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Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3)

LIBRO IV. (continued 2)

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CAPITULO VIII.

Marcha Hernan Cortés la vuelta de Zempoala, y sin conseguir la gente que tenia prevenida en Tlascála. Continua su viage hasta Matalequíta donde vuelve á las pláticas de la paz, y con nueva irritacion rompe la guerra.

Dióse principio á la marcha, y se fué siguiendo el camino de Cholúla con todas las cautelas y resguardos que pedia la seguridad, y abrazaba fácilmente la costumbre de aquellos soldados, diestros en las puntualidades que ordena la milicia, y hechos á obedecer sin discurrir. Fueron recibidos en aquella ciudad con agradable prontitud, convertido ya en veneracion afectuosa el miedo servil con que vinieron á la obediencia. De allí pasaron á Tlascála, y media legua de aquella ciudad hallaron un lucido acompañamiento, que se componia de la Nobleza y el Senado. La entrada se celebró con notables demostraciones de alegría, correspondientes al nuevo merito con que volvian los Españoles, por haber preso á Motezuma, y quebrantado el orgullo de los Mexicanos: circunstancia que multiplicó entónces los aplausos, y mejoró las asistencias. Juntóse luego el Senado para tratar de la respuesta que se debia dar á Hernan Cortés sobre la gente de guerra que habia pedido á la república. Y aquí hallamos otra de aquellas discordancias de Autores, que ocurren con freqüente infelicidad en estas narraciones de las Indias, obligando algunas veces á que se abraze lo mas verisímil, y otras á buscar trabajosamente lo posible. Dice Bernal Diaz que pidió quatro mil hombres, y que se los negaron con pretexto de que no se atrevian sus soldados á tomar las armas contra Españoles, porque no se hallaban capaces de resistir á los caballos y armas de fuego: y Antonio de Herrera, que dieron seis mil hombres efectivos, y le ofrecian mayor número. Los quales refiere que se agregaron á las compañías de los Españoles, y que á tres leguas de marcha se volvieron, por no estar acostumbrados á pelear lejos de sus confines. Pero como quiera que sucediese (que no todo se debe apurar) es cierto que no se hallaron los Tlascaltécas en esta faccion. Pidiólos Hernan Cortés mas por hacer ruido á Narbáez, que porque se fiáse de sus armas, ni fuese de codicia su estilo de pelear contra enemigos Españoles. Pero tambien es cierto que salió de aquella ciudad sin queja suya, ni desconfianza de los Tlascaltécas, porque los buscó despues y los halló quando los hubo menester contra otros Indios: en cuyos combates eran valientes y resueltos, como lo asegura el haber conservado su libertad á despecho de los Mexicanos tan cerca de su corte, y en tiempo de un Príncipe que tenia su mayor vanidad en el renombre de conquistador.

Detuvose poco el exército en Tlascála, y alargando los tránsitos, pasó á Matalequíta, lugar de Indios amigos distante doce leguas de Zempoala, donde llegó casi al mismo tiempo Gonzalo de Sandoval con la gente de su cargo, y siete soldados mas, que se pasaron á la Vera Cruz del exército de Narbáez el dia siguiente á la prision del Oidor, teniendo por sospechoso aquel partido. Supo de ellos Hernan Cortés quanto pasaba en el quartel de su enemigo: y Gonzalo de Sandoval le dió mas frescas noticias de todo; porque ántes de partir tuvo inteligencia para introducir en Zempoala dos soldados Españoles, que imitaban con propiedad los ademanes y movimientos de los Indios, y no les desayudaba el color para la semejanza. Estos se desnudaron con alegre solicitud: y cubriendo parte de su desnudez con los arreos de la tierra, entraron al amanecer en Zempoala con dos banastas de fruta sobre la cabeza, y puestos entre los demas que manejaban este género de grangería, la fueron trocando á cuentas de vidrio: tan diestros en fingir la simplicidad y la codicia de los paisanos, que nadie hizo reparo en ellos; con que pudieron discurrir por la villa, y escapar á su salvo con la noticia que buscaban. Pero no contentos con esta diligencia, y deseando tambien llevar averiguado con que género de guardias pasaba la noche aquel exército, volvieron á entrar con segunda carga de hierba entre algunos Indios que salian á forragear; y no solo reconocieron la poca vigilancia del quartel, pero la comprobaron, trayendo á la Vera Cruz un caballo que pudieron sacar de la misma plaza sin que hubiese quien se lo embarazáse, y acertó á ser del Capitan Salvatierra, uno de los que mas irritaban á Narbáez contra Hernan Cortés: circunstancia que dió estimacion á la presa. Hicieron estos exploradores por su fama quanto cupo en la industria y el valor; y se callaron desgraciadamente sus nombres en una faccion tan bien executada, y en una Historia donde se hallan á cada paso hazañas menores con dueño encarecido.

Fundaba Cortés parte de sus esperanzas en la corta milicia de aquella gente: y el descuido con que gobernaba su quartel Pámphilo de Narbáez le traía varios designios á la imaginacion. Podia nacer de lo mismo que desestimaba sus fuerzas, y así lo conocia; pero no le pesaba de verlas tan desacreditadas que produxesen aquella seguridad en el exército contrario, la qual favorecia su intento, y, á su parecer, militaba de su parte: en que discurria sobre buenos principios, siendo evidente que la seguridad es enemiga del cuidado, y ha destruido á muchos Capitanes. Debese poner entre los peligros de la guerra; porque ordinariamente, quando llega el caso de medir las fuerzas, queda mejor el enemigo despreciado. Trató de abreviar sus disposiciones, y estrechar á Narbáez con las instancias de la paz, que por su parte debian preceder al rompimiento.

Hizo reseña de su gente, y se halló con doscientos y sesenta y seis Españoles, inclusos los Oficiales y los soldados que vinieron con Gonzalo de Sandoval, sin los Indios de carga que fueron necesarios para el bagage. Despachó segunda vez al Padre Fray Bartolomé de Olmeda, para que volviese á porfiar en el ajustamiento; y le avisó brevemente del poco efecto que producian sus diligencias. Pero deseando hacer algo mas por la razon, ó ganar algun tiempo en que pudiesen llegar los dos mil Indios que aguardaba de Chinantelá, determinó enviar al Capitan Juan Velazquez de Leon, creyendo que por su autoridad, y por el parentesco de Diego Velazquez, sería mejor admitida su mediacion. Tenia experimentada su fidelidad, y pocos dias ántes le habia repetido las ofertas de morir á su lado, con ocasion de poner en sus manos una carta que le escribió Narbáez llamándole á su partido con grandes conveniencias. Demostracion á cuyo agradecimiento correspondió Hernan Cortés, fiando entónces de su ingenuidad y entereza tan peligrosa negociacion.

Creyeron todos, quando llegó á Zempoala, que iba reducido á seguir las banderas de su pariente; y Narbáez salió á recibirle con grande alborozo; pero quando llegó á entender su comision, y conoció que se iba empeñando en apadrinar la razon de Cortés, atajó el razonamiento, y se apartó de él con alguna desazon, aunque no sin esperanza de reducirle: porque ántes de volver á la plática, ordenó que se hiciese un alarde á sus ojos de toda su gente, deseando, al parecer, atemorizarle, ó convencerle con aquella vana ostentacion de sus fuerzas. Aconsejaronle algunos que le prendiese; pero no se atrevió, porque tenia muchos amigos en aquel exército; ántes le convidó á comer el dia siguiente, y convidó tambien á los Capitanes de su confidencia para que le ayudasen á persuadirle. Dieronse á la urbanidad y cumplimiento los principios de la conversacion; pero á breve rato se introduxo la murmuracion de Cortés entre las licencias del banquete. Y aunque procuró disimular Juan Velazquez por no destruir el negocio de su cargo, pasando á términos indecentes la irrision y el desacato, no se pudo contener en el desayre de su paciencia, y dixo en voz alta y descompuesta:

"Que pasasen á otra plática, porque delante de un hombre como él no debian tratar como ausente á su Capitan: y que qualquiera de ellos que no tuviese á Cortés y á quantos le seguian por buenos vasallos del Rey, se lo dixese con ménos testigos, y le desengañaria como quisiese."

Callaron todos, y calló Pámphilo de Narbáez como embarazado en la dificultad de la respuesta; pero un Capitan mozo, sobrino de Diego Velazquez, y de su mismo nombre, se adelantó á decirle:

"Que no tenia sangre de Velazquez, ó la tenia indignamente quien apadrinaba con tanto empeño la causa de un traydor."

A que respondió Juan Velazquez desmintiéndole, y sacando la espada con tanta resolucion de castigar su atrevimiento, que trabajaron todos en reprimirle; y últimamente le instaron en que se volviese al real de Cortés, porque temieron los inconvenientes que podria ocasionar su detencion; y él lo executó luego, llevándose consigo al Padre Fray Bartolomé de Olmedo, y diciendo al partir algunas palabras poco advertidas, que hacian á su venganza, ó la trataban como decision del rompimiento.

Quedaron algunos de los Capitanes mal satisfechos de que Narbáez le dexáse volver sin ajustar el duelo de su pariente, para oirle y despacharle bien ó mal, segun lo que de nuevo representáse: á cuyo propósito decian:

"Que una persona de aquella suposicion y autoridad se debia tratar con otro género de atencion: que de su juicio y entereza no se podia creer que hubiese venido con proposiciones descaminadas, ó ménos razonables: que las puntualidades de la guerra nunca llegaban á impedir la franqueza de los oidos; ni era buena política ó buen camino de poner en cuidado al enemigo darle á entender que se temia su razon."

Discursos que pasaron de los Capitanes á los soldados con tanto conocimiento de la poca justificacion con que se procedia en aquella guerra, que Pámphilo de Narbáez necesitó, para sosegarlos, de nombrar persona que fuese á disculpar en su nombre y el de todos aquella falta de urbanidad, y á saber de Cortés á qué puntos se reducia la comision de Juan Velazquez de Leon: para cuya diligencia eligieron él y los suyos el Secretario Andres de Duero, que por ménos apasionado contra Hernan Cortés pareció á propósito para la satisfaccion de los mal contentos; y por criado de Diego Velazquez no desmereció la confianza de los que procuraban estorvar el ajustamiento.

