XI
Reading edition
«fin de siglo»
No habiendo dejado la señora de Montauron disposiciones testamentarias, venía a ser su legítimo heredero el marqués de Pierrepont, quien por este hecho reunía en sus manos una renta de más de cuatrocientos mil francos.
Pasó Pedro el primer período del luto cazando en los Genets y regresó a París hacia fin de octubre instalándose en el hotel de la calle Varennes, que perteneció a su tía, pero conservando al propio tiempo su entresuelo del bulevar Malesherbes, detalle que hacía sonreír a las señoras... Fue el marqués, aun en los tiempos de su relativa pobreza, personalidad muy buscada en el alto mundo parisiense por cuanto su gracia caballeresca, su dignidad personal, su galantería discreta, hicieron de él el prototipo de la más correcta distinción.
Sorpresa, y sorpresa ingrata produjo, pues, verlo reaparecer en la escena donde era tan conocido y apreciado, con procederes mucho menos irreprochables. Ya el pasado invierno, después de su vuelta de Londres, notáronse cambios singulares en las costumbres de Pierrepont, pues se le vio con frecuencia en el teatro ocupando el segundo término de un palco de escena en compañía de señoritas, muy agradables sin duda alguna, pero con las cuales no es uso mostrarse en público, una vez pasados los días de la adolescencia.
Este particular, como puede recordarse, no escapó a la mirada de la señorita de La Treillade, ¡penetrante y adelantada criatura! Mostróse igualmente Pierrepont cabalgando sin aprensiones en las avenidas del Bosque al lado de ciertas amazonas que no blasonaban de virtuosas, lo que no dejó de admirar también, mucho más tratándose de un hombre que hasta entonces conquistara con justicia la reputación de discreto y decente. Y aun se decía más: se decía que nuestro personaje había contraído en Inglaterra un vicio, no tan raro en aquel país como lo es en cualquier otro fuera de las islas. Al menos el vizconde de Aymaret, juez competente en estas materias, aseguraba a su mujer que ese diablo de Pierrepont trajo de por allá una afición un tanto desmedida al Jerez y al brandy.
Las dos personas que en París se interesaban por el marqués, a saber: Beatriz y la señora de Aymaret, estaban consternadas con la divulgación de tales desfavorables hablillas, pero habían acabado por engañarse a sí mismas, conviniendo que aquellas voces no eran más que el despecho de la envidia impotente.
Sin embargo, fuerza era convencerse, porque apenas de regreso en París, desvanecido por su inesperada fortuna, el heredero de la señora de Montauron acentuó de modo tan escandaloso sus deslices, que aun sus más ardientes devotos tuvieron que confesar la extraña y desfavorable metamorfosis que en la conducta y el carácter de aquél se efectuara; nunca fue Pedro un puritano, es cierto, pero siempre se le veía llevar a sus aventuras galantes aquella delicadeza moral que ellas reclaman, y que consiste, para el hombre de honor, en ocultar al público sus debilidades en asuntos de amor, y con mucho más motivo que sus debilidades sus vicios, mientras que ahora parecía como si el marqués pusiera empeño en desafiar la opinión. Tal vez en consideración a ese menguado propósito pregonaba a la luz del día sus relaciones con cierta comiquilla que merced a las larguezas del tardío calavera arrastraba en el Bosque uno de los mejores equipajes de París, y aun se añadía que no era ésta la mayor de sus locuras, comenzando a prestársele detalles de vida y costumbres que informaban los más deplorables caracteres. Hablábase entre dientes, por los salones, de ciertas cenas semanales donde se reunían con el marqués y sus amigos esas mujeres sin principio que París ve girar cual estrellas errantes entre los confines de la buena sociedad y de la sociedad dudosa, no faltando quien asegurara que de aquellas personas, algunas eran llevadas a tan orgiásticos festines por sus mismos maridos, lo que hace de tales entes el más cumplido elogio.
