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Fiebre de amor (Dominique)

JUAN J. DE LA CERDA (continued 2)

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—Señora—le dijo a mi tía, que conmigo le acompañaba.—Una vez más le agradezco el interés que no se ha desmentido por espacio de cuatro años. He procurado lo mejor que he podido despertar en Domingo el amor al estudio y las aficiones que corresponden a un hombre. Puede estar seguro de encontrarme en París cuando venga, siempre fiel a la amistad, en cualquier momento, igual que hoy. Escríbame usted—añadió estrechándome entre los brazos con verdadera emoción.—De mi parte prometo hacer otro tanto. Animo y buena suerte. Todo le favorece para alcanzarla.

Apenas había ocupado su asiento en la alta banqueta, cuando el mayoral tomó las riendas.

—¡Adiós!—repitió con una expresión en el rostro que revelaba a la vez ternura y satisfacción.

El mayoral hizo chasquear la fusta sobre los cuatro caballos del tiro y el carruaje partió camino de París.

El día siguiente a las ocho de la mañana estaba ya instalado en el colegio. Entré el último para evitar la oleada de alumnos y no hacerme examinar en el patio con esa mirada no siempre benevolente que son observados los recién llegados. Caminaba resueltamente fijos los ojos en una puerta pintada de amarillo, sobre cuyo marco había un letrero que decía: «Segunda». Junto a ella estaba un hombre de cabello entrecano, pálido y serio, cuyo semblante no expresaba ni dureza ni bondad.

—Vamos, vamos, un poco más de prisa.

Aquella excitación a la puntualidad, la primera, palabra de disciplina que me dirigía un desconocido, me impresionó: alcé la vista y le examiné. Tenía aspecto de fastidio, reflejaba indiferencia, y ni se acordaba ya de lo que me había dicho. Recordé la recomendación de Agustín. Un relámpago de estoicismo y de decisión iluminó mi espíritu.

—Tiene razón—pensé;—me he retrasado medio minuto.—Y entré.

El profesor subió a la cátedra y empezó a dictar. Era una composición preliminar. Por primera vez mi amor propio tenía que luchar con ambiciones rivales. Observé a mis nuevos camaradas y me sentí perfectamente solo. A través de la ventana de pequeños cristales veía los árboles agitados por el viento, cuyas ramas rozaban contra las oscuras paredes del edificio. Aquel rumor familiar del viento húmedo cruzando entre las hojas crecía y disminuía a intervalos en medio del silencio de los patios. Yo lo escuchaba sin demasiada amargura, con una especie de triste arrobamiento cuya dulzura era extremada algunos momentos.

—¿No trabaja usted?—me dijo de pronto el profesor.—Está bien... Allá usted...

Callose luego y ya no llegó a mis oídos nada más que el ruido de las plumas corriendo sobre el papel.

Un poco más tarde el alumno a cuyo lado estaba mi puesto, me deslizó hábilmente un papelito; contenía una frase del dictado con estas palabras:

«Ayúdeme, si puede; trate de evitarme decir un disparate.»

En seguida le pasé la traducción, buena o mala, pero copiada de mi propia versión con un signo de interrogación que quería expresar: «No respondo de nada; examínela usted.»

Me dirigió una sonrisa de agradecimiento, y sin más continuó escribiendo. Algunos instantes después me dirigió un segundo mensaje que decía: «¿Es usted nuevo?»

La pregunta me demostraba que también lo era él. Tuve un momento de alegría contestando «sí» a mi compañero de soledad.

Era un muchacho de mi edad poco más o menos, pero de complexión débil, rubio, delgado, con hermosos ojos azules de dulce mirar, la tez pálida y delicada, como suelen tenerla los niños criados en las ciudades. Vestía con elegancia y su traje tenía una forma particular en la cual no reconocía yo la mano de nuestros sastres provincianos.

Salimos juntos.

—Le estoy muy agradecido—me dijo mi nuevo amigo.—Tengo horror al colegio y me tiene sin cuidado. Hay en él un montón de hijos de tenderos que llevan las manos sucias, a quienes nunca miraré como amigos. Nos tomarán entre ojos, pero me es igual. Estando unidos llegaremos al objeto. Cuanto más se les deprime más le respetan a uno. Disponga de mí para todo lo que quiera, menos para encontrar el sentido de las frases. El latín me aburre, y si no fuera porque es necesario para ser uno recibido bachiller, en la vida me ocuparía de él.

Luego me explicó que se llamaba Oliverio D'Orsel, que había venido de París porque razones de familia le trajeron a Ormessón en donde acabaría los estudios, que vivía en la calle de los Carmelitas con su tío y dos primas y que a pocas leguas de la ciudad poseía una propiedad de la cual le venía el apellido D'Orsel.

—Vaya—añadió,—tenemos ya una clase en tiempo pasado. No pensemos en ella hasta la noche.

Y nos separamos.

Caminaba con soltura haciendo crujir su calzado finísimo, buscando con cuidado los sitios más secos del suelo para no ensuciarse de barro y balanceando su paquete de libros al extremo de una estrecha correa con hebillas como una brida inglesa.

Apunté aquellas primeras horas, que ya usted ve la relación que tienen con los recuerdos póstumos de una amistad nacida aquel día y triste y definitivamente muerta hoy, el resto de mi vida de estudiante no nos entretendrá. Si los tres años que siguieron me inspiran en este momento algún interés, él es de otra índole y no influyen para nada en ese interés mis sentimientos de colegial. Sin pretenderlo ni molestar a nadie llegué a ser un buen alumno y me auguraban grandes éxitos futuros: una continua desconfianza en mí mismo, muy sincera y muy ostensible, produjo efectos análogos a los de la modestia y dio margen a que me fueran perdonados muchos puntos de superioridad de la cual yo mismo no hacía caso; finalmente aquella falta completa de estima personal presagiaba ya las indiferencias y las severidades de un espíritu que debía observarse desde muy temprano, apreciarse en su justo valor y condensarse.

La casa de mi tía no era alegre, ya se lo he dicho, y lo era menos aún la existencia que llevaba yo en Ormessón. Imagine usted una ciudad pequeña, devota, vetusta, olvidada en el rincón de una provincia que no era paso para ninguna parte, no sirviendo para nada, de la cual iba retirándose la vida a medida que invadía la campiña; sin industria, muerto el comercio, habitada por burgueses reducidos a escasos recursos y de aristócratas empobrecidos; durante el día, las calles sin movimiento; de noche, las avenidas en tinieblas, reinando un silencio solamente interrumpido por las sonerías de los relojes de las iglesias, y a las diez por el lúgubre tañido de la gran campana de San Pedro recordando la necesidad del descanso al vecindario, del cual tres cuartas partes estaban ya entregados al sueño más bien de puro fastidio que por cansancio. Muchos bulevares flanqueados de olmos hermosísimos, muy frondosos, rodeaban aquella ciudad de severa sombra. Cuatro veces al día para ir y volver al colegio los cruzaba yo. No era el camino más directo, pero sí el más apropiado a mis aficiones, porque me acercaba algo a la campiña.

Algunas veces llegaba hasta el río, pero no ofrecía variantes el espectáculo: el agua amarillenta siempre estaba removida en sentido contrario a la corriente, por la marea que hasta aquella región alcanzaba; el aire cargado de humedad, saturado de las emanaciones de la brea, del cáñamo y de las tablas de pino. Todo aquello era monótono y feo y, en el fondo, nada me consolaba del alejamiento de Trembles.

Mi tía tenía el genio de su provincia, el amor por las cosas cargadas de años, el miedo a los cambios, el horror a las innovaciones ruidosas. Piadosa y mundana, muy sencilla, pero muy preocupada, perfecta en todo—hasta en sus leves rarezas—había arreglado su vida en concordancia con dos principios que, según decía, eran virtudes de familia: la devoción a las leyes de la Iglesia y el respeto a las del mundo; y tal era la fácil naturalidad que ponía en el cumplimiento de esos deberes, que su piedad, muy sincera, parecía no ser otra cosa que un nuevo ejemplo de la corrección de su trato.

Su salón—como todas sus costumbres,—era una especie de asilo abierto a sus reminiscencias o sus afecciones hereditarias, cada día más amenazadas. Reunía en él, particularmente los domingos por la noche, los escasos sobrevivientes de su antigua sociedad. Todos eran adictos a la monarquía derrocada y se habían retirado del mundo como ella. La revolución, que habían visto muy de cerca y que les procuraba un fondo común de recuerdos y de agravios, les había impuesto un matiz idéntico, una manera de ser común, empapándolos en una misma prueba. Recordaban los crudos inviernos que pasaron reunidos en la ciudadela de ***, faltos de combustible, durmiendo en cuadras de cuartel sin un mal lecho, abrigando a los niños con restos de cortinajes, comiendo pan negro que era comprado a escondidas. Se refería, sonriendo, lo que en otro tiempo fue terrible. La mansedumbre de la edad había calmado las iras más acerbas. La vida había recobrado su curso regular, cicatrizando las heridas, reparando los desastres, amortiguando la amargura de las añoranzas. Ya no se conspiraba, se censuraba apenas; se esperaba. Finalmente, en un ángulo del salón había una mesa de juego para los hijos, y allí cuchicheaba, mientras se barajaban los naipes, el grupo joven, los representantes de lo porvenir, es decir, de lo desconocido.

El mismo día de mi encuentro con Oliverio, al regresar del colegio, me apresuré a decirle a mi tía que ya tenía un amigo.

—¿Un amigo?—exclamó.—Te apresuras un poco tal vez, mi querido Domingo. ¿Sabes su nombre, su edad?

Le referí cuanto sabía de Oliverio, pintándole con los colores amables que a primera vista me habían seducido; pero sólo el nombre bastó para tranquilizar a mi tía.

—Es uno de los nombres más antiguos y mejores de nuestro país—me dijo;—y es llevado por una persona a la cual estimo mucho y profeso amistad.

Pocas semanas después de este nuevo vínculo la unión de las dos familias era completa, y el primer día del invierno se inauguraron las reuniones que se celebraban unas veces en casa de mi tía y otras en el hotel D'Orsel que era el nombre con que Oliverio designaba la casa de la calle de los Carmelitas, que habitaban, sin gran aparato, su tío y sus primas.

De estas dos primas, la una, Julia, era todavía niña; la otra contaba apenas un año más que nosotros, se llamaba Magdalena y acababa de salir del convento en que se había educado. Conservaba cierto encogimiento, cierta cortedad en el gesto y en las maneras; aún vestía el modesto uniforme, vestidos tristes, estrechos, raídos en el cuerpo por el roce de los pupitres y deformados a la altura de las rodillas por las genuflexiones sobre el pavimento de la capilla del convento. Su tez blanca tenía una palidez, una frialdad de colorido que delataba la vida en la sombra, la ausencia de toda emoción; sus ojos se abrían mal, como si despertaran de un largo sueño; no era ni alta ni pequeña, ni delgada ni gruesa; con un talle indeciso que necesitaba definirse y formarse; se le decía ya que era muy bonita y yo lo repetía de buena voluntad sin fijarme y sin creerlo.

En cuanto a Oliverio—a quien sólo le he presentado en los escaños del aula,—imagine usted un mozo amable, un poco raro, muy ignorante en materia de lecturas, muy precoz en todas las cosas de la vida, de aire desenvuelto en sus actitudes y en sus palabras, no sabiendo nada del mundo y adivinándolo todo, copiando sus formas y adoptando ya sus prejuicios; figúrese usted algo inusitado, un afán singular, jamás risible, de anticiparse a su edad y ser todo un hombre improvisado a los diez y seis años escasos; algo naciente y maduro, artificial y seductor, y comprenderá cómo mi tía pudo encantarse de mi amigo, hasta el punto de disimularle ciertos defectos de escolar, atendiendo que eran el único resto de niñez que aún conservaba.

Además, Oliverio procedía de París, y en ese hecho se apoyaba la gran superioridad con que a los otros vencía, y que, si no para mi tía, para nosotros las resumía todas.

Por mucho que retroceda a través de esos recuerdos tan insignificantes en su origen, tan tumultuosos más adelante, cuyo curso remonto no sin cierta dificultad, encuentro siempre en sus acostumbrados sitios, alrededor de la mesa de tapete verde, a la luz de las lámparas, aquellos tres rostros juveniles sonrientes entonces, sin la más leve sombra de una preocupación real, y que tanto y de tan diversas maneras debían entristecer algún día, pasiones y pesadumbres; la pequeña Julia con salvajismos de niño mimado; Magdalena todavía colegiala a medias; Oliverio conversador, distraído, elegante sin pretenderlo, atildado, vestido con gusto en una época y en un medio en donde los muchachos eran ataviados lo peor posible, manejando las cartas con viveza, rápidamente, con el aplomo de un hombre que ha de jugar mucho, sabiendo lo que hace, y de pronto—diez veces en dos horas—tirando los naipes bostezando, diciendo: «me aburro» y yendo a ocultarse en un rincón cualquiera. Se le llamaba y no se movía. «¿En qué piensas, Oliverio?», le preguntábamos; no contestaba a nadie y continuaba mirando sin decir palabra con aquella movilidad que constituía uno de sus atractivos, y aquella mirada extraña que flotaba en la semioscuridad del salón como una chispa imposible de fijar. De costumbres muy irregulares, ya discreto como si tuviese que ocultar grandes misterios, inexacto en nuestras reuniones, activo, callejero, era imposible hallarle seguramente en su casa a ninguna hora; aquel pájaro enjaulado a su pesar estaba en todas partes y en ninguna, había encontrado el medio de crear lo imprevisto en la vida de provincia y revoloteaba como si estuviera al aire libre dentro de su prisión. Considerábase desterrado; y como si hubiese abandonado la Roma de Augusto para dar en Tracia, se había aprendido de memoria algunos trozos en latín decadente y con eso se consolaba—según decía—de habitar entre los pastores.

Con semejante compañero estaba yo muy solo. Me faltaba aire, me ahogaba en mi habitación estrecha, sin horizonte, sin alegría, sin más vistas que la alta barrera de muros grises, almenados, bajo los cuales apenas se veía volar, por rara casualidad, alguna gaviota. Era invierno, llovía o nevaba por espacio de semanas enteras, y cuando un rápido deshielo liquidaba la nieve, parecía aún más negra la ciudad después del breve deslumbramiento que la había envuelto un instante. Pasada la dura estación, una mañana abríanse las ventanas, renacían los ruidos, oíanse voces de llamada de una a otra casa; pájaros enjaulados que eran expuestos al aire libre hacían oír sus trinos; brillaba el sol, miraba desde arriba por el estrecho embudo que formaba nuestro jardincillo; los brotes de las hojas nuevas salpicaban las ramas de las plantas color de hollín. Un pavo real, que no se había dejado ver en todo el invierno, escalaba lentamente el caballete de un tejado, sobre todo a la tarde, como si prefiriese para sus paseos la tibieza moderada de un sol bajo; abría sobre el fondo azul del cielo la enorme cola y lanzaba penetrante grito, enronquecido como todos los ruidos que se oyen en las ciudades. Así advertía que cambiaba la estación. El deseo de escapar no alcanzaba muy lejos. También yo había leído en los Tristes dísticos que recitaba en voz baja, pensando en Villanueva, la única tierra que yo conocía y que me había dejado añoranzas que escocían.

Estaba atormentado, agitado, más aún, desmoralizado hasta en las horas de pleno trabajo, porque ya no lo contaba para nada en mi vida. Había adquirido varias manías, entre otras, la de las categorías y la de las fechas. Consistía la primera en hacer cierta especie de selección de mis días—todos semejantes al parecer y sin ningún incidente notable que pudiera hacerlos mejores ni peores,—y clasificarlos, según su mérito. Ahora bien, el único mérito de aquellos días de puro fastidio era el grado de más o de menos en los movimientos de vida que sentía en mí. Toda circunstancia en que me reconocía con más amplitud de fuerzas, más sensibilidad, mayor memoria en que mi conciencia, por decir así, tenía mejor timbre y resonaba más, todo momento de concentración más intensa o de expansión más tierna era un día para no ser olvidado nunca. De ahí la otra manía de las fechas, los números, los símbolos, los jeroglíficos, de la cual tiene usted la prueba aquí igual que en cualquiera otra parte en que he considerado necesario imprimir la huella de un momento de plenitud o de exaltación. El resto de mi vida, el que se disipaba en tibiezas, en sequedades, lo comparaba a esos bajos fondos que se descubren en el mar a cada baja marea y que son como la muerte del movimiento.

Tal alternativa asemejaba mucho a la luz y al eclipse de los faros giratorios; esperaba yo siempre un despertamiento de mi ser, como navegante extraviado que aguardara la aparición de la señal sobre la costa.

Lo referido en pocas palabras es claro que corresponde sólo a un breve resumen de muy largos, muy oscuros y muy diversos sufrimientos. El día que hallé en los libros—que en aquel entonces no conocía—el poema o la explicación dramática de esos fenómenos tan espontáneos, no tuve más que un sentimiento: el de parodiar, quizás repitiéndolo, lo mismo que hombres de gran talento habían experimentado antes que yo. Su ejemplo nada me enseñó: sus conclusiones, cuando a ellas llegué, no me corrigieren. Si puede calificarse de mal la facultad cruel de presenciar la propia existencia como si ella constituyera un espectáculo parecido por otro, aquel mal estaba hecho y entré en la vida sin odiarla, aunque mucho me ha hecho padecer, con un enemigo inseparable, muy íntimo y positivamente mortal, que era yo mismo.

V

Todo un año transcurrió de aquella manera. Desde el fondo de la ciudad vi el otoño que amarilleaba los árboles y reverdecía los prados, y el día de la reapertura del colegio, llevé a él un ser agitado, infeliz, una especie de alma plegada en dos, como un faquir entristecido que se reconoce.

Aquella perpetua crítica ejercida sobre mí mismo, aquel mirar implacable, tan pronto amigo como enemigo, siempre molesto como un testigo y desconfiado como un juez, aquel estado de permanente indiscreción respecto a los actos más inocentes de una edad en la que se reflexiona poco, todo aquello me sumió en una serie de angustias, de dudas, de estupores o excitaciones que me conducía directamente a una crisis.

Esa crisis se operó hacia la primavera, en el momento mismo de cumplir los diez y siete años.

Un día—a fines de abril, y debía ser jueves, porque tuvimos asueto los colegiales—salí muy temprano de la ciudad, a pasear al azar por los grandes caminos. Aun no tenían hojas los olmos, pero ya estaban cubiertos de brotes; los prados asemejaban un vasto jardín cubierto de margaritas; las setas de espino estaban en flor; el sol vivo y cálido hacía cantar a las alondras y parecía atraerlas hacia el cielo, de tal modo subían en línea recta y volaban alto. Había por doquier insectos recién nacidos que el viento balanceaba como átomos de luz a la punta de las altas hierbas, y muchas parejas de pajarillos cruzaban rápidamente en dirección a los prados, a los campos de trigo, a las espesuras, en demanda de sus nidos. De cuando en cuando veíase pasar algún anciano o algún enfermo que paseaban, a quienes la primavera rejuvenecía o devolvía la salud, respectivamente; y en los puntos más abiertos al viento, grupos de niños soltaban cometas con largas colas temblorosas y las contemplaban casi perdidos de vista, fijos sobre el azul del cielo semejantes a blancos blasones salpicados de puntos de colores vivos.

Caminaba yo rápidamente penetrado y como estimulado por aquel baño de luz, por aquellos aromas de vegetación naciente, por aquella vivaz corriente de pubertad primaveral que impregnaba la atmósfera. Lo que yo experimentaba era a la vez muy dulce y muy ardiente. Me sentía emocionado hasta las lágrimas, pero sin languidez ni empalagosa ternura. Me dominaba tan activa necesidad de andar, de ir lejos, de quebrantarme de puro cansancio, que no me permitía tomarme un minuto de reposo. En cuanto veía a cualquiera que pudiese conocerme cambiaba de rumbo, y me lanzaba a través de los campos de trigo por cualquiera de las estrechas sendas que los cruzan, marchando a paso de carga hasta que llegaba a donde no veía a nadie. Yo no sé qué sentimiento salvaje, más imperioso que nunca, me incitaba a perderme en el seno mismo de aquella extensa campiña en plena explosión de savia. Recuerdo que allá lejos divisé a los seminaristas desfilando dos a dos a lo largo de las setas floridas, conducidos por viejos sacerdotes que al tiempo que caminaban leían sus breviarios. Había entre ellos altos adolescentes a quienes la estrecha sotana que les ceñía el cuerpo les prestaba cierto aspecto raro, parecía adelgazarlos; al pasar arrancaban flores de los espinos y se marchaban con aquellas flores rotas en la mano. No es que busco contrastes imaginarios, recuerdo la sensación que hizo nacer en mi ánimo, en semejante circunstancia, en semejante hora, en semejante lugar, la vista de aquellos jóvenes, vestidos de luto y ya en todo semejantes a viudos. De tiempo en tiempo, volvía el rostro a la ciudad, ya sólo se distinguía sobre el lejano límite de las praderas, la línea un poco oscura de sus bulevares y las extremidades de sus campanarios. Me pregunté entonces cómo había hecho yo para permanecer en ella tan largo tiempo y cómo había sido posible que allí me consumiera sin morir; luego oí el toque de vísperas, y el tañido de las campanas, acompañado de mil recuerdos, me entristeció como llamado que era a compromisos severos. Pensé que era necesario volver antes de la noche, encerrarme de nuevo, y emprendí con más ahinco todavía el camino del río.

Regresé; no estaba rendido, sino muy al contrario, más excitado por aquel vagabundear durante varias horas, al aire libre, a través de los caminos, respirando un ambiente tibio bajo la acción áspera y mordiente del sol de abril. Experimentaba una especie de embriaguez, iba saturado de emociones extraordinarias, que francamente se manifestaban en mi rostro, en el aspecto de toda mi persona.

—¿Qué tienes, mi hijo querido?—dijo mi tía al verme.

—He caminado muy de prisa—le contesté con cierto desvío.

Me examinó de nuevo, y con un ademán de madre inquieta me atrajo bajo el fuego de sus ojos claros y profundos. Me turbé horriblemente; no pude soportar ni la dulzura de aquella mirada ni la penetración de su ternura; no sé qué confusión se apoderó de mí ante la vaga interrogación insoportable que ella expresaba.

—Déjeme, se lo ruego, querida tía—le dije.

Y subí precipitadamente a mi habitación. La encontré iluminada por los oblicuos rayos del sol poniente y quedé como deslumbrado por el resplandor de aquella luz caliente y rojiza que la invadía como una oleada de vida. Sin embargo, me sentí más tranquilo viéndome solo y me asomé a la ventana esperando la hora saludable en que aquel torrente de claridad iba a extinguirse. Poco a poco fueron enrojeciéndose las paredes de los altos campanarios, los ruidos se hicieron más perceptibles a través del aire algo más húmedo, anchas franjas de fuego se formaron sobre el ocaso hacia el lado en donde se alzaban por encima de las casas los mástiles de los barcos amarrados a la orilla del río.

Así permanecí hasta la noche, preguntándome lo que experimentaba; y no sabiendo qué contestar, oyendo, viendo, sintiendo, ahogado por las pulsaciones de una vitalidad extraordinaria, más emocionante, más fuerte, más activa, más incomprensible que nunca. Deseaba que alguien estuviese allí; mas ¿por qué? No hubiera sabido explicarlo. Y ¿quién? Lo sabía menos aún. Si hubiera tenido que escoger un confidente entre todos los seres que entonces me eran más queridos, me habría sido imposible nombrar a ninguno.

Sólo cuando faltaban algunos minutos para que se extinguiera el último resplandor del día volví a salir. Me deslicé por las calles que sabía eran menos frecuentadas hasta los lugares del bulevar en que la hierba brotaba en plena soledad. Crucé la plaza en donde resonaban los primeros sones de la retreta militar. Luego el ruido de las cornetas se alejó y yo seguí la marcha desde lejos, por las calles más sinuosas, guiándome por el eco de ellas más claro o más confuso según la anchura del espacio en que se desplegaba el sonido a través del aire, en completa quietud aquella noche. Solo, completamente solo, en el crepúsculo azul que descendía del cielo sobre los olmos cuajados de ligero follaje, a la luz de las primeras estrellas que se filtraba a través de las ramas de los árboles como chispas sembradas sobre el encaje de las hojas, caminaba por la ancha avenida escuchando aquella música tan bien acompasada y dejándome guiar por sus cadencias. Iba marcando el compás, mentalmente la tarareaba cuando dejé de oírla; me quedó en el alma como un movimiento que se continúa, y vino a ser una especie de ritmo y una melodía sobre la cual involuntariamente adapté una letra. No conservo el recuerdo de las palabras, ni del asunto, ni del sentido de las frases; tan sólo sé que aquella singular exhalación salió de mí primero como simple ritmo, después con palabras rimadas, y que aquella medida interior se tradujo de repente no solamente por la simetría de las sílabas sino por la repetición doble o múltiple de algunas de ellas, sordas o sonoras, correspondiéndose y haciendo las unas eco a las otras. No me atrevería a decirle a usted que aquello fuese una composición poética, pero lo cierto es que la combinación sonora de los vocablos se parecía mucho a los versos.

En el mismo momento en que llegaba yo a ese punto de mis reflexiones, apareció delante de mí, en la misma avenida que yo recorría, nuestro amigo de siempre, el señor D'Orsel, acompañado de sus dos hijas. Tan cerca estaban que no podía evitar el encuentro, y la misma preocupación que me dominaba me lo hubiera impedido. Me encontraba, pues, cara a cara con la tranquila mirada y el pálido rostro de Magdalena.

—¿Cómo por aquí?—me dijo.

Aun me parece oír su voz neta, aérea, con cierto acento del Mediodía que me hizo estremecer. Tomé maquinalmente la mano que me tendía, una mano pequeña, fina y fresca, cuya frialdad me dio la noción de que la mía abrasaba. Estábamos tan cerca que distinguí con toda exactitud sus facciones y me espantó la idea de que a su vez debía verme como yo a ella.

—¿Le hemos causado miedo?—añadió.

En el cambio de tono de su voz conocí que mi horrible turbación era apreciable, y como por nada del mundo habría aceptado permanecer un solo segundo más en aquella situación sin salida, balbucí algo tan fuera de razón, que me acobardé, perdí la cabeza y, atolondrado, neciamente me di a la fuga.

Aquella noche deserté del salón de mi tía y me encerré en mi cuarto de miedo de ser sorprendido. Allí, sin reflexionar nada, sin pretenderlo tampoco, absolutamente como hombre fascinado por alguna empresa que tanto le asusta como le seduce, de una tirada, sin releer, casi sin vacilar, escribí una porción de cosas inesperadas que parecían caer del cielo.

Fue a la manera de un exceso de carga que salió de mi corazón, de cuyo peso se sentía aliviado a medida que de ella se iba desembarazando.

Aquel trabajo febril me ocupó hasta hora muy avanzada de la noche. Por fin pareciome que había terminado una tarea ineludible; todas las fibras irritadas se relajaron, y ya al amanecer, cuando despertaban los pajarillos, me dormí presa de la más deliciosa languidez.

Al otro día Oliverio me habló de mi encuentro con sus primas, de mi turbación, de mi huida.

—Haces misterio—me dijo,—y te equivocas. Si yo tuviese algún secreto lo compartiría contigo.

Dudé un momento si le diría o no la verdad. Era lo más sencillo y positivamente habría valido más que ocultarla; pero a mi declaración se oponían mil obstáculos reales o imaginarios que me la presentaban como cosa imposible. ¿En qué términos iba yo a darle a entender lo que sentía desde tiempo atrás sin que nadie lo hubiera sospechado? ¿Cómo hablarle, a sangre fría, de aquellos extraños pudores que ofuscaban la luz del día, que no soportaban examen mío ni ajeno, y que semejantes a una herida fresca y demasiado sensible exigían no ser tocados ni siquiera con la mirada? ¿Cómo referirle aquella crisis de sensibilidad inexplicable y aquella especie de encantamiento por la noche cuyo testimonio escrito hallé por la mañana?

Repliqué con una mentira: desde varios días antes me sentía enfermo, el calor de la víspera me había causado una especie de vértigo y rogaba a Magdalena que me excusara la triste figura que hice al encontrarla.

—¿Magdalena?...—continuó Oliverio.—Pero nosotros no tenemos cuentas que arreglar con Magdalena... Hay cosas que no le incumben...

Al decir eso sonreía de un modo singular y me dirigió una mirada de las más penetrantes y más vivas. Por mucho que se esforzara para leer lo que había en mi alma, estaba bien seguro de que nada descubriría; pero comprendiendo que algo buscaba, y aunque no acababa de adivinar cuáles podían ser los sentimientos, muy presumibles, que Oliverio me suponía, viéndome objeto de tal investigación reflexioné y surgió en mí una sospecha que me llenó de turbación.

Era tan perfectamente cándido e ignorante, que el primer despertar de ciertos impulsos en medio de mis ingenuidades me fue señalado por una inquieta mirada de mi tía y una equívoca y curiosa sonrisa de Oliverio. Pensé que era vigilado y me vino el deseo de averiguar la causa de aquella vigilancia. Fue una falsa sospecha que por primera vez en la vida me hizo ruborizar. No sé qué indefinible instinto hinchó mi corazón con una emoción absolutamente nueva. De pronto, un extraño resplandor iluminó ese verbo infantil, el primero que todos hemos conjugado en francés o en latín estudiando la gramática. Y dos días después de aquella advertencia hecha por una madre prudente y por un camarada emancipado, no estaba lejos de admitir—tanto estaba llena mi mente de escrúpulos, de curiosidades y de inquietudes,—que mi tía y Oliverio tenían razón sospechando que estaba yo enamorado; pero, ¿de quién?...

El domingo próximo por la noche nos reunimos todos como de ordinario en el salón de mi tía. Cuando llegó Magdalena experimenté cierta turbación; no la había vuelto a ver desde el jueves último por la tarde. Era indudable que esperaba ella una explicación; pero me sentía incapaz de dársela y callé. Estaba espantosamente confuso y distraído. Oliverio—que no creía que existiera ninguna razón para ser caritativo conmigo—me acribillaba con sus epigramas. Era inofensivo lo que decía; pero, desde muchos días antes, era tan extraordinaria la irritabilidad de mis nervios que cualquier cosa me hería y me causaba inmotivado sufrimiento. Estaba sentado junto a Magdalena por razón de una costumbre adquirida sin que la voluntad de ninguno de los dos hubiese dado margen a ella por ningún concepto. De pronto experimenté el deseo de cambiar de sitio. ¿Por qué? No hubiera sido capaz de decirlo. Me parecía, tan sólo, que la luz de las lámparas me incomodaba y que en otro lugar me encontraría mejor. Cuando Magdalena levantó los ojos que tenía bajos mirando el juego y me vio sentado al otro lado de la mesa, precisamente en frente de ella, dijo con cierto aire de sorpresa: «¿Y bien...?» Pero nuestras miradas se encontraron y algo extraordinario debió advertir en la mía que la turbó levemente y le impidió terminar la frase.

Cerca de año y medio hacía ya que vivía cerca de ella y por primera vez aquella noche la miré como se mira cuando se desea ver. Magdalena era encantadora, mucho más encantadora que no se decía, muy diferente de como yo la había considerado hasta aquel momento. Además tenía diez y ocho años. Aquella apreciación repentina, lejos de iluminar mi espíritu poco a poco, en medio segundo me enseñó todo lo que yo ignoraba de ella y de mí mismo. Fue como una revelación definitiva que completó las de los días precedentes, reuniéndolas en un montón de evidencias y creo que explicándolas todas.

VI

Algunas semanas después, el señor D'Orsel se trasladó a un establecimiento de baños termales pretextando motivo de salud y de recreo, pero en realidad por razones particulares de las cuales me enteré más tarde. Magdalena y Julia le acompañaron.

Aquella separación—de la que cualquier otro se hubiera lamentado como de un desgarramiento—me libertó de un gran apuro. Ya no me era posible vivir cerca de Magdalena siempre cohibido por la invencible timidez que su presencia me causaba. Huía de ella. El hecho de mirarla cara a cara constituía para mí un verdadero desplante de audacia. Viéndola tan tranquila, cuando yo estaba tan turbado, encontrándola tan perfectamente bella, cuando tantos motivos tenía yo para reconocerme desagradable con mi traje de colegial y mi aspecto de campesino desgalichado, invadía todo mi ser un sentimiento de inferioridad humillante que me llenaba de desconfianzas, transformando la más sencilla familiaridad en sumisión sin dulzura, en ruin servidumbre con asomos de esclavitud. En una palabra, Magdalena me daba miedo, me dominaba antes de seducirme: el corazón tiene las mismas ingenuidades que la fe: todos los cultos apasionados empiezan así.

El día que siguió al de la partida de Magdalena me apresuré a ir a la calle de los Carmelitas. Oliverio ocupaba un cuarto, pequeño, perdido en un alto pabellón del hotel. Ordinariamente iba yo a buscarle a la hora de entrar al colegio, le llamaba desde el jardín para que bajase. Me acordé que a aquella hora, casi todas las mañanas me respondía otra voz, que Magdalena se asomaba a la ventana y me saludaba; pensé en la emoción que me causaba aquella entrevista cuotidiana, antes sin encanto ni peligros y que luego se había convertido en verdadero suplicio, y entré, atrevidamente, casi contento como si algo que en mí había de temeroso y vigilado, tomara sus vacaciones.

La casa estaba vacía. Los sirvientes iban y venían, como asombrados, también ellos, de no tener ya que reportarse. Habían abierto todas las ventanas y el sol de mayo jugueteaba libremente en las habitaciones, en las cuales cada cosa estaba en su sitio. No era el abandono, era la ausencia. Suspiré. Calculé lo que aquella ausencia debía durar. Dos meses. El plazo tan pronto me parecía muy corto como se me antojaba muy largo. Creo que hubiera deseado—tanto experimentaba la necesidad de pertenecerme—que aquel exiguo respiro nunca tuviera fin.

Volví el otro día y los siguientes y hallé el mismo reposo y la misma seguridad. Recorrí toda la casa, visité el jardín, senda por senda; Magdalena estaba por doquier. Me atreví hasta entretenerme libremente con su recuerdo. Miré la ventana de su cuarto y en ella vi su encantador semblante. Oí su voz en los paseos del parque y me puse a tararear para encontrar en aquel murmullo el eco de las canciones que le gustaba entonar al aire libre, que el viento hacía tan fluidas y que eran acompañadas por el susurro de las hojas. Volví a ver en el recuerdo mil cosas de ella que me eran ignoradas o que no me habían impresionado, ciertos gestos que sin ser nada resultaban encantadores, reconocí llena de gracia la costumbre que tenía de retorcerse la cabellera sobre la nuca y atarla por medio formando negro haz. Las más insignificantes particularidades de su traje o de sus ademanes, el aroma exótico de que se perfumaba y que me habría hecho reconocerla a ojos cerrados, hasta los colores que había adoptado últimamente, el azul que le estaba tan bien y que tanto hacía resaltar la nítida blancura de su tez. Todo aquello revivía en mi memoria con sorprendente lucidez; pero causándome una emoción muy diversa de la que me producía cuando ella estaba presente, algo así como una añoranza que me era grato acariciar, dulce recuerdo de cosas amables que ya no estaban allí. Poco a poco, sin gran calor, pero con perenne ternura, me saturé de aquellas reminiscencias, el solo atractivo casi vivo que de ella me quedaba, y aun no habían pasado quince días desde la partida de Magdalena cuando aquel recuerdo invasor no se apartaba de mi mente ni un instante.

