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Espasmo

Front matter (continued 4)

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Pero las disquisiciones volvían a comenzar pronto, pues si entre el ginebrino y la italiana no había existido una amistad sencilla y honesta, tanto menos, sencilla y honesta se debía creer la amistad de los dos nihilistas: por consiguiente, si el Príncipe y la estudiante eran amante y querido, ninguno de los dos podía pensar en dolerse del amor de la Condesa, por Vérod, ni en querer el mal de la una ni del otro: ambos debían, por el contrario, alegrarse, porque ese amor los dejaba libres de hacer lo que más les agradara. La muerte violenta de Florencia d'Arda, fuera por suicidio o por asesinato, era inexplicable sin una disidencia, sin una discordia, sin un drama: la hipótesis del acuerdo de las dos parejas era inadmisible en presencia del ensangrentado cadáver.

Pocos estaban tan impuestos de la lucha íntima sostenida por la Condesa, como el mismo Ferpierre. Siempre que se imaginaba el estado de la conciencia de la infeliz en la víspera de la catástrofe, reconocía la posibilidad del suicidio y hasta se decía que debía haberse suicidado. Pero, además de la acusación de Vérod, las sospechas, de la opinión pública, la actitud de los acusados, una especie de secreto instinto y su propia conciencia de magistrado le impedían confirmarse definitivamente en esa opinión. Su larga experiencia de juez de instrucción le decía que la verosimilitud de una hipótesis ante un hecho obscuro, no excluye otra posibilidad; el amor de su profesión se excitaba con la idea de que el caso que tenía entre manos era muy intrincado y difícil. Y realmente no recordaba haberse encontrado en presencia de una dificultad mayor.

Fuera del drama íntimo que se había desarrollado en el alma de la Condesa ¿qué otra lucha de sentimientos, de la parte de los acusados, podía explicar la catástrofe? Forzoso era admitir nuevamente que, al amar a la Natzichet, o mejor dicho, al entrar en relaciones con ella para alargar la lista de sus triunfos galantes, el Príncipe no había olvidado del todo a la Condesa, o que en el momento de verla próxima a caer en brazos de otro, había sentido despertarse su amor por ella. La segura posesión de un bien ocasiona un cansancio que hace pronto mirarlo con poco aprecio, y ¿no sucede a veces, que para que vuelva a sernos caro, basta con la amenaza de perderlo? Con frecuencia es suficiente que alguien aprecie lo que nosotros tratamos con desdén, para que, cambiando de improviso de opinión, reconozcamos su valor. Necesario era, para sostener la teoría del asesinato de Florencia d'Arda, que en el Príncipe se hubiera efectuado ese cambio: entonces solamente podía explicarse que él la hubiera muerto, al saber que pertenecía de corazón a Vérod, o que la nihilista la hubiera muerto al saber que Zakunine volvía a amarla.

Pero si la resurrección del amor del Príncipe era indispensable para explicar el delito, el asesino, dada esa resurrección, no podía ser él. Sus celos no habrían sido efectivamente muy fundados, toda vez que la Condesa le había sido fiel hasta el último momento, y por fidelidad a la palabra empeñada se había esquivado de Vérod. ¿Podía suponerse que la sola certidumbre de haber perdido el corazón de su querida y la convicción de que no podría recuperarlo, lo hubiera impulsado al delito? Tal vez aquello no era del todo increíble, dada la violencia de su naturaleza; pero, para admitirlo, se necesitaba todavía que entre él y la difunta hubieran mediado explicaciones, provocaciones, amenazas. Si él la hubiera suplicado que lo siguiera amando, que no le abandonara, y si ella le hubiera contestado que no quería seguir siendo suya, se explicaba el asesinato; pero ¿era creíble que la Condesa, que había seguido siéndole fiel y sumisa a pesar de su mal trato, se hubiera rebelado al verle penitente y culpable? Teniendo en cuenta el carácter de la difunta, había que creer, por el contrario, que la resurrección del amor del Príncipe y sus insistentes ruegos hubieran aumentado su turbación, extremado su angustia, reforzado sus escrúpulos, multiplicado los dolores y dificultades entre los cuales se agitaba la infeliz.

Ferpierre llegaba así por una parte, a la confirmación de los razonamientos que se había hecho ya; pero, por la otra, se sentía inducido a considerar agravada y en mucho la condición de la Natzichet. Al ver que Zakunine no era enteramente suyo, que por amor, o por compasión, o por respeto, o por interés, pertenecía aún a la Condesa, podía la rusa haber odiado a ésta última. No era imposible que hubiera mediado una explicación entre las dos mujeres, provocada sin duda por la nihilista, cuya presencia en la villa Cyclamens no se explicaba muy bien: aunque incapaz de desear el mal de nadie, la italiana había probablemente herido a la joven sublevándose ante sus amenazas, no pudiendo tolerar que, después de haber apartado de ella al Príncipe, fuera a llevárselo de su propia casa: el resultado de esa explicación podía haber sido cruento. Pero ¿cómo el Príncipe, que debía hallarse, si no presente en esa escena, por lo menos cerca, no había acudido a impedir el delito? Y ¿cómo la nihilista, que nunca entrara en el cuarto de la Condesa, había sabido hallar el arma que ésta tenía guardada?

Estas dificultades no inquietaban mucho al magistrado. Probablemente Zakunine no se había interpuesto porque no podía suponer que el coloquio terminara en tragedia, y en cuanto al arma, tal vez ese día no estaba guardada, o la joven sabía dónde podría encontrarla.

Otra dificultad había, enteramente moral y más grave, la misma ante la cual se había detenido Ferpierre muchas veces: si la nihilista tenía conocimiento del amor de Florencia d'Arda por Vérod ¿cómo podía desear su mal? La rivalidad se explicaba en el caso de que la difunta hubiera tratado de detener al Príncipe a su lado: eso no había existido. Pero era de creer que la Natzichet no supiese que la Condesa amaba a Vérod: esa pasión que la muerte había ahogado, que el joven había contenido, podía haber permanecido ignorada al no revelarla algún hecho exterior, algún acto.

Por lo tanto, aunque estas suposiciones no estuvieran reforzadas por pruebas y faltara aún aclarar muchas cosas, el juez se iba afirmando en la opinión de que, negado el suicidio, la sospecha más verosímil debiera pesar contra la mujer. El arrepentimiento del Príncipe y su vuelta al lado de la antigua amiga, determinados por la necesidad de dinero o por un sentimiento más digno, impedían creer que Zakunine hubiera deseado la muerte de una persona que le era nuevamente cara, y al mismo tiempo explicaban el odio si no los celos de la estudiante. Si el revolucionario parecía más capaz de matar, era entretanto verosímil que su posición en el partido, la fiebre de la propaganda y sus graves responsabilidades, le hubiesen impedido cometer un delito que lo ponía en manos de la justicia. En cambio, en la Natzichet, menos seriamente comprometida, la conciencia de las responsabilidades era ninguna o muy pequeña; el deber político en ella, mujer, tenía que oponer a la pasión un obstáculo menor, y si todavía no pesaba sobre ella una condena por crímenes, los informes de la policía la consideraban capaz de consumarlos. Esa capacidad para el crimen, la violencia de sus sentimientos, ¿no estaban desde luego escritos en su fisonomía, en su mirada? ¿No había en toda su persona, en todas sus palabras algo de duro, de fiero, una continua provocación, una sorda amenaza, una rebelión implacable? Su misma actitud ante el cadáver y durante su prisión predisponían en su contra a Ferpierre. Primero había negado que fuese la querida de Zakunine; después lo había confesado, y estas y otras contradicciones, así como la iniciativa que había tomado en el último interrogatorio al contestar en lugar del Príncipe, revelaban, no obstante su falsa indiferencia, su secreta ansiedad por salvarse.

Ferpierre se proponía hacer con respecto a este punto nueva investigación. Si la joven era culpable ¿cómo el Príncipe, al ver que la acusación pesaba sobre él, no se salvaba revelando la verdad?

Era evidente que esperaba salvarse con ella, valiéndose de todos los argumentos favorables al suicidio; quería salvarla por amor, por compasión, o más bien por aquel sentimiento de confraternidad que la comunidad de ideas debía crear y alimentar. Si el Príncipe hubiese sido el homicida, ¿no habría animado a la nihilista el mismo sentimiento? Era de creer. Pero, ¿qué habría acontecido si el inocente, cualquiera de los dos que fuese, hubiera perdido toda esperanza de salvarse con el culpable? Si ambos acusados se hubieran visto irremisiblemente perdidos, ¿no era cierto que el inocente habría concluido por sentir flaquear su heroísmo por salvar al culpable, o que el culpable mismo no hubiera podido resignarse a la idea de arrastrar consigo al inocente?

Guiado por esta clase de razonamientos, pensó Ferpierre en tentar una prueba: llamaría sucesivamente a los dos acusados, y a cada uno diría que todas las sospechas pesaban sobre el otro. La actitud de uno y otro podía ayudar al descubrimiento de la verdad.

Y una vez más reanudó el interrogatorio de la Natzichet.

Esta continuaba ocupando su tiempo en leer y escribir; su desdeñosa indiferencia no había cedido ante los nuevos y largos días de prisión.

—Vengo a cumplir—le dijo el magistrado en tono de felicitación,—un deber muy agradable. La justicia está convencida de la inocencia de usted. Está usted en libertad. Si usted ha creído que nosotros nos gozamos en acusar, en sospechar a toda costa, yo desearía que al salir de aquí se persuadiese usted de su engaño. Nuestro deber es descubrir la verdad, y por más que este propósito sea el más digno de todos, nosotros también sufrirnos cuando por apariencias falaces mantenemos en prisión a un inocente, así como gozamos cuando podemos ayudarlo a librarse. Repito a usted, pues, que la justicia no tiene en adelante cuentas que pedirle. Es evidente que el tiempo que ha pasado usted aquí dentro no podrá serle grato; pero supongo que no habrá dejado de ser fructuoso para sus estudios sociales.

Sin pronunciar una palabra, sin un movimiento que demostrara su placer, impasible, inmóvil la nihilista fijaba la mirada en el juez. Parecía que no hubiera oído el breve sermón y Ferpierre creía que poco faltaba para que le dijera:—«¿Cuándo habrá usted terminado?...»

—Indudablemente—continuó el magistrado,—habría sido mejor para usted examinar con libertad nuestro sistema carcelario; pero convenga usted en que si hemos tenido que detenerla estos días, la culpa en parte ha sido suya. El sentimiento que la ha guiado a usted es por cierto respetable y la honra mucho; pero si, por no acusar a su amante, nos ha dejado usted en la duda, ¿somos nosotros responsables de que su prisión se haya prolongado?

La Natzichet continuaba mirándole fijamente. Al oír esta última pregunta cerró por un instante los ojos, y dijo:

—¿Qué quiere usted decir?

—¿No comprende usted?

—No.

—Y sin embargo, no sería difícil... ¿O espera usted todavía que salga libre junto con usted? La intención de usted era y sería muy laudable, si no ofendiera a aquella verdad que nosotros estamos tan obligados a descubrir como ustedes a reconocer...

—¿Qué dice usted?...—interrogó la joven con un movimiento de indiferencia.

—Yo no digo nada—contestó Ferpierre, encogiéndose de hombros y bajando la vista a los papeles que estaban en la mesa.—¡El amante de usted ha confesado ser él mismo el asesino!

Al evitar la mirada de la joven, obedecía el magistrado a dos impulsos diversos. Era penoso para su rectitud emplear la mentira por descubrir la verdad. Raras veces había recurrido a ese medio: solamente en los casos desesperados como aquel que tenía entre manos, lo había hecho, y siempre venciendo una ingénita repugnancia. Y al mismo tiempo que un secreto sentimiento, la vergüenza, le hacía apartar la vista, el instinto y el hábito de la investigación le aconsejaban insistir en su actitud para que la acusada, no viéndose ya observada, descuidara contener la impresión verdadera que le causaba aquella revelación.

Aparentando buscar algo entre los papeles, continuó:

—Aquí está su declaración debidamente firmada. ¿Espera usted todavía salvarlo?

Diciendo esto la miró.

La rusa tenía otra cara. Como si le hubieran arrancado la máscara de despreciativa y soberbia dureza, sus pálidas mejillas, sus labios entreabiertos y sus ojos extraviados expresaban el dolor, el miedo, el remordimiento, un sentimiento que Ferpierre no podía aún precisar, pero que sin duda era muy penoso.

—¿Lo siente usted?... ¡Debe usted amarlo mucho!

El espectáculo de aquella repentina turbación distrajo al principio al juez del embarazo que sentía al entrar en un camino que no era el recto. Pero viendo luego que ya estaba obligado a recorrerlo hasta el fin, notando la angustia de la joven, sentía crecer su repugnancia. ¿No estaba infligiendo a esa mujer, por amor a la verdad, una tortura moral? ¿Había gran diferencia entre los horribles instrumentos de la antigua inquisición y la mentira con que él exploraba el alma de la acusada?

—Comprendo el dolor de usted; pero la suponía preparada a soportarlo. Usted ha hecho lo posible para desviar nuestras sospechas, y no puede sentirse atormentada por el remordimiento de haber perjudicado al Príncipe. Pero por oculta que esté la verdad a la larga sale a luz. Y este es el momento de advertir a usted que bien habría podido ser un poco más hábil. ¿Cómo ha podido usted esperar nunca que yo creyera en esa fábula de la última explicación entre los tres? ¿Y era tampoco creíble que el Príncipe, que había vuelto al lado de la Condesa, según usted quería darme a entender, para separarse de ella definitivamente, tardara tanto en hacerle esa declaración? Si demoró tanto fue porque había cambiado de propósito; porque, cuando ya iba a abandonarla, notó que ella tampoco pensaba en él, y entonces su amor propio herido lo apartó de su primera intención. Entonces se dijo que esa mujer no debía ser de otro, quiso que volviera a ser suya como antes, y se mostró arrepentido, suplicante. A usted le ocultó ese cambio, lo que era natural; pero ¿cómo no lo sospechó usted al ver sus tergiversaciones? Usted no podía dejar de fijarse en que tardaba demasiado en cumplir lo que le había prometido, y si él decía que la compasión le impedía dar un golpe mortal a esa mujer, a usted debió advertirle su corazón de amante que la vuelta del Príncipe al lado de la Condesa, era peligrosa, que la pasión, cuando parece muerta y ya sepultada, surge de improviso, más gallarda que antes. Cuando usted sabía que su amante iba a verla, y se quedaba con ella, no una sino muchas veces, ¿no sospechaba usted que los recuerdos del pasado, la seducción de esa mujer, casi nueva para él después de un largo abandono, lo habían de vencer una vez más... sí; usted tuvo esa intuición; su doloroso silencio me lo dice ahora; pero ha callado usted por el amor que le tiene, porque comprende que si la justicia hubiera sabido que Zakunine amaba aún a la Condesa, que estaba celoso, la verdad habría lucido pronto y con gran brillo. Pero esa precaución no podía tener el resultado que usted deseaba. Cuando yo pregunté a su amante el por qué de su presencia al lado de la difunta, usted misma le sugirió que adujera la compasión: ¡él no había sabido encontrar ni este pretexto para ocultar la verdadera razón, que era el amor y los celos! ¿Y creía usted que yo no notaría su intervención y la turbación de su amigo, y no llegaría por fin a descubrir su causa?

En el ardor de la investigación, comprendiendo que se hallaba muy cerca de la verdad, Ferpierre olvidaba sus remordimientos. El silencio de la joven, el creciente desconsuelo de sus miradas, el temblor de sus manos, la ansiedad que agitaba su seno, demostraban más y más al magistrado que había tocado la nota precisa; que verdaderamente Zakunine se había sentido otra vez presa del amor de la Condesa, que la nihilista había sufrido de los celos, que allí era necesario encontrar la razón del misterio. El juez había adivinado antes todo eso, pero otros razonamientos y la falta de pruebas lo habían distraído y extraviado después. En ese momento acumulaba todas las presunciones, se imaginaba las que le faltaban, para que sus concluyentes aseveraciones sirviesen como una especie de reactivo moral en el corazón de la joven, abriendo brecha en él y dejando ver su interior.

—¡El amor que le tiene usted debe ser muy profundo cuando ha aceptado usted ese papel, ocultando los celos que la torturaban, fingiendo ignorancia e indiferencia! ¡Y cuán mal correspondida ha sido usted! Ni por un instante ha podido usted forjarse ilusiones: es evidente que usted ha visto lo que sobrevenía, que ha previsto lo que debía acontecer, porque Zakunine, empeñado en disputar una mujer a su rival con la vehemencia que pone en sus pasiones, no había de vacilar ante el delito. Usted vino en su busca temiendo que la catástrofe hubiera ocurrido ya, y llegó demasiado tarde para impedirla. ¿No es verdad?

La joven se estremeció al oír esa pregunta: se apretó fuertemente las sienes con ambas manos, como si la tempestad desencadenada en su cerebro por las palabras del juez, amenazara con hacerlo estallar: después respiró fuertemente, hasta el punto de que el aire silbara por entre sus dientes, apretados, y por fin exclamó, con la expresión de repugnancia dolorosa y de impotente desdén de quien se siente maltratar y oprimir:

—¿Ha concluido usted? ¿Quiere usted seguir divirtiéndose en atormentarme? Goza usted de un placer muy grande, sin duda. ¡Basta, por último!

—¿Cómo me habla usted?

—Como debo. ¡No quiero, ¿entiende usted? que sus inicuos artificios arrastren al abismo a quien no es culpable! ¿Usted ama la verdad sobre todas las cosas? ¿Es un sagrado deber de usted el descubrir la verdad? ¿Usted es el delegado de la sociedad para hacer justicia? ¡Pues bien, diga usted a esa sociedad—y el tono de su voz se alzó casi hasta el grito,—dígale usted que yo he muerto a esa mujer! Dé usted curso a su justicia; pero sepa usted que yo la desconozco, que la desprecio; conserve usted en su mente que yo reivindico la responsabilidad de ese acto, no para merecer castigo, sino para obtener alabanzas.

La impresión que aquellas palabras produjeron en el ánimo del juez, fue enorme. El asombro y placer por el pronto triunfo de su artificio; la satisfacción de ver confirmadas sus sospechas; un nuevo sentimiento de curiosidad causado por la soberbia jactancia de la reo; un sentimiento de compasión que secretamente y casi mal de su grado lo inclinaba a la indulgencia en el momento en que la confesión y la jactancia habrían debido hacerle más severo, embargaban a la vez su espíritu.

—¡Ah! ¡Confiesa usted!...—fue lo único que pudo decir en el primer momento de confusión, sin poner mientes en la oportunidad de la pregunta; pero en seguida, dominándose:—¿Usted también confiesa?—repitió, manteniendo el artificio que tan buen resultado le había producido.—¿A quién debo creer ahora? ¿Compiten los dos en generosidad hasta ese punto? ¿Cada uno se acusa para salvar al otro? ¡Noble competencia!

La joven replicó con dureza:

—¿No es usted capaz de distinguir la verdad de la mentira?

—¡No siempre! ¡Cuando otros trabajan por ocultarla!... Bueno: si usted quiere que yo crea lo que me dice, lo creeré. Pero más difícil me es comprender el tono de vanagloria con que se acusa usted a sí misma. Sé que usted desconoce las leyes; ¿pero entonces, en la sociedad ideal por cuyo advenimiento trabaja usted, se matará impunemente y hasta será un timbre de gloria haber destruido una vida, así, por placer?

—No por placer.

—¡Cómo! ¿Será probablemente un deber para todo amante celoso apartar del medio el objeto de sus celos?

—Usted no sabe.

—¡No sé, efectivamente! ¿Es cierto, sí o no, que el Príncipe no podía decidirse a renunciar a la Condesa porque la amaba otra vez?

—Es cierto.

—¿Y usted no estaba celosa?

La joven contestó con voz glacial, haciendo que las palabras se destacaron sonoras, una después de otra:

—Mis sentimientos personales no importan: ningún sentimiento, ningún deber, nada importa cuando se ha llegado a comprender el deber. La vida de los demás, nuestra propia vida, el honor, los afectos, todas las cosas vanas deben ceder ante él. Esta es mi norma, y debía ser también la suya. ¡Pero él la olvidó!...

Ferpierre comenzaba a comprender.

—¿Quiere usted decir que no era por el amor de usted que había dejado de contribuir al triunfo de la causa, sino por la Condesa?

—Sí.

—¿Por qué estaba entonces en Zurich, junto con usted, y no con ella?

—Por que sabía que la era odioso, pero quería hablar de ella con alguien.

—¿Y hablaba de ella con usted?

—¡Antes me ha declarado usted que no le había dicho una palabra de eso! Pero si hablaba con usted de la otra ¿no la amaba a usted?

—Nunca me ha amado.

No obstante la impasible frialdad de ese rostro de estatua, había en las últimas palabras de la joven un eco doloroso que hizo pensar a Ferpierre: «¡No miente!»

—Y usted sí le amaba; ¿le ama aún?

—¿Qué le importa a usted eso?—respondió la nihilista, volviendo a hablar con una dureza que pareció fingida a Ferpierre. ¿Puede importar a usted lo que no me importa a mí misma? Si yo quisiera encontrar una atenuación para el acto que he cometido; si quisiera excusarme ante usted, ante la sociedad, diría que le amaba, que a ella la mató por celos. Vuestra sociedad excusa, glorifica esta debilidad, este egoísmo. Al amante que para evitarse a sí mismo un dolor, para asegurarse la posesión del placer mata a su rival, se le perdona; se va hasta juzgar hermoso, grande, admirable ese amor ciego y leal. En cambio, se condena el amor que a nosotros nos guía, nuestro sacrificio consciente, la obra de salvación a que nos dedicamos.

—¡Extraña obra que, por lo pronto, ejecutan ustedes derramando sangre!

—¿Usted cree que una, diez, cien vidas importan cuando están en juego los destinos de todos? Ustedes que tienen miedo a la sangre, la derraman a torrentes en las guerras; tan grande es su horror a la sangre, que la suprema preocupación de los gobernantes consiste en armar a los pueblos. Aquí en este país de libertad, ¿no es el ejercicio de la fuerza, con un propósito cruento, el más honrado de todos? ¡Y no me conteste usted que la sola idea que rige esos actos es defenderse contra ambiciones de dominio, pues todos dicen lo mismo! ¿Quién confiesa que practica el mal? El bien está en los labios de todos, de los asaltantes y de los atacados. Tontas ambiciones, intereses bajos y mezquinos, llevan a los pueblos a la guerra. ¿Y acaso en la guerra no es un precepto, siempre obedecido, el sacrificar a un soldado, a una patrulla, a una avanzada en bien de los demás soldados? Nosotros haremos otra guerra, más justa, la única guerra justa y santa: la guerra por la redención de los hombres, contra todas las iniquidades y todas las vilezas, contra el hambre, contra la ignorancia, contra el abuso del poder, contra esa misma guerra que ustedes practican. Cuando encontramos un obstáculo, lo destruimos: una, diez, mil vidas ¿qué importan?

La rusa había hablado con mal contenida violencia; la rigidez de su actitud había desaparecido y su brazo extendido hacía el ademán de quien hiere y derriba.

Cuando se calló, el juez, que la había oído asombrado y casi intimidado, dijo a su vez, con acento frío y severo:

—No vamos a discutir ahora sobre la moralidad de los principios que usted profesa. ¿No sería mejor que me dijera de qué modo era la Condesa un obstáculo para usted? ¿Qué podía usted temer seriamente de ella?

Y al ver que tardaba en contestar:

—¿Querría usted darme a entender que tal vez pensaba en denunciar a usted, en revelar sus planes de conspiración?

—Yo no quiero dar a entender nada. Alejo Petrovich se perdía por esa mujer.

—¿De qué modo?

—Por su amor, por su deseo de volver a poseerla había olvidado el deber. Comprendía que ella no le amaba ya, que amaba a otro; pero se decía que todavía le quedaba un medio de tenerla consigo, de substraerla a ese otro: ella decía que se la había entregado no tanto por amor como por apartarle de nosotros, por redimirle, y él se mostró redimido, la hizo ver que ella era su redención; que, abandonado por ella, recaería en el error. El único medio de mantenerla consigo era éste: decirla y probarla su arrepentimiento. Entonces, aunque ya no le amaba, sólo por no permitir que volviera a nuestra compañía, la Condesa resistía al otro. Yo le eché en cara muchas veces su locura, la indignidad que cometía al sacrificar a una mujer el ideal de toda su vida: él no me oía, estaba ofuscado. Iba a buscarme para llorar en mi presencia porque la había perdido, porque la había perdido por su propia culpa, y quería que yo, yo, le ayudase...

La voz de la joven expresaba no solamente desdén, sino una secreta angustia: no solamente se sentía en ella el dolor por el extravío del correligionario, sino también más profundo y escondido, el tormento de haber sido tomada por confidente por el hombre amado, que ni siquiera había sospechado su amor.

—¿Y usted?

—Yo vi que todo era inútil. No podía tener la esperanza de curarle, porque le conozco: cuando una idea lo inflama, nada es capaz de detenerlo; ya no razona ni ve. Sin embargo, esperaba que la crisis se resolviera de algún modo. Un día, de improviso, vi que había un nuevo peligro: Zakunine había visto al ginebrino, y al hablarme de él, le temblaban las manos, sus ojos despedían llamaradas. Comprendí que iba a matarle, que se iba a perder sin remedio. Por eso, las últimas veces que vino acá le seguí, previendo una catástrofe. Y como él me pidiera que le ayudara, lo ayudé.

—¿Matando a la mujer amada por el?

—Devolviéndole la libertad.

—¿Y ha asesinado usted a esa criatura así, a sangre fría, deliberadamente?

—Vine a verla. Vine el último día para hablar con ella. Una vez que todos los otros medios habían sido vanos, ya que él no oía la voz del deber, ella era la única que podía salvarle. La dije que le abandonara, que huyera: que desapareciera. Ella no quiso. Yo insistí: «Usted ama a otro: váyase lejos con su nuevo amante.» Ella me prohibió que la hablara en esa forma, y quiso saber quién era yo. La contesté: «¡Una que la odia a usted!» Y la odiaba porque desde el primer instante la había notado distinta de mí; había visto que era de otra casta, de otra raza, de otra alma, porque todas sus ideas, todos sus sentimientos eran opuestos a los míos; porque me disputaba aquel hombre. Yo no quería, no, conseguir para mí el amor de Alejo Zakunine, sino devolver su esfuerzo a la obra común. La odiaba, y, sin embargo, rogué. Pero hasta los ruegos fueron inútiles. Entonces la declaré: «¿Sabe usted por qué no quiere usted huir? No es por él, es por usted misma. Teme usted que él crea que usted se ha escapado con su nuevo amante. Quiere usted mostrarle una fidelidad que en realidad no siente; quiere usted alcanzar, con la observancia de un pretendido deber, la fama de mujer constante y fiel. Después de haber sido su querida, desea usted imponérsele como esposa, por más que ya no le ame usted. Al ver cuán buena la juzga él a usted, yo he querido ver en qué consiste esa decantada bondad. Y ahora sé que usted es hipócrita, falsa, egoísta, peor que todas las demás...» Ella me dejaba hablar: vano era mi intento de sublevarla, de hacer que se sintiera ofendida: «Pero un día acabará usted misma por romper esa su hipócrita fidelidad,» agregué, «para caer en brazos de su nuevo amante... si acaso no se ha entregado usted ya a él...» Estas palabras fueron igualmente inútiles. Y solamente la vi estremecerse cuando la dije: «¡No! Eso no sucederá. ¡Su nuevo amante morirá pronto: él le matará! ¿Oye usted? ¡Le matará! Usted será responsable de ese asesinato. Usted lo habrá querido, lo quiere: cada día, cada hora, cada minuto que pasa lo prepara, lo apresura, inevitablemente...» Entonces ella exclamó: «¡Ah, morir! ¡Yo debo, quiero morir!...» El desdén, el desprecio invadieron mi corazón ¿quién dice esas cosas cuando en realidad las siente? Si hubiera sido cierto que quería morir, se habría muerto ya. Y la expresé mi desdén, mi desprecio: «¡No es cierto! ¡Tiene usted miedo! ¡Es usted cobarde!...» Ella asintió: «Sí; soy cobarde: el arma está allí, la mano me tiembla.» Yo tomó el arma, se la alcancé: «Llame usted a su valor, si todavía lo tiene, si jamás lo ha tenido.» Ella juntó las manos suplicante: «¡Máteme usted, líbreme usted!...» Mi desdén aumentaba ante tanta cobardía. Y con voz sorda, el arma en la mano, la prometí: «Si no le dejas, te mataré.» Ella volvió a juntar las manos, siempre suplicante: «¡Máteme!...»—«¿No quieres dejarle?»—«¡Máteme!...»—«¿No?» oí los pasos de Zakunine, su voz que llamaba. ¡La maté!

Jadeante, se calló.

—¿Y no se arrepiente usted?

—No me arrepiento. Esa mujer era una vencida de la vida; quería y debía morir, y él necesitaba estar libre para atender a la obra. He dado la libertad a ambos.

Ferpierre hallaba por fin la verdad que había sospechado.

Todo se aclaraba ya, todo se encadenaba lógicamente. La reo no quería convenir en que no sólo el celo sectario, sino también los celos la habían armado, y ostensiblemente recusaba la atenuación de su crimen, para gloriarse de ser inaccesible a los intereses personales. En ese renunciamiento había una sombría grandeza que daba la medida de la fuerza de aquella alma; pero no cabía duda de que también su amor ignorado la había lanzado contra la italiana. El arrepentimiento del Príncipe, su conducta ambigua durante los últimos meses, su dolor después de la catástrofe, todo se explicaba. Al negar que era amante de la nihilista, había dicho la verdad. Después la había admitido forzado por ella, por secundarla, por salvarla, cuando la rusa creía aún salvarse por ese medio. Y hasta las últimas palabras de la Condesa, aquella invocación a la muerte liberatriz, aquella incitación tenaz a la rival amenazante eran la natural solución del contraste entre su capacidad de matarse y la necesidad real de morir, que realmente la oprimía. ¿No tenía razón la reo? ¿Aquel asesinato de que la justicia tenía, sin embargo, que pedirle cuentas, no se confundía así con el suicidio libertador?

De ese modo se aclaraba el misterio. Pero todavía faltaba que Ferpierre llamara a Zakunine. Al anunciar a la nihilista que el Príncipe se había acusado, el juez había mentido en su empeño de llegar a la verdad; pero una duda asaltaba su mente en ese instante: si la joven al oír decir que Zakunine se declaraba culpable, había hecho por su parte otro tanto, ¿qué diría el Príncipe cuando conociera la confesión de su amiga? ¿Iban ambos a declararse culpables?

La conducta del Príncipe, según lo que decía el director del Eveché, había cambiado radicalmente desde el último interrogatario. Ya no pasaba el tiempo inmóvil y silencioso, indiferente a todo: el aburrimiento de la prisión excitaba su cólera. Había pedido que se le dejara hablar con un abogado, y como no se lo concedieran, se había desahogado con palabras duras contra la justicia. Varias veces al día llamaba a sus guardianes para preguntarles si no había llegado aún la orden de su excarcelación, y, al oír las respuestas negativas, arrugaba el ceño y se estremecía de ira. Se paseaba constantemente en su celda, las manos cruzadas por detrás, la cabeza baja, la mirada fija y dura. Esperaba con impaciencia la hora de la salida cotidiana al patio, y volvía de ella más sombrío que antes. Pedía libros, rechazaba los alimentos de la prisión, hacía que le llevaran otros de fuera.

Apenas se encontró delante de Ferpierre, le dijo con mal reprimida impaciencia:

—¿Más interrogatorios? ¿No quiere usted por fin reconocer la verdad?

—¿La verdad? ¡Ahora la conozco!—contestó con severidad el juez.—Usted no es materialmente culpable, y yo no puedo mantenerle ya aquí...

—¡Ah! Entonces...

—Pero su responsabilidad moral es mucho más grave de la que al principio confesó usted, y esa impaciencia suya me parece fuera de lugar, puesto que usted mismo podía, con una sola palabra, haber disipado mis dudas...

Se detuvo para darle tiempo de contestar, de decir algo; pero el Príncipe le miraba sin despegar los labios.

—¿Parece, entonces, que la generosidad de que estaba usted animado en los primeros días, cede, por fin, y ya no le importa a usted tanto salvar a la reo?

—¿Salvarla?...

—¿Me engaño, entonces? ¿Finge usted asombro o ignorancia?... Ambos están de más. La amiga de usted ha confesado.

—¿Qué?

El acento de ansioso estupor con que hacía esa pregunta parecía sincero.

—¡Vamos, vamos! ¿Quiere usted todavía hacerme perder más tiempo? ¿Le duele a usted verla perdida? ¿No sabe usted que esa mujer le ha amado? ¿No se da usted cuenta de que la responsabilidad moral de tanta ruina pesa sobre usted únicamente? ¿Finge usted estupor después de haber mentido? Mintió usted cuando reconoció ser el amante de su correligionaria; pero esa mentira, por lo menos, le fue casi arrancada por la esperanza de salvarla; mas ¿por qué ocultó usted los sentimientos que profesaba últimamente a la otra desgraciada?...

El Príncipe temblaba: la Natzichet había dicho la verdad.

—¡E iba usted a hablar de la repentina resurrección de su amor a quien le amaba; a una cómplice de rebelión, para que los celos y el fanatismo se despertaran a un tiempo en ella, y la animaran contra aquella infeliz!... ¿Ahora está usted conmovido, tiembla usted, después de haber hecho dos víctimas?... ¿Y por qué ha ocultado usted todo eso? ¿No lo hacía usted, pues, por generosidad para con la reo, sino por un sentimiento en todo distinto: el miedo de que, si yo hubiera sabido con qué ímpetu se despertaba en usted esa tardía pasión, habría podido y debido sospechar de usted con mayor fundamento?

Entonces el Príncipe, alzando resueltamente la cabeza y fijando la mirada en los ojos del juez, contestó con voz sorda:

—No diré por qué me he callado. Ya sabe usted la verdad, ¿por qué no me deja usted libre? ¿Qué más quiere usted?

VIII

LA CARTA

Cuando los periódicos publicaron la noticia de que, cerrada la instrucción, resultaba de las acordes confesiones de la Natzichet y de Zakunine que la Condesa d'Arda había sido asesinada por la nihilista, y que la acusación defería a la reo al juicio de los jurados, la curiosidad del público, que había crecido desmesuradamente en los últimos días, se aquietó por fin. Los que negaban el suicidio, triunfaban al ver confirmados los razonamientos que habían opuesto a la increíble hipótesis: pero en el otro lado no era muy grande el desencanto, pues a pesar del secreto de la instrucción judicial, se sabía que Alejandra Natzichet, al matar a la Condesa, no había hecho más que obedecer al deseo, casi a la intimación de su desesperada víctima.

Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Sólo en parte se creía en el motivo aducido por ella: que hubiese muerto a la desgraciada italiana únicamente para devolver la libertad al correligionario y restituirle al partido, parecía creíble a los que tenían una alta idea del celo sectario; pero los más reconocían que a éste se habían unido los celos de la mujer amante para determinar el delito. Y si la ferocidad de la rebelde inspiraba terror, nadie perdonaba los celos de la mujer: hasta los más indulgentes para con los delitos de amor, negaban a la pasión de la nihilista toda buena cualidad; la juzgaban fría, dura, salvaje.

Y mientras la nihilista aparecía de ese modo bajo una triste luz, los detractores de Zakunine, sin desdecirse del todo, reconocían la inocencia de éste. No podían arrepentirse enteramente de sus juicios, porque veían que él era el origen de todos los males, y decían que sólo podía relevársele de la responsabilidad material del delito. Los más indulgentes le acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; pero los más severos, por el contrario, le acusaban aún de eso: al correr el riesgo de ser condenado con ella intentando salvarla,¿ no confirmaba él mismo, de la manera más evidente, que ambos eran pasibles de idéntica pena? El sentimiento unánime daba razón, por fin, a Roberto Vérod, que contra todas las apariencias había insistido en creer en el delito, y conseguía, por último, vengar a su amada.

Y mientras los curiosos esperaban más tranquilos el momento de ver la última escena del drama en los debates públicos, Vérod era, sin embargo, el único que continuaba en la angustia.

Si ante el cadáver de Florencia había sentido desgarrársele el corazón; si la increíble idea de no verla más le había casi enloquecido; si la impotencia para vengarla le había roído las entrañas; si el miedo de haber sido él la causa de su muerte había ido a agravar con atroces remordimientos su dolor ya harto grave, todo eso podía haberle hecho creer que ya había llegado al término de una prueba tan cruel; pero un nuevo sentimiento de horror le asaltaba de pronto. En el momento de acusar a los dos rusos, había sentido una secreta turbación, una especie de temor de revelar su amistad por la Condesa; pero el sentimiento de pudor moral, que le impedía referir esa historia íntima, había sido ahogado y vencido por el ímpetu de la venganza. Al referirla había temido que el magistrado no creyera en la pureza de su pasión desgraciada; pero, aun demostrada esa pureza, le había parecido que, en cierto modo, la manchaba. ¿Tenía derecho él de revelar el secreto de una alma? Si esa alma había ocultado no solamente a las otras, sino a sí misma, su propio secreto, ¿podía él revelarlo? Y él, él que conocía los escrúpulos del ser adorado, que le había comprendido y respetado, llegaba a este resultado: que todos le señalaban como un nuevo amante de la muerta...

Al formular la acusación no había pensado que lo que iba a decir al magistrado llegaría un día a ser conocido por la multitud; que él mismo tendría que repetirlo en presencia de un gentío henchido de curiosidad malsana: que el nombre del ser amado correría de boca en boca, que la demostración de la inocencia de su amor no obtendría crédito; que después de haber causado en vida tantas tristezas a su amada, contribuiría personalmente a envilecer su recuerdo. En la necesidad de la venganza, en su odio a los dos malhechores, no había previsto esas consecuencias naturales de su conducta, y al verlas sobrevenir, su tormento había aumentado más allá de toda medida. ¡La víctima inocente caía envuelta, en el concepto de muchos, en el mismo desprecio que pesaba sobre sus victimarios, y algunos iban hasta decir que si la italiana había sido asesinada, merecía su triste muerte por la desordenada vida que había llevado!...

¿Y todo eso para que al final no se supiera la verdad? ¿Cómo vindicar la memoria de la inocente, profanada y envilecida? ¿Debía él, en presencia de todos, el día de los debates, jurar por la Cruz la inocencia de la muerta? ¿O debía más bien desear que el proceso no se llevara adelante, y declarar que se había engañado, y reconocer que la inocente se había dado muerte ella misma evitando así el verse obligada a revelar ante la multitud curiosa, el secreto del ser amado?

El contraste de los dos deberes que pesaban sobre su conciencia, el de vengar a la muerta, insistiendo en la acusación, y el de respetar su memoria callándose, debía haberse borrado al anunciarse la confesión de la reo; pero lejos de eso, en aquel mismo punto se agravaba.

La incertidumbre moral de la imposibilidad del suicidio lo había impulsado a acusar a los dos rusos, aunque sin que por eso pudiera decir sobre cuál de los dos debía recaer principalmente la sospecha. Pero cuando oyó decir que la Natzichet asumía la responsabilidad del delito, semejante resultado le produjo tanto descontento, como el que le habría causado la confirmación del suicidio. Al ver probada la inocencia de Zakunine, veía que había lanzado la acusación por odio directo a él, bajo la inspiración de una voz secreta que le decía que ese era el asesino: a ese hombre, no a la mujer, tenía que pedir cuentas de la muerte de la infeliz. Y, por fin, se determinaba la ambigua sospecha: Vérod reconocía que había cometido un error al no dirigir desde el principio las investigaciones del magistrado solamente contra el hombre...

¿Podría reparar aún el mal? Si, por alguna razón secreta, por salvar a su correligionario, la nihilista se había confesado autora de un delito que no había cometido ¿no debería insistir él, Vérod, en la acusación contra Zakunine?

Pero ¿cómo, cuando la justicia y la opinión públicas ya se calmaban, viendo lógicamente explicado el misterio, podía surgir él otra vez para refutar esa explicación y denunciar el supuesto heroísmo de la joven, la supuesta infamia del asesino que por salvarse dejaba sufrir a una inocente?... Al hacer tal cosa, habría dado la razón a los que le creían amante afortunado de la muerta y celoso rival del Príncipe! Cuanto mayor fuera el celo que desplegara al acusar a éste, cuando su inocencia parecía ya demostrada, tanto más naturalmente se habría creído que sólo un odio ciego lo animaba, y su amor por la Condesa habría sido la explicación de ese odio, de su deseo de venganza! ¡La confesión de la Natzichet había hecho olvidar su pasión y le permitía hasta evitar el mencionarla de nuevo; pero para proclamar mentida aquella confesión, debía intervenir aún más activamente que antes, insistir en el sentimiento que lo había unido a la Condesa, exponerlo a las sospechas profanadoras!... ¡Sí; mas, para evitar tan intolerable daño, debía calladamente admitir la inocencia de Zakunine!... ¡Y ante esa idea se sublevaba todo su ser: ¡no! si había un culpable era él! ¡Nadie más que él podía serlo!...

¡Si había un culpable!... Efectivamente: suponiendo que Vérod denunciara al juez la mentira de la Natzichet, ¿cómo podría convencerle de la culpabilidad de Zakunine? Si la inocente se acusaba por salvar al reo, ¿cómo inducir al reo a confesar? A falta de testimonios, solamente la confesión de uno de los dos acusados podía excluir la idea del suicidio; ¡negado el valor de la declaración de la nihilista, y no pudiendo obligar a su compañero a inculparse, el resultado inevitable sería que el juez volviera a afirmarse en la opinión de la muerte voluntaria!

Así, a cualquier lado que el joven se volviera, cualquiera que fuese el partido que pensara tomar, el daño era cierto. Que el instinto lo engañara, que solamente el odio lo lanzara contra Zakunine, eran cosas que Vérod se negaba a sí mismo: si hubiera podido inspirar al juez una certidumbre tan firme como la suya, la condena de aquel hombre habría sido segura. Demasiado grave, demasiado triste era que el homicida se fuera impugne; pero más triste y más grave era que otra persona pagara su crimen.

Aquel amor a la justicia, aquella sed de verdad que había animado a la víctima, ¿no se sentirían descontentos y ofendidos por el triunfo de la mentira? ¿No era, por consiguiente, deber suyo confundir esa mentira? Y aunque no hubiera idolatrado en vida a la víctima y ansiado después vengarla, ¿no debían incitarle a salvar a la inocente y desenmascarar al culpable ese amor a la justicia y esa sed de verdad que la difunta le había inspirado?...

Entonces, de lo más profundo del corazón, de los íntimos repliegues de su alma, surgía otro recuerdo débil, pero no por eso menos claro: la víctima se había inspirado siempre, no solamente en la verdad y en la justicia, sino en otros sentimientos más fuertes, más poderosos; los sentimientos cristianos del perdón y la compasión... Y la ansiedad del joven seguía aumentando, crecía continuamente.

Su placer y su orgullo habían sido pensar, creer, proceder como el ser amado pensaba, creía y procedía. Lo único que le importaba, sobre todas las cosas, era su aprobación. Su pensamiento había sido su guardia y su tutela. Y muerta ella, ¿no debía todavía y siempre inspirarse en su memoria y seguir sus enseñanzas? ¿No era ese el modo de hacerla revivir?... Y ¿cuál habría sido su consejo, si él hubiera podido pedírselo y ella hubiera podido dárselo? ¿Cómo habría obrado ella en una situación semejante a la que él se encontraba?

Sí: el odio le animaba, le inspiraba el ansia de la venganza. Ante la idea de no poder oír la voz de su amada, de tener que contentarse con un recuerdo invisible, el odio contra el hombre que se la había arrebatado lo dominaba hasta ahogar la voz de todos los demás sentimientos. Si ella no podía inculcarle la idea del perdón, si su recuerdo era ineficaz, la culpa era enteramente de ese hombre.

En los primeros días, Vérod no se había siquiera planteado el problema moral que en ese momento acrecentaba su tormento. Pero cuando el primer ímpetu del dolor comenzó naturalmente a calmarse, como él tenía que habituarse de manera fatal a la idea de la muerte; como todas las fuerzas de su alma se concentraban a recoger, a custodiar, a inmortalizar la memoria del ser que se había alejado para no volver, en su mente comenzó a apuntar la reflexión de si la muerte no se compadecería de aquel odio ciego y de su deseo de venganza. En el instante en que la bala homicida le atravesaba las carnes, en que sus ojos se cerraban a la luz, ¿había aparecido en su cerebro la sombra de un reproche? ¿Podría haber sido reprochable el último pensamiento de su vida?

Cuando Vérod se hacía estas preguntas, la respuesta no era para él dudosa: la difunta había perdonado. Y él ¿debía, a su vez, perdonar? Si quería ser digno de ella, ¿no debía seguir su ejemplo?...

A veces cerraba los ojos e inclinaba la frente, invadido por los recuerdos de sus buenas enseñanzas, casi avergonzado de haberlas olvidado un momento. Otras veces se rebelaba: ¡la vida no puede ser enteramente de amor! Si al mal se opone el perdón, ¿cuál será el premio del bien?... Pero en seguida acudían a su memoria las palabras de su amada: «Si no se concede perdón al mal, si se le opone también el mal, ¿dónde está el bien cuando se le aplica?» Ella decía también que hay que amar la justicia, pero que esta sola no basta en la vida. Puesto que las criaturas humanas son demasiado débiles y pecan aún cuando tienen la presciencia de sus pecados, es necesario ser indulgente para con la suma demasiado grande de sus errores. «¡La justicia indulgente no es justa!...» había replicado él; y ella: «La justicia estricta es impotente: sólo la bondad puede vencer al mal.»

Y él había asentido. ¿Por qué había asentido? ¿No había sido sincero en ese momento? Y si la había dado sinceramente la razón; si había acogido sin segunda intención su precepto, ¿no debía perdonar en ese trance? Al no perdonar era porque entonces no había sido sincero: ¡había fingido para ganársela, para vencerla! ¿De qué debía acusarse: de la pasada hipocresía o de la debilidad presente?

De esa duda salía pensando que la verdad no es siempre la misma, que los contrastes de la vida ponen al hombre en oposición consigo mismo sin que se les pueda imputar mala fe. No, no había mentido al reconocer que la bondad es necesaria: ¿no demostraba, solamente con recordar su prédica del perdón, que la había comprendido? Pero ¿cómo acogerla cuando su razón, su pasión, todo su ser quería y debía necesariamente querer el castigo? Entonces oía estas otras palabras, con tanta claridad y tan firmes, como cuando ella las había proferido: «La verdad es una: el reconocerla en absoluto vale poco, y en ello no hay mérito si no lo afirmamos contra nuestros propios intereses...»

Una noche la vio: le salía al encuentro con los brazos extendidos, las manos abiertas, el rostro alzado al cielo, y profirió esta palabra: «Perdona.» La ilusión fue tan intensa, que el joven se despertó con los ojos bañados en lágrimas.

Pero despierto, pensando que en lo sucesivo tenía que conformarse únicamente con las vanas visitas de los sueños, volvió a sentirse sublevado por el ímpetu de la pasión vengadora. Vagando por los lugares donde había estado con ella, buscando aún algo de ella bajo el cielo, volvía a oír aquella voz que le decía muy quedo: «Perdona.»

Y él se decía: «No puedo.»

No podía. Perdonar sinceramente, con el corazón, no podía, no había podido jamás. Pero ¿dejaría que la justicia procediera a su modo, se abstendría de intervenir? O seguro como estaba del nuevo engaño, ¿no debía revelarlo?

El temor de profanar la memoria de su amor lo detenía. Mas, ¿no lo había dejado ya profanar? ¿No quería escuchar la voz del perdón, no tenía necesidad de que la muerta le perdonase?... Para sostener la acusación contra Zakunine le era menester explicar que éste había estado celoso de él y había creído fundados sus celos. Eso no era posible. ¿Qué hacer?

«Perdona,» seguía diciendo la voz.

Y él oía, y no ya en secreto, no ya en sueño, sino con toda claridad, en plena luz. Un día, errando por la misma montaña donde había servido de guía a su nueva hermana, se encontró delante de la capillita que ella no había podido abrir con su débil mano. La puerta estaba cerrada, como entonces. El joven se detuvo tembloroso; sus pestañas se agitaban sobre los ardientes ojos. En esa tosca llave mohosa se había posado su blanca mano. Quiso abrir, y luego se contuvo, temeroso de borrar las trazas de aquella mano. Pero su brazo se extendió otra vez, y la puerta gimió sobre sus goznes. Su temblor aumentó. Allí, en la capilla la veía delante de él, arrodillada, la cabeza baja, las manos juntas, vuelta hacia el altar, cubierta con un vestido color de fuego...

Vérod cayó de rodillas, rompiendo a llorar. Y en medio de su llanto oyó claramente la voz que le decía: «Perdona...»

Al día siguiente le llamó el juez. Era la primera vez que se encontraba ante el magistrado desde el día en que éste, después de triunfar sobre sus argumentos, le había dicho que creyera en el suicidio. La confusión del joven era extrema, pues no sabía qué podían querer de él todavía.

—Necesitaba, ante todo—le dijo Ferpierre,—reconocer mi error y decir a usted que tenía razón. Ha sido providencial que usted insistiera en la acusación, a despecho de la evidencia, porque sin la insistencia de usted, sin la confianza de que le vi animado, yo habría probablemente dejado de mano las indagaciones ulteriores que me han conducido al descubrimiento de la verdad. Sin duda a estas horas usted sabe ya lo que ha pasado; pero yo he querido confirmarle personalmente que su amiga ha sido asesinada. La Natzichet ha confesado su delito, y el Príncipe, que se había callado en la esperanza de poder salvarla, ha confirmado su confesión.

Roberto Vérod permanecía mudo y confuso.

—¿Está usted contento ahora?

El joven no contestó.

—Ha prestado usted un servicio a la justicia. Sin usted, el asesinato habría quedado impune, o lo que es peor, un inocente habría pagado la culpa ajena. Había un culpable y el instinto que se lo advertía a usted no le engañaba: la única diferencia es que las acusaciones de usted contra el Príncipe han resultado infundadas.

Ferpierre se calló otra vez un momento para dar a Vérod tiempo para decir algo, y luego, como éste siguiera silencioso, continuó:

—El Príncipe no podía querer la muerte de la Condesa cuando volvía a amarla, con un amor vehemente y tímido a la vez, que obligaba, a un rebelde como él, a desistir de su propaganda revolucionaria, a renegar de su pasado, de su fe política, de sus cómplices. Y eso era porque sabía que usted estimaba y había obtenido el afecto de la Condesa, aquel afecto antes desdeñado por él. ¡Así razona el corazón humano!... Entonces su cómplice le vio perdido, no solamente para el partido sino aun para ella misma, porque le amaba y sufría al pensar en que era de otra, al verse confidente de aquel amor resucitado. Y fue en busca de la rival, a imponerla que le dejara, y tuvo con ella una tempestuosa explicación que terminó con el delito. Todo lo ha confesado.

Hubo una nueva pausa del juez, a la que Vérod opuso todavía silencio.

—¿Está usted contento?—le preguntó el juez.

—¿Por qué me lo pregunta usted?

Y los dos hombres se miraron fijamente.

—Debería usted estar contento, me parece, de haber vengado la memoria de su amiga, confundiendo a la reo y obteniendo el triunfo de la verdad y de la justicia.

Ambos volvieron a mirarse en silencio.

—¿Y usted no está contento?...—dijo por fin Vérod.

En la pregunta del juez había visto una especie de incitación, casi una provocación a decir por entero su secreto pensamiento, como si su pensamiento secreto fuera el mismo del juez.

—Yo no tengo pasiones que satisfacer—respondió éste.—Un solo amor me guía: el amor de la justicia...

—Si se ha hecho justicia...

—¿Lo duda usted?

—A mí no me tocar dudar...

—¿Quiere usted decir, entonces, que yo debo dudar? ¿Y por qué?... Usted ha denunciado un crimen: el crimen está probado. Usted no ha sabido decir cuál de los dos posibles autores del delito fuese realmente culpable, toda vez que ambos eran capaces de delinquir: ¡la culpable se acusa a sí misma!... ¿Querría usted decir quizás que la sola confesión no basta? ¡Yo lo sé! Pero eso es cuando no está comprobada. Un loco puede declararse autor de un delito, mas no podrá dar las razones de su acto, ni explicar sus circunstancias. Pero aquí ¿no está explicado todo? ¿La declaración del otro no la confirma?... ¿O niega usted fe a esta prueba?

—Sí—prorrumpió Vérod, cuyas dudas habían ido creciendo hasta manifestarse con precisión, robustecidas por las curiosas preguntas del juez.—Sí; le niego fe, como usted también se la niega, porque esa declaración no es desinteresada, desde que el que la dio tenía en mira su propia libertad; porque no solamente un loco puede declararse autor de un delito que no ha cometido, sino también aquel que quiere sacrificarse...

—¿Entonces, usted sostiene?...

—Sostengo—añadió el joven rápidamente, como si quisiera no darse el tiempo de pensar en lo que decía, y para hablar se venciera a sí mismo:—sostengo que esa mujer se sacrifica por amor, por celo sectario; que el asesino aprovecha de su sacrificio para asegurarse la impunidad. Digo que el asesino es él, que no puede ser otro que él...

Sí; Vérod tenía que decir eso. La voz del perdón se callaba; esa voz jamás había hablado. Aquello había sido un sueño, una alucinación. La verdad era otra: el ser amado yacía bajo tierra, las manchas de su sangre no se habían borrado aún; la sangre pedía venganza, y él debía obtenerla.

—¿Por qué no lo dijo usted antes? ¿Por qué vaciló al principio?

—Porque aún no sabía, porque no había reflexionado lo bastante; porque usted no creía en el delito y todas mis fuerzas se concretaban a negar el suicidio.

—¿De modo que no sólo ese hombre habría matado, sino que llevaría su infamia hasta dejar condenar a una inocente?

—¿Se asombra usted? ¿No es natural que ese individuo esté lleno de júbilo?

—¡Esa idea es horrible! Comprendo que el odio lo ciegue a usted, pero yo no soy ciego. Ese hombre no es tan perverso como usted cree: en su vida hay actos de valor, y su actitud en presencia del cadáver y en los primeros días de la prisión no ha sido de júbilo.

—En los primeros días... ¿Y en los demás?

Al oír aquella pregunta, el juez reflexionó un momento antes de contestar.

Era verdad. Cuando la nihilista confesó, él había prestado crédito inmediato a su confesión; pero la duda comenzaba ya a asaltarlo de nuevo. Si la joven se sacrificaba, ¿qué valor debía acordar a su confesión y a la confirmación de ésta por el Príncipe?... No obstante, él había interrogado de nuevo a uno y a otro, separadamente y juntos, y ambos se habían mantenido firmes en sus declaraciones.

En el careo les había descubierto algunas contradicciones: mientras la Natzichet aseguraba que en el punto culminante de su explicación con la Condesa, oyendo la voz conturbada del Príncipe que llamaba, había disparado el tiro, temerosa de que al aparecer él ya no se le hubiera presentado otra oportunidad de deshacerse de su rival, el Príncipe afirmaba, por el contrario, haber acudido al oír el tiro desde lejos. Puestos nuevamente el uno frente al otro, la Natzichet se había corregido, declarando que creyó oír su voz, pero sin duda en su sobreexcitación se había engañado. Otros pequeños pormenores habían afirmado a Ferpierre en la sospecha de que, como en los anteriores interrogatorios, en ese también la joven tomaba en cierto modo la iniciativa de la explicación del drama, e incitaba al Príncipe a seguirla; pero, con todo, estaba decidido a enviarla ante los jueces para que el debate público acabara de arrojar la luz sobre aquel misterio.

Antes, sin embargo, había querido llamar a Vérod para ver si también él dudaba, para discutir con él sus nuevas sospechas.

—En los primeros días estaba oprimido por el dolor—contestó, después de haber examinado todo aquello mentalmente una vez más;—pero después se vio que la prisión le hacía sufrir.

—¿Ve usted?—exclamó Vérod.—Al principio comprendió el error de su crimen; más tarde, vio que su libertad era segura. ¡El medio ha sido demasiado fácil!

Así había pensado también Ferpierre. Aquel hombre, en quien se sucedían repentinamente diversas impulsiones, que no era totalmente incapaz de practicar el bien, pero que obedecía con mayor prontitud a las insinuaciones del mal, había estado, sin duda, próximo a confesar; pero la disposición de su espíritu había cambiado de un momento a otro, y entonces, ansioso de libertad, no había tenido escrúpulo para aferrarse a la tabla de salvación.

—Si él es tan infame, ¿quiere decir que la Natzichet posee un corazón heroico?

—¿Qué le impide a usted admitirlo?

Lejos de negarlo, el magistrado había reconocido expresamente que por el ardor de su fe, por la tenacidad de sus sentimientos, la joven era capaz del heroísmo.

—Pero ¿cómo sorprenderla? ¡Su explicación del delito era completa! Tenía dos razones para cometerlo: el amor y el fanatismo.

—¿Uno y otro no debían aconsejarla que salvara al hombre amado y al correligionario?

También eso era cierto. Si el Príncipe había muerto a la Condesa, la joven debía intentar salvarle, tanto por amor al hombre, como por amor al partido.

—Bien; pero ¿y la prueba?

—¡Ah! ¡la prueba! ¡Hay que encontrarla todavía!

—Pues entonces, y mientras encontramos esa prueba, tanta razón tiene usted de insistir en su sospecha, como yo en volver a mi primera opinión.

—¿Por qué?

—¡Porque sí! ¡Yo vuelvo a creer que la Condesa se ha matado!

—¿Después que ellos admiten la existencia del delito?

—¿Y cómo la admiten? ¡Usted no sabe cómo, en qué circunstancias se ha declarado culpable la Natzichet! ¡Confesó cuando yo la dije que el Príncipe había confesado! ¡Le vio perdido y quiso salvarle!

—¿Y eso no le demuestra a usted de una manera luminosa que él, sólo él es el asesino?

—¡Pero él nada ha confesado! ¡Yo fui quien dije eso, como recurso desesperado!

—¡Y no ve usted que dijo la verdad!—arguyó Vérod.—¡Si esa mujer hubiera sabido que Zakunine era inocente, se habría reído al oírle a usted! ¡No lo habría creído! ¡Habría descubierto el ardid! ¿Cómo podría creer que su amigo había confesado una culpa jamás cometida por él? Si esa mujer creyó lo que usted la dijo, ello significa que usted dijo inconscientemente la verdad. ¡Y ha querido salvarle, porque le ha visto realmente perdido!

Ferpierre no contestó.

Estaba maravillado de no haberse hecho aún esa obvia observación entre tantas otras. Y sentía todo el peso de la clarísima observación, y veía, además, que si ésta correspondía a la verdad, él se había extraviado por un falso camino.

—¡Hipótesis o presunción como todas las demás!—exclamó bruscamente, deseoso de negar, por medio de la confusión, la importancia que en su interior atribuía a las palabras del joven. Lo único que hacemos es pasar de una hipótesis a otra, ¡Si la Condesa no se ha matado, ha sido asesinada; si no ha sido asesinada, se ha dado la muerte por su mano! El delito es obra de la nihilista, si no ha sido cometido por Zakunine; ¡si la nihilista es inocente, Zakunine es el reo! ¡El apasionamiento de usted no constituye una prueba! ¡Mientras no me traiga usted una prueba más válida de sus apasionadas afirmaciones, por muy severos que queramos ser con los acusados, no podremos hacer otra cosa que absolverlos a ambos, por falta de indicios!

Y casi bruscamente, le dijo que podía retirarse.

Cuando se quedó solo dio orden de que no se dejara entrar a nadie más. La gravedad de sus pensamientos en ese instante y la irritación que sentía contra sí mismo, no le permitían ocuparle de otro asunto.

La observación que le había hecho Vérod era justísima: ¿Cómo negar su valor? Si tantas dudas había concebido ya él mismo sobre la confesión de la Natzichet, ¿cómo no admitir aquélla? Era la más considerable de todas. ¿Así, pues, la pasión del joven servía de algo, mientras que la sangre fría que él estaba obligado a mostrar de nada servía, puesto que el joven era quien veía con mayor claridad?

Cierto; sin el ardid que había empleado con la nihilista, el Príncipe y ella misma habrían continuado negando, escudándose con la verosimilitud del suicidio. Era también evidente que de los dos, el más cuidadoso de la salvación común había sido, desde los primeros días, la Natzichet. En todos los interrogatorios se había esforzado visiblemente por empujar al Príncipe a la defensa. Había reconocido ser su querida y le había exigido que confirmara esta declaración, deseosa de impedir que se descubriera la resurrección de su amor por la Condesa, resurrección que podía hacer sospechar que la causa del delito fueran los celos. Después, creyendo que Zakunine se había confesado celoso y reo, había inventado su propia intervención entre los dos actores del drama. ¿El silencio y la tristeza de Zakunine, no podían ser, no eran, el remordimiento del culpable? Como quiera que fuese, el Príncipe se había mostrado, durante los primeros días, tal vez en fuerza de tanto dolor, indiferente a su suerte.

Todo esto hacía pensar a Ferpierre que en realidad había cometido un error al emplear su ardid contra la joven: más bien debía haber dicho al Príncipe que la Natzichet se confesaba culpable. Y debía haberlo dicho cuando Zakunine estaba aún bajo el peso del dolor; entonces, probablemente, no habría tolerado que otra persona sufriera por él, y habría confesado la verdad.

¡La verdad!... Si esta era la verdad verdadera, ¿cómo saberlo? Puesto que la Natzichet quería salvar al Príncipe, ¿no habría hecho, después de que éste se hubiese confesado en realidad culpable, lo mismo que hizo al oír el relato capcioso del juez? ¡Y entonces, acusándose uno y otro, la confesión habría sido mayor! O ¡quién sabe si el careo habría sido fructuoso!

Pero ya los careos eran inútiles. Decidido a aprovechar de la generosidad de la joven, Zakunine la reconocía culpable, y desde que ella insistía en su confesión, ¿cómo desmentirlos?

Ferpierre pensó en volver a llamar a la Natzichet y decirla: «¿Usted cree haberle salvado? ¡Lejos de eso, le ha perdido usted! ¿Por qué ha confesado usted? ¿Porque yo la dije que él mismo me había confesado haber muerto a la Condesa? Pues bien: ¡eso no es cierto; él no ha confesado nada! Yo he dicho una mentira. Pero ahora veo que ésta que yo creía mentira, es verdad, y usted misma, sin quererlo, o mejor dicho, queriendo lo contrario, me lo ha probado. Si hubiera sido mentira, usted se habría reído al oiría. Y, en cambio, ha temblado usted por él, y ha tratado de salvarle, aunque en vano...»

Pero Ferpierre se detuvo bruscamente, previendo que la joven no se habría quedado sin contestar: «No me reí de la mentira, porque en vez de risa tenía que causarme pena. Creyendo que usted me decía la verdad, pensó que Zakunine se acusaba por salvarme, y como él es inocente y yo soy la culpable, no me reí, sino que temblé y dije a usted la verdad...»

¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo probarla que mentía?... ¿Y si no mentía? ¿Si era realmente culpable? ¿Si su conducta no era la de una heroína salvadora, sino la de una reo confesa? ¿Cuál era la razón para no creerla verdaderamente culpable? ¿Era posible que con tanta habilidad hubiera construido y descripto con tantos colores un falso desenlace del drama; que hubiera sabido relatar un cúmulo de mentiras con voz tan turbada, con expresión tan sincera?

Entonces Ferpierre volvía a medir las probabilidades, a ahondar las presunciones, a rehacer la tarea de todos aquellos días, deteniéndose ya en una, ya en otra hipótesis, reconociendo una vez más las inextricables dificultades del caso.

¿Debía renunciar positivamente a toda investigación ulterior? ¿Había que perder en realidad la esperanza de obtener una prueba incontrovertible? ¿Y cómo concluir el largo y ya vano sumario? ¿Rechazando la acusación, afirmando que la Condesa se había matado, y que la Natzichet se acusaba solamente por el temor de ver condenado al Príncipe, aunque era tan inocente como él, y que por esta razón las versiones de uno y otra no habían estado de acuerdo?... ¿O volviendo a la hipótesis, ya excluida como la más improbable, de que ambos fuesen culpables, de que la Natzichet hubiera ayudado a su amante a ejecutar el asesinato con el robo por móvil, y tratado después de salvarle, acusándose?

Cada una de estas conclusiones repugnaba al magistrado; pero éste necesitaba decidirse por alguna, y ya pensaba en hacer una última tentativa cerca de los dos rusos, cuando, no obstante las órdenes que había dado, oyó llamar a la puerta. El ujier, pidiendo disculpa por la contravención, le entregó un pliego del procurador general: dos palabras subrayadas en un ángulo del sobre, indicaban que la comunicación era urgente.

Ferpierre rompió distraídamente el sobre, pues nada le parecía urgente si no era salir de una situación tan ambigua. Dentro había dos papeles: un telegrama y una nota del procurador general. Este le escribía:

«Transmito a usted inmediatamente el despacho que se acaba de recibir del cónsul helvético en Edimburgo. Ahora podremos, por fin, saber con precisión algo sobre el misterio de Ouchy.»

Y con mano que la ansiedad hacía temblar, Ferpierre abrió la otra hoja, que decía:

«Sor Ana Brighton vive en Stonehaven, Condado de Kincardine, Escocia. Ya se ha acordado lo necesario con la magistratura inglesa para recibir su declaración.»

Ya la curiosidad pública se había despertado, más ansiosa que nunca, al saberse que la instrucción no estaba cerrada aún como se decía primero; que el magistrado desconfiaba de la confesión de Alejandra Natzichet, y que todo volvía a quedar sujeto a nuevas dudas en el momento en que el misterio parecía descubierto. Las discusiones recrudecían, apasionadas e inútiles, entre los que sostenían la sinceridad de los nihilistas, los que veían en su conducta una nueva prueba de la culpabilidad del Príncipe y los que volvían con mayor confianza a la versión del suicidio, imputando a los métodos inquisitoriales del magistrado la confesión arrancada a una inocente. Pero los más reconocían que la justicia se encontraba en presencia de uno de aquellos casos dudosos de cuya solución hay que desesperar hasta que alguna circunstancia inesperada viene a aclararlos, y que con mayor frecuencia permanecen irresolutos para siempre.

La noticia de que por fin se había encontrado a Ana, llevó la curiosa expectación al grado de la fiebre. Su declaración, la última carta que le había dirigido la Condesa, pocas horas antes de su muerte, lo iban a explicar todo.

No era general, sin embargo, esta confianza, y el mismo Ferpierre, después de su primer movimiento de estupor y de placer al recibir comunicación del telegrama, temía no poder salir aún de la duda. Si la muerta hubiera confesado que iba a suicidarse, si había enviado a la hermana su último adiós, ésta, al recibir la carta, al leer aquel anuncio, ¿no habría debido acudir, o por lo menos contestar, o tratar de conseguir otras noticias, de saber si Florencia había puesto en ejecución su funesto propósito? Y puesto que todos los periódicos del mundo habían hablado de la catástrofe, de la acusación, de los arrestos y del sumario, ¿no era para la religiosa un deber de conciencia enviar la carta a la justicia? Esta nada había recibido; por consiguiente, la carta no anunciaba el suicidio.

Natural era, pues, considerar como singularmente empeorada la condición de los acusados. Si faltaba en la carta una explícita alusión al desesperado propósito de su autora, tenía que parecer menos probable que nunca el que, una hora después, ésta se hubiera matado; pero ¿a cuál de los dos acusados se debía imputar el delito? ¿Se podía abrigar la esperanza de que la Condesa hubiera expresado en la carta el temor suscitado en ella por la amenazadora actitud de uno u otra? ¿No era más probable que la carta no fuese explícita en sentido alguno, y que, aun confirmando la angustia que embargaba a la infeliz, no anunciara la intención de ésta de morir? En tal caso, la ambigüedad iba a subsistir.

Una primera noticia, dada por los diarios ingleses que anunciaban el descubrimiento del paradero de sor Ana Brighton, destruyó las dudas del magistrado. La religiosa, decían esas hojas, estaba atacada de una grave parálisis, había perdido el uso del cuerpo y de la palabra.

Un telegrama de Londres para el Journal de Genève precisó, al día siguiente, que la enfermedad databa de un mes, y que el ataque apoplético, según la declaración de la prima de sor Ana, su única parienta, la había sobrevenido al leer una noticia funesta.

Y cuando una semana después, recibió Ferpierre con la confirmación de estos rumores el expediente formado por el magistrado escocés, vio que una vez más se había equivocado en sus previsiones. Sor Ana no había podido contestar a la Condesa ni iluminar a la justicia porque al leer la carta de su antigua alumna predilecta había caído como muerta.

Aquella carta, hallada a su lado y unida al informe junto con otras que no tenían importancia, decía:

«Sor Ana, ruegue usted por mí. Ruegue usted mucho, con todo el fervor de su buena alma, porque tengo necesidad de mucho perdón.

