LIBRO III.
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LA VUELTA DEL AUSENTE.
I.
LA CAIDA DE LA TARDE.
Pues que ya sabemos tanto como el que más acerca del gallardo jinete que cruzaba por lo alto de la Sierra cuando levantamos el telon para dar principio al presente drama, tiempo es de que corramos en su seguimiento hasta alcanzarlo, á fin de entrar con él, despues de ocho años de misteriosa ausencia, en la morisca Ciudad que fué su cuna.
Restábale apénas una hora de sol á aquel esplendoroso dia, en el momento que nuestro héroe logró salir del laberinto de cumbres y barrancos que forma allí la gran cordillera, y descubrió á lo léjos el ámplio horizonte de su país nativo, su llana campiña, sus verdes viñedos y oscuros olivares y las conocidas siluetas de los remotos cerrajones que delimitan la comarca.—La Ciudad querida, la señora de todo aquel territorio, quedaba aún oculta detras de los arcillosos cerros que al oeste le sirven de dosel, bajo el cual duerme hace siglos su muerte histórica; pero ya era fácil distinguir (sobre todo, teniendo anterior idea de su situacion) la enhiesta aguja de la Torre de la Catedral y el Torreon del Vijía de la Alcazaba árabe, derruido pocos años despues...
El Niño de la Bola detuvo su caballo para contemplar aquel nunca olvidado panorama... La más viva emocion se leia en su semblante, ménos duro y altivo que cuando la melancolía de la ausencia y las lecciones del mundo no habian trabajado aún su brioso corazon... Quitóse reverentemente el sombrero, por vía de salutacion á sus lares patrios, y lanzó un hondo suspiro, como quien llega al término de largos afanes.
—Señorito... ¿Está usted malo?—le preguntó el arriero al verle de aquel modo.
Manuel no respondió: púsose el sombrero apresuradamente, y metió espuelas al caballo, como para librarse de tan importuno testigo.
Media hora despues, cuando ya caia el sol al occidente, el malagueño volvió á alcanzar al desdeñoso personaje, el cual se habia parado de nuevo, en lo alto de la larguísima y enrevesada cuesta por donde se baja desde la última meseta de la montaña á la extendida vega de la Ciudad, y contemplaba desde allí las Cuevas, el Barrio de Santa María, las Huertas y hasta la antigua casa de sus mayores, que se distinguia entre todas por un erguido cipres que la coronaba...—Aquel edificio atraia muy particularmente su ansiosa atencion...—¡Ignoraba el desventurado que allí no vivia ya nadie! ¡Ignoraba todo lo que habia ocurrido durante su ausencia!...
Pero no adelantemos noticias que harto pronto llegarán á vuestro conocimiento...
Manuel siguió andando, muy despacio esta vez, tan luégo como se le incorporó el arriero con las cargas; y, ya fuese arrepentido de no haber contestado á la última afectuosa pregunta del pobre hombre, ya por distraerse de sus propios pensamientos, entabló conversacion con él, diciéndole:
—¿Ha estado usted en alguna ocasion mucho tiempo seguido léjos de Málaga?
El espolique se inflamó de júbilo al verse interrogado, y, en un abrir y cerrar de ojos, habia respondido todo lo siguiente:
—¿Que si he estado?—¡Ya me figuraba yo que ahí era donde á usted le dolia!—¡Usted debe de venir del fin del mundo, y por eso le ha hecho tanta operacion el descubrir su tierra!—Yo estuve primero dos años en el Moro... (no crea usted que en Presidio, sino por mi gusto), y luégo he servido al Rey, digo á Cristina, hasta que me dieron la absoluta, despues que tomamos el Puente de Luchana, donde fuí herido...—¿Dice usted que si sé lo que son fatigas?—¡Pregúnteselo usted á la pobrecita de mi madre, en quien pensaba á todas horas aquella pícara Noche-buena, llamada tambien la Noche-triste, en que Espartero ganó á Bilbao!...—¡Figúrese usted que yo la pasé desangrándome, sobre la nieve, en el mayor desamparo y soledad!...—Pero, ¿que dice este loro?
—«Soledad»...—habia repetido el loro con todas sus letras.
Manuel sonrió por primera vez en todo aquel viaje, y preguntó al arriero, en vez de responderle:
—¿No ha estado usted nunca en la Ciudad á que nos dirigimos?
—No, señor; no he estado; pero sé que es muy buena, aunque muy peleadora...—¡Ya se ve! Usted habrá nacido en ella, y luégo se iria á las Indias á buscar fortuna...—¡La de todos!—Si alguna vez vuelve usted á embarcarse para allá, pregunte en Málaga por Frasquito Cataduras (que es como el mundo me conoce), y lléveme consigo, aunque sea de criado; pues lo que es con la arriería no llegaré nunca á salir de capa de raja...
Manuel no escuchaba ya al malagueño, sino que habia vuelto á hacer alto, más conmovido que la vez anterior...—Oíase á lo léjos el alegre repique de unas campanas cuyo són habia reconocido sin duda el jóven... Ello es que su rostro expresaba un regocijo, una ternura, una afliccion de gozo (si vale hablar así), que á cualquier otro hombre le hubiera hecho derramar lágrimas...
—¡Vamos, señorito! ¡repórtese usted! (exclamó el arriero.)—Si teme usted algo, aquí estoy yo, y ahí llevamos cuatro escopetas...
—¡Desgraciado de tí (interrumpió Manuel), si le cuentas á álguien que me has visto de este modo!—En cambio, si callas, yo te pagaré bien tu silencio...—Soy enemigo de que se conozcan mis debilidades...—Conque vamos andando.
La verdad era que el vehemente jóven no podia ya con el peso de su alma, visto lo cual y que no habia modo de correr y adelantarse en aquella dificultosísima cuesta, resolvió seguir hablando con el arriero, á fin de no volver á oirse á sí propio en presencia de tan indiscreto observador.
—Esas campanas que repican (díjole, pues, con afectada naturalidad) son las de Santa María de la Cabeza, y anuncian que mañana, primer Domingo de Abril, habrá, como todos los años en tal dia, una gran funcion en aquella parroquia...—¡Qué alborozo respirará ahora mismo todo el barrio!—Alguna persona conozco yo que dirigia en su niñez esos jubilosos repiques...—¡Cómo pasa el tiempo, sin que las cosas dejen de ser las mismas!—¡Verás qué hermosa Procesion sale de allí mañana á la tarde! ¡la Procesion del Niño de la Bola!—Y, si te detienes en la Ciudad pasado mañana, podrás ir á la Rifa, á las Cuevas, donde siempre ocurren buenos lances...—Allí se puja todo: el baile, los abrazos, la felicidad..., la vida del alma..., el destino de las criaturas...—Pero ya se ha puesto el sol..., y la cuesta es ménos pendiente...—Vamos aprisa, á fin de pasar el vado del rio ántes de que oscurezca; pues sentiria que se mojasen esas cargas...
Y como, en efecto, la bajada fuese ya más fácil, Manuel metió espuelas al caballo, y pronto se encontró solo, en la llanura, ó sea en unas dilatadas alamedas que allí pregonan la proximidad del citado rio...—La Ciudad distaba todavía bastante; pero aquello era ya en cierto modo estar bajo sus muros...
Habia comenzado á oscurecer, y el dulce misterio de tal hora, la amenidad del sitio, la húmeda frescura del aire, en cuya primaveral fragancia reconoceria el aroma de los árboles, plantas y hierbecillas entre que se habia criado; el armonioso rumor, igual siempre, y para él tan familiar, que alzan allí, en aquella estacion del año, al caer las sombras de la noche, los más humildes cantores del Creador del mundo, ora desde las empantanadas aguas, ora desde los adolescentes trigos, todo sumergió á Manuel en una profunda paz moral, muy diferente de la ventura, pero mejor consejera del alma que el esperanzado deseo...—Estúvose, pues, parado algunos minutos en aquella tranquila márgen del Rubicon de su pobre historia, como dando reposo al fatigado espíritu ántes de las supremas emociones que le aguardaban, ó acaso preguntándose friamente si, en lugar de encaminarse hácia la dicha, se dirigiria hácia un total infortunio...—¿Viviria Soledad? ¿Le habria sido fiel, ella que nada le habia prometido nunca?—¿Habria habido algun hombre capaz de tomarla por esposa?—¿Viviria el terrible anciano? ¿Seguiria negándose á toda transaccion?—¿Se atreveria Soledad en este caso á unirse con el hijo de D. Rodrigo Venegas, despues de la espantosa escena de la Rifa? ¿Le amaba á tal extremo? ¿Le habia amado alguna vez?—¿Qué aguardaba al proscrito, á la vuelta de su largo destierro? ¿Horribles dolores? ¿Crueles desengaños? ¿Renovadas luchas? ¿Escenas de sangre? ¿Su propia muerte, por término de tantas angustias y fatigas?
La llegada del arriero con las cargadas bestias sacó al jóven de aquel estado de culminante inquietud, no ménos amargo, aunque de distinta índole, que el de Diego Marsilla cuando lo detuvieron los facinerosos casi á la vista de Teruel...
Pasaron el rio nuestros caminantes, y entraron en los largos callejones, guarnecidos de olorosos panjiles y de zarzas, espinos y otras especies de setos, que conducen, á traves de muchos pagos de viña, á las puertas de la Ciudad...; y, ya estarian como á quinientos pasos de ella, cuando, al cruzar por delante de cierta solitaria Ermita, precedida de un porche, que allí se alza desde tiempo inmemorial, oyóse una voz de mujer que decia:
—Manuel: ¿eres tú?—Hazme el favor de oir una palabra...
II.
LA REALIDAD.
Manuel refrenó el potro, y, á la luz de la lámpara que alumbraba aquel humilde Santuario, vió, de pié, á la entrada del dicho porche, separado del interior de la Ermita por unos barrotes de madera, la imponente figura de una mujer alta y vestida de negro, que añadió, al verlo detenerse:
—¿Conque eres tú?—¡Gracias á la Vírgen Santísima! ¡Temí que hubieses echado por otro camino!
—Sí, señora... Yo soy... (respondió Manuel, lleno de asombro.)—¿Y usted? ¿quién es?—Yo quiero reconocer esa voz...
—Soy la madre de Soledad...—repuso la mujer con dulzura.
Oir el jóven esta frase y estar en el suelo fué una misma cosa.
—¡La señá María Josefa! (exclamó vivamente conmovido.) Espere usted un momento, señora.—Oye tú, arriero: sigue adelante, y espérame á la entrada de la Ciudad...—¡Cuidado con hablar ni una palabra!
El malagueño siguió andando, muerto de curiosidad por saber algo de lo mismo que se le prohibia decir, y Manuel ató su cabalgadura á uno de los viejísimos álamos blancos que entónces rodeaban la Ermita, en cuya especie de atrio penetró al fin aceleradamente, diciendo con afectuosa voz:
—¿Usted aquí? ¿Usted esperándome? ¿Qué significa esto? ¿Qué ocurre? ¿Cómo ha sabido usted que yo llegaba?
—Por D. Trinidad Muley... (contestó la que ya debemos llamar vieja, cogiendo las manos de Manuel y llevándoselas á la cara para que tocase su llanto.)—Pero no acuses al señor Cura por haberme revelado tu secreto... ¡Era preciso que yo lo supiera!—Además, él no guarda misterios conmigo... ¡Sabe lo que te quiero!... ¡lo que te he querido desde que murió tu padre!—Ven; siéntate aquí... ¡Tenemos que hablar mucho, y estoy cayéndome!...
Así diciendo, la buena mujer acercó el jóven á uno de los asientos de cal y ladrillo que decoran todavía aquel porche y que sirven de lugar de descanso á los paseantes y á los devotos.
Manuel estaba estupefacto, ó, por mejor decir, perdido en un mar de diferentes y encontradas conjeturas...—Sentóse, pues, sin atreverse á preguntar más, de miedo á desvanecer los últimos sueños de su esperanza... Pero, viendo que su interlocutora no acertaba tampoco á explicarse, dijo al fin con trabajosa resignacion:
—Algo muy bueno ó muy malo ocurre, cuando usted ha salido á recibirme de esta manera...—No quiero ponerme en lo peor, y comienzo por admitir lo que sería la felicidad para todos...—¿Ha venido usted á aconsejarme que no éntre en la Ciudad en són de guerra, visto que su esposo de usted transige, ó podria transigir conmigo, si yo me acomodase á guardar tales ó cuales miramientos?—¡Respóndame con entera franqueza!—¡Ah! ¡Se calla usted!...—¡Luego no es eso lo que ha venido á pedirme!
—No, Manuel... No es eso... (repuso la atribulada madre.)—Lo que yo he venido á pedirte (y perdona que te hable de tú; pero así te hablé cuando eras muchacho, y ¡bien sabe Dios que siempre te he querido como á un hijo!...); lo que yo vengo á suplicarte es que te vuelvas... ¡que no entres en la Ciudad!—¡Te lo ruego, por lo que más ames en el mundo!
Manuel respondió sarcásticamente:
—¡Por lo que más ame en el mundo!...—¡Qué contradiccion y qué escarnio! ¿Cuántos amores cree usted que tengo yo?—¡Que me vuelva! ¡Que no éntre en la Ciudad!...—¡Eso es muy fácil decirlo; pero pídale usted á un rio que vuelva á la montaña, y verá qué caso le hace!...—En fin: ¿á qué cansarnos? Ya estoy al cabo de lo que usted tenía que decirme: que D. Elías sigue negándose á todo: que estamos como al principio: que tendré que luchar...—¡Pues lucharé cuanto sea necesario!...
—Tampoco es eso, Manuel...—Mi marido no se opone ya á nada...
—¡Ah! ¡D. Elías transige!... (exclamó el jóven, lleno de sorpresa y de alegría.) Pues, entónces, ¿qué nos detiene? ¿qué puede importarnos el resto del mundo?—Yo vengo dispuesto á todo... Yo le daré satisfaccion cumplida al pobre anciano... ¡Conozco que aquel dia estuve demasiado cruel!—Además, le traigo su millon...—Aquí lo tengo, en letras sobre Málaga...—¡Mi padre, al verme pagar esta deuda, bendecirá mi union con Soledad!...—¡Ah, señora!... Acabo de nombrar al alma de mi vida... ¡Hábleme usted de ella! ¡Hace ocho años que no tengo noticias suyas!...—Dígame usted que me quiere todavía...; que ella es la que ha vencido á su padre...—¡Se calla usted tambien!—Señora: tenga usted mejores entrañas... ¡Sáqueme de esta horrible angustia!—¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado durante mi ausencia?
—Tranquilízate, hijo mio... ¡Me asusta verte así! (respondió la pobre mujer, llorando de nuevo.)—Yo te lo diré todo, si me juras volverte..., si me juras no entrar en la Ciudad...—¡Oh, no pongas esa cara!... ¡No te irrites!...—¡Dios mio! ¿Para qué querrá este hombre saber desventuras? ¿Para qué querrá ser tan desgraciado como yo?
—¡Hable usted, señora, por los clavos de Cristo, y, sobre todo, no me diga más que me vuelva!—¡Eso es un sacrilegio, cuando vengo de pasar ocho años de expatriacion y de lucha, y acabo de andar miles de leguas, pensando siempre en llegar adonde ya he llegado!—¡Hable pronto, ó monto á caballo, y voy á su casa de usted á averiguar por mí mismo el horror que trata de ocultarme!...—Pero me equivoco... me atormento demasiado... ¡No es posible que Soledad haya muerto!...—Lo que sin duda ocurre es que su marido de usted pretende algo muy difícil... algo absurdo...—¿Digo bien? ¿No es eso?—Pues no se apure usted... Todo se arreglará con calma y moderacion...
La señá María Josefa vaciló todavía unos instantes, hasta que al fin murmuró sordamente:
—Vuelvo á decirte que mi marido no pretende nada.—¡Mi marido ha muerto!
—¡Loado sea Dios! (exclamó el Niño de la Bola con la feroz solemnidad de una implacable justicia.)—¡Si hay otro mundo despues de este, ya habrá sido vengado mi padre!—Perdono al autor de todas mis desgracias...
—Tambien te perdono yo á tí (repuso la triste viuda) esa crueldad con que recibes la noticia de una de mis penas, y te suplico que no sigamos adelante...—¡Véte, Manuel! ¡Véte por donde has venido, y no quieras saber más desdichas!
El jóven se levantó horrorizado al oir estas últimas palabras.
—¡Dios de Israel! (gritó con un acento de dolor más que humano:) ¡Mi desventura es cierta! La tierra se abre bajo mis plantas... El cielo se hunde sobre mi frente... El mundo ha llegado á su fin...—¡Soledad ha muerto!
—¿Qué dices, desventurado? (replicó la madre, llena de pavor.) ¡Morir mi hija!...—¡Oh!... no lo creas... ¡Tu pobre corazon te engaña una vez más!—¡Entónces hubiera muerto yo tambien! ¡Entónces no estaria aquí!...—Vamos... ¡ven!... siéntate... ¡cálmate!—¡Me estás asesinando con tantas locuras como te ocurren!
Manuel exhaló un hondo suspiro, como despertando de un espantoso sueño, y, dejándose caer en los brazos de la anciana, tartamudeó con infinita dulzura:
—¡Soledad vive!...—¡Oh! ¡cuánto he padecido en breves momentos!—Dios se lo perdone á usted...
Y quedó como aletargado de felicidad.
—¡Esto es querer!—murmuró sentidamente la angustiada viuda.
—¡Soledad vive, y D. Elías ha muerto! (añadió el jóven al cabo de unos segundos.)—¡D. Elías, mi implacable enemigo, el enemigo de ella, el enemigo de usted misma!...—¡Cuán felices podemos ser ahora!—¿Cree usted, mi buena madre, que yo ignoraba el cariño y la proteccion que me dispensó usted siempre?—¡Pues lo sabía! ¡D. Trinidad Muley me enteraba de todo!...—¡El buen D. Trinidad, mi amigo, mi tutor, mi segundo padre!...
—Hoy le he hablado... (se apresuró á exponer la señá María Josefa.) Y él, lo mismo que yo, opina que debes...
—¡No vuelva á decírmelo! (profirió el jóven, acariciándola.) ¿Qué manía es esa? ¿Por qué hablarme de que no éntre en la Ciudad, cuando la suerte lo ha arreglado todo de manera que podemos ser enteramente dichosos?—¿Que nuevo obstáculo se opone á ello? ¡Alguna cavilacion del bueno del señor Cura, ó algun infundado recelo de usted!—¿Creen ustedes acaso que Soledad no me quiere?—¡Pues sí me quiere, aunque ella misma les haya dicho lo contrario!—Lo sé yo.—Lo sabe mi alma...—¡Verá usted, enseguida que me mire, en seguida que me hable, cómo su alma es mia!...—¡Yo la conozco!... Ella oculta sus sentimientos; pero nuestro cariño se parece al sol; que, aunque se nubla en apariencia, siempre arde lo mismo...—¡Ah, señá María! Yo soy ya otro hombre. Soy bueno; soy pacífico...—¡No en balde se da la vuelta al mundo, como yo se la he dado dos veces! ¡No en balde se vive tanto y de tan diversos modos como yo he vivido!—Así es que todos mis sentimientos é ideas han cambiado en estos ocho años, ménos mi amor á Soledad y el cuidado de la honra de mi apellido...—¡Oh! ¡cuánto he batallado con la suerte en África, en la India, en Filipinas y en ambas Américas!—¡Y cómo me ha favorecido la fortuna! Ya soy más rico que fué mi padre en sus buenos tiempos... En Málaga he dejado un capital... En el maletin del caballo traigo arrobas de oro y de piedras preciosas...—He sido General en la América del Sur... He vencido Caciques indios, que es como quien dice Reyes, y yo mismo he podido tambien ser Rey de aquellas tribus salvajes...—No cuente usted nada de esto; pues nadie lo creeria...—¡Le traigo á Soledad unos regalos!...—¡Y tambien á usted!...—¡Al mismo D. Elías le destinaba un magnífico presente!...
—¡Malhaya sea el dinero! ¡Él tiene la culpa de todo!—rezó fatídicamente la madre, cuyos ojos, clavados en el suelo, seguian derramando lágrimas amarguísimas, en tanto que Manuel, sentado junto á ella y casi abrazándola, le contaba, con aquella inocente ingenuidad de niño, cómo habia logrado conquistar el vellocino de oro...
—¡Malhaya sea el dinero! digo yo tambien... (respondió el jóven con cierta acritud.)—Pero no empiezo á decirlo ahora... Lo he dicho siempre; y, si me fuí á recorrer el mundo en busca de más oro del que nuestra Sierra podia darme, ¡usted sabe en qué consistió!—Por lo demas, el caudal que yo traigo ha sido ganado honradamente en los campos de batalla, como los tesoros de muchos Reyes de Europa.—¡Yo soy siempre el hijo de D. Rodrigo Venegas!...—En fin, vámonos á la Ciudad...—El arriero me está aguardando...—Yo la acompañaré á usted con el caballo del diestro, y, si usted lo permite, esta misma noche hablaremos con su hija y quedará arreglado todo en cuatro palabras...—¡Vamos!... señora...—No perdamos un tiempo precioso...
Y, así diciendo, el jóven se puso de pié, como resuelto á marcharse en seguida.
La señá María Josefa no se levantó, sino que hundió el rostro entre las manos y comenzó á gemir desconsoladamente, exclamando con desgarrador acento:
—¡Ay Dios mio! ¡Ay Dios mio de mi alma! ¿Qué va á ser de nosotros?—¡Esto es una perdicion!—¡Pobre hija de mi vida!
Manuel se quedó frio como el mármol, y un sudor de muerte corrió por su descompuesto semblante.
—Señora... (tartamudeó al fin.) ¡Hablemos claros!—¿Qué nueva infamia ha ocurrido durante mi ausencia?—¡Dígamelo pronto, ó voy yo mismo á averiguarlo á la ciudad!...
—¡Manuel! ¡Manuel! (clamó la pobre anciana.) ¡Á la ciudad no! ¡Vámonos á otra parte!... á donde tú quieras... ¡Yo te acompañaré hasta el fin del mundo! Yo pasaré contigo lo que me reste de vida... Yo seré para tí una madre cariñosa... una madre tiernísima...
—Pero, ¿y Soledad? (gritó frenéticamente el Niño de la Bola.) ¿Qué haremos de Soledad? ¿Qué ha sido de ella?—¡Pronto! ¡pronto! ¡sin discurrir más mentiras!
—No sé... No me lo preguntes...—¡Soledad no merece nuestro cariño!—La abandonaremos...—Yo misma no la veré ya más...—Anda... ¡Vénte, hijo mio!...—Llama á ese hombre, y vámonos á América, á Portugal, á Filipinas, á donde tú dispongas...
—¿Y Soledad? (repitió Manuel con tal violencia, que la madre retrocedió espantada.) ¿Qué ha hecho usted de su hija? ¿Con quién se quedará Soledad?
Hubo un instante de silencio, durante el cual se oyó el tempestuoso latido de aquellos dos corazones.
Manuel fué el primero que recobró aliento para seguir marchando hácia el abismo, y dijo con la pavorosa tranquilidad del que se suicida.
—Nada tiene usted ya que explicarme...—Soledad se ha casado.
La madre cayó de rodillas por toda contestacion, y tendió hácia el jóven las manos cruzadas, como pidiendo indulto.
Reinó otra vez un funerario silencio.
Venegas permaneció algunos instantes bajo el peso de las ruinas que acababan de caer sobre su alma. ¡Todo un mundo se habia hundido en ella!—El coloso tuvo un momento, nada más que un momento, la suprema ilusion de creerse inferior á su desventura, y acaso imaginó tambien esta vez, como la triste noche que siguió al entierro de su padre, que habia muerto y sido sepultado...
Pero no tardó en rehacerse la fiera bajo los escombros de su juventud malograda, saliendo de entre ellos mucho más horrible que del terremoto que puso fin á su niñez: lanzó un tremendo alarido, que hizo temblar y botar espantado al noble bruto que le aguardaba allí cerca, y, agachándose hácia la horrorizada víctima que yacía á sus plantas, díjole con enronquecida voz:
—¿Quién? ¿Quién ha sido? ¿Quién se ha casado con mi mujer? ¿Cómo se llama el temerario?—Ni ¿qué me importa su nombre?—¡Morirá, sea quien fuere! ¡Morirá, aunque se esconda en el centro de la tierra!—De esto no hay más que hablar: ¡es cosa decidida!...—Pero dime, vieja infame, embustera, llorona, peor mil veces que el escorpion con quien estuviste casada: ¿cómo has podido consentir que Soledad?... ¿Qué has hecho para reducirla?... ¿Cómo se ha prestado ella?...—¡Ah! ¡la hipócrita! ¡la impúdica! ¡la vil criatura que yo tomaba por un ángel!... ¡Casarse con otro hombre! ¡Qué horror! ¡Qué asco! ¡Qué miseria!—¡Todos sois de una misma casta de reptiles; el padre, la madre, la hija!
—¡Ella es inocente!—respondió la anciana, irguiéndose poco á poco ante aquellos bárbaros insultos.
—¡Morirá!—pronunció Manuel, extendiendo el brazo como si jurara.
—Su padre fué quien la obligó á casarse... Ella no queria... ¡Te lo juro por lo más sagrado!...
—¡Morirá!—repitió Manuel implacablemente.
—¡Ántes morirás tú mil veces, dragon de los infiernos! (gritó al fin la madre, levantando la cara hasta rozar con la del jóven.) ¡Estás enfrente de una madre resuelta á todo, á matar, á morir, á llorar hasta que se ablande tu alma de piedra, á servirte de criada... á todo, ménos á ver padecer á su hija..., ménos á ver sin padre al nieto de su corazon!...—Ya lo sabes, monstruo...—Puedes tomar el camino que gustes...
Una carcajada histérica y salvaje estalló del pecho de Manuel y se dilató por los silenciosos campos.
—¡La desvergonzada ha tenido un hijo!... (rugió luégo convulsivamente.) ¡Un hijo de cualquiera!—¡Cómo se multiplican estos bicharracos!—¡Cuántos, cuántos tengo que matar, comenzando por usted, que es la abogada de todos ellos!...—¡Rece usted el credo, señá María!
La anciana dió un agudo chillido, creyéndose muerta; y, como no pudiese escapar, volvió á caer de rodillas, y se abrazó á los piés del insensato.
—¡Así! ¡Así! ¡Á mis plantas!... (exclamó éste con satánico regocijo.)—¡Oiga usted en esa postura mis instrucciones, á ver si, complaciéndome en todo, conquista usted una conmutacion de pena!—Ahora no le habla á usted ese traidorzuelo que se ha amancebado con su hija... ¡Ahora le hablo yo, el verdadero marido de Soledad!...—Dígale usted á ese hombre que se marche de la casa en que ya está de más, á donde yo tengo que ir esta noche, no sé si á besar á mi mujer, ó á pegarle, ántes de matarla...—Dígale usted que por la mañana temprano lo buscaré á él donde quiera que se agazape; para lo cual iré siguiendo con el olfato su pista de acobardada garduña ó de zorro ladron, y lo mataré como quien mata un insecto...—Dígale á Soledad que he llegado; que eche su hijo á la Inclusa, y me espere bien vestida hasta que yo vaya á verla ó le mande recado de que la espero...—Dígale que yo... que Manuel Venegas... que el Niño de la Bola...—¡Oh! ¡No le diga nada!...—¡Ay Dios mio!... ¡Se me va la cabeza!... ¡Yo me vuelvo loco!...—¡Aire! ¡Aire!—¡Pobre Soledad mia! ¡Soledad de mi alma! ¡Soledad! ¡Soledad!
Y, gritando de esta manera, sollozando ó riendo, pero sin derramar ni una lágrima, salió tambaleándose de la Ermita, montó á caballo, y desapareció fuera de camino, por en medio de los oscuros sembrados, como si huyese á un mismo tiempo de las tierras en que habia estado ausente tantos años y de la Ciudad á cuyas puertas acababa de ser herido de muerte.
III.
DE LO QUE AQUELLA NOCHE PENSARON Y DIJERON LOS HABITANTES DE LA CIUDAD.
La súbita noticia de que el Niño de la Bola estaba de vuelta, colmado de riquezas, y tambien de ira, cundió aquella misma noche por toda la Ciudad con la rapidez del pavor, cual si se tratase de la llegada del cólera ó de la proximidad de un ejército enemigo.—El arriero malagueño, vagando con sus tres cargas por aquellas calles para él desconocidas, sin saber dónde meterse, y teniendo que preguntar á los transeuntes «por un D. Manuel Venegas que habia venido con él de Málaga y de quien se habia apoderado, al pasar por delante de cierta Ermita, una especie de alma en pena, vestida de negro», fué el primero que, ya cerca de las Ánimas, reveló al público tan interesante nueva, confirmada poco despues por una antigua criada de la señora de Arregui (álias la Dolorosa), que tuvo que ir á la botica de la Plaza por tila y flor de azahar para la señá María Josefa, y contó de camino á cuantos halló al paso todo lo acontecido en el santuario campestre, tal y como la madre acababa de referírselo á su hija...
Era ya muy tarde para que, en un pueblo tan anticuado, se prolongaran mucho en calles y plazas los corrillos y comentarios de las gentes, áun tratándose de negocio de tanta monta; por lo que todos se contentaron con cerciorarse de la verdad del hecho, y se marcharon á sus casas, á rumiarlo santamente en familia, al propio tiempo que la ensalada de la cena...—Podemos, pues, asegurar que, empezando por el Palacio del señor Obispo y concluyendo por la última cueva de gitanos, todo el mundo se acostó y durmió aquella noche pensando en nuestro héroe, en la dramática historia de su juventud, en su amor á Soledad, en las amenazas que profirió al marcharse y en el conflicto que de seguro iba á ocasionar su vuelta.
Los necesitados de dinero recordaron además la generosa esplendidez con que el hijo de D. Rodrigo habia sacado de apuros á muchos pobres cuando sólo poseia algunos miles de reales, y prometiéronse, al saber que llegaba de Indias con tres cargas de onzas, salir de deudas y trabajos, sin más que presentarle una apuntacion de lo que les hacía falta para ponerse á flote. Las mozas por casar, especialmente las llamadas señoritas, preguntaron si venía soltero, y hablaron pestes de la Dolorosa. Pensaron los médicos en que tenian un buen cliente más: los sacristanes discurrieron sobre cuánto valdria el entierro de un indiano tan rico, en la prevision de que se muriese al hallar casada á su antigua novia: conocieron los matones... sede vacante, que habia llegado el propietario de su precaria autoridad, y convinieron en que el Niño de la Bola debia matar á Antonio Arregui (á ver si lo ahorcaban de resultas, ya que Antonio Arregui no optase por matarlo á él): receló el nuevo Obispo de la Diócesis, persona muy santa y entendida, si aquel extraño personaje vendria á perturbar las conciencias: el Alcalde y el Juez temieron que les hubiese caido trabajo; y escribanos y procuradores holgáronse por la inversa en tal expectativa...—Todos, en fin, auguraron una tragedia espantosa al entregarse aquella noche en brazos del sueño con la mayor comodidad posible, dándose acaso cuenta, al arroparse y tomar la postura favorita, de que no amaban al prójimo tanto como á sí mismos, y alegrándose indudablemente de que ninguna persona de su casa ó de su particular afecto se hallara en el duro trance de Antonio Arregui, de Soledad y de Manuel Venegas...
Dos excepciones habia en el pueblo por lo tocante á recogerse temprano.—Era una de ellas la Botica de la Plaza, que no se cerraba hasta las diez, y donde el mancebo ó practicante que la regentaba (persona importantísima, que ha de figurar mucho en el resto de nuestra historia) tenía tertulia de hombres solos, casi todos mozalvetes muy mal criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas; y era la otra la casa de un antiguo hijodalgo (ya no se daba á nadie este título, ni existian los privilegios inherentes á él); hombre muy acaudalado y culto, grande admirador de Moratin, afrancesado en 1808 y en 1823, y miembro á la sazon de la Sociedad secreta llamada «Jovellanos»; el cual no cerraba sus puertas hasta las once, que se retiraban las cuatro ó seis personas de clase y de ciertas ideas á quienes tenía la dignacion de recibir despues de cenar, ó sea al punto de las nueve...
En la botica, ó mejor dicho, en la trasbotica, hablóse largamente de la llegada del Niño de la Bola, no faltando ya quien supiera y contase (por acabárselo de oir á la hermana del ama de D. Trinidad Muley) que éste habia recibido quince dias ántes una carta del jóven, fechada en Málaga (y sin señas, para evitar toda contestacion), en que le decia, bajo el mayor secreto, que el sábado 5 de Abril llegaria á la Ciudad, para cuya fecha necesitaba que le hubiese tomado una casa muy buena y en muy buen sitio y que se la tuviera algo amueblada: que Manuel era, por consiguiente, (y no el nuevo Dean, como se habia contado) quien iba á vivir en aquella misma Plaza, en el antiguo edificio denominado Casa del Chantre; que ya estaba constituida en ella la susodicha hermana del ama de gobierno del Cura, con el alto empleo de ama de llaves del hijo de D. Rodrigo, en cuya calidad acababa de recibir las tres cargas de onzas, perlas, diamantes y rubíes que tanto habia paseado por las calles el arriero; y, en fin, que nada habia vuelto á saberse del Niño de la Bola desde que, ya muy anochecido, lo vieron unos guardas cruzar á escape por en medio de los sembrados de la vega, como si él ó su caballo se hubiesen vuelto locos; pero que D. Trinidad Muley andaba ya en su busca, caballero en una pollina, siendo de esperar (de temer, dijo el relatante) que, si lo encontraba á tiempo y conseguia calmarlo, no ocurriese nada por aquella noche...
Como todos los asistentes á la trasbotica tenian al dedillo la historia del casamiento de Soledad con Antonio Arregui, y sabian quién era este sujeto, y estaban al tanto de las demas ocurrencias habidas en casa de D. Elías Perez desde que Manuel Venegas se ausentó de la poblacion, no hubo para qué referir allí tales sucesos, y contrájose el resto de la velada á exponer cada cual el desenlace que á su juicio convenia mejor á aquella tragedia, en cuyo punto opinó Vitriolo (así llamaban al mancebo) que debian morir todos los personajes; esto es, Manuel, Antonio, la Dolorosa, su madre, y hasta, si venía al caso, el mismo D. Trinidad Muley...
En cambio, y con motivo de hallarse presente una forastera (nada ménos que hija de Madrid y prima segunda de un marqués; la cual habia ido á la Ciudad á vender sus últimas fincas, y estaba de huéspeda en casa del ilustre moratiniano, por habérsela recomendado en carta autógrafa uno de los Ministros de entónces,—miembro tambien de la citada Sociedad secreta, al decir de los irritados esparteristas), fué indispensable contar aquella noche en tan encopetada tertulia toda la vida y milagros de D. Rodrigo, del usurero, de Manuel, de Soledad y de Antonio Arregui; tarea que desempeñó á las mil maravillas el propio dueño de la casa, Académico Correspondiente de la Lengua y Doctor in utroque jure, llamado por más señas D. Trajano Perícles de Mirabel y Salmeron,—cuyos paganos é ilustres nombres de pila (digámoslo de pasada) daban claro á entender que su candoroso padre habia sido, como otros muchos españoles del reinado de Cárlos III, muy amante de la Enciclopedia... y tambien del Bautismo.
Comenzó, pues, tan autorizado sujeto por referir todo lo que nosotros hemos narrado en el Libro Segundo de la presente obra, ó sea hasta el instante que Manuel Venegas se ausentó del pueblo despues de la inolvidable escena de la Rifa; y, llegado que hubo á aquel punto crítico de su relacion, bebió agua, tomó aliento y rapé, y continuó de la manera siguiente...
Pero ántes de copiar lo que dijo, no estará de más que nos fijemos un poco en la citada forastera y tambien en cierto jovenzuelo, de ella locamente enamorado, que á la sazon fluctuaba allí entre el suicidio y la gloria, y el cual interesará en algun modo á nuestros lectores, por más que su papel en este drama sea tan breve, accidental y episódico como el de la pobre mujer que tantas grandezas y tantas locuras de la Corte representaba á la sazon en aquel oscurecido pueblo.
IV.
DOS RETRATOS, POR VÍA DE ENTREMES. (CAPÍTULO INÚTIL, QUE PUEDEN DEJAR DE LEER LOS IMPACIENTES.)
La aristocrática madrileña frisaria en los treinta años, y era una valiente hembra, alta, desenvuelta y garbosa, cuya magistral elegancia suplia con exceso cualquier deterioro que el vivir muy de prisa hubiese causado á su natural hermosura. Tenía mucho talento, mucha gracia y, sobre todo, mucho mundo: conocia y trataba indudablemente (pues ya habia recibido cartas que lo probaban) á todas las personas notables de Madrid, empezando por D. Evaristo Perez de Castro, á la sazon Presidente del Consejo de Ministros, y concluyendo por Olózaga, el orador más insigne de la oposicion: hablaba el frances, el inglés y el italiano, y siempre estaba leyendo libros en estos idiomas, no sólo de Literatura, sino de Medicina, de Historia Natural, á que era muy aficionada, y alguno que otro de Filosofía antireligiosa...: iba, empero, á misa todos los domingos y fiestas de guardar, y áun agradábale la conversacion de los sacerdotes ilustrados y bien vestidos: tocaba perfectamente el piano: cantaba de memoria óperas enteras: montaba á caballo en todas posturas: aseguraba que sabía nadar (como lo acreditaria en llegando el verano): tiraba, en fin, muy bien la escopeta y la pistola; y, sin embargo, ó, por mejor decir, en medio de todo esto, no habia sido recomendada al señor de Mirabel en concepto de casada ni de viuda, sino en calidad de soltera; lo cual pareció á aquellos atrasados vecinos y vecinas mucho más extraordinario y sorprendente que todas las dichas habilidades.
—«Es una Diana Cazadora»...—solia exclamar D. Trajano, muy orgulloso y satisfecho de alojar en su casa aquella notabilidad, y más prendado de sus hechizos y salvaje pudor (sic) de lo que convenia á un hombre tan provecto, respetable y acaudalado...
—No niego yo que sea una Diana en cuanto á la castidad (le argüia su mujer cuando estaban solos); pero, ¡quién sabe si resultará una Diana pescadora!...
Y era que la esposa del jurisconsulto temia que, por fin de fiesta, tuviese que quedarse su marido con las malparadas fincas de la cortesana en el precio que á ésta se le antojase pedir...
En cambio, el mencionado jovenzuelo sentia una adoracion fanática, ciega, absoluta, hácia aquella divinidad relativa; lo cual comprenderemos mejor penetrando en la imaginacion de él, que aquilatando los merecimientos de ella.—Lo que allí ocurria era lo siguiente:
En todas las poblaciones subalternas de Europa, y especialmente en las estacionarias y vetustas como aquella Ciudad, hay casi siempre, desde los comienzos de nuestro alborotado siglo, un organista que sueña con eclipsar á Rossini, un coplero que sueña con eclipsar á lord Byron, ó un albéitar, lector de periódicos, que sueña con eclipsar á Marat; un jóven, en fin, pálido y tétrico, que huye de la gente, y pasea solo por los desiertos campos; foco de pensamiento y de bílis; hígado con piés y sombrero; declarado enemigo de cuanto ve en torno suyo, y cónsul moral de todo lo de fuera, cuya febril imaginacion sigue los pasos á las celebridades contemporáneas más de su agrado, como el astrónomo sigue la marcha de los planetas que nunca ha de visitar y que ruedan indiferentes por el cielo, sin sospechar la existencia de los observatorios.
De estos Mirabeaus, Napoleones ó Balzacs en hierba (en agraz, decimos los españoles), unos mueren ántes de llegar á los veinte años, aplastados por su propio genio ó por la desesperacion: otros se allanan lenta y penosamente á bajar al nivel de sus vulgarísimos paisanos, y acaban en Secretarios de Ayuntamiento ó en oficiales de escribanía: otros logran levantar el vuelo...; pero caen mal en la metrópoli de su patria, llámese Paris ó Madrid, Viena ó San Petersburgo, y mueren de hambre, se pegan un tiro, ó se inutilizan y frustran más deplorablemente, bajando á la sima del deshonor por el plano inclinado de la miseria...: algunos, en fin, llegan á ser grandes hombres, poetas laureados, oradores insignes, generales, ministros, millonarios..., y legan su nombre á las generaciones futuras.
No sabemos qué porvenir tendria reservada la suerte al jovenzuelo de que vamos á hablar... Pero él era á la sazon el presunto gran literato de aquella tierra; y, la verdad sea dicha, mostraba algunas condiciones para ello; inagotable ternura en el alma, mucho fuego para admirar, y una terrible soberbia contra la injusticia.—Dábale por escribir tragedias románticas: Víctor Hugo era su ídolo. Ya habia devorado todos los libros del pueblo, que ascendian á millares de volúmenes, procedentes de los extinguidos conventos de frailes y de la biblioteca de un sabio dean, muy amante de las letras profanas, que acababa de pasar á mejor vida.—Hacía el número ocho entre los doce hijos (todos varones, como los de Jacob) de un procurador no tan rico en bienes de fortuna como en herederos de su limpia fama, el cual sólo podia darles sustento y ropa, y de modo alguno carrera en la Universidad, lo cual lamentaba muy singularmente el buen hombre por este su adorado Pepito, cuyo talento le parecia superior al de todos los sabios de que hablaban las historias y al de todos los ministros que figuraban en los periódicos. Obligábale, pues, á ir á Palacio á visitar al nuevo Obispo de la Diócesis, como habia pedido á don Trajano que lo admitiese en su tertulia, tan luégo como se enteró de las buenas relaciones que tenía en Madrid la forastera, esperando sin duda el amantísimo padre (¡téngalo Dios en su santa gloria!) que Su Ilustrísima, admirado de los hermosos versos que componia el chico, lo hiciese de golpe canónigo de gracia, con lo cual ya tenía abiertos los caminos de la Mitra, de la Senaduría, del Capelo y hasta de la Tiara, ó que la prima del marqués lo recomendase á María Cristina, á fin de que esta augusta señora lo llamase á la Corte y lo pusiese en candelero.
En lo demas, Pepito vivia solo, tanto porque las gentes de la poblacion estaban heridas de su saber y de su orgullo, cuanto porque él despreciaba la conversacion de aquellos bienaventurados. Á veces no podia ya con el sublime fastidio propio de las naturalezas privilegiadas, y envidiaba la fácil dicha de los modestos, y, sobre todo, entrábale un ánsia de amor, una necesidad de ser amado, un hambre de lisonjas de mujer, que rayaba en verdadero delirio... Pero su corazon le decia á voces que las incultas y recelosas señoritas de aquel pueblo no se atreverian nunca á franquearse con él, ni él sabría tampoco hablarles en estilo y forma que no las abochornara y retrajese, y, como consecuencia de todo ello, lo pasaba bastante mal.
Verdaderamente, todavía era muy niño: diez y siete años iba á cumplir cuando nosotros lo vemos en escena: estaba feo, por resultas de una pubertad retrasada y enérgica, de cuya tardía crísis daban aún claro testimonio la hinchazon de su nariz y de sus labios y la inseguridad de su voz. No habia acabado de crecer, ó, mejor dicho, faltábale crecer por igual: su tez era verde: apuntábale el bozo, y sus ojos parecian dos ascuas.—Vestía con detestable gusto, aunque con limpieza y señorío.—En punto á religion, era discípulo de Voltaire, y en política idolatraba á Mirabeau; pero ni su padre, ni el Obispo, ni D. Trajano sospechaban semejantes horrores...—Aquellos estudios los hacía á solas en los tejados de su casa.
Tal era el jóven que se habia enamorado de la madrileña, no como de una criatura mortal, sino como de un sér ultra-terrestre, como de una sílfide, como de una musa, como de un ángel del cielo especial del romanticismo.—Y se explica esta devocion... ¡Ella venía del mundo en que él soñaba á todas horas! ¡Ella figuraba en primera línea en el Olimpo de la Corte! ¡Ella habia conocido á Larra, más glorioso entónces por haberse suicidado, que por haber escrito sus inmortales obras! ¡Ella tuteaba á Espronceda..., «á Pepe»..., que era como solia llamar la diosa al semi-dios de aquellos dichosísimos tiempos! ¡Ella habia sido retratada al óleo, de cuerpo entero y en tamaño natural, por el insigne Duque de Rivas, por el creador de D. Alvaro ó la fuerza del sino! ¡Ella era visitada por Pastor Diaz, por el inspirado cantor de La Mariposa negra y de la Elegía á la Luna! ¡Ella, en fin, habia asistido al estreno de El Trovador y de Los amantes de Teruel, y arrojado coronas á sus autores!
Semejantes prerogativas hacian enloquecer á Pepito de amor y veneracion hácia tan agasajada hermosura.—Además: ¡aquella mujer olia de un modo!... ¡tenía una ropa tan bien hecha! ¡lucía tan completamente el talle, yendo en cuerpo gentil, sin miedo á que se dibujasen sus formas, cuando entónces, en aquella Ciudad, todas las mujeres se ponian unos coletillos debajo del vestido y unas pañoletas encima de él, prendidas con centenares de alfileres, y luégo otro pañuelo ó manteleta más grande, que hacian perder hasta la menor idea de los naturales encantos!...—¡Ni era esto todo!... ¡Sabía Pepito..., sabian otras muchas personas..., decíase de público en el pueblo... que la forastera se bañaba diariamente!—¡Bañarse! ¡cosa de ninfas! ¡cuando ménos, cosa de sultanas, cosa de huríes!—¡En nada, en nada era como las demas mujeres! Ella no ocultaba, ni tenía para qué ocultar, sus menudos piés, siempre divinamente calzados: ella estaba á todas horas limpia como un oro: sus uñas parecian hojillas de rosa: al andar, crujia deliciosamente su ropa blanca, y crujia tambien la seda de su vestido. Tampoco temia enseñar los brazos hasta el hombro: ¡habia en ella algo de la noble franqueza de las estatuas! ¡Sin duda alguna, tenía mucho de divinidad! ¡en las estampas de la Ilíada y de la Odisea habia visto el jóven figuras semejantes!...—¡Aquella sí que era la realizacion de su deseo, la encarnacion de sus fantasías; la mujer de sus sueños y de sus insomnios!
La madrileña sabía de sobra todo lo que le pasaba á Pepito. Habíase hecho cargo de su edad y de sus circunstancias, y comprendia que el amor genérico y la devocion poética fomentaban á la par aquel incendio simultáneo de un cuerpo y de un alma. Gozaba, pues, muchísimo en el espectáculo de tan atroz combustion, y por nada del mundo la habria aminorado. Léjos de ello, echaba leña al fuego siempre que podia, y hasta creemos que hubiera sido capaz de mostrarse al jóven enteramente desnuda (fingiendo descuido), á fin de acabar de volverle loco..., por lo mismo que estaba decidida á no otorgarle el más insignificante favor... ¡ni tan siquiera que besara la corona bordada en su pañuelo!
Y era natural. En aquel pueblo, donde todo se veia y sabía, y en aquella austerísima casa, donde pasaba por una Santa Ursula, tenía la madrileña que olvidarse de sí propia, ó mejor dicho, tenía que acordarse de cómo estaba obligada á parecer.—Además: hay mujeres que sólo entre sus pares enarbolan bandera corsaria, y la prima del Marqués, la amiga del Duque, la festejada por los vates de moda, la recomendada por los Ministros, pertenecia á este género.—Si Pepito hubiese tenido un laurel, visado en Madrid, de poeta, de orador, de capitan ó de estadista cuando la cortesana lo encontró en aquel pueblo, de fijo lo habria considerado su igual, enlazando gustosa en una cifra de amor más ó ménos platónico su antigua corona de patricia á la del preconizado y consagrado genio...; y hasta puede asegurarse que si, rodando los años, llegó á encontrarlo en el capitolio madrileño, lleno de gloria y fama, por él, más que por ella, quedaria el que no se entrase en largas rectificaciones de conducta.—Pero, pues que entónces Pepito era un lugareño anónimo (y no tampoco ningun Adónis, ningun Hércules, ni ningun Tenorio plebeyo, capaz de seducirla y hacerle olvidar las otras consideraciones más arriba apuntadas), nada tenía de particular que la huéspeda de D. Trajano se vengase de su forzosa inaccion complaciéndose en el martirio del deseo ajeno, al modo de los reclusos que divierten sus ocios favoreciendo ó contrariando alternativamente las aficiones de tal ó cual especie de animalillos...
Negaba, por lo tanto, al atrevido mozo, segun ya hemos expuesto, cosas que para ella eran verdaderas nimiedades... Habíale negado, vg., (aunque se los pidió en unas sentidísimas estrofas) tres cabellos de sus largos tirabuzones, ¡de aquellos tirabuzones que tal vez habria saqueado muchas veces la sin ventura, para que amantes olvidadizos se hicieran cadenas de reloj, que ya no existirian!... En cambio, ella introdujo en la tertulia del señor de Mirabel la costumbre de dar la mano á los caballeros, y, cuando se la daba á Pepito, recreábase en ver la cara de gozo, de triunfo y de veneracion que ponia el infeliz...—¡Aquella mano, que tantos esfuerzos inútiles habria hecho quizás para retener á ingratos y pérfidos Eneas, pareciale á él una azucena virginal, un don del cielo, el principio de una escala mística que conducia á la gloria!...
Dichosamente, no habia en el pueblo quien pudiera desengañar al jóven.—Tal vez el Obispo, desde su palacio, adivinaba la verdad, por haber frecuentado mucho tiempo la alta sociedad madrileña... Tal vez lo sabía todo el Juez de primera instancia, que habia andado por las esferas ministeriales pretendiendo aquel y otros destinos... Pero ambos eran hombres de órden y muy cautos, incapaces de escandalizar al público con imprudentes revelaciones... y nada dispuestos á malquistarse con la recomendada de los Ministros.
En lo demas, no habia cuidado; pues las señoras y señoritas del pueblo, aunque temian acercarse á la atildada y sabionda forastera, no la detestaban ni envidiaban desde sus hogares, visto que sus maridos, novios y todo género de presentes y futuros experimentaban igual temor y nunca se atreverian á decirle «los ojos tienes negros», y considerando (¡cínica y terrible consideracion de las más celosas!) que aquella exquisita mujer no se prendaria en ningun caso de sus ramplones caballeros.—Limitábanse, pues, á no visitarla, ya por la dicha cortedad, ya por aquel necio orgullo que suelen producir los agrios de la modestia; pero, así y todo, imitaban hasta donde podian sus trajes y modo de componerse, siendo ya muchas las damas y damiselas del país que habian encargado á la Capital, ó héchose en casa, sombreros (gorros se llamaban entónces) como los de la prima del Marqués, ó sea una especie de galeras (poco menores que las de la Mancha) que á la sazon estaban muy de moda.
Conque basta ya de entreacto, y oigamos á Don Trajano Perícles de Mirabel y Salmeron, que va á referirnos todo lo acontecido en el asunto de Manuel Venegas despues que éste se ausentó de la Ciudad.
Dijo así el ilustre personaje:
V.
DE CÓMO SE CASÓ ANTONIO ARREGUI.
—Meses, años, lustros (ó, por lo ménos, un lustro y parte de otro) pasaron sin que volviese á haber noticias del mal llamado Niño de la Bola...—Digo más: hasta hace dos horas y media, no ha sabido nadie en la Ciudad si era muerto ó vivo, si habia logrado enriquecer ó estaba en la miseria, ni qué zona, clima ó region del globo presenciaba su gigantesca lucha con el Hado...
—Pero ¿por qué no escribia?—interrogó la madrileña, cuyo interes hácia aquel drama de carne y hueso, tan apropiado á los gustos literarios de entónces, se comprenderá fácilmente.
D. Trajano respondió en el acto:
—¡Tampoco escribió Diego Marsilla á Isabel de Segura en la comedia que está hoy tan de moda y que tanto entusiasma á usted!—Además (y dejándonos de comparaciones), el hijo de mi infortunado amigo no era hombre de hacer las cosas á medias, y, por lo tanto, explícase muy bien que le repugnara dar cuenta y razon de su paradero y del estado de sus fondos... Semejante oficiosidad hubiera equivalido á hallarse presente y ausente á un propio tiempo; de donde se habria debilitado el prestigio que siempre acompaña y da mayor estatura á todo lo arcano y misterioso;—doctrina artístico-literaria que se me ocurre en el calor de la improvisacion, y respecto de la cual, oh bella Marquesita, nosotros los clásicos convenimos con ustedes los románticos...
—Adelante,—repuso la veterana deidad, mirando con tentadora indulgencia al retoñado viejo.
—Ni ¿á qué escribir tampoco? (prosiguió el señor de Mirabel.)—Sus tremebundas amenazas no podian ménos de estar vivas en la memoria de estos naturales, y repetirlas era como presuponer el propio interesado que álguien pudiese echarlas en olvido.—En cuanto á escribir á la misma Soledad, hubiera sido perder el tiempo lastimosamente, dado que el astuto y vigilante D. Elías habria interceptado todas las cartas... Mas, áun prescindiendo de tal consideracion, ¿qué podia Manuel decir á la jóven?—¿Que no le olvidara? ¿que lo quisiese? ¿que lo aguardase hasta su regreso?—¡Harto sabe usted, mi querida doña Luisita, que esas cosas no se piden; y hasta me aventuro á añadir que el suplicarlas es contra-producentem!...—Ergo no debe acusarse al hijo de mi amigo (como se le ha acusado aquí esta noche) por no haber escrito á nadie durante su prolongada ausencia...—¡Yo, en su caso, hubiera hecho lo mismo!
—¡Tú, Mirabel! (exclamó la jubilada esposa del anciano jurisconsulto.) ¡Repara en lo que dices! ¿Te vas á comparar ahora con ese muchacho?
—¡Déjame, Tecla! Tú no entiendes de estos achaques, considerados bajo su aspecto artístico...—replicó D. Trajano con tal autoridad, que su pobre mujer se arrepintió de haber abierto la boca.
Los tertulianos indígenas cerraron por su parte los ojos, como dando á entender que ellos no se atreverian en ningun caso á hacer observaciones á aquella especie de Salomon con tupé y patillas, y mucho ménos delante de la sobrehumana forastera.
En cuanto á Pepito, habia salido á buscar noticias, por indicacion de toda la tertulia, poco ántes de que D. Trajano comenzase su relacion.
—¡Pues sí! (continuó victoriosamente el neopagano.) Manuel procedió como era debido dejando rodar el mundo y pasar el tiempo, á fin de que cada cual obrara secundum se, naturaliter y sin presion exterior ó extrínseca.—¡Lo contrario hubiera sido mantener un estado de cosas violento y falso, de muy mal agüero como prolegómeno de posibles nupcias!—Conque dejemos esto, y pongamos sobre el tapete á Soledad; pues veo, mi querida Luisa, que está usted deseando saber cómo la adorada por el Niño de la Bola pudo casarse con otro hombre, ó cómo hubo hombre que se atreviese á casarse con ella...
—¡C’est ça!—respondió vivamente la cortesana.
—Dice que «así es»... (advirtió el afrancesado, dirigiéndose á su habitual tertulia.)—Pues señor... (añadió luégo:) Soledad estuvo muy mala cerca de un año, despues de la partida del osado Venegas, y, durante aquel tiempo, su padre no pensó más que en cuidarla, hasta que, dichosamente, en fuerza de mimos y desvelos, y de traer médicos de todas partes, consiguió hacerle recobrar la salud.—Dedicóse entónces D. Elías por sí, ó por medio de terceras personas, á buscarle marido, procurando que ni ella ni su madre lo notaran; pero, dicho sea en honra y gloria del amador ausente, nadie se prestó á disputarle el corazon, ó la mano, de su elegida, y eso que el antiguo usurero (me valdré de sus expresiones) daba á la muchacha enterrada en onzas, y se la ofreció áun á sujetos de medianísima clase y sin ningunos bienes de fortuna; y eso tambien que la tal muchacha seguia siendo un primor de belleza, de quien todos estaban suficientemente enamorados.—Realizábase, en suma, aquel diabólico plan del hijo de mi amigo «de hacerse amo de los valientes de la poblacion, como medio infalible de llegar á serlo de Soledad»; pues excusado es decir que no todos los que se negaban á casarse con la millonaria lo hacian tanto por devocion amistosa á Manuel, como por miedo á las amenazas y juramentos que profirió al marcharse...—En cuanto á lo demas, si algunos interpelaban á D. Elías Perez sobre los sentimientos de su hija (para el caso de que se decidieran á pretenderla), todos oian una misma contestacion:
—«Ese es cuidado mio» (les respondia el viejo con la mayor calma).—Cuente usted con su conformidad.
«¡Asómbrese usted, Luisita!...—(Y no salga esto de aquí, señores, pues voy á revelar un hecho que conocen muy pocos, y que á mí me contó el mismo riojano, un dia que vino á consultarme acerca de otros asuntos,—y yo no quiero enemistades con entes como el que tengo que nombrar ahora...)—¡Asómbrese usted, digo! Una sola persona; el jóven más feo y más cobarde de la Ciudad; una especie de Cuasimodo sin belleza de alma que contrastase con la deformidad de su cuerpo... (¡Observará usted que tambien yo conozco á Víctor Hugo!...); un bicho malo y descreido, á quien todos trataban y tratan á puntapiés, por más que no pueda negársele algun ingenio y mucha (aunque detestable) ilustracion; un tal Vitriolo, en fin, mancebo de la botica que habrá visto usted en la Plaza, fué quien se atrevió, no ya á secundar indicaciones del usurero (que nunca se las hizo, tal vez por no considerarlo criatura humana), sino á tomar la iniciativa y dirigir una carta á Soledad y otra á su padre presentando su candidatura á la mano de la gentil doncella.—Alegaba el mísero, con la mayor formalidad del mundo, la belleza de su alma, la elevacion de su talento, su cultura (¡que el muy necio calificaba de superior á la de todo el vecindario!), su carencia de vicios, su laboriosidad, su despreocupacion en materias religiosas y políticas, y, sobre todo, la circunstancia de no temer ni poco ni mucho al valenton llamado el Niño de la Bola.
»Dicho se está que el padre y la hija despreciaron aquellas cartas, tomándolas como una broma de mal género; pero el jóven, viendo que no obtenia respuesta, se propasó á hablar personalmente del asunto con D. Elías; y éste, que en ocasiones sacaba á relucir un genio de todos los diablos, le contestó llenándolo de improperios y de sangrientas burlas, y diciéndole para terminar:
—«¡Líbrete Dios, sierpe venenosa, de volver á mandar cartas á mi hija; pues si ella se contentó dias pasados con obligar á un perro á comerse tu ridícula declaracion de amor, yo te obligaré á tí á tragarte los demas papeles que tengas la avilantez de dirigirle!»
Vitriolo se puso más verde de lo que era, y respondió con una risa que espantó á Caifás:
—«¡Pobre perro! ¡Procuren ustedes que no rabie!—Mi carta de amor, guardada en tal estuche, no podrá ménos de convertirse en verdadero ácido sulfúrico.»
«Y, dicho esto, se volvió á su casa, donde estuvo enfermo dos ó tres meses.
»He contado á usted esta anécdota, para que forme juicio del extremo á que llegaron las cosas por la obstinacion del prestamista en casar á Soledad con cualquiera que no fuese Manuel Venegas, y tambien para que se haga usted cargo de lo humillada y afligida que estaria por dentro la Dolorosa en la difícil situacion que le habia creado la desventura...—Por lo demas, nuestra heroína seguia en apariencia lo mismo que siempre; serena, impasible, callada en todo lo relativo á Manuel, afectuosísima y zalamera con el embobado don Elías, acompañándolo á la iglesia y á paseo, gastándole cada año un dineral en vestidos y joyas, y contestando con frias sonrisas de lástima á los jóvenes que osaban dirigirle alguna galantería...—¡Dios me perdone si me equivoco; pero, en mi concepto, aquella muchacha tan hermosa y tan rica, estaba como indignada al ver que ningun hombre se atrevia á arrostrar la muerte por ella!
»De este modo pasaron seis años.—D. Elías Perez, agobiado por la edad y los sinsabores, se acercaba al sepulcro, y su desesperacion no tenía límites al pensar que dejaba célibe á Soledad y que el odiado Venegas podria regresar el dia ménos pensado y darle la mano de esposo. Ocurriósele entónces la idea de marcharse con su familia á otro país, donde no gravitaran sobre los ánimos las inolvidables amenazas del Niño de la Bola y le fuese posible hallar marido para la heredera de sus millones...—¡Pero ya era tarde! Un tenaz reuma no le consentia moverse... Estaba postrado en el lecho para no levantarse más.
»Como ni D. Elías ni la Dolorosa tuvieron nunca amigos ni confidentes, diferenciándose en esto de los héroes del teatro, sábese muy poco de las conversaciones que mediarian en aquel tiempo entre el padre y la hija, y sobre los verdaderos sentimientos de ésta. Sólo la madre (á quien la jóven trataba con el mismo despego y poca confianza que el riojano, cual si tampoco le perdonase el haber servido honradamente en calidad de criada al que seguia sirviendo humildísimamente en calidad de consorte); sólo la señá María Josefa, digo, habia logrado cogerles algunas expresiones; y, con referencia á ella, se asegura que D. Elías exclamó varias veces durante su larga enfermedad:
—«¡Hija mia! ¡cásate ántes de que yo me muera!»
»Y que la jóven le contestaba siempre:
—«¿Con quién? ¿con Vitriolo?—¡Ese es el único que me solicita!»
»Á lo cual solia poner la madre esta coleta, cuando hablaba del asunto con sus paniaguadas, ántes de que apareciese en escena Antonio Arregui:
—«¡Ya se ve! La muy picarilla conoce que está defendida por la sombra del que se marchó, á quien todos temen ver llegar de un momento á otro; y, por eso, y porque le gusta su papel de niña mimada, no le lleva la contraria á su padre.—¿Para qué, si nadie ha de pretenderla?—Mi hija quiere con toda su alma á Manuel; pero tiene mucho talento y mucha serenidad; pone todo su orgullo en no descubrir sus aficiones de ningun género, y no gusta de comprometerse á nada ni con nadie.—¡Yo no he conocido persona de más espera!»
»Muy digno de estudio me parece este comentario materno, clave y norma del carácter y de la conducta posterior y futura de Soledad; y usted, Marquesita, que tan aficionada es al análisis de los sentimientos, no podrá ménos de reconocer detras de esas palabras un corazon mucho más femenino que los que se empeñan en colocar los románticos dentro del corsé de las mujeres...
—¡Mirabel! ¡por Dios! ¡Que hay señoras!—no pudo ménos de exclamar la esposa del clásico.
—¡Tecla! ¡por la Vírgen! (replicó el preopinante:) Yo hablo de literatura..., y la marquesa me comprende...—¿No es verdad, Luisita?
—Ya discutiremos... (respondió la doctora, haciendo un malicioso mohin á la mujer del abogado, para que no la odiase.) Ahora estoy deshecha por ver á usted llegar á lo que los historiadores llaman nuestros dias...
—Pues continúo...—Y tú, mujer, no te escandalices de cosas abstractas...—¡Yo no estoy discurriendo aquí como hombre, sino como artista!—Conque voy á terminar en breves momentos.
«La vez primera que administraron el Viático á D. Elías Perez, es decir, tres meses ántes de su defuncion (tambien ha contado esto la señá María Josefa), se abrazó el viejo á Soledad convulsivamente y le dijo con infinita angustia:
—»¡Júrame que nunca te casarás con Manuel Venegas!
—»Yo no haré más que lo que usted me ordene,—respondió Soledad.
—»Pero yo me puedo morir... yo me estoy muriendo... ¡Júrame que, cuando cierre los ojos!...
—»Entónces haré lo que me ordene mi madre...—interrumpió la jóven.
—»¡Tu madre es una imbécil! (gritó el usurero) ¡tu madre es cómplice de aquel bandido!—¡Júrame, por lo tanto, que, aunque ella te lo ordene, no te casarás con el que hoy me mata!...
—»Padre, yo no juro... ¡Eso es pecado...! (replicó Soledad gravemente.)—Pero, en lo demas, yo obedeceré siempre á mi padre y á mi madre, como lo manda Dios en la misma Ley que prohibe jurar su santo nombre en vano...
—»¡En vano! ¡en vano! (repitió el moribundo.)—¡Ah, gran hipócrita!—Tú piensas reirte de mí despues que me entierren... ¡Tú eres una ingrata, que te complaces en amargar la agonía del padre que tanto te ha idolatrado, que tanto dinero ha consumido en darte gusto, y que ya no puede servirte de nada!...
—»Yo soy una hija obediente á mis padres y á Dios...—¡á Dios sobre todas las cosas!... (exclamó la jóven seráficamente.)—Por eso no juro ni juraré, aunque usted me insulte de esta manera...
—»¡Pues, entónces, no puedo morirme todavía! (repuso el anciano con asombrosa naturalidad.) Quita de en medio todos esos jarabes, y dáme de comer.—¡Mañana estaré bueno! ¡Tu rebelion me ha resucitado! Siento en mi máquina una energía nueva con que ni tú ni yo contábamos hace poco...—¡Me has dado, cuando ménos, un año y un dia de vida, que es el tiempo que necesito para utilizar tu obediencia!
—»Usted mandará...
—»¡Ya lo creo que mandaré!—Mañana mismo entrarás de novicia en un convento, y, si durante el noviciado no puedo casarte, de mañana en un año serás monja profesa, y yo bajaré tranquilo al sepulcro, despues de legar todos mis bienes á los hospitales de la Rioja...—¿Qué tienes ahora que decir?
—»Que mañana me trasladaré al convento,—respondió Soledad, besando á su padre.»
»No se puso bueno el riojano al otro dia, ni halló fuerzas para dejar el lecho ninguna de las veces que lo intentó, ni habia de levantarse más, segun que ya he dicho; pero la verdad es que se mejoró bastante despues de aquella conversacion; tanto, que los mismos médicos que lo habian mandado administrar, lo declararon fuera de inminente peligro y hasta muy capaz de vivir todavía mucho tiempo, si no se presentaba una nueva crísis.—En cuanto á Soledad, no hay que decir que al dia siguiente entró en el convento.—¡El padre y la hija estaban cortados por una misma tijera!
»Formando cábalas andaban las gentes sobre las reservas mentales de la Dolorosa, á quien acá mismo juzgábamos esperanzada en que su padre moriria ántes de un año, y resuelta de todos modos á no profesar en tiempo alguno; pues hacerse monja era cerrar á Manuel Venegas todos los caminos, hasta el del adulterio...
—¡Mirabel!... ¡yo no te he oido nunca hablar así! (interrumpió doña Tecla:)—¡Esto pasa ya de castaño oscuro!...
—Porque nunca he tenido que hablarte de psicología ni de fisiología... (respondió el académico.)—Pero la marquesa me comprende...
—Vamos... vamos... ¡amigo mio! (expuso la forastera). Doña Tecla tiene razon... ¡Déjese usted de esos estudios, y sáqueme de penas de una vez!...
—¡Es usted muy amable, Luisita, en no reclamar contra unas interrupciones que lamento profundísimamente..., bien que, en medio de todo (yo soy justo), hagan honor á la castidad de mi digna esposa!... (replicó D. Trajano, dando el último golpe á su pobre mujer con este fulminante cumplido, que arrancó una indefinible sonrisa á la no tan lisonjeada madrileña.)—Decia, pues (continuó el impertérrito oráculo), que tal rumbo llevaban las cosas, cuando, á los pocos dias de entrar Soledad en el convento (¡véase lo que es el destino de los mortales!), llegó á esta Ciudad otro riojano, con carta de recomendacion para D. Elías, á fin de que éste le ayudase con sus consejos y buenas relaciones á establecer, al pié de la vecina Sierra, una fábrica de paños, movida por agua...
»D. Antonio Arregui se llamaba el recien llegado, y era un hombre como de treinta años de edad; de buena presencia; muy circunspecto y formal en su trato; poco amigo de conversaciones inútiles; bastante rico, aunque muchísimo ménos que el prestamista; de inmejorables sentimientos, bien que no brillante en sus manifestaciones, y dedicado por completo al trabajo y á los negocios.—Añádase que era soltero.
»¡D. Elías habia encontrado su hombre!—Comenzó, pues, por hospedarlo en su casa: puso en juego á todos sus deudores para que le ayudasen y protegiesen en cuanto se le fuera ofreciendo: le regaló, á título de paisano suyo y antiguo amigo de sus parientes, el terreno necesario para la Fábrica: obligóle á ir al Convento varias tardes á visitar á su hermosa hija, dándole encargos y comisiones para ella; y, cuando consideró que el buen industrial estaba ya en sazon de caer espontáneamente en el lazo que iba á presentarle, refirióle un dia con habilidad suma las que llamó «cuitas de su vejez y desventuras de su casa, que le tenian postrado en aquel lecho y acabarian por matarle muy pronto», ó sea la historia de la horrible presion que un mala cabeza, llamado el Niño de la Bola (lenguaje suyo), estaba ejerciendo sobre él y sobre su pobre hija, porque eran débiles y no contaban con un brazo que los defendiera en aquella egoista Ciudad, donde no se perdonaba á nadie el delito de ser forastero...; presion que habia llegado hasta el punto de impedir que la jóven se casase con personas muy dignas, y de obligarla, por último, á pensar en hacerse monja, sin vocacion alguna á la vida del claustro, pero como único arbitrio para eludir su ridícula y peligrosa situacion; «todo ello (concluyó diciendo D. Elías), en virtud del miedo cerval que causan á un pueblo entero, á una Ciudad de doce mil habitantes, las criminales amenazas de una especie de facineroso cuyo paradero se ignora hace muchos años, y que probablemente habrá ya muerto en un patíbulo...»
»Arregui, que era riojano y descendiente de navarros, y no daba por ende cabida en su sereno corazon á los supersticiosos respetos y temores á que tanto se presta la imaginacion andaluza (yo soy tambien andaluz, mi querida Luisita; pero desciendo de portugueses), quedóse maravillado con lo que acababa de oir; tomó informes de personas sensatas, y se convenció de que todo era cierto; y, como, por otra parte, se habia prendado de la belleza, afabilidad y discrecion de la Dolorosa desde que la visitó por primera vez (no comprendiendo que tan encantadora criatura, llamada á heredar no pocos millones, se enterrase en vida entre las cuatro paredes de un convento), llegóse pocos dias despues al lecho del anciano, y le dijo con su gravedad acostumbrada:
»Yo no soy valiente de oficio; pero no le temo á ningun hombre, sobre todo cuando la razon está de mi parte y puedo contar con el amparo de la Ley y de los tribunales de Justicia. Tampoco soy rico, si se me compara con usted; pero tengo tan pocas necesidades que, con mi caudal y con mi amor al trabajo, me sobra para no necesitar ajenos millones.—¡Lo que yo necesito, como paisano de usted, profundamente agradecido á sus bondades, y como muy enamorado que estoy de su linda hija, es poner término al vergonzoso estado que pesa sobre ustedes!—Tengo, pues, la honra de pedir á usted la mano de Soledad, sin desprecio ni desafío, pero tambien sin temor alguno, á las amenazas del famoso Niño de la Bola.
»D. Elías estrechó en sus brazos á Antonio Arregui; le besó las manos y la cara; le apellidó hijo de su alma y de su corazon; lloró de agradecimiento y de alegría, y, acto seguido, llamó á su martirizada mujer (que lo habia oido todo detras de la puerta), y le mandó que fuese inmediatamente en busca de su hija; pero que ántes abrazase á su yerno.
»La señá María Josefa llevaba ya muchos dias de presentir aquel golpe, y áun de desearlo; pues á la pobre madre le era más duro vivir sin la única prenda de su corazon y pensar que al cabo del año de noviciado la perderia definitivamente, que arrostrar los desastres á que pudiera dar motivo aquel casamiento, el dia del retorno (para muchas gentes improbable, y para ella infalible) del tremendo Manuel Venegas.—¡Lo que la infortunada queria era ver á su hija á todas horas; que no se la quitasen; que no siguiera sepultada en un claustro!—Abrazó, por consiguiente, al fabricante con cierto júbilo, procurando acallar los aciagos presentimientos que la conmovian con siniestros vaticinios, y marchó desalada en busca de Soledad, á quien no habia visto desde la tarde anterior.
»Carezco de datos para referir puntualmente las escenas que se sucedieron en la alcoba de D. Elías cuando la jóven regresó del Convento. La señá María Josefa ha sido muy diplomática en este punto, y se ha limitado á decir que los ruegos, el llanto y las órdenes de aquel extenuado padre que, casi desde el féretro, le recordaba la prometida obediencia y le amenazaba con la maldicion de Dios y la suya... (á este coloquio no asistió Antonio Arregui), así como la grave y noble actitud que mostró luégo el digno industrial, cuyo circunspecto semblante expresaba un amor que no retrocedia ante la muerte, pero que sería humilde esclavo del menor de los caprichos de su dulce dueño... (¡Improbe amor! ¿quid non mortalia pectora cogit?), decidieron al fin á la Dolorosa á sacrificar las gratuitas esperanzas de Manuel Venegas,—«al cual (son expresiones trasmitidas por la madre) nada tenía ofrecido, ni nunca habia dirigido la palabra...»
»Pronunció, pues, la esfinge el anhelado sí..., y pronunciólo (dicho sea en verdad) con gran admiracion y espanto de todo el pueblo, y áun de nosotros mismos... Pronunciólo muy tranquila y valerosamente, segun unos; á costa de una formidable convulsion, segun otros...—¡Ello es que lo pronunció (mal que le pese á la escuela romántica), y que ipso facto ocupó Antonio Arregui el trono de esta pendenciera Ciudad, vacío desde la marcha del Niño de la Bola!
»Ni faltó quien dijera entónces—y yo lo creí—que la taimada y misteriosa doncella estuvo conteniéndose hasta que su prometido se marchó al otro dia á las obras de la fábrica, y que entónces fué cuando estallaron sus nervios con tal ímpetu que se la dió por muerta durante muchas horas..., sin embargo de lo cual, no bien le advirtieron que habia regresado Antonio, recobró el imperio sobre sí misma y se le mostró sosegada, apacible y hasta sonriente...—Fenómenos son estos, mi querida Luisita, que muchas veces han servido para explicar ulteriores conflictos en varios matrimonios;—como, por ejemplo, la súbita felonía de mujeres que se casaron gustosas en apariencia y que, no obstante, abrigaban en el pecho la sierpe de otra pasion inextinguible, destinada á morder un dia al confiado marido en mitad del corazon y de la honra...—Pero yo cometeria una ligereza impropia de mi carácter, si aventurara en este punto (y con relacion al caso presente) juicios ó prejuicios tanto más temerarios cuanto que nada real y positivo se sabe ni se ha sabido nunca acerca de los sentimientos de la Dolorosa, y prefiero volver lisa y llanamente á mi pobre y concienzudo relato.
»Diré, pues, en las ménos palabras posibles, á fin de no fatigar al concurso, que á las pocas semanas de concertarse aquel matrimonio, comenzaron á publicarse las amonestaciones; que, durante su lectura, todos tenian clavados los ojos en la puerta de la Iglesia, esperando ver entrar al Niño de la Bola, en el ademan trágico y solemne del novio de Lucía, á desmentir y ahogar al honrado sacerdote que pregonaba tales nupcias; que, afortunadamente, no ocurrió semejante escándalo, ni ninguna otra novedad, y que de este modo llegó, como todo llega en el mundo, el dia prefijado para la boda.
»Boda he dicho, y no la hubo...—Verificóse el casamiento de noche, en la alcoba de D. Elías, cuya vida estaba otra vez en mucho riesgo, pero que no consintió se aplazase el acto ni una sola hora.—Nadie asistió á él, más que el cura de aquella feligresía y los testigos...—Yo fuí uno de ellos...; y nunca lo fuera para presenciar horrores como los que allí iban á suceder.—¡No bien acabó la ceremonia nupcial, y miéntras la desposada socorria á su madre, que habia perdido el conocimiento y caido en tierra, oyóse un gran suspiro en el antiguo lecho del padre del Niño de la Bola, desde el cual acababa de ejercer D. Elías Perez el oficio de padrino de aquel enlace, y vimos que el viejo usurero estaba dando las boqueadas!—Apénas hubo tiempo de que el Cura le leyese la recomendacion del alma en el propio libro que habia servido poco ántes para leer á los novios la Epístola de San Pablo...—D. Elías espiró inmediatamente...; y (¡oh miseria humana! ¡oh sarcasmo del destino! ¡oh leccion de los Hados!) aquellas mismas velas, encendidas para que sirviesen como de antorchas de Himeneo á la sacrificada hija, fueron blandones fúnebres que alumbraron el lecho mortuorio del padre tirano que ha dado márgen al conflicto en que hoy se encuentran tantos y tan sensibles corazones...»
D. Trajano Perícles se enjugó el sudor, al terminar aquel sublime esfuerzo de elocuencia, en que, sin pensarlo, rindió cierto culto al romanticismo; y luégo añadió, por vía de clásico desahogo:
—«Á los nueve meses justos y cabales Soledad dió á luz un hermoso niño.»
—¡Gracias á Dios! (no pudo ménos de exclamar la forastera.)—Pues, señor, me declaro partidaria acérrima del Niño de la Bola.—La razon está de su parte.—Soledad no tiene corazon, ni lo ha tenido nunca...
—Creo que confunde usted las especies... (respondió D. Trajano.) Lo que no tiene Soledad es un corazon de heroína de novela; y mucho ménos un corazon de hombre.—Su corazon es pura y simplemente de mujer...
—¡Está destornillado!—dijo doña Tecla, sonriendo en cierto modo á sus tertulios, como pidiéndoles que perdonasen á su marido.
—Pues entónces digamos que tiene un corazon de mujer que no sabe amar...—añadia entretanto la madrileña.
—Diga usted más bien (replicó D. Trajano) «un corazon que ama hasta cierto punto»...—Yo no tengo duda de que Soledad ha querido siempre á Manuel Venegas.—Creo más... (ahora que no nos oye mi mujer...) Creo que lo quiere todavía...—Pero la hija del usurero no nació para heroína; no nació para defenderse por sí propia: nació para que otros la defendieran ó la conquistasen.—Ella contaba sin duda con que el temido Niño de la Bola venciese á todos los enemigos de su amor, tanto á su padre como á los pretendientes que pudieran sobrevenir... Parecíase á esas princesas de los cuentos orientales, que se dejan ganar como un premio por el contrincante más listo en descifrar charadas y enigmas, y se casan con él, aunque no sea muy de su gusto.—Indudablemente, nuestra princesa, esto es, la Dolorosa, hubiera preferido que Manuel saliese vencedor... Indudablemente lo amaba... Pero el pobre se descuidó, el pobre tardó en regresar de las Indias, el pobre no habia contado con que vinieran á esta Ciudad forasteros como Antonio Arregui, poco sensibles á vagas amenazas..., y la obediente jóven, con más ó ménos dolor y con peores ó mejores reservas mentales, dejóse conquistar y llevar por D. Elías, por el Fabricante, por la fatalidad, por el destino..., bien que á condicion de hacer luégo de su capa un sayo...—¡Así procedieron en todos tiempos las hembras creadas por Dios, ya que no las creadas ó falsificadas por los poetas y los novelistas! ¡Así procedió nuestra primera madre en el Paraíso terrenal, cuando, segun leemos en el Génesis...!
Por fortuna, llamaron en esto á la puerta de la calle; que, si no, ¡sabe Dios el vapuleo que habria dado el jurisconsulto á las pobres hijas y nietas de Eva, inclusas las más guapas que figuran en las historias!
—¡Ahí está Pepito! (exclamó la prima del Marqués:) Él nos traerá noticias frescas...
Lo primero resultó cierto; pero no así lo segundo. Pepito entró efectivamente en el salon, empinado y tieso para ganar estatura, y saludando á todos, aunque sin ver más que á la forastera, como la mariposa no ve más que la llama; mas ¡ay!, en cuanto á lo demas, todas las noticias que habia recogido en la calle eran negativas.
Sacábase de ellas en sustancia que Manuel Venegas no habia penetrado aún en la Ciudad, ni sabía nadie por dónde andaba;—que D. Trinidad Muley, cansado de recorrer el campo en su busca, y teniendo que madrugar para la gran funcion del otro dia (Misa y sermon con Señor Manifiesto, Comunion general, etc., etc.), se habia retirado á dormir hacía pocos instantes;—que la casa de Antonio Arregui (sita en distinto barrio que el ya vacío palacio de los Venegas) estaba cerrada como un sepulcro; pero no así la dispuesta para alojar al Niño de la Bola, por cuyos abiertos balcones se veian muchas luces, como si allí hubiera un muerto de cuerpo presente;—y, en fin, que hasta los Serenos, únicas personas que ya andaban por las calles, temian que á la tarde siguiente ocurriese alguna desgracia durante la Procesion del verdadero Niño de la Bola, á la cual no dejaria de asistir ninguno de los tres personajes principales del drama: Soledad, por el bien parecer, á fin de que no se dijera que le habia impresionado el regreso de su antiguo amador; Manuel Venegas, á convertir en hechos sus juramentos y amenazas de antaño, y Antonio Arregui á evitar que le creyeran huido y le infamaran con la fea nota de cobarde...—Es decir: los tres ¡por consideracion al público!
—¡Pues hay que ir á esa Procesion!—exclamó en el acto la forastera.
—Balcones tengo reservados al efecto, desde que no podian preverse estas baraundas... (respondió D. Trajano.)—Iremos á casa de uno de mis labradores...
—¡No faltaré!—dijeron los ojos de Pepito, quien no podia concebir que Manuel Venegas fuese más interesante que un hijo de las Musas.
—¡Y tambien habrá que ir pasado mañana á la Rifa! (continuó implacablemente la madrileña.) El Niño de la Bola no podrá ménos de presentarse en aquel sitio á cumplir su juramento de bailar con la Dolorosa...—¡Deseando estoy conocerlos á los dos!
—Cuente usted con palco principal, ó sea con la cueva del Mayordomo de la Cofradía,—repuso D. Trajano, saludando á la prima del Marqués.
Y, como en aquel momento diese las once el reloj de música que habia en el recibimiento, la tertulia se levantó en masa, despidiéndose todos hasta la tarde siguiente, en la Procesion; con lo que la forastera se retiró á su cuarto, á soñar con no sé qué prestamistas de Madrid; Pepito se fué á su desvan, á componer versos eróticos á la forastera; los tertulios innominados y mudos se marcharon á descansar del trabajo de haber nacido, y el elocuente señor de Mirabel cayó bajo el brazo secular de su esposa.
Descansemos nosotros tambien el resto de la noche, poniendo para ello fin al Libro Tercero; pues la gravedad de los sucesos que ocurrieron al otro dia y en el subsiguiente exige que, ántes de relatarlos, demos tregua á la pluma, paz á la imaginacion, y algun reposo á la natural zozobra del que leyere.