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El señorito Octavio

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Octavio seguía al lado de la condesa y conversaba con ella sobre cosas indiferentes, alusivas unas veces á los objetos que tenían á la vista, otras (las más) á las particularidades de la vida cortesana, que el joven parecía conocer tan bien como la dama. El rostro y los ademanes del señorito no correspondían en un todo á la materia de la conversación. Decía todas sus frases en tono tan insinuante y se mostraba tan turbado, que cualquiera podría creer, observándole de lejos, que estaba haciendo una declaración de amor. Siempre le pasaba lo mismo cuando hablaba con las mujeres. Su fisonomía sonriente, ruborosa y expresiva con exceso, le había hecho pasar por novio de casi todas las damiselas á quienes se había acercado en su vida. Claro está que tales presunciones no tenían fundamento positivo; pero quizá si penetrásemos en los misterios de la psicología, hallaríamos disculpa para la ligereza de los vecinos de Vegalora. Porque hay en ciertos temperamentos un fondo tan grande de materia amorosa (si se permite esta singular locución), que no necesita más que un leve motivo para mostrarse en la superficie. El amor reposa en estos temperamentos como una masa de polvo colorante en el fondo de un vaso de agua; así que se agita, toda el agua queda teñida. El hecho aparente era que nuestro amigo ni se enamoraba ni se declaraba á las mujeres que tenía cerca, pero en realidad, hacía uno y otro. Su plática, pues, con la condesa tenía mucho de dúo amoroso. Cuando decía, verbigracia: «Se está usted humedeciendo los pies, condesa», la traducción exacta de la frase, que se dibujaba en sus ojos, era: «De qué buena gana, señora, se los secaría con mi aliento». Se había quitado el sombrero, y jugaba con él entre las manos afectando una posesión de sí mismo que estaba lejos de sentir. Llevaba en la boca un clavel blanco salpicado de manchas rojas, y lo mordía con displicencia digna de un socio del Veloz Club. De vez en cuando volvía el conde la cabeza y le dirigía una sonrisa afectuosa, á la cual nunca dejaba de contestar el mancebo con un saludo familiar.

—Es muy bonito ese clavel que lleva usted—dijo la condesa, mientras lo admiraba sinceramente con los ojos muy abiertos.

Octavio lo quitó precipitadamente de la boca.

—Si no fuese porque ya está mordido, tendría placer muy grande en dárselo... Pero, en fin, le quitaremos un poco del tallo... (al mismo tiempo cortaba la parte que había estado en la boca). ¿Lo acepta usted así, condesa?

—Con mucho gusto. Mil gracias.

Estaban ya próximos á la empalizada que circuía la finca, y para no volver por el mismo sitio empezaron á caminar al lado de ella. Apenas habían dado algunos pasos, cuando sintieron por la parte de fuera un aliento jadeante, y vieron en lo alto de la estacada la cabeza de un perro, el cual cayó inmediatamente á sus pies y se puso á ladrarles, sin atender á las razones de don Primitivo, que le decía:

—Ven acá, Canelo... ¿No me conoces, Canelo?... ¿Dónde está tu amo, Canelo?...

El perro recordó que ya había visto aquella cara en otra parte, pero no quiso dar su brazo á torcer ni confesar que se había equivocado, y siguió ladrando, aunque sin gana y por compromiso.

—¿Qué es eso, Canelo?... ¿Te olvidas de los amigos?...

—Guau, guau, guau.

—¿Dónde dejaste á tu amo, Canelo?

—Guau... guau.

—¿Venís de caza, Canelo?

—Guau...

Por detrás de la empalizada empezó á asomar una escopeta de dos cañones, y se vió un sombrero de grandes alas que ocultaba á medias el rostro de un joven moreno, el cual, con mucha presteza y agilidad, pasó ambas piernas por encima de las puntas de las estacas, y dando un salto quedó en pie delante del conde.

—¡Hola, Pedro! ¿De dónde vienes?

—Señor conde, fuí á matar un zorro que me dijeron andaba por la mata del tío Bonifacio. En cosa de ocho días le zampó tres gallinas.

—¿Y lo traes?

—Sí, señor; aquí está vivo todavía. No le tocaron más que algunos perdigones en esta pata... ¡No se acerque usted, señora condesa, que estos animales son muy traidores!

—Hola, caballerito—dijo el conde dirigiéndose al zorro, que colgaba de la espalda de Pedro.—¿Conque entretiene usted sus ocios engulléndose las gallinas del vecindario? ¿Y se figuraba usted que sus proezas no habían de tener fin jamás?

—Este Pedro—dijo el cura—es un buen muchacho... es un buen muchacho. Nos va despejando la comarca de alimañas. Señor conde, tiene usted una alhaja en este muchacho... sobre todo es mozo formal y de palabra.

—Señor cura, si no fuí á ayudarle á usted á arreglar la huerta, fué porque estos días anduve muy ocupadado preparando las cuentas...

—Bien, hombre, bien; yo no te he preguntado nada. No hago más que referir tus méritos y cualidades al señor conde.

—Es que entiendo bien las indirectas.

—Pedro, deja aquí el zorro y vé á casa por un poco de paja ó hierba seca.

—¿Qué es eso, le quiere usted hacer cama á ese bicho?—preguntó D. Primitivo.

—Sí; le quiero hacer un lecho cómodo para que se cure.

No tardó Pedro en llegar con una muy bastante cantidad de hierba entre los brazos, y así que la dejó en el suelo, ordenóle su señor que colgase el zorro por las patas traseras de la rama más baja de uno de los árboles. La condesa, mientras se practicaba esta operación, alejóse velozmente del grupo y se perdió pronto de vista entre los árboles. Mandó en seguida el conde colocar la hierba debajo del zorro, y sacó del bolsillo una preciosa fosforera de oro.

—¡Hola, señor conde, intenta usted hacer un auto de fe? Ya concluyeron esos tiempos ominosos... ya concluyeron esos tiempos ominosos. El zorro le va á llamar á usted oscurantista, y con razón, sí señor... y con razón.

El conde se bajó sonriendo y aplicó un fósforo encendido á la hierba.

El zorro, colgado boca abajo, permanecía inmóvil, y nadie le tuviera por vivo á no ser por sus ojos abiertos que giraban lanzando miradas recelosas á los espectadores. La sonrisa de éstos le contrariaba visiblemente. Empezaban á sonar los chasquidos de la hierba y el fuego iba cundiendo poco á poco por lo más interno del montón, que lanzó una bocanada de humo espeso. El zorro quedó envuelto por un instante y se le escuchó estornudar.

—Ya le sube el humo á las narices, señor conde—dijo D. Primitivo.

El viento disipó el humo espeso, y el montón comenzó á arrojar una columnita de otro azulado y trasparente. Quedó el zorro al descubierto, y observáronse en él señales de una inquietud que iba en aumento. Todos le contemplaban curiosamente y sin quitarle ojo, excepto Pedro, el cual, ajeno totalmente al espectáculo, se ocupaba en sacar el cartucho quemado de la escopeta y en arreglar sus llaves. Una llama brotó súbito de la hierba y rozó el hocico del animal, que sacudió la rama con violencia.

—Ya le come, ya le come, por do más pecado había—dijo riendo el cura.

Tornó á brotar la llama con más fuerza y esta vez se detuvo algún tiempo en el hocico del zorro, que lanzó un chillido áspero, ridículo.

El Canelo comenzó á ladrar furiosamente y fué necesario que su amo le diese un par de puntapiés para hacerle callar. Los espectadores acogieron con algazara el chillido del animal. El conde no hizo más que sonreir. Por tercera vez salió la llama del montón, próximo ya á convertirse en hoguera, y envolvió con una horrenda caricia la cabeza del zorro, el cual, tratando de huirla, principió á enroscarse, lanzando al mismo tiempo continuos chillidos. El perro, sin hacer caso de los puntapiés de Pedro, no cesaba de ladrar y aullar, corriendo de un lado á otro, unas veces acercándose á la hoguera con las orejas tiesas y los pelos erizados, marchando otras á ocultarse entre las piernas de alguno de los presentes. La algazara había ido cesando poco á poco en el concurso. Los rostros quedaron completamente serios. El conde seguía sonriendo como antes. Quemaba ya la hierba por todas partes y chisporroteaba arrojando pavesas inflamadas que se apagaban instantáneamente y caían convertidas en ceniza. El día estaba concluyendo. La mancha negra de la esquina se había extendido cual si fuese aceite por toda la pomarada. Así que la luz de la hoguera trazaba círculos luminosos en ella y corría á veces impetuosamente por debajo de la bóveda iluminando una gran extensión y prontamente se replegaba abandonando el campo á la sombra. Veíanse reflejos vivos y fugaces en las hojas de los árboles y sentíase en el rostro el calor abrasante de las llamas. El desgraciado zorro seguía enroscándose y retorciéndose para salvar su cabeza, pero el fuego le tostaba el lomo cruelmente. Un hedor irresistible de pelo quemado se esparció por la atmósfera. El dolor arrancaba al pobre animal gritos cada vez más extraños y penetrantes que resonaban de un modo siniestro en el silencio de la pomarada. Á estos gritos desgarradores respondían lúgubremente los aullidos del perro que daba vueltas en torno de la hoguera, espantado y trémulo.

Un espectador se desplomó y cayó con ruido sordo sobre el césped. Todos acudieron á aquel sitio. Era el señorito Octavio que se había desmayado. Inmediatamente que lo levantaron recobró el conocimiento.

—No es nada, no es nada... muchas gracias... Me pasa esto con frecuencia.

D. Primitivo sacó de las reconditeces de su faltriquera un vaso de metal y corrió á un charco que estaba próximo. Cuando llegó con el vaso lleno, el joven estaba ya de pie y hablaba serenamente con el conde. Mas D. Primitivo no quiso perder el viaje y acercándose cautelosamente á él, sin darle aviso alguno le encajó toda el agua en mitad del rostro. Octavio quedó un instante sin respiración.

—Muuuchas gracias, D. Primitivo... No... había necesidad...

Aunque trató de secarse inmediatamente con el pañuelo, no pudo evitar que una regular cantidad de agua le entrase entre el cuello de la camisa y la carne, lo cual le produjo escalofríos y estornudos para buen rato.

El fuego había quemado en tanto la cuerda que sujetaba el zorro al árbol y el animal había desaparecido ya en la hoguera. Las llamas fueron decreciendo poco á poco y presto no hubo allí más que un montón de cenizas.

—Me parece que es hora de ir aproximándonos á nuestro asilo—dijo el licenciado Velasco de la Cueva.

—Tiene usted razón, D. Juan—repuso don Marcelino;—la noche se viene encima, y de aquí á Vegalora todavía hay un paseíto.

Se pusieron todos en marcha hacia la casa. Á los pocos pasos hallaron á la condesa, que salió de entre los árboles con un niño de la mano y el clavel de Octavio en la boca. Esta vez sintió nuestro joven un fuerte escalofrío de placer que le indemnizó con creces de los tormentos que le había hecho sufrir el agua de D. Primitivo. Acercóse rápidamente á la dama y se puso á darle cuenta de su desmayo.

—No puede usted figurarse, condesa, lo impresionable que soy. Es desgracia nacer con un temperamento como el mío. El médico me dice que soy un manojo de nervios y que debo evitar todas las emociones vivas, lo mismo las tristes que las placenteras... Pero si he de huir las últimas—añadió después de breve silencio y fijando sus ojos tímidos en la condesa—es preciso que no vuelva á parecer por aquí.

—¿Y por qué?

—Porque... la impresión que usted me causa es demasiado placentera.

—¿Sabe usted que sin salir de Vegalora es usted ya un cortesano perfecto?

Octavio sintióse aún más lisonjeado por estas palabras que por el buen sitio que la condesa había otorgado á su clavel, y mientras caminaban en dirección á la huerta se enredó en un laberinto de explicaciones metafísicas sobre las diferencias y afinidades que existen entre la galantería, el amor, la amistad, la simpatía, etc., etc. Mientras tanto D. Primitivo se enteraba con profunda sorpresa de que Pedro no había tocado siquiera en el cuadro de las lechugas. El procurador se guardó de comunicar la noticia á sus compañeros, y cuando llegaron á la huerta y se encontró frente á las malhadadas lechugas, que habían tenido la audacia de espigar motu proprio, bajó la cabeza y pasó de largo sin conocerlas.