»Esta es la última carta mía que usted recibe. Si un día sabe usted lo que he hecho, recuerde usted el nombre que siempre desde la primera vez que gocé de sus caricias quiso darme: recuerde usted que me ha llamado hija suya y como a tal me ha amado: para su hija siempre será usted indulgente.

»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué tempestad me destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error! ¿Para qué hablarle de aquello con que yo lucho? Piense usted solamente esto: que si he pecado mucho, ahora quiero huir de otras culpas. Me encuentro reducida a una condición tal, que todo es para mí culpa y error. Sólo la muerte puede librarme: yo debería esperarla, porque no tardará; pero el mal no espera, no.

»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a nadie más en el mundo a quien decir estas cosas en esta hora extrema. Todavía quisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted mis memorias, que dejo para usted. Estoy segura de que las conservará usted con el amor que siempre me ha tenido.

»Sor Ana, ruegue usted por mí.»

IX

ESPASMO

Pasaron los años, y la Condesa Florencia d'Arda, el Príncipe Alejo Zakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a poco de la memoria de los hombres. Los propietarios de la villa Cyclamens habían pensado primero en cambiar el nombre de la villa, temerosos de que aquel triste recuerdo impidiera que otros quisieran vivir en ella; pero en la próxima estación la solicitó expresamente un inglés movido por la curiosidad despertada en él por el drama de Ouchy. Dos años después fue alquilada por una familia americana que nada sabía de la muerte ni del proceso, y así quedó la casa con su antiguo nombre.

La Baronesa de Börne, frecuentadora asidua de la Casa de Salud, refería a todos los recién llegados la historia, con gran acopio de detalles, y ellos se quedaban escuchándola, indiferentes a esas cosas pasadas, de las que no habían sido espectadores, y hasta fastidiados con tan monótono relato. Y pronto llegó el día en que la misma Baronesa olvidó el asunto.

Sor Ana Brighton debía haber muerto en Stonehaven; el nombre de la Condesa se borraba de la cruz en el cementerio de Sallaz. En cuanto al Príncipe y a la joven nihilista, nadie supo más de ellos después que salieron en libertad: habían vuelto seguramente a su propaganda. ¿Y también a sus amores? Era probable: después de su heroica tentativa de salvarle, Alejandra Natzichet debía haber visto a Zakunine corresponder al amor que ella le tenía. Los diarios, en un tiempo llenos de noticias relativas a la acusación que amenazaba a ambos, no hablaban más de ellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar concedido antes al drama de Ouchy.

El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los nuevos misterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el que más conservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus preocupaciones, demasiado penoso su despecho de no haber sabido ver claro en aquel enredo. Tratando de justificarse a sus propios ojos, pensaba que, después de la lectura de las memorias de la Condesa y el interrogatorio de Vérod, había visto y firmado la verdad; pero el recuerdo de sus vacilaciones, de sus sospechas, de sus tentativas ambiguas y desgraciadas lo confundía. ¿Cómo no se había mantenido en la opinión de que la acusación era obra enteramente del odio de Vérod? Una especie de sordo y pertinaz remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo, ante la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio terrible: después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le dio libertad para decirse que su culpa había consistido únicamente en un celo excesivo por encontrar el fundamento de la acusación, y así fue perdiéndose por fin hasta de su mente el recuerdo de aquellos hechos.

Roberto Vérod se decía que él también llegaría a olvidar, pero el tiempo tardaba en concederle ese ambicionado bien.

En ciertas ocasiones, cuando un nuevo pensamiento le distraía de tan doloroso recuerdo, el joven temblaba, porque ese nuevo pensamiento era infinitamente más grave. Ante la evidencia había tenido que reconocer su falta, que admitir la injusticia de su acusación y convenir en que solamente el odio se la había sugerido. Vista la prueba había tenido que dar la razón al severo juicio del magistrado; comprendía que él mismo había contribuido a la muerte de la infeliz, y el remordimiento que en un tiempo le había parecido atroz, le parecía ya casi leve. No solamente no trataba de disculparse, sino que insistía con encarnizado empeño en confesar su error, se acusaba acerbamente, aumentaba el peso de su propia responsabilidad para tratar de substraerse a un pensamiento muchísimo más mortificante. Era en vano. Quería pensar en que su amor había muerto a esa mujer, para no creer que ella no había sido merecedora de su amor.

Todas las razones incurables aducidas por él contra la hipótesis del suicidio estaban grabadas en su mente. ¿Era creíble que la Condesa se hubiera matado sin dejarle su último adiós? Dada su fe en Dios, ¿podía matarse? Cualquiera que fuese la angustia que se había apoderado de ella, no obstante sus propósitos de muerte, ¿no le habría temblado la mano en el momento de ponerlos en ejecución? ¿No se le habría caído inerte el brazo ante la idea de dejarle un triste ejemplo, a él, que había sido reconciliado por ella con la vida? Al matarse, ¿no lo mataba a él?

«Esto es particularmente grave en el amor: que cada uno de los amantes no sólo es responsable de sus propios actos, sino también de aquellos a que induce a la persona amada.»

Esas eran las palabras. Para matarse había tenido que olvidarlas. ¡Y las había olvidado! ¡Su fe en Dios no era tan firme como parecía, puesto que la había dejado darse la muerte! ¡Se había matado pensando en una extraña, sin dejarle a él una palabra de despedida, arrojándolo en cambio al escepticismo de que había querido sacarlo!

Era esa la realidad: él había sido víctima de una ilusión del eterno engaño del amor, al atribuir a aquella mujer sublimes virtudes que no poseía, al exagerar la hermosura de aquella alma hasta concederla una perfección sobrehumana.

«Yo debía saber» se decía a sí mismo, tratando de vencer la tristeza del desengaño, «que la perfección está fuera de lo humano; que los hombres pueden pensar en ella y buscarla, pero jamás la alcanzarán. Esta certidumbre me había impedido exaltar más allá de lo debido a aquel ser; y esta persuasión debe ahora atemperar mi desconfianza e impedirme envilecer más de lo debido su memoria.»

Porque, efectivamente, cambiada ya la disposición de su espíritu, Vérod acusaba a la muerta no solamente de debilidad sino de mentira y casi de indignidad. Antes de matarse, le había dicho que le amaba, y era evidente que al decírselo había mentido. ¿Quién aseguraba, entonces, que no hubiera mentido otras veces?... Así como todos los humores acres latentes en una sangre corrompida se despiertan a la más leve herida y la exacerban y la gangrenan, así el desengaño del joven encontraba alimento y fuerzas en una multitud de ideas roedoras de las cuales antes no había tenido conciencia. Casi llegaba al punto de despreciarse y escarnecerse por haber erigido en ideal de perfección a una mujer que vivía fuera de la ley.

¿No había vivido fuera de la ley? ¿No eran indignas sus relaciones con el Príncipe? ¿Qué valor se podía dar al compromiso que sostenía haber contraído secretamente consigo misma? ¿Se podía creer que hubiera sido sincera al contraerlo, o no habría tratado con su aserción de rescate a los ojos de los demás y a los suyos propios, después de haber medido la gravedad de su culpa? ¿Era increíble que se hubiera dado a otro hombre por ejercer el gratuito oficio de redentora? ¡Si por lo menos, sin la quimera de la redención, sin la fe en la duración de su pacto, hubiese amado a ese hombre con amor puro!

Pero Vérod negaba hasta eso mismo, porque para él no era concebible que un hombre como Zakunine inspirara una pasión sincera. Sanguinario y tiránico al mismo tiempo que predicaba la paz y la libertad; resuelto a gozar ávidamente mientras decía que los sufrimientos de los demás le hacían gemir; codicioso, disipador, infiel, mentiroso, ese hombre no podía ser objeto de un amor noble; sólo podía ejercer una fascinación perversa, una curiosidad malsana, deseos serviles. Malsana, servil, perversa había sido la pasión de aquella mujer.

Los celos impotentes, su amor humillado hacían que Vérod acogiera estas ideas. Cuando Florencia d'Arda vivía, no los había concebido: mientras había podido ver en su muerte la obra de un asesino; mientras se le aparecía rodeada de la aureola del martirio, ninguna sospecha había podido contaminarla; mientras se había visto amado por ella, la había correspondido con un amor puro y confiado. Pero de pronto descubría que su amor no había sido veraz. Si realmente le hubiera amado, ¿habría podido dejarle en esa forma? Para que encontrara en su vínculo con Zakunine un obstáculo tan grave para su felicidad, ¿no debía sentir en realidad algún afecto por éste? ¡Había muerto para no serle infiel! ¿Puede la noción de lo abstracto tener tanta fuerza, si no concuerda con un sentimiento concreto, con un interés enteramente personal y presente? El mentido arrepentimiento de Zakunine, la falsa resurrección de un amor que jamás, había sido creíble, habían despertado en ella la servil pasión de otros tiempos: ¡entonces, comprendiendo la vileza de su propio servilismo, pero no pudiendo vencerla, se había dado muerte!...

Así veía el joven corromperse y poco a poco disolverse en podredumbre la figura antes colocada por él sobre un altar. Y luego volvían fielmente a su memoria las proféticas palabras de un día lejano:

«Demasiado tiempo he vivido fuera de la ley para que pueda esperar ahora volver a ella. Usted no quiere creerlo ahora, y es sincero; pero más tarde lo creerá usted, y será igualmente sincero. El sentimiento indeleble de mi decadencia debe hacerme consagrar mi vida a la religión; esto es, por ahora, sólo en mi concepto, más tarde lo será también en el de usted...»

Y Vérod se sentía sobrecogido de un inmenso estupor angustioso viendo por fin realizarse la profecía; comprendiendo que ya no tenía el derecho de retirar su estima a la muerta, puesto que ella misma, humilde y dolorosamente, combatiendo la férvida confianza que él demostraba, había reconocido su propia indignidad.

Al pensar en esto se detuvo, lleno el corazón de respeto: tenía que reconocer que su amiga no se había engañado. Había previsto el inevitable porvenir; lógica, fatalmente, el resultado tenía que ser éste: «Día llegará en que usted me juzgue como yo misma me juzgo ahora.» ¿No había sucedido aquello casi en vida de la infeliz? ¿No era verdad que el día en que por última vez se encontraron, cuando ella le habló del hombre con quien estaba ligada y quería que siguiera siendo suya, el ímpetu de su odio contra Zakunine y la insufrible idea de la impotencia de su propio amor lo habían casi sublevado contra ella?...

«Sea como usted quiera,» la había dicho, «pero ese hombre la dejará a usted una vez más.» ¿No había ido aún más lejos con el pensamiento? El temor de ser desdeñado no lo había impulsado a apretarle la mano y a decirla con dureza: «¿Y por un hombre como aquel me rechaza usted a mí? ¿Y después de haberse perdido usted por él, por él, se niega usted a rescatarse?...»

Y a la sombría luz de este pensamiento, el joven se dirigía esta otra pregunta, más ansiosa que las demás:

«¿Entonces ha hecho bien en matarse?»

Si era un germen venenoso su nuevo amor, ¿no era mejor que hubiera muerto? Si ella había comprendido que, al quererla suya, pensaba rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, ¿habría resistido y se había dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y muerta ya para él, ¿cómo pretendía juzgarla aún? Si creyéndola víctima de la crueldad del otro, le había dado toda la compasión de que su corazón era capaz, ¿no debía, cuando ya el voluntario sacrificio la había rehabilitado, darle una compasión más ardiente aún, la compasión aliméntala por el remordimiento?

Toda la seguridad de los juicios se volvía entonces en su contra. ¿Quién era él, que pretendía condenarlo?

¿Y por qué la había condenado, sino porque se le había esquivado? ¿Qué otra cosa que la pasión egoísta, esa pasión voraz y no satisfecha, le hacía ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la presuntuosa pasión le decía que el compromiso contraído por Florencia no era válido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a él habría estado en lo honrado y lo justo. Él, que la quería perfecta, ¿no tenía como todos los seres humanos y más que muchos, sus debilidades y sus culpas?

De estos pensamientos opuestos salía por fin resignado a la realidad inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no había sido tan bella como la amorosa fantasía la había pintado, tampoco había sido tan mala como él la veía en el rencor del abandono. Pero, no obstante, se sentía mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfección imaginada le hacía mucho daño. Se decía a sí mismo que nadie en el mundo es perfecto, y, sin embargo, perfecta quería seguir viendo a su hermana de elección. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos legitimar el sacrificio voluntario eran vanos.

No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redención está en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema moral; lo evita. Si no quería o no podía aceptar el ser suya, como él había esperado, la quedaba todavía otro camino: huir, desaparecer, pero sin renunciar a la vida.

¿No era ese el camino?

Vérod se sentía vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La eficaz virtud del ejemplo había iluminado y dado seguridad a su juicio respecto a los más graves problemas humanos. Ella había realizado el prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que vivía. Ella había sido su religión, con la luz de sus ideas lo había iluminado, lo había guiado con mano firme por entre todas las contradicciones, engaños y errores, le había enseñado lo que debía creer y lo que debía negar. Y de pronto volvía a caer en sus vacilaciones. ¡Debía vivir! ¡Debía morir! ¡Cómo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o de morir por evitarlo! ¡Tienen los hombres el derecho de disponer de su existencia! Y si este derecho no les pertenece, ¿quién puede impedirles que lo ejerzan?... El joven había vuelto confiadamente los ojos al Cielo, al Cielo que en otra ocasión había encontrado vacío, desierto, impenetrable: ella también lo miraba así. Y no sabía ya lo que en él podía ver, o lo que es peor, temía saber demasiado. ¡Florencia se había dado la muerte! ¡No había tenido miedo del juicio de Dios! No había pensado en la salvación de su alma, no había creído en su vida futura: se había matado porque todo acaba en la muerte.

«Entonces, ¿nada existe, nada?...»

La pregunta de la muerta quedaba sin respuesta, desoída.

Por la sola virtud de la vista de su amada, Vérod había mirado, había oído, comprendido el alma del mundo: voces misteriosas le habían dicho cosas memorables; todo vivía, palpitaba y relucía. Pero, después el silencio y la obscuridad volvían a aglomerarse en torno suyo. Lo que antes tenía un sentido evidente o recóndito permanecía mudo.

Tan profunda y sincera había sido su conversión, que a veces se sentía iluminado por lampos de la antigua fe; pero luego lo rodeaban nuevamente las tinieblas más espesas. Y en la alternativa de la duda, encontraba otra vez con mudo y desesperado terror, a su otro yo, al hombre de tiempos pasados que creía haber sepultado ya dentro de sí mismo. Como antes de haber conocido a la Condesa, su pensamiento era obscuro, confuso, se perdía. La milagrosa florescencia que había brotado de todos los pliegues de su alma se marchitaba y deshacía. En otros tiempos, su corazón, cerrado a todos se complacía en su propia avidez; pero una vez que ya había recibido la simiente, se sentía amargado por un rencor infinito.

El joven resolvió viajar. Vio otras tierras, otros hombres, esperando dejar su dolor a lo largo de los caminos del mundo; pero nada fue suficiente para calmarlo. En Niza, delante de la tumba de su hermana, lloró ardientes lágrimas que lejos de extinguir el fuego lo reanimaron. Al lago no había vuelto: un mortal pavor lo invadía al pensar que iba a ver otra vez los únicos lugares donde pudiera decir que realmente hubiera vivido. Temía morir ahogado por la pena al ver las playas de Ouchy, las cuestas de Lausana, la villa Cyclamens, el bosque de Comte, las humildes capillas, el panorama del Leman velado por las nubes y sonriente a, la luz del sol.

Por fin, un día fue. Encontró esos lugares tal cual los había dejado. La impasibilidad de la eterna Naturaleza lo lastimó como un insulto: si al menos algo hubiera sido destruido en la tierra; si al menos hubiera visto en su derredor los rastros de una devastación parecida a la que él sentía en su interior.

Los montes seculares, las aguas perennes, voraces sepulcros de seres vivientes, permanecían inmutables. El joven iba reconociendo cada punto del camino, cada pormenor de la perspectiva. Tenía la desesperada certidumbre de que ningún poder habría podido jamás realizar el milagro de devolverle lo que había perdido, y sin embargo volvía en torno suyo la mirada, y aguzaba el oído, como si una aparición, una voz, pudieran de improviso evocar el bien perdido.

Y una tarde que desde una ventana de su cuarto contemplaba las cumbres del Dôle, detrás de las cuales descendía radiosamente el sol, se estremeció al oír una voz que hablaba detrás de él.

¿Era una alucinación? ¿No soñaba despierto?

El Príncipe Alejo Zakunine estaba en su presencia.

—Roberto Vérod—decía la voz—¿no me reconoce usted?

Una especie de escalofrío le sacudió los nervios: creía estar viendo un espectro.

¿Qué quería con él ese hombre? ¿Por qué iba a buscarle?

—¿Sabe usted quién soy? ¡Pero no me esperaba usted! He venido a verle porque tengo algo que decirle.

Hablaba con la cabeza baja, humildemente. Vista de arriba, desde la frente en extremo espaciosa hasta la punta de la barba, la cara parecía toda surcada de profundas arrugas. Los cabellos, ya muy raros, estaban blancos junto a las sienes. Toda su persona llevaba impresa las señales de una rápida decadencia.

Vérod le contemplaba como fascinado, incapaz de contestarle una sola palabra, de ver claro en el tumulto de sentimientos que se desencadenaban en su alma.

—Tengo que decir a usted una cosa. Quería decirla al juez Ferpierre; pero he pensado que mejor era dirigirme primero a usted...

Y después de una pausa, añadió:

—Óigame usted, Vérod: Florencia d'Arda no se mató. Yo la asesiné.

El joven se pasó una mano por la frente, por los ojos. Otra vez, más aún que en el primer instante, estaba inseguro de hallarse despierto.

—¿No me cree, usted? ¡Y, sin embargo, usted estuvo tan cerca de la verdad! Yo sé que usted la afirmó contra todo y todos, y poco faltó para que consiguiera demostrarla. Cierto es que muchas circunstancias, una principalmente, estuvieron, en contra de usted. La carta de sor Ana, parecía decir la última palabra sobre la suerte de la Condesa. Lo que engañó a la justicia fue que cuando yo la maté se hallaba verdaderamente decidida a darse la muerte. Voy a decir a usted cómo la maté...

Vérod temblaba como sacudido por la fiebre.

—Voy a referir a usted mi infamia: éste será el principio del castigo. Nunca conocí lo que valía. Jamás, mientras vivió, comprendí la hermosura de su alma. Ninguna belleza era comprensible para mí: el mundo y la vida me parecían desprovistos de esa cualidad. Tenía dentro de mí un infierno, nada podía apagar la llama que me devoraba. Todo cuanto yo tocaba quedaba reducido a cenizas. Ella me amó por compasión: el instinto, la necesidad, la voluptuosidad del sacrificio me la entregaron. Y aunque no la comprendí, por un momento me sentí deslumbrado por su luz. No pude soportar su claridad, y aparté la vista. Y me burlé de ella y la ofendí.

Se calló un momento, la vista fija delante de sí, cual si estuviera ciego, y luego prosiguió:

—Óigame usted. Cuando le haya dicho todo, comprenderá usted que mis palabras merecen fe. En los primeros tiempos de mi dicha me sentí otro. La Naturaleza y la vida habían hecho que fuera condición mía el pasar de un sentimiento al otro con fulmínea violencia. Los que saben lo que yo he hecho en el mundo podrán pensar que a veces me guió quizá la voz del bien. Pero yo no tenía conciencia. Si dentro de mí juzgaba mis acciones y las de los demás, todo se reducía a un mecanismo, a un juego de impulsos ciegos y fatales. Yo no podía, por lo tanto, creer en el cambio que se había operado en mí por su virtud. No me burlé solamente de ella, también me reí de mí mismo...

Debería decir a usted cual fue, día por día, hora, por hora, mi obra espantosa; cómo, a su constante, infatigable, divina prédica de amor y su bondad opuse el desprecio, el insulto, la traición. Pero usted sabe todo esto. Y luego, y luego...

Todo cuanto sugería a usted su odio hacia mí era demasiado poco: lo que yo le hice es increíble. A veces, cuando con palabras envenenadas y corrosivas profanaba, vilipendiaba, destruía su fe; cuando le demostraba que nada existe fuera del mal; que los únicos remedios son el hierro, el fuego, la muerte; cuando la incitaba a dejarme, a traicionarme, a perderse, sentía operarse en mi interior una reacción violenta, y el llanto me acudía a los ojos. Pero yo ocultaba mis lágrimas.

Cuando usted la conoció, cuando comprendí que ella comenzaba a amarle, mi pecho se dilató de gozo. Ver que su decantada eternidad de sentimientos flaqueaba; prever que iba a caer como caen todas; poder decirla:—¿Ya ves? ¿Dónde están tus leyes morales? ¡Tú también haces como las demás, lo que te place!—era algo que me colmaba de júbilo...

Mientras tanto yo me entregaba completamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a en mi país y en los demás. La última tentativa me parecía destinada a prosperar; ya saboreaba el triunfo. Todo lo había preparado detenidamente, había incitado a la acción a los pusilánimes, a los vacilantes, a los miedosos, y entregado casi todo cuanto quedaba de mis bienes sin pensar en las dificultades que encontraría más tarde.

Mi deber era entrar yo también en acción, y hube de partir con ese objeto, pero me vi obligado a quedarme a preparar una nueva acción para el caso de un revés. Y un día supe que mis hermanos habían sido muertos, pendían de las horcas que caían en los caminos que conducen a los destierros, bajo la férula de los esbirros; supe que las mujeres, que las niños subían al patíbulo; que tantos inocentes sufrían en mi lugar; que el temor reinaba sobre toda la gente de mi raza...

Ese día me encontré, en presencia de tanta ruina, con el temor de haber equivocado el camino, solo y casi pobre. Entonces, de improviso, surgió dentro de mi corazón algo como una necesidad, como una ansia, como una sed ardiente de socorro; entonces llegué casi a extender la mano para encontrar a mi lado un apoyo, casi me prosterné a escuchar una palabra de consuelo...

El ser que podía consolarme existía: no habría tenido otra cosa que hacer que ir en su busca, que abrirle mi corazón. Quizás habría sido aún tiempo. O quizás no: ya era demasiado tarde...

¡Demasiado tarde! ¿Sabe usted lo que estas palabras significan?... Un impulso de soberbia me detuvo. ¿Habría yo de suplicar? Y, sin embargo, me daba cuenta de que nada en aquella crisis de mi vida habría podido curarme como el amor de una criatura como esa.

Volví a su lado, pero nada le dije. Mi actitud debía demostrar, sin embargo, lo que ocurría en mi interior. ¡Demasiado tarde!... Podemos sufrir y aceptar el sufrimiento; podemos desesperar y vivir en la desesperación, pero ante la idea de que la felicidad hubiera sido para nosotros; de que la fortuna ha pasado a nuestro lado; de que para obtenerla sólo teníamos que extender la mano, que decir una palabra, y que hemos retirado la mano, y proferido—¡demasiado tarde!—la palabra; ante esa idea el corazón cesó de latir...

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