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El Niño de la Bola

LIBRO IV. (continued 2)

Reading edition

—¡Usted es el que sueña, D. Trinidad! ¡Me dice usted que ha amado, y luégo me propone eso!—¡Usted no ha amado nunca, ni sabe lo que es amor!—¿Á dónde iria yo con la sombra de mi sér, dejándome aquí el alma de mi alma? ¿Para qué viviria? ¡Ocho años me he mantenido de la esperanza de volver á este pueblo, de la esperanza de encontrar á Soledad! ¿De qué me mantendria ahora?—¡Acaba usted de hablarme de Dios!... Pues oiga usted una sentencia dictada por Dios el dia que me echó al mundo: «Para Manuel Venegas no habrá más mujer, ni más dicha, ni más cielo que Soledad»...—Yo he dado por dos veces la vuelta á la Tierra: he visto mujeres, muchas mujeres, algunas tenidas por divinidades, en Circasia, en Grecia, en Cuba, en el Perú...—Para mí no eran ni divinidades ni mujeres: no eran nada: eran á lo sumo la ausencia de Soledad... ¡cosa para mí tristísima y abominable!—Así es que apartaba los ojos de ellas y seguia mi peregrinacion.—Es decir, padre Cura, que yo he ido más allá que usted.—Yo, ni ántes de consagrar mi alma á Soledad (y se la consagré á los trece años), ni despues de aquel dia, ni en esta Ciudad, ni en la ausencia, le he faltado ni con el pensamiento...—¡Tambien he sido yo fiel á mi religion! ¡Tambien he sabido cumplir mis votos!

—¡Y la pícara te ha pagado bien!—profirió el clérigo, tocando otro registro, para ver de desengañar á aquel idólatra.

Este se llevó una mano al corazon, como si acabase de recibir en él una puñalada; pero luégo se repuso, y exclamó valerosamente, mirando á su segundo padre con la impavidez del fanatismo:

—No me ha pagado bien: ¡pero la quiero más que nunca!

D. Trinidad retrocedió lleno de asombro.—Dijérase que el último golpe con que pretendió anonadar á su antagonista le habia herido á él de rechazo, quitándole muchas ilusiones.—Manuel estaba todavía entero... ¡Aquella larga conversacion habia sido inútil!

Pero el esforzado Sacerdote no se abatió. Ántes pareció recogerse en sí mismo, como para cambiar su plan de batalla. Derrotado en la primera línea de operaciones, conocíase que se replegaba y fortificaba en la segunda, apelando á los recursos supremos, ó sea á las fuerzas de reserva, que oportunamente habia preparado ántes de salir de la Capilla de Santa Luparia.—Todo esto se dedujo, por lo ménos, de sus palabras y determinaciones, á partir del instante en que Manuel articuló aquella formidable respuesta.

—Pues, señor... ¡Noche toledana! (dijo, dándose en el cuerpo algunas palmaditas, como quien se compadece á sí propio.)—¡Polonia! ¡Polonia! ¡tráeme el manteo de abrigo!—¡Vaya con el hombre! ¡Vaya un pago que me guardaba para la vejez!—¡No concederme nada! ¡Dejarme hablar y hablar, y luégo negarse á todo! ¡Decirme á mí que el homicidio y el adulterio son indispensables!—¡Y para esto lo crié! ¡Para esto lo he querido tanto!

Así hablaba D. Trinidad, sin mirar á su antiguo pupilo, el cual oia aquellas palabras con más emocion y sobresalto que todos los anteriores discursos. Conocíase tambien que éstos, aunque tan briosamente contradichos, seguian resonando en su alma; y, por resultas de todo ello, se adelantó hácia el sacerdote y le dijo con amorosa reverencia:

—¿Qué va usted á hacer? ¿Para qué pide el manteo? ¿Va usted á salir?

—¡Sí, señor!—respondió D. Trinidad muy desabridamente.

—Pero ¿á dónde va usted?

—¿Á dónde he de ir? ¡Adonde me llama mi obligacion de cristiano! ¡Á impedir esos delitos que (segun me anuncias) van á cometerse! ¡Á no dejarte ni á sol ni á sombra; á seguirte á todas partes; á pasar contigo el resto de mi vida, aunque me arrojes de tu lado á puntapiés, aunque me reduzcas á pasar las noches sentado á la puerta de tu casa!...—¡De este modo, tendrás que saltar sobre mi cadáver para hacer las valentías que me has dicho, y será más completa tu obra!...

Manuel retrocedió espantado.

Al mismo tiempo entró Polonia en el despacho, llevando el manteo de abrigo de D. Trinidad, y diciendo muy asustada:

—¿Va usted á la calle á estas horas?

—¡Sí, hija, sí! ¡á la calle! ¡y al infierno, si es menester!—No me esperes esta noche.

—Pero, señor Cura... ¡Eso es tirarse á matar! (exclamó la antigua nodriza).—Anoche se recogió usted á las tantas, muerto de fatiga, despues de haber corrido por el campo muchas horas...

—¡Buscándote!...—entrerenglonó D. Trinidad, dando un codazo á Manuel, y sin mirarlo.

—Y esta mañana (continuó Polonia) se levantó usted con estrellas, y desde entónces no ha parado un momento, con tantas funciones en la Parroquia, y tantos jaleos como ha habido en la calle... por culpa de quien yo me sé...

—¡Qué quieres, hija! (pronunció el Cura, haciéndose el chiquito:) ¡No hay más remedio que arrimar el hombro hasta que le toque á uno reventar y caer!...—Acuéstate tú, y descansa, que tambien has trabajado hoy mucho...—¡Pobrecita vieja! ¡Cuánto siento proporcionarte estos sinsabores!—Conque vamos, señor D. Manuel... ¡Usted dirá á dónde nos dirigimos primero: si á buscar á un hombre de bien para matarlo, ó á enamorar á una madre de familias!...

Manuel seguia en un ángulo de la habitacion, vuelto de espaldas á D. Trinidad, fijos los ojos en el suelo, y estremeciéndose á cada recriminacion que se desprendia contra él de aquellos discursos. Sobre todo, las últimas frases del Sacerdote, tan sarcásticas y sangrientas, le arrancaron una especie de gemido, cual si le hubiesen llegado al alma.

Polonia replicaba entretanto:

—¡Pero no se marchará usted sin cenar! Son las diez de la noche, y desde la una de la tarde está usted con el triste puchero, que apénas probó...

—Es muy verdad... Pero ¿qué quieres? Las cosas vienen así...

—¡Acuérdese usted de que tiene dos perdices estofadas..., que tanto le gustan!

—¡Ya las huelo..., y, en medio de estos sinsabores, estaba soñando con ellas!...—¡Perdóneme Dios; pero es mi único vicio: cenar bien los dias clásicos!—Sin embargo, quiero demostrar con un ejemplo á este cobarde, que el hombre es dueño de sus pasiones, de sus apetitos, de su voluntad...—Dile á la criada que lleve ahora mismo ese par de perdices, y mi pan, y mi almíbar de cabello de ángel; en fin, todo lo que ibas á darme de cenar esta noche, á la pobre viuda del albañil que se mató el otro dia...—¡Así celebrará con sus hijos la fiesta del Niño Jesus, miéntras que á mí me servirá de alimento el pensar en la alegría de esas infelices criaturas!

—Pero, niño... (observó el ama de llaves á media voz.) ¡Repara en que te vas á caer muerto!—Lo de regalar las perdices está muy bien, y Dios te bendiga por esa idea... Pero toma otra cosa...

—¡Nada! ¡No ceno! ¡Ya está hecho el sacrificio! ¡Veré esta noche la Procesion de las Ánimas..., y Dios querrá premiarme abriéndole el sentido á ese alma de cántaro!...

—¡Esto es demasiado! (gritó Manuel, extendiendo los brazos con desesperacion y acercándose á D. Trinidad.) ¡Usted se ha propuesto matarme, señor Cura! ¡Usted no tiene lástima de mí!...

—¡Pues entónces no sé quién la tiene!... (respondió friamente el Sacerdote.) ¿Será acaso el público, que piensa divertirse á tu costa, como si fuese al teatro á ver una tragedia?

—Lo que digo... (insistió el jóven con ternura) es que cene usted y se acueste...

—En tu mano está el que lo haga...—¡Quédate á cenar y á dormir conmigo!—Si no perdices (porque ya no son nuestras), tomaríamos huevos frescos y jamon crudo; y, en cuanto á cama, por ahí debe de andar tu antiguo catre...

—¡Su cuarto está como lo dejó!...—añadió Polonia con indecible alegría.

—Señor Cura: yo tengo que irme á mi casa...—balbuceó Manuel implacablemente.

—¡Y yo contigo! (repuso D. Trinidad, fingiendo buen humor.)—¡Tú mismo te lo dices todo!...—Conque vamos andando...—Adios, Polonia, ¡hasta que Dios quiera!

—¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Qué va á ser de mí? (gimió el pobre Venegas, resolviéndose á echar á andar.) ¡Yo no contaba con este hombre!

—Espera un poco... (exclamó D. Trinidad, obstruyendo con su cuerpo la puerta del despacho.) Tengo que dar algunos encargos á Polonia.

Manuel se dejó caer en una silla.

D. Trinidad salió con su ama al corredor, y le dijo rápidamente:

—Hay que buscar ahora mismo á la señá María Josefa, en su casa ó en la de su hija...

—¡Ahí la tienes esperándote hace media hora!...—respondió el ama.

—¡Ah! ¡el cielo me la envia!—Voy á hablarle... Quédate tú aquí de centinela; y, si ves que mi prisionero piensa escapar, avísame...—¡Pero no le digas ni una palabra!

Pocos minutos despues, el Cura habia terminado su conferencia con la madre de Soledad, y estaba de vuelta en la puerta del despacho, diciendo al abatido jóven:

—Cuando quieras, podemos irnos...—Estoy á tu disposicion.

—¡Quédese usted, D. Trinidad!...—expuso Manuel, levantándose y en ademan de súplica.

—¡No hay D. Trinidad que valga!...—Adonde tú vayas, voy: si á tu casa, á tu casa... (que es lo mejor que podemos hacer): y, si á correrla, ¡á correrla!—¡Ah! se me olvidaba la alcancía...

Así dijo el denodado Cura, y, cogiendo los antiguos ahorros del jóven, salió resueltamente al corredor, y comenzó á bajar la escalera, no sin exclamar con grandes voces:

—Vamos... ven... y dáme el brazo; que estoy rendido de fatiga...

Manuel inclinó la frente y salió en pos de Don Trinidad, el cual no tardó en aferrarse á su brazo derecho con tal fuerza que hubiera sido muy difícil determinar quién era el robusto y quién el débil; quién el aprehensor y quién el aprehendido.

Por último, ya desde la puerta de la calle, Don Trinidad retrocedió hasta el ojo de patio, llevando y trayendo á Manuel como á un hombre ebrio, y gritó fortísimamente:

—¡Cuidado, Polonia! ¡Que no tardes en enviar las perdices á quien hemos dicho!...

Añadiendo luégo en voz baja:

—Y ¡qué buenas deben de estar las pícaras!—¡Esta Polonia guisa como un ángel!

IV.

LOS NIÑOS Y LOS VIEJOS.

Poquísimas personas encontraron en las calles D. Trinidad y Manuel al trasladarse de una casa á otra, y todas ellas se arrimaron á las paredes, con no ménos susto que respeto, para dejar pasar á aquellos dos maravillosos personajes de que tanto se estaba hablando en toda la Ciudad.

No sucedió, empero, lo mismo cuando, llegados á la Plaza Mayor, tuvieron que cruzar por delante de la célebre botica...

Hallábase ésta á medio cerrar, y en la media puerta que aún dejaba paso á la luz de adentro veíase á Vitriolo, que despedia á sus últimos tertulios, dándoles tal vez instrucciones para el dia siguiente.

Tan luégo como divisaron y reconocieron á la claridad de la luna el interesante grupo que formaban el Cura y Manuel, comenzaron á reir y murmurar en voz baja, y áun los más jóvenes se atrevieron á seguirlos y á pasar casi rozando con ellos, á ver si les cogian alguna frase.

Quedó, sin embargo, defraudada su curiosidad; pues el párroco y su antiguo huésped no hablaron ni una palabra,—como tampoco la habian hablado en todo el camino;—y de este modo penetraron al fin en la antigua casa del Chantre.

Profusamente alumbrada la tenía tambien esta noche la etiquetera Basilia, así como abierta de par en par y con toda la servidumbre en ejercicio, á fin de recibir al señor con los honores debidos á sus grandes riquezas y á la sangre real mahometana de que procedia.

El arriero malagueño (alojado allí con sus tres mulas, y resuelto á no marcharse de la Ciudad hasta despues de la Rifa que tanto le elogiara el mismo Venegas la tarde anterior) hallábase en el patio, haciendo de portero, y saludó con una profunda reverencia al extraordinario personaje con quien habia andado tres largas jornadas sin imaginar que llevaba consigo al terror y asombro de las gentes.

Al pié de la escalera estaba la pérfida Volanta, que no sólo era amiga de Vitriolo y paniaguada de Soledad y de la señá María Josefa, sino tambien duende familiar de Polonia y Basilia; lo cual quiere decir que discurria libremente y con salvoconducto por todos los campamentos, como los traidores y los espías.—D. Trinidad, hombre de clarísimo instinto, la miró con enojo; pero ella le besó la mano, y corrió á ocultarse en las tinieblas, como una garduña en su escondrijo.

Por último: en la primera meseta estaba la ceremoniosa ama de llaves, quien, despues de hacer al hijo de D. Rodrigo los tres saludos de ordenanza, á estilo del reinado de D. Cárlos III, en que empezó á servir, dijo respetuosamente:

—Permítame el señor darle la enhorabuena...—¡En la sala tiene una gran visita aguardándole!

—¿Qué dice esta mujer? (preguntó ágriamente el jóven á D. Trinidad.) Yo no quiero visitas..., á no ser la de D. Antonio Arregui ó la de sus padrinos.

—¡Sube! ¡sube! (contestó D. Trinidad, sonriéndose.) No negaré que el que está en la sala ha venido como padrino; ¡pero es como padrino tuyo!...—¡Ya verás, hombre; ya verás!

Manuel no pudo ménos de apresurar el paso al oir aquellas misteriosas expresiones, con lo que muy luégo penetró en la sala, seguido á duras penas por D. Trinidad Muley.

Un grito de asombro, de dolor y de cólera salió del pecho del infortunado jóven, al ver quién era la anunciada visita... Y un profundo sollozo de pavor y desesperacion lanzó el alma del digno Sacerdote, al observar la actitud airada, irreverente, impía de su antiguo ahijado en caso tan excepcional y solemne...

¡Porque la visita era el Niño Jesus ó Niño de la Bola de la Iglesia de Santa María, el mismo que el jóven adorara tantos años, el mismo que aquella tarde habia salido en Procesion!

¡Allí estaba, en sus andas de plata y oro, sobre un altar improvisado en el testero principal del aposento, vestido de riquísimo tisú, alumbrado por muchas velas, y guarnecido de hermosos ramos de flores naturales!—Servíale de dosel el estandarte de la Hermandad, colgado del techo, y, por último, en medio de la sala, sobre un velador, veíase en una bandeja un papel arrollado á modo de diploma, atado con cintas de colores.

—¿Qué es esto?—¿Quién ha preparado tan irrisoria escena? (preguntó al fin Manuel, encarándose con D. Trinidad.)—¿Se cree que todavía soy un niño? ¿Se cree que todavía soy un imbécil?

El dignísimo Padre de almas estaba desolado. Halló, sin embargo, fuerza bastante para dominar su congoja, y, despues de cerrar la puerta de la sala, dijo al blasfemo con la austera frialdad de un juez:

—Esto no tiene nada de nuevo ni de extraordinario: esto significa que la Cofradía del Niño Jesus, de que eres individuo, te ha nombrado su Mayordomo para el año que viene, y que, siguiendo la antigua costumbre, que tú conoces mejor que nadie, te envia la Santa Efigie, á fin de que more un dia en tu casa y le regales lo que sea tu voluntad, á título de Hermano Mayor; regalo que lucirá mañana á la tarde en el Baile de Rifa.—Pero, áun suponiendo que nada de esto fuera así, ¿cómo no te engríes de ver en tu casa al Niño Jesus, al Hijo de Dios vivo? ¿Cómo no doblas la rodilla y le das las gracias por la altísima honra que te dispensa? ¿Acaso no eres tú su adorador más fervoroso, su más humilde siervo, su devoto más entusiasta?

—No, señor.—respondió Manuel lúgubremente.

—¡Ah infame!—¡Y me lo dices á mí! (prorumpió D. Trinidad con una furia tan grande como su pena.) ¡Y me lo dices delante de Él!

Manuel se cruzó de brazos y no contestó.

—¡Conque es eso lo que has aprendido en tus viajes! (prosiguió el Sacerdote, poniéndole las manos sobre los hombros.) ¡Conque es eso lo que has adelantado al adquirir tantas riquezas!—¡Y querias dejármelas á mí! ¡Y querias que yo las repartiera entre los pobres!...—¡Ni los pobres ni yo queremos nada de un judío!

—Señor Cura... (balbuceó Manuel.) Baje usted la voz...—Yo no soy judío, moro, ni cristiano.

—Pues ¿qué eres, hombre inicuo?

—Yo no soy nada...—repuso el jóven, cerrando los ojos y encogiendo los hombros como quien declara un delito de que no se cree responsable.

—¡Jesus! ¡Jesus!—gritó el Cura con indecible espanto.

Y, alejándose del que tal ofensa le habia hecho, sentóse de medio lado en una silla, dándole la espalda, y comenzó á llorar desconsoladamente.

Manuel añadió con grave acento.

—No he debido ocultarle á usted la verdad. Por eso acaba de oirme decir lo que hasta ahora no habia dicho á nadie.—Yo no hago ostentacion de esta desgracia mia, que debo á crueles enseñanzas del mundo, á lo que he visto en pueblos de diferentes religiones, á lo que he leido en obras que no debieron escribirse...—Respeto mucho, sin embargo, las creencias de los demas, y usted comprende que hubiera sido escarnecerlas aceptar hipócritamente el cargo de Mayordomo de esta Imágen, cuando mi corazon no le rinde ya más culto que el que solemos tributar á los muertos queridos.

—¡Y yo he criado á este hombre! (gimió D. Trinidad con mayor desconsuelo:) ¡Yo lo he llamado mi hijo! ¡Yo lo queria con toda mi alma!—¡Ahora me explico que esta noche haya despreciado todos mis consejos! ¡Ahora conozco que no hay remedio para él! ¿Quién gobierna un barco sin timon? ¿Quién dirige un caballo sin bridas?—¡Estoy vencido! ¡Su perdicion es segura! ¡Ya vivirá á merced del viento de sus pasiones! ¡Ya será del último que llegue! ¡Satanás ha triunfado!—¡Niño Jesus! Oye la súplica de este tu humilde siervo: ¡yo quiero morirme! ¡yo no quiero vivir más en un mundo tan execrable! ¡mátame por favor! ¡llévame contigo! ¡tu Madre Santísima cuidará de Polonia, como Polonia ha cuidado de mí durante cuarenta y ocho años!—¡Qué diferencia entre unos séres y otros!... Ella me crió de limosna, al ver que mi pobre madre estaba enferma y no podia costearme ama... Ella me dió luégo pan, cuando en mi casa no habia bastante para todos... Ella me colocó de aprendiz en la alfarería... Ella me ha asistido de balde, por caridad, desde que mi madre murió y me quedé solo... Ella, en suma, ¡ha sido para mí lo que yo para este desalmado!...—¡Niño Jesus! ¡Vírgen Purísima! ¡Disponed como querais de dos pobres viejos, que nunca han renegado de vosotros; y, si algo bueno hemos hecho en este mundo, sirva de merecimiento para que toqueis al corazon del infortunado Manuel Venegas!

Á fuer de historiadores veraces, debemos decir que esta humilde y mal perjeñada deprecacion conmovió profundamente al jóven descreido, no porque le dijese nada extraordinario, sino porque las piadosas lágrimas de los buenos tienen más fuerza que todos los raciocinios de la filosofía, máxime si caen en un corazon sensible y generoso.—Si don Trinidad hubiese empleado argumentos teológicos, Manuel habria podido contestarle con argumentos racionalistas, como diariamente vemos en el mundo; pero contra el panegírico de Polonia, vg., no cabia ninguna objecion.

Así fué que Manuel se arrimó á su padrino, y le dijo, quitándole las manos de la cara y limpiándole los ojos con el pañuelo.

—¡Vaya, señor Cura! ¡no llore usted más, que sus lágrimas me están asesinando! ¡Considere usted que llevo muchas horas de defenderme de su cariño, de su irresistible bondad, de la dulce miel de su palabra, y que fuera abusar demasiado del amor y del respeto que le tengo, seguir acometiéndome de este modo!

Don Trinidad se apoderó de la mano con que el jóven le enjugaba las lágrimas, y, contemplándolo, entre lloroso y risueño, como un niño mimado, exclamó zalameramente:

—Pero, ¡hombre! Míralo siquiera... ¡No lo desaires hasta el punto de volverle la espalda!... ¡Piensa que es mi Dios, el Dios de tus padres, el Dios de tu patria, que ha venido á hacerte una visita! ¡Piensa que estará muy afligido de tus desprecios!...

Manuel, en quien, por lo visto, la supersticion habia sobrevivido á la fe (suponiendo que verdadera fe hubiese tenido nunca), intentó volver la cabeza hácia el Niño Jesus, y no se atrevió á ello. Ántes dió un retemblido de pavor y bajó los ojos al suelo...

Pero estaba escrito que aquel dia ocurriesen singularísimas coincidencias...—Decímoslo, porque Manuel y el Cura oyeron en tal instante, dentro de aquella misma habitacion, los tiernos sollozos de un niño...

Manuel miró aterrado á D. Trinidad, creyendo que quien lloraba era el Niño Jesus...

Don Trinidad sonrió tristemente, y señalóle con el dedo la puerta de la sala, que acababa de abrirse, y en la cual estaba parada la señá María Josefa, con un hermoso niño en los brazos, y sin atreverse á pasar adelante...

—No sueñes con milagros, ni verdaderos ni fingidos... (dijo al mismo tiempo el Cura á Manuel.) Aquí no hay más milagro que el que tu buen corazon haga...—¡Tienes en tu presencia al hijo de Soledad, que viene á pedirte perdon para sus padres!

—¡Su hijo! (rugió Manuel, huyendo al fondo de la vasta sala.) ¡Esto más! ¡Ah, verdugos! ¡Os habeis propuesto matarme! ¡Os habeis propuesto volverme loco!

Y, hablando así, golpeaba la pared con los puños cerrados, como si quisiera hundirla y escapar de aquella gran emboscada en que habia caido su corazon.

—¡Manuel, repórtate! (dijo D. Trinidad, acercándosele dulcemente.) Yo no soy tu verdugo... ¡Tú eres el mio y el de esa pobre familia que te pide misericordia!...

—¡Que se lleven á ese vil enjendro de la traicion y la mentira!—gritó el insensato, sin volverse, ni apartarse de la pared.

El niño tornó á llorar.

—¡Grande hazaña! (exclamó D. Trinidad Muley.) ¡Injuriar á un pobre niño!... ¡Asustarlo!... ¡Despedirlo!

—¡No quiero verlo! (bramó el jóven.)—¡Si lo viera, lo mataria!

—Poco te falta para matarlo... ¡Ya le has hecho ponerse enfermo! (dijo tristemente la abuela.) Su madre le ha dado á mamar veneno desde que supo que venías; y esta noche me lo llevo á mi casa, dolorido y hambriento, ¡como si él tuviera la culpa de que tú no fueras dichoso!...

—Pero ¿por qué no viene su padre en lugar de él? (replicó Venegas con desesperacion.) ¿Por qué no viene el cobarde que me hurtó la dicha? ¿Por qué huye? ¿Por qué se esconde?

D. Trinidad hizo una seña á la señá María para que callara, y apresuróse á responder por sí mismo en estos términos:

—Supongamos que ese hombre de bien te teme... ¿No le sobra razon para ello? ¿Ha de ser todo el mundo tan sanguinario como tú? ¿No hay más que matarse con el primer desesperado que nos provoca?—Porque, Manuel... (¡Vamos claros!) ¿qué derecho tienes tú sobre Soledad? ¿Qué palabra te empeñó nunca? ¿Qué puedes esperar hoy de ella? ¿La crees tan indigna que por tí se deshonre y deshonre á su marido?

—¡Soledad es mia! ¡Soledad me ama!—exclamó Venegas fanáticamente, volviéndose hácia sus interlocutores en ademan de desafío.

—Contéstele usted, señora...—dijo D. Trinidad á la señá María Josefa.

—Manuel... (pronunció la madre, ocultando á su nieto miéntras hablaba:) Mi hija te ha querido... Pero es una mujer de bien; y, habiéndose casado con otro hombre, nada puedes ni debes esperar de ella...

—¡Mentira! ¡Soledad no está casada! (gritó Manuel con desesperacion.)—¡Su casamiento es nulo! ¡Soledad no ha dejado nunca de quererme! ¡Yo la conozco desde que era niña! ¡Yo sé lo que me decian esta tarde sus divinas lágrimas!

—Te equivocas, Manuel... (prosiguió la madre:) Soledad es incapaz de faltar á sus deberes de esposa...—Tu presencia en este pueblo sólo puede dar lugar á desventuras para todos, y de manera alguna á felicidades para tí ni para ella...—El único bien que puedes hacer á mi hija (y que le harás, supuesto que tanto la quieres), es ausentarte, dejarla en paz, no ser la perdicion de su casa... ¡Y eso venimos á pedirte este angelico y yo! ¡eso te suplicamos rendidamente!

—¡Que venga á decírmelo ella! (replicó Manuel con indescriptible amargura:)—¡Verán ustedes cómo no se atreve á pedirme que me vaya!—¡Yo la conozco! ¡Su corazon es mio!... ¡nada más que mio! ¡mio desde la edad de ocho años!

—¡Esas son locuras, Manuel! (replicó la señá María.) ¿Cómo ha de venir á verte una mujer casada?—Pero ¡harto claro te decia esta tarde con lágrimas su deseo de que te marches, de que la perdones, de que nos perdones á todos!...—Soledad no lloraba por lo que tú te figuras...—Soledad lloraba de miedo... como llora este pobre niño...

—¡De miedo! (repuso el jóven en són de burla:) Esa es otra mentira...—Soledad no me teme..., ¡y hace bien! ¡Soledad me conoce!—El miedo lo tiene su cobarde tirano... El miedo lo tiene usted, que no estorbó su casamiento... El miedo lo tiene ese que no debe llamarse hijo de Soledad, supuesto que no es hijo mio...—¡Y los tres haceis muy bien en temblar!—¡Ah! ¡Mi primera idea es la segura!... La muerte de Antonio Arregui lo resuelve todo.—¡Usted se quedará con ese expósito, hijo del crímen, y yo me marcharé con mi adorada!...—¡Mataré, pues, á Antonio! ¡Lo mataré, aunque sea en medio de la Iglesia! ¡Lo mataré, aunque se oponga el mundo entero!

—¡Cómo se entiende! (prorumpió al fin D. Trinidad, lleno de indignacion y de ira:) ¡Eso es ya insultarme en mi propia cara! ¡No te abofeteo ahora mismo, porque está delante el Niño Jesus! Pero me marcho... Te desprecio... ¡te abandono!—¡Buen recibimiento me has hecho en tu casa, la primera vez que he venido á ella!

—Manuel... ¡te lo pido de rodillas! (decia al mismo tiempo la anciana, postrándose á los piés del hijo de D. Rodrigo.) ¡Te lo pide una madre, por la memoria de la que te llevó en sus entrañas! ¡Márchate del pueblo! ¡Ten compasion de este inocente!—Y, si es que has de dejarlo huérfano, ¡mátalo ahora mismo!... ¡Yo te lo entrego!... ¡Aquí lo tienes!

Y, así hablando, ponia el niño á las plantas del jóven, con aquella inspirada temeridad que sólo cabe en almas femeniles y en corazones maternales.

—¡Vámonos, señora! ¡Dejemos á este monstruo! (añadia por su parte D. Trinidad.) Acudiremos á la Justicia... ¡Yo mismo haré que lo aprisionen!...—¡Adios, hijo indigno de D. Rodrigo Venegas! ¡Me voy, porque tus faltas de respeto me arrojan de tu casa! ¡Me voy, porque te creo capaz de ponerme la mano encima, si yo te castigara como mereces!—¡Adios! nuestras relaciones han terminado... ¡Me arrepiento de haberte conocido!

—Manuel... ¡no lo oigas!... ¡óyeme á mí! (proseguia diciendo la madre de Soledad, arrastrándose á los piés del jóven, el cual estaba como petrificado, con los cabellos de punta, y con los cerrados puños sobre la frente.)—¡No lo creas, Manuel! ¡Don Trinidad te quiere más que á su vida! ¡Es tu segundo padre!—Y yo te quiero tambien...; y tambien te quiere este niño...—¡Mira!... ¡Mira cómo te sonrie!

—¡Basta! (gritó al fin Manuel con desgarrador acento, abriendo los brazos y tirando la cabeza atras.) ¡Basta, crueles sayones, encargados de martirizarme! ¡Dejadme ya!... ¡Idos!... ¡Salid!—¡Os lo mando... os lo aconsejo... os lo suplico!—¡Dejadme solo, si no quereis que con vuestra sangre y la mia se forme un lago en este aposento!—¡Quitadme de delante al hijo del cobarde ladron que me ha robado la felicidad!...—Márchese usted, señora... Márchese usted, señor Cura...—¡Conozco que ya no soy dueño de mí mismo!... ¡Conozco que puedo horrorizar al mundo!...

Era tal la voz de Manuel al decir esto, que la señá María Josefa se levantó espantada, con su nieto debajo del brazo, y se deslizó en silencio hasta la puerta, andando hácia atras y sin quitar la vista de aquel pavoroso semblante, más propio de un tigre que de un hombre.

Hasta D. Trinidad tuvo miedo, no por sí, sino por el niño, por la anciana, y por el mismo jóven, que estaba á punto de morir ó de volverse loco, á juzgar por la violenta agitacion de su pecho, por la hinchazon de su frente, por el trastorno de su mirada...; y, conociendo, al propio tiempo, que ya no habia más palabras que decirle, ni fuerzas en el desgraciado para soportarlas, retiróse tambien lentamente, mirándolo con profunda piedad y sin recuerdo siquiera del pasado enojo.

Así salió de la habitacion, cuya puerta dejó entornada...

Manuel quedó solo con el Niño Jesus.

V.

EL ROCÍO DEL ALMA.

Las doce de la noche acababa de cantar el sereno cuando D. Trinidad y la señá María Josefa se retiraron de la sala, dejando en manos de la famosa Imágen del Niño de la Bola la solucion de la suprema crísis á que habia llegado el espíritu de Manuel Venegas.

Reinó desde entónces en la casa un profundo silencio, interrumpido únicamente por los cautelosos pasos del vigilante Cura, que se acercaba de vez en cuando á la rendija de la puerta á observar á Manuel, y por los cuchicheos de las mujeres, acuarteladas en la cocina.

Polonia se encontraba entre ellas, por no haber podido dominar su inquietud y desasosiego quedándose en la otra casa.—Dormia el hijo de Soledad en brazos de su abuela, despues que Basilia lo hubo amansado con algunos bizcochos.—La Volanta, á fuerza de llorar hipócritamente, habia conseguido que D. Trinidad dejase de mirarla con prevencion, y formaba tambien parte de aquella especie de tertulia de enfermeras, en que tan buenas cosas se estarian diciendo.—Y, por último, el arriero de Málaga roncaba en el patio, incómodamente sentado en una dura silla, como lo exigia la gravedad de las circunstancias.

Lo primero que hizo Manuel cuando se quedó solo, fué apagar todas las velas que alumbraban al Niño Jesus, con lo que el salon quedó enteramente á oscuras...

Esto afligió mucho á D. Trinidad, que todavía cifraba algunas esperanzas en la antigua devocion de su pupilo á la preciosa Efigie en cuya compañía lo habia dejado...—Pero luégo recapacitó que el mismo hecho de apagar las luces podia significar, de parte del jóven, una especie de miedo á aquel fantasma de su extinguida fe, y tan juiciosa reflexion no pudo ménos de consolarle algo.

Manuel comenzó á pasearse en las tinieblas...

De vez en cuando se paraba, é ininteligibles monosílabos, rugidos sordos ó sofocados lamentos salian de sus labios, como si dentro de él mantuviesen empeñada controversia dos séres distintos, el uno más feroz que el otro...

Indudablemente, el jóven repasaba todas sus emociones de aquel dia: indudablemente le representaba su cerebro las provocativas alarmas del público; la calle de Santa María de la Cabeza; la inesperada aparicion de Soledad, su impavidez, su hermosura, su mirada de amor, sus copiosas y amarguísimas lágrimas; el encuentro con D. Trinidad Muley; las cristianas aclamaciones en que prorumpió la muchedumbre; los santos discursos del bondadoso sacerdote, su lloro, sus caricias; la visita del Niño Jesus; el alarde de impiedad con que él la habia recibido; el dolor que esto habia causado al buen Padre de almas; la aparicion de la madre y del hijo de Soledad; el digno lenguaje de la anciana; el llanto y la sonrisa del aquel inocente niño, y los insultos y amenazas del ofendido Cura, de su generoso protector, del sér que más le amaba en el mundo...

Ahora bien: todas aquellas palabras de cariño, todos aquellos piadosos consejos, todas aquellas solemnes apariciones, todas aquellas tiernas súplicas, todas aquellas dulces lágrimas, todos aquellos paternales enojos no podian ménos de haber ablandado el corazon de la fiera...—Por eso, sin duda, gemia, en medio de su rabia, como el leon herido: por eso batallaba tanto consigo propio: y por eso, y no por otra cosa, lo dejaba solo D. Trinidad Muley, viendo clarísimamente que ninguno de sus esfuerzos por vencerlo habia sido inútil; que todos estaban obrando en el rebelde espíritu del jóven, y que este espíritu vacilaba, temia, emprendia la fuga, tornaba á la pelea, retrocedia de nuevo, y podia acabar por rendirse de un momento á otro...—Pero ¡ay del bien! ¡ay de la paz! ¡ay de la caritativa empresa del digno Párroco, si el jóven no se rendia en tan extrema lucha!—¡Entónces no habria ya esperanza de salvacion!

Largo tiempo (¡son tan largas las horas de la agonía!) duró este combate entre la soberbia y la humildad, entre la ira y la paciencia, entre la pasion y la virtud, entre el amor propio y la abnegacion, entre el egoismo y la caridad, entre la bestia y el hombre.

Á eso de las dos, Manuel no se paseaba ya, ni rugia, ni se quejaba...—Solamente lanzaba de tarde en tarde hondos suspiros, que tambien cesaron al poco tiempo...

D. Trinidad no podia ya distinguir en qué parte de la habitacion estaba el jóven, ni si se habia sentado, ni si por acaso se habia dormido...—El silencio que reinaba en aquellas tinieblas era absoluto, sepulcral, verdaderamente pavoroso.—Parecia como que el enfermo se habia muerto...

Pero ¿no podia ser que sólo hubiese muerto su enfermedad? ¿No podia ser que Manuel Venegas acabase de revivir á la razon, á la justicia, á la dignidad humana, á la vida de la conciencia?

En esta duda, el Sacerdote desistió de la idea (que tuvo un momento) de coger una luz y entrar en la sala.

Pronto se alegró de haber sabido esperar; pues no tardó en advertir una cosa que le pareció fausta, simbólica y de mucho alcance, en medio de su vulgarísima sencillez, por cuanto le trajo á la imaginacion la humilde ceremonia con que se enciende fuego nuevo en la Iglesia la mañana del Sábado de Gloria...

Fué el caso que Manuel dió repentinamente señales de estar vivo y despierto, poniéndose á encender luz por medio de eslabon, pedernal, yesca y alcrebite, al uso de aquella época.

—Lumen Christi...—murmuró D. Trinidad, santiguándose.

Obtenido que hubo nueva luz, el jóven la aplicó á las velas que apagara ántes, con lo que el Niño de la Bola tornó á verse profusamente alumbrado y tan clara como de dia toda la espaciosa habitacion.

Sentóse entónces nuestro héroe enfrente de la Imágen, y púsose á contemplarla con honda y pacífica tristeza.—La tempestad habia pasado, dejando en la ya sosegada fisonomía de aquel hombre de hierro profundas é indelebles señales.—Dijérase que habia vivido diez años en dos horas. Sin ser viejo, ya no era jóven. Sus facciones habian tomado aquella expresion permanente de ascética melancolía que marca la faz de los desengañados.

En cuanto á la triste mirada con que parecia acariciar la Efigie del Niño Jesus, no tenía tampoco la dulzura del consuelo. Era una mirada de tranquilo, incurable dolor, como la que, pasados muchos años de la cruel pérdida y del agudo padecer, posamos en el retrato de un hijo muerto, de los padres que nos dejaron en la orfandad ó de un antiguo amor que se llevó consigo las más bellas flores de nuestra alma...

—¡No reza! ¡no llora!—pensó amargamente don Trinidad, formulando á su modo las mismas ideas que acabamos de emitir.

Y se alejó de su acechadero con mucha más inquietud que alegría le causara al principio el ver que el jóven contemplaba á su antiguo Patrono.

—¡No hacen las paces! (añadió luégo, expresando en otra forma su disgusto.)—¡Y la verdad es que el pobre Manuel está dando muestras clarísimas de querer hacerlas!—¡Misterios de Dios! ¿Qué trabajo le costaba ahora á ese Chiquito tender los brazos á mi ahijado, como se los tendió antiguamente á San Antonio de Padua?—¡Nada más que con esto saldríamos todos de apuros!

Y tornó á acercarse á la rendija de la puerta, y comenzó á rezar fervorosamente á la primorosa Efigie, como arengándola á realizar un milagro indudable.

—¡Nada! ¡No me hace caso! (se dijo, por último, viendo que el Niño Jesus no pestañeaba.)—¡Sin duda no conviene! ¡Respetemos la voluntad de Dios!—Ni ¿quién soy yo, pecador miserable, para meterme á dar consejos á las Imágenes de mi Parroquia? ¡Si los siguiesen, yo sería el Santo, que no ellas!—¡Haces bien, Niño mio! ¡Haces muy bien en desobedecerme!

Manuel se habia puesto de pié entretanto.

La tristeza de su semblante era mayor que nunca. Un profundo suspiro salió de su pecho, y pasóse ambas manos por la frente, como para echar de su imaginacion renovadas angustias...

Parecia un reo en capilla, la noche que precede al suplicio.—La conformidad de la desesperacion iba envolviéndole en su fúnebre velo...

En el fondo de la sala veíanse algunos de los grandes cofres que habia traido de América... Manuel abrió el mayor de ellos, y sacó una preciosa caja de madera, que puso sobre el velador...

D. Trinidad temió que el jóven fuese á suicidarse, y se apercibió á entrar en el aposento...

Pero tranquilizóse en seguida, al observar que lo que de allí sacaba Manuel no eran pistolas, sino vistosísimas alhajas, collares, pendientes, brazaletes, sortijas, alfileres...;—un tesoro, en fin, de perlas, brillantes, esmeraldas y otras piedras preciosas...

—¡Son las donas que pensaba ofrecer á Soledad el dia que se casase con ella! ¡Son los regalos de boda que le traia el desgraciado!...—pensó el Sacerdote, lleno de conmiseracion.

Manuel fué contemplando una por una aquellas galas póstumas, aquellas joyas sin destino, aquellos emblemas de su infortunio...; y, ejecutando luégo la idea que sin duda le habia movido á tan penosa operacion, comenzó á ponerle las alhajas á la Sagrada Efigie de que era Mayordomo y á quien estaba obligado á agasajar...

D. Trinidad Muley no pudo contener su entusiasmo y su regocijo, y corrió de puntillas á llamar á las ancianas, para que contemplasen aquella piadosísima escena.

Imagínese, pues, el que leyere la emocion, los comentarios en voz baja y los dulces lloros que habria al otro lado de la puerta, en tanto que Manuel prendia á las ropas del Niño Jesus, ó colgaba de su cuello y de sus brazos, los restos del naufragio de sus esperanzas...—Estas cosas se sienten ó no se sienten; pero no se explican.

Baste decir (como resúmen de sus impresiones, palabras y pensamientos) que todos decian en voz baja, con religioso júbilo, y abrazándose cariñosamente:

—¡Se ha salvado! ¡Ha resuelto perdonar!—¡Dentro de pocas horas se habrá marchado para siempre!—¡Dios lo haga más venturoso que hasta ahora!

Miéntras D. Trinidad y las tres virtuosas ancianas hablaban así, la pérfida Volanta (que todo lo habia visto y oido) deslizóse por la escalera abajo como una sabandija, sin que nadie reparara en ello, y marchóse á la calle, cuidando de no despertar al improvisado conserje...

Ni ¿cómo habian de advertir aquel suceso los que arriba seguian con el alma las operaciones de Manuel, cuando éste acababa de ejecutar otro acto que ya no dejaba ni asomos de duda acerca de sus nobles y pacíficas intenciones?

Tal fué el sublime arranque de humildad con que, sacando del bolsillo el primoroso puñal indio que aquella tarde habia llevado á la Procesion, lo desnudó, alzólo á la altura de su cara, contempló su luciente hoja y rica empuñadura, lo besó luégo, y lo colocó á los piés del Niño Jesus...

Sin la fe ciega que D. Trinidad Muley tenía ya en la redencion del jóven, hubiera temblado por su vida, como temblaron las mujeres, al verlo levantar el puñal, y no habria estorbado, como estorbó, que se precipitasen en la sala... Y tambien fué necesaria en seguida toda la autoridad del Sacerdote para impedir que estallasen en gritos de santo alborozo al contemplar aquella solemne abdicacion de la mayor soberbia que jamás cupo en corazon humano.

—¡Callad! ¡callad!... (les decia al oido el autor de tan prodigiosa obra.) ¡Callad!... ¡Dejadlo!...—¡Dios está con él!—¡No despertemos al demonio del orgullo, que ya duerme, y pronto habrá muerto, en el corazon de mi buen hijo!

Manuel consideró lo que habia hecho, y su grave rostro expresó una reflexiva y triste complacencia; pero no en modo alguno aquella devocion activa, directa, personal, que suponian las buenas mujeres y cuyos resplandores de triunfo y de esperanza hubiera querido hallar D. Trinidad Muley en los ojos del leon vencido...

—¡Eso no es fe! ¡Eso no es más que caridad! (dijo el indocto Padre de almas, dando crédito, como siempre, á su leal corazon.)—¡Mi obra puede quedar incompleta!—¡Malhaya los hombres que han secado las fuentes de la alegría en un espíritu tan bueno! ¡Miéntras Manuel no crea, no tendrá dicha propia, y sólo gozará en ver que los demas son venturosos!

El hijo de D. Rodrigo sacó en esto el reloj y miró la hora.—Pero debió de hallarlo parado; pues en seguida abrió un balcon que daba á Oriente y dominaba toda la vega; y consultó la posicion de los astros...

Corrió entónces á la puerta del salon, y, sin abrirla, dió dos palmadas, como llamando...

—Dejadme á mí...—murmuró D. Trinidad, haciendo señas á las mujeres para que se alejasen.

Y penetró en el vasto aposento.

—¿Quieres algo?—preguntó dulcemente á Manuel.

Fuese modestia, fuese cansancio, fuese aquel pueril resentimiento que el amputado guarda algunas horas al operador que en realidad le ha salvado la vida, nuestro jóven bajó los ojos, esquivando la mirada del Sacerdote, y dijo rápidamente:

—Que venga Basilia.

Don Trinidad se retiró sin enojo alguno.

Basilia entró á los pocos momentos.

—¿Está ahí el arriero de Málaga?—le preguntó Manuel con la sequedad de quien desea pronta y breve contestacion.

—Abajo está...—respondió temblando el ama de gobierno.

—Pues dígale que cargue todo mi equipaje y ensille mi caballo.—Son las tres y media... Partiré á las cinco.—Que entren por estos cofres... Pero que no me hable nadie.—Ruegue usted á D. Trinidad, de parte mia, que tome algo y se acueste.—Necesito estar solo.

Y, dicho esto, se salió al balcon que acababa de abrir, donde permaneció, vuelto de espaldas al aposento, miéntras que Basilia y Polonia, llorando silenciosamente, sacaban los baules, y miéntras que D. Trinidad y la señá María Josefa lloraban tambien en el próximo corredor y dirigian desde allí fervientes acciones de gracias y tiraban cariñosos besos á la Imágen del Niño Jesus.

Al cabo de una hora comenzó á clarear el dia...

Manuel se quitó entónces del balcon, y, cogiendo una silla, sentóse en medio de la ya solitaria estancia, y siguió mirando al cielo, con la resignada expectativa del héroe condenado á muerte que ve nacer la última luz de su existencia.

Así estuvo mucho tiempo, sumido en un éxtasis de dulce dolor que iba hermoseando cada vez más su noble rostro...—La fiera habia llegado á tener cara de hombre... El hombre no tardó en tener cara de ángel.—Dijérase que su alma habia entablado un largo coloquio con lo infinito...

Ya era enteramente de dia... Ya habian dado las cinco, y las cinco y media...—Ya estaban listas las cargas y ensillado el caballo...—¡Y nadie se atrevia á decírselo: nadie se atrevia á interrumpir aquel inefable arrobamiento en que el jóven parecia gozar anticipadamente la recompensa de su abnegacion, el premio de su sacrificio!

Salió, al fin, el sol, y su primer rayo penetró en la sala, bañando de fúlgida luz la plácida figura de Manuel Venegas...

—«Soledad»...—gritó entónces el loro en el balcon, donde lo habian dejado olvidado...

Manuel se estremeció convulsivamente al oir aquel nombre con que el pájaro americano saludaba todos los dias, hacía muchos años, la salida del sol, y un mundo de recuerdos y de fallidas esperanzas reapareció ante sus ojos, haciéndole volver del cielo á la tierra, de la eternidad al tiempo, del olvido á la realidad...—Pero, falto ya de soberbia para luchar con su enemiga suerte, una mortal congoja oprimió su corazon; un desfallecimiento nunca sentido aniquiló todo su sér; extendió los brazos como quien se ahoga (y áun pareció que efectivamente pedia auxilio), hasta que, por último, estalló en amargos sollozos, seguidos de copiosísimo llanto...

Y, roto por primera vez en toda su vida el dique de las lágrimas, desbordáronse éstas con tal ímpetu que pronto bañaban su faz, sus manos y su agitado pecho...—Al principio, fueron ardiente lava...; luégo, benéfica sangría y salvador desahogo de su corazon..., y, al fin, blando rocío que bajaba del cielo á templar la sed de su alma sin ventura...

D. Trinidad corrió á él y lo envolvió piadosamente en su manteo, diciéndole:

—¡Llora, llora, hijo mio! ¡llora cuanto quieras! ¡Llora en los brazos de tu padre!

Manuel se colgó del cuello del Sacerdote y le llenó la cara de besos, diciéndole entre dulces gemidos:

—¡Perdon! ¡Perdon!...

—¡Perdóname tú á mí!—sollozaba D. Trinidad.

Y las mujeres lloraban tambien desatadamente, comenzando á invadir la sala, y el mismo arriero (que habia entrado por el loro) se daba puñetazos en la cabeza, diciendo con profunda emocion:

—¡Qué lástima de hombre! ¡Maldita sea la primera mujer!

—¡Padre mio! ¡la adoro!—exclamaba entretanto Manuel, incomunicado con los espectadores por el manteo de D. Trinidad.

—¡Y yo á tí!—le respondió el Párroco, besándolo reiteradas veces.—¿Quieres que me vaya contigo?

—No... no...—Me iré yo solo...

—Pues bien: sé muy bueno: haz muchas limosnas, y verás qué feliz eres...—Toma... (añadió luégo en voz más baja.) Aquí tienes esto... Llévate tu caudal... En todas partes hay pobres...

—No... no... (le respondió Manuel al oido.) Guarde usted eso... Y haga lo que ya tenemos hablado... En esos papeles lo encontrará explicado todo...

—Está confesando...—dijeron las mujeres, retirándose al corredor.

—Pero tú vivirás... Tú me escribirás esta vez... (murmuró D. Trinidad.) ¿No es cierto?

—Sí, señor... ¡Yo viviré cuanto me sea posible!—contestó el jóven, enjugándose las lágrimas.

Y, abrazando por última vez al Cura, se levantó y dijo:

—¡Vamos!

Entónces se le acercó Polonia, con las puntas del delantal sobre los ojos.

—¡Perdon, Polonia!—exclamó el jóven, abrazándola.

—Anda con Dios, hijo mio... (respondió la anciana:) ¡Ya estás curado, y puedes ser dichoso!—¡Tu enfermedad consistia en no haber llorado nunca!

—Señor... ¡Buen viaje!—le dijo Basilia, besándole la mano...

—¡Venga usted tambien, señá María Josefa! (gritó al mismo tiempo D. Trinidad.)—Pero no suelte usted el niño...—¡Hoy hay perdon para todos!

—¡Oh!... ¡no!—pronunció Manuel, retrocediendo.

—¡Manuel, castígate! (exclamó el Sacerdote.) ¡Cuanto más te humilles hoy, más dichoso serás mañana con el recuerdo de este dia!—¡Arranca de tu corazon, ahora que están blandas, las raíces de tu soberbia, á fin de que nunca retoñen!—¡No te lleves en la conciencia ningun veneno, hoy que la has lavado con tus lágrimas!

—¡Manuel! (dijo la señá María:) ¡Yo hubiera sido muy dichosa en llamarme tu madre!—¡Harto lo sabe el señor Cura!

Manuel se quitó el reloj, y se lo entregó al niño, colgando de su cuello la larga cadena de oro de que pendia, y pronunció estas palabras:

—¡Perdono á tu madre!...—¡Dios te haga más feliz que á Manuel Venegas!

Y volvió la espalda, y se apartó algunos pasos, como despidiendo á la madre y al hijo de Soledad.

La pobre abuela se alejó hecha un mar de lágrimas, miéntras que el niño iba dando besos al reloj y sonriendo como un ángel.

D. Trinidad siguió á Manuel al promedio de la sala, y, señalándole al Niño Jesus, que refulgia á la luz del sol como un ascua de oro, con tanta rica presea como adornaba su graciosa figura, preguntóle en són de dulce ruego:

—¿Y á Éste? ¿qué le dices por despedida?

—¡Á Éste le pediria que resucitase dentro de mi corazon, si tal milagro fuese posible!—contestó Manuel melancólicamente.

—¡Dios querrá! (dijo el Sacerdote, levantando los ojos al cielo.)—Las raíces de tu antigua Fe están vivas, y ya ha comenzado á correr por ellas la savia de la regeneracion.—Las máximas que tu padre y yo sembramos en tu corazon de niño han vuelto á germinar esta noche bajo los auspicios de esta Efigie del Redentor del mundo...—Debes, pues, agradecimiento al Amigo de tu niñez, y, aunque hoy no veas en su dulce Imágen más que una sombra, un retrato, un recuerdo del cariño que le tuviste (y que Él no ha dejado de tenerte); aunque todavía no haya penetrado en tu nublada razon la nueva luz que ya ilumina las más altas cumbres de tu espíritu..., ¡bésalo, Manuel!... (¡Nada pierdes con besarlo!) ¡Bésalo, y verás cómo toda la soberbia que te queda en el cerebro se desbarata en lágrimas, del propio modo que se ha desbaratado la que tenías en el corazon! ¡Verás cómo, al poner tus labios en los descalzos piés del Niño en cuya divinidad creian tu padre y tu madre, conoces que estás haciendo una cosa muy santa, y vuelves á llorar de dicha!—¿Qué te cuesta probar? ¿Por qué no te atreves á ello?—¿No te dicen ese miedo y ese respeto, que el acto de sumision que te propongo es de maravillosas consecuencias?—Ven... mira... ¡Yo te daré el ejemplo, como cuando eras chico!...—Yo lo besaré ántes que tú...—¡Así se hace!... ¡así!—Y luégo se dice (llorando, como lloro yo): «¡Bendito seas, Jesus crucificado! ¡Bendita sea tu Santísima Madre! ¡Bendito sea tu Padre Celestial, que te envió á la tierra á redimirnos!»

Manuel cerró los ojos y cayó de rodillas, como una torre que se desploma...

De rodillas estaban tambien las dos ancianas y el malagueño, y con fervientes oraciones daban gracias á Dios, al ver que el jóven se abrazaba á los piés del Niño de la Bola y los cubria de besos y de lágrimas...

De rodillas, en fin, estaba D. Trinidad Muley, á quien de seguro hubieran abrazado gustosos en aquel momento hasta los incrédulos más empedernidos...; ¡porque la verdad es que en todo aquello no habia nada malo para nadie ni para nada, y sí mucho bueno para todos y para todo, ó nosotros no sabemos lo que es bueno ni lo que es malo en esta miserable vida!

* * * * *

No intentaremos describir los últimos minutos que Manuel Venegas permaneció todavía en su casa, ni los renovados, tristísimos adioses que allí se dieron aquellos séres de tan sencillo y tierno corazon...—Temeríamos afligir demasiado á nuestros lectores, que, pues todavía no han soltado esta obra en que se rinde culto á la pobreza de espíritu, seguramente tienen la dicha de pensar y sentir como ellos.—Preferimos, pues, salir á la Plaza, y confundirnos con la generalidad del público, en cuya compañía podremos ver con más frescura la solemne marcha de Manuel Venegas y los dramáticos lances que acontecieron con este motivo.

VI.

MARCHA TRIUNFAL.

Hacía una mañana hermosísima, sobre todo para aquellos felices mortales que no tuvieran fijos sus ojos en la negrura del revuelto mar de las pasiones, sino que hubiesen preferido salir al campo á espaciar su vista y su alma por el sublime templo de la Naturaleza, por la pintada Tierra, llena de prodigios, por la rutilante bóveda del Cielo, y por el propio cielo de una conciencia suficientemente limpia para poder reflejar las misteriosas visiones de lo Infinito...

No estaban de este humor aquel funesto lúnes, 6 de Abril de 1840, las muchas personas que acudian á la Plaza Mayor de la Ciudad á enterarse de los adelantos que el dolor y la ira habian hecho durante la noche en el corazon de Manuel Venegas y Antonio Arregui. Ni hay que decir que el grupo en que más excitados estaban los ánimos, por cuenta ajena, era el formado, como de costumbre, á la puerta de la Botica, ¡terrible aduana, por donde tenía que pasar el infortunado Niño de la Bola al marcharse del pueblo!

Vitriolo estaba más acerbo y feroz que nunca, sin poder callarse (aunque no dejaban de aconsejárselo sus discípulos), y, si por acaso interrumpia sus discursos, era para decir á los que iban á comprar medicinas:

—«¡No hay de eso!»...—ó—«¡Vuelva usted más tarde!»—ó—«¡Dígale al enfermo que se muera; que esto que le han mandado no sirve para nada!»

Ello es que no se apartaba del mencionado grupo, donde ya habia tronado largamente contra la imbecilidad de Manuel,—«cuya casa, dijo, habia llenado de Santos y de viejas el Cura de Santa María, á fin de separarlo del camino de la decencia y del honor y hacerle faltar á sus famosos juramentos.»

Luégo añadió:

—Segun mis informes, á las tres de la madrugada lo llevaban ya de vencida, y el cuitado estaba rezando el confiteor á los piés del Niño Jesus, despues de haberle regalado una porcion de joyas, á ruegos de D. Trinidad, que es una hormiguita para su Iglesia...—¡Pobre Manuel! ¡Si su animoso padre levantase la cabeza!

El auditorio se miró, como dudando de la congruencia de aquella invocacion, y Vitriolo, que lo advirtiese, dobló la hoja y pasó á otro asunto.

—En cuanto al marido de Soledad (exclamó con enfático tono), ¡hay que reconocer que es un valiente! ¡Ya vieron ustedes lo que hizo ayer! ¡Ir, sin quitarse las espuelas, á la Ermita de Santa Luparia, en busca del célebre maton, á quien D. Trinidad Muley habia escondido en una especie de escaparate!—¡Yo no dudo de que cuando sepa (como ya lo sabrá á estas horas) que su madre política y su hijo han pasado la noche en casa del amante de su mujer, vendrá á pedir satisfaccion á éste y echará por tierra todas las artimañas del fanatismo y la cobardía!

Muchas personas se apartaron muy disgustadas de aquel energúmeno, y fuéronse en busca de otros corrillos donde se comentasen más piadosamente las maravillosas y ya públicas escenas ocurridas aquella noche en la antigua Casa del Chantre... Pero Vitriolo no se desconcertó por ello, sino que se rió de los que le dejaban, y continuó hablando de esta manera:

—¡Por supuesto, que Antonio Arregui irá de todos modos esta tarde á la Rifa, á recoger el guante de su rival!—Así lo juró ayer, cuando se enteró de que el hijo de D. Rodrigo tuvo anteanoche el atrevimiento de ir á llamar á la puerta de su casa, estando él en la Sierra...—¡Lo sé de muy buena tinta!—¡Por consiguiente, si el Niño de la Bola, el de las amenazas de hace ocho años, se marcha del pueblo, sin acudir á la palestra, tanto peor para su honra y fama!—¡Verdad es que puede que todavía ignore nuestro pobre paisano (y se le haria un gran favor en contárselo) que Antonio Arregui fué ayer tarde á buscarle en són de desafío á la Capilla de Santa Luparia!...—¡Honor es de este pueblo que el asunto no se haga tablas de la manera indecorosa que se propone D. Trinidad Muley! ¿Qué dirian los riojanos, si el héroe de la Ciudad huyese de uno de ellos? ¡Dirian que los andaluces no tenemos sangre en las venas!—Y todo ¿por qué? ¡Porque los curas han sorbido los sesos á una especie de salvaje cargado de millones, á fin de sacarle el dinero!—¡Digo á ustedes que me abochorno de tan groseras supercherías!

—¡Y yo me abochorno de que usted vista el uniforme de persona humana! (exclamó el Capitan, que habia llegado momentos ántes.) ¡Usted es un bicho!

Vitriolo se echó á reir.

—¡No se ria usted! (añadió el veterano, temblando de cólera) ¡Mire que hoy vengo resuelto á aplastarlo, si no deja de corromper el aire con sus viles calumnias!

—¡Amenazas y todo! (replicó el boticario despreciativamente.)—¿Lo han comprado tambien á usted? ¿Le ha tocado alguna joya de las regaladas al Niño de madera?—¡Pues me alegraré de que la disfrute!

Y le volvió la espalda, asustado de lo que acababa de decir.

—¡Lo que me ha tocado va usted á verlo ahora mismo! (rugió el Capitan.) ¡Tome usted! ¡en nombre del Ejército!

Y arrimó al insolente materialista un soberano puntapié en la parte más vil de su materia propia.

El pobre ateo se llevó las manos á la parte contusa, y huyó diciendo:

—¡Ah! ¡lo de siempre! ¡el militarismo! ¡el cesarismo! ¡la fuerza bruta! ¡el brazo secular de la tiranía!

—No ha habido tal brazo, mi buen Papaveris... (díjole Paco Antúnez, negándole el auxilio que fué á pedirle.) ¡La caricia ha sido con el pié, y de las buenas!

Y se alejó de él desdeñosamente.

Este lance, que hizo reir mucho á cuantos lo presenciaron, fué como la señal y comienzo de la gran derrota que habia de sufrir Vitriolo aquella mañana á la vista de todos sus discípulos.

Decímoslo, porque en tal momento comenzaron á salir de casa de Manuel las famosas cargas de equipaje, precedidas del arriero de Málaga,—que estaba contentísimo, creyéndose ya, sin duda, camino de las Indias.

La emocion del público, al ver aquella prueba material de que Manuel se iba, de que D. Trinidad habia triunfado, de que la fiera perdonaba..., fué grandísima, al par que noble y jubilosa, con muy escasas excepciones.

—¡Manuel se va! (decian unos.) ¡D. Trinidad no tiene precio! ¡Eso es lo que se llama un buen cristiano!

—¡Manuel se va! (exclamaban otros.) ¡La verdad es que este desenlace tiene algo de prodigio!

—¡Los Venegas fueron siempre así! (expuso el viejo buñolero de la Plaza.) ¡Parece que poseen el don particular de entusiasmar al pueblo!—La mañana de hoy me recuerda aquella otra en que don Rodrigo salvó los papeles de D. Elías del incendio que nadie queria apagar...—¡Todos aplaudimos entónces sin saber por qué..., y ya está pasando ahora lo mismo!...—¡Miren ustedes!—La gente llora...; los chicos bailan de contento...; las mujeres se asoman á los balcones...—Voy á avisar á la mia...

—¡Lástima de dinero, que sale de la Ciudad! (decian al mismo tiempo los de otro corrillo, aludiendo á las tres voluminosas cargas.) ¡Cuidado que ahí caben onzas!

En el ínterin, Vitriolo, olvidado de su percance, como se olvida el General de sus heridas hasta que concluye la batalla, acercábase desesperado y medio convulso al triunfante arriero, y le preguntaba con indecible angustia:

—¿Á qué hora se marcha su amo de usted? ¿Tardará todavía algo? ¿Habrá tiempo de hablarle?

—¡Qué ha de haber, hombre! (respondió el malagueño, con voz descompasada.) ¡Lo que hay en este pueblo es un Cura que vale más que Dios!

Y, quitándose el calañés, y tremolándolo por alto, exclamó en medio de la Plaza, con un fervor y un gracejo indescriptibles:

—¡Caballeros! ¡Viva D. Trinidad Muley!

—¡Viva!—respondieron más de mil voces.

Y tampoco faltó quien convidara, en el acto, á aguardiente y buñuelos al señor Frasquito Cataduras, en pago de «la justicia que acababa de hacer á un hijo de tan calumniada ciudad.»

Desde aquel instante, la batalla estaba completamente perdida para Vitriolo.—Todo el público era del Cura, aplaudia su obra, respiraba la grata atmósfera del bien, daba su sancion á la pacífica retirada de Manuel Venegas.

Y tal fué el momento en que nuestro héroe apareció á caballo en la puerta de la que tan pocas horas habia sido su casa.

Un murmullo de honda conmiseracion lanzó la apiñada muchedumbre.

Manuel avanzaba rígido, cárdeno, silencioso, mirando al cielo, por no mirar al mundo, y acompañado de D. Trinidad Muley, que marchaba á pié, á su derecha, y le dirigia de vez en cuando alguna palabra consoladora.

Era, exactísimamente, el luctuoso cuadro de un reo marchando al patíbulo.

El gentío empezó por saludarlo grupo á grupo, segun que iba pasando por delante de cada uno de ellos; pero al fin acabaron descubriéndose todos de golpe, como cuando se está en presencia de un rey.

Ocurrió entónces un incidente en que repararon muy pocos.—La célebre Volanta trató de acercarse á Manuel Venegas, por el lado opuesto al en que iba D. Trinidad, y áun se vió en sus manos un papel, que pudo suponerse una peticion de limosna.—Pero el Sacerdote, que lo observara, pasóse con rapidez á aquel lado; y miró y habló á la indigna vieja con tal furia, que la hizo huir y esconderse entre la muchedumbre.

Manuel no advirtió nada, sino que prosiguió su marcha triunfal, mudo, inmóvil, indiferente, clavado en el caballo, como el cadáver del Cid, y ganando, como él, aquella batalla póstuma á que no asistia su espíritu.

De este modo pasaba ya por delante de la puerta de la botica, no sin profundo dolor de Vitriolo, que iba á encerrarse en ella con su derrota, cuando notóse gran agitacion al otro lado de la Plaza, y vióse que Antonio Arregui, lívido de furor, corria primero hácia la casa en que Venegas habia vivido, y luégo en seguimiento de él,—indicado que le hubo álguien que aquel jinete era la persona á quien buscaba.

Pero D. Trinidad estaba en todo; y, abandonando á Manuel, voló al encuentro del indignado Arregui, al cual (justo es decirlo) detenian aquella vez muchas personas bien intencionadas, de cuyas manos iba desasiéndose á duras penas.

Pocas palabras le habló D. Trinidad para explicarle satisfactoriamente cómo y por qué su suegra y su hijo habian pasado la noche en casa del indiano, y pocas tambien para convencerle de lo extemporáneo y hasta sacrílego del paso que queria dar, provocando á un hombre arrepentido y valeroso, que huia del combate por creerlo injusto, y se marchaba para siempre de su patria.

Arregui quedó absorto, al hacerse cargo de aquellas inopinadas novedades; y, como tenía mucho y excelente corazon, y D. Trinidad era el grande hombre que ya conocemos, y el mudable público echaba aquel dia todo su peso en el platillo del bien, ocurrió una cosa que de otro modo hubiera sido incomprensible...

Pero digamos qué le habia pasado entre tanto á Manuel Venegas.

Tan luégo como D. Trinidad se apartó de él, corrió á reemplazarle Vitriolo, el cual tuvo la audacia de coger la brida y parar el caballo, miéntras que alargaba la otra mano al Niño de la Bola y le decia á media voz:

—¡Buen viaje, vecino!—¿No queria usted conocer á D. Antonio Arregui?—¡Pues ahí detras lo tiene, luchando con el señor Cura, que no puede ya sujetarlo!

El aborrecido nombre del marido de Soledad despertó á Manuel de su estupor y le hizo oir las demas palabras de Vitriolo.—Volvió, pues, rápidamente el caballo, y preguntó, echando fuego por los ojos:

—¿Cuál? ¿Cuál es?

Y se encontró con D. Trinidad Muley, que tornaba ya en su busca, diciéndole:

—Hijo mio: completa tu obra...—Acuérdate de lo que hemos hablado...—Aquí tienes á D. Antonio Arregui...—Te suplico que le pidas perdon...

Arregui estaba dos ó tres pasos más atras, altivo, digno, dispuesto á todo, bien que no pudiendo ménos de admirar aquella noble, hermosa y dolorida figura, que veia por primera vez, y acaso, acaso compadeciendo tan inmerecido infortunio.

Manuel contempló amargamente al esposo de Soledad, y vaciló algunos instantes entre los dos abismos que volvia á presentarle la desventura.

Reinó, pues, en toda la Plaza un hondo silencio, preñado de horrores.—Los segundos parecian siglos.

—¡Piensa en mí! ¡Piensa en quién eres! ¡Piensa en D. Rodrigo Venegas! ¡Piensa en el Niño Jesus!—murmuró D. Trinidad, levantando hácia el jóven las abiertas manos, en ademan de plegaria.

Manuel tembló de piés á cabeza, como si, al renunciar á su última y suprema arrogancia, renunciase tambien á la vida, y, quitándose respetuosamente el sombrero, saludó al hombre á quien habia jurado matar.

Arregui se descubrió casi al mismo tiempo, respondiendo hidalga y afectuosamente á aquel saludo.

Una salva de aplausos estalló entónces entre el gentío, miéntras que mil y mil voces ensordecian el aire gritando:

—¡Viva Manuel Venegas! ¡Viva Antonio Arregui! ¡Viva D. Trinidad Muley! ¡Viva el Niño Jesus!

Manuel habia metido espuelas entre tanto, y desaparecido como una exhalacion, sin que la Volanta, que corrió detras de él, consiguiera darle alcance, ni detenerlo con sus descompasados gritos.

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