso bajo, amueblado en un estilo inglés muy puro, época de la Reina Ana, la vida interior se desarrollaba según las reglas de un reglamento severo, completamente británico. Huberto fue interrumpido en sus reflexiones por la entrada de un criado, inglés, como los muebles, que le traía el té y el correo.
El joven echó sobre su correo una mirada distraída, pero habiendo notado entre las cartas y los diarios un amplio sobre sellado con lacre blanco, hizo un gesto de inquietud.
—¡Una carta de María Teresa!—murmuró sorprendido.—¿Qué me escribirá? ¿Estará inquieta por mi ausencia? ¡diantre! esto no concuerda con mi proyecto de concluir.
Rompió el sobre y leyó:
«Voy a decirle adiós, Huberto, y espero que su pesar no será grande. No quiero abusar de su buena fe; he dejado de ser la María Teresa de quien usted gustó, hace un año. Los acontecimientos de este último tiempo han aclarado mi inteligencia y me han hecho ver que nuestros gustos son tan contrarios, nuestro modo de pensar tan opuesto, que es mejor que renunciemos a unir nuestros destinos. Tenemos una manera demasiado diferente de concebir el empleo de nuestros días. ¡He reflexionado mucho, he tratado igualmente de conformarme a sus deseos, y encuentro que no me divierto nada, divirtiéndome! Estoy cierta que usted no amaría mucho tiempo a una compañera tan poco aficionada a la gran vida. Créame, hemos equivocado el camino.
»Tengo, pues, escrúpulos de privar a alguna joven, hermosa y encantadora, de una posición que yo ocuparía sin ningún placer, en tanto que para ella sería, fuera de duda, una fuente de distracciones y alegrías.
»Otra razón me decide a hablarle a usted así. ¿Recuerda los proyectos para el porvenir que formábamos juntos? He deducido en ellos este hecho singular: yo no era para usted más que un accesorio de la decoración de sus fiestas. Jamás me dijo: «usted será mi amiga, mi compañera amante y fiel; ¡qué placer tendré en gozar a su lado de la paz del hogar y del encanto de la intimidad!»
»No me equivoco, ¿verdad? afirmando que jamás ideas tan mundanas fueron formuladas por usted. Por el contrario, usted me decía: «Haremos gran vida; recibiremos mucho, saldremos más, aprovecharemos los yates de nuestros amigos, y, si heredamos a la Condesa de Husson, tendremos caballos de carrera. ¡Un stud! Este es mi sueño.» ¡Ay! ¡pero no es el mío! Cada vez pienso y me convenzo más de la imposibilidad de ligarme a una existencia semejante. Además, su realización, depende de una condición esencial: mucho dinero. Yo no soy indispensable... Una compañera más mundana, que forme hermosa pareja con usted en esa vida de alegría, no le será difícil encontrar. En cuanto a que yo sea esa compañera, es, actualmente, irrealizable en absoluto, por esta razón convincente y muy sencilla: no tengo dote. No tengo dote, porque rehúso recibir la que quiere darme mi familia.
»Mi padre me adora, usted lo sabe, y, a pesar del mal estado de sus negocios, se impondría los más duros sacrificios para asegurarme la dote y la renta prometidas... ¿No juzga usted que sería odioso que la vida de trabajo sobrellevada por mi padre no sirviera sino a mantener en el lujo y en los placeres a dos personas jóvenes y fuertes, mientras él debería continuar su dura labor, y condenarse a una existencia mediocre o incómoda? Seguramente, usted piensa como yo: seríamos despreciables si aceptásemos tal situación.
»Cierto, no lo pongo en duda, usted es bastante gentleman para tomarme por esposa sin dote; pero mi padre no lo consentiría, se considera obligado por su formal promesa. Así es que, como usted ve, en esta alternativa no me queda más que decirle adiós.
»Durante algún tiempo he sido la novia de su selección; esta preferencia no ha dejado de envanecerme; es una especie de estimación de mi humilde persona, que me da algún valor, y del cual haré don a mi marido.
»Espero que ya estará completamente tranquilo por la salud de su amiga, la señora Husson, que tantas inquietudes le causó. ¡Qué buena idea ha tenido para restablecerse, de hacerse acompañar por usted a Ascot, en los días de carreras!»
Y la carta terminaba con un correcto y trivial adiós. Cuando terminó la lectura, Huberto se sintió algo indignado. Consideraba casi una afrenta la iniciativa de María Teresa para deshacer sus esponsales. ¿Lo creía, pues, incapaz de casarse sin recibir dote?
Pero en seguida se sonrió de este último resto de caballerosidad que había brillado en su interior. ¿No quedaba todo bien arreglado así? La carta lo libraba de un gran compromiso. La releyó, pesó las palabras y analizó las frases...
La que había escrito aquellas líneas tan mesuradas, tan finamente irónicas, parecía bien determinada a persistir en su resolución; ni un arrebato que revelase cólera de celos, ni reproches exigiendo explicaciones, ni emplazamientos de ninguna clase. Evidentemente no le despedía con la secreta esperanza de atraerlo. Estaba sorprendido, y no comprendía aquel carácter de mujer. Por un instante, su fatuidad se rebeló de lo poco que lo sentían. Sin embargo, pronto volvió a sus sentimientos prácticos y agradeció a María Teresa el haber sabido comprender sus intenciones.
¡Qué inteligente, fina, llena de tacto y espiritual era aquella María Teresa! Lástima grande perderla. Pero consideró que se enternecía inútilmente. Puesto que los acontecimientos se imponían, él no tenía más que inclinarse.
Los rayos de sol que brillaban sobre la bandeja de plata, atrajeron sus miradas.
—¿Otra carta?—dijo, tomando un sobre.—¡Ah! es de la señora de Husson.
Y leyó:
«Amigo mío:
»Esta noche comeremos en Armonville. He resuelto hacer locuras; en seguida iremos a la fiesta de Neuilly. Cuento contigo y con dos o tres amigos más, para que nos acompañen. Es una fantasía de mi amable niña Watkinson. No dejes de ser exacto. A Armonville, esta noche, a las ocho.—Tu vieja amiga—Matilde Husson.»
La señora de Husson, segura de la aprobación de la señora Martholl, no ocultaba sus proyectos. Había mirado siempre con malos ojos el casamiento de Huberto con la señorita Aubry. Habiendo decretado que el joven no se casaría sino bajo sus auspicios, su compromiso, contraído sin que ella hubiera tenido en él la menor participación, no le pareció nada ortodoxo. De aquí que repitiera sin cesar que Huberto y sus «esperanzas» valían una fortuna mayor. Enterada de los incidentes desagradables ocurridos en la familia Aubry, unió sus esfuerzos a los de la señora de Martholl, para que Huberto no cometiera la falta de entrar en una familia amenazada por la ruina.
Habiendo tenido la suerte de encontrar la famosa gran fortuna en las lindas manos de miss Maud Watkinson, empleó sabias maniobras para poner constantemente a su protegido frente a la joven heredera. De acuerdo con la madre de Huberto, ponderaba, delante de él, a los jóvenes argonautas modernos que saben conquistar el Vellocino de Oro. La victoria reciente del joven Duque de Castillon, que se había cubierto de gloria en una aventura semejante, alentaba las esperanzas en el corazón de muchas madres. La señora de Martholl no se libró de este contagio, y, desde entonces, razonablemente, habituó su espíritu a las concesiones.
Una nuera protestante es susceptible de ser convertida por la influencia de piadosas exhortaciones, ¿y devolver al regazo de Nuestra Señora Madre la Iglesia una oveja descarriada, no es hacer una obra piadosa?
Continuando la lectura de su correo, Huberto descubrió una pequeña caja, cuidadosamente envuelta. La abrió: era el estuche, sobre cuyo terciopelo blanco descansaba el anillo de rubí.
—Si el proyecto de la Condesa de Husson marcha bien, he aquí algo que compensará mis pérdidas en Ascot—pensó juiciosamente.—Este rubí sentará deliciosamente en la mano de miss Maud. Haré rehacer el engaste con algunos brillantes; un anillo más relumbrante se armonizará mejor con su género de belleza.
Huberto cerró el estuche y lo puso en la bandeja, no sin ahogar un suspiro; hasta murmuró:
—¡Quién sabe!... En fin, mejor es que sea así... ¡Ah, María Teresa! ¡eres tan linda, sin embargo!
Luego, filosóficamente, bebió su té, estiró el brazo, tomó un diario, y se puso a leer.
Tal fue la oración fúnebre de lo que Huberto creyó ser, de su parte, un grande y delicado amor.
XX
Hacia el fin de agosto, Juan se hallaba solo en el gran escritorio de la cristalería de Creteil. Era uno de esos días de calor deprimente, que parecen retardar el transcurso de las horas lentas. Aquella atmósfera tempestuosa, que pesaba sobre la Naturaleza, haciendo cesar el canto de las aves y el murmullo de las hojas, exasperaba los nervios enfermos del joven.
Sentado delante de la mesa de trabajo, fastidiado de todo, en un abatimiento físico y moral angustioso, como nunca había sentido, seguía con la mirada distraída las nubes negras que invadían poco a poco todo lo que quedaba de cielo azul. Y semejantes a aquellas nubes, sus ideas sombrías chocaban entre sí, torturando su cerebro.
El esfuerzo tentado, el abandono completo de sí mismo, la abnegación llevada hasta el martirio ¿de qué servían? Cada día, con toda injusticia, sentía más pesado el fardo de su aislamiento. ¿Por qué también había dejado que aquella pasión lo dominase hasta el punto de quebrantarlo? Juan veía con terror desvanecerse su valor y su fe en el porvenir. Sabía que jamás conocería la felicidad. Una sola cosa subsistía todavía a sus ojos: la necesidad de cumplir su deber por gratitud al señor Aubry. Esta idea lo mantenía fiel en su puesto.
A menudo se reprochaba el dejarse vencer por un pesimismo peligroso. Ante su impotencia para encontrar la calma, la energía de su voluntad desamparada se acusaba de debilidad y de egoísmo; pero no podía dominar su tristeza creciente. La preocupación de los negocios tenía al menos esta ventaja: que distrayendo su espíritu, le hacía olvidar momentáneamente, su pesar; pero ese recurso desesperado le faltaba desde que la tranquilidad de los trabajos ordinarios reemplazaba en él a la fiebre del recargo de tarea de los últimos meses, y que, libre de inquietudes pecuniarias, veía a la fábrica prosperar de nuevo.
Pero ¿sería el enervamiento causado por sus fatigas? Ese día sentía impulsos de rebelión desconocidos en su alma. Los paseaba, sin poderlos disipar, entre aquellos muros donde había crecido; erraba, desamparado, en aquella fábrica que contenía todo su pasado, retenido por la fuerza del hábito y por el deber, buscando en todos lados sus viejos recuerdos.
Cada evocación del pasado, le refería su amor, la alegría, el sol de su juventud.
En uno de aquellos hornos ¿no había él mismo fabricado toda una minúscula vajilla de muñeca? Recordaba, como si este recuerdo hubiera datado de la víspera, su felicidad al recibir en pago de la sorpresa hecha a la niña, los frescos besos de su boca rosada. Siempre, en todas partes, era ella, que aparecía, siempre ella. ¿Qué hacer para olvidarla?
¿No alcanzaría jamás el reposo del espíritu sino en el olvido, aun no volviéndola a ver?