—Adiós, señor cura, mañana pasaré á verle en su rectoral. Adiós, D. Primitivo. Adiós, señor Rodríguez, que no deje usted de visitarnos con frecuencia. Adiós, D. Juan. Adiós, D. Marcelino.

Octavio se había quitado un guante apresuradamente, y al dar la mano á la señora de la casa le dijo en voz baja:

—¡Qué felices son algunos claveles, condesa!

Todos partieron. El cura les dejó á la salida del villorrio y emprendió el camino pendiente y tortuoso de la rectoral. Los cuatro vecinos de Vegalora siguieron la calle de avellanos que conducía al río, salvaron el puente, y una vez en la carretera fué asunto de pocos minutos el poner el pie en la villa. Octavio apenas despegó los labios en todo el camino. Una nube de pensamientos flamígeros daba vueltas en torno de su cabellera y le impedía ver las que se cernían en las alturas, besadas suavemente por los moribundos rayos del sol. ¡Qué cara pondrían los tres graves señores que marchaban á su lado si dijese en alta voz lo que iba pensando!

En una de las calles dejaron á D. Primitivo, que se metió en su casa. Más adelante al licenciado Velasco de la Cueva. Por último llegaron á casa de D. Marcelino. La tienda estaba ya iluminada.

—¿No ve usted qué amigos son de la claridad en mi casa?—exclamó el tendero en tono que no expresaba ninguna satisfacción.—¿Quiere usted pasar, D. Octavio? No tardará la gente en llegar.

—Con mucho gusto. Pase usted, D. Marcelino.

—Pase usted, D. Octavio.

—Pase usted, D. Marcelino.

V La tienda de D. Marcelino.

AUNQUE mucho más clara de lo que su amo hubiera deseado á tales horas, la tienda no era, á decir la verdad, un farol veneciano. Toda su iluminación se reducía á una lámpara de petróleo colgada en el centro de la estancia sobre el mostrador. Y como quiera que la tienda era grande y la lámpara tenía pantalla, su luz blanca y crecida, en forma de mariposa, no conseguía traspasar los polvorientos cristales de los armarios. Si no supiéramos, pues, hace tiempo, que D. Marcelino comerciaba en paños y bayetas, no era fácil que ahora nos informáramos del contenido de tales armarios. El mostrador iba de una á otra pared á lo ancho y era oscuro, y estaba resplandeciente por el uso lo mismo que si lo acabasen de barnizar. Había clavadas en él algunas monedas falsas, y en uno de sus extremos se veía una pecera sucia por la cual nadaban algunos pececillos colorados. Detrás del mostrador, y en un rincón de la tienda, una mesilla rodeada por un enrejado de madera pintada de verde. Era el escritorio; el paraje más temible y peligroso de la comarca. Decía Paco Ruiz á sus amigotes del café que prefería ir á medianoche al cementerio á llegarse á las doce del día al escritorio de D. Marcelino.

El contenido oficial (digámoslo así) del establecimiento, y por el que D. Marcelino pagaba su contribución, si es que la pagaba, que no estamos seguros, eran los paños y las bayetas. Mas podemos afirmar, bajo palabra de honor, que un día hemos visto entrar á un niño pidiendo media libra de fideos y se la dieron; otro día entraron varios jóvenes por cohetes y salieron con ellos; y, finalmente, en cierta ocasión entró una mujer pidiendo sanguijuelas y observamos que satisfacían su demanda. Y si D. Marcelino no era exclusivo en la naturaleza y circunstancias de sus mercancías, fuerza es confesar que aún lo era menos en el carácter y opiniones de los tertulios que cotidianamente invadían su tienda. Allí acudían, como todo el mundo sabe, personajes tan arcaicos y retrógrados como D. Primitivo, don Juan Crisóstomo, el cura de Vegalora y el de la Segada; conservadores partidarios del justo medio como D. Lino Pereda, D. Ignacio Valcárcel y otros; liberales templados como D. Baltasar Rodríguez, el juez y el promotor fiscal, y, por último, republicanos federales socialistas con todas sus consecuencias como Paco Ruiz y su sabio amigo el joven krausista Homobono Pereda, hijo de D. Lino. Fáciles son de presumir los zipizapes de que sería teatro en muchas ocasiones el establecimiento de D. Marcelino. Por fortuna éste tenía la saludable costumbre de dar la razón á todos y cada uno de los contendientes. De esta suerte nadie se encontraba solo en la defensa de ninguna causa y la irritación nunca podía alcanzar un grado peligroso.

Cuando nuestros amigos penetraron en la tienda, las únicas personas que en ella había eran D.ª Feliciana y su hija Carmen cosiendo debajo de la lámpara, y Paco Ruiz sentado sobre el mostrador con las piernas colgando hacia fuera, que se balanceaban suavemente como dos péndulos.

—¡Hola! ¿Vienen ustedes de visitar á la ilustre familia de los Trevia?—dijo Paco Ruiz, que era un mozo guapo y arrogante, de ojos negros expresivos, barba recortada y que á la sazón mordía, cerrando los ojos voluptuosamente, un magnífico cigarro habano.

—Sí, venimos de la Segada.

—¿Repartían por allá monedas de cinco duros?

—Lo que se repartía cuando fuimos era un sol magnífico capaz de derretir las piedras.

—¿De manera que usted cree que yo no debo ir á la Segada?

Paco Ruiz dijo estas palabras con gravedad cómica. D.ª Feliciana y Carmen rieron.

—¡Siempre ha de ser usted el mismo!—repuso D. Marcelino un poco amoscado levantando la tabla del mostrador para entrar.

Efectivamente, Paco Ruiz siempre era el mismo, esto es, siempre era un joven más chistoso que afable y más desvergonzado que chistoso. Pertenecía á una antigua aunque arruinada familia de Vegalora. Para subvenir á sus muchas necesidades no tenía otras rentas que el tresillo, el golfo y el monte, en cuyos juegos, al decir de la villa, era un asombro de habilidad. Cinco ó seis horas de casino todos los días le bastaban para gastar más con su persona que otros muchos con toda su familia. Vestía con lujo, pero caprichosamente y sin someterse á la moda: traía sortijas de valor en los dedos y fumaba los mejores cigarros de la provincia. ¿Por qué era republicano? Nunca hemos acertado á comprenderlo. Verdad que se reía de las preocupaciones nobiliarias y decía muy buenos chistes á propósito de los conservadores; pero con todo eso, puede dudarse que hubiese en el fondo hombre más orgulloso y linajudo que Paco Ruiz. Es posible que este muchacho encontrase muy original el ser demócrata perteneciendo á una familia aristocrática, y que sólo buscando la belleza de tal contraste hubiera venido á dar con sus huesos en el partido liberal más avanzado.

Octavio pasó también con D. Marcelino al interior de la tienda y se sentó al lado de Carmen, y le dijo en voz baja algo al oído. La niña le respondió igualmente en voz baja, con mucha amabilidad.

Carmen era una niña hermosa, infinitamente más hermosa que su padre. Acababa de cumplir los diez y ocho años, y era blanca como la leche y rubia como el oro. Su madre también lo era. Tenía los ojos azules, oscuros y profundos como el mar, y como en éste, también fingía la mente detrás de su misterio palacios encantados de cristal y jardines deslumbradores. ¡Parecía increíble que tal pimpollo fuese hijo del puerco espín de D. Marcelino! Cuando más niña, la llamaban en la villa el angelito. Ella se incomodaba mucho y solía venir á casa llorando cuando al salir de la escuela los chicos la seguían apodándola de este modo. En efecto, era difícil imaginarse nada más lindo y más aéreo que Carmen á los doce años. Con la edad, y al hacerse mujer, los contornos celestes y angélicos se habían borrado un tanto, pero nada había perdido por eso su belleza. Sobre las líneas puras y gloriosas del querubín, la naturaleza había trazado otras más curvas y terrenales que le iban á maravilla.

Además, tenía un modo de mirar dulce, rápido y lleno de timidez que seducía á la gente joven de la villa. Cuando lanzaba una de esas miradas fugaces y vivas como un relámpago de estío, parecía que el alma se asomaba un instante á los ojos, poníase al tanto de todo y se entraba otra vez, y velozmente, en su retiro. Hablaba poco y sonreía á menudo. Los tertulios viejos de D. Marcelino no tenían boca bastante para elogiar su modestia y afabilidad. Los jóvenes no hallaban términos suficientes para exaltar su belleza.

—Conque diga usted, D. Marcelino, y no se ofenda, ¿el conde viene tan loco como se fué?

—Vaya, vaya, veo que está usted de mejor humor que yo.

—Me han contado cosas graciosas de su vida en Madrid. Últimamente le ha dado, según me han dicho, por bañarse todos los días en una porción de aguas, hasta que la última quede siempre tan cristalina como antes de meterse en ella. El mejor día le van á salir escamas al pobre señor, aunque ya me parece que vive escamado... y hace bien, porque su mujer vale lo que pesa.

—Vamos, Paco, no sea usted malo—exclamó D.ª Feliciana con una mueca que revelaba la influencia fascinadora que sobre su alma ejercía la murmuración.

—Si usted fuera á dar crédito á todo lo que se dice, Paco—añadió D. Marcelino,—pasaría la vida escuchando necedades.

—Pero, hombre de Dios, ¿quiere usted decirme á mí lo que es ese caballero? ¿Pues no le he visto soltar un tiro á una yegua que le había costado diez mil reales, porque se le encabritó cerca del puente nuevo? ¿Y no recordamos todos cuando andaba por esas calles vestido de dril blanco en el mes de Enero?

—Á mí me contó Dolores, la doncella que dejaron aquí—apuntó D.ª Feliciana,—que recién casado con Laura la obligaba á sentarse en una mecedora y él se sentaba frente á ella en otra, y pasaba horas enteras meciéndose, sin quitarla ojo.

—¡Estaría divertido, como hay Dios!... Pero eso también lo hacía D. Marcelino con usted.

—¡Ya lo creo! Nosotros los plebeyos no podemos darnos el gusto de tener extravagancias como ustedes los aristócratas.

—¡Adiós! Ya se enfadó D.ª Feliciana.

—¡Buena tonta sería en enfadarme por una simpleza como ésa! Me parece que ya debía estar acostumbrada á sus ocurrencias.

—Nosce te ipsum, D.ª Feliciana. Usted está enfadada y no lo conoce. Meta usted la mano en el pecho y se hará cargo...

—¡Cállese usted, hombre!—exclamó la señora riendo.—Á usted hay que meterlo en salmuera para que no se pierda.

—Está visto, D.ª Feliciana no puede enfadarse conmigo.

Y así era la verdad. El espíritu de aquella señora guardaba en sus adentros notables afinidades con el del jugador. Ambos se comprendían admirablemente. Para D.ª Feliciana, encerrada noche y día detrás del mostrador y ocupando todas las horas de su existencia en ir levantando poco á poco y ochavo á ochavo la fortuna de su marido, Paco Ruiz, con sus dichos picarescos, á los cuales daba realce la constante gravedad de su fisonomía, representaba el teatro, el baile, las joyas, los vestidos; todo lo que constituye el recreo y á menudo la felicidad de una mujer. Para el jugador, D.ª Feliciana era un ser despreciable, como todos los de la creación, pero que le comprendía, alcanzando el valor de sus frases. En muchas ocasiones, pues, y cuando se enredaba en los pliegues de un humorismo harto sutil, Paco se veía en la necesidad de hablar sólo para doña Feliciana. El resto de la tertulia adivinaba de un modo vago la malignidad de que estaban cargadas las palabras, pero no iba hasta el fondo de su significado.

Llegó, en esto, á la tienda un señor como de sesenta años de edad, alto, delgado, vestido todo de negro y con sombrero de copa. Y á propósito de los sombreros de copa, hay que decir que en Vegalora sólo había siete personas que lo gastasen á diario, entre las cuales se contaban el licenciado Velasco de la Cueva, el juez, D. Ignacio Valcárcel y el caballero de las patillas blancas, que ahora da las buenas noches á los presentes con una reverencia protectora que indica claramente la enorme respetabilidad de que gozaba.

—Buenas noches, D. Lino—dijo Paco.—¿Dónde ha dejado usted á Homobono?

D. Lino tosió dos ó tres veces, se sentó con mucha calma y se dignó responder al cabo de algunos instantes:

—Homobono, entregado al estudio con harto más ahinco de lo que aconseja la higiene y la prudencia, no vendrá hasta dentro de un rato.

—Tiene usted un hijo de mucho provecho, don Lino. Bien que, siendo republicano, no hay para qué añadir que es un joven excelente.

D. Lino tosió otras tres veces y dejó trascurrir bastante espacio entre la tos y el discurso.

—¿Qué se os alcanza á vosotros todavía sobre los altos asuntos de la política? Como sois unos muchachos (Paco tenía treinta años), camináis desenfrenados persiguiendo un ideal de todo punto imposible. (D. Lino vuelve á toser y prosigue su oración firme y pausadamente, como hombre que posee una renta de cinco mil duros en bienes raíces.)—¿Nunca observasteis cómo el hombre que corre mucho para llegar á un punto á menudo cae y se inutiliza y no consigue jamás su propósito? ¿Y cómo el que á su lado camina lenta pero seguramente suele dar cima á su empresa y logra ver colmados sus deseos?...

—Pero, D. Lino, ese argumento no tiene fuerza, porque...

—Espera, hombre, espera; déjame terminar; los jóvenes sois muy precipitados. (Nueva y prolongada pausa.) Pues de la misma suerte que entre estos dos caminantes el segundo es el juicioso y el primero el insensato, y el uno consigue su intento, mientras el otro derrocha estérilmente sus fuerzas y las consume, así en el gobierno de las naciones...

Enredóse una discusión política que se prolongó bastante tiempo. Repitiéronse hasta la saciedad todos los lugares comunes que á la sazón llenaban las columnas de los periódicos.

Si á D. Lino le faltase este cachito de discusión que por su edad y prestigio venía siempre á reducirse á un monólogo conservador, no tendría ganas de cenar al irse á casa. Paco Ruiz le respetaba mucho más de lo que podía esperarse de su carácter díscolo y desvergonzado, lo cual no sabemos si procedía de la amistad que le unía á su hijo Homobono ó de otra mayor razón.

Durante la discusión de Paco y D. Lino, fueron entrando en la tienda y sentándose en los bancos forrados de gutapercha algunas figuras silenciosas, que resultaron ser las del juez, don Ignacio Valcárcel, el promotor, el médico y otros dos caballeros.

Callaron buen rato y atendieron á las razones que ambos contendientes se arrojaban al rostro; pero observando su escasa ó ninguna novedad, se pusieron á hablar entre sí. D. Ignacio fué el primero que se volvió hacia sus compañeros entablando conversación.

No le gustaba escuchar, según decía, sino cuando le enseñaban algo. Por eso él, siempre que hablaba vertía raudales de ciencia enseñando á sus oyentes á qué hora se había levantado, si el chocolate le había producido algún ardor en el estómago, cuál era su paseo favorito, si las últimas botas que le hicieron habían resultado buenas, en qué postura dormía más á su gusto, etc., etc. Estos conocimientos no salían de la esfera de su personalidad. Si D. Ignacio fuera un poeta inspirado ó un gran filósofo ó un estadista notable, tendrían, á no dudarlo, bastante importancia, sobre todo cuando se tratase de escribir su biografía; pero, desgraciadamente, no sentía ninguna afición á las musas, odiaba á los filósofos, y en cuanto á la política, quedaba reducida su actividad á leer El Tiempo, por lo cual no diremos más de su carácter ni de la influencia que ha ejercido sobre su siglo.

Un grupo de mujeres, abrigadas con mantones grises y envuelta la cabeza en sereneros de estambre de varios colores entró en la tienda, animándola repentinamente con una ráfaga de saludos y movimientos desordenados. D.ª Feliciana y Carmen se levantaron y salieron á recibirlas. Hubo por breve rato besos sonoros en las mejillas, risas descompasadas y preguntas sin fin. Todas aquellas señoras querían hablar á un tiempo, todas tenían en su cabeza un mundo de pensamientos referentes á si habían salido ó no de casa el día anterior, á si habían traído el calzado fuerte por causa de la humedad, á si habían cenado primero que otras noches ó si estaban acatarradas ó no habían tenido humor para peinarse, etc., etc., que necesitaban echar fuera cuanto más antes y sin darse punto de descanso. Ya un tanto sosegadas, D.ª Feliciana propuso que se pasara á la trastienda, y allá se fueron las hembras acompañadas de Paco Ruiz, el promotor y Octavio. Los caballeros quedáronse en sus puestos. Y es fama que en toda la noche el infeliz D. Ignacio no pudo aprender nada, gracias á la prodigiosa facundia de D. Lino.

Una vez en la trastienda, que era una sala cuadrada bastante sucia, vestida de estantería de madera llena de piezas de paño y sembrada, sobre todo hacia los rincones, de multitud de objetos polvorientos y enmohecidos, las señoras se despojaron de sus abrigos. En el centro había una gran mesa cubierta con tapete azul, y colgando sobre ella una lámpara idéntica á la de la tienda. Sentáronse todos con gran algazara moviendo las sillas mucho más de lo necesario. Octavio se sentó al lado de Carmen, sin que nadie se acordase de disputarle el sitio, antes por el contrario, se observó por varias de las señoras que D.ª Feliciana, distraídamente sin duda, soltó velozmente la silla que tenía cogida al lado de la de su hija cuando nuestro joven se acercó á ella.

—Venga esa bolsa, Carmelita—dijo Paco, que andaba dando vueltas alrededor de la mesa, metiendo la cabeza entre las señoras, hablando y riendo con todas;—¿dónde la ha puesto usted?

—Ahí, en el segundo estante, á la izquierda... cójala usted.

—Señoras, yo llevo la voz cantante esta noche. Les participo que he tomado antes de venir dos huevos crudos. Ninguna de ustedes está en situación de hacerme la competencia. Daré el do de pecho y haré algunas fermatas de última novedad.

Sacó de la enorme bolsa de percal un enjambre de cartones de lotería y los dejó sobre la mesa. Las señoras se apresuraron á tomarlos y ponerlos delante de sí, uniéndolos simétricamente. Después sacó un plato de metal que quedó fijo en el centro.

—Vamos, señoras, dinero al plato—dijo doña Feliciana.

Los tertulios fueron sacando de sus faltriqueras un crecido número de monedas de cobre y otro mucho más escaso de plata.

—Yo no tomo hoy más que un cartón—dijo una señora que tenía cara de lagartija.—El domingo perdí seis reales... Ahí va un perro chico.

—Doña Demetria—apuntó Paco,—es usted muy desgraciada en el juego. Debe usted ser dichosa en amores.

—Sí lo he sido, porque nunca tuve un novio tan insignificante como usted.

—Por más que usted piense otra cosa, doña Demetria, sigo creyendo que usted y yo haríamos una pareja muy linda... Ya sabe usted que en cuanto esos labios de coral pronuncien el ansiado sí, encargo el trousseau á Madrid... ¿Le gustan las camisas abiertas, D.ª Demetria?

—Vaya, vaya, callen los novios y empiece ya á cantar—manifestó D.ª Feliciana.

—Vamos allá.

Paco empezó á remover con mucha prisa y donaire la bolsa. Las bolas de madera de boj que había dentro produjeron un ruido desagradable.

Octavio acercó la boca al oído de Carmen y le dijo suavemente en voz muy baja:

—¿Te has acordado de mí hoy?

La niña sonrió y siguió mirando para los cartones que tenía delante.

¡Hola, hola! ¿Pero el señorito Octavio es novio de la niña de D. Marcelino? ¡Quién lo hubiera pensado hace pocas horas al verle tan rendido y melifluo al lado de la condesa de Trevia! Y no es un novio cualquiera, según todas las señales, sino un novio consentido y aceptado por los padres; un novio oficial. ¡Qué bien se conoce que D. Baltasar Rodríguez ganó mucho dinero á la abogacía y aún más con algunos negocios de minas en que estaba metido! D. Marcelino poseía un buen capital, pero tenía varios hijos, mientras D. Baltasar acumulaba riquezas para uno solo. He aquí el secreto de que nuestro señorito se hallase sentado tan á sus anchas al lado de la hermosa Carmen.

—Esta noche he soñado—continuó Octavio en voz apenas perceptible—que te habías muerto. Estabas tendida sobre un lecho de hojas de laurel y sándalo y tenías ceñida la frente por una corona de azahar. Tu madre me llevó de la mano adonde yacías y me dijo: «Mira qué hermosa está; ¡si parece que está dormida!» Yo me incliné sobre ti y te contemplé algún tiempo y se me saltaron las lágrimas. Mis lágrimas cayeron sobre tu rostro y levantaste la cabeza con un movimiento rápido, «¡Está viva, está viva!» gritó tu madre...

—¡Sabes que sueñas unas cosas divertidas! Habrías cenado fuerte.

—Entonces yo me incliné aún más, mucho más, metí las manos suavemente por debajo de tu cabeza y la aproximé mucho, muchísimo á la mía. Después hice una cosa que quisiera estar haciendo á todas horas...

—¡Qué tonto eres!—dijo la niña ruborizándose.

—El once; el cuarenta y tres; el setenta pelado, y revuelvo—gritó Paco.

Mientras agitaba las bolas, todas las miradas se posaron en los dos amantes, que instantáneamente dejaron de conversar. Paco volvió á sacar y á gritar los números.

—¿Me quieres mucho?

—¿No te lo he dicho bastantes veces? Ya debías estar cansado de saberlo.

—Díme, cuando te despiertas por la noche, ¿en qué piensas?

—Yo nunca despierto por la noche, querido. En cuanto apago la luz quedo como un leño, y si alguna vez, por casualidad, despierto, al día siguiente no me acuerdo de lo que estuve pensando. Ya sabes que no soy tan poética como tú... Apunta ese diez y siete que acaba de salir... Creo que para querer bien no es necesario tener esas ideas románticas.

—Pues yo creo que sí.

—Pues yo creo que no.

—Vaya, no riñamos y mírame un poco. Tú no sabes las cosas que yo veo al través de tus pupilas azules. Lo más hermoso que existe en la creación es azul: el cielo, el mar y tus ojos. ¿No has observado qué afición tengo al color azul desde que te quiero? Mira mi traje; mira mi corbata...

—El veintiocho; el tres; el cinco; el ochenta pelado, y revuelvo—gritó Paco.

—Ya tengo terno—dijo D.ª Feliciana.—Oiga, Paco; no ha contado usted á estas señoras la escena de la llegada de los condes. ¡Si vieran ustedes qué bien imita á Laura! Es morirse de risa. Vamos, Paco, describa usted la escena.

—Sí, sí, que la describa—dijeron todos.

—Ahora estamos jugando; más tarde—repuso Paco.

—No, no, ahora—clamaron todos.

El jugador se hizo todavía un poco de rogar; pero al fin, cediendo á las instancias reiteradas del concurso, dejó la bolsa sobre la mesa y dijo á D.ª Feliciana:

—Pues bien, ofrézcame usted las rosquillas. D.ª Feliciana se levantó con la sonrisa en los labios, tomó el plato de los cuartos y se fué hacia él en ademán humilde y presentándoselo. Entonces el jugador, con modales grotescos y atiplando la voz, comenzó á remedar á la condesa de Trevia (que en aquella tertulia se llamaba siempre Laura á secas), contrahaciendo sus nobles y sencillas palabras y poniendo en caricatura sus graciosos ademanes. Los tertulios todos, exceptuando á Octavio, reían con estrépito. Paco Ruiz tomaba con la punta de los dedos, y como temiendo mancharse, una moneda del plato y figuraba morderla con mucha delicadeza, diciendo:

—Están muy buenas, D.ª Feliciana; ¿las ha hecho usted? No podía usted ofrecerme regalo mejor, señora.

