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Espasmo

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

FEDERICO DI ROBERTO

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ESPASMO

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BUENOS AIRES

1909

INDICE

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I.—El hecho

II.—Las primeras indagaciones

III.—Los recuerdos de Roberto Vérod

IV.—Historia de una alma

V.—Duelo

VI.—La investigación

VII.—La confesión

VIII.—La carta

IX.—Espasmo

Para hacer conocer la literatura romántica italiana, en sus elementos más modernos y en sus tendencias más recientes, difícilmente podríamos haber encontrado algo más a propósito que un autor como Federico di Roberto y un libro como Espasmo.

Federico di Roberto tendrá ahora treinta y seis años. Es siciliano, como Verga, el autor de Cavalleria rusticana, con el cual su talento literario presenta algún parecido. Como Verga, también es un realista, de un realismo que ostenta el color luminoso de la isla nativa. Sus novelas son de una gran intensidad dramática—aun cuando conservan en sus lineamientos una elegancia impecable,—algo de aristocrático en la concepción y en la forma, que se revela en todas sus páginas y que caracterizan al joven escritor de una manera feliz. Con Arabeseos e Historias breves inició brillantemente su carrera literaria, en la que, a pesar de estar en sus comienzos, ha logrado éxitos de resonancia con I Viceré y con este Espasmo que hoy ofrecemos a los lectores argentinos, y cuya traducción directa del idioma en que fue escrito mereció de nuestra parte especial cuidado.

En el drama que se desarrolla en este libro intervienen pasiones intensas y opuestas. Su ambiente es una ciudad de Suiza; el drama se desarrolla entre refugiados nihilistas, y es la lucha ardiente del deber impuesto por la fe política contra una pasión violenta y arrebatadora. Sobre tal contraste, que da lugar a escenas emocionantes y en que se mueven personajes intensamente humanos, se funda el argumento de esta novela, acerca de la cual no diremos nada más para no malograr la conmoción honda y sincera que ella produce en el ánimo del lector.

Como se podrá notar fácilmente, Federico di Roberto representa en la moderna literatura de Italia una nota nueva para nosotros, diferenciándose completamente de D'Annunzio, Fogazzaro y D'Amicis, que son los novelistas italianos más conocidos en el exterior. Y, al leer Espasmo, estamos seguros de que los lectores de buen gusto nos tendrán en cuenta el haberles hecho conocer un vigoroso talento que encarna, puede decirse, la nueva forma de la literatura romántica italiana en esta época.

ESPASMO

I

EL HECHO

Todos los que pasaron el otoño de 1894 en las orillas del lago de Ginebra, recuerdan sin duda todavía el trágico suceso de Ouchy, que produjo tanta impresión y proporcionó tan abundante alimento a la curiosidad, no sólo de las colonias de gente en vacaciones esparcidas en todas las estaciones del lago, sino también del gran público cosmopolita, al que los diarios lo refirieron.

El 5 de octubre, pocos minutos antes de mediodía, el estampido de un arma de fuego y gritos confusos salidos de la villa Cyclamens, situada en mitad del camino de Lausana a Ouchy, interrumpieron violentamente la habitual tranquilidad del lugar y atrajeron a los vecinos y transeúntes. La villa Cyclamens estaba alquilada a una señora milanesa, la Condesa d'Arda, que la ocupaba todos los años, de junio a noviembre. La amistad de la Condesa con el Príncipe Alejo Zakunine, revolucionario ruso que había sido condenado primero en su país, expulsado en seguida de todos los Estados de Europa y refugiado últimamente en el territorio de la Confederación, era conocida desde tiempo atrás.

Los dos amantes se encontraban en la villa el día de la tragedia; y los gritos, del mismo Príncipe Zakunine, junto con la detonación del arma, hicieron acudir a los sirvientes despavoridos, a cuyos ojos apareció un tremendo espectáculo: la Condesa yacía exánime al pie de la cama, la sien derecha perforada por un proyectil, y un revólver cerca de su mano. Y por más que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta, sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de ese cadáver no era, sin embargo, lo que producía una emoción más fuerte, sino el aspecto del sobreviviente. Semejante a una pálida azalea cruzada por rayas rojas, el frío rostro de la infeliz, manchado parcialmente de sangre, tenía el color de la cera, pero nada en él revelaba las contracciones de la agonía: por el contrario, una serena confianza y algo como una sonrisa todavía viviente le animaban; Levemente apartados los violáceos labios, detrás de los cuales asomaba apenas la perlada línea de los dientes; abiertos los párpados, las pupilas vueltas hacia el cielo, la muerta parecía estar en éxtasis, como si aún no hubiese abandonado la existencia del todo, deseosa de poder atestiguar que fuera de la vida humana, en el silencio y en la sombra, había por fin hallado el bienestar y la alegría. Lívido, desencajadas las facciones, los cabellos en desorden sobre la frente empapada en sudor glacial, loca la mirada, temblorosos los labios, las manos, todo el cuerpo, como si fuera presa de la fiebre, el Príncipe Alejo infundía pavor. Después de haber pedido auxilio con voz ronca y a gritos, se había arrodillado junto al cadáver y lo abrazaba, ensangrentándose todo, y de su convulsa boca no salían más que dos palabras breves y monótonas:

—¡Se acabó!... ¡Se acabó!...

En aquellas palabras, en el desgarrado acento con que las repetía, había un desconsuelo, una amargura, una desesperación tan grande, que la muerta no parecía ya merecer tanta compasión como el vivo, como aquel hombre inconsolable, abrumado por el dolor, que parecía, él también, próximo a perder el aliento. Y a ratos, cuando sus manos se cansaban de acariciar las manos, los cabellos, las ropas de la muerta, se las llevaba al cuello con ademán violento, cual si quisiera estrangularse: entonces los criados, todas las personas que habían acudido, trataban de consolarle, de arrancarle a ese espectáculo cruel; pero él, con ímpetu salvaje, rechazaba a todos lejos de sí, extendía los brazos, se paraba, y después de recorrer con paso inseguro, cual si estuviera ebrio, el cuarto mortuorio, volvía a desplomarse junto al cadáver.

La villa estaba abierta para todos; nadie pensaba en impedirles su acceso. De la cercana Casa de Salud había acudido prontamente el doctor Bérard, quien sólo había podido comprobar la muerte instantánea. La noticia se iba propagando rápidamente entre la colonia de extranjeros, y los curiosos afluían a la villa, en especial los que conocían a la Condesa y al Príncipe; pero ninguno podía obtener noticias de lo acontecido, a no ser de los sirvientes. Zakunine parecía sordo y ciego, no reconocía a las personas que se le acercaban, que intentaban estrecharle la mano, ni oía las palabras de pésame, las frases de dolorida simpatía que le dirigían.

Tampoco las respuestas de los criados arrojaban mucha luz sobre el suceso. Refiriéndose solamente a las circunstancias exteriores de la catástrofe, contaban todos que el Príncipe había vuelto a la villa dos días antes, después de una ausencia de algunas semanas; que la señora se había levantado esa mañana más temprano que de costumbre y había permanecido como una hora en el terrado, mientras su compañero trabajaba en el escritorio, con una dama que había llegado como a las nueve; que antes del almuerzo la Condesa había enviado a la ciudad, con unos encargos, a Julia, la doncella italiana que tenía desde hacía largo tiempo; que, cuando ya iba el almuerzo a ser servido, el disparo había hecho estremecer a todos: que del segundo piso, donde estaban las habitaciones de los patrones, se había lanzado el Príncipe al piso bajo como un loco, pidiendo que se llamara a un médico, y que todos habían subido precipitadamente al cuarto de la Condesa, donde la extranjera, después de intentar en vano socorrer a aquélla, había tratado, igualmente en vano, consolar al desesperado Príncipe.

En medio de la confusión pocos habían notado la presencia de la extranjera. Era ésta una joven de veinte años apenas; cabellos de un rubio azafranado, cortos, peinados como los de un hombre; ojos claros y mirada fría; estatura más bien pequeña: estaba vestida de negro de pies a cabeza. Se mantenía derecha e inmóvil en el ángulo de una ventana, los brazos cruzados, la cabeza inclinada, y casi no se daba cuenta de la curiosidad que su presencia comenzaba a excitar.

En el círculo que formaban los más curiosos de los presentes, estaba la Baronesa de Börne, dama austriaca, gruesa y de baja estatura, la única de su sexo que había acudido a la villa, y que miraba fijamente a la extranjera, abrumando al mismo tiempo con sus preguntas a los criados, quienes no sabiendo qué contestar se mezclaban en los grupos a comentar lo ocurrido.

—¡Pobre mujer!... ¡Pobre amiga!...—exclamaba la Baronesa.—Pero ¿por qué?... ¿Cómo ha podido?... ¿Y no ha escrito nada? ¿No han encontrado algo dejado por ella?... Tiene que haber algo... buscando... ¿Murió en el instante?... Sufría, es cierto; ¡pero no tanto que no pudiera resistir!... Era fuerte, una mujer muy fuerte, a pesar de su cuerpecito tenue y delicado... Los dolores morales...

Y en voz más baja, dirigiendo la palabra a un joven inglés de bigotes colorados, ojos azules y frente calva, le insinuó:

—¿Cree usted que fuera feliz?

El interrogado respondió con un ademán ambiguo, que tanto podía significar asentimiento como duda o ignorancia.

—¡Y ese pobre Príncipe!...—continuó la Baronesa, siempre mirando por lo bajo, continuamente, a la extranjera.—Es un dolor verle sufrir así... Sería necesario que alguien le persuadiera de que se alejara...—Y estas palabras iban encaminadas directamente a la joven desconocida; pero como ésta no contestara, la Baronesa propuso:—¿Por qué no ponen por lo menos el cadáver sobre la cama?

Hablaba desde el grupo formado en torno del cadáver, y, al ver que los circunstantes, aprobaban sus observaciones, pidió y obtuvo que la dejaran pasar. Entonces se acercó al Príncipe, que estaba en ese momento apoyado contra la cama, los brazos colgando, contraídas las manos y los extraviados ojos todavía vueltos hacia la muerta.

—No podemos dejarla así... deseamos ponerla sobre la cama... ¿Quiere usted?

Pero él no contestó, ni pareció siquiera haber oído, y al ponerle la Baronesa una mano en el hombro, tembló como sacudido por una corriente magnética: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba una angustia tan pavorosa, que la locuaz señora se encontró por un momento con que le faltaban las palabras.

—¡Qué desgracia!... ¡Qué dolor!...—dijo turbada.—¡Pero hay, sin embargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!... Doctor—agregó, volviéndose hacia Bérard, que se acercaba en ese momento al Príncipe.—Desearíamos retirar de allí el cadáver... ¡Me figuro a ratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, ¿no se la podría pedir que se alejara?

—Sí... cierto...—contestó el doctor vacilante y sin saber qué hacer.—Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de los magistrados...

—¿Se les ha avisado?

—Aquí llegan.

Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en la sala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuito Lausana, el comisario de policía, un médico y dos gendarmes.

Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretos del cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmes se colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otro saloncito, para impedir que la gente volviera. Sólo quedaron con el cadáver, la extranjera, el doctor Bérard, y su colega de la policía, a quien explicaba la inutilidad de toda curación y la rapidez de la muerte; la Baronesa de Börne, que sin que nadie se lo pidiera, informaba de lo sucedido al juez; éste, el Príncipe y el comisario.

—¿A qué se atribuye su funesta resolución? ¿No había algo que la hiciese prever?—preguntó el juez; y la Baronesa, no obstante ser incapaz de callarse, por esa vez se limitó a encogerse de hombros y mirar al Príncipe, para significar que éste era el único que podía contestar.

Zakunine se pasó una mano por la frente, como si se despertara de un profundo sueño, y dijo:

—Sí, había que preverlo... Yo he debido preverlo...

—¿Sufría mucho?

—¡Sufría tanto... tanto!...—respondió el Príncipe, con una entonación de tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sintió conmovido.

—¿Estaba enferma?—preguntó el juez al doctor, después de un breve silencio.

—Sí: de una afección del pecho.

—¿Sabía lo que tenía?

—Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente y valerosa, que las mentiras compasivas eran inútiles con ella.

—¿No se podía tener esperanzas de salvarla?

—Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabe engaño, pero que mediante un régimen apropiado permiten vivir aún largos años.

—¿Entonces no es la enfermedad lo único que la ha impulsado a matarse?

—No es lo único—repitió como un eco el Príncipe Alejo.

Muy curiosa, casi cómica, era durante aquel triste interrogatorio la actitud de la Baronesa de Börne, la cual, ya que no podía hablar apretaba los labios, movía los ojos, sacudía la cabeza, inclinaba todo el cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez y confirmara las respuestas del médico y del Príncipe, para hacer ver que ella había previsto las unas y las otras, y advertir por señas que también ella tenía una observación que hacer. Y de vez en cuando interrumpía:

—¡Eso es!... ¡Asimismo!... ¡Exactamente!... Y teniendo los sentimientos religiosos que tenía...

—¿Cuáles eran?—preguntó el juez.

—Pocas mujeres he conocido de una fe tan sólida y ardiente—contestó el doctor.

—¿Es cierto?...—interrumpió otra vez la Baronesa.—¡Parece increíble lo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba un paseo sin que su término no fuera una iglesia. Sus excursiones preferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, a Villars-le-Terroir, a causa de las iglesias católicas que encontraba por allí.

Los domingos y fiestas pasaba largas horas aquí, en San Luis, arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era la observación que yo quería hacer a usted: que es por demás increíble cómo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho.

El Príncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacudía iba calmándose; la convulsa, violenta, pavorosa expresión de su rostro lívido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: pálido, agotado, sin fuerzas, parecía él también próximo a caer.

—¿Estaba sola cuando se mató?

—Sola.

—¿Habló usted con ella esta mañana?

—Sí; habló con ella.

—¿Estaba triste?

—Mortalmente.

—Podríamos ver si ha dejado algo escrito.

La Baronesa dio una palmada y exclamó:

—¡Eso es lo que yo he dicho desde el principio!

El comisario, a una señal del juez, se puso a buscar.

Pocos muebles había en el cuarto de la muerta. La cama, un ropero con espejo, una cómoda, un pequeño escritorio colocado contra la ventana, en plena luz, y en un ángulo una mesita de trabajo, era todo lo que formaba el menaje. Sobre el escritorio había dos pilas de libros ingleses con cubiertas blancas; una caja de papel de cartas; una bombonera antigua, y un saco de viaje. En la mesita de trabajo y en el velador había más libros. El comisario los registraba uno por uno, abría los cajones de los muebles, ninguno de los cuales estaba cerrado con llave, y después de echar una ojeada a los objetos de elegancia femenina de que estaban llenos, los volvía a cerrar. En el escritorio estaba la correspondencia de la difunta, en cajas de cartón bastante viejas y una cartera llena de valores italianos y franceses así como algunos miles de pesos en monedas de oro y plata. En el fondo de la gaveta de la derecha encontró el comisario un estuche en forma de libro forrado en terciopelo negro, y cerrado con una minúscula llave: ya iba a abrirlo, cuando el Príncipe dio un paso hacia él, diciendo:

—Ese es un libro de memorias... el diario de su vida...

Por el tono en que hacía esa indicación, por la actitud de toda su persona, parecía que quisiera defender contra las miradas indiscretas el pensamiento íntimo de su pobre amiga; pero la Baronesa de Börne exclamó, aproximándose al juez, que ya había tomado de las manos del comisario el libro extraído por éste de su negra caja:

—¡Allí precisamente se puede encontrar algo!...

También la cubierta del libro era negra, con broches de plata, como un libro mortuorio y su sola vista expresaba la tristeza y el dolor que debían haber amargado la vida de aquella desventurada. El juez recorrió rápidamente las tapas: la letra era más bien grande, delgada, poco acentuada, elegante y de una nitidez admirable. Casi las tres cuartas partes del libro estaban escritas. El juez consagró su mayor atención a las últimas páginas; pero después de haber leído, dejó caer la cabeza y:

—No se entiende—dijo—no es una confesión...

Mientras tanto, el comisario continuaba sus investigaciones en una pequeña habitación contigua al cuarto de vestirse, donde otro ropero, el lavatorio y los baúles ocupaban todo el lugar disponible. Pero tampoco allí encontró ninguna carta. Entonces volvió al dormitorio, lo atravesó, y entró en la sala: allí el registro fue aún más breve o inútil, pues aparte del diván y los sillones, sólo había una mesa llena de menudos objetos de uso, y luego el piano, sobre el cual se veía un cuaderno con composiciones de Pessard. Ya el comisario volvía sobre sus propios pasos, cuando un ruido de voces, exclamaciones de angustia le hicieron regresar; los gendarmes, obedientes a las órdenes que habían recibido, impedían la entrada a una mujer vestida de obscuro, que llevaba en la cabeza el velo negro de la gente del pueblo lombardo.

—¡Ah, señor! ¡Ah, señor!...—exclamaba la mujer, juntando las manos, el flaco rostro surcado por ardientes lágrimas.—¡Quiero verla!... ¡Verla una vez más!... ¡Mi patrona... mi buena patrona! ¡Ah, señor, verla!...

Era Julia, que en ese momento volvía de la ciudad. Bajita y delgada, algo entrada en años, parecía anonadada por la angustia.

—Dejadla pasar—ordenó el magistrado, a quien la Baronesa explicaba que, sirvienta de la Condesa durante muchos años, esa mujer había gozado de toda su confianza.

Y cuando entró, sollozante y lacrimosa, juntas las manos, y se adelantó hacia el cadáver, el mismo estremecimiento nervioso de antes volvió a sacudir el cuerpo del Príncipe; en su rostro volvieron a leerse aquel desfallecimiento de terror, aquel pavoroso dolor, como si la vista de una persona cara a la muerta, su presencia allí, hicieran recrudecer su tormento. Ya no miraba al cadáver sino a la desconsolada mujer, y parecía querer acercársela, juntarse con ella, como para unir los dolores de ambos, para hablarla de la muerta, para oírla hablar de ella. Todos, hombres de justicia, médicos, hasta la misma Baronesa se sentían impresionados por la ansiosa actitud de aquel desdichado: sólo la extranjera permanecía inmóvil y rígida, impasible y casi sin mirar a nadie.

—¡Lo decía y lo ha hecho!... ¡Ha hecho lo que decía!...—gemía la mujer junto al cadáver.—Deseaba la muerte, la llamaba... ¡Ah, pobrecilla!... ¡Ah, señores!... Y me mandó afuera, me mandó... para estar libre... ¡para que no se lo leyese en la cara! ¡Ah, si hubiera estado junto a ella!... ¡Cuántas veces, pobrecita, cuántas veces, rogó a Dios que la hiciera morir!... ¡Y se ha matado!...—repetía con voz aún más afligida, como si hasta ese momento hubiera podido dudar y esperar, y de repente recibiera la confirmación indudable de semejante desgracia. ¡Se ha matado!... ¡Está muerta! ¡Señor! ¡Señor!...

La Baronesa se pasó la mano por los ojos, suspiró y atrajo hacia su pecho a la criada.

—¡Basta, basta, pobre mujer!... ¡No hay más remedio que conformarse!... ¡Cálmese usted!.... ¡Basta!... Lo mejor es que diga usted a estos señores, a la justicia, ¿adonde la mandó, a usted? ¿A qué la mandó?

—A la ciudad, a pagar unas cuentas... a comprar cosas... Yo no sé más... Parecía, cuando se levantó de la cama, como si quisiera ir conmigo... después cambió de opinión, y me mandó...

—¿La dio a usted alguna carta? ¿Sabe usted si escribió alguna carta, anoche o esta mañana?

—Anoche no: esta mañana. Esta mañana escribió una carta.

—¿A quién estaba dirigida?

—A sor Ana.

—¿Quién es sor Ana?—preguntó el magistrado, que había dejado pacientemente a la verbosa señora formular el interrogatorio.

—Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa.

—¿Dónde está?

—No sé. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero.

—¿Usted tampoco sabe esa dirección?—preguntó el juez, volviéndose hacia el Príncipe Alejo.

—La ignoro, pero...

Su ansiedad parecía ir calmándose. Ya iba a decir algo, cuando se volvió a oír en el fondo de la sala a los agentes de policía que impedían la entrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba, no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, decía:

—¡Déjenme pasar!... ¡necesito entrar, les digo!...

Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quién era, Bérard y la Baronesa de Börne se acercaban a la puerta.

—¡Vérod!—exclamó la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, de cabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entró a prisa cuando los guardias, a una seña de su superior, se hicieron a un lado. Pero después de haber realizado su intento y avanzar rápidamente los primeros pasos, el recién venido pareció de pronto titubear, vacilante: la irritación que le encendía el rostro fue cediendo ante la confusión y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadáver se llevó una mano al corazón, se recostó contra el marco de la puerta, intensamente pálido, a punto casi de desmayarse.

—¡Nuestra pobre amiga!—exclamó otra vez la Baronesa, tendiéndole la diestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.—¡Quién lo habría dicho!... ¿No parece un sueño?... ¡Pobre, pobre amiga!... Matarse así...

Pero el joven se repuso, y avanzando un paso más dijo con fuerte voz:

—No.

Un movimiento de inquietud y estupor pasó por entre los presentes.

—¿Qué dice usted?—preguntó el juez, acercándose a Vérod y mirándole fijamente en los ojos.

—Digo que esta señora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada.

Su voz resonaba de manera extraña, parecía que hablara en un lugar vacío, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tan suspensos y sorprendidos se encontraban los ánimos de todos los presentes. El Príncipe Alejo, erguido, inmóvil, alta la frente, miraba también fijamente a su inesperado acusador.

—¿Cómo puede usted asegurarlo?—preguntó aún el juez.

—Lo sé.

—¿Cuáles son las pruebas que tiene usted?

—Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales.

—¿Quién cree usted que la ha muerto?

El joven extendió el brazo, señaló con el índice al Príncipe y la extranjera, y dijo:

Todos los presentes volvieron las atónitas miradas hacia los acusados.

En el primer momento la fisonomía del Príncipe Zakunine había permanecido sin expresión; parecía que éste no hubiera oído, o que no hubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irónica contracción de los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de pronto hundidos y casi risueños, animados por una risa casi dolorosa, revelaron la sensación de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversión, que tan inopinado cargo despertaba en su ánimo. En cuanto a la desconocida, seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al acusador, sin que su rostro de estatua despertara desdén ni estupor.

Antes de decir nada contra alguien—repuso el juez en tono de amonestación—es preciso estar cierto de lo que se dice.

—Si no estuviera cierto no habría hablado.

—¿Qué interés puede haber armado el brazo de estas personas?

El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba de contener.

—La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, de destruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin con la muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.

La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estaban preñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habían producido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento de verdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, el puño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura, rencorosa, y le apostrofó así:

—¡Loco! ¿Qué dices?

Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, aceros que despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno y otro penetrar con ellas hasta el alma.

El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.

—¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!—intimó el primero.

—¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yo conocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondad de su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios, de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la haya conocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.

Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos... digan ustedes—agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados: deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes—digan ustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si es creíble...

El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una mirada escrutadora:

—Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona ha intentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamente y que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo y firme.

—¿Usted cree eso?—exclamó el joven desconcertado—¿usted ha dicho eso?

La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente; parecía no comprender ni ver.

—¿De quién era esta arma?—la preguntó el magistrado.

—Suya.

—¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?

—Encerrada, escondida.

—¿Ve usted—dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven—que nada confirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas?

El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reproche por la ligereza de que el joven daba pruebas. Pero éste, después de un momento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente y lanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpo exánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, el rostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas de sangre iban perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca todavía entreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; y entonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada:

—Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablar con el juez de instrucción.

II

LAS PRIMERAS INDAGACIONES

Francisco Ferpierre, juez de instrucción adscripto al tribunal cantonal de Lausana, era muy joven: todavía no tenía cuarenta años. Una cultura legal solidísima, mucha ciencia de la vida y del corazón humano, una natural aptitud para la observación, que en el ejercicio de su profesión se había convertido en genial clarovidencia y casi en presciencia inerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de él una de las mejores autoridades de la magistratura helvética. Y, sin embargo, su primera vocación había sido otra.

Amante de las letras, había comenzado a cultivarlas, descuidando por ellas en un principio, los estudios legales como inútiles e ingratos, y llegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, que lo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas, ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginación, era como pensaba conquistarse la gloria, desdeñoso y para nada necesitado de compensaciones más reales. La muerte de su padre, sostén de la numerosa familia, le despertó de su sueño. Comprendió entonces que su deber era sustituir a su padre y de la noche a la mañana dijo adiós a la fantasía y a la fábula, para dirigir su actividad por un camino más positivo. Sus primeros trabajos no le habían sido inútiles del todo: el hábito de la investigación contraído al reflexionar sobre argumentos ficticios, lo habían hecho hábil para desentrañar los misterios con que lucha la justicia. Había comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias a ellos podía comprender sin gran trabajo, cómo era en realidad.

La profesión política y la judicial son sin duda las que mejor y con mas rapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombre político es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poder juzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno, extraño a los intereses que ve agitarse en torno suyo, está más que cualquier otro en situación de leer en el libro del corazón. Y Ferpierre, después de haber dado libre desahogo en los artísticos trabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, había comprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano en una concepción demasiado amplia y poética de la existencia, y como sus sentimientos habían llegado a ser más austeros, más severos eran por consiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvética, la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazón de la raza por efecto de la contemplación de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata de aquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo la música por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en él después de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional del joven poeta, sucedió la rectitud inflexible del hombre maduro.

Ferpierre se sentía, por lo tanto, animado de una secreta desconfianza contra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juez de paz en la villa Cyclamens, adonde había acudido al primer llamamiento. La muerta le inspiraba mucha lástima, cierto, pero si resultaba cierto que ella misma había querido abandonar la vida, tan merecedora sería del reproche como de la compasión. Además, los vínculos que la habían ligado con el Príncipe Zakunine estaban fuera de la ley, y su amistad con Vérod estaba contaminada también. Sin haber todavía visto al acusador, con sólo oír su nombre, creía el magistrado reconocer en él a Roberto Vérod, el escritor ginebrino que vivía desde muchos años antes en París y de allí esparcía por el mundo sus libros llenos de amargas enseñanzas. De modo que, si no se engañaba, ese personaje debía serle conocido íntimamente: Vérod había entrado quince años antes en la Universidad de Ginebra, cuando Ferpierre seguía el penúltimo curso de leyes, y un círculo de estudiantes les había contado a ambos en el número de sus socios durante dos años. Pero ¿por qué veía el joven en la muerte de la Condesa un asesinato y se empeñaba en vengarlo, sino porque había sido rival del Príncipe, es decir, amante de la difunta? La actitud de soberbio desafío de la extranjera, la certidumbre de que también ella debía estar afiliada al nihilismo, había predispuesto en su contra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulaba sobre la cabeza del Príncipe.

Desde largo tiempo atrás conocía su reputación. Sabía que, dueño de uno de los primeros nombres y de una de las más cuantiosas fortunas de su país, había sido desterrado por complicidad en una conspiración contra la vida de un general. Sabía que, desterrado, había continuado conspirando con mayor empeño, que había llegado a ser uno de los más temibles directores del partido revolucionario europeo, que una condena de muerte pendía sobre su cabeza. Y sabía también que, no obstante que en apariencia la obra política del rebelde absorbía toda su actividad, todavía disponía de tiempo para llevar una existencia llena de aventuras galantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor del abandono y la traición a las desventuradas incapaces de resistir a sus seducciones. ¡Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan, se había dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, ¿habría la Condesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueños de amor fiel, o había sido asesinada por el Príncipe y la nihilista?

Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discutía estas y otras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de la catástrofe, después de haber ordenado la traslación del cadáver a la sala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraron en la villa Cyclamens. En la suposición de que el amor o el capricho del Príncipe por la Condesa hubiera concluido, ¿bastaban el desagrado, el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo para explicar el homicidio, si acaso se había cometido un homicidio? La razón aducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, es decir, la maldad de los nihilistas, carecía de valor mientras no se encontrara acompañada de un móvil más particular y eficaz. Destruir una vida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas, sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sido impulsados por una pasión o por cualquier interés. Quizás si las maldades que la Condesa veía urdir al Príncipe, las conspiraciones en que sabía estaba mezclado, la sangre que, según oía decir, se derramaba por obra suya, había aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir que perseverara en su labor tremenda, podía haber sorprendido alguno de sus secretos, o un secreto que, no fuera suyo: ¿habría entonces, la rígida disciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y de su cómplice? El juez de paz atribuía a esta suposición algún fundamento; pero a Ferpierre le parecía, si no del todo inadmisible, por lo menos poco probable.

Más admisible era que, si existía un delito, se tratara de un delito de amor. ¿No habría el Príncipe muerto por celos a la Condesa, enamorado nuevamente de ella después de haberla dejado de amar? ¿Y de quién podía haber estado celoso, sino de ese Vérod que se mostraba tan afligido de la muerte de la Condesa, y asumía, sin que nadie se lo pidiera, el papel de acusador y de vengador? ¿O no sería más bien la extranjera quien había cometido el crimen, celosa del amor que tenía por la italiana el hombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable, cualquiera que fuese el móvil, no podía tampoco haberse consumado sin que entre el asesino y la víctima hubiera habido una lucha, aun cuando hubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la persona de la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posición del arma, la empuñadura hacia fuera, y el cañón apuntando al cadáver, deducían, los doctores que si la Condesa se había matado, debía haberse hecho el tiro estando parada: de ese modo el revólver, al caer al suelo, se había dado vuelta. Y aunque no parecía muy natural que la infeliz, contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esa posición para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revólver y haberlo tenido oculto, excluía la suposición de que un asesino hubiera podido servirse de él. Además, el revólver estaba mal cerrado y en la caída se le había salido una cápsula cosa que se explicaba perfectamente de parte de una mujer poco práctica en el manejo de las armas, de una suicida cuyas manos debían temblar por otras razones; pero que en un asesino sería inexplicable.

Mas para detenerse sobre una hipótesis cualquiera, era necesario todavía esperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, que había establecido en el comedor de la villa su gabinete para la necesaria averiguación en el lugar del suceso, ordenó que hicieran entrar a Vérod.

Cuando el joven se presentó a Ferpierre, éste vio en la palidez de su rostro, en la angustia de su mirada, en la turbación de su actitud, la confirmación evidente de que Vérod debía haber estado vinculado con la difunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en el instante, reconoció en él, sin la menor vacilación, al estudiante del curso de letras, por más largo que fuera ya el tiempo transcurrido desde la época en que ambos eran condiscípulos. Y al verlo recordó también la frecuencia con que lo había encontrado en el círculo universitario ginebrino, durante dos años seguidos, y recordó igualmente que entre ellos no había mediado una sola palabra de simpatía. La índole triste de Vérod se había revelado desde aquellos días lejanos, en las discusiones juveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierre había obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poéticos, ni el severo deber parecían inteligibles a esa alma cerrada. ¿Se acordaría él también de aquellas antiguas relaciones? ¿Había pedido ver al juez instructor por qué sabía quién era? ¿Iba a darse a conocer?

—Usted ha querido hablarme—dijo Ferpierre mientras se dirigía mentalmente estas preguntas y ponía en orden en la mesa los papeles, secuestrados en la habitación de la muerta y del Príncipe;—aquí me tiene usted. Y ante todo ¿su nombre, su edad?

—Roberto Vérod, treinta y cuatro años.

—¿Es usted Vérod, el escritor?

—Sí.

—¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París?

—Sí.

O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía.

—Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme?

No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio, sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado, tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía. Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego, arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió la mano.

—¡Si usted supiera, señor—le dijo con voz insegura y sumisa,—qué tumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar, cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, para decirle lo que tengo que decirle!

Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierre se sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hiciera reconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que los habían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la mano que el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse a él, contestó:

—Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algo mejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no al magistrado, sino al hombre.

—¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Al magistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiría probablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, mi convicción moral...

—¿Y al hombre?

—Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien ha soportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por fin resplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio, puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?

El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de pronto no contestó.

Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez a interrogarle:

—¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta?

El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No debo, no, decirlo...—murmuró con voz ahogada.—A nadie revelaré un secreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mire usted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo.

—¿La amaba usted?

—Sí.

Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y la alegría, una altiva felicidad.

—Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante de cualquiera. ¿Por qué lo habría de negar?

—¿Y ella le amaba a usted?

—¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. El mundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo. Pero nada, ni un acto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez ese sentimiento que nos hacía vivir.

—¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso?

A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedió un amarga contracción de desdén.

—¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubiera amado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí?

Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea. O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de que Vérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico se había convertido.

—Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones del Príncipe con la Condesa?—siguió preguntando mientras tanto.—¡No cabe duda de que hubo un tiempo en que se amaron!

—Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantas cosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestra codicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amó porque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar!

—¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse?

—Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara, como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó. Pero ella no quiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en su interior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir las consecuencias del error, aceptó el martirio.

—¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato?

—¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas sus palabras envolvían una ofensa, un agravio.

—¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo?

—¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra ese hombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombre en París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía lo que valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo que yo a su respecto.

—¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a la Condesa?

—Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, y ahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dos veces.

—¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividad política?

—Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.

—¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines que perseguía?

—No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de su patria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar de compasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosa que amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos y sueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal, debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración.

—¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto?

—¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí!

—¿Cuándo la conoció usted?

—El año pasado.

—¿Dónde?

—Aquí, en el Beau Séjour.

—¿Todavía no había alquilado la villa?

—Sí, pero pasó algunas semanas en el hotel.

—¿Dónde vivía en invierno?

—En Niza.

—¿Entonces el año pasado ya no estaban juntos?

—No.

—Y ahora, ¿hacía poco tiempo que él había vuelto a unírsele?

—En estos últimos meses.

—Esa mujer, esa joven, ¿podría usted decirme quién es?

—Una compatriota y correligionaria suya.

—¿Conoce usted la naturaleza de sus relaciones?

—No, pero no es difícil adivinarla.

—¿Sería ella también su querida?

—¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores de la oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto en asociarse al deber?

La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba de aquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de la criatura adorada por él.

—De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe. ¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haber estado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba ya al Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que no amaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta la condición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer ese delito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criada para confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer, apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puesto en práctica un antiguo propósito?

—¿Eso no le prueba a usted—exclamó el joven, sin contestar directamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nueva interrogación,—eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperación había caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siempre por una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vida debía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento en que deseó morir. Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero eso fue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanza que después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?...

Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Y el juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moral del joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose de sus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinaba mentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba el acusador.

Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusación parecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubiera debido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creía hasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramente humano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecía improbable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muy diversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto más alto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con el grado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más, no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos. Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud y reposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puede ser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasión esencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida.

—Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella para inculpar a dos personas?

—Usted comprenderá—repuso el magistrado cuando vio calmarse la angustia de Vérod,—la necesidad que me obliga a hacerle ciertas preguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien el sentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habría permanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar, casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último, las consecuencias de su error... Pero si eso le había sido posible antes de conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otra esperanza la sonrió?

—Sí, ¿por qué no la recuperó?—replicó Vérod, como hablando consigo mismo.

—¿Usted no sospechó el motivo?

—Ella misma me lo dijo.

—¿Y fue?...

—Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que había contraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ella un compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yo tampoco la quería de esa manera...

¿Era creíble el escrúpulo que manifestaba Vérod? Un hombre enamorado que se siente amado ¿conoce obstáculos por el cumplimiento de sus anhelos? Cierto es que en las almas capaces de abrigar ideas generosas y escrúpulos delicados, tienen éstos y aquéllas mucha fuerza, principalmente en los comienzos de la pasión, y de las mismas declaraciones del joven resultaba que su amor estaba en la base inicial. Después, se presentaba tan distinto de lo que debía ser según su reputación, hablaba con un acento tan profundamente triste, había en su voz un temblor tan vecino del llanto, que Ferpierre no quiso sospechar de su sinceridad.

—Pero entonces—replicó,—si esa señora le amaba a usted y no se creía libre; si por una parte quería y por otra no podía romper un vínculo ya mortificante para ella; si el nuevo amor en que se concentraba su sola razón de continuar viviendo le estaba vedado por escrúpulos morales, ¿ese mismo argumento que usted aduce para reforzar su acusación, no se vuelve en contra de ésta? La esperanza que habría debido sostener a esa mujer ¿no se habría convertido más bien, en un nuevo y último motivo de desesperación?

—¿Cómo?... ¿Por qué?...—balbuceó Vérod, aturdido.

—Digo que, queriéndole a usted esa señora y no pudiendo amarle sino a costa del respeto que se tenía a sí misma, no encontró en el amor que usted la tenía el consuelo que usted dice. Por el contrario, ese fue su dolor extremo, la razón definida que tuvo para abandonar la vida.

Como si el joven no hubiera comprendido al principio, o le pareciera haber comprendido mal, miraba a su interlocutor con ojos despavoridos, y en toda su actitud, en sus labios entreabiertos, en su respiración breve y precipitada, en el tembloroso ademán con que alzaba el brazo y se oprimía el pecho con la mano, se veía como si de repente hubiera sentido el corazón atravesado por un dolor agudísimo.

—¿Yo?... ¿Yo?... ¿Dice usted que por causa mía?... ¿Yo la he muerto?... ¡Oh!

Y, ocultando la cara entre las manos, sofocó un grito de dolor sobrehumano.

Ferpierre se vio obligado a guardar silencio, no tanto por discreción como porque sintió una insólita turbación. Había ido allí a instruir un proceso y mientras tanto asistía a un drama. El espectáculo de las pasiones le era habitual, pero la casualidad lo ponía en ese momento en presencia de una alma con la que lo unían los recuerdos de la juventud despertados de improviso. El hombre que estaba allí con él no era solamente el antiguo compañero con quien en otros tiempos había tenido frecuentes conversaciones, era también uno de los más claros ingenios de su época. La naturaleza de este ingenio no le había inspirado simpatía, y aunque no hubiera descubierto, como acababa de descubrir, cuán poco se asemejaba el hombre al escritor, esa misma rivalidad intelectual que mediaba entre ambos lo turbaba, lo substraía de su ordinaria indiferencia, de la necesaria serenidad. Y ante aquel dolor se sentía conmovido, cuando precisamente tenía necesidad de toda la lucidez de su espíritu para estudiar la acusación.

Pero, una vez que el joven estaba abrumado por la sospecha de haber sido él mismo la causa involuntaria del suicidio de la Condesa, era necesario, no solamente hacerle creer que esa sospecha no era inverosímil, sino también dejar que lo atormentase como un remordimiento. Sin embargo, el juez, en su fuero interno, no quería atribuirle aún demasiado valor. Faltando como faltaban las pruebas materiales, no era posible formarse una opinión sino sobre meras inducciones, y entre la afirmación de Vérod, de que la Condesa no había podido darse la muerte cuando la luz de un nuevo afecto iluminaba su tenebrosa vida, y la sospecha contraria, de que la misma imposibilidad de obedecer a este sentimiento la hubiese revelado la incurable desdicha de su propia existencia ¿cuál de las dos merecía más crédito?

Avezado al ejercicio de su facultad de análisis en casos muy dudosos y obscuros, el juez no se había sentido aún confuso; pero, sin embargo, en vez de discutir entre sí las varias hipótesis, hacía todo lo posible por distraerse, por impedir que una de éstas, contra su voluntad, echara raíces y le estorbara la exacta percepción de la verdad. Sabía Ferpierre que la vegetación de las ideas es mucho más rápida que la de ciertas plantas que en breve tiempo extienden en torno suyo un bosque de ramas frondosas, y que la opinión, por más que su vida parezca depender de la voluntad, y cesar bajo la influencia de la opinión contraria, es sin embargo tenacísima y a veces resiste a los mayores esfuerzos.

Así, Vérod, que parecía tan confuso y anonadado, se alzó bien pronto al impulso de una viva reacción.

—¡No!...—dijo bruscamente, alzando la cabeza y sacudiéndola con ademán de protesta.—¡No!... ¡No es posible!... ¡Eso no puede ser!...

Si hubiera muerto por mí, ¿no me lo habría dicho, no me habría dejado una palabra, la palabra de su dolor, un saludo, un adiós?... Ayer hablé con ella, y nada, nada podía hacerme sospechar que tuviera la idea de la muerte, ¡al contrario!... ¡No!—repitió con voz que se iba haciendo más firme a medida que su convencimiento iba reforzándose:—¡No! ¡Ella no se ha matado! ¡Ha sido asesinada!

¡Usted no lo cree porque no sabe, porque no la ha conocido!... Usted tiene necesidad de tocar con las manos para creer; pero yo estoy seguro de que aquí se ha cometido hoy un infame delito. Y me comprometo confundir a los asesinos, a vengar a la muerta. Deber de usted es no creer nada por ahora; de averiguar, de ayudarme a buscar las pruebas que hacen falta. ¡Ellas existen, y yo las encontraré!

—¡Tanto mejor!—contestó Ferpierre—¡y puede usted estar cierto de que también yo las buscaré, de que las busco!...

Y antes de dejarse persuadir por la fuerza de aquella fe, despidió a Vérod y dio orden de que hicieran entrar a la joven desconocida.

—¿Su nombre?—le preguntó.

—Alejandra Paskovina Natzichet.

—¿Nacida en?...

—Cracovia.

—¿Cuántos años?

—Veintidós.

—¿Qué profesión?

—Estudiante de medicina.

—¿Domicilio?

—Zurich.

La joven contestaba con voz breve y tono seco casi sin oír las preguntas.

—¿Cómo se encuentra usted en esta casa?

—Vine a hablar con Alejo Zakunine.

—¿A hablarle de qué?

—De cosas que no interesan a la justicia.

—¡O que la interesan mucho!

La joven no contestó.

—¿Es usted su correligionaria?

—Sí.

—¿Vino usted a hablarle de asuntos políticos?

Nuevo silencio.

El juez aguardó un momento la respuesta, y en seguida continuó lentamente:

—Advierto a usted que las reticencias podrían perjudicarla.

La nihilista manifestó su indiferencia encogiéndose de hombros desdeñosamente.

—¿A quién acusa usted? ¿A mí, o a Alejo Petrovich, o a ambos?

—¡Me parece que usted quiere invertir los papeles! A usted le toca contestar. ¿No es usted otra cosa que correligionaria del Príncipe?

—No comprendo.

—¿Es usted también su querida?

La joven miró a su interpelante con ojos inflamados, casi con expresión de ira, pero no dijo una palabra.

—¿Tampoco a esto quiere usted contestar? Voy a hacerle otra pregunta: ¿Dónde estaba usted en el momento de la muerte de la Condesa?

—En el escritorio del Príncipe.

—Y él ¿dónde estaba?

—Conmigo.

—¿Conocía usted a la muerta?

—Nunca hablé con ella.

—¿Hoy la vio usted?

—No.

—¿Sabía usted que hacía años que vivía con su amigo, que le amaba, que se amaban?

Al prolongar el juez esta pregunta, en la cual hacía especial hincapié a fin de leer en el ánimo de la nihilista, no quitaba los ojos de los de ésta. Pero la joven contestó, impasible:

—Sí.

—¿Sabía usted que estaban celosos el uno del otro?

—No.

—¿Tenía usted conocimiento de que, después de haberse amado, estuvieran por largo tiempo en desacuerdo?

—No.

—¿Qué hizo usted cuando oyó la detonación?

—Acudí.

Esta respuesta llamó la atención de Ferpierre. Si era verdad que el Príncipe y ella habían estado juntos, ¿por qué no contestaba: «Acudimos»?

—¿Sola?—le preguntó.

—Con él.

—¿Y estaba muerta?

—Expiraba.

—¿Por qué se habrá matado?

—No lo sé.

—¿Qué dijo el Príncipe?

—Lloró.

—¿Cuántas veces ha venido usted a esta casa?

—Dos o tres veces.

—¿No desagradaban a la difunta esas visitas de usted?

—No sé.

—¿Conoce usted a Vérod?

—No sé quién será.

—La persona que denuncia el asesinato.

—No lo conozco.

El juez cesó de interrogarla.

—La ignorancia de usted es demasiado grande. Ya procuraremos ayudarla a usted a acordarse. Mientras tanto, permanecerá usted a disposición de la justicia.

La joven se marchó, alta la frente, impasible como había estado durante todo el interrogatorio, y Ferpierre, contemplándola mientras se alejaba, reflexionaba que por ese lado nada sabría.

Ya había tenido ocasión de conocer a más de una de esas eslavas de alma misteriosa, de esas jóvenes que en la flor de la edad, tras de estudios más que severos, persiguen con férreo corazón un trágico ideal, y por él, para asegurar su triunfo, no solamente sabían desafiar y vencer toda clase de resistencias y obstáculos, sino también sacrificar la vida. La obscuridad que rodeaba el suceso, en vez de disiparse, iba condensándose; el juez sentía impaciencia por hallarse cara a cara con aquel que debía ser seguramente el principal actor.

Cuando el Príncipe entró en la habitación, el magistrado observó atentamente su persona. Era sin duda uno de los hombres más hermosos que Ferpierre había visto en su vida: alto, robusto, ágil, las mejillas encuadradas en una barba rubia y sedosa, los cabellos castaños algo enrarecidos junto a la frente, con lo que ésta parecía más ancha; el cutis blanco, algo pálido y como macerado, cual sucede en los descendientes de las razas más selectas; los ojos azules, la mirada profunda bajo el puro arco de las cejas; la nariz aguileña, el ademán nervioso, los vestidos elegantes, todo el porte verdaderamente principal.

Al verlo, cualquiera habría reconocido en él al gran señor y al hombre galante, nadie al revolucionario. Su semblante, primero descompuesto por la desesperación en presencia del cadáver de la amiga, después por la ira causada por la acusación de Vérod, se había calmado y llevaba el sello de una profunda tristeza.

—¿Usted es el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine? ¿Dónde nació usted?

—En Cernigov, en 1855.

—¿Ha sido usted condenado alguna vez?

—Fui condenado, por conspiración; a relegación en Siberia; después he sido graciado y expulsado de Rusia.

—¿No ha sufrido usted una condena más grave?

—Todos los sucesivos castigos que se han dictado contra mí se han confundido en la pena capital, por alta traición y regicidio.

—Ya ha oído usted de qué le acusa Vérod.

A estas palabras, la sangre enrojeció el rostro del Príncipe, y sus ojos volvieron a brillar.

—¿Qué contesta usted?

Zakunine se oprimió la frente con las dos manos, como queriendo reprimir su cólera, y luego dijo:

—Es cierto...

¿Confesaba? ¿Se declaraba culpable? ¿Reconocía haberla asesinado? El juez casi dudó de haber oído bien, tan inverosímil le parecía que aquel hombre se contradijera de un momento a otro; pero su duda fue de corta duración, pues el Príncipe precisó así su pensamiento:

—Es cierto... Yo la he muerto... Por mí ha muerto.

Hablaba lentamente, inmóvil, con voz tan sorda, que el juez le oía apenas.

—¿Ha sido muerta por usted, por su mano?

—¿Qué importa? Yo soy responsable...

—¡Importa muchísimo, por el contrario, y creo que no necesito explicarle a usted la diferencia!... ¿Usted confiesa haberla empujado al suicidio, no haberla muerto materialmente? ¿Cómo, por qué la empujó usted al suicidio?

—Porque yo era indigno de ella. Porque la ofendí.

—¿No la amaba usted ya?

—No la amaba.

—¿Y sin embargo la llora usted?

Efectivamente, en su voz había lágrimas. Y como dejara sin respuesta la pregunta del juez, éste repuso:

—¿Quería usted abandonarla?

—La abandoné.

—¿Por qué volvió usted a su lado? ¿La amaba usted todavía algo? ¿La tenía usted lástima?

—¡Tanta!

—¿Ella le amó a usted mucho?

—Como yo la amé un tiempo.

—¿Fueron felices?

Los ojos del Príncipe se enrojecieron.

—¿Todavía le amaba a usted?

Por toda respuesta el Príncipe movió la cabeza lentamente, con desesperación.

—¿Le dio a usted motivos de celos?

A esta nueva pregunta contestó con un gesto dudoso.

—¿Sabía usted, sí o no, que alimentaba un nuevo afecto?

—Lo suponía.

—¿La reprochó usted alguna vez su amistad por Vérod?

Al oír el Príncipe este nombre, frunció el entrecejo y se estremeció otra vez.

—No—contestó con voz sorda.

—¿Qué puede impulsar a Vérod a acusarle a usted?

—No sé.

—¿El dolor? ¿Los celos?

—Seguramente.

—¿Cuánto tiempo tenían las relaciones de usted con la Condesa?

—Cinco años.

—¿Era libre cuando la conoció usted?

—Sí, libre. Viuda.

—¿Dónde la encontró usted?

—En Aberdeen, en Escocia.

—¿Cuántos años tenía?

—Veintinueve.

—¿Ahora o entonces?

—Ahora.

—¿Nunca pensaron, ni siquiera en los primeros tiempos, en unirse legalmente en matrimonio?

—Yo desconozco esa ley.

—¿Ella no sufría con una situación que para sus sentimientos cristianos debía ser inmoral y punible?

—Había contraído el compromiso ante su Dios.

—Viviendo con ella, durmiendo bajo el mismo techo, conociéndola íntimamente, es imposible que no haya visto usted prepararse la catástrofe.

—Yo no vivía ya con ella. Venía a verla de vez en cuando.

—Entonces, ¿dónde tiene usted su domicilio?

—En Zurich.

—¿Cuándo llegó usted?

—Anteayer.

—¿Nada le hizo a usted sospechar su desesperado propósito?

—Noté que sufría más que de costumbre.

—¿Alguna vez le propuso a usted separarse?

—Nunca.

—¿Qué pensaba de las ideas políticas de usted, de sus actos?

—La idea de la reivindicación humana la entusiasmaba, los actos la repugnaban.

—¿Quiso alguna vez impedir a usted que cometiera esos actos? ¿Intentó disuadirle de sus trabajos?

—Muchas veces.

—¿De qué modo?

—Diciéndome que en el amor, no en el odio, está el remedio.

—¿La ponía usted al corriente en sus secretos políticos?

—En un tiempo.

—¿Y ahora no? ¿Trató ella alguna vez de sorprenderlos?

—¡Oh! ¡Nunca!

—¿Qué relaciones existen entre usted y Alejandra Natzichet?

—Pensamos del mismo modo.

—¿Trabajan juntos en la propaganda?

—Sí.

—¿Tenía la difunta motivos de estar celosa de esa joven?

—Ninguno.

—¿No está usted vinculado con ella por otra cosa que un ideal común? No mienta usted: así sabremos la verdad.

—Afirmo que nada más nos liga.

Su acento parecía sincero.

—¿No podía ser que, sin que usted lo supiera, la joven le amara y eso haya hecho que esté secretamente celosa de la Condesa?

El interrogado tardó un instante en contestar.

—No—dijo por último.

—¿Dónde estaba usted cuando oyó el disparo?

—En mi cuarto.

—¿En su cuarto de dormir?

—En el escritorio.

—¿A qué hora precisa ocurrió el suicidio?

—A las once y tres cuartos.

—¿Qué hizo usted al oír el tiro?

—Acudí.

—¿Su compañera acudió después?—preguntó el juez, tratando de dar a su voz un tono de cansancio y casi de fastidio para ocultar la importancia de la pregunta.

—Acudió conmigo.

Ambos, en el primer momento, habían contestado en singular, cuando lo natural era que hubieran dicho: «Acudimos.» Ferpierre concedía cierta importancia a este hecho, del que le parecía poder deducir que no habían estado los dos juntos, como lo aseveraban. Pero ¿cuál de los dos se encontraba con la Condesa? ¿Quién mentía? ¿Sobre quién recaían las sospechas?

—¿Usted recuerda cuándo compró el arma la difunta?

—La ganó en una rifa, hace tiempo.

—¿Y las cápsulas?

—Las compró después, queriendo ejercitarse en el tiro.

—Entonces, resumiendo: ¿la Condesa se ha dado la muerte por causa de los dolores que usted le ha ocasionado; porque, desposada con usted sin ceremonia ritual, no podía soportar su abandono? Pero, ¿y si amaba a otro?... Usted ha confesado que sospechaba su nuevo amor... ¿Por qué había de matarse si amaba a otro? ¿De quién podían venir los obstáculos e impedimentos para su nueva felicidad?

—De ella misma.

—¿Qué quiere usted decir?

—Sus sentimientos sobre el deber, el respeto, la honradez eran elevadísimos.

—Si usted sospechaba que quería matarse, ¿cómo no le quitó esa arma?

—No lo sospeché.

—¡Su doncella ha dicho, por el contrario, que lo que ha pasado era de prever!

—Ella gozaba de su confianza; yo no.

—¡Es creíble, puesto que usted era la causa de sus penas!... ¿Pero nunca le previno a usted la criada? ¿Nunca le dijo que tuviera cuidado?

—No.

—Ahora vamos a oír lo que ella dice.

El magistrado se había decidido de repente a ponerlos el uno en presencia de la otra.

Recordando Ferpierre el relato del juez de paz, según el cual el Príncipe, a la llegada de Julia Pico, se había turbado, poniéndose otra vez a temblar nerviosamente y a respirar con ansia, pensaba que tal vez Alejo Zakunine hubiese visto en la mujer una acusadora, y que de allí proviniera su turbación. Pero nada en su expresión revelaba, al anuncio del careo a que iba a ser sometido, que la prueba le pareciera temible.

La doncella estaba en el cuarto mortuorio, prestando al cuerpo de su patrona, antes de que se lo llevaran, los últimos servicios piadosos; después de haber lavado la sangre de la frente y la mejilla, le había arreglado los cabellos y cruzado las manos sobre el pecho, poniendo entre ellas un rosario. La pobrecilla no veía lo que hacía, tan espeso era el velo de lágrimas que le cubría los ojos. A su lado estaba la Baronesa de Börne, tratando también de hacer algo, cuidadosa y locuaz, y cuando llamaron a la criada, poco faltó para que la siguiera.

Dos, tres veces tuvo Ferpierre que repetir sus preguntas a la pobre mujer, a tal extremo se encontraba ésta trastornada por el dolor. Julia Pico, de cuarenta y cinco años, nacida en Bellano, en las márgenes del lago de Como, estaba en el servicio de la Condesa d'Arda desde la niñez de ésta, cuando vivía en la casa paterna en Milán.

—¿Usted ha dicho que en patrona manifestó varias veces el propósito de morir?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace mucho tiempo... más de un año.

—¿Nunca habló usted de ese peligro al amigo de la Condesa?

—Sí.

Como si no hubiera oído esta afirmación, que desmentía las del Príncipe, ni éste se hallase presente, el juez continuó interrogando a la criada sin siquiera volverse hacia el acusado.

—¿Cuándo se lo comunicó usted? ¿En qué circunstancias? Procure usted precisar.

—El año pasado, un día en que el señor se fue... La señora le rogó mucho que no la dejara sola... Pero él se marchó, y entonces la señora lloró mucho, mucho, y habló de la muerte... Cuando el señor volvió, yo le dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer.

—¿Qué tiene usted que contestar a esto?—dijo con frialdad Ferpierre, volviéndose hacia el Príncipe y mirándolo fijamente.

—No recuerdo el hecho—respondió éste sosteniendo firmemente la mirada del juez.—He confesado mis faltas, esta mujer me habló alguna vez de ellas, y sin duda quería señalarme el peligro, pero nunca me dijo con claridad lo que creía tener razón de temer.

—¿Todavía en los últimos tiempos—repuso el juez dirigiéndose a la mujer—hablaba de su propósito?

—No.

—¿Cómo explicaba usted este hecho? ¿No tenía siempre las mismas razones de quejarse?

—El señor la trataba mejor desde hacía algún tiempo.

—¿Es cierto lo que dice?

—No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, si la hubiera pedido que me excusara, todavía estaría viva.

Zakunine había bajado la vista; hablaba con un acento de remordimiento tan sincero que Ferpierre se sintió impresionado. El dicho de la doncella de que su patrón había comenzado a tratar mejor a la Condesa, y el de haber éste negado tal cosa al principio, e insistir después en su negativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacían que la acusación fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo los argumentos de Vérod, ¿habría que volver las sospechas hacia el lado de la joven estudiante? ¿Querría el Príncipe demostrar que se trataba de un suicidio, para salvar a su compañera de fe política?

—¿Qué pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de la Natzichet?

—No sé. No la veía.

—¿Pero tenía conocimiento de sus visitas? ¿Estas le desagradaban?

—No se...

El juez creyó ver que la presencia del acusado impedía a la criada hablar libremente.

—Déjenos usted solos—dijo a Zakunine.

Cuando éste desapareció, inclinada la cabeza por la puerta donde vigilaban los gendarmes, el juez se acercó a la criada.

—Oiga usted—la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono de persuasión confidencial;—nos encontramos en presencia de una grave duda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado, hay quien asegura que ha sido asesinada. Nadie mejor que usted puede ayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted creía que ella misma se había quitado la vida: ahora que conoce usted la acusación, ¿no duda usted?

La mujer juntó las manos, indecisa, confusa.

—¡Qué podría decir yo, señor!... ¡Esto es espantoso!... Yo no sé.

—¿Qué piensa usted de su patrón? ¿Lo cree usted capaz de haber cometido un delito como ese?

La mujer vaciló durante un momento, pero luego contestó resueltamente:

—No.

—¿Por qué cree usted que no?

—Quería mucho a la señora cuando se conocieron. La quería locamente. ¡La consoló tanto de sus dolores!

—¿Qué dolores?

—La señora sufría, estaba mortalmente dolorida. En el espacio de pocos meses había perdido a su padre y a su marido, se había quedado sola en el mundo. También el señor Conde murió de una manera espantosa, aplastado por un tren.

—¿Pero después la trató mal el Príncipe?

—Sí; ofendió sus creencias; la abandonó; pero eso no es una razón para sospechar tan horrible cosa.

—¿Se acuerda usted cuándo, cómo y por qué comenzaron los malos tratos?

—En Italia, cuando el señor fue expulsado de nuestro país.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?

—Hace dos años. ¡Había sido tan grande la esperanza de que allá fuera más bueno, y más suyo!..

—¿Notaba usted disputas entre ellos?

—No precisamente disputas... La señora, cuando quería algo, rogaba; el señor la dejaba hablar, no contestaba, y después hacía lo que se le antojaba.

—¿Le engañaba con otras?

—No sé. ¿Quién podría saber lo que hacía en las largas temporadas que estaba ausente?

—Ha dicho usted que desde hace poco la trataba mejor. ¿Cuánto tiempo hace de eso?

—Tres o cuatro meses.

—¿Cómo notó usted ese cambio?

—Vino a buscarla después de una ausencia muy larga, cuando yo creía que no iba a volver nunca.

—¿Venía de Zurich?

—Creo que de Zurich.

—¿Se quedó mucho tiempo?

—Pocos días, pero después volvió muchas veces, estando nosotros en Niza y aquí. Parecía otro. Parecía temerla.

—¿Cómo se explica usted tal cambio?

—No sabría decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconocía haber procedido mal.

—Fíjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: ¿qué era para su patrona el señor Vérod?... Dígame usted lo que sepa. Es necesario descubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar la muerte de esa pobre señora, en el caso de que haya sido asesinada. ¿Querría usted que los asesinos quedaran impunes?

—Voy a decir a usted lo que yo creí comprender. La pobrecilla no me habló nunca de él. Sólo una vez me dijo:—«Qué amable es el señor Vérod, ¿no es cierto?...»—Yo comprendí que su compañía, su amistad le eran muy gratas, por más que a veces evitase el encontrarse con él.

—¿Cómo era eso?

—No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión. Pero aquello pasaba pronto...

—¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres, llegara a la larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?

—No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía algo, sí, pero...

—¿Qué temía?

—Se temía a sí misma.

—Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso de que el Príncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted que cuando comenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vérod?

La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza.

—No podría decirlo, señor.

—De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué venía a hacer aquí?

—Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el escritorio.

—¿Cuántas veces ha estado aquí?

—Tres o cuatro veces.

—¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación muy íntima... que ella fuese su querida?...

—No podría decirlo. Un día...

—¿Qué?

—La vi besar la mano al señor.

—¿No oyó usted lo que decían?

—Hablaban en ruso. Yo no podía entender.

—Hagamos una suposición. Admitamos que esa mujer amara al Príncipe. ¿No es verdad que entonces habría tenido celos de la Condesa?

La criada contestó con una ambigua expresión del rostro, que tanto podía significar ignorancia como asentimiento.

—Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían sido muy justificados...—insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí mismo esta objeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresaba todas las ideas que se le iban presentando.—¿Sabía la rusa que entre los patrones de usted había discordia?

—No podría decirlo.

—¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a la difunta?

—No sé, señor.

—¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los celos haber armado su brazo?

La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado, más que interrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz.

III

LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD

El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro que hendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmenso trofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, parecía una inmensa pizarra; después, verde como un estanque por entre las orillas bajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado allá lejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves se inflamaban con los últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles, cruzadas como dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea de humo por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio del silencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vida acababa de extinguirse.

Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de aquella vida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increíble verdad: ante el espectáculo que tantas veces había admirado junto con ella, le parecía tenerla aún a su lado; pero después, tornando la mirada ansiosa, la soledad lo aterraba, el horror pesaba más y más sobre él. Y andaba, andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habría ahogado. En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó un carruaje. Y entonces se detuvo, temblando.

En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto por la primera vez: un año antes, un día que erraba por esos lugares, había pasado ella en carruaje, quién sabe si en ese mismo que acababa de dejarlo atrás. Y su imagen resurgió vivísima, con una luz que lo deslumbró.

¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles eran sus esperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una existencia vacía, gris. Treinta y cuatro años, ninguna arruga en la frente; ¡pero cuántas arrugas en el alma! El recogimiento en la reflexión, el asiduo examen interior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirar dentro de sí mismo, lo habían envenenado. ¿Vuelve jamás la gota de agua a parecer líquida perla después de que el ojo armado de una lente ha visto dentro de ella un mundo horrible?

Vérod se había contemplado demasiado a sí mismo con el pensamiento, y las cosas, y la belleza, habían perdido para él todo su encanto, y lo que cuesta el gozo lo sabía ya demasiado, y la esperanza se había consumido en su pecho. En otros tiempos, en edad más temprana, se había sentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdadera potencia; pero los años le habían hecho ver que en aquello estaba precisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontes extremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida práctica, sus pasos eran menos firmes aún que los de un niño. Y cuando intentaba una reacción contra esa impotencia, reconocía que su voluntad era ineficaz para conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda. Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de una raza, en la cual se habían confundido demasiados elementos étnicos, atraído en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por los conceptos adquiridos, veía que no podía gustar otros goces que los del árido pensamiento.

Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyera en algún momento estar delante de los espectáculos representados en éste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod no creía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte pueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas, inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto al sentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza de las cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido de alguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado, una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una alma distinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbia había sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba. Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente le había demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco más o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a no entenderse jamás.

Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido comprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones se reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío y amargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinción entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible, no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte. Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el furor de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de las cosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se le apareció.

Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta, acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Su aparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡qué cansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada?

La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un médico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia sobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era el remedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de los músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de la Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y por mucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, había tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado e iluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?...

Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes, antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizas y violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo de aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lámina metálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer a pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro fondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar, anhelante.

La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? De día, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que le hablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto, bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudo espectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso, como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla desvanecerse, de perderla. ¡Y había desaparecido, se había desvanecido, la había perdido! ¡Cuántas veces le había oprimido el corazón ese sentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal? ¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo que debía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod se detuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y su dolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortal voluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: el gozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo había hecho llorar.

La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tan fuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura. ¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casi vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas del gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor, coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandas por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa dulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa?

Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todos esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces también había visto que aquella belleza no era durable. Había días, había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande: todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse; la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se ponía lívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinos apagamientos que no parecían más que las declaraciones de una belleza demasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar de miedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de su amada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertaba por doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entonces en solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esa fugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubiera tenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.

Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuando en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido a la insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar el piano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y la misteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven una explicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentina animación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado de maravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuanto mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le sería acercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse. Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de la distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las manos de la pianista interrumpieran la ejecución del Largo de Bach, que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa pureza de las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, uno de los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual al suyo, se le acercó, y señalándosela le dijo:

—¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinos desfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamente insuperable si no decayera así, de un momento a otro!...

Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: ya no la sentía tan alta y lejana de sí; por el contrario, la veía cerca, la consideraba suya, pues en su alma nacía, no el descontento que el otro expresaba, sino un ímpetu de ternura que lo inducía a pensar en la enferma, un sentimiento de pena y compasión, una necesidad de prodigar a la dolorida criatura los cuidados más asiduos, el afecto más solícito, de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad.

¿Había conseguido realizar esa obra?...

Otra vez su atención se trasladó del cielo de los recuerdos al espectáculo que tenía a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobre el fondo pálido del crepúsculo, en las orillas del lago y por las faldas de los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso, trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: sólo así habría podido evitarla a ella otros dolores y evitárselos a sí mismo. Tentado se había sentido de huir, pues la turbación que lo embargaba con sólo mirarla de lejos, le hacía considerar el fuego terrible que le abrasaría al acercársele. Y se acordaba de las cartas que había escrito ese día para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de la renuncia a una adoración que presentía dominante, se ocultaba, se descargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores. Pero una vez resuelto a alejarse se había quedado, aplazando la partida para saborear la perfumada dulzura de la última contemplación, y, por fin, un día, pudo hablarla. Ya podía oír su voz, una voz reposada, que era armonía lenta, música velada, eco de una alma profunda. ¡Qué sutil virtud había en sus palabras! Cada una de ellas le parecía no pronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ella expresara sus pensamientos recónditos. Y para oírla, se había quedado.

Su alma fue desde ese instante el asiento de la más absoluta admiración. Jamás había creído llegar a depender así de una criatura humana. Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que se pareciera a la presente realidad. Esos amores habían muerto, totalmente, pero no por eso les negaba la fuerza que habían ejercido sobre él, ni tampoco le parecía que ahora desaparecieran ante esa ley natural que hace que los recuerdos tengan vida más débil e importen menos cuanto más gratas sean las impresiones actuales: la nueva aparición triunfaba enteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas o imágenes de lo pasado con la pureza de su luz.

Y su admiración por ella crecía por lo mismo que ese amor repentino en él estaba dedicado a una alma que le era aún desconocida. La idea de la belleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, que son contiguas, hasta el punto de que nada sea más fácil que atribuir estas dotes a los seres hermosos; pero ¿acaso no estaba acostumbrado, no solamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y no comprobadas todavía, a observar con igual penetración a los otros, a sí mismo y a la vida; acaso no había concluido por negar a ésta toda importancia? ¿De modo que iba a pagar su larga, enérgica, desesperada resistencia a todas las seducciones, con una alucinación repentina? La mejor prueba del cambio que se había operado en él, era ésta: que ya no se complacía, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor de examen íntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejando de mano toda discusión, casi obedecía a una voluntad extraña o imperiosa. La expresión de esa voluntad estaba en sus miradas, que le decían: «Ama y vive, cree y vive, espera y vive.» Y él se sometió a esa orden.

El acto de la fe que había ejecutado al atribuir el más aquilatado valor al ser de su elección, se fortificaba cotidianamente con múltiples pruebas. ¿Podía pensar que estaba en un engaño, cuando todos en torno suyo participaban de su sentimiento? En todos los labios había palabras de admiración hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual aparecía a la vista; era buena, cariñosa, compasiva, llena de gracia y encanto. Como no parecía hecha para la vida del mundo, tenía constantemente fijos en el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando salía en su busca, cuando tenía necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en alguna iglesia, de rodillas, humillada ante Dios. ¡Cuántas veces, sin que ella le viera, había entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, y cuántas horas inefables había vivido así! Recordando que él también había creído, recordando el alma ingenua que había muerto en él, ante la esperanza de poder creer todavía para sentirse más cerca de ella, para comunicarse con ella, ¡cómo había llorado, envuelto en una tranquila tristeza, en tímido gozo!

Un día, en Evian, la había acompañado a una capilla donde se celebraba una fiesta que atraía a los creyentes desde los lugares más lejanos, y él también había inclinado la descreída frente, lo mismo que todos aquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de los fieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en la montaña, se habían detenido delante de la rajada puerta de una capillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ella trató de abrir con su débil y blanca mano, pero inútilmente, y entonces él dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devota compañera el sagrado lugar, pensaba cuán grande era la secreta fuerza de esa debilidad aparente: la pobre mano se había cansado en vano y parecía tener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a su servicio, había vencido por ella el obstáculo.

Y entonces, se había sentido devorar por la necesidad imperiosa de besar esa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla con avidez en la palma; se había sentido devorado por el deseo de sentir el contacto de esa mano milagrosa en su cálida frente. ¿No era tan caritativa y bondadosa aquella mano? ¿No la había visto él un día curar cariñosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todos reían y ella sola se compadecía? El hombre había sufrido una caída, derramando sangre, y a la vista de ésta, al oír las palabras del infeliz, menos sensatas aún que de ordinario, las risas crueles aumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, había sabido atenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y ágil, rápida y diestra en el ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida pródiga de sí misma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; él, cuando la estrechaba, sentía en realidad la frescura de una hoja lozana.

Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos lo perseguían en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanza que ella había despertado en su corazón. Ella había infundido vida a su alma muerta, ella había sido la vida de su alma. Todo aquello en que ella creía, lo simple, lo bueno, lo eterno, había concluido por ser creído por él. Y ella había realizado ese prodigio naturalmente, sin quererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hace creer en la luz, como practicaba el bien porque había nacido para practicarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increíble, había invadido el corazón de Vérod, un sentimiento que habría debido ocasionarle una pena intolerable, pero que él soportaba con resignación, casi con placer. El codicioso instinto quería apoderarse de aquel ser milagroso, hacerlo enteramente suyo, mientras la razón reconocía que el amor de uno solo no debía substraerlo a su ministerio de bondad para todos. ¿Cuál es el loco que pretendería que todo el aire fuese exclusivamente suyo?

Así, no había sentido celos al saber que pertenecía a otro. Había pensado que, si era de otro, sin duda cumplía una obra fructuosa: nadie podía acusarla por eso, nadie podía distraerla de aquella obra. Conocedora de las vías secretas del corazón, sabía cuáles son las palabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungüento. Y el hombre con quien se había unido necesitaba su socorro: ¿no perseguía, por medios sangrientos, un propósito inalcanzable? ¿No empujaba a las almas tímidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una lucha tremenda?

Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tenía valor, que sembraba de cadáveres su camino, junto aquel hombre estaba su puesto. Nada de nuevo tenía para ella el ideal de justicia y de paz en nombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella debía también defender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de las ideas del contagio cruento, convertir a los fanáticos, consolar a los desesperados. Así venía a ser la razón junto al sofisma, la humanidad junto a la soberbia, el amor junto al odio; era la corrección del mal; su vista era el consuelo del mundo...

El joven miró en su derredor y no supo dónde se encontraba. Tuvo necesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que se hallaba en el camino de Belmont. Y se dejó caer sobre el parapeto del camino, exclamando:

—¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!...

Su desesperación palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en su interior esta invocación. No quería ni podía resignarse a la monstruosa realidad, y un ímpetu violento de iracundo desdén le sublevaba. Turbias imágenes, crueles ideáis le obscurecían la mirada y le hacían apretar los puños; palabras de desesperación salían de sus labios:

—¡Nada existe en el mundo!... ¡Todo es mentira!... ¡El mal, eso es todo lo que existe!...

Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y débil de aquella criatura de amor a la cual se debían prodigar los más solícitos y tiernos cuidados había sido destruida precisamente por quien conocía la benignidad de su corazón, nada había en el mundo, nada más que el mal...

Pero Roberto Vérod reprimía estas palabras. Desde el día en que la vista de todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le habían apaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior, lo defendían contra las ideas tristes, contra los propósitos indignos, contra las imágenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas las disposiciones de la mente, había querido ser digno de ella, y esa obra de preservación le había sido fácil hasta aquel día. Si la duda lo había mordido alguna vez, el espectáculo de la maldad se le había aparecido con demasiada crudeza, sólo con pensar que aquella criatura de amor existía, sentía retemplarse su fe.

¡Y había muerto! ¡Muerto! Delante de los ojos la tenía, tendida en el suelo, inmóvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la pálida sien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quería creer que la muerte no la había destruido enteramente; quería creer que su alma milagrosa vivía aún, velaba sobre él, le repetía sus palabras de fe y perdón; pero no podía, porque si la voz suave que todavía le hablaba al oído le persuadía de que sí, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba a consolar su existencia: sus ojos mortales tenían necesidad de ver; sus oídos mortales tenían necesidad de oír, sus manos necesitaban estrechar aquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, ¡y esa necesidad iba a quedar satisfecha para siempre! ¿Perdonar a los asesinos? ¡Su deber era vengarla!

La última luz del crepúsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclaraba el oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en el silencio augusto, Roberto Vérod se oprimía la cabeza con las manos para tratar de apaciguar la tempestad que lo conmovía. Su razón vacilaba ante la idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. ¿Por qué no había estado más convincente? Ya que la casualidad había querido que el juez fuera uno de sus antiguos compañeros, ¿por qué no se le había dado a conocer, cómo no había sabido persuadirlo de su sinceridad? No era únicamente la discreción lo que le había impedido recordar al juez sus antiguas relaciones, sino también el miedo, pues sabía que era distinto de él, rígido y severo. ¿Había el juez visto con mayor lucidez? ¿Se había él engañado? ¿Habría, en realidad, querido morir?...

Y Vérod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estupor que se había apoderado de él cuando descubrió el mal secreto que agobiaba a aquella pobre alma. Salvaba a otros, pero mientras tanto ella misma estaba perdida. Las palabras que había pronunciado un día volvían a la memoria de Vérod. Se hablaba de un desesperado que se había quitado la vida, y los más condenaban al suicida; pero ella había expresado un sentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, decía, que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no era cierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. La conciencia debía avaluar libremente los motivos de esa como de todas las otras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedrío, y si el engaño, el miedo, la vileza merecían ser condenados y castigados, había otras razones que debían inspirar mayor clemencia en los juicios.

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