Planteó el problema de lo que haría cuando ella estuviera casada y se llevara lejos todos los sueños de amor fundados sobre ella. Le pareció que le sería imposible vivir sin aquella presencia, cuyo encanto lo tenía embelesado desde hacía tanto tiempo. Entonces, en un acceso de rabia interior, sintió haberse sacrificado. ¿No debía más bien haber dejado cumplirse los acontecimientos y que la casa se hubiera derrumbado? María Teresa sin dote ¡quién sabe lo que habría sucedido! Por lo menos, ella hubiera visto lo que era capaz de hacer por ella aquel Juan que desdeñaba. Él se habría puesto a trabajar con encarnizamiento a fin de reconstituirle una fortuna.
Desalentado nuevamente, pensó:
—¿Para qué? María Teresa no me ama, y yo no puedo modificar su corazón.
La última vez que había visto a la joven fue en la estación del ferrocarril de Saint-Lazare.
Cinco semanas hacía que los Aubry habían partido para Etretat, por haber aconsejado el médico que el convaleciente tomase los aires del mar. Mientras Juan ayudaba a los viajeros a acomodarse en el vagón, éstos le demostraron, al darle el adiós, un extraordinario cariño, lleno de emoción; guardaba como un tesoro la visión de la radiante sonrisa de María Teresa, y la durable presión de su mano.
Pero ¿era esto sorprendente? ¡Bah! los Aubry eran bastante inteligentes para comprender el prodigio que acababa de hacer por ellos. Ella también, sin duda, le guardaba mayor afección, agradecida a los cuidados prodigados a su padre y al éxito de sus esfuerzos para salvar la cristalería. ¿Y no era una gracia suprema que demostrase haber olvidado las palabras locas en que dejó escapar su secreto, en una noche de fiebre y de angustia? No, ella no comprendería jamás cuánto la amaba.
Y ahora, ¿cuándo la volvería a ver?
Huberto Martholl se había reunido a ellos, indudablemente. El casamiento no podía demorarse más, puesto que el señor Aubry estaba ya bueno y los asuntos arreglados... ¡Ah! ¡los terribles, los dolorosos celos atenazaban el corazón y el cerebro de Juan, cuando evocaba aquella hora tan próxima! Se desesperaba por encontrar algo que le impidiera pensar en aquellos novios felices, reunidos allá en Pervenche, entre una decoración de flores, de vegetación, de savia calentada por el estío... Y el desgraciado desfallecía de dolor.
Como se levantase para ir a la ventana a respirar un poco el aire fresco, golpearon a la puerta. Era un criado que le traía un telegrama. Juan lo abrió, presintiendo que venía de Etretat; leyó:
«Tengo necesidad de ti, ven inmediatamente, esperamos.——Aubry.»
Juan quedó estupefacto. ¿Para qué podían necesitarlo? ¿Por qué llamarlo así bruscamente? ¿El señor Aubry habría recaído en su enfermedad? El laconismo del telegrama lo alarmaba.
¿Volver a Pervenche?... era un sufrimiento moral superior a sus fuerzas. Pero, en breve, la idea de aproximarse a María Teresa, de verla, de satisfacer así su único deseo, lo hizo sobreponerse a sus recelos y temores.
El día estaba demasiado adelantado para que pudiese partir aquella misma noche; telegrafió que iría al día siguiente. Llamó a Rousseau, el viejo jefe de talleres, y le dio las instrucciones necesarias para que nada se perturbase mientras él estuviera en Etretat. En seguida hizo sus preparativos para el viaje.
Al día siguiente, durante la inacción forzosa del viaje, Juan permanecía absorto, inquieto por el llamamiento del señor Aubry, y perdido en la contemplación interior de María Teresa. Entre este tormento y este goce, se hallaba tan absorto en sí mismo, que nada del exterior atraía sus miradas. No veía la campiña normanda huir ante sus ojos en la opulencia de sus ricos cultivos, ni notaba la atención hacia él de una joven que viajaba en el mismo compartimiento. ¡Qué le importan los campos fértiles y las lindas mujeres! La intensidad de su amor lo apartaba de todo. La fiebre devorante del amor, que es la vida de los fuertes, lo dominaba. Cada día amaba más a María Teresa; ella lo sabía, y, sin embargo, dentro de algunas semanas sería la mujer de otro...
