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Estudios históricos del reinado de Felipe II

ANTONIO PÉREZ (continued 2)

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Bermúdez de Castro, dando crédito en esto, como en otras cosas, al interesado, consigna que el Conde de Miranda, Presidente del Consejo de Castilla, declaró explícitamente á Doña Juana Coello que sólo dejando el servicio del Rey de Francia podría abrigar esperanzas de acomodar satisfactoriamente los asuntos. Con este conocimiento fué Antonio Pérez á visitar al Embajador D. Baltasar de Zúñiga, quien no sólo aprobó los consejos del Conde, sino que informó al Peregrino de los despachos del Duque de Lerma, en los mismos términos concebidos[249].

Hay pruebas fehacientes de la inexactitud de tal relato: podrían muy bien, los que de veras se interesaban por la suerte del emigrado, hacerle indicación de no ser su proceder el más á propósito para alcanzar el olvido de los anteriores; porque ello es que al tiempo mismo en que solicitaba con empeño y amenaza lo que creía pertenecerle, pasaba por Consejero oficial del Rey de Francia; continuaba siendo confidente secreto del de Inglaterra, dando á los Embajadores Winwood y Parry avisos que ellos transmitían al Secretario de Estado Cecil[250], y seguía reuniendo en su casa el foco de la conspiración de los refugiados enemigos de España. Podría también ser cierto que las personas á quienes Antonio Perez demandaba recomendación alimentaran vagamente sus esperanzas, por no tener parte en el desengaño; todo cabe menos la idea de que hubiera persona que intencionadamente se propusiera agravar un estado que inspiraba conmiseración.

Bermúdez de Castro agrega que con la intervención del Condestable de Castilla, del Embajador de Venecia, del Cardenal Legado, se presentó á Enrique IV, exponiendo humildemente su situación y suplicándole que, alzando los juramentos, admitiese la renuncia de la pensión que gozaba. Oyóle con calma el Rey y preguntóle si había reflexionado maduramente; hízole mil ofertas para que no le dejase, y prometió pagarle el sueldo en secreto si juzgaba que argüía infamia el público socorro. Aunque con agradecimiento y respetuosa cortesía se mantuvo firme Antonio Pérez en su resolución, é irritado el Monarca del desaire, declaró al Embajador de España que el Ministro emigrado nada tenía ya que ver con su servicio[251].

M. Mignet no ha encontrado indicio que acredite este incidente más que los anteriores, ni en la Colección Birch se justifica tampoco: hay, como se verá, documentos que en una parte lo contradicen.

Para apartarse de París, donde se ponía en duda su lealtad y la sinceridad de sus deseos (continúa diciendo Bermúdez de Castro), pensó marcharse á Venecia, entendiéndose con el Nuncio y con el cambista Alejandro Teregli; pero renunció á este plan, porque se movieron tratos para que se presentase en San Juan de Luz á una entrevista con los comisionados del Santo Oficio. Deshecho también este proyecto, determinó retirarse á Inglaterra á esperar su suerte á la sombra de sus antiguos protectores[252].

Lo de Venecia es evidentemente fantasía de aquéllas que continuamente inventaba el autor de las Relaciones; no lo es menos el retiro pensado en Inglaterra. ¡Protectores allí! Después de la desgracia y suplicio del Conde de Essex, seguido de la muerte de Antonio Bacon, en 1601, no le quedaban más que enemigos. Así no pensaba en arrimo ni sombra que le cobijara en las islas, sino en puente que desde ellas le pasara á la corte de España. Con el Embajador Zúñiga y con el Condestable de Castilla, contaba á ciencia cierta que habían de encarecer el valor de su intervención en el tratado de paces, porque se le acordara siquiera domiciliarse en Flandes al lado del segundo; por el lado del Embajador de Inglaterra, Tomás Parry, se había provisto de cartas para Cecil.

Completamente equivocado el Sr. Bermúdez de Castro, acaba el episodio explicando que al despedirse Antonio Pérez de Enrique IV recibióle con suma frialdad, pues sospechaba que iba á Londres con misión secreta del Soberano español para concertar, de acuerdo con el Condestable de Castilla, la paz entre ambos reinos (!), que en vano le protestó Manuel Don Lope la verdad: no se desengañó hasta más tarde[253].

Enrique IV sabía positivamente ser la intención de su ex-Consejero insinuarse con el Rey Jacobo I, penetrar sus disposiciones y comunicarlas al Condestable D. Juan de Velasco, que podría sacar partido en beneficio de las negociaciones. Tan lo sabía, que lo advirtió anticipadamente en carta personal á su Embajador en Londres, Conde de Beaumont, escribiendo esta frase: «Cree hacerse el necesario y me parece que se equivoca[254];» y antes lo había advertido su Ministro de Estado M. de Villeroy diciendo: «Cuidado con Antonio Pérez, que nos ha informado de su marcha, no vaya á sorprender, como se promete, á los cortesanos y á las damas con las lisonjas y adulaciones de costumbre, y dé á entender con motivo de las paces que ha prestado servicio de tal naturaleza, que merece ser reintegrado en los bienes y honores que tuvo. No he visto jamás en hombre impudencia, vanidad y desenfado como los suyos... tened cuenta con todo lo que haga y diga, hasta en las menores cosas, porque da contento al Rey saberlo, y me encarga os lo recomiende[255].»

Los despachos atestiguan que el conocimiento de la persona era tan exacto como el de las intenciones. No menos le conocían en Inglaterra.

Antes de desembarcar en la isla, recibió carta del Conde de Devonshire haciéndole saber que el Rey no le acordaba licencia de entrar en sus Estados por tener de él muy mala opinión y merecer á lord Cecil odio y desprecio[256]. No había motivo para tenerse por lisonjeado; no se dió tampoco por entendido: con la atrevida inconsideración genial puso pie en tierra, avanzando hasta Canterbury, desde cuya ciudad escribió al Rey larga carta en latín, manifestando la extrañeza que le había causado recibir una orden inusitada en vez de los favores que se le habían hecho esperar. Invocaba la autoridad del Embajador Parry, que le había dado cartas, diciendo: «Por eso me dirijo á V. M. y apelo á su justicia, poniendo por delante su nombre y palabra para que se sirva examinar con prudencia, pesar y decidir si el punto á que han llegado las cosas, según la ley natural, conviene á la Majestad real y es debido á un extranjero no desconocido en el mundo y que se ha fiado en tal palabra. Si por otro lado puede servir mi persona de obstáculo en los negocios que actualmente se tratan, pues en tal caso, aunque yo no sea un Jonás que haga alborotar la mar y los otros elementos, me retiraré á cualquier rincón del reino bajo el favor y protección de V. M., que lo consentirá, para que las gentes no se admiren y quieran saber por qué sólo se niega á Antonio Pérez lo que á ningún desterrado ni á ningún fugitivo en un reino libre y poderoso[257].»

La epístola produjo en Jacobo paroxismo de cólera; mesándose la barba[258] tildó de animal á su Embajador en París[259] y reiteró la orden que Pérez tuvo que cumplir, volviendo corrido al continente á saber que sin su agencia ni concurso se había firmado el tratado de paz en Londres en agosto de aquel año, 1604.

