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El señorito Octavio

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—¿Y si pone la mano sobre ti?

—Ya sabes que no puede ser... Por infame que tenga el corazón, no llegará á tanta cobardía... El conde no tiene derecho sobre mi vida...

El semblante de Octavio se iluminó de repente al escuchar estas palabras y preguntó en seguida con ansiedad:

—¿Está usted segura, señora, de que su marido no intentará nada contra usted?

—Estoy segura.

—Ya lo oyes, Pedro... La condesa no necesita tu vida por ahora... Puedes marcharte sin temor.

Pedro comprendió que tenía razón; pero no hubiera cedido á no encontrarse con los ojos suplicantes de su amada. Al fin, posando los suyos sobre ella, y envolviéndola en una mirada grave y tierna, le dijo con acento enérgico:

—Hasta luego.

Y lanzándose por la pendiente abajo, desapareció á los pocos momentos.

El que siguió fué solemne para los dos seres que quedaban en la roca. La condesa ocultaba el rostro entre las manos. Octavio la contemplaba en silencio. Él fué quien primero lo rompió, exclamando:

—¡Está fuera de peligro! Conoce todos estos sitios á palmos. No daría con él un batallón entero, cuanto más un hombre. Ya no debe usted afligirse, señora...

—No me aflijo por él.

—¿Pues por quién?

—Por usted.

—¡Por mí!

—Sí; le he hecho á usted mucho daño... Conozco que tiene usted motivo sobrado para odiarme... y le pido perdón.

—¡Bah!—repuso el joven afectando tono indiferente.—Yo no tengo de qué perdonar á usted. Si me ha pisado el corazón, es porque me he empeñado en ponerlo debajo de sus pies. ¿Había de ser forzoso que usted se enamorase de mí?... Estas cosas no dependen de la voluntad... son fatales... El amor rara vez encuentra al amor en este mundo... ¿Por qué he de ser yo la excepción y no la regla?... No se preocupe usted por mí ni se aflija... Después de todo, las heridas que no matan de repente suelen cicatrizarse... La vida es un conjunto de lágrimas y quebrantos donde sólo muy pocos seres privilegiados recogen algunas flores.

Aquel tono indiferente no podía engañar á nadie. Hablaba con el corazón desgarrado. Sus palabras expiraban á menudo en la garganta, como el eco de un sollozo reprimido. Las que llegaban á los labios venían envueltas en lágrimas. Mientras las pronunció no apartó los ojos del nebuloso horizonte, que el sol teñía de grana. Laura adivinó perfectamente lo que pasaba en aquel espíritu ardiente y delicado, y guardó silencio.

Al cabo de un rato, el oído de Octavio, fino como el de un tísico, percibió entre la niebla un rumor. Volvió entonces el rostro hacia la condesa, y dirigiéndole una sonrisa le dijo con voz apagada:

—Hasta luego.

—¿Cómo? ¿Se marcha usted?

—Sí: pronto nos veremos.

Sonó entre la niebla un tiro, y el señorito Octavio se desplomó sobre la tierra con la cara mirando al cielo.

Oyóse inmediatamente un segundo disparo, y la condesa vino á caer de bruces sobre él, cual si fuese á hacerle una caricia.

El conde surgió de la nube al instante. Llegóse á los cadáveres y con un pequeño esfuerzo los hizo rodar por la pendiente de la Peña. La niebla los tapó en seguida. Después se oyó el ruido que produjeron al entrar en el lago.

————

El viento había arrojado muy lejos las nieblas que envolvían el lago, y la noche se presentó limpia y serena. En el oscuro manto del cielo principiaron á encenderse, como lejanas luces trémulas, algunas estrellas. El héspero corría á esconderse entre las montañas. La luna asomaba ya su disco resplandeciente por detrás de ellas.

Las aguas del Ausente dormían su sueño profundo, quietas, inmóviles como el día en que Dios las vertió en aquella inmensa pila de granito. No siempre estaban así. Alguna vez, de tarde en tarde, solían despertar y esperezarse como un monstruo, con terribles sacudidas, lanzando su baba espumosa á las paredes que lo guardaban prisionero. Mas ahora el monstruo callaba como un muerto, y dejaba pasar sobre su lomo bruñido los rayos temblorosos de la luna, que formaban sobre la oscura linfa un reguero luminoso.

Negreaban las altas montañas que lo cercan arrojando sobre él capas de sombra. El cielo parecía cortado por sus enormes masas dentadas. Las sombras se espesaban en las márgenes del lago y subían por los flancos de la roca hasta tocar en la cima. El reguero luminoso brillaba en el centro como una cinta de oro.

Al fin la luna apareció toda entera sobre una de las crestas y emprendió su marcha callada por el espacio. Las estrellas la seguían con sesgo vuelo como una bandada de pájaros. Los ámbitos del lago quedaron iluminados, y los líquidos senos del monstruo se estremecieron levemente al recibir la caricia del astro de la noche. Allá entre la juncia de la orilla oyóse la voz dulce y aflautada de un sapo.

Pedro bajó lentamente, apoyándose con las manos en las rocas hasta tocar con sus pies en los bordes del agua, y permaneció inmóvil. El sapo había repetido centenares de veces sus eternas notas románticas. La luna alcanzaba ya el medio de la esfera y flotaba como una isla de oro entre los pliegues del viento. El lago titilaba bajo su blanda caricia, y la figura triste y dolorida del mayordomo aún seguía inmóvil al pie de la orilla con los brazos cruzados y los ojos hundidos en el oscuro seno del agua.

XVII Epílogo innecesario.

Carta de Homobono Pereda á su amigo Manuel Ruiz, secretario primero de la sección de literatura del Ateneo de Madrid.

MI querido Manolo: Aunque no he tenido el gusto de ver letra tuya hace ya bastante tiempo, te escribo para noticiarte un suceso que tiene preocupada hace ya algunos días á toda la población. Ya tienes asunto interesante y patético para tu drama, si es que no has hallado otro mejor. Figúrate que mi contrincante el conde de Trevia, hombre de carácter extravagante, y que algunos daban por loco, llegó á este país en los comienzos del verano, con toda su familia. La señora era una mujer de singular hermosura y llena de atractivos en su parte moral, si no miente la fama. Á los pocos días de hallarse aquí comenzó á galantearla, según se dice, un joven de esta población llamado Octavio Rodríguez, bastante simpático é inteligente, pero de escasísima instrucción. Dícese también que la condesa no tardó en corresponder al amor del joven, dándole de ello pruebas convincentes. El verano debió ser para los amantes delicioso, pues Octavio frecuentaba diariamente el palacio de los condes y los acompañaba á todas partes, sin que el marido sospechase de la fidelidad de su consorte. Algunos, sin embargo, quieren suponer que tenía conocimiento de la falta bastante tiempo antes de consumar su venganza, y que la dilató por uno de esos caprichos incomprensibles de su carácter. Lo cierto es que hace algunos días les armó un lazo donde fatalmente fueron á caer los desventurados amantes. Sorprendiólos, al parecer, en las márgenes del lago Ausente, donde con pretexto de la caza realizaban sus citas, y dió á ambos la muerte. No se conocen los detalles de esta misteriosa y terrible venganza. El conde desapareció, y se da como seguro que ha pasado á Francia á formar parte de la corte del Pretendiente. Un mayordomo suyo, que la voz pública designa como el principal auxiliar del asesinato, también huyó del país.

Hé aquí, pues, cómo á consecuencia de una tragedia espeluznante me encuentro yo en este momento sin competidor en las próximas elecciones. Por lo tanto, puedes considerar ya á tu amigo Homobono hecho un diputado y sentado en los escaños del Congreso, no para ser, como la inmensa mayoría de nuestros políticos, un fiel observador del derecho y estado reinantes, sino para pensar y obrar en el espíritu del derecho eterno. Te remito el manifiesto brevísimo que acabo de dirigir á mis electores, y espero que me digas sinceramente lo que piensas acerca de su contenido. Me parece que ha de hacer mucho efecto.

He pasado todo el día corrigiendo las pruebas de la Propedéutica, que saldrá á luz dentro de un mes próximamente, y tengo la cabeza hecha un volcán. No dejes de escribirme enseguida. Te abraza tu amigo del alma

HOMOBONO.

Dentro de la carta iba el siguiente documento impreso:

ELECTORES DEL DISTRITO DE VEGALORA:

Á todo hombre en la tierra debe serle cumplido su derecho, el cual no es otra cosa que la recíproca y exigible condicionalidad para el destino humano (individual y total). El derecho quiere que todos los hombres den y reciban mutuamente y en forma social el sistema de condiciones permanentes y temporales que su naturaleza armónica reclama, para cuyo fin hay un organismo interior é interiormente relativo y omnilateral llamado Estado. Importa, pues, considerar seriamente cuán interesados nos hallamos en que el Estado se organice y asiente en vista de su fin, no en atención de otros históricos ó temporales. Las perturbaciones sociales que la historia nos ofrece y las bárbaras infracciones del derecho, tienen su origen en el desconocimiento de los principios fundamentales de la ciencia política, á cuyo estudio he consagrado los mejores años de mi vida.

Llevando, pues, por canon y norma de mi conducta los eternos principios del derecho y no las máximas prácticas de los políticos al uso, que no son sino reglas para explotar en su provecho las miserias de la corrupción humana y alcanzar el poder, objeto de sus afanes, me presento ante vosotros solicitando vuestro libre é inteligente sufragio para representaros en el Parlamento. Los principios inmutables, á los que rindo fervoroso culto, me impiden haceros ninguna clase de ofrecimiento de los que tanto abundan, por desgracia, en los manifiestos políticos. Tales ofrecimientos no pueden menos de ser para todo hombre de recto sentido altamente inmorales, pues casi siempre se fundan en el privilegio y la injusticia. No esperéis, por tanto, si llego á honrarme con el título de vuestro representante, que alce mi voz reclamando para este distrito ninguna clase de mejora moral ó material que los demás no posean: antes combatiré con todas mis fuerzas cualquier intento de llevarla á cabo, porque no quiero ser representante de ningún interés particular y temporal, sino de los generales y permanentes en que la sociedad debe asentarse. Lo único que puedo ofreceros como hombre de honrada conciencia es ponerme siempre del lado de la justicia en el conflicto diario que las diversas fuerzas sociales promueven, y procurar en la medida de las mías el reinado de un orden más positivo y orgánico entre los fines fundamentales humanos y sus sociedades relativas, para evitar que el pueblo (sistema de familias), preocupado del fin presente, como absoluto, acabe por pensar que no hay más vida, ni más fin que proseguir, ni más bien que esperar, sino las condiciones y estados temporales ó históricos.

HOMOBONO PEREDA.

Vegalora 3 de Noviembre de 187...

FIN

ÍNDICE

——

Páginas.

I.—Despierta el héroe1

II.—Los señores condes, ó los condes á secas, como pedía el señorito Octavio que se dijese14

III.—Los amigos del conde32

IV.—La pomarada58

V.—La tienda de D. Marcelino82

VI.—Un día más107

VII.—Il sol de l'ánima131

VIII.—La romería152

IX.—Fragmentos de un diario173

X.—Síntomas graves186

XI.—Lo que cuesta un perro de caza197

XII.—Un paquete de cartas210

XIII.—El cáliz240

XIV.—Á medianoche244

XV.—Buscando salvación255

XVI.—Las heces del cáliz271

XVII.—Epílogo innecesario290

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