JUAN J. DE LA CERDA (continued 5)
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—Te repito que Magdalena está en un muy triste estado de salud. No ha empeorado de algún tiempo a esta parte, pero continúa mal.
—Oliverio—exclamé,—vayas tú o no a Nièvres yo estaré allí mañana. Nadie me ha despedido de la casa de Magdalena, me alejé de ella voluntariamente. Le había dicho a Magdalena que me escribiera el día que tuviera necesidad de mí; si ella tiene motivos para callar, yo los tengo para correr a su lado.
—Harás absolutamente lo que quieras. En semejante caso obraría como tú, dejando a salvo el arrepentimiento si el remedio era peor que la enfermedad.
—Adiós.
—Adiós.
XVII
El día siguiente estaba yo en Nièvres. Llegué por la tarde un poco antes de cerrar la noche. Era el mes de noviembre. Me apeé a cierta distancia de la verja, en pleno bosque. Atravesé el patio de entrada sin ser notado. Al extremo de las habitaciones de servicio a la derecha brillaba luz en las cocinas. Dos ventanas se destacaban luminosas sobre la fachada del castillo. Me fui en derechura al vestíbulo cuya puerta estaba sólo entornada; alguien lo cruzaba cuando yo entré, estaba oscuro. «¿La señora De Nièvres?» dije creyendo que hablaba con alguna doncella de la servidumbre. La persona a quien me había dirigido se volvió bruscamente, vino hacia mí y lanzó un grito: era Magdalena.
Se quedó petrificada por la sorpresa y yo le tomé la mano sin hallar fuerzas para articular una sola palabra. La escasa, claridad que venía de fuera le prestaba la blancura de una estatua: sus dedos completamente inertes y helados se desprendían insensiblemente de mi mano como si fueran las de una muerta. La vi tambalearse, pero al movimiento que hice para sostenerla se desprendió por un impulso de inconcebible terror, abrió desmesuradamente los ojos extraviados y exclamó: «¡Domingo!...» como si despertara de un mal sueño que hubiese durado aquellos dos años; luego dio algunos pasos hacia la escalera arrastrándome en pos de ella sin conciencia de lo que hacía. Subimos juntos, el uno al lado del otro, siempre juntas nuestras manos. Al llegar a la antesala del primer piso tuvo como una llamarada de presencia de espíritu.
—Entre usted aquí—me dijo,—voy a avisar a mi padre.
La vi que llamaba a su padre y encaminarse al cuarto de Julia.
Las primeras palabras del señor D'Orsel fueron éstas:
—Mi querido hijo, tengo mucha pena.
Aquella frase decía más que todas las recriminaciones y me penetró en el corazón como una estocada.
—He sabido que Julia estaba enferma—le dije sin hacer ningún esfuerzo para disfrazar el temblor de mi voz que desfallecía.—Supe también que la señora De Nièvres estaba delicada y vine a verles a ustedes. Hace tanto tiempo...
—Es verdad—repuso el señor D'Orsel,—hace mucho tiempo. La vida se pasa: cada cual tiene sus deberes y sus preocupaciones...
Llamó, mandó encender las luces, me examinó rápidamente como si quisiera comprobar en mí un cambio análogo a las alteraciones que los dos años transcurridos habían producido en sus hijas.
—También usted ha envejecido—continuó con cierta especie de benevolencia y de interés muy afectuoso.—Ha trabajado usted mucho, tenemos la prueba...
Después me habló de Julia, de las vivas inquietudes que habían tenido, pero que, por fortuna, se habían disipado desde algunos días. Julia entraba en la convalecencia; ya todo era cuestión de cuidado, de atenciones y de algunos días de reposo. De nuevo pasó de un asunto a otro.
—He ahí que es usted todo un hombre ya célebre—continuó.—Hemos puesto atención en sus cosas con el más sincero interés.
Se paseaba de arriba abajo, hablándome así, sin hilación. Tenía los cabellos totalmente blancos, su alto cuerpo un poco encorvado ofrecía un aspecto singularmente noble, de vejez prematura o de abatimiento.
Magdalena vino a interrumpirnos al cabo de cinco minutos. Iba vestida de oscuro y se parecía mucho, con la animación de la vida además, al retrato que tanto me había impresionado. Me levanté, le salí al paso, balbuceé dos o tres frases incoherentes que no tenían ningún sentido; ya no sabía ni cómo explicar mi visita, ni cómo llenar de golpe el enorme vacío de dos años que ponía entre nosotros como un abismo de secretos, de reticencias y de oscuridades. Me repuse, sin embargo, al verla más dueña de sí misma y le hablé lo más sosegadamente que pude de la alarma que me había dado Oliverio. Cuando pronuncié ese nombre me interrumpió.
—¿Vendrá?—dijo.
—No lo creo—repliqué.—Por lo menos en unos cuantos días.
Hizo un gesto de desanimación absoluta y los tres caímos en el más penoso silencio.
Pregunté en dónde estaba el señor De Nièvres, como si fuera posible que Oliverio no me hubiera informado de su viaje y me mostré sorprendido al saber que estaba ausente.
—¡Oh, estamos en un gran abandono!—dijo Magdalena.—Todos estamos enfermos o poco menos. Hay en el ambiente malas influencias, la estación es malsana y no tiene nada de alegre—añadió dirigiendo la mirada a las altas ventanas de antiguas vidrieras de colores en las cuales se reflejaba todavía un resto de luz del día casi del todo extinguido.
