Front matter (continued 2)
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Dicho esto, alegremente, con la dulce entonación que le era habitual, María Teresa se esquivó y corrió a reunirse con sus amigas.
Juan tuvo un violento acceso de desesperación, cuando se encontró solo. ¡Ah! era siempre el hombre del pueblo, sin delicadeza alguna. Acababa de hacer algunas observaciones ridículas, ¿y con qué derecho? Decididamente nunca sería un hombre de mundo. El ejemplo mismo de su querido maestro no le había servido; porque si él, a pesar de su labor de obrero, había permanecido caballeresco, es porque se llamaba Aubry de Chanzelles, y de nacimiento poseía esa ciencia de la delicadeza que no se adquiere jamás.
Afligido, Juan se sentó al borde de un sendero que baja casi cortado verticalmente hacia el mar, a lo largo de la barranca. Desde allí dominaba la playa quebrada de Saint Jouin, y podía seguir, por entre las rocas, la marcha caprichosa de las jóvenes y de sus flirts. El traje claro de su amiga, y el elegante sombrero gris de Martholl cautivaban principalmente su atención.
En cierto momento, pudo ver a María Teresa y a las jóvenes que la precedían, detenidas ante una bajada difícil. Y como Martholl, Platel, Bertrán y James Milk, les tendieran sus brazos auxiliadores, las primeras siluetas finas fueron deslizándose una a una.
Entonces el corazón de Juan latió con violencia. Pero pronto su semblante se serenó; lo que él temía, no sucedió; ágilmente, María Teresa saltó sin la ayuda de nadie.
Por la emoción que había sentido, Juan comprendió que no podía permanecer testigo impasible de escenas semejantes. Dándose cuenta que su mal humor sería la última expresión de lo ridículo, resolvió abreviar su permanencia y buscar un pretexto para marcharse.
El resto del día continuó lleno de tristezas para él. Felizmente, Bertrán como buen camarada, viéndolo aislado y melancólico, vino a hacerle compañía; sin su presencia, Juan habría llorado.
Al desaparecer el sol en el mar, los excursionistas regresaron a la venta. Cuando se hubieron reunido a las personas tranquilas que habían preferido pasar la tarde a la sombra, bajo los manzanos de la huerta, declararon que no tenían la intención de volver tan temprano a Etretat, que querían comer en Saint Jouin, y bailar después en la vasta pieza alfombrada de césped. Esta sala, llena de muebles antiguos, es una de las curiosidades artísticas de la hostería. El proyecto fue aceptado, y el desgraciado Juan que no podía eludir este programa improvisado, tuvo que resignarse a ver exasperarse su suplicio.
María Teresa se había divertido mucho en el curso de su paseo accidentado. Huberto no se había separado de ella un momento. Sentía una secreta vanidad en verse preferida a sus amigas por aquel galante joven, que Diana y Alicia de Blandieres se habían disputado. Al ver el desconcierto de las dos jóvenes, cada vez que Huberto las dejaba para reunirse con ella, una sonrisa maliciosa aparecía en sus labios.
La impresión que le hicieron las palabras de Juan se había disipado pronto. Conocía bastante la displicencia del joven; pensó que se encontraba disgustado entre tantos desconocidos, y que eso bastaba para tenerlo descontento hasta el punto de inspirarle palabras acerbas. No era la primera vez que María Teresa advertía los celos de Juan, pues consideraba legítimo que un antiguo compañero sintiese ojeriza hacia los que trataban de captarse su amistad. Acaso temía que ella olvidara a los que tenían derechos más antiguos. Encontraba así excusas al mal humor de Juan. Pero era su huésped, y no quiso guardarle rencor; viéndolo, pues, al entrar en el jardín, sentado sobre la hierba a los pies de la señora Aubry, se dirigió hacia él y le dijo con amabilidad:
—¿Es por pereza por lo que no ha querido usted venir a escalar con nosotros los peñascos? Hemos tenido algunos pasos difíciles de franquear; usted nos habría sido muy útil: lamento también que se haya privado de contemplar esta playa agreste, sembrada de rocas cubiertas de hierbas y de musgos; ha sido un espectáculo grandioso, a la puesta del sol. Sin embargo, no puedo enojarme, puesto que le hacía usted compañía a mi querida mamá, a quien todos hemos abandonado.
Juan levantó sus ojos sombríos hacia María Teresa, y su cólera desapareció, no dejándole más que una herida secreta que sangraría mucho tiempo; él lo sabía bien... La que lo miraba con cara risueña, no sospechaba la turbación que su presencia provocaba. ¡Con tal que no lo supiera nunca! Juan creía que para él era cuestión de honor dejarle ignorar siempre las torturas que padecía a causa de ella.
—¡Qué buena es en olvidar mis estúpidas palabras!—pensaba, y en su confusión habría querido implorar perdón, de rodillas.
Sin embargo, nada pudo contestar; la emoción lo ahogaba, y la joven se alejó antes de que pudiera encontrar palabras para expresar sus sentimientos.
—Es una suerte para mí que me hagas compañía, Juan—dijo la señora Aubry;—hasta mi hija, siempre tan razonable, demuestra hoy una gran distracción; parece que se divierte mucho.
—Tiene razón—respondió tristemente el joven,—en estar alegre y expansiva. Es una dicha ver gozar de la vida a los que se ama. Mire usted cómo está rosada, cómo brillan sus ojos... ¡Ah! que sea siempre feliz, ¡qué importa lo demás!
Durante la comida, la animación fue grande. Platel, lleno de inspiración, no cesó de hablar, y las niñas de Blandieres, algo sobrexcitadas por el champaña, elevaron más de lo razonable sus juveniles voces agudas, y se propusieron exasperar a sus vecinos el señor d'Ornay y el flemático James Milk.
Huberto Martholl se había colocado al lado de María Teresa; pero Juan, esta vez, se prometió no mirar más hacia ellos. Como tenía al servicio de sus resoluciones una voluntad inquebrantable, mantuvo su promesa, y a pesar del bullicio, se engolfó en una conversación técnica con el señor Aubry.
Después de comer, atravesaron el jardín para ir a bailar.
Juan se esquivó. Anduvo errante por las barrancas, paseando su pesadumbre a los rayos de la luna, la dulce compañera de los tristes. Pero no estaba bastante lejos para que no llegasen hasta él los aires de un vals, cubriendo por momentos la voz sorda de la marea creciente.
El ritmo de aquella turbadora música de baile se imponía a su espíritu enfermo y lo aniquilaba. Las armonías que percibía, evocaban a María Teresa y Huberto enlazados; entonces sintió un irresistible deseo de verlos, volvió sobre sus pasos, y pasó el resto de la noche detrás de una de las ventanas de la sala donde bailaba.
De pie, apoyado contra los postigos entreabiertos, veía evolucionar a Alicia y Juana de Blandieres, bulliciosas y juguetonas, a la linda Mabel con Platel, y a Diana, cuyos cabellos negros se inclinaban complacientemente hacia James Milk. Pero Juan los miraba con atención distraída; para él, todos allí eran cortesanos que se agitaban en torno de la estrella, y no tenía bastantes ojos para seguir los movimientos de María Teresa.
Estaba deliciosa en aquella decoración de muebles antiguos, destacándose delicadamente sobre el fondo de oro de los viejos tapices de brocado tendidos sobre el muro. Un instante, fue a sentarse en un sillón gótico cuyas columnitas de madera dorada, se elevaban formando cúpula por encima de su cabeza rubia. La contempló arrobado; así era como la veía en sus sueños. Sentada en aquel trono torneado y extraño; con su ligero vestido de linón y trémulas blondas, parecía una princesa de leyenda.
Duraba su éxtasis ante esta visión encantadora cuando la sombra de Martholl se interpuso entre ellos. Un furor loco se apoderó de Juan contra el que confiscaba, en provecho exclusivo, la blanca y preciosa imagen. Juan no veía ya más que el impecable traje de Martholl que permanecía plantado allí, completamente inconsciente de la tormenta que levantaba en el corazón de otro, su presencia delante del ídolo. ¿Aquel hombre estaría siempre a su lado?
Juan había temido la llegada del que ella prefería; pero nunca se había imaginado el desgarramiento de su alma ante el hecho consumado. Se alarmó de la tempestad que rugía dentro de él, simplemente contra aquella silueta importuna. ¿Cómo haría para asistir en lo sucesivo a toda una serie de incidentes de los cuales éste no era más que el preludio, desde que María Teresa y Huberto no eran novios aún? No, ¿cómo permanecería impasible, mientras todo su ser gemiría de dolor? Si el señor Aubry no hubiera pronunciado la víspera las palabras que alentaron su locura, quizá se habría resignado. Pero haber entrevisto, como casi posible, una felicidad sobrehumana, y encontrarse luego, por la crueldad del destino, en presencia del que, fuera de duda, iba a robarle aquella felicidad, era demasiado duro... Lágrimas de desesperación enrojecieron sus ojos.
En el mismo instante, la joven, sonriendo, tomó el brazo que le ofrecía Martholl, y entonces Juan se lanzó a las espesas sombras del jardín, para no ver más nada.
VI
Los días que siguieron al paseo por Saint Jouin fueron para Juan largos y penosos. Para emplear el tiempo, tomaba su bicicleta y recorría cada día, a toda velocidad, los alrededores de Etretat. A la tarde volvía, embrutecido de fatiga, y subía a su cuarto para prolongar indefinidamente su soledad. Aguardaba así, del azar, un motivo plausible para salir de Etretat sin herir a la señora Aubry, que no se habría explicado una partida precipitada. Afortunadamente como conocían su carácter independiente, respetaban su libertad, y nadie se preocupaba de hacerle modificar la manera de vivir que había adoptado.
María Teresa, con gran delicadeza, evitaba, durante las comidas, hablar de sus amigos y de lo que sucedía en la playa o en el Casino. Se esforzaba en no conversar más que sobre cosas susceptibles de interesar a Juan. Pero Diana no procedía con el mismo tacto y abrumaba a su prima con alusiones más o menos veladas sobre los obsequios siempre excesivos de Huberto Martholl.
Estos temas de conversación eran dolorosos para Juan, y le aumentaban el deseo que tenía de huir de Pervenches.
La ocasión que buscaba se presentó en breve.
Un día, paseando, habló con entusiasmo a Bertrán, de la Alemania y de la Selva Negra.
—Parece increíble—declaraba Bertrán,—que yo no haya ido todavía por allá.
—¿Te diviertes mucho aquí?—preguntó Juan.
—Moderadamente, ¿por qué me preguntas eso?
—Porque, si tu placer es negativo, deberías pedir a tu padre autorización para acompañarme a Bohemia, adonde iré próximamente. Estoy seguro que este viaje te interesará. Para no perjudicar tus estudios, partiríamos en seguida, a fin de aprovechar el resto de las vacaciones.
—¡Pues sí, es una magnífica idea la tuya! Esta misma noche le escribiré a mi padre, rogándole que me deje ir contigo.
El señor Gardanne, que apreciaba mucho a Juan, consintió de buena gana en dar la licencia pedida, y el viaje de los dos jóvenes fue decidido.
Si al dejar a Pervenches, Juan experimentaba algún alivio en huir de las emociones torturadoras, llevaba en el corazón la terrible herida de los celos, convencido de que cuando volviese a ver a María Teresa, ella no sería ya libre. Su sola esperanza estaba en encontrar en un trabajo encarnizado, el poder que necesitaba para olvidar a la joven.
En cuanto a ella, la decisión de su amigo de la infancia, la turbó un poco. No comprendía cómo la permanencia en Etretat no le era agradable. Pero, sin indagar más allá, no vio en esto más que la aversión del joven hacia la vida social.
El día de la partida, mientras miraba pensativa alejarse el coche que conducía a la estación a los dos jóvenes, Diana le dijo:
—Esta idea de Juan, de llevarse a mi hermano antes del fin de las vacaciones, es estúpida. Me imagino que no vas a extrañar a ese huraño. ¿No estaba Bertrán mejor aquí que en Alemania?... ¡Dios mío, Juan ha estado bastante áspero en estos días!... Es incomprensible que lo hayas podido soportar. Debería cuidarse de presentar semejante cara, y considerarse dichoso de que lo reciban aquí.
—¿Por qué eres siempre dura con ese pobre joven? Si no le gusta la sociedad, y si no es hipócrita para mostrar cara alegre, ¿es ésa una razón para que lo maltrates? En cuanto a mí, le perdono todo al amigo abnegado, al que me ha soportado en mi infancia. Cuando yo era una chica despótica y mimada, Juan me divertía con paciencia horas enteras. Estoy cierta de su amistad, y estimo en mucho su consagración absoluta hacia nosotros. Nada me importa de lo que diga o haga: conozco su profunda afección y lo quiero en razón de sus nobles sentimientos. Estaba muy conmovido, hace poco, cuando se despedía... Yo sería, pues, una ingrata si mis relaciones de hoy, pudieran hacérmelo olvidar.
—Bueno, no hablemos más—concluyó Diana;—no quiero arrancar de tu corazón recuerdos tan tenaces, pero podríamos distraernos paseando, ¿qué te parece? Hoy se verifica un match interesante en el Tennis-Club, ¿vamos?
María Teresa se dejó convencer; se divertía siempre en las partidas de tennis que se organizaban todas las tardes en su casa, en el Club, o en las villas vecinas.
Después de subir a su departamento para vestirse, las dos jóvenes reaparecieron en seguida, vestidas de piqué blanco, cubiertas con el indispensable canotier, y llevando bajo el brazo sus raquetas enfundadas en tela gris.
Conversando, tomaron el camino del Tennis-Club, donde sus amigos se reunían ese día. Bajo los manzanos, que rodean el circo, estaba servido un lunch en mesitas. La señora de Blandieres, que lo había pedido, hacía los honores, auxiliada de sus hijas.
Juana y Alicia de Blandieres, o más familiarmente, «las de Blandieres,» jóvenes muy precoces, flirtaban con la esperanza de encontrar maridos por este medio, y exigían como cualidad primordial, que fuesen ricos.
Desconcertaban un poco a los mozos del buffet dedicándose con demasiada conciencia al servicio del lunch ofrecido ese día por su madre, excitando a comer y a beber a los jóvenes que acudían a su invitación. ¿Sería para estimular las fuerzas que aquella juventud emplearía luego en el tennis o en el flirt?
Audaces y provocadoras, estas jóvenes eran el specimen más completo de lo que, para autorizar cierta libertad de conducta, se llama muy impropiamente en Francia «la educación americana.» Este género de educación, inoculado en aquellas naturalezas de latinas ligeras, desprovistas por temperamento de la moderación y de la dignidad de las jóvenes anglosajonas, producía un singular resultado.
La mayor hablaba mucho y reía sin cesar; la segunda, más dócil, imitaba a su hermana en todo. Como eran lindas y se mostraban siempre amables, los jóvenes declaraban que las adoraban; a pesar de esto, hasta entonces ninguno se había presentado como pretendiente.
Cerca de las mesas, la señora d'Ornay, coloreada por el reflejo de su sombrilla, daba audiencia a Max Platel. Sabía hablar con gracia, sin dejar de comer sandwiches de caviar.
—¡Qué espiritual es usted!—repetía continuamente al joven literato.—Nadie como usted me entretiene tanto...
—Entonces todo va bien en el mejor de los mundos—aprobaba Platel.—Yo soy espiritual, usted es linda; ahora sucede que soy yo, entre tantos otros, el llamado a desempeñar la importante función de hacerla reír a usted, yo que me deleito con la gracia amable de su sonrisa y el alegre encanto de todo su ser... Dígame, encantadora señora, ¿a quién prefiere usted, a mí o a este hermoso Martholl cuya plasticidad revoluciona a sus amigas?
En ese momento, el hermoso Martholl se dedicaba a los representantes de la colonia inglesa. Con ellos se mostraba familiar, haciendo profesión de menospreciar a sus compatriotas, y afectaba una anglomanía exagerada. Nada le parecía bueno, ni chic, si no procedía de Londres; a cada instante, en la conversación, encontraba medio de alabarse de sus relaciones del otro lado del estrecho. Con cualquier motivo, citaba a lord Chestermund, en cuyo castillo cazaba zorros en Escocia, y su mayor satisfacción era ser tenido por inglés.
Cuando María Teresa y Diana llegaron, estallaron las exclamaciones de alegría y los saludos ruidosos. Martholl, como no jugaba jamás sino con James Milk, que no era del match, abandonó el juego y se apresuró a ir a hacer su corte.
—¡Al fin ha venido usted!—murmuró, cuando estuvo al lado de María Teresa.—Creía que no venía ya, y me aburría espantosamente.
—¿Qué?—dijo ella con sonrisa incrédula.—¿Usted se aburría tanto? ¿Y el tennis? ¿Me esperaba usted para jugar?
—No. Pero yo vengo aquí atraído por otra cosa que por el tennis, usted lo sabe bien.
—¡Ah, goloso! ¡atraído por el lunch, entonces!
—Tampoco, querida señorita...
—Señor Martholl, si me pone usted adivinanzas no acabaremos nunca. Yo he venido aquí a tres cosas, y no hago misterio. Primero, para hacer honor, nutriéndome substancialmente, a la invitación de mis amigas de Blandieres. Segundo, para conocer el resultado del match y quién ganará el delicioso abanico pintado por mi viejo amigo el gran artista-sportman Pablo Arnault. Tercero... ¡ah, Dios mío! ¡pues no me acuerdo!...
—Está usted segura...
—Muy segura, señor fatuo. ¿Tercero?... ¡Ah, ya estoy! tercero, para después del té, tennis, flirt, etc., subir al magnífico automóvil de mi amigo Jorge Baugrand, hendir el aire con él hasta el bosque de Loges y contemplar desde lo alto del camino de Fécamp una soberbia puesta de sol. ¡Ahí está todo!
—Usted es desesperante, señorita, y es acaso por causa de eso por lo que...
—¡Cuidado! creo que a sus labios asoma una majadería.
—¿Una majadería?
—Califico así, de una manera un poco general, todo lo que me parece inoportuno, falso...
—Le juro...
—¡Ah, un juramento! ¡Ese es juego conocido, señor Martholl! Seamos serios: están organizando una partida, vamos, a reunimos a nuestros amigos, salvo que usted no prefiera...
—Yo no prefiero nada al placer de seguirla a usted, de verla, de oírla...
Martholl transportó sillas de tijera y se instalaron a fin de poder conversar mirando el juego.
Era un espectáculo encantador el de aquellas jóvenes de trajes cortos y claros, moviéndose flexibles y graciosas en aquel cuadro alegre.
Se jugó durante un buen rato; luego, como se sintiera el fresco de la tarde, la señora de Blandieres propuso ir hasta la playa a admirar la puesta de sol, famosa en Etretat. Ruidosamente, el juego del tennis fue abandonado, con gritos de triunfo, disputas, felicitaciones o imprecaciones. Las frases se entrecruzaban:
—¡Hemos ganado tres partidas!
—¡D'Ornay juega muy mal! ¡Pierdo siempre que voy con él!
Por fin, restablecida la calma, se pusieron en camino.
—¡Y bien, señorita! ha llegado la hora de la despedida... ¿Dónde está el hermoso automóvil de su amigo?
—No proclame su triunfo; Baugrand no ha venido hoy, pero mañana...
—¡Ah, ésta es buena! mañana, es el porvenir, y el porvenir es de Dios, según dice el poeta.
María Teresa se sonrió, y reuniéndose al grupo de sus amigos, Martholl y ella llegaron en el instante en que Platel declamaba a la linda Mabel d'Ornay:
—¡Qué deliciosa vida llevamos! En París no hay tiempo para ver a las personas que nos gustan; aquí, por lo menos, se goza de su presencia.
—¡Y sin fatigarse!
—Naturalmente. ¡Fatigarse en dos meses! Sería preciso ser muy voluble en sus sentimientos o haber sido seducido por un encanto poco justificado. En verdad, es así como se debería vivir: trabajar muy poco, pasear con mujeres encantadoras, sin otra preocupación que la de la hora del baño, del tiempo que hará, y del cambio de expresión de los ojos que nos cautivan.
Iban así caminando, por grupos hacia el mar. En un murmullo de charlas alegres, las jóvenes revelaban su alma con la misma gracia o inocencia, que en sus vestidos se revelaban sus cuerpos. Los jóvenes dejaban rebosar de su espíritu y de su corazón, esa adoración inconsciente, tan impulsiva y por lo mismo tan seductora, de la juventud y de la fuerza, hacia la gracia y la belleza.
Huberto Martholl caminaba pensativo al lado de María Teresa, a quien había despojado de su raqueta y de su abrigo.
Al llegar a la playa quedaron deslumbrados por un fulgor dorado. El sol se sumergía en las aguas como triunfador, en una decoración de púrpura y oro.
María Teresa se sentó sobre una piedra. Era su hora favorita. Ante aquella apoteosis de luz, se sentía conmovida y se olvidaba de su ser, para absorberse en la belleza de lo infinito; su mirada se extasiaba en la contemplación de las nubes iluminadas, y en sus formas caprichosas se imaginaba ver mundos desconocidos. En estos instantes de comunión con la Naturaleza, sentía poderosamente la belleza de las cosas creyendo comprender el sentido de la vida universal. Un alma nueva se despertaba en ella, un alma hecha para aspiraciones más elevadas que las pequeñas satisfacciones de vanidad en que se entretenía generalmente.
Huberto, sentado cerca de ella, daba deliberadamente la espalda al mar, como para demostrar cuán poco le importaba el despliegue de la pompa solar. Sin embargo, inquieto por el silencio demasiado largo de su compañera, trató de arrancarla a su contemplación:
—¿En qué piensa usted, señorita María Teresa?
—No pienso—respondió ella sin dejar de mirar el horizonte,—recibo emociones; me son muy dulces porque vienen de la calma y de la inmensidad. No sabría explicar mis ideas o mejor dicho, las sensaciones que se suceden en mí, mientras admiro estos efectos de luz. Son impresiones fugaces que se forman y se transforman tan rápidamente como los contornos de aquellas nubes.
—Y yo pienso en usted; no me preocupo ni de la marea que sube, ni del sol que baja. Donde usted está, no veo más que su persona, y nada más: en su contemplación mis ojos se llenan de alegría y de belleza, y...
María Teresa lo interrumpió con un gesto. Como ciertas naturalezas delicadas, tenía propensión a amar idealmente, o más bien, a amar un ideal. En aquel momento trataba de identificar este ideal con la persona de Huberto; pero al mismo tiempo desconfiaba de él, deseaba que no se declarase, ante el temor de que una brusca desilusión no la hiciese caer en la realidad. Aspiraba con pasión a encontrar una alma simple, enérgica, y un vago presentimiento la hacía temer que no encontraría lo que buscaba en lo que Huberto iba a revelarle. Dijo, pues, irónicamente, para contenerlo:
—¡Que me prefiere usted a tales esplendores!... ¿Qué podré yo hacer para indemnizarlo de la privación de este maravilloso espectáculo? ¿Será suficiente ofrecer a sus miradas un semblante sonriente? ¡Me temo que perdería mucho en el cambio!
—¡No se burle! Si usted supiera cuánto la admiro, comprendería por qué he sido completamente conquistado.
—Cuidado con exagerar. Sus palabras contienen tantas promesas...
—Sus amigas pueden informarle a este respecto. Cuando estamos reunidos, ellas saben bien de quién me ocupo exclusivamente. Si usted se pareciera a ellas, ya estaría convencida de la naturaleza de mis sentimientos, ¡pero es usted tan diferente!... ¡Ni siquiera puedo saber cómo recibe usted mis atenciones!
—Nunca he dicho que su amabilidad me disgustase...
—¡Si realmente no fuera un importuno, qué feliz sería! Veamos, deme usted alguna esperanza, autoríceme, por ejemplo, a decirle cosas tiernas, a seguirla a todas partes, a ocuparme de usted constantemente.
—¡Ah, qué programa! Es asustador para mí, que no sé jugar ni con mis sentimientos, ni con mis palabras. Tengo una idea demasiado elevada de la comunidad de impresiones que pueden unir a un hombre y a una mujer, para transformar nuestra joven amistad en un juego imprudente. No... no... no le permito nada todavía. Además, en este momento, casi no lo escucho, tengo los ojos deslumbrados; nada profano llega al fondo de mi pensamiento; la hermosura de este cielo me absorbe por completo.
—¿No puede usted hacer dos cosas a la vez? Sin embargo, si lo que puedo decirle le fuera agradable, ¿no cree usted que formase una armonía que completaría este maravilloso espectáculo?
—¡Qué pretensión!... ¿Quiere usted acompañar con su música de ternura las más hermosas horas de la Naturaleza?