Hernan Cortés entretanto, con las noticias que llevaron Fray Bartolomé de Olmedo y Juan Velazquez de Leon, entró en conocimiento de que habia cumplido sobradamente con las diligencias de la paz: y teniendo ya por necesario el rompimiento, movió su exército con ánimo de acercarse mas y ocupar algun puesto ventajoso donde aguardar á los Chinantécas, y aconsejarse con el tiempo.

Iba continuando su marcha, quando volvieron los batidores con noticia de que venia de Zempoala el Secretario Andres de Duero: y Hernan Cortés, no sin esperanza de alguna favorable novedad, se adelantó á recibirle. Saludaronse los dos con igual demostracion de su afecto: renovaronse con los abrazos, ó se volvieron á formar los antiguos vínculos de su amistad: concurrieron al aplauso de su venida todos los Capitanes: y ántes de llegar á lo inmediato de la negociacion, le hizo Cortés algunos presentes mezclados con mayores ofertas. Detuvose hasta otro dia despues de comer: y en este tiempo se apartaron los dos á diferentes conferencias de grande intimidad. Discurrieronse algunos medios en órden á la union de ambos partidos, con deseo de hallar camino para reducir á Narbáez, cuya obstinacion era el único impedimento de la paz. Llegó Cortés á ofrecer que le dexaria la empresa de México, y se apartaria con los suyos á otras conquistas. Y Andres de Duero, viéndole tan liberal con su enemigo, le propuso que se viese con él, pareciéndole que podria conseguir de Narbáez este abocamiento, y que se vencerian mejor las dificultades con la presencia y viva voz de las partes. Dicen unos que llevaba órden para introducir esta plática: otros, que fué pensamiento de Cortés; y concuerdan todos en que se ajustaron las vistas de ambos Capitanes luego que volvió Andres de Duero á Zempoala, por cuya solicitud se hizo capitulacion auténtica, señalando la hora y el sitio donde habia de ser la conferencia: y asegurando cada uno con su palabra y su firma que saldrian al puesto señalado con solos diez compañeros, para que fuesen testigos de lo que se discurriese y ajustáse.

Pero al mismo tiempo que se disponia Hernan Cortés para dar cumplimiento por su parte á lo capitulado, le avisó de secreto Andres de Duero, que se andaba previniendo una emboscada con ánimo de prenderle ó matarle sobre seguro: cuya noticia, que se confirmó tambien por otros confidentes, le obligó á darse por entendido con Narbáez de que habia descubierto el doblez de su trato: y con el primer calor de su enojo, le escribió una carta rompiendo la capitulacion, y remitiendo á la espada su desagravio. Llevabale ciegamente á las manos de su enemigo la misma nobleza de su proceder; y acertaba mal á disculpar con los suyos aquella falta de cautela ó precipitada sinceridad con que se fiaba de Narbáez, teniendo conocida su intencion y mala voluntad: pero nadie pudo acusarle de poco advertido Capitan en esta confianza, siendo el rompimiento de la palabra en semejantes convenciones una de las malignidades que no se deben rezelar del enemigo: porque las supercherías no estan en el número de los estratagemas, ni caben estos engaños que manchan el pundonor en toda la malicia de la guerra.

CAPITULO IX.

Prosigue su marcha Hernan Cortés hasta una legua de Zempoala; sale con su exército en campaña, Pámphilo de Narbáez: sobreviene una tempestad, y se retira; con cuya noticia resuelve Cortés acometerle en su alojamiento.

Quedó Hernan Cortés mas animoso que irritado con esta última sinrazon de Narbáez, pareciéndole indigno de su temor un enemigo de tan humildes pensamientos; y que no fiaba mucho de su exército, ni de sí, quien trataba de asegurar la victoria con detrimento de la reputacion. Siguió su marcha en mas que ordinaria diligencia; no porque tuviese resuelta la faccion, ni discurridos los medios; sino porque llevaba el corazon lleno de esperanzas, madrugando á confortar su resolucion aquellas premisas que suelen venir delante de los sucesos. Asentó su quartel una legua de Zempoala, en parage defendido por la frente del rio que llamaban de Canoas, y abrigado por las espaldas con la vecindad de la Vera Cruz, donde le dieron unas caserías ó habitaciones bastante comodidad para que se reparáse la gente de lo que habia padecido con la fuerza del sol, y prolixidad del camino. Hizo pasar algunos batidores y centinelas á la otra parte del río: y dando el primer lugar al descanso de su exército, reservó para despues el discurrir con sus Capitanes lo que se hubiese de intentar, segun las noticias que llegasen del exército contrario, donde tenia ganados algunos confidentes, y estaba creyendo que lo habian de ser en la ocasion quantos aborrecian aquella guerra: cuyo presupuesto, y las cortas experiencias de Narbáez, le dieron bastante seguridad para que pudiese acercarse tanto á Zempoala sin falta de precaucion, ó nota de temeridad.

Llegó á Narbáez la noticia del parage donde se hallaba su enemigo; y mas apresurado que diligente, ó con un género de celeridad embarazada, que tocaba en turbacion, trató de sacar su exército en campaña. Hizo pregonar la guerra, como si ya no estuviera pública: señaló dos mil pesos de talla por la cabeza de Cortés: puso en precio menor las de Gonzalo de Sandoval y Juan Velazquez de Leon. Mandaba muchas cosas á un tiempo sin olvidarse de su enojo: mezclabanse las órdenes con las amenazas; y todo era despreciar al enemigo con apariencias de temerle. Puesto en órden el exército, ménos por su disposicion, que por lo que acertaron sin obedecer sus Capitanes, marchó como un quarto de legua con todo el grueso, y resolvió hacer alto para esperar á Cortés en campo abierto: persuadiéndose á que venia tan desalumbrado, que le habia de acometer donde pudiese lograr todas sus ventajas el mayor número de su gente. Duró en este sitio y en esta credulidad todo el dia, gastando el tiempo, y engañando la imaginacion con varios discursos de alegre confianza: conceder el pillage á los soldados: enriquecer con el tesoro de México á los Capitanes: y hablar mas en la victoria que de la batalla. Pero al caer el sol se levantó un nublado que adelantó la noche, y empezó á despedir tanta cantidad de agua, que aquellos soldados maldixeron la salida, y clamaron por volverse al quartel: en cuya impaciencia entraron poco despues los Capitanes, y no se trabajó mucho en reducir á Narbáez, que sentia tambien su incomodidad: faltando en todos la costumbre de resistir á las inclemencias del tiempo; y en muchos la inclinacion á un rompimiento de tantos inconvenientes.

Habia llegado poco ántes aviso de que se mantenia Cortés de la otra parte del rio: de que, no sin alguna disculpa, conjeturaron que no habia que rezelar por aquella noche; y como nunca se halla con dificultad la razon que busca el deseo, dieron todos por conveniente la retirada, y la pusieron en execucion desconcertadamente, caminando al cubierto, ménos como soldados, que como fugitivos.

No permitió Narbáez que su exército se desuniese aquella noche, mas porque discurrió en salir temprano á la campaña, que porque tuviese algun rezelo de Cortés; aunque afectó por los demas el cuidado á que obligaba la cercanía del enemigo. Alojaronse todos en el adoratorio principal de la villa, que constaba de tres torreones ó capillas poco distantes: sitio eminente y capaz, á cuyo plano se subia por unas gradas pendientes y desabridas, que daban mayor seguridad á la eminencia.

Guarneció con su artillería el pretil que servia de remate á las gradas; eligió para su persona el torreon de en medio, donde se retiró con algunos Capitanes, y hasta cien hombres de su confidencia, y repartió en los otros dos el resto de la gente: dispuso que saliesen algunos caballos á correr la campaña; nombró dos centinelas que se alargasen á reconocer las avenidas: y con estos resguardos que, á su parecer, no dexaban que desear á la buena disciplina, dió al sosiego lo que restaba de la noche, tan lejos el peligro de su imaginacion, que se dexó rendir al sueño con poca ó ninguna resistencia del cuidado.

Despachó luego Andres de Duero á Hernan Cortés un confidente suyo, que pudo echar fuera de la plaza con poco riesgo, para que á boca le diese cuenta de la retirada, y de la forma en que se habia dispuesto el alojamiento, mas por asegurarle amigablemente que podia pasar la noche sin rezelo, que por advertirle ó provocarle á nuevos designios. Pero él con esta noticia tardó poco en determinarse á lograr la ocasion que, á su parecer, le convidaba con el suceso. Tenia premeditados todos los lances que se le podian ofrecer en aquella guerra: y alguna vez se deben cerrar los ojos á las dificultades, porque suelen parecer mayores desde lejos; y hay casos en que daña el discurrir al executar. Convocó su gente sin mas dilacion y la puso en órden, aunque duraba la tempestad; pero aquellos soldados, endurecidos ya en mayores trabajos, obedecieron, sin hacer caso de su incomodidad, ni preguntar la ocasion de aquel movimiento inopinado: tanto se dexaban á la providencia de su Capitan. Pasaron el rio con el agua sobre la cintura: y vencida esta dificultad, hizo á todos un breve razonamiento, en que les comunicó lo que llevaba discurrido, sin poner duda en su resolucion, ni cerrar las puertas al consejo. Dióles noticia de la turbacion con que se habian retirado los enemigos, buscando el abrigo de su quartel contra el rigor de la noche, y de la separacion y desórden con que habian ocupado los torreones del adoratorio: ponderó él el descuido y seguridad en que se hallaban: la facilidad con que podrian ser asaltados ántes que llegasen á unirse, ó tuviesen lugar para doblarse: y viendo que no solo se aprobaba, pero se aplaudia la proposicion:

"Esta noche, prosiguió diciendo con nuevo fervor, esta noche, amigos, ha puesto el Cielo en nuestras manos la mayor ocasion que se pudiera fingir nuestro deseo: veréis agora lo que fio de vuestro valor; y yo confesaré que vuestro mismo valor hace grandes mis intentos. Poco ha que aguardabamos á nuestros enemigos con esperanza de vencerlos al reparo de esa ribera: ya los tenemos descuidados y desunidos, militando por nosotros el mismo desprecio con que nos tratan. De la impaciencia vergonzosa con que desampararon la campaña, huyendo esos rigores de la noche, pequeños males de la naturaleza, se colige como estarán en el sosiego unos hombres que le buscaron con floxedad, y le desfrutan sin rezelo. Narbáez entiende poco de las puntualidades á que obligan las contingencias de la guerra. Sus soldados por la mayor parte son visoños, gente de la primera ocasion, que no ha menester la noche para moverse con desacierto y ceguedad: muchos se hallan desobligados ó quejosos de su Capitan: no faltan algunos á quien debe inclinacion nuestro partido; ni son pocos los que aborrecen como voluntario este rompimiento: y suelen pesar los brazos quando se mueven contra el dictámen ó contra la voluntad. Unos y otros se deben tratar como enemigos hasta que se declaren: porque, si ellos nos vencen, hemos de ser nosotros los traydores. Verdad es que nos asiste la razon; pero en la guerra es la razon enemiga de los negligentes, y ordinariamente se quedan con ella los que pueden mas. A usurparos vienen quanto habeis adquirido; no aspiran á ménos que hacerse dueños de vuestra libertad, de vuestras haciendas, y de vuestras esperanzas: suyas han de llamar nuestras victorias; suya la tierra que habeis conquistado con vuestra sangre: suya la gloria de vuestras hazañas: y lo peor es, que con el mismo pie que intentan pisar nuestra cerviz, quieren atropellar el servicio de nuestro Rey, y atajar los progresos de nuestra Religion; porque se han de perder si nos pierden; y siendo suyo el delito, han de quedar en duda los culpados. A todo se ocurre con que obreis esta noche como acostumbrais; mejor sabréis executarlo, que yo discurrirlo: alto á las armas y á la costumbre de vencer: Dios y el Rey en el corazon, el pundonor á la vista, y la razon en las manos, que yo seré vuestro compañero en el peligro; y entiendo ménos de animar con las palabras, que de persuadir con el exemplo."

Quedaron tan encendidos los ánimos con esta oracion de Cortés, que hacian instancia los saldados sobre que no se dilatáse la marcha. Todos le agradecieron el acierto de la resolucion, y algunos le protestaron que, si trataba de ajustarse con Narbáez, le habian de negar la obediencia: palabras de hombres resueltos, que no le sonaron mal, porque hacian al brio mas que al desacato. Formó, sin perder tiempo, tres pequeños esquadrones de su gente, los quales se habian de ir sucediendo en el asalto. Encargó el primero á Gonzalo de Sandoval con sesenta hombres, en cuyo número fueron comprehendidos los Capitanes Jorge y Gonzalo de Alvarado, Alonso Dávila, Juan Velazquez de Leon, Juan Nuñez de Mercado, y nuestro Bernal Diaz del Castillo. Nombró por Cabo del segundo al Maestre de Campo Christoval de Olid, con otros sesenta hombres, y asistencia de Andres de Tapia, Rodrigo Rangel, Juan Xaramillo y Bernardino Vazquez de Tapia: y él se quedó con el resto de la gente, y con los Capitanes Diego de Ordaz, Alonso de Grado, Christoval y Martin de Gamboa, Diego Pizarro y Domingo de Alburquerque. La órden fué, que Gonzalo de Sandoval con su vanguardia procuráse vencer la primera dificultad de las gradas, y embarazar el uso de la artillería, dividiéndose á estorvar la comunicacion de los dos torreones de los lados, y poniendo gran cuidado en el silencio de su gente. Que Christoval de Olid subiese inmediatamente con mayor diligencia, y embistiese al torreon de Narbáez, apretando el ataque á viva fuerza; y él seguiria con los suyos para dar calor, y asistir donde llamáse la necesidad, rompiendo entónces las caxas y demas estruendos militares, para que su misma novedad diese al asombro y á la confusion el primer movimiento del enemigo.

Entró luego Fray Bartolomé de Olmedo con su exôrtacion espiritual, y asentado el presupuesto de que iban á pelear por la causa de Dios, los dispuso á que hiciesen de su parte lo que debian para merecer su favor. Habia una cruz en el camino, que fixaron ellos mismos quando pasaron á México; y puesto de rodillas delante de ella todo el exército, les dictó un acto de contricion, que iban repitiendo con voz afectuosa: mandóles decir la confesion general, y bendiciéndolos despues con la forma de la absolucion, dexó en sus corazones otro espíritu de mejor calidad, aunque parecido al primero: porque la quietud de la conciencia quita el horror á los peligros, ó mejora el desprecio de la muerte.

Concluida esta piadosa diligencia, formó Hernan Cortés sus tres esquadrones: puso en su lugar las picas y las bocas de fuego: repitió las órdenes á los Cabos: encargó á todos el silencio: dió por seña y por invocacion el nombre del Espíritu Santo, en cuya Pascua sucedió esta interpresa: y empezó á marchar en la misma ordenanza que se habia de acometer, caminando muy poco á poco, porque llegáse descansada la gente, y por dar tiempo á la noche para que se apoderáse mas de su enemigo; de cuya ciega seguridad y culpable descuido pensaba servirse para vencerle á ménos costa, sin quedarle algun escrúpulo de que obraba ménos valerosamente que solia en este género de insidias generosas, que llamó la antigüedad delitos de Emperadores ó Capitanes Generales; siendo los engaños, que no se oponen á la buena fé, lícitas permisiones del arte militar, y disputable la preferencia entre la industria y el valor de los soldados.

CAPITULO X.

Llega Hernan Cortés á Zempoala, donde halla resistencia: consigue con las armas la victoria: prende á Narbáez, cuyo exército se reduce á servir debaxo de su mano.

Habria marchado el exército de Cortés algo mas de media legua, quando volvieron los batidores con una centinela de Narbáez, que cayó en sus manos, y dieron noticia de que se les habia escapado entre la maleza otra que venia poco despues: accidente que destruia el presupuesto de hallar descuidado al enemigo. Hizose una breve consulta entre Capitanes: y vinieron todos en que no era posible que aquel soldado (caso que hubiese descubierto el exército) se atreviese por entónces á seguir el camino derecho, siendo mas verisímil que tómase algun rodeo, por no dar en el peligro: de que resultó, con aplauso comun, la resolucion de alargar el paso para llegar ántes que la espía, ó entrar al mismo tiempo en el quartel de los enemigos: suponiendo, que si no se lográse la ventaja de asaltarlos dormidos, se conseguiria por lo ménos la de hallarlos mal despiertos, y en el preciso embarazo de la primera turbacion. Así lo discurrieron sin detenerse, y empezaron á marchar en mayor diligencia, dexando en un ribazo fuera del camino los caballos, el bagage y los demas impedimentos. Pero la centinela, que debió á su miedo parte de su agilidad, consiguió el llegar ántes, y puso en arma el quartel, diciendo á voces que venia el enemigo. Acudieron á las armas los que se hallaron mas prontos. Llevaronle á la presencia de Narbáez; y él, despues de hacerle algunas preguntas, despreció el aviso y al que le traia, teniendo por impracticable que se atreviese Cortés á buscarle con tan poca gente dentro de su alojamiento, ni pudiese campear en noche tan obscura y tempestuosa.

Serian poco mas de las doce quando llegó Hernan Cortés á Zempoala, y tuvo dicha en que no le descubriesen los caballos de Narbáez que, al parecer, perdieron el camino con la obscuridad, sino se apartaron de él para buscar algun abrigo en que defenderse del agua. Pudo entrar en la villa, y llegar con su exército á vista del adoratorio, sin hallar un cuerpo de guardia, ni una centinela en que detenerse. Duraba entónces la disputa de Narbáez con el soldado, que se afirmaba de haber reconocido, no solamente los batidores, sino todo el exército en marcha diligente; pero se buscaban todavia pretextos á la seguridad, y se perdia en el exâmen de la noticia el tiempo que, aun siendo incierta, se debia lograr en la prevencion. La gente andaba inquieta y desvelada cruzando por el atrio superior: unos dudosos, y otros en la inteligencia de su Capitan; pero todos con las armas en las manos; y poco ménos que prevenidos.

Conoció Hernan Cortés que le habian descubierto: y hallándose ya en el segundo caso que llevaba discurrido, trató de asaltarlos ántes que se ordenasen. Hizo la seña de acometer: y Gonzalo de Sandoval con su vanguardia empezó á subir las gradas, segun el órden que llevaba. Sintieron el rumor algunos de los artilleros que estaban de guardia: y dando fuego á dos ó tres piezas, tocaron arma segunda vez, sin dexar duda en la primera. Siguióse al estruendo de la artillería el de las caxas y las voces: y acudieron luego á la defensa de las gradas los que se hallaron mas cerca. Creció brevemente la oposicion: estrechóse á las picas y á las espadas el combate: y Gonzalo de Sandoval hizo mucho en mantenerse, forcejando á un tiempo con el mayor número de la gente, y con la diferencia del sitio inferior; pero le socorrió entónces Christoval de Olid: y Hernan Cortés, dexando formado su reten, se arrojó á lo mas ardiente del conflicto, y facilitó el avance de unos y otros, obrando con la espada lo que infundia con la voz: á cuyo esfuerzo no pudieron resistir los enemigos, que tardaron poco en dexar libre la última grada, y poco mas en retirarse desordenadamente, desamparando el atrio y la artillería. Huyeron muchos á sus alojamientos, y otros acudieron á cubrir la puerta del torreon principal, donde se volvió á pelear breve rato con igual valor de ambas partes.

Dexóse ver á este tiempo Pámphilo de Narbáez, que se detuvo en armarse á persuasion de sus amigos; y despues de animar á los que peleaban, y hacer quanto pudo para ordenarlos, se adelantó con tanto denuedo á lo mas recio del combate, que, hallándose cerca Pedro Sanchez Farfan, uno de los soldados que asistian á Sandoval, le dió un picazo en el rostro, de cuyo golpe le sacó un ojo, y derribó en tierra, sin mas aliento que el que hubo menester para decir que le habian muerto. Corrió esta voz entre sus soldados, y cayó sobre todos el espanto y turbacion con varios efectos: porque unos le desampararon ignominiosamente; otros se detuvieron por falta de movimiento; y los que mas se quisieron esforzar á socorrerle, peleaban embarazados y confusos del súbito accidente: con que se hallaron obligados á retroceder, dando lugar á los vencedores para que le retirasen. Baxaronle por las gradas poco ménos que arrastrado. Envió Cortés á Gonzalo de Sandoval para que cuidáse de asegurar su persona, lo qual se executó, entregándole al último esquadron: y el que poco ántes miraba con tanto descuido aquella guerra se halló al volver en sí, no solo con el dolor de su herida, sino en poder de sus enemigos, y con dos pares de grillos, que le ponian mas lejos su libertad.

Llegó el caso de cesar la batalla, porque cesó la resistencia. Encerraronse todos los de Narbáez en sus torreones tan amedrentados que no se atrevian á disparar, y solo cuidaban de poner estorvos á la entrada. Los de Cortés apellidaron á voces la victoria, unos por Cortés, y otros por el Rey, y los mas atentos por el Espíritu Santo: gritos de alborozo anticipado, que ayudaron entónces al terror de los enemigos: y fué circunstancia que hizo al caso en aquella coyuntura, que se persuadiesen los mas á que traia Cortés un exército muy poderoso, el qual, á su parecer, ocupaba gran parte de la campaña; porque desde las ventanas de su encerramiento descubrian á diferentes distancias algunas luces, que, interrumpiendo la obscuridad, parecian á sus ojos cuerdas encendipas y tropas de arcabuceros: siendo unos gusanos que resplandecen de noche, semejantes á nuestras lucernas ó noctilúcas, aunque de mayor tamaño y resplandor en aquel hemisferio. Aprehension que hizo particular batería en el vulgo del exército, y que dexó dudosos á los que mas se animaban. Tanto engaña el temor á los afligidos, y tanto se inclinan los adminículos menores de la casualidad á ser parciales de los afortunados.

Mandó Cortés que cesasen las aclamaciones de la victoria, cuya credulidad intempestiva suele dañar en los exércitos, y se debe atajar, porque descuida y desordena los soldados. Hizo volver la artillería contra los torreones; dispuso que á guisa de pregon se publicáse indulto general á favor de los que se rindiesen, ofreciendo partidos razonables y comunicacion de interéses á los que se determinasen á seguir sus banderas, libertad y pasage á los que se quisiesen retirar á la Isla de Cuba, y á todos salva la ropa y las personas: diligencia que fué bien discurrida, porque importó mucho que se hiciese notoria esta manifestacion de su ánimo, ántes que el dia, cuya primera luz no estaba lejos, desengañáse aquella gente de las pocas fuerzas que los tenian oprimidos, y les diese resolucion para cobrarse de la pusilanimidad mal concebida: que algunas veces el miedo suele hacerse temeridad, avergonzando al que le tuvo con poco fundamento.

Apénas se acabó de intimar el bando á las tres separaciones donde se habia retraido la gente, quando empezaron á venir tropas de Oficiales y soldados á rendirse. Iban entregando las armas como llegaban: y Cortés, sin faltar á la urbanidad ni al agasajo, hizo tambien desarmar á sus confidentes, porque no se les conociese la inclinacion, ó porque diesen exemplo á los demas. Creció tanto en breve tiempo el número de los rendidos, que fué necesario dividirlos, y asegurarlos con guardia suficiente, hasta que, saliendo el dia, se descubriesen las caras y los afectos.

Cuidó en este intermedio Gonzalo de Sandoval de que se curáse la herida de Narbáez: y Hernan Cortés, que acudia incansablemente á todas partes, y tenia en aquella su principal cuidado, se acercó á verle con algun recato, por no afligirle con su presencia; pero le descubrió el respeto de sus soldados: y Narbáez, volviéndole á mirar con semblante de hombre que no acababa de conocer su fortuna, le dixo:

"Tened en mucho, señor Capitan, la dicha que habeis conseguido en hacerme vuestro prisionero."

A que le respondió Cortés;

"De todo, amigo, se deben las gracias á Dios; pero sin género de vanidad os puedo asegurar que pongo esta victoria y vuestra prision entre las cosas menores que se han obrado en esta tierra."

Llegó entónces noticia de que se resistia con obstinacion uno de los torreones donde se habian hecho fuertes el Capitan Salvatierra y Diego Velazquez el mozo, deteniendo con su autoridad y persuasiones á los soldados que se hallaban con ellos. Volvió Cortés á subir las gradas: hizoles intimar que se rindiesen, ó serian tratados con todo el rigor de la guerra; y viéndolos resueltos á defenderse ó capitular, dispuso, no sin alguna cólera, que se disparasen al torreon dos piezas de artillería: y poco despues ordenó á los artilleros que levantasen la mira, y diesen la carga en lo alto del edificio, mas para espantar que para ofender. Así lo executaron; y no fué necesaria mayor diligencia para que saliesen muchos á pedir quartel, dexando libre la entrada de la torre, que acabó da allanar Juan Velazquez de Leon con una esquadra de los suyos, prendiendo á los Capitanes Salvatierra y Velazquez, enemigos declarados, de quien se podia temer que aspirasen á ocupar el vacío de Narbáez: con que se declaró enteramente la victoria por Cortés. Murieron de su parte solo dos soldados, y hubo algunos heridos, de los quales hay quien diga que murieron otros dos. En el exército contrario quedaron muertos quince soldados, un Alferez y un Capitan, y fué mucho mayor el número de los heridos. Narbáez y Salvatierra fueron llevados á la Vera Cruz con la guardia que pareció necesaria. Quedó prisionero de Juan Velazquez de Leon Diego Velazquez el mozo: y aunque le tenia justamente irritado con el lance de Zempoala, cuidó con particular asistencia de su cura y regalo. Generosidad, en que medió como intercesora la igualdad de la sangre, y como superior la nobleza del ánimo. Y todo esto quedó executado ántes de amanecer. ¡Notable faccion, en que se midieron por instantes los aciertos de Cortés, y los desalumbramientos de Narbáez!

Al romper del Alva llegaron los dos mil Chinantécas que se habian prevenido; y aunque vinieron despues de la victoria, celebró Cortés el socorro, teniéndole por oportuno, para que viesen los de Narbáez que no faltaban amigos que le asistiesen. Miraban aquellos pobres rendidos con vergüenza y confusion el estado en que se hallaban: dióles el dia con su ignominia en los ojos: vieron llegar este socorro, y conocieron las pocas fuerzas con que se habia conseguido la victoria: maldecian la confianza de Narbáez: acusaban su descuido: y todo cedia en mayor estimacion de Cortés, cuya vigilancia y ardimiento ponderaban con igual admiracion. Prerogativa es del valor, en la guerra particularmente, que no le aborrezcan los mismos que le envidian: pueden sentir su fortuna los perdidosos; pero nunca desagradan al vencido las hazañas del vencedor. Máxîma que se verificó en esta ocasion: porque cada uno, sin fiarse de los demas, se iba inclinando á mejorar de Capitan, y á seguir las banderas de un exército donde vencian y mendraban los soldados. Habia entre los prisioneros algunos amigos de Cortés, muchos aficionados á su valor y muchos á su liberalidad. Rompieron los amigos el velo de la disimulacion, dieron principio á sus aclamaciones, con que se declararon luego los aficionados, siguiendo á la mayor parte los demas. Permitióse que fuesen llegando á la presencia del nuevo Capitan: arrojáronse muchos á sus pies, si él no los detuviera con los brazos: dieron todos el nombre, haciendo pretension de ganar antigüedad en las listas: no hubo entre tantos uno que se quisiese volver á la Isla de Cuba: y logró con esto Hernan Cortés el principal fruto de su empresa; porque no deseaba tanto vencer, como conquistar aquellos Españoles. Fué reconociendo los ánimos, y halló en todos bastante sinceridad, pues ordenó luego que se les volviesen las armas: accion que resistieron algunos de sus Capitanes; pero no faltarian motivos á esta seguridad, siendo amigos los que mas suponian entre aquella gente, y estando allí los Chinantécas, que aseguraban su partido. Conocieron ellos el favor que recibian: aplaudieron esta confianza con nuevas aclamaciones; y él se halló en breves horas con un exército que pasaba ya de mil Españoles, presos los enemigos de quien se podia rezelar, con una armada de once navios y siete bergantines á su disposicion, deshecho el último esfuerzo de Velazquez, y con fuerzas proporcionadas para volver á la conquista principal: debiéndose todo á su gran corazon, suma vigilancia y talento militar; y no ménos al valor de sus soldados, que abrazaron primero con el ánimo una resolucion tan peligrosa; y despues con la espada y con el brio le dieron, no solamente la victoria, sino el acierto de la misma resolucion; porque al voto de los hombres, que dan ó quitan la fama, el conseguir es credito del intentar, y las mas veces se debe á los sucesos el quedar con opinion de prudentes los consejos aventurados.

CAPITULO XI.

Pone Cortés en obediencia la cabellería de Narbáez, que andaba en la campaña: recibe noticia de que habian tomado las armas los Mexicanos contra los Españoles que dexó en aquella corte: marcha luego con su exército, y entra en ella sin oposicion.

No se dexó ver aquella noche la cabellería de Narbáez, que pudiera embarazar mucho á Cortés, si hubiera quedado en la disposicion que pedia una plaza de armas en tan corta distancia del enemigo. Pero allí se olvidaron todas las reglas de la milicia, y dado el yerro de la negligencia en un Capitan, ó se hace ménos extraño lo que se dexó de advertir, ó pasan por conseqüencias los absurdos. Valiéronse de los caballos para escapar los que duraron ménos en la ocasion: y á la mañana se tuvo noticia de que andaban incorporados con los batidores que salieron la noche ántes, formando un cuerpo de hasta quarenta caballos que discurrian por la campaña con señas de resistir. Dió poco rezelo esta novedad, y Hernan Cortés, ántes de pasar á términos de mayor resolucion, nombró al Maestre de Campo Christoval de Olid, y al Capitan Diego de Ordaz para que fuesen á procurar reducirlos con suavidad: como lo executaron y consiguieron á la primera insinuacion de que serian admitidos en el exército con la misma gratitud que sus compañeros, cuyo partido y exemplar bastó para que viniesen todos á rendirse y tomar servicio con sus armas y caballos. Tratóse luego de curar los heridos y alojar la gente, á que asistieron alegres y oficiosos el Cacique y sus Zempoales, celebrando la victoria, y disponiendo el hospedage de sus amigos con un género de regocijo interesado, en que, al parecer, respiraban de la fatiga y servidumbre antecedente.

No se descuidó Hernan Cortés en asegurarse de la armada, punto esencial en aquella ocurrencia. Despachó sin dilacion al Capitan Francisco de Lugo para que hiciese poner en tierra, y conducir á la Vera Cruz las velas, xarcias y timones de todos los baxeles. Ordenó que viniesen á Zempoala los pilotos y marineros de Narbáez, y envió de los suyos los que parecieron bastantes para la seguridad de los buques: por cuyo cabo fué un Maestre que se llamaba Pedro Caballero: bastante ocupacion para que le honráse Bernal Diaz con título de Almirante de la mar.

Dispuso que se volviesen á su provincia los Chinantécas, agradeciendo el socorro como si hubiera servido: y despues se dieron algunos dias al descanso de la gente, en los quales vinieron los pueblos vecinos y Caciques del contorno á congratularse con los Españoles buenos ó Teules mansos, que así llamaban á los de Cortés. Volvieron á revalidar su obediencia y á ofrecer su amistad: acompañando esta demostracion con varios presentes y regalos, de que no poco se admiraban los de Narbáez: empezando á experimentar las mejoras del nuevo partido en el agasajo y seguridad de aquella gente, que vieron poco ántes escarmentada y desabrida.

En todo este fervor de sucesos favorables traia Hernan Cortés á México en el corazon: no se apartaba un instante su memoria del riesgo en que dexó á Pedro de Alvarado y sus Españoles, cuya defensa consistia únicamente en aquello poco que se podia fiar de la palabra que le dió Motezuma de no hacer novedad en su ausencia: vínculo desacreditado en la soberana voluntad de los Reyes; porque algunos estadistas le procuran desatar con varias soluciones, defendiendo que no les obliga su observancia como á los particulares: en cuyo dictámen pudo hallar entónces Hernan Cortés bastante razon de temer, sin aprobar con su rezelo esta política irreverente, por ser lo mismo hallar falencia en las palabras de los Reyes, que apartar de los Príncipes la obligacion de Caballeros.

Hecho el ánimo á volverse luego, y no atreviéndose á llevar consigo tanta gente, por no desconfiar á Motezuma ó remover los humores de su corte, resolvió dividir el exército, y emplear alguna parte de él en otras conquistas. Nombró á Juan Velazquez de Leon para que fuese con doscientos hombres á pacificar la provincia de Panúco, y á Diego de Ordaz para que se apartáse con otros doscientos á poblar la de Guazacoalco: reservando para sí poco mas de seiscientos Españoles, número que le pareció proporcionado para entrar en la corte con apariencias de modesto, sin olvidar las señas de vencedor.

Pero al mismo tiempo que se daba execucion á este designio, se ofreció novedad, que le obligó á tomar otra senda en sus disposiciones. Llegó carta de Pedro de Alvarado en que le avisaba:

"que habian tomado las armas contra él los Mexicanos; y á pesar de Motezuma, que perseveraba todavia en su alojamiento, le combatian con freqüentes asaltos, y tanto número de gente, que se perderian sin remedio él y todos los suyos, si no fuesen socorridos con brevedad."

Vino con esta noticia un soldado Español, y en su escolta un Embaxador de Motezuma, cuya representacion fué

"darle á entender que no habia sido en su mano el reprimir á sus vasallos: ponerle delante lo que padecia su autoridad con los amotinados: asegurarle que no se apartaria de Pedro de Alvarado y sus Españoles: y últimamente llamarle á su corte para el remedio:"

fuese de la misma sedicion, ó fuese del peligro en que se hallaban aquellos Españoles, que uno y otro arguye confianza y sinceridad.

No fué necesario poner en consulta la resolucion que se debia tomar en este caso, porque se adelantó el voto comun de los Capitanes, y soldados á mirar como empeño inexcusable la jornada: pasando algunos á tener por oportuno y de buen presagio un accidente que les servia de pretexto para excusar la desunion de sus fuerzas, y volver con todo el grueso á la corte; de cuya reduccion debian tomar su principio las demas conquistas. Nombró luego Hernan Cortés por Gobernador de la Vera Cruz, como Teniente de Gonzalo de Sandoval, á Rodrigo Rangel, persona de cuya inteligencia y cuidado pudo fiar la seguridad de los prisioneros y la conservacion de los aliados. Hizo que pasáse muestra su exército; y dexando en aquella plaza la guarnicion que pareció necesaria, y bastante seguridad en los baxeles, halló que constaba de mil infantes y cien caballos. Dividióse la marcha en diferentes veredas, por no incomodar los pueblos, ó por facilitar la provision de los víveres: señalóse por plaza de armas un parage conocido cerca de Tlascála, donde pareció que debian entrar unidos y ordenados: y aunque fueron delante algunos comisarios á tener bastecidos los tránsitos, no bastó su diligencia para que dexasen de padecer los que iban fuera del camino principal algunos ratos de hambre y sed intolerable. Fatiga que sufrieron los de Narbáez sin descaecer ni murmurar; siendo aquellos mismos que poco ántes rindieron el sufrimiento á menor inclemencia. Pudose atribuir esta novedad al exemplo de los veteranos, ó á las esperanzas que llevaban en el corazon: dexando alguna parte á la diferencia del Capitan, cuya opinion suele tener sus influencias ocultas en la paciencia de los soldados.

Antes de partir, respondió Hernan Cortés por escrito á Pedro de Alvarado, y por su Embaxador á Motezuma, dándoles cuenta de su victoria, de su vuelta y del aumento de su exército: al uno, para que se alentase con esperanza de mayor socorro: y al otro, para que no extrañáse verle con tantas fuerzas, quando los tumultos de su corte le obligaban á no dividirlas. Procuró medir el tiempo con la necesidad: alargó las marchas quanto pudo: estrechó las horas al descanso, hallándole su actividad en su mismo trabajo. Hizo alguna mansion en la plaza de armas para recoger la gente que venia extraviada: y últimamente llegó á Tlascála en diez y siete de Junio con todo el exército puesto en órden, cuya entrada fué lucida y festejada. Magiscatzín hospedó á Cortés en su casa: los demas hallaron comodidad, obsequio y regalo en su alojamiento. Andaba en los Tlascaltécas mal encubierto el odio de los Mexicanos con el amor de los Españoles: referian su conspiracion, y el aprieto en que se hallaba Pedro de Alvarado, con circunstancias de mas afectacion que certidumbre: ponderaban el atrevimiento y la poca fé de aquella nacion, provocando los ánimos á la venganza, y mezclando con poco artificio el avisar y el influir. Culpas encarecidas con zelo sospechoso, y verdades en boca del enemigo, que se introducen como informes para declinar en acusaciones.

Resolvió el Senado hacer un esfuerzo grande, y convocar todas sus milicias para que asistiesen á Cortés en esta ocasion, no sin alguna razon de estado, mejor entendida que recatada: porque deseaban arrimar su interés á la causa del amigo, y servirse de sus fuerzas para destruir de una vez la nacion dominante que tanto aborrecian. Conocióse fácilmente su intencion; y Hernan Cortés con señas de agradecido y lisonjeado reprimió el orgullo con que se disponian á seguirle, contraponiendo á las instancias del Senado algunas razones aparentes, que en la substancia venian á ser pretextos contra pretextos. Pero admitió hasta dos mil hombres de buena calidad, con sus Capitanes ó Cabos de quadrillas, los quales siguieron su marcha, y fueron de servicio en las ocasiones siguientes. Llevó esta gente por dar mayor seguridad á su empresa, ó mantener la confianza de los Tlascaltécas, acreditados ya de valientes contra los Mexicanos: y no llevó mayor número por no escandalizar á Motezuma, ó poner en desesperacion á los rebeldes. Era su intento entrar en México de paz, y ver si podia reducir aquel pueblo con los remedios moderados, sin acordarse por entónces de su irritacion, ni discurrir en el castigo de los culpados; si ya no queria que fuese primero la quietud: por ser dos cosas que se consiguen mal á un mismo tiempo, el sosiego de la sedicion, y el escarmiento de los sediciosos.

Llegó á México dia de San Juan, sin haber hallado en el camino mas embarazo que la variedad y discordancia de las noticias. Pasó el exército la laguna sin oposicion, aunque no faltaron señales que hiciesen novedad en el cuidado. Hallaronse deshechos y abrasados los dos bergantines de fábrica Española; desiertos los arrabales y el barrio de la entrada: rotos los puentes que servian á la comunicacion de las calles: y todo en un silencio que parecia cauteloso. Indicios que obligaron á caminar poco á poco, suspendiendo los avances, y ocupando la infantería lo que dexaban reconocido los caballos. Duró este rezelo hasta que, descubriendo el socorro los Españoles que asistian á Motezuma, levantaron el grito y aseguraron la marcha. Baxó con ellos Pedro de Alvarado á la puerta del alojamiento, y se celebró la comun felicidad con igual recocijo. Victoreabanse unos á otros en vez de saludarse: todos se interrumpian: dixeron mucho los brazos y las medias razones: eloqüencias del contento, en que significan mas las voces que las palabras.

Salió Motezuma con algunos de sus criados hasta el primer patio, donde recibió á Cortés, tan copiosa de afectos su alegría, que tocó en exceso, y se llevó tras sí la majestad. Es cierto, y nadie lo niega, que deseaba su venida, porque ya necesitaba de sus fuerzas y consejo para reprimir á los suyos, ó por la misma privacion en que se hallaba de aquel género de libertad que le permitia Cortés, dexándole salir á sus divertimientos: licencia de que no quiso usar en todo el tiempo de su ausencia: siendo cierto que ya consistia su prision en la fuerza de su palabra, cuyo desempeño le obligó á no desviarse de los Españoles en aquella turbacion de su república.

Bernal Diaz del Castillo dice que correspondió Hernan Cortés con desabrimiento á esta demostracion de Motezuma: que le torció el rostro, y se retiró á su quarto sin visitarle ni dexarse visitar: que dixo contra él algunas palabras descompuestas delante de sus mismos criados: y añade como de propio dictámen:

"Que por tener consigo tantos Españoles, hablaba tan ayrado y descomedido."

Terminos son de su Historia. Y Antonio de Herrera le desautoriza mas en la suya: porque se vale de su misma confesion para comprobar su desacierto con estas palabras:

"Muchos han dicho haber oido decir á Hernando Cortés que, si en llegando visitára á Motezuma, sus cosas pasaran bien; y que lo dexó, estimándole en poco por hallarse tan poderoso."

Y trae á este propósito un lugar de Cornelio Tácito, cuya substancia es, que los sucesos prósperos hacen insolentes á los grandes Capitanes. No lo dice así Francisco Lopez de Gómara, ni el mismo Hernan Cortés en la segunda relacion de su jornada, que pudiera tocarlo para dar los motivos que le obligaron á semejante aspereza, tuviese razon, ó fuese disculpa. Quede al arbitrio de la sinceridad el credito que se debe á los Autores, y seanos lícito dudar en Cortés una sinrazon tan fuera de propósito. Los mismos Herrera y Castillo asientan que Motezuma resistió esta sedicion de sus vasallos: que los detuvo y reprimió siempre: que intentaron asaltar el quartel: y que, si no fuera por la sombra de su autoridad, hubieran perecido infaliblemente Pedro de Alvarado y los suyos. Nadie niega que Cortés lo llevó entendido así; ni el hallarle cumpliendo su palabra le dexaba razon de dudar: siendo fuera de toda proporcion que aquel Príncipe moviese las armas que detenia, y se dexáse estar cerca de los que intentaba destruir. Accion parece indigna de Cortés el despreciarle, quando podia llegar el caso de haberle menester, y no era de su genio la destemplanza que se le atribuye como efecto de la prosperidad. Puedese creer, ó sospechar á lo ménos, que Antonio de Herrera entró con poco fundamento en esta noticia, reincidiendo en los manuscritos de Bernal Diaz, apasionado intérprete de Cortés: y pudo ser que se inclináse á seguir su opinion por lograr la sentencia de Tácito. Ambicion peligrosa en los historiadores: porque suele torcerse ó ladearse la narracion para que vengan á propósito las márgenes y no es de todos entenderse á un tiempo con la verdad y con la erudicion.

CAPITULO XII.

Dáse noticia de los motivos que tuvieron los Mexicanos para tomar las armas. Sale Diego de Ordaz con algunas compañías á reconocer la ciudad: da en una zelada que tenian prevenida; y Hernan Cortés resuelve la guerra.

Dos ó tres dias ántes que llegáse á México el exército de Cortés se retiraron los rebeldes á la otra parte de la ciudad; cesando en sus hostilidades cavilosamente, segun lo que se pudo inferir del suceso. Hallábanse asegurados en el exceso de sus fuerzas, y orgullosos de haber muerto en los combates pasados tres ó quatro Españoles: caso extraordinario, en que adquirieron, á costa de mucha gente, nueva osadía ó mayor insolencia. Supieron que venia Cortés, y no pudieron ignorar lo que habia crecido su exército; pero estuvieron tan lejos de temerle, que hicieron aquel ademan de retirarse para dexarle franca la entrada, y acabar con todos los Españoles despues de tenerlos juntos en la ciudad. No se llegó á penetrar entónces este designio, aunque se tuvo por ardid la retirada: y pocas veces se engaña quien discurre con malicia en las acciones del enemigo.

Alojóse todo el exército en el recinto del mismo quartel, donde cupieron Españoles y Tlascaltécas con bastante comodidad: distribuyeronse las guardias y las centinelas, segun el rezelo á que obligaba una guerra que habia cesado sin ocasion; y Hernan Cortés se apartó con Pedro de Alvarado para inquirir el orígen de aquella sedicion, y pasar á los remedios con noticia de la causa. Hallamos en este punto la misma variedad en que otras veces ha tropezado el curso de la pluma. Dicen unos que las inteligencias de Narbáez consiguieron esta conjuracion del pueblo Mexicano; y otros que dispuso el motin, y le fomentó Motezuma con ansia de su libertad: en que no es necesario detenernos, pues se ha visto ya el poco fundamento con que se atribuyeron á Narbáez estas negociaciones ocultas; y queda bastantemente defendido Motezuma de semejante inconseqüencia. Dieron algunos el principio de la conspiracion á la fidelidad de los Mexicanos, refiriendo que tomaron las armas para sacar de opresion á su Rey: dictámen que se acerca mas á la razon que á la verdad. Otros atribuyeron este rompimiento al gremio de los sacerdotes, y no sin alguna probabilidad: porque anduvieron mezclados en el tumulto, publicando á voces las amenazas de sus Dioses, y enfureciendo á los demas con aquel mismo furor que los disponia para recibir sus respuestas. Repetian ellos lo que hablaba el demonio en sus ídolos; y aunque no fué suyo el primer movimiento, tuvieron eficacia y actividad para irritar los ánimos, y mantener la sedicion.

Los Escritores forasteros se apartan mas de lo verisímil, poniendo el orígen y los motivos de aquella turbacion entre las atrocidades con que procuran desacreditar á los Españoles en la conquista de las Indias: y lo peor es que apoyan su malignidad citando al Padre Fray Bartolomé de las Casas ó Casaus, que fué despues Obispo de Chiapa, cuyas palabras copian y traducen, dándonos con el argumento de Autor nuestro y testigo calificado. Lo que dexó escrito y anda en sus obras es, que los Mexicanos dispusieron un bayle público, de aquellos que llamaban mitotes, para divertir ó festejar á Motezuma: y que Pedro de Alvarado, viendo las joyas de que iban adornados, convocó su gente, y embistió con ellos, haciéndolos pedazos para quitarselas: en cuyo miserable despojo, dice, que fueron pasados á cuchillo mas de dos mil hombres de la Nobleza Mexicana; con que dexa la conspiracion en términos de justa venganza. Notable despropósito de accion, en que hace falta lo congruente y lo posible. Solicitaba entónces este Prelado el alivio de los Indios, y encareciendo lo que padecian, cuidó ménos de la verdad que de la ponderacion. Los mas de nuestros Escritores le convencen de mal informado en esta y otras enormidades que dexó escritas contra los Españoles. Dicha es hallarle impugnado, para entendernos mejor con el respeto que se debe á su dignidad.

Pero lo cierto fué, que Pedro de Alvarado, poco despues que se apartó de México Hernan Cortés, reconoció en los nobles de aquella corte ménos atencion ó ménos agrado; cuya novedad le obligó á vivir cuidadoso, y velar sobre sus acciones. Valióse de algunos confidentes, que observasen lo que pasaba en la ciudad: supo que andaba la gente inquieta y misteriosa, y que se hacian juntas en casas particulares, con un género de recato mal seguro, que ocultaba el intento, y descubria la intencion. Dió calor á sus inteligencias, y consiguió con ellas la noticia evidente de una conjuracion que se iba forjando contra los Españoles; porque ganó algunos de los mismos conjurados que venian con los avisos, afeando la traycion, sin olvidar el interés. Ibase acercando una fiesta muy solemne de sus ídolos, que celebraban con aquellos bayles públicos, mezcla de nobleza y plebe, y conmocion de toda la ciudad. Eligieron este dia para su faccion, suponiendo que se podrian juntar descubiertamente sin que hiciese novedad. Era su intento dar principio al bayle para convocar el pueblo, y llevarsele tras sí con la diligencia de apellidar la libertad de su Rey y la defensa de sus Dioses: reservando para entónces el publicar la conjuracion, por no aventurar el secreto, fiándose anticipadamente de la muchedumbre: y á la verdad no tenian mal discurrido: que pocas veces falta el ingenio á la maldad.

Vinieron la mañana precedente al dia señalado algunos de los promovedores del motin á verse con Pedro de Alvarado, y le pidieron licencia para celebrar su festividad: rendimiento afectado con que procuraron deslumbrarle; y él, mal asegurado todavia en su rezelo, se la concedió con calidad que no llevasen armas, ni se hiciesen sacrificios de sangre humana; pero aquella misma noche supo que andaban muy solícitos escondiendo las armas en el barrio mas vecino al templo: noticia que no le dexó que dudar, y le dió motivo para discurrir en una temeridad, que tuvo sus apariencias de remedio; y lo pudiera ser, si se aplicára con la debida moderacion. Resolvió asaltarlos en el principio de su fiesta, sin dexarles lugar para que tomasen las armas, ni levantasen el pueblo: y así lo puso en execucion, saliendo á la hora señalada con cincuenta de los suyos, y dando á entender que le llevaba la curiosidad ó el divertimiento. Hallólos entregados á la embriaguez, y envueltos en el regocijo cauteloso, de que se iba formando la traycion. Embistió con ellos, y los atropelló con poca ó ninguna resistencia, hiriendo y matando algunos que no pudieron huir, ó tardaron mas en arrojarse por las cercas y ventanas del adoratorio. Su intento fué castigarlos y desunirlos, lo qual se consiguió sin dificultad, pero no sin desórden, porque los Españoles despojaron de sus joyas á los heridos y á los muertos. Licencia mal reprimida entónces, y siempre dificultosa de reprimir en los soldados, quando se hallan con la espada en la mano, y el oro á la vista.

Dispuso esta faccion Pedro de Alvarado con mas ardor que providencia. Retiróse con desahogos de vencedor, sin dar á entender al concurso popular los motivos de su enojo. Debiera publicar entónces la traycion que prevenian contra él aquellos nobles: manifestar las armas que tenian escondidas; ó hacer algo de su parte para ganar contra ellos el voto de la plebe, fácil siempre de mover contra la nobleza; pero volvió satisfecho de que habia sido justo el castigo, y conveniente la resolucion; ó no conoció lo que importan al acierto los adornos de la razon. Y aquel pueblo, que ignoraba la provocacion, y vió el estrago de los suyos y el despojo de las joyas, atribuyó á la codicia todo el hecho, y quedó tan irritado, que tomó luego las armas, y dió cuerpo formidable á la sedicion, hallándose dentro del tumulto con poca ó ninguna diligencia de los primeros conjurados.

Reprehendió Hernan Cortés á Pedro de Alvarado por el arrojamiento y falta de consideracion con que aventuró la mayor parte de sus fuerzas en dia de tanta comocion, dexando el quartel y su primer cuidado al arbitrio de los accidentes que podian sobrevenir. Sintió que recatáse á Motezuma los primeros lances de aquella inquietud, porque no se fió de él, hasta que le vió á su lado en la ocasion: y debiera comunicarle sus rezelos, quando no para valerse de su autoridad, para sondar su ánimo, y saber si le dexaba seguro con tan poca guarnicion: lo qual fué lo mismo que volver las espaldas al enemigo, de quien mas se debia rezelar: culpó la inadvertencia de no justificar á voces con el pueblo y con los mismos delinqüentes una resolucion de tan violenta exterioridad. De que se conoce que no hubo en el hecho, ni en sus motivos ó circunstancias, la maldad que le imputaron; porque no se contentára Hernan Cortés con reprehender solamente un delito de semejante atrocidad, ni perdiera la ocasion de castigarle, ó prenderle por lo ménos, para introducir la paz con este género de satisfaccion. Antes hallamos que le propuso el mismo Alvarado su prision como uno de los medios que podrian facilitar la reduccion de aquella gente; y no vino en ello, porque le pareció camino mas real servirse de la razon que tuvo el mismo Alvarado contra los primeros amotinados, para desengañar el pueblo, y enflaquecer la faccion de los nobles.

No se dexaron ver aquella tarde los rebeldes, ni despues hubo accidente que turbáse la quietud de la noche. Llegó la mañana, y viendo Hernan Cortés que duraba el silencio del enemigo con señas de cavilacion, porque no parecia un hombre por las calles, ni en todo lo que se alcanzaba con la vista, dispuso que saliese Diego de Ordaz á reconocer la ciudad, y apurar el fondo á este misterio. Llevó quatrocientos hombres Españoles y Tlascaltécas: marchó con buena órden por la calle principal, y á poca distancia descubrió una tropa de gente armada, que le arrojaron, al parecer, los enemigos para cebarle: y avanzando entónces, con ánimo de hacer algunos prisioneros para tomar lengua, descubrió un exército de innumerable muchedumbre que le buscaba por la frente, y otro á las espaldas, que tenian oculto en las calles de los lados, cerrando el paso á la retirada. Embisterionle unos y otros con igual ferocidad, al mismo tiempo que se dexó ver en las ventanas y azuteas de las casas tercer exército de gente popular que cerraba tambien el camino de la respiracion, llenando el ayre de piedras y armas arrojadizas.

Pero Diego de Ordaz, que necesitó de su valor y experiencia para juntar en este conflicto el desahogo con la celeridad, formó y dividió su esquadron segun el terreno, dando segunda frente á la retaguardia: picas y espadas contra las dos avenidas; y bocas de fuego contra las ofensas de arriba. No le fué posible avisar á Cortés del aprieto en que se hallaba; ni él, sin esta noticia, tuvo por necesario el socorrerle, quando le suponia con bastantes fuerzas para executar la órden que llevaba. Pero duró poco el calor de la batalla; porque los Indios embistieron tumultuariamente, y anegados en su mismo número, se impedian el uso de las armas: perdiendo tantos la vida en el primer acometimiento que se reduxeron los demas á distancia que ni podian ofender, ni ser ofendidos. Las bocas de fuego despejaron brevemente los terrados. Y Diego de Ordaz, que venia solo á reconocer, y no debia pasar á mayor empeño, viendo que los enemigos le sitiaban á lo largo, reducidos á pelear con las voces y las amenazas, se resolvió á retirarse abriendo el camino con la espada: y dada la órden, se movió en la misma formacion que se hallaba, cerrando á viva fuerza con los que ocupaban el paso del quartel, y peleando al mismo tiempo con los que se le acercaban, por la parte contrapuesta, ó se descubrian en lo alto de las casas. Consiguióse con dificultad la retirada, y no dexó de costar alguna sangre, porque volvieron heridos Diego de Ordaz y los mas de los suyos, quedando muertos ocho soldados que no se pudieron retirar. Serian acaso Tlascaltécas; porque solo se hace memoria de un Español, que obró señaladamente aquel dia, y murió cumpliendo con su obligacion. Bernal Diaz refiere sus hazañas, y dice que se llamaba Lezcano. Los demas no hablan en él. Quedó sin el nombre cabal que merecia; pero no quede sin la recomendacion de que se puede honrar su apellido. Conoció Hernan Cortés en este suceso que ya no era tiempo de intentar proposiciones de paz, que, disminuyendo la reputacion de sus fuerzas, aumentasen la insolencia de los sediciosos. Determinó hacersela desear ántes de proponersela, y salir á la ciudad con la mayor parte de su exército, para llamarlos con el rigor á la quietud. No se hallaba persona entónces por cuyo medio se pudiese introducir el tratado. Motezuma desconfiaba de su autoridad, ó temia la inobediencia de sus vasallos. Entre los rebeldes no habia quien mandáse, ni quien obedeciese, ó mandaban todos, y nadie obedecia: vulgo entónces sin distincion ni gobierno, que se componia de nobles y plebeyos. Deseaba Cortés con todo el ánimo seguir el camino de la moderacion, y no desconfió de volverle á cobrar; pero tuvo por necesario hacerse atender ántes de ponerse á persuadir: en que obró como diestro Capitan; porque nunca es seguro fiarse de la razon desarmada para detener los ímpetus de un pueblo sedicioso: ella encogida ó balbuciente quando no lleva seguras las espaldas: y él un monstruo inexôrable que, aun teniendo cabeza, le faltan los oidos.

CAPITULO XIII

Intentan los Mexicanos asaltar el quartel, y son rechazados: hace dos salidas contra ellos Hernan Cortés; y aunque ambas veces fueron vencidos y desbaratados, queda con alguna desconfianza de reducirlos.

Persiguieron los Mexicanos á Diego de Ordaz, tratando como fuga su retirada, y siguiendo con ímpetu desordenado el alcance, hasta que los detuvo, á su despecho, la artillería del quartel, cuyo estrago los obligó á retroceder lo que tuvieron por necesario para desviarse del peligro; pero hicieron alto á la vista, y se conoció del silencio y diligencia con que se andaban convocando y disponiendo, que trataban de pasar á nuevo designio.

Era su intento asaltar á viva fuerza el quartel por todas partes; y á breve rato se vieron cubiertas de gente las calles del contorno. Hicieron poco despues la seña de acometer atabales y bocinas: avanzaron todos á un tiempo con igual precipitacion. Traian de vanguardia tropas de Flecheros, para que barriendo la muralla, pudiesen acercarse los demas. Fueron tan cerradas y tan repetidas las cargas que despidieron, haciendo lugar á los que iban señalados para el asalto, que se hallaron los defensores en confusion, acudiendo con dificultad á los dos tiempos de reparar y ofender. Vióse casi anegado en flechas el quartel: y no parezca locucion sobradamente animosa; pues se llegó á señalar gente que las apartáse, porque ofendian segunda vez cerrando el paso á la defensa. Las piezas de artillería, y demas bocas de fuego hacian horrible destrozo en los enemigos; pero venian tan resueltos á morir ó vencer, que se adelantaban de tropel á ocupar el vacío de los que iban cayendo, y se volvian á cerrar animosamente, pisando los muertos, y atropellando los heridos.

Llegaron muchos á ponerse debaxo del cañon, y á intentar el asalto con increible determinacion: valianse de sus instrumentos de pedernal para romper las puertas, y picar las paredes: unos trepaban sobre sus compañeros para suplir el alcance de sus armas: otros hacian escalas de sus mismas picas para ganar las ventanas ó terrados; y todos se arrojaban al hierro y al fuego como fieras irritadas. Notable repeticion de temeridades, que pudieran celebrarse como hazañas, si obrara en ellos el valor algo de lo que obraba la ferocidad.

Pero últimamente fueron rechazados, y se retiraron, para cubrirse, á las travesías de las calles, donde se mantuvieron hasta que los dividió la noche, mas por la costumbre que tenian de no pelear en ausencia del sol, que porque diesen esperanzas de haberse decidido la qüestion. Antes se atrevieron poco despues á turbar el sosiego de los Españoles, poniendo por diferentes partes fuego al quartel: ó ya lo consiguiesen arrimándose á las puertas y ventanas con el amparo de la obscuridad; ó ya le arrojasen á mayor distancia con las flechas de fuego artificial: que pareció mas verisímil, porque la llama creció subitamente á tomar posesion del edificio con tanto vigor, que fué necesario atajarla derribando algunas paredes, y trabajar despues en cerrar y poner en defensa los portillos que se hicieron para impedir la comunicacion del incendio: fatiga que duró la mayor parte de la noche.

Pero apénas se declaró la primera luz de la mañana, quando se dexaron ver los enemigos, escarmentados, al parecer, de acercarse á la muralla, porque solo provocaban á los Españoles para que saliesen de sus reparos: llamabanlos á la batalla con grandes injurias: tratabanlos de cobardes porque se defendian encerrados: y Hernan Cortés, que habia resuelto salir contra ellos aquel dia, tuvo por oportuna esta provocacion para encender los suyos. Dispusolos con una breve oracion al desagravio de su ofensa, y formó, sin mas dilacion, tres esquadrones del grueso que pareció conveniente, dando á cada uno mas Españoles que Tlascaltécas: los dos para que fuesen desembarazando las calles vecinas ó colaterales; y el tercero, donde iba su persona y la fuerza principal de su exército, para que acometiese por la calle de Tacuba, donde habia cargado el mayor grueso del enemigo. Dispuso las hileras, y distribuyó las armas segun la necesidad que habia de pelear por la frente y por los lados, acomodándose á lo que observó Diego de Ordaz en su retirada, y teniendo por digno de su imitacion lo que poco ántes mereció su alabanza: en que mostró la ingenuidad de su ánimo, y que no ignoraba quanto aventuran los superiores que se dedignan de caminar por las huellas de los que fueron delante, quando hay tan poca distancia entre el errar, y él diferenciarse de los que acertaron.

Embistieron todos á un tiempo y los enemigos dieron y recibieron las primeras cargas sin perder tierra ni conocer el peligro, esperando unas veces, y otras acometiendo, hasta llegar á lo estrecho de las armas y los brazos. Esgrimian los chuzos y los montantes con desesperada intrepidez. Entrabanse por las picas y las espadas para lograr el golpe á precio de la vida. Las bocas de fuego, que iban señaladas al opósito de las azuteas y ventanas, no podian atajar la lluvia de las piedras, porque las arrojaban sin descubrirse, y fué necesario poner fuego en algunas casas para que cesáse aquella prolixa hostilidad.

Cedieron finalmente al esfuerzo de los Españoles; pero iban rompiendo los puentes de las calles, y hacian rostro de la otra parte, obligándolos á que cegasen, peleando, las acequias, para seguir el alcance. Los que partieron á desembarazar las calles de los lados cargaron la multitud que las ocupaba con tanta resolucion, que se consiguió por su medio el asegurar la retaguardia, y el llevar siempre al enemigo por la frente, hasta que saliendo á lo ancho de una plaza, se unieron los tres esquadrones, y á su primer ataque desmayaron los Indios, y volvieron las espaldas atropelladamente, dando á la fuga el mismo ímpetu que dieron á la batalla.

No permitió Hernan Cortés que se pasáse á destruir enteramente aquellos vasallos de Motezuma, fugitivos ya y desordenados, ó no le sufrió su ánimo que se hiciese mas sangrienta la victoria, pareciéndole que dexaba castigado con bastante rigor su atrevimiento. Recogió su gente, y se retiró sin hallar oposicion que le obligáse á pelear. Faltaron de su exército diez ó doce soldados, y hubo muchos heridos, los mas de piedra ó flecha, y ninguno de cuidado. En el exército de los Mexicanos murió innumerable gente: los cuerpos que no pudieron retirar llenaban de horror las calles, despues de haber teñido en su sangre las acequias. Duró toda la mañana el combate, y se llegaron á ver en conflicto algunas veces los Españoles; pero se debió á su valor el suceso, y le hizo posible su experiencia y buena disciplina. No hubo quien sobresaliese, porque obraron todos con igual bizarría, señalándose los soldados como los Capitanes, y quitando unas hazañas el nombre de las otras. Hizo la imitacion valientes sin precipicio á los Tlascaltécas: y Hernan Cortés gobernó la faccion como valeroso y prudente Capitan, acudiendo á todas partes, y mas diligente á los peligros: siempre la espada en el enemigo, la vista en los suyos, y el consejo en su lugar: dexando en duda si se debió mas á su ardimiento que á su pericia militar. Virtudes ambas que poseyó en grado eminente, y que se desean sin distincion, ó concurren sin preferencia en los grandes Capitanes.

Fué necesario dexar algun tiempo al descanso de la gente, y á la cura de los heridos, cuya suspension duró tres dias, ó poco mas, en que se atendió solamente á la defensa del quartel, que tuvo siempre á la vista el exército de los amotinados, y fué algunas veces combatido con ligeras escaramuzas, en que andaba mezclado el huir y el acometer. En este mediotiempo volvió Cortés á las pláticas de la paz, y fueron saliendo con diferentes partidos algunos Mexicanos de los que asistian al servicio de Motezuma; pero no se descuidó mientras duraba la negociacion en las demas prevenciones. Hizo fabricar al mismo tiempo quatro castillos de madera, que se movian sobre ruedas con poca dificultad, por si llegáse la ocasion de hacer nueva salida. Era capaz cada uno de veinte ó treinta hombres, guarnecido el techo de gruesos tablones contra las piedras que venian de lo alto; frente y lados con sus troneras para dar la carga sin descubrir el pecho: imitacion de las mantas que usa la milicia para echar gente á picar las murallas: cuyo reparo tuvo entónces por conveniente para que se pudiesen arrimar sus soldados á poner fuego en las casas, y á romper las trincheras con que iban atajando las calles; si ya no fué para que al embestir aquellas máquinas portátiles, peleáse tambien la novedad asombrando al enemigo.

De los Mexicanos que salieron á proponer la paz, volvieron unos mal despachados, y otros se quedaron entre los rebeldes, no sin grande irritacion de Motezuma, que deseaba con empeño la reduccion de sus vasallos, y recataba con artificio, fácil de penetrar, el rezelo de que acabasen de perder el miedo á su autoridad. Hacianse á este tiempo nuevas prevenciones de guerra en la ciudad. Los Señores de vasallos, que andaban en la sedicion, iban llamando la gente de sus lugares; crecia por instantes la fuerza del enemigo; y no cesaba la provocacion en el quartel de los Españoles, cansados ya de sufrir la embarazosa repeticion de voces y flechas, que, aunque se perdian en el viento, no dexaban de ofender en la paciencia.

Con esta buena disposicion de su gente, con el parecer de sus Capitanes, y aprobacion de Motezuma, executa Cortés la segunda salida contra los Mexicanos. Llevó consigo la mayor parte de los Españoles, y hasta dos mil Tlascaltécas, algunas piezas de artillería, las máquinas de madera con guarnicion proporcionada, y algunos caballos á la mano para usar de ellos quando lo permitiesen las quiebras del terreno. Estaba entónces el tumulto en un profundo silencio, y apénas se dió principio á la marcha, quando se conoció la primera dificultad de la empresa en lo que abultaron subitamente los gritos de la multitud, alternados con el estruendo pavoroso de los atabales y caracoles. No esperaron á ser acometidos; ántes se vinieron á los Españoles con notable resolucion y movimiento ménos atropellado que solian. Dieron y recibieron las primeras cargas sin descomponerse ni precipitarse; pero á breve rato conocieron el daño que recibian, y se fueron retirando poco á poco, sin volver las espaldas, al primero de los reparos con que tenian atajadas las calles: en cuya defensa volvieron á pelear con tanta obstinacion, que fué necesario adelantar algunas piezas de artillería para desalojarlos. Tenian cerca las retiradas, y en algunas levantados los puentes de las acequias, con que se repetia importunamente la dificultad, y no se hallaba la sazon de poderlos combatir en descubierto. Vieronse aquel dia en sus operaciones algunas advertencias, que parecian de guerra mas que popular. Disparaban á tiempo, y baxa la puntería para no malograr el tiro en la resistencia de las armas. Los puestos se defendian con desahogo, y se abandonaban sin desórden. Echaron gente á las acequias para que ofendiesen nadando con el bote de las picas. Hicieron subir grandes peñascos á las azuteas para destruir los castillos de madera, y lo consiguieron haciéndolos pedazos. Todas las señas daban á entender que habia quien gobernase, porque se animaban y socorrian tempestivamente, y se dexaba conocer alguna obediencia entre los mismos desconciertos de la multitud.

Duró el combate la mayor parte del dia, reducidos los Españoles y sus aliados á ganar terreno de trinchera en trinchera; hizose gran daño en la ciudad, quemaronse muchas casas, y costó mas sangre á los Mexicanos esta ocasion que las dos antecedentes, porque anduvieron mas cerca de las balas, ó porque no pudieron huir como solian con el impedimento de sus mismos reparos.

Ibase acercando la noche, y Hernan Cortés viéndose obligado, no sin alguna desazon, á la disputa inútil de ganar puestos, que no se habian de mantener, se volvió á su alojamiento, dexando, en la verdad, ménos corregida que hostigada la sedicion. Perdió hasta quarenta soldados, los mas Tlascaltécas: salieron heridos y maltratados mas de cincuenta Españoles, y él con un flechazo en la mano izquierda: pero mas herido interiormente de haber conocido en esta ocasion que no era posible continuar aquella guerra tan desigual, sin riesgo de perder el exército y la reputacion. Primer desaliento suyo, cuya novedad extrañó su corazon, y padeció su constancia. Encerróse con pretexto de la herida, y con deseo de alargar las riendas al discurso. Tuvo mucho que hacer consigo la mayor parte de la noche. Sentia el retirarse de México, y no hallaba camino de mantenerse. Procuraba esforzarse contra la dificultad, y se ponia la razon de parte del rezelo. No se conformaban su entendimiento y su valor, y todo era batallar sin resolver: impaciente y desabrido con los dictámenes de la prudencia, ó mal hallado con lo que duele, ántes de aprovechar el desengaño.

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