LIBRO SEGUNDO. (continued 2)
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Efectuada esta fundacion, llegó á Irala la confirmacion en el Gobierno en la Armada de Martin Urue, y recibió varias cédulas concernientes á varios puntos. En una de ellas le permitía la Cesarea Magestad repartir encomiendas de indios, y repartió veinte y seis mil capaces de tomar armas. En otra le ordenaba arreglar el derecho municipal con acuerdo de hombres capaces y expertos: y lo dispuso con tanta cordura y prudencia, que muchos años se gobernó el Paraguay, en lo político y militar, por su arreglamiento. Abrió escuelas para instruccion y enseñanza de la juventud, señalando maestros para cultivar las plantas delicadas, dóciles en los primeros años á recibir buenos documentos, y fructificar á su tiempo.
Todo conspiraba al aumento y felicidad de la provincia del Rio de la Plata: y para que ninguna cosa que conduce al establecimiento de una república cristiana se deseára, llegó en la Armada de Urue el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, prelado de carácter tan superior, que la religion seráfica con nombre de Pedro, y la de predicadores con el de Tomas, se lo apropian en las obras de sus coronistas. Años antes el Ilmo. Fr. Juan de Barrios, religioso observante del seráfico Padre San Francisco, á 10 de Enero de 1548, habia erigido en Aranda de Duero, el obispado del Rio de la Plata con cinco dignidades, Dean, Arcediano, Chantre, Magistral y Tesorero: pero estando en Sevilla para embarcarse, le llamó Dios á la gloria.
A la sombra de sus dos cabezas, eclesiástica y secular, se prometia la Provincia toda felicidad: pero minoró esta considerablemente la temprana muerte de Irala, que sucedió verosimilmente el año de 1556. Entendia actualmente en los ejercicios de piadoso y cristiano Gobernador, á impulso de su devocion. Al monte habia salido á buscar madera para levantar una capilla á Nuestra Señora, patrona de la ciudad. Trabajaba personalmente, y acaloraba los oficiales con su presencia, palabras y ejemplo. Del afan y ejercicio se le encendió una maligna fiebre, que obrando ejecutivamente, al séptimo dia privó la Provincia de su gobernador, á la Asumpcion de su padre, y á la milicia de su experto capitan. El llanto fué universal, dando muestras de sentimiento aun sus émulos, que no negaban las buenas dotes de Irala, superior á todos en el talento de gobierno. Los deslices de los primeros años borraron sus operaciones un los últimos períodos de su vida.
§. VIII.
GOBIERNO DE D. GONZALO DE MENDOZA.
1556-1557.
Poco antes de su muerte nombró para el gobierno á Gonzalo Mendoza, sujeto pacato y de buenas cualidades: la mas sobresaliente fué fomentar las disposiciones de su antecesor, el cual habia despachado á Rui Diaz Melgarejo y Nuflo Chaves, para plantear dos ciudades, una en Guayra, y otra en el territorio de Xarayes. Melgarejo subió hasta la embocadura del Pequirí, y levantó una poblacion que llamó Ciudad Real, al oriente del Paraná, bajo del trópico de Capricornio, á tres leguas de la villa de Ontiveros, cuyos moradores trasladó á la nueva ciudad.
Nuflo Chaves revolvia pensamientos mas altos. La felicidad con que habia gobernado algunas operaciones militares le inspiraban alzarse con la gente que comandaba para levantar provincia independiente del Rio de la Plata. Despues de haber castigado felizmente los Tupís y Tobayarás brasileños, y sugetado los indios Peabiyú, sublevados por Catiguará famoso hechicero, enderezó á Xarayes, y declinando al poniente cayó en los términos de los Travasicosis, que llamamos Chiquitos, por la pequeñez de sus casas: indios feroces y guerreros, á los cuales despachó embajadores, convídándoles con la paz. Pero ellos los mataron, y segun se dice en un requirimiento jurídico, se los comieron. Convocaron sus milicias, y presentada batalla, fueron vencidos, causando algun daño por el veneno de su flecheria.
Atemorizada la soldadesca con la idea del veneno, empezó á tumultuar y requirir á Nuflo Chaves que tomara la vuelta de Xarayes, para fundar entre ellos, segun la instruccion del Gobernador. Y porque Chaves perseveró en su determinacion de pasar adelante, los indios, que eran dos mil y quinientos, con la mayor parte de los españoles se volvieron á la Asumpcion, quedando solo sesenta para proseguir el descubrimiento. Con ellos avanzó Chaves al Guapay, rio que nace de la serranía que cae al poniente de Mizqui, y despues de formar un semicírculo, descarga en el Mamoré. Del Guapay cayó en los llanos de Guelgorigota, donde se encontró con Andres Manso, que por la via del Perú entraba con lucida compañía de soldados en aquel país. Altercaron los dos capitanes sobre los puntos de derecho, y sometieron la causa al juzgado de la Audiencia de Chuquisaca, donde los dejaremos litigando hasta encontrarlos en otra parte.
Sosegado el imperio peruano, el Presidente Gasca miró la conquista de Tucuman como principal egercicio de su empleo y corona de su comision. Por lo menos es preciso confesar que la tuvo presente para premiar á Juan Nuñez de Prado, faccionario de Pizarro con la capitanía de Tucuman, dándole poderes honoríficos, y facultad de alistar cuantos quisiesen militar á su obediencia y mando. Solos ochenta y cuatro le siguieron, algunos de los que vinieron á la conquista con Diego de Rojas, como consta de la raseña que se hizo en la imperial villa de Potosí ante el licenciado Esquivel: contra el cual uno de ellos llamado Aguirre, quedó altamente ofendido, y resolvió vengar un justo castigo que se le dió, con una injusta muerte. Porque dejada la conquista de Tucuman, y la honrosa compañía de sus comilitones, buscó á su enemigo, y le siguió de ciudad en ciudad, hasta que en el Cuzco lo mató á puñaladas.
Juan Nuñez de Prado, á quien varias dependencias detuvieron en Potosí el año de 1549, al siguiente despachó á su Maestre de Campo Miguel Ardiles, sugeto principal en esta conquista, con órden de combatir los feroces Humaguacas, rayanos del Perú y Tucuman hácia el rio Jujuí, que señoreaban el paso, y era necesario vencerlos para seguridad de los caminos. Ardiles tuvo algunas escaramuzas con ellos: los fatigó con la caballería; los espantó con las bocas de fuego, y finalmente los obligó á despejar por entonces el paso.
A los dos meses Juan Nuñez de Prado salió de Potosí, y cortando el país de los Chiriguanás: “Señor, le gritó una de las espías, enemigos se descubren, y sin duda vienen contra nosotros, pues la frente de su ejército endereza á encontrarse con la nuestra.” Siguióse la marcha sobre el aviso, y se descubrió á D. Francisco de Villagra, que pasaba con gente para socorrer á D. Pedro Valdivia, conquistador glorioso del floridísimo reyno de Chile. No era Villagra de quien menos debia cautelarse Prado: pero un émulo disimulado tarde se conoce, y rara vez se evitan sus artificios. Avistáronse los dos capitanes sin otro suceso por ahora que el de sembrar Villagra hablillas escandalosas entre los soldados de Prado. Departiéronse ambos para su destino. Villagra siguió el camino de Chile, y Prado el de Chicoana.
De Chicoana avanzó á Tucumanahao en el valle de Calchaquí, donde fué recibido con humanidad del cacique Tucuman, señor principal del valle. Este es el mismo que hospedó amigablemente á Rojas, y proveyó de bastimentos. Es creible que fuera de génio pacato, inclinado á clemencia en cuanto lo permitia el natural belicoso de los Calchaquís; ó que por ocultos designios intentára alianza con la nacion guerrera de los españoles. Lo cierto es, que de acuerdo de Tucuman y Prado, se abrieron los cimientos de una ciudad, la cual antes de llegar á perfeccion se trasladó sobre el Rio Escaba, á cuatro leguas, donde años despues se planteó la primera ciudad de San Miguel. A la ciudad llamó Prado, Barco de Abila, pero fué de brevísima duracion y se restituyó otra vez á Tucumanaho, primera cuna de su nacimiento.
Desembarazado Prado de buscar sitio para el establecimiento de la ciudad salió á correr la campaña con treinta soldados para hacerse dueño del terreno: pero Villagra, que desde la Cordillera torció camino, dejándose caer en Tucuman, sorprendió á Prado, y se alzó con la conquista, intentando agregar al reyno de Chile esta provincia.
No es para omitido el derecho presunto que Villagra tenia á Tucuman, fundado en cláusulas del Presidente Gasca, que señalaba á D. Pedro Valdivia cien leguas tierra adentro, este oeste, por término de sus descubrimientos. Palabras que ampliadas á favor de los Chilenos, ocasionaron disturbios sobre el derecho á Tucuman: hasta que el Sr. Felipe II, en cédula de 29 de Agosto de 1563 deslindó las dos jurisdicciones, declarando independiente de Chile la gobernacion de Tucuman.
Por ahora Villagra se alzó con el mando y se apoderó de los instrumentos que gozaba la ciudad del Barco, de su independencia. Pero como le llamaba Chile por el socorro de milicia que conducia, repuso en el ejercicio de capitan á Prado, obligándole á reconocer por superior á D. Pedro Valdivia, conquistador de Chile.
Protestó Prado cuanto pretendia Villagra, fingiendo vasallage, y encubriendo los secretos del corazon hasta verse libre de su émulo. Pero luego que este tomó el camino de Chile, juntó el cabildo de la ciudad del Barco, y con un razonamiento patético que hizo, ponderando la injusta pretension de los chilenos en virtud de los títulos del Presidente, fué repuesto en el ejercicio de capitan, independiente de Valdivia. Al empleo dió principio, llamando á Tucuman el nuevo maestrazgo de Santiago.
Porque nombre tan lustroso no fuera sombra sin cuerpo, se aplicó Prado con teson increible á los adelantamientos de la provincia, mas con suavidad que con el rigor y espanto. Conquistó la sierra y valle de Catamarca, los rios Salado y Dulce, los belicosos Lules y la mayor parte de los indios que despues se agregaron á Santiago; sin otro accidente digno de narracion, que enarbolar con piedad cristiana en las tolderias de indios el glorioso estandarte de nuestra salud.
Cuando este grande capitan disponia conquistar á Dios y al Rey nuevas gentes, tirando al poniente hácia la Cordillera, tercera vez se halló sorprendido por Francisco Aguirre, emisario chileno, que venia con título de Teniente de la ciudad del Barco, y crecido número de soldados para remover cualquier obice de su admision al gobierno. Prado era el único de quien podia temer resistencia, pero sorprendido inopinadamente por Aguirre, fué puesto en prisiones, y despachado á Chile. Apeló Prado á superior tribunal, donde fué declarada su inocencia, y ordenado que fuese repuesto en el gobierno de Tucuman. Pero aunque tuvo la honra de ser reelegido, no vino á empuñar el baston, prevenido de la muerte ó por otro motivo que no llegó á mi noticia.
Muy pronto conoció Tucuman la falta de su valeroso conquistador. Los Calchaquís se inquietaron, y las demas naciones, antes pacificas, tumultuaron haciéndose temibles al español. El mismo Aguirre entró en recelos de poca seguridad en aquel sitio, y pasó la ciudad del Barco sobre el Rio Dulce, mudándole el nombre en el de Santiago del Estero, por un estero que allí hace el rio. Está sita en 28 grados escasos de latitud y 315 de longitud, segun el mapa de la provincia que se estampó el año de 1732. El temperamento es ardiente y seco. El terreno es poco apetecible, y está rodeado de espesos bosques, principalmente de algarrobos, que ministran sustento á sus habitadores. En otro tiempo fué Santiago asiento de los Sres. Gobernadores y Obispos, pero hoy dia es un puro esqueleto de ciudad, sin lustre, sin esplendor, ni formalidad en lo material.
En medio de tanta miseria Juan Diaz de la Calle señala á Santiago un escudo, la mitad de él con una cruz colorada en campo de oro, el hueco de ella lleno de perlas, en lo bajo ondas del mar; y en la otra mitad, un tigre de oro rapante en campo azul, y al rededor de dicho escudo ocho cabezas de aguilas, y encima la figura de Santa Ines, abogada de la ciudad. Si este escudo se concedió á la ciudad de Santiago, serviria mas á la vanidad que á la relacion de la figura con el objeto figurado. Fuera de que, habiéndose este concedido, como dice el autor, el año de 1537, esto es, diez y seis años antes de su fundacion, se hace inverosimil el hecho.