Una tarde subí al cuarto de Oliverio y, como siempre, pasé por delante del de Magdalena. Muchas veces había hallado abierta de par en par la puerta sin que me viniese el deseo de entrar. Aquella tarde me detuve en seco, y después de muchas vacilaciones concordantes con escrúpulos tan nuevos como todos los otros sentimientos que me embargaban, cedí a una verdadera tentación y entré.

La habitación estaba casi a oscuras. Apenas se distinguían los muebles, antiguos, de maderas de color atezado y los dorados de las marqueterías brillaban débilmente. Telas de colores sobrios, blancas muselinas flotantes completaban un conjunto de tonos pálidos y dulces, impregnando de tranquilidad y recogimiento en la semioscuridad de un suave crepúsculo. El aire tibio llegaba del jardín saturado del aroma de las flores; pero predominaba un sutil perfume, más vivo que los otros, que más que ninguno me impresionaba al percibirlo, recuerdo inequívoco de Magdalena. Llegué hasta la ventana: a ella tenía costumbre de asomarse Magdalena. Me dejé caer sobre un silloncito en que ella solía sentarse y permanecí allí algunos minutos presa de la más viva ansiedad, retenido a mi pesar por el deseo de saborear impresiones cuya novedad me parecía exquisita. No miraba nada; por nada del mundo habría osado poner la mano sobre ninguno de los objetos que me rodeaban; inmóvil, atento sólo a penetrarme de aquella indiscreta emoción, sentía agitarse convulsivamente mi corazón, y tan precipitados eran sus movimientos, que instintivamente me apretaba el pecho con ambas manos para ahogar en lo posible los incómodos latidos.

De súbito resonó en el corredor el ruido seco de los pasos de Oliverio y apenas me quedó tiempo para deslizarme hasta la puerta antes de que llegase.

—Te esperaba—me dijo sencillamente para persuadirme de que no me había visto salir del cuarto de Magdalena o que nada que objetar tenía por el hecho.

Iba ataviado con mucha elegancia, la corbata anudada con abandono y el traje, de tela ligera, tan holgado como era su gusto usar la ropa, sobre todo en verano. Tenía un modo de andar tan desenvuelto, una manera tan libre de moverse, vestido de ropa flotante que en ciertos momentos, de todo en todo asemejaba un joven extranjero, inglés o americano. Constituía esto uno de los atractivos de su persona, y yo, que he tenido ocasión de apreciar lo mismo sus altas cualidades que sus debilidades, no podría decir que pusiera demasiadas pretensiones en el modo de vestir, aunque de él hiciera verdadero estudio. Creía él que la composición del indumento, la elección de los colores, las proporciones de un traje eran cosa muy digna de ser tenida en cuenta por un hombre de buen tono; pero, una vez adquirida aquella combinación, ya no pensaba más en ella, y habría sido hacerle gran injusticia, el suponer que de su atavío se preocupara más tiempo que el necesario para los ingeniosos cuidados que en él ponía.

—Vamos hasta los bulevares—me dijo tomándome por un brazo.—Deseo que me acompañes y ya es casi de noche.

Caminaba de prisa y me arrastraba como si estuviese apremiado por la hora. Tomó por el camino más corto, atravesó las alamedas desiertas y me llevó derecho al lugar en que se acostumbraba pasear durante el verano al caer la tarde. Había bastante gente, todo cuanto una pequeña ciudad como Ormessón podía reunir de mundano, rico y elegante. Oliverio siguió andando siempre de prisa, distraída la mirada, tan absorbido y excitado por secreta impaciencia que se olvidaba de que me tenía a su lado. De pronto retardó el paso, se apoyó más en mi brazo como si tratara de buscar un apoyo para dominarse y moderar cierta efervescencia que tendía a desbordarse. Me di cuenta de que había llegado al término de una pesquisa.

Dos mujeres se dirigían hacia nosotros siguiendo el borde de la avenida, misteriosamente abrigadas por la sombra de los olmos. Una de ellas era joven y notablemente bella; mi reciente experiencia me había formado el gusto respecto de aquellas definiciones delicadas y ya no me equivocaba. Me fijé en la manera de hollar con paso leve y corto el césped que crecía al pie de los árboles, como si caminara sobre la flexible pelusa de una alfombra. Nos miraba fijamente, con menos gracia que Magdalena, pero con una desenvoltura que jamás ella hubiera osado permitirse y todavía lejos, preparábase ya a contestar con una sonrisa especialísima al saludo de Oliverio. Este saludo fue cambiado lo más cerca posible, con mucha gracia y un poco de abandono; y luego que el rostro de la joven rubia, todavía sonriente, quedó oculto por las puntillas del sombrero, mi amigo volvió el suyo hacia mí, y con un acento de interrogación lleno de audacia me dijo:

—¿Conoces tú a la señora de X...?

Tratábase de una persona de quien se hablaba un poco en el mundo al cual acompañaba yo a mi tía algunas veces. Nada tenía de particular que Oliverio le hubiera sido presentado; y con toda ingenuidad se lo dije.

—Precisamente—añadió,—bailé una noche con ella el invierno pasado y desde...

Interrumpiose, y tras breve silencio continuó:

—Mi querido Domingo, ya sabes tú que no tengo padre ni madre; no soy más que el sobrino de mi tío, y de esa parte no espero más afecto que el que me es debido como tal pariente, es decir, muy poca porción del patrimonio de ternura que por derecho corresponde a mis dos primas. Tengo, pues, la necesidad de ser amado, en distinta forma que la de una amistad de colegio... No protestes; te estoy muy agradecido por la adhesión que me demuestras y que no dudo me conservarás, suceda lo que quiera. También me cumple decirte que te quiero mucho. Pero has de permitirme que considere un poco tibias las afecciones que me han tocado en suerte. Dos meses hace, una noche, en un baile, hablé poco más o menos del mismo modo sobre este mismo asunto con la persona a quien acabamos de encontrar. Al principio la divertí no dando a mis palabras más valor que el de lamentaciones de un estudiante a quien el colegio aburre; pero como tenía la firme voluntad de ser escuchado seriamente, puesto que en serio hablaba yo y como también estaba seguro de que sería creído si me empeñaba, le dije: «Señora, si le place dar a mis palabras el valor de una súplica, sea; si no ellas serán expresión de una pena de la cual no volverá a oír hablar.» Me dio dos golpecitos con el abanico con objeto de interrumpirme, sin duda; pero nada más tenía que decirle, y para no desmentirme abandoné el baile en seguida. Desde entonces mantengo mi palabra y no he añadido ni una frase que pudiera hacerle suponer que abrigo la más leve esperanza ni la duda más pequeña. No me oirá nunca ni lamentarme ni suplicar. Siento que en semejante caso tendré mucha paciencia y esperaré.

Mientras así me hablaba parecía Oliverio muy tranquilo. Un poco más de brusquedad en su gesto y un acento más vibrante en la voz eran los únicos síntomas perceptibles que delataban un estremecimiento interno, si realmente se agitaba su corazón, que mucho lo dudo. Cuanto a mí, le escuchaba con real y profunda angustia. Aquel lenguaje me resultaba tan nuevo, era tal la naturaleza de sus confidencias, que desde luego experimenté una gran confusión, como al contacto de una idea completamente incomprensible.

—¡Y bien!—le dije, porque no hallé en mi mente más que esa exclamación de ingenuo.

—Pues nada más. Es todo lo que tenía que comunicarte, Domingo. Cuando a tu vez me pidas que te escuche, sabré hacerlo.

Le contesté más lacónicamente aún, le estreché tiernamente la mano y nos separarnos.

Me sucedió con estas confidencias de Oliverio igual que con todas las lecciones demasiado bruscas o fuertes por exceso; aquella iniciación embriagadora me llenó de confusiones y hube menester de largas y penosas meditaciones para seleccionar las verdades útiles o inútiles que contenían declaraciones tan graves. En el estado de ánimo en que me encontraba, es decir, atreviéndome apenas a aquilatar sin emoción la más inocente y la más usual de las palabras del lenguaje del corazón, mis previsiones más atrevidas jamás habrían llegado por sí solas a sobrepasar la idea de un sentimiento mudo y desinteresado. Partir de tan poco para llegar a las ardientes hipótesis en que me lanzaban las temeridades de Oliverio; pasar del silencio absoluto a la manera aquella, tan libre, de expresarse respecto de la mujer; seguirle, en fin, hasta el objeto marcado para su espera eran evoluciones capaces de hacerme envejecer en pocas horas. Llevé a cabo aquella gigantesca zancada, pero a trueque de temores y de deslumbramientos que no son para descritos; y lo que me asombró más, luego que hube alcanzado el punto de lucidez necesario para comprender a fondo las lecciones de Oliverio fue el resultado de la comparación del valoramiento que ponían en mi mente, con la frialdad del calculismo de aquel que se decía enamorado.

Pocos días después me mostró una carta sin firma.

—¿Os escribís?—le pregunté.

—Esta carta—me dijo—es la única que de ella he recibido y no he contestado.

La carta estaba concebida, poco más o menos, en los siguientes términos:

«Es usted un niño que pretende obrar como un hombre y yerra usted doblemente al envejecerse. Haga lo que quiera, los hombres serán siempre mejores o peores que usted. Creo que es digno de lástima porque está solo, y le estimo bastante para admitir que debe usted sufrir privado de una amistad vigilante y tierna; pero procedería usted mejor hablando con el corazón en la mano, que no confiándose un día, de súbito, a alguien que le aprecia, y callar después. No alcanzo el bien que le pude hacer escuchando sus confidencias ni el fin que persigue no renovándolas. Razona usted demasiado para una edad en que la ingenuidad es a la vez principal atractivo y única excusa, y si tuviera usted tanto abandono como sangre fría sería más interesante y sobre todo más feliz.»

No obstante algunos raros arranques de franqueza a los cuales cedía por capricho, no entendía yo más que a medias las confidencias de Oliverio. Aunque tenía la misma edad que yo, sobre poco más o menos, y era sin duda inferior a mí en muchas cosas, me consideraba demasiado joven, según decía, para apreciar las cuestiones de conducta que se agitaban en su alma. A duras penas podía yo aceptar la primera palabra del propósito que pretendía mantener hasta alcanzar la plena satisfacción del amor propio o de su placer. Le veía siempre tan tranquilo, tan sereno, tan dispuesto a todo, con su fisonomía amable, de rasgos un poco fríos, la mirada impertinente para todos los que no eran sus amigos, y aquella sonrisa rápida y seductora de la cual sabía hacer oportunamente tan pronto una caricia como un arma ofensiva. No estaba triste ni siquiera preocupado ni aun en los momentos en que, según confesión propia, su imperturbable confianza había sufrido un poco. El despecho no se manifestaba en él más que por una especie de irritabilidad más aguda, y no hacía más, por decir así, que añadir un resorte de temple más seco a su audacia.

—Si te parece que voy a sufrir, te equivocas—me decía algún tiempo después en uno de esos momentos de breve vacilación en los cuales parecía complacerse en dar a sus palabras una expresión de hostilidad malvada.—Si un día llega a amarme, más tarde o más temprano, esto de ahora no es nada. Si no...

—¿Si no?...—repetí yo.

