← Table of contents
Fiebre de amor (Dominique)

JUAN J. DE LA CERDA (continued 3)

Reading edition

Agustín me escribió una o dos veces más dándome noticias de Magdalena: había ido a visitar la propiedad, cerca de París, en donde el señor De Nièvres tenía intención de que pasaran el verano. Era un hermoso castillo en un bosque, «la más romántica residencia, para una mujer, que acaso comparte con usted, a su manera, las añoranzas del campo y sus aficiones de solitario.»

Por su parte Magdalena le escribía a Julia, sin duda con fraternales expansiones que no llegaban hasta mí. Una sola vez, durante aquellos meses de ausencia, recibí una breve carta suya hablándome de Agustín. Me agradecía el habérselo hecho conocer y me decía la buena opinión que de él había formado: que era todo voluntad, todo rectitud, todo noble energía, y me daba a entender que, aparte necesidades del corazón, jamás encontraría en nadie más firme ni mejor apoyo. En aquella misma carta, firmada con su nombre nada más, me enviaba afectuosos recuerdos de su marido.

No volvieron hasta la época de vacaciones, pocos días antes del día de la distribución de premios, último acto de mi vida dependiente que me emancipaba.

Mucho más me hubiera gustado, como usted comprenderá, que Magdalena no hubiese asistido a aquella ceremonia. Había en mí muchas disparidades, mi condición de estudiante estaba en ridículo desacuerdo con mis disposiciones morales, evitaba como una nueva humillación todo hecho que pudiera recordarnos a los dos aquellos contrastes. Desde hacía algún tiempo mi susceptibilidad, en punto a ellos, se había hecho vivísima. Era—ya lo he dicho—el punto de vista menos noble y menos confesable de mis dolores, y si vuelvo sobre él es por razón de un incidente que de nuevo puso en tensión mi vanidad y que le pondrá de manifiesto con un detalle más la singular ironía de aquella situación.

La ceremonia se verificaba en una antigua capilla abandonada desde largo tiempo que sólo era abierta y decorada una vez cada año para aquel objeto. La referida capilla estaba situada en el fondo del patio principal del colegio, se llegaba a ella recorriendo, la doble hilera de tilos cuyo abundante verdor alegraba un poco aquel triste paseo. Desde lejos vi entrar a Magdalena en compañía de varias señoras jóvenes amigas, todas con trajes de verano de colores claros y las sombrillas abiertas sobre las cuales jugueteaban la luz del sol y la sombra de las hojas de los árboles. Fino polvo, levantado por el movimiento de las faldas las acompañaba semejante a una ligera nube y por causa del calor, de las extremidades de las ramas que ya amarilleaban, caía en torno de ellas hojas y flores maduras y se prendían a la larga manteleta de muselina en que Magdalena estaba envuelta. Pero sonriente, dichosa, el rostro animado por la marcha y lo volvía para examinar curiosamente nuestro batallón de escolares formados en dos filas y conservando la línea como jóvenes reclutas. Todas las curiosidades mujeriles, y aquélla sobre todo, se proyectaban hacia mí y las sentía como otras tantas quemaduras. Estábamos a mediados de agosto y el tiempo era magnífico. Los pájaros familiares habían huido de los árboles y piaban sobre los tejados en donde vibraba el sol. Murmullos de multitud quebrantaban el largo silencio de doce meses, alegrías extraordinarias dilataban la fisonomía del viejo colegio, los tilos lo perfumaban con agrestes aromas. ¡Cuánto habría dado por ser libre y dichoso!

Los preliminares fueron muy largos y yo contaba los minutos que aún me separaban de mi libertad. Por fin se oyó la señal. A título de laureado de filosofía fui llamado el primero. Subí al estrado y cuando tuve mi corona en una mano, en la otra un grueso volumen, de pie junto a la escalinata, cara a cara del público que aplaudía, buscaba los ojos de la señora de Ceyssac; la primera mirada que encontré con la de mi tía, el primer rostro amigo que reconocí, precisamente debajo de mí, en la primera fila, fue el de Magdalena. ¿Experimentó ella también un poco de confusión viéndome en aquella actitud espantosamente desairada que trato de pintarle a usted? ¿Repercutió en ella el encogimiento que me dominaba? ¿Sufrió su amistad al verme risible o sólo adivinando que sufría? ¿Cuáles fueron, exactamente, sus sentimientos durante aquella rápida pero cáustica prueba que pareció alcanzarnos a los dos al mismo tiempo y en igual sentido? Lo ignoro. Pero ella se puso muy encarnada y creció su rubor cuando vio que yo bajaba y me acercaba a ellas. Y cuando mi tía, después de darme un beso, le pasó mi corona invitándola a felicitarme, se desconcertó por completo. No estoy bien seguro de lo que me dijo para atestiguar que experimentaba una gran satisfacción y me felicitó en los términos que son de uso. Su mano temblaba levemente. Me parece que trató de decirme: «Estoy orgullosa, mi querido Domingo» o «está bien».

Velaba sus ojos una lágrima; ¿era de interés, de compasión o solamente efecto de involuntaria conmoción de joven tímida? ¡Quién lo sabe! Muchas veces me lo he preguntado sin lograr concretarlo.

Salimos. Yo arrojé mis coronas en el patio de las aulas antes de franquear la puerta por última vez. Ni siquiera volvía atrás los ojos para romper más pronto con un pasado que me exasperaba. Y si hubiera podido deshacerme de mis recuerdos del colegio tan de prisa como me despojaba del uniforme, hubiera tenido seguramente en aquel momento, una incomparable sensación de independencia y de virilidad.

—Y ahora—me preguntó mi tía algunas horas después,—¿qué piensas hacer?

—¿Ahora?—le repliqué.—Pues no lo sé.

Y decía verdad, porque la incertidumbre que me dominaba lo abarcaba todo, desde la elección de una carrera, que ella, deseaba que fuese brillantísima, hasta el empleo de una gran parte de mis afanes ardorosos, en algo que ignoraba.

Estaba convencido que Magdalena iría primero a establecerse en Nièvres y luego volvería a París para acabar allí el invierno. Nosotros debíamos trasladarnos directamente a aquella capital, de modo que ella nos encontraría instalados y trabajando en la forma y modo que eligiéramos, pero bajo la dirección especial de Agustín. Los preparativos de viaje y aquellos prudentes proyectos nos ocuparon una parte de las vacaciones; pero la calidad del trabajo, el fin que debíamos perseguir, aquel vago programa cuyo primer artículo aún no estaba formulado, eran puntos por completo indefinidos lo mismo para Oliverio que para mí.

Desde el día siguiente al de mi libertad había olvidado completamente mis años de colegio; es la única época de mi vida que me dejó el alma fría, el solo recuerdo de mí mismo que no me ha hecho feliz. En cuanto a lo futuro, pensaba en París con el confuso recelo que va inherente a las necesidades previstas, inevitables, pero poco sonrientes que siempre serán bien conocidas demasiado pronto. Oliverio, con gran sorpresa de mi parte, no manifestaba la más leve contrariedad ante la idea de alejarse de Ormessón.

—Ahora—me dijo con mucha calma pocos días antes de nuestra partida,—ya no tengo nada que me retenga aquí.

¿Tan pronto había agotado todas las alegrías?

IX

Entramos en París de noche. Pero, aunque hubiésemos llegado a otra hora, siempre habría resultado tarde. Llovía y hacía mucho frío.

Al principio sólo vi calles fangosas, aceras mojadas que relucían al resplandor de las luces de las tiendas, el rápido y continuo relampagueo de los carruajes cruzándose, salpicándose de lodo, una infinidad de luces chispeantes, como alumbrado sin simetría en largas avenidas formadas de casas negras cuya altura me parecía prodigiosa. Recuerdo que me chocó el olor a gas que denunciaba una ciudad en la cual se vivía de noche lo mismo que de día, y la palidez de los rostros que no parecían sino de enfermos. Reconocí en aquel matiz el de Oliverio, y comprendí mejor que antes que tenía distinto origen que yo.

En un momento que abrí mi ventana para oír mejor el rumor extraño que retumbaba en aquella población tan llena de vida abajo y cuyas alturas estaban ya sumidas en la noche, vi pasar por la estrecha calle dos filas de gentes que llevaban antorchas en las manos, escoltando una hilera de carruajes con relumbrantes linternas, tirados todos por cuatro caballos que marchaban casi al galope.

—Mira pronto—me dijo Oliverio,—es el rey.

Confusamente vi reflejos de la luz sobre cascos y sobre hojas de sables, y aquel desfile de hombres armados y de caballos herrados, resonó brevemente sobre el empedrado con eco metálico, perdiéndose luego cada vez con ruido menos perceptible, en la luminosa niebla de las antorchas.

Oliverio observó la dirección que llevaban los carruajes y luego que el último hubo desaparecido, dijo, revelando la satisfacción de un hombre que conoce su París y que al volver lo encuentra igual que siempre:

—Sí, el rey va esta noche a los Italianos.

Y no obstante la lluvia y el frío de la noche, permaneció todavía algún tiempo inclinado sobre aquel hormigueo de desconocidos que pasaban de prisa, renovándose sin cesar y a quienes parecía que intereses apremiantes dirigían en pos de objetos contrarios.

—¿Estás contento?—le pregunté.

Lanzó un poderoso suspiro como si el contacto de aquella vida extraordinaria le hubiera llenado súbitamente de aspiraciones desmesuradas y me dijo, sin contestarme:

—¿Y tú?

Luego, sin esperar mi contestación, continuó:

—¡Ah, caramba! Tú miras atrás; no estás en París más que estaba yo en Ormessón. Tu suerte es añorar siempre y no desear nunca. Sería cosa de adoptar tu sistema. Aquí se envía, luego que son mayores, a los muchachos cuando se desea hacerlos hombres. Tú perteneces a ese número, y no te compadezco: eres rico, no eres un cualquiera... ¡y amas!—añadió bajando la voz lo más posible.

Y con una efusión que jamás había observado en él me estrechó entre sus brazos y añadió:

—¡Hasta mañana, querido amigo, hasta siempre!

Una hora después, el silencio era tan profundo como en el campo. Aquella suspensión de la vida, el amodorramiento súbito y absoluto de aquella ciudad encerrando un millón de hombres, me asombró más todavía que su tumulto. Hice a la manera de un resumen de los desfallecimientos, del cansancio que representaba aquel gigantesco sueño y fui acometido de verdadero miedo, no por falta de bravura, sino por una especie de desmayo de la voluntad.

Volví a ver a Agustín con verdadera satisfacción. Al estrechar su mano sentí que tenía un punto de apoyo. Parecía viejo, aunque todavía era joven. Sus pupilas eran más anchas y brillaban más. Su mano muy blanca y de cutis muy fino, se había purificado y aguzado, por decir así, dedicada exclusivamente al trabajo de manejar la pluma. Al ver su porte nadie hubiera podido decir si era rico o pobre. Gastaba ropas muy sencillas y las llevaba modestamente, pero con la confianza y el desahogo que procede de la convicción de que el traje no tiene importancia.

Acogió a Oliverio, más bien que como a un amigo, como a un mozo a quien es necesario vigilar y respecto del cual conviene esperar antes de colocarle de lleno en la más estrecha intimidad.

Por su parte, Oliverio no se dio más que muy a medias, ya sea porque la envoltura del hombre le pareció chocante, ya fuese porque advirtió en él, por dentro, la resistencia de una voluntad tan bien templada como la suya, pero formada de metal más puro.

—Había adivinado a su amigo de usted—me dijo Agustín,—en el orden físico y en el moral. Es seductor. No diré que haga ninguna fullería, porque me parece incapaz de indignidad; pero víctimas, en el más alto sentido de la palabra, las hará. Es peligroso para los seres más débiles que él y que han nacido bajo la misma estrella.

Cuando le pedí a Oliverio su juicio sobre Agustín, se limitó a responder:

—Siempre habrá en él algo de preceptor y algo de advenedizo. Nunca dejará de ser pedante y afanoso, como todos los que no cuentan con más recursos que la voluntad de llegar y llegan a fuerza de trabajo. Prefiero los dones de talento o de cuna, y no siendo eso no quiero nada.

Más tarde esas dos opiniones se modificaron. Agustín llegó a querer a Oliverio, pero sin estimarlo en mucho, y Oliverio tuvo a Agustín en altísima estima sin llegar a tomarle cariño.

Nuestra vida se regularizó muy pronto. Ocupábamos dos departamentos contiguos, pero independientes. Nuestra amistad muy estrecha y la independencia de cada uno debían concordarse perfectamente en aquel orden de cosas. Nuestras costumbres eran las de estudiantes libres a quienes sus aficiones o su posición permiten elegir, instruirse un poco, al azar, y beber en muchas fuentes antes de determinar en cuál de ellas debe el espíritu sentar sus reales en definitiva.

Pocos días después, Oliverio recibió una carta de su prima, en la cual se nos invitaba a los dos a trasladarnos a Nièvres.

Era una vivienda antigua perdida sobre espesos bosques de castaños y de encinas. Pasé allí una semana de hermosos días fríos y severos, en medio del monte, casi despojado de hojas, contemplando horizontes que, si no me hicieron olvidar los de Trembles, no me permitieron echarlos de menos, tan hermosos eran, y que parecían destinados, como grandioso cuadro, a contener una existencia más robusta y luchas mucho más serias.

El castillo—cuyas torrecillas descollaban muy poco sobre las viejas encinas que le rodeaban, y que sólo era visible por cortes hechos a través del bosque, con su vieja fachada gris, sus altas chimeneas coronadas de humo, sus invernaderos cerrados, sus avenidas alfombradas de hojas muertas,—resumía, en algunos detalles de su aspecto, el carácter triste de la estación y la melancolía de los lugares.

Era aquélla una existencia nueva para Magdalena, y también para mí había algo muy nuevo en el hecho de verla tan bruscamente colocada en condiciones más vastas, con la libertad de actitudes, la amplitud de costumbres, ese algo indefinible superior y muy imponente que prestan el uso y las responsabilidades que implica el poseer una gran fortuna.

Una persona parecía añorar todavía en el castillo de Nièvres la calle de los Carmelitas: el señor D'Orsel. Cuanto a mí, los lugares nada me importaban. Un mismo atractivo confundía en aquella época mi presente y mi pasado: entre Magdalena y la condesa De Nièvres no había más diferencia que entre un amor imposible y un amor culpable, y cuando abandoné Nièvres, estaba persuadido de que aquel amor nacido en la calle de los Carmelitas, sucediera lo que quisiera, allí debía ser enterrado.

Retardada la instalación de la vivienda que el señor De Nièvres se había propuesto establecer en París, Magdalena no vino en todo el invierno.

Sentíase dichosa rodeada de todos los suyos: tenía a Julia y a su padre; menester había cierto espacio de tiempo para pasar sin sacudidas de la modestia y la regularidad de la vida de provincia a las sorpresas que le esperaban en el gran mundo, y aquella semisoledad de Nièvres era una especie de noviciado que estaba muy lejos de desagradarle.

La volví a ver una o dos veces aquel verano, con largos intervalos y por breves momentos, cobardemente robados al deber que me imponía huir de ella.

Había abrigado el propósito de aprovechar aquel alejamiento, muy oportuno para intentar francamente ser heroico y para curarme. Ya era mucho el resistir a las invitaciones que constantemente nos llegaban de Nièvres. Aun hice más: procuré no pensar más en ella. Me sumergía en el trabajo. El ejemplo de Agustín me hubiera causado emulación si naturalmente no hubiese tenido gusto en ello. París desarrolla ese ambiente peculiar de los grandes centros de actividad, sobre todo en el orden de las actividades intelectuales; y, a poco que me mezclara en el movimiento de los hechos, era lógico que no rehusara vivir en aquella atmósfera.

En cuanto a la vida de París, tal como Oliverio la entendía, no me hacía ilusiones y no la consideraba como un socorro. Un poco contaba con ella para distraerme, pero de ningún modo para aturdirme y menos aún para consolarme. Por otro lado, el campesino persistía en mí y no podía resolverse a despojarse de sí mismo, porque había cambiado de medio. Mal que pese a los que pretenden negar la influencia del terruño, sentía yo que había en mi ser algo local, resistente, que no abandonaría jamás por completo; y, si el deseo de aclimatarme se hubiera manifestado en mí, seguro estoy de que los mil vínculos de los orígenes—que no es dable desarraigar,—me habrían advertido por medio de continuos sufrimientos, que sería la mía tarea inútil. Vivía en París como en una hospedería: era posible que permaneciera mucho tiempo en ella, y hasta que en ella muriese; pero siempre me consideraría huésped y estaría como de paso.

Sombrío, retirado, sociable sólo con los compañeros de costumbre, en constante desconfianza de contactos nuevos, evitaba en cuanto era dable ese terrible frotamiento de la vida parisiense que pulimenta los caracteres y los aplana, hasta raerlos. No fui demasiado ciego para lo que ella tiene de deslumbrante, no me perturbó lo que ofrece de contradictorio, no me sedujo por lo que ofrece a los apetitos de la juventud y a las ambiciones de los ingenuos. Para ponerme a cubierto de sus asechanzas tenía yo un defecto que equivalía, por sus efectos, a una virtud, y era el miedo a lo desconocido; y aquel incorregible terror por los ensayos me prestaba, por decir así, la perspicacia que poseen los experimentados.

Estaba solo o poco menos, porque Agustín no se pertenecía y desde el primer momento me di cuenta de que lo que es Oliverio no era hombre para pertenecerme mucho tiempo. En seguida adquirió hábitos que en nada contrariaban mis costumbres, pero que en nada se parecían a ellas.

Registraba bibliotecas, tiritaba de frío en los severos anfiteatros y me metía por las noches en los gabinetes de lectura en donde los condenados a morirse de hambre, pintada la fiebre en sus rostros, escribían libros que no habían de darles fama, ni enriquecerlos. Adivinaba en ellos impotencias, miserias físicas y morales cuya vecindad no me confortaba por cierto. Salía de aquellos lugares afligido. Me encerraba en mi casa, abría otros libros y velaba. Así sentí pasar bajo mis ventanas las fiestas nocturnas de Carnaval. Algunas veces, en plena noche, Oliverio llamaba a mi puerta. En seguida reconocía yo el golpe seco del puño de oro de su bastón. Me hallaba sentado a mi mesa de trabajo, me estrechaba la mano y ganaba su cuarto tarareando algún fragmento de ópera. Al otro día volvía a empezar sin ostentación, ingenuamente convencido de que era excelente aquel austero régimen de vida.

Al cabo de algunos meses ya no podía más. Mis esfuerzos estaban agotados y como un edificio levantado por milagro, una mañana, al despertar, sentí que mi valor se derrumbaba. Pretendí recordar una idea perseguida el día antes: ¡imposible! Vanamente me repetía ciertas frases de disciplina que me aguijoneaban alguna vez, como se estimula a los caballos de tiro que se plantan.

Había llegado el verano. En las calles brillaba un hermoso sol. Los vencejos volaban satisfechos alrededor de un agudo campanario que desde mi ventana se distinguía. Sin vacilar un instante y sin reflexionar que iba a perder en un momento el beneficio de tantos meses de prudencia, escribí a Magdalena. Lo que le decía era insignificante. Los breves billetes que de ella recibiera en varias ocasiones, habían determinado, de una vez para siempre, el tono de nuestra correspondencia. No puse en aquél ni más ni menos y sin embargo, expedida la carta, esperé la respuesta como un acontecimiento.

Hay en París un gran jardín hecho para los aburridos: hállanse en él relativa soledad, árboles, verde césped, floridas platabandas, alamedas sombrías y una turba de pajarillos que parecen estar allí tan a su placer como en pleno campo. A ese jardín fui y por él erré todo el resto del día, asombrado de haber sacudido mi yugo y más admirado todavía de la extremada intensidad de un recuerdo que había creído de buena fe que estaba adormecido. Poco a poco, como una hoguera que se reanima, sentí en todo mi ser aquel ardoroso despertar.

Caminaba bajo los árboles, hablando sólo y haciendo involuntariamente ademanes propios de un hombre largo tiempo encadenado que rompe las cadenas:

—¡Cómo!—pensaba.—¿Y no ha de saber siquiera que la he amado? ¿ha de ignorar que por causa de ella he gastado mi vida, sacrificado todo, hasta la dicha inocente, de hacerle ver lo que he realizado para su reposo? ¿Creerá que he pasado junto a ella sin verla, que nuestras existencias han corrido paralelas sin confundirse ni tocarse siquiera, ni más ni menos que dos indiferentes arroyos? ¿Y el día que le diga «sabe usted, Magdalena, que la he amado mucho»? Me replicará: ¿Es posible?... Y ya no estará en la edad en que hubiera podido creerme.

Luego reconocí que, en efecto, nuestros destinos eran paralelos, muy próximos, pero inconfundibles; que era necesario vivir uno al lado del otro y separados, y que todo estaba concluido para mí. Entonces me perdía en hipótesis: emanaba de ellas un repetido «¿Quién sabe?» con todo el alcance de una tentación. Y a esa condicional replicaba mi conciencia: «¡No, eso no será nunca!»

Pero de aquellas insensatas suposiciones me quedaba un sabor horriblemente dulce y de él estaba embriagada la débil voluntad que aun me quedaba; pensaba además que no valía la pena de haber luchado tanto para llegar a semejante extremo.

Notaba en mí tal ausencia de energía y sentía un desprecio tan hondo de mí mismo, que aquel día desesperé de mi vida. No me parecía buena para nada: ni siquiera para aplicarla a los trabajos más vulgares. Nadie la quería y a mí no me importaba ya nada de ella. Unos niños se pusieron a jugar bajo los árboles. Parejas dichosas pasaron estrechamente enlazadas; evitaba su aproximación y me alejaba, buscando, en mi mente, qué lugar había en donde no estuviese solo.

Regresé por las calles más desiertas. Había en ellas grandes talleres industriales amurallados y ruidosos, fábricas cuyas chimeneas humeaban, oíase hervir de calderas, estruendo de engranajes. Pensaba yo en la tensión que me consumía desde muchos meses, en aquel hogar interior siempre encendido, siempre abrasador esperando una aplicación que no estaba prevista. Miraba los negros cristales, veía el reflejo de los hornos, escuchaba el ruido de las máquinas.

—¿Qué harán ahí dentro?—me decía.—¿Quién sabe lo que de esos talleres saldrá, madera o metal, lo grande o lo pequeño, lo útil o lo superfluo?

Y la idea de que igual pasaba en mi espíritu nada adicionó a mi desaliento ya completo, no hizo más que confirmarlo.

Sobre mi mesa de trabajo había una montaña de resmas de papel manuscrito. Nunca la miraba con orgullo; por lo común evitaba fijarme en ella muy de cerca, y así pasaba cada día de las ilusiones de la víspera. Desde el siguiente al de mi resolución suprema me hice justicia: leí al azar múltiples fragmentos; un marcado sabor de mediocridad me revolvió el corazón. Agarré todos los papeles y los eché al fuego. Estaba muy tranquilo mientras ejecutaba aquella obra que en cualesquiera otras circunstancias me habría costado algún pesar. En aquel mismo instante llegó la carta de Magdalena. Era como debía ser, cordial, tierna, delicada y sin embargo, me quedé estupefacto viendo desvanecerse una esperanza. El centelleo de muchos papelotes todavía ardiendo, alumbraba mi cuarto; yo estaba de pie con la carta en la mano, como un hombre que se ahoga y aferra a una cuerda rota; por casualidad entró Oliverio.

Al ver aquel montón de cenizas humeantes comprendió y dirigió una rápida mirada a la carta.

—¿Están buenos en Nièvres?—me preguntó fríamente.

En previsión de la más leve sospecha le entregué la carta; él afectó no leerla y como si hubiera decidido que era aquel momento oportuno para hablarme a la razón y desbridar anchamente una llaga que languidecía sin resultado, comenzó:

—Pero, ¿a qué extremos has llegado? Hace seis meses pasas las noches escribiendo y consumiéndote, llevas una vida de seminarista que ya hizo sus votos o de benedictino que toma baños de ciencia para calmar la carne. Y ¿adonde te ha conducido todo eso?

—A ninguna parte—repliqué.

—Tanto peor; porque toda decepción prueba, a lo menos, una cosa: que se ha errado en cuanto a los medios de triunfar. Has creído que la soledad es el mejor de los consejeros. Y ¿ahora qué opinas? ¿Qué consejo te ha dado, qué opinión que te sirva, qué lección de conducta?

—¡Callar siempre!—dije con acento de desesperación.

—Si ésa es tu resolución definitiva, te invito a cambiar de sistema. Si todo lo esperas de ti mismo, si tienes bastante orgullo para suponer que llevarás a término una situación que ha desanimado a otros muchos más fuertes y que podrás permanecer sin tambalearte, en pie sobre una dificultad espantosa, ante la cual tantos corazones han desfallecido, tanto peor, repito una vez más, porque te creo en grave peligro, y te juro que ya no dormiré tranquilo.

—No tengo ni orgullo ni confianza, lo sabes tan bien como yo. No soy yo el que quiere: es, como dices tú, la situación la que se me impone. No está en mi mano impedir lo que es, no puedo prever lo que debe ser. Me quedo en donde estoy, sobre un peligro, porque me está prohibido irme a otra parte. No amar a Magdalena, me es imposible; amarla de otro modo tampoco puedo. El día que sobre esta dificultad, de la cual no puedo descender, me venza el vértigo... me llorarás como hombre muerto.

—Muerto no, caído de muy alto. No importa, de todos modos, el hecho es fúnebre. Y no es así como entiendo que debes acabar. Baste con que la vida nos mate todos los días un poco; por Dios, no la ayudemos a concluir más de prisa con nosotros. Prepárate, te ruego, a oír cosas muy duras, y si París te causa miedo como una mentira, acostúmbrate, a lo menos, a conversar mano a mano con la verdad.

—Habla—le dije,—habla. No me dirás nada que yo mismo no me haya repetido un millar de veces.

—Estás en un error. Afirmo que nunca has usado el siguiente lenguaje: «Magdalena es feliz; está casada; una a una tendrá todas las legítimas alegrías de la familia, sin faltarle ni una sola, así lo deseo y así lo espero.» Puede muy bien, pues, pasar sin ti. No es para ti más que una tierna amiga y no puede considerarte más que como un camarada excelente, cuya pérdida lamentaría mucho, pero a quien sería imperdonable tomar por amante. Lo que os junta es, pues, un lazo, encantador como vinculación noble, que sería horrible si se trocara en cadena. Tú le eres necesario en la medida que la amistad cuenta y pesa en la vida: en ningún caso tienes el derecho de convertirte en carga pesada. No hablemos de mi primo, el cual, si fuera consultado, haría valer sus derechos de conformidad con las formas establecidas, usando los argumentos que cumplen a la defensa de los maridos amenazados en su honor—que es cosa grave,—y en su felicidad, que todavía es más serio. Por lo que a ti respecta, la situación no es más complicada. El acaso te acercó a Magdalena y él también te hizo nacer seis o siete años demasiado tarde; esto, que para ti representa una desgracia, quizás es también un accidente lamentable para ella. Si otro ha llegado y casádose con ella, no ha hecho más que tomar lo que a nadie pertenecía; por eso, tú que tienes muy buen sentido, a pesar de poseer un gran corazón, nunca has protestado. Después de haber declinado toda pretensión respecto de Magdalena, como marido, ¿puedes y quieres aspirar a otra cosa? Sin embargo, sigues amándola. No eres digno de censura, porque un afecto como el tuyo no es censurable; pero no estás en buen terreno, porque un callejón sin salida a ninguna parte conduce. Ahora bien, cuando en la vida se cae en la desgracia de extraviarse en una encrucijada, lo razonable es procurar salir de ella por un lado o por otro; y en este caso saldrás de tu atolladero, si no libre de averías, a lo menos sin dejarte en él nada esencial, ni el honor ni la vida. Todavía dos palabras, y no te ofendan: Magdalena no es la única mujer buena, bonita, sensible y capaz de comprenderte y estimarte, que hay en el mundo. Imagina que otra mujer, pues, y no Magdalena, fuese la que tú amases exactamente lo mismo y de la cual dijeras: «Ella o ninguna.» ¿Niegas la posibilidad? Entonces lo necesario, lo absoluto en estos casos es la necesidad de amar y la capacidad de sentir el amor. No te pares a averiguar si lo que afirmo es lógico o no y no digas que mis doctrinas son espantosas. Tú amas y debes amar: lo demás es cuestión de suerte. No creo que pueda existir mujer, digna de ti por supuesto, que no tenga el derecho de decirte: «El verdadero y único objeto de tus sentimientos soy yo.»

—De modo—exclamé,—que será necesario no amar.

—Nada de eso. Se trata sólo de amar a otra.

—Entonces habré de olvidarla.

—No, reemplazarla.

—¡Nunca!...

—No digas «nunca»; di mejor «no por ahora.»

Y en seguida Oliverio se marchó.

Tenía los ojos secos y un atroz sufrimiento me oprimía el corazón. Volví a leer la carta de Magdalena. De ella se exhalaba una vaga tibieza de las amistades vulgares, que causa desesperación cuando se desea mucho más. «Tiene razón, mucha razón», pensé recordando la abrumadora argumentación de Oliverio, rechazando sus conclusiones con todo el horror natural en un corazón apasionadísimo, pero reconociendo esta verdad irrefutable: «No soy nada para Magdalena, nada más que un obstáculo, una amenaza, un ente inútil o peligroso.»

Contemplé mi mesa vacía. Un montón de cenizas negras llenaba el hogar. Aquella destrucción de una parte de mí mismo, aquella total ruina de mis esfuerzos y de mi dicha me abatió bajo la incomparable sensación de la nada más completa.

—¿Para qué sirvo, pues?—exclamé.

Y oculto el rostro entre las manos, la mirada en el vacío, teniendo ante mi vista toda mi existencia, dudosa, sin fondo, como un precipicio, quédeme absorto.

Al cabo de una hora volvió Oliverio y me encontró en el mismo estado: inerte, inmóvil, consternado. Cariñosamente me tocó en el hombro y me dijo:

—¿Quieres acompañarme esta noche al teatro?

—¿Vas solo?—le pregunté.

—No—replicó sonriendo.

—Entonces no me necesitas para nada.

—¡Está bien!—exclamó con impaciencia.

Pero cambiando súbitamente de intención, se me puso resueltamente delante y con ruda energía me increpó:

—Eres estúpido, injusto e insolente. ¿Qué te has creído?... ¿que pretendo sorprenderte? ¡Bonito oficio me atribuyes! ¡No, querido! No soy capaz de prepararte ninguna emboscada en la cual pueda correr riesgo la probidad de tu corazón. Sería calcular mal y proceder torpemente. Lo que yo quiero es que salgas de tu cubil, ¡pobre alma entristecida! ¡infeliz corazón herido!... Te figuras que la tierra está de luto, que la belleza se ha cubierto de un velo, que todos los rostros están bañados en lágrimas, que ya no existen esperanzas ni alegrías, ni afanes colmados porque la suerte te es adversa. Pero mira en torno de ti, mézclate entre la multitud de hombres y mujeres que son felices o creen serlo. No les envidies la despreocupación, pero aprende de ellos esta doctrina: que la Providencia—en la cual tú crees,—a todo atiende, que todo lo proporciona y que ella ha creado inagotables recursos para satisfacer la necesidad de los corazones hambrientos.

No me causó vacilación aquel flujo de palabras, pero acabé por escucharlas. La afectuosa exasperación de Oliverio actuó como un calmante sobre mis nervios, espantosamente excitados y templó su tensión. Le pedí que me perdonara aquel arranque, efecto de mi estado de aturdimiento, asegurándole que en mis palabras no había ni asomos de desconfianza. Le rogué que dejara pasar aquella crisis de flaqueza, resultado de penas y cansancio y le prometí cambiar de género de vida. Vivíamos en el mismo medio social y reconocí que era un error de mi parte no frecuentarlo. Tenía el deber, sin duda, de no singularizarme con un sistemático alejamiento. Le dije una porción de cosas sensatas, como si de repente hubiera recobrado la razón. Y como también él echaba de menos la expansión en nuestra intimidad, que nos hacía más flexibles, más conciliadores, mejores, estando juntos, le hablé de él, de su vida que pasaba casi enteramente apartado de mí, y lamenté el no saber lo que se hacía y si tenía o no razones para estar satisfecho.

—Satisfecho. He ahí la palabra—me dijo con una expresión casi cómica.—Cada hombre tiene un vocabulario particular para sus ambiciones. Sí, estoy casi satisfecho en este momento, y si me conformo con satisfacciones que no tengan información de quiméricas, mi vida discurrirá en perfecto equilibrio y será dichosa hasta la saciedad.

—¿Tienes noticias de Ormessón?

—Ninguna. Ya sabes cómo acabó aquella historia.

—¿Por una ruptura?

—No, por una ausencia, que no es lo mismo, porque de lo pasado guardamos el uno y la otra la única memoria que nunca ensucia los recuerdos.

—¿Y ahora?

—¡Ahora!... ¿Sabes algo?...

—Nada sé; pero imagino que habrás hecho lo que hace poco me recomendabas.

—En efecto—dijo Oliverio sonriendo.

Luego se puso serio y continuó:

—En otro momento te contaré. Ahora no hay oportunidad. El ambiente de este cuarto está impregnado de una emoción muy respetable. No cabe promiscuidad entre la mujer de la cual te hablaré y aquella otra cuyo nombre no debe ser pronunciado siquiera mientras de la otra nos ocupamos.

Ruido de pasos en la antesala interrumpió nuestra conversación. Mi criado anunció a Agustín que raras veces venía a aquella hora. La vista de aquella enérgica e inflexible fisonomía me devolvió hasta cierto punto un poco de energía. Me parecía como si la suerte me enviase un refuerzo en aquel momento que tanto lo necesitaba.

—Llega usted en buen momento—le dije procurando mostrarme animado.—No merecía la pena de tomarme tanto trabajo, ¿verdad? Vea usted, todo lo he destruido.

Hablábale siempre como cumple a un ex discípulo respecto de su maestro, y le reconocía el derecho de interrogarme acerca de mis tareas.

—Es cuestión de volver a empezar—me contestó, sin asombrarse por lo que veía.—¡Sé lo que es eso!...

Oliverio callaba. Después de algunos minutos de silencio, bostezó suavemente, atusó con la mano su rizada cabellera y nos dijo:

—Me aburro y voy a dar un paseo por el Bosque...

X

—¿Trabaja?—me preguntó Agustín cuando Oliverio nos dejó.

—Muy poco; y, sin embargo, aprende como si trabajara.

—Tanto mejor. Ha seducido a la suerte. Si la vida fuese una lotería, ese mozo soñaría los números que iban a salir premiados.

Agustín no era ni de los que inducen a la suerte ni de aquellos a quienes debe enriquecer un número soñado. Lo que de él llevo ya dicho, debe haberle hecho comprender, que no había nacido para los favores del acaso y que en todas las partidas en que había hecho parada de su voluntad, la puesta valía más que la ganancia. Desde el día que le ha visto usted salir de Trembles, con una letra llegada de París en el bolsillo, como un soldado con su itinerario en la mano, sus esperanzas habían recibido más de un jaque, pero ello no había disminuido su fe robusta ni le había hecho dudar, por un minuto tan sólo, que el éxito, si no la gloria, estaban en París al fin del camino que él emprendía. No se quejaba, no acusaba a nadie, no desesperaba por nada. Sin ninguna ilusión tenía la tenacidad de las esperanzas ciegas y lo que en otros habría parecido orgullo, no existía en él más que como sentimiento muy exactamente determinado de su derecho. Apreciaba las cosas con la serenidad de un joyero que ensaya alhajas de calidad dudosa, y rara vez se engañaba al elegir las que merecían la pena de consagrarlas tiempo y trabajo.

Había tenido protectores. No consideraba que fuera deshonor solicitar apoyo, porque él sólo proponía un trueque de valores equivalentes. Y tales contrastes—decía,—no humillan nunca al que aporta a la sociedad el contingente de su inteligencia, su celo y su talento. No afectaba el desprecio del dinero—del cual tenía gran necesidad.—Sabíalo yo sin que él me lo dijese. No desdeñaba los resultados, pero los colocaba muy por debajo de un capital de ideas que, según él, nadie sabría representar ni pagar. «Soy—decía—un obrero que trabaja con herramientas de poco costo, es verdad; pero lo que producen no tiene precio, cuando es bueno.»

No se considera, pues, agradecido a nadie. Los servicios que le habían hecho los había comprado y pagádolos bien. Y en esa especie de ventas—que de su parte excluían si no el convencionalismo del trato social, toda humillación por lo menos,—tenía su modo de ofrecer, que determinaba concretamente el alto precio que a su entender era lo justo.

—Desde el momento en que media el dinero—decía,—ya no hay más que un negocio en el cual el corazón no entra para nada y que no compromete, de ningún modo, al agradecimiento. Doy y das. El talento mismo, en tales casos, no es más que una obligación de probidad.

Había ensayado muchas posiciones e intentado diversas empresas, no por afición, sino por necesidad. No pudiendo elegir los medios, poseía el don de la aplicación más bien que la flexibilidad que permite aplicarlos todos. A fuerza de voluntad, de clarividencia, de ardor suplía casi las facultades naturales de que se reconocía privado. Su voluntad, apoyada sobre extraordinario buen sentido y una rectitud perfecta, hacía milagros. Tomaba todas las formas más elevadas, más nobles, algunas veces brillantes. No lo sentía todo, pero nada había que él no comprendiese. También se aproximaba a las manifestaciones de pura imaginación por un esfuerzo de tensión de su espíritu, en contacto siempre con todo lo que el mundo de las ideas contiene de mejor y más bello y rayaba en lo patético por el perfecto conocimiento de las asperezas de la vida y por la devorante ambición de alcanzar legítimas satisfacciones, aunque ello fuese a trueque de mucho luchar.

Después de haber abordado el teatro—para el cual no se consideraba suficientemente recomendado, ni con preparación bastante,—se lanzó al periodismo.

Cuando digo que se lanzó, no empleo la palabra exacta para exponer la idea; porque ella no corresponde a la acción de un hombre que, siendo incapaz de aturdimiento, se presentó en la palestra con esa valentía informada de prudencia que no arriesga mucho más que para lograr éxito favorable.

Por último, poco hacía que había entrado al servicio de un hombre público eminente, en calidad de secretario.

—Estoy—me decía—en medio de un movimiento que no me seduce, pero que me interesa y me ilustra. La política, en estos tiempos, abarca tantas ideas, elabora tantos problemas, que constituye el medio de estudio más instructivo y la encrucijada más apropósito para una ambición que busca salida.

Su situación material me era desconocida. La suponía difícil; pero era ése un asunto acerca del cual me parecía imprudente hablarle.

Tan sólo algunas veces el continente de aquel incansable luchador delataba a su pesar, no vacilaciones, pero sí sufrimiento. El estoico Agustín no decía palabra. Su actitud era la misma de siempre, su manera de razonar no había perdido ni un ápice de la fuerza habitual. Obraba, pensaba, resolvía como si jamás hubiera sufrido el más leve embate de la suerte; pero había en él un no sé qué indefinible, algo así como las manchas rojas que aparecen en las vestiduras de un soldado herido. Por mucho tiempo me había preguntado qué parte vulnerable de aquella organización de hierro había podido ser lacerada, y al fin advertí que Agustín, al igual que todo el mundo, tenía corazón y comprendí que era aquel noble y animoso corazón lo que sangraba.

Luego que se sentó y así que le vi cruzar las piernas una sobre otra, con la actitud de un hombre que nada tiene que decir y entra en casa de un amigo olvidando el objeto de su visita, me di cuenta de que tampoco él estaba con ánimo y disposiciones alegres.

—¿Tampoco usted es feliz, mi querido Agustín?—le pregunté.

—¡Ha adivinado usted!—replicó con un acento que revelaba amargura.

—Menester es adivinar cuando usted tiene el orgullo de no declararlo.

—Hijo mío—continuó, usando siempre aquella forma paternal que prestaba cierto encanto a la rudeza de sus consejos,—el problema no está en saber si uno es feliz, lo que importa es averiguar si se ha hecho todo para llegar a serlo. Un hombre de bien merece, indudablemente, ser dichoso; pero no siempre tiene el derecho de lamentarse porque no lo es todavía. Es cuestión de tiempo, del instante, de oportunidad. Hay muchas maneras de sufrir: unos sufren por error, otros por impaciencia. Perdóneme un desplante de modestia. Yo quizás soy tan sólo un poco impaciente.

—¿Impaciente? ¿y de qué? ¿Se puede saber?

—De no estar solo—me dijo con singular emoción,—con objeto de que si algún día alcanzo un nombre no me vea reducido al triste resultado de coronar mi egoísmo.

Después añadió:

—No hablemos de estas cosas demasiado pronto. Usted será el primero a quien daré cuenta de ellas cuando llegue el momento.

Guardó silencio un instante y poniéndose de pie me dijo:

—No estemos aquí: esto huele a derrota. Y no es que eso me fastidie, pero da ganas de abandonarse.

Salimos juntos y andando, andando le puse al corriente de los motivos particulares de fastidio y de desaliento que tenía. Mis cartas le habían advertido y el resto lo presumió el día que Magdalena y él se vieron. No hallé, pues, dificultad ninguna para ponerle al corriente de las graves circunstancias de una situación que conocía tan bien como yo, ni para explicarle las perplejidades de mi alma en la cual había él medido todas las resistencias y todas las debilidades.

—Desde hace cuatro años le conozco a usted enamorado—me dijo a la primera palabra que pronuncié.

—¿Cuatro años? ¡Pero si entonces no conocía yo a Magdalena!

—¿Recuerda usted, amigo mío, el día que le sorprendí llorando las desventuras de Aníbal? Pues bien, al principio me sorprendí, no pudiendo admitir que una composición de colegio pudiera conmover a nadie de aquel modo. Después razoné que nada tenía que ver con Aníbal su emoción. De modo que leída la primera de sus cartas de usted pensé: «Ya lo sabía», y en cuanto vi a la señora De Nièvres comprendí que se trataba de ella.

En cuanto a mis procederes juzgaba que era difícil, pero no imposible dirigirlos. Considerando el asunto desde puntos de vista diferentes de los que adoptara Oliverio, me aconsejó curarme, pero usando procedimientos que consideraba ser los únicos dignos de mí.

Nos separamos después de dar muchas vueltas en torno a las murallas del Sena. La noche se acercaba. Me encontré solo en medio de París a una hora desusada, sin rumbo, falto de costumbres cotidianas, sin vinculaciones, sin obligaciones, pensando con ansiedad:

—¿Qué voy a hacer esta noche? ¿Qué haré mañana?...

Olvidaba absolutamente que desde muchos meses, durante todo un largo invierno, no había tenido compañía. Parecíame que habiéndome abandonado aquel que actuaba en mí, ya no me quedaba ningún auxiliar para encargarse de una vida que en lo sucesivo iba a abandonarme en el vacío de la ociosidad. La idea de volverme a mi casa no me pasó siquiera por la mente y el pensamiento de irme a hojear libros me hubiera puesto enfermo de asco.

Recordé que Oliverio debía estar en el teatro: sabía cuál era y quién le acompañaba. No teniendo por qué resistir a una cobardía más, ocupé un coche y me hice conducir. Tomé un palco oscuro desde el cual esperaba ver a Oliverio sin ser notado. No estaba en ninguno de los otros palcos que había enfrente del mío. Calculé que habría cambiado de proyecto o estaría en alguna de las localidades altas encima de la que yo ocupaba y no me era dado verlas. Habiendo fracasado el plan de sorprenderle en aventura galante, me preguntaba qué era lo que allí tenía que hacer. Me quedé, sin embargo, y difícil sería que le explicara a usted el por qué: tal era el desorden de mi espíritu en el cual se barajaban con el aburrimiento, las penas y el desfallecimiento con perversas curiosidades. Hundía la mirada en todos los palcos ocupados por mujeres; vistas desde abajo formaban una irritante exposición de bustos casi sin cuerpos y de brazos desnudos, cubiertos sólo en parte por los guantes. Examinaba las cabelleras, los ojos, las sonrisas y buscaba comparaciones persuasivas capaces de perjudicar el perfecto recuerdo de Magdalena. No tenía más que un afán: el impetuoso deseo de substraerme de cualquier modo a la persecución de aquel único recuerdo. Lo envilecía a mi sabor, y lo desdoraba esperando, por ese medio, tornarlo indigno de ella, librarme de él a fuerza de ensuciarlo. Al salir del teatro, cuando atravesaba el vestíbulo oí entre un grupo de gente la voz de Oliverio. Pasó cerca de mí y no me vio. Apenas pude ver a la persona de aspecto distinguido, muy elegante, que le acompañaba. Entramos en nuestros respectivos departamentos casi al mismo tiempo y todavía estaba yo en traje de calle, cuando apareció a la puerta de mi cuarto.

—¿De dónde vienes?—me dijo.

—Del teatro.

Y le dije cuál.

—¿Me buscaste?

—No fui con intención de buscarte, sólo quería verte—le repliqué.

—No te comprendo. En cualquier caso ésas son niñerías o quisquillas que si fueras otro no te las perdonaría. Pero tú estás malo y te compadezco.

No le vi más durante dos o tres días. Tuvo la severidad de tratarme con rigor. Se informó de mí por mi criado y supe que se preocupaba de mi estado y me vigilaba sin aparentarlo. Cada día de inacción me agotaba más y más me desmoralizaba. No tomaba ningún partido decisivo, pero me parecía que mi debilidad iba a abatirse al primer accidente que la conmoviera.

Tres días después, en una avenida del Bosque por la cual me paseaba desesperado, vi venir despacio un carruaje muy bien atalajado. Iban en él tres personas: dos mujeres jóvenes y Oliverio. En cuanto este último me reconoció, saltó rápido a tierra, me agarró por un brazo, y sin pronunciar palabra me hizo subir al carruaje y luego que estuvo sentado junto a mí, como si se tratara de un rapto le dijo al cochero: «Adelante». Me sentí perdido y lo estaba, en efecto, por algún tiempo al menos.

Respecto de los dos meses que duró aquel extravío—que sólo duró ese tiempo a lo más,—le referiré tan sólo el incidente fácil de prever que lo terminó.

Al principio creí olvidar a Magdalena, porque cada vez que su recuerdo venía a mi mente, le decía: «¡Huye!» como se oculta a los ojos respetados la vista de ciertos cuadros hirientes o vergonzosos. Ni una sola vez pronunciaba su nombre. Puse entre los dos un mundo de obstáculos y de indignidades. Un momento Oliverio llegó a creer que aquello había concluido; pero la persona con quien trataba yo de matar aquella importuna memoria no se engañó. Un día, por ligereza de mi amigo, que se reportaba algo menos a medida que creía más firme mi razón, supe que sus negocios reclamaban la presencia del señor D'Orsel en su provincia y que todos los habitantes de Nièvres iban a trasladarse muy pronto a Ormessón. En aquel mismo instante quedó adoptada una resolución y resolví romper.

—Vengo a decir adiós—dije al entrar en una habitación en que nunca más debía poner los pies.

—Eso mismo habría hecho yo algo más adelante, pero muy pronto—me dijo ella sin manifestar sorpresa, ni contrariedad.

—¿Entonces no me guardará rencor?

—De ningún modo. Usted no se pertenece.

Sentose delante del tocador y añadió: «Adiós», sin volver la cabeza. Pero me miró en el espejo y sonrió.

Me separé de ella sin más explicaciones.

—Otra necedad más—me dijo Oliverio cuando se enteró de lo que había yo hecho.

—Necedad o no heme libre—repuse.—Me voy a Trembles y te llevo conmigo. No será difícil que se resuelvan a venir a pasar las vacaciones.

—¿A Trembles contigo? ¿Magdalena en Trembles?—repetía Oliverio cuyos planes había desbaratado mi resolución brusca y temeraria.

—Querido amigo—le dije arrojándome enajenado en sus brazos,—no me digas nada, nada objetes. Seré prudente, muy prudente, pero seré también dichoso; concédeme esos dos meses, que no volverán, que no tornaré a encontrar; es corto tiempo y tal vez el único período de dicha que lograré en toda mi vida.

Le hablaba arrastrado por tan ardiente deseo, me vio tan reanimado, tan cambiado ante la perspectiva inesperada de aquel viaje, que se dejó seducir y tuvo la debilidad y la generosidad de asentir a todo.

—Sea—dijo.—En definitiva, eso a vosotros solos os incumbe. No soy ángel de la guarda. Después de todo bastante hago guiando sólo los pasos de dos locos de atar como tú y yo.

XI

Aquellos dos meses de residencia con Magdalena en nuestra solitaria casa, en pleno campo, a orillas de nuestro mar, tan bello en semejante estación, fue una causa de constantes delicias, mezcladas con tormentos que me purificaban. No hubo un solo día que no esté señalado por alguna tentación grande o pequeña, ni un minuto al cual no corresponda un latido de mi corazón, un escalofrío, una esperanza, una decepción.

Podría decirle a usted hoy, la fecha y el lugar preciso de mil emociones muy débiles cuya huella ha quedado en mi memoria, no obstante la pequeñez del hecho: le mostraría a usted tal rincón del parque, tal escalera de la terraza, tal sitio del campo, del pueblo, de la escarpa, en donde el alma de las cosas insensibles ha conservado tan bien el recuerdo de Magdalena y el mío, que si lo buscara—Dios no lo quiera,—lo encontraría tan reconocible como al día siguiente de nuestra partida.

Magdalena nunca había estado en Trembles y aquella residencia, aunque un poco triste y muy mediana le gustaba. Por más que no tenía las mismas razones que yo para haber depositado en ella cariño, me había oído hablar de ella tan frecuentemente, que mis propios recuerdos se la habían dado a conocer perfectamente v ayudaban a que se sintiera bien allí.

—Su tierra tiene semejanza con usted—me decía.—Me había figurado cómo es, con sólo verle a usted. Es un paisaje melancólico, tranquilo, de suave calor. La vida tiene que ser en ese medio apacible y reflexiva. Ahora me explico mucho mejor ciertas particularidades de su carácter, porque corresponde a los rasgos característicos de su país natal.

Hallaba yo gran placer en hacerla penetrarse así de la intimidad de tantas y tantas cosas estrechamente ligadas a mi vida. Era como una serie de sutiles confidencias que la iniciaban en lo que yo había sido y la conducían a comprender lo que era. Aparte el deseo de rodearla de bienestar, de distracciones y de cuidados, estaba también aquel secreto afán de establecer entre nosotros vínculos de educación, de inteligencia, de sensibilidad, casi de nacimiento y parentesco, que debían hacer nuestra amistad más legítima, prestándole quién sabe cuántos años de antigüedad.

Complacíame ensayar en Magdalena el efecto de ciertas influencias, más bien físicas que morales, a las cuales yo estaba sujeto continuamente. Ponía delante de sus ojos ciertos cuadros naturales, elegidos entre los que, invariablemente compuestos de un poco de vegetación, mucho sol y una inmensa extensión de mar, tenía el don infalible de conmoverme. Observaba en qué sentido podían impresionarla, por qué aspectos de indigencia o de grandeza podría agradarle aquel horizonte siempre triste. En cuanto me era dado la interrogaba sobre estos detalles de sensibilidad en todo exterior. Y cuando la encontraba de acuerdo conmigo—que sucedía con mucha más frecuencia que nunca hubiese esperado,—cuando percibía en ella el eco completamente exacto, y como al unísono de la fibra conmovida que vibraba en mí, constataba una conformidad más de la cual me congratulaba como de una nueva alianza.

Así comencé a dejarme ver bajo muchos aspectos que ella habría podido sospechar sin comprenderlos. Juzgando sobre poco más o menos los hábitos normales de mi existencia iba conociendo con bastante exactitud cuál era el fondo oculto de mi natural. Mis predilecciones le revelaban una parte de mis inquietudes, y lo que ella calificaba de singularidades le iba pareciendo más claro a medida que descubría los orígenes. Nada de eso era efecto de cálculo: cedía a ello con bastante ingenuidad para no dejar margen a tener que reprocharme nada si algo había que se asemejara a la más leve apariencia de seducción; pero inocentemente o no ello es que yo cedía. Ella parecía dichosa. Por mi parte, merced a tales continuas comunicaciones que creaban entre nosotros innumerables puntos de relación, tornábame más libre, más firme, más seguro de mí mismo en todos sentidos; y eso representaba un gran progreso porque Magdalena veía en ello un paso dado en la senda de la franqueza. Esta fusión completa, constante y progresiva duró sin ningún accidente dos meses largos. Hago omisión de las heridas secretas, innumerables, infinitas: no eran nada comparadas con los consuelos que en seguida las curaban. En resumen, era feliz o me parecía serlo si la dicha consiste en vivir rápidamente, en amar con todas sus fuerzas sin causa alguna de arrepentimiento y sin esperanza.

El señor De Nièvres era cazador, y a él se debe el que yo haya llegado a serlo. Me dirigió con mucha cordialidad en los primeros ensayos de una clase de ejercicio que después me ha gustado hasta el apasionamiento. Algunas veces Magdalena y Julia nos acompañaban a distancia o nos esperaban sobre la ribera en tanto que nosotros hacíamos largas batidas en dirección al mar. Distinguíaselas desde lejos como florecitas brillantes posadas sobre los cantos rodados al borde mismo de las olas azules. Cuando los incidentes de la cacería nos llevaban demasiado lejos o nos retenían hasta tarde, oíamos la voz de Magdalena que nos invitaba a volver. Tan pronto nombraba a su marido o a Oliverio como a mí. El viento nos traía aquellas llamadas en que se alternaban nuestros tres nombres. Las notas perladas de aquella voz, lanzada a gran espacio desde la orilla del mar se debilitaban a medida que volaban sobre aquel terreno sin eco; llegaban a nosotros como un soplo levemente sonoro y cuando distinguía mi nombre no es decible la sensación de dulzura y de tristeza infinitas que experimentaba.

Algunas veces, ya se ocultaba el sol cuando todavía estábamos nosotros sentados sobre la parte alta de la costa, ocupados en ver morir a nuestros pies las largas olas que venían de América. Cruzaban embarcaciones cubiertas de los purpúreos reflejos del sol, a flor de agua se encendían luces, las de los faros, con destellos e intervalos de relámpago, fijas y amarillentas las de los buques fondeados en la rada, resinosas las de las barcas pescadoras. Y el vasto movimiento de las aguas, que continuaba a través de la noche y ya no se revelaba más que por sus rumores, nos sumía en un silencio del cual para cada uno de nosotros brotaba un número incalculable de ensueños.

Al extremo de la tierra firme, en una especie, de península, pedregosa, batida del mar por tres lados había un faro, hoy día destruido, rodeado de un jardincito, con setos de tamarindos tan cerca de la orilla, que cada marea un poco fuerte quedaban hundidos en espuma. Era aquél el punto de cita elegido ordinariamente para reunirnos, como he dicho, después de las cacerías. El lugar era solitario, la ribera más alta en aquel sitio, la mar más vasta y más conforme con la idea que se ha formado de ese azul desierto sin límites y de aquella soledad agitada.

El horizonte circular que se abarcaba desde aquel punto culminante de la costa, aun sin apartarse del pie de la torre, ofrecía una grandiosa sorpresa en una zona tan pobremente accidentada que no presenta casi en ninguna porción de ella ni contornos ni perspectivas.

Recuerdo que un día Magdalena y el señor De Nièvres quisieron subir a lo alto del faro. Hacía viento. El ruido del aire que no se percibía abajo, aumentaba a medida que subíamos, rugía como un trueno en la escalera espiral y hacía temblar encima de nosotros las paredes de cristal de la linterna. Cuando desembocamos a cien pies del suelo, un verdadero huracán nos azotó el rostro y de todo el horizonte se alzó no sé qué murmullo irritado del cual nada puede dar idea cuando no se ha escuchado el mar desde muy alto. El cielo estaba nublado. La marea baja permitía ver en el límite espumoso de las olas y el último escalón de la ribera, el triste lecho del Océano pavimentado de rocas y tapizado de vegetaciones negruzcas. Charcos de agua reflejaban la luz a lo lejos, y dos o tres hombres que buscaban cangrejos, tan pequeños que podían ser confundidos con pájaros pescadores, vagaban, casi imperceptibles alrededor de las limosas lagunas. Más allá comenzaba la alta mar, movediza y gris, cuyo límite se perdía en la bruma. Menester era mirar con mucha atención para apreciar dónde terminaba el mar y dónde comenzaba el cielo, tan dudoso era el límite y tanto la una y el otro tenían la misma palidez incierta, la misma palpitación tempestuosa y el mismo infinito. No puedo decirle a usted hasta qué punto resultaba extraordinario aquel espectáculo de la inmensidad dos veces repetida, de extensión doble por lo tanto, tan alta como profunda—vista desde la plataforma del faro,—ni es tampoco descriptible la emoción que a todos nos embargaba. Cada uno fue impresionado de diversa manera, sin duda; pero recuerdo que tuvo por efecto suspender toda conversación y que el mismo vértigo físico nos hizo palidecer de pronto y nos puso serios. Una especie de grito de angustia se escapó de los labios de Magdalena y sin pronunciar una palabra, puestos los codos sobre el balconcillo que nos separaba del abismo, sintiendo que la enorme torre oscilaba bajo nuestros pies a cada embate del viento, atraídos por el inmenso peligro y como solicitados desde abajo por el clamor de la marea que iba subiendo, permanecimos largo tiempo en el más grande estupor, semejantes a personas que teniendo los pies apoyados en la frágil vida, un día, por milagro, corrieran la nunca oída aventura de mirar y de ver el más allá.

Comprendí perfectamente que al influjo de aquella sensación alguna fibra humana había de romperse: era menester que cediera uno de nosotros, si no el más emocionado, el más frágil. Fue Julia.

Estaba inmóvil junto a Oliverio, la manecita temblorosa al lado de la mano del joven, crispada sobre el pasamano de la balaustrada, la cabeza inclinada sobre el mar, los ojos entreabiertos, con esa expresión de extravío que caracteriza al vértigo, el rostro pálido, como el de un niño moribundo. Oliverio fue el primero que advirtió que iba a desmayarse y la tomó en los brazos. Algunos segundos después volvió en sí lanzando un suspiro angustioso que levantó su delgado talle.

—No es nada—dijo reaccionando en seguida contra el irresistible acceso de desfallecimiento, y bajamos.

No se habló más de aquel incidente que fue olvidado, sin duda, como otros muchos. Y si yo lo recuerdo hoy al referirle nuestros paseos al faro, débese a que él fue la primera indicación de ciertos hechos oscuros qué debían tener un desenlace más tarde.

Algunas veces, cuando estaban la mar en completa calma y el cielo sereno, una embarcación venía a buscarnos a la costa, al extremo de los prados, y nos llevaba mar adentro. Era una barca de pesca y tan luego como tomaba el largo se tendía la vela; después, en una mar lenta, plana, blanca al reflejar el sol, como si fuera de estaño, el patrón tendía las redes. De hora en hora eran recogidas y veíamos enredados en ellas toda clase de peces, de brillantes escamas, y extraños productos del mar, sorprendidos en las profundidades del agua o arrancados, revueltos con algas, a sus escondites submarinos.

Cada redada nos traía una nueva sorpresa: después otra vez se echaban al mar los aparejos y la barca derivaba mantenida sólo por el timón y ligeramente inclinada del lado de las redes.

Así pasábamos días enteros contemplando el mar, viendo adelgazarse o engrosar la línea de tierra en la lejanía, midiendo la sombra que giraba alrededor del mástil como en torno de la larga aguja de un cuadrante, lánguidos por la pesadez del día y el silencio, deslumbrados por la luz del sol, privados de conciencia y, por decir así, invadidos de olvido por aquel prolongado columpio sobre las aguas encalmadas. El día acababa y en algunas ocasiones era ya noche cerrada cuando la marea nos volvía a la costa y nos depositaba a pie llano sobre los guijarros de la playa.

Nada podía ser más inocente para todos, y sin embargo, recuerdo hoy aquellas horas de pretendido reposo y de languidez, como las más bellas y acaso las más peligrosas de mi vida. Un día, como otros muchos, la barca apenas hacía camino: arrastrábanla imperceptibles corrientes y casi no oscilaba. Filaba en línea recta y muy lentamente, como si se deslizara por un plano sólido; el rumor de la estela no se notaba, tal era la suavidad con que el agua se desgarraba bajo la quilla. Las marismas reunidas sobre la cubierta a proa callaban y mis compañeros, excepto Julia, dormitaban sobre las tablas caldeadas, al abrigo de la vela extendida a popa formando carpa.

Nadie se movía a bordo. La mar estaba quieta como una masa de plomo a medio fundir. El cielo límpido y descolorido por el resplandor del sol de mediodía reflejaba sobre el agua como en un espejo empañado. No había a la vista ni una sola barca pescadora. Solamente muy lejos y ya casi cortado por la línea del horizonte un buque con todas las velas desplegadas esperaba la vuelta de la brisa de tierra y se preparaba a aprovecharla, semejante a un ave de alto vuelo abriendo las blancas alas.

Magdalena dormía recostada. Sus manos inertes y entreabiertas se habían desprendido de las del Conde. Tenía la actitud de abandono que presta el sueño. El calor concentrado bajo la carpa animaba sus mejillas de ardores un poco más vivos y entre los labios medio abiertos veía yo brillar la extremidad de sus dientes blancos como los dos bordes de una concha de nácar. Nadie más que yo asistía al sueño de aquel ser encantador. Julia, distraída yo no sé en qué confusa aspiración, parecía observar atentamente la partida del barco que maniobraba para hacer rumbo. Traté de cerrar los ojos, no quería mirar más, hice sinceros esfuerzos por olvidar. Me fui a sentarme a proa, sin sombra, apoyada la cabeza en el bauprés que abrasaba. Pero a mi pesar mis ojos se volvían hacia donde Magdalena dormía, vestida de ligera muselina, acostada sobre la áspera tela que le servía de alfombra. ¿Estaba encantado? ¿Estaba torturado? Trabajo me costaría decir si deseaba algo más allá de aquella visión decente y exquisita que reunía todas las circunspecciones y todos los atractivos. Por nada del mundo hubiera hecho el más leve movimiento capaz de romper el encanto. No sé cuánto duró aquél, verdadero éxtasis, quizás varias horas, acaso tan sólo algunos minutos; pero tuve tiempo de reflexionar mucho, tanto como puede hacerlo un cerebro cuando está en lucha con un corazón privado absolutamente de sangre fría.

Cuando mis compañeros despertaron halláronme ocupado en mirar la estela.

—¡Qué hermoso tiempo!—exclamó Magdalena con una efusión que la revelaba dichosa.

—Capaz de hacer olvidarlo todo—añadió Oliverio.—Que no me causaría pena...

—¿Sería usted hombre como para tener preocupaciones?—le preguntó el Conde sonriendo.

—¿Quién sabe?—repuso Oliverio.

El viento no se levantó. La mar, absolutamente muerta, nos retuvo hasta el anochecer. Serían ya las siete en el momento de aparecer la luna llena, redonda, envuelta en caliente neblina que la enrojecía; a falta de brisa, menester fue armar los remos.

Todo esto que le refiero a usted, allá, cuando yo era joven, más de una vez me pasó por la cabeza la idea de escribirlo o como entonces se decía, contarlo. En aquella época me parecía que sólo había un lenguaje para fijar dignamente lo que tales recuerdos tenían de inexpresable, a mi entender. Hoy, cuando he hallado mi historia en los libros de otros, de los cuales algunos son inmortales, ¿qué diré?...

Regresamos cuando ya brillaban las estrellas, al acompasado ruido de los remos, manejados, creo yo, por los bateleros de Elvira.

Eran aquéllas los saludos de despedida de la estación; casi en seguida llegaron las primeras nieblas, luego las lluvias que nos advirtieron que se acercaba el invierno. El día que el sol, que tanto se nos había prodigado, desapareció para no mostrarse más que de tarde en tarde con la palidez propia de su declinación, hice un triste presagio que me aprisionó el corazón.

Aquel mismo día, como si la misma advertencia de partida hubiera sido recibida por cada uno de nosotros, Magdalena me dijo:

—Es tiempo de que pensemos en las cosas serias. Los pájaros a los cuales deberíamos imitar se han marchado hace ya más de un mes. Hagamos como ellos, créame usted. Estamos a fines del otoño. Regresemos a París.

—¿Ya?—le dije con una expresión de pena que no pude evitar.

Ella se quedó pasmada, como quien por vez primera advierte una cosa que le extraña.

Por la noche me pareció que estaba más seria que de ordinario y que con extrema habilidad me vigilaba de cerca. Arreglé mi actitud de conformidad con aquellos indicios, muy leves, sin duda, pero no por eso menos alarmantes. Los días siguientes me reporté más aún y tuve la dicha de ver que tornaba a merecer la confianza de Magdalena y llegué a tranquilizarme por completo.

Pasé los últimos momentos ocupado en reunir y poner en orden, para lo futuro, todas las emociones tan confusamente amontonadas en mi memoria. Fue como si compusiera un cuadro poniendo en él todo lo mejor y menos perecedero que en ellas había. Aparte esta nube última hubiérase dicho—viéndolos desde lejos,—que aquellos días, aunque llenos de muchas preocupaciones, no presentaban ninguna sombra. La misma adoración tranquila y ardorosa los inundaba de continuos resplandores.

Una vez, sorprendiome Magdalena en las alamedas del parque, en medio de mis reminiscencias; acompañábala Julia llevando un enorme fajo de crisantemos que había cogido para ponerlos en los jarrones del salón. Un macizo, poco espeso, de laureles, nos separaba.

—¿Está usted componiendo algún soneto?—me dijo a través de los árboles.

—¿Un soneto? ¿A propósito de qué?

—¡Oh, por lo que he oído!...—añadió lanzando una carcajada que resonó como el trino de un ruiseñor.

—Oliverio es un charlatán—exclamé.

—De ninguna manera charlatán. Ha hecho bien en advertírmelo; sin él le atribuiría a usted una pasión desgraciada, y ahora ya sé lo que le preocupa: se trata de rimas—añadió cargando la voz sobre la última palabra, que resonó de lejos como una alegre impertinencia.

Nos acercábamos al momento de partir y yo no acababa de decidirme. París me inspiraba más miedo que nunca. Magdalena iría también, podría verla, pero, ¿a qué precio? Estando ella presente no corría riesgo de desfallecer, al menos de no caer tan abajo; mas a trueque de un peligro menos cuántos otros surgirían. La vida que aquí habíamos hecho, aquella vida de ocio, de imprevisión, silenciosa y exaltada tan constantemente y tan diversamente emotiva, aquella vida de reminiscencias y de pasiones, calcada por entero sobre antiguas costumbres, retornadas a sus orígenes y renovadas por emociones de otra edad, aquellos dos meses de ensueño, en una palabra, me habían vuelto a sumergir—mucho más hondo que nunca,—en el olvido de las cosas y en el temor a los cambios. Cuatro años habían transcurrido, después de mi primera salida de Trembles, y los recuerdos de aquel primer adiós a tantos objetos amados se reanimaban en mi ánimo, en idéntica época, en el mismo lugar, en condiciones exteriores parecidas poco más o menos, pero esta vez combinadas con sentimientos nuevos que las hacían más punzantes por razones de otra índole muy diversa.

Propuse, la víspera misma de la partida, un paseo que fue aceptado. Debía ser el último, y sin prever lo porvenir, suponía yo, no sé por qué, que los caminos de mi aldea jamás volverían a vernos reunidos. El tiempo estaba medio lluvioso, y con ese motivo, decía Magdalena, a quien la educación en su provincia había acostumbrado a tales excursiones, que era el más apropiado para las visitas de despedida. Caían las últimas hojas, despojos rojizos se mezclaban tristemente en la rigidez de las ramas desnudas. La llanura desnuda y severa no tenía ya ni una pizca de rastrojo seco que recordara el verano ni el otoño y no mostraba ni una sola hierba nueva que hiciera esperar la vuelta de las estaciones fértiles. En la lejanía distinguíanse muchas parejas de bueyes de pelo bermejo, arrastrando los arados, hundidos en la tierra negruzca, con movimiento lentamente uniforme. Por doquiera resonaba la voz de los mozos de labor estimulando a las yuntas y aquel grito especialmente local, quejumbroso, se prolongaba indefinidamente en la calma absoluta de aquel día gris. De vez en cuando, a través de la atmósfera caía la lluvia fina y caliente, semejante a una cortina de ligera gasa. El mar comenzaba a rugir en los estrechos de las escarpas. Seguimos la costa. Las marismas estaban llenas de agua, la alta marea había sumergido en parte el jardín del faro, batiendo tranquilamente la base de la torre que se asentaba ya sobre un islote.

Magdalena caminaba ágilmente por los caminos mojados. Cada paso señalaba en la tierra blanda la huella de su calzado estrecho, con altos tacones. Miraba yo aquella traza tan leve y tan frágil, la seguía comparándola y distinguiéndola de las que nosotros dejábamos, calculaba cuánto era posible que durase. Habría deseado que aquellas pisadas permanecieran incrustadas, como testimonio de su presencia, todo el tiempo indeterminado que pasaría sin ella; luego pensaba que el primero que pasara después, las borraría, que un poco de lluvia las haría desaparecer, y me detenía para contemplar una vez más en las sinuosidades del sendero aquella singular estela dejada por el ser que más amaba, en la misma tierra donde yo había nacido.

Cuando ya nos acercábamos a Villanueva señalé a lo lejos la carretera, blanquecina que saliendo del pueblo se extiende en línea recta hasta el horizonte.

—He ahí la carretera de Ormessón.

Aquella palabra, Ormessón, pareció despertar en ella una serie de recuerdos debilitados ya; siguió atentamente con la vista la dilatada avenida plantada de olmos, todos torcidos hacia el mismo lado por los vientos de la parte del mar, y sobre la cuál se cruzaban muy distantes aún, carromatos que rodaban, los unos acercándose a Villanueva y alejándose los otros.

—Esta vez—dijo,—ya no viajará usted solo por ella.

—¿Y seré más feliz?—le repliqué.—¿Estaré más seguro de no añorar nada? ¿En dónde volveré a encontrar lo que aquí deje?

Entonces Magdalena se apoyó en mi brazo en actitud de completo abandono y me dijo esta sola frase:

—¡Amigo mío, es usted un ingrato!

A mediados de noviembre, en una fría mañana de blanca helada, abandonamos mi casa de Trembles. Los carruajes siguieron por la carretera, atravesaron Villanueva como otra vez hiciera yo. Alternativamente mis ojos recorrían la campiña que desaparecía detrás de nosotros y el hermoso rostro de Magdalena sentada enfrente de mí.

XII

Habían concluido los días felices; acabada aquella corta temporada pastoral, volví a caer en profundas preocupaciones. Apenas instalados en el hotelito que debía servirles de apeadero en París, Magdalena y el señor De Nièvres comenzaron a recibir y el movimiento del mundo hizo irrupción en nuestra vida.

—Me quedaré en casa una vez por semana para los extraños—me dijo Magdalena;—para usted estaré siempre. La próxima semana doy un baile, ¿vendrá usted?

—¿Un baile?... No me seduce...

—¿Por qué? ¿Le da miedo la gente?

—Absolutamente, como un enemigo.

—¿Y cree usted que a mí me atrae mucho?

—Sea. Me da usted ejemplo y lo seguiré.

La noche indicada llegué temprano. Había tan sólo un escaso número de invitados rodeando a Magdalena cerca de la chimenea del primer salón. Cuando oyó anunciar mi nombre, por un impulso de familiaridad que no tenía por qué reprimir, volviose hacia mí apartándose un poco de los que la rodeaban y se me mostró, de pies a cabeza, como imprevista imagen de todas las seducciones. Era la primera vez que la veía así, en traje espléndido e indiscreto de baile. Noté que cambiaba de color y en vez de contestar a su mirada tranquila mis ojos se detuvieron torpemente sobre un lazo de diamantes que fulguraba en lo alto del cuerpo escotado. Un instante estuvimos frente a frente, ella cortada, yo turbadísimo. Seguramente nadie sospechó el rápido cambio de impresiones que nos advirtió a los dos que habían sido heridos delicados pudores. Ella se ruborizó levemente, un ligero estremecimiento agitó sus hombros como si de súbito sintiera frío e interrumpiéndose en medio de una frase insignificante, se acercó a la butaca que antes ocupaba y con la mayor naturalidad del mundo tomó una manteleta de encaje y se cubrió con ella. Aquella actitud podía significar muchas cosas, pero yo quise ver en ella tan sólo un acto ingenuo de condescendencia y de bondad que aun me la presentó más adorable y me desconcertó para todo el resto de la velada. Ella conservó cierto encogimiento por espacio de algunos minutos. La conocía yo demasiado para poder equivocarme. Dos o tres veces la sorprendí mirándome sin motivo, como si aun estuviese bajo el dominio de una sensación persistente: luego las obligaciones de cortesía le devolvieron poco a poco el aplomo. El movimiento del baile actuó sobre ella y sobre mí en sentido contrario: ella recobró su libertad y se puso contenta; yo me entristecí tanto más cuanto más alegre la veía y mi desasosiego creció a medida que iba descubriendo en ella atractivos exteriores que trocaban una criatura casi angelical en una perfecta mujer de buen tono.

Estaba admirablemente bella y la idea de que otros lo sabían tan bien como yo no tardó en oprimirme agriamente el corazón. Hasta entonces mis sentimientos respecto a Magdalena habían escapado a la mordedura de sensaciones ponzoñosas. «Un tormento más», me dije. Creía haber agotado toda suerte de desfallecimientos. Evidentemente mi cariño no estaba completo: le faltaba uno de los tributos del amor, no el más peligroso, pero sí el más feo.

La vi asediada y me acerqué a ella. Oí en torno mío frases que me abrasaban: sentía celos.

Nunca se confiesa estar celoso; sin embargo, no eran aquéllas sensaciones que pudiera yo confundir. Es bueno hacer provechosa toda humillación, y aquélla me iluminó acerca de muchas verdades: me hubiera advertido, si hubiese sido capaz de olvidarlo, que aquel amor exaltado, contrariado, germen de desventura, levemente carnal, pero muy cerca de infestarse de orgullo, no se elevaba mucho por encima del nivel de las pasiones ordinarias, que no era peor ni mejor y que el único aspecto que le hacía diferente de aquéllas era debido al hecho de ser menos posible que muchas otras. Algunas facilidades habríanle hecho caer infaliblemente de su pedestal ambicioso, y como tantas cosas de este mundo cuya única superioridad emana de un defecto de lógica o de plenitud, ¡quién sabe en qué habría llegado a convertirse si hubiera sido menos absurdo o más venturoso!

—¿No baila usted?—me preguntó Magdalena algo más tarde encontrándome a su paso sin haberlo yo procurado.

—No, no bailaré—le repliqué.

—¿Ni siquiera conmigo?—exclamó con cierto asombro.

—Ni con usted ni con nadie.

—Haga como guste—concluyó con cierta sequedad.

No le hablé más en toda la noche y la rehuía perdiéndola de vista lo menos posible.

Oliverio llegó pasada ya la media noche. Yo conversaba con Julia que había bailado de mala gana y ya no bailaba más, cuando entró en el salón tranquilo, con mucho desahogo, sonriente, con aquella expresión en la mirada de que se armaba como de una espada tendida, cada vez que se encontraba con caras nuevas, sobre todo de mujeres. Se acercó a Magdalena, le estrechó la mano y oí que se disculpaba por haber llegado tan tarde. Después dio una vuelta por el salón, se detuvo a saludar a dos o tres mujeres de quienes era conocido, y por fin sentose familiarmente al lado de Julia.

—Magdalena está muy bien. Y tú también estás muy bien, mi pequeña Julia—dijo a su prima casi sin haber puesto atención en su tocado.—Solamente—añadió en el mismo tono de abandono,—llevas dos lazos de color de rosa que te hacen un poco morena.

Julia no se movió. Primero fingió no haber oído. Después fijó lentamente en Oliverio el esmalte azul oscuro de sus pupilas sin llama, y luego que le hubo mirado por algunos segundos de una manera capaz de desarraigar hasta la firme constancia de su primo, me dijo poniéndose de pie:

—¿Quiere usted acompañarme junto a mi hermana?

Hice lo que ella quería y me apresuré a reunirme con Oliverio.

—¡La has ofendido!—le dije.

—Es posible. Julia me angustia.

Y así diciendo me volvió la espalda resuelto a cortar por lo sano toda insistencia.

Tuve el valor, ¿fue valor?, de quedarme hasta que terminó el baile. Tenía necesidad de volver a ver a Magdalena a solas, de poseerla más estrechamente luego que se marcharan tantas personas que se la habían repartido, por decir así. Había rogado a Oliverio que me aguardase haciéndole ver que debía reparar la falta de haber llegado tan tarde. Buena o mala, esta razón, acerca de la cual no podía abrigar sospecha de engaño, pareció decidirle. Estábamos frente a frente, en una de esas rachas de secreteo que hacía de nuestra amistad siempre clarividente, la cosa más desigual y más rara. Después de nuestro viaje a Trembles, y sobre todo desde nuestro regreso a París, había adoptado el temperamento de dejarme proceder sin tutela fuera la que quisiera su opinión respecto de mi conducta. Eran ya las tres o las cuatro de la madrugada. Estábamos como olvidados en un saloncito en donde algunos jugadores obstinados se retardaban todavía. Cuando por fin salimos advirtiendo que no se percibía ya ruido alguno, ya no había ni músicos ni bailarines, nadie. Magdalena, sentada en el fondo del gran salón vacío hablaba animadamente con Julia, acurrucada como una gatita en una butaca. Lanzó una exclamación de sorpresa al vernos aparecer en aquel desierto a semejante hora, después de aquella interminable noche tan mal empleada. Estaba fatigada. Las huellas del cansancio rodeaban sus ojos prestándoles ese brillo extraordinario que causa el insomnio después de las fiestas nocturnas. El señor De Nièvres y el señor D'Orsel seguían jugando. Ella estaba sola con Julia y yo delante de ella apoyado en el brazo de Oliverio. La media luz rojiza que de arriba se proyectaba, formaba una especie de neblina compuesta de finísimo polvo oloroso y por los vapores de la fiesta. Encima de los muebles, sobre la alfombra, despojos de flores, ramilletes pisoteados, abanicos olvidados, carnets con anotaciones de baile. Los últimos carruajes rodaban sobre las losas del patio del hotel y a mis oídos llegaba el ruido de los estribos al ser plegados y el golpeteo de las portezuelas al cerrarse.

No sé yo qué rápido retroceso hacia otra época en la cual nos habíamos encontrado los cuatro en semejante reunión—pero en situación diferente, cada uno bajo el influjo de una sencillez del corazón, para siempre desvanecida,—me hizo mirar en torno mío y resumir en una única sensación todo lo que ya he dicho. Me desprendía de mí mismo lo bastante para considerar, como espectador en un teatro, aquel cuadro singular compuesto por cuatro personas íntimamente agrupadas después de un baile, examinándose unas a otras, silenciosas, deseando acercarse en la misma forma que en otro tiempo y hallando un obstáculo; tratando de entenderse como otrora y no pudiendo conseguirlo. Me daba perfecta cuenta del sombrío drama que entre nosotros se desarrollaba. Cada uno teníamos nuestro papel; pero, ¿en qué medida? No alcanzaba a concretarlo; pero, en adelante, tendría bastante serenidad para arrostrar los peligros del mío, triste, el más peligroso de todos, a mi entender, por lo menos, y audazmente me disponía a revivir los recuerdos de lo pasado proponiendo que acabáramos la noche con un juego que nos divertía mucho en casa de mi tía, cuando, después de haberse marchado los últimos jugadores, llegaron al salón el esposo de Magdalena y el señor D'Orsel.

El señor D'Orsel nos trataba a todos como a niños, incluyendo a su hija mayor, a la cual rejuvenecía por un cálculo de ternura complaciéndose en aplicarle nombres que recordaban el convento. La entrada del señor De Nièvres fue más fría y la vista de aquel cuatuor íntimo pareció causarle un efecto muy opuesto. No sé si fue realidad o aprensión, pero me pareció hallarle fatuo, seco, hiriente. Su conversación me desagradó. Con la corbata un poco alta, su vestido irreprochable, con un aire especial de hombre en traje de etiqueta que acaba de ofrecer una fiesta y se siente dueño de su casa, se parecía poco al cazador amable y sencillo que había sido mi huésped en Trembles; pareciome también que Magdalena, con el deslumbrante broche que llevaba sobre el pecho, con la cabellera salpicada de diamantes, no se asemejaba a la modesta e intrépida andarina, que un mes antes nos seguía recibiendo la lluvia y caminando con los pies metidos en el mar. ¿Se trataba de una simple diferencia de indumento o era aquello más bien un verdadero cambio de las almas? Él había recobrado el aspecto demasiado circunspecto, sobre todo el tono de superioridad que tan hondamente me había impresionado la noche que por vez primera le sorprendí en el salón de casa de D'Orsel, haciéndole la corte solemnemente a Magdalena. Creí notar en él una frialdad que antes no había notado y cierta firmeza orgullosa en su posición de marido que una vez más me ponía de manifiesto que Magdalena era su mujer y yo no era nadie allí. Fuera o no suspicacia, error de un espíritu enfermo, hubo un instante en que aquella última visión me pareció tan clara que no me dejó lugar a la más pequeña duda. La despedida fue breve. Salimos y nos acomodamos en un carruaje. Fingí dormir y Oliverio hizo como yo. Con los ojos cerrados recapitulé lo que había pasado durante aquella noche y sin saber por qué antojábaseme que había en todo aquello gérmenes de muchas tempestades; luego pensé en el señor De Nièvres—a quien creía, sinceramente haber perdonado para siempre—y hube de reconocer que le detestaba.

Varios días, una semana lo menos, pasé sin darle a Magdalena señales de vida. Aprovechaba el momento en que era seguro no hallarla en casa para ir a dejar una tarjeta. Cumplida esta fórmula de urbanidad, consideré que estábamos en paz el señor De Nièvres y yo. En cuanto a su mujer estaba enojado con ella; ¿por qué? no hallaba motivo; pero el cruel despecho que me embargaba me dio fuerzas por el momento para evitar su presencia.

A partir desde aquel día, el movimiento de París nos envolvió y fuimos arrastrados por aquel torbellino en el cual corren riesgo de aturdirse las cabezas más fuertes y tienen muchas probabilidades de naufragio los corazones más firmes. No sabía yo casi nada del mundo y después de haber huido de él durante un año me encontraba de pronto en el salón de la señora De Nièvres; es decir, con todas las razones posibles para tener que frecuentarlo. Inútil consideraba repetirle que no estaba yo hecho para aquel género de vida; sólo hubiera podido contestarme: «Váyase usted»; pero acaso aquel consejo le hubiese costado trabajo y además yo no lo habría seguido. Tenía el propósito de presentarme en casi todos los salones que ella frecuentaba. Pretendía que fuera tan exacto en el cumplimiento de los deberes totalmente artificiales de la sociedad, como cumplía a un hombre bien nacido y amparado bajo su patrocinio. Muchas veces expresaba ella un simple deseo sin más fundamento que el de serme grata y mi imaginación, dispuesta a transformarlo todo, le asignaba alcances de mandato. Herido por doquier, desventurado sin reposo, la seguía constantemente y cuando eso no me era posible la echaba de menos desolado, maldecía a los que me disputaban su presencia y me desesperaba.