Para huir de una conversación imposible por embarazosa hablé de la deplorable situación de algunas personas, que amenazaba aumentar en el próximo invierno, por enfermedades en unos casos y por miseria en otros; de un niño que se moría en el pueblo y que Julia había asistido y cuidado hasta el día en que, gravemente enferma ella misma, hubo de encomendar a otros su papel, impotente contra la muerte, de hermana de la caridad. Parecía complacerse con aquellos relatos de lamentables desgracias y enumerar, con no sé yo qué sombría avidez, todas las calamidades vecinas que formaban en torno de su existencia un concurso de causas de tristeza. Luego, al igual que había hecho el señor D'Orsel, me habló de mí, tan pronto con cierta reserva como con un abandono admirablemente calculado para facilitar la posición de cada uno.
Mi propósito era hacerle una visita y luego ganar la posada del pueblo en la cual había comprometido una habitación; pero Magdalena dispuso otra cosa: advertí que había dado las órdenes oportunas para que me alojasen en el piso segundo del castillo, en un cuarto que ya había ocupado yo la primera vez que pasé una temporada en Nièvres.
Aquella misma noche, antes de separarnos, estando yo presente, le escribió a su marido.
—Le aviso al señor de Nièvres que está usted aquí—me dijo.
Y me di cuenta de lo que semejante precaución, tomada en mi presencia, implicaba de escrúpulos y resoluciones leales.
No había visto a Julia. Estaba débil y agitada. La noticia de mi llegada, a pesar de la prudencia con que se le comunicó, le había causado una sacudida muy viva. Cuando al otro día me fue permitido entrar en su habitación, encontré a la enferma acostada en un sofá, envuelta en un ancho peinador que disimulaba la exigüidad de sus formas y le prestaba aspecto de mujer. Había cambiado mucho, pero mucho más que podían apreciar quienes estaban cerca de ella a todas las horas del día. Un perrito épagneul dormía a sus pies con la cabeza apoyada sobre la punta de sus pantuflas. Tenía al alcance de la mano, sobre un velador adornado de flores, pájaros enjaulados, que ella cuidaba, y cantaban alegremente en medio de aquel jardín de invierno. Contemplé aquel diminuto rostro minado por la fiebre, enflaquecido y azulado en derredor de las sienes, aquellos ojos hundidos, más abiertos y más negros que nunca, en cuyas pupilas se advertía un brillo sombrío e inextinguible, y aquella pobre niña, enamorada, medio muerta bajo la acción, del desprecio de Oliverio me dio una lástima horrible.
—Cúrela usted, sálvela—le dije a Magdalena cuando nos separamos;—pero no la engañe usted más.
Magdalena hizo un gesto de duda como si le quedara un débil residuo de esperanza, el cual se esforzaba por mantener.
—No piense usted en Oliverio y no le acuse más de lo que es razón—añadí resueltamente.
Le di a conocer los motivos buenos o malos que decidían la suerte de su hermana. Le expliqué el carácter de Oliverio, su repugnancia absoluta por el matrimonio. Insistí sobre su creencia—quizás poco razonable, pero sin réplica,—de que haría infeliz a cualquier mujer, no sólo a una determinada, sino a todas sin excepción. Así trataba yo de atenuar lo que de hiriente podía tener su resistencia.
—Lo hace cuestión de probidad—dije a Magdalena, como último argumento.
Sonrió tristemente al oír la palabra probidad que tan mal concordaba con la irreparable desventura cuya responsabilidad pesaba, a sus ojos, sobre Oliverio.
—Es el más feliz de todos nosotros—dijo.
Y gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.
Dos días después Julia pudo ya dar algunos paseos por su habitación. El indomable vigor de aquel pequeño ser, ejercitado secretamente en tan duras pruebas, se reanimó no lentamente sino en pocas horas. Apenas en convalecencia, viósela enderezarse contra el recuerdo humillante de haber sido sorprendida, por decir así, en debilidad, trabar pelea con el mal físico, el sueño que podía vencer, y dominarlo. Dos días más tarde tuvo fuerzas para bajar sola al salón, rechazando todo apoyo, aunque la debilidad cubriera de sudor la adelgazada piel de su frente y por más que sucesivos accesos de desfallecimiento la hicieran vacilar a cada paso. Aquel mismo día se empeñó en subir en coche. La llevaron por los caminos más suaves del bosque. Hacía buen tiempo. Regresó reanimada, sólo por haber respirado el olor de las encinas calentadas por un sol claro. Entró en el castillo desconocida, casi sonrosada, conmovida por un escalofrío febril, pero de buen augurio que no era más que el efecto del retorno activo de la sangre en sus venas empobrecidas. Estaba consternado viéndola renacer de aquel modo, por tan poco, por un rayo de sol de invierno y un poco de olor resinoso de madera cortada, y comprendí que se empecinaría en vivir con una obstinación que le prometía largos días miserables.
—¿Habla alguna vez de Oliverio?—le pregunté a Magdalena.
—Jamás.
—¿Piensa en él constantemente?
—Constantemente.
—¿Y cree usted que eso durará?
—Siempre—replicó Magdalena.
Libre de la preocupación que desde hacía tres semanas la tenía encadenada a la cabecera del lecho de Julia, no parecía sino que Magdalena hubiera perdido la razón. Se apoderó de ella un aturdimiento que la tornó extraordinaria y positivamente loca de imprevisión, de exaltación y de atrevimiento. Reconocí aquella mirada que en el teatro me advirtió que estábamos en peligro; y llevándolo todo hasta el extremo, pedazo a pedazo me arrojó, por decir así, su corazón a la cabeza, como había hecho aquella noche con su ramillete.
