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Historia de Gil Blas de Santillana, Novela (Vol 2 de 3)

LIBRO CUARTO (continued 2)

José Francisco de Isla translation

«En verdad que el papel es apasionado—dijo Aurora—y muestra un alma del todo enamorada. Esta dama es una competidora que no debe despreciarse; antes bien, juzgo que debo hacer todo lo posible para desprenderla de don Luis, haciendo cuanto me sea dable para que él no la vuelva a ver. La empresa es algo ardua, lo confieso, mas no desconfío de salir con ella.» Paróse a pensar sobre este punto, y un momento después añadió: «Yo me obligo a ver enemistados a los dos en menos de veinticuatro horas.» Con efecto, habiendo Pacheco descansado un poco en su cuarto, volvió a buscarnos al nuestro y renovó la conversación con Aurora antes de cenar. «Caballero—le dijo en tono de zumba—, creo que los maridos y los amantes no han de celebrar mucho vuestra venida a Salamanca y que les ha de causar harta inquietud; yo, por lo menos, ya comienzo a temer mucho por mis damas.» «Oiga usted—le respondió mi ama en el mismo tono—, su temor no está mal fundado. Don Félix de Mendoza es un poco temible; así os lo prevengo. Ya he estado otra vez en esta ciudad y sé por experiencia que en ella no son insensibles las mujeres.» «¿Qué prueba tiene usted de ello?», interrumpió don Luis con presteza. «Una demostrativa—replicó la hija de don Vicente—. Habrá un mes que transité por esta ciudad, y, habiéndome detenido en ella no más que ocho días, en este breve tiempo—os lo digo en toda confianza—se apasionó ciegamente de mí la hija de un anciano doctor en leyes.»

Conocí que se había turbado don Luis al oír estas palabras. «¿Y se podrá saber, sin pasar por indiscreto—replicó—, el nombre de esa señora?» «¿Qué llama usted sin pasar por indiscreto?—repuso el fingido D. Félix—. ¿Pues qué motivo puede haber para hacer de esto un misterio? ¿Por ventura me tenéis por más callado que lo son en este punto los de mi edad? ¡No me hagáis esa injusticia! Además de que, hablando entre los dos, el objeto tampoco es digno de tan escrupuloso miramiento, porque al fin sólo es una pobre particular, y los hombres de distinción no se emplean seriamente en estas gentes de poca posición, y aun creen que les hacen mucho honor en quitarles el crédito. Diréos, pues, sin reparo, que la hija del tal doctor se llama Isabel.» «Y el tal doctor—interrumpió, impaciente ya, Pacheco—, ¿se llama acaso el señor Marcos de la Llana?» «¡Justamente!—respondió mi ama—. Lea usted este papel que acaba de enviarme; por él verá si me quiere bien la tal niña.» Pasó los ojos don Luis por el billete, y conociendo la letra se quedó confuso. «¡Qué veo!—prosiguió entonces Aurora con admiración—. ¡Parece que se os muda el color! Creo, ¡Dios me lo perdone!, que tomáis interés por esa dama. ¡Oh y cuánto me pesa de haber hablado con tanta franqueza!» «Antes bien, os doy gracias por ello—replicó don Luis en un tono mezclado de cólera y despecho—. ¡Ah, pérfida! ¡Ah, inconstante! ¡Oh, don Félix, y qué favor os merezco! ¡Me habéis sacado de un error en que quizá hubiera estado largo tiempo! Creía que me amaba. ¿Qué digo amaba? ¡Me parecía que me adoraba Isabel! Yo miraba con algún aprecio a esta muchacha, pero ahora veo que es una mujer digna de mi mayor desprecio.» «Apruebo vuestro noble modo de pensar—dijo Aurora, manifestando también por su parte mucha indignación—. ¡La hija de un doctor en leyes debiera tenerse por muy dichosa en que la quisiese un caballerito de tanto mérito como vos! No puedo disculpar su veleidad, y, lejos de aceptar el sacrificio que me hace de vos, quiero castigarla, despreciando sus favores.» «Por lo que a mí toca—dijo Pacheco—, juro no volverla a ver en toda mi vida, y ésta será mi única venganza.» «Tenéis sobrada razón—respondió el fingido Mendoza—. Pero, con todo, para que conozca mejor el menosprecio con que la tratamos, sería yo de parecer que los dos le escribiéramos separadamente un papel en que la insultásemos a nuestra satisfacción. Yo los cerraré y se los enviaré en respuesta a su carta; mas antes de llegar a este extremo será bien que lo consultéis con vuestro corazón, no sea que algún día os arrepintáis de haber roto la amistad con Isabel.» «¡No, no!—interrumpió don Luis—. No pienso tener jamás semejante flaqueza, y convengo desde luego en que, por mortificar a esa ingrata, se ponga inmediatamente por obra lo que hemos discurrido.»

Sin perder tiempo fuí yo mismo a traerles papel y tinta, y uno y otro se pusieron a componer dos papeles muy gustosos para la hija del doctor Marcos de la Llana. Especialmente Pacheco no encontraba voces bastante fuertes que le contentasen para expresar sus sentimientos; y así, hizo pedazos cinco o seis billetes por parecerle sus expresiones poco enérgicas y poco duras. Al cabo compuso uno que le satisfizo, y a la verdad tenía razón para quedar satisfecho, porque estaba concebido en estos términos: «Aprende ya a conocerte, reina mía, y no tengas la presunción de creer que yo te amo. Para esto era menester otro mérito mayor que el tuyo. No veo en ti el menor atractivo que merezca mi atención mas que por un momento. Solamente puedes aspirar a los inciensos que te tributarán las hopalandas más miserables de la Universidad.» Escribió, pues, esta agradable carta, y cuando Aurora acabó la suya, que no era menos ofensiva, las cerró entrambas bajo una cubierta, y entregándome el pliego, «Toma, Gil Blas—me dijo—, y haz que Isabel reciba este pliego esta noche. ¡Ya me entiendes!», añadió guiñándome un ojo, señal cuyo significado entendí perfectamente. «Sí, señor—le respondí—, será usted servido como desea.»

Responderle esto, hacerle una cortesía y salir de casa todo fué uno. Luego que me vi en la calle, me dije a mí mismo: «¿Conque, señor Gil Blas, parece que se hace prueba de vuestro talento y que representáis en esta comedia el importante papel de criado confidente? ¡Sí, señor! ¡Pues, amigo mío, es menester mostrar que tienes habilidad para desempeñar un papel que pide tanta! El señor don Félix se contentó con hacerte una seña; fióse de tu penetración. ¿Comprendiste bien lo que aquella guiñada quiso decir? Sí, por cierto: quísome dar a entender que entregase solamente el billete de don Luis.» No significaba otra cosa aquella guiñadura. No tuve en esto la menor duda. Conque, diciendo y haciendo, rompí el sobrescrito, saqué de él la carta de Pacheco y la llevó a casa del doctor Marcos, habiéndome antes informado de dónde vivía. Encontré a la puerta al mismo pajecito a quien había visto en la posada de los caballeros. «Hermano—le dije—, ¿seréis vos, por fortuna, el criado de la hija del señor doctor Marcos de la Llana?» Respondióme que sí en tono de mozo experto en estos lances, y yo le añadí: «Tenéis una fisonomía tan honrada y una cara tan de amigo de servir al prójimo, que me atrevo a suplicaros entreguéis a vuestra ama ese papelito de cierto caballero conocido suyo.» «¿Y quién es ese caballero?», me preguntó el pajecillo; y apenas le respondí que era don Luis Pacheco cuando, todo regocijado, me respondió: «¡Ah! Si el papel es de ese señorito, sígueme, pues tengo orden de mi ama de introducirte en su cuarto, que quiere hablarte.» Seguíle, en efecto, y llegué a una sala, donde muy presto se dejó ver la señora. Quedé admirado de su hermosura; tanto, que me pareció no haber visto facciones más lindas en mi vida. Tenía un aire tan delicado y aniñado, que parecía ser de edad de quince años, sin embargo de que había más de treinta que caminaba por sí misma sin necesidad de andadores. «Amigo—me preguntó con cara risueña—, ¿eres criado de don Luis Pacheco?» «Sí, señora—le respondí—; tres semanas ha que entré a servir a su merced.» Y diciendo esto le entregué respetuosamente el fatal papel que se me había encargado. Leyóle dos o tres veces, con semblante de dudar lo que sus mismos ojos veían. Con efecto, nada esperaba menos que semejante respuesta. Alzaba los ojos al cielo, mordíase los labios y todos sus indeliberados movimientos hacían patente lo que pasaba dentro de su corazón. Volvióse después hacia mí y me dijo: «Amigo mío, ¿don Luis se ha vuelto loco desde que se ausentó de mí? No comprendo su modo de proceder. Díme, amigo, si lo sabes: ¿qué motivo ha tenido para escribirme un papel tan cortesano, tan atento? ¿Qué demonio le tiene poseído? Si quiere romper conmigo, ¿no sabría hacerlo sin ultrajarme con una carta tan grosera?» «Señora—le respondí afectando un aire lleno de sinceridad—, es cierto que mi amo no ha tenido razón para eso; pero en cierta manera se vió en términos de no poder hacer otra cosa. Si me dais palabra de guardar el secreto, yo os descubriré todo el misterio.» «Te ofrezco guardarlo—me respondió ella prontamente—; no temas que te perjudique; y así, explícate con toda libertad.» «Pues, señora—continué yo—, he aquí el caso en dos palabras. Un momento después que mi amo recibió vuestro papel, entró en la posada una dama tapada con un manto de los más dobles; preguntó por el señor Pacheco; hablóle a solas, y de allí a algún tiempo, al fin de la conversación, le oí decir estas precisas palabras: «Me juráis que nunca la volveréis a ver, pero no me contento con esto; es menester que ahora mismo le escribáis un billete, que yo misma quiero dictaros. Esto quiero absolutamente de vos.» Sujetóse don Luis a todo lo que deseaba aquella mujer, y entregándome después el billete, me dijo: «Toma este papel, averigua dónde vive el doctor Marcos de la Llana y procura con maña que esta carta se entregue en propia mano a su hija Isabel.» De aquí inferiréis, señora, que la tal carta es hechura de alguna enemiga vuestra y, por consiguiente, que mi amo poca o ninguna culpa ha tenido en esta maniobra.» «¡Oh Cielos!—exclamó ella—. ¡Pues esto es todavía más de lo que yo pensaba! ¡Más me ofende su infidelidad que las indignas e injuriosas expresiones que se atrevió a escribir su mano! ¡Ah, infiel! ¡Ha podido contraer otra amistad!» Pero, revistiéndose de repente de altivez, añadió despechada: «¡Abandónese en buen hora libremente a su nuevo amor, que yo no pienso impedirlo! Decidle de mi parte que no necesitaba insultarme para obligarme a dejar libre el campo a mi competidora y que desprecio demasiado a un amante tan voltario para tener el menor deseo de atraérmelo de nuevo.» Diciendo esto me despidió y se retiró muy enojada contra don Luis.

Yo salí de casa del doctor Marcos de la Llana muy satisfecho de mí mismo, conociendo bien que si quería aprender el oficio de tercero me hallaba con suficientes talentos para salir maestro en poco tiempo. Volvíme a nuestra posada, donde encontré cenando juntos a los señores Mendoza y Pacheco y en conversación, con tanta confianza como si se hubieran conocido y tratado muchos años. Conoció Aurora en mi alegre y risueño semblante que no había desempeñado mal mi comisión. «¿Conque ya estás de vuelta, Gil Blas?—me dijo en tono festivo—. ¡Ea, danos cuenta de tu embajada!» Tuve, para responder, que recurrir a mi talento. Dije que había entregado el pliego en mano propia a Isabel, la que, después de haber leído los dos dulcísimos y tiernísimos papeles, prorrumpió en grandes carcajadas, como una loca, diciendo: «¡Por vida mía que los dos señoritos escriben con bellísimo estilo! ¡No se puede negar que nadie es capaz de imitarlo!» «Eso—dijo mi ama—se llama sacar el caballo o salir del atolladero airosamente. ¡En verdad que la tal señora mía es una chula de prueba y muy diestra!» «Desconozco enteramente en esta ocasión a doña Isabel—interrumpió don Luis—; la tenía en muy distinto concepto.» «Yo también—replicó Aurora—había formado otro juicio de ella. Es preciso confesar que hay mujeres que saben hacer toda clase de papeles. A una de éstas amé yo, y en verdad que se burló de mí largo tiempo. Gil Blas lo puede decir; parecía la mujer más juiciosa y más honesta que había en todo el mundo.» «Así es—respondí yo introduciéndome en la conversación—; era capaz de engañar al más astuto, y aun a mí mismo me hubiera engañado.»

Dieron grandes carcajadas el fingido Mendoza y el verdadero Pacheco cuando me oyeron hablar de esta suerte; y lejos de desaprobar el que yo me tomase la libertad de mezclarme en su conversación, me dirigían a menudo la palabra para divertirse con mis respuestas. Proseguimos nuestros razonamientos sobre el arte de fingir, que en supremo grado poseen las mujeres, y el resultado de nuestros discursos fué que Isabel quedó legal y judicialmente declarada por una chula de profesión. Don Luis protestó de nuevo que jamás la volvería a ver y, a ejemplo suyo, don Félix juró que siempre la miraría con el más alto desprecio. Acabadas estas protestas, estrecharon más su amistad, prometiendo que ninguna cosa tendrían reservada uno para otro; antes bien, que todas se las comunicarían recíprocamente. Sobremesa se detuvieron un rato, diciendo cosas graciosísimas, y después se separaron para irse a dormir cada cual a su cuarto. Yo acompañé a Aurora hasta el suyo, donde di fiel y verdadera cuenta de la conversación que había tenido con la hija del doctor, sin omitir la circunstancia más menuda. Faltó poco para que me abrazase de pura alegría. «Querido Gil Blas—me dijo—, tu ingenio y habilidad me tienen encantada. Cuando nos arrastra una pasión en que es preciso recurrir a invenciones y estratagemas, es gran fortuna tener un criado tan advertido y tan ingenioso como tú, que tomas verdadero interés en nuestros asuntos. ¡Animo, pues, amigo mío! ¡Nos hemos sacudido de una mujer que podía hacernos mal tercio! No me descontenta el principio, pero como los lances de amor están sujetos a varias revoluciones, soy de parecer que cuanto antes acometamos nuestra ideada empresa y que desde mañana empiece a representar su papel Aurora de Guzmán.» Aprobé el pensamiento y, dejando al señor don Félix con su paje, me retiré al cuarto donde tenía mi cama.

CAPITULO VI

De qué ardides se valió Aurora para que la amase don Luis Pacheco.

El primer cuidado de los dos buenos amigos fué reunirse al día siguiente, y comenzaron con abrazos, que Aurora se vió precisada a dar y recibir para hacer bien el personaje de don Félix. Fueron juntos a pasearse por la ciudad, acompañándolos yo con Chilindrón, criado de don Luis. Parámonos a la puerta de la Universidad a leer varios carteles de libros que acababan de fijar a la puerta. Había también leyendo otras muchas personas, y entre ellas se me hizo reparable un hombrecillo que hacía crítica de las obras que se anunciaban. Observé que le estaban oyendo otros con singular atención y me persuadí también de que él creía merecer que le escuchasen. Parecía vano y hombre de tono decisivo, como lo suelen ser la mayor parte de las personas chiquitas. «Esa nueva traducción de Horacio que anuncia ese cartel con letras gordas—decía a los circunstantes—es una obra en prosa compuesta por un autor viejo del colegio, libro muy estimado de los escolares, que han agotado de él ya cuatro ediciones, sin que ningún inteligente haya comprado siquiera un ejemplar.» No era más favorable la crítica que hacía de los demás libros. Todos los motejaba sin caridad; probablemente sería algún autor. Yo de buena gana le hubiera estado oyendo hasta que acabase de hablar, pero me fué preciso seguir a don Luis y a don Félix, que, fastidiados de aquel hombrecillo y no importándoles poco ni mucho los libros que criticaba, prosiguieron su camino, alejándose de él y de la Universidad.

Llegamos a la posada a la hora de comer. Sentóse mi ama a la mesa con Pacheco, y diestramente hizo que la conversación recayese sobre su familia. «Mi padre—dijo—es un segundo de la casa de Mendoza, establecida en Toledo; mi madre es hermana carnal de doña Jimena de Guzmán, que hace pocos días vino a Salamanca en seguimiento de cierto negocio de importancia, trayendo consigo a su sobrina doña Aurora, hija única de don Vicente de Guzmán, a quien quizá habrá usted conocido.» «No—respondió don Luis—, pero he oído hablar mucho de él, igualmente que de Aurora, vuestra prima. Decidme si puedo creer todo lo que dicen de esta señorita; me han asegurado que es sin igual en hermosura y entendimiento.» «En cuanto a entendimiento—respondió don Félix—, es cierto que no le falta, y también lo es que ha procurado cultivarlo; pero en cuanto a hermosura no creo que sea tanta como ponderan, cuando oigo decir que ella y yo nos parecemos mucho.» «Siendo eso así—replicó prontamente don Luis—, queda muy acreditada su fama. Vuestras facciones son regulares; vuestra tez, muy delicada, y así, no puede menos de ser linda vuestra prima. Yo tendría mucho gusto en verla y hablar con ella.» «Desde luego me ofrezco a satisfacer vuestra curiosidad—repuso el fingido Mendoza—; hoy mismo, después de comer, iremos los dos a casa de mi tía.»

Mudó entonces de conversación mi ama y empezaron los dos a hablar de cosas indiferentes. Por la tarde, mientras se disponían para ir a casa de doña Jimena, me anticipé yo a prevenir a la dueña que se preparase para recibir esta visita. Hecha esta diligencia, me restituí prontamente a la posada para acompañar a don Félix, quien, finalmente, condujo al señor don Luis a casa de su tía. Apenas entraron en ella cuando se encontraron con doña Jimena, que les hizo seña de que metiesen poco ruido, diciéndoles en voz baja: «¡Paso, pasito! No despierten ustedes a mi sobrina, que desde ayer acá ha estado padeciendo una furiosa jaqueca, la cual ha poco tiempo que la dejó, y habrá un cuarto de hora que la pobre niña se retiró a descansar un poco.» «Siento mucho esa indisposición—dijo Mendoza aparentando sentimiento—, porque esperaba tener el gusto de que viésemos a mi prima, pues quería hacer este obsequio a mi amigo Pacheco.» «No es eso tan urgente—respondió la Ortiz sonriéndose—; pueden ustedes dejarlo para mañana.» Detuviéronse un rato los dos caballeritos con la vieja, y después de una breve conversación se retiraron.

Condújonos don Luis a casa de un amigo suyo, llamado don Gabriel de Pedrosa, donde pasamos lo restante del día; cenamos con él, y dos horas después de media noche volvimos a la posada. Habríamos andado como la mitad del camino cuando tropezamos con dos hombres que estaban tendidos en medio de la calle. Creíamos que serían algunos infelices recién asesinados y nos paramos a socorrerlos, en caso de llegar a tiempo nuestro socorro. Mientras nos estábamos informando del estado en que se hallaban, cuanto lo podía permitir la obscuridad de la noche, he aquí que llega una ronda. El cabo nos tuvo por asesinos y dió orden a sus gentes de que nos cercasen; pero mudó de opinión, haciendo mejor juicio, luego que nos oyó hablar, y mucho más cuando, a la luz de una linterna sorda, descubrió las nobles facciones de Mendoza y de Pacheco.. Mandó a los alguaciles que examinasen y reconociesen aquellos dos hombres que nosotros creíamos asesinados, y hallaron ser un licenciado gordo y su criado, atestados enteramente de vino y perfectamente borrachos. «Señores—exclamó un ministril—, conozco muy bien a este gran bebedor; es el señor licenciado Guiomar, rector de nuestra Universidad. Aquí donde ustedes le ven es un grande hombre, un talento extraordinario. No hay filósofo a quien no confunda en un argumento; tiene una facundia sin igual. ¡Lástima es que sea tan inclinado al vino, a pleitos y a mujeres! Ahora vendrá de cenar con su Isabelilla, en donde, por desgracia, él y el que le guía se habrán emborrachado, y ambos han caído en el arroyo. Antes que el buen licenciado fuese rector le sucedía esto con bastante frecuencia. Los honores, como ustedes ven, no siempre mudan las costumbres.» Nosotros dejamos a los dos borrachos en manos de la ronda, que cuidó de llevarlos a casa, y nos fuimos a la nuestra, donde cada uno trató de irse a dormir.

Don Félix y don Luis se levantaron al día siguiente a eso del mediodía, y vueltos a reunir, su primera conversación fué de doña Aurora de Guzmán. «Gil Blas—me dijo mi ama—, vé a casa de mi tía doña Jimena y pregúntale de mi parte si el señor Pacheco y yo podemos ir hoy a ver a mi prima.» Partí al punto a desempeñar mi comisión, o, por mejor decir, a quedar de acuerdo con la dueña sobre el modo con que nos habíamos de gobernar, y después que tomamos nuestras medidas puntuales volví con la respuesta al fingido Mendoza y le dije: «Vuestra prima Aurora está muy buena; ella misma me ha encargado os asegure que vuestra visita le será del mayor agrado, y doña Jimena me encomendó afirmase al señor Pacheco que siempre será muy bien recibido en su casa por vuestra recomendación.»

Conocí que estas últimas palabras habían gustado mucho a don Luis. También lo conoció mi ama, y desde luego arguyó de ello un dichoso presagio. Poco antes de comer vino a la posada el criado de doña Jimena y dijo a don Félix: «Señor, un hombre de Toledo fué a preguntar por su merced en casa de su señora tía y dejó en ella este billete.» Abrióle el fingido Mendoza y leyó en él estas cláusulas, en voz que las pudiesen oír todos: «Si queréis saber de vuestro padre, con otras noticias de consecuencia que os importan mucho, leído éste venid prontamente al mesón del Caballo Negro, cerca de la Universidad.» «Tengo grandes deseos de saber cuanto antes estas noticias que tanto me interesan para no satisfacer mi curiosidad al momento. ¡Hasta luego, Pacheco!—continuó—. Si no volviere dentro de dos horas, podéis ir vos solo a casa de mi tía, adonde concurriré yo también después de comer. Ya sabéis el recado que os dió Gil Blas de parte de doña Jimena; en virtud de él podéis con franqueza hacer esta visita.» Diciendo esto, salió de casa, mandándome le siguiese.

Ya se deja discurrir que en vez de tomar el camino del mesón del Caballo Negro nos fuimos derechitos a casa de la Ortiz y nos dispusimos al enredo. Quitóse Aurora sus postizos cabellos rubios, lavóse y restregóse muy bien las cejas, vistióse de mujer y quedó como naturalmente era: una trigueña hermosa. Puede decirse que el disfraz la transformaba de manera que doña Aurora y don Félix parecían dos personas diferentes; y aun en traje de mujer parecía más alta que vestida de hombre; bien es verdad que los grandes tacones aumentaban la estatura. Luego que a su hermosura añadió los demás auxilios que el arte podía prestarle, esperó a don Luis, con una agitación mezclada de recelo y de esperanza. Unas veces confiaba en su talento y en su hermosura y otras temía que le saliese mal aquella tentativa. La Ortiz se dispuso por su parte lo mejor que pudo para ayudar a su ama. Por lo que hace a mí, como no convenía que Pacheco me viese en aquella casa, y como—a semejanza de aquellos actores que sólo aparecen en el teatro cuando está para concluirse la comedia—no debía parecer en ella hasta el fin de la visita, salí así que acabé de comer.

En fin, todo estaba ya prevenido cuando llegó don Luis. Recibióle doña Jimena con el mayor agrado y tuvo con Aurora una conversación que duró de dos a tres horas. Al cabo de ellas entré yo en la sala donde estaban, y dirigiéndome a don Luis, le dije: «Caballero, mi amo don Félix suplica a usted se sirva perdonarle si hoy no puede venir, porque está con tres hombres de Toledo de quienes no puede desembarazarse.» «¡Ah libertinillo!—exclamó doña Jimena—. ¡Sin duda estará de jarana!» «No, señora—repliqué yo prontamente—; está en realidad con aquellos hombres, tratando de negocios muy serios. Es cierto que le ha causado grandísimo disgusto el no poder venir aquí, y me ha encargado decíroslo, igualmente que a doña Aurora.» «¡Oh! ¡Yo no admito sus disculpas!—repuso mi ama chanceándose—. Sabiendo que he estado indispuesta, debía mostrar más atención con las personas que le son tan allegadas. ¡En castigo de esta falta no quiero verle en dos semanas!» «¡Ah, señora—dijo entonces don Luis—, no toméis tan cruel resolución! Sóbrale a don Félix por castigo el no haberos visto hoy.»

Después de haberse chanceado algún tiempo sobre el mismo asunto, se retiró Pacheco. La bella Aurora mudó inmediatamente de traje y volvióse a poner su vestido de caballero. Trasladóse a la posada lo más breve que le fué posible, y apenas entró dijo a don Luis: «Perdonadme, amigo, si no pude ir a buscaros a casa de mi tía. Halléme con unas gentes tan pesadas que no pude, por más que hice, desenredarme de ellas. Lo único que me consuela es que, a lo menos, habéis tenido lugar para satisfacer vuestra curiosidad y vuestros deseos. Y bien, ¿qué os ha parecido mi prima? Decídmelo ingenuamente.» «¿Qué me ha de parecer?—respondió Pacheco—. ¡Me ha hechizado! Tenéis razón en decir que los dos sois muy parecidos. ¡En mi vida he visto facciones más semejantes! ¡El mismo aire de cara, los mismos ojos, la misma boca y hasta el mismo eco de voz! No hay mas diferencia entre los dos sino que vuestra prima es algo más alta; es trigueña, y vos rubio; sois festivo, y ella seria. Eso únicamente os diferencia uno de otro. En cuanto a entendimiento—continuó—, no cabe más. ¡En una palabra: es una dama de mérito extremado!»

Pronunció Pacheco tan fuera de sí estas últimas palabras, que don Félix le dijo sonriéndose: «Pésame, amigo, de haberos proporcionado este conocimiento con doña Jimena, y si queréis creerme, no volváis más a su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doña Aurora de Guzmán podría insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasión.» «¡No necesito volverla a ver—interrumpió don Luis—para estar ya ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, está hecho.» «Tanto peor para vos—replicó el fingido Mendoza—, porque vos no sois hombre de contentaros con una sola, y mi prima no es doña Isabel. Os hablo claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no vaya por el camino real.» «¿Por el camino real?—repitió don Luis—. ¿Y puede irse por otro hacia una señorita de su calidad? ¡Es agraviarme el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! ¡Conocedme mejor, mi querido Mendoza! ¡Ah! ¡Yo me tendría por el más dichoso de todos los hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la mía!» «¡Oh don Luis!—repuso don Félix—. Supuesto que pensáis de ese modo, desde este instante me tendrá de su parte vuestro amor y desde luego os ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Mañana mismo daré principio a ellos, procurando ganar a mi tía, que tiene mucho ascendiente sobre mi prima.»

Pacheco dió mil gracias al caballero que le hacía una oferta tan apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no podía dirigirse mejor nuestra estratagema. El día siguiente añadimos algunos grados más al amor de don Luis con otra invención. Pasó Aurora a su cuarto después de suponer que había ido a hablar con doña Jimena como para interesarla en su favor, y le dijo así: «Hablé a mi tía, y no me costó poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Halléla fuertemente preocupada contra vos. Yo no sé quién le había metido en la cabeza que erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tomé vuestro partido con tal tesón, que logré por último desimpresionarla del todo. No obstante—prosiguió Aurora—, a mayor abundamiento, quiero que los dos solos tengamos una conferencia con mi tía, para asegurarnos más de su favor y de su apoyo.» Manifestó Pacheco una grande impaciencia por hablar cuanto antes con doña Jimena, y don Félix procuró que lograse esta satisfacción la mañana del día siguiente, bastante temprano. Condújole él mismo a la señora Ortiz, y los tres tuvieron una conversación, en la cual dió muy bien don Luis a conocer el mucho terreno que el amor había ganado en su corazón en tan breve tiempo. Fingióse la sagaz Jimena muy pagada de la tierna afición que mostraba a su sobrina y le ofreció hacer cuanto estuviese de su parte para persuadirla a que le diese su mano. Arrojóse Pacheco a los pies de tan buena tía y le rindió mil gracias. A este tiempo preguntó don Félix si su prima se había levantado. «No—respondió la dueña—; todavía está durmiendo, y por ahora no se la podrá ver; pero vuelvan ustedes esta tarde y le hablarán cuanto quieran.» Respuesta que, como se puede creer, acrecentó en gran manera la alegría de don Luis, a quien se le hizo eterno el resto de aquella mañana. Restituyóse, pues, a su posada, en compañía del fingido Mendoza, quien tenía la mayor complacencia en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las señales de un amor verdadero.

Toda la conversación fué acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don Félix a Pacheco: «Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece que podrá ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi tía para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado de su corazón en orden a vuestra persona.» Aprobó don Luis esta idea; dejó salir primero a su amigo y él le siguió una hora después. Mi ama supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando llegó su amante ya estaba vestida de mujer. Después de haber saludado a doña Aurora y a su tía, dijo don Luis: «Yo creí encontrar aquí a don Félix.» «Está escribiendo en mi gabinete—respondió doña Jimena—y presto saldrá.» Quedó satisfecho don Luis con esta respuesta y empezó a entablar conversación con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del objeto amado, notó que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no pudo ya don Luis disimular más su extrañeza. Aurora mudó de repente de tono, echóse a reír y dijo: «¿Es posible, señor don Luis, que no hayáis aún sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qué, ¿unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teñidas me desfiguran tanto que os hayáis dejado engañar hasta ese punto? Desengañaos, caballero—prosiguió volviendo a su natural seriedad—; acabad de conocer que don Félix de Mendoza y doña Aurora de Guzmán son una misma persona.»

No se contentó con sacarle de su error, sino que le confesó también la flaqueza de su pasión y todos los pasos que esta misma le había sugerido para reducirle al estado en que le veía. No quedó el tierno amante menos encantado que sorprendido de lo que oía y veía. Echóse a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: «¡Ah, bella Aurora! ¿Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a tu bondad tan finas demostraciones? ¿Qué puedo hacer para agradecerlas? ¡Un amor eterno no sería suficiente para pagarlas!» A estas palabras se siguieron otras mil halagüeñas expresiones, después de lo cual los dos amantes hablaron de las medidas que debían tomar para llegar al cumplimiento de sus deseos. Resolvióse que todos partiésemos inmediatamente a Madrid, donde se desenlazaría nuestra comedia por medio de un casamiento. Así se ejecutó, y al cabo de quince días se casó don Luis con mi ama, celebrándose la boda con ostentación y un sinnúmero de diversiones.

CAPITULO VII

Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco.

Tres semanas después de este casamiento, queriendo mi ama recompensar mis buenos servicios, me regaló cien doblones, y me dijo: «Gil Blas, yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo que quisieres; pero sábete que don Gonzalo Pacheco, tío de mi marido, desea mucho seas su ayuda de cámara. Le he hablado tan bien de ti, que me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un señor ya de días, pero de bellísimo genio, y estoy cierta de que te irá muy bien con él.»

Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba de mí, acepté con tanto más gusto el partido que me proporcionaba cuanto que yo no salía de entre la familia. Fuí, pues, una mañana, de parte de la recién casada, a casa del señor don Gonzalo, que todavía estaba en la cama, aunque era cerca de mediodía. Entré en su cuarto y le hallé tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tenía el buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son más contenidos en la vejez. Recibióme con agrado y me dijo que si le quería servir con el mismo celo con que había servido a su sobrina podía contar con que me haría feliz. Ofrecíle emplear igual esmero en cumplir con mi obligación en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel momento me recibió en su servidumbre.

Heme aquí, pues, con un nuevo amo, el cual sabe Dios qué hombre era. Cuando se levantó creí estar viendo la resurrección de Lázaro. Figúrese el lector un cuerpo alto y tan seco que si se le viese en cueros sería a propósito para aprender la osteología; las piernas eran tan chupadas que, aun después de tres o cuatro pares de medias que se puso, me parecían delgadísimas. Además de eso, esta momia viviente era asmática, acompañando con una tos cada palabra. Luego tomó chocolate, y mandando después que le trajesen papel y tinta, escribió un billete, que cerró y entregó al paje que le había servido el caldo, para que le llevase a su destino. Apenas partió éste cuando, volviéndose a mí, me dijo: «Amigo Gil Blas, de aquí en adelante pienso que seas tú confidente de mis encargos, particularmente los respectivos a doña Eufrasia, que es una joven a quien amo y de quien soy tiernamente correspondido.»

«¡Santo Dios!—dije prontamente para mi capote—. ¿Y cómo podrán los mozos dejar de creer que los aman, cuando este viejo chocho está persuadido de que le idolatran?» «Hoy mismo—prosiguió él—irás conmigo a casa de esta señora, porque casi todas las noches ceno con ella. Te quedarás admirado de ver su modestia y compostura. Muy lejos de imitar a aquellas loquillas que se pagan de la juventud y se prendan de las apariencias, es ya de un entendimiento claro y de un juicio maduro; no busca en los hombres sino el buen modo de pensar y prefiere a la belleza del rostro una persona que sepa amar.» No limitó a sólo esto el elogio de su dama, sino que se empeñó en persuadirme de que era un compendio de todas las perfecciones; pero encontró con un oyente difícil en dejarse convencer sobre este punto. Después de haber cursado en la escuela de las comediantas y sido testigo ocular de todas sus maniobras, nunca creí que los viejos fuesen muy afortunados en amor. Sin embargo, fingí—por complacerle únicamente—que le creía; y aun hice más, pues no sólo alabé la discreción y el buen gusto de doña Eufrasia, sino que me adelanté a decir que ella tampoco podría encontrar otro sujeto más amable. El buen hombre no conoció que yo le lisonjeaba; antes por el contrario tomó por verdadera mi alabanza. Tanta verdad es que nada se arriesga en adular a los grandes, pues admiten con gusto aun las lisonjas más desmedidas.

Después de esta conversación, comenzó el viejo a arrancarse con unas pinzas algunos pelos blancos de la barba; se lavó los ojos, que estaban llenos de legañas; lo mismo hizo con los oídos, manos y cara; y concluídas sus abluciones, se tiñó de negro el bigote, las cejas y el pelo, gastando en el tocador más tiempo que emplea una viuda vieja empeñada en desmentir el estrago de los años. No bien había acabado de vestirse, cuando entró en su cuarto el conde de Azumar, amigo suyo y tan viejo como él, pero muy diferente en todo lo demás. Este traía sus venerables canas descubiertas, se apoyaba en un bastón y, en vez de querer parecer joven, mostraba hacer alarde de su ancianidad. «Amigo Pacheco—dijo luego que entró—, vengo a comer contigo.» «¡Bien venido, conde!», le respondió mi amo. Y al mismo tiempo se abrazaron y pusieron a hablar mientras se hacía hora de sentarse a la mesa. Al principio fué la conversación sobre una corrida de toros que pocos días antes se había celebrado, y hablaron de los picadores que habían mostrado mayor destreza y valor. Sobre esto, el viejo conde, a manera de aquel otro Néstor, a quien todas las cosas presentes le servían de ocasión para alabar las pasadas, dijo suspirando: «¡Ya no se hallan hoy los hombres que se veían en otros tiempos! Ni los toros ni los torneos se hacen con aquella magnificencia con que se hacían en nuestra mocedad.»

Yo me reía interiormente de la ridícula preocupación del señor conde de Azumar, el cual no se contentó con aplicarla únicamente a los toros y a los torneos, pues cuando se sirvió la fruta en la mesa dijo, mirando unos excelentes melocotones que se habían puesto en ella: «En mi tiempo eran mucho mayores los melocotones de lo que son ahora. ¡La Naturaleza se debilita cada día!» «¡Según eso—dije yo entonces para mí sonriéndome—, los melocotones en tiempo de Adán debían ser de enorme tamaño!»

Detúvose el conde de Azumar con don Gonzalo hasta cerca de la noche. Luego que éste se desembarazó de él, salió de casa, diciéndome le acompañase, y fuimos derechos a la de Eufrasia, distante como cien pasos de la nuestra. Encontrámosla en un cuarto alhajado con primor. Estaba vestida con gusto, y mostraba un aspecto de tan florida juventud, que casi parecía una niña, sin embargo de que ya llegaba por lo menos a los treinta. Podía pasar por linda, y desde luego admiré su talento. No era de aquellas cortesanas que brillan por su locuacidad, por su desembarazo y por su desenvoltura. Tanto en sus acciones como en sus palabras, sobresalían en ella el juicio, la modestia y la penetración. Sin afectar ingenio, se echaba de ver en todo lo que decía. Consideréla yo con no poca admiración y dije: «¡Oh Cielos! ¿Es posible que pueda ser disoluta una mujer al parecer tan modesta?» Y es que vivía yo persuadido de que necesariamente había de ser desenvuelta toda dama cortesana. Admirábame aquel aparente recato, sin hacerme cargo de que las tales ninfas saben acomodarse a todos los genios, conformándose al carácter de los ricos y señores que caen en sus manos. Si gustan unos de viveza y atolondramiento, con éstos serán intrépidas y casi locas; si agrada a otros el sosiego y compostura, siempre las encontrarán con un exterior tranquilo, honesto y virtuoso. Verdaderos camaleones, mudan de color según el genio y el humor de las personas que las visitan.

No era don Gonzalo del gusto de aquellos caballeros que se pagan de hermosuras desenvueltas; antes se le hacían insufribles, y para que le agradase una mujer era menester que tuviese cierto aire de modestia. Así, Eufrasia, gobernándose por esta idea, hacía ver que había más comediantas que las que representan en los teatros. Dejé a mi amo con su ninfa y pasé a una sala, donde me encontré con una ama de gobierno, vieja, que yo había conocido cuando era criada de una comedianta. Ella también me conoció inmediatamente y representamos una escena de reconocimiento digna de una comedia. «¿Aquí estás, amigo Gil Blas?—me dijo llena de alegría,—. ¿Según eso, has salido de casa de Arsenia, como yo de la de Constanza?» «Así es—respondí yo—; mucho tiempo ha que la dejé, y después entré a servir a una señora de distinción, porque la vida de la gente de teatro no me acomodaba. Yo mismo me despedí, sin dignarme decir a Arsenia ni una palabra.» «Hiciste muy bien—me respondió la vieja, que se llamaba Beatriz—, y poco más o menos lo hice con Constanza. Una mañana le di mi cuenta, luego que me levanté; ella me la recibió sin decirme nada, y de esta manera nos despedimos; como dicen, a la francesa.» «Mucho celebro—repuse yo—que tú y yo nos hallemos en casa más honorífica. Doña Eufrasia me parece señora de distinción y la creo de muy buen carácter.» «No te engañas en eso—respondió Beatriz—. Mi ama es una mujer bien nacida, como lo manifiestan sus modales; y por lo que toca al genio, será difícil hallar otra más sosegada ni más apacible. No es de aquellas amas altivas y difíciles de contentar, que nada les gusta, que en todo encuentran qué decir, gritan sin cesar, mortifican a todos los criados y es un infierno el servirlas. Hasta ahora no la he oído reñir siquiera una vez: tan amiga es de la paz. Cuando hago alguna cosa que no le gusta, me lo reprende sin enfado y sin prorrumpir en aquellos dicterios de que tanto usan las mujeres soberbias.» «También mi amo—repliqué yo—es un señor muy afable; se familiariza conmigo y me trata como a un igual más bien que como a un criado. En una palabra, es el caballero mejor del mundo; en cuanto a esto, vos y yo estamos mejor que cuando estábamos con las comediantas.» «¡Mil veces mejor!—repuso Beatriz—. Yo llevo ahora una vida muy retirada, siendo así que la de entonces era tan bulliciosa. En nuestra casa no entra más hombre que el señor don Gonzalo; y en mi soledad tampoco veré yo a otro que a ti, de lo que me alegro mucho. Tiempo ha que te miraba con buenos ojos, y más de una vez tuve envidia a Laura porque eras tan amigo suyo. Pero, en fin, no desconfío de ser tan dichosa como ella, pues aunque no tenga su juventud ni su hermosura, en recompensa, detesto la volubilidad, cuya prenda ningún hombre puede remunerar suficientemente; en punto a fidelidad, soy una tortolilla.»

Como la buena Beatriz era una de las muchas que se ven obligadas a brindar con sus favores, porque sin eso ninguno los pretendería, no tuve la menor tentación de aprovecharme de su generosidad; pero tampoco me pareció conveniente hablar de manera que pudiera recelar que la despreciaba; antes bien, tuve la advertencia de hablarle en términos que no perdiese la esperanza de reducirme a corresponderla. Yo me imaginaba haber conquistado a una criada vieja, pero también me engañé miserablemente en esta ocasión. Galanteábame ella no sólo por mi linda cara, sino para granjearme a favor de los intereses de su ama, a quien tenía tanto amor que ningún medio perdonaba cuando se trataba de complacerla y servirla. Reconocí mi error la mañana siguiente, en que fuí a entregar a doña Eufrasia un billete amoroso de mi amo. Recibióme con agrado y me dijo mil cosas cariñosas, y la criada dió también su pincelada en mi elogio. Una admiraba mi fisonomía; otra hallaba en mí cierto aire de moderación y de prudencia. Al oír a las dos, mi amo poseía un tesoro en mi persona. En una palabra, me alabaron tanto que desconfié de sus elogios. Desde luego penetré el fin de ellos, pero los oía con una aparente simplicidad, con cuyo artificio engañé a aquellas bribonas, que al cabo se quitaron la mascarilla.

«Escucha, Gil Blas—me dijo doña Eufrasia—: en ti consiste hacer tu fortuna. Procedamos todos de acuerdo, amigo mío. Don Gonzalo es viejo; su salud, muy delicada; una calenturilla, ayudada de un buen médico, basta para echarle a la sepultura. Aprovechémonos bien de los pocos momentos que le restan y gobernémonos de modo que me deje a mí la mejor parte de sus bienes. A ti te tocará una buena porción; así te lo prometo, y puedes contar con mi palabra como con una escritura otorgada ante todos los escribanos de Madrid.» «Señora—le respondí—, disponga usted a su arbitrio de este su fiel servidor; solamente le suplico me diga lo que debo hacer, y lo demás déjelo por mi cuenta, que espero se dará por bien servida.» «Pues, ahora bien—repuso ella—, lo que has de hacer es observar cuidadosa y diligentemente a tu amo y darme razón puntual de todos sus pasos. Cuando hables con él, procura con arte introducir la conversación sobre las mujeres, y toma de aquí ocasión para, con destreza y maña, decirle mucho bien de mí. Tu mayor estudio ha de ser el tenerle siempre ocupado de su Eufrasia, en cuanto te sea posible. Espía con sagacidad si algún pariente suyo le hace la corte con la mira a su herencia y avísame sin perder un instante, que yo los echaré a pique. No te pido más. Tengo muy conocidos los diferentes genios de la parentela de tu amo; sé el modo de hacerlos ridículos a los ojos de éste, y ya he desconceptuado en su ánimo a sus primos y sobrinos.»

Por esta instrucción, y por otras que añadió Eufrasia, conocí que era una de aquellas mujeres que sólo se dedican a complacer a viejos generosos. Pocos días antes había obligado a don Gonzalo a vender una posesión, cuyo precio le regaló. Todos los días le chupaba algo, y además de eso esperaba que no la olvidaría en su testamento. Mostréme muy deseoso de hacer todo lo que me pedía; mas, por no disimular nada, confieso que cuando volvía a casa iba muy dudoso sobre si contribuiría a engañar a mi amo o a apartarle de su querida. Este último partido me parecía más honrado que el otro, y me sentía más inclinado a cumplir con mi obligación que a faltar a ella. Consideraba por otra parte que, en suma, nada de positivo me había ofrecido Eufrasia, y quizá por esto, más que por otro motivo, no pudo corromper mi fidelidad. Resolví, pues, servir con celo a don Gonzalo, persuadido de que si lograba arrancarle del lado de su ídolo sería mejor recompensado por una acción buena que por las malas que yo pudiera hacer.

Para conseguir mejor el fin que me había propuesto, fingí dedicarme enteramente a servir a doña Eufrasia. Hícele creer que continuamente estaba hablando de ella a mi amo, y sobre este supuesto, le embocaba mil patrañas, que la pobre creía como otros tantos evangelios; artificio con el cual me interné tanto en su confianza, que me contaba por el más ciegamente empeñado en promover sus intereses. A mayor abundamiento, aparenté también estar enamorado de Beatriz, la cual estaba tan ufana de la conquista de un mozo que no se le daba un pito de que la engañase, con tal que la engañase bien. Cuando mi amo y yo estábamos con nuestras dos reinas, representábamos dos cuadros diferentes, pero ambos por el mismo estilo. Don Gonzalo, seco y amarillo, como ya le he retratado, parecía un moribundo en la agonía cuando miraba a su Filis con ojos lánguidos y amorosos. Mi Nise, siempre que yo la miraba apasionado remedaba los melindres y acciones de una niña, poniendo en movimiento todos los registros de una truhana vieja y bien amaestrada. Conocíase que había cursado estas escuelas por lo menos unos buenos cuarenta años. Habíase refinado en servicio de una de aquellas heroínas del partido que saben el secreto de hacerse amar hasta la vejez y mueren cargadas de los despojos de dos o tres generaciones.

No me bastaba ya el ir con mi amo todos los días a casa de Eufrasia; muchas veces iba solo, particularmente de día; y a cualquiera hora que fuese, nunca encontraba en ella a hombre, ni menos a mujer alguna, que me diese malas sospechas o modo de descubrir en Eufrasia el menor indicio de infidelidad. Esto me causaba no poca admiración, porque no acertaba a comprender cómo pudiese ser tan escrupulosamente fiel a don Gonzalo una mujer joven y hermosa.

Pero en esta admiración no había juicio alguno temerario, pues la bella Eufrasia, como pronto veremos, para hacer más tolerable el tiempo que tardaba en heredar a don Gonzalo, se había provisto de un amante más proporcionado a sus años.

Cierta mañana, muy temprano, fuí a entregar un billete a la tal niña de parte de mi amo, según la costumbre diaria. Hízome entrar en su cuarto y divisé en él los pies de un hombre que estaba escondido detrás de un tapiz. No di la más mínima señal de que le veía, y así que desempeñé mi encargo me salí, sin dar a entender que hubiese notado cosa alguna; pero aunque no debía sorprenderme este objeto, y más cuando en nada me perjudicaba a mí, no dejó, con todo, de inquietarme mucho. «¡Ah, malvada!—decía yo con enfado—. ¡Ah, traidora Eufrasia! ¡No te contentas con engañar a un buen viejo, haciéndole creer que le amas, sino que te entregas a otro amante para hacer más abominable tu villana traición!» Pero, bien mirado, era yo muy necio en discurrir de esta suerte. Antes debía reírme de aquella aventura y mirarla como una compensación del fastidio y de los malos ratos que Eufrasia sufría con el trato de mi amo. A lo menos hubiera hecho mejor en no hablar palabra que en valerme de esta ocasión para acreditarme de buen criado. Pero en vez de moderar mi celo, abracé con mayor calor los intereses de don Gonzalo y le hice puntual relación de lo que había visto, añadiendo que doña Eufrasia había solicitado corromper mi fidelidad, y en prueba de ello no le oculté nada de lo que me había dicho, de manera que estuvo en su mano el conocimiento del verdadero carácter de su enamorada. Hízome mil preguntas, como dudando de lo que decía; pero mis respuestas fueron tales que le quitaron la satisfacción de poder dudarlo. Quedó atónito y asombrado de lo que había oído, y sin que le sirviese en este lance su ordinaria serenidad, se asomó a su semblante un repentino ímpetu de cólera, que podía parecer presagio de que Eufrasia pagaría su infidelidad. «¡Basta, Gil Blas!—me dijo—. Estoy sumamente agradecido al celo y amor que me muestras; me agrada infinito tu honrada lealtad. Ahora mismo voy a casa de Eufrasia a llenarla de reconvenciones y a romper para siempre la amistad con esta ingrata.» Diciendo esto, salió efectivamente, y se fué en derechura a su casa, no queriendo que le acompañase yo, por librarme de la mala figura que había de hacer si me hallaba presente a la averiguación de aquellos hechos.

Mientras tanto, quedé esperando con la mayor impaciencia que volviese mi amo. No dudaba que, a vista de tan poderosos motivos para quejarse de su ninfa, volvería desviado de sus atractivos, o cuando menos resuelto a una eterna separación. Con este alegre pensamiento me daba a mí mismo el parabién de mi obra; me representaba el placer que tendrían los herederos legítimos de don Gonzalo cuando supiesen que su pariente ya no era juguete de una pasión tan contraria a sus intereses; me figuraba que todos se me confesarían obligados, y, en fin, que iba yo a distinguirme de los demás criados, más dispuestos por lo común a mantener a sus amos en sus desórdenes que a retirarlos de ellos. Apreciaba yo el honor y me lisonjeaba de que me tendrían por el corifeo de todos los sirvientes; pero una idea tan halagüeña se desvaneció pocas horas después, porque volvió mi amo y me dijo: «Amigo Gil Blas, acabo de tener una conversación muy acalorada con Eufrasia. Llaméla ingrata, aleve; llenéla de improperios; pero ¿sabes lo que me respondió? Que hacía mal en dar crédito a criados. Sostiene con empeño que me has hecho una relación falsa. Si he de creerla, tú no eres más que un impostor, un criado vendido a mis sobrinos, por cuyo amor no perdonarías medio alguno para ponerme mal con ella. Yo mismo la vi derramar algunas lágrimas, y lágrimas verdaderas. Me ha jurado por cuanto hay de más sagrado que ni te había hecho la más mínima proposición ni ve a ningún hombre. Lo mismo me aseguró Beatriz, que me parece mujer honrada e incapaz de mentir; de modo que, contra mi propia voluntad, se desvaneció todo mi enojo.» «¿Pues qué, señor—interrumpí yo con sentimiento—, dudáis de mi sinceridad, desconfiáis de...?» «No, hijo mío—repuso él—. Te hago justicia; no creo que estés de acuerdo con mis sobrinos; estoy persuadido de que sólo por buen celo te interesas en todo lo que me toca, y te lo agradezco. Pero muchas veces engañan las apariencias. Puede suceder que realmente no hubieses visto lo que te pareció ver, y en tal caso considera lo mucho que habrá ofendido a Eufrasia tu acusación. Mas sea lo que fuere, yo no puedo menos de amarla. Así lo quiere mi estrella; y aun me ha sido indispensable hacerle el sacrificio que exige de mi amor; este sacrificio es despedirte. Siéntolo mucho, mi pobre Gil Blas—continuó—, y te aseguro que no he consentido en ello sin aflicción; mas no puedo pasar por otro punto; compadécete de mi debilidad. Lo que te debe consolar es que no saldrás sin recompensa; fuera de que ya he pensado colocarte con una señora amiga mía, en cuya casa lo pasarás perfectamente.»

Quedé mortificadísimo al ver que mi celo había redundado en mi perjuicio. Maldije mil veces a Eufrasia y lamenté la flaqueza de don Gonzalo en haberse dejado dominar de ella. No dejaba tampoco de conocer el buen viejo que en despedirme de su casa sólo por complacer a su dama no hacía la acción más honrosa. Para cohonestar su poco espíritu y al mismo tiempo hacerme tragar mejor la píldora, me regaló cincuenta ducados, y él mismo me condujo el día siguiente a casa de la marquesa de Chaves. Díjole en mi presencia que era yo un mozo de buenas prendas y que él me quería mucho, pero que por ciertos respetos de familia se veía precisado a su pesar a quedarse sin mí, y le suplicaba con el mayor encarecimiento me admitiese de criado. Desde aquel punto me recibió la marquesa, y yo me vi de repente con nueva ama y en nueva casa.

CAPITULO VIII

Carácter de la marquesa de Chaves, y personas que ordinariamente la visitaban.

Era la marquesa de Chaves una viuda de treinta y cinco años, bella, alta y bien proporcionada. No tenía hijos y gozaba de diez mil ducados de renta. Nunca vi mujer más seria ni que menos hablase. Con todo eso, era celebrada en Madrid y generalmente tenida por la señora de mayor talento. Lo que quizá contribuía más que todo a esta universal reputación era la concurrencia a su casa de los primeros personajes de la corte, así en nobleza como en literatura; problema que yo no me atreveré a decidir. Sólo diré que bastaba oír su nombre para conceptuar que el que allí concurría era de un gran talento, y que su casa la llamaban por excelencia el tribunal de las obras ingeniosas.

Con efecto, todos los días se leían en ella, ya poemas dramáticos, ya poesías líricas, pero siempre sobre asuntos serios. Negábase la entrada a toda composición jocosa. La mejor comedia o la novela más ingeniosa y más alegre no se miraba sino como una pueril y ligera producción que no merecía alabanza alguna. Por el contrario, la más mínima obra seria, una oda, un soneto, una égloga, pasaban allí por el último esfuerzo del ingenio humano. Pero sucedía tal vez que el público no se conformaba con la decisión del tribunal; antes bien, censuraba sin reparo las obras que habían sido en él muy aplaudidas.

La marquesa me hizo maestresala de su casa. Era incumbencia de mi empleo arreglar el cuarto de mi nueva ama para recibir las gentes, disponiendo almohadones para las damas, sillas para los caballeros y cada cosa en su respectivo sitio, quedándome después en la antesala para anunciar e introducir a los que llegaban. El primer día, conforme yo los iba introduciendo, el ayo de pajes, que casualmente se hallaba entonces conmigo en la antesala, me los pintaba graciosamente. Llamábase Andrés de Molina el tal ayo, y aunque era naturalmente aéreo y burlón, no le faltaba entendimiento. El primero que se presentó fué un obispo. Anuncié su venida, y después que hubo entrado, me dijo el maestro de pajes: «Ese prelado es de un carácter bastante gracioso. Tiene algún valimiento en la Corte, mas no tanto como quiere persuadir. Ofrécese a servir a todos y a ninguno sirve. Encontróle un día en la antecámara del rey un caballero, que le saludó. Detúvole el obispo, hízole mil cumplimientos, le cogió la mano, apretósela, y le dijo: «Soy todo de vuestra señoría. No me niegue el favor de acreditarle mi amistad, pues no moriré contento si no logro alguna ocasión de servirle.» Correspondióle el caballero con expresiones de reconocimiento, y apenas se habían separado cuando el obispo, volviéndose a uno de los que iban a su lado, le dijo: «Quiero conocer a este hombre y no me acuerdo quién es; sólo tengo una idea confusa de haberle visto en alguna parte.»

Poco después del obispo se dejó ver un señorito, hijo de cierto grande, a quien hice entrar inmediatamente en el cuarto de mi ama. Así que entró, me dijo el señor Molina: «Este señorito es también un ente raro. Va a una casa sin otro fin que el de tratar con el dueño de ella de negocios de importancia; está en conversación con él una o dos horas y se marcha sin haber hablado siquiera una palabra sobre el asunto a que había ido.» A este tiempo, viendo el ayo de los pajes llegar a dos señoras, añadió: «Ve aquí a doña Angela de Peñafiel y a doña Margarita de Montalván. Estas dos señoras en nada se parecen una a otra; doña Margarita presume de filósofa, se las tiene tiesas con los mayores doctores de Salamanca y ninguno la ha visto ceder jamás a sus argumentos; doña Angela, por el contrario, aunque es verdaderamente instruída, nunca hace de doctora. Sus pensamientos son finos; sus discursos, sólidos, y sus expresiones, delicadas, nobles y naturales.» «Este segundo carácter—le respondí yo—es un carácter muy amable; pero el otro me parece que cae muy mal en el bello sexo.» «¿Qué dice usted muy mal en el bello sexo?—replicó Molina prontamente—. Es tan fastidioso aun en los hombres, que a muchos hace ridículos. También nuestra ama la marquesa adolece un poco de este achaque filosófico. Yo no sé sobre qué se tratará hoy en nuestra academia, pero se disputará mucho.»

Al acabar estas palabras, vimos entrar un hombre seco, muy grave, cejijunto y fruncido. No le perdonó mi caritativo instructor. «Este es—me dijo—uno de aquellos entes serios que quieren pasar por hombres de gran talento a favor de su silencio o de algunas sentencias de Séneca y que, examinados de cerca, no son más que unos pobres mentecatos.» Tras de éste entró un caballerito de bastante buena presencia, pero con aire de hombre pagado de sí mismo. Pregunté a Molina quién era, y me respondió: «Es un poeta dramático, el cual ha compuesto cien mil versos en su vida, que no le han valido cuatro cuartos; pero, en recompensa, con sólo seis renglones en prosa acaba de formarse una buena renta.»

Iba a decirle que me explicase en qué había consistido el haber logrado a tan poca costa aquella fortuna, cuando oí un gran rumor en la escalera. «¡Bravo!—exclamó el maestro de pajes—. ¡Aquí tenemos al licenciado Campanario, que se deja oír mucho antes que se le vea! Comienza a hablar en voz alta desde la puerta de la calle y no lo deja hasta que vuelve a salir por ella.» Con efecto, resonaba en toda la casa la voz del licenciado Campanario, que al fin se presentó en la antesala con un bachiller amigo suyo, y no cesó de hablar mientras duró su visita. «Este licenciado—dije a Molina—parece hombre de ingenio.» «Sí lo es—me respondió—. Tiene ocurrencias muy chistosas; se explica con gracia y agudeza; es muy divertida su conversación; pero además de ser un hablador molestísimo, repite siempre sus dichos y cuentos. En suma, para no estimar las cosas más de lo que valen, estoy persuadido de que su mayor mérito consiste en aquel aire cómico y festivo con que sazona lo que dice; y así, no creo que le haría mucho honor una colección de sus agudezas y sus gracias.»

Fueron entrando después otras personas, de todas las cuales me hizo Molina muy graciosas descripciones, sin olvidar la pintura de la marquesa, que fué de mi gusto. «Esta—me dijo—tiene un talento regular, en medio de su filosofía. Su carácter no es impertinente y da poco que hacer a los que la sirven. Entre las personas distinguidas es de las más racionales que conozco. No se le advierte pasión alguna; ni el juego ni los galanteos le gustan; sólo le agrada la conversación, y, en una palabra, su vida sería intolerable para la mayor parte de las damas.» Este elogio del maestro de pajes me hizo formar un concepto ventajoso de mi ama. Sin embargo, pocos días después no pudo menos de sospechar que no era tan enemiga del amor, y el fundamento de mi sospecha fué el siguiente.

Estando una mañana en el tocador, se presentó en la antesala un hombrecillo como de cuarenta años, pero de malísima figura, más mugriento que el autor Pedro de Moya, y, a mayor abundamiento, muy corcovado. Díjome que deseaba hablar a la marquesa, y preguntándole yo de parte de quién, «¡De la mía!—me respondió arrogante—. Diga usted a la señora que soy aquel caballero del cual estuvo hablando ayer con doña Ana de Velasco.» Apenas se lo dije a mi ama cuando, toda enajenada de alegría, me mandó le hiciese entrar. No sólo le recibió con extrañas demostraciones de aprecio, sino que mandó salir a todas las criadas, de modo que el corcovadillo, más afortunado que una persona de provecho, se quedó a solas con ella. Las criadas y yo nos reímos un poco de esta visita tan graciosa, que duró una hora, al cabo de la cual mi ama le despidió con mil cortesanas expresiones, que demostraban bien lo contenta que quedaba de él.

En efecto, lo quedó tanto, que por la noche me llamó aparte y me dijo: «Gil Blas, cuando venga el corcovado, hazle entrar en mi gabinete lo más secretamente que puedas.» Cuyo encargo confieso que me dió mucho en qué sospechar. Sin embargo, obedeciendo la orden de la marquesa, luego que se dejó ver aquel hombrecillo, que fué a la mañana siguiente, le introduje por una escalera excusada hasta el gabinete de la señora. Caritativamente hice lo mismo por dos o tres veces, de lo cual inferí o que la marquesa tenía estrafalarias inclinaciones o que el corcovadillo le servía de tercero.

Poseído yo de esta idea me decía: «Si mi ama se ha enamorado de un buen mozo, se lo perdono; pero si se ha prendado de semejante macaco, no puedo verdaderamente disculpar un gusto tan depravado.» ¡Pero cuán mal pensaba yo de aquella señora! Aquel macaco se empleaba en la magia, y como se ponderaba su ciencia a la marquesa, que creía gustosa en los prestigios de los saltimbanquis, tenía conversaciones a solas con él. Hacía ver los objetos en un vaso, enseñaba a dar vueltas al cedazo y revelaba por dinero todos los misterios de la cábala, o bien—para hablar con más exactitud—era un bribón que subsistía a expensas de las personas demasiado crédulas y se decía que a ello contribuían muchas señoras de distinción.

CAPITULO IX

Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la marquesa de Chaves y cuál fué su paradero.

Seis meses había que yo servía a la marquesa de Chaves, y me hallaba muy contento con mi conveniencia; pero mi destino no me permitió mantenerme más tiempo en su casa ni menos quedarme por entonces en Madrid. El motivo fué el lance que voy a contar.

Entre las criadas de la marquesa había una, llamada Porcia, que, sobre ser joven y hermosa, era de un carácter tan bueno que me captó la voluntad, sin saber que me sería necesario disputar su corazón. El secretario de la marquesa, hombre soberbio y celoso, estaba enamorado de mi ídolo, y apenas advirtió mi amor cuando, sin procurar informarse si Porcia me correspondía, resolvió que nos midiésemos la espada, y me citó una mañana para un paraje retirado. Como era un hombrecillo que apenas me llegaba a los hombros, me pareció enemigo poco temible, y lleno de confianza acudí al sitio señalado. Lisonjeábame yo de una completa victoria y de adquirir por ella nuevo mérito con Porcia; pero el resultado humilló mucho mi presunción. El secretarillo, que había aprendido dos o tres años la esgrima, me desarmó como a un niño, y poniéndome al pecho la punta de la espada, me dijo: «¡Prepárate para morir, o dame palabra sobre tu honor de que hoy mismo saldrás de casa de la marquesa de Chaves, sin pensar más en Porcia.» Prometíselo así y lo cumplí sin repugnancia. Corríame de presentarme delante de los criados de la casa después de haber sido tan ignominiosamente vencido, y mucho más de presentarme ante la hermosa Elena, inocente ocasión de nuestro desafío. No volví, pues, a casa sino para recoger mi ropa y dinero, y el mismo día me encaminé a Toledo, con la bolsa bastante provista y cargado con toda mi ropa puesta en un lío. Aunque por ningún caso me había obligado a salir de Madrid, juzgué me convendría mucho alejarme de aquella villa, a lo menos por algunos años, y así, tomé la determinación de dar una vuelta por España, deteniéndome en las ciudades y pueblos el tiempo que me pareciese. «Con el dinero que tengo—me decía—, gastándolo con discreción, tendré para correr gran parte del reino; y cuando se haya acabado, me pondré de nuevo a servir, pues un mozo como yo hallará acomodos sobrantes cuando le venga en voluntad buscarlos, y no tendré mas que escoger.»

Como tenía particulares deseos de ver a Toledo, llegué allí al cabo de tres días, y fuí a tomar posada en un buen mesón, en donde me tuvieron por un caballero de importancia, con el auxilio de mi vestido de aventuras amorosas, que no dejé de ponerme; y con el aire que tomé de elegante, podía fácilmente introducirme con las buenas mozas que vivían en la vecindad; pero habiendo sabido que era necesario comenzar en su casa por hacer un gran gasto, fué forzoso contener mis deseos. Hallándome siempre con gusto de viajar, después de haber visto todo lo que había de curioso en Toledo, salí de allí un día al amanecer y tomé el camino de Cuenca, con ánimo de pasar al reino de Aragón. Al segundo día de jornada me metí en una venta que encontré en el camino, y cuando empezaba a refrescarme, entró una partida de cuadrilleros de la Santa Hermandad. Estos señores pidieron vino, y mientras estaban bebiendo, les oí hacer mención de las señas de un joven a quien llevaban orden de prender. «El caballero—decía uno de ellos—no tiene mas que veintitrés años, el pelo largo y negro, bella estatura, nariz aguileña, y monta un caballo castaño.»

Estúvelos yo escuchando sin mostrar atención a lo que decían, y en realidad me importaba poco el saberlo. Dejélos en la venta y proseguí mi camino; pero no había andado aún medio cuarto de legua cuando encontré a un mocito muy galán que iba en un caballo castaño. «¡Vive diez—dije para mí—, que o yo me engaño mucho, o éste es el sujeto a quien buscan los cuadrilleros! Tiene el pelo largo y negro y la nariz aguileña. Seguramente él es a quien quieren atrapar y he de hacerle un buen servicio. Señor—le dije—, permítame usted que le pregunte si le ha sucedido algún pesado lance de honor.» El joven, sin responderme, fijó los ojos en mí y mostróse admirado de mi pregunta. Aseguréle que ésta no nacía de pura curiosidad, y quedó bien convencido de ello luego que le conté todo lo que había oído a los ministros en la venta. «Generoso desconocido—me respondió—, no puedo ocultaros que tengo motivo para creer ser efectivamente yo a quien busca esa gente, y, por lo mismo, voy a tomar otro camino para no caer en sus manos.» «Yo sería de parecer—repuse entonces—que buscásemos por aquí un sitio retirado, donde usted estuviese seguro y ambos a cubierto de una gran tempestad que veo nos está amenazando.» Al decir esto, descubrimos una calle de árboles bastante frondosos, y habiéndonos metido en ella, nos condujo al pie de una montaña, donde encontramos una ermita.

Era ésta una grande y profunda gruta que el tiempo había socavado en la falda de aquel monte, y delante de ella se registraba como un corral que había fabricado el arte, cuyas paredes se componían de una especie de argamasa formada de pedrezuelas, rodeado todo, para mayor defensa, de un género de foso cubierto de verdes céspedes. Los contornos de la gruta estaban sembrados de flores olorosas que llenaban de suavísima fragancia el ambiente inmediato, y cerca de la misma gruta se descubría una hendedura en el monte, de cuyo centro brotaba un manantial de agua que corría a dilatarse por una pradería. A la entrada de esta cueva solitaria había un buen ermitaño, que parecía un hombre consumido por la vejez. Apoyábase en un báculo, y en la otra mano llevaba un gran rosario de cuentas gordas y de veinte dieces por lo menos. Su cabeza estaba como sepultada en un capuz de lana parda con unas largas orejeras, y su barba, más blanca que la nieve, le bajaba hasta la cintura. Acercámonos a él y yo le dije: «Padre mío, ¿nos da licencia para que le pidamos nos refugie contra la tempestad que viene sobre nosotros?» «Venid, hijos míos—respondió el anacoreta después de haberme mirado con atención—; mi pobre gruta está a vuestra disposición y podréis estar en ella todo el tiempo que quisiereis. El caballo—añadió—le podéis meter en aquel corral—señalándolo con la mano—, donde creo que estará bien acomodado.» Metimos en él el caballo, y nosotros nos refugiamos en la gruta, acompañándonos siempre el venerable viejo.

Apenas entramos en ella cuando cayó una copiosa lluvia mezclada de relámpagos y espantosos truenos. El ermitaño se hincó de rodillas delante de una estampa de San Pacomio, que estaba pegada a la pared, y nosotros hicimos lo mismo a ejemplo suyo. Cesó la tempestad y cesaron también nuestras oraciones. Levantámonos; pero como todavía seguía lloviendo y la noche se acercaba, nos dijo el ermitaño: «Yo, hijos míos, no os aconsejaré que os pongáis en camino con este temporal, y más estando tan cerca la noche, a no obligaros a ello algún negocio grave y urgente.» Respondímosle que ninguna cosa nos impedía el detenernos sino el justo temor de incomodarle, y que, a no ser éste, antes le suplicaríamos nos permitiese pasar allí la noche. «La incomodidad será para vosotros—respondió cortesanamente el anacoreta—; tendréis mala cama y peor cena, porque sólo puedo ofreceros la de un pobre ermitaño.»

En esto, nos hizo sentar a una desdichada y rústica mesilla, donde nos sirvió unas cebollas con algunos mendrugos y un jarro de agua. «Esta—dijo—es mi comida y cena ordinarias; pero hoy es razón hacer algún exceso en obsequio de unos huéspedes tan honrados.» Dijo, y marchó luego a traer un pedazo de queso y dos puñados de avellanas, que echó sobre la mesa. Mi compañero, que no tenía mucho apetito, hizo poco gasto de aquellos manjares. Observólo el ermitaño y dijo: «Veo que estáis acostumbrados a mesas más regaladas que la mía, o, por mejor decir, que la sensualidad ha estragado en vos el gusto natural. Yo también he vivido en el mundo. Entonces no eran bastante buenos para mí los manjares más delicados ni los guisados más exquisitos; pero la soledad y el hambre han restituído la pureza al paladar. Ahora sólo me gustan las raíces, la leche, las frutas y, en una palabra, todo aquello que servía de alimento a nuestros primeros padres.»

Mientras el anacoreta estaba hablando, el caballerito se quedó como enajenado en una profunda cavilación. Notólo el viejo y le dijo: «Hijo mío, vos tenéis atravesado el corazón con alguna espina que os punza mucho. ¿No podré saber el motivo de la grave aflicción que os atormenta? Desahogad conmigo vuestro pecho. No me mueve a este deseo la curiosidad; la caridad es la única causa que a ello me anima. Hállome en edad en que puedo daros algún buen consejo, y vos me parecéis estar en una situación que necesita bien de él.» «Sí, padre mío—respondió el caballerito, arrancando del pecho un doloroso suspiro—, es muy cierto que tengo gran necesidad de consejo, y pues vos me ofrecéis el vuestro con piedad tan generosa, quiero seguirle. Estoy muy persuadido de que nada arriesgo en descubrirme a un hombre como vos.» «No, hijo—replicó el ermitaño—, no tenéis que temer; soy hombre a quien se le puede confiar cualquiera cosa, sea la que fuere.» Entonces el caballero habló de esta manera.

CAPITULO X

Historia de don Alfonso y de la bella Serafina.

«Nada, padre mío, os ocultaré, como ni tampoco a este caballero que me escucha. Haríale gran agravio en desconfiar de él a vista de la generosa acción que usó conmigo. Voy, pues, a contaros mis desgracias.

»Nací en Madrid y mi origen fué el que voy a referir. Un oficial de la guardia alemana, llamado el barón de Steinbach, entrando una noche en su casa se halló, al pie de la escalera, con un envoltorio de lienzo. Levantóle, llevóle al cuarto de su mujer, desenvolvióle y encontraron un niño recién nacido envuelto en pañales muy aseados y finos, y un billete que decía ser hijo de padres distinguidos, que a su tiempo se darían a conocer, y que el niño estaba ya bautizado con el nombre de Alfonso. Este desgraciado niño soy yo y esto es todo cuanto sé. Víctima del honor o de la infidelidad, ignoro si mi madre me expuso únicamente para ocultar algunos vergonzosos amores o si, seducida por un amanto perjuro, se vió en la cruel necesidad de abandonarme.

»Como quiera que sea, al barón y a su mujer les enterneció mucho mi desgracia, y como no tenían sucesión resolvieron criarme como si fuera hijo suyo, conservándome el nombre de don Alfonso. Al paso que crecía yo en edad crecía el amor en ellos hacia mí. Hacíanme mil caricias en pago de mis apacibles modales y por mi docilidad. Todos sus pensamientos eran de darme la mejor educación. Buscáronme maestros de todas materias. Lejos de esperar con impaciencia a que se descubriesen mis padres, parecía, por el contrario, que deseaban no se manifestasen jamás. Luego que el barón me vió capaz de poder seguir la milicia, me aplicó a servir al rey. Consiguióme una bandera y mandó hacerme un pequeño equipaje. Para animarme a buscar ocasión de adquirir gloria y darme a conocer, me hizo presente que la carrera del honor estaba abierta a todo el mundo y que en la guerra podría hacer mi nombre tanto más glorioso cuanto sólo sería deudor a mi valor y a mi espada de la gloria que adquiriese. Al mismo tiempo me reveló el secreto de mi nacimiento, que hasta allí me había callado. Como en todo Madrid pasaba por hijo suyo, y yo mismo efectivamente me tenía por tal, confieso que me turbó no poco esta confianza. No podía pensar en ello sin llenarme de rubor. Por lo mismo que mis nobles pensamientos y mis honrados impulsos me aseguraban de un distinguido nacimiento, era mayor el dolor de verme desamparado de aquellos a quienes le había debido.

»Pasé a servir en los Países Bajos, donde se hizo la paz poco después que llegué al ejército. Hallándose España sin enemigos, me restituí a Madrid, y el barón y su mujer me recibieron con nuevas demostraciones de cariño. Eran pasados dos meses desde mi regreso, cuando una mañana entró en mi cuarto un pajecillo y me entregó en las manos un billete concebido poco más o menos en estos términos: «No soy fea ni contrahecha, y, con todo eso, usted me ve todos los días a mi balcón con grande indiferencia: frialdad muy ajena de un mozo tan galán. Estoy tan ofendida de este proceder, que por vengarme quisiera inspirar amor en ese corazón de hielo.»

»Así que leí este billete me persuadí, sin la menor duda, de que era de una viudita llamada Leonor, que vivía enfrente de mi casa y tenía fama de ser alegre de cascos. Examiné sobre este punto al pajecillo, que por algún breve rato quiso hacer el callado; pero a costa de un ducado que le di, satisfizo mi curiosidad y se encargó de llevar a su ama mi respuesta. Decíale en ella que conocía y confesaba mi delito, del cual estaba ya medio vengada, según lo que yo sentía en mí.

»Con efecto, no dejó de hacerme impresión esta graciosa manera de granjear la voluntad. No salí de casa en todo aquel día, asomándome frecuentemente al balcón para observar a la señora, que tampoco se descuidó de dejarse ver al suyo. Hícele señas, a las cuales correspondió, y el día siguiente me envió a decir por el mismo pajecito que si entre once y doce de aquella noche quería yo hallarme en nuestra calle, podíamos hablarnos a la reja de un cuarto bajo. Aunque no estaba muy enamorado de una viuda tan viva, sin embargo, no dejé de responderle muy apasionadamente, y, a la verdad, esperé a que anocheciese con tanta impaciencia como si efectivamente la amara mucho. Luego que fué de noche, salí a pasearme al Prado, para entretener el tiempo hasta la hora de la cita; y apenas entré en el paseo cuando, acercándose a mí un hombre montado en un hermoso caballo, se apeó precipitadamente, y mirándome con ceño, «Caballero—me dijo—, ¿no sois vos el hijo del barón de Steinbach?» «El mismo», le respondí. «¿Luego vos sois el citado—prosiguió él—para dar esta noche conversación a Leonor en su reja? He visto sus billetes y vuestras respuestas, que me mostró el pajecillo. Os he venido siguiendo hasta aquí desde que salisteis de casa, para advertiros que tenéis un competidor cuya vanidad se indigna de disputar el corazón de una dama con un hombre como vos. Me parece que no necesito deciros más, y pues nos hallamos en sitio retirado, decidan la disputa las espadas, a menos de que vos, por evitar el castigo que preparo a vuestra temeridad, me deis palabra de romper toda comunicación con Leonor. Sacrificadme las esperanzas que tenéis, o en este mismo punto os quito la vida.» «Ese sacrificio—respondí—se había de pedir y no exigirse. Lo hubiera podido conceder a vuestros ruegos, pero lo niego a vuestras amenazas.» «Pues riñamos—dijo él, atando el caballo a un árbol—, porque es indecoroso a una persona de mi esfera bajarse a suplicar a un hombre de la vuestra, y aun la mayor parte de mis iguales, puestos en mi lugar, se vengarían de vos de un modo menos honroso.» Ofendiéronme mucho estas últimas palabras, y viendo que él había sacado la espada saqué yo también la mía. Reñimos con tanto empeño, que duró poco el combate. Sea que le cegase su demasiado ardor, o sea que yo fuese más diestro que él, le di desde luego una estocada mortal que le hizo primero titubear y después caer en tierra. Entonces no pensé mas que en ponerme en salvo, y montando en su propio caballo tomé el camino de Toledo. No volví a casa del barón de Steinbach, pareciéndome que la relación de mi lance sólo serviría para afligirle; y cuando consideraba el peligro en que me hallaba, veía que no debía perder un momento en alejarme de Madrid.

»Poseído enteramente de amarguísimas reflexiones, anduve toda la noche y la mañana del día siguiente; pero a eso del mediodía me vi precisado a detenerme, para que el caballo descansara y se mitigase el calor, que cada instante era más inaguantable. Detúveme, pues, en una aldea hasta puesto el Sol, y continué luego mi camino, con ánimo de no apearme hasta estar en Toledo. Me hallaba ya dos leguas más allá de Illescas cuando, a eso de media noche, me cogió en campo raso una furiosa tempestad, semejante a la que acaba de sobrecogernos. Lleguéme a las tapias de un jardín que vi a pocos pasos de mí, y no hallando abrigo más cómodo me arrimé con mi caballo lo mejor que pude a una puerta pequeña de una estancia que estaba casi en un ángulo de la misma cerca, sobre la cual había un balcón. Apoyándome en la puerta vi que no la habían cerrado, y discurrí que esto habría sido culpa de los criados. Me apeé, y no tanto por curiosidad como por resguardarme más del agua, que no dejaba de incomodarme mucho debajo del balcón, me entré en aquella habitación baja, juntamente con el caballo, tirándole por la brida.

»Durante la tempestad procuré reconocer aquel sitio, y aunque sólo podía registrarle a favor de los relámpagos, juzgué que era una quinta de alguna persona opulenta. Estaba aguardando por instantes que cesase la tempestad para seguir mi camino; pero habiendo visto a lo lejos una gran luz, mudé de parecer. Dejé resguardado el caballo en aquella pieza, cuidando de cerrar la puerta, y fuíme acercando hacia la luz, presumiendo que estaban todavía levantados en la casa, para suplicarles me diesen abrigo por aquella noche. Después de haber atravesado algunos corredores, me hallé en una sala cuya puerta estaba igualmente abierta. Entré en ella, y viendo su suntuosidad a beneficio de una magnífica araña con varias bujías, ya no me quedó duda de que aquella casa de campo era de algún gran personaje. El pavimento era de mármol; el friso, pintado y dorado con arte; la cornisa, primorosamente trabajada, y el techo me pareció obra de los más diestros pintores; pero lo que más me llevó la atención fué una multitud de bustos de héroes españoles, puestos sobre bellísimos pedestales de mármol jaspeado, que adornaban las paredes del salón. Tuve bastante tiempo para enterarme de todas estas cosas, porque habiendo aplicado de cuando en cuando el oído para ver si sentía rumor no llegué a percibir ninguno ni a ver persona alguna.

»A un lado del salón había una puerta entornada; la entreabrí y noté una crujía de cuartos, en el último de los cuales había luz. Consulté conmigo mismo lo que debía hacer: si volverme por donde había venido o animarme a penetrar hasta aquel cuarto. La prudencia dictaba que el partido más acertado era el de retirarme; pero pudo más en mí la curiosidad que la prudencia, o, por mejor decir, fué más poderosa la fuerza del destino que me arrastraba. Llevé, pues, mi empeño adelante, y atravesando todas las piezas llegué a la última, donde ardía, sobre una mesa de mármol, una bujía puesta en un candelero de plata sobredorada. Desde luego conocí que era un cuarto de verano, alhajado con singular gusto y riqueza; pero volviendo presto los ojos hacia una cama cuyas cortinas estaban entreabiertas a causa del calor, vi un objeto que me robó toda la atención. Era una joven que, a pesar del estruendo pavoroso de los truenos, dormía profundamente. Acerquéme a ella con el mayor silencio, y a favor de la luz de la bujía descubrí una tez tan delicada y un rostro tan hermoso, que verdaderamente me encantaron. Al verla, toda mi máquina se conmovió; me sentí enteramente enajenado. Pero por más agitado que me tuviesen mis impulsos, el concepto que hice de la nobleza de su sangre me impidió formar ningún pensamiento temerario, pudiendo más el respeto que la pasión. Mientras estaba yo embelesado en contemplarla se despertó.

»Fácil es de imaginar cuánto la sobresaltaría el ver a un hombre desconocido, a media noche, en su cuarto y al pie de su misma cama. Toda asustada y estremecida dió un gran grito. Hice cuanto pude para aquietarla; hinqué una rodilla en tierra y, lleno de respeto, le dije: «No temáis, señora, que yo no he entrado aquí con ánimo de ofenderos.» Iba a proseguir, pero ella, atemorizada, no tuvo siquiera libertad para escucharme. Comenzó a llamar a grandes voces a sus criadas, y como ninguna le respondiese, cogió a toda prisa una bata ligera, que estaba al pie de la cama, cubrióse con ella, saltó acelerada al suelo, agarró la bujía y atravesó corriendo toda la crujía de cuartos, llamando sin cesar a sus doncellas y a una hermana suya menor, que vivía en la misma quinta bajo su custodia. Por momentos estaba yo temiendo ver sobre mí toda la familia y que, sin merecerlo ni oírme, me tratasen mal; pero quiso mi fortuna que, por más gritos que dió, nadie pareció, sino un criado viejo, que de poco le hubiera servido si algo tuviera que temer. No obstante, con la presencia del buen viejo, alentándose algún tanto, me preguntó con altivez quién era yo, por dónde y a qué fin había tenido atrevimiento para meterme en su casa. Comencé a justificarme; pero apenas le dije que había entrado por la puerta del cuarto del jardín, que había hallado abierta, cuando exclamó al instante diciendo: «¡Justo Cielo y qué sospechas me vienen ahora al pensamiento!»

En esto va con la luz a registrar todos los cuartos de la quinta, y no encuentra a ninguna de sus criadas ni a su hermana; antes sí ve que éstas se habían llevado cada una sus ropas. Pareciéndole que se habían verificado sobradamente sus sospechas, se volvió a donde yo había quedado, y articulando mal las palabras con la cólera, «¡Infame!—me dijo—. ¡No añadas la mentira a la traición! No te ha traído a esta quinta la casualidad ni has entrado en ella por el motivo que finges. Tú eres de la comitiva de don Fernando de Leiva y cómplice en su delito. ¡Pero no esperes huir de mi venganza, pues tengo aún bastante gente en casa que te prenda!» «Señora—le dije—, no me confundáis, os ruego, con vuestros enemigos. Ni conozco a don Fernando de Leiva ni sé todavía quién sois vos. Yo soy un desgraciado a quien cierto lance de honor ha obligado a ausentarse de Madrid, y os juro por cuanto hay de más sagrado que, a no haberme precisado a ello la tempestad, no hubiera entrado en vuestra quinta. Dignaos, señora, formar mejor concepto de mí. En vez de suponerme cómplice en ese delito que tanto os ofende, vivid persuadida de que estoy prontísimo a vengaros.» Estas últimas palabras, que pronuncié con ardor y viveza, la tranquilizaron; de modo que desde aquel punto mostró no mirarme ya como a enemigo. Cesó en el mismo momento su enojo, pero entró a ocupar su lugar el más acerbo dolor. Comenzó a llorar amargamente, y sus lágrimas me enternecieron de manera que no me sentí menos afligido que ella, aun cuando ignoraba la causa de su pena. No me contenté con acompañarla en el llanto, sino que, deseoso de vengar su afrenta, me entró una especie de furor. «Señora—exclamé entre lastimado y colérico—, ¿quién ha tenido atrevimiento para ultrajaros? ¿Y qué especie de ultraje ha sido el vuestro? ¡Hablad, señora, porque vuestras ofensas ya son mías! ¿Queréis que busque a don Fernando y que le atraviese de parte a parte el corazón? Nombradme todos aquellos que queréis que os sacrifique. Mandad y seréis obedecida. Cueste lo que costare vuestra venganza, este desconocido, a quien habéis mirado como enemigo, se expondrá, por amor de vos, a cualquier riesgo.»

»Quedóse suspensa aquella señora a vista de un arrebato tan inesperado, y enjugando sus lágrimas me dijo: «Perdonad, señor, mi temeraria sospecha a la infeliz situación en que me hallo. Vuestros generosos sentimientos han desengañado a la desgraciada Serafina, y me quitan además hasta el natural rubor que me acusa el que un extraño sea testigo de una afrenta hecha a mi noble sangre. Sí, generoso desconocido, reconozco mi error y admito vuestras ofertas, pero no quiero la muerte de don Fernando.» «Bien está, señora—repliqué—; pero ¿en qué deseáis que os sirva?» «Señor—respondió Serafina—, el motivo de mi pesar es el siguiente: don Fernando de Leiva se enamoró de mi hermana Julia, a quien vió en Toledo, donde vivimos de ordinario. Pidiósela a mi padre, que es el conde de Polán, quien se la negó por antigua enemistad que hay entre las dos casas. Mi hermana, que apenas tiene quince años, se habrá dejado engañar de mis criadas, sin duda ganadas por don Fernando, y noticioso éste de que las dos hermanas estábamos en esta casa de campo, habrá aprovechado la ocasión para robar a la malaconsejada Julia. Yo sólo quisiera saber en qué parte la ha depositado, para que mi padre y mi hermano, que ha dos meses están en Madrid, tomen sus medidas. Suplícoos, pues, señor, que os toméis el trabajo de recorrer los contornos de Toledo y de averiguar, si fuese posible, a dónde ha ido a parar aquella pobre muchacha, diligencia a que os quedará tan obligada como agradecida toda mi familia.»

»No tenía presente aquella señora que el encargo que me daba no convenía a un hombre a quien importaba tanto salir cuanto antes de los términos y jurisdicción de Castilla. Pero ¿qué mucho que no hiciese ella esta reflexión cuando ni yo mismo la hice? Sumamente gozoso de la fortuna de verme en ocasión de servir a una persona tan amable, admití gustoso la comisión, ofreciendo desempeñarla con el mayor celo y diligencia. Con efecto, no esperé a que amaneciese para ir a cumplir lo prometido. Dejé al punto a Serafina, suplicándole me perdonase el susto que inocentemente le había dado y asegurándole que presto sabría de mí. Salíme, pues, por donde había entrado en la quinta, pero con el ánimo tan ocupado siempre en aquella señora, que fácilmente advertí estaba del todo prendado de ella, y nada me lo hizo conocer mejor que la inquietud e impaciencia con que me apresuraba a complacerla y las amorosas quimeras que yo mismo me forjaba en la imaginación. Parecíame que Serafina, aun en medio de su sentimiento, había echado bien de ver los primeros fuegos de mi amor y que no le había quizá desagradado. Lisonjeábame de que si lograba averiguar lo que tanto deseaba sería mía toda la gloria.»

Al llegar aquí, cortó don Alfonso el hilo de su historia y dijo al ermitaño: «Perdonadme, padre, si poseído de mi pasión me detengo en menudencias que tal vez os fastidiarán.» «No, hijo—respondió el anacoreta—, de ningún modo me cansan; antes bien, deseo saber hasta dónde llegó el amor que te inspiró doña Serafina, para arreglar mis consejos con mayor conocimiento.»

«Encendida la fantasía con tan lisonjeras imágenes—prosiguió el caballerito—, busqué inútilmente por espacio de dos días al robador de Julia, y, frustradas todas las diligencias, no pude descubrir el menor rastro de él. Desconsoladísimo de ver inutilizados mis pasos y desvelos, volví a presencia de Serafina, a quien discurría hallar en el estado más inquieto y desgraciado del mundo; pero la encontré más tranquila de lo que yo pensaba. Díjome que había sido más venturosa que yo, pues ya sabía dónde se hallaba su hermana; que había recibido una carta de don Fernando, en que le decía que, después de haberse casado de secreto con Julia, la había depositado en un convento de Toledo. «Envié su carta a mi padre—prosiguió Serafina—, no sin esperanza de que la cosa acabe bien y que un solemne matrimonio sea el iris de paz que dé fin a la inveterada discordia de las dos casas.»

»Luego que me informó del paradero de su hermana, me habló del trabajo que me había ocasionado, y, sobre todo—añadió ella misma—, los peligros a que os expuso mi imprudencia en seguir a un robador, sin acordarme de que me habíais confiado que andabais fugitivo por cierto lance de honor, de lo cual me pidió mil perdones en los términos más atentos. Conociendo que estaba falto de reposo, me condujo a la sala, donde los dos nos sentamos. Estaba vestida con una bata de tafetán blanco con listas negras, y cubría su cabeza un sombrerillo de los mismos colores que la bata, guarnecido con un airoso plumaje negro, lo que me hizo juzgar que podía ser viuda, aunque, por otra parte, parecía de tan pocos años que no sabía yo qué discurrir.

»Si era grande mi deseo de saber quién ella era, no era menos viva su curiosidad de saber lo mismo de mí. Preguntóme mi nombre y apellido, no dudando—dijo—, a vista de mi noble aire, y aún más de la generosa piedad que me había hecho abrazar con tanto empeño sus intereses, la nobleza de mi nacimiento. Dejóme perplejo la pregunta; encendióseme el rostro, me turbé, y confieso que, teniendo menos rubor en mentir que en decir la verdad, respondí que era hijo del barón de Steinbach, oficial de la guardia alemana. «Decidme también—replicó la dama—por qué habéis salido de Madrid, pues desde luego os puedo ofrecer todo el valimiento y los buenos oficios de mi padre y de mi hermano don Gaspar. Esto es lo menos que puede hacer mi agradecimiento con un caballero que por servirme despreció su propia vida». Ninguna dificultad tuve en referirle por menor todas las circunstancias de nuestro desafío. Ella misma echó toda la culpa al caballero que me había injuriado, y me volvió a ofrecer que interesaría a su familia en mi favor.

»Habiendo yo satisfecho su curiosidad, me animé a suplicarle contentase la mía, y le pregunté si era o no libre. «Tres años ha—respondió—que mi padre me obligó a casarme con don Diego de Lara, y quince meses que estoy viuda.» «Pues ¿qué desgracia, señora—le pregunté—, fué la que tan presto os privó de vuestro esposo?» «Voy, señor, a responderos—repuso ella—y corresponder a la confianza a que me confieso deudora. Don Diego de Lara era un caballero muy bien apersonado. Amábame ciegamente, y aunque empleaba cuanta diligencia puede emplear el más tierno amante para hacerse agradable al objeto amado, y aunque tenía mil bellas cualidades, nunca pudo granjearse mi cariño. El amor no siempre es efecto del anhelo ni del mérito conocido. ¡Ah!—añadió ella suspirando—. ¡Muchas veces nos cautiva a la primera vista una persona que no conocemos! No me era posible amarle. Más avergonzada que prendada de las continuas muestras de su amor, y forzada a corresponder a ellas sin inclinación, si me acusaba a mí misma interiormente de ingratitud, también me contemplaba muy digna de compasión. Por desgracia de ambos, él tenía todavía más delicadeza que amor. En mis acciones y palabras descubría claramente mis más ocultos pensamientos. Leía cuanto pasaba en lo más íntimo de mi alma; quejábase a cada paso de mi indiferencia, y le era tanto más sensible el no poder conquistar mi corazón cuanto más seguro estaba de que ningún otro rival se lo disputaba, no contando yo apenas diez y seis años y habiendo sabido, antes de ofrecerme su mano, por mis criadas, todas parciales suyas, que ningún hombre se le había anticipado a llevarse mi atención. «Sí, Serafina—me decía muchas veces—, me alegraría mucho de que estuvieses encaprichada a favor de otro y de que ésta fuese la única causa de la frialdad con que me miras. Esperaría entonces que tu virtud y mi constancia triunfarían al cabo de esa tibieza; pero ya desespero de vencer un corazón que no se ha rendido a tantos y tan convincentes testimonios de mi extremado amor.» Cansada de oírle repetir tantas veces la misma queja, le dije un día que, en vez de turbar su reposo y el mío mostrando tanta delicadeza, haría mejor en dejarlo todo en manos del tiempo. Con efecto, yo me hallaba entonces en una edad poco capaz de sentir los vivos impulsos de una pasión tan fogosa, y éste era el prudente partido que don Diego debiera haber abrazado. Pero viendo que se había pasado un año entero sin haber adelantado más que el primer día, perdió la paciencia, o por mejor decir el juicio, y fingiendo que le llamaba a la corte no sé qué negocio de importancia, marchó a los Países Bajos a servir en calidad de voluntario, y encontró lo que deseaba en los peligros en que se metía; es decir, el fin de la vida y el de sus pesares.»

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