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Estudios históricos del reinado de Felipe II

APÉNDICE I (continued 2)

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Poco les duró estar en ellas; echáronlos desde las otras luego á arcabuzazos. Retiráronse los turcos con hartos heridos y muertos. De los nuestros murieron algunos, y los más dellos mató nuestra artillería por andar mezclados con los enemigos. Peleóse muy bien este día: era cosa de ver cuán reñida pelea fué. No dejaron salir mucha gente del fuerte, porque estaban los turcos con aparencia de querer arremeter, y creíase que aquella gente que era fuera, en venir como venían con escalas, diera en el fuerte por la parte de la marina.

Al retirar que se retiraban los que habían venido á las galeras, arremetieron otros por la parte de Levante, hasta llegar junto al fuerte. Pusieron banderetas junto al contraescarpe del foso. Retiráronse luego por el daño que hacía en ellos nuestra arcabucería. Salió herido este día el Gobernador Barahona de un arcabuzazo de que murió dende á pocos días, en público contento de todos, porque era mal criado y demasiadamente cruel: con todo esto era solícito y valiente. También murió el Capitán Diego de Aguayo desgraciadamente de una pieza de artillería nuestra que tomó fuego de un barril que se quemó.

Aquella noche se puso fuego en las dos galeras donde habían estado los turcos. Harto mejor fuera deshacerlas y aprovecharnos de la leña dellas. De ahí adelante se metió muy buena guarda en ellas, sin partir dellas de día ni noche.

En este medio se pasaba mucha gente á los turcos y morían muchos, así por la falta de medicinas como por el mal gobierno que había en el hospital, que aun para enterrar los muertos no nos supimos dar maña, sino echarlos de la muralla abajo, para que entendiesen los enemigos lo poco que podíamos durar, porque huyéndose y muriendo tantos, no podía faltar de verse presto el cabo de nosotros.

Algunos que se huyeron del armada de los enemigos dijeron á D. Alvaro les habían dicho unos renegados, que se espantaban de nosotros, cómo no salíamos á ellos á medio día, que eran idos todos por aquellos jardines á sestear. Lo mismo decían los cristianos esclavos que salían á trabajar á las trincheas, y nosotros los víamos ir cada día desde el castillo.

No aprovechaba nada con D. Alvaro que dejase salir á ellos, antes reñía con los que salían alguna vez á escaramuzar. Todo el día se le iba en decir mal de Capitanes y soldados; lo mismo hacían ellos dél. Uno que deseaba la enmienda desto, le echó una carta del tenor siguiente:

«Iltre. señor: Los que se desvelan y ponen toda su felicidad en ser tenidos y tratados de ilustres, debríanse preciar de serlo, así en obras de buenos cristianos, como de animosos caballeros.

»Digo esto, señor, porque se dice públicamente de vos que vivís como gentil y gobernáis como tirano, y que si hobiérades hecho la centena parte de lo que habéis dicho, pudiéramos caminar de aquí á Constantinopla sin topar con enemigos. Tratándose un día á la tabla del Maestre de Malta que había poca gente para jornada, por la mucha que había muerto, dejistes: que cuando se determinasen todos á no ir, vos solo iríades con la galeota de Estait á tomar á Trípol, y que os echasen con una fragata en Berbería, que con una espada y una rodela la conquistaríades toda, diciendo que eran cobardes y hombres nacidos en hora menguada los que ponían dificultad á la ida.

»Tratándose otro día delante el mismo Maestre que faltarían vituallas, porque había cuatro meses y más que se comía de las que habíamos embarcado, dejistes que no eran menester, que de las piernas de turcos comeríamos (paréceme que nos aliñamos mal á cortarlas, agora que fueran bien menester, teniendo la falta que tenemos de carne), y que respondió el Maestre, como sabio, diciendo que tenía por mejor llevar pan que no ir en aquella confianza.

»Antes que el armada metiese gente en tierra, publicábades que daríades á saco vuestro pabellón el día que viésedes que sacaban artillería, porque se la habíades de ganar y tomar en prisión á Dragut y otros turcos, para cambiar con D. Gastón y demás que allí tienen nuestros.

»Ya salieron dos millas del fuerte harto pocos turcos sin que saliésemos á ellos, y viniéndonos cada día á buscar, pocos y sin orden, no consentíades que se saliese á escaramuzar con ellos.

»Perdistes los pozos en un día, pudiéndolos muy bien guardar, sabiendo que importaba la vida de todos mantenerlos, habiendo dicho muchas veces al Duque que no tenía la fuerza mucha necesidad de agua, porque los 2.000 hombres que habían de quedar en ella bastaban á defender los pozos á toda la potencia del gran Turco, y que con aquellos soldados os atrevíades vos á ir por tierra de aquí á Turquía.

»Harta más gente se ha perdido entre los que han muerto de sed y huídose á los turcos, que se podían aventurar en haber guardado los pozos, como fueron muchos de parecer que se hiciese.

»Respondéis á lo que os dicen que mandéis dar recado á los heridos, que los dejen morir, porque no coman las vituallas. Buena manera es ésta de animar á los sanos á pelear.

»Decís mal del Duque, que es un hombre remiso y que se fué de miedo; que para vos se guardan semejantes empresas que ésta. El día que se ofreció pelear, el Duque, para la poca experiencia que tenía en cosas de guerra, lo hizo tan bien, que echó en vergüenza á los muy pláticos y bravosos. Su venida aquí, y la estada que hizo y la ida de agora, todo ha sido por consejo y parescer vuestro.

»Decís que ya no hay soldados que peleen, y que ningún Capitán se os viene á ofrecer de querer salir á los enemigos, porque no hay alguno que tenga valor y ánimo para ello, y que echáis en más cargo al Rey en guardarle esta fuerza con tan ruín gente, que Antonio de Leyva en guardarle á Pavia y Milán con tanto buen soldado como tenía. Con éstas y otras cosas que estarían mejor por decir, tenéis desdeñada toda la gente de guerra, y dicen que si vos gobernásedes y peleásedes como el Sr. Antonio, que tenéis Oficiales y soldados que harán lo que los suyos, y que si en ellos hobiese la falta que decís, no se os habrían echado á los pies suplicándoos que los dejásedes salir á pelear fuera, como lo han hecho, el Coronel Mas, el Capitán Alvaro de Luna, Jerónimo de la Cerda, Rodrigo Zapata, Galarza, Juan Ortiz de Leyva y otros Capitanes y Oficiales y soldados particulares.

»Dábables por respuesta que se dejasen gobernar, y ansí dicen que en vos solo está la culpa; que os estáis encerrado siempre sin dar una vuelta al fuerte ni consultar con nadie lo que cumple, ni dar orden á nada, y sobre todo, mandáis agora de nuevo echar agua salada en las raciones que se dan á los soldados, que los destempla y quita el comer á todos, de modo que en pocos días los pondrá tales que no se hará provecho dellos.

»Si os teméis de largo asedio, acometed luego los enemigos, porque cuanto más lo dilatáredes, menos gente ternéis para ello, y la que hobiere estará tan débil y flaca, que no podrá pelear. Así que, señor, mirad con tiempo en esto y juntad vuestros Capitanes; dadles parte dello y deliberad lo que más cumple á todos; porque os hago saber que todas las naciones que aquí hay os dan culpa del mal suceso de las galeras, diciendo que por odio y rencor que teníades con algunos, fuísteis cabsa que tardasen aquí más de lo que era menester. Todos piensan avisar al Rey, tanto de lo pasado como de lo presente.

»Héoslo querido señor, decir, porque deseo que salgáis con honra de aquí, por lo que debo al servicio de Dios como cristiano, y al de S. M. como vasallo suyo, para que trabajéis de hacer algún buen hecho en enmienda de lo pasado, pues hay tanta oportunidad para ello, siendo los enemigos tan pocos y estando tan repartidos y derramados, que es muy gran bajeza de los que aquí nos hallamos habernos dejado sitiar de otros tantos turcos como aquí éramos soldados.

»En el fuerte de los Gelves á los 28 de junio, año de 1560.»

De allí adelante comenzó D. Alvaro á salir y acariciar los soldados, mandando dar dineros á los que hacían algún buen hecho ó buen tiro con el arcabuz, y á los 4 de julio, teniendo determinado salir á los enemigos, como la mañana de Pascua, se dejó porque se fueron aquella noche á dar aviso á los turcos siete ú ocho bellacos, y así se mandó echar bando que cualquiera que matase al que se pasaba á los enemigos, le darían seis escudos.

Hubo hartos que ganaron el precio, porque con la golosina del dinero hacían mejor guardia. Todavía salieron de día á una trinchea que venía á la gruta, donde mataron algunos turcos. Los demás la desampararon. No pasaron adelante los nuestros por ser pocos. Las veces que se salió á estas cosas y á escaramuza, inviaban tan pocos, que nunca se hizo cosa que luciese, porque en lugar de reforzarlos y ayudarles con gente, cuando iban ganando tierra á los enemigos, apenas eran llegados á las manos cuando los mandaban retirar, y hacíanlo de manera que siempre dejaban allá los mejores soldados, por no ir á la vanguardia á dar la orden que se retirasen, sino darla en la retaguardia, y así venían á quedar solos los que iban delante. La culpa de esto estaba en los Sargentos mayores.

A los 6 tornaron los enemigos por la misma parte á acometer á las galeras, aunque no con tanta gente como la primera vez, ni duraron tanto en el combate por el daño que rescibían dellas y del fuerte. Así se volvieron, á pesar de los que los mandaban: no bastó palos ni cuchilladas á hacerlos volver.

No salió gente á ellos este día del fuerte por estar bien proveídas las galeras esta vez segunda que vinieron por tierra. Entraban por la parte de Poniente muchos turcos; pero no se acercaron como los otros, porque debían de ir con más gana de robar que de pelear.

Viendo los enemigos que no podían con las galeras, se habían determinado dar asalto al fuerte, y un mal cristiano que se pasó á ellos aconsejó que no lo hiciesen, diciéndoles que estábamos muy apercibidos con ingenios de fuego esperándolos, cargada el artillería con dados y cadenas, que si arremetían recibirían gran daño y no harían nada.

El consejo deste les hizo dejar el desiño que tenían: pasaron dos piezas de artillería al campo de los pozos, y continuaron una trinchea que tenían comenzada que venía á dar al caballero Doria. Después de haber combatido por tierra dos veces las galeras, tentaron por la mar, y á los 8 vinieron del armada con hasta 130 esquifes y barquetas y algunos bergantines empavesados con piezas de artillería pequeñas y mosquetes y ingenios de fuego, con mucha gente de pelea en ellos. Los que traían la artillería y mosquetes combatían con las galeras, mientras los demás trabajaban con hachas y sierras y otros instrumentos romper la palizada y cadenas que nuestras galeras tenían por reparo, de manera que con más de 20 pasos no se podía acostar ningún bajel á ellas. Mientras los enemigos entendían en combatir y romper la palizada, no perdían tiempo los nuestros, tirando á unos y á otros, haciendo gran daño en ellos por tenerlos cerca y á caballero, tirándoles de mampuesto, seguros con los reparos que habían hecho para ello, porque las galeras estaban muy bien abestionadas por la parte que las batían y empavesadas por todas partes. El artillería del fuerte hacía gran daño en los enemigos; echóles á fondo dos esquifes y una barca y matóles mucha gente: con todo esto pelearon hasta hora y media de día, porfiando de romper la palizada, y viendo que no podían, se retiraron con pérdida de más de 300 entre heridos y muertos.

Fué de ver el combate este día. Duró dos horas y media y más, porque vinieron una hora antes que amaneciese sobre las galeras. De los nuestros salieron hasta 30 heridos y los muertos no llegaron á 10. Pelearon muy bien. Halláronse este día en las galeras el Coronel Mas, caballero francés de la Orden de San Juan; el Capitán Fantón, Piantanido y Almaguer. Todos estos Capitanes se señalaron esta jornada como buenos soldados en todo lo que se les encomendó.

Este mesmo día esperábamos que diesen asalto al fuerte, porque estaban los turcos en arma con demostración de querer arremeter. Harto mejor fuera de acometerlos nosotros, pues estaba entendido que el estar así recogidos era de miedo, por ser pocos, que les faltaba aquella gente que combatía en las galeras, porque saliendo por la parte de Poniente pocos soldados de los nuestros, comenzaron á huir los turcos y desamparar las trincheas, y llegáronse con los del montón.

Aquella noche se metió fuego á las dos galeras por tener menos que guardar, y para lo que después sucedió, fuera mejor quemarlas todas, por quitar desinios que nadie se fuese á favorescer en ellas, y porque hiciera más servicio en el fuerte la gente que se ocupaba en guardarlas, y por estar ya los turcos tan cerca del fuerte, que no se podía entrar ni salir á ellas sin gran riesgo, y así mataban cada día los más de los que les llevaban agua y de comer, tanto que no se osaba ya ir de día á proveerlas; y viendo los turcos que iban de noche, aguardaban á un barcón que estaba cerca dellas, al paso, y allí prendieron muchos en veces, así de los que iban á llevar la provisión, como de los que entraban y salían de guarda.

Como los turcos vieron que no podían nada con las galeras en cuatro veces que habían probado de combatirlas, tornaron de nuevo á trabajar en la trinchea que solían, hasta llegar á la gruta para quitárnosla, creyéndose que con ella nos entreteníamos, sin tener otra agua para beber.

Viéndolos venir tan cerca con esta trinchea, fueron algunos á decir á D. Alvaro que era mal hecho dejar venir los enemigos tan adelante. Respondíales que los dejasen llegar. Por la marina de Levante vinieron también con otra trinchea hasta llegar al parapeto del foso, y arrimados á él levantaron un turrión con palmas y tierra. Lo más de entorno del fuerte, que era piedra, que á 200 ni 300 pasos no se podía hacer trinchea. Cuando llegaban á estas partes, la hacían de noche con tierra y fajina. Era cosa de admiración la solicitud y atrevimiento que tenían en arriscarse á trabajar donde tantos morían.

Este turrión que comenzaron á levantar descubría todo el caballero de Gonzaga. El Capitán Juan de Funes estaba de guardia en él; fué á Don Alvaro y díjoselo: respondióle que tenía miedo de los enemigos y por eso venía con ese mensaje. El Juan de Funes le dijo que ya él sabía cómo él peleaba, y salióse enojado diciendo que no entraría más en su casa ni le daría aviso de nada. D. Alvaro le mandó llamar; comenzóle á acariciar diciéndole: «Vos no sabéis que habemos de venir con los enemigos á las manos: dejadlos; lléguense cuanto quisieren.»

En pocos días levantaron otros tres turriones, que no aprovechó para que los dejasen de hacer tirarles mucha artillería y salir á quemárselos. Éstos descubrían los caballeros y todo el fuerte, de manera que no se podía andar por él ni estar en las tiendas, que por todo llovía balas y flechas. Mataron al Capitán D. Luis de Aguilar y á Tapia, y á Alvaro de Luna hirieron, de que murió.

Después del armada, éste se puede alabar que sirvió extremadamente bien, aunque no tenía allí su compañía. Daba cada día cinco ó seis vueltas al fuerte, lo que no hacía Capitán ni Oficial ninguno.

A los 19 acometieron dar asalto por todas partes y cargaron á la parte de la gruta y ganáronla. Perdióse en ella el Alférez Juan Pérez de Vargas con siete soldados. No llegaron por otra parte alguna á pelear. Ganada la gruta, caminaron por el foso hasta llegar al caballero Doria, y comenzaron á cavar y sacar palmas dél, y hobo turcos tan animosos que subieron arriba hasta el parapeto, donde los mataron. Los de abajo cavaban todavía en el caballero, por no haber través donde les hiciese mal.

De arriba les echaban trompas y ollas de fuego artificial y barriles de pólvora, con que quemaron muchos, mas no para que se les quitase de cavar.

No se podía descubrir nadie en nuestra muralla que no los asaeteasen desde sus torreones y desde el mismo parapeto de nuestro foso, donde se había puesto su escopetería, porque había días que lo había mandado desamparar D. Alvaro por los muchos que se iban de allí á los turcos, que desde el día del gran calor hasta que nos perdimos, siempre se fueron, pocos ó muchos. Todos los que se fueron eran italianos y españoles, que de los tudescos y franceses hubo muy pocos ó ningunos que se fuesen, y esos que se iban no eran de su nación, sino que andaban entre ellos por saber la lengua. Fuéronse algunas mujeres tudescas, y así se pueden loar estas dos naciones no haber caído en una tan gran maldad.

Viendo los enemigos que tan á su salud los dejaban cavar en el caballero, sin salir á estorbárselo, se llegaron aquella noche á los demás, y hicieron lo mismo, y en tres días los pusieron de manera que se podía subir á caballo por ellos. Cuando los enemigos vinieron á esto, teníamos muy poca artillería de que servirnos, que mucha había reventado y otra por encabalgar, y para las piezas pequeñas no se hallaban ya balas. Esto fué por la mala orden que tuvo al principio el Gobernador Barahona, que antes que nos sitiasen no se descubría el turco una milla que no le hacía tirar 20 piezas, y así sin provecho gastó los cañones y vino á faltarnos cuando más lo hobimos menester.

Como los enemigos iban trabajando en cavar y derribar los caballeros, íbamos por la parte de dentro cortándolos y fortificándonos lo mejor que podíamos. No se entendía en otro todas las noches, porque de día no se podía trabajar por estar, como estábamos, descubiertos. Del campo de los enemigos se echaron flechas escritas y otras con pólizas de avisos para que estuviésemos apercibidos que querían dar asalto.

Un renegado entró muchas veces á hablar con D. Alvaro; no se supo lo que trataba con él: algunos quieren decir que era echadizo, y así los renegados que hablaban cada noche desde sus trincheas con los nuestros decían que nos guardásemos, que nos engañaba aquel renegado, que estuviésemos avisados que quería huirse D. Alvaro del fuerte, que nos rindiésemos con tiempo, que nos harían todo buen partido. En esto se huyó un cristiano del armada: dijo la falta que tenían de vituallas, por lo que tenía por cierto que se irían muy presto.

A los 23, ya tarde, arremetieron por la parte de Levante al caballero de Gonzaga y á la cortina que estaba hasta el de La Cerda, y teniendo tan buena entrada, no tardaron de subir arriba. Menos tardaron los nuestros en echarlos abajo, peleando animosamente, hiriendo y matando en los enemigos, haciendo lo mismo todas las veces que porfiaron á subir. D. Alvaro anduvo este día como muy buen caballero, haciendo lo que debía, así á buen General como á buen soldado, con un crucifijo en las manos, animando á todos, mostrándole el Capitán en cuyo nombre combatían.

El combate este día fué bien reñido y duró más que ninguno de los pasados, y durara mucho más si el día diera lugar á ello, porque los turcos que mandaban daban palos y cuchilladas á los que se retiraban de la batería, y reforzaban cada hora el combate. Estos días hobo muchos heridos y muertos de los turcos. De los nuestros muy pocos. Murió el Capitán D. Jerónimo de Sande, sobrino de D. Alvaro, peleando como buen caballero. Dió luego su compañía D. Alvaro al Sargento della, que se llamaba Francisco Ortiz, un muy valiente soldado. Matáronle dende á dos días en el mismo lugar. Al Alférez Salazar mataron nuestros soldados por tirar á unos turcos con quien peleaba. Desta manera murieron muchos esta jornada por la poca plática de nuestra arcabucería. Los enemigos mataron desde su campo, dentro en el fuerte, el tiempo que duró el asedio muy mucha gente, y entre ellos Capitanes y Oficiales de todas naciones muy valientes y animosos, que por no saber sus nombres los dejo de nombrar. Al Coronel de tudescos hirieron de un arcabuzazo en la cabeza en el caballero de la Cerda, de que murió dende á pocos días. Pesó á todas naciones la muerte deste Coronel, que era muy valiente y muy bien quisto. Tomó D. Alvaro la Coronelía para sí y puso un Teniente en ella. A Piantanido, Maestre de campo de los italianos, mataron el día de la gruta en el caballero de San Juan de un arcabuzazo: murió luego en cayendo. Era un muy valiente soldado y solícito y muy bien entendido en cosas de fortificación. El mismo día mataron al Capitán Juan Ortiz de Leyva, muy buen soldado. Al Capitán Escolar habían muerto dos días había.

La noche que se había dado el asalto al turrión de San Juan, llegó una fragata de Sicilia con cuerda, que era bien menester, y medicinas, de que había tanta necesidad, que hobiera dado la vida á muchos á venir antes. Dende á dos días estaba despedida para irse. Impidióla D. Alvaro, y mandó al Capitán Pedro y á su hermano que pusiesen en orden otra fragata de un trapanés que estaba allí por la corte desde que el Duque se fué.

Viendo los turcos lo poco que ganaban en venir á las manos con los del fuerte ni galeras, acordaron de esperar á que acabásemos el agua, porque de los que se huían tenían cada hora aviso de la poca agua que teníamos, y los que se iban, por cubrir su bellaquería y por complacer los turcos, publicaban más necesidad que la que había. Muerto el gobernador Barahona, que tenía cuenta con el agua, se dió el gobierno del fuerte y el cargo de la cisterna al Capitán Antonio de Olivera; y estando herido de un arcabuzazo, se dió cargo del agua á Juan de Alarcón, Secretario de D. Alvaro, que servía de Contador en la fuerza. Éste engañó á D. Alvaro dándole á entender á los 28 de Julio que no había agua para más de tres ó cuatro días. D. Alvaro, sin ir á ver la cisterna, llamó algunos Capitanes y particulares amigos suyos y les dijo la necesidad que había de agua, y que se determinaba salir aquella noche á los enemigos á ganarles los pozos.

Publicando esta determinación, invió los Sargentos mayores á todos los Capitanes, mandándoles que diesen la gente que tenían para pelear, dándoles á entender que por estar el fuerte tan abierto por todas partes y haber poca gente para guardarle, por los muchos que se habían ido y iban á los enemigos, y por la falta de agua, quería salir á la campaña con los que quedaban. Asimismo lo hizo entender á todos los particulares. Mandó que se diese aquella tarde á cada soldado un cuartucho de agua sin mezcla y medio de vino.

D. Alvaro fué aquella noche á la tienda de Olivera y á la del Capitán Piantanigo, que por la muerte de su hermano le había hecho á él Maestre de campo, que también estaba herido. Á éstos dijo la determinación que tenía; que se entrasen en el castillo por si no sucediese bien la salida y viniesen los enemigos á entrarse por las baterías, que ellos hiciesen desde allí sus partidas.

Estando ya todos recogidos, dos horas antes del día, se fué D. Alvaro con ellos á la puerta de la marina y la mandó desabestionar, que estaba cerrada con piedra y tierra. D. Alvaro iba armado de un peto fuerte y una celada, con una rodela acerada, á prueba de arcabuz, y una espada desnuda en la mano; y en llegando á la puerta, dijo que le hacía mal el peto y quitósele. Tomóle Don Bernardino de Mendoza y dióle á guardar á Francisco Ortiz Zapata, sargento de Rodrigo Zapata, que estaba herido en la tienda, y díjole que no lo diese á otro que á él ó á quien le asiese el dedo pulgar.

La puerta estaba tan abestionada, que tardó un rato en abrirse, y con tanta dificultad, que no podía salir más de uno en uno por ella. Comenzando á salir, se dió por nombre Jesús, dando á entender á todos que no había agua y que era menester romper los enemigos y ganar los pozos. Dende á poco que comenzaron á salir, preguntó D. Alvaro, que estaba sentado á la puerta, si serían fuera 200 hombres. Algunos dijeron que sí: uno que los había contado le dijo que fueran pocos más de 100. Á éste dijo D. Alvaro que contase hasta 250 ó 300 hombres y le avisase.

Viendo que eran ya fuera hasta este número, mandó que le llamasen al Capitán Pedro Nicardo, de su tienda, que estaba allí junto, y diciéndole que era fuera á la marina, dijo que le dijesen á él y á un hermano suyo que no se apartasen dél un paso. Estos dos hermanos tenían á cargo las barcas y fragatas del fuerte como guardianes del puerto, y el Pedro había poco que entendía en la artillería. Llamábanle Capitán porque había ido en corso con una galeota. En saliendo los 300, salió D. Alvaro de la puerta y tornó á llamar los dos hermanos.

Entre los que iban con D. Alvaro, había caballeros y Oficiales de más calidad que ellos. Pesábales ver que se tuviese tanta cuenta con el Pedro y su hermano, pareciéndoles que fiaba más en ellos que en los demás. La segunda vez que los llamó, le dijo un caballero sardo, que se decía D. Guillén Barbarán, que iba á su lado: «Aquí imos Corrales y yo con vuestra señoría.» D. Alvaro le respondió, medio enojado, que le dejase y volviese á los soldados que eran fuera, para ir de vanguardia, questaban de rodillas arrimados al caballero de San Juan, y mandólos arremeter, que ya eran descubiertos de los enemigos, y así comenzaron luego á caminar adelante. En pasando el foso, volvieron sobre la mano derecha, por fuera del parapeto, haciéndole desamparar á los enemigos que le tenían. Los cuatro Capitanes que iban de vanguardia, con hasta 20 particulares que fueron con ellos y algunos soldados que les siguieron, pelearon valerosamente, diciendo á grandes voces:—«¡Vitoria, vitoria!» que hicieron desamparar las trincheas á los turcos y llevaron reculándolos hasta pasar el torreón que estaba sobre el turrión de San Juan, de donde tiraban los enemigos artillería y fuegos artificiales. En alargándose un poco los que habían salido de vanguardia, comenzó D. Alvaro á caminar con los suyos que tenía delante, con unos pocos que tenía consigo, marina á marina, hacia la parte donde batían las galeras.

Sin aguardar á que saliesen los que quedaban en el fuerte, D. Guillén y otros tres, con hasta 20 soldados, llegaron á la primera trinchea, que estaba delante de la en que tenían la batería, que la habían dejado los turcos antes que ellos llegasen, y recogiendo gente de la que salía del fuerte para ir adelante, vieron que los que habían salido de vanguardia se retiraban al fuerte con harta más priesa y poca orden que era menester, porque los enemigos los seguían, ni tiraban tanta escopetería como solían y flechas, como otras veces.

Viendo esto los que habían ido por la mar, se retiraron, porque no los tomasen en medio los turcos, si cargaban sobre los nuestros. Llegados á ellos, trabajaron por hacerlos tornar: no fueron parte para ello por ir la gente de arrancada.

A todo esto no eran fuera del fuerte las dos partes de los que estaban recogidos para el efeto, por salir uno á uno por la puerta, pudiendo salir por los caballeros todos juntos y dar sobre los enemigos antes que se apercibiesen. Estando debajo de los caballeros, como estaba toda la gente, se tornó á entrar dentro en el fuerte, quién por la puerta, quién por la muralla, con dos moros que se vinieron entre ellos, sin saber cómo se habían entrado entre los cristianos. Esta priesa se hizo aquella mañana. Murió el Capitán Bravo, que había dos días que lo era. De aquesta compañía mataron tres Capitanes en cinco días. Mataron al Capitán Golfín y algunos soldados; á Moroto, Sargento mayor del tercio de Nápoles, tomaron en prisión.

Antes que la gente acabase de entrar en el fuerte era ya día claro, y yendo á ver si había entrado por algún caballero ó si estaría en su tienda Don Alvaro, llegó el Capitán Pedro Nicardo y dijo que lo dejaba en las galeras. Luego llegó un soldado de la compañía de D. Gastón, que se llamaba Varón, con una carta. Estando este soldado para echarse al agua, le dijo D. Alvaro: «Decí á los Capitanes del fuerte que se tengan por todo hoy, si fuere posible.» Y aún no era la gente que se había salido á pelear de dentro del fuerte, cuando algunos Capitanes y otros particulares se recogieron al castillo.

El Capitán Joan de Funes, Juan Pérez de Vargas, Collazos, Jerónimo de la Cerda, Diego de Vera, el Sargento mayor de Sicilia, Antonio Dávila, D. Bernaldino de Mendoza, Pacheco, Comisario de la Religión (estos dos no tenían cargo). El castellano Fuentes, recogidos éstos y otros amigos suyos, rompió la escala y comenzó á bestionar la puerta del castillo.

Viendo esto el Alférez Sedeño y el Alférez Herrera, y Beltrán, Maestresala del Virrey, comenzaron de abajo á darles voces, llamándoles de traidores, que desamparaban el fuerte y se alzaban con las vituallas.

El encerramiento destos Capitanes y el ausencia de D. Alvaro desanimó mucho la gente, viendo que los enemigos podían entrar por las baterías, y dijo el Alférez Serrano, que tenía cargo del artillería á estos Capitanes, que por qué no se iban á la batería con sus soldados. Respondióle Juan Pérez de Vargas que fuese él. Dende á poco salieron fuera y anduvieron en concilios de una á otra sobre lo que harían, sin resolverse en nada. Antonio de Avila fué á D. Juan de Castilla de parte de algunos Capitanes, diciendo que le habían estado esperando para que dijiese su parecer, para darle el cargo del gobierno de aquel fuerte. D. Juan le respondió que por no dejar la batería sola no había ido. El Antonio de Avila prosiguió diciendo que todos holgarían que acetase el gobierno, que por estar el fuerte de manera que no se podría defender, ni había gente para ello ni agua que beber, que alzase una bandera para tratar partidos con el Bajá. D. Juan respondió que si él acetase el gobierno, había de ser para defender el fuerte y no para rendirle: que si para esto querían, que él tomaría el cargo. El Antonio Dávila se fué con esta respuesta.

Juntáronse esta mañana en la tienda del Capitán Zapata, que estaba en la cama herido de una flecha, y acordóse entre los que allí se hallaban de escribir una carta á D. Alvaro dándole á entender cómo su ida había alborotado toda la gente; que viniese á dar orden de lo que había de hacer; donde no, que ellos harían lo que viesen que cumplía. Hecha esta carta y firmada de muchos, no la enviaron por parecer á algunos que tardaría en venir respuesta para sus disinios, que era rendir el fuerte, temiendo que los enemigos diesen asalto.

Tratándose en la misma tienda que era bien ver el agua que había en la cisterna para gobernarse por ella, dijo Juan de Funes que en lo del agua no había que tratar, que no había para más de aquel día. Corrales les dijo que no era posible porque él había tenido cuenta del agua que se había echado en la cisterna y con los días que se bebía della; que había agua para más de quince días. Acordóse que los dos, con D. Guillén de Barbarán y el Sargento Hidalgo, fuesen á verlo en presencia de muchos soldados, y hicieron entrar en la cisterna un moro que se llamaba Xama, que era de los que les pesaba de ver que se tratase de rendir el fuerte, porque era muy valiente y había mucho que servía en nuestra caballería, en la Goleta y Sicilia, y habiendo salido de la isla á acompañar al Infante de Túnez, le dejó en tierra firme y se volvió á meter en el fuerte, diciendo que, pues en tiempo de paz había llevado el sueldo del Rey, quería venir á servirle en la guerra.

El agua que tenía la cisterna daba á este moro, con ser alto, cerca de la horcajadura. Después entró otro y lo midió con una cana de la medida italiana, y halló tres palmos y medio de agua, ques una vara de España, y más la cisterna tenía cuatro canas de hueco. Cada cana verná á ser dos varas y una tercia de la medida de España.

Como el Joan de Funes vido el agua que había, comenzóse á santiguar diciendo: «Buena casquetada han hecho hacer á D. Alvaro.»

Los mismos que fueron á ver la agua llamaron á Pedro Ginovés, que repartía las raciones por la lista que tenía, y demandáronle que menguaba cada día la cisterna, y dijo que no llegaban á tres dedos; de manera que, dando las raciones que se daban, había agua para quince días; y si se tomara reseña de la gente que había, para que no se diesen raciones demasiadas, como se daban, había agua para mucho más; y sin nada desto, los alambiques solos de la munición y los de particulares bastaban á sustentar 800 hombres y más cada día, dándoles ración sin mezcla de agua salada y darles un tercio más de agua que se les daba.

En esto iba por el fuerte un capellán de Don Alvaro, que se decía Carnero, animando los soldados, diciendo que los que se habían ido lo habían hecho de cobardes y ruínes. Iba muy alborotado porque le habían dicho que se juntaban en la iglesia muchos Oficiales y soldados, donde él tenía las conservas quél había retirado del hospital porque no hicieran mal á los enfermos, y los dineros que habían dejado los muertos á quien él era amigo. De cuán flojamente se pasó con los enfermos, porque se dió mejor maña á ser albacea que á hacerles curar, que si los que morían dejaban algunos dineros á los clérigos y frailes que allí les servían, se lo tomaba. Hallando en la iglesia muchos Capitanes que se habían recogido para tratar lo que habían de hacer, les dijo mirasen que estaban en la casa de Dios, donde se había de tratar verdad y lo que cumpliese á su servicio y al de Su Majestad, y á la honra y provecho de todos, que era morir por la fe de Jesucristo. Después vino al castillo á reñir con el Gobernador Olivera y el Castellano, exhortándoles lo mismo. Si los Oficiales tuvieran el ánimo y determinación deste clérigo, no viniéramos á lo que hemos venido.

El Capitán Pedro y el Secretario Alarcón fueron en una barca á las galeras, donde llevaron agua y bizcocho y los remos y velas de una fragata. Fueron en esta barca el Coronel Mas y Mos de Indón, diciendo que iban á traer á D. Alvaro, pero no volvieron más al fuerte. A medio día se tornaron á juntar los Capitanes y hicieron Gobernador del fuerte al Capitán Rodrigo Zapata, que se había levantado de la cama. Después de haberle elegido le dijeron los mismos Capitanes que por estar el fuerte como estaba no se podía defender; sería bien alzar una bandera para tratar partidos con el Bajá. Respondió que no había acetado el cargo para rendir la fuerza, sino para morir en ella defendiéndola; por lo demás, acudieran á Olivera, Gobernador, y ansí fué el Capitán Collazos á hablar á Olivera de parte de todos. Respondióles que hiciesen una carta quél la firmaría, y daría por bien todo lo que hiciesen.

La carta se escribió en la misma tienda y llevóla á firmar el sargento de Francisco Henríquez. No la pudo firmar Olivera por la herida que tenía en la mano. Envióles á decir que la firmase uno por él, que daría por bueno todo lo que los Capitanes hiciesen; con todo esto, el Zapata salió de allí y fué dando orden por toda la muralla que todos tomasen sus armas, porque los enemigos estaban de manera de querer dar el asalto. Los tudescos estuvieron todo aquel día en orden sin partirse del cuartel que tenían á cargo, diciendo que harían lo que los españoles y italianos y franceses. Ansí Oficiales como soldados se fueron con las armas á sus postas, ofreciéndose de guardarlas ó morir en ellas: muy buenos soldados.

Andando en esto, encontró con el Sargento mayor Antonio Dávila, que venía hacia el castillo, y díjole que se fuese por 30 soldados y los llevase al caballero de la Cerda. Respondióle que, pues había Gobernador nuevo, hiciesen Sargento mayor también. Mientras el Zapata andaba por la muralla, se juntaron en la tienda de Juan Osorio de Ulloa, que estaba en la cama malato, cuatro Capitanes: Joan de Funes, Joan del Aguila, Zayas y Borja. Estos trataron que se rindiese el fuerte y enviaron al Zayas á hablar á Zapata de parte de todos para que hiciese alzar bandera. El Zapata le dió por respuesta lo mismo que había dicho en la tienda de Joan Pérez de Vargas. Viniendo todos juntos á persuadírselo, porfiándole que lo hiciese, respondió que nunca Dios quisiese quél acabase de perder lo que otros habían comenzado. Joan de Funes respondió que ya no era tiempo de aguardar más; que los enemigos estaban para dar el asalto; quél tenía orden de D. Alvaro de lo que se había de hacer; que D. Alvaro no había salido del fuerte con disinio de volver más á él.

Dende á poco fueron Zayas y Joan de Funes y hicieron á un soldado, llamado Villacis, que arbolase una bandera en una pica. Éste lo hizo luego. Viendo esto los turcos, arbolaron una toca, y ansí se fué el Villacis y los dos Capitanes tras él. Joan del Aguila se echó por otra parte, y ansí se fueron todos al Bajá, de su propia autoridad.

Mientras ellos hablaban con el Bajá, se llegaron muchos turcos junto al fuerte. Los soldados estaban con sus armas á la muralla diciéndoles que se alargasen. Dragut envió á llamar á Zapata, questaba en el caballero de San Joan, y no quiso ir, diciendo que no tenía licencia de sus compañeros.

El Bajá tuvo nueva aquella mañana, de un italiano que se huyó, cómo D. Alvaro estaba en las galeras, y mandó volver dos piezas de artillería que les tirasen. Primero había sabido que faltaba D. Alvaro del fuerte, del Sargento mayor Moroto, que era de los que iban con él á las galeras. Acertáronle á prender. Desta manera, estando un turco que escapó de la galera de Joan Andrea, llamado Uzaín, á quien hizo Alí Portu Capitán de fanal, su Lugarteniente, por ser turco principal y buen marinero, cavando en el caballero de San Joan y sacando palmas dél con otros turcos, oyendo las voces y arcabucería de la otra parte del fuerte, salieron á la mar por descubrir lo que era, y vieron la vuelta de las galeras cuatro ó cinco hombres. Creyendo que eran de los que solían llevar provisión, los siguieron hasta pasar de un barcón questaba junto á las galeras, y llegaron cerca del reparo que las galeras tenían en torno. De allí se retiraron porque la guardia de las galeras comenzó á tirarles. Este Uzaín prendió al Moroto, que venía un poco atrás. Como vió que los demás seguían á D. Alvaro, no supo decir si era vivo ó muerto, y ansí le hizo el Bajá mostrar algunas cabezas para que viese si era alguna la de Don Alvaro.

A él y al Capitán Pedro recogió el Capitán Clemente y metió en su galera. Aunque oían voces junto al barcón que decían: «Ríndete á buena guerra,» como no veían los que eran con la obscuridad que hacía, no se atrevían á salir de las galeras, creyendo que los turcos lo hacían aposta por hacerles salir.

Estando los Capitanes fuera del fuerte, llegaron muchos esquifes que venían del armada, y tomando la vuelta de las galeras, el Capitán Clemente, que estaba por cabeza de la gente que allí estaba, mandó que tomasen todos las armas. Viendo esto D. Alvaro le preguntó qué quería hacer. El Clemente respondió que pelear y defender las galeras. D. Alvaro le dijo que no haría nada, estando como estaban los del fuerte. Que tratase él también partidos. Clemente le respondió que no acostumbraba á tratar partidos, sino pelear, y pues él era de aquel parecer y era su General, que tratase lo que quisiese, que él le tenía como la persona del Rey, y así acordó que el Coronel Mas tratase partidos con los enemigos; y tardaron tanto en ello, que dieron lugar á que los esquifes llegasen y rompiesen la palizada y saqueasen las galeras, donde tomaron á todos en prisión.

Darmux Arráez, Cómitre real, llevó á D. Alvaro en su esquife al Bajá. Joán de Funes volvió al fuerte, dando á entender que había tratado con el Bajá que dejase ir libres á los Capitanes con 25 soldados por compañía. Entrando en el castillo le dijo Diego de Vera: «¿No habemos de saber en qué ley vivimos ó cómo nos rendimos?» Respondióle no quisiese saber más de que él y sus amigos iban libres. Después fué el castellano Fuentes á rendir el castillo y el municionero Joan Daza á ofrescer el dinero, que tenía á cargo, del Rey, pues no faltaba otra cosa, que la sangre y libertad nuestra ya la habían rendido.

Los primeros, Joan del Aguila, se fué de armada; Zayas volvió con Villacis y un renegado que se decía Mamy, diciendo que el Bajá y D. Alvaro mandaban que toda la gente se entrase á puesta de sol en el castillo; que les diesen un moro que se llamaba Sayte y el hijo del jeque que habíamos traído de Sicilia para hacerle señor de la isla, con otros tres rehenes que habían dejado los alarbes que habían venido á servir. Á todos quebró el corazón ver llevar éstos en prisión, porque se tenía entendido las crueldades que los turcos harían con ellos. Por sólo esto habíamos de morir primero todos, que darlos, pues habían dejado de irse con los de su ley, por el amor y afición que tenían con nosotros.

El mandar entrar la gente en el castillo fué por dar lugar á que los jenízaros y turcos saqueasen el fuerte, aunque ellos se dieron tanta priesa á entrar, que mataron y prendieron muchos fuera del castillo. Todos los enfermos y heridos que hubo por las tiendas degollaron, que era gran compasión. Aquí prendieron al Capitán D. Joan de Castilla; ni fué nunca de parescer que se rindiese el fuerte: siempre dijo que quería morir peleando y defendiendo la parte que le tocaba con sus soldados, y ansí le mataron muchos dellos.

Los del castillo, viendo lo que pasaba fuera, se abestionaron y pusieron sus guardias porque no entrasen los turcos. Aquella noche llamaron dos turcos á la puerta; la guardia les preguntó qué querían: dijéronles que les llamasen un Capitán cojo y otro que tenía las narices rajadas, que los llamaba el mayordomo del Bajá. Entendiendo que lo decían por Joan de Funes y Zayas, se los llamaron. Vino con ellos Diego de Vera. El mayordomo les dijo que se los encomendaba el Bajá; que estuviesen de buen ánimo, quél cumpliría con ellos lo que les había prometido, y quellos cumpliesen con él lo que le habían mandado. Los Capitanes fueron á Joan Daza á pedir dineros para el mayordomo, diciendo que era su libertad. Dióselos en plata y con firma de todos 250 escudos: llevóselos el castellano Fuentes.

Otro día por la mañana se sentaron el Bajá y Dragut en el muro de la marina con muchos jenízaros y espayes, con sus arcos y escopetas en las manos en torno dellos; mandaron salir primero los Capitanes, después todos los soldados. Embarcábanlos como iban saliendo; lleváronlos todos á escribir á la galera del Bajá; de allí los repartieron por las otras galeras. Toda la gente que se recogió al castillo serían hasta 1.000 hombres; los demás se perdieron fuera dél.

Aquí hizo fin la mal fortunada jornada que se comenzó para Trípol, que de haber tenido ruín principio y peor medio, vino á acabar tan vergonzosa y vilmente como acabó. Si ruinmente lo hicieron los de las galeras, muy peor lo hicimos los del fuerte, como si anduviéramos á porfía unos de otros sobre quién haría mayor error, y ansí fué desde el principio de la empresa, que parece que estudiábamos para no acertar en nada. Es salir de juicio pensar los desvaríos y mal gobierno nuestro, y ansí no hay que decir sino que quiso Dios castigar nuestra soberbia para darnos á entender que Él es el que guarda las tierras y el que vence las batallas, y que no hay poder que pueda sino el suyo.

Rustán Bajá, yerno del gran Turco y Vicario general suyo, dice una cosa muy acertada, como hombre sabio y valeroso: que los cristianos nos veníamos á perder por querernos sacar los ojos unos á los otros, por rencor y odio particular que tenemos, como hombres de poca fe, y por fiar más en nosotros que en Dios.

Plegue á Él, por S. M., que cese aquí el flajelo de su pueblo, y sirva esta desgracia para despertador de los Reyes y Príncipes cristianos, para que unánimes, con el amor y hermandad que se debe á nuestra fe y religión, miren con tiempo por el beneficio y aumento de la cristiandad. Los turcos mismos que se han hallado en esta empresa están espantados de lo que han hecho, diciendo que no saben á quién atribuirlo sino á la buena fortuna del gran Señor. No se les quite al Bajá y á los que se hallaban con él de haber hecho la más principal y más señalada cosa que han hecho mahometanos después que comenzó su imperio.

Como el Bajá se entregó en la fuerza, tardó ocho días allí hasta que llegaron cinco galeras que habían ido á Túnez por bizcocho. Fuese luego á hacer agua y tomó el camino de Trípol, donde entró con gran gazara y grita, colgados nuestros estandartes y banderas, lo de abajo arriba, en las popas y entenas de las galeras. Disparóse mucha artillería dellas y del castillo, y de las galeras de la presa no disparó ninguna. Entraron demostrando el descontento que todos traíamos en vernos llevar á Trípol tan al contrario de como pensábamos ir á él.

