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Incertidumbre

Front matter (continued 3)

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—Nunca creeremos eso, Pablo—dijo cariñosamente la señora Aubry,—pero es posible que te hayas acostumbrado a trabajar menos, desde que sabes que puedes confiar en Juan.

—No, no, ese muchacho es más entendido que yo; el discípulo ha sobrepasado al maestro; hoy, dirige todo, te lo aseguro; en estos últimos meses ha tenido una idea de fabricación casi genial.

—¡Qué entusiasmo, papá querido!

—Digo la verdad; Juan es el alma de la fábrica, y me felicito de ello.

Hacía algunos minutos que la señora Aubry miraba atentamente la cara de su marido, en la que se revelaba una profunda tristeza.

—En fin—aconsejó,—no te fatigues; te encuentro algo cansado desde hace algunos días, sobre todo hoy...

—¡Bah, bah! esto no es nada, la comida me confortará; no vayas ahora a ponerte cavilosa.

Diciendo estas palabras, el señor Aubry tomó afectuosamente el brazo de su mujer y la mano de su hija, como cuando era pequeña, y agregó alegremente:

—¡A la mesa, hijas mías!

Por la noche, cuando María Teresa se retiró a su cuarto, se instaló cerca de la chimenea, con un libro; pero su espíritu volaba lejos de lo que trataba de leer. Pensaba en los incidentes de la tarde, en su impaciencia, que no había podido disimular, de volver a ver a Huberto, y en el placer mezclado de angustia que había experimentado al encontrarlo siempre encantador, enamorado, amable, ¡pero tan frívolo!... Por turno se presentaron a su imaginación las caras amigas de las Blandieres, de Platel, de la señora d'Ornay. La de Bertrán Gardanne le trajo bruscamente a la memoria las palabras de Huberto, dando razón al huésped de los archiduques. «En el gran mundo no encontramos ya, había dicho, más que advenedizos, gente enriquecida en el comercio y en la industria.»

¿Entonces Huberto no daba su estimación a los que llegan a la fortuna por la inteligencia y la labor?... Ella, que había sido educada en el culto del trabajo y de la energía individual, ella, que admiraba la obra de su padre, se había sentido ofendida por aquella disposición de espíritu de Huberto. ¿Por qué hablaba con tanto desprecio de cosas respetables y nobles? Si la amaba, verdaderamente, debía haber comprendido cuánto esta manera de pensar lo alejaba de ella. Su padre ¿no era el tipo perfecto del caballero? Y la fortuna que había ganado ¿no era más honorable aún por haber sido ganada en la industria con su propio trabajo? Pero no, aquéllas eran palabras al aire, de esas palabras insignificantes de que están sembradas las conversaciones sociales.

—Es imposible—se repetía, queriendo convencerse a toda costa,—que un ser inteligente como Huberto, no prefiera el hombre formado por su propio mérito al «inútil,» cuyo único bagaje consiste en una línea de abuelos o bien de una serie de herencias sucesivas.

Luego, poco a poco, olvidó este motivo de discordia y dejó volar su fantasía recordando las manifestaciones del amor que el joven parecía sentir hacia ella.

XI

La señora de Blandieres era muy amiga de infancia de la señora Aubry. Huérfana y sin fortuna, se había casado muy joven con Héctor de Blandieres, coronel retirado de caballería. Durante doce años tuvo que dedicar sus cuidados a su anciano marido y a sus dos hijas, llevando una vida monótona e incómoda, pues el coronel, a causa de la gota, que le sobrevino con la edad, había adquirido un carácter agrio y mostraba gustos difíciles.

La muerte de su marido la libró de tales incomodidades. Deseando huir de un lugar donde tanto había sufrido, abandonó el castillo de Blandieres, lo vendió, y fue a instalarse en París, con la firme intención de indemnizarse de los tristes años que había pasado. Arrendó un hermoso departamento en la calle General Foy, y terminado su período de luto, se lanzó al mundo con frenesí.

Independiente, linda, rica y elegante, se vio en seguida bien estimada y solicitada. Esta existencia de placeres la absorbió completamente. Visitar mucho y recibir más aún, fue su única ocupación; sentía por la vida social, verdadero fervor.

Ocupada únicamente de los ritos, ceremonias y prescripciones que rigen las obligaciones de una mujer que quiere brillar en la carrera difícil de alternar en el gran mundo, disipaba su fortuna para alcanzar este fin; pero la disipaba alegremente, y encontraba la recompensa de sus esfuerzos en las crónicas de los diarios relatando sus paseos y sus recepciones; las líneas de elogios de los ecos sociales la halagaban, aunque, a menudo, era ella misma quien pagaba la inserción. Esta consideración, completamente secundaria para ella, no amenguaba su satisfacción.

La noche de la tertulia, anunciada algunas semanas antes en la casa de la señora Aubry, los salones de la señora de Blandieres presentaban un magnífico aspecto, y la alegría era ya grande cuando los Aubry llegaron. La primera persona que María Teresa percibió, fue a Huberto, quien, semioculto detrás de una tapicería de Beauvais, no quitaba los ojos de la puerta de entrada. La joven se sintió lisonjeada al verse así esperada.

Martholl avanzó hacia ella en el momento en que, habiéndose quitado el amplio abrigo de pieles, apareció, fresca y luminosa, con su vestido de tul pálido.

—¿Sería indiscreto si le rogase que me reservara todos los valses?—preguntó él, ofreciéndole el brazo.

—Sería algo más que indiscreto, y yo no puedo autorizar semejante monopolio—respondió sonriendo María Teresa.—¿Cree usted que no encontraré tan buenos bailadores como usted entre todos esos jóvenes?

—No es como bailador, por lo que yo pido la preferencia. Usted sabe bien por qué espero bailar con usted sola esta noche...

Y mientras hablaba, con una presión suave de su brazo, sobre el cual se apoyaba la mano de la joven, la atrajo hacia él. María Teresa, turbada, trató de separarse un poco.

Huberto continuó:

—¿Quiere usted que la lleve donde están sus amigas? Hay allá, al extremo de los salones, un rincón florido en el que esas señoritas han establecido su cuartel general. Están hermosísimas esta noche; Mabel d'Ornay deslumbra; pero usted va a eclipsarlas; está usted maravillosa con su toilette.

—Vaya—dijo María Teresa con coquetería,—no me haga tantos cumplimientos al empezar la noche, no tendría nada que decirme a las dos de la mañana.

—Tiene usted muy pobre idea de mi imaginación; ¿le parece que tan pronto quedaré agotado? Además, la admiración que tengo por usted me hace capaz de ejecutar variaciones sobre este tema durante interminables días e interminables noches.

—¿El talento de Scheherazade sería escaso al lado del suyo, entonces?

—No, pero compadezco sinceramente a esa pobre persa que tuvo que hablar durante tantas noches sin contar con los mismos motivos de inspiración que yo.

Hablando así, llegaron ante el grupo formado por las jóvenes. Estas hacían por disimular en sus labios una sonrisa burlona al ver avanzar a María Teresa con Huberto.

—¡Qué suerte!—exclamó Alicia con su voz aguda,—¡al fin llega! Querida mía, si usted no hubiera venido, Martholl habría pasado la noche entre las cortinas. ¡Hace más de una hora que se ocultaba bajo las mamparas, acechando a los que llegaban, y como no la veía entrar a usted, empezaba a poner una cara!...

—¡No es muy amable para nosotras semejante conducta!—protestó Juana, igualmente indignada de la defección de un compañero tan envidiable.

—El grupo encantador que ustedes formaban no estaba completo—explicó Huberto.—Yo esperaba a la señorita de Chanzelles para traerla con ustedes.

—Por su buena intención, yo lo perdono—dijo Diana pegando ligeramente con el abanico en el hombro del joven.—¡Pero cuidado con hacerlo otra vez! Señoritas, perdónenlo ustedes también; con Martholl nadie puede enojarse en una noche de baile: la que él no invitase, quedaría demasiado castigada.

Y como el preludio de un vals se hiciera oír, una por una las jóvenes se alejaron del brazo de sus respectivos compañeros. María Teresa y Huberto no tardaron en quedar solos.

—¡Al fin!—dijo el joven,—al fin ha llegado el momento que yo esperaba con tanta impaciencia. ¡Tengo tantas cosas que decirle! ¿No quiere usted escucharme? No me mire con ese aire de altiva indiferencia; usted sabe bien que yo la amo. ¿Recuerda sus palabras, cuando me marché de Etretat? «En París, le diré si usted debe esperar...» Ya estamos en París, puede, pues, contestarme. Me es imposible seguir viviendo así. Mi primera idea fue pedir a mi madre que fuese a hablar al señor de Chanzelles, pero he tenido miedo; usted no me había autorizado a hacerlo. Dígame, se lo ruego, si consiente usted esa gestión... Deseo que usted misma me conteste. ¿No comprende cuán desgraciado soy esperando indefinidamente?...

—No podemos quedarnos en este rincón aislado—murmuró María Teresa levantándose,—entremos en el salón.

Luego, volviendo hacia Huberto su cara sonriente:

—Para que tenga usted paciencia, le concedo este vals.

Pero Huberto continuaba:

—Usted no se librará de mi demanda importuna con el don de un vals. No la dejaré esta noche sin haber obtenido una respuesta cierta.

Y de nuevo, oprimía contra él el brazo de la joven.

Cuando llegaron al umbral de los salones iluminados a giorno por globos eléctricos revestidos de flores, Huberto la enlazó y la arrebató en vertiginosos giros, al son de una orquesta de zíngaros.

En su vestido de tul que la envolvía como una nube, esfumando graciosamente sus formas finas y puras, María Teresa estaba interesantísima. Las palabras que le murmuraba Huberto le daban una animación, un brillo insólito; atraía todas las miradas. Además, los dos jóvenes formaban una pareja tan encantadora, que todos se detenían para admirar la flexibilidad y la gracia de sus movimientos.

La joven, al sorprender las miradas de sus amigas fijas en ella, presintió que le envidiaban aquel novio probable, y esto no la contrarió. Por lo contrario, experimentó cierta satisfacción, como si la circunstancia de que Martholl gustase de ella la hubiese hecho superior a las otras jóvenes allí reunidas. Eran ideas que nunca se le ocurrían, pero que, en aquel instante, bajo la influencia de aquel ambiente tendían a impresionarla en favor de Huberto.

Él también gozaba de aquel homenaje rendido a la mujer que había elegido.

Así, en el corazón de ambos, la vanidad, satisfecha de excitar envidia, contaminaba un poco el amor naciente. El contacto del mundo ejerce presión o turba las inclinaciones del sentimiento.

Bailaron varias veces, pues Huberto no quería alejarse de María Teresa, como para afirmar los derechos que esperaba obtener. La joven se apercibió pronto que se cuchicheaba sonriendo cuando ellos pasaban; pero, enervada por el placer y mecida por el ritmo de los valses, oía complacida los ruegos que renovaba Huberto, sin fijarse que mostrándose siempre juntos durante toda la noche, daban lugar a la maledicencia.

En aquel momento, no se explicaba su indecisión en acceder a las súplicas de Huberto. Ninguno de los jóvenes que la rodeaban tenía su elegante presencia. ¿Qué más podía pedir? ¿No sería muy agradable pasearse por el mundo del brazo de tal marido? Diana tenía razón; era verdaderamente chic.

En los momentos en que se preparaba el cotillón, alguien vino a decirle a Huberto:

—La señorita Alicia de Blandieres lo espera en el salón azul.

Huberto se aproximó a María Teresa.

—Alicia de Blandieres me hace llamar, probablemente para dirigir el cotillón con ella. Yo me niego. ¿Quiere usted permitirme que pase a su lado el final de la noche?

—¡Eso no estará bien hecho! ¿no recuerda usted que dijo a Alicia, cuando lo invitó, que no podría asistir al cotillón?

—Sí, pero he cambiado de parecer. ¿Cree usted que yo voy a privarme del placer de quedarme a su lado durante algunas horas más por no contrariar a esa joven que tiene el aplomo de forzar el consentimiento de las personas?

Entonces ¿por qué le hizo la historia de que tenía otra invitación para esta noche?

—Para no prometerle una cosa que yo esperaba obtener de usted. Suponía que de entonces acá se le habría pasado su propósito; pero parece que cuando tiene algo en la cabeza...

Fue interrumpido; Alicia venía hacia ellos:

—Ha sido muy amable usted, Martholl, en no haberse ido. ¿Es María Teresa quien ha sabido retenerlo tan bien? ¡Mis felicitaciones, querida! ¿Sería indiscreta pidiéndole que me cediera su inseparable caballero? Supongo que también el cotillón ha influido para que se quedase, pues yo le había prevenido que contaba con él. Vamos, una buena voluntad y cédame a este apreciable Martholl; yo devuelvo siempre las cosas prestadas; lo tendrá, pues, para algunas figuras, ya que parece interesarse tanto por él.

María Teresa había palidecido. El tono burlón con que Alicia había declamado su singular petición, la sorprendió de tal manera que no encontró nada que contestar. Huberto, irritado por aquella salida, dijo bruscamente:

—Señorita, si bailar con usted es un impuesto que usted establece sobre sus huéspedes, no tengo más que dejarme ejecutar, pero siempre contando con que la señorita de Chanzelles que ha aceptado mi invitación, quiera desligarme de mi compromiso.

María Teresa, que se había repuesto, lo interrumpió para decir, serena y fría:

—¡Excúsese usted, querida amiga! pero no presto al señor Martholl; lo guardo por toda la noche, y sin duda, por mayor tiempo aún. Me alegro mucho de que, gracias a su falta de tacto, usted sea una de las primeras en saber una cosa que le causará placer, indudablemente: el señor Martholl y yo somos novios...

Alicia, estupefacta al oír esta nueva, no encontró nada que decir. Confusa, balbuceó algunas vagas felicitaciones; luego, pretextando urgencia, se fue a buscar otro compañero, no sin esparcir inmediatamente la gran noticia.

Cuando María Teresa y Huberto quedaron solos, se miraron, estupefactos a su vez. En él, pronto estalló un sentimiento de triunfo; en ella, una turbación infinita. Gracias a la intervención de aquella extraña Alicia, María Teresa acababa de comprometer su palabra. ¿Por qué tan ligeramente? Ella sentía crecer en su corazón un vago remordimiento al pensar en el mezquino móvil que la había impulsado a realizar aquel acto tan grave. Estaba confusa y asustada de su decisión.

Huberto temía casi un arrepentimiento de la joven, no explicándose bien cómo un incidente tan fútil, frisando en lo ridículo, había provocado bruscamente la declaración que él solicitaba.

Y permanecían allí, mudos y molestos los dos, sin alegría, sin felicidad, aturdidos y desconcertados.

El enjambre de parejas que se instalaban para el cotillón, obligándolos a moverse, los libró en parte de su perplejidad. En la algazara de las solicitudes de baile, de la remoción de sillas, de los primeros acordes del interminable vals, Huberto murmuró, al fin, algunas palabras de gratitud:

—Usted acaba de hacerme muy feliz, mucho más feliz de lo que podría imaginarse. ¡Gracias, María Teresa!

Entonces ella balbuceó, ruborosa, oprimida la garganta:

—Su señora madre puede ir a ver a mi padre.

En la oscuridad del cupé, María Teresa, temblorosa todavía, contó a su madre, excusándose, lo que había ocurrido. La señora Aubry comprendió el motivo que había impulsado a su hija a proceder con tanta precipitación. Lejos de hacerle ningún reproche, la estrechó con ternura, diciéndole:

—Supongo que no lamentas nada...

—No, mamá querida. Esta noche me había dado cuenta de que no podía prolongar más tiempo aquella situación. Huberto exigía una respuesta definitiva; este incidente no ha hecho, pues, más que adelantarla un poco. Ciertamente, me habría gustado que las cosas hubieran pasado de otra manera; ese brusco consentimiento, lanzado como desafío a la pobre Alicia, nuestra actitud confusa, todo aquello fue torpe, si no grotesco. Pero, ahora, deseo una cosa que, espero, tendrá tu aprobación; es que nuestro noviazgo dure varios meses.

—Eso depende exclusivamente de tu voluntad, hija mía, yo no tengo para qué intervenir. Será como tú quieras.

María Teresa inclinándose hacia su madre y besándola con efusión dijo:

—¡Qué buena eres, mamá mía!

Cuando el coche entraba por la puerta principal del hotel, María Teresa se asomó a la portezuela. El señor Aubry había abandonado el baile mucho antes que su familia; pero sin duda trabajaba todavía, porque la ventana de su gabinete se destacaba iluminada en la oscuridad del gran patio.

—Papá está despierto—dijo María Teresa—voy a prevenirlo; ¡cómo se va a emocionar!

—Tanto como yo, querida mía—dijo la señora Aubry estrechando cariñosamente a su hija.

XII

Huberto aguardaba el regreso de su madre que había ido a pedir la mano de María Teresa. Se paseaba por el salón fumando y empezaba a impacientarse. Aunque no abrigaba inquietud alguna, estaba deseoso de conocer la impresión de su madre respecto a María Teresa y de su familia. Para él esa opinión tenía gran peso.

A fin de calmarse, calculaba que la distancia era grande entre el Luxemburgo y la calle de Artog, donde vivía la señora Martholl, y que, en suma, aquella tardanza no podía ser sino de buen augurio, dado que la visita se prolongaba.

La señora Martholl, de la familia Reversy-Jollambeau, tenía gran influencia sobre su hijo. Orgullosa y altiva, creía identificar en su persona las clases «elevadas y superiores.» Por esto mismo se atribuía el derecho de imponerse a todos, y estaba persuadida de que personificaba el buen tono.

No faltaba mucho para que se considerase como una rueda esencial en el mantenimiento del orden social. Teniendo numerosas relaciones, las conservaba como si hubiera sido un deber de Estado; juzgaba haber cumplido ampliamente los deberes de caridad que le incumbían cuando había inscripto su nombre en la lista de las damas del patronato de todas las obras que podían gloriarse con su ilustre presidencia. Sin embargo, hacía todo con benevolencia, pues el mundo, para ella, se componía casi únicamente de personas inferiores.

Viuda de Patrick Martholl, consejero de Estado del segundo Imperio, había educado a su hijo de una manera singular, cultivando su egoísmo natural. Toleró sus distracciones elegantes en cuanto podían hacerlo interesante a los ojos del mundo; pero se mostró de una severidad extrema respecto a la elección de sus relaciones y al cumplimiento de los deberes exteriores que correspondían, según ella, a un joven de su rango.

Sobre el matrimonio, particularmente, sus ideas eran bien definidas; Huberto las conocía, y aprobaba la línea de conducta que desde muy antes ella le había trazado. La señora Martholl exigía que su nuera tuviera por lo menos seis mil pesos de renta. Era también necesario que perteneciera a una familia conocida, noble, tanto como fuera posible, en todo caso, de una honorabilidad perfecta. Además debía ser linda, distinguida, bien educada, obediente y piadosa.

Huberto, que trataba a muchas señoritas, comenzaba a desesperar de encontrar la mujer soñada por su madre, cuando, en Etretat, halló este ideal en María Teresa. Seducido desde un principio por su gracia, se informó de la posición de su padre, y habiendo sabido que María Teresa respondía absolutamente, en cuanto a fortuna y a honorabilidad, al programa que le había sido impuesto por su madre, se apresuró a su regreso a hablarle de ella con entusiasmo; la señora Martholl se interesó de su noviazgo y casi conquistada, se sometió de buena gana a dar los pasos oficiales acerca del señor Aubry de Chanzelles.

Al sonar la campanilla que anunciaba el regreso de su madre, Huberto se apresuró a salir a su encuentro. Era una señora flaca, alta, fría y pálida. Vestida siempre de negro, aparecía imponente.

—¡Y bien! madre, ¿está usted contenta? ¿le gusta a usted la joven? ¿ha sido bien recibida por sus padres?

—Habría sido sorprendente—dijo ella sentándose en un alto sillón, cuya forma rígida armonizaba con el aspecto altivo de su persona,—que no hubiera sido bien recibida nuestra demanda. La contestación es conforme a tus esperanzas, hijo mío.

—¿Cómo ha encontrado usted a María Teresa y a los Chanzelles?

—La señorita María Teresa me ha gustado, es distinguida y no se parece, convengo en ello, a todas esas jóvenes alocadas de hoy. La familia es bien honorable; pero vas a tener una decepción: su situación pecuniaria no es tan hermosa como tú imaginabas.

—¡Ah!—dijo Huberto inquieto—¿hay diferencia grande entre mis cálculos y la realidad?

—La fortuna del señor Chanzelles está colocada en negocios, y no puede dar a su hija más que sesenta mil pesos en dinero efectivo; pero le pasará una renta anual de tres mil pesos. Importa ahora saber si la casa Aubry es bastante sólida para garantir el pago regular y continuo de la renta prometida. El señor de Chanzelles me ha expresado también su deseo de que no permanezcas desocupado. Esta petición me ha sorprendido; le he hecho observar que las dos fortunas de ustedes reunidas, les asegura la independencia, pero he agregado, sin embargo, que tú consentirías de buena gana en aceptar una ocupación, en relación con tus gustos y las ideas que profesamos al respecto. No le he ocultado que con el Gobierno actual la política es carrera cerrada y que tengo horror a los negocios, porque los considero como aventuras y no estoy dispuesta a permitir que se juegue con nuestro nombre. He tomado ya informes sobre la casa de Aubry; hasta ahora no he descubierto nada que no le sea favorable; pero hay que continuar la información; en esta clase de asuntos nunca hay demasiada prudencia.

—Es cierto; pero yo amo a María Teresa y, al casarme, no contraigo únicamente un matrimonio de conveniencia.

—Comprendo que te gusta esa joven y apruebo tu proyecto de hacerla tu mujer; pero, tú lo sabes como yo, si no aporta con su dote tanto como tú, la vida os será difícil y no podrán mantener su rango. ¡Se necesita tanto dinero hoy para figurar en nuestro mundo! Aparte de esta restricción, no tengo ninguna objeción que hacer; esa joven te conviene mucho. Te pido, pues, hijo mío, que te procures informaciones serias sobre esa cristalería que representará una parte importante de la renta de ustedes.

—Puede usted estar tranquila, madre; un matrimonio mediocre no me convendría, y aunque María Teresa sea bastante seductora para justificar una conducta irreflexible, seré circunspecto. Por lo demás, lo repito, mi decisión no data sino del día en que me informé de la solidez de la casa Aubry.

Huberto tomó la mano de la señora Martholl y llevándola a sus labios, añadió:

—Sólo me resta agradecerle a usted sus gestiones.

—Está bien, hijo. Piensa en mis recomendaciones y ten la seguridad de que sólo la preocupación de tu felicidad y situación guía mis actos e inspira la prudencia que te aconsejo. Obra discretamente; pero no te guíes por las apariencias, por excelentes que sean. Adiós, hijo mío.

—Adiós, madre.

Cuando Huberto dejó el sombrío departamento de la calle Astorg, llevaba ideas pesimistas. En ese día la inquietud que ennegrecía su espíritu se traducía en molestas cuestiones de dinero; quería que sus intereses quedasen garantidos, porque podían procurarle comodidades y placeres; pero era bastante gran señor para no querer hablar de ellos.

—Vamos—pensaba con melancolía al marcharse—esto no está concluido todavía; habrá que hacer diligencias e informaciones; ¡con tal que no tenga desilusiones y el producto de esa cristalería sea el que me han asegurado! Mi madre es demasiado desconfiada: personas y acontecimientos, todo le es sospechoso. ¿Qué tenemos que temer si los informes que tengo son perfectos?

Absorto en estas meditaciones, se encaminaba hacia la Magdalena. Un violento deseo de ver a María Teresa lo dominó de pronto; se detuvo al borde de la acera, levantó su bastón en ademán de llamar: un fiacre se aproximó. Se hizo conducir a casa de los Chanzelles esperando que la linda cara de su novia, disiparía el fastidio que esta conversación había dejado en su espíritu.

XIII

Los primeros tiempos del noviazgo de María Teresa se pasaron en presentaciones, comidas y placeres constantemente renovados. Huberto era un incomparable organizador de fiestas. Con él era imposible estar sin distracciones; además, sabía variarlas maravillosamente. María Teresa se creía transformada en una princesa de un cuento de hadas, pues no tenía otra ocupación que la de divertirse de la mañana a la noche, bajo la dirección de un maestro de ceremonias parecido al Príncipe Encantador. Las mañanas eran dedicadas al bosque; por las tardes había siempre diversiones nuevas; en cuanto a las noches, terminaban invariablemente en el teatro o en las tertulias.

En cada una de estas circunstancias, la joven concluyó por notar que Huberto se preocupaba, sobre todo, del efecto que producía la belleza de su novia, y que sus goces crecían en razón directa de la admiración que manifestaban por ella y de la envidia que suscitaba.

Saturado de este sentimiento de vanidad, aconsejaba a María Teresa arreglos en su toilette que consideraba propios para hacerla valer, y escogía para acompañarla, las reuniones y los sitios donde más atraían la atención. En fin, en todos sus actos aparecía el deseo de formar con ella el grupo que la gente contempla y admira.

María Teresa pensaba tristemente:

—¿Será solamente por estos dones exteriores por los que me ama?

Y se preguntaba algo ansiosa:

—¿Sentiría el mismo placer en estar conmigo si yo no estuviera tan bien vestida?

No experimentaba gran satisfacción en ser rica, elegante, admirada.

En el fondo de su corazón, habría preferido que Huberto le demostrase su cariño de otra manera.

Luego, había notado también un ligero cambio en su actitud desde que eran novios. La emoción que mostraba al principio, cuando esperaba solamente se había transformado en una especie de despego lleno de confianza; esto era quizás imperceptible para los demás, pero no escapaba a los ojos de la joven. Huberto ahora manifestaba su afección de una manera diversa; María Teresa le encontraba menos dulzura, sumisión afectuosa, más familiaridad y seguridad conquistadora. Esta toma de posesión que no le producía ninguna felicidad íntima, a ella le molestaba. Por intervalos se decía:

—¡Dios mío, qué difícil de contentar soy! Todas mis amigas me repiten que desearían estar en mi lugar; entonces ¿por qué no estoy satisfecha? ¿No tengo una suerte envidiable? ¡Ah! ¿para qué me habrán dado una educación destinada a hacer mirar las cosas con gravedad? ¡Cuántas jóvenes no dan importancia a estas exhortaciones y arrojan en seguida en el camino esta pesada carga! Y precisamente yo, que no la necesito, tomo todo en serio; no puedo olvidar aquellas lecciones austeras, y me siento invadida por escrúpulos ante la perspectiva de disfrutar demasiados placeres. ¿Es esto lo que me turba? ¿No será más bien el pesar de no constituir el ideal de Huberto siendo para él como el accesorio de una decoración de fiesta?... Pero ¡qué ridícula soy! ¿Por qué preocuparme de tantas cosas? Es una injuria que hago a la Providencia no declarándome completamente satisfecha.

Así, pues, se daba cuenta del vacío y futilidad de la existencia a que Huberto la llevaba, y amargas previsiones la acusaban cuando desaparecía la excitación pasajera de sus mejores distracciones. Decidiose, al fin, a confiar sus temores a su novio.

En una tarde de lluvia el azar hizo que se encontraran solos en el salón. La joven acababa de tocar un nocturno de Chopín «porque, había dicho, esa música se armoniza bien con un tiempo oscuro y melancólico.»

Juzgando favorable el momento, dejó el piano y fue a sentarse al lado de Huberto.

—María Teresa, usted interpreta este nocturno de una manera sorprendente; me sentía emocionado escuchándola.

—Me alegro mucho de haberle hecho sentir la hermosura de esa pieza musical. Este nocturno es apropiado al momento presente. Siempre trato de establecer armonías entre el tiempo, mis pensamientos y las cosas. ¿Quiere usted que continuemos en esta nota? Hablemos seriamente, esto no nos sucede frecuentemente, y hoy tengo pocas ganas de divertirme.

—¡Me da usted miedo! Las palabras serias son casi siempre inútiles.

—En el verano pasado usted decía, cuando menos seguro estaba de mí, empleando un lenguaje florido para conquistarme. «No hay palabras inútiles cuando es usted quien las pronuncia...» ¿Por qué no dice ahora lo mismo?

—¡Bastante me ha reprochado mis amables palabras! Usted las encontraba enfáticas y exageradas, y ahora las echa de menos. ¡He ahí lo que son las mujeres!

—Sea; somos variables, y es difícil contentarnos; ya ve usted, me adelanto a sus reproches. Pero volvamos al asunto que yo quería abordar ante este cielo lúgubre.

—Razón tengo en inquietarme, pues me anuncia una conversación en armonía con el tiempo, y reconoce que es lúgubre.

—He dicho «hablemos seriamente,» nada más. Hagamos proyectos para el porvenir ¿quiere usted? Por ejemplo ¿ha encontrado alguna ocupación que pueda convenirle?

—¿Cómo?—exclamó Huberto, en tono de burla—¿usted también piensa en eso? Creía que era una idea exclusiva del señor de Chanzelles, y que yo era libre de seguir sus consejos.

—Mi padre no se explica que pueda haber alguien desocupado: hay que perdonarle esta preocupación, de la que yo participo, porque siempre ha dado el ejemplo de una incesante labor y de la mayor actividad. Usted sabe sin duda que, siendo huérfano y sin recursos, edificó con sus propias manos e hizo prosperar la casa que representa hoy nuestra fortuna. Siempre me dijo que no consentiría de buena gana en otorgar mi mano a un desocupado. Conociendo su amor al trabajo, educada también en la admiración del esfuerzo individual, me había yo prometido conformarme a su deseo, al elegir un marido. Pero he aquí, que una casualidad... feliz... lo ha conducido a usted hacia mí, y que yo no puedo cumplir mi promesa. Busco el modo de conciliarlo todo ¿comprende usted por qué insisto?

—Mi deseo es hacer su gusto, pero no me es posible encontrar una ocupación en seguida. Necesito un trabajo honorable, de poca sujeción, y que produzca bastante para justificar mi deserción... es difícil. Veamos, reflexione: con mis ocho mil pesos de renta y su dote, tenemos la existencia asegurada. Podremos viajar, vivir al capricho de nuestra fantasía. Reconozca que sin necesidad va usted a perturbar todos mis proyectos.

Luego, irónicamente, añadió:

—¿Es por conservarse más independiente por lo que usted desea que yo tenga una ocupación? Si es por esto, nada tiene que temer; estaré siempre bastante comprometido en el engranaje social para dejarla libre durante largas horas, si así lo desea. Créame, usted será la primera en agradecerme la manera como organice todo para nuestra mayor comodidad.

—No es la idea de librarme de su afectuosa tutela la que me induce a hacerle este ruego; lamento igualmente que usted haya podido suponerlo—repuso la joven algo entristecida,—pero, ¿se tiene jamás la seguridad de conservar una fortuna? ¿Quién conoce el porvenir? Hay catástrofes financieras terribles... Sin ir tan lejos, mi padre, cuya fortuna consiste, en su mayor parte, en la fábrica de cristales, podría verse comprometido por alguna desgracia imprevista...

Estas últimas palabras causaron a Huberto cierto malestar; para disimular las ideas que le sugerían, interrumpió a la joven y dijo afectando un temor cómico:

—¡Qué desgracia! ¡Usted me hace estremecer! ¡Volemos en socorro de su querido padre!

—No hay que reírse... hay huelgas... revoluciones... y muchas otras calamidades... No sería la primera vez que se viera derrumbarse una importante casa industrial.

Las huelgas y las revoluciones parecieron a Huberto peligros bastante problemáticos, lo cual tranquilizó su espíritu.

—Amiga mía—dijo, tomando las manos de la joven,—no me gusta oír su linda voz predecir tan lúgubres acontecimientos, ni a sus labios pronunciar tan fatídicos presagios... El sol ha vuelto a brillar, hablemos, pues, de cosas más alegres, desde que es el estado del cielo lo que inspira los temas de su conversación.

María Teresa comprendió que los sentimientos que invocaba no harían jamás vibrar ninguna cuerda en Huberto. Renunció a convencerlo y dijo conciliante:

—¡Qué fastidiosa soy! ¿verdad? Perdóneme, pero mi padre me inspira tanta admiración que estoy mal preparada para apreciar a los que no tienen su ideal de vida. Además, me desolaría ver nacer motivos de discordia entre ustedes dos, y por esto es por lo que quiero prevenirlos...

—Volveremos a conversar sobre este asunto, se lo prometo. En este momento, voy a comunicarle mis proyectos; espero que le agradarán: inmediatamente de nuestro casamiento, partiremos para Florencia; es una ciudad interesante que no le disgustará conocer. Después iremos a Palermo a tomar el yate que mi primo Martholl Grainville pone a nuestra disposición para dar un paseo por el Adriático.

Pero la joven no tuvo tiempo de aprobar este programa. El ruido de un carruaje que penetraba bajo el pórtico del hotel la inquietó.

—¿Qué es eso?—exclamó levantándose.

Casi inmediatamente sonaron las campanillas eléctricas y voces, en el silencio de la casa. María Teresa se excusó y salió precipitadamente.

Algunos minutos después, la puerta del salón se abría, para dar paso al señor Aubry, sostenido por sus dos hijos.

Estaba muy pálido; se dejó caer pesadamente sobre un sofá; luego, a Martholl le dijo:

—Discúlpeme de presentarme en esta triste figura... me he desvanecido en la fábrica y han tenido que traerme en coche como un bulto.

Al pronunciar estas palabras con voz débil, el señor Aubry trataba de sonreír.

—Señor—protestó Huberto,—usted me deja confuso; creo que puedo ser considerado por usted como perteneciente a su familia.

La señora Aubry entró. Se dirigió hacia su marido, le tomó las manos y le preguntó, temblorosa:

—Amigo mío, ¿qué tienes? ¿qué ha sucedido?

Jaime la interrumpió:

—Querida mamá, no te alarmes. El médico que se llamó cuando papá se encontraba mal, me ha tranquilizado; es un exceso de debilidad causado por el trabajo.

—No me sorprende, tu padre se fatigaba mucho desde hace algún tiempo.

—Sí, pero además hay otra cosa, de la que podemos hablar, pues estamos en familia... Mi padre ha recibido en la tarde una noticia que lo ha trastornado.

—Es cierto—declaró el señor Aubry con voz débil,—he tenido una fuerte conmoción... moral... una gran contrariedad... No sé lo que pasó después... me desvanecí.

—Rousseau, el jefe de los talleres encontró a papá tendido, sin conocimiento, en su escritorio. Afortunadamente tuvo la feliz idea de mandar buscar un médico y de llamarme por teléfono.

—No te inquietes, querida mía—y el señor Aubry para tranquilizar a su esposa trató de afirmar la voz:—estoy mejor. Pero quisiera acostarme. Jaime, hazme el favor de telegrafiar a Juan que venga inmediatamente; lo necesito.

Y como Jaime comprendiera que su padre estaba agitado por una preocupación grave, se apresuró a tranquilizarlo.

—Puedes estar seguro, papá, de que Juan se hallará aquí mañana a la noche, si no es imposible. Corro al telégrafo.

—Excúseme, señor Martholl—balbuceó el señor Aubry levantándose penosamente,—voy a pasar a mi cuarto, no puedo más...

Y sostenido por su mujer y su hija, salió del salón.

María Teresa volvió pronto, con el rostro oscurecido y los ojos húmedos.

—Mi querida María Teresa, no se atormente usted—le dijo Huberto,—esto será nada seguramente, un poco de anemia, sin duda.

—Estoy trastornada de ver a mi padre en ese estado: jamás ha estado enfermo. ¿Usted ha visto qué mala cara tiene? Está preocupado; por eso tiene fiebre. ¡Dios mío, si Juan estuviera aquí! él sólo puede ocuparse útilmente de nuestros intereses, evitando toda molestia a mi padre.

—Ese Juan de quien usted habla ¿es aquel hermoso joven de aspecto salvaje, que parecía aburrirse tanto en Saint-Jouin, el día que hicimos el paseo?

—Es él. Excúseme, Huberto; tengo que dejarlo solo otra vez, debo subir a acompañar a mi padre.

—Vaya, querida amiga; además, me despido de usted hasta mañana que vendré en busca de noticias.

—¡Oh! ¡sí, venga! Consuela tanto verse rodeado, protegido, cuando la desgracia abate... Venga, Huberto, por mi padre, por mí, sobre todo. Lo espero...

Y como el joven le besase respetuosamente la mano y se alejase sin pronunciar una palabra más, experimentó una gran decepción. Ella, que observaba con serenidad los acontecimientos, sintió de pronto llenarse su corazón de tal angustia, que se desplomó sobre un sillón, sollozando.

XIV

El señor Aubry pasó muy agitado la noche, y el día siguiente no fue mejor. El médico, sin pronunciarse de un modo categórico, recomendó el reposo absoluto.

La señora Aubry y María Teresa muy inquietas no salieron más de la habitación de su querido enfermo; pero en la noche del segundo día, cuando se hallaba adormecido, María Teresa aprovechó este instante para ir a buscar un libro.

Atravesó el gabinete de trabajo de su padre y entró en la biblioteca. Mientras examinaba los volúmenes oyó abrir la puerta del gabinete. El criado introducía a alguien. Quedó muy contrariada de encontrarse prisionera en aquella pieza de la que no se podía salir sin pasar por el escritorio del señor Aubry. Estaba en traje de casa, y le era desagradable mostrarse así a nadie. Sin embargo, tuvo la curiosidad de ver quién estaba allí.

Se acercó con precaución a la mampara de cristales que separaba las dos piezas, y levantando suavemente la cortina de seda miró.

Frente a ella, violentamente iluminado por el resplandor de una lámpara eléctrica se hallaba Juan. Pálido y extraordinariamente enflaquecido, parecía contemplar con pasión algo que estaba sobre el muro y que ella no veía. Tuvo que sofocar un grito de sorpresa; tan cambiado lo encontraba.

¿Qué miraría con aquellos ojos extasiados? De pronto recordó: en la pared que había frente al escritorio de su padre había un gran cuadro que la representaba a ella a la edad de ocho años; un magnífico retrato de cuerpo entero, de Boldini, en el que su rostro infantil sonreía bajo la sombra dorada de sus largos cabellos.

El joven proseguía absorto en su contemplación. ¿Por qué tenía aire de sufrimiento ante aquel retrato? ¿Qué pena infinita y secreta podía contraer así los rasgos de su fisonomía? La cara de aquel hombre expresaba una idea tan torturante que María Teresa, sin alcanzar la causa, se sintió profundamente conmovida. De pronto de aquellos ojos sombríos, siempre apasionadamente fijos sobre el mismo punto, brotaron lágrimas.

Ella se sintió profundamente conmovida, y más tarde, cuando recordaba esta corta escena muda, le parecía que había estado mucho tiempo mirando llorar a Juan.

El ruido de una puerta que se abría arrancó al joven de su éxtasis. Un criado venía a buscarlo para conducirle al lado del señor Aubry.

Apresuradamente, Juan pasó el pañuelo por su cara y salió de la pieza.

Entonces María Teresa entró, y a su vez se detuvo ante la imagen que había suscitado aquella crisis dolorosa. Una suave melancolía se apoderó de ella, mientras contemplaba su retrato. Sobre un fondo claro se elevaba una elegante silueta de niña, cuyo vestido corto dejaba ver las finas piernas y estrechos pies calzados con zapatitos de charol.

Recordó que cuando se parecía a aquella chicuela, Juan era su gran amigo. ¡Y qué dulce y complaciente gran amigo! Siempre dispuesto a satisfacer sus deseos, sin cansarse jamás de sus caprichos.

Se sonrió recordando que cierto día en que llevaba aquel mismo vestido quiso a toda costa jugar al viajero en el desierto, y para esto obligó al pobre muchacho a hacer el papel ingrato de dromedario. A una señal de ella, Juan se ponía en las posiciones más humillantes, sin que la niña habituada a su alegre sumisión se sorprendiera. ¿Cómo en lo sucesivo podía haber tenido conciencia de la transformación que la acción del tiempo lenta y segura, había hecho de aquel ardor en otros sentimientos?

Ahora el velo caía; de aquellas lágrimas sorprendidas surgía la verdad. Todo se explicaba: la tristeza persistente de Juan durante su permanencia en Etretat, sus vacaciones acortadas, y su retirada a Bohemia donde se había refugiado para huir de ella, sin duda...

—Juan, mi pobre Juan—murmuró,—¡cuánto va a sufrir!

Miró otra vez con gratitud su propia imagen, causante de la explosión de pesadumbre que había presenciado.

—Delante de mí—pensaba,—jamás se habría revelado y yo habría ignorado siempre su secreto... Y después de todo ¿no habría sido mejor? ¿Qué hacer ahora? ¡No lo sé!

Preocupada con este doloroso problema se dirigía a su cuarto, cuando su madre la llamó:

—Hija mía, tranquilicémonos, Juan ha llegado, tu padre está muy contento. Creo que no nos decía cuanto deseaba su presencia.

—¿Tú has visto a Juan, mamá?

—Sí, comerá con nosotros.

La joven entró a su habitación. Para calmarse trató de resolver la manera cómo debería conducirse con Juan; pero en vano se esforzaba en seguir el curso de sus reflexiones; su pensamiento volvía con desesperante obstinación sobre su extraordinario descubrimiento. ¿Podía nunca haberse imaginado que aquel Juan que conocía voluntarioso y brusco fuese capaz de amar con una reserva tan llena de desesperación? ¡Cuánta razón había tenido para alejarse! Había sido una determinación juiciosa. Pero ¿qué haría ahora que traído a su lado por la fuerza de los acontecimientos se vería mezclado de nuevo en su vida y sería testigo de las efusiones entre ella y su novio? Ante esta última suposición, María Teresa se sintió conmovida por una gran piedad. Por nada del mundo consentiría en afligir con tal espectáculo a este amigo que sufría por amarla. Era necesario que a toda costa se alejase otra vez.

Luego varió el curso de sus pensamientos. Se sorprendió de preocuparse tanto de los sentimientos que creía que dominaban a Juan. ¡Se necesitaba tener un espíritu muy romántico para imaginar semejantes tormentos de amor en honor suyo, en el alma de los jóvenes! Se burló de sí misma, viéndose a punto de caer en la manía ridícula de ciertas jóvenes que creen que inspiran violentas pasiones. ¿Quién le decía que no se había equivocado en la naturaleza de la emoción que había sorprendido, y que Juan no estaba probablemente tan desesperado como le había parecido? ¡A la verdad, estaba loca! No, seguramente Juan no la amaba, era inverosímil, imposible.

Entonces en el fondo de sí misma en la región oscura donde nacen las sensaciones ignoradas le pareció sentir algún pesar... ¿Por qué?

A este pesar, a esta indecisión sentimental, se unía confusamente una inefable dulzura de impresiones nuevas; la confesión de aquel sentimiento sorprendido tan inopinadamente, inundaba su alma de una extraña melancolía. La dominaba de improviso el encanto superior del lazo moral que la unía a Juan. No era ya para ella el indiferente que había creído; las lágrimas que brotaban poco antes de los ojos del joven, María Teresa las sentía caer una a una en su corazón, y las menores inflexiones de la voz lenta y baja de Juan dirigiéndose a ella, semejante a la del sacerdote ante el altar, surgían en su memoria como música misteriosa.

Acababa de descubrir en él el sentimiento exclusivo, apasionado, que desde hacía mucho tiempo hacía converger sus esfuerzos en busca de una perfección a que no habría aspirado una ambición ordinaria. Súbitamente María Teresa quedó impresionada de la grandeza, de la perseverancia de aquella energía infatigable, recordando los orígenes del niño convertido en hombre de mérito.

En el campo de batalla de la vida, Juan había encontrado por enemigos, el desprecio, la injusticia, la envidia, el egoísmo, la maldad bajo todas sus formas. ¿María Teresa lo había socorrido una sola vez? ¡No! Abandonándolo, sin comprender sus esfuerzos, lo quería con una afección fría y tranquila, como se quiere a un compañero, a un aliado fiel, a un humilde a quien se tolera; no se había dado cuenta de que a cada minuto arriesgaba su vida, más que su vida, la paz de su corazón, persiguiendo un ideal que ella lo constituía.

Sí, Juan se había formado para ella, adquiriendo por ella instrucción, educación y hasta la sobria elegancia que le había llamado la atención, cuando vio al joven en el escritorio.

Un alma ardiente, leal y sincera como la de María Teresa, no podía enorgullecerse de tal triunfo sobre una alma fuerte. Sin equivocarse, comprendió lo que con exquisita delicadeza Juan había esperado de ella, respetuoso y en silencio. Al pensar en la plenitud de aquel amor que no debía aceptar y que, sin embargo, había involuntariamente suscitado, una sensación de espanto la dominó.

La necesidad de su casamiento con Huberto le hizo intolerable la vida durante un minuto, y por un impulso de piedad hacia Juan, agitada por confusos pensamientos contradictorios, murmuró:

—¡Pobre joven, pobre joven! Si me ama con todas las nobles energías de su hermosa naturaleza, ¡qué cruel será el despertar, y cuánto vacío y desesperación dejará tras sí!...

Y brotaron lágrimas de sus ojos, semejantes a las de Juan, originadas por un mismo dolor secreto; lágrimas del esclavo de las leyes, de las convenciones sociales, que siente sus cadenas, sufre las heridas que ellas causan y llora su libertad.

Cuando algunas horas después, Juan bajó a comer, en el umbral del salón se sintió desfallecer. Detrás de aquella puerta iba a encontrarse con la mujer de quien había querido huir y cuyo imperioso recuerdo lo poseía. ¡Ah, cómo le acosaba y llenaba todo su ser, la querida visión! Pero también era bien suya, únicamente suya, la amada que lo acompañaba a todas partes, que aparecía deslumbrante y fascinadora ante sus ojos alucinados. Habitaba en su corazón aquella María Teresa de sus ensueños, y nada podría separarlos jamás, ni la ausencia, ni el espesor de los muros, ni la distancia de los caminos... ¡Pero iba a ver a la otra, la verdadera, a quien tenía que felicitar porque pronto sería la señora de Huberto Martholl!...

Al ver entrar a Juan, una singular emoción sintió María Teresa. Él, muy pálido, se aproximó y tomando la mano que ella le tendía:

—María Teresa...—comenzó.

Pero aprovechando la vacilación de Juan, una fuerza inconsciente impulsó a la joven a cortarle la palabra, para ahorrarle el sufrimiento de pronunciar la frase que adivinaba.

—¡Al fin, ha venido usted, Juan!—dijo casi alegremente.—Todos estamos contentos por su regreso. ¿Era necesario que mi padre estuviera enfermo para que usted se decidiera a volver?

—Veo que usted ha notado mi ausencia. Muchas gracias.

La señora Aubry, que hacía un momento miraba al joven con atención, interrumpió inocentemente la respuesta de la joven, diciendo a Juan con afección:

—Tú has trabajado demasiado allá. Te encuentro muy delgado, hijo mío.

—No es nada, he estado un poco enfermo.

—¿Y por qué no has venido a nuestro lado para hacerte cuidar? Es muy mal hecho. ¿No soy ya tu madre?

Juan envió a la señora Aubry una sonrisa de ternura; luego, deseoso de que no se ocupasen más de él, dijo:

—Usted me manifestó que el señor Aubry había estado muy agitado. Después que hemos hablado juntos, creo que se ha calmado. Si yo pudiera conseguir que se tranquilizase del todo...

—¿Por qué está tan inquieto mi marido?

—Sucede una cosa que puede tener consecuencias graves: el banco Raynaud Hermanos ha quebrado, y el señor Aubry tenía allí una gruesa suma, toda la parte líquida de su fortuna, creo.

—¿Es posible? yo no sabía nada... ¿Tú tampoco, Jaime?

—No, madre, lo sé en este momento ¿ese desastre nos perjudica mucho?

—Me lo temo. Desde hace algunos meses, no sé exactamente lo que pasa en el escritorio, no puedo, pues, decir nada preciso; sin embargo, no me sorprendería que el señor Aubry hubiera hecho importantes depósitos en esa casa, después de mi partida. Como las explicaciones que quiere darme a este respecto son causa de agitación para él, no me atrevo a interrogarlo. Es de lamentarse que esta catástrofe nos hiera en el momento mismo que acabamos de hacer grandes gastos en ensayos de cristalería antigua.

—¿Entonces tú atribuyes a la noticia de esta quiebra la gran emoción que ha ocasionado la enfermedad de mi padre?

—Probablemente.

—¿Por qué te ausentaste tanto tiempo, Juan? Si tú hubieras estado presente mi marido habría soportado mejor este golpe. Se encontraba muy fatigado ya, aunque no quería confesarlo. La dirección de la fábrica es pesada ahora para él solo.

—Tenía necesidad de hacer este viaje, señora. Además, será fructuoso; traigo un procedimiento nuevo para practicar una clase de fabricación más económica.

—En fin, estoy contenta de que hayas venido, esto me tranquiliza mucho.

—Agradezco su prueba de confianza, señora—murmuró Juan.

Dejaron la mesa para pasar al salón; el joven armándose de valor se aproximó a María Teresa.

—Su mamá me ha anunciado su futuro casamiento pactado durante mi permanencia en Bohemia—comenzó con voz un poco sorda.

Luego, en tanto que su mirada triste subía del extremo del flotante vestido a la cara de la joven, añadió después de una corta lucha interior:

—Permítame expresar mis sinceros votos porque sea usted feliz.

Su voz se hacía angustiosa; María Teresa, entristecida de verlo forzado a darle estas penosas felicitaciones, en un impulso de piedad le tomó la mano que apoyaba en el respaldo de un sillón, y reteniéndola entre las suyas, pronunció con una entonación de ternura que la sorprendió a ella misma:

—Gracias, Juan. Yo sé que no tengo mejor ni más seguro amigo que usted, y esta seguridad es una gran satisfacción para mí, se lo juro...

Juan retrocedió bruscamente; pero esta vez, ella no se admiró y sabiendo que nada más le diría, se alejó.

Algunos minutos después, vinieron a avisar al joven que el enfermo lo llamaba; la señora Aubry intervino, inquieta:

—Mi querido Juan, si le hablas de asuntos esta tarde va a agitarse y no dormirá en toda la noche.

—No tema nada, querida señora, voy a tranquilizarlo; es mejor, casi, que lo vea antes de irme. Cuando haya concluido de explicarme todo, se encontrará más calmado.

Pero la conversación fue larga y no terminó hasta muy entrada la noche.

A la mañana siguiente, el estado del enfermo se resentía del esfuerzo cerebral que había hecho para poner a Juan al corriente de la situación; la fiebre aumentó, y María Teresa empezó a inquietarse seriamente.

Martholl, cuando vino a hacer su visita habitual la encontró en esta triste disposición de espíritu. Después de haberle hecho algunas preguntas triviales sobre la salud de su padre, Huberto opinó con desenvoltura que debía ser un malestar pasajero del que no había por qué inquietarse demasiado; en seguida, con aire indiferente pasó a otros asuntos.

—¡Ah!—exclamó de pronto,—he tomado para esta noche un palco en el Teatro Francés. Hoy es ese estreno que usted deseaba ver.

—Ha sido usted muy amable en acordarse de mi deseo, pero no puedo ir, no tengo ninguna gana de divertirme hoy.

El joven hizo un gesto de contrariedad.

—Sus inquietudes me parecen un poco exageradas, querida amiga. No hay motivo suficiente para que usted se atormente hasta ese punto. Usted puede muy bien ausentarse por dos horas. En suma, su papá no tiene más que un simple ataque de fiebre, resultado de una gran fatiga; no corre peligro alguno; hay aquí bastantes personas para cuidarlo. Piense también en mí, en el placer que tendría en que fuese esta noche al teatro.—María Teresa quedó desagradablemente sorprendida de la manera como hablaba su novio, de la ligereza con que acogía sus inquietudes, y respondió:

—¿Acaso se sabe el nombre de una enfermedad que comienza? Casi todas principian con los mismos síntomas. El médico mismo, no puede decir nada.

—Espere, entonces, para manifestar tales alarmas.

—Tengo miedo; a veces los malos se agravan de pronto—murmuró tristemente la joven.

Luego, creyendo haber encontrado un argumento decisivo, añadió:

—Además, estoy segura que mamá no querrá salir de casa.

—Todo puede arreglarse—propuso Huberto conciliante,—ofreceré dos sillas en el palco a la señora Gardanne y a su hija. Venga, le ruego, María Teresa, me contrariaría mucho que usted faltase a este estreno.

—Me cuesta mucho rehusar, puesto que ha sido por mí por quien usted ha tomado el palco... En fin, puesto que desea tanto mi presencia, tenga prevenida a mi tía; pero no prometo ir, sino en el caso de que mi padre no se empeore.

Hasta la noche María Teresa se ocupó en cuidar al señor Aubry, cuyo estado de fiebre y de debilidad continuaba siendo el mismo.

La noche estaba muy adelantada cuando Juan llegó, con aire preocupado. Algunos minutos después, la señora Gardanne hacía decir a su sobrina que la esperaba abajo, en su coche.

—¡Oh, cuánto me cuesta ir!—exclamó María Teresa,—y, sobre todo, dejarte sola aquí, mamá.

—Pero su mamá no quedará sola, puesto que yo estoy aquí—dijo Juan.—Además, he venido esta noche con la intención de exigir que ustedes descansen; yo velaré solo a su papá; hoy es mi turno.

—Querido Juan—intervino la señora Aubry,—tú trabajas bastante de día, me opongo, absolutamente, a que te prives del sueño.

—Me paso muy bien durmiendo poco, y nunca me he sentido fatigado. Después, que me quede aquí o en casa, es lo mismo, tengo que examinar estos papeles durante toda la noche.

Y Juan mostró un grueso paquete.

—El tiempo apremia, es necesario que yo me dé cuenta exacta de la situación; hay aquí trabajo para varias noches. En todo caso, puede usted estar segura de que el asunto se arreglará, y permítanme tener la satisfacción de serle doblemente útil a mi protector.

—Puesto que lo quieres, amigo mío...—dijo la señora Aubry.

—Voy a instalarme en su cuarto, y estoy cierto que dormirá, a pesar del resplandor de mi lámpara: mi presencia lo calma.

Luego, dirigiéndose a María Teresa:

—Usted ve que puede ir sin temor: le ruego que así lo haga, a fin de probarme su confianza en mí.

—Y bien, anda a vestirte, hija mía—aconsejó la señora Aubry.—Juan insiste tan afectuosamente, que tenemos que aceptar. Despáchate ligero. Entretanto, voy a hacer subir a tu tía, debe dormirse en su coche, y le haré compañía; nos encontrarás en el salón chico.

La señora Aubry bajó a los departamentos de recepción.

María Teresa quedó sola con Juan. Vacilante todavía, le preguntó después de un corto silencio:

—¿No le choca a usted que vaya al teatro?

—Absolutamente, es muy natural. Además, siempre me ha gustado verla divertirse.

—¡Oh! este estreno no es para mí una diversión, inquieta como estoy por la salud de mi padre...

—Entonces, supongo que no es por la pieza por la que va al teatro esta noche...—no pudo dejar de decir Juan.

Pero se detuvo, algo avergonzado, no sabiendo cómo terminar su frase sin ironía, y agregó con voz diferente, de arrepentimiento:

—Deme, al menos, la pobre satisfacción de hacerme creer que le sirvo para algo.

María Teresa calló, convencida de que cuanto dijera en adelante, sería para Juan motivo de tristeza.

—¿Jaime le acompañará, sin duda?—interrogó el joven.

María Teresa no había pensado en eso; reflexionó y aprobó la idea.

—¡Tiene usted razón! Así será mejor... Voy a prevenir a mi hermano. De esta manera, mi tía no tendrá que esperarme, nos reuniremos en el teatro, y después, si yo quiero salir antes del fin del espectáculo, podré hacerlo. ¡Gracias por su idea, Juan!

Y en una expansión cordial le tendió la mano para darle el adiós; él la estrechó débilmente en la suya.

Esta observación de Juan, que le sugería una combinación práctica, que la hacía libre de sus actos durante la noche, probaba una vez más a María Teresa la importancia que sus menores acciones tenían para su amigo.

El telón caía, terminando el primer acto, cuando María Teresa y Jaime hacían abrir el palco de Huberto.

Al entrar fueron recibidos por las exclamaciones de Huberto, de la señora Gardanne y de su hija.

—¡Al fin llega usted!—dijo Martholl, ayudando a María Teresa a quitarse el abrigo, mientras su tía agregaba:

—¡Era tiempo! Felizmente no los hemos esperado, que si no, perdíamos el primer acto, que es precioso. ¿Por qué tardaron tanto?

—Hasta el último minuto, mi hermana no sabía si vendría...

—¡Todo es bien, si bien termina, Jaime!—respondió alegremente Martholl, instalando a María Teresa entre su tía y Diana.

Como mirara a las dos jóvenes, no pudo contenerse de decir, dirigiéndose a su novia:

—¿No encuentra usted que su prima está interesantísima esta noche?

Diana estaba, en efecto, muy elegante con un traje blanco, discretamente escotado. Al oír estas palabras de alabanza, no pudo disimular una sonrisa de triunfo.

Mientras la cumplimentaba, Huberto, habiendo examinado a su novia con ojo escrutador, añadió en el mismo tono que habría empleado para reprochar una incalificable falta de corrección:

—¿Por qué se ha puesto usted este vestido tan sombrío? Su toilette está algo fuera de lugar aquí, en una noche de estreno.

En efecto, María Teresa, en sus preocupaciones hasta el momento de salir, no había pensado en ponerse un traje de gala.

Ofendida por esta observación, que consideraba inoportuna, la joven replicó con viveza:

—¡Qué singular es usted! ¿cree que no hay más ocupación que la de pensar en vestirse y adornarse?

—Perdóneme, querida amiga, pero he hablado por amor a la oportunidad y a la corrección.

Después de contestar, Huberto, incomodado, se echó un poco hacia atrás. Entonces la señora Gardanne, como si hubiera querido prevenir una querella de enamorados, dijo en tono conciliante:

—¡Es un trastorno tan grande, un enfermo en una casa!

—Muchas gracias, tía; pero no necesito ser excusada—declaró fríamente María Teresa.

El telón se levantaba y todo el mundo calló.

Desde las primeras palabras de los actores, la joven comprendió que no podría interesarse en lo que pasaba en la escena. Su atención no se sostenía, a pesar del interés de la pieza, la calidad de los actores y la amenidad de una sala tan selecta. Todo lo que allí había, gente, ruido, luces, desaparecía ante su preocupación. Sus ojos, rehusando ver la realidad, miraban en su interior el cuadro que su imaginación inquieta les presentaba. En lugar de aquella sala de teatro, donde florecían hermosas mujeres entre terciopelo rojo, oro y brillantes, tenía la percepción de un cuarto sombrío, de la cama de su padre y bajo la luz velada de la lámpara, inclinado sobre un montón de papeles, de un rostro grave y pensativo.

Oía reír a Huberto y a Diana. ¿De qué? Ella nada había comprendido. Ellos seguían la pieza, sin duda; trató de hacer como ellos, de dirigir su espíritu fugitivo a la obra, pero fue en vano: la imagen de Juan reaparecía. Lo veía alineando cifras a la luz triste de la habitación. No era como los otros, Juan no se parecía a ninguno de los que la rodeaban. No conociendo más que el trabajo y el deber, la imperiosa necesidad de distracciones sociales no existía para él.

Sin embargo, él había dicho: «Vaya a divertirse, yo estoy contento de quedarme aquí.» Pero, ¿qué pensaría de ella, de la poca vacilación que había tenido en dejar a su padre para venir al teatro?

—¿Qué hago yo aquí?—pensaba,—¿para qué he venido? Se acordó que había sido con el único objeto de complacer a Huberto; dio vuelta hacia él, a fin de convencerse, a lo menos, de que su presencia lo hacía feliz. Pero Huberto no la miraba, su atención estaba consagrada a la señorita Brandes, que estaba en la escena, y parecía no ocuparse más que de ella.

—Me alegraría mucho de irme a casa—pensaba María Teresa.

Tuvo, no obstante, que esperar al fin del segundo acto, y que asistir a una parte del tercero; entonces, no pudiendo contenerse más, y a pesar de la insistencia en que se quedase, presentó sus excusas a su tía, agradeció a Huberto su atención y rogó a su hermano que la acompañase a su casa.

Apenas había salido del palco, cuando ya Diana se volvía hacia el novio abandonado, y le decía:

—No comprendo a María Teresa. Marcharse así en el momento más interesante, es absurdo... Casi es una descortesía hacia usted. ¿No ha tomado usted este palco para ella? Convengamos: mi tío no está tan enfermo como para que ella no pudiera quedarse hasta el fin.

—Está inquieta—dijo Huberto;—se explica; adora a su padre.

—Sí, pero esta es una exageración de amor filial, y casi un atentado a su amor conyugal.

—En fin, esperaré a que el señor de Chanzelles se restablezca, entonces recuperaré mis derechos de novio.

—Es de desearse—dijo la señora Gardanne.—Mi pobre hermano tiene, creo, en este momento, graves intereses en juego; no convendría que estuviese mucho tiempo enfermo.

—¡Ah! ¿realmente?—interrogó el joven.

—Sí, mi marido se preocupa de eso hace varios días.

Huberto, comprendiendo que sería poco delicado sorprender de esa manera, cosas susceptibles de interesarlo, demostró indiferencia, con gran contrariedad de Diana, y habló de otra cosa.

Una gran calma adormecía su casa cuando entró María Teresa. Tranquilizada por este silencio, subió sin hacer ruido hasta el cuarto de su padre, y como la puerta estaba entreabierta, se deslizó al interior. En seguida se detuvo.

Era el mismo cuadro que se le representaba, acosándola, en el teatro: la pálida cabeza del enfermo descansaba sobre las almohadas, y la blancura del lecho resaltaba bajo las cortinas caídas. En un rincón, débilmente iluminado por una lámpara baja, Juan escribía.

Avanzó suavemente hacia la mesa de trabajo, y el joven, habiendo levantado los ojos, vio surgir de la penumbra el rostro de la que amaba. No pareció sorprendido; mirando la aparición con sonrisa de extático, murmuró como en sueños:

—¡Fantasma querido!

María Teresa no podía sorprenderse de los extraños efectos alucinantes de un pensamiento absorto. ¿No había evocado ella hacía un momento, lo que veía allí, en aquel cuarto? Comprendió que su verdadera imagen se sobreponía al sueño interior de Juan; respetando su locura permaneció ante él, muda y pensativa, no osando moverse.

Pero Juan había recobrado el sentido de la realidad; balbuceó, levantando los ojos hacia ella:

—¿Es usted?... ¿Es usted?... ¡Ya!... ¿Ha concluido el espectáculo? Disculpe mi confusión, pero estoy absorto en abominables cálculos.

María Teresa, simulando que no veía la turbación de Juan, dijo:

—No he tenido valor para oír el tercer acto; la inquietud me torturaba.

—¿Por qué, si yo estaba aquí? Hace usted mal en no tener confianza en mí. Mire, su padre está tranquilo; se despierta de tiempo en tiempo, me llama, y después vuelve a dormirse, satisfecho de verme trabajar a su lado.

—¡Ah, qué bueno es usted de velarlo así!

Juan, contemplando siempre a la joven, respondió sonriendo:

—Entonces ¿usted cree realmente que yo hago algo meritorio? Espero que no... Porque eso me haría suponer que usted no es muy difícil de contentar en materia de acciones loables.

María Teresa, sin contestar, evolucionó lentamente por la pieza. Descubrió, en breve, lo que buscaba, sobre una pequeña mesa: jamón, pollo frío, asados, manteca, miel, ron y todos los utensilios necesarios para hacer té.

Se volvió hacia el joven:

—Juan, mi madre ha hecho preparar algunos alimentos para ayudarle a pasar la noche. ¿Quiere usted que yo le sirva su cena?

—Gracias, no necesito nada.

—Sí, usted necesariamente tiene que tomar algo.

—No, no, se lo aseguro.

Hablaban en voz baja; sus palabras eran, apenas un murmullo. Juan veía cerca de él la cara querida, los hermosos ojos soñadores que evocaba tan a menudo y en el silencio de aquel cuarto de enfermo, una profunda turbación lo invadió.

María Teresa, como si tuviera conciencia de lo que pasaba en él, creyendo eludir aquel lazo tendido por la soledad y la exaltación de la velada, pronunció con entonación imperiosa y porfiada:

—No le pido su opinión: hay que cenar; esta mesa revela de una manera perentoria la orden de mamá... es inútil que se ría y mueva la cabeza, ¡usted cenará, Juan! ¿Quién me habrá dado un amigo tan caprichoso? ¡Pronto, un fósforo para encender el calentador! ¡Ah! Juan, usted era un amigo más obediente en otro tiempo... ¡Entonces cumplía todas las órdenes de Teresita!

Juan se estremeció y sin fuerzas ante el recuerdo del querido pasado, que era su único placer, tendió su caja de fósforos. María Teresa con voz seria y cariñosa continuó:

—Deje un momento sus números. ¿Quiere que yo participe de su cena, diga?... Llevaremos la mesa al gabinete de vestir; dejaremos la puerta abierta para velar a papá, sin que nos oiga. Vamos, vamos, abandone sus papeles durante cinco minutos, y venga a hacer la cenita...

Juan no pudo resistir más. Dijo:

—Entonces permítame que la sirva... ¿No era así como hacíamos cuando usted era la querida Teresita?

Con mil precauciones y cuidando de no tropezar con nada para no despertar al señor Aubry, transportó la mesa y se puso a manejar hábilmente los diversos utensilios, preparando el té y cortando los asados.

—¡Qué diestro es usted!—observó María Teresa.

—¿Le sorprende? Un buen cristalero tiene que ser diestro de manos.

Para no hacer ruido en el cuarto cambiando muebles, Juan tomó un taburete y se sentó casi a los pies de la joven. Bebieron y comieron en silencio. Juan obedecía las menores órdenes de María Teresa, sintiendo una extraña voluptuosidad en resistir primero para verse despotizado y darse luego el placer de la obediencia.

—¡Juan, este sandwich más!

—No, no puedo...

—¡Es preciso!...

—No tengo más ganas.

—¡Yo lo quiero!

—Le aseguro...

—¡He dicho que quiero!

Y él tomaba el sandwich ofrecido por aquella mano delicada. ¡Qué no habría comido, con tal de ver la sonrisa de triunfo que entreabría los labios de su amiga! Murmuró:

—Como por demás... felizmente el té me salvará, si no concluiría usted por ahogarme.

Se sonreían confiados y alegres.

El señor Aubry hizo un movimiento; temiendo despertarlo, volvieron a su lado y permanecieron silenciosos en la calma del cuarto.

Entonces, bajo la influencia algo misteriosa del silencio y de la luz discreta de la lámpara, el bienhechor olvido expulsó del alma de Juan todo lo que no era la real felicidad de la presencia querida. Nada existió para él fuera de aquel ser de tal delicadeza y de encanto; creía vivir en un sueño, no quería ni saber en qué lugar de la tierra se encontraba allí solo con ella.

Sí, ella estaba allí, tan cerca, que sentía el fino aroma de iris con que perfumaba sus cabellos, tan cerca, que podía tocar el extremo de su vestido avanzando la mano. ¡Ay! tantas veces aquel ademán había hecho desvanecer su sueño, que no se arriesgaba ahora.

María Teresa se sentía retenida en el canapé como por invisible lazo. Sin embargo, Juan no la miraba, ni pronunciaba una palabra. Pero, semejantes a nubes de incienso, los efluvios de adoración que emanaban del joven, la envolvían en una atmósfera de ternura, y gozaba de una sensación de felicidad ignorada hasta entonces.

Ella misma, sin darse cuenta, rompió el encanto: habiendo avanzado la mano sobre la mesa, en la órbita luminosa de la lámpara velada, irradiaron los fulgores del rubí de su anillo de novia y el ojo de Juan, atraído, vio como sangrar la mano de su amada.

Con este simple juego de luz, la realidad entró de nuevo en su espíritu como dueña imperiosa, suscitando el recuerdo del novio. Juan, desalentado, apoyó sobre el muro su cabeza aniquilada. María Teresa que lo miraba, le dijo, sin comprender el verdadero motivo de aquel súbito desfallecimiento:

—Usted se fatiga demasiado; no trabaje más esta noche, se lo ruego. Vea, mi padre duerme, es inútil que usted se quede a velar toda la noche.

Y como se levantase dirigiéndose hacia la cama, Juan exclamó con un gesto de indiferencia:

—¡Qué importa que yo duerma o que yo vele!... ¡Adiós, María Teresa!...

Y la condujo hasta la puerta de la habitación.

XV

A la mañana siguiente Huberto fue a hacer su visita habitual.

Cuando su prometido se marchó, María Teresa se sintió desamparada, y se preguntaba por qué aquella visita de Huberto la dejaba tan triste. Contribuía también a ello la idea suya de reprocharle de nuevo el traje sombrío que se había puesto la víspera para ir al teatro. ¡Ah! era siempre el clubman ligero, el hombre chic, eternamente esclavo de sus preocupaciones de snob y esto, en el momento mismo en que ella ansiaba sentir una emoción tierna, una solicitud afectuosa, capaz de confortarla durante el período de inquietud que atravesaba.

Sí, ese día, todo la irritaba en él: su levita impecable, sus cabellos admirablemente brillantes, su cara de placidez, reflejando la íntima satisfacción de sí mismo.

Pero, después de dar libre curso, durante algunos instantes a su irritación, concluyó por pensar que quizá no era razonable de su parte ensañarse así con su novio. Porque ella estaba triste, no era motivo para que él cambiase su manera de vestir. Luego, examinándose con sinceridad, descubrió que era otra la causa de su mal humor así como de las distracciones que había tenido durante la visita de Martholl.

En efecto, mientras escuchaba a Martholl decirle, con su voz de entonaciones rebuscadas, las cosas amables y triviales que acostumbraba, el recuerdo de un semblante de rasgos demacrados, de expresión angustiada y ardiente, hería su espíritu de una manera singular. Después de haberse distraído pensando en esto, miró con atención a su interlocutor y le pareció que no veía con el mismo agrado aquellos bigotes sedosos que antes le gustaban tanto.

¡Ah! Huberto no tenía aspecto de fatigado, y no creía que fuera cuidando enfermos como se fatigaría nunca.

Agitada por estos pensamientos, se sintió de pronto invadida por un remordimiento; hacía mal en acordarse tanto de Juan desde que sabía que era amada por él, y mal en acoger las emociones que le producía este recuerdo. Siendo prometida de Huberto, no debía permitir que otro ocupase su pensamiento. Trató de convencerse que su turbación provenía de la sorpresa que había recibido al descubrir el amor de Juan. ¡Y después, es tan triste ver sufrir! Y Juan sufría. Se conmovía todavía, recordando su mirada desesperada. En su ingenuidad atribuyó a un sentimiento de piedad sus frecuentes cavilaciones sobre Juan.

Pero, puesto que ella iba a casarse, y se iría de la casa, se consolaría, sin duda, cuando no la viese más. Los sentimientos más violentos no resisten a las largas separaciones. ¿Por qué, entonces, inquietarse tanto por aquel dolor pasajero? Ella también, debía olvidarlo. Para llegar a este resultado trató de concentrar todo su poder de evocación sobre los meses de verano, durante los cuales Huberto la había conquistado, en la alegría de aquella playa normanda tan propicia para el flirt. Pero desgraciadamente, el estado de su espíritu no se prestaba a las reminiscencias alegres; no se armonizaban con su tristeza.

¿Por qué, pues, aquel amor no la sostenía en las horas de prueba? ¿Por qué no era su refugio en los momentos sombríos?

No podía admitir que, al pedir su mano, Huberto procediese por vanidad. ¡No! no podía creerlo. Y sin embargo, ¡cuánto vacío no dejaba en su alma el amor de su novio! ¡Ah! ¡cómo habría agradecido que le murmurase palabras de consuelo! ¿Qué barrera contenía en él esas expansiones tan naturales entre dos seres destinados el uno al otro? Si no le demostraba compasión en su desgracia ¿cuál era la causa? Sin duda, la naturaleza poco sensible del joven no lo incitaba a profundizar la pena que ella sentía, ante las fatalidades que amenazaban a los seres más caros a su corazón. Pero ella misma ¿no tenía algo que reprocharse? ¿Se había confiado a él como a un amigo y protector, en quien se busca amparo y consuelo en el dolor? No; en vez de revelarle sus angustias se había contentado con escuchar distraídamente las frases de salón y las historias de club que, en su inconsciencia, Huberto no consideraba inoportuno referirle. En justicia, se reconoció algo culpable. Así, pues, tomó la resolución de demostrarse más afectuosa en sus próximas entrevistas. Sería, sin duda, el mejor medio de excitar la sensibilidad latente que, no quería dudarlo, debía haber en él.

Con el espíritu lleno de estas ideas, se dirigió al cuarto de su padre; pero, cuando estuvo a su lado, todas sus preocupaciones desaparecieron ante el sentimiento, punzante como un dolor físico, de su impotencia para cuidar al querido enfermo. En la semioscuridad entreveía aquella faz pálida y demacrada, con una expresión de sufrimiento que alteraba, hasta hacerla desconocida, su amada fisonomía. El señor Aubry no salía de un profundo sopor, y María Teresa pasó las lentas horas del día velando aquella somnolencia. Al empezar la noche, se agitó, y pidió con insistencia que llamaran a Juan. María Teresa experimentó un singular alivio cuando apareció el joven, como si su presencia constituyera el soberano remedio.

Desde el umbral de la puerta, Juan tuvo que responder a las interrogaciones febriles del señor Aubry. Oyéndolos hablar de negocios, la joven se retiró y bajó al salón para esperar a su prometido que debía llegar a comer con ella.

Algunos minutos después, Huberto llegaba de frac, como era su costumbre. Aun en la intimidad de aquellas comidas de familia, no se desprendía de las formas convencionales de los centros mundanos. El molde de impecabilidad social que se había impuesto, le había hecho perder el sentido íntimo y familiar de la existencia. Aun a solas con su novia, no se desarmaba, y su conversación se refería generalmente a todas las manifestaciones de la vida elegante y del sport.

Las primeras palabras que dirigió a la joven no eran las más apropiadas para animarla a abrirle su corazón, como se había propuesto. Antes de que ella se hubiese sentado a su lado, Huberto comenzó con aire alegre:

—Estoy encantado; esta tarde he ensayado mi automóvil. Es una joya, usted verá; vuela y hace sus sesenta kilómetros por hora. ¡Mañana temprano vengo a buscarlas! Iremos a Versalles, almorzaremos en el camino.

—Pero usted sabe bien que mi madre y yo no podemos salir—dijo María Teresa, que, para permanecer fiel a su programa, no se formalizó por la falta de memoria de Huberto, respecto a la enfermedad de su padre.

Y se aproximó a él, cariñosa y afable, tratando de provocar el incidente sobre el cual contaba para dar más expansión y afectuosidad a sus conversaciones.

En ese momento se abrió la puerta del salón y Juan entró.

Bruscamente, tuvo bajo sus ojos este grupo: María Teresa, al lado de su prometido, sentados en un sillón, e inclinada hacia él, en tanto que Huberto estrechaba en su mano la mano de la joven. El pobre Juan tembló, pero por un esfuerzo de voluntad se dominó; ¿no era aquél un espectáculo al que debía habituarse?

María Teresa bastante turbada presentó a los dos jóvenes, aunque ya se conocían de Etretat. Huberto saludó sin levantarse. Para él, Juan no era más que un empleado. La joven advirtió esta actitud, se ofendió y queriendo evitar a Juan una humillación, trató de distraer su atención preguntándole vivamente:

—¡Y bien! Juan ¿cómo ha dejado usted a mi padre?

—Está muy nervioso. He bajado para substraerme a sus preguntas. Me veo obligado a contestarle; eso lo fatiga; no quiero decirle nada más esta tarde. Como voy a comer con ustedes, su señora madre me ha aconsejado que me refugie aquí. ¿No incomodo?

—¡Absolutamente, amigo mío!—se apresuró a contestar María Teresa.

Hablando, Juan se acercó a una mesa, tomó de ella unos diarios, y se aisló en un rincón del vasto salón. Probó a leer, pero la hoja temblaba en sus manos. Ante su impotencia para dominarse, estuvo indeciso entre el deseo de marcharse para no ver a los novios, y el temor de parecer ridículo abandonando el salón porque ellos estaban allí.

La entrada de la señora Aubry y de Jaime lo sacó de apuro.

—Amigo mío—dijo Huberto a este último,—si yo hubiera sabido dónde encontrarlo hoy, habría ido a buscarlo; he ensayado mi máquina, es una maravilla.

—Desgraciadamente, yo trabajaba y no habría podido aceptar su amable invitación. Paso los días trabajando, lo cual no es divertido.

En seguida volviéndose hacia Juan, Jaime continuó:

—Y bien, amigo, ¿qué hay de nuevo hoy? Vas a tranquilizarnos o a aumentar nuestras alarmas.

La señora Aubry se acercó también al joven.

—No tienes aire de satisfecho, hijo mío. ¿Se complican las cosas?

Juan respondió en voz baja, pero Huberto, al fijarse en aquellas interrogaciones cuyas respuestas no había oído, recordó las frases inquietantes de la señora Gardanne, haciendo alusión a un asunto que podía ser perjudicial para su hermano.

Durante la comida, Huberto hizo hábilmente algunas preguntas las cuales fueron contestadas evasivamente, pues en el fondo todos estaban más preocupados de la salud del señor Aubry que de su situación comercial. En cuanto a Juan, hacía lo posible por soportar valerosamente su sufrimiento moral, para que nadie lo sospechase; ¿no debía, acaso, acostumbrarse a la idea de ver a otro al lado de la que amaba? Para escapar a su suplicio, no tenía siquiera el derecho de huir: todo lo ataba a aquella casa, en aquel momento en que dos sombras amenazadoras se cernían sobre ella: la ruina y la muerte. Su deber estaba allí, no podía substraerse a esta ineludible tarea.

Para olvidar la penosa hora presente, haciendo abstracción de la situación en que se encontraba, se absorbió en el doloroso problema de los acontecimientos que iban a surgir y que era necesario evitar a toda costa. Sí, lucharía, intentaría supremos esfuerzos, y esto, sobre todo, por María Teresa, a fin de ahorrarle un pesar, una preocupación, una lágrima. Fue todo lo que se le ocurrió para consolarse de la persistencia con que ella dirigía hacia otro, la brillante luz de sus ojos.

Después de comer, la señora Aubry, muy fatigada por su tarea de enfermera, se adormeció en un sillón. Jaime subió a acompañar a su padre, y los dos prometidos, no obstante los esfuerzos de María Teresa para atraer a Juan a una conversación entre los tres, concluyeron por refugiarse en un rincón del salón.

Entonces Juan tomó un libro y leyó a la claridad de una lámpara; pero pronto sucumbió a la irresistible tentación de mirar a los que el destino irónico ponía a su frente para torturarle.

—Es necesario—se decía,—que me resigne a verlos con ojos impasibles, y que me acostumbre a la idea de verlos luego unidos por lazos más estrechos aún. Nunca me habituaré a este sufrimiento, si lo huyo siempre.

Dejó su libro; se creía fuerte y dueño de sus sensaciones, en tanto que fijaba sobre los novios ojos de loco. Pensando que María Teresa estaba demasiado ocupada para fijarse en él, no trataba de disimular la turbación que le agitaba.

Fácil era notar todos los sentimientos que pasaban bajo aquella máscara de un ser apasionado y simple, asolado por un amor contra el que su voluntad nada podía. Como Juan se hallaba en plena luz, ninguna contracción de sus rasgos escapó, en breve, a María Teresa; comprendió la emoción intensa y dolorosa que le hacía vibrar ante sus menores ademanes y los de Huberto. Incapaz de continuar haciendo sufrir a Juan semejante suplicio, María Teresa se levantó.

—¡Soy muy mala dueña de casa, señores! Puesto que mamá duerme podemos pasar al salón chico. Venga usted con nosotros, Juan, voy a tocar una pieza de Mozart en el clavicordio de María Antonieta. Cerraremos la puerta para que las débiles notas del clavicordio no se oigan en el piso de arriba.

El salón chico era precioso con su tapicería Luis XVI de muaré blanco rayado de azul pálido, sus muebles de vieja laca de coromandel y sus largos espejos colocados sobre delicadas consolas.

—Van ustedes a penetrarse—dijo la joven abriendo el viejo instrumento,—qué lindo sonido tiene todavía.

Mientras Juan, que los había seguido, buscaba el medio de hacerse olvidar, Martholl se instalaba al lado de María Teresa, emitiendo algunas reflexiones de conocedor sobre las cosas que adornaban el salón.

—¿Es por herencia como tienen ustedes este instrumento, y saben si realmente ha estado en algún Trianón?

—¿Usted ignora, entonces, que no existen clavicordios de la época, que no hayan pertenecido a la Reina? Supongo que éste no escapa a la ley común, y aunque proviene simplemente de la venta de un coleccionista célebre, cultivo piadosamente esta leyenda, cuya autenticidad tiene por suprema garantía mi propia autoridad reforzada con la del profano vendedor.

La joven se puso a tocar un Lied de Mozart, y después cantó la romanza de Martini «Placer de amor».

Las notas volaban como suspiros, su timbre antiguo hacía más adorable aquel canto entonado por una voz fresca.

Juan, cerrados los ojos, saboreaba el encanto de aquella melodía de antaño, que parecía el eco lejano de un pasado muerto.

Se sentía triste hasta derramar lágrimas.

Un grito de espanto de la joven lo arrancó a su sueño doloroso. Abrió los ojos, y vio cerca de María Teresa una llama ondulante que subía hasta el techo.

Un doble movimiento, arrojó en sentido inverso a Juan y a Huberto. Mientras éste tocaba apresuradamente el botón eléctrico, Juan arrancaba la pantalla de vitela que ardía, los papeles de música encendidos a su contacto y, oprimiendo todo entre sus manos, sofocó el fuego.

—¿Ha tenido usted miedo, María Teresa?—preguntó ansioso.—Yo también. He temido un instante que el tul de sus mangas recibiera alguna chispa.

—No, no tengo nada, gracias, Juan—respondió la joven.

Luego miró riéndose a Martholl que venía hacia ella, y añadió, algo maliciosamente:

—¿Qué ha ido usted a hacer cerca de la puerta, en vez de apagar este fuego artificial?

—Pues... llamaba al criado.

En efecto, el criado entraba en este momento; sólo tuvo que recoger los restos carbonizados tirados por el suelo.

—Y si nadie me hubiera socorrido—continuó María Teresa sonriendo,—habría sido víctima de este accidente. No se lo reprocho; pero usted ha querido encender estas bujías de cera que quieren ser de la época, y ha colocado mal la pantalla que usted ha hecho arder.

Luego poniéndose seria y tomando de improviso los puños de Juan:

—¡Muéstreme usted sus manos, estoy cierta que se ha quemado!

Algunas manchas blancas aparecían, en efecto, estirando las manos que María Teresa tenía entre las suyas.

—No es nada—dijo Juan,—un cristalero viejo sabe jugar con el fuego.

—Yo comprendí en seguida que no había ningún peligro—repuso Huberto, tratando de justificarse,—tenía tiempo de llamar, y no me creí obligado a ensuciarme las manos por un apresuramiento inútil. Es ridículo perder la cabeza por tan poca cosa.

—Pero—contestó María Teresa en un tono de suave ironía,—no me habría disgustado verlo desafiar por mí el peligro de tiznarse un poco las manos.

Luego, después de un silencio, añadió:

—Basta por hoy, yo no podría seguir tocando después de semejante emoción. Además es tarde; le pido permiso para despedirlo, Huberto.

Había abierto la puerta del otro salón, y mostrando a su madre dormida cerca de la chimenea:

—Miren a la pobre mamá, no quiero obligarla a quedarse más tiempo aquí. Voy a conducirlo—agregó, viendo que el joven la seguía obediente.

A Juan le pareció que María Teresa permanecía una eternidad en la soledad del vestíbulo.

¿Qué hacían allí? ¿qué le diría aquel hombre que ahora tenía casi derechos sobre ella? No, no, lo presentía, no se curaría nunca de aquellos espantosos celos.

Cuando la joven volvió, quedó asustada del aire desesperado de Juan. Entonces, en su turbación, todos sus proyectos de calma y de frialdad volaron. Un sentimiento que ella creyó ser de piedad, la arrastró de una manera irresistible hacia aquel ser que sufría por ella, y en un arrebato de ternura le preguntó:

—¿Le duelen sus quemaduras, Juan? ¿No? Bueno, vamos a subir juntos ¿quiere, amigo mío?

Había pasado su brazo bajo el de Juan e instintivamente buscaba un apoyo en aquel hombro robusto. Sintiéndose así al lado de él, como en otro tiempo, los recuerdos de su infancia se agolpaban en su mente:

—¿Recuerda el tiempo en que yo era chica? Yo lloraba para que usted me condujera sobre sus espaldas al subir las escaleras; ¡qué triunfo cuando usted cedía a mis caprichos de bebé, usted, el muchacho grande y juicioso!

—¡Que si me acuerdo!—exclamó Juan.

Y mentalmente pensaba:

—¡No sospecha que es de ese pasado de lo que vivo! ¡Ah! si pudiera tenerla así a mi lado, libre todavía!

Para aturdirse, buscó algún recuerdo que evocar:

—¿Y aquel gran látigo que usted se había procurado para pegarme mejor cuando jugábamos a los caballos? Usted decía que pegando fuerte tenía aire de verdadero cochero.

—¡Oh! Juan, ¡cuánto he debido hacerlo sufrir! ¿Por qué soportaba con tanta paciencia aquellos caprichos de niña mimada?

Él, mirándola con infinita ternura, murmuró a pesar suyo:

—¡Jamás, en aquellos minutos, sufrí tan cruelmente como ahora!

María Teresa se estremeció, pero no pudo responder porque la señora Aubry que subía detrás de ellos, los alcanzó para decirle a Juan:

—¿Quieres velar también esta noche, hijo mío? No, esta noche le corresponde a Jaime...

—Voy solamente a ver si mi querido señor no me necesita—respondió Juan sencillamente—y si Jaime no se ha dormido.

Después, estrechó las manos de la señora Aubry y de María Teresa, y se marchó.

XVI

A la mañana siguiente, Huberto recibía un mensaje de su madre invitándolo a pasar por su casa sin demora.

Algo inquieto, se dirigió a la calle Astorg y encontró a la señora Martholl instalada en su gran escritorio. Siempre metódica, terminó primeramente la carta que escribía; en seguida, tendiendo la mano a su hijo:

—Eres exacto, me gusta eso. Siento haberte incomodado tan temprano; pero tenemos cosas serias y urgentes de que ocuparnos. A pesar de mi indicación, tú no te has procurado nuevos informes sobre la casa Aubry.

—No, en efecto—balbuceó Huberto con turbación.

—Es confesar que no tienes en cuenta mi opinión.

—Ya le dije a usted, madre, que los informes que teníamos me parecían decisivos.

—Pues te equivocabas. Hay cosas que nunca son decisivas. En fin, lo que tú no has creído conveniente hacer, yo lo he hecho.

—¿Y qué ha sabido usted de nuevo?

—Que la casa Aubry acaba de ser gravemente perjudicada por un cierto banco Raynaud, y que le costará mucho reponerse del golpe, si se repone.

—¡Ah!—dijo Huberto visiblemente contrariado.

—Estos sucesos concuerdan de una manera singular con la enfermedad del señor Aubry. No estoy distante de creer que esta enfermedad es producida por la conmoción que ha recibido al conocer ese desastre financiero. He sabido también, que la casa Aubry estaba mal preparada para soportar semejante choque; el señor Aubry es menos industrial que artista; parece que el año pasado ha gastado sumas enormes en ensayos. Este terrible suceso lo sorprende, pues, en plena dificultad pecuniaria. He ahí cuál es su situación. Como ves, no es brillante.

—¿Y qué puedo hacer? Me es imposible, decentemente, retirar mi palabra... Además, yo amo a María Teresa.

La señora Martholl miró fríamente a su hijo y pronunció:

—Naturalmente... Yo no te aconsejaría tal villanía. La vida no se compone únicamente de cuestiones de dinero, y un hombre como tú no puede romper su casamiento por tal razón; pero si te es imposible retirarte desde ahora, puedes favorecer los acontecimientos obrando de tal manera que te devuelvan tu palabra. Para llegar a este resultado hay varios medios perfectamente correctos.

Huberto miró a su madre con estupefacción; la conocía como muy hábil, pero aquella astuta previsión lo desconcertaba.

Después de un silencio dijo:

—Le he dicho a usted la verdad, madre. Amo a María Teresa; una ruptura me haría desgraciado.

—Comprendo ese sentimiento—concedió la señora Martholl dueña siempre de sí misma;—está justificado por el encanto de la joven. Pero pongamos la cuestión bajo su verdadero aspecto. Considera un instante que si esa casa, a consecuencia de la catástrofe conocida, hiciera malos negocios, que si para colmo de mala suerte, el señor Aubry llegase a morir, sobrevendría la ruina en breve término. Ahora bien, no se trataría ya de la renta impaga, sino de una joven sin dote, con la perspectiva de tener a su madre a tu cargo. ¿Qué harías tú, entonces, mi pobre Huberto? No serían tus ocho mil pesos de renta los que bastarían para todo eso y te permitirían llevar la vida tal como tú lo comprendes. Reflexiona, hijo mío, y concluirás por estar de acuerdo conmigo. Es la experiencia, la razón, que me aconsejan hablarte así, por más pesar que sienta de perder tal nuera.

—Y si yo me conformase con su opinión ¿qué sería necesario hacer, según usted, puesto que usted conviene en que no es honrado alegar un motivo tan ruín como el de la cuestión de dinero?

—Habría que dejar correr el tiempo—dijo lentamente la señora Martholl—y encontrar pretextos para prolongar el noviazgo indefinidamente. ¡El tiempo, a menudo, se encarga de dar solución a los problemas más difíciles! Es un gran auxiliar, le tengo gran confianza.

Huberto se separó de su madre, triste y descontento, pero bien decidido a mantener la palabra dada a María Teresa.

De vuelta en su casa, recorrió los diarios y pudo leer los detalles de la quiebra Raynaud, así como el relato de la muerte trágica de Pablo Raynaud, a quien habían encontrado en su cuarto, perforada la sien por una bala de revólver. Varias casas importantes, se decía, se encontraban envueltas en este desastre.

Huberto arrojó el diario con cólera; todo se conjuraba en ese día para certificarle la catástrofe. A fin de distraerse de estas preocupaciones nuevas para él, decidió que iría a almorzar al club.

Pero en el camino lo atacaron penosas reflexiones. ¿Qué haría? ¿Seguir el consejo de su madre? Era duro abandonar a una prometida tan encantadora. ¿Tendría el heroísmo de tomarla por esposa, sin dote? No faltan familias que viven con ocho mil pesos de renta. Se puso a equilibrar un presupuesto sobre esa modesta fortuna; pero vagamente buscaba, combinaba y cercenaba; todas sus previsiones lo llevaban fuera de aquella suma.

Pronto se cansó de este trabajo, y, desanimado, comprendió que su buena voluntad nada podía contra las exigencias creadas por las necesidades del mundo en que vivía, por su educación y por sus gustos. ¿Qué sucedería si no tenía en cuenta los apetitos que sentía? ¿Tendría espíritu de sacrificios? Un cortejo de privaciones, el largo rosario de las economías, desfiló ante él: nada de viajes, nada de caballos, nada de partidas de placer. Después, se abismó en visiones, para él aterrorizadoras: un sastre de segundo orden, una mujer mal vestida, obligada a frecuentar los ómnibus y los tranvías. No tardó en confesarse que sufriría de todos estos pequeños inconvenientes, y fijándose en la importancia que habían tomado las cosas que se relacionaban con su bienestar y su vanidad, en su alma fútil y ligera, se puso triste. Aquellos hábitos de lujo y de confort eran ahora sus dueños tiránicos y soberanos; no dejarían crecer nunca más en él ningún sentimiento desinteresado.

Perspicaz y desilusionado, comprobó con loable sinceridad:

—Es demasiado tarde, la cizaña ha crecido. Lucharé, pero no estoy seguro de la victoria. ¡Pobre María Teresa! ¡Pobre de mí!

Pasó algunos días en una penosa alternativa no sabiendo qué hacer. Decididamente, en el matrimonio las cuestiones de dinero se aliaban mal con el amor. Observó entonces que la imagen de María Teresa, que antes lo encantaba, se convertía ahora en fuente de preocupaciones tristes, y pensaba:

—Quiero amarla, pero no con la perspectiva de tantas molestias. Estoy ya descorazonado y hastiado. No hay nada igual a estas terribles cuestiones de la lucha por la vida, para sofocar todo noble impulso de amor.

Bajo el imperio de este sentimiento, saturado de prudente indecisión, el joven concurría cada vez más irregularmente al hotel de la calle Vaugirard.

María Teresa parecía cambiada también; no estaba ya alegre; su tristeza, justificada por la enfermedad persistente del señor Aubry, corroboraba las reflexiones desesperantes de Huberto.

Durante sus visitas, que hacía sucesivamente más cortas, evitaba con habilidad toda alusión a los acontecimientos desagradables que habían perjudicado la cristalería. Un día, sin embargo, encontró a su prometida tan visiblemente apesadumbrada, que le fue imposible dejar de preguntarle la causa:

—¿Qué tiene usted, María Teresa? Se diría que usted ha llorado...

—Es cierto, he llorado. ¡Es tan doloroso ver sufrir a un hombre tan enérgico como papá! Ha pasado por las más grandes pruebas con valor, y ahí está, abatido por la enfermedad. Lo que más me hace sufrir, es la idea de que su estado se agrava por las preocupaciones. ¿Sabe usted, Huberto, que los asuntos de la cristalería van mal? Esa quiebra de Raynaud nos ocasiona pérdidas considerables, y es triste para mi padre ver la obra de toda su vida puesta en peligro por la falta de un especulador imprudente. Comprendo cuánto sufre mi padre; estoy segura que por nosotros, se desespera al ver su fortuna quebrantada. ¡Dios mío! ¡qué importa el dinero! ¡Creo que yo me pasaría fácilmente sin él, con tal de conservar a mi lado a los que amo!... Es todo lo que deseo...

Obligado por la nueva actitud que se había impuesto, Huberto permaneció frío.

Cuando reprochó a su madre su exceso de desconfianza, se conocía mal. A su vez él la abrigaba también hasta el punto de quedar impasible, correcto, ante tanta aflicción. El giro que tomaba la conversación, lo sumió en molesta perplejidad, y, sin embargo, las palabras francas y sencillas de la joven despertaron en él sentimientos bastante caballerescos, pero contra los cuales se apresuró a luchar, consiguiendo triunfar.

Si hasta entonces no había sido desconfiado ahora lo era; separándose de las regiones sentimentales a que lo conducía, a pesar suyo, el desinterés expresado por María Teresa, entró pronto en consideraciones que juzgó llenas de perspicacia. En efecto, ¿por qué su prometida le confiaba por primera vez los quebrantos de dinero que afectaban a su padre? ¿No era aquello una maniobra hábil, a fin de prepararlo a la idea de casarse sin dote? Quizá quería enternecerlo con lágrimas, y arrancarle protestas y juramentos que lo ligaran más. ¡Las jóvenes son a veces tan astutas! Era imposible que habiendo vivido en el lujo desde su infancia, María Teresa se mostrase tan indiferente por la pérdida de su fortuna. Y de inducción en inducción, Huberto se convenció de la verdad de las hipótesis sugeridas por su egoísmo desconfiado.

—No pisaré la trampa—se dijo.

Sintió alguna vanidad en justificar lo dueño que era de sí y de los acontecimientos, y se creyó estar al abrigo de los desfallecimientos de su sensibilidad. ¡No! no sería el ingenuo susceptible de caer en un lazo, aunque este lazo le fuese tendido por la más seductora de las mujeres. Ahora bien, como era incapaz de efectuar la doble operación de juzgar fríamente la situación y de encontrar palabras de consuelo para aliviar el pesar de la joven, no supo qué decir, y se contentó con dar a su fisonomía de hombre de mundo bien educado, una expresión de compasión.

María Teresa que no comprendía aquellos movimientos de alma, no podía, en su lealtad, penetrar el sordo trabajo de la defección. Absorta en sus punzantes inquietudes, continuó pensando en alta voz:

—No sé lo que va a suceder. Felizmente, Juan conoce a fondo el asunto y asegura que sólo se trata de un momento difícil, del cual saldremos con la frente alta. A mí lo único que me preocupa es la enfermedad de mi padre, y todo lo que deseo es que se restablezca pronto. En cuanto a lo demás suceda lo que Dios quiera.

Huberto encontró por fin algo que le interesaba esencialmente decir. Con voz tierna, cuyas entonaciones musicales eran destinadas a dulcificar la significación de las palabras, como una buena salsa disimula un mal manjar, dijo:

—Tiene usted razón, María Teresa, de preocuparse únicamente de la salud del señor de Chanzelles. ¿Qué importa lo demás al lado de eso? Sabremos esperar con paciencia días mejores; seguiremos de novios un año... dos años si es necesario.

María Teresa, distraída por sus inquietudes, no atribuyó ninguna importancia a esta proposición hecha en un tono afectuoso.

Durante una hora más, cambiaron palabras triviales, sin apercibirse de que, mientras estaban allí frente a frente, sus dos almas, perdidas en abstracciones diferentes, se encontraban ya lejos, una de otra.

Al dejar a María Teresa, Huberto se hallaba casi contento; se sentía librado de un gran peso. ¿Por qué aquel alivio? Reflexionando, comprendió que había terminado con el período de indecisión que su amor a su novia y algunas veleidades de desinterés por los bienes terrenales, le habían hecho pasar. Acababa de pronunciar las primeras palabras liberadoras. Ahora entraba, sin pesar, sin esfuerzo, en la senda indicada por la experiencia de su madre.

No había habido violencia; le había bastado dejarse dirigir por los acontecimientos, secundados por su naturaleza egoísta. La solución, bajo la forma de una ruptura probable, que lo asustaba pocos días antes, le parecía hoy casi deseable, lo mismo que necesaria, si los asuntos seguían mal. En ese momento todo iba perfectamente: María Teresa parecía haber consentido en demorar su casamiento hasta una fecha lejana e indecisa. Huberto, satisfecho de aquella vaga determinación, que lo alejaba del cumplimiento de su compromiso, se prometió no precipitarse. Si los asuntos se arreglaban, sería muy feliz casándose con María Teresa; si por el contrario el derrumbe se verificaba, sabría substraerse por medio de alguna última habilidad. Siempre le quedaría el placer de haber sido admitido en la intimidad de aquella joven distinguida, porque era realmente encantadora, ¡tan fina, tan linda!

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