Pasamos tres días dando paseos y haciendo expediciones temerarias; tres días de inaudita felicidad, sí tal puede llamarse a un sentimiento rabioso de destrucción de su reposo, especie de luna de miel descarada y desesperada, sin ejemplo, ni por las emociones ni por los arrepentimientos y que a nada se parece como no sea a esas horas de copiosas y fúnebres satisfacciones durante las cuales todo se permite a los sentenciados a morir al otro día.
El tercer día, a pesar de mi resistencia, me exigió que montara uno de los caballos de su marido.
—Me acompañará usted—me dijo;—tengo necesidad de ir de prisa y de ponerme lejos.
Corrió a vestirse; mandó ensillar un caballo que el señor De Nièvres había amaestrado para ella y como si tratara de hacerse raptar delante de sus criados, en pleno día, «partamos», dijo.
Apenas llegamos al bosque puso su caballo al galope. Yo hice como ella y la seguí. Cuando advirtió que le iba a los alcances aceleró la marcha, fustigó a su caballo y sin motivo lo lanzó a escape. Tomé el mismo aire que ella y cuando ya la alcanzaba, hizo un nuevo esfuerzo que me dejó atrás. Aquella persecución irritante, desenfrenada, me puso fuera de mí. Montaba ella un animal muy ligero y lo manejaba de modo que decuplaba su velocidad. Apenas sentada, levantado todo el cuerpo para disminuir aún más el peso, sin un grito, sin un gesto, corría locamente como llevada por un pájaro. A mi vez hacía yo galopar a mi caballo a todo escape, inmóvil, secos los labios con la fijeza maquinal de un jockey en una carrera a fondo. Seguía ella por en medio de un sendero estrecho un poco cerrado, por los bordes, de suerte que no cabían dos caballos de frente a menos que uno no se ladeara. Viéndola obstinada en cerrarme el paso, trepé sobre el bosque y la acompañé algún tiempo así con riesgo constante de romperme la cabeza contra los árboles, y llegado el momento oportuno de cerrarle el paso, franqueé de un salto el declive y cayendo en lo hondo del camino detuve mi caballo y lo cuarteé. Hubo, pues, de parar en seco a dos pasos de mí y los dos caballos, jadeantes, cubiertos de espuma se encabritaron como si hubieran tenido el sentimiento de que sus jinetes querían pelear. Creo en verdad que Magdalena y yo nos miramos con cólera, a tal punto aquel juego extravagante mezclaba la excitación y el reto respecto de otros sentimientos intraducibles. Se quedó delante de mí, el látigo con mango de concha entre los dientes, lívidas las mejillas, los ojos inyectados, salpicándome de sangrientos resplandores; luego dejó oír una o dos carcajadas convulsivas que me helaron. Su caballo volvió a partir a escape tendido.
Lo menos durante un minuto, como Bernardo de Mauprat atraído por los pasos de Edma, la miré huir bajo las verdes ramas de encinas, el velo al viento, su larga amazona oscura ondulante con la sobrenatural agilidad de un diablillo negro. Cuando hubo alcanzado la extremidad del sendero y ya no la veía más que como un punto sobre el fondo rojizo del bosque volví a lanzar mi caballo a escape exhalando, a mi pesar, un grito de desesperación. Llegado al lugar preciso en donde la había visto desaparecer, la encontré en el cruce de dos caminos, parada, anhelante, esperándome con la sonrisa en los labios.
—Magdalena—le dije, precipitándome hacia ella y agarrándola por un brazo.—Cese usted en este juego cruel, deténgase usted o me hago matar.
Sólo me contestó con una mirada directa que me hizo subir el rubor a la cara y tomó más despacio por el camino del castillo. Regresamos al paso, sin cruzar una sola palabra, nuestros caballos emparejados, restregándose las quijadas y cubriéndose recíprocamente de espuma. Echó pie a tierra en la verja, atravesó a pie el patio fustigando la arena del suelo con el látigo, subió en derechura a su cuarto y no reapareció hasta la noche.
A las ocho nos trajeron la correspondencia. Había una carta del señor De Nièvres. Magdalena al romper el sobre cambió de color.
—El señor De Nièvres está bueno. No volverá hasta el mes próximo—dijo.
Luego se quejó de mucho cansancio y se retiró.
No fue aquella noche como las precedentes. La pasé levantado y sin sueño. La carta del señor De Nièvres, aunque insignificante, intervenía entre nosotros como una reivindicación de mil cosas olvidadas. Aunque sólo hubiera escrito esta frase: «Estoy vivo», la advertencia no hubiera sido más clara. Resolví marcharme de Nièvres al otro día, absolutamente como había resuelto ir, sin más reflexión ni más cálculo. A media noche aun había luz en el cuarto de Magdalena. Un grupo de arces plantados cerca del castillo enfrente de las ventanas de su habitación recibía un reflejo rojizo que todas las noches me indicaba la hora en que ella terminaba la vigilia. Con frecuencia era muy tarde. Una hora después de la media noche aun se percibía aquel resplandor. Me puse un calzado ligero y bajé la escalera a tientas. Así fui hasta la puerta del departamento de Magdalena situado a la parte opuesta del de Julia a la extremidad de un interminable corredor. En ausencia de su marido una sola doncella de servicio dormía cerca de ella. Escuché, dos o tres veces me pareció oír el rumor seco de la tosecilla nerviosa que le era habitual a Magdalena, en momentos de despecho o de viva contrariedad. Apoyé la mano en la cerradura: estaba puesta la llave. Me alejé, volví, torné a alejarme. El corazón me latía hasta romperse, estaba como embrutecido y temblaba de pies a cabeza. Vagué por el corredor en completa oscuridad; luego me quedé como clavado en un sitio sin ninguna idea de lo que iba a hacer. El mismo sobresalto que un buen día, al influjo de vivísima alarma, me había empujado maquinalmente hacia Nièvres y me había hecho caer allí como un accidente, puede ser como una catástrofe, me hacía vagar, en medio de la noche, por aquella casa confiada y dormida, me conducía a la alcoba de Magdalena y a ella llegaba como un sonámbulo. ¿Era yo un desventurado en el colmo del sacrificio, enceguecido por el deseo, ni mejor ni peor que mis semejantes? ¿era un malvado? Esta cuestión capital me trabajaba la mente, pero sin determinar en ella la más leve decisión precisa que se pareciese ni a la honradez, ni al proyecto formal de cometer una infamia. Lo único acerca de lo cual no tenía duda—y sin embargo permanecía indeciso,—era que una caída mataría a Magdalena y que estaba fuera de toda posible discusión, el que yo no le sobreviviría ni una hora.
No sabré decir a usted qué fue lo que me salvó. Me encontré en el parque sin saber ni por qué ni cómo allí había ido. En comparación con la oscuridad de los corredores, al aire libre se veía claro por más que me parece no había luna ni estrellas. La masa compacta de árboles formaba como encrespadas sierras largas y negras al pie de las cuales se distinguían las sinuosidades de los paseos blanquecinos. Caminaba al azar costeando los estanques. Los pájaros se despertaban y revoloteaban en la espesura. Mucho después una sensación de frío interno me volvió un poco en mí. Volví a entrar, cerré las puertas con la destreza de un sonámbulo o de un ladrón y vestido como estaba me dejé caer sobre mi lecho.
Al amanecer estaba levantado acordándome apenas de la pesadilla que me había hecho errar toda la noche diciéndome: «Hoy partiré.» Y de ese propósito informé a Magdalena tan luego como la vi.
—Como usted quiera—me contestó.
Estaba horriblemente quebrantada y era presa de una agitación de cuerpo y de alma que me hacía daño.
—Vamos a ver a nuestros enfermos—me dijo un poco después de mediodía.
La acompañé y fuimos al pueblo. El niño que Julia cuidaba y que había, por decir así, adoptado, había muerto el día antes por la noche. Magdalena se hizo conducir cerca del ataúd que contenía el pequeño cadáver y quiso besarlo; al regresar lloró abundantemente y repitió la frase mi hijo con dolor tan agudo que me dio a conocer hasta muy lejos el alcance de una pena que roía su existencia y de la cual estaba implacablemente celoso.
Muy temprano me despedí de Julia y dirigí al señor D'Orsel palabras de agradecimiento que procuré decir con la mayor serenidad posible. Después, no sabiendo en qué ocupar el día y no teniendo interés, por decir así, en el empleo de una vida que sentía desprenderse de mí minuto a minuto, fui a ponerme de codos en la balaustrada que caía sobre los fosos y allí permanecí no sé cuánto tiempo. No sabía en donde estaba Magdalena. De cuando en cuando me parecía oír su voz en los corredores o verla pasar de un patio a otro, vagando también ella, sin más objeto que moverse. Había en la base de una de las torrecillas a la manera de una covacha medio obstruida que en otros tiempos servía de puerta de escape. El puente que la unía a los paseos del parque estaba destruido. No quedaban de él más que tres pilastras, en parte sumergidas, que el agua cenagosa del foso ensuciaba de residuos espumosos. No sé qué idea me vino de esconderme allí por el resto del día. Pasé del uno al otro pilar y me escondí en aquel recinto ruinoso, los pies tocando la corriente en la semioscuridad lúgubre del vasto y profundo foso por donde corrían las aguas del lavadero. Dos o tres veces vi a Magdalena que salía y marchaba hacia las alamedas como quien busca a alguien. Desapareció y volvió otra vez, vaciló entre tres o cuatro caminos que conducían del parterre a los confines del parque y al fin tomó por uno de ellos, cubierto de olmos, que terminaba en los estanques. De un salto pasé de una a otra orilla y la seguí. Iba de prisa, su sombrero de campo mal asegurado sobre las orejas, envuelta en un amplio cachemira que ceñía al cuerpo como si tuviera mucho frío. Volvió la cabeza al advertir que me acercaba, de pronto se volvió, desanduvo lo andado, pasó junto a mí sin mirarme, ganó la escalinata del parterre y subió. La alcancé cuando llegaba a la puerta del saloncito que le servía de tocador en el cual acostumbraba pasar el día.
—Ayúdeme usted a plegar mi chal—me dijo.
Tenía el alma y los ojos en otra parte. La ancha tela multicolor estaba entre nosotros plegada en el sentido de su longitud y ya no formaba más que una banda estrecha de la cual cada uno sosteníamos un extremo. Sea por torpeza o por desfallecimiento, la prenda se escapó de las manos de Magdalena. Dio un paso, se tambaleó primero hacia atrás, luego hacia adelante y cayó en mis brazos desvanecida. La agarré, la sostuve algunos segundos así, pegada contra mi pecho, la cabeza vuelta, los ojos cerrados, los labios fríos, medio muerta y enajenada al influjo de mis besos.
De pronto una terrible contracción la estremeció, abrió los ojos, se enderezó sobre la punta de los pies para llegar a mi altura y arrojándose a mi cuello con toda su fuerza fue ella a su vez la que me besó.
