← Table of contents
Estudios históricos del reinado de Felipe II

ANTONIO PÉREZ

Reading edition

EN INGLATERRA Y FRANCIA

(1591-1612)

motivo decorativo
motivo decorativo

or muchos años el libro de Relaciones, memoriales y cartas de Rafael Peregrino, escrito con suma habilidad por el Secretario de Estado que fué de Felipe II para vindicarse de las acusaciones de los tribunales y darse por víctima paciente de injustas persecuciones, ejemplo lastimoso de la crueldad del sino, ha servido al juicio de su persona, andando de mano en mano impreso en todas las lenguas y en multiplicadas ediciones, no por apología hecha de puño propio, parafraseada y puesta en la trompeta de la fama por el autor mismo, antes por Retrato al vivo del natural de la fortuna de Antonio Pérez, como título que aplicó más tarde al libro, ya que pasaba sin objeción ni respuesta.

P
P

Siglos adelante vino á dársela, hasta cierto punto, el Sr. D. Salvador Bermúdez de Castro. Persuadido de que en las Relaciones «la verdad se halla frecuentemente alterada, el sentido histórico camina forzado á un fin, y son, más bien que narración imparcial, alegato jurídico en propia defensa,» acometió el estudio del personaje acopiando materiales de la época que le dió notoriedad desdichada, y bosquejó otro retrato[45] en que, si por algo asoma la pasión humana, se ve influída de la conmiseración que no dejan nunca de despertar en almas generosas los grandes infortunios.

Con ser mucho el mérito del cuadro, tiene aún algún otro defecto, notado, dicho sea en verdad, donde la facilidad de comunicaciones consentía la disposición de elementos que no estaban al alcance del primer investigador. El Sr. Bermúdez de Castro no sabía que ya desde el siglo anterior circulaban en Inglaterra importantes documentos de la historia de Antonio Pérez; las cartas confidenciales que había dirigido al Conde de Essex, conservadas entre los papeles reservados de Antonio Bacon[46]. No pudo tampoco haber á las manos la correspondencia oficial de los embajadores de España en Francia, sustraída del Archivo de Simancas; y como hallara en la marcha de los sucesos lagunas infranqueables, buscó en el criterio vehículo con que pasarlas; recurso criticado por M. Mignet, al advertir que los pormenores, á su parecer de pura invención, amenguan el valor y la autoridad de tan buen trabajo.

No son, sin embargo, de fantasía todos esos pormenores: bastantes de ellos se encuentran, en una ú otra forma, en las cartas familiares de Antonio Pérez, dando ocasión, cuando más, á la conjetura de haberles prestado fe por familiares, el mismo que desconfiaba de la veracidad de las Relaciones. Es fácil la comprobación, ya que la Colección de las Cartas, por rara, fué incluída en el Epistolario español que ordenó D. Eugenio de Ochoa[47].

El citado Académico francés M. Mignet, teniendo por base el estudio de Bermúdez de Castro, dispuso además del contingente de papeles conservados en los Archivos de París, que son muchos, contándose los referidos que pertenecieron al de Simancas y los de la Colección importante llamada de Llorente, llevados á Francia por el autor de la Historia crítica de la Inquisición, secretario que fué del Supremo Tribunal de la misma. Tuvo igualmente á su disposición la correspondencia encontrada en Flandes por el hispanófilo M. Gachard, y, por último, el registro del State paper office de Londres; valiosos recursos en manos de quien sabía utilizarlos con maestría.

El nuevo libro que dió á la estampa, tres años después que el de Bermúdez de Castro[48], es aceptado por la crítica cual retrato verdadero. Ha de ser permitido pensar, no obstante, que pudiera ser más acabada la pintura. Sea porque los artistas se satisfacen más de las obras á grandes rasgos; sea porque también en el ánimo del historiador extranjero vibró la cuerda simpática de la piedad, parando mientes en la inmensa desventura del expatriado, las sombras de la figura que presenta están desvanecidas ó atenuadas. Es Antonio Pérez sin género de duda; es, en conjunto, el privado de Felipe II, tal cual debe de estar en la historia universal: no es todavía el de la historia de España, más severa en el juicio, más obligada á discernir los motivos en que lo sustente.

Con posterioridad al libro de M. Mignet se han hecho en nuestro país investigaciones que van aportando más y más claridad á los sucesos del reinado de Felipe II (como á los otros), á medida que se desarrollan las colecciones de documentos inéditos. En no pocos de los que han servido á los estudios especiales; en el de La Princesa de Eboli, de D. Gaspar Muro, por ejemplo, hay piezas indispensables á la biografía ó historia definitiva de Antonio Pérez.

Algunas más, conocidas y aprovechadas por M. Mignet, mencionadas igualmente por el P. Le Long en la Bibliothèque historique de la France, dió á luz M. A. Morel Fatio al formar, con otros manuscritos interesantes de la Biblioteca Nacional de París, el tomo que tituló España en los siglos xvi y xvii[49]. Los relativos á Antonio Pérez son 57 cartas: las siete incluídas en la serie dada á la prensa en vida de su autor, aunque limadas y compuestas con aquel cuidado que el ex-secretario de D. Felipe ponía en lo que había de andar á vista de todos; las 50 íntimas, en casi totalidad dirigidas al Condestable de Francia, Duque de Montmorenci, ó á su secretario. La circunstancia de estar todas éstas juntas en un volumen, encabezadas por cédula que el Rey Felipe II envió al Condestable anterior, ofrece presunción de haber sido sacadas del Archivo particular de la casa, al formar Béthune la Colección de documentos relativos al reinado de Enrique IV, en la que tiene el volumen el número 3.652.

M. Morel Fatio ha compuesto con ellas capítulo de su libro[50], emitiendo el juicio que de Antonio Pérez su autor tenía formado, sin que lo modifique la penosa impresión de las declaraciones que hace. «Las peticiones de favor y dinero al Rey; las protestas de adhesión dictadas por el hambre; las adulaciones bien pensadas en objeto y precio, no inspiran, dice, más que conmiseración. Si no puede estimarse del mismo modo la práctica de sacar partido de los secretos de Estado, no por ello debe juzgársele con demasiada severidad, porque el sentimiento harto complejo que definimos por la palabra patriotismo, no había nacido en el siglo XVI. No solamente el suelo, la raza, la nacionalidad, el medio, no representaban en aquella época lo que hoy representan, sino que el afecto á la patria se confundía entonces y aun se resumía en muchos conceptos, en el de la persona del soberano. El proceder de Felipe II no era de naturaleza para fortificar en su Ministro ese patriotismo personal. Perseguido en tierra extranjera, Pérez se consideraba desligado del juramento de fidelidad. Socorrido y protegido por Enrique IV, se creía obligado, como en efecto lo estaba, á conducirse como verdadero vasallo de éste, aun cuando las circunstancias del compromiso que le ligaba al Rey de Francia tuvieran la consecuencia de ir directamente contra los intereses de su antigua patria. Se cometería, pues, un anacronismo calificando de traición la conducta política de Pérez después de su salida de España. Permitido es lamentar que hombre de tan notable inteligencia se viera llevado por la fuerza de los acaecimientos á emplearla en beneficio de los enemigos de su país; mas no hay razón con que condenarle en absoluto, porque no tenía conciencia de los deberes que ni comprendían ni practicaban sus contemporáneos[51].»

El contemporáneo Gregorio Letti hizo estudio especial del patriotismo en España[52], que no abona semejantes consideraciones, sugeridas, bien se ve, por el mismo espíritu de compasiva benevolencia que blandeaba en Bermúdez de Castro y en M. Mignet la dureza del sentimiento de justicia, á favor del atractivo que mantienen los escritos de aquel maestro en las artes de la seducción y del artificio; acaso también por influencia inadvertida de ideas en paralelo.

Contemporáneos de Antonio Pérez impuestos en sus más secretos manejos, familiarizados con su conversación y confidencia, enemigos declarados de España y de su Rey, le juzgaron de otro modo. ¿Daremos crédito, con preferencia á las declaraciones de los antiguos, á la crítica más ilustrada de los modernos, ó habrá todavía que dejar la decisión á tribunal de Más Señores?

La prudencia no es opuesta á revista de autos; no vagará, no, la exposición más completa, eslabonando por antecedentes las cartas de la Colección Béthune (copiadas nuevamente de los originales con su misma puntuación y ortografía), con las de la Colección Birch[53]; agregando tal cual papel inédito; citando de los conocidos los precisos al esclarecimiento tan sólo de lo que hizo Antonio Pérez fuera de España.

Manos á la obra.

I.

Vencida la insurrección de Aragón, andaba oculto por la frontera de Francia Antonio Pérez, «como perro de fidelidad natural, que apaleado y mal tratado de su señor ó de los de su casa, no sabe apartarse de sus paredes[54].» Esperaba todavía que abriera Dios los ojos del entendimiento á quien podía remediar su situación; pero en tanto se aproximaban al último retiro de Sallent los soldados del ejército real, que se tendrían por afortunados poniéndole la mano encima.

Decidido á franquear los Pirineos por recurso único de salvación, despachó á su amigo Gil de Mesa con carta fechada á 18 de noviembre de 1591, en que pedía asilo y protección á Catalina de Borbón, hermana de Enrique IV, en términos discretamente dirigidos á mover juntamente la piedad y el interés de la Princesa de Bearn[55], y á medida de los deseos y las necesidades del momento, respondió la política tanto como la compasión á la demanda[56], brindándole acogida en Pau.

Allí se fraguó inmediatamente el intento de una invasión francesa que atizara la llama de la guerra de Aragón, yendo á vanguardia Gil de Mesa, Manuel Don Lope, los otros amigos y compañeros del emigrado, ya que él de su persona no fuera de ayuda, por ser hombre delicado[57], ó más propiamente dicho, por no ser hombre de armas tomar. La empresa fracasó, volviendo á pasar los montes, desbaratados y corridos, los invasores, con desencanto primero del instigador, consentido días antes hasta el punto de responder con altivez y amenazar[58] á las insinuaciones oficiosas de someterse á la autoridad de aquel amo de que se decía perro fiel, apaleado.

Pensó M. Mignet que desconcertado el Rey Felipe II en la venganza con la huída de Pérez; temeroso del mal que con la revelación de los secretos de Estado fuera capaz de hacerle, procuró volviera á España con engaño, fin de las referidas indicaciones; y ya que no lo consiguiera, intentó matarlo, ganando á las personas menos sospechosas á su natural suspicacia, como eran el genovés Mayorini, compañero de evasión, y el aragonés Gaspar Burces, también fugitivo[59]. El literato francés se fundaba en el dicho del mismo Pérez[60] y en algún precedente de ofertas hechas para su captura cuando estuvo en Sallent[61], no recordando, sin duda, otros de más importancia.

Sentenciado en rebeldía Antonio Pérez, el Capitán general de Aragón, D. Alonso de Vargas, dió pregón en Zaragoza ofreciendo 6.000 ducados por su persona, según uso jurídico que hoy todavía practica la culta Inglaterra. La suma era más que suficiente para despertar la codicia de aquéllos que en cualquier época y ocasión, desde la de Judas, hallan buena la ganancia en mercadería de sangre ajena. Tal creyó Bermúdez de Castro[62], y de creer es que Gaspar Burces, como cualquiera otro de los que amagaron á la vida del prófugo, obedecían al interés del lucro combinado con el de hacerse perdonar delitos propios, mientras que la credulidad resiste cuentos como el de la hermosaza, galanaza, gentilaza, muy dama, que, perdida de amor, vino á confesar á Pérez la celada que le tendían[63], ó los más cautelosos en que atribuye el interesado á D. Juan de Idiáquez y al Rey los intentos de borrarle de la lista de los vivos, por mayor realce de aquellos relatos de persecución nunca vista, de infortunios sin igual en monstruo de la fortuna, que le servían de pasaporte y bordón de peregrino. El papel de avisos enviados al Rey, que ahora sale á luz por vez primera[64], servirá de esclarecimiento.

De todos modos, temeroso de asechanzas, en el Bearn, Antonio Pérez[65], nada tenía que hacer. Su actividad, su espíritu intrigante, su ambición, y sobre todo el odio en que los otros estímulos se alimentaban, necesitaba teatro de acción[66], y el examen de la política europea le indicaba propicio á la satisfacción de la venganza el de Inglaterra. Tomó, pues, desde luego el plan de ensayarlo[67], no sin aprovechar el tránsito por Francia, porque el monarca Enrique IV, aunque de momento tuviera harto que hacer con la Liga, tanto como Isabel de Inglaterra era adversario tenaz de la política y del poder de Felipe II.

Preparado el terreno por medio de carta fechada en Pau el 9 de diciembre de 1591 y relación de los inconmensurables infortunios[68], acompañando á la Princesa Catalina fué á encontrar al Rey en Tours, logrando largas entrevistas, auxilio pecuniario y la aquiescencia de los proyectos que iba madurando, por objetivo de intento. Enrique IV comprendió al punto la utilidad que le reportarían gestiones encaminadas á dar unidad é impulso á cualquier empresa contra España; recibiéndole, pues, desde luego á su servicio, como maestro de lengua española[69], tomó á cargo el viático hasta Londres, haciéndole acompañar por el Sr. Vidasme de Chartres, portador de carta autógrafa en que hacía á la Reina Isabel recomendación expresiva en punto á lo que podía prometerse de las revelaciones del ex-Ministro, utilizadas las cuales en lo que conviniera á sus intereses, pedía le despachara para emplearlo él con utilidad de las dos coronas[70].

Pérez, independientemente, había despachado por sí al precursor ó heraldo de siempre, Gil de Mesa, con otra carta á la Reina Isabel, repetición de los doloridos ayes de la persecución y la desventura, petición de amparo y deseo encarecido de servirla[71].

La primera noticia de la estancia en Inglaterra es la que da Bacon, de haberle visitado el Conde de Essex en Simbury; de allí se trasladó á Londres, alojándose en el palacio del mismo Conde, mientras se buscaba la habitación que ocupó luego en casa del Maestrescuela de San Pablo[72].

Poco tiempo necesitó la penetración del ex-Secretario de Estado para darse cuenta exacta de la política del reino, oyendo á uno de los que más la influían. El Conde de Essex, joven, impetuoso, popular, favorito de la Reina Isabel, en asuntos de gobierno tenía balanceada la influencia por la circunspección de los Consejos del lord Tesorero Cecil, barón de Burghley, antiguo y experimentado Ministro. Mientras el primero, deseoso de fama, procuraba el principio de una campaña ofensiva contra Felipe II, en estrecha unión con Francia, Cecil quería medir la asistencia que se diera á Enrique IV, por las ventajas positivas que produjera á cambio; y como precisamente por entonces, casi vencida la Liga, había abjurado el Príncipe de Bearne, aspirando á concluir con la conquista de la opinión lo que no había logrado del todo con las conquistas de las armas, Burghley pensaba no haber razón que aconsejara otros procedimientos que los apropiados á entretener la guerra en Francia y en los Países Bajos, alejándola de Inglaterra.

La Reina se inclinaba decididamente á la política del Ministro, así por la confianza que le merecía su saber, por tanto tiempo acreditado, como por responder de momento á las condiciones de prudencia, circunspección y economía de carácter propio. Antonio Pérez no tenía, pues, que vacilar: el interés de Enrique IV, á quien ya servía; el que el rencor le hacía mirar como personal suyo, estaban al lado del Conde ambicioso y decidido.

Puesto el empeño en granjearse la amistad y el concepto del magnate, por aquellos resortes flacos del corazón humano, fué dando interés á las entrevistas frecuentes y largas que á solas tuvieron en el palacio de Walsingham[73], hasta desarrollar por completo el plan que, hiriendo de muerte al Monarca católico, procuraría al caudillo británico gloria inmarcesible y cuantiosa riqueza[74].

Felipe II no había querido entender nunca que «el Príncipe que fuere señor de la mar, será monarca y dueño de la tierra;» tenía en abandono y sin defensa los puertos; flacas y necesitadas de todo las armadas, incapaces por el número de cubrir el vasto imperio de las Indias Orientales y Occidentales, y de asegurar la venida de los tesoros en que consistía el secreto de su poder. El día que los tesoros faltaran, faltaría necesariamente el nervio de la guerra: á impedir la llegada, apoderándose de ellos, había de dirigirse, por consiguiente, el cálculo del enemigo inteligente y activo, sin perjuicio de cualquier diversión preparatoria de un golpe bien dirigido á la reputación del poderío. Tanto más sensible y ruidoso sería este golpe, cuanto se aproximara más al centro de los estados del Rey; cuando se diera en una de las ciudades de la Península española, y la de Cádiz entre todas ofrecía probabilidad; seguridad, podía decir, de éxito cumplido.

Ni Pérez carecía de elocuencia con que hacer de este discurso semilla fructífera, ni le faltaban en toda especie datos estadísticos con que mostrar la perspectiva de la cosecha. El Conde le fué escuchando con agrado; acabó por aceptar completamente las ideas, estimándole oráculo en negocios de España[75], y á seguida las insinuó en la corte, manteniéndolas frente á la oposición de Burghley á empresas de aventura.

Con no ser nada escrupulosa la Reina Isabel, sentía repulsión por un hombre que de tal manera se servía de los secretos de su amo: no había sido bastante la carta autógrafa de Enrique IV para acordarle audiencia, ni se la había dado el Lord tesorero, teniéndolo desde un principio, naturalmente, por enemigo político y antipático agente, bien que no desconocía ser muy capaz para su intento[76]. La insistencia del favorito Conde alcanzó, no obstante, que franqueara Pérez las puertas del palacio real, favor seguido de pensión anual de 130 libras[77], dejando al tacto y la imaginación del insinuante emigrado mostrar su reconocimiento y hacerse agradable á Isabel con la relación de aventuras galantes y cuentos de la corte de España[78].

Así referidos en los documentos del archivo de Bacon los primeros pasos de Antonio Pérez en Londres, debe rectificarse la relación que de los mismos hizo Bermúdez de Castro. Por principio consigna este escritor que Pérez se negó en París á admitir la pensión que le ofrecía Enrique IV; que pasando á Londres rehusó igualmente, sin vacilar, la que la Reina deseaba asignarle al dispensar señalado y obsequioso recibimiento á su persona, asegurando que, aunque dispuesto á servir á tan generosa protectora, conservaba esperanzas de arreglar en España sus negocios, y no quería recayera en sus hijos la pena señalada por las leyes á los pensionados de Reyes extranjeros sin licencia del propio.

Antonio Pérez ocultó por conveniencia la verdad del caso; al Rey de Francia escribió «que le engañaban los que decían que gozaba pensión ni socorro de un franco de Rey ni Reina desde que salió de España, sino del pan que había comido de S. M. y de Madama su hermana. En el tiempo de Inglaterra, de la liberalidad del Conde de Essex había vivido[79].» Bermúdez de Castro lo creyó al pie de la letra, pues añade que, en vista de sus razones, mandó Isabel al Conde de Essex que le alojase en su ostentoso palacio, donde gozó de los placeres del favor y la opulencia.

Gustaba Isabel (sigue diciendo) de escuchar anécdotas de la corte, singularmente las de amores de Felipe II. El encanto particular de la conversación del Ministro, los hábitos y pláticas, con el distintivo de la elegancia, prestaban nuevo aliciente de curiosidad á los secretos que poseía.[80]

Un tanto amengua luego tan brillante situación, contando cómo las damas de Isabel le motejaban de traidor á su patria y á su señor con manifestaciones de desagrado que hubieron de obligar á la Reina á sincerarse de la acogida que tenía en palacio. «Mylores, dijo en presencia de sus cortesanos; no os maravilléis de que honre á este traidor español, porque guardo mucha obligación al Sr. Gonzalo Pérez, su padre[81];» y obligada debía de estar, en efecto, al Secretario de D. Felipe por las mortificaciones de que le libró reinando su hermana María, esposa del Príncipe de España.

Fuera de la corte no merecía mejor concepto Antonio Pérez. Si los allegados al Conde de Essex seguían naturalmente el ejemplo del magnate, los agasajos de uno de ellos, de Francisco Bacón, que le recibía á mesa y mantel en Twickenham-Park, dieron origen á un testimonio irrecusable. Lady Bacon escribía á su hijo Antonio estas frases:

«Lástima tengo de vuestro hermano, viendo que le acompaña en casa y en el coche ese Pérez, sanguinario, vanidoso, profano, dilapidador[82]. Temo que semejante compañía desvíe la bendición del Señor Dios... Un miserable como él[83] no puede llevar otra mira que vivir á expensas de Francisco[84].»

Mas nada de esto quitaba al emigrado la satisfacción de ver en vías de hecho los vengativos proyectos dirigidos contra la patria, ya que no de otro modo pudiera alcanzar al objeto de la ira que le cegaba. En Walter Raleigh, en Drake, en Hawkins, en todos aquellos corsarios ansiosos de botín, tenía que hallar fáciles auxiliares; en el Conde de Essex estaba asegurado el impulso[85]. Todavía tentaba la fidelidad de los prisioneros españoles para que sirvieran de guías á las expediciones[86], y desdichado el que, desechando las insinuaciones, caía por su cuenta. Por semejante falta había conseguido que le entregaran á un sargento de los de la Invencible, y teníalo en su casa sometido al más bárbaro tratamiento sólo por el placer diabólico de descargar en un español su encono.[87]

Sin perjuicio de las gestiones activas, escribió por entonces las Relaciones, bajo el nombre de Rafael Peregrino, no por ocultar el suyo, transparente en las aventuras: por procurarle atractivo mayor en la curiosidad de las gentes. «El libro estaba formado con habilidad y soltura; es el estilo pesado para nosotros por la afectación continua de que se reviste y los giros que le adornan; pero en su tiempo era un modelo: la incesante digresión que rompe el hilo de las narraciones; las sentencias que, como Tácito, derrama la obra; la abundancia de conceptos y dulzura de las imágenes, encantaron á los hombres ilustrados[88].» «Dispuesta con arte magistral la exposición de aventuras, cautivando la benevolencia y la conmiseración en favor de su persona, hacía más odiosa la de su ingrato é implacable perseguidor[89].»

Tradujo el libro al latín un español llamado Ciprián[90]; se tradujo también al holandés[91], como arma política que avivara el sentimiento de insurrección en las Provincias Unidas[92], destinando al mismo objeto en Aragón otro libro titulado Un pedazo de historia de lo sucedido en Saragosa de Aragón á 24 de septiembre de 1591. Ambos fueron amparados por el Conde de Essex, y probablemente á su costa impresos, aunque la voz pública admitiera por editora á la Reina[93].

Las cartas de remisión con dedicatoria que envió Antonio Pérez á los principales personajes de Inglaterra, Burghley, Lord Southampton, Lord Montjoy, Lord Harris, Sir Robert Sidney, Sir Henry Unton, al mismo Conde de Essex[94], dicen lo satisfecho que había quedado de sus obras, y desautorizan otro de los conceptos de Bermúdez de Castro que debe rectificarse.

Consigna nuestro crítico que desde la llegada á Inglaterra usó Pérez para cerrar las cartas un anillo romano, en cuya piedra estaba labrada una virgen vestal con la lámpara encendida sobre la cabeza, y la inscripción Dum Caste, luceam, queriendo manifestar de alegórico modo, que sólo la reserva, la humildad y la modestia podrían libertar de naufragio á los que, peregrinos como él, vagaban por tierras extrañas[95]. La declaración es de Pérez mismo[96], y tan incierta como las más que hacía.

Las cartas originales existentes en la Biblioteca Nacional de París, cuyas copias acompañan á la presente exposición, conservan el sello de lacre en que distintamente se ve el laberinto cerrado y el Minotauro con el dedo en la boca; emblemas que los señores ingleses atribuyeron al orgullo y el peligro de sus funestos amores; simbolismo apropiado á quien hacía del misterio condición utilitaria.

Á juicio de M. Mignet recreció la saña de Felipe II la aparición del libro de las Relaciones, que por toda Europa denunciaba sus perfidias y crueldades. El vengativo Monarca trató otra vez de deshacerse del autor por medio de dos irlandeses pagados por el Conde de Fuentes para matarle: les fueron ocupadas en Londres las cartas acusadoras, y confesado el intento, sufrieron la última pena[97]. El Rey de España fracasó igualmente en el empeño de despertar contra el proscripto los recelos de la corte de Inglaterra[98].

El propósito de asesinato hizo realmente mucho ruido por entonces en Londres: varios historiadores, Birch, el mismo Pérez, lo consignan; pero es asunto, lo mismo que el de otros intentos contra la vida de Isabel, que dista mucho de la claridad y de las pruebas que harían falta á una afirmación cual la hizo M. Mignet. Á los irlandeses se les ocuparon papeles escritos en cifra en que únicamente aparecía evidente el nombre de Antonio Pérez: lo que decían no llegó á saberse; las declaraciones de los presos fueron contradictorias, si bien en el tormento acabaron por confesar haber sido despachados por el Conde de Fuentes con el fin de dar muerte al refugiado[99].

La segunda inculpación á Felipe II se apoya en basamento más flaco todavía: en una carta escrita por el interesado al Conde de Essex[100], y M. Mignet no paró mientes en que de palabra y por escrito repitió más adelante en Francia que en la tierra de Egipto (que así nombraba ya á su patria) los Faraones maquinaban sin cesar contra su crédito; con lo que se viene á descubrir ser táctica practicada, así para disimulación del doble juego de sus acciones, como al propósito de mantener en boga la idea «de los peligros y rugidos con que le cercaba la persecución[101].»

Así y todo, vivía en Inglaterra lo bastante bien para sentir que los riesgos por aquella parte se acabaran. Llamado por Enrique IV el mismo año de 1593, buscó en el mal estado de la salud, por causa de las penas y los trabajos, excusa de demora[102]; dejó á favor de otros pretextos que transcurriera todo el año de 1594, oponiendo, á nuevos mandatos comunicados por el Embajador de Francia[103], protestas de adhesión, por la que había de ser el Rey Enrique último de sus amores, pensando descansar y morir á su lado[104], causas ó incidentes que fueron entreteniendo el tiempo[105], y motivaron la embajada del Sr. Gil de Mesa, encargado en ocasiones semejantes de decir de viva voz lo que no era bueno quedara escrito[106]. Sólo cuando Enrique, declarada la guerra á España, le escribió directamente con fecha 30 de abril, manifestando el deseo de hablar de asuntos de importancia, á cuyo fin rogaba á la Reina le consintiera hacer el viaje y al Conde de Essex que lo facilitara[107], se resignó á emprender la marcha declarando, y esta vez por escrito, al Conde, que separarse de él era tanto como morir, porque á su lado vivía[108].

Otra carta por demás curiosa, enviada por aquel entonces á Bacon por M. Standen[109], da á conocer las impresiones de despedida. Estando comiendo, dice, con mylady Rich[110], el Sr. Pérez y Sir Nicolás Clyfford, entró Sir Robert Sidney, determinando la asamblea que el siguiente día fuera el Sr. Pérez con el Conde á la corte, y que después se reuniera la compañía á comer en casa de Walsingham. También quedó resuelto que no marcharía el señor Pérez, porque el Conde había conseguido para su persona el mismo oficio que tienen los eunucos en Turquía.

Sentía el Peregrino salir de Londres, á juicio de Bermúdez de Castro, porque allí pasaba la vida lejos de los negocios, sin tentaciones para su lealtad, y eso no había de sucederle en París, centro de intrigas anti-españolas[111]. ¡Juicio bondadoso! Sentía salir de Londres precisamente por ser el centro de maquinaciones anti-españolas que en Francia no había medio de igualar, y salía por la voluntad decidida del Conde de Essex de que allá le sirviera de instrumento, según le había servido hasta entonces. Tres cartas de recomendación le precedían, pidiendo el magnate inglés al Duque de Bouillon, á M. de Sancy y á M. Beavois le Noele, Embajador que había sido de Francia en Londres, que le ampararan y favorecieran. «Pues el Rey le ha llamado, escribía, es cuestión de honra de S. M. que quede satisfecho del recibimiento que se le haga; que no sólo se cuide de ponerle á cubierto de las asechanzas del enemigo, sino que encuentre apoyo en el arreglo de sus negocios; situación correspondiente á sus cualidades y méritos; empleo donde ejercite las facultades de hombre especulativo y su gran habilidad en la política. Sin estos cuidados harían su condición peor que la que disfrutaba en Inglaterra, y deberían devolverlo á esta nación, que no quería considerarle perdido para ella[112].»

Por efecto de mayor solicitud, si cabe, puso el Conde de Essex al lado del proscripto, en clase de criado, ó más bien de secretario, á un joven dependiente de la casa de Bacon, llamado Godfrey Aleyn, en razón á que Antonio Pérez no conocía los idiomas inglés ni francés; y si bien se hacía entender en castellano, lengua que por entonces poseía toda persona bien educada en ambos reinos, acudiendo á la latina en casos necesarios, era bueno tuviera á mano persona ejercitada en la escritura usual. Godfrey tenía instrucción privada de comunicar todo cuanto ocurriera á su nuevo amo: tal era la verdadera misión, á cuyo cumplimiento se deben las noticias que irán apareciendo.

Antonio Pérez se despidió de la Reina, dejando en su mano un memorial dictado en los términos conceptuosos de su estilo ordinario, y puesto en francés por mano propia de Bacon[113]. Pedía en el documento que no confiara á nadie su cifra y correspondencia secreta, haciendo en cambio la promesa incalificable, que teniendo entendido iba á ser huésped del Secretario de Estado, Villeroy, procuraría sacar partido de la circunstancia en provecho del servicio de S. M.

Isabel no dejó de fijar la atención en una oferta que transparentaba del todo la moral del que la hacía[114].

También hizo Pérez memorial de despedida, escrito en latín, al Conde de Essex, recomendándole no demorase la expedición convenida contra Cádiz[115].

II.

Las cartas de Godfrey Aleyn á Bacon empezaron desde el momento de la partida de Inglaterra á narrar los sucesos. La primera, con fecha 2 de agosto de 1595, avisaba la llegada á Dieppe, cuyo gobernador recibió á Pérez con grandes atenciones.

Bermúdez de Castro confundió al funcionario con el Duque de Chartres: era el Comendador de Chaste, vencido en la isla Tercera por D. Alvaro de Bazán, que por entonces andaba en proyectos de expedición corsaria, por su cuenta, á las Indias[116]; así podían serle de mucha utilidad la presencia y las noticias del viajero; mas éste se aburría en una ciudad en que apenas pudo saber algo de Flandes que comunicar á su buen amigo al otro lado del Canal, y queriendo trasladarse á Ruan (Rouen), le acompañó por el camino el referido gobernador, llevando escolta de 50 caballos[117].

Halló en el Duque de Montpensier, que regía la plaza, acogida no menos grata que en Dieppe; el Príncipe le salió al encuentro con 100 caballos; le sentó á su mesa, procurando hacerle agradable la estancia, como el Rey se lo mandaba, y confirmando las palabras tuvo Pérez carta datada en Lyon á 26 de agosto en que el mismo Rey le daba bienvenida.

«Como pienso ponerme en camino, decía, no quiero tengáis la molestia de pasar adelante, sino que me esperéis en Rouen. Hoy mismo escribo á mi primo el Duque de Montpensier que os dispense las consideraciones merecidas por vuestras virtudes, que yo siempre os he de dispensar. Sin embargo, si preferís ir á París, lo dejo á vuestra decisión: allí encontraréis en tal caso á mi primo el Príncipe de Conti, al Sr. de Schomberg y á los de mi Consejo, que tienen prevención de recibiros y acojeros como lo haría yo mismo.» Consolábale á seguida del accidente mortal ocurrido al pobre D. Martín de Lanuza, recomendando se conformara con la voluntad de Dios, en la seguridad de que la suya no había de faltarle nunca[118].

Satisfecho podía estar el Peregrino si no nublara un tanto los auspicios favorables la diligencia del Sr. Gil de Mesa en comunicarle nuevas de otro género. Habíale mostrado el Ministro Villeroy avisos de Flandes de andar por París el señor de la Pinilla de Aragón, de quien se decía haber tomado 6.000 ducados de oro á cuenta de la vida del fugitivo, yendo en su compañía un fraile y un criado. Por otra parte, le anunciaban, con referencia al gobernador del Havre, que cuando él (Pérez) marchó á Inglaterra, un inglés llamado Burle propuso al dicho gobernador ganarse 100.000 ducados si entregaba vivo al pasajero, ó 50.000 si quería darlo muerto; proposición que rechazó indignado.

Estas confidencias, nada á propósito para tranquilizar el ánimo en quien no le tenía muy grande, templaron el deseo de encaminarse á París, mientras no lo hiciera un cuerpo de tropa mandado por M. D'Incarville. El mismo Duque de Montpensier le aconsejó esperar esta ocasión, y aun agregó á la tropa varios oficiales del Rey que le dieran particular escolta.

Llegado á la capital el 10 de septiembre, le visitaron los señores del Consejo de Estado, confirmando las órdenes que del Rey tenían recibidas para velar, sobre todo, por la seguridad. Preguntaron si conocía al señor de la Pinilla; y como la respuesta fuera afirmativa, le propusieron alojamiento en la Bastilla, por ser lugar fuerte en que había perennemente guardia de soldados; pero si no le agradaba la mansión, estaban dispuestos á poner en la casa que eligiera cuatro guardias del Rey, que le custodiaran día y noche. Pérez optó por lo último: la visita de la Bastilla hecha el mismo día no le había satisfecho, y descansó en una posada elegida por M. D'Incarville. De ella escribió al Conde de Essex los pormenores que van referidos; agregó las noticias políticas que había recogido desde la separación, y contestando las recibidas de Londres manifestó su aprobación, así relativamente á los aprestos que se iban haciendo de la expedición contra Cádiz, como á los más atrasados de la jornada de Drake á las Indias. Sobre ésta en particular se extendía, tratando del partido que podía obtenerse de los indígenas; materia dispuesta á la rebelión, tanto por condición propia como por los agravios recibidos de los españoles[119].

Ocho días después le instalaron los del Consejo en una casa muy hermosa que había pertenecido al Duque de Mercoeur, sin que tuviera que ocuparse de nada; los guardias ofrecidos y el cocinero ocupaban sus respectivos puestos. Hecho por su parte acatamiento á Madama Catalina, la hermana del Rey, le llevó la Princesa en su carroza á ver la comedia, honra (escribía á Essex) que había sorprendido á mucha gente y á él le daba alegría y satisfacción[120].

Los términos de la carta suplirían por sí solos la última confesión, según pintan las impresiones de la vanidad satisfecha; sólo que duraron poco. La epístola inmediata trataba del complot descubierto contra su vida; de la prisión del señor de la Pinilla; de la inquietud que sentía: quisiera volver á Inglaterra, y no le vendrían mal algunos fondos[121].

El incidente de la prisión, que parecía justificar los temores y las precauciones, requiere consideración un tanto detenida, empezando por la narración de Bermúdez de Castro, que vale tanto como decir la que hizo la pluma de Antonio Pérez.

D. Rodrigo de Mur, señor de la Pinilla, acompañado de un criado y de un fraile vizcaíno, de nombre Mateo de Aguirre, aparecieron en París, despachados por D. Juan de Idiáquez con expreso fin de matar al ex-Secretario de D. Felipe. Tres veces en una noche intentó D. Rodrigo penetrar en la casa del refugiado, pretextando necesidad de hablarle: otras tantas le negaron acceso los suizos de guardia, y recelosos de la insistencia le detuvieron en la última. Halláronle dos pistoletes cargados cada uno con un par de balas encajadas en cera, por seguridad de la puntería, y fuera de la ciudad le esperaba el criado con los caballos. Ante el tribunal confesó su traición, por lo que fué ajusticiado en la plaza de la Greve[122].

La exposición de M. Mignet se parece mucho, como procedente del mismo origen.

El Secretario Villeroy, lo propio que el Mariscal de la Force, tenían avisos de España[123] anunciando que el Barón de la Pinilla, el mismo que había tratado de prender á Pérez en Sallent, se había puesto en camino en compañía de otros dos hombres, uno de ellos fraile disfrazado de láico. Pinilla había recibido previamente 600 ducados de oro[124]; hizo en París los preparativos para escapar después del golpe; pero fué detenido con uno de los cómplices, logrando el fraile ponerse en salvo. En casa de Pinilla se encontraron dos pistoletes cargados con dos balas cada uno: todo lo confesó en el tormento, de modo que, meses después, fué ejecutado en la plaza de la Greve[125].

El escritor francés apoya la aseveración en el libro de las Relaciones[126], en las cartas enviadas por el interesado al Conde de Essex[127] y en la siguiente noticia de un diario de París:

«El viernes 19 fué ajusticiado un español en la plaza de Greve de París, convicto de haber querido matar á D. Peres, Secretario del Rey de España, que sigue á la corte, siendo bien venido al lado de S. M., por haberle descubierto muchos manejos del Rey de España contra su persona y su Estado[128].»

Las pruebas no son de aquéllas que desvanecen dudas, no ya en asunto tan grave para el desdichado D. Rodrigo de Mur, para la opinión del Secretario de Estado D. Juan de Idiáquez, y por ende de su amo, sino para cualquiera que interesara á la historia. Comparadas estas pruebas entre sí, ponen en claro que el señor de la Pinilla fué á la casa de Pérez, guardada por suizos; pidió á los mismos guardas entrada, é iba desarmado, pues los pistoletes en la posada se encontraron, no en la persona. Perspicaz sería el juez que con tales indicios descubrió intento de asesinato y prevenciones de huída.

Hay más: la colección de documentos de Birch, citada por M. Mignet, contiene algunos que valen la pena de registro. Uno dice que en el momento de llegar Pérez de Inglaterra á Dieppe, recibió cartas que le dirigía desde París el señor de la Pinilla[129]. El contenido de las cartas no se expresa, y, sin embargo, tan vaga especie basta á la persuasión de que D. Rodrigo no vino de España á París á objeto expreso de encontrar á Antonio Pérez, pues que le precedió; al paso que demuestra no tener propósito de recatarse, antes de anticipar el deseo, acaso también la razón, de una entrevista.

Otro papel, escrito por el Secretario de Antonio Pérez[130], refiriendo la ejecución de Pinilla, consigna que hasta el momento del suplicio no confesó otra cosa sino que había venido á tratar con su amo; lo mismo que viene á declarar L'Etoile en el Journal de Henri IV, esto es, que murió convicto.

De qué iba á tratar; cuál era la comisión que de D. Juan Idiáquez se le suponía; por qué con tanta insistencia pretendía una entrevista, podrá entenderse por cartas cifradas que al mismo Secretario Idiáquez envió el Encargado de Negocios de España, D. Diego de Ibarra, al tener noticia inexacta de la llegada del proscripto. Decía:

«Antonio Pérez volvió de Inglaterra: no he olido lo que ha traído; pero él se topó cerca de este lugar con el Duque de Guisa y le habló en sus desventuras. Vea V. S. si con este hombre es menester hacer algo ó con D. Martín de Lanuza, que también anda con el Príncipe de Bearne, y ha llegado á las puertas de París, y dice desea reducirse. No se me ha respondido á lo que avisé de D. Manuel de Portugal, que me había escrito D. Martín de Guzpide, ni al particular deste pobre hombre, que muere de hambre, y así en ninguna de las dos cosas he hecho nada. El D. Manuel está con el de Bearne, y ha dicho á personas que me lo han dicho que desea echarse á los pies de S. M., y está aguardando respuesta de lo que de Roan se escribió. Aviso de todo á V. S. por si S. M. quisiere mandar algo, lo pueda hacer á tiempo.

....................

»Lo que me dijo el Duque de Guisa que le había pasado con Antonio Pérez, no fué así: hase sabido después que está todavía en Inglaterra, y que debió de ser alguno que se valió de su nombre[131].»

Con estos hechos, mientras las pruebas del proceso no aparezcan, hay, pues, motivo para relegar el supuesto intento de D. Rodrigo de Mur, en unión con el de los irlandeses de Londres y algunos más, á la categoría de cuentos intencionados, con la presunción de que los ejemplares de verdaderos atentados de la época servirían á la credulidad sin otro examen.

Reanudando la ilación de los sucesos, como la guerra con España no empezaba cual por allá desearan, llamó el Rey á Pérez á la ciudad de Chauny, cerca de la Fere, cuyo cerco iba á poner, para consultarle el plan de campaña por la parte de Flandes. La marcha de los sucesos le tenía alarmado. Hízole entender el Peregrino que sin la cooperación activa de Inglaterra, sin un acuerdo que aunara los esfuerzos contra el enemigo común, difícilmente llegaría á contrarrestar el impulso dado por el Conde de Fuentes metiéndose en Picardía y ganando una tras otra las plazas de la Chapelle, Catelet y Dourlens. ¿Mas era acaso fácil convencer á la Reina Isabel, alcanzar socorros de ella, cuando acababa de retirar los que envió contra los españoles de Bretaña al verlos en Brest, esto es, á las puertas de su casa?

Bien conocía Antonio Pérez la exactitud de la objeción, sintiendo en el despecho no estar debajo de tierra antes que ver á la insolente fortuna de Felipe sobreponiéndole á todos los enemigos, sin que sus consejos fueran escuchados ni su residencia allí produjera fruto[132]. Debía de insistir, sin embargo, é insistía en inclinar al Rey de Francia á dar nuevos pasos que movieran la voluntad de la inglesa, de Juno, según la nombraba en la conversación confidencial, dando ejercicio á su prurito de aplicar sobrenombres, mientras por el lado del favorito de la Reina tiraba de los hilos de la intriga con que se tramara la misma tela.

Enrique IV no podía desconocer la excelencia del pensamiento ni la necesidad de acudir á realizarlo, empezando con el halago del consejero y agente; no escaseó, en consecuencia, las honras en la palabra, ofreciendo la dispensación de otras más efectivas, el collar de la Orden del Espíritu Santo, por ejemplo.

Godfrey Aleyn, que oyó referir á su amo en la mesa las distinciones de que había sido objeto, presumía que el Sr. Antonio las rehusaría sin más excepción que la de la Orden, y esto si podía proporcionarse las prendas que necesariamente deben de vestirse en la ceremonia. Hubiera rogado al Conde de Essex que le ayudara al efecto, si no estuviera cohibido por la consideración de los muchos favores recibidos. La celebración del Capítulo era el día primero del año próximo; la nota de las prendas y de su valor, pedida por curiosidad al sastre de S. M., adjunta[133].

Sirviendo Pérez á dos señores, natural era que se creyera con derecho á seguir disfrutando de las liberalidades del uno tanto como de las del otro. El más cercano le tenía á su lado en público; salió con él por el camino al marchar hacia la Fere, y dejándole en Chauny encomendó mucho á Villeroy cuidase de su persona, acompañándole cuando hubiera de ir á San Quintín, «porque no podía pasarse sin su compañía.» Todo esto era altamente honorífico sin duda; mas no lo que esperaba el Sr. Antonio, dándolo á entender, en ausencia del Soberano, con expresión repetida de no ser para su genio el carácter de los franceses, entre los que no creía podría vivir mucho tiempo, y menos en los mezquinos alojamientos que le señalaban[134].

No lo dijo en balde: á los pocos días le instalaban en una de las mejores casas de la ciudad; llegaba á sus manos oferta nueva del Rey de conferirle las insignias de la orden consabida, con una plaza en el Consejo privado y las rentas de la primera Abadía que vacara, en espera de lo cual disfrutaría desde luego pensión de 4.000 escudos anuales[135].

Por complemento escribió el Rey al Conde de Essex[136], agradeciendo infinito lo que había hecho por Pérez, consejero digno de toda clase de miramientos, que le era muy querido y agradable. Sentía no poderle dar todo lo que deseara y él se merecía; aseguraba, sí, que participaría de la miseria de Francia con la buena voluntad del que la regía.

El interesado, en vista de la gracia y pensión señalada por el Monarca, sin pedirla él, hizo saber á Villeroy «que era perro y peregrino; pero perro peregrino en la fidelidad[137].» Casi al mismo tiempo informaba á su amigo el Conde de Essex de haberse interceptado cartas de España por las cuales se venía en conocimiento de los proyectos del Conde de Fuentes en Flandes, así como de las miras de Nabucodonosor, que á toda prisa reunía ejército y armada. Desconfiando de los recursos de Enrique IV para resistir, y aun de que en Inglaterra dieran á sus enemigos la atención debida, le instigaba á despertar el espíritu público, temeroso de que les ocurriera lo que á las vírgenes de la parábola del Evangelio, que se acordaron tarde del aceite. El que espera siempre es vencido; de los audaces que atacan es el lauro. Si no querían oirle, determinado estaba á despedirse de Francia y de Inglaterra á la vez, al paso que nada igualaría á su satisfacción estando al lado de amigos buenos que con prudencia y energía siguieran sus advertencias[138].

Repetíalas sin cesar, manifestando las cartas sucesivas por qué procedimientos iba convenciendo al Rey de la necesidad de entenderse directamente con el Conde de Essex, tan interesado en sus progresos; utilizando avisos reservados de Flandes, de Venecia, de Milán, de la corte de Madrid y de la misma de Francia; teniendo que reservar á veces algunos de estos últimos, pareciéndole que no le agradaría á Enrique saber que le eran conocidos. Recibíale el Monarca á todas horas, á solas, aun estando en la cama, no sin inconvenientes; que empezaban á manifestarse los celos de los palaciegos, y singularmente la envidia de Villeroy, por más que procurara adormecerla con lisonjas[139]. Como defensa, había manifestado al Rey que mal podría subsistir allí si á las persecuciones y peligros de la triste fortuna se agregaba la malquerencia de sus Ministros[140]: preciso sería, á falta de mayor favor y amparo, que buscara otro retiro; idea que afligió mucho á Enrique[141].

Lo que más costaba al consejero era contrarrestar el efecto de insinuaciones que partían de elevadas personas, del Secretario de Estado Villeroy entre ellas, en favor de la paz con España, recordada á cada nueva victoria de las del Conde de Fuentes. Urgía influir en opuesto sentido con el despacho de la expedición contra Cádiz, mucho más habiendo llegado á París un agente de Roberto el Diablo (Sir Robert Cecil)[142].

Un incidente imprevisto estuvo á punto de poner á Pérez en apuro. Bacon abrió inadvertidamente una carta que Godfrey Aleyn (el criado suyo que dió por amanuense ó secretario al amigo español) enviaba á su padre, y despertando su atención que estuviera escrita en cifra, interpretó lo que sigue:

Godfrey manifestaba propósito de no continuar mucho tiempo al lado de su amo, vistas la inconstancia y rareza del carácter. No pudiendo sufrir sus originalidades, á pesar de hacer cuanto estaba en su mano para complacerle, aprovecharía una buena oportunidad tan luego como penetrara ciertas cosas que empezaba á conocer y que podrían serle de mucho provecho. Los trabajos de Pérez se encaminaban por todos lados á conseguir Liga estrecha y fuerte entre Francia é Inglaterra contra el Rey de España, convenciendo á las dos partes de que por tal medio lo hundirían. Procuraba al mismo tiempo, por medio de la Reina, la soltura de su mujer é hijos, detenidos en Madrid; pero tenía emulación con M. Edmondes, agente especial del Conde de Essex, estorbándose uno al otro: el Rey empezaba á cansarse de las singularidades de Pérez, y los más de los hombres con que esperaba contar le enseñaban ya los dientes.

Se vino á descubrir por esta misiva que habiendo aprendido Godfrey al lado del señor Antonio lo que valía un secreto, tomaba copia de las cartas más importantes que se enviaban al Conde de Essex, y hacía que fueran á manos del Rey de Escocia por conducto de su Embajador en París. Essex, muy alarmado, previno incontinenti al corresponsal, dándole tiempo de poner remedio, que fué el de su táctica probada. Anunció al Rey otra tenebrosa traza de los Faraones de Egipto, enderezada á perderle con la invención de cartas que pusieran en duda su lealtad, su amor, su adhesión, etc. Después, manifestando á Godfrey que era preciso enviar al Conde una clave nueva de escritura, comisión delicada que no quería fiar á otra persona, le despachó para Inglaterra, donde en el acto de poner el pie le echaron mano, encerrándole en la prisión de Clink[143]. Le sustituyó Edward Yates, hombre de toda confianza, pagado como el otro por el Conde, y exclusivamente destinado á transmitir los despachos secretos que importaran á éste ó á la Reina[144].

Hay que dejar aquí en suspenso los manejos secretos, hasta referir someramente los efectos que producían en la política.

La Reina de Inglaterra, siguiendo los consejos de los Cecil, padre é hijo, contrarios siempre á los del Conde de Essex, había negado á Enrique IV la cooperación activa en la guerra, y este Rey insinuó por medio de Embajador especial que, no contando más que con los recursos propios, se vería en la precisión de aceptar paz honrosa con España. Isabel, inquieta con las ventajas que en Francia iba consiguiendo el Conde de Fuentes, recibió la declaración con doble sentimiento, y comisionó inmediatamente á Sir Henri Unton para que con carácter de Embajador sondeara en París la verdadera disposición del Rey, haciéndole conocer la necesidad en que se veía el Gobierno de Inglaterra de proveer á la propia seguridad, amenazada en aquella isla y en Irlanda. Si Enrique IV se inclinaba en realidad á entenderse con Felipe II, el Embajador debía procurar impedirlo con ofrecimiento de alianza y auxilio efectivo: si en la indicación no había más que amenaza, ninguna modificación se haría en la marcha de las relaciones; pero á estas instrucciones oficiales opuso las suyas particulares el Conde de Essex, seguro de verlas cumplidas, por lo mucho que Sir Unton le debía; y contrariamente á lo que el Secretario de Estado le mandaba, había de sostener al Soberano de Francia en la afirmación de no continuar la guerra sin ayuda, aunque en público y como Embajador diera á entender lo contrario.

Al mismo tiempo había de escribir Pérez cartas que se mostrarían á la Reina, para que la coincidencia de sus informes y los del Embajador influyera en el ánimo de Isabel. Las instrucciones del Conde decían: «Antonio me escribirá, en carta que pueda enseñarse, que la llegada de Sir Unton ha empeorado los negocios, y me preguntará por qué, conociendo el carácter del Rey de Francia y los asuntos del reino, no me he opuesto al envío del Embajador. Añadirá temores de que se haya dejado avanzar al Rey hasta un punto de que no pueda ya retroceder[145].»

Sir Henri Unton desempeñó perfectamente su papel; el Rey conferenció con Pérez, cuyas cartas completaron en Inglaterra el efecto de los despachos del Embajador[146].

Empezaba en esto el año de 1596 con descontento del Peregrino, que vino á mudar en pena, la falsa nueva de la muerte de Doña Juana Coello, su mujer. Un caballero de la Cámara de D. Felipe escribió á Génova dícese que se propagó de seguida por cosa cierta...[147]. Antonio Pérez mostró gran sentimiento, escribiendo expresamente para el Conde de Essex necrología latina[148], y otra castellana más extensa destinada al público[149], por muestra de la inmensidad del infortunio. Gil de Mesa fué en su nombre á noticiar á la Princesa Catalina de Borbón, al Rey, á Villeroy la resolución de abandonar el mundo, entrando en religión; propósito que parecía muy bien al Secretario de Estado. Probablemente por vez primera se ofrecía con sinceridad á secundarle con su influencia para entrar en situación en que podría hacer su fortuna y la de sus amigos. No menos expresiva Madama de Borbón, prometió solicitar de su hermano una mitra ó un capelo que le proporcionaran dignidad en el estado religioso; por último, el Rey, después de enviar con pésame á M. D'Incarville, le hacía saber que iban á extenderse las cédulas de nombramiento de Consejero real, asignándole la sexta plaza; otra de inclusión en la lista de los que habían de recibir la Orden del Espíritu Santo, más la de Gentilhombre de Cámara en favor de Gil de Mesa[150].

Como reflejo de la situación del ánimo, recrecido el odio con la progresión de la desgracia, hacía para Essex estudio de los sucesos políticos cuya fuerza obligaba al Rey á inclinarse cada vez más á la paz. Instigábale más que nunca á que hiciera entender secretamente á Isabel el peligro gravísimo que amagaba. El Papa trabajaba con vehemencia; el Duque de Saboya no era obstáculo; la llegada á España de la flota de galeones consentía el refuerzo de ejército y armada. ¡Qué letargo el de Francia; qué negligencia en Inglaterra; qué dolor no haber interceptado los tesoros de las Indias, siguiendo el plan que él mismo entregó á la Reina! Sucumbiría en la empresa con la seguridad de no haberse equivocado; y como los oprimidos infunden compasión y los engañados risa, quería más ser objeto de piedad que de ridículo[151].

Trabajo le costaba discurrir sobre la ceguera del Gobierno inglés, desacertado en todo; el Embajador Sir Henri Unton, cortés en invitarle á su mesa, se reservaba de él y no se daba maña para influir con Enrique. ¡Ah! no querían ayudarle en la guerra contra la bestia salvaje que se proponía trastornar los fundamentos de la tierra y la fe de los hombres... no sabían gastar dinero sin dolor... tiempo llegaría de lamentarlo[152].

Por mortificación mayor sabía, gracias á los buenos oficios de D. Cristóbal, el hijo menor del Prior de Ocrato, que un agente español en Nantes decía sin reserva que había de morir antes de un mes, siendo cosa notoria que un D. Rodrigo de Martilos (sic) le asesinaría, como también al Rey de Francia. Por absurdo que el aviso debiera parecer, reprodujo en Antonio Pérez una de aquellas crisis temerosas alimentadas por la suspicacia del carácter. Se creía blanco de la enemiga de los Guisas por haber sacado á luz en las Relaciones los proyectos de confederación que formaron con D. Juan de Austria; presumía que la envidia de Villeroy le armara alguna celada, llevando la desconfianza al límite de entender que Gil de Mesa, su alter ego, le espiaba y vendía al Rey, y que éste, para alcanzar arreglo ventajoso con España, entregaría á D. Felipe la persona de su fugitivo secretario[153].

Exasperado, insufrible en el trato, encerrado en la casa de Coucy, negándose á ir con Enrique IV á la Fere, con pretexto de una caída sobre el hielo, desataba la lengua contra la informalidad de los franceses, que al parecer pretendían hacer con él lo que con un limón, que se arroja después de exprimido, á más de entorpecer sus asuntos y retrasar el pago de la pensión que le habían señalado[154]. De no cambiar de sistema y seguir poniendo á prueba su paciencia, amenazaba con volverse á Inglaterra, donde viviría con dignidad y sin peligro, ó á cualquier parte, á comer carbón, antes que ser juguete de franceses, con ofertas que rechazaba con más grandeza que le eran hechas[155].

Si conferenciaba con el Embajador inglés, las quejas y las amenazas eran de otra naturaleza: entonces el lugar de retiro era Florencia ú Holanda[156]; pero de cualquier modo, ni hablaba con sordos ni dejaba de pensar en el alcance de lo que decía. El Embajador transmitía las extravagancias, pero se allanaba á pagarle las deudas. Enrique IV no sufría con paciencia las libertades que se iba tomando el español en su presencia, enviándole no obstante la visita de Villeroy, y aun la de su médico cuando pretextó la dolencia de la caída[157]. El Rey se le quejaba de que tuviera á Inglaterra más afecto que á Francia; pedíale con abrazos y besos que no le dejara, asegurando que en ninguna parte estaría más seguro que á su lado[158].

Otra más provechosa entrevista con la Princesa Catalina servía para preguntarle si se daría por satisfecho con un Obispado como el de Burdeos, por ejemplo, que valía 7.000 escudos anuales, con el número de beneficios eclesiásticos suficientes para sostener la dignidad de Cardenal, y con una guardia de seis ú ocho suizos que desvanecería todo recelo de atentado contra su persona[159], mientras de la parte de allá le anunciaban las cartas del Conde de Essex que, vencida por voluntad de la Reina la oposición de los Cecil, estaba resuelto y en vías de preparación el envío de una escuadra inglesa á las Indias, y el de la expedición contra Cádiz[160].

Acontecimiento inesperado, el asalto y captura de Calés (Calais) por el ejército español de Flandes, vino á decidir otra de las negociaciones en que andaba tan empeñado. El peligro de la vecindad se impuso á toda otra consideración en la política de Isabel, y he aquí cómo Antonio Pérez, acompañando al Duque de Bouillon y con plenos poderes para negociar la alianza defensiva y ofensiva, se embarcó para volver á Inglaterra.

Ahora sí, pensaba el Embajador, que podré buscar retiro en que pasar tranquilo y sin peligros los días de vida que me queden, dejando á estas naciones que gocen de su amor, después de haber hecho oficio de sacerdote en la unión conyugal[161].

Encontró en Dover al Conde de Essex, que le consultó ciertos puntos de la expedición de Cádiz, á la sazón muy adelantada en los preparativos; encontró á Bacon constante en los amistosos sentimientos; en Londres halló, en cambio, la más cruel de las mortificaciones.

La nueva del fracaso completo de aquella otra expedición costosa enviada á las Indias, derrotada en Puerto-Rico, en Chagres, en Tierra firme, deshecha al fin sobre la isla de Pinos por la armada española de D. Bernardino de Avellaneda; la jornada que, según Pérez, había de llenar las arcas de Inglaterra con los tesoros de Felipe II, y que en la realidad costó la vida de los dos caudillos de mar más populares, sin mención del desastre, impresionó á la Reina contra el consejero insistente, en quien Lord Cobhan, Sir Robert Cecil y Henri Brook descargaban el peso de la responsabilidad, ya que contra su parecer se hizo. El mismo Conde de Essex, al ver el nublado, seguido de las quejas, reclamaciones y exigencias impertinentes de Pérez, marchó á Plymouth, haciéndolo por otro lado Bacon[162].

El tratado entre Inglaterra y Francia se firmó el 10 de mayo sin intervención del oficioso Embajador, desatendido, profundamente humillado en aquella corte de que hablaba sin cesar en París cuando quería dar la medida de su influencia[163]. Dudando estuvo si volver á Francia, donde sería patente el desengaño, ó buscar asilo nuevo entre los rebeldes de los Países Bajos[164]; pero como lo segundo fuera aventurado[165], desandó el camino de la Embajada, sin obtener la atención siquiera de que le avisaran la salida de aquella armada de 150 velas, conductora del ejército que al mando de Essex había de atacar á Cádiz[166], donde esperaban, por lo contrario, al iniciador de la empresa[167].

III.

En los momentos difíciles se acreditan las condiciones de los hombres. El Peregrino, con su ordinaria sangre fría, se valió de la nueva de la agresión inglesa para explicar en Francia la razón de no figurar su personalidad en el tratado de alianza firmado en Londres, por aquéllas que recomiendan la ocultación del maquinista al mover en el teatro los hilos de mutación de las escenas, sin dejar de utilizar la noticia simultáneamente contra el mal efecto que al otro lado del Canal había causado, como dicho queda, la desdichada expedición de Drake. Al felicitar oportunamente á la Reina Isabel, acompañaba protesta de su constante adhesión, expresando que aún podría serle provechoso en otras jornadas[168].

Así lo iba entendiendo el Conde de Essex desque en la victoria descubrió la exactitud de los cálculos por donde se había alcanzado. Pérez era ciertamente instrumento útil. Á fin de conservarlo le escribió, por tanto, en 14 de septiembre de 1596, la carta más afectuosa, excusando lo ocurrido; pidiendo que no le condenara sin oirle[169]; refiriendo, en fin, los sucesos de la campaña; y como el Sr. Antonio no deseara otra cosa, reanudada la correspondencia, mientras discurría por allá los medios de seguir afligiendo á España, procuraba acá contener las vacilaciones del Rey, sobre todo las que le llevaban á considerar las ventajas de la paz.

De tomar esta resolución Enrique IV, inquieto como estaba con el triunfo conseguido por los turcos contra el Emperador y dado á discurrir si era llegado el caso de la unión de los Príncipes cristianos contra el enemigo común, quedaba segada en flor la idea primordial de la triple alianza contra España; anulada la sucesión de los proyectos belicosos. Á toda costa, á costa de la prudencia, acudió Pérez contra el peligro, avisándolo secretamente al Embajador de Inglaterra, á fin de que su Gobierno lo desvíara[170], mientras que sin temor de colocarse en oposición abierta con el Secretario de Estado, decía al Rey, en presencia de aquél, que sólo un insensato sería capaz de hablarle de transacciones humillantes[171].

Á todo esto se aproximaba el fin del año 1596, no habiendo pasado de buenas palabras las ofertas de honras y beneficios; Antonio Pérez no era todavía Caballero del Espíritu Santo, ni Obispo, ni más que pensionado con demoras é intermitencias, sin que la táctica de lamentaciones y amenazas de buscar nuevo amo, seguida siempre que las circunstancias la recomendaban, diera el apetecido resultado. Se determinó, pues, á formular por escrito una especie de ultimatum que debían de apoyar Juan de Vivonne, Marqués de Pisani, Embajador que había sido de Francia en España por los años de 1572 á 1582, época en que cultivó la amistad de Pérez, y el Duque de Montmorenci, Condestable de Francia, amigo de ahora y protector decidido. El memorial[172] iba acompañado de una especie de estipulación redactada sin miramientos por la pluma del pretendiente. Tal debía de ser que no la admitió el Rey, observando que era aquello proyecto de tratado más bien que súplica humilde[173]; lo modificó naturalmente, con declaración de «que Antonio Pérez deseaba servir á S. M. como vasallo y criado, presentándose desde luego como tal,» haciendo las siguientes peticiones, por debajo de lo que el Rey tenía ofrecido[174]:

1.ª Que se le procurara el capelo de Cardenal, dado caso que hubiera fallecido su mujer, aplicándolo á su hijo Gonzalo Pérez en el contrario, con advertencia de no indicar á Su Santidad para quién se pretendía.

2.ª Que se le señalara renta de 12.000 escudos anuales en obispados, abadías y beneficios eclesiásticos como fueren vacando, con autorización de transmitirlos á sus hijos.

3.ª Que mientras no se completase dicha renta, aunque percibiera una parte, siguiera cobrando la pensión de 4.000 escudos que le estaba asignada, situándola en parte donde la cobrara con exactitud.

4.ª Que independientemente, mientras no se le completara la renta dicha, se le darían cada año 2.000 escudos de ayuda de costa en avisos de gracias que él tendría cuidado de buscar.

5.ª Que para habilitarse por de pronto en la situación de Consejero con que le honraba S. M., se le dieran en el acto 2.000 escudos.

6.ª Que considerado el peligro que corría su vida por la persecución del Rey de España, se pondrían á su disposición algunos suizos de la guardia real.

7.ª Que si llegara á tratarse de paces entre Francia y España, se había de procurar la libertad de su mujer é hijos, así como lo acostumbrado respecto á bienes de vasallos retenidos por otro Príncipe.

8.ª Que por excusar pesadumbres tomara el Condestable de Francia á su cargo, y en nombre de S. M., el cumplimiento de las cláusulas.

Todas, sin excepción, fueron acordadas, expresándose en el asiento que el Rey, siempre bondadoso con los afligidos, había acogido en su reino al Sr. Antonio Pérez, atendiendo á las virtudes que le distinguían y á los servicios que de él esperaba, y ahora recibía su fe y le acordaba protección contra los que le perseguían.

Lo firmó en Ruan (Rouen) el 13 de enero de 1597 el Secretario de Estado, de Neufville (Villeroy) por orden del Rey, confirmando la ejecución el Condestable en 18 del mismo mes y año[175].

Habiendo jurado el cargo de Consejero, era asunto delicado comunicar al Conde de Essex lo que pasaba en el Consejo: al efecto, convinieron los interesados en que las cartas serían encomendadas á un criado de confianza que personalmente las llevaría á Inglaterra, quemándolas inmediatamente el Conde[176]. Por este medio propuso Antonio Pérez un proyecto nuevo de gran importancia. Contaba con cuatro plazas y dos puertos en el reino de Nápoles: con el beneplácito de la Reina y la dirección del Conde de Essex, se comprometía á tomar la empresa á su cuenta y riesgo, en la inteligencia de que la corona de Inglaterra no aceptaria responsabilidad de ninguna clase hasta adquirir la certeza de que él (Pérez) estaba en aptitud de hacer por sí solo la guerra al Rey de España por uno ó dos años[177]. Demostrado esto, ofrecía dar á la Reina Isabel la posesión y soberanía de dicho reino de Nápoles, poniendo en sus manos las plazas y puertos de referencia; de modo que, enviando allá una escuadra, entretenía la guerra lejos de su reino, y, por medio de inteligencias con el turco, se molestaba al más temible enemigo. En compensación no pedía más que la Reina ó el Conde adquirieran en Venecia una casa de valor de 20 ó 30.000 ducados donde Antonio Pérez pudiera dejar en completa seguridad á su mujer é hijos si perdía la vida en la demanda; y como quedarían en rehenes sus dos hijos mayores y el título de propiedad había de extenderse en nombre de la Reina para el caso contrario, nada perdería de ningún modo[178].

Á este proyecto presentó objeciones Nanton, haciendo ver las dificultades de enviar una escuadra hasta el fondo del Mediterráneo, así como la resistencia que los napolitanos opondrían á la religión reformada, y molestado con la contradicción respondió el Sr. Antonio que si la Reina no quería hacer el ensayo, ella se lo perdía[179].

Á Enrique IV propuso al mismo tiempo negociarle en Génova un empréstito de 2.000.000 con tal que destinara de la suma 40.000 libras mensuales á una invasión por el reino de Aragón[180]. En carta al Conde de Essex decía que, animado el Rey con el buen resultado de la jornada de Cádiz, era probable que se atreviera á tentar algo por ese lado y por el de Milán. Entre tanto Inglaterra debería enviar un agente á Marruecos, enmendando la falta de no haberlo hecho cuando la expedición de Cádiz, porque desde allí hubieran ayudado[181]. Perdonaba y miraba por encima del hombro á los émulos que tanto le habían contrariado en Inglaterra, esperando taparles la boca con el cumplimiento de sus vaticinios y con el triunfo que también en Francia había conseguido sobre Villeroy, Saucy y los compañeros que querían á toda costa impedir su entrada en el Consejo real[182].

Mal podía sospechar Antonio Pérez que, al escribir las impresiones del orgullo satisfecho, un Capitán español iba á cambiarlas súbito, apoderándose de la plaza de Amiens y del parque de artillería de Francia, con un saco de nueces. Ocurrió el suceso el 11 de marzo de 1597, trastornando por completo los planes de Enrique IV: hubo de reclamar de Inglaterra el auxilio convenido en el tratado de alianza, sin que se lo dieran; cambiáronse las reclamaciones del caso, agriándolas las embajadas especiales, de forma que decidió aceptar los buenos oficios del Legado del Papa y negociar la paz con España tan luego como recuperó la plaza.

Vanos fueron los supremos esfuerzos de Pérez para impedirlo: por más que participara al Embajador de Inglaterra cuanto en la corte se pensaba, y en su ayuda vinieran á París Sir Robert Cecil y Justino de Nassau, como fracasara por entonces el Conde de Essex en la segunda jornada contra los galeones de la plata y no compensara el daño que pudo hacer en las Azores durante el verano de 1597[183], los gastos y averías del armamento, el disgusto de la Reina Isabel y de sus consejeros, que daba mayor tirantez á las relaciones, vino á hacer irrevocable la resolución de Enrique IV; y lo que el intrigante consejero consiguió tan sólo, resistiéndola indiscretamente, fué que, descubiertos los manejos, le fuera cerrada la Cámara del Rey[184].

Cambiando entonces de sistema, procuró como siempre sacar partido de las circunstancias. Rechazó como novela inventada por sus enemigos la acusación de confidencias á Inglaterra, enviando á Gil de Mesa á casa del Condestable con una memoria en que decía, entre otras cosas propias de su sin igual desenfado[185]:

«Viniendo al punto presente de la calumnia que escribo á Inglaterra, digo y suplico al señor Condestable que me haga la merced de pedir á S. M. que mande averiguar esto, y siendo falso, como lo es, hacer la demostración que es justa en mi satisfacción, y darme licencia que me retire de sus reinos y de cortes de Príncipes, y de sus peligros y juicios, antes que me acaben la salud y vida, ofresciendo, como ofresco á S. M. que, bien ó mal tratado, mientras viviere y donde quiera que viviere, le mantendré la fe y amor á su nombre y corona, de muy fiel siervo.»

La salud dió por perdida desde el momento, á causa del disgusto; hízose el malo[186], ocupando á los amigos en la distribución de lamentaciones y cartas, y porque no se perdiera la ocasión empeñó á los más allegados y á los más influyentes á fin de utilizar lo mismo que con tanto empeño había querido deshacer. Antes de que se abrieran las negociaciones en Vervins, había ya escrito repetidamente al Rey[187] se acordara de lo que le tenía ofrecido en el asiento, y pusiera, por tanto, en el tratado de paz un capítulo especial exigiendo la libertad de su mujer é hijos y la devolución de bienes; á la Princesa Catalina rogaba influyera con tesón en este resultado, y á Gabriela d'Estrées, Duquesa de Beaufort, íntima de Enrique IV, encomendaba el asunto expresado, «que en las grandes ocasiones se acude á los grandes santos[188].»

«Suplico á V. M., decía al primero, se acuerde de lo que por su grandeza y benignidad me tiene ofrecido tocante á la redención de mi mujer é hijos y á la restitución de mis bienes... Ya es llegada la hora y coyuntura de mostrar V. M. su natural de piedad en el caso más piadoso destos siglos, en el cumplimiento de su palabra real... Habrá V. M. hecho una obra en gracia del cielo, en gloria suya con las gentes, en mérito para con Dios... Porque el Rey de España pensaría que aquellos artículos y promesas habían sido ceremonia, y lo recibiría como por seguro y permisión de la ejecución de mi perdición.» Avisábale que Felipe II había de poner por condición en el tratado el indulto del Duque de Aumale, refugiado en Bruselas, y que nada más natural que estipular en cambio el suyo.

¿Escuchó el Rey las súplicas? Si pudiera en algo darse crédito al mismo Pérez, Enrique tomó con grandísimo empeño su causa: los plenipotenciarios de Francia presentaron en Vervins la propuesta, respondiendo los de España, Richardot y Tassis, que Antonio Pérez no era emigrado político como el Duque de Aumale, sino fugitivo sentenciado por la Inquisición[189].

Posible es que el Rey le dijera esto; mas por entonces no estaba satisfecho del Consejero de modo que fuera á entorpecer por él las negociaciones. M. Mignet, que examinó exprofeso las instrucciones y despachos de los plenipotenciarios franceses Bellièvre y Sillery; no sólo no encontró comprobación del interés que se les hubiera encomendado, sino que, por el contrario, dió con la orden precisa de rechazar en el tratado cuanto pudiera tener relación con el Duque de Aumale. El nombre de éste figura en los protocolos por esta razón; el de Antonio Pérez no se menciona siquiera, y el hecho es que en la paz de Vervins, firmada el 2 de mayo de 1598, no se comprendió á ninguno de los dos[190].

Dos incidentes derivados del descubrimiento de las inteligencias de Antonio merecen especial atención. El primero el de la propuesta de un convenio nuevo que envió al Conde de Essex al darle cuenta de los disgustos que había sufrido; consistía: 1.º, en la completa seguridad de la persona que en lo sucesivo se encargara de llevar las cartas; 2.º, que reuniendo el Conde todas las que tenía en su poder y las que poseía Bacon, las quemaría, sin lástima de las bellezas literarias, avisándole de su propia mano estar cumplida la destrucción; 3.º, que había de asegurarle haría lo mismo con todas las cartas sucesivas, sin mostrarlas á nadie más que á la Reina; 4.º, que si por resultado de la correspondencia, contra lo que podía suponerse, llegaba á perder la situación que tenía en Francia, volvería á tomarle el Conde bajo su protección en Inglaterra. En postdata hacía saber hallarse necesitado de alguna ayuda de costa[191].

El segundo curioso incidente consiste en el escrúpulo de conciencia que llegó á sentir por la prosecución de estas inteligencias, que consideraba «las de su verdadera vocación.» Un confesor italiano desvaneció aquél, diciéndole que, por los deseos de venganza que abrigaba contra su antiguo señor, pecaba mortalmente; pero que tratando, como Consejero del Rey de Francia y como católico, del bien general de Europa, considerados los fines que se proponía, su inteligencia con Estados heréticos no sólo era excusable, sino altamente meritoria[192].

IV.

Después del tratado de paz de Vervins, son más escasas las noticias auténticas del Peregrino. Por las que recogió Bermúdez de Castro, aparece domiciliado en París, en trato íntimo con el Soberano, que gustaba mucho de sus pláticas y le llamaba «su maestro de cuentos;» obsequiado de los palaciegos y de los personajes de la alta nobleza, con regalos y favores; siendo objeto de todas las conversaciones; en todas partes buscado y atendido; pasando la vida entre festines; haciendo ostentación de criados extranjeros y manifestaciones múltiples del lujo[193].

Hay algo de verdad en la indicación general de la vida; hay no poca exageración en cambio.

Se estableció en París y ocupó tres años una casa enfrente del hotel de Borgoña, donde se representaban las comedias, y al lado del hotel Mendoza, así llamado por un volteador de maroma que hacía notables habilidades[194]. En la puerta estaban los suizos de la guardia real, que le seguían por las calles, á uno y otro lado de la carroza, preciándose de que ésta fuera la más linda de la corte[195], así como de tener metresa[196].

No siempre recibía con puntualidad el importe de las pensiones, ni de ordinario ganaba en actividad á los que avisaban primero las vacantes de beneficios y gracias: harto se quejaba de ello[197]; con todo, lo que percibía en Francia, junto con las liberalidades del Conde de Essex, bastaba al sostenimiento de la situación de Ministro en que se había colocado. Los Embajadores de Inglaterra y de Venecia, el Condestable, el Marqués de Pisani, el Duque de Bouillon, con otros personajes, y más que todos M. Zamet, el gran anfitrión de París, el confidente servicial de Enrique IV, recibían asiduamente á Antonio Pérez, estimando el don, que como pocos poseía, de hacerse escuchar en la mesa y salones, gracioso, ocurrente y oportuno. Las anécdotas de la corte de España, principalmente aquéllas amorosas en que hacía papel el Rey D. Felipe, tenido por austero personaje, y tan sólo visto por el lado de la política, interesaban vivísimamente al auditorio, pendiente de la narración del ex-Secretario, no lerdo para presentar en semejantes pláticas á Nabucodonosor ó á la bestia salvaje, antes siguiendo el plan de las Relaciones de nombrarle en público su amo, que no era óbice á las confidencias de interioridad, ejemplo aquélla de que nunca olió ni conoció diferencia de olores[198].

Gozaba, pues, de estimación y aprecio en ciertos círculos de la sociedad, sin ser por ello figura de primera notoriedad, cual admitió Bermúdez de Castro. Las memorias de Sully, como las de Villeroy, tan ricas en pormenores de la corte francesa por aquellos tiempos, no hacen una sola vez mención de Antonio Pérez; y si no hay que olvidar que ambos escritores y políticos le quisieron mal, no estaban en el mismo caso Pierre de Lestoile ni Palma Cayet, cronistas minuciosos de las calles y las ocurrencias, ni de Thou, Jean Choisnin, Claude Groulart, que ilustraron las memorias del reinado sin dedicar dos líneas de escritura al español refugiado.

En cuanto a Enrique IV, mirábale después del descubrimiento de los manejos ingleses con prevención, y tras de la paz de Vervins como inútil y aun perjudicial á sus intereses[199]. No era el Rey quien le llamara maestro de cuentos: la frase debía proceder de un ofendido ó de un chusco, á juzgar por la respuesta: «Que no es malo saber cuentos, pues que enseñan entreteniendo; que cuando el que le criticaba supiera muchos, sabría más que ignorándolos[200].» Sin embargo, los cuentos ó las indiscreciones granjearon á Antonio Pérez enemigos mortales en las familias de Guisa y de Montpensier, sin contar los de menos altura.

En visitas, reclamaciones y banquetes, aparte de los quehaceres del cargo oficial, pasaba efectivamente la mayor parte del día; alguna distraía la audiencia de las muchas personas de cierto género que acudían á su casa: aragoneses, italianos, portugueses, que tenían alguna razón para esquivarse de la justicia; foragidos, en el concepto del Embajador de España, con los que tenía constituído un centro de conspiración permanente. De noche escribía[201] las sentenciosas obras.

Empezó publicando nueva edición corregida y aumentada de las Relaciones, con dedicatoria al Rey Enrique IV, fechada en París á 24 de septiembre de 1598, y á poco aparecieron separadamente los Aphorismos de las Relaciones de Antonio Pérez, Monstruum Fortunæ. Quería dar á entender que la publicación se hizo contra su gusto, á devoción de un gran personaje (el Rey), y que un curioso había sacado los aforismos de todo el libro, «á imitación del Bitonto, que destiló á Cornelio Tácito[202]:» ello es que remitió este libro á varios de sus favorecedores y amigos[203], y que lo hizo también de la edición de Lyon titulada «Pedazos de historia ó Relaciones, así llamadas por sus autores los peregrinos. Retrato al vivo del natural de la Fortuna[204].»

El éxito le animó á dar sucesivamente á la estampa primera, segunda y tercera serie de memoriales y cartas, excusando, sin necesidad, el propósito de alimentar la curiosidad. Ya decía «que un amigo le arrebató varias cartas, y por haberle agradado las ha hecho imprimir; temía que lo mismo sucediera con unas ciento cincuenta más españolas y una centuria de latinas que envió á Gil de Mesa á instancias de un gran personaje[205].» Anunciaba á poco la aparición de las Cartas españolas y latinas, y aforismos[206], diciendo luego: «Saltaron las cartas españolas y latinas á mi desgusto[207].» «Un amigo se quiso meter á hacer imprimir las cartas á devoción de un gran personaje: no lo ha podido remediar[208].»

Enviando ejemplar al Duque de Humayne (Du Maine), volvía á decir «que un amigo había impreso las cartas á demanda de una dama aficionada á la lengua española: el daño estaba hecho[209].» Á otro personaje confiaba lo ocurrido por diferente modo: «Hacía él que un escribiente, antes de cerrar las cartas, las fuera copiando en un libro. El que copiaba, las iba copiando por sí también: curiosidad natural á criados. Á este tal parecía que se las había sacado una dama. No le acontecería más[210].»

En la colección de las cartas andan revueltas, con las ahora citadas, aquéllas con que remitía á Gil de Mesa la primera, la segunda y la tercera parte, para que se encargara de la impresión[211], así como las que le inspiraban el enojo de la corrección de pruebas y las demoras de cajistas. Por lo demás, aun reservando las piezas demostrativas de que «para morder no hay colmillo de jabalí que tal navajada dé como la pluma[212],» razón sobrada tenía estando satisfecho de la acogida otorgada por el público á sus obras, si «no había semana que no acudieran á su posada de varias partes á preguntar si estaban ya impresos los memoriales[213].»

«¿Qué culpa tengo yo, ponía, de que llamen por esas calles sentencias, y doradas, aquellos aforismos de mis cartas?[214].»

«Pregúntanme si algunas cartas que andan entre las impresas con nombres de otros, son en realidad de verdad mías ó de aquéllos. Porque el estilo, quien quiera que leyere las unas y las otras con un poco de atención, no le juzgará diferente, como ni una persona vestida de máscara, por mucho que se quiera disfrazar, podrá dejar de ser conoscido, yo diré francamente la verdad. Todas cuantas cartas andan en nombre de otros con las mías, son desa mi pluma grosera, tal cual la que me cupo por suerte. Lo mismo digo de cuanto anda en el libro de las Relaciones, ó sea debajo del nombre de El Curioso ó de cualquiera otro, ó de la pluma arrojada, cual la mía vive, por muy ruín, justamente[215].»

«Las cartas familiares y de amigo á amigo declaran más el natural que el rostro propio á un fisiógnomo, y así las llamó no sé quién retrato del ánimo[216].»

Han sido juzgadas con alguna variedad estas cartas, bien que generalmente se reconozca su mérito. D. Eugenio de Ochoa, que las reimprimió, pensaba que el escritor brilla más en ellas por la novedad de los pensamientos y la valentía de los giros, que por la pureza y corrección del lenguaje[217]; Bermúdez de Castro, en el supuesto de que todos los personajes de la corte de Francia querían testimonio de su estilo y de tener que poner en prensa el ingenio para discurrir lisonjera y graciosamente sobre fútiles consultas, alaba al escritor fácil y sentencioso, moralista divagador al gusto de la época, entendiendo que por estar entonces menos formada la lengua francesa que la nuestra, se enriqueció con los giros que introducía el español proscripto[218].

Reconocen efectivamente la influencia literatos de esta nación[219], por más que alguno piense fuera en parte debido al favor que por entonces gozaba en la corte y en la buena sociedad la lengua castellana[220], al que se debió la publicación de varias ediciones en la misma en que las cartas habían sido escritas[221], sin perjuicio de las traducciones[222]. Ticknor estimaba las cartas por su variedad de estilo, propias, castizas y muy interesantes[223]; Morel Fatio cree se deben de poner en la literatura epistolar española al nivel de las del autor del Centón dicho de Cibdadreal[224]; no falta, sin embargo, quien las encuentre un tanto cansadas (tedious)[225].

En más honda consideración se reconoce la exactitud con que el autor definía las cartas familiares: en éstas se halla su retrato moral pareciendo entre los rasgos, que si alguno excedía al de la adulación[226], era el de la vanidad. Por ella no es mejor la colección epistolar, limpia de las fútiles misivas á que Bermúdez de Castro se refiere, que repiten unos mismos conceptos rebuscados; por ella no está despojada de personales alabanzas, que por otro lado sirven grandemente á la pintura: la del docto amigo á quien ruega «pase los ojos por los renglones que le han caído de la pluma para esculpir en un reló destinado á Gonzalo, su hijo[227];» la que anuncia un anillo de dos rengleras de diamantes á su mujer[228]; la de los retratos que se manda hacer[229].

Se ha atribuído injustamente al Peregrino otra obra literaria, cuya malignidad tratando de supuestas inteligencias entre D. Juan de Austria y el Duque de Guisa ó sobre la muerte del Príncipe D. Carlos, y cuya complacencia en describir la agonía del Rey Felipe II, podían estimarse en consonancia con las que trazaba la pluma aquélla, más temible que colmillo de jabalí. La vanidad sirviera justamente para reconocer cuán ajeno fué de tal escrito, si el estilo no lo dijera á primera vista. Se habla en este libro con extrema parquedad de Antonio Pérez, y él no sabía hacerlo, por mucho que se quisiera disfrazar.

La obra se titula Breve compendio y elogio de la vida de el Rey Phelipe segundo de España, por Antonio Pérez, y de ella existen varias copias manuscritas, habiéndolas en la Biblioteca Nacional de París y en el Museo Británico de Londres. M. Mignet, que poseía una con otro título, Vida reservada del Señor Rey Phelipe 2.º, por Antonio Pérez, no dudó que el autor fuese realmente el ex-Secretario del Rey elogiado, y transcribió la relación de los últimos momentos del Soberano, porque se supiera que «la muerte no le quiso arrebatar antes de haberle hecho sentir que los príncipes y monarcas de la tierra tienen tan miserables y vergonzosas salidas de la vida como los pobres de ella. Ella le embistió al fin con una asquerosa phitiriase con un ejército innumerable de piojos...[230].»

En el Catálogo de manuscritos españoles de la Biblioteca Nacional de París, formado por M. Morel Fatio (pág. 65, núm. 178), se explica cómo el Breve compendio, atribuído á Antonio Pérez, es simplemente traducción de un capítulo del libro primero de la Histoire de France et des choses memorables advenues aux provinces etrangères durant sept années de paix, etc., par Pierre Mathieu: París, 1606, en 4.º, tomo I, páginas 35 á 148, versión española que publicó D. Antonio Valladares de Sotomayor con título de Vida interior del Rey D. Felipe II, atribuída comunmente al Abad de San Real, y por algunos al célebre español Antonio Pérez, su Secretario de Estado: Madrid, 1788, en 8.º

V.

La muerte del Rey de España debía de influir en el ánimo de su expatriado Ministro, mitigando cuando menos el odio personal en que principalmente se inspiraban sus acciones. Teníale además probado la experiencia que la medida de sus fuerzas no llenaba la del orgullo loco con que se creyó capaz de luchar mano á mano frente al coloso de la política; en Inglaterra como en Francia veía declinar de día en día las estrellas de su reputación y su influencia, que formaban constelación con la de la fortuna. En esta disposición, la idea de recobrar la posicion antigua; el deseo de ver el cielo de la patria y el techo del hogar, no ajeno á las almas más escépticas y depravadas, se iba haciendo sentir en la suya.

Algún amigo oficioso hizo vibrar las sensaciones apoyadas con la falsa nueva de haber recaído resolución importante por disposición testamentaria de D. Felipe. «Corrió voz y aviso del testamento que dejaba... con capítulo tocante al descargo del alma en las cosas de Antonio Pérez... Unos referían que había dejado orden que diesen luego libertad á la mujer é hijos; que le restituyesen toda su hacienda, y aun 8.000 ducados de renta en satisfacción de lo padecido...[231].» Otros hablaban de recomendación especial al Príncipe para emplear á Antonio Pérez en Flandes ó en Italia...

¿Qué razón se opondría al regreso de Pérez, influyendo en el nuevo Rey D. Francisco Gómez de Sandoval, Marqués de Denia, amigo de la juventud, que le había visitado en la prisión arrostrando la cólera del Soberano?[232]. Bien se podía saber que salió de España huyendo del enojo de su Príncipe, sin haber cometido delito de felonía ni hecho cosa contra la corona[233]; bien se podía juzgar que si había servido con algún consejo ó advertimiento á reyes extraños, era obligado de las circunstancias: ¿no es de ley natural servir al que da amparo?[234].»

El Sr. Antonio pensaba en aquellos días en admirable conformidad con M. Morel Fatio en los presentes; los contemporáneos eran los que no la tenían, por más que el natural piadoso de Felipe III le estimulase doblemente á señalar su advenimiento con actos de clemencia y de dulzura.

Habían transcurrido seis meses sin variación alguna: por fin, en abril de 1599 se expidió la orden de libertad de Doña Juana Coello[235]; luego la de sus hijos, con licencia de reclamar la restitución de 20.000 escudos distraídos de la renta eclesiástica que correspondía al mayor, Gonzalo[236]; pero de Antonio Pérez nadie se acordaba. Aunque la entrada del Rey en Zaragoza se solemnizara con el perdón de los proscriptos, la libertad de los presos, el derribo de los padrones de infamia de los caudillos de la revolución aragonesa[237], Antonio Pérez seguía exceptuado, recibiendo mortificación y desengaño nuevo. «¡Ah! escribía, á cabo de nueve años de prisiones han soltado á madre é hijos; pero se les ha mandado que no puedan salir de España. Paresce cosa de rehenes del tiempo de aquellos reyes moros; paresce que valgo algo, y no valgo nada[238].»

Sin desesperar por esto, acudió á los resortes ejercitados del halago, del ruego y de la amenaza, tocándolos á la vez en España y Francia. A la primera envió sentidas cartas para el Ministro universal, entre ellas una que había de enseñarle los medios de conservarse en el poder, ampliando el texto de aquélla que figuraba en su colección de las publicadas con epígrafe Á un gran privado[239].

La nueva se halla traducida al italiano por un anónimo que dice oyó elogiar en Ferrara á Antonio Pérez como uno de los maestros en el arte cortesano. Despertada su curiosidad, pudo procurarse noticias que recopiló con el título de Vita et qualitá di Anton Perez; y pareciéndole que la carta era joya preciosa, no sólo procedió á traducirla, la estudió y comentó en volumen de 154 fojas. Existe copia en el Museo Británico de Londres; otra en la Biblioteca Nacional de París (Fr-3.444), ambas con título de Lettera di Antonio Perez scritta al Duca di Lerma circa il modo che si doueno gouernare li fauoriti di Principi per conseruare la loro fortuna[240].

En lo de Francia, acudió al Condestable exponiendo que desde que estaba en el reino, con haber tenido del Rey muchas promesas y las prendas firmadas en Ruan, ninguna cosa se le había cumplido ni año había pasado en que creciera en fortuna un dedo, sino menguado de día en día, y no quería morir, que á los hijos y á él no les quedaba sino la vida para ver más de lo visto[241]. Acompañaba memorial al Rey diciendo:

«Que apretándole cada vez más las quejas de los suyos y los disfavores y desconsuelos aquí, sin ser de ningún servicio, le era forzoso consignar que en promesas de príncipes, fuera de lo que toca á su honra, era de consideración excusar desengaño. Decíanle los suyos no menos sino que no esperase verlos en Francia, y que se resolviera á que no lo tuvieran ni por marido, ni por padre, ni por hombre de entrañas humanas ni agradecidas á lo que habían padecido... Que pues aquí vivía inútil para S. M., y el estado en que se hallaba era de tanto daño si le tomaba la muerte dejándolos hijos de francés por el pan de la boca, le diera licencia para irse á alguna ciudad neutral á donde probar si estaba en esto el efecto de verse junto á los suyos[242].»

Algún efecto produjeron las últimas gestiones: el Conde de la Rochepot, enviado como Embajador á España en 1600, recibió encargo de interesarse por Pérez con la eficacia que acredita el siguiente párrafo de las instrucciones:

«Cuidará particularmente de inquirir lo que podrá hacerse en favor del Sr. Antonio Pérez, por la suerte del cual tiene gran compasión Su Majestad, pues ha llegado á la desdicha en que se encuentra por desgracia y no por malignidad. Se informará de la manera con que son tratados la mujer é hijos, intercediendo por ellos á fin de conseguir que se restituyan en totalidad los bienes pertenecientes al padre y á los hijos, para que disfruten los beneficios de la paz y de la recomendación de S. M.[243].»

Conocida la instrucción, decía la pluma incorregible del Peregrino: «Este Rey está fuerte en no consentir á los franceses absentes gozar sus casas y bienes si á Antonio Pérez no le dan su mujer, hijos y hacienda. Quizá este mismo favor dañará, pero serán gloriosos daños. Del nuevo Rey de España quiero esperar que imitará á David, por no probar los azotes de su reino por pecados ajenos[244].»

Debió de dañar en verdad, más que la recomendación, la advertencia; en nada se alteró la resolución del Ministro de dejar las cosas como estaban, mientras que la bilis del expatriado sufría alteraciones graves al punto de obscurecer las dotes de hombre de negocios.

«Roni me trata mal, escribía al Condestable; el Rey manda que no me mude mi pensión, y Roni no quiere: no entiendo; y si lo entendiendo, que si me faltare el pan, buscaré un amo á quien servir, y esta licencia no me la negará el Rey[245].»

Más agrio á medida que el tiempo trascurría, volvía á decir al Condestable en 1604:

«Dijo el Rey á Roni que no me tocase en la consignación, y Roni no quiere, y há tres meses que debo el pan que como. Pero más ha hecho el Sr. Gil de Mesa hoy, que ha dicho á M. de la Varenne que, si el Rey no quiere, que hable claro y no nos traiga engañados, que buscará Antonio Pérez un amo á quien servir. Por cierto, chico estómago tiene la corona de Francia si tan pequeña partida embaraza[246].»

Sin embargo, por un resto de consideración ó indulgencia solía Enrique IV defender alguna vez á su Consejero de la malquerencia de Villeroy y de Rosny; prueba esta carta dirigida al último:

«Antonio Pérez ha venido á darme gracias por los tres mil escudos que se le han dado, y á suplicarme se extiendan á la cantidad de cuatro mil, con el fin de que si llega á saberse en España no digan que recibe menos que en los años anteriores. Así, por satisfacer la vanidad de este hombre, os ruego se le complete la referida suma de cuatro mil escudos[247].»

De todos modos, empeoraban la situación crítica del proscripto el peso de su inutilidad, la humillación del descrédito, la necesidad apremiante de la subsistencia, instándole á redoblar las diligencias que le abrieran la puerta del destierro. En los preliminares de paz entre España é Inglaterra entrevió la ocasión de descorrer por sí mismo el cerrojo, haciendo valer servicios é influencias que parecieran grandes, y con la osadía que no le faltó nunca acometió el plan rápidamente concebido.

En la preparación hay pormenores que no están suficientemente esclarecidos. Birch[248] presumía que los artificios de la corte de España, empleados para apartarle de Enrique IV, le engañaron; que persona de la embajada de España en París, garantida por la palabra de un Grande que pasaba por allí hacia Flandes, le aseguró, en el caso de renunciar á la pensión que disfrutaba en Francia, que antes de seis meses sería reintegrado en los bienes y honores que había tenido en su país.

Notes in this chapter

Note 1 · Antonio Pérez, Secretario de Estado del Rey Felipe II. Estudios históricos por D. Salvador Bermúdez de Castro: Madrid, 1841. En 8.º, 409 págNote 2 · Se publicaron en la obra titulada Memoirs of the reign of Queen Elisabeth, particularly illustrated from the original papers of Anthony BacoNote 3 · Biblioteca de Autores españoles de Rivadeneyra. Epistolario español ordenado por D. Eugenio de Ochoa. Cartas de Antonio Pérez. Tomo I: MadriNote 4 · Antonio Pérez et Philippe II, por M. Mignet: París, 1845. 8.º Se han publicado otras cuatro ediciones: la última del año 1881.Note 5 · L'Espagne au xvi et au xvii siècle: Heilbronn, 1878.Note 6 · Lettres d'Antonio Perez ecrits pendant son sejour en Angleterre et en France, páginas 257 á 314.Note 7 · Morel Fatio, loc. cit., pág. 263.Note 8 · En la Vita di D. Pietro Giron, Duca d'Ossuna.Note 9 · En las Memoirs of the reign of Queen Elisabeth, antes citadas.Note 10 · Relaciones, pág. 163. Edición de Ginebra, 1644. La misma de las citas de M. Mignet.Note 11 · La primera carta de la Colección Ochoa.Note 12 · Relaciones, páginas 167, 168.Note 13 · Relaciones, páginas 167, 168.Note 14 · Colección Llorente. Cartas citadas por M. Mignet.Note 15 · M. Mignet, Antonio Pérez. Edición de 1881, páginas 314 á 317.Note 16 · Relaciones, páginas 169 á 173.Note 17 · Llorente, Histoire critique de l'Inquisition, tomo III, página 347.Note 18 · Bermúdez de Castro, Antonio Pérez, pág. 236.Note 19 · Relaciones, pág. 176. Mignet, pág. 313.Note 20 · Núm. 1.º de los que acompañan á esta investigación, en el Apéndice.Note 21 · El mismo documento.Note 22 · Mignet, pág. 320.Note 23 · Documento citado, núm. 1.ºNote 24 · Colección Ochoa.Note 25 · Colección Ochoa, parte I, carta IV.Note 26 · State paper office: London. Reproducida por M. Mignet, página 321.Note 27 · Colección Ochoa, parte I, carta III.Note 28 · Birch, Memoirs, tomo I.Note 29 · Birch, tomo I, páginas 140 á 143.Note 30 · Idem.—Forneron, Histoire de Philippe II: París, 1882, tomo IV, pág. 265.Note 31 · Birch, obra citada.Note 32 · A knave for his labour. Birch, pág. 140.Note 33 · Birch, tomo I, pág. 193.Note 34 · Idem id.Note 35 · Colección Ochoa, parte I, carta XIII.Note 36 · Bermúdez de Castro, pág. 250.Note 37 · Idem, pág. 257.Note 38 · That bloody Pérez... a proud, profane, costly fellow.Note 39 · Such wretches as hi is.Note 40 · Birch, tomo I, pág. 143, transcrita por Mignet, páginas 329, 330. Lady Ann Bacon no era mujer vulgar: puritana influyente y literata, que poNote 41 · «El que dirige el Consejo es el Conde de Esez, que tanto trato tiene con la Reyna, y éste se gobierna mucho por Antonio Pérez.» Avisos de InNote 42 · «Un soldado aragonés declaró que había estado dos veces (en Inglaterra) con Antonio Pérez y con otros dos aragoneses, uno de ellos hermano dNote 43 · Carta de un inglés confidente á D. Bernardino de Mendoza, Embajador de España en París, transmitida por éste al Rey: París, Arch. Nat., PapiNote 44 · Bermúdez de Castro.Note 45 · Mignet, pág. 330.Note 46 · Birch.Note 47 · Cort-Begryp de stucken der geschiedenissen van Antonio Perez uit het Spaensch ghetoghen door Joost Byl: Gravenhaghe, 1594.Note 48 · Mignet, pág. 331.Note 49 · «Antonio Pérez está muy estimado entre los del Consejo de la Reyna, y tenido por muy grande hombre de Estado, y les ha dado en sus demandas Note 50 · Véanse en la Colección Ochoa.Note 51 · Bermúdez de Castro, pág. 254.Note 52 · Aphorismos de las Relaciones de Antonio Pérez, Monstruum Fortunæ: París, sin año. 8.ºNote 53 · Mignet, pág. 331.Note 54 · Idem, pág. 332.Note 55 · Bermúdez de Castro, pág. 258.Note 56 · Birch, tomo I, pág. 237.Note 57 · Colección Ochoa, parte I, carta XIII.Note 58 · Idem id., carta V.Note 59 · Idem id., carta X.Note 60 · Idem id., carta V.Note 61 · Idem id., cartas VI y VII.Note 62 · Colección Ochoa, carta XI.Note 63 · Se halla esta carta en la Bibl. Nac. de París, Fr-3.652: la publicaron Bermúdez de Castro, pág. 259, y Mignet, pág. 332.Note 64 · Birch, tomo I, pág. 256.Note 65 · La copia Birch.Note 66 · Penélope, hermana del Conde de Essex, casada con Robert, Lord Rich, después Conde de Warwich.Note 67 · Bermúdez de Castro, pág. 260.Note 68 · Birch, tomo I, pág. 267.Note 69 · Birch, tomo I, pág. 256. Acababa diciendo: «Pardonnez moi, pardonnez moi, Madame, car nul ne parle icy sinon le pauvre de l'imperatrice.»Note 70 · Birch, tomo I, pág. 265. Mignet, pág. 233.Note 71 · Birch, idem.Note 72 · V. La Conquista de las Azores por D. Álvaro de Bazán.Note 73 · Birch, tomo I, pág. 283.Note 74 · La carta en el Museo Británico. Mignet, pág. 334.Note 75 · Birch, tomo I, páginas 295, 297.Note 76 · Idem id.Note 77 · Idem id.Note 78 · Bermúdez de Castro, pág. 264.Note 79 · Antes habían dicho que de Flandes.Note 80 · Antes 6.000.Note 81 · Mignet, pág. 335.Note 82 · Relaciones, páginas 179, 180.Note 83 · Birch, tomo I, páginas 282, 299, 402.Note 84 · L'Etoile, Journal de Henri IV. Collect. Petitot, tomo XLVII, pág. 151.Note 85 · Birch. Primera carta de Godfrey Aleyn á Bacon, fecha 2 de agosto 1595Note 86 · Carta de Edward Yates á Bacon, fecha á 6 de febrero de 1596.Note 87 · Carta cifrada, fecha en París á 14 de agosto de 1593: París, Arch. nat., Papiers de Simancas, K-1.589, B-78, piezas 52 y 62.Note 88 · Carta de Pérez al Conde de Essex. Birch, tomo I.Note 89 · Carta de Godfrey Aleyn á Bacon, de Chauny, noviembre. Colección Birch, tomo I.Note 90 · Carta de Godfrey á Bacon, de Chauny, noviembre. Colección Birch, tomo I.Note 91 · Idem, id.Note 92 · Del Real á 4 de diciembre 1595. Colección Birch.Note 93 · Colección Ochoa, parte I, carta LIV.Note 94 · Antonio Pérez al Conde de Essex, fecha á 14 noviembre 1595. Birch, tomo I, pág. 318.Note 95 · V. en la Colección Ochoa las cartas al Sr. de Villaroel, XIX, XLVII, XLVIII, LI, LII, LIV, LXVI, LXVIII.Note 96 · Colección Ochoa, Cartas al Rey, VIII, LX.Note 97 · Antonio Pérez al Conde de Essex, diciembre de 1595. Colección Birch.Note 98 · Idem id.Note 99 · Colección Birch.Note 100 · Idem.Note 101 · Colección Birch, tomo I, pág. 354.Note 102 · M. Mignet explana con bastante extensión estas intrigas, páginas 337 á 348.Note 103 · Colección Ochoa, parte II, carta CXVI.Note 104 · Colección Birch, tomo I, pág. 366.Note 105 · Colección Ochoa, parte II, carta CXVII.Note 106 · Colección Birch. Cartas de Jacomo Bassadonua al Conde de Essex, enero de 1596.Note 107 · Antonio Pérez al Conde de Essex 18 de enero 1596. Colección Birch, tomo I, pág. 372.Note 108 · Colección Birch, tomo I, páginas 373, 375.Note 109 · Cartas de Nanton al Conde de Essex, de Coucy, febrero y marzo 1596. Colección Birch, tomo I, pág. 433.Note 110 · Colección Birch, tomo I, pág. 433.Note 111 · Idem id.Note 112 · Idem id.Note 113 · A la visita del médico alude en el documento XII del Apéndice. Tratan de ella también las cartas de Nanton. Colección Birch, tomo I, pág. 43Note 114 · Me amplecteas et osculans. Antonio Pérez al Conde de Essex. Colección Birch.Note 115 · Antonio Pérez al Conde de Essex. Colección Birch.Note 116 · El Conde de Essex á Antonio Pérez. Idem id.Note 117 · Colección Birch, tomo I, pág. 434.Note 118 · Colección Birch, tomo I, páginas 466, 473, 486.Note 119 · Idem id., tomo II, páginas 3, 4.Note 120 · Colección Birch, tomo I, pág. 473.Note 121 · Parece que Pérez tuvo también idea de retirarse á Escocia y tentó el recibimiento en carta dirigida al Rey Jacobo VI, que se halla junta conNote 122 · Apéndice, documento V.Note 123 · Documentos relativos á la toma y saco de Cádiz por los ingleses. Colección de documentos inéd. para la Hist. de Esp., tomo XXXVI.Note 124 · Colección Birch, junio 1596, tomo II, pág. 42.Note 125 · Ne desinas, Antoni, me amare, ne festines me inauditum condemnare. Attendi Essexi apologiam. Birch, tomo II, pág. 143.Note 126 · Nanton al Conde de Essex, 28 de noviembre 1596. Colección Birch, tomo II.Note 127 · Nanton al Conde de Essex, 28 de noviembre 1596. Colección Birch, tomo III.Note 128 · Apéndice, documento VI.Note 129 · Nanton al Conde de Essex, 28 de diciembre 1596. Colección Birch, tomo II, pág. 239.Note 130 · Apéndice, documento VII.Note 131 · Apéndice, documento VII. M. Mignet lo ha puesto por nota en las páginas 355 y 356.Note 132 · Colección Birch, tomo II, pág. 244.Note 133 · Able to wage war against de king of Spain himself for a year or two. Colección Birch, tomo II, pág. 239.Note 134 · Able to wage war against de king of Spain himself for a year or two. Colección Birch, tomo II, pág. 239.Note 135 · Idem id.Note 136 · Idem id.Note 137 · Able to wage war against de king of Spain himself for a year or two. Colección Birch, tomo II, pág. 244.Note 138 · Idem id.Note 139 · Relacam do succedido na ilha de San Miguel sendo gobernador nella Gonzalo Vaz Covtinho, com armada real de Inglaterra, general Roberto de BoNote 140 · Colección Birch, tomo II, pág. 286.Note 141 · Apéndice, documento XII.Note 142 · Mignet, pág. 362, con cita de An historical view, pág. 19.Note 143 · Colección Ochoa, parte I, cartas LXIV, LXV.Note 144 · Colección Ochoa, parte I, carta LXIX.Note 145 · Colección Ochoa. Cartas á un señor amigo, parte II, carta CXLVIII.Note 146 · Cita en comprobación las Mémoires de Bellièvre et de Sillery: La Haye, 1696.Note 147 · Colección Birch, tomo II, pág. 314.Note 148 · Nanton al Conde de Essex. Colección Birch, tomo II, pág. 314.Note 149 · Bermúdez de Castro, páginas 262, 263.Note 150 · Colección Ochoa, parte I, carta CXXXVIII.Note 151 · Apéndice, documento XLIV.Note 152 · Idem, documento XXVIII.Note 153 · Idem, documentos XI, XIII, XIV, XV, etc.Note 154 · Colección Ochoa, parte II, carta XXXI.Note 155 · Mignet, páginas 360, 381.Note 156 · Colección Ochoa, parte I, carta XLI.Note 157 · Apéndice, documento XXXII.Note 158 · Colección Ochoa, parte II, cartas XVIII y XIX.Note 159 · Apéndice, documentos XVI, XVII.Note 160 · Colección Ochoa, parte II, carta LXXXIX.Note 161 · Idem, parte II, carta CXIII.Note 162 · Idem, parte II, carta XVII.Note 163 · Idem, parte II, carta XVIII.Note 164 · Colección Ochoa, parte II, carta XIX.Note 165 · Idem, parte II, carta LXV.Note 166 · Idem, parte II, carta LXXXI.Note 167 · Idem, parte I, carta XLII y última carta; parte II, carta CXLVII.Note 168 · Idem, parte II, carta LXXXIII.Note 169 · Colección Ochoa, parte II, carta CXIV.Note 170 · Idem, parte II, carta CXIII.Note 171 · Idem, parte II, carta CXXIX.Note 172 · Colección Ochoa, parte I, carta XCVI.Note 173 · Idem, introducción.Note 174 · Bermúdez de Castro.Note 175 · M. Philarète Chasles, Antonio Pérez, Revue de Deux-Mondes, tomo XXII, serie 4.ª: París, 1840, páginas 701 á 716. Dice: «L'éloquent exilé avaNote 176 · Pierre Larousse, Grand Dictionnaire universel, art. Antonio Pérez. Nous lui devons d'avoir introduit chez nous le goût de la litterature déjNote 177 · También se publicó en París, sin fecha, la primera centuria de cartas en latín; otra edición en Nuremberg en 1683.Note 178 · D'Alibrey tradujo al francés Relaciones y Memoriales con el título de Œuvres amoureuses et politiques d'Antonio Perez: París, 1641, y un tomNote 179 · Hist. de la literatura española, traducción de D. P. de Gayangos y D. E. de Vedia: Madrid, 1854, tomo III, pág. 365.Note 180 · L'Espagne, cit., pág. 264. En otro libro, Études sur l'Espagne, première serie, París, 1888, escribe: «Qui sait si Voiture et nos autres virNote 181 · The Enciclopædia Britanica: Edimburgh, 1885, art. Antonio Pérez.Note 182 · Colección Ochoa, parte I, carta LXII.Note 183 · Idem, parte II, carta CXXXV.Note 184 · Idem, parte II, cartas CXLIV, CXLVI.Note 185 · Idem, parte I, carta CXVII; parte II, cartas CLVI, CLXI.Note 186 · Mignet, páginas 366, 370.Note 187 · Colección Ochoa, parte II, carta CXLVIII.Note 188 · Idem id.Note 189 · Idem id.Note 190 · Colección Ochoa, parte II, carta CXLVIII.Note 191 · Idem id. Cabrera de Córdoba refiere en las Relaciones que la mujer de Antonio Pérez fué puesta en libertad el 17 de abril de 1599; los hijosNote 192 · Idem id.Note 193 · Idem id.Note 194 · Colección Ochoa, parte I, carta XXXII. Cabrera de Córdoba refiere en las Relaciones que la mujer de Antonio Pérez fué puesta en libertad el Note 195 · Idem, parte II, carta XLI.Note 196 · En Italia incluyó Bulifon, en la colección titulada Lettere memorabili, tomo II, páginas 50 á 68, dos cartas de Antonio Pérez al Duque de LeNote 197 · Apéndice, documento XVIII.Note 198 · Apéndice, documento XIX.Note 199 · Memoirs de Duplessis Mornay: París, 1824, tomo IX, página 355, cit. por M. Mignet, pág. 365.Note 200 · Colección Ochoa, parte I, carta CXXVII.Note 201 · Apéndice, documento XXX.Note 202 · Apéndice, documento XXXVI.Note 203 · Mignet, pág. 383.Note 204 · Memoirs, cit.
Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings