LIBRO SÉPTIMO
José Francisco de Isla translation
CAPITULO PRIMERO
De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza Séfora.
Fuí, pues, a Chelva, a llevar al buen Simón los tres mil ducados que le habíamos robado. Confieso francamente que en el camino me dieron tentaciones de quedarme con ellos, para dar con tan buenos auspicios principio a mi mayordomía, lo que podía hacer sin riesgo, bastando para ello viajar cinco o seis días y volverme como si hubiera cumplido con el encargo. Don Alfonso y su padre me tenían en muy buen concepto para sospechar de mi fidelidad; todo me favorecía. Sin embargo, resistí a la tentación, y la vencí como hombre de honor, lo que no es poco loable en un mozo que se había acompañado con grandes pícaros. Yo aseguro que muchos de los que sólo tratan con hombres de bien son en este punto menos escrupulosos, y si no díganlo aquellos depositarios que sin peligro de perder su fama pueden apropiarse lo que se les ha confiado.
Hecha la restitución, que no esperaba el mercader, volví a la quinta de Leiva, en donde ya no estaba el conde de Polán, que con Julia y don Fernando habían marchado a Toledo. Hallé a mi nuevo amo más prendado que nunca de su Serafina; a ésta, cada día más enamorada de su esposo, y a don César, contentísimo de tener consigo a ambos. Dediquéme a ganar la voluntad de este amoroso padre y lo conseguí. Me hicieron mayordomo de la casa. Todo lo gobernaba: recibía el dinero de los arrendadores, corría con el gasto y tenía una autoridad despótica sobre los criados; pero, lejos de imitar la conducta ordinaria de los de mi empleo, nunca abusé de mi poder. No despedía a los que me disgustaban ni exigía de los demás una ciega subordinación. Si acudían a don César o a su hijo pidiendo alguna gracia, lejos de estorbarlo, hablaba en su favor. Por otra parte, la estimación que continuamente me mostraban mis amos avivaba mi celo en servirlos, sin atender a otra cosa que a sus intereses. Administré con manos muy limpias y fuí un mayordomo de los pocos que hay.
Cuando estaba más contento con mi suerte, envidioso el amor de lo bien que me trataba la fortuna, quiso que a él también tuviese que agradecerle, y para eso encendió en el corazón de la señora Lorenza Séfora, criada primera de Serafina, una violenta inclinación al señor mayordomo. Si he de hablar con la fidelidad de historiador, mi enamorada había cumplido los cincuenta, pero la frescura de su tez, su rostro agradable y dos hermosos ojos, que sabía manejar con destreza, podían hacer pasar por afortunada mi conquista. La hubiera yo deseado de un poco más color, porque estaba muy descolorida, pero esto lo atribuí a la austeridad del celibato.
Usó mucho tiempo del atractivo de sus miradas cariñosas; mas yo, en lugar de corresponder a ellas, aparentaba no conocer sus designios; me tuvo por novato en el amor y no le desagradó mi cortedad. Juzgó era inútil el lenguaje de los ojos con un muchacho a quien creía menos instruído de lo que estaba, y así, en su primera conversación se me declaró en términos formales, a fin de que no lo dudase. Se manejó como mujer práctica, hizo como que se turbaba, y después de haberme dicho a su satisfacción cuanto quiso, se tapó la cara para persuadirme que se avergonzaba de haberme manifestado su flaqueza. Fué preciso rendirme; mostréme muy afecto a sus cariños, no tanto por amor como por vanidad. Hice el apasionado y aun afecté quererla con tal ardor que se vió precisada a reñirme; pero esto fué con tanta blandura que cuando me encargaba procurase contenerme no parecía disgustada de mi atrevimiento. Hubiera llegado a más el caso si Séfora no hubiera temido que hiciese mal juicio de su virtud concediéndome tan fácil la victoria. De esta suerte nos separamos hasta otra conversación, persuadida ella de que su aparente resistencia la haría pasar en mi concepto por un modelo de recato, y yo con la dulce esperanza de ver bien pronto el fin de esta aventura.
Tal era el feliz estado en que me hallaba, cuando un lacayo de don César vino a aguar mi contento con una mala nueva. Era éste uno de aquellos criados que se dedican a saber cuanto pasa en el interior de las casas. Como continuamente me hacía la corte y todos los días me traía alguna noticia, me dijo una mañana que acababa de hacer un gracioso descubrimiento, que me comunicaría en confianza, pero con la condición de guardar secreto, por ser cosa de la dama Lorenza Séfora, cuyo enojo temía. Fué tanta la curiosidad en que me puso, que le ofrecí el mayor sigilo; procuré no manifestar que en ello tenía el más leve interés, preguntándole con frialdad qué descubrimiento era aquel de que me hablaba con tanta reserva. «Es—me dijo—que la señora Lorenza introduce de oculto en su cuarto todas las noches al cirujano del lugar, que es un mozo bien plantado, y el bellaco se está bien sosegado con ella. Doy de barato—prosiguió con tono socarrón—que esta acción sea muy inocente; pero usted convendrá en que un mozo que entra misteriosamente en el cuarto de una soltera da motivo para que no se juzgue bien de su conducta.»
Esta noticia me desazonó tanto como si estuviera enamorado de veras. Procuré ocultar mi inquietud y aun me esforcé hasta celebrar con risa una nueva que me atravesaba el alma; pero luego que estuve solo me desquité echando mil bravatas, diciendo dos mil desatinos y me puse a discurrir el partido que podría tomar. Ya despreciaba a Lorenza y me proponía abandonarla sin dignarme oír sus descargos, y ya, creyendo era punto mío escarmentar al cirujano, pensaba desafiarle. Prevaleció esta última determinación. Escondíme al anochecer, y, en efecto, le vi entrar en el cuarto de mi dueña de un modo sospechoso. Sólo esto faltaba para encender mi ira, que acaso sin este incidente se hubiera mitigado. Salí de la casa y me aposté junto al camino por donde el galán debía marcharse. Le esperaba a pie firme y cada momento avivaba otro tanto el deseo que tenía de llegar con él a las manos. En fin, dejóse ver mi enemigo; salíle al encuentro con aire de matón; pero yo no sé cómo diablos sucedió que me hallé repentinamente sobrecogido de un terror pánico como un héroe de Homero, parado en medio de mi camino y tan turbado como Paris cuando se presentó a combatir con Menelao. Púseme a mirar a mi hombre, que me pareció robusto y vigoroso y su espada desmesuradamente larga. Todo ello hacía en mí su efecto; pero fuese la negra honrilla u otra causa, aunque estaba viendo el peligro con unos ojos que lo hacían todavía mayor, a pesar de mi miedo, que me aguijoneaba para que me volviese, tuve aliento para desenvainar mi tizona e irme derecho al cirujano.
Sorprendióle mi acción. «¿Qué es esto, señor Gil Blas?—exclamó—. ¿Qué significan esas demostraciones de caballero andante? ¿Usted sin duda tiene gana de chancearse?» «¡No, señor barbero—le respondí—, no! ¡Es cosa muy seria! Quiero saber si es usted tan valiente como galán. ¡No crea usted que le hayan de dejar gozar tranquilamente las finezas de la dama que acaba de ver en casa!» «¡Por San Cosme—repuso el cirujano dando una gran carcajada de risa—, que es buen chasco! ¡Las apariencias, vive diez, son harto engañosas!» Por estas palabras presumí que tenía tanta gana de quimera como yo, lo que me hizo ser más audaz. «¡A otro perro con ese hueso!—le repliqué—. ¡A otro con esa, amigo mío! ¡Yo no soy hombre a quien satisface la simple negativa!» «Ya veo—prosiguió—que me será preciso hablar claro para evitar la desgracia que nos puede suceder a vos o a mí. Voy, pues, a revelaros un secreto, no obstante que los de nuestra profesión deben ser muy callados. Si la dama Lorenza me admite con cautela en su aposento es porque los criados no sepan su enfermedad. Todas las noches voy a curarle un cáncer inveterado que tiene en la espalda. Vea usted el fundamento de las visitas que tanto le inquietan. Tranquilícese de aquí en adelante sobre este particular; pero si no está satisfecho con esta declaración y quiere absolutamente que riñamos, dígalo y manos a la obra, pues no soy hombre que huiré el cuerpo.» Habiendo dicho estas palabras, sacó su montante, cuya vista me horrorizó, y se puso en defensa con un aire que nada bueno me anunciaba. «¡Basta!—le dije, envainando mi espada—. Yo no soy tan bárbaro que no ceda a la razón. Por lo que usted me ha dicho, veo que no es mi enemigo. ¡Abracémonos!» Mis palabras le dieron a entender que yo no era tan temible como le parecí al principio; envainó con risa la espada, me abrazó y nos separamos los mayores amigos del mundo.
Desde este momento, Séfora se presentaba a mi imaginación como la cosa más desagradable. Evité todas las ocasiones que me proporcionaba de hablarle a solas, y mi cuidado y estudio en huir de ella le hicieron conocer mi interior. Admirada de una mudanza tan grande, quiso saber la causa, y habiendo encontrado al fin el medio de hablarme a solas, me dijo: «Señor mayordomo, dígame usted, si gusta, el por qué evita hasta mis miradas y por qué en lugar de buscar, como otras veces, proporción de hablarme, se extraña tanto de mí. Es verdad que yo di los primeros pasos, pero usted me correspondió. Acuérdese, si no lo lleva a mal, de la conversación que tuvimos solos; entonces era usted todo fuego y ahora no es mas que un hielo. ¿Qué significa esta mudanza?» La pregunta era muy delicada para un hombre sincero, y, a la verdad, me quedé muy perplejo. No tengo presente lo que respondí; solamente me acuerdo que le disgustó infinito. Séfora parecía un cordero por su semblante afable y modesto, pero cuando se encolerizaba era una tigre. «¡Creía—me dijo echándome una mirada llena de despecho y rabia—, creía honrar mucho a un hombrecillo como él manifestándole un afecto que caballeros y personas muy nobles harían gran vanidad de haber merecido! ¡Me está muy bien empleado por haberme bajado indignamente hasta un miserable aventurero!»
Si hubiera parado en esto, hubiera salido yo del paso a poca costa; pero su lengua furiosa me dijo mil apodos a cual peor. Bien conozco que debí recibirlos a sangre fría y reflexionar que despreciando el triunfo de una virtud que yo había tentado cometía un delito que las mujeres no perdonan jamás. Un hombre sensato, en mi lugar, se hubiera reído de estas injurias; pero yo era tan vivo que no podía sufrirlas y perdí la paciencia. «Señora—le dije—, a nadie despreciemos: si esos caballeros de quienes usted habla le hubiesen visto las espaldas, aseguro que su curiosidad no hubiera pasado adelante.» Apenas hube disparado esta saeta, cuando la enfurecida dueña me pegó la más grande bofetada que jamás ha dado mujer colérica. Para no recibir otra y evitar la granizada de golpes que hubieran caído sobre mí, tomé la puerta con la mayor ligereza. Di mil gracias al Cielo de verme fuera de este mal paso, imaginando que nada tenía que temer, pues la dama se había vengado, y me parecía que por su propia estimación debía callar este lance. En efecto, pasaron quince días sin saber nada de ella, y principiaba a olvidarla, cuando supe que estaba mala. Confieso que tuve la flaqueza de afligirme. Me dió lástima, imaginando que, no pudiendo esta desgraciada amante vencer un amor tan mal pagado, se habría rendido a su dolor. Me consideraba yo la principal causa de su enfermedad, y ya que no podía amarla, a lo menos la compadecía. Pero ¡cuánto me engañaba! Su ternura, convertida en odio, no pensaba mas que en perderme.
Estando una mañana con don Alfonso, noté que se hallaba triste y pensativo; preguntéle con respeto qué tenía. «Tengo pesadumbre—me dijo—de ver a Serafina tan débil, ingrata e injusta. Tú te admiras—añadió, observando mi suspensión—; pues cree que es muy cierto lo que te digo. No sé por qué motivo te has hecho tan odioso a Lorenza su criada, que dice es infalible su muerte si no sales prontamente de casa. Como Serafina te ama, no debes dudar que habrá resistido a los impulsos de este aborrecimiento, con los cuales no puede condescender sin ser desagradecida e injusta; pero al fin es mujer, y ama con extremo a Séfora, que la ha criado. La quiere como si fuera su madre y creería ser causa de su muerte si no le daba gusto. Por lo que hace a mí, aunque quiero tanto a Serafina, no pienso del mismo modo y no consentiré te apartes de mí aunque pereciesen todas las dueñas de España, pues te miro no como a un criado, sino como a hermano.»
Luego que acabó de hablar don Alfonso, le dije: «Señor, yo he nacido para ser juguete de la fortuna. Pensaba que cesaría de perseguirme en vuestra casa, en donde todo me prometía una vida feliz y tranquila; pero al fin me es preciso dejarla, aunque con ella pierda mi mayor gusto.» «¡No, no!—exclamó el generoso hijo de don César—. ¡Déjame, yo convenceré a Serafina! ¡No se ha de decir que te hemos sacrificado al capricho de una dueña! ¡Demasiado la contemplamos en otras cosas!» «Pero, señor—repliqué—, irritaréis más a Serafina si la resistís. Más bien quiero retirarme que exponerme, permaneciendo en casa, a causar desazón entre dos esposos tan perfectos; si esta desgracia sucediese, jamás hallaría yo consuelo.» Don Alfonso me prohibió tomar este partido, y le vi tan resuelto, que Lorenza no hubiera logrado su intento si yo no hubiese permanecido en mi propósito. Es verdad que, picado de la venganza de la dueña, tuve mis impulsos de cantar de plano y descubrirla; pero luego me compadecía, considerando que si revelaba su flaqueza hería mortalmente a una infeliz de cuya desgracia era yo la causa y a quien dos males irremediables echaban al hoyo. Juzgué, pues, que en conciencia debía restablecer el sosiego en la casa saliéndome de ella, pues que era un hombre que ocasionaba tanto daño. Hícelo así al día siguiente antes de amanecer, sin despedirme de mis amos, temiendo que su cariño estorbase mi partida, y sólo dejé en mi cuarto una cuenta puntual de mi administración.
CAPITULO II
De lo que le sucedió a Gil Blas después de dejar la casa de Leiva y de las felices consecuencias que tuvo el mal suceso de sus amores.
Yo tenía un buen caballo y llevaba en mi maleta doscientos doblones, procedentes la mayor parte de lo que me tocó de los bandoleros que matamos y de los mil ducados que robamos a Samuel Simón, porque don Alfonso había restituído generosamente toda la cantidad, cediéndome la parte que me había tocado. Así, mirando mi caudal por esta circunstancia como ya legítimo, gozaba de él sin escrúpulo de conciencia. En una edad como la que yo entonces tenía se confía mucho en el propio mérito, y fuera de esto, con mi dinero nada creía debía temer en adelante. Por otra parte, Toledo me ofrecía un agradable asilo, y no dudaba que el conde de Polán tendría mucho gusto en recibir en su casa a uno de sus libertadores. Pero este recurso debía ser cuando todo corriese turbio, y antes de valerme de él quise gastar parte de mi dinero en correr los reinos de Murcia y Granada, que deseaba ver con particularidad. Con este intento tomé el camino de Almansa, de donde, prosiguiendo mi viaje, fuí de pueblo en pueblo hasta la ciudad de Granada, sin que me sucediese contratiempo alguno. Parecía que la fortuna, satisfecha ya de tantos chascos como me había jugado, quería en fin dejarme en paz; pero esta traidora me preparaba otros muchos, como se verá en adelante.
Uno de los primeros sujetos que encontré en las calles de Granada fué el señor don Fernando de Leiva, yerno, como don Alfonso, del conde de Polán. Ambos quedamos sorprendidos de vernos en Granada. «¿Qué es esto, Gil Blas?—me dijo—. ¿Tú en Granada? ¿Qué es lo que aquí te trae?» «Señor—le dije—, si usted se admira de verme en este país, con mucha más razón se maravillará cuando sepa la causa que me ha obligado a dejar la casa del señor don César y su hijo.» En seguida le conté cuanto me había pasado con Séfora, sin callarle nada. Causóle gran risa el lance, y ya sosegado, me dijo seriamente: «Amigo, voy a tomar por mi cuenta este negocio. Escribiré a mi cuñada...» «¡No, no, señor!—interrumpí—. ¡Suplico a usted no haga tal cosa! No he salido de la casa de Leiva para volver a ella. Si usted gusta, puede emplear de otro modo el favor que le debo. Ruego a usted que si alguno de sus amigos necesita un secretario o un mayordomo me presente y recomiende, que doy a usted palabra de no desairar su informe.» «Con mucho gusto—respondió—. Mi venida a Granada ha sido a visitar a una tía mía, ya anciana, que está enferma, y todavía pasarán tres semanas antes que me vuelva a mi quinta de Lorque, en donde ha quedado Julia. En aquella casa vivo—prosiguió, señalándome una suntuosa que estaba a cien pasos de nosotros—; venme a ver pasados algunos días, que quizá te habré ya buscado un acomodo.»
Efectivamente, la primera vez que nos vimos me dijo: «El señor arzobispo de Granada, mi pariente y amigo, que es un grande escritor, necesita de un hombre instruído y de buena letra para poner en limpio sus obras. Ha compuesto, y todos los días compone, homilías que predica con mucho aplauso. Como te contemplo a propósito para el caso, te he recomendado y me ha prometido admitirte. Vé y preséntate de mi parte; por el modo con que te reciba conocerás el buen informe que le he dado.»
La conveniencia me pareció tal como la podía desear, y así, habiéndome compuesto lo mejor que pude, fuí una mañana a presentarme a este prelado. Si yo hubiera de imitar a los autores de novelas, haría aquí una descripción pomposa del palacio arzobispal de Granada, me extendería sobre la estructura del edificio, celebraría la riqueza de sus muebles, hablaría de sus estatuas y pinturas y no dejaría de contar al lector la menor de todas las historias que en ella se representan; pero me contentaré con decir que iguala en magnificencia al palacio de nuestros reyes.
Vi en las antesalas una muchedumbre de eclesiásticos y seglares, la mayor parte familiares de Su Ilustrísima, limosneros, gentileshombres, escuderos o ayudas de cámara. Los vestidos de los seglares eran costosos; tanto, que más parecían de señores que de criados. Se mostraban altivos y hacían el papel de hombres de importancia. Al ver su afectación, no pude menos de reírme y burlarme interiormente de ellos. «¡Pardiez—me decía entre mí—, estas gentes tienen la fortuna de no sentir el yugo de la servidumbre, porque al fin, si lo sintieran, me parece que debían ostentar menos altanería!» Acerquéme a un personaje grave y grueso que estaba a la puerta de la cámara del arzobispo para abrirla y cerrarla cuando era necesario, y le pregunté con mucha cortesía si podría hablar a Su Ilustrísima. «Espérese usted—me dijo secamente—, que Su Ilustrísima va a salir a oír misa y al paso le oirá a usted.» No respondí palabra. Arméme de paciencia e hice por trabar conversación con algunos de los sirvientes, pero aquellos señores no se dignaron contestarme, sino que se entretuvieron en examinarme de pies a cabeza, y después, mirándose unos a otros, se sonrieron con orgullo de la libertad que había tenido de mezclarme en su conversación.
Confieso que me quedé del todo corrido al verme tratado así por unos criados. Todavía no había vuelto de mi confusión cuando se abrió la puerta del estudio y salió el arzobispo. Inmediatamente guardaron todos un profundo silencio; dejaron sus modales insolentes y mostraron un semblante respetuoso delante de su amo. Tendría el prelado unos sesenta y nueve años y casi se semejaba a mi tío Gil Pérez, el canónigo; es decir, que era pequeño y grueso, y además muy patiestevado, y tan calvo que sólo tenía un mechón de pelo hacia el cogote, por lo cual llevaba embutida la cabeza en una papalina que le cubría las orejas. Con todo, noté en él un aire de caballero, sin duda porque yo sabía que lo era. La gente común miramos a los grandes con una cierta preocupación, que por lo regular les presta un aspecto de señorío que la Naturaleza les ha negado. Luego que me vió, el arzobispo se vino a mí y me preguntó con mucha dulzura qué era lo que se me ofrecía. Le dije era el recomendado del señor don Fernando de Leiva. «¡Ah!—exclamó—. ¿Eres tú el que me ha alabado tanto? ¡Ya estás recibido! ¡Me alegro de tan buen hallazgo! Quédate desde luego en casa.» Dichas estas palabras, se apoyó sobre dos escuderos, y habiendo oído a algunos eclesiásticos que llegaron a hablarle, salió de la sala. Apenas estaba fuera, cuando vinieron a saludarme los mismos que poco antes habían despreciado mi conversación; me rodean, me agasajan y muestran la mayor alegría de verme comensal del arzobispo. Habían oído lo que me había dicho mi amo y deseaban con ansia saber qué empleo debía tener cerca de Su Señoría Ilustrísima; pero para vengarme del desprecio que me habían hecho, tuve la malicia de no satisfacer su curiosidad.
No tardó mucho en volver Su Señoría Ilustrísima, y me hizo entrar en su estudio para hablarme a solas. Yo pensé bien que su intención era tantear mis talentos, por lo que me atrincheré y preparé para medir todas mis palabras. Principió haciéndome algunas preguntas sobre las Humanidades. Tuve la fortuna de no responder mal y hacerle ver que conocía bastante los autores griegos y latinos. Examinóme después de dialéctica, y cabalmente aquí era en donde yo le esperaba. Encontróme bien cimentado en ella y me dijo con cierta admiración: «Se conoce que has tenido buena educación. Veamos ahora tu letra.» Saqué de la faltriquera una muestra que había llevado expresamente para este caso, la que no desagradó a mi prelado. «Me alegro de que tengas tan buena forma—exclamó—, y todavía más de que tengas tan buen entendimiento. Daré las gracias a mi sobrino don Fernando porque me ha proporcionado un joven tan de provecho. ¡A la verdad, que me ha hecho un buen presente!»
Interrumpió nuestra conversación la llegada de algunos caballeros granadinos que iban a comer con Su Ilustrísima. Dejélos y me retiré a donde estaban los familiares, quienes me colmaron de cumplimientos y obsequios. Comí con ellos, y si mientras la comida procuraron observar mis acciones, yo no examiné menos las suyas. ¡Qué modestia guardaban los eclesiásticos! Todos me parecieron unos santos; tanto era el respeto que me había infundido el palacio arzobispal. No me pasó por la imaginación que aquello podría ser gazmoñería, como si fuera imposible que ésta se hallase en casa de los príncipes de la Iglesia.
