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El Niño de la Bola

LIBRO IV.

Reading edition

LA BATALLA.

I.

EL CUARTEL GENERAL DE VITRIOLO.

Amaneció al fin aquel memorable domingo en que habia de tener comienzo la ruda batalla de treinta y seis horas que riñeron definitivamente el Bien y el Mal en torno de Manuel Venegas y dentro de su atormentado corazon;—batalla empeñadísima y desastrosa, en que tomaron parte más ó ménos activa, directa y justiciable todos los habitantes de la Ciudad, ó sea todos los individuos del gran Jurado que solemos llamar «el público.»

Vitriolo habia citado la noche anterior á su gente «para el toque de diana, en la puerta de la botica», y allí estaban, en efecto, desde el amanecer, los que más atras denominamos «mozalvetes muy mal criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas»..., de que era apóstol y cabeza el pasante de farmacéutico.

Tambien se encontraban en aquel centro ordinario de noticias (y excelente acechadero en tal mañana para seguir las operaciones de Manuel Venegas, cuyo domicilio distaba pocos pasos) otras muchas personas de distinta edad, clase y condicion, todas ellas muy afanadas en averiguar ó referir lo último que se sabía relativamente á los pavorosos sucesos que se veian llegar..., que eran infalibles..., que hasta se aguardaban con impaciencia..., y contra los cuales no dejaria de tronar todo el mundo ni de proceder activamente la Justicia, luégo que se hubiesen consumado. Las mismas criadas que iban á la compra se acercaban á aquella gran tertulia al aire libre y metian su baza en la conversacion, indicando lo que debia hacer cada personaje, «si tenía honor y vergüenza»... Las más sisadoras y alegres de cascos eran las más implacables y terribles, y repetian punto por punto los juramentos y amenazas que el Niño de la Bola pronunció hacía ocho años, terminando toda su arenga con la frase sacramental de: «¡Ahora veremos si hay hombres!»—El propio Alcalde, persona muy digna, discurria allí con la mayor seriedad, sobre si Manuel mataria á Antonio aquella tarde, ó lo dejaria para el dia siguiente en la Rifa, inclinándose á que sucederia lo primero.—Un Familiar del Obispo, todavía simple diácono, aunque ya iba para viejo, pero que comenzaba á tener fama de gran teólogo, habíase aproximado á la reunion, como por casualidad, y no perdia palabra de lo que en ella se decia, sin que áun hubiese despegado los labios por su parte...—En fin, hasta nuestro antiguo amigo, aquel Capitan retirado que ofreció dos pagas á Manuel Venegas la tarde de la célebre Rifa, hallábase entre los curiosos, á pesar de sus setenta y ocho inviernos y gloriosísimos achaques...

El único que faltaba para completar la asamblea era su presidente nato, el dueño de la casa, el insigne Vitriolo, encerrado hacía media hora en la trasbotica con una especie de bruja, antigua deudora arruinada por D. Elías Perez y actual paniaguada de casa de Soledad; la misma, segun creemos, que la noche anterior fué allí por medicinas para la señá María Josefa.—Los sectarios del farmacéutico, presumiendo sin duda los importantísimos asuntos que podian tratarse en aquella encerrona, guardábanse muy bien de interrumpirla, y, por el contrario, explicaban á los demas concurrentes la ausencia de su maestro, diciéndoles que se hallaba confeccionando un medicamento de todos los demonios para un pueblecillo de las cercanías.—Habíase visto, sin embargo, á Vitriolo salir á la botica á tomar dinero del cajon, y, por cierto, que miéntras esto hacía, todos creyeron notar que estaba más feo, más pajizo y más excitado que de costumbre...

Entretanto, ya se habian dado, y repetido, y comentado hasta la saciedad, muchas y muy interesantes noticias á la puerta del Establecimiento.—Sabíase, por ejemplo, que Manuel Venegas entró al fin en su casa la noche anterior, cerca ya de la madrugada, con el caballo jadeando, destrozada la ropa y sin sombrero, cual si volviese de un espantoso combate: que este combate debió de ser consigo mismo, pues muchos regadores lo habian visto galopar sin rumbo cierto por los sembrados de la vega y por remotos olivares y viñas, como si lo persiguieran invisibles fantasmas: que habia hablado con algunos guardas de campo, y dádoles mucho dinero cuando se le quejaban de los destrozos que hacía, oyendo, en cambio, de boca de aquellas gentes, toda la historia de lo ocurrido en la Ciudad durante su ausencia: que, tan luégo como dejó el caballo, salió otra vez á la calle, á pié, embozado en una larga manta, y se dirigió al barrio de San Gil, donde el sereno lo vió pasearse delante de la cerrada vivienda de Antonio Arregui, y áun llamar á la puerta... (¡qué horror!), sin que de adentro respondiesen á sus repetidos aldabonazos... (¡qué ignominia!), hasta que, ya clareando la aurora, tomó la vuelta de su casa y penetró en ella; con lo que inmediatamente se cerraron sus puertas y balcones, como cerrados seguian en aquel momento...

Lo del horror y lo de la ignominia fueron exclamaciones involuntarias..., del Teólogo la primera, y del Capitan la segunda...

En apoyo del concepto de éste, bien que desvirtuando su oportunidad, agregó entónces un padre de familias:

—¿De qué os asombrais, caballeros? ¡Antonio Arregui es un cobardon, que no se ha atrevido á pasar la última noche en su casa, ni áun en el pueblo!... ¡Antonio Arregui huyó vergonzosamente ayer tarde, al tener noticias de que llegaba el Niño de la Bola!—Yo mismo lo ví salir á caballo, rio arriba, á cosa de las cuatro y media, y por cierto que iba muy furioso...

—¡Pues añada usted (expuso una criada) que esta es la hora en que no ha regresado todavía!...—¡Yo vengo del Mercado, y no está en él, como todas las mañanas, haciendo la compra para sus operarios de la Sierra!...

—Señores, ¡seamos justos!... (exclamó un comerciante, de orígen burgalés:) ¡Antonio Arregui es incapaz de huir!... Si se marchó ayer tarde, fué porque recibió aviso de que... algun mal intencionado, sin duda..., habia roto por varios sitios la acequia que mueve los batanes de su fábrica... Pero á aquella hora nadie sabía en el pueblo que ese Niño de la Bola se hallase tan cerca, ni tan siquiera que estuviese en el mundo.

—¡Lo sabía D. Trinidad Muley! ¡Lo sabía la señá María Josefa!—prorumpieron varios vecinos.

—¡Pues no lo sabía él!... (replicó el comerciante.) Yo le ví al marchar, y sólo pensaba en sus destruidas acequias...—En fin; apuesto doble contra sencillo á que, tan luégo como se entere de lo que ocurre, lo tenemos de vuelta en la poblacion, resuelto á no dejarse avasallar por nadie...—¡Yo conozco á los riojanos!

La conversacion entraba en mal camino, y estimándolo así un viejo, de oficio buñolero, que tenía su tienda en la misma plaza, tocó muy oportunamente otro resorte, y contó que aquella mañana, ántes de la salida del sol, habia estado D. Trinidad Muley llamando más de media hora en casa de su antiguo pupilo, sin conseguir que le contestaran, cual si Manuel, al recogerse pocos momentos ántes, hubiese dado órden á Basilia (la hermana de Polonia) de no abrir ni responder á persona alguna, aunque echasen la puerta abajo...

—¡Me alegro! (murmuró á este propósito un discípulo de Vitriolo, dirigiéndose á media voz á sus camaradas:) ¡Así no habrá podido ese fanático de misa y olla acobardar con sus letanías al hijo de D. Rodrigo, como lo acobardó la famosa tarde de la Rifa! ¡Temiéndome estoy que el Niño Jesus de Santa María de la Cabeza represente demasiado papel en este caso de honra! ¡Los curas no perdonan medio de acreditar á sus santos y de hacer negocio!

El buñolero habia seguido entre tanto refiriendo que D. Trinidad Muley, cansado de llamar en balde, se retiró á su casa muy entristecido, no sin lamentarse con todos los transeuntes de que las grandes funciones que lo amarraban aquel dia á su iglesia le impidiesen prevenir cualquier mal paso de su querido Manuel, y diciendo con sentidas voces que esperaba en Dios y en la Vírgen que las buenas almas de la Ciudad suplirian su ausencia de algunas horas...

—¡Prevenir! (se aventuró á exponer en voz alta otro discípulo de Vitriolo:) ¡Eso es contrario á la libertad! ¡Reconozco el lenguaje apostólico, incompatible con la Constitucion vigente, por más que la prévia censura sea muy del agrado del actual Ministerio!

Todos los circunstantes soltaron la carcajada al oir aquella salida de tono, ménos el Capitan, que refunfuñó despreciativamente una frase ininteligible, y ménos el Familiar del Obispo, que juzgó ya indispensable sembrar allí algunas ideas morales y pacíficas, y lamentó lo mejor que pudo (era vizcaino, como Su Ilustrísima, y hablaba mal el castellano) la gravedad del lance que se le presentaba al Sr. D. Antonio Arregui, «cuando tan bien le iba en su matrimonio; cuando tan contento se hallaba con su fábrica, adonde se le veia ir frecuentemente, acompañado de su mujer, de su hijo y de su suegra; cuando la llamada Dolorosa daba muestras de quererle y respetarle tanto, y cuando algun Regidor importante, agradecido á las grandes ventajas que el rico industrial habia proporcionado al pueblo, acababa de ofrecerle la vara de Alcalde para las próximas elecciones...

En este momento apareció Vitriolo en la puerta de su botica.—La bruja se habia escabullido por la puerta del patio.

Todos los mozalvetes rodearon al maestro, no en ademan de veneracion ó cariño, sino de una cínica confianza que rayaba en burla, diciéndole sucesivamente:

—¡Buenos dias, Palo-dús!

—¡Buenos dias, Espátula!

—¡Buenos dias, Panacea!

—¡Buenos dias, Cerato Simple!

—¡Buenos dias, Papaveris-albis!

Tantos y otros muchos nombres tenía el ayudante de farmacéutico, bien que el público en general hubiese optado por darle el de Vitriolo.

—¡Buenos dias, morralla!—contestó el enemigo de Dios, regalando una repugnante risa de su fea y desaseada boca á los insolentes mozuelos.

Y ni saludó al resto del concurso, ni fué saludado por él.—No podia darse mayor franqueza ni más desprecio recíproco por parte de todos.

Vitriolo tenía veintiocho años; pero manifestaba cuarenta: tan marchita se hallaba su piel, tan calva su frente, tan arruinada su dentadura, tan encorvado su talle, tan turbio su mirar y tan mermada su vista. Sin rayar en monstruo (lo cual hubiera excitado compasion); sin carecer de hechura humana, ni faltarle ningun remo ni sentido, era de lo más feo que Dios ha criado. Hacía daño á los nervios el extravío de sus ojos; ofendía su sonrisa, hasta cuando procuraba ser cariñosa; causaban náuseas su color de membrillo y su pelo de muerto, áun prescindiendo de su total descuido en cuanto á policía y limpieza. Tenía enormes piés y manos, las piernas un poco torcidas, hundido el tórax, desagradable la voz y apestoso el hálito. Dijérase además que lo vestían sus enemigos, pues su ropa amarillenta y su corbata verde no podian ser ménos adecuadas al color de su rostro, por más que estuviesen salpicadas de manchas de toda clase de pringues y ungüentos.—Tal era el atrevido personaje que pretendió á la Dolorosa despues que Manuel Venegas y ántes que Antonio Arregui: tal era el misionero de la incredulidad en aquella poblacion de moros bautizados: tal era el inteligente mancebo de la mejor botica de la Ciudad, cuyo titular y dueño residia casi siempre en el campo: tal era el traidor de nuestro drama.

No bien lo divisó el Familiar del Sr. Obispo, puso término á su pacífica elegia, y trató de marcharse; pero Vitriolo, que lo advirtiera, exclamó con su acento burlon y desapacible:

—Siga usted, Sr. D. Carmelo... ¿Por qué se calla al verme? ¿Estaba usted profetizando, como anoche, los milagros que haria esta tarde en la Procesion el verdadero Niño de la Bola?—Anoche no le respondí á usted porque tenía dolor de estómago; pero hoy debo decirle que el verdadero Niño es más supuesto que el falso, y, por consiguiente, ménos capaz de hacer prodigios.—¡Figúrense ustedes que está esculpido en madera de roble, y que, una vez que se le rompió la mano en que lleva el mundo, se la remendó por una peseta el carpintero de aquí al lado!...

—¡Esto no se puede sufrir! (gruñó el Capitan, pidiendo una silla y sentándose en medio del corro.) ¡Yo no sé por qué viene uno á donde se dicen tantas insolencias y majaderías!...

—Tiene usted razon... Yo me voy... (dijo el Alcalde.)—¡Estos diablejos lo comprometen á uno!—Vamos, Martin...

Y penetró en la casa de Ayuntamiento.

