Front matter (continued 3)
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—¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella, yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran? ¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto por substraerse a mi violencia?
Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que la Condesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastante ambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven para alterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndose amado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista había puesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquella mujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria su descontento y sus deseos, la Condesa d'Arda había podido, despertándose del sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en el terrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa, aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos.
—No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampoco tratándose de un espíritu como el de su amiga, con la dolorosa sensibilidad que la aquejaba, la violencia habría tenido eficacia para dominarla. Con sólo la natural vivacidad de la pasión, con una de aquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetas no les cuesta mucho emplear, debía bastar para arrancarla de la ilusión que la seducía, para demostrarle que era inevitable la transformación de la amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsión del mal, la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por el dolor. Eso no habría hecho que usted descendiera en su concepto: ella debía pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia del deseo, que el error había sido suyo, por no haberlo previsto.
—Tiene usted razón—contestó Vérod, meneando lentamente la cabeza.—Eso era natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubiera llegado a realizarse. Usted no creerá que huí de ella, que la respeté, que la obedecí. Usted no sabe la transformación que por la virtud de esa mujer se ha operado en mí.
—Hábleme usted de eso.
—Es difícil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria al pensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras la exageración del artista. ¿No ha sospechado usted ya que he recurrido a los artificios del arte para expresarle mis sentimientos?
Era verdad. Por más que Ferpierre se inclinara a compadecerse sinceramente del dolor de Vérod, desconfiaba de él. Aquel hombre parecía mejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado. Del más noble y eficaz instrumento, de la palabra, se servía para una obra disolvente. ¿Cómo creer en su bondad?
—No digo—contestó el juez, sorprendido, mal de su grado, por el clarovidente temor del joven,—no digo que, deliberadamente, con estudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos los hombres...
—No crea usted que yo sea un hombre distinto de los demás—interrumpió Vérod.—La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzas morales están latentes hasta en los espíritus incultos: para que puedan obrar se necesita que sean educados y guiados por otros espíritus naturalmente mejores y más fuertes. Aquel ser me reveló cosas que yo ignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es ésta...
Y con voz trémula, fija la vista en el suelo, le refirió la historia de su amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atención más indulgente; pero todavía le quedaba el temor de que por vengar a la muerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y se exhibiera mejor de lo que era en realidad.
—Usted abrigaba, pues, una esperanza, por débil y remota que fuera. Pero ¿cómo no pensó usted que para ella era motivo de temor lo que para usted era motivo de esperanza? Un nuevo vínculo amoroso tenía que envilecerla.
Roberto Vérod miró a su interrogador cara a cara.
—Yo quería hacerla mi mujer ante Dios y los hombres.
Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que parecía indicar que en tal caso retiraba su observación.
—Pero—repuso,—ella quería ser digna del respeto de usted y no podía esperar conseguirlo sin la aprobación de su propia, conciencia. Note usted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con el Príncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con él irrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer una unión legítima, ¿no había de ver que contrariaba esa idea y destruía aquella certidumbre? El obstáculo, si usted cree en la rectitud del alma de la Condesa, debió parecerle enorme. ¿No es cierto?
Vérod no contestó. Francisco Ferpierre vio que había acertado el golpe.
—Considere usted que el camino en que se había aventurado no tenía salida—continuó el juez al cabo de una pausa.—La única esperanza lícita para ella era que el Príncipe, reconociendo sus propias faltas y repudiando la obra cruenta a que se había consagrado, correspondiese por fin al amor y a la confianza que ella había puesto en él. Entonces, ese habría sido el rescate de su pasión: aunque mala en su origen, habría durado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde, pero aunque no pudiera seguir amándole, debemos creer que habría vivido ciertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no existía el bien para ella. Cuanto más débil era a los ojos del mundo la palabra que la unía a aquel hombre, tanto más fuerte debía ser para su conciencia; puesto que faltaba a esa unión la sanción social y sagrada, más fuerte tenía que ser la sanción moral. No obstante los desengaños, los dolores, los ultrajes sufridos por ella, debía permanecer fiel a aquel que había aceptado como compañero de su vida. ¿Acaso las faltas del marido, por extremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar la felicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento de este deber existía en ella reforzado por el empeño de demostrar a ese incrédulo el poder de los escrúpulos escarnecidos por él, reconocerá que la muerte debía presentársele de nuevo y fatalmente como el término de su desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted, debe usted admitir que sus escrúpulos no fueron muy sinceros... que fuesen, más bien dicho, muy débiles. Yo sé que la pasión razona de diferente manera; que, según el criterio común, nada debe resistir a la fuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algún caso, lo será tratándose de un amor primero, único: la continua renovación de semejantes triunfos no se efectúa sino a costa de la dignidad, del respeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importan muchísimo en sí mismas. La amiga de usted había seguido ya su camino, extraviada con no prestar oídos más que a la voz del amor, y si en el fondo de su alma existía el laudable sentimiento del rescate que se proponía operar, no por eso dejaba de comprender que había errado. El amor de usted tenía que hacerla ver el abismo ya presentido por ella. Usted mismo con la confianza y la única esperanza de poderla hacer suya un día, la empujaba hacia ese abismo. Quería usted hacerla su esposa; pero ¿era verosímil que, incitados ambos por la pasión y dadas las condiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Quería usted entrar en la vía recta, pero, ¿no habría sucedido que, infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado? ¿No había ella de prever que le iba a ser imposible resistir?... Usted es poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazón de los hombres ¿de qué le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto?
El juez había hablado con mucha severidad. Roberto Vérod guardaba silencio, inclinada sobre el pecho la cabeza.
—Pero volvamos a lo que urge por el momento; ¿no me ha dicho usted que la vio la víspera de su muerte?
—Sí, por la tarde.
—¿En su casa?
—Sí.
—¿Qué le dijo usted?... ¿La habló usted de su amor?
Viendo que Vérod vacilaba en contestar, el magistrado insistió:
—Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezca menos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el camino de la verdad. Si la pasión impulsa a usted a castigar a un asesino, la conciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. ¿La habló usted de su amor?
—Sí.
Y Roberto Vérod temblaba.
El último coloquio con su amiga, el más apasionado, el más íntimo, aquel coloquio después del cual había esperado con nuevo fervor, era para él la prueba de más peso contra los asesinos. ¿Podía pensar jamás en la muerte de la mujer que lo había dejado hablar de un porvenir mejor? Pero Vérod comprendía que, según las inducciones del magistrado, el valor de aquella prueba resultaba invertido; que la contemplación de una próxima felicidad, en la que creía, pero que sentía no poder alcanzar, era justamente lo que la había determinado a dar el último paso. Y si el magistrado tenía razón, la severidad de sus palabras estaba justificada; pero más aún que la severidad de aquel hombre, lo confundía de manera indecible la íntima conciencia del mal causado al ser por quien él debía y había querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor, como la víspera; pero sentía una mano de hierro que le oprimía, le estrujaba y retorcía el corazón: se ahogaba, las palabras expiraban en sus labios, pues tenía que decir la verdad y comprendía que ésta se iba a volver en su contra.
—Sí, la hablé de mi amor... Hablamos de la nueva estación, del frío que pronto nos ahuyentaría de aquí... Yo quería saber adonde pensaba ir, dónde y cuando podría verla otra vez. Ella me dijo: «No sé todavía adonde iré: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz. ¿No será mejor ignorarlo, por usted y por mí?...»
—¿Ve usted?... ¿Y después?
—Yo la dije: «Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usted en que mi vida es suya...» Ella cerró los ojos. Yo continué: «Es la verdal. ¿Debería ocultarla? ¿No me ha enseñado usted a decir siempre la verdad? Por otra parte, ¿no la sabe usted ya?...» Ambos nos callamos. El cielo se había obscurecido: ella miraba los vapores grises que subían por las cuestas de las montañas y envolvían la vegetación: miraba el lago gris y encrespado, que parecía de plomo; los árboles se doblegaban al impulso del viento, perdían sus primeras hojas. Yo la acompañaba mentalmente en su pensamiento elegíaco delante de la visión otoñal. Le dije: «El color que parece del cielo está en nuestros ojos: el azul es negro en la tristeza; en la alegría, el gris es celeste.» Una nube azulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaña y parecía un trozo de cielo. Ella contestó: «Sí, pero ese es un engaño: el cielo está cerrado.» Yo repliqué: «Pronto se abrirá.» Poco a poco se fue cubriendo todo el paisaje, todos los colores habían desaparecido, no se veían otros tonos que el del blanco y el del negro: las montañas negras, el agua plomiza, la espuma plateada; las nubes cenicientas, albas nubecillas, nubecillas pálidas, nubes de color de hierro. Ella dijo: «¿No parece una acuarela?» Yo aprobé, y luego añadí: «En esto hay tanta belleza como cuando el sol resplandece.» Seguí hablando. Agregué que una luz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no veían ya por todas partes más que formas de la belleza. Su pálida hermosura era en este momento maravillosa, parecía reflejar toda la palidez de la Naturaleza que nos rodeaba. La tomé de una mano. Un calor de vida se transmitía de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retiró, palideciendo más. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolpó a los ojos. Ella me dijo: «Comprenda usted que tenemos que separarnos.» Mi respuesta fue: «Su voluntad será cumplida siempre. Si usted quiere, mañana partiré. Esperaré desde lejos. Y si usted quiere que no espere, que no alimente más esperanzas, trataré de olvidarla. Difícil ha de ser destruir la esperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, mi orgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea...» Todo había desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, la negrura de los montes se borraban y se confundían en un gris uniforme. La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeció. Yo volví a tornar su mano. Quería decirla que ese era el último saludo, que podía dejar su mano en la mía por última vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano, y yo seguía sin pronunciar una sílaba: un tumulto de ideas me confundían...
—¿No notaba usted la terrible lucha que ella sentía en su interior?
Al oír esta interrupción, Vérod movió vivamente la cabeza.
—No sé, no sé... Demasiados pensamientos me asaltaban, y querían salir a un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las demás: «Si hablo va a retirar su mano.» El velo de niebla se iba evaporando ya, y cuando el lago aparecía, las olas espumosas que se alzaban y se deshacían en seguida, producían la misma impresión que dejan las ascensiones rápidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostró, como una sonrisa. Yo la dije: «¿Ve usted el firmamento azul?...» Ella se levantó.
—¿Y después?—preguntó el juez al ver que el narrador se callaba.
Lo que el joven tenía que decir debía ser más grave, tenía que ser contrario a la acusación, para que lo hiciera interrumpir así su relato.
—¿Y después? ¡Diga usted todo; es preciso decirlo todo!
—Ella habló del otro. Yo sabía que ya no era el amor, sino el deber lo que la ligaba a él. Al levantarse me dijo estas palabras: «Yo no merezco el amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me ha faltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre... Pero el hombre con quien estaba unida me había dejado, usted no le veía a mi lado, ambos podíamos creer que no volvería más. Ahora... está aquí. Si usted quiere que yo continúe estimándole, no me diga más nada...»
—¿Ve usted? ¿Ve usted?
—Yo la contesté: «Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejar a usted otra vez...»
—¿Ve usted? ¿Ve usted?—repitió el magistrado.—Si usted la dijo esas palabras con el duro acento que usted me las refiere, ¿no pensó usted que el odio que usted manifestaba tener a Zakunine debía inspirarle miedo?... ¿No era natural que se dijese que, a pesar del respeto que usted la tenía, su afecto por ella disminuiría ante la idea de que en el hecho pertenecía al Príncipe? ¿Y qué contestó?...
Vérod había inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo:
—Ocultó su rostro entre las manos.
—¿Y no se dijo usted en ese momento que ella tenía razón; que entre usted y ella el amor estaba condenado a una triste vida? ¿No comprendió usted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, a fin de evitar uno peor?
—¡No diga usted eso!—prorrumpió Vérod, fijando una mirada entre humilde y ardiente en el rostro del magistrado.—¡No diga usted eso!... Yo no sé, no puedo decir a usted lo que sentí... Sí, tal vez, esa idea, y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, veía que ella pensaba en mí, que sufría por mí, y huir, dejarla sola, no decirla el ímpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasión; no decirla que temblaba por ella, que quería morir por ella, no mezclar mis lágrimas con las suyas, ¡eso era imposible!
—¿Y la dijo usted eso?
—Debía decírselo. Ella me oyó. El temporal había terminado, el sol resplandecía sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de su vida se tenía que calmar algún día, y que ese día yo sería aún suyo. Ella suspiró: «¡Si nos hubiéramos conocido antes!...» Yo seguí hablando. Nada la pedía, pero deseaba y debía decirla que en el mundo nada hay irreparable; que esta vida sería verdaderamente demasiado amarga si la esperanza no la hiciera soportable. Otra cosa más cierta la dije, una cosa muy triste: que hay más gozo en la expectación que en la obtención; que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunté: «¿No cree usted que es así?» Y ella me contestó: «Sí.» Esta palabra, la palabra del asentimiento, fue la última que me dijo.
Ferpierre dejó que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Y cruzando los brazos sobre el pecho, habló lentamente, después de un breve silencio:
—Resumamos. Todavía no tenemos testimonios que nos iluminen con la verdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podrá hallar la prueba irrecusable de la acusación formulada por usted. Quiero conceder que cuando hayamos leído la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esa hoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremos que no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario, expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata. Pero hoy por hoy, si la lógica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio.
Como Vérod no contestara y siguiera mirándole tímidamente, el juez continuó:
—Ese último coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, es suficiente para explicar la catástrofe. Yo presentía que entre ustedes debía haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstáculo que se cruzaba en su camino. Si la desgraciada se había forjado ilusiones sobre la posibilidad de una amistad pura, las últimas palabras de usted debieron desengañarla. Todos los argumentos que usted la adujo, son sofismas consuetudinarios de la pasión. Usted nada la pedía: lo mismo había dicho el hombre por quien ella se perdió. La lógica de la vida era, en realidad, la que éste le había revelado con crudeza: «Quien tiene hambre debe saciarla.» Si es verdad que la esperanza es el mayor bien, no gozamos de él sino mientras creemos seguir el objeto: nadie en el mundo se consuela imaginándose un bien que jamás obtendrá. Lógicamente, necesariamente, la Condesa debía caer en un nuevo error. Y digo error, aunque también podría decir culpa. Yo no dudo de la honradez de las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habrían hecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseo impulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente se habría arrepentido después. Y aun sin la previsión del arrepentimiento de usted, ella veía cerrado a su paso el camino que conducía al nuevo gozo. Todas estas ideas que la desgraciada había examinado detenidamente, debían presentársele con mayor urgencia, más impertinentes, más funestas después de lo que usted la dijo. ¿Qué momento escogió usted para hablar? El más grave. El hombre con quien estaba ligada volvía a su lado, y se había reformado: tenemos la declaración de Julia Pico, de la que resulta que el Príncipe comenzaba a portarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa había podido pensar antes que sus vínculos con el Príncipe se habían desatado con el abandono en que éste la había dejado, ya en ese momento no podía considerarse libre. El deber de continuar con el hombre a quien se había entregado para siempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese deber tenía que surgir de nuevo más imperioso. Al dejar a un hombre que la traicionaba, podía haber encontrado alguna justificación, y, además, éste no había de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a que había querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubiera querido dirigirla algún reproche, ella habría sabido cómo contestarle, dadas las circunstancias. Pero abandonándole cuando él volvía en su busca, habría sido doblemente culpable. Y seguir con él era cosa que no podía hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojos de usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, había leído únicamente el amor y la compasión hacia ella, vio de improviso palpitar el odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidad ambicionada. Entonces, no sólo pensó en que iba a perder en la estima de usted, sino que temió también ser causa de otros males al empujar a dos hombres a odiarse, probablemente a matarse. Pocas horas después de semejante tempestad moral, aquella mujer, que además se halla incurablemente enferma, cuyo pecho está atacado de un mal sin remedio, que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con un pretexto a la compañera que siempre ha velado por ella, y en seguida la encontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la pertenecía, que ella misma guardaba el arma con que ya había pensado buscar el último reposo: ¡yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esa mujer se ha matado!
Ferpierre había hablado con mayor dureza aún, cual si el hombre que se hallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitud de Roberto Vérod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano en el pecho, parecía doblegarse bajo el peso de la reprobación de los demás, de su propio remordimiento.
—¿Nada dice usted? ¿No reconoce usted la justicia de mis razonamientos?
—¡No!—prorrumpió el joven, levantándose de un salto y casi en actitud de desafío.—¡No es así! ¡Yo no puedo creerlo, jamás lo creeré!... Esas fueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, más alto, más potente, debía estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. A mí tampoco me habría costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yo tenía razones para odiar la existencia...
—¿Las mismas razones que se la hacían odiar a los veinte años?
Perpierre dijo estas palabras casi movido por un ímpetu inconsciente. Aunque la severidad de su cargo debía impedirle recordar sus antiguas relaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si el joven se acordaba todavía de él, lo hacía invocar lo pasado.
—Las mismas—contestó Vérod, mirándole en los ojos;—pero más urgentes, más desconsoladoras que las que usted recuerda. Usted me conoce, ¿no es cierto? Yo también lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo vi demasiado temprano la miseria, el vacío, el horror de la vida.
—¿Por qué causas? ¿Es usted pobre? ¿Ha sufrido usted injusticias de los hombres o del destino? ¡Sí, me acuerdo de usted; pero no sé, ni cómo iba a saber lo que le han hecho!
El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar al pesimista, en obligarle a reconocer su error.
—Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, sí, no cabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo. Ella fue mi salvación. Después de haberla visto me sentí renacer. Tal es el poder del amor: la sola existencia de un ser amado es una razón, la más poderosa razón para vivir.
—¿Y eso es verdad, tratándose de cualquier amor?
—¡No me hable usted de los obstáculos! Sí; yo odio, yo execro, yo querría, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebató, y el odio transpira en mis palabras. Sí; ella me dijo lo que usted ha pensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, y comprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstáculo para nuestra felicidad, la hablé de mi odio. El amor, el amor recíproco crece en presencia de los obstáculos, trata de apartarlos, no cede. El amor aguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembló cuando me oyó hablar así, pero eso no le impidió reconocer que podía, que debía esperar. Todavía no he dicho a usted todo lo que medió entre nosotros. Dos días antes de nuestra última entrevista, la acompañé al monte Chesand; bebimos en una fuente; yo después que ella hubo bebido, apuré de su copa el agua que había dejado: me pareció que oprimía sus labios con los míos. Ayer cuando me autorizó a esperar, la tomé una vez más la mano, y se la besé con avidez. Ella se estremeció, pero no la retiró. Yo conocí que ya era mía, que me habría sido fácil coger otro beso en la flor de sus labios. ¿Y al día siguiente, pocas horas después, se habría de dar la muerte?
—¡Pues sí! ¡Pues sí!—replicó prontamente el juez, viendo que en el calor de la defensa Vérod se descubría.—¡Pues sí, pocas horas después! Porque ¿sabe usted cuál es el amor que sugería a usted esa moderación que usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? ¡El amor dominante, egoísta! ¡Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que le hacían prever otros mayores, debían a ella aterrarla!... Ella era también de carne y hueso, y al verse junto a usted se sintió sin fuerzas para resistir a la pasión exigente: ¡después, a solas con su propia conciencia, oyó su voz imperiosa! Toda la última parte de su diario está llena de la idea de la muerte. ¿Se asombra usted de que, viéndose en un camino sin salida, pusiera esa idea en práctica?
—Lo dijo, lo escribió; pero, en el momento de ejecutar el acto, la idea de Dios debió detener su mano.
—¡La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero llegó un momento de dolor intolerable, y se mató!
—¿Sin dejarme una palabra? Ella que sabía que me había devuelto a la vida, ¿habría destruido de un golpe el efecto de sus enseñanzas? Usted dice que, matándose, ha querido substraerse al mal; pero ¿cree usted que al hacerlo ha hecho bien?
El magistrado a su vez se quedó sin responder, y Vérod, comprendiendo que por fin había obtenido en aquella lucha una ventaja, continuó:
—Ella pensaba y escribió que en algunos casos se puede huir de la vida sin merecer reproche; pero podrá darse muerte el que está solo, no aquel de quien depende otro. ¿No acaba usted de leer sus palabras? «Hay en el amor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de sus propias acciones, sino también de aquellas a que impulsa a su amado.» ¿Y ella me habría dado el ejemplo de la muerte?... Yo creo en la hermosura de su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que no se ha matado, aumenta mi culto por ella.
—¿De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se había desposado con el corazón, era un pretexto?
—No se había desposado realmente con él.
—¿Nada significaban entonces aquel vínculo, puesto que la ley no lo había sancionado?
—¿Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfección? ¿Cree usted que la salvación consista en observarlas fielmente?
—¿Lo duda usted? ¿Y esos son los principios que usted propaga con sus libros? ¿Y profesando esos principios tiene usted tanta aversión al nihilista? ¿No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, son los maestros, los incitadores de todos esos espíritus audaces a quienes no bastan las especulaciones abstractas, sino que traducen en actos, lógicamente, los razonamientos que ustedes predican?
—Yo no niego las leyes: lo que digo es que éstas no resuelven las dificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; las agitan y nada más. Y aunque hubiera estado legalmente unida a ese hombre...
—¿Usted habría tenido el derecho de seducirla, de quitársela? ¿Podía ella haber faltado a su palabra?
—No se puede jurar un amor eterno...
—¿Y usted se lo juraba a ella?
—No se puede amar a quien no ama.
—¿Diría usted lo mismo si fuera usted el abandonado?
Y como ante esta sólida argumentación el joven permanecía mudo y confuso, el juez repuso en tono diferente:
—¡Ah! ¡No estamos tan lejos como probablemente usted cree, del objeto de nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusión con la realidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a la desgraciada, haciéndola ver y sentir cuán difícil es la vida. Que quiso salir de ella es demasiado evidente. Falta sólo demostrar que realmente puso en práctica su propósito. No hay pruebas directas, pero todas las presunciones están contra usted. Considere usted fríamente, si se siente capaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y verá usted que tengo razón de pensar así. Usted ha denunciado a las dos personas que estaban en la casa en el momento de la muerte; pero ¿contra cuál de las dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones? ¡Ya sería hora de decidirse! ¿Es el Príncipe el culpable? ¿Y por qué habría muerto éste a la infeliz? ¿Por celos? Pero, ante todo, usted deberá acordarme que ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las del odio y del mal, había vuelto a amar a la Condesa y sufría al saber que había perdido su afecto. ¿Pero la Condesa era ya de usted? Correspondía a la pasión que usted tenía por ella. ¿Querría dejar al Príncipe e irse con usted? ¡No, al contrario! Hasta el último momento se declara vinculada al otro, rehúsa escucharle a usted, le conjura a que la deje! A duras penas, después de insistir empeñosamente, le arranca a usted el permiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permiso que puede usted hasta dar por no recibido, que ella no podía negarle, pero que a nada la compromete. Dado el carácter de la Condesa, la seriedad de sus escrúpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemos creer que, apenas usted se marchó, ella comenzó otra vez a acusarse, a prohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder y aceptar. En tal situación, ¿qué motivo tenía el Príncipe para matarla? Todavía la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tenía celos brutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento de propiedad y nada más. Pero ¿de qué podía acusarla? ¡No de haberse entregado a usted! Noticias tenía para estar seguro de que el más leve esfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una frase amable, habrían impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer que no son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestime tanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabida en el Príncipe y que, en realidad, éste sea capaz de un delito vulgar. Pero la malignidad más brutal tiene, sin embargo, necesidad de un pretexto, si no de una razón para armarse y herir. Y yo no veo aquí razones ni pretextos. ¿Usted supone probablemente que, después de haberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tan ambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improviso que amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre la voluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso es lógico. Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinación que sentía por usted, nadie se lo habría impedido cuando Zakunine estaba lejos. Y ahora mismo, ¿necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre? Si el impedimento hubiera venido de él, ella habría podido rebelarse y desafiarlo; pero no venía de él, sino de ella misma, de su íntima conciencia. Por consiguiente, la hipótesis es absurda. Ahora, ¿quiere usted que haya sido la nihilista? Esta habría muerto a la Condesa porque amaba al Príncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, las dificultades no son menos que en el otro: ¡al contrario! Antes que todo, habría que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa que ambos niegan, y después, aunque esto llegara a probarse, para que la Natzichet matara a la Condesa, se necesitaba que ésta fuera un obstáculo para su amor. ¿En qué forma lo era? ¿Podía, acaso, la infeliz, ni sabía cómo impedir al Príncipe que se fuera con otras mujeres? ¿De qué modo hacía sombra esa desgraciada a la nihilista? ¿No tenían los dos rusos plena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente no se puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, ¿podemos suponer que lo han cometido juntos? ¡El absurdo sería doble! Después, si la amiga de usted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraríamos en el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada que fuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado al suicidio, no sólo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, no obstante, un argumento de su parte, uno solo...
Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vérod permanecía en la misma actitud en que desde el principio lo había escuchado: la cabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera un golpe mortal.
—Hay cientos y miles de mujeres que en la situación de la Condesa d'Arda, entre sus escrúpulos y las tentaciones de la pasión, no llegan al extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a una vida que por un momento creyeron insufrible: transigen con sus escrúpulos; hallan en el ejemplo de los demás una excusa y confianza en la redención futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Usted ha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razón. Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarse aun después de su última explicación con usted, ante la visión del mal inevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuya grandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estas confesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron, tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el último, fuera también capaz, como las otras, de esas cómodas transacciones de que somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no prueba tener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, por obra de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar un tercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. ¿Y no le parece a usted extraño que yo deba sostener, contra usted mismo, la entereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?...
Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó, vencido, perdido:—¡No diga usted eso!... Sí, es cierto... Tiene usted razón... Puede usted tener razón... ¡Pero no diga usted, no lo repita!... ¡Porque entonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!... ¡Muerta por mí!... ¡Por mí!... Mire usted... esta idea, esta sospecha, me destroza el corazón. ¡Siento que me vuelvo loco!
VI
LA INVESTIGACIÓN
Cuando el juez se quedó solo, la confianza que lo había sostenido lo abandonó de improviso. La resistencia de Vérod lo había aguijoneado, sugiriéndole argumentos cuya fuerza contra la acusación le parecía grande; pero, al fin, viendo que el otro le daba la razón, en vez de afirmarse en su opinión, volvió a dudar. Su reconstrucción del drama era verosímil, pero nadie podía atestiguar que fuese verdadera, y en cuanto a la posibilidad del asesinato, ¿era en realidad insostenible? Después de haber desarrollado una de las dos hipótesis, debía examinar la otra, y a esta tarea se preparaba, con creciente antipatía hacia los acusados. Conmovido por el dolor de Vérod, interesado vivamente por la difunta, desconfiaba más que nunca de los rusos.
Al día siguiente del interrogatorio del joven, recibió, junto con varios paquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las informaciones pedidas al jefe del departamento de policía y a la legación de Rusia en Berna, acerca de ambos nihilistas. Lo que ya sabía de la índole del Príncipe Alejo Petrovich estaba confirmado y documentado por los informes extensos y minuciosos de ambas procedencias, llenos de declaraciones tomadas en anteriores procesos políticos. Pero también supo cosas que no sospechaba.
Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos impetuosos y demasiado vecinos de los instintos primitivos, Zakunine padecía, además, de ese histerismo que, según la ciencia moderna de las enfermedades nerviosas ha comprobado, no es solamente un doloroso privilegio del sexo femenino. Cosas verdaderamente increíbles se referían del Príncipe, de su tumultuosa juventud. Huérfano de padre, el odio que desde pequeño había tenido al segundo marido de su madre, se había tornado en manía homicida. Constantemente golpeado con crueldad, castigado con un salvajismo que superaba en mucho a la severidad merecida por sus faltas, su carácter se había agriado.
Un día—todavía no tenía más de diez años,—paseándose con un camarada de su misma edad, se acercaba a una estación de ferrocarril. El amigo le había explicado que los guarda líneas recorren el trayecto de los rieles que les corresponde vigilar, para cerciorarse que ningún obstáculo amenazaba la seguridad del tren; entonces él, aprovechando un momento en que su compañero no le observaba, y sin más móvil que una perversa curiosidad del mal, había puesto sobre los rieles dos gruesas piedras, y se había quedado allí cerca hasta la llegada del tren para juzgar del espectáculo de la catástrofe. Las piedras eran bastante grandes, pero, por fortuna, poco resistentes, y las ruedas de la máquina las redujeron a polvo sin desviarse un punto. En ocasión distinta, algunos años más tarde, la fría insania de aquel ser se había manifestado en otra forma, contra sí mismo. Recorría sus posesiones en la pequeña Rusia, y un niño, hijo de un mujik, que le servía de guía, iba explicándole las cualidades de los árboles y hierbas: al pasar por delante de un verde matorral, el chico señaló una planta pequeña, de hojas largas y velludas, y le dijo: «Este es beleño, un veneno tremendo.» Entonces, rápidamente, sin dar a su guía el tiempo de acercársele, no ya de impedir el acto, arrancó cuantas hojas pudo coger su mano y las devoró. El guía se había engañado, esa planta no era beleño; pero durante un día entero, todos habían creído a Alejo Zakunine envenenado, y estaban entre admirados y espantados al ver la irónica alegría con que esperaba la muerte y reprendía a los que se mostraban afligidos.
Su juventud entera había sido una tempestad. Sin dinero, el demonio del juego le había cogido por los cabellos: una noche, después de haber perdido una suma que no podía pagar, se había disparado un tiro de revólver en el corazón, para no sobrevivir a su vergüenza; la bala, desviándose, le había roto el húmero. Por una cuestión poco limpia había tenido un duelo, y no había querido reconciliarse con su adversario; pero más tarde le había salvado de la muerte, con riesgo de su propia vida, heroicamente.
Hasta los dieciocho años había sido imposible hacerle aprender nada, ni persuadirlo de que estudiara una sola lección; pero avergonzado una vez al hablarle en francés una mujer, una niña, creyéndole conocedor de esa lengua, había cambiado de vida de la noche a la mañana: durante dos, tres años, nadie volvió a verle: entregado al estudio con el mismo ímpetu que dedicaba a lo malo, había recuperado rápidamente el tiempo perdido.
Nada había difícil para su inteligencia tersa y aguda. Su voluntad era capaz de actos de firmeza férrea, de perseverancias infatigables, pero no se mantenía siempre igual; con los raptos de esfuerzo tenaz se alternaban frecuentes crisis de debilidad nerviosa, de relajamiento enfermizo. Este lado de su constitución moral era menos conocido por la especie de celoso pudor que ponía en ocultar sus debilidades. Sin embargo, le habían visto llorar.
Frío y duro con sus semejantes, quería a los animales con cariño humano. Apasionado por la caza, sus perros eran sus amigos: hablaba con ellos, los besaba, los miraba fijamente en los ojos, cual si quisiera penetrar en su obscura alma bruta. Ante aquellos seres ínfimos se volvía humilde; los servía personalmente, se despreocupaba de sí mismo por cuidar de que no les faltase nada, y si alguno de ellos se enfermaba, no se daba un solo momento de reposo. Uno de sus perros murió con la cabeza apoyada en sus rodillas, mirándolo hasta el último instante con sus ojos apagados y tristes, y cuando lo vio ya rígido, cuando sintió frío e inerte el cuerpo antes vibrante bajo sus caricias, cuando hubo comprendido el misterio de la muerte, el llanto, un llanto mudo y copioso se desbordó de sus ojos. Con las hembras no había sido tan cariñoso como con los machos: los latigazos que su mano descargaba en los momentos de ira, caían únicamente sobre aquéllas; pero un día cesó de establecer esa diferencia, al ver que una perra, después de haber dado a luz con muchos sufrimientos media docena de cachorros, se enfermó, pero no consintió, en que se la quitaran sus hijos, y tan lastimosamente aulló, que, por fin, se los devolvieron, y expiró con toda su prole prendida del pecho.
De la compañía de las mujeres había huido como por instinto, desde pequeño; pero a los veinte años, muerta su madre, dueño de una inmensa fortuna, salió de un golpe, con transformación repentina, de la vida solitaria del campo, donde alternaba los violentos ejercicios con las mortificaciones del estudio, para entregarse fría y casi estudiosamente a los elegantes y malsanos placeres de la gran ciudad. Disipó mucho dinero y mucha fuerza nerviosa: su constitución ya desequilibrada se extenuó. El amor, el primer amor del alma, se lo inspiró la hija del Príncipe Arkof. Por efecto de su anacronismo moral que en aquella naturaleza distinta de las demás, no tenía por qué asombrar, amó con un afecto juvenil, ingenuo y tímido cuando para cualquier otro hombre había pasado ya la época de ese amor. Su adolescencia solitaria y salvaje no había sido visitada por fantasmas poéticos; pero, por esas leyes de equilibrio y compensación que parecen extender su imperio del mundo de la materia al mundo del espíritu, la poesía del corazón, a cuya virtud parecía haberse substraído, se apoderó de él precisamente cuando se encontraba sumergido en los más prosaicos y ruines amores. Así como la vergüenza lo había impulsado una vez a desterrar de su mente el limbo de la ignorancia, la turbación moral subyugó su alma.
De un día a otro y durante un tiempo no breve, nadie reconocía en él al mismo hombre y, abandonó las compañías indignas, luego de los entretenimientos viles; por una reacción que no se había podido prever, no vivió sino de sueños, de puras contemplaciones, en adoración muda y discreta; a todo eso no lo animaba otro propósito que el de hacerse digno de ser amado por medio de una vida ejemplar.
El encanto se rompió y el maleficio volvió a obrar sobre él cuando la tiranía de los padres de la Princesa Catalina hizo que ésta se casara con el general Borischof, gobernador de Kiev. Los ímpetus salvajes, las convulsiones violentas, volvieron entonces a asaltarlo; pero ¡cosa extraña! no se apoderaron inmediatamente de su alma, cuya capacidad sentimental pudo probarse y medirse por esto; que supo refrenarse y se resignó a la idea de que su esposa del corazón estaba en brazos de otro. Como casi no la había hablado e ignoraba sus sentimientos, habiéndose contentado con suspirar por ella de lejos, creyó, al verla aceptar la mano del general, que lo amaba, que iba a ser feliz con él. Y sangrándole el corazón, consumiéndose de pena, calló, se apartó a fin de no ser un obstáculo para su dicha; mas cuando supo que su afortunado rival no merecía la fortuna que había alcanzado; que no solamente no hacía feliz, sino que injuriaba, maltrataba y mortificaba al ser a quien él habría querido ahorrar, no sólo el dolor, sino hasta la menor idea incómoda, un furor en que había ira, remordimientos y desdén, lo arrojó al campo de los nihilistas que se preparaban a matar al terrible gobernador. Descubierta la conspiración, su alto rango y más que el rango, el motivo enteramente moral que lo guiaba, le salvaron de la pena cruel infligida a sus compañeros; pero esa política, a la que había sido indiferente hasta aquel día, lo inflamó de improviso.
En la frecuentación de los revolucionarios durante los preparativos del complot no había podido, dominado como estaba por otra idea, poner mientes en las razones que los armaban: el amor a la libertad, el odio a la tiranía, la sed de justicia, el ideal de fraternidad eran incomprensibles para el enamorado vengador; pero, cuando arrestado y enjuiciado, conoció el trato brutal de la policía, la inconsciencia de los jueces, el heroísmo de los conjurados; cuando se vio desterrado de la patria; cuando observó, recorriendo el mundo, con la muerte en el alma, el doloroso contraste de las grandezas soberbias y de las miserias incurables, un nuevo ideal lució repentinamente ante sus ojos: la redención humana.
Pero, como era de prever, tampoco esa vez supo guardar mesura. En Francia, en Holanda, en Alemania, en Inglaterra buscó a los jefes del partido nihilista y anarquista, dio cuanto pudo de sus fuerzas y toda su actividad personal a la propaganda, se mezcló en nuevas conjuraciones que produjeron sangrientos efectos, y fue nuevamente procesado y condenado a muerte. Con increíble temeridad volvió varias veces a Rusia, en secreto, a ver a sus correligionarios, para alentarlos y dirigirlos: en peligro de caer en manos de la justicia, se salvó milagrosamente, y continuó después conspirando en el extranjero, siempre soñando y preparando el cataclismo social que le había de abrir las puertas de su país ya regenerado.
Viva impresión produjo en el juez Ferpierre la lectura de estos documentos. La instintiva aversión que sentía por el rebelde se había ido atemperando secretamente con un sentimiento de compasión. Aquella alma convulsa no era tan mala: puesta en otro camino y bien guiada, habría podido dar al mundo luminosos ejemplos del bien. ¿Por qué no lo había curado el amor de un ser como la Condesa d'Arda?...
Los informes de la policía decían algo de la influencia que este amor había ejercido sobre el Príncipe. Cinco años antes, en la época en que conoció a la italiana, la actividad política de Zakunine casi había cesado. Parecía que el revolucionario hubiera olvidado sus antiguos ideales, a sus cómplices y todo, para vivir junto a su amiga. El cambio era tanto más notable, cuanto no era solamente en la política sino hasta en las costumbres. Las exuberantes e insaciables aptitudes de aquel hombre no se conformaban con tener por tarea la persecución de las reformas sociales: entre conspiración y conspiración, se daba tiempo para pasar de un amor a otro. Sus aventuras galantes eran innumerables: como por virtud de una fascinación, todas las mujeres que había hecho objeto de sus deseos habían sido suyas. Y de esa vida había salido por obra de la Condesa Florencia.
El juez tuvo noticias más precisas con respecto a los sentimientos que había experimentado en ese tiempo, leyendo los papeles encontrados en el domicilio de la difunta, en Niza. Entre aquellas cartas, la mayor parte insignificantes o reveladoras de cosas ya conocidas de Ferpierre, había algunas que el Príncipe había escrito a su amiga en los preliminares de su amor. Eran tan apasionadas y fervorosas, que casi se exhalaba de ellas un hálito ardiente: las palabras suspiraban, cantaban, ardían con llama viva.
«Luz del mundo, vida del alma, sonrisa de la gracia, puerto de salvación ¿queréis oír lo que jamás ser viviente oyó? Nunca ha sabido nadie lo que yo soy. No he tenido madre, no he tenido hermana. De ello no me lamento; por el contrario, estoy orgulloso, porque ahora puedo revelaros mi corazón a vos sola...»
Y se confesaba con ella, cándidamente: la decía que era un enfermo, un niño, un loco necesitado de cuidados y de amor; que su aparente valor ocultaba un miedo infantil; que su soberbia era humilde; que odiando amaba; que cuando vertía lágrimas de compasión, la sonrisa del escarnio las contenía; que pasaba de un extremo a otro con dolorosa inquietud, con ansia atormentadora, con la necesidad nostálgica de una inmutable serenidad.
«Vuestro amor será para mí la salvación, la paz, el puerto, la tierra prometida, el paraíso perdido y vuelto a encontrar. Amadme como yo necesito ser amado, como se ama a los niños y a los animales, como un amor que sea todo indulgencia, compasión, consuelo, alivio y socorro...»
Si la Condesa d'Arda no había triunfado en esa obra ¿era suya la culpa? Recordando el diario de la muerta y las mismas confesiones del Príncipe, debía convenir Ferpierre en que la culpable no era la Condesa sino el mismo Zakunine. Sin duda, si lo hubiera conocido antes, cuando el mal no había echado aún raíces tan profundas en él, le habría curado; pero el encuentro había ocurrido tarde, y si el Príncipe había olvidado durante un corto tiempo sus inveterados hábitos de vida y pensamiento, muy pronto había vuelto a ellos. Y cuando las continuas relaciones de su espíritu crecieron en violencia, hizo que la Condesa sufriera hasta ultrajes, por haber creído en sus promesas de arrepentimiento.
Creyendo en esas promesas, la Condesa le había conducido a Italia, a Milán, a los lagos lombardos, a los lugares familiares para ella, a las casas donde había vivido, esperando que estando lejos de sus correligionarios y por virtud del benéfico clima moral, la curación fuese más pronta. Lejos de eso, el desengaño había sido más rápido. Zakunine se hizo expulsar de Italia y la aventura produjo mucho ruido en la península: por más que el solo nombre de un revolucionario como aquel pudiese justificar la medida adoptada por la policía italiana, el ministro Francalanza fue acusado de haberla dictado por razones íntimas, porque había de por medio una gran dama: vivas interpelaciones hubo con ese motivo en el Parlamento. El escándalo hirió dolorosamente a la Condesa; pero, sin embargo, ésta siguió al desterrado, aceptando para ella también el destierro.
Fuera de Italia, el Príncipe se había dado nuevamente en cuerpo y alma a las conspiraciones y a los amoríos. Hacía menos de un año que poco había faltado para que triunfara una tentativa de revolución en Rusia, ideada y dirigida por él. La nave que debía transportar al Zar de San Petersburgo a Cronstadt saltaba por los aires; en Moscú se sublevaban dos regimientos; una columna de ciudadanos de Siberia marchaba, armada, hacia los Urales y un puñado de expatriados desembarcaba en Crimea y ponía a sangre y fuego las provincias meridionales del Imperio, todo al mismo tiempo. Si el autócrata se hubiera encontrado en el buque volado, su muerte, en el instante preciso en que los audaces revolucionarios se alzaban en armas por tantas partes a la vez, habría sido probablemente el principio del fin; pero por causa de un imprevisto cambio, la corte había tomado la vía terrestre, y entonces las revueltas parciales fueron ahogadas en sangre: de los cabecillas, el único que sobrevivía era Zakunine, que se había mantenido lejos.
Tal era el hombre que Roberto Vérod acusaba de haber muerto a la Condesa d'Arda.
—¿Será este hombre capaz de haber cometido el asesinato?—se preguntaba Ferpierre, y contra la opinión de Julia Pico, se contestaba:—¡Sí, es capaz!
Pero ¿había realmente dado muerte a la desgraciada Condesa? La capacidad de distinguir, por sí sola, no valía nada. Cierto que Florencia d'Arda había consignado en el diario, esta amenaza suya: «Si tú me abandonas cuando ya no te ame, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré.» Pero, como el juez había demostrado a Vérod, no era verdad que la Condesa hubiera traicionado al Príncipe: si se hubiera visto amada todavía por él, habría encontrado mayores dificultades para dejarlo, y la idea de permanecer a su lado por deber, esa idea que parecía dominar en su pensamiento, habría sido reforzada por el presentimiento del dolor que le había infligido dejándolo. Y antes que todo, había que probar que en realidad el Príncipe hubiera vuelto a amarla.
¿Qué había hecho en los últimos tiempos? Era necesario creer que tuviese en algún lugar secreto los documentos relativos a su acción revolucionaria, pues en su domicilio de Zurich se habían hallado muy pocos, aunque estos mismos no dejaban de tener importancia. Algunas cartas de correligionarios, con fechas recientes, estaban llenas de sordas acusaciones. Sus compañeros de Rusia se quejaban a una voz de su silencio, de su tibieza; le reprochaban que no mantuviese ciertas promesas con las que ellos contaban, y casi le acusaban de traición. Los nihilistas habían acordado otra tentativa inmediatamente después del último desastre, tentativa desesperada e inútil, pero que, sin embargo, habría demostrado que ni el rigor de la más furiosa reacción apagaría su ardor ni disiparía sus esfuerzos. Y escribían a Zakunine: «¿Mientras «nosotros estamos aquí dispuestos a rendir la vida, mientras no esperamos más que una palabra, tú nos abandonas? ¿Acaso se te agotó el valor en Cronstadt? ¡Y eso que allí no arriesgaste gran cosa! ¡Estabas lejos, bien seguro, mientras que aquí otros morían!...»
¿Cómo era posible que Zakunine se dejara dirigir tales reproches? ¿Sus correligionarios le acusaban sin razón, o en realidad su celo se había entibiado? ¿Y en tal caso, cómo y por qué aquel obstinado rebelde había podido apartarse del propósito de su vida?
Pensando que ya en ocasión anterior, en los comienzos de su amistad con la Condesa d'Arda, el Príncipe había casi abandonado la propaganda, considerando también que antes de haber concebido el ideal político el joven se había transformado por amor a la Princesa Arkof, el juez creía poder sospechar que el amor fuera otra vez la razón de aquel cambio. ¿Se trataba de la antigua pasión por la Condesa, resucitada de improviso, o más bien de alguna nueva aventura? Ferpierre no podía rechazar a priori la idea de que Zakunine había vuelto a amar a Florencia d'Arda, aun después de haberla infligido tantos tormentos: en un espíritu como el suyo, inclinado a los extremos, obediente a solicitaciones contrarias, esa renovación sentimental era posible, especialmente desde que la Condesa amaba a Vérod.
Pero el comportamiento del Príncipe en los últimos tiempos no era para acoger tal hipótesis. Si de las declaraciones de Julia Pico resultaba que recientemente Zakunine había sido bueno con su antigua querida, también era cierto que había continuado viviendo lejos de ella. Una visita de pocos días cada dos semanas y hasta cada mes, ¿podía satisfacer a un corazón enamorado y celoso? ¿Podía Zakunine, si la amaba, permanecer lejos, cuando sabía que otro quería arrebatarle su bien? Si el amor, un amor bastante violento para empujarlo al delito, hubiese renacido en su corazón, era natural que fuera a arrojarse a los pies de la Condesa, que se mostraba por fin convertido y redimido, y la indujera a huir con él, a esconderse con él en algún rincón ignorado del mundo. Apenas el Príncipe hubiera dicho a la Condesa algo parecido, sin duda ésta se habría sentido fortalecida en su resistencia contra Vérod, y algo habría dicho de ella en su diario. ¿O había que creer que consumiéndose de amor y de celos, no había dicho una palabra, por amor propio, por altivez? Esto no era de creer en un hombre como él, en un hombre cuyo pensamiento se tornaba rápidamente en acción como el de un niño. ¿Por qué motivo volvía entonces al lado de su amiga, y la trataba mejor en sus visitas demasiado breves y raras?
Ferpierre descubrió este motivo cuando leyó, entre otras cartas, algunas de negocios que el administrador de los bienes de la Condesa d'Arda le había escrito de Italia; en ellas se hablaba de letras del Príncipe, de cuentas que tenía que rendir, de sumas que se le habían enviado por conducto de banqueros. Era evidente que Zakunine, comprometida toda su fortuna en la obra revolucionaria, necesitado además de mucho dinero para su vida disipada, había recurrido a su amiga. En los primeros tiempos, la intimidad de sus relaciones disculpaba, ya que no legitimaba esos préstamos: más tarde, concluido el amor y comenzados los malos tratos, no se había encontrado en situación de satisfacer sus compromisos. Y entretanto, sus necesidades se habían hecho más urgentes. La última conspiración de Cronstadt le había costado tanto, que después no había sabido qué hacer: algunas cartas encontradas en Zurich, contestaciones a otras suyas, demostraban que se había dirigido a diversas partes insistiendo con apremio para que se le ayudara.
Esta lectura inspiró a Ferpierre una grave duda: ¿Habrían asesinado Zakunine y la nihilista a la Condesa para apoderarse de su dinero?...
La sospecha no era irrecusable sin examen. En la casa de la muerta se habían encontrado muchos valores, pero la Condesa era tan rica, que bien podía haber tenido en su poder el último día una suma mayor. Si el hurto era el móvil del crimen, los dos rusos podían, exprofeso, no haber robado todo el dinero; pero en tal caso era difícil explicarse la manera ruidosa como habían dado muerte a su víctima y el agudo dolor que Zakunine había demostrado, ni se podía decir cómo y dónde habían escondido las sumas robadas, en los pocos momentos transcurridos entre el tiro y la llegada de los criados. ¿Habría que considerar a alguno de éstos como cómplice? ¿O más bien, los rusos esperaban substraer el dinero después de haber hecho creer en el suicidio no previendo la acusación de Vérod?
Ferpierre acordó hacer preguntar a Milán, al contador de la casa d'Arda, si los valores encontrados en la villa Cyclamens eran exactamente los que debían existir allí, y al mismo tiempo interrogar a los criados de la villa para descubrir si alguno de ellos podía, en la confusión del primer momento, haber visto a los asesinos tomar las sumas que faltasen. Pero por más que el magistrado creyera que todo era posible en el mundo, no admitía que Zakunine fuera perverso hasta el punto de matar por robar. La suposición que se podía, que se debía hacer lógicamente era otra: Zakunine volvía al lado de la Condesa, no porque sintiese amor hacia ella, sino por la necesidad de la ayuda que pudiera darle espontáneamente. Extremadamente rica, habituada a no gastar en sí misma ni la cuarta parte de sus rentas, podía sacar inmediatamente de apuros a su antiguo amante. Por eso iba el Príncipe a verla de vez en cuando y se mostraba más amable con ella. El amor, la pasión que no sufre retardos ni alejamientos, lo entretenía en otra parte, lo hacía vivir en Zurich, donde vivía la Natzichet.
¿Era creíble que aquel hombre, a quien la leyenda atribuía tantas queridas como a don Juan, hubiera permanecido en compañía de la estudiante, sin que la comunidad de doctrinas y propósitos originase relaciones más íntimas? Y no faltaban indicios que apoyaran esta sospecha. Lo mismo que los correligionarios de Rusia, los de Inglaterra se volvían también en contra del Príncipe, reprochándole que los hubiera abandonado. «La presencia de usted aquí es necesaria,» le escribían de Londres; «hace cuatro meses que le esperamos: ¿qué le impide venir? ¡Buen momento para que faltara usted a su palabra!... ¿O alguna nueva aventura lo retiene por allá?...»
—¿Había tenido el que escribía esa carta algún aviso de los amores con la joven prófuga?
Entre las cartas de la Natzichet no encontró el juez alguna que le sirviera. Todas se referían a los estudios de la nihilista, había muchas escritas sobre las cuestiones sociales más discutidas, borradores de artículos destinados a la revista americana The Rebel, y a otras hojas españolas y holandesas de las cuales la autora era corresponsal. Por más que su antipatía por la joven no cediera, el magistrado se veía obligado a reconocer que ésta poseía una cultura fuera de lo común: escribía correctamente el español, el inglés y el alemán; enviaba a los periódicos bibliografías en que daba cuenta de toda clase de publicaciones científicas y filosóficas. Las informaciones recogidas de la policía de Zurich eran, por otra parte, favorables a la nihilista. Tres años antes había salido de Rusia, sola, sin recursos, después de haber sido deportados su padre y su hermano a Siberia por actos revolucionarios. En Zurich había comenzado a estudiar medicina, viviendo de su trabajo, de traducciones de obras científicas hechas por cuenta de editores alemanes y franceses. Estaba en relaciones con todos los refugiados políticos, pero no había tomado parte activa en las conspiraciones: por el contrario, de palabra y por escrito desaprobaba los continuos e inútiles sacrificios de vidas. Se inclinaba a la propaganda moral, a la preparación de las conciencias; pero, naturaleza ardiente y viril, no había vacilado en descender hasta la acción si le hubiese sido necesaria.
Y aunque de sus relaciones con el Príncipe nada se dijera de preciso, la sospecha de que fuera su querida se confirmaba. Enamorado de ella, su compañero constante en Zurich, ¿no habría Zakunine abandonado a los impacientes agitadores, tanto por la enervante acción del amor cuanto por la persuasión que directamente ejercía sobre él la joven? ¿No se habría propuesto ésta hacer que el joven se desengañara, demostrarle la locura de las carnicerías inútiles?
Estas suposiciones parecían verosímiles a Ferpierre. Y la acusación de Vérod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a la nihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstáculo que lo impulsara a matar a ésta. ¿Podía ese rebelde, para quien la ley coercitiva no tenía valor, sentirse atado por un escrúpulo enteramente moral? ¿Y no había, en realidad, dejado otras veces a su querida por correr en busca de nuevos placeres? ¿Qué le impedía hacer otro tanto, con mayor libertad que la primera vez? Cierto que había vuelto al lado de la Condesa y la había tratado con mayores consideraciones; pero si esto debía demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes de antes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrúpulos en su mente contradecían la hipótesis del asesinato; mal podía desear la muerte de un ser, quien se arrepentía de haberle ocasionado dolores.
Si el Príncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella, hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilista hubiera querido casarse con él, se podría reconstruir racionalmente el drama en otra forma: fingiendo arrepentimiento, el marido volvía al lado de su mujer, la persuadía de su conversión, persuadía a los demás, para disipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida, la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unido indisolublemente a la Condesa, ni se podía creer que quisiera casarse con su joven compatriota; había que abandonar todas esas suposiciones. El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decir creíble, porque tenía una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto, ninguna razón, por sutil que fuera, podía explicarla.
En su larga y variada experiencia, Ferpierre había estudiado con mucha atención las pasiones humanas, y sabía que los amantes infieles suelen sentirse sobrecogidos, en el momento de la traición, por un movimiento de compasión hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal que hacen, atenúan su culpa acordando a esa persona una conmiseración que parecería demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placer de egoísta, y, por lo tanto, ofende más a los traicionados. El Príncipe, que había olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de los placeres, podía haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosa compasión: para mejor gozar de su propia dicha, había ido sin duda a contemplar el espectáculo de la infelicidad que él mismo había ocasionado, a consolar hipócritamente a su víctima.
Si esta era la justa explicación de los sentimientos de Zakunine ¿cuál era el efecto que su acción había producido en el ánimo de la Condesa? ¿Amando como amaba a otro hombre, podía haber estado celosa de la nihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Eso no se podía creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Príncipe pertenecía a otra, debía haberla servido en cierto modo para creerse libre, no obstante la seriedad del compromiso que había contraído con su conciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los más la disculparían si recogía su palabra. Pero contra este acomodamiento estaban todos sus escrúpulos, y la hipótesis del suicidio parecía bien natural si la desdichada había ignorado que la compasión del Príncipe era falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Príncipe tenía un nuevo amor, debía haber visto crecer la dificultad de corresponder a las esperanzas de Vérod. Pero ¿ignoraba en realidad el nuevo amor del Príncipe? O mejor dicho, ¿amaba realmente el Príncipe a la nihilista? Ferpierre comprendía que ante todo debía cerciorarse de esta opinión, sin duda verosímil, pero aún no probada.
Mientras se encaminaba el juez a la cárcel del Eveché, donde los acusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar el interrogatorio de la joven. La actitud desdeñosa asumida por ésta el día de la catástrofe, le había inspirado el deseo y casi la necesidad de medirse con aquel altivo espíritu, para doblegarlo y confundirlo.
Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirla ante el magistrado, el director de la prisión refería a éste que la actitud de la joven había sido durante sus días de encierro, la de una persona que no solamente está tranquila, sino que desafía toda sospecha. Se había quejado de la celda y de los alimentos, había pedido que la dejasen leer y escribir, y había escrito efectivamente un estudio sobre la emigración suiza, lleno de cifras y datos estadísticos. Cuando la hicieron entrar en el gabinete del director, se sentó, a una seña de Ferpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de éste, se cruzó de brazos.
—¡Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!—comenzó el juez.—¡Y si los datos y cifras que ha consignado usted en este escrito son exactos, veo que su memoria es además excelente! Por lo tanto, me permito esperar que no fallará con respecto a lo que por ahora nos es más útil saber. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted al Príncipe Alejo Petrovich?
—Muchos años.
—¿Desde Rusia?
—Sí.
—¿Cómo le conoció usted?
—Era amigo de mis hermanos.
—¿Los cuales, naturalmente eran sus correligionarios?... Después que usted salió de su país ¿dónde lo encontró?
—Aquí, en Lausana.
—¿Estaba solo?
—No.
—¿Con la Condesa?
—Con ella.
—¿Fue usted a buscarle? ¿Cómo se vieron?
—Supo mi llegada, y fue él mismo a buscarme.
—¿Con qué objeto? ¿Para tener noticias de Rusia? ¿Para arrastrarla a usted a sus conspiraciones?... ¡Conteste usted!
Después de un momento de silencio, la joven contestó:
—Para ayudarme.
—¿De qué modo?
—Yo estaba sola, sin recursos, en país desconocido. Vino a ofrecerme su apoyo.
—¿Le dio dinero?
—Me lo ofreció, pero yo lo rehusé.
—Entonces, ¿cómo la ayudó a usted?
—Me recomendó a varias personas conocidas suyas, me consiguió lecciones de ruso, me proporcionó la ocasión de escribir en los diarios y revistas.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
—Un día.
—¿Usted se fue, o él?
—Yo.
—¿Se fue usted a Zurich?... ¿Se escribieron?... ¿Y cuándo se volvieron a ver?
—Un año después, en Lugano.
—¿Estaba solo?
—Sí.
—¿No sabe usted por qué? ¿Comprendió usted que ya no amaba a la Condesa?
—No me ocupé de esas cosas.
—¿Por qué fue usted a Lugano? ¿Qué hacía él allí?
La joven no contestó.
—¿No quiere usted decirlo?
—No puedo.
—¿Le ayudaba a usted el partido?
Otra vez se quedó muda.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted en Lugano?
—Tres días.
—¿Y después?
—Volví a Zurich.
—¿Cuándo partió él?
—En abril.
—¿Para hacer qué?
Como la joven siguiera callada, Ferpierre continuó lentamente:
—¿Tampoco ahora quiere usted contestar?... Comprendo esa reserva. No puede usted o no debe revelar los secretos de su asociación. Y con su silencio querría usted significar que el Príncipe vino a Zurich expresamente para trabajar en la propaganda, para conspirar, por una razón política en definitiva. Pero advierto a usted que antes de creer en esto hay que aclarar algunos puntos obscuros. Durante el tiempo en que, según usted, estuvo el Príncipe en Zurich por motivos políticos, le escribían de Rusia, de Inglaterra, de todas partes, cartas en que lo llamaban, le reprochaban que descuidara la causa, lo acusaban de tibieza y casi de infamia. Tenemos una porción de esas cartas que son muy claras al respecto. ¿Cómo se explica usted esas contradicciones?
La joven movió la cabeza sin pronunciar una sílaba.
—¿Persiste usted en no querer contestar?... ¿Y cómo explica usted que cuando Zakunine sale de Zurich y viene aquí a Ouchy, usted, que antes no le había buscado, corre a verle, repetidas veces, en una casa que no era suya, y con él la encontramos allí mismo el día de la catástrofe? ¿Tampoco contesta usted ahora? Pues entonces, voy a decirle algo más: entre estas cartas, en las cuales casi se le acusa de traición, hay una de un amigo que lo conjura a no caer nuevamente en una debilidad que parece serle habitual: la de dejarse seducir por las mujeres, de dedicar una parte demasiado grande de su tiempo, a la galantería... Ese amigo que lo escribe como si ya supiera que en realidad una nueva aventura con otra mujer lo distrae del cumplimiento de su deber para con sus compañeros... ¿Por qué evita usted ahora mis miradas? Si yo la preguntara quién es esa mujer, ¿qué me contestaría usted?
La rusa respondió con firmeza, fijando sus ojos en los del juez.
—Soy yo.
—¡Ah! ¿confiesa usted?—exclamó Ferpierre.—¡El otro día se ofendía usted de mis sospechas!... ¡Bien! Ahora dígame: ¿cuándo se efectuó ese cambio de relaciones entre ustedes?
—Cuando él vino a Zurich.
—¿Vino expresamente por usted?
—No.
—¿Por qué entonces?
—Por motivos políticos.
—Explíqueme usted cómo se realizó ese cambio de relaciones. En dos años no se habían visto ustedes más que dos veces. ¿La dijo a usted en una u otra alguna palabra de amor?
—Ninguna.
—¿Y usted?
—Yo le amé desde el primer día que acudió a socorrerme.
Por más que la joven trataba de dominarse, su voz revelaba una secreta turbación.
—Entonces, ¿fue usted la primera en hablar?
—No.
—¿Fue él quien se declaró, así, de improviso, después de no haber pensado en usted durante dos años?
—Permaneció varios meses en Zurich y nos veíamos todos los días.
—¿No supo usted que, después de haber abandonado a la Condesa, vino precisamente de Zurich a buscarla?
—No.
—¿Cómo es posible? Hace un momento me contestó usted también al preguntarle si conocía las relaciones de Zakunine con la italiana, que usted no se ocupaba de esas cosas. Si le amaba usted realmente ¿cómo no sentía usted el deseo ardiente de verlo libre?
—Yo sabía que era libre.
—¿Quiere usted decir que su compromiso con la Condesa no era válido para él?
—Quiero decir que ya no la amaba.
—¿Pero no sabía usted que ella sí le amaba?
—Últimamente tampoco lo amaba.
—Entonces ¿por qué volvió a su lado?
—Tenían intereses comunes.
—¿Llama usted intereses comunes a esos préstamos en que él es el deudor?... ¡Pero si ella no la amaba ya, no podía estar celosa de usted!
—No.
—Entonces ¿por qué se habría dado la muerte?
—No sé. A causa de sus escrúpulos, probablemente.
—¿Porque quería a otro y no podía ser suya?
—No sé. Tal vez. El suicidio, aunque parezca largamente meditado, se realiza siempre por un impulso momentáneo o imprevisto. Basta con un motivo de dolor. Ella tenía muchos.
—¡Razona usted muy bien!... ¿Sabía el Príncipe que la Condesa amaba a otro?
—No lo creo.
—¿Nunca habló con usted de eso?
—Nunca.
—Ahora vamos a interrogar al Príncipe.
La joven salió, y el juez ordenó que se introdujera en el despacho a Zakunine.
La actitud de éste en la prisión había sido completamente distinta de la observada por su presunta cómplice. Nada había pedido para sí, ni alimentos, especiales, ni libros, ni papel; de nada se había quejado; casi no había hablado una palabra: los guardianes contaban que pasaba el tiempo acostado en su cama inmóvil, como si durmiese. En su aspecto general, en sus ojeras profundas, era visible el trabajo que se efectuaba en su interior; pero, ¿qué era lo que lo mortificaba? ¿La injusticia de la acusación, o el remordimiento del delito? Cuando Ferpierre le preguntó si persistía en sus declaraciones, si nada tenía que añadir para justificarse, contestó con voz ahogada:
—No.
—El otro día reconoció usted sus faltas, confesó que no había correspondido al afecto que le profesaba la Condesa. Si ya no la amaba usted ¿por qué no la dejó que siguiera su destino?
—Ella quería que yo siguiera siendo suyo.
—¿Aun a sabiendas de que su persona era ya para usted indiferente?
—Creía haberse unido a mí para siempre.
—¿Y usted sentía a veces, entre una y otra correría, algo así como la obligación de volver por un tiempo a su lado? ¡Ese sentimiento lo honra mucho a usted!
El Príncipe miró la cara de Ferpierre, casi en actitud de replicar la ironía de la observación; pero luego inclinó la cabeza y en voz baja, con acento de amargura, dijo:
—¡Ese sentimiento fue en extremo fatal!... Efectivamente, ¡cuando ya podía creerse libre de mí y pensar en disponer de su vida en otra forma, yo vine a recordarle su antiguo compromiso, el error que debía pesar irreparablemente sobre ella!
¿Hablaba así porque esa era la verdad, o porque, culpable, comprendía la eficacia de la defensa en tal forma?
—¿Y también tenía usted que recurrir a ella por dinero?
Zakunine alzó la frente al oír esa pregunta, y fijó bruscamente la mirada en los ojos del magistrado; pero en seguida los bajó otra vez, confuso.
—¿Qué le ha retenido a usted en Zurich durante todo este verano?
—La propaganda.
—No es cierto. Las cartas dirigidas a usted por sus correligionarios de Rusia y de Inglaterra lo acusan de haberlos traicionado.
Por tercera vez fijó el acusado su mirada en la cara del juez, y se estremeció.
—Tenía que ayudar a otros. ¿Cree usted que yo le voy a revelar secretos que no son míos? ¿Quiere usted aprovechar mi prisión para instruir un proceso político?
—¡No, no! Estoy dispuesto a admitir que usted dejaba sin respuesta las cartas de algunos de sus compañeros, no por falta de celo, sino por ayudar a otros. Alejandra Natzichet, por ejemplo, le ocupaba a usted mucho...
La mirada del Príncipe relampagueó.
—No hable usted así,—dijo sordamente.
—¿Y por qué no quiere usted que hable? De todas partes se le acusa a usted de haber dejado enfriar su entusiasmo y hasta de tener miedo; usted deja a los jefes de su partido reunirse en Londres y no va a verlos, y eso lo hace usted por no moverse de Zurich, donde vive la mujer que el día de la tragedia encontramos a su lado, en una casa que no es la de usted... ¿no quiere usted que atribuyamos ese cambio a la frecuentación de esa mujer, a su amistad?
—No hubo cambio alguno. Repito que los planes que nosotros seguimos son múltiples, que son muy numerosos. Es cierto que no fui a Londres, pero hice otras cosas, no menos útiles.
—Usted no quiere decir cuáles son esas cosas, y hace bien, porque así insinúa usted la idea del deber sectario. Pero otro deber, que con más facilidad se comprende, le impide a usted confesar sus relaciones con la Natzichet. Mas le advierto que su delicadeza es superflua, porque ella misma ha confesado.
—¿Qué?—exclamó el Príncipe, con acento de profundo estupor.
—Que usted es su amante.
—¿Ella ha dicho eso?—dijo con otra exclamación el acusado, expresando con la voz y con la mirada la imposibilidad de creer en semejante revelación.
Ferpierre guardó un momento silencio, ocupado en observarle.
El asombro de aquel hombre parecía sincero. ¿Había mentido, pues, la nihilista? ¿Y por qué? ¿Qué motivo podía haberla impulsado a confesar una cosa que tenía que ser perjudicial para su reputación? Y aun en el caso de que, rebelde a todas las preocupaciones, no le importara lo que se dijera de ella, era necesario, para que mintiera así, que persiguiese algún propósito. Pero, ¿no era más probable que hubiera dicho la verdad y el Príncipe fingiera ese asombro porque conocía el daño que semejante confesión tenía que causar a ambos?
—¡Ella misma lo había dicho!—repitió el magistrado.—¿Se asombra usted?
—¡Eso es falso!—replicó el Príncipe.
—¿Cuánto tiempo hace que la conoce usted?
—Tres años.
—¿Cómo la conoció?
—Era amigo de sus hermanos.
—Cuando emigró a Suiza ¿vino usted a buscarla? ¿La socorrió usted?... ¡Ya ve usted que estoy bien informado! Ella misma me lo ha referido todo. Primero la veía usted raras veces; pero desde abril, desde que se quedó usted en Zurich, han estado juntos. ¿Quiere usted reconocer, sí o no, que es usted su amante?
La impaciente dureza de esta pregunta hizo que el acusado mirara al juez en los ojos: las venas de sus sienes se hincharon, sus dientes crujían, todo revelaba su ira.
—Hace usted mal en no contestar. Me obliga usted a carearle con ella.
Y Ferpierre ordenó que volvieran a llamar a la rusa.
A la sorda ira del Príncipe iba sucediendo una visible inquietud: parecía que el acusado se considerara en ese momento amenazado, que tuviera miedo, que no supiera por qué lado escapar. Cuando la joven llegó, fijó en sus ojos una ardiente mirada.
—La he hecho llamar a usted otra vez—dijo el juez—para que repita usted en presencia de este señor, lo que me dijo antes a mí. ¿Es usted su querida?
El Príncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por oír la respuesta, o por sugerírsela él mismo.
—Sí—contestó con firmeza la joven.
—¿Sabe usted—repuso Ferpierre señalando al Príncipe—que él aparenta no creer que usted me lo haya dicho?
—Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto se llegaría a saber de todos modos, y, además, no me ofende.
La nihilista contestaba al juez sin mirar a su cómplice. Sólo cuando el juez se dirigió a éste para preguntarle si todavía negaba, volvió la cabeza y clavó en él la vista.
—¿Es o no su querida?—repitió Ferpierre mientras los dos se miraban fijamente, la mujer con serenidad dominadora, el Príncipe titubeante y turbado.
Por último, el joven inclinó la cabeza como si confesara.
—Entonces ¿usted volvió al lado de la Condesa y se mostró arrepentido de sus faltas para con ella, únicamente porque necesitaba usted dinero?
—¿Qué dice usted?—profirió Zakunine desdeñosamente.
—Y entonces ¿por qué?—insistió el juez.
—Yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa—dijo la joven.
Y como el Príncipe hiciera un nuevo movimiento de protesta, agregó:
—No tema usted perjudicarme. Es preciso decir la verdad. Confirme usted, porque es así, que yo le sugerí que volviera al lado de la Condesa para proponer una separación franca y leal. No me arrepiento de haberle dado ese consejo. Todo es preferible al equívoco. No siendo posible ya que usted siguiera viviendo con ella, como se lo había prometido, debía usted devolverla su palabra para que no alimentara nuevas ilusiones. Si eso la dolió y la impulsó a matarse, tal resultado es ciertamente desagradable; pero ni a mí ni a usted se nos puede hacer responsable de él. En circunstancias parecidas haríamos otra vez lo mismo, y cualquiera en nuestro lugar lo haría.
—Dejemos aparte—dijo Ferpierre,—el juicio sobre la supuesta conducta de ustedes. Antes de juzgarla importa cerciorarse de ella. Ahora, si usted aconsejó a su amante que volviera al lado de la Condesa para después separarse lealmente de ella, lo probable es que él interpretara mal la insinuación, y que en vez de decir francamente a esa señora que todo había concluido, se le mostrara más afectuoso que nunca, más arrepentido y sumiso. Me parece que reanudar un vínculo es un modo muy extraño de romperlo...
Ferpierre había hablado mirando al Príncipe. Este continuaba mudo y confuso; pero la joven replicó:
—¿Se asombra usted de que en el momento de dejar para siempre una persona antes amada, el recuerdo del tiempo que se ha vivido junto con ella entristezca, conmueva, haga penoso el deber de la franqueza y retarde su cumplimiento?
—Yo había hablado con él y a él le tocaba contestarme...—observó Ferpierre con un ambiguo movimiento de cabeza, como si el celo de la joven le inspirara sospechas.—Pero ya que usted está tan bien informada de lo que sucedió entre ellos, aunque primero negó usted que se ocupara de estas cosas, dígame ahora si el señor cumplió por fin ese deber de la franqueza, pues yo sé por otras declaraciones, que hasta la víspera de la catástrofe no había devuelto su palabra a la Condesa, lo que hacía que ésta se creyera más atada que nunca.
—Lo que pasó no sucedió entre ellos solos: yo estaba presente.
—¿Cuándo?
—El día de la muerte, la misma mañana. Puesto que es necesario decirlo todo, voy a explicar a usted por qué me encontraba en aquella casa. Yo sabía que la última explicación debía venir y esperaba con impaciencia que el Príncipe me anunciase su resultado. Pero viendo que no iba a Zurich, vine yo en su busca. Le encontré vacilante aún; temeroso de causarle daño. Entonces le indiqué que la escribiera, idea que le agradó. Estábamos en el escritorio, creíamos que nadie nos oyera, cuando la Condesa se nos apareció. Se puso a decir frases amargas contra él, contra mí, hizo que perdiera la paciencia, que olvidara la compasión, la acusara de espiarlo, y le declarara que iba a partir para no volver. La Condesa nos dejó, y nosotros nos pusimos a preparar las cosas para el viaje. Poco rato después oímos el tiro. Esta es la verdad.
—¿Confirma usted lo que dice esta joven?—preguntó Ferpierre a Zakunine.
El interrogado contestó con una breve inclinación de cabeza.
—¿Cuáles fueron las palabras amargas que la Condesa profirió?
Todavía fue la mujer quien contestó:
—Dijo: «¿Y es usted quien habla de lealtad? ¿Es un escrúpulo de franqueza el que hace que ustedes se oculten aquí a conspirar en mi contra? ¿He sido yo hasta ahora un obstáculo para los amores de ustedes? ¿Era necesario que me dieran su espectáculo aquí mismo?»
El magistrado permaneció un instante callado, contemplando a la narradora, y luego, sin dejar de mirarla, dijo lentamente:
—¿Y usted cree que, después de una explicación tempestuosa, con el desdén que debía henchir el corazón de aquella mujer, la versión del suicidio sea verosímil? ¿Cómo no se fija usted en que, con su poco feliz invención de una escena tan increíble se ha colocado usted en un falso terreno?
La joven contestó con dureza arrugando el ceño:
—Dudar es el oficio de usted. Yo he dicho la verdad; tanto peor si se vuelve en mi contra. ¿Tiene usted algo más que preguntarme?
En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien lo despedía.
VII
LA CONFESIÓN
La curiosidad despertada en el público por la tragedia de Ouchy había ido creciendo de día en día. La calidad de los personajes, lo extraño del caso que reunía a personas procedentes de tantas partes y tan distintas por su cuna y por su vida: un revolucionario conocido en toda Europa por Zakunine; un escritor como Roberto Vérod; una dama de la nobleza, como la Condesa d'Arda; un ser misterioso como Alejandra Natzichet habrían excitado el interés general, si para ello no hubiera bastado la trama judicial.
La noticia del suicidio y la acusación de asesinato se habían esparcido al mismo tiempo y dividían la opinión en dos campos casi iguales. Sin duda los que admitían la existencia del delito eran más numerosos, pero sólo la inclinación natural de los hombres a creer en el mal, y en parte también la aversión por las ideas políticas del Príncipe y de la estudiante, inducían a la sospecha, puesto que, al tratarse de demostrar el fundamento de ésta, nadie sabía presentar razones válidas.
Pero no faltaba quien los defendiera, y con bastante vivacidad. El hecho de que los revolucionarios no retrocedieran ante el hierro y el fuego cuando tenían que trabajar en la consecución de su ideal, ¿había de hacer que se les creyera capaces de un delito común? ¿No había entre las dos cosas una enorme distancia, y los más feroces sectarios no suelen ser, en la vida privada, personas de escrupulosa honradez y buenos hasta la ingenuidad?
Los datos relativos a la vida de Zakunine y de la Natzichet proporcionaban argumentos, tanto a los acusadores como a los defensores, para insistir en sus opiniones.
En aquellas complejas naturalezas de esclavos, impetuosos y fríos al mismo tiempo, ya violentamente arrastrados por el ciego instinto, ya rígidamente subordinados a la razón más férrea, los unos y los otros hallaban la capacidad y la incapacidad del delito.
¿Por qué había de asombrar, o mejor dicho, no era natural, que en un ímpetu de celos, de odio, de rencor, esas personas, que se creían superiores a todas las leyes, destruyeran una vida después de haberse dedicado a la destrucción de tantas obras?
Y del lado contrario se objetaba que no era creíble que esas mismas personas, cuya actividad estaba por entero dirigida a obtener un fin condenado por los más, pero grande y casi sagrado por eso mismo, se perdieran en una aventura vulgar, cometiendo un inútil delito. ¿Cómo era posible que dos personas que habían renegado de la patria, de la familia, de la amistad, de todos los sentimientos que vinculan entre si a los hombres, y eso con el solo objeto de trabajar más libremente en la destrucción del mundo, hubieran traicionado su causa por obedecer a una pasión mezquina?
Los otros replicaban que esos reivindicadores de las máximas ideales humanas no eran inaccesibles a las pasiones, sino que por el contrario, lo eran y mucho—y lo probaban citando las numerosas aventuras del Príncipe,—y que la razón, que en la generalidad de los hombres cede bajo el imperio de la pasión, debía ceder en ellos tanto y más aún.
Largas y vivas eran las discusiones sobre la persona que debería en realidad merecer la acusación. ¿Era el Príncipe el homicida? Y la nihilista ¿era inocente o cómplice? Las opiniones se dividían en esto también: según algunos, el hombre había cometido el delito por celos de Vérod, y, según otros, la mujer lo había cometido por espíritu de rivalidad.
Los que creían en el suicidio se apoyaban precisamente en esta incertidumbre. ¿Cómo acordar crédito a una acusación que no podía precisarse? Sostener que los dos juntos habían muerto a la Condesa no parecía posible y sólo algunos acusadores encarnizados en su odio a los revolucionarios, decían que los dos habían podido ponerse de acuerdo en el proyecto homicida. Si Alejo Zakunine quería castigar a la Condesa por el amor que profesaba a Vérod, y si la nihilista quería castigarla del amor que el Príncipe la profesaba, la complicidad perversa de los dos quedaba demostrada.
Otros iban más lejos, pues al saber que el Príncipe se encontraba en dificultades de dinero, sostenían que los dos rusos habían muerto a la Condesa por robarla. Pero era tanta la maldad que había de admitir en ambos para sostener esta hipótesis, que pocos creían en ella, y la mayor parte de los acusadores reconocían que había que dirigir los tiros contra el uno o contra la otra, no contra ambos. Y como faltaban pruebas para la acusación o la defensa, cada uno de los partidos no insistía tanto en demostrar su propia teoría como en combatir la contraria. Los que culpaban, ya al Príncipe, ya a la nihilista, sostenían la inverosimilitud del suicidio, y para afirmar la existencia de éste, los otros aducían la inverosimilitud y la imposibilidad del delito.
El juez Ferpierre estaba atento a todas estas voces para tratar de orientarse hacia el descubrimiento de la verdad. El último interrogatorio lo había dejado aún más perplejo. ¿Por qué habían contestado los acusados de diverso modo a las intimaciones de que revelaran la naturaleza de sus relaciones? Nada obligaba ciertamente a la Natzichet a confesarse la querida del Príncipe y era extraña la insistencia con que ella misma había casi forzado al Príncipe a no contradecirla. Si hubiera querido negarlo, podía haberlo hecho como él. No era sólo amor de la verdad lo que la había impulsado a proceder así: su idea debía ser que esa confesión era provechosa para el Príncipe. Tampoco era solamente la delicadeza lo que había persuadido al Príncipe a negar sus relaciones con la joven, sino el temor de que, al decir la verdad, empeoraría su causa. Mientras más pensaba el magistrado en sus respuestas, más reconocía que un interés secreto los había colocado a ambos en direcciones opuestas. Pero todavía quedaba insoluble el problema: ¿se trataba de dos cómplices que procuraban salvarse, o más bien de dos inocentes que temían defenderse mal?
Ferpierre volvía a sentirse atormentado por la duda: había momentos en que se preguntaba si no era su deber ponerlos en libertad; pero después, una sospecha que no había podido explicarse con claridad, algo de ambiguo en la conducta de los acusados, y más que en su conducta en sus expresiones, le aconsejaba esperar y seguir buscando.
Con respecto a la peor de las sospechas, la de un homicidio por hurto, había recibido el juez noticias de Milán, muy desfavorables para los acusados. De las declaraciones del cajero de la casa d'Arda, resultaba que las sumas de dinero que debía tener la Condesa eran mucho mayores que las encontradas en la villa. Pero Ferpierre tuvo por autos las pruebas de que el hurto no había sido cometido. Interrogada Julia Pico acerca de la honradez de los otros criados y de la posibilidad de que alguno de ellos se hubiera entendido con los rusos, sus respuestas disiparon toda sospecha. Dijo que su patrona practicaba mucho la caridad, que daba y enviaba mucho dinero a los pobres y a las instituciones caritativas de Lausana, de Niza y de Milán, lo que confirmado por la Baronesa de Börne y por todos los extranjeros residentes en el Beau Séjour: ¿no estaba allí la explicación de la diferencia entre las sumas halladas en casa de la muerta y las que debían haberle encontrado?
Un nuevo registro en la villa Cyclamens más minucioso que el anterior, excluyó la idea de que hubiera dinero oculto en la casa, y por último, el interrogatorio de los sirvientes fue igualmente contrario a la sospecha.
No quedaba, por lo tanto, más que la hipótesis de la intención del hurto, y Ferpierre no creía en ella. Su opinión era que, si en realidad existía el delito, la pasión lo había determinado. Por eso importaba cerciorarse de la naturaleza de las relaciones de los dos rusos; pero ninguna luz arrojaron sobre ese punto las declaraciones tomadas en Zurich entre las personas que conocían a Zakunine y a la Natzichet: nadie sabía si en realidad eran amante y querida; algunos lo sospechaban, otros rechazaban la idea, y hasta sobre si eran o no capaces de haber cometido el delito, los pareceres eran también en esa ciudad muy diversos.
La carta dirigida por la Condesa a sor Ana Brighton habría revelado el misterio; pero no era posible encontrar a sor Ana. Ya no estaba en Nueva Orleans, donde había fechado sus últimas cartas halladas en casa de la difunta, y nadie sabía a qué país se había marchado. Ferpierre esperaba, sin embargo, que un día u otro ella misma hiciera llegar a manos de la justicia el deseado documento. Todos los diarios del mundo hablaban del drama de Ouchy y decían que solamente la última carta de la Condesa d'Arda podía aclararlo, confundiendo a los acusados si no anunciaba el inminente suicidio, o salvando a dos inocentes si contenía la confesión de este propósito extremo. Parecía imposible que a la larga no tuviera sor Ana noticia de la ansiosa expectación con que se esperaba esa carta, y no comprendiera su deber de entregarla a la justicia.
Mientras tanto, Ferpierre no podía ocuparse más que en el drama de Ouchy y de sus autores. Después de haber conocido la vida de los dos rusos, no negaba que las almas de uno y otro tuvieran sus lados buenos, bondad disminuida y ofuscada por la dureza, por la violencia, por la ferocidad. ¿Acaso, tratados de otro modo, puestos en mejores condiciones de vida, habrían sido mejores? Pero el amor humilde, abnegado, suplicante, de la Condesa Florencia, no había servido para redimir a Zakunine, y al pensar en el martirio de la infeliz, el magistrado se negaba a toda indulgencia, reconocía que así como aquel hombre violento había querido la mortificación de ese pobre ser delicado, también podía haber querido su muerte.
En cuanto a la nihilista, su vida no estaba, como la de Zakunine, llena de atrocidad, y la dureza de la suerte que la había dejado sola a la edad de veinte años, la profundidad de sus estudios y la altura de su inteligencia, hablaban en su favor; pero el juez no perdonaba a una mujer, a una niña, el sangriento ideal de la destrucción, y si en algún momento se inclinaba a excusarlo, ese vínculo con el Príncipe le parecía sin excusa.
¿Cómo era posible que la joven se hubiera echado en brazos de un hombre que jamás había sido firme en sus afectos? Desconocer las leyes, las convenciones, las preocupaciones sociales era demasiado natural, en ciertas condiciones del espíritu, bajo la influencia de ciertos ejemplos, por la eficacia de una prédica asidua. Ferpierre admitía, pues, que la joven fuera partidaria del amor libre, pero, sin embargo, este amor debía ser correspondido, debía fundarse sobre una sinceridad, sobre una fidelidad, siquiera temporal, de que Zakunine era incapaz, como lo demostraba su pasado. De allí deducía Ferpierre que esos dos seres se habían unido sin la menor delicadeza de sentimientos, por mero impulso instintivo, solamente por el ansia del placer, y de tan indigna unión podía haber germinado el delito.
La confesión de sus relaciones hecha por la joven y confirmada por el Príncipe, ¿agravaba realmente, o mejoraba las condiciones de uno y otro? En el público las opiniones continuaban dividiéndose: Si la Condesa, perdido su amor por Zakunine, había esperado, sin embargo, permanecer con él, respetada y protegida, el tener que renunciar a esa última ilusión podía haber colmado la medida y determinado el suicidio. Pero contra esta suposición estaba su nuevo amor, el amor por Vérod: si ella por su parte amaba ya a otro ¿no debía alegrarse del nuevo afecto del Príncipe? Eso parecía tanto más cierto, cuanto que la amistad de la Condesa con Vérod no había podido, según los más, ser inocente. Muy pocos creían en la pureza de sus intenciones: el joven tenía que haber sido amante feliz de la dama italiana, pues si no ¿qué interés podía haberlo impulsado a formular la acusación? ¿Era creíble que, amándose y con la libertad de que ambos gozaban, se hubieran contentado con suspirarse mutuamente? ¿Cómo se podía creer que el joven se conformara con un afecto fraternal? ¿Y qué habría podido obligar a la Condesa a resistirle? Puesto que ya había pasado una vez sobre las leyes, fatal era que continuase olvidándolas. ¿Podía tampoco detenerla el temor o el respeto por Zakunine, que no se ocupaba de ella, o mejor dicho, que la descuidaba en todas las formas?...
Estas presunciones, al pasar de boca en boca, se convertían en otras tantas pruebas irrecusables: ya no se dudaba de que Vérod hubiera sido últimamente el amante de la difunta. Y en esa certidumbre, al mismo tiempo que en sus propias antipatías contra los nihilistas, encontraban muchos una prueba del homicidio: la amiga de Vérod había debido de pensar, no en matarse, sino por el contrario, en gozar cuanto fuese posible de su nuevo amor: el Príncipe y la Natzichet la habían asesinado.