XII
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el palco del teatro francés
Dos meses después del casamiento de la señorita de La Treillade con el barón Julio Grèbe, Fabrice y su mujer, acompañados de los señores de Aymaret, fueron una noche al teatro Francés.
Ocupaban aquel grande y conocido palco de escena que la administración del establecimiento se reserva, cediéndolo de cuando en cuando a los amigos de la casa, y ese palco es tanto más buscado cuanto que de él depende un saloncito colocado enfrente del otro lado del corredor.
Eran las nueve y media y acababa de levantarse el telón para dar principio al segundo acto de Mademoiselle de la Seiglière, cuando la atención que Beatriz y la de Aymaret prestaban a la pieza, fue bruscamente interrumpida por la estruendosa entrada que efectuaban tres o cuatro personas en el palco opuesto al que ocupaban nuestras conocidas, quienes reconocieron en seguida a la baronesa de Grèbe, por su familia de La Treillade, escoltada de su fiel institutriz y seguida del marido y del marqués de Pierrepont.
Estas señoras y caballeros parecían estar de muy buen humor, tanto, que la exuberancia de sus demostraciones levantaron en la sala algunos murmullos de descontento.
Todo París se ocupaba hacía algún tiempo de la intimidad de Pierrepont con la joven baronesa de Grèbe, y en cuanto al barón, enteramente domado, fascinado e hipnotizado por su mujer, había concluído por formar parte de la numerosísima cohorte de maridos de que rebosa el mundo y de los cuales no sabe uno si compadecer la ceguera o admirar la complacencia. Aun para los que desconocían los escabrosos detalles de estas relaciones públicas del marqués con la tierna recién casada, la circunstancia precisamente de la extremada juventud de su cómplice, le daba un aire de criminal corrupción de menores que causaba universal repugnancia. Fue esta grave falta nuevo motivo de tristeza para sus amigos de otros tiempos, que veían degradarse bajo sus ojos, de escándalo en escándalo, esta noble, delicada y caballeresca figura que tanto los había hechizado en otros tiempos.
Mucho tiempo hacía que Beatriz y su amiga ni pronunciaban siquiera el nombre del marqués, cuando sufrieron la contrariedad de encontrarse con él y Mariana cara a cara en una función del teatro Francés. No tardaron en advertir que a su vez fueron reconocidas, considerada la expresión de fisonomía de los vecinos y el incesante jugar de los anteojos; Mariana se expresaba con viveza, pareciendo mostrar decidido empeño en llamar la atención del marqués sobre el palco de Fabrice.
En el entreacto Jacques, a quien un trabajo urgente llamaba a casa, se retiró, seguido del vizconde, que se fue al círculo a jugar su indispensable partida de bésigue. La señora de Aymaret debía acompañar a Beatriz a su domicilio al concluir el espectáculo.
En los mismos momentos en que los dos maridos abandonaban la sala, Pierrepont, pareciendo obedecer contra su voluntad una orden de Mariana, se levantaba y salía de su localidad. Beatriz, que tras del abanico no cesaba de mirarlo, sintió que el corazón se le saltaba del pecho, y aun tuvo que ponerse sobre él la mano para contener sus violentos latidos.
—¿Qué tienes... qué te ha dado?—le preguntó la vizcondesa.
—¡Estoy segura de que viene a vernos!
—¡Qué disparate!... ¿Estás loca?
—¡Ya lo verás!
Tres o cuatro minutos después tocaron ligeramente la puerta del palco. La señora de Aymaret se levantó a abrir y Pierrepont entró.
Saludó cortésmente pero con frialdad, y echó a su alrededor una mirada como extrañando encontrar solas a las dos damas.
—¿Pues qué, se ha ido Jacques?—les preguntó.
—Sí—respondió la vizcondesa—; acaba de irse.
—¡Oh!... ¡qué fastidio!... ¡qué fastidio!—añadió Pedro ocupando con cierta extraña torpeza el asiento que le ofrecían, con torpeza tal que se le cayó el anteojo de teatro, recogiéndolo con risas tan exageradas que chocaron a aquéllas damas—. Estaba encargado de trasmitirle una misiva... una misiva... a ese buen Jacques... pero no dudo de que la señora Fabrice tendrá a bien servirme de intermediaria... y naturalmente obtendrá de su marido cuanto le pida...
La incorrección del lenguaje del marqués, el balbuciente acento con que acompañara sus palabras, lo descompuesto de su gesto y modales, no escaparon a las jóvenes amigas, que convinieron dolorosamente para sus adentros en cómo eran una verdad los hábitos de intemperancia que se le atribuían a aquél.
—He aquí el caso—continuó Pierrepont, mientras las señoras escuchaban con verdadero estupor—. Todo el mundo se ocupa del retrato de miss Nicholson que Fabrice acaba de terminar... una obra maestra según dicen... la baronesa Grèbe está encaprichada de tener uno también... pintado por la mano del grande artista... pero según parece... está recargado de trabajo... rehusa clientela... hay que aguardar turno... hacer antesala... y yo quisiera uno... un retrato... de la mujer de mi joven amigo... por intermedio, repito, de la señora Fabrice.
Ni la índole de la petición, ni las formas con que fuera hecha, eran asuntos que pudiesen complacer a Beatriz.
—Mi marido—respondió aquélla con glacial desdén—jamás me consulta acerca de los modelos de mi agrado... Nunca hablamos de cosas que se refieren a su profesión.
—¡Ah!... ¿según parece... la señora de Fabrice nos niega su apoyo... en este particular?
—Sí, señor, lo niego—replicó Beatriz levantándose con dignidad—. Elisa, permite que me sirva de tu cupé; volverá dentro de veinte minutos.
Pasó altivamente delante de Pierrepont, abrió la puerta del palco y entró en el salón de enfrente poniéndose su abrigo de pieles. La señora de Aymaret había venido a ayudarla; diéronse la mano y Beatriz se fue.
Pierrepont de pie, inmóvil, mudo, asistía en la penumbra del palco a esta breve escena. Por fin, decidióse a ir al encuentro de la vizcondesa que permanecía en el saloncito; la interesante dama se había sentado en un diván y respiraba con dificultad cual si una mano de gigante le oprimiera el corazón. El marqués paróse delante de ella, agitadas las manos por un ligero temblor, encendidas la frente y las mejillas, porque la cólera había acabado por trastornarlo, y siempre balbuciente ensayó formular una disculpa.
—A usted se lo puedo decir... con el respeto debido... mi intención no ha sido... No entra en mis costumbres, usted sabe, insultar a una señora... no creo que me he hecho acreedor... a su enfado... Por lo demás, ahora es ya asunto a debatir entre hombres... En cuanto a usted... me permito evocar recuerdos... que supongo...
De pronto callóse, como advirtiese que la señora de Aymaret ocultaba su rostro entre las manos y que las lágrimas escapaban de sus ojos, humedeciendo sus guantes.
Hubo dos o tres minutos de silencio; en seguida el marqués, pálido como un cadáver, le dijo en baja, aunque firme voz:
—¿Por qué llora usted?
La vizcondesa no le respondió sino con una explosión de sollozos.
—¡Ah!... lo sé—replicó el marqués, sacudiendo tristemente la cabeza—; llora por causa mía... llora por causa del hombre a quien ha honrado con su amistad... con su estima... y a quien contempla hoy caído en la última degradación... pero si le causo lástima... si le causo horror... ¿de quién fue la culpa sino de esa miserable mujer que acaba de irse?
—¡Señor de Pierrepont!
—¡Nada de nuevo le digo, señora... nada!... El cambio singular que se ha efectuado en mi vida es tal vez un enigma para todo el mundo menos para usted... Es imposible que usted... ya que no los demás, no adivine la causa verdadera...
—Algunas veces... sin duda—murmuró la vizcondesa—, esa idea ha pasado por mi cabeza... Pero, ¿cómo aceptarla?... ¿Cómo suponer que una decepción, por amarga que ella sea, haga caer a un hombre...?
Titubeó un momento.
—¡Tan bajo!...—dijo Pierrepont, terminando la frase—. ¡Pero, por Dios, señora, usted ha sido mi confidente... en esa terrible hora de mi vida! Tenga usted en cuenta, pues, lo que ha debido ser para mí ese desengaño a que se refiere... A esa edad en que el destino del hombre está en suspenso, es casi siempre una mujer quien lo decide... quien lo convierte en bueno o en malo... Cuanto a mí, esa mujer fatal ha sido su amiga de usted... Tal cual ella se me aparecía entonces, con su temible belleza y sus supuestas virtudes, era a mis ojos como el viviente símbolo de la dicha que yo soñaba en el seno de un hogar respetado... Yo había cifrado todo mi porvenir, toda mi vida en ese ensueño de que ella era la inspiradora... Usted sabe todos los obstáculos que nos separaban, usted conoce todas las objeciones, todas las resistencias que debía yo arrostrar o vencer... Usted sabe que estaba pronto a todas las abnegaciones, a todos los sacrificios... No ignora que lo aceptaba todo, las privaciones, las estrecheces, la sujeción, el trabajo... con tal que fuera mi mujer... Sabe, en fin, cuánto la amaba... con qué loca ternura... casi santa, me atrevo a decirlo así... Y cuando ella ha burlado un amor semejante, le admira a usted que me haya convertido en un insensato y que la llame una miserable.
—Señor de Pierrepont, le compadezco con toda mi alma... pero, ¿es digno de usted, de su buen sentido, de su rectitud, llamar miserable a una mujer porque ha rehusado casarse con usted?
—¡No la trato de miserable porque haya rehusado casarse conmigo... sino porque durante meses y años ha alentado mi pasión, porque me ha hecho creer que la compartía... y porque mintió, en fin!... Vamos a ver, señora, ¿cree usted que soy un niño? ¿cree que pude engañarme con respecto a su actitud, a sus miradas, a su acento, a su silencio mismo? Pues que, ¿todo eso no estaba diciendo que me amaba? ¡Vamos, que usted misma estaba persuadida y todo eso no era más que mentiras y fría coquetería!... Y es que entonces, a pesar de mi escasa fortuna, para ella que no tenía nada, era yo un partido... pero el día en que un pretendiente más rico se le presentó, arrojóse en sus brazos sin mirar que me partía el corazón.
—¡Si supiera, señor, si supiera cuán injusto es usted!
—¡Se arrojó en sus brazos sin mirar que me partía el corazón!—continuó con exaltación creciente—, y todo lo que por mí pasó en ese momento, todo lo que he sentido de desencanto, de humillación, de dolor, de salvajes celos... ¿cómo no lo comprende usted? He pensado en darme la muerte... pero la vida que llevo es un suicidio como cualquier otro... con el descrédito y la vergüenza además.
—¡Señor de Pierrepont... cálmese, se lo ruego... cálmese!...
—Ha conseguido volverme loco... me ha hecho perverso en todo sentido... ¡Ah! le juro que ella misma ha de convencerse de lo que digo. ¡Ahora hace un instante, me negaba un favor baladí... y todo por ultrajar a esa mujer... que vale bien poco, es verdad... pero que, de cualquier manera que sea, es mejor que ella...! ¡Pues bien, o nos dará una satisfacción a la baronesa y a mí, o le mataré a su marido!... De todos modos lo aborrezco; un hombre honrado y todo lo que se quiera... pero a quien aborrezco, sí... ¡hará el retrato de mi amante o lo mandaré al otro mundo!...
—Señor de Pierrepont—exclamó la vizcondesa, oprimiendo el brazo del marqués—; por todo lo que más quiero y lo que más respeto; por todo cuanto hay de más sagrado, le juro... ¿me oye usted? le juro que Beatriz es inocente de lo que la acusa.
—¡Sin duda, se lo ha dicho ella!—murmuró Pierrepont sonriendo con amargura.
—¡Ay, Dios mío!—continuó la señora de Aymaret fuera de sí—. Pues bien, me lo ha dicho... me lo ha dicho todo... me ha confesado todo... me ha dicho que le ama a usted desde su infancia y que nunca ha amado a otro hombre sino a usted... me ha dicho que la idea de ser su mujer era la única de sus ilusiones... que le adoraba, en fin... y que la tía de usted la obligó a rehusar su mano de usted so pena de desheredarle... que por usted se ha sacrificado... que por usted ha sufrido el martirio... ¡Ahí tiene usted la verdad pura!... y le digo que será el último de los hombres si alguna vez hace que me arrepienta de la indiscreción culpable... culpabilísima... que acabo de cometer... únicamente para evitar una desgracia... para evitar el crimen que premedita usted.
El marqués la contemplaba con mirada incierta, aun dudando todavía, pero la confidencia que acababa de brotar del corazón y de los labios de la vizcondesa tenía tal sello de verdad, que por sí misma se imponía; así lo comprendió rápidamente el marqués, y tomando con efusión las manos de la de Aymaret, mientras se sentaba delante de ella abrumado y confuso:
—¿Es posible?...—le dijo—. Sí, yo sé que nunca falta usted a la verdad... ¡Oh! que Dios le premie el bien que me ha hecho usted... ¡Oh! ¡cuan agradecido le estoy!... ¡No me da usted la dicha, ay!... pero al menos me devuelve carácter y honra.
—¡Tomo nota de ello!—díjole la vizcondesa apretando la mano de Pierrepont, y le dio entonces detalles de las amenazas de que Beatriz había sido víctima por parte de la muerta baronesa, no habiendo ya razón para ocultarle esos particulares que Pedro demostraba avidez en conocer.
El movimiento de los espectadores de la sala les dio a entender que un acto terminaba.
—Mi querido señor—dijo al marqués la vizcondesa poniéndose de pie—, los dos tenemos necesidad de reposo... y todavía más de reflexión... por otra parte, deben empezar a inquietarse en el palco de enfrente por su ausencia.
Pierrepont hizo un gesto de soberana indiferencia.
—Vaya usted mañana a verme a las dos—concluyó la señora de Aymaret—. Tenemos que tratar una cuestión muy seria, el de la conducta a seguir respecto a Beatriz.
—Hasta mañana, pues, señora... y todavía una vez gracias mil... ¡Oh, gracias mil!
Y ganó la puerta del corredor mientras que ella entraba en su palco.