XIII
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pasión
La prudente mujercita pasó una noche muy inquieta pensando las consecuencias probables o posibles de la grave revelación que se había visto obligada a hacer al marqués. Esta trascendental confidencia le fue arrancada por necesidad tan imperiosa que nada podía reprocharse en su fuero interno, no pudiendo caber duda alguna acerca de que el primero de sus deberes fuese evitar a cualquier costa y ante todo el peligro de un sangriento conflicto personal entre Pierrepont y Fabrice; pero no por eso deploraba menos haberse visto reducida a tan apremiante extremidad sin que pudiera ocultarse a su buen juicio que la fuerza de las circunstancias iban a poner a Beatriz, para el futuro, en una situación por extremo delicada con respecto al hombre que se hallaba en posesión del secreto de aquélla.
Dejar ignorado que Pierrepont lo conocía hubiese sido ilusoria presunción, porque Elisa no podía esperar que el marqués se condenase en lo sucesivo a la misma reserva que observara en el pasado, siendo imposible suponer tampoco que consintiese ahora en continuar soportando el desprecio de Beatriz sin intentar ante ella una justificación de su pasada conducta, aunque no fuese más que de aquella observada la noche anterior en el palco del teatro Francés. Y desde el momento que una explicación era inevitable, pensó acertadamente la señora de Aymaret que sería más decoroso y menos arriesgado hacerla ella misma a la interesada, descartando por ese medio a Pierrepont. En cuanto al nuevo sesgo que forzosamente iban a tomar las relaciones de Beatriz con el marqués, nada le pareció mejor a fin de prevenir todo peligro sino hacer un llamamiento a los sentimientos de honor que en los dos reconocía. Franca y recta nuestra vizcondesa, otorgaba generosa y tal vez excesiva confianza a los nobles y leales procederes; así, pues, dado este sentir, consideradas estas circunstancias, parecióle imposible que ningún expediente cualquiera pudiese dar el laudable resultado que perseguía.
Bajo la impresión de estas ideas fue que recibió al marqués cuando fue a casa de ella al otro día en la hora que la vizcondesa le había fijado. Pierrepont se presentó muy serio, y su hermoso rostro, aunque un poco alterado, no conservaba traza alguna de aquella perversa risa que se apoderara hacía tiempo de su semblante a guisa de mueca nerviosa.
—Asegúreme de antemano, querida amiga, que no he soñado lo que me confió usted anoche.
—Y no lo ha soñado usted... Ahora hablemos razonable y seriamente, si es posible. Le he libertado de una pesadilla que desgarraba su corazón... ha sido un poco a pesar mío, lo confieso... pero, en fin, creo que, eso no obstante, me guardará algún agradecimiento.
—Un agradecimiento infinito.
—Lo veremos... Hablemos claro. Posee usted ya el secreto de Beatriz; sabe usted que le ha amado mucho y que en lugar de haberle traicionado y sacrificado, como creía usted, ha sido ella, por el contrario, quien se impuso un verdadero martirio. Hoy tiene ya otras afecciones, otros deberes, y esté usted seguro de que no conseguirá apartarla de ellos, pero si abusa de mi forzada indiscreción, conseguiría turbar su tranquilidad... y a mí, señor, en premio del servicio que le he prestado, me sumiría en un abismo de dolor.
—Déme usted sus órdenes, dígame qué quiere que haga.
—Pierrepont, está usted para siempre separado de la mujer a quien un día pensó usted unirse, y que le amaba como usted la amaba... eso, no lo niego, es una gran pena, una gran desdicha, pero irremediable, consumada; no, no debe, pues, pensar en otra cosa que en poner a cubierto de un seguro naufragio aquello que aun todavía puede ser; honrosamente salvado; no le exijo que abandone París y que no vuelva a ver a Beatriz, no, eso sería demasiado... pero sí le ruego que la vea en lo sucesivo como a una mujer de la que nada hay que esperar fuera de la amistad y de la estima. Mucha firmeza necesitará usted, lo sé, para dar cumplimiento a mi súplica; ¿mas no me dijo usted ayer mismo que le había devuelto el carácter... y el honor?
—Señora, espero darle la prueba.
—Gracias mil—respondió la vizcondesa conmovida—, pero, para ayudarle en su propósito—añadió sonriendo—, me permitirá usted que tome algunas precauciones sugeridas por mi antigua experiencia... Entre todas las contingencias que podrían poner a prueba su tesón, hay una que preveo y que deseo evitarle... Le ruego que prescinda de toda explicación directa con Beatriz; yo la pondré al corriente de lo ocurrido hoy mismo y no tendrá más sino presentarse de nuevo en casa de Fabrice como si nada hubiera pasado. Le prometo que será bien recibido; no se le hará alusión alguna ni en cuanto al presente ni en cuanto al pasado, y usted me promete, ¿no es verdad? rehuírlas también por su parte... ¿me promete también no enternecerse?... ¿me promete, en fin, no ser para Beatriz más que un bueno y antiguo amigo como lo es para mí... y nada más?
—Se lo prometo, y creo no tener en ello gran mérito, porque lo que me ofrece me parecerá bien grato en comparación a lo que he sufrido.
—¡Sea en hora buena!... ahora le despido... Voy inmediatamente a su casa. Le he dado cita para hoy a mediodía.
—Pero, señora, puesto que usted me prohibe que me sincere ante ella, que me justifique a sus ojos, a lo menos que sepa...
—Lo sabrá todo... Si no le escribo vaya usted a verla cuando tenga por conveniente, pero con preferencia el lunes... es el día que recibe... y así se perderá entre mucha gente... eso será menos violento para usted y para ella... ¡Pero es tarde! ¡Me voy!... ¡Hasta otro día!
Y se separaron...
Todavía bajo el imperio de la dolorosa escena de la víspera no había podido aún Beatriz dominar sus angustias cuando recibió por la mañana el lacónico billete por el cual la señora de Aymaret la preparaba para tener con ella una importante entrevista. Después, al momento que la vio entrar, corrió la mujer del pintor al encuentro de su amiga preguntándole con grande inquietud:
—¿Qué hay?.... ¿qué ocurre?
—Hay en primer lugar que te traigo las excusas del marqués de Pierrepont, y además la seguridad de que en adelante no nos hará sonrojar la amistad que le profesamos.
—¿Es verdad lo que me dices?—exclamó Beatriz uniendo las manos en un transporte de grata sorpresa..
—Sí, hija mía; pero esa satisfacción la he comprado un poco cara... Siéntate, que voy a contarte mi historia.
Y le refirió la tormentosa conferencia que tuvo la víspera con el marqués en el saloncito del teatro Francés, sin omitir, por supuesto, el desenlace. ¡Había traicionado a Beatriz! Pero la había traicionado para defenderla contra injustas y crueles imputaciones, para volver la calma a un desdichado en la desesperación, en fin, y, sobre todo, para conjurar el inminente peligro de un deplorable desafío.
Beatriz, que la escuchaba con apasionado interés, no respondió sino cubriendo de besos la mano de su amiga.
Segura ya del perdón de aquélla, pasó la vizcondesa al terreno de las recomendaciones, de los consejos, de las súplicas, repitiendo bajo otras formas lo mismo que había dicho a Pierrepont, poniendo en antecedentes a su amiga de lo que conviniera con el marqués y procurando hacer comprender a aquélla, como Pedro por su parte lo comprendía también, que, al renunciar a lo imposible, al aceptar lo irreparable, encontrarían todavía algunos encantos en su recíproca situación, encantos sin duda melancólicos, pero puros y profundos en su misma poética nobleza. Fuera de eso no quedaba para Beatriz más que oprobio, degradación, sonrojo, y para la misma señora de Aymaret eternos remordimientos por una imprudencia tan involuntaria como imprescindible en evitación de mayores males.
Beatriz le dio las gracias con efusión, confesándole que en lo íntimo de su conciencia se alegraba de que Pierrepont supiera la verdad y que sería aún más dichosa si lo viese volver a la buena senda, asegurando a la vizcondesa que en cuanto a lo demás podía tener confianza en ella. «Hay—le dijo con entera buena fe y no sin un poco de altivez—pensamientos que nunca me asaltan... He sufrido mucho, y mucho me queda que sufrir todavía, pero aun cuando no tuviera principios tendría bastante orgullo, demasiado respeto a mí misma para ir a buscar el consuelo de mi perdido amor en una intriga galante.
Después de tan satisfactoria conferencia, la señora de Aymaret volvió a su casa y se tendió en un sofá durmiéndose con sueño de justo.
El día siguiente de estos sucesos era un lunes, y, por consecuencia, el de recepción en casa de Beatriz. No quiso aguardar Pedro más tiempo para dar un paso que lo atraía y lo inquietaba al mismo tiempo; encontró a aquélla rodeada de visitas, circunstancia que atenuó las dificultades de esta primera entrevista. Un apretón de manos bastante prolongado, un rápido cambio de profundas miradas fue toda la explicación que medió entre ellos.
Al abandonar la sala entró el marqués en el taller de Jacques, quien no pudo reprimir, al ver a su antiguo amigo, un movimiento de sorpresa y de embarazo.
—Querido maestro—le dijo sencillamente Pedro—, heme aquí de nuevo... semejante al hijo pródigo... En una palabra, he tenido graves disgustos... lanzándome para olvidarlos en una miserable vida de calavera... sin conseguir mi objeto... y vengo hoy a buscar ese olvido en el seno de mis antiguos amigos... no sin confesar que por ahí debiera haber empezado.
—Tú eres siempre bien venido, queridísimo Pedro—replicóle el pintor, dándole un prolongado y vigoroso apretón de manos—. Tu presencia me hacía falta y también tus consejos... y para reparar de seguida el tiempo perdido, voy a enseñarte un cuadrito que me está dando que hacer—y diciendo esto levantó un forro de sarga que cubría el caballete—. Para que no te equivoques—continuó—, principiaré por decirte que es el retrato de miss Nicholson; como ves, la pinto en figura de Hebe, y en el viejo estilo de nuestros padres, es un ensayo... Hebe se apresta a ofrecer la copa a los dioses... que están entre bastidores... ¿qué te parece?... ¡Yo la encuentro atroz!
—¡Es magnífico!—contestó el marqués, después de un minuto de examen.
—¡Vamos, tanto mejor! Pero hay todavía para diez sesiones... Tengo otra pelota en el tejado... pero ésta es la mar... figúrate que la primera vez que vino a verme descubrió el bueno de papá Nicholson, curioseando en mis cartones, el bosquejo de cuatro grandes recuadros representando las cuatro estaciones... se ha enamorado de aquéllos y quiere que se los pinte para su comedor de Chicago... Ya ves que nada se rehusan, en Chicago... Cuatro pedazos de pinturas de tres metros por dos... ¡como quien no dice nada!... «Pero, señor—le dije—, para dar a usted gusto tendría que consagrar exclusivamente a esa obra un año de vida... por lo menos... y francamente, mis medios no me lo permiten...» ¡Motivo de más para estimular al buen señor, que me ha ofrecido una fortuna!... ¡Y como al fin tengo mujer e hija, es ésta una ocasión para asegurarles su porvenir... por cuyo motivo he aceptado!
—¡Has hecho muy bien, y papá Nicholson tiene mejor gusto de lo que yo suponía!... ¿Y has empezado ya tus recuadros?
—No están más que esbozados... pero no puedo trabajar aquí... el taller es demasiado chico... Me veo obligado a aceptar la hospitalidad de un vecino hasta que vuelva a mi colgadizo de Bellevue, donde nos encontraremos a nuestras anchas los recuadros y yo. Hemos vuelto a alquilar la quinta del año pasado, y mi mujer, en consideración a este trabajo excepcional, me concede instalarse en el campo muy temprano este año. ¡Espero, mi querido marqués, que no aprovecharás otra vez nuestra residencia en el campo para hacernos una nueva rabona!
—Teme, por el contrario, verme aparecer con demasiada frecuencia en tu horizonte—respondió Pierrepont riendo.
Así se vieron restablecidas bajo el pie de la antigua intimidad, las relaciones amistosas de estos dos hombres. Fabrice no pudo ocultar a su mujer el contento que esto le causaba, y, por la tarde, durante la comida, como hablasen de ese particular, la mortificó inocentemente con sus embarazosas preguntas acerca de lo que ella pudiese saber o adivinar sobre las causas que originaron esta dichosa y repentina conversión de Pedro.
—Se me figura—dijo el pintor a Beatriz—, que tu amiga la señora de Aymaret es quien ha operado el milagro.
—Eso mismo me imagino yo—respondió Beatriz.
—Lo que me llama más la atención es que anteanoche en el teatro, sin ir más lejos, de todo tenía cara menos de penitente.
—¡Pues precisamente!—replicó Beatriz—. Fue a nuestro palco a ver a Elisa cuando ya nosotros nos habíamos ido, y aquélla le predicó un sermón sin paño.
—¡Qué atractiva personita! Mas Pedro echa la culpa de sus calaveradas a grandes disgustos que ha tenido... ¿Qué grandes disgustos han sido ésos?... ¿Tienes alguna idea?
Beatriz dio respuesta a su marido con un signo negativo de cabeza y en sus labios se dibujó indefinible sonrisa.
Pocos días después de estos incidentes, ocupábase la crónica escandalosa de París de una ruptura entre el marqués de Pierrepont y la baronesa de Grèbe. Estos rumores eran fundados. Habiendo decididamente rehusado aquél servir de intermediario con Fabrice para que éste hiciera el retrato de la joven dama a la moda, ésta lo despidió después de una violenta escena, y aunque mandó llamarlo al día siguiente por medio de un almibarado billete, Pedro fue inexorable, por más que el barón Julio, completamente domesticado ya, se hubiese tomado personalmente el trabajo de llevar por sí mismo la misiva.
En los primeros tiempos inmediatos a la reconciliación de Pierrepont con Beatriz, tuvo la señora de Aymaret el gusto de ver que las recíprocas relaciones de aquéllos tomaban el carácter que ella les había asignado con atinada prudencia. La vizcondesa notaba en la mutua actitud de Pedro y de su amiga, en su miradas, en su lenguaje, tan leal franqueza, tan tranquila paz, aun cierta alegría misma que le parecieron del mejor augurio, pues se echaba de ver en sus procederes ese contento de las personas que se encuentran satisfechas en una situación dada sin aspirar a salir de ella. En realidad, encontrábase todavía bajo la influencia de la impresión primera, que era para los dos la de un inmenso alivio, porque Beatriz no tenía ya sobre su pecho aquella pesadumbre de verse acusada y condenada por el hombre que era para ella todo en el mundo, y Pierrepont, por su parte, a quien el aparente desdén de Beatriz había tan profundamente lastimado en su sensibilidad, y, justo es decirlo, también en su orgullo, no sentía tampoco sus heridas desde el momento que se sabía amado. Fueron, pues, estos momentos de deleite que dieron a ellos, al menos por algún tiempo, la ilusión de apacible y duradera dicha.
Poco a poco fue el marqués volviendo a sus antiguas costumbres, frecuentando el taller de Jacques, donde encontraba casi siempre a Beatriz, sobre todo durante las sesiones para el retrato de miss Nicholson, con cuya amable persona había intimado mucho la mujer del pintor. La señora de Aymaret, a quien la joven americana inspiraba también decidida simpatía, solía acompañarla cuando su padre no podía hacerlo. Miss Nicholson preparábase por estos tiempos a abandonar la Francia después de dos años de residencia en ella, y ya sabemos las mil ocupaciones que una señorita tiene antes de dejar una ciudad como París, razón por la cual no podía asistir diariamente a casa del artista; pasáronse, pues, tres o cuatro semanas antes que el retrato hubiese recibido con la última pincelada la firma del maestro, sin que, por otra parte, pareciese mostrar deseo de verlo terminado la bella interesada, quien manifestaba en las largas y fatigosas sesiones una paciencia verdaderamente angelical, sobre todo si el marqués de Pierrepont se encontraba presente. No dejó la señora de Aymaret de parar su atención sobre este detalle, cayendo en la cuenta de que el sonrosado encantador semblante de la joven, parecía aún más encantador y más sonrosado cuando Pedro se dignaba dirigirle la palabra, pero para desdicha de la pobre Ketty nada presagiaba que el marqués tuviese la intención de pasar a mayores.
Al mismo tiempo de lo apuntado, hizo la señora de Aymaret otras observaciones que le dieron mucho que pensar decidiéndola a llevar a la práctica ciertos diplomáticos planes. Habiendo ido la americana a despedirse de la vizcondesa en la víspera de su partida para New York, vía Havre, resolvió aquélla aprovechar la oportunidad y poner los cimientos del proyecto que hacía algunas fechas venía acariciando: claramente advirtió que miss Nicholson deseaba hacerle alguna confesión, circunstancia que llenó de gozo a la de Aymaret, quien, por su parte, estaba decidida a pedírsela a aquélla. Ketty le contó paulatinamente a Elisa, con esa mezcla de pudor y de intrepidez, que es uno de los hechizos de las de su raza, que sentía una tierna inclinación por el marqués, pero que, al mismo tiempo, estaba convencida de que aquél era totalmente indiferente hacia ella, por cuya razón partía desesperadamente. La señora de Aymaret trató de rehacer un poco su moral, ofreciéndole quedar hecha cargo de sus intereses, puesto que hacía tiempo que pensaba casar a Pedro, quien de su lado había encargado a ella, en quien tenía ilimitada confianza, que le designara persona de su agrado; así, pues, Elisa lo inclinaría hacia Ketty, cuidando, por supuesto, de dejar a salvo la dignidad y delicadeza de ésta.