—No tengo más que una pretensión: la de agradarle a usted. Quiero que un día, estando yo a su lado, no contemple más las puestas de sol.
María Teresa se levantó riendo, con risa forzada; las frases de Huberto empezaban a molestarla; juzgó prudente interrumpirlas.
Viendo a la joven de pie, Martholl quiso tomarle la mano, pero ella la retiró bruscamente.
—¿No me permite subir con usted a la terraza?—interrogó él.
—No; no debo escucharlo más; es bastante por hoy. Quédese aquí buscando frases nuevas; nada inspira como la caída de la tarde.
Y con una voz que la alegría y también la emoción contenida hacían temblar un poco, añadió, subiendo a la terraza del Casino:
—¡Adiós, adiós! querido flirt.
VII
El tiempo transcurría rápidamente para la alegre banda. Todos los días se organizaban nuevos paseos a caballo, en bicicleta, en automóvil o en coche. Por la noche se bailaba en el Casino o en alguna villa. Huberto no dejaba a María Teresa y acentuaba cada vez más su preferencia.
El mes de septiembre estaba ya muy adelantado, y nadie pensaba en partir de Etretat. Todos sentían alejarse después de aquella estación que había corrido tan alegremente.
Ante la inevitable perspectiva de la separación, hasta las señoritas de Blandieres se ponían melancólicas.
Una noche, en el Casino, habiéndose discutido la cuestión de la partida, Huberto se aproximó a María Teresa y le dijo con aire triste:
—No puedo habituarme a la idea de separarme de usted. Cada día me digo: ¡me iré mañana! El mañana llega, y no tengo valor. Mi madre no se explica cómo puedo permanecer aquí tanto tiempo. Había venido por quince días. Me escribe carta tras carta, llamándome. Yo debía haber ido a buscarla a Carlsbad y pasar en seguida a cazar en el castillo de unos antiguos amigos. Ha partido sola de Carlsbad; ahora está instalada en la finca de nuestros amigos, y es necesario que yo me decida a reunirme con ella. Jamás he sentido tanto pesar en dejar un sitio. No vaya usted a creer que es a causa de las diversiones de la playa; es usted, exclusivamente usted quien me retiene. De estos días pasados a su lado conservo tal impresión de encanto que no quiero salir de Etretat sin que usted me autorice a verla en París lo más pronto posible. La señora de Chanzelles ¿querrá recibirme? ¿se lo preguntará usted? Diga que usted lo desea, dígamelo para que yo no me vaya desolado.
—Mi madre está en casa todos los miércoles. Puedo asegurarle que tendrá gran placer en recibirle. En cuanto a mí, confieso que lamentaría que las agradables relaciones que hemos iniciado aquí, quedasen interrumpidas. Yo no hago amigos por tres semanas; cuando los he elegido es para siempre.
—¡Ah! ¡qué buena es usted en haberme comprendido! ¿Me permite tener esperanza, verdad?
—Le contestaré a usted a eso en París, cuando nos volvamos a ver.
—¡Qué largo va a parecerme el tiempo!...
—¿Se queja? Entonces si le diera mi despedida hoy ¿qué diría usted?
—Tiene razón, es usted muy delicada; no tengo el derecho de acriminarla.
Y antes de que pudiera impedirlo, Huberto le tomó la mano y la llevó a sus labios balbuceando en un soplo:—¡La adoro!
Aquella noche María Teresa tardó mucho en dormirse. Le parecía oír aún la voz conmovida de Huberto y las frases que había pronunciado. ¿Era, pues, verdad? ¿La amaba, ponía en ella sus secretas esperanzas? La asiduidad que había demostrado durante los meses transcurridos, su empeño en obtener de ella palabras alentadoras, todo revelaba el proyecto que perseguía. Se interrogó. ¿Le gustaba? ¡Ah, sí! Huberto era elegante, distinguido, diestro en todos los sports. Sabía que había frecuentado mucho el gran mundo, y, además, la amaba... Seguramente, consentiría de buena gana en llamarse la señora Martholl. Por otra parte, esta unión le aseguraba una existencia agradable. Una serie de placeres envidiables se presentó a su imaginación: recepciones, viajes, yachting, automovilismo; todas las manifestaciones de la vida suntuosa y sportiva parecían ser las favoritas de Huberto.
¿Por qué de improviso, sin motivo, en la fantasmagoría de los placeres que le prometía aquella unión plausible, según las leyes del mundo, se irguió una imagen un poco olvidada en el espíritu de María Teresa?
¿Por qué el recuerdo de Juan se cruzaba en sus proyectos? Por una asociación de ideas, cuya lógica no percibía, se puso a hacer la comparación entre él y Huberto, y recordó que nunca había visto en los ojos de éste, por conmovido que estuviera, el fulgor de pasión que sorprendía a menudo en las miradas profundas de Juan; no, jamás había sentido en Huberto la misma expresión de ternura profunda.
Pero ¿qué relación podía existir entre los sentimientos de afección de Juan y el amor de Huberto? No la veía, y, sin embargo, la afección reciente no sofocaba en su corazón el antiguo sentimiento.
En fin ¿si Huberto Martholl pedía su mano, diría que sí? Y sus padres ¿qué pensarían de este joven? Era un desocupado, un inútil. He ahí algo que no le gustaría al señor Aubry. En realidad, parecía que el único objetivo de la existencia de Huberto fuera concurrir todos los días a su club. Lamentó que bajo su aspecto mundano no tuviera una inteligencia más propensa para cosas más útiles a la vida.
Con todo ¿y si se equivocaba en su estimación? ¿Si bajo aquella elegante envoltura no encontraba luego más que una naturaleza de petimetre sin más propósito que disfrutar de los placeres del mundo, y cuidar en sus horas frívolas de su toilette esmerada y de la elegancia de sus ademanes?
Agitada por estos pensamientos indecisos y contradictorios la sorprendió el sueño.
VIII
A la mañana siguiente, cuando María Teresa se despertó, hacía un sol bellísimo. El aire tibio penetraba en su cuarto, cargado de brisas marinas y del perfume de las flores. Ante la belleza del día, todas sus preocupaciones se disiparon. No pensó más que en vestirse rápidamente, no sin escoger el más rosado de sus trajes de batista y el sombrero de mañana que mejor le sentaba para ir a reunirse con sus amigas y Huberto Martholl que ya debían estar esperándola en la playa.
Era la hora del baño. Siguiendo su costumbre María Teresa pasó directamente a su casilla.
Algunos minutos después un enjambre de graciosas jóvenes descendía a la arena. Este baño era el acontecimiento esperado de la mañana. Al llegar a la orilla del mar, María Teresa dejó caer su peinador a sus pies y apareció delicada y flexible. Algo molestada por las miradas asestadas sobre ella, se lanzó ágilmente al encuentro de las olas, en tanto que Juana y Alicia, sin apresurarse, disfrutaban del placer, como todos los días, de sentirse admiradas en sus elegantes trajes de baño.
María Teresa, que era muy buena nadadora, gozaba con delicia en el baño; se alejó un poco dejando a las jóvenes de Blandieres disputarse a Huberto entre risas, gritos y golpes de agua. Mientras nadaba, pensaba en el placer que tendría en hacer así largos paseos en la frescura del agua. Solamente que necesitaría un compañero robusto con quien no tuviera que temer ningún peligro. Este protector ¿quién sería?... Huberto, sin duda, pues... ¿Pero le inspiraba bastante confianza?... ¿Con su auxilio podría desafiar peligros?... Unirse para gozar de la vida cuando se es joven y rico, poco significa. El alma del hombre más indolente puede ser atraída y seducida por una tarea tan fácil; pero después en los días de prueba desfallece... Comprendía que sin dejar de gustarle Huberto no le daba la seguridad, la tranquilidad física y moral que impulsa a confiarse por completo a un ser, y esto era precisamente lo que hubiera querido encontrar en el compañero de su elección.
La aparición de Martholl la distrajo de estas reflexiones. Estaba de muy mal humor porque al ayudar a Alicia de Blandieres a subir a la balsa, desde donde quería tirarse, se había roto una uña. Su preocupación por este incidente le impedía desplegar su amabilidad habitual y su excitación no se había calmado aún, cuando la señora Aubry hizo señas a su hija para que saliera del agua.
María Teresa se aproximó a la ribera; Huberto la siguió; viéndolo nadar tan armoniosamente le vino a la mente la idea de que si no había quizá en él temple para hacer un héroe, sabía presentar hermosas formas artísticamente amoldadas en una malla de seda negra.
Cuando se hubo vestido subió a la terraza del Casino para pasearse; Huberto se aproximó a ella y le dijo:
—¿Me permite usted quedarme un momento a su lado? La he visto venir desde lejos; para mí es un placer verla caminar. Son muy pocas las mujeres que saben moverse con gracia; es un verdadero signo de raza. Yo no amaría nunca, ni aun me fijaría en una mujer que no tuviera esa elegancia de movimientos cuyo ritmo es, a mi juicio, la revelación del carácter. Las personas vulgares conservan siempre una actitud vulgar; se conoce la distinción de una mujer en su manera de andar. Observe usted a la señorita Diana, a las jovencitas de Blandieres, y lo mismo a la linda Mabel d'Ornay ¡qué diferencia! Examinando su modo de andar, cuando se es verdaderamente observador y conocedor, es fácil apercibirse que en ellas las proporciones del cuerpo no son armónicas; hay allí, seguramente, algún defecto de arquitectura. En cambio usted debe tener las piernas de Diana.
La joven se ruborizó, pero quedó excusada de contestar porque en ese momento llegaban Alicia y Diana.
—¡Cómo, todavía de flirt!—exclamó Alicia, acercándose;—¡es demasiado! Diga, Martholl, espero que esto no le habrá hecho olvidar su promesa de acompañarme en bicicleta hasta la granja Dutot, donde encontraremos a los d'Ornay y sus amigos. ¿Vendrán ustedes, con nosotros?—añadió sin entusiasmo, dirigiéndose a las dos primas.
—No, querida mía—se apresuró a decir María Teresa que no quería dar tiempo a Diana de contestar afirmativamente.—Mamá nos ha pedido hoy que la ayudemos en ciertos arreglos de la casa que tienen que estar concluidos antes de nuestra partida, y no quisiera substraerme a este pequeño trabajo bajo pretexto de pasear. A la noche nos veremos en el Casino; ¡hasta la vista! divertirse mucho.
Y llevándose consigo rápidamente a Diana, dejó al joven en las garras de Alicia que quería absolutamente que la acompañase hasta su casa.
Mientras se alejaban las dos jóvenes, Diana, contrariada por haber perdido aquel paseo, dijo a su prima:
—¿Por qué has rehusado la partida en bicicleta? Tía se habría pasado muy bien sin nosotras esta tarde.
—No, Diana; es mejor que nos quedemos con mamá. Y además, no me gusta mucho correr así por los caminos, solas con jóvenes.
—¡Qué rígida eres! ¡Pero si ahora es perfectamente admitido! Has hecho mal en no ir a la granja Dutot; estoy cierta que Alicia va a aprovecharse de tu ausencia para apoderarse de tu flirt. No le gusta que sus amigas tengan más éxito que ella, y este verano, no hay duda, eres tú quien ha tenido más éxito. Martholl era el punto de mira de todas las jóvenes que han pasado la estación aquí. Cada una de nosotras esperaba conquistarlo, ¡es tan chic! Realza el tener un flirt de esa calidad. No sé si es inteligente—añadió Diana, que no habiendo sido cortejada por él, quería gratificarlo con algún defecto.—Es seguramente menos entretenido que Platel. Huberto sólo vale cuando se le mira... es inútil que alces los hombros, tiene algo así como la belleza del ganso, pero la tiene, y superior, convengo en ello.
Diana estaba locuaz; continuó hablando, en tanto que María Teresa la seguía en silencio.
—Te lo aseguro, querida, Alicia está furiosa; no puede negar que eres tú la elegida. Al principio, estábamos siempre todas juntas, no se sabía todavía a cuál de nosotras se dirigirían las asiduidades del señor Martholl. Pero Alicia con su habitual modestia, creyendo siempre, cuando hay un joven en nuestra sociedad, que lo seduce con su encanto, se hacía ilusiones y esperaba que se le declarase. Ahora ha comprendido que para que Martholl se fije en su graciosa persona, tiene que trabajar mucho; entonces, antes de su partida, va a jugar fuerte. ¡Cuida tu grano, querida!
—¡Qué expresiones tan extravagantes tienes, Diana! Alicia puede hacer lo que quiera para seducir a Martholl sin que yo me preocupe...
—¿Sinceramente?... En todo caso, Alicia plantará algunos jalones para que vaya al five o'clock y a los bailes de su madre. Es una buena figura la de Huberto; deben disputárselo para adornar los salones. Alicia no va a dejar escapar la ocasión de mostrar a sus amigas en este invierno, el más hermoso ejemplar de los nuevos flirts que han aparecido en este verano. Digo esto, pues en mi concepto, sabes, se contentará con el flirt. Huberto Martholl no me hace el efecto de un señor decidido a casarse con una joven sin fortuna, y dudo mucho que las de Blandieres tengan ni sombra de dote. La señora de Blandieres lleva gran tren, es cierto; pero todo se va en cebos. Martholl se mantiene en guardia; por eso Juana y Alicia lo han dejado frío. Es una mariposa que elige las flores doradas; cuando, además, son frescas y lindas como mi querida primita, no vacila, se posa.
Las dos jóvenes habían llegado cerca de la casa. Diana, satisfecha de la pequeña malignidad que había insinuado a su prima, se puso a correr, bajo pretexto de que llegaban tarde para almorzar.
María Teresa, muy ofuscada por las palabras de Diana, se quedó atrás, queriendo disimular la pena que tan pérfida insinuación le había causado. No era la primera vez que la joven se apercibía de la envidia de su prima y de su solicitud en decirle cosas desagradables bajo el falso aspecto de cordialidad. Pero como Diana, aunque algo mayor que ella, había sido su compañera de infancia, no le guardaba rencor por su falta de corazón, y atribuía sus saetazos a una necesidad de ironía natural en su carácter.
Sin embargo, hoy Diana acababa de herir un punto sensible. ¿Por qué le había dicho todo aquello? María Teresa, humildemente, se interrogaba: ¿acaso no podía ser amada por ella misma? Verdad era que un gran número de sus amigas, tan lindas como ella, ciertamente, no se casaban por falta de dote suficiente. ¿Y si Diana decía lo cierto, si la razón que decidía a Huberto a preferirla a las otras se apoyaba en tal motivo?... Sintió en su corazón una emoción angustiosa. Pero no, Diana se equivocaba; Huberto, desde la noche que les fue presentado en el Casino, pareció conquistado; María Teresa recordaba que la había mirado con insistencia e invitado para todos los valses. No podía conocer ya la cifra de su dote... ¿quién lo habría informado? ¿Por qué entonces suponer que su admiración se fundaba en cálculos interesados? ¿Por qué no creer más bien que Diana inventaba una perversidad para amargarle el placer de haber gustado a Huberto? Cuando eran pequeñas, la envidia de su prima se revelaba a propósito de Juan, a quien no podía perdonar que no fuera para ella también un complaciente esclavo. Juan se sometía únicamente a las arbitrariedades de María Teresa. Toda la animosidad de Diana hacia el joven databa de aquellos lejanos años de la infancia; esto María Teresa lo sabía bien.
¡Sí, sí, sólo la envidia impulsaba a Diana, la envidia! Esto explicaba las palabras que había pronunciado y la causa de su veneno. Diana quería hacerle creer que la preferencia marcada de Huberto, la dejaba profundamente indiferente. En realidad, sentía despecho... ¡Cuánta mezquindad en esta manera de proceder! ¡Y decir que Diana, su prima, su amiga, no vacilaba en ser cruel con ella!...
María Teresa era bondadosa; después de haber juzgado la acción de su prima, le buscó circunstancias atenuantes. Espiritual, alegre, con un rostro de facciones regulares, Diana carecía de ese encanto femenino que poseen a veces las más feas; su talle era poco esbelto, su cabellera pobre y su tez sin frescura. La atendían de buena gana, pero si sus amigas se ponían a su lado, no la miraban más. De ahí que María Teresa encontrase plenamente excusable el descontento de aquella alma poco dispuesta a regocijarse del éxito de sus compañeras. Confortada por estas reflexiones, la joven consideró que era una tontería atribuir importancia a las invenciones que germinaban en el cerebro ligero de Diana. Alarmarse por una frase inspirada por la malignidad, le pareció puerilidad, y como sonase la campana para el almuerzo, se reunió a su familia en el comedor, sintiéndose completamente repuesta de su corta pero fuerte emoción.
Hacia las cuatro, terminados los arreglos, las dos jóvenes bajaron al jardín y se instalaron en la terraza. Las dos se sentían incómodas. María Teresa demostraba, a pesar suyo, alguna frialdad, y Diana fastidiada por este silencio, no se atrevía a iniciar el único motivo de conversación que la interesaba.
La campana de jardín anunció una visita; Diana se levantó, curiosa, y volvió precipitadamente hacia su prima.
—¡Ah, esto es demasiado! ¡Adivina quién está ahí! ¡Martholl mismo! ¡Ha dejado a Alicia y renunciado a su bicicleta!
María Teresa disimuló la satisfacción de vanidad que le procuraba aquel pequeño triunfo, y como el joven se acercase a ella, le dijo simplemente, tendiéndole la mano:
—¡Qué feliz idea de venir a vernos! Mi madre tendrá un gran placer...
Diana, por el contrario, exclamó aturdidamente:
—¡Y bien! ¿y la bicicleta? Yo lo creía a usted en la granja, Dutot, prisionero de Alicia. ¿Ha sido abandonado el paseo?
—Puesto que usted es tan amable que quiere interesarse por mis acciones, señorita, voy a confesarlo todo. Creo que las señoritas de Blandieres, los d'Ornay y sus amigos han pasado la tarde bajo los manzanos; pero, en verdad, no sé nada. Diré que me preocupo muy poco de ello. La señorita Alicia ha querido obligarme a seguirla por entre el polvo de los caminos; iba a resignarme, contando con la presencia de ustedes. Cuando supe que ustedes no irían, sin vacilar falté a la cita. Me imagino que nadie habrá notado mi ausencia...
Diana lanzó una ruidosa carcajada; se representaba el chasco de su amiga esperando en vano, en su lindo traje de ciclista, la llegada del caballero que había elegido.
—¡Oh! puede usted estar seguro de que Alicia estará furiosa, si le ha esperado; no se lo perdonará nunca.
—Sí, me perdonará, pues no hemos tenido siquiera un flirt; a su alrededor hay siempre más de un comparsa perfectamente dispuesto a desempeñar el primer papel. Sin embargo, si me guardase rencor, no ocultaré que no sentiría ningún pesar; la señorita Alicia de Blandieres me es completamente indiferente.
María Teresa cambió el curso de la conversación.
—Voy a prevenir a mamá que usted está aquí.
Mientras la joven se alejaba, Diana interrogó coquetamente a Huberto.
—Supongo que el sentimiento de indiferencia de que usted hablaba hace un momento, no se extiende a todas las jóvenes que ha conocido en esta estación y si así fuera, tanto mejor para usted; no llevará ningún pesar en su equipaje.
—Quiero creer, señorita, que su deseo de conocer mis sentimientos, es una prueba de simpatía. En efecto, mi indiferencia no se extiende, por el contrario, se detiene, y se transforma en un interés muy vivo cuando se trata de usted o de su prima. Guardaré un recuerdo precioso de mi permanencia entre ustedes, y esto me hace deplorar, se lo aseguro, la necesidad que tengo de dejarlas. Voy ahora a confiarle mi deseo. Espero que la señora de Chanzelles y su mamá de usted, querrán permitirme que me presente en sus casas a mi regreso a París. El pesar que llevo por mi partida, sería demasiado cruel si no me acompañase la esperanza de volver a verlas pronto.
Diana se sonreía todavía de esta galante declaración, cuando la señora Aubry de Chanzelles apareció en la terraza con su hija.
—Es usted muy amable en venir a vernos—dijo, tendiendo la mano al joven.
—¡Ah, señora! desgraciadamente, es mi despedida lo que traigo hoy. Vengo a manifestarles mi gran satisfacción por haberles sido presentado y agradecerles su amable acogida.
—¿Usted se marcha entonces?
—Pasado mañana, señora. He recibido de mi madre varias cartas muy apremiantes; yo me hacía un poco el sordo, lo confieso. Pero esta vez tengo que hacer caso, porque la Condesa Husson misma, me pide que no demore más. Los Husson son buenos y antiguos amigos de mi familia. Se caza en su propiedad de Valremont; no tiene hijos y me considera como si yo lo fuera. Soy yo quien se ocupa allá de organizar la cacería. Estoy, pues, absolutamente forzado a abandonar a Etretat para preparar la apertura de la caza.
—Veo que hay sobrado motivo para justificar su deserción. Lamento que no se quede usted hasta el fin de la estación. Los últimos días son, a mi juicio, los más agradables. Cuando el movimiento social se ha calmado, vuelvo a encontrar al Etretat de antes, el de la época lejana en que yo venía aquí siendo joven. ¡Qué diferencia! La playa estaba tranquila y solitaria; no se encontraba en ella más que pescadores, lo cual no exigía el despliegue de toilettes que vemos hoy. Además, se gozaba un poco del jardín propio y no se iba continuamente fuera de casa, renunciando al reposo para entregarse a toda clase de sports.
—No hay que hablar mal de los sports, señora; con ellos cuentan los sabios humanitarios para mejorar la raza. Nuestros vecinos los ingleses, no se han regenerado sino por la práctica constante de los ejercicios físicos. En el siglo último era un pueblo anémico; hoy figura entre los primeros, desde el punto de vista de la energía y de la resistencia; estamos muy lejos de igualarlos nosotros los franceses, sedentarios o burócratas, que hemos empezado recientemente a comprender el lugar que debe ocupar la gimnástica en la educación.
—Tiene usted razón, los sports son excelentes para la juventud. Sabía que usted era un fanático por ellos y que los practica todos con éxito.
—Eso es exagerado; pero, en efecto, les consagro una gran parte de mi tiempo.
—Es posible que los burócratas, a quienes usted reprocha el no dedicarse a esos placeres, según usted higiénicos, no tienen tan mala voluntad como usted cree. Algunas veces, le aseguro, no pedirán sino ser menos sedentarios, pero no pueden hacerlo. Están obligados a trabajar para ganarse la vida y la de sus familias. Usted mismo, por ejemplo, ¿no descuida acaso otros trabajos más serios, por cultivar sus gustos sportivos?
—¡Ah! yo tengo tiempo; muchas veces no sé en qué ocuparlo. Mi madre tiene tantas relaciones, que yo encontraría fácilmente una ocupación si lo desease. En el día estoy apasionado del automovilismo. He encargado una máquina pequeña, práctica y elegante, que me será entregada en la primavera próxima, y si usted me permite hacerle los honores, sería muy dichoso, señora.
—Le agradezco su ofrecimiento; mi sobrina y mi hija se dedican mucho a estas novedades; la tracción eléctrica, el vapor y el petróleo, son cosas que, en breve, no tendrán secretos para ellas.
—Es necesario, tía. Seríamos muy antiguas si ignorásemos eso.
—Entonces, yo lo seré siempre, hija mía.
Huberto se había levantado para despedirse.
—Señor, en París, yo permanezco en mi casa los miércoles, de cuatro a siete. Espero que usted nos demostrará su amistad yendo a vernos de tiempo en tiempo.
Martholl agradeció y se retiró, acompañado de las dos jóvenes que, en Etretat, habían tomado la costumbre de conducir a los visitantes hasta la puerta del parque.
En el jardín, Diana volvió a dar bromas a Huberto sobre su deserción: Alicia de Blandieres le haría pagar caro semejante proceder. La señorita de Gardanne preveía complacientemente todo el trabajo que tendría en hacerse perdonar por su amiga cuando Huberto la encontrase en sociedad.
Él escuchaba vagamente, respondía apenas y miraba a María Teresa, que caminaba con paso rítmico, levantando con mano flexible su vestido de lana gris pálido. Este gesto inconsciente modelaba su cuerpo de líneas perfectas, de una gracia exquisita en su esbeltez.
En sus cabellos dorados y ondeados, jugaba la luz. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia el suelo y los ojos entornados, como si quisieran guardar su secreto entre sus largas pestañas, la nariz fina y vibrante, la boca de labios rojos algo gruesos y bien dibujados, la barba fina, el cutis transparente, ofrecía, destacándose sobre aquel fondo de verde otoñal, un maravilloso espectáculo de belleza.
Huberto, para verla caminar más tiempo así, silenciosa y preocupada, a dos pasos de él, habría querido que Diana fuese más habladora, y la alameda infinitamente más larga. Era un dilettante en materia de vivir. Se felicitaba de haber presentido «una perfección» en María Teresa, y una fuerza creciente lo atraía hacia ella.
El espíritu hastiado de Martholl por la vida fácil que había llevado siempre, encontraba un encanto nuevo en el estudio de aquella alma pura y sana de la joven. Hasta entonces no había pedido al amor más que una embriaguez ligera y un sueño dulce. Jamás esta pasajera impresión había dejado en su cerebro y en su corazón otra huella que el recuerdo de un placer momentáneo. En la ternura formada por sacrificios, abnegación, consagración, en el amor serio, en fin, él no creía. Y, sin embargo, todos los sentimientos que en otro tiempo habría calificado implacablemente de sensiblería, hacían presa en él ahora. Encontraba exquisito el piar de los pájaros; el rumor de las hojas estremecidas llevaba a sus oídos melodías desconocidas; la Naturaleza se le revelaba hermosa y fascinadora, y en su espíritu asociaba la belleza de María Teresa a aquel culto algo pagano que lo impulsaba a desear arrodillarse y adorar a Dios en los seres y en las cosas.
Pero llegaban a la verja. Como nunca la emoción hacía descuidar a Huberto sus actitudes, tomó una después de otra las manos de las dos primas, las besó con respeto, y silencioso y correcto, franqueó la puerta y se alejó.
—¡Buen viaje, señor Posturas!—murmuró Diana cuando estuvo algo distante.
Luego, bruscamente:
—Me adelanto, María Teresa, porque tengo que probarme un vestido antes de comer. Hasta luego.
Y echó a correr, cortando el camino a través de los céspedes.
Cuando María Teresa estuvo sola bajo los árboles de la avenida, pensó que un adiós definitivo le había causado a ella también alguna pena. Se sintió turbada y un poco triste al considerar que los días felices de aquella estación tan alegre, pertenecían ya al pasado.
Subía la avenida del parque lentamente, abstraída, cuando sintió caminar a alguien detrás de ella. Maquinalmente se dio vuelta y no pudo reprimir una exclamación de sorpresa al apercibir a Huberto.
—¿Usted?
—Sí, todavía yo. Perdóneme esta indiscreción; pero he visto desde el camino a la señorita Diana que desaparecía tras de los pinos, y no he podido resistir el deseo de verla a usted una vez más, de encontrarme a solas un instante con usted, para darle un adiós menos trivial...
—¿El primero lo era entonces?
—En la forma, si no en el fondo... ¡Siento tanto marcharme!
—¿Tanto?
—Mucho más de lo que pudiera expresar. En usted, señorita, he encontrado el ideal de la mujer soñada por todo hombre deseoso de ver reunidos el encanto, la inteligencia, la belleza y la elegancia. Usted es la más seductora, la más...
—¡Basta, por favor! no prosiga en su enumeración... Vea que me río para no mostrar mi confusión, mi...
—¿Su?... ¡concluya, se lo suplico! ¡Su turbación es tan deliciosa!... Si usted supiera hasta qué punto me hace feliz ese rubor, esa risa que quiere disimular una emoción tal vez más fuerte y más sincera...
—No vaya usted a creer... he querido decir que lamento...
—¿Mi partida? ¡Dios mío! eso podría usted decirlo a Platel, a d'Ornay; no hay ahí motivo para ruborizarse; pero yo estoy triste, profundamente triste al separarme de usted.
—Ninguna partida es alegre; a mí me habría gustado que usted se quedase todavía...
—¿Cierto? ¿Por qué no retenerme entonces?
—Usted se hace un poco exigente respecto a demostraciones amistosas.
—Sí, mis exigencias son terribles. ¿Me permite usted decírselas, puesto que parece no querer adivinarlas?
Pero la leal sonrisa que resplandecía en el rostro de María Teresa desapareció, y con expresión grave, dijo:
—¡Señor Martholl, cuidado! No se apresure a manifestar sentimientos demasiado... vivos. La gran intimidad en que acabamos de vivir todos, podría engañarlo sobre la naturaleza de la simpatía que usted me inspira o que yo le inspiro a usted.
—¿Por qué dice usted eso?
—Porque me temo que usted da demasiada importancia a una atracción, muy real, sin duda, pero cuyas bases son todavía demasiado frágiles para implicar un sentimiento serio.
—Es usted exageradamente juiciosa... Sépalo, señorita: yo no tengo más que un deseo, ahora que tengo que dejarla: el de volverla a encontrar. Y no solamente para continuar una relación agradable, sino porque la adoro. ¡No se retire, María Teresa, se lo ruego!... Sí, yo la amo a usted, y mi más ardiente deseo es el de obtener su mano...
—Por favor, no me diga usted más nada; en París lo escucharé... ¡Quién sabe también si el paseo que va usted a hacer a Valremont no modificará sus ideas!
—¡Qué fría está usted y qué suspicaz! Los sentimientos que abrigo para usted después que la he visto...
—Sí, sí, conozco esas lindas frases; por muy sinceras que sean, hágame gracia de ellas, se lo ruego. No es la hora ni el sitio de decírmelas—se apresuró a añadir la joven, molestada por la actitud apremiante de Huberto.
—Entonces, ¿tengo que esperar para conocer mi suerte?—interrogó él tomando la mano de María Teresa entre las suyas. ¡Reconozca que es un poco duro! ¿Puedo, a lo menos, ir a visitarla en cuanto esté en París, en los últimos días de noviembre?
—Venga usted, mamá lo ha autorizado.
—¡Si yo pudiera creer que al otorgarme este favor, usted se muestra bien dispuesta a acceder a mi petición!—murmuró Huberto apoyando sus labios sobre la fina mano que la joven le tendía para darle un adiós definitivo.
María Teresa, sin responder, desprendió su mano prisionera, y, sonriendo, pasó su brazo bajo el del joven y lo condujo suavemente hacia la puerta del jardín, diciéndole:
—Esta vez, usted lo ha merecido, lo echo de mi casa, pisoteando los deberes más elementales de la hospitalidad. Pero es en interés de su estómago. Es tarde y no quiero privarlo de comer, a pesar del gran placer que tengo en oírlo... ¡Adiós!
—¡No! diga usted: hasta la vista y hasta muy pronto; si no, no me voy... estoy decidido, y la noche me encontrará de centinela delante de su puerta...
La joven se sonrió, y conciliante:
—Hasta muy pronto, pues—dijo.
Estas simples palabras fueron pronunciadas en una inflexión de voz tan suave, que llenaron de esperanza a Huberto. Se alejó bruscamente, no queriendo comprometer la dulzura de aquel adiós.
María Teresa, apoyada contra uno de los pilares de piedra de la verja, siguió con la vista al joven que se alejaba.
Largo tiempo lo vio sobre el camino desierto. Experimentaba una dulce emoción. ¿Esta sensación era causada por el que caminaba allá, o por el encanto sugestivo del crepúsculo? Una gran calma reinaba a su alrededor; en el horizonte el mar parecía adormecerse.
Huberto miró varias veces hacia atrás, como atraído por el fluido de las miradas de María Teresa; después, su silueta se desvaneció, lejana, entre el polvo del camino y los últimos reflejos de una aglomeración de nubes blancas.
Cuando el joven hubo desaparecido, María Teresa cerró los ojos un instante. No lo veía ya, pero conservaba su imagen. El placer que sentía por la declaración oída, se avivaba por el hecho de que quien la había pronunciado poseía una sonrisa seductora y unos ojos persuasivos. Volvió a ver también, oprimiendo su mano, una mano larga y blanca adornada con un curioso anillo antiguo.
—¡Me gusta!—murmuró.
IX
Poco a poco todos abandonaban a Etretat. En el Casino, en la playa, no se veía sino alguno que otro bañista. Una vida tranquila, retirada, en el interior de las villas, reemplazaba al movimiento y a la animación que había reinado durante la estación.
La señora Aubry gustaba mucho del encanto del otoño; disfrutaba entonces, durante algunas semanas, de un verdadero reposo, por lo cual demoraba su regreso hasta los primeros días de noviembre. Esta decisión no era recibida de igual manera por las dos primas. Desde que no se veía rodeada de una sociedad dispuesta a divertirse y ocupada exclusivamente en crear distracciones nuevas, Diana se aburría espantosamente. Apurada por volver a París, a sus visitas y a sus correrías por las tiendas, se quejaba de la humedad de la atmósfera, de la tristeza del paisaje, de la soledad, pues las villas se cerraban una a una y la única distracción mundana consistía, durante el mes de octubre, en concurrir a la estación del ferrocarril, a despedir a los que se marchaban.
María Teresa, por lo contrario, gozaba ante aquella playa desierta y le encontraba encantos no sospechados.
Después de la partida de la muchedumbre abigarrada y tumultuosa de los bañistas, le parecía que la Naturaleza cambiaba de aspecto. Para recibir a los huéspedes fugaces, para no espantar los ojos de los ciudadanos, más habituados a las decoraciones teatrales, parecía que a su real magnificencia, esta Naturaleza consentía en mostrarse más vulgar y menos salvaje. Debía ser una concesión hecha a estos profanos, venidos de las ciudades para pasmarse de admiración ante ella, durante dos meses, y que, transcurrido este tiempo, se apresuraban a huir y olvidarla.
El mar también se presentaba de otra manera a la vista de la joven, más grandioso y más trágico, batiendo incesantemente las costas abruptas.
¿Era este paisaje el mismo que habían contemplado los concurrentes al Casino? Ahora flotaban sobre él vaporosos velos de brumas, y aquella tierra normanda color verde de esmeralda pálida, sin horizontes, humedecida por la niebla, parecía salida, como en las primeras edades del mundo, de las ondas y del caos. María Teresa, que conocía todos sus rincones, procuraba a su imaginación el placer de evocar regiones desconocidas en los mismos sitios donde existían granjas, villas y aldeas.
Era sobre todo en los días en que el cielo estaba más brumoso y causaba más ilusiones, cuando María Teresa prefería pasear a través de los campos. Seguida de Flog, su perro de pelo rojizo, vagaba al gusto de su fantasía por los senderos que serpenteaban entre los matorrales.
De tiempo en tiempo, desatendía la Naturaleza para pensar en Huberto. Lo veía bajo la alameda, besándole las manos. ¡Era, pues, cierto! ¡La amaba! Nadie hasta entonces le había hablado así. De aquella voz musical, arrulladora, le venían las primeras palabras de amor que hubiera oído. ¿Por qué le había gustado a él? ¿Por qué ella, más bien que alguna de las otras? ¿La encontraba, pues, más seductora, más amable, más inteligente que las demás jóvenes que conocía? La había elegido entre sus amigas, tan hermosas... Jamás se le ocurrió que pudiera ser la preferida. Y, sin embargo, Huberto no esperaba sino una palabra suya para pedir su mano. De lejos, se le representaba más seductor. Recordaba sus actitudes elegantes, su rostro distinguido cortado por un bigote dorado. La idea de que fuera un espíritu superficial, no inquietaba a la joven, tanto la había conquistado su flirt galante, cuyo recuerdo exageraba, y a veces se sorprendía contando los días que la separaban del miércoles en que lo volvería a ver.
¡Cuánto lugar ocupaba en su vida, aquel desconocido de ayer! Pensando siempre en él, recordaba las reuniones, los bailes, los paseos, todas las ocasiones que había aprovechado, solícito, para acercarse a ella y expresarle sus sentimientos.
Después de agotar estos recuerdos, formaba proyectos para el porvenir; pero, cuando imaginaba lo que sería su existencia si el destino los unía, no se representaba más que fiestas, viajes, diversiones de todas clases. Se le hacía imposible evocar la imagen de una vida tranquila, íntima, serena, en la calma del hogar, en compañía de aquel mundano tan imperiosamente absorbido por la vida exterior.
No; no se veía con él, al lado del fuego, trabajando a la luz de la lámpara, con niños jugando a su alrededor. Huberto no sería jamás un hombre de casa, capaz de comprender estos íntimos placeres. ¡Y ella habría deseado imitar a sus padres que eran tan felices en su inalterable comunidad! El señor y la señora Aubry envejecían juntos, en una ternura recíproca que los años no debilitaban.
Su ejemplo probaba a María Teresa que no se engañaba ambicionando los goces de la familia. En la tarde de la vida, la felicidad consiste en hallarse juntos; pero para disfrutar de la dulce paz del hogar, no hay que abandonarlo por mucho tiempo, si no el encanto se rompe y la felicidad vuela para no volver más.
El alma fuerte y recta de María Teresa la hacía prudente, aunque estuviese bajo la influencia sugestiva de Huberto, y si inconscientemente prolongaba el misterio de su decisión, era para estudiar a aquel futuro novio y no exponerse a entregar a un ser indigno la hermosa y noble ternura que los corazones apasionados transforman en perdurable amor.
Tanto para dedicarse a estos pensamientos, María Teresa buscaba la soledad, cuanto para huir de su prima, cuyas observaciones la horripilaban, porque acentuaban el lado snob que lamentaba encontrar en Huberto.
Un día que la joven volvía de un largo paseo, encontró a Diana leyendo en el salón, recostada sobre un diván. Esta al ver entrar a su prima la recibió con una risa burlona.
—¡Es posible ponerse en ese estado! ¡Pero si estás cubierta de barro! Dime ¿qué extraño placer encuentras en caminar durante horas enteras sobre la tierra mojada? Dirás lo que quieras—continuó, después de un bostezo prolongado,—el campo es insípido en esta época, y es necesario, para complacerse en él, tener gustos muy extravagantes o... ¡estar enamorada! Felizmente, mi tía acaba de darme una buena noticia; nos vamos después del día de Todos los Santos, es decir el martes. ¡Ya era tiempo! Se me figuraba ser uno de esos vestidos apolillados que se olvidan en los armarios.
—Me gustan tus comparaciones—dijo María Teresa mirando humear sus botines húmedos ante el fuego de la chimenea;—no son vulgares.
—Escucha—exclamó Diana que ya seguía otra idea,—vamos a estar bien ridículas al llegar a París: sombreros de paja en pleno noviembre...
—¡Bah! los reporters de la moda no hacen guardia alrededor de las estaciones como en el Club Hípico.
—Me inquieta un poco el trayecto de la estación a casa, pero no tengo otra cosa que ponerme, y se necesitan varios días para enterarse de lo que se usa y otros tantos para elegir entre las creaciones nuevas.
—¡Puedes estar tranquila! no quedarás deshonrada porque te vean con una toilette que no es de otoño.
—Depende de la persona que encuentre. No quisiera que fuera Martholl, por ejemplo.
—¿Por qué eso?
—Porque constituye, para mí, el árbitro de la elegancia. Es curioso cómo entiende de toilettes femeninas. ¿No has notado que nos mira siempre de pies a cabeza como si fuera un juez en un concurso de belleza? Así es que halaga cuando pronuncia flemáticamente «Tiene usted un lindo vestido» o «Ese sombrero es maravilloso.» A mí me ha otorgado algunos elogios, en este verano ¡pues bien! quedé tan orgullosa de ellos como el día en que gané un conejo, tirando al blanco en la feria de Neuilly, después de haber agujereado seis veces el centro.
—Sin duda, Martholl se alegraría mucho de oírte a juzgar por el efecto que te producen sus elogios; ese joven debe poseer el alma de un gran modisto.
—¿Es con intención de despreciarlo como hablas así? Hay ironía en tus palabras...
María Teresa no se dignó contestar; Diana calló un instante y repuso, mirando socarronamente a su prima:
—¿Quieres que te diga una cosa? Tú eres muy reservada; no quieres hacerme confidencias; disimulas tu juego. Vamos a ver, confiesa de una vez que te ha hecho la corte.
—Si te has apercibido, es inútil preguntármelo.
—Me gustaría saber en qué punto está ese flirt trascendental, y si Huberto te agrada.
—Ciertamente que me agrada; pero no lo conozco bastante para tener un sentimiento definitivo hacia él.
—¿Esperas, para decidirte, verlo en París en traje de ciudad? ¿Temes otra desilusión como la que tuvimos el año pasado, al encontrar de levita y sombrero alto, a aquel Marcelo Mingot que nos había parecido tan bien aquí, con su gran fieltro gris y su elegante traje de ciclista?
—¡No, no! sobre este punto estoy tranquila; de cualquier manera que Martholl esté vestido, ha de ser siempre con el esmero que le vale tantas admiradoras. Quisiera solamente, para tomar mi resolución, ver a Martholl con más frecuencia, para conocerlo mejor.
—¿Sabes una cosa? ¡Pues bien, me ha sorprendido que se entusiasmara tanto contigo!
—Eres muy amable; tu cumplido me conmueve.
—Antes de sublevarte, espera que me explique: Te concedo que tienes todo lo que se precisa, y más de lo que se precisa, para gustar a los más difíciles, puesto que eres rica y linda.
—Rica sobre todo ¿no es verdad?... Gracias ¡decididamente estás dispuesta a hacerme justicia!
—Solamente que—continuó Diana imperturbable,—moralmente, no eres la mujer que le conviene; tú no eres bastante fastuosa ni aficionada al gran mundo. Seguramente, se creería que estás en él, pero, yo te conozco, sé que con frecuencia te sales de él porque no te diviertes.
—¿Entonces?
—Entonces, creo que hay incompatibilidad de caracteres entre ustedes.
—¡Antes de buscarnos motivos de ruptura, sería prudente esperar a que Martholl pidiera mi mano!
—Si no la ha pedido todavía, la pedirá, puedes estar segura, y no veo qué razón te haría rechazar a un novio tan extraordinariamente chic. Anda, no lo dudes, hay muchas probabilidades de que pronto seas la señora de Martholl. Tú no quieres aparecer como aceptándolo muy ligeramente; pero eso es una táctica.
—¡Oh, Diana!—protestó María Teresa;—¿por qué no has de creer en lo que yo te digo?
—¡Pero si tú no me dices nada!
—¿Por qué he de decirte que amo a Huberto cuando todavía no es verdad?
—¡Me gusta ese «todavía» desprovisto de artificios; es revelador!... Querida mía, querría que tomases una decisión. Te confesaré, francamente, que me alegraré de veros casados; primero, porque siendo tú mucho más linda que yo, me perjudicas; después, porque podríamos salir solas. ¡Se acabaron las acompañantes! ¡qué suerte! ¡Sin contar con que tu casamiento pondría en circulación en nuestro mundo a algunos jóvenes más; los amigos de tu marido serían mis amigos! ¿Por qué no he de contar con ellos?
—Esta vez, sí, me explico tu deseo de verme encadenada; pero ¿qué importa, para tus proyectos, que sea a Martholl o a cualquier otro?
—Es que Huberto me place. Lo encuentro muy bien. Cuando vayamos juntas al teatro me gustará tenerlo en el fondo del palco; los hombres como él, hacen valer a las mujeres que acompañan. Es gentleman desde su peinado hasta la forma de sus zapatos, y, al mismo tiempo, tiene una distinción, una desenvoltura... ¡Dios nos preserve del señor vulgar, del maniquí siempre endomingado o de la cabeza de peluquería! ¡Prefiero una cabeza de turco!
—¡Adelante con las comparaciones!... ¡Pero, estaría yo fresca si tomase tus ocurrencias a lo serio! Con tu manía por lo chic y el buen tono, te olvidas de la más noble aspiración: la ternura del corazón que debe identificar al hombre con la mujer. Las exigencias del mundo son muy mezquinas comparadas con ese placer del alma. La intimidad sin amor, sin un amor tan noble, tan dulce como el que une a mis padres ¿qué sería para mí? ¡Un martirio! Permíteme, pues, que reflexione, antes de arriesgar mi porvenir, para apresurar tu emancipación y procurarte la vanidad decorativa de lucir a mi marido en el fondo de tu palco. ¡En cambio, te prometo tenerte al corriente de mis decisiones, puesto que te interesan tan directamente! Pero te pido, encarecidamente, que cuando volvamos a París, no pregones a son de trompeta que soy novia de Huberto, pues no lo soy aún.
—No seas tonta; si algunas veces digo lo que me pasa por la cabeza, es porque no tiene ninguna importancia.
—Es precisamente lo que te reprocho, querida mía. Si no atribuyes ninguna importancia a lo que dices, no le sucede lo mismo a los interesados.
—¡Si me reprendes, no diré una palabra más!—dijo Diana recogiendo su libro que se le había caído al suelo.
Sin embargo, después de un corto silencio, repuso, temiendo haber contrariado a su prima:
—Cuando estemos en París ¿quieres que salgamos juntas? Iremos a tomar el lunch al Palacio de los Campos Elíseos, y a probarnos sombreros, y a ver los modelos del incomparable Doucet, ¿quieres?
Pero María Teresa no la escuchaba ya. Sentada delante del fuego, amodorrada por la fatiga y por el calor que le daba la chimenea, le parecía oír distintamente dos voces en su interior: la una acariciadora, inspirada en las mismas ideas de Diana, que la incitaba a alegrarse de la asiduidad de Huberto; la otra, evocando consideraciones de un orden diferente, dominadora, imperiosa, le aconsejaba que esperase antes de decidirse.
—¿Acaso conocía al que solicitaba unirse a ella? Cierto es que dos meses de intimidad en el mar, ayudan a formar opinión sobre las personas. No le había faltado tiempo para conocer a Huberto como flirt; sabía a no dudar, que era un sportman perfecto, que su conversación de hombre de club distraía agradablemente a su auditorio, pero se daba cuenta también que, moralmente, le era perfectamente desconocido. ¿De qué vivía la inteligencia de aquel hombre? ¿Cuál podía ser la naturaleza de sus aspiraciones, el valor de su conciencia, el objetivo de su vida? ¿Hacia qué ambiciones o ensueños dirigía su voluntad?
Preveía su sufrimiento si descubría, demasiado tarde, que no se entenderían nunca sobre ciertas cuestiones, y que las cosas que ella consideraba más importantes, que tocaban a su corazón, lo dejaban indiferente, si no hostil.
Lejos de imitar a la mayor parte de las jóvenes que no piden al ansiado novio más que fortuna o una posición envidiable, ella se preocupaba principalmente de las cualidades del alma del hombre a quien entregaría su vida. Presentía que el matrimonio es cosa grave y que no deben ligarse ligeramente los nudos. Para tener la seguridad de conservar siempre su mano en la de un compañero elegido, hay que saber, primero, si esa mano es leal, si podrá proteger, dirigir y amparar, en todas las vicisitudes de la vida.
Educada por una madre inteligente y seria, que se había dedicado a desarrollar el corazón y el espíritu de su hija, María Teresa había aprendido que a veces es peligroso juzgar a las personas por su exterior más o menos brillante; por lo cual deseaba, para apreciar la cultura moral e intelectual de Martholl, que se presentasen otras circunstancias distintas del período del flirt de los baños de mar. Su sensatez la inducía a escuchar la voz de la razón que le aconsejaba no precipitar su elección, no apresurarse a contraer compromiso bajo la influencia de la atracción innegable que sentía hacia aquel joven.
X
Los Aubry de Chanzelles habían regresado a París hacía un mes. Ocupaban un antiguo palacio de la calle Vaugirard. Las dimensiones de las piezas, la altura de los techos, la tranquilidad del vasto patio, donde una discreta hierba verdeaba el pavimento, y sobre todo, la fachada del Sur, frente a los jardines del Luxemburgo, hacían atrayente esta mansión.
A pesar de toda la calma de María Teresa, el tiempo que medió entre el día de llegada y el miércoles en que debía recibir a Martholl, le pareció largo. ¿Qué corazón de joven no se sentiría turbado por la esperanza del amor entrevisto?
Este primer día de recepción, tan impacientemente esperado, llegó por fin.
Hacia las tres, la joven, sola en el salón, gozaba anticipadamente del placer que debía causarle la visita de Huberto. ¿Cómo lo encontraría? ¿Siempre enamorado a pesar de las semanas de separación? ¿Y si no venía? Esta última idea la tenía ansiosa; consultaba la hora con inquietud.
Para disipar su enervamiento, se acercó a una ventana, levantó la cortina de antiguo guipur, y miró hacia el jardín que se extendía ante ella.
En aquel día de sol de diciembre, nada había revelado el invierno ni la Naturaleza adormecida, tan verdes se conservaban la hierba y las plantas, si los árboles no alzaran al cielo sus ramas despojadas, como esqueletos descarnados. Una luz clara esparcía sus rayos, y las avenidas hormigueaban de niños alegres, primavera de carne en aquella estación atrasada. Las hojas secas cubrían de manchas amarillas y oscuras la arena de los caminos. Las niñeras adornadas con cintas de mil colores, llevaban bajo sus largas capas el dulce peso de los bebés, en tanto que las siluetas pálidas y quebradas de los viejos, paseaban sus cuerpos fatigados al tenue ardor de aquel sol de diciembre. Era un cuadro pintoresco que bien podía haber distraído el espíritu de María Teresa del pensamiento que la absorbía; pero la contemplación del Luxemburgo no calmaba su impaciencia. Sus miradas seguían con frecuencia los coches que surcaban la calle, y si alguno de ellos parecía querer detenerse delante de la puerta de su casa, la joven sentía latir su corazón un poco más ligero.
Un buen rato hacía que estaba allí cuando Diana entró silenciosamente en el salón. Se aproximó a un espejo para contemplar el efecto de su vestido de tela roja bordada, pasó una mano ligera sobre sus negros cabellos, y volviéndose hacia su prima, que no la había sentido:
—Y bien ¿qué haces en ese puesto de vigía?—le dijo.
María Teresa se estremeció como sorprendida en falta, pero reponiéndose:
—¡Hola! ¿eres tú, Diana?—respondió sin moverse de su observatorio.—Entras como rayo de sol, sin hacer ruido...
—¿Y qué ves venir?
—¡Nada!
—Espías simplemente la llegada del que esperas.
María Teresa, un poco abochornada, se ruborizó. Entonces Diana se aproximó a ella, pasó un brazo alrededor de su cintura, y miró, a su vez, hacia afuera.
—¿De qué lado debe venir el hermoso Martholl?
—¡Pero si es probable que no venga!—murmuró María Teresa, descontenta de haberse traicionado ella misma, por su impaciencia de ver a Huberto.
—¡Eh!—dijo Diana con incredulidad.—¡Que Martholl se olvide de venir, he ahí, estoy segura, una cosa que tú no temes que suceda! Es fácil prever que se hará anunciar al sonar las cinco.
María Teresa recorría el salón simulando ocuparse en arreglar las cosas; removía las flores en los jarrones, cambiaba de sitio los bibelots, levantaba los almohadones de seda. Se aproximaba a la mesa de té, donde el lunch estaba preparado, y exacerbada de ver a Diana inmóvil en su puesto de observación, la llamó:
—Ven a ayudarme un poco, en vez de escudriñar la calle. ¿Ha regresado tu hermano?
—Sí, anteayer.
—¿Y está contento de su viaje a Austria? Parece que no tardó en plantar en el camino al estudioso Juan.
—Ha hecho una gran vida, y ha sido presentado a varios Archiduques.
María Teresa se sonrió.
—Entonces estará maravillado de aquel país.
—¡Perversa!
—No, de veras, me alegro que Bertrán se haya divertido tan fácilmente; es de los que gozan con todas esas pequeñas satisfacciones de vanidad... ¡Cuánto los envidio!
—¡Que tú puedas envidiar a alguien, por el momento, es algo que no se explica!
—¿Por qué?
—Porque tienes en perspectiva todo lo que se puede ambicionar.
—Puede ser...—murmuró María Teresa, distraída.
Su mirada erraba por el salón; de pronto, designando sobre una consola Luis XV, un jarrón de cristal verde incrustado de oro, que sostenía un gran ramo de violetas de Parma, exclamó:
—¡Mira qué linda copa!... Juan acaba de mandármela de Bohemia.
—A propósito, ¿qué se hace tu Juan? ¿No lo veremos nunca?
—Está aún en Alemania. Creo que le gusta aquel país, porque no habla de volver. Jaime fue a visitarlo, y nos escribe que lo encontró muy atareado. Mañana, Jaime estará aquí; si deseas otras noticias, él te las dará más frescas.
—Gracias; la salud de Juan no me inquieta; apostaría que se nos va a presentar con alguna Gretchen; hay que ser alemana para consentir en llamarse señora Durand. Es como para afligir: ¡señora Durand! ¡mamá Durand!
—Todos los nombres pueden ser ridiculizados así... ¿Entonces tú, para casarte, tendrás en cuenta el nombre que llevarán tus tarjetas?
—La verdad es que no me gustaría dejar de ser Diana Gardanne para convertirme en la señora Durand, la señora Dupont o la señora Boucher; se me figura que tendría un aire de vulgaridad espantosa.
—Pues yo, cuando he soñado en las cualidades que pudiera tener mi marido, nunca he formulado el deseo de que esté adornado con un nombre decorativo. ¡Ahí viene mamá!
—¡Buen día, tía!—exclamó Diana.
—Buen día, querida mía—dijo la señora Aubry, besando a la joven.—¿Veré hoy a tu madre?
—No, tía; mamá está con jaqueca, como siempre; pero Bertrán vendrá a buscarme.
La puerta del salón se abrió. Dos señoras ancianas, vestidas de negro, entraron discretamente. Eran dos parientas de provincia, a quienes la señora Aubry acogió con afectuosa amabilidad. Casi en seguida, el criado introdujo a Huberto Martholl.
Diana se inclinó hacia su prima, murmurando, con aire de triunfo:
—¿No te decía que vendría hoy?
María Teresa, un poco turbada, la escuchó apenas. Seguía con la mirada a Martholl que, siempre elegante y correcto, se inclinaba profundamente ante la señora Aubry. La joven se sorprendió de que no se precipitase hacia ella, y al mismo tiempo comprendía que esta exigencia de su emoción, era incompatible con las reglas del trato social. ¡Qué extraña naturaleza se descubría! Ella misma había calmado el ardor de los sentimientos de Huberto, un mes antes, y ahora habría querido que manifestase su antiguo entusiasmo. Experimentaba una decepción en vez de una alegría, como si se desilusionara al verlo bajo aquel aspecto de visitante correcto y dueño de sí mismo.
Después de algunos instantes, consagrados a la señora Aubry, Martholl pasó a saludar a María Teresa; ésta, por un esfuerzo de voluntad, recobró su calma habitual, y el apretón de manos que se dieron, fue perfectamente trivial. Felizmente, Diana, viva y cordial, hizo desaparecer pronto la turbación que se había producido entre ellos. Los llevó al salón chico, bajo pretexto de que la conversación interminable que la señora Aubry sostenía con sus primas de provincia, la incomodaba; instaló a Huberto confortablemente, y exclamó semiseria y semi-irónica:
—Y bien, querido amigo; denos usted pronto noticias de su corazón, ¿está en buen grado para nosotras?
—Ciertamente, más que nunca; ¿lo dudaban ustedes? Marca treinta grados sobre cero.
—María Teresa, no; ella no dudaba; pero yo, ¡dudaba!
—¡Diana!—exclamó María Teresa, realmente ofendida por la ligereza de su prima.
—Y bien, ¿no es verdad, acaso?
Para desvanecer la animosidad que sentía nacer entre las dos jóvenes, Martholl, con habilidad, se dirigió a María Teresa.
—No lamente lo que acaba de decir la señorita Diana, pues me ha hecho muy feliz.
—¿Feliz?
—Sí, señorita; porque, sin ella, quizá no habría conocido la confianza justificada que usted tiene en mí. He creído que este miércoles no llegaría nunca. Positivamente, estos dos meses transcurridos, me han parecido contener más días que los otros. ¿Saben ustedes que he experimentado una verdadera sensación de vacío después de haberme separado de ustedes dos? He tenido que violentarme para no volverme atrás, y después, sólo con un valor heroico pude resistir al deseo de ir a pasar dos días a Etretat. Pero me retenían en Valremont. Mis funciones me hacían indispensable, me vigilaban, y no me fue posible tentar la fuga.
—Sí, sí, usted dice eso; pero estoy segura de que se ha divertido mucho—repuso Diana.—¿Había mujeres lindas entre las invitadas?
—Algunas. ¿Y ustedes qué han hecho durante el fin de la estación a la orilla del mar? ¡Aquello debía estar espantosamente triste, cerrado el Casino, abandonada la playa! No conozco nada más insípido que permanecer en un centro social cuando ha llegado el momento de marcharse. En octubre, no hay nada que hacer en el mar, es la estación de la caza.
María Teresa levantó sus lindos ojos, y dijo sorprendida:
—¿Es decir que usted no se habría encontrado bien en Etretat, por la única razón de que en esa época del año, no es de buen tono quedarse? ¿Exigen los ritos de la vida social que se tenga una invitación para algún castillo, precisamente en la época de la caza?
Huberto adivinó la ironía en la sonrisa fina de su interlocutora; quedó dispensado de contestar, gracias a Diana, que exclamaba con vehemencia:
—¡Tiene razón él! ¡Aquello era un horror! ¡Cómo me he aburrido cuando se fue todo el mundo! Vivíamos como lobos; no se veía a nadie.
—Por eso mismo me agradaba Etretat—repuso María Teresa.—Me gusta la soledad, la vida contemplativa. ¡Qué descanso verse libre de los indiferentes!
—¿Es por mí por quien dice usted eso?—protestó Huberto.
María Teresa se sonrió con malicia.
—No; a usted lo habría soportado muy bien algunas horas por día. Lo que me gusta después de la estación de los baños, es esa gran calma que permite pensar, cosa que es imposible cuando uno va incesantemente de un placer a otro.
Huberto comprendió que contrariaba a María Teresa no emitiendo opiniones más de acuerdo con las que ella acababa de manifestar; consideró, pues, prudente agregar:
—Es muy cierto que cuando uno está bien instalado en su casa, con libros, el tiempo pasa ligero; además, ustedes montarían a caballo, sin duda...
—No. Como Jaime y Bertrán se hallaban en Alemania, no teníamos a nadie que nos acompañase. Nos contentábamos con dar grandes paseos a pie, y admirar las puestas de sol; eran magníficas, ¿no es verdad, Diana?
—Confieso que no tengo el alma tan poética como tú, querida mía, y que soy menos sensible a las bellezas de la Naturaleza. Yo hubiese dado de muy buena gana toda aquella belleza por una sola de nuestras buenas reuniones del Casino.
Un movimiento se produjo en el salón. Las parientas de la señora Aubry se retiraban, algo azoradas, por la llegada de algunas jóvenes, cuyas toilettes elegantes personificaban, a sus ojos de provincianas tímidas, la temible insolencia del lujo parisiense.
Las recién llegadas, Mabel d'Ornay, la señora de Blandieres y sus hijas, manifestaron gran regocijo al ver a Huberto.
—¡Qué feliz encuentro, señor Martholl!
—Justamente—dijo Alicia, cuya cara sonriente y rosada aparecía entre blondas,—justamente esta misma mañana, yo le decía a mamá, que formaba su lista de invitados para nuestro té: no olvide al señor Martholl, tengo un interés especial en que venga.
Huberto se inclinó.
—Quedo muy agradecido a usted, por su amable recuerdo, señorita.
Alicia hablaba con extrema vivacidad, y el registro de su voz se mantenía en las notas agudas; continuó:
—No me agradezca nada; mi invitación es interesada. De todos mis amigos, es usted quien baila mejor el boston; quiero dirigir el boston con usted.
Y al hablar, ponía en toda su personita una gracia risueña capaz de seducir a los más recalcitrantes, lo que no impidió que Martholl le respondiese:
—Siento, señorita, tener que declinar el honor que usted me hace; pero no podré quedarme hasta el cotillón; tengo la obligación de ir a otra tertulia.
—¡Oh, qué fastidio!—murmuró ella contrariada.
Luego, recuperando su aplomo, y acompañando su frase con una alegre risa comprometedora, añadió:
—Veremos; ya sabré yo retenerlo. Al fin de las tertulias es cuando uno se divierte más, y si en nuestra casa usted cosecha tesoros de alegría, no permitiré que vaya a gastarlos en otra parte, se lo prometo.
Huberto se contentó con decir:
—El hombre es débil, y si usted emplea armas que no se puedan resistir...
—A primera vista, esta joven de armas formidables, no presenta el aspecto de una amazona mutilada—observó Diana, indicando con un gesto el busto de Alicia, cuyas curvas se modelaban en una chaqueta de breitschwantz.
—A propósito de amazona, ¿no han ido ustedes al bosque, después de su regreso?
—No, Bertrán trabaja por la mañana, y Jaime no llegará de Viena hasta de aquí a unos días.
—¡Y yo que recorría la gran avenida todas las mañanas, en busca de ustedes!...—dijo Martholl.
—¿A qué hora va usted?
—Un poco tarde; no soy madrugador, a causa del Club. Se queda uno hasta demasiado tarde. Hay gentes que no pueden decidirse a volver a su casa; lo retienen a uno, y le impiden retirarse a hora razonable.
Mientras la juventud conversaba así, de una manera general, el criado introducía sucesivamente a Max Platel y a Bertrán Gardanne. Cada uno de los que entraba era recibido con exclamaciones alegres. María Teresa y Diana pasaban y volvían a pasar entre todos, ofreciendo tazas de chocolate, de té, y en platos de cristal tallado, muffins, pastas, dulces, bombones, y, entretanto, las frases se cruzaban, los apartes se deslizaban.
En cierto momento, con toda inocencia, Max Platel se aproximó a Huberto:
—La señorita María Teresa es una armonía viva—dijo, mientras su mirada la seguía por el salón.
El joven literato tenía razón. Desde su vestido color malva, hasta sus cabellos de oro ceniciento, todo en la joven era delicado. El timbre de su voz algo velada, acentuaba más el encanto armonioso de su persona; sólo en sus movimientos, se adivinaba la superioridad de su naturaleza fina.
En medio de todas aquellas jóvenes engalanadas y hermosas, se destacaba como una excepción, tan marcada era la expresión indefinible y casi sobrenatural que el vigor y la elevación de sus pensamientos imprimían a su fisonomía. En ese día nada era más misterioso ni más melancólico que su semblante.
Ausente, aunque presente, no escuchaba las frases que volaban en torno suyo. Apenas si, de tiempo en tiempo, les prestaba alguna atención.
Una voz sonó de pronto en una risa argentina:
—¿Cómo? ¿Platel está aquí y todavía no se le ha oído? ¡es inverosímil!
—Mabel reclama su trovador—exclamó Diana.
—¡Aquí está!—gritó alegremente Platel, avanzando hacia el círculo formado por las jóvenes.
Se sentó en un asiento bajo, casi a los pies de la señora d'Ornay, y miró curiosamente a su alrededor; lo que, visto por la linda Mabel, la hizo exclamar:
—¡Pone usted ojos de notario ejecutor, amigo mío! ¿Qué quiere usted inventariar?
El literato transportó su mirada sobre la linda persona que cubierta de terciopelo y azabache, se movía entre crujidos de seda.
—Excúseme usted, querida amiga, estoy admirando. Es la primera vez que tengo el honor de venir a casa de la señora de Chanzelles; me pongo, pues, en contacto con lo que me rodea. Es una precaución, para mí, indispensable; ciertos muebles me son tan antipáticos, que no podría verlos dos veces, y el más insignificante bibelot me abre horizontes sobre el gusto y la calidad del alma de sus poseedores.
—Y bien, está usted contento de mí, ¿volveré a verlo?—preguntó la señora Aubry, riéndose del dicho del joven.
—Sí, señora—contestó Platel, inclinándose,—estoy muy contento; hay en sus salones, en su palacio, algo mejor que el lujo justificado por la sensación del arte; está el arte mismo. Pero nunca temí una desilusión; antes de venir, sabía lo que iba a ver: la señorita María Teresa no puede sembrar sino belleza a su alrededor.
Hubo un murmullo de aprobación.
Cada uno, animado por un bienestar evidente, revelaba su satisfacción sin dejar de interesarse por sí mismo, y María Teresa continuaba circulando en medio de esta discreta animación, llevando de un grupo a otro su sutil melancolía y su soledad.
Hallándose en su casa, en medio de sus amigos, ¿qué extraño malestar la convertía en indiferente hacia los que la rodeaban? Su conversación y charla vacías le eran dolorosas. Ciertas palabras, cazadas al vuelo, resonaban en su corazón como golpes de martillo. Su primo Bertrán, provocado por la señora de Blandieres, que dirigía la conversación, con la autoridad que le daba su nombre, frecuentemente citado en los ecos del gran mundo, refería su viaje a Austria, y la acogida que le habían hecho en Viena en el mundo oficial, gracias a la recomendación de su tío Aubry para el embajador de Francia, con quien tenía relaciones amistosas.
El joven, embriagado de grandeza, narraba sus éxitos y la invitación con que había sido honrado para asistir a una fiesta dada en el castillo de Luxemburgo, residencia imperial.
Esta vida, apenas entrevista, una noche pasada entre magnates húngaros, archiduquesas y algunos príncipes alemanes, había trastornado la cabeza a este hijo de ricos burgueses, que ahora sentía un verdadero sufrimiento al contemplar la simplicidad de sus relaciones. Muy envanecido de haber respirado el aire de una sala de baile honrada con la presencia de testas coronadas, decía:
—Solamente allí puede uno comprender lo que es el mundo, porque uno se encuentra en una sociedad exclusivamente compuesta de verdaderos grandes señores.
Y haciendo un gesto de menosprecio con los labios, añadió:
—No es como en Francia, donde todas las clases están espantosamente mezcladas.
—Tiene usted razón, querido amigo—aprobó Martholl;—esto ha concluido; nunca más nos veremos entre nosotros. Lo que se llama el gran mundo, actualmente, es una aglomeración singular de «rasta cueros» y de advenedizos. Tenemos que hacer nuestro propio duelo; no hay sitio más que para los mercaderes enriquecidos. Antes, nadie era recibido en ninguna parte si ejercía el comercio. ¡Por desgracia, todo ha cambiado! El dinero hace abrir de par en par las puertas de los últimos rebeldes. Así es que no me sorprendería encontrar uno de estos días, en el gran mundo, a mi zapatero, a mi sastre y hasta a nuestros proveedores de caballos.
—¡No diga usted semejante cosa!—exclamó con indignación muy noble la señora de Blandieres, protestando en nombre de todas las señoras que, como ella, hacían profesión de tener salón abierto.
—Por eso—continuó Martholl, con gran pesar de Bertrán, que deseaba contar la historia de una cacería de ciervos, a que lo había invitado un archiduque,—por eso, en Francia, la fisonomía de los salones ha cambiado prodigiosamente. No se podrá citar uno solo donde no haya mezcla; extranjeros en todas partes, negociantes que han hecho grandes fortunas en productos alimenticios, farmacéuticos, industriales más o menos bien educados, etc... Es triste, porque desaparece la tradición de la exquisita cortesía francesa que, en otro tiempo, nos señalaba a los ojos de la Europa atenta y encantada. Se comprende: ¿qué figura quieren ustedes que haga toda esa gente salida, la mayor parte, de una trastienda? No aportan a las reuniones sociales más que un espíritu embotado por la preocupación de los negocios, y no buscan, al frecuentar los salones a la moda, sino un mercado donde aumentar sus relaciones. ¡Para escapar al contagio y permanecer entre la gente de su clase, les aseguro, hay que violentarse! El saber conservar la compostura que contiene a cierta gente propensa a la familiaridad, no es algo que conocen todos.
—¡Lo creo!... Nada más que de pensarlo, siento frío—suspiró irónicamente Platel.—¡Pobre Martholl! Lo compadezco y lo admiro, porque supongo que a fuerza de labor usted ha adquirido esa compostura necesaria, para interponer, entre usted y esos de quienes habla, una barrera infranqueable!... ¡Horrible labor, amigo mío!
Sonrisas discretas, protestas, exclamaciones, criticando o aprobando la teoría eminentemente aristocrática de Martholl, surgieron de todos lados; luego la conversación recuperó su curso tranquilo, en tanto que María Teresa sentía aumentar su malestar moral. ¿Por qué Martholl sentía tales cosas? ¿Cómo osaba decirlas? ¿De qué muslo de Júpiter habría salido su familia? ¿Qué noble genealogía de héroes o hidalgos, protegía aquel nombre de Martholl?
El resto de la conversación no fue escuchado por la joven. Un pensamiento desolador absorbía su espíritu. Pero en breve fue despertada por el alboroto de las despedidas. Promesas de volver a verse pronto, apretones de manos, actitudes coquetas, graciosas muecas, sonrisas afectuosas, todas estas manifestaciones vehementes parecían brotar de los sentimientos más sinceros.
Huberto aprovechó el momento para acercarse a ella y murmurar:
—No he podido conversar con usted; ¿cuándo volveré a verla? ¿Puedo venir antes del miércoles próximo?
María Teresa lo miraba. ¡Qué elegante era, qué seductor! A pesar de la intranquilidad de su corazón, hizo, sonriendo, un signo de cabeza afirmativo, y le tendió la mano, la pequeña mano fuerte y confiada que, si él era digno, le entregaría en breve, como esposa.
El salón, lleno de animación y alegría algunos minutos antes, quedó solitario y silencioso. Solamente los perfumes que flotaban aún en el aire tibio, revelaban el paso de las lindas visitantes.
La señora Aubry, que se había puesto a leer al lado del fuego, volviose de pronto y vio a su hija sentada en un rincón, con aire pensativo.
—¿En qué piensas?—le preguntó.—No debes estar muy fatigada de tus conversaciones durante la tarde; apenas si has hablado.
—Es cierto, mamá, estoy preocupada.
—Hace algún tiempo que me apercibo de eso, hija mía—dijo la señora Aubry con ternura.—No he querido preguntarte nada; esperaba tus confidencias.
—Tú lees tan bien siempre lo que pasa en mi corazón, que muy pocas cosas tengo que contarte, creo...
—Esas pocas cosas yo debo saberlas, sin embargo... ¿Huberto Martholl te gusta?
—Me gusta, madre querida...
—¿Y bien?
—Es que...
—Veamos, voy a ayudarte, querida mía; ¿sabes si tú le gustas a él?
—Sí... pero esta simpatía que siento por él ¿basta para que me case? No sé todavía si lo amo; me halaga ver que se ocupa de mí más que de las otras jóvenes, y me agradan mucho las galanterías que me dice. Esto es todo, por el momento.. Yo esperaba, al volverlo a ver, algo que no ha sucedido... grandes impresiones que hubieran cimentado más sólidamente nuestra atracción recíproca. Pero nada ha ocurrido, y he sentido una gran desilusión, te lo confieso, querida mamá.
—Entonces, reflexiona bien, hija mía. De la elección que hacemos, depende la felicidad de nuestra vida. En una circunstancia tan grave, no te dejes influenciar por ninguna consideración fútil. El señor Martholl parece una excelente persona, es de buena familia, reúne todas las condiciones deseables; comprendo, pues, que te guste, y si tú te decides en favor suyo, ninguna objeción tendremos que hacer, tu padre y yo; nuestro único pesar sería, sin embargo, que el señor Martholl permaneciese desocupado.
—¡También yo espero que no esté resuelto a pasarse toda la vida sin hacer nada! El Club tiene demasiada mala influencia sobre los hombres para que yo me decida a tomar un marido que no tenga otro pasatiempo.
La puerta acababa de abrirse; el señor Aubry entró. Al ver a su mujer y a su hija, una sonrisa iluminó su rostro. María Teresa se precipitó hacia él, y poniéndole su frente a besar:
—Buenas tardes, papá—le dijo.
—Buenas tardes, querida; buenas tardes, amiga mía. ¡Y bien! ¿qué tal ha estado el primer miércoles?
—Muy brillante... Hemos tenido la visita de Huberto Martholl.
—¡Ah, ah! ¿ya? No pierde su tiempo ése; sospecho que tiene sus motivos... ¿Se conserva siempre hermoso? ¿Tú no dices nada, María Teresa?
—¡Sí, querido papá! En efecto, encuentro muy bien a Huberto Martholl, y ¿no tengo razón?—interrogó la joven con una linda sonrisa.
—Mi querida María Teresa, creo que no debemos ver las cosas del mismo modo. Si algún día tengo necesidad de examinar a fondo la personalidad del señor Martholl, no será seguramente por ese lado por el que miraré... ¡Ah! preveo que esto sucederá dentro de poco tiempo; ¡está muy apurado ese joven! Puede ser que también sea tu opinión, chicuela... ¿Qué debo contestarle? Tú me lo dirás ¿no es cierto?
Hubo un silencio. El señor Aubry se recostó en una poltrona; luego, al cabo de algunos minutos, exclamó, desperezándose:
—Hijas mías, estoy muy fatigado; he tenido hoy un trabajo considerable; he hecho a la vez de patrón y de obrero. Este diablo de Juan, demorándose en venir, me recarga la tarea. Es que él solo se ocupa de todos los asuntos, y su ausencia prolongada empieza a molestarme.
—¿Y por qué no lo llamas, amigo mío? Haces mal en fatigarte de ese modo.
—Querida mujer, por la sencilla razón de que Juan tiene que terminar un buen trabajo en Alemania. Además—añadió sonriendo el señor Aubry,—hago cuestión de amor propio el pasarme sin sus servicios, de otra manera, ¿no sería confesar que ya no soy capaz de dirigir los asuntos?