No contestó; como si hubiera querido cortar algo hendiendo el aire hizo girar silbando alrededor de su cabeza un fino junco que llevaba en la mano. Luego, continuó fustigando en el vacío con vehemencia extrema y añadió:

—¡Si pudiera leer en sus ojos un sí o un no!... Jamás he visto otros ni más atormentadores ni más bellos, excepto los de mis dos primas que no me dicen nada.

Otros días, cualquier incidente halagüeño le volvía a su ser. Se tornaba sensible, notábase que estaba agitado y se mostraba ligeramente entusiasta, con mucha más naturalidad. Ponía cierta dulzura en sus gestos y en sus palabras y, aunque reservado como siempre, mucho me daba a entender respecto de sus esperanzas.

—¿Estás bien seguro de que la amas?—le pregunté por fin, tanto me parecía esa condición primordial aunque dudosa para que se mostrara exigente.

Oliverio me miró fijamente y como si mi pregunta le pareciese el colmo de la imbecilidad o de la locura, soltó una carcajada tan insolente que me quitó las ganas de continuar.

La ausencia de Magdalena duró el tiempo convenido. Algunos días antes de su regreso, pensando en ella—y eso me sucedía cada minuto,—recapitulé los cambios que se habían operado en mi ánimo y me quedé estupefacto. El corazón lleno de secretos, el espíritu conmovido por atrevidos impulsos, el ánimo cargado de experiencia antes de haber conocido nada, me reconocí absolutamente diverso de como era cuando de mí se había separado ella. Me persuadí de que aquello me serviría para aminorar otro tanto la curiosa sumisión a que había estado sujeto, y aquel leve tinte de corrupción difundido en todos mis sentimientos perfectamente cándidos antes, me prestó un algo semejante a la desvergüenza, mejor dicho, la suficiente bravura para correr al encuentro de Magdalena sin temblar demasiado.

Llegó ella a fines de julio. Desde muy lejos percibí el ruido de los cascabeles de los caballos, y vi acercarse encuadrada en la verde cortina que formaban los setos vivos, la silla de posta, blanca de polvo, que cruzó el jardín y se detuvo delante del portal. Lo primero que impresionó mis ojos fue el velo azul de Magdalena que flotaba detrás de la portezuela del carruaje. Bajó ligera y se abrazó a Oliverio. Al contacto de sus pequeñas manos que estrechaban las mías con fraternal cordialidad la realidad de mis ensueños renació; luego, apoyándose en el brazo de Oliverio y en el mío con la familiaridad propia de una hermana, con igual presión sobre el uno que sobre el otro y derramando sobre ambos, como un verdadero rayo de sol la límpida luz de su mirada directa y franca, como quien siente un poco de cansancio subió las escaleras del salón.

La velada estuvo saturada de efusión. ¡Tenía Magdalena tantas cosas que referirnos! Había contemplado hermosos paisajes, había admirado toda clase de novedades, de costumbres, de ideas, de trajes. Hablaba revelando el desorden en la memoria abarrotada de recuerdos tumultuosos con la volubilidad de un alma impaciente por referir en algunos minutos una multitud de adquisiciones hechas en dos meses. De cuando en cuando se interrumpía, para tomar aliento, como si todavía hubiese de subir y bajar muchos escalones de la montaña por donde su relación nos conducía. Se pasaba la mano por la frente, por los ojos, mesaba hacia atrás de las sienes los rizos de la espesa cabellera un poco erizada por el polvo del viaje. Hubiérase dicho que aquellas actitudes semejantes a las de una persona que marcha y tiene calor, refrescaban su memoria. Buscaba un nombre, una fecha, perdía y recobraba sin cesar el hilo enredado de un itinerario y se reía a carcajadas cuando la confusión de su relato era tan grande que se veía obligada a pedir ayuda a la clara y firme memoria de Julia. Exhalaba vida, el goce de enseñar, las curiosidades satisfechas. A pesar de estar rendida por el largo viaje en coche, conservaba todavía la costumbre del repetido cambio rápido de lugar que la hacía levantarse a cada momento, accionar, mudar de asiento, lanzar una ojeada de bienvenida tan pronto al jardín como a los muebles, reconociéndolo todo y acariciándolo. Luego fijaba atentamente los ojos en Oliverio y en mí como para estar bien segura de reconocernos y constatar mejor su regreso y su presencia entre nosotros; pero sea que nos encontrara un poco cambiados al uno y al otro, sea que dos meses de separación y la vista de tantas cosas nuevas la hubiesen deshabituado de las nuestras notaba yo en su fisonomía cierta expresión de vaga sorpresa.

—Y bien—le dijo Oliverio,—¿nos reconoces?

—No del todo—replicó ella ingenuamente.—Cuando estaba lejos de vosotros os veía de otra manera.

Yo estaba como clavado en mi asiento. La miraba, la escuchaba y por mucho que ella notara en nosotros un cambio, el que yo advertía en ella era aún más efectivo y sin duda más completo, ya que no más profundo.

Estaba más morena. Su tez, reanimada por suave tono rosado, traía de las caminatas al aire libre como un reflejo de luz y de calor que lo doraba. Tenía la mirada más rápida y la cara un poco más delgada, las pupilas como manchadas por el esfuerzo de una vida muy activa y la costumbre de abarcar dilatados horizontes. Su decir siempre acariciador y notado por el uso de expresiones tiernas había adquirido yo no sé qué nueva plenitud que le prestaba acentos más enérgicos. Andaba con más soltura, su pie mismo se había achicado ejercitándose en largas excursiones por difíciles senderos. Toda su persona parecía haber disminuido el volumen tomando aspecto más firme y más preciso; y el vestido de viaje, que sabía llevarlo maravillosamente, completaba la fina y robusta metamorfosis.

Era la misma Magdalena, embellecida, transformada por la independencia, por el placer, por los mil accidentes de una existencia imprevista, por el ejercicio de todas las fuerzas, por el contacto con elementos más activos, por el espectáculo de una naturaleza grandiosa. Era la misma juventud de una criatura selecta, con algo más nervioso, más elegante, más definido, que señalaba un progreso en la belleza y un paso decidido en la vida.

No recuerdo bien si entonces me di exacta cuenta de todo lo que ahora digo; pero lo que sé de cierto es que adiviné la superioridad más y más determinada de ella sobre mí porque en aquel momento medí con absoluta certeza y con una emoción que nunca había experimentado, la enorme distancia que separa a una joven que frisa en los diez y ocho años, de un estudiante que apenas cuenta diez y siete.

Además un indicio más positivo todavía debiera haberme abierto los ojos aquella misma noche.

Entre los bultos del equipaje había un admirable rododendro, arrancado de raíz en torno de las cuales una mano previsora había rodeado puñados de helecho y de plantas alpinas, todavía chorreando el agua de las montañas. Aquella planta, traída de tan lejos y por la cual demostraba especial interés el padre de Magdalena, decía ella que le había sido enviada en recuerdo de una expedición al pico de *** por un compañero de viaje a quien se atribuía vagamente mucha amabilidad, mucha cultura y previsión y muchas consideraciones respecto al señor D'Orsel.

Cuando Julia deshacía las envolturas se deslizó una tarjeta que Oliverio vio caer y de la cual se apoderó rápidamente; después de darle dos o tres vueltas como si tratara de apreciar los detalles fisonómicos, por decir así, de aquella blanca cartulina, leyó en voz alta: El conde Alfredo de Nièvres.

Nadie se dio por entendido de aquel nombre que resonó secamente en medio de un silencio absoluto y resuelto. Magdalena aparentó no haber oído; Julia ni siquiera pestañeó; Oliverio calló; el señor D'Orsel tomó la tarjeta y la desgarró sin decir palabra. En cuanto a mí, el más interesado en precisar los más insignificantes detalles de aquel viaje, ¿qué le diré a usted? Tenía necesidad de sentirme dichoso, y en eso se cifra el enigma de muchas cegueras menos explicables aún que la mía.

Entre Magdalena casi mujer y el adolescente apenas emancipado que voy retratando, entre sus brillantes años y los míos, había mil obstáculos conocidos o desconocidos, patentes u ocultos, nacidos o por nacer. Sin embargo, yo me obstinaba en no ver ninguno. Había echado mucho de menos a Magdalena, la había deseado, esperado, y ya usted habrá adivinado que después de su partida había cien veces maldecido el censurable espíritu de rebelión que me revolvía contra la más envidiable, la más dulce, la menos calculada de las servidumbres. Volvía al fin tan afectuosa que me encantaba, seductora hasta el punto de maravillarme; la poesía; y como les sucede a quienes un exceso de luz les perturba la vista, nada advertía yo más allá del confuso deslumbramiento que me enceguecía.

Gracias a la ausencia de razonamiento, mejor dicho, a mi ceguera, me sumergí en los meses siguientes como si hubiera entrado en lo infinito. Figúrese usted una primavera, rápida y muy calurosa, llena de rientes amores, de impulsos generosos, de imprevisiones, de alegrías perfectas. Tan enérgica fue mi expansión como cobarde había sido el replegamiento sobre mí mismo antes de aquella súbita floración que me sorprendía en el embotamiento propio de la verdadera infancia. No preguntaba si me era permitido ofrecerme, me daba sin reservas con efusiones en las cuales ponía cuanto en mí había de sinceridad inteligente, lo mejor de mi ser moral, sobre todo lo más inflamable. No me considero capaz de pintar con exactitud aquel breve momento de desinterés total, que bien puede servir de excusa a muchos accesos de egoísmo, en que luego caí, y durante el cual mi existencia purísima, saturada de buenas intenciones, ardió por entero a modo de ofrenda y llameó a los pies de Magdalena como fuego sagrado ante un altar.

Recobramos las antiguas costumbres. Era el mismo cuadro de antes embellecido por el prodigioso brillo de una nueva vida. Causábame asombro encontrarlo todo tan incomparable y que una sola influencia hubiera tenido el poder de cambiar el aspecto de las cosas hasta el extremo de rejuvenecer tantas decrepitudes y reemplazar aspectos tan morosos por semejantes alegrías. Las noches eran cortas, las tardes calurosas. Ya no nos reuníamos en el salón; se velaba bajo los árboles del jardín del señor D'Orsel o en pleno campo sobre los linderos de los prados húmedos. Muchas veces daba yo el brazo a Magdalena durante las lentas caminatas realizadas en grupo. Las personas mayores nos seguían. Llegaba la noche y hacía descender sobre nosotros el silencio, en aquellas horas en que se habla menos y en voz muy baja. La ciudad cerraba el horizonte con sus graves siluetas, el tañido de las campanas y el de las sonerías de los góticos relojes de torre acompañaban aquellos paseos alemanes en los que yo no era Werther, aunque creo que Magdalena valía una Carlota, porque jamás le hablé de Klopstock y si alguna vez mi mano se posó en la suya fue siempre obedeciendo a un impulso fraternal.

Por las noches continuaba escribiendo con furor, porque nada hacía yo a medias. Me parecía a veces—tal era el cúmulo de ilusiones que se reunían en mi cabeza,—que estaba a punto de dar a luz alguna obra maestra. Obedecía a una fuerza ajena a mi voluntad como todas las que me poseían. Si con los recuerdos de aquella época hubiese conservado la más leve de las ignorancias que la hicieron tan bella y tan estéril, diría que aquella facultad singular, siempre dominadora y jamás sumisa, desigual, indisciplinable, llegando en cierto momento y alejándose como había venido, asemejaba a lo que los poetas llaman inspiración y personifican en su Musa. Era imperiosa e infiel, dos rasgos salientes que me hicieron tomarla por la inspiradora ordinariamente de los espíritus dotados. Pero un día, más adelante, comprendí que la visitante que me causó tantas alegrías primero y luego tanta decepción, no tenía nada de lo característico de la Musa sino mucha inconstancia y mucha crueldad.

Esta doble vida de fiebre del corazón, de fiebre del espíritu, hacían de mí un ser muy equívoco. Notábalo yo. Había en ella más de un peligro que traté de conjurar y creí llegado el momento de desembarazarme de un secreto sin valor para poner a salvo otro más precioso.

—Es singular...—me dijo Oliverio.—¿A dónde te conducirá eso? Después de todo, tienes razón si ese trabajo te divierte.

Breve respuesta que encerraba no poco desdén y quizás mucho asombro.

En medio de estas distracciones mis estudios iban bastante bien. Continuaba obteniendo éxitos que despreciaba comparándolos con la grandeza de los sentimientos que hacían que fuese un hombre pequeño y, según mi juicio, un corazón tan grande. De tarde en tarde recibía de lejos un impulso que me obligaba a considerar aquellos éxitos menos desdeñables. Desde el día que nos separamos, Agustín no me había olvidado. En cuanto lo permitía la distancia que nos separaba continuaba procurándome las enseñanzas que habían comenzado en Trembles. Con la superioridad que le prestaba la experiencia de la vida abordada por los lados más dificultosos, en el más grande de los escenarios, y según el progreso moral que suponía en su discípulo, había elevado poco a poco el tono de sus consejos. Sus lecciones se convertían ya casi en conversaciones de hombre a hombre. Me hablaba poco de él mismo y sólo en términos vagos para decirme que trabajaba, que hallaba grandes obstáculos, pero que esperaba llegar a buen término. Algunas veces una rápida descripción, bosquejo del mundo en que vivía, de los hechos, de las ambiciones que le rodeaban, seguía a la expresión de los buenos ánimos que tenía para luchar, como para experimentarme con tiempo y prepararme a las enseñanzas que más tarde debía sacar de las más brutales realidades. Se preocupaba de lo que yo pensaba, de lo que hacía y sin cesar me preguntaba qué era lo que en fin había resuelto emprender después que saliera de mi provincia.

«He sabido—me decía,—que es usted el primero de la clase. Está muy bien. Pero no se envanezca por semejantes ventajas. La emulación en el colegio es la forma ingenua de una ambición que usted conocerá más tarde. Acostúmbrese a permanecer en primera línea para que nunca se sienta satisfecho de usted mismo si llegase a ocupar tan sólo la segunda en lo sucesivo. Sobre todo no equivoque el móvil de su esfuerzo, no confunda el orgullo con la modesta apreciación de lo que puede hacer. No le preocupe nunca, sobre todo en el orden moral, más que la extrema altura del objeto y la necesidad de acercarse a él lo más posible; eso le prestará a usted mucha humildad y mucha fortaleza. La imposibilidad casi general, de alcanzar lo extremo de ciertos ensueños hará que considere estimable y digno de piedad, el esfuerzo que cualquier hombre de buena fe intente hacia la perfección. Si se siente más cerca que él, calcule de nuevo lo que le queda por hacer y los acobardamientos valdrán más, desde el punto de vista moral, que no las vanidades.»

Permítame que le muestre algunos extractos de cartas de Agustín y suponiendo mis contestaciones le será fácil comprender el espíritu general de nuestra correspondencia y verá usted más exactamente cuáles eran entonces su vida y la mía.

«París 18...

»¡Diez y ocho meses hace ya que estoy aquí! Sí, mi querido Domingo, diez y ocho meses han transcurrido desde que nos separamos en aquella pequeña plaza diciendo hasta la vista. Veinticuatro horas después, cada uno de nosotros pusimos manos a la obra. Deseole, mi querido amigo, que esté más satisfecho de sí mismo que yo lo estoy de mí. La vida sólo es fácil para quienes la espigan sin penetrarla. Para ésos París es el lugar del mundo en donde más cómodamente se puede tener la creencia de que se existe. Basta dejarse arrastrar por la corriente como un nadador en una masa de agua pesada y rápida; se flota en ella, y no se ahoga uno. Verá usted eso algún día y será testigo de muchos éxitos debidos tan sólo a la ligereza de los caracteres y de muchas catástrofes que no se habrían padecido con diferente peso en las convicciones. Es bueno familiarizarse desde temprano con el espectáculo verdadero de las causas y de los efectos. No sé qué ideas tiene usted de todo esto, si es que las tiene. En todo caso es poco probable que sean precisas y lo más triste del caso es que tiene usted razón. El mundo debía ser en todo semejante a lo que usted imagina. ¡Si usted supiera cuán diferente es! Mientras no pueda juzgarlo por sí mismo, habitúese a estas dos ideas: que hay verdades y existen hombres. Jamás cambie usted respecto del sentimiento nativo que tiene usted tocante a las unas; y cuanto a los otros espere que llegue el día en que los conozca.

«Escríbame con más frecuencia. No me diga que ya conozco su vida y que no tiene nada que referirme. A los años que usted tiene y en un alma como la suya cada día hay algo nuevo. ¿Recuerda la época en que medía usted las hojas que nacían y me comunicaba el número de líneas que habían crecido bajo la acción de una noche de escarcha o un día de sol fuerte? Pues lo mismo sucede con los instantes de un mozo de su edad. No se asombre de ese desenvolvimiento rápido que, conociéndole a usted, imagino que ha de sorprenderle y acaso asustarle. Deje actuar fuerzas que tratándose de usted no tienen nada de peligrosas; hábleme para que le conozca, permítame verle tal cual es y a mí vez le diré a usted cuánto ha crecido. Sobre todo sea ingenuo en sus sensaciones. ¿Acaso tiene necesidad de estudiarlas? ¿No es bastante sentirse emocionado? La sensibilidad es un don admirable; en el orden de las creaciones que usted debe producir puede llegar a ser una fuerza extraordinaria, pero con una condición: que no la revuelva usted contra sí mismo. Si de una facultad creadora eminentemente espontánea y sutil, hace usted un elemento de observación, si refina, si examina, si no le basta el sentir y experimenta la necesidad de estudiar el mecanismo, si el espectáculo de un alma emocionada es lo que más le satisface de la emoción, si se rodea de espejos convergentes para multiplicar la imagen hasta lo infinito, si mezcla usted el análisis humano a los dones divinos, si de sensible se convierte usted en sensual, no hay límites para semejantes perversidades y, se lo advierto, eso es muy grave. Hay una fábula muy antigua que es encantadora, se presta a muchas interpretaciones y se la recomiendo. Narciso se enamoró de su propia imagen; no pudo apartarla de sus ojos; no era posible que llegase a apoderarse de ella y murió víctima de la misma ilusión que le había seducido. Piense usted en esto y si llega a sucederle sufriendo, amando, viviendo, por mucho que le parezca seductor el fantasma de usted mismo, apártese de él.»

«Me dice usted que se fastidia. Eso vale tanto como declarar que sufre; el aburrimiento no cabe más que en los cerebros vacíos o en los corazones incapaces de ser heridos por nada. Pero, ¿por qué sufre? ¿Es cosa que pueda usted decírmelo? Si estuviese yo cerca de usted lo sabría. Cuando me otorgue el derecho de interrogarle más positivamente le diré lo que imagino. Si no me engaño y si es verdad que usted mismo no sabe lo que empieza a causarle sufrimiento, tanto mejor, porque es prueba de que su corazón ha conservado toda la inocencia que en su cerebro no existe ya.

»No me pida que le hable de mí; mi yo no es nada hasta lo presente. ¿Quién lo conoce, aparte de usted? No es verdaderamente interesante para nadie. Trabaja, se esfuerza, no se cuida nada, nada se divierte, espera alguna vez y a pesar de todo continúa queriendo. ¿Basta con eso? Ya veremos.

«Vivo en un barrio que no será probablemente el que usted habite, porque tiene usted el derecho de elegir. Todos aquellos que al igual que yo salen de la nada para llegar a ser algo, vienen a donde yo estoy, a la ciudad de los libros, en un rincón desierto, consagrado por cuatro o cinco siglos de heroísmos, de trabajos, de penurias, de sacrificios, de esperanzas abortadas, de suicidio y de gloria. Es una residencia muy triste, pero muy bella. Si hubiera tenido libertad para elegir, no habría preferido otra. No me compadezca usted porque en ella vivo: estoy en mi sitio.»

«Escribe usted y eso lo hace porque debía ser. Que guarde usted secreto para quienes le rodean es una timidez que comprendo; y seguro estoy de que ha de sentir el deseo de confiarse a mí. El día en que la necesidad de confidencias le lleve a ese punto, envíeme los fragmentos que pueda comunicarme, sin alarmar demasiado sus pudores de escritor...

»Otra cosa que me gustaría saber: ¿qué es de aquel amigo de quien apenas me habla usted ya? El retrato que de él me hizo era seductor. Si comprendí bien debe ser un mozo encantador, pésimo estudiante. Tomará la vida por el lado fácil y brillante. En tal caso aconséjele que viva sin ambiciones, porque las que tendría serían de la peor especie. Y dígale además, que no tiene otra cosa que hacer en el mundo sino ser feliz. Sería imperdonable introducir quimeras en satisfacciones tan positivas y mezclar lo que usted llama ideal con apetitos de pura vanidad.

»Su Oliverio no me desagrada, me inquieta. Es evidente que ese mozo precoz, positivo, elegante, resuelto, puede equivocar el camino y pasar junto a la dicha sin sospecharlo. También él ha de tener sus fantasmagorías y se creará imposibilidades. ¡Qué locura! Quiero creer que tiene corazón; pero, ¿qué uso hace de él? ¿No me ha dicho usted que tiene dos primas ese Querubín que aspira a convertirse en un don Juan? Pero olvido, citándole esos dos nombres, que quizás no conoce usted ni el uno ni el otro. ¿Le ha permitido ya su profesor de retórica leer a Beaumarchais y El Convidado de piedra? En cuanto a Byron, lo dudo y puede usted esperar sin inconveniente.»

Habían pasado muchos meses sin ninguna alteración; el invierno se acercaba cuando creí notar en la fisonomía de Magdalena una sombra, una preocupación que jamás había manifestado. Su cordialidad, siempre igual, revelaba los mismos afectos, pero había más gravedad en ella. Una aprensión, quizás una añoranza, algo sólo apreciable en los efectos, comenzaba a interponerse entre nosotros como síntoma primero de desilusión. Nada en concreto, sólo un conjunto de discordancias, de desigualdades, de diferencias, que la transfiguraban de cierta manera, y le prestaban el singular encanto de las cosas que el tiempo o la razón nos disputan y que se van. Por cierta reserva, por súbitas reacciones, por múltiples reticencias, que lentamente relajaban vínculos sin romperlos, se comprendía que con extrema delicadeza, ponía empeño en desatar lazos que la familiaridad de nuestras costumbres había apretado demasiado. De pronto surgió un recuerdo, se repitió un nombre olvidado, que yo había oído pronunciar sólo una vez, y en mi mente brotó una suposición fundada y amenazadora que me laceraba el corazón; sensación aguda que se disipaba por sí misma al menor indicio de seguridad para renacer en seguida con la vivacidad de una evidencia.

Un domingo esperamos vanamente a Magdalena y Julia. Al otro día Oliverio no vino al colegio. Pasaron tres días sin noticias. La inquietud me apenaba horriblemente. Por la noche corrí a la calle de los Carmelitas y pregunté por Oliverio.

—Está en el salón—me dijo el sirviente.

—¿Solo?

—No, hay otras personas.

—Entonces le esperaré.

Apenas había empezado a subir la escalera que conducía al cuarto de Oliverio me detuvo no sé qué extraño presentimiento confuso. El corazón me latía violentamente. Bajé, atravesé sin hacer ruido la antesala que estaba desierta, y me deslicé por uno de los caminos que conducían del patio al jardín. El salón, situado en el piso bajo, tenía tres ventanas sobre el parterre a la altura de la escalinata y delante de cada una había un banco de piedra. Me encaramé en uno de ellos. La noche estaba oscurísima y nadie podía sospechar que yo estuviera allí; dirigí ansioso la mirada hacia aquella habitación y vi a toda la familia reunida: Oliverio, vestido de negro, de pie delante de la chimenea. Junto al hogar estaban el señor D'Orsel y un hombre joven aún, alto, bien parecido, ataviado irreprochablemente. Advertí las actitudes un poco lentas con que acompañaba sus palabras y la manera seria y graciosa con que de cuando en cuando volvía el rostro hacia Magdalena. Estaba ella sentada junto a una mesita de labor y todavía me parece verla inclinada la cabeza sobre un bordado, el rostro cubierto de la sombra de los rizos que adornaban su frente, envuelta en el reflejo rojizo de la luz de las lámparas. Julia, puestas las manos sobre las rodillas, inmóvil, con expresión de intensa curiosidad en el semblante, tenía sus grandes ojos taciturnos fijos en el desconocido.

En pocos segundos me di cuenta de todo lo que he dicho. Luego pareciome que las luces se apagaban, mis piernas se doblaron y me desplomé sobre el banco. Un espantoso temblor agitaba mi cuerpo de la cabeza a los pies. Presa de acerbo dolor sollozaba y me retorcía las manos murmurando: «Magdalena está perdida para mí y yo la amo...»

VII

Magdalena era cosa perdida para mí y yo la amaba. Una sacudida algo menos violenta quizás no me hubiese revelado más que a medias la extensión de aquella doble desventura, pero la presencia del señor De Nièvres hasta tal punto me impresionó, que de todo me di cuenta. Me quedé anonadado; sin más consuelo que aceptar la fatalidad de un hecho que había de producirse, comprendiendo demasiado que no tenía el derecho de modificarlo en lo más mínimo ni el poder de retrasarlo una hora siquiera.

Ya le he dicho a usted de qué modo amaba a Magdalena: con aturdimiento, con absoluta inconsciencia, sin fundamento de ninguna esperanza concreta. La idea del matrimonio, aparte ser cien veces absurda, ni siquiera había prestado alientos al inocente impulso de un afecto que se bastaba a sí mismo para ser, se daba para difundirse y constituía un culto sin otro móvil que adorar. ¿Cuáles eran los sentimientos de Magdalena? Nunca me había preocupado de ellos. Con razón o sin ella, le atribuía indiferencias e imposibilidades de ídolo; la suponía extraña a cualquiera de las adhesiones que inspiraba; la colocaba en un aislamiento quimérico; y esto bastaba para satisfacer al secreto instinto que, a pesar de todo, existe en el fondo de los corazones menos ocupados de ellos mismos, a la necesidad de imaginar que Magdalena era invencible y no amaba a nadie.

Estaba yo seguro de que Magdalena no podía sentir ningún interés por un extraño que el acaso había arrojado en su camino como mero accidente. Era posible que añorando la vida de soltera no viese sin temores que se acercaba el instante de adoptar un partido tan serio. Pero indudablemente—aún admitiendo que estuviera libre de todo afecto serio,—la voluntad de su padre, consideraciones de rango, de posición social y de fortuna, la decidirían a aceptar una alianza a la cual el señor De Nièvres aportaba, además de mucha conveniencia, altas calidades de otra índole.

No sentía resentimiento, ni cólera ni celos por el hombre que me hacía tan desventurado. Antes de personificar el imperio del derecho representaba ya el de la razón. Por eso el día que el padre de Magdalena nos presentó recíprocamente en casa de mi tía diciéndole que era yo el mejor amigo de su hija, recuerdo que al estrechar la mano del señor De Nièvres pensé lealmente: «¡Pues bien, si ella le ama, que le ame él también!» Y en seguida fui a sentarme al fondo del salón y los contemplé bien convencido de mi impotencia, más que nunca obligado a callar, sin irritación contra el hombre que nada me quitaba puesto que nada me habían dado, reivindicando el derecho de amar como inherente al derecho de vivir y diciéndome con desesperación: «¿Y yo?»

En lo sucesivo me aislé mucho. Menos que a nadie me correspondía a mí interrumpir coloquios de los cuales debía resultar la inteligencia de dos corazones muy lejos sin duda de conocerse. Iba lo menos posible al hotel D'Orsel; era tan insignificante ya el papel que yo representaba en medio de los altos intereses que allí se cruzaban que no ofrecía ningún inconveniente el hacerme olvidadizo.

Ninguno de aquellos cambios de conducta se ocultó seguramente a la perspicacia de Oliverio; pero fingió hallarlos muy naturales y nada me dijo, de nada se mostró extrañado y ninguna explicación me dio de las cosas que pasaban en su familia. Una sola vez, por todas, con una habilidad que me dispensaba casi de una declaración, me dio a entender que estábamos de acuerdo respecto al señor De Nièvres.

—No te preguntaré qué te parece mi futuro primo. Todo hombre que de un grupo tan pequeño y tan unido como el que nosotros formamos, viene a tomar una mujer, es decir, a quitarnos una hermana, una prima, una amiga, acarrea una perturbación, hace una brecha en nuestras amistades y nunca puede ser bien venido. Por mi parte, te declaro que no es ése precisamente el marido que habría querido para Magdalena. Ella es de su provincia. El señor De Nièvres se me figura que no es de ninguna parte, como les sucede a muchos parisienses: la transportará, pero no la fijará. Aparte eso, me parece bien.

—Muy bien—le dije.—Estoy convencido de que hará feliz a Magdalena... y después de todo...

—Sin duda—interrumpió Oliverio en tono de afectada indiferencia.—Sin duda y con desinterés. Es todo lo que podemos desear.

La boda se había concertado para fines del próximo invierno y esa época estaba ya muy cerca. Magdalena estaba seria; pero aquella actitud por mera conveniencia social, no era para dar margen a dudas en punto a su resolución; la mantenía tan sólo para limitar con la delicadeza que le era peculiar la expresión de los sentimientos más íntimos. Esperaba con plena independencia, en medio de leales deliberaciones, el acontecimiento que debía ligarla para siempre y por su propia declaración. Por su parte el señor De Nièvres, durante aquel período de prueba tan difícil de dirigir como de soportar, había ayudado mucho desplegando recursos que le acreditaron de ser hombre de trato tan correcto como corresponde a la calidad de los que son cumplidos caballeros.

Una noche, mientras sostenía con Magdalena animada conversación a media voz, viósele ofrecerle ambas manos en actitud de cordial amistad. Ella miró en torno suyo como si quisiera tomarnos a todos por testigos de lo que iba a hacer, se puso de pie y sin pronunciar palabra, pero acompañando su ademán de la más cándida y graciosa de las sonrisas, posó a su vez ambas manos desnudas en las del Conde.

Aquella noche me llamó junto a ella y como si estando ya definida tan concretamente su situación, le fuera dado en adelante manifestar con toda franqueza los afectos secundarios, me dijo:

—Tenemos que hablar, siéntese usted a mi lado. Hace ya mucho tiempo que apenas le veo. Ha creído usted, sin duda, que debía apartarse un poco de nosotros y lo siento, porque resulta ahora que no conoce usted al señor De Nièvres. Dentro de ocho días me caso y es éste el momento oportuno de que nos entendamos. El señor De Nièvres le estima a usted, sabe muy bien el valor de todas sus afecciones, es su amigo de usted y usted lo será suyo; se trata de un compromiso que he adquirido en nombre de usted y que estoy segura mantendrá...

Sencillamente, con toda libertad, sin ambigüedades, habló del pasado, concretando los intereses de nuestra futura amistad, no para imponer condiciones, sino para convencerse de que los vínculos de ella serían más estrechos—y mezclando el nombre de su prometido, que, aseguraba, no sólo no desunía nada sino que consolidaba relaciones que otro enlace acaso hubiese podido romper.—Evidentemente se proponía obtener de mí algo parecido a una protesta de conformidad con la elección que había hecho y convencerse de que su determinación, adoptada fuera del alcance de todo consejo de amigo, no me desagradaba.

De mi parte hice lo mejor que pude todo lo que me pareció que podía conducir a satisfacer su deseo; le prometí que nada sería cambiado entre nosotros y le juré conservarme fiel a sentimientos mal expresados, era posible, pero demasiado evidentes para que acerca de ellos pudiera abrigar la menor duda. Por primera vez tuve serenidad, audacia, y logré mentir y ser creído. Verdad es que mis palabras se prestaban a tantas interpretaciones y las ideas a tales equívocos, que en otras circunstancias aquellas mismas protestas habrían podido significar mucho más. Ella las tomó en el sentido más sencillo y tan calurosamente me expresó su agradecimiento que en poco estuvo no diera en tierra con todo mi valor.

—¡En buen hora!—dijo.—Me gusta oírle hablar así. Repítamelo usted para que yo escuche todavía las buenas palabras que me consuelan de los ingratos silencios y reparan no pocos olvidos que herían sin que usted lo supiera.

Hablaba de prisa, con efusión en los gestos y en las frases, con un ardor en el semblante que hacía nuestra conversación muy peligrosa.

—De modo—continuó,—que es cosa convenida el que nuestra antigua amistad nada tiene que temer. Usted responde de ello en lo que le corresponde. Es menester que ella nos siga y no se pierda en ese gran París que, según dicen, dispersa los más tiernos afectos y pone olvido en los corazones más firmes. Ya sabe usted que el señor De Nièvres tiene el propósito de que pasemos a lo menos los meses del invierno. Oliverio y usted vendrán a fin de año. Mi padre y Julia vienen conmigo. Allí casaré a mi hermana. ¡Oh! tengo para ella toda suerte de ambiciones, las mismas poco más o menos, que para usted—y al expresar esa idea se ruborizó ligeramente.—Nadie conoce a Julia: es todavía un carácter cerrado; yo sí que la conozco. Ahora que ya sabe todo lo que tenía que decirle, sólo me resta recomendarle una cosa: vigile a Oliverio; tiene el mejor corazón del mundo; que lo economice y lo reserve para las grandes ocasiones. He ahí mi testamento de soltera—concluyó en voz más alta, para que el señor De Nièvres la oyera, y le invitó a acercarse.

Pocos días después se celebró la boda. El invierno se despedía con una rigurosa helada. El recuerdo de un dolor físico se mezcla aún hoy como sufrimiento ridículo, al sentimiento de mi pena. Apoyada Julia en mi brazo, la conduje todo lo largo de la iglesia, atestada de gente, según costumbre provinciana. Estaba pálida como un cadáver, temblorosa de frío y de emoción. En el momento de ser pronunciado el «sí» irrevocable que decidía la suerte de Magdalena y la mía, el rumor de un suspiro ahogado me arrancó del estupor en que estaba sumido. Era que Julia sollozaba, oculto el rostro con el pañuelo. Por la noche estaba más triste aún, si cabe, pero hacía esfuerzos sobrehumanos para disimular delante de su hermana.

¡Qué niña tan extraña era entonces! Morena, menuda, nerviosa, con su aire impenetrable de joven esfinge, su mirada que alguna vez interrogaba pero no respondía nunca, sus ojos absorbentes. Eran los ojos más admirables y menos seductores que jamás vi, el rasgo más impresionante de la fisonomía de aquel joven ser sombrío, doliente y altivo. Grandes, anchos, con largas cejas que no dejaban nunca aparecer un punto brillante, velados de un azul sombrío que les prestaba el indefinible color de las noches del estío, aquellos ojos enigmáticos se delataban sin luz y todos los resplandores de la vida se concentraban en ellos para no brillar más.

—Mucho cuidado con Magdalena—me decía en medio de una angustia en la cual se destacaban perspicacias que me atormentaban.

Después, enjugaba sus mejillas con rabia, y me culpaba de aquel exceso de invencible debilidad contra la cual se rebelaban los vigorosos instintos de su naturaleza.

—También tiene usted la culpa de que yo llore. Vea qué sereno está Oliverio.

Comparaba aquel inocente dolor con el mío, le envidiaba amargamente el derecho que tenía de manifestarlo y no hallaba ni una palabra para consolarla.

El dolor de Julia, el mío, lo largo de la ceremonia, la vieja iglesia en la cual tanta gente cuchicheaba alegremente en torno de mi pena, la transformación de la casa D'Orsel adornada de flores para aquella fiesta extraordinaria, los trajes femeniles de inusitado lujo, un exceso de luz y de olores que me causaban vértigo, ciertas sensaciones dolorosas cuyo sentimiento perduró por mucho tiempo como huella de incurables pinchazos, en una palabra, los recuerdos incoherentes de un mal sueño, es lo único que me queda hoy de aquella jornada, una de las más ciertas desventuras de mi vida. En el fondo de este cuadro casi imaginario ya, se destaca una figura: es la imagen de Magdalena, con su traje y su velo blanco y su corona de desposada. Algunas veces—tanto contrasta la tenuidad de esta visión con las realidades más crudas que la preceden y la siguen—la confundo, por decir así, con el fantasma de mi propia juventud, virgen, velada desaparecida.

Fui el único que no se atrevió a besar a la señora De Nièvres al volver de la iglesia. ¿Lo notó ella? ¿Hubo en su ánimo un movimiento de despecho o cedió simplemente al impulso de una amistad acerca de la cual, pocos días antes, quiso establecer por sí misma compromisos muy sinceros? Lo ignoro; pero ello fue, que durante la velada el señor D'Orsel vino, me tomó por el brazo, y, más muerto que vivo, me arrastró hasta ponerme cara a cara con Magdalena. Estaba en medio del salón, en pie cerca de su marido, con aquel traje deslumbrador que la transfiguraba.

—Señora...—le dije.

Sonrió al oírse llamar de aquel modo tan nuevo y—perdóneme la memoria de un corazón irreprochable, incapaz de doblez ni de traición—su sonrisa, sin que ella lo advirtiera, tenía significado tan cruel que acabó de desconcertarme. Se inclinó hacia mí... y no sé ni lo que le dije ni lo que dijo ella: vi sus ojos rebosantes de dulzura cerca de los míos... Luego todo dejó de ser inteligible para mí.

Cuando volví en mí y me repuse halléme en medio de un grupo de hombres y de mujeres que me contemplaban con indulgente interés capaz de matarme; sentí que alguien me agarraba rudamente, volví la cabeza y vi que era Oliverio.

—¿No ves que estás dando un espectáculo? ¿Estás loco?—murmuró en voz bastante baja para que sólo de mí fuera oída, pero con una vivacidad en la expresión que me llenó de espanto.

Aun estuve algunos momentos retenido por sus brazos; luego gané la puerta con él y al llegar a ella me desprendí de su violento abrazo.

—No me retengas—exclamé,—y en nombre del Cielo, por lo más sagrado, no me hables nunca de lo que has visto.

Siguiome hasta el patio empeñado en hablarme.

—¡Calla!—le dije, y escapé.

Luego que estuve en mi habitación y pude reflexionar tuve un acceso de vergüenza, de desesperación y de locura amorosa que no fue parte a consolarme pero me alivió. Difícil me sería contarle a usted lo que pasó por mí durante aquellas pocas horas de horrible tumulto en mi alma, las primeras que me hicieron conocer, con un mundo de presunciones, de delicias, una inmensidad de horribles sufrimientos: desde los más confesables hasta los más vulgares. Sensación de lo más dulce que podía soñar, espantoso temor de haberme inutilizado para siempre, angustiosos presagios para lo futuro, sentimiento de humillación por mi vida presente; todo, absolutamente todo, lo conocí, inclusive un inesperado dolor, muy irritante, que se parecía mucho al rudo escalofrío del amor propio herido.

Era muy avanzada la noche. Ya le he hablado a usted de mi habitación situada en el último piso, especie de observatorio en el que me había creado, como en Trembles, continuas inteligencias con todo lo que me rodeaba, por medio de la vista o por la costumbre constante de escuchar. Largo tiempo estuve paseando de arriba abajo—en este punto mi recuerdo es preciso—presa de un abatimiento que no sabría pintarle a usted. «¡Amo a una mujer casada!», me decía, aferrado a esta idea, vagamente aguijoneado por lo que ella tenía de irritante, lleno de terror, sobre todo, como fascinado por lo que ella implicaba lo imposible; me asombraba el ver que, sin quererlo, repetía la frase que tanta sorpresa me causó en boca de Oliverio: «esperaré», y en seguida me preguntaba: «¿pero qué?» A esto no era dable responder más que con suposiciones abominables que me resultaban profanadoras de la imagen de Magdalena. Luego se me aparecía París en lo futuro, y en la lejanía, fuera de toda certidumbre, la oculta mano del destino que podía simplificar de tantas maneras aquella terrible trama de problemas y como la espada del griego, cortarlos ya que no resolverlos. Aceptaba hasta una catástrofe con la condición de que ella representara una salida y, puede ser, si hubiera tenido algunos años más, hubiera buscado cobardemente el medio de poner fin a una vida que podía perjudicar a tantas otras.

A eso de media noche oí a través del lecho, a larga distancia, un chillido breve y agudo que en medio de tantas convulsiones resonó en mi alma como el grito de un amigo. Abrí la ventana y escuché. Era una bandada de patos que había levantado el vuelo al venir la marea alta y se dirigía a toda prisa hacia el río.

El mismo chillido resonó una o dos veces más, me fue necesario sorprenderlo al paso, y ya no lo percibí más. Todo estaba inmóvil y somnoliento. Un pequeño número de estrellas, muy brillantes, vibraban en el firmamento. Apenas se notaba la sensación del frío aunque era más intenso por la limpidez del cielo y la ausencia de viento.

Me acordé de Trembles. ¡Hacía tanto tiempo que no pensaba en aquellos lugares! Fue como el destello de un saludo, y cosa rara, por un súbito retroceso a impresiones tan lejanas recordé los aspectos más austeros y calmantes de mi vida campestre. Volví a ver Villanueva con su larga línea de casas blancas, apenas más altas que los ribazos. Los techos humeantes, su campiña ensombrecida por el invierno, sus bosquecillos de ciruelos enrojecidos por las escarchas, bordeando los caminos helados. Con la lucidez de una imaginación sobreexcitada hasta lo extraordinario, en algunos minutos tuve la rápida percepción de todo lo que había rodeado de encantos mi primera infancia. Por doquiera que había yo agotado agitaciones sólo hallaba invariable paz. Todo era dulzura y quietud en aquello que otrora causara las primeras perturbaciones de mi espíritu. «¡Qué cambio!», pensaba y bajo la incandescencia de la cual estaba abrasado, hallaba más fresca que nunca la fuente de mis primeras afecciones.

El corazón es tan cobarde, tiene tanta necesidad de reposo que por un momento me abandoné a la esperanza, tan quimérica como todas las demás, de absoluto retiro en mi casa de Trembles. Nadie a mi alrededor, años enteros de soledad, con un consuelo seguro, mis libros, un paisaje adorado y el trabajo, cosas todas irrealizables; y, sin embargo, esta hipótesis era la más dulce y hallaba un poco de calma acariciándola.

Por fin sonaron las primeras horas de la mañana. Dos relojes las repitieron juntos, casi al unísono, como si las campanadas del segundo fueran eco inmediato de las del primero: eran el del seminario y el del colegio. Aquella brusca llamada a las realidades irrisorias del día siguiente aplastó mi dolor bajo una sensación de pequeñez, y me alcanzó en plena desesperación como un golpe de férula.

VIII

«Seguramente es menester que haya usted sufrido mucho—me escribía Agustín, contestando a las declamaciones muy exaltadas que le dirigí pocos días después de la partida de Magdalena y su marido;—pero, ¿por qué? ¿por quién? Continúo proponiéndome cuestiones que nunca quiere usted resolver. Oigo en usted la vibración de algo muy parecido a emociones muy conocidas, bien definidas, únicas y sin semejanza con otras para quien las experimenta; pero es ello cosa que no tiene nombre en sus cartas de usted y me obliga a compadecerle más que tan vagamente como usted se lamenta. Y no es eso lo que me gustaría hacer. Nada me es penoso—ya lo sabe—cuando de usted se trata; y está usted en una situación de corazón o de espíritu, que reclama algo más activo y más eficaz, que simples palabras, por muy compasivas que ellas sean. Debe usted necesitar consejos. Soy yo médico de poco fuste, tratándose de males coma los que entiendo que padece usted. No obstante, le aconsejaré un tratamiento que se aplica a todo, incluso las enfermedades de la imaginación, que conozco muy mal: higiene. Paréceme que le iría bien el uso de ideas justas, sentimientos lógicos, afecciones posibles; en una palabra, empleo juicioso de las fuerzas y de las actividades de la vida. La vida, créame; ése es el remedio heroico de todos los sufrimientos cuya base es un error. El día que usted ponga el pie en la senda de la vida, pero la vida real, entendámonos, el día que usted la conozca bien, con sus leyes, sus necesidades, sus rigores, sus deberes y sus cadenas, sus dificultades y sus penas, sus verdaderos dolores y sus encantos, verá usted cómo ella es sana, bella, fuerte y fecunda en virtud de sus mismas exactitudes. En cuanto a su recomendación la atenderé. Visitaré a los señores De Nièvres con mucho gusto ya que me procura la oportunidad de ocuparme de usted con amigos que supongo no son extraños a las agitaciones que deploro. Esté tranquilo: además tengo la más grande de las razones para ser discreto: lo ignoro todo.»

Un poco más adelante me escribió de nuevo:

«He visto a la señora De Nièvres—me decía,—y ha tenido la complacencia de considerarme como de los mejores amigos de usted. Con ese motivo me ha dicho cosas afectuosas que me demuestran que le quiere a usted mucho, pero que no le conoce muy bien. Ahora bien, si la recíproca amistad no ha sido parte a darle a cada uno perfecto conocimiento del otro, debe haber sido por culpa de usted y no de ella, bien entendido que eso no prueba que haya usted errado manifestándose sólo a medias: lo más que puedo creer es que si tal ha hecho ha sido porque ha querido. Este razonamiento me conduce a conclusiones que me inquietan. Todavía una vez más, mi querido Domingo, la vida, lo posible, lo razonable... Yo se lo ruego, no crea usted a los que le señalen lo razonable como enemigo de lo bueno, porque es inseparable amigo de la justicia y de la verdad.»

Le doy cuenta de una parte de los consejos que Agustín me daba, sin saber exactamente a qué aplicarlos, pero adivinándolo.

En cuanto a Oliverio, el día que siguió a la noche en que debía hacer innecesarias muchas declaraciones, a la misma hora que Magdalena y su marido partían con dirección a París, entró en mi cuarto.

—¿Partió ya?—le pregunté apenas le vi.

—Sí—me contestó;—pero volverá; es casi mi hermana, tú eres más que mi amigo; hay que preverlo todo.

Iba a continuar, pero el lamentable estado de abatimiento en que me vio le desarmó, sin duda, y le impulsó a diferir sus explicaciones.

—Pero, en fin, de eso ya hablaremos—dijo tan sólo.

Luego sacó el reloj y como viese que eran ya cerca de las ocho, añadió:

—¡Eh, Domingo, vamos al colegio! Es lo más prudente que podemos hacer.

Había de suceder que ni los consejos de Agustín ni las advertencias de Oliverio prevalecieran contra una tendencia irresistible, arrastradora, demasiado poderosa para ser cohibida por razonamientos ni amonestaciones. Comprendiéndolo me imitaron: esperaban mi rescate o mi pérdida definitiva, último recurso que les queda a los hombres sin voluntad cuando agotan todas las combinaciones imaginables: lo desconocido.

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