LIBRO III. (continued 2)
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"Dar la bien venida, con palabras puestas en su lugar, á Cortés y á todos los Cabos de su exército: ponderar la gratitud con que los esperaba el Gran Motezuma, y quánto deseaba la correspondencia y amistad de aquel Príncipe del oriente que los enviaba: cuya grandeza debia reconocer por algunas razones que entenderian de su boca:"
y por via de discurso propio volvió á dificultar, como los demas Embaxadores, la entrada de México,
"fingiendo que se padecia esterilidad en todos los pueblos de su contribucion: y proponiendo, como punto que sentia su Rey, lo mal asistidos que se hallarian los Españoles donde faltaba el sustento para los vecinos."
Cortés respondió, sin apartarse del misterio con que iba cebando las aprehensiones de aquella gente:
"Que su Rey, siendo un Monarca sin igual en otro mundo cercano al nacimiento del sol, tenia tambien algunas razones de alta consideracion para ofrecer su amistad á Motezuma, y comunicarle diferentes noticias que miraban á su persona y esencial conveniencia: cuya proposicion no desmereceria su gratitud; ni él podia dexar de admitir con singular estimacion la licencia que se le concedia para dar su embaxada, sin que le hiciese algun embarazo la esterilidad que se padecia en aquella Corte: porque sus Españoles necesitaban de poco alimento para conservar sus fuerzas, y venian enseñados á padecer y despreciar las incomodidades y trabajos de que se afligian los hombres de inferior naturaleza."
No tuvo Cacumatzin que replicar á esta resolucion; ántes recibió con estimacion y rendimiento algunas joyuelas de vidrio extraordinario que le dió Cortés: y acompañó el exército hasta Tezcuco, ciudad capital de su dominio, donde se adelantó con la respuesta de su embaxada.
Era entónces Tezcuco una de las mayores ciudades de aquel imperio: refieren algunos que sería como dos veces Sevilla; y otros, que podia competir con la corte de Motezuma en la grandeza, y presumia, no sin fundamento, de mayor antigüedad. Estaba la frente principal de sus edificios sobre la orilla de aquel espacioso lago en parage de grande amenidad, donde tomaba su principio la calzada oriental de México. Siguióse por ella la marcha sin detencion, porque se llevaba intento de pasar á Iztacpalapa, tres leguas mas adelante, sitio proporcionado para entrar en México el dia siguiente á buena hora. Tendria por esta parte la calzada veinte pies de ancho, y era de piedra y cal, con algunas labores en la superficie. Habia en la mitad del camino sobre la misma calzada otro lugar de hasta dos mil casas, que se llamaba Quitlavaca; y por estar fundado en el agua, le llamaron entónces Venezuela. Salió el Cacique muy acompañado y lucido al recibimiento de Cortés, y le pidió que honráse por aquella noche su ciudad, con tanto afecto y tan repetidas instancias, que fué preciso condescender á sus ruegos por no desconfiarle. Y no dexó de hallarse alguna conveniencia en hacer aquella mansion para tomar noticias; porque viendo desde mas cerca la dificultad, entró Cortés en algun rezelo de que le rompiesen la calzada, ó levantasen los puentes para embarazar el paso á su gente.
Registrabase desde allí mucha parte de la lagúna, en cuyo espacio se descubrian varias poblaciones y calzadas que la interrumpian y la hermoseaban: torres y capitéles, que, al parecer, nadaban sobre las aguas: árboles y jardines fuera de su elemento: y una inmensidad de Indios, que, navegando en sus canoas, procuraban acercarse á ver los Españoles; siendo mayor la muchedumbre que se dexaba reparar en los terrados y azoteas mas distantes. Hermosa vista, y maravillosa novedad, de que se llevaba noticia, y fué mayor en los ojos que en la imaginacion.
Tuvo el exército bastante comodidad en este alojamiento, y los paisanos asistieron con agrado y urbanidad al regalo de sus huespedes: gente de cuya policía se dexaba conocer la vecindad de la Corte. Manifestó el Cacique, sin poderse contener, poco afecto á Motezuma, y el mismo deseo que los demas de sacudir el yugo intolerable de aquel gobierno; porque alentaba los soldados, facilitaba la empresa, diciendo á los intérpretes, como quien deseaba que lo entendiesen todos:
"Que la calzada que se habia de seguir hasta México era mas capaz y de mejor calidad que la pasada, sin que hubiese que rezelar en ella, ni en las poblaciones de su márgen: que la ciudad de Iztacpalapa, donde se habia de hacer tránsito, estaba de paz, y tenia órden para recibir y alojar amigablemente á los Españoles: que el Señor de esta ciudad era pariente de Motezuma; pero que ya no habia que temer en los de su faccion, porque le tenian rendido y sin espíritu los prodigios del Cielo, las respuestas de sus oráculos, y las hazañas que le referian de aquel exército; por cuya razon le hallarian deseoso de la paz, y con el ánimo dispuesto ántes á sufrir que á provocar."
Decia la verdad este Cacique; pero con alguna mezcla de pasion y de lisonja: y Hernan Cortés, aunque no dexaba de conocer este defecto en sus noticias, procuraba divulgarlas y encarecerlas entre sus soldados. Y no se puede negar que llegaron á buen tiempo, para que no se desanimáse la gente de ménos obligaciones con aquella variedad de objetos admirables que se tenian á la vista, de que pudiera colegir la grandeza de aquella Corte, y el poder formidable de aquel Príncipe; pero los informes del Cacique, y las ponderaciones que se hacian de su turbacion y desaliento pudieron tanto en esta concurrencia de novedades, que alegrándose todos de lo que se habian de asombrar, se aprovecharon de su admiracion para mejorar las esperanzas de su fortuna.
CAPITULO X.
Pasa el exército á iztacpalapa, donde se dispone la entrada de México. Refierese la grandeza con que salió Motezuma á recibir á los Españoles.
La mañana siguiente, poco despues de amanecer, se puso en órden la gente sobre la misma calzada, segun su capacidad, bastante por aquella parte, para que pudiesen ir ocho caballos en hilera. Constaba entónces el exército de quatrocientos y cincuenta Españoles no cabales, y hasta seis mil Indios Tlascaltécas y Zempoales, y de otras naciones amigas. Siguióse la marcha, sin nuevo accidente que diese cuidado, hasta la misma ciudad de Iztacpalapa donde se habia de hacer alto: lugar que sobresalia entre los demas por la grandeza de sus torres, y por el vulto de sus edificios: sería de hasta diez mil casas de segundo y tercer alto, que ocupaban mucha parte de la lagúna, y se dilataban algo mas sobre la ribera en sitio delicioso y abundante. El Señor de esta ciudad salió muy autorizado á recibir el exército: y le asistieron para esta funcion los Príncipes de Magicalzingo y Cuyoacán, dominios de la misma lagúna. Traían todos tres su presente separado de varias frutas, cazas y otros bastimentos, con algunas piezas de oro, que valdrian hasta dos mil pesos. Llegaron juntos, y se dieron á conocer, diciendo cada uno su nombre y dignidad, y remitiendo á la discrecion de la ofrenda todo lo que faltaba en el razonamiento.
Hizose la entrada en esta ciudad con aquel aplauso que consistia en el bullicio y gritería de la gente, cuya inquietud alegre daba seguridad á los mas rezelosos. Estaba prevenido el alojamiento en el mismo palacio del Cacique, donde cupieron todos los Españoles debaxo de cubierto, quedando los demas en los patios y zaguanes con bastante comodidad para una noche que se habia de pasar sin descuido. Era el palacio grande y bien fabricado, con separacion de quartos alto y baxo, muchas salas con techumbre de cedro, y no sin adorno; porque algunas de ellas tenian sus colgaduras de algodon, texido á colores con dibuxo y proporcion. Habia en Iztacpalapa diversas fuentes de agua dulce y saludable, traída por diferentes conductos de las sierras vecinas, y muchos jardines cultivados con prolixidad: entre los quales se hacia reparar una huerta de admirable grandeza y hermosura que tenia el Cacique para su recreacion, donde llevó aquella tarde á Cortés con algunos de sus Capitanes y soldados, como quien deseaba cumplir á un tiempo con el agasajo de los huespedes, y con su propia jactancia y vanidad. Habia en ella diversos géneros de árboles fructíferos, que formaban calles muy dilatadas, dexando su lugar á las plantas menores, y un espacioso jardin, que tenia sus divisiones, y paredes hechas de cañas entretexidas, y cubiertas de yerbas olorosas, con diferentes quadros de agricultura cuidadosa, donde hacian labor las flores con ordenada variedad. Estaba en medio un estanque de agua dulce, de forma quadrangular: fábrica de piedra y argamasa, con gradas por todas partes hasta el fondo, tan grande, que tenia cada uno de sus lados quatrocientos pasos, donde se alimentaba la pesca de mayor regalo, y acudian varias especies de aves palustres, algunas conocidas en Europa, y otras de figura exquisita, y pluma extraordinaria: obra digna de Príncipe, y que hallada en un súbdito de Motezuma, se miraba como argumento de mayores opulencias.
Pasóse bien la noche, y la gente acudió con agrado y sencillez al agasajo de los Españoles: solo se reparó en que hablaban ya en este lugar con otro estílo de las cosas de Motezuma, porque alababan todos su gobierno, y encarecian su grandeza; ó tuviese los de aquella opinion el parentesco del Cacique, ó ménos atrevidos la cercanía del tirano. Habia dos leguas de calzada que pasar hasta México, y se tomó la mañana, porque deseaba Cortés hacer su entrada, y cumplir con la primera funcion de visitar á Motezuma, quedando con alguna parte del dia para reconocer y fortificar su quartel. Siguióse la marcha con la misma órden: y dexando á los lados la ciudad de Magicalzingo en el agua, y la de Cuyoacán en la ribera, sin otras grandes poblaciones que se descubrian en la misma lagúna, se dió vista desde mas cerca, y no sin admiracion, á la gran ciudad de México, que se levantaba con exceso entre las demas, y, al parecer, se le conocia el predominio hasta en la soberbia de sus edificios. Salieron á poco ménos que la mitad del camino mas de quatro mil nobles y ministros de la ciudad á recibir el exército, cuyos cumplimientos detuvieron largo rato la marcha, aunque solo hacian reverencia, y pasaban delante para volver acompañando. Estaba poco ántes de la ciudad un baluarte de piedra con dos castillejos á los lados, que ocupaba todo el plano de la calzada: cuyas puertas desembocaban sobre otro pedazo de calzada, y esta terminaba en una puente levadiza, que defendia la entrada con segunda fortificacion. Luego que pasaron de la otra parte los magnátes del acompañamiento, se fueron desviando á los lados para franquear el paso al exército, y se descubrió una calle muy larga y espaciosa, de grandes casas edificadas con igualdad y correspondencia, cubiertos de gente los miradores y terrados; pero la calle totalmente desocupada: y dixeron á Cortés que se habia despejado cuidadosamente, porque Motezuma estaba en ánimo de salir á recibirle para mayor demostracion de su benevolencia.
Poco despues se fué dexando ver la primera comitiva real, que serian hasta doscientos nobles de su familia, vestidos de librea con grandes penachos conformes en la hechura y el color. Venian en dos hileras con notable silencio y compostura, descalzos todos, y sin levantar los ojos de la tierra: acompañamiento con apariencias de procesion. Luego que llegaron cerca del exército, se fueron arrimando á las paredes en la misma órden; y se vió á lo lejos una gran tropa de gente mejor adornada y de mayor dignidad, en cuyo medio venía Motezuma sobre los hombros de sus favorecidos en unas andas de oro bruñido, que brillaba con proporcion entre diferentes labores de pluma sobrepuesta, cuya primorosa distribucion procuraba obscurecer la riqueza con el artificio. Seguian el paso de las andas quatro personages de gran suposicion, que le llevaban debaxo de un palio hecho de plumas verdes entretexidas y dispuestas de manera que formaban tela, con algunos adornos de argentería: y poco delante iban tres Magistrados con unas varas de oro en las manos que levantaban en alto sucesivamente, como avisando que se acercaba el Rey, para que se humillasen todos, y no se atreviesen á mirarle: desacato que se castigaba como sacrilegio. Cortés se arrojó del caballo poco ántes que llegáse, y al mismo tiempo se apeó Motezuma de sus andas, y se adelantaron algunos Indios que alfombraron el camino para que no pusiese los pies sobre la tierra, que, á su parecer, era indigna de sus huellas.
Previnose á la funcion con espacio y gravedad; puestas las dos manos sobre los brazos del Señor de Iztacpalapa, y el de Tezcuco sus sobrinos, dió algunos pasos para recibir á Cortés. Era de buena presencia: su edad hasta quarenta años, de mediana estatura, mas delgado que robusto: el rostro aguileño, de color ménos obscuro que el natural de aquellos Indios: el cabello largo hasta el extremo de la oreja, los ojos vivos, y el semblante magestuoso, con algo de intencion: su trage un manto de sutilísimo algodon, anudado sin desayre sobre los hombros, de manera que cubria la mayor parte del cuerpo, dexando arrastrar la falda. Traía, sobre sí diferentes joyas de oro, perlas y piedras preciosas en tanto número, que servían mas al peso que al adorno. La corona una mitra de oro ligero, que por delante remataba en punta, y la mitad posterior algo mas obtusa se inclinaba sobre la cerviz: y el calzado unas suelas de oro macizo, cuyas correas tachonadas de lo mismo ceñian el pie, y abrazaban parte de la pierna, semejante á las caligas militares de los Romanos.
Llegó Cortés apresurando el paso sin desautorizarse, y le hizo una profunda sumision; á que respondió poniendo la mano cerca de la tierra, y llevándola despues á los labios: cortesía de inaudita novedad en aquellos Príncipes, y mas desproporcionada en Motezuma, que apénas doblaba la cerviz á sus Dioses, y afectaba la soberbia, ó no la sabía distinguir de la magestad: cuya demostracion, y la de salir personalmente al recibimiento, se reparó mucho entre los Indios, y cedió en mayor estimacion de los Españoles: porque no se persuadian á que fuese inadvertencia de su Rey, cuyas determinaciones veneraban sujetando el entendimiento. Habiase puesto Cortés sobre las armas una banda ó cadena de vidrio, compuesta vistosamente de várias piedras que imitaban los diamantes y las esmeraldas, reservada para el presente de la primera audiencia; y hallándose cerca en estos cumplimientos, se la echó sobre los hombros á Motezuma. Detuvieronle, no sin alguna destemplanza, los dos brazeros, dándole á entender que no era lícito el acercarse tanto á la persona del Rey; pero él los reprehendió, quedando tan gustoso del presente, que le miraba y celebraba entre los suyos como presea de inestimable valor: y para desempeñar su agradecimiento con alguna liberalidad, hizo traer, entretanto que llegaban á darse á conocer los demas Capitanes, un collar, que tenia la primera estimacion entre sus joyas. Era de unas conchas carmesíes de gran precio en aquella tierra, dispuestas y engazadas con tal arte, que de cada una de ellas pendian quatro gámbaros ó cangrejos de oro, imitados prolixamente del natural. Y él mismo con sus manos se le puso en el cuello á Cortés: humanidad y agasajo, que hizo segundo ruido entre los Mexicanos. El razonamiento de Cortés fué breve y rendido, como lo pedia la ocasion, y su respuesta de pocas palabras, que cumplieron con la discrecion, sin faltar á la decencia. Mandó luego al uno de aquellos dos Príncipes sus colaterales que se quedáse para conducir y acompañar á Hernan Cortés hasta su alojamiento, y arrimado al otro volvió á tomar sus andas, y se retiró á su palacio con la misma pompa y gravedad.
Fué la entrada en esta ciudad á ocho de Noviembre del mismo año de mil y quinientos y diez y nueve, dia de los Santos quatro coronados Mártires: y el alojamiento que tenian prevenido, una de las casas reales que fabricó Axayáca, padre de Motezuma. Competia en la grandeza con el palacio principal de los Reyes, y tenia sus presunciones de fortaleza: paredes gruesas de piedra, con algunos torreones que servian de traveses, y daban facilidad á la defensa. Cupo en ella todo el exército: y la primera diligencia de Cortés fué reconocerla por todas partes, para distribuir sus guardias, alojar su artillería, y cerrar su quartel. Algunas salas, que tenian destinadas para la gente de mas cuenta, estaban adornadas con sus tapicerías de varios colores, hechas de aquel algodon á que se reducian todas sus telas, mas ó ménos delicadas: las sillas de madera labradas de una pieza: las camas entoldadas con sus colgaduras en forma de pabellones; pero el lecho se componia de aquellas sus esteras de palma, donde servia de cabecera una de las mismas esteras arrollada. No alcanzaban allí mejor cama los Príncipes mas regalados, ni cuidaba mucho aquella gente de su comodidad, porque vivian á la naturaleza, contentándose con los remedios de la necesidad: y no sabemos si se debe llamar felicidad en aquellos bárbaros esta ignorancia de las superfluidades.
CAPITULO XI.
Viene Motezuma el mismo dia por la tarde á visitar á Cortés en su alojamiento. Refierese la oracion que hizo ántes de oir la embaxada: y la respuesta de Cortés.
Era poco mas de medio dia quando entraron los Españoles en su alojamiento; hallaron prevenido un banquete regalado y espléndido para Cortés y los Cabos de su exército, con grande abundancia de bastimentos ménos delicados para el resto de la gente, y muchos Indios de servicio que ministraban los manjares y las bebidas con igual silencio y puntualidad. Por la tarde vino Motezuma con la misma pompa y acompañamiento á visitar á Cortés, que, avisado poco ántes, salió á recibirle hasta el patio principal con todo el obsequio debido á semejante favor. Acompañóle hasta la puerta de su quarto, donde le hizo una profunda reverencia; y él pasó á tomar su asiento con despejo y gravedad. Mandó luego que acercasen otro á Cortés: hizo seña para que se apartasen á la pared los Caballeros que andaban cerca de su persona; y Cortés advirtió lo mismo á los Capitanes que le asistian. Llegaron los intérpretes: y quando se prevenia Hernan Cortés para dar principio á su oracion, le detuvo Motezuma, dando á entender que tenia que hablar ántes de oir: y se refiere que discurrió en esta substancia:
"Antes que me deis la embaxada, ilustre Capitan y valerosos extrangeros, del Príncipe grande que os envia, debeis vosotros, y debo yo desestimar y poner en olvido lo que ha divulgado la fama de nuestras personas y costumbres, introduciendo en nuestros oídos aquellos vanos rumores que van delante de la verdad, y suelen obscurecerla, declinando en lisonja ó vituperio. En algunas partes os habrán dicho de mí que soy uno de los Dioses inmortales, levantando hasta los Cielos mi poder y mi naturaleza: en otras, que se desvela en mis opulencias la fortuna: que son de oro las paredes y los ladrillos de mis palacios, y que no cabe la tierra mis tesoros; y en otras, que soy tirano, cruel y soberbio, que aborrezco la justicia, y que no conozco la piedad. Pero los unos y los otros os han engañado con igual encarecimiento: y para que no imagineis que soy alguno de los Dioses, ó conozcais el desvarío de los que así me imaginan, esta porcion de mi cuerpo (y desnudó parte del brazo) desengañará vuestros ojos de que hablais con un hombre mortal de la misma especie; pero mas noble, y mas poderoso que los otros hombres. Mis riquezas no niego que son grandes; pero las hace mayores la exâgeracion de mis vasallos. Esta casa que habitais es uno de mis palacios. Mirad esas paredes hechas de piedra y cal, materia vil que debe al arte su estimacion; y colegid de uno y otro el mismo engaño y el mismo encarecimiento en lo que os hubieren dicho de mis tiranías, suspendiendo el juicio hasta que os entereis de mi razon, y despreciando ese lenguage de mis rebeldes, hasta que veais si es castigo lo que llaman infelicidad, y si pueden acusarle sin dexar de merecerle. No de otra suerte han llegado á nuestros oídos varios informes de vuestra naturaleza y operaciones. Algunos han dicho que sois Deidades, que os obedecen las fieras, que manejais los rayos, y que mandais en los elementos; y otros, que os dexais dominar de los vicios, y que venis con una sed insaciable del oro que produce nuestra tierra. Pero yo veo que sois hombres de la misma composicion y masa que los demas; aunque os diferencian de nosotros algunos accidentes de los que suele influir el temperamento de la tierra en los mortales. Esos brutos que os obedecen, ya conozco que son unos venados grandes, que traeis domesticados y embebidos en aquella doctrina imperfecta que puede comprehender el instinto de los animales. Esas armas que se asemejan á los rayos, tambien alcanzo que son unos cañones de metal no conocido, cuyo efecto es como el de nuestras cerbatanas, ayre oprimido que busca salida, y arroja el impedimento. Ese fuego que despiden con mayor estruendo, será quando mucho algun secreto mas que natural de la misma ciencia que alcanzan nuestros magos. Y en lo demas que han dicho de vuestro proceder, hallo tambien, segun la observacion que han hecho de vuestras costumbres mis Embaxadores y confidentes, que sois benignos y religiosos, que os enojais con razon, que sufris con alegría los trabajos, y que no falta entre vuestras virtudes la liberalidad, que se acompaña pocas veces con la codicia. De suerte que unos y otros debemos olvidar las noticias pasadas y agradecer á nuestros ojos el desengaño de nuestra imaginacion: con cuyo presupuesto quiero que sepais ántes de hablarme, que no se ignora entre nosotros, ni necesitamos de vuestra persuasion para creer que el Príncipe grande, á quien obedeceis, es descendiente de nuestro antiguo Quezalcoál, señor de las siete cuevas de los Nautlácas, y Rey legítimo de aquellas siete naciones que dieron principio al Imperio Mexicano. Por una profecía suya, que veneramos como verdad infalible, y por la tradicion de los siglos que se conserva en nuestros anales, sabemos que salió de estas regiones á conquistar nuevas tierras hácia la parte del oriente, y dexó prometido que, andando el tiempo, vendrian sus descendientes á moderar nuestras leyes, ó poner en razon nuestro gobierno. Y porque las señas que traeis conforman con este vaticinio, y el Príncipe del oriente que os envia manifiesta en vuestras mismas hazañas la grandeza de tan ilustre progenitor, tenemos ya determinado que se haga en obsequio suyo todo lo que alcanzaren nuestras fuerzas. De que me ha parecido advertiros, para que hableis sin embarazo en sus proposiciones, y atribuyais á tan alto principio estos excesos de mi humanidad."
Acabó Motezuma su oracion, previniendo el oído con entereza y magestad: cuya substancia dió bastante disposicion á Cortés para que, sin apartarse del engaño que hallaba introducido en el concepto de aquellos hombres, pudiese responderle, segun lo que hallamos escrito, éstas ó semejantes razones:
"Despues, Señor, de rendiros las gracias por la suma benignidad con que permitis vuestros oídos á nuestra embaxada, y por el superior conocimiento con que nos habeis favorecido, menospreciando en nuestro abono los siniestros informes de la opinion, debo deciros, que tambien acerca de nosotros se ha tratado la vuestra con aquel respeto y veneracion que corresponde á vuestra grandeza. Mucho nos han dicho de vos en esas tierras de vuestro dominio, unos afeando vuestras obras, y otros poniendo entre sus Dioses vuestra persona; pero los encarecimientos crecen ordinariamente con injuria de la verdad: que, como es la voz de los hombres el instrumento de la fama, suele participar de sus pasiones; y estas ó no entienden las cosas como son, ó no las dicen como las entienden. Los Españoles, Señor, tenemos otra vista con que pasamos á discernir el color de las palabras, y por ellas el semblante del corazon. Ni hemos creido á vuestros rebeldes, ni á vuestros lisonjeros: con certidumbre de que sois Príncipe grande, y amigo de la razon, venimos á vuestra presencia, sin necesitar de los sentidos para conocer que sois Príncipe mortal. Mortales somos tambien los Españoles, aunque mas valerosos, y de mayor entendimiento que vuestros vasallos, por haber nacido en otro clima de mas robustas influencias. Los animales que nos obedecen no son como vuestros venados, porque tienen mayor nobleza y ferocidad: brutos inclinados á la guerra, que saben aspirar con alguna especie de ambicion á la gloria de su dueño. El fuego de nuestras armas es obra natural de la industria humana, sin que tenga parte alguna en su produccion esa facultad que profesan vuestros magos, ciencia entre nosotros abominable, y digna de mayor desprecio que la misma ignorancia: con cuya suposicion, que me ha parecido necesaria para satisfacer á vuestras advertencias, os hago saber con todo el acatamiento debido á vuestra Magestad, que vengo á visitaros como Embaxador del mas poderoso Monarca que registra el sol desde su nacimiento: en cuyo nombre os propongo, que desea ser vuestro amigo y confederado sin acordarse de los derechos antiguos que habeis referido para otro fin que abrir el comercio entre ambas Monarquías, y conseguir por este medio vuestra comunicacion y vuestro desengaño. Y aunque pudiera, segun la tradicion de vuestras mismas historias, aspirar á mayor reconocimiento en estos dominios, solo quiere usar de su autoridad para que le creais en lo mismo que os conviene, y daros á entender que vos, Señor, y vosotros Mexicanos que me oís (volviendo el rostro á los circunstantes) vivis engañados en la religion que profesais, adorando unos leños insensibles, obra de vuestras manos y de vuestra fantasía: porque solo hay un Dios verdadero, Principio eterno, sin principio ni fin, de todas las cosas, cuya omnipotencia infinita crió de nada esa fábrica maravillosa de los cielos, el sol que nos alumbra, la tierra que nos sustenta, y el primer hombre, de quien procedemos todos con igual obligacion de reconocer y adorar á nuestra Primera Causa. Esta Misma obligacion teneis vosotros impresa en el alma; y conociendo su inmortalidad, la desestimais y destruis, dando adoracion á los demonios, que son unos espíritus inmundos, criaturas del mismo Dios, que por su ingratitud y rebeldía fueron lanzados en ese fuego subterráno, de que teneis alguna imperfecta noticia en el horror de vuestros volcanes. Estos, que por su envidia y malignidad son enemigos mortales del género humano, solicitan vuestra perdicion, haciéndose adorar en esos ídolos abominables: suya es la voz que alguna vez escuchais en las respuestas de vuestros oráculos, y suyas las ilusiones con que suele introducir, en vuestro entendimiento los errores de la imaginacion. Ya conozco, Señor, que no son de este lugar los misterios de tan alta enseñanza; pero solamente os amonesta ese mismo Rey, á quien reconoceis tan antigua superioridad, que nos oygais en este punto con ánimo indiferente, para que veais como descansa vuestro espíritu en la verdad que os anunciamos, y quantas veces habeis resistido á la razon natural, que os daba luz suficiente para conocer vuestra ceguedad. Esto es lo primero que desea de vuestra Magestad el Rey mi Señor, y esto lo principal que os propone, como el medio mas eficaz para que pueda estrecharse con durable amistad la confederacion de ambas coronas, y no falten á su firmeza los fundamentos de la Religion, que, sin dexar alguna discordia en los dictámenes, introduzcan en el ánimo los vínculos de la voluntad."
Así procuró Hernan Cortés mantener entre aquella gente la estimacion de sus fuerzas, sin apartarse de la verdad, y servirse del orígen que buscaban á su Rey, ó no contradecir lo que tenian aprehendido, para dar mayor autoridad á su embaxada. Pero Motezuma oyó con señas de poca docilidad el punto de la Religion, obstinado con hipocresía en los errores de su gentilidad; y levantándose de la silla:
"Yo acepto (dixo) con toda gratitud la confederacion y amistad que me proponeis del gran descendiente de Quezalcoál; pero todos los Dioses son buenos, y el vuestro puede ser todo lo que decis sin ofensa de los mios. Descansad ahora, que en vuestra casa estais, donde seréis asistido con todo el cuidado que se debe á vuestro valor, y al Príncipe que os envia."
Mandó luego que entrasen algunos Indios de carga que traia prevenidos, y ántes de partir presentó á Hernan Cortés diferentes piezas de oro, cantidad de ropas de algodon, y varias curiosidades de pluma, dádiva considerable por el valor y por el modo; y repartió algunas joyas y preseas del mismo género entre los Españoles que estaban presentes, dando uno y otro con alegre generosidad, sin hacer mucho caso del beneficio; pero mirando á Cortés y á los suyos con un género de satisfaccion, en que se conocia el cuidado antecedente, como los que manifiestan su temor en lo mismo que se complacen de haberle perdido.
CAPITULO XII.
Visita Cortés á Motezuma en su palacio, cuya grandeza y aparato se describe, y se da noticia de lo que pasó en esta conferencia, y en otras que se tuvieron despues sobre la Religion.
Pidió Hernan Cortés audiencia el dia siguiente, y la consiguió con tanta prontitud, que vinieron con la respuesta los mismos que le habian de acompañar en esta visita: cierto género de ministros que solian asistir á los Embaxadores, y tenian á su cargo el magisterio de las ceremonias y estílos de su nacion. Vistióse de gala, sin dexar las armas (que se habian de introducir á trage militar) y llevó consigo á los Capitanes Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Juan Velazquez de Leon y Diego de Ordaz, con seis ó siete soldados particulares de su satisfaccion: entre los quales fué Bernal Diaz del Castillo, que ya trataba de observar para escribir.
Las calles estaban pobladas por todas partes de innumerable concurso, que trabajaba en su misma muchedumbre para ver á los Españoles sin embarazarles el paso, entre cuyas reverencias y sumisiones, se oía muchas veces la palabra teules, que en su lengua significa Dioses: voz que ya se entendia, y que no sonaba mal á los que fundaban parte de su valor en el respeto ageno.
Dexóse ver á larga distancia el palacio de Motezuma, que manifestaba, no sin encarecimiento, la magnificencia de aquellos Reyes. Edificio tan desmesurado, que se mandaba por treinta puertas á diferentes calles. La fachada principal, que ocupaba toda la frente de una plaza muy espaciosa, era de varios jaspes negros, roxos y blancos, de no mal entendida colocacion y pulimento. Sobre la portada se hacian reparar en un escudo grande las armas de los Motezumas: un grifo medio águila, y medio leon, en ademan de volar, con un tigre feroz entre las garras. Algunos quieren que fuese águila, y se ponen de propósito á impugnar el grifo con la razon de que no los hay en aquella tierra, como si no se pudiese dudar si los hay en el mundo, segun los autores que los pusieron entre las aves fabulosas. Diriamos ántes que pudo inventar acá y allá este género de monstruos el desvarío artificioso, que llaman licencia los poetas, y valentía los pintores.
Al llegar cerca de la puerta principal se encaminaron hácia el uno de sus lados los ministros del acompañamiento, y retirándose atras con pasos de gran misterio, formaron un semicírculo para llegar á la puerta de dos en dos: ceremonia de su costumbre, porque tenian á falta de respeto el entrar de tropel en la casa real, y reconocian con este desvío la dificultad de pisar aquellos umbrales. Pasados tres patios de la misma fábrica y materia que la fechada, llegaron al quarto donde residia Motezuma, en cuyos salones era de igual admiracion la grandeza y el adorno. Los pavimentos con esteras de varias labores: las paredes con diferentes colgaduras de algodon, pelo de conejo, y en lo mas interior de pluma: unas y otras hermoseadas con la viveza de los colores, y con la diferencia de las figuras. Los techos de ciprés, cedro y otras maderas olorosas, con diversos follages y relieves: en cuya contextura se reparó que, sin haber hallado el uso de los clavos, formaban grandes artesones, afirmando el maderamen y las tablas en su misma trabazon.
Habia en cada una de estas salas numerosas y diferentes gerarquías de criados, que tenian la entrada segun su calidad y ministerio: y en la puerta de la antecámara esperaban los próceres y magistrados, que recibieron á Cortés con grande urbanidad; pero le hicieron esperar para quitarse las sandalias, y dexar los mantos ricos de que venian adornados, tomando en su lugar otros de ménos gala. Era entre aquella gente irreverencia el atreverse á lucir delante del Rey. Todo lo reparaban los Españoles, todo hacia novedad, y todo infundia respeto: la grandeza del palacio, las ceremonias, el aparato, y hasta el silencio de la familia.
Estaba Motezuma en pie con todas sus insignias reales, y dió algunos pasos para recibir á Cortés, poniéndole al llegar los brazos sobre los hombros: agasajó despues con el semblante á los Españoles que le acompañaban; y tomando su asiento, mandó sentar á Cortés y á todos los demas, sin dexarles accion para que replicasen. La visita fué larga, y de conversacion familiar: hizo varias preguntas á Cortés sobre lo natural y político de las regiones orientales, aprobando á tiempo lo que le parecia bien, y mostrando que sabía discurrir en lo que sabía dudar. Volvió á referir la dependencia y obligacion que tenian los Mexicanos al descendiente de su primero Rey; y se congratuló muy particularmente de que se hubiese cumplido en su tiempo la profecía de los extrangeros, que tantos siglos ántes habian sido prometidos á sus mayores. Si fué con afectacion, supo esconder lo que sentia: y siendo esta una credulidad vana y despreciable por su orígen y circunstancias, importó mucho en aquella ocasion para que los Españoles hallasen hecho el camino á su introduccion. Así baxan muchas veces encadenadas y dependientes de ligeros principios las cosas mayores. Hernan Cortés le puso con destreza en la plática de la religion, tocando, entre las demas noticias que le daba de su nacion, los ritos y costumbres de los Christianos; para que le hiciesen disonancia los vicios y abominaciones de su idolatría: con cuya ocasion exclamó contra los sacrificios de sangre humana, y contra el horror aborrecible á la naturaleza, con que se comian los hombres que sacrificaban: bestialidad muy introducida en aquella corte, por ser mayor el número de los sacrificados, y mas culpable por esta razon el exceso de los banquetes.
No fué del todo inútil esta sesion, porque Motezuma, sintiendo en algo la fuerza de la razon, desterró de su mesa los platos de carne humana; pero no se atrevió á prohibir de una vez este manjar á sus vasallos, ni se dió por vencido en el punto de los sacrificios; ántes decia que no era crueldad ofrecer á sus Dioses unos prisioneros de guerra que venian ya condenados á muerte, no hallando razon que le hiciese capaz de que fuesen proxîmos los enemigos.
Dió pocas esperanzas de reducirse, aunque procuraron varias veces Hernan Cortés y el Padre Fray Bartolomé de Olmedo traerle al camino de la verdad. Tenia entendimiento para conocer algunas ventajas en la religion Católica, y para no desconocer en todo los abusos de la suya; pero se volvia luego al tema de que sus Dioses eran buenos en aquella tierra, como el de los Christianos en su distrito; y se hacia fuerza para no enojarse quando le apretaban los argumentos, padeciendo mucho consigo en estas conferencias, porque deseaba complacer á los Españoles con un género de cuidado que parecia sujecion; y por otra parte le tiraban las afectaciones de religioso, que le adquirieron, y á su parecer, le mantenian la corona: obligándole á temer con mayor abatimiento la desestimacion de sus vasallos, si le viesen ménos atento al culto de sus Dioses. Política miserable, propia del tirano, dominar con soberbia, y contemplar con servidumbre.
Hacia tanta ostentacion de su resistencia, que, llevando consigo, uno de aquellos primeros dias, á Hernan Cortés y al Padre Fray Bartolomé con algunos de los Capitanes y soldados particulares para que viesen á su lado las grandezas de su corte, deseó, no sin alguna vanidad, enseñarles el mayor de sus templos. Mandóles que se detuviesen poco ántes de la entrada, y se adelantó para conferir con los sacerdotes, si sería lícito que llegáse á la presencia de sus Dioses una gente que no los adoraba. Resolvióse que podrian entrar, amonestándolos primero que no se descomidiesen: y salieron dos ó tres de los mas ancianos con la permision y el requerimiento. Franquearonse luego todas las puertas de aquel espantoso edificio, y Motezuma tomó á su cargo el explicar los secretos, oficinas y simulacros del adoratorio, tan reverente y ceremonioso, que los Españoles no pudieron contenerse de hacer alguna irrision, de que no se dió por entendido; pero volvió á mirarlos como quien deseaba reprimirlos. A cuyo tiempo Hernan Cortés, dexándose llevar del zelo que ardia en su corazon, le dixo:
"Permitidme, Señor, fixar una cruz de Christo delante de esas imágenes del demonio, y veréis si merecen adoracion ó menosprecio."
Enfurecieronse los sacerdotes al oir esta proposicion: y Motezuma quedó confuso y mortificado, faltándole á un tiempo la paciencia para sufrirlo, y la resolucion para enojarse; pero tomando partido con su primera turbacion, y procurando que no quedáse mal su hipocresía:
"Pudierais (dixo á los Españoles) conceder á este lugar las atenciones, por lo ménos, que debeis á mi persona."
Y salió del adoratorio para que le siguiesen; pero se detuvo en el atrio, y prosiguió diciendo algo mas reportado:
"Bien podeis, amigos, volveros á vuestro alojamiento; que yo me quedo á pedir perdon á mis Dioses de lo mucho que os he sufrido."
Notable salida del empeño en que se hallaba, y pocas palabras dignas de reparo, que dieron á entender su resolucion, y lo que se reprimia para no destemplarse.
Con esta experiencia, y otras que se hicieron del mismo género, resolvió Cortés, siguiendo el parecer del Padre Fray Bartolomé de Olmedo y del Licenciado Juan Diaz, que no se le habláse mas por entónces en la religion, porque solo servia de irritarle y endurecerle. Pero al mismo tiempo se consiguió fácilmente su licencia para que los Christianos diesen culto público á su Dios; y él mismo envió sus alarífes para que se le fabricáse templo á su costa como le pidiese Cortés. ¡Tanto deseaba que le dexasen descansar en su error! Desembarazóse luego uno de los salones principales de aquel palacio donde habitaban los Españoles: y blanqueándole de nuevo, se levantó el altar, y en su frontispicio se colocó una imágen de Nuestra Señora sobre algunas gradas, que se adornaron vistosamente: y fixando una cruz grande cerca de la puerta, quedó formada una capilla muy decente, donde se celebraba Misa todos los dias, se rezaba el Rosario, y hacian otros actos de piedad y devocion, asistiendo algunas veces Motezuma con los príncipes y ministros que andaban á su lado: entre los quales se alababa mucho la mansedumbre de aquellos sacrificios, sin conocer la inhumanidad y malicia de los suyos. Gente ciega y supersticiosa, que palpaba las tinieblas, y se defendia de la razon con la costumbre.
Pero ántes de referir los sucesos de aquella corte, nos llama su descripcion, la grandeza de sus edificios, su forma de gobierno y policia, con otras noticias que son convenientes para la inteligencia ó concepto de los mismos sucesos. Desvíos de la narracion, necesarios en la historia, como no sean peregrinos del argumento, y carezcan de otros lunares que hacen viciosa la digresion.
CAPITULO XIII.
Describese la ciudad de México, su temperamento y situacion, el mercado del Tlatelúlco, y el mayor de sus templos dedicado al Dios de la guerra.
La gran ciudad de México, que fué conocida en su antigüedad por el nombre de Tenuchtitlán, ó por otros de poco diferente sonido (sobre cuya denominacion se cansan voluntariamente los autores) tendria en aquel tiempo sesenta mil familias de vecindad repartida en dos barrios, de los quales se llamaba el uno Tlatelúlco, habitacion de gente popular, y el otro México, que, por residir en él la corte y la nobleza, dió su nombre á toda la poblacion.
Estaba fundada en un plano muy espacioso, coronado por todas partes de altísimas sierras y montañas, de cuyos rios y vertientes rebalsadas en el valle se formaban diferentes lagunas, y en lo mas profundo los dos lagos mayores, que ocupaba con mas de cincuenta poblaciones la nacion Mexicana. Tendria este pequeño mar treinta leguas de circunferencia, y los dos lagos que le formaban se unian y comunicaban entre sí por un dique de piedra que los dividia, reservando algunas aberturas con puentes de madera, en cuyos lados tenian sus compuertas levadizas para cebar el lago inferior siempre que necesitaban de socorrer la mengua del uno con la redundancia del otro. Era el mas alto de agua dulce y clara, donde se hallaban algunos pescados de agradable mantenimiento: y el otro de agua salobre y obscura, semejante á la marítima; no porque fuesen, de otra calidad las vertientes de que se alimentaba, sino por vicio natural de la misma tierra donde se detenian, gruesa y salitrosa por aquel parage; pero de grande utilidad para la fábrica de la sal que beneficiaban cerca de sus orillas, purificando al sol, y adelgazando con el fuego las espumas y superfluidades que despedia la resaca.
En el medio casi de esta lagúna salobre tenia su asiento la ciudad, cuya situacion se apartaba de la línea equinoccial, hácia el norte, diez y nueve grados y trece minutos, dentro aun de la torrida zona, que imaginaron de fuego inhabitable los filósofos antiguos: para que aprendiese nuestra experiencia quan poco se puede fiar de la humana sabiduría en todas aquellas noticias que no entran por los sentidos á desengañar el entendimiento. Era su clima benigno y saludable, donde se dexaban conocer á su tiempo el frio y el calor, ambos con moderada intension: y la humedad, que, por la naturaleza del sitio, pudiera ofender á la salud, estaba corregida con el favor de los vientos, ó morigerada con el beneficio del sol.
Tenia hermosísimos lejos en medio de las aguas esta gran poblacion, y se daba la mano con la tierra por sus diques ó calzadas principales: fábrica suntuosa, que servia tanto al ornamento como á la necesidad: la una, de dos leguas hácia la parte del mediodia, por donde hicieron su entrada los Españoles: la otra, de una legua, mirando al septentrion: y la otra, poco menor, por la parte occidental. Eran las calles bien niveladas y espaciosas: unas de agua con sus puentes para la comunicacion de los vecinos; otras de tierra sola hechas á la mano; y otras de agua y tierra, los lados para el paso de la gente, y el medio para el uso de las canoas ó barcas de tamaños diferentes, que navegaban por la ciudad, ó servian al comercio: cuyo número toca en increible; pues dicen que tendria México entónces mas de cincuenta mil, sin otras embarcaciones pequeñas, que allí se llamaban acales, hechas de un tronco, y capaces de un hombre que remaba para sí.
Los edificios públicos y casas de los nobles, de que se componia la mayor parte de la ciudad, eran de piedra, y bien fabricadas: las que ocupaba la gente popular, humildes y desiguales; pero unas y otras en tal disposicion, que hacian lugar á diferentes plazas de terraplen, donde tenian sus mercados.
Era entre todas la del Tlatelúlco de admirable capacidad y concurso, á cuyas ferias acudian ciertos dias en el año todos los mercaderes y comerciantes del Reyno con lo mas precioso de sus frutos y manifacturas; y solian concurrir tantos, que, siendo esta plaza, segun dice Antonio de Herrera, una de las mayores del mundo, se llenaba de tiendas puestas en hileras, y tan apretadas, que apénas dexaban calle á los compradores. Conocian todos su puesto, y armaban su oficina de bastidores portátiles, cubiertos de algodon basto, capaz de resistir al agua y al sol. No acaban de ponderar nuestros escritores el órden, la variedad y la riqueza de estos mercados. Habia hileras de plateros, donde se vendian joyas y cadenas extraordinarias, diversas hechuras de animales, y vasos de oro y plata labrados con tanto primor, que algunos de ellos dieron que discurrir á nuestros artífices: particularmente unas calderillas de asas movibles, que salian así de la fundicion, y otras piezas del mismo género, donde se hallaban molduras y relieves, sin que se conociese impulso de martillo, ni golpe de sincel. Habia tambien hileras de pintores, con raras ideas y paises de aquella interposicion de plumas que daba el colorido, y animaba la figura, en cuyo género se hallaron raros aciertos de la paciencia y la prolixidad. Venian tambien á este mercado quantos géneros de telas se fabricaban en todo el Reyno para diferentes usos, hechas de algodon y pelo de conejo, que hilaban delicadamente las mugeres, enemigas en aquella tierra de la ociosidad, y aplicadas al ingenio de las manos. Eran muy de reparar los búcaros y hechuras exquisitas de finísimo barro que traían á vender, diverso en el color y en la fragrancia, de que labraban con primor extraordinario quantas piezas y vasijas son necesarias para el servicio y el adorno de una casa: porque no usaban de oro ni de plata en sus vaxillas, profusion que solo era permitida en la mesa real, y esto en dias muy señalados. Hallábanse con la misma distribucion y abundancia los mantenimientos, las frutas, los pescados, y finalmente quantas cosas hizo venales el deleyte y la necesidad.
Hacianse las compras y ventas por via de permutacion, con que daba cada uno lo que le sobraba por lo que habia menester: y el maiz ó el cacao servia de moneda para las cosas menores. No se gobernaban por el peso, ni le conocieron, pero tenian diferentes medidas con que distinguir las cantidades, y sus números ó caractéres con que ajustar los precios segun sus tasaciones.
Habia casa diputada para los jueces del comercio, en cuyo tribunal se decidian las diferencias de los comerciantes; y otros ministros inferiores, que andaban entre la gente cuidando de la igualdad de los contratos, y llevaban al tribunal las causas de fraude ó exceso que necesitaban de castigo. Admiraron justamente nuestros Españoles la primera vista de este mercado por su abundancia, por su variedad, y por el órden y concierto con que estaba puesta en razon aquella muchedumbre: aparador verdaderamente maravilloso, en que se venian de una vez á los ojos la grandeza y el gobierno de aquella Corte.
Los templos (si es lícito darles este nombre) se levantaban suntuosamente sobre los demas edificios: y el mayor, donde residia la suma dignidad de aquellos inmundos sacerdotes, estaba dedicado al ídolo Viztzilipuztli, que en su lengua significaba Dios de la guerra, y le tenian por el supremo de sus Dioses: primacía de que se infiere quánto se preciaba de militar aquella nacion. El vulgo de los soldados Españoles le llamaba Hachilobos, tropezando en la pronunciacion: y así le nombra Bernal Diaz del Castillo, hallando en la pluma la misma dificultad. Notablemente discuerdan los autores en la descripcion de este soberbio edificio. Antonio de Herrera se conforma demasiado con Francisco Lopez de Gómara: los que le vieron entónces tenian otras cosas en el cuidado, y los demas tiraron las líneas á la voluntad de su consideracion. Seguimos al Padre Josef de Acosta, y á otros autores de los mejor informados.
Su primera mansion era una gran plaza en quadro, con su muralla de sillería, labrada por la parte de afuera con diferentes lazos de culebras encadenadas, que daban horror al pórtico, y estaban allí con alguna propiedad. Poco ántes de llegar á la puerta principal estaba un humilladero no ménos horroroso. Era de piedra con treinta gradas de lo mismo que subian á lo alto, donde habia un género de azotea prolongada, y fixos en ella muchos troncos de crecidos árboles puestos en hilera: tenian estos sus taladros iguales á poca distancia, y por ellos pasaban de un arbol á otro diferentes varas, ensartando cada una por las sienes algunas calaveras de hombres sacrificados, cuyo número, que no se puede referir sin escándalo, tenian siempre cabal los ministros del templo, renovando las que padecian algun destrozo con el tiempo. Lastimoso trofeo, en que manifestaba su rencor el enemigo del hombre: y aquellos bárbaros le tenian á la vista sin algun remordimiento de la naturaleza, hecha devocion la inhumanidad, y desaprovechada en la costumbre de los ojos la memoria de la muerte.
Tenia la plaza quatro puertas correspondientes en sus quatro lienzos que miraban á los quatro vientos principales. En lo alto de las portadas habia quatro estátuas de piedra, que señalaban el camino, como despidiendo á los que se acercaban mal dispuestos: y tenian su presuncion de Dioses liminares, porque recibian algunas reverencias á la entrada. Por la parte interior de la muralla estaban las habitaciones de los sacerdotes y dependientes de su ministerio, con algunas oficinas que corrian todo el ámbito de la plaza sin ofender el quadro, dexándola tan capaz, que solian baylar en ella ocho y diez mil personas quando se juntaban á celebrar sus festividades.
Ocupaba el centro de esta plaza, una gran máquina de piedra, que á cielo descubierto se levantaba sobre las torres de la ciudad, creciendo en diminucion hasta formar una media pirámide, los tres lados pendientes, y en el otro labrada la escalera: edificio suntuoso y de buenas medidas, tan alto que tenia ciento y veinte gradas la escalera, y tan corpulento que terminaba en un plano de quarenta pies en quadro, cuyo pavimento enlosado primorosamente de varios jaspes guarnecia por todas partes un pretil con sus almenas retorcidas á manera de caracoles, formado por ambas hazes de unas piedras negras semejantes al azabache, puestas con órden, y unidas con betunes blancos y roxos que adornaban mucho el edificio.
Sobre la division del pretil, donde terminaba la escalera, estaban dos estátuas de marmol, que sustentaban, imitando bien la fuerza de los brazos, unos grandes candeleros de hechura extraordinaria: mas adelante una losa verde, que se levantaba cinco palmos del suelo, y remataba en esquina, donde afirmaban por las espaldas al miserable que habian de sacrificar, para sacarle por los pechos el corazon. Y en la frente una capilla de mejor fábrica y materia, cubierta por lo alto con su techumbre de maderas preciosas, donde tenian el ídolo sobre un altar muy alto, y detras de cortinas. Era de figura humana, y estaba sentado en una silla con apariencias de trono, fundada sobre un globo azul que llamaban cielo, de cuyos lados salian quatro varas con cabezas de sierpes, á que aplicaban los hombros para conducirle quando le manifestaban al pueblo. Tenia sobre la cabeza un penacho de plumas varias en forma de páxaro con el pico y la cresta de oro bruñido; el rostro de horrible severidad, y mas afeado con dos faxas azules, una sobre la frente, y otra sobre la nariz. En la mano derecha una culebra ondeada que le servia de baston, y en la izquierda quatro saetas, que veneraban como traidas del Cielo, y una rodela con cinco plumages blancos puestos en cruz, sobre cuyos adornos, y la significacion de aquellas insignias y colores decian notables desvaríos con lastimosa ponderacion.
Al lado siniestro de esta capilla estaba otra de la misma hechura y tamaño con un ídolo que llamaban Tlaloch, en todo semejante á su compañero. Tenianlos por hermanos, y tan amigos, que dividian entre sí los patrocinios de la guerra: iguales en el poder, y uniformes en la voluntad: por cuya razon acudian á entrambos con una víctima y un ruego, y les daban las gracias de los sucesos, teniendo en equilibrio la devocion.
El ornato de ambas capillas era de inestimable valor, colgadas las paredes, y cubiertos los altares de joyas y piedras preciosas puestas sobre plumas de colores. Y habia de este género y opulencia ocho templos en aquella ciudad, siendo los menores mas de dos mil, donde se adoraban otros tantos ídolos diferentes en el nombre, figura y advocacion. Apénas habia calle sin su Dios tutelar; ni se conocia calamidad entre las pensiones de la naturaleza que no tuviese altar donde acudir por el remedio. Ellos se fingian y fabricaban sus Dioses de su mismo temor, sin conocer que enflaquecian el poder de los unos con lo que fiaban de los otros: y el demonio ensanchaba su dominio por instantes, violentísimo tirano de aquellos racionales, y en pacífica posesion de tantos siglos. ¡O permisiones inescrutables del Altísimo!
CAPITULO XIV.
Describense diferentes casas que tenia Motezuma para su divertimiento, sus armerías, sus jardines y sus quintas, con otros edificios notables que habia dentro y fuera de la ciudad.
Demas del palacio principal que dexamos referido, y el que habitaban los Españoles, tenia Motezuma diferentes casas de recreacion que adornaban la ciudad, y engrandecian su persona. En una de ellas (edificio real donde se vieron grandes corredores sobre columnas de jaspe) habia quantos géneros de aves se crian en la Nueva España dignas de alguna estimacion por la pluma ó por el canto: entre cuya diversidad se hallaron muchas extraordinarias, y no conocidas hasta entónces en Europa. Las marítimas se conservaban en estanques de agua salobre; y en otros de agua dulce las que se traían de rios ó lagunas. Dicen que habia páxaros de cinco y seis colores, y los pelaban á su tiempo, dexándolos vivos para que repitiesen á su dueño la utilidad de la pluma: género de mucho valor entre los Mexicanos, porque se aprovechaban de ella en sus telas, en sus pinturas y en todos sus adornos. Era tanto el número de las aves, y se ponia tanto cuidado en su conservacion, que se ocupaban en este ministerio mas de trescientos hombres diestros en el conocimiento de sus enfermedades, y obligados á subministrarles el cebo de que se alimentaban en su libertad. Poco distante de esta casa tenia otra Motezuma de mayor grandeza y variedad con habitacion capaz de su persona y familia, donde residian sus cazadores y se criaban las aves de rapiña: unas en jaulas de igual aliño y limpieza, que solo servian á la observacion de los ojos; y otras en alcándaras, obedientes al lazo de la pihuela, y domesticadas para el exercicio de la cetrería; cuyos primores alcanzaron, sirviéndose de algunos páxaros de razas excelentes que se hallan en aquella tierra, parecidos á los nuestros, y nada inferiores en la docilidad con que reconocen á su dueño, y en la resolucion con que se arrojan á la presa. Habia entre las aves que tenian encerradas muchas de rara fiereza y tamaño, que parecieron entónces monstruosas, y algunas águilas reales de grandeza exquisita y prodigiosa voracidad. No falta quien diga que una de ellas gastaba un carnero en cada comida: debanos el autor que no apoyemos con su nombre lo que, á nuestro parecer, creyó con facilidad.
En el segundo patio de la misma casa estaban las fieras que presentaban á Motezuma, ó prendian sus cazadores, en fuertes jaulas de madera, puestas con buena distribucion y debaxo de cubierto: leones, tigres, osos, y quantos géneros de brutos silvestres produce la Nueva España, entre los quales hizo mayor novedad el toro Mexicano, rarísimo compuesto de varios animales, gibada y corva la espalda como el camello, enjuto el ijar, larga la cola y guedejudo el cuello como el leon, hendido el pie y armada la frente como el toro, cuya ferocidad imita con igual ligereza y execucion. Anfiteatro que pareció á los Españoles digno de Príncipe grande, por ser tan antiguo en el mundo esto de significarse por las fieras la grandeza de los hombres.
En otra separacion de este palacio dicen algunos de nuestros escritores que se criaba con cebo quotidiano una multitud horrible de animales ponzoñosos, y que anidaban en diferentes vasijas y cavernas las viboras, las culebras de cascabel, los escorpiones: y crece la ponderacion hasta encontrar con los crocodilos; pero tambien afirman que no alcanzaron esta venenosa grandeza nuestros Españoles, y que solo vieron el parage donde se criaban: cuya limitacion nos basta para tocarlo como inverisímil, creyendo ántes que lo entenderian así los Indios, de cuya relacion se tomó la noticia, y que sería este uno de aquellos horrores que suele inventar el vulgo contra la fiereza de los tiranos, particularmente quando sirve afligido, y discurre atemorizado.
Sobre la mansion que ocupaban las fieras habia un quartel muy capaz, donde habitaban los bufones, y otras sabandijas de palacio, que servian al entretenimiento del Rey, en cuyo número se contaban los monstruos, los enanos, los corcovados y otros errores de la naturaleza: cada género tenia su habitacion separada, y cada separacion sus maestros de habilidades, y sus personas diputadas para cuidar de su regalo, donde los servian con tanta puntualidad, que algunos padres, entre la gente pobre, desfiguraban á sus hijos para que lograsen esta conveniencia, y emendar su fortuna, dándoles el merito en la deformidad.
No se conocia ménos la grandeza de Motezuma en otras dos casas que ocupaba su armería. Era la una para la fábrica, y la otra para el depósito de las armas. En la primera vivian y trabajaban todos los maestros de esta facultad, distribuidos en diferentes oficinas, segun sus ministerios: en una parte se adelgazaban las varas para las flechas: en otra se labraban los pedernales para las puntas: y cada género de armas ofensivas y defensivas tenia su obrador y sus oficiales distintos con algunos superintendentes que llevaban á su modo la cuenta y razon de lo que se trabajaba. La otra casa, cuyo edificio tenia mayor representacion, servia de almacen donde se recogian las armas despues de acabadas, cada género en pieza distinta: y de allí se repartian á los exércitos y fronteras, segun la ocurrencia de las ocasiones. En lo alto se guardaban las armas de la persona real colgadas por las paredes con buena colocacion: en una pieza los arcos, flechas y aljabas, con varios embutidos y labores de oro y pedrería: en otra las espadas y montantes de madera extraordinaria con sus filos de pedernal, y la misma riqueza en las empuñaduras: en otra los dardos, y así los demas géneros, tan adornados y resplandecientes, que daban que reparar hasta las hondas y las piedras. Habia diferentes hechuras de petos y zeladas con láminas y follages de oro, muchas casacas de aquellos colchados que resistian á las flechas, hermosas invenciones de rodelas ó escudos, y un género de paveses ó adargas de pieles impenetrables que cubrian todo el cuerpo, y hasta la ocasion de pelear andaban arrolladas al hombro izquierdo. Fué de admiracion á los Españoles esta grande armería, que pareció tambien alhaja de Príncipe, y Príncipe guerrero, en que se acreditaban igualmente su opulencia y su inclinacion.
En todas estas casas tenia grandes jardines prolixamente cultivados. No gustaba de árboles fructíferos, ni plantas comestibles en sus recreaciones; ántes solia decir que las huertas, eran posesiones de gente ordinaria, pareciéndole mas propio en los Príncipes el deleyte sin mezcla de utilidad. Todo era flores de rara diversidad y fragrancia, y yerbas medicinales, que servian á los quadros y cenadores: de cuyo beneficio cuidaba mucho, haciendo traer á sus jardines quantos géneros produce la benignidad de aquella tierra, donde no aprendian los físicos otra facultad que la noticia de sus nombres, y el conocimiento de sus virtudes. Tenian hierbas para todas las enfermedades y dolores, de cuyos zumos y aplicaciones componian sus remedios, y lograban admirables efectos, hijos de la experiencia, que sin distinguir la causa de la enfermedad, acertaban con la salud del enfermo. Repartianse francamente de los jardines del Rey todas las hierbas que recetaban los médicos, ó pedian los dolientes; y solia preguntar si aprovechaban, hallando vanidad en sus medicinas, ó persuadido á que cumplió con la obligacion del gobierno cuidando así de la salud de sus vasallos.
En todos estos jardines y casas de recreacion habia muchas fuentes de agua dulce y saludable, que traían de los montes vecinos guiada por diferentes canales, hasta encontrar con las calzadas, donde se ocultaban los encañados que la introducian en la ciudad: para cuya provision se dexaban algunas fuentes públicas, y se permitia, no sin tributo considerable, que los Indios vendiesen por las calles la que podian conducir de otros manantiales. Creció mucho en tiempo de Motezuma el beneficio de las fuentes, porque fué suya la obra del gran conducto por donde vienen á México las aguas vivas que se descubrieron en la sierra de Chapultepec, distante una legua de la ciudad. Hizose primero de su órden y traza un estanque de piedra donde recogerlas, midiendo su altura con la declinacion que pedia la corriente: y despues un paredon grueso con dos canales descubiertas de fuerte argamasa, de las quales servia la una mientras se limpiaba la otra. Fábrica de grande utilidad, cuya invencion le dexó tan vanaglorioso, que mandó poner su efigie y la de su padre, no sin alguna semejanza, esculpidas en dos medallas de piedra, con ambicion de hacerse memorable por aquel beneficio de su ciudad.
Uno de los edificios que hizo mayor novedad entre las obras de Motezuma fué la casa que llamaban de la tristeza, donde solia retirarse quando se morian sus parientes, y en otras ocasiones de calamidad ó mal suceso que pidiese pública demostracion. Era de horrible arquitectura, negras las paredes, los techos y los adornos, y tenia un género de claraboyas ó ventanas pequeñas que daban penada la luz, ó permitian solamente la que bastaba para que se viese la obscuridad. Formidable habitacion, donde se detenia todo lo que tardaba en despedir sus quebrantos, y donde se le aparecia con mas facilidad el demonio: fuese por lo que ama los horrores el príncipe de las tinieblas, ó por la congruencia que tienen entre sí el espíritu maligno y el humor melancólico.
Fuera de la ciudad tenia grandes quintas y casas de recreacion con muchas y copiosas fuentes que daban agua para los baños, ó estanques para la pesca; en cuya vecindad habia diferentes bosques para diferentes géneros de caza, exercicio que freqüentaba y entendia, manejando con primor el arco y la flecha. Era la montería su principal divertimiento, y solia muchas veces salir con sus nobles á un parque muy espacioso y ameno, cuyo distrito estaba cercado por todas partes con un foso de agua, donde le traían y encerraban las reses de los montes vecinos: entre las quales solian venir algunos tigres y leones. Habia gente señalada en México y en otros lugares del contorno que se adelantaba para estrechar y conducir las fieras al sitio destinado, siguiendo casi en estas batidas el estílo de nuestros monteros. Tenian aquellos Indios Mexicanos grande osadía y agilidad en perseguir y sujetar los animales mas feroces: y Motezuma gustaba mucho de mirar el combate de sus cazadores, y lograr algunos tiros, que se aplaudian como aciertos de mayor importancia. Nunca se apeaba de sus andas sino es quando se ponia en algun lugar eminente, y siempre con bastante circunvalacion de chuzos y flechas que asegurasen su persona; no porque le faltáse valor, ni dexáse de aventajar á todos en la destreza, sino porque miraba como indignos de su magestad aquellos riesgos voluntarios: pareciéndole (y no sin conocimiento de su dignidad) que solo eran decentes para el Rey los peligros de la guerra.
CAPITULO XV.
Dáse noticia de la ostentacion y puntualidad con que se hacia servir Motezuma en su palacio, del gasto de su mesa, de sus audiencias, y otras particularidades de su economía y divertimientos.
Era correspondiente á la suntuosidad y soberbia de sus edificios el fausto de su casa, y los aparatos de que adornaba su persona, para mantener la reverencia y el temor de sus vasallos: á cuyo fin inventó nuevas ceremonias y superfluidades, emendando, como defecto, la humanidad con que se trataron hasta él los Reyes Mexicanos. Aumentó, como diximos, en los principios de su reynado el número, la calidad y el lucimiento de la familia real, componiéndola de gente noble, mas ó ménos ilustre, segun los ministerios de su ocupacion: punto que resistieron entónces sus consejeros, representándole que no convenia desconsolar al pueblo con excluirle totalmente de su servicio; pero él executó lo que le aconsejaba su vanidad: y era una de sus máxîmas, que los Príncipes debian favorecer desde lejos á la gente sin obligaciones, y considerar que no se hicieron los beneficios de la confianza para los ánimos plebeyos.
Tenia dos géneros de guardias, una de gente militar, y tan numerosa, que ocupaba los patios, y repartia diferentes esquadras á las puertas principales: y otra de caballeros, cuya introduccion fué tambien de su tiempo: constaba de hasta doscientos hombres de calidad conocida, y estos entraban todos los dias en palacio con el mismo fin de guardar la persona real, y asistir á su cortejo. Estaba repartido por turnos con tiempo señalado este servicio de los nobles, y se iban mudando con tal disposicion, que comprehendia toda la nobleza, no solo de la ciudad, sino del reyno: y venian, á cumplir con esta obligacion, quando les tocaba el turno, desde las ciudades mas remotas. Era su asistencia en las antecámaras, donde comian de lo que sobraba en la mesa del Rey. Solia permitir que entrasen algunos en su cámara, mandándolos llamar, no tanto por favorecerlos, como para saber si asistian, y tenerlos á todos en cuidado. Jactabase de haber introducido este género de guardia, y no sin alguna política mas que vulgar; porque solia decir á sus ministros que le servia de tener en algun exercicio la obediencia de los nobles para enseñarlos á vivir dependientes, y de conocer los sugetos de su Reyno para emplearlos segun su capacidad.
Casaban los Reyes Mexicanos con hijas de otros Reyes tributarios suyos: y Motezuma tenia dos mugeres de esta calidad con título de Reynas en quartos separados de igual pompa y ostentacion. El número de sus concubinas era exôrbitante y escandaloso; pues hallamos escrito que habitaban dentro de su palacio mas de tres mil mugeres entre amas y criadas, y que venian al exâmen de su antojo quantas nacian con alguna hermosura en sus dominios, porque sus ministros y executores las recogian á manera de tributo y vasallage: tratándose como importancia del Reyno la torpeza del Rey.
Deshaciase de este género de mugeres con facilidad, poniéndolas en estado para que ocupasen otras su lugar; y hallaban maridos entre la gente de mayor calidad, porque salian ricas, y á su parecer, condecoradas: tan lejos estaba de tener estimacion de virtud la honestidad en una religion, donde no solo se permitian, pero se mandaban las violencias de la razon natural. Afectaba mucho el recogimiento de su casa, y tenia mugeres ancianas que atendiesen al decoro de sus concubinas, sin permitir el menor desacierto en su proceder; no tanto porque le disonasen las indecencias, como porque le predominaban los zelos: y este cuidado con que procuraba mantener el recato de su familia, que tiene por sí tanto de loable y puesto en razon, era en él segunda liviandad, y pundonor poco generoso que se formaba en la flaqueza de otra pasion.
Sus audiencias no eran fáciles ni freqüentes; pero duraban mucho, y se adornaba esta funcion de grande aparato y solemnidad. Asistian á ellas los próceres que tenian entrada en su quarto, seis ó siete consejeros cerca de la silla, por si ocurriese alguna materia digna de consulta, y diferentes secretarios que iban notando, con aquellos símbolos que les servian de letras, las resoluciones y decretos, cada uno segun su negociacion. Entraba descalzo el pretendiente, y hacia tres reverencias sin levantar los ojos de la tierra, diciendo en la primera, Señor: en la segunda, mi Señor: y en la tercera, gran Señor. Hablaba en acto de mayor humiliacion, y se volvia despues á retirar por los mismos pasos, repitiendo sus referencias sin volver las espaldas, y cuidando mucho de los ojos; porque habia ciertos ministros que castigaban luego los menores descuidos; y Motezuma era observantísimo en estas ceremonias: cuidado que no se debe culpar en los Príncipes, por consistir en ellas una de las prerogativas que los diferencian de los otros hombres, y tener algo de substancia en el respeto de los súbditos estas delicadezas de la Magestad. Escuchaba con atencion, y respondia con severidad, midiendo, al parecer, la voz con el semblante. Si alguno se turbaba en el razonamiento, le procuraba cobrar, ó le señalaba uno de los ministros que le asistian, para que le habláse con ménos embarazo: y solia despacharle mejor, hallando en aquel miedo respectivo lisonja y discrecion. Preciabase mucho del agrado y humanidad con que sufria las impertinencias de los pretendientes, y la desproporcion de las pretensiones: y á la verdad procuraba por aquel rato corregir los ímpetus de su condicion; pero no todas veces lo podia conseguir, porque cedia lo violento á lo natural, y la soberbia reprimida se parece poco á la benignidad.
Comia solo, y muchas veces en público; pero siempre con igual aparato. Cubrianse los aparadores ordinariamente con mas de doscientos platos de varios manjares á la condicion de su paladar, y algunos de ellos tan bien sazonados, que no solo agradaron entónces á los Españoles, pero se han procurado imitar en España: que no hay tierra tan bárbara donde no se precie de ingenioso en sus desórdenes el apetito.
Antes de sentarse á comer registraba los platos, saliendo á reconocer las diferencias de regalos que contenian; y satisfecha la gula de los ojos, elegia los que mas le agradaban, y se repartian los demas entre los Caballeros de su guardia: siendo esta profusion quotidiana una pequeña parte del gasto que se hacia de ordinario en sus cocinas; porque comian á su costa quantos habitaban en palacio, y quantos acudian á él por obligacion de su oficio. La mesa era grande, pero baxa de pies, y el asiento un taburete proporcionado. Los manteles de blanco y sutil algodon, y las servilletas de lo mismo, algo prolongadas. Atajábase la pieza por la mitad con una baranda, ó biombo, que, sin impedir la vista, señalaba término al concurso, y apartaba la familia. Quedaban dentro cerca de la mesa tres ó quatro ministros ancianos de los mas favorecidos, y cerca de la baranda uno de los criados mayores que alcanzaba los platos. Salian luego hasta veinte mugeres vistosamente ataviadas, que servian la vianda, y ministraban la copa con el mismo género de reverencias que usaban en sus templos. Los platos eran de barro muy fino y solo servian una vez, como los manteles y servilletas, que se repartian luego entre los criados: los vasos de oro sobre salvas de lo mismo; y algunas veces solia beber en cocos ó conchas naturales costosamente guarnecidas. Tenian siempre á la mano diferentes géneros de bebidas, y él señalaba las que apetecia: unas con olor, otras de hierbas saludables, y algunas confecciones de ménos honesta calidad. Usaba con moderacion de los vinos, ó mejor diriamos cervezas, que hacian aquellos Indios, liquidando los granos del maiz por infusion y cocimiento, bebida que turbaba la cabeza como el vino mas robusto. Al acabar de comer tomaba ordinariamente un género de chocolate á su modo, en que iba la substancia del cacao batida con el molinillo hasta llenar la xicara de mas espuma que licor; y despues el humo del tabaco suavizado con liquidambar: vicio que llamaban medicina, y en ellos tuvo algo de supersticion, por ser el zumo de esta yerba uno de los ingredientes con que se dementaban y enfurecian los sacerdotes siempre que necesitaban de perder el entendimiento para entender al demonio.
Asistian ordinariamente á la comida tres ó quatro juglares de los que mas sobresalian en el número de sus sabandijas: y estos procuraban entretenerle, poniendo, como suelen, su felicidad en la risa de los otros; y vistiendo las mas veces en trage de gracia la falta de respeto. Solia decir Motezuma que los permitia cerca de su persona, porque le decian algunas verdades: (poco las apeteceria quien las buscaba en ellos, ó tendria por verdades las lisonjas): sentencia que se pondera entre sus discreciones; pero mas reparamos en que llegáse á conocer hasta un Príncipe bárbaro la culpa de admitirlos, pues buscaba colores con que honestarlo.
Despues del rato del sosiego solian entrar sus músicos á divertirle: y al son de flautas y caracoles, cuya desigualdad de sonidos concertaban con algun género de consonancia, le cantaban diferentes composiciones en varios metros, que tenian su número y cadencia: variando los tonos con alguna modulacion buscada en la voluntad de su oído. El ordinario asunto de sus canciones eran los acaecimientos de sus mayores, y los hechos memorables de sus Reyes; y estas se cantaban en los templos, y enseñaban á los niños, para que no se olvidasen las hazañas de su nacion, haciendo el oficio de la historia con todos aquellos que no entendian las pinturas y geroglíficos de sus anales. Tenian tambien sus cantilenas alegres, de que usaban en sus bayles, con estribillos y repeticiones de música mas bulliciosa: y eran tan inclinados á este género de regocijos, y á otros espectáculos en que mostraban sus habilidades, que, casi todas las tardes, habia fiestas públicas en alguno de los barrios, unas veces de la nobleza, y otras de la gente popular: y en aquella sazon fueron mas freqüentes, y de mayor solemnidad, por el agasajo de los Españoles, fomentándolas y asistiéndolas Motezuma contra el estilo de su austeridad; como quien deseaba con algun género de ambicion que se contasen los exercicios de la ociosidad entre las grandezas de su corte.
La mas señalada entre sus fiestas era un género de danzas que llamaban mitotes: componianse de innumerable muchedumbre; unos vistosamente adornados, y otros en trages y figuras extraordinarias. Entraban en ellas los nobles, mezclándose con los plebeyos en honor de la festividad: y tenian exemplar de haber entrado sus Reyes. Hacian el son dos atabales de madera cóncava, desiguales en el tamaño y en el sonido, baxo y tiple, unidos y templados no sin alguna conformidad. Entraban de dos en dos haciendo sus mudanzas: y despues formaban corro, hiriendo todos á un tiempo la tierra y el ayre con los pies, sin perder el compás. Cansado un corro, sucedia otro con diferentes saltos y movimientos, imitando los tripudios y coreas que celebró la antigüedad; y algunas veces se mezclaban todos en alegre inquietud, hasta que, mediando los brindis, y venciendo la embriaguez, de que se hacia gala en estos dias, cesaba la fiesta, ó se convertia en otra locura ménos ordenada.
Juntabase otras veces el pueblo en las plazas ó en los atrios de sus templos á diferentes espectáculos y juegos. Habia desafíos de tirar al blanco, y hacer otras destrezas admirables con el arco y la flecha. Usaban de la carrera y la lucha con sus apuestas particulares, y premios públicos para el vencedor. Tenian hombres agilísimos que baylaban sin equilibrio en la maroma; y otros que hacian mudanzas y vueltas con segundo baylarin sobre los hombros. Jugaban tambien á la pelota igual número de competidores con un género de goma que levantaba mucho los botes, y la traían largo rato en el ayre, hasta que ganaban la raya los que daban con ella en el término contrapuesto: victoria que se disputaba con tanta solemnidad, que venian los sacerdotes con el Dios de la pelota (ridícula supersticion!) y colocándole á la vista, conjuraban el trinquete con ciertas ceremonias, que, á su parecer, dexaban corregidos los azares del juego, igualando la fortuna de los jugadores.
Raros eran los dias en que no hubiese alguna fiesta que alegráse la ciudad: y Motezuma gustaba de que se freqüentasen los bayles y los regocijos; no porque fuesen de su genio, ni dexáse de conocer los inconvenientes que se perdonan, ó se disimulan en estos bullicios de la plebe; sino porque hallaba conveniencia en traer divertidos aquellos ánimos inquietos, de cuya fidelidad vivia rezeloso. Propia cavilacion de Príncipe tirano, dexar al pueblo estos incitamentos de los vicios, para que no discurra en lo que padece: y mayor servidumbre de la tiranía, necesitar de indignas permisiones, para introducir la servidumbre con especie de libertad.
CAPITULO XVI.
Dáse noticia de las grandes riquezas de Motezuma, del estílo con que se administraba la hacienda, y se cuidaba de la justicia: con otras particularidades del gobierno político y militar de los Mexicanos.
Era Príncipe tan rico Motezuma, que, no solo podia sustentar los gastos y delicias de su corte, pero mantenia continuamente dos ó tres exércitos en campaña para sujetar sus rebeldes, ó cubrir sus fronteras; y sobraba caudal opulento de que se formaban sus tesoros. Daban grande utilidad á la corona las minas de oro y plata, las salinas, y otros derechos de antigua introduccion; pero el mayor capital de las rentas reales se componia de las contribuciones de los vasallos, cuya imposicion creció con exôrbitancia en tiempo de Motezuma. Todos los hombres llanos de aquel vasto y populoso dominio pagaban de tres uno al Rey de sus labranzas y grangerías: los pobres conducian sin estipendio los géneros que se remitian á la corte ó reconocian el vasallage con otro servicio personal.
Andaban por el Reyno diferentes audiencias, que, con el auxîlio de las justicias ordinarias, iban cobrando y remitiendo los tributos. Dependian estos ministros del tribunal de hacienda, que residia en la corte, obligados á dar cuenta por menor de lo que producian sus distritos; y se castigaban con pena de la vida sus fraudes ó sus descuidos, de que resultaba mayor violencia en las cobranzas; porque se miraban como igual delito en el executor la piedad y el latrocinio.
Eran grandes los clamores de los pueblos, y no los ignoraba Motezuma; pero solia poner entre los primores de su gobierno la opresion de sus vasallos; diciendo muchas veces que conocia su mala inclinacion, y que necesitaban de aquella carga para su misma quietud, porque no los pudiera sujetar si los dexára enriquecer. ¡Grande hombre de buscar pretextos y colores que hiciesen el oficio de la razon! Los lugares vecinos á la ciudad daban gente para las obras reales, proveían de leña el palacio, y pagaban otras pensiones á costa de sus comunidades.
Los nobles contribuian con asistir á las guardias, acudian con sus vasallos á los exércitos, y hacian contínuos presentes al Rey, que se recibian como dádivas, sin perder el nombre de obligacion. Habia diferentes depositarios y tesoreros donde paraban los géneros que procedian de las contribuciones: y el tribunal de hacienda libraba en ellos todo lo necesario para el gasto de las casas reales, y provisiones de la guerra; y cuidaba de que se fuese beneficiando lo que sobraba, para guardarlo en el tesoro principal, reducido á géneros durables, y particularmente á piezas de oro, cuyo valor conocian y estimaban, sin que la copia llegáse á envilecerle; ántes le apetecian y guardaban los poderosos, ó bien fuese por la nobleza y hermosura del metal, ó porque nació destinado á la codicia mas que á la necesidad de los hombres.
Tenian los Mexicanos dispuesto y organizado su gobierno con notable concierto y armonía. Demas del consejo de hacienda, que corria, como hemos dicho, con las dependencias del patrimonio real, habia consejo de justicia, donde venian las apelaciones de los tribunales inferiores: consejo de guerra, donde se cuidaba de la formacion y asistencias de los exércitos: y consejo de estado que se hacia las mas veces en presencia del Rey, donde se trataban los negocios de mayor peso. Habia tambien jueces del comercio y del abasto, y otro género de ministros, como Alcaldes de corte que rondaban la ciudad, y perseguian los delinqüentes. Traían sus varas ellos y sus alguaciles para ser conocidos por la insignia del oficio, y tenian su tribunal donde se juntaban á oir las partes, y determinar los pleytos en primera instancia. Los juicios eran sumarios y verbales: el actor y el reo comparecian con su razon y sus testigos, y el pleyto se acababa de una vez, durando poco mas, si era materia de recurso á tribunal superior. No tenian leyes escritas; pero se gobernaban por el estílo de sus mayores, supliendo la costumbre por la ley siempre que la voluntad del Príncipe no alteraba la costumbre. Todos estos consejos se componian de personas experimentadas en los cargos de la paz y de la guerra: y el de estado, superior á todos los demas, se formaba de los Electores del Imperio, á cuya dignidad ascendian los Príncipes ancianos de la sangre Real: y quando se ofrecia materia de mucha consideracion, eran llamados al consejo los Reyes de Tezcuco y Tacuba, principales Electores, á quien tocaba por sucesion esta prerogativa. Los quatro primeros vivian en palacio, y andaban siempre cerca del Rey, para darle su parecer en lo que se ofrecia y autorizar con el pueblo sus resoluciones.
Cuidaban del premio y del castigo con igual atencion. Eran delitos capitales el homicidio, el hurto, el adulterio, y qualquier leve desacato contra el Rey ó contra la religion. Las demas culpas se perdonaban con facilidad, porque la misma religion desarmaba la justicia permitiendo las iniquidades. Castigábase tambien con pena de la vida la falta de integridad en los ministros, sin que se diese culpa venial en los que servian oficio público: y Motezuma puso en mayor observancia esta costumbre, haciendo exquisitas diligencias para saber como procedian, hasta exâminar su desinterés con algunos regalos ofrecidos por mano de sus confidentes; y el que faltaba en algo á su obligacion, moria por ello irremisiblemente: severidad que merecia Príncipe ménos bárbaro, y república mejor acostumbrada. Pero no se puede negar á los Mexicanos que tuvieron algunas virtudes morales, y particularmente la de procurar que se administráse con rectitud aquel género de justicia que llegaron á conocer, bastante á deshacer los agravios, y á mantener la sociedad entre los suyos: porque no dexaban de conservar entre sus abusos y bestialidades algunas luces de aquella primitiva equidad que dió á los hombres la naturaleza, quando faltaban las leyes, porque se ignoraban los delitos.
Una de las atenciones mas notables de su gobierno era el cuidado con que se trataba la educacion de los muchachos, y el desvelo con que iban formando y reconociendo sus inclinaciones. Tenian escuelas públicas para la enseñanza de la gente popular, y otros colegios ó seminarios de mayor providencia y aparato donde se criaban los hijos de los nobles: perseverando en ellos desde la tierna edad, hasta que salian capaces de hacer su fortuna, ó seguir su inclinacion. Habia maestros de niñez, adolescencia y juventud, que tenian autoridad y estimacion de ministros; y no sin fundamento, pues cuidaban de aquellos rudimentos y exercicios que aprovechaban despues á la república. Allí los enseñaban á descifrar los caractéres y figuras de que se componian sus escritos, y los hacian tomar de memoria las canciones historiales en que se contenian los hechos de sus mayores, y las alabanzas de sus Dioses. Pasaban despues á otra clase, donde se aprendia la modestia y la cortesía, y dicen que hasta la compostura en el andar. Eran de mayor suposicion estos segundos preceptores, porque tenian á su cargo las costumbres de aquella edad, en que se dexan corregir los defectos y quebrantar las pasiones.
Despiertos ya, y crecidos en este género de sujecion y enseñanza, pasaban á la tercera clase, donde se habilitaban en exercicios mas robustos: probaban las fuerzas en el peso y la lucha, competian unos con otros en el salto y la carrera, y se enseñaban á manejar las armas, esgrimir el montante, despedir el dardo, y dar impulso y certidumbre á la flecha: hacianlos sufrir la hambre y la sed: y tenian sus ratos de resistir á las inclemencias del tiempo, hasta que volvian hábiles y endurecidos á la casa de sus padres, para ser aplicados, segun la noticia que daban los maestros de su inclinacion, al gobierno político, al exercicio militar, ó al sacerdocio: tres caminos en que podia elegir la gente noble, poco diferentes en la estimacion, aunque precedia el de la guerra, por ser mayores sus ascensos.
Habia tambien otros colegios de matronas dedicadas al culto de los templos, donde se criaban las doncellas de calidad, guardando clausura, y entregadas á sus maestras desde la niñez hasta que salian á tomar estado, con aprobacion de sus padres, y licencia del Rey: diestras ya en aquellas habilidades y labores que daban opinion á las mugeres.
Los hijos de la gente noble, que, al salir de los seminarios, se inclinaban á la guerra, pasaban por otro exâmen digno de consideracion: porque sus padres los enviaban á los exércitos para que viesen lo que se padecia en la campaña, ó supiesen lo que intentaban ántes de alistarse por soldados: y solian enviarlos entre los Tamenes vulgares con su carga de bastimentos al hombro, para que perdiesen la vanidad y fuesen enseñados al trabajo.
No se admitian á la profesion los que mudaban el semblante al horror de las batallas, ó no daban alguna experiencia de su valor: de que resultaba el ser de mucho servicio estos bisoños en el tiempo de su aprobacion, porque todos procuraban señalarse con algun hecho particular, arrojándose á los mayores peligros; y conociendo, al parecer, que, para entrar en el número de los valientes, era necesario dar algo de temeridad á los principios de la fama.
En nada pusieron tanto su felicidad los Mexicanos como en las cosas de la guerra: profesion que miraban los Reyes como principal instituto de su poder, y los súbditos como propia de su nacion. Subian por ella los plebeyos á nobles, y los nobles á las mayores ocupaciones de la monarquía: con que se animaban todos á servir, ó por lo ménos aspiraban á la virtud militar quantos nacian con ambicion, ó tenian espíritu para salir de su esfera. No habia lugar sin milicia determinada con preeminencias que diferenciaban al soldado entre los demas vecinos. Formábanse los exércitos con facilidad: porque los Príncipes del reyno, y los Caciques de las provincias tenian obligacion de acudir á la plaza de armas que se les señalaba con el número de gente que se les repartia: y se pondera entre las grandezas de aquel imperio, que llegó á tener Motezuma treinta vasallos tan poderosos, que podia cada uno poner en campaña cien mil hombres armados. Gobernaban estos la gente de su cargo en la ocasion, dependientes del Capitan general, á quien obedecian, reconociendo en él la representacion de su Rey, quando faltaba su persona del exército, que sucedia pocas veces: porque aquellos Príncipes tenian á desayre de su autoridad el apartarse de sus armas, hallando alguna monstruosidad política en aquella disonancia, que hacen fuerzas propias en ageno brazo.
Su modo de pelear era el mismo que dexamos referido en la batalla de Tabasco: mejor disciplinados los exércitos, ménos confusa la obediencia de los soldados, mas nobleza, y mayores esperanzas. Deshacianse brevemente de las armas arrojadizas para llegar á las espadas, y muchas veces á los brazos, por ser entre aquella gente mayor hazaña el cautiverio que la muerte del enemigo, y mas valeroso el que daba mas prisioneros para los sacrificios. Tenian estimacion y conveniencia los cargos militares, y Motezuma premiaba con liberalidad á los que sobresalian en las batallas: tan inclinado á la milicia, y tan atento á la reputacion de sus armas, que inventó premios honoríficos para los nobles que servian en la guerra, instituyendo cierto género de órdenes militares con sus hábitos ó insignias que daban honra y distincion. Habia unos caballeros que llamaban de las águilas, otros de los tigres, y otros de los leones, que llevaban pendiente ó pintada en los mantos la empresa de su religion. Fundó tambien otra caballería superior, á que solo eran admitidos los Príncipes ó nobles de alcuña real, y se hizo alistar en ella. Traían estos atada parte del cabello con una cinta roxa, y entre las plumas, de que adornaban la cabeza, unas borlas del mismo color, que pendian sobre las espaldas, mas ó ménos, segun las hazañas del caballero, las quales se contaban por el número de las borlas, y se aumentaban con nueva solemnidad como iban creciendo los hechos memorables de la guerra: con que habia dentro de la misma dignidad algo mas que merecer.
Debemos alabar en los Mexicanos la generosidad con que anhelaban á semejantes pundonores; y en Motezuma, el haber inventado en su república estos premios honoríficos: que, siendo la moneda mas fácil de batir, tienen el primer lugar en los tesoros del Rey.
CAPITULO XVII.
Dáse noticia del estilo con que se medían y computaban en aquella tierra los meses y los años: de sus festividades, matrimonios, y otros ritos y costumbres dignas de consideracion.
Tenian los Mexicanos dispuesto y regulado su calendario con notable observacion. Gobernabanse por el movimiento del sol, y midiendo sus alturas y declinaciones para entenderse con el tiempo. Daban al año trescientos y sesenta y cinco dias como nosotros: pero le dividian en diez y ocho meses, señalando á cada mes veinte dias, de cuyo número se componian los trescientos y sesenta; y los cinco restantes eran como dias intercaláres, que se añadian al fin del año para igualar el curso del sol. Mientras duraban estos cinco dias, (que, á su parecer, dexaron advertidamente sus mayores como vacíos y fuera de cuenta) se daban á la ociosidad, y trataban solo de perder, como podian, aquellas sobras del tiempo. Dexaban el trabajo los oficiales, cerrabanse las tiendas, cesaba el despacho de los tribunales, y hasta los sacrificios en los templos. Visitabanse unos á otros, y procuraban todos divertirse con varios entretenimientos, dando á entender que se prevenian con el descanso para entrar en los afanes y tareas del año siguiente: cuyo ingreso ponian en el principio de la primavera, discrepando del año solar, segun el cómputo de los astrólogos, en solos tres dias que venian á tomar de nuestro mes de Febrero.
Tenian tambien sus semanas de á trece dias con nombres diferentes, que se notaban por imágenes en el calendario; y sus siglos, que constaban de quatro semanas de años: cuyo método y dibuxo era de notable artificio, y se guardaba cuidadosamente para memoria de los sucesos. Formaban un círculo grande, y le dividian en cincuenta y dos grados, dando un año á cada grado. En el centro pintaban una efigie del sol, y de sus rayos salian quatro faxas de colores diferentes que partian igualmente, la circunferencia, dexando trece grados á cada semidiámetro: cuyas divisiones eran como signos de su zodiaco, donde tenian el siglo sus revoluciones, y el sol sus aspectos prósperos ó adversos, segun el color de la faxa. Por defuera iban notando en otro círculo mayor con sus figuras y caractéres los acaecimientos del siglo, y quantas novedades se ofrecian dignas de memoria: y estos mapas seculares eran como instrumentos públicos que servian á la comprobacion de sus historias. Puédese contar entre las providencias de aquel gobierno el tener historiadores que mandasen á la posteridad los hechos de su nacion.
Habia su mezcla de supersticion en este cómputo de los siglos, porque tenian aprehendido que peligraba la duracion del mundo siempre que terminaba el sol aquella carrera de las quatro semanas mayores: y quando llegaba el último dia de los cincuenta y dos años, se prevenian todos para la última calamidad. Despedianse de la luz con lágrimas, disponianse para morir sin enfermedad, rompian las vasijas de su menage como trastos inútiles, apagaban los fuegos, y andaban toda la noche como frenéticos, sin atreverse á descansar hasta saber si estaban de asiento en la region de las tinieblas. Pero al primer crepúsculo de la mañana empezaban á respirar con la vista en el oriente: y en saliendo el sol, le saludaban con todos sus instrumentos, cantándole diferentes himnos y canciones de alegría desconcertada: congratulábanse despues unos con otros de que ya tenian segura la duracion del mundo por otro siglo, y acudian luego á los templos á congratularse con sus Dioses, y á recibir la nueva lumbre de los sacerdotes, que se encendia delante de los altares con vehemente agitación de leños combustibles. Prevenianse despues de todo lo necesario para empezar á vivir: y este dia se celebraba con públicos regocijos, llenándose la ciudad de bayles y otros exercicios de agilidad dedicados á la renovacion del tiempo, no de otra suerte que celebró Roma sus juegos seculares.
La coronacion de sus Reyes tenia extraordinarios requisitos. Hecha la eleccion, como se ha dicho, quedaba el nuevo Rey obligado á salir en campaña con las armas del Imperio, y conseguir alguna victoria de sus enemigos, ó sujetar alguna província de las confinantes ó rebeldes ántes de coronarse, ni ascender al trono real: costumbre digna de observacion, por cuyo medio creció tanto en pocos años aquella Monarquía. Luego que se hallaba capaz del dominio con la recomendacion de victorioso, volvia triunfante á la ciudad, y se le hacia público recibimiento de grande ostentacion. Acompañábanle todos los nobles, ministros y sacerdotes hasta el templo del Dios de la guerra, donde se apeaba de sus andas, y hechos los sacrificios de aquella funcion, le ponian los Príncipes electores la vestidura y manto real: le armaban la mano diestra con un estoque de oro y pedernal, insignia de la justicia; la siniestra con el arco y flechas, que significaban la potestad, ó el arbitrio de la guerra: y el Rey de Tezcuco le ponia la corona, prerogativa de primer elector.
Oraba despues largo rato uno de los magistrados mas eloqüentes, dándole por todo el Imperio la enhorabuena de aquella dignidad, y algunos documentos en que le representaba los cuidados y desvelos que traia consigo la corona, lo que debia mirar por el bien público de sus reynos, y le ponia delante la imitacion de sus antecesores. Acabada esta oracion, se acercaba con gran reverencia el mayor de los sacerdotes, y en sus manos hacia un juramento de reparables circunstancias. Juraba primero que mantendria la religion de sus mayores, que observaria las leyes y fueros del Imperio, que trataria con benignidad á sus vasallos; y que, mientras él reynáse, andarian concertadas las lluvias, que no habria inundaciones en los rios, esterilidad en los campos, ni malignas influencias en el sol. Notable pacto entre Rey y vasallos, de que se rie Justo Lipsio; y pudieramos decir que le querian obligar con este juramento á que reynáse con tal moderacion, que no mereciese por su parte las iras del Cielo, no sin algun conocimiento de que suelen caer sobre los súbditos estos castigos y calamidades públicas por los pecados y exôrbitancias de los Reyes.
En los demas ritos y costumbres de aquella nacion tocarémos solamente lo que fuere digno de historia, dexando las supersticiones, indecencias y obscenidades que manchan la narracion, por mas que se digan sin ofensa de la verdad. Siendo tanta como se ha referido la muchedumbre de sus Dioses, y tan obscura la ceguedad de su idolatría, no dexaban de conocer una Deidad superior, á quien atribuían la creacion del cielo y de la tierra: y este principio de las cosas era entre los Mexicanos un Dios sin nombre, porque no tenian en su lengua voz con que significarle; solo daban á entender que le conocian mirando al cielo con veneracion, y dándole á su modo el atributo de inefable con aquel género de religiosa incertidumbre que veneraron los Athenienses al Dios no conocido. Pero esta noticia de la primera causa, que, al parecer, habia de facilitar su desengaño, sirvió poco en aquella ocasion; porque no se hallaba camino de reducirlos á que pudiese gobernar todo el mundo, sin necesitar de otras manos, aquella misma Deidad, que, segun su inteligencia, tuvo poder para criarle: y estaban persuadidos á que no hubo Dioses de esotra parte del Cielo, hasta que multiplicándose los hombres, empezaron sus calamidades, considerando los Dioses como unos genios favorables, que se producian quando era necesaria su operacion; sin hacerles disonancia que adquiriesen el ser y la divinidad en las miserias de la naturaleza.