← Table of contents
Impresiones, Poesías

ADOLFO MALATS.

Reading edition

LA CONCIENCIA.

PROBLEMA.

I.

Juana, pobre mujer envilecida, que arrastrando su espíritu en el cieno, pasó la triste vida vendiendo por amor letal veneno; cabeza hermosa, donde de seguro no brotó nunca pensamiento puro, y que ignorando el bien que poseia, vendia, por un poco de dinero, en público mercado, el placer más inmundo, si es vendido, el mayor y más dulce, si es ganado; próxima al duro instante de la triste agonía, á un padre confesor agonizante con anhelosa voz así decia: —«Padre: yo de mis culpas me arrepiento »y pido á Dios perdon de mi impureza; »miradme bien al rostro, que no miento.» Y levantando la cabeza en tanto, fijaba sobre el fraile macilento una mirada de ansiedad y espanto; y al ver que nada el fraile le decia, con ansiedad creciente proseguia: —«Él sabe bien, y me lo tendrá en cuenta, »que del vicio en la senda siempre impura, »áun cuando de placeres avarienta, »tan sólo me ha tocado la amargura. »¿Qué es el mayor tormento, comparado »al pesaroso hastío del pecado?» Y vertiendo de lágrimas un rio, seguia con acento sofocado: —«¡Ay! ¡He sufrido tánto, padre mio!» Alzándose convulsa, en vano abria sus ojos, ya sin brillo, y olvidándolo todo, descubria el pecho descarnado y amarillo que hinchaba el estertor de la agonía. —«Acaso Dios me señaló en la cuna» (siguió con voz oscura y misteriosa) «la senda de mi vida vergonzosa; »me negó la virtud y la fortuna, »y en cambio me hizo hermosa. »Tal vez de mi impureza el desvarío »habrá sido castigo de otros séres... »Más de una vez, detrás de su desvío, »noté... ¿podreis creerlo, padre mio? »¡Noté que me envidiaban las mujeres!... »Quizás mis muchos yerros han servido »á Dios, para mostrarles de otra suerte »lo espantoso del vicio en que he caido; »y mis faltas quizás ha permitido »para dar el ejemplo de mi muerte.» Y así diciendo, la infeliz gemia entre la duda y la esperanza ansiosa al ver que nada el fraile le decia; y en aquella mujer, un tiempo hermosa, con su horrible piedad, desvanecía de la muerte la calma silenciosa la horrible agitacion de la agonía.

II.

En tanto que así Juana se acababa, cerca de allí, sobre otro pobre lecho de aquel santo hospital, que cobijaba la pobreza y el mal bajo su techo, tambien un hombre viejo agonizaba, y en una cruz muy tosca, de madera, como si algun secreto le dijera, los turbios ojos con afan fijaba. Aquel santo varon, de alma tan pura como la blanca nieve de sus canas, que al cabo de una vida de amargura, consumida en virtudes sobrehumanas, iba á llevar de Dios á la presencia cual la de un niño pura su conciencia, piensa profundamente que es esa dicha demasiado grande para poder lograrla fácilmente; y aún cuando su alma cándida le abona, y aunque la llama de la fé le escuda, siente que la esperanza le abandona nublada por las sombras de la duda. Y por esa, fijando su mirada en aquella cruz tosca de madera enfrente de él en la pared colgada, mientras la muerte su semblante altera así piensa en su mente, casi helada: —«Yo no hice á nadie mal; nunca en mi vida »en mí venció al deber pasion alguna, »y al bien y á la virtud con ánsia ardiente »mis fuerzas consagré desde la cuna. »La oracion y el ayuno, rudamente »á la carne rebelde han amansado, »y ha sido de mi vida en el pasado »mi orgullo la humildad, mi lecho el suelo, »mi amor el bien y mi ambicion el cielo. »Mas por cuidar del alma, he descuidado »el cuerpo á mi custodia confiado, »y devuelvo á la tierra sus despojos, »por rudas penitencias macerado, »blandas las carnes y los nervios flojos. »Yo, del caudal de fuerzas en mí unidas »para crecer al riego del trabajo, »sin pensar que mi vida era cien vidas, »que nada creó Dios que inútil sea, »enamorado loco de una idea »he dejado los gérmenes secarse »sin cumplir su mision, comun á todo, »de crecer, dar el fruto, y trasformarse... »Justo será el castigo, aunque severo... »¡Tu mandato, Señor, olvidé impío! »¡En vano de mi afan el logro espero! »Culpable soy... ¡Perdon! ¡Perdon, Dios mio!» Y al elevar sus ojos á la altura, una lágrima, mundo de amargura, cae de sus ojos á sus labios yertos; suspira, un nombre y un adios murmura, y queda con los ojos entreabiertos.

III.

¡Qué cosa tan extraña es la conciencia! Juana, la mujer loca que, con dura y tenaz impenitencia, vivió de la impureza en los horrores, sus inmundos errores como descargo de su culpa invoca... ¡Y al mismo tiempo, el justo que consagró á su Dios el pensamiento, con alma temerosa y juicio adusto hace de la virtud remordimiento!

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings