LIBRO SEGUNDO.
Reading edition
§. I.
DESCUBRIMIENTO DEL RIO DE LA PLATA.
1515-1529.
Casi al mismo tiempo que el intrépido Hernán Cortes daba principio á su conquista en la América septentrional, dilatando los límites de la antigua España con los reinos y provincias de la nueva, Juan Diaz Solis descubrió otros muy dilatados, y extendió en la América meridional los dominios de la monarquía española. Era Solis natural de Lebrija, célebre por sus conocimientos cosmográficos, que le merecieron el título de piloto mayor del reyno en tiempo de D. Fernando el Católico. Como práctico y afortunado le ocupó en algunas expediciones, en una y otra parte de la América, donde descubrió nuevos mares y tierras, de las que tomó posesion por la corona de Castilla.
Dominaba su corazon vano apetito de gloria, y ambicioso deseo de ser preferido á los coetáneos, y como esta pasion facilmente declina en culpable, le hizo delincuente, intentando derribar los beneméritos, del grado de estimacion que pretendia para sí. Pero le sucedió lo que á muchos, á quienes el anelo de subir hace sentar el pié sobre falso: porque Juan Diaz se hizo sospechoso, y cayó algun tiempo en desgracia del Monarca, hasta que la memoria de los méritos pasados, y la necesidad que de él se tenia, le conciliaron segunda vez la real confianza, y le merecieron algunos empleos honoríficos. Entre otros se le fió el descubrimiento de algun estrecho para facilitar el paso á la Especería, que entonces ocupaba las primeras atenciones.
Con este destino zarpó del puerto de Lepe por Octubre de 1515, y costeado el Brasil, entró el siguiente año en el magestuoso Paranaguazú: nombre que usaban los naturales para denominar al que despues se llamó Rio de la Plata, y por ahora, del nombre del su primer descubridor, Rio de Solis. Los Charruas, que entonces se dilataban por la costa septentrional del Paraná hácia el Uruguay, y tirando al oriente hasta las cabezadas del rio Negro, movidos de curiosidad, salian de sus chozuelas las manos cargadas con frutos de la tierra, que abandonaron sobre la playa, retirándose á la ceja de un monte inmediato.
Solis, que no conocia el génio pérfido de la nacion, confiado en las demostraciones, al parecer amigables, salió en tierra con pocos compañeros desarmados. Entonces los Charruas dejaron repentinamente los montes, mataron á Solis con su gente, y se los comieron á vista de los que estaban en la caravela, testigos del hecho y no vengadores del atentado. Recelosos de igual desgracia, retrocedieron en busca de la capitana que estaba sobre las áncoras en la isla de San Gabriel, y tomado acuerdo, volvieron á España, donde con la primer noticia del Rio de la Plata, comunicaron la infausta suerte de su primer descubridor.
Casi diez años pasaron, en los cuales el rio de Solis no mereció un recuerdo en la memoria de Carlos V. Pero, como en el rey de Portugal se trasluciese inclinacion de extender por esta parte sus dominios, dispuso prontamente una armada á cargo de Diego de Garcia, vecino de Moguer, acompañado de Rodrigo Area, piloto célebre de su tiempo: imponiéndoles la obligacion de repetir segundo viage, y de buscar con diligencia á Juan de Cartajena, y á cierto clerigo francés, que abandonó por sediciosos Magallanes, arrojándolos hácia la bahia de San Julian. La armada salió del Cabo de Finisterre á 15 de Agosto de 1526, pero las aventuras de la navegacion la demoraron tanto, que Sebastian Gaboto previno á Garcia embocando primero por el gran rio de Solis.
Era Gaboto veneciano de nacion, cosmógrafo inteligente, y práctico en la marina; sugeto verdaderamente hábil, de sagaz entendimiento y penetrativo discurso: despues de Colon inferior á ninguno en hidrografia y astronomia. Descubrió la tierra de Bacallaos, y de ella tomó posesion por Enrique VII, rey de la Gran Bretaña; del cual se prometió un prémio digno de sus afortunados servicios. Pero como la recompensa fuese inferior á la esperanza, se ausentó Gaboto de Londres para probar fortuna en servicio del rey de España.
Efectivamente, con el nuevo Soberano fué nueva su fortuna, y se le dió título y empleo de piloto mayor del Reino, con renta competente al oficio que profesaba. Entre otras expediciones se le ordenó el año de 1525, que pasara á las Malucas, y tentára el descubrimiento de Tharsis, Ophir y Catayo. La armada que se le previno constaba de cuatro navios: el equipage pasaba de seiscientas personas, fuera de mucha nobleza de hidalguia, y sujetos de crecidos méritos, atraidos con esperanza de enriquecerse en las tierras á que navegaban.
La armada levó anclas á principios del 1526, y tuvo algunos accidentes que demoraron la navegacion mas de lo que se persuadió Gaboto. Con la tardanza escasearon los viveres, y traslucidos algunos indicios de alzamiento, se recostó Gaboto al Puerto de Patos, en altura de poco mas de 31 grados de latitud austral, hasta donde los Guaranís, señores de las riveras marítimas por aquella parte, prolongaban sus términos.
Gaboto, imposibilitado á proseguir, ó con esperanza de progresos mas felices, abandonó el viage de Malucas, siguiendo por ahora el curso de su fortuna, que le encaminó á la espaciosa boca del rio de Solis, en cuyos confines bojaba la armada, y subió hasta una isleta no muy distante de tierra firme, hácia la ribera septentrional en la derecera de Barragan, que caia en la márgen opuesta. A la isleta llamó San Gabriel, y ancoró en su fondo las naves. Pero siendo el puerto poco reparado, avanzó con dos bateles hasta el encuentro del Paraná y Uruguay, y siguiendo la madre de este, descubrió á su oriente un rio, que desde entonces hasta hoy se llama de San Salvador, buen surgidero para poner en salvamiento la armada.
Así lo egecutó Gaboto: parte de la carga con alguna milicia dejó en San Gabriel, y parte con la armada pasó á San Salvador, sobre cuya embocadura levantó un fuerte contra los Charruas é Yaros, que observaban al descuido los movimientos del español. Guarnecido con milicia el fuerte, saltó en un bergantin y caravela al magestuoso Paraná, y surgió en el Carcarañal, pechero suyo por la márgen occidental: donde levantó segunda fortaleza, que denominó Sancti Espiritu, y que el vulgo llama de Gaboto, por algunas reliquias que el tiempo conserva para su memoria.
Habitaban las vecindades del Carcarañal los Timbus, gente humana, cariñosa, hospitalaria; buena para amiga, y pesima para enemiga. Con ellos hizo alianza Gaboto, y avanzó hasta la laguna de Santa Ana. Entabló comercio con los Apupenes, rescatando bastimentos por bugerias, que hacia estimables la novedad. Del Apupen retrocedió á la junta del Paraguay y Paraná, y tomando la madre de aquel, surgió cerca del sitio, donde se fundó despues la Asumpcion, capital de la provincia.
Señoreaban el rio los Agaces, los cuales salieron en trescientas canoas á presentar batalla á Gaboto, que acometieron orgullosos; pero vencidos facilmente, se retiraron fugitivos á sus ordinarias guaridas. De las vecindades concurrieron los Carios, á solicitar la paz del valeroso triunfador de los Agaces, y cambiar los frutos de su territorio. Adornaban su desnudez natural piezas de plata pendientes del cuello, y hermosos plumages la cintura, provocando la codicia española, á quien lisonjeaba el resplandor de aquellas alhajas.
Los indios por obsequiar á los huespedes, ofrecieron las piezas por cuentas de vidrio y otros generos baladís, sucediendo á veces que recibidas las bugerias, se retiraban huyendo, porque el español no se arrepintiera de lo que daba en precio de lo que recibia.
No era esta plata propia del terreno: pero como ni los indios podian explicarse, ni los españoles averiguar su orígen, se fué la aprension á lo que era natural, juzgando que en la vecindad habia criaderos de metal tan estimable, del cual rescataron porcion bastante para hacer un donativo al emperador Carlos V. Antonio Herrera dice que esta es la primera plata que de Indias pasó á España: lo cual no es creible, describiendo en su Decada II, al año de 1519, el donativo que Hernán Cortes envió, compuesto del agregado de piezas de oro, plata y perlas, que Motezuma presentó al conquistador de la Nueva España.
Persuadido pues Gaboto de que el pais era fecundo en minerales, denominó al Paraguay Rio de la Plata: nombrado brillante, que equivocó en los autores la inadvertencia, y adulteró la falta de noticias. No negaré que el tiempo que trastorna la substancia y denominacion de las cosas, del Paraguay trasladó al Paraná-guazú el nombre del Rio de la Plata, con el cual es conocido despues de recibir el Uruguay hasta descargar en el Océano con mole inmensa de aguas. No se sabe si Gaboto adquirió noticia de como y cuando esta plata que rescató de los Guaranís, y que denominó al Paraguay, vino á sus manos. Pero si lo supo, y ocultó la noticia, los tiempos venideros lo manifestaron.
Alejo Garcia, de nacimiento portugues, penetró por la via del Brasil al territorio de los Guaranís, acompañado con número crecido de Tupís, pretendiendo adelantar por aquella via las conquistas lusitanas hasta el Perú. En su compañia tomó dos mil Guaranís, guerreros escogidos, y certeros en la direccion de las flechas. Llegaron á los confines paruanos, verosimilmente en las inmediaciones de los Chichas, á los cuales el capitan portugues venció con el auxilio de los Tupís y Guaranís, y los despojó de tejidos curiosos, vajilla, vasos y coronas de plata, en que sobre la materia era estimable la labor de invencion peruana. Parte del despojo fué botin de los Guaranís, y parte de Alejo Garcia y sus compañeros: pera aun esta parte pasó á los Guaranís, que los mataron alevosamente despues que volvieron sobre sus pasos.
Esta es la plata que Gaboto rescató de los Guaranís, deteniéndose con lenta ociosidad mientras unos iban cargados de abalorios, y venian otros con planchas para cambiarlas. En el rescate se le pasó el año de 1526 y parte del siguiente, poco vigilante en promover la conquista. Entretanto llegó Diego Garcia, á quien tocaba el gobierno: reconvino á Gaboto con modales urbanos, exhibiendo los despachos en que se le confiria la capitanía del rio de Solís por nombramiento del Emperador. Gaboto que esperaba enriquecer con nuevos rescates, y pensaba descubrir ricas minas de plata, resolvió atropellar la justicia de Diego Garcia, alzándose con el gobierno.
Efectivamente prevaleció el veneciano; y Garcia, que no tenia esperanza de vencer á Gaboto, se sometió á su mando con tanto rendimiento que en adelante ni su nombre suena, ni se oye en las historias. Como Gaboto estaba mal asegurado de su intrusion, determinó obtener con mejor título la capitanía del Rio de la Plata, despachando á la corte dos agentes, Hernando Calderon, y Roque Barlogue, con encargo de promover sus pretensiones. Dióle prolija relacion, que contenia las aventuras del viage: los motivos que precisaron á desistir de la jornáda de Malucas: los descubrimientos hechos, y las naciones que dieron la paz, sin omitir menudencia conducente al fin pretendido. Llevaban tambien un donativo de plata para el Emperador, y algunos indios que pasaban á dar la obediencia en nombre de sus naciones.
Los agentes de Gaboto fueron admitidos ron soberana dignacion, conferenciando largamente con ellos el César, é inquiríendo varias curiosidades concernientes á diferentes materias. Concurrieron al agrado del recebimiento los Guaranís, embajadores caracterízados con fisonomía peregrina, y modales índicas que llamaban la atencion del Monarca; informándose largamente sobre sus génios, ritos y costumbres. Mas que todo admiró su grande entendimiento el artificio de los tejidos, y delicadeza de labor, maniobra de artificio superior á lo que prometia la torpeza de sus manos.
Todo lo cual inclinó el Emperador á favorecer á Gaboto, y enviarle socorro de gente para la prosecucion de la conquista. Pero como la monarquia se hallaba embarazada con la alianza de Inglaterra y Francia, y el año de 29 gravísimos negocios sacaron de España para Italia al César, este proyecto no llegó por entonces á ejecucion.
§. II.
DESDE LA SALIDA DE GABOTO HASTA LA LLEGADA DE D. PEDRO DE MENDOZA.
1530-1536.
