D. ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 2)
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Presentación era, con mucho, la más linda de las niñas que la industria y el comercio habían enviado a la boda de Mario. Por eso todos los jóvenes le bailaban el agua, acudían a servirla y festejarla como un tropel de esclavos. Quién solicitaba humildemente la honra de tener por su abanico, quién extendía la levita sobre la yerba para que se sentase; los unos corrían a buscarle un vaso de agua cuando tenía sed y se lo presentaban con azucarillo y gotas de azahar, o con anís o con jarabe de grosella, para que eligiese; los otros se consideraban felices con que de lejos les enviase una ligera sonrisa. Con esto la niña, que había mostrado siempre marcada inclinación a las pompas mundanas, se puso insufrible. Parecía una sultana cruel y despótica. A fuerza de ver inmediatamente obedecidos sus caprichos, ni sabía ella misma lo que quería. Tan pronto llamaba a un mancebo y le permitía sentarse a sus pies y le escuchaba y le miraba amablemente, como le arrojaba con ademán feroz y viento fresco. Unas veces exigía que le contasen algo, otras les obligaba a permanecer inmóviles y silenciosos. Fortuna fue que no se le ocurrierra mandar ahorcar de un árbol a Timoteo, porque en el estado en que se hallaban los espíritus, ¡quién sabe lo que sucedería!
Pero el que logró presto sobreponerse a sus colegas y fijar la atención de la bella fue Grass. Y esto no sólo por el prestigio de su corbata, sino porque además era hombre de iniciativa y ocurrente. Cada una de sus frases, un poema de gracia. Cuando tenía que referirse a su propia cabeza, la llamaba «la calabaza.» «Yo conocí en Sevilla una señora—decía—que comía por la boca.»
Poseía asimismo una imaginación fecunda y audaz para toda clase de farsas divertidas y talento especial para imitar la voz, el gesto y el modo de andar de cualquier persona. Corría y brincaba con agilidad pasmosa, a pesar de su obesidad bien pronunciada. Cantaba con voz de tiple, de tenor, de barítono y bajo, y se sabía que proyectaba figuras en la pared con la sombra de las manos de modo maravilloso. Finalmente, era un prestidigitador consumado. A ruego de varias muchachas, hizo algunos juegos de manos que produjeron entusiasmo en los invitados. Claro está que para efectuarlos necesitaba ayudantes. Grass los elegía entre las jóvenes más lindas. Y aunque todas le servían con agrado y diligencia, se distinguía particularmente por su entusiasmo Presentación. ¡Las diabluras que aquel hombre festivo llevó a cabo con ella, sacándole monedas del pelo, de las narices, del cuello!...
¡Timoteo ansiaba beber su sangre!
A las once, poco más o menos, hizo su entrada triunfal en el Vivero la familia del presidente de la Liga de Productores. En cuanto se tuvo noticia de que un carruaje estaba a la puerta, la mayor parte de los invitados abandonaron los placeres y corrieron hacia allá, deseando hacer ostensible su amistad con personas tan distinguidas, que hacían viso en la sociedad madrileña y tenían carruaje propio. Venían el presidente, su esposa y dos hijas. El Sr. Corneta tenía la misma elegante figura que un carnicero en día de fiesta. Pequeño, obeso, colorado, con gabán muy largo, las enormes manos aprisionadas por guantes de color de sangre. Llevaba la cabeza echada hacia atrás y hablaba a gritos. Los millones, la Liga, la fábrica de ladrillo refractario, todo le salía de una vez a la cara, pugnando por arrojarse sobre los infelices que se le acercaban y aplastarlos. ¡Qué modo de tender la mano mirando hacia otro lado! ¡Qué voz ruda e impertinente para saludar de lejos! Imposible imaginarse una superioridad más protectora. Y, sin embargo, mucho más protectoras aún las miradas, las sonrisas y los saludos de su amable esposa e hijas. Era el juicio final. Los dos pimpollos vestían con pintoresca elegancia, y la mamá, a pesar de sus años, no les iba en zaga. Ni feas ni bonitas, pero majestuosas; con esa calma imponente que presta a los seres superiores la conciencia de su gloria. Las tres venían provistas de sendos impertinentes, con los cuales empezaron inmediatamente a llevar a cabo atentas y concienzudas observaciones sobre los invitados, como el naturalista que estudia al microscopio la figura y los movimientos de algunos infusorios. Naturalmente, bajo el poder de esta mirada investigadora, las niñas del comercio se ruborizaron y los jóvenes dependientes no sabían dónde poner los pies ni las manos, sobre todo las manos.
—¿No viene Juanito?—preguntó no se sabe quién.
—¡Oh, Juanito!
Las tres damas cayeron al escuchar tal pregunta en un acceso de alegría que les impidió responder, aunque sin interrumpir por eso el estudio microscópico de aquellos curiosos seres.
—Juanito no acostumbra a levantarse a estas horas—dijo al cabo una de ellas.
«¡A estas horas! ¡Las once de la mañana! ¡Qué elegancia! ¡qué distinción!» pensaban los dependientes a quienes el hado adverso obligaba a levantarse de la cama a las seis todos los días.
La familia Corneta fue conducida en triunfo hacia uno de los cenadores, donde Mario y su esposa fueron agasajados por ellos con algunas frases amabilísimas, de las cuales tanto D.ª Carolina como su digno esposo D. Pantaleón conservaron por mucho tiempo vivo recuerdo.
Nadie osaría poner en duda entre los convidados la inmensa superioridad de las señoritas de Corneta en cuanto a brillo aristocrático y gracia protectora. Sobre todo permaneciendo calladas tales cualidades adquirían maravilloso relieve. Cuando tomaban la palabra quizá algún crítico escrupuloso pusiera reparos a la voz bronca un poco aguardentosa de la menor y a las frases libres y a los ademanes harto sueltos y descocados de la mayor. Tal vez le arrastrase su espíritu analítico a encontrar algún vago parecido entre estas distinguidas señoritas y las jóvenes que comercian con churros y buñuelos en los parajes excéntricos de la población. Y ¡quién sabe! una vez puesto el pie en el camino de la investigación, es posible que llegara a explicar este fenómeno por las leyes de la evolución, viendo en él la supervivencia o degeneración patológica de las aptitudes orgánicas de su abuela, que freía y vendía tales comestibles cerca de la puerta de Segovia. Pero como en aquella florida juventud comercial no imperaban los procedimientos analíticos, se aceptaron sin controversia alguna el señorío y los privilegios de las citadas señoritas y se las colocó en el cenador en unión de sus papás como dioses mayores, a quienes D.ª Carolina y D. Pantaleón y algunas otras personas de edad asistían como dioses menores.
Por esta razón y porque nadie podía disputar a Presentación el premio de la belleza, aquélla continuó imperando despóticamente entre los jóvenes invitados. Su caballero era siempre el odioso Grass, como observaba cada vez con mayor encono Timoteo. Pero de vez en cuando dirigía intensas miradas del lado de Godofredo Llot. Esto no lo observaba Timoteo. Aquel piadoso joven apenas si osaba corresponder levantando de vez en cuando hacia ella sus ojos místicos. La mayor parte del tiempo parecía no advertir la honrosa atención de que era objeto, embargado sin duda por los graves pensamientos ascéticos que continuamente ocupaban su mente.
Después de almorzar, bastante después, cerca ya de las cuatro de la tarde, apareció a lo lejos la silueta elegantísima del primogénito del Sr. Corneta. Se acercó sonriente, benigno, y todos pudieron admirar sus botas de gamuza, el pantalón de punto con botoncitos de nácar a los lados y la preciosa americana de franela que ceñía su talle. Este arreo campestre y el látigo con que venía azotando suavemente las ramas de los arbustos demostraba que había llegado a caballo. Los jóvenes dependientes, al verle, quedaron petrificados de respeto y admiración. Juanito era miembro del club de los Salvajes, y en calidad de tal solía ponerse el frac todas las noches; tenía queridas, caballos, desafíos y deudas, y pronunciaba mal las erres. A pesar de esto, hay que confesar que en aquella ocasión no abusó demasiado del prestigio y la gloria que el cielo había derramado próvidamente sobre él. Saludó al concurso con impensada afabilidad, llevándose dos o tres veces el látigo a las narices, y dijo con voz bastante clara que se alegraba de encontrarse entre tantas chicas bonitas; así; palabras textuales. Naturalmente, las jóvenes, al escuchar tan favorable sentencia, temblaron de gozo, se ruborizaron hasta las orejas y la guardaron en el fondo de su corazón como recuerdo de aquella dichosa tarde. Juanito estaba dotado de mil preciosas cualidades que saltaban a la vista; pero la que realmente le caracterizaba era la languidez. Imposible imaginarse nada más lánguido que este glorioso joven. Cuando hablaba, cuando sonreía, cuando se atusaba el bigote, cuando se estiraba las piernas, una irresistible languidez resplandecía debajo de estos actos vulgares.
Presentación no pudo resistirla. Se encontró subyugada desde el primer momento. En cuanto el joven Corneta, dando pruebas de buen gusto, se acercó a ella y le hizo el honor de dirigirle algunas palabras galantes, ¡adiós Grass! ¡adiós Godofredo también! Aquellos lindos ojos maliciosos ya no tuvieron miradas sino para Corneta; aquella fresca boca movible sólo para él formó sonrisas.
Timoteo observó esto con mezcla de dolor y satisfacción. Le apenaba el entusiasmo de su ídolo por el sietemesino; pero la derrota de Grass le llenaba de regocijo. Y en la expansión de su alegría amarga no pudo menos de acercarse al grupo donde aquel despreciable personaje se empeñaba todavía en imponerse a la atención por medio de sus ridículos juegos de manos. No trascurrieron dos minutos sin que le dirigiese una pulla de mal gusto. Grass no hizo caso. Volvió a la carga con otra: tampoco el catalán se dio por ofendido. Era hombre de buena pasta y amigo de las bromas. Mas el violinista llegó a ponerse tan agresivo, que al fin no pudo menos de decirle seriamente, suspendiendo su juego:
—Oiga usted, amigo, ruego a usted que sea más comedido en las bromas; de otro modo, me parece que no vamos a parar bien.
Timoteo sonrió ferozmente. Y sin tomar nota de esta severa advertencia, al poco rato volvió a las reticencias y sarcasmos; de tal suerte que Grass perdió al cabo la paciencia. Ciego de ira alzó la mano... y el dulce sosiego del bosque fue turbado por una estrepitosa bofetada.
Veinte manos vinieron instantáneamente a sujetarle. Otras tantas lo menos acudieron a contener a Timoteo. Formáronse dos grupos a respetable distancia el uno del otro. Y donde todo era antes alegría y expansión reinó súbito silencio lúgubre y amenazador. Los de un grupo trataban confidencialmente de convencer a Grass de que no era sensato ofenderse por las palabras de un badulaque como Timoteo. Los del grupo de éste le persuadían de que una bofetada no tenía valor alguno cuando la daba un ser tan insignificante como Grass. Todos por acuerdo tácito hablaban en falsete. No se oía más que un murmullo suave como el de un confesonario. Pero la voz fuerte, estridente de Timoteo rompía de vez en cuando aquel silencio.
—¡Lo que yo quiero saber es por qué me pega a mí ese tío gordo!
¡Chis! ¡chis! Un gran siseo sumergía y apagaba aquel grito interrogante. Reinaba otra vez el silencio. Pero cuando parecía que todo iba a quedar sofocado se oía otra vez a Timoteo que desde el centro clamaba con voz agria:
—¡Es que yo deseo saber por qué me pega a mí ese tío gordo!
Al cabo estas preguntas peligrosas se fueron atenuando; se hicieron más raras y débiles. Poco después aquella sociedad bulliciosa volvía con ansia a los recreos inocentes.
No faltaron los brindis ni las improvisaciones poéticas, ni el joven que canta a la guitarra con poca afinación y mucha gracia unas coplitas picantes, ni la niña de seis u ocho años que en esta clase de solemnidades recita siempre, comiéndose la mitad de las sílabas, un monólogo de comedia. Don Dionisio Oliveros leyó un largo epitalamio en tercetos, que pudo escribir, según confesó, robando a duras penas algunos momentos a sus abrumadoras tareas poéticas, entre el tercero y el cuarto acto de un drama. Romadonga gozaba de todo paseando su mirada serena por los circunstantes, en particular por el sexo femenino, recorriendo los grupos y dejando en cada uno testimonios de su gracia y amabilidad. Al contrario de los jóvenes del comercio que gustaban de vocear, don Laureano lo hacía y lo decía todo con sordina. No se le sentía cuando profería suavemente alguna frase galante que conmovía y ruborizaba a las doncellitas o hacía soltar alegres carcajadas a las matronas. Placíanle, sobre todo, los apartes, las conferencias íntimas. A pesar de los años, sus ojos, a la vez desvergonzados y respetuosos, dulces y chispeantes, fascinaban a las damas. Todas se hacían lenguas de él y le pregonaban como uno de los hombres más agradables que hubiesen conocido en su vida.
Después de varias tentativas había logrado tener un aparte con la novia. Allá lejos, al pie de un árbol, charlaban los dos animadamente; él inclinando su gran torso para ponerse a la altura de ella, en actitud insinuante; ella risueña y tan roja como una amapola.
Miguel Rivera, que paseaba con Mario, había mirado dos o tres veces con inquietud hacia allá. Al fin, no pudiendo contenerse, exclamó:
—Mira, chico, haz el favor de llamar a tu mujer, porque ese bandido de Romadonga debe de estar diciéndole alguna desvergüenza.
Mario se apresuró a cumplir el encargo, con gran satisfacción de la pobre Carlota, que estaba en brasas. Don Laureano, sin darse por ofendido, se fue deslizando pian piano hacia otro grupo.
En este momento crítico de la jira campestre se efectuó en el Vivero de Migas Calientes un suceso insignificante en la apariencia, realmente de una trascendencia tan grande que sólo otros tiempos y otras generaciones podrán medir por completo su alcance. En la historia del género humano suele presentarse cuando menos se espera uno de esos fenómenos humildísimos que determinan por la fuerza portentosa y oculta que consigo traen cambios radicales, trastornos inmensos en la esfera científica y más tarde en la vida de los pueblos. Un día Newton, sentado a la sombra de un pomar, ve caer una manzana. La caída de aquella manzana le sugiere una idea. Se descubre la teoría de la gravitación. Otro día Watt ve hervir un puchero. Observa cómo la tapa se levanta. Medita sobre este hecho vulgarísimo. Se descubre la máquina de vapor. Otro, cae por casualidad en manos de Carlos Darwin el libro de Malthus sobre el principio de la población. La idea de la selección natural se presenta a su espíritu. El origen de las especies queda descubierto. De este orden es el hecho de que vamos a dar cuenta.
Acaeció que el Sr. Sánchez, huyendo el bullicio, que no se compadecía con su temperamento melancólico y reflexivo, se alejó de los amigos y se puso a vagar distraídamente por las calles de árboles. Acaeció al mismo tiempo que nuestro amigo Moreno, arrastrado por sus aficiones naturalistas, había seguido antes el mismo camino y se ocupaba en examinar algunas yerbas y flores con una lente de que siempre venía provisto para casos semejantes. En la confluencia de dos senderos al pie de una mata se encontraron. ¡Feliz encuentro que a la larga había de dar por resultado una de las más grandes conquistas del espíritu humano!
Moreno y Sánchez se saludaron cortésmente. Ni uno ni otro podían sospechar en aquel momento lo que tal saludo iba a representar en la historia del progreso humano. Cambiadas algunas palabras indiferentes, Sánchez se quiso enterar de lo que Moreno hacía. Éste, cuya ciencia estaba siempre al servicio de los amigos y hasta de los que no lo eran, le mostró la rama que tenía en la mano; le hizo ver con la lente la textura de las hojas y del tallo, el tejido delicadísimo de sus fibras, la complejidad maravillosa de su organización. Y una vez en el camino didáctico no quiso abandonarlo sin dar a D. Pantaleón un curso de botánica: un curso peripatético. Con las manos a la espalda, deteniéndose a cada instante para comprobar prácticamente su enseñanza teórica, Moreno le inició paseando en los secretos del mundo vegetal.
El espíritu virgen de D. Pantaleón recogió con avidez aquella enseñanza, como la tierra seca recibe la lluvia fecundante. Pocos minutos le bastaron para enterarse de que en el mundo existían dos reinos distintos, el uno llamado vegetal y el otro animal, que aquellas plantas y árboles que tenían a la vista pertenecían al reino vegetal, y él y Moreno al animal, que los árboles se nutrían por la raíz y por las hojas y que se reproducían por medio de órganos que tienen a semejanza de los animales, los cuales están situados en lo que comúnmente se llama la flor, etc.
Por cierto que al hacer el examen minucioso de estos órganos Moreno tuvo una frase feliz que causó profunda impresión en el antiguo comerciante.
—Este polvo, residuo de la digestión de la planta, es precisamente lo que, al herir la mucosa de la nariz, nos causa esa sensación agradable que llamamos aroma. De suerte—añadió con sonrisa de benévola ironía—que el perfume de las flores, cantado por los poetas y que enloquece de placer a los temperamentos románticos, no es otra cosa en realidad que el olor de su excremento.
V
A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la acción combinada del calor y la humedad, así las preciosas ideas depositadas por Moreno en el cerebro del ingenioso Sánchez germinaron allí toda la noche bajo la tibia temperatura de las sábanas. Hasta que el sueño vino a apoderarse de sus facultades mentales no dejó de repetirse con creciente asombro: «¡El excremento!» Y esta idea, maravillosamente fecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de él y le abría repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormido jamás había soñado.
Cuando se levantó por la mañana tenía las mejillas enrojecidas, los ojos brillantes, todo el cuerpo en tan ágil disposición, que su digna esposa quedó, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresa fue en aumento cuando Sánchez, después de tomar el desayuno, en vez de retirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de La Época, se dirigió a la cocina y preguntó si había alguna legumbre fresca. Como la criada no hubiese traído ninguna aquel día, se apoderó al fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornilló el objetivo de unos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pasó la mañana dando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente su estructura. Por la tarde salió a dar su acostumbrado paseo por el Retiro. ¡Ah, este paseo tenía ahora muy diversa significación! Hasta entonces Sánchez había paseado por puros motivos higiénicos, arrastrado de la costumbre. Su pensamiento permanecía inactivo lo mismo cuando daba vueltas en torno del Ángel caído que cuando se sentaba frente al Estanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arena con el bastón. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de árboles estaban iluminadas por la chispa que ardía en su cerebro. Ya no las cruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturaleza comenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarle los secretos que guarda en su seno.
D. Pantaleón, dándose cuenta vagamente del alto destino a que estaba llamado y del importante papel que pronto iba a representar en el progreso de los conocimientos humanos, respondió dignamente a los llamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que se detuviese a conversar con algún árbol del camino. Arrancaba delicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba con atención sus particularidades morfológicas. No sólo los grandes árboles añosos, que bordaban el paseo, eran objeto de su atención investigadora. Con admirable intuición comprendía ya que las plantas más diminutas merecían el mismo examen atento que los árboles seculares, porque en todas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba a menudo por encima de los setos y se metía por los cuadros de flores para estudiar los organismos inferiores.
—¡Eh, abuelo! ¿Qué hace usted ahí plantado en medio del cuadro? ¿No sabe Usted que está prohibido entrar?
La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profunda contemplación y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso, la humanidad perdían cada vez que esto sucedía inapreciables tesoros de observación. Mas los guardas no lo sabían. El mismo D. Pantaleón, en la inconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.
Durante varios días realizó, tanto en el Retiro como en el silencio de su gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura de todos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo llegó con poderosa intuición a persuadirse de que el mundo vegetal está constituido por un tejido de una complicación maravillosa; que en las frutas y las legumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas, mientras en la madera duro y resistente, por cuya razón no sirve para la alimentación. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, se apresuró a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.
Mientras D. Pantaleón se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferas más altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de este memorable suceso, se estrechaba cada vez más. Moreno comenzó a visitar la casa; se pasaba las horas encerrado con aquél en su gabinete. Había hallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombre callado, atento, que se interesase por la morfología y que le creyese un sabio. En efecto, Sánchez llegó pronto a convencerse de que Moreno era un hombre distinguidísimo. Al oírle disertar extensamente, unas veces sobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radiómetro, ahora sobre el estómago de las plantas, más tarde acerca de la organización y las costumbres de los coleópteros, quedó vivamente asombrado. Adolfo Moreno era un ingenio universal. Economía política, medicina, zoología, química, astronomía, estadística, arte de construcciones, material de guerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Y lo más pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramos del saber lo hacía siempre en un punto concreto y especialísimo, lo cual probaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiosos quería suponer que esta especialidad no tanto dependía de la profundidad de su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen los conocimientos útiles. Pero esta venenosa observación no merece siquiera que se la refute. Su fuerte era la biología y particularmente el desenvolvimiento fisiológico del tipo humano.
—Me sorprende muchísimo, señor de Moreno—le dijo un día D. Pantaleón, después de oírle exponer asombrosamente durante media hora lo menos «las enfermedades de la sangre del ratón,»—me extraña muchísimo que con los grandes conocimientos que usted posee no sea usted médico o ingeniero, o por lo menos doctor en ciencias.
La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcástica. Sacudió la cabeza en silencio, resopló tres o cuatro veces por la nariz, y dijo al cabo sordamente:
—Empecé a prepararme hace algunos años para la carrera de ingeniero de minas, pero comprendí muy pronto que no era ésa mi vocación verdadera, y la dejé después de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiar medicina, que, como usted habrá comprendido, es lo que más concuerda con mis inclinaciones. Pues bien, al segundo año he tenido que abandonarla por dignidad. ¿A que no sabe usted en qué asignatura me han dejado tres veces suspenso?
Sánchez le miró con ojos interrogantes.
—Vamos, imagíneselo usted.
D. Pantaleón hizo una mueca para significar que le era imposible.
—¡En fisiología!
Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentísimo de risa.
—¡Pero eso es un absurdo!—profirió al cabo con trabajo D. Pantaleón.
—¡Ahí verá usted!—repuso Moreno quitándose las gafas para limpiar los cristales, que se habían empañado con el vapor de las lágrimas producidas por la risa.
—¿Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal merecía un severo castigo—manifestó el caballero, volviendo a su seriedad habitual.
—Yo les hubiera puesto de buena gana una corrección por mi mano... pero... amigo don Pantaleón, estoy muy débil. El hambre me tiene muy débil.
—¡El hambre!—exclamó Sánchez estupefacto.
—Sí; el hambre, querido Sánchez, el hambre. Para la lucha por la existencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitan glóbulos rojos en la sangre; para que haya glóbulos rojos en la sangre precisa nutrirse... Yo no me nutro, porque no como carne.
D. Pantaleón le miraba cada vez con mayor asombro. Algo había traslucido de la mala situación económica en que Moreno se hallaba; pero viéndole tomar café muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativa elegancia, aunque siempre sucio y desaliñado, no podía sospechar que su estado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muy poco o nada se sabía de sus medios de vivir. Por las frases amargas que a menudo dejaba escapar se suponía que no eran muchos, y por el cuidado con que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familia calculaban que debían de ser bien humildes.
—Señor Moreno, yo no pensaba...
—¡Piénselo usted todo, amigo Sánchez, piénselo usted todo!—exclamó el joven con un gesto de resolución desesperada.
