AUTOCRÍTICA
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Publicada en «La Tribuna».
El Jayón es un drama rústico, amargo, lo mismo que la vida, fatal como un karma que se cumple.
Se desarrolla entre pasiones desnudas, entre criaturas buenas, en un medio primitivo, dentro del cual intervienen los elementos, con sus voces y su poder misterioso, como un personaje más. No está hecho a la medida de ningún actor; así los de Eslava, que lo desempeñan con patente gallardía, pregonan la condición de su talento, dócil y flexible.
No es El Jayón una obra regional, o por lo menos, es muy secundario su regionalismo; la acción puede suceder en todos los rincones del mundo donde el Amor y el Dolor vayan de la mano, como suelen ir; si yo la sitúo en mi tierra de Cantabria, es porque de ella conozco, con más entrañado sentimiento que de ninguna otra, el paisaje y las costumbres, el lenguaje culto y señoril, modelo popular de buen castellano, con todos sus ritmos y matices.
En este drama no trato de decir nada nuevo, de plantear problema alguno, ni mucho menos de resolverle. Aspiro sólo a llevar a la escena un pedazo palpitante de vida, un bloque de la cantera humana, labrado por mi corazón. Para darle forma no me preocuparon ardides técnicos y me dejé conducir por la emoción y la realidad, creyendo que este camino, si no fácil y corto, es el único que logra llegar a un alto fin.
Cuanto a la incertidumbre que pueda causarme esta primera obra teatral, confesaré que, teniendo yo del público un elevadísimo concepto y dándole siempre lo mejor de mi alma en mi arte, espero su fallo con la serenidad de quien, al ofrecer con pura intención su dádiva más noble, merece, siquiera, un poco de gratitud...
Madrid, 8 de Diciembre de 1918.