La armada tardó allí tres días: de aquí licenció el Bajá dos fragatas que había días que tenía. Eran venidas á rescatar cristianos. Tratóse si se engolfarían de allí para Levante; y por la falta que tenían de vituallas, Cara Mustafá fué de parescer que viniesen por la vía de Malta y Sicilia y costa de Calabria, por respeto del agua, por la mucha gente que llevaban. Poniéndose á atravesar un golfo de 700 millas y más, aventuraban perder mucha gente de sed, y así acordaron de venir á Malta y hicieron agua en el Gozo y todo el daño que pudieron en la campaña, matando todas las bestias que hallaron para comer y las de servicio, sin cuatro ó cinco hombres que prendieron.

Otro día echaron gente en Malta y volviéronse luego á embarcar con pérdida de gente, por estar los de la isla apercibidos y con caballería, ques lo que más temen los turcos. El Bajá tiró luego á recoger y se levó. Pasó junto al castillo, de donde tiraron muchas balas. Las galeras de Malta salieron á hacer lo mismo, pero no hicieron daño ninguno.

El Bajá porfió á engolfarse desde allí, y habiendo caminado un día y una noche se volvió un temporal contrario que les hizo volver á Sicilia. Amaneció á Cabo Páxaro y Zaragoza, y pasó tan junto á esta ciudad, que le tiraron mucha artillería, pero no que le hiciese daño. Metióse aquella noche en un puerto questaba entre Agusta y Zaragoza. Aquí echaron menos seis ó siete galeras que se habían apartado del armada.

Otro día salieron á hacer agua ocho millas de allí, y en tomándola se hicieron á la vela: se fueron su camino. Como fueron 20 millas en mar comenzaron á meterse unas burrascas con viento contrario, por lo que se tornó al mismo puerto. Esta vuelta fué por mal de Agusta, que fueron otro día de mañana á ella y saquearon lo que hallaron dentro y metiéronle fuego por muchas partes. La gente toda se había huído. Aquí y donde se hizo el agua se perdieron algunos turcos por haber entrado mucho en la isla.

Tornó una fragata, que había venido al pasar de Malta la armada, á tratar rescates de unos sobrinos del Maestre en cambio de otros turcos que la Religión tenía.

A los 21 de agosto partimos de Agusta, y diciendo que habían de ir á la Fosa de San Juan á rescatar, la armada pasó á vista de Catania y aquella noche llegó á Cabo de Espartivento. Se fué sin detenerse, costeando la Calabria, hasta Cabo Blanco, de donde se engolfó sin hacer agua, aunque había galeras que tenían necesidad dello.

A los 25 tomó tierra en la isla de Paesa, que está entre la Previsa y Corfú. Otro día por la mañana envió 22 galeras á Lepanto por bizcocho, y con las demás se fué el Bajá á la Previsa, donde entró con la solenidad que en Trípol. De aquí envió el escribano del atarazonal al gran Turco á darle aviso de su venida y de la vitoria. Aquí hallamos las galeras que se habían perdido del armada. Aquí despalmaron todas las galeras, y á los 2 de septiembre partieron. Otro día vinieron á la isla de Chefalonia y de allí al Zante, mostrando la vitoria que traían. De allí vinieron á Modón, donde estuvimos dos días esperando las galeras que habían ido por el bizcocho, y como tardaban, nos partimos sin aguardarlas. En el camino tuvo nueva el Bajá de las galeras de cristianos. Apartóse con hasta 30 galeras en busca dellas: las demás se fueron costa á costa sin perder camino. Juntáronse con ellas otro día las que venían con el bizcocho, y al Cabo de Santángel, dende á cuatro días, se tornó el Bajá á juntar con ellas sin haber visto galeras de cristianos.

De aquí vinieron á los castillos á los 13, donde se hizo muy gran fiesta ansí en los castillos como en las galeras. De aquí fuimos á Galipol, donde licenció el Bajá las galeras de Rodas y de Metelín. Envió á Alí Portu con 15 galeras por guardia del Archipiélago.

En viniéndole la orden, se partió para Constantinopla, donde entramos á los 27 de septiembre. Entró la Real delante, con todas las galeras de fanal en su hilera, con muchas banderas y estandartes arbolados, arrastrando los nuestros como solían. Tras éstas venían todas las galeras de la presa. Todo el resto de la armada venía de retaguardia.

Como llegaron al paraje de las casas del gran Turco, que nos vía venir de una ventana, dispararon todas mucha artillería, ansí las de la presa como las otras, dando los turcos muy gran grita y alarido. Dende á un rato tornaron á disparar toda la artillería. Otro día por la mañana vino el gran Turco en una fragata á ver las galeras y hiciéronle muy gran salva.

Martes 1.º de octubre llevaron á D. Alvaro y á D. Sancho de Leyva y á D. Berenguer de Requesens á caballo, con los más de los soldados que se habían perdido, á pie, tras ellos, y armados muchos con coseletes, poniéndolos por orden de tres en tres, asidos de las manos. Los llevaron á casa del gran Turco. El Quiaya del atarazonal y Sufaga iban delante de todos, á caballo. Llevaban los estandartes de galera los mismos esclavos, arrastrando por el suelo. Lo que más se sintió de aquel triunfo, y lo que más enterneció á todos los cristianos que allí íbamos, fué ver arrastrar un estandarte que llevaba la figura de Cristo.

Llevados á casa del gran Turco, los metieron en un patio grande donde había muchos jenízaros y espayes muy lucidos, puestos en su orden. Más adentro estaban muchos turcos de condición y bajaes. Llevaron á D. Alvaro á hablar á Rustán Bajá; después de haber detenídole un gran rato, salió.

Dice D. Alvaro que toda la plática fué persuadirle que se tornase turco, questuvo siempre de rodillas. Su capellán le ayuda por pagarle el mal que dijo dél cuando se fué á las galeras. Que le prometían el gobierno de la provincia de Ejito con 50.000 ducados de salario, porque se tornase turco, y que D. Alvaro le había respondido que aunque todos los Reyes cristianos de toda la cristiandad se tornasen turcos, él solo quedaría á morir por la fe de Cristo, y ansí lo tiene escrito de su mano en una historia que tienen hecha los dos del progreso desta jornada. Créaselo quien quisiere.

Dende poco metieron estos tres Generales y los pasaron delante del gran Turco, con algunos Capitanes, yendo el Bajá delante, á presentallos, con 70 piezas de brocados y rasos que dió con ellos. De allí los llevaron á las prisiones, donde están.

motivo decorativo
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RELACIÓN

breve y verdadera de la jornada de los Gelves, desde el día que arribó el armada turquesca hasta quel fuerte fué tomado por los turcos, sacada de italiano en español.[39]

stando la Excelencia del Duque de Medinaceli, Virrey de Sicilia y Capitán general de la empresa de Berbería, de día en día para embarcarse, habiendo ganado á los Gelves con grandísima reputación y en gran servicio de Dios y de Su Majestad Católica, y hechas todas las provisiones y expediciones necesarias para el fuerte y para la guardia dél, habiendo señalado 2.000 infantes escogidos entre italianos, franceses y españoles, y algunos alemanes, y por su Gobernador á Miguel de Barahona, el cual había sido Maestre de campo de un tercio de españoles, y queriendo Su Excelencia con el resto de los señores y capitanes y soldados irse á Sicilia para proveer las otras fuerzas más necesarias y de más importancia, y para tal efecto se había ya embarcado gran parte del ejército, y todavía se embarcaban, sino que, por desgracia y mala ventura, los soldados se revolvieron con los moros en el Zoco y hobieron una gran cuestión, la cual fué causa que la embarcación se suspendió por tres ó cuatro días, de lo cual Su Excelencia estaba con gran pesar; mas todo lo remedió con su prudencia é hizo que fuese adelante la dicha embarcación.

E
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Á los 10 de mayo, á hora de Vísperas, llegó Fray Copones, inviado por el gran Maestre en una fragata con la nueva que la armada turquesca había estado en el Gozo, que pluguiera á Dios que tal nueva no llegara, que ciertamente fué causa de la perdición que sucedió al armada de los cristianos, que otramente, todos estaban seguros y firmes, y jamás acaeciera semejante desgracia; y según esta nueva, todos hacían cuenta que dentro de dos días á lo más largo la armada turquesca parecería, y así Su Excelencia hizo toda la diligencia posible para embarcarse aquella noche con todo el resto, y no fué posible hasta el día, porque los alemanes le daban gran pesadumbre y trabajo, que no estaban aún determinados de quedar en el fuerte, ni se habían podido acordar; y entendiendo ellos que Su Excelencia quería ir á hablar con el señor Juan Andrea Doria á las galeras, para dar la mejor expedición que acordasen, los sobredichos alemanes tomaron la palabra á Su Excelencia que sin ellos no se fuese, y fué fuerza que Su Excelencia se lo prometiese y la cumpliese después, cosa por cierto muy conviniente y de gran valor, que un Príncipe cumpla aquello que promete, mayormente no habiendo sospecha de contrario suceso; y así Su Excelencia se embarcó y fué á donde estaba el señor Joan Andrea Doria, dejando en tierra á Alvaro de Sande para que diese órdenes en las cosas que fuesen menester, el cual dicen que se echó en la cama á reposar.

Vuelto que fué Su Excelencia en tierra, poco antes del día, dió orden de aquello que se había de hacer, y entonces se tornó á embarcar en un esquife, él y D. Alvaro, para irse á la galera Condesa, del Príncipe, que para este efecto los esperaba, porque el señor Joan Andrea, Capitán general del armada imperial, se había hecho á lo largo para descubrir la mar, y había llevado consigo el resto de las galeras y enviado todos los esquifes á tierra para embarcar la infantería y otros señores del Consejo y Capitanes que habían quedado con Su Excelencia en la orilla.

Volviendo los dichos esquifes cargados de soldados y otras gentes, fué descubierta la armada turquesca, y como los mismos turcos dicen, con poca satisfacción y contentamiento de haber sido vista del armada de cristianos, y luego se pusieron á hacer consejo, con muestras de temor, para tomar mejor acuerdo, creyendo que la armada cristiana quisiese combatir, porque ellos no tenían orden del gran Turco de irla á buscar, sino de ir á darle socorro á Trípol, y dudando asimismo que las galeras de España estuviesen allí, de las cuales especialmente tenían gran miedo, y decían que, por estar en Micina las dichas galeras de España el año antes de la dicha impresa, las galeras turquescas no pasaron más adelante de la Belona, y así entonces estaban con esta sospecha, y en este medio no hacían otro que preguntar unos á otros si las dichas galeras estaban allí, y D. Juan de Mendoza, su General, con ellas. En este punto la armada de cristianos se levó con la mayor desorden que jamás se ha visto y se puso en huída, y se rompió ella misma de suyo.

Viendo el Bajá una cosa tan vergonzosa, hizo vela y comenzó á seguir la armada de cristianos, y toda la desbarató sin pelear, y Su Excelencia, que á esta sazón se hallaba en la mar con un esquife, con D. Alvaro de Sande, en que se iba á embarcar, viendo que la armada turquesca daba caza á la cristiana, con el mismo esquife se tornó en tierra, y así hicieron todos los otros señores capitanes y soldados que pudieron hacer lo semejante, cosa de gran compasión, de ver el señor Juan Andrea Doria embestido con su galera en tierra, la cual encalló, y todos fueron presos, y él se fué con su esquife al fuerte.

Parte de las otras galeras se perdieron por haber encallado; parte se retiraron cerca del fuerte, á un tiro de cañón. Estas fueron siete galeras y cuatro galeotas; del resto se perdieron de 28 hasta 30 galeras de cristianos, entre las cuales se perdió la Capitana de Sicilia, donde se halló D. Gastón de la Cerda, hijo segundo de Su Excelencia, y D. Berenguer de Requesens, Capitán general de las dichas galeras de Sicilia; D. Juan de Cardona, su yerno, y otros muchos gentiles-hombres de casa de Su Excelencia, y una señora dueña, la cual tenía cargo de tener cuenta del dicho D. Gastón, y por este efecto se hallaron en la dicha jornada sus personas y sus galeras y sus hijos.

Perdióse también la Capitana del Papa con su General, el señor Flaminio Ursino, el cual fué vendido por 150 cupros, que son tres escudos, estando herido. Murió de ahí á cuarenta días. Se perdieron asimismo la Capitana de Terranova y la Capitana de Monacho, todas, como Dios sabe, ruinmente, con gran número de Capitanes y de soldados y gentiles-hombres particulares.

La una parte de las galeras turquescas quedó cercana al fuerte, y las otras fueron siguiendo á las naos y galeras de cristianos que huían, y tomaron hasta ocho ó nueve naos. El galeón de Cigala peleó bien, y el Bajá con su galera y otras 17 le combatía, y á todas hizo tenerse á largo: lo semejante hicieron dos naos arragocesas que se defendieron valientemente. Las galeras de Malta, con las de Scipión de Oria y Cigala, se salvaron, y viendo los turcos que no las podían alcanzar, se tornaron á los Gelves á juntarse con su armada, y como arribaron, el Bajá hizo hacer grande alegría y salva, y tres días arreo hicieron lo mismo, dando gracias á Dios y á su Mahoma por haber alcanzado la victoria contra cristianos.

Después desta desgracia, habiendo estado Su Excelencia dos días en el fuerte y dado orden de lo que se había de hacer, fué muy apretado é importunado del Consejo, que continuamente le protestaba que se fuese á Sicilia á proveer lo que era necesario en tal coyuntura. Siendo Su Excelencia forzado hacer lo que era más conveniente al servicio de Su Majestad, se hubo de partir, hablando con los hombres de cargo muy amorosamente y esforzándoles con prometerles que procuraría con todas sus fuerzas de volver con socorro muy presto. Otro tanto hizo el señor Juan Andrea de Oria, y se embarcaron en 11 fragatas, con otros señores del Consejo y alguna otra gente particular, y se fueron de noche y pasaron junto al armada turquesca, con más peligro que aquéllos que quedaron en el fuerte. Llegaron á salvamento por la gracia de Dios.

Quedó en el fuerte por su Lugarteniente el señor D. Alvaro de Sande, Coronel de la infantería española, y así habiendo quedado con él todos los capitanes y soldados muy alegres y contentos por hallarse en semejante empresa contra los infieles enemigos de Jesucristo, y esperando la victoria con el ayuda de Dios, y de cobrar lo perdido.

Viendo D. Alvaro que había tanto número de gente, deseaba mucho poder enviar á Sicilia 2 ó 3.000 hombres en aquellas galeras que allí estaban metidas en aquel canal, y había crecido mucho el número de la gente entre mozos de soldados, marineros y otros soldados que escaparon á nado y estaban sin armas y desnudos; y no pudiéndose hallar otro remedio, se hizo lo mejor que se pudo, teniendo por entendido que tenellos allí era la destruición del mundo dellos y de sí mismos.

Como el Bajá con toda su armada se puso al derredor del fuerte esperando la venida de Dragut, el cual llegó con 16 galeras y galeotas de Trípol, y trajo 2.000 hombres, entre turcos y renegados y moros, y su artillería y municiones y vituallas, y en llegando se comenzaron á desembarcar, dos millas lejos del fuerte, hacia Poniente, con gran desorden, y así estuvieron dos días, hasta que se acabó de desembarcar todo lo que habían de sacar en tierra, en esto el Sr. D. Alvaro ha perdido gran ocasión, por no hacer lo que todos los capitanes y soldados deseaban, que eran de parecer de salir á pelear con ellos, porque ciertamente los rompían.

En este medio el fuerte se reparaba, porque aún no estaba acabado de fortificar, y los turcos comenzaron á marchar al frente; y viendo esto el Sr. D. Alvaro, hizo parlamento á todos los capitanes, esforzándolos y dando orden cómo se habían de hacer las guardias, y fué de esta manera.

De fuera, en la campaña, al pozo del agua, que estaba un tiro de cañón lejos del fuerte, hacia la parte del Zoco donde los moros hacían el mercado, pasó una compañía de arcabuceros para hacer la guardia hasta la marina, que ni más ni menos tenía su socorro cuando hobiese arma. A la banda de Poniente, hacia el campo de los turcos, estaba otra compañía; á ésta le tocaba la guardia por orden del Sargento mayor, con su socorro también, como los otros. Esta compañía se ponía cerca de una mezquita de moros, y poco lejos della se ponían las centinelas hasta la marina. En el foso del fuerte estaban de guardia de día y de noche 1.500 soldados de todas nasciones, y de aquellos viejos que habían venido de Piamonte. El resto todo estaba dentro del fuerte, cada uno en su guardia, y todos esperando á los enemigos con gran regocijo.

El segundo alojamiento que los turcos hicieron fué por derecho de la dicha mezquita, de la parte de Poniente hacia el palmar, donde los turcos se reparaban por miedo de la artillería del fuerte, que les hacía gran daño, y desde allí iban el Bajá y Dragut con gente de pie y de caballo á reconocer el fuerte y el alojamiento que tenían los nuestros, y continuamente se hacían buenas escaramuzas con gran daño de los turcos.

Al último de mayo, estando al pozo del agua el capitán Juan Osorio con su compañía de arcabuceros, que tenía 120 soldados con que hacía la guardia allí, y á la parte de Levante cerca de la casa de Dragut hasta la marina, estaba el capitán Galarza con su compañía de 150 arcabuceros. A la vuelta de Poniente, á la parte del campo de los turcos, acerca de la mezquita que se ha dicho, estaba el capitán D. Juan de Castilla con su compañía de coseletes, que tenía hasta 70 ú 80 soldados, y recelándose el dicho capitán D. Juan que podía ser roto de la parte de la marina, de los caballos, envió 12 soldados del cuerpo de guardia, con su cabo de escuadra, que estuviesen en la dicha mezquita, porque allí descubrían á todas partes, y dióles orden que avisasen siempre de lo que viesen hacer á los turcos; y si los apretasen mucho, que escaramuzando se retirasen con buena orden hacia donde él quedaba, que con el resto de su compañía saldrían á dalles socorro.

Los turcos aquel día estaban determinados de hacer algún efecto, por el trato y concierto que tuvieron dentro del fuerte, y esperaban la señal que les habían prometido de quemar la pólvora del castillo; y no saliendo esto en efecto, determinaron de ir á ganar el agua y acometer de todas partes á los nuestros, porque estaban puestos á punto para hacello, y así, por estar más cercana aquella guardia de Poniente que las otras, enviaron hasta 300 ó 400 turcos á la vuelta de la dicha mezquita, los cuales rompieron el cuerpo de la guardia que allí estaba de los 12 soldados, y ellos escaramuzando se retiraron á la vuelta del fuerte, no aguardando la orden de su Capitán porque la carga fué muy grande y no pudieron volver como los habían mandado. Viendo el dicho D. Joan de Castilla que éstos sus soldados volvían las espaldas, salió fuera con el resto de su compañía é hizo rostro á los turcos y trabó la escaramuza con ellos y mataron algunos de los turcos, y de sus soldados pocos fueron heridos; y viendo los turcos el daño que rescebían, se retiraron á la vuelta de su campo, y ansí el dicho Capitán recogió á los dichos sus soldados sin perder ninguno. Allegándole en esto socorro del fuerte, dieron carga sobre los enemigos; y viendo esto los turcos, salió todo el campo fuera, á pie y á caballo, por todas partes, con determinación de romper todas las tres guardias que estaban fuera en campaña, y así ganaron este día el pozo del agua.

El dicho capitán D. Joan de Castilla, con los otros que le vinieron á socorrer, recibieron la carga de los enemigos, y escaramuzando valientemente, como se hacía por todos cabos alrededor del fuerte, se retiraron más debajo del artillería, y allí se entretuvieron hasta la noche, matando muchos turcos, y vinieron á las manos á pica y espada con ellos. Los turcos eran tantos de número, que ganaron el sitio donde estaba el capitán Juan Osorio, el cual se retiraba escaramuzando la vuelta del fuerte, y llegó á socorrelle el capitán D. Jerónimo de Sande con su compañía de arcabuceros; mas tornando á cargar los turcos, ganaron por fuerza el primer sitio del pozo, y viendo D. Alvaro de Sande trabada la escaramuza tan bravamente, que siempre crecían los turcos con algunos moros que venían con ellos, dió orden á los dos Capitanes que se retirasen á la vuelta del fuerte, y lo mismo puso el capitán Galarza, el cual escaramuzaba en la posta de su guardia sin haberse retirado, porque allende del socorro que le había llegado, el sitio era aparejado para poderse defender. Entonces se retiraron escaramuzando hacia el fuerte, y así los turcos pusieron su campo desde aquella guardia hasta la otra de Poniente y ganaron el pozo de Su Excelencia; y luego los turcos arbolaron más de 480 banderetas y gallardetes, y comenzaron á hacer las trincheras, aunque la mayor parte hallaron hechas, porque los cristianos las hicieron como llegaron en aquel lugar donde se hizo el fuerte para su defensa y repararse de los moros de la isla, y así las habían desamparado de la parte que el gran comendador Tigeres, General de las galeras de la Religión, con todos sus Caballeros de San Juan, que eran bien 300 ó 400 y más de 1.000 napolitanos de los bravos, todos arcabuceros, con sus morriones y plumas, y el resto del campo de los cristianos, parte se había embarcado y parte se retiraron en el fuerte, de modo que no tuvieron tiempo de deshacer sus trincheras viejas, y por eso los turcos hallaron esta comodidad y aparejo; y como las rehicieron, luego á la hora plantaron ocho piezas de artillería gruesas á la parte de la casa de Dragut, y comenzaron á batir el castillo, creyendo que echarían á perder toda la munición y vituallas, y la cisterna del agua que eran dentro del castillo; mas el coronel D. Alvaro de Sande hizo cortar las murallas del castillo y terraplenarlo y puso encima artillería, con la cual hacían gran daño; mas por aquélla de fuera les fué quitada, porque tiraron más de 3.000 pelotas de cañón; pero las municiones y vituallas estaban bien guardadas y reparadas y debajo de tierra, tanto que en esto los turcos no hobieron el intento de su desiño ni de la traición que tenían concertada dentro el fuerte de quemar la pólvora y atosigar el agua de la cisterna y otros tratos, hasta enclavar la artillería, como se hizo, aunque había buena guardia del resto. Todo se descubrió y ahorcaron de los pies más de 50 hombres.

Viendo los turcos que todos sus desiños les salían en vano, comenzaron á desmayar y á perder la esperanza que tenían de ganar el fuerte, y el Bajá se quiso levantar de sobre él é irse con Dios, y estaba descontento de Dragut porque le había hecho desembarcar la gente, y los jenízaros estaban medio amotinados contra él porque mataban dellos cada día; y viendo Dragut tan enojado el Bajá y á los jenízaros y soldados que estaban mal contentos y se quejaban dél, les dijo que tuviesen buen ánimo y se sufriesen porque él había hecho las cisternas que estaban en el castillo y sabía bien cuánta agua podía caber dentro dellas y cuánto tiempo podía durar, y que sin pelear ni dar el asalto ni perder un hombre más, quería tomar el fuerte y prender á los cristianos en menos de quince días, y cuando no, que el gran Turco le hiciese cortar la cabeza.

Con estas palabras y otras tales entretenían al Bajá, que en ninguna manera se quería entretener más allí, porque los cristianos desharían su armada, y estaba á gran peligro; y si como entonces se entendía de los mismos renegados, si 25 ó 30 galeras de cristianos bien en orden parecían, no solamente bastaban á dar socorro al fuerte, mas cobraban todo lo que se había perdido, con mucha honra, y desto tenía gran temor el Bajá, por tener toda su gente en tierra, así los soldados como la chusma, y así sus galeras como las que tomaron á los cristianos estaban todas desarmadas, que no tenían 50 hombres por galera, y tenían los remos y timones en la mar, temiendo que los esclavos cristianos se alzasen con las galeras, y así los cristianos perdieron en esto una gran ocasión, que á lo menos debían parecer y hacer muestra que eran vivos, que tocando solamente una arma en la mar, bastaba para hacer embarcar el Bajá con todos sus turcos, sin esperar más, y por lo menos el fuerte era socorrido y quedaba libre, porque los cristianos podían salir fuera á tomar agua y otros refrescos, y á deshacer las trincheras y reparos de los turcos. Allende desto, el Bajá estaba con gran recelo y duda de detenerse allí, y se quería embarcar, porque había entendido que dentro del fuerte los cristianos hacían agua dulce del agua de la mar, sacándola por alambiques, como en efecto era verdad que se hacía, mas no bastaba para dar recaudo á todos los cristianos, y así Dragut deshacía todas estas cosas diciendo que los españoles eran mañosos y cautelosos, y que daban á entender que hacían esta agua, mas que no era verdad, ni menos podía ser, y así hacía detener al Bajá, según se entendía dentro del fuerte por vía de un renegado, el cual venía muchas veces de noche á hablar con D. Alvaro, y le traía avisos de todo cuanto se hacía en el campo, y esto también se entendía por pólizas que otros renegados tiraban con las flechas y caían dentro del fuerte, y éstos no osaban venirse á él, dudando de la falta que después hobo del agua, que al fin habían de venir á perderse y que á ellos les harían pedazos.

En este medio, viendo los turcos que no les salían los ardides que probaban por tierra, acordaron una noche dar el asalto á las galeras y galeotas de cristianos que estaban cerca del fuerte retiradas, y combatiendo, las hallaron que estaban bien á recaudo, porque tenían muy buena guardia de soldados viejos de todas naciones, y el Coronel D. Alvaro, con los esquifes que estaban en tierra, luego á la hora les envió socorro con el capitán D. Juan de Castilla, y así los turcos se retiraron, con gran daño dentrambas partes de heridos, porque las galeras, cuando les fueron á dar el combate, se hallaron con las tiendas puestas; mas tenían lejos, un tiro de piedra, una cadena de árboles y entenas para que no se les pudiese llegar barca ninguna sin que se sintiese, y esto les hizo gran provecho.

De ahí á pocos días se fueron cuatro galeotas á la vuelta de Sicilia, con orden de llevar gran parte de la gente inútil del fuerte; mas ellas hicieron lo que les pareció que era más á su provecho y ganancia: las tres fueron á salvamento; la una vino á poder de los turcos. Las otras siete galeras que quedaron fueron combatidas otra vez á una hora de día, á tiempo que el agua iba menguando, porque allí, entre día y noche, crece y mengua el agua dos veces; y así por la parte de tierra las dieron combate 3 ó 4.000 turcos y moros, y el resto de su campo quedaba en las trincheras, dudando de aquello que podía fácilmente acaecer, como los capitanes y soldados querían tomallos en medio, que los otros estaban en la mar combatiendo con las galeras y con el socorro que había salido del fuerte, que ciertamente era una hermosa cosa de ver combatir los cristianos con los turcos dentro del agua hasta la cinta, y por habérseles mojado la pólvora dentro de los frascos no se podían aprovechar de los arcabuces, y así peleaban con las espadas y picas, y fueron muertos y heridos muchos turcos, porque el artillería del fuerte y mosquetes y arcabucería, allende de la que tiraban de las galeras, los tomaba por través y les hacía gran daño, y así se retiraron los turcos con gran pérdida, y de los cristianos hobo pocos heridos, entre los cuales dieron un arcabuzazo en una pierna al Maestre de campo Miguel de Barahona, porque él había salido fuera con el socorro, y de ahí á pocos días murió de la herida.

La mañana de Pascua de Espíritu Santo, el coronel D. Alvaro de Sande dió orden al Maestre de campo de los italianos, Hierónimo de Piantanido, milanés, que con los capitanes Galarza y Carlos de Haro, que habían de llevar sus compañías, él tomase hasta cumplimiento de 600 hombres, entre españoles é italianos, de la mejor gente que tenía, y fuese á acometer las trincheras de los turcos y procurasen de enclavar la artillería, y que para este efecto hallarían en compaña á Estéfano, coronel de los alemanes, y al capitán Olivera con su compañía de españoles, los cuales tenían 400 coseletes entre alemanes y españoles, que les harían espaldas para cuando se hubiesen de retirar, no hallando ocasión para pasar adelante; y con esta orden, los dichos Maese de campo y Capitanes salieron dos horas antes del día y acometieron á los turcos, los cuales estaban en arma, porque habían sentido el ruido; mas no obstante esto los acometieron, hicieron volver las espaldas y mataron muchos dellos, entre los cuales fué muerto el Agá de los jenízaros por mano de un alférez español que se llamaba Nuncibay, que era alférez del capitán Galarza y un muy valiente soldado, y jamás quiso tomalle por prisionero, sino matalle, y ansí siguiendo la victoria llegaron hasta la artillería y enclavaron parte della; y viendo los turcos que eran tan pocos los cristianos que les habían acometido, tornaron á rehacerse y encomenzaron á dalles la carga, de manera que siendo tan poco número de soldados, les fué forzado retirarse escaramuzando y recibiendo la carga de lo mejor que podían, hasta el lugar donde estaba el coronel Estéfano con los 400 coseletes, que para este efecto aguardaban allí.

Como los turcos vieron aquel cuerpo de guardia en aquella parte, no osaron pasar adelante, y los cristianos, no teniendo otra orden, se volvieron todos al fuerte, y al retirarse mataron al capitán Carlos de Haro y al alférez Nuncibay, porque la escaramuza fué muy trabada; y si este día, por lo que se vió, salieran 2.000 infantes, como los capitanes y soldados lo deseaban y decían públicamente, desbarataban todo el campo de los turcos, y así lo decían ellos mismos, y la jornada fuera acabada; pero D. Alvaro de Sande nunca quiso ni tuvo por bien de hacello, movido por ciertos respetos que á él le parescieron.

Hecha que fué esta facción, los capitanes y todos los soldados viejos de todas las naciones que allí se hallaron, deseaban cada día ir á combatir con los turcos, teniendo por cierta y segura la victoria con la ayuda de Dios, y todos pedían esta impresa; mas D. Alvaro no solamente no quiso otorgársela, mas los hizo retirar de tal suerte que jamás consintió en ninguna manera que se saliese fuera á escaramuzar con ellos. Hizo retirar á toda la guardia que tenía en el foso y metella dentro el fuerte, dejando guardia ordinaria de día y de noche en el dicho foso y en la gruta donde se sacaba alguna poca de agua, y de esto estaban muy desdeñados y con gran pesar todos, porque encomenzaban á pasarlo mal de sed y enfermaban muchos y se morían, y los heridos no podían ser bien curados, de manera que cada día venían á faltar y á ser menos, y los turcos se aumentaban y se acercaban más al fuerte con sus trincheras, mudando la artillería en más partes; y por hacer más daño dentro el fuerte, como cada hora se hacía, comenzaron á hacer ciertos garitones á modo de plataformas, tan altos como los caballeros del fuerte, y aun algo más levantados, donde ponían escopeteros que mataron muchas gentes dentro, porque descubrían á los que estaban en el fuerte hasta los pies, y estaban tan cerca que la artillería no les podía hacer daño.

Entonces los soldados, queriendo hacer por la parte dentro reparos para quitar estos garitones en la artillería, D. Alvaro les decía que los dejasen hacer, que él los quería que se acercasen más, y así no quiso dar orden de otro recaudo ninguno, tanto que los turcos, poco á poco, fueron ganando hasta dentro el foso donde estaba la gruta del agua salada, sobre la cual se hizo grande estrago de una parte y otra, hasta que se perdió del todo, porque de los traveses de los caballeros no podían defender nada el foso y los turcos podían estar seguros en él á su placer; y teniendo este aparejo y buena ocasión, comenzaron á cavar los bastiones á medio día sin estorbo ni embarazo ninguno, si no era algunas veces que arrojándoles fuegos artificiales quemaron muchos dellos y los hicieron apartar. En lo demás no recibían otra pesadumbre ni daño, porque estaban tan arrimados al fuerte, que si no era con gran desventaja de los cristianos, no se les podía hacer daño, y por esto no podían salir fuera á estorbarles que no cavasen, é ya desto no se daban mucho, deseando venir á las manos, y por esto tampoco reparaban las baterías[40], que eran de 70 ú 80 pasos y más, y tan llanas que podían entrar por ellas carros cargados. La una de ellas era dentro del caballero de Su Excelencia y la otra en el caballero del señor Andrea Gonzaga, y con todo esto los turcos aún no osaban dar el asalto.

Antes de noche se retiraban á sus trincheras y desamparaban el foso y las baterías, y de día muchas veces arremetían con gran furia y voces, tirando piedras y escopetazos, y muchos dellos llevaban picas de las que tomaron en las galeras de los cristianos, y se mostraban encima de la batería todos descubiertos, y asimismo los cristianos, y se combatían de manera que los turcos jamás podían pasar adelante ni ganar palmo de tierra, que siempre los hacían volver y retirarse con daño.

En esta sazón los cristianos comenzaban ya á pasallo tan mal en todas cosas y á padecer tanto, que no se puede decir ni creer, porque había mes y medio que no tenían agua, si no es dos cuartuchos y medio de ración al día á cada soldado, y otro tanto de agua á cada Capitán, y esta agua era repartida de esta manera: una parte de agua de la cisterna y otra agua salada y la tercera parte de la que se sacaba por alambiques y alquitaras, y así toda mezclada se daba por ración, como se ha dicho.

Este ingenio de sacar agua de la mar lambicada, lo hizo un siciliano, hombre de buen juicio y entendimiento, y era buena agua y delicada. A las mujeres que se hallaron allí, se les daba un cuartucho de ración, y á los mozos medio, y á muchos otros no les daban nada; y viéndose morir de sed muchos dellos, se huían al campo de los turcos, que fueron más de 700 personas, entre los cuales se iban también soldados de todas las naciones, y algunos dellos, que eran de confianza, que los ponían á la guardia fuera, en el foso, y también de dentro el fuerte se huyeron algunos dejando la guardia, y hobo otros que se echaban de noche por la muralla y se fueron á los turcos.

Viendo D. Alvaro este gran desorden, hizo echar bando que cualquiera que matase uno destos que se iban al campo de los turcos, le diesen seis escudos, y así mataron algunos, y así no se huían tantos, y acaeció alguna vez que yendo á matar á los que se iban huyendo desta manera, los que iban tras ellos con sus armas para matallos, se huían también y se pasaban á los turcos, y había muchos que deseaban esta ocasión para huirse; y como los turcos vieron que los cristianos mataban aquéllos que se pasaban á su campo, en saliendo alguno, venían prestamente á defenderle, y al que tomaban á la hora le vendían, y ningún día había que entre día y noche que así de las galeras como del fuerte no se huyesen de 25 hasta 30 hombres, y destos, porque los turcos tenían relación cada hora de lo que se hacía de dentro del fuerte y en las galeras, y habían de mar y tierra aviso de todo, y la causa porque se huían era porque no les bastaba el agua que les daban, y porque era salada y les ponía más sed, y eran forzados de escoger este partido de irse con gran peligro de su vida á beber del agua de la gruta, la cual asimismo era salada, mas tan fresca, que con todo eso bebían hasta hartarse; mas pocos de éstos escapaban, y tenían por menos mal éstos ser captivos, que verse morir sin tener otro remedio, y no había día que por falta del agua de los enfermos y heridos no muriesen 25 ó 30 personas, y vinieron á comer los asnos y los caballos de una compañía que allí quedó, de la cual era capitán Bernardo de Quirós, y asimismo comieron los camellos que habían tomado á los moros, y una gallina se vendía por siete escudos, y no se hallaba, para los enfermos y heridos, y un cuartucho de agua de la cisterna se vendía, vez había, por medio escudo ó uno de oro.

Algunos soldados, en lugar de alquitaras, lambicaban el agua en los morriones y la vendían escondidamente por aquello que querían, porque la orden del Sr. D. Alvaro era que no se pudiese vender más de dos reales el cuartucho: será esta medida poco menos de cuartillo y medio de azumbre de Castilla.

Las medicinas para los enfermos y heridos estaban asimismo estragadas y corrompidas, así por el calor que allí hacía, como por ser viejas y haber venido por mar, y aquéllas que se habían de hacer de nuevo el agua salada las estragaba, y la tela y el lienzo con que se curaban los heridos se lavaba con esta agua, y por esta causa se morían, por poca herida que tuviesen, que no escapaba de ciento, uno, y habiendo de hacer pan fresco de la harina que tenían, era necesario hacerlo con la misma agua salada, y asimismo para guisar cualquiera cosa, así en potaje como de otra manera, y por esto lo pasaban muy mal, aunque tenían provisión de legumbres y arroz.

Los turcos tenían aviso ya de lo que padecían, y así por apretallos más, á los 8 de junio, al alba, el Bajá había mandado poner en orden todos los esquifes del armada y algunas fragatas armadas y barquillas con esmeriles y mosquetes y banderetas, con 2.500 turcos, y así vinieron á la vuelta de las galeras, y Dragut envió por tierra otros 4.000 turcos y moros, porque en aquella sazón menguaba el agua, y así dieron el combate á las galeras por un gran rato, sin poder llegar á ellas, porque estaban muy bien proveídas de soldados franceses, italianos y españoles, los cuales las defendieron muy valientemente, y mataron é hirieron más de 400 turcos, entre los cuales fueron muertos más de 25 á 30 capitanes de galeras y arraezes, como ellos se quejaban y decían públicamente.

Este día se halló en las dichas galeras por cabeza de los italianos el capitán Fantón, siciliano, bien entendido y valiente soldado; de los franceses el coronel Masa, caballero de la Orden de San Juan; de algunos españoles, el sargento del Capitán Orejón; y así viendo los turcos que allende del daño que les hacían de las galeras, que del fuerte también habían echado á fondo algunos esquifes llenos de turcos, y que ya los esmeriles y arcabuces de la muralla los mataban por través, acordaron de retirarse con gran pérdida.

Estando este ruido y hervor de combate, pareció en el fuerte una paloma blanca con algunas pintas, la cual, entre tanto que pasó el dicho combate, andaba volando alrededor del fuerte; y como los cristianos hobieron la victoria, se fué, que no la vieron más después, ni primero la habían visto, si no es aquel día. Los soldados, habiendo tenido ésta por buena señal, alababan á Dios y decían que les enviaba el Espíritu Santo, que les había traído la victoria, como en efecto fué gran milagro, y luego D. Alvaro de Sande hizo decir una misa cantada del Espíritu Santo con Te Deum laudamus, y todos los capitanes y soldados cobraron gran esfuerzo y más que antes tenían, y en este propio día se entendió que el Bajá se quería ir dejando la empresa, y así lo hicieran si no por Dragut, el cual con grandes ruegos y haciendo grande instancia se ofrecía de fenecella, diciendo que sin combate por mar ni por tierra ni perder un hombre más le quería dar el fuerte en las manos, porque de nuevo había entendido por muy cierto que en el fuerte no había más agua, como era verdad.

Pasado que fué esto, D. Alvaro hizo poner fuego á tres galeras de las que había en el canal, y la guardia que estaba en ellas la hizo venir al fuerte, porque tenía bien menester della, estando seguro que las cuatro galeras no serían más acometidas, porque eran bastantes para guardarse y tener el paso de la mar para que las fragatas que viniesen de Sicilia y Malta pudiesen venir y tornar, y que las galeras y otros bajeles de los enemigos no se pudiesen acercar al fuerte ni dalles nenguna pesadumbre. Las dichas cuatro galeras que quedaron estaban bien proveídas de soldados.

En el fuerte, en tanto estrecho y extrema necesidad de agua, determinó á los 29 de julio de salir fuera con todos los capitanes y soldados que estaban para poder pelear, é ir con ellos á dar la batalla al campo de los turcos y desbaratallos ó quedar allí muertos todos. Eran muy pocos los cristianos, que entre todos los que se hallaron para poder tomar armas, no llegaban á 800 soldados, y todos flacos y maltratados y consumidos de la hambre y sed y mal que padecían; los demás estaban heridos y enfermos, que serían 1.500 escasamente, y así, dejando en las dos baterías y en toda la otra muralla hasta 200 soldados, con el resto, dos horas antes del día, D. Alvaro, sin haber dicho palabra á los Capitanes, que quería hacer tal efecto de salir fuera, ni menos habiendo antes de eso querido comunicar cosa alguna con nadie ni consentido que ninguno viniese á decille su parecer, haciendo todas las cosas de su cabeza, sin tratallas con algunos, bien que los Capitanes y soldados pláticos entendían que se podía hacer de otra manera mejor que se hacía, y le dejaban hacer por la autoridad que tenía, siendo Coronel de toda la infantería española y Lugarteniente de Su Excelencia, y así cada uno estaba callado, que no osaba hacer otra cosa, y también le valió mucho para esto el crédito que en lo pasado había tenido de buen soldado, según todos dicen.

Esta vez salió fuera con muy mala orden, que al parecer de buenos soldados, por el caballero de Su Excelencia, que estaba todo batido y abierto, y muy cercano á la trinchera de los turcos, y por el caballero del señor Andrea Gonzaga, que asimismo estaba deshecho y derribado, podía salir Don Alvaro, haciendo dos partes de toda la gente, y en la una ir él, y dar otra á algunos buenos y pláticos Capitanes, los cuales tomasen la vanguardia, y salir todos juntos de golpe y á un tiempo, con orden y concierto de venirse á encontrar en medio del camino, donde había plaza para quedar los que salían en retaguardia, en escuadrón, y marchar los demás, pasando á cuchillo á todos cuantos turcos topase en estrecho, é ir en escuadrón con buen concierto, siguiendo la victoria, que la tenían desta manera, con la ayuda de Dios, muy segura y cierta, y así sucedía muy mejor de lo que fué; pero D. Alvaro dentro, y creyendo que fuese muerto ó preso, estaban muy confusos y alborotados, y algunos capitanes y gentiles-hombres particulares, desampar[ando] sus cuarteles y la muralla, se metían dentro del castillo con determinación de curarse y abestionarse dentro, y hacer sus partidos y conciertos para salvarse, teniendo ya por perdido el fuerte, no acordándose de lo que eran obligados hacer por su honra ni la salvación de sus compañías ni de los otros soldados que habían dejado fuera al cuchillo de los enemigos.

En este medio llegó nueva que D. Alvaro enviaba á tomar vestidos para mudarse y á que llevasen los remos y vela que estaban dentro el castillo de una fragata que era venida de Mesina pocos días había, con intención de irse en siendo de noche; y como se entendió esto, los capitanes y soldados comenzaron á alborotarse y á no consentir que le llevasen la vela y remos, y entre los otros D. Guillén Barbarán, caballero sardo, dió de cuchilladas á aquéllos que los llevaban, é hízoselos dejar.

Viéndose todos en tales términos, que D. Alvaro había desamparado el fuerte, y con determinación, según se entendía, de no volver más á él, habiendo tanta falta de agua, que de lo demás tenían bastimento para muchos días, sabiendo que fuera, en el caballero de Gonzaga, se hallaba el capitán D. Juan de Castilla con su compañía, que ninguna otra cosa había quedado fuera del castillo, y tenía consigo las compañías del capitán Juan de Funes y del capitán Olivera y Ortiz, el cual había muerto un día antes, las cuales compañías estaban señaladas para la guardia del dicho caballero y batería, que todo estaba abierto y llano, y estas compañías con la mayor parte destos oficiales y todos los soldados se hallaban allí para su defensa, y no llegaban á 80 hombres; demás destos tenían orden de socorrellos cuando fuera menester, el capitán siciliano Jorge Siciliano y otro capitán milanés que se llamaba Juan Paulo, y era izquierdo; todos eran buenos capitanes y valientes, y se hallaron con el dicho capitán D. Juan de Castilla, entrambos con hasta 30 soldados de los suyos y un lugarteniente de alemanes de la guardia de D. Alvaro de Sande, con otros 30 soldados tudescos. También se hallaron allí algunos gentiles-hombres de la casa de Su Excelencia, los cuales asimismo tenían orden de acudir á este caballero cuando quiera que se tocara arma, y todos lo hicieron muy bien, entre los cuales se halló un gentil-hombre que se llamaba Beltrán, que era maestresala de Su Excelencia, y éste se señaló más que todos peleando hasta que el dicho caballero fué tomado, porque todos éstos que habemos dicho no sabían nada de cosa que se hacía dentro el fuerte, antes pensaban que todos estuviesen en sus postas y en los lugares que les habían señalado para que guardasen, y que los otros capitanes y gentiles-hombres particulares que faltaban era por otra causa y no por haberse huído y retirado al castillo.

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