La agarré de nuevo, la reduje a defenderse como una presa que se debate contra un abrazo desesperado. Tuvo la noción de que estábamos perdidos y lanzó un grito. Vergüenza me da el decirlo: aquel grito de verdadera agonía despertó en mí el sólo instinto que me quedaba de hombre: la piedad. Comprendí que la mataba; no distinguía bien si se trataba de su honor o de su vida. No tengo por qué vanagloriarme de un acto de generosidad que fue casi involuntario, tan poca parte le correspondió en él a la verdadera conciencia humana. Solté la presa como una bestia que ha dejado de morder. La querida víctima hizo un supremo esfuerzo. Era trabajo inútil: yo no la tenía ya. Entonces con un extravío que me ha hecho estimar lo que es el remordimiento de una mujer honrada, con un espanto que me habría probado, si hubiera estado en situación de reflexionar, a qué grado de relajamiento me veía ella reducido, como si instintivamente hubiera comprendido que ya no había para nosotros ni discernimiento del deber, ni consideraciones, ni respeto, que aquella conmiseración de puro instinto era sólo un accidente que podía desmentirse, con un gesto que me espantó, que aun envuelve estos viejos recuerdos en un mundo de terrores y de vergüenza, Magdalena se dirigió rápidamente hacia la puerta andando de espaldas sin apartar de mí los ojos, como se procede con un malhechor, ganó el pasillo y una vez en él se volvió y echó a correr.
Yo tenía perdido el conocimiento aunque me mantenía de pie. Como pude me arrastré hasta mi habitación; sólo tenía un afán, que no me encontraran desmayado en la escalera. Llegado que hube delante de mi puerta, aun antes de poder abrirla, ya no me fue posible sostenerme más. Maquinalmente me aseguré de que nadie había en el corredor. El último sentimiento que aun conservé un instante fue el de que Magdalena estaba en salvo, y me desplomé sobre el suelo.
Allí mismo me recobré una o dos horas después, ya de noche, con el recuerdo incoherente de una escena espantosa. La campana anunciaba que la comida estaba pronta y hube de bajar. Me movía, tenía las piernas libres, pero me parecía como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. Gracias a aquella parálisis, muy real, experimentaba una sensación general de gran dolor, pero no pensaba en ello. El primer espejo al cual me miré, me puso de manifiesto la faz extrañamente demudada de un fantasma, algo parecido a mí que apenas podía reconocer. Magdalena no acudió al comedor y me era casi indiferente que estuviera en él o en otra parte. Julia, cansada, apesadumbrada o inquieta por su hermana, y muy probablemente llena de sospechas, porque tratándose de aquella singular niña clarividente y reservada todas las suposiciones eran permitidas. Julia no debía tampoco reunirse con nosotros en el salón. Pasé, pues, solo con el señor D'Orsel, casi la mitad de la velada; estaba inerte, insensible, y como si se me hubiera helado la sangre; tan poco sentido me quedaba para reflexionar y tan exhausto de fuerzas estaba para moverme.
Eran cerca de las diez cuando entró Magdalena, cambiada hasta dar miedo, desconocida, con el aspecto de un convaleciente a quien la muerte ha tocado de cerca.
—Padre mío—dijo con acento de inflexible audacia.—Necesito estar sola un momento con el señor de Bray.
El señor D'Orsel se levantó sin vacilar, besó fraternalmente a su hija y salió.
—¿Usted partirá mañana?—me dijo, permaneciendo de pie como yo estaba también.
—Sí—le contesté.
—¡Y no volveremos a vernos más!
Nada repliqué.
—Jamás—continuó,—¿lo entiende usted? jamás. He puesto entre nosotros el único obstáculo que puede separarnos sin idea de retorno.
Me arrojé a sus pies, la tomé las manos sin que resistiera, sollozando. Tuvo un momento de debilidad que le cortó la palabra, retiró las manos y me las volvió a dar tan pronto como hubo recobrado su firmeza.
—Yo haré todo lo posible por olvidarle. Usted olvídeme. Eso le será más fácil todavía. Cásese, más adelante, cuando usted quiera. No imagine que su esposa pueda tener celos de mí, porque cuando eso pudiera suceder yo estaré muerta o seré feliz—concluyó, con un estremecimiento que en poco estuvo no la hiciera caer.—Adiós.
Yo estaba de rodillas, los brazos extendidos, esperando una frase más dulce que ella no pronunciaba. Una postrera reacción de debilidad o de lástima se la arrancó.
—¡Mi pobre amigo! Era fatal llegar a esto. ¡Si supiera usted cuánto le amo! No se lo habría dicho a usted ayer: hoy puedo confesarlo puesto que es la palabra prohibida que nos separa.
Ella, extenuada poco hacía, había hallado por milagro no sé yo qué recurso de virtud que le prestaba fuerza suficiente. Yo no tenía ninguna.
Me parece que aún añadió dos o tres palabras que no entendí; luego se alejó dulcemente como una visión que se desvanece y no la volví a ver, ni aquella noche, ni al siguiente día, ni nunca más.
Partí al romper el día sin ver a nadie. Evité atravesar París y me hice llevar directamente a la casa que en un extremo suburbio habitaba Agustín. Era domingo y le hallé con su familia.
Al primer golpe de vista comprendió que me había sucedido alguna desgracia. Supuso que había muerto Magdalena porque en su perfecta honradez de hombre y de marido, no concebía mayor desventura. Cuando le referí el verdadero accidente que me reducía a una de esas situaciones que no se confiesan nunca, me dijo:
—Desconozco esa clase de penas, pero le compadezco con toda el alma.
Y nunca he dudado que me compadeció desde el fondo del corazón, a poco que razonara sobre los peores desastres que podía presumir en el porvenir incierto de su propia vida.
