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El señorito Octavio

Front matter (continued 4)

Reading edition

OCTAVIO.

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De la condesa de Trevia á Octavio Rodríguez.

Le escribo á usted arrepintiéndome de antemano de hacerlo. No es en verdad prudente que escriba á un joven que se dice enamorado de mí, por más que sepa á qué atenerme sobre este amor. Pero dada la exaltación momentánea de su ánimo y su temperamento excesivamente impresionable, y como quiera que ya hace algunos días que no pone los pies en esta casa, tampoco sería prudente dejar de escribirle.

Y ante todo, ¿de dónde ha sacado usted que yo le desprecio? Repaso en mi memoria todos los momentos que nos ha hecho el honor de dedicarnos, y no creo que haya salido de mis labios una palabra ni que haya ejecutado acto ninguno que pueda inducirle á usted á creer cosa semejante. Y si alguna vez ha observado en mí señales de impaciencia, considere usted de lo que me estaba hablando y se hará cargo de que no podía menos de darlas.

Por lo demás, puede creer que, lejos de despreciarle, me ha inspirado usted siempre una profunda estimación fundada en su corazón generoso y sensible y en su carácter afable sobre todo elogio. Lo que hay es (y no se ofenda porque se lo diga) que tiene usted la cabeza llena de ideas romancescas, las cuales le turban y le hacen ver lo que no es. Ayer se creía enamorado de una niña de quince años; hoy se juzga usted apasionado de una mujer de treinta. ¿No comprende usted mismo que en ello juega muy poco papel el corazón, y que todo tiene su raíz en una fantasía inquieta y poderosa? Hoy forja usted sobre mi insignificante persona una novela tan complicada é interesante como la que hace poco tejía sobre la hermosa niña que es todavía su novia. ¿No se le ocurre que esta novela necesariamente ha de terminar como aquélla? Estoy muy lejos de ser lo que su mente exaltada se ha figurado. No soy esa diosa de la Grecia de que usted habla, que sólo se comunica con la luna y recibe la adoración de los mortales sin pestañear, sino una pobre mujer plagada de defectos y que está en el caso de agradecer cualquier prueba de atención que se le conceda.

Me pide usted que le diga lo que debe hacer. Es una carga superior á mis fuerzas. No sé lo que convendría que usted hiciese. Sin embargo, yo en su caso me iría de este país por una temporada hasta que nos hubiésemos partido á Madrid. Cuando volviera á verme el año que viene, le doy mi palabra de que se habría deshecho la diosa de la Grecia y de que usted se reiría grandemente de sí mismo. Haga la prueba y lo verá.

LAURA.

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De D. Primitivo Alonso á M. Baltasar Alonso.—27, rue des Feuillantines.—Paris.

Querido sobrino: Leí tu grata del 14, y por ella veo que gozas de salud, de lo cual nos alegramos mucho, lo mismo tu tía que yo, pues es lo principal, porque de todo lo demás hay que hacer poco caso. Ya sé que marchan bien tus negocios, aunque nunca me dices una palabra. Eres lo mismo que tu padre, que cuando le sale bien una cosa se calla, y cuando le sale mal no tiene boca bastante para quejarse.

Quizás sepas por los periódicos que vamos á tener elecciones para el mes de Diciembre. Es el caso que me he comprometido á apoyar con todas mis fuerzas la candidatura del señor conde de Trevia, persona de quien me habrás oído hablar más de una vez, muy amigo mío, de sanas ideas y excelentes sentimientos. En estos tiempos de desorden conviene que los hombres que no queremos la destrucción de la religión de nuestros mayores, nos unamos y votemos personas de respeto para oponernos al torrente impetuoso que nos arrebata al ateísmo y á la demagogia. Te lo digo para que me contestes á la vuelta de correo si puedo disponer de los votos que tienes en la Meruca y en Cayacente. La mayor parte de ellos están obligados también á la fábrica, pero creo que si les presento una carta tuya amenazándoles con el desahucio no tendrán más remedio que hacer lo que se les mande. Cuento que no me faltarás en esta ocasión, pues ya sabes el interés que tengo en el asunto.

Pues hablando de otra cosa, te diré que las judías del Danubio que me has enviado han salido riquísimas, y que todos andan detrás de mí para que les proporcione algunas para sembrar. Parece mentira lo que aumentan de tamaño después que se cuecen. Los perales se los regalé á D. Lino Pereda, pero todos se secaron, lo cual me ha disgustado mucho, aunque presumo que habrá sido porque los plantó en tierra demasiado húmeda. Lo mismo se peca por lo mucho que por lo poco. No dejes de mandarme en tiempo oportuno algunos otros de buena casta, pues se los he prometido al cura de la Segada. El nabicol aquí no ha gustado gran cosa, pero es que no entienden una palabra de legumbres. Si lo hubieran comido á tiempo y no lo hubiesen dejado endurecerse en la tierra, estoy seguro de que dirían otra cosa. No sucedió lo mismo con la col de Bruselas, pues ha gustado tanto que no se cansan de alabar su finura y agradable sabor; pero como no se aprovechan de ella mas que los repollitos que nacen en el tronco, dicen que para comer algo es necesario segar un cuadro entero. En esto me parece que no dejan de tener razón. Es una legumbre muy rica, pero cara.

No tengo más que decirte por hoy. Consérvate bueno y recibe muchos recuerdos de tu tía y de toda la demás familia, y un fuerte y cariñoso abrazo de tu tío

PRIMITIVO ALONSO.

Vegalora 18 de Setiembre de 187...

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Del provisor de la Diócesis al párroco de la Segada y arcipreste del concejo de Vegalora.

Mi estimado arcipreste: Suma alegría y regocijo nos han causado las noticias que en su última nos comunica, y es en verdad cosa para alabar á Dios el ver cuán fácilmente se van venciendo en ésa, como en todas partes, los obstáculos que antes parecían insuperables. Porque ciertamente, nadie pudiera creer que una comarca tan revoltosa como ésa, donde el masonismo ha conseguido echar hondas raíces, esté á punto ahora de mandar á las Cortes un diputado neto y de buena casta. Su ilustrísima, á quien hice presente los fructuosos trabajos que está usted ejecutando en pro de la santa causa, se ha dignado recibirlos con benevolencia, y me encarga le trasmita su bendición para que persista en ellos con el mismo celo y entusiasmo.

La cuestión de proporcionar misa á los de Cayacente y Romeral, que como usted me indica nos dará ciento cincuenta votos, puede usted considerarla como resuelta, y está usted autorizado para decirlo así en el ofertorio de la misa cuando lo crea oportuno. Á pesar de que usted cuenta como seguro el apoyo de ese D. Baltasar Rodríguez, yo no me fío. Tengo las peores noticias de tal individuo, y aunque no sé en qué forma le tendrá usted cogido, nada más fácil que á la postre tire la cabra al monte. De todos modos, procure que no se le vea en público con ese sujeto, y esparza bien la creencia entre la gente de que el apoyo que nos presta obedece sólo á los remordimientos de su conciencia y á los deseos de ponerse en paz con la Iglesia.

Mucho me ha sorprendido lo que usted me cuenta del párroco de Solano, pues nunca pude imaginarme que tratándose de una elección en que está interesado el Palacio llegara á cerdear; pero á bien que le tengo cogido por el cuello con motivo de cierta denuncia que nos han remitido hace tiempo, y si no se decide á trabajar como Dios manda, lo dicho dicho, mi amigo, que ya le cayó encima tarea para divertirse un rato. ¡Vaya todo por Dios!

Escribí en nombre de su ilustrísima á ese capellán de la Seo de Urgel para que recomendara la candidatura del señor conde á su hermano el estanquero de Romeral. Hasta ahora no se ha recibido contestación.

Suplicándole muchísima reserva, le diré que hemos tocado también la tecla del gobernador, el cual, á pesar de ser un republicano desorejado, ha respondido admirablemente. Á su señora, que es hija de un prendero de la calle del Rubio, le da mucho por la aristocracia y llama chusma á los partidos avanzados: conque no le digo más, porque esto basta y sobra: intelligentibus pauca.

Los quesos que me ha mandado salieron excelentes, sobre todo el amarillo. Si puede encargar otros dos, hágalo por mi cuenta, pues los necesito para regalar á una persona de respeto; no le molesto más por hoy. Consérvese bueno y no deje de enterarme minuciosamente de todo cuanto ocurra, pues dará gusto con ello á su amigo y superior, q. b. s. m.,

JOAQUÍN LLAGOSTERA.

N*** 1.º de Octubre de 187...

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De Homobono Pereda á su amigo Manuel Ruiz Pérez, secretario primero de la sección de literatura del Ateneo de Madrid.

Mi querido Manolo: He leído tu carta con el mismo placer y atención que si fuese un artículo de Tiberghien ó Leonardi. Eres tan erudito y piensas tan derecho, que la ciencia fluye de tu pluma hasta cuando tratas los asuntos más insignificantes. Los párrafos que en tu epístola dedicas al contenido necesario de la voluntad y á la existencia del principio sobre-individual en el yo son admirables y me han causado profunda impresión.

Lo mismo digo de las palabras que consagras al desenvolvimiento de nuestras facultades interiores, cada una en sí misma y todas en relación armónica entre sí. Juzgo como tú que es imprescindible apartarse de toda falsa relación entre estas facultades si se quiere evitar el desorden interior que es su consecuencia indeclinable. No puede darse la armonía en las relaciones exteriores del hombre mientras la vida interior no esté rectamente ordenada en sus facultades y diversas tendencias; y para que este orden se establezca, precisa que concibamos el destino del hombre en su unidad, como abrazando todos los fines particulares que en él se contienen. Tanta mella han hecho en mi espíritu tus atinadas observaciones, y tanto he meditado sobre ellas, que al cabo me he decidido á realizar importantes reformas en mi modo de vida. No puedo ocultarme por más tiempo que hay en ella un principio de desorden que ya está produciendo notables desequilibrios, el cual desorden se halla sostenido, á no dudarlo, por un predominio nocivo del pensamiento sobre las otras facultades interiores. ¡Y cuán cierto es que el cultivo exclusivo del pensamiento conduce al orgullo!

Mi padre me significó el deseo de que me presentase candidato para diputado á Cortes en las próximas elecciones. He visto en ello un medio muy adecuado para ejercitar mi voluntad desmayada, y le respondí que tendría mucho gusto. Hemos empezado ya nuestros trabajos electorales, que, entre paréntesis, no puedes figurarte lo que repugnan á mi educación científica, pues en todos ellos se atacan directa ó indirectamente las bases fundamentales del derecho público, coartando de un modo ó de otro la libertad del elector. Tengo por contrincante al conde de Trevia, apoyado por todos los elementos reaccionarios del distrito. Los curas me hacen una guerra encarnizada propalando que soy un impío. Si el ser impío consiste en detestar la forma histórica que actualmente reviste la religión, es verdad lo que dicen, pero de ningún modo si consiste en no tenerla. Los que creemos, como tú y yo, que la religión es uno de los fines racionales de la vida, ¿cómo hemos de ser irreligiosos?

Me pides que te sugiera algún pensamiento para un drama, pues quieres hacer tus primeras armas en el teatro, y me preguntas si entre estas ásperas montañas no encontrarías alguna acción interesante que pueda servirte de tema. No, amigo mío. Aquí hallarás la belleza objetiva de la naturaleza en todo su esplendor, la cual no sirve gran cosa para expresar adecuada y completamente el complejo organismo de la vida humana, que es lo que tú intentas. La poesía dramática, como sabes mejor que yo, no expresa la belleza objetiva exterior (aun cuando se den en ella elementos objetivos), sino la belleza objetivo-subjetiva, donde se hallan indisolublemente unidos hechos interno-externos y psico físicos en enlazado concierto. Lo que estas fragosas sierras te pueden proporcionar es una decoración grande, imponente, pero no el hecho de la vida humana que constituye el fondo de toda composición dramática, porque aquí los afectos y las pasiones no se elevan al grado de energía y dignidad necesario para que exista ese juego encontrado de sentimientos y caracteres sin el cual no es posible que se produzca la emoción estética. Por lo demás, con los vastos conocimientos filosóficos que tú posees y los especialísimos estudios que has hecho en la estética, no dudo por un momento que escribirás una obra maestra y que alcanzarás un éxito ruidoso en el teatro. Á mi entender, están haciendo falta obras macizas, con un fin objetivo, con un pensamiento trascendental que las informe y las preste consistencia. Las obras más celebradas hoy á mí me suenan á hueco y no veo en ellas otra cosa que una forma bella guardando un pensamiento muy frívolo. Mientras los hombres de ciencia no se apoderen del teatro, no pasará éste de ser un fútil y agradable entretenimiento.

Nada más por hoy. He estudiado todo el día y tengo la cabeza como un horno.

HOMOBONO.

Vegalora 3 de Octubre de 187...

XIII El cáliz.

OCTAVIO besó la firma de la carta, dejó caer las manos sobre las rodillas y la cabeza sobre el pecho. Así estuvo largo espacio inmóvil como una estatua, delante de su escritorio. Al volver en sí, escapósele del pecho un suspiro blando y prolongado. Era la nota final, triste y moribunda de una melodía del corazón. Alzóse de la silla y con paso vacilante fué á abrir la ventana. El día empezaba á declinar. Su mirada vagó algún tiempo por los contornos de la casa; por el jardín, cuyos árboles se iban tornando amarillos; por los prados, que como un cinturón de esmeraldas lo circundaban; por las tierras dilatadas de maíz que ostentaban ya con orgullo sus mazorcas rebujadas. Al cabo se detuvo con insistencia en un grupo de casas que apenas se distinguía en el fondo del valle. Después alzó los ojos á los adustos riscos de la Peña Mayor y se estremeció. Creyó sentir una corriente de aire glacial por el corazón. Quedóse pálido, cual si acabase de ver algo muy espantoso.

—¿Qué será esto?—murmuró mientras cerraba apresuradamente la ventana.

Se fué otra vez al escritorio y apoyó sobre él ambos codos, metiendo la cabeza entre las manos.

—Sí—tornó á decir en voz baja:—yo debí morir en aquel momento... ¡Gran ocasión!... Hubiera conservado de mí memoria amarga, pero punzante, como el olor de un cadáver... Ahora me desprecia por cobarde... Ahora ya no es ocasión de morir, sino de seguir siendo lo que he sido... un cobarde. Me manda que huya; pues huyamos. Quiero cumplir su voluntad con el mismo afán que si fuese la de Dios... Sí, sí, huyamos... Ella lo manda...

Se alzó de la silla vivamente, y dió algunos paseos rápidos por la sala. Después arrastró desde su cuarto un baúl-maleta, y se puso á introducir en él ropa que sacaba con precipitación del armario. Cuando vió el equipaje hecho, lo contempló con ojos de espanto, como si no comprendiese para qué servía. Acordóse de que aún le faltaba algo, y sacando una llavecita del bolsillo abrió el cajón central del escritorio. Inmediatamente tropezó su vista con una relojera que Carmen le había regalado el día de su santo. Estaba bordada por su mano. La puso sobre la mesa y la envolvió en una mirada tierna y compasiva.

—¡Pobre niña!—murmuraron sus labios.—¡Por qué andarán tan mal arregladas las cosas de este mundo!

Y saltaron á su memoria de improviso los instantes felices de aquellos amores serenos y límpidos como los pensamientos de la infancia, desde aquella tarde en que su manecita blanca le arrojó una rosa de Alejandría, estando en el jardín, hasta la noche reciente en que aquella misma mano le dió un pellizco, mientras su dueño le decía al oído: «¿Qué tienes? Andas muy triste de algún tiempo á esta parte».

Sintióse conmovido por estos recuerdos. Luego se enfureció contra el destino, la Providencia, ó lo que sea, que nos hace insensibles para los que nos aman y nos inflama de amor por los que nos desprecian.

—¿Por qué, por qué no he de querer yo á esta niña como ella me quiere?—se decía.—Si me fuera posible sentir por ella lo que siento por la otra, ni en la tierra ni en el cielo habría un ser más feliz que yo.

Recordó con enternecimiento el primer beso que la dió por sorpresa viniendo de paseo, y el rubor que se apoderó de ella instantáneamente. Recordó cuando estuvo enferma, hacía ya tiempo, y le permitieron verla en su lecho diminuto, donde reposaba pálida y ojerosa, pero más bella que nunca. Recordó también la vez primera que vino á visitar á su madre, quien la recibió en la escalera y la echó los brazos al cuello cubriéndola de caricias y llamándola hija. Poco á poco, y por virtud de estas memorias, se fué apaciguando la violenta desesperación en que ardía su espíritu; fué penetrando en él un pensamiento melancólico y suave que le reconcilió por un instante con la vida. El sentirse amado, mucho más siendo por una mujer hermosa, aplaca siempre un poco el odio de la existencia.

«¡Cuántos elementos de dicha perdidos y desbaratados!» pensó mientras daba vueltas entre los dedos á la relojera. «¡Pobre niña! volvió á murmurar; ¡qué lejos estarás de presumir lo que te espera!» La compasión penetraba en su pecho como un torrente, y lo llenaba de inquietudes. «No; no me escaparé como un ladrón después de haberme introducido traidoramente en el santuario de su alma inocente. Iré á despedirme de ella y achacaré mi viaje á un mandato paterno, á un negocio urgente. Desde allá podré ir poco á poco desengañándola, y tal vez la ausencia mitigue la aspereza del golpe. Ya que me vea precisado á herir, procuraré hacer el menor daño posible.»

Tomada esta resolución, encendió una bujía y se aliñó los cabellos frente á un espejo. Cogió el sombrero y el bastón, apagó la luz y bajó la escalera velozmente. En un instante salvó el corto espacio que le separaba de la casa de su novia y penetró en la tienda, dando las buenas noches con menos aplomo que otras veces.

Había ya alguna gente, porque era noche de lotería. Paco Ruiz se hallaba sentado sobre el mostrador mordiendo un cigarro, como la vez primera que le vimos. Escuchaba con suprema indiferencia, guiñando los ojos á menudo, la historia circunstanciada de un catarro pulmonar que hacía ya media hora le estaba relatando don Ignacio Valcárcel. D. Lino Pereda conversaba en un rincón con el promotor, haciéndole saber que su hijo había recibido el mismo día por el correo un paquete de pruebas de imprenta que le enviaban de Madrid. No comprendía cómo el chico tenía cabeza para corregirlas en el plazo que le señalaban.

Casi al mismo tiempo que Octavio, entraron algunas señoras, lo que sirvió de señal para trasladarse los jugadores á la trastienda. Al llevarlo á cabo hubo apretura á la puerta y Carmen tuvo ocasión para estrechar con disimulo la mano de su novio. Octavio le devolvió la caricia afectuosamente y le dirigió una mirada tierna y grave á la vez. Estaba un poco pálido, como el cirujano que va á acometer una operación importante. Sentáronse todos con el estruendo acostumbrado, y como de costumbre también quedaron juntos los novios. Del otro lado de Carmen se colocó D.ª Demetria. Paco Ruiz, en su carácter de ídolo de la tertulia, andaba haciendo de las suyas en torno de la mesa. Mas al poco tiempo se acercó á D.ª Demetria y con su desenfado habitual le dijo en voz alta:

—Doña Demetria, yo no puedo vivir sin usted. Nada pueden contra mi amor los desprecios. ¿Me concede usted un sitio á su lado?

La vieja, poniendo cara de vinagre y refunfuñando, apartóse hacia un lado, y el joven introdujo su silla entre ella y Carmen. Estaba empeñada á la sazón entre ésta y su novio una plática suave como el gorjeo de las tórtolas. Octavio, á modo de un goloso que, ahito y empachado por los confites, todavía, antes de retirar el plato, lleva las manos á él y se obstina en comer más, preguntaba á la niña blonda con acento melifluo:

—¿Me quieres mucho?

—¡Pero, hombre, qué matraca eres! ¡Cuántos millones de veces lo habrás oído en tu vida!

—Es que, vida mía, necesito oirlo hoy otra vez. Nunca lo he necesitado tanto como ahora.

Dijo estas palabras con voz un poco temblorosa. Carmen le dirigió una mirada de sorpresa.

—Pues si tanto lo necesitas, te lo diré otra vez. Sí: te quiero, te quiero... Ya está usted serbido, don Caprichoso. Pero no pongas esa cara, hombre de Dios. ¡Si parece que estás haciendo testamento!

—¿Estas segura de que no lo estoy haciendo allá en mis adentros? Mira, Carmen, ya conocerás en mi semblante que me pasa algo grave. Te he querido y te quiero muchísimo, porque eres una niña buena y hermosa, y porque sé el cariño que me profesas. El afecto que me inspiras es dulce y profundo, y tiene algo del amor fraternal. Todos los días risueños de mi existencia van unidos indisolublemente á tu imagen bella. En el curso de nuestros amores, puedo decir que no tuve motivo serio para quejarme una sola vez de ti. Nuestras reyertas han sido siempre las de dos niños y han terminado con la misma brevedad que las de los pájaros que riñen en el aire. Los pensamientos honrados que abrigo y las pocas acciones virtuosas que en mi vida pueda llevar á cabo, también creo debértelas á ti, y suena tu nombre en mis oídos tan suave...

La afortunada D.ª Faustina dió el alto en aquel momento. Carmen, que había estado escuchando con semblante inquieto y distraído el discurso de su novio, tomó parte en el alboroto que se armó en la mesa con tal motivo. Las señoras decían, medio en broma, medio en serio, que aquello no se podía sufrir. D.ª Feliciana odiaba á D.ª Faustina con todo su corazón, pero se reprimía. Después que el orden se hubo restablecido, Carmen se puso á charlar como una cotorra con Paco Ruiz. Los chistes del jugador la hacían desternillarse de risa, hasta el punto de que algunas veces le mandaba callar, porque le dolía el pecho. Octavio habló también un rato con la señora que tenía al lado. Mas aunque aparentase indiferencia, claramente se leía en su rostro el disgusto que la conducta ligera de su novia le causaba. Irritado al fin le dió un golpecito en el brazo y le dijo con acento irónico:

—¿Con cuál de los dos te quedas?

La niña mostróse un poco cortada y respondió mirando para los cartones:

—¡Qué tonto eres!

—Es que como te veo tan entusiasmada...

—Vamos, no digas disparates. ¿Qué tiene de particular que hable un instante con Paco? Me parece que después del tiempo que llevamos en relaciones ya podías tener alguna mayor confianza en mí.

—Sí la tengo, querida mía—repuso suavizándose de repente,—pero no se pueden evitar ciertos impulsos de celos que nacen, sin saber cómo, en el corazón. Por lo demás, debes convenir en que has obrado con ligereza, y que sin querer me has colocado en una situación ridícula... Pero dejemos esto: tengo que hablarte de cosas serias, de las cuales tal vez dependa tu felicidad y la mía. Necesito que me escuches con atención. No sé qué profundidad habrán alcanzado las raíces de tu amor, porque esto jamás lo llega á averiguar un amante. Eres aún muy niña y en tu edad los afectos suelen ser más bien caprichos que pasiones. Aunque hoy me quieras con toda el alma, si mañana dejases de verme y estuvieses separada de mí por algún tiempo, quizá ese amor se fuera debilitando y al cabo concluyera por extinguirse. No es que deje de tener confianza en ti, hermosa, pero todo cabe en lo posible. Esa separación acaso esté próxima... quizá empiece mañana mismo.

El joven daba vueltas entre los dedos desde el comienzo de su discurso á una bola de la lotería, y al proferir estas palabras se le cayó al suelo. Bajóse rápidamente á cogerla, mas al hacerlo pudo observar con estupefacción que las manos de Paco Ruiz y de Carmen se hallaban enlazadas y que se soltaban á toda prisa al notar su movimiento. Sintió la misma impresión que si hubiese tocado una víbora. Al levantarse lanzó una mirada fulminante, abrasadora, sobre ambos. Paco Ruiz parecía atender con cuidado al juego, mientras en sus labios se dibujaba vagamente una sonrisa sarcástica. Carmen también atendía á sus cartones, pero roja y confundida.

El efecto que de repente produjeron á nuestro señorito no sólo aquellos dos seres miserables que tenía cerca, sino todos los allí congregados, no es fácil de describir. La indignación en que rebosaba su alma le hizo ver en ellos, por arte mágico, no una asamblea de seres humanos, sino una piara de animales inmundos. Acometióle un asco invencible y un sentimiento vivo y enérgico de la superioridad de su persona. Ninguna de aquellas almas pequeñas podía gozar el privilegio de ofenderle. De buena gana les hubiera escupido á todos en la cara. Contentóse con arrojar á la tertulia una profunda mirada de desprecio, y tomando el sombrero salió de la trastienda y de la tienda sin percatarse de la sorpresa de los circunstantes. Una vez en la calle detuvo el paso, y volviendo la vista atrás murmuró:

—Al fin no pudo desmentir su casta... ¡Su casta de villanos!—añadió con acento más colérico.

Su cólera cedió, no obstante, muy pronto. No había sido más que una irritación pasajera levantada por el amor propio. Como la hija de don Marcelino no había vivido jamás en el fondo de su corazón (por más que él tratara de engañarse á sí mismo suponiéndolo), la herida no podía tener mucha profundidad. Después de todo, en el instante de contemplar su perfidia, ¿no iba él también á engañarla y á hacerla una traición? Cierto que no era tan grosera, pero al fin era una traición. Por otra parte, tenía el espíritu tan henchido de sentimientos nebulosos y filigranas espirituales, que no es maravilla si á los pocos minutos de vagar por las calles se olvidase enteramente de la escena vergonzosa en que acababa de jugar papel tan desairado. ¡Ay! Otras escenas más lejanas se le representaron inmediatamente con mayor energía! Acudieron en tropel á su mente los pensamientos dolorosos que á la tarde le habían asaltado en su habitación cuando el sol se ponía y las sombras iban envolviendo lentamente los ámbitos de la sala.

La imagen celeste de la condesa vino sobre las alas del viento á soplar la llama que le estaba consumiendo. Era preciso alejarse ó morir. La carta lo decía... la carta que estaba guardada en su bolsillo. Llevó la mano allá y la sacó con violencia. No había claridad bastante para descifrar sus caracteres, pero los tenía bien descifrados. Los estaba leyendo con los ojos del alma tan perfectamente como si los rayos del sol del mediodía cayesen de plano sobre ellos. La linda mano de la condesa había pasado por encima de aquel papel. Lo llevó á los labios con trasporte y lo tuvo largo espacio sobre ellos. La carta despedía un perfume suave y delicado. El joven lo aspiró con delicia cerrando los ojos. Tornó á guardar la carta y siguió andando á la ventura.

Empezó á soñar despierto. Ofrecióle su imaginación inmediatamente un cuadro risueño y venturoso. La condesa le amaba. Se lo había dicho al oído cuando menos lo esperaba, despidiéndole en seguida roja de vergüenza. Á esta confesión hubieron de seguir, como es lógico, horas muy felices, horas de juventud, de amor y de ventura, como las llama el poeta. La fantasía encendida del mancebo no dejaba de recorrerlas una á una, complaciéndose y recreándose en ellas, y adornándolas con los detalles más inefables y primorosos. Una tarde reciente le había dicho la condesa echándole los brazos al cuello: «Escucha, Octavio; tengo miedo, mucho miedo de perderte. Vivo en continuo sobresalto, que amarga y emponzoña los instantes felices que paso á tu lado. Si el conde llegase á sospechar algo, ten por seguro que te mataría ó te haría matar. Sólo de pensarlo me estremezco. ¿No sería mejor que huyésemos, sí, que huyésemos á ocultar nuestra dicha y nuestro amor en cualquier rincón del mundo, á la margen de un río, en una casita rodeada de laureles y naranjos?» Después de algunas dudas y vacilaciones, se resolvieron á llevarlo á cabo. Hicieron sus preparativos y señalaron la noche en que se había de consumar la fuga. Ya la noche había llegado. La condesa le aguardaba y no había que perder un instante. Detrás de él un criado traía dos magníficos caballos que en pocas horas los podían conducir á la orilla del mar, donde se embarcarían para algún país hermoso y seguro.

Sacóle de su desvariado ensueño el ruido que produjo al caer á sus pies un erizo de castañas desprendido del árbol por la madurez, más que por el viento. Sin darse cuenta de ello, había tomado la carretera de la Segada, y notó con sorpresa que estaba ya bastante cerca del puente. La noche era fresca y apacible. El cielo parecía empedrado de nubecillas redondas y blancas, como pacas de algodón, que dejaban paso expedito á la claridad de la luna. En ocasiones se la veía por los intersticios nadando serena por los abismos del aire. Alzó la vista y vió negrear encima de él los contornos fantásticos de la Peña Mayor. El mismo estremecimiento singular y doloroso que por la tarde le corrió ahora por todo el cuerpo.

—¡Cosa extraña!—exclamó, tornando á emprender la marcha. Hallóse pronto al lado del puente. Después de vacilar un momento penetró en él.—Puesto que mañana parto—se dijo—quiero echar una última mirada á los balcones de su habitación; quiero recorrer los sitios en que tantas veces la he visto por mi desgracia. Cuando tenga noticia de mi marcha, ¡qué ajena quedará de este viaje nocturno! ¡Oh, no puede concebir lo que la amo!

El río sonaba impetuoso debajo del puente. La claridad de la luna prestaba fosforescencia á la espuma de sus remolinos. Un poco más lejos se extendía límpido y tranquilo en un remanso dilatado que sombreaban por ambos bordes dos filas de espesos avellanos.

Después que hubo pasado el puente, entró por el estrecho y sombrío camino que le separaba de las casas de la Segada y del palacio condal. No tardó en llegar al pueblecillo y lo atravesó sin hacer ruido. Todo estaba en reposo. En las casas no había luz. Sólo al pasar por delante de una puerta escuchó las voces gangosas de algunas mujeres que rezaban el rosario. Dió la vuelta con precaución al palacio, pero no pudo colocarse delante de los balcones de la condesa, porque había demasiada claridad en aquel sitio. Entonces, con el objeto de contemplarlos á su sabor y sin riesgo de ser visto, dió un pequeño rodeo. Saltó la cerca de la pomarada, que no era muy alta y ofrecía grietas donde apoyar los pies. Desde allí penetró en la huerta, empujando la puerta enrejada. Mas apenas había avanzado algunos pasos, cuando se detuvo repentinamente con espanto. Le pareció escuchar ruido en uno de los cenadores próximos. Quedóse inmóvil como una estatua, conteniendo la respiración. Y, en efecto, pudo escuchar claramente el murmullo de dos personas que conversaban discretamente. El señorito, para quien las voces eran harto conocidas, fué andando á paso de lobo hasta colocarse detrás de un árbol inmediato. Desde allí no se perdía una palabra de la conversación por bajo que se hablase. Apenas escuchó las primeras frases, se puso pálido. Una de las voces era masculina; la otra femenina. El diálogo era tan suave y discreto, que semejaba el ruido del viento al pasar por la enredadera. Á nuestro joven, no obstante, aquel débil murmullo le atronaba los oídos como el estampido de cien cañones, á juzgar por el susto y espanto pintados en sus ojos. La sangre iba huyendo á toda prisa de su rostro, dejándole cada vez más pálido, hasta ponerse lívido. Tuvo necesidad de cogerse al árbol para no caer. Al cabo de pocos minutos ya no escuchaba. Con la frente bañada en un sudor frío, los ojos extraviados y agarrado fuertemente al árbol, parecía hallarse en presencia de un espectro. Su agonía se prolongó cerca de media hora. Por último, la voz femenina pronunció un adiós y dejó de escucharse. Octavio pudo ver una figura breve y gentil que se deslizaba por la huerta y desaparecía.

¡Pero el hombre aún estaba allí, á su lado, inmóvil debajo de la enredadera! La sangre subió otra vez aceleradamente al rostro y lo tiñó de fuerte color rojo. Una ola de fuego invadió su yerto corazón abrasándolo en ira. Dió tres ó cuatro pasos adelante. Al mismo tiempo el hombre salía del cenador y la claridad de la luna dejó ver las facciones atezadas y varoniles de Pedro. El señorito no pudo contenerse.

—¿Eres tú, miserable?—exclamó con voz alterada poniéndosele delante.—¿Eres tú, gañán asqueroso, el que se atreve á profanar lo que debiera ser tan sagrado para ti como la Hostia?... ¿No sabes que los criados no pueden atentar á la honra de sus señores?... Pues apréndelo, villano...

El junquillo del joven silbó al mismo tiempo en el aire y fué á cruzar la mejilla del mayordomo. Oyóse una exclamación de rabia. Pedro alzó la mano, y el señorito rodó por el suelo sin sentido.

—¡Oh, qué bárbaro, le he matado, le he matado!—profirió el mayordomo inmediatamente acercándose á su agresor.—¡Es un chico tan débil!...

Y arrodillándose en el suelo levantó suavemente la cabeza del herido. Pronto se cercioró de que no estaba muerto, sino desmayado. Pero de todos modos era gravísimo compromiso. Trató de volverle á la vida dándole aire con el sombrero (porque no había cerca agua), pero inútilmente. No era posible pedir auxilio en casa, por el escándalo que se armaría. Dejarlo allí era una acción indigna y expuesto, además, á cualquier percance... ¿Qué hacer?...

Después de meditar breves instantes, tomó de pronto una resolución violenta. Agarró al señorito por el medio del cuerpo y lo echó al hombro con la misma facilidad que si fuese un canastillo de cerezas. Salió de la huerta, cruzó el pueblo rápidamente y entró en el camino de Vegalora. Pronto apareció en el puente y lo atravesó como una saeta. Después corrió á lo largo de la carretera, ocultándose y desapareciendo por intervalos, según caminaba debajo de los árboles ó al descubierto. Al llegar cerca de la villa se detuvo á tomar aliento. Acto continuo se deslizó con precaución rozando las paredes de las casas, consiguiendo llegar sin ningún tropiezo á la del joven. El portal estaba oscuro. Después de buscar á tientas el llamador, lo hizo sonar dos veces fuertemente. Tiraron desde arriba por un cordel y se abrió la puerta. Entonces Pedro no hizo más que depositar con presteza el cuerpo del señorito en tierra, y echarse á huir como un gamo por las calles.

No fué pequeño el alboroto que se armó en la casa de D. Baltasar así que hallaron al joven en semejante estado. D.ª Rosario, creyendo á su hijo muerto, se dió á gritar como una loca. Convencidos, sin embargo, prontamente D. Baltasar y los criados de que no era más que un simple desmayo, lograron calmarla. En efecto, Octavio no experimentaba más que un adormecimiento del cerebro producido por la conmoción. Á fuerza de echarle agua en la cara y hacerle aspirar esencias, consiguieron que recobrase el conocimiento. Apenas estuvo vivo le abrumaron con preguntas. ¿Qué había pasado? ¿Quién le había puesto de aquel modo? ¿Quién llamó á la puerta? Negóse á responder algún tiempo diciendo que no sabía, que no se acordaba de nada. Pero haciéndose cargo de que no era posible que sus padres se contentasen con esto, prefirió idear una historia. Su imaginación poderosa le vino en ayuda inmediatamente. Un hombre de barba con traje de obrero le estaba aguardando en el portal para robarle. Le pidió lo que traía amenazándole con un puñal, pero él retrocediendo había llegado hasta la puerta y pudo coger el llamador. Viéndose frustrado el ladrón le dió un fuerte golpe en la sien que le hizo venir al suelo. D. Baltasar salió inmediatamente á dar parte al juzgado. Octavio, después de haber sorbido dos tazas de tila y de ceñirse la cabeza con un pañuelo empapado en árnica, se retiró á su habitación pidiendo que le dejasen descansar.

