D. ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 5)
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Mario y Carlota se hallaban tan admirados, que apenas podían creer lo que oían. Todavía estaba D.ª Fredes loando la obediencia de Adolfo cuando vinieron a avisar que eran las cinco y los actores se hallaban preparados. La egregia protectora de las letras y las artes dio la señal y descendió gravemente de su trono: pidió el brazo a Mario y salió majestuosamente de la estancia seguida de sus adeptos.
Tocoles un buen sitio a aquél y a su esposa para ver la comedia, que era del género llorón; mas apenas lograron fijarse en ella, preocupados con el descubrimiento que habían hecho. Como tenían cerca a D.ª Fredesvinda no podían comunicarse las alegres ideas que cruzaban por sus cabezas, y sólo se desahogaban dándose codazos y pisotones. Más de una vez tuvieron que apretarse la boca para no dar suelta a las carcajadas que les retozaban por el cuerpo. Por mucho que hicieron no lograron volver a echar la vista encima en toda la noche a Adolfo. El feroz materialista, el producto bravío de la Naturaleza en lucha eterna con la sociedad, sin duda se había escondido entre bastidores.
Pero cuando al fin salieron de aquella casa y se vieron solos en la calle, ¡entonces sí que rieron a su gusto! Cada cual recordaba una frase patibularia de Moreno, alguna de sus maldiciones y amenazas contra el orden religioso y político. De este modo las carcajadas fluían sin cesar. Mario se dejaba caer contra los quicios de las puertas y se quitaba el sombrero y se apretaba el estómago para no reventar de risa. Casi otro tanto le pasaba a Carlota. Ambos repetían a cada instante:
—¡Dios mío, lo que se va a reír Rivera!
De esta suerte caminaron alegremente la vuelta de su casa. Pero al llegar cerca de la Puerta del Sol Carlota se puso repentinamente seria, como si un soplo de viento helado cruzase por su alma, y exclamó:
—¡Mucho me he reído hoy, Mario! Tengo miedo que me suceda algo malo.
—¡Qué superstición! No seas tonta, mujer—respondió el escultor sin dejar de reír.
¡Pobre Mario! El tonto lo era él en tal instante. El corazón femenino mantiene, sin duda, más estrechas relaciones que el masculino con las fuerzas magnéticas que obran secretamente en el seno de la Naturaleza.
Cuando hubieron andado buen trecho por la calle Mayor, donde vivían, cruzaron a su lado sin verlos Vicenta y Encarnación, doncella y niñera respectivamente de su casa. Marchaban en tal estado de agitación que los esposos se detuvieron sorprendidos y recelosos.
—¡Vicenta!
Las domésticas tuvieron el paso, y al verles, el miedo y el dolor se pintó en sus semblantes.
—¡Ay, señoritos del alma!—exclamaron casi a un tiempo las dos.
—¿Qué ocurre?—preguntó Mario petrificado de terror.
—¿El niño?... ¿un coche?...—gritó Carlota sacudiendo a la niñera por el brazo.
—No, señorita... no le ha atropellado ningún coche. Se ha perdido.
—¡Búsquenlo ustedes! ¡búsquenlo!—gritó a su vez Mario desesperadamente.
—Hace tres horas que lo estamos buscando, señorito—respondió Encarnación rompiendo a sollozar.
Vicenta explicó el caso. Su compañera no acertaba a hablar. Ambas habían ido con el niño al Retiro, permaneciendo allí toda la tarde. El chico se divertía con otros junto a la fuente de la Alcachofa, mientras ellas charlaban con las demás niñeras sentadas en un banco. Los chicos se escapaban de vez en cuando corriendo hasta cierta distancia, como siempre; pero a una voz que les daban volvían a la plazoleta. Pues cuando se acercaba el oscurecer, al llamarlos para irse a casa, se encontraron con que no parecía el pequeño. Llamaron a gritos, recorrieron todos los sitios próximos, avisaron a los guardas. Nada. Los demás niños no daban más razón sino que estaban jugando al escondite y que le habían visto correr entre los árboles para ocultarse, y que luego no le habían visto más.
Mario sé puso a gemir como una criatura increpándolas furiosamente. Carlota, pálida, pero tranquila en apariencia, le mandó callar.
—¿Y no han dicho los niños si habían visto cerca de él a alguna persona?
—Sí, señorita; detrás de él dijeron que iba un hombre cojo con americana clara y sombrero ancho.
—¿No han dado ustedes ese detalle a los guardas?
—Sí, señorita.
Carlota meditó un instante en silencio.
—Y el hombre ese ¿no se había acercado antes al niño?
—No lo hemos visto, ni los demás niños tampoco.
—¿En toda la tarde no se ha acercado nadie al chico?
—Nadie.
—Sí, mujer—interrumpió Vicenta.—Le ha dado un beso esa prendera que conocen los señoritos, que se llama D.ª Rafaela. Le besó y le regaló unos caramelos.
—Pensé que la señorita hablaba sólo de hombres—replicó la niñera.
Carlota guardó silencio de nuevo y meditó.
—Está bien—dijo al cabo.—Ustedes se vienen conmigo a recorrer las delegaciones de policía para dar aviso. Tú, Mario, te vas ahora mismo a casa de D.ª Rafaela a ver si por casualidad se ha quedado en el Retiro y el niño se ha ido con ella. ¡Quién sabe! Tal vez esté allí. ¿En casa de mamá han preguntado ustedes?
—Sí, señorita, y en casa de la señorita Presentación lo mismo.
—Bien, pues si no parece, hay que seguir la pista a ese cojo. Buena seña tiene para que la policía dé pronto con él... Vamos, no te apures tanto, hombre, que el niño no se ha muerto, y si Dios quiere parecerá.
Y aquella animosa mujer detuvo un coche que pasaba y se metió en él con las dos criadas, mientras su marido, sin dejar de sollozar, corría a la calle de Hortaleza, donde la vieja prendera tenía su domicilio.
XVIII
Doña Rafaela había estado en las Ventas del Espíritu Santo a recoger un dinero que le debían. A la vuelta se apeó del tranvía frente al Retiro, paseó un rato, y mucho antes de llegar la noche se fue a su casa. Allí se encontró una carta, fechada en la cárcel, que decía:
«Mi respetable y amada protectora: Desde hace tres días me hallo en este lugar vergonzoso, tratado como un criminal. La infinita bondad de Dios me envía esta prueba, que no sé si podré resistir, porque soy una criatura débil y pecadora. Bendito por siempre sea su santo nombre. Si no temiera abusar de su bondad le suplicaría que viniese en algún momento libre a consolarme y a fortalecerme con sus sanos consejos. ¡Ojalá no me hubiese apartado jamás de ellos! Si no le fuese posible le ruego por la salvación de su alma que vaya a San José y ponga un cirio en el altar de Nuestra Señora y rece con fervor una salve por su desgraciado amigo que de veras necesita de sus oraciones.—Godofredo Llot.»
No bien la hubo leído cuando, volviendo a echarse el mantón sobre los hombros, salió a la calle, montó en un coche y se hizo trasladar a la cárcel. Tenía allí la prendera un sobrino empleado, quien por favor especial hizo llamar a Godofredo a la sala de declaraciones.
Bajó éste con el capuchón de reglamento. Al quitárselo y dejar al descubierto su hermosa cabeza blonda, D.ª Rafaela no pudo menos de recordar las estampas piadosas que representan a los primeros mártires del cristianismo en los calabozos de Roma. La luz, dando de lleno en aquella cabeza angelical, hacía resaltar como en apoteosis la delicadeza de sus facciones, la seráfica limpidez de su mirada, las tintas sonrosadas de sus mejillas. Éstas se tiñeron de vivo carmín al instante. Bajó los ojos humildemente, y sin decir palabra rompió a llorar en silencio.
—¡Valor, Godofredo! ¡Valor, hijo de mi corazón!—exclamó la prendera.
Pero la buena mujer estaba tan necesitada como él mismo. No bien pronunció estas palabras tuvo que sacar el pañuelo para secarse las lágrimas. Ambos permanecieron silenciosos bastante rato. Al fin aquélla, enjugándose bien los ojos y sonándose con estrépito, dijo:
—Pero ¿cómo fue eso, hijo querido? ¡Explíquemelo! ¿Cómo fue?...
El candoroso joven, que siempre parecía adolescente, permaneció en la misma actitud humilde, como si estuviese esperando el golpe de la cuchilla que había de segarle el cuello.
—Soy muy malo, D.ª Rafaela—articuló dulcemente.—No merezco las bondades con que usted me favorece.
—No le tengo a usted por tal, querido, ni lo tiene nadie... Habrá sido una calumnia...
—No, no es calumnia por desgracia...
Entonces el hijo predilecto de la Iglesia se acercó a la reja, y con labio balbuciente y el rostro encendido se confesó con D.ª Rafaela.
Por no abusar más de su inagotable bondad había tenido precisión de pedir seiscientas pesetas al padre Laguardia, que era quien le perseguía y le había hecho prender.
—¡Pero eso es una picardía!—exclamó la prendera sin poder contenerse.—¿Por seiscientas pesetas le deshonra a usted ese mal sacerdote?
—¡Por Dios le pido que no lo califique así!—profirió el joven con semblante dolorido.—D. Jeremías es muy virtuoso y ha tenido razón para tratarme de ese modo. Mucho más merezco yo...
—¡Qué ha de merecer, cordero de Dios!
—Sí, sí, D.ª Rafaela, por Dios, no me juzgue usted bueno... Soy muy malo... ya verá usted...
La prendera no pudo menos de sonreír llena de benevolencia al ver el calor con que hablaba aquel inocente.
—Vamos, diga usted, criatura, diga usted. A ver qué maldades son ésas.
—¡Sí que lo son!... ¡Ay, señora! La idea de que usted me tiene por mejor de lo que soy me martiriza.
La sonrisa de D.ª Rafaela se hizo más benévola aún y más indulgente.
Godofredo le contó una historia larguísima de un cuñado comerciante que había dado quiebra a causa de cierta fianza. Quedó en la miseria y con nueve hijos. Su hermana, no teniendo pan que darles, le escribía a menudo pidiéndole dinero. Él publicaba artículos en los periódicos católicos y hacía algunas traducciones; trabajaba cuando podía, pero ganaba poco dinero. Los periódicos y las revistas católicas cuentan con escasos recursos. La riqueza se halla en manos de los impíos. Entonces, sabiendo que su hermana y sus sobrinos pasaban hambre, se aventuró a pedir algunas pequeñas cantidades a varios amigos de D. Jeremías, esperando poder devolverlas pronto cuando en La Paz del Hogar, La España Mística y otros periódicos le pagasen lo que le debían. Hizo más. Cometió un pecado gravísimo... un pecado que le costaba trabajo inmenso confesar... D.ª Rafaela le animó a hacerlo, manifestando que el arrepentimiento borra todas las culpas.
—Pues bien, señora—profirió el joven derramando un torrente de lágrimas.—Para pedir ese dinero he usado del nombre del padre Laguardia. ¿No ve usted bien claro ahora que soy un perverso?
—Ese es un pecado, hijo, pero ya sabe usted que el justo peca siete veces al día. Si usted está arrepentido, Dios en su infinita misericordia...
—¡Oh, sí, señora, a la misericordia de Dios he acudido ya!—exclamó Llot con un hondo suspiro que partía el corazón.—En cuanto llegué a este sitio mandé a llamar al capellán de la cárcel, y a sus pies de rodillas he confesado mis pecados.
—Pues si se ha lavado ya en el tribunal de la penitencia no tenga cuidado. Ya veremos de arreglar eso con D. Jeremías.
—¡Oh! D. Jeremías ha hecho bien en perseguirme y en maltratarme de palabra y de hecho. Merezco mucho más.
—¿Pero le ha maltratado de veras?—preguntó sorprendida la prendera.
—Sí, señora; días pasados, en la sacristía de San Ginés, me injurió y me abofeteó delante de varias personas.
—¡Qué escándalo!
—No, no es escándalo, señora. El escándalo ha sido el mío cometiendo un delito. El castigo ha sido muy pequeño para culpa tan grave. Le estoy profundamente agradecido por los golpes que me ha dado y las injurias que me ha hecho, y sólo siento que no hayan sido aún más dolorosos para poder pagar a mi Divino Señor las ofensas que le he inferido.
D.ª Rafaela cruzó las manos y levantó los ojos al cielo con un gesto de viva admiración. Después, convirtiéndolos al cautivo, le miró con asombro y cariño largo rato, embargada por la emoción, como si estuviese en presencia del mismo San Luis Gonzaga.
En efecto, el semblante del joven, rebosando de calma celeste y resignación, merecía un nimbo de luz. Todo era puro, inefable, en aquel semblante radioso. Sus mejillas nacaradas parecían hechas de una materia trasparente a fin de que pudiera verse que aquel cuerpo no contenía ninguna sustancia inmunda: todo era puro, blanco, luminoso. Lo que caracterizaba aquel rostro, lo que resplandecía en sus ojos, en su frente, en sus cabellos, hasta en sus orejas, era una ausencia absoluta de malicia. En sus ojos límpidos, húmedos, brillaba siempre la sonrisa dulce y resignada de los seres que han nacido para víctimas. Había en tal adorable criatura algo de cordero y mucho también de paloma, como si estos dos animales hubiesen cedido de buen grado el uno su resignación, el otro su inocencia, para formarle.
Godofredo Llot no era un muchacho de estos tiempos, como decía muy bien D.ª Rafaela. Merecía haber nacido en un siglo menos escéptico y malicioso. Su naturaleza candorosa, ideal, estaba divorciada de la triste realidad presente, tenía la nostalgia de la Edad Media. En esta edad de fe y entusiasmo debía de haber vivido. Así que, como si presintiera que aquélla era su verdadera época, Godofredo la estudiaba, la fantaseaba sin cesar. Había publicado unos estudios muy notables sobre las Cruzadas, escritos con tal fervoroso estilo que el obispo de Astorga le había mandado su bendición; y en cuantos artículos daba a la estampa seguían saliendo las catedrales góticas, de las cuales vivía profundamente enamorado. Y realmente su rostro angelical, destacándose en aquel momento del tosco capuchón, parecía el de uno de esos monjes ideales que cruzaban misteriosamente por los claustros de los templos góticos para ir a postrarse ante el altar de la Virgen.
Por eso algunos de sus actos que parecían extraños no lo eran, si se atendía a que este joven vivía con el espíritu en otros tiempos más nobles y santos. Cuando D.ª Rafaela, después de haberle confortado con sentidos consuelos y haberle prometido trabajar cuanto pudiera por arreglar el asuntito, se despidió de Godofredo, éste le dijo con rostro humilde:
—¿No me permitirá usted antes de irse besar su mano?
Esto, que sería ridículo en cualquiera, en aquel candoroso joven no lo era.
D.ª Rafaela introdujo su mano derecha por las rejas mientras llevaba la izquierda a la faltriquera, preguntando:
—¿Cuánto necesita usted, querido?
Ahora bien, estos dos actos realizados simultáneamente ¿indicaban que Godofredo después de la mano pedía siempre algún metálico? Si hay algún malicioso que lo conjeture, allá se las haya con su conciencia.
El hijo predilecto de la Iglesia besó con respeto la mano carnosa llena de sortijas de la prendera, y todo ruboroso balbució:
—Si usted me hiciese el favor de veinte duros...
D.ª Rafaela sacó del portamonedas dos billetes de cincuenta pesetas y se los entregó. Después se despidió con muy cariñosas palabras. Pero todavía antes de marcharse le pidió Godofredo otro favor: que oyese una misa por su intención. Y la bondad de ella fue tanta que le prometió oír dos, cosa que Godofredo rechazó, como es natural; pero la buena mujer se empeñó y no hubo más remedio. El joven, embargado por el agradecimiento, rompió de nuevo a llorar.
En cuanto salió de la cárcel se fue la prendera derecha a casa de D. Jeremías. El iracundo presbítero no quiso oírla, ni aun prometiéndole salir por fiadora de las cantidades que Godofredo adeudaba a él y a sus amigos. Juraba y perjuraba que había de llevarle a presidio y prometía ir a verle salir en la cuerda de presos con el mismo placer que si fuese a la misa del Papa. Desde allí fue a visitar al cura de San Ginés y al capellán de las Adoratrices. Tampoco logró nada en favor de su protegido. Estos presbíteros estaban ferocísimos, tanto o más que el prelado doméstico.