Lo cierto es que los conquistadores no descubrieron minerales de oro, ni conchas de perlas, sino tanta miseria y laceria, que luego que Aguirre fué á Chile á sosegar los tumultos originados por el alzamiento de los Araucanos, parte tomaron la via de Chile, parte la del Perú, abandonando la conquista por la poca utilidad que prometia. En ausencia de Aguirre quedó con el título de teniente Juan Gregorio Bazan, primer tronco de los nobles Bazanes que honran con su sangre aquella provincia. Pero en la ocasion presente, como los españoles fuesen pocos y los indios muchos, y estos amotinados, bastardeó de sus nobles pensamientos y desamparára la provincia, si Miguel Ardiles no le recordára el alto nacimiento que le ennoblecia, y la gloria que de su permanencia podia seguirse á la magestad divina y humana. Movido de estas razones prosiguió en el ejercicio de su empleo, y se previno para sosegar los Saladinos confederados con otras naciones.
Con pocos soldados salió el teniente Bazan á buscar los amotinados que eran muchísimos y los deshizo, y con muerte de muchos sugetó los demas, y obligó á dar la paz. Bien conoció Aguirre desde Chile la debilidad de la milicia tucumanesa; y acordándose que era padre, destacó para Santiago algunos soldados á cargo de su sobrino Rodrigo de Aguirre que venia con título de Teniente. Pocos meses tuvo el gobierno de la provincia, porque preso por los parciales de Prado, fué puesto en su lugar Miguel Ardiles, nombrado por Francisco Villagra. De manera que los conquistadores de Tucuman se dividian en tres parcialidades: unos reconocian á Francisco Aguirre por gobernador legítimo: otros á Villagra, que tenia interinamente el baston de Chile: y los terceros á Prado, cuya venida inutilmente esperaron sus parciales.
Estas civiles discordias arruináran la conquista sino llegára el general Juan Perez de Zurita, nombrado por D. Garcia Hurtado de Mendoza, en cuyas manos entró el gobierno de Chile. Era Zurita natural de Xerez de la Frontera, caballero noble, tratable, humano y bien conocido por sus hazañas militares, en el Perú contra los Pizarros, y en Chile contra los Araucanos:—prenda que le conciliaron la voluntad del gobernador Chileno, y le merecieron el gobierno de Tucuman. Venido á la provincia, en los principios fué feliz, infausto y desgraciado en los fines. Al nuevo maestrazgo de Santiago mudó nombre, llamándole la Nueva Inglaterra, queriendo á lo que parece lisonjear al Señor Felipe II, rey entonces de la Gran Bretaña.
Fundó tres ciudades, la primera llamó Londres, Cañete la segunda, y Córdoba la tercera: las tres en el valle de Calchaquí, por contemplar á D. Juan Calchaquí, que le profesaba afecto, y contaba entre los poderes de su autoridad el allanar su gente belicosa, para admitir el vasallage de su íntimo familiar. Accion para Zurita no menos gloriosa que cuando al siguiente año con pequeño ejército sugetó los Diaguitas del Salado, los Juries del rio Dulce, los Catamarquistas y Sañoagastas, naciones que impacientes del yugo conspiraban á la ruina del español.
A todos rindió Zurita, obligándoles á recibir leyes de quien, superior en las armas, los tuvo humillados á sus pies. Una ley entre otras les impuso que facilitaba su instruccion y enseñanza: que fué de congregar la dispersa multitud, derramada por la ribera de los rios y llanura de los valles, juntándola en toldería para que los ministros evangélicos, sin tanto afan y mayor logro, pudieran doctrinarlos.
El Guelgorigota, que verosimilmente son los Llanos de Manso, entre el Pilcomayo al oriente, y el Bermejo al poniente, estaba en litigio desde el año antecedente en el tribunal de Charcas. Nuflo de Chaves, que acaso desconfió de la integridad del tribunal, buscó patrocinio en el superior gobierno de D. Andres Hurtado de Mendoza, virey del Perú y su pariente. Dos eran las pretensiones de Chaves: la primera, que se le adjudicase el Guelgorigota, y la segunda fundar provincia, que hiciera cuerpo á parte y sin alguna dependencia del Paraguay. Uno y otro consiguió del Virey, el cual para autorizar mas la nueva provincia, dió el baston de ella á su mismo hijo Garcia Hurtado de Mendoza, y este sus veces y poderes á Nuflo de Chaves.
Mientras esto pasaba en Lima, en Guelgorigota Hernando Salazar, teniente de Chaves, prendió al capitan Andres Manso, y lo remitió al Perú. Removido este, Nuflo de Chaves, con el fomento del virey, el año de 1560, cuarto despues de la muerte de Irala, que le despachó para fundar en Xarayes, desamparado de la mayor parte de los Asumpcionistas, pero engrosado con la milicia de Andres Manso, abrió los primeros cimientos de la Capilla en el país de los Penoquis, indios belicosos al poniente del Guapay, y al este de una punta de tierra poco elevada que sobresale de las cordilleras peruanas. La ciudad tomó nombre de Santa Cruz de la Sierra, que se extendió despues á la provincia, con ocasion de una cruz milagrosa que hizo un castellano, explicando á los naturales la virtud de esta señal, y exortándolos á implorar las misericordias del Señor en sus necesidades.
Al principio los paisanos correspondieron al buen tratamiento de los Cruceños: eran humildes en el servicio, agradables en el trato, y prontos en pagar su moderado tributo. Pero luego que los españoles los gravaron con exacciones, se alzaron, y con muerte de muchos castellanos se refugiaron á los montes, y apostataron de la fé recibida. Quince años subsistió la ciudad en su primer establecimiento, hasta que el año de 1575, de órden del Señor D. Francisco de Toledo, virey del Perú, se trasladó mas al occidente, y en la traslacion mudó nombre, llamándose San Lorenzo, que es capital del obispado de Mizqui, por otro nombre Santa Cruz de la Sierra.
§. IX.
GOBIERNO DE D. FRANCISCO ORTIZ DE VERGARA.
1560-1565.
Mientras Nuflo de Chaves agenció y obtuvo la dependencia de la provincia de Santa Cruz, sucedieron en el Paraguay algunas novedades. Al año despues de la muerte de Irala, falleció su teniente Gonzalo de Mendoza, dejando en su muerte piadoso recuerdo de su prudente gobierno. Procedíose á eleccion de nuevo gobernador, y en 25 de Junio fué electo Francisco Ortiz de Vergara, caballero sevillano, de génio dulce y afable. Su gobierno al principio quieto y pacífico, entrado el año de 1560, fué ruidoso: parte por los alborotos de Guaranís, parte por las novedades que intentó Nuflo de Chaves.
En compañia de los españoles que se apartaron de Nuflo de Chaves para la Asumpcion desde el pais de los Penoquis, vinieron algunos Guaranís cargados de las flechas envenenadas que arrojaban los Travasicosis, pensando tener en ellas una arma temible á los españoles y superior á las bocas de fuego. Como los ánimos venian abochornados con las molestias de jornada tan inutil, empezaron á conmoverse, incitados principalmente por Pablo y Narciso, hijos de Curupiratí, cacique respetable entre los Guaranís. Animaban sus palabras con vana ostentacion de las flechas, tejiendo arenga prolija de sus formidables efectos. La conjuracion fué universal, pero no tan secreta que no llegára á oidos del gobernador Vergara; el cual aprestó luego su milicia, y buscó al enemigo, que ya le esperaba con diez y seis mil combatientes, y otras tropas auxiliares que corrian la campaña y guarnecian los pasos ventajosos. Fueron varios los accidentes en diferentes encuentros y escaramuzas, preliminares á la batalla campal, que se dió y terminó á 3 de Mayo de 1560, con poco daño de los españoles, y mortal destrozo de Guaranís, acabándose el soberbio orgullo con que acometieron en fuga pavorosa con que se retiraron. Destacáronse algunas compañias para correr el país enemigo, mas con ánimo de ofrecer paz publicando indulgencia, que con designio de arruinarlos. En efecto admitieron la paz, pero me persuado que fué efecto del temor, y no de sinceridad, pues á pocos pasos renovaron los alborotos.
Aun no habia el Gobernador Vergara desamparado la campaña, cuando se presentó á su vista un indio, el cual: “yo soy, le dice, del Guayra, enviado del capitan Rui Diaz Melgarejo para que ponga en vuestra noticia que los indios se han amotinado, y que la ciudad de Guayra se halla en próximo peligro de perecer, si con la mayor brevedad que sea posible, no llega socorro de gente. Y porque no se ponga duda en mis palabras, he aquí la carta del capitan Melgarejo.” Dijo, y descuadernando el arco por la empuñadura, sacó la carta que contenia en substancia cuanto el mensagero relató de palabra. Como el negocio era egecutivo, dispuso el Gobernador que Alonso Riquelme pasára al castigo de los rebeldes. Casi dos años estuvo Riquelme en campaña: pero consiguió sugetar los amotinados en varios encuentros, y sosegado el Guayra, coronado de marciales glorias, se restituyó triunfante á la Asumpcion.
No mucho despues llegó á la Asumpcion Nuflo de Chaves para conducir su muger, sus hijos é indios de encomienda que eran mas de dos mil. Para conciliarse las voluntades tegió una fabulosa narracion de imaginarias felicidades, y relató el encuentro de las riquísimas tierras, fecundas en minerales de oro y plata que con tantas ansias habian buscado. A sus voces se siguió la conmocion de la ciudad. El Gobernador Vergara, el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, el contador Felipe Cáceres, el factor Pedro Dorantes, muchos principales conquistadores y gran parte de la nobleza con sus mugeres hijos é indios de encomienda, resolvieron seguir al conductor Nuflo de Chaves á la nueva provincia.
Efectivamente esta multitud, por la mayor parte gravosa y consumidora de alimentos, emprendió jornada tan dilatada con esperanza de mejorar fortuna, dividida en dos cuerpos, el uno por agua rio Paraguay arriba, y otro por la costa, arreglados ambos por las disposiciones del Gobernador Vergara. Ellas sin duda fueron prudentes en prevenir los riesgos, providenciar bastimentos, atemperar las jornadas para tanta multitud, y conducirla felizmente hasta los primeros términos de la nueva provincia. Entrados en ella, Nuflo de Chaves; “á mi toca, dice, el mando de la gente y la disposicion de la jornada: el territorio que pisamos es de mi jurisdiccion, de mí han de salir las órdenes, y el arreglamiento de la comitiva es propio de mi autoridad.”
Inquietóse el Gobernador, tumultuó la comitiva, y de aquí en adelante la confusion, el desórden, la infelicidad y desgracia acompañaron esta multitud de gente. Los unos se apartaban de los otros, y divididos en compañias tomaban diferentes rumbos, y morian de hambre, ó á manos de enemigos. Tres mil Itatines, que cautivaron para servirse de ellas, perecieron de necesidades y malos tratamientos. Los pocos que salvaron las vidas, fundaron una colonia á 30 leguas de Santa Cruz, á la cual, en memoria de su amada patria, llamaron el Itatin. El gobernador Vergara salió peor que todos, porque cayó en manos de Chaves, émulo poderoso, irreconciliable y cruel; fué remitido preso á la Audiencia, y se le opusieron ciento y veinte capítulos, parte falsos, parte verdaderos, unos de mucha, otros de poca consecuencia. Apeló al Consejo, y con su remision á España vacó el gobierno del Rio de la Plata.
§. X.
GOBIERNO DE D. FELIPE DE CACERES.
1566-1572.
A la vacante salieron muchos pretendientes, y á todos fué preferido Juan Ortiz de Zarate, sugeto hacendado y de crecidos méritos en las revoluciones del Perú: confiriósele el título de Adelantado del Rio de la Plata, con la condicion de pasar á España para impetrar la confirmacion. Mientras pasaba al Consejo, substituyó en el gobierno interino al contador Felipe de Cáceres, sugeto poco hábil para la substitucion; ruidoso, intrépido, ambicioso y poco morigerado. Con pretesto de reales intereses, habia inquietado la provincia, y prendido al Adelantado Alvar Nuñez. Presto le veremos echar en prisiones á su mismo prelado.
Por ahora Cáceres solo pensaba en restituirse á la Asumpcion con sesenta españoles, reliquias de la muchedumbre que salió en seguimiento de Chaves, el cual quiso acompañar á Cáceres hasta los últimos términos de su provincia. Pero sus delitos guiaban á este mal hombre al suplicio merecido. El declinó á la nueva colonia del Itatin, donde el cacique le dió un macanazo, y dejó muerto al perseguidor de su nacion. Entretanto el general Cáceres proseguia las jornadas con el pequeño ejército que convoyaba al ilustre prelado, algunos sacerdotes, y á las mugeres y niños.
Pero como las naciones intermedias estaban alborotadas, cada paso costaba una pelea, y cada pelea una victoria. Los Itatines, los Payaguas y Guajarapos, en número de diez mil, se opusieron, y mientras los españoles combatian esforzadamente fatigándose con la tarea de pelear y matar enemigos, el Ilmo. Prelado con algunos sacerdotes y religiosos imploraban el auxilio del Cielo. Vencidos los infieles, se prosiguieron las marchas hasta la Asumpcion, donde entraron el año de 1569, al sexto año despues de salidos. Jornada verdaderamente inútil, que no produjo mas fruto que la deposicion del gobernador Vergara, la desgraciada muerte de Nuflo de Chaves y unas infernales centellas que abrazaron la ciudad, como veremos adelante. Ahora referiremos otras que encendió la codicia en Guayra.
Despues que Alonso Riquelme pacificó los indios del Guayra, y se restituyó á la Asumpcion, el gobernador Francisco Ortiz de Vergara le nombró teniente de Guayra, y con sagacidad y artificio conservó en paz y tranquilidad la tierra, siendo libre á los españoles el registro del país. En las varias salidas que hicieron, dieron con ciertas piedras cristalinas, puntiadas de variedad de colores semejantes á rubines, ametistas, jacintos, zafiros y demas preciosidades. Críanse dentro de cocos de piedra, y cuando la naturaleza está para dar á luz el prodigioso feto, rompe con fragoso estallido el pedernal, convidando á los racionales á recoger aquel hermoso conjunto de aparentes preciosidades. No es frecuente este aborto: pero la antiguedad de los años, y el abandono de los indios en recogerlas, fué ocasion para que los castellanos encontráran porcion considerable.
Con ellas resolvieron caminar á España, pretestando reales intereses, y requiriendo una y otra vez á Riquelme por la licencia de irse. Riquelme, mas circunspecto que ellos, y menos crédulo á estas riquezas imaginárias, respondió que no descuidaria de los intereses reales, ni olvidaria sus utilidades; pero que seria prudente determinacion esperar la aprobacion de inteligentes lapidários, y no deferir tan ciegamente á falaces apariencias. Desagradó tanto á los guayreños la respuesta, que aprisionaron á Riquelme, y emprendieron la navegación. Riquelme dió parte á la Asumpcion, y fué despachado Rui Diaz Melgarejo para cerrar el paso á los fugitivos, y darles el condigno castigo. En efecto Melgarejo los alcanzó, y con indulgencia de la pena que merecian los delincuentes, ganó amigos para desterrar al teniente Riquelme y usurpar para sí el gobierno de Guayra.
Los sucesos de Tucuman eran semejantes á los del Rio de la Plata: traiciones, alzamientos y opresiones injustas. Jamas Tucuman admiró eficacia mas operativa, ni justicia mas arreglada que la del general Zurita, cuyas proezas gloriosas llegaron á Chile, y pasaron á Lima á los oidos del Conde de Nieva. Este virey tenia ideado separar á Tucuman del gobierno de Chile; lo que se proyectó desde el principio sin mas efecto que proyectarse, y no ejecutarse hasta fines de 1560 ó principios del siguiente, señalando por gobernador al general Zurita, primero en la serie de los gobernadores.
No duró mucho tiempo en el gobierno, porque la ciudad de Londres, monumento primogénito de su generalato, negada la obediencia á ciertas órdenes suyas, pretendiendo substraerse de su jurisdiccion, se querelló á Francisco de Villagra, gobernador de Chile, ofreciéndole obediencia, si le auxiliaba contra Zurita. Villagra, que deseaba retener en su dominio á Tucuman, nombró á Gregorio Castañeda capitan de un lucido trozo de milicia chilena para deponer á Zurita que actualmente entendia en fundar la ciudad de Nieva en el valle de Jujuí, conocido entonces con el nombre de Xibixibe. Allí lo buscó Castañeda, y al extender las manos para exibir los títulos de su independencia, otorgados por el Sr. Virey, el doloso engañador alargó las suyas, y apellidando la voz del Rey, con el auxilio de su gente, aprisionó al gran Zurita, Gobernador de la Nueva Inglaterra, vencedor glorioso de tantos indios, y fundador ínclito de tantas ciudades, por las cuales poco despues fué paseado en prisiones. ¡Así la instabilidad de fortuna injustamente abate los beneméritos, y levanta indignamente á los culpados!
No fuera pequeña gloria de Castañeda conservar los adelantamientos de Zurita: pero no supo promover la conquista, ni conservar lo conquistado. Antes del año se despoblaron las ciudades de Córdoba, Londres y Cañete, y poco despues la de Nieva. La ciudad de Córdoba experimentó mas vivamente el furor del Calchaquí. Sustentó con gloria tres asedios. En el primero, Castañeda rompió felizmente por medio del enemigo, y metió socorro de gente en la ciudad: el segundo levantaron los sitiados en una salida que hicieron contra los sitiadores; suceso en que tuvieron parte las matronas cordobesas, trayendo prisionera á la hija del cacique Juan Calchaquí; en el tercero, los infieles rompieron los conductos del agua y redugeron los ciudadanos á extrema miseria.
Los Cordobeses arbitraron diferentes medios que inutilizó la proximidad y vigilancia del sitiador, y resolvieron desamparar la ciudad, abriendose camino por un lado que mediaba entre las dos alas de los sitiadores. Lográran sin duda su intento al abrigo de la noche, si el importuno gemido de las criaturas no despertára los Calchaquís para dar sobre los fugitivos. Todos murieron á sus manos, menos seis con el Maestre de Campo Hernando Mexia Mirabal, que salieron á la ciudad de Nieva mensageros de la triste desgracia sucedida en Córdoba, al cuarto año de su fundacion. Poco despues, de órden de Castañeda se despobló Lóndres y Cañete, cuyas reliquias por muchos años fueron monumentos de la desgracia.
Algunos notan á Castañeda de omiso, creyendo que con la gente que mandaba pudo no solo mantener en pié las ciudades, sino tambien humillar el orgullo del soberbio enemigo. Lo que no se puede dudar es, que sostuvo algunas campañas con felicidad, deshaciendo los ejércitos del Calchaquí, y reprimiendo su furor. En una ocasion le disputó la estrechura de un paso con muerte de muchos, empeñando con militar estratagema al Calchaquí en sostener la batalla en campaña rasa, donde lo destrozó y obligó á retirarse. Corrió el valle con sus compañias ligeras, deshaciendo juntas, ocupando al enemigo en sus prevenciones, y cortándole los pasos. Se apoderó de Silipica, Yocabil, Acapianta y Deteyem, donde sucedió una cosa particular digna de narracion.
Los Deteyenses, siguiendo la costumbre de su nacion, escondieron las mugeres y párvulos, grémio embarazoso en la guerra. Fenecida la toma de Deteyem, avisaron los corredores que se descubrian señales de enemigo, que enderezaba la marcha hácia el acampamento español. Pusiéronse todos en arma, y cuando la tropa estuvo en competente distancia, se descubrió una multitud de muchachos, que desfilados del lado de las madres, armados de arco y flecha, caminaban á defender sus padres, que suponian todavia en la refriega. Fueron recibidos con amor, y se premió su inocente atrevimiento con algunos donecillos que les sirvieron de agasajo para la vuelta.
No obstante estos buenos sucesos, y otros que podia prometerse de su milicia veterana, resolvió Castañeda desamparar la provincia, y retirarse á Chile, lleno de confusion y envuelto en tristes presentimientos. El gobierno de Tucuman, á quien él llamó Nuevo Extremo, ceñido á sola la ciudad de Santiago del Estero, dejó al capitan Manuel de Peralta, á quien sucedió en breve Juan Gregorio Bazan, y á este, el año de 1564, Francisco Aguirre, nombrado por D. Lope Garcia de Castro, virey del Perú; el cual le entregó una real cédula de 1563, en que el Señor Felipe II separaba la provincia de Tucuman del reino de Chile, y la sometia al tribunal de Charcas.
Para promover la conquista, despachó á Chile al teniente Gaspar de Medina, sugeto recomendable por su valor, fidelidad y servicios en Chile y Tucuman, para conducir de aquel reino soldados con esperanza de pingues encomiendas. En efecto Gaspar de Medina juntó alguna milicia chilena, y con ella, su consorte y sus dos hijos, se restituyó á la provincia. Con este socorro el gobernador Aguirre metió en Calchaquí la guerra, destrozó al enemigo y puso yugo de servidumbre al rebelde, con una ciudad que levantó Diego Villarroel el año de 1565, casi en derecera del elevadísimo cerro de Anconquija, en llanura deliciosa y amena. La ciudad se llamó San Miguel, la cual subsistió muchos años en este sitio, hasta que se hizo necesaria su traslacion, parte porque muchos nacian lesos en el órgano de la voz, que por acá decimos opas; parte porque se criaban en la garganta ciertos tumores, que se llaman cotos, que agravaban sobradamente y dificultaban la respiracion.
Fundada la ciudad de San Miguel, corrió el Gobernador la provincia, castigando rebeldes, y obligándoles á la paz é yugo del servicio. Publicó la jornada de los Comechingones, y paseó las armas victoriosas hasta su pais. Aquí adquirió noticias de tierras opulentas sitas al sud-oeste, que se empezaron á llamar Trapalanda, Césares y Patagones. Tan envejecida es la fábula, cuento antiguo del vulgo, que se renueva diariamente con fingidas novelas. En otra parte se acrisolará la materia: porque al presente provocan la atencion los malos efectos que produjo la narracion de los Comechingones sobre la Trapalanda. El vulgo militar se inclinó á la conquista de los Césares; Aguirre por no desamparar la provincia en tiempo que se podian alterar los humores, resolvió dejar para otra ocasion la jornada de Patagones.
Aunque la determinacion del Gobernador fuese cuerda y prudente, indispuso los ánimos de los soldados, fáciles á tumultos y novedades. Diego Heredia, Juan Berzocana, Holguin y Fuentes, sugetos de mas resolucion que juicio, prendieron al Gobernador y á sus hijos con ignominia, deponiendo de sus empleos á los alcaldes, y repartiendo de su mano el baston de gobierno y las varas de justicia. Con esto el mando cayó en los principales fautores del motin, los cuales obraban con despotismo y permitian toda licencia á sus allegados. Al Gobernador Aguirre, oprimido de prisiones y cargado de autos, despacharon á la Audiencia de Chuquisaca. A su teniente, Gaspar de Medina, depusieron del empleo, y confiscaron sus bienes: viéndose en pocos dias á su familia opulenta en tanta necesidad, que se mantenia de limosnas.
Para colorear el alzamiento con capa de celo, resolvieron los amotinados fundar una ciudad en el país de Esteco, así denominado por un cacique, señor del terreno, al tiempo de la conquista. Era el sitio cómodo, el terreno pingue y de meollo: el cielo benigno y de aspecto agradable: las aguas copiosas y saludables: la vecindad poblada de indios para el beneficio de la tierra, y máquinas para obrages de lana y algodon, que enriquecieron en un tiempo la ciudad. Creo le fundaria el año de 1567. Al principio contó solo cuarenta habitadores: pero su buen terreno, benigno temperamento y bellas calidades, llamaron mucha gente de otras partes, y la hicieron rica y populosa. Su ostentacion y lujo, segun dicen, subieron á tal punto, que los caballos cargaban herraduras de plata.
Pero, volviendo á los amotinados, ellos apuraban con vejaciones y malos tratamientos á los leales, y estos tibiamente esperaban el remedio á la opresion en que gemian inconsolables. No obstante, el auxilio estaba mas próximo de lo que ellos esperaban: porque Gaspar de Medina, depuesto ignominiosamente del oficio de teniente, desde Conso, lugar de su destierro, disponia con nocturnas salidas los ánimos de los Miguelistas, para sorprender á los rebeldes, aclamando la voz del Rey. En Santiago tenia la cooperacion de otros gefes realistas, y cuando el negocio estuvo en buen estado, con algunos fautores, hombres de valor y resolucion, protegido de las sombras nocturnas, aprisionó las cabezas del motin, y dándoles breve plazo para componer las cosas de su alma, les mandó cortar la cabeza. Con el castigo de estos se humillaron los demas, y los beneméritos fueron repuestos en sus empleos honoríficos.
El gobierno interino, de órden de la Audiencia, cayó en manos de Diego Pacheco, caballero noble, cuerdo y desinteresado. Era natural de Talavera de la Reyna, y en memoria de su amada pátria, á Esteco llamó Nuestra Señora de Talavera, poniéndola al amparo y proteccion de la Soberana Emperatriz de los Cielos. Antes del año tuvo sucesor en Francisco Aguirre, suelto ya de las prisiones, y libre de los cargos que le acumularon sus émulos. Pero el génio arrebatado y poco morigerado de Aguirre escandalizó con reprensibles excesos la provincia, de la cual envuelto en casos de inquisicion, le veremos salir, remitido á Lima por D. Pedro Arana.
A fines de 1569, ó principios del siguiente, murió á manos de Humaguacas y Puquiles el conquistador Juan Gregorio Bazan. Habia pasado á Lima para conducir su familia, y estando de vuelta, sobre el rio de Siancas halló que los enemigos tenian cerrado el paso. A poco rato Humahuacas y Puquiles cayeron sobre él y su comitiva, con tanto impetu que apenas le dieron lugar para dar escape á su familia por veredas ocultas, bajo la direccion de Francisco Congo, esclavo que no tenia práctica en los caminos. Los infieles mataron á Bazan, Pedraza y otros: algunos, penetrados de heridas, escaparon y llevaron á Santiago el anuncio de tan lastimosa tragedia. Los bárbaros Humaguacas, y Puquiles se alzaron con el botin, adornando su desnudez con ricas preseas en que Bazan traía empleado su caudal.
Entretanto la familia del Bazan, falta de práctico conductor, vagaba en los montes, seguida y perseguida por un trozo de indios, con tanta tenacidad que cuatro dias contínuos caminó con inmediacion en su alcance; y mientras ellos lo pasaban con tanto susto, en Santiago corrian nuevas de la desgracia, llorando los muertos á manos de los infieles.
Salió el capitan Bartolomé Valero con una compañía de soldados, y hallada la familia errante la condujo á Santiago, donde se mitigó el pesar con el hallazgo de las señoras é hijos, ramas gloriosas en que hasta hoy se conserva su noble descendencia.
El Ilmo. Fray Pedro de la Torre, y el teniente Felipe Cáceres, vinieron del Perú con recíprocos sentimientos, que casi consumieron la provincia, dividida en dos facciones de eclesiásticos y seculares, siguiendo con oposicion encontrada los seculares al Obispo, y los eclesiásticos al Teniente. Entre estos se señaló un Daroca, autor de enredos, que abrió camino á exorbitantes insolencias contra el Obispo, publicando novelas agenas de su proceder é indignas del episcopal carácter, especialmente un crímen, por el cual decia haber incurrido en suspension é inhabilidad para las funciones episcopales. Todo halló aprobacion en el Teniente Cáceres, el cual empezó á explicar su enojo, prendiendo á Alonso de Segovia, Provisor del Obispado, que cargado de grillos, aseguró en un calabozo. Mandó publicar á son de cajas que al Obispo, como alborotador de la ciudad, estrañaba del reino, privado de las temporalidades, ordenando que ninguno, pena de traidor al Rey, le diera alimentos. Mandato perentorio, cuya observancia celó con tanta rigidez, que por que Pedro Esquivel manifestó algun sentimiento, y socorrió al Obispo, le mandó segar la cabeza en público cadalso.
Era el Prelado de espirítu manso, apacible y sufrido en los agravios, llevando los ultrages con egemplar tolerancia. Su vida era pura, inocente y digna del carácter que tenia impreso en el alma: pero la malicia en los émulos interpretaba siniestramente sus operaciones mas santas. Un dia entre otros el celoso prelado rogaba en la catedral á Dios por su grey alborotada. Súpolo Cáceres, y luego mandó que ninguno fuera á la iglesia, porque el Obispo se habia retirado á ella con dañada intencion, y ordenó á su aguacil Ayala que sacára violentamente á cuantos no obedeciesen de grado. Ayala por lisonjear al Teniente no reparó en violar los respetables claustros de la sacrosanta inmunidad. El Prelado viendo profanado el templo santo del Señor, cedió al tiempo, y recogido en su palacio de órden de Cáceres, tapiadas las puertas y ventanas, fué asegurado con guardas de toda satisfaccion y confianza.
Tratado así el Obispo, hizo Cáceres una jornada, rio abajo, pretextando queria llegar á la boca del Paraná, para ver si se descubrian indicios de gente de España y socorrer, si la necesidad lo pidiese, al Adelantado Juan Ortiz de Zarate, en cuyo nombre gobernaba la provincia. El pretexto era honesto, pero algunos creyeron que intentó alzarse con el gobierno, cerrando á Zarate el paso por medio de los indios. Yo no quiero sondar intenciones; pero advierto que los indios quedaron tan alborotados, que casi acabaron con la armada de Zarate. Con la ausencia de Cáceres las cosas mudaron de semblante. Las mugeres, sexo compasivo y devoto, apiadadas de las vejaciones que santamente toleraba el Obispo, inspiraron á sus consortes afectos de conmiseracion con su prelado, y aliento para prender al Teniente por contumaz á los preceptos de la iglesia, transgresor de la inmunidad eclesiástica, y alborotador de la república.
Antes que volviera Cáceres, el Obispo habia salido de su encerramiento, y se habia refugiado en el convento de Nuestra Señora de la Merced, de donde le vino á él la libertad y la prision del Teniente, por medio de Fray Francisco Ocampo, religioso del mismo órden; el cual convocó una noche ciento y cincuenta españoles, en casa del Provisor Segovia, donde concertó con ellos la prision de Cáceres.
Al siguiente dia vino Cáceres á la Catedral, y apenas postrado de rodillas, entraron los ciento y cincuenta españoles, siguiendo á Fray Francisco de Ocampo que llevaba la delantera, gritando: ¡Viva la Fé de Cristo! y respondiendo todos, ¡Viva, viva!, acometieron al Teniente, lo prendieron en la iglesia, y le pusieron dos pares de grillos y una gruesa cadena, permitiendo á todo género de gentes befarse de su persona.
Con el gobierno se alzó Martin Suarez de Toledo, que tuvo parte en los referidos alborotos, y la tiene en las disposiciones presentes. A Cáceres detuvo un año en rigurosas prisiones, y bien asegurado, determinó enviarlo á España. En su compañía pasó el Obispo, ó como actor contra los sacrílegos atentados del Teniente, ó para purgarse de las imposturas que profanas lenguas le acriminaron. Rui Diaz Melgarejo se juzgó á proposito para conducir seguramente hasta el Brasil á Cáceres: él habia maculado sus manos con la muerte de un Sacerdote, pero era á proposito para asegurar al Teniente. Llegaron con felicidad, primero al puerto de Patos, y despues á la villa de San Vicente; donde Cáceres, con auxilio de los Portugueses, rompió las prisiones, escaló la cárcel, y se ocultó en lugares poco sospechosos. Pero Melgarejo todo lo registró, y no desistió hasta encontrarle, y encontrado le remitió al Consejo.
No pudo acompañarle el Ilmo. Fr. Pedro de la Torre, el cual lleno de dias y de merecimientos enfermó de muerte en la villa de San Vicente, de donde con asistencia del Taumaturgo Brasileño, el P. José de Anchieta, pasó al divino tribunal.
§. XI.
GOBIERNO D. JUAN ORTIZ DE ZARATE.
1573-1576.
Sosegada la Asumpcion con la ausencia de sacrílego agresor, se atendió á dilatar los términos de la provincia con nuevas colonias. Juan de Garay era uno de los sugetos de mas fondo que tenia la gobernacion del Rio de la Plata. Este caballero no se habia mezclado en los recientes disturbios, su nombre era glorioso por las hazañas militares y su persona respetable por la madurez, cordura y virtudes: digno en fin de que se le fiasen ochenta y seis compañeros para fundar una ciudad hácia la fortaleza de Sancti Espiritus, ó en otro lugar mas ventajoso.
Garay se dispuso para la empresa, y entrando al Paraná registró sus amenas riberas y frecuentes tributarios que le comunican sus aguas: entre los cuales el Quiloasa, su pechero por la márgen occidental, llenó mas el ánimo de Garay para plantear, en un llano despejado y apacible que ofrece, la ciudad á la cual llamó Santa Fé de la Vera Cruz. En sus contornos habitaban muchos indios, entre los cuales es memorable una nacion que acostumbraba desollar á los padres difuntos, aderezando sus pieles para conservar la memoria de sus antepasadas. Empadronáronse los indios, y se repartieron veinte y cinco mil, con tanto desinteres del capitan que no admitió preferencia al último de sus soldados.
Pero cuando Garay estaba en pacifica posesion del terreno, y los indios se habian confederado sínceramente, y al parecer nadie le podia inquietar ni disputar el derecho á Quiloasa y sus vecindades, á 19 de Setiembre tocó su gente á arrebato: indios, gritan sobresaltados, indios vienen. La conjuracion es universal, y ellos son tantos en número que inundan la campaña cuanto alcanza á descubrir la vista. Recogíose Garay con solos cuarenta á un bergantin, y ordenó al gaviero que registrára lo que era, ó podia ser. “Señor, respondió el observador desde la gavia, la conjuracion es cierta: los indios vienen armados, la campaña está iluminada de fuegos, señal convocatoria de guerra.”
Garay con breves palabras, puesto que no sufria dilacion la vecindad de los indios, encendió los suyos á la pelea, recordándoles sus proezas, y la debilidad del enemigo que multiplica gentes para magnificar la gloria de vencerlas. Aun no habia dado fin al razonamiento cuando el gaviero: “allí, dice, veo uno á caballo que persigue á los indios.” Suspensos todos con la novedad, gritaron que mirára bien lo que decia. El gaviero, mas pasmado que todos, empezó á gritar, que ya descubria seis, fatigando los enemigos y picándoles la retaguardia. Todos querian subir á la gavia para registrar personalmente el que imaginaban milagro: pero á pocos lances salieron de perplexidades con la llegada de los fugitivos que venian publicando ser españoles.
Recobróse Garay y su gente del pasmo que causaron los caballeros, y luego despachó un embajador que agradeciera en su nombre á aquellos caballeros la oportunidad del socorro en tiempo que tanto lo necesitaban. Con el embajador vinieron los castellanos, los cuales certificaron á Garay ser soldados de D. Gerónimo Luis de Cabrera enviados suyos para señalar puerto en el Rio de la Plata como ya lo habian ejecutado dos dias antes en el fuerte de Gaboto, agregando á su jurisdiccion todas las islas del rio. A poco rato D. Gerónimo Luis de Cabrera, ínclito fundador de Córdoba, se descubrió con lucido acompañamiento de milicia tucumana.
Garay le hizo urbano, pero forzado recibimiento, temiendo que se alzaria con el terreno. Efectivamente, eso queria Cabrera, y con modales corteses le requirió para que no se opusiera á sus designios. “Vasallos somos, le dice, de un Monarca, y á un mismo Señor obedecemos. No es justo convertir contra nosotros las armas que cargamos para vencer enemigos. Las islas del Paraná y el terreno en que estamos, mias son, pues acabo de conquistarlas. La ciudad que está en sus cimientos es de mi jurisdiccion, pues se halla en los límites de mi conquista: su gobierno y mando de hoy en adelante quedan agregados á la provincia de Tucuman. Y pues fué vuestro el trabajo de principiarla, sea también la gloria de llevarla á debida egecucion, pero con el reconocimiento de que la gobernais en “nombre del Rey y mio”.”
Garay se hallaba en la sazon con poca gente, y no le era posible contradecir al glorioso conquistador de Comechingones, liquidando á fuerza de armas su derecho al asiento de Gaboto, á las islas del Paraná y á la nueva ciudad de Santa Fé. El disimulo fué necesario y precisa la condescendencia, admitiendo la tenencia con protestas de fidelidad y de gobernarla en nombre del Rey y suyo. Satisfecho por ahora Cabrera tomó la vuelta de Córdoba, que estaba en los principios y necesitaba el fomento de su actividad para ponerla en estado de defensa contra el enemigo. Bien conoció Cabrera la poca sinceridad de Garay en su protesta: esto le movió á despachar á Nuflo de Aguilar para que Garay le entregára el gobierno de Santa Fé.
Garay que se hallaba con fuerzas superiores á las de Aguilar, le respondió que todo aquel territorio pertenecia á los conquistadores del Rio de la Plata, en cuya pacífica posesion contaban mas de cuarenta años. Aun no habia dado fin al razonamiento cuando descubrió por el rio Quiloasa tres canoas comandadas por Yamundú, cacique guaraní, enviado por el Adelantado Juan Ortiz de Zarate con pliegos para Garay. En ellos le hacia general del gobierno de la ciudad y su distrito, y le comunicaba un traslado de cédulas, en que Su Magestad le hacia merced de todas las ciudades levantadas por cualesquiera capitanes, doscientas leguas al sud del Rio de la Plata, con términos tan expresos que no admitian duda. Con esto se volvió Nuflo Aguilar, y los Cordobeses el siguiente año diputaron procuradores para ventilar en la Audiencia de Charcas su derecho á Santa Fé. Pero el sapientísimo senado declaró, que cuando un superior tribunal manda, el inferior obedece.
Así lo esperó Garay, el cual luego se puso en camino para socorrer al Adelantado Juan Ortiz de Zarate, que se hallaba en lances mortales. El habia tendido al viento las velas desde el puerto de San Lucar, año de 1572, con tres navios, una zabra y un patache. Los infortunios del mar fueron grandes, y mayores los de tierra. Al siguiente año, de arribada ganó la isla de Santa Catalina, tan falto de víveres, que de hambre morian por dia, de cuatro para ocho. Como la calamidad y miseria eran extremas, saltó en tierra el Adelantado con ochenta soldados para rescatar víveres entre los Guaranís, dejando por teniente de la armada á Pablo de Santiago, hombre por extremo justiciero, que egecutó en la gente de la armada grandes excesos de crueldad.
Cuando el Adelantado volvió de rescatar viveres, halló la isla de Santa Catalina llena de cadáveres, y que la armada se habia retirado. Continuó su navegacion en busca de ella al puerto de San Gabriel, cuyas vecindades estaban destinadas para última calamidad, y ruina casi total de la armada. Yapican, cacique Charrua, señor de aquella costa, entretuvo con arte á los españoles, mientras rescataba á Abuyabá su sobrino, prisionero de guerra del poder de los castellanos, suscribiendo facilmente á condiciones gravosas, que jamas cumplió por satisfacer sus deseos de vengaza. Los primeros que experimentaron los efectos de su indignacion fueron algunos soldados, que saliendo á forrage, cercados de Charruas, murieron á sus manos: algunos quedaron prisioneros, entre los cuales un Cristoval Altamirano, noble extremeño, de quien en otra parte se hará mencion. Dos eludieron el peligro con la lijereza de los pies, llevando la triste noticia al Adelantado.
Para castigar al bárbaro Charrua, se destacaron dos compañías de soldados á cargo de un capitan. Encontrados con el enemigo tiñeron en su sangre la campaña; pero fatigados de vencer, murieron á lado de sus víctimas.
No hubo en adelante quien resistiera á Zarate, que siguió su camino con gran tranquilidad. Uno de sus soldados por nombre Carballo, se internó solo á los montes, y se encontró con Yandubayú, cacique guaraní y valeroso, que galanteaba á Liropeya, india sobre hermosa, discreta. Carballo no quizo malograr el encuentro, sin adquirir gloria de esforzado, y tiró un bote de lanza á Yandubayú, el cual divertió el golpe, y cogiendo el brazo de Carballo, intentó quitarsela. La contienda fué reñida y ruidosa, y tanto que Liropeya oyó el combate, y salió de su chozuela para dispartir los combatientes. Carballo revolvió curiosamente los ojos á la india, y prendado de ella, por ser único pretendiente, mató á Yandubayú en presencia de su querida.
Era este lance muy sensible para un corazon amante. La india se desmayó: pero recobrada, con tristes lágrimas rogó á Carballo no dejára sin enterrar el cadáver. Como Carballo ya la amaba, le manifestó condescendencia, lisonjeándola con agradables oficios para ganarle la voluntad. Pero desceñida la espada para abrir el hoyo, la tomó Liropeya, y recostándose sobre la punta: “¡Abre, le dice, para los dos sepultura, y cubre á Lyropeya con la tierra que oculta á Yandubayú!” Dijo, y echandose con todo el peso de su cuerpo sobre la espada, finó victima de su amor desciado.
Pasó Garay en demanda del Adelantado á la isla de Martin Garcia, y porque el sitio no se tuvo á propósito para el establecimiento de ciudad, se acordó fundar sobre San Salvador, y que Melgarejo y Garay lleváran por delante las mugeres y niños. Los dos capitanes subieron Rio de la Plata arriba, y despartidos de una tormenta, Melgarejo libró con felicidad, y Garay casi pereció náufrago con toda su gente. Al fin ganó tierra, y entró en mayor peligro: porque Yapican con su ejército, repartido en siete escuadrones, se descubrió que caminaba hácia los náufragos españoles. A los cuales Garay: “Amigos, dice, aquí no resta otra cosa que morir ó vencer: peleemos con valor y la victoria esperemos de Dios.” Y llamando en su ayuda al glorioso Santiago, cerró con el enemigo, y rompió el primer escuadron que contaría setecientos Charruas. La caballería (doce eran los caballos) rompió los demas escuadrones, con mucho destrozo de infieles.
El valeroso Antonio Leiva, y el bravo Menialvo se estrecharon con Abuyabá y Tabobá, jóvenes intrépidos y de grandes fuerzas. Abuyabá después de recibir un fuerte golpe, se aferró á la lanza de Leiva con tanta porfia y tenacidad que temió perderla su dueño. Acudió al socorro Menialvo, y metiéndole hasta el corazon la espada, lo derribó muerto á sus pies. Leiva trabó el naso á Tabobá que venia á arrojarse sobre él, y le traspasó el vientre, cayendo hierto cadáver en el suelo. Quizo Yapican vengar la muerte de sus dos mas esforzados capitanes; pero le previno Menialvo con un golpe de lanza que le privó de la vida.
Añahualpo, indio agigantado y de fuerza á correspondencia, se estrelló con Juan Vizcaino, y este de un golpe postró aquel gigante en el suelo. Sobrevino á la venganza Yandianoca, indio de fama y estimado por sus hazañas; pero Vizcaino le preocupó con la lanza. Todos obraron prodígios de valentía.
Al siguiente dia se juntó Garay á Melgarejo sobre el rio de San Salvador, y mientras Garay levantaba barracas de fagína y tierra contra las invasiones del enemigo, partió Melgarejo á transportar al Adelantado con su gente. Venido Zarate, principió una ciudad que intituló San Salvador, sobre la embocadura del rio de este nombre: la cual se despobló por las invasiones de los Charruas, en 1576. Era el Adelantado sugeto caprichoso, enemigo de admitir consejo, y de poca disposicion en tomar á tiempo las providencias necesarias para mantener una ciudad que vivia á merced de amigos inconstantes: con lo cual á todos se hizo aborrecible, y solo halló sequito en algunos confidentes que se prometian mejora de fortuna con el oficio de adulones.
De San Salvador pasó el Adelantado á la Asumpcion, donde malquistado con los conquistadores, se apoderó en tanto grado de él la tristeza, considerándose odiado de todos, que derramándose el humor melancólico por todo el cuerpo, murió á los pocos meses en el año de 1575. El Adelantazgo del Rio de la Plata transfirió en una hija que tenia en Chuquisaca, llamada D.ª Juana Ortiz de Zarate, dejándole por tutor á Juan de Garay. Con el gobierno interino quedó Diego Mendieta, sobrino suyo; jóven bullicioso, de procederes indecorosos y costumbres perdidas: tan desenvuelto en lascivias, como impio en tiranias. No son para relatarse los estravios de este hombre: llámelo quien quisiere un Neron por lo cruel, y un Heliogábalo por lo deshonesto:—aborto de los que rara vez produce la naturaleza para escándalo de los mortales. En poco tiempo llenó siglos de maldad, y preso por los Santafecinos, y despachado á la corte, arribó al Mbiaza, donde muerto por los naturales, fué enterrado en sus vientres.
§. XII.
GOBIERNO DE D. JUAN DE GARAY.
1576-1584.
Mientras que Mendieta era remitido á la corte, llegó Juan de Garay de Chuquisaca, á donde habia caminado por dependencias de D.ª Juana Ortiz de Zarate, á la cual casó con el licenciado Juan Torres de Vera y Aragon, Oidor de aquella real Audiencia, en quien recayó el gobierno de la provincia, y título de Adelantado. El primer egercicio de su empleo fué nombrar á Garay teniente del Rio de la Plata, y despacharle con brevedad para continuar la conquista, y levantar poblaciones para enfrenar los infieles. Fué Garay recibido al gobierno con universal aplauso, especialmente cuando le admiraron tan solícito de los progresos de la provincia, que luego señaló á Melgarejo para levantar una poblacion en Guayra, en un sitio que tenia fama de opulento.
Melgarejo la planteó á dos leguas al oriente del Paraná, y la llamó Villa Rica del Espíritu Santo: y porque la pobreza del sitio se correspondia al esplendor del nombre, la trasladó poco despues sobre el Huybay, cerca de la embocadura del Curumbatay. El P. Maciel de Lorenzana asegura que tenia en sus vecindades trescientos mil indios, de los cuales, añade, que por los años de 1622 no se conservaba la sexta parte. Pero número tan excesivo hizo poca resistencia y fácilmente ofreció vasallage y tributo al capitan Melgarejo. Mientras él daba ser á la villa, Garay concluyó felizmente una accion gloriosa en las vecindades de la Asumpcion.
Obera, cacique ofuscado con el lustre de su nombre que significa resplandor, se preconizaba entre los suyos deidad, y profanaba los sagrados misterios, atribuyéndose el oficio de Redentor de la nacion guaraní, cuya salvacion y libertad habia de obrar, llamando en su ayuda á los rayos del cielo, confundiendo los elementos y provocando todas las criaturas para el exterminio del español. Añadia que se habia dado por coadyutor en el empleo á Guizaro, hijo suyo, con potestad suprema sobre rayos, pestes, inundaciones y plagas; y especialmente sobre un cometa que se descubrió esos dias, y lo tenia reservado para su tiempo. Se hacia tributar adoraciones y quemar inciensos, sirviéndose en los profanos ministerios de sacerdotisas, con las cuales tenia comercio escandaloso, solazándose en bailes y cantares, persuadiendo á todos que la puerta para merecer su gracia era la desenvoltura.
Obera dijo tales cosas, y prometió á los suyos con tanta certeza la victoria, que los indios vecinos á la Asumpcion, los del rio Paraguay arriba y los del Paraná se conjuraron contra el español. Súpolo Juan de Garay, y despachando aviso á Guayra y Villa Rica para prevenir sus pueblos á la defensa, salió con ciento y treinta valerosos soldados á cortar el socorro que del Paraguay arriba podia venirle al enemigo, sentando sus reales sobre el nacimiento del Ipané. A breve rato se descubrieron Pitum y Corazí, llenos de orgullo y arrogancia, enviados de su cacique, para dar muestra del valor guaraní, peleando cuerpo á cuerpo con dos del egército español. Venian desnudos, trayendo dardos en las manos: arma que se compone de un palo largo, cuyo remate es en punta que suple bastantemente la falta de mojarras. Es arma arrojadiza, y algunas naciones acostumbran cobrarla con un cordel que atan hácia la empuñadura, y la manejan á diestra y siniestra sobre el juego del brazo, despidiéndola con tanto impulso, que á veces traspasa de parte á parte el ginete, y le cose contra el arzon de la silla.
Presentados Pitum y Corazí delante del ejército español, Juan Fernandez Enciso y Espeluca, valerosos soldados con espada y rodela, salieron al encuentro. Pitum acometió con denuedo á Enciso, jugando con destreza el dardo: rompió por diversas partes la rodela de Enciso, á quien fatigaba con su ligereza, llamando á todas partes el cuidado de repararse. Enciso le cogió el dardo y le hizo pedazos, cuando Pitum trataba prevenir á su antagonista en la misma accion de romperle el dardo. Enciso le tiró á la cabeza un golpe, y errándole, con venturoso acierto le segó un brazo. Corazí entretanto de un bote de dardo derribó á Espeluca: pero estrivando este sobre las rodillas, le cortó de un tajo la megilla. El bárbaro resistió con valor, hasta que viendo huir á Pitum, le acompañó en la fuga, y llegados á los suyos, publicaron que los españoles eran invencibles.
Al siguiente dia se encaminó Garay al Yaguarí, y sugetó cuatro pueblos, pasando á sangre y fuego cuanto halló en ellos. Entretanto Guizaro, que era el general de Obera, se atrincheró sobre el Ipané, esperando que el Cielo arrojaria rayos contra los españoles.
Trabóse entre los dos campos una muy reñida batalla, que decidió brevemente Juan Fernandez Enciso, el cual acertó con tanta fortuna el arcabuz á Guizaro, que metiéndole por la frente la bala, lo derribó en el suelo, postrando con su muerte las esperanzas del enemigo.
Yaguatatí salió á vengar la muerte de Guizaro, y entró por el campo español hiriendo algunos: pero fatigado de Martin Valderrama y Juan Osuna, se metió el dardo por el pecho, homicida de sí mismo. Siguióse el alcance se destruyeron algunas compañías, é hicieron algunos prisioneros, y entre ellos el sumo sacerdote de Obera, que ocupaba sus infames manos en llevar el santo madero de la cruz, insignia de nuestra redencion con que Obera prometió libertar la nacion guaraní. No se pudo coger á Obera, pero se consiguió hacer memorable el año de 1578 y principios de 79 con una victoria, que ensalzó las armas españolas y desengañó á los Guaranis.
Los excesos de Aguirre gobernador del Tucuman eran exorbitantes, y pedian remedio egecutivo. No conserva el tiempo las particularidades de sus extravios: pero en términos universales tiene memoria de atentados escandalosos que debian atajarse prontamente. Esa comision fió el virey de Lima á D. Pedro Arana, caballero autorizado por su cristiandad y prudencia. El inquirió sobre los delitos de Aguirre, y hallando que no eran voces sin fundamento, aprisionó al delincuente, y preso lo llevó á Lima, ciudad de los Reyes. Casi tres años corrieron en liquidar su causa: tiempo verdaderamente prolongado para correr plaza de culpado, pero breve para ser absuelto de los graves delitos que se le imputaban.
Con el gobierno interino quedó Nicolas Carrizo, antiguo conquistador, y aunque no adelantó los términos de la provincia con nuevas conquistas, conservó en tranquilidad los ánimos bulliciosos de los conquistadores. Por Julio de 1572, entró en la provincia con título de gobernador D. Gerónimo Luis de Cabrera, caballero sevillano, el cual juntaba un agregado singular de calidades tan sobresalientes que acaso la América no se podria gloriar de otro que le igualára. Nobleza que le emparentaba con las principales casas de España, valor, fidelidad, discrecion y prudencia, sobre un fondo sólido de costumbres arregladas y cristianas. Habia conquistado á Pisco, Ica y la Nasca, fundado con su caudal la ciudad de Santiago de Valverde en el valle de Ica; y egercitado noblemente el oficio de Corregidor y Justicia mayor en la provincia de Charcas, y villa imperial de Potosí.
En su compañia vinieron algunos caballeros de distincion, D. Lorenzo Suarez de Figueroa de la casa de Feria, gobernador despues de Santa Cruz de la Sierra; Tristan de Tejeda, célebre por la entrada al Marañon en compañia de Juan Salinas, y mucho mas por la entrada al descubrimiento del Dorado, Barbacoas v Amazonas: Gerónimo Bustamante, que habia ocupado puestos honoríficos en el Perú, de quien son ramos los Arballos de esta provincia, con otros nobles caballeros distinguidos por sus méritos y servicios en utilidad de la monarquia.
El nuevo Gobernador se aplicó con desvelo al establecimiento de las ciudades que necesitaban reparo; y puso la mira en el territorio de los Comechingones, cuna destinada de generacion en generacion, hasta el dia de hoy, para sus legítimos descendientes. Antes de cumplido el año, puso en egecucion su idea, sacando de Talavera, San Miguel y Santiago cien soldados, y con ellos sin memorable suceso llegó á un sitio que se llamaba Quisquizacat, al sur del río Zuquia, conocido al presente con el nombre de Pucará, al oriente de la sierra, y en él planteó la nueva poblacion, en seis de Julio de 1573, y la llamó Córdoba la Llana, y á la provincia denominó la Nueva Andalucía.
La ciudad está en bajo, goza temperamento saludable y hermoso cielo. Destemplan su benignidad los sures y nortes que la combaten, alterando tanto la atmósfera, que de una hora para otra se observan las dos estaciones de invierno y verano. Cércanla por la banda del poniente altas serranias, que enlazan por el sud y norte con las cordilleras chilena y peruana.
Despues de levantado un fuerte para presidiar la nueva ciudad, pasó al descubrimiento del Rio de la Plata, y tuvo el encuentro con Garay que referimos en parte: pretendiendo inútilmente adjudicar á su distrito el asiento de Gaboto y Corinda, que al presente se dice Coronda, con las islas del Paraná y tierras adyacentes. Tomó la vuelta por el camino de la sierra, habitacion de los Comechingones: los sugetó, y estableció poblaciones en Talamochita, hoy Calamochita, Charavá, Izacate y Quilloamirá. Segun algunos, en la sierra y valles intermedios llegó el padron á sesenta mil: de los cuales algunas parcialidades se destinaron para las obras públicas de edificios, acequias y beneficios de huertas, que antiguamente hermoseaban la llanura del valle, jardin entonces delicioso, y en nuestros tiempos tristísimo erial.
Fomentando la ciudad de Córdoba, se hallaba Cabrera con pensamientos de reedificar la de Nieva en el valle de Xibixibe, cuando le vino sucesor en Gonzalo Abreu Figueroa, caballero sevillano electo gobernador el año de 1570. No sabemos la causa de su demora, pero sí que llegó prevenido contra su glorioso antecesor, y desde luego trató de prenderle. Variamente se discurre sobre el orígen de los disgustos de Abreu con Cabrera: intervienen en este punto las confusiones históricas que ordinariamente exageran las cuestiones odiosas. Los fautores de Abreu echan la culpa á Cabrera: los protectores de este liquidan con mejores fundamentos sus procederes. Mas á mí ver el orígen de las prevenciones de Abreu está claro, y es como se sigue.
Dos reales Oidores de la Audiencia de Chuquisaca, ministros que debieran ser de fidelidad á su monarca, maquinaban deservicios á la corona. Era la egecucion de sus ideas dificil, y necesitaba el poderoso brazo de Cabrera para allanar las dificultades, y la sombra de su autoridad para cobijarse. Tentaron con mensageros y cartas su fidelidad, y como Cabrera era fidelísimo al Rey, les afeó sus intentos con tal entereza y constancia, que no solo quedaron persuadidos que jamas consentiría con ellos, sino recelosos que descubriria sus pensamientos, y no pudiendo hacerle cómplice en la egecucion, le temieron por sabedor de sus consejos.
Con estos temores y sobresaltos se hallaban cuando Gonzalo Abreu atravesó por Chuquisaca para Tucuman. Trataron de ganarle la voluntad, y ganada, le inspiraron tales especies contra Cabrera que resolvió anonadarle. Entró Abreu en Chuquisaca, ejemplar de rectitud y prudencia, y salió monstruo de tiranía y crueldades. Nadie diría que este caballero era el que Felipe II proveyó al gobierno de Tucuman. Entró en la provincia con aparatos de guerra, publicando que estaba alzada por el mal gobierno de Cabrera, y que al bien público convenía quitar de delante aquel traidor al rey y perturbador de la provincia. Es increíble la presteza con que aceleró Abreu las marchas para sorprender inopinadamente á Cabrera en Córdoba. Se hizo dueño de los caminos, y adelantó corredores para cortar el paso á los mensageros. Avanzó él mismo tanto en las jornadas y con tanto secreto, que entonces supo Cabrera la venida de Abreu cuando le vió en Córdoba, y se halló en prisiones. Al tercer dia lo despachó preso á Santiago, y substanciado maliciosamente la causa, fué muerto por traidor, mejor diré, por traidores al rey. Unos dicen que le mandó dar garrote en un poste de su cama, otros que le hizo degollar: pues de cualquiera manera que haya sucedido, su muerte fué sentida en la provincia, especialmente en Córdoba que siempre le miró como padre y fundador, y se honra con la nobleza de su prosapia que se conserva en sus descendientes.
No se sabe con que fundamento D. Fernando Pizarro y Orellana, en su tomo de Varones Ilustres del Nuevo Mundo, descubrió causa que justificára la muerte de D. Gerónimo Cabrera. Pero á este autor hace atropellar con la verdad el empeño de purgar á Gonzalo Pizarro de la nota de traidor: defendiendo la inocencia de este con la traicion que acumula á aquel, cuya fidelidad testifican antiguos instrumentos y escritores. El libro de la fundacion de Córdoba del año de 1574 habla honorificamente de su fundador, en un informe que hace al Sr. Felipe II sobre los méritos, fidelidad y servicios de D. Gerónimo Luis de Cabrera.
El P. Juan Pastor, diligentísimo en averiguar antiguedades, informándose verbalmente de testigos fidedignos, descubrió mucha malignidad en Abreu, y constante fidelidad en Cabrera. Y lo que es mas, el Sr. Felipe II, registradas las originales cartas de loa oidores, que presentó D.ª Luisa Mariel de los Rios, su nobilísima consorte, declaró la inocencia de D. Gerónimo, castigando con merecida pena á los Oidores.
No se estrelló solamente Abreu con su antecesor Cabrera, se malquistó tambien con los principales, tratándoles con desaire y modales poco dignos de sus méritos y servicios. A muchos puso á cuestion de tormento, con tanto rigor y tiranía, que antes querian morir que experimentar su impía crueldad. Dió en acompañarse con díscolos, sugetos de ningunas obligaciones, hombres sin Dios ni conciencia, que solo son á propósito para conmover los humores de la república. En manos de estos puso el gobierno de la provincia; y como ellos eran perdidos, le perdieron á él y á Tucuman, que se vió en angustias de muerte.
Córdoba, monumento honorífico de su antecesor, cuya memoria es gloriosa en la provincia, se vió próxima á fatal disolucion. Y aunque en manos del médico estaba sanarla, reanimando los espirítus de los primeros pobladores, que con varios pretextos extraia para otras partes, solo atendia á debilitar mas su vigor con nuevas extracciones. Pero la defendió con fortuna y valor el ínclito Tristan de Tejeda. Mas fatales consecuencias experimentó la ciudad de Nieva que principiaba el capitan Pedro Zarate, al cual ordenó Abreu que saliera con gente á catear las minas de Linlin en el valle de Calchaquí, prometiéndole entrar á partir las ganancias. Escusóse Zarate con razones aparentes, pero insistiendo el Gobernador en llamarle para Santiago, obedeció, dejando pocos presidiarios para reparo de la nueva poblacion: sobre la cual dieron los bárbaros, y á todos mataron, menos tres ó cuatro que eludieron el peligro con la fuga.
Dícese que Abreu llevaba pesadamente la fundacion de esta ciudad, porque estando en el paso del Perú, facilitaba el tránsito á los informes que se podían remitir contra él al Virey y la Audiencia. Efectivamente, por sus confidentes preocupó los caminos y embarazó el comercio epistolar. Al paso que temia el juzgado de tribunales superiores, publicaba privilegio de excepcion, que le sustraia de la autoridad del Virey y de la Audiencia, por ser electo Gobernador por el Rey. Esto mismo pregonaba su Maestre de Campo, Sebastian Perez, hombre de ínfima suerte, arrogante y presumido, el cual repetia con aire: que en causas del Gobernador solo el Rey entendia, y no los tribunales inferiores. Un dia dijo: “si algun oidor llega por acá, y V. S. me dá dos dedos de papel, saldré al camino, y lo arrimaré á un palo; y esté cierto V. S. que gobernará la provincia á pesar de la Audiencia; por ser Gobernador nombrado por el Rey.”
Estas eran las cantinelas que repetian con desenvoltura sus aliados, los cuales impunemente se arrojaban á toda iniquidad, cobijados de sombra tan maligna. Los eclesiásticos y algunos religiosos se ausentaron de la provincia. Muchos nobles y celosos pobladores se refugíaron al Perú, ó salieron á sus alquerias, temiendo la íra vengadora del furioso Gobernador. El mando y gobierno recayó en los fautores de Abreu, haciendo escala para el ascenso, del arrojo y temeridad. Las ciudades se hallaban sin guarnicion: los indios se alzaban por momentos; todo conspiraba á la ruina de la provincia, y mas que todos, el mismo Gobernador, con el descubrimiento que intentó de la Trapalanda.
Trapalanda es provincia al parecer imaginaria, situada hácia el estrecho de Magallanes, ó por lo menos en la region magallánica, en cuyos términos ponen algunos la ciudad ó ciudades de Césares, por otro nombre Patagones. Desde el principio esta fábula tomó cuerpo, á pesar de hombres juiciosos, y se divulgaron particularidades que caracterizaban plausiblemente la nacion. Hacíanlos cristianos de profesion, con iglesias y baptisterios, imitadores de nuestras ceremonias y costumbres.
Hácia los últimos años del siglo pasado se confirmó con la narracion de uno que decia haber estado en la ciudad de los Césares, hablado y comunicado con ellos. Hacia galana descripcion de la ciudad, y la pintaba hermosa como Sevilla, opulenta en plata, oro, pedrerias y otras preciosidades estimables. Los habitadores en color y modales imitaban á los europeos, de quienes procedian. El autor tuvo la fortuna de hablarles, pero con tanta desgracia suya, que solo entendió estas cláusulas: Nos Dios tener, Papa querer, Rey saber: Palabras fueron estas que llenaron estas provincias; que se oyeron en los reales estrados, en el reinado del Sr. Carlos II, y que dieron motivo para algunas cédulas.
Los eruditos en historias discurren que serian descendientes de los españoles, que naufragaron en el Estrecho, de la Armada de D. Gutierrez Caravajal, obispo de Placencia. Una pieza, que ó por su antiguedad ó por rara conservan los herederos de D. Gerónimo Luis de Cabrera, confirma este sentir. Ella es un testimonio de Pedro Oviedo y Antonio Cobo, marineros del navio náufrago de dicha Armada, moradores algun tiempo de la ciudad de los Césares, pero fugitivos de ella por no sé qué delito. Parece que la curiosidad no puede desear comprobacion mas auténtica de sus discursos. Hay quien oyó las campanas: hay quien comunicó y vió á los Césares: hay finalmente quien asistió á la fundacion de la ciudad y habitó muchos años en ella.
No obstante esto, hay mucho que dudar y examinar. El rumor, primero en las historias índicas, que corrió entre los soldados de Aguirre, desmereció la aprobacion de su capitan, el cual tuvo el mayor incentivo de gloria que hombre cualquiera: pues cuando los mas capitanes se podian gloriar de conquistadores de indios, él podia gloriarse de conquistador de Césares. Este motivo, á la verdad poderoso, no le estimuló á la conquista, desengañado con la incompatibilidad de circunstancias que se discurrian para hacer creible la historia. Estos Césares desde el principio se publicaron por náufragos de la armada de D. Gutierrez de Caravajal, y en poco mas de veinte años que corrieron desde el naufragio hasta la entrada de Aguirre á los Comechingones, les crecieron tanto los pies, que desde entonces se llamaron Patagones.
A proporcion fué grande su fortuna. Césares eran en el nombre, y Césares los describian en magnificencia, soberanía y riquezas: levantados de la mayor desgracia á la mayor opulencia y felicidad que pudo idear la fantasía mas alegre. La significacion que se daba al nombre Trapalanda no ha llegado á mi noticia: pero es creible que se conformaria con la de Césares y Patagones. Esta esplicacion de nombres, habida por señas de los Comechingones, fué de tan poca solidez para Aguirre, que no se sintió movido á emprender la conquista: su milicia lo llevó pesadamente, ó fingió que lo llevaba por antiguos sentimientos con él, y para vengarse de su capitan, le aprisionaron ignominiosamente, coloreando la accion con el motivo de haber malogrado una conquista que felicitaría la provincia.
A este fin se ponderaban mucho, y explicaban galanamente los nombres, de Césares, Patagones y Trapalandistas, y como trascendian la causa de Aguirre, pasaron con el reo á la audiencia de Chuquisaca. No extrañó el integerrimo tribunal ver en prisiones al general tucumano, sino lo peregrino de la causa y la rara novedad de tantos nombres. No obstante el real senado descubrió poco fondo en las ponderaciones de los autores, y calificó prudente la resolucion de Aguirre.
Entretanto la voz del vulgo tomó alas, y de unos años en otros se dilató la fama con novedad de sucesos. Decíase que se habian oido campanas, y conjeturaron que eran de los Césares, que los Césares tenian iglesias, que las iglesias tenian torres, que las torres tenian campanas, y que las campanas se tenian para recoger el pueblo á los sagrados misterios. Raro complexo de predicciones para unos profetas, que hallándose en las vecindades de los Césares, no pudieron atinar con su morada.
Mas afortunado fué el que en el reynado de Carlos II estuvo en Trapalanda: habló y comunicó con los Césares, y para hacer creible la narracion, historió prolijamente las circunstancias de su arribo. A los diez y seis años de su edad navegaba hácia el Estrecho de Magallanes en una armada holandesa, la cual ancoró en un rio para llenar de agua las vasijas. Nuestro jóven con algunos compañeros se internó tierra adentro á coger palmitos, y tuvo la desgracia de ser sorprendido por cuatro mil indios que discurrian por allí. En la desgracia de su cautiverio consistió la felicidad de pasar á los Césares, á los cuales fué presentado, y ellos agasajaron al huesped, reconociendo en él un vivo retrato de sus ascendientes. Bien es creible que los Césares le retuvieran consigo. Mas no sucedió así, porque le dejaron ir con guias de la ciudad á la ribera, donde todavia ancoraba la armada.
La relacion está circunstanciada de particularidades reparables. Los pocos años del historiador: la casualidad de internarse á recoger palmitos en el terreno que pocos años hace se ha reconocido infructifero: el acaso de ser cautivado y ser presentado á los Césares, cuyo principal desvelo, segun algunas relaciones, es no permitir acceso de extrangeros á la isla, ni comunicar con nacion alguna: el haber sido llevado desde los cincuenta y un grados, hasta los cuarenta y dos, en que situan la ciudad de los Césares, y vuelto á encontrar á la armada demorada tanto tiempo en corrientes tan impetuosas. Circunstancias á primera faz increibles, dignas de la crítica moderna. Ni tiene mas fuerza la relacion de Oviedo y Cobo, marineros: injiérense en ellas falsedades contra la fé de las historias; y es verosimil que la fingió algun ocioso, y para hacer creible la novela, se la atribuyó á los dos marineros fugitivos de la ciudad de los Césares, publicando que la habia hallado entre los papeles del licenciado Altamirano ya difunto. Mas es digno de repararse que los sobre dichos Oviedo y Cobo vivieron algunos años en la Concepcion de Chile en casa del licenciado Altamirano, como consta de dicha relacion: mientras vivieron, se guardó silencio tan profundo que no se divulgó la menor noticia en el reyno de Chile, ni al licenciado Altamirano se le cayó palabra de cosa tan memorable. Esperóse á que murieran los tres para hacer hablar, á los unos por relaciones archivadas, y manifestar el otro el tesoro de noticias que ocultaba entre sus papeles.
Convencidos los fundamentos opuestos, añadimos recientes noticias. El bolson de tierra que forman el Cabo de las Vírgenes y Valdivia, Cabo Blanco y reyno de Chile, está muy trasegado de los Puelches, Peguenches, Pampas y Tehuelchos: con los cuales no han omitido diligencia los misioneros jesuitas de los Pampas para introducir la fé á los Césares. Pero sus diligencias no han producido otro efecto que persuadirse, se hallan falsedades entronizadas sin oposicion en el sólio de la verdad. El Padre Matias Estrovel, operario infatigable en la viña del Señor, y misionero de los Pampas, en carta de 20 de Noviembre de 1742 dice: de la nacion de los Césares no he podido averiguar cosa alguna. Lo mismo insinuan otros misioneros, y así me persuado, que Césares tan circunstanciados son entes imaginarios, que hizo existentes el vulgo con ficciones y novelas.
Como la noticia de los Césares tuvo orígen entre la milicia tucumana que se inclinó desde el principio á la conquista, concurrió gustosa al llamamiento del gobernador Abreu que la convocó para la jornada de Trapalanda. Hallábase ya el ejercito en el acampamento de Monogasta, cuando le llegó noticia que los indios de los llanos y sierras de Calchaquí, levantados por Gualan, tenian cercada la ciudad de San Miguel, y fatigaban con asaltos á los sitiados. Entonces Abreu abrió los ojos para conocer el peligro de la provincia, y desistiendo de la jornada envió socorro para levantar el cerco.
Cuando llegó este, el capitan Gaspar de Medina habia librado la ciudad. Porque rota por el enemigo la palizada que reparaba la poblacion, y pegado fuego de noche á las casas pajizas, despertó Medina, y con nueve que se le juntaron mató muchos enemigos con su caudillo Gualan, y á los demas puso en fuga.
En otras ciudades se experimentaban peligros semejantes por el mal gobierno de Abreu, porque cuando está débil la cabeza se debilitan y arruinan los demas miembros.
Por este tiempo se erigió el obispado del Tucuman. Algunos lo adelantan sin fundamento al año de 1570. Verdad es que fueron provistos para Tucuman el Ilmo. D. Fr. Gerónimo Villacarrillo y D. Fr. Gerónimo Albornoz, ambos comisarios generales de la religion seráfica; pero prevenidos de la muerte, fallecieron antes de erigir el obispado. El Ilmo. Fray Francisco de Victoria, lustre singular del órden de Predicadores, hijo de la provincia de Lima, varon piadosísimo, y de singular devocion como le llama San Pio Quinto, procurador en Corte por las provincias de Indias por eleccion de Gregorio XIII, erigió el obispado de Tucuman. No consta el año de la ereccion; pero ciertamente no fué anterior al año de 1578, y me persuado que fué en 1579, pues la cédula de merced se expedió á 28 de Diciembre de 1578.
Luego que el capitan Juan de Garay destrozó el egército de Obera, sobre el Ipané, con muerte de Guizaro, se restituyó triunfante á la Asumpcion, cargado de prisioneros, único despojo de la victoria. Era ya el año de 1579, y en el siguiente de 80 señaló á Rui Diaz Melgarejo con sesenta soldados para levantar una colonia en el territorio de los Nuarás, gente pacífica que usaban dialecto diferente del guaraní, con alguna diversidad de rios y costumbres. Habitaban amenas y deliciosas campiñas, las cuales desde entonces hasta el dia de hoy se llaman Campos de Xerez, pobladas de hermosos pastales, para mantener crias de ganados.
En este sitio puso los fundamentos de la ciudad de Santiago de Xerez el capitan Melgarejo, sobre una loma despejada que domina al Mbotetey, rio medianamente caudaloso, tributario del Paraguay, sobre la márgen oriental, en altura de poco mas de diez y nueve grados. No subsistió mucho tiempo por las invasiones de los Guatos, Guapís, Guanchas y Guetús, naciones que habitaban los confines que median entre la cordillera y la costa oriental del Paraguay, tirando al norte. Pero no muchos años despues la restableció Rui Diaz de Guzman, autor de la Argentina.
El mismo año se reedificó la ciudad de Santa María, puerto de Buenos Aires, tantas veces empezada y oprimida en su nacimiento. Juan de Garay, no fiando á otro la fundacion, bajó personalmente por el rio Paraguay al de la Plata, y en una barranca que domina aquel gran rio, dió principio á la reedificacion, llamándola Ciudad de la Santísima Trinidad, Puerto de Santa María de Buenos Aires. Esta, que en su primera infancia cuenta solos sesenta pobladores, con el tiempo será cabeza de provincia, una de las mayores ciudades de América, y uno de los puertos mas frecuentados y apetecidos de las naciones, por la utilidad del comercio.
Por ahora los Querandís, habitadores del país, se alteraron con la vecindad del español, y convocadas sus milicias y las de los aliados, secretamente se avecinaban á las ciudad para sorprender á los porteños. Entre los indios se hallaba Cristobal Altamirano, aquel noble extremeño, de que digimos que quedó prisionero de los Charruas, y al presente lo era de los Querandís, del cual se valió Dios para descubrir los intentos del enemigo. Porque compadecido de los españoles, escribió con carbon un billete, y asegurado dentro de un calabazo, fió el depósito á la corriente del riachuelo que corre al sur de la ciudad. El lo encomendó á las aguas; Dios lo guió, y recibido de Garay se enteró del contenido y previno para esperar al enemigo. El cual estaba tan inmediato, que al siguiente dia arrimó sus tropas y presentó la batalla. Peleóse de entrambas partes con obstinacion: los infieles arrojaban mechones de paja atados á las flechas, y pusieron en confusion á los españoles, que tenían que atender á las flechas que herian y á los mechones que abrasaban. Entretanto las tiendas y pabellones de algodon y cañamazo ardian á su vista, y no se podia remediar el daño. El aprieto fué á la verdad grande, y venciéra el enemigo, si el valiente Juan Fernandez Enciso no entrára espada en mano entre los infieles, y con ella cortára la cabeza al comandante Querandí.