El descanso de nuestro señorito consistió por lo pronto en dar vueltas por la sala como un lobo enjaulado, sin dignarse echar una mirada al arqueológico lecho. Así pasó algún tiempo en un estado de agitación que inspiraba lástima. Las mejillas se le iban inflamando. Sus ojos zarcos llegaron á inyectarse de sangre. Relámpagos siniestros brotaban de ellos de vez en cuando, y después de cada uno su cuerpo se estremecía como si acabase de cometer un asesinato. Y es la verdad que allá en los profundos abismos del alma los estaba cometiendo, y á cual más horrible: porque tantas veces como la imagen de Pedro se ofrecía á su imaginación, otras tantas le cosía á puñaladas con singular deleite.

—Este canalla (murmuraba unas veces y pensaba otras), después de haber abusado de su fuerza física, quiso burlarse de mí trayéndome á casa... ¡Ah, si hubiera tenido un arma, hubiese matado á las dos víboras en su nido!... Pero todavía hay tiempo... ¡Miserable!... En mi vida pude pensar que un hombre tan soez llegase... ¡Si apenas es posible creerlo! Se necesita tener bien envilecido el corazón para entregarlo á un patán como ése. ¡Qué risa!... Digo, no... ¡qué vergüenza! ¡Lindo galán ha elegido la condesa de Trevia!... Este invierno de seguro llamará la atención en las soirées de los duques de Hernán-Pérez.—(Octavio sonreía al pensar esto, pero de un modo que daba ganas de llorar.)—Pero ¿es posible que no haya más que podredumbre en el corazón de las mujeres?... ¡Y yo que no me hubiera atrevido á tocar con los labios la orla de su vestido!... Buen papel me han hecho jugar ese par de... Pero no se reirán de mí mucho tiempo... Mañana salen de caza y se las prometen muy felices...—(El joven se detuvo delante del escritorio.)—Pues bien, la felicidad no existe en este mundo. Tengo en mi mano el rayo que os puede pulverizar... ¡Allá os lo envío!

Al decir esto se sentó, y tomando pluma y papel trazó con agitación y disfrazando la letra la siguiente carta:

Excmo. Sr. Conde de Trevia.

Si mañana sales á cazar con tu señora, abre mucho los ojos y quizás podrás ver á quien te roba la honra.

UN AMIGO.

Después de cerrarla y escribir el sobre llamó á la criada.

—¿Se ha acostado ya tu hermano?

—No, señorito.

—Pues hazme el favor de decirle que suba.

Al poco rato se presentó en la sala un muchacho alto y delgado.

—Díme, Juan, ¿te conocen en la Segada?

—No lo creo, señorito, porque como usted sabe, hace pocos días que he llegado de Castilla.

—Pues entonces te voy á confiar un encargo muy delicado. Toma esta carta. Inmediatamente corres á la Segada, llamas en el palacio y dices que la entreguen al señor conde. Y sin aguardar contestación ni entrar en plática con los criados, te vienes á todo escape, no por el camino real, sino por los prados. ¿Serás capaz de hacerlo?

—No es cosa difícil.

—Pues te recomiendo mucho silencio para que esto quede sólo entre los dos.

Octavio introdujo al mismo tiempo una moneda de plata en el bolsillo del chico, que salió dando las gracias.

Una vez solo, llevó ambas manos á la cabeza. Se le partía de dolor. Desnudóse de prisa y se metió en la cama. Pero las emociones de la noche habían alterado demasiado sus nervios para que pudiese dormir. Los genios de la cólera y de la venganza batían las negras alas sobre su frente pálida. Revolcóse sin fin entre las sábanas como si estuviesen llenas de alfileres. Sólo cuando rayaba el alba logró cerrar los ojos con un sueño inquieto y fatigoso.

XIV Á medianoche.

AÚN no ha caído la última hoja de los árboles y ya arde el fuego en la chimenea. ¿Quién tendrá frío?

El gabinete es rojo. Las espesas cortinas de damasco, que caen formando pliegues sobre la alfombra, no dejan paso á la claridad de la luna. La estancia yacería en tinieblas si no fuese por los troncos de roble que forman allá en el fondo un rincón luminoso.

Arden en silencio; la mitad está convertida en brasa. Algunas llamas fugaces y azuladas los coronan y se extinguen alternativamente. Al desaparecer dejan en su puesto blancos penachos de humo, que no tardan en ascender por el estrecho cañón á tomar el fresco de la noche. De vez en cuando se desprende, con ruido seco, algún pedazo de brasa, y rodaría hasta la alfombra sin la intervención salvadora de dos cabezas de bronce enlazadas por una barra de hierro que guardan la entrada del agujero. La impasibilidad estoica con que se dejan tostar por los carbones, antes que consentirles pasar á prender fuego á la casa, es digna de encomio. Cuando salieron de la tienda eran doradas y relucientes, y representaban dos mujeres hermosas. Ahora son negras y nadie sabe lo que representan.

Descansando á un lado están los hierros de la chimenea. La lumbre los hiere de través produciendo destellos. Delante del fuego y próximas á él hay dos butacas en actitud de conversar amigablemente. Pero están mudas, ó por lo menos no se oye lo que dicen. Quizá fatigadas de charlar y enervadas por el calorcillo agradable que templa la atmósfera del gabinete, se hayan entregado al sueño ó á la meditación. La claridad las baña á veces vivamente: otras las deja sólo medio esclarecidas.

Detrás de las butacas empieza ya la sombra; una sombra indecisa. En ella flotan como masas negras los muebles de la cámara. En ocasiones, cuando una llama más viva se despierta sobre los carbones, el círculo luminoso ensancha sus dominios y arroja vivos reflejos á las paredes. Entonces, entre los vacilantes rayos de la llama, percíbense los contornos severos de los sillones arrimados al muro. Tal como aparecen, correctos, graves, inmóviles, semejan un congreso constituído en sesión permanente. Las sombras temblorosas aprovechan la huída de la llama para envolverlos de nuevo en su manto tenebroso.

El gabinete está solo. Una fantasía algo viva, espoleada por el miedo, pudiera, sin embargo, fácilmente imaginar otra cosa. Porque á menudo se ve correr una gran mancha negra por los muros, y pasar con la brevedad de un relámpago. Otras veces, la mancha negra surge de improviso detrás de las butacas, se arrastra lentamente por la alfombra y va á ocultarse entre los pliegues de las cortinas. Otras, baja por el cañón de la chimenea un zumbido, aunque leve, extraño por demás y medroso. Y en los ángulos oscuros de la estancia, y debajo de las sillas, y en los huecos de los balcones, se agitan á la continua muchedumbre de fantasmas que esperan la hora de extinguirse el fuego para salir.

Reina el silencio. Es la medianoche. Afuera se oye una vez que otra el cansado latir de algún perro. De tiempo en tiempo se alza también del sombrío recinto del valle un grito agudo, prolongado, angustioso, uno de esos gritos de la noche que nadie sabe de dónde parten, y que hielan de terror el corazón del más bravo.

Óyese en la estancia el crujir de un vestido. Aparece una mujer de figura elevada y majestuosa, que marcha con lento paso á sentarse en una de las butacas que hay delante de la chimenea. La luz que de súbito la baña deja ver la fisonomía severa, pero bella, de la institutriz de los Trevia.

¡Oh, no; no hay mentira en declarar que es hermosa! Sus cabellos son rubios y claros, y están anudados por detrás de un modo sencillo y original: los ojos de un azul oscuro como el cielo de Andalucía: la frente un poco estrecha, como la de las estatuas griegas: la nariz delicada y correcta: los labios delgados y rojos y siempre húmedos: la barba bien señalada, y el cuello mórbido y flexible. Pero lo que más resalta en este rostro es la blancura deslumbradora de la tez. No debe comparársela al marfil, á la nieve, al nácar ó á la leche, porque la tez de una mujer hermosa vale más que todas estas cosas juntas. La imaginación no puede concebir nada más delicado, más terso y más suave que el cutis de la blonda institutriz.

Todas estas perfecciones no han logrado, sin embargo, producir una fisonomía dulce y apacible. La expresión de aquel rostro admirable es dura y siniestra. Su frente está siempre ligeramente fruncida. Los ojos no despiden más que miradas altaneras, como si tuviese al mundo entero postrado á sus pies. Pero tal expresión soberbia y feroz hacía aún más incitante su hermosura, porque gusta particularmente á la humana naturaleza lo inaccesible, y porque es opinión muy seguida entre los sabios que vale más el pellizco de la mujer arisca que el beso de la tierna.

Miss Florencia, después de sentarse en la butaca, quedó con los ojos clavados en la lumbre. Una de las manos, prodigio de finura, descansaba en el regazo; la otra pendía fuera de la butaca. El fuego la envolvió también en una mirada larga que prestó á su rostro mayor trasparencia.

El conde de Trevia vino silenciosamente á sentarse en la otra butaca y quedó mirándola fijamente. El aya no apartó los ojos de la lumbre.

—Ya estoy aquí—dijo con impaciencia al cabo de un rato de contemplación. Miss Florencia no movió un dedo siquiera.

D. Carlos le tomó una mano y la llevó suavemente á los labios. Tampoco el aya hizo el menor movimiento.

—¿No oyes, dí, no oyes?—dijo entonces sacudiendo aquella mano.—Soy yo.

—¿Qué hay?—repuso ella volviendo lentamente la cabeza.

—Te digo que tengo el humor muy negro, que me ahoga la bilis y que en este momento al menos necesito que seas un poco más humilde que de ordinario. ¿Lo entiendes?—profirió reprimiendo con esfuerzo la cólera.

La institutriz le miró con sorpresa á la cara, y después de contemplarle con atención unos instantes, convirtió de nuevo sus ojos á la lumbre, haciendo una imperceptible mueca de desdén.

El conde siguió contemplándola con mirada colérica un buen espacio. Luego se alzó bruscamente y comenzó á dar paseos por la estancia. Al cabo de un rato miss Florencia levantó la cabeza y le dijo con acento más suave:

—Siéntate. ¿Qué mala hierba has pisado hoy?

El conde vino de nuevo á acomodarse en la butaca, tomó uno de los hierros y escarbó la lumbre con ademán distraído. Después de larga pausa dejó el hierro en su sitio y sacó del bolsillo un papel que presentó al aya.

—Mira lo que acaban de entregarme.

Miss Florencia lo acercó á la chimenea y pasó sus ojos por él.

—Un anónimo—profirió sonriendo y entregándoselo de nuevo.

—Sí, un anónimo... ¿Por qué sonríes?

—Porque me causa mucho placer que te agite tanto la pérdida del cariño de tu esposa.

—¡No es eso, no es eso!—exclamó D. Carlos con impaciencia, herido por el tono irónico de aquellas palabras.—Respecto al cariño que nos tenemos, demasiado sabes á qué atenerte. Pero por encima del cariño hay otra cosa mucho más importante para mí, que es la honra.

—Dí el amor propio.

—Bien, pues el amor propio. Aunque entre nosotros no exista hace tiempo verdadero matrimonio, el lazo social que nos une no se ha roto. Ella tiene el deber de respetarlo... Si no lo respeta—añadió sordamente,—nos veremos.