Cuando la buena mujer, fatigada, regresó a su domicilio, hallolo turbado por la presencia de Mario, que después de buscarla en vano por todo Madrid había venido a esperarla. El estado del escultor era tan lamentable que la sobrina tuvo que hacer tila y sacar el frasco del antiespasmódico. Cuando D.ª Rafaela le dijo que nada sabía del niño después de haberle besado en el Retiro a eso de las tres, fue acometido de un desmayo. Salió de él en seguida gracias a los cuidados que le prodigaron. Y en cuanto recobró el sentido tomó el sombrero y salió acompañado de D.ª Rafaela. Fueron a su casa. Carlota estaba ya de vuelta y con ella su madre, su hermana, D. Pantaleón y Timoteo. Rivera llegó también a los pocos momentos. La casa era un campo de desolación: no se oían más que lamentos y sollozos. Todos parecían haber perdido la razón menos Carlota. La infeliz madre, blanca siempre como una estatua, no se entregaba a vanos gritos de dolor; ocupábase en disponer los medios de recuperar a su hijo. En aquel momento hablaba con el delegado de policía del distrito. Éste se inclinaba a creer que se trataba de un secuestro.
—Verán ustedes cómo no se pasan muchas horas sin que reciban una carta pidiendo dinero por el niño—decía.
—Le daremos todo lo que poseemos, y si no es bastante no faltará quien nos lo preste.
—Nada de eso. No hay necesidad. Como ustedes sigan mis instrucciones, yo me comprometo a rescatarlo y a echar mano a los bandidos.
—¿Para qué? Mi marido y yo nos quedamos con gusto sin nada y trabajaremos toda la vida por nuestro hijo.
Por si la carta no llegaba convinieron en seguir la pista al cojo que habían visto detrás del niño en el Retiro. El delegado había ya dado las órdenes oportunas. Dos agentes llegaron a decirle que este cojo había salido aquella misma tarde por el ferrocarril de Arganda, montando en la estación que se halla detrás de las tapias del Retiro.
Inmediatamente Mario y el delegado tomaron un coche y se fueron a dicha estación. El delegado interrogó al jefe y a los mozos, y todos convinieron en que efectivamente había salido un cojo de las señas indicadas, pero convinieron asimismo en que no iba con él niño alguno. Este dato los desalentó. Mario quedó profundamente abatido y se dejó caer en un banco mientras el delegado telegrafiaba, por si acaso, a los jefes de las estaciones intermedias y al alcalde de Arganda para que en todo caso le detuviera.
Pero hallándose de aquel modo sentado con la cabeza entre las manos, oyó a un mozo decir a otro que no había visto más niño que uno que llevaba una mujer. El escultor levantó vivamente la cabeza.
—¿Qué señas tenía ese niño?
—Pues yo no he reparado bien... Era rojito él y blanco.
—¿Cuántos años tendría?
—Tampoco puedo decirle... Era pequeñito...
—¿Pero iba en brazos?
—Ca, no, señor; andaba él solo perfectamente. Lo llevaba la mujer de la mano.
—¿Tendría cuatro años?
—Por ahí... por ahí...
Mario se alzó agitado y preguntó con anheló:
—¿Qué traje llevaba?
—Un trajecito azul de pantalón corto y con las piernas al aire.
—¿Y un sombrero claro?
—Sí, señor, y un sombrero blanco.
—¡Es mi hijo!—gritó, y echó a correr al telégrafo, donde se hallaba el delegado.
Éste, al escuchar la relación que trémulo y con palabra entrecortada le hizo, quedose pensativo, llamó al mozo y le interrogó de nuevo:
—Bien puede ser—dijo al fin—que ese cojo haya traído consigo una mujer y le haya entregado el niño para despistar. Telegrafiaremos este dato al alcalde, y mañana, en el primer tren, iremos a Arganda.
Mario se le puso delante con las manos cruzadas en actitud suplicante.
—Por lo que más quiera usted en este mundo, amigo García, le ruego que vayamos ahora mismo.
—¡Pero si no hay tren, Sr. Costa!
—No importa, iremos en coche.
Vaciló el delegado algunos instantes, puso varios reparos, pero al fin, vencido de las súplicas del desgraciado padre, se decidió a ir. El coche que les había llevado a la estación no servía por ser de un caballo. Mientras Mario fue a alquilar otro, el delegado telegrafiaba a los jefes de las estaciones intermedias para cerciorarse de que tanto el cojo como la mujer y el niño no se habían apeado en ninguna de ellas. Se mandó un recado a Carlota; trajeron ropa al delegado y se tomaron las disposiciones necesarias para el viaje. Cuando salieron de Madrid habían dado ya las doce de la noche.
Era clara y fría como suelen serlo las del invierno en la capital de España. El disco de la luna resplandecía sobre la llanura árida que se extiende a entrambos lados de la carretera. La augusta serenidad del cielo tachonado de estrellas no logró mitigar la tortura del artista. Otras veces el magnífico espectáculo de la Naturaleza había sido un precioso calmante para las heridas de su corazón. Mas ¡ay! para la que ahora sentía no hay bálsamo en la tierra.
El sordo rumor de las ruedas y las campanillas de los caballos adormecieron pronto a su compañero. Mario le contemplaba con ira. Su imaginación se revolvía atormentada por el dolor, presentándole mil cuadros aterradores. Su hijo secuestrado, su hijo maltratado, su hijo pasando hambre y frío en cualquiera cueva, su hijo llamándole con acerbo llanto, mientras unas manos brutales le tapaban la boca... ¡Hijo de mi alma!
Se apretaba las sienes con las manos temiendo que fuesen a estallar. De su garganta se escapaba un débil y continuo quejido como el de un animal en la agonía. A ratos empujaba convulsivamente la delantera del coche, como si con este esfuerzo le hiciese correr más. A ratos imaginaba saltar fuera y emprender una carrera vertiginosa para llegar antes. Imposible que el infierno haya inventado un suplicio más cruel.
Las estrellas brillaban. Los árboles que orlaban las riberas del Jarama balanceaban sus negros penachos sobre el fondo azul de la noche. El trote de los caballos y sus cascabeles rompían el silencio de la campiña dormida. La luna esparcía sobre ella su luz suave donde flotaban algunos jirones de niebla. García roncaba.
Llegaron a Arganda después de las tres. Mario se hallaba tan trastornado que quería llamar en todas las casas y preguntar por el secuestrador. El delegado procuró calmarle. Fueron a la del alcalde, y éste se levantó solícito y se prestó a ayudarles en todas las indagaciones. Llamaron al jefe de estación y a los mozos y se averiguó en seguida el mesón donde el cojo paraba. Fueron a detenerle con auto del juez municipal. El hombre recibió tal sorpresa que apenas podía hablar. Esto dio fuerza a las sospechas que sobre él recaían. También la dio el ser ave de paso en el pueblo, pues afirmaba que iba a Colmenar, y había hecho noche allí para arreglar por la mañana cierto asunto con un comerciante de la villa. Se avisó a este comerciante y, en efecto, vino a declarar que era cierto lo que el cojo decía, y que le trataba hacía tiempo y le tenía por una persona honradísima. Mario, a pesar de todo, ansiaba echarle las manos al cuello y apretarle hasta hacerle confesar dónde estaba su hijo.
Se indagó el paradero de la mujer y el niño. Nadie daba razón de ella; nadie la había visto. Se trabajó asiduamente. El pueblo se había puesto en conmoción y muchos vecinos, aunque todavía era noche, salieron a la calle para enterarse. Cuando amaneció las calles se llenaron de gente y todos se convirtieron en agentes de policía para averiguar el paradero del niño secuestrado. El asunto preocupaba sobre todo a las mujeres que no cesaban en sus comentarios. De tal suerte, que en menos de una hora corrieron tres o cuatro novelas por el pueblo. El niño fue hijo de un gran señor que daba diez millones por su rescate; fue un expósito a quien su madre, no pudiendo reclamarlo, hacía secuestrar; fue un huérfano al cuidado de aquel señor que allí estaba y que unos tíos quisieron hacer desaparecer, etc., etc. En los corrillos se saboreaban con deleite estas noticias de gusto romancesco.
Pero en uno de ellos, cerca del cual se hallaban Mario y el delegado, una mujer que acababa de acercarse dijo:
—Pues ayer tarde he venido de Madrid con el niño de D. Ricardo y no he visto esa mujer.
Todos los rostros se volvieron hacia ella. El delegado preguntó inmediatamente:
—¿Pero ha venido usted ayer de Madrid con un chico?
—Sí, señor.
—Pues usted es la mujer del niño.
—¡Yo, señor!—exclamó la infeliz asustada.—¡No lo crea usted! ¡No lo crea por Dios, señor!
—Sí; usted es la mujer del niño... del niño de D. Ricardo... Vamos a ver a ese D. Ricardo ahora mismo.
Y volviéndose a Mario añadió:
—Me parece, Sr. Costa, que ya nada tenemos que hacer aquí. Hemos seguido una pista falsa. Vamos a cerciorarnos de ello y en seguida emprenderemos la marcha otra vez.
En efecto, aquella misteriosa secuestradora no era otra que el ama de gobierno de D. Ricardo Fanjul, un rico propietario viudo. El niño era su hijo, que había pasado algunos días en Madrid en casa de una hermana.
La novela quedó deshecha en un instante. En su vista el delegado y Mario tornaron el tren de la mañana para la capital, por ir más de prisa. El cojo quedó detenido por si acaso, y se dio orden para que se le trasladase a Madrid.
Mario, profundamente abatido, guardaba silencio mientras el tren se acercaba velozmente a la capital. Las lágrimas corrían a menudo por su rostro pálido y ojeroso. García permanecía silencioso también. Una arruga profunda cruzaba su frente, signo de intensa meditación. Al cabo, cuando ya se aproximaban al término del viaje, preguntó con afectada indiferencia:
—¿Hace mucho tiempo que ustedes conocen a esa prendera que se llama D.ª Rafaela?
—Sí, señor, hace ya algunos años que somos amigos—respondió el artista con voz alterada.
Y súbito, sin poder contenerse, apretó la muñeca al delegado diciendo:
—Sea usted franco, García... Empieza usted a tener sospechas de esa mujer.
—No tengo por qué ocultarlo—replicó aquel con sosiego mirando por la ventanilla.—La circunstancia de ser la última persona que ha hablado con el niño me da mucho que pensar... Luego, esa visita a la cárcel...
—Pues bien—manifestó Mario con creciente agitación,—le confieso que yo vengo también pensando en lo mismo hace largo rato. Pero al mismo tiempo me parece tan absurdo, tan insensato, que procuro desecharlo de la cabeza como una tentación. D.ª Rafaela es una excelente amiga, una mujer buenísima...
El delegado, sin abandonar su actitud reflexiva, alzó los hombros con desdén.
—¡Ps! Eso no significa nada. Todos los delincuentes han sido buenos antes de dejar de serlo. Hay cosas tan misteriosas en materia de crímenes que nadie puede explicárselas. Allá los médicos. Lo que puedo decirle es que después de lo que he visto en mi carrera ya no me asusta nada.
Mario volvió a sentirse acometido de una inquietud insufrible. Quería que volase el tren. En cuanto llegaron corrió a su casa por si se tenían noticias o habían recibido alguna carta. Nada se sabía. Habían llegado, sí, muchas personas a enterarse, porque la prensa hizo circular la noticia y el escultor tenía bastantes amigos. Pero ni un rayo de luz.
Mientras tanto el delegado fue a dar parte al juez de sus investigaciones. Se llamó a doña Rafaela a declarar. Cuando hubo terminado la declaración, el juez le dijo:
—Señora, no se asuste usted. Me veo en la precisión de dejarla a usted detenida.
La infeliz mujer, al escuchar estas palabras, cayó desmayada. Después vertió un torrente de lágrimas y protestó con tan sentidas palabras de su inocencia que logró conmover a los que presenciaban la escena. Se la trasladó a la cárcel de mujeres.
En todo aquel día el juzgado no cesó de trabajar. Se tomó declaración a cuantas personas pudieron haber tenido relación con el niño en aquellos días, a las niñeras que le habían visto en el Retiro, a los chicos, a sus padres, etc. Mario y Carlota recorrían llorosos, anhelantes las casas de todos los conocidos buscando alguna noticia. Al llegar la noche nada se sabía aún. Todos los trabajos que se hicieron para hacer declarar otra cosa a D.ª Rafaela resultaron infructuosos.
Cuando regresaban a su casa tropezaron a D. Dionisio Oliveros que salía de ella. El poeta venía a ponerse a disposición de sus amigos. Abrazó conmovido a Mario, y éste tuvo la satisfacción de escuchar de su boca estas palabras aladas:
—¡Qué tremenda desgracia pesa sobre su cabeza, amigo Costa! La vida ofrece tragedias bien dolorosas. Tengo la esperanza de que al cabo después de tanta peripecia conmovedora el nudo de la horrible intriga se desatará; logrará usted hallar a su hijo sano y salvo. Si esto sucede, como yo confío, le ruego guarde en la memoria y me reserve todos los incidentes de esta misteriosa trama. Nosotros los poetas modernos necesitamos inspirarnos en la realidad. Cuando tropezamos casualmente con una acción de un interés tan palpitante como ésta, lo consideramos como un hallazgo y hay que evitar que otro se aproveche... Quizá después que todo se haya arreglado felizmente tendrá usted la satisfacción de ver, sobre las tablas, reproducidos los sentimientos que ahora agitan su corazón, y derramará usted abundantes lágrimas. Pero estas lágrimas serán dulces como lo son siempre las que el arte nos hace llorar.
Esto dijo el bardo del ministerio de Ultramar con voz ronca. Carlota le miró con ojos coléricos; pero Mario, trastornado por el dolor, se abrazó a él sollozando.
—¡Gracias, D. Dionisio, gracias!
—No lo dude usted, amigo Costa. Más tarde o más temprano tendrá usted esa satisfacción—replicó con profunda convicción el poeta.
Y sin pronunciar otra palabra, aquel hombre magnánimo, instruído por las musas, se aleja gravemente, feliz porque tiene la conciencia del alto destino que la Providencia le ha asignado.
¡Qué noche terrible para los desgraciados padres! Aunque les obligaron a acostarse algunas horas, el sueño no cerró sus párpados ni un instante. Al amanecer estaban en pie, con el semblante descompuesto, los ojos hundidos y rodeados de círculo oscuro, testimonio de su acerbo padecer.
Y otra vez emprendieron aquel fatídico calvario por las calles, recorriendo las oficinas de policía, el juzgado de guardia, las casas de los conocidos. Tampoco hallaron noticia alguna. Las tinieblas más espesas seguían envolviendo aquel misterioso secuestro. El juez parecía desalentado. Ni las declaraciones de D.ª Rafaela ni las del cojo de Arganda arrojaban luz ninguna. Nueva pista no se presentaba.
Mario llegó a las once de la mañana a casa de Rivera con el alma y el cuerpo deshechos. En cuanto pisó el despacho del antiguo periodista las fuerzas le abandonaron por completo. Dejose caer en un diván, y los sollozos, largo tiempo comprimidos, estallaron, amenazando romperle el pecho. A los ojos de Rivera brotaron también las lágrimas y, sentándose al lado de su desdichado amigo, le dirigió tímidas palabras de consuelo. Bien sabía que para aquel dolor no había consuelo posible. Vanas esperanzas no se atrevía a darle, temiendo que el golpe fuera después más rudo. Al fin le dejó llorar en silencio largo rato. Quedó abstraído en intensa meditación con los ojos fijos en el suelo. Pero lo que en su cerebro bullía reflejábase en ellos pasando como ráfagas vivas. A medida que el tiempo trascurría estas ráfagas se fueron haciendo más recias. Algún pensamiento extraño sacudía furiosamente su alma, porque al cabo de un rato, no sólo los ojos, sino todo el cuerpo, ofrecía singular inquietud. Miraba de vez en cuando a su amigo, se pasaba la mano por la frente, rascábase la cabeza. Por último, no pudiendo vencer su agitación, alzose de la silla donde estaba y comenzó a dar vivos paseos. Mario seguía llorando con la cabeza entre las manos.
Más de una vez se detuvo delante de él como si quisiera decirle algo, pero se arrepentía antes de abrir la boca y continuaba paseando. Al cabo hizo un gesto de resolución y, acercándose y poniéndole una mano sobre el hombro, profirió:
—Escucha, Mario. En estos momentos terribles es conveniente expresar todo lo que cruza por nuestro pensamiento, por disparatado que parezca. Todos los disparates imaginables caben en este mundo absurdo en que vivimos... ¿No has observado que tu suegro presenta desde hace algún tiempo señales extrañas... que ha dicho y hecho cosas muy raras... en una palabra, que su espíritu ofrece síntomas de enajenación?...
Mario alzó la cabeza bruscamente; abrió los ojos de un modo desmesurado, mirando a su amigo con vaga expresión de terror; se puso horriblemente pálido, y, alzándose del diván, salió corriendo de la estancia sin pronunciar una palabra. Rivera quedó un instante inmóvil con la vista fija en la puerta; luego salió también a la carrera en pos de él.
XIX
Don Pantaleón se hallaba en el período de fiebre que suele preceder a los grandes descubrimientos. No comía, no dormía, no sosegaba. Pasaba pocas horas en el laboratorio. Los preparados y el microscopio ya le habían dicho la última palabra. Su pensamiento corría desatado en busca del misterioso origen, esperando una feliz casualidad como las que han entregado muchas veces los secretos de la Naturaleza a los hombres de ciencia. Discurría horas y horas al través de las calles, o por las afueras, abstraído, ojeroso, inquieto, torturado por recónditos anhelos de indagación, incomprensibles para los seres que cruzaban a su lado.
Sin embargo, aquel largo, vueludo gabán, que el gran antropólogo gastaba desde su memorable conversión a las ciencias positivas, llamaba la atención de los transeúntes. La llamaba especialmente cuando el viento, introduciéndose entre sus pliegues, lo agitaba. Entonces el insigne fisiólogo tomaba la apariencia de un negro bergantín desplegando sus velas para alguna lejana región desconocida. Los transeúntes, al hacer esta observación, se hallaban muy lejos de sospechar que tal fugaz apariencia era un símbolo. Porque Sánchez, en las altas esferas de la indagación científica, marchaba osadamente a regiones jamás exploradas hasta entonces.
Una cosa le preocupaba hondamente en aquellos días. Había leído en un libro reciente que el pensamiento debía de producirse en el cerebro por medio de continuas explosiones, trasmitidas desde las células por las fibras nerviosas. No lo creía; más aún: lo rechazaba indignado. Ya sabemos que su teoría era la de la destilación. Pero necesitaba demostrarla con pruebas irrefragables, necesitaba convencer al mundo de la inepcia de los fisiólogos sus predecesores. Sólo sorprendiendo al cerebro en funciones podía lograrse este resultado, que llenaría a los hombres de felicidad y le coronaría a él de gloria.
¿Cómo alcanzar semejante sorpresa? He aquí el pequeño obstáculo en que tropezaba este gran hombre. La primera idea que se le ocurrió fue notabilísima, como todas las que brotaban de aquel cerebro privilegiado: valerse de los reos condenados a muerte para una experimentación adecuada. En este sentido llegó a escribir un artículo luminoso que envió a los Anales de las ciencias naturales, ya que sus revistas El mundo orgánico y El mundo inorgánico no se publicaban hacía tiempo por falta de dinero. Desgraciadamente no fue posible insertarlo, ni allí ni en otra revista extranjera adonde lo remitió. Los celos de sus colegas le perseguían, como ha sucedido siempre en tales casos. El ingenioso Sánchez sabía de largo tiempo atrás que existía una formidable conjuración de antropólogos españoles, con ramificaciones en varios puntos del extranjero, para destruir o evitar que se propagasen los resultados de sus investigaciones. Así que no le sorprendió aquella nueva contrariedad. A pesar de sus indignos perseguidores, estaba seguro de llegar donde se había propuesto.
Pensó después encontrar algún hombre generoso, dispuesto a sacrificar su vida en aras de la ciencia. Lo buscó con afán; pero no fue posible hallarlo. Moreno, a quien propuso indirectamente y con muchas reservas hacerle un agujero de siete milímetros de diámetro en el cráneo, por el frontal, rechazó irritadísimo la proposición y se mostró desde entonces tan huido que apenas lograba echarle la vista encima.
Entonces el ingenioso Sánchez, devorado por la pasión científica, anhelando escrutar aquel gran misterio y temiendo fundadamente que si retrasaba su descubrimiento algún otro sabio, nacional o extranjero, le cogiese la delantera, en un rapto de admirable heroísmo, resolvió ejecutar sobre sí mismo la experimentación. No se le ocultaba que corría grave riesgo de morir; mas, en el caso de que esto sucediese, la humanidad no perdería ninguno de los datos que había adquirido para su gran descubrimiento. Escribió previamente una larga memoria donde se apuntaban con toda claridad. Llegó el momento al fin. Encerrose en su laboratorio; se colocó delante de un espejo con todos los instrumentos necesarios al alcance de la mano. Y tomando la barrena fatal, comenzó a horadarse la frente. La mucha sangre que brotaba le cegó. En vano se la enjugó una y otra vez: necesitaba tener los ojos cerrados, lo cual hacía inútil la operación. Además, cuando la barrena tocó en el hueso, el dolor se hizo irresistible. Estuvo a punto de perder el sentido. Suspendió el experimento y pensó si sería mejor que otro lo efectuase. Pero en tal caso no sería él quien sorprendiese el misterioso origen del pensamiento, sino el operador. Nada podría revelar por su cuenta. Además, la operación necesitaba llevarse a cabo con cloroformo: de eso estaba bien seguro. Una vez cloroformizado, sus facultades mentales quedaban en suspenso. ¿Para qué valía entonces el agujero?
Se puso un trozo de aglutinante sobre la herida; vendose la frente con el pañuelo y se dejó caer en una butaca. La tristeza y el desaliento se apoderaron de aquel hombre ilustre. Era forzoso renunciar a la gloria del gran descubrimiento que había de resolver de una vez todas las dudas, que confundiría para siempre las insensatas aspiraciones de los idealistas y metafísicos. Tal vez ¡oh dolor! no se pasaría mucho tiempo sin que otro sabio tuviese la fortuna de hallar quien se prestase a exhibir el cerebro voluntariamente; y entonces el nombre de aquel sabio brillaría eternamente al través de las edades, mientras el suyo eternamente quedaría sepultado en el olvido.
La voz dulce como un gorjeo de su nietecito Mario le sacó del letargo doloroso en que yacía. El pequeño Mario solía subir a la guardilla a interrumpirle en sus largos y profundos trabajos. Para el fisiólogo era un descanso la llegada del niño. Le besaba, se entretenía algunos instantes en charlar con él, y cuando le parecía que había robado demasiado tiempo al estudio de la sustancia gris, le decía empujándole hacia la puerta:
—Anda, chiquito, baja con tu abuelita, que yo no puedo perder un solo minuto.
Dejole llegar hasta sus rodillas y le acarició distraídamente pasándole la mano por los cabellos. Mas al tropezar sus dedos con la tersa frente de la criatura quedó súbito paralizado. Sus grandes ojos opacos brillaron con extraño fulgor. Incorporose vivamente y se llevó ambas manos a las sienes como si temiera que por allí fuera a salir algo grave y terrible que convenía tener encerrado. Se alzó de la silla y comenzó a dar agitados paseos por la estancia. De vez en cuando se paraba delante del niño y le clavaba una mirada ansiosa, profunda.
—Abuelo, ¿por qué me miras así?... ¿He sido malo?
—¡No, hermoso mío, no!—respondió el antropólogo cambiando de expresión y volviendo a su benévola sonrisa habitual.
Tornó a pasear, y otra vez se detuvo frente a su nieto y le cogió la cabeza con sus manos trémulas, febriles.
—¿Por qué me palpas, abuelo? ¡Si no tengo nada en la cabeza!... No me he caído.
—¡Oh, sí!... ¡Aquí está! ¡aquí está!—exclamó con expresión concentrada de rabia y de dolor el ingenioso Sánchez.
—¡No, no! ¡No hay nada! De veras no tengo nada, abuelito.
—¡Sí, sí! ¡Aquí está el gran misterio!... No hay más que abrir y mirar... Pero yo no puedo mirar; yo, que he hecho dar tales pasos gigantescos a la ciencia, me veo precisado a detenerme delante de esta pequeña barrera... Necesito cruzarme de brazos y aguardar con paciencia que llegue otro a recoger la gloria del descubrimiento... ¿Y para esto he pasado los días y las noches contemplando con el microscopio los cerebros de tanto organismo? ¿Para eso he comprado a peso de oro a los mozos del hospital la masa encefálica de más de un cadáver?...
Su exaltación al proferir estas palabras era inmensa. Enrojeciósele el rostro y sus ojos se inyectaron mientras con las manos crispadas palpaba la cabeza del niño. De tal modo que éste, asustado, se echó a llorar. D. Pantaleón recobró instantáneamente la calma y, abrazándole y besándole, le bajó acto continuo a su casa.
Pero no sosegó desde entonces. Un pensamiento fatal le perseguía, le atormentaba sin cesar. De día se le clavaba en el cerebro impidiendo la entrada a otra idea cualquiera; de noche le despertaba con sobresalto y le hacía pasar largas horas sin reposo revolcándose en el lecho, sintiendo la sangre hervir y murmurar dentro de las venas y la frente bañada por grandes gotas de un sudor frío. ¡Qué tormento espantoso! De un lado la ciencia, los intereses de la humanidad, la gloria inmarcesible de la más grande conquista que haya llevado a cabo el entendimiento humano: de otro lado, la ternura instintiva de todo animal a su progenie, los respetos tradicionales, las convenciones sociales. ¡Oh, si pudiera arrancarse de una vez toda ridícula preocupación y, contemplando serenamente el pro y el contra de cada asunto, decidirse por lo más útil!
En pocos días aquel hombre ingenioso se desmejoró visiblemente. Sus grandes ojos melancólicos se hundieron, la nariz se afiló, las mejillas se plegaron y todo su inteligente rostro antropológico adquirió un tinte sombrío de dolor y desfallecimiento que puso en alarma a la familia. Pero no quería oír que estaba enfermo. Se encontraba perfectamente. Su abatimiento dependía del exceso en el estudio.
Al fin, como era de esperar, el interés de la ciencia predominó sobre la lepra tradicional del sentimentalismo. Cierta mañana, después de haber pasado una terrible noche de insomnio, noche de fiebre y terror en que de todos los rincones de la estancia acudieron flotando grandes figuras sombrías a incitarle a proseguir en su obra de regeneración; en que escuchó voces proféticas que le anunciaron gloria inmortal, se arrojó violentamente del lecho dispuesto a todo. ¡A todo!
Observó, vigiló, espió los pasos de su familia con astucia sorprendente. Trascurrieron varios días sin que pudiese ejecutar su resolución, en forma que no se descubriese. Al cabo cierto domingo, hallándose apostado en uno de los portales de la calle Mayor, vio salir a las criadas de su hija con el pequeño Mario. Siguiolas de lejos hasta el Retiro. Allí, ocultándose detrás de los troncos de los árboles, estuvo en acecho largo rato. El niño al fin en una de sus escapatorias acertó a pasar junto a él. Le llamó, le besó, y rápidamente le arrastró consigo lejos para comprarle confites. Cuando estuvo a buena distancia de las criadas comenzó a seguir los caminos más extraviados del parque, y por ellos fue a salir a Atocha. Desde allí, dando un gran rodeo para evitar las calles céntricas, se trasladó a su casa. El pequeño se quejaba de cansancio, lloraba. D. Pantaleón le cogía a ratos en brazos.
Antes de llegar a la puerta el fisiólogo dejó al niño en la acera solo, después de cerciorarse de que no había nadie observándolos, y adelantándose con premura ordenó a la portera que fuese a comprarle cigarros mientras él se quedaba al cuidado. Salió la mujer al estanquillo, que estaba a la derecha de la casa. Mientras tanto él cogió al niño, que se hallaba a la izquierda, y más ligero que un gamo subió a la guardilla. Inmediatamente, encargándole que le aguardase sin chistar, bajó al portal y allí recibió los cigarros que la portera le trajo. Luego, con la mayor tranquilidad, subió de nuevo a su laboratorio.
¡Momentos de amarga felicidad para el sabio! Tenía en su poder el instrumento que tanto apetecía. Iba por fin a sorprender el gran secreto de la Naturaleza. Pero esta grandiosa invención costaría la vida tal vez a una criatura de su misma sangre. Una agitación irresistible se apoderó de su cerebro. Los lóbulos todos debían de hallarse en descompasado movimiento. Presa de horribles vacilaciones, de temor, de anhelo y compasión, se sentó delante de una mesa y metió la cabeza entre las manos mientras el niño, en completa libertad, curioseaba por la estancia enredando con los objetos que estaban a su alcance.
El ingenioso D. Pantaleón salió de su ensimismamiento para mirar el reloj. Eran ya más de las seis. No tardarían en llamarle para comer. No había más remedio que dilatar el experimento, tanto por esto cuanto porque convenía hacerlo a la luz del día. Cogió a su nieto, y sin decirle palabra lo llevó hasta una pieza que había debajo del alero del tejado y servía de trastera. Al abrir la puerta y ver aquella cueva tenebrosa, el niño retrocedió asustado.
—No, yo no entro ahí, abuelito.
—¡Silencio!—exclamó el antropólogo con terrible mirada. Y sacando al mismo tiempo del bolsillo del gabán un enorme cuchillo resplandeciente, añadió:—Como digas una sola palabra te corto ahora mismo el cuello.
El niño quedó paralizado por el terror. Hizo un pucherito y pronto rompería a gritar si el fisiólogo con certero movimiento no le hubiese tapado la boca. Sujetole al mismo tiempo por el cuerpo y lo metió en la trastera de golpe. Tomó del suelo una mordaza y un cordel que allí tenía preparados; le puso la primera; atole con el segundo las piernas y los brazos y lo dejó tendido boca arriba sobre un felpudo diciéndole:
—No te muevas. Si haces el más pequeño movimiento, hay ahí unos ratones que vendrán a comerte las narices.
Cerró la puerta, apagó la luz y se bajó a su casa, sentándose poco después a la mesa con la tranquilidad que otras veces. Pero apenas se habían sentado llegaron las criadas de Carlota con la noticia de la desaparición del niño. Alarmose la casa vivamente. D.ª Carolina corrió desalada a la de su hija. D. Pantaleón se vio precisado a acompañarla.
No le fue posible volver hasta las altas horas de la noche. Dejó a su esposa acompañando a Carlota y vino pretextando una indisposición. Tomó del comedor algunos comestibles, pan, leche, pastas y subió de nuevo cautelosamente a su laboratorio. Abrió la puerta de la trastera, desató al chico, y amenazándole de nuevo con el cuchillo si daba una voz le quitó la mordaza. Le mandó comer. La infeliz criatura, entumecida, fría, aniquilada por el miedo, no pudo hacerlo. D. Pantaleón le introdujo a la fuerza algunas galletas en la boca y le hizo beber unos tragos de leche.
—¿Por qué me has atado, abuelito?—articuló al fin el niño.—Yo no hice nada. Llévame con mamá.
D. Pantaleón le miró fijamente. Por sus ojos pasó un relámpago de razón. Le trajo hacia sí, abrazole tiernamente y le besó con efusión repetidas veces. El niño, animado, repitió:
—Llévame con mamá. Me has hecho mucho daño, abuelito, con el cordel. Papá no me ata ni me encierra.
Aquel relámpago inteligente se desvaneció en los ojos del viejo. No quedó más que una triste expresión de extravío y ferocidad.
—Tu papá es un ser frívolo, un hombre desequilibrado que prefiere sentir a conocer, un hombre que se ha quedado atrás en la evolución. Yo no puedo consentir en mi familia un degenerado y le he de matar más tarde o más temprano con este cuchillo.
—¡No! ¡No mates a papá!—exclamó el chico aterrado, viendo a su abuelo blandir el arma con ademán sanguinario.
—¡Silencio!—profirió con voz ronca aquél.—La ley de la selección se cumplirá... Tú también morirás quizá, pobre niño, pero tu nombre vivirá eternamente unido al mío en los anales de la ciencia y en el agradecimiento de la humanidad.
Dicho esto con brusco ademán le puso de nuevo la mordaza, arrastrole hasta la trastera, le amarró otra vez y le dejó como antes estaba tendido sobre el felpudo.
Al día siguiente no le fue posible realizar el experimento. Se le encargaron tantas comisiones para coadyuvar al descubrimiento del chico, que sólo tuvo tiempo para subir dos o tres veces a desatarlo y a darle algún alimento. Además, tenía miedo de engendrar sospechas si se retiraba a su laboratorio por largo rato. Maravillaba la serenidad, la energía y la astucia que desplegó durante aquellas críticas circunstancias.
Nada se logró en todo el día del lunes ni en toda la noche. Las esperanzas de la familia se disipaban poco a poco. Todos se entregaban desfallecidos al dolor y gemían por los rincones de la casa menos la valiente Carlota, cuya actividad crecía a medida que las esperanzas mermaban. Acompañada del inspector y algunos guardias recorría incesantemente los parajes más apartados en pos de cualquiera vaga noticia, cruzando, como una Dolorosa, las calles en busca de su hijo.
Mientras tanto, D.ª Carolina y Presentación experimentaban fuertes ataques de nervios. El mismo Mario se veía necesitado a apelar a los antiespasmódicos para no ser presa de ellos.
Amaneció por fin el martes. El ingenioso Sánchez, sintiéndose olvidado, comprendió que había llegado el instante de realizar su famoso experimento, tanto más cuanto que el estado de la criatura ofrecía ya temores. Una de las veces que fue a desatarlo lo halló privado de sentido. Necesitó hacerle respirar algunas esencias y frotarle vigorosamente encima del corazón para volverle a la vida.
A las once de la mañana subió el antropólogo a su laboratorio, echó cuidadosamente el pestillo de la puerta y se dirigió al oscuro desván donde yacía su nieto. Había llegado el momento supremo. Desatolo, le quitó la mordaza y, después de reanimarlo con palabras y caricias, lo llevó a la pieza más clara de la guardilla y lo sentó sobre una mesa que tenía al objeto preparada. El estado del pobre niño inspiraría compasión a una fiera. Pálido el rostro como la cera y descompuesto, los ojos extraviados por el terror, los labios amoratados, las manos trémulas, todo su cuerpecito agitado por un intenso temblor, parecía realmente que iba a exhalar el último suspiro.
Ya no hablaba, ya no imploraba como antes. El fisiólogo lo contempló con expresión de sorpresa, como si por primera vez le viese en aquel momento. Volvió a brillar en sus ojos opacos la luz de la razón. Su faz se enrojeció fuertemente, sus labios temblaron, tapose la cara con las manos y gritó con un sollozo:
—¿Quién ha sido; quién? ¿Quién ha puesto así a mi nieto?... Alguno de esos infames que me persiguen... ¡La cabeza me arde!... ¡Quitadlo, quitadlo de aquí! Que yo no lo vea... ¡No, no! ¡no he sido yo! Ha sido un malvado fisiólogo que quería hacer con él un experimento... ¡Matadlo! ¡Matad a ese asesino!...Me ha robado mi nieto... Me ha robado el descubrimiento. ¡Matadlo! ¡matadlo!
Después de este rapto de exaltación quedó tranquilo. Paseó con extravío sus ojos por la estancia, convirtiolos a su nieto, y su faz reflexiva se fue serenando poco a poco.
—¡Es preciso! ¡es preciso!—repitió sordamente. Y dirigiéndose a su nieto, exclamó con acento profético:—¡Alégrate, hijo mío!... Los dolores que has padecido y los que vas a padecer serán los más fructíferos que haya experimentado jamás hombre alguno. Con ellos comprarás la inmortalidad. Tu nombre, unido al mío, se repetirá de generación en generación al través de las edades. Ni Colón, ni Galileo, ni Arquímedes han prestado a la humanidad un servicio como el que tú y yo vamos a prestarle...
—Dame agua—dijo con voz débil el niño, dejando caer su cabecita hacia atrás.
D. Pantaleón se la alzó; pero como no podía ya sostenerse sentado, lo tendió sobre la mesa y fue a buscarle agua.
El fuego de la inspiración ardió de nuevo en las pupilas del sabio. Un estremecimiento poderoso sacudió su cuerpo. En un instante juntó los instrumentos que le hacían falta; trajo esponjas, agua, paños. Después de echar una profunda mirada investigadora al microscopio y cerciorarse de que estaba limpio y preparado, sujetó al niño a la mesa con una larga cuerda. Se detuvo unos momentos. Luego, con rápido ademán, tomó la mordaza y fue a ponérsela...
En aquel instante un golpe violentísimo hizo saltar el pestillo de la puerta. Batió ésta con estrépito contra la pared. Escuchose un grito extraño, desgarrador; y unas manos crispadas se agarraron como tenazas a la garganta del fisiólogo.
Éste y su yerno rodaron por el suelo. Fue una lucha furiosa, terrible. Las sillas se volcaban; la palangana, las retortas y los frascos caían y se hacían cachos. Los gritos, las imprecaciones de uno y otro aumentaban el fragor del combate. Parecía que había veinte hombres luchando en aquel pequeño recinto.
No era fuerte Mario, pero la defensa de su hijo quintuplicaba el vigor de sus músculos. D. Pantaleón era un anciano, pero el estado de exaltación de sus nervios le prestaba una fuerza portentosa. Por algunos momentos la lucha se mantuvo indecisa. Varias veces cayeron el uno debajo del otro y otras tantas se alzaron. Los gritos se fueron apagando. El combate se hizo sordo, feroz, desesperado. La voz dolorida del niño, amarrado a la mesa, repetía sin cesar:
—¡Abuelito, deja a papá!... ¡deja a papá!
El loco al fin fue adquiriendo alguna ventaja. Las fuerzas de Mario mermaban. Sus dedos cedían: el peso y el volumen de D. Pantaleón le asfixiaba. Logró éste al fin ponerse encima de él y sujetarle.
—¡Ya eres mío! ¡ya eres mío!—gritó lanzando feroces carcajadas.—Ahora voy a verte el cerebro. ¡Aguarda un poco!
Y le oprimía con sus rodillas el pecho. De tal suerte que el infeliz escultor hubiera perecido si Miguel Rivera no entrase en aquel momento. Con su ayuda pudo levantarse, y con la de los vecinos que acudieron al ruido se logró sujetar al loco y atarlo con la misma cuerda que aprisionaba a la desgraciada criatura.
XX
Algunos medicamentos recetados por el doctor calmaron en pocas horas el terrible acceso de Sánchez. Se le quitó la camisa de fuerza. Siguiose un estado de grave postración; se temió por su vida. Pero a los pocos días se inició la mejoría; no tardó en ponerse bueno, aunque disparatando cada vez más. Su locura tomó un aspecto apacible. Hablaba de todo con bastante lucidez menos cuando se tocaba el punto de la antropología. El médico, temiendo y aun augurando un nuevo acceso de furia, aconsejó a la familia que lo recluyese cuanto más pronto en alguna casa de salud, Mario se resistía, lleno de compasión.
—¡Pobre viejo!—decía.—Le vamos a dar la muerte encerrándolo en un manicomio. ¡Dejadlo al pobre! ¿Quién sabe si irá mejorando poco a poco hasta ponerse enteramente bueno? Con un par de criados que le vigilen día y noche todo queda arreglado.
Pero Carlota no quería oír de este arreglo. Su temperamento sano, equilibrado, rechazaba con profunda aversión toda insanidad del espíritu. Mientras Mario perdonaba y aun olvidaba el martirio de su hijo, ella lo tenía grabado a fuego en el corazón; no podía arrojar de su alma cierto rencor contra su padre, aunque fuese irresponsable. Tampoco Presentación le había perdonado las quemaduras del rostro. Fue necesario pensar en el establecimiento adonde le habían de conducir. Después de varias conferencias se convino en llevarlo a un manicomio de Carabanchel. Para efectuarlo sin violencia forjaron, como suele hacerse en tales casos, una comedia. Miguel Rivera fue el inventor de ella. Se escribió desde Carabanchel una carta al loco, «el más insigne antropólogo con que hoy contaba la Europa civilizada,» noticiándole la existencia de cierto individuo que ofrecía en sus funciones vitales algunas anomalías reversivas con extraños caracteres zoológicos que hasta entonces no había podido descifrar ningún fisiólogo. Se hacía una descripción, bastante cómica por cierto, de estas anomalías y se le invitaba a él, gran anatómico, gran paleontólogo, gran embriólogo, para que viniese a examinarlo y emitir su opinión.
No bien hubo leído la carta el ingenioso Sánchez, cuando comunicó a la familia su propósito de trasladarse aquella misma tarde a Carabanchel. Se aplaudió su decisión: se le facilitaron los medios. Timoteo salió a alquilar un carruaje. Tanto él como Mario se brindaron a acompañarle y sus esposas respectivas lo mismo. Miguel Rivera, que estaba allí casualmente, también quiso ser de la partida.
A las tres de la tarde salieron todos, en un familiar, de la calle de Ramales, célebre ya en todo el orbe, en dirección a la puerta de Toledo. El día claro y apacible. Saltaba alegremente el carruaje sobre el empedrado de las calles. El gran fisiólogo iba de humor excelente y departía sobre su famoso descubrimiento con Rivera, que apoyaba con vivos movimientos de cabeza sus disquisiciones.
Luego que salieron de la villa y empezaron a correr por la carretera tuvieron un gracioso encuentro. D. Laureano Romadonga iba de paseo en la misma dirección en compañía de su querida; una nodriza delante llevando en brazos un niño. La chula vestía ya de señora con capota y sombrilla: no le sentaba mal. Por iniciativa de Rivera, al tiempo de cruzar a su lado sacaron todos la cabeza por las ventanillas y gritaron:
—¡Adiós, D. Laureano! ¡Adiós!
El viejo seductor saludó visiblemente molestado. La chula les clavó una mirada inquisitorial, agresiva, sin hacer la más leve inclinación de cabeza.
—¿Pero se ha casado ese hombre?—preguntó Presentación.
—No lo sé—contestó Miguel riendo.—Dicen que sí. Al fin ha encontrado lo que tanto apetecía: una mujer enérgica. Creo que le da cada pie de paliza que lo deja verde.
—¡Qué horror!—exclamó la joven estupefacta.—¡Parece mentira!
—¿Mentira? Repárela usted bien.
La chula no apartaba del carruaje sus ojos con expresión tan fiera y despreciativa que fascinaban como los de una pantera.
—En efecto, debe de ser bien dominante—manifestó Carlota.
—¡Un cabo de vara!—repuso Rivera.—Lo que le hacía falta a ese cínico que se ha pasado la vida burlándose de todas las leyes divinas y humanas.
Llegaron por fin al manicomio. Carlota y Presentación se quedaron a la puerta, haciendo esfuerzos desesperados para ocultar su emoción. Los tres hombres subieron con el fisiólogo con pretexto de examinar también el curioso caso de atavismo. Recibioles el director cortésmente. D. Pantaleón se dejó conducir por él a otra estancia para conferenciar secretamente acerca de las anomalías orgánicas del ser que iba a mostrarle. Trascurrió media hora. Al cabo se presentó de nuevo el jefe.
—Ya está, arreglado el asunto. Pueden ustedes retirarse cuando gusten.
—¿Ha puesto alguna resistencia?—preguntó Rivera.
—Absolutamente ninguna. Queda tan sosegado esperando que mañana le he de enseñar el consabido individuo... Hoy no puede ser—añadió sonriendo;—se encuentra ya durmiendo.
Quedaron los tres silenciosos y tristes. Mario preguntó al fin tímidamente:
—¿Sería posible verlo sin que él nos viese, antes de irnos?
—No hay inconveniente. Se halla en el jardín en este momento... Pasen ustedes por aquí.
Los condujo al través de varias estancias y corredores hasta una puertecita. Abrió un ventanillo que tenía y les invitó a mirar. Miró primero Timoteo, luego Rivera; el último fue Mario. El ingenioso D. Pantaleón se hallaba sentado en uno de los bancos de piedra del jardín rodeado de seis u ocho individuos. Llevaba él la palabra acompañándola con graves y persuasivos ademanes. Aunque no oían lo que decía, supusieron con fundamento que disertaba sobre algún interesante problema antropológico.
Retiráronse al fin en silencio. Todos iban serios. El semblante de Mario, sobre todo, reflejaba tristeza profunda, una emoción que en vano trataba de ocultar. Después de dar algunos pasos por el corredor, todavía se volvió para mirar otra vez por el ventanillo. Le costaba trabajo arrancarse de aquel sitio donde la compasión le tenía clavado.
Cuando salieron no hallaron a la puerta a Carlota y Presentación. El cochero les dijo que las dos señoras se habían ido llorando por el camino de la derecha. No estarían lejos. En efecto, apenas habían dado algunos pasos las vieron a lo lejos en medio del campo. Sus elegantes siluetas se destacaban del fondo claro del cielo con líneas bien recortadas. Ambas se llevaban con frecuencia el pañuelo a los ojos.
Juntáronse los hombres a ellas, y sin decirse una palabra volvieran lentamente en busca del coche. Marchaban mudos y cabizbajos. Carlota, acercándose a Rivera, le preguntó al fin en voz baja y temblorosa:
—¿Ha hecho resistencia?
—Nada. Queda muy contento. Tranquilízate. El director nos ha asegurado que no tardará mucho tiempo en volver sano a su casa.
Mario se había quedado atrás y contemplaba abstraído la puesta del sol. El cielo estaba azul. Sus profundidades se extendían sin nubes sobre su cabeza. Pero la brisa del Norte había amontonado allá en el horizonte montañas flotantes de nubes de fuego formando fantásticas ciudades, cuyas flechas y cúpulas resplandecían temblorosas al través de una gasa azul. La campiña estaba dormida: el aire callado. La tierra se extendía desnuda y árida.
La bóveda celeste brillaba como un inmenso fanal de luces de oro, sublime, infinito, envolviendo los mundos que pueblan sus abismos y soledades profundas. Algunas estrellas azuladas se encendían tímidamente en los confines del Oriente. Desde el Occidente el ojo sangriento del sol las miraba severo.
El sol se acostaba en un mar de púrpura, sobre un vapor flotante y encendido, exhalando sus ardores de reposo y de amor. Balanceábase majestuoso sobre las nubes resplandecientes con melancolía infinita, escuchando graves y sublimes armonías que no llegarán jamás al oído de ningún mortal. El manto carmesí de la tarde tachonado de estrellas caía de las profundidades del firmamento.
Ante el esplendor glorioso de aquel ocaso Mario permaneció inmóvil de sorpresa y admiración. En el paisaje no había más que luz, pero la luz bastaba para llenar de colores y formas el cielo y la llanura. Allá a lo lejos las torres de Madrid temblaban en un vapor azulado debajo de la fantástica ciudad flotante de las nubes.
La noche llega. ¡Oh, quién pudiera vagar por las regiones del aire entre las brisas y los rayos de luz! El joven artista sintió una emoción intensa que enajenó su alma y la suspendió en un paraíso de inmortal claridad y alegría.
—¡Oh, quién fuese una de esas nubes de oro—pensó—para hender con mis alas el abismo azul, para flotar en el rosicler de la tarde y sacudir el fresco rocío sobre las flores dormidas! ¡Oh, quién pudiera huir sobre las olas del aire hasta el trono del sol y habitar el palacio de las noches sin nubes! Las espinas de la vida hieren mis carnes; el frío de la vida hiela mi corazón. ¡Glorioso sol, llévame contigo, llévame por encima de las montañas y las olas, sobre las verdes llanuras y las espumas del Océano; llévame lejos del triste sueño de la existencia, a reposar bajo tu pabellón tejido de estrellas! He visto a mi hijo inocente padecer horribles martirios. He visto a ese desgraciado que ahí queda infligírselos por un impulso fatal. Mi espíritu sangra y no comprende nada. ¡Glorioso sol, arrástrame contigo; condúceme al templo de la Verdad y la Bondad infinitas, a la morada de ese Poder en cuyo seno divino todas las contradicciones se resuelven, todos los dolores se apagan! Quiero ver desde esas puras estrellas que ocultas con tu presencia a esta mísera tierra encadenada a su feroz egoísmo, a su tristeza y oscuridad...
Un estremecimiento de anhelo sacudía, el cuerpo del escultor. Su faz parecía iluminada por una luz inmortal: sus nervios se dilataban por la emoción: en sus ojos extáticos, clavados en el cielo, temblaba una lágrima.
—¿Qué hace Mario allí parado?—preguntó Carlota volviendo la vista atrás.
Rivera se volvió también y, al observar la actitud contemplativa del artista y la extraña expresión mística de sus ojos, comprendió lo que pasaba en su alma.
—Déjalo—manifestó gravemente.—Tu marido quizá sepa en este momento dónde se halla el origen del pensamiento.
—¡No, por Dios!—exclamó la fiel esposa, asustada, corriendo hacia él.