Trabajaba cuando le sorprendí. Su mujer estaba cerca de él y tenía en el regazo un niñito de seis meses que les había nacido durante mi destierro. Eran dichosos. Su situación prosperaba: pude advertirlo en diversas señales de relativa opulencia. La noche fue espantosa: una tempestad de fin de otoño duró sin interrupción desde la tarde hasta después del amanecer. En el monótono arrullo de aquel constante y largo rumor del viento y de la lluvia, no hice más que pensar en el tumulto que producirían en torno a la alcoba y al sueño de Magdalena, si es que dormía. Mi fuerza de reflexión no iba más allá de esa sensación pueril y puramente física. Disipada la tempestad, Agustín me obligó a salir desde por la mañana. Podía disponer de una hora antes de volverse a París. Me llevó al bosque, devastado por el viento de la noche; el agua corría aún por los senderos anegados y arrastraba las últimas hojas del año.
Caminamos así largo rato antes de que yo pudiera recoger la sombra de una idea lúcida entre las determinaciones urgentes que me habían conducido a casa de Agustín. Me acordé al fin de que tenía que despedirme de él. Al principio creyó que se trataba de una resolución desesperada nacida del insomnio, que no resistiría a la acción de prudentes consideraciones; pero; cuando se convenció de que mi determinación databa de más lejos, que era el resultado de reflexiones sin réplica y que la llevaría a cabo más tarde o más temprano, ya no discutió ni la opinión que de mí mismo tenía yo formada, ni el juicio que había formado respecto de mi época y me dijo sencillamente:
—Pienso y razono sobre poco más o menos como usted. Me reconozco poca cosa aunque no me considero muy inferior a la mayoría de las gentes; pero no tengo el derecho que usted tiene de ser consecuente hasta lo extremo. Usted deserta modestamente; yo me quedo, no por fanfarronería sino por necesidad y antes que eso por deber.
—Estoy muy cansado y de todos modos necesito reposo.
Nos separamos en París diciéndonos «hasta la vista» como se hace por lo general cuando costaría mucho esfuerzo pronunciar un adiós definitivo, pero sin prever ni el lugar ni el tiempo en que podríamos encontrarnos otra vez. Yo tenía pocos asuntos que arreglar y de ellos se encargó mi criado. Fui tan sólo a despedirme de Oliverio. Se preparaba a abandonar Francia. No me interrogó acerca de mi permanencia en Nièvres: con sólo verme había adivinado que todo estaba concluido.
No había motivo para hablarle de Julia; él no tenía por qué decirme nada respecto a Magdalena. Los lazos que nos habían unido por espacio de más de diez años acababan de romperse a la vez, a lo menos para largo tiempo.
—Trata de ser feliz—me dijo, como si no contara con eso ni para mí ni para él.
Tres días después de mi partida de Nièvres estaba en Ormessón. Pasé la noche cerca de la señora de Ceyssac, para la cual mi regreso puso en claro muchas cosas, y me dio a entender que había lamentado mis errores frecuentemente con la tierna lástima de mujer piadosa y casi madre.
Al otro día, sin tomarme una hora de verdadero descanso en aquella deplorable carrera que me conducía a la yacija como animal herido que se desangra y no quiere desfallecer en medio del camino; al otro día por la tarde, casi entrada la noche, llegué a Villanueva. Me apeé próximo ya a la aldea: el coche siguió por la carretera y yo tomé un camino de travesía que me condujo a mi casa por las marismas.
Hacía cuatro días y cuatro noches que un dolor fijo refrenaba mi corazón y me tenía los ojos tan secos como si jamás hubiera llorado. Al dar el primer paso en el camino de Trembles tuve como un recrudecimiento de recuerdos que hizo más acerbo aquel dolor, pero menos tirante.
Hacía mucho frío. La tierra estaba dura, la noche casi había cerrado, de modo que la línea de las costas y el mar formaban un solo horizonte compacto y casi negro. Un postrer residuo de luz rojiza se extinguía poco a poco y palidecía de minuto en minuto. A lo lejos, cerca de la escarpa, pasó un carromato; percibíase el traqueteo y el chirrido de las ruedas sobre el suelo congelado. El agua de las marismas estaba helada; sólo en algunos sitios, anchos charcos de agua dulce que no se había helado todavía, continuaban moviéndose suavemente y permanecían blanquecinos. Dio las seis el reloj de la iglesia de Villanueva. Tan profundos eran ya el silencio y la oscuridad, que parecía la media noche. Caminaba por encima de los caballones de la tierra anegada y no sé por qué me vino a la memoria que otro tiempo en aquellos sitios mismos y en noches semejantes había cazado patos. Oía por encima de mi cabeza el rápido susurro que producen esas aves volando muy de prisa. Vi un fogonazo y la explosión de un disparo me detuvo. Un cazador salió de su escondite, bajó hacia la marisma y oí el chapotear de sus pies en el agua; otro le habló. En aquel cambio de palabras breves y pronunciadas en voz baja, pero que la noche hacía muy claras, distinguí un timbre de voz que me impresionó.
—¡Andrés!—grité.
Hubo un momento de silencio.
—¡Andrés!—grité de nuevo.
—¿Qué?—me replicó el cazador. Y ya no pude dudar.
Andrés dio algunos pasos hacia donde yo estaba. Le veía apenas aunque sobrepasaba casi con todo su cuerpo la oscura barranca. Avanzaba lentamente, casi a tientas, por aquel camino hollado por las patas de los animales, repitiendo: «¿Quién está ahí? ¿Quién me llama?» con creciente emoción y como si cada momento vacilara menos para reconocer al que le llamaba cuando le creía tan lejos.
—¡Andrés!—le dije por tercera vez cuando ya no le quedaba dar más que dos o tres pasos.
—¿Cómo? ¿Qué?... ¡Ah, señor, señor Domingo!—dijo dejando caer su escopeta.
—Sí, soy yo, yo mismo, mi viejo Andrés.
Me arrojé en brazos de mi viejo servidor. Al fin de tanta compresión mi corazón, por sí mismo, estalló v se dilató libremente en sollozos.
XVIII
Domingo había terminado su relato. Se detuvo después de estas últimas palabras, pronunciadas con la precipitación de un hombre que se apresura, y aquella expresión de pudor entristecido que sigue generalmente a las expansiones demasiado íntimas. Lo que semejantes confidencias debieron costarle a una conciencia sombría y por tan largo tiempo cerrada, adivinábalo yo y se lo agradecía con un ademán conmovido al cual sólo respondía él con una inclinación de cabeza. Había abierto la carta de Oliverio cuya fúnebre despedida presidía, por decir así, a esta relación y estaba de pie, los ojos vueltos a la ventana en la cual se encuadraba un tranquilo horizonte de llanura y de aguas. Permaneció así algún tiempo guardando embarazoso silencio que no quise romper. Estaba pálido, su fisonomía ligeramente alterada por el cansancio o rejuvenecida por los resplandores apasionados de otra época, recobraba poco a poco su edad, su expresión peculiar y su aspecto de gran serenidad. El día avanzaba a medida que la paz de los recuerdos se establecía también en su rostro. Las sombras iban invadiendo el interior polvoriento y ahogado de la pequeña habitación en donde se terminaba aquella larga serie de evocaciones de las cuales más de una había sido dolorosa. De las inscripciones de la pared ya no se distinguía casi nada. La imagen interior lo mismo que la anterior palidecían al mismo tiempo como si todo aquel pasado resucitado por casualidad volviese a entrar en el mismo instante y para no volver a salir, en el vago desvanecimiento de la noche y del olvido.
Las voces de los labradores que pasaban a lo largo de las paredes del parque nos sacaron a los dos de un apuro real, la duda de callar o reanudar una conversación truncada.
—He aquí la hora de bajar—dijo Domingo, y le seguí hasta la granja en la cual todas las tardes a aquella misma hora tenía cuidados de vigilancia que llenar.
Los bueyes volvían del trabajo y aquél era el momento en que la granja se animaba. Uncidos por dos o tres parejas, porque a causa de la pesadez de las tierras mojadas se hacía necesario triplicar las yuntas, llegaban arrastrando el timón del arado, el hocico hinchado y húmedo, los cuernos bajos, las fauces agitadas, con barro hasta en el vientre. Los animales de reserva que no habían trabajado aquel día, mugían en los establos esperando la llegada de sus activos compañeros. Más allá el rebaño de ovejas, ya encerrado, se removía en el corral, los caballos piafaban y relinchaban al sentir que el forraje caía en las escalerillas por encima de los pesebres.
Los trabajadores se alinearon junto al amo, las cabezas descubiertas y con aspecto cansado.
Domingo inquirió minuciosamente si algunos instrumentos de labranza de nueva aplicación habían dado los resultados que se esperaba; después dio sus órdenes para el día siguiente; las multiplicó, sobre todo, con referencia a las semillas, y comprendí que no todo el grano cuya distribución señalaba, estaba destinado a sus propios campos: había mucho perdido, adelantos que hacía o limosnas.
Tomadas estas precauciones, me llevó a la terraza. El tiempo había aclarado. La alternativa de sol y lluvia y la temperatura notablemente dulce, aunque habíamos pasado ya la mitad del mes de noviembre, eran muy apropiadas para alegrar los espíritus vinculados al campo por todo género de intereses. La jornada, muy nebulosa al mediodía, terminaba en una tarde de oro. Los niños jugaban en el parque mientras la señora de Bray iba y venía por el paseo que conducía al bosque vigilándolos de cerca. Se perseguían a través de las espesuras, con gritos que imitaban los de quiméricos animales y los más a propósito para asustarlos. Los mirlos, esos pájaros que se hacen oír los últimos en aquella hora avanzada les contestaban con sus silbidos extraños y entrecortados, semejantes a ruidosas carcajadas. Un resto de luz solar alumbraba débilmente el largo emparrado; los pámpanos ya muy ralos dibujaban sobre el cielo muy pálido multitud de recortes agudos y algunos ratones de campo que merodeaban con grandes precauciones a lo largo de los tirantes del emparrado, desgranaban los pocos racimos de uva marchita que habían quedado olvidados por los recolectores. Aquel tranquilo declinar de un día nebuloso, precursor de otros más serenos, la seguridad del cielo que se despejaba y se embellecía, aquella alegría de los niños para animar el parque ya casi despojado de hojas y de verdor, una madre confiada y feliz sirviendo de vínculo de unión del padre con los hijos, este último grave, llena la mente de pensamientos, confortado, recorriendo a paso lento la rica y fecunda alameda cubierta de parra, aquella abundancia en medio de aquella paz, aquel colmo del deber en la felicidad, todo, en fin, lo que estaba en torno de nosotros constituía, después de nuestra conversación, un desenlace tan noble, tan legítimo, tan evidente, que conmovido le tomé el brazo a Domingo y se lo apreté aún más afectuosamente que de costumbre.
—Sí—me dijo,—amigo mío. He llegado. Pero usted sabe a qué precio y con cuánta seguridad, lo está usted viendo.
Había en su mente un movimiento de ideas que continuaba; y como si hubiese querido explicarse más claramente con respecto a las resoluciones, que por otra parte de por sí se manifestaban, continuó, lentamente y con un tono completamente distinto:
—Muchos años han transcurrido desde el día que volví a mi rincón. Si alguien no ha olvidado los sucesos que le he relatado, nadie por lo menos los recuerda. El silencio que el alejamiento y el tiempo han acarreado imponiéndolo para siempre, entre ciertas personas de esta historia, les ha permitido considerarse mutuamente perdonados, rehabilitados y felices. Oliverio es el único, quiero suponerlo, que se ha obstinado hasta última hora en sus sistemas y en sus preocupaciones. Había señalado, ya lo recordará usted, el enemigo mortal a quien temía más que a ningún otro: puede decirse que ha sucumbido en un duelo con el fastidio.
—¿Y Agustín-?—le pregunté.
—Es el solo sobreviviente de mis mejores amigos. Está al final de su carrera. Ha llegado en línea recta como rudo andarín al término de un largo y difícil viaje. No es un grande hombre, es una gran voluntad. Es hoy punto de mira y ejemplo de muchos contemporáneos y es cosa rara una tal honradez, llegando bastante alto para dar a la buena gente ganas de imitarle. En cuanto a mí—continuó Domingo, he seguido, demasiado tarde, con menos mérito, menos valor, pero con igual fortuna, el ejemplo que ese corazón sólido me había dado casi en el comienzo de su vida. Había comenzado por el reposo en las afecciones, sin turbulencias y ha terminado lo mismo que empezó. Pero llevo yo en mi nueva existencia un sentimiento que él nunca ha conocido: el de expiar una antigua vida ciertamente nociva y rescatarme de errores de los cuales me considero aún hoy responsable, porque entiendo que, entre todas las mujeres igualmente respetables, hay una solidaridad instintiva, de derechos, de honor y de virtudes. Por lo que mira a la resolución de retirarme del mundo jamás me he arrepentido de ella. Un hombre que emprende la retirada antes de los treinta años y en ella persiste, atestigua con bastante franqueza que no había nacido para la vida pública ni para las pasiones. No creo, sin embargo, que la vida de actividad reducida que llevo, sea un mal punto de vista para juzgar a los hombres en movimiento. Advierto que el tiempo ha hecho justicia, en provecho de mis opiniones, respecto de muchas apariencias que antes hubieran podido causarme la sombra de una duda y como he verificado la mayor parte de mis suposiciones, es así mismo posible que también hubiese confirmado algunas de mis amarguras. Recuerdo haber sido severo para los demás a una edad en que consideraba que debía serlo mucho para conmigo mismo. Cada generación, más incierta, que sigue a generaciones ya fatigadas, cada gran talento que muere sin descendencia, son señales en que se reconoce, dicen, un rebajamiento en la temperatura moral de un país. He oído decir que no hay grandes esperanzas que fundar sobre una época en que las ambiciones tienen tantos móviles y tan pocas excusas, en que se toma comúnmente lo vitalicio por durable, en que todo el mundo se queja de la rareza de las obras, en que nadie osa confesar la rareza de los hombres...
—¿Y si la cosa fuera verdad?—le dije.
—Estaría dispuesto a creerla, pero nada digo sobre ese punto como sobre otros muchos. No corresponde a un desertor decirles ¡fuera! a los innumerables valientes que luchan allí mismo en donde él no supo mantenerse. Por otra parte, se trata de mí, de mí solo, y para acabar con el principal personaje de este cuento, le diré a usted que mi vida comienza. Nunca es demasiado tarde, porque si una obra cuesta largo tiempo hacerla, un buen ejemplo se da muy pronto. Tengo la afición y la ciencia de la tierra, escaso amor propio que le ruego me perdone. Fertilizaré mis campos mejor que supe hacerlo con mi espíritu, con menos costo, menos angustias, y más utilidad para el mayor provecho de todos los que me rodean. A punto he estado de mezclar la inevitable prosa de todas las naturalezas inferiores con producciones que no admitían ningún elemento vulgar. Hoy, muy felizmente para los placeres de mi espíritu, que no está gastado, me será permitido introducir alguna semilla de imaginación en esta buena prosa de la agricultura y...
Buscaba una palabra que expresara modestamente el espíritu de su nueva misión.
—¿Y de la beneficencia?—le dije.
—Sea, acepto la palabra para la señora de Bray, porque eso le corresponde exclusivamente.
En aquel momento la señora de Bray llegaba acompañada de los niños sofocados, empapados de sudor. Hubo un instante de completo silencio durante el cual, como al final de una sinfonía que expira en un sin fin de pequeños acordes, no se oía más que el cuchicheo de los mirlos que charlaban mucho, pero ya no reían.
Pocos días después de aquella conversación que me había hecho penetrar hasta la intimidad de un espíritu en el cual era la originalidad más real haber seguido estrictamente la antigua máxima de conocerse a sí mismo, una silla de posta se detuvo en el patio de Trembles.
Apeose de ella un hombre de cabello escaso, gris y cortado al rape, pequeño, nervioso con todo el exterior, la fisonomía, la madurez y la previsión de un hombre poco ordinario y preocupado de asuntos graves hasta en viaje. Perfectamente vestido, por otra parte, su aspecto revelaba costumbres elevadas de situación, de mundo y de rango. Examinó severamente lo que se veía del castillo, el emparrado, un rincón del parque, alzó los ojos hasta las torrecillas y se volvió para contemplar las pequeñas ventanas del antiguo departamento de Domingo.
Domingo llegó a la terraza: se reconocieron.
—¡Ah, qué sorpresa, mi amigo tan querido!—dijo Domingo avanzando hacia el visitante, las dos manos cordialmente abiertas.
—Buenos días, de Bray—dijo éste con el acento puro y franco de un hombre a quien la verdad parece haber refrescado los labios toda la vida.
Era Agustín.