—¿Ves? (observó á Vitriolo el llamado Martin, discípulo suyo, muy de notar por lo flamante y moderno de su equipo:) ¿Ves? ¡El señor Alcalde ha tenido que irse!—¡Dices cosas demasiado fuertes!

—¡Habló Judas! (gritó el farmacéutico.)—¡Camaradas! Ya os lo dije anoche... ¡Martin nos abandona!—¡Desde que lo han nombrado escribiente del Ayuntamiento se ha vuelto beato!...—¡Hay que expulsarlo de nuestra comunidad! ¡El mejor dia lo vamos á ver dándose golpes de pecho en las iglesias!

—¡Yo no soy beato ni lo seré nunca! (respondió Martin muy amostazado.) Lo que nos pasa á todos tus amigos es que, como somos ménos feos que tú, no aborrecemos tanto á Dios, y se nos olvidan tus lecciones de impiedad. Si tú no hubieras nacido tan deforme, ya habrias tenido novia, tal vez te hubieras casado con ella, y ¡quién sabe si á estas horas serías el padrazo más creyente, más optimista y más religioso de la Ciudad!...—Pero, amigo, eres tan horrible, y te dolerá tanto no haber encontrado todavía una mujer que te escuche, que ¡vamos!... me explico que no estés agradecido al Criador...

—¡Al Criador! ¡Al Criador! (repuso Vitriolo con amarga ironía.) ¡Es la primera vez que te oigo pronunciar esa palabra!...—¡Muchachos! ¡os repito que nos vende desde que le han dado ese plato de lentejas!—Paco Antúnez... llegas oportunísimamente... ¡Tú, que eres mi discípulo mayor, mi brazo derecho, mi brazo fuerte, mi brazo secular, cerrarás la puerta del Templo (digo, de la trasbotica) á ese caballero escribiente que ya fuma tabaco propio!

—¡Nada me importa no volver por aquí! (replicó el maltratado discípulo:) ¡Y ya verás cómo poco á poco se van yendo todos estos incautos á quienes pudres con tus doctrinas!—En cuanto á lo demas, sepan ustedes, señores, que, si Vitriolo aborrece tanto á la Dolorosa, consiste en que estuvo enamorado de ella y recibió calabazas... ¡ó algo peor que calabazas!...

—¡Mentira! (gritó el boticario, hecho un veneno.) ¡Fué muy al revés! ¡Yo no la quise, cuando D. Elías me la daba enterrada en onzas!...—Pero bien sabe todo el mundo que soy amigo de Don Antonio Arregui, y que su suegra manda aquí por todas las medicinas.—Por consiguiente, eso que has dicho es una infame calumnia...

—¡Aquél me lo ha contado esta mañana!...—respondió Martin, señalando á nuestro Pepito, que asomó en tal momento por un arco de la Plaza.

—¿Aquél?—¿Y quién es aquél?—¡Ah! ¡Pepito! ¡Otro Judas! ¡otro desertor como tú!—¡Tambien venía él ántes á nuestra reunion, y era de los más calientes contra el bando apostólico!—¡Verán ustedes cómo ahora pasa de largo, sin mirar siquiera hácia aquí!... ¡Vendrá de adular al Obispo, á ver si lo hace sacristan!...—Sr. D. Carmelo, dígaselo usted de mi parte á Su Ilustrísima... ¡Dígale que Pepito no cree en Dios!...—¡Oiga! y ¡qué compuesto sale tan de mañana!...—¡Nada! ¡No nos saluda!—¡Habrá trasto como él!—¡Sin duda irá á pedirle un destino á la forastera del Afrancesado, á esa prima vigésima de un Marqués de mentirijillas, cuyo título no está en la Guía de Forasteros!...

—¡Cálmate! (advirtió por lo bajo Paco Antúnez á Vitriolo) ¡Vas á disgustar á todo el mundo!

—¡No me calmo! ¡Estoy harto de padecer! ¡Miren cómo me ha puesto de frescas ese escribientillo, sólo porque dije que el Niño Jesus es de madera!—¡Pues de madera es! ¡Y, si en lugar de una cruz de plata, hubiesen puesto una púa de hierro á la bola que lleva en la mano, tendríamos al mundo convertido en un trompo!

—¡No es mucho más grande que un trompo nuestro mezquino mundo, si se le compara con la inmensidad y con el poder de Dios! (exclamó gravemente el teólogo, creyendo que el sesgo del debate le favorecia para hacerse oir.)—Si el mundo y el hombre no son de madera, son de barro..., y están hechos de la nada, como dice la Sagrada Escritura.—La fuerza y santidad de ese Niño de palo y de la cruz que ostenta ese trompo consisten en la moral que simbolizan y en el Sacrificio que recuerdan; consisten en que ayudan á desarmar la ira, á templar la concupiscencia, á hacer al hombre hombre...

—¡Y el que usted hable así consiste (interrumpió Vitriolo) en que es barbero del Sr. Obispo, desde que Su Ilustrísima desempeñaba un curato en Vizcaya!...

—¡Á mucha honra! (contestó el Familiar, conteniendo con su noble actitud las risotadas de unos y el movimiento de indignacion y retirada de otros:) ¡Es muy verdad que sigo afeitando á mi señor y padre, el cual me sacó de la miseria cuando la Guerra civil me dejó pidiendo limosna; pero eso no quita para que yo... yo... (que sería muy capaz de ahogar á usted entre mis manos, si no me lo impidieran mis ideas religiosas) me complazca en pedir á Dios que tenga misericordia de su alma de usted!

—¡Bien dicho, señor Cura! (exclamó el Capitan.) ¡Deme usted esos cinco!

—¡Palabras de carlista! ¡Estratagemas de apostólico! (replicó el boticario:) ¡Por todas partes se va á Roma!

—Lo mismo diria y haria (repuso el teólogo) si fuera judío, moro ó protestante. Yo no defiendo aquí ahora ninguna religion determinada: defiendo la religiosidad en abstracto, el temor de Dios, el amor al hombre...—En fin, lo perdono á usted, y me marcho...—¡Usted abrirá los ojos con el tiempo!

Vitriolo conoció que quedaba mal, y trató de detener al diácono, diciéndole á toda prisa:

—¡Defiende usted las tinieblas! ¡Defiende usted la Inquisicion y el fanatismo! ¡Defiende usted la mentira, profesada como industria para tiranizar y explotar á los hombres!—¡En cambio, nosotros los filósofos defendemos los fueros de la razon, la causa de la verdad, la despreocupacion del entendimiento, la dignidad de la especie humana!—¡Nosotros no queremos que nadie viva engañado, ni sometido á las desigualdades de la suerte, en la esperanza de otra vida y de un Cielo que no pueden existir, que no existen, que repugnan á la buena lógica, como lo demuestra el célebre dilema de Epicuro!...

Pero el teólogo no oia ya al farmacéutico, pues se habia marchado efectivamente, dejándolo con la palabra en la boca.

La mayoría del público, y con especialidad las personas graves, comenzaron á desfilar tambien, renunciando á las decantadas ventajas de convertirse al ateismo; con lo que pronto la tertulia quedó en cuadro...

—Pero ¡hombre! (arguyó entónces el Capitan, encarándose con Vitriolo:) Suponiendo que todas esas infamias que usted dice sean ciertas, ¿qué adelanta con darnos tan malas noticias? ¿Qué pierde usted con que yo me consuele de mis reumas, de mi retiro forzoso, del atraso de mis pagas, y del disgusto de conocer á muchos malvados como usted, esperando, como espero, hacer en otra parte una campaña mejor que la de esta pobre vida?—¿Me equivoco?—¡Pues déjeme usted en mi dulce engaño! ¡No haga usted el oficio de Satanás! ¡Piense usted en sus ungüentos, y déjenos á nosotros con nuestros santos de madera, que tambien nos sirven de medicina!

—¡Valiente modo de discurrir! (contestó el boticario.)—¡Bien se conoce que no ama usted la verdad ni ha visto un libro por el forro!—¡Los militares fueron ustedes siempre oscurantistas, inquisitoriales, serviles!

—¡Vaya usted mucho enhoramala! (repuso el Capitan, levantándose:) ¡Yo no soy servil! ¡Yo soy más liberal que usted! ¡Yo me he batido contra Napoleon y contra Angulema! Yo he derramado mi sangre, defendiendo la Independencia y la libertad de mi patria, hasta que, por viejo y achacoso, me dieron el retiro...—Pero todavía soy capaz...—En fin, no quiero incomodarme...—Repito que hago una tontería en venir por aquí...—¡Todos sois unos impíos, unos luteranos, unos mocosos, que debiais estar en la Cárcel!...—Mas ¿qué le hemos de hacer? ¡El mundo marcha así!—Conque, muchachos, ¡hasta luégo!...—Son las ocho, y voy á ver si me dan de almorzar.

Grandes carcajadas y burlas produjo en los mozalvetes el apóstrofe del veterano; y, como en pos de él se marchase la poca gente de viso que ya quedaba en el corro, penetraron aquéllos en la botica, donde el Maestro, atendida la especialidad de las circunstancias, les dejó meter mano al cajon del palo-dús, y hasta fingió no reparar en que algunos se empinaban las botellas del jarabe simple, del jarabe de corteza de cidra y del jarabe de altea.

* * * * *

Terminado el refrigerio, todos se fueron á sus casas á continuar almorzando, ménos Paco Antúnez, á quien habia dicho Vitriolo:

—No se marche usted, señor Jefe de Estado Mayor.—Tenemos que hablar...

—¿Qué hay? (preguntó el mimado discípulo con cierto aire de valiente.) ¿Qué dice la Volanta?

Paco Antúnez era, en efecto, segun ya habia indicado su jefe espiritual, el mozo más templado y terne de aquel plantel de descreidos, así como el más callado, el más fino y el de mejor figura: en resúmen, era el más guapo en el triple sentido de la palabra.

Vitriolo le contestó con suma afabilidad:

—La Volanta está en muy buen terreno.—Tú sabes que fué una labradora muy acomodada, y que su aficion al aguardiente la hizo caer en las garras de D. Elías, quien la dejó pidiendo limosna... Hoy le dan de comer Soledad y su madre, más bien por remordimiento que por caridad, de donde se deduce que ella las detesta con todo su corazon. En cambio, como ve que yo soy el abogado consultor de los pobres; que no voy á misa, y que le hago de balde ciertos ungüentos para sus oficios de curandera y de bruja, me quiere con toda su alma, ve en mí una especie de Vicario del Diablo, único Dios en que cree, y me cuenta todo lo que sucede en casa de la Dolorosa.—Ahora bien: por ella he sabido que la señá María Josefa fué quien mandó anteanoche romper por varios puntos la gran acequia de la Fábrica tan luégo como se enteró de que llegaba Manuel Venegas, obligando así á marchar allá á Antonio Arregui y ganando tiempo para entenderse con el burlado amante... La misma Volanta proporcionó el hombre que rompió dicha acequia, y ella tambien debia procurarme á mí hoy, segun me ofreció anoche, esta ú otra persona que fuese á la Fábrica, como por casualidad, y participase á Antonio Arregui el regreso del Niño de la Bola...—¡Seis reales le dí para ello!...

—Son tres leguas de ida y tres de vuelta...—¡No estuvo mal!—pronunció flemáticamente Paco Antúnez, encendiendo un buen trozo de lo que entónces se llamaba tabaco negro.

—No estuvo mal... (repitió Vitriolo.)—Pero es el caso que todos los hombres á quienes ha propuesto el trato la Volanta recelan que se entere el Niño de la Bola, y ninguno se atreve á ir á la Sierra...—¡Ya ves qué contrariedad!—Son las ocho de la mañana, y es menester que el marido de la Dolorosa se halle aquí ántes de la hora de la Procesion...

—La Procesion es á las cuatro...—observó Antúnez, chupando aquel veneno que tenía en la boca.

—¿Te atreverias tú á ir?—preguntó Vitriolo afectando gran indiferencia.

—¡Yo no!—respondió inmediatamente el discípulo, con una frialdad impropia de sus veintidos años.

—Puedes fingir una cacería... (insistió Vitriolo.) Coges el caballo y la escopeta, y en dos horas estás allí...—Arregui no podrá maliciarse que vas exprofeso á darle la noticia.

—He dicho que no voy...—replicó Antúnez, mirando el humo de su cigarro.

—¿Temes que se lo cuenten á Manuel Venegas? ¿Te asustas tú tambien del Niño de la Bola?...

—No es eso, amigo Vitriolo.—Te temo á tí; me asusto de tu ferocidad.—Cualesquiera que sean mis ideas religiosas, ó, mejor dicho, aunque no me hayas dejado ninguna, yo no he nacido para matar con mano ajena.—Yo no soy, como tú, indiferente á la moral y á la política: yo amo el bien, aunque no crea en otra vida futura... Yo soy republicano.

—Ya lo sé..., y haces muy mal... (respondió Vitriolo.)—Lo mejor es no ser nada.

Antúnez replicó en el acto:

—Para hablar así hay que principiar por donde tú principias; por aborrecer á la especie humana.—Ahora bien: yo no la aborrezco: yo amo á los hombres, y deseo su dicha, como la desearon Caton, Bruto y Robespierre...

—Pues entónces, ¡fíngete cristiano!... (dijo Vitriolo, riéndose.) De esa manera podrás ofrecer dos bienaventuranzas á tus adorados prójimos; ó sea una de presente, y otra de futuro; una en esta vida, y otra donde cuentan los sacristanes.

—¡Yo no sé decir lo que no siento! (contestó el filántropo); y por eso precisamente me niego á ir á engañar á Antonio Arregui, ocultándole el objeto de mi excursion á su fábrica...

—¡Pero tú olvidas lo que hablamos anoche! (exclamó Vitriolo muy apurado.) ¡Tú olvidas que, si D. Trinidad Muley empastela este asunto, la victoria será de las ideas místicas! ¡Dirá el clero y repetirán las viejas que ha habido milagro, como lo dijeron en 1832, cuando Manuel Venegas dejó de matar á D. Elías Perez la tarde de la famosa Rifa!—Contaba entónces D. Bernardino, el Sacristan de la Parroquia, que, si no ocurrió allí una muerte, se debió á que D. Trinidad se abrazó á la Efigie del Niño del Dulce Nombre pidiéndole auxilio...—Hay más: la señá Polonia, el ama..., ó la querida del Cura... (No frunzas el entrecejo: admito que sólo sea su ama...), tomó de aquí pié para soltar la especiota de que la tal Efigie, decidida protectora del hijo de D. Rodrigo, le devolvió el habla cuando muchacho...—¡Todo esto es muy grave!—¡Antúnez! ¡ó somos ó no somos enemigos de la supersticion! ¡Tu causa es la mia, aunque yo no sea republicano, ni monárquico! ¡Hay que desvanecer esas patrañas! ¡Hay que evitar un nuevo triunfo de D. Trinidad Muley!

—Desengáñate, Vitriolo... (contestó friamente el republicano.) Lo que á tí te mueve en esta empresa, no es la Filosofía, á que yo tambien rindo ferviente culto, sino el insensato amor que tuviste á la Dolorosa, convertido en odio mortal, por haber ella obligado á un perro á comerse tu amartelada declaracion...—Yo ignoraba anoche tan divertido lance; pero esta mañana me he enterado de él, como todo el pueblo, por haberlo referido anoche el Afrancesado á sus tertulios...

Vitriolo se retorció convulsivamente, y lanzó una especie de alarido...—Irguióse luégo y dijo con dolorosa mansedumbre:

—No te lo negaré yo á tí, que eres mi ojo derecho... No te negaré, mi querido Paco, que tambien procedo á impulsos de ese rencor inextinguible... No te negaré que la felicidad de la Dolorosa me vuelve loco; que necesito verla llorar tanto como yo he llorado, y que la ocasion es esta.—Pero no por eso dudes de que, al propio tiempo que vengarme, quiero defender la santa Filosofía, ¡única gloria y consuelo de mi pobre existencia!—¡Sí, yo trato de evitar que los Curas hagan creer á los necios en un milagro de las ideas religiosas que nos ponga en ridículo á todos vosotros y á mí! ¡Yo quiero libraros y librarme de una silba de todo el pueblo!—D. Trinidad Muley, con sus limosnas, entremetimientos y gramática parda, es el levítico que más daño hace hoy en esta Ciudad á la causa de la razon.—¡Hay que presentarle una batalla campal! ¡Hay que destrozarlo para siempre!

—En ese punto estás repitiendo palabras mias..., ya que no por lo tocante á la persona de D. Trinidad (que es un buen hombre, sin malicia ni talento), en lo que respecta al verdadero bando apostólico...—Pero, entre combatir el error, y lo que ahora me pides; entre predicar uno sus ideas filosóficas, y traer al matadero á un hombre de bien, hay mucha, muchísima distancia.—Repito que no voy á la Sierra.

—¡Pues no vayas! (exclamó Vitriolo con sumo desprecio.)—Yo me las compondré sin tí.

—¿Irás tú mismo á buscar á Arregui?—preguntó irónicamente Paco Antúnez.

—¡Así pudiera cerrar la botica!—Pero estoy solo, y no puedo moverme de aquí ni de dia ni de noche.—Por lo demas, ten entendido que yo soy el único hombre de este pueblo que no le teme al Niño de la Bola.

—Dos ó tres veces te he oido decir eso...—¿Quieres explicármelo?

—Tiene muy poco que explicar.—No le temo, porque soy cobarde.

Y, al hablar de este modo, Vitriolo se erguia con especial orgullo.

—¡Gran verdad has dicho! (exclamó Antúnez.)—El mundo es de los que no pelean; ó, más bien, de los que no dan la cara...—No hay quien corra ménos peligros que un cobarde...—El desprecio de los valientes les sirve de escudo...—En fin... ¡allá tú!—Yo me retiro, con tu licencia.

El boticario suspiró melancólicamente, y murmuró, como hablando consigo mismo:

—¡Hay pocas naturalezas cabales!...

—Pocas,—repitió Antúnez.

—Con todo, ¡por algo seré yo vuestro jefe!

—Ya lo creo... ¡y áun por algos!

—¿Estás pesaroso? (interrogó vivamente el farmacéutico.) ¿Piensas tú tambien abandonarme?

—Sí: te abandono ahora, porque me voy á almorzar,—contestó el discípulo mayor, sonriéndose indefiniblemente.

Y se marchó muy despacio, dejando sumido á Vitriolo en dolorosas meditaciones.

El resto de la mañana fué, cual si dijéramos, una ampliacion de la tertulia que hemos presenciado en la puerta de la botica.—Tan luégo como el vecindario acabó de almorzar, llenóse otra vez la plaza de corrillos y de paseantes, cual si allí se celebrara la gran fiesta del dia, y no en el barrio de Santa María de la Cabeza. Contra la inveterada costumbre, muchas personas principales del pueblo, y desde luégo todos los hombres de armas tomar ó aficionados á ruidos y reyertas, dejaron de asistir á la solemne Misa que en aquel instante se cantaba en la Parroquia gobernada por D. Trinidad Muley.—«¿Á qué ir (parecia decirse la gente), cuando sabemos que Manuel Venegas está encerrado en esa casa?»—No apartaban, pues, los ojos de aquellos mudos balcones ó de aquella inexorable puerta los grupos diseminados acá y allá, y hasta los mismos paseantes volvian la cabeza á cada momento, para ver si daba señales de vida el albergue del infeliz recien llegado.—Tenía aquello algo de la expectativa del público en una plaza de toros, cuando los aficionados bullen todavía en el circo, esperando á que se anuncie la salida de la fiera, para quitarse de en medio y dejar á otros el cuidado de hacerle frente...—Ó, más bien, era un caso igual al de los antiguos torneos... ¡Manuel y Antonio veíanse como obligados á optar entre la pelea y la deshonra! «¡Sangre ó rechifla!» parecia ser el estribillo del coro.

Llegó la hora de comer (las dos de la tarde), sin que se hubiese movido ni una mosca en casa de Venegas (no obstante haber estado dos veces llamando al porton el ama de D. Trinidad Muley y otras dos un acólito de la parroquia de Santa María), y el público se retiró de la plaza...

Pero no habian transcurrido veinte minutos cuando ya se hallaban de vuelta algunas personas... (¡Parcas fueron en el comer, ó poco abastecida estuvo su mesa!)—Otras regresaron algo más tarde: acudió, por añadidura, mucha gente que no habia estado allí por la mañana, y, con todo ello, la plaza acabó por parecer un animadísimo campamento... ¡Baste decir que varios mozos, y hasta algunos sujetos muy formales, hablaban ya de su firme propósito de no ir á la Procesion, si veian que Manuel no concurria á ella, y de pasar allí el resto de la tarde!...

De pié á la puerta de su tienda el verdadero General de aquel ocioso ejército...; quiero decir, de pié á la puerta de su botica el intrépido Vitriolo, se restregaba las manos, al ver que todos, por comision ó por omision, estaban secundando su plan de batalla, y daba instrucciones á sus oficiales de Estado Mayor para que sembrasen entre los corrillos las ideas más conducentes al triunfo de la ira sobre la paciencia, ó, como él decia, «al triunfo de la razon sobre las preocupaciones.»

De pronto, cundió por toda la plaza una noticia que revolvió y barajó los grupos, formando otros nuevos y más numerosos, en que ingresaron hasta los paseantes...—Pepa la peinadora acababa de cruzar por allí diciendo que venía de rizar el pelo á la señora de Arregui, en forma de tirabuzones iguales á los de la forastera, y que en aquel momento la dejaba vistiéndose de tiros largos para ir á la Procesion en compañía de su madre...

No habian empezado los comentarios acerca de este grave acontecimiento, cuando ocurrió otra novedad que puso el colmo á la agitacion de la muchedumbre...—¡La puerta de la casa de Manuel Venegas se acababa de abrir, y Basilia, su ama de gobierno, estaba en el portal notificando al público que el hijo de D. Rodrigo Venegas habia comenzado á arreglarse para ir á la Procesion del Niño de la Bola!

La alegría, el miedo y el entusiasmo de la multitud no tuvieron límites... Hubo hasta aplausos de la gente baja, y silbidos y carreras de los pilluelos; advertido lo cual por el Alcalde, y temiendo un motin ó cosa parecida, aconsejó á todos, por honor de aquella Ciudad, antigua Colonia fenicia y romana, y posteriormente Corte de no sé qué rey moro, que se trasladaran á la carrera de la Procesion (donde parecia más natural que estuviesen reunidas aquella tarde las personas decentes), y que allí esperasen con la debida compostura la llegada de su querido paisano Manuel Venegas,—quien no dejaria de alegrarse mucho de poder salir de su casa como un hombre serio y formal, y no entre aquella especie de rebullicio...

Penetráronse de estas razones los agitados grupos, y casi todos se disolvieron, ó, mejor dicho, se encaminaron en masa hácia la Parroquia de Santa María, cuyas alegres campanas anunciaban ya con su primer repique que apénas faltaba una hora para la Procesion...

Sigamos nosotros el turbion de la gente, y trasladémonos tambien á aquel apartado barrio, donde nos aguardan muchas personas conocidas.

II.

LA PROCESION.

Era una hermosísima y apacible tarde, en que la Primavera, vestida de andaluza, llenaba el cielo de esplendores y sonrisas, de cálidos besos el sosegado ambiente y de fragantes rosas los huertos y balcones de la Ciudad, el lustroso peinado de las doncellas y las manos de sus felices ó desgraciados amadores.

Todavía faltaba media hora para la salida de la Procesion, y la calle de Santa María de la Cabeza (á cuyo extremo inferior se halla situado el Templo del mismo nombre) estaba ya hecha un patio del Cielo, una antesala de la Gloria, un verdadero Empíreo..., tal y como los nietos de Adan y Eva nos imaginamos y solemos representar semejantes excelsitudes desde nuestro confinamiento terrestre...

Quiero decir con esto, que todas las ventanas tenian grandes colgaduras de coco, de zaraza, de filipichin y hasta de damasco, en las cuales era fácil reconocer las colchas de novios de muchas generaciones, miéntras que el suelo de la prolongada calle y de toda la carrera que habia de llevar la Procesion veíase alfombrado de verde juncia, de amarilla gayomba, de olorosos mastranzos y de otras campesinas hierbas...—Las campanas de Santa María repicaban gozosamente por segunda vez, anunciando que ya se acercaba el momento solemne... Cohetes voladores reventaban á docenas en los aires, como notificando á los demas planetas lo que ocurria en el nuestro..., y el tambor de la Milicia Nacional daba golpes y redobles de atencion y llamada, que hacian subir de punto la general expectativa...

Todas las ventanas y azoteas, y áun los mismos oblicuos tejados, estaban llenos de gente, sobre todo de mozas aderezadas y carilimpias (muchas de ellas nada más que cari), habiéndose reservado los balcones para las señoras y señoritas del centro de la Ciudad, que ya ostentaban en ellos sendas mantillas ó tocas de Almagro, peinados á la francesa y demas distintivos de su elevada alcurnia.

En la calle no se podia echar un alfiler: tan atestada se veia de artesanos vestidos de nuevo, de jornaleros vestidos de limpio y de caballeretes vestidos de moda. Hasta los regadores habian abandonado los campos y encontrábanse allí, apoyados en sus azadas, como dispuestos á volver á la interrumpida tarea en cuanto presenciaran el paseo triunfal del Niño de Dios.—Algunos militares retirados (entre los cuales descollaba nuestro Capitan) lucian su irreemplazado uniforme de la Guerra de la Independencia, y ¡á fe que era grato verlos embutidos en sus casacas de altísimo cuello, provisto de sudadero, que les rozaba la coronilla, con la ancha capona ó la larga charretera empinadas sobre los hombros, con el inflexible corbatin de ballena impidiéndoles toda comunicacion con el género humano, y con su morrion de carrilleras y descomunal campana, que no habria podido soportar el propio Dios Marte!...—Por último: los bulliciosos chicuelos y los circunspectos milicianos (ó sea los nacionales, que era como se llamaban allí entónces) se apiñaban en el atrio y gradas de la Iglesia, para servir, aquéllos de vanguardia y éstos de escolta, á la venerada Efigie del Niño Jesus,—en tanto que el sol, enfilando de lleno la calle al bajar á Poniente, daba á todas aquellas cosas divinas, humanas y pueriles un carácter glorioso, triunfante, santo, que si distaba muchísimo de la beatitud eterna, diferenciábase tambien algo de las cotidianas luchas de esta vida.

La forastera, con traje negro, mantilla blanca y muchas joyas de escaso valor, ocupaba el balcon principal de una de las mejores casas de aquel barrio; balcon enorme, con balaustres de madera color de chocolate, que podia contener quince ó veinte personas.—Hallábanse, pues, tambien allí D. Trajano, su esposa y todos sus tertulios, excepto nuestro amigo Pepito, que se contoneaba en la calle, frente por frente de aquella casa, para que la madrileña lo viese navegar por el mundo como todo un hombre y admirara de léjos su frac de tijera (refundicion del único que habia tenido su buen padre), su pantalon de color de avellana, su corbata celeste, su chaleco de mil flores y su colosal sombrero de copa...—¡El pobre ingenio parecia un mico vestido de máscara!

Á D. Trajano Mirabel le habia dado aquella tarde por hablar de política, y traia mareado á otro señor de su edad, tambien moderado acérrimo, que solia formar parte de su tertulia; pero ni éste ni nadie tenian ya atencion para otra cosa que para mirar á una hechicera mujer, tambien con mantilla blanca, que acababa de presentarse y tomar asiento en un balconcillo del entresuelo de la casa de enfrente.

—¡Es usted afortunada! (dijo doña Tecla á la prima del Marqués.) ¡Toda la tarde vamos á estar viendo á la Dolorosa!—¡Allí la tiene usted..., con una mantilla como la suya!...—¡Jesus María! Y ¡cómo la mira la gente!...—¡Ni que ella fuera la Procesion!

En efecto: Soledad estaba allí; donde ménos se la esperaba; en una casa humilde; en aquel peligroso balcon, tan cercano al piso de la calle... ¡casi confundida con la multitud, cuando habia podido disponer de todas las casas y de todos los balcones del barrio!

—¡Qué temeridad! ¡Qué imprudencia! (decian algunos.) ¡Elegir ese sitio, estando en el pueblo el Niño de la Bola! ¡Sabiendo que viene tan irritado!...

—¡Qué falta de consideracion! ¡Qué descoco! (añadian algunas.) ¡Andar de fiestas, estando ausente su marido! ¡constándole que el otro piensa venir aquí!

—¡Confesemos que es muy valiente! (reponian los más tolerantes.) ¡Ella misma se lanza á la cabeza del toro!—¡Mirad qué cara tan serena y tan hermosa! ¡Mirad qué sonrisa tan altanera! ¡Mirad qué ojos! ¡Ninguna inquietud se lee en ellos!—Y, sin embargo, ¡bueno andará su corazon!

—¡Esa! ¡esa es la Dolorosa! (exclamaba al mismo tiempo D. Trajano, dirigiéndose á la prima del Marqués:) ¡Este golpe la retrata de cuerpo entero! ¿Sabe usted á qué viene aquí? ¡Á desarmar á Manuel con su presencia! ¡á hacerle apetecer una paz vergonzosa para Antonio Arregui! ¡á jugar el todo por el todo!—¡Ya dije á usted anoche que Soledad ama... hasta cierto punto al intrépido Venegas!—Yo soy viejo, y conozco el pecado...

—¡Es usted atroz!—contestó ágriamente la cortesana, cual si el jurisconsulto la hubiera sorprendido recorriendo con la imaginacion, por cuenta de Soledad, aquel sendero pacífico, criminal y deleitoso.

Y luégo añadió, quitándose los lentes:

—¡Pues, señor! declaro que esa mujer vale más de lo que yo me figuraba...—Aunque viste con mediano gusto y tiene una expresion hipócrita que da miedo, es muy bonita, muy graciosa, y hasta muy interesante...

¡Que si lo era!...—Permítasenos describirla por última vez... Permítasenos decir á qué extremo de hermosura habia llegado la que conocimos inocente niña y púdica doncella, cuando la vemos ya convertida en mujer de veinticinco años, esposa y madre.

Soledad no pertenecia á la raza de las estatuas griegas. Su belleza tenía más de gótica que de pagana, más de romántica que de clásica, más de las creaciones de Schiller y Walter Scott que de las de Homero y de Ovidio; más, en fin, de dama que de diosa.—Así y todo, su cuerpo era un primor de forma, cuyas suaves líneas vacilaban dulcemente entre la curva y el ángulo, dando mayor realce y gallardía á los femeniles contornos. Ni se admiraba sólo la forma en aquella exquisita figura: la misma materia (cosa indiferente en la belleza gentílica) tenía en ella singular atractivo y hablaba por sí propia á la imaginacion. Era, en resúmen, una de esas mujeres finas y nerviosas (á quienes erróneamente se suele llamar espirituales ó ideales), cuyos encantos corpóreos no se limitan al dibujo, al modelado exterior, á la belleza plástica, como en las beldades olímpicas, sino que residen y se aprecian en la totalidad del sér físico, en su índole y naturaleza, en la calidad de la masa, en todo lo que de ellas puede ver el escultor y en todo lo que adivina el fisiólogo: mujeres verdaderamente materiales y terrenas, mucho más humanas que esas macizas cariátides sin nervios en que parece que todo es arcilla: ¡elásticas serpientes, de piel dócil y suelta, de carnes precisas y delicadas, de huesos cálidos y endebles, de sangre rápida y fluida, que viven y huelgan en el fuego, como se cuenta de las salamandras!

El rostro de la Dolorosa acrecia el profundo interes y la ardiente curiosidad que ya despertaba en el ánimo el aspecto general de su lánguida y voluptuosa contextura. Aquella palidez inalterable y llena de vida; aquellos ojos amantes y altivos á un propio tiempo; aquellos labios sensuales y desdeñosos; aquel sentimentalismo del conjunto de sus facciones, tan incompatible con la materialidad de la vida que llevaba pacíficamente la casual esposa de un hombre vulgar ó cuando ménos prosaico; todas estas contradicciones de su sér y de su existencia, expresadas vagamente por su semblante, hacian que Soledad cautivase la imaginacion y el deseo, como todo lo misterioso, como todo lo inexplicable, como una esfinge, guardadora de trágicos y peregrinos secretos.

Dicho se está que casi ninguna de estas sublimidades pasaba por las mientes á aquellos semi-africanos que devoraban con la vista á Soledad; mas no por ello se les oscurecia la sustancia de cuanto acabamos de exponer, ni envidiaban ménos, en hipótesis, al feliz mortal que sacase de su forzosa, perdurable apatía á la malograda heroína de amor;—lo cual equivale á decir que envidiaban en futuro contingente á nuestro amigo Manuel Venegas, presunto dueño de aquel corazon encarcelado.—Por lo que respecta á Luisa y al señor de Mirabel, estaban muy al tanto de todo (á fuer de doctores en materias de arte, vicio y sentimiento), y fueron aquella tarde mucho más allá que hoy mi tosca pluma en el análisis físico-poético-moral de la Dolorosa.

De pronto, advirtióse en los grupos un gran movimiento, que muy luégo se propagó á ventanas y balcones, como si ocurriese alguna extraordinaria novedad...—¿Qué motivaba aquel oleaje de la muchedumbre?—¿Iba á salir la Procesion? ¿Se habia suspendido? ¿Acontecia alguna desgracia?

No: era que Manuel Venegas acababa de aparecer en lo alto de la prolongadísima calle de Santa María: era que avanzaba hácia la parte concurrida de ella, precedido de una escuadra de bullidores muchachos y escoltado á respetuosa distancia por media docena de valientes de segundo órden: era que llegaba el héroe del dia.

Casi toda la gente se apartó de las inmediaciones de la Iglesia y fué extendiéndose calle arriba para gozar más pronto de la presencia del jóven sin ventura,—el cual marchaba entretanto sosegadamente, sin mirar á nadie, con la cabeza un poco inclinada, y divirtiéndose al parecer en agitar con el baston las olorosas hierbas que alfombraban el suelo.

No podia decirse, sin embargo, que le fuera indiferente el público, cuando tanto se habia acicalado y compuesto, en medio de sus penas, para presentarse dignamente á él.—Los moros son siempre vanidosos y artistas, y acuden á las batallas con sus mejores ropas y todo el posible boato, viendo tal vez una fiesta en el peligro...—La mencionada tarde vestía Manuel como un novio, como un triunfador; no como un hombre que acaba de ser desarraigado de la vida y sólo espera ya marchitarse y morir...—Todo su traje era de rica seda negra sin brillo, con alamares del mismo color y muchos botones de plata mate: lucía un magnífico sombrero de jipijapa, de forma chamberga, al uso de ultramar: hermosos brillantes relumbraban en sus dedos y en la bordada pechera de la camisa; y pendia de su cuello una larga y muy gruesa cadena de oro, que iba á perderse debajo del ceñidor chinesco liado á su cintura, sirviendo indudablemente de sosten á un soberbio reloj, digno de tan fastuoso indiano.

Con mayor evidencia hubiera podido asegurarse que nuestro jóven (contra su antigua costumbre) llevaba consigo un arma, y que este arma era un puñal; pues, á muy poco que se observaba, veíase dibujarse su rígido bulto bajo la sarga de la chaqueta...—Por lo demas, si aquellos viajeros que veinticuatro horas ántes lo saludaron en lo alto de la Sierra vecina, lo hubiesen visto en tal momento, habríanse espantado y hasta condolido del profundo cambio que se advertia en su noble rostro...—Una horrorosa contraccion atirantaba todos sus músculos; despedian sus ojos una luz torva y rojiza, como los del leon durante la cuartana, y la más lúgubre tristeza tendia su velo de muerte sobre aquellas varoniles facciones: ¡tristeza desesperada y terrible; no quejumbrosa y vehemente como la sed y el ánsia de consuelo, sino fija, muda, petrificada, irremediable, muy más amenazadora en su serenidad que todos los arrebatos de la ira!

Las gentes de la calle no se atrevieron al principio más que á saludarlo á distancia, diciéndole un «¡adios, Manuel!»... tan natural y corriente como si no hubiesen pasado ocho años desde la última vez que lo vieran;—á lo cual respondia el jóven llevándose la mano al sombrero, sin pararse á ver quién lo saludaba...

Un poco más adelante, ya osaron algunos acercársele y detenerlo, alargándole la mano y preguntándole por la salud...—Eran (decian) antiguos amigos suyos... (y entre ellos reconoció á aquel maton á quien tuvo que romper el brazo derecho.)—Otros se denominaron sus condiscípulos... (¡cuando sabemos que nuestro héroe no habia asistido á más escuela que al despacho de D. Trinidad Muley!)—Y hasta hubo álguien que se le presentó á título de hermano de leche, ignorando sin duda que el jóven fué amamantado por su propia madre.

Manuel contestaba á todos en las ménos palabras posibles, y seguia su interrumpida marcha; pero rara vez dejaba un grupo, para entrar en otro, sin preguntar ántes al oido á la persona que le inspiraba mayor confianza:

—Dígame usted...—¿Cuál es Antonio Arregui?

—No está aquí...—No ha venido...—Dicen que se marchó ayer...—Se le aguarda de un momento á otro...—le habian respondido ya cuatro interrogados, con un aceleramiento y un temblor que denotaban complicidad mental con el pavoroso alcance de la pregunta.

Á todo esto, penetraba ya nuestro protagonista en lo más concurrido de la calle, ó sea en el trozo de ella que habia de recorrer la Procesion (la cual se dirigiria luégo por una calle transversal en busca de cierta antigua mezquita, á la sazon Ayuda de Parroquia, donde tendria término la fiesta)...

Las mujeres más presumidas echaban todo el cuerpo fuera del balcon para verlo pasar...—Pero él no habia levantado la cabeza ni una sola vez...—Indudablemente no sabía, ni podia ocurrírsele, que Soledad hubiese ido á la Procesion...; que estuviese algunos pasos más allá...; ¡que pronto la veria, despues de ocho años de ausencia, no separados ya sus corazones por las olas del Océano, sino por otro abismo más profundo!

El airado Venegas miraba únicamente á la calle, á los hombres, buscando á aquel Antonio Arregui á quien no conocia, pero á quien juzgaba obligado á hacerle frente, á presentarse en aquella palestra, á concurrir al duelo solemne y público para que habia sido emplazado ocho años ántes en términos generales y colectivos, y cuya citacion le fué notificada personalmente por todo el pueblo el dia que se atrevió á casarse con la Dolorosa.—Manuel iba allí como mantenedor de aquel desafío... ¡Caso de honra era para el amenazado consorte acudir á la demanda, no ocultarse, no obligar al provocador á ir á buscarlo en su escondite!

Entiéndase bien que nada de esto lo decimos nosotros: el público y el propio Manuel eran los que discurrian así aquella tarde.—Por lo demas, todos seguian parando y saludando al intrépido jóven, sin atreverse á tocar las heridas de su corazon, pero aventurándose ya á dirigirle preguntas asaz impertinentes...

—¿Conque vienes tan rico?—habíale (por ejemplo) interrogado alguno.

Manuel sonrió desdeñosamente y no se dignó contestar.

Entónces le habló de usted la misma persona, preguntándole:

—¿Y viene usted por mucho tiempo?

—¡No sé!—contestó el desgraciado, volviéndole la espalda.

Algunas personas graves y de posicion incurrieron tambien en la debilidad de acercársele, á curiosear en su dolor, en su desesperacion y hasta en su bolsillo...

—Es menester que nos ayudes á gobernar la poblacion (díjole un concejal), y que para ello compres fincas que te den la cualidad de elegible... El Ayuntamiento necesita hombres como tú...—¿Te atreverias con la cortijada del Morisco?—Cien mil duros piden por ella...

—Muchas gracias... Veremos...—respondió Manuel.

—¡Yo me comprometo á hacerlo Alcalde!—exclamó otro regidor; el mismo, segun noticias, que habia ofrecido aquella vara á Antonio Arregui.

Manuel saludó con finura.

—Pero ántes... (dijo un tercero, apuntándole ya al corazon) será preciso que te establezcas; que tomes estado; que elijas mujer...—Digo... ¡porque supongo que no te has casado por esos mundos!...

Venegas lo miró de piés á cabeza (helándolo de terror), y le dijo melancólicamente:

—No sé quién es usted; pero le compadezco.

Y continuó bajando la calle.

Á los pocos pasos vió el jóven entre la multitud á nuestro amigo el Capitan, y acto contínuo dirigióse hácia él (cosa que no habia hecho con nadie) y le tendió respetuosamente la mano, miéntras que con la otra se quitaba el sombrero.

El viejo agradeció mucho aquella significativa excepcion, y sólo halló fuerzas para decirle con los ojos arrasados en lágrimas:

—¡Tienes buena memoria!

—Y buena voluntad...—le respondió Manuel afectuosísimamente, apretándole de nuevo la mano.

Y prosiguió su interrumpida marcha, muy complacido de aquel encuentro.

Pasó, en fin, por enfrente del balconcillo en que se hallaba Soledad; y, como si algun misterioso instinto ó fuerza superior lo determinara, paróse maquinalmente en aquel punto, eligiéndolo para ver desfilar la Procesion.

El público lanzó un gran resoplido de contento... y de sobresalto.

Y muchas miradas se dirigieron á las bocacalles en demanda de Antonio Arregui, única persona que faltaba ya para que el drama fuese completo...

La forastera, debajo de cuyo balcon se habia detenido el jóven, seguia entretanto el prolijo estudio que de su figura comenzara á hacer desde que lo vió asomar, y decia á su colega D. Trajano, sin quitarse los lentes de los ojos:

—¡Hermoso hombre! ¡Es una estatua vestida de andaluz, bien que no de majo ni de torero!... Los perfiles americanos del traje poetizan mucho su persona...—¡Qué torso! ¡qué cuello! ¡que cara!... ¡Es un modelo de belleza masculina!...—No sé á quién compararlo...—Para Apolo, es demasiado fuerte, y para Hércules, demasiado esbelto...—Lo compararé, pues, con el David de Miguel Ángel...—¿Ha estado usted en Florencia?

—No, señora...—balbuceó D. Trajano, muy confundido, pensando quizá en sus largas piernas y peraltados hombros, que ni en la juventud fueron esculturales.

En el ínterin, la atencion del público habia dejado de fijarse en Venegas para acudir á Soledad...

Esta no se movia ni pestañeaba: parecia mirar al cielo, ó á los tejados de la casa de enfrente; pero ¡demasiado sabría que Manuel se hallaba allí, delante de ella, á pocos pasos de distancia!... Los movimientos de la muchedumbre; las conversaciones de la calle, que subian hasta el balcon; la madre tristísima, la pobre señá María Josefa, sentada á su lado como una mártir; sus propios ojos, en fin, dotados, segun ya sabemos, del don de ver áun aquello que no miraban..., ¡se lo habrian dicho desde el primer momento!—Mostrábase, sin embargo, enteramente tranquila, y hasta se la vió sonreir graciosamente en contestacion á no sé qué cosa que su atribulada madre le dijo en ademan de súplica...—¡Era digna hija de aquel hombre que, sorprendido una tarde por el furibundo Niño de la Bola junto á cierta fuente del campo, no se movió, ni se dió por entendido de su presencia, ni hizo nada para evitar una muerte casi segura!...

En esto, y cuando algunas personas estaban ya procurando mañosamente que Manuel alzase la vista y reparase en Soledad, comenzó el tercer repique de las campanas de Santa María; nuevos cohetes volaron y crujieron en el aire; sonó un largo redoble de tambor, seguido del acompasado toque de marcha, y viéronse salir de la Iglesia, y formarse, y ponerse en ordenado movimiento, banderas, luces, cofrades, monaguillos...—La Procesion estaba en la calle.

Aquel jubiloso estrépito, aquel animado y solemne espectáculo, los cantos religiosos que principiaron luégo; toda aquella reproduccion de escenas de mejores dias, impresionó bruscamente á Manuel, haciéndole erguir la cabeza y mirar á todos lados como buscando aire de vida y de salud para su corazon que se ahogaba, segun lo demostró el hondo suspiro que lanzó al fin su oprimido pecho...

Y entónces fué cuando el desgraciado vió relucir en el balcon de enfrente la impertérrita figura de Soledad...

¡Era ella!... No cabia duda... ¡Era su cara de ángel!... ¡Eran sus ojos, que no le miraban á él, pero que seguian iluminando y embelleciendo el mundo!...—«¡Soledad!»... estuvo para gritar el infeliz, loco de dicha, en el primer arrebato de su pasion...

Pero ¡ay! no... ¡no era ella! ¡No era Soledad!—¡Era la mujer de otro hombre, la mujer de un desconocido, llamado Antonio Arregui!... ¡Era la impura renegada del amor! ¡Era la sacrílega que habia escupido en mitad del corazon al más fino y consecuente amante! ¡Era la traidora que le habia dado muerte por la espalda, en la ausencia, sobre seguro, cuando más confiado y tranquilo batallaba en remotos climas por obtenerla, por llamarla su esposa, por alcanzar la dicha de ser su esclavo! ¡Era el execrable demonio de su vida! ¡Era la envenenadora de su alma!

Esto decia el rostro de Manuel... Esto decia su corazon, asomándose á los espantados ojos, para ver si efectivamente Soledad se atrevia á estar en aquel balcon, vestida de gala, tomando parte en una fiesta, mostrándose á la luz del sol, despues de lo que habia hecho...

Y lo veia, y no podia explicárselo...—Y el creciente furor de su nunca domada soberbia iba rayando en verdadera locura...

¿Cómo no temblaba la inicua? ¿Ignoraba que habia llegado su juez? ¿No se lo habia dicho su madre? ¿No sabía que él estaba allí, enfrente de ella, esperando al imbécil que se creia su esposo, para coserlo á puñaladas delante de todo el pueblo? ¿No sabía que ella misma, su antigua reina y señora; ella, que no se dignaba mirarle, y parecia desafiarlo con su tranquilidad é indiferencia; ella, que lo seguia insultando con aquella mundana mantilla blanca y con aquella vil hermosura entregada á otro, se hallaba tambien en el caso de temblar por su propia vida?...

Ni ¿á qué tardar?—¡Un salto bastaba para encaramarse al balcon!... ¡El puñal vibraba sediento de sangre á cada latido de su pecho!... Ya lo habia apretado varias veces con el brazo contra su corazon, como á un fiel amigo...—Además, «Antonio» (¡que era como le llamaria la pérfida!) estaba ausente... habia huido...—Todos acababan de asegurárselo...—Por lo tanto, no era ocasion de pensar en matarlo á él...—¡En quien habia que pensar por de pronto era en ella, en la sierpe que seguia azotándole el alma; en aquella insolente y contumaz pecadora, tan solazada y divertida en ver avanzar la Procesion, que no se curaba de los oportunos ruegos de su madre ni de las señas con que el mismo público empezaba ya á decirle que corria peligro, que se retirase de la ventana, que Manuel iba á acometerle de un momento á otro!...—Y tambien habia que pensar en aquel obsequioso público, pendiente de las acciones de él; en aquel amable gentío que no dejaba de mirarlo con anticipado asombro; en aquellas tres mil personas esperanzadas en algo extraordinario, digno del hijo de D. Rodrigo Venegas, propio del antiguo Niño de la Bola, adecuado á sus amenazas de otro tiempo, en consonancia con la general inquietud que hacía veinticuatro horas reinaba en la poblacion...—¡No más vacilaciones! ¡La fatalidad lo habia escrito! ¡Manuel Venegas tenía que matar á la Dolorosa!

Pero la Procesion habia avanzado miéntras tanto, y ya desfilaba entre Soledad y Manuel, incomunicándolos en cierto modo...

Tuvo, pues, el jóven que contenerse, sin que por ello cesara su furia...

Y, de esta manera, vió pasar ante sí, como fantásticas visiones que se mofaban de su amoroso delirio, los históricos estandartes del tiempo de la Conquista, los ciriales de la Parroquia, los muñidores con sus pértigas de metal, las devotas que cumplian promesa yendo descalzas, los labriegos con sus capas de paño de Ohanes, los cofrades con sus escapularios y veneras, los Nacionales con sus morriones colgados á la espalda, los músicos con sus piporros ó bajones, los chantres con sus papeles de música, los acólitos con sus incensarios...—El Niño de la Bola, el Niño Jesus, el Niño del Dulce Nombre debia de hallarse muy cerca...; tan cerca, que ya sonaban las argentinas campanillas de sus andas; ya fulguraban sus cien luces; ya se respiraba el aroma de los pebeteros.

Manuel no habia mirado todavía á la linda Efigie que tanto amara en su niñez y en su adolescencia... En cambio, Soledad no apartaba de ella la vista, pensando sin duda en que, durante muchos años, aquel trono de flores, de frutos y de blancas palomas vivas, en que iba de pié el lujoso Niño, debióse á la diligente devocion del hombre que tanto la habia amado, que tanto la amaba, que tan infeliz era en aquel instante...—Ello es que, con gran asombro de todo el mundo, la hija de D. Elías empezó á desconcertarse, á conmoverse, á aturdirse, y que un ligero temblor agitaba sus ojos y sus entreabiertos labios, cual si estuviese á punto de llorar...—¡Entónces sí que todos la hallaron hermosa! ¡Entónces sí que parecia una Vírgen de los Dolores!

La emocion general era tambien extraordinaria... El público llegaba á uno de sus grandes y fugitivos momentos de inspiracion...—Debiérase á la Providencia ó al acaso, concurria allí tal cúmulo de circunstancias patéticas, que el gran poeta y artista llamado Pueblo habia recobrado su majestad, mostrábase digno de su nombre, comenzaba á sentir noble y piadosamente.

Pasaron al fin las andas entre Soledad y Manuel...; y, como ella las iba siguiendo con la vista, y él no separaba la suya del semblante de la beldad, aconteció que sus miradas se encontraron; que la una quedó como enredada y presa en la otra; que se estableció entre ambas una corriente invencible, y que el presunto matador y la presunta víctima no pudieron ya dejar de contemplarse desatinadamente...

Y entónces vió Manuel á un mismo tiempo, amalgamadas y confundidas, la imágen del Niño Jesus, de su ídolo de tantos años, y la imágen de su otro ídolo caido, de la atribulada Dolorosa, que habia comenzado á llorar desconsoladamente y que lo miraba al traves de un rio de lágrimas...

¡Llorar ella! Era cosa que jamás se habia visto y que nunca se hubiera creido.—«¡Llorar ella!» se decia asombrado el público...—¡Llorar ella! clamaban las entrañas del fanático amante, del noble y sensible Venegas, del hombre tierno y generoso que sólo era fuerte contra el obstáculo, que sólo era duro contra la rebeldía...—¡Llorar su adorada! ¡llorar por él! ¡llorar en presencia de tantas gentes! ¡llorar, aunque sólo fuese de miedo! ¡llorar... acaso de cariño y pena, al verse ligada á otro hombre y aborrecida por el que siempre fué dueño de su alma! ¡Llorar su querida, estando él en el mundo!

Un alarido de infinito amor, de piedad inmensa, brotó del corazon del hijo de D. Rodrigo, y abalanzóse hácia el balcon, sin saber lo que hacía, como para consolarla, como para que lo perdonase, como para defenderla contra sí mismo, como para arrebatársela al usurpador, llamado esposo, que daba orígen á aquellas lágrimas...

Pero este cambio habia sido tan repentino, que la Procesion se interponia aún entre los dos jóvenes...—Ya habian pasado las andas... Mas en aquel momento pasaba el palio...

Debajo del palio penetró, pues, el mísero, al dejarse llevar de aquel amoroso, irresistible impulso...

—¡Que la mata!—habian clamado entretanto mil personas, creyendo que el furor y la muerte iban con Manuel...

Y Manuel, que oyera este horrible grito, ya calumnioso; Manuel, que no quiso dejar ni un instante al público en aquel bárbaro error; Manuel, que vió todavía arrodillada mucha gente ante la santa Efigie, arrodillóse tambien de pronto, en medio de su veloz carrera, fingiendo, con la rapidez y la astucia propia de los dementes, un tardío homenaje al Niño de la Bola.

Quedó, por lo tanto, guarecido bajo el sagrado toldo aquel pobre frenético, que á todos les pareció un pecador arrepentido...—Así lo decia el ufano semblante de los portadores del palio... Así lo decia la emocion religiosa del concurso...—Y, como á todo esto la Procesion se habia parado, contenida y revuelta por tan dramáticos accidentes, hubo tiempo de que la multitud, en renovadas olas, acudiese á contemplar el maravilloso espectáculo de aquel hombre salvaje y feroz, de aquel que poco ántes fué calificado de asesino, de aquel furioso que traia asustada desde la víspera á toda la ciudad, postrado debajo de las andas del Niño Jesus, humillada la frente, oculta la faz entre las manos, en la actitud de la más humilde penitencia...

En poco estuvo, sin embargo, que se desvaneciera la ilusion del público y se conociese que Manuel no era en aquel instante un pecador contrito, ni mucho ménos...—Lo decimos, porque entónces ocurrió que la madre de la Dolorosa y la dueña de la casa trataron de quitar del balcon á la angustiada jóven, próxima á perder el conocimiento, visto lo cual por Manuel (desde el suelo en que mañosamente estaba acechando la ocasion de proseguir su amoroso avance), sintió un nuevo vértigo de furor y de locura; irguióse, no del todo y con mucha cautela, y deslizó un pié en aquella direccion, como el tigre adelanta las manos para dar el salto...

—¡Detenedlo! ¡detenedlo!—exclamaron los que estaban más próximos, haciéndose hácia atras.

Manuel arrojó á los que tal decian una mirada y una sonrisa espantosas, y, sin acabar de erguirse, y volviendo la cara á un lado y otro, como para impedir que lo detuviesen, avanzó resueltamente hácia el balcon...

Pero entónces oyó tronar sobre su cabeza una voz terrible que le decia con indignado acento:

—¿Á dónde vas, desagradecido? ¿Por qué no quieres verme? ¿Qué daño te he hecho yo con amarte?

Y al mismo tiempo vió que una especie de montaña de oro le cerraba el camino, interponiéndose entre él y la casa que iba á asaltar.

Era el corpulento D. Trinidad Muley, el Cura de Santa María, el Preste de la Procesion, revestido con capa pluvial de tisú de oro y plata, hecha como de molde para lucir sobre su ámplia y majestuosa figura.

Manuel, en medio de su delirio, lanzó un sollozo de amor y melancolía al encontrarse cara á cara con el digno sacerdote, con su antiguo protector, con su segundo padre, con el sér á quien más debia en el mundo, y le besó las manos y el rostro entre las exclamaciones de entusiasmo y tiernas lágrimas del gentío.

—¡Déjame! ¡Aparta! (decia entre tanto el experto D. Trinidad.) ¡La Procesion no puede detenerse!—¡Te repito que eres un ingrato! ¡Cerrarme la puerta de tu casa! ¡Desairarme delante de todo el pueblo!

Á todo esto Soledad habia desaparecido.

—¡Perdon, señor Cura!—balbuceó Manuel, avergonzado de haber ofendido á su bienhechor.

—¡Déjame! ¡no quiero verte!—replicó D. Trinidad, fingiéndose cada vez más furioso.

—No me rechace usted, señor Cura... (insistió el jóven.) ¡Piense usted que soy muy desgraciado! ¡No aumente mi desesperacion con sus desprecios!

—Pues entónces... ¡agárrate, y sígueme! (contestó su antiguo padrino.)—Pero cállate ahora... Aquí no se puede hablar...—¡Señores! ¡adelante con la Procesion!

Y, al decir esto, el Párroco alargaba á Manuel un pico de su capa pluvial, de cuya fimbria se cogió maquinalmente aquel pobre enfermo tan necesitado de verdadero cariño.

Y la Procesion se puso en marcha; y, en pos de ella, D. Trinidad Muley, cantando estentóreamente y mirando de reojo á Manuel para que no se soltase; y, en pos de D. Trinidad, el terrible jóven, asido á la sacra vestidura; y, en pos de la rescatada oveja (frase de D. Trajano), un gentío inmenso que gritaba:

—¡Viva el Niño Jesus!

—¿Qué diablos es eso?—preguntaban en tanto muchas personas desde los balcones más distantes.

—¿Qué ha de ser? (respondian desde la calle algunas voces.)—¡Que Manuel Venegas iba á matar á la Dolorosa, cuando de pronto ha caido de rodillas debajo de las andas del Niño Jesus, y luégo ha echado á andar detras de la Procesion!...—¡Mírenlo ustedes! ¡Allí va..., cogido de la capa de oro de don Trinidad Muley!

—¡Mentira! ¡no ha pasado así! (exclamaban los discípulos de Vitriolo y los catecúmenos que ya tenian en aquel barrio.) Lo que ha sucedido es que la Dolorosa se ha echado á llorar al ver á su antiguo adorador; que el Padre Cura ha dicho á éste cuatro frescas, por no haberle querido recibir hoy, y que, de resultas de lo uno y de lo otro, nuestro perdona-vidas se ha ido detras de su antiguo amo, como un doctrino, como un borrego, como el último acólito de la Parroquia...—¡Estos son los valientes! ¡Mucho ruido, y luégo... la nada entre dos platos!

—¡Conque ha llorado la Dolorosa! (decia la parte neutra del Coro:) ¡Mala señal para Antonio Arregui!—Los primeros amores son los que privan.—¡Vereis cómo todo esto concluye por donde debió empezar: por entenderse los dos enamorados y por irse Antonio Arregui á la Rioja!—¡Lástima de Fábrica! ¡Hacía un paño tan bueno y tan barato!

En tal momento, es decir, cuando la Procesion estaba ya en la calle de Santa Luparia, y Soledad y su madre se habian marchado por excusadas callejuelas, y todo parecia terminado por aquella tarde, notóse gran agitacion en lo hondo de la calle de Santa María.

—¡Antonio Arregui ha llegado! ¡Antonio Arregui viene! ¡Antonio Arregui está ahí...!—Miradlo... ¡Aquél es! Y ¡qué cara trae!—decian en voz más ó ménos baja muchas personas, señalando á un hombre de buena presencia, que avanzaba muy de prisa por en medio de la calle, con la faz descompuesta por la indignacion, seguido de algunos pilluelos, y fijos los ojos en la casa donde Soledad y la señá María Josefa habian pasado la tarde.

Y entónces fué de ver la maestría con que el público se reparte los papeles y funciona en tales casos sin prévio acuerdo.—Miéntras que unos paraban al furioso riojano y le referian exactísimamente todo lo ocurrido, advirtiéndole que su mujer y su madre política se habian marchado ilesas, y rogándole con cierta sorna que fuera prudente y se encerrase en su casa..., otros echaban calle arriba, á fin de alcanzar á Manuel Venegas y ponerle al tanto de la novedad, con ánimo, sin duda, de acabar tambien pidiéndole que se dejase de trapisondas y evitara un desagradable encuentro con el irritadísimo esposo de su adorada prenda...

Dichosamente, no faltó un alma caritativa mejor aconsejada, que corriera más que estos últimos y dijese oportunamente cuatro palabras al oido á don Trinidad Muley.

—¡Corred, muchachos! (gritó entónces el Cura á los portadores de las andas.) ¡Vamos, vamos! que está oscureciendo...—¡Más de prisa aún, perezosos!—¡Basta por hoy de Procesion!—¡Y tú, Manuel mio, no te sueltes!...—¡Este diantre de capa pesa mil arrobas, y tú estás ayudándome á llevarla!

Tomó, pues, la Procesion un paso como de fuga. Los de las andas, arengados incesantemente por D. Trinidad, atropellaban por todo, sin respeto alguno al órden de la comitiva; los del palio corrian detras de las andas, midiendo el suelo con las varas á grandes trancos, y sacerdotes, seises, bajonistas, cofrades, público y escolta formaban un barullo indescriptible.

—Pero ¿qué ocurre?—preguntaban los muñidores, esgrimiendo sus pértigas...

—¡Nada! ¡nada! ¡Adelante!—respondia D. Trinidad Muley, echando los bofes.

Y, no muy seguro aún de que bastase á su propósito aquella gloriosa huida, llamó al septuagenario Capitan, que marchaba detras de él representando al Ejército; le refirió al oido lo que pasaba en la otra calle, y terminó diciéndole á media voz:

—¡En último extremo, tire usted de la espada!... Pero no pegue usted más que de plano.

Por fortuna, Manuel iba tan ensimismado y abatido, que no reparaba en ninguna de aquellas cosas y se dejaba llevar por el Padre de almas como un ciego por el que ve.

—¿Saben ustedes la novedad?—exclamó en esto un discípulo de Vitriolo, que llegaba á escape en aquel momento y habia conseguido acercarse á Manuel Venegas.

—¡Calla, ó te estrangulo!—rugió sordamente el Capitan, echándole mano al pescuezo y arrojándolo de aquel sitio.

Y, pretextando luégo que no podia andar tan de prisa, se cogió del brazo izquierdo de Manuel, sin perder de vista al feroz discípulo de Vitriolo.

Quedó, pues, nuestro héroe incomunicado con el público; y, de este modo, llevado á remolque por el virtuosísimo Cura y remolcando él al honradísimo Capitan, penetró al fin en la Capilla de Santa Luparia, donde, por pronta providencia, lo encerró D. Trinidad Muley con llave y cerrojo en un reducido despacho dependiente de la Sacristía...

Hízolo á tiempo.—Un minuto despues llegaba Antonio Arregui, seguido de muchas personas, al pórtico de la Capilla, en demanda de Manuel Venegas...

Pero se encontró con el revestido sacerdote, que ya aguardaba descuidado, y que le dijo majestuosamente:

—¡Alto, Sr. D. Antonio!—¡Mi hijo está en sagrado!...—Usted acaba de hacer, con venir aquí, todo lo que cumple á un hombre de honor y vergüenza.—Márchese tranquilo á su casa, adonde yo iré á buscarle mañana, si Dios quiere.

Y, volviéndose luégo á la multitud, añadió con destemplado acento:

—Ustedes... ¡á sus negocios! ¡á cuidar de sus hijos, que harto lo necesitan; y dejen en paz á los desgraciados!

Antonio Arregui besó la mano al Cura sin contestar palabra, y se marchó tranquilamente.

Los grupos se retiraron tambien poco á poco, elogiando en voz alta á D. Trinidad Muley y pensando al propio tiempo en el Baile de Rifa de la siguiente tarde, como el jugador que ha perdido piensa en el desquite.

Y pronto no quedó más que el recuerdo de la inolvidable Procesion de aquel dia, como del fulgente sol que habia iluminado las engalanadas y ya entenebrecidas calles sólo quedaba un vago crepúsculo en los remotos celajes de Poniente.

III.

ÚLTIMO VUELO DE UN PAR DE PERDICES.

No pocos sudores costó á D. Trinidad Muley deshacerse de otras muchas personas que habian entrado en la Capilla y en la Sacristía en pos de ambos Niños de la Bola, y que aún permanecian allí dos horas despues de terminada la Procesion.

Por una parte, los socios de la Hermandad celebraban en la Sacristía la siempre borrascosa Junta en que anualmente eligen aquella noche y en aquel sitio (tomando bizcochos y unas copitas de rosoli) nuevo Mayordomo ó Hermano Mayor; y, por otro lado, centenares de valientes, algo bebidos por cuenta propia, se arremolinaban en la Iglesia, empeñados en hablar al hijo de D. Rodrigo, á fin de ver qué efecto le producian las noticias (que deseaban darle) del regreso de Antonio Arregui y de su hombrada de haber avanzado hasta allí en busca de satisfaccion y desagravio...

Pero el buen Padre de almas se movió de tal modo; fué y vino tanto de la Iglesia á la Sacristía y de la Sacristía á la Iglesia; tuvo tan felices ocurrencias en la Junta, y suplicó en tan sentidos términos á la otra gente «que se apiadase, siquiera por aquella noche, del pobre Manuel Venegas, en vez de aumentar sus acerbos disgustos», que al cabo logró, cerca ya de las ocho, verse libre de los Cofrades y del último calamocano, bravucon y cócora...—Púsose entónces los hábitos de calle; dió al Sacristan, en voz muy baja, algunas órdenes que parecian importantísimas; apretó la cara cuanto pudo, como para tener aire de muy enfadado, y pasó á poner en libertad á su prisionero.

¡Cosa rara, ó que por lo ménos no se aguardaba D. Trinidad!—Manuel estaba escribiendo pacíficamente en un bufetillo que allí servia para apuntar nacimientos, desposorios y defunciones.—Hallábase muy tranquilo (tal vez demasiado), y en aquel instante firmaba un largo papel que habia escrito. Cerrólo con toda calma, sin darse por entendido de la entrada del Sacerdote, como quien hace una cosa tan buena que le releva de vanas cortesías; guardóselo en el bolsillo, uniéndolo á otros que tenía en él, y entónces, y sólo entónces, fijó los ojos en el estupefacto y taciturno D. Trinidad.

Este apretó más y más el rostro, al ver que aquella mirada no expresaba arrepentimiento y mansedumbre, sino mero cariño, desnudo de alegría, y la calma de inalterables resoluciones... Pero, como ni áun así consiguiese intimidar á Manuel, volvióle la espalda de un modo brusco, y se puso á examinar el techo, donde maldito lo que habia que pudiera llamarle la atencion.

El jóven sonrió dulcemente, y se adelantó hácia su protector con los brazos abiertos.

—¡Déjame!—exclamó el voluminoso Cura, mudando de sitio.

Pero Manuel consiguió alcanzarlo; abrazóle por secciones, no sé si con filial ó con paternal confianza, y al fin le dijo, en són de blanda réplica, como siguiendo la conversacion iniciada cuando se encontraron:

—Tambien yo tenía deseo de hablar con usted, y, en prueba de ello, pensaba ir esta noche á su casa.

—¡Á buena hora!—refunfuñó el Cura.

—Queria, entre otras cosas (prosiguió el jóven, con aquella apacible ingenuidad de niño que hacía olvidar sus arrebatos de fiera), entregarle á usted un papel que escribí hoy al mediodía y que ahora mismo acabo de reformar.—En el bolsillo lo llevaba esta tarde, y en él lo habria encontrado la Justicia, si mi destino hubiera sido morir en la calle de Santa María de la Cabeza.

—¡Morir! (contestó ásperamente D. Trinidad, sin dejar de mirar al techo.) ¡Ya empiezas con tus palabrotas, á fin de aturdirme! ¡Mejor harias en explicarme por qué no me has recibido esta mañana!—¡Qué vergüenza! ¡Verme desairado por tí delante del público!—Pues ¿y lo que has hecho con la pobre Polonia?—¡Dos veces seguidas ha regresado á casa llorando tus desprecios!...

—Perdóneme usted, señor Cura... (respondió Manuel con suma tristeza.) Hoy he estado mal... muy mal...—Desde anoche no he sido dueño de mí mismo.

—¿Y ya? ¿lo eres?—preguntó D. Trinidad, poniéndose de perfil y mirándole con un solo ojo, como las aves.

Manuel inclinó la cabeza, y no respondió.

—¡Quedamos enterados! (repuso con amargura el Sacerdote.) ¡Ea! ¡Vámonos á casa..., suponiendo que quieras venir á saber si se ha hundido tu antiguo cuarto y á desenojar á Polonia!...

—¡Vamos, sí!...—respondió el jóven afablemente.

—Saldremos por la puerta del Cementerio, á fin de que no nos vea nadie,—dijo D. Trinidad, rompiendo la marcha.

Su antiguo pupilo lo siguió como un autómata.

Y pronto se hallaron en una especie de corralon cubierto de altas hierbas, entre las cuales blanqueaban muchos huesos á la luz de la luna.

Manuel se quedó parado en mitad de aquel estercolero de la vida, tal vez comparándolo con el infierno de su alma, y cayó en una profunda meditacion.

—¿No vienes?—le dijo el Cura desde la puerta que daba salida al campo.

El jóven paseó una mirada por el suelo, como despidiéndose de aquella paz, ó eligiendo sitio para gozar de ella, y salió en pos del Sacerdote.

Mucho anduvieron, rodeando en torno de la Ciudad, en busca del portillo más cercano á la casa del Cura, sin que en todo este tiempo volviesen á hablar palabra. Pero, al ir á penetrar ya en poblado, por un callejon que formaban las ruinosas tapias de dos huertos, acortó el paso D. Trinidad, para que se le incorporase el jóven, y murmuró sordamente y más enojado que nunca:

—¡Lo mismo que el escándalo de esta tarde!— ¡Me lo han contado todo! ¡Has querido matar á una pobre mujer!...

—¡Miente quien lo haya dicho!—exclamó Venegas, deteniéndose lleno de furia.

Y luégo añadió, con otra clase de rabia:

—¡Ojalá me hubiera atrevido á hacerlo!

—¿Qué dices, hombre de Lucifer?

—Digo que yo no he tratado de matar á Soledad esta tarde...—Lo tenía pensado; pero no pude... Me faltó valor...; me sobró cariño...; ¡y esa es mi pena! ¡ese es mi espanto!—¡Sus lágrimas me han agujereado el corazon, como si fueran plomo derretido!...—Conozco que no puedo con ella... Es superior á mí... ¡Está perdonada!

El Cura respiró; pero interrogó todavía:

—Pues entónces: ¿á qué ibas esta tarde á escalar su balcon?

—¡Á qué! (respondió el jóven con espantosa naturalidad.) ¡Á irme con ella!... ¡á recobrarla!... ¡á redimirla de su cautiverio!—¿No sabe usted que me quiere? ¿No sabe usted que lloraba al mirarme?

D. Trinidad se hizo á sí propio una especie de seña, como diciéndose: «Por este lado estamos bien: la vida de Soledad no corre peligro»...

Y se embozó en el manteo con cierto aire de satisfaccion, y exclamó en voz alta:

—¡Adelante con los faroles!—Polonia dice bien: á tí te falta un tornillo en la cabeza.

Y penetró en la Ciudad.

Manuel vaciló un punto entre seguir al Cura ó escaparse, como temiendo nuevos y más comprometidos interrogatorios; pero al fin se decidió por lo primero, y marchó en pos de él, aunque á tres ó cuatro pasos de distancia.

De este modo llegaron á la casa-curato, á cuya puerta aguardaba Polonia, llena de susto y curiosidad.

—¡Gracias á Dios! (exclamó al ver á su antigua cria, y sin reparar en Manuel.)—Conque dime, niño, ¿qué hay? ¿Es verdad lo que se cuenta?

—¡Cállate!... que ahí viene...—respondió el Cura.

—¿Quién?

—Míralo.

Polonia, que no habia estado en la Procesion, tardó en reconocer al hijo de D. Rodrigo; pero, cuando cayó en la cuenta de que era él, avalanzóse á su cuello y le llenó el rostro de besos y lágrimas.

Manuel correspondió afectuosamente á aquellas caricias; pero no contestó casi nada á las innumerables preguntas de la buena mujer.

—Déjalo, Polonia... (dijo D. Trinidad:) Nuestro ahijado no está bien de salud...—Pon luz en mi despacho, y cuida de que nadie nos interrumpa...

—Entiendo... entiendo... Quieren ustedes estar solos... (se fué rezando el ama de llaves.)—¡Pues señor, viene más loco que nunca!...—¡Qué lástima! ¡Un hombre tan guapo!...—Porque ¡cuidado si está el chico que da gloria verlo!

Constituidos en el despacho D. Trinidad y el jóven, principió aquél á pasearse en silencio, miéntras que éste miraba con infinita melancolía los pobres enseres, para él tan conocidos, del virtuoso Párroco.

Nada faltaba ni nada nuevo habia en aquella habitacion: dijérase que los últimos ocho años no habian pasado por ella. ¡Todo era igual y estaba en el mismo sitio que siempre, recordando el dia tristísimo, y mucho más distante, en que entró allí por primera vez, cogido de la mano del caritativo sacerdote!...

¡Bendita igualdad la de aquel alma y bendito reposo el de aquella vida que no tenian más caudal que la virtud ni más goces que los del prójimo!—¡Envidiable suerte la de aquel hombre!

D. Trinidad, que en medio de todo era muy ladino, se puso al cabo de estos pensamientos de Manuel, y lo dejó empaparse bien en ellos, juzgando que no podrian ménos de serle saludables; hasta que, transcurridos algunos minutos, le dijo, aparentando indiferencia:

—¿Conque de todos modos pensabas venir por esta humilde casa?

—Sí, señor,—respondió el jóven como despertando de un sueño.

—Y ¿se puede saber á qué?

—Ya se lo indiqué á usted hace poco: á entregarle unos papeles...—Y tambien á liquidar cuentas de cariño... Á despedirme de usted y de Polonia...

—¿Despedirte?—¡Pues qué! ¿te marchas?—¡Harias perfectísimamente!

—Puede decirse que me he marchado ya... (contestó Manuel con lúgubre acento.) Desde anoche no pertenezco al mundo. El huracan de la desventura me ha envuelto en sus alas, y, cuando salga por esas puertas, todo habrá concluido entre usted y yo...

—Comprendo... comprendo...—murmuró don Trinidad muy disgustado.

Y, cambiando en seguida de tono, lo cual era uno de los principales recursos de su oratoria, añadió familiarmente:

—Á propósito de liquidaciones...—Tambien yo tengo que arreglar contigo una cuentecilla, no de cariño, sino de dinero...—Se trata de algunos maravedises (cosa de veinte mil reales) que me fuiste entregando cuando trabajabas en la Sierra...—Míralos aquí..., en esta alcancía, cuyo rótulo dice: «Dinero perteneciente á mi hijo adoptivo Manuel Venegas, que me lo dejó en depósito»...

Y, miéntras así hablaba, habia sacado del cajon del bufete, y puesto sobre la mesa, una enorme hucha de barro encarnado.

Manuel apreció, en medio de su aturdimiento, todo el valor de aquel golpe, y exclamó sumamente conmovido:

—¡Ese dinero es de usted!—Yo no se lo dí para que me lo guardara...

—Ya lo sé: me lo diste para que aumentase el culto del Niño Jesus y para que atendiese á tu manutencion. Mas, como yo hice lo primero á mis expensas, aunque por cuenta de tu alma, y lo segundo no tenía hechura de ningun modo (pues era privarme del gusto de sostenerte de balde, á fuer de padre que sostiene á su hijo), resulta que este dinero es tuyo, y tan tuyo, que te lo habrias llevado cuando te marchaste á América, si hubieras tenido la atencion de despedirte de mí...

Manuel respondió noblemente:

—Y yo lo acepto hoy, mi querido padre, para que nunca diga usted que he querido escatimarle mi agradecimiento. En cambio (y pues de dinero hemos llegado á hablar), diré á usted ahora lo que pensaba decirle por medio del papel que escribí esta mañana y he reformado esta noche...—Aquí lo tiene usted.—Es, como si dijéramos, mi testamento, y en él lo instituyo á usted mi heredero fideicomisario, para que disponga libremente de mi caudal, así en provecho suyo como de los pobres, despues de pagar un millon de reales á los herederos de D. Elías Perez y de entregar un legado de mil onzas á nuestro amigo el veterano Capitan, compañero de armas de mi buen padre.—Para todo ello, en esta cartera hallará usted letras á su favor contra las casas de banca de Málaga en que tengo colocada mi fortuna.—Tambien digo en mi testamento que, cuando yo muera, se entregue á usted cuanto quede en poder mio, así de dinero como de alhajas y otras cosas.—¡No dirá que soy desprevenido!...—Conque tome usted, y guarde esto, en lugar de esos benditos mil duros.

D. Trinidad lloraba en silencio desde que Manuel empezó á hablar de aquel modo; pero, cuando éste hubo terminado, exclamó con tanta furia como dolor:

—Está muy bien... ¡Trae acá!... ¡Celebro que tu cabeza se halle tan en caja!—Ya volveremos á tratar de este asunto en mejor ocasion...

Y se metió en el bolsillo el papel y la cartera que le alargaba el jóven.

En seguida, tornó á sus paseos, limpiándose los ojos con el revés de la mano, y tratando de recobrar la serenidad.

De pronto, se paró en medio del despacho, y dijo:

—Supongo que tú no eres de los que hacen la heregía de matarse...

—Supone usted bien... (se apresuró á contestar el hijo de D. Rodrigo.)—¡Nunca se me ha ocurrido semejante idea!

—¡Ya lo creo! ¡Eres tú demasiado hombre para hacer una cosa que va contra la naturaleza y contra Dios!—Ningun sér criado se suicida, fuera de algunas tristes excepciones de la especie humana, faltas de valor para sufrir y de religion para esperar...—Cuando el hombre no es la mejor de las criaturas, es la peor.—¡No hay término medio!

Dichas estas palabras, D. Trinidad continuó paseándose, no sin hacerse otra seña á sí mismo, cual si se dijera: «Seguimos adelantando terreno: tampoco hay nada que temer por este lado.»

Reinó un minuto de insostenible silencio.

—Conque á despedirte... ¿eh? (rezó al fin el Cura, dando vueltas por la habitacion y mirando al suelo.) ¡Y, sin embargo, no te marchas, ni te suicidas!...—Pues, señor: ¡hay que desencantar este asunto!

Y plantóse delante de Manuel, con la cabeza caida sobre un hombro, los brazos á la espalda y el abdómen en completa exhibicion; miróle de hito en hito con sus ojos de santon marroquí, llenos al par de valentía, de fanatismo y de paternal afecto, y, cimentando la pregunta, por vía de exordio, en una barrigada cariñosa, que obligó al jóven á dar un paso atras, díjole nobilísimamente:

—Vamos claros, Manolo: ¿qué piensas hacer?—Aquí estamos dos hombres honrados y de vergüenza...—¡Dime la verdad como siempre!

—Déjeme usted, señor Cura... (exclamó el pobre Venegas con verdadero espanto, y muy arrepentido de haber entrado allí.) ¡Yo no puedo responder á eso!...—Permítame que me vaya... Tengo fiebre... Necesito reposo...

—¡Malo! (replicó D. Trinidad muy ofendido.) Tú no me quieres... ¡Tú me desprecias!—Á tí se te ha olvidado la noche en que fuí á sacarte de la alcoba en que murió tu padre... Tú no te acuerdas tampoco de tu padre, de aquel hijodalgo, de aquel espejo de caballeros, incapaz de pensar cosas que no pudiera decir...

—¡Que no lo quiero á usted! (prorumpió el jóven, herido tambien en su dignidad.) Pues, ¿por qué estoy aquí, cuando el infierno me está llamando?—¡Que no me acuerdo de mi padre!...— ¡Ojalá fuera cierto!—Pero yo soy como soy... ¡Déjeme usted seguir mi aciaga estrella!

—¡Vamos á ver!... Y ¿cómo eres? (¡Las cosas hay que decirlas con sus nombres!) ¿Eres un criminal? ¿Eres un asesino? ¡Tú, el hijo de D. Rodrigo Venegas! ¡Tú, el ahijado de D. Trinidad Muley!—Respóndeme, hombre... ¡Ten valor para decírmelo!

Manuel miró asombrado á D. Trinidad.

—¡No me respondes! (prosiguió éste.) ¡Luego no estás contento de tus planes! ¡Luego te condenas á tí mismo! ¡Luego te abrazas al mal á sabiendas!...

—Y ¿qué es el mal? ¿Qué quiere decir malo? ¿Qué quiere decir bueno? (gritó Manuel bruscamente.) ¡Hace tiempo que me lo pregunto!...

—¡Hola! (exclamó D. Trinidad con mucha gracia.) ¡Tú tambien te metes en esas honduras!—Pues yo te contestaré.

Y, cual si para hacerlo hubiese tenido que penetrar en lo más sagrado del virtuoso corazon que le servia de Biblia, inclinó la frente y cruzó las manos con no sé qué seráfica reverencia, hasta que al fin destilaron sus labios estos dulcísimos conceptos:

—Malo... es todo lo que se hace sin alegría en el fondo del alma. Malo... es querer gozar ó lucirse á costa de la dicha ajena. Malo... es temerle al dolor hasta el punto de causárselo al prójimo. Malo... es amarse uno á sí mismo más que á los que lloran demandando piedad. Malo... es preferir vengarse á complacer á un sacerdote. ¡Malo... es lo que tú haces conmigo en este instante!—Y bueno... es... ¡lo bueno! La misma palabra lo dice.—Bueno... es, por ejemplo, padecer con gusto, para que los demas no padezcan; llorar de alegría cuando se ha quitado uno el pan de la boca para dárselo á otro; sacrificarse generosamente; perdonar..., vencerse, huir, morirse para que otros vivan...—En fin, yo me entiendo, y tú me entiendes.—¡Sobre todo, Manuel, lo que es muy malo, lo que es detestable, es bajar los ojos, como tú los bajas, huyendo avergonzado de tu propia conciencia, que se asoma á ellos á darme la razon!...—¡Y, si no, mírame cara á cara, con tu antigua valentía de leon inocente y noble, no con la torva ferocidad de tigre carnicero..., á ver si tienes entrañas para decirme que hay algo en el mundo que tú me puedas negar, empezando por la vida; á mí, que te quiero como un padre; á mí, que te daria mi sangre entera, si la necesitaras; á mí, que te pido perdon con estas lágrimas; perdon para otros hijos mios, perdon para tus prójimos, perdon en nombre de Jesus Crucificado!

—¡Señor Cura! (respondió Manuel con varonil emocion.) Mi vida es de usted.—Yo se la doy con gusto...—Pero máteme ahora mismo.

—Es que yo no te pido la vida... Yo te pido más y ménos: yo te pido el sacrificio de tu amor propio, el sacrificio de tu terquedad y de tu soberbia... En una palabra: yo no quiero tu sangre: yo quiero que mates en ella tu amor á Soledad y tu ira contra Antonio Arregui...

—¡Y que viva despues!—¡Imposible!—Piénselo usted bien, señor Cura, y verá cómo eso es imposible.

—¿Imposible sacrificarse y vivir?—¡Qué sabes tú! (replicó D. Trinidad con una sonrisa verdaderamente santa.)—¡Entónces es cuando se vive!—Ni ¿dónde estaria el sacrificio, si no se siguiera viviendo?—¡Creeme, hijo mio: es una gran vida la del que ha padecido y padece en provecho de otros! ¡Dios centuplica este provecho y lo derrama como un bálsamo celestial sobre el corazon del sacrificado!—¡Te sonries con tristeza! ¿Crees que te hablo de memoria? ¿Crees que yo no soy hombre? ¿Crees que soy de cal y canto? ¿Crees que no he batallado con mis pasiones?—Pues escucha.—Tenía yo veintidos años... Habia en el mundo una mujer á quien amaba tanto como tú á Soledad, y que me pagaba con igual cariño... Pensábamos casarnos, y mis padres entraban gustosos en ello.—Pero mi padre murió de pronto, llevándose la llave de la despensa, y mi pobre madre enfermó de tanto trabajar por sacarnos adelante...—De ocho hermanos que nos juntábamos, yo era el mayor... Luégo seguian cuatro hermanas... Luégo tres hermanos pequeños...—Aunque yo trabajaba de dia y de noche en una alfarería, en mi casa llegó á faltar el pan; pues mis fuerzas no daban abasto para todos...—«¡Para todos!» (repara bien en esto); que lo que es para mí, y para poder casarme, ganaba ya lo suficiente hacía tiempo.—El Prelado de entónces se compadeció de nuestros apuros, y, vista mi devocion á la Santísima Vírgen, ofreció darme un buen curato, si me ordenaba, y desde luégo una buena cóngrua.—Mi madre, que veia perecer á sus hijos, pero que conocia tambien el estado de mi corazon, lloraba al proponerme aquella idea...—Y ¿qué dirás que le respondí?—¡Pues respondí Amén, abrazándola y consolándola, cuando yo era quien necesitaba consuelo!...—Y renuncié á mi Soledad, que era tan hermosa como la tuya... Y me despedí de ella para siempre..., llorando los dos; pero los dos muy contentos en medio de todo, porque no teníamos nada de qué avergonzarnos y sí mucho de qué enorgullecernos... Y canté misa... ¡Y Dios me ayudó! ¡Y aquí me tienes!—¿Crees que no he padecido despues? ¿Crees que no me costó trabajo al principio volver la cara á otro lado cuando me encontraba á mi antigua novia? ¿Crees que no he llorado lágrimas de sangre?—Pero ¡cuán dichoso en mi dolor!—Mi madre murió bendiciéndome, al ver á todos sus hijos en la abundancia, gracias á mi proteccion y ayuda. Mis hermanas se casaron ventajosamente. Mi hermano Andrés es Sacristan de San Gil. Á Francisco lo libré de quintas, y hoy es maestro de escuela. Tomás tiene ya una galera y dos carros, y se está haciendo rico traficando con los pueblos de Levante.—Mi misma novia se casó y ha tenido hijos... ¡Y yo, Manuel, yo, el que soñaba con tenerlos tambien, el antiguo enamorado, el que nació para mandar un Regimiento y para todo lo que hacen los hombres, he vivido vistiéndome por la cabeza como las mujeres, he tragado saliva, he castigado mi carne como á una bestia mala y rebelde, y aquí me tienes, digo, lleno de orgullo y de alegría, más feliz que todos mis hermanos, más gozoso que si hubiera hecho mi gusto casándome con aquella mujer, más feliz que todos los Reyes y Emperadores de la tierra, al poderte decir, en presencia de Dios, que he triunfado de mí mismo; que no recuerdo ni un pensamiento mundano de que abochornarme; que he cumplido todos mis votos; que pueden enterrarme con palma como á las monjas!—¿Me repetirás todavía que no es posible sacrificarse y vivir?

Manuel miró profundamente á aquella especie de coloso africano que tales cosas decia á los cuarenta y ocho años de edad, y no pudo ménos de tributarle el homenaje de su admiracion.

—No soy yo tan grande... (repuso luégo), ó mi cariño á Soledad es mayor que el que tuvo usted á aquella mujer.—¡Yo no puedo vencerlo!... Yo conozco que no lo venceré nunca.

—Porque no quieres...

—¡Sí quiero! Es decir, quiero querer...—Pero no puedo.

—¡Sí puedes! Aunque rarísimas circunstancias han hecho de tí una especie de fiera, tu corazon es de hombre, y el corazon del hombre, cuando sigue el ejemplo de Cristo, tiene más bríos que todos los leones y elefantes del universo.—El valor de humillarse, de vencerse, de renunciar á sí mismo es el verdadero valor.—Y tú no debes de carecer de él... En medio de todo, tú eres bueno; tú lo eras cuando muchacho; tú te pareces mucho á tu padre... ¡á tu padre, que murió voluntariamente por su honra!

—¡Por mi honra quiero morir yo! (replicó Manuel con viveza.) Hace ocho años contraje un compromiso de honor delante de todo el pueblo: hace ocho años juré matar al que se casase con mi adorada... Ha habido quien se atreva á recoger mi guante: la Ciudad entera tiene los ojos fijos en mí... ¿Qué puedo hacer? ¿qué debo hacer, para no quedar en ridículo, para que no se rian de mí todos los que siempre han temblado en mi presencia?

—¡Es muy sencillo!—Arrepentirte del mal propósito: renegar de tu juramento.—¡Yo te relevo de él!

—No me basta.

—Soy Sacerdote...

—¡No me basta! Lo engañaria á usted si le dijese lo contrario.—Yo necesito ir mañana á la Rifa, á sostener mi emplazamiento. Si Soledad y su marido no están allí; si no acuden á la citacion pública que les haré oportunamente, ofreceré oro, mucho oro, todo el oro que he traido conmigo, por bailar con la señora de Arregui.—La Cofradía no podrá entónces ménos de ir á buscarla...—Si la lleva sola, no se la devolveré á su marido: si su marido va con ella, lo mataré; y, si no se presenta ninguno, ¡iré á buscarlos á su casa!

—¡Jesus! ¡qué horror! (exclamó D. Trinidad.)—¿Y Dios? ¿y las leyes? ¿y la Justicia? ¿Crees tú que no hay Autoridades en este pueblo? ¿Crees que sigues entre salvajes?

—La Justicia llega siempre despues. ¡Ese es cuidado mio! Yo haré que cuando acuda, esté ya bien muerto Antonio Arregui.—En cuanto á las leyes, Soledad puede infringirlas como tantas otras mujeres enamoradas, yéndose conmigo al fin del mundo.—Y por lo que toca á Dios, en su mano tiene el matarme ahora mismo... ¡En su mano tuvo no hacerme tan desventurado!

—¡Es abominable todo lo que piensas; todo lo que dices!... (replicó D. Trinidad con imponente acento.) ¡Me horrorizo de haberte criado! ¡Conque nada soy para tí! ¡Conque desprecias mis lágrimas!—¿Quieres, tal vez, que me ponga de rodillas?

—No, señor Cura.—Lo que quiero es que usted, tomándome como quien soy, y no pidiéndome milagros de santidad, me diga qué puedo hacer en el estado en que se halla mi corazon y despues de las palabras empeñadas...—¿Quiere usted que me mate? ¿Quiere usted que me vuelva loco?

—¡Loco estás ya! (repuso el Cura.) Si no lo estuvieses, comprenderias que lo que debes hacer es irte del pueblo...

—¿Á dónde? ¿Á qué?—preguntó el jóven con infinita angustia.

—¿Á dónde? ¡Adonde has estado ocho años!—¿Á qué?—¡Á servir á Dios y no al demonio! ¡Á ser hombre de bien, á ayudar á tus semejantes, á convertir en flores todas las espinas que atarazan tu corazon!

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