Y las frases incisivas y groseras volaban de boca en boca, mientras el jugador, como un notable comediante, seguía parodiando la escena breve en la cual aquella D.ª Feliciana que ahora reía con tanto gozo, había salido á la calle toda sofocada con una bandeja de confites, prodigando á la condesa las más extremadas y serviles lisonjas. Una señora exclamaba: «¡Ya lo creo que estarían buenas! ¡Que se acuerde de las que comía en casa de su padre!» Otra decía: «¡Vaya por Dios, señor; yo con estas cosas me mareo!» Más allá murmuraba una vieja: «¡Qué mundo éste y cuántas vueltas da!» Y todas ellas hacían coro con sus risas maliciosas y sus dichos punzantes á la mímica del jugador, el cual, así que concluyó de representar la escena, volvió á coger la bolsa y dijo como hablando consigo mismo en tono entre compasivo y desdeñoso: «Á esta pobre Laura le sienta el condado como á un Cristo un par de pistolas». Las señoras le miraron con respeto y rieron discretamente este chiste que cerraba la serie de los pronunciados con tal motivo. Octavio dijo á Carmen en voz baja pero irritada:

—¡Parece mentira que te rías de estas payasadas!

La niña le miró con ojos muy abiertos y asombrados, como si no acertara á comprender la posibilidad de que fuese malo y feo lo que solazaba á tanta gente respetable. Desde que tuviera uso de razón no había escuchado en su tienda otras conversaciones.

—El treinta y dos; el siete; el setenta y uno; la niña bonita...

—Es decir, Carmen—sopló Octavio al oído de su novia, la cual le pagó con una mirada risueña que sin duda significaba: «¡Acabaras de decir algo de provecho!»

—Los anteojos de Mahoma; el uno; arriba y abajo...

—¡Alto! ¡alto! ¡alto!—exclamó atropellándose una señora que tenía una verruga en la nariz y gastaba sortijas de pelo en las sienes.

—Ya principia D.ª Faustina—exclamó D.ª Feliciana con mal humor.—¡Bendito sea Dios, señora, qué suerte tiene usted!

Mientras se confrontaban los números del cartón con los de las bolas que se hallaban esparcidas encima de la mesa, tarea que duró buen rato, porque Paco se complacía en atormentar á la afortunada señora, los amantes no cruzaron la palabra. Cuando el jugador volvió á agitar la bolsa comenzó otra vez su arrullo suave.

—Te voy á pedir una cosa.

—¿Qué es?

—¿Me la concederás?

—Díme antes lo que es.

—No, no; quiero que me digas primero si has de concedérmela.

—Mientras no sepa de qué se trata, no te lo puedo decir. Ya comprendes que si es una cosa que no deba concederte...

—Pues bien, te lo diré; dame un zapatito tuyo.

—¡Ave María Purísima! ¿Y para qué quieres tú eso?

—Para tenerlo guardado siempre como una reliquia en un cofrecito de cristal y ponerlo al lado de mi cama; para sacarlo cuando me vaya á acostar y acordarme de ti y darle un millón de besos...

—¡Calla, calla!—exclamó la niña sonriendo ruborizada.

—El diez y seis; el treinta y nueve; el setenta pelado, y revuelvo.

—¡Jesús, qué setenta—interrumpió D.ª Demetria;—ni una sola vez deja de salir!

—¿Me lo concederás, hermosa?

—No.

—¿Por qué?

—Porque es una suciedad... Apunta ese cuarenta y nueve.

—Todo es límpido y bello tratándose de ti.

—¿Te figuras que soy cuerpo santo? Espera, espera un poco—dijo mirando para los cartones de Octavio;—has dejado pasar el trece sin dar el alto.

—¿Qué es eso? ¿qué es eso?—preguntó doña Feliciana introduciéndose en la conversación.

—Que Octavio ha dejado pasar el trece que le faltaba sin dar el alto.

—Pues ahora ya no tiene derecho—exclamó precipitadamente y lanzando miradas ansiosas al plato D.ª Faustina.

—¿Y por qué no la ha de tener, si estaba distraído?—repuso D.ª Feliciana.

—Pues por lo mismo; el juego es juego y se ha de atender á él con formalidad.

—No se apure usted tanto, señora, que no es puñalada de pícaro. Si tuviera los cinco sentidos puestos en el cartón, como usted, no le sucedería eso.

—No se necesita tener puestos los cinco sentidos para apuntar los números que salen, y es triste gracia que, porque una persona se distraiga, los demás suframos las consecuencias.

—Más triste es la gracia de ganar una lotería y que otro se la lleve.

—Mire usted—dijo Paco al oído de la señora que tenía á su lado—con qué energía defiende D.ª Feliciana los perros chicos de su yerno.

D.ª Feliciana comprendió por el movimiento de los labios del jugador y por la sonrisa de su compañera que había servido de tema á una burla, y no dijo otra palabra. El juego continuó y volvió á escucharse el cántico de los números en medio de religioso silencio. Al cabo de unos instantes D.ª Faustina dió el alto.

Considere el lector lo que entonces pasó por el corazón de D.ª Feliciana. Si no fuese porque Paco la miraba fijamente y sonriendo, es seguro que aquella noche D.ª Faustina hubiera oído las verdades del barquero. Otras cinco veces entraron de golpe las bolas de boj en la bolsa, y otras tantas salieron una á una y con pausa. Con la vista fija en los cartones y un grano de maíz entre los dedos, los tertulianos permanecían silenciosos y atentos, excepto nuestro señorito que á menudo se inclinaba hacia la oreja nacarada de Carmen para decirle algunas palabras. Aunque parezca mentira, aquel senado gozaba placeres infinitos mientras alguno de sus miembros no gritaba «¡alto! ¡alto!» El único que se aburría soberanamente era Paco, quien procuraba ostentar su aburrimiento y presentarlo á la tertulia como un nuevo derecho á su gratitud y admiración. Su grito bronco y desafinado llegaba perfectamente hasta la tienda y hacía sonreir á los padres graves en los momentos de silencio. La charla de éstos sólo llegaba á la trastienda cuando degeneraba en disputa. Á las diez se levantó una señora diciendo que era muy tarde. Las demás lograron convencerla de que debía esperar la última lotería. Cuando concluyó, todos empujaron los cartones hacia adelante. Paco comenzó á tirar granos de maíz á las señoras, que se alborotaron como gallinas en el corral, y muertas de risa dispararon iguales proyectiles contra el agresor, quien, haciendo muecas y contorsiones cómicas, fué á refugiarse en un rincón de la estancia. Mientras tanto Octavio separaba un lápiz de oro que pendía como dije de la cadena de su reloj, y volviendo un cartón del revés escribió estas palabras: «Adiós, dueño mío; voy á pensar en ti». Después presentó el cartón á su novia. La niña se rió, y pidiéndole el lápiz comenzó á borrar lenta y cuidadosamente lo escrito.

—Vaya, vaya, que es muy tarde—dijo con impaciencia la señora que primero se había levantado.

Empezaron á ponerse los abrigos. Paco tomó el serenero de una señora, se envolvió la cabeza con él y salió de esta traza á la tienda, donde fué recibido con risas protectoras y benévolas. Las señoras á su vez chillaban y soltaban carcajadas agudas que provocaban á reir. Hubo, lo mismo que á la entrada, apretones de manos, besos sonoros y mucho ruido. Todas las damas hablaban á un tiempo. Octavio aprovechó la confusión para mandar un beso á su novia con la punta de los dedos. Por fin el bullicioso grupo salió á la tienda, y de allí, después de haber tomado en su compañía la parte masculina de la tertulia, á la calle. En la puerta encontraron á Homobono Pereda, que era un muchacho de veintidós años con las piernas torcidas y cara de niño llorón. En Vegalora le llamaban el Feto. Acababa de concluir la carrera de Filosofía y Letras en Madrid y tenía ya escrito y publicado un volumen sobre los Orígenes de la vida; otro, que comprendía sólo la parte general, sobre el Libre albedrío, y un folleto de sesenta páginas titulado ¿Adónde vamos? en el cual se esclarecían de todo en todo las más famosas teorías y sistemas que han nacido para defender la inmortalidad del alma. D. Lino deploraba en público «las ideas extraviadas y los sueños» de su hijo, pero en realidad no dejaba de considerarlo como un milagro y como á tal lo sacaba á pasear casi todas las tardes por la villa, ofreciéndolo á la admiración de sus convecinos con la misma unción que el sacerdote al presentar el Santísimo Sacramento á la vista del pueblo.

—¡Á buena hora llega usted!—dijeron á un tiempo dos señoras, así que vieron á Homobono.—De seguro estaría usted estudiando... Los libros le sacan á usted loco.

—No lo crean ustedes—repuso el Feto ruborizándose.—No hice más que entretenerme un rato... Pensaba venir á jugar, pero se me pasó la hora sin saber cómo... Aunque ya era tarde, como estaba fatigado, salí á tomar un poco el fresco... Tengo la cabeza como un horno...

—Eso no puede ser bueno, Homobono—dijo una señora.

—Se está usted matando—añadió otra.

—Todos los extremos son malos—apuntó una tercera.

—¡Sí, sí, estudia, querido,—exclamó Paco Ruiz,—que ya verás cómo te paga este país!

D. Lino sonreía bienaventuradamente diciendo al promotor «que bueno era estudiar; que brutos demasiados había en Vegalora». El grupo siguió marchando por las calles oscuras y mal empedradas, riendo cuando alguno tropezaba y charlando animadamente. Poco á poco se fué reduciendo el pelotón por ir deteniéndose cada cual á la puerta de su casa. Octavio no se fué á la suya hasta después de acompañarlos á todos. Ya sabemos el trabajo que le costaba despedirse de un concurso. Cuando llegó á ella, su madre le esperaba y la cena también. D. Baltasar se había ido á la cama. Durante la cena, madre é hijo hablaron como dos amigos en tono discreto y confidencial. No diremos lo que hablaron, porque se va haciendo muy largo este capítulo. Sólo apuntaremos que Octavio llevó casi todo el tiempo la palabra y que su madre le escuchaba atentamente y con satisfacción. Los ojos de D.ª Rosario expresaban un orgullo inocente al posarse sobre el rostro de su hijo, mas lánguido y ojeroso que de costumbre.

Finalmente, entróse nuestro mancebo en el cuarto donde por la mañana le encontramos, y mientras se desnudaba perezosamente y arreglaba con voluptuosidad las cortinas del lecho, no dejó de pensar un instante... ¿En quién, en quién pensaba el hijo único de D. Baltasar Rodríguez? Las palabras fugaces que se le escapaban una que otra vez de los labios eran incoherentes. Sólo cuando alzó la ropa del lecho y metió una pierna dentro se le oyó claramente decir: «¡Que elegancia, qué distinción!» Y más tarde, cuando apagó de un soplo la luz de la bujía y se zambulló en las sábanas, también se le oyó murmurar: «Muy linda: tiene un tipo ideal, pero ¡es tan cursi la pobre!»

VI Un día más.

LA doncella que á la mañana siguiente entró en el dormitorio de la condesa de Trevia hizo el menor ruido posible al entreabrir los balcones. Dirigió una mirada triste y compasiva al lecho de su señora y salió sobre la punta de los pies como había entrado. La condesa se incorporó y estuvo buen rato paseando la vista por los objetos que en torno suyo yacían con insistente y extraña curiosidad, como si la hubiesen trasportado durante el sueño á un paraje que jamás hubiera visto. Tenía las mejillas encendidas: sus ojos brillaban de un modo sombrío debajo de la primorosa cofia que mantenía prisioneros los cabellos. Bien se echaba de ver que no había despertado en aquel momento. El sueño dulce de la juventud no arrebata de tal suerte las mejillas; no infunde en los ojos semejante brillo ni deja, sobre todo, tal expresión aciaga sobre el rostro.

Por delante de aquellos ojos inmóviles y resplandecientes como el acero bruñido había desfilado durante la noche una procesión de fantasmas. La mirada de Laura guardaba aún restos del terror y el extravío que las visiones infunden en el alma.

¿Qué había pasado aquella noche? Sería lo que otras veces. Porque la joven condesa, en los años que llevaba de matrimonio, había visto desfilar muy á menudo sobre su lecho la misma procesión de fantasmas pálidos. Un criado indiscreto dijo al cabo de algún tiempo á un vecino de Vegalora que aquella noche había visto por la rendija de una puerta á la condesa de rodillas ante miss Florencia. El conde, con el rostro más pálido que nunca, los brazos cruzados y un poco tembloroso, estaba en pie mirándola fijamente. Antes había percibido en el gabinete de sus amos ruido de pasos precipitados, voces y gemidos.

La condesa concluyó por fijar su mirada extraviada en el brazo que tenía fuera de la cama: hizo un gesto de dolor, sacó el otro que tenía entre sábanas, y suave y lentamente empezó á recoger hacia arriba la manga del primero. La tenue camisa de batista fué poco á poco arrollándose en torno de aquel brazo como un turbante. Los hechizos de aquel brazo, prodigio de elegancia y blancura, iban quedando al descubierto sin recibir el homenaje de admiración que un escultor le hubiera seguramente otorgado. Cesó de dar vueltas. En una de ellas apareció sobre el fondo blanco y lustroso una gran mancha morada con bordes amarillentos. Laura, al ver aquella mancha, no pudo reprimir un leve gesto de espanto. Después siguió con la vista clavada en ella larguísimo rato con la misma expresión de extravío ó indiferencia. Poco á poco se fueron contrayendo sus labios y dejaron paso á una sonrisa dura y cruel como nunca se había visto en su cándida boca. Y detrás de esta sonrisa quiso percibirse, allá en el fondo de la garganta, una risa apagada, nerviosa, amenazadora, como jamás tampoco había salido de su pecho. Todas las almas, hasta las más puras, se sienten acariciadas en algún instante de la vida por el crimen. La condesa sentía ahora sobre la frente su beso ardoroso, maldito. Separó los ojos de la mancha morada y los movió siniestramente en todas direcciones. Parecía buscar la víctima. Dejó vagar sus manos crispadas sobre la cama, apretando con fuerza la ropa. Quizá buscaba el arma.

Pero ni la víctima ni el arma se mostraron. En vez de ellas, tropezaron sus ojos al pasar por la ventana con los almenados riscos de la Peña Mayor, que flotaba á lo lejos en el éter azul. Pocas veces apareció tan pura y limpia de vapores como en aquel momento. La mañana era espléndida. El sol había madrugado mucho, señal cierta de que á la tarde se nublaría. Los contornos de la Peña Mayor y de sus compañeras parecían dibujados sobre el gran lienzo del firmamento por un pincel monstruoso. Laura miró otra vez á la mancha del brazo y otra vez levantó la vista hacia las altas montañas del horizonte. El odio y la ira que habían enturbiado sus claras pupilas se fueron disolviendo y tornaron á aparecer en ellas las purezas y hermosuras del fondo. No tardaron en nublarse de lágrimas y aun en dar paso á un torrente de ellas que le abrasaron las mejillas, refrescándole el alma.

Vistióse con pausa, sin pedir auxilio á la doncella, y arrastrando un poco los pies, que iban calzados con unos pantuflos de raso amarillo, se acercó á la ventana. Las mañanas son frescas en este país hasta en el mes de Junio, y los cristales se habían empañado. Se puso á escribir distraídamente sobre ellos con su dedo rosado. Primero escribió su nombre varias veces. Después trazó el de su niña «Emilia»; después el de su hijo mayor «Pepito». Las letras despedían hermosos reflejos azules. El dedo de la condesa, al trazarlas, producía débil chirrido. Quedóse un instante pensativa. De pronto escribió rápidamente con caracteres casi ininteligibles sobre el cristal el nombre de «Carlos». Era el de su marido. Y al instante, rápidamente también y con cierta ansiedad feroz, puso la palma de la mano sobre él y lo hizo desaparecer. Quedó limpio el cristal. La Peña Mayor, bañada ya por la luz del sol, dejóse ver risueña y serena como nunca.

Hizo llamar á sus hijos, y pasó más de una hora jugando con ellos como una niña. El que la hubiese visto retozar locamente y correr de un lado á otro, ora ocultándose de Pepito, ora persiguiendo á Enriqueta, ora llevando entre sus brazos á Emilia para sustraerla á las caricias de sus hermanos, no imaginaría seguramente que pocos momentos antes derramaba copioso y amargo llanto. Una de las propiedades que caracterizaban á la joven condesa era el pasar fácilmente del pesar á la alegría. Su naturaleza sana y equilibrada rechazaba el dolor, como los organismos rechazan siempre los cuerpos extraños. Aquella sangre, henchida de juventud, que discurría por sus venas azuladas, tiñendo de carmín las mejillas y latiendo poderosa en las sienes, tenía fuerza bastante para ahogar los negros fantasmas de la imaginación. Era el suyo un temperamento feliz que sólo muy tristes y odiosas circunstancias podían volver desgraciado.

Después que los niños fueron á estudiar sus lecciones se puso á escribir una carta. Antes de terminarla recibió la visita de su hermana Matilde, que habitaba como señora la casa de Estrada. Sus padres habían fallecido y también una de sus hermanas. Otra, llamada Ángela, se había casado con un ingeniero belga y se había ido á establecer á Andalucía. Matilde era la única que vivía en el país, casada con un muchacho más alto y fornido que rico, gran bebedor y jugador de bolos, que poseía los instintos groseros y viciosos de un labriego y los humos nobiliarios de un mayorazgo. Tenían ya siete hijos, y aunque Laura y Ángela les cedieran su parte de herencia, criábanlos más pobremente aún que D. Álvaro había criado á los suyos. Raro era el año que no vendían alguna finca ó tomaban á préstamo dinero para cubrir el déficit de sus ingresos.

Charlaron mucho, muchísimo. Laura no se cansaba de acariciar á su hermana y de contemplarla con ojos ansiosos y húmedos. Recorrieron toda la casa. Matilde quiso ver las ropas y objetos de Laura, y ésta, por complacerla, se tomó la molestia de mostrárselos, sin notar las miradas penetrantes y codiciosas que aquélla posaba sobre ellos, ni la sonrisa de despecho que vagaba por sus labios. Las telas deslumbrantes que derramaban un perfume delicado, los encajes costosísimos y los mil primores de todas suertes que iban saliendo de los baúles, despertaban en Matilde la sensualidad y concupiscencia de su naturaleza aldeana. ¡Cómo se hubiera reído de quien le dijese que su hermana, la opulenta condesa de Trevia, era más desgraciada que ella!

Almorzaron en el palacio, y gracias á esta circunstancia hubo conversación en la mesa. Poco después de tomar el café, Matilde rogó que sacasen los caballos de la cuadra, pues había dejado á los pequeños con la criada y estaba inquieta. Y montando con más arrojo que donaire y acompañada de su robusto marido, partióse al trote corto, y es fama que durante el camino no dirigió la palabra á su consorte.

Volvió Laura á la soledad de su cuarto. El día seguía despejado y caluroso. Era la hora de la siesta. Los ruidos del campo se habían apagado por completo. En la casa no se escuchaba más que la conversación de los criados que departían ó altercaban en la cocina y el choque de la vajilla al ser limpiada. Después de permanecer un rato apoyada en la ventana, resolvióse á salir, no sin haberse procurado una sombrilla y tomar su álbum de dibujos y algunos lápices. Cuando salvó la huerta con ligero paso, el calor había alcanzado su grado máximo. El sol relucía iracundo en las alturas con grandes ansias de reducir á cenizas todos los verdores del valle. El viento perezoso no les daba ayuda con leve y fresco soplo siquiera. Los árboles, las hierbas, las plantas y las flores sufrían á pie firme aquel chubasco de rayos con dignidad y resignación. Puesto que no hay otro remedio, parecían decir, dejémonos tostar por ese bárbaro, esperando mejores tiempos. Algunas hojas más pequeñas que las otras no podían resistir aquel infierno y se doblaban y retorcían como pacientes en el tormento.

La condesa avanzaba por la huerta. La sombra desmesurada de su quitasol corría como densa nube por encima de los cuadros de hortaliza. Algún pájaro que venía jadeante á refugiarse entre los árboles proyectaba también su monstruosa silueta al pasar. Abrió la puerta de la pomarada, y entrando en ella la recorrió á lo ancho hasta dar con su mano en el pestillo de otra puerta de madera. Detrás de ésta había un vasto campo poblado de castaños que estaba en declive y era también pertenencia de la casa. Empezó á subir por él lentamente, apoyándose en el quitasol que ya había cerrado. Parábase de vez en cuando á tomar aliento con pretexto de contemplar el valle que se iba desplegando á sus espaldas con infinitos tonos verdes que la luz del sol matizaba. Cuando se sintió incapaz de seguir, buscó con la vista el castaño más grande y frondoso y fuése á sentar debajo de él. Dejó pasear su mirada serena por el hermoso panorama que tenía delante. El Lora, como una cinta de plata bruñida, desarrollábase á sus anchas por la parte llana. Las montañas mostraban á lo lejos sus faldas de terciopelo verde.

Por último abrió el álbum, y tomando el lápiz se puso á dibujar el tronco añoso y retorcido de un árbol cercano. Embebecida en su trabajo no escuchaba el crujir de la hierba que no muy lejos de allí estaban segando. Al cabo de poco tiempo una voz fresca de barítono entonó con pausa las primeras notas graves de uno de los cantos del país. Laura dejó reposar el lápiz: le parecía conocer aquella voz y aquel canto. Sintió vibrar en su corazón los ecos perdidos de aquella balada triste y monótona como todas las que resuenan en los valles del Norte. En otro tiempo lejano, muy lejano, esas mismas notas, suaves como el arrullo de la tórtola y prolongadas como el rumor del río, habían pasado muchas veces por la garganta de una niña cándida y alegre á quien todos besaban y llamaban de tú, trasformada después en ilustre dama.

Cuando el canto hubo cesado, se levantó y empezó á caminar hacia el sitio de donde saliera. No tardó mucho tiempo en ver desde el bosque donde se hallaba un prado extenso que le seguía. En medio de él una cuadrilla de segadores inclinados hacia la tierra movían sus brazos á compás. Cerca de ellos, en pie, estaba un joven vestido de dril azul y sombrero de paja. Era nuestro conocido Pedro, que vigilaba los trabajos de la gente y los dirigía. Podría tener unos veinticinco años de edad. Era de mediana estatura, robusto y bien formado, de rostro moreno y expresivo, con grandes ojos negros y cabello crespo y enredado. No había nacido en la Segada, sino muy cerca de la casa de D. Álvaro Estrada. Tocóle ir de soldado á los veinte años y consiguió llegar á sargento muy pronto por su buena conducta y rápida comprensión. Cuando volvió á su país, hacía poco más de un año, había perdido el hábito de trabajar en las faenas del campo, aunque ganara mucho en el manejo de la pluma y buenos modales. Por influencia de Matilde y su marido entró como administrador subalterno de la casa de Trevia, habitando en el palacio de la Segada y dependiendo del administrador general, que residía en la capital de la provincia.

La condesa se fué acercando al sitio donde estaba la cuadrilla. Al verla todos suspendieron el trabajo: apoyados en la guadaña quedáronse contemplándola mientras Pedro corrió hacia ella con el sombrero en la mano.

—¿No tiene usted miedo al calor, señora condesa?

—No; viniendo preservada del sol no es tan grande. Ponte el sombrero. Al parecer, pronto segaréis el prado.

—Pensábamos darlo por concluído esta tarde.

—Mucho es, sin embargo.

Llegaron cerca de los segadores, que la saludaron llevando las manos á los sombreros, boinas y monteras, que de todo había. La condesa pasó la vista por aquellos rostros atezados y cubiertos de sudor que sonreían rústicamente sin quitarla ojo.

—Mal día tenéis, amigos míos—dijo movida á compasión por la fatiga que revelaban.

—La luna nos incomoda un poco, señora—respondió un viejo sonriendo,—pero ya estamos acostumbrados.

Los compañeros rieron, y la condesa también, por complacencia.

—Mira, ven á mostrarme el establo: así nos libraremos un poco del calor.

—Como guste la señora.

El establo se hallaba en la parte superior del prado. Era un edificio construído con poco esmero, compuesto únicamente de una gran pieza al nivel de la tierra para el ganado, y otra encima de ella para guardar la hierba. Pedro corrió el cerrojo de una gran puerta pintada con almagre y la abrió de par en par. El vaho que despedían los animales les calentó el rostro. Las diez ó doce vacas que había dentro acostadas sobre hojas de castaño y rumiando con sosiego volvieron lentamente la cabeza para mirar á la puerta. Una de ellas, más medrosa que las otras, se puso en pie. La condesa aspiró aquel ambiente denso y húmedo con más placer que los perfumes de su tocador.

—¿Cómo se llama esa vaca que se ha levantado?

—Cereza.

—¡Qué hermosa es!

Entró en el establo y dió algunos pasos hacia ella.

—¡Cuidado, señora, que es un animal muy torpe!

Pero la condesa no hizo caso. Llegó hasta la vaca, la cual sacudió la cabeza y lanzó un resoplido con señales de susto.

—¡Cuidado, señora, cuidado!—volvió á exclamar Pedro.

La condesa, sin vacilar, puso su diminuta mano sobre el testuz del animal; después lo cogió por un cuerno, y, por último, empezó á acariciarle el hocico. La vaca al principio sacudía la cabeza, hacía sonar la cadena que la sujetaba; mas pronto se dió á partido, contentándose con soplar fuerte y abrir mucho los ojos. Al fin, vencida de gusto por las caricias, extendió la cerviz y lamió con su áspera lengua la mano de la señora.

—Ya ves que no hay por qué tenerla miedo—dijo riendo y secando la mano con el pañuelo.

Pedro la contemplaba con sorpresa.

—Éstas son las crías, ¿verdad?—dijo apuntando para unas cuantas becerras sujetas á otro pesebre más chico.

—Sí, señora; ahora no hay más que tres, pero muy pronto tendremos otras dos.

—¿Cuánto tiempo tiene esta pequeñita?

—No tiene más que un mes. Nació el 27 de Mayo.

—¡Qué cosa tan linda! ¡es una monada!

La becerra se puso á dar brincos y á tirar de la cadena cuando se acercaron á ella. Una de las vacas volvió rápidamente la cabeza y lanzó un débil mugido.

—¡Mira, mira la madre cómo nos riñe! La pobrecilla cree que vamos á hacer daño á su hija. No tengas cuidado—exclamó dirigiéndose á ella, que no la tocaremos.

La vaca, como si quedase satisfecha con aquellas palabras, dejó de mirar á la cría y siguió ruminado tranquilamente.

—¡Qué animalitos de Dios! Son como nosotros.

—Y á veces mejores que nosotros—respondió Pedro.

—Y á veces mejores que nosotros—repitió la condesa, por cuyos ojos pasó una nube que apagó un instante su brillo.

Salieron del establo cuando venían hacía él algunas mujeres con cargas de hierba en la cabeza.

—¿Vais á meter la hierba en el pajar?—les preguntó.

—Sí, señora; la que traemos ya está seca.

—¿Queréis que os ayude?

Todas se echaron á reir. Una de ellas, más atrevida que las otras, respondió:

—Sí, señora; súbase al pajar y recoja la hierba que nosotras le daremos.

Pedro alzó una escalera de mano que estaba en el suelo y la arrimó á la abertura del pajar, subiendo inmediatamente por ella.

—¿Se atreve usted á subir, señorita?—dijo desde arriba.

—Mira si me atrevo—contestó su ama al tiempo que ascendía por la escala con soltura y decisión.

Pedro la tomó por la mano al tiempo de poner el pie en el pajar. Estaba éste mediado de hierba. Laura se dejó caer sobre ella pesadamente, aspirando con voluptuosidad el aroma fresco del heno, del tomillo, saúco silvestre y otras hierbas aromáticas que se crían en los prados de la montaña; después se levantó y se puso á dar vueltas de un lado á otro, hundiéndose hasta la rodilla. Esto le placía sobremanera, á juzgar por la sonrisa feliz que contraía sus labios. El pajar estaba solamente cubierto por las tejas. Como éstas no ajustaban herméticamente, por los claros que dejaban penetraba la luz, que por breves intervalos hería el rostro de la condesa.

—Yo me colocaré á la ventana y recibiré la hierba que me den las mujeres. Usted, señorita, ¿quiere ser la encargada de esparcirla?

—Sí, sí; estoy dispuesta á trabajar mucho; empieza cuando quieras.

—Pues á ello; ¡eh! tú, Rosaura, sube esa carga.

Una mujer subió hasta la mitad de la escalera de mano; desde allí entregó su carga á Pedro, que después de desatarla comenzó á tomar grandes brazados de hierba y á arrojarlos con fuerza hacia el sitio donde se hallaba la condesa, que á su vez la tomaba también y la iba esparciendo convenientemente. Al poco tiempo de ejecutar esta tarea, algunas gotas de sudor empezaron á correr por su frente.

—¡Si vierais cómo trabaja la señora condesa!—dijo el mayordomo á las mujeres de abajo.

—Así, así; hoy ganará su jornal—respondió una.

La condesa reía. Tenía ya las mejillas encendidas como la grana. Toda su sangre de aldeana parecía fluir á ellas velozmente cansada de agitar el corazón.

—¿No está usted fatigada, señorita?

—No, no; adelante.

—Pronto concluiremos; faltan solamente tres cargas.

Aunque no quería confesarlo, se hallaba horriblemente fatigada. Sus hermosos brazos, que se trasparentaban dentro de la bata sutil que los cubría, se iban moviendo cada vez con menos soltura: tenía la boca entreabierta y respiraba aceleradamente. Al encendido encarnado de las mejillas había sucedido cierta palidez, sobre todo en los labios y en el hueco de los ojos. Cuando Pedro dijo «ya hemos concluído», se dejó caer como una piedra, exclamando:

—¡Qué atrocidad! ¡Cómo me he cansado!

—¿La habrá hecho á usted daño, señorita?—preguntó el mayordomo con solicitud.

—No, no; esto pasará en seguida.

Poco á poco, en efecto, fué desapareciendo la palidez del rostro, que volvió á teñirse de vivo carmín. Los labios se fueron plegando para ocultar las dos filas de primorosos dientes que habían mostrado hasta entonces. Con el pañuelo se enjugaba el sudor del rostro y cuello. Tenía la cabeza cubierta de hierbas y hojas menudas que se habían enredado en el cabello. De vez en cuando levantaba con la mano los rizos que le caían por la frente.

Después de una pausa bastante prolongada, fijó sus ojos con insistencia en Pedro, que se había sentado á su lado, y aun estuvo de este modo algún tiempo sin hablarle. Al cabo le preguntó:

—¿Eras tú el que cantaba hace poco?

—¿Dónde, en el prado?... Sí, señora.

—¡Cuántas veces habré cantado yo ese romance!... En mi casa lo llamaban el romance de Laura. Tú eras muy niño, pero tu madre se acordará seguramente de habérmelo oído.

—También yo me acuerdo.

—¿De veras? Debías de ser una criatura. Cuando me casé todavía ibas á la escuela. Me acuerdo de verte pasar por delante de casa con el cartapacio de cuero colgado al cuello. ¿No teníais la escuela en el atrio de la iglesia?... Sí, sí; lo recuerdo perfectamente. El maestro era un aldeano bastante bárbaro. Mi madre reñía con él algunas veces por lo mucho que os maltrataba. Tú eras muy guapo de chico, pero también muy travieso. Un día pasó un muchacho por delante de nuestra puerta con la cara ensangrentada y nos dijo que tú le habías golpeado. Mi padre se incomodó mucho...

—¿Era un hijo del tío Pepe, de la casa de abajo?

—Me parece que sí.

—Pues le pegué porque estaba pinchando con un alfiler á una niña de menos edad que él, hija de Telesforo el tabernero. No se me olvida que caimos los dos rodando en el barranco que hay junto á la iglesia. Me acuerdo bien, porque aquel día me puso el cuerpo el maestro lo mismo que una criba.

—¡Qué bruto!... Pues otra vez un criado de casa te quiso meter miedo cuando ibas al oscurecer á la iglesia á tocar la oración, disfrazándose con una sábana á modo de fantasma... ¡Pero bueno eras tú para dejarte meter miedo!... Así que estuvo cerca tomaste una piedra y se la tiraste á la cabeza con la mayor frescura. Vino descalabrado para casa, jurando que se las habías de pagar.

—Pues yo, señorita, me acuerdo de usted en aquel tiempo como si la tuviera delante de los ojos. ¡Qué divertida y jaranera era usted! Donde usted estaba no podía haber mal humor, y en todos los horuelos y esfoyazas se aguardaba á la señorita Laura como al agua de Mayo. Oía decir en mi casa y en todas partes que no había corazón como el suyo: así que la quería más que á ninguna de sus hermanas. Después tuve motivos para quererla mucho más, porque hizo usted por mí una cosa que no la olvidaré mientras viva, así viva mil años.

—No recuerdo...

—Pues yo lo tengo bien presente. Mi padre, como usted sabe, señorita, hacía almadreñas, y de eso vivíamos. Marchaba por la mañana al monte y solía venir á la tarde. Los jueves iba á Vegalora á vender las almadreñas. Yo acostumbraba á llevarle la comida al monte. En una ocasión mi madre había estado enferma y en la cama algunos días, y tomó algunas medicinas que yo le fuí á buscar. Al parecer se gastó en ellas el único dinero que había en casa, porque me acuerdo bien que un martes á la hora en que yo solía ir al monte con la comida, me dijo mi madre: «No tengo que mandar á tu padre; el tabernero no quiso fiarme el pan ni darme un poco de manteca para componer las patatas. Díle que si tiene algunos cuartos te los dé. Á mí me proporcionará un poco de caldo la tía Prudencia y tengo bastante». Marchéme al monte y hallé á mi padre trabajando con mucho afán. Cuando me vió llegar sin la cesta me preguntó: «¿No me traes la comida?» «Mi madre me dijo que no tenía que mandarle; que si usted tenía algunos cuartos me los diera para comprar pan.» Llevó la mano al bolsillo, pero no sacó nada de allí, y me dijo con una alegría que yo comprendí que era fingida: «No hay necesidad de ir por pan; no tengo hoy ganas de comer; conque á trabajar, amigo mío». Y se puso, en efecto, á manejar el hacha con nuevo afán. Yo, entre tanto, empecé á corretear por las cercanías, sin sospechar que mi padre no había tomado alimento desde el día anterior. No obstante, me hice cargo pronto de que su ardor iba cediendo y las fuerzas le abandonaban poco á poco. Movía los brazos con dificultad y á menudo se detenía para tomar aliento. Sin darme cuenta de ello, cesé de enredar y me fuí acercando á él, mirándole en silencio. Al cabo de un rato dejó caer el hacha de las manos y fijó en mi una mirada de angustia que aún tengo clavada en el corazón. «No puedo más, Pedro; tengo hambre», me dijo. Yo no sé lo que pasó por mí entonces, señorita. Se me hizo un nudo aquí, en la garganta, como si fuese á ahogarme. Se me figuró que todas las cosas daban vueltas á mi alrededor, y sentí dentro del pecho un frío particular, que nunca más volví á sentir. De repente me acuerdo que eché á correr como un loco por el monte abajo, sin saber adónde marchaba. Como no seguía la vereda, me iba destrozando los pies con la retama y las zarzas; pero no lo notaba. No veía nada. Las lágrimas me nublaban los ojos; pero corría, corría cada vez con más furor, y sin saber cómo ni de qué manera, me encontré delante de su casa. Estaba usted sola al balcón cosiendo, y recuerdo que la dije temblando de miedo: «Señorita, mi padre tiene hambre; déme usted una limosna, por Dios». Me miró usted con mucha sorpresa, y me dijo: «Aguarda un instante». Al poco tiempo bajó usted á la calle, se enteró de lo que pasaba, y me dió una peseta, diciéndome: «Anda, ve á comprar pan, y corre á llevárselo». No había necesidad de advertírmelo. Partí como una exhalación á la taberna, compré un pan y un buen pedazo de queso, y subí dando brincos y trepando como un corzo al sitio donde estaba. Cuando me vió con el pan y el queso en la mano, lo primero que hizo fué preguntarme: «¿Quién te dió eso?» «La señorita Laura.» «Que Dios se lo pague y se lo represente de gloria en el cielo.» Después se puso á comer con un ansia que partía el corazón. «Come tú también, hijo mío», me dijo al poco tiempo, «Ya me dieron de comer abajo», le respondí. Era mentira. Yo tampoco había tomado nada aquel día, pero quise que mi padre comiera lo que le hacía falta. Cuando bajé, tragando unas cortecillas que había dejado, y la vi á usted otra vez en el corredor, le juro que me pareció más hermosa que la Virgen. Quise darla las gracias; pero no fuí capaz de decir una palabra. Pasé con la montera en la mano, sin dejar de mirarla. Algo debió usted conocer en mis ojos, porque se sonrió y me saludó con la mano.

—¡Pobre Pedro!

—Los perros no olvidan la mano que les ha acariciado una vez. El hombre que olvida los beneficios es peor que un perro.

—Después que yo me fuí has estado en el servicio, ¿verdad?

—Sí, señora; me tocó la suerte. Cuando me marché, la víspera de San Antonio, creí que todos estos picachos se me venían encima. Iba más triste que la medianoche. Este pobre Canelo que usted ve aquí era entonces un cachorrillo, y me siguió más de cuatro leguas, hasta que tuve que pegarle para que se volviese; pero después de pegarle, todavía me seguía de lejos. Entonces hice que lo atasen y lo llevasen á Vegalora. En mi casa no podían mantenerlo: se lo dejé á un amigo panadero que tengo en la villa. Así que perdí de vista estas montañas, ya me sentí otro hombre, y canté y retocé como los demás. ¡Qué palos me tienen costado estos retozos! Había un sargento en mi compañía que nunca prevenía las cosas más que una vez. Decía que él no era reloj de repetición. Á la segunda hablaba con el garrote. Pues, á pesar de santiguarnos de lo lindo, no le queríamos mal, porque era hombre franco y nunca delataba á nadie. En una acción cayó herido á mi lado: yo lo cogí y lo llevé sobre las espaldas cerca de una hora, hasta encontrar una barraca, donde murió á las pocas horas.

—¡No habrás pasado pocos trabajos, Periquillo! Llevarías escapulario siempre, ¿no es verdad?

—De Nuestra Señora del Carmen.

—¿Caíste herido alguna vez?

—Sí, señora; una vez, en Navarra, me pasó una bala de un lado á otro; me entró por aquí, salva sea la parte, y me salió por aquí. Poco faltó para que me echasen la tierra encima. En Cuba, un negro, mas negro que las tinieblas, grande como un castaño, me descargó un machetazo en un hombro, que á poco me parte en dos. Sin embargo, me curé más fácilmente que del balazo. Pero en la guerra lo de menos son las heridas, señora condesa. Cuando uno cae herido, lo llevan al hospital y allí se está tres ó cuatro meses como un canónigo, tomando buenos caldos y platicando con algún compañero, mientras los demás andan con la lengua fuera de aquí para allá, unas veces comiendo mal y otras veces sin comer, al sol cuando lo hace y al agua cuando cae... También tienen sus raticos buenos, no vaya usted á creerse; cuando uno va á atacar una trinchera, pongo por caso, y suena la corneta en medio del silencio, y se descargan los primeros tiros, y se huele el humo de la pólvora, y sin verlo, porque el humo lo tapa, se escucha la voz ronca del oficial que grita: «Adelante, muchachos»; y se sube, se sube hasta encaramarse sobre la trinchera, salpicados de sangre, entre los quejidos de los que caen, los gritos de los que suben y el choque de las bayonetas, aunque parezca mentira, siente uno unas cosquillas que corren por todo el cuerpo y le hacen gozar... Hay momentos que no se cambiarían por muchos años de buena vida, señorita...

Pedro se había ido animando poco á poco. Sus grandes ojos negros giraban descompasados con fiera expresión. Su crespa cabellera erizábase como la crin de un corcel de guerra. La condesa le miraba con susto.

—¡Qué atrocidad!—exclamó.—¡Qué gustos tan bárbaros tenéis los hombres!

—Tiene usted razón, señorita; bien mirado, ¿habrá bestialidad mayor que la guerra?

—Y sin embargo, yo no sé lo que tiene, que hasta á nosotras las mujeres nos inflama y entusiasma. ¡Cuántas veces, al ver pasar un batallón marchando al son de la música con su bandera desplegada y las agudas bayonetas en alto que brillan al sol y se mueven con siniestro compás, me ha entrado en apetito el ser hombre para seguir su suerte borrascosa! Desengáñate, Pedro: á vosotros, cuando los tiempos vienen malos, os queda el recurso de luchar con el destino, mientras que nosotras... ¡Jesús!... ¿qué me ha picado aquí?

La condesa interrumpió su discurso para sacar vivamente una mano que tenía metida en la hierba. En la blanca y torneada muñeca apareció una gota de sangre. Pedro se apoderó instantáneamente de aquella mano, y poniendo los labios sobre ella, chupó la gota de sangre.

—¿Qué haces?

—Nada, señorita. Si la ha mordido una víbora, no es usted ya la que muere.

—¡Qué horror! ¡Quiera Dios que no sea víbora! Gracias, Pedro... Has hecho mal en exponerte... ¡La Virgen del Carmen permita que no sea víbora!

—No se apure usted. Expuse tantas veces la vida por cosas que á la larga no me importaban, que nada tiene de particular que la exponga por mi señora.

—Gracias, gracias, Periquillo... No querrá Dios que sea víbora... Ofrezco una misa á la Virgen del Carmen si no te sucede nada... Mira, vámonos de aquí... Estoy agitada... nerviosa... Vámonos, vámonos pronto.

La condesa tornó á bajar la escalera de mano, ayudada por Pedro, y juntos atravesaron el prado, descendieron por el bosque de castaños y penetraron en la pomarada, abriendo la puerta de madera. Á los pocos pasos Laura distinguió á lo lejos entre el follaje á su marido, acompañado de Octavio.

—Vuélvete, Pedro, que ya no me haces falta—se apresuró á decir. Después avanzó sola hacia el sitio en que se hallaba el conde. Y como llegase allá, fué saludada por Octavio que se hizo almíbar al tomarle la mano y enterarse de su salud. Todos juntos se dirigieron lentamente hacia el palacio, porque el sol ya declinaba. En una de las revueltas del camino tuvo tiempo el conde para decir en secreto á su mujer:

—Conviene que te muestres amable con ese muchacho.

VII Il sol de l'ánima

TRASCURRIERON bastantes días. Octavio, alentado por la extrema confianza que los condes le otorgaban, no escaseó sus visitas á la Segada. La mayor parte de los días iba después de comer y volvía á la caída de la tarde. Alguna vez se quedaba hasta las diez ó las once de la noche. Entonces un criado de la casa salía acompañándole con un farol hasta el puente. Allí le dejaba, y Octavio caminaba solo por la carretera hasta llegar á la villa. El trayecto era breve, como ya sabemos. Nuestro joven, emboscado en un laberinto de pensamientos vagos y risueños, lo convertía en brevísimo. Á tales horas poca gente se hallaba en el camino. Algún que otro arriero con sus mulas delante y montado en una de ellas sobre una pirámide de fardos; cualquier vecino que por casualidad saliese en busca de una vaca extraviada, ó los mozos crudos de Vegalora que tuviesen arrestos suficientes para ir á cortejar las mozas de la Segada ó de otros lugares cercanos. El señorito Octavio, aunque no sintiese miedo precisamente cuando veía blanquear entre las sombras espesas la camisa de un labrador, no le hacía gracia ninguna. Por un instante quedaban suspensos en el aire los risueños fantasmas de su imaginación, esperando que el transeunte pasase. Cuando éste decía: «Buenas noches, señorito Octavio», dejaba escapar un suspiro de satisfacción al verse reconocido y murmuraba: «Es una temeridad andar á estas horas solo por tales sitios: ¡no me vendré otro día sin un arma!». El acuerdo jamás llegaba á cumplirse, y seguía yendo y viniendo de Vegalora á la Segada totalmente inerme y á merced de todos los riesgos y venturas. Quizá tuviese un vago presentimiento de que el arma no le había de prestar socorro muy eficaz en caso de apuro.

Para comprender bien qué casta de pensamientos alteraban y embebecían al joven durante sus paseos nocturnos, son necesarios algunos antecedentes sobre su educación, temperamento y aficiones. El padre del héroe, D. Baltasar Rodríguez, era hombre que poseía inteligencia clara, ilustración, si no muy extensa, bastante sólida, y sobre todo una sensibilidad exquisita que procuraba ocultar cuidadosamente debajo de un exterior frío y hasta severo. Ésta era la parte flaca, pensaba él, de su carácter, y la combatía y la refrenaba sin tregua en todos los momentos de la vida sin lograr resultados satisfactorios. D. Baltasar no aceptaba su excelente corazón como un beneficio de la Providencia, sino como carga pesadísima que le había molestado durante su carrera, estorbándole en el logro de todos sus propósitos. «Si yo hubiese tenido arranque para dejar á mi mujer y á mi chiquitín y partir para Cuba, cuando en 1854 me ofrecieron la plaza de secretario del Banco de la Habana—solía decir á sus amigos íntimos,—á estas horas otra sería mi fortuna. Si me hubiera aprovechado, como D. Marcelino, de la ruina de la casa de Argüelles, esa vega que usted ve ahí, señor juez, sería mía. Si tuviese valor para arrojar de la casería á Modesto Fernández, que hace ocho años que no me paga renta alguna, podría agregar todas esas tierras á la posesión y ésta doblaría de valor... Pero ¡si no puede ser!—concluía siempre en tono desesperado.—¡Si los hombres como yo debieran estarse quietos en su casa y no meterse en dibujos!» Cuando alguno por consolarle le decía: «Después de todo, D. Baltasar, es mucho mejor tener la conciencia tranquila como usted, que no manchada como los otros», volvíase airadamente exclamando: «¿Y qué es la conciencia? Yo no creo en la conciencia. Veo que D. Agapito de las Regueras, después de haberse comido la fortuna de los hijos de su hermano, vive tan tranquilo y es más feliz que yo. Veo que D. Marcelino goza de su riqueza con la serenidad de un arcángel y no sueña que hay seres que derraman lágrimas por su causa... ¡La conciencia, la conciencia! La conciencia es una cosa que sirve sólo para molestar á los hombres honrados». No dejaba de ofrecer ribetes de cómico el deseo ardiente que D. Baltasar tenía de ser un hombre inmoral y perverso.

El temperamento de Octavio guardaba bastantes afinidades con el suyo, lo cual le traía desesperado. D. Baltasar hubiera dado cualquier cosa por que su hijo fuese un lagarto que se perdiera de vista, un truchimán capaz de enredar con sus artimañas á todo el concejo. Pero desgraciadamente no era así ó, por mejor decir, era todo lo contrario. «Este chico, decía, me da á mí quince y raya. Cuando yo me muera será capaz de pedir permiso á los vecinos para comer lo que le pertenece.» Sintiéndose y sintiéndole tan lejos del carácter que ambicionaba, no dejaba de exponerle á menudo las ventajas de este carácter ideal. «Mira al hijo de D. Rodrigo cómo se las ha arreglado para echar á los dos médicos del municipio y quedarse él solo cobrando el sueldo de ambos. Mira al secretario del ayuntamiento qué casa tan hermosa está levantando en la plaza.»

—¿Y qué sueldo tiene el secretario?—preguntaba Octavio.

—Diez mil reales.

—¿Y con diez mil reales al año se levantan casas magníficas?

—Ahí verás tú—respondía D. Baltasar guiñando maliciosamente el ojo izquierdo.

Y el padre y el hijo, las dos almas más cándidas y nobles de la comarca, proseguían silenciosamente su paseo abismados en la admiración que les infundían aquellos miserables á quienes no podían imitar.

D.ª Rosario era digna consorte del buen abogado. Por más que existiesen entre ambos notables puntos de desemejanza, tocaban sólo á la superficie, dejando incólume el fondo, igualmente generoso y honrado. El ingenio y la discreción no eran las cualidades sobresalientes de D.ª Rosario. Por lo mismo eran aquellas en que más hincapié hacía su vanidad pueril é inofensiva. También se vanagloriaba de poseer un alma elevada y poética, que había sabido resistir á la influencia prosaica y á las costumbres vulgares del pueblo en que vivía. Por la noche, antes de recogerse, solía abrir el balcón de su cuarto para contemplar la bóveda estrellada. Alimentaba un canario y una pareja de tórtolas, y cultivaba esmeradamente en tiestos algunas plantas de claveles y geranios. Los días festivos dedicábalos íntegros á la lectura de novelas sentimentales. Por estas razones y por algunas otras análogas, se consideraba la mujer más sensible del distrito.

Octavio poseía varias propensiones ó cualidades de su madre, entre ellas la afición á las flores y á la lectura. Pero estas aficiones, al ser trasmitidas, sufrieron alguna modificación, como sucede casi siempre en tales casos. D.ª Rosario alimentaba su inclinación á las flores regando los crecidos y frescos claveles y geranios de sus tiestos. Octavio desdeñaba estas flores por vulgares y mentaba á menudo en su discurso otras exóticas, totalmente desconocidas para los habitantes de la villa.

Aseguraba con formalidad que el mejor adorno de los jardines y salones no eran las flores, sino las plantas y los arbustos. Citaba y describía con frase pintoresca los que estaban á la moda por aquel tiempo en los saraos de la corte, tales como las begonias, marantos, bambús de la India, pándanos de Java, latanieros, etc., etc. Había llegado hasta pedir la semilla de muchos de ellos á París; pero como no tenía estufas en el jardín ni disponía de otros medios indispensables para la vida de tales plantas, no había logrado aclimatar ninguna. Sin embargo, á fuerza de cuidados y después de reñir mucho con el criado y de incomodarse, había conseguido formar una glorieta bastante hermosa y tupida de lianas y capullos de Levante. Era el sitio predilecto de nuestro joven, donde solía refugiarse á leer en las tardes calurosas de estío. También crecían en el jardín varias plantas de reseda y heliotropo, y una muchedumbre de perlas de Oriente y rosales de malmaisson, que debían igualmente su existencia á sus desvelos.

Otro tanto había sucedido con la lectura. Octavio había principiado por leer los tomos desvencijados y grasientos que su madre guardaba en el armario de la ropa blanca. No tardó en cansarse de ellos hallándolos demasiadamente inocentes. Enfrascóse después en el trágico laberinto de los folletines que, si bien le mantuvieron agitado y divertido una larga temporada, no consiguieron pegársele al alma. Por último, habiendo llegado á Vegalora cierto ingeniero belga para dirigir el laboreo de unas minas de D. Baltasar, tomó algunas lecciones de francés y trabó conocimiento por su mediación con los más acreditados y flamantes novelistas de la nación vecina, Alfonso Karr, Julio Janin, Teófilo Gauthier, Octavio Feuillet y otros. El último fué el que inmediatamente adquirió la privanza de su corazón: le sedujo hasta un punto indecible. Encargó todas sus obras á París y las hizo encuadernar lujosísimamente en piel de Rusia (una de las manías de nuestro héroe era el tener todos sus libros encuadernados con elegancia). Colocadas en lugar preferente de su biblioteca, fueron para él, á un tiempo mismo, código de la cortesanía y biblia de los sentimientos nebulosos y delicados.

Desde entonces vivió una vida ficticia, pero llena de encantos, incomprensible para la mayoría de los humanos, sobre todo para los humanos de Vegalora. Alejándose cada vez más del comercio de la gente que le rodeaba, principió á asistir con la imaginación á las escenas descritas con más arte que vigor por su favorito Feuillet, y á representárselas con tal verdad, que ni un solo pormenor les faltaba. Conocía de un cabo á otro el faubourg Saint-Germain, teatro imprescindible de las novelas de su homónimo, y trataba familiarmente á los personajes que allí figuraban. Estaba á la vez enamorado de Julia Trecœur la Petite comtesse y Sibila, y admiraba profundamente el carácter extravagante y las maneras cortesanas y el valor de Monsieur de Camors. No se le caían de la mente aquellos diálogos ingeniosos donde la respuesta, siempre oportuna, parecía meditada con espacio y no fruto de la improvisación, ni los rasgos delicados donde se mostraba de golpe y en cualquier menudencia la elevación y nobleza de un alma, ni la galantería voluptuosa y discreta, ni el estilo insinuante y perfumado que caracterizan á tales obras.

Y no solamente fué espectador humilde de estas escenas, sino que, dejando suelta la rienda á su fantasía desocupada, se puso á tejer novelas análogas de las cuales siempre resultaba él el héroe ó protagonista. Ahora se veía á los pies de una duquesa diciéndole con voz temblorosa frases apasionadas y candentes que ella escuchaba arrobada y suspensa; ahora se encontraba batiéndose á espada con un joven coronel en mitad de un bosque, con dos amigos vestidos de negro al lado; ahora asistía á la caza de un jabalí cabalgando á la par de una hermosa y egregia dama, á quien salvaba la vida por un acto de valor heroico; ahora, en fin, resolvía suicidarse escribiendo antes una larga carta de despedida cuajada de frases elocuentes y tildes psicológicas, nada claras para el que no estuviese iniciado en el lenguaje cortesano, á la señora de su mejor amigo, de quien había tenido la desgracia de enamorarse perdidamente.

Aunque éstas no fuesen más que imaginaciones que vivían ocultas y satisfechas en el magín de nuestro señorito, todavía lograron trasladarse un tanto á la vida real por la fuerza de la costumbre y la huella que iban dejando en su espíritu. Así, de un modo vago é inconsciente, principió á imitar el carácter y las inclinaciones de los personajes que más admiraba y á adoptar en la forma estrecha y deficiente que podía los usos de la sociedad elevada donde tenía puestos los ojos. Entonces se le vió andar por los parajes más retirados de la población, solo y vestido con extraordinaria elegancia. Á lo mejor se paraba ante un niño que lloraba en medio de la calle y lo consolaba y le limpiaba las lágrimas con su pañuelo, y le metía después una moneda de plata en la mano. Otras veces se le veía paseando á caballo, también solo, por las cercanías, dejando las riendas sueltas y contemplando el paisaje con mucho sosiego, ó bien marchando á todo escape como si huyese de alguno que le perseguía. Encargó á Madrid cajas de guantes y corbatas, suscribiéndose á dos periódicos franceses que traían revistas de salones. También hizo venir floretes y caretas con todos los restantes adminículos del juego de esgrima. Como en Vegalora y acaso en toda la provincia no había maestro de armas que le enseñase, compró un tratado, y ateniéndose á sus explicaciones y á las figuras que representaban sus grabados, se puso á esgrimir el florete contra las paredes, sin otro resultado que el de romper dos ó tres cristales y tirar un frasco de tinta sobre la mesa. También quiso ensayarse en la caza por ser el recreo favorito de la aristocracia; pero siendo la tierra donde vivía extremadamente montuosa y quebrada, se fatigaba demasiado y hubo de renunciar á ella.

Como al fin y al cabo Octavio tenía veinte años y una imaginación nada apagada, y le bullía la sangre en el cuerpo, por más que en todo el pueblo no hubiese mujer capaz de inspirarle una pasión aérea y nerviosa como su entendimiento más que su corazón ansiaba, no pudo sustraerse á la ley que á todos los humanos encadena. Un día, hallándose en el jardín de su casa recortando los setos de boj y membrillo, para lo cual, y con objeto de no lastimarse las manos, solía ponerse guantes, vió en el balcón cercano unas cabecitas rubias que le sonreían. Eran los hijos de D. Marcelino, á quienes Octavio, como vecino, no dejaba de conocer muchísimo. Allí no estaban más que los pequeños. Empezó á hacerles señas y á enviarles besos con la punta de los dedos, que los niños se apresuraban á devolver por el mismo procedimiento. Cansado de la mímica, les dijo esforzando la voz:

—¿Queréis una flor?

Los chiquillos gritaron «sí, sí», moviendo la cabeza afirmativamente hasta descoyuntarse. Octavio arrancó un clavel y se lo arrojó, pero no habiendo hecho bien la puntería cayó en el patio contiguo, con grande y ruidoso sentimiento de los nenes. Tomó otro riendo y volvió á tirarlo. Esta vez obtuvo un resultado satisfactorio. El niño que lo cogió le dió las gracias con un beso. Los demás se pusieron á gritar:

—Dame otro, dame otro.

—Allá voy; no hay que impacientarse; para todos habrá.

Mas cuando se disponía á tirar el segundo clavel, vió levantarse rápidamente sobre las maderas de la galería otra cabeza rubia un poco mayor, aunque no menos hermosa. Una mano blanca salió por un instante fuera, y una voz de timbre dulce y sonoro pronunció estas palabras:

—Esa es mejor.

Al mismo tiempo cayó á sus pies una grande y magnífica rosa de Alejandría. La cabeza y la mano habían desaparecido como un relámpago. El joven, recogiendo la flor con no poca sorpresa, preguntó:

—¿Quién está ahí con vosotros?

Los niños respondieron á coro:

—Es Carmen, es Carmen. ¡Uy! ¡uy! ¡uy!

Los chicos lanzaron gritos de dolor. Al parecer, su hermana, poco satisfecha de la sinceridad del coro, les estaba repartiendo sendos pellizcos en las piernas.

—Decidle que se asome para darle las gracias.

—No quiere... no quiere asomarse.

—Pues entonces dadle las gracias en mi nombre.

—Dice que no las merece.

—Dile que siento mucho que no se asome.

—Dice que por qué.

—Porque me gustaría mucho verla.

—Dice que bien vista la tienes.

Efectivamente, Octavio la veía todos los días, ya en la calle, ya en el balcón; pero con la superioridad desdeñosa que los mancebos muestran siempre á los niños, aumentada en este caso por sus aficiones romancescas y costumbres singulares, no había reparado en ella. Insensiblemente Carmen había ido creciendo y desarrollándose hasta convertirse en una mujercita muy linda y apuesta, sin que nuestro joven lo echase de ver. Cuando se efectuó la anterior escena podría tener catorce ó quince años.

En la noche de aquel día, Octavio, un tanto preocupado con la aventura de la flor, que le dejara en la boca cierto sabor novelesco muy de su gusto, fué de tertulia á la tienda de D. Marcelino, donde casi nunca ponía los pies. Apenas le vió la niña, se dió á correr por las escaleras arriba como una cierva huída, y no pareció en toda la noche. Otro tanto sucedió en las tres ó cuatro siguientes. Al fin, aquella corza ligerísima, un poco más familiarizada con la vista del joven, principió á vagar por los contornos de la tienda, aunque siempre recelosa y pronta á escapar. Una noche Octavio le dió la mano al despedirse, como si se tratase de una persona formal. La niña se lo agradeció con una sonrisa. En las noches siguientes se aventuró á mirarle de aquel modo dulce, rápido y lleno de timidez, de que ya hemos hablado. Octavio llamaba á estas miradas de vuelta de llave, porque, en efecto, parecía que abría un instante las puertas de su alma, y veloz como un relámpago tornaba á echar el cerrojo. Para abreviar, Octavio y Carmen se entendieron perfectamente al poco tiempo. De este noviazgo imprevisto se habló bastantes días en la villa.

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