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Historia de la Conquista de Mexico, Volume 2 (of 3)

LIBRO III. (continued 3)

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Creían la inmortalidad del alma, y daban premio y castigo en la eternidad: mal entendido el merito y la culpa, y obscurecida esta verdad con otros errores: sobre cuyo presupuesto enterraban con los difuntos cantidad de oro y plata para los gastos del viage, que consideraban largo y trabajoso. Mataban algunos de sus criados para que los acompañasen: y era fineza ordinaria en las mugeres propias celebrar con su muerte las exêquias del marido. Los Príncipes necesitaban de gran sepultura, porque se llevaban tras sí la mayor parte de sus riquezas y familia: uno y otro correspondiente á su grandeza, llenos los oficios de la casa, y algunos lisonjeros que padecian el engaño de su misma profesion. Los cuerpos se llevaban á los templos con solemnidad y acompañamiento, donde los salian á recibir aquellos que llamaban sacerdotes con sus braserillos de copal, cantando al son de flautas roncas y destempladas diferentes himnos y versos fúnebres en tono melancólico. Levantaban repetidas veces en alto el ataud mientras duraba el sacrificio voluntario de aquellos miserables que introducian en el alma la servidumbre. Funcion de notable variedad, compuesta de abusiones ridículas, y atrocidades lastimosas.

Sus matrimonios tenian su forma de contrato, y sus ceremonias de religion. Hechos los tratados, comparecian ambos contrayentes en el templo, y uno de los sacerdotes exâminaba su voluntad con preguntas rituales; y despues tomaba con una mano el velo de la muger, y con otra el manto del marido, y los anudaba por los extremos, significando el vínculo interior de las dos voluntades. Con este género de yugo nupcial volvian á su casa en compañía del mismo sacerdote: donde, imitando la supersticion de los Dioses Lares, entraban á visitar el fuego doméstico, que, á su parecer, mediaban en la paz de los casados, y daban siete vueltas á él siguiendo al sacerdote: con cuya diligencia, y la de sentarse despues á recibir el calor de conformidad, quedaba perfecto el matrimonio. Hacíase memoria con instrumento público de los bienes dotales que llevaba la muger: y el marido quedaba obligado á restituirlos en caso de apartarse; lo qual sucedia muchas veces, y se tenia por bastante causa para el divorcio que se conformasen los dos: pleyto en que no entraban las leyes, porque se juzgaban los que se conocian. Quedábase con las hijas la muger, llevándose los hijos el marido; y una vez disuelto el matrimonio, tenian pena de la vida irremisible si se volvian á juntar: siendo en su natural inconstancia la única dificultad de los repudios el peligro de la reincidencia. Zelaban como punto de honra la honestidad y el recato de las mugeres propias, y entre aquella desordenada licencia, con que se daban al vicio de la sensualidad, se aborrecia y castigaba con rigor el adulterio, no tanto por su deformidad, como por sus inconvenientes.

Llevábanse á los templos con solemnidad los niños recien nacidos, y los sacerdotes los recibian con ciertas amonestaciones, en que les notificaban los trabajos á que nacian. Aplicábanles, si eran nobles, á la mano derecha una espada, y al brazo izquierdo un escudo, que tenian para este ministerio: si eran plebeyos, hacian la misma diligencia con algunos instrumentos de los oficios mecánicos; y las hembras de una y otra calidad empuñaban la rueca y el uso, manifestando á cada uno el género de fatiga con que le aguardaba su destino. Hecha esta primera ceremonia, los llevaban cerca del altar, y con espinas de maguey, ó con lancetas de pedernal les sacaban alguna sangre de las partes de la generacion, y despues les echaban agua, ó los bañaban con otras imprecaciones. En que parece quiso el demonio, inventor de aquellos ritos, imitar el bautismo y la circuncision con la misma soberbia que intentó contrahacer otras ceremonias, y hasta los otros Sacramentos de la Religion Católica; pues introduxo entre aquellos bárbaros la confesion de los pecados, dándoles á entender que se ponian con ella en gracia de sus Dioses, ó un género de comunion ridícula, que ministraban los sacerdotes, ciertos dias del año, repartiendo en pequeños bocados un ídolo de harina masada con miel, que llamaban Dios de la penitencia. Ordenó tambien sus jubileos, instituyó las procesiones, los incensarios y otros remedos del verdadero culto, hasta disponer que se llamasen papas en aquella lengua los sumos sacerdotes. En que se conoce que le costaba particular estudio esta imitacion; fuese por abusar de las ceremonias sacrosantas mezclándolas con sus abominaciones, ó porque no sabe arrepentirse de aspirar con este género de afectaciones á la semejanza del Altísimo.

Los demas ritos y ceremonias de aquella miserable gentilidad eran horribles á la razon y á la naturaleza; bestialidades, absurdos y locuras, que parecieran incompatibles con las demas atenciones que se han notado en su gobierno, si no estuvieran llenas las historias de semejantes engaños de la humana capacidad en otras naciones que vivian mas dentro del mundo, igualmente ciegas en menor obscuridad. Los sacrificios de sangre humana empezaron casi con la idolatría; y siglos ántes los introduxo el demonio entre aquellas gentes, de quien vino hasta los Israelitas el sacrificar sus hijos á las esculturas de Canaan. El horror de comerse los hombres á los hombres se vió primero en otros bárbaros de nuestro emisferio, como lo confiesa entre sus antigüedades la Galacia, y en sus antropófagos la Scitia. Los leños adorados como Dioses, las supersticiones, los agüeros, los furores de los sacerdotes, la comunicacion con el demonio en sus oráculos, y otros absurdos de igual abominacion, se hallan admitidos y venerados por otros gentiles que supieron discurrir y obrar con acierto en lo moral y político. Grecia y Roma desatinaron en la religion, y en lo demas dieron leyes al mundo, y exemplos á la posteridad. De que se conoce la corta jurisdiccion del entendimiento humano, que vuela poco sobre las noticias que recibe de los sentidos y de las experiencias, quando falta en él aquella luz participada con que se descubre la esencia de la verdad. Era la religion de los Mexicanos un compuesto abominable de todos los errores y atrocidades que recibió en diferentes partes la gentilidad. Dexamos de referir por menor las circunstancias de sus festividades y sacrificios, sus ceremonias, hechicerías y supersticiones, porque se hallan á cada paso, y con prolixa repeticion en las Historias de las Indias; y porque, á nuestro parecer, sobre ser materia en que se puede confesar el rezelo de la pluma, es leccion poco necesaria, en que falta la dulzura, y está lejos la utilidad.

CAPITULO XVIII.

Continua Motezuma sus agasajos y dádivas á los Españoles. Llegan cartas de la Vera Cruz con noticia de la batalla en que murió Juan de Escalante; y con este motivo se resuelve la prision de Motezuma.

Observaban los Españoles todas estas novedades, no sin grande admiracion, aunque procuraban reprimirla y disimularla, costándoles cuidado el apartarla del semblante, por mantener la superioridad que afectaban entre aquellos Indios. Los primeros dias se ocuparon en varios entrenimientos. Hicieron los Mexicanos vistosa ostentacion de todas sus habilidades, con deseo de festejar á los forasteros, y no sin ambicion de parecer diestros en el manejo de sus armas, y ágiles en los demas exercicios. Motezuma fomentaba los espectáculos y regocijos, depuesta la magestad contra el estílo de su elevacion. Llevaba siempre consigo á Cortés, asistido de sus Capitanes: tratábale con un género de humanidad respectiva, que parecia monstruosa en su natural, y daba estimacion á los Españoles entre los que le conocian. Freqüentábanse las visitas, unas veces Cortés en el palacio, y otras Motezuma en el alojamiento. No acababa de admirar las cosas de España, considerándola como parte del Cielo; y hacia tan alto concepto de su Rey, que no pensaba tanto de sus Dioses. Procuraba siempre ganar las voluntades, repartiendo alhajas y joyas entre los Capitanes y soldados, no sin discrecion y conocimiento de los sugetos; porque hacia mayor agasajo á los de mayor suposicion, y sabía proporcionar la dádiva con la importancia del agradecimiento. Los nobles, á imitacion de su Príncipe, deseaban obligar á todos con un género de obsequio que tocaba en obediencia. El pueblo doblaba las rodillas al menor de los soldados. Gozábase de un sosiego divertido: mucho que ver, y nada que rezelar. Pero tardó poco en volver á su exercicio el cuidado, porque llegaron á este tiempo dos soldados Tlascaltécas, que vinieron á la ciudad por caminos desusados, desmentida su nacion con el trage de los Mexicanos: y buscando recatadamente á Cortés, le dieron una carta de la Vera Cruz, que mudó el semblante de las cosas, y obligó á discursos ménos sosegados.

Juan de Escalante, que, como diximos, quedó con el gobierno de aquella nueva poblacion, trataba de continuar sus fortificaciones, conservando los amigos que le dexó Cortés, y duró en esta quietud sin accidente de cuidado, hasta que recibió noticia de que andaba por aquellos parages un Capitan general de Motezuma con exército considerable castigando algunos lugares de su confederacion, porque habian retirado los tributos con el abrigo de los Españoles. Llamábase Qualpopóca, y gobernaba la gente de guerra que residia en las fronteras de Zempoala; y habiendo convocado las milicias de su cargo, hacia grandes extorsiones y violencias en aquellos pueblos, acompañando el rigor de los executores con la licencia de los soldados. Gente una y otra de insaciable codicia, que tratan el robo como negocio del Rey.

Viniéronse á quejar los Totonaques de la serranía, cuyas poblaciones andaba destruyendo entónces aquel exército. Pidieron á Juan de Escalante que los amparáse tomando las armas en defensa de sus aliados: y ofrecieron asistir á la faccion con todo el resto de su gente. Procuró consolarlos, tomando por suyo el agravio que padecian; y ántes de llegar á los términos de la fuerza, resolvió enviar sus mensageros al Capitan general pidiéndole amigablemente:

"Que suspendiese aquellas hostilidades hasta recibir nueva órden de su Rey, pues no era posible que se la hubiese dado para semejante novedad, quando habia permitido que pasasen á su Corte los Embaxadores del Monarca oriental á introducir pláticas de paz y confederacion entre las dos coronas."

Executaron este mensage dos Zempoales de los mas ladinos que residian en la Vera Cruz; y la respuesta fué atrevida y descortés:

"Que él sabía entender y executar las órdenes de su Rey: y si alguno intentáse poner embarazo en el castigo de aquellos rebeldes, sabria tambien defender en la campaña su resolucion."

No pudo Juan de Escalante disimular su enojo, ni debió negarse á este desafío, hallándose á la vista de aquellos Indios, interesados en el suceso de los Totonaques, iguales en el riesgo, y asegurados en la misma proteccion: y habiéndose informado de que no pasaria de quatro mil hombres el grueso del enemigo, juntó brevemente un exército de hasta dos mil Indios, la mayor parte de la serranía, que fugitivos, ó irritados vinieron á ponerse á su sombra; con los quales bien armados á su modo, y con quarenta Españoles, dos arcabuces, tres ballestas, y dos tiros de artillería, que pudo sacar de la plaza, dexándola con bien moderada guarnicion, caminó la vuelta de aquellas poblaciones que le llamaban á su defensa. Tuvo Qualpopóca noticia de su marcha, y salió á recibirle con toda su gente puesta en órden cerca de un lugar pequeño, que se llamó despues Almería. Dieronse vista los dos exércitos poco despues de amanecer, y se acometieron ambos con igual resolucion; pero á breve rato cedieron los Mexicanos, y empezaron á retirarse puestos en desórden. Sucedió al mismo tiempo que los Totonaques de nuestra faccion (ó por no ser soldados, ó por la costumbre que tenian de temer á los Mexicanos) se cayeron de ánimo, y se fueron quedando atras, hasta que últimamente se pusieron en fuga, sin que la fuerza ni el exemplo bastase á detenerlos. Raro accidente, que se debe notar entre las monstruosidades. Iba el enemigo tan atemorizado, y tan cuidadoso de la propia salud, que no reparó en la diminucion de nuestra gente, y solo trató de retirarse desordenadamente á la poblacion vecina: donde se acercó Juan de Escalante con poco mas que sus quarenta Españoles; y mandando poner fuego al lugar por diferentes partes, acometió, al mismo tiempo que tomó cuerpo la llama, con tanta resolucion, que, sin dexarles lugar para que pudiesen discurrir en su flaqueza, los rompió y desalojó enteramente, obligándolos á que volviesen las espaldas, y se derramasen á los bosques. Dixeron despues aquellos Indios haber visto en el ayre una Señora como la que adoraban los forasteros por madre de su Dios, que los deslumbraba y entorpecia para que no pudiesen pelear. No se manifestó á los Españoles este milagro; pero el suceso le hizo creible: y ya estaban todos enseñados á partir con el Cielo sus hazañas.

Fué muy señalada esta victoria, pero igualmente costosa: porque Juan de Escalante quedó herido mortalmente con otros siete soldados, de los quales se llevaron los Indios á Juan de Arguello, natural de Leon, hombre muy corpulento y de grandes fuerzas, que cayó peleando valerosamente á tiempo que no pudo ser socorrido: y los demas murieron de las heridas en la Vera Cruz dentro de tres dias.

De cuya pérdida con todas sus circunstancias daba cuenta el Ayuntamiento en aquella carta, para que se nombráse sucesor á Juan de Escalante, y se tuviese noticia del estado en que se hallaban. Leyóla Cortés con el desconsuelo que pedia semejante novedad. Comunicó el caso á sus Capitanes; y sin ponderar entónces sus conseqüencias, ni manifestarles todo su cuidado, les pidió que discurriesen la materia, y se la dexasen discurrir, encomendando á Dios la resolucion que se hubiese de tomar: lo qual encargó muy particularmente al Padre Fray Bartolomé de Olmedo, y á todos el secreto, porque no corriese la voz entre los soldados, y en negocio de tanta importancia se diese lugar á dictámenes vulgares.

Retiróse despues á su aposento, y dexó correr la consideracion por todos los inconvenientes que podian resultar de aquella desgracia. Entraba y salia con dudosa eleccion en los caminos que le ofrecia su discurso: cuya viveza misma le fatigaba, dándole á un tiempo los remedios y las dificultades. Dicen que se anduvo paseando gran parte de la noche, y que descubrió entónces una pieza recien tabicada, en que tenia Motezuma las riquezas de su padre (y aquí las refieren por menor) y que habiéndolas reconocido, mandó cerrar el tabique, sin permitir que se tocáse á ellas. No nos detengamos en esta digresion de su cuidado, que no debió de ser larga, pues hizo lugar á otras diligencias, para tomar punto fixo en la resolucion que andaba madurando.

Mandó llamar reservadamente á los Indios mas capaces y confidentes de su exército; preguntóles:

"Si habian reconocido alguna novedad en los ánimos de los Mexicanos, y como corria entre aquella gente la estimacion de los Españoles. Respondieron: que lo comun del pueblo estaba divertido con sus fiestas, y los veneraba por verlos aplaudidos de su Rey; pero que los nobles andaban ya pensativos y misteriosos, que se hablaban en secreto, y se dexaba conocer el recato en sus corrillos."

Tenian observadas algunas medias palabras de sospechosa interpretacion: y una de ellas fué: Que sería fácil romper los puentes, con otras de este género, que juntas decian lo bastante para el rezelo. Dos ó tres de aquellos Indios habian oido decir, que pocos dias ántes truxeron de presente á Motezuma la cabeza de un Español, y que la mandó esconder y retirar, despues de haberla mirado con asombro, por ser muy fiera y desmesurada: señas que convenian con la de Juan de Arguello; y novedad que puso á Cortés en mayor cuidado, por el indicio de que hubiese cooperado Motezuma en la faccion de su General.

Con estas noticias, y lo que llevaba discurrido en ellas, se encerró al amanecer con sus Capitanes, y con algunos de los soldados principales que solian concurrir á las juntas por su calidad ó entendimiento. Propusoles el caso con todas sus circunstancias: refirió lo que le habian advertido aquella noche los Indios confidentes: ponderó sin desaliento las contingencias de que se hallaban amenazados: tocó con espíritu las dificultades que podian ocurrir: y sin manifestar la inclinacion de su dictámen, calló, para que hablasen los demas. Hubo diversos pareceres; unos querian que se pidiese pasaporte á Motezuma, y se acudiese luego al riesgo de la Vera Cruz: otros dificultaban la retirada, y se inclinaban á salir ocultamente, sin dexarse olvidadas las riquezas que habian adquirido: los mas fueron de sentir que convenia perseverar, sin darse por entendidos del suceso de la Vera Cruz, hasta sacar algunos partidos para retirarse. Pero Hernan Cortés, recogiendo lo que venia discurrido, y alabando el zelo con que deseaban todos el acierto, dixo:

"Que no se conformaba con el medio propuesto de pedir pasaporte á Motezuma; porque habiéndose abierto el camino con las armas para entrar en su corte, á pesar de su repugnancia, caerian mucho del concepto en que los tenia, si llegáse á entender que necesitaban de su favor para retirarse: que si estaba de mal ánimo, podria concederles el pasaporte para deshacerlos en la retirada; y si le negase, quedaban obligados á salir contra su voluntad, entrando en el peligro, descubierta la flaqueza. Que le agradaba ménos la resolucion de salir ocultamente, porque sería ponerse de una vez en términos de fugitivos, y Motezuma podria con gran facilidad cortarles el paso, adelantando por sus correos la noticia de su marcha. Que, á su parecer, no era conveniente por entónces la retirada; porque, de qualquiera suerte que la intentasen, volverian sin reputacion: y perdiendo los amigos y confederados que se mantenian con ella, se hallarian despues sin un palmo de tierra donde poner los pies con seguridad. Por cuyas consideraciones (dixo) soy de sentir que se apartan ménos de la razon los que se inclinan á que perseveremos sin hacer novedad hasta salir con honra, y ver lo que dan de sí nuestras esperanzas. Ambas resoluciones son igualmente aventuradas; pero no igualmente pundonorosas: y sería infelicidad indigna de Españoles morir por eleccion en el peligro mas desayrado. Yo no pongo duda en que nos debemos mantener: el modo con que se ha de conseguir es en lo que mas se detiene mi cuidado. Vienense á los ojos estos principios de rumor que se han reconocido entre los Mexicanos. El suceso de la Vera Cruz, executado con las armas de su nacion, pide nuevas consideraciones al discurso. La cabeza de Arguello, presentada en lisonja de Motezuma, es indicio de que supo ántes la faccion de su General: y su mismo silencio nos está diciendo lo que debemos rezelar de su intencion. Pero á vista de todo me parece que, para mantenernos en esta ciudad ménos aventurados, es necesario que pensemos en algun hecho grande, que asombre de nuevo á sus moradores, resarciendo lo que se hubiere perdido en su estimacion con estos accidentes. Para cuyo efecto, despues de haber discurrido en otras hazañas de mas ruido que substancia, tengo por conveniente que nos apoderemos de Motezuma, trayéndole preso á nuestro quartel: resolucion que, á mi entender, los ha de atemorizar y reprimir, dándonos disposicion para que podamos capitular despues con Rey y vasallos lo que mas conviniere á nuestro Príncipe y á nuestra seguridad. El pretexto de la prision, si yo no discurro mal, ha de ser la muerte de Arguello que ha llegado á su noticia, y el rompimiento de la paz cometido por su General: de cuyas dos ofensas debemos darnos por entendidos, y pedir satisfaccion, porque no conviene suponer una ignorancia de lo que saben ellos, quando estan creyendo que lo alcanzamos todo; y éste y los demas engaños de su imaginacion se deben por lo ménos tolerar como parciales de nuestra osadía. Bien reconozco las dificultades y contingencias de tan ardua resolucion; pero las grandes hazañas son hijas de los grandes peligros: y Dios nos ha de favorecer, que son muchas las maravillas (y pudiera decir milagros evidentes) con que se ha declarado por nosotros en esta jornada, para que no miremos ahora como inspiracion suya nuestra perseverancia. Su causa es la primera razon de nuestros intentos; y yo no he de creer que nos ha traido en hombros de su providencia extraordinaria para introducirnos en el empeño, y dexarnos con nuestra flaqueza en la mayor necesidad."

Dilatóse con tanta energía en esta piadosa consideracion, que comunicó á los corazones de todos el vigor de su ánimo, y se reduxeron al mismo dictámen, primero los Capitanes Juan Velazquez de Leon, Diego de Ordaz, Gonzalo de Sandoval; y despues alabaron todos el discurso de su Capitan, hallando, al parecer, lo eficaz del remedio en lo heroyco de la resolucion: con que se disolvió la junta, quedando entónces determinada la prision de Motezuma, y remitida la disposicion de todo á la prudencia de Cortés.

Bernal Diaz del Castillo, que no pierde ocasion de introducirse á inventor de las resoluciones grandes, dice que le aconsejaron esta prision él y otros soldados algunos dias ántes que llegáse la nueva de la Vera Cruz: no convienen con él las demas relaciones, ni entónces habia causa para discurrir con tanto arrojamiento: pudiera detenerse un poco, y quedára su consejo sin la nota de inverisímil, ó sin la excepcion de intempestivo.

CAPITULO XIX.

Execútase la prision de Motezuma: dáse noticia del modo como se dispuso, y como se recibió entre sus vasallos.

No se puede negar que fué atrevimiento sin exemplar esta resolucion que tomaron aquellos pocos Españoles de prender á un Rey tan poderoso dentro de su corte. Accion que, siendo verdad, parece incompatible con la sencillez de la historia: y pareciera sin proporcion, quando se hallára entre las demasías ó licencias de la fábula. Pudiérase llamar temeridad, si se hubiera entrado en ella voluntariamente, ó con mas eleccion; pero no es temerario propiamente quien se ciega porque no puede mas. Vióse Cortés igualmente perdido si se retiraba sin reputacion, que aventurado si se mantenia sin volver por ella con algun hecho memorable: y el ánimo, quando se halla ceñido por todas partes de la dificultad, se arroja violentamente á los peligros menores. Pensó en lo mas difícil, por asegurarse de una vez, ó porque no se acomodaba su discurso á las medianías. Pudieramos decir que fué magnanimidad suya el poner tan alta la mira, ó que la prudencia militar no es tan enemiga de los extremos como la prudencia política; pero mejor es que se quede sin nombre su resolucion, ó que, mirando al suceso, la pongamos entre aquellos medios imperceptibles de que se valió Dios en esta conquista, excluyendo, al parecer, los impulsos naturales.

Eligióse finalmente la hora en que solian hacer su visita los Españoles, porque no se extrañáse la novedad. Ordenó Cortés que se tomasen las armas en su quartel: que se pusiesen las sillas á los caballos, y estuviesen todos alerta, sin hacer ruido ni moverse hasta nueva órden. Ocupó con algunas quadrillas á la deshilada las bocas de las calles, y partió al palacio con los Capitanes Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Juan Velazquez de Leon, Francisco de Lugo, y Alonso Dávila: y mandó que le siguiesen disimuladamente hasta treinta Españoles de su satisfaccion.

No hizo novedad el verlos con todas sus armas, porque las traían ordinariamente, introducidas ya como trage militar. Salió Motezuma, segun su costumbre, á recibir la visita: ocuparon todos sus asientos; retiráronse á otra pieza sus criados, como ya lo estilaban de su órden: y poniendo á Doña Marina y Gerónimo de Aguilar en el lugar que solia, empezó Hernan Cortés á dar su queja, dexando al enojo todo el semblante.

"Refirió primero el hecho de su General, y ponderó despues el atrevimiento de haber formado exército, y acometido á sus compañeros, rompiendo la paz y la salvaguardia real en que vivian asegurados. Acriminó, como delito de que se debia dar satisfaccion á Dios y al mundo, el haber muerto los Mexicanos á un Español que hicieron prisionero: vengando en él á sangre fria la propia ignominia con que volvieron vencidos. Y últimamente se detuvo en afear, como punto de mayor consideracion, la disculpa de que se valian Qualpopóca y sus Capitanes, dando á entender que se hacia de su órden aquella guerra tan fuera de razon: y añadió, por ser accion indigna de su grandeza el estarlos favoreciendo en una parte, para destruirlos en otra."

Perdió Motezuma el color al oir este cargo suyo; y con señales de ánimo convencido interrumpió á Cortés para negar, como pudo, el haber dado semejante órden. Pero él socorrió su turbacion, volviéndole á decir:

"Que así lo tenia por indubitable; pero que sus soldados no se darian por satisfechos, ni sus mismos vasallos dexarian de creer lo que afirmaba su General, si no le viesen hacer alguna demostracion extraordinaria, que borráse totalmente la impresión de semejante calumnia: y así venía resuelto á suplicarle que, sin hacer ruido, y como que nacia de su propia eleccion, se fuese luego al alojamiento de los Españoles, determinándose á no salir dél hasta que constase á todos que no habia cooperado en aquella maldad. A cuyo efecto le ponia en consideracion que, con esta generosa confianza, digna de ánimo real, no solo se quietaria el enojo de su Príncipe, y el rezelo de sus compañeros; pero él volveria por su mismo decoro y pundonor, ofendido entónces de mayor indecencia: y que le daba su palabra, como Caballero, y como Ministro del mayor Rey de la tierra, de que sería tratado entre los Españoles con todo el acatamiento debido á su persona: porque solo deseaban asegurarse de su voluntad para servirle y obedecerle con mayor reverencia."

Calló Cortés, y calló tambien Motezuma, como estrañando el atrevimiento de la proposicion; pero él, deseando reducirle con suavidad, ántes que se determináse á contrario dictámen, prosiguió diciendo:

"Que aquel alojamiento que les habia señalado era otro palacio suyo, donde solia residir algunas veces: y que no se podria extrañar entré sus vasallos que se mudáse á él para deshacerse de una culpa, que, puesta en su cabeza, sería pleyto de Rey á Rey; y quedando en la de su General, se podria emendar con el castigo, sin pasar á los inconvenientes y violencias con que suele decidirse la justicia de los Reyes."

No pudo sufrir Motezuma que se alargasen mas los motivos de una persuasion impracticable á su parecer: y dándose por entendido de lo que llevaba dentro de sí aquella demanda, respondió con alguna impaciencia:

"Que los Príncipes como él no se daban á prision, ni sus vasallos lo permitirian, quando él se olvidáse de su dignidad, ó se dexáse humillar á semejante baxeza. Replicóle Cortés: Que, como él fuese voluntariamente, sin dar lugar á que le perdiesen el respeto, importaria poco la resistencia de sus vasallos, contra los quales podria usar de sus fuerzas sin queja de su atencion."

Duró largo rato la porfía, resistiendo siempre Motezuma el dexar su palacio, y procurando Hernan Cortés reducirle y asegurarle sin llegar á lo estrecho. Salió á diferentes partidos, cuidadoso ya del aprieto en que se hallaba. Ofreció enviar luego por Qualpopóca y por los demas Cabos de su exército, y entregarselos á Cortés para que los castigáse. Daba en rehenes dos hijos suyos, para que los tuviese presos en su quartel hasta que cumpliese su palabra; y repetia con alguna pusilanimidad, que no era hombre que se podia esconder, ni se habia de huir á los montes. A nada salia Cortés, ni él se daba por vencido; pero los Capitanes que se hallaban presentes, viendo lo que se aventuraba en la dilacion, empezaron á desabrirse, deseando que se remitiese á las manos aquella disputa: y Juan Velazquez de Leon dixo en voz alta: Dexémonos de palabras, y tratemos de prenderle ó matarle. Reparó en ello Motezuma, preguntando á Doña Marina qué decia tan descompuesto aquel Español: y ella con este motivo, y con aquella discrecion natural, que le daba hechas las razones, y hallada la oportunidad, le dixo, como quien se recataba de ser entendida:

"Mucho aventurais, Señor, si no cedeis á las instancias de esta gente: ya conoceis su resolucion, y la fuerza superior que los asiste. Yo soy una vasalla vuestra, que desea naturalmente vuestra felicidad; y soy una confidente suya que sabe todo el secreto de su intencion. Si vais con ellos, seréis tratado con el respeto que se debe á vuestra persona; y si haceis mayor resistencia peligra vuestra vida."

Esta breve oracion dicha con buen modo y en buena ocasion le acabó de reducir, y sin dar lugar á nuevas réplicas, se levantó de la silla diciendo á los Españoles:

"Yo me fio de vosotros: vamos á vuestro alojamiento, que así lo quieren los Dioses, pues vosotros lo conseguis, y yo lo determino."

Llamó luego á sus criados: mandó prevenir sus andas y su acompañamiento, y dixo á sus ministros:

"Que por ciertas consideraciones de estado, que tenia comunicadas con sus Dioses, habia resuelto mudar su habitacion por unos dias al quartel de los Españoles: que lo tuviesen entendido, y lo publicasen así, diciendo á todos que iba por su voluntad y conveniencia."

Ordenó despues á uno de los Capitanes de sus guardias que le traxese preso á Qualpopóca y á los demas Cabos que hubiesen cooperado en la invasion de Zempoala: para cuyo efecto le dió el sello real que traía siempre atado al brazo derecho, y le advirtió que lleváse gente armada para no aventurar la prision. Todas estas órdenes se daban en público, y Doña Marina se las iba interpretando á Cortés y á los demas Capitanes, porque no se rezelasen de verle hablar con los suyos, y quisiesen pasar á la violencia fuera de tiempo.

Salió sin mas dilacion de su palacio, llevando consigo todo el acompañamiento que solia: los Españoles iban á pie junto á las andas, y le cercaban con pretexto de acompañarle. Corrió luego la voz de que se llevaban á su Rey los extrangeros, y se llenaron de gente las calles, no sin algunos indicios de tumulto, porque daban grandes voces, y se arrojaban en tierra, unos despechados, y otros enternecidos; pero Motezuma con exterior de alegría y seguridad los iba sosegando y satisfaciendo. Mandábales primero que callasen, y al movimiento de su mano sucedia repentino el silencio. Deciales despues, que aquella no era prision, sino ir por su gusto á vivir unos dias con sus amigos los extrangeros: satisfacciones adelantadas, ó respuestas sin pregunta, que niegan lo que afirman. En llegando al quartel (que como diximos era la casa real que fabricó su padre) mandó á su guardia que despejáse la gente popular, y á sus ministros que impusiesen pena de la vida contra los que se moviesen á la menor inquietud. Agasajó mucho á los soldados Españoles que le salieron á recibir con reverente alborozo. Eligió despues el quarto donde queria residir: y la casa era capaz de separacion decente. Adornóse luego por sus mismos criados con las mejores alhajas de su guardaropa: pusose á la entrada suficiente guardia de soldados Españoles: dobláronse las que solian asistir á la seguridad ordinaria del quartel: alargáronse á las calles vecinas algunas centinelas, y no se perdonó diligencia de las que correspondian á la novedad del empeño. Dióse órden á todos para que dexasen entrar á los que fuesen de la familia real, que ya eran conocidos, y á los nobles y ministros que viniesen á verle: cuidando de que entrasen unos y saliesen otros, con pretexto de que no embarazasen. Cortés entró á visitarle aquella misma tarde, pidiendo licencia, y observando las puntualidades y ceremonias que quando le visitaba en su palacio. Hicieron la misma diligencia los Capitanes y soldados de cuenta: diéronle rendidas gracias de que honráse aquella casa, como si le hubiera traido á ella su eleccion; y él estuvo tan alegre y agradable con todos, como si no se hallaran presentes los que fueron testigos de su resistencia. Repartió por su mano algunas joyas que hizo traer advertidamente para ostentar su desenojo; y por mas que se observaban sus acciones y palabras, no se conocia flaqueza en su seguridad, ni dexaba de parecer Rey en la constancia con que procuraba juntar los dos extremos de la dependencia y de la magestad. A ninguno de sus criados y ministros (cuya comunicacion se le permitió desde luego) descubrió el secreto de su opresion, ó porque se avergonzase de confesarla, ó porque temió perder la vida, si ellos se inquietasen. Todos miraron por entónces como resolucion suya este retiro: con que no pasaron á discurrir en la osadía de los Españoles, que, de muy grande, se les pudo esconder entre los imposibles, á que no está obligada la imaginacion.

Así se dispuso y consiguió la prision de Motezuma, y él estuvo dentro de pocos dias tan bien hallado en ella, que apénas tuvo espíritu para desear otra fortuna. Pero sus vasallos vinieron á conocer con el tiempo que le tenian preso los Españoles, por mas que le dorasen con el respeto la sujecion. No se lo dexaron dudar las guardias que asistian á su quarto, y el nuevo cuidado con que se tomaban las armas en el quartel; pero ninguno se movió á tratar de su libertad, ni se sabe que razon tuviesen, él para dexarse estar sin repugnancia en aquella prision, y ellos para vivir en la misma insensibilidad, sin extrañar la indecencia de su Rey. Digno fué de grande admiracion el ardimiento de los Españoles; pero no se debe admirar ménos este apocamiento de ánimo en Motezuma, Príncipe tan poderoso, y de tan soberbio natural; y esta falta de resolucion en los Mexicanos, gente belicosa, y de suma vigilancia en la defensa de sus Reyes. Podriamos decir que anduvo tambien la mano de Dios en estos corazones; y no pareceria sobrada credulidad, ni sería nuevo en su providencia: que ya le vió el mundo facilitar las impresas de su pueblo, quitando el espíritu á sus enemigos.

CAPITULO XX.

Como se portaba en la prision Motezuma con los suyos y con los Españoles. Traen preso á Qualpopóca, y Cortés le hace castigar con pena de muerte, mandando echar unos grillos á Motezuma mientras se executaba la sentencia.

Vieron los Españoles dentro de breves dias convertido en palacio su alojamiento, sin dexar de guardarle como carcel de tal prisionero. Perdió la novedad entre los Mexicanos aquella gran resolucion. Algunos, sintiendo mal de la guerra que movió Qualpopóca en la Vera Cruz, alababan la demostracion de Motezuma, y ponderaban como grandeza suya el haber dado su libertad en rehenes de su inocencia. Otros creían que los Dioses, con quien tenia familiar comunicacion, le habrian aconsejado lo mas conveniente á su persona. Y otros, que iban mejor, veneraban su determinacion, sin atreverse á exâminarla: que la razon de los Reyes no habla con el entendimiento, sino con la obligacion de los vasallos. El hacia sus funciones de Rey con la misma distribucion de horas que solia: daba sus audiencias, escuchaba las consultas ó representaciones de sus ministros, y cuidaba del gobierno político y militar de sus reynos, poniendo particular estudio en que no se conociese la falta de su libertad.

La comida se le traia de palacio con numeroso acompañamiento de criados, y con mayor abundancia que otras veces: repartianse las sobras entre los soldados Españoles, y él enviaba los platos mas regalados á Cortés y á sus Capitanes: conocialos á todos por sus nombres, y tenia observados hasta los genios y las condiciones; de cuya noticia usaba en la conversacion, dando al buen gusto y á la discrecion algunos ratos, sin ofender á la Magestad ni á la decencia. Estaba con los Españoles todo el tiempo que le dexaban los negocios: y solia decir que no se hallaba sin ellos. Procuraban todos agradarle, y era su mayor lisonja el respeto con que le trataban: desagradábase de las llanezas; y si alguno se descuidaba en ellas, procuraba reprimir el exceso, dando á entender que le conocia: tan zeloso de su dignidad, que sucedió el ofenderse con grande irritacion de una indecencia que le pareció advertida en cierto soldado Español, y pidió al Cabo de la guardia que le ocupáse otra vez lejos de su persona, ó le mandaria castigar, si se le pusiese delante.

Algunas tardes jugaba con Hernan Cortés al totoloque: juego que se componia de unas bolas pequeñas de oro, con que tiraban á herir ó derribar ciertos bolillos ó señales del mismo metal á distancia proporcionada. Jugabanse diferentes joyas y otras alhajas, que se perdian ó ganaban á cinco rayas. Motezuma repartia sus ganancias con los Españoles, y Cortés hacia lo mismo con sus criados. Solia tantear Pedro de Alvarado, y porque algunas veces se descuidaba en añadir algunas rayas á Cortés, le motejaba con galantería de mal contador; pero no por eso dexaba de pedirle otras veces que no se le olvidáse la verdad. Parecia Señor hasta en el juego, sintiendo el perder como desayre de la fortuna, y estimando la ganancia como premio de la victoria.

No se dexaba de introducir en estas conversaciones privadas el punto de la Religion. Hernan Cortés le habló diferentes veces, procurando reducirle con suavidad á que conociese su engaño. Fray Bartolomé de Olmedo repetia sus argumentos con la misma piedad, y con mayor fundamento. Doña Marina interpretaba estos razonamientos con particular afecto, y añadia sus razones caseras, como persona recien desengañada, que tenia presentes los motivos que la reduxeron; pero el demonio le tenia tan ocupado el ánimo, que se dexaba conquistar su entendimiento, y se quedaba inexpugnable su corazon. No se sabe que le habláse, ó se le apareciese, como solia, desde que los Españoles entraron en México; ántes se tiene por cierto que, al dexarse ver la cruz de Christo en aquella ciudad, perdieron la fuerza los conjuros, y enmudecieron los oráculos; pero estaba tan ciego y tan dexado á sus errores, que no tuvo actividad para desviarlos, ni supo aprovecharse de la luz que se le puso delante. Pudo ser esta dureza de su ánimo fruto miserable de los otros vicios y atrocidades con que tenia desobligado á Dios, ó castigo de aquella misma negligencia con que daba los oídos y negaba la inclinacion á la verdad.

A veinte dias, ó poco mas, llegó el Capitan de la guardia que partió á la frontera de la Vera Cruz, y truxo preso á Qualpopóca con otros Cabos de su exército, que se dieron al sello real sin resistencia. Entró con ellos á la presencia de Motezuma, y él los habló reservadamente, permitiéndolo Cortés, porque deseaba, que los reduxese á callar la órden que tuvieron suya, y dexarse engañar de aquella exterior confianza en que le mantenia. Pasó despues con ellos el mismo Capitan al quarto de Cortés y se los entregó, diciéndole de parte de su Amo:

"Que se los enviaba para que averiguáse la verdad, y los castigáse por su mano con el rigor que merecian."

Encerróse con ellos:

"Y confesaron luego los cargos de haber roto la paz de su autoridad: haber provocado con las armas á los Españoles, de la Vera Cruz, y ocasionado la muerte de Arguello, hecha de su órden á sangre fria en un prisionero de guerra";

sin tomar en la boca la órden que tuvieron de su Rey, hasta que, reconociendo que iba de veras su castigo, tentaron el camino de hacerle complice para escapar las vidas; pero Hernan Cortés negó los oídos á este descargo, tratándole como invencion de los delinqüentes. Juzgóse militarmente la causa, y se les dió sentencia de muerte, con la circunstancia de que fuesen quemados públicamente sus cuerpos delante del palacio real, como reos que habian incurrido en caso de lesa Magestad. Discurrióse luego en la execucion, y pareció no dilatarla; pero temiendo Hernan Cortés que se inquietáse Motezuma, ó quisiese defender á los que morian por haber executado sus órdenes, resolvió atemorizarle con alguna bizarría, que tuviese apariencias de amenaza, y le acordase la sujecion en que se hallaba. Ocurrióle otro arrojamiento notable, á que le debió de inducir la facilidad con que se consiguió el de su prision, ó el ver tan rendida su paciencia. Mandó buscar unos grillos de los que se traían prevenidos para los delinqüentes, y con ellos descubiertos en las manos de un soldado se puso en su presencia, llevando consigo á Doña Marina, y tres ó quatro de sus Capitanes. No perdonó las reverencias con que solia respetarle; pero dando á la voz y al semblante mayor entereza, le dixo:

"Que ya quedaban condenados á muerte Qualpopóca y los demas delinqüentes, por haber confesado su delito, y ser digno de semejante demostracion; pero que le habian culpado en él, diciendo afirmativamente que le cometieron de su órden: y así era necesario que purgáse aquellos indicios vehementes con alguna mortificacion personal: porque los Reyes, aunque no estaban obligados á las penas ordinarias, eran súbditos de otra ley superior que mandaba en las coronas, y debian imitar en algo á los reos, quando se hallaban culpados, y trataban de satisfacer á la justicia del Cielo."

Dicho esto, mandó con imperio y resolucion que le pusiesen las prisiones, sin dar lugar á que le replicáse: y en dexándole con ellas, le volvió las espaldas, y se retiró á su quarto, dando nueva órden á las guardias para que no se le permitiese por entónces la comunicacion de sus ministros.

Fué tanto el asombro de Motezuma, quando se vió tratar con aquella ignominia, que le faltó al principio la accion para resistir, y despues la voz para quejarse. Estuvo mucho rato como fuera de sí: los criados que le asistian, acompañaban su dolor con el llanto, sin atreverse á las palabras, arrojándose á sus pies para recibir el peso de los grillos: y él volvió de su confusion con principios de impaciencia; pero se reprimió brevemente: y atribuyendo su infelicidad á la disposicion de sus Dioses, esperó el suceso, no sin cuidado, al parecer, de que peligraba su vida; pero acordándose de quien era, para temer sin falta de valor.

No perdió tiempo Cortés en lo que llevaba resuelto: salieron los reos al suplicio, hechas las prevenciones necesarias para que no se aventuráse la execucion. Consiguióse á vista de innumerable pueblo, sin que se oyése una voz descompuesta, ni hubiese que rezelar. Cayó sobre aquella gente un terror, que tenia parte de admiracion, y parte de respeto. Extrañaban aquellos actos de jurisdiccion en unos extrangeros, que, quando mucho, se debian portar como Embaxadores de otro Príncipe; y no se atrevieron á poner duda en su potestad, viéndola establecida con la tolerancia de su Rey: de que resultó el concurrir todos al espectáculo con un género de quietud amortiguada, que, sin saber en que consistia, dexó su lugar al escarmiento. Ayudó mucho en esta ocasion el estar mal recibida entre los Mexicanos la invasion de Qualpopóca, y se hizo su delito mas aborrecible con la circunstancia de culpar á su Rey: descargo que pasó por increible; y aun siendo verdadero, se culpára como atrevido sedicioso. Débese mirar este castigo como tercer atrevimiento de Cortés, que se logró como se habia discurrido, y se discurrió sobre principios irregulares. El lo resolvió, y lo tuvo por conveniente y posible: conocia la gente con quien trataba, y lo que suponia en qualquier acontecimiento la gran prenda que tenian en su poder. Dexémonos cegar de su razon, ó no la traygamos al juicio de la Historia, contentándonos con referir el hecho como pasó, y que una vez executado, fué de gran conseqüencia para dar seguridad á los Españoles de la Vera Cruz, y reprimir por entónces los principios de rumor que andaban entre los nobles de la ciudad.

Volvió luego Cortés al quarto de Motezuma, y con alegre urbanidad le dixo:

"Que ya quedaban castigados los traydores que se atrevieron á manchar su fama: y él habia cumplido ventajosamente con su obligacion, sujetándose á la justicia de Dios con aquella breve intermision de su libertad."

Y sin mas dilacion le mandó quitar los grillos, ó como escriben algunos, se puso de rodillas para quitarselos él mismo por sus manos: y se puede creer de su advertencia que procuraria dar con semejante cortesanía mayor recomendacion al desagravio. Recibió Motezuma con grande alborozo este alivio de su libertad: abrazó dos ó tres veces á Cortés, y no acababa de cumplir con su agradecimiento. Sentáronse luego en conversacion amigable; y Cortés usó con él de otro primor, como los que andaba siempre meditando, porque mandó que se retirasen las guardias, diciéndole que se podria volver á su palacio, quando quisiese, por haber cesado ya la causa de su detencion. Y le ofreció este partido sobre seguro de que no le aceptaria, por haberle oido decir muchas veces con firme resolucion, que ya no le convenia volverse á su palacio, ni apartarse de los Españoles hasta que se retirasen de su corte, porque perderia mucho de su estimacion, si llegasen á entender sus vasallos que recibia de agena mano su libertad. Dictámen que se hizo suyo con el tiempo, siendo en la verdad influido; porque Doña Marina, y algunos de los Capitanes le habian puesto en él á instancia de Cortés, que se valia de su misma razon de estado para tenerle mas seguro en la prision. Pero entónces, conociendo lo que traía dentro de sí la oferta de Cortés, dexó este motivo, tratándole como ageno de aquella ocasion, y se valió de otro mas artificioso: porque le respondió:

"Que agradecia mucho la voluntad con que deseaba restituirle á su casa; pero que tenia resuelto no hacer novedad, atendiendo á la conveniencia de los Españoles; porque una vez en su palacio, le apretarian sus nobles y ministros en que tomáse las armas contra ellos, para satisfacerse del agravio que habia recibido."

Por cuyo medio quiso dar á entender, que se dexaba estar en la prision para cubrirlos y ampararlos con su autoridad. Alabó Cortés el pensamiento, agradeciendo su atencion, como si la creyera; y quedaron los dos satisfechos de su destreza, creyendo entrambos que se entendian, y se dexaban engañar por su conveniencia, con aquel género de astucia ó disimulacion que ponen los políticos entre los misterios de la prudencia, dando el nombre de esta virtud á los artificios de la sagacidad.

HISTORIA De la Conquista, Poblacion y Progresos de Nueva España.

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