«Los ingleses nos han devuelto algo incivilmente á Antonio Pérez, escribía Villeroy al Conde de Beaumont. Ahora pide al Rey, de limosna, la pensión de 12.000 libras que le daba S. M. antes de marchar; pero le conocemos y estimamos en lo que merece, como ahí y acaso más. Viene contando que Cecil le ha jugado esta pasada, de acuerdo con el Embajador de España, por la amistad que tuvo con el Conde de Essex: lo cierto es que la adversidad no le ha enseñado á ser más cauto y prudente que el auje[260].»

No perdió momento Pérez, como Villeroy refiere, en el ensayo de reconquistar el terreno perdido en Francia; por intermisión del Condestable y embajada de Manuel Don Lope quiso justificar el viaje por aventura arriesgada de necesidad, de la que volvía postrado con gran calentura. Empezaba por pedir al Rey, con la disculpa, mandara le admitieran en el Convento de San Denis, para que si muriese tuviera cerca la sepultura, y por final ponía: «Con esta prueba, Syre, que he hecho por mi mujer é hijos, habré cumplido con ellos y con estas obligaciones generales y cristianas; y si á poco más que les daré de término, que no pasarán de dos ó tres meses, para ver si me los quieren dar, con que habré cumplido con todo, yo me resolveré á morir siervo de V. M. en sus reinos, sin dejarme engañar más[261].»

Manuel Don Lope estaba encargado de encaminar la insinuación á favor de memorandum trazado por la pluma del hábil intrigante, sin olvidar la amenaza de buscar otro amo, testimonio de la penetración de Villeroy[262].

Sin perjuicio de estas diligencias, cumplía realmente el Sr. Antonio la indicación puesta en la carta á Enrique IV de intentar otra prueba en España, que sería la última. Comunicado el proyecto con D. Juan de Velasco, ofrecía formalmente al Embajador de España servir de espía, utilizando las relaciones que tenía en Francia, y comunicar los secretos de la política de esta nación, estableciendo, por más seguridad, su residencia en Besançon ó en Constanza, siempre que se le dieran 150 escudos al mes. D. Baltasar de Zúñiga se procuró informaciones, tuvo varias conferencias con el pretendiente y hubo de dar curso á la proposición, remitiéndola, con despacho suyo, al Duque de Lerma, que la puso en trámite secreto del Consejo de Estado.

En tanto, no parece que logró Pérez la celda gratuita en San Dionisio[263] ni en otro Convento de Bernardos[264], volviendo á París al barrio de San Lázaro[265], vendidos los coches y mobiliario para subsistir. Pudiera dar lo mismo por perdida la ilusión de pasar los Pirineos á tener conocimiento de lo que en la corte de España ocurría. En despacho al Embajador D. Baltasar de Zúñiga, de Valladolid á 10 de junio de 1604, decía el Rey Don Felipe:

«Cuanto á lo que os dijo el Rey por Manuel Don Lope, será acertado que pase en disimulación, pues la calidad de su delito no permite otra cosa, y así daréis allá la salida que mejor os pareciere[266].»

Es decir, que Enrique IV mostraba por un emigrado de la causa de Antonio Pérez un interés que no era ya extensivo á éste, y que considerado sin remisión el delito del subalterno, necesariamente se había de tener en España igual, si no mayor rigor, con el jefe. De lo primero es confirmación el proyecto de tratado definitivo de paz entregado en 31 de agosto del propio año á M. Emery de Barrault, nuevo Embajador de Francia en España, sin mención de Antonio Pérez[267]; de lo otro no deja duda la plática que entre el otro Embajador, La Rochepot y el Duque de Lerma, se verificó el mismo mes de agosto. Quejándose el de Lerma de muchas cosas pasadas después de la paz de Vervins, en perjuicio de los juramentos solemnes de conservarla, y enumerándolas, dijo: «Que Antonio Pérez y otros españoles y portugueses se acogieron de muy poco acá á Francia, y que tal manera de vivir cría muy gran desconfianza entre los dos Reyes é impide una verdadera reconciliación tal cual está deseada.»

Contestó el Embajador «que Antonio Pérez y los demás acogidos á Francia, á todos es muy manifiesto que eso fué en tiempo de la guerra y no después de la paz hecha[268].»

Pero un documento de mayor importancia, que no conocieron Bermúdez de Castro ni Mignet, explica con mayor claridad por qué el Duque de Lerma entretenía indefinidamente la solución tan esperada. La sección secreta del Consejo de Estado había informado al Rey en estos términos:

«Señor: En la Junta de dos se vió una carta del Condestable de Castilla para el Duque de Lerma, de 25 de julio, y la copia de un capítulo de carta de D. Baltasar de Zúñiga para el Condestable, y en las dos hablan de Antonio Pérez; y la substancia es que á Antonio Pérez se le dé algún dinero por mano del Embajador, y que salga de allí y vaya á residir á alguna parte neutral, donde dicen que podrá ser de provecho para las materias de Francia cuando estuvieren en estado de poder negociar en él las cosas de substancia, como si aquel Rey faltase, porque tiene particular noticia de las cosas de çuiços y es estrecho amigo de venecianos y ingleses, digo, de sus Embajadores, y del Condestable de Francia y del Duque de Suessons [así], y que en Bisanson ó en Constancia se le podrían dar 100 ó 150 escudos al mes por vía de la Embajada de Francia; y la conveniencia de sacarle de Francia es por quitar que portugueses, aragoneses y otros foragidos no acudan á él, sobre lo cual se votó como se sigue.

»El Comendador mayor, que Antonio Pérez ha sido y es el que se sabe, y de ninguna prudencia y consejo, y que muchas veces se ha maravillado de que, tras tantos trabajos y en su edad, no se haya retirado á un rincón á hacer penitencia de sus pecados, y que agora que se halla desvalido y desfavorescido y desautorizado en Francia, mueve nuevas pláticas, y por ventura fingidas, para engañar y poder deservir mejor, como lo ha hecho siempre y se puede creer del acto que hizo de despedirse de aquel Rey, y en ese color quiso ir á Ingalaterra, donde no tenía que hacer; y pues no iba por cuenta y orden de V. M., se ha de creer que iba por la del Rey de Francia, como se verifica, pues cuando el de Ingalaterra no le dió entrada, se volvió á París y allí fué recibido; y habiéndole dejado de admitir en su reino el de Ingalaterra, por tener respecto á V. M., le podría dar mucho que pensar si agora le viese amparado de V. M., cuanto más que el quererle guardar para cosas de Francia para adelante, se dice como si Antonio Pérez no tuviese más años que el Rey de Francia, y por lo menos confiesan las cartas que de presente no es de ningún fruto, y en lo de adelante es muy dudoso todo lo que dél se puede esperar, aun cuando de su fidelidad se pudiera tener certeza, y lo que se debe tener está bien entendido; y entretenerle en çuiços de ninguna manera convendría, pues se ha negociado con ellos cuanto se ha deseado, y podría ser que allí hiciese, por lo menos, oficios por todos, y revolviese lo que está bien asentado. Y yo no hallo que en Francia pueda ser de daño, ni en ninguna parte de provecho para el servicio de Dios ni de V. M., y que de los daños que hiciese en otras partes no habría disculpa, pues no hay razón para prometerse dél mejores cosas que las pasadas. Y que cuando se hubiese de hacer algo por él, sería entretenerle en alguna isla remota, no para que haga algo, sino para que se salve, y aun dará cuidado que allí no haga daño.

»El Conde de Miranda, que él ha sido el que ha hecho más oficios con V. M. por la mujer y hijos de este hombre, para que V. M., apiadándose de la grandeza de su necesidad, les hiciese la merced que les ha hecho; pero que por el hombre no puede interceder, siendo el que ha sido y el que es, y que si estuviera en un calabozo, por ventura se doliera dél; y que lo que conviene para el ejemplo público y para todo, es que, si puede ser habido, se castigue como obligan las leyes divinas y humanas, pues ha sido infiel á Dios y á su Rey y Señor natural; y que aun cuando entregara á V. M. dos ó tres fuerzas, no sabe si viniera en lo que se propone, y tanto menos estando agora actualmente ofendiendo á ambas Majestades; y que él se ve reducido á términos que ya el de Francia ni nadie se fía dél, y que tanto más sería de mal ejemplo y consecuencia que V. M. se sirviese ni fiase dél; y que aunque en los Reyes no ha de haber rencor, han de ser constantes y firmes en favor de la justicia, y que así en lo que se ha de poner la mira es en procurar de haberle á las manos, porque la misericordia de los Reyes no ha de ser para tan malos y perversos hombres; y que no es menos necesario que los Ministros entiendan que si cayeren en semejantes delitos, no ha de haber misericordia para ellos; y que á la mujer y hijos podrá V. M. hacerles la merced y bien que fuere servido.

»El Comendador mayor de León añadió que D. Juan de Luna, castellano de Milán, por un disgusto se fué á París, y que, aunque no hizo ningún otro deservicio, se exceptuó en cédula aparte en las paces del año de 59, sin que S. M., que haya gloria, se dejase vencer por ninguna consideración.—V. M. mandará lo que sea servido. En Valladolid á 30 de agosto de 1604.—Rúbrica[269].»

En Inglaterra, en Francia, en España, el juicio y la opinión de Antonio Pérez eran, como se ve, de paridad nada envidiable: si el Gobierno, en la última de estas naciones, en la patria del desdichado, dejaba sin respuesta las súplicas; si las personas á quienes particularmente pedía recomendación en su favor el proscripto ocultaban la verdad y alimentaban vagamente la esperanza, á piadoso engaño, no á cruel animosidad, obedecían.

VI.

En Francia se iban cerrando una tras otra las puertas que el español suntuoso atravesaba al concurrir á los saraos y festines de los cortesanos parisienses, imitadores de su Rey; el comensal picante, el que un día por gala se decía Antonio Pérez, mendigo en Francia[270], veía con espanto la horrible faz de la miseria, sin encontrar reparo que le escudara; sordo el monarca á las súplicas, pretendía llegaran á los personajes influyentes con agasajos de aquellas industrias españolas de estimación galante. Se dedicó al adobo de pieles en ámbar con que hacer guantes[271], á la preparación de perfumes y aun de mondadientes, lisonjeando la vanidad incurable con ejemplos de mayor desventura. «Dionisio el tirano, habiendo perdido su reino, dió en ser maestro de escuela por pasar la pérdida mejor con oficio en algo semejante de mandar y castigar; él daba en maestro de plumas por conservar los dientes para morder como herido[272].

Había topado en sus destilaciones una agua de olor de la religión de los ángeles. Entreteníase en esto por no destilar el juicio, por sustentar el cuerpo...[273]; prevenía polvos, secreto de los que más valen agora con las damas...[274].»

La necesidad le llevaba á melancolizar filosóficamente en el solitario albergue, señalando sus cartas, cual piedras miliarias, las etapas del camino de la amargura. La envidia[275]; el corazón del hombre[276]; la poca seguridad de los amigos[277]; el olvido[278]; la instabilidad de la fortuna[279]; la soledad; la soledad, sobre todo, afligía al hombre que con el bullicio y el enredo se alimentaba[280]. Con todo, como «la nación española dentro de un asedio es la más paciente de todas, que en esta opinión es tenida y los testimonios de historias lo confirman, no había que pensar que á él le tomaran por hambre en el asedio de la soledad[281].»

Por la pensión del Rey de Francia acudió al Consejo de Estado[282] y al Parlamento[283] sin resultado; por el perdón del de España visitaba á cuantos caballeros de viso pasaban por París: al P. Antonio Crespo[284]; al P. Rengifo, de la Compañía de Jesús, confesor del Duque de Feria[285]; á otros cuyos nombres calla[286], distribuyéndoles generosamente ejemplares de sus obras y espantándose de que las censuraran[287]. Le asombraba que entre españoles no se leyera con calma, por ejemplo, la felicitación á Enrique IV por la victoria de Amiens, victoria ganada á los españoles[288], mientras no recibió el doloroso correctivo de la siguiente epístola:

«Señor: V. md. debió de saber con cuánta lástima llegamos á este reino de los trabajos que v. md. padesce fuera del nuestro; pero ha querido quitárnosla con que veamos sus libros, que en ellos no cabe, y así se los volvemos á v. md., á quien guarde Dios.—De la Posada, hoy martes.—El Marqués de Cerralvo.—El Marqués de Tavara[289].»

El primero de los firmantes escribió en una hoja blanca de las Relaciones:

«Caminando en la lectura de este libro de v. md. con la indignación que podía criar en un pecho leal y en una vena de mi sangre la descompostura con que v. md. habla de las acciones de su Príncipe (y tal Príncipe), he llegado hasta aquí, donde he hallado el discurso de esta autoridad con que v. md. le remata, pues habiéndole escogido el que escribe el libro para fin de él, parece que disculpa todo lo escrito, y en fe de que es última voluntad merece que le pasemos por descargo de conciencia y medio para perdón[290].»

Acusaban todos á las libertades de la pluma sin decirle nada nuevo, que «la experiencia le tenía enseñado que hiere más que la espada[291]:» ¿no podrían con la pluma cauterizarse las heridas? Á la prueba se puso escribiendo rápidamente un libro de la ciencia de gobierno, enderezado al Duque de Lerma, con el título de Norte de Príncipes, Virreis, Presidentes, Consejeros, Gobernadores y advertimientos políticos sobre lo público y particular de una Monarquía, importantísimos á los tales, fundados en materia y razón de Estado y Gobierno.

Hubo quien colgó al triste escritor la paternidad del Elogio de Felipe II, por ser obra maligna; también ha habido quien se la niegue del Norte, por tener mucho bueno. El error viene de otro libro muy semejante que apareció más tarde bajo cubierta de El conocimiento de las naciones, que Antonio Pérez, Secretario de Estado de la Majestad de Felipe II, escribió desde su prisión al Rey Felipe III después de haber heredado, año de 1598.

Se supo que este segundo libro había sido redactado por Baltasar Álamos de Barrientos, demostrándolo D. J. M. Guardia al darlo á luz con el título de Antonio Pérez.—L'art de gouverner. Discours adressé a Philippe III (1598), publié pour la première fois en espagnol et en frances, etc., par J. M. Guardia: París, 1867, en 8.º; y como M. Morel Fatio encontrara en la Biblioteca Nacional de París manuscritos de ambas producciones cuando formaba el catálogo de los españoles, á continuación del membrete de la primera, ó sea el Norte de Príncipes, escribió[292]:

«Este tratado, que, según ha demostrado M. J. M. Guardia, es debido á Baltasar Álamos de Barrientos, se ha publicado con la siguiente portada: Norte de Príncipes, Virreyes, Presidentes y Gobernadores, y advertencias políticas según lo público y particular de una Monarquía, importantísimas á los tales, fundadas en materia y razón de Estado y Gobierno. Escritas por Antonio Pérez, Secretario de Estado que fué del Rey Católico D. Felipe, segundo de este nombre, para el uso del Duque de Lerma, gran privado del Señor Rey D. Felipe III: Madrid, 1778, en 8.º»

La equivocación no es extraña, porque son las dos obras muy semejantes: podría decirse que, en opiniones, en sentencias, en conceptos completos, son iguales, lo que se explica con poco favor de Barrientos, emigrado, dependiente y amigo de Antonio Pérez, y que probablemente tuvo á la vista el Norte de Príncipes al escribir El conocimiento de las naciones: así la justicia retributiva demanda que se reconozca á Antonio Pérez, no sólo la redacción del primero, sino también el espíritu, orden y forma del otro.