Este tenaz pensamiento hacía palidecer su semblante, y daba a su mirada una expresión singular.
De pronto cree comprender: lo llaman porque el señor Aubry, estando aún convaleciente, no puede ocuparse de las formalidades del casamiento; lo esperan para encargarle la práctica de estas diligencias. He ahí por qué debe dejarlo todo y acudir apresuradamente; esta razón de su viaje le parece tan simple, que se sorprende de que no se le haya ocurrido antes. Pero esto es superior a sus fuerzas, y esa misión rehusará cumplirla; ¡no! ni por el amor a María Teresa, desempeñaría ese oficio; sería demasiado doloroso. Si se exige eso de él, recurrirá a Jaime, su amigo, su hermano, que le evitará ese martirio.
Al fin, Juan llega; el tren para, y poco después, el coche de los Canzelles se detiene en el vestíbulo de la villa; un criado, de pie, cerca de la puerta, toma la maleta de Juan, en tanto que éste, ansioso, le interroga:
—¿Cómo está el señor Aubry, Francisco?
—El señor Aubry está muy bien, el aire del campo lo restablece, tiene ya muy buen semblante. ¿El señor Juan quiere subir a su cuarto? Todos han salido; sin duda no esperaban al señor hasta la noche.
Juan sigue al criado.
En su cuarto, el mismo que ocupó el año anterior, los recuerdos vuelven a acosarlo. El tiempo no ha hecho más que agravar su mal, puesto que lo irremediable va a cumplirse.
Mientras cambia de traje, sus ojos ven en el espejo una imagen que le sorprende. El hombre reflejado allí no está tan alejado de la elegancia de aquellos que antes envidiaba. Se sonríe con burla.
Empezó a comprender por qué atraía la atención de aquella joven del vagón; este éxito se lo debo a mi nuevo sastre. Después de todo, puesto que las mujeres son sensibles a las formas exteriores de una elegancia que se puede comprar ¿por qué no habré tratado antes de parecerme a los que les gustan? Pero loco, triple loco, bien puedo convertirme en el hombre mejor vestido de París y de Londres, mas ella verá siempre detrás de mi traje al huérfano recogido por caridad, al obrero que se quemaba las manos...
Se arroja sobre un sillón, echa la cabeza hacia atrás, y permanece así, poseído de la desesperación.
—¡Juan, Juan, baje, que lo espero!
Es la voz de la mujer amada, que lo llama desde el jardín.
Juan se levanta. Del fondo del cuarto, por la ventana abierta, ve destacarse sobre el césped un vestido de verano.
¡Ah! ¿por qué aquella voz es tan alegre, cuando en el mismo instante él sufre tanto que el temblor le impide bajar?
En la puerta, una última emoción lo contiene. ¿Qué va a ver abajo? ¿A Huberto Martholl al lado de ella, sin duda? ¡Cuánto valor necesita todavía!
Llega al vestíbulo. Al divisarlo María Teresa, exclama de nuevo:
—¡Venga, Juan!
Aquel nombre pronunciado por la voz adorada, conmueve al joven profundamente. Y, en una admiración apasionada, contempla a la joven en toda la plenitud de su belleza, de pie y silenciosa al lado de un bosquecillo de flores. Permanece allí, en efecto, no atreviéndose a avanzar, presa de un sentimiento singular que no ha previsto; porque el que se acerca en aquel momento es el hombre a quien ama, cuyo pensamiento la llena de ternura y de esperanza.
De pronto, un pudor inquieto, una timidez extraña la turba, y no sabe qué palabras pronunciar para hacer a Juan la confesión que, lejos de su presencia, creía fácil.
Juan se aproximó, y, tratando de afirmar su voz, le dice:
—Buenos días, María Teresa, ¿su papá sigue bien, verdad? Al llegar, he tenido, por Francisco, buenas noticias. Esto me ha tranquilizado; su telegrama me había alarmado mucho.
Mientras él habla, la joven se ha serenado.
—Sí, la calma, el reposo, le han hecho gran bien. Nada sirve como el campo y el aire del mar para los convalecientes. Y usted, Juan, ¿no necesita también un poco de este aire vivificante, después de tantas penas y fatigas?
—¿Es por esa razón por lo que su padre me ha llamado? ¿Cree usted, realmente, que yo encontraré aquí... en estos días... el reposo que podría serme saludable?
María Teresa, dueña de sí misma ahora, dijo sonriendo con coquetería:
—Yo lo creo, Juan; lo creo tan firmemente, que soy yo quien le ha telegrafiado. ¿Dónde estará usted mejor que con nosotros? ¿no somos su verdadera, su única familia? Hace usted muy mal en hacerse de rogar para venir, cuando sabe que lo queremos tanto... ¡No, no proteste!—exclamó con alegría, golpeando suavemente con una flor el brazo del joven, que se estremeció al contacto de aquella caricia.
Y, después de un malicioso suspiro ahogado, añadió:
—Yo sé: los hombres son así; nos aman y nos descuidan... es su manera de ser... ¡hay que resignarse a tomarlos como son!
—¡Ah, María Teresa, María Teresa!—rugió sordamente la voz de Juan,—¿por qué juega usted con mi dolor? ¿Por qué ha tenido la crueldad de llamarme? Su alegría me mata...
La fisonomía atormentada de Juan tenía una nueva belleza. Como María Teresa lo miraba conmovida, él continuó:
—¿Cree usted que soy tan fuerte que pueda resistir al suplicio de verla al lado de otro? Dígame, ¿para qué me ha llamado? ¿en qué puedo servirla? ¡Ah! si es la amistad de ustedes lo que me ha arrancado de Creteil, usted por lo menos, usted que sabía... ¿por qué no encontró un pretexto para evitarme este viaje? Usted es cruel... cruel...
María Teresa puso su mano en la de Juan, murmurando:
—Déjeme así... como antes, cuando yo era chica, y caminemos un poco ¿quiere?
Lo lleva, silenciosa, a través del jardín, hacia la terraza que domina el mar. Allí le dice, con una expresión de voluntad reflexiva:
—No, yo no soy cruel; yo quería verle, Juan; necesito su presencia; los días me parecen largos sin usted... ¡espantosamente largos!
Juan la contempla sorprendido, hasta el punto de que, sólo después de un largo silencio, pronuncia lentamente estas palabras:
—¿Los días le parecen largos?... ¿qué me dice usted?... ¿no está aquí el que usted quiere?
—Ahora sí...—dijo la joven.
Pero en seguida, con aire grave, añadió:
—Juan, tengo una importante confidencia que hacerle. Desde hace dos meses he dejado de ser la novia de Huberto Martholl, me he desligado de las promesas que nos unían...
Una palidez mortal se extendió por el rostro de Juan, y todo su cuerpo tembló.
—¡Me vuelvo loco!—balbuceó.—No comprendo... diga, ¡ah! diga...
La joven continuó:
—Es bien sencillo lo que pasó en mí. Me convencí de que me había equivocado, que nunca había amado a Huberto.
—¿Que usted no lo amó nunca?... Nunca...—repetía Juan.—Entonces ¿cómo fue su novia?
—¿Acaso lo sé yo? Influye tanto el azar en nuestras determinaciones... Confieso que en un principio Huberto no me disgustaba... ¿qué razón había para que le rechazase? Yo no sabía que otro me amase... otro... Todo esto es bien simple... muy triste también... No hay que guardarme rencor, Juan. ¡Vivimos tan futilmente nosotras, las jóvenes! nos conocemos apenas; no sabemos dirigirnos, y nadie nos guía en la educación de nuestro corazón; nuestras madres no se atreven... nada es, pues, más fácil que confundir un sentimiento trivial con el verdadero amor.
—Es cierto... Lo que usted dice es justo y cierto... ¡Ah, María Teresa, María Teresa!...
Y trastornado, Juan balbuceaba:
—¡Libre, usted es libre!
La joven respondió:
—No, Juan, no, yo no soy libre; si me he desligado, es porque, durante mis frías relaciones con Martholl, conocí que todo mi corazón pertenecía a otro...
—¡A otro!
—¡Ah! Juan, ¿no adivina usted?
Como alucinado, él la miró, y en la turbación, en la emoción visible de su amada, lee la confesión que sus labios no se atreven a pronunciar.
Enloquecido, la atrae hacia sí en un movimiento apasionado.
—¡Será posible! ¡María Teresa, le suplico, hable! dígame que soy yo... ¿es posible? ¡yo!... ¡yo!
Entonces la joven inclinó su cabeza sobre el hombro de Juan, y murmuró en un soplo:
—...¡Sí, Juan, es usted!
Una especie de deslumbramiento hace caer a Juan sobre un banco, y le quita las fuerzas de abrazar aquel cuerpo encantador.
Entonces, tomando las manos de María Teresa, de pie ante él, la contempla con toda su alma, y ella lee en la cara del joven la intensidad de su emoción. Está transfigurado; el oro del sol se refleja en sus negras pupilas, y una palidez de ámbar cubre sus mejillas; una felicidad sobrehumana resplandece en aquel rostro, cuyos labios son impotentes para pronunciar palabras.
—¡Es, pues, cierto!...—repite,—¡yo! ¡yo!
Ansioso o incrédulo, no pudiendo creer en tanta felicidad, se pregunta:
—¿Cómo es posible que sea para mí esta dicha inmensa... que no he merecido?...
—No, Juan, yo he conocido en usted la grandeza de la energía, la hermosura del espíritu de sacrificio, y usted ha penetrado en mi corazón haciéndome admirar la nobleza de una alma generosa dedicada al deber y al trabajo.
—¡Oh, María Teresa!—exclamó él, atrayéndola hacia sí en un arrebato de todo su ser,—¿puedo decirle entonces cuánto la amo? ¡María Teresa! yo la adoro... mi amada, mi bien amada; ¿no teme usted que sean demasiado rudos estos brazos que la estrechan?
—No, Juan, puesto que yo le amo...
Y la joven inclinó su cabeza sobre el corazón de su novio. En un ademán de protección y amor, él la rodeó con sus brazos y la estrechó con ardor silencioso.
Aquel abrazo grave y fuerte llenó de dulce emoción a María Teresa; se sentía segura como en un estuche, entre aquellas manos cariñosas y potentes. Percibía las palpitaciones del corazón de su novio; su fuerza, su frecuencia, el fluir tumultuoso de la sangre en las arterias, entonaban, para ella, un himno sagrado y triunfante.
Presentía cuánto ideal y generosa energía llevaría, por el don de sí misma, a la vida de su amado.
Era cierto: Juan aprisionaba su sueño entre sus brazos; tenía estrechada contra su pecho a la mujer únicamente amada. Esta posesión, exaltando su alma, lo hacía capaz de acometer las más grandes obras humanas.
Largo tiempo, de pie en la terraza, permanecieron entrelazados...
*
El horizonte infinito se extendía ante ellos. En el mar el sol trazaba un surco de oro que, semejante a un camino luminoso, empezaba a sus pies, para perderse en la inmensidad; les pareció el símbolo de la senda que se abría para ellos y que seguirían en adelante.
Una emoción intensa los embargaba. Confundían aquella claridad con la irradiación de la felicidad que inundaba sus almas; se imaginaban que aquella luz emanaba de ellos para esparcir la alegría por el mundo.
No se equivocaban; el amor es la antorcha que ilumina a la triste humanidad, lo único que siembra algunas chispas de alegría y embriaguez en el fragoso camino que seguimos desde la cuna hasta la tumba.