Miss Florencia dejó escapar una risita maligna.

—¡Es gracioso! ¡es gracioso!

—¿El qué es gracioso?—preguntó él cogiéndola por la muñeca y apretándola convulsivamente.

La institutriz se puso un poco pálida, pero dijo con calma sin dejar de sonreir:

—Te advierto que me estás haciendo daño.

—Dí, ¿qué es gracioso? ¿qué es gracioso?—repitió el conde sacudiéndola rudamente.

—Vuelvo á decirte que me haces daño. Yo no soy la condesa de Trevia, sino una pobre institutriz. No merezco ser tratada con tanta confianza.

El conde aflojó la mano y la miró fijamente.

—¿Se puede saber qué es lo que hallas gracioso en este paso?

—Es gracioso el suponer que la condesa había de sufrir toda la vida sin buscar el desquite.

D. Carlos quedó un instante silencioso. Al cabo dijo alzando los hombros:

—Está bien. Que lo busque. Pero al final de esos desquites es fácil tropezar con una bala.

Guardaron ambos silencio obstinado mucho tiempo.

—¿Y tú conoces al Romeo?—preguntó al fin el conde.

—¡Ya lo creo!—respondió el aya sin mirarle.—¡Y tú también!

—¿Por qué no me has llamado la atención hasta ahora? Ni una palabra ha salido de tus labios.

—Los criados no deben mezclarse en los asuntos de los amos.

—¡Ya pareció la gotita de hiel!—exclamó levantándose de nuevo y paseando por la estancia.

Al cabo se acercó por detrás á su querida y, tomándole el rostro entre las manos, le dijo inclinándose:

—No hablemos más de eso. Seamos felices. Hace ya algún tiempo que me tratas con mucha crueldad, ingrata. Mis caricias no logran despertar en tu corazón un movimiento de ternura ni en tus labios una sonrisa. Á medida que mi amor crece parece debilitarse el tuyo. Te encuentro muy fría.

—Fría no, respetuosa.

—¡Otra vez!—exclamó el conde riendo.—Demasiado sabes—añadió sentándose y acariciándole una mano—que de hecho no hay en esta casa más señora que tú hace tiempo. Los criados, los niños, la condesa... yo mismo, pasamos la vida mirando tu semblante, estamos pendientes de la expresión de tus hermosos ojos como el marino de las mudanzas del cielo. Te has apoderado de todo mi ser. Te amo tanto, que por un cabello tuyo daría cien vidas si las tuviera.

El conde pronunció las últimas palabras con una pasión que nadie sospecharía en su temperamento impasible.

La bella extranjera sonrió como una diosa que percibe el olor del incienso. Se levantó para añadir un leño al fuego y vino luego á sentarse sobre las rodillas del conde con el silencio y la delicadeza de una gata. Los ojos opacos de aquél brillaron al sentir el blando peso. El fuego lanzaba sobre ellos reflejos maliciosos.

—Yo también soy feliz con tu amor—le dijo suavemente al oído.—En mis horas de sueño, en los momentos en que fabricaba castillos en el aire nunca pude imaginar tanta dicha. Es más: yo pensaba que el amor estaba vedado para mí. Dios me ha criado con un corazón poco sensible. Dicen que soy orgullosa, fría, áspera, y acaso tengan razón. Pero tú no puedes quejarte, porque te has logrado introducir en el único rincón apacible que hay en mi alma. Si tú no me hubieses enseñado lo que es amor, moriría sin conocerlo, porque ningún otro hombre haría lo que tú has hecho. Acuérdate de las humillaciones que has sufrido, las lágrimas de fuego que has derramado, las noches en vela pasadas á la puerta de mi cuarto...

—Sí, sí; ¡me lo has hecho pagar caro!—exclamó el magnate riendo.

—¿Te pesa de la compra?—dijo la extranjera tirándole de la oreja.

—Nada de eso. Estoy conforme con el precio, y aun daría algo más encima.

—Y yo me alegro de haber caído á pesar de mi orgullo... Pero, te lo confieso; aunque me haga feliz tu amor, tengo momentos en que soy muy desgraciada. No puedo olvidar la posición, no ya humilde, sino deshonrosa que ocupo en esta casa. Cada una de las muestras de respeto que prodigas á tu mujer en público es una saeta envenenada que viene á clavarse en mi corazón. No te las recrimino, porque los caballeros ilustres no pueden portarse como los gañanes, pero me hacen mucho daño. Entonces (dispénsame esta niñería) me miro al espejo y me pregunto: ¿No tengo yo porte de condesa? ¿Mis manos no son finas y delicadas como las de una dama? ¿Mi cuello no es erguido y esbelto? ¿Tengo por ventura los ojos humildes y rastreros como una sirviente?... Y, sin embargo, á pesar de esto y á pesar de tu amor, jamás, jamás seré otra cosa que una doméstica distinguida. ¡Oh, no sabes el efecto que produce en mí tal idea! Hay momentos en que resuelvo tomar mi ropa, huir de tu lado y buscar en el mundo algún rincón oscuro donde ocultar mi vergüenza.

El conde la apretó amorosamente contra su pecho y la cubrió de besos. Quedó después largo rato inmóvil con los ojos en el fuego, grave y pensativo. Al cabo dijo:

—¡Quién sabe! ¡quién sabe! El mundo da muchas vueltas.

—Para mí no dará más que una... ¡La vuelta final!

—¡Calla, calla!—exclamó él riendo y tapándole la boca.—No puedes deshacerte de esas ideas lúgubres y románticas, porque tienes el cerebro atestado de folletines.

—Porque lo tengo lleno de tu amor y temo perderlo—manifestó ella, apretándole á su vez con pasión.

La plática se hizo más alegre, pero más suave y discreta también. Largo rato sonó en el rojo gabinete un cuchicheo amoroso sobre el cual estallaba de vez en cuando el eco de una carcajada comprimida ó el rumor de un beso.

La blonda extranjera estuvo como nunca tierna, mimosa, embriagando á su noble amante con dulces y exquisitas caricias que jamás éste conociera. Pero en medio de su frenesí amoroso, un hombre más observador que el conde hubiera notado cierta inquietud, algo triste y siniestro que brotaba á la frente por intervalos en forma de arruga, y á los ojos como relámpagos aciagos.

Trascurrió mucho tiempo. Al cabo la institutriz, después de vacilar infinitas veces, se atrevió á preguntarle al oído:

—¿Qué piensas hacer después de lo que te han escrito?

El rostro del magnate se contrajo fuertemente.

—¡Silencio! Ni una palabra más de ese asunto.

Quedó serio, taciturno, con los ojos clavados en el fuego. Miss Florencia no se atrevió á interrumpirle. Al cabo su semblante contraído se fué dilatando por una sonrisa amarga, y profirió:

—No sé jamás de antemano lo que he de hacer. Obedezco á la inspiración del momento.

XV Buscando salvación.

LAS ocho de la mañana serían ya bien sonadas cuando el señorito Octavio abrió los párpados despegándose del sueño febril que le embargara desde el amanecer. Muy lejos de concederle descanso y reparar sus gastadas fuerzas, le dejó más inquieto y molido que nunca: las mejillas pálidas; un círculo oscuro, amoratado en torno de los ojos.

La idea del anónimo cayó de improviso como un rayo sobre su mente y le hizo dar un salto en la cama. Representósele con espantosos y sombríos colores la gran atrocidad que había hecho. Le pareció imposible que él, un hombre de honor, hubiese llevado á cabo acción tan indigna y repugnante. Por un momento dudó si estaría aún bajo la influencia de alguna pesadilla. Cuando se cercioró de que era una realidad, de que había sido un vil delator, de que corría peligro la vida del ser que más amaba, entregóse á una violenta desesperación, mordiendo la ropa del lecho y prodigándose con furia epítetos á cual más injurioso. La imaginación le hizo ver la muerte próxima de la condesa. Ante un cuadro tan espantable, desapareció al momento la afrenta que había recibido y se la perdonó de todo corazón. «Después de todo, se decía, yo no tengo ningún derecho sobre ella. Si se ha enamorado de otro, debo sufrirlo con resignación como una desgracia. Sólo un corazón pequeño es capaz de hacer lo que yo hice. Hasta se comprende que los hubiese matado en aquel momento, porque la pasión ciega el espíritu... ¡pero delatarlos!... ¡Dios mío, qué indignidad!... Cualquiera diría que mi amor no era más que un deseo vanidoso de ser preferido... Y, sin embargo, no es cierto; yo la adoraba... La adoro todavía en lo profundo de mi pecho. En un principio me sedujo el aparato mundano de que estaba rodeada; pero después se fué infiltrando poco á poco en mi alma, hasta el punto de que no era yo el que pensaba y sentía, sino ella la que pensaba y sentía por mí... Hoy daría la vida porque fuese una pordiosera, con tal que me amase un poco...»

Y embebecido en estas y otras reflexiones estuvo algún tiempo sentado. De repente le asaltó el pensamiento del grave peligro que corrían las vidas de los amantes, y se arrojó con ímpetu del lecho. Vistióse á medias precipitadamente, como si fuese á ejecutar algún acto que exigiese mucha premura. Una vez vestido, quedóse inmóvil con la mano puesta sobre el pestillo de la puerta. ¿Adónde iba? Era preciso á toda costa evitar el crimen que no tardaría en perpetrarse, si no se había perpetrado ya; pero ¿cómo? Quiso pensar en algún medio, mas no pudo. Las ideas le daban vueltas en la cabeza. No acertaba á sacar nada en limpio de su meditación ansiosa. Adivinaba la existencia de algún pensamiento salvador, pero estaba envuelto en tan tupidas gasas que no percibía de él absolutamente nada. Y cuantos más esfuerzos hacía para sujetar su imaginación y enderezarla á un resultado práctico, más se turbaba y más se perdía en un piélago de lucubraciones absurdas. Lo único que vió claro fué la imposibilidad de intentar por su cuenta nada con el conde. Era necesario darles aviso á ellos; pero ¿en qué forma y por qué medios? Después de mucho vacilar, se resolvió á ir él mismo á la Segada.

Emprendió la marcha inmediatamente y con no poca celeridad, aumentando ésta á medida que la idea terrible de no llegar á tiempo se iba apoderando de su revuelto cerebro. Ya estaba en la carretera... ya cruzaba el puente... ya caminaba por el túnel de avellanos... ya estaba en el pueblo. Acercóse al palacio lleno de susto, y vió salir á un criado de una de las cuadras. Después de reprimir su respiración fatigosa, y fingiendo naturalidad, le abocó diciéndole:

—¡Hola, amigo! ¿Los señores condes se han ido ya de caza?

El momento que trascurrió entre su pregunta y la respuesta del criado fué de suprema angustia.

—La señora condesa ha salido ya con el mayordomo. El señor conde está durmiendo.

La noticia, sin sacar á nuestro joven de apuros, le tranquilizó un poco. Tuvo fuerzas para decir:

—Gracias, muchacho: voy á dar un corto paseo mientras el señor conde se levanta.

Así que se alejó algún trecho, retoñaron con más fuerza sus ansias. Aquel extraño sueño del conde en tales circunstancias le causaba gran inquietud y le parecía precursor de una tremenda desgracia. «¡Oh! tengo la seguridad, se dijo, de que antes de una hora el conde de Trevia saldrá de su palacio... Y si sale es para cazarlos como á dos ciervos... ¡Dios mío, es horrible, es horrible!... ¿No habrá un medio de cortar el paso á la muerte?...»

Se mesaba los cabellos y corría sin tino por la margen del riachuelo que bajaba de la Peña Mayor. Al dar vuelta á un repliegue del terreno vió blanquear entre los árboles, no muy lejos de sí, la iglesia de la parroquia. Al mismo tiempo surgió en su espíritu un pensamiento, al cual se agarró el desdichado inmediatamente, como se agarra á un clavo ardiendo el que rueda hacia el abismo. Pensó en el cura de la Segada y en la influencia poderosa que ejercía al parecer sobre el conde. Pensó en que como hombre sagaz y de mucho ingenio pudiera tal vez hallar algún recurso ó excogitar algún medio de conjurar la tormenta. Después de todo, en su calidad de ministro de Dios, estaba en el deber de hacer cuanto le fuera posible para evitar la consumación de un crimen. Como amigo de los condes, hallábase aún más obligado á impedir la desgracia que les amenazaba. Se determinó á ir á la rectoral y contarle lo que ocurría, bajo secreto de confesión.

Los momentos críticos y decisivos. Se dió á correr cuanto más pudo hacia la casa, que por fortuna no estaba lejos. Era, como casi todas las rectorales de aldea, pobre de aspecto, rodeada de huertas extensas y feraces, y tenía en la fachada principal un largo balcón de madera sin pintar, guarnecido todo él por una parra cuyos pámpanos estaban ya marchitos. La puerta, ennegrecida por el tiempo, no tenía llamador. Se vió precisado á dar dos golpes sobre ella con la palma de la mano. Después de un buen rato de espera rechinaron los goznes con cierto chirrido prolongado semejante á un lamento, y apareció una vieja, la cual, sin aguardar la pregunta del mancebo, le dijo en tono áspero:

—El señor cura está arriba.

Y á paso acelerado fué á hundirse por una puertecilla, que más parecía agujero, de donde salían bocanadas de humo y fuerte olor á guisado. Octavio tomó la escalera estrecha, sucia y llena de agujeros que conducía al piso primero y último de la casa, y después de atravesar un corto pasillo, hallóse frente á una puerta sobre la cual dió otros dos golpes con la mano, aunque más discretos.

—¡Hola! ¿quién anda ahí?—preguntó la voz cascada del cura desde adentro.

—Soy yo, señor cura; tenga la bondad de abrir.

—¿Sabe que no le conozco, mi amigo?... Pero aguárdese un instante el que sea, que estoy concluyendo de afeitarme.

Le molestó extraordinariamente aquella dilación. Se puso á dar vueltas agitadamente por el pasillo. Cada minuto que pasaba le parecía que traía consigo una calamidad. Por fin se abrió la puerta, y el rostro atezado del cura, que apareció detrás de ella, expresó una agradabilísima sorpresa al ver á nuestro joven.

—¡Ave María Puriiiiisima!... ¡Pues no era el señorito Octavio el que llamaba! ¿Por qué no dijo su nombre, criatura, y le hubiera abierto inmediatamente? Vaya por Dios... vaya por Dios... Es usted el diantre, señorito... Pase ahora adelante... Siéntese y cúbrase; siéntese y cúbrase; siéntese y cúbrase...

La estancia en que penetró era la más original que en su vida había visto. No tenía grandes dimensiones, pero albergaba trastos suficientes para amueblar una casa entera, los cuales se hallaban esparcidos de tan singular y caprichoso modo, que era en verdad cosa digna de verse. Los sofás, que eran tres, no se hallaban arrimados á la pared como en todas las salas del mundo, sino que formaban en el medio un cuadrado abierto por uno de los lados, al modo que se ponen los bancos en las iglesias los días de funeral. En el centro de este cuadrado se alzaba un ropero de madera sin barnizar atestado de sotanas, balandranes, manteos, sombreros de teja, bonetes, etc., etc., todo muy usado y sucio. En el rincón más oscuro apenas se veía la mesa de escribir cubierta con una bayeta que habría sido verde; actualmente las manchas de tinta, vino, leche y otros líquidos la habían puesto casi incolora. Sobre la mesa descansaban algunos breviarios, algunas plumas de ave, algunos tinteros y una buena cantidad de polvos de escribir. Había además hasta una docena de manzanas (ó pomas, como las llamaba el licenciado Velasco de la Cueva), un paquete de café molido y algunos cigarros. Un armario inmenso, colosal, tapaba casi por entero uno de los lienzos de la estancia. Cerca de él, amontonados formando pila, unos cuantos feísimos y desvencijados cofres. Más allá una cómoda y sobre ella un San José de madera con su correspondiente niño, algunos paquetes de periódicos y dos grandes caracoles de mar. Otros muchos muebles había, de los cuales no se hace mención por no ser prolijos. Las sillas numerosas, siendo de notar que no se encontraban dos de una misma clase: era una escala que recorría desde la forrada de vaqueta con respaldo tallado, hasta la moderna de rejilla. En el suelo y arrimados á la pared había varias hileras de frascos de todas formas y tamaños, y esparcidos en curioso desorden yacían no pocos libros forrados en pergamino.

Este cuadro tenía un fondo opaco y pardusco que advertía claramente de que la escoba no había penetrado jamás en aquel recinto. El polvo envolvía en su manto protector los muebles, los libros y los frascos de la habitación, y la tapizaba tan perfectamente que los pies no echaban menos la mullida alfombra. Al poco rato de estar allí nadie dejaba de aspirar, mascar y tragar polvo en respetables porciones.

El señorito Octavio, así que estuvo sentado, experimentó un vago malestar, cuya causa no podía bien explicarse. Se arrepintió también vagamente de haber acudido á aquel sitio en busca de salvación.

—Vaya, vaya, vaaaya... ¿Y cómo deja usted á su señor padre y á su señora madre? Tan buenos, ¿eh? ¿No es verdad?... Pero, hombre, ¡qué bien se conserva su señor padre! El otro día le vi en la calle y me dejó pasmado: está cada día más joven... Ya le dije yo: «Don Baltasar, la buena conducta obra milagros». Porque su señor padre, quiero que usted lo sepa, siempre pisó derecho... es verdad, y si todos hubiesen seguido su ejemplo cuando jóvenes, no andarían tantos por ahí hechos verdaderas cataplasmas...

Octavio, para huir el vago malestar que le aquejaba, procuró representarse bien el apuro en que se veía y el sagrado ministerio de la persona que tenía delante. Se hizo cargo de que no había más remedio que entregarse en manos del cura, saliese lo que saliese, y le dijo con decisión:

—Señor cura, he venido á su casa para hablarle de un asunto muy grave. Hay circunstancias en la vida en que un consejo dado con oportunidad puede sacarnos de un serio conflicto. Yo me encuentro, por desgracia, en una situación bastante apurada, y pienso que ninguna persona mejor que usted puede serenar la tormenta que me amenaza.

—Vamos, vamos... Al parecer se trata de un caso de conciencia, ¿no es así?

—Algo de eso.

—Pues entre nosotros los curas, pasa por una gran verdad que la conciencia se descarga más fácilmente teniendo el estómago repleto que vacío. Conque así, mi amigo, antes de pasar adelante va usted á fortalecer el suyo con algo que le voy á dar... Porque ha de saber usted, señorito, que yo tengo siempre de repuesto en esta alacena un poco de lastre para los pecadores.

El cura se había acercado efectivamente á una alacena, riendo mientras la abría.

—Dispense usted, señor cura; no puedo tomar nada en este momento.

—Nada, nada... aquí no hay dispensas que valgan... Ustedes los jóvenes necesitan nutrirse para tener un poco sosegados esos nervios... ¡esos nervios!...

—Señor cura, por Dios me dispense, me es imposible...

—¡Quieto! ¡quieto! que este mundo acá ha de quedar... y lo que le voy á dar no es un veneno... De aquí no sale sin haber hecho algún gasto al cura de la Segada... Porque, lo que es á terco, no me gana usted á mí, señorito.

El cura se dirigió al decir esto á la puerta, dió la vuelta á la llave y se la guardó en el bolsillo. Después tornó á la alacena y fué sacando con calma y poniendo sobre la mesa un gran pedazo de salchichón, dos bollos de pan y una botella de vino. Octavio le dejó hacer, mirando todo aquel aparato con ojos resignados. Comprendió que el cura no escucharía una palabra si antes no tomaba algo.

—¡Ajá! ya están arreglados los bártulos... Lo mejor que puede hacer ahora... créame á mí... es meter algo en el cuerpo. El tiempo que se gasta en comer, no se pierde. Los viejos hemos aprendido estas cosas al cabo de muchos años, y ustedes los jóvenes las aprenderán también... es verdad... El salchichón vino directamente de la fábrica. Tengo yo en Vich un primo hermano establecido, que todos los años se acuerda de mandarme una buena provisión. El pan está amasado y cocido en casa... Coma, pues, sin escrúpulo, que luego hablaremos.

Nuestro joven empezó á morder con manifiesta repugnancia un pedacito de salchichón que tenía entre los dedos.

—Vaya, vaya, vaaaaya con el señorito Octavio... ¿Y qué vientos corren por la villa, señorito? Nosotros, los curas de aldea, no sabemos nada de lo que pasa en el mundo hasta que llega el día del mercado.

—Pues lo mismo de siempre, señor cura: nada ocurre de particular.

—¿Qué se sabe de la separación del promotor fiscal?

—No tenía noticias hasta ahora de que...

—Hombre, hombre... ¿Viene usted de la villa y no sabe que el gobernador pidió al Gobierno la separación del fiscal? Al parecer es cuestión de elecciones...

—Como yo me entero poco de política...

—Hace usted bien, señorito; hace usted bien; hace usted bien. La política trae consigo muchos disgustos... Pero en España no hay otro camino mejor para arribar á los altos puestos y hacerse hombre en un momento. ¡Cuántos que hoy son grandes personajes y se sientan en la poltrona andarían por su tierra escribiendo pedimentos y dando consultas á peseta si no hubiesen metido la nariz en la política!... La verdad es, querido, que el que no anda se queda atrás, y sólo la ocasión hace al hombre, y el que no la aprovecha es un tonto. Y en último resultado hay que tomarlo todo con calma... con calma... con calma; porque lo que es de tomarlo á pechos no se saca nada... La fe es muy buena para salvar las almas, pero los cuerpos... nequaquam. En la política pienso yo que no basta ya aquello de ver y creer, sino que es necesario ver y tocar... ¿no es verdad, mi amigo, no es verdad?... ¡eh! ¡eh! ¡eh!...

El malestar de Octavio iba en aumento. Apuntábale ya el deseo de marcharse. Sintió al mismo tiempo sed, porque el salchichón hacía ampolla en la lengua.

—¿Podrían traerme un vaso de agua, señor cura?

—No blasfeme usted, señorito... ¡Qué agua ni qué ocho cuartos! El agua para las ranas y el vino para los hombres... Va usted á beber uno de misa mayor que tengo reservado para los amigos que estimo de veras...

—Gracias, gracias; tengo mucha sed, y el vino no me la apaga.

—Está usted en un error, señorito... en un error muy grande. Para apagar la sed no hay nada mejor que el vino; está probado. No diré que si usted bebe ese peleón que traen los arrieros de Toro, lleno de campeche y otras porquerías, no quede usted peor que antes; pero en tratándose del vino de Rueda legítimo y con diez años en la bodega, como el que tiene delante, diga usted que es una bendición del cielo, y que apaga la sed lo mismo que hace discurrir á un borrico... ¡Calle!... ¡pues si no le he traído copa para beberlo!... ¡Válate Dios... válate Dios... válate Dios!...

El cura se levantó, fué otra vez á la alacena y sacó de ella una copa extraordinariamente sucia. Después de haberla mirado al trasluz, fué á lavarla á la jofaina con el mayor sosiego. Octavio bebió una copa del vino de misa mayor, y, en efecto, no le apagó la sed: La impaciencia y la rabia ayudaban también á abrasarle las entrañas.

—Pues, como iba diciendo, tiene usted razón, señorito. La política trae muchos disgustos; pero en último resultado vienen á recaer sobre los que dependen de ella y tienen el pan de cada día ligado á la voluntad de un cacique. Mas no sucede otro tanto cuando el que se mete en ella es una persona independiente por su fortuna, como usted, pongo por caso, señorito. Mañana le da un disgusto la política á un hombre como usted; pues se mete en su casa muy tranquilo, diciendo: ¡Ahí queda eso!... Además, no es fácil comprender hasta qué punto facilita el camino de los altos puestos la circunstancia de gozar una buena renta el que los solicita... Créame que, averiguado que un hombre es rico, los obstáculos desaparecen de su vista como por encanto... Pero así que se susurra que es pobre, todo el mundo corre á ponerle el pie delante para que caiga de narices. Yo no sé lo que tiene la pobreza, que á todos huele mal. ¿No es verdad? ¿eh? ¿eh?

La charla del clérigo había conseguido marear á nuestro joven, poniéndole en completo desorden las ideas. La impaciencia que le devoraba desde el comienzo de la escena, le había ido subiendo la sangre á la cabeza y bullía dentro de ella haciéndole pensar en cosas extrañas bien lejanas del asunto que debía ocuparle. Mientras la voz cascada del cura le martirizaba los oídos, estaba pensando en un perro que había encontrado por el camino con una pierna rota. ¿Quién habría puesto de aquel modo al infeliz animal? Tal vez algún muchacho le tiraría una piedra. ¡Vaya una proeza!

Poco á poco se fué apoderando de su espíritu una gran repugnancia, una repugnancia invencible. Al mismo tiempo empezó á brillar en sus ojos la firme decisión de no decir palabra de su gravísimo asunto al hombre de sotana que tenía cerca y de marcharse al instante de aquel sitio. Se había equivocado. Allí no encontró el salvador que buscaba. Todavía, no obstante, permaneció clavado en la silla como si el cuerpo se negase á obedecer las órdenes apremiantes del espíritu. El clérigo prosiguió diciendo:

—El único joven que en esta comarca se encuentra en condiciones de ser un hombre influyente en la política es usted, señorito. Ya sabe que no soy adulador y que se lo digo como lo siento... No porque la modestia lo tape se deja de reconocer el mérito donde lo hay... Pero no se me afilie, por Dios, en ese rebaño de charlatanes y chorlitos como el hijo de D. Lino Pereda, porque entonces no conseguirá nada... Si usted comprende sus intereses, no debe separarse del partido de los hombres serios y respetables... Los partidos avanzados están llenos de jóvenes, y para que uno de ustedes llegue á brillar es necesario que sea una eminencia, y aun así jamás adquiere respetabilidad. En cambio el partido católico tiene consigo toda la riqueza del país y toda la aristocracia, pero le hacen falta jóvenes, por lo cual no es difícil que un muchacho de valer como usted logre distinguirse pronto... Créame á mí, señorito, créame á mí... Es el Evangelio lo que usted está oyendo. Para alcanzar dentro de pocos años una posición brillante y mandar como jefe en este distrito y acaso en la provincia, no tiene más que hablar con prudencia, alternar con las personas sensatas del pueblo, cumplir con los preceptos de la Iglesia y dejarse estar... dejarse estar... Lo demás corre de nuestra cuenta... Los curas valemos poco... es verdad... pero todavía... todavía... todavía... Hoy por hoy, lo que le conviene es apoyar con decisión la candidatura del señor conde de Trevia... Hará usted un gran favor á la buena causa y adquirirá la consideración de todos los hombres sensatos. Mañana será otro día... El conde no ha de ser siempre diputado, señorito... y cuando llegue la ocasión, todos arrimaremos el hombro y le ayudaremos á empinarse...

Octavio sintió un fuerte estremecimiento al oir el nombre del conde de Trevia, como si despertase de un sueño profundo. De pronto se alzó de la silla y dijo con tono resuelto que no admitía réplica:

—No me siento bien en este momento, señor cura. Otro día hablaremos del asunto que aquí me trajo. Hasta la vista.

Y sin aguardar contestación salió como un huracán por la puerta, dejando altamente sorprendido al clérigo. Al llegar á la calle, sin detenerse un punto, dióse á correr por la margen del riachuelo en dirección á la montaña. «Después de todo, se iba diciendo, el conde aún no sabe quién es el amante de su mujer.»

Y los que por allí cruzasen á la sazón observarían, no sin sorpresa, que el pálido semblante del señorito resplandecía como el de las estatuas de los héroes, y su cuerpo afeminado parecía hecho de acero al escalar los primeros riscos de la Peña Mayor.

XVI Las heces del cáliz.

SALIERON solos. El conde había dormido mal y necesitaba todavía algún descanso. Les dijo, por medio de uno de sus monteros, que podían ir andando, pues no tardaría en alcanzarlos.

La mañana estaba nublada y fresca. El toldo de nubes que cerraba herméticamente el horizonte no era, sin embargo, muy espeso: la luz pasaba por él sin trabajo. Del lado del Oriente se percibía la redonda masa inflamada del sol, prisionero entre cendales plomizos. Un vapor trasparente y azulado llenaba todo el espacio y descomponía y borraba los contornos de los objetos dejando en ellos únicamente el color, y á veces sólo la mancha. Allá en los rincones del valle todavía se observaban algunos jirones de niebla, algunos pedazos blancos de muselina que no consiguieron levantarse y que se movían temblorosos entre el amarillo follaje de los árboles. La claridad sembraba de variados matices el llano y las montañas, compensando en cierto modo la monotonía del cielo. Sobre el color verde dominante de las praderas resaltaban las grandes manchas negras y rojas de la tierra labrada. Al lado de las blancas rocas calizas se alzaban los grupos de árboles vestidos á medias de hojas amarillas. La tierra traspiraba copiosamente. El musgo de las laderas ahumaba bajo los tibios rayos del rebozado sol: de cada hilo de hierba pendía una gota de agua.

Nuestros cazadores caminaban lentamente. El aliento que salía de sus bocas se cuajaba en la atmósfera. La condesa iba ceñida por un riquísimo abrigo forrado de pieles, y ocultaba su rostro, encarnado como una cereza por el fresco de la mañana, debajo de enorme y caprichoso sombrero de paja. Pedro, en traje de cazador, marchaba llevando sobre el hombro una carabina de dos cañones y la de su señora, que era un primoroso juguete encargado exprofeso por el conde á Inglaterra. El semblante del mayordomo expresaba una melancolía grave y profunda que su pareja no echaba de ver, á juzgar por el tono indiferente que imprimía á las palabras que de vez en cuando cruzaba con él. Pocas eran las que habían salido de los labios de Pedro en la media hora que llevaban de camino. Marchaba distraído, con la mirada perdida en las nieblas del horizonte, absorto en vagos y tristes pensamientos. Los celos le tenían asida el alma desde el encuentro que por la noche tuviera con Octavio. Mas era su amor tan tímido, á pesar de las victorias alcanzadas, que no osaba decir una palabra de tal escena á la condesa. Su corazón sencillo no tenía conocimiento de las mil estratagemas que se emplean tan á menudo para sorprender los pensamientos y las intenciones de los otros, sin dejar ver las nuestras. Por otra parte, su naturaleza ruda y leal rechazaba por instinto la perfidia. Así que, ante la presunción de ser engañado por la mujer que amaba, su pensamiento se revolvía aturdido como el pájaro que penetra casualmente en una sala.

Al fin la distracción llegó á ser tan manifiesta que la condesa se le quedó mirando un rato y le preguntó con inquietud:

—¿Qué tienes?

—¿Yo?... Nada.

—Sí tal... Algo te pasa... ¿Por qué estás triste?

—No estoy triste.

—¡Oh! No puedes engañarme, Pedro. Si no te pasara algo que te causa pena, dada la suerte que hemos tenido de salir solos, irías contento como otras veces... Á menos—añadió lanzándole una mirada entre cándida y maliciosa,—á menos que no te vayas cansando de mí.

Pedro se puso rojo y balbució algunas palabras incoherentes para protestar de aquella suposición que le lastimaba el alma. Laura se cercioró aún más de su tristeza, y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo con mimo:

—Vamos... díme, querido, ¿qué tienes?

El mayordomo dió todavía algunos pasos sin contestar. Una lágrima tembló en sus negras y largas pestañas, y bajó rodando silenciosa por la mejilla. Laura al verla exclamó con sobresalto:

—¿Qué es eso? ¿Por qué lloras?

—Porque no me quieres.

El semblante de Laura se serenó, y medio riendo repuso:

—¿Y cómo has llegado á averiguar eso, pícaro?

—No me martirices, por Dios... Tengo aquí en el lado izquierdo un dolor tan vivo, que parece que me están abriendo el pecho con garfios... Quiero más morir que padecerlo... Escucha; voy á hacerte una pregunta... Según como contestes, así me matarás ó me darás la vida... ¿Prometes decirme la verdad?... ¿Lo prometes por la salud de tus hijos?...

—No necesito jurar para decir verdad... pero sí... te lo juro por la salud de mis hijos... Habla...

—¿Estás enamorada ó sientes algún interés por el hijo de D. Baltasar Rodríguez, por ese joven rubio que viene á menudo al palacio?

—No.

La condesa pronunció esta negación con tal fuerza y mostrando tanta seriedad, que Pedro, sintiendo de improviso una alegría inmensa, infinita, quedó, sin embargo, confuso. No supo más que decir mirando al suelo:

—¡Perdóname!

—Estás perdonado; pero mira... no vuelvas á hacerme preguntas tontas... Tenemos demasiadas cosas en que pensar, para ocuparnos en llorar celos ridículos.

No necesitó más el mayordomo para quedar enteramente sosegado. La palabra de la condesa hizo la luz en su atribulado espíritu, y dejó escapar un suspiro de satisfacción, como si le hubiesen quitado una losa de plomo de encima de los hombros. Ni se atrevió, ni quiso preguntar más. Tenía bastante con la mirada límpida y franca que su dueña le dirigió al responderle. Tornó á brotar en su pecho la pura alegría que siempre le acompañaba, manifestándose al exterior de una manera infantil. Empezó á charlar por los codos y á caminar con más celeridad. De buena gana hubiese dado brincos. Cuando alguna rama ó vástago importuno interrumpía el camino, ya de muy lejos se daba á correr para separarlo y que la condesa pasase cómodamente. Si percibía entre las zarzas alguna madreselva, aunque se arañase las manos, ya estaba saltando á cogerla para ofrecérsela. Otras veces procuraba quedarse atrás para contemplarla á sabor. La condesa sentía sobre su espalda la mirada amorosa del joven, y sonreía.

Caminaban por la margen del río, cuyo declive hasta entonces había sido bastante suave. Poco á poco, y á medida que se iba estrechando la cañada, fué haciéndose más agrio y más violento. Cesaron las praderas y empezaron los bosques de hayas, que se extendían por entrambas laderas hasta perderse de vista. Los perros se internaron por ellos rastreando algún corzo ó robezo; pero Laura no quería cazar, y Pedro los hizo venir inmediatamente con un silbido.

—¿No te parece que dejemos la caza para cuando él venga? Subamos mientras tanto al lago; no me canso de verlo. En la primer cabaña que encontremos podemos dejar dicho dónde estamos...

El mayordomo lo halló todo muy bien, y siguieron andando. La selva ofrecía un aspecto mágico. El otoño, dorando por entero muchas de sus hojas, haciendo palidecer levemente á otras y dejando verdes las menos, la había convertido en un rico manto de brocado que cubría los formidables hombros de la montaña. El rumor que de ella venía no era, como en la primavera, dulce, sino desapacible. Los olores, acres y punzantes.

Los pies de los cazadores trituraban las hojas secas de que estaba sembrado el camino. Al cabo de algún tiempo terminaron los bosques y empezaron de nuevo las praderas, que se apartaban bastante de las del llano, pues no eran como éstas de un verde claro, sino oscuras y tersas: la hierba, en extremo tupida y menuda. Así que dejaron el bosque toparon con una cabaña, donde hicieron alto. El pastor les sirvió leche acabada de ordeñar, y quedó avisado para decir al conde y á sus monteros que no tardarían en descender. Y continuaron su interrumpida marcha por la senda que serpeaba á la vera del arroyo. La pendiente se hizo muchísimo más agria. El arroyo, en vez de desatarse sereno y cristalino como abajo, se despeñaba en espumosos tumbos asordando á los viajeros, los cuales se detenían con frecuencia á tomar aliento. Con el pecho anhelante y las mejillas pálidas, quedábanse uno frente á otro sonriendo.

—¿Estás fatigada?

—Algo.

—¿Quieres que te lleve en brazos un poquito?

—Ni un poquito, ni un muchito... Tú me juzgas demasiado débil, Perico... Es necesario que te vayas convenciendo de que soy una aldeana en toda la extensión de la palabra... Y si no, mira... mira...

La condesa emprendía á correr desaforadamente por el monte arriba; pero á los pocos pasos dejábase caer jadeante sobre el césped, llamando burlón y cazurro al joven porque se estaba riendo. Entonces éste acudía á levantarla, cogiéndola por ambas manos. Pero la nueva aldeana se hacía la pesada: era necesario tomarla por la cintura para ponerla en pie. El viento del puerto, cargado de aromas saludables, los tornaba retozones como cabritillos. Escuchábase á lo lejos el sonido de los cencerros y veíanse pastar tranquilamente algunos ganados. Dejaron las márgenes del arroyo y se pusieron á ascender por una de las laderas, siguiendo un estrecho sendero que hacía eses. Pronto se borró el sendero y tuvieron que caminar sobre el musgo.

—Te advierto—dijo Pedro—que no tardaremos en tropezar con la niebla... Ya la ves ahí cerca...

—¿Y entonces?...

—Nada, yo tengo la seguridad de que no dura más de doscientos pasos y de que el corte de la Peña se encuentra á estas horas bañado por el sol... Pero si tienes miedo á la humedad podemos volvernos...

—No, no... de ningún modo... ¿Crees que vamos á ver el sol de veras?... Pues adelante.

En efecto, después de subir algo más por un áspero repecho, vestido casi todo él de tojo y retama, lo cual hacía muy penosa la ascensión, tocaron en la niebla y se internaron por ella. Pedro cogió de la mano á la condesa para que no cayese, en el caso de tropezar. Al poco rato sintieron húmeda la cara y las manos y se rieron como si les hubiese pasado alguna cosa placentera.

—Debemos parecer dos fantasmas, Pedro... ¿Será cierto que estamos dentro de una nube?

—¡Ya lo creo!

—¿De una de esas nubes que vemos correr por el cielo?

—¿Pues de qué otras quieres que sea?

—¡Ave María!

Así como el mayordomo lo había predicho, no se habían pasado diez minutos cuando la niebla comenzó á enrarecerse, convirtiéndose en una gasa sutil que dejó percibir en vagorosa indecisión las peñas y los arbustos. Sintieron en el rostro calor, como si se aproximasen á un horno, y observaron que el leve vapor que aún los envolvía se agitaba. Allá arriba, delante de sí, vieron una gran mancha de oro. Y de repente, despojándose de su cendal gaseoso, como el que deja caer una túnica de los hombros, quedaron anegados en luz, surgiendo como dos manchas negras en medio del éter azul, debajo de un sol radiante. La condesa lanzó un grito de entusiasmo. Después, acercándose más á su amante y empinándose sobre la punta de los pies, le dió un beso claro y sonoro en la mejilla. Pedro la estrechó contra su corazón. Era la primera caricia que se hacían desde que salieron de casa.

Poco trecho necesitaron andar para colocarse sobre el mismo corte de la Peña. El espectáculo que entonces hirió su vista fué uno de los más hermosos, y sin duda el más sublime que pueden ver los humanos. Por toda la región que la vista abrazaba se extendía un mar de leche, ligero y fluido, que cerraba por entero el horizonte. Sobre este mar resplandecía la esfera luminosa del firmamento, donde nadaba el sol, arrastrando con orgullo su majestuosa cabellera de oro. Allá á lo lejos, de uno y otro lado, se alzaban sobre el mar de leche algunos negros ó jaspeados islotes que eran, sin duda, las crestas de las montañas más elevadas de la cordillera cantábrica. Parecía que echándose á nadar se podía llegar á ellas al instante. El sol no teñía por igual la superficie de aquel océano nubloso: en unas partes lo matizaba levemente de rosa, en otras de oro; á trechos lo dejaba en sombra y á trechos lo hacía arder en resplandores. Nuestra pareja se hallaba sobre la misma cresta de la Peña Mayor, que formaba una de las varias islas de que estaba sembrado. Debajo de ellos, á los cuarenta ó cincuenta pasos, las olas de leche y rosa cercaban la Peña y la batían dulcemente con su hálito sutil. Nadie imaginara que dentro de ellas, allá en el fondo, dormían las aguas tristes y pesadas del lago Ausente su eterno sueño inalterable.

El corazón de los amantes se estremeció de alegría delante de aquel cuadro prodigioso, tan lejano de los que se acostumbran á ver en la tierra. ¡La tierra! La tierra no existía en aquel sitio: era un mito sombrío, una pesadilla de la imaginación. ¡Quién se acordaba de la tierra! Allí no había más que cielo; cielo arriba, cielo abajo, cielo en todas partes.

Sentados sobre la Peña bebían por su entreabierta boca el aire de las alturas, nítido y fresco como el aliento de los ángeles. La luz se desprendía en efluvios infinitos por los orbes azules, haciéndoles centellar. La soledad y el silencio, tan amargos en la tierra, eran allí dulces y amables. Ningún ruido terrestre profanaba la majestad de aquella gloria. Sólo la mente, mejor que los oídos, escuchaba un rumor solemne, una música grave y melodiosa, como el himno que las esferas entonan sin cesar al Eterno.

Poco á poco fué entrando el vértigo en el alma de Laura. Un deliquio voluptuoso, dulcísimo, se apoderó de sus sentidos, dejando despierta tan sólo la fantasía; y empezó á soñar. Imaginóse que ella y Pedro no llegaban del lodazal de la tierra, sino de los espacios lumbrosos que los rodeaban. Habían atravesado en raudo vuelo el éter, y vinieron á posarse como dos pájaros celestes sobre aquella roca. Pero no tardarían en alzarse de nuevo para sumirse otra vez en los senos azules del firmamento y alcanzar otros sitios de mayor gloria. Ya estaban muertos para el mundo, y sólo bajaban á él de raro en raro, envueltos en la bruma de la tarde ó en la ola de los mares, ó atados, tal vez, á un rayo de sol. Habían sondado el inefable misterio de los cielos y formaban parte del coro de los santos que cantan las alabanzas del Señor. Gozaban entre nubes de incienso y resplandores de la dicha perdurable reservada á los buenos.

Pero este hermoso sueño fué turbado por un pensamiento cruel que heló su corazón. Ella no podía entrar en el cielo. Ya no era inocente y pura como en otros tiempos, y no ofrecería en remisión de sus pecados veniales una vida de martirios y humillaciones. Había destruído con una venganza ruin todos sus merecimientos. No era más que una infeliz pecadora, una despreciable adúltera. Las puertas del infierno se abrirían para ella cuando muriese, y quedaría sepultada eternamente en los tormentos de los condenados.

Se estremeció de horror. ¿Sería posible que Dios la perdonase aquel gran pecado? No dudaba de su misericordia infinita, mas para ser perdonada era necesario arrepentirse. Entonces pensó vagamente en huir de su amante y hacer penitencia. Acercóse más á él y le preguntó con voz temblorosa:

—¿Te has confesado, Pedro?

—¿Por qué me lo preguntas?

—Porque estamos ofendiendo á Dios enormemente... porque estamos en pecado mortal... Si ahora nos muriésemos iríamos á dar al infierno.

—Yo sí... Tú no, porque eres una mártir.

—Yo soy una pecadora mucho peor que tú, porque he jurado delante de Dios guardar fidelidad á un hombre y he violado este juramento... Soy una mujer despreciable que está deshonrando á su marido... Mira, Pedro, te quiero con toda mi alma. Por ser libre y casarme contigo me resignaría desde ahora mismo á ganar el pan, como la última labradora, con el sudor de mi frente... aún más, me resignaría á mendigarlo de puerta en puerta... Pero no quiero perder mi alma ni la tuya... No puedo amar á mi marido, pero puedo serle fiel... Lo que estamos haciendo es muy criminal, y tarde ó temprano caerá sobre nosotros el castigo del cielo... ¿Por qué no hemos de amarnos puramente, sin manchar nuestras almas? Tal vez esto sea lícito... Yo me informaré del confesor... Detrás de ese cielo azul está Dios contemplándonos. Si ahora refrenamos nuestro gusto, iremos á juntarnos á él después de la muerte y podremos amarnos por los siglos de los siglos...

Pedro bajó la cabeza sin atreverse á contradecirla. La condesa le interrogaba con la vista. Al fin repuso:

—Ya no sé si es malo ó bueno lo que estamos haciendo. Tú dices que es malo, y lo será. De lo que estoy seguro es de que si dejas de quererme iré para el infierno irremisiblemente... Y en último resultado, faltándome tu amor, el cielo y el infierno son iguales para mí...

—¡Calla, calla!—exclamó ella tapándole la boca con una de sus manos.—¡No digas blasfemias!

Todavía prosiguieron algún tiempo hablando seriamente sin hallar ninguna solución que les contentase. Cuando agotaron el tema permanecieron tristes y silenciosos sin atrever á mirarse. Los ojos de entrambos se perdían en los repliegues del océano ondulante que se extendía á sus pies y parecían seguir con atención el vaivén de sus olas argentadas. Al fin, la condesa volvió la cara hacia Pedro y le dirigió una tierna sonrisa. Después aproximóse más á él y reclinó la cabeza sobre su fornido pecho, sin dejar de contemplar en silencio el espectáculo sublime de la Naturaleza.

Mas en aquel instante escucharon pasos á su espalda y se volvieron con presteza. El señorito Octavio estaba delante de ellos. Sin esperar pregunta alguna ni hacer caso de la sorpresa que en sus rostros se pintaba, les dijo con tono imperioso:

—¡Huid! El conde puede llegar de un momento á otro.

—Le estamos aguardando—contestó Pedro secamente.

—Pues haces mal en aguardarlo. Lo sabe todo y viene á matarte.

—Razón de más para que no huya.

—¡Eso es, hazle frente, y después de haberle robado la honra, mátalo!... Los valientes hacen las cosas por redondo. Eres un necio y un fatuo... Si no amas la vida ahora, no mereces la dicha que has logrado... ¡Huye, huye, insensato!... El valor no consiste en despreciar la vida, sino en saberla perder á tiempo.

El viento había derribado el sombrero del señorito. El sol bañaba su revuelta cabellera dorada, que despedía fugaces destellos como en la mañana que por primera vez le vimos. Su faz, pálida entonces por el sueño, lo estaba ahora por la emoción. Pero sus ojos... ¡oh, sus ojos mudaron mucho desde entonces! Ya no eran aquellos ojos fríos y tímidos que resbalaban sobre los objetos sin penetrarlos. Brillaban con inusitado fuego.

Su figura delicada y endeble alzábase soberbia en el sitio más eminente de la roca y descollaba sobre el azul del cielo. Los dos amantes, situados en un lugar más bajo, desaparecían delante de él como desaparecen de los ojos del público los actores secundarios cuando entra en escena el protagonista del drama. La condesa, que se estrechaba, muerta de susto y vergüenza, contra su amante, le encontró desconocido.

—Huye, huye, por Dios, Pedro—dijo Laura con voz temblorosa.

—Sí, pero tú conmigo.

—Yo no puedo huir... Tengo hijos... Además, te serviría de estorbo...

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