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El origen del pensamiento

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 4)

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Con estas palabras Mario quedó profundamente meditabundo. Anduvo varios días inquieto, preocupado, silencioso. Al cabo, dirigiéndose a Miguel con brusco ademán y una particular sonrisa, cuya amargura no se le escapó a aquél, le dijo de pronto:

—He pensado en aquello, D. Miguel. No se me ocurre nada. Más vale que olvidemos eso y sigamos como hasta ahora rindiendo culto al arte de Fidias en secreto y en los ratos de ocio.

Miguel le miró en silencio y con atención algunos momentos.

—No es verdad. Me estás engañando y te invito a que no lo hagas. Creo tener derecho a que me hables con franqueza.

Se obstinó todavía algún tiempo; pero viendo a su amigo triste y disgustado, le dijo al fin esforzándose por sonreír:

—Hace ya tiempo que se me ha ocurrido un pensamiento; pero no me creo con fuerzas para llevarlo a cabo... Además, se exigen una porción de medios...

—Explícame el pensamiento.

Se trataba de un grupo representando la profecía del Tajo al rey D. Rodrigo tal como se describe en la famosa poesía del maestro Fray Luis de León. Aparecerían en él tres figuras: la del rey y la Cava en tamaño natural; la del río en colosal. El pedestal iría cubierto de bajos relieves representando diversos episodios de la invasión árabe y la caída del imperio gótico.

—Ya usted ve que necesito todo mi tiempo—concluyó diciendo,—si he de terminarlo para la época de la exposición, y un local a propósito.

Miguel no respondió. Se apartaron en silencio. Al día siguiente le condujo de paseo al barrio del Pacífico. Al pasar por delante de unos almacenes sacó una llave, abrió una puerta y empujándole dijo:

—Ahí tienes taller. El tiempo también es tuyo. ¡A trabajar!

Mario le abrazó con efusión. El recinto era espacioso, de techo elevado, lleno de luz. Se trasportaron los útiles inmediatamente, se compró lo que hacía falta y desde la mañana siguiente bien temprano Mario apenas salió de allí más que para dormir. Por espacio de algunos meses vivió en un estado febril; apenas comía, apenas dormía; tan profundamente distraído, que se le olvidaban los menesteres más corrientes de la vida. Si Carlota no le vigilase saldría a la calle con las botas rotas o sin corbata. Hablaba poco y no siempre acorde.

Algunas veces Miguel y Carlota iban a visitarle al taller. Pero, aunque no lo manifestase, estas visitas le turbaban. Únicamente cuando traían a su hijo olvidábase de la obra que tenía entre las manos, como del resto del mundo; lo estrechaba contra su corazón, lo besaba con frenesí y parecía que de aquel contacto mágico sacaba nuevas fuerzas y nueva inspiración.

Una tarde Rivera y Carlota llegaron al taller. Al empujar la puerta vieron al joven revolcándose por el suelo y mesándose los cabellos mientras lanzaba imprecaciones y palabras incoherentes. Carlota quiso precipitarse a su socorro, pero la retuvo Miguel.

—¡Silencio!—le dijo al oído.—No temas. Tu marido se halla en la hora negra del artista. Las sacras musas duermen o están ocupadas en este momento y no pueden atenderle. Pero descuida, no tardará en levantarse.

Dieron una vuelta por los alrededores, y en efecto, cuando tornaron Mario se hallaba de nuevo trabajando y con tal ardor que no advirtió su presencia hasta que le tocaron en el hombro.

Pero Carlota no concedía la importancia que Miguel a los trabajos artísticos de su esposo. El arte para ella era un recreo, una distracción: nada tenía que ver con el problema serio de ganar el sustento, que aún no estaba resuelto. Así que no podía menos de mostrar su indiferencia cuando se trataba de la escultura. En cambio se enteraba con gran interés de cualquier empleo vacante de que le hablasen. Mario notaba esta indiferencia y no podía menos de sentirse entristecido y desalentado. Un día, muy tímidamente, porque adoraba a su mujer, se atrevió a quejarse a Miguel. Quedó éste pensativo unos momentos y le dijo:

—No te pese de la manera de ser de tu esposa. Carlota es un espíritu sensato, lúcido, equilibrado. No tiene la imaginación propensa a los sueños, ni facultades para introducirse en el mundo del arte y la poesía. ¡Qué importa! La poesía es ella misma. Basta mirar su bella figura escultural y contemplar sus grandes ojos suaves, claros, hermosos; basta escuchar sus nobles palabras y ver sus acciones, más nobles aún, para sentirse cerca del origen de toda poesía... Además, nunca he creído que al artista le convenga una esposa de imaginación exaltada, de temperamento nervioso, inquieto y refinado como el suyo. Esta paridad de humores produce casi siempre funestos resultados. Tú sabes muy bien, y perdona lo indecoroso de la comparación, en gracia de su exactitud, que a un caballo demasiado vivo y fogoso se le pone por compañero en el tronco otro firme y resistente, aunque de menos sangre, para que contrarreste sus ímpetus. Pues en el matrimonio sucede lo mismo. Si el hombre de imaginación tiene una compañera de temperamento fantástico como el suyo, ambos corren peligro de precipitarse en la desgracia. Duerme, pues, tranquilo sobre el corazón de tu Carlota; acepta su cariño con gratitud y bendice a la Providencia que te ha concedido una mano fiel para atravesar esta existencia tan triste y oscura... ¡Ay! ¡Yo también tuve una mano!... ¡también tuve un corazón sobre el cual mi alma reposaba sin cuidado!...

Los ojos del antiguo periodista se rasaron de lágrimas al pronunciar estas palabras. Mario le estrechó la mano en silencio.

Llegó por fin el mes de Febrero, época en que debía inaugurarse la exposición de Bellas Artes. Mario hizo un esfuerzo supremo, y el magno grupo quedó terminado a tiempo y vaciado en yeso. Cuando Rivera, que había dejado de ir al estudio en los últimos tiempos adrede, lo vio en esta forma, quedó gratamente sorprendido. La obra superaba a todas las esperanzas que había concebido. Sin embargo, temiendo que su cariño por el artista le cegase, llevó a algunos amigos suyos entendidos en el arte. Los inteligentes confirmaron su juicio. La obra se apartaba bastante de las tendencias dominantes en la escultura. Sus figuras eran menos activas y movidas, pero en cambio brillaban por la gracia y la ingenuidad. Se conocía a la legua que su espíritu se hallaba profundamente impresionado por la estatuaria griega, y que adoraba en ella el sentimiento de la medida, la vida en el reposo, la grave serenidad, el desdén de los efectos. Pero este desdén, que se advertía demasiado en el grupo del joven escultor, en concepto de los amigos de Rivera le perjudicaría mucho para el éxito en el certamen.

Felizmente no fue así. El público se detuvo con placer delante de aquellas nobles figuras ejecutadas sin esfuerzo. La delicadeza y valentía con que estaban modelados los bajos relieves llamaron asimismo la atención. Aunque hubiese en la sala obras de más apariencia y estuviesen firmadas por escultores reputados, al cabo de algunos días nadie dudaba que el autor de la Profecía del Tajo era un artista sobresaliente que se revelaba con originalidad e independencia. Un periódico llegó a decir que parecía un griego resucitado y que si continuase con la misma fortuna trabajando llegaría a desempeñar en España el papel que hizo Canova en Italia, esto es, sería un regenerador de la escultura.

Estos elogios prematuros le perdieron. El artista cuyos límites se perciben pronto encuentra fácil y llano el camino: las puertas se le abren, las bocas le sonríen. Mas ¡ay! aquel cuyo alcance no se mide de golpe eternamente tropezará con la desconfianza y la aversión de sus émulos. Éstos ocultaban artificiosamente el favor que el público tributaba a la obra del joven escultor. Cuando un maestro se veía obligado a emitir su opinión acerca de ella, lo hacía con esa habilidad que todos conocen.

—¡Oh! ¡Costa!... ¡Buen muchacho!...No cabe duda que tiene felices disposiciones. Cuando se le quite ese encogimiento natural del que principia será un verdadero artista. Hay algunos pormenores en su grupo dignos de llamar la atención... ¿Pero ha visto usted el Titiritero de Suárez? ¡Qué admirable! ¿verdad? ¡Qué expresión! Es la obra de un maestro.

A los oídos de Mario no llegaban estos juicios de sus compañeros. Sólo el rumor del público y de sus amigos le traían elogios y plácemes. Los miembros del jurado se mostraban con él deferentes y afectuosos, le ponían la mano sobre el hombro, le decían palabritas lisonjeras. Uno de ellos, viejo escultor cargado de laureles, le dijo un día contemplándole con admiración:

—¡Qué joven ha subido usted al pináculo de la gloria! Yo no he ganado primera medalla hasta los treinta y seis años de edad y usted la consigue a los veinticinco.

—Aún no la he ganado, señor—se apresuró a decir el joven, avergonzado.

—¡Bah, bah!—exclamó el gran escultor haciendo un gesto de indiferencia.—Demasiado sabe usted que la tiene ganada.

Carlota gozaba tranquilamente del triunfo de su marido, aunque sin comprender bien por qué la gente daba tal importancia a aquellos muñecos de yeso. D.ª Carolina estaba igualmente asombrada de que se hablase de dinero tratándose de estatuas. El día que supo que una de aquellas que había en la exposición estaba vendida en tres mil duros no pudo menos de abrazar y besar a su yerno. El mismo D. Pantaleón, aunque refractario a estas frivolidades, pasó por la exposición para ver la obra de su hijo político. El sabio fisiólogo, en presencia de varios amigos y del mismo Mario, expresó sus opiniones acerca de las bellas artes, basadas todas, como es lógico, sobre los últimos adelantos de las ciencias naturales. No admitía más arte que el fundado en la experimentación. Todo lo que se había hecho hasta entonces le parecía enteramente pueril. El método de la experimentación debía de extenderse a la literatura también; los poemas y novelas debían ser estudios de casos patológicos; la poesía una clínica social del animal humano. Sin dos cursos de anatomía, uno de patología quirúrgica y algunas nociones de química orgánica, D. Pantaleón sostenía que era ridículo pensar en hacer versos.

Llegó por fin el día de la adjudicación de los premios. Mario supo el fallo del jurado con una sorpresa que le dejó clavado al suelo. No estaba comprendido entre los premiados con primera medalla, ni entre los de segunda, ni entre los de tercera. Nada: su nombre no se veía estampado en ninguna parte. Apenas podía creerlo. Leía y releía el papel pensando que estaba ofuscado. Pero la compasión de varios colegas que se le acercaron le hizo muy pronto cerciorarse. ¡Dios mío, cuánta compasión le prodigaron en pocos minutos! ¡Qué lamentos! ¡Cuántas invectivas contra el jurado! ¡Oh! ¡No hay nada más grandioso que la compasión de un compañero de oficio!

Mario se mostró sereno. Les dio las gracias con sonrisa dulce y se retiró. Marchó automáticamente al través de las calles, embargado por una honda tristeza que le apretaba el corazón. No era vanidoso ni había cifrado quiméricas esperanzas sobre su obra. Pero había sentido ya el aroma de la gloria; el favor del público le había hecho soñar con adquirir por medio de su arte una posición con que pudiera vivir tranquilamente con su esposa y su hijo. Todo se derrumbaba de golpe. Otra vez se sentía solo, pobre y desvalido; tornaba a ser un mísero escribiente, el mismo ser vulgar en quien nadie fijaba la mirada. Pero más cruelmente aún que este dolor le mordía el alma otro que pocos conocen; el del artista que duda de sí mismo. Mientras trabajó en la oscuridad tenía la vaga conciencia de su genio: una voz interior le decía que las obras que salían de sus manos valían más que otras loadas por la crítica. Sentíase con fuerzas para llevar a cabo algo grande y bello. Cuando escuchó los elogios que se tributaban a su grupo no quedó sorprendido: era la misma dulce canción con que su corazón le arrullaba siempre. De repente un tribunal de hombres competentes le cierra las puertas del templo de la gloria. Podría equivocarse el tribunal o estar apasionado. Pero ¿no era más fácil que él y sus amigos se hubiesen engañado? ¿No sería él uno de tantos aficionados que confunden el entusiasmo por el arte con la inspiración, la voluntad con el ingenio?

Había llegado hasta el Retiro, y por sus caminos arenosos iba a la ventura sin darse apenas cuenta de dónde se hallaba. Al fin, rendidos el cerebro y las piernas, dejose caer sobre un banco y metió la cabeza entre las manos. Acordose de Carlota. ¡Qué triste desengaño para la fiel esposa! Ya no vivirían juntos como pensaban; otra vez volvería a luchar por una miserable plaza en cualquier ministerio, sin saber cuándo la lograría. Las lágrimas se agolparon a sus ojos y sollozó amargamente un buen rato.

El ruido de unos pasos precipitados le obligó a levantar la cabeza. No muy lejos vio a un viejo trabajador con blusa azul, boina raída y alpargatas, que venía corriendo, perseguido de un joven que, a juzgar por las mangas postizas de tartán sujetas al codo y su cabeza peinada y relamida, que llevaba descubierta, debía de ser dependiente de alguna tienda de comestibles. El viejo pasó por delante de Mario sin verlo, y al llegar a la orilla del Estanque grande se precipitó en él. El dependiente sé paró. Mario corrió instantáneamente al sitio, y viendo al viejo luchar con la muerte, sé despojó súbito de la levita y se arrojó a salvarlo.

Aunque sabía sostenerse en el agua no era gran nadador: por otra parte, los pantalones y las botas le embarazaban extremadamente. Frío, aunque corría el mes de Marzo, no lo sintió, sin duda por la emoción de que iba poseído. Acercose como pudo al viejo y trató de cogerlo; pero éste, al sentir su mano, dio una vuelta rápida, y con las ansias de la agonía le agarró por un brazo. Mario se sintió perdido y luchó en vano por desasirse: con el brazo libre trató de ganar la orilla que estaba próxima; pero el suicida le sujetaba férreamente; no era posible nadar. Sumergiose por dos veces. Al salir la segunda gritó con fuerza:

—¡Socorro!

Estaba a punto de perder el conocimiento y dejarse ir al fondo.

Felizmente, dos dependientes del embarcadero que vieron al viejo tirarse al agua, habían saltado en un esquife y bogaban con toda fuerza hacia aquel sitio. Pocos segundos más, y hubiera perecido.

Izáronles a los dos. El viejo en mal estado, con mucha agua dentro del cuerpo. Le pusieron cabeza abajo y se la sacaron como pudieron. Después que recobró el conocimiento dijo los motivos que había tenido para arrojarse al estanque. Debía tres duros al joven que le perseguía; no podía pagárselos, y aquél, enfurecido, salió de la tienda para pegarle. En parte por miedo y en parte por desesperación había querido matarse. El hortera, a quien los guardas del Retiro habían detenido, no negó lo que su deudor decía. Estaba perfectamente sereno y hasta parecía encontrar justo que un hombre que no podía pagar tres duros se suicidase. Mario, indignado, sacó del bolsillo esta cantidad y se la entregó diciéndole al mismo tiempo algunas frases duras. Los guardas y la gente que había acudido le hicieron coro.

Pero en estas contestaciones se pasó bastante tiempo. El joven sintió de pronto un frío intenso. Se apresuró a salir del Retiro y tomó un coche para dirigirse a su casa. Durante el camino fueron en aumento los escalofríos; la vista se le turbaba; creyó no poder llegar sin desmayarse. Al fin pudo subir la escalera y meterse en la cama. Poco después se le declaró una fuerte calentura.

XIV

—Pues yo sostengo que lo que ha hecho mi yerno esta mañana es un acto inmoral.

Los tertulios del café del Siglo quedaron estupefactos al escuchar tan singular afirmación. Todos protestaron más o menos suavemente contra ella. El arrojo de Mario había despertado admiración en la tertulia del café. Se hacían elogios calurosos de su noble corazón y valentía.

El ingenioso Sánchez paseó tranquilamente sobre ellos sus ojos opacos, reflexivos, donde se leía constantemente la concentración profunda de un cerebro positivo, y dijo sin advertir siquiera la indignación de aquellos hombres-niños:

—¿Y por qué es un acto inmoral? Porque ataca los fundamentos mismos de la moralidad. ¿Y cuáles son los fundamentos positivos de la moral? Se creía hasta hace poco tiempo que era algo extraño a las fuerzas que obran dentro de nuestra naturaleza física. ¡Error profundo! Uno de tantos sueños como han turbado la mente infantil de nuestros antepasados. La moral es el resultado de una de tantas combinaciones en que descansa el desarrollo orgánico del animal humano. La moral no es más que el instinto social arraigándose cada vez más de generación en generación. Pero este instinto puramente animal que el hombre comparte honrosamente con los demás seres vivientes, en particular con las focas y los bisontes machos, cuyo sentido moral es admirable, no tiene más razón de ser que el bien general. La moral está fundada, pues, en el bien general. ¿Qué era lo que exigía el bien general cuando ese desgraciado viejo se arrojó al agua? ¿Exigía que mi yerno expusiese su vida por salvarle? No, ciertamente, porque la vida de ese infeliz, sin fuerzas para el trabajo y sin ninguna cualidad sobresaliente, era inútil para la humanidad, mientras que la de mi yerno, joven, inteligente y activo, tiene importancia. Luego Mario, al arriesgar una existencia valiosa por otra que no tiene valor, ha atentado contra el bien general. Luego ha cometido un acto inmoral.

Nadie pudo contrarrestar el empuje de aquella lógica inflexible. Rivera, que era quien solía comentar las proposiciones de Sánchez (siempre con el espíritu frívolo que le caracterizaba), no se hallaba en el café. Asistía en aquel momento a Mario, presa de una pulmonía. El único que se atrevió a protestar, «aunque sólo desde el punto de vista de la estética,» fue D. Dionisio Oliveros, el bardo del ministerio de Ultramar. Oliveros confesaba con su voz de bajo profundo que él no era filósofo, odiaba el análisis.

—Usted, amigo Sánchez, al observar cualquier suceso tratará de investigar su razón de ser. Consiste en que usted es filósofo. Yo no veo más que la situación, porque soy poeta, poeta dramático principalmente. Así que no diré que el acto de su hijo político sea bueno o malo. Lo único que afirmo es que es un acto bello. Para mí basta. Puede usted decirle de mi parte que en cuanto termine el segundo acto de la comedia que ya conoce (que será en la semana próxima, Dios mediante), pienso escribir sobre su acción heroica unos tercetos que mandaré a La Ilustración Española. Quizá esto le sirva de consuelo en su enfermedad, porque Mario es, como yo, artista ante todo.

Al pronunciar estas consoladoras palabras la voz del poeta burocrático resonaba lúgubre, profunda, como si en vez de ofrecer a la imaginación imágenes brillantes de dicha y alegría se hallase invocando a los espíritus infernales en algún cementerio a las doce de la noche.

Los tertulios, bajo la influencia de esta voz sepulcral, quedaron sombríos y mudos. El mismo D. Pantaleón, con ser un espíritu tan analítico, no pudo menos de experimentar el sentimiento de desolación que la voz de D. Dionisio producía. Atusose el desmayado bigote con inconcebible gravedad, tosió ligeramente y manifestó por lo bajo a su amigo Moreno que la poesía no era más que un estado congestivo y muchas veces morboso del cerebro. Moreno hacía ya tiempo que había adquirido esta preciosa certidumbre; pero acogió la observación con el respeto debido a las grandes verdades del orden físico.

Guardó silencio unos momentos, y al cabo respondió que en su concepto los poetas no eran otra cosa que alienados. También D. Pantaleón sabía esto hacía tiempo, mas no por eso dejó de mostrarse satisfecho por escucharlo una vez más. Moreno prosiguió sus observaciones en voz baja, afirmando que donde se conocía perfectamente la identidad del poeta y del loco era en la orina. En uno y en otro aumenta considerablemente la urea en ciertos períodos.

—Verá usted—añadió tocando en el muslo a Sánchez—cómo comprobamos en seguida este dato.—Oiga usted, D. Dionisio—siguió, dirigiéndose al bardo,—después que usted termina de escribir una composición poética ¿no siente usted cierto prurito en la vejiga?

—Sí, señor; suelo tener deseos de orinar, sobre todo cuando estoy demasiado tiempo sentado a la mesa—respondió con extremada amabilidad Oliveros.

—¿Y no ha observado usted si en la orina suelen quedar algunos sedimentos?

—Muchos sedimentos. Yo orino casi siempre barroso.

Moreno dirigió a su amigo una sonrisa triunfal, hizo algunos guiños expresivos y por último le dijo al oído:

—Fosfato úrico. La orina de los dementes se caracteriza por el predominio de la urea.

—Y diga usted—prosiguió en voz alta,—¿no suele usted tener los pies fríos?

—Helados. En el invierno gasto dos pares de calcetines porque no los puedo sufrir.

—Y la cabeza ¿no se le calienta a usted?

—¿La cabeza? ¡hecha un volcán!

D. Dionisio comprendía que se trataba de ciertas particularidades propias de los poetas y estaba satisfechísimo de ostentarlas.

—Los locos—repuso Moreno a la oreja de su amigo—tienen siempre las extremidades frías y la cabeza caliente.

Con esto el ingenioso Sánchez se creyó en el caso de responder que muchos de los hombres que la humanidad admira como genios sublimes han sido verdaderos dementes. Moreno se hallaba tan conforme con esta observación, que la hizo extensiva no sólo a los poetas, sino a los grandes filósofos, reformadores, matemáticos, historiadores, y por supuesto a todos los santos y santas que la religión venera. Sócrates, Newton, Rousseau, Corneille, Séneca, Catón, Beethoven, Dante y otros varios, fueron verdaderos orates. Estudiando con atención la vida de los grandes hombres, se encontraría siempre un ramo de locura en ellos.

—Lo que ha dado en llamarse genio, para mí es una enfermedad de los lóbulos cerebrales—resumió Moreno.—La santidad, una declarada locura. ¿Qué me dice usted de San Francisco de Asís abrazando y besando a los leprosos? ¿No es un caso de locura inmunda como la de esos desgraciados que suelen verse en las celdas de los manicomios gozando en revolcarse entre sus excrementos? ¿Qué opina usted de Santa Teresa de Jesús? ¿No le parece a usted increíble que haya aún quien tome en serio los desatinos que escribe?

—¡Oh! Santa Teresa es un curiosísimo caso de alucinación. El doctor Charcot hubiera sacado gran partido de ella a haber vivido en su tiempo—respondió Sánchez reflexivamente.

Hubo algunos instantes de silencio. Los dos fisiólogos meditaban. Al cabo se dibujó una significativa sonrisa en los labios de Moreno y profirió, dando a sus palabras marcada intención irónica:

—¿Y qué me dice usted del gran judío?

—¿Quién?—preguntó Sánchez sin comprender.

—¿Quién ha de ser? El judío de Nazareth.

—¡Ah! Jesucristo... ¡Oh! ¡oh! ¡oh!...

D. Pantaleón fue atacado instantáneamente de una risa convulsiva. Aquello realmente era cosa perdida.

Mientras los sabios antropólogos se solazaban experimentando esa inefable alegría del que se siente en posesión de la verdad entre tantos seres como se hallan sumidos en el error, nuestra antigua conocida D.ª Rafaela saboreaba sola, como siempre, en una mesa su invariable refresco de grosella. Los dedos, cargados de sortijas de todas las épocas y todos los tamaños, apenas podían jugar para llevar la copa a los labios. Su traje, debajo del mantón alfombrado, brillaba con reflejos metálicos de oro viejo como una casulla de la Edad Media. Quizá fuera el traje de corte de alguna dama de las que acompañaron a María Luisa de Saboya cuando vino a desposarse con Felipe V. La señá Rafaela tenía la costumbre de ponerse las antigüedades de indumentaria femenina que venían a parar a su tienda. Era a la vez un prospecto y un goce para ella.

Como estuviese leyendo con atención la cuarta plana de La Correspondencia, vino a distraer su atención la presencia de un joven que se acercó dándole las buenas noches con acento melifluo.

—¡Hola, Godofredito! ¿es usted?

—¿Cómo sigue usted, D.ª Rafaela? Me había dicho Timoteo que no había usted venido en dos días, y temía que estuviese indispuesta; pero la he visto esta tarde en las Góngoras a las cuarenta horas y me tranquilicé.

—¡Ah! ¿Estuvo usted en las Góngoras? ¿Y por qué no se llegó a saludarme, pícaro?

—Salía con el padre Iturralde cuando usted entraba, y no podía detenerme porque íbamos de prisa a la conferencia de San Vicente.

—Pues yo estuve dos días con un catarro, pero ya pasó. Siéntese usted, criatura, que me da pena verle en pie.

Godofredo Llot, elegantemente vestido, y con el mismo rostro nacarado y candoroso de siempre, obedeció a la invitación y se sentó frente a la prendera.

—¿Y cuándo es la boda?—preguntó ésta después de algunas frases insignificantes.

El hijo predilecto de la Iglesia sonrió lleno de confusión.

—¡Oh! No hay aún plazo señalado, D.ª Rafaela, pero contando con la voluntad de Dios, me parece que no está muy lejos.

—Me alegro, me alegro, hijo. Ella va bien y usted lo mismo. Creo que es muy rica.

—Señora, esas cosas son para mí tan secundarias que no he querido averiguar nada—respondió Llot modestamente.—Sólo sé que es muy piadosa y que pertenece a una familia cristiana.

—Eso es lo principal, querido—repuso la señá Rafaela adoptando repentinamente una actitud de mística beatitud.—Los bienes terrenales ¿qué son comparados con los del cielo? Hay que sembrar aquí para recoger allá. Los sentimientos religiosos ante todo. Pero voy a decirle una cosa: las muchachas ricas son tan buenas como las pobres... y además son ricas.

—Es lo mismo que me dice el padre Laguardia—manifestó Godofredo con un acento de inocencia que conmovió a la buena prendera.

—D. Jeremías es hombre de muchas letras. Algo me parece que habrá mojado en este matrimonio, porque le quiere a usted mucho.

—Es quien lo ha hecho todo—respondió con la misma inocencia el joven.—Él me presentó a la familia y fue quien dio todos los pasos... ¿Quiere usted conocer a mi novia?... Voy a darle un ejemplar de la Historia de Santa Isabel que trae su retrato...

El hijo predilecto de la Iglesia, sonriente y ruborizado, sacó del bolsillo del gabán un librito de cubierta elegantemente impresa a dos tintas, lo abrió por la primera página, donde aparecía el retrato de la santa duquesa de Turingia grabado en madera, y lo entregó abierto a la señá Rafaela.

—Es guapa la chica y muy joven... y le sienta bien la corona—manifestó la prendera después de calarse los lentes.—Oiga, Godofredito, tengo una idea de que había usted pedido el retrato a Presentación, su antigua novia, para este mismo libro...

—Sí, señora, se lo había pedido—respondió el joven con embarazo.—Y ya estaba grabado, pero las circunstancias... ya ve usted...

—Sí, sí; me hago cargo... La pobrecita está bien desfigurada. El otro día la he visto con su madre en la calle del Carmen.

—No ha sido precisamente eso lo que me ha detenido.

—Tiene mucha razón; la hermosura es cosa pasajera... Pero no le convenía por la posición. Usted merece una chica rica...

—Tampoco es eso—se apresuró a decir Llot.—Lo único que ha enfriado nuestras relaciones y ha concluido por romperlas son las ideas de su padre. De algún tiempo a esta parte ¡se ha vuelto tan impío y materialista! No hace más que escandalizar en todas partes.

—¡Eso, eso es precisamente lo que yo estaba pensando!—exclamó la anticuaria.—Un caballero de tanta religión como usted no podía emparentar con un hombre tan escandaloso. ¡Toda, la culpa la tiene ese bribón de las gafas!—añadió arrojando miradas fulgurantes hacia el sitio donde estaba Moreno.—¡Si don Pantaleón antes era un bendito! Recuerdo que una vez que estuve en su casa se levantó una tempestad de truenos y relámpagos. Pues él fue quien cerró los balcones y encendió la tenebraria y el primero que se puso a rezar a Santa Bárbara.

Godofredo estaba inquieto, porque la plática se inclinaba demasiado a la murmuración. Así que, bajando los ojos con suave expresión de mansedumbre, dijo en voz apagada:

—A uno y a otro les ha de juzgar Dios. A nosotros no nos toca más que compadecerlos y hacerles todo el bien que podamos.

La prendera le miró enternecida.

—¡Oh, qué dichosa sería su mamá si fuera todavía de este mundo! Desde el cielo le estará bendiciendo.

—¡Así sea!—exclamó el joven levantando sus ojos límpidos al techo.—Mi mamá era una santa, y podría suponerse que está en el cielo; pero como nadie conoce los inescrutables designios de Dios, yo hago por su alma cuanto puedo. Me haría usted, D.ª Rafaela, un favor inmenso, que no olvidaría jamás, si la encomendase a Dios en sus oraciones.

—Con todo mi corazón. Pierda usted cuidado. No dejaré un día de rezar por ella y en el aniversario confesaré y comulgaré por su intención.

—¡Oh, señora, eso es demasiado!—exclamó Llot abrumado por tanto favor.

—Eso no significa nada. Ya sabe que yo me confieso cada ocho días.

—Sí, ya conozco sus costumbres piadosas; pero de todos modos, ya le debo otras atenciones que aunque de categoría menos elevada...

—No hablemos de eso, Sr. Llot—se apresuró a decir la señá Rafaela extendiendo la mano.

—Hablemos, sí, señora. Yo no puedo olvidar ni un instante los favores que se me hacen. Precisamente había venido esta noche a arreglar nuestras cuentas.

—¿Pero qué prisa corre, criatura? Tan seguro tengo el dinero en su poder como en el mío.

—Sin embargo, por lo mismo que ha sido usted tan buena siempre para mí, no quisiera perjudicarla en lo más mínimo. Vamos a ver lo que le debo.

Al mismo tiempo sacó del bolsillo un librito de memorias y leyó con voz suave diversas cantidades que la anticuaria le había prestado en distintas ocasiones: un día treinta duros, otro setenta, otro cincuenta. Entre todas sumaban mil quinientas cincuenta pesetas.

—Bueno—dijo el joven metiendo la cartera de nuevo en el bolsillo.—Vamos a hacer una cifra redonda. Le debo a usted dos mil pesetas.

—No, señor; no me debe usted más que mil quinientas cincuenta.

—Sí, señora, le debo a usted dos mil, porque va usted a hacerme el favor de prestarme otros noventa duros... Necesito hacer algún regalito a mi novia y tengo poco dinero—manifestó el joven poniéndose rojo como una amapola.

D.ª Rafaela quedó un poco sorprendida de aquel modo original de saldar cuentas; pero viendo el rostro de Godofredo cubierto de rubor, sus ojos serenos, inocentes, posarse dulcemente sobre ella con encantadora expresión de vergüenza, no pudo menos de sonreír.

—¡Conque regalitos, eh! Vamos, no se ponga usted colorado.

El hijo predilecto de la Iglesia se puso mucho más rojo aún. Parecía que iba a saltar la sangre de sus tersas mejillas.

A la prendera le hacía extremada gracia aquel rubor: para gozar más de él le mortificó todavía algún tiempo. Al fin echó mano al portamonedas. Pero Godofredo la detuvo dirigiendo una mirada de susto a la mesa de sus antiguos amigos.

—No; aquí no, señora. Hay muchos curiosos. ¿Quiere usted salir a la calle un momento?

—Con mucho gusto. De todos modos, es hora ya de retirarme.

D.ª Rafaela se levantó de la silla y salió. El hijo predilecto de la Iglesia saludó a un amigo para figurar que no iba con ella, pero la siguió inmediatamente.

Una vez en la calle, libre de la vergüenza que le producía la luz y la presencia de la gente, dejó escapar los tiernos sentimientos de cariño y gratitud que rebosaban de su virgen corazón. Mientras caminaba hacia la Puerta del Sol en compañía de la prendera, con labio balbuciente y seductora timidez le hizo algunas candorosas confidencias sobre su situación y sus proyectos. La señá Rafaela sonreía siempre con extraordinaria complacencia, sorprendida de hallar en estos tiempos miserables un joven de corazón tan sano. Godofredo se mostraba hacia ella atento y respetuoso, como pocos hijos suelen estarlo con sus madres. Al llegar a una estrecha travesía la anticuaria se detuvo, avanzó algunos pasos por ella y, protegida de la obscuridad, sacó su portamonedas y le entregó la cantidad del pico en billetes. Godofredo los tomó con mano temblorosa y permaneció mudo frente a su bienhechora sin acertar a emitir una palabra de gracias, embargado enteramente por la emoción. Al fin, con voz alterada, pudo exclamar:

—¡Oh, señora, cuántos beneficios la debo! ¡Si yo pudiera expresar lo que pasa por mi corazón en este momento!

Tan bien le sentaba el embarazo que en aquel momento sentía que doña Rafaela le dio una palmadita en el hombro, lisonjeada hasta un punto indecible.

—Eso no vale la pena, querido. Para mí es un gusto el hacerle cualquier pequeño favor como éste.

—Lo sé, señora, lo sé—exclamó con voz melodiosa el joven—. Pero me siento turbado, porque desde que murió mi santa madre no hallé en nadie tanta dulzura. No por el dinero, sino por el cariño que usted me demuestra, no puedo menos de sentir hacia usted un afecto y un respeto parecidos a los que se sienten por una madre... Todavía voy a pedirle a usted un favor...

—Lo que usted quiera, Godofredito.

—Que me permita usted besar su mano.

La prendera quedó suspensa; vaciló un momento, pero viendo aquel rostro infantil cubierto de rubor, viendo sus ojos azules y límpidos como los de un querubín resplandecientes de gratitud, le entregó la mano sonriendo de la humildad y la inocencia de aquel niño.

—¡Qué cordero de Dios!—murmuró la buena mujer mientras sentía su mano mojada por las lágrimas de Godofredo.

Quiso éste acompañarla hasta su casa: la prendera no lo consintió.

Pero cuando se estaban despidiendo cruzó como un huracán a su lado don Laureano Romadonga.

—¿Qué le pasa a ese hombre?—preguntó la seña Rafaela.

—No sé; va muy pálido.

—Nunca le he visto de ese modo.

La señá Rafaela se apresuró a despedirse de su protegido e hizo ademán de irse hacia su casa; pero en cuanto vio a Godofredo lejos, dio la vuelta hacia el café del Siglo, porque la picaba mucho la curiosidad.

Romadonga entró efectivamente en el café del Siglo en tal estado de alteración que sorprendió a sus amigos. Sentose, o por mejor decir dejose caer sobre una silla, pidió un vaso de agua con azahar al mozo y, respirando trabajosamente, profirió roncamente:

—¡Si supieran ustedes lo que me acaba de pasar!

Eso es lo que todos querían: saber lo que le pasaba. Pero a pesar de sus vivas instancias sólo después que hubo bebido el vaso de agua a sorbos y limpiado repetidas veces el frío sudor que le manaba de la frente consintió en explayarse.

El suceso era portentoso, inaudito. Para mejor comprenderlo Romadonga hizo presente que desde hacía mucho tiempo mantenía amistad cariñosa con la marquesa viuda de Zamara y con su hija Matilde, viuda también de un primo comandante de ingenieros. Pues bien, de esta viudita tan linda como ingeniosa tenía celos su querida, la Concha, la hija del sillero, que todos ellos conocían. Celos infundados, por supuesto, porque jamás se le había pasado por la imaginación mirarla sino como una buena amiga...

La duda se infiltró en el pecho de los circunstantes al escuchar esta afirmación. Pero nadie osó producirla. D. Laureano continuó.

Ya en varias ocasiones habían tenido peloteras sobre este vano supuesto. Concha no quería que asistiese los lunes a la tertulia de la marquesa, y se ponía frenética si sabía que las había acompañado en el paseo. Un día le había amenazado con ir a casa de aquellas señoras y armarles un escándalo. Pero él no había hecho caso. ¿Cómo suponer que su locura había de llegar a tal punto? Sin embargo, llegó y aun pasó muchísimo más allá.

—Hace un momento me hallaba en el teatro de la Comedia. Era el beneficio del primer galán. La sala estaba de bote en bote. En el segundo entreacto fui a saludar a la marquesa de Zamara y a su hija Matilde, que estaban en la primera fila de butacas, cerca del pasillo lateral de los números pares. Me senté al lado de ellas en una butaca que había dejado un caballero, y estábamos bromeando alegremente, cuando de repente veo delante de mí a Concha, de pañuelo a la cabeza y mantón. Y antes de que pudiera reponerme del susto, se arroja como una fiera sobre Matilde a bofetada limpia...

Los tertulios lanzaron un grito de asombro.

—¡Qué atrocidad!... ¡No puede ser!

—Lo que ustedes están oyendo; a bofetada limpia y llamándola al mismo tiempo cuanto puede llamarse a una mujer—profirió trabajosamente el viejo libertino, volviendo a limpiarse el sudor.

—¿Y usted qué hizo?

—¿Yo?... Ya ven ustedes lo que hice... escapar. Los ojos se me nublaron. No vi más que una masa de gente que se levantaba gritando, riendo. Vi a Concha sujeta por dos acomodadores, gritando como ella sabe hacerlo, y vi también que el rey, que estaba en su palco, precisamente sobre nosotros, sacaba todo el cuerpo fuera del antepecho para enterarse, y sonreía... Y no vi más... Es decir, me vi en medio de la calle, sin abrigo y con el sombrero en la mano, lo mismo que estaba cuando el cataclismo.

Las exclamaciones de los circunstantes ante aquel caso extraño fueron interminables. Todos compadecían al viejo elegante: no tenían palabras bastante fuertes para condenar el brutal proceder de la chica. Sin embargo, debajo de los comentarios se adivinaba cierto regocijo que hacía brillar los ojos y pugnaba por salir en forma de carcajadas. El suceso era chistoso. Uno de ellos, cierto almacenista de camas que solía acercarse a la mesa de vez en cuando, se atrevió a decir respetuosamente:

—La verdad es que esa mujer, en mi pobre opinión, no le conviene a usted, señor Romadonga.

—¡Ya lo creo que no me conviene!—exclamó el seductor con furia.—¡Vaya una noticia que usted me da! Pero si usted hubiera visto la navaja que trae consigo constantemente, de seguro no hablaría usted con tanto desahogo.

—¿Pero sería capaz?...

—¿Capaz? ¡Anda con la niña! La mujer que tiene hígados para lo de esta noche, los tiene para todo. Me ha jurado muchísimas veces que si algún día la abandono me dará una puñalada por la espalda... Y yo estoy convencido de que me la pega... ¡Vaya si me la pega!—profirió con exaltación.—¿No lo cree usted, D. Dionisio?

—¡Qué situación, si pudiera llevarse al teatro!—exclamó el bardo con voz sepulcral, saliendo de su abstracción poética.

—Pero, hombre, ¿la quiere usted más dentro del teatro todavía?—dijo Romadonga sacudiendo la cabeza desesperadamente.

XV

Mientras una cruel pulmonía postraba en el lecho a Mario, su nombre corría por la prensa periódica, era objeto de apasionadas discusiones. El fallo del jurado, en lo que a él se refería, fue condenado como injusto por varios críticos. Otros lo sostuvieron, o por convicción o por amistad hacia los jurados, o por envidia al nuevo artista. Rivera había quedado casi tan estupefacto como Mario y casi tan acobardado. Temía que su cariño le hubiese ofuscado. Pero cuando vio la lucha empeñada lanzose intrépidamente a ella. Y la pluma del viejo periodista, tanto tiempo colgada, nada había perdido de su destreza y proverbial causticidad; vibraba a impulso de la indignación con tal donaire y desenfado que puso inmediatamente de su lado al público indiferente. Al propio tiempo, como poseía y sabía tocar la cuerda del sentimiento, sacó mucho partido de la enfermedad de su amigo, víctima de su arrojo heroico en los momentos mismos en que lo era de una miserable injusticia.

De tal modo que cuando el joven escultor se levantó de la cama gozaba de mayor reputación y gloria que si le hubiesen dado la medalla de honor. Por esta vez la envidia había errado el golpe. La primer noche que se presentó en el café, sus amigos se pusieron en pie y palmotearon briosamente. Los demás asistentes siguieron el ejemplo: se le hizo una ruidosa ovación, de la cual dieron cuenta al día siguiente los periódicos.

—El arte es la apoteosis de la inutilidad—vertió sentenciosamente Moreno al oído de don Pantaleón, ya que se hubo calmado el entusiasmo.—Cuando los objetos útiles dejan de serlo, pasan a la categoría de artísticos. Un ánfora antes servía para contener agua o vino. Hoy es objeto decorativo sobre las chimeneas o sobre columnas. Éstas, a su vez, antes servían para sostener los techos; hoy adornan los rincones de los gabinetes.

El ingenioso Sánchez se mostró profundamente interesado por estas observaciones luminosas. Cerró sus grandes ojos apagados en señal de asentimiento y meditó.

—Se ha observado—prosiguió Moreno—que los países donde se hallan más desarrolladas las tendencias artísticas son los que dan mayor contingente a los manicomios. Y es porque el arte es ante todo un juego estéril de la imaginación. El arte, lo mismo que el misticismo, concluyen por alterar nuestro desenvolvimiento orgánico. En mi concepto, lo mismo uno que otro deben ser rechazados como tendencias morbosas.

D. Pantaleón agitó las manos convulsivamente, abrió los ojos y profirió una serie de exclamaciones corroborantes. Siempre le pasaba igual al oír la palabra morboso. Este adjetivo ejercía sobre su organismo un efecto extraordinario, mágico, una sensación de deleite inefable que se le advertía en el brillo inusitado de los ojos y en el movimiento de trepidación del bigote. Cuando tenía ocasión de pronunciarlo (y la buscaba con harta más diligencia de lo que convenía a la armonía del discurso), lo mascaba, lo paladeaba con gozo indecible, percibiendo en los labios el mismo grato sabor que algunos santos experimentaban al proferir el nombre de la Virgen María. Así que sin darse cuenta de ello, el ingenioso Sánchez declaraba morbosas casi todas las cosas de este mundo. En su entusiasmo por el vocablo hubiera declarado morbosa a la misma madre que lo había parido.

Nada nuevo, pues, le decía Moreno. Muy de antemano sabía ya el ilustre fisiólogo que el arte y el misticismo eran elementos morbosos del organismo social. Lo eran también otra porción de cosas que Moreno no sospechaba siquiera. D. Pantaleón, hay que decirlo con toda claridad, había llegado más arriba en el camino de la indagación, poseía un conocimiento más completo de los resortes de la Naturaleza que su amigo. Apenas le faltaba explicación para ninguno de los infinitos fenómenos de la creación natural. Como hay de ello muchos ejemplos en la historia de la ciencia, el discípulo sobrepujaba notablemente al maestro. En alas de su genio, Sánchez había volado de golpe a regiones donde el pobre Moreno, a pesar de su aplicación asidua, no llegaría jamás.

Por eso continuaba admirando en su joven amigo la fiera independencia del carácter, la increíble fuerza de que había dado muestras para salir triunfante en la lucha por la existencia que para él había sido tan ruda, la brusca franqueza de su palabra propia del hombre primitivo nacido para el combate. Pero en cuanto al conocimiento de los problemas de la ciencia positiva no tenía por qué admirarle. Don Pantaleón poseía lo menos veinte centímetros más de circunvolución en los lóbulos cerebrales, como ha de probarse en el curso de esta verídica historia.

Desde hacía algún tiempo venía consagrando toda la fuerza de estos lóbulos a la resolución de un problema magno, el mismo que había anunciado vagamente a su yerno como algo que el mundo debía de acoger con asombro y aplauso. Este problema, hora es ya de revelarlo, no era otro que el origen del pensamiento. El ingenioso Sánchez, a la hora presente, sabía de un modo perfecto la geografía cerebral. Con ayuda de su microscopio había escrutado las innumerables células nerviosas de varios animales, siguiendo con ojo avizor la inmensa red de fibras que de ellos parten. Luego había obtenido algunos cerebros humanos y había hecho lo mismo. Conocía las piezas de la máquina. En aquella vasta ciudad de células gustaba de pasear a menudo y seguir la intrincada red de sus caminos y senderos. Pero ignoraba por completo el secreto del mecanismo: recorría las calles, pero nada sabía de lo que pasaba dentro de las casas. Su genio colosal ansiaba apoderarse del secreto. Algunos sostenían que era imposible. El ingenioso Sánchez sonreía y meditaba.

Las noticias que los fisiólogos anteriores a él le suministraban eran muy vagas. Uno sostenía que el pensamiento era una secreción semejante a la bilis o a la orina. D. Pantaleón en sus experimentos no había hallado señal de estas secreciones en la masa encefálica. Otro, que el pensamiento se producía en el cerebro por un método análogo al de la fabricación del pan. Era más verosímil. Sin embargo, pensaba que debía de parecerse más a la fabricación de la cerveza a causa del sistema de destilación, pues no le cabía duda de que las sensaciones para trasformarse en ideas debían de pasar por un finísimo alambique. Mas a pesar de cuantos esfuerzos llevó a cabo para descubrir con el microscopio este cedazo, no lo había logrado hasta entonces.

La resolución de este gran problema le agitaba a todas las horas del día y en muchas de la noche. Su labor era incesante, hasta el punto de no dejarle pensar ni sentir apenas otra cosa. Sin embargo, en los actuales momentos un suceso, al parecer insignificante, le preocupaba bastante, le tenía más silencioso y meditabundo que de costumbre. Viniendo al café aquella noche había tropezado en la calle con un hombre tendido sobre la acera. Quiso levantarle. El hombre no podía tenerse en pie a causa de su extrema debilidad: según dijo no había tomado alimento en treinta y seis horas. Lleno de compasión le arrastró como pudo hasta un restaurant próximo; hizo que le sirviesen caldo y le pagó una buena comida. Después le dejó casi todo el dinero, que llevaba en el bolsillo.

Pues bien, el célebre antropólogo estaba pesaroso, descontento de sí mismo. Sabía muy bien que los llamados sentimientos de humanidad y filantropía son, como el sentimiento religioso, peculiares de las sociedades primitivas. Una sociedad civilizada no puede admitirlos porque se oponen abiertamente a las leyes de la selección y de la lucha por la existencia, que se cumplen en el organismo social como en los inferiores. En esta lucha los débiles deben perecer: así es conveniente para el progreso de la especie. Protegerlos, ayudarles a eludir las leyes indeclinables de la Naturaleza es indigno de un hombre civilizado, y mucho más de quien como él se dedicaba al estudio de la ciencia positiva. El que deba vivir que viva; el que deba caer que caiga. De aquí su remordimiento y tristeza. Y lo que más le avergonzaba era que, viendo comer a aquel desgraciado con apetito voraz, había llorado de ternura. Resabios de su educación primera, llena de juicios absurdos y de imaginaciones infantiles.

Este hecho insignificante probará hasta qué punto aquel hombre insigne había sacudido de su inteligencia el polvo de las preocupaciones y había avanzado en el camino de la perfección positiva.

Una de las cosas que logró dar más luz a sus lóbulos cerebrales fue la compra de un mono. Era el sueño de su vida. Por fin tropezó con ciertos bohemios que se prestaron a venderle uno valetudinario y sarnoso. Se lo hicieron pagar bastante caro, visto el afán que por él mostraba. Cuando nuestro fisiólogo se encontró a solas en su laboratorio en presencia de aquel ser, su precursor inmediato, sintió emoción indefinible. Un respeto profundísimo se apoderó de su mente. Delante de sí tenía al hombre, al hombre primitivo en toda su augusta sencillez y verdad, sin absurdas ideas metafísicas, sin religión, sin moral, sin los tristes idealismos que tuercen y adulteran el curso sagrado de la Naturaleza. ¡Ah, no! Aquel hombre no pretendía ridículamente oponerse, como nosotros, a sus leyes inflexibles, a la ley de la lucha por la existencia, o de la selección. Era el producto espontáneo de la Naturaleza, resplandeciente como ella de majestad y de inocencia.

Acurrucado en un rincón, el hombre primitivo clavaba en el secundario una mirada inquieta y temerosa. Pero viendo que éste no trataba de hacerle daño, concluyó lógicamente por rascarse la barriga, ejecutando después otra serie de maniobras candorosas que el gran antropólogo seguía con mirada escrutadora y reflexiva. La ciencia estaba de enhorabuena. En el cerebro del ingenioso Sánchez germinaban pensamientos fecundos, admirables proyectos de experimentación. Desgraciadamente no pudieron realizarse por una alteración funesta de los nervios de la esposa del fisiólogo.

D.ª Carolina no tenía noticia de la compra del mono. D. Pantaleón, que sabía cuán poca simpatía le inspiraban los adelantos de la ciencia, había cuidado de ocultársela. Hallábase, por tanto, la buena señora ajena enteramente a la presencia del hombre primitivo en su domicilio, cuando aquél se encargó de hacérsela notar en la forma más inconveniente que pudo verse jamás. Una noche, atravesando el corredor de la casa con una bujía en la mano, sintió que dos brazos peludos la agarraban por el cuello, y unas uñas infernales se le clavaban en el rostro. La infeliz pensó que el mismo demonio venía a arrebatarla. Dio un grito horrísono y se le cayó la palmatoria de la mano. Cuando la gente de casa acudió yacía en el suelo privada de conocimiento. El mono se balanceaba en lo alto de una percha, revelando en su fisonomía expresiva la sublime indiferencia que caracteriza a los seres no adulterados aún por ideas metafísicas.

Claro está que desde entonces no volvió a hablarse de él en la casa del fisiólogo; es decir, sí se habló, y mucho, pero fue siempre para vejar al ilustre antropólogo, quien por largo tiempo no pudo gozar de tranquilidad a la hora de comer.

Por fortuna, un suceso próspero vino a borrar aquella impresión fatal. Ya sabemos que la hija menor de Sánchez, desde que perdiera su belleza en aras de la ciencia, apenas pisaba la calle. Al café del Siglo no había vuelto jamás. El desengaño de Godofredo al tiempo mismo que le había herido la desgracia, no poco contribuyó también a dejarla en el profundo abatimiento en que vivía. Silenciosa y melancólica la que antes era todo ruido y alegría, parecía una sombra vagando por la casa. A veces se la oía gemir. Su madre sacudía entonces la cabeza, terrible, amenazadora como una euménida; el ingenioso Sánchez bajaba la suya, sometiéndose a aquel castigo, pero satisfecho en el fondo de sus lóbulos cerebrales de haber sacrificado una hija en el altar de la ciencia, no en el del fanatismo metafísico. Si en aquellas negras horas de desesperación todos sus pensamientos eran para el ingrato Llot, sin que un vago e insignificante recuerdo mereciese la pasión de Timoteo, no es fácil averiguarlo. Lo que sí puede afirmarse es que el violín de aquel desgraciado joven seguía exhalando quejas melancólicas por la noche lo mismo que en los tiempos de esplendor de su adorada. Para él no existían quemaduras ni costurones; todo era como antes tersura, nácar y alabastro; sus notas se arrastraban siempre lánguidas, voluptuosas, enamoradas.

En casa del fisiólogo nada se sospechaba del fondo sensual que encerraban. Sánchez no podía reparar en tales futilezas. D.ª Carolina iba poco por el café y estaba muy lejos de presumir que existiese en la tierra tal desinteresado amor. Así que fue viva su sorpresa al recibir un día la visita del artista en traje de ceremonia. La esposa del antropólogo no estaba sola. Su hija Presentación bordaba a su lado cerca del balcón. El artista avanzó con tan amable sonrisa que su boca se dilataba de un modo imponente.

—Buenas noches, D.ª Carolina... ¡digo no! Buenos días, D.ª Carolina; buenos días, Presentacioncita.

Inmediatamente el heroico joven quedó envuelto en una nube de lluvia menudísima, de la cual por fortuna sólo algunas gotas vinieron a caer a los pies de la buena señora. Después se creyó en el caso de refrenar el vuelo de su fisonomía, dándole la gravedad apropiada al caso; pero tan pronto como consiguió llevarlo a cabo, su boca volvió a dilatarse, recobrando la posición anterior como un resorte que se suelta. Tornó a cerrarla con esfuerzo y de nuevo volvió a soltarse, repitiendo la operación algunas veces antes de pronunciar una palabra. Esto, unido a cierto modo extraño y constante de sobarse las rodillas con la palma de las manos como si estuviera dándoles fricciones de algún bálsamo antirreumático, produjo en D.ª Carolina un movimiento de impaciencia que procuró refrenar con su amabilidad característica. Al cabo rompió.

—Señora, aquí Presentacioncita sabe perfectamente...

Pero en el mismo instante la aludida se alzó bruscamente de la silla y salió de la sala. El artista, detenido en los comienzos de su discurso, la miró alejarse con sorpresa y dolor.

Presentación, desde que perdiera su belleza, se había vuelto suspicaz, recelosa; pensaba que todos se burlaban de ella. Ésta fue la razón de su brusca partida. Imaginó que Timoteo, desdeñado en otro tiempo, venía a gozarse en su desgracia y a satisfacer una miserable venganza.

¡Cuán lejos se hallaba de la verdad! Lo que en aquel instante sentía el corazón de Timoteo era idéntico a lo que vibraba en el alma de su violín, todo lánguido, todo voluptuoso.

—Señora, yo sé que soy un gusano indigno...

Este comienzo no le pareció mal a D.ª Carolina y procuró dárselo a entender con una sonrisa benévola.

—Un gusano... eso es...

—Vamos, Timoteo, cálmese usted. Le veo un poco agitado.

—¡Cómo no he de estarlo, señora! ¡Cómo no he de estarlo si lo que me pasa a mí!...—exclamó el joven apretando las rodillas con sus manos crispadas.

—¿Pero qué le pasa, criatura?—preguntó la señora con una entonación que decía bien claro que lo sabía.

—Ya sé que soy un indigno gusano...

—¡Dale! ¡Cálmese usted, Timoteo, cálmese!

—Yo venía con intención de hablar con usted, señora... pero ya no puedo hablar... ¡no puedo hablar!—profirió con creciente agitación.

D.ª Carolina le contempló un instante con sonrisa maliciosa y dijo al cabo:

—Pues yo voy a decirle a usted lo que usted tenía que decirme a mí.

Timoteo la miró estupefacto.

—Señora—venía usted a decirme,—yo sigo tan enamorado de su hija Presentación como el primer día. A pesar de su desgracia la quiero con todo mi corazón, porque mi cariño no se cifraba en la hermosura del cuerpo, que es perecedera, sino en la del alma, que jamás muere.

El violinista se puso horriblemente pálido. Alzose de la silla y comenzó a dar vueltas por la estancia agitando el sombrero con frenesí. Todo su amor, sus tristezas y anhelos, los pensamientos todos que ocupaban su mente desde hacía tanto tiempo salieron de golpe en frases cortadas, incoherentes, que resonaron lúgubremente en la sala como la confesión de un reo en capilla. Pero venían envueltas en una nube tan espesa de rocío que D.ª Carolina se vio precisada a apartarse más de una vez y refugiarse por los rincones para no quedar completamente empapada.

Al fin se dejó caer otra vez en la silla, rendido, aniquilado. D.ª Carolina también se sentó y le contempló largo rato con mirada chispeante de malicia.

—¡Pícaro, qué bien me conoce usted!—exclamó dándole un pellizco.

Timoteo clavó en ella una mirada de besugo atónito.

—A usted no se le ha escapado el cariño con que siempre le he mirado. Es una debilidad, una manía; nunca he podido remediarlo. Mis hijas me tienen dicho un millón de veces: «¡Pero, mamá, no callas con Timoteo! ¿Y qué le voy a hacer, hijas mías? El cariño no puede razonarse, y yo se lo he tomado a ese muchacho. No digo a Presentación solamente: si diez hijas tuviera y Timoteo me las pidiese, las diez le daría sin vacilar un momento.»

Aquella prueba poligámica de simpatía conmovió de tal manera al violinista que se alzó de nuevo agitando el sombrero; pero D.ª Carolina logró hacer que se sentase tirándole de la levita.

Finalmente, el artista pidió con más humildad que ceremonia la mano de Presentación, añadiendo que, si no lograba verse unido a ella, sus medidas estaban ya tomadas, su resolución era irrevocable. Y no se explicó más; pero bastaba y sobraba, atento el tono fúnebre con que profirió tales palabras. Timoteo pensaba en divorciarse de la existencia.

D.ª Carolina adoptó inmediatamente un continente grave, protector, de una importancia tal que el violinista comprendió que su vida estaba en manos de aquella señora. Largo rato estuvo pensativa. Luego manifestó que por ella todo quedaría arreglado en seguida. ¡Ah, por ella no había dificultad alguna! Desgraciadamente era necesario consultar otras voluntades: primero la de Presentación...

La esposa del fisiólogo se levantó del asiento, tomó de la mano gravemente al artista y le llevó consigo fuera de la sala. Timoteo se dejó arrastrar presa de una emoción que le privaba por completo del uso de sus facultades mentales y a medias del juego de las rodillas. Llegaron al pasillo, y allá a lo lejos columbraron la silueta de Presentación. Mas apenas los divisó ésta, corrió a refugiarse en su cuarto, que cerró con un violento portazo.

D.ª Carolina dirigió una sonrisa dulce al violinista, en cuyos ojos se pintaba el espanto.

—Presentación, abre—dijo aquélla llamando con los nudillos a la puerta.—Timoteo necesita hablar contigo dos palabras.

—Nada tiene que hablar Timoteo conmigo—respondieron de adentro.

D.ª Carolina volvió de nuevo su fisonomía condescendiente hacia Timoteo, dibujándose en ella otra dulce sonrisa.

—Sí, hija mía, sí. Es una cosa seria lo que tiene que decirte. Abre.

—Ni seria ni risueña: no quiero oír nada—repuso Presentación.—Que se vaya.

D.ª Carolina sonrió nuevamente y apretó la mano del violinista. Éste se hallaba consternado.

—Vamos, no seas terca. Abre, hija.

—¡Que se vaya! ¡que se vaya!—repitió la joven con más fuerza.

—Háblele usted por el agujero de la llave. No hay otro medio—dijo la esposa del fisiólogo empujando a Timoteo.

Éste bajó la cabeza y aplicó su boca húmeda a la cerradura.

—¡Presentacioncita! Yo soy un indigno gusano...

—¡Váyase usted! No quiero oírle.

—Pero la adoro a usted con toda mi alma. Es usted desde hace mucho tiempo la estrella confidente de mis amores, y adonde quiera que el destino me arrastre bien puede estar segura que eternamente será mi bandera, bajo la cual pelearé hasta derramar la última gota de mi sangre...

La voz del violinista, al pasar por el agujero de la llave, producía un zumbido oscuro, lamentable, en el cual apenas podían percibirse las palabras. Presentación no respondía. Sin embargo, la imagen expresiva de la bandera y de la gota de sangre debieron de enternecer un poco su corazón. Al cabo de un rato repitió por máquina y con menos fuerza:

—Que se vaya... que se vaya.

—Presentacioncita—aulló de nuevo Timoteo,—¡quisiera morir por usted! Quisiera morir cuando el sol traspone los montes lejanos del horizonte, cuando muere la luz entre celajes de ópalo y grana. Quisiera morir, y sería feliz si supiese que en mi tumba solitaria vendría usted a depositar algunas margaritas silvestres...

Timoteo repetía los conceptos poéticos que más habían herido su imaginación en la letra de los nocturnos y canzonetas que tocaba. Presentación guardó silencio. Al cabo de un rato aquél volvió a zumbar, incurriendo en flagrante contradicción.

—¡Presentacioncita, por Dios, no me deje usted morir así!

Después de una larga pausa se oyó la voz de la niña que profería estas notabilísimas palabras:

—Mamá, haz lo que quieras.

Inmediatamente Timoteo se sintió en los brazos de su futura suegra. Pálido, trémulo, aniquilado de emoción, se dejó arrastrar de nuevo por aquélla a la sala.

¿Qué pasó allí? Apenas es necesario manifestarlo. D.ª Carolina dio rienda suelta a su corazón magnánimo. Se mostró ante los ojos húmedos de Timoteo, no con la apariencia desagradable que hasta entonces se había visto precisada a adoptar, sino como lo que era en realidad, un tesoro de indulgencia y generosidad. Media hora de conversación íntima bastó para que Timoteo se viese tratado con la confianza y cariño de un hijo mimado. No sólo aquella bondadosa señora dio su pleno consentimiento para la boda, sino que ofreció su apoyo para vencer la única grave dificultad que para ella se presentaba, la voluntad de su marido. D. Pantaleón, el terrible D. Pantaleón, seguía pesando como una losa sobre los deseos y aspiraciones de la familia. Aún más: D.ª Carolina llegó a consentir que la llamase mamá cuando estuviesen solos, y le prometió tutearle en el mismo caso. ¡Pero cuidado con que llegase a noticia de su marido! No satisfecho su tierno corazón con esto, al despedirse, cerca de la escalera, de su futuro hijo político le dio un beso maternal en la frente. De tal modo que Timoteo bajó los peldaños tambaleándose de gozo, no sin besar antes las manos de aquella adorable señora, derramando sobre ellas un raudal de lágrimas y saliva.

Los dioses no se fatigan jamás cuando quieren hacer a un mortal feliz o desgraciado. Aún le tenían reservado a nuestro artista un nuevo triunfo que saboreó al llegar a su casa. En ella le aguardaba el padre Laguardia, más huesudo y más inquieto que jamás lo había sido. Timoteo no le conocía más que de vista. Después de saludarle rápidamente, el presbítero le preguntó con agitación:

—Venía a que usted me dijese, si es que lo sabe, dónde vive actualmente su amigo Llot.

—¿Mi amigo Llot?

—O su enemigo. Es igual. Dónde vive es lo que me importa averiguar.

—Pues no lo sé, ni lo he sabido nunca.

—¡Nadie! ¡nadie!—exclamó el clérigo terciando el manteo y comenzando a dar vueltas por la habitación como un loco.—¡Nadie sabe dónde se esconde ese pillo!... Porque es un pillo, ¿sabe usted?—añadió encarándose con Timoteo ferozmente como si no esperase más que éste le contradijese para arrojarse sobre él.—¡Un granuja! ¡un miserable! ¡un estafador! ¡En cuanto le tropiece le piso la cara!

—¡No puede ser!—dijo Timoteo inundado de gozo.

—¿Que no puede ser?—chilló el cura abalanzándose a él y sujetándole por la solapa de la levita.—¿Cree usted que yo no soy capaz de pisarle la cara?

—No es eso. Lo que yo quería decir es que me extrañaba que un muchacho tan inocente, que parecía una palomita sin hiel...

—¡Una palomita!—exclamó D. Jeremías sonriendo sarcásticamente.—¡Una palomita!... ¡Un raposo!—profirió con grito horrísono.—Un raposo a quien hay que cortar las orejas, a quien hay que desollar vivo.

Y comenzó de nuevo a dar paseos agitados lanzando al mismo tiempo tremendas imprecaciones.

Al fin se dejó caer en una silla y se puso a contar lo que le pasaba.

Godofredo le había ido sacando poco a poco y con diferentes pretextos algunas cantidades, las cuáles sumaban a la hora presente seiscientas y pico de pesetas, desapareciendo de la noche a la mañana. No era eso lo peor. Lo verdaderamente infame es que se había valido de su nombre para estafar una porción de dinero a algunos amigos: al cura de San Ginés sesenta duros, al capellán de las Adoratrices cuarenta y cinco, al excusador de San Millán diez y seis, etc., etc. Iba pidiendo estas cantidades como si fuesen para D. Jeremías. Cuando presumía que no bastaba la palabra, presentaba una carta falsificando la firma... Además, había encargado un sin fin de misas por el alma de su madre, y de toda su parentela, sin que jamás hubiese dado un cuarto a los sacerdotes que las dijeron. Resultaba, en fin, debiendo y estafando a todas las personas con quienes le había puesto en relación...

D. Jeremías no podía estarse quieto mientras relataba tales infamias. Se sentaba, se alzaba, paseaba, manoteaba, chillando al mismo tiempo como un energúmeno.

Timoteo sentía correr por sus venas un estremecimiento dulcísimo. A la agitación y cólera que reflejaba el rostro del presbítero oponía su semblante una placidez verdaderamente paradisíaca.

Y más se acentuó esta expresión de beatitud celeste cuando vio salir a D. Jeremías como un huracán, sin decirle adiós siquiera, gritando al trasponer la puerta:

—En cuanto le tropiece, no hay más, ¡le piso la cara!

XVI

Don Laureano Romadonga no era hombre que se dejase aprisionar fácilmente por los artificios femeninos; que comprometiese el sosiego de su vida, sus placeres, su independencia por una mujer, cualquiera que ella fuese. Conocedor profundo de la existencia, había formado hacía mucho tiempo su plan, y de él no se apartaba una línea. Sus días se deslizaban serenos, risueños, libando voluptuosamente la corta cantidad de miel que sólo proporciona este valle de lágrimas a los solterones ricos y sanos.

Desgraciadamente la impetuosidad absurda de su última querida había venido a turbar el curso sereno de estos días. Hacía ya algún tiempo que el viejo seductor comprendiera que le convenía cortar estas relaciones enfadosas. Si no lo ponía en práctica, como en casos semejantes había hecho, no era por falta de voluntad, sino por el temorcillo que la navaja de la chula había logrado inspirarle. No obstante, después de la escena escandalosa del teatro, la separación quedó resuelta en principio. Aunque por un refinamiento de hombre gastado le placiesen para queridas las mujeres de genio vivo y hasta un poco agresivas, los arranques de la hija del sillero rebasaban ya los límites de lo tolerable. No era posible continuar. Sus planes sabios corrían peligro de hundirse para siempre con aquella chiquilla violenta y caprichosa.

Era demasiado listo, sin embargo, para dejar traslucir sus propósitos. Continuó en apariencia tan enamorado. Mantuvo a la Conchita en la ilusión de ser su última y definitiva querida. Hasta le dejó entrever algunos tenues y lejanos rayos de luz matrimonial. Mientras tanto, allá en el fondo de su cerebro artificioso se elaboraba tranquilamente un plan maquiavélico que iba a marchitar en flor tanta dulce esperanza. Romper con la chula quedándose en Madrid era expuestísimo. Aunque avisase a la policía, tenía la seguridad de que Concha le daba una puñalada por la espalda. ¡La conocía bien! A aquella muchacha fiera y escandalosa le importaba un bledo ir a presidio o a la horca con tal de satisfacer su venganza. Era necesario escapar de Madrid. ¿Adónde? Después de meditar varios días este punto, se decidió por París. Aquella inmensa ciudad, emporio de todos los placeres, convenía admirablemente a los fines interesantes que Romadonga perseguía en esta vida. Pasar el invierno en París; desde allí, cuando viniese el verano, trasladarse a Biarritz o San Sebastián; en el mes de Octubre, trascurrido ya cerca de un año, regresar a Madrid. En todo este tiempo la hija del sillero le olvidaría, hallaría otro acomodo, desaparecería de Madrid. ¿Quién sabe lo que podía suceder?

Resuelto, pues, a llevar a cabo el proyecto, comenzó sigilosamente a hacer sus preparativos. Vendió los coches y los caballos, giró a la capital de Francia dinero, envió a su criado por delante con los objetos necesarios, hizo la maleta; y una tarde se metió cautelosamente en un coche del Sud-exprés y huyó de Madrid sin dar cuenta a nadie de su viaje. Una hora antes había estado en casa de su querida. Con sarcasmo mefistofélico pasó largo rato hablándole de planes para lo porvenir, prometiendo llevarla pronto a vivir consigo y viajar con ella algunos meses y comprarla una magnífica cama que juntos habían visto en un escaparate de la calle de Alcalá. Estuvo jocoso y seductor como nunca. Al despedirse le dijo que vendría de noche a buscarla para ir a un teatrito por horas, y que estuviese ya vestida y no se hiciese esperar. La sonrisa cruel que plegaba sus labios al bajar la escalera inspiraba frío y miedo.

¡Pobre niña! ¡Cuán ajena estaba del pensamiento que bullía en la mente de aquel hombre egoísta, sin entrañas!

Mientras corrió el tren por los campos de España, todavía la imagen de la chula venía de vez en cuando a turbar su espíritu. Pero en cuanto atravesó la frontera se le borró por completo. Al llegar a París buscó un cuartito amueblado en lo más céntrico; alquiló coche, compró caballo, se hizo socio de dos clubs aristocráticos y comenzó a hacer la vida a que sus convicciones filosóficas le arrastraban. De tal suerte, que a los quince días se encontraba infinitamente mejor que en Madrid, y principiaba a sospechar que no sólo aquel invierno, sino todos los que a Dios pluguiere concederle, iba a pasar en aquella hermosa capital.

La existencia de Romadonga se deslizaba serena, feliz, egoísta como la de un dios, viviendo únicamente para sí y contemplando con augusta indiferencia los dolores y las alegrías de los otros. Excusado es decir que el sol que más iluminaba y amenizaba aquella existencia era la mujer. Pero no una mujer determinada; la mujer en general; hoy una, mañana otra. Después de paladear la fruta hermosa, pero un poco insípida, de las burguesas madrileñas y morder en la guindilla de las chulas, las cortesanas parisienses, tan elegantes, tan ingeniosas y cultas, le parecían un bocado exquisito. Y hay que confesar que supo aprovecharse. En poco tiempo fue popularísimo entre ellas. Le llamaban riendo el fidalgo español. Su carácter frío, su ingenio reconocido y el cinismo con que se expresaba logró dominarlas. Hasta el exagerado acento extranjero contribuía a dar más gracia a sus frases insolentes en el fondo y correctas en la forma.

Gozando de más libertad que en Madrid, con gozar aquí mucha, tan pronto se le veía con una dama del brazo como con otra, creyendo a puño cerrado que la Naturaleza sólo es bella por su rica variedad. A ciertas horas del día hallaríasele invariablemente paseando por los boulevares con el cigarro en la boca balanceando su esbelta figura entre la muchedumbre; dirigiendo su mirada atrevida, escrutadora, a las bellezas que cruzaban cerca, inclinándose a un lado y a otro para ver mejor; a veces teniendo el paso y siguiéndolas con la vista largo rato.

—Es guapa esa barbiana, ¿verdá tú?

Romadonga sintió un escalofrío mortal correr por sus venas. Volvió el rostro espantado y se encontró con la mismísima Concha. Instintivamente puso las manos por delante.

—¡No seas tan jindamón, hombre!—profirió la chula con voz ronca, apoyándose en cada sílaba y mirándole de arriba abajo con ojos torvos, despreciativos.—¿No ves que soy una mujer?

La vergüenza hizo que volvieran los colores a las pálidas mejillas del fidalgo español.

—Es que tú no eres una mujer como otras... ¡Ya lo creo, caramba!... ¡Pues si me descuido, caramba!

—¡Ya lo creo! ¡Si te descuidas, caramba!—exclamó haciendo burla la chula.

En verdad que Romadonga estaba descompuesto y aturdido que daba lástima.

—Si te descuidas, ¡na!—prosiguió Concha.—El día que se me meta en el moño te clavo el corazón, con cuidao o sin él... ¿Qué te has figurao, viejo silbante, que después de lo que has hecho conmigo me ibas a tirar a la barredura, como un papel sucio?... ¡Ja, ja!... Que se te quite, infeliz.

El traje, la actitud y la voz de la chula habían hecho pararse a algunos curiosos. D. Laureano, avergonzado y alentado al mismo tiempo, exclamó irguiéndose:

—Vaya, vaya, déjame en paz y sigue tu camino. Nada tengo que partir contigo.

—¿Nada tienes que partir conmigo, malvao? Y la criatura que he dejao en Madrid ¿es la punta de un cigarro que tiras a la calle cuando empieza a quemarte, verdá tú? Y mi honra es otra colilla ¡puf! que se escupe y no se vuelve a mirar... Aquí tienen ustedes un hombre, señores (volviéndose a los circunstantes, que no entienden una palabra y contemplan asombrados la escena). ¿Ven ustedes este viejo baboso, que tiene más años que Matusalén, más pintao que un monumento y más perfumao que una corista? Pues este tío ha conseguío chalarme no sé por qué... por la labia, por la fachenda, por las mentiras... en fin, por lo que a ustedes no les importa. Y luego que me ha visto chalá, y me ha deshonrao, y me ha tenío tres años sujeta como una mona, de la noche a la mañana y sin decir «agur Conchita,» se escapa a París, y ¡venga juerga con las suripantas!... ¡Qué bonito! ¿verdá ustedes?... Pero como yo soy hija de mi padre y de mi madre, y no hay más que una vida que perder, y de mí no se ha reído ningún roío dao por tal como éste, a este tío asqueroso nadie le mata más que yo, ¿saben ustedes?

D. Laureano vio un agente de policía acercarse y, envalentonado, se atrevió a decir con tono despreciativo:

—Anda, anda, sigue tu camino, que todo lo que te he quitado te lo he pagado en buenos billetes de Banco.

Los ojos de Concha relampaguearon como los de una pantera.

—¿Dinero por mi honra, canalla?—gritó en el paroxismo de la cólera.

Y llevándose la mano al seno, sacó rápidamente una navaja de grandes dimensiones, la navaja de marras. Pero en aquel instante las manos del agente la sujetaron por detrás, D. Laureano retrocedió más pálido que la cera.

—Déjenme ustedes que saque las tripas a ese infame—gritaba la chula tratando de desasirse.

Pero al volver la cabeza para ver quién la sujetaba, quedose repentinamente inmóvil.

—¡Un guindilla! Está bien. Tome usted—dijo entregándole la navaja tranquilamente; luego, subiéndose el mantón y apretando el nudo del pañuelo, añadió:—Lléveme usted a la cárcel.

Y volviéndose a Romadonga en una actitud fría, desesperada, que inspiraba miedo y lástima al mismo tiempo, con terrible calma dijo:

—No tardaré en salir. Te juro por la salud de mi hijo que pronto tendrás noticias mías. Cuando recibas el golpe, si tienes tiempo a pensar, ya sabes quién te lo ha dado.

Estas palabras desgarraron el corazón magnánimo de D. Laureano. La vida es dulce a todos los mortales, pero muy especialmente lo era para aquel hombre venerable. Recibir una puñalada por la espalda sin aviso de ninguna clase, le era profundamente desagradable. Así que, antes de que el policía llevase consigo a Concha, se dirigió a él y, en francés chapurrado, le manifestó que aquella señora era su esposa y que le hiciese el favor de soltarla.

Esto fue lo único que comprendió el círculo de curiosos que les rodeaba. La noticia causó sorpresa y no poca risa. El agente no se avino a ello sin llevarlos a ambos antes a las oficinas de la policía. Entonces Romadonga, con la galantería propia de un fidalgo español, ofreció el brazo a la chula y se fueron escoltados por el guardia. La muchedumbre aplaudía riendo.

XVII

Mario llegó a ser un escultor distinguido. Llovieron las demandas de obra en su estudio. Bustos, estatuas, jarrones, mausoleos, todo lo trabajó con gloria y provecho. Comenzó a ganar sumas considerables.

Alquilaron un buen cuarto en la calle Mayor, cerca de la de Ramales, donde sus padres habitaban. Vivieron con desahogo, hasta con lujo; pero sin despilfarro. El ingenioso Sánchez y D.ª Carolina andaban un poco apurados de dinero por los gastos del primero en publicaciones, instrumentos científicos, excursiones, etc, etc. Carlota los protegía. Pero a Mario le parecía siempre poco lo que les daba. Era tan infeliz aquel muchacho, que cuando doña Carolina venía a llorarle alguna lástima, por su gusto le entregaría todo el dinero que había en la casa.

—¿Para qué necesitamos nosotros tanto?—decía a menudo a su esposa.

—Para nuestro hijo y para los que puedan venir—respondía Carlota.

Mario le apretaba la cara con entusiasmo.

—Lo que yo pido para mi hijo—exclamaba—es que le gusten las artes y encuentre una mujer como tú. ¡Entonces vale la pena el haber nacido!

El pequeño Mario tenía ya cerca de cuatro años. Era un niño fresco, sonrosado, con grandes ojos suaves y límpidos y una boca de cereza plegada siempre por sonrisa angelical. El escultor le adoraba con frenesí por ser su hijo y además porque era un retrato en miniatura de Carlota. La misma dulzura en la mirada, la misma apacibilidad, la misma igualdad de humor. Cuando aquélla quería que su marido descansase, no tenía más que enviar al niño al estudio. Mientras estuviese allí tenía la certeza de que Mario no tomaría los palillos o el cincel en la mano.

Todo sonreía, pues, a la familia del célebre antropólogo, el cual no cesaba un instante en sus indagaciones preparando a sus descendientes gloria inmortal.

El descubrimiento del origen del pensamiento, aunque no realizado todavía, se hallaba en camino. Últimamente, D. Pantaleón había levantado la tapa de los sesos a un perro, y por espacio de algunos segundos pudo observar el juego de su mecanismo cerebral. Por desgracia, el perro falleció al instante. Sólo ligerísimos apuntes sacó para el famoso descubrimiento. Pero estos apuntes fueron agua preciosa para su molino. El insigne fisiólogo vio hasta cierto punto comprobadas sus felices adivinaciones. En el corto tiempo de que dispuso observó que la sangre de la masa encefálica cambiaba de color en diferentes sitios, tornándose unas veces más clara, otras más oscura. Era, pues, exacto que la fabricación del pensamiento debía de semejar bastante a una destilería, como él había presumido.

Una contrariedad de otro orden vino a perturbar momentáneamente el curso de estas indagaciones. El matrimonio de su hija Presentación iba a llevarse pronto a efecto. Timoteo entraba a todas horas del día en la casa y era considerado ya como un hijo más. Se hacía el equipo, se amueblaba un cuarto en sitio próximo, se arreglaban los papeles. Mas he aquí que un día, al bajarse Timoteo para recoger un corcho que se había caído al suelo, vio don Pantaleón en su cuello una mancha encarnada que al punto le pareció de carácter herpético. Nada dijo por entonces. Procuró con maña cerciorarse. Pronto logró averiguar que Timoteo, en efecto, padecía de herpetismo. El fisiólogo comprendió que era de todo punto imposible la realización de aquel matrimonio.

Por la noche, hallándose a solas, se lo hizo entender así a su esposa con la debida suavidad: no habría exageración en decir timidez. Expuso las razones que tenía para hallar tal unión desacertada, todas rigorosamente científicas y basadas en los últimos progresos de la antropología. El herpetismo significaba una degradación física como todos los vicios de la sangre. Nosotros estamos obligados no tan sólo a no contrariar la selección natural, sino a favorecerla por cuantos medios podamos. Debemos evitar a todo trance que procreen los seres que no estén perfectamente sanos si queremos que la raza vaya siempre mejorando, etc.

D.ª Carolina no hizo caso alguno de estas observaciones. Antes tomó pie de ellas para vejar al fisiólogo, maldiciendo de sus aficiones y recordándole con pesadísimas palabras las quemaduras de su hija. Insistió a los pocos días con idéntica suavidad. Nada. La esposa respondió aún con más acritud y desprecio. Entonces, viendo que sus esfuerzos eran inútiles para impedir aquel matrimonio rechazado por los progresos biológicos, se le declaró una tristeza negra que le privaba del apetito y del gusto por la experimentación. Esta gran melancolía hizo crisis a los pocos días con una extraña explosión que puso en espanto a toda la familia.

Pasando una mañana Timoteo desde la sala al comedor, D. Pantaleón, que al parecer estaba apostado en uno de los cuartos del pasillo, se arrojó sobre él de improviso, le echó las manos al cuello y hubiera concluido probablemente por estrangularle si al ruido no hubiera acudido la gente de casa. A duras penas consiguieron arrancárselo de las manos. Todavía, sujeto por Mario, Carlota, D.ª Carolina y la criada, gritaba como un energúmeno, los ojos inyectados, el semblante descompuesto:

—¡No se casará usted con mi hija, no! ¡Yo lo impediré aunque sea a costa de mi sangre!... En mi casa no atacará nadie impunemente la ley de la selección... ¡Vergüenza había de darle, con los caracteres orgánicos que usted presenta, intentar un matrimonio que ha de ser funesto para la raza!... Yo no quiero una descendencia degradada... ¿Lo oye usted bien?... ¡No la quiero!

La excitación fue tanta que al fin cayó privado de conocimiento, echando espuma por la boca.

Recobró al poco rato el sentido; estuvo enfermo algunos días; al cabo curó por completo sin que el ataque hubiese dejado rastro alguno como se temía. La boda de Presentación se realizó sin ningún otro incidente desagradable. Todo volvió a quedar en paz.

Mario y Carlota no dejaban de aprovechar los momentos que aquél tenía libres para solazarse, unas veces yendo a paseo, otras al teatro, otras, en fin, comiendo en los restaurants. Era tanto lo que se placía el escultor en estos festines matrimoniales que Carlota consentía en ellos de buen grado, aunque no le gustasen por espíritu de orden y economía.

Una de las pocas amigas que tenía vino un día a invitarla para asistir a cierta comedia casera. Esta amiga era a su vez invitada, pero tenía libertad para llevar a quien quisiese. Consultó el caso con su marido. Hallolo bien Mario y aun prometió acompañarlas si alguna ocupación urgente no se lo impedía. Como era domingo el día señalado, y por la tarde, no hubo inconveniente. Ambos se fueron, pues, de bracero a buscar a la amiguita y de allí a la calle del Amor de Dios, donde estaba la casa en que la representación iba a efectuarse. Era un edificio bajo, antiguo, bien conservado, de un solo piso, en el cual vivía únicamente su propietaria, una señora viuda con dos hijas solteras, un hijo y una nieta de catorce a quince años. Desde que se ponía el pie en el portal se observaba el espíritu religioso, la economía y la limpieza que reinaban en aquella casa. Los muebles de la antesala eran feos y antiguos, pero brillaban por el frote de la bayeta y el cepillo. En uno de los ángulos había un pedestal con una Purísima de yeso, pintada. Los pasillos amplísimos y enjalbegados como los de un convento.

Pasaron a un gabinete donde había ya reunidas bastantes personas y donde la señora de la casa los recibió con amabilidad grave y protectora. Era una dama extremadamente alta, de bastantes años, enjuta, con ojos negros de mirar imponente, los blancos cabellos pegados a la frente con goma. Vestía de negro y estaba sentada en un elevado sillón de cuero, mientras que todos los demás se hallaban acomodados en sillas más bajas. De suerte que D.ª Fredesvinda, que así se llamaba, parecía una reina rodeada de su corte. Y ciertamente, la pausa con que hablaba y la majestad de sus ademanes contribuían bastante a hacer la semejanza más perfecta. Las dos hijas solteras que se encontraban en el círculo de los tertulios pasaban ya de los treinta, y vestían el traje con que iban a representar, lo mismo que la nieta. Estaba también el padre de ésta, viudo, hijo de la señora, y que no habitaba la casa porque sus costumbres independientes no se compadecían con el régimen austero que allí se observaba.

D.ª Fredes era aficionadísima a la literatura, a la música y en general a todas las artes; se creía muy competente, y sus tertulios asiduos la creían también. Reuníanse en aquella casa los domingos varios poetas y poetisas, alguna de las cuales tocaba asimismo el piano. Solía ir un pintor de marinas que había presentado algunas en distintas exposiciones, sin que hasta la fecha le hubiesen dado recompensa alguna. D.ª Fredes juzgaba esto una de las grandes injusticias del siglo diez y nueve. Para ella, Martínez, que así se llamaba el pintor, era uno de los artistas más eminentes que hubiese producido la España contemporánea. Con lo cual dicho se está que D.ª Fredes era para Martínez el más profundo de los críticos actuales. Era igualmente tertulio un profesor de flauta que había compuesto y publicado varias tandas de valses, una de las cuales había tenido el honor de dedicar a aquella señora. No quedaba sin representación, pues, más que la escultura. Por eso Mario fue acogido con extraordinaria benevolencia.

Inmediatamente, lo mismo él que Carlota, a una señal, mitad amable mitad imperiosa, de la notabilísima señora, fueron a sentarse, formando como los demás círculo en torno de ella. Pasados algunas instantes se dignó dirigirle desde su alto sitial las siguientes palabras:

—Ha llegado a mis oídos, Sr. Costa, que es usted un escultor muy distinguido. Tengo verdadero placer en verle en esta casa, por donde tantos artistas eminentes han pasado y pasan todos los días.

Tan benévolas palabras, pronunciadas con extraordinaria calma y firmeza, produjeron en el auditorio emoción respetuosa. Todos los rostros se volvieron hacia Mario, felicitándole con la mirada por ser objeto de ellas. El escultor dio las gracias sin parecer tan sensible a la honra que se le dispensaba.

Después de algunos momentos de silencio D.ª Fredes volvió a tomar la palabra con idéntica calma y majestad.

—La escultura es un arte muy bella. Sé que los griegos la han cultivado con mucho lucimiento. Pero yo no puedo aprobar de ningún modo que presenten sus estatuas desnudas. Ésta es mi opinión y la he expresado ya en varias ocasiones, como alguno de los que me escuchan sabe perfectamente.

Hubo un murmullo de aprobación en el gabinete. El profesor de flauta apuntó tímidamente que, en efecto, él conocía la opinión de D.ª Fredesvinda hacía ya mucho tiempo. Ésta le dirigió una mirada grave y afectuosa.

Mario iba a contestar, pero ya D.ª Fredes, cumpliendo un deber de cortesía, había convertido la atención a otro asunto.

—Recareda—dijo volviéndose a una de sus hijas,—enseña el pañuelo de que hemos hablado el domingo pasado a tu amiga Marcela.

La hija, que era ya una mujer bien ajada, próxima a los cuarenta, se apresuró a cumplir la orden sacando de un estuche que descansaba sobre la chimenea un pañuelo de narices bordado. Elogiolo su amiga con entusiasmo; después lo hizo pasar de mano en mano, recibiendo de todos las mismas alabanzas. Cuando volvió de nuevo al estuche, doña Fredes dijo:

—Este pañuelo fue bordado por mi hermana Práxedes, que Dios haya. Cuando lo estrenó en un baile del Círculo de Cosecheros, llamó tanto la atención, que se supo en Palacio al día siguiente. La reina envió por él para verlo y quiso que se le hiciese otro igual. No fue posible. Ninguna bordadora de Madrid osó comprometerse a ello.

Las palabras de D.ª Fredes produjeron, como siempre, un efecto inmenso en la tertulia.

Mario y Carlota estaban asombrados de todo aquello. La majestad de la señora, el aparato de que se rodeaba y las ideas extrañas que salían de su boca les hacía mirarse de vez en cuando llenos de estupor. Pero tanto y más que esto les impresionaba el respeto profundo que todos los tertulios la tributaban. De tal modo que, cuando por el gesto se conocía que iba a hablar, inmediatamente quedaba todo en silencio. Mientras permanecía callada, charlaban unos con otros, pero siempre en voz baja, como si se hallasen en un templo o en la misma cámara real. Sus hijas Recareda y Valeria, jamonas de alto bordo, se mostraban ante ella tan respetuosas, tan obedientes y sumisas como niñas de diez años; y lo mismo su hijo viudo, lleno de canas. Un gesto, una mirada de su madre bastaban para paralizarlos cuando estaban hablando. Y si no sucedía tanto con los demás tertulios, algo se aproximaba. Todos parecían tener fe ciega en las altas disposiciones de aquella señora singular y reconocían de buen grado su autoridad.

En el gabinete no había lujo. Los muebles y el decorado no acusaban gran riqueza, sino el mediano bienestar de una familia burguesa. Pero todo ello tenía un sello de antigüedad y de orden que lo hacía más respetable que el suntuoso decorado de un palacio moderno. La autoridad indiscutida de D.ª Fredesvinda parecía reflejarse en las paredes de la estancia.

Habiendo quedado ésta en silencio algunos instantes, un jovencito escuálido, de pelo rubio y ojos tiernos, se atrevió a levantarse, y con voz turbada pidió permiso a D.ª Fredesvinda para leer una poesía que había escrito en su honor. Concedióselo la señora con ademán soberano, y acto continuo el poeta sacó del bolsillo interior de su levita un pliego de papel de barba que desdobló con mano temblorosa. No se oía en el gabinete una mosca.

«A la esclarecida señora D.ª Fredesvinda Bejarano.»

Era una oda en que se la ensalzaba hasta las nubes, presentándola como una protectora de las bellas artes, una nueva Cristina de Suecia. Los artistas se amparaban bajo su manto; hallaban en ella la mano que los sostenía y la luz que los guiaba. En torno suyo juntábase lo más selecto que el arte español había producido en los últimos tiempos, formando un divino cenáculo sólo comparable al que la reina de Navarra presidía allá en los tiempos de la Edad Media.

Mientras el poeta de los ojos tiernos dejaba escapar de su boca esta cascada de elogios, D.ª Fredesvinda, grave y atenta, hacía con la cabeza signos de aprobación: el gesto era tan benévolo, tan protector, que es imposible que su émula la reina de Suecia fuese más allá en este punto. Al terminar, después de unos momentos de pausa, extendió la mano y tuvo a bien expresarse de este modo:

—La poesía que usted nos acaba de leer, Juanito, es bellísima como todo lo que brota de su privilegiado ingenio. Creo que ni Bécquer ni Garcilaso de la Vega han escrito nada mejor.

Fue la señal para que todos los tertulios felicitasen calurosamente al joven escuálido, el cual, ruboroso, confuso, sonriente, daba las gracias haciendo mil contorsiones, manifestando repetidas veces que no por su mérito, sino porque el asunto se prestaba admirablemente, «la poesía había resultado regular.»

—Si usted no tuviese inconveniente en ello—manifestó D.ª Fredes dirigiéndose al poeta,—le rogaría me dejase el manuscrito de esa poesía para guardarlo en mi colección de autógrafos y firmas ilustres.

El poeta, confundido por tamaña honra, avanzó tropezando hasta el trono de D.ª Fredesvinda y depositó en sus manos el pliego de papel de barba. La imperial señora lo alargó inmediatamente a su hija Recareda y ésta se apresuró a llevarlo con la misma unción que si fuese una reliquia a la caja donde su madre guardaba los manuscritos más preciosos.

—Mi colección de autógrafos—se dignó decir la señora, paseando su mirada imponente por el concurso—es acaso la más rica que hoy existe en Europa. Exceden de seiscientas las firmas de poetas españoles contemporáneos que poseo. No hace muchos días que un amigo me decía que, si se tratase de ponerla en venta, el gobierno inglés me daría por ella una suma fabulosa.

Los tertulios dejaron escapar un grito reprimido de admiración. Luego en voz baja se autorizaron mil comentarios lisonjeros que llegaban a los oídos de D.ª Fredes y la arrullaban dulcemente. Un muchacho músico, discípulo del profesor de flauta, se atrevió a manifestar que sería lástima que tal preciosidad saliese nunca de los dominios españoles. D.ª Fredes le miró con indulgencia y respondió que aunque se viese en la miseria jamás enajenaría al extranjero esta gloriosa colección. Con lo cual respiró libremente la tertulia. Se la felicitó calurosamente por su desinterés y patriotismo.

Mario se había hallado en bastantes tertulias de todas clases, pero jamás viera una que se pareciese remotamente a la presente. Su asombro iba creciendo cada vez que la señora de la casa tomaba la palabra. Todo lo que oía y veía era tan estrambótico que le parecía no estar en la realidad, sino asistiendo ya a la comedia.

El gabinete iba quedando en tinieblas. Doña Fredes dio orden de que se encendiesen las luces y que se iluminase también el salón donde se había colocado el escenario. Las damas que debían tomar parte en la representación, entre ellas las dos hijas de la casa, Recareda y Valeria, salieron para concluir de arreglarse; su nieta Medarda, que según se decía en la tertulia era un portento y estaba destinada a eclipsar a todas las actrices españolas, lo mismo. Acudía cada vez más gente; no cabiendo en el gabinete, andaba distribuída por los pasillos y el comedor. Se aproximaban la cinco, hora en que debía de comenzar la función.

D.ª Fredesvinda apretó con sus manos venerables los brazos del sillón, a inclinándose un poco para hablar, reinó silencio en la estancia.

—Ha llegado a mi noticia—manifestó con voz solemne—que en Madrid se ha dicho que yo hacía descansar todo el peso de las representaciones sobre mi nieta Medarda, lo cual podría causarle fatiga por ser aún muy niña. Para evitar estos comentarios desfavorables he determinado que en la comedia de hoy tomen parte principal mis dos hijas y lo mismo sucederá en las representaciones sucesivas.

Este discurso lleno de prudencia causó viva impresión en la tertulia. El poeta de los ojos tiernos tomó la palabra a nombre de todos y manifestó sin ningún rodeo que sólo desprecio merecían tales rumores y que al vulgo en general le gusta zaherir a las personas elevadas. Los demás hicieron coro al poeta; pero D.ª Fredesvinda se mantuvo inflexible. Sus hijas, de allí en adelante, trabajarían tanto como su nieta.

En aquel instante, mirando Carlota hacia la puerta, creyó ver cruzar por el pasillo unas barbas y unas gafas muy semejantes a las de Moreno. Su duda se desvaneció al instante oyendo a D.ª Fredesvinda llamar en voz alta:

—¡Adolfo!... ¡Adolfo!

—No puedo ir ahora—contestó éste desde el corredor sin dar la cara.

—¡Soy yo quien te llama, hijo!—profirió la señora irguiendo altivamente la cabeza.

Todavía tardó aquél en aparecer. Al fin se presentó y cruzó el gabinete tan confuso que bien se notaba que había visto a Mario, por más que afectase otra cosa.

—¿Qué tenías que hacer, hijo?—le preguntó la señora con acento altanero.

Moreno balbuceó una disculpa ininteligible. Doña Fredes le miró un buen espacio con fijeza y severidad. Al cabo dijo:

—Todavía no te he presentado a unos señores que han venido hoy por primera vez a esta casa, los señores de Costa... Mi hijo menor Adolfo—añadió presentándolo a Mario y Carlota.

—¡Ah! ¿Eres tú, Mario?... ¿Y usted, Carlota?—exclamó el joven antropólogo fingiendo sorpresa y con un semblante tan colorado que daba miedo.

Mario, reprimiendo a duras penas la risa, le saludó afectuosamente, y lo mismo su esposa.

—¿Conque se conocen ustedes?—preguntó la augusta señora.

—¡Muchísimo!—respondió el escultor—. Somos íntimos amigos hace bastante tiempo.

Doña Fredes dirigió una mirada de sorpresa a su hijo.

—¿Y por qué no me has dicho que tenías por amigo a un artista de tanto mérito?

Moreno comenzó a murmurar cosas extrañas, tan agitado y descompuesto que verdaderamente inspiraba lástima. Sus mejillas parecían de escarlata. Mario temió que le fuese a dar un ataque.

Al fin vino a sacarle de aquel purgatorio su hermana Valeria llamándole para que fuese a arreglar un bastidor del teatro que se había caído.

Doña Fredes entonces hizo que Carlota y Mario se sentasen cerca de ella y comenzó a hablarles de su hijo menor con la misma gravedad solemne que empleaba para todo. Observábase, no obstante, cierta satisfacción y una alegría que les hizo colegir que Adolfo era su predilecto. Se mostró muy contenta de aquella amistad que les ligaba y esperaba que jamás se entibiaría.

—Por parte de mi hijo me parece que no sucederá—añadió—. Es un infeliz, un pobre chico incapaz de ofender a nadie. Peca gravemente el que le infiera daño alguno. De todos mis hijos ha sido siempre el más cariñoso y el que me profesa más respeto. Sus hermanas le motejan constantemente, le llaman holgazán a hipócrita y dicen que me tiene embaucada. Esto me causa bastantes pesadumbres. Yo creo más bien que son ellas las que están prevenidas contra él y que le buscan defectos. Hipócrita no lo es. Holgazán, convengo en ello. Emprendió varias carreras y ninguna ha llegado a concluir; de suerte que hoy se encuentra el pobre sin profesión alguna y viviendo a expensas de su familia. Pasa la vida azotando las calles o leyendo allá en su cuarto libros de medicina. ¡Ya ve usted! ¿Para qué quiere él esos libros sin ser médico?... Pero yo no puedo estar dura con él aunque me lo proponga. Es tan obediente, tan sumiso, que me desarma. Un niño de seis años no estaría más sujeto que él a mi voluntad. Por supuesto que no abuso de este dominio. Le dejo toda la libertad compatible con las costumbres de la familia. Le tengo ordenado que a las siete venga a rezar el rosario conmigo. Pues hasta ahora no recuerdo que haya faltado un solo día. Por la noche le permito que vaya con sus amigos hasta las doce, salvo los domingos en que recibimos, o los días en que rezamos alguna novena. Jamás se ha quejado ni me ha contradicho en nada.

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