Muerto el general, que es alma del ejército, los enemigos huyeron precipitadamente, y se les siguió el alcance muchas leguas, con tanto destrozo y mortandad de infieles, que vuelto á Garay un soldado:—“Señor General, le dijo, si la matanza es tan grande ¿quien quedará para nuestro servicio?—Ea, dejadme, respondió Garay, que esta es la primera batalla, y si en ella los humillamos, tendremos quien con rendimiento acuda á nuestro servicio.” Fué el fin de esta victoria y destrozo del enemigo en el sitio que desde entonces hasta hoy se llama el Pago de la Matanza. Ahuyentados los indios, y obligados á pedir la paz, se aplicó el General Garay á edificar la ciudad, fomentando con su presencia y direccion las obras.
Por este tiempo, aunque no se sabe con certidumbre el año, se rebeló contra su fundador la ciudad de Santa Fé. Eran cabezas del motin Lázaro Venialbo, Pedro Gallego, Diego Ruiz, Romero, Leiva, Villalta y Mosquera, grandes fabricadores de enredos. Como penetraron la dificultad de prevalecer contra Garay, procuraron ganar para sí á su mayor enemigo, Gonzalo Abreu, Gobernador de Tucuman, sugeto bullicioso con demasia, que tenia sentimientos antiguos contra Garay; y le ofrecieron la ciudad, si con gente fomentaba sus intentos: y aunque no consta la intencion de Abreu, se carteaba con los rebeldes, y se dice que escondia su correspondencia.
Los amotinados agitaron el negocio, y lo pusieron en sazon de lograr sus disposiciones. A hora señalada de la noche prendieron al teniente alcalde Olivera, y al capitan Alonso de Vera, llamado, por su mal gesto, cara de perro. El gobierno de las armas dieron á Lázaro Venialbo, y el cargo de teniente á Cristoval de Arevalo, el cual seguia con violencia el partido de los amotinados, y logró brevemente oportunidad de encontrarse con el nuevo Gobernanador de armas, y de restituir el baston al legitimo poseedor. El tentó el vado, y asegurados algunos confidentes, hombres de resolucion, aprisionó las cabezas del motin, y repuso en sus puestos al teniente y al alcalde. Sosegado el tumulto, las cosas corrieron pacificamente por su antiguo camino.
Tres años se detuvo Garay en el Puerto, metiendo calor á los arquitectos en los edificios, y atemorizando con su valor y fama á los infieles. Al cuarto año dejó el gobierno de la ciudad á Rodrigo Ortiz de Zarate, y salió camino de la Asumpcion para visitar la provincia. Acompañaban su general algunos vecinos de la Asumpcion, con sus consortes que se restituian á sus casas. Una noche saltó en tierra con su comitiva y recostados á dormir los españoles, el cacique Manuá, traidor disimulado, se acercó con ciento y cincuenta jóvenes y dió muerte á Garay y á cuantos le acompañaban. Perdió la provincia en Garay una gran cabeza para el gobierno: los pobres lamentaron la muerte de su padre, en cuyo beneficio expendia gruesas cantidades: los soldados la de un excelente capitan, tan desinteresado en aprovecharse de los despojos cuanto liberal en repartir lo que tenia, hasta vender los vestidos de su muger para socorrer necesitados. Fué hombre de gran corazon, sufridor de increibles trabajos, de excelente disposicion en las batallas de infieles, proporcionando con tanto acierto los medios á los fines, que todas las batallas concluyó con felicidad y admiracion.
Muerto Garay, que en todos infundia espirítus marciales, los insolentes con la muerte del general hicieron leva de gentes, confederándose Guaranís, Quiloasas, Mbeguás y Querandis, para asolar las ciudades de Santa Fé y Buenos Aires. Juntáronse en tierras del cacique Manuá, para conferir los puntos mas principales de la guerra, celebrando primero á su usanza con banquetes y borracheras la muerte de Garay. Hallábanse en el congreso los principales de las naciones: dos puntos confirieron; el primero sobre la eleccion de capitan general; y la suerte de comun acuerdo cayó sobre Guayuzaló, cacique guaraní, que habia militado con crédito en las guerras contra naciones enemigas; el segundo, cual de las dos ciudades, Santa Fé, ó Buenos Aires, habia de ser acometída la primera; y resolvieron con discrepancia de votos que Buenos Aires, dejando aplazado el dia para concurrir en las fronteras del puerto.
Sabido por los españoles lo que intentaban los infieles, pusieron la ciudad en estado de defensa. El enemigo arrimó su campamento, y al dia determinado presentaron la batalla. El Teniente Zarate mandó disparar la arcabuceria que causó gran estrago, y mayor desórden en los infieles, que empezaron á huir confusamente: pero recogidos por su general y puestos en filas, resistieron algun tiempo, hasta que cargando sobre ellos los españoles, con grande impetu y vivo fuego, destrozaron sus tropas con muerte del General Guayuzaló, quedando el enemigo tan escarmentado que en mucho tiempo no osó bloquear la ciudad ni infestar la vecindad.
Fué universal la alegria en la provincia y se celebró la victoria con accion de gracias. Para que el júbilo fuera mas completo llegó este año el Ilmo. Fray Alonso Guerra, hijo esclarecido de la sagrada familia de Predicadores. Algo mas de diez años habian corrido desde la muerte del Ilmo. Fray Pedro de la Torre, y aunque poco despues fué provisto Fray Juan del Campo franciscano, el Cielo cortó para sí esta bella flor de observancia antes que pasára á tomar posesion del obispado. En su lugar fué substituido Fray Juan Alonso Guerra, pobre y despreciado á los ojos del mundo, pero rico de virtudes y digno de lucir sobre el candelera de la Iglesia de Dios. En 27 de Setiembre de 1577 fué electo para el Rio de la Plata; pero su extrema pobreza entre la opulencia peruana retardó su consagracion algunos años. Entretanto llegó el tiempo del tercer Concilio Limense, y como era sugeto en virtud y letras completo, se hizo necesaria su asistencia en él.
Consagrado despues, y venido á su episcopal silla, halló la diocesis falta de aquel vigor que comunica el espirítu de religion. Como buen pastor aplicó toda la diligencia á restablecerla en el santo fervor que profesa la ley cristiana. Pocas veces á celo tan solícito se siguieron efectos mas perniciosos. Segunda vez intentó el Paraguay una accion escandalosa, y como habia abierto una mala puerta á todo sacrílego atrevimiento con la prision del primer Prelado, ahora se entró por ella con la prision del segundo.
El alcalde ordinario de la ciudad, y algunos principales, á quienes debieran desagradar sus vicios, y no la integridad del santo Prelado, fueron los artifices de este escándalo, y egecutores de la prision, á la cual no faltó circunstancia para sacrílega. El se encaminó al palacio episcopal, acompañado de hombres facinerosos, llenando el aire de muera, muera el Obispo. El capellan del Prelado se asomó á la ventana, y noticiado del suceso:—“Señor, le dice, conjuracion es de los vecinos, contra Vuestra Señoria es el motin: la muerte maquinan, pues vienen gritando, muera, muera el Obispo.”
El cual se revistió de pontifical, y abiertas las puertas, al encontrarse con los sacrílegos, les pregunta amigablemente: ¿A quien buscais? cois? Si yo soy, aquí me teneis. El buen Pastor imitó á Jesus, y ellos abusaron de su mansedumbre, consumando el sacrilégio. Los unos le acometen con insolencia; los otros ponen las manos en él con impío atrevimiento: quien derriba al suelo la mitra, quien le despoja del báculo, y despedaza las sagradas vestiduras. El alcalde lo pone en duras prisiones, y embarcado en una balsa, tratado con sumo rigor, lo acompaña hasta el puerto de Buenos Aires, á donde llegarian entrado ya el año de 1586.
Aquí fué donde Dios dió un sensible testimonio de su justicia, derramando instantaneamente sobre los sacrílegos agresores el vaso de ira y venganza que atesoró tanta iniquidad. El alcalde murió repentinamente: parte de los cómplices experimentaron el rigor de la divina justicia, y parte el castigo de la humana. En pocos dias se vió el inocente Obispo libre de acusadores, admirando todos aquel egemplar de serena tranquilidad que no inquietaron las olas de tantas calumnias, desacatos y atrevimientos. Al mismo tiempo fué elevado al obispado de Mechoacan en la Nueva España, el cual gobernó seis años con mayor aceptacion que el del Paraguay: y aunque no le faltaron contradicciones, consiguió reformar en partes las costumbres depravadas del pueblo. Murió tan pobre como habia vivido, y si religioso no tuvo para costear los gastos de la consagracion, le faltó siendo Obispo para los del entierro.
Mientras el alcalde de la Asumpcion entendía en la prision del Obispo, el teniente de la provincia, Alonso de Vera y Aragon, se hallaba en lo interior del Chaco acalorando la fundacion de una ciudad sobre el Bermejo. El nombre Chaco en diversos tiempos ha tenido varias acepciones con mayor y menor latitud de significado. Los indios que habitaban entre el Pilcomayo y el Bermejo, llamaban Chacu al congreso y junta de vicuñas y guanacos que, levantados de los cazadores y desfilados hácia el centro, concurrian en el sitio destinado para la caza. De los animales trasladaron los españoles el nombre al pais, alterando la última letra, y llamándolo Chaco, con significado tan limitado que solo se extendia á la península que hacen el Pilcomayo y el Bermejo. Con el tiempo se amplió el significado, aplicándolo á una dilatadísima provincia que corre entre el Salado y Paraná, desde la jurisdiccion de Santa Fé, y abarcando los Llanos de Manso, se dilata por la costa occidental del Paraguay, ocupando por muchas leguas al norte y poniente los paises intermedios.
Habitaban el Chaco diversas naciones, varias en ritos, costumbres y exterior contextura de rostro y facciones: cuyo catálogo omito por no fastidiar al lector con nombres peregrinos. Al presente solo es mi asunto referir como el teniente Alonso de Vera y Aragon fundó la ciudad de la Concepcion del Bermejo en lo interior del Chaco. Habia corrido el pais el año de 1583 en seguimiento de los Guaycurús y Nacoguaques, que daban muestras de alzamiento con las hostilidades que ejecutaban en los contornos de la Asumpcion. Prendóse entonces del contorno y deseó fundar ciudad para contener el furor de los chaquenses.
Viéndose ahora con el gobernalle de la Provincia por nombramiento de Su tio el Adelantado, puso en obra lo que tenia prometido. Escogió ciento y treinta y cinco soldados, y saliendo á correr la campaña, le hicieron poderosa resistencia los Guaycurús, los Nacoguaques, los Mogosnas, los Frentones y los Abipones: pero acosados de la caballería, se retiraron cediendo el paso á los españoles; los cuales llevaron sus armas al pais de los Matarás, y en sitio ameno y de pingue meollo situaron la ciudad de la Concepcion, á distancia de algunas leguas del Bermejo, mas abajo de la laguna que llaman de las Perlas.
§. XIII.
GOBIERNO DE D. JUAN TORRES DE VERA Y ARAGON.
1587-1591.
Al segundo año de su fundacion llegó á la provincia el adelantado Juan Torres de Vera y Aragon, á quien demoraron en Chuquisaca dependencias domésticas. Al siguiente año, señaló ochenta soldados á cargo de Alonso de Vera, el Tupí, otro sobrino suyo, para principiar una ciudad en la costa oriental del Paraná; y lo egecutó con leve oposicion de los infieles que señoreaban el terreno, poniendo los fundamentos de la ciudad en altura de 27 grados y 42 minutos, y 318 grados y 57 minutos de longitud, segun las observaciones del Padre José Quiroga. El sitio es delicioso, casi sobre la junta del Paraná y Paraguay, donde incorporados estos dos rios, corren por una madre, sin confusion de aguas, ofreciendo á la vista espectáculo agradable en una linea divisoria que no da lugar por algunas millas á mezclarse los puros cristales del Paraná con las turbulentas aguas del Paraguay.