LIBRO SÉPTIMO (continued 2)
José Francisco de Isla translation
Todo lo maravilloso sorprende, y una vez preocupada la imaginación, el juicio se extravía. Pasmado de ver un secreto tan bueno, y persuadido de que era menester ser poco menos que diablo para haberlo hallado, exclamé lleno de admiración: «¡Oh padre mío, suplico a usted me perdone si antes le he tenido por un viejo loco! Ahora le hago a usted justicia; no necesito ver más para estar convencido de que si quisiera podría hacer en un instante un tejo de oro de una barra de hierro. ¡Qué dichoso fuera yo si poseyera esa admirable ciencia!» «¡El Cielo os libre de tenerla jamás!—interrumpió el viejo dando un profundo suspiro—. ¡Tú no sabes, hijo mío, lo que deseas! En lugar de envidiarme, tenme más bien lástima de haber tomado tanto trabajo para hacerme infeliz. Siempre vivo inquieto; temo ser descubierto y que una prisión perpetua sea el premio de todos mis afanes. Con este temor paso una vida errante, disfrazado unas veces de clérigo o de fraile, otras de caballero o paisano. ¿Y te parece que será ventajoso el saber hacer oro a ese precio? Y las riquezas, ¿no son un verdadero suplicio para aquellos que no las disfrutan con quietud?» «Ese discurso me parece muy sensato—dije entonces al filósofo—. Nada iguala al gusto de vivir con sosiego; usted me hace mirar con desprecio la piedra filosofal. Yo os estimaría que me vaticinaseis lo que me ha de acontecer.» «De muy buena gana, hijo mío—me respondió—. Ya he observado vuestra fisonomía; mostrad vuestra mano.» Presentésela con una confianza que no me hará honor en el ánimo de algunos lectores que en mi lugar acaso habrían hecho otro tanto. La examinó muy atentamente y al momento exclamó: «¡Ah, y qué de tránsitos de la aflicción a la alegría y de la alegría a la aflicción! ¡Qué serie azarosa de desgracias y de prosperidades! Mas ya habéis experimentado una gran parte de estas alternativas de la fortuna y no os restan más desgracias que probar; un señor os dará un buen destino que no estará sujeto a mutaciones.»
Después de haberme afirmado que podía estar seguro de su pronóstico, se despidió de mí, saliendo de la hostería, donde quedé muy pensativo de lo que acababa de oír.
No dudaba yo que fuese el marqués de Marialba el tal señor, y, por consiguiente, nada me parecía más posible que el cumplimiento del vaticinio. Pero cuando yo no hubiese visto la menor apariencia de ello, no me hubiera impedido eso dar al fraile entero crédito: tanta era la autoridad que por su elixir había cobrado en mi ánimo.
Por mi parte, para acelerar la felicidad que me había predicho, determiné servir al marqués con más afecto que lo había hecho a ninguno de los otros amos. Con esta resolución, me retiró a nuestra posada con una alegría imponderable, cual nunca sacó una mujer de casa de las decidoras de la buenaventura.
CAPITULO X
De la comisión que el marqués de Marialba dió a Gil Blas y cómo la desempeñó este fiel secretario.
Todavía no había vuelto el marqués de casa de su comedianta; pero en su aposento encontré a los ayudas de cámara, que jugaban a los naipes esperando su venida. Me introduje con ellos y nos entretuvimos alegremente hasta las dos de la madrugada, en que llegó nuestro amo. Sorprendióse un poco al verme y me dijo con una afabilidad que daba a entender volvía contento de su visita: «Gil Blas, ¿por qué no te has acostado?» Yo le respondí que quería saber antes si tenía alguna cosa que mandarme. «Puede ser—dijo—te encargue por la mañana un asunto y entonces te daré mis órdenes. Vé a descansar y sabe que te dispenso de esperarme, pues me bastan los ayudas de cámara.» Después de esta advertencia, que no dejó de agradarme, pues me excusaba la sujeción, que algunas veces hubiera llevado con disgusto, dejé al marqués en su cuarto y me retiré a mi buhardilla. Me acosté; pero, no pudiendo dormir, seguí el consejo de Pitágoras, de traer a la memoria por la noche lo que hemos hecho en el día, para aplaudir nuestras buenas acciones o vituperar las malas.
Mi conciencia no estaba tan limpia que dejase de remorderme haber apoyado la mentira de Laura. Por más que yo me decía para disculparme de que no había podido decentemente desmentir a una muchacha que no había tenido otra mira que la de mi bien y que en algún modo me había visto en la precisión de ser cómplice de su engaño, poco satisfecho de esta excusa, yo mismo me respondía que no debía llevar tan adelante el embuste y que era demasiado descaro el querer vivir con un señor cuya confianza pagaba tan mal. En fin, después de un severo examen, convine en que, si no era un bribón, me faltaba poco.
Pasando de aquí a las consecuencias, reflexioné que aventuraba mucho en engañar a un hombre de distinción, quien por mis pecados acaso tardaría poco en descubrir el enredo. Una reflexión tan juiciosa aterró algún tanto mi espíritu; pero bien presto desvanecieron mi temor las ideas del contento y del interés. Por otra parte, la profecía del hombre del elixir hubiera bastado para tranquilizarme; y así, me entregué a imágenes muy risueñas. Me puse a hacer cuentas de aritmética y a calcular para conmigo mismo la suma a que ascenderían mis salarios al cabo de diez años de servicio. A esto añadí las gratificaciones que recibiría de mi amo; y midiéndolas por su carácter liberal, o más bien según mis deseos, tenía una intemperancia de imaginación, si puede hablarse de este modo, que no ponía límites a mi fortuna. Tanta felicidad me concilió poco a poco el sueño y me quedé dormido haciendo castillos en el aire.
Por la mañana me levanté a cosa de las nueve para ir a recibir las órdenes de mi amo, pero al abrir mi puerta para salir me admiré de verle venir en bata y gorro. Estaba solo, y me dijo: «Gil Blas, al despedirme anoche de tu hermana le ofrecí pasar a su casa esta mañana; pero un negocio de importancia no me permite cumplirlo. Vé y díle de mi parte cuánto siento este contratiempo y asegúrale que aún cenaré esta noche con ella. No es esto lo más—añadió, entregándome una bolsa con una cajita de zapa guarnecida de piedras—: llévale mi retrato y toma para ti esta bolsa, en donde van cincuenta doblones, que te doy en prueba de la amistad que ya te he cobrado.» Con una mano tomé el retrato y con la otra la bolsa, de mí tan poco merecida. Fuí corriendo al momento a casa de Laura, diciendo en medio del exceso de alegría que me enajenaba: «¡Bueno! ¡Bueno! ¡La predicción se verifica visiblemente! ¡Qué fortuna es ser hermano de una buena moza que admite galanteos! ¡Es lástima que no haya en esto tanta honra como provecho y utilidad!»
Laura, contra la costumbre de las personas de su profesión, solía madrugar. Halléla al tocador, en donde, esperando a su portugués, añadía a su hermosura natural todos los atractivos auxiliares que el arte podía prestarle. «Amable Estela—le dije al entrar—, imán de los extranjeros, ya puedo comer con mi amo, pues me ha honrado con un encargo que me da esta prerrogativa, el cual vengo a evacuar. Dice que no puede tener el gusto de verte esta mañana, como lo había pensado; pero para consolarte de esto cenará esta noche contigo. Y te envía su retrato, con lo que me parece quedarás algo más consolada.»
Entreguéla la caja, que, con el vivo resplandor de los brillantes de que estaba guarnecida, alegró infinito su vista. Abrióla, y habiéndola cerrado después de haber considerado la pintura por mero cumplimiento, volvió a mirar las piedras. Celebró su hermosura y me dijo con sonrisa: «Ve aquí unas copias que las damas de teatro estiman mucho más que los originales.» Díjele en seguida que el generoso portugués, al darme el retrato, me había regalado cincuenta doblones. «Me alegro infinito—me dijo ella—. Este señor principia por donde aún raras veces acaban otros.» «A ti es, mi querida—respondí yo—, a quien debo este regalo, que el marqués me hizo a causa de fraternidad.» «Yo quisiera—dijo ella—te hiciera otros como ese todos los días. ¡No puedo ponderarte cuánto te amo! Desde el instante en que te vi te amé tan estrechamente que el tiempo no ha podido romper esta unión. Cuando te eché de menos en Madrid, no perdí las esperanzas de recobrarte, y ayer al verte te recibí como a un hombre que volvía a su centro. En una palabra, amigo mío, el Cielo nos ha destinado el uno para el otro. Tú serás mi marido, pero antes es preciso enriquecemos. La prudencia exige que comencemos por aquí. Todavía quiero tener tres o cuatro cortejos para ponerte en una situación aventajada.»
Díle cortésmente las gracias por el trabajo que quería tomarse por mí e insensiblemente nos fuimos metiendo en una conversación que duró hasta el mediodía. Entonces me retiré para ir a dar cuenta a mi amo del modo con que había sido recibido su regalo. Aunque Laura no me había dado sus instrucciones sobre este punto, compuse en el camino una buena arenga para cumplimentarle de su parte; pero fué tiempo perdido, porque cuando llegué a la posada me dijeron que el marqués acababa de salir; y estaba decretado que no volvería a verle más, como puede leerse en el capítulo siguiente.
CAPITULO XI
De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él.
Fuíme a mi posada, en donde encontré dos sujetos, con quienes comí y con cuya gustosa conversación me entretuve en la mesa hasta la hora de la comedia, que nos separamos, ellos para ir a sus quehaceres y yo para tomar el camino del teatro. Advierto de paso que yo tenía motivo para estar de buen humor, porque la alegría había reinado en la conversación que acababa de tener con estos caballeros, mostrándoseme además propicia la fortuna; pero con todo, sentía una tristeza que no estaba en mi mano desechar. A vista de esto, no se diga que no se presienten las desgracias que nos amenazan.
Al entrar en el vestuario se acercó a mí Melchor Zapata y me dijo en voz baja que le siguiera. Me llevó a un sitio excusado y me dijo lo siguiente: «Señor mío, miro como un deber dar a usted un aviso muy importante. Usted no ignora que el marqués de Marialba se enamoró primero de Narcisa, mi esposa, y aun había elegido día para venir a picar en mi cebo, cuando la artificiosa Estela halló medio de desconcertar la partida y de traer a su casa a este señor portugués. Bien conoce usted que una cómica no pierde tan buena presa sin despecho. Mi mujer está muy resentida de esto; nada es capaz de omitir para vengarse, y, por desgracia de usted, se le presenta para ello una ocasión favorable. Ayer, si usted hace memoria, todos nuestros dependientes acudieron a verle. El sotadespabilador dijo a algunas personas de la compañía que conocía a usted y que de ningún modo era hermano de Estela. Esta noticia—añadió Melchor—ha llegado a oídos de Narcisa, que no ha dejado de preguntársela al que la ha dado, y éste se la ha repetido. Dice conoció a usted de criado de Arsenia, cuando Estela, bajo el nombre de Laura, la servía en Madrid. Mi esposa, contentísima con este descubrimiento, se lo participará al marqués de Marialba, que ha de venir esta tarde a la comedia. Camine usted en esta inteligencia, y si no es en realidad hermano de Estela, le aconsejo, como amigo, y por nuestro antiguo conocimiento, que se ponga en salvo. Narcisa, que no busca mas que una víctima, me ha permitido se lo advierta a usted para que evite con una pronta fuga cualquier accidente funesto.»
Me hubiera sido inútil saber más. Di gracias por este aviso al histrión, que conoció muy bien por mi sobresalto que yo no estaba en el caso de desmentir al sotadespabilador. Como realmente no tenía intención de llevar hasta este punto la desvergüenza, ni aun fuí a despedirme de Laura, temiendo no quisiese obligarme a que siguiera el enredo. Bien sabía yo que ella era buena comedianta para salir con facilidad de este berenjenal; pero yo no veía mas que un castigo infalible que me amenazaba y no estaba tan enamorado que quisiese burlarme de él. Determiné, pues, poner tierra por medio, cargando con mis dioses penates, es decir, con mi ropa, y en un abrir y cerrar de ojos me desaparecí del coliseo, y en un momento hice sacar y trasladar mi maleta a la posada de un arriero que al día siguiente, a las tres de la mañana, debía salir para Toledo. Hubiera deseado estar ya con el conde de Polán, cuya casa me parecía el único asilo que había seguro para mí; pero no hallándome aún en ella, no podía pensar sin inquietud en el tiempo que me restaba que pasar en una ciudad en donde temía me buscasen aquella misma noche.
No dejé de ir a cenar a mi hostería, a pesar de estar tan zozobroso como un deudor que sabe andan en seguimiento suyo los alguaciles; pero no creo que la cena hizo en mi estómago un excelente quilo. Miserable juguete del miedo, miraba con cuidado a todas las personas que entraban en la sala y temblaba como un azogado siempre que por mi desgracia eran algunas de mala catadura, cosa que no es rara en tales parajes. Después de haber cenado en medio de continuos sobresaltos, me levanté de la mesa y me volví a la posada del ordinario, en donde me eché sobre paja fresca hasta la hora de marchar.
Puedo asegurar que durante este tiempo ejercité bien mi paciencia. Mil tristes pensamientos vinieron a asaltarme; si algún instante me quedaba traspuesto, soñaba que veía furioso al marqués, lastimando a golpes el hermoso rostro de Laura y haciendo pedazos cuanto había en su casa, o ya que le oía mandar a sus criados que me matasen a palos. Despertaba despavorido, y siendo tan gustoso despertar después de haber soñado cosas funestas, para mí era esto más cruel que el mismo sueño.
Por fortuna, me sacó de esta angustia el arriero viniendo a avisarme que estaban prontas las mulas. Inmediatamente me levanté, y, gracias al Cielo, me puse en camino curado radicalmente de Laura y de la quiromancia. Conforme nos íbamos alejando de Granada iba mi espíritu recobrando su serenidad. Empecé a trabar conversación con el arriero, el cual me contó algunas historias divertidas que me hicieron reír y fuí perdiendo insensiblemente mi temor. Dormí con sosiego en Ubeda, donde hicimos noche a la primera jornada, y a la cuarta llegamos a Toledo. Mi primer cuidado fué preguntar por la casa del conde de Polán, y persuadido de que no consentiría me alojase en otra, fuí allá. Pero yo había hecho la cuenta sin la huéspeda, pues no encontré en ella mas que al portero, quien me dijo que su amo había salido el día antes para la quinta de Leiva, de donde le habían escrito que Serafina estaba enferma de peligro.
Yo no había contado con la ausencia del conde, que disminuyó el gusto que tenía de estar en Toledo y fué causa de que tomase otra determinación. Viéndome tan cerca de Madrid, me resolví a ir allá, discurriendo que en la corte podría hacer fortuna, pues, según había oído decir, no era necesario en ella tener un talento superior para adelantar. Al día siguiente me aproveché de un caballo de retorno, que me llevó a esta capital de la España, adonde la buena suerte me conducía para que hiciese papeles más brillantes que los que hasta entonces me había hecho representar.
CAPITULO XII
Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, en donde adquiere conocimiento con el capitán Chinchilla; qué clase de hombre era este oficial y qué negocio le había llevado a Madrid.
Así que llegué a Madrid establecí mi habitación en una posada de caballeros, en donde, entre otras personas, vivía un capitán viejo, que desde lo último de Castilla la Nueva había venido a la corte a pretender una pensión que creía tener bien merecida. Llamábase don Aníbal de Chinchilla. No sin espanto le vi la primera vez; era un hombre de sesenta años, de una estatura gigantesca y sumamente flaco. Tenía unos bigotes poblados, que subían, retorciéndose por los dos lados, hasta las sienes; además de que le faltaba un brazo y una pierna, llevaba tapado un ojo con un gran parche de tafetán verde, y casi todo su rostro estaba lleno de cicatrices. En lo demás era como otro cualquiera. No carecía de entendimiento y aun menos de gravedad. En cuanto a sus costumbres, era muy rígido y se preciaba sobre todo de ser delicado en punto de honor.
A las dos o tres conversaciones que tuvimos, me honró con su confianza y supe todos sus asuntos. Me contó en qué ocasiones se había dejado un ojo en Nápoles, un brazo en Lombardía y una pierna en los Países Bajos. Admiré, en las relaciones que me hizo de las batallas y sitios, el que no se le escapase ninguna fanfarronada ni palabra en alabanza suya, siendo así que sin dificultad le hubiera perdonado el que alabase la mitad del cuerpo que le quedaba, en recompensa de la otra que había perdido. Los oficiales que vuelven sanos y salvos de la guerra no son siempre tan modestos.
Me dijo que sobre todo sentía a par de su alma haber disipado una considerable hacienda en sus campañas, de suerte que no le habían quedado mas que cien ducados de renta, con lo que apenas tenía para aliñar sus bigotes, pagar su alojamiento y dar a copiar sus memoriales. «Porque, en fin, señor caballero—añadió encogiéndose de hombros—, todos los días, a Dios gracias, los presento, sin que se haga el más mínimo caso de ellos. Si usted lo presenciara, no diría sino que apostábamos el ministro y yo sobre cuál había de cansarse antes, si yo en darlos o él en recibirlos. También tengo la honra de presentárselos al mismo rey, pero tan lindo es Pedro como su amo; y entre estas y esotras la casa de Chinchilla se arruina por falta de reparo.» «No pierda usted las esperanzas—dije al capitán—. Usted sabe que las cosas de palacio van despacio. Acaso estará usted hoy en vísperas de ver premiados con usura todos sus penosos servicios.» «No debo lisonjearme con esa esperanza—respondió D. Aníbal—; aun no hace tres días que hablé a uno de los secretarios del ministro, y si he de dar crédito a sus palabras, es preciso prestar paciencia.» «¿Y qué le dijo a usted, señor oficial?—le respondí—. ¿Tal vez el estado en que usted se halla no le parece digno de recompensa?» «Usted lo verá—respondió Chinchilla—. Este secretario me ha dicho claramente: «Señor hidalgo, no pondere usted tanto su celo y su fidelidad, porque en haberse expuesto a los peligros por su patria no ha hecho usted mas que cumplir con su obligación. La gloria que resulta de las acciones heroicas es suficiente paga y debe bastar, principalmente a un español. Desengáñese usted si mira como deuda la gratificación que solicita: en caso de que se os conceda esta gracia, la deberéis únicamente a la bondad del rey, que se contempla deudor a los vasallos que han servido bien al Estado.» Infiera usted de ahí—siguió el capitán—lo que podré esperar, y que al cabo habré de volverme como he venido.» Naturalmente nos interesamos por un hombre honrado cuando se le ve padecer. Le exhorté a que se mantuviera firme, me ofrecí a ponerle de balde en limpio sus memoriales y llegué hasta ofrecerle mi bolsillo, suplicándole que tomase lo que quisiera de él. Pero no era de aquellos que en semejantes ocasiones no necesitan de muchos ruegos; antes bien, se mostró muy pundonoroso y me dió las gracias. Después de esto me dijo que, por no cansar a nadie, se había acostumbrado poco a poco a vivir con tanta sobriedad que el menor alimento bastaba para su subsistencia, lo que era muy cierto. No se mantenía de otra cosa que de cebollas y ajos, y así, estaba en los huesos. Para que nadie viese sus malas comidas, se encerraba en su cuarto a la hora de ellas. No obstante, a fuerza de súplicas conseguí que cenásemos y comiésemos juntos. Y engañando su vanidad con una compasión ingeniosa, hice que me trajesen mucha más comida y bebida de la que yo necesitaba. Instéle a comer y beber, lo que rehusó al principio con mil ceremonias; pero al fin cedió a mis instancias, y tomando insensiblemente más confianza, él mismo me ayudaba a dejar limpio mi plato y desocupada mi botella.
Luego que hubo bebido cuatro o cinco tragos y recuperado su estómago con un buen alimento, me dijo en tono alegre: «En verdad, señor Gil Blas, que sois muy seductor, pues hacéis de mí lo que queréis. Tenéis un modo tan atractivo que desvanece hasta el temor de abusar de vuestra generosidad.» Me pareció que mi capitán había ya perdido tanto la cortedad que si en aquel instante le hubiera ofrecido dinero no lo hubiera rehusado. No quise hacer la prueba y me contenté con hacerle mi comensal y tomarme el trabajo, no solamente de escribirle los memoriales, sino de ayudarle a componerlos. Con el ejercicio de copiar homilías, había aprendido a variar de frases y aun llegado a ser medio autor. El viejo oficial, por su parte, se preciaba de poner bien un papel, de modo que, trabajando los dos a competencia, componíamos trozos de elocuencia dignos de los más célebres catedráticos de Salamanca. Pero por más que agotásemos nuestro entendimiento en sembrar flores de retórica en estos memoriales todo era, como se suele decir, sembrar en la arena. Aunque más ponderásemos los méritos de don Aníbal, la Corte ningún aprecio hacía de ellos, lo que no excitaba a este inválido a elogiar a los oficiales que se arruinan en la guerra; antes bien, maldecía con su mal humor a su estrella y daba al diablo a Nápoles, Lombardía y los Países Bajos.
Para mayor mortificación suya aconteció que habiendo cierto día recitado en presencia del rey un soneto sobre el nacimiento de una infanta un poeta presentado por el duque de Alba, se le concedió delante de sus barbas una pensión de quinientos ducados. Creo que el mutilado capitán se habría vuelto loco si no hubiera yo cuidado de consolarle. Viéndole fuera de sí, le dije: «¿Qué es lo que usted tiene? Nada de esto debía usted extrañar. ¿No están de tiempo inmemorial los poetas en posesión de hacer a los príncipes tributarios de las musas? No hay testa coronada que no tenga pensionado a alguno de estos señores; y, hablando aquí entre nosotros, las pensiones dadas a los poetas transmiten a la posteridad la noticia de la liberalidad de los reyes, cuando las otras en nada contribuyen a su fama póstuma. ¿Cuántas recompensas no dió Augusto? ¿Cuántas pensiones concedió de que no tenemos noticia? Pero la posteridad más remota sabrá como nosotros que Virgilio recibió de este emperador más de doscientos mil escudos de gratificación.»
Por más que dijese a don Aníbal, no pudo digerir el fruto del soneto, que se le había sentado en el estómago, y así, resolvió abandonarlo todo, no obstante que quiso envidar el resto presentando un memorial al duque de Lerma. Para este efecto fuimos los dos a casa del primer ministro. Allí encontramos a un joven, quien, después de haber saludado al capitán, le dijo con cariño: «Mi amado y antiguo amo, ¿es posible que yo vea a usted aquí? ¿Qué negocio le trae a casa de su excelencia? Si necesita de alguna persona de valimiento, no deje usted de mandarme; yo le ofrezco mis facultades.» «Perico—dijo el oficial—, pues qué, ¿tienes algún empleo bueno en la casa?» «A lo menos—respondió el joven—es bastante para servir a un hidalgo como usted.» «Siendo así—prosiguió, sonriéndose, el capitán—, recurro a tu protección.» «Desde luego se la concedo a usted—repitió Perico—. Dígame usted su asunto y prometo sacar raja del primer ministro.»
No bien habíamos enterado de él a este joven tan lleno de buen deseo, cuando preguntó dónde vivía don Aníbal. Nos dió palabra de que el día siguiente se vería con nosotros y se despidió, sin decirnos lo que quería hacer ni aun si era o no criado del duque de Lerma. La agudeza del tal Perico excitó mi curiosidad y quise saber quién era. «Es—me dijo el capitán—un muchacho que me servía algunos años hace y que, habiéndome visto en la indigencia, me dejó por buscar mejor acomodo. No se lo tomé a mal, porque, como se suele decir, por mejoría mi casa dejaría. Es un lagarto que no carece de talento e intrigante como todos los diablos; pero a pesar de toda su habilidad no me fío mucho del celo que acaba de manifestarme.» «Puede ser—le dije—que no os sea inútil. Si, por ejemplo, es criado de alguno de los principales dependientes del duque, podrá servir a usted de mucho, pues no ignora que en casa de los grandes todo se hace por partido y cábala; que éstos tienen en su servidumbre favoritos que los gobiernan y éstos igualmente son gobernados por sus criados.»
A la mañana siguiente vino Perico a nuestra posada y nos dijo: «Señores, si ayer no declaré los medios que tenía para servir al capitán Chinchilla fué porque no estábamos en paraje propio para explicarlos; fuera de que quería tentar el vado antes de franquearme con ustedes. Sepan, pues, que yo soy el lacayo de confianza del señor don Rodrigo Calderón, primer secretario del duque de Lerma. Mi amo, que es muy enamorado, va casi todas las noches a cenar con un ruiseñor de Aragón que tiene enjaulado en el barrio de Palacio. Es una muchacha muy bonita, de Albarracín, discreta y que canta con primor, y por esto le llaman la señora Sirena. Como todas las mañanas le llevo un billete amoroso, vengo ahora de verla, y le he propuesto que haga pasar al señor don Aníbal por tío suyo y que con este engaño empeñe a su galán a protegerle. Ha venido gustosa en ello, porque, además de tal cual provecho que juzga le puede resultar, le es de mucha satisfacción el que la tengan por sobrina de un hidalgo valiente.»
El señor Chinchilla puso mal gesto y mostró repugnancia a hacerse cómplice de una falsedad, y todavía más a permitir que una aventurera le deshonrase diciendo ser parienta suya; lo que sentía no solamente por sí, sino porque creía que esta ignominia retrocedía a sus abuelos. Tanta delicadeza chocó a Perico, pareciéndole inoportuna. «¿Se burla usted?—exclamó—. ¡Vea usted aquí lo que son los hidalgos de aldea, en quienes todo se reduce a una vanidad ridícula! ¿No se admira usted—prosiguió, dirigiéndose a mí—de esta escrupulosidad? ¡Voto a bríos! ¡En la corte no se debe parar en esas delicadezas! ¡Venga la fortuna del modo que quiera, que no hay que perderla!»
Sostuve el parecer de Perico, y ambos arengamos tanto al capitán que, a pesar suyo, le hicimos se fingiese tío de Sirena. Dado este paso, que no costó poco trabajo, hicimos entre los tres un nuevo memorial para el ministro, que después de revisto, aumentado y corregido lo puse en limpio, y Perico se lo llevó a la aragonesa, la que aquella misma tarde se lo recomendó al señor Calderón, hablándole con tal empeño que este secretario, creyéndola verdaderamente sobrina del capitán, ofreció apoyarlo. El efecto de esta trama lo vimos a pocos días. Perico volvió con aire victorioso a nuestra posada. «¡Buenas nuevas tenemos!—dijo a Chinchilla—. El rey hará una distribución de encomiendas, beneficios y pensiones en las que no será usted olvidado, y así se me ha encargado os lo asegure; pero al mismo tiempo se me ha prevenido pregunte a usted qué hace ánimo de regalar a Sirena. Por lo que respecta a mí, digo que nada quiero, porque prefiero a todo el oro del mundo el gusto de haber contribuído a mejorar la fortuna de mi amo antiguo. Pero no es lo mismo nuestra ninfa de Albarracín. Es algo interesada cuando se trata de servir al prójimo; tiene esa pequeña falta; y siendo capaz de tomar dinero de su mismo padre, vea usted si rehusará el de un tío postizo.» «Diga cuánto quiere—dijo don Aníbal—. Si quiere todos los años la tercera parte de la pensión que me han de dar, se la prometo, y me parece que es bastante dádiva, aun cuando se tratara de todas las rentas de Su Majestad Católica.» «Yo, por mí, me fiaría de la palabra de usted—replicó el mensajero de don Rodrigo—, pues sé que no faltará a ella; pero se trata con una niña naturalmente muy desconfiada. Por otra parte, ella apetecerá mucho más que usted le dé una vez por todas las dos terceras partes con anticipación y en dinero contante.» ¿De dónde diablos quiere ella que yo lo saque?—interrumpió ásperamente el oficial—. ¡Ella debe creerme algún contador mayor! Sin duda que tú no la has enterado de mi situación.» «Perdone usted—repuso Perico—. Sabe muy bien que usted está más miserable que Job; no puede ignorarlo después de lo que le tengo dicho; pero pierda usted cuidado, que tengo arbitrios para todo. Conozco a un pícaro oidor, ya viejo, que se contenta con prestar su dinero al diez por ciento. Usted le hará ante escribano cesión de la pensión del primer año en paga de igual suma que recibirá usted, deducido el interés. En orden a la fianza, el prestamista se dará por satisfecho con vuestra casa de Chinchilla, tal como esté, por lo que sobre este punto no tendrán ustedes disputa.»
El capitán aseguró que siempre que lograse la fortuna de participar de las gracias que habían de concederse el día siguiente aceptaría estas condiciones. En efecto, se verificó que le diesen una pensión de trescientos doblones sobre una encomienda. Así que supo la noticia, dió cuantas seguridades se le pidieron, arregló sus asuntos y se volvió a su país, con algunos doblones que le habían quedado.
CAPITULO XIII
Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la grande alegría que de ello recibieron. A dónde fueron los dos, y de la curiosa conversación que tuvieron.
Me había acostumbrado a ir todas las mañanas a palacio, en donde pasaba dos o tres horas enteras en ver entrar y salir a los grandes, quienes allí me parecían desnudos de aquel resplandor que en otras partes los rodea.
Un día que me paseaba contoneándome por aquellas galerías, haciendo, como otros muchos, un papel bastante ridículo, vi a Fabricio, a quien había dejado en Valladolid sirviendo a un administrador del hospital. Lo que me admiró en extremo fué verle hablar familiarmente con el duque de Medinasidonia y el marqués de Santa Cruz. A mi parecer, estos dos señores gustaban de oírle; además de esto, él iba vestido como un caballero. «¿Si me engañaré?—me decía a mí mismo—. ¿Será aquél el hijo del barbero Núñez? Puede que sea algún joven cortesano que se le parezca.» No tardé mucho en salir de la duda. Idos los señores, me acerqué a Fabricio, que, conociéndome inmediatamente, me agarró de la mano y, después de haberme hecho atravesar con él por medio del gentío para salir de las galerías, me dijo, abrazándome: «¡Mi amado Gil Blas, mucho me alegro verte! ¿Qué haces en Madrid? ¿Estás todavía sirviendo? ¿Tienes algún empleo en la corte? ¿En qué estado tienes tus asuntos? Dame cuenta de todo lo que te ha sucedido después de tu salida precipitada de Valladolid.» «Muchas cosas me preguntas a un tiempo—le respondí—, y el lugar donde estamos no es a propósito para contar aventuras.» «Tienes razón—me dijo—; mejor estaremos en mi casa. Vente conmigo, que no está lejos de aquí. Estoy independiente, alojado en buen paraje y con muy buenos muebles; vivo contento y soy feliz, pues que creo serlo.»
Acepté el partido y acompañé a Fabricio, quien me detuvo al llegar a una casa de bella fachada, en la que me dijo vivía. Atravesamos un patio, que tenía por un lado una gran escalera que conducía a unos aposentos soberbios y por el otro una subida tan obscura como estrecha, por donde fuimos a la vivienda que me había ponderado, la cual se reducía a una sala, de la que mi ingenioso amigo había hecho cuatro, separadas con tablas de pino, sirviendo la primera de antesala a la segunda, en donde dormía, la tercera de despacho y la última de cocina. La sala y antesala estaban adornadas de mapas y papeles de conclusiones de filosofía, y los trastos que correspondían a la colgadura consistían en una gran cama de brocado estropeada, unas sillas viejas de sarga amarilla, guarnecidas con una franja de seda de Granada del mismo color; una mesa con pies dorados, cubierta de un cordobán que parecía haber sido encarnado y ribeteado con una franja de oro falso, que se había vuelto negro con el tiempo, y un armario de ébano adornado de figuras esculpidas groseramente. En su despacho tenía por escritorio una mesita, y su biblioteca se componía de algunos libros y muchos legajos de papeles, que tenía en tablas puestas unas sobre otras a lo largo de la pared. La cocina, que no deslucía a lo demás, contenía vidriado y otros utensilios necesarios.
Fabricio, después de haberme dado tiempo de mirar bien su habitación, me dijo: «¿Qué juicio formas de mi equipaje y de mi vivienda? ¿No te ha encantado verla?» «¡A fe mía que sí!—le respondí sonriéndome—. Debes de hacer bien tu negocio en Madrid para estar tan bien provisto. Sin duda tienes algún buen empleo.» «¡El Cielo me guarde de eso!—me replicó—. El partido que he tomado es superior a todos los empleos. Un sujeto de distinción, de quien es esta casa, me ha dejado una sala, de la que he hecho cuatro piezas, que he alhajado como ves; a mí nada me falta y sólo me ocupo en lo que me agrada.» «Háblame con más claridad—le dije—, porque avivas mi deseo de saber lo que haces.» «Pues bien—me dijo—, voy a complacerte. Me he metido a ser autor, me he dedicado a la literatura, escribo en verso y prosa y hago a pluma y a pelo.» «¡Tú favorito de Apolo!—exclamé riéndome—. Eso es lo que jamás hubiera adivinado; menos me sorprendería verte dedicado a otra cualquiera cosa. ¿Y qué atractivo has podido hallar en la profesión de poeta? Porque me parece que a semejantes gentes las desprecian en la vida civil y que no son las más ricas.» «¡Oh, quítate allá!—replicó—. Eso es bueno para aquellos miserables autores cuyas obras son el desecho de los libreros y de los cómicos. ¿Será de extrañar que no se estimen semejantes escritores? Pero los buenos, amigo mío, están en el mundo en otro concepto y yo puedo decir sin vanidad que soy de este número.» «No lo dudo—le dije—. Tú eres un mozo de gran talento, y así, tus composiciones no pueden ser malas. Pero lo único que deseo saber, y me parece digno de mi curiosidad, es cómo te ha dado la manía de escribir.» «Tu admiración es fundada—dijo Núñez—. Estaba tan contento con mi suerte en casa del señor Manuel Ordóñez, que no deseaba otra; pero haciéndose mi ingenio superior poco a poco, como el de Plauto, a la servidumbre, compuse una comedia, que hice representar a unos cómicos que estaban en Valladolid. Aunque no valía un pito, fué muy aplaudida, de lo que inferí que el público era una vaca mansa de leche que fácilmente se dejaba ordeñar. Esta reflexión y la locura de componer nuevas piezas me hicieron dejar el hospital. El amor a la poesía me quitó el de las riquezas, y para adquirir buen gusto determiné venir a Madrid, como a centro de los ingenios. Me despedí del administrador, que, como me amaba tanto, sintió bastante mi resolución, y me dijo: «Fabricio, ¿por qué quieres dejarme? ¿Acaso te habré dado, sin pensarlo, algún motivo de disgusto?» «No, señor—le respondí—, usted es el mejor de todos los amos y estoy muy agradecido a sus favores; pero bien sabe que cada uno debe seguir su estrella. Me contemplo nacido para eternizar mi nombre con obras de ingenio.» «¡Qué locura!—me replicó aquel buen amo—. Ya estás connaturalizado con el hospital y eres la cantera de donde se sacan los mayordomos y aun los administradores. Si quieres dejar lo sólido para pasar el tiempo en fruslerías, el mal es para ti, hijo mío.» Viendo el administrador cuán inútilmente combatía mi designio, me pagó mi salario y, en reconocimiento de mis servicios, me dió de guantes cincuenta ducados; de modo que con esto y lo que había podido juntar en las pequeñas comisiones que se habían encargado a mi integridad me vi en estado de presentarme decentemente en Madrid, lo que no dejé de hacer, aunque los escritores de nuestra nación no cuidan mucho del aseo. Inmediatamente hice conocimiento con Lope de Vega Carpio, Miguel de Cervantes Saavedra y los demás célebres autores; pero, con preferencia a estos dos grandes hombres, elegí para preceptor mío a un joven bachiller cordobés, al incomparable D. Luis de Góngora, el ingenio más brillante que jamás produjo España, el cual no quiere que sus obras se impriman mientras viva y se contenta con leérselas a sus amigos. Lo que hay de particular es que la Naturaleza le ha dotado del raro talento de manejar con acierto todo género de poesías; sobresale principalmente en las composiciones satíricas, que son su fuerte. No es, como Lucilio, un torrente turbio que arrastra consigo mucho cieno, sino el Tajo, cuyas aguas puras corren sobre arenas de oro.» «Tan buena pintura me haces de ese bachiller—le dije a Fabricio—que no dudo que una persona de tanto mérito tenga muchos envidiosos.» «Todos los autores—respondió él—, tanto buenos como malos, le muerden; unos dicen que le gusta el estilo hinchado, los conceptillos, las metáforas y las transposiciones. Sus versos—dice otro—se parecen en lo obscuro a los que cantaban en sus procesiones los sacerdotes salios, y que nadie entendía. También hay quien le censura de que tan presto hace sonetos o romances y tan presto comedias, décimas y villancicos, como si locamente se hubiera propuesto deslucir a los mejores escritores en todo género de poesía. Pero todas estas saetas de la envidia se embotan dando contra una musa apreciada de grandes y pequeños. Tal es el maestro con quien hice mi aprendizaje, y me atrevo a decir sin vanidad que le imito; habiéndome bebido de tal modo su espíritu, que ya compongo trozos sublimes que no los juzgaría indignos de sí. A ejemplo suyo, voy a vender mi mercancía a las casas de los grandes, en las cuales soy muy bien recibido y en donde hallo gentes que no son muy descontentadizas. Es verdad que mi modo de recitar es halagüeño, lo que no daña a mis composiciones. En fin, muchos señores me estiman, y, sobre todo, vivo con el duque de Medinasidonia, como Horacio vivía con Mecenas. He aquí de qué modo me he transformado en autor; nada más tengo que contarte; a ti te toca ahora cantar tus victorias.»
Entonces tomé la palabra y, suprimiendo todo aquello que me pareció no ser del caso, le hice la relación que me pedía, después de la cual se trató de comer, y sacó de su armario de ébano servilletas, pan, un pedazo de lomo de carnero asado, una botella de vino exquisito, y nos sentamos a la mesa con aquella alegría propia de dos amigos que vuelven a encontrarse después de una larga separación. «Ya ves—me dijo—mi vida, libre e independiente. Si quisiera seguir el ejemplo de mis compañeros, iría a comer todos los días en casa de las personas distinguidas; pero además de que el amor al trabajo me retiene de ordinario en casa, soy un nuevo Arístipo, pues tan contento estoy con el trato de gentes como con el retiro, con la abundancia como con la frugalidad.»
Nos supo tan bien el vino que fué menester sacar otra botella del armario. De sobremesa le di a entender tendría gusto en ver algunas de sus producciones, y al instante buscó entre sus papeles un soneto, que me leyó con énfasis; pero, a pesar del sainete de la lectura, me pareció tan obscuro que nada pude comprender. Conociólo y me dijo: «Este soneto no te ha parecido muy claro, ¿no es así?» Le confesé que hubiera querido algo más de claridad; echóse a reír de mí y prosiguió: «Lo mejor que tiene este soneto, amigo mío, es el no ser inteligible. Los sonetos, las odas y las demás obras que piden sublimidad no quieren estilo sencillo y natural; antes bien, en la obscuridad consiste todo su mérito. Conque el poeta crea entenderlo, es bastante.» «Tú te burlas de mí—interrumpí yo—. Todas las poesías, sean de la naturaleza que fueren, piden juicio y claridad; y si tu incomparable Góngora no escribe con más claridad que tú, te confieso que decae mucho en mi opinión; es un poeta que, cuando más, no puede engañar sino a su siglo. Veamos ahora tu prosa.»
Enseñóme un prólogo que me dijo pensaba poner al frente de una colección de comedias que estaba imprimiendo, y me preguntó qué me había parecido. «No me gusta más tu prosa—le dije—que tus versos. El soneto es una algarabía; en el prólogo hay expresiones demasiado estudiadas, palabras que el público no conoce, frases enredosas, y, en una palabra, tu estilo es muy extravagante y muy ajeno de los libros de nuestros buenos y antiguos autores.» «¡Pobre ignorante!—exclamó Fabricio—. ¿No sabes tú que todo escritor en prosa que aspira hoy a la reputación de pluma delicada afecta esta singularidad de estilo, estas expresiones equívocas que tanto chocan? Nos hemos aunado cinco o seis novadores animosos, que hemos emprendido mudar el idioma de blanco en negro, y con la ayuda de Dios lo hemos de conseguir, a pesar de Lope de Vega, de Solís, de Cervantes y de todos los demás ingenios que critican nuestros nuevos modos de hablar. Tenemos de nuestra parte gran número de sujetos distinguidos, y hasta teólogos contamos en nuestro partido. Sobre todo—continuó—, nuestro designio es loable, y, fuera de preocupaciones, nosotros somos más apreciables que aquellos escritores sencillos que se explican en el lenguaje común de los hombres. No sé por qué merecen el aprecio de tantas gentes honradas. Eso sería bueno en Atenas y en Roma, en donde todos se confundían, por lo que Sócrates dijo a Alcibíades que el pueblo era un maestro excelente de la lengua; pero en Madrid es otra cosa. Aquí tenemos estilo bueno y malo, y los cortesanos se explican de un modo diferente que el pueblo. En fin, desengáñate que nuestro nuevo estilo supera al de nuestros antagonistas. Quiero probarte la diferencia que hay de la gallardía de nuestra dicción a la bajeza de la suya. Ellos dirían, por ejemplo, llanamente: los intermedios hermosean una comedia. Y nosotros, con más gracia, decimos: los intermedios hacen hermosura en una comedia. Observa bien este hacer hermosura. ¿Percibes tú toda la brillantez, la delicadeza y gracia que esto contiene?»
Habiendo interrumpido a mi novador con una carcajada, le dije: «¡Vete al diablo, Fabricio, con tu lenguaje culto! ¡Tú eres un estrafalario!» «Y tú, con tu estilo natural—repuso él—, eres un gran bestia. ¡Vé—prosiguió, aplicándome aquellas palabras del arzobispo de Granada—: Díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas! ¡Me alegraré logre usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!» Repetí mis carcajadas al oír esta pulla, y Fabricio, sin perder nada de su buen humor, me perdonó el desacato con que había hablado de sus escritos. Después de habernos bebido la segunda botella, nos levantamos de la mesa tan amigos como antes. Salimos con ánimo de ir a pasearnos al Prado, pero al pasar por delante de un café nos dió gana de entrar.
A esta casa concurrían regularmente gentes de forma. Vi en dos salas diferentes a algunos caballeros que se divertían de varios modos. En la una jugaban a los naipes y al ajedrez, y en la otra había diez o doce que estaban muy atentos escuchando la disputa de dos argumentantes. No tuvimos necesidad de acercarnos para oír que el asunto de la contienda era un punto de Metafísica; porque era tal el calor y vehemencia con que hablaban que no parecían sino dos energúmenos. Yo pienso que si se les hubiera aplicado el anillo de Eleázaro se hubieran visto salir demonios de sus narices. «¡Válgame Dios!—dije a mi compañero—. ¡Qué fogosidad! ¡Qué pulmones! ¡No parece sino que aquellos disputadores habían nacido para pregoneros! ¡La mayor parte de los hombres yerran su vocación!» «Así es la verdad—respondió—. Estas gentes descienden, al parecer, de Novio, aquel banquero romano cuya voz sobresalía por entre el ruido de los carreteros; pero lo que más me disgusta de sus altercaciones es que atolondran los oídos infructuosamente.» Dejamos a estos metafísicos gritadores, y con esto se me desvaneció el dolor de cabeza que me habían causado. Nos fuimos a un rincón de otra sala, y habiendo bebido algunas copas de vino generoso, principiamos a examinar a los que entraban y salían. Como Núñez los conocía casi a todos, dijo: «¡Por vida mía, que la disputa de nuestros filósofos lleva traza de no acabarse en gran rato! Pero a bien que llega tropa de refresco: estos tres que entran van a tomar parte en la disputa. Pero ¿ves esos dos sujetos originales que salen? Pues la personilla morena, seca y cuyos cabellos lacios y largos le caen en partes iguales por detrás y delante se llama don Julián de Villanuño. Es un togado nuevo que la echa del elegante. El otro día fuimos un amigo y yo a comer con él y le sorprendimos en una ocupación muy singular: se divertía en su estudio tirando y haciendo traer por un gran lebrel los legajos de un pleito que está defendiendo, los que su perro desgarraba a grandes dentelladas. El licenciado que le acompaña, aquel cara de tomate, se llama don Querubín Tonto, es canónigo de la iglesia de Toledo y el hombre más negado del mundo. No obstante, al ver su aire placentero, la viveza de sus ojos, su risa fingida y maliciosa, le tendrán por sabio y de gran perspicacia. Cuando se lee en su presencia alguna obra delicada y profunda pone la mayor atención, como si penetrara su asunto, pero maldita la cosa que entiende. Este fué uno de los convidados en casa del togado, en donde se dijeron mil chistes y agudezas, sin que a mi don Querubín se le oyese el metal de la voz; pero, en recompensa, los gestos y demostraciones con que aplaudía nuestros chistes daban una aprobación superior al mérito de nuestras gracias.»
«¿Conoces—dije a Núñez—a aquellos dos desgreñados que están de codos sobre una mesa en el rincón, hablando tan bajo y de cerca que parece que se besan?» «No—me respondió—, no los he visto en mi vida; pero, según todas las apariencias, serán políticos de café que murmuran del Gobierno. ¿Ves a ese caballerete galán que, silbando, se pasea por la sala, sosteniéndose ya sobre un pie y ya sobre otro? Pues es don Agustín Moreto, poeta mozo que muestra gran talento, pero a quien los aduladores y los ignorantes le han llenado los cascos de vanidad. Aquel a quien se acerca es uno de sus compañeros, que compone versos prosaicos o prosa en rimas y a quien también sopla la musa. Todavía hay más autores—prosiguió, señalándome dos hombres que entraban con espada—. ¡No parece sino que se han citado para venir a pasar revista delante de ti! Ve allí a don Bernardo Deslenguado y a don Sebastián de Villaviciosa. El primero es un sujeto de mala índole, un autor que parece ha nacido bajo el signo de Saturno, un mortal maléfico, que se complace en aborrecer a todo el mundo y a quien nadie ama. Por lo que hace a don Sebastián, es un mozo de buena fe, autor muy concienzudo. Poco hace que dió al teatro una comedia, que ha gustado en extremo, y por no abusar más tiempo de la estimación del público la ha hecho imprimir.»
El caritativo discípulo de Góngora se preparaba para continuar explicándome las diferentes figuras del cuadro variable que teníamos a la vista, cuando vino a interrumpirle un gentilhombre del duque de Medinasidonia diciéndole: «Señor don Fabricio, vengo en busca de usted para decirle que el duque mi señor quisiera hablarle y espera a usted en su casa.» Sabiendo Núñez que para satisfacer el deseo de un gran señor no hay prisa que baste, me dejó al momento por ir a ver lo que le quería su Mecenas, y yo quedé muy admirado de haber oído tratarle de don y de mirarle así convertido en noble, a pesar de ser su padre maese Crisóstomo el barbero.
CAPITULO XIV
Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde Galiano, título de Sicilia.
El gran deseo de ver a Fabricio me llevó bien de mañana a su casa. «¡Buenos días—le dije al entrar—, señor don Fabricio, flor y nata de la nobleza asturiana!» Al oírme se echó a reír. «¿Conque has notado—me dijo—que me han tratado de don?» «Sí, caballero mío—le respondí—, y permíteme te diga que ayer, cuando me contaste tu transformación, te olvidaste de lo mejor.» «Ciertamente—respondió—; pero en verdad que si he tomado este dictado de honor no es tanto por satisfacer mi vanidad como por acomodarme a la de los otros. Tú conoces a los españoles; maldito el caso que hacen de un hombre honrado si tiene la desgracia de ser pobre o plebeyo; y aun te diré que veo tantas gentes—¡y Dios sabe qué clase de gentes!—que hacen les llamen don Francisco, don Gabriel, don Pedro o don como tú quieras llamarle, que es preciso confesar que la Nobleza es una cosa muy común y que un plebeyo que tiene mérito la honra cuando quiere agregarse a ella. Pero mudemos de conversación—añadió—. Anoche, durante la cena en casa del duque de Medinasidonia, en donde, entre otros convidados, se hallaba el conde Galiano, título de Sicilia, se tocó la conversación sobre los ridículos efectos del amor propio. Yo me alegró de hallar ocasión de divertir a la concurrencia sobre el mismo punto y le conté la historia de las homilías. Puedes imaginar cuánto reirían y qué apodos no se darían a tu arzobispo. Lo que no te ha venido mal, porque se han compadecido de ti, y después de haberme hecho el conde Galiano muchas preguntas acerca de tu persona, a las cuales puedes creer respondí como debía, me encargó que te presente a él, y para este fin iba ahora mismo a buscarte. Según parece, quiere nombrarte por uno de sus secretarios, y te aconsejo no desprecies este partido. En casa de este señor te hallarás perfectamente; es rico y hace en Madrid un gasto de embajador. Dicen ha venido a la corte a tratar con el duque de Lerma sobre ciertas haciendas de la Corona que este ministro piensa enajenar en Sicilia. En fin, el conde, aunque siciliano, parece generoso, lleno de rectitud y de ingenuidad. No puedes hacer mejor cosa que acomodarte con este señor, porque probablemente es el que debe hacerte rico, según lo que te pronosticaron en Granada.»
«Había resuelto—dije a Núñez—pasearme y divertirme algún tiempo antes de ponerme a servir; pero me hablas del conde siciliano de un modo que me hace mudar de intenciones. ¡Ya quisiera estar con él!» «Pronto estarás—me dijo—, o yo me engaño mucho.» Entonces salimos ambos para ir a ver al conde, que ocupaba la casa de D. Sancho de Avila, su amigo, quien estaba entonces en una hacienda de campo.
Encontramos en el patio muchos pajes y lacayos con libreas primorosas, y en la antesala muchos escuderos, gentileshombres y otros criados. Si los vestidos eran magníficos, los rostros eran tan extravagantes que se me figuraron una manada de monos vestidos a la española. Puede afirmarse que hay caras de hombres y mujeres a las que el arte no puede dar hermosura.
Habiendo D. Fabricio hecho pasar recado, fué admitido inmediatamente en la sala, adonde le seguí. Estaba el conde en bata, sentado en un sofá y tomando chocolate. Le saludamos con demostraciones del más profundo respeto, y él nos correspondió inclinando la cabeza y con un aspecto tan afable que le cobré grande inclinación; efecto admirable y ordinario que causa comúnmente en nosotros la favorable acogida de los grandes. Preciso es que nos reciban muy mal para que nos desagraden.
Después que tomó el chocolate se divirtió algún tiempo en juguetear con un gran mono, al que llamaba Cupido. Ignoro por qué pusieron el nombre de este dios a aquel animal, a no ser que fuese por causa de su malicia, porque en otra cosa absolutamente no le parecía; pero tal cual era, su amo tenía puesto todo su cariño en él, y estaba tan prendado de sus gracias que no le soltaba de sus brazos. Aunque nos divertían poco los brincos del mono, aparentamos que nos hechizaban, lo que complació mucho al siciliano, quien suspendió el gusto que tenía en aquel pasatiempo para decirme: «En mano de usted estará, amigo mío, ser uno de mis secretarios. Si le conviene a usted el partido, le daré doscientos doblones al año; basta que don Fabricio sea quien presente a usted y responda de su conducta.» «Sí, señor—exclamó Núñez—. Soy más arrogante que Platón, que no se atrevió a salir por fiador de un amigo suyo que enviaba a Dionisio el tirano; pero no temo merecer reconvenciones.»
Agradecí con una reverencia al poeta de Asturias su fina arrogancia, y después, dirigiéndome al amo, le aseguré de mi celo y fidelidad. Apenas vió aquel señor que yo aceptaba su propuesta, hizo llamar a su mayordomo, a quien habló en secreto, y en seguida me dijo: «Gil Blas, luego te diré en lo que pienso emplearte; entre tanto vé con mi mayordomo, que ya le he dado orden de lo que ha de hacer de ti.» Obedecí, dejando a Fabricio con el conde y Cupido.
El mayordomo, que era un mesinés de los más diestros, me llevó a su cuarto, llenándome de cumplimientos. Hizo llamar al sastre de la casa y le mandó hacerme prontamente un vestido de igual magnificencia que los de los criados mayores. El sastre me tomó la medida y se retiró. «En cuanto a vuestra habitación—me dijo el mesinés—, os he destinado una que os gustará. Ahora bien—prosiguió—: ¿os habéis desayunado?» Respondíle que no. «¡Qué pobre mozo sois!—me dijo—. ¿Por qué no habláis? Estáis en una casa en donde no hay mas que decir lo que se quiere para tenerlo. Venid conmigo, que voy a llevaros a un paraje en donde, a Dios gracias, nada falta.»
Dicho esto, me hizo bajar a la despensa, en la que hallamos al repostero, que era un napolitano que valía tanto como el mesinés, de modo que pudiera decirse de ambos que eran a cual peor. Este honrado hombre estaba con cinco o seis amigos suyos atracándose de jamón, lenguas de vaca y otras carnes saladas que les hacían menudear los tragos. Entramos en el corro y ayudamos a apurar los mejores vinos del señor conde. Mientras esto pasaba en la repostería, se representaba la misma comedia en la cocina, en donde el cocinero también obsequiaba a tres o cuatro conocidos suyos, quienes no bebían menos vino que nosotros y se hartaban de empanadas de perdices y conejos. Hasta los marmitones se regalaban con lo que podían pescar. Yo pensé estar en el puerto de Arrebatacapas y en una casa entregada al pillaje; pero cuanto estaba viendo era nada en comparación de lo que no veía.
CAPITULO XV
De los empleos que el conde Galiano dió en su casa a Gil Blas.
Habiendo salido a hacer llevar el equipaje a mi nueva habitación, encontré a la vuelta al conde en la mesa con muchos señores y el poeta Núñez, que con aire desembarazado se hacía servir como uno de tantos y se mezclaba en la conversación. Al mismo tiempo observé que no decía palabra que no cayese en gracia a los circunstantes. ¡Viva el talento! ¡El que lo tiene puede hacer cuantos papeles quiera!
Por lo que a mí toca, comí con los criados mayores, que fueron servidos con corta diferencia como el amo. Acabada la comida, me retiré a mi cuarto, en donde, reflexionando sobre mi condición, me dije a mí mismo: «Ahora bien, Gil Blas: ya estás sirviendo a un conde siciliano cuyo carácter no conoces. Si se ha de juzgar por las apariencias, estarás en su casa como el pez en el agua; pero de nada se puede estar seguro, y la malignidad de tu estrella te ha hecho ver muy de ordinario que no debes fiarte de ella. Además de esto, ignoras el destino que quiere darte. Ya tiene secretarios y mayordomo. ¿En qué querrá que tú le sirvas? Siempre querrá que lleves el caduceo, es decir, que seas su confidente secreto. ¡Pues sea enhorabuena! No se podría entrar bajo mejor pie en casa de un señor para andar mucho en poco tiempo. Sirviendo empleos más honrosos se camina lentamente, y aun con eso no siempre se consigue el fin.»
En medio de estas bellas reflexiones vino un lacayo a decirme que todos los caballeros que habían comido en casa se habían marchado y que su señoría me llamaba. Fuí volando a su aposento, en donde le encontré echado en un sofá para dormir la siesta y con su mono al lado. «Acércate, Gil Blas—me dijo—; toma una silla y escúchame.» Obedecíle y me habló en estos términos: «Me ha dicho don Fabricio que, entre otras buenas cualidades, tienes la de amar a tus amos y que eres un mozo de mucha integridad. Estas dos cosas me han determinado a recibirte para mi servicio. Necesito un criado que me tenga afecto, cuide de mis intereses y ponga todo su conato en conservar mis bienes. Es verdad que soy rico, pero mis gastos exceden todos los años a mis rentas. ¿Y por qué? Porque me roban, porque me saquean y vivo en mi casa como en un monte lleno de ladrones. Sospecho que mi mayordomo y mi repostero caminan de acuerdo, y si no me engaño, ve aquí más de lo que se necesita para arruinarme enteramente. Me dirás que si los contemplo bribones por qué no los despido; pero ¿en dónde hallaré otros que sean formados de mejor barro? Es preciso contentarme con hacer que vigile sobre ellos una persona encargada de inspeccionar su conducta. A ti, Gil Blas, he elegido para el desempeño de esta comisión. Si la evacuas bien, ten por cierto que no servirás a un ingrato. Cuidaré de emplearte muy ventajosamente en Sicilia.»
Después de haberme hablado de esta manera me despidió, y aquella misma noche, delante de todos los criados, fuí proclamado por superintendente de la casa. Por el pronto no fué muy sensible esta novedad al mesinés y al napolitano, porque yo les parecía un picarillo fácil de ganar y contaban con que partiendo conmigo la torta tendrían libertad para continuar su rumbo; pero al día siguiente se hallaron muy chasqueados cuando les manifesté que yo era enemigo de toda malversación. Pedí al mayordomo un estado de las provisiones, visité el depósito de los vinos, registré lo que había en la repostería, quiero decir, la vajilla y mantelería, y después los exhorté a mirar por el caudal del amo, a usar de economía en el gasto, y acabé mi exhortación con asegurarles que daría cuenta a su señoría de cuanto malo viese hacer en su casa.
No me contenté con esto, sino que quise tener un espía para averiguar si había alguna inteligencia entre ellos, y a este fin me valí de un marmitón que, engolosinado con mis promesas, dijo que no podía haber escogido otro más a propósito que él para saber lo que pasaba en casa; que el mayordomo y el repostero estaban aunados y cada uno hurtaba por su parte; que todos los días enviaban fuera la mitad de las provisiones que se compraban para el gasto de la casa; que el napolitano mantenía a una dama que vivía enfrente del colegio de Santo Tomás y el mesinés a otra en la Puerta del Sol; que estos dos caballeros hacían llevar todas las mañanas a casa de sus ninfas toda especie de provisiones; que el cocinero por su parte regalaba muy buenos platos a una viuda que conocía en la vecindad, y que, en agradecimiento de los servicios que hacía a los otros dos, disponía como ellos de los vinos del depósito. Finalmente, que estos tres criados eran la causa del gasto tan enorme que se hacía en casa del señor conde. «Si usted no me cree—añadió el marmitón—, tómese el trabajo de estar mañana por la mañana, a eso de las siete, cerca del Colegio de Santo Tomás, y me verá cargado con un esportón, que le hará ver que no miento.» «Según eso—le dije—, ¿eres el mandadero de esos galanes proveedores?» «Yo soy—respondió—el que sirvo al repostero, y uno de mis camaradas hace los recados del mayordomo.»
Esta noticia me pareció digna de averiguarse. El día siguiente tuve la curiosidad de ir cerca del colegio de Santo Tomás a la hora señalada. No tuve que aguardar mucho a mi espía, pues bien pronto le vi llegar con un gran esportón lleno de carne, aves y caza. Conté las piezas y las apunté en mi libro de memoria, que fuí a mostrar al amo, después de haber dicho al marmitón que cumpliese como de ordinario su encargo.
El señor siciliano, que era de un carácter muy vivo, quiso en el primer impulso despedir al napolitano y al mesinés; pero, después de haberlo pensado, se contentó con despedir al último, cuya plaza recayó en mí, por lo que mi empleo de superintendente quedó suprimido poco después de su creación, y confieso con franqueza que no me pesó. Hablando con propiedad, éste no era mas que un empleo honorífico de espía, un destino que nada tenía de sólido, siendo así que llegando a ser mayordomo tenía a mi disposición la caja del dinero, que es lo principal. Un mayordomo es el criado de más suposición en casa de un señor, y son tantos los gajes anejos a la mayordomía que podría enriquecerse sin faltar a la hombría de bien.
El bellaco del napolitano no dejó por eso sus malas mañas, y advirtiendo que yo tenía un celo riguroso y que así no dejaba de registrar todas las mañanas las provisiones que compraba, no las extraviaba; pero el tunante continuó haciendo traer cada día la misma cantidad. Con esta trampa, aumentando el provecho que sacaba de lo sobrante de la mesa, que de derecho le pertenecía, halló medio de enviar la carne cocida a su queridita, ya que no podía cruda. Aquel diablo nada perdía y el conde nada había adelantado con tener en su casa al fénix de los mayordomos. La excesiva abundancia que vi reinar en las comidas me hizo adivinar este nuevo ardid, e inmediatamente puse en ello remedio, despojándolas de todo lo superfluo, lo que, sin embargo, hice con tanta prudencia que no se notaba ninguna escasez. Nadie hubiera dicho sino que continuaba siempre la misma profusión, y, sin embargo, no dejé de disminuir con esta economía considerablemente el gasto, que era lo que el amo deseaba; quería ahorrar sin parecer menos espléndido, de suerte que su avaricia se sujetaba a su ostentación.
No pararon aquí mis providencias, porque también reformé otro abuso. Viendo que el vino iba por la posta, sospeché que había también trampa por este lado. Efectivamente: si, por ejemplo, había doce a la mesa de su señoría, se bebían cincuenta, y algunas veces hasta sesenta botellas, lo que no podía menos de causarme admiración. Consulté sobre esto a mi oráculo, es decir, a mi marmitón, con quien yo tenía algunas conversaciones secretas, en las que me contaba con toda fidelidad lo que se decía y hacía en la cocina, en donde nadie se recelaba de él. Me dijo que el desperdicio de que yo me quejaba procedía de una nueva liga que se había formado entre el repostero, el cocinero y los lacayos que servían el vino a la mesa, que éstos se llevaban las botellas medio llenas y las distribuían después entre los confederados. Reñí a los lacayos y les amenacé con echarlos a la calle si volvían a reincidir, y esto bastó para que se enmendasen. Tenía gran cuidado de informar a mi amo de las menores cosas que hacía en su beneficio, con lo que me llenaba de alabanzas y cada día me cobraba más afecto. Por mi parte, recompensé al marmitón que me hacía tan buenos oficios, haciéndole ayudante de cocina. De este modo va ascendiendo un criado fiel en las casas principales.
El napolitano rabiaba de ver que siempre andaba tras de él, y lo que sentía más vivamente era el tener que aguantar mis reparos siempre que me daba las cuentas, porque para quitarle el motivo de sisar me tomé la molestia de ir a los mercados e informarme del precio de los géneros, de suerte que le esperaba con esta prevención. Y como él no dejaba de querer remachar el clavo, yo le rechazaba vigorosamente, bien persuadido de que me maldeciría cien veces al día; pero la causa de sus maldiciones me quitaba todo temor de que se cumpliesen. No sé cómo podía resistir a mis pesquisas ni cómo continuaba sirviendo al señor siciliano; sin duda que él, a pesar de todo esto, hacía su agosto.
Contaba a Fabricio, a quien veía algunas veces, mis inauditas proezas económicas; pero le hallaba más propenso a vituperar mi conducta que a aprobarla. «¡Quiera Dios—me dijo un día—que al cabo y al postre sea bien recompensado tu desinterés! Pero, hablando aquí para los dos, creo que saldrías más bien librado si no te estrellases tanto con el repostero.» «Pues qué—le respondí—, ¿este ladrón ha de tener la osadía de poner en la cuenta del gasto diez doblones por un pescado que no costó más que cuatro? ¿Y quieres tú que yo pase esta partida?» «¿Y por qué no?—replicó serenamente—. Que te dé la mitad del aumento y hará las cosas en forma. A fe mía, amigo—continuó, meneando la cabeza—, que no te sabes gobernar. Tú, a la verdad, echas a perder las cosas, y tienes traza de servir mucho tiempo, pues no te chupas el dedo teniéndolo en la miel. Has de saber que la fortuna es semejante a aquellas damiselas vivas y veleidosas a quienes no pueden sujetar los galanes tímidos.» Reíme de las expresiones de Núñez, que por su parte hizo otro tanto, y quiso persuadirme que aquello había sido sólo una chanza: se avergonzaba de haberme dado inútilmente un mal consejo. Continué siempre en el firme propósito de ser fiel y celoso, atreviéndome a asegurar que en cuatro meses con mi economía ahorré a mi amo por lo menos tres mil ducados.
CAPITULO XVI
Del accidente que acometió al mono del conde Galiano y de la pena que causó a este señor. Cómo Gil Blas cayó enfermo y cuáles fueron las resultas de su enfermedad.
El sosiego que reinaba en la casa le turbó extrañamente un suceso que al lector le parecerá una bagatela, pero que, no obstante, llegó a ser muy serio para los criados, y sobre todo para mí. Cupido, aquel mono de que he hablado, aquel animal tan querido del amo, al saltar un día de una ventana a otra tomó tan mal sus medidas que cayó al patio y se dislocó una pata. Apenas supo el conde esta desgracia, cuando empezó a dar gritos como una mujer, y en el exceso de su sentimiento echó la culpa a sus criados, sin excepción, y faltó poco para que los echara a todos a la calle. No obstante, limitó su indignación a maldecir nuestro descuido y darnos mil epítetos con palabras descomedidas. Inmediatamente hizo llamar a los cirujanos más hábiles de Madrid en fracturas y dislocaciones de huesos. Reconocieron la pata del herido, repusieron el hueso en su lugar y la vendaron; pero por más que asegurasen no ser cosa de cuidado, no pudieron conseguir que mi amo no retuviese a uno de ellos para que permaneciera al lado del animal hasta su perfecta curación.
Haría mal si pasara en silencio las penas e inquietudes que tuvo el señor siciliano durante este tiempo. ¿Se creerá que no se apartaba en todo el día de su Cupido? Estaba presente cuando le curaban y de noche se levantaba dos o tres veces a verle. Lo más penoso era que con precisión habían de estar todos los criados, y principalmente yo, siempre levantados, para acudir pronto a lo que se necesitara en servicio del mono. En una palabra, no hubo en la casa un instante de reposo hasta que la maldita bestia, curada de su caída, volvió a sus saltos y volteretas ordinarias. A vista de esto, bien podemos dar crédito a la narración de Suetonio cuando dice que Calígula amaba tanto a su caballo que le puso una casa ricamente alhajada, con criados para servirle, y que también quería hacerle cónsul. Mi amo no estaba menos enamorado de su mono, y con gusto le hubiera nombrado corregidor.
Por desgracia mía, yo me distinguí más que todos los criados en complacer al amo, y trabajé tanto en cuidar de su Cupido que caí enfermo. Me dió una fuerte calentura, que se agravó de modo que perdí el sentido. Ignoro lo que hicieron conmigo en los quince días que estuve a la muerte, y solamente sé que mi mocedad luchó tanto con la calentura, y tal vez contra los remedios que me dieron, que al fin recobré el conocimiento. El primer uso que hice de él fué observar que estaba en un cuarto diferente del mío. Quise saber por qué, y se lo pregunté a una vieja que me asistía; pero me respondió que no hablara, porque el médico lo había prohibido expresamente. Cuando estamos buenos, ordinariamente nos burlamos de estos doctores; pero en estando malos nos sometemos con docilidad a sus preceptos.
Aunque más desease hablar con mi asistenta, tomé la determinación de callar; y estaba pensando en esto a tiempo que entraron dos como elegantes muy desembarazados, con vestidos de terciopelo y ricas camisolas guarnecidas de encaje. Me imaginé que eran algunos señores amigos de mi amo, que por atención a él me venían a ver, y en esta inteligencia hice un esfuerzo para incorporarme, y por política me quité el gorro; pero mi asistenta me volvió a tender a la larga, diciéndome que aquellos señores eran el médico y el boticario que me asistían.
El doctor se acercó a mí, me tomó el pulso, miróme atentamente el rostro, y habiendo observado todas las señales de una próxima curación, se revistió de un aspecto victorioso, como si hubiese puesto mucho de suyo, y dijo que sólo faltaba tomase una purga para acabar su obra, y que en vista de esto bien podía alabarse de haber hecho una buena curación. Después de haber hablado de esta suerte dictó al boticario una receta, mirándose al mismo tiempo a un espejo, atusándose el pelo y haciendo tales gestos que no pude dejar de reírme a pesar del estado en que me hallaba. Hízome una cortesía y se marchó, pensando más en su cara que en las drogas que había recetado.
Luego que salió, el boticario, que sin duda no fué a mi casa en vano, se preparó para ejecutar lo que se puede discurrir. Fuese porque temiese que la vieja no se daría buena maña, o sea por hacer valer más el género, quiso operar por sí mismo; pero, a pesar de su destreza, apenas me había disparado la carga cuando, sin saber cómo, la rechacé sobre el manipulante, poniéndole el vestido de terciopelo como de perlas. Tuvo este accidente por adehala del oficio. Tomó una toalla, se limpió sin decir palabra y se fué, bien resuelto a hacerme pagar lo que le llevase el quitamanchas, a quien sin duda tuvo precisión de enviar su vestido.
A la mañana siguiente volvió, vestido más llanamente, aunque nada tenía que aventurar ya, y me trajo la purga que el doctor había recetado el día antes. Yo me sentía por momentos mejor; pero, fuera de eso, había cobrado tanta aversión desde el día anterior a los médicos y boticarios que maldecía hasta las Universidades en donde a estos señores se les da la facultad de matar hombres sin riesgo. Con esta disposición, declaré, enfadado, que no quería más remedios y que fueran a los diablos Hipócrates y sus secuaces. El boticario, a quien maldita de Dios la cosa se le daba de que yo diera el destino que quisiera a su medicina con tal que se la pagase, la dejó sobre la mesa y se retiró sin decirme una palabra.
Inmediatamente hice arrojar por la ventana aquel maldito brebaje, contra el cual había formado tal aprensión que habría creído beber veneno si lo hubiera tomado. A esta desobediencia añadí otras: rompí el silencio y dije con entereza a la que me cuidaba que lo que positivamente quería era me diese noticias de mi amo. La vieja, que temía excitar en mí una alteración peligrosa si me respondía, o, por el contrario, que si dejaba de satisfacerme irritaría mi mal, se detuvo un poco; pero la insté con tal empeño que al fin me respondió: «Caballero, usted no tiene más amo que a usted mismo. El conde Galiano se ha vuelto a Sicilia.»
Me parecía increíble lo que oía; pero nada era más cierto. Este señor, desde el segundo día de mi enfermedad, temiendo que muriese en su casa, tuvo la bondad de hacerme trasladar, con lo poco que tenía, a una posada, en donde me dejó abandonado sin más ni más a la Providencia y al cuidado de una asistenta. En este tiempo tuvo orden de la Corte para restituirse a Sicilia, y se marchó tan aceleradamente que no pudo pensar en mí, ya fuese porque me contaba con los muertos o ya porque las personas de distinción suelen padecer estas faltas de memoria.
Mi asistenta fué la que me lo contó todo, y me dijo que ella era la que había buscado médico y boticario para que no muriese sin su asistencia. Estas bellas noticias me hicieron caer en un profundo desvarío. ¡Adiós mi establecimiento ventajoso en Sicilia! ¡Adiós mis más dulces esperanzas! «Cuando os suceda alguna desgracia—dice un Papa—, examinaos bien y encontraréis que siempre habéis tenido alguna parte de culpa.» Con perdón de este Santo Padre, no puedo descubrir en qué hubiese yo contribuído a mi fatalidad en aquella ocasión.
Cuando vi desvanecidas las lisonjeras fantasmas de que me había llenado la cabeza, lo primero que me ocupó el pensamiento fué mi maleta, que hice traer a mi cama para registrarla. Al verla abierta, suspiré. «¡Ay mi amada maleta—exclamé—, único consuelo mío! ¡A lo que veo, has estado a merced de manos ajenas!» «¡No, no, señor Gil Blas—me dijo entonces la vieja—; crea usted que nada le han robado! He guardado su maleta lo mismo que mi honra.»
Encontré el vestido que llevaba cuando entré a servir al conde, pero busqué en vano el que me mandó hacer el mesinés. Mi amo no había tenido por conveniente dejármelo o alguno se lo había apropiado. Todo lo restante de mi ajuar estaba allí, y también una bolsa grande de cuero donde tenía mi dinero. Lo conté dos veces, porque a la primera, no hallando mas que cincuenta doblones, no creí quedasen tan pocos de doscientos sesenta que dejé en ella antes de mi enfermedad. «¿Qué es esto, buena mujer?—dije a mi asistenta—. Mi caudal se ha disminuído mucho.» «Nadie ha llegado a él—respondió la vieja—, y he gastado lo menos que me ha sido posible; pero las enfermedades cuestan mucho; es necesario estar siempre dando dinero. Vea usted—añadió la buena económica sacando de la faltriquera un legajo de papeles—, vea usted una cuenta del gasto, tan cabal como el oro y que os hará ver que no he malgastado un ochavo.»
Recorrí la cuenta, que bien tendría sus quince o veinte hojas. ¡Dios misericordioso, qué de aves se habían comprado mientras yo estuve sin sentido! Solamente en caldos ascendería la suma por lo menos a doce doblones. Las otras partidas eran correspondientes a ésta. No es decible lo que había gastado en carbón, en luz, en agua, en escobas, etc. Sin embargo, por muy llena que estuviese su lista, el total llegaba apenas a treinta doblones, y, por consiguiente, debían quedar todavía doscientos treinta. Díjeselo; pero la vieja, con un aire de sencillez, empezó a poner por testigos a todos los santos de que en la bolsa no había mas que ochenta doblones cuando el mayordomo del conde le había entregado mi maleta. «¿Qué dice usted, buena mujer?—le interrumpí con precipitación—. ¿Fué el mayordomo quien dió a usted mi ropa?» «El fué realmente—me respondió—; por más señas, que al dármela me dijo: «Tome usted, buena mujer; cuando el señor Gil Blas esté frito en aceite no deje usted de obsequiarle con un buen entierro. En esta maleta hay con qué hacerle las honras.»
«¡Ah maldito napolitano!—exclamé entonces—. ¡Ya no necesito saber en dónde para el dinero que me falta! ¡Tú lo has llevado, para desquitarte de lo que te he impedido hurtases!» Después de esta invectiva, di gracias al Cielo de que el bribón no hubiese cargado con todo. No obstante, aunque yo tenía motivo para imputarle el hurto, no dejé de discurrir que acaso podía haberlo hecho mi asistenta. Mis sospechas tan presto recaían sobre el uno como sobre el otro, mas para mí siempre era lo mismo. Nada dije a la vieja, ni tampoco quise altercar sobre las partidas de su larga cuenta, porque nada hubiera adelantado: es preciso que cada uno haga su oficio. Mi resentimiento se redujo a pagarla y despedirla de allí a tres días.
Me imagino que al salir de mi casa fué a avisar al boticario de que yo la había despedido y me hallaba ya restablecido y fuerte para poder tomar las de Villadiego sin pagarle, porque le vi venir de allí a poco que apenas podía echar el aliento. Dióme su cuenta, en la que venían los supuestos remedios que me había suministrado cuando estaba yo sin sentido, puestos con unos nombres que no entendí, aunque había sido médico. Esta se podía llamar propiamente cuenta de boticario, y así, cuando llegó el caso de la paga, altercamos bastante, pretendiendo yo que rebajase la mitad y él porfiando que no bajaría un maravedí: pero haciéndose cargo al fin el boticario de que las había con un mozo que en el día podía marcharse de Madrid, tomó a bien contentarse con lo que le ofrecía, es decir, con tres partes más de lo que valían sus medicinas, por no exponerse a perderlo todo. Con mucho sentimiento mío le aflojé el dinero, con lo que se retiró, bien vengado de la desazoncilla que le causé el día de la lavativa.
El médico llegó casi al punto, porque estos animales van siempre uno tras otro. Le satisfice el importe de sus visitas, que habían sido frecuentes, y se marchó contento. Mas, para acreditarme que había ganado bien su dinero, antes de retirarse me refirió por menor las mortales consecuencias que había precavido en mi enfermedad, lo cual hizo en términos muy elegantes y con un aspecto agradable; pero nada comprendí de cuanto dijo. Luego que salí de él me juzgué ya libre de todos los familiares de las Parcas; pero me engañaba, porque vino también un cirujano, a quien en mi vida había visto. Saludóme muy cortésmente y manifestó mucho gusto de hallarme fuera del peligro en que me había visto, atribuyendo este beneficio—decía él—a dos copiosas sangrías que me había hecho y a unas ventosas que había tenido la honra de aplicarme. Esta pluma quedaba que arrancarme todavía; me fué preciso asimismo pagar al cirujano. Con tantas evacuaciones se quedó tan flaco mi bolsillo que se podía decir era un cuerpo aniquilado y que ni aun le quedaba el húmedo radical.
Al verme otra vez abismado en tan miserable situación, empecé a desanimarme. En casa de mis últimos amos me había aficionado de suerte a las comodidades de la vida que no podía ya, como en otro tiempo, considerar la indigencia del modo que un filósofo cínico. A la verdad, no debía entristecerme, teniendo repetidas experiencias de que la fortuna apenas me derribaba cuando me volvía a levantar; antes hubiera debido mirar mi infeliz estado como una ocasión de inmediata prosperidad.
FIN DEL TOMO SEGUNDO