—Pero entendámonos, niña mía—añadió la vizcondesa—; si consigo expedirlo para Chicago, ¿puedo estar segura de que encontrará buena acogida por su parte de usted, no es eso?
Miss Nicholson respondió con un gesto expresivo acompañado de cierta expresión que a nuestra lengua podríamos traducir por ¡caramba!, arrojándose en seguida al cuello de la vizcondesa, a quien cubrió de besos, para salir después con su aire marcial, la frente radiante, cual si ya reposaran en ella los elegantes florones de la corona de marquesa.
La verdad era que las relaciones de Pedro con la mujer del pintor tomaban de día en día, merced a las facilidades del taller, un aire de intimidad que no entró en las previsiones de la vizcondesa y que comenzaba a preocuparla seriamente. Los recíprocos procederes de Pierrepont y Beatriz ofrecían ciertos síntomas acerca de los cuales nunca se engaña el fino olfato femenino. A la abierta actitud de los primeros días, habían sucedido timideces, cortedad, largas y profundas miradas, prolongados silencios, ensueños, mal humor constante; era visible que se buscaban, y que al mismo tiempo temían encontrarse; era visible que en sus más insignificantes palabras había algo de tierno y de vibrante; no ignoraba la de Aymaret que sus conversaciones personales, directas, eran muy raras, y que aun parecían querer evitarlas en lo posible, de lo que venía a deducir, con harta razón la vizcondesa, que procuraban ponerse en guardia contra la tentación de las efusiones, de los recuerdos, de las mutuas ternuras; no los creía culpables, y les hacía justicia, pero, un contacto tan íntimo y tan familiar entre ellos, ¿no podría ser prueba demasiado fuerte que al fin diera al traste con sus resoluciones por firmes y sinceras que fuesen? ¿No se encontraban de nuevo en presencia el uno del otro exactamente como en otros tiempos, al lado de la señora de Montauron? ¿No podrían despertar paulatinamente y con el mismo ardor que en pasada época esos íntimos sentimientos, haciendo aún más sensible la ya grande antipatía de Beatriz por su marido?
La de Aymaret contaba con que la ausencia de Jacques y su mujer en el campo podría aflojar los lazos de esta peligrosa intimidad, alejando al marqués de Pierrepont, a quien no gustaba salir de París; pero pronto perdió esta ilusión, porque, pretextando aquél el vivo interés que le inspiraba la obra gigantesca que Fabrice había emprendido, iba con frecuencia a la quinta de Bellevue, donde generalmente se quedaba a comer. Cuando la señora de Aymaret los encontraba allí, observaba que él guardaba siempre, ante Beatriz la misma reservada actitud, pero veía que palidecían cuando se daban la mano, advirtiendo que comenzaba a surgir en sus pechos el huracán de la pasión; la vizcondesa se decía que si tal estado de cosas se prolongaba era suficiente la más leve combinación de la suerte, el incidente de por sí más trivial para desencadenar las olas de amor tanto tiempo acumuladas, agitadas y comprimidas en aquellos dos corazones.
Profundamente alarmada en su conciencia, en su honradez, en su amistad, comprendió pronto que sólo una medida radical y heroica podía contener a Pedro y Beatriz, en esa mancha fatal a los abismos, y fue entonces cuando le asaltó la idea de casar a Pierrepont con miss Nicholson, concierto que tendría además la ventaja de alejar a aquél de Francia por largo tiempo.
Restaba que los interesados ratificasen este proyecto; miss Nicholson hallábase conforme de antemano, pero era necesario vencer la doble oposición del marqués y de Beatriz, oposición tanto más insuperable cuanto que podía apoyarse en razones especiales; nada tenían que reprocharse; manteníanse escrupulosamente en los límites de la honrada amistad que la señora de Aymaret, la misma señora de Aymaret les había recomendado. ¿Por qué, pues, atormentarlos? ¿Por qué arrebatarles este inocente consuelo que venía a compensar un tanto sus pasados sufrimientos? ¿No acusarían a su amiga de gratuita y tiránica importunidad? ¿No corría el riesgo de enajenarse para siempre la preciosa afección de aquellos dos interesantes seres?
Una circunstancia imprevista vino a poner fin a las indecisiones de la señora de Aymaret; su marido el vizconde, debilitado por todo linaje de excesos, había caído de algún tiempo atrás en un estado de anemia alarmante, y los médicos le prescribían una prolongada residencia en Glion, a orillas del lago de Ginebra; naturalmente, su mujer se prestaba a acompañarle, era necesario, pues, tentar un último esfuerzo.
Para hacerlo así marchó una mañana a Bellevue; cuando llegó a casa del pintor, dijéronle que Beatriz se hallaba en el jardín, probablemente en el taller de su marido. Este taller se encontraba a alguna distancia del caserío de la quinta, y no encontró en aquél sino a Jacques, trabajando concienzudamente en sus recuadros, que prometían ser verdaderas maravillas.
Como la vizcondesa le manifestase su admiración:
—¡Magnífico!—exclamó el artista alegremente—. Repite usted lo que Pedro me decía hace un momento, y cuando sus apreciaciones de usted coinciden con las de aquél, hay motivo para estar contento.
—¿Está aquí Pierrepont?
—Sí, da con Beatriz una vuelta por el parque... me parece que han ido a la avenida de los arrayanes... ya usted sabe el camino.
—Voy allá... hasta luego, amigo mío. Y marchóse por el sendero que atraviesa la parte baja del jardín... Corrían por esos días los postreros de abril, y a través del follaje, aún claro en esa época, pudo distinguir a Pedro y a Beatriz que caminaban lentamente uno al lado del otro. La señora de Aymaret oyó a pesar suyo algunas de las palabras que en tenue voz cambiaban los interlocutores, y aun cuando en tal tono dichas, nada tenían, en verdad, ni de misteriosas ni de confidenciales... y, sin embargo, cuando se vieron en presencia de la vizcondesa sus rostros revelaron confusión.
Después de algunas palabras indiferentes:
—Señor Pierrepont—dijo la de Aymaret—, ¿tendría usted la amabilidad de dejarme un momento a solas con Beatriz?... Pero, antes de que se vaya usted, ¿por cuál tren piensa regresar a París?
—Por el de las tres y veinte, probablemente.
—¡Excelente!... ¡Es también, el mío!... Volveremos juntos si usted quiere.
—¡Con mucho gusto, señora!
—Iré a buscarle al taller dentro de algunos minutos.
Una vez alejado Pierrepont, abordó Elisa sin ambages el asunto a debatir con Beatriz; se guardó bien de hacerle ni el más leve reproche, acusándose a sí misma de haber sido ligera, imprevisora, mala consejera, proponiéndose ahora, antes de alejarse por muchos meses, reparar su imprudencia imperdonable; sabía que entre su amiga y el marqués nada existía de criminal, pero, al fin, en sus revelaciones, advertíase un algo de incorrecto, de equívoco, porque aquella sinceridad de los primeros tiempos, vano fuera ocultarlo, había desaparecido, y era imposible suponer que en adelante pudiesen continuar, sin alterar ya la tranquilidad o la estima de Beatriz, ya el honor de su propio marido; era, pues, de necesidad urgente poner remedio a ese estado de cosas, y el único remedio eficaz no podía ser otro sino el inmediato matrimonio de Pierrepont.
Aunque evidentemente conmovida Beatriz ante esta insinuación inesperada, la acogió sin protestas y hasta sin objeciones. Quizás en el fondo de su alma turbada, empezaba a desconfiar de su propia constancia deseando así que una mano potente viniese a salvarla de esa lucha que cada día más presentábase a ella como más dolorosa, como más imposible. Autorizó, pues, a la señora de Aymaret para que indicase al marqués cómo ella, Beatriz, deseaba su matrimonio, pidiéndole únicamente a su amiga que en lo sucesivo nunca le hablase de Pedro, ni jamás le advirtiera, si debía partir, la época de su viaje.
—Antes te quería—le dijo con sencillez la vizcondesa—, ¡ahora te venero!
Y la dejó en la avenida de los arrayanes marchando al taller en busca de Pedro.
—Tenemos todavía—dijo a éste—, como una media hora antes que pase el tren... ¿Quiere usted que vayamos a esperarlo a la estación de Meudon a guisa de paseo?
—¡Qué idilio!—respondió alegremente el marqués levantando los ojos al cielo.
Se despidieron de Fabrice, y un instante después, haciendo el camino que baja de Bellevue a Meudon, la señora de Aymaret exponía a Pedro la delicada comisión de que para él le había encargado Beatriz.
La frente de Pierrepont se cargó de nubes, pero, aunque manifestando tan extrema sorpresa cuanto viva impaciencia, era demasiado recto para no reconocer que la situación que ocupaba entre Jacques y su mujer prestábase, aunque injustamente, a las más perversas interpretaciones, mostrándose en extremo sensible a la idea de comprometer a Beatriz, y más todavía, a la de arrojar sobre el limpio nombre de su amigo una tacha de infamia, porque era visto que Pedro profesaba a éste un real sentimiento de cariño y aun de respeto, y rechazaba con horror la idea de traicionar vilmente la confianza del honrado y grande artista. Añadió así, magnánimamente, la necesidad de hacer más frías las relaciones que podían dar lugar a fundadas sospechas, y aun convino en que, efectivamente, el matrimonio era el más seguro medio de romper para siempre con el pasado... Pero, ¿por qué la América?... ¿Por qué miss Nicholson mejor que cualquier otra?
La señora de Aymaret consiguió vencer esta última trinchera revelándole el secreto culto que le rendía la linda millonaria, clase de lisonja a que todo hombre es siempre sensible.
—Pero, en fin—dijo Pedro, ya completamente arriado el pabellón—, ¡no es cosa de irse esta noche misma!... ¿Supongo que me concederá usted algunos días para arreglar mis asuntos?
—No muchos, mi querido amigo, porque yo me voy dentro de ocho y no quiero dejarlo a usted a mi retaguardia.
—Su confianza de usted me encanta... ¡Pero, en fin, sea! me iré con el próximo vapor que sale del Havre... porque, francamente, no puedo hacer el viaje a nado... Vamos, ¿quiere usted que le dé mi palabra?
—No estaría de más.
—Está dada.
—¡Muchas gracias!... recuerde usted que no debe prevenir a Beatriz el momento de su partida.
—¡Por supuesto!... pero podré despedirme de ella sin decirle nada, supongo.
—Eso sí... ¡claro está!—respondió la vizcondesa.
En esto llegaban a la estación, al mismo tiempo que el tren, y como nadie más que ellos ocupasen el coche que los conducía a París, convinieron en los términos de la carta que al día siguiente mismo se proponía la señora de Aymaret escribir a miss Nicholson, anunciándole la próxima salida de Pierrepont para América.
La vizcondesa estaba tan admirada como encantada del rápido y relativamente fácil triunfo con que terminara su doble campaña, diciéndose a sí misma, no sin fundamento, que la débil resistencia opuesta por sus dos enamorados amigos, atestiguaban con victoriosa elocuencia cómo ellos mismos estaban en el fondo convencidos de la irregularidad y de los peligros de la recíproca situación.
La señora de Aymaret escribió a Beatriz aquella misma noche en encubierta forma, a fin de darle detalles sobre su conferencia con Pierrepont. Los subsiguientes días, mientras se entregaban a los preparativos del viaje, recibió con frecuencia la visita del marqués, a quien puso en antecedentes acerca de la persona y familia de aquella que aceptaba por esposa, antecedentes que, como es natural, interesaban vivamente a Pedro, viendo la vizcondesa en la curiosidad de su amigo nueva garantía de su firme resolución, que, por otra parte, afianzaba suficientemente la empeñada palabra de caballero tan cumplido.
La señora de Aymaret debía ponerse en camino con su marido y sus hijos el primero de mayo, que era un martes; fue la víspera a Bellevue con intento de despedirse de Beatriz, a quien halló profundamente triste, aunque resignada, sabiendo allí por boca de su misma amiga que Pierrepont había estado en la quinta aquella mañana y participado a Jacques sus proyectos de viaje.
El marqués debía partir dentro de tres o cuatro días, el sábado 6 de mayo, día fijado para la salida del vapor a cuyo bordo tenía ya su pasaje, prometiendo a la vizcondesa en su visita de despedida que desde Nueva York le pondría un telegrama anunciándole su llegada, y como se pusiese de pie para dejarla, la amable señora le presentó sus frescas mejillas cubiertas de rubor, diciéndole simplemente:
—Bese a su hermana.
Al día siguiente, la vizcondesa salió para Suiza.
Hasta el viernes, víspera de su partida, titubeó el marqués acerca de si volvería o no a Bellevue, pero al fin decidióse a hacerlo, visto que no acertaba con el tono a que debía ajustar su carta de adiós a Beatriz; escribió a ella varias, mas encontrólas todas secas por demás o en demasía tiernas, y acabó por quemarlas. Llegado que fue a casa del pintor franqueó la puerta dirigiéndose en derechura al taller donde encontró a Beatriz, presente su marido, ocupada en una labor de tapicería.
—Querido, vengo a darte un apretón de mano... porque no sé si volveré a verte antes de mi escapada a América... ¡Estoy tan ocupado!
—¡Cómo! ¿tan pronto te vas?—preguntó Jacques interrumpiendo su trabajo—; ¿quién te corre, hijo?... ¡Ah! ¡ah!... Estoy en el secreto... ¡Fíate de mujeres para que guarden uno!
—¡Oh, eso está todavía en el aire... no son más que proyectos!... Lo único real es el viaje.
Después de esto no le habló más que de sus recuadros, cuya grandiosa composición admiraba, arriesgando algunas ligeras críticas de detalle, que el artista admitió algunas veces, discutió otras con su bondad y modestia usuales; una media hora transcurrió en esta conversación, en la cual la mujer del pintor apenas tomó parte, continuando con taciturno aire, inclinada su cabeza de diosa, la labor de tapicería que la ocupaba, tal cual fugaz palabra de vez en cuando dicha, tal cual veloz mirada rebosando de sombras lanzada sobre el rostro del hombre que se iba.
Cuando Pierrepont hubo dado a Jacques su adiós postrero, levantóse ella, diciendo al marqués con voz conmovida, seca, vibrante:
—Le voy a acompañar.
El marqués se inclinó, y juntos salieron del taller; a pesar de no estar sino a principios de mayo, el día había sido abrumador de calor y una tormenta estalló sobre París a mediodía; la lluvia que cayó a torrentes había cesado ya, pero el cielo estaba aún nebuloso, la atmósfera cargada. Se aspiraba ese fuerte olor que las lluvias de estío hacen brotar de la yerba, de las hojas y de las flores, y rosas, lilas y acacias saturaban el aire con sus acres perfumes. Beatriz y Pierrepont se pasearon lentamente durante algunos minutos en el parque sin pronunciar palabra, parándose de tiempo en tiempo para echar una distraída mirada sobre el lejano panorama de París, sobre el cual el sol poniente lanzaba a intervalos a través de las rotas nubes siniestros resplandores de incendio.
Beatriz de pronto, como quien toma una brusca resolución:
—¡Márchese, se lo ruego!... Pero antes quiero darle algo para ella.
Y se dirigió con rápido paso hacia la quinta. Su departamento personal, compuesto de un gran salón, gabinete y dormitorio, ocupaba toda la planta baja. La habitación de Jacques y de Marcela estaban en el primer piso.
Beatriz subió los tres o cuatro escalones del peristilo, y volviendo la cabeza dijo a Pedro: «Vuelvo al momento», entrando en seguida en el salón.
Pierrepont, desconcertado al pronto, aguardó algunos instantes, pero al fin se decidió a seguirla; la habitación estaba casi a obscuras, cerradas las persianas para preservarse sin duda contra el fuerte calor; el marqués pudo, sin embargo, advertir que Beatriz no estaba allí; se presentó un momento después llevando un estuche en la mano.
—Es su brazalete—le dijo en débil voz—; el brazalete que me envió usted de Londres cuando mi casamiento... Entréguelo de mi parte a su prometida... ¡Quiero que mi sacrificio sea completo!
Pierrepont intentó darle las gracias, pero su voz se ahogó en su garganta; puso la mano en la mano que ella le tendía.
—¡Adiós!
—¡Adiós!—respondió.
Y aun no se oyó acabar este fatal vocablo, cuando cayeron el uno en los brazos del otro, en olvido la tierra y los cielos, enloquecidos, arrastrados por esos huracanes de pasión que tornan veloces honor de varón, virtud de mujer, en flores marchitas, en muertos follajes, en huecas palabras.