Y después de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en el balcón, profirió al fin sordamente:
—La Naturaleza no ha sido para mí suave como para otros. Yo soy un hombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento, un germen viene a caer cierto día en las inmundicias de la calle. Los transeúntes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre él montones de basura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero como guarda dentro de sí una fuerza de expansión superior a la mayor parte de sus hermanos, como tiene además una capa dura que le preserva contra las influencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externos consiguen tener en suspenso por algún tiempo sus funciones biológicas, pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus raíces en la tierra y alza al aire su tallo. ¿Por qué? Porque viene provisto de armas para la lucha por la existencia... Tal es la historia de mi vida. Fui arrojado un día en medio de la sociedad, que me rechazó, que me persiguió, que hizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamente en un bosque en la época de la germinación y durante el desenvolvimiento de los árboles nuevos. Los árboles grandes me interceptaban el sol y la lluvia benéfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a la energía indomable de mi carácter pude luchar, sin embargo, y logré triunfar. Es la ley de la selección que ya conoce usted. En esta gran batalla de la existencia perecen los débiles; sólo viven los más aptos... He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Sánchez, mucha hambre y mucho frío (guarde usted el secreto); aun hoy los padezco a menudo. Realmente necesité verme admirablemente dotado por la Naturaleza para no haber perecido hasta ahora.
D. Pantaleón se mostró profundamente interesado por estas confidencias, y su admiración hacia Moreno, aquel germen tan apto, creció desmesuradamente. No se atrevió a pedirle pormenores sobre las peripecias de la lucha ni sobre qué terreno se estaba realizando ahora. Lo único que se aventuró a decir fue:
—Espero, señor Moreno, que no tardará usted en triunfar por completo de los agentes externos. Un hombre de tanto mérito como usted no puede menos de abrirse camino en el mundo.
—¡El mérito! ¡el mérito!—murmuró Adolfo con sonrisa sarcástica.—Ahí está precisamente el pecado. A causa de su mérito se persigue a los hombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.
Este símil zoológico causó tan profunda sensación en Sánchez que, con la viva imaginación que le caracterizaba, desde aquel día, cuando tropezaba con un hombre de mérito, no podía representárselo sin una bolsita llena de sustancia aromática debajo del ombligo.
Adolfo se pasaba las horas muertas en aquella casa; tantas, que era difícil averiguar cuáles destinaba a la lucha por la existencia. D. Pantaleón se instruía rápidamente con las mil noticias científicas que diariamente le suministraba. Su inteligencia poderosa y predestinada a las grandes investigaciones no se desenvolvía como la de la mayoría de las personas, sino que dando saltos prodigiosos escalaba en poco tiempo las cimas más altas del saber. Las conversaciones con Moreno sugerían en su mente grandes, profundas ideas y provocaban deseos y propósitos que no habían de tardar en realizarse.
Como hubieran hablado durante algunos días de Zoología, habiéndole citado Moreno hechos muy curiosos acerca de los sentidos y el instinto de los animales, D. Pantaleón quiso hacer por su cuenta inmediatamente algunos estudios prácticos. Pesó y meditó algún tiempo sobre qué clase de animales había de dirigir su investigación. Descartó desde luego los invertebrados. Tenía escasísimas noticias de ellos. Entre los vertebrados eligió los mamíferos, y entre éstos, después de mucho vacilar entre los perros y los gatos, decidiose al fin por los primeros. La razón de esta preferencia no fue exclusivamente científica. Su hija Presentación tenía un perrillo faldero llamado Clavel, que había dado repetidas pruebas de inteligencia e ilustración. Por otra parte, en casa no había gatos ni D.ª Carolina los soportaba. Las circunstancias le empujaban, felizmente para la civilización, a escribir la monografía del perro.
Clavel era un perrillo como un puño, tan lanudo que apenas se hallaba hueso y carne debajo de aquel felpudo sedoso con que la Naturaleza le había abrigado. Con esto, dotado de una inteligencia enorme y de un temperamento excesivamente nervioso. Esto dependía, sin duda, del desequilibrio que existía entre aquel cuerpecillo minúsculo y su espíritu poderoso. Era sensible, puntilloso, tierno, irascible, terco y goloso, reflejándose en él alternativamente mil sentimientos opuestos, todos expresados con igual viveza. No había ejemplar más a propósito para el estudio.
D. Pantaleón comenzó por observarle atentamente durante horas enteras. Esta atención inesperada escamó muy pronto al Clavel. La mirada de Sánchez le ponía inquieto, nervioso. A los pocos minutos no podía menos de levantarse del sitio donde se hallaba para ir a tumbarse más lejos. Desde allí, haciéndose el dormido, observaba entreabriendo un ojo al papá de su dueño; si le veía acercarse para seguir mirándole, se levantaba acto continuo y salía de la habitación de malísimo humor.
Mientras las observaciones de Sánchez fueron simplemente visuales, las cosas no pasaron de ahí; pero cuando quiso poner en práctica algunos medios de cerciorarse del instinto y los sentidos del perro, éste comenzó claramente a demostrar su desabrimiento.
—Clavel, ven aquí. Mira (y le enseñaba unos guantes). Ve a mi cuarto y tráeme los otros.
¡Que si quieres! El Clavel le echaba una mirada recelosa y daba la vuelta con soberano desprecio.
—Toma, Clavel, toma este pañuelo, llévaselo a tu ama.
Algunas veces lo cogía por compromiso y lo dejaba a la mitad del camino. Otras ladraba tres o cuatro veces para indicar que no eran de su gusto aquellos insulsos experimentos.
Pero cuando Clavel tomó realmente por lo serio las pretendidas observaciones de D. Pantaleón fue cuando éste se valió de un medio ingenioso para convencerse de que los perros distinguían los colores. Cortó cuatro cartones iguales, dos pintó de azul y dos de rojo. Dejó uno de cada color en el suelo, y tomando el otro azul se lo mostró al perro, ordenándole que recogiese del suelo el compañero. ¡Caso extraño! Este acto tan sencillo como inofensivo despertó profunda indignación en el ánimo de Clavel. Gruñó, ladró, se revolvió como un loco por la habitación. Últimamente, después que se hubo bien desahogado, se salió de la estancia sin dejar de ladrar y gruñir y vomitar amenazas de muerte.
A la segunda vez que Sánchez le presentó el cartón no se satisfizo con esto. Lo cogió airado entre los dientes y en menos de un segundo lo hizo trizas. Sánchez comprendió que era necesario esperar que se calmase aquella cólera insensata. Dejó trascurrir algunos días sin repetir el experimento. Y cuando pensó que había desaparecido tal estado de ferocidad, una mañana antes de almorzar, hallándose el Clavel en el regazo de su ama dormitando, se presenta en el gabinete con los cartoncitos en la mano. Verlos el Clavel, lanzarse sobre el sabio a hincarle los dientes en la mano pecadora, fue una misma cosa. Gritos, confusión, vivísimas interjecciones. D. Pantaleón, pálido y secándose la sangre con el pañuelo, se retira profundamente afectado a su dormitorio. La ciencia, la humanidad pierden una interesante monografía del perro.
VI
La familia Sánchez se estrechó un poquito para que cupiese Mario. En el cuarto donde antes alojaban las dos hermanas se aposentó ahora el matrimonio. Presentación pasó a dormir en un cuartito interior, donde antes tenían los armarios de la ropa.
Mario nadó los primeros días en una gloria azul y luminosa sembrada de estrellas, cercada de querubines alados como las que colocan los pintores en la esquina del cuadro cuando quieren representar la muerte de un santo. Don Pantaleón era el Padre Eterno, D.ª Carolina la esposa del Padre Eterno, Presentación un ángel, y hasta la cocinera Rita guardaba alguna semejanza con Santa Mónica, madre de San Agustín. En cuanto a Carlota, era la misma Virgen Santísima concebida sin mancha en el primer instante de su ser natural.
No se saciaba de mirarla. Por la mañana, con un pañolito rojo de seda al cuello, los negros cabellos anudados al desgaire y un traje de percal color lila, barriendo y arreglando el cuarto, estaba verdaderamente deliciosa. Un poco más tarde, haciendo el café, cortando el pan y distribuyendo el azúcar y la manteca, le parecía la bella diosa Pomona cargada de frutos ultramarinos. Por la tarde, lavada, peinada, perfumada, con una linda bata color crema, sentada al lado del balcón bordándole a él unas zapatillas, no podía darse nada más correcto y a la vez más interesante. Cuando salían de paseo y se ponía un sombrerito de paja adornado con campanillas rojas y el traje negro de seda, regalo de sus papás, era maravillosa. Por la dignidad del continente, por la delicadeza del cutis, por su belleza sencilla y serena, no había en todo Madrid quien pudiese competir con ella. Pero esto no era nada si se compara a la forma en que se le aparecía los sábados. En este día Carlota tenía por costumbre lavar sus camisas. Con la cabeza ceñida por un pañuelo que dejaba sólo ver algunos rizos, la garganta y una buena porción del pecho al descubierto y los brazos por completo al aire, estaba sencillamente sublime. ¡Qué ondulaciones de torso! ¡qué pureza de líneas! ¡qué armonía! ¡qué majestad!
Un día, con el alma llena de esta belleza plástica que nadie mejor que él podía apreciar, le propuso, no sin ruborizarse, que le dejase tomar apuntes de uno de sus brazos. Carlota le miró risueña y sorprendida, y le entregó su hermoso brazo para que lo copiase. Quiso inmediatamente modelar la cabeza, el pecho, la espalda. La joven se resistió algún tiempo, y al fin, viéndole triste, se prestó a servirle de modelo. Consideraba aquella afición de su marido como un capricho, una manía; pero pensando, como mujer sensata, que esta distracción podía librarle de otras más peligrosas, no se oponía resueltamente a ella. Limitábase a sonreír benévolamente y a darle algunos golpecitos maternales en las mejillas cuando le veía, lleno de ardor y entusiasmo, pasarse el día modelando alguna Juno (la de los hermosos brazos, como la llama Homero), que era ella, Carlota, o alguna Diana (la de las hermosas piernas), que también era ella, por más que no lo confesase.
—¡Qué niño eres, Mario!
En efecto, pocos o ninguno lo serían tanto a su edad.
Su alegría ruidosa, inmotivada, era realmente infantil; su inocencia para las cosas de la vida rayaba en simpleza. Tan sólo cuando se tocaba a su arte adquirían aquellos ojos una expresión grave, concentrada, y su palabra, por lo general incoherente, tomaba inflexiones profundas, se hacía precisa y enérgica.
Había alquilado en la misma casa una guardilla donde modelaba libre y tranquilamente. Para estos gastos y para los placeres del matrimonio, pues en ropa no había que pensar en algún tiempo, le bastaba su sueldo, del cual nadie le pedía cuentas. Por las noches algunas veces iban al café con la familia; otras, las más, se escapaban a algún teatro o vagaban cogidos del brazo por las calles solitarias, mirando los escaparates, entrando a lo mejor en cualquier tienda para comprar orejones o cacahuetes. Carlota empezaba a tener caprichos. ¡Qué noches aquéllas de dicha inefable! Paseaban horas enteras charlando. Mario dejaba que su mujercita le contase lo que pensaba hacer con el vestido color fresa cuando la falda se ensuciase demasiado, o bien el número de camisas que iba a poner apartadas y las que dedicaría al uso, o las reformas trascendentales que proyectaba en el ramo de chambras. De vez en cuando también él emitía tímidamente su opinión, y ella en no pocas ocasiones la aceptaba como muy sesuda, y si no la aceptaba, por lo menos se reía, que era mucho mejor. Todas estas cosas expresadas con voz suave, insinuante, entre las sombras de la noche, se convertían en un arrullo poético, delicioso, que enajenaba los sentidos de nuestro joven. Sus pies no querían tocar el suelo. A veces el asunto de las chambras y de las tiras bordadas le conmovía tan profundamente, que sin poder contenerse, después de cerciorarse con rápida mirada de que nadie cruzaba por la calle, abrazaba a su esposa con efusión y le aplicaba un beso en la mejilla. Cierta noche se equivocó. Por la calle no cruzaba nadie, pero en un balcón debía de haber gente, porque después de su beso sonó otro más fuerte seguido de alegre carcajada. Carlota, ruborizada hasta querer saltársele la sangre, echó a correr desatinadamente, lloró de vergüenza y le hizo jurar que se abstendría en adelante de tales expansiones imprudentes.
Pues caminando por esta senda deliciosa, alumbrada por los astros más propicios, tapizada de flores que embalsamaban el ambiente, una espinita vino al fin a clavarse en el pie de Mario. D.ª Carolina le llamó aparte un día, estando Carlota con su hermana fuera de casa, y le dijo:
—Me causa pena tener que hablarte de un asunto... No sólo me causa pena, sino que me repugna, puedes creerlo... Ya sabes que soy una infeliz mujer que represento poco o nada en la casa... Por mí, toda la vida seguiríamos lo mismo... Mi dicha consiste en veros a todos vosotros felices... Pero, hijo mío, donde hay patrón no manda marinero. Pantaleón me ha advertido el otro día que hacía tres meses que vivías con nosotros y que aún no habías contribuido con nada a los gastos de la casa...
Una ola de carmín inundó repentinamente las mejillas de Mario. La vergüenza le impidió al pronto articular palabra. Aturdido hasta un grado indecible, pudo al cabo balbucir:
—Tiene usted razón... no había pensado... dispénseme usted... En cuanto cobre este mes le entregaré la parte que a usted le parezca...
D.ª Carolina, perfectamente serena, sonriendo dulcemente, repuso poniéndole una mano sobre el hombro:
—Lo mejor será que me entregues todo el sueldo. Vosotros los jóvenes no conocéis el valor del dinero. Cuando lo tenéis en el bolsillo gastáis sin reparo. En este punto lo mismo eres tú que tu mujer. Dámelo a mí y yo os iré facilitando poco a poco lo que necesitéis.
Así lo prometió sin reparar lo que hacía. Cuando llegó Carlota se apresuró a comunicarle lo que con su madre le había pasado. La joven se puso igualmente colorada. Ambos permanecieron silenciosos un rato sin saber qué decirse.
—¿Dices que mamá echaba la culpa de este paso a papá?—profirió al cabo ella.
—Sí, sí, no cabe duda. ¡La pobre mamá es tan bondadosa! ¡Si supieras qué trabajo le ha costado decírmelo!... Después de todo, no hay por qué quejarse; tu papá tiene razón.
Carlota hizo una leve mueca de desdén y se fue a su cuarto.
Desde entonces los placeres mundanos de los recién casados sufrieron merma considerable, quedaron reducidos casi exclusivamente a los paseos vespertinos y nocturnos. Adiós teatros, adiós regalos y caprichos. Doña Carolina se apoderaba de la paga íntegra, y a duras penas soltaba de ella una parte insignificante. Cuando su hija, muerta de vergüenza, le pedía algún dinero para Mario, la buena señora reía, echaba a broma la petición y la mitad de las veces no hacía caso de ella. Otras decía que la llave de la gaveta la tenía su marido y no se atrevía a pedírsela. Otras, en fin, se dirigía a Mario.
—¿Verdad, Mario, que tú no has pedido dinero? ¿que es esta manirrota la que se vale de tu nombre para sacarme los cuartos?
El pobre no se atrevía a contradecirla y se resignaba a andar con el bolsillo vacío. Hubo necesidad de dejar la guardilla que le servía de taller. Para seguir modelando se vio obligado a pedir licencia a Presentación para meter en su cuarto los trastos y aprovechar las horas en que el comedor quedaba desembarazado. Estas molestias no bastaban, sin embargo, a turbar su ventura.
¡Qué efecto tan grato y a la vez tan melancólico producía esta felicidad en Miguel Rivera! Frecuentaba la casa, los acompañaba algunas veces en sus paseos, les demostraba un afecto paternal y les prestaba los servicios que podía y en todo caso el auxilio de su experiencia. ¡Cuántas veces, sorprendiendo sin querer alguna caricia furtiva, se le rasaron los ojos de lágrimas recordando los contados días de su dicha conyugal! Mario lo observaba y le hacía una seña a Carlota. Esta, a quien impresionaba vivamente la fidelidad de Rivera a su esposa muerta, se ponía grave y redoblaba sus atenciones cariñosas hacia aquel buen amigo.
Un día le dijo muy bajito metiéndole la boca por el oído:
—Si es niña, se llamará Maximina.
Miguel le apretó la mano fuertemente y volvió la cabeza para ocultar su emoción.
Así trascurrieron dos meses más. La dicha de Mario comenzaba a molestar ya a los dioses. Fuerza era que pagase el tributo debido a su condición mortal.
En los últimos tiempos había descuidado bastante la oficina. Su amigo y antiguo jefe Oliveros le había advertido que el director no estaba satisfecho de él. La culpa no era de Carlota, como pudiera presumirse. Al contrario, su mujer tenía buen cuidado de recordarle la hora, ponerle el almuerzo y la ropa a punto para que no se retrasase. Pero aquella bendita afición a modelar el barro enajenaba sus sentidos. Cuando tenía entre manos una obra que le agradase, o no iba al ministerio, o iba tarde. La casa estaba llena ya de adornos esculturales: cabezas, brazos, torsos, andaban diseminados sobre las mesas y cómodas o colgados de la pared. Carlota sentía un desprecio profundo hacia estos cachivaches aunque se abstenía de manifestarlo abiertamente por miedo de disgustar a su marido. Pero cuando se quedaba sola y tenía que sacudirles el polvo, en la displicencia con que empuñaba el plumero y en el gesto desabrido con que tarareaba cualquier cancioncilla de zarzuela se advertía perfectamente que el arte de Fidias no había logrado apoderarse de su alma.
Mario fue un lunes algo tarde a la oficina, como de costumbre. En el despacho, a más de la de él, que era el jefe, había otras tres mesas para los oficiales. Éstos no levantaron la cabeza cuando entró, ni menos le recibieron con las alegres chanzas que usaban de continuo, pues nuestro joven era muy estimado de sus subordinados, por su tolerancia. Aquel silencio lúgubre le sorprendió un poco. Avanzó hasta su mesa y vio encima de la carpeta un pliego cerrado con el sobre escrito a su nombre. Lo abrió con mano trémula, presintiendo su contenido. En efecto, era la cesantía. Quedó un instante suspenso y pálido; pero, reponiéndose en seguida, exclamó con alegre semblante:
—¡Caballeros, ya no soy jefe de ustedes!
—Lo habíamos comprendido—dijo uno tristemente.
Y todos a la vez se alzaron de la silla y vinieron a él, expresando su disgusto con afectuosas palabras. Mario hizo de tripas corazón. Se mostró tranquilo, risueño; hasta se autorizó algunas bromitas. Pero cuando después de despedirse cariñosamente salió a la calle, pensó que el mundo se le venía encima, sintió su corazón atravesado por vivo dolor y casi se le doblaron las piernas. No se daba razón de tanta congoja. Era un contratiempo, no una desgracia. Sin embargo, algo lloraba allá en el fondo de su alma, la ruina de su felicidad.
No quiso ir a casa directamente. Necesitaba refrescar la cabeza, coordinar las ideas, pensar en algo que pudiera contrarrestar aquel golpe. Paseó algún tiempo entre calles: al cabo, rendido moral y físicamente, entró en el café Suizo y pidió una botella de cerveza. Allá en un rincón, formando tertulia con algunos señores graves, vio a su amigo Romadonga, que le dirigió un cariñoso saludo con la mano. Poco después, aburrido de la conversación, o quizá por su característica necesidad de variar de compañía, se vino hacia él con su paso silencioso de gato, balanceando gentilmente el torso.
—¿Qué hay, hombre feliz?—dijo sentándose enfrente.—A nadie envidio hoy en Madrid más que a usted. ¡Qué buenos ratitos! ¿eh?
Mario, a quien molestaban muchísimo las bromas cínicas de D. Laureano, hizo un esfuerzo penoso para sonreír y no contestó.
—La verdad es, querido Costa, que en nuestra corta y miserable existencia sólo hay un punto luminoso, un oasis ameno, la mujer.
Chupó en silencio y con placer su cigarro habano, cerró los ojos, como para mirar el pasado, y prosiguió:
—Ríase usted de la caza, de la música, de los viajes, de todos los placeres en general. Los he gustado todos. No valen la pena de molestarse. El único que tiene sabor exquisito, delicado, embriagador, es la mujer... Mejor dicho, las mujeres, si es que usted no se ofende.... ¡Las mujeres! ¡muchas mujeres!... Unas por uno, otras por otro, casi todas merecen ser amadas. La que no tiene el rostro bonito, tiene un cuerpo escultural; si la mano es fea, el pie es un primor... ¡Usted no ha escogido mal, picarillo!... Carlota no tiene las facciones correctas de su hermana, pero es una estatua. Mejor que yo lo sabrá usted. Delgada de talle y ancha de caderas, la cabeza graciosa y bien plantada, el pecho alto, firme, valiente...
Mario estaba en brasas. Al llegar aquí no pudo reprimir un gesto de disgusto. Don Laureano lo observó, y soltando la carcajada y poniéndole una mano sobre el hombro, exclamó:
—Pero ¡qué empeño tienen ustedes los maridos en que nadie admire a sus mujeres! ¿Por qué? Yo imagino que debiera ser lo contrario. La convicción de que sólo ustedes son poseedores de sus encantos y que los demás nos morimos de envidia, debiera ser para ustedes un manantial de goces. ¿Te gusta mi mujer, eh? Pues contempla y rabia. Nada más agradable. Ahora también debo de advertirle que yo no serviría para marido. Una sola mujer me aburre pronto. La misma Carlota, a pesar de ser tan escultural, pienso que llegaría a cansarme. Es cuestión de organismo. El mío pide la variedad. A otros les basta la unidad...
Entre el hondo pesar que le embargaba y aquellas palabras desvergonzadas que le herían como latigazos, el pobre Mario no podía disimular ya más. Su rostro se iba poniendo sombrío por momentos. Tanto que Romadonga, aunque no solía fijarse en el semblante de sus amigos, concluyó por preguntarle:
—¿Qué tiene usted? Me parece que está usted preocupado.
Mario lo negó.
—Vamos, algún disgustillo matrimonial. ¡La ley, querido, la ley! Si el matrimonio no fuese más que el placer, ¿quién no se casaría? Pero entiendo que ante todo es sacrificio y que sólo conviene a los hombres virtuosos. Por eso yo, que no me tengo por tal, he renunciado a sus placeres como a sus dolores. Es el estado más decoroso, más noble, no lo niego; pero a las naturalezas egoístas y sensuales como la mía (según dice Godofredo Llot) les va mejor el celibato. Tiene también sus quiebras; el hombre jamás puede ser feliz por completo. Los solteros no tenemos quien nos repase los calcetines ni quien nos enfríe el caldo al lado de la cama cuando estamos constipados; pero en cambio hay otras ventajillas, y bien pesadas las de uno y otro estado, me parece que nosotros no llevamos la peor parte.
Volvió a chupar el cigarro entornando un poco los párpados. Una sonrisa feliz se esparcía por su rostro correcto y expresivo. Cuando exponía sus teorías acerca del matrimonio solía hacerlo con moderación: no quería ofender a nadie. Pero allá en su fuero interno diputaba a los casados por unos mentecatos que habían venido a hacer el primo a la existencia. No se hartaba de felicitarse a sí propio de haber tenido bastante habilidad para no haber caído en la red.
—Amigo Romadonga, por esta vez se ha equivocado usted. No hay tal disgusto matrimonial—dijo resueltamente Mario.
—Me alegro, me alegro muchísimo. Ojalá no haya entre ustedes jamás motivo de discordia—repuso Matusalem con amabilidad.
Pero en su afable sonrisa se advertía un leve matiz de duda, algo que decía: «Si no han venido aún las reyertas, vendrán, querido, no lo dude usted.»
—Le confieso que tengo un disgusto, pero es de orden más inferior y más soportable. Acabo de saber que he quedado cesante.
Romadonga se mostró sorprendido. Después procuró poner la cara triste adaptándose a las circunstancias. Quiso enterarse de los pormenores.
—¡Bah! Yo creo que eso se arreglará. No se apure usted. Su papá tenía muy buenas relaciones. En cuanto los amigos se enteren, será usted repuesto. ¿Y no ha habido razón alguna para esa cesantía? ¿Ha tenido usted algún choque con los jefes?
Mario confesó avergonzado que desde hacía algún tiempo no asistía a la oficina con la asiduidad que antes.
—...Qué quiere usted, me ha vuelto otra vez la manía de modelar en barro. Cuando tengo entre manos alguna figura que me interesa no me acuerdo de nada. Comprendo que hago mal, ¡pero se pasan tan buenos ratos!
Romadonga le miró risueño, embelesado, con su acostumbrada benevolencia para todas las locuras.
—¡Bravo! Es usted un hombre original. No deja de tener gracia eso de perder un empleo por hacer figuras de barro. Comprendo que usted se arruinara por mujeres de carne y hueso... pero por muchachas de barro o de mármol, eso, francamente, excede para mí los límites de lo comprensible.
Pocos momentos después nació en su espíritu la sospecha aterradora de que la conversación empezaba a aburrirle. Apresurose a levantarse, y dando algunas palmaditas amicales a su amigo en el hombro y deseándole que se arreglase pronto el asunto, se alejó balanceando su figura distinguida, como los perros cuando ya no hay terrones de azúcar que ofrecerles.
VII
No se arruinaría él, no, por mujeres de mármol. Tampoco por las de carne y hueso, aunque lo comprendiese mejor. Hasta entonces al menos ninguna había logrado tomar de su bolsillo más que lo que en cuenta corriente había destinado a este ramo exquisito de sus placeres. A fuerza de experiencia y de cálculo, cuando emprendía alguna nueva conquista, sabía de antemano lo que iba a costarle; trazaba su presupuesto con la exactitud de un experto maestro de obras.
El de la pobre Concha, la hermosa chula que hacía algunos meses había conocido en el café del Siglo, fue de los más modestos que en su carrera galante había formado.
—Estas chicas populares son el género más barato, y no por eso menos sabroso—solía decir a sus amiguitos del café.
—Supongo, D. Laureano—replicaba alguno,—que el más caro será el de las entretenidas de alto rango.
—Tampoco. Las más caras de todas son las mujeres ricas—manifestaba profundamente aquel hombre ingenioso y erudito, para quien la naturaleza femenina no guardaba secreto alguno.
El cerco de Concha siguió las mismas vicisitudes que el de todas las plazas de este orden. Sin embargo, la hija del sillero, aunque inocente y simple como humilde menestrala, tenía un genio impetuoso, arrebatado, que en más de una ocasión estuvo a punto de dar al traste con los proyectos de D. Laureano, quien procedía con tiento, con la habilidad suprema que había logrado adquirir en cuarenta años de práctica. Un bloqueo prudentísimo primero, intimando poco a poco, acercándose algunos ratos a la mesa y cambiando con la chula bromitas más o menos picantes. Después, un día, con pretexto de que llevaba el mismo camino, les acompañó de noche hasta cerca de su casa. Estos acompañamientos se hicieron frecuentes. Otro día les trajo butacas para uno de los teatros por horas. Más tarde les facilitó entradas para las exposiciones, y sabiendo lo aficionado que era el sillero a los toros, fingiéndose ocupado, más de la mitad de los domingos le daba el billete de su abono. Finalmente entró en la casa.
Romadonga era hombre flexible y dúctil hasta un grado increíble. Con el mismo aplomo entraba en la casa de un grande de España que en la de un menestral. En todas partes desplegaba la misma franqueza cordial, un buen humor y una gracia que hacía apetecer su compañía. Necesitaba pretexto para visitar a menudo la pobre vivienda de Concha. Hallolo en la ignorancia supina de ésta. La infeliz no sabía siquiera leer y escribir. Romadonga, lleno de celo pedagógico, se brindó a enseñarla en poco tiempo. Y todos los días sin faltar uno pasaba una hora o más haciéndole combinar letras y sílabas (ma-ña-na-ba-ja-ra-cha-fa-lla-da-la-pa-ca-ta-ra-ga-sa-lla-da) o seguir con mano inexperta los trazos de un curso de escritura inglesa.
Cuando la vio medianamente impuesta en estas materias no por eso se apagó su ardor instructivo. Prosiguió su obra civilizadora con creciente entusiasmo. Y determinó iniciarla en los misterios de la Geografía enseñándole cuántas son las partes del mundo y las capitales de los principales países, y con más interés aún en la Historia sagrada, haciéndole aprender de memoria las grandes vicisitudes por que pasó el pueblo de Dios antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo.
En el café del Siglo se tenía noticia de estos cursos instructivos. Se le embromaba con ellos, se comentaban con gracia por toda la tertulia. Pero en aquellas bromas el que marchaba delante y brillaba por su procacidad era él mismo.
—¿Qué tal, D. Laureano, se va instruyendo la niña?
—Admirablemente. Tiene disposiciones asombrosas, sobre todo para la geografía política. Conoce al dedillo todas las capitales del mundo. Ayer, porque se le olvidó la de Venezuela, lloró como una Magdalena y se tiró de los cabellos.
—¿Y en Historia sagrada?
—Tampoco marcha mal. Tiene una memoria envidiable. Se sabe sin borrar un punto ya desde la creación hasta Abraham. Ahora se está aprendiendo desde Abraham hasta Moisés.
Y a los pocos días, si no le embromaban, él mismo tomaba la iniciativa.
—¡Estoy maravillado! Hoy me relató Concha desde Moisés hasta el cautiverio de Babilonia sin errar un punto.
—Bueno; ¿y el amor cómo marcha?—preguntó uno.
—Eso es clase de adorno. Se deja para lo último—repuso con amable y cínica sonrisa el viejo elegante.
¡Pobre Concha! ¡Qué ajena estaba de que aquel caballero tan fino, tan suave, tan delicado, hacía escarnio de su inocencia en la mesa del café!
Poco a poco se había ido interesando. Don Laureano era viejo (mucho más de lo que ella suponía, por supuesto), pero conservaba gallarda figura, un aire distinguido y varonil que a cualquier mujer podía impresionar; mejor todavía a una humilde hija del pueblo que no había tratado más que con hombres zafios y mal vestidos. Aquel señor tan pulcro despedía un vaho de elegancia que despertaba el instinto del arte y la belleza que en toda naturaleza femenina reside. El perfume de sus pañuelos la embriagaba, deslumbrábale el brillo de sus joyas, y las palabras lisonjeras, insinuantes, con que la envolvía sin cesar arrullaban dulcemente su corazón virginal.
Según trascurría el tiempo iba perdiendo paulatinamente aquel humor chancero. Se había hecho más grave, más reservada y tímida. Creció asimismo su susceptibilidad hasta lo indecible. Cualquier broma de Romadonga la interpretaba en el peor sentido, retorcía sus frases más sencillas, queriendo ver en ellas algún signo de desprecio. Y con el temperamento impetuoso de que estaba dotada, cuando menos podía esperarse armaba una gresca de dos mil diablos, le cubría de dicterios y le arrojaba de su presencia. D. Laureano no parecía disgustado con esta nueva fase de su conquista, aunque se dilatase más de lo que había imaginado. En esta materia había llegado a un sibaritismo refinado. Sólo tenía valor para él lo que costaba trabajo. Sin impaciencia ni inquietud esperaba alegremente que la naranja estuviese madura para sacudir el árbol y hacerla caer en su seno.
Para lograr este dulce desenlace apelaba a los medios que los galanes han usado siempre en tales casos; los mismos que Ovidio recomendaba en su arte amatoria. Solía llevarle regalitos de poco valor, un abanico, un dedal, peinetas para el cabello, etc. La niña los aceptaba con regocijo y gratitud. Cierto día el experto seductor quiso dar un avance. Se fue a una joyería y compró una sortija con tres brillantitos en forma de trébol: total sesenta duros. La hermosa chula también aceptó este regalo con un gozo que le hizo prorrumpir en exclamaciones. Aquella tarde estuvo amabilísima y jovial como nunca. Mas he aquí que a la tarde siguiente la decoración había cambiado por completo. Quizá alguna amiga o conocida, al ver la sortija, le había hecho comprender lo que significaba, le habría dirigido pérfidas insinuaciones. Lo cierto es que D. Laureano halló a su ninfa con un semblante más negro y temeroso que nube de galerna. Antes de cinco minutos estalló la tormenta. Gritó, pateó, le arrojó la sortija a los pies y con ella todos los regalos que le había hecho antes. ¿Qué se había creído el tío silbante? ¿que ella era una tal y una cual? ¡Anda, que se había llevado buen chasco! Sortijitas a ella, ¿eh? Ya vería lo que lograba con sus alhajas...
Romadonga aguantó a pie firme y con bastante calma el chubasco. Luego procuró calmarla con sofística dialéctica que hizo poca mella en su ánimo irritado. Al fin, por sí misma se fue serenando y se avino a volverle a su gracia con tal que se llevase todos los regalos que le había hecho y le jurase solemnemente no traerle más.
D. Laureano cargó con todos aquellos chirimbolos. Por la noche decía en el café, chupando con delicia un cigarro habano:
—No hay nada en el mundo como una chula de Lavapiés. Estoy hechizado con mi Conchilla. Ni la mitad del presupuesto voy a invertir. El que tenga la suerte de embarcarse en una de estas fragatas, puede viajar hasta el fin del universo con tres pesetas.
Con razón lo pudo decir, pues a los pocos días había logrado rendirla. La pobre Concha cayó en sus brazos por generosa y amante, no por interesada.
Fue una luna de miel. Romadonga, en la alegría de su conquista, se dejó arrastrar a mil delicadas atenciones, demostrando cerca de ella una asiduidad que rara vez había tenido con otras. Iba a su casa dos o tres veces al día; apenas salía de allí. De noche la acompañaba paseando por las calles más extraviadas, donde tuviera seguridad de no tropezar a algún conocido. Los domingos solía llevarla en coche a cualquier pueblecito próximo; merendaban, bebían lo bastante para ponerse alegres y regresaban con las mejillas rojas, diciéndose mil disparates deliciosos. Hasta se aventuró varias veces a llevarla a un palco segundo en el teatro y a permanecer allí metido detrás de las cortinas. Se comprendía que aquel triunfo de última hora halagaba su amor propio, le enajenaba de gozo.
Pero aunque ambos hacían esfuerzos de habilidad para engañar al sillero, guardándose cuanto podían, inventando mil pretextos explicativos para sus actos, el padre no pudo menos de advertir el nuevo género de relaciones que entre ellos existía. El señor Ángel era un buen hombre, hábil en su oficio y de sentimientos honrados, pero extremadamente pusilánime. Cuando se hizo cargo de lo que pasaba, se entristeció profundamente, mostrose serio lo mismo con su hija que con D. Laureano, andaba cabizbajo y mudo por la casa; pero no se atrevió a adoptar una resolución enérgica. Tan sólo una vez dijo a Concha que no le parecía bien la confianza que había tomado con Romadonga. La chica rechazó con indignación la malévola sospecha que había debajo de sus palabras, se encrespó de tal manera que el pobre no volvió a entrar en explicaciones.
Se retrajo de la compañía de sus amigos. Andaba avergonzado, siempre temiendo que le echaran en cara aquella indecente complacencia. Y así fue. Un día, en la taberna, se lo dijeron bien clarito.
—No eres hombre si no echas al viejo de tu casa.
No, no era hombre para hacerlo el infeliz. Se avergonzó, lloró y quiso retirarse. Pero un amigo le dijo:
—No te amilanes, Ángel. Si no te atreves a armarle bronca al tío, bébete unas copitas de más y le echas por el balcón.
El sillero hizo caso del consejo. Se atracó de vino, y cuando estuvo hecho una cuba se fue para su casa dando tumbos, diciendo a voces que iba a sentar las costuras a un caballero.
Romadonga estaba allí como de costumbre. El sillero se le plantó delante con los brazos cruzados y le escupió más que le dijo:
—¿Y usted qué hace aquí, vamos a ver?
—¿Yo?...
—Sí, usted...
Y descomponiéndose de pronto comenzó a vociferar bárbaramente, a proferir blasfemias y amenazas que hacían retemblar la casa. Concha corrió a refugiarse en su cuarto. Romadonga trató de calmarle; pero viendo que eran inútiles sus esfuerzos y que la vecindad se estaba enterando, tomó el sombrero y se fue. Al bajar la escalera oyó que una vecina decía a otra:
—El señor Ángel ha echado de su casa al tío... ¡Ya era tiempo!
De tal modo inopinado se cortó el curso de aquellas sabrosas relaciones. D. Laureano no cejó por esto. Procuró ponerse inmediatamente en correspondencia con su amante. Hubo cartas y recaditos y entrevistas. Como hombre que sabía extraer delicadamente de este mundo amargo su jugo azucarado, halló nuevo aliciente de placer en la contradicción del sillero y en el misterio que se veía obligado a desplegar. Pero Concha no se avenía tan de buen grado. Disipada la embriaguez de su padre, no le perdonó aquel acto de energía. Comenzó a mortificarle con su constante mal humor, con el descuido de sus obligaciones domésticas: la comida fría, la cama sucia, la ropa sin coser. De vez en cuando le dirigía venenosas indirectas o burlas insolentes, de tal modo que al pobre hombre ya le iba pesando de haberse mostrado tan digno. La dignidad no es absolutamente indispensable para vivir; la ropa y el alimento sí. Finalmente, la resuelta chula, no pudiendo sufrir más aquella situación y convencida de que su padre iría donde le llevasen si se le sujetaba fuertemente por el cuello, aceptó la proposición que tiempo hacía le había hecho D. Laureano: irse a vivir a un cuartito independiente que él le alquilaría. Pero no había necesidad de escaparse. Estaba segura de que su padre cedería si Romadonga sabía hablarle con diplomacia.
Dio un salto el viejo elegante cuando Concha le propuso una entrevista con el sillero. Sin embargo, le convenció de que su padre era un bendito y, no estando borracho, incapaz de entregarse a ninguna violencia de palabra y mucho menos de obra. Sobre esta base el afortunado seductor no tuvo inconveniente en que la chula concertase el cuándo y el dónde de aquella trascendental conferencia. En casa no podía ser. La dignidad le impedía a D. Laureano ir a la del sillero sin obtener antes una satisfacción. En la calle no era decoroso, ni en el café del Siglo prudente. Se convino en que se hablarían en el de Platerías, de la misma calle, a las seis de la tarde, hora en que solía estar solitario.
D. Laureano llegó el primero a la cita y esperó meditando los falaces argumentos con que pretendía persuadir al sillero. Vino éste a los pocos minutos y se acercó a la mesa acortadísimo, balbuciendo las buenas tardes. Romadonga se apresuró a levantarse, y con franqueza campechana le puso la mano en el hombro.
—¿Cómo va ese valor, amigo D. Ángel? En realidad no necesito preguntarlo. Lleva usted la contestación en la cara. ¿Qué va usted a tomar?
—Muchas gracias, no tomo nada.
—¡Hombre, tendría eso que ver!... ¡Mozo! Unas copitas de manzanilla... Ya sabes, de la especial... ¿Y cómo está Concha?—añadió osadamente.
—No va mal—respondió con visible malestar el sillero.
—¿Le han dejado aquellas punzadas dolorosas en el estómago?... Ya le decía yo que ella se tenía la culpa. No guarda regla alguna para comer. Su placer mayor consiste en hacer comistrajos a las horas más extravagantes: tomates, huevos duros, naranjas, todo revuelto con aceite y vinagre. Se necesitaría tener el estómago chapado en cobre para resistir este desorden. Yo le di unas pastillitas que no le han venido mal... Pero lo principal es que tenga método.
D. Laureano hablaba de Concha afectando desembarazo, como si no hubiera pasado nada, como si fuese todavía el amigo íntimo de la familia. El señor Ángel asentía sonriente y turbado. Sin embargo, el aplomo y la franca naturalidad de Romadonga fueron disipando poco a poco su turbación. ¡Era un hombre tan llano, tan jovial y corriente aquel D. Laureano!: le bastaban pocos momentos para inspirar confianza a cualquiera y ganarle el corazón.
Como por la mano supo llevar el discurso desde la salud corporal de la joven a las cualidades de su carácter. Era una pólvora aquella criatura; buenísima en el fondo, con un corazón de cordera, pero arrebatada como pocas. Dejándola serenarse, incapaz de hacer daño a una hormiga, pero en un instante de cólera Dios sabe adónde podía llegar...
—Por supuesto—añadió con un guiño malicioso—que tiene a quien parecerse; porque usted, señor Ángel, que ordinariamente es una malva, ¡tiene un modo de dispararse!
El sillero levantó el brazo y bajó la cabeza, manifestando con mímica expresiva que de aquello no había que acordarse.
—No, no lo traigo a cuento en son de queja. Únicamente quiero significar que a Concha su genio le viene de herencia, y que por lo tanto hay que perdonárselo... De todos modos, es una chica que se hace querer, porque inmediatamente se ve que no hay allí doblez, que no hay engaño...
—¡Eso no!—exclamó el sillero atacado de súbita vanidad.—En nuestra familia nunca se ha engañado a nadie. Podremos, si a mano viene, dar un golpe desgraciado o una cuchillada en un pronto, pero ha de ser por delante. Hacer traición, ¡jamás!
No quedó muy satisfecho el viejo galanteador de estas cualidades nativas de la familia. Casi casi, al golpe desgraciado o a la cuchillada francos y nobles prefería la traición rastrera si no venía acompañada de violencia en las personas.
—Perfectamente; tiene usted razón; pero los prontos hay que refrenarlos, si no, ¡dónde vamos a parar!... Dejemos esto y vamos al caso. Yo me he encariñado con su hija hasta el punto de que nada me agrada ya en el mundo sin su compañía. No lo digo porque sea usted su padre, pero no he hallado en ninguna parte una muchacha más hermosa, más sencilla y al mismo tiempo mejor educada...
—¡Eso sí! ¡Bien criada sí! En ese punto ni su madre ni yo nos hemos descuidado. Cada pie de paliza la hemos dado, que algunas veces se iba a la cama y no podía levantarse en cuatro días. ¡No la hemos dejado pasar una!... Ahí está ella que no me dejará mentir.
—La prueba mejor de que tiene buen natural y que sus instintos son finos y distinguidos es que, en vez de enamorarse de cualquier pilluelo de su edad, ha preferido un hombre maduro como yo, educado en una esfera más elevada que la suya. Su falta tiene, pues, origen en las cualidades más admirables de su corazón. Yo creo que, en vez de sentirse avergonzado por ello, debiera usted estar satisfecho de tener una hija de aspiraciones tan nobles y delicadas... Bueno; ya está consumada la falta. ¿Y qué vamos a hacer ahora?... Pues ahora no nos toca más que procurar remediar en lo posible las malas consecuencias que pueda traer consigo.
El señor Ángel se puso muy grave, bajó la vista y mostró señales de inquietud.
—Mozo, echa otra copita al señor... Lo primero que salta a la vista es que su hija de usted y yo no podemos ni debemos separarnos. Nuestros corazones se hallan tan compenetrados, que sería una verdadera crueldad por parte de usted o de cualquiera otra persona tratar de romper el lazo que nos une...
—Bueno, pues cásese usted con ella—murmuró con timidez el sillero.
—Le diré a usted—repuso sin inmutarse D. Laureano.—Hace ya muchísimo tiempo que no pienso en otra cosa. Mi felicidad mayor consistiría en poderla llamar esposa y presentarla en todas partes como tal... pero... pero el hombre pocas veces consigue lo que apetece con ansia. En la actualidad existen una porción de obstáculos que se oponen a la realización de mi proyecto... Por supuesto que espero vencerlos—añadió con un gesto soberbio de primer actor.—¡Vaya si los venceré!... Ahora, si usted me preguntase ¿cuándo? ¿cómo? yo le respondería: «Querido señor Ángel, soy ante todo un hombre sincero y leal. Si le dijese tal día, de tal manera me casaré con su hija, como yo mismo no lo sé, mentiría, y la mentira jamás ha manchado mis labios.»
Pausa. Romadonga vacía de un trago la copa que tiene delante, se limpia con el pañuelo los labios que jamás manchó la mentira, y prosigue:
—En estas circunstancias especiales, especialísimas, en que nos hallamos, ¿qué partido adoptar?... Conviene que meditemos.
Pausa y meditación.
—Si usted no lo tomase a mal... pero temo que usted lo tome en el sentido peor... yo, teniendo presente que a lo hecho no hay remedio y que mi entrada en su casa es más escandalosa y perjudicial a su decoro, le propondría que Concha se fuese a vivir independiente en un cuartito mientras no desaparezcan las circunstancias que me imposibilitan unirme a ella...
El señor Ángel se puso pálido y reclinó la frente sobre su mano, mirando fijamente al mármol de la mesa.
—¡Lo ve usted!... ¡Ya se está usted figurando una porción de atrocidades!
—No me figuro más que la verdad, don Laureano—profirió con voz alterada el pobre hombre sin abandonar su postura.
—Convengo en que a primera vista esta proposición parece fea; pero, créame usted, aceptándola, evitamos mayores males. Se mudará a un barrio lejano donde no la conozcan, cambiará de nombre mientras no pueda ostentar el mío honrosamente, se guardará el mayor sigilo posible...
El señor Ángel levantó sus ojos doloridos y exclamó con amargura:
—¡Proponer eso a un padre, D. Laureano!
—¡Vamos, señor Ángel, tenga usted mundo!—exclamó Romadonga dándole palmaditas cariñosas en el hombro.—Hoy la sociedad es muy distinta de cuando nosotros nos criamos. Lo que a nuestros padres les parecía imperdonable, ahora es cosa corriente... Mozo, échanos otra copa... Al contrario, en la actualidad se considera de mal gusto y hasta cursi esa virtud austera de nuestros mayores. Los tiempos cambian, amigo D. Ángel, y no hay más remedio que transigir y acomodarse al progreso. La vida se compone de transacciones.
—¡Proponer eso a un padre!—volvió a exclamar el pobre diablo, con la misma amargura, vaciando la copa en el estómago.
—No se fije usted en su condición de padre. Colóquese usted en un punto de vista más elevado. En seguida comprenderá usted que es el acuerdo más conveniente. Si usted se obstina en retenerla en casa y consigue que rompamos nuestras relaciones, un día u otro, créame usted, Concha caerá en la perdición. Usted, entregado a sus quehaceres, no puede vigilarla; yo sí. Y si llega a caer, como es probable, ¿no será para usted un remordimiento el pensar que la ha privado de acomodarse con un hombre que está en posición de sostenerla decorosamente? Además, usted se hará viejo, no podrá trabajar... Para ese caso Concha le podrá ayudar, mientras que de otra suerte...
Todavía prosiguió el viejo seductor por largo rato amontonando argumentos con la fluidez insinuante que caracterizaba su discurso.
Su elocuencia, secundada poderosamente por el manzanilla, logró al cabo marear, si no convencer, al sillero.
Una hora después salían ambos del café con sendas brevas en la boca, colorados, risueños; despidiéndose muy afectuosamente en la primer esquina.
VIII
Seis meses nada más bastaron para que el genio que dormía en el fondo del espíritu de D. Pantaleón Sánchez se levantase y echase a andar por la tierra. En este corto espacio de tiempo su mirada penetrante abarcó de una vez la existencia toda y sondó sus inefables arcanos. En el mundo no había más que hechos, hechos constatados, como decía un libro traducido del francés que Moreno le había dado.
Todas las supersticiones se borraron de pronto de su privilegiada inteligencia: no sólo la superstición de Dios, la del alma y la moral, inventadas por la debilidad de los hombres secundada por la ambición de los sacerdotes, sino ciertas nociones ridículas en que el género humano se había entretenido puerilmente hasta ahora; las ideas de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Risa inextinguible le causaban los que sostienen que se ignora el origen de estas ideas. Lo ignorarían ellos. Moreno y él sabían perfectamente a qué atenerse. Eran sensaciones, nada más que sensaciones, agradables o desagradables, como las que produce la humedad, el calor o la fetidez de las alcantarillas.
Las profundas observaciones que había llevado a cabo en los últimos tiempos sobre las cebollas, las patatas y otros ejemplares del reino vegetal, lo mismo que el estudio atento de algunos animales domésticos, le habían empujado tan fuertemente al análisis que no comprendía otro método. Lo que por medio del análisis no se hallara, inútil era buscarlo por otro procedimiento. Es así que ni el escalpelo ni el microscopio habían tropezado jamás con el alma ni con un Ser Supremo; luego, etc.
Esta inclinación al análisis despertó en su inteligencia poderosa una tendencia razonadora de tal precisión que ni el más pequeño argumento podía escaparse entre sus apretadas mallas. Caía sobre las ideas como un águila, las sujetaba entre sus garras, las examinaba por todas partes y sólo después que mostraba a sus oyentes todos los aspectos las dejaba escapar.
—Papá, ¿te parece que vayamos hoy al Retiro?
—No; está muy húmedo. La humedad es mala para el organismo. ¿Y por qué es mala para el organismo? Porque ataca los tejidos. ¿Y por qué ataca los tejidos? Porque les roba calórico. ¿Y de dónde procede este calórico? De la introducción del oxígeno en la sangre.
—¿Sabes una cosa, Carlota?—decía Presentación otra vez a su hermana.—Margarita está enamorada del chico de Roda. Ella misma me lo confesó ayer.
D. Pantaleón sonrió benévolamente.
—¿Sabéis por qué está enamorada? ¿A que no?
—Toma, porque le gusta. Es un chico muy guapo.
—No, hija, no es eso. Está enamorada porque es joven aún, y como es joven hay un desequilibrio entre la asimilación y la desasmilación. Ésta es la única y positiva razón de ese amor, como de todos los demás. La ternura de las mujeres, ese cariño que os impulsa a hacer locuras, a llorar, a quitaros la vida, no significa sino que los productos de la nutrición, la albúmina, la grasa, el azúcar y el almidón, entran con exceso en la sangre y no bastan para expeler el sobrante la urea, el ácido carbónico y las deyecciones intestinales.
—Pero, papá, ¿qué dices ahí?
—El amor no es más que un exceso de nutrición.
—Ésas no son cosas tuyas, papá—exclamó con indignación la hija menor.—Tú no eres capaz de inventar tales extravagancias. Eso viene del pelmazo de Moreno que, como no hay chica que le quiera, se venga diciendo borricadas de nosotras.
—Las mujeres, hija mía—repuso Sánchez con toda la calma y la autoridad del verdadero sabio,—no podrán jamás llegar a darse cuenta de estas profundas verdades. Yo he hecho mal en revelároslas sabiendo que hay una imposibilidad física para que las entendáis. Si no lo tomaseis a mal, os diría que vuestro cerebro pesa algunos gramos menos que el del hombre por término medio.
—¿También dice eso Moreno? Pues tiene mucha razón. ¡Cómo no ha de pesar menos mi cabeza que la de ese fenómeno! ¡Tendría que ver!
D. Pantaleón sonrió lleno de lástima, y con la flexibilidad peculiar de los grandes hombres se apresuró a llevar la conversación a otro asunto más adecuado a la capacidad craneana del sexo femenino.
Toda la vida había sido un hombre excesivamente sensible. Su mujer se reía de la facilidad que tenía para llorar. La música era su pasión más viva. Para él no había placer comparable a escuchar en una delantera del paraíso del teatro Real con su hija Carlota, aficionada también a la música, la Sonámbula o la Norma, o cualquier otra ópera del género dulzón y pegajoso. Lloraba y moqueaba copiosamente en los pasajes más líricos, avergonzando no pocas veces a su hija.
—¡Papá, que te están reparando!
—¡Qué quieres, hija mía, esto enternece a una roca!
Después de la música lo que más le placía eran los dramas y novelas sentimentales. Había visto infinidad de veces La huérfana de Bruselas, La aldea de San Lorenzo y La carcajada. Se sabía de memoria la comedia Flor de un día y su segunda parte Espinas de una flor. Nunca le fue posible recitar aquellos famosos versos:
«Si oyes contar de un náufrago la historia, ya que en la tierra hasta el amor se olvida, etc.»
sin hacer pucheritos y que la voz se anudase en la garganta. Y lloraba también como un buey con las aventuras de las costureras sentimentales y reinas afligidas de las novelas por entregas.
Pues bien, Moreno le infundió en seguida un desprecio supremo hacia estos lirismos que retrasaban la marcha de la humanidad en el camino del progreso. Se avergonzó de haber empleado tanto tiempo en leer tales quimeras, cuando estaban ahí los hechos, los hechos constatados, la albúmina, el ácido úrico, el almidón, en triste e injustificado abandono. Y un día que se trató de la prensa en el café sostuvo con D. Dionisio Oliveros, el vate burocrático, una acalorada discusión. Entonces fue cuando profirió aquella frase felicísima que más tarde dio la vuelta al mundo en alas de la fama.
—Ha concluido el reinado de los poetas y comienza el de los fisiólogos. Llegó la hora de arrancarse la toga y ponerse la blusa del operador. El alma está hecha de sustancia gris, el corazón es un músculo encargado de dar movimiento a la sangre.
Y, sin embargo, después de escuchar tan grandes pensamientos, todavía D. Dionisio se obstinaba en escribir sonetos en la oficina.
Todos en la casa experimentaban los efectos benéficos de las corrientes científicas que soplaban en el privilegiado cerebro del jefe de la familia. Pero la que los sentía más a menudo era Carlota por su buena pasta. Mario se sustraía cuanto le era posible; inventaba cualquier pretexto para irse; se hacía el ocupado. Si esto no daba resultado, escuchaba distraído las disertaciones fisiológicas de su suegro: al cabo solía dormirse beatamente en la butaca. Presentación era mucho más expedita.
—Mira, papá, no me des más jaqueca con el ovario, la fecundación y todo eso. Son porquerías que no debo oír. El confesor me lo ha prohibido.
—Lo creo—respondía con acento profundo el sabio.—Pero si el confesor tiene interés en mantenerte en la ignorancia, mi deber de padre me obliga a disipar las tinieblas en que vives. Has de saber que los espermatozoos...
—¡Dale! Te digo, papá, que no quiero saber eso.
—Son unos microrganismos dotados de movimientos rápidos...
—¡Vaya, esto es insufrible! Me voy a coser a otro lado.
Aquella rebelión contra la ciencia producía en Sánchez grave desaliento. ¡Cuánto tiempo se necesita aún para que la humanidad marche exenta de preocupaciones por el camino de la experimentación! se decía tristemente.
Con su esposa no se atrevía a comunicar aquellos altos pensamientos que continuamente le embargaban. ¡Tenía un genio tan raro! No obstante, cierta noche, hallándose acostados, habló D.ª Carolina con admiración del talento y la bondad de una amiga suya que, dando lecciones por las casas, mantenía a sus padres ancianos y a una caterva de hermanos. La pobre, no teniendo tiempo a almorzar, llevaba algún fiambre en un papel y se lo comía en el portal de cualquier casa. ¡Y a pesar de eso siempre contenta y siempre ingeniosa!
D. Pantaleón se atrevió a decir con voz temblorosa:
—¿Sabes lo que es eso?
—¿El qué?
—¿Esa caridad y ese talento que te admiran?
—¿Qué es?
—Cloruro potásico.
—¿Cómo?
—Que no depende más que de una mayor cantidad de cloruro de potasa en el cerebro.
—Pero, hombre, ¿qué jerigonza es la que estás hablando?
—Para entenderlo es necesario que sepas que todas nuestras ideas y sentimientos dependen exclusivamente de los alimentos que ingerimos en el estómago. La albúmina...
—Mira, Pantaleón, déjame en paz, que quiero dormir. ¿Qué te importan a ti esas cosas? Bien se conoce que estás ocioso. Por ningún motivo nos ha convenido dejar la tienda.
—Únicamente te quería decir que la albúmina y la fibrina...
—¡Pues yo te digo que no quiero oír sandeces, ea!... Buenas noches.
Y se volvió del otro lado. D. Pantaleón suspiró hondamente y se volvió también para dormir.
Pero a los pocos días, lleno de celo científico y de buena fe, dijo otra vez a su esposa:
—Carolina, la otra noche estaba equivocado y te dije una falsedad.
—¿Qué falsedad?—preguntó la buena señora sorprendida.
—El talento de nuestra amiga Felipa no es cloruro potásico, sino ácido fosfórico.
—¿Volvemos a las andadas?—exclamó irritada.
—El hombre de ciencia debe rectificar con nobleza todos los errores.
—Tú no eres hombre de ciencia, sino de tejidos de algodón y de hilo y géneros de punto. A mí no me vengas con embelecos, porque no estoy de humor de oírlos, y además te prohíbo que digas borricadas a la niña, porque la tienes escandalizada. ¡Vergüenza es que necesite yo recordarte tu deber!
D. Pantaleón se abstuvo en adelante de verter ninguna de sus fecundas ideas delante de D.ª Carolina. ¡Era tan severa aquella señora en el seno de la intimidad!
Sin embargo, cuando llegó la necesidad supo mantener sus derechos de animal humano frente a su esposa y frente a toda la familia que trataba de vulnerarlos. Por consejo de Moreno había prohibido que le sirvieran en las comidas hortalizas, porque éstas no proporcionaban ningún ácido fosfórico al cerebro, cosa que ellos necesitaban grandemente para sus dificilísimas investigaciones sobre la naturaleza. A pesar de esta prohibición, la cocinera se obstinaba en mandar a la mesa patatas, coles, lentejas, incapaces de producir más que ácido carbónico, celulosa y otras sustancias no menos despreciables e indignas. Sufrió con paciencia algún tiempo. Pero llegó un momento en que la lucha por la existencia exigió de él un rasgo de energía para salvar las circunvoluciones de su cerebro amenazadas. Y lo tuvo.
—He dicho ya muchas veces, y lo repito ahora por última vez, que estoy resuelto a no ingerir ningún alimento vegetal. De hoy para siempre sepan todos ustedes que no quiero carbonatos en mi sangre, sino fosfatos. Si ustedes se obstinan en servirme vegetales, seré capaz de volverme a mi gabinete sin comer.
Aunque la amenaza no espantó a la familia tanto como era de esperar, se convino, no obstante, en no servirle más que alimentos fosfatados.
IX
Sintió Carlota profundo pesar cuando su marido le notició la cesantía. Quedaron ambos larguísimo rato silenciosos y tristes. Algo sonaba también lúgubremente dentro del alma de ella, profetizando la muerte de su dicha. D.ª Carolina la recibió con tranquilidad. Únicamente se le advirtió más seria a la hora de comer. Después, habiéndose suscitado una conversación propicia, expresó algunos conceptos acerca de la holgazanería, de la presunción y la ligereza que a Mario se le antojaron alusivos. Tal vez no serían: no había motivo fundado para suponerlo, pues su suegra le había dado repetidas pruebas de afecto y consideración. De todos modos, no pudo menos de sentir el corazón apretado. Cuando se retiraron a su cuarto nada dijo de esta sospecha a su esposa. Se acostaron en silencio y fuertemente preocupados.
La vida de la familia siguió el mismo curso metódico y apacible. No había pasado nada. Mario, a las horas de oficina, se iba de paseo solo o con su mujer. Por las noches continuaban asistiendo al café. A las comidas la conversación solía animarse. Presentación embromaba a su cuñado. Mario la embromaba a ella. Carlota escuchaba sonriente aquel tiroteo, tomando parte alguna vez por su marido. D. Pantaleón les asaba a explicaciones científicas: el vino, el pan, el azúcar, todo era motivo para exponer largamente la muchedumbre de secretos que iba arrancando a la naturaleza. D.ª Carolina seguía con el mismo humor benigno, rigiendo la casa a su talante, aunque siempre por delegación de su esposo.
No obstante, una nube de malestar y tristeza, de la cual en el fondo todos se daban cuenta, envolvía a la familia. Las relaciones entre ella seguían siendo en la apariencia tan cordiales; pero cada cual percibía un dejo de inquietud, cierto embarazo que procuraban ocultar exagerando la sonrisa, acentuando la nota cómica. Mario sentía la falsedad de su situación en aquella casa y notaba bien que todos los demás la sentían igualmente. La mayor amabilidad de su cuñada con él era un modo de expresárselo; el silencio de D.ª Carolina, la humildad de su esposa para responder a una y a otra, lo mismo. Un sentimiento insoportable de vergüenza iba apoderándose de él.
Carlota también lo padecía. D.ª Carolina y Presentación dejaron poco a poco de llamarla a cónclave para resolver los asuntos domésticos. Entre las dos se lo arreglaban todo, callando cuando ella aparecía. Con esto se hizo más tímida, más humilde; no se atrevía a quejarse de las faltas de la criada; trabajaba cada día más en la casa, echando sobre sí, cuando podía, el trabajo de su hermana; hacía esfuerzos por aparecer amable y simpática como si estuviera en casa extraña.
D.ª Carolina trataba a su yerno con más ceremonia. Mario se sentía turbado por esta actitud, sin entender por completo lo que significaba. No se le mandaba cerrar la puerta, ni escribir los sobres de las cartas, ni que las acompañase hasta casa de unas amigas, ni se le daban encargos para la calle. Cuando doña Carolina rechazaba cualquiera de sus servicios el inocente exclamaba:
—¡Pero, mamá, no tiene usted confianza conmigo!
—Sí, hijo, sí; pero no hay necesidad de que tú te molestes. Pantaleón, que no tiene nada que hacer, se encargará de ello.
¡Que no tiene nada que hacer! Estas palabras, pronunciadas con perfecta naturalidad y hasta con la sonrisa en los labios, sonaban a sarcasmo. Tampoco él tenía nada que hacer; demasiado le constaba a ella. A veces, cuando el matrimonio joven venía de paseo y entraba en el gabinete donde estaban la señora y su hija Presentación, aquélla les interrogaba con cierta condescendencia irónica:
—¿Qué tal, hijos míos, habéis paseado muy largo? ¿Hasta dónde habéis llegado? ¿Os habéis divertido? El tiempo está muy hermoso. Hacéis bien en no desperdiciar tardes tan deliciosas.
Carlota sorprendió en estas conversaciones más de una mirada burlona entre su mamá y hermana; pero había devorado la vergüenza sin decírselo a Mario. Era tan inocente, tan bondadoso, aquel muchacho, que daba pena hacerle sentir las espinas de la vida. Como esposa fiel y generosa las guardaba todas para sí.
Pero el poco dinero con que Mario se había quedado para sus gastos feneció muy pronto. Llegó un instante en que no tuvo un solo ochavo en el bolsillo. Nada dijo. Aquel día no fumó; al día siguiente tampoco. Su mujer lo observó al cabo y le preguntó la causa. No estaba bien del estómago, le repugnaba el cigarro. Pero ella, no fiándose, le registró los bolsillos cuando se hubo dormido y los halló vacíos. ¡Pobre Mario! Lloró en silencio largo rato. Por la mañana salió temprano a misa y tuvo valor para subir a una casa de préstamos y empeñar una sortija. Cuando su marido se levantó, le dijo sacando un billete de su cómoda:
—Oye, Mario. Cuando salgas hazme el favor de pasarte por la Mahonesa y traerme unas yemas de coco... pero que no se enteren en casa. Ya sabes que me da vergüenza... ¡Ah! Y quédate con el resto del dinero, porque a ti puede hacerte falta y a mí no.
Mario quedó suspenso. Una vaga inquietud agitó momentáneamente su espíritu; pero con la inconsciencia que le caracterizaba no pensó más en ello. Sin embargo, a la segunda vez que esto pasó no pudo menos de preguntar:
—¿Y de dónde sacas tú el dinero?
Carlota se puso colorada.
—He ido ahorrando algún dinerillo estos meses pasados para los dulces del bautizo, ¿sabes?... Pero le encajaré la cuenta a mamá... ¡vaya si se la encajaré!
Y reía a carcajadas. Pero su corazón lloraba, porque sabía muy bien que si esperaba por su madre no se comerían dulces en el bautizo del hijo de sus entrañas.
El dinero de la sortija concluyó pronto. Empeñó otra. Tampoco tardó en gastarse. A Mario le hacían falta botas y guantes; el sombrero de copa estaba ya grasiento; llegaba el verano y era necesario también hacerse ropa. Todas sus joyas de poco valor fueron pasando por la casa de préstamos. El aderezo regalo de sus padres, que era lo que más valía, lo guardaba D.ª Carolina.
—¿Pero ese gato que tienes no se agota nunca?—le preguntó inquieto Mario.
Tenía la respuesta preparada.
—Sí, hijo, sí; ya hace tiempo que se ha agotado. Pero papá me ha llamado el otro día a su cuarto y me dio dinero.
El semblante de Mario se oscureció. Quedó profundamente pensativo. No, aquello no podía tolerarse. Era preciso buscarse alguna ocupación donde quiera que fuese. Hasta entonces todas sus gestiones habían sido infructuosas. Visitó a los amigos de su padre: no le faltaron buenas palabras, promesas magníficas. Nada llegaba sin embargo. Miguel Rivera habló al ministro de quien era secretario, y éste prometió colocarle en una carrera que iba a organizar para la inspección de los ferrocarriles.
Carlota había concluido con sus objetos más o menos preciosos. Entonces la mentira que había dicho a su marido convirtiose en realidad. Antes de verle sin dinero en el bolsillo se arriesgó heroicamente a pedírselo a su madre. Fue una escena baja, sórdida, repugnante. Carlota sufrió con valor los sarcasmos de su madre y venció a fuerza de paciencia y tenacidad sus repetidas negativas. Consiguió arrancarle diez duros: se fue a su cuarto y dio rienda suelta a las lágrimas que había podido reprimir. Su marido la encontró con los ojos hinchados.
—¿Por qué has llorado?—preguntole impetuosamente.
—Por nada, hombre; no te asustes. Son cosas de mujeres. ¿No sabes el estado en que me encuentro?
Se convenció. Había oído a los médicos hablar de estas crisis.
Pero la pobre Carlota fue desde aquel día la víctima, la cenicienta de la casa. Su madre la trataba con increíble desprecio; no perdonaba ocasión de vejarla con indirectas crueles. Presentación la ayudaba en esta tarea simpática.
—A mí me gustaría colocarme así, espléndidamente, como mi hermana. ¡Casarme con un pobrete! ¡Puf! Oyes, Carlota, ¿tu marido compra por fin mylord o faetón? Supongo que este año no dejaréis pasar la temporada del Real sin abonaros como el año pasado...
Su madre le mandaba callar con risita maligna, que era una invitación a proseguir. Rara era la tarde en que Carlota se sentase a coser con ellas que al fin no se levantase llorando. Un día, encarándose con Presentación, los ojos rasados de lágrimas, le dijo:
—Haces mal en burlarte de mí. Pretendes que deje de querer a mi marido porque no es rico. Piensa que Dios puede castigarte algún día.
De estos sufrimientos no daba cuenta a su esposo. Al contrario, en su presencia mostraba el mismo semblante tranquilo, risueño. Pero volviendo a necesitar dinero, la escena con su madre fue mucho más cruel. D.ª Carolina se enfureció, llamó pobrete, hambrón y holgazán a Mario, y se negó resueltamente a soltar un cuarto.
—Si te figuras—concluyó diciendo—que nosotros vamos a mantener vagos toda la vida, estás muy equivocada.
Esta amenaza la llenó de terror. Se humilló, procuró desarmarla prometiendo no volver a pedirle dinero. Y corrió, como siempre, a encerrarse en su cuarto para llorar perdidamente.
Mario no fumó otra vez en dos días. En su semblante no se traslució, sin embargo, ningún malestar. Su esposa le miraba con el rabillo del ojo haciendo esfuerzos por reprimir las lágrimas. Pero al pasar por delante del cuarto de su padre vio las llaves puestas en el cajón de la cómoda. Se detuvo herida por una tentación irresistible; echó una mirada en torno, y no viendo a nadie, avanzó con cautela, tiró del cajón sin hacer ruido y escudriñó rápidamente su contenido. Allá, en un rincón, había dos libras de tabaco picado. Tomó una y, cerrando de nuevo, salió precipitadamente, ocultándola debajo del vestido. Por la noche se la dio a su marido, diciendo con afectada naturalidad:
—Toma; luego dirás que no me acuerdo de ti.
—¿Dónde has comprado este tabaco?
Respondió que a una prendera amiga suya que lo vendía de contrabando. La había hallado en la calle y habían hecho mercado en un portal para evitar indiscreciones. Pero a los dos o tres días su padre lo echó de menos y se armó el consiguiente tumulto. Hubo quejas, recriminaciones. D. Pantaleón sospechaba de la criada, que tenía un novio soldado. Carlota, viendo con terror aquel motín y temblando que D.ª Carolina averiguase la verdad, llamó en secreto a su padre al cuarto, le echó los brazos al cuello y le dijo llorando:
—He sido yo, papá; he sido yo la que te ha llevado el tabaco... Pero que no se entere mamá, que no se entere Mario cuando vuelva. Sé que no fuma porque no tiene dinero y yo tampoco lo tengo para dárselo.
El sabio naturalista quedó estupefacto.
—Pero, hija, ¿por qué no me lo has pedido? Dinero no puedo daros, porque ya sabes...
—Sí, papá... no me digas nada.
El ingenioso Sánchez aprovechó la ocasión para instruir a su hija. El tabaco era una planta solanácea de olor fuerte y característico, cáliz tubulado, raíz fibrosa, tallo velloso de médula blanca, hojas alternas laureadas y glutinosas, etc.
Carlota escuchó llorosa y distraída aquellas científicas explicaciones que por el estado de su alma no produjeron el resultado que era de esperar. D. Pantaleón rebañó de su bolsillo algunas pesetas y se las dio.
La situación de la infeliz muchacha era cada día más triste. Todos los rencores y desprecios que D.ª Carolina y su hija menor atesoraban para Mario, que no había tenido talento para hacerse inamovible en el puesto que ocupaba, se los arrojaban a ella a la cara. Con el verdadero culpable estaban reservadas, pero finas. No se le hería directamente, pero la atmósfera estaba cargada de electricidad, y a la postre había de estallar el rayo. D.ª Carolina sacudía la cabeza con ira cada vez que su yerno volvía la espalda.
Al fin, una mañana en que Carlota estaba fuera de casa, la sagaz señora hizo una seña expresiva a su hija menor, y ésta se apresuró a levantarse y salir del gabinete. Quedaron solos suegra y yerno. Sin alzar la cabeza de la costura D.ª Carolina comenzó a hablar con voz un poco alterada.
—Mira, Mario, hacía días que necesitaba hablarte de un asunto bastante desagradable lo mismo para ti que para mí. Lo he ido aplazando de un momento a otro, porque a la verdad me duele en el alma tocar este punto... Pantaleón me ha mandado decirte que sus medios de fortuna no le permiten manteneros a ti y a tu esposa. «Si fuéramos ricos, me dijo, no tendría mayor inconveniente en que Mario se divirtiese y pasase la vida holgando, pero, hija, nosotros tenemos sólo lo necesario para vivir decorosamente... Dile que la obligación primera de todo casado es sostener a su familia con el producto de su trabajo. Así lo he hecho yo y así espero que lo haga él. Es joven y tiene el mundo por delante; que trabaje y se haga hombre...» Hijo mío, yo cumplo el encargo. Espero que no te ofenderás por ello.