Respecto del primero, si no quedara en muchas cartas prueba de autenticidad, la diera el estilo, que, bien decía el autor, no se confunde con otro. Véase cómo empieza[293]:

«Yo, como vasallo desta corona y criado de V. E., en la voluntad al menos, para merecer serlo en la obra, deseo dar alguna muestra de mi servicio con que no parezca inútil del todo, y ésta que comienzo me anima á seguridad que llevo de no perder, por el ánimo grande de V. E., y porque, según la opinión con que indignamente me persigue el mundo, alabándome con exceso, quizá injustamente, pero para daño mío, que es fortuna de desgraciados y alabanza propia de enemigos, y tiros inexcusables los que se le hacen desta suerte, por mucho que me levante y suba con mi discurso, no poderé ya caer en más abismo de miseria del en que me hallo, pues aun lo bueno veo que me daña, que de lo malo no es justo esperar provecho, y más, señor, que ha llegado á término que no hay fruto mío, aunque parezca bueno, de que no tema que haya quien saque veneno contra mí. La culpa entonces será suya, siendo obra de malos médicos; pero ¿qué aprovecha si yo llevo la pena della con el estado en que me hallo?»

La obra ha sido juzgada sin pasión[294], hallando que encierra doctrinas útiles, morales, previsoras, algunas de las cuales se adelantan á la época[295]; nada había que añadir sobre el particular en la presente ligera exposición de hechos, si algunos de los consejos al privado de Felipe III no estuvieran encarnados en la conducta del que lo había sido de Felipe II.

El primero, el que encabeza la parte destinada á la enseñanza política, dice:

«El Príncipe que fuere señor de la mar, será monarca y dueño de la tierra.»

Su amo no quiso estimar el aforismo; en Inglaterra asentó sus fundamentos Antonio Pérez; quiso hacerlo igualmente en Francia, sin hacerse oir de Enrique IV, y al recomendarlo por cuarta vez para su patria, razonaba: «Porque Francia no tiene imperio en el mar, es poco de temer, mayormente con la inconstancia y desasosiego de sus naturales. Por este medio únicamente se puede refrenar á Inglaterra y á las provincias rebeldes.»

La idea falsa de los tesoros de las Indias, censura con la notable frase: «Las riquezas, el oro y la plata de las Indias trajeron consigo este mal, para que podamos llorar, y con razón, si esto que llamamos merced fuese castigo del cielo.»

Por distinto concepto se fija la atención en otra sentencia que le sugiere el lujo: «Más quieren las mujeres parecer y ser malas, que no pobres.»

¡Las mujeres! Pues ¿y los hombres? ¿Y el autor? ¿No ofrece él mismo materia para dudar de la sinceridad de las declamaciones, entendiendo que, sitiado por hambre, no estaba todavía rendido?

Su tenaz fortaleza requería aún la multiplicación de trincheras y baterías que le pusieron la senectud, los achaques, la indigencia, los dolores del alma, como el de la muerte de su hija Gregoria, pobre inocente.

En 1606, cuando marchó con licencia el Embajador D. Baltasar de Zúñiga, pidióle con lágrimas que hablara en su favor al Rey, y así hubo de prometérselo por continuación de las gestiones anteriores, dejando en su sér las esperanzas que, un año más tarde, pintaba esta carta al Condestable de Francia:

«De mí no sé nada, sino que de cualquier manera, con la llegada de D. Baltasar de Zúñiga, ó vuelta por mejor decir, espero alguna resolución, y por lo menos desengaño, que éste es el término que he puesto á este encanto, como lo escribí ayer al Rey Cristianísimo, con que me echaré á vivir y morir sin más padescer los tormentos de esperanzas humanas, que aunque las conozco y sus engaños, he tenido por obligación hacer esta última prueba, porque vea el mundo que no quedó por bizarría ni falta de todas justificaciones en cuanto á mí ha sido. Y con esto entregaré á Dios el juicio último[296].»

La última prueba del náufrago acompaña al último suspiro. D. Baltasar volvió sin resolución ni desengaño, y en la ausencia había pasado el suplicante de la estrechez á la miseria por más y más humildes habitaciones en la calle del Temple y faubourg Saint-Victor[297]. En 1608 se mudó á la calle de la Cerisaie, cerca del Arsenal y de la iglesia de San Pablo; á ésta iba frecuentemente á demandar á Dios el consuelo que los hombres le negaban[298], y en el tiempo que los achaques y las oraciones no exigían, entretenía el espíritu ejercitando la pluma siempre activa.

«Los papeles eran sus compañeros y entretenimiento ordinario: íbalos recogiendo para dar una parte de los negocios grandes que habían pasado por sus manos y por las de su padre...[299]. Se empleaba en revolver sus historias y borradores... ¡qué bocados le traía al oído la soledad![300].»

Momento pasajero de alegría tuvo al estrechar en los brazos á sus hijos Gonzalo y Rafael, autorizados á visitarle. ¿Qué más? El Duque de Lerma le enviaba testimonio de reconocimiento por el Norte de Príncipes que le había dedicado... y esperanzas, que corroboraba el nuevo Embajador D. Pedro de Toledo. Decíanle que el Rey se encontraba animado de las mejores disposiciones, que las de su valido eran conocidas; mas que no podía exponerlas á choque con la Inquisición.

Confortado un tanto el ánimo con esto; asegurado del Embajador, que quiso repasar y añadir de su mano alguna frase en la minuta, firmó á 9 de agosto de 1608 nueva carta al Duque:

«Apiádese V. E., yo le suplico muy humildemente, de mí y de los míos, que si idolatré no lo hice sino necesitado y importunado grandemente deste Rey, engañado él de mi poco valor y de su mucha piedad. Buena prueba he dado con la obediencia con que dejé todo en mandándomelo, metiéndome en mil peligros y aventuras con mucha incomodidad y pobreza mía, no por el premio que podía esperar de tal Rey, sino por la satisfacción de mi ánimo de haber cumplido con mi obligación, como lo he declarado á D. Pedro de Toledo para que con brevedad procure el remedio, porque no viva más tiempo suspenso en este estado, miserable mucho y peligroso más, como él lo articularizará y calificará con las particularidades y verdades que á la boca le he referido. Pero, señor, como ningunos trabajos me pueden quitar el deseo de morir vasallo de quien lo nací, paresce razonable que tal Rey, como yo lo espero, lo permita, y que resista S. M. y V. E. á los que pretendieren impedir que á este cuerpo, que ya está hecho tierra como sin alma, le recoja su naturaleza para acabar sus días... Ha permitido V. E. que mis hijos puedan haber visto el estado miserable en que estoy; yo le suplico permita que la que los parió no cierre los ojos, pues por los años que há que lloran merescen á lo menos que vean esto[301].»

Rafael Pérez fué portador de esta carta[302] porque fuera mejor recibida; Gonzalo continuó algún tiempo más al lado de su padre, haciendo las diligencias que ya no podía el septuagenario intentar por sí mismo; diligencias penosas de que da idea esta otra carta dirigida al Condestable de Francia:

«Yo he enviado hoy á mi hijo á hablar á Mos de Villarroel, y hale respondido con mucho favor y gracia, que esta mañana habló al Rey y que le respondió que era necesario que V. E. y él se hallasen con S. M. juntos para resolver esto... Resta, señor, agora que V. E. acabe de sus manos con Mos de Villarroel este milagro, que mi corta ventura es tal, que milagro es menester para resolución que haya de ser en mi favor. Y porque yo creo que mi hijo no debe de haberse dado á entender á V. E. con la vergüenza que ha conoscido en mí de llegar á tal atrevimiento como á pedir pan á V. E. sobre tanto favor y favores como le debo, suplico á V. E. que me socorra con alguna limosna de su liberalidad y piedad natural, para esperar esta resolución de S. M.[303].»

M. Morel Fatio ha encontrado declaración por la que consta, con fecha 31 de diciembre de 1609, haber recibido Antonio Pérez del Tesorero del Rey la cantidad de 3.600 libras por la pensión que S. M. le acordaba en el presente año[304]. En vista del documento, piensa el mismo Sr. Morel Fatio que se engañó M. Mignet al afirmar que la pensión no fué devuelta[305]; pero habiendo sido necesario un milagro para conseguir este socorro que pronto liquidarían los acreedores, no parece que el engañado fuera M. Mignet. Si la pensión corriera, no hubiera escrito Pérez al Embajador D. Pedro de Toledo, á poco:

«Estoy en el extremo último con haber ya agotado á mis amigos que me socorrían y con no saber dónde hallar el pan de mañana[306].»

Bermúdez de Castro formuló suposición, también errónea, al referir ocurrencias posteriores. «Sea que no le descubriese, como esperaba (dice) secretos de la corte francesa; sea que tuviera malas noticias de su lealtad, la buena disposición de D. Pedro de Toledo por Antonio Pérez cesó repentinamente; llególe casi á echar de su casa, rogándole en seco tono que no le importunase con sus súplicas, y al presentarse otro día D. Gonzalo con un billete de su padre, delante del Embajador de Austria se lo devolvió sin abrirlo[307].»

Pues que D. Pedro de Toledo seguía diciéndole que no dependía de la voluntad del Rey ni de la de su Ministro una gracia opuesta á las atribuciones del Santo Oficio[308], sabiendo bien á qué atenerse, evidentemente esquivaba la ocasión de destruir las ilusiones del pobre anciano, restringidas al único pensamiento de dejar los huesos en tierra española. Con toda probabilidad, la insistente recomendación del Embajador cuando marchó llevándola Gonzalo Pérez le valdría reprimenda; prefirió, sin embargo, á comunicarla, cerrar la puerta á la importunidad del ruego: procedió piadosamente.

Corría el año de 1610 cuando mano alevosa cortó el hilo de la vida de Enrique IV, aunque tibio, protector todavía del proscripto; y como produjera la ocurrencia embajada extraordinaria de España confiada al Duque de Feria, acudió ansioso buscando la nueva que esperaba. El Duque no había recibido órdenes que le concernieran[309].

Quedaba todavía un recurso, el último: el Tribunal de la Inquisición. Gonzalo Pérez emprendió viaje á Roma con recomendaciones del Nuncio para interesar al Papa; Antonio escribió á Fr. Francisco de Sosa, General de la Orden de religiosos observantes, Obispo de Canarias y Consejero del Santo Oficio, para que le alcanzara salvoconducto con que presentarse voluntariamente en las cárceles del Tribunal á la defensa de su causa, y con su aquiescencia dirigió memorial al Consejo en 22 de septiembre de 1611. Por entonces ni aun á la iglesia le consentían ir los achaques; pasaba el día rezando en el oratorio instalado en su casa con licencia del Pontífice, que le había acordado además absolución de las censuras en que pudiera haber incurrido en sus relaciones con heréticos[310]. Antes de llegar la contestación de la instancia cayó gravemente enfermo, y sintiéndose á las puertas de la muerte dictó á Gil de Mesa esta declaración[311]:

«Por el paso en que estoy, y por la cuenta que voy á dar á Dios, declaro y juro que he vivido siempre y muero como fiel y católico cristiano, y de esto hago á Dios testigo. Y confieso á mi Rey y señor natural, y á todas las coronas y reinos que posee, que jamás fuí sino fiel servidor y vasallo suyo; de lo cual podrán ser buenos testigos el señor Condestable de Castilla y su sobrino el Sr. D. Baltasar de Zúñiga, que me lo oyeron decir diversas veces en los discursos largos que tuvieron conmigo, y los ofrecimientos que muchas é infinitas veces hice de retirarme á donde me mandase mi Rey á vivir y morir como fiel y leal vasallo. Y ahora últimamente, por mano del propio Gil de Mesa y de otro mi confidente, he escrito cartas al Supremo Consejo de la Inquisición, y al ilustrísimo Cardenal de Toledo, Inquisidor general, al señor Obispo de Canarias, ofreciéndoles que me presentaría al dicho Santo Oficio para justificarme de la acusación que en él me había sido puesta; y para esto les pedí salvoconducto, y que me presentaría donde me fuese mandado y señalado, como el dicho señor Obispo podrá atestiguar. Y por ser ésta la verdad, digo que si muero en este reino y amparo desta corona, ha sido á más no poder, y por la necesidad en que me ha puesto la violencia de mis trabajos, asegurando al mundo toda esta verdad, y suplicando á mi Rey y señor natural que con su gran clemencia y piedad se acuerde de los servicios hechos por mi padre á la Majestad del suyo y á la de su abuelo, para que por ellos merezcan mi mujer é hijos, huérfanos y desamparados, que se les haga alguna merced, y que éstos, afligidos y miserables, no pierdan, por haber acabado su padre en reinos extraños, la gracia y favor que merecen por fieles y leales vasallos, á los cuales mando que vivan y mueran en la ley de tales. Y sin poder decir más, lo firmo de mi mano y nombre en París á 3 de noviembre de 1611.»

Pocas horas después, auxiliado por Fray Andrés Garín, de la Orden de Santo Domingo, espiró[312], cerrándole los ojos los fidelísimos amigos Gil de Mesa y Manuel Don Lope, que acompañaron el cuerpo, seguidos de algunos mendigos con hachas, hasta la iglesia del Convento de los Celestinos, donde fué sepultado. En toda probabilidad, ellos pondrían el epitafio que subsistió hasta el derribo del edificio, á fines del siglo pasado[313]:

Hic jacet illustrissimus D. Antonius Perez, olim Philippo II, hispaniarum regi, a secretioribus consiliis, cujus odium male auspicatum effugiens, ad Henricum IV, galliarum regem, invictissimum se contulit, ejusque beneficentiam expertus est, demum parisiis diem clausit extremum anno salutis MDCXI.

No consignaron que contaba setenta y dos de edad.

M. Birch[314] transmitió el rumor de la época de haber ido á poder del Ministro Villeroy los papeles del Peregrino, y de haber sido quemados por consideración á España. Llorente dió noticia de algunos documentos existentes en el Tribunal de la Inquisición con motivo de la demanda que en rehabilitación de su memoria presentaron en 21 de febrero de 1612 los seis hijos de Antonio Pérez. Estos documentos eran[315]:

1. Certificado de la Facultad de Teología de la Sorbona, expedido por su Secretario en 3 de septiembre de 1603, atestando la pureza de la doctrina católica de Antonio Pérez.

2. Breve de Su Santidad de 26 de junio de 1607, dado á ruego de Antonio Pérez, absolviéndole ad cautelam de las censuras en que hubiera podido incurrir por el comercio que había tenido con heréticos, aunque no hubiera dejado de ser católico.

3. Testamento de Antonio Pérez, otorgado en París el 29 de octubre de 1611, haciendo profesión de fe católica, mandando se enterrara su cuerpo en la iglesia del Convento de los Celestinos, y que se celebraran misas por el reposo de su alma.

4. Información hecha en París á principios de febrero de 1612 ante el Auditor de la Nunciatura eclesiástica, á petición de Gil de Mesa, español, Gentilhombre de la casa del Rey de Francia, y su Chambelán, compatriota, amigo, pariente y ejecutor testamentario de Antonio Pérez, en que declararon el Vicario de la parroquia de San Pablo; otro clérigo; Fr. Andrés Garín, religioso de la Orden de Santo Domingo; Manuel Don Lope, noble de Zaragoza; Alejandro Toregli, banquero de París, natural de Luca, y otros testigos.

Todos dan fe de que, de tiempo atrás, Pérez hacía en París vida no sólo católica, sino ejemplar, frecuentando los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía en su parroquia de San Pablo y en las iglesias de los Celestinos y de Santo Domingo. Que tres años antes de morir, por no permitirle la debilidad de las piernas asistir al templo, instaló oratorio en su casa de la calle de la Cerisaye, obtenida autorización para ello, para oir misa y recibir los Sacramentos. Que en la última enfermedad se confesó y recibió absolución de Fr. Andrés Garín, uno de los testigos, el cual no se apartó de la casa en aquellos días; le administró el Viático con permiso del cura de la parroquia; asistió á la Extremaunción, y le ayudó á morir, formando convencimiento de haber finado santamente en el Señor por la piedad y devoción.

Otros tres testigos dijeron haberle oído muchas veces manifestar deseos de regresar á España con el fin de acreditar la pureza de sus creencias, y que durante la enfermedad se afligía de no haber podido realizar el propósito y desvanecer la nota de infamia que pesaría sobre su mujer é hijos, manifestando, sin embargo, que esta desgracia no le impediría morir buen católico, como siempre lo había sido.

Manuel Don Lope declaró por sí haberle oído frecuentemente sorprenderse de que los protestantes, estando tan versados en la Santa Escritura, predicaran errores que la palabra de Dios destruía, lo que le hacía pensar que los enseñaban no creyéndolos. El testigo recordaba también que, hablando con el difunto de diferentes cosas, le había dicho que muchas personas eran de parecer que él, Antonio Pérez, debiera haber aceptado la pensión de doce mil libras que el Rey Enrique IV quería otorgarle en consideración á su edad, enfermedades y falta de medios de subsistencia, y que Pérez había respondido que no se arrepentía, así faltaran á la palabra que le dieron, antes, por el contrario, que si todavía le hicieran la misma proposición segunda vez, la rehusaría con objeto de probar la verdad con que tantas veces había hecho manifestación de fidelidad al Rey de España, su soberano, y con la esperanza de que con tal proceder alcanzaría su gracia. Que en medio del infortunio había tenido al menos el consuelo de advertir que el ilustre Condestable de Castilla, D. Baltasar de Zúñiga, Embajador de España en Francia, y Ángelo Badoer, Nuncio de Venecia, no habían olvidado la manera de conducirse con ellos en este delicado asunto. Por último, que con las manos juntas se confiaba en Dios todopoderoso y en la gracia de su soberano.

5. Cartas auténticas de Monseñor Roberto, Obispo y Nuncio de Su Santidad en París, fecha 6 de febrero de 1612, acreditando que conoció bien á Antonio Pérez y le acordó permiso para tener oratorio en su casa, teniendo certeza de haberse servido de él hasta la última enfermedad. Dice poder dar testimonio de los sentimientos piadosos, de devoción y de amor á la religión católica en que murió, así como de que le oyó lamentarse muchas veces de no tener salvoconducto del Rey Católico para entrar en España sin peligro y presentarse ante el Santo Oficio, objeto constante de sus votos.

6. Declaración hecha á la hora de la muerte, escrita al dictado por Gil de Mesa y firmada de su mano. (La que antes se inserta.)

Otra declaración contenida en escrito inédito, lleva más allá de este mundo las noticias del ex-Secretario. Dice así[316]:

«En la Historia de la vida, virtudes y milagros de la Benerable Madre Ana de San Bartolomé, conpañera yseparable de la Santa Madre Theresa de Jhs., Propagadora insigne de la reformacion de las Carmelitas descalzas y Priora del Monasterio de Amberes, dedicada á la Serenísima Señora Doña Isavel Clara Eugenia, infanta de España, por el Maestro Fray Chrisóstomo Henrriquez, Coronista general de la Orden de San Bernardo en Bruselas; en el capítulo nobeno, en la plana folio 619, calificando la vida, muerte y salvacion del Secretario Antonio Perez, siendo entonces esta Madre Abadesa de Fonte Ebrando, que es un lugar poco más de dos leguas de Tours, en Francia, dice lo siguiente, que para aprobacion de sus escritos un curioso lo copió de dicho libro y puso aquí para calificarlos y que se haga dellos la estimacion que se deve:

»Un dia de la Octava del Santíssimo Sacramento la mostró el Señor mucha gracia y la conbidava á que pidiesse algo; y estando recogida en esta vission, vió delante de sí tres personas: la una era una hermana suya, la otra un Primo y la otra Antonio Perez, Secretario del Cathólico y prudente Rey Don Phelipe segundo.

»No la dió á entender el Señor que estubiessen en algun aprieto; pero ella, biendo la ocassion presente y considerando el ofrecimiento que la havia hecho de que la concederia lo que le pidiesse, le tomó la palabra y le pidió la salvacion de aquellas tres personas, señal bien evidente de su grande caridad, pues no pide para sí gracias y favores, mostrándose solícita de la salud de las almas más que de sí misma. Agradóle á Christo peticion tan ajustada con su Divina voluntad, y ansí se la concedió con mucho gusto.

»Dentro de poco tiempo recibió cartas en que le avisavan que su hermana havia caido en una agua y se havia ahogado, y fué el mismo dia en que se le avia aparecido. El otro Primo suyo murió de calenturas, tambien el mismo dia. El Secretario Antonio Perez, despues de varios tranzes, de peligros grandíssimos y mil persecuciones con que pareze quiso mostrar la fortuna que levanta á la cumbre de la privanza á los que fian en el valor de Príncipes para derrivarlos en un avismo de miserias, murió en París; pero con tales demostraciones de piedad y christiandad, que bien pudieran conocer todos se cumplia con él lo que la Benerable Madre havia alcanzado del Señor. Lo que ella dize hablando dél, en esta ocasion, es esto: Murió con señales muy ciertas de su salvacion, reciviendo á menudo los Sacramentos, con el confesor siempre á su lado; y el dia que murió se puso de rodillas con un ímpetu de amor de Dios, y ansí se quedó como digo, con señales grandes de su salvacion. Dichosíssimo quien tubo fin tan venturoso: importa poco no conservasse en la privanza de los Reyes, quando, despues de muchas desgracias, se biene á alcanzar la verdadera dicha, que consiste en ir á gozar de la gloria eterna.

»Más dichoso fué este cavallero en haver conocido á nuestra Benerable Madre Ana, aunque pobre y humilde en quanto al mundo, que en haver tenido entrada con los mayores Príncipes de Europa. Ella, quando le conoció y trató en París, le cobró tanto amor, que estando ausente le alcanzó de Dios la salvacion de su alma, que es lo más que nos puede dar Dios, pues anssí se nos da asimismo. Los Reyes, aunque muchos favores le ofrecieron, pero sólo le dieron disfavores.

»Fué Antonio Perez hombre agudo de ingenio, pero desgraciado; mui principal y noble, de que en mi Monasterio Real de Huerta, depositario de la Nobleza de Castilla, Aragon, Navarra y otras partes, ay testimonios graves. Pero lo principal es la seguridad que nos dexó esta Santa Madre de que está en el cielo.»

Una estrella de la política francesa, que alboreaba justamente en el ocaso de ésta española, trazó en pocos rasgos, con alguna pasión y poca exactitud, juicio[317] que agregar al de los coetáneos lord Cecil, de Inglaterra; Villeroy, de Francia; el Conde de Miranda y el Comendador mayor de León, de España.

«La muerte de Antonio Pérez, acaecida en noviembre, escribía, me ofrece materia para ejemplo de la fragilidad de la privanza de los Reyes, de la instabilidad de la fortuna, del odio implacable de los españoles y de la humanidad de Francia con los extranjeros. Había gobernado al Rey Felipe II, su señor, Príncipe tenido por prudente y constante en las decisiones; cayó, no obstante, de su crédito, sin ser culpable, en opinión común.

»En las cámaras de los Reyes hay escollos mucho más peligrosos que los negocios de Estado, por graves que éstos sean, sobre todo en aquellas intrigas en que intervienen mujeres ó en las que toma parte la pasión de los monarcas[318].

»Antonio Pérez lo experimentó: mujeres fueron causa de todas sus desdichas. Haciendo su amo excepción de la firmeza en cuanto á la benevolencia, la ejercitó en el odio hasta la muerte. El privado había subido á la cúspide de los honores y grandezas: todo lo perdió en un instante con la gracia del Rey, que aprisionó á sus hijos con el fin de que no le asistieran.

»Emigrado en Francia en el período álgido de las guerras civiles, no fueron obstáculo las circunstancias para que el Rey le recibiera humanamente, dándole medios de vivir con desahogo á favor de pensión de 4.000 escudos, que siempre le fué bien pagada.

»En España no podían sufrir el bienestar de que disfrutaba; atentaron á su vida enviando dos hombres que se la quitaran, en vista de lo cual, por garantía en lo sucesivo, comisionó el Rey á dos suizos de su guardia personal, que le seguían por la ciudad á las portezuelas de la carroza, y cuidaban de que ninguna persona desconocida tuviera acceso á la casa.

»Entonces discurrieron los españoles otros procedimientos que llegaran al propósito no alcanzado por la violencia: se le ofreció, por conducto de persona de la Embajada, que su amo le restituiría los bienes, siempre que renunciara la pensión y saliera de Francia. El Condestable de Castilla confirmó la oferta al pasar por París; y como la esperanza del deseo suele cegar, renunció, en efecto, despidiéndose de S. M., que procuró disuadirle y le predijo había de arrepentirse. Marchó, no obstante, á Inglaterra, lugar que le habían designado; mas apenas llegó á Douvres se le prohibió pasar adelante, por ruego y amenaza del Embajador de España. El pobre hombre volvió á Francia y no se atrevió á presentarse ante el Rey, ya que parecía haber desairado su favor y consejo; sin embargo, compadecido el Soberano de la miseria en que estaba, sufriendo incomodidades después de enajenar el mobiliario, si no lo consideró como antes, no dejó de disponer que se le diera algún socorro con que subvenir á lo más preciso.

«Habíanle tenido en España por hombre de juicio y de cabeza, mientras llevaba el cargo de Secretario de Estado; en Francia no se le estimó en tanto por la ordinaria presunción de los de su país que, llevada al extremo, tiene algo de locura, á juicio de las demás naciones.»

Años adelante, alcanzando el que esto escribió la madurez del talento; Duque, Cardenal, Ministro, gran Ministro; queriendo llevar al convencimiento de su Rey la opinión de ser indispensable á su poder la organización de la marina de guerra, decía[319]:

«Cuando Antonio Pérez fué acogido en Francia por el Rey vuestro padre, y por atenuar su miseria le acordó pensión, deseando el extranjero acreditar el reconocimiento de los beneficios recibidos y ofrecer testimonio de que no por desgraciado era ingrato, dió al mismo Rey tres avisos que no son de poca consideración: Roma, Consejo y Mar. La advertencia del anciano español, consumado en asuntos de Estado, no ha de considerarse tanto por la autoridad del que lo daba, como por su propio peso.»

Es de recordar que decía Brantome al Rey Carlos IX:

«Si les rois, vos prédécesseurs, enssent fait cas de la marine comme de la terre, vous auriez pent-être encore Gênes, l'Etat de Milan et le royaume de Naples. L'Espagnol les a conservés plutôt par les moyens de la mer que de la terre.»

En los tiempos modernos, M. Mignet condensa y acaba su juicio de esta guisa:

«Antonio Pérez, sin llegar á la talla de los grandes Ministros de Felipe II; del imperioso Cardenal Espinosa, del diestro Ruy Gómez, del altanero Duque de Alba ó del discreto Granvela, poseyó un tiempo el favor del Rey, figurando como personaje el más influyente de la Monarquía española. Escaló el poder con harta facilidad para saber conservarlo. Ministro por herencia, fué aventurero de afición. Apasionado, ávido, disipador, violento, artificioso, indiscreto, corrompido, introdujo el desarreglo de su conducta en una corte de exterioridad severa; agitó con la intriga el ánimo de un Príncipe amante de la dignidad mesurada; hirió con la rivalidad de los amores y la audacia de los actos á un amo hipócrita, vengativo y absoluto. Aunque conociera bien al que servía; aunque poseyera el secreto de sus pasiones, de su terrible disimulo, de la suspicacia de su poder, por la que la confianza había de ser instable; aunque supiera que Felipe II había matado al Cardenal Espinosa con una palabra, que alejó al Duque de Alba por la rigidez, que sólo por consumada habilidad y condescendencia se mantuvo á su lado Ruy Gómez hasta el fin, se atrevió á engañarle y se perdió. En la desesperada lucha á que le arrastraron las faltas y las demasías, desplegó recursos de ingenio tan varios y tal energía de carácter; tan oprimido, tan elocuente, tan patético se mostró, que fué objeto de universal simpatía. Empero los defectos mismos que causaron su ruína en España, le desacreditaron en Inglaterra y Francia. Siempre igual, aun la desgracia tornó antipática, muriendo abandonado y pobre.

»Hay que condenar á la personalidad, á la vez desordenada y atractiva, sagaz é inconsiderada, de ingenio agradable y de carácter ligero, rica de actividad, de imaginación, de vanidad, de pasión, de intriga; hay, no obstante, algo que conmueve en ciertos de sus sentimientos y en la magnitud de sus desdichas.»

En las historias de la época, tales como las de Herrera, Cabrera de Córdoba, Argensola, Babia; en los diccionarios biográficos ó bibliográficos, agregando á los ya citados los de Baena, Latassa, Moreri, Didot, Bouillet, Michaud, se encuentran conceptos varios[320] oscilando entre estos extremos.

Antonio Pérez mató un hombre por obedecer á Felipe II; quitó al Rey su querida; sublevó una provincia; luchó cinco años con tan temible soberano; escribió relación de su vida, tan verdadera y profunda como las inexorables memorias del Duque de Saint-Simon[321].

Antonio Pérez alcanzó fama literaria casi exclusivamente debida al interés de sus desgracias personales[322].

Tenaz, perverso, infatigable, intrigante siempre y en todas partes, dando á conocer los puntos vulnerables de su patria, fué su papel en la historia el del parricida[323].

De la comparación de todos los artículos, por lo general apasionados ó ligeros, nada se deduce que esencialmente altere lo que dicho queda acerca de la vida de Antonio Pérez fuera de España. Aparece, en cambio, la evidencia moral y consoladora de no empecer á la execración perpetua del mayor de los crímenes la compasión del delincuente, y de cumplirse en todos los tiempos la sentencia que la pluma del Peregrino mismo dejó escrita. El traidor es limón que, una vez exprimido, se arroja.

Notes in this chapter

Note 1 · Bermúdez de Castro, pág. 274.Note 2 · Ed. Sawyer, Memorials of affaires of State in the reigns of Queen Elizabeth and James I: London, 1725, tomo I, páginas 366 á 407.—Birch, MemNote 3 · Bermúdez de Castro, pág. 275.Note 4 · Idem, páginas 275 y 276.Note 5 · Bermúdez de Castro, pág. 276.Note 6 · Enrique IV á M. de Beaumont, en 6 de marzo 1604.—Mignet, pág. 386.Note 7 · M. de Villeroy á M. de Beaumont, en 29 febrero 1604.—Mignet, pág. 385.Note 8 · His Majesty having a very ill opinion of him, and the lord Cecil both hating and despising him. Colección Birch, pág. 142.—Carta de M. de BeNote 9 · M. Mignet inserta el texto íntegro en latín, pág. 388.Note 10 · Falling into such a rage, that he tore his beard. Birch, pág. 142.Note 11 · M. de Beaumont á M. de Villeroy en 29 febrero 1604.—Mignet, pág. 389.Note 12 · M. de Villeroy á M. de Beaumont en 9 de marzo de 1604.—Mignet, pág. 389.Note 13 · Apéndice, documento XXXVIII.Note 14 · Idem, documento XXXIX.Note 15 · Apéndice, documentos XLIII y XLIV.Note 16 · Idem, documentos XLIV y XLV.Note 17 · Mignet, pág. 392.Note 18 · Archivo Nacional de París, Papiers de Simancas, K-1.451, A-58, pág. 116.Note 19 · Biblioteca Nacional de París, Esp., 336, fol. 109.Note 20 · Archivo Nacional de París, Papiers de Simancas, K-1.593, B-81, pág. 51. M. Mignet vió este documento: lo cita pág. 390.Note 21 · Archivo Nacional de París, Papiers de Simancas, K-1.593, B-81, pág. 53.Note 22 · Carta á M. Jamet, Colección Ochoa, parte II, carta XCV.Note 23 · Apéndice, documento XXII.Note 24 · Colección Ochoa, parte II, carta LXXXIII—Apéndice, documentos XXXIV, XLVII.Note 25 · Colección Ochoa, parte I, carta CXXI.Note 26 · Idem, parte II, carta LXXVI.Note 27 · Idem, parte II, carta LXXIV.Note 28 · Colección Ochoa, parte II, cartas XXXIX, XL.Note 29 · Idem, parte I, carta CXXXVI; parte II, cartas LX, C.Note 30 · Idem, parte II, cartas XXXII, LXXIII.Note 31 · Idem, parte I, carta CXXXVIII.Note 32 · Parte II, cartas XXIX, XXX, XXXI, XXXV, LXXXVI, CX. Apéndice.Note 33 · Idem, parte II, carta LXXIII.Note 34 · Apéndice, documento LIV.Note 35 · Colección Ochoa, parte II, carta CXL.Note 36 · Idem, parte I, carta CXXX.Note 37 · Idem, parte I, cartas CXXIX, CXXXIII.Note 38 · Idem, parte II, cartas XX, XLIV.Note 39 · Colección Ochoa, parte II, carta CXXXI.Note 40 · Idem, parte I, carta LXIII.Note 41 · Bermúdez de Castro, pág. 282.Note 42 · Bermúdez de Castro, pág. 282.Note 43 · Colección Ochoa, parte I, carta CXXXVI.Note 44 · Catálogo de MSS. españoles, pág. 31, núm. 89.Note 45 · Según el MS. de la Biblioteca Nacional de París, Esp., 366.Note 46 · Por Bermúdez de Castro y Mignet.Note 47 · Mignet, pág. 398.Note 48 · Apéndice, documento LI.Note 49 · Mignet, pág. 396.Note 50 · Bermúdez de Castro, pág. 283.—Mignet, pág. 396.Note 51 · Colección Ochoa, parte II, carta CXLIX.Note 52 · Idem, parte II, carta XXIX.Note 53 · Bermúdez de Castro, pág. 393. Las frases de letra cursiva son las añadidas por D. Pedro de Toledo.Note 54 · Birch.Note 55 · Apéndice, documento LVII.Note 56 · Apéndice, documento LVIII.Note 57 · Morel Fatio, L'Espagne, pág. 297.Note 58 · Bermúdez de Castro, pág. 394.Note 59 · Idem, pág. 281.Note 60 · Bermúdez de Castro, pág. 279.Note 61 · Hállanse en el Archivo Nacional de París, K-1.593, B-81, las instrucciones generales y las reservadas que recibió en esta ocasión el Duque dNote 62 · Llorente, Histoire critique de l'Inquisition, tomo III, página 360.Note 63 · Bermúdez de Castro, pág. 285.Note 64 · Llorente, Histoire critique de l'Inquisition, tomo III, página 360.—Bermúdez de Castro, pág. 286.Note 65 · Mignet, pág. 403.Note 66 · Memoirs, cit.Note 67 · Histoire critique de l'Inquisition d'Espagne par Jean Antoine Llorente, traduite de l'espagnol sur le manuscrit et sous les yeux de l'auteurNote 68 · Debo esta curiosa noticia á la buena amistad del Sr. Don Justo Zaragoza, que la encontró en la Biblioteca de S. M. el Rey, Sala 2, Est. O, PNote 69 · Memoirs de Richelieu, lib. III, 1611.Note 70 · Antonio Pérez había dicho: «Aquí son los bajíos de la bajeza humana; aquí es menester grande tiento, y navegar con la sonda en la mano.» ColNote 71 · Maximes d'Etat ou testament politique d'Armand du Plessis, Cardinal Duc de Richelieu: París, 1764, tomo II, sección V, pág. 109.Note 72 · No parecerá temeridad adjudicar á Antonio Pérez la alusión de un concienzudo y benévolo historiador que escribe: «Philippe II a été bien desNote 73 · Philarete Chasles, Antonio Pérez, Revue de Deux-Mondes, citada.Note 74 · The Enciclopædia Britanica, Antonio Pérez, cit.Note 75 · J. M. Dargaud, Histoire d'Elisabeth d'Angleterre: París, 1866, 8.º
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