Contábanse en desdoro de Pierrepont otras imprudentes excentricidades del mismo jaez que no hace al caso precisar aquí, y que sin herir por incurable manera el honor de aquél, levantaban en torno de su nombre, hasta entonces tan respetado, ciertos lamentables rumores de desestimación.
Beatriz y la señora de Aymaret se hallaban demasiado mezcladas al movimiento parisiense para que no se les ofreciera la ocasión de verificar por sí mismas, ya en el Bosque, ora en el teatro, los desórdenes que con tanta imprudencia a la vista de todos desplegaba el marqués, y además la vizcondesa estaba en autos a estos respectos por su propio marido, consuetudinario comensal de las famosas citadas cenas, mientras que el portavoz para con Beatriz era Gustavo Calvat, a quien sus jocosidades de bohemio, aunque menospreciado, divertido, introducían en los teatros y en los cafés de periodistas donde ávidamente recogía los escándalos corrientes del París a la moda. Nunca habían existido entre Pierrepont y aquel ejemplar, a quien Pedro encontraba de continuo en el taller de Fabrice, grandes simpatías, por cuya razón ponía Calvat esmeradísimo empeño en poner de relieve, sobre todo delante de Beatriz, a fin de mortificarla, las calaveradas del marqués, adivinando las secretas solidaridades de ésta con un hombre nacido en su misma clase social. Pero, lo que más indiscutiblemente acusaba a Pierrepont ante los ojos de las jóvenes amigas, era ese completo y absoluto alejamiento de aquél hacia ellas, cual si el marqués hiciera por el hecho una tácita confesión de su indignidad; jamás aparecía por el taller de Fabrice, con grande aflicción del pintor, que tan sinceramente estimaba a aquel antiguo compañero del combate y de la ambulancia.
No era de extrañar su proceder con Jacques, puesto que Pedro había renegado de la mayor parte de sus antiguas relaciones: veíasele, sin embargo, de vez en cuando en el mundo, puesto que lo encontramos, hacia mediados de diciembre, en el saloncito privado de Mariana de La Treillade, si bien es cierto que una circunstancia especial lo llevaba a ese elegante santuario de la malicia, puesto que Pierrepont venía a felicitar a Marianita por su próximo matrimonio. Sí, al fin esta linda joven se casa, se casa con el barón Julio Grèbe, hijo de un acaudalado banquero de París. Julio es ya heredero por línea directa de una docena de millones de francos, y espera suceder a su tío en igual suma redonda.
En el momento en que Pierrepont se presenta, la señora de La Treillade va a salir, muy ocupada con la instalación de su hija, y ruega a aquél que la dispense si lo deja solo con su hija y miss Eva.
—Señorita—le dice sentándose y afectando un aire de gravedad bastante equívoco—, permítame que le dirija las más respetuosas felicitaciones... Se casa usted con uno de mis mejores amigos... un perfecto caballero... y una excelente persona de quien hará usted cuanto usted quiera.
—No sé—responde Mariana, mirándolo de lleno con sus grandes ojos burlones—, no sé si es tan arreglado como usted dice, pero, en todo caso, le da un ejemplo que debiera usted imitar... ¡pone a tiempo un punto final!
—Pero, desgraciadamente, no a todos se presenta tan propicia ocasión como lo es ésta.
—Y note usted—continúa Mariana—, que es bastante más joven que usted.
—¡Sí, pero yo soy muy joven para mi edad, señorita!
—¡Así se dice al menos!
—Y bien dicen... mientras que él, Julio, es casi un viejo para la que tiene.
—Eso me encanta; no podría usted hacerme mayor elogio... Yo soy de un natural tan suave, tranquilo y sensible, que un marido demasiado vivo de carácter me haría sufrir mucho.
—Estoy tan convencido, desde hace mucho tiempo, de lo que me dice usted, señorita, que hasta me he permitido poner en antecedentes sobre el particular a mi joven camarada.
—¿Cómo así, mi querido amigo?
—Como usted lo oye... «Amado Julio—le he dicho... ¡tan íntima es nuestra amistad!...—He tenido el gusto de conocer a la señorita de La Treillade en casa de mi tía, durante una temporada de campo... con ese motivo tuve la ocasión de estudiarla, descubriendo en ella una dulzura, una sensibilidad, y permítame la expresión, señorita... un candor... que exigen los mayores miramientos.
—Señor de Pierrepont, no sé realmente cómo darle las gracias por sus bondades conmigo...
—No hacen más que principiar, señorita... ¡si usted tiene a bien alentarlas!
—Pues bien, las aliento... ¿Continuará usted visitándome después de casada?
—Todos los días, si me lo permite usted.
—Todos los días sería demasiado fatigoso para usted... porque nosotros vamos a vivir en la calle Monceau, y es un poco lejos de su horrible calle Varennes.
—Perdón, señorita, pero, además del hotel de la calle Varennes, conservo el entresuelo del bulevar Malesherbes.
—¿Para qué, amigo mío?
—Para tener el honor de continuar siendo vecino de usted.
—¡De veras!... ¡si usted supiera cómo me divierte eso!
—A mí tampoco me contraría, señorita, se lo aseguro a usted.
Este chispeante diálogo, que parecía hacer las delicias de la candorosa institutriz, en aquellos lugares presente, fue interrumpido por la súbita y bulliciosa irrupción de dos o tres jóvenes amigas que invadieron el saloncito de Mariana. El fresco rostro de miss Nicholson tomó los colores de una rosa de Bengala cuando advirtió que Pierrepont se encontraba allí, pero, desdichadamente, al marqués no se le antojó prolongar su visita, por cuya razón se puso en retirada, no sin haber antes dado la mano a Mariana, que le dijo:
—Creo que no será la última vez... ¡espero que cumplirá usted su palabra!
—¡Oh! ¡de eso esté usted bien segura, señorita!
Después de los besos de ordenanza, las señoritas de Alvarez y de Chalvin, que acompañaban a miss Nicholson, preguntaron con insistencia a la de La Treillade si se había ya fijado la época del casamiento.
—Sí—respondió Mariana—, se ha decidido que se efectúe el 5 de enero, así como a manera de aguinaldos para mí... o, mejor dicho, para mi marido...
—¿Creerás, querida, que aún no conozco a tu marido?—dijo la señorita de Chalvin—, ¡y tengo una curiosidad!
—¡Glotona!—replicó Marianita—, pues bien, relámete... va a venir... lo estoy esperando...
—¡Dicen que es seductor, amada mía!
—¡Seductor!... ¡aun me parece poco!...
Un momento después la puerta se abría para dejar paso al barón Julio Grèbe, conocido por los gomosos de su laya por «Fin de Siglo»; era este el sobrenombre que él se daba, llevándolo con más orgullo que un título, en razón a que sus amigos llamábanlo familiarmente por tan simbólico apodo.
Era nuestro barón hijo único y mimadísimo por su mamá, que vivió en éxtasis delante de él desde el momento en que abrió los ojos a esta pícara vida; tiernamente hubo de sonreír aquella buena señora al saber las primeras calaveradas de su niño, contribuyendo por su parte; con laudable empeño, a hacer de su pimpollo el insoportable señorito que retratando vamos. Para conservar en sociedad este original la prepotencia a que lo habituaron en familia, decidió buscar una actitud, un algo que lo distinguiera de los demás mortales, y a falta de otros méritos, nada encontró mejor que admirar o, más bien, según su lenguaje, espantar a sus contemporáneos, haciendo los más cínicos alardes de la más necia perversidad. Algunas nociones remotísimas de Darwin, recogidas por aquí y por allí a salto de mata, compaginadas a la diabla con ciertas confusas pinceladas de Schopenhauer, proveyeron a nuestro baroncito de una descabellada teoría nihilista, que predicaba impertérrito de círculo en círculo y de salón en salón, declarándose en todas materias, literatura, política, artes y sobre todo en moral, tan escéptico, cansado, aburrido, desengañado y desalentado, tan corrompido y tan caduco, tan hastiado de las viejas tradiciones, tan en liquefacción, en fin, que pronto sería necesario recogerlo con cuchara. Tales eran las pretensiones del «Fin de Siglo», quien, no conservando las creencias del pasado y siendo demasiado tonto para penetrar las del porvenir, había acabado por no tener ninguna.