Me tocó sentarme al lado de un antiguo ayuda de cámara, llamado Melchor de la Ronda, quien tenía cuidado de servirme buenos bocados. Viendo su atención, procuré yo tenerla con él, y mi política le agradó mucho. «Señor caballero—me dijo en voz baja luego que acabamos de comer—, quisiera hablar con usted a solas.» Y diciendo esto, me llevó a un sitio de palacio en donde nadie podía oírnos y allí me tuvo este razonamiento: «Hijo mío, desde el instante que te vi te cobré inclinación, de cuya verdad voy a darte una prueba confiándote un secreto que te será de gran utilidad. Estás en una casa en donde se confunden los verdaderos virtuosos con los falsos. Para conocer este terreno necesitabas infinito tiempo, y voy a excusarte un estudio tan largo y desagradable pintándote los genios de unos y de otros, lo que podrá servirte de gobierno. No será malo—prosiguió—dar principio por Su Ilustrísima. Es un prelado muy piadoso, ocupado continuamente en edificar al pueblo y en encaminarle a la virtud con admirables sermones morales, que él mismo compone. Veinte años hace que dejó la corte para dedicarse enteramente a conducir su rebaño; es un sabio y un grande orador, que tiene puesto su conato en predicar, y el pueblo le oye con mucho gusto. Tal vez tendrá en esto su poco de vanidad; pero además de que no toca a los hombres el penetrar los corazones, no pareciera bien que me pusiese yo a escudriñar los defectos de una persona cuyo pan como. Si me fuera permitido reprender alguna cosa en mi amo, vituperaría su severidad, porque castiga con demasiado rigor las flaquezas de los eclesiásticos, cuando debiera mirarlas con piedad. Sobre todo, persigue sin misericordia a los que, fiados en su inocencia, piensan justificarse jurídicamente desatendiendo su autoridad. Tiene también otro defecto, que es común a muchas personas grandes: aunque ama a sus criados, atiende poco a sus servicios; los dejará envejecer en su casa sin pensar en proporcionarles algún acomodo. Si alguna vez los gratifica, es porque hay quien tiene la bondad de hablar por ellos, pues por lo que hace a Su Ilustrísima, jamás se acordaría de hacerles el menor bien.»
Esto me dijo de su amo el ayuda de cámara, y siguió dándome razón del carácter de los eclesiásticos con quienes habíamos comido. Me los retrató muy al contrario de lo que aparentaban; es verdad que no me dijo que eran gentes infames, pero sí bastante malos sacerdotes. No obstante, exceptuó a algunos cuya virtud alabó mucho. Con esta lección aprendí el modo de portarme con estos señores, y aquella misma noche, en la cena, me revestí como ellos de un exterior compuesto. No es de admirar se hallen tantos hipócritas, cuando nada cuesta el serlo.
CAPITULO III
Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo de Granada y el conducto de sus gracias.
Mientras la siesta, había yo sacado de la posada mi maleta y caballo y vuelto después a cenar a palacio, en donde me pusieron un cuarto decente con muy buena cama. El día siguiente me hizo llamar Su Ilustrísima muy de mañana para darme a copiar una homilía, encargándome mucho lo hiciera con toda la exactitud posible. Ejecutélo así, sin omitir acento, punto ni coma, de lo que manifestó el prelado un gran placer mezclado de sorpresa. Luego que recorrió todas las hojas de mi copia, exclamó admirado: «¡Eterno Dios! ¿Puede darse una cosa más correcta? Eres muy buen copiante por ser perfecto gramático. Háblame con satisfacción, amigo mío: ¿has encontrado al escribir alguna cosa que te haya chocado? ¿Algún descuido en el estilo o algún término impropio? Es muy fácil se me haya escapado algo de esto en el calor de la composición.» «¡Oh, señor—respondí modestamente—, no tengo tanta instrucción que pueda meterme a crítico! Y aun cuando la tuviera, estoy cierto de que las obras de Su Ilustrísima no caerían bajo mi censura.» Sonrióse con mi respuesta y nada me replicó, pero en medio de toda su piedad se traslucía que amaba con pasión sus escritos.
Acabé de granjear su amistad con esta adulación. Cada día me quería más; tanto, que don Fernando, que visitaba frecuentemente a mi amo, me aseguró había de tal modo ganado su voluntad que podía dar por hecha mi fortuna. Mi amo mismo lo confirmó poco tiempo después con la ocasión siguiente. Habiendo relatado con vehemencia una tarde en su estudio delante de mí una homilía que había de predicar en la catedral al otro día, no se contentó con preguntarme en general qué me había parecido, sino que me obligó a decirle los pasajes que más habían llamado mi atención, y tuve la fortuna de citarle aquellos de que él estaba más satisfecho y que eran sus favoritos; esto me hizo pasar en el concepto de Su Ilustrísima por un conocedor delicado de las verdaderas bellezas de una obra. «¡Eso es—exclamó—lo que se llama tener gusto y finura! ¡Sí, querido, te aseguro que no es tu oído oreja de asno!» En fin, quedó tan contento de mí que me dijo con mucha expresión: «Gil Blas, no tengas ya cuidado, que tu fortuna corre de mi cuenta, y te proporcionaré una que te sea agradable. Yo te estimo, y en prueba de ello quiero que seas mi confidente.»
Al oír estas palabras, me eché a los pies de Su Ilustrísima, penetrado de reconocimiento. Abracé gustosamente sus piernas torcidas y creíme ya un hombre que estaba en camino de llegar a ser rico. «Sí, hijo mío—prosiguió el arzobispo, cuyo discurso había interrumpido mi acción—, quiero hacerte depositario de mis más ocultos pensamientos. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Tengo gusto en predicar, y el Señor bendice mis homilías, porque mueven a los pecadores, les hacen volver en sí y recurrir a la penitencia. Tengo la satisfacción de ver a un avaro, atemorizado con las imágenes que presento a su codicia, abrir sus tesoros y distribuirlos con mano pródiga; a un lascivo, huir de sus torpezas; a los ambiciosos, retirarse a las ermitas, y hacer constante y firme en sus obligaciones a una esposa a quien hacía titubear un amante seductor. Estas conversiones, que son frecuentes, deberían por sí solas excitarme al trabajo. Pero te confieso mi flaqueza: todavía me mueve otro premio, premio de que la delicadeza de mi virtud me reprende inútilmente; éste es el aprecio que hace el público de las obras bien acabadas. La gloria de pasar por un orador consumado tiene para mí muchos atractivos. Hoy pasan mis obras por enérgicas y sublimes, pero no querría caer en las faltas de los buenos escritores que escriben muchos años, y sí conservar toda mi reputación. En este supuesto, mi amado Gil Blas—continuó el prelado—, exijo una cosa de tu celo: cuando adviertas que mi pluma envejece, cuando notes que mi estilo declina, no dejes de avisármelo. En este punto no me fío de mí mismo, porque el amor propio podría cegarme. Esta observación necesita de un entendimiento imparcial, y así, elijo el tuyo, que contemplo a propósito, y desde luego abrazaré tu dictamen.» «Señor—le dije—, Su Ilustrísima está todavía muy distante de ese tiempo, a Dios gracias; además de que un ingenio como el de Su Ilustrísima se conservará más bien que los de otro temple, o para hablar con propiedad, Su Ilustrísima será siempre el mismo. Yo miro a Su Ilustrísima como un segundo cardenal Jiménez, cuyo superior talento parecía recibir nuevas fuerzas de los años en lugar de debilitarse con ellos.» «¡Déjate de alabanzas, amigo mío!—respondió mi amo—. Yo sé que puedo declinar de un momento a otro; en la edad en que me hallo, ya se empiezan a sentir los achaques, y los males del cuerpo alteran el entendimiento. De nuevo te lo encargo, Gil Blas: no te detengas un momento en avisarme luego que adviertas que mi cabeza se debilita. No temas hablarme con franqueza y sinceridad, porque tu aviso será para mí una prueba del amor que me tienes. Por otra parte, va en ello tu interés, pues si, por desgracia tuya, supiese que se decía en la ciudad que mis sermones habían decaído de su ordinaria elevación y que podía ya dar de mano a mis tareas, perderías no sólo mi afecto, sino el acomodo que te tengo prometido. Te hablo con claridad: esto sacarías de tu necio silencio.»
Aquí acabó la exhortación de mi amo, para oír mi respuesta, que se redujo a prometerle cuanto deseaba. Desde aquel punto, nada tuvo secreto para mí y vine a ser su privado. Todos los familiares envidiaban mi suerte, menos el prudente Melchor de la Ronda. Era de ver cómo trataban los gentileshombres y escuderos al confidente de Su Ilustrísima; no se afrentaban de humillarse por tenerme contento; sus bajezas me hacían dudar que fuesen españoles. Aunque conocía que los guiaba el interés, y nunca me engañaron sus lisonjas, no dejé por eso de servirlos. Mis buenos oficios movieron a Su Ilustrísima a proporcionarles empleos. A uno le hizo dar una compañía y le puso en estado de lucir en el ejército; a otro envió a Méjico con un grande destino, y no olvidando a mi amigo Melchor, logré para él una buena gratificación. Esto me hizo conocer que si el prelado de su propio motivo no daba, a lo menos rara vez negaba lo que se le pedía.
Pero me parece que debo referir con más extensión lo que hice por un eclesiástico. Un día nuestro mayordomo me presentó un licenciado llamado Luis García, hombre todavía mozo y de buena presencia, y me dijo: «Señor Gil Blas, este honrado eclesiástico es uno de mis mayores amigos. Ha sido capellán de unas monjas, pero su virtud no ha podido librarse de malas lenguas. Le han desacreditado tanto con Su Ilustrísima que le ha suspendido, y no quiere escuchar ninguna solicitud a favor suyo. Nos hemos valido de lo principal de Granada, pero nuestro amo es inflexible.» «Señores—les dije—, este negocio se ha gobernado mal y hubiera sido mejor no haber empeñado a nadie; por hacerle bien al señor licenciado, le han hecho mucho daño. Yo conozco a Su Ilustrísima y sé que las súplicas y recomendaciones no hacen mas que agravar en su idea la culpa de un eclesiástico. No ha mucho que le oí decir a él mismo que a cuantas más personas empeña en su favor un eclesiástico que está irregular, tanto más aumenta el escándalo y tanto más severo es para con él.» «¡Malo es eso!—dijo el mayordomo—. Y mi amigo se vería muy apurado si no tuviera tan buena letra; pero, por fortuna, escribe primorosamente, y con esta habilidad se ingenia para mantenerse.» Tuve la curiosidad de ver si la letra que se me celebraba era mejor que la mía. El licenciado me manifestó una muestra que traía prevenida, la cual me admiró, pues me parecía una de las que dan los maestros de escuela. Mientras miraba tan bella forma de letra me ocurrió una idea, y pedí a García me dejase el papel, diciéndole que acaso le sería útil; que no podía decirle más por entonces, pero que al otro día hablaríamos largamente. El licenciado, a quien el mayordomo había, según presumo, celebrado mi ingenio, se retiró tan satisfecho como si ya le hubiesen restituído a sus funciones.
A la verdad, yo deseaba servirle, y desde aquel día trabajó en ello del modo que voy a decir. Estando solo con el arzobispo, le enseñé la letra de García, que le gustó infinito, y aprovechándome entonces de la ocasión, le dije: «Señor, una vez que Su Ilustrísima no quiere imprimir sus homilías, a lo menos desearía yo que se escribiesen de esta letra.»
El prelado me respondió: «Aunque me agrada la tuya, te confieso que no me disgustaría tener copiadas mis obras de esta mano.» «No se necesita más—proseguí—que el consentimiento de Vuestra Ilustrísima. El que tiene esta habilidad es un licenciado conocido mío, y se alegrará tanto más de servir a Su Ilustrísima cuanto que por este medio podrá esperar de su bondad se sirva sacarle del miserable estado en que por desgracia se halla.» «¿Cómo se llama este licenciado?», me preguntó. «Luis García—le dije—, y está lleno de amargura por haber caído en la desgracia de Su Ilustrísima.» «Ese García—interrumpió—, si no me engaño, ha sido capellán de un convento de monjas y ha incurrido en las censuras eclesiásticas. Todavía me acuerdo de los memoriales que me han dado contra él. Sus costumbres no son muy buenas.» «Señor—dije—, no pretendo justificarle, pero sé que tiene enemigos y asegura que sus acusadores han tirado más a hacerle daño que a decir la verdad.» «Bien puede ser—replicó el arzobispo—, porque en el mundo hay ánimos muy perversos; pero aun suponiendo que su conducta no haya sido siempre irreprensible, acaso se habrá arrepentido, y, sobre todo, a gran pecado gran misericordia. Tráeme ese licenciado, a quien desde luego levanto las censuras.»
He aquí cómo los hombres más rígidos templan su severidad cuando media el interés propio. El arzobispo concedió sin dificultad a la vana complacencia de ver sus obras bien escritas lo que había negado a los más poderosos empeños. Al instante di esta noticia al mayordomo, quien sin pérdida de tiempo la participó a su amigo García. Al día siguiente vino a darme las gracias correspondientes al favor conseguido. Le presenté a mi amo, quien, contentándose con una ligera reprensión, le dió algunas homilías para que las pusiera en limpio. García lo desempeñó tan perfectamente que Su Ilustrísima le restableció en su ministerio y aun le dió el curato de Gabia, lugar grande inmediato a Granada, lo que prueba muy bien que los beneficios no siempre se confieren a la virtud.
CAPITULO IV
Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del lance crítico en que se halla Gil Blas y del modo con que salió de él.
Mientras yo me ocupaba en servir de este modo a unos y a otros, don Fernando de Leiva se disponía para dejar a Granada. Visité a este señor antes de su partida para darle de nuevo gracias por el excelente acomodo que me había proporcionado. Viéndome tan gustoso, me dijo: «Mi amado Gil Blas, me alegro mucho que estés tan satisfecho de mi tío el arzobispo.» «Estoy contentísimo—le respondí—con este gran prelado, y debo estarlo porque, además de ser un señor muy amable, nunca podré agradecer bastante los favores que le merezco. Pero todo esto necesitaba para consolarme de la separación del señor don César y de su hijo.» «No creo que ellos la hayan sentido menos—dijo don Fernando—, pero puede ser que no os hayáis separado para siempre y que la fortuna vuelva a reuniros algún día.» Estas palabras me enternecieron de modo que no pude menos de suspirar. Entonces conocí que mi amor a don Alfonso era tanto que hubiera dejado con gusto al arzobispo y cuanto podía esperar de su privanza por volverme a la casa de Leiva, siempre que se hubiera quitado el obstáculo que me había alejado de ella, don Fernando advirtió mi ternura, y le agradó tanto que me abrazó, diciendo que toda su familia se interesaría siempre en mi bienestar.
A los dos meses de haberse marchado este caballero, y cuando me veía yo más favorecido, tuvimos un gran susto en palacio. Acometióle al arzobispo una apoplejía, pero se acudió con tan prontos y eficaces remedios que sanó a muy pocos días, aunque quedó algo tocado de la cabeza. Al primer sermón que compuso, bien lo eché de ver; pero no hallando bastante perceptible la diferencia que había entre éste y los antecedentes para inferir que el orador empezaba a decaer, aguardé a que predicase otro para decidir. Hízolo y no fué menester esperar más: el buen prelado unas veces se rozaba y repetía; otras, se remontaba hasta las nubes o se abatía hasta el suelo. En fin, su oración fué difusa: una arenga de catedrático cansado o un sermón de misión sin concierto.
No fuí yo solo quien lo notó, sino que casi todos los que le oyeron, como si les hubieran pagado para que lo examinasen, se decían al oído: «¡Este sermón huele a apoplejía!» «¡Vamos, señor censor y árbitro de las homilías—me dije a mí mismo—, prepárese usted para hacer su oficio! Ya ve usted que Su Ilustrísima declina; usted está en obligación de advertírselo, no sólo como depositario de sus confianzas, sino también por temor de que alguno de sus enemigos se os anticipe. Si llegara este caso, sabe usted muy bien sus consecuencias: sería usted borrado de su testamento, en el cual sin duda le tiene señalado una manda mejor que la biblioteca del licenciado Cedillo.»
A estas reflexiones seguían otras enteramente contrarias, porque me parecía muy expuesto dar un aviso tan desagradable, que yo juzgaba no recibiría con gusto un autor encaprichado por sus obras. Luego, desechando esta idea, miraba como imposible que desaprobase mi libertad habiéndomelo inculcado con tanto empeño. Añádase a esto que yo pensaba decírselo con maña y hacerle tragar suavemente la píldora. En fin, persuadiéndome que arriesgaba más en callar que en hablar, me determiné a romper el silencio.
Sólo una cosa me inquietaba, y era no saber cómo sacar la conversación. Por fortuna, el orador mismo me sacó de este cuidado preguntándome qué se decía de él en el público y si había gustado su último sermón. Respondí que sus homilías siempre admiraban, pero que, a mi parecer, la última no había movido tanto al auditorio como las antecedentes. ¿Cómo es eso, amigo?—respondió sobresaltado—. ¿Habrá encontrado algún Aristarco?» «No, señor ilustrísimo—le dije—, no son obras las de Su Ilustrísima que haya quien se atreva a censurarlas; antes todos las celebran. Pero como Su Ilustrísima me tiene mandado que le hable con franqueza y con sinceridad, me tomaré la licencia de decir que el último sermón no me parece tener la solidez de los precedentes. ¿Piensa Su Ilustrísima de otro modo?» A estas palabras mudó de color mi amo y con una sonrisa forzada me dijo: «Señor Gil Blas, ¿conque esta composición no es del agrado de usted?» «No digo eso, señor ilustrísimo—interrumpí todo turbado—; es excelente, aunque un poco inferior a las otras obras de Su Ilustrísima.» «¡Ya entiendo!—replicó—. Te parece que voy bajando, ¿no es eso? ¡Acorta de razones! Tú crees que ya es tiempo de que piense en retirarme.» «Jamás—le contesté—hubiera yo hablado a Su Ilustrísima con tanta claridad si expresamente no me lo hubiera mandado, y pues en esto no hago mas que obedecer a Su Ilustrísima, le suplico rendidamente no lleve a mal mi atrevimiento.» «¡No permita Dios—interrumpió precipitadamente—, no permita Dios que os reprenda tal cosa! En eso sería yo muy injusto. No me desagrada el que me digas tu dictamen, sino que me desagrada tu dictamen mismo. Yo me engañé extremadamente en haberme sometido a tu limitada capacidad.»
Aunque estaba tan turbado, procuré buscar los medios de enmendar lo hecho; pero es imposible sosegar a un autor irritado, y más si está acostumbrado a no escuchar sino alabanzas. «No hablemos más del asunto, hijo mío—me dijo—. Tú eres todavía muy niño para distinguir lo verdadero de lo falso. Has de saber que en mi vida he compuesto mejor homilía que la que tiene la desgracia de no merecer tu aprobación. Gracias al Cielo, mi entendimiento nada ha perdido todavía de su vigor. En adelante yo elegiré mejores confidentes; quiero otros más capaces de decidir que tú. ¡Anda—prosiguió, empujándome para que saliera de su estudio—y díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas, me alegraré logre usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!»
CAPITULO V
Partido que tomó Gil Blas después que le despidió el arzobispo; su casual encuentro con el licenciado García y cómo le manifestó éste su agradecimiento.
Salí del estudio maldiciendo el capricho o, por mejor decir, la flaqueza del arzobispo, y todavía más irritado contra él que afligido de haber perdido su favor. Y aun dudé por algún tiempo si iría a tomar mis cien ducados; pero después de haberlo reflexionado bien, no quise tener la tontería de perderlos. Conocí que esta gratificación no me privaría del derecho de poner en ridículo a mi buen prelado, lo que me proponía hacer siempre que se hablase en mi presencia de sus homilías.
Fuí, pues, a pedir al tesorero cien ducados, sin decirle una sola palabra de lo que acababa de pasar entre mi amo y yo. Después me despedí para siempre de Melchor de la Ronda, quien me quería tanto que no pudo dejar de sentir mucho mi desgracia. Observé que mientras le daba cuenta de lo sucedido su rostro manifestaba sentimiento. No obstante el respeto que debía al arzobispo, no pudo menos de vituperar su conducta; pero como en mi enojo juré que el prelado me las había de pagar y que a su costa había yo de divertir a toda la ciudad, el prudente Melchor me dijo: «Créeme, amado Gil Blas, pásate tu pena y calla. Los hombres plebeyos deben respetar siempre a las personas distinguidas, por más motivo que tengan para quejarse de ellas. Confieso que hay señores muy groseros que no merecen atención alguna, pero al fin pueden hacer daño y es preciso temerlos.»
Agradecí al antiguo ayuda de cámara su buen consejo y le prometí aprovecharme de él. Después de esto me dijo: «Si vas a Madrid, procura ver a José Navarro, mi sobrino, que es jefe de la repostería del señor don Baltasar de Zúñiga, y me atrevo a decirte que es un mozo digno de tu amistad. Es franco, vivo, servicial y amigo de hacer bien sin interés. Yo quisiera que fuerais amigos.» Le respondí que no dejaría de verle luego que llegase a Madrid, adonde pensaba volver. Salí inmediatamente del palacio arzobispal, con ánimo de no poner más en él los pies. Tal vez hubiera marchado al instante a Toledo si hubiese conservado mi caballo; pero le había vendido en el tiempo de mi fortuna, creyendo que ya no le necesitaría. Resolví tomar un cuarto amueblado, formando mi plan de permanecer todavía un mes en Granada y de irme en seguida a casa del conde de Polán.
Como se acercaba la hora de comer, pregunté a mi huéspeda si habría por allí cerca alguna hostería, y me respondió que a dos pasos de su casa había una excelente, en donde daban bien de comer y a la cual concurrían muchas gentes de forma. Hice que me la enseñasen y fuí inmediatamente a ella. Entré en una gran sala, bastante parecida a un refectorio. Había sentadas a una mesa larga, cubierta con unos manteles sucios, unas diez o doce personas, que estaban en conversación al mismo tiempo que iban despachando su pitanza. Trajéronme la mía, que en otra ocasión sin duda me habría hecho sentir la mesa que acababa de perder; pero como estaba entonces tan picado contra el arzobispo, la frugalidad de mi hostería me parecía preferible a la abundancia de su palacio. Vituperaba la variedad y multitud de manjares que se sirven en semejantes mesas, y discurriendo como pudiera hacerlo siendo médico en Valladolid, decía: «¡Desgraciados los que se hallan frecuentemente en mesas tan nocivas, en las que es preciso estar siempre sujetando el apetito para no cargar demasiado el estómago! Por poco que se coma, ¿no se come siempre bastante?» Mi mal humor me hacía alabar los aforismos que antes había despreciado.
Cuando iba rematando mi ración, sin temer pasar los límites de la templanza, entró en la sala el licenciado Luis García, aquel capellán de monjas que logró el curato de Gabia del modo que dejo referido. Al instante que me vió vino a saludarme precipitadamente, como un hombre arrebatado de alegría; me abrazó y me vi precisado a aguantar un nuevo y muy largo cumplimiento con que me dió gracias por el bien que le había hecho, moliéndome con demostraciones de reconocimiento. Sentóse a mi lado diciendo: «¡Oh! ¡Vive Dios, mi amado bienhechor, que, pues he tenido la fortuna de encontraros, no nos hemos de despedir sin beber un trago! Pero como no vale nada el vino de esta posada, si usted gusta, en acabando de comer iremos a cierta parte en donde he de regalar a usted con una botella de vino más seco de Lucena y un exquisito moscatel de Fuencarral. Por esta vez es preciso correr un gallo; suplico a usted que no me niegue este gusto. ¡Que no tenga yo la fortuna de ver a usted a lo menos por algunos días en mi curato de Gabia! Allí obsequiaría a usted como a un Mecenas generoso, a quien debo las comodidades y la tranquilidad de la vida que gozo.»
Mientras me hablaba le trajeron su ración. Empezó a comer, pero sin cesar de decirme de cuando en cuando alguna lisonja. En uno de estos intervalos, con motivo de haberme preguntado por su amigo el mayordomo, le manifestó sin misterio mi salida de la casa arzobispal y le conté hasta las menores circunstancias de mi desgracia, lo que escuchó con mucha atención. A vista de tanto como acababa de decirme, ¿quién no hubiera creído oírle, lleno de un sentimiento producido por la gratitud, declamar contra el arzobispo? Pues no lo hizo así; antes al contrario, bajó la cabeza, estuvo frío y pensativo hasta que acabó de comer, sin hablar más palabra, y después, levantándose de la mesa aceleradamente, me saludó con frialdad y se fué. Este ingrato, viendo que ya no podía yo serle útil, ni aun quiso tomarse la molestia de ocultarme su indiferencia. Me reí de su ingratitud, y mirándole con todo el desprecio que merecía, le dije bien alto para que me oyese: «¡Hola! ¡Hola! ¡Prudente capellán de monjas, vaya usted a refrescar ese exquisito vino de Lucena con que me ha convidado!»
CAPITULO VI
Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de Granada; de la admiración que le causó el ver a una actriz y de lo que le pasó con ella.
Todavía no había salido García de la sala cuando entraron dos caballeros muy bien portados, que vinieron a sentarse junto a mí. Principiaron a hablar de los cómicos de la compañía de Granada y de una comedia nueva que se representaba entonces. De su conversación inferí que aquella pieza era muy aplaudida y dióme deseo de verla aquella misma tarde. Como casi siempre había estado en el palacio, en donde estaba anatematizada esta clase de recreo, no había visto comedia alguna desde que vivía en Granada y toda mi diversión se había reducido a las homilías.
Luego que fué hora me marché al teatro, en donde hallé un gran concurso. Oí alrededor de mí diferentes conversaciones sobre la pieza antes que se empezase y observé que todos se metían a dar su voto sobre ella, declarándose unos en pro, otros en contra. Decían a mi derecha: «¿Se ha visto jamás una obra mejor escrita?» Y a mi izquierda exclamaban: «¡Qué estilo tan miserable!» En verdad, se debe convenir en que si abundan los malos autores, abundan más los peores críticos. Cuando pienso en los disgustos que los poetas dramáticos tienen que sufrir, me admiro de que haya algunos tan atrevidos que hagan frente a la ignorancia del vulgo y a la censura peligrosa de los sabios superficiales, que corrompen algunas veces el juicio del público.
En fin, el gracioso se presentó para dar principio a la escena; por todas partes sonó un palmoteo general, lo que me dió a conocer que era uno de aquellos actores consentidos a quienes el vulgo todo se lo disimula. Efectivamente, este cómico no decía palabra ni hacía gesto que no le atrajesen aplausos; y como se le manifestaba demasiado el gusto con que se le veía, por eso abusaba de él, pues noté que algunas veces se propasaba tanto sobre la escena que era necesaria toda la aceptación con que se le oía para que no perdiese su reputación. Si en lugar de aplaudirle le hubieran silbado, frecuentemente se le hubiera hecho justicia.
Palmotearon también del mismo modo a otros comediantes, pero particularmente a una actriz que hacía el papel de graciosa. Miréla con cuidado y me faltan términos para expresar la sorpresa con que reconocí en ella a Laura, a mi querida Laura, a quien suponía todavía en Madrid al lado de Arsenia. No podía dudar que fuese ella, porque su estatura, sus facciones y su metal de voz, todo me aseguraba que yo no me equivocaba. Sin embargo, como si desconfiara de mis ojos y de mis oídos, pregunté su nombre a un caballero que estaba a mi lado. «Pues ¿de qué tierra viene usted?—me dijo—. Sin duda usted acaba de llegar, cuando no conoce a la hermosa Estela.»
La semejanza era demasiado perfecta para que pudiese equivocarme y desde luego comprendí bien que Laura, al mudar de estado, había también mudado de nombre; y deseoso de saber noticias de ella—porque el público jamás ignora las de los cómicos—me informé del mismo sujeto si esta Estela tenía algún cortejo de importancia. Respondióme que un gran señor portugués, llamado el marqués de Marialba, que dos meses había se hallaba en Granada, era quien gastaba mucho con ella. Más me hubiera dicho a no haber temido cansarle con mis preguntas. Pensé más en la noticia que este caballero acababa de darme que en la comedia; y si al salir alguno me hubiese preguntado el asunto de ella, no hubiera sabido qué decirle. Todo el tiempo se me fué en pensar en Laura y Estela y me determiné a visitarla en su casa al otro día. No dejaba de inquietarme el cómo me recibiría. Tenía fundamento para pensar que no le diese gusto mi visita en el estado tan brillante en que se hallaba, y aun de presumir que una cómica de tanto nombre fingiese no conocerme, por vengarse de un hombre del cual tenía, ciertamente, motivos de estar sentida; pero nada de esto me desanimó. Después de una cena ligera—pues en mi posada no se hacían de otra clase—me retiré a mi cuarto, con mucha impaciencia de hallarme ya en el día siguiente.
Dormí poco y me levanté al amanecer; mas pareciéndome que la dama de un gran señor no se dejaría ver tan de mañana, antes de ir a su casa gasté tres o cuatro horas en componerme, afeitarme, peinarme y perfumarme, porque quería presentarme a ella en tal aparato que no se avergonzase de verme. Salí a cosa de las diez, pregunté en la casa de comedias dónde vivía y pasé a la suya. Vivía en un cuarto principal de una casa grande. Abrióme la puerta una criada, a quien le dije pasase recado de que un joven deseaba hablar a la señora Estela. Entró con él e inmediatamente oí que su ama gritó: «¿Quién es ese joven? ¿Qué me quiere? ¡Que entre!»
Discurrí haber llegado en mala ocasión, pues estaría su portugués con ella al tocador, y que para hacerle creer no era mujer que recibía recados sospechosos alzaba tanto el grito. Dicho y hecho: estaba allí el marqués de Marialba, que pasaba con ella casi todas las mañanas. Por tanto, esperaba yo un mal recibimiento, cuando aquella actriz original, viéndome entrar, se arrojó a mí con los brazos abiertos, exclamando como fuera de sí: «¡Ay hermano mío! ¿Eres tú?» Diciendo esto, me abrazó muchas veces, y volviéndose después hacia el portugués, le dijo: «Señor, perdonad si en vuestra presencia cedo a los impulsos de la sangre. Después de tres años de ausencia, no puedo volver a ver a un hermano a quien amo tiernamente sin darle pruebas de mi afecto. Díme, pues, mi amado Gil Blas—continuó, dirigiéndose a mí—, díme algo de nuestra familia. ¿Cómo ha quedado?»
Estas palabras me turbaron por el pronto; pero inmediatamente penetré la intención de Laura, y, apoyando su artificio, le respondí con un tono propio de la escena que ambos íbamos a representar: «Nuestros padres están buenos, gracias a Dios, querida hermana.» «Tú te maravillarás de verme cómica en Granada—interrumpió—; pero no me condenes sin oírme. Bien sabes que hace tres años mi padre creyó establecerme ventajosamente casándome con el capitán don Antonio Coello, quien me llevó desde Asturias a Madrid, su patria. A los seis meses de estar en ella le sucedió un lance de honor, ocasionado de su genio violento, y mató a un caballero que me había mostrado alguna atención. Era el muerto de familia muy ilustre y de mucho valimiento. Mi marido, que ninguno tenía, se salvó huyendo a Cataluña, con todo cuanto encontró en casa de dinero y piedras preciosas. Embarcóse en Barcelona, pasó a Italia, se alistó bajo las banderas de los venecianos y al fin perdió la vida en la Morea, en una batalla contra los turcos. En este tiempo fué confiscada una posesión que era el único bien que poseíamos, y vine a quedar reducida a unas asistencias escasísimas. ¿Y qué partido podía tomar en situación tan crítica? Una viuda joven y de honor se halla en mucho compromiso; yo carecía de medios para restituirme a Asturias. ¿Y qué haría allí? El solo consuelo que hubiera recibido de mi familia hubiera sido compadecerse de mi desgracia. Por otra parte, yo había recibido muy buena educación para resolverme a abrazar una vida licenciosa. ¿Pues qué arbitrio me quedaba? El de hacerme cómica para conservar mi reputación.»
Al oír a Laura finalizar así su novela, fué tal el impulso de risa que me dió que apenas pude reprimirme; pero al fin lo conseguí y le dije con mucha gravedad: «Hermana mía, apruebo tu proceder y me alegro mucho de encontrarte en Granada tan honradamente establecida.»
El marqués de Marialba, que no había perdido una palabra de nuestra conversación, tomó al pie de la letra todos los enredos que le dió la gana de ensartar a la viuda de don Antonio. También se mezcló en la conversación, preguntándome si tenía algún empleo en Granada o en otra parte. Dudé un momento si mentiría, pero me pareció no había necesidad de ello y le dije lo cierto, contándole punto por punto cómo había entrado en casa del arzobispo y cómo había salido, lo que divirtió infinito al señor portugués. Es verdad que, a pesar de lo que había prometido a Melchor, me divertí un poco a costa del arzobispo. Lo más gracioso fué que, imaginando Laura que ésta era una novela como la suya, daba unas carcajadas que hubiera excusado a haber sabido que era realidad.
Después de haber acabado mi relación, que concluí hablando del cuarto que había tomado alquilado, avisaron para comer. Quise al momento retirarme para ir a comer a mi hostería, pero Laura me detuvo. «¿En qué piensas, hermano mío?—me dijo—. Has de quedarte a comer conmigo. Tampoco consentiré estés más tiempo en una posada. Mi intención es que vivas y comas en mi casa, y así, haz traer tu equipaje hoy mismo, que aquí hay una cama para ti.»
El señor portugués, a quien tal vez no agradaba esta hospitalidad, dijo a Laura: «No, Estela; no tienes aquí comodidad para recibir a nadie. Tu hermano—añadió—me parece un buen mozo, y con la recomendación de ser cosa tan tuya me intereso por él. Quiero tomarle a mi servicio; será a quien más quiera de mis secretarios y le haré depositario de mis confianzas. Que no deje ir de desde esta noche a dormir a casa y yo mandaré le pongan un cuarto. Le señalo cuatrocientos ducados de sueldo, y si en adelante tengo motivo, como lo espero, para estar contento de él, le pondré en estado de consolarse de haber sido demasiado sincero con su arzobispo.»
A las gracias que di por esto al marqués añadió Laura otras más expresivas. «¡No hablemos más de ello!—interrumpió el marqués—. ¡Es negocio concluído!» Al acabar estas palabras, se despidió de su princesa de teatro y se marchó. Laura me hizo pasar al momento a un cuarto retirado, en donde, viéndose sola conmigo, dijo: «¡Hubiera reventado si hubiese contenido más tiempo la risa!» Y dejándose caer en un sillón y apretándose los ijares empezó a reír como una loca. Yo no pude menos de hacer lo mismo; y cuando nos hubimos cansado, me dijo: «Confiesa, Gil Blas, que acabamos de representar una graciosa comedia; pero yo no esperaba tuviese tan buen fin. Mi ánimo solamente era proporcionarte la mesa y cuarto en casa, y para ofrecértelo con decoro fingí que eras mi hermano. Me alegro que la casualidad te haya facilitado tan buen acomodo. El marqués de Marialba es un caballero muy generoso, que hará por ti aún más de lo que ha prometido. Otra que yo—continuó ella—acaso no hubiera recibido con tan buen semblante a un hombre que deja sus amigos sin despedirse de ellos; pero soy de aquellas chicas de buena pasta que vuelven a ver siempre con agrado al picarillo a quien amaron.»
Confesé de buena fe mi desatención y le pedí me la perdonase, después de lo cual me llevó a un comedor muy aseado. Nos sentamos a la mesa, y como teníamos de testigos una doncella y un lacayo, nos tratamos de hermanos. Luego que acabamos de comer volvimos al mismo cuarto en donde habíamos estado en conversación, y allí mi incomparable Laura, entregándose a su alegría natural, me pidió cuenta de lo que me había sucedido desde nuestra última visita. Hícele de ello una fiel narración, y cuando hube satisfecho su curiosidad, ella contentó la mía relatándome su historia en estos términos.
CAPITULO VII
Historia de Laura.
«Voy a contarte lo más compendiosamente que pueda por qué casualidad abracé la profesión cómica. Después que tan honradamente me dejaste, sucedieron grandes acontecimientos. Mi ama Arsenia, más de cansada que de disgustada del mundo, abjuró el teatro y me llevó consigo a una hermosa hacienda que acababa de comprar cerca de Zamora con monedas extranjeras. Bien presto hicimos conocimientos en esta ciudad, a la que íbamos con frecuencia y en donde nos deteníamos uno o dos días.
»En uno de estos viajecillos, don Félix Maldonado, hijo único del corregidor, me vió casualmente y le caí en gracia. Buscó ocasión de hablarme a solas, y, por no ocultarte nada, yo contribuí algo para hacérsela hallar. Este caballero no tenía veinte años; era hermoso como un sol; su persona, muy bien formada, y encantaba más todavía con sus modales amables y generosos que con su cara. Me ofreció con tan buena voluntad y tanta instancia un grueso brillante que llevaba en el dedo, que no pude menos de admitirle. Estaba muy gustosa y vana con un galán tan amable; pero ¡qué mal hacen las mozuelas ordinarias en prendarse de los hijos de familia cuyos padres tienen autoridad! El corregidor, que era el más severo de los de su clase, advertido de nuestro trato, procuró evitar con presteza sus resultas. Me hizo prender por una cuadrilla de esbirros, que a pesar de mis gritos me llevaron al hospicio de la Caridad.
»Allí, sin más forma de proceso, la superiora me hizo despojar de mi anillo y vestidos y poner un largo saco de sarga ceniciento, ceñido por la cintura con una ancha correa negra de cuero, de la que pendía un rosario de cuentas gordas, que me llegaba hasta los talones. Después me llevaron a una sala, en donde encontré un fraile viejo, de no sé qué Orden, que principió a exhortarme a la penitencia, del mismo modo, poco más o menos, que la señora Leonarda te exhortó a ti a la paciencia en el sótano. Me dijo debía estar muy agradecida a las personas que me mandaban encerrar allí, pues que me hacían un gran beneficio sacándome de los lazos del demonio, en los cuales estaba infelizmente enredada. Te confieso francamente mi ingratitud: muy lejos de ser agradecida a los que me habían hecho este favor, les echaba mil maldiciones.
»Ocho días pasé sin hallar consuelo, pero a los nueve—porque yo contaba hasta los minutos—mi suerte pareció querer mudar de aspecto. Al atravesar un patio pequeño encontré al mayordomo de la casa, que todo lo mandaba y hasta la superiora le obedecía. No daba las cuentas de su administración sino al corregidor, de quien únicamente dependía y que tenía una entera confianza en él. Figúrate un hombre alto, pálido, descarnado y de buena catadura, propia para modelo de una pintura del Buen Ladrón. Parecía que ni aun miraba a las hermanas. Cara tan hipócrita no la habrás visto, aunque hayas estado en el palacio arzobispal.
»Encontré, pues—continuó ella—, al señor Zendono, que me detuvo diciéndome: «¡Consuélate, hija mía, estoy compadecido de tus desgracias!» Nada más me dijo y continuó su camino, dejando a mi arbitrio hacer los comentarios que quisiese sobre un texto tan lacónico. Como yo le tenía por un hombre de bien, me imaginaba fácilmente que se había tomado el trabajo de examinar la causa de mi encierro y que, no hallándome bastante culpable para merecer que se me tratara tan indignamente, quería empeñarse en mi favor con el corregidor. Pero conocía mal al vizcaíno; sus intenciones eran otras. Había proyectado en su mente hacer un viaje, del que me dió parte algunos días después. «Amada Laura mía—me dijo—, es tanto lo que siento tus trabajos, que he resuelto poner fin a ellos. No ignoro que esto es querer perderme, pero ya no soy mío ni puedo vivir mas que para ti. La situación en que te veo me atraviesa el alma, y así, intento sacarte mañana de tu encierro y llevarte yo mismo a Madrid, sacrificándolo todo al placer de ser tu libertador.» Poco me faltó para morir de gozo al oír a Zendono, el cual, juzgando por mis extremos que lo que yo más deseaba era escaparme, tuvo al día siguiente la osadía de robarme a vista de todos, del modo que voy a contar. Dijo a la superiora que tenía orden para llevarme a presencia del corregidor, que se hallaba en una casa de recreo a dos leguas de la ciudad, y me hizo con todo descaro subir con él en una silla de posta, tirada por dos buenas mulas que había comprado para el caso. No llevábamos con nosotros mas que un criado, que conducía la silla y que era enteramente de la confianza del mayordomo. Comenzamos a caminar, no como yo creía, hacia Madrid, sino hacia las fronteras de Portugal, adonde llegamos en menos tiempo del que necesitaba el corregidor de Zamora para saber nuestra fuga y despachar en nuestro seguimiento sus galgos. Antes de entrar en Braganza, el vizcaíno me hizo poner un vestido de hombre, que llevaba prevenido, y contándome ya por suya me dijo en la hostería donde nos alojamos: «Bella Laura, no tomes a mal que te haya traído a Portugal. El corregidor de Zamora nos hará buscar en nuestra patria como a dos criminales a quienes la España no debe dar ningún asilo; pero—añadió él—podemos ponernos a cubierto de su resentimiento en este reino tan extraño, aunque en el día esté sujeto al dominio español; a lo menos, estaremos aquí más seguros que en nuestro país. Déjate, pues, persuadir, ángel mío; sigue a un hombre que te adora. Vamos a vivir a Coimbra; allí pasaremos sin temor nuestros días en medio de unos pacíficos placeres.»
»Una propuesta tan eficaz me hizo ver que trataba con un caballero a quien no gustaba servir de conductor a las princesas por la gloria de la caballería. Comprendí que contaba mucho con mi agradecimiento y aun más con mi miseria. Sin embargo, aunque estos dos motivos me hablaban en su favor, me negué resueltamente a lo que me proponía. Es verdad que por mi parte tenía dos razones poderosas para mostrarme tan reservada, pues no era de mi gusto ni le creía rico. Pero cuando, volviendo a estrecharme, ofreció ante todas cosas casarse conmigo y me hizo ver palpablemente que su administración le había suministrado caudal para mucho tiempo, no lo oculto: comencé a escucharle. Me deslumbró el oro y la pedrería que me enseñó, y entonces experimenté que el interés sabe hacer transformaciones tan bien como el amor. Mi vizcaíno fué poco a poco haciéndose otro hombre a mis ojos: su cuerpo alto y seco se me representó de una estatura fina y delicada; su palidez, una blancura hermosa, y hasta su aspecto hipócrita me mereció un nombre favorable. Entonces acepté sin repugnancia su mano a presencia del Cielo, a quien tomó por testigo de nuestra unión. Después de esto ya no tuvo que experimentar ninguna contradicción por mi parte, y, siguiendo nuestro camino, muy presto Coimbra recibió dentro de sus muros a un nuevo matrimonio.
»Mi marido me compró muy buenos vestidos de mujer y me regaló muchos diamantes, entre los cuales conocí el de don Félix Maldonado. No necesité más para adivinar de dónde venían todas las piezas preciosas que yo había visto, y para persuadirme de que no me había casado con un rígido observador del séptimo artículo del Decálogo; pero considerándome como la causa primera de sus juegos de manos, se los perdonaba. Una mujer disculpa hasta las malas acciones que hace cometer su hermosura, y a no ser esto, ¡qué mal hombre me hubiera parecido!
»Dos o tres meses pasé con él bastante gustosa, porque me hacía mil cariños y parecía amarme tiernamente. Sin embargo, las pruebas de amistad que me daba no eran mas que falsas apariencias. El bribón me engañaba y me preparaba el trato que toda soltera seducida por un hombre infame debe esperar de él. Un día, a mi vuelta de misa, no encontré en la casa mas que las paredes. Los muebles y hasta mis ropas habían desaparecido. Zendono y su fiel criado habían tomado tan bien sus medidas que en menos de una hora se había ejecutado completamente el despojo de mi casa, de modo que con el solo vestido que llevaba puesto y la sortija de don Félix, que por fortuna tenía en el dedo, me vi como otra Ariadna abandonada de un ingrato. Pero te aseguro que no me entretuve en hacer elegías sobre mi infortunio; antes bien, di gracias al Cielo por haberme librado de un perverso que no podía menos de caer tarde o temprano en manos de la justicia. Miré el tiempo que habíamos pasado juntos como un tiempo perdido, que yo no tardaría en reparar. Si hubiera querido permanecer en Portugal y entrar al servicio de alguna señora ilustre, las habría tenido de sobra; pero ya fuese el amor que tenía a mi país, o ya fuese arrastrada por la fuerza de mi estrella, que me preparaba allí mejor suerte, sólo pensé en volver a España. Vendí el diamante a un joyero, que me dió su importe en monedas de oro, y salí con una señora española, ya anciana, que iba a Sevilla en una silla volante.
»Esta señora, llamada Dorotea, venía de ver a una parienta suya que vivía en Coimbra, y se volvía a Sevilla, en donde tenía su casa. Congeniamos ambas de tal modo que desde la primera jornada trabamos amistad, la que se estrechó tanto en el camino que cuando llegamos a Sevilla no me permitió alojar sino en su casa. No tuve motivo para arrepentirme de haber hecho semejante conocimiento, pues no he visto jamás mujer de mejor carácter. Todavía se descubría en sus facciones y en la viveza de sus ojos que en su mocedad habría hecho puntear a sus rejas bastantes guitarras, y por eso sin duda había tenido muchos maridos nobles y vivía honradamente con lo que le dejaron.
»Entre otras excelentes prendas, tenía la de ser muy compasiva con las doncellas desgraciadas. Cuando le conté mis infortunios, tomó con tanto ardor mi causa que llenó de maldiciones a Zendono. «¡Ah perros!—dijo en un tono que parecía haber encontrado en su viaje algún mayordomo—. ¡Miserables! ¡En el mundo hay bribones que, como éste, se deleitan en engañar a las mujeres! Lo que me consuela, querida hija mía, es que, según tu relación, no estás ligada con el pérfido vizcaíno. Si tu casamiento con él es bastante bueno para servirte de disculpa, en recompensa es bastante malo para permitirte contraer otro mejor cuando halles ocasión para ello.»
»Todos los días salía con Dorotea para ir a la iglesia o a visitar a alguna amiga, que es el medio seguro de encontrar prontamente alguna aventura. Me atraje las miradas de muchos caballeros, entre los cuales algunos quisieron tentar el vado. Hablaron por segunda mano a mi vieja patrona, pero los unos no tenían con qué soportar los gastos de un menaje y los restantes todavía eran unos babosos, lo que bastaba para quitarme la gana de escucharlos, sabiendo por mi experiencia las consecuencias de ello. Un día nos ocurrió ir a ver representar los cómicos de Sevilla, que habían anunciado en los carteles la representación de la comedia famosa El embajador de sí mismo, compuesta por Lope de Vega Carpio.
»Entre las actrices que se presentaron en el teatro vi a una de mis antiguas amigas, a Fenicia, aquella moza gorda, pero muy alegre, que te acordarás era criada de Florimunda y con quien cenaste algunas veces en casa de Arsenia. Sabía yo muy bien que Fenicia hacía más de dos años que no estaba en Madrid, pero ignoraba que fuese cómica. Era tal la impaciencia que tenía de abrazarla que me pareció larguísima la pieza. Quizá tenían también la culpa los que la representaban, que no lo hacían ni tan bien ni tan mal que me divirtieran, porque te confieso que, como soy tan risueña, un cómico perfectamente ridículo no me divierte menos que uno excelente. En fin, llegado el esperado momento, es decir, el fin de la famosa comedia, fuimos mi viuda y yo al vestuario, en donde vimos a Fenicia, que hacía la desdeñosa escuchando con melindres el dulce gorjeo de un tierno pajarito que al parecer se había dejado coger con la liga de su declamación. Luego que me vió se despidió de él cortésmente, vino a mí con los brazos abiertos y me dió todas las muestras de amistad imaginables. Por mi parte, la abracé con el mayor agrado. Mutuamente nos manifestamos el placer que teníamos en volvemos a ver; pero no permitiéndonos el tiempo ni el sitio meternos en una larga conversación, dejamos para el día inmediato el hablar en su casa más extensamente.
»El gusto de hablar es una de las pasiones más vivas de las mujeres y particularmente la mía. No pude pegar los ojos en toda la noche: tal era el deseo que tenía de verme con Fenicia y hacerle preguntas sobre preguntas. Dios sabe si fuí perezosa para levantarme e ir a donde me había dicho que vivía. Estaba alojada con toda la compañía en un gran mesón. Una criada que encontré al entrar, y a quien supliqué me condujese al cuarto de Fenicia, me hizo subir a un corredor, a lo largo del cual había diez o doce cuartos pequeños, separados solamente por unos tabiques de madera y ocupados por la cuadrilla alegre. Mi conductora tocó a una puerta, la cual abrió Fenicia, cuya lengua rabiaba tanto como la mía por hablar. Apenas nos tomamos el tiempo de sentarnos, nos pusimos en disposición de parlar sin cesar. Teníamos que preguntarnos sobre tantas cosas que se atropellaban las preguntas y las respuestas de un modo extraordinario.
»Después de haber contado mutuamente nuestras aventuras, e instruidas del actual estado de nuestros asuntos, me preguntó Fenicia qué partido quería tomar. «Porque al fin—me dijo—es preciso hacer alguna cosa, no estando bien visto en una persona de tu edad el ser inútil a la sociedad.» Respondíle que había resuelto, hasta encontrar mejor fortuna, colocarme con alguna señorita distinguida. «¡Quítate allá!—exclamó mi amiga—. ¡No pienses en ello! ¿Es posible, amiga mía, que aun no te hayas cansado de servir? ¿No te has fastidiado de estar sujeta a la voluntad de otros, respetar sus caprichos, oír que te regañan y, en una palabra, ser esclava? ¿Por qué no abrazas, como yo, la vida de cómica? Ninguna cosa es más conveniente para las personas de talento que carecen de posibles y de lucida cuna. Es un estado medio entre la nobleza y la plebe; una condición libre y desembarazada de las etiquetas más incómodas de la vida civil. Nuestras rentas nos las paga en moneda contante el público, que es el poseedor de sus fondos. En una palabra, siempre vivimos alegres y gastamos nuestro dinero del mismo modo que lo ganamos. El teatro—prosiguió—favorece sobre todo a las mujeres. Todavía me salen los colores al rostro siempre que me acuerdo de que cuando servía a Florimunda no oía sino a los criados de la compañía del Príncipe y que ningún hombre de suposición me miraba a la cara. ¿De qué nacía esto? De que yo no hacía allí papel; por buena que sea una pintura, no se celebra si no se expone a la vista pública. Pero después que me puse en chapines, esto es, que parecí en las tablas, ¡qué mudanza! Traigo al retortero a los mejores mozos de los pueblos por donde pasamos. Una cómica tiene cierto atractivo en su oficio. Si es discreta—quiero decir, que no favorece mas que a un solo amante—, esto le hace un honor distinguido, se celebra su moderación; y cuando muda de galán la miran como a una verdadera viuda que se vuelve a casar. Y aun a una viuda se la mira con desprecio si contrae terceras nupcias, porque no parece sino que esto hiere la delicadeza de los hombres, al paso que una dama parece hacerse más apreciable a medida que aumenta el número de sus favorecidos, pues todavía, después de haber tenido cien cortejos, es un manjar apetitoso.» «¿A quién cuentas eso?—interrumpí yo al llegar aquí—. ¿Piensas tú que ignoro esas ventajas? Las he considerado muchas veces, y, hablándote sin ningún disimulo, te digo que lisonjean sobrado a una muchacha de mi genio. Conozco en mí mucha inclinación a la vida cómica, pero esto no basta, pues se requiere talento y yo no tengo ninguno. Algunas veces me he puesto a recitar relaciones de comedia delante de Arsenia y no ha quedado satisfecha de mí, lo que me ha hecho no gustar del arte.» «No es extraño que le hayas disgustado—replicó Fenicia—. ¿Ignoras que esas grandes actrices son por lo común envidiosas? A pesar de su vanidad, temen se les presenten personas que las desluzcan. En fin, yo, sobre este asunto, no me atendría solamente al voto de Arsenia; su decisión no ha sido sincera. Dígote sin lisonja que has nacido para el teatro. Tienes naturalidad, acción despejada y muy graciosa, un metal de voz suave, buen pecho y, sobre todo, un buen palmito de cara. ¡Ah picaruela, a cuántos encantarás si te haces comedianta!»
»A esto añadió otras expresiones seductoras, y me hizo declamar algunos versos para convencerme a mí misma de la excelente disposición que tenía para el teatro, y habiéndome oído fueron mayores sus elogios, hasta decirme que me aventajaba a todas las actrices de Madrid. En vista de esto, no debía ya dudar de mi mérito ni dejar de acusar a Arsenia de envidiosa y de mala fe. Me fué preciso convenir en que mi persona valía mucho. Fenicia me hizo repetir los mismos versos delante de dos cómicos que entraron en aquella sazón, los que se quedaron pasmados; y cuando volvieron de su admiración fué para colmarme de alabanzas. Hablando seriamente, te aseguro que aunque los tres hubieran ido a porfía sobre quién me había de elogiar más, no hubieran empleado más hipérboles. Mi modestia tuvo poco que padecer con tantos elogios. Principié a creer que valía algo y heme aquí resuelta a abrazar la profesión cómica.
»No hablemos más, querida mía—dije a Fenicia—. Está hecho; quiero seguir tu consejo y entrar en la compañía si no hay inconveniente.» A esto, mi amiga, arrebatada toda de gozo, me abrazó, y sus dos compañeros no manifestaron menos alegría que ella al ver mi determinación. Quedamos en que al día siguiente por la mañana iría al teatro y repetiría delante de toda la compañía el mismo ensayo. Si en casa de Fenicia adquirí una opinión ventajosa, todavía fué más favorable la de los comediantes después que recité en su presencia sólo unos veinte versos, y así, me recibieron muy gustosos en la compañía. Desde entonces puse mi atención sólo en el modo con que había de salir la primera vez en las tablas. Para que fuese con más lucimiento, gasté todo el dinero que me quedaba de la sortija, y si no me presenté con ostentación, a lo menos hallé el arte de suplir la falta de magnificencia con un gusto delicado. Presentéme, en fin, por la primera vez en la escena. ¡Qué palmadas! ¡Qué aplausos! No faltaré, amigo mío, a la modestia si te digo que arrebaté la atención de los espectadores. Era preciso haber presenciado la celebridad que adquirí en Sevilla para creerla. Fuí el objeto de todas las conversaciones de la ciudad, la que por tres semanas acudió a bandadas a la comedia, de modo que la compañía, con esta novedad, atrajo al público, que ya empezaba a desampararla. Me presenté de un modo que hechicé a todos, lo que fué publicar que me vendía al que más diera. Una infinidad de sujetos de todas edades y condiciones vinieron a ofrecerme sus obsequios y facultades. Por mi gusto hubiera escogido al más joven y bonito; pero nosotras solamente debemos mirar al interés y a la ambición cuando se trata de tomar una amistad. Esta es regla del teatro, por cuya razón mereció la preferencia don Ambrosio de Nisaña, hombre ya viejo y de muy rara figura, pero rico, generoso y uno de los señores más poderosos de Andalucía. Es verdad que le costó caro. Tomó para mí una hermosa casa, la adornó magníficamente, me buscó un buen cocinero, dos lacayos, una doncella, y me señaló para el gasto mil ducados mensuales. Añade a esto ricos vestidos y muchas joyas. Arsenia nunca llegó a un estado tan brillante.
»¡Qué mudanza en mi fortuna! Ni aun yo podía comprenderla ni me conocía a mí misma; por lo que no me espanto de que haya tantas que se olviden prontamente de la nada y miseria de donde las sacó el capricho de algún poderoso. Te confieso ingenuamente que los aplausos del público, las expresiones lisonjeras que oía por todas partes y la pasión de don Ambrosio me infundieron una vanidad que llegó hasta la extravagancia. Miré mi habilidad como un título de nobleza y tomé el aire de señora. Ya escaseaba tanto las miradas cariñosas cuanto las había prodigado antes, de suerte que me puse en el pie de no hacer caso sino de duques, condes y marqueses.
»El señor de Nisaña, con algunos de sus amigos, venía todas las noches a cenar a casa; yo por mi parte procuraba juntar las cómicas más divertidas y pasábamos la mayor parte de la noche en beber y reír. Una vida tan agradable me acomodaba mucho, pero no duró mas que seis meses. Si los señores no tuvieran la facilidad de cansarse, serían más amables. Don Ambrosio me dejó por una maja granadina que acababa de llegar a Sevilla, con muchas gracias y el talento suficiente para hacerlas valer. Mi aflicción no duró mas que veinticuatro horas, porque inmediatamente ocupó su lugar un caballero de veintidós años, llamado don Luis de Alcacer, tan bello mozo que pocos podían comparársele. Con razón me preguntarás por qué elegí a un señor tan joven sabiendo que el trato con esta clase de gentes es peligroso, y yo te diré que don Luis ni tenía padre ni madre y que ya disponía de su hacienda. Además, que este trato sólo deben temerlo las criadas y las miserables aventureras. Las mujeres de nuestra profesión son personas de título; nunca somos responsables de los efectos que producen nuestros atractivos. ¡Desgraciadas las familias a cuyos herederos hemos desplumado!
»Nos apasionamos tan extremadamente uno de otro Alcacer y yo que dudo haya habido jamás amor como el nuestro. Nos amábamos con tanto ardor que no parecía sino que estábamos hechizados. Los que sabían nuestra pasión nos creían los amantes más dichosos del mundo, y tal vez éramos los más infelices. Don Luis era amable por su rostro, pero tan celoso que me atormentaba a cada instante con injustos recelos. Por más que yo procurase no mirar a hombre alguno para acomodarme a su flaqueza, su ingeniosa desconfianza hallaba delitos con que inutilizaba mi cuidado. Si estaba en la escena, le parecía que mientras representaba miraba al descuido cariñosamente a algún joven y me llenaba de reconvenciones. En una palabra, nuestras más tiernas conversaciones estaban siempre mezcladas de quejas. No pudimos aguantar más; a ambos nos faltó la paciencia y nos separamos amigablemente. ¿Creerás tú que el último día de nuestra amistad fué el más gustoso que habíamos tenido hasta entonces? Igualmente fatigados los dos de los males que habíamos padecido, nos despedimos con la mayor alegría, semejantes a dos miserables cautivos que recobran su libertad después de una dura esclavitud.
»Desde entonces he procurado precaverme del amor y no quiero más amistad que turbe mi reposo. No sienta bien en nosotras suspirar como las demás mujeres ni debemos abrigar en nuestro pecho una pasión cuyas ridiculeces hacemos ver al público.
»Entre tanto mi fama iba alcanzando más vuelo, publicando por todas partes que yo era una actriz inimitable. Tanta nombradía movió a los comediantes de Granada a que me escribiesen convidándome con una plaza en su compañía; y para hacerme ver que la propuesta no era despreciable, me enviaron una razón del importe de sus últimas entradas y de sus caudales, por lo cual, pareciéndome un partido ventajoso, lo acepté, aunque en lo íntimo de mi corazón sentía dejar a Fenicia y a Dorotea, a quienes amaba tanto cuanto una mujer es capaz de amar a otra. A la primera la dejé en Sevilla ocupada en derretir la vajilla de un platerillo que por vanidad quería tener por cortejo a una comedianta. Se me ha olvidado decirte que al hacerme cómica mudé por capricho el nombre de Laura en el de Estela, y con éste salí para Granada.
»Allí principié mi ejercicio con tanta felicidad como en Sevilla e inmediatamente me vi rodeada de amantes; pero como no quería favorecer sino a quien diese buenas señales, me porté con tal reserva que pude ofuscarlos. Sin embargo, temiendo pagar la pena de una conducta que de nada servía y que no me era natural, pensaba declararme a favor de un oidor joven, de nacimiento plebeyo, quien, por razón de su empleo, de una buena mesa y de arrastrar coche, hacía el papel de señor, cuando vi por primera vez al marqués de Marialba. El señor portugués, que viaja en España por mera curiosidad, al pasar por Granada se detuvo. Fué a la comedia y aquel día no representé yo. Miró con mucha atención a las actrices que se presentaron, halló una que le gustó y desde el día siguiente empezó a tratar con ella. Estaba ya para convenirse cuando me presenté yo en el teatro. Mi presencia y mis monadas volvieron prontamente la veleta. Ya mi portugués no pensó mas que en mí, y, a decir verdad, como yo no ignoraba que mi compañera había agradado a este señor, procuré desbancarla, y tuve la fortuna de conseguirlo. Bien sé que ella me ha aborrecido, pero esto poco importa. Debiera saber que entre las mujeres es natural esta ambición y que las más íntimas amigas no hacen escrúpulo de ella.»
CAPITULO VIII
Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cómicos de Granada y de la persona a quien reconoció en el vestuario.
En el punto mismo que Laura acababa de contar su historia llegó una comedianta vieja, vecina suya, que venía a sacarla para ir a la comedia. Esta venerable heroína de teatro hubiera sido primorosa para hacer el papel de la diosa Cotis. Mi hermana no dejó de presentar su hermano a esta figura añeja, y sobre ello mediaron grandes cumplimientos de ambas partes.
Las dejé solas, diciendo a la viuda del mayordomo que iría a buscarla al teatro luego que hubiera hecho llevar mi ropa a casa del marqués, que ella me enseñó. Fuí inmediatamente al cuarto que tenía alquilado, pagué a mi huéspeda, di a un mozo mi maleta y fuí con él a una gran posada, en donde estaba alojado mi amo. Encontré a la puerta a su mayordomo, que me preguntó si era yo el hermano de la señora Estela. Respondí que sí, y me dijo: «Pues sea usted muy bien venido, caballero. El marqués de Marialba, de quien tengo honra de ser mayordomo, me ha mandado os reciba con todo agasajo. Se le ha preparado a usted un cuarto; si usted gusta, yo se lo enseñaré.» Me subió a lo último de la casa y me introdujo en un aposento tan pequeño que sólo cabía una cama muy estrecha, un armario y dos sillas; tal era mi habitación. «Usted no estará aquí muy a sus anchuras—me dijo mi conductor—; pero en recompensa prometo a usted que en Lisboa estará soberbiamente alojado.» Metí mi maleta en el armario, del cual me llevé la llave, y pregunté a qué hora se cenaba. Me respondieron que el señor cenaba comúnmente fuera y que daba a cada criado un tanto al mes para su mantenimiento. Hice algunas otras preguntas y conocí que los criados del marqués eran unos holgazanes afortunados. Al cabo de una breve conversación dejé al mayordomo y fuí a buscar a Laura, entretenido agradablemente con los presagios de mi nuevo acomodo.
Luego que llegué a la puerta de la casa de comedias y dije que era hermano de Estela, todo se me franqueó. ¡Hubierais visto las centinelas hacerme paso a porfía, como si yo fuera uno de los principales personajes de Granada! Todos los dependientes del teatro que encontré en el tránsito me hicieron profundas reverencias. Pero lo que yo quisiera poder pintar bien al lector es el recibimiento que, con una seriedad cómica, me hicieron en el vestuario, en donde encontré toda la compañía vestida ya y pronta a principiar. Los comediantes y comediantas, a quienes Laura me presentó, se agolparon hacia mí. Los hombres me confundieron a abrazos, y las mujeres en seguida, aplicando sus rostros pintados al mío, lo llenaron de arrebol y blanquete. Ninguno quería ser el último a cumplimentarme y todos se pusieron a hablarme a un tiempo. No bastaba yo a responderles; pero mi hermana vino a mi socorro, y como tenía ejercitada la lengua, cumplió con todos por mí.
No pararon los cumplimientos en los actores y actrices; fué preciso aguantar los del tramoyista, violinistas, apuntador, despabilador y sotadespabilador; en fin, de todos los dependientes del teatro, que al rumor de mi llegada vinieron corriendo a examinar mi persona. No parecía sino que estas gentes eran todas de la Inclusa, que jamás habían visto hermanos.
Entre tanto empezó la comedia. Algunos caballeros que estaban en el vestuario se retiraron a tomar sus asientos, y yo, como de casa, continué en conversación con los actores que no representaban. Entre éstos había uno a quien llamaron, y oí le nombraban Melchor. Este nombre me chocó, y habiendo mirado atentamente al sujeto a quien se le daba, me pareció haberle visto en alguna parte. Al fin me acordé de él y vi que era Melchor Zapata, aquel pobre cómico de la legua que, como dije en el libro segundo de mi historia, estaba mojando mendrugos de pan en una fuente.
Al instante le llamé aparte y le dije: «Si no me engaño, usted es el señor Melchor, con quien tuve la honra de almorzar un día a la orilla de una clara fuente entre Valladolid y Segovia. Iba yo con un mancebo de barbero, juntamos algunas provisiones que llevábamos con las de usted y compusimos entre los tres una comida escasa que se sazonó con mil conversaciones agradables.» Zapata se quedó como pensativo algunos instantes y después me respondió: «Usted me habla de una cosa de que sin dificultad hago memoria. Entonces venía de Madrid, en donde había salido para prueba en aquel teatro, y me volvía a Zamora. También me acuerdo que mis negocios andaban de mala data.» «Y yo, por esas señas—le dije—, vengo en conocimiento de que usted llevaba un jubón forrado de carteles de comedias. Tampoco he olvidado que usted se quejaba en aquel tiempo de que tenía una mujer muy honesta.» «¡Oh! ¡Por esa parte ya no me quejo!—dijo Zapata con precipitación—. ¡Vive diez que la buena mujer se ha enmendado en esto, y así, mi jubón va mejor forrado!»
Al ir a darle la enhorabuena de tan feliz mudanza tuvo precisión de dejarme para salir a la escena. Con el deseo de conocer a su mujer, me acerqué a un comediante y le supliqué me la mostrase, lo que hizo diciendo: «Véala usted, esa es Narcisa, la más linda de nuestras damas después de la hermana de usted.» Juzgué que esta actriz debía de ser aquella a quien se había aficionado el marqués de Marialba antes de haber visto a su Estela, y mi conjetura no salió errada. Acabada la comedia, acompañé a Laura a su casa, en donde vi muchos cocineros que estaban disponiendo una gran cena. «Aquí puedes cenar», me dijo ella. «Nada menos que eso—le respondí—: el marqués querrá quizá estar solo contigo.» «No—respondió ella—; ahora vendrá con dos amigos suyos y uno de nuestros compañeros, y si tú quieres, serás la sexta persona. Bien sabes que en casa de las cómicas los secretarios tienen privilegio de comer con sus amos.» «Es verdad—le dije—, pero todavía no es tiempo de contarme entre los secretarios favoritos; para obtener este cargo honorífico debo antes emplearme en alguna comisión de confianza.» Diciendo esto, dejé a Laura y fuí a mi hostería, donde hice ánimo de comer todos los días, porque mi amo no tenía casa.
CAPITULO IX
Del hombre extraordinario con quien Gil Blas cenó aquella noche y de lo que pasó entre ellos.
Advertí que en un rincón de la sala estaba cenando solo un fraile viejo vestido de paño pardo, y por curiosidad me senté enfrente de él. Saludéle con mucha urbanidad y él no se mostró menos cortés que yo. Trajéronme mi pitanza, que principié a despachar con buenas ganas, y mientras comía sin decir una palabra miraba frecuentemente a este raro personaje y siempre le hallé puestos los ojos en mí. Cansado de su afán en mirarme, le hablé en estos términos: «Padre, ¿nos habremos visto tal vez en otra parte fuera de aquí? Usted me está observando como a un hombre que no le es enteramente desconocido.»
Respondióme con mucha gravedad: «Si os miro con esta atención sólo es para admirar la singular variedad de aventuras que están grabadas en las rayas de vuestro rostro.» «A lo que veo—le dije con un aire burlón—, vuestra reverencia sabe la metoposcopia.» «Bien podría lisonjearme de poseerla—dijo el fraile—y de haber pronosticado cosas que el tiempo no ha desmentido. No sé menos la quiromancia, y me atrevo a decir que mis oráculos son infalibles cuando he comparado la inspección de la mano con la del rostro.»
Aunque aquel viejo tenía todo el aspecto de hombre sabio, me pareció tan loco que no pude dejar de reírme en su cara; pero en lugar de ofenderse de mi descortesía se sonrió de ella, y después de haber paseado su vista por la sala y asegurádose de que nadie nos oía, continuó hablando de esta manera: «No me espanto de veros opuesto a estas dos ciencias, que en el día se tienen por frívolas; el largo y penoso estudio que requieren desanima a todos los sabios, que, despechados de no haberlas podido adquirir, las abandonan y desacreditan. Por lo que hace a mí, no me ha acobardado la obscuridad en que están envueltas ni tampoco las dificultades que se suceden sin cesar en la indagación de los secretos químicos y en el arte maravilloso de transmutar los metales en oro. Pero no presumo—prosiguió, habiendo tomado nuevo aliento—que hablo con un joven que conceptúe de sueños mis pensamientos. Una leve prueba de mi habilidad os dispondrá a juzgar más favorablemente de mí que todo cuanto pudiera deciros.» Dicho esto, sacó del bolsillo un frasquillo lleno de un licor encarnado y prosiguió diciendo: «Vea usted aquí un elixir que he compuesto esta mañana del zumo de ciertas plantas destiladas por alambique; porque, a imitación de Demócrito, he empleado casi toda mi vida en descubrir las propiedades de los simples y de los minerales. Usted va a experimentar su virtud. El vino que estamos bebiendo es muy malo: pues va a ser exquisito.» Al mismo tiempo echó dos gotas de su elixir en mi botella, que volvieron mi vino más delicioso que los mejores que se beben en España.