Desde que Gaboto se restituyó del país de los caribes al fuerte de Sancti Spiritus sobre el Carcarañal, no consta progreso alguno de la conquista, ni alianza con otras naciones. Los Timbues se mantenían en amigable correspondencia, que les inspiraba su buen génio, y el cariñoso trato de los españoles. No así los Charruas, los cuales velaban sobre los descuidos de la guarnicion para lograr un lance favorable á sus armas.
Efectivamente, lograron una madrugada, y sorprendieron rapidamente á los castellanos: parte murieron á sus manos, parte se refugiaron á las naos que se hallaban surtas en el rio, sobre la márgen oriental del Uruguay. Hallábase Gaboto próximo á largar al viento las velas para España: y aunque sintió la desgracia, no se detuvo en castigar á los bárbaros, ni en reedificar el fuerte, primer monumento de su conquista. Mayores negocios ocupaban el ánimo, y solicitaban su asistencia personal en la corte. Tres años corrian ya, y en ellos no habia tenido noticia de sus agentes, ni del estado en que se hallaban su pretensiones. Tenia fundamentos para sospechar mal recibimiento por las diligencias de sus émulos interesados de Malucas, y los informes que podia sospechar de Diego García, á quien en propiedad pertenecia la conquista.
Esto le movió á navegar á Castilla para liquidar personalmente sus operaciones. En efecto llevó adelante el patrocinio de su causa, y justificó de modo sus procederes, que obtuvo la capitanía del rio de la Plata. Pero se le confirió en títulos, y con pretexto de piloto mayor del reino se le detuvo en Sevilla, embarazando la vuelta al rio de la Plata, de un sugeto que fué desgraciado en Inglaterra, infiel á España, y primer intruso en estas provincias.
A los dos años de vuelto Gaboto, fué destruido el fuerte de Sancti Spiritus. Era alcaide Nuño de Lara, noble hidalgo dotado de prendas singulares: era cariñoso, afable, circunspecto, prudente, respetable, mandando con el dulce imperio de las obras que facilitan y vencen las dificultades. Mantenia los presidiarios en arreglada disciplina, inspirando en sus corazones humanidad y clemencia con los indios: á estos conservaba en mutua correspondencia, rescatando de ellos los alimentos, sin lesion de la equidad y justicia. Todo prometia bonanza, y aseguraba hermandad incontrastable por muchos años. Así sucediera si la furia de una pasion no lo convirtiera todo en cenizas.
Marangoré, cacique principal de los Timbues, se aficionó locamente de Lucia Miranda, señora de distincion, hermosa, honesta, y por extremo recatada. Los castos desdenes de Lucia encendian peligrosas llamas en Marangoré, y soplaban el incendio de la pasion en un corazon salvage. Renunciando á la esperanza de vencer su resistencia, arrimó 4,000 Timbues hácia Sancti Spiritus, en ocasion que Sebastian Hurtado, marido de Lucia, se hallaba ausente del fuerte con algunos compañeros, rescatando víveres para subsidio de la guarnicion.
De esta carestia tomó pié Marangoré para el logro de sus intentos. El ejército emboscó en competente distancia para que se acercára al abrigo de la noche, y él con algunos briosos jóvenes, cargados de vituallas, se adelantó á Sancti Spiritus ofreciendo las provisiones que llevaban sus vasallos para socorro de la necesidad que se padecian. Los presidiarios recibieron el donativo con agradecimiento, y porque la noche estaba próxima y la habitacion de los Timbues retirada, Nuño Lara ofreció alojamiento á Marangoré, y á los suyos, cargadores del engañoso presente. Juntos cenaron esa noche, y juntos se recostaron, los españoles á dormir, y los Timbues á velar. Apoderado de los castellanos el sueño, el tirano abrió las puertas al ejército, que ya se habia arrimado, y entrando al fuerte, todos se arrojaron sobre los españoles: los mas fueron prevenidos antes de tomar las armas: pocos las empuñaron, y tuvieron glorioso fin con muerte de sus enemigos.
Nuño Lara, en quien la nobleza y valor hermosamente se enlazaban, discurria por entre la densa multitud de Timbues, obrando prodigios de valentia, hiriendo y matando enemigos, hasta derribar á sus pies á Marangoré, caudillo pérfido de sus pérfidos agresores. Luis Perez de Vargas, sargento mayor del presidio, y el alferez Oviedo, cubiertos de gloriosas heridas, y rociados de sangre enemiga, haciendo mortal destrozo, cayeron vencedores, sobre los mismos que dejaban vencidos. Casi todos los españoles fueron víctimas de este bárbaro furor: los pocos que salvaron la vida, quedaron prisioneros de los aleves Timbues.
Entre ellos la infeliz Lucia Miranda, que quedó en libre cautiverio de Siripo, hermano de Marangoré, sucesor suyo en el cacicazgo, y heredero de sus amores. Este permitió el despojo del fuerte á la victoriosa milicia, reservando para sí á Lucia, objeto de sus pretensiones, siempre malogradas por la constancia de la casta matrona.
Al siguiente dia de la desgracia sucedida en el fuerte, estuvo de vuelta Sebastian Hurtado, marido de Lucia. Reconoció los cadáveres para pagar con honrada sepultura los últimos oficios de gratitud á su amada consorte, y no hallando el de Lucia, llevado del amor que es presagioso, se huyó á los Timbues, para acompañar cautivo á su cautiva esposa. Pero Siripo, que pretendia poseerla solo, entró en pensamientos de matar á Sebastian Hurtado.
Entonces Lucia, árbitra de la voluntad de Siripo, le inclinó á tierna condescendencia hácia Hurtado, en quien no se descubria otro delito que la inocencia inculpable de sus amores. “Si tu gusto es, si es de tu agrado, respondió Siripo, viva en buena hora Sebastian, por que tú no fallescas con su muerte: viva en buena hora, pero elija esposa entre las Timbues, sin otra reserva, que la que prescriba el antojo de su eleccion. En lo demas no será mirado de mí ni de mis vasallos como advenedizo ni como prisionero de guerra, Los primeros empleos que dispensa mi autoridad, segun el valor de los méritos suyos, serán desde ahora su galardon. Una sola condicion os prescribo, y es, que no trateis ambos como consortes, so pena de incurrir los castigos de mi justo enojo.”
Agradecieron á Siripo las expresiones de su benevolencia, y prometieron no traspasar los límites de su ordenanza. No obstante, los inocentes consortes se descuidaron, y observados del celoso amante, irritaron su cólera, que los llevó al sacrificio. Tentó primero la castidad victoriosa de Lucia, la cual inexorable á los ruegos del bárbaro, permaneció constante en su determinacion, queriendo antes experimentar las furias de un amante, que macular el tálamo con detestable condescendencia.
En efecto Siripo de amante se transformó en tirano, y las promesas convirtió en amenazas, preparando á la inocente victima una hoguera. Sebastian Hurtado, amarrado á un árbol, y hecho el blanco de las flechas y furor bárbaro, imitó el ejemplo de su esposa en fervorosos actos de religion, y la siguió á la gloria.
Los demas españoles que con Sebastian Hurtado habian venido de rescatar víveres, pagada la deuda de sepultura á sus desgraciados comilitones, humedeciendo con lágrimas sus cadáveres, desampararon el fuerte, y embarcados siguieron el curso de su fortuna, ya desgraciada, y de costa en costa, á vista siempre de tierra, llegaron á las cercanias de San Vicente, colonia lusitana en el Brasil. Allí levantaron unas chozuelas, y aliados con los portugueses se mantuvieron poco mas de año en buena correspondencia. Los portugueses fueron los primeros en romperla, declarando guerra á los castellanos, los cuales previnieron una celada y los vencieron, quedando dueños del campo y señores de la poblacion. No obstante, por evitar disensiones, se recostaron á la isla de Santa Catalina, donde restablecieron la colonia.
§. III.
GOBIERNO DE D. PEDRO DE MENDOZA.
1534-1537.
Casi en la misma sazon que los Argentinos, reliquias de la armada de Gaboto, pasaron de San Vicente á Santa Catalina, disponia el Emperador proseguir el descubrimiento del Rio de la Plata. Y porque la monarquia española se hallaba exhausta con los excesivos gastos de la guerra, y falta de medios para equipar nuevas armadas, se puso la mira en D. Pedro de Mendoza, gentil hombre de cámara, mayorazgo de Guadix, caballero principal, el cual habia militado en Italia y enriquecido en el saco de Roma. Como á poderoso y valido, confirió el Emparador el título de Adelantado del Rio de la Plata, con decorosas condiciones, y privilegios honoríficos.
La armada que se dispuso con esplendor y lucimiento, sobresalia casi sobre cuantas surcaron los mares para la conquista de Indias. Dos mil y quinientos españoles, y sobre ciento y cincuenta alemanes la componian, segun algunos autores. Venia gente de distincion: treinta y dos mayorazgos, algunos comendadores de San Juan y Santiago, un hermano de leche del Emperador, llamado Carlos Dubrin, y Luis Perez de Cepeda, hermano de la esclarecida virgen, y seráfica madre Santa Teresa de Jesus. Todos venian á la conquista del Rey blanco ó plateado, que ideó la fantasia de Gaboto ó sus agentes, para adquirir nombre de grandes con la novedad del hallazgo.
A la conquista pues del Rey blanco se hizo en San Lucar á la vela, á principios de Septiembre de 1531, dejando á España llena de envidiosos y de esperanzas. Tuvo algunas aventuras en la mar, y con ellas al siguiente año embocó en el Rio de la Plata, y subió á la isla de San Gabriel, cuya incomodidad para establecimiento de poblacion, y desabrigo para reparo de la armada, precisó á buscar sitio mas ventajoso. Para lo cual despachó el Adelantado personas de confianza que eligieran en la opuesta rivera solar cómodo para levantar la poblacion.
Los exploradores cortaron el Rio de la Plata, pasando á la márgen austral, casi en la derecera de San Gabriel, donde el terreno ofrece sitio ameno, delicioso, y de agradable perspectiva. Soplaban en la ocasion vientos frescos y apacibles cuya suavidad templó el bochorno de los exploradores; y porque Sancho del Campo, el primero que saltó en tierra, dijo: Qué buenos aires son los de este suelo, se tomó ocasion para denominar el sitio: Puerto de Buenos Aires. Alegres con la oportunidad, pasó el Adelantado con su gente á la márgen opuesta, donde en altura de 34 grados y medio de latitud, y 321 de longitud, principió para tantos mayorazgos y comendadores, para tantas matronas y doncellas, una ciudad de chozuelas pajizas, puestas al amparo de la Emperatriz de los cielos y de la tierra, bajo la invocacion de Santa Maria de Buenos Aires.
Bien era necesario patrocinio tan poderoso para mantenerse en la vecindad de los Querandís, nacion entonces numerosa, que ocupaba las extendidas campañas que median entre Córdoba y Buenos Aires, y que se dilataba al sur hácia el estrecho de Magallanes. No forman cuerpo de comunidad, ni reconocen superior sino en tiempo de guerra, en que eligen capitan, y obedecen á los cabos militares. Son de grande estatura, y alcanzan poderosas y robustas fuerzas: son guerreros afamados á su usanza, y diestros en despedir con certeza la flecha al blanco, y en tirarla por elevacion, para que caiga sobre la fiera que huye y sobre el enemigo que se les escapa. Son obstinados en los gentílicos ritos, y raros son los que se convierten á la religion cristiana.
Al principio usaron buenos términos con el español: ofrecian sin esquivez los frutos del pais, y comerciaban amigablemente castellanos y querandis, manteniéndose en hermanable trato y reciproco comercio. Poco á poco retiraron los indios los víveres, y cometian algunos insultos, robando y matando á los que salian á forrage. Como á estas osadias no refrenó el castigo, los delincuentes volvieron á insultar á los españoles, y repetidas veces bloquearon á su modo la ciudad. Los castellanos con algunas salidas hicieron retirar al Querandí, pero tan poco atemorizado, que luego intentó nuevos acometimientos.
Juntó un cuerpo de milicia de cuatro mil combatientes, y puso su campamento cerca de un pantano á pocas leguas de la ciudad. Tuvo noticia el Adelantado, y destacó una compañia de trescientos infantes, y doce caballos para castigar al enemigo. Dirigian la faccion Perafan de Rivera, Francisco Ruiz Galan, Bartolomé Bracamonte, Juan Manrique, Sancho del Campo y Diego Lujan, con subordinacion á D. Diego Mendoza, Almirante de la armada y hermano del Adelantado.
Salieron de la ciudad á son de cajas y clarines, y presentaron batalla al enemigo. De una y otra parte se peleó valerosamente. Del campo español faltó la flor y la nobleza:—D. Diego Mendoza, Juan Manrique, Bartolomé Bracamonte y otros. Diego Lujan, que se arrojó intrépido á la densa multitud de querandis, salió arrastrado del caballo á la orilla de un rio, que denominó de su apellido, sirviendo en esta ocasion la desgracia á la celebridad del nombre que conserva hasta el dia de hoy el rio de Lujan.
Los Querandis, de los cuales murieron muchos, juntaron un cuerpo compuesto de Chanas, Charruas y Timbues, que se confederaron con los Querandis, para acabar con los nuevos pobladores. Acampados sobre la ciudad, la rodearon por todas partes, molestando á los españoles con repetidas irrupciones. Los de adentro con vigilancia y esfuerzo frustraban el ímpetu de los sitiadores, repeliendo á vivo fuego la debilidad de las armas arrojadizas. Los Querandis empeñados en la agresion, densaron el aire de flechas, en cuya extremidad arrojaban mechones de paja encendidos, los cuales cayendo sobre los techos de paja, le comunicaban el incendio. Fué grande la confusion en los españoles: pero en los enemigos fué grandísima la mortandad: ni podia menos, ofreciéndose ciegos á las balas que hacian mortal estrago.
Viendo los indios que no podian prevalecer contra el español, alzaron el sítio; y como antes habian retirado los viveres, se sintió en la ciudad el hambre, enemigo mal acondicionado, que no se ablanda con halagos, ni auyenta con amenazas. Cuéntanse excesos, en que la cristiandad tropieza, y se atraviesa el horror natural. Como estas desgracias llovian unas sobre otras, entristecian grandemente el corazon de todos, y principalmente del Adelantado, el cual profundó tanto sobre las miserias presentes y otras que se temian, que le faltó aliento para golpes tan pesados, y determinó dejar el gobierno á Juan de Oyolas.
La idea puso en ejecucion, y se embarcó para Castilla, mas lleno de melancolia, que no vino alegre á la conquista del Rey blanco. En el mar le recargó mas el humor melancolico, que le traia á la fantasía la muerte de su hermano, de tanta hidalguia, y la estrema miseria en que quedaban abandonados los vecinos del puerto, con impresion tan viva que no podia apartar de sí el objeto mismo de que huia. Sobre eso el hambre apretó en la nao, y se vió reducido á tanta necesidad, que le precisó á comer carne infestada, que le ocasionó la muerte. Así acabó el año de 1537 el primer Adelantado del Rio de la Plata, tan desgraciado en los últimos periodos de su vida como feliz en los primeros.
§. IV.
GOBIERNO DE D. JUAN DE OYOLAS.
1537-1539.
Al siguiente año, segun se puede congeturar, murió Juan Oyolas su substituto. Era Oyolas caballero principal, buen cristiano, buen soldado, y buen capitan. Vino al Rio de la Plata con título de Alguacil Mayor, y superintendencia en los negocios del Adelantado. Enviado de este levantó el año de 1535 el fuerte de Corpus Christi sobre el Paraná, y prosiguió el descubrimiento de Gaboto, pacificando unas naciones con agrado, y castigando los Mepenes y Agaces que hicieron resistencia. Lambaré, é Yanduazubí, señores del terreno, en cuyos cantones se levantó despues la Asumpcion, se opusieron valerosamente, confiados en ciertas estacadas que dificultaban la entrada en sus poblaciones.
Juan de Oyolas no solo guerrero, sino humano, é inclinado á conmiseracion, les ofreció la paz, y ventajosos partidos en la amistad del español, y vasallage del Católico Monarca. Pero ellos no dieron otra respuesta que una descarga inutil de flechas. Entonces Oyolas ordenó á los suyos que usáran las bocas de fuego para obligar á estos infieles á dar la paz, que no admitieron de grado. A los primeros tiros, se retiraron al fuerte de Lambaré, donde cercados instaron por las capitulaciones, las cuales otorgó Oyolas con tanta satisfaccion de los suplicantes, que estos admiraron la valentía de los españoles en vencerlos, y la clemencia de Oyolas en perdonarles.
Quedaron Lambaré é Yanduazubí con los suyos, tan prendados del capitan de los españoles, que en adelante ministraban abundantemente los viveres, y ofrecian su milicia para las facciones militares; reparándose en los semblantes una alegria placentera, que manifestaba lisonjearse con la compañia de sus aliados. Ofreciose castigar á los Agaces, y se juntaron hasta ocho mil, protestando los Guaranís, que venian á defender sus confederados. Llevaban siempre la delantera con paso tan acelerado que el pequeño ejército español, no podia avanzar tanto en las marchas, sucediendo frecuentémente, que se tocaba á hacer alto, porque la gente de Oyolas se fatigaba en el alcance. Descubierto el enemigo, Lambaré é Yanduazubí se arrojaron tan resueltamente sobre los Agaces, que á casi todos mataron, sordos á los gritos de Oyolas, que voceaba inutilmente, inspirándoles clemencia con los enemigos.
Desembarazada la comarca, Juan de Oyolas dió principio á la construccion del fuerte, y lo consagró á la triunfante Asumpcion de Nuestra Señora: ó porque se empezó á 15 de Agosto de 1536, ó por particular inclinacion de Oyolas á misterio tan sacrosanto. A esta ruda fortaleza podemos llamar ciudad incoada de la Asumpcion, cuyo principio atribuyen algunos al capitan Juan de Salazar, y su perfeccion al Gobernador Domingo de Irala. Está situada, segun el Padre José Quiroga, en 25 grados y ocho minutos de latitud, y 319 grados y 41 minutos de longitud, sobre la márgen oriental del Paraguay.
Construido el fuerte, continuó Oyolas su descubrimiento rio arriba, y saltó en un puerto que denominó Candelaria, en la rivera occidental del Paraguay, al abrigo de la sierra Cuneyeguá. Aquí comunicó con los Payaguás, señores del rio, nacion fementida y disimulada, que oculta la mayor alevosía que urde con el superior beneficio que alcanza. De estos indios tomó lengua Oyolas del rumbo que debia seguir para el Perú, fin de su jornada.
A 12 de Febrero de 1537, continuó el viage, dejando en guardia de los bergantines á Domingo Martinez de Irala, con obligacion de esperarle seis meses: término tan perentorio para la espera, que ni antes de cumplirlo, podia retirarse, ni cumplido tendria obligacion de aguardarle. Juan de Oyolas no proporcionó el tiempo con jornada tan dilatada, y se demoró mas de seis meses; en los cuales fielmente le esperó Irala, y absuelto de la obligacion, bajó al fuerte de la Asumpcion á rescatar víveres, y rescatados se restituyó á la Candelaria, para esperar á Oyolas, ó conseguir noticia de su paradero. Hizo esquisitas diligencias con los Payaguás, preguntando y ofreciendo prémios á los que le participáran noticias de su gefe.
Pero los infieles mas estudiaban en ocultar sus intenciones, que en manifestar el lamentable fin del capitan español. Porque cien Payaguás sin arcos ni flechas, en trage de comerciantes, se descubrieron á lo lejos, con deseo de sentar paces con los castellanos, manifestando con señas que les detenian los españoles ceñidos con sus armas. Entonces Irala ordenó á los suyos que las depusieran, velando sobre ellas para cualquier lance que pudiera ofrecer el disimulo de los comerciantes. Los cuales se acercaron al acampamento, y fingiendo que sacaban á la plaza las mercaderias, los unos se arrojaron sobre las armas de los españoles, y los otros se estrecharon con ellos.
Dieron principio al combate con horrible griteria, hiriendo con voces el oido y el ánimo con espanto. El capitan Irala, primero en desprenderse de sus agresores, empuñando espada y rodela, dió lugar al alferez Vergara, y á Juan de Vera, para desenvolverse de sus competidores. Los tres socorrieron los demas, que peleaban animosos cuerpo á cuerpo, embarazados con la multitud. Pero llevándolos ya de vencida, y recobradas las armas, salieron de celada otros Payaguás, parte por tierra, parte por agua en sus ligerísimas canoas, con ánimo de tomar los bergantines. Por tierra y agua fué grande la confusion, reñido el combate, y se peleó desesperadamente; pero al fin se declaró la victoria por los españoles. Entre los heridos, uno fué Irala, tan enagenado con el ardimiento de la pelea, que no reconoció su daño hasta que concluyó felizmente la fuga del enemigo.
Desengañado Irala de conseguir entre los Pajaguás noticias, se alargó rio arriba con toda su gente. Un dia, poco antes de amanecer, se percibieron voces lúgubres, solicitando en lenguage castellano la audiencia del capitan español. Fué traido el que articulaba estas voces, y puesto en presencia de Irala, habló de este modo. “Yo, Señor capitan, soy indio, de nacion Chanés, gente que habita unas altas cordilleras, á las cuales aportó el capitan Juan de Oyolas, quien me recibió por criado, pero me trató como hijo. Corridos felizmente los términos de los Samacosis y Sivicosis, naciones que le franquearon cuanto tenian, y situadas en las faldas de las cordilleras peruanas, dió la vuelta cargado de ricos metales, que le franquearon los indígenas, prendados de su benevolencia. Todos le recibian humanamente, y ofrecian para servirle sus hijos: de los cuales yo soy uno, que no quisiera haberle conocido, por no sentir el corazon traspasado con su pérdida.”
“Concluida la jornada, llegó al puerto de la Candelaria, y no hallando las naves, se paró por extremo triste. Las naciones de este gran rio acudieron con víveres; á todas excedió en obsequios la de los Payaguás, los cuales ofrecieron sus chozuelas para hospedaje, con tanto disimulo, que los españoles las admitieron agradecidos, y sin recelo se recostaron á descansar. Cuanto era mayor el descuido de estos, tanto fué mayor la vigilancia de los Payaguás para sacrificar á su furor los dormidos castellanos. El capitan Oyolas se ocultó entre matorrales, pero descubierto, murió blanco de sus flechas. Yo tuve la dicha de escaparme, ó porque su furor se extendió solamente á los españoles, ó porque mi miseria halló compasion en corazones de fieras.” Así habló el indio Chanés á Irala, el cual entristecido con tan funesta noticia, se restituyó á la Asumpcion, que contaba algunas habitadores venidos el año antecedente de 1539, con el capitan Juan de Salazar y Francisco Ruiz Galan.
Muerto Oyolas, feneció tambien el fuerte de Corpus Christi, monumento de su valor. Pero asaltados los Caracarás, indios de paz, por Francisco Ruiz Galan, quedaron tan sentidos que resolvieron vengarse. Para lo cual se confederaron con los Timbues, y juntando un cuerpo considerable de milicia, eligieron Capitan General de las tropas. No ha quedado nombre del gefe, pero sus artificios y engaños le pueden hacer memorable en los anales griegos. La substancia es, que ido á Corpus Christi habló en este tenor al capitan Antonio de Mendoza, teniente del fuerte.
“El aprieto grande en que se halla mi nacion, noble y valeroso Capitan, y la firme alianza en que Españoles y Caracarás vivimos, me pone á tus pies, para consultar el remedio que se debe aplicar á los males que nos amenazan. Habeis de saber que una nacion cruel y bárbara ha despachado sus embajadores con precision de intimaros guerra, y de no, amenaza meterla por nuestras tierras. El enemigo es formidable por naturaleza, y temible por el número excesivo de combatientes. Nosotros, si no vienen en socorro vuestras armas, nos hallamos débiles para la resistencia, y solo con ellas prometemos vencer al comun enemigo que pretende romper nuestra alianza.” Con este artificio coloreó el capitan caracará su designio, y movió al teniente español á señalar cincuenta castellanos, á cargo del alferez Alonso Suarez de Figueroa, el cual pasó á incorporarse con los Caracarás en sus tolderias.
Poco antes de llegar se ofrecia un estrecho sendero que cortaba la espesura del bosque con rastros impresos de viandantes. Aquí fué donde los Caracarás que estaban en celada, acometieron al español, el cual resistió con valor, causando gran daño al enemigo: pero fatigados con la continua defensa, perecieron todos, menos un mozuelo llamado Calderon, que eludió el peligro con la fuga para mensagero de la desgracia. Los victoriosos Caracarás, en número de dos mil, como dice Centenera, ó de diez mil, segun Ulrico Fabro, corrieron impetuosamente para asaltar á Corpus Christi. Quince dias duró el cerco, renovando en cada uno el asalto de los infieles, cuyo ímpetu fué valerosamente rechazado de solos cincuenta españoles: á los cuales al décimo-quinto dia socorrieron Diego Abreu y Simón Jaques Ramoa, capitanes de dos bergantines que venian casualmente del puerto á Corpus Christi.
Jugose oportunamente la artilleria de los bergantines, y se dió lugar á que la soldadesca saltára en tierra para incorporarse á los sitiados. El combate fué muy reñido, porque la obstinacion peleaba en los bárbaros, y la multitud permitia que los fatigados alternáran con tropas de repuesto. Los españoles apuraban el aliento, peleando; y no pudiendo atender con tanto golpe de enemigos, un varon celestial, vestido de blanco y espada brillante en mano, se dejó ver sobre la frágil muralla infundiendo terror en los bárbaros, y poniéndolos en fuga pavorosa. Favor singular que los españoles atribuyeron al glorioso San Blas, en cuyo dia se consiguió tan señalada victoria. Desde entonces la gobernacion del Paraguay tributa obsequiosos cultos al Santo, reconocida á los grandes favores con que su Patron manifiesta propicio el poder de su abogacia.
Los españoles que sobrevinieron, desampararon el fuerte, y se embarcaron para Buenos Aires en los bergantines de Abreu y Ramoa. Pero estos y los porteños solo se juntaron para hacer un número crecido de miserabilísimos, próximos por el hambre á perecer. Se refieren de este tiempo casos semejantes á los que se cuentan de Roma en el cerco de Mario, y de Jerusalem en tiempo de Tito y Vespasiano. En tanta miseria y calamidad recibieron algun socorro con la venida de Alonso Cabrera, veedor del Rio de la Plata que trajo provisiones de boca y guerra para un año, y doscientos soldados con algunos nobles caballeros. Traia entre otras una real cédula en que á Juan de Oyolas se le confirmaba el título de Gobernador del Rio de la Plata, y en caso de fallecimiento Su Magestad concedia facultad de proceder á eleccion de Gobernador por pluridad de votos.
No se arreglaron al cesareo mandato el veedor Cabrera y el teniente Francisco Ruiz Galan, los cuales partieron entre sí el mando de la provincia. Una cosa buena hicieron en su brevísimo gobierno, que fué pasar con casi toda la gente á la Asumpcion, donde los alimentos se conseguian sin escasez, y se lograban lúcidos intervalos entre la tranquilidad de la paz y los rebatos de la guerra. Publicóse en la Asumpcion la cédula del Emperador, y por pluralidad de votos fué electo Gobernador Domingo Martinez de Irala, noble vascongado, valeroso, ejecutivo, resuelto y determinado con fortuna. Era ambicioso y vano con estremo, y tenia un fondo de reserva que alcanzaban pocos.
§. V.
GOBIERNO DE D. DOMINGO MARTINEZ DE IRALA.
1540-1542.
Elevado al mando, entendió en el desempeño del oficio. El fuerte mal murado erigió en ciudad: repartió solares, y señaló oficiales para las maniobras, con superintendentes que acalorasen las fabricas. Dió el primer lugar al templo, principal desvelo de los españoles, y se consagró á la triunfante Asumpcion de Nuestra Señora. Para todo ayudaron los Guaranís amigos, tan escrupulosos en la observancia de las capitulaciones, que excedian los términos de la obligacion, y tan obsequiosos en el agasajo de los españoles, que ofrecian sus hijas para el servicio, y con ellas pasaron la vida en concubinatos escandalosos muchos años.
Tucuman, provincia de la América Meridional situada en la zona templada, menos por la extremidad que toca con la torrida, corre norte á sud trescientas leguas, y doscientas de oriente á poniente. Parte términos con el Rio de la Plata y Paraguay, y por el oriente se dilata al poniente hasta las Cordilleras chilena y peruana: al sud deslinda con Buenos Aires en la Cruz Alta, llegando á confinar por este lado con la tierra de Patagones por las interminables campañas que le corresponden, y al norte se interna hasta las vecindades del Perú por el corregimiento de Chichas, y varias provincias de infieles que nunca subyugó el valor español.
Sobre el nombre Tucuman discurren variamente los etimologistas. Unos le hacen diccion compuesta de tuctu que significa todo, y de la negacion mana: esto es “nada de todo”: añadiendo que con estas palabras respondieron al Inca su exploradores enviados á registrar, si estas tierras eran fecundas en minerales. Otros afirman, que preguntando los soldados de Pizarro si en estos paises se hallaba plata? respondian los indios no hay, manan: si oro? manan, tampoco. Entonces irritados los españoles dijeron: tucuimana, tucuimana: “á todo respondeis que no hay.” No se duda que semejantes casualidades bastan para la imposicion de nombres: pero en nuestro caso se descubre orígen mas evidente, expresado en antiguos protocolos.
Al tiempo de las conquistas reinaba Tucumanahaho, cacique principal y Señor de Calchaquí. Tucumanahaho es diccion compuesta de Tucuman nombre del cacique, y de ahaho que en lengua Kakana, usual en Calchaquí, significa pueblo: juntando las dos voces en una diccion, significan “pueblo del cacique Tucuman”. Esta inteligencia es conforme á la propiedad del idioma kakano, que incluye el nombre de los caciques reinantes en el de las poblaciones que señorean; como se vé en Colalahaho, Taymallahaho y otros; imitando en esto á los griegos, que decian, Constantinopolis, Adrianopolis &a.: propiedad que trascendia á otros idiomas de Tucuman, como se registra en la lengua Tonocoté, en la cual gasta, significa “pueblo” en las dicciones Nonogasta, Sañogasta, Chiquiligasta: y en la lengua Sanabirona, en la cual zacat tiene la misma significacion en Chinzacat, Nonzacat, Anizacat, Sanumbuzacat, pueblos de estos caciques.
La noticia de Tucuman, bajo de este ó de otro nombre, corria en el Perú con generalidad, y entre los conquistadores del Paraguay estaba muy valida la fama. No se sabia con distincion la cualidad del terreno, pero la codicia descubria ricos minerales que avivaban el deseo de emprender su conquista. Los Argentinos, desde el tiempo de Sebastian Gaboto, enviaron cuatro exploradores cuyo capitan era César, para registrar lo interior del pais, y recibidos pacíficamente de los indios, penetraron hasta los confines del Perú.
Por el extremo opuesto, pasando á la conquista de Chile, tocó en los términos rayanos de Tucuman D. Diego de Almagro el Viejo, héroe entre las mayores felicidades desgraciado, el cual se ofreció en el Cuzco, por via de composicion con D. Francisco Pizarro, á emprender la conquista de Chile, reino opulento con fama de riquísimo en minerales. Para lo cual juntó quinientos y cincuenta soldados, y llevó en su compañía al Inca Paullu, hermano de Manco Inca, y al sumo Sacerdote Vallacumú, personas distinguidas por su dignidad, que podian ser útiles para facilitar esta empresa. Caminaban en su obsequio quince mil indios peruanos, parte soldados y parte destinados al transporte de armas, municiones y bastimentos, bien instruidos del Inca en la comision de su empleo.
Con tan lucido acompañamiento se puso en camino el Mariscal Almagro, y desde el partido de Topiza, perteneciente á los Chichas, se desfilaron cinco españoles al pais de Jujuy, cuyos moradores dieron muerte á tres, escapándose los otros dos á Topiza, donde dieron noticia del infortunio de sus compañeros. Irritado Almagro con la osadia de los bárbaros, destacó á los capitanes Salcedo y Chaves, con buen número de soldados é yanaconas para el castigo de los agresores. Los Jujuieños, que sospecharon la venida de los españoles, se apercibieron para esperarle, y pelearon tan valerosamente que mataron muchos yanaconas, y apoderados del bagage, obligaron á Salcedo y Chaves á retirarse.
De Topiza avanzó el Mariscal al valle de Chicoana, jurisdiccion de Calchaquí, cuyos moradores le picaron la retaguardia; al principio con miedo por la ligereza de los caballos, y despues con resolucion denodada, jurando por el alto Sol que habian de morir, ó acabar con los extrangeros. Quiso Almagro detener el impetu de los agresores, cuando por la muerte de su caballo se halló en manifiesto peligro. Empeñado en el castigo, destacó algunas compañías de caballos ligeros: pero ganando los calchaquís la eminencia de la sierra, impenetrable á los caballos, burlaron las diligencias del valeroso caudillo.
Por este tiempo, de lo mas interior de la provincia hácia Capayan, perteneciente al valle de Catamarca, los indios convocados, y recelando caer en manos de los españoles, que ya se acercaban á Tucuman con sus conquistas, se internaron al corazon de Chaco, envueltos en un furioso huracan. Esta narracion recibieron los primeros conquistadores, de algun indío, y de ellos en pluma de antiguos escritores llegó á nuestros tiempos.
Entretanto el Gobernador Irála se desvelaba en asegurar la provincia, ya removiendo, ya sugetando los indios. Castigó los Yapirús, cómplices con los Payaguás en la muerte de Oyolas. Subyugó los pueblos de Ibitiruzú, Tebicuarí, Monday y otros del rio Paraguay. Ordenó que los habitadores de Buenos Aires, siempre expuestos á invasiones de Querandís, despoblado de puerto, subieran á la Asumpcion. Pasó reseña de la gente de guerra, y halló seiscientos soldados: número considerable en aquellos tiempos para emprender alguna faccion decorosa. No tardó en ofrecerse un lance en que la sagacidad de Irala, y el valor de la milicia campearon con gloria.
Los Ibitiruceños, Tebicuareños y Mondaistas, puestos seis meses antes en sugecion, llenaban pesadamente el yugo del servicio, irritados con el mal tratamiento de los Asumpcionistas que abusaban de ellos con crueldad y desprecio, tanto mas sensibles, cuanto era su paciencia mas sufrida, y su mansedumbre mas callada. Para vengarse discurrieron varios medios: uno les agradó sobre los demas, que fué meter en la ciudad crecido número de soldados, con pretexto de satisfacer la curiosidad, registrando la procesion de Semana Santa, el juéves en la noche. A cuyo fin habian desfilado á la ciudad ocho mil guerreros, con tanto disimulo, que los españoles no alcanzaron la traicion que se urdia contra ellos.
Pero lo que los amotinados procuraron ocultar, descubrió la casualidad por medio de una indiezuela que tenia ruin comercio con Juan de Salazar, y á la cual un pariente suyo reveló la ruina que amenazaba á la ciudad: advirtiéndole del peligro que corria, si prontamente no se ponia en seguridad entre los suyos. La indiezuela, ó porque deseaba continuar su mala vida, ó tocada de femenil compasion, inquirió con cautela algunas particularidades sobre el tiempo, lugar y modo con que se debia ejecutar el atentado.
A todo satisfizo el indio, y recibido con agradecimiento el aviso: “esperáme, le dice, que voy á casa. Madre soy, y es necesario poner en salvamento á un hijo que tengo, prenda de mis cariños. No te ausentes de aquí, espérame que ya vuelvo.” El indio aguardó á su parienta, y ella caminó presurosa á informar menudamente al capitan Salazar. Cargada de su hijuelo volvió á su pariente, y Salazar pasó la série de la narracion al Gobernador Irala.
Era Irala de juicio penetrativo, de pronto y sagaz acuerdo, proporcionando los medios á los fines, tanto en los casos no previstos, como en los que premeditaba. Al punto y sin dilacion ordenó tocar las cajas de guerra, y que el pregonero voceára, como un trozo de Yapirús venia marchando para tomar la ciudad: que los soldados desnudáran el trage de penitencia, y echáran mano de las armas: llamó á consejo á los caciques, con pretesto de consultar los medios para hospedar á los Yapirús.
Los caciques, que no recelaron descubierta su traicion, vinieron al llamado: asegurados con prisiones, y substanciada sumariamente su causa, fueron ahorcados los principales, casi á la misma hora que ellos tenian destinada para el exterminio de los españoles. Con el castigo de los mas culpados se mudó enteramente la escena, y los menos delincuentes admitieron el perdon que publicó Irala.
Desde este tiempo se gozó paz, y la poblacion tomó nuevo ser y esplendor, á influjo de su Gobernador, que fomentó los edificios, y repartió solares para alquerias, de cuyo beneficio pendia el surtimiento de viveres, que hasta entonces se rescataban de los confederados. Con este fomento se cultivaron las granjas, tantas en número, que visitando el año de 1595 el teniente Juan Caballero Bazan los pagos de Tapyperi, Capiata y Valsequillo, halló ciento cincuenta y tres granjas: y visitando el año de 1602 Hernando Arias de Saavedra los contornos de la ciudad, en distancia de seis para siete leguas hasta Capiata y Salinas, encontró 272 alquerias, 187 viñas, y en estas un millon setecientas y sesenta y ocho mil cepas. Así los antiguos, como laboriosos, sabian utilizarse de la buena cualidad del terreno.
§. VI.
GOBIERNO DE D. ALVAR NUÑEZ CABEZA DE VACA.
1540-1544.
Mientras Irala con prudente acierto promovia las cosas, fué provisto Alvar Nuñez Cabeza de Vaca con título de Adelantado. Era nacido en Xerez de la Frontera, avecindado en Sevilla, nieto de Pedro Vera, gran conquistador de la Canaria. Estimulado con el ejemplo de sus mayores, pasó á la Florida en la desgraciada jornada de Panfilo de Narvaez, con título de Tesorero real. La expedicíon es célebre por infeliz, y nuestro héroe recomendable sobre todos por sus virtudes.
Este varon ilustre, pues, salió de San Lucar á 2 de Noviembre de 1540, con cuatro navios y cuatrocientos soldados, y al siguiente año abordó á la isla de Santa Catalina, de la cual en nombre del invictísimo Emperador Carlos V. tomó posesion por España.
De este puerto Alvar Nuñez despachó la mayor parte de la gente por agua á la Asumpcion, á donde llegó sin memorable suceso, al frente de doscientos y cincuenta arcabuceros y ballesteros, veinte y seis caballos, y algunos isleños de Santa Catalina; cortando el camino por tierra, al principio por despoblados y soledades, y despues por varias naciones. Diez y nueve dias tardó en llegar á las primeras tolderias, que llaman de los Camperos, en los confines de Guayrá sobre el nacimiento del Iguazú, pero como el terreno era montuoso, se ganaba á fuerza de brazos, talando bosques que embarazaban el paso y obligaban al desmonte.
Salieron despues á terreno despejado, pais de los Camperos, cuyos reyezuelos Añiriry, Cipoyay y Tocanguazú se esmeraron en el recebimiento del Adelantado, ofreciendo libremente bastimentos. Alvar Nuñez agradeció el donativo, y firmadas con ellos las paces, tomó posesion del terreno, y lo denominó provincia de Vera. Prosiguió su camino hasta caer al Iguazú, rio caudaloso. Aunque los habitantes eran por naturaleza feroces, poco hospitaleros y enemigos irreconciliables de los extrangeros, á los españoles recibieron humanamente, proveyéndoles de viveres en abundancia.
Los caballos hicieron ruidosa harmonia en su imaginacion, y porque temian su braveza, procuraron amansar su ferocidad con miel, gallinas y otros comestibles que les ofrecian, rogandoles á que no se irritasen contra ellos, que les traerian comida copiosa. ¡Ingenua sencillez, compatible con la primera vista! Sosegados los caballos, los indios, las indias y los muchachos concurrian en grandes tropas á ver un animal que hizo temible la novedad, y pasada esta, deleitable su natural inquietud y alboroto.
Siguió el Adelantado su camino, unas veces desmontando, otras esguazando rios, y aplicando el artificio de puentes. Dia hubo en que se levantaron diez y ocho para atravesar los frecuentes tributarios del caudaloso Iguazú. Entre tantos peregrinos objetos, suavizaban las penalidades que ofrecia el terreno árboles de altura desmedida, y corpulentos á correspondencia; pinos que se perdian de vista, tan gruesos, que cuatro hombres con los brazos abiertos no alcanzaban á ceñir la circunferencia; monos de varias especies, traveseando juguetones de rama en rama, y saltando placenteros de árbol en árbol. A veces se desprendian por la cola, y pendientes al aire se egercitaban en desgranar piñones, derribándolos al suelo para comerlos despues con descanso. Afan verdaderamente penoso, pero á veces sin fruto; porque cuando bajaban festivos á gozar el fruto de su laboriosidad, los puercos monteses, que se ponen en celada, salen de sus guaridas, se arrojan sobre los piñones y con inalterable serenidad consumen las provisiones de los monos; los cuales, como hambrientos, ganan los pinos, y gritan inutilmente contra los consumidores de sus diarios alimentos: pero ellos sordos á quejas tan justas, continuan su egercicio, hasta que consumidos los piñones, se ponen en celada para repetir segunda y tercera vez el asalto. Mas adelante se atravesó un cañaveral de cañas gruesas como el brazo, y en partes como el muslo. Los cañutos, unos depositaban gusanos largos, blancos y mantecosos, buenos para hartar el hambre, otros atesoraban agua buena y cristalina con que apagar la sed.
Poco despues encontraron con el salto del Iguazú, el cual tiene su nacimiento á espaldas de la Cananea, desde adonde, hasta descargar en el Paraná, corre mas de doscientas leguas: poderoso y rico con las aguas que le tributan otros rios sobre sus márgenes oriental y occidental. En medio de su carrera se atraviesa una alta serranía, de cuya eminencia se precipita todo el impetu de su corriente. Sus aguas parte siguen su curso natural, parte azotadas contra los peñascos, se rarifican en sutíl espuma, que elevada sobre la cordillera, forma argentada nube, en la cual reverberan los rayos solares con indecible hermosura. Objeto á la verdad delicioso, que imitando la reflexion del espejo, deja claros intermedios para admitir los rayos del sol y transfundirlos por la parte inferior con encontradas refracciones, que ofrecen la novedad mas peregrina á la vista.
Observado este portento siguió su curso el Adelantado hasta la Asumpcion, donde llegó el año de 1542. Su primer cuidado fué la religion cristiana. Convocó la clerecia y religiosos, y con gravedad de palabras dignas de la materia, puso en su noticia como el Señor Emperador Carlos V. descargaba su conciencia en la confianza que de ellos hacia en materia de religion, exponiendo la obligacion que tenian de satisfacer al César, á su conciencia y á Dios, que habia depositado en el seno de su celo tantos millares de almas, que solo esperaban la industria de celosos Ministros, para salir de las fauces del abismo, y pasar por sus manos á la bienaventuranza. Convocó tambien los indios amigos, y en presencia de los clerigos y religiosos, les hizo un grave razonamiento sobre el negocio de su salvacion, encargándoles el respeto que debian á los Ministros de Dios, como embajadores suyos para enseñarles el camino del cielo.
Satisfechas estas obligaciones, entendió en los negocios del gobierno. Señaló á Domingo Irala, para que siguiendo el camino de Juan de Oyolas descubriera comunicacion con el Perú. “Andad le dice, seguid el rumbo de Oyolas: tomad noticia de las naciones para descubrir paso al Perú. La desgracia de aquel incauto capitan sirva de cautela á la vigilancia, para que la empresa no se malogre por arriesgada confianza. La extrema necesidad de la Provincia obliga á mejorar fortuna con la comunicacion que se pretende: ella es posible, pues ya la descubrió Oyolas, y por su desgracia, no llegó á nuestra noticia. Tentad pues todos los medios, que la faciliten, y volved con respuesta, que ensanche las esperanzas, y felicite nuestra fortuna.” Irala subió hasta la isla de Orejones, sentó paces con algunas naciones, adquirió noticias del rumbo que debia seguir para el Perú, y vuelto á la Asumpcion avivó las esperanzas de todos.
El Adelantado entretanto pacificó los Agaces, y sugetó al rebelde Tabaré, cacique feroz y guerrero, señor del Ipané. Tenia un cuerpo de milicia de ocho mil guerreros que componian tropas auxiliares de otros reyezuelos confederados. El sitio defendian tres palizadas de robustos troncos que ceñian la circunferencia de la habitacion: á las entradas de las calles reparaban corpulentos maderos, y dificultaban el asalto con fosos y zanjones. Como el Adelantado era inclinado á la paz, brindó con ella á Tabaré, por medio de embajadores; á los cuales cruelmente quitó la vida, reservando uno para mensagero, al cual, “andad, le dice, andad á vuestro capitan, y referidle lo egecutado; añadiendo, que Tabaré no admite la paz, ni teme la guerra, y que espera hacer en batalla con los castellanos lo que deja egecutado con los embajadores.”
Irritado el Adelantado con la respuesta, resolvió castigar al rebelde Tabaré. Para el efecto nombró á Alonso Riquelme su sobrino con trescientos españoles y mil guaranís auxiliares, con órden de ofrecer primero la paz, y no admitida, declarar la guerra. Tres veces convidó Riquelme con la paz á Tabaré, el cual dió nuevos indicios de obstinacion, asaltando el cuartel de Riquelme con tanto corage que causó algun daño la primera vez, y la segunda obligó á los españoles á retirarse, dejando en manos del enemigo la plaza de armas. Avergonzado el capitan español de los progresos de Tabaré, revolvió furioso sobre los infieles, y con muerte de 600 tabareños recobró la plaza de armas.
Para facilitar el asalto de la poblacion se fabricaron dos castillos de madera: constaban de tablazon, y eran portatiles con ruedas, sobre las cuales descansaba la maquina, que tenia una elevacion superior á las palizadas del enemigo, con algunos descansos en que eran conducidos los guaranís flecheros y los arcabuceros españoles. Estaban repartidos por la frente y costados algunos reparos que servian á la punteria, sin peligro de ser ofendidos. Dividió Riquelme su gente en tres compañías. La una comandaba Ruiz Diaz Melgarejo, la otra el capitan Camargo, y el centro con los castillejos el mismo Riquelme.
Arrimó este las máquinas, y por el lado que le correspondia arruinó la estacada, y parte de su gente se arrojó dentro de la poblacion, manteniendo con mas vigor que ventaja la pelea. Al capitan Camargo oprimian los infieles con gran resistencia de los Ipanenses; pero socorrido del alferez Juan Delgado, rompió la estacada. Melgarejo por su parte corrió gran riesgo, pero con algun daño de los suyos venció la estacada, y se juntó á Camargo, y los dos ya victoriosos se unieron á Riquelme. Los tres juntos renovaron el combate, y retiraron el enemigo á un sitio, que podemos llamar plaza de armas, donde se trabó una muy reñida batalla, en que murieron cuatro mil tabareños: se hicieron tres mil prisioneros, muchos fueron heridos, los demas huyeron. Tabaré y otros caciques solicitaron la paz, y se les concedió con ligeras condiciones, que admitieron gastosos y cumplieron con fidelidad.
Concluida esta empresa se volvieron las armas contra los Guaycurús, nacion á ninguna inferior en barbarie, fronteriza de la Asumpcion, hácia la márgen occidental del Paraguay. Es gente altiva, soberbia y despreciadora de las demas naciones: guerrera por extremo, guardando inviolablemente el estilo de invadir cada año los paises vecinos, no con deseo de enriquecer sino por adquirir gloria militar, y por hacer temible el nombre guaycurú. Como era antiguo uso suyo invadir cada año alguna nacion, en el presente intentaron meter guerra en tierras de guaranis amigos. Alvar Nuñez, por asegurar mas estos en su devocion, se mostró enemigo de sus enemigos, declarándoles guerra: para la cual señaló quinientos españoles, diez y ocho caballos, y crecido número de guaranís; y por cabos á Domingo Irala y Juan de Salazar, ambos expertos en las guerras contra indios.
Pasado el rio se siguió sobre la huella al guaycurú vagabundo, y un dia se adelantó tanto Alvar Nuñez con su gente, que vieron al enemigo cantar alegres endechas, provocando las naciones del orbe con desprecio. Música mal sonante, que irritó á los españoles y les obligó á presentar la batalla. “¿Quien sois vosotros (empiezan á gritar los Guaycurús) que osais entrar en nuestras tierras sin nuestro permiso?” Hallábase en el campo español Hector Acuña, cautivo algun tiempo entre ellos y que entendia su dialecto. “Hector soy, responde, que vengo á tomar satisfaccion de los agravios hechos á los Guaranís, nuestros aliados.”—“En hora mala vengas tú, y los tuyos replicaron, que presto experimentarás que no es lo mismo pelear con guaranís cobardes que con valerosos guaycurús.”
A las últimas cláusulas tiraron los tizones del hogar, y empuñando las armas, dieron principio á la refriega, con griteria tan horrible que pusieron en fuga á los guaranis. Las voces acompañaron con densa multitud de flechas, que causaron algun daño en la gente del Adelantado; y aunque ellos lo recibieron mayor de la artilleria, no se intimidaron los demas, que no perdieron pie de tierra, manteniendo con su valor la pelea. Pero lo que no obró el estrago de la artilleria, consiguió el ruido de los cascabeles que pendian de los pretales de los caballos. La retirada del enemigo fué con órden, dejando muchos muertos en la campaña, y cuatrocientos prisioneros en poder de españoles.
Concluida felizmente la campaña, se restituyó á la Asumpcion el Adelantado, y trató á los prisioneros con grande humanidad, procurando con amor y cariño domesticar aquellas fieras. Significóles que en la presente guerra mas parte habian tenido los daños causados en los guaranís que su propension á hostilizar los vecinos: que ninguna cosa era mas conforme á su génio que la benignidad y clemencia, armas á que daba el primer lugar, y finalmente, que deseaba la paz con los de esta nacion, y comunicar con los principales caciques, á los cuales mandó llamar con uno de los prisioneros.
Veinte y cinco vinieron, que puestos en presencia de Alvar Nuñez, y sentados sobre un pié, (bárbara ceremónia que prescribe su ritual, cuando celebran tratados de paz) tejieron largos anales de sus proezas y victorias, dando principio por las guerras que habian emprendido, y finalizando con las victorias conseguidas sobre los Guaranís, Yapinís, Agaces, Naperús, Guataes y otras naciones, de las cuales habia triunfado su valor con tanta prosperidad, que imaginaban ser invencibles: confesándose rendidos por guerreros mas esforzados, á los cuales era justo someterse, reconociendo superioridad en quien tuvo valor para vencerlos. Así hablaron los ya humillados Guaycurús.
El Adelantado les propuso en pocas palabras la santidad de la religion cristiana, y necesidad de profesarla para salvarse. Ofrecióles la paz y sus armas contra los perturbadores de su nacion, con sola una condicion, de no hostilizar sus aliados y de ser amigos de sus amigos. Admitieron gustosos la paz, pero no la religion, cuya estrechez no hermanea con una libertad que no conoce Dios, ni admite ley. El egemplo de los Guaycurús imitaron otras naciones menos orgullosas, solicitando la paz por medio de embajadores. Pacificada la tierra, dispuso el Adelantado las cosas para la jornada del Perú, que era toda la esperanza de los conquistadores, animados con la noticia del oro y plata que publicó Irala despues que bajó del puerto de los Reyes.
Dispuesto lo necesario, por Setiembre de 1543, se dió principio á la jornada con cuatrocientos españoles, y mil y doscientos indios, vistosamente arreados en diez bergantines, y ciento y veinte canoas. Llegados al puerto de la Candelaria, que se halla en veinte y un grados menos un tércio de latitud austral, descubrieron seis Payaguás, deseosos de comunicar con el capitan de la armada: los cuales traidos á la presencia del Adelantado empezaron un largo razonamiento, cuya substancia es, que en poder de sus caciques, cuyos enviados eran, se hallaban mas de 66 cargas, rescatadas á fuerza de armas de los que fueron cómplices en la muerte de Juan de Oyolas: que dichas cargas eran conducidas á ombros de indios Chanes, y que si no tenian á mal esperar hasta el dia siguiente, gozarian la grande riqueza que su cacique arrebató de mano de los alevosos para restituirsela á su legítimo dueño.
Alvar Nuñez creió á los Payaguás, y esperó con inquieta solicitud uno, dos y tres dias á los Chanes. Como estos no vinieron, conoció que era artificio y disimulo de los Payaguás, los cuales con pretesto de las fingidas cargas, urdian alguna traicion semejante á las pasadas. Por lo cual mandó llevar anclas, y proseguir la navegacion. Pero como no todas las canoas podian alcanzar los bergantines, y algunas quedaban atras, el fementido Payaguá logró la ocasion de hacer daño en les guaranís, y causó cuanto pudo con lijero castigo de su atrevimiento.
En el camino sentó el Adelantado paces con los Guatos, y Guajarapos que habitaban cerca de la isla de los Orejones, los Guatos á la izquierda, y los Guajarapos á la derecha sobre el mismo rio. Está situada la isla en medio del rio que se divide en dos brazos, casi en altura de diez y ocho grados hasta el décimo nono. Era habitada de los Orejones, así dichos porque se agujereaban las orejas y rasgaban tanto la parte inferior, que pendia con disformidad sobre los hombros. Su génio era tratable, humano y cariñoso, ejercitando con los estraños la hospitalidad. El alimento solicitaban del beneficio de la tierra que cultivaban con prolijidad, y se puede creer que miraban tambien al divertimiento y recreo. Los antiguos describieron la isla como vergel y paraiso: los modernos no descubren cualidades tan ventajosas, pero el tiempo y falta de cultivo es capaz de convertir un ameno paraiso un erial infecundo.
Habitaban en sus márgenes muchos indios, gente pacífica, mas propensa á beneficiar la tierra que ejercitada en las armas. Vestian el trage de la inocencia, adornando su natural desnudez con piedrezuelas de color azul y verde, con que empedraban narices y orejas. Tenian idolos de horrible aspecto.
Aquí se adquirió noticia de la nacion Xaraye ó Sarabe, que habitaba rio Paraguay arriba, en distancia de sesenta leguas de los Orejones sobre las márgenes del rio. Dividiase en dos ramos Parabazanes y Maneses, sugetos al supremo señor que se llamaba Manes. Si creemos antiguas relaciones tenian muchos pueblos, algunos de seis mil vecinos. Mas se aplicaban al beneficio de la tierra que al manejo de las armas: sin las cuales se hacian respetar, ya por el número crecido de individuos, ya tambien por el concierto de su república.
Empezóse el descubrimiento por tierras, pero como era mucha la espesura de los bosques, el mismo guia perdió el tino y desmayaron los ánimos. Con esto el Adelantado se bajó al puerto de los Reyes, en la isla de los Orejones, donde halló que los paisanos, inducidos por los Guajarapos, intentaban sorprender á los españoles: pero descubierto el artificio de su tramas, fueron aprisionados los caciques principales, y por la humanidad del Adelantado reducidos todos á paz. Como en la expedicion se demoraron mas tiempo del que se imaginó, escasearon los víveres, y para conseguir algunos de las naciones, señaló el Adelantado al capitan Gonzalo de Mendoza, con órden de comprarlos por justo precio sin ofensa de sus dueños.
El capitan Gonzalo se puso en camino con veinte y cinco españoles y sesenta indios, y llegado á los Jaramicosis, que le hicieron resistencia, usó con ellos las armas, y los puso en huida. Discurriose por la poblacion, y llegando á la plaza se descubrió una fuerte palizada de robustos troncos, que permitian por algunos claros el registro de una serpiente, de figura y magnitud extraordinaria. Era monstruo largo veinte y cinco pies, corpulento á correspondencia. El color atezado, menos hácia la cola, donde alternaban varios colores, vivísimos en su especie. Era cuadrada la cabeza, ancha y rasgada la boca, de la cual sobresalian cuatro gandes colmillos. Los ojos pequeños, pero de viveza centellante. Manteníase de humana carne, especialmente de los cautivos que aprisionaban los Jaramicosis en las continuas guerras con otras naciones. Hízose blanco de las balas y flechas, y azotándose contra el suelo, y dando silvos espantosos, acabó desangrado sus dias el monstruo de la tierra.
Con esto dió vuelta el capitan Mendoza, y poco despues llegó Hernando de Rivera, enviado del Adelantado, con un bergantin, y cincuenta españoles para seguir el rumbo de poniente, y penetrar lo interior del pais. Veinte y un dia caminó por agua y tierra, avanzando en las jornadas, segun permitia la espesura de los bosques: sucediendo á veces que apenas se caminaba una legua, que primero se desmontaba con imponderable teson. Llegó á los Travasicosis, entre los cuales se hacia concepto de lo precioso, colgando por vanidad piezas de oro y plata de las orejas y labio inferior. Tomóse lengua de ellos, y se supo que distaban tres jornadas los Paizunaes, que comerciaban con los españoles del Perú, y que en su pueblo se hallaban algunos de ellos.
Alguno de los compañeros de Hernando de Rivera es el inventor del famoso Paitití, por otro nombre imperio del Gran Mojo. Es el Paitití, un riquisimo imperio situado mas allá de los Xarayes, en la derecera del Dorado, orígen, como algunos falsamente creen, del rio Paraguay. Está dicho imperio aislado en medio de una gran laguna, cuya circunferencia ciñen montañas de inestimable riqueza. Los edificios son todos de piedra blanca, con division de calles, plazas y adoratorios. Del centro de la laguna se levanta el palacio del Emperador Mojo, superior á los demas en grandeza, hermosura y riqueza. Las puertas del palacio defienden leones aherrojados en cadenas de oro; los aparadores y bajillas tambien de oro sirven á la grandeza y ostentacion del monarca.
Estas y semejantes intenciones publicaron los antiguos, y renuevan los novelistas del Gran Mojo, aquellos sobre la fé de un testimonio primeramente escondido, y despues honrado con la luz pública, y estos sobre el dicho de los antiguos. Pero leidos los que tocan este punto, y enterado de la geografia del terreno, se vé que el Paitití es un imperio fabuloso, que no tiene cabida en toda la América, y que sus inventores no merecen elogio mas honrado que él de soñadores. Restituido Hernando de Rivera al puerto de los Reyes, donde el Adelantado y su comitiva le esperaban, se restituyeron todos á la Asumpcion, la cual se convirtió en teatro funestísimo; porque los oficiales reales sentidos contra el Adelantado trataron de vengarse de un hombre que merecia estatua por su rectitud, justicia y cristiandad. Incierto es que papel hizo Domingo Martinez de Irala en esta tragicomedia. Unos le hacen cabeza, otros complice, mientras que Rui Diaz de Guzman le libra de toda nota. Lo que no admite duda es, que el contador Felipe Cáceres, y los oficiales reales Garcia Venegas, Alonso Cabrera y Dorantes, con muchos caballeros y plebeyos, se fueron por Abril de 1544 á la casa del Adelantado, y clamando: Viva el Rey, y muera el mal Gobierno, le aprisionaron, y asegurado con grillos le metieron en la cárcel de los malhechores, dando libertad á muchos á quienes sus delitos tenian en su merecido lugar.
El baston del gobierno se entregó á Domingo de Irala, de quien escribe Rui Diaz de Guzman que se hallaba actualmente tan enfermo que ya habia recibido todos los sacramentos: motivo porque reusó el cargo, temiendo en semejantes circunstancias embarazarse en negocio tan ruidoso. Pero añade el autor, que estando ya oleado, fue sacado á la plaza para empuñar el baston. Narracion que da fundamento para creer que Irala fingió la enfermedad que no tuvo, y que Rui Diaz, como nieto, por liquidar la inocencia del abuelo no reparó en la inverosimilitud de las circunstancias con que vistió su elevacion al gobierno.
El Adelantado toleró diez meses el rigor de la prision, con paciencia tan cristiana que no desplegó sus lábios para la queja. Los leales al Rey (nombre entonces odioso) se ausentaron á los montes, donde vivieron algunos meses con increibles penalidades. Algunos fueron ahorcados, pagando su lealtad con pena capital de infames. Solo el delito gozaba inmunidad, y á todos era lícito cuanto licenciaba la autoridad, codicia y lujuria. A la milicia se indultó libertad para todo arrojo, autorizando sus desafueros contra los indios, á los cuales enteramente se desamparó, permitiéndoles juntar á las obligaciones de cristianos, ritos de gentiles.
Pasados los diez meses acordó Irala despachar el Adelantado á la corte. Con él se embarcó el veedor Cabrera y el tesorero Vanegas. Lope Ugarte pasó con título de agente de Irala. El bergantin se hizo á la vela, y entrado en alta mar combatieron los elementos cuatro dias al frágil vaso sin esperanza de tranquilidad. Todos temian la muerte, especialmente los reales oficiales á quienes atormentaba la mala conciencia. Atribuyendo la tormenta á superior causa, y al castigo que les preparaba la divina justicia, confesaron públicamente su delito, y arrojados á los pies de Alvaro Nuñez le quitaron los grillos, publicando los falsos testimonios que habían jurado contra él.
Determinaron restituirse luego á la Asumpcion para reponer en sus honores al Adelantado, por cuya inocencia militaba el Cielo: y así lo ejecutáran, si Pedro Estopiñan, primo del Adelantado, no les animára á proseguir la navegacion. En efecto se continuó con prosperidad. Mas los oficiales reales, libres ya del mar y de sus tormentas, tomada otra determinacion, presentaron en el Real Consejo de Indias los autos contra el Adelantado. Pero, mientras ellos procuraban oprimir al inocente, Dios castigó severamente á los culpados. Garcia Vanegas murió repentinamente y Alonso Cabrera enloqueció de pesadumbre.
Al tiempo que la dívina justicia castigaba los calumniadores de Alvar Nuñez, la humana en revista de autos justificó sus procederes, y honró los últimos años de su vida con el ejercicio de Oidor en la audiencia de Sevilla. Fué el Adelantado uno de los hombres mas juiciosos de su siglo: recto, prudente, entero y de sano corazon. Celoso de propagar la fé entre los infieles, y rigido observador de costumbres arregladas entre los cristianos: con los pobres piadoso, con los infieles benigno, y fuerte con los desreglados. A los ministros del Altísimo obediente, al Rey fiel, y á Dios temeroso. Prendas que no bastaron á hacerle respetable á la fortuna perseguidora de hombres grandes. La Florida lo cautivó con inhumanidad, la Asumpcion lo aprisionó con infamia; pero en una y otra parte fué egemplar de moderacion, mas respetable entre los indios de la Florida, que entre los españoles de la Asumpcion.
§. VII.
SEGUNDO GOBIERNO DE D. DOMINGO MARTINEZ DE IRALA.
1545-1556.
Mientras se decidía la causa del Adelantado, en el Paraguay la disolucion y el desgarro de costumbres eran grandes. Los indios se aprovecharon de la oportunidad, y en número de quince mil sentaron su campamento en la vecindad de la Asumpcion. Irála les salió al encuentro con trescientos españoles y mil indios auxiliares, y tomándole en medio los enemigos que peleaban desesperadamente, rompió con la caballería á los infieles con tanto estrago y terror, que muertos dos mil amotinados los demas se arrojaron ciegamente á la huida, y se refugiaron á una poblacion reparada con estacas.
Siguióles Irala, y rota la estacada entró espada en mano haciendo terrible mortandad en los sitiados, de los cuales la mayor parte se refugió á Carobia, pueblo de mayor fortificacion y último asilo de su mala fortuna. Porque sitiándolo Irala, vencidas algunas dificultades que impedian el asalto, entró con su gente en Carobia, y mató muchos indios: los vivos se huyeron á Hieruquizaba, hasta donde los siguió el victorioso Gobernador, y con muerte de muchos, sugetó los demas, quienes se ofrecieron tributarios. Con esto pacificó Irala la tierra, y lleno de marciales glorias se restituyó á la Asumpcion, y se concilió las voluntades de los conquistadores, repartiéndoles encomiendas de indios.
Convocó la milicia, y manifesto su determinacion de descubrir paso al Perú. “Pero que adviertan, les dice, que no les obliga á seguirle, y que solo pretendia entrar por su gusto en el empeño: que los trabajos eran grandes, y pedian gente animosa y esforzada: que no seria conforme á decoro empezar el descubrimiento y caer de animo en las dificultades antes de fenecerlo. Con este razonamiento encendió á los suyos, y se ofrecieron casi todos á la expedicion.” Escogió trescientos y cincuenta españoles, y mas de tres mil guaranís, y se embarcaron en doscientas canoas y siete bergantines, á fines de 1547.
Irala no tuvo suceso memorable hasta Xarayes, donde fué humanamente recibido del supremo Manés. Informóse del camino para el descubrimiento que intentaba, y supo de los prácticos, que el camino por tierra, tirando al poniente era mas seguro. Tomó guías de la misma nacion, y llegó á los Sibirís, gente quieta y pacífica, que recibió amigablemente á los españoles, y surtió de bastimentos. Los Peiseños, Maigueños, y Carcocies hicieron resistencia: pero debaratados á los primeros encuentros, dejaron libre el paso hasta el Guapay, rio tributario del Mamoré: y avanzando en las jornadas, llegaron á unos indios situados á la fálda de las cordilleras Peruanas, los cuales recibieron con agrado á Irala, y saludaron en castellano á los españoles.
¿Quiénes sois vosotros?, le preguntó el Gobernador, y ¿qué nacion es la vuestra?—“Indios somos del Perú, respondieron, cuyo señor es un Viracocha sustituto del capitan Peranzurez, glorioso fundador de Chuquisaca.” Aquí Irala inquirió curiosamente sobre el estado presente del Perú, y revoluciones de Gonzalo Pizarro. A todo satisfacieron los indios, y el Gobernador Irala procuró ganar la voluntad del Presidente Gasca, enviando embajadores hasta Lima, ciudad de los Reyes. Dos eran los principales puntos de su comision: el primero, suplicarle que señalara Gobernador del rio de la Plata en nombre de Su Magestad: el segundo, ofrecer su pequeño ejército para acabar de sosegar los tumultos del Perú.
El Presidente Gasca, que tenia madurez juiciosa, y penetraba altamente el fondo de los corazones, recibió con aparente agrado los embajadores, pero recelando que si aquella gente envejecida en tumultos entraba al Perú, alborotaria mas los humores de aquel enfermizo cuerpo, le respondió agradeciendo la oferta, y alabando su fidelidad: méritos que no olvidaria para representarlos á la Cesarea Magestad, de que podia esperar prémio condigno á sus servicios. Palabras á la verdad de político, que contenian mucho artificio y cumplimiento, y ninguna solidez, disimulando con ellas el ánimo adverso al gobierno de Irala, y nombrando por la via reservada para gobernador del Rio de la Plata al fidelísimo D. Diego Centeno, que á la sazon se hallaba en el distrito de Chuquisaca.
Tuvo noticia Irala, y valiéndose de un confidente suyo, que despachó al camino, robó los pliegos al portador, y le mató á puñaladas. Tales monstruos engendraba en aquellos tiempos el Paraguay, y por medios tan injustos se abrian camino para empuñar el baston. Mientras volvian los embajadores, retrocedió á los Cercosis, temiendo que la soldadesca le desampararia, retirándose al Perú. Dos meses se detuvo entre los Cercosis, esperando los embajadores, cuya tardanza ocasionó algunos disturbios. La comitiva de Irala suspiraba por volverse á la Asumpcion, y persistiendo el Gobernador en aguardar sus enviados, fué depuesto, y el baston entregado á Gonzalo de Mendoza, al cual prometieron obediencia en su vuelta á la Asumpcion. A pocas jornadas se arrepintieron de la eleccion, pues llegados á Xarayes le depusieron del empleo, y reeligieron á Irala, pidiéndole perdon de la desobediencia, y prometiendo sujecion y rendimiento.
Los Xarayes se portaron tan finos con los españoles, que despues de año y medio restituyeron cuanto sobre la marcha les encomendó Irala, el cual aceleró su vuelta á la Asumpcion, inquieta en tiempo de su ausencia. Porque Francisco de Mendoza su teniente echó voz que el gobernador era muerto, coloreando la novedad con la falta de noticias en año y medio, añadiendo que en fuerza de la cédula del Emperador Carlos V, se podia proceder á nueva eleccion. Sobornó los votos de los conquistadores, y juntos en cabildo, les propuso, que muerto Irala podian elegir nuevo gobernador por pluralidad de votos, mientras la Cesarea Magestad señalaba otro para el gobierno: protestando que él estaba ageno de poder mantener el baston del cual hacia dejacion ante todos, besándole primero con reverencia para que de sus manos lo pasáran á las del mas digno.
Así habló Francisco de Mendoza, disimulando la ambicion que le dominaba, como lo mostró luego que fué electo Diego Abreu, caballero principal de Sevilla; pues que, juntando algunos parciales suyos, intentó restablecerse en el gobierno, y prender á Abreu; el cual le previno á él, y aprisionado le sentenció á muerte. Poco antes de morir confesó Mendoza, que por altísimos juicios de Dios pagaba con aquel género de suplicio un delito cometido en aquel dia, matando su muger, y un capellan compadre suyo por ligeras sospechas de que maculaban su honor con ilícita correspondencia. Muerto Francisco de Mendoza, quedó Abreu con el gobierno hasta que llegó de su jornada Domingo Martinez de Irala, cuya presencia serenó los civiles tumultos.
Tucuman por este tiempo era el objeto á que anhelaban los Argentinos y Peruanos, aquellos por abrir paso al Perú, y estos al Rio de la Plata. Estimulaba á los Peruanos una vaga noticia que corrió de que el Rio de la Plata tenia su nacimiento en la laguna de Bombon, formando sus principales brazos del Apurimac y Jauja; noticia en que la credulidad anduvo con mas ligereza que exámen, y creida, estimuló los Peruanos al descubrimiento del Rio de la Plata por la via de Tucuman. Contaba muchos pretendientes la conquista, entre los cuales en calidad y méritos sobresalian Diego Rojas, Felipe Gutierrez y Nicolas Heredia, sugetos hábiles para nuevos descubrimientos.
Tenia á la sazon la regencia del Perú Vaca de Castro, poco antes victorioso contra Diego Almagro el Mozo en la célebre batalla de los Chupas. De la paz que empezó á gozar el imperio peruano, é inaccion de la milicia tumultuante, receló mayores males que de la guerra. Motivo que le obligó á divertir los ánimos en nuevas conquistas, señalando gefes á diversas provincias en que tenia puesta la mira, y la fama de riquezas brindaba para la empresa.
Para Tucuman nombró á Diego Rojas natural de Burgos, noble y honrado caballero, capitan experto y afortunado, constante en los trabajos y sufrido en las adversidades. Militó en la conquista de Nicaragua con valor y crédito; acompañó con increible magnanimidad á Pedro Anzurez en su célebre entrada á las montañas, y con título de capitan se halló en la batalla de Salinas al lado de Francisco Pizarro contra los Almagros; y de órden de Vaca de Castro se apoderó de Jauja y fortificó á Guamanga por los realistas. Grande en todo, Rojas era acreedor de grande prémio, y este le asignó Vaca de Castro en la conquista de Tucuman. Para lo cual alistó trescientos soldados, flor del valor peruano, ejercitados en la milicia y acostumbrados á grandes trabajos.
El coronista general de las Indias, Antonio de Herrera, dice, que Vaca de Castro nombró á Felipe Gutierrez Capitan General de la conquista, á Diego Rojas Justicia Mayor, y Maestre de Campo á Nicolas Heredia. No hay duda que Felipe Gutierrez era merecedor de esta y otras distinciones mas gloriosas. Nacido en la villa de Madrid, se hizo digno con varios servicios de la conquista de Veragua. La empresa no correspondió á las esperanzas, ó por falta de fortuna ó por sobrada desgracia. Pasado al Perú militó á favor de D. Francisco Pizarro con título de Capitan General en la batalla de Salinas, y tuvo el honor de tomar en ancas de su mula al Adelantado Diego de Almagro, prisionero de Alonso de Alvarado en la decisiva batalla de los Chupas. Pero tantos méritos no igualaban á los de Rojas, ni se juzgaron bastantes para preferirle en el cargo de Capitan General.
Lo cierto es, que ambos eran merecedores de este destino, ambos hábiles para la conquista, y á los dos equivoca Herrera con el título de compañeros, y los honra con el de capitanes; sin distinguir quien dirigia las operaciones, y si de dos voluntades distintas procedia una sola determinacion. Rui Diaz de Guzman hace á Gutierrez cabo subalterno, y la capitanía adjudica á Diego Rojas, esto mismo confirman algunos instrumentos antiguos, firmados de los primeros conquistadores, archivados en Santiago del Estero, que no hacen mencion de Felipe Gutierrez, y solo se acuerdan de Rojas: el cual, junta ya la milicia, dejó la mayor parte á Felipe Gutierrez, y él con solos sesenta hombres se adelantó á Tucumanaho en el valle de Calchaquí, y de allí á Capayan, jurisdiccion de Catamarca.
Era señor de Capayan un cacique arrogante y presumido, vano despreciador del egército de Rojas, contra el cual salió con un cuerpo de 1500 guerreros armados de arcos, flechas y un atado de paja en las manos, y ordenó á los suyos tejer sobre el haz de la tierra un cordon con los manojos de paja que llevaban prevenidos para la operacion. El lo dijo, y ellos lo ejecutaron con prontitud, y vuelto el altivo cacique á Rojas y á los suyos: “ningun español, dice, ninguno pase los términos amojonados: los efectos de mi indignacion y de mi justo enojo experimentará el que de allá pase á esta parte de la señal que divide y separa ambos egercitos, y la una de la otra nacion.”
Entonces Rojas en breves términos explicó la comision que tenia del Monarca español de pasar adelante, sentando paces con todas las naciones, y dándoles á conocer el verdadero Hacedor de todas las cosas. Comision á que no podia faltar, ni desistir de su empeño por ninguna dificultad. Que él y su gente venian de paz, y no se les podia negar el paso á las naciones que quisiesen participar el bien que se les ofrecia. Que si intentaba embarazarle el egercicio de su comision, sabria con las armas abrirse camino, castigando severamente el atentado de recibir con guerra declarada á quien entraba solicitando la paz. Que el pequeño número de sus soldados no era para despreciarlo: pues valia cada uno por muchos, y estaban acostumbrados á vencer con menos, multitud mas numerosa que la de los Capayanes.
Mientras duró el razonamiento de Rojas, los indios rodearon los españoles, y empezaron á disparar flechas. Pero á las primeras bocas de fuego que se dispararon, huyeron precipitadamente, y poco despues por medio de embajadores solicitaron la paz y ofrecieron homenage. Entre los Capayanes se detuvo Rojas algun tiempo, mientras venia Felipe Gutierrez, á quien despachó diez de sus soldados con órden de acelerar la marcha á Capayan, donde se conseguian sin escacez los bastimentos. No faltó uno, como muchas veces sucede, que intentó malquistar á Gutierrez con Rojas, fingiendo dolo en los procederes de este. Pero Gutierrez que era muy cristiano, “no permita Dios, dijo, que de caballero tan honrado me persuada intenciones tan reservadas como de él se publican, solo con el fin de malquistarnos y de embarazar la conquista.”
Juntó Gutierrez á Rojas, se avanzó por los Diaguitas al país de Macaxax, territorio de los Juries, que eran muchos en número: gente valerosa y esforzada, los cuales se opusieron á los españoles, pero con tan poca constancia, que á los primeros fusilazos desampararon la campaña.
Irritados con la mala fortuna del primer encuentro, convocaron tropas auxiliares y con las flechas teñidas en veneno presentaron segunda vez la batalla, con tanto empeño, que tres dias sostuvieron el combate, hasta que rotos y desórdenados, se huyeron, dejando muchos cadáveres en el campo. Un buen lance lograron sus armas, que por él solo pueden llamarse victoriosas; porque herido Diego Rojas con una flecha, la herida al principio no dió cuidado porque obró remisamente: poco á poco se declaró mortal, y últimamente con suma violencia arrebató con temprana muerte y universal sentimiento al primer conquistador y capitan general de Tucuman.
Es verosimil que los españoles se persuadiesen que entre los indios estaba en uso algun específico contra el veneno de las flechas, y para descubrirlo hirieron levemente á un indio prisionero, y de intento se le dejó libremente buscar el antídoto. El indio cogió dos yerbas, cuyos nombres y calidades no han llegado á nuestra noticia: la una liquidó en zumo, y lo tomó por la boca, la otra aplicó majada á la parte lesa, y con esta diligencia amortiguó el veneno, y no le permitió obrar con la violencia y mortales agonias que violentaron la vida de Diego Rojas.
A peticion de este gefe tomó el baston Francisco de Mendoza primer intruso al gobierno de la provincia. Era Mendoza suspicaz y caviloso, y temió que Felipe Gutierrez y Nicolas Heredia, provistos en segundo y tercer lugar para el gobierno por el Presidente Vaca de Castro, podrian algun dia quitarle el baston, que no tenia mas firmeza que la intercesion, y súplicas de un medianero ya difunto. Como hombre y como apasionado descubrió culpa en la legitimidad del derecho de los dos, y resolvió castigarla mandandolos prender por medio de sus parciales. Ninguno de los dos habia intentado novedades, ni dado muestra de displicencia en el gobierno de Mendoza: pero la mala conciencia aborrece la luz, hace temible las sombras y abre paso á sus intentos con culpables atentados.
Felipe Gutierrez se soltó de las prisiones, y con seis amigos se huyó al Cuzco, donde incorporado á los realistas contra Gonzalo Pizarro, cayó en manos del tirano Pedro Puelles, y coronó los últimos dias víctima de fidelidad en Guamanga. Nicolas Heredia compró su libertad con la renuncia de su derecho á la capitanía, jurando que no reconoceria otro gefe que á Francisco de Mendoza. Asegurado este en el gobierno, emprendió nuevos descubrimientos, y despachó á diversos rumbos algunas compañías, á las cuales no acaeció cosa memorable, y aunque adquirieron noticias vagas de oro y plata, se despreciaron por su incertidumbre. Con esto se convirtieron los ánimos al Rio de la Plata, y tomado el camino de la sierra la cortaron por el valle de Calamochita hasta caer al Rio Tercero, que mas adelante se llama Carcarañal.
Sobre la costa de este, tirando al oriente, siguieron las marchas hasta la ribera occidental del Paraná, último término de sus pretensiones: donde á poco rato descubrieron por el magestuoso Paraná crecido número de canoas, que vogaban hácia la ribera en demanda de los nuevos huespedes: á los cuales el cacique que comandaba las canoas, en lengua castellana preguntó:—“¿Qué gente eran? ¿quienes eran? ¿y qué buscaban?”—“Amigos somos, respondieron los españoles, que venimos de paz, con deseo de adquirir noticias de los castellanos que estan por acá.” Preguntó el cacique:—“¿Quien era y como se llamaba el capitan de aquella gente?” Y oido que se llamaba Francisco de Mendoza, respondió alegre:—“Huelgome en el alma, Señor Capitan, que seamos de un mismo nombre y apellido, porque los mismos tengo yo tomados de un noble caballero que reside en el Paraguay, que fué mi padrino de bautismo: mire pues, Señor, lo que se ofrece, que le sirviré gustoso, y proveeré con abundancia.”
Alegres los españoles con el encuentro de los indios, se detuvieron algunos dias sobre la embocadura del Carcarañal, esperando á Nicolas Heredia con los caballos que seguian lentamente los pasos de Mendoza. Algunos interpretaron siniestramente la tardanza, persuadidos que maliciosamente se demoraba en las marchas. Entretanto Mendoza costeó el Paraná, y enderezando al norte, llegó á una barranca, en cuya eminencia descubrió una cruz de superior elevacion. Adoróla con profundo acatamiento, y despues de él, los españoles. Al besar el pedestal se observó un letrero, que decia: Cartas al pié. Cavaron, y se halló en una botija una carta de Irala, que manifestaba el presente estado de la provincia, previniendo á los pasageros de qué naciones debian cautelarse, y en cuales podian tener confianza.
Con estas noticias determinó Mendoza, sin esperar á Heredia, proseguir por tierra su camino hasta la Asumpcion. Pero atajado á las trece jornadas, de inundaciones y pantanos, retrocedió en busca de Heredia, de quien tuvo noticia que se hallaba en el pais de los Comechingones. Llámanse Comechingones los indios que habitan la serranía de Córdoba, tomando la denominacion, en lengua Sanabirona, de cuevas subterraneas que habitaban; fábricas algunas mas de la naturaleza que de humana industria, y no pocas tan proveidas, que en lo interior estan socorridas de aguas, que destilan de las paredes, como se ven hoy dia en la Achala. En este sitio se demoró con su gente tomando descanso, mientras los caballos, imposibilitados á proseguir por falta de herrage, se recobraban. Francisco de Mendoza lo llevó á mal, y depuso á Heredia del cargo, substituyendo en su lugar á Rui Sanchez de Hinojosa; y lo sintió tan vivamente Heredia, que apadrinado de algunos amigos, mató á puñaladas á Hinojosa y á Mendoza, mandando publicar que los difuntos usurpaban la real jurisdiccion y eran transgresores de las órdenes de Vaca de Castro.
Removidos los émulos, se alzó con el gobierno, y confirió título de Maestre de Campo á D. Diego Alvarez, jóven intrépido, arrebatado, bullicioso y turbulento. El mismo Heredia, antes de apacible génio, y condicion suave, asumpto al empleo de capitan, se hizo caprichoso é insufrible á los suyos. Hubo de ambas facciones palabras de mucho sentimiento, y al nuevo capitan se le digeron indecorosas verdades sobre la imprudencia de su gobierno y caprichosa tenacidad con que insistia, contra el dictamen comun, en continuar el descubrimiento, cuando suspiraban todos por la vuelta, apercibidos de que esta provincia era mas fértil de trabajos, que rica en minerales de oro y plata. Sobre lo cual le hablaron con tal resolucion, que temiendo mayores alborotos tomó la vuelta del Perú.
En Sococha, lugar célebre en los Chichas, se consiguieron noticias confusas del estado del Perú, á la sazon dividido en bandos por los disturbios de Gonzalo Pizarro. Al principio balanceó la fidelidad contrapesada de la codicia, inclinándose al partido de mayor conveniencia y utilidad. Pero Gabriel Bermudes los inclinó al de los realistas, prometiendo obediencia á Lope de Mendoza, á quien perseguia Francisco Carabajal, capitan de Pizarro. “Eran por todos, son palabras del Inca Garcilaso, ciento y cincuenta hombres casi todos de caballo”: gente valerosa, dispuesta á sufrir y pasar cualquiera necesidad, hambre y trabajo, como hombres que en mas de tres años continuos, descubriendo casi seiscientas leguas de tierra, no habian tenido un dia de descanso, sino trabajos increibles, fuera de todo encarecimiento. Algunos murieron en servicio del Rey, otros repitieron la entrada á Tucuman.
Provisto Diego Centeno al Gobierno del Rio de la Plata, instado de sus amigos, pasó á Chuquisaca para solazarse algunos dias, y despedirse de sus familiares. Algo discuerdan los autores sobre el motivo; pero convienen en referir fatales pronósticos que le anunciaron los indios de su encomienda, y confirmaron los Charcas. El tenia ocultos émulos, y debió recelar alguna sorpresa traidora á su vida, y elevacion al gobierno del Rio de la Plata; pero despreciando supersticiones de vanos agoreros, llegado á Chuquisaca, entre los regocijos de un convite tragó un bocado de ponzoña que le quitó la vida al tercer dia. Con su muerte perdió el Rio de la Plata uno de los mas expertos y prudentes capitanes de que se pueden gloriar las Indias: fué sentida y llorada de los hombres de buena razon, pero no de Irala que se consideró asegurado en el gobierno.
Coadyuvó su pretension la temprana muerte de Juan Sanabria, caballero rico, natural de Medellin, el cual sentó el año de 1547 con el Emperador Carlos V. varias capitulaciones, si le conferia la capítania y baston de la provincia del Rio de la Plata. Muerto el padre se le dió á su hijo Diego Sanabria el título de Adelantado el año de 1549, pero ocupado en liquidar dependencias del padre difunto, no vino á tomar posesion del empleo, viéndose precisado á despachar los navíos á cargo del capitan Juan de Salazar, antiguo conquistador. La armada zarpó de San Lucar á principios de 1552, y llegó con felicidad á la isla de Santa Catalina, y puerto de Pato, en cuya ensenada naufragó el navío del capitan Becerra, cayendo su gente en mano de indios feroces, de cuyo poder los libró el venerable Padre Leonardo Nuñez, varon apostólico de la Compañia de Jesus, en la provincia del Brasil.
La gente de los otros navios, abanderizada en civiles discordias, parte siguió al capitan Salazar á San Vicente, donde confederados con los Portugueses estuvieron casi dos años: pero no esperando de su trato progresos considerables, vinieron por tierra á la Asumpcion, y condujeron el primer ganado vacuno que pastó las dehesas del Paraguay, y despues multiplicó interminablemente. Otros siguieron al capitan Hernando Trejo, y fundaron una colonia entre la isla de Santa Catalina y la Cananea, sobre el desaguadero del rio de San Francisco. La colonia fué de brevísima duracion y consistencia, pero le hizo célebre el nacimiento del ilustrísimo Trejo, honra despues de la religion seráfica, y meritísimo Obispo de Tucuman. Al año se recogió toda la gente con su ínclito fundador á la Asumpcion, cabeza de la Provincia. Vióse en poco tiempo el Gobernador Irala con un número de vecinos: Nuflo Chaves recogió la gente que tenia Centeno para traer al rio de la Plata; y Juan Salazar y Hernando Trejo se vinieron con la que condujo la armada del Adelantado Diego Sanabria. Por otra parte Estevan Vergara, procurador suyo en la Corte, promovió la causa del tio, y le consiguió la confirmacion en el gobierno. Mientras esta llegaba, el capitan Juan Romero, de su órden, fundó una colonia sobre el rio de San Juan, tributario del rio de la Plata en la derecera de Buenos Aires, sobre la márgen opuesta. Solo contó de duracion cuatro meses. Mayor subsistencia tuvo la villa de Ontiveros que fundó el capitan Garcia Rodriguez de Vergara el año de 1554, sobre la márgen oriental del Paraná, á corta distancia de su célebre salto en Canindeyú, perteneciente á Guayra.