Algunos de sus camaradas de círculo, alucinados por su imperturbable aplomo y sus grandes bienes de fortuna, concluyeron por considerarlo cual un espíritu fuerte de primera magnitud, y él mismo acabó por creerlo así también.
Sin embargo, y a pesar de sus prédicas, los gastos de representación del señor de Grèbe tomaron tal vuelo en los últimos tiempos, que su tío le prometió no sólo desheredarlo, sino lo que es más, ponerlo en tutela a menos de entrar en mejor vía, y por esta razón decidió contraer matrimonio con Mariana de La Treillade, a quien por otra parte proponíase espantar en manera extraordinaria.
Julio Grèbe era un joven de veinticinco a veintiséis años, pequeño de estatura pero bien formado y de una elegancia ultra-británica: lo que le desfavorecía mucho era un par de ojos muy saltones, azules pálidos y cuya expresión era casi siniestra a veces, otras semiapagada. Tenía resuelto andar, caminando con las piernas en arco, cual si aun a pie, estuviese montado a caballo.
Y en esa triunfal apostura adelantábase por el salón de Mariana de La Treillade, a quien saludó con una ligera e irónica inclinación de cabeza, depositando en las hermosas manos de su prometida una enorme caja de chocolatines: la manera de hacerle la corte fue este día bastante singular, pues consistió en comer, a los atónitos ojos de aquellas señoritas, una cantidad disparatada de las susodichas golosinas, y estimulado por las risas de admiración de la interesante galería, perseveró con su aire siniestro y frío en tan culto juego hasta verle el fondo al descomunal cartucho, no sin que abrigara serias inquietudes acerca de sus probables consecuencias, pero había espantado a aquellos serafines: era, pues, dichoso.
Las bodas se efectuaron tres semanas después de la historiada proeza en la iglesia de San Agustín, y como la joven pareja se pusiera de acuerdo para no llevar a cabo el reglamentario viaje de novios, se instalaron la noche misma de sus nupcias en el hotel que Marianita había hecho comprar a su marido, calle Monceau, hotel cuyo arreglo presidió ella misma dando muestra en el mobiliario y tren de su proverbial buen gusto, porque no era esta cualidad la que precisamente faltase a Mariana.
Un gabinete colgado de seda azul con botones de oro precedía a la alcoba de la joven desposada. En él se detuvo al regreso de la iglesia, tiró su albornoz, descubrió la adorable cabeza y se dejó caer en un sillón cual si se sintiese cansada y aburrida de las ceremonias del casamiento; entretanto su marido se calentaba los pies junto a la chimenea. Había parecido todo el día más glacialmente desdeñoso, y aun en este momento, a solas con su joven y encantadora esposa, en los umbrales de la cámara nupcial, no tenía para su mujer otras caricias que una sonrisa burlona en sus labios y en sus ojos una perversa mirada.
—Querida mía—le dijo de pronto—, ¿sois del viejo régimen?
—¿Viejo régimen?... perdón... no comprendo.
—Os pregunto, querida, si tenéis la simpleza de tomar en serio las viejas rutinas sociales, las tontas convenciones de nuestros padres... ¡y en especial el matrimonio!
—¿A dónde vamos a parar, amado Julio?
—A ponernos de acuerdo desde el principio, ¡alma mía!, y para eso es necesario que antes nos conozcamos... En cuanto a mí voy a deciros claramente lo que soy... Os habrán contado probablemente que yo era un libertino, un depravado, un don Juan... nada de eso, amiga mía... no soy más que un hombre de mi época, desprendido de toda clase de preocupaciones... un hombre que puede someterse a las costumbres, y a su tío... pero no me enajena la independencia.
—¿Y qué más?—interrogó Mariana con una sonrisa indiferente y burlona que no dejó de desconcertar a su marido.
—¿Y qué más?... pues es muy sencillo... he querido deciros que podéis contar con mis más sinceros sentimientos... pero que no debéis de esperar esas ternezas... es decir, las costumbres de uso en un matrimonio de aldea.
—¿Y después?—continuó la joven con su misma sonrisa graciosa e impasible.
—Y después... que para sentar desde luego los precedentes de esta independencia que reclamo... os pido permiso para ir a dar una vuelta al círculo... por supuesto, si eso no os contraría demasiado.
—Eso no me importa nada, amigo mío.
—Debo añadir que entraré probablemente un poco tarde... hacia la madrugada.
—¡Tanto mejor!—repuso ella.
—¡Bueno!—continuó el baróncito, tomando su sombrero—. ¡De acuerdo!... ¿Me permitís que os dé un beso en la mano?
—¡Con mucho gusto!—y le tendió la suya enguantada.
Julio Grèbe salió con aire de triunfador, ganando la calle por la escalera privada de su departamento.
Era éste un golpe de efecto que meditaba desde hacía mucho tiempo y del que esperaba cosechar inmarcesible gloria, porque eso de ir a pasar su noche de boda en casa de su amante no podía ser más fin de siglo, nada podía dar más evidente testimonio de su desprecio hacia la estrecha moral del vulgo.
Bajó Julio fumando, por la avenida de Messina, dio algunos pasos por el bulevar Haussman en dirección a la calle d'Argenson, donde vivía su amante que lo aguardaba, mas se paró de pronto... De veras... lo abandonaba el valor; fuese que la enormidad de la villana acción que cometía, despertase su conciencia embotada, fuese que la tranquila ironía de Mariana lo inquietara, fuese que realmente estuviese enamorado de su mujer, ocultando su afecto por un estúpido y torcido amor propio, lo cierto es que renunció a llevar más lejos su indigna fanfarronada y tomó de nuevo el camino de la calle Monceau. Después de tan corta ausencia, le sería fácil hacer pasar, la cosa como una simple broma.
Ya en su casa, entró sonriendo en el gabinete donde había quedado su mujer; las lámparas ardían todavía, pero Mariana no estaba; después de haberla llamado con discreción, penetró en el dormitorio débilmente alumbrado, mas vio sorprendido que no había nadie; subió corriendo a las habitaciones de miss Brown. Miss Brown tampoco estaba; no atreviéndose a interrogar a la servidumbre, salió de nuevo y fue a tomar noticias al hotel del parque Monceau donde vivía la señora de La Treillade. Mariana no había parecido por allí; entonces volvió a su domicilio y pasó la noche paseándose en el gabinete de su esposa desde las doce hasta las siete de la mañana, a cuya hora tuvo el gusto de verla entrar pálida y yerta de frío, envuelta en un abrigo de pieles.
—¿De dónde venís?—le preguntó con voz ahogada.
—Vengo de pasear mi libertad como vos paseáis la vuestra.
—¡Me parece bien!—gritó el barón.
—¿No es verdad?—repuso fríamente Mariana.
—¡Pero es que no ha sido más que una broma!
—Una broma ha sido también la mía.
—¿Por quién me tomáis?—preguntó al fin, rojo de cólera.
—Os tomo por un pobre hombre desenterrado... Vamos, idos a dormir... ¡Vamos, idos!
Mariana le mostró la puerta y él salió mansamente... Estaba espantado.
—Querido—decía Julio algunos días después en tono confidencial a su amigo Pierrepont—, sabes que si yo soy fin de siglo, ¡mi mujer lo es aún más que yo!
—Me admiras, Julio—respondió Pierrepont.