Algunas veces me rebelaba sinceramente contra costumbres en las cuales me disipaba sin fruto, que no contribuían gran cosa a mi felicidad y me quitaban un resto de razón. Odiaba cordialmente a las personas de las cuales me servía, sin embargo, para llegar hasta cuando la prudencia u otros motivos me alejaban de su casa. Pensaba, no sin fundamento, que eran tan enemigos suyos como míos. Aquel eterno secreto sería traído y llevado en semejantes medios, porque al igual que una hoguera al aire libre tenía, sin duda, que despedir imprudentes chispas que lo delatasen; si no era ya conocido, a lo menos era fácil que llegara a saberse. Había, una porción de personas que al verlas, me decía con furor: «todos esos deben ser mis confidentes.» Y ¿qué podía yo esperar de ellas? ¿Consejos? Ya los había recibido de la única cuya amistad me los hizo soportables: de Oliverio. ¿Complicidad o complacencia? No y cien veces no. Más me asustaba aún que el pensamiento de que existiera una conspiración dirigida contra mi dicha, la idea de que aquella menguada y famélica dicha hubiera podido ser objeto de envidia para quienquiera que fuese.

A Magdalena nada más le decía una parte de la verdad. No le ocultaba nada de mi aversión a la sociedad, disparando tan sólo el motivo personalísimo de ciertos agravios. Cuando se trataba de juzgar al mundo de manera más general, aparte la perenne idea de que debía considerarlo como un ladrón de mi ventura, prodigaba las invectivas con feroz alegría. Lo pintaba hostil a todo lo que me era amado, indiferente a todo lo que es bueno y lleno de desprecio por todo lo más respetable, tanto en cuanto a opiniones como respecto a los sentimientos. Aducía repetidos hechos reales, por los que todo hombre de buen criterio debía sentirse herido; censuraba la ligereza de los preceptos sociales y más todavía la de las pasiones; condenaba la facilidad de las conciencias cualesquiera que fueran las causas, ambición, gloria o vanidad. Hacíale notar la manera libre como suele entenderse, no ya el concepto del deber, sino todos los deberes, el abuso de las palabras, la confusión de todas las medidas, que da margen a la perversión de las ideas más sencillas, a que nadie llegue a entenderse en cuanto a lo bueno, lo verdadero, lo malo, lo peor, resultando que no existe diferencia apreciable entre la gloria y el prestigio—en el sentido propio de la palabra,—ni delimitación exacta de las acciones malvadas y de los hechos simplemente irreflexivos. Me empeñaba en demostrarle que la adoración tan decantada por la mujer, mezclada con patente burla, ocultaba en el fondo el más completo desprecio de ella y que las mujeres obraban bien tontamente, por cierto, reservándoles a los hombres apariencias siquiera de virtud, desde el punto en que no les guardaban a ellas ni tan sólo aparente estima.

—Todo eso es horroroso—le dije un día,—tanto, que si hubiera de salvar yo alguna casa de esta ciudad de réprobos, sólo una señalaría en blanco.

—¿La de usted?—preguntó Magdalena.

—La mía precisamente para salvarme con usted.

Al oír tales y tan rudos anatemas, Magdalena solía sonreír tristemente. Estaba seguro de que opinaba como yo, ella que era prototipo de prudencia, de rectitud, de sinceridad, y no obstante vacilaba en darme la razón porque se preguntaba, sin duda, si cuando yo decía muchas cosas verdaderas no ocultaba alguna. Desde tiempo ya procuraba no hablarme sin cierta reserva de aquella porción de mi vida de adolescente que no había tenido vinculaciones con la suya pero que no por eso estaba menos limpia de misterios.

Apenas sabía mi domicilio o cuando menos ponía empeño en ignorarlo o en olvidarlo. Nunca me preguntaba cuál era el empleo de las veladas que no le pertenecían y sobre las cuales, le convenía, por decir así, dejar vagar algunas dudas. En medio de mis costumbres estrambóticas que reducían a muy poco mi sueño y me mantenían en un estado de fiebre, conservaba ciertas energías, insaciable hambre del espíritu que había acrecentado el afán por el trabajo, haciendo más sabroso el placer que él me procuraba. En pocos meses había recobrado el tiempo perdido y sobre mi escritorio había como un montón de haces en una era, nueva cosecha ya recogida de la cual sólo era dudoso el producto. Era el solo asunto del cual me hablaba Magdalena sin reserva; pero en aquel punto era yo el que oponía vallas. Tocante a mis ocupaciones, lecturas, trabajo intelectual—aunque sólo Dios sabe con qué orgullosa solicitud ella seguía el curso de mis tareas,—sólo le daba yo noticia de un detalle, siempre el mismo: que no estaba satisfecho. Este absoluto descontento de los otros y de mí mismo expresaba mucho más de lo necesario para que ella viese claro. Si alguna circunstancia quedaba aún oscurecida, fuera del alcance de una amistad que—aparte un secreto inmenso, no tenía ninguno,—era porque Magdalena consideraba la explicación inútil o imprudente. Había entre nosotros un punto delicado, unas veces en la duda y otras en plena certeza, que, al igual que todas las verdades peligrosas, exigía no ser aclarado.

Magdalena estaba advertida: era imposible que no lo estuviera. Pero, ¿desde cuándo? Acaso desde el día que, respirando ella también un aire más agitado, había sentido ráfagas calurosas que no estaban a la temperatura de nuestra antigua y serena amistad. El día que me pareció tener la certeza de este hecho, no me bastó la mera creencia. Deseé una prueba y quise obligar a dármela a Magdalena. Ni un instante me detuve a reflexionar sobre aquel plan que era detestable, malvado, odioso. La asediaba con mil capciosidades. Tratándose de personas que nos conocíamos muy a fondos nos bastaba para entendernos sólo media palabra; pero yo aun añadía una más precisa. Caminábamos sobre un terreno sembrado de artimañas y yo tendía una más a cada paso. No sé qué perverso afán de sitiarla, de oprimirla, de acorralarla en la última reserva. Quería vengarme de aquel prolongado silencio impuesto primero por la timidez, luego por consideración, más adelante por respeto y últimamente por piedad. Aquella máscara que llevaba puesta hacía ya tres años se me había hecho insoportable y la arranqué sin reparo. Ya no me importaba que se hiciera la luz entre los dos. Deseaba casi una explosión aunque ella hubiera de aterrarla; cuanto a su tranquilidad, que una ciega y mortífera indiscreción podía destruir, la tenía olvidada por completo.

Fue aquélla una crisis humillante, que me costaría mucho trabajo referirle a usted. Apenas sufría, de tal modo estaba imbuido de una idea fija. Procedía en sentido directo, con la inteligencia clara, la conciencia cerrada, como si se tratara de un asalto de esgrima en el cual no hubiera arriesgado más que el amor propio.

A mi estrategia insensata Magdalena opuso de repente medios de defensa inesperados. Contestó a ella con calma perfecta, con total ausencia de disimulos, con ingenuidades que en nada podían perjudicar su reputación. Levantó poco a poco entre los dos a la manera de un muro de acero, de una resistencia, de una frialdad impenetrables. Yo me irritaba ante aquel nuevo obstáculo y no podía vencerlo. Trataba nuevamente de hacerme entender: toda inteligencia había cesado. Aguzaba las frases y no llegaban a ella. Las tomaba, las levantaba, las desarmaba con una respuesta sin réplica: como hubiera hecho con una flecha hábilmente esquivada a la cual le quitaba el hierro acerado que podía herir. El resumen de su continente, de su acogida, de sus afectuosos apretones de mano, de sus miradas excelentes, pero corteses y sin alcance, del conjunto de su proceder admirable y desesperante, por su firmeza, por su sencillez, por su prudencia, era éste: «Nada sé, y si ha creído que he adivinado algo se equivoca usted.»

Entonces desaparecía yo por cierto tiempo, avergonzado de mí mismo, furioso de impotencia y cuando volvía a ella con mejores ideas e intenciones de arrepentimiento, parecía no comprenderlas al igual que no había advertido las otras.

Todo esto sucedía en medio del torbellino del gran mundo que aquel año se prolongó hasta muy entrada ya la primavera. Algunas veces contaba con los accidentes de aquel género de vida debilitante para sorprender en falta a Magdalena y apoderarme de un espíritu tan seguro de sí mismo, pero eso no sucedió: Estaba yo casi enfermo de impaciencia. Ya no estaba seguro, casi, de amar a Magdalena, a tal extremo la idea de nuestro antagonismo—que me obligaba a ver en ella un adversario,—substituía a toda otra emoción y me llenaba el corazón de malas pasiones. Hay días, en pleno verano, polvorientos, nebulosos, en que la luz del sol es blanquecina y velada de nubes por el lado del Norte, que se parecen mucho a aquel violento período tan pronto abrasador como helado, en el cual llegué a creer que mi pasión por Magdalena iba a extinguirse de la manera más triste, por el despecho.

Varias semanas hacía ya que no la veía. Había gastado mis rencores engolfándome en el trabajo. Esperaba de ella que me diera la señal de reaparecer. Una vez había encontrado al señor De Nièvres y me había dicho: «¿Qué es de usted?» o «Ya no se le ve a usted.» Cualquiera de esas dos fórmulas—no recuerdo cuál fue la que empleó—envolvía una invitación apremiante a volver. Aun me sostuve algunos días más; pero semejante alejamiento constituía un orden de cosas negativo que podía durar indefinidamente sin resolver nada decisivo. Por fin me decidí a forzar la situación. Corrí a casa de Magdalena: estaba sola. Entré rápidamente sin haber formado una idea definida de lo que iba a decir o hacer, pero formalmente decidido a romper aquella armadura de hielo y ver si debajo de ella vivía aún el corazón de mi antigua amiga.

La encontré en su gabinete particular—en el cual no había más lujo que de flores,—vestida muy sencillamente, bordando sentada cerca de un veladorcito. Estaba seria, tenía los ojos enrojecidos como si no hubiera dormido la noche anterior o hubiera llorado algunos minutos antes de llegar yo. Tenía el aspecto de tranquilidad y recogimiento que le era propio muchas veces, en momentos de distracción que revivían en ella la colegiala de otros tiempos. Con su vestido modesto, rodeada de flores, abiertas las ventanas sobre los árboles, hubiérase dicho que estaba en su jardín de Ormessón.

Aquella completa transfiguración, aquella actitud de tristeza, sumisa, medio vencida, por decir así, me quitó todo afán de triunfar y dio en tierra súbitamente con toda mi audacia.

—He caído en culpa, respecto de usted—le dije,—y vengo a excusarme.

—¿Culpable? ¿A excusarse?—exclamó, procurando reponerse de la sorpresa.

—Sí, soy un loco, un amigo cruel y desolado que viene a ponerse a sus pies y pedirle perdón...

—Pero, ¿qué tengo que perdonarle?—añadió, un poco asustada por aquella calurosa invasión en la tranquilidad de su retiro.

—Mi conducta pasada, todo lo que he hecho, todo lo que he dicho, con la estúpida intención de herirla a usted.

Ella había recobrado la calma.

—Se imagina usted cosas que no existen o por lo menos se trata de leves errores de los cuales no me acordaré más el día que reconozca que usted también los olvida. ¿Sabe usted cuál ha sido su único error? El de abandonarme desde hace un mes. Porque hoy hace un mes—dijo, no ocultándome que se fijaba en las fechas,—que nos separamos una noche diciendo usted hasta mañana al despedirse.

—Y no he vuelto, es verdad; pero no es de eso de lo que me acuso con pena, no